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	<title>tasmanuser, autor en Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La Tierra desde el espacio: los Sundarbans de Bangladés</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tierra-espacio-sundarbans/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Jul 2025 15:14:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 81]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las fotografías de la Tierra tomadas por los astronautas y por los satélites desde la década de 1960 nos han dado una nueva perspectiva del planeta. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/tierra-espacio-sundarbans/">La Tierra desde el espacio: los Sundarbans de Bangladés</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: José Antonio Rodríguez Esteban </strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 81 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Geografía y cine</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde las primeras fotografías tomadas desde el espacio, los cambios producidos en los deltas de los ríos han atraído la atención de los astronautas. Las misiones de fotografía espacial iniciadas con la estación espacial Skylab en 1973 prepararon a los astronautas para documentar estos cambios. En 1986 Comité de Ciencias del Sistema Terrestre de la NASA diseñó un Programa para el Cambio Global mediante las imágenes tomadas por sus satélites. La ESA se unió a esta labor a partir de 1991 utilizado sus primeros satélites radar ERS 1 y 2, su gigante Envisat (2002-2012), y a partir de 2014 desde los satélites Sentinel del programa Copernicus. En estas imágenes podemos observar el bosque de manglares de los Sundarbans, en el delta de Ganges- Brahmaputra, y conocer los desafíos a los que se enfrenta Bangladesh.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA TIERRA VISTA DESDE EL ESPACIO: LOS SUNDARBANS, LOS MANGLARES DEL DELTA GANGES-BRAHMAPUTRA EN BANGLADÉS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La imagen nos muestra la parte oriental de los Sundarbans en Bangladés. Sin la precisión de escala y sin haber observado antes la zona no parece decirnos mucho, pero en ella se muestran 120 km a lo largo de la zona de los bosques de manglares más importante del planeta (2600 km²) en el mayor de sus deltas (105 000 km² con más de 100 millones de habitantes). Como podemos observar en el mapa más abajo, se sitúa en la bahía de Bengala, en la que confluyen dos de los ríos que más población sustentan en la Tierra: el Ganges y el Brahmaputra (a los que se une el Meghna en la desembocadura). En la imagen se diferencia claramente en la parte izquierda (de color verde intenso en el original), cubierta por manglares y los bosques húmedos del Parque Nacional Sundarbans, y (en colores más claros y brillantes) las zonas roturadas para la agricultura, densamente pobladas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Parque se estableció en 1984 y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El nombre de Sundarbans se debe al predominio del árbol Sundri (Heritiera fomes) tolerante a la sal, que se adapta con gran facilidad en condiciones costeras difíciles. Los manglares se encuentran entre los ecosistemas biológicos más importantes y los Sundarbans poseen además una gran diversidad floral y faunística, siendo una importante reserva de carbono. Desempeñan un papel crucial durante las tormentas e inundaciones protegiendo los hábitats, singularmente las poblaciones de peces, de los impactos graves. Es una región central para la preservación del Tigre de Bengala (Panthera tigris tigris), del delfín “ciego” del Ganges (Platanista gangética) y del Irawadi (Orcaella brevirostris), los cocodrilos estuarinos (Crocodylus porosus) y el terrapino endémico (Baka de Batagur).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las fuerzas erosivas del mar y el viento a lo largo de la costa modifican continuamente sus formas, a lo que también contribuyen las enormes cantidades de limo y sedimentos que el Ganges-Brahmaputra va depositando en los innumerables estuarios de la bahía de Bengala. Al dinamismo natural de los grandes<br>ríos (la actual confluencia del Ganges y del Meghna se formó hace solo 150 años), se suman ahora las acciones humanas: como los cambios introducidos con la presa Farakka (1970) en el Ganges, en la parte india de la frontera, que provoca una sedimentación excesiva que está causando problemas de diverso tipo, o la extracción masiva de arenas para la construcción de los últimos años a lo largo del río, cuyas consecuencias están aún por conocerse (Daham et al, 2024).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es en esta región, además, donde el nivel del mar está subiendo más rápidamente como consecuencia de diversos factores concurrentes. Estando la mayoría del delta a menos de 12 m sobre el nivel del mar, diversos estudios han señalado el riesgo de que en pocas décadas quede sumergida. Según El estado del clima en Asia 2020, de la Organización Meteorológica Mundial, la extensión de los manglares en Bangladés disminuyó entre 1992 y 2019 en un 19% debido al incremento de las tormentas tropicales.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA LLANURA DEL GANGES, LA BAHÍA DE BENGALA Y BANGLADÉS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Las aguas cálidas de la bahía de Bengala, además, son propicias para los ciclones tropicales. El ciclón Bhola de 1970 ha sido uno los más mortíferos jamás registrados: 500 000 personas perdieron la vida como consecuencia de la marejada ciclónica que inundó gran parte de las tierras bajas del delta. Fue el detonante que propició, un año después, la independencia de Pakistán y la creación del estado de Bangladés. Más recientemente, en 2023, el ciclón Mocha destruyó numerosos campamentos y obligó a evacuar a 500 000 personas del campo de refugiados de Kutupalong, en la costa oriental de Cox’s Bazar, el más grande el mundo con 800 000 refugiados, en su gran mayoría Rohinyás. En el mapa de más arriba podemos ver la confluencia de los dos grandes ríos mencionados. El Ganges (que pasa a denominarse Padma al cruzar la frontera entre la India y Bangladés: nombre en sánscrito de la sagrada flor de loto), tiene su origen en el Tibet, muy cerca del sagrado, para budistas e hindúes, monte Kailãsh. Lo mismo sucede el Brahmaputra, que discurre por su parte norte, de oeste a este, hasta el quiebro que le introduce Assam y el norte de Bangladés (el Kailãsh es también origen del Indo, y con sus 6638 m, es el único monte importante en todo el mundo que no tiene ningún intento conocido de ascensión).</p>



<p class="wp-block-paragraph">La llanura del Ganges prolongada hacia el oeste por la del Indo, posee una de las mayores concentraciones de población del planeta. Aunque ríos que fluyen del Himalaya aportan abundante agua, canalizada en multitud de obras para el riego, son sobre todo los monzones los que proporcionan agua para la agricultura. Desde el espacio se captan periódicamente las nieblas que recorren toda la llanura: vivir en la extensa llanura indo-gangética, donde la contaminación del aire aumentó un 72% de 1998 a 2016, implica vivir siete años menos que en otras partes del continente (EPIC, 2019).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con sus 173 millones de habitantes (2023) y una superficie de 150 000 km2, Bangladés es el país con mayor densidad de población (1269 h/km2). En estos contextos de transformación y cambio constantes, los organismos internacionales y las ONG denuncian situaciones de decenas de miles de casos anuales de trata de seres humanos en las fronteras, de trabajo infantil y de corrupción generalizada (Vives y Ory Murga, 2022).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bangladés ha sido señalado durante muchos años como la zona cero del cambio climático. Kimberly G. Rogers, investigadora de sistemas humano-naturales, ha estudiado y señalado que el fomento de las narrativas distópicas no hace más que empeorar la situación, condenando a sus habitantes, acostumbrados a vivir las inundaciones y con una gran resistencia y conocimiento en la conformación de los paisajes. Sus estudios han cuantificado que, si no hubiese intervención en la recarga de sedimentos con presas, desviaciones e interrupciones, los propios sedimentos compensarían la subida del nivel del mar. Los colosales problemas de Bangladesh llevaron a los estudiantes en 2024, tras manifestaciones mortales que derrocaron al gobierno autocrático de Bangladesh, a invitar al Premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus, creador del microcrédito y director Grameen Bank, a dirigir la nación. Todo está por hacer. <br><br><em>* José Antonio Rodríguez Esteban, Dpto. de Geografía, Copernicus Academy, Universidad Autónoma de Madrid.</em></p>
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		<title>Los exploradores españoles en la gran pantalla</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/exploradores-espanoles-cine/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 08 Jul 2025 11:53:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 81]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La relación del cine con los exploradores españoles ha sido escasa y ha estado lastrada por el fracaso de películas como El Dorado o Cristóbal Colón: el descubrimiento.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/exploradores-espanoles-cine/">Los exploradores españoles en la gran pantalla</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Mariano López</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 81 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Geografía y cine</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La relación del cine con la vida, hechos y aventuras de los exploradores, conquistadores, misioneros y expedicionarios españoles en el mundo, en especial en América, ha sido escasa y ha estado lastrada por el fra- caso de películas como <em>El Dorado </em>o <em>Cristóbal Colón: el descubrimiento. </em>El crecimiento de la demanda de largometrajes, series y documentales por parte de las cadenas y plataformas de televisión ha ampliado las referencias audiovisuales vinculadas a los exploradores españoles.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong> Se suele atribuir a la contrarreforma y a la Inquisición esa decadencia. El siguiente momento de esplendor de las exploraciones y de la ciencia en general es la Ilustración, y podemos pensar en la Expedición Malaspina como el luminoso (y desgraciado) cierre de ese periodo.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde su indiscutible autoridad, el escritor Stefan Zweig sostenía, en varios de sus libros <em>(Momentos estelares de la Humanidad</em>, publicado en 1927, o <em>Conquistador de los mares</em>, en 1938), que el viaje de Magallanes y Elcano había cambiado para siempre la historia de la Humanidad. En 2003, el productor cinematográfico español Miguel Menéndez se preguntaba: <em>“¿Cómo es posible que nadie hasta ahora haya hecho una película sobre la primera vuelta al mundo?”.</em><br><br>La pregunta de Miguel Menéndez, su perplejidad ante la nula relación del cine, hasta 2003, con una de las mayores aventuras que vieron los siglos, podíamos extenderla y preguntarnos cómo se puede explicar la escasa producción de películas en general y españolas en particular, basadas en las apasionantes historias de los exploradores españoles que cruzaron selvas, desiertos u océanos sin mapa alguno, movidos por la codicia, el afán de aventura, la necesidad, la fe o la poderosa atracción de los mitos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La debilidad de la industria cinematográfica española, el rechazo a un lado y al otro del Atlántico de la épica de la “conquista” y las complejidades y el coste que podían exigir proyectos transoceánicos, pueden explicar, en parte, por qué hasta el siglo XXI no haya habido apenas interés entre los productores por llevar a las salas y a las televisiones los viajes, las pasiones, la formidables aventuras que caracterizaron la vida de los exploradores, expedicionarios, misioneros y conquistadores españoles.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL FRACASO DE LA PELÍCULA MÁS CARA DE LA HISTORIA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un intento por revertir la pobre relación del cine español con la aventura en América fue la producción de <strong><em>El Dorado</em></strong>, la película más cara en la historia del cine español en la fecha de su estreno, 1988. Dirigida por Carlos Saura, narra el viaje de Pedro de Ursúa por el río Marañón en busca de El Dorado, una expedición que partió del puerto peruano de Lamas con dos bergantines, dos barcazas y varias canoas, naves en las que viajaban esclavos, sirvientes y unos 300 españoles entre quienes se encontraba Lope de Aguirre, que acabaría asesinando a Ursúa y comandando el fracaso final de la expedición. Saura tenía como referencia la película <strong><em>Aguirre, la cólera de Dios </em></strong>(1972) dirigida por el alemán Werner Herzog, en la que un impresionante, magnético, Klaus Kinski, encarnaba a Lope de Aguirre. La idea de Saura era narrar el mismo viaje, pero aportando una mayor fidelidad a los hechos que la contenida en el filme de Herzog, conforme a los análisis de los historiadores y la crónica del superviviente en la expedición Francisco Vázquez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La película más cara de la historia del cine español, <em>El Dorado</em>, resultó un absoluto fracaso. Nominada a nueve premios Goya en 1988 y a la Palma de Oro de Cannes como Mejor Película, no obtuvo ningún galardón. En la taquilla, también se hundió. Los críticos reprocharon al filme su excesivo metraje -149 minutos, algo inusual entonces-, su ritmo lento, su distancia en cuanto a espectáculo frente a lo que se suponía que debía narrar: una gran aventura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Diferentes medios reprocharon al filme haber dilapidado el mayor presupuesto de la historia en una narración plúmbea. Según el productor, Andrés Vicente Gómez, el presupuesto de <em>El Dorado </em>había recibido una subvención anticipada de 100 millones de pesetas, equivalente al 13 por ciento del coste reconocido de la película, que fue de 780 millones de pesetas. La recaudación en taquilla se situó en 180 millones de pesetas. Cabe suponer que el fracaso económico, de crítica y de público de esta película, dirigida por un maestro del cine, contribuyó a distanciar a productores y directores de las aventuras de los exploradores españoles. Al menos durante unos años.