El universo visto por los musulmanes

Todos aprendimos en los libros de texto que fueron los portugueses y castellanos quienes, a partir del siglo XV, “descubrieron” una buena parte del mundo y pusieron las bases de una nueva geografía. La realidad es que no solo lograron poner en el mapa nuevos continentes, mares y océanos, sino que consiguieron borrar de la memoria colectiva el hecho de que durante muchos siglos los cartógrafos, exploradores y viajeros musulmanes se les habían adelantado con sus conocimientos geográficos.

Es un hecho que la cartografía y los tratados geográficos tuvieron un enorme auge en Europa entre los siglos XV y XVII. El descubrimiento de los trabajos de Ptolomeo fue uno de los detonantes de este impulso de la geografía, y las expediciones de portugueses y españoles primero, y más tarde de otros países europeos, consolidaron el resurgir de esta ciencia. Pero no es menos cierto que poco a poco, y en un mundo cada vez más eurocentrista, se fueron olvidando las aportaciones que durante casi ocho siglos, del VIII al XV, realizaron exploradores, cartógrafos y viajeros musulmanes, que mantuvieron vivos los saberes de la Antigüedad sobre el mundo, recorriendo muchos países y escribiendo numerosos tratados y libros sobre la geografía de Europa, África, India y China.

Hasta bien avanzado el siglo XVIII, los europeos no lograron superar el nivel de conocimientos alcanzado por los árabes sobre estos temas.

LA CASA DE LA SABIDURÍA

Muchos siglos antes de que naciera Colón los árabes daban por hecho que la tierra es redonda. Para la ciencia musulmana, la esfericidad de nuestro mundo no fue jamás un problema teológico ni provocó ningún conflicto con las autoridades religiosas del islam medieval. Es más: en el siglo IX, cuatro siglos antes del viaje de Colón, los astrónomos árabes ya conocían con casi total exactitud el perímetro real de la tierra.

Entre los siglos VIII y IX los científicos árabes comenzaron la recuperación de los clásicos griegos, y a partir del siglo IX el mundo islámico producía su propia cartografía, convirtiéndose en el continuador del desarrollo científico antiguo. Estos avances cartográficos llegaron a Europa gracias a los intercambios comerciales con los musulmanes, los cuales se hicieron más fluidos durante el siglo XIII, facilitando un mayor conocimiento del mundo islámico por parte de los europeos.

Las teorías sobre el mundo se desarrollaron extraordinariamente a partir del siglo IX en la Casa de la Sabiduría (Bait al-Hikmah) de Bagdad, un centro de estudios astronómicos, matemáticos y geográficos fundado en Bagdad por el califa al-Ma’amûm. Los astrónomos árabes de este excepcional centro de estudios recuperaron los conocimientos, métodos e instrumentos de la Antigüedad. Fueron ellos los que volvieron a utilizar el astrolabio que habían inventado los griegos y que había dejado de ser utilizado en la Europa medieval. Se trata de un instrumento empleado para observar la posición de los astros, y los árabes lo usaron para resolver algunos problemas de triángulos esféricos relacionados con las practicas religiosas, tales como predecir con exactitud el momento en el que comienza el Ramadán, aunque también lo utilizaron para orientarse en sus viajes marítimos.

Una de las consecuencias de la recuperación del astrolabio fue el cálculo, casi exacto, del perímetro terrestre.

El astrónomo Abu-l-Abbas al-Fargani (813-882) lo estableció en unos 40.260 Km en el ecuador, una cifra muy cercana a su valor correcto de 40.075 Km., que sería confirmado más de un siglo después por el matemático y astrónomo al-Biruni (973-1048), mediante el uso del astrolabio, con un error inferior al 1%. Sucedió lo mismo con la brújula, cuya invención se atribuye a los chinos. Aparece mencionada por primera vez en las crónicas árabes en el año 1220, aunque probablemente ya fuera utilizada por los islámicos desde hacía años, y fueron ellos quienes la introdujeron en Europa, donde pronto fue empleada por los vikingos. Gracias al uso extendido de la brújula y el astrolabio, mientras que la cartografía y de los estudios geográficos se estancaban en la Europa medieval cristiana, los árabes y musulmanes fueron capaces de realizar excelentes mapas y cartas geográficas de gran exactitud, que más tarde supondrían una valiosa información para los grandes cartógrafos catalanes e italianos del Renacimiento europeo, o para la elaboración, a partir del siglo XIII, de las primeras cartas náuticas en Europa (“cartas portulanas” o “portulanos”).