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>DOS PELÍCULAS PARA EL QUINTO CENTENARIO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La conmemoración del quinto centenario de la llegada de Cristóbal Colón y sus marineros a la tierra que sería denominada América, conmemoración titulada, en los actos oficiales de 1992, “V Centenario del Encuentro entre Dos Mundos”, impulsó la participación de la Sociedad Estatal Quinto Centenario, creada por el gobierno español, en un magno proyecto cinematográfico dedicado a la hazaña de Colón. La Sociedad firmó un contrato con la empresa de Alexander e Ilya Salkind, productores, entre otros filmes, de la saga de <em>Superman</em>, para participar en la financiación y el apoyo logístico de la película <strong><em>Cristóbal Colón: el descubrimiento, </em></strong>dirigida por John Glen, director, entre otras, de <em>Octopussy y Licencia para Matar, </em>de la saga James Bond. Mario Puzo, autor de <em>El Padrino</em>, participó en el guión. En el reparto, destacaban Georges Corraface (Colón), Tom Selleck (Fernando el Católico), Benicio del Toro (Álvaro Harana), Catherine Zeta Jones (Beatriz Enríquez) y Marlon Brando (Torquemada). La Sociedad Estatal se comprometió a aportar alrededor del 10 por ciento del presupuesto, estimado en 50 millones de dólares. Aportó también asistencia logística, servicios y lo más importante: una réplica, a tamaño real, de las tres carabelas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Cristóbal Colón, el Descubrimiento </em>se estrenó el 21 de agosto de 1992. La crítica no mostró ningún aprecio por el resultado. Peter Reiner, de <em>Los Angeles Times, </em>escribió: <strong>“No es políticamente correcta. Tampoco es cinematográficamente correcta, humanamente correcta ni históricamente correcta”. </strong>La película tuvo seis nominaciones a los Premios Razzie, que distinguen a las peores películas del año. Ganó uno: Tom Selleck, como Peor Actor Secundario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En las mismas fechas, el ministerio de Cultura español participó en otro gran proyecto cinematográfico sobre el viaje de Colón que coincidió en las carteleras con el de John Glen y los hermanos Salkind: <strong><em>1492: la conquista del paraíso</em></strong>, una producción del francés Alain Goldman y del británico Ridley Scott, dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Gerard Depardieu (Colón) Sigourney Weaver (Isabel la Católica) y Ángela Molina (Beatriz Enríquez). La Sociedad Estatal Quinto Centenario fue invitada a participar en el proyecto, pero rehusó respaldarlo porque consideró que el guión contenía algunos perfiles “antiespañolistas”. No obstante, el ministerio de Cultura otorgó a este filme 200 millones de pesetas de subvención, una decisión que motivó críticas en el sector audiovisual español que consideró que esta cantidad se había restado de la destinada a subvencionar producciones españolas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El filme de Ridley Scott se estrenó el 9 de octubre de 1992. Tampoco obtuvo el aplauso de la crítica, que, con todo, no se mostró destructiva. En <em>Newsweek</em>, David Ansen escribió: <em>“Este espectáculo de 50 millones de dólares puede ser una de las películas épicas menos entretenidas jamás rodadas”. </em>En El País, Ángel Fernández Santos escribió: <em>“La cosa de los Salkind es un atentado contra las panta- llas; no es cine, sino una penosa simulación de cine. En cambio 1492 es siempre cine, y en una gran parte de su metraje, buen cine”. </em>Otros críticos también des- tacaron su calidad visual, al mismo tiempo que censuraban su interés. <em>“1492 es tan hermoso como vació”, </em>dijo el crítico de cine de <em>The Washington Post.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>MÁS FILMOGRAFÍA SOBRE CRISTÓBAL COLÓN</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Las dos películas tuvieron un resultado parecido en la taquilla. <em>Cristóbal Colón: el Descubrimiento </em>sumó en las salas españolas 491.141 espectadores, una cifra parecida a la obtenida por <em>1492: la conquista del paraíso. </em>Diez años antes, en 1982, en los cines españoles se había estrenado una versión grotesca y dispara- tada del viaje de Colón: el filme de Mariano Ozores titulado <em>Cristóbal Colón, de oficio descubridor, </em>protagonizado por Andrés Pajares (Colón). Fiorella Faltoyano (Isabel la Católica) y la pareja de cómicos Zori y Santos (los hermanos Pinzones). Sumó en taquilla más de 1.500.000 espectadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes de 1992 -y de 1982- el primer viaje de Colón había sido llevado al cine en tres películas destacables. La primera, por orden de antigüedad, es el filme mexicano <strong><em>Cristóbal Colón, </em></strong>producido por Francisco Hormaechea de la Sota, dirigido por José Díez Morales, y protagonizado por Julio Villareal (Cristóbal Colón) y Consuelo Frank (Isabel la Católica). Se estrenó en 1943. Está considerada una obra notable, por su cuidada ambientación, vestuario y puesta en escena, y por su banda sonora, creada por Rodolfo Halfter.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1949 se estrenó en el Reino Unido <strong><em>Christopher Columbus, the Great Adventure, </em></strong>protagonizada por Fredic March (Colón) y Florence Eldridge (Isabel la Católica). Réplicas, a tamaño real, de La Niña y la Santa María, viajaron de Cádiz a Londres para el rodaje, en el que resultó completamente dañada, por un incendio, la réplica de la Santa María. El periódico <em>The New York Times </em>consideró el film <em>“una amplia y poco inspirada sucesión de episodios legendarios que en esta cinta resultan sin vida”. </em>El gobierno español, que había colaborado en la creación de las carabelas, resultó molesto por el tratamiento que recibían en este filme tanto Colón como los Reyes y encargó al director Juan de Orduña, que había obtenido grandes éxitos con <em>Locura de amor y Agustina de Aragón, </em>una réplica al filme británico que se completaría, en 1951, con el título de <strong><em>Alba de América.</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Producida por CIFESA, <em>Alba de América </em>contó con el incondicional apoyo de las autoridades franquistas, que aplaudieron su contenido hagiográfico, glorificador de la hazaña de Colón y del papel de los Reyes Católicos. Antonio Vilar interpretó a Colón y Amparo Rivelles a Isabel la Católica. Contó con la asesoría artística del Marqués de Lozoya, la asesoría histórica de Menéndez Pidal y la asesoría naval del almirante Julio Guillén Tato. Se construyó una carabela para el rodaje de la película. <em>Alba de América </em>llegó a las pantallas en diciembre de 1951. A los largometrajes sobre Colón, se añadiría, en 1992, la serie documental <strong><em>Colón y la Era del Descubrimiento, </em></strong>producción de RTVE; y en 2017 y 2023 breves documentales educativos lanzados en la plataforma You Tube como material audiovisual de apoyo para la asignatura de Historia en la Educación Secundaria Obligatoria (ESO).</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>PIZARRO, CORTÉS, CABEZA DE VACA, ORDAZ Y BALBOA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Si la filmografía relativa a la gesta de Colón puede parecer escasa, aún más corta resulta la lista de películas dedicadas a los exploradores, conquistadores, misioneros y aventureros españoles en América en el siglo XX, antes de la eclosión de los formatos digitales y el crecimiento de la demanda de largometrajes por parte de las cada vez más numerosas cadenas y plataformas de televisión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una de las películas más antiguas y destacadas, entre cuantas abordan la aventura de los exploradores, es <strong><em>Los conquistadores del Pacífico</em></strong>, una producción española estrenada en 1963, dirigida por José María Elorrieta. Narra la carrera como explorador de Núñez de Balboa, desde su salida de Santo Domingo hasta que se convirtió en el primer europeo que divisó el Mar del Sur, luego llamado Océano Pacífico. Frank Latimore encarnó a Núñez de Balboa y Jesús Puente a Francisco Pizarro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de Francisco Pizarro fue llevada al cine en la producción británica de 1969 <strong><em>La caza real del sol. </em></strong>Dirigida por el estadounidense Irving Lerner, contó con un guión basado en un drama de Peter Shaffer, autor de <em>Amadeus</em>, y con un reparto notable, encabezado por Christopher Plummer (Atahualpa) y Robert Shaw (Francisco Pizarro).</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1972, se estrenó la producción de la RFA, Alemania del Oeste, <strong><em>Aguirre o la cólera de Dios, </em></strong>dirigida por Werner Herzog. En 1988, se estrenó <strong><em>El Dorado, </em></strong>de Carlos Saura. La búsqueda de la ciudad mítica, la ciudad de oro escondida en la Amazonia, es el eje central de <strong><em>El Dorado: El Templo del So</em></strong>l (2000) y <strong><em>La ruta hacia el Dorado </em></strong>(2000). La primera es un filme de aventuras, sucedáneo de Indiana Jones, sin relación con las crónicas de los exploradores españoles. <em>La ruta hacia El Dorado </em>es un filme de animación producido por Dream Works, la productora de Steven Spielberg, que cuenta la historia de dos estafadores que tras conseguir en España un mapa de El Dorado llegan al destino que buscaban y son confundidos con dioses. Las voces originales de los personajes fueron aportados por Kevin Kline, Kenneth Branagh y Armand Assante, la banda sonora fue de Hans Zimmer y contó con canciones escritas por Elton John y Tim Rice.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La figura de Hernán Cortés aparece en el filme mexicano <strong><em>La otra conquista </em></strong>(1998) que narra, desde el punto de vista de un hijo del emperador Moctezuma, el sufrimiento azteca por la imposición de una nueva cultura y religión. En 2019, se estrenó la serie <em>Hernán</em>, una coproducción de RTVE y TV Azteca, en la que Óscar Jaenada interpretaba el papel de Cortés.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Otra coproducción hispanomexicana llevo a las pantallas <strong><em>Cabeza de Vaca </em></strong>(1991), dirigida por Nicolás Echeverría con Juan Diego en el papel del explorador español. En clave documental hay que destacar la producción mexicana de <strong><em>Hernán Cortés, un hombre entre Dios y el diablo </em></strong>(2016) dirigido por Fernando González-Sitges, que muestra la cara más humana del conquistador, un personaje lleno de luces y de sombras. Producción también mexicana, sin participación española, fue la película <strong><em>Epitafio </em></strong>(2015), dirigida por Rubén Imaz y Yulene Olaizo- la. Narra el ascenso de Diego de Ordaz y dos compañeros al volcán Popocatépetl, una misión de vital importancia para el ejército aliado comandado por Cortés.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>ECOS DEL ENCUENTRO DE LOS ESPAÑOLES CON AMÉRICA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Varias películas, series y documentales han tratado, ya en este siglo, de la llegada de los españoles a América de forma genérica o desarrollando a la vez la historia de varios de sus principales protagonistas. Es el caso de <strong><em>Oro </em></strong>(2017) de Agustín Yanes, en la que resuenan ecos de las expediciones de Orellana, Ursúa y Lope de Aguirre, y de <strong><em>También la lluvia </em></strong>(2010), coproducida por México, Francia y España, dirigida por Iciar Bollaín, que narra el intento de rodaje en Bolivia durante la llamada Guerra del Agua de una película sobre Cristóbal Colón, con referencias y reflexiones sobre el legado de los exploradores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Diferentes cadenas o plataformas productoras o distribuidoras de TV han abordado también historias, generales o particulares, de los españoles del siglo XVI en América. <strong><em>Conquistadores:</em></strong> <strong><em>Adventum</em></strong> (2017) es una serie producida y distribuida por Movistar Plus, que narra, en ocho capítulos, cómo fueron los primeros 30 años del descubrimiento por parte de los españoles del territorio americano y su conquista. Globomedia y Colombiana Dynamo produjeron para Antena 3 la miniserie <strong><em>El corazón del océano </em></strong>(2014), adaptación del libro de Elvira Me- néndez que narra el viaje de ochenta mujeres jóvenes de familias hidalgas a Pa- raguay. RTVE, participó con Chilevision en la producción de <strong><em>Inés</em></strong> <strong><em>del</em></strong> <strong><em>alma</em></strong> <strong><em>mía </em></strong>(2020), serie de 8 episodios, basada en el libro del mismo título de Isabel Allende. Narra la historia de Inés Suárez, que formó parte de la expedición a Chile de Pedro de Valdivia y participó en la fundación de Santiago de Chile.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin referencias concretas a la nacionalidad del padre Gabriel (Jeremy Irons) y del capitán Rodrigo de Mendoza (Robert de Niro) la historia que cuenta <strong><em>La misión </em></strong>(1986), producción británica dirigida por Roland Joffe, tiene como telón de fondo el Tratado de Madrid (1750), la disputa entre España y Portugal por la Colonia del Sacramento, y, sobre todo, el papel de la Compañía de Jesús en los asentamientos de indígenas conocidos como las reducciones jesuíticas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>CINE Y TV SOBRA LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El quinto centenario del comienzo de la primera expedición que dio la vuelta al mundo se presentó en el calendario sin que existiera una película sobre la aventura, como comentaba, asombrado, en 2003, el productor Miguel Menéndez. El propio Menéndez impulsó ese mismo año la realización de una serie sobre el viaje de Magallanes y Elcano que acabarían produciendo Mono Films, Fulwell 73 y Kilima Media, para distribuirla por RTVE, con un presupuesto de 25 millones de euros, lo que la convertiría en una de las producciones más caras de la historia de las series para televisión. La serie, titulada <strong><em>Sin límites</em></strong>, fue dirigida por Simón West, director, entre otras, de <strong><em>Con Air y Lara Croft: Tomb Raider, </em></strong>y protagonizada por Rodrigo Santoro (Magallanes) y Álvaro Morte (Elcano). Acabaría estrenándose en 2022. Antes, había llegado a las pantallas de cine la película de animación <strong><em>Elcano y Magallanes, la primera vuelta al mundo </em></strong>(2019), una producción de RTVE, ETB y Dibulitoon Studios, y a las pantallas de televisión los documentales de RTVE <strong><em>La primera vuelta al mundo </em></strong>(2019) y <strong><em>La ruta infinita </em></strong>(2022), cuya temática, la primera vuelta al mundo, fue también tratada en la serie documental, de seis capítulos, <strong><em>La primera vuelta al mundo </em></strong>(2019), producida y emitida por el Canal Historia, y por el documental <strong><em>Rumbo a las Molucas </em></strong>(2019), patrocinado por la Diputación de Cádiz, con la colaboración del Archivo General de Indias de Sevilla y la Fundación Nao Victoria, rodado en más de 35 localizaciones.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>LAS EXPEDICIONES EN ÁFRICA, EL ÍNDICO Y EL PACÍFICO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La huella de los exploradores españoles en África solo tiene una referencia audio- visual: el documental <strong><em>Manuel</em></strong> <strong><em>Iradier,</em></strong> <strong><em>en</em></strong> <strong><em>busca</em></strong> <strong><em>de</em></strong> <strong><em>lo</em></strong> <strong><em>desconocido</em></strong> (2013), una producción de RTVE y ETB, que relata la vida de Manuel Iradier y Bulfy y sus expediciones por el Golfo de Guinea y el actual territorio de Guinea Ecuatorial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El documental <strong><em>El galeón de Manila y la primera globalización </em></strong>(2015), producido por RNE, describe la importancia de la ruta comercial del galeón de Manila, basada en el hallazgo del tornaviaje por Andrés de Urdaneta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dos producciones del Canal Historia viajaron, también, al Índico y al Pacífico para documentar expediciones pioneras protagonizadas por navegantes españoles. El documental <strong><em>En busca de las Molucas: el sueño de las especias </em></strong>(2007), de Canal Historia, se centra en las expediciones lideradas por García Jofre de Loaysa, Miguel de Legazpi y los viajes de Andrés de Urdaneta. posteriores al viaje de Magallanes y Elcano. La serie documental <strong><em>Pacífico; los hombres del mar </em></strong>(2013), también de Canal Historia, incluye referencias a las grandes expediciones españolas al Pacífico lideradas por Álvaro de Mendaña, Isabel Barreto, Pedro Fernández de Quirós y Luis Váez de Torres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La última gran expedición española recogida en un documental para la televisión es <strong><em>Malaspina, el mar no basta </em></strong>(2007), una producción de RTVE centra- da en la figura del Alejandro Malaspina y en la histórica expedición que lideró junto con José Bustamante y Guerra, entre 1789 y 1794, y que denominó, en su informe final, “viaje político científico alrededor del mundo”<br><br><em>* Mariano López es periodista.</em></p>



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		<title>El hilo de Ariadna de la Ciencia española</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/hilo-ariadna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Apr 2025 11:20:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 80]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La paleoantropología, la ciencia que investiga la evolución humana, vive un buen momento. Así lo cree Juan Luis Arsuaga, codirector de Atapuerca, director científico del Museo de la Evolución Humana </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Juan Luis Arsuaga</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 80 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Arqueología: un viaje al pasado<br><br>La paleoantropología, la ciencia que investiga la evolución humana, vive un buen momento. Así lo cree Juan Luis Arsuaga, codirector de Atapuerca, director científico del Museo de la Evolución Humana y uno de nuestros científicos más reconocidos, en este breve resumen de los logros conseguidos por esta ciencia en nuestro país, de los yacimientos extraordinarios puestos a la luz en las últimas décadas y de su transcendencia. La comunidad científica internacional está más pendiente que nunca de lo que se investiga en España.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la Universidad de Cambridge, donde pasé algunos meses en unos de sus departamentos, se cuenta la siguiente historia. Un profesor americano que estaba de visitante en la Universidad se asombraba de lo bien que lucían los céspedes de los “colleges”. Hay que decir que los céspedes de los colegios no se pueden pisar… salvo que se sea “fellow” de ese colegio, o se acompañe a un “fellow”. Esa fue la primera lección que aprendí en Cambridge.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El profesor americano, intrigado, se dirigió al jardinero de su colegio, con el que ya se había familiarizado porque lo veía trabajar todos los días. “¿Cómo consiguen ustedes tener el césped tan tupido y tan mullido”?, le preguntó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El jardinero le explicó sus técnicas de cultivo de los céspedes: sembrado, abonado, riego, siega, etc. “Eso ya lo hacemos nosotros y nuestros céspedes no pueden compararse con los suyos”, le contestó el profesor americano. A lo que el jardinero inglés contestó: “Es que hay que hacerlo durante 700 años”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bueno, yo pertenezco a una universidad que tiene más de cinco siglos, y nuestros céspedes no parecen tan bien cuidados. O quizás sí y no nos hemos dado cuenta. El cultivo al que me estoy refiriendo, metafóricamente, es al cultivo del espíritu, y más concretamente el de la ciencia, que como decía el biólogo americano Edward O. Wilson es parte de las humanidades. ¿Qué otra cosa va a ser la ciencia, sino humanidades?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los que nos interesamos por la historia de la ciencia española hemos pintado un cuadro que es cierto a grandes rasgos, pero no del todo exacto si nos aproximamos al lienzo y lo observamos más de cerca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Visto a cierta distancia el panorama histórico de la ciencia española puede resumirse en grandes momentos luminosos seguidos de etapas prolongadas de oscuridad. Esta visión se aplica por igual a todas las ciencias, incluidas las geográficas. El primer momento de brillantez corresponde al Renacimiento, que fue la edad de oro de la medicina española y no digamos de la navegación, de la exploración y de las ciencias naturales, además de la descripción de las culturas americanas que se encontraron los castellanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego, en el Barroco, que es el periodo en el que nace verdaderamente el método científico y cuando por lo tanto amanece la ciencia, la contribución española al conocimiento del mundo y de sus maravillas parece perder empuje. Se suele atribuir a la contrarreforma y a la Inquisición esa decadencia. El siguiente momento de esplendor de las exploraciones y de la ciencia en general es la Ilustración, y podemos pensar en la Expedición Malaspina como el luminoso (y desgraciado) cierre de ese periodo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tanto el Renacimiento como la Ilustración tienen un elemento en común, y una lección para el presente. En aquellos momentos España atraía sabios de todo occidente. No se llega a ser una potencia económica o cultural solo con lo que produce la tierra. Hay que incorporar el talento que se pueda de fuera. El Regeneracionismo del siglo XX, tras la pérdida de las últimas colonias, habría significado un renacer para la ciencia española, terminado bruscamente con la guerra civil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y luego llega la democracia y la ciencia española actual, que objetivamente hablando puede considerarse muy digna en general, y en numerosos campos, puntera. Y eso a pesar de las raquíticas inversiones públicas en nuestras universidades y centros de investigación. Para que luego digan que no existen los milagros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, esta simplificación de la historia de la ciencia española es excesiva, porque no es difícil encontrar eslabones intermedios entre los momentos estelares. Mejor o peor, nosotros también llevamos 700 años cuidando el césped. Y creo que ese es nuestro trabajo en la actualidad: descubrir la continuidad de la ciencia española. El invisible hilo de Ariadna que une a los médicos españoles del siglo XVI con Santiago Ramón y Cajal y su extraordinaria escuela, por poner un ejemplo. Siempre hubo jardineros que se ocuparon del césped, volviendo a la metáfora paisajista. Todos los maestros han tenido maestros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y como yo me ocupo de una disciplina, la evolución humana, que bebe de la anatomía humana y de la anatomía comparada, de la paleontología y de las tres ciencias “geo”: geografía, geología y geobotánica (o ecología, si lo preferís), me toca contribuir a esta tarea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La mundialmente famosa sierra de <strong>Atapuerca</strong>, que alberga los yacimientos en los que más he trabajado, no es una excepción. Es la regla, extraordinaria en este caso, pero la regla al fin y al cabo de la investigación prehistórica española, que tiene antecedentes tan ilustres como <strong>Altamira</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">No quiero en este breve texto elaborar una lista de nombres de preeminentes científicos, porque son muchos, pero sí hacer constar que antes de la guerra civil fueron numerosos los yacimientos excavados y las estaciones de arte rupestre descubiertas, como suele decirse “en mitad el campo”. Y el campo en aquella época no facilitaba las cosas a los investigadores. El país estaba todavía por explorar para la ciencia, y muy mal comunicado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y no me olvido del estudio de los climas del pasado, de la Edad del Hielo y de los glaciares, que merecen especial atención porque se encuentran en las montañas más altas, en lugares muy remotos y de complicado acceso. Y sin embargo es impresionante la precisión con la que fueron cartografiados por los maestros de nuestros maestros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre los yacimientos paleolíticos al aire libre es imposible no referirse a <strong>Torralba</strong>, en Soria, de donde salían enormes huesos y muelas de elefantes y maravillosos bifaces. Por no hablar de las <strong>terrazas del Manzanares </strong>y de tantos otros lugares conocidos en todo el mundo científico. Y llegamos así a <strong>Atapuerca</strong>, en Burgos, que tantas alegrías ha dado a la ciencia española en las últimas décadas del siglo pasado y las primeras de este. Lo que tiene Atapuerca sobre todo es un registro arqueo-paleontológico muy completo que abarca más de un millón de años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre los miles de fósiles de animales y de herramientas de piedra de Atapuerca hay también restos humanos. Más abundantes que en cualquier otro lugar. Los más antiguos vienen de un yacimiento que se llama Sima del Elefante, y son una mandíbula y parte de una cara que tienen un millón y pico de años. Un pico muy largo, de más de un cuarto de millón de años. Por su antigüedad procede clasificarlos -de momento- como pertenecientes a la especie fósil <em>Homo erectus. </em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias a estos restos sabemos que esta especie, que conocíamos en África y en Asia, también penetró en Europa, llegando hasta sus confines, las tierras más occidentales del continente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los siguientes fósiles en antigüedad se han encontrado en el <strong>yacimiento de Gran Dolina. </strong>Hablo en pasado, pero todos los yacimientos que menciono aquí están actualmente en excavación y siguen produciendo fósiles humanos. De Gran Dolina tenemos abundantes fósiles, y se espera encontrar muchos más porque tuvo lugar allí un festín caníbal hace casi un millón de años. No fue un canibalismo ritual o simbólico, sino que parece que hubo conflicto entre grupos rivales, lucha, muerte, y antropofagia. Como fueron muchas las víctimas, los restos del festín –o festines- son abundantes. Estos fósiles de hace casi un millón de años no pertenecen a la línea de los neandertales ni a la nuestra. Aparentemente los neandertales y los humanos modernos (los “sapiens”) todavía no se habían empezado a separar evolutivamente, o apenas lo habían hecho.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es decir, que no son ni neandertales primitivos ni “sapiens” primitivos, sino una población perteneciente al tronco común del que proceden unos y otros. Algo así como unos <em>Homo erectus </em>“evolucionados”. Para distinguirlos les hemos puesto el nombre de <em>Homo antecessor.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Corresponde ahora hablar de la <strong>Sima de los Huesos</strong>. Por decirlo sencillamente es una acumulación increíble de fósiles. Estos fueron los primeros que se encontraron en Atapuerca, en el año 1976.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí los huesos no muestran señales de que a esa gente se la hubieran comido unos antropófagos, sino que todo parece indicar que dejaron caer los cadáveres a la sima sus familiares y compañeros de grupo. Una práctica, en resumen, de tipo mortuorio, como se dice técnicamente. No nos atrevemos a afirmar que sea simbólica, o ritual, es decir, un comportamiento funerario, pero podría serlo porque con los esqueletos se encontró un hacha de mano que tal vez significara algo. Y el mero hecho de acumular tantos cadáveres (cerca de treinta) en un mismo lugar y repetidamente ya indica que el sitio tenía un valor especial para la comunidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde el punto de vista evolutivo, esta población de la Sima de los Huesos corresponde a neandertales incipientes. Lo sabemos por la anatomía, pero además porque estos fósiles han proporcionado el ADN humano más antiguo que se conoce. En otro yacimiento de Atapuerca, llamado Galería, también han aparecido un par de restos de estos preneandertales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los neandertales están representados en Atapuerca por dos yacimientos: <strong>Cueva Fantasma y Galería de las Estatuas. </strong>En este último yacimiento se recuperó ADN de varios neandertales directamente del sedimento, sin necesidad de muestrear huesos o dientes. Todo un hito para la historia de la investigación del ADN antiguo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y por supuesto también hay yacimientos holocenos magníficos, como <strong>El Portalón de Cueva Mayor </strong>y la <strong>cueva del Mirador, </strong>que han contribuido decisivamente a establecer cómo se formaron las poblaciones europeas actuales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al mismo tiempo que se sucedían los grandes hallazgos y publicaciones en Atapuerca, España y Portugal vivían una edad dorada para la Prehistoria. Han aparecido nuevas manifestaciones artísticas en cuevas españolas -citemos <strong>La Garma </strong>(Cantabria) como un caso excepcional- y se ha producido un cambio de paradigma en el arte paleolítico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tradicionalmente se asociaba el arte figurativo a lugares oscuros y prohibidos en el interior de cuevas pero se ha descubierto en las últimas décadas que con frecuencia decoraban valles enteros o promontorios, grabando animales en las rocas. A mí me gusta pensar que para aquellos antepasados nuestros toda la geografía era sagrada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En fin, tenemos ahora un registro paleontológico espléndido de los neandertales, con yacimientos muy ricos, como <strong>El Sidrón </strong>(Asturias), la <strong>Sima de las Palomas </strong>(Murcia), <strong>Cueva Foradada </strong>(Comunidad Valenciana), y muchos otros. Y también testimonios pictóricos (aunque no figurativos) de comportamiento simbólico de los neandertales en tres cuevas decoradas en Cantabria, Extremadura y Andalucía. Sin olvidarse de <strong>Pinilla del Valle </strong>(Comunidad de Madrid), donde los neandertales acumularon en una cavidad cráneos de animales con cuernos (rinocerontes, ciervos, bisontes y uros) a modo de trofeos de caza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo esto sin pretender agotar ni mucho menos la lista de los yacimientos ibéricos que proporcionan información sobre los neandertales, que ahora tienen a toda la comunidad científica pendiente de la península ibérica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En resumen, el césped de la ciencia no ha dejado nunca de cultivarse en España, algo que debemos reivindicar ante el mundo, pero ahora vive uno de sus momentos más verdes. Y que siga así ya para siempre, sin sobresaltos. Para ello es imprescindible que colabore con el jardinero el director del “college”.<br><br><em>* Juan Luis Arsuaga es paleoantropólogo y escritor. Doctor en Ciencias Biológicas y catedrático de Paleontología por la Universidad Complutense de Madrid. Es Codirector de Atapuerca y director científico del Museo de la Evolución Humana. Es vicepresidente de la Sociedad Geográfica Española.</em></p>