El MUNDO DE AL-IDRISI

El siglo XII fue uno de los más fructíferos en la ciencia musulmana. Fue también el siglo de Abu Abdullah Muhammad al-Idrisi, el más importante cartógrafo de la Edad Media. Macido en Ceuta en 1099 o 1100, murió en Sicilia en 1165, y era descendiente de Idris II, rey de Málaga, ciudad de la que partió hacia el norte de África cuando el reino de Málaga se incorporó al de Granada. Desde muy joven viajó por el mundo entonces conocido, y realizó numerosos trabajos hasta que fue llamado por el rey de Sicilia, Roger II, como geógrafo y conocedor del mundo, para que colaborara con él en la fundación de la Escuela de Palermo, en Sicilia, uno de los focos más brillantes de la ciencia medieval. Situada en el corazón del Mediterráneo, Sicilia se convirtió bajo el reinado de este rey en el centro cultural del mundo, y en punto de encuentro entre las culturas musulmana y cristiana. Fue allí donde al-Idrisi escribió una de sus obras más célebres, “Las recreaciones del que aspira a recorrer el mundo”, conocido como el “Libro de Roger” (Kitab Ruyar), que se acompaña de varios mapas y en especial de un mapamundi en forma de disco, con una descripción en la que sostiene que “la tierra es redonda, como una esfera… las criaturas son estables en la superficie de la tierra, ésta atrae lo que es pesado, mientras que lo ligero es atraído por el aire… de este modo las cosas se mantienen en un equilibrio natural”. Este gran tratado de Geografía Universal, que terminó en 1154, le valió ser considerado “el Estrabón árabe”. En España es bien conocida la parte de su Descripción de España, pues, a partir de la primera edición en castellano en el siglo XVIII, se ha reeditado con frecuencia. KITAB RUYAR (El Libro de Roger)

Para la realización de su libro, Al Idrisi partía de una necesidad, la de aclarar las discrepancias que había entre las diferentes descripciones del mundo que existían hasta entonces. Sus dos grandes fuentes, aparte del testimonio directo de los viajeros que pasaban por los puertos sicilianos, eran dos geógrafos de época pre-islámica: Paulo Osorio, de origen español, autor de la popular “Historia”, escrita en el siglo V, en la que se incluía un volumen de geografía descriptiva, y Ptolomeo, el geógrafo clásico, cuya obra Geografía, escrita en el siglo II, se había perdido completamente en Europa, pero se conservaba traducida al árabe. Durante 15 años Al Idrisi interrogó también a los viajeros, cotejó la información de diferentes fuentes y eliminó los datos contradictorios.

El resultado de sus investigaciones lo plasmó en un gran disco de plata por su maleabilidad y permanencia. El disco incluía unas incisiones lineales que demarcaban los siete climas del mundo habitado, divisiones que de manera arbitraria estableció Ptolomeo de este a oeste y que estaban delimitados por los paralelos de latitud, desde el Ártico al Ecuador. Se creía que por debajo del Ecuador había una zona meridional templada, aún sin explorar, que estaba separada del más conocido norte por un área infranqueable de calor mortal. El gran planisferio dibujaba también los contornos de los países, océanos, ríos, golfos, penínsulas e islas. Como anexo al mapa de plata, al-Idrisi preparó para Roger un libro con toda la información que reunieron los geógrafos, el citado Libro de Roger, que a su vez incluía 71 mapas parciales, un mapa del mundo y setenta mapas con secciones de itinerarios que representaban los siete climas, cada uno de ellos divididos longitudinalmente en diez secciones.