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		<title>Tarteso. El Dorado de occidente</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tarteso/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Apr 2025 10:58:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 80]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hace unos 2800 años, durante un momento histórico que aún no sabemos delimitar con precisión, la península ibérica se convirtió en El Dorado </p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Emma Lira </strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 80 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Arqueología: un viaje al pasado</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Hace unos 2800 años, durante un momento histórico que aún no sabemos delimitar con precisión, la península ibérica se convirtió en El Dorado para los pueblos de Oriente. Fenicios, griegos, cartagineses y romanos, por este orden, arribaron a sus orillas para explotar sus riquezas minerales y volver cargados de plata y de leyendas. Entre ellas destacaba la de la existencia de un próspero y riquísimo territorio gobernado por un longevo rey. No conocemos el nombre con que sus habitantes se denominaban a sí mismos, pero los griegos lo llamaban Tarteso.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En el mes de junio de 2023, el descubrimiento de los fragmentos de cinco relieves antropomorfos en la excavación de Casas del Turuñuelo, en la localidad de Guareña, Badajoz, volvió a traer a la actualidad un debate que tuvo su momento álgido hace un siglo: la existencia de una civilización o cultura, desaparecida en torno al siglo V a.C. a la que los navegantes e historiadores griegos y romanos conocieron bajo el nombre de Tarteso. La adscripción a esta cultura de tintes míticos no es casual. El presunto espacio cultual en el que se encontraron, pese a presentar algunas importantes novedades, comparte características con otros espacios similares. La peculiaridad radica en su emplazamiento, mucho más al norte de del lugar en que la Historia había ubicado tradicionalmente a Tarteso.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>TARTESO ¿MITO O REALIDAD?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La idea más compartida entre los historiadores es la de que, probablemente, Tarteso fuese originariamente una ciudad-estado rica en metales ubicada más allá del estrecho de Gibraltar, en algún lugar del triángulo formado por Cádiz, Huelva y Sevilla entre los siglos XI y VI a.C. El comienzo de este largo período carece de fuentes históricas fidedignas. Lo único que podemos afirmar con prudencia es que, tras la caída de la talasocracia micénica, diferentes pueblos se expandieron por el Mediterráneo buscando su propia hegemonía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Son fuentes muy posteriores las que comienzan a hablar de ese Tarteso mítico. Herodoto nos cuenta la aventura de Kolaios de Samos, que llega hasta sus costas siguiendo las indicaciones de un marino naufragado, y que vuelve de allí con tanta riqueza, que deja una ofrenda contando su periplo en el templo de Hera; o las de los navegantes foceos, a quien el legendario rey Argantonio, también llamado el hombre de la Plata, ofrece tierras para que se instalen en su territorio huyendo de la amenaza persa, y a los que finalmente, entrega dinero para que amurallen su polis con el objeto de impedir la entrada al invasor. De alguna manera parecen relatos casi propagandísticos destinados a ensalzar las bondades de un territorio, pero ¿con que objetivo?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sebastián Celestino, co-director de la excavación de casas del Turuñuelo tiene su propia hipótesis al respecto. El hecho de que la cultura helena sitúe las columnas de Hércules en el estrecho de Gibraltar y uno de los míticos trabajos del héroe en la península ibérica, como es el robo de los bueyes de Gerión, parece lanzar un interesante mensaje a los navegantes de las polis griegas: ese mar desconocido que se extiende al otro lado del Mediterráneo es también conquistable. Los semidioses griegos ya han estado allí, lo han habitado y lo han vencido. Celestino considera que, ante la innegable ventaja que los fenicios tienen como conocedores de los puertos peninsulares (Gadir, la actual Cádiz fue fundada por colonos de Tiro en torno al siglo X a. C.), y al hecho de que no solo hayan monopolizado la actividad comercial, sino que probablemente también puedan acceder desde la península a las rutas del preciado Estaño de las islas Casitérides, la función de la mitología en este momento es la ayudar a eliminar los presuntos monstruos que amenazaban las rutas de navegación desconocidas para impulsar el comercio con otros territorios. Las leyendas hablan de embarcaciones que vuelven de Tarteso con tanta riqueza que, cuando ya no pueden transportar más peso, mandan hacer sus anclas de plata para llevar aún más metales preciosos. Los escasos textos transmiten la idea un Tarteso tan idealizado, que <em>La Ora Marítima </em>de Avieno, escrita en el siglo IV d.C. siguiendo presuntamente una carta náutica fenicia continúa dando noticias de una ubicación que, para ese momento, lleva siglos desaparecida.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>TARTESO, UNA NUEVA TROYA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">No será hasta el siglo XV cuando la mítica civilización despierte la curiosidad de los investigadores, al menos desde un punto de vista filológico. <strong>Antonio de Nebrija </strong>es el primero en asociar el presunto topónimo de Tarteso a una isla que se habría formado entre los dos brazos de la desembocadura del Guadalquivir. El religioso <strong>Juan de Pineda </strong>asocia por primera vez Tarteso con la Tarsis bíblica, el lugar desde donde llegaban embarcaciones llenas de riquezas para que el rey Salomón construyera el templo de Jerusalén, dejando esa asociación de ideas establecida para siempre. La investigación internacional llega más tarde y ya no se conforma con analizar los textos escritos. En el siglo XIX, el pintor e hispanista francés <strong>George Edward Bonsor, </strong>establecido en Carmona en los años 80, comienza a excavar los poblados prerromanos del río Betis, y en los elementos hallados encuentra un patrón oriental, que asocia con la presencia fenicio-púnica en el sur de España. Bonsor acertó de pleno en cuanto a la influencia exógena en aquellos materiales que aparecían en el sur de la península ibérica y comenzó a interpretar Tarteso como una realidad cultural, pero siguió buscando una presunta capital, los restos de la mítica ciudad que se le resistía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A esa búsqueda se sumó pronto el hispanista alemán <strong>Adolf Schulten</strong>. Probablemente espoleado por su éxito en Soria ubicando los campamentos romanos que sitiaron la ciudad de Numancia a través de la interpretación de fuentes filológicas clásicas, Schulten, admirador de Schliemann, intenta, como el descubridor de Troya, hallar la mítica Tarteso buceando en fuentes filológicas y rescatando textos clásicos como la <em>Ora Marítima </em>de Avieno, que el mismo traduciría en el año 1922. La próspera civilización borrada para siempre de la historia despierta su imaginación, por lo que a él le debemos la teoría que vincula Tarteso con la perdida Atlántida de la que habla Platón (Tartesos und Atlantis, 1927). Bonsor adopta la tesis de los Pueblos del Mar, en la que diferentes flotas, en torno al 1200 a.C. irrumpen en el Mediterráneo Oriental, conquistando territorios y cambiando el equilibrio de poder entre las civilizaciones que existían previamente. Para él, los <em>Tirsenoi</em>, procedentes de Lidia habrían dado lugar a los <em>tirrenoi </em>o etruscos en la península itálica y a los tartésicos en el sudoeste de la península ibérica. Éstos se habrían desarrollado a raíz de la colonización fenicia de la península, en torno al X a. C. y habrían alcanzado su momento culmen tras el contacto comercial con los diferentes pueblos griegos, en torno al siglo VIII a.C. antes de entrar en una rápida decadencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>José Ortega y Gasset </strong>apoya sus tesis mediante la traducción de su obra, vinculando la mítica civilización con las culturas del Egeo y especialmente con Creta. También <strong>Blas Infante</strong>, en 1915, tratando de diferenciar la identidad andaluza del resto de España expone en el Ideal Andaluz (1915) la idea de una procedencia griega. Schulten se asociará con George Bonsor para lanzarse a la búsqueda de la presunta ciudad de Tarteso en Doñana. Surge así el primer mapa del delta de Tarteso (hoy en la Hispanic Society of América), dibujado por Bonsor que explora el concepto de Golfo Tartésico -el que los romanos denominaron Lago Licustuno-. En esta “nueva geografía” que admite la existencia de un mar interior que debió colmatarse dando paso a las marismas de Doñana, tanto Sevilla como numerosas ciudades del Valle del Guadalquivir habrían tenido en el pasado un puerto de mar. Tarteso comienza a dejar de ser una ciudad para convertirse, presuntamente, en un territorio con diferentes núcleos comunicados entre sí. En el transcurso de sus excavaciones Bonsor llega a encontrar en la localidad de Carmona una serie de tumbas de reminiscencias fenicias, pero nadie las conecta con la idea de Tarteso, porque, impregnada del antisemitismo imperante en Europa en la década de los 40, la historia busca un origen indigenista de Tarteso, algo que, como mucho no tenga lazos con la presencia fenicia y cuyas influencias deberían ser idealmente griegas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La ciudad perdida no aparece nunca, pero comienzan a surgir diferentes objetos de clara inspiración oriental, como el llamado Bronce Carriazo, el jarrón de La Zarza, o el jarro de Valdegamas, aunque ninguno de ellos puede vincularse con un yacimiento concreto pues aparecen asociados a excavaciones de urgencia, colecciones privadas o expolios. En Huelva, los especialistas <strong>Blanco Freijeiro </strong>y <strong>García y Bellido </strong>son los primeros en hablar de una cultura orientalizante en un momento en el que ya el país está más preparado para aludir a una ascendencia semita. El <strong>tesoro del Carambolo</strong>, descubierto en Sevilla de forma accidental en el año 1958 y conformado por piezas de oro macizo elaboradas mediante diferentes técnicas mezcla también elementos indigenistas y orientales. Tras esta evidencia, el simposio de Jerez de la de la Frontera, en el año 1968, supuso el punto de inflexión para abordar una búsqueda, ahora ya sí, desde el punto de vista arqueológico. Entre los años 60 y 80 se excavaron diferentes emplazamientos en Marqués de Saltillo, Carmona, Cerro Macareno, Setefilla, Mesas de Asta, Coria del Río o la necrópolis de la Joya, en Huelva, que aportaron valiosa información sobre la organización social, o los rituales de enterramiento. Surge una nueva tesis: la de que la llegada de los comerciantes fenicios, en torno al siglo IX, encontrase una gran receptividad por parte de los habitantes indígenas. Renace así la importancia de la colonización fenicia y comienza a analizarse su capacidad para influir en comunidades anteriores, teniendo en cuenta los procesos de aculturación y sincretismos que caracterizaban a este período. Los descubrimientos arqueológicos continuados aportaron nuevas claves que hicieron pensar que Tarteso era algo mucho más amplio y que es la influencia fenicia la que cambia el paradigma, generando una nueva jerarquía en las comunidades preexistentes y una nueva clase aristocrática, especialmente visible en las necrópolis. Pero esta ya no es la única versión. Desde hace dos décadas han surgido nuevas evidencias y modelos interpretativos que proponen un protagonismo compartido tanto por las poblaciones locales como por los colonos fenicios. De hecho, uno de los aspectos que había pasado desapercibido hasta este momento era la invisibilidad de los fenicios en las fuentes clásicas, ya que no serían considerados como tales sino por el lugar geográfico en el que se encontraban (mastienos, tartesios etc). La Tarteso de las crónicas griegos sería, por tanto, un área comprendida entre el peñón de Gibraltar y la desembocadura del Guadiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tiro, en el actual Líbano, ejerció de metrópoli y Gadir, la actual Cádiz, con su santuario de Melkart se consagró como la prolongación del estado tirio en Iberia. La idea de santuarios dedicados a las deidades traídas de Oriente, como ocurre en El Carambolo, transmiten una intención de permanencia y funcionalidad. Los primeros colonizadores fenicios debieron encontrar en el Sur de Iberia unas sociedades como las del Bronce Final, con guerreros, pero sin ejércitos. Las respuestas a su llegada pudieron ser diversas y no cohesionadas y no puede descartarse que se utilizara mano de obra esclava en esta primera fase, sobre todo para tareas relacionadas con la extracción de metal. En una segunda fase se generalizaría esta interacción y habría una mayor mezcla y un probable incremento demográfico. La tercera fase sugiere ya un esplendor derivado de la connivencia entre las élites locales y los navegantes fenicios. En la actualidad los especialistas trabajan con varias ubicaciones. La primera, el triángulo agrícolaminero entre Cádiz, Sevilla y Huelva, sería el núcleo de Tarteso, el lugar donde, se instalaron los fenicios cuando llegaron a la península Ibérica. La segunda, la costa atlántica portuguesa, desde el cabo de San Vicente hasta el estuario del Tajo y la tercera, el Valle del Guadiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>AUGE, EXPANSIÓN Y CAÍDA DE TARTESO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cómo cambia la sociedad del suroeste de la península ibérica en esta época? Las aportaciones fenicias se integran perfectamente en la cultura indígena. La casa cuadrangular sustituye a la de planta redonda y genera un nuevo tipo de urbanismo. Llega la alfarería con el torno y en la orfebrería comienzan a integrarse nuevas técnicas orientales, como la filigrana, que permite el ahorro de oro. Los fenicios traen con ellos también el vidrio, y cultivos como el olivo y la vid. Aportan un alfabeto del que se han encontrado réplicas con peculiaridades locales, aunque aún no ha conseguido descifrarse y, por supuesto traen consigo armas y herramientas de labranza de hierro, lo que oficialmente supone el tránsito a esta nueva edad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin que se conozcan muy bien los motivos, y en el transcurso de lo que los historiadores denominan la crisis de Tarteso, la cultura tartésica, probablemente perfectamente hibridada, se expande hacia el Norte, hacia la zona del Valle del Guadiana. En la década de los 70 del pasado siglo, en la zona de Extremadura comienzan a aparecer diferentes construcciones que sorpresivamente se identifican como tartésicas. Su nivel de conservación es espectacular, pues a diferencia de las principales ciudades, su ubicación en el campo y la manera en que se abandonaron las han preservado para la eternidad. La mayoría, como Cerro Borreguero o Cancho Roano, se corresponden con centros de poder político y religioso y nos permiten atisbar su relación con la religión y dioses del espectro fenicio como Baal o Astarté. Los diferentes estudios hablan de una economía basada en la minería y la agricultura y los restos hallados muestran una actividad comercial con Grecia y el Levante peninsular. Todos adoptan una estructura similar a la del Carambolo, que, a su vez, copia la planta del antiguo templo de Melkart que visitaron Aníbal o Julio Cesar. Pero hay algo más. Una peculiaridad en el modo en que fueron abandonados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El yacimiento de <strong>Cancho Roano</strong>, en la localidad de Zalamea de la Serena fue el primero en que se observó una intencionalidad que las excavaciones en <strong>Casas del Turuñuelo </strong>parecen corroborar. El edificio se cerró de forma ritual en el siglo V a. C. y fue completamente tapado, lo que ha permitido que se haya conservado intacto hasta ahora, completamente enterrado bajo un túmulo, a la espera de que, como sucedió, alguien diera con él. ¿Por qué se abandonó, de forma aparentemente voluntaria, al igual que en algunos otros yacimientos, en el mismo momento? Se desconocen aún los motivos. Los historiadores han aceptado ya que en el siglo V a.C. se produce una gran crisis que tiene su raíz en el Mediterráneo y que culmina con la desaparición de Tarteso. Pudo tener varias causas: económica, como consecuencia de la explotación minera; bélica, con la amenaza de los celtas desde el Norte; comercial, tras el enfrentamiento entre Cartago y Grecia y el nuevo dominio del Mediterráneo por parte de los primeros; climatológica, con temporadas de sequías y malas cosechas, o geológicas con la aparición de terremotos y tsunamis periódicos como el que afectaría a Lisboa mucho más tarde, en el siglo XVIII. Las investigaciones geológicas y sobre paleopaisaje permiten conocer muchos detalles que antes no se tenían en cuenta y que complementan la investigación arqueológica. En cualquier caso, quizá no por casualidad, la abrupta desaparición de Tarteso coincide con la formación de los llamados pueblos prerromanos y con la culminación de la cultura ibérica en el levante peninsular. Casas del Turuñuelo, el lugar donde hace apenas dos años aparecieron los primeros relieves antropomorfos que se identifican en una cultura hasta ahora anicónica, está aportando una información sorprendente. Caminar por sus estancias es pasear por uno de los más grandes y recientes enigmas de la Historia Antigua. Su habitación principal, albergó, en algún momento del siglo V a. C. un gran banquete. Luego, los restos, junto a la vajilla empleada fueron enterrados y, en su patio, se produjo una auténtica hecatombe, el sacrificio de un importante número de animales entre los que destacan 23 caballos perfectamente colocados en una suerte de teatralización. Y todo ello antes de proceder a la quema y el enterramiento posterior de todo el complejo. No hay señales de batalla. Simplemente fueron abandonados y enterrados. Ahora solo nos quedan las preguntas. ¿Quién participó del ritual? ¿Qué miembros de la comunidad trabajaron en el cierre del yacimiento? ¿Por qué y a quién sacrificaron bienes tan preciados? ¿A dónde fueron sus habitantes? ¿Derivarían en lo que las fuentes cartaginesas y romanas llamarán posteriormente turdetanos? Quizá esos rostros misteriosos conservados en piedra tengan algunas de las respuestas que nos faltan.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><br><em>* Periodista y escritora, autora, entre otros libros, de “Espejismo, viaje al Oriente desaparecido”, “El último árbol del paraíso”, “Búscame donde nacen los dragos” y “La luna sobre Roma”. Colaboradora de National Geographic y miembro del Consejo de Redacción de la SGE.</em></p>
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		<title>La Tierra desde el espacio</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tierra-desde-espacio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Apr 2025 10:42:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 80]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las fotografías de la Tierra tomadas por los astronautas y por los satélites desde la década de 1960 nos han dado una nueva perspectiva del planeta. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: José Antonio Rodríguez Esteban </strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 80 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
</div>



<div class="wp-block-group is-content-justification-left is-layout-constrained wp-container-core-group-is-layout-54d22900 wp-block-group-is-layout-constrained">
<p class="wp-block-paragraph">Las fotografías de la Tierra tomadas por los astronautas y por los satélites desde la década de 1960 nos han dado una nueva perspectiva del planeta. En una compilación inicial de las imágenes en las primeras misiones de los transbordadores de la NASA (1981-2011) se remarcaban dos conclusiones fundamentales: que gran parte de la superficie de nuestro planeta es inhóspita como hábitat humano (océanos, desiertos, montañas&#8230;) y, además, la dramática concentración del desarrollo humano en áreas más propicias, mostrando una gran variedad de rastros en la superficie del planeta: desde la geometría de las ciudades, de los campos de cultivos y de las plantaciones forestales, al humo de los incendios de las rozas y quemas o el esmog de las áreas altamente industrializadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abrimos una nueva sección en el Boletín de la SGE para aproximarnos a nuestro planeta desde el espacio, una nueva perspectiva comentada desde la geografía.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA TIERRA VISTA DESDE EL ESPACIO: LOS RÍOS DE MADAGASCAR TRAS LAS LLUVIAS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta imagen, tomada por uno de los satélites Sentinel-2 de Copernicus el 3 de abril de 2022, muestra como las aguas de los estuarios de los ríos Betsiboka y Mahavavy se tiñen de marrón debido al masivo transporte de sedimentos tras las fuertes lluvias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El río Betsiboka, con su forma de medusa de largos tentáculos, es fotografiado recurrentemente desde el espacio por su dramatismo y espectacularidad, y los astronautas lo ven como si la tierra se desangrase en el océano, síntoma de un desastre ecológico. Con sus 525 km de longitud, es el principal río de Madagascar y como tal atraviesa media isla de sur a norte, recogiendo la acelerada erosión de los sedimentos lateríticos causada por la tala y limpieza de la cubierta natural de los bosques de la isla. Deja escapar así un activo natural insustituible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La antropóloga Alison Richard (<em>The Sloth Lemur’s Song</em>, 2022) ha remarcado recientemente que el colonialismo francés extendió la idea de que con la llegada de los humanos a la isla se inició el proceso de quema y tala que acabó con 90 % de la cubierta boscosa, extinguiendo a animales y plantas. Pero señala que era una historia muy conveniente, fácil de entender y con villanos claros, que justificó la expropiación colonial de los activos naturales de la isla. Coinciden sin embargo muchos estudios en que parte de la deforestación en Madagascar ha tenido lugar a partir de los años sesenta del siglo pasado, acelerándose en las tres últimas décadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La imagen nos traslada a la isla de Madagascar, la quinta isla más grande del mundo. Se extiende por una superficie cercana a los 600 000 km2 (similar a la Península Ibérica). Como señala Steven M. Goodman, uno de sus más conspicuos naturalistas, más que una isla se parece a un mini continente por los diferentes ecosistemas que posee. Hace 150 Ma, Madagascar se separó de África y hace 80 Ma se distanció de la India (que se desplaza hasta colisionar con Asia formando la cordillera del Himalaya). En su legendario aislamiento, las plantas y los animales han seguido sus propios caminos evolutivos, aislados del resto del mundo, hasta el punto de que más del 90% de sus especies son endémicas. En este aislamiento geológico, los diferentes paisajes naturales se fueron fragmentando creando nuevas especies de forma mucho más rápida que sus parientes continentales.</p>
</div>



<p class="wp-block-paragraph">Los humanos llegaron tarde a la isla: de manera significativa en el siglo IV. Aunque está separada de África por un canal de 400 km, los principales contingentes provenían de Indonesia siguiendo las corrientes del índico. La isla experimentó desde entonces la extinción de animales grandes como los perezosos, koalas, lemures, hipopótamos y aves como el ave elefante, con pérdidas de linajes que representan millones de años de evolución. Se piensa que los animales fueron recalando en la isla provenientes de la costa africana a través del canal de Mozambique, flotando en superficies vegetales arrastradas desde los ríos tras episodios meteorológicos extremos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Madagascar está entre los 17 países considerados por Russel Mittermeier como “megadiversos”, siendo uno de los más importantes “puntos calientes de la biodiversidad”. Los listados de endemismos cortan la respiración y explican que la publicación de historia natural quizá más completa escrita sobre un territorio de estas características sea The Natural History of Madagascar (2004), de Steven M. Goodman y Jonathan P. Benstead, en la que han participado más de 300 investigadores: con una segunda edición notablemente actualizada y ampliada en 2022.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero pese a las prestigiosas Universidades que trabajan desde hace décadas en la zona y las millonarias ayudas que fundaciones y ONG prestan para detener la degradación de los diferentes hábitats, una población malgache empobrecida que ha pasado de 5 millones en 1960 a 30 en 2024, con el 60 % de la población menor de 25 años, y muy dependiente de los recursos naturales, requiere sin duda una mayor atención. La colaboración con el sector público ha conseguido que más del 10 % del territorio se haya convertido en Parque Natural, lo que no ha podido frenar la degradación de algunos hábitats, como la extensión de arrozales en los manglares o la extracción de maderas nobles como el endémico palo rosa, que se sigue exportando a países ávidos de su belleza. Investigadores de Royal Botanic Gardens, Kew y socios de cincuenta organizaciones globales bajo la dirección de Hélène Ralimanana y Alexandre Antonelli han llevado a cabo una exhaustiva revisión de esta extraordinaria biodiversidad, concluyendo que Madagascar es una de las prioridades de conservación más importantes del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las imágenes desde el espacio ayudarán sin duda a una mayor concienciación de la excepcionalidad de Madagascar y la evaluación de sus cambios, conectando problemas y visiones locales y globales.<br><br>Las fotos en color se pueden consultar en la web: sge.org/publicaciones/boletin-sge/</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>* José Antonio Rodríguez Esteban, Dpto. de Geografía, Copernicus Academy, Universidad Autónoma de Madrid.</em></p>
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		<title>El legado de los primeros viajeros</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/legado-primeros-viajes/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 13:20:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 79]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=35683</guid>