El gran disco de plata desapareció durante el saqueo de Sicilia, en 1160. Los geógrafos contemporáneos han intentado reconstruir cómo sería el gran planisferio de plata a través de los mapas del Libro de Roger, del que han sobrevivido varios textos, y sus tablas de longitudes y latitudes. De su reconstrucción resulta evidente que, siguiendo a Ptolomeo, al-Idrisi se imaginaba que el mundo habitable ocupaba 180 de los 360 grados de la longitud del globo terrestre, desde el Atlántico, en el Oeste, hasta China en el Este, y 64 grados de su latitud, desde el Océano Ártico hasta el Ecuador. El planisferio mostraba las fuentes del Nilo, que hasta el siglo XIX no fueron exploradas por los europeos, y que era evidente que en el siglo XII ya eran conocidas por los viajeros musulmanes, y las ciudades del centro de Sudán. Hay zonas mucho más detalladas que en los mapas de Ptolomeo, con la zona del Báltico, Polonia o las Islas Británicas.

El sur se representa con mayores dimensiones que el norte, y Sicilia en particular ocupa gran parte del Mediterráneo, con una Córcega y una Cerdeña más pequeñas de la realidad. Pese a las distorsiones y errores, el mapa de al-Idrisi era muy superior a los mapas medievales europeos, en los que no se incluía apenas información. En el de Al Idrisi son perfectamente reconocibles los rasgos geográficos de casi todos los territorios.

UN MAPAMUNDI EXCEPCIONAL

A este mapamundi del Libro de Roger se le ha considerado siempre como el inicio de la cartografía moderna, ya que fue el primer mapa que abandonó la tradicional utilización de formas geométricas basadas en los mapas de Ptolomeo, e introdujo importantes innovaciones cartográficas, como por ejemplo, la primera representación de los mares por medio de líneas onduladas, y de las montañas o relieves mediante perfiles abatidos. También es el primer mapa en el que aparecen representados los ríos y las ciudades.

El mapa de Al-Idrisi fue la primera representación cartográfica que se limitó a conocimientos objetivos, sin tener en cuenta criterios religiosos. El resultado es una verdadera ”enciclopedia” del mundo entonces conocido, ya que incluye una descripción detallada y fiel de las características naturales, sociales y económicas de las ciudades que aparecen en el mapa.

La Europa cristiana rechazó este mapa, porque admitirlo hubiera significado dar por hecho, por ejemplo, la esfericidad de la tierra, o admitir la escasa importancia de Jerusalén como centro del mundo, tal y como aparecía en las representaciones cristianas. Lo que más nos llama la atención al contemplar este mapa es que la orientación norte-sur es la opuesta a los mapas de los cartógrafos europeos desde el Renacimiento hasta nuestros días. En el de Al Idrisi, África aparece arriba y Europa abajo, igual que en los mapas chinos y en el resto de la cartografía árabe. La proyección que hoy utilizamos se basa en Ptolomeo, cuya visión y proyección cartográfica prevaleció durante el Renacimiento. Y es que para la Iglesia católica, la visión de Ptolomeo (la Tierra ocupa el centro del Universo y todos los astros, incluido el Sol, giran a su alrededor) coincidía con su concepción del universo.

Por su método riguroso y sistemático, por su voluntad de asociar Oriente y Occidente, por contrastar puntos de vista y disciplinas diversas, Al-Idrisi ofrece la primera descripción “moderna” del mundo conocido y el primer intento de la cartografía por reflejarla.

VIAJES DE COMERCIO Y EXPLORACIÓN

El auge de los conocimientos geográficos y de la cartografía árabe durante la Edad Media tiene una relación directa con dos hechos: por un lado la obligación de la peregrinación ritual a la Meca, que movía a miles de viajeros dentro del mundo islámico, y por otro la importancia de las rutas comerciales en un mundo unificado por una misma religión y unas leyes comunes. Pero había más motivaciones viajeras en el mundo musulmán, como los viajes de estudios a alguno de los grandes centros de saber del oriente musulmán (El Cairo, Bagdad o Damasco, principalmente) o el simple deseo de aventuras, que impulsaba a los viajeros más al este, hacia Persia, India o China, o también hacia el Cáucaso y Rusia.