					<description><![CDATA[<p>Cuando analizamos lo (poco) que sabemos sobre nuestra propia historia encontramos el imbatible camino trazado por los clásicos detrás de cada dato, cada accidente geográfico y cada referencia mitológica. ¿Quién nos habló de esas leyendas...</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Viajes de papel: literatura y libros de viajes<br><br><strong>Cuando analizamos lo (poco) que sabemos sobre nuestra propia historia encontramos el imbatible camino trazado por los clásicos detrás de cada dato, cada accidente geográfico y cada referencia mitológica. ¿Quién nos habló de esas leyendas sobre las columnas de Hércules que la tradición situaría en Gibraltar, sino Homero? ¿Quién sino Heródoto nos cuenta las costumbres de los íberos? ¿Quién, sino Avieno, nos dibuja los contornos de la mítica Tarteso?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Rastreamos nuestra historia y nuestra geografía, buscamos otros horizontes con curiosidad o afán exploratorio porque alguien, antes que nosotros lo ha hecho. Enfrentamientos, exilios, prospecciones, rutas comerciales o colonizaciones fueron los motores que comenzaron a conectar los diferentes puntos del mundo conocido hace milenios. Quiero pensar que en cuanto el ser humano pudo asentarse, rodearse de una muralla y explotar los recursos agrícolas y ganaderos, su alma aún nómada sintió de nuevo irrefrenablemente el ansia de marchar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Posidonio describió la costa mediterránea, Polibio nos contó las guerras púnicas y Estrabón nos ofreció detalladas descripciones sobre la Hispania romana. Los recursos minerales, los nombres de las tribus e incluso de los caudillos, las distancias que separan cada puerto, los templos, las montañas o los ríos fueron cuidadosamente anotados tras navegaciones inciertas y entrevistas a marineros. Y cuando no hubo guerras ni imperantes necesidades comerciales, la incipiente topografía y la innata curiosidad ayudaron a alimentar la pasión de viajar porque sí, sin excusas, por puro conocimiento. Si su intención no fue acercar un poco más el mundo, podríamos decir que fue la consecuencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL VIAJE DEL HÉROE DE HOMERO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá la primera crónica de un viaje sea la Odisea de Homero, una obra griega clásica que narra el viaje de regreso del héroe Odiseo a su hogar, Ítaca, después de la histórica Guerra de Troya. Aunque aún existe un debate abierto sobre si Homero fue efectivamente su autor y sobre su datación (en torno al VIII a. C.) lo incuestionable es lo que cuenta: un viaje a lo largo de diez años por el mundo conocido en la época, abordando diferentes personas y lugares. Los emplazamientos reflejan la dimensión cultural del Mediterráneo antiguo y conectan el mito con la realidad, pero también permiten hablar de distancias, de mundos bárbaros y salvajes, y de la tentación a la que continuamente someten al viajero, distrayéndole de su objetivo, el regreso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Troya como punto de partida, Ítaca como destino, el mar ambivalente que representa por igual la libertad y la amenaza, las islas míticas que “atrapan” a los viajeros, el descenso al Hades como búsqueda del conocimiento… la <em>Odisea </em>no solo narra un desplazamiento físico, sino también el viaje interior de Ulises, a través del cual el héroe se enfrentará a numerosos desafíos que lo obligan a crecer, aprender y madurar. Ese es el auténtico legado de la <em>Odisea</em>, el permitirnos, como a Ulises, viajar con dudas e incidencias, no como un héroe, sino como simples mortales, para que el viaje se convierte en una búsqueda de identidad, en un proceso de transformación personal y, en definitiva, en una metáfora de la vida. Si Homero pretendía mostrar al lector las amenazas que acechan más allá del mundo conocido</p>



<p class="wp-block-paragraph">no lo consiguió. Las generaciones posteriores vemos en la <em>Odisea </em>el atractivo que supone la exploración de lo desconocido, una auténtica invitación a salir de nuestra zona de confort y aventurarnos en lo imprevisible.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>HERÓDOTO, EL PADRE DE LA HISTORIA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En el siglo V. a. C. el griego Heródoto ya había realizado extensos viajes por el mundo de su época y empezaba a plasmar sus experiencias en sus <em>Historias</em>. Aunque su enfoque principal eran las guerras médicas entre Grecia y Persia, dedicó una parte considerable de su obra a describir los lugares, pueblos y costumbres de las diversas regiones que visitó o de las que tuvo noticia. Entre ellas destacaban Egipto, Escitia, Grecia, Libia, Arabia, la India y el resto de los territorios al este de Persia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La novedad de su narración es su capacidad para centrarse en las personas. Heródoto se interesa especialmente por los habitantes, describiendo las costumbres, tradiciones, creencias religiosas y formas de vida de los diferentes pueblos que conoce, pero también presta especial atención a la Historia aderezada con los mitos y las leyendas que la componen, hasta tal punto que se ha convertido en una fuente primaria de primer orden a la hora de comprender la diversidad cultural y geográfica del mundo antiguo. De hecho, es considerado uno de los primeros historiadores en intentar verificar sus fuentes y ofrecer una visión crítica de los acontecimientos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la concepción del viaje moderno la herencia de Heródoto nos aporta el espíritu aventurero, la curiosidad, y una gran capacidad para la observación al igual que una encomiable búsqueda de la verdad, a pesar de que algunas de sus historias pueden contener elementos legendarios, propios de la época. Heródoto no se limitaba a narrar los hechos, sino que también comparte sus propias experiencias y reflexiones, al estilo de un cronista de viajes. Esto convierte sus Historias en un relato personal y cercano, capaz de conectar con el lector de una manera profunda, e invitándonos a seguir su estela.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>LA GEOGRAFÍA DE ESTRABÓN</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Si Homero nos obsequió con el primer viaje de la Historia, siete siglos después, el geógrafo griego Estrabón, nos regaló el primer Atlas. En el siglo I a.C., Estrabón escribió una obra en 17 libros llamada <em>Geografía</em>, pero en ella no se limitó a describir lugares, sino que analizó sus características físicas, históricas, culturales y económicas. Su obra abarca contenidos geográficos que van desde Europa hasta Asia, incluyendo regiones como Grecia, Siria, Palestina, Arabia, Egipto, India y Etiopía, sin excluir los lugares más alejados del núcleo mediterráneo como eran Hispania o la Galia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A diferencia de otros geógrafos de su época que se centraban en cálculos matemáticos y mapas precisos, Estrabón priorizaba la descripción detallada, y en una concepción periodística de la narración optaba por una compilación de diferentes fuentes ofreciendo un relato más rico y variado. Su obra destila un genuino interés por las culturas, las historias y las tradiciones de los pueblos que habitaban las regiones que describía, haciendo hincapié en cómo el clima, el relieve y los recursos naturales influían en las actividades humanas. Sus textos nos permiten aún ahora reconstruir la visión que tenían los antiguos griegos y romanos del mundo, conocer los paisajes y pueblos de la antigüedad y comprender los medios de producción, así como las rutas comerciales y las relaciones entre las diferentes culturas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el caso de Hispania es el primero que se esfuerza en resaltar la influencia de los pueblos fenicios y cartagineses, así como el impacto que produce en el territorio y sus habitantes la romanización forzosa. Quiero pensar que Estrabón, probablemente sin ser consciente de ello, nos ha ayudado a la hora de viajar desde la perspectiva de la historia, a preguntarnos por los hechos que han determinado el desarrollo de las regiones que visitamos. A no quedarnos en el paisaje, sino a los hechos y las personas que lo conforman.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL MUNDO CONOCIDO DE PAUSANIAS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Pausanias fue un viajero, geógrafo e historiador griego del siglo II d.C. cuya principal contribución a la cultura y al conocimiento humano radica en su obra <em>Descripción de Grecia</em>. En esta extensa guía de viajes, Pausanias nos ofrece una mirada detallada y personal a la Grecia antigua que recorrió personalmente visitando ciudades, santuarios, templos y monumentos y ofreciendo detalladas descripciones sobre los mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero además de los hechos históricos, Pausanias también recopiló y narró los mitos y leyendas asociados a cada lugar. Eso nos permite comprender la cosmovisión griega, la forma en que los antiguos griegos veían el mundo, así como als tradiciones y rituales de los habitantes de cada lugar. Pausanias creo una auténtica guía de viaje de la Grecia antigua, que ha supuesto un documento de un valor increíble tanto para la localización de yacimientos arqueológicos, como para los estudiosos y viajeros durante siglos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su visión personal y subjetiva de la Grecia antigua ha influido en generaciones de viajeros, escritores y artistas posteriores de tal manera que podría decirse que Pausanias aporta al viajero actual la idea del viaje como aprendizaje. El geógrafo griego no solo describe los lugares que visita, sino que los pone en valor ofreciéndonos una inmersión en la historia, la mitología y la cultura de su país. Como el observador meticuloso que era describía con detalle los monumentos, los paisajes, las costumbres y las leyendas asociadas a cada lugar y a través de ese enfoque transmite al lector una fascinación y un respeto por el pasado y por las raíces culturales que trasciende al viajero moderno. Sus escritos reflejan también varias de las características que se le presuponen al viajero actual: curiosidad intelectual, permanente capacidad de asombro y capacidad de planificación. Tres elementos imprescindibles para que un viaje suponga un éxito.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>ORA MARÍTIMA, EL VIAJE NARRADO POR AVIENO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La <em>Ora Marítima </em>es una obra poética latina de gran importancia histórica y geográfica, escrita por el poeta Rufo Festo Avieno en el siglo IV d.C como un compendio de diversas fuentes antiguas, entre ellas el Periplo de Massalia, probablemente un texto griego del siglo VI a.C. Su narración nos ofrece una valiosa ventana al conocimiento geográfico y marítimo del mundo antiguo, especialmente del Mediterráneo y las costas atlánticas, con importantes datos sobre la geografía de la época, que incluyen desde referencias mitológicas a la ubicación de lugares, distancias y características naturales. En la actualidad supone una importantísima foto fija del momento en que se escribió y, por tanto, una fuente imprescindible para historiadores, geógrafos y arqueólogos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Avieno dedica una parte importante del poema a describir las costas de la Península Ibérica, mencionando lugares como Tartessos, Gades (Cádiz), el Estrecho de Gibraltar, y diversas tribus y pueblos que habitaban la actual España, pero también describe diferentes lugares de la Galia, así Britania, el Mar Negro y otras regiones del Mediterráneo oriental. Su constante revisión deriva de la dificultad de equiparar algunos de los lugares que se describen con su correspondencia real como consecuencia de los cambios geográficos o las diferentes interpretaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero su vigencia es eterna y sobre todo muestra el interés mantenido a lo largo de los siglos por conservar el “secreto” de la ruta a seguir. Un documento equiparable a una de nuestras guías de viajes que incluyera referencias y coordenadas. Con el añadido de que es en verso. Y en latín, claro.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>EL ITINERARIO DE EGERIA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Egeria fue una mujer cristiana del siglo IV, probablemente de origen hispano, conocida por el viaje realizado -y documentado- a Tierra Santa. Su relato es uno de los primeros diarios de viaje de una mujer y una de las fuentes más importantes para conocer la vida religiosa y las costumbres de la época. Narra detalladamente el viaje realizado a Oriente entre los años 381 y 384 d. C. En él, describe los lugares que visitó, entre los que se encuentran Egipto, Palestina y Jordania donde conoce Jerusalén, Belén, el río Jordán o el Mar Muerto, Antioquía, en el sur de Siria o la capital del Imperio romano de Oriente, la entonces Constantinopla. Egeria narra con desenvoltura las costumbres de los cristianos locales, las celebraciones litúrgicas y sus propias reflexiones sobre la fe y su testimonio es especialmente importante porque supone una de las pocas y valiosísimas fuentes escritas por una mujer en la Antigüedad tardía, ofreciendo una perspectiva única sobre los Santos Lugares, la vida religiosa y social de la época, y las costumbres y tradiciones de los pueblos que fue encontrando a lo largo de su camino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Egeria es considerada la primera gran peregrina de la historia. Podríamos hablar de ella como una precursora del turismo cultural pues su relato pone por primera vez en valor el patrimonio histórico de los lugares por los que pasaba. El llamado <em>Itinerario </em>inspiró a innumerables personas a emprender viajes a Tierra Santa y otros lugares sagrados a lo largo de los siglos, promoviendo el desarrollo de una incipiente infraestructura turística consistente en rutas, albergues y servicios para viajeros religiosos, sentando las bases del turismo religioso moderno, cuatro siglos antes de que existiera Santiago de Compostela. Su relato, con información detallada sobre la vida cotidiana, las costumbres y las creencias de la época es una fuente invaluable para historiadores, antropólogos y lingüistas y está considerado uno de los primeros ejemplos de literatura de viajes.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS DE MARCO POLO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El <em>Libro de las Maravillas</em>, es una obra de viajes escrita por el mercader veneciano Marco Polo a finales del siglo XIII. Dictada a Rustichello de Pisa durante su cautiverio en Génova, este libro se convirtió rápidamente en un <em>bestseller </em>de la época cautivando a lectores de todas las generaciones. En sus páginas, Marco Polo nos transporta a un Oriente misterioso y exótico, describiendo con detalle las tierras, ciudades, costumbres y maravillas que encontró durante sus viajes por el Imperio Mongol, China y otras regiones de Asia. Su éxito es atribuible a la descripción de un oriente fascinante, repleto de descripciones completamente desconocidas para los europeos de la época, como la figura del Gran Khan, la Gran Muralla China, el papel moneda o los métodos de navegación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aunque algunas de las historias de Marco Polo han sido recientemente cuestionadas, el <em>Libro de las Maravillas </em>ha trascendido las fronteras del tiempo y su influencia se ha dejado sentir en la literatura, la cartografía y la exploración. El relato inspiró a muchos exploradores posteriores, como Cristóbal Colón, a aventurarse en busca de nuevas tierras y riquezas y sigue siendo una valiosa fuente de información sobre Asia en la Edad Media. De hecho, la visión que Marco Polo transmitió sobre Asia contribuyó a cambiar la visión que Europa en general tenía del continente vecino, ayudando a desmitificar muchas leyendas y proporcionando un importante impulso a la exploración, y a la expansión del conocimiento geográfico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El viaje moderno encuentra en la obra de Marco Polo puntos comunes tales como la concepción del viaje como un hecho transformador, la permanente fascinación por lo exótico que nos hace buscar continuamente nuevas experiencias y aventuras auténticas alejadas de destinos masificados y el valor del intercambio cultural, gracias al que todo viaje no es sino una oportunidad para adquirir conocimiento. Y al igual que Marco Polo compartió sus aventuras al regresar a Venecia, los viajeros actuales utilizan las redes sociales para documentar y compartir sus experiencias, inspirando a otros a explorar el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>LA RHILA A LA MECA DE IBN BATTUTA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En el siglo XIV, el explorador marroquí Ibn Battuta emprendió una de las travesías más extensas de la historia. Partió de Tánger en 1325 con la intención de realizar la peregrinación que todo musulmán debe hacer a La Meca, sin embargo, una vez finalizada, en lugar de regresar a casa, decidió continuar viajando. Durante casi tres décadas, Ibn Battuta recorrió vastas extensiones de tierra, cruzó océanos y se sumergió en diversas culturas desde el norte de África hasta China, pasando por Oriente Medio, Asia Central, la India, el Sudeste Asiático y África subsahariana. Al regresar a Marruecos, Battuta dictó un relato detallado de sus viajes, una <em>rhila </em>o relato de viajes, que constituye una visión única del mundo medieval, con una narración pormenorizada de costumbres, religiones, ciudades y paisajes. Sus viajes contribuyeron a respetar la diversidad de culturas y creencias, a expandir el conocimiento geográfico, mapear el mundo conocido, promover el intercambio cultural e inspirar a futuras generaciones de exploradores. La <em>Rihla </em>de Ibn Battuta fue una de las primeras guías de viaje detalladas. Y algunas de sus rutas se siguen haciendo incluso en la actualidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA DESCRIPCIÓN GENERAL DE ÁFRICA DE LEÓN EL AFRICANO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">León el Africano, cuyo nombre original era al-Hasán ibn Muhammad al-Wazzán al-Zayyáti, fue un explorador y geógrafo árabe que vivió a caballo entre los siglos XV y XVI. Su vida y obra lo convirtieron en una figura clave en la comprensión de África y el mundo árabe durante el Renacimiento. Nacido en Granada, en una familia de eruditos, León el Africano vivió la conquista cristiana de la ciudad en 1492, tras la cual, se vio obligado a exiliarse en Fez, Marruecos, donde completó su formación. Su curiosidad por el mundo lo llevó a emprender extensos viajes por el norte de África y el Sahel, llegando hasta Tombuctú.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su obra más famosa, Descripción de África, es un compendio geográfico e histórico que se convirtió en una de las principales fuentes de información sobre el continente africano para los europeos durante siglos. En él, el autor describe detalladamente las ciudades, los pueblos, las costumbres, la geografía y la historia de las regiones que visitó, actuando como puente entre el mundo árabe y el mundo cristiano, y transmitiendo conocimientos valiosos sobre África a los europeos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su obra proporcionaría a estos últimos una visión más precisa y detallada del continente vecino, desafiando muchos de los estereotipos y mitos que existían en ese momento hasta tal punto que inspiraría a exploradores como Vasco da Gama, a emprender sus propios viajes hacia África.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su obra sigue siendo una fuente de referencia para historiadores, geógrafos y africanistas. No solo contribuyó al trazado de mapas más precisos, sino que reveló la existencia de grandes imperios y ciudades que, como Tombuctú, eran desconocidos para muchos europeos. Su desmitificación de África ayudó a percibir su gran diversidad cultural y étnica desafiando la visión estereotipada de un continente homogéneo y “bárbaro”. Y contribuyó al enriquecimiento cultural de Europa, al facilitar el intercambio de conocimientos e introducir nuevas ideas y perspectivas sobre el mundo.<br><br><strong>Bibliografía básica:</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Odisea, Homero (Gredos. 2019). Y Odisea Liberada (Blackie Books. 2022)<br></em><em>Historia, Herodoto (Edaf. 2024)<br></em><em>Geografía, Estrabón (Alianza Editorial. 2015)<br></em><em>Viaje de Egeria (La línea del horizonte. 2024)<br></em><em>El libro de las Maravillas, Marco Polo (Alianza Editoral. 2018)<br></em><em>A través del Islam, Ibn Battuta (Alianza, 2005)<br></em><em>Descripción de África, León el Africano (El Legado andalusí. 1995)<br></em><em>León el africano, Amin Maalouf (1986) (Alianza, 2018)</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>* Periodista y escritora, autora, entre otros libros, de “Espejismo, viaje al Oriente desaparecido”, “El último árbol del paraíso”, “Búscame donde nacen los dragos” y “La luna sobre Roma”. Colaboradora de National Geographic y miembro del Consejo de Redacción de la SGE.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>&nbsp;</em></p>
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		<title>La biblioteca colombina. El sueño del saber universal del hijo de Cristóbal Colón</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/biblioteca-colombina/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 12:22:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 79]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El hijo pequeño del almirante Cristóbal Colón, Hernando, siguió la estela descubridora de su padre más que en el plano físico, en el ámbito del conocimiento. Para ello se dedicó de manera compulsiva a adquirir libros.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Ramón Jiménez Fraile</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Viajes de papel: literatura y libros de viajes</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><br><strong>El hijo pequeño del almirante Cristóbal Colón, Hernando, siguió la estela descubridora de su padre más que en el plano físico, en el ámbito del conocimiento. Para ello se dedicó de manera compulsiva a adquirir libros, impresos y manuscritos, con los que crear una de las bibliotecas más importantes del Renacimiento cuyo objetivo era el de compendiar el saber universal. Además, puso en marcha un pionero proyecto consistente en reflejar, de manera sistemática, la realidad geográfica de España, lo que le convirtió en el primer geógrafo de la España moderna.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El 21 de noviembre de 1535, un librero de Lyon vendió un ejemplar de “La Crónica de Génova” publicada en París por la Editorial Michel le Noir. Gracias a la meticulosidad del comprador, no solo sabemos que el libro costó un sueldo, “equivalente a doce dineros, valiendo el ducado 570 dineros, que son 47 sueldos y medio”, sino que aquel día hubo “grandísimo frío y niebla” en la ciudad francesa. El comprador era el hijo del almirante del Nuevo Mundo, Hernando Colón, y el libro engrosó su descomunal colección privada de obras impresas y manuscritos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hernando Colón no solo pasaría a la historia por el legado material de la conocida hoy como Biblioteca Colombina (en su día llamada Hernandina o Fernandina), sino por sentar las bases de la biblioteconomía: la ciencia relativa a la conservación, organización y administración de las bibliotecas.<br><br>El profesor Edward Wilson-Lee, autor del “Memorial de los Libros Naufragados. Hernando Colón y la búsqueda de una biblioteca universal” (Editorial Ariel), considera que el hijo del almirante se sintió “indefenso” ante la avalancha de datos que se manejaban en su época. “Al igual que sucede hoy con la revolución digital, la imprenta aumentó de manera exponencial la cantidad de información disponible. Hoy nos orientamos en ese océano supeditándonos a los algoritmos de búsqueda, y él tuvo que inventar nuevos sistemas de clasificación”. Mientras que su padre descubrió un mundo nuevo, “él quiso crear un nuevo mundo de información”, señala Wilson-Lee. Para ello, se propuso recopilar todo el saber de su época “y ponerlo al servicio de Carlos V, sirviéndole en bandeja toda esa información. Le entregó una gran herramienta de poder, como había hecho su padre con los Reyes Católicos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para garantizar la perennidad de su legado, Hernando hizo de su biblioteca el principal beneficiario de su herencia. Sin embargo, su voluntad no fue respetada, lo que explica que en la actualidad solo se conserven, en la Catedral de Sevilla, alrededor de unos tres mil quinientos volúmenes, de los más de quince mil títulos y documentos que llegó a reunir.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LAS JOYAS DE LA BIBLIOTECA COLOMBINA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hernando nació en Córdoba en 1488, de la relación extramatrimonial entre Cristóbal Colón y Beatriz Enríquez de Arana, huérfana de humildes agricultores. Por aquel entonces su padre se ganaba la vida, según se dijo, vendiendo libros y mapas de navegación. Al regreso de su primer viaje a las Indias, el ya <em>Vista de la biblioteca colombina en la actualidad. </em>almirante logró que Hernando fuera aceptado como paje en la corte del prín cipe Juan, el único hijo varón de los Reyes Católicos. Fue en ese ambiente cortesano en el que se forjó la educación humanista del menor de los hijos de Cristóbal Colón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando apenas tenía trece años, acompañó a su padre en el cuarto viaje a las Indias, que estuvo marcado por penalidades e infortunios. A los veinte años cruzó de nuevo el Atlántico, esta vez para acompañar a su hermano Diego, que había sido nombrado gobernador de Santo Domingo. Entre su equipaje figuraban cuatro arcones con casi doscientos cincuenta libros que dejó en La Española, constituyendo así la que se considera primera biblioteca del Nuevo Mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los posteriores viajes que Hernando hizo por Europa, en parte acompañando al emperador Carlos V, le permitieron establecer una estrecha relación con los principales editores y libreros de la época, así como con destacados intelectuales de su tiempo, como Erasmo de Rotterdam.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Paradójicamente, dos de sus escritos más relevantes no figuran, en la actualidad, en los estantes de la Biblioteca Colombina. En primer lugar, se trata del original en español de la biografía que, entre 1536 y 1539, escribió sobre su padre y de la que, en 1571, se publicó una traducción al italiano. Habría que esperar a 1749 para que se publicara la traducción española de esa primera edición italiana. El hecho de que el original en español nunca haya aparecido alimentó la polémica sobre si Hernando fue o no el auténtico autor de la biografía. Otro documento relevante que no se encuentra en la Biblioteca Colombina es el informe que fue presentado a Fernando el Católico por Diego Colón, mediante el que su hermano Hernando proponía, en 1511, llevar a cabo la que hubiera sido la primera vuelta al mundo. El documento original acabó en la colección del estadounidense Obadiah Rich y en la actualidad forma parte de los fondos de la New York Public Library. En él, Hernando destaca los beneficios que acarrearía dicho proyecto en términos de un mejor conocimiento de nuestro planeta, partiendo del principio de que “el principal don que tenemos es el saber”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre las obras que sí figuran en la Biblioteca Colombina destacan “El Libro de viajes”, de Marco Polo y “El Libro de las Profecías”, éste último consistente en una recopilación de textos bíblicos y de citas de padres de la Iglesia y de clásicos que Cristóbal Colón manejó en apoyo de sus descubrimientos. Junto con un considerable número de incunables, la Biblioteca Colombina contiene asimismo una gran cantidad de obras impresas consideradas menores, en las que se recogen cancioneros y refranes populares. Su carácter altruista quedó de manifiesto en la cláusula que figura en su testamento, en virtud de la cual cada ejemplar de su librería debía portar la siguiente mención: “Don Hernando Colón, hijo de don Cristóbal Colón, primero almirante que descubrió las Indias, dejó este libro para uso y provecho de todos sus prójimos. Rogad a Dios por él”. También a petición suya, en su sepultura figuran en torno a su escudo de armas cuatros libros abiertos que hacen referencia a la organización de su biblioteca en torno a otros tantos conceptos: autores, ciencias, epítomes y materias.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL “LIBRO DE LIBROS”, PERDIDO Y HALLADO EN DINAMARCA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En 2019, la figura del hijo pequeño de Cristóbal Colón saltó a la actualidad al descubrirse en un Instituto de la Universidad de Copenhague el códice original de “El Libro de los epítomes”. La obra era el resultado de uno de los pioneros proyectos bibliográficos de Hernando Colón consistente en ofrecer, de manera estandardizada, resúmenes de los libros que iba adquiriendo. El códice original recogía alrededor de dos mil reseñas, la gran mayoría en latín, pero no todas se han conservado. El hecho de que faltaran las primeras páginas del códice explica que durante siglos no fuera atribuido a Hernando Colón. Se cree que la obra llegó a Dinamarca a mediados del siglo XVII, sin que se sepa ni cómo ni por qué lo hizo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Menos suerte tuvo una partida de casi dos mil libros comprados por Hernando Colón en Venecia y perdidos, en 1521, en el naufragio del barco que los transportaba a Sevilla. Hernando dio cuenta de ellos en un documento titulado “Memorial de los Libros naufragados”, expresión que dio pie al título del reciente libro en el que el profesor Edward Wilson-Lee narra la vida y obra del hijo del almirante.<strong>   </strong></p>