Detrás de esta movilidad, que contrastaba con la inmovilidad en los reinos cristianos, estaba una realidad: Mientras que la Europa medieval estaba fragmentada y se había ido haciendo cada vez más cerrada, el mundo musulmán estaba unificado por un floreciente comercio, por la religión y la cultura. Existían unos “libros de caminos” que eran utilizados tanto por los comerciantes como por los peregrinos o funcionarios, y que eran una especie de “guías de viajes”, unos itinerarios en los que se describían las rutas, las condiciones de viaje y las ciudades que se podían encontrar los viajeros a lo largo de su ruta. Había algunos libros de caminos muy populares, como el escrito por Ibn Jurdadhbih, un persa del siglo VIII que fue director del servicio postal y de inteligencia de Irán, o el de al-Yaqubi, un armenio del siglo IX que escribió un Libro de Países; o el de Qudamah, un cristiano del siglo X que había abrazado el Islam y que era un funcionario de impuestos al servicio de Bagdad, quien escribió un libro sobre el sistema postal y de impuestos del califato abassí.

Los países musulmanes estaban atravesados por las rutas más importantes del comercio internacional, en especial por dos grandes caminos: uno que iba de oeste a este, hacia Oriente, y otro de norte a sur, desde el Mediterráneo al corazón del desierto africano. La primera de ellas era la llamada Ruta de la Seda, que conectaba Europa con Oriente Próximo y el Extremo Oriente mediante una red de rutas caravaneras que atravesaban Asia. La otra gran ruta comercial conectaba las más importantes ciudades del norte de África, como Fez, Túnez o El Cairo, con los grandes imperios musulmanes del África subsahariana, mediante una red de caminos que atravesaban todo el desierto del Sahara. A lo largo de todas estas rutas comerciales, el islam logró penetrar en el corazón de Asia y de África.

A TRAVÉS DE LOS MARES

Por otro lado estaban los viajes por mar. Uno de los aspectos menos conocidos de la historia del comercio mundial es el control que los árabes ejercieron sobre las grandes rutas marítimas en el Mar Mediterráneo, que se convirtió en un “Mar islámico” desde el siglo VIII hasta mediados del siglo XVII. En este mar fue donde se lograron nuevas técnicas de navegación que les permitirían controlar mejor estas rutas y también que navegantes, viajeros y comerciantes musulmanes del Asia occidental y del África oriental se adueñaran del Océano Índico, y que, desde mediados del siglo IX, comerciantes árabes y persas viajaran con regularidad hasta sus factorías en las costas de Java, Sumatra o China. Estos grandes viajes eran posibles gracias a su dominio de vientos monzónicos, mediante el empleo de grandes embarcaciones caracterizadas por sus velas triangulares ideadas para poder navegar incluso contra el viento, muchos años antes de que esta técnica se desarrollara en aguas del Océano Atlántico.

LIBROS DE VIAJES

Además de avances técnicos, esta gran actividad viajera dio lugar a un género literario específico que incluía narraciones de viajes, pero también todo tipo de tratados, como el de Ahmad ibn Mayid, escrito hacia 1450, una guía náutica del mar Rojo y del Océano Índico que sirvió de referencia y modelo durante los siglos siguientes.

También se incluyen en estas narraciones viajeras algunos cuentos populares como el famoso relato de “Simbad el marino”, narrado en Las mil y una noches, lleno de fantasía pero también con interesantes descripciones de las tierras y de las gentes con las que se iba encontrando el protagonista. Algunas de las obras más interesantes de la narrativa viajera son por ejemplo el Ajbar al-Sin (“Informe sobre China”) y el Ajbar al-Hind (“Informe sobre India”), escritas ambas por Suleiman el Comerciante, o el famoso Aya´ib al-Hind (“Maravillas de la India”), escrito a mediados del siglo X por al-Ramhurmuzi o el Kitab al-masalik ua-l-mamalik (“Libro de los caminos y los países”), de Ibn Jurdadhbih, escrito en el año 846.

Muchos viajeros musulmanes encarnan el arquetipo del espíritu aventurero de la época. Destacan Abu-l-Hassan Ali ibn al-Hussain al- Masudi (Bagdad, 896-El Cairo, 956) o, algo más adelante, Abu Hamid al-Garnati, el Granadino (Granada, 1080-Damasco 1170) escritores ambos de libros de viajes, creó un género en la literatura árabe, la rihla o relación de viaje, que a partir de entonces sería imitada por muchos otros. Sin duda el viajero y escritor más conocido de la Edad Media islámica es Ibn-Battuta (Tánger 1304- Marruecos 1368-1369) seguido de cerca por el tunecino y contemporáneo Ibn Jadún (1332-1406). Hablar de sus importantes viajes y sus obras decisivas obligaría a escribir otro largo artículo, complementario del dedicado a los geógrafos. No es posible zanjar el capítulo de los viajeros islámicos sin mencionar a León el Africano, granadino de origen, de educación exquisita, escritor brillante y sabio, autor del libro Della descrittione dell’Africa et delle cose notabli che ivi sono (“Descripción de África y de las cosas notables que allí hay”), una de las grandes obras de geografía de todos los tiempos.

EL EXTRAÑO MAPA DE PIRI REIS

Después de 1492, hay un navegante musulmán que ha pasado a la historia por un curioso mapa que encierra un misterio. El turco Pir Muhîuddín Reis (1465-1554), más conocido como Piri Reis, era almirante de la marina otomana, y había combatido en el Mediterráneo en numerosas ocasiones contra la República de Venecia o los Caballeros de Rodas, y contra los portugueses en aguas del Océano Índico. Pese a todo este currículum, por lo que Piri Reis ha pasado a la historia es por su obra, el Kitab-i Bahriye (“Libro de las materias marinas”), un atlas náutico editado en 1525 que contiene un famoso mapa elaborado por el almirante otomano, que se conserva actualmente en el museo Topkapi de Estambul (Turquía), tras ser recuperado en 1929. El mapa está fechado en 1512-13 y en él se reproducen con notable exactitud gran parte del continente americano, tanto la costa oriental como de la occidental, desde Tierra del Fuego hasta América del Norte. Resulta curioso leer un comentario marginal, escrito por el autor en el mapa, que explica que “un mapa de esta clase no lo posee nadie hoy en día”, que preparó su obra utilizando veinte viejos mapas y ocho mapamundis confeccionados “en la época de Alejandro Magno”, y que en ellos aparecía la totalidad del mundo habitado. Con anterioridad a este mapa, sólo se conserva otro que reproduzca la costa americana: el de Juan de la Cosa, hacia 1500.

El mapa de Reis está dibujado sobre piel de gacela, y en él se representa una costa brasileña mucho más proporcionada, y a una distancia de la costa de África occidental mucho más exacta que en la mayoría de los mapas europeos de la primera mitad del siglo XVI. Además, se puede ver una cordillera a lo largo de Sudamérica, que corresponde a los Andes, donde también aparece el dibujo de un animal con dos cuernos que podría ser una llama. Desde esta cordillera descienden los grandes ríos (que corresponderían al Amazonas, Orinoco y Río de la Plata). El mapa de Piri Reis llega a representar incluso una parte de lo que podría ser el continente antártico.

A pesar de todas las especulaciones respecto a la posibilidad de que el mapa pudiera haberse elaborado a partir de fuentes precolombinas desconocidas, que poseyeran conocimientos geográficos sobre el continente americano, la mayoría de los expertos actuales opinan que el citado mapa es una extraordinaria y bella compilación de todo el saber cartográfico acumulado durante la Edad Media y, sobre todo, durante la primera década del siglo XVI.

Hace algunas décadas, científicos americanos estudiaron el mapa con modernas técnicas y afirmaron que las costas que dibujaba Piri Reis coincidían con una precisión sorprendente con las costas reales. Más tarde, ayudados con mapas de infrarrojos, llegaron a la conclusión de que el mapa de América de Piri Reis contenía el contorno de la Antártida de hace 11.000 años, una Antártida sin hielos. Es decir, el mapa de Piri Reis coincidía sorprendentemente con la línea de costa rocosa que lleva miles de años bajo el hielo.