<p class="has-text-align-left wp-block-paragraph"><strong>DESCRIPCIÓN Y COSMOGRAFÍA DE ESPAÑA&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1517 Hernando Colón emprendió un pionero proyecto geográfico, consistente en <em>“hacer la cosmografía de España y en ella escribir todas las particularidades y cosas memorables”</em>. Para ello, en palabras de uno de sus ayudantes, <em>“fue necesario enviar por todos los pueblos de España algunas personas que informasen en cada pueblo de los vecinos que había y de todo lo demás que en él hubiese digno de memoria y, habida la información, (que) la trajeran con fe de escribanos y de testigos fidedignos”</em>. La conocida como “Descripción y Cosmografía de España”, conservada en la Biblioteca Colombina de Sevilla, fue un encargo que emanó del propio Carlos V, ante el desconocimiento que su corte tenía de los reinos de España. Después de seis años de exhaustivos trabajos de recogida de datos por parte del equipo que constituyó al efecto, Carlos V puso fin al costoso proyecto sin que se hubieran alcanzado todos los objetivos fijados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Años más tarde, en 1526, Carlos V encargaría a Hernando la elaboración, junto con los principales pilotos españoles de la época, una carta general de navegación de escala planetaria, proyecto que no fue llevado a cabo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hernando Colón tuvo ocasión de hacer gala de sus dotes de cosmógrafo en la Junta de Geógrafos de Elvas-Badajoz de 1524, convocada para dirimir, por la vía diplomática y basándose en evidencias científicas, el conflicto sobre las Molucas suscitado por la primera vuelta al mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>INFORMACIÓN PRÁCTICA SOBRE LA BIBLIOTECA COLOMBINA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera sede de la biblioteca de Hernando Colón fue la casa que construyó en la Puerta de Goles de Sevilla. El propio Hernando redactó un reglamento que incluía la prohibición de que los libros salieran del recinto, <em>“pues que vemos que es imposible guardarse, aunque tengan cien cadenas”</em>. Tras su muerte, la biblioteca fue trasladada primero al Convento de los dominicos y más tarde a un salón del Patio de los Naranjos de Catedral de Sevilla, donde se encuentra en la actualidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde 1992 es gestionada por la Institución Colombina, junto con otros archivos y bibliotecas de la Archidiócesis y de la Catedral. La Institución Colombina organiza visitas guiadas de grupos que proporcionan una completa visión de la imprenta y del mercado de libros en la Europa de la primera mitad del siglo XVI.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las solicitudes de visitas pueden dirigirse al correo electrónico: <a href="mailto:ncp@icolombina.es">ncp@icolombina.es</a><br><br><em>* Ramón Jiménez Fraile es historiador, periodista y escritor. Ha escrito varios libros sobre el mundo de la exploración y los exploradores. Es miembro de la Sociedad Geográfica Española.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>
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		<title>Derroteros: las guías de viaje de los marinos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/derroteros/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 11:55:34 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Desde la Antigüedad, los marinos y navegantes describieron sus viajes en los llamados derroteros, periplos o libros portulanos, descripciones<br />
meticulosas, casi a modo de guías de de viajes, que durante siglos orientaron a los viajeros por mar.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Mª Luisa Martín Merás</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Viajes de papel: literatura y libros de viajes</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><br><strong>Desde la Antigüedad, los marinos y navegantes describieron sus viajes en los llamados derroteros, periplos o libros portulanos, descripciones meticulosas, casi a modo de guías de viajes, que durante siglos orientaron a los viajeros por mar. Especialmente durante los siglos XVI y XVII ocuparon un lugar muy importante en nuestra literatura de viajes, en particular en los relatos de las aventuras que llevaban al Nuevo Mundo.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un derrotero es una descripción náutica de una ruta marítima, específica para marinos y pilotos, que frecuentemente tienen como destino lugares adónde nunca han navegado. Estos libros describen y representan las costas, bajos fondos, señalizaciones (boyas, faros, balizas, etc.), perfiles visuales de las costas, avisos de peligros, formas de navegación convenientes, acceso a puertos, etc. Es decir, contienen el conjunto de observaciones, hechas en un viaje por mar, útiles para la navegación del piloto y de navegantes futuros. Se menciona la existencia de este tipo de documentos desde la más remota Antigüedad, bajo el título de periplos, libros portulanos y derroteros, siendo un ejemplo fundamental de la recopilación de experiencias prácticas para el ejercicio de la navegación durante siglos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si consideramos que una guía de viajes es “un libro de información sobre un lugar, diseñado para el uso de visitantes o turistas, donde se relatan experiencias viajeras sin aspectos literarios y narrativos, y cuyas características geográficas e históricas condicionan el relato” (1), podemos incluir a estos derroteros de los siglos XVI y XVII dentro de la literatura de viajes, en la modalidad de guías de viaje especializadas, ya que muchos de ellos reúnen los requisitos mencionados en la definición citada más arriba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con motivo del descubrimiento de América, se creó en 1503 la Casa de la Contratación de Sevilla, que se ocupaba del comercio con las Indias, Canarias y Berbería y actuaba como escuela de pilotos, pues pronto se hizo patente la necesidad de instruirlos en sus navegaciones a América. Los libros de navegación que salieron de su entorno fueron concebidos como libros de texto para enseñar a los pilotos los rudimentos técnicos del arte de navegar y se englobaban bajo el nombre genérico de “regimientos de navegación”; solían incluir un derrotero donde se explicaba la navegación a las Indias con la derrota a las Antillas, a Tierra Firme y otros lugares.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los primeros derroteros de América son evidentemente españoles y recogían las derrotas que hacían las flotas de Indias desde España, saliendo de Sevilla, a las Antillas, Veracruz y Honduras, y la vuelta a España desde Cuba, donde se unían las flotas de Nueva España y Tierra Firme para, juntas y protegidas, volver a la metrópoli. Sin embargo, los derroteros publicados son escasos, debido al estricto secreto con que se manejaban los descubrimientos y rutas americanas. <em>La Suma de geografía que trata de todas las partidas y provincias del mundo: en especial de las Indias y trata largamente del arte del marear </em>de Martín Fernández de Enciso en 1519, es una descripción geográfica de las partes del mundo, empezando por Europa y terminando por el Nuevo Mundo recién descubierto, del que presenta una lista de lugares con sus latitudes bastante acertadas, además de una detallada explicación de de las costumbres de sus naturales, zoología y botánica, especialmente del área antillana. Parece que el libro incluía una carta de navegar que no se publicó, precisamente para no dar noticias a los extranjeros.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA INFORMACIÓN SECRETA DE LOS DERROTEROS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Andrés García de Céspedes, que era cosmógrafo mayor del Consejo de Indias, incluyó en su <em>Regimiento de Navegación </em>en 1606, un derrotero para explicar detalladamente el nuevo padrón real. Por su parte Francisco de Seixas y Lobera, publicó en 1690 <em>Descripción geográfica y derrotero de la Región Austral Magallánica</em>, con un mapa del estrecho de Magallanes que tuvo que retirar por indicación del Consejo de Indias. En 1585 Andrés de Poza con su obra <em>Hidrografía</em>, que era un derrotero de las costas europeas, desde el estrecho de Gibraltar hasta Holanda, no tuvo ningún problema en su publicación, ya que sus rutas eran sobradamente conocidas por los países europeos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llama la atención que casi ningún derrotero o tratado de navegación práctica, escrito por españoles, haya sido publicado en su tiempo, a pesar del indudable interés que despertaron en los siglos XVI y XVII los asuntos marítimos en España. Parece ser que el principal obstáculo era la negativa para conceder el permiso de impresión por parte del Real Consejo de Indias, para no divulgar las derrotas seguidas por las flotas ni los sistemas defensivos de los puertos americanos. A tal fin, los pilotos que habían obtenido el título en el examen de la Casa de Contratación tenían que hacer el juramento <em>“de que bien y fielmente usará su arte y que no enseñará su profesión a ningún estranjero de estos Reinos ni le dará el regimiento, ni derrota de la dicha carrera de las Yndias, ni los instrumento, cartas, aguja, ballestilla, ni astrolabio»</em>. (2)</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por esta razón muchos derroteros a las Indias permanecieron inéditos, ya que facilitaban el conocimiento de las costas a enemigos y corsarios. Entre ellos estaba el <em>Quatripartitu </em>en <em>Cosmographia pratica i por otro nombre llamado espejo de navegantes</em>, de Alonso de Chaves, [1537], cosmógrafo y piloto mayor de la Casa de la Contratación de Sevilla. El libro cuarto de la obra es un derrotero de las “Indias de la Mar Océana”, desde la costa de Perú hasta la navegación del estrecho de Magallanes, con explicación de la distancia en leguas de los lugares, y colocación en latitud de los más importantes. La opinión común es que no recibió el permiso de impresión del Consejo de Indias por la información de las costas americanas que contenía.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>El Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales</em>, de Juan Escalante de Mendoza [1575], general de la Flota de Tierra Firme, contiene un derrotero clásico desde Sevilla a Nueva España, Honduras y Tierra Firme, con las distancias en leguas de toda la costa occidental hasta el Estrecho de Magallanes, y la derrota de vuelta a España. <em>El Itinerario </em>tampoco logró la licencia de impresión del Consejo de Indias, debido a los abundantes detalles que daba sobre las rutas de las flotas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo mismo le sucedió al derrotero, <em>Luz de navegantes donde se hallaran todas las derrotas y señas de las partes marítimas de las Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano</em>, de Baltasar de Vellerino [1592], que se guarda en la biblioteca universitaria de Salamanca. La obra está dividida en dos libros, el primero explica las derrotas que siguen las flotas españolas a las Indias Occidentales, partiendo de Sanlúcar de Barrameda, y detallando las corrientes, vientos, distancias, medios y lugares por los cuales se debe navegar para evitar las dificultades y llegar a buen puerto. Señala los rumbos que se deben tomar según la dirección de los vientos y los accidentes geográficos que pueden servir para reconocer los puertos y la distancia en leguas de unos a otros. De manera somera se detiene además en la descripción de las riquezas naturales, habitantes y otros detalles de los puertos de La Habana, Puerto Rico, Veracruz y Santo Domingo. El segundo libro se titula: <em>“De las señas de las partes de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano”</em>. Está constituido por 115 dibujos, precedidos de una explicación que el autor llama “señas o señales marítimas”. Los dibujos son perspectivas de costa con una ligera aguada en ocre, azul y verde; están orientados con una flecha inscrita en un círculo y llevan una filacteria donde se señala desde dónde se ha tomado el perfil. Son estos dibujos los que confieren a la obra un carácter especial dentro de los numerosos derroteros de la época.<br><br><strong>DERROTEROS ANÓNIMOS DEL PACÍFICO ILUSTRADOS CON DIBUJO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La mayoría de los derroteros manuscritos del siglo XVI detallan las derrotas y puertos de la costa atlántica de América desde la barra de Sanlúcar hasta San Juan de Úlua y otros lugares de la costa occidental. Pero el estrecho de Magallanes, descubierto en noviembre de 1520, abrió una nueva etapa de navegaciones que hizo del Mar del Sur o Pacífico un espacio a explorar y descubrir. Los viajes por el Pacífico motivaron la necesidad de hacerse con mapas y cartas, perfiles de costas y planos de puertos, sobre todo en la región austral, por la imposibilidad o peligrosidad de navegar junto a la costa, lo que hizo necesario elaborar y unificar la cartografía del Mar del Sur, difundiéndola entre los pilotos de la Corona. A mediados del siglo XVII, a medida que avanzaban los descubrimientos en las costas del Pacífico y los viajes a Filipinas, encontramos muchos derroteros específicos para esa navegación, que solía empezar en Acapulco o Callao y descender hasta el cabo de Hornos. Estos derroteros de la costa pacífica de América constituyen un conjunto de manuscritos muy valioso que reposa en bibliotecas y archivos. La característica principal de ellos es que son manuscritos, frecuentemente anónimos y no fueron escritos para ser publicados, sino para uso particular de los pilotos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La mayoría incluye dibujos detallados de las costas y otras informaciones, que ilustran y complementan el texto, como perfiles de las costas, montañas y volcanes, islas e islotes, bajos, desembocadura de ríos, en fin, todo lo que pudiese servir para identificar la costa y en especial, sus puertos y centros urbanos costeros. Con ello se habría buscado ampliar el conocimiento sobre las costas e islas del Pacífico de los pilotos, que navegaban ese océano y que los habían recopilado para su propio uso y para los otros pilotos que los pudieran necesitar. Por supuesto, estos libros debían conservarse con gran sigilo, pues contenían información estratégica para los intereses del imperio español de la que pudieran beneficiarse otras potencias marítimas europeas, además de piratas y corsarios. Estas circunstancias avalan que la mayoría de los derroteros sean anónimos, recopilados por pilotos que los necesitaban para su propio trabajo. Los que hemos examinado no están firmados, aunque a veces aparece el nombre de su poseedor y todos tienen unas características parecidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta etapa se inicia en 1603 con el derrotero desde Acapulco al cabo Mendocino, hecho por el piloto de la segunda expedición de Sebastián Vizcaíno, Jerónimo Martín Palacios, con 33 croquis de la costa, realizados por Enrico Martínez. (3)</p>



<p class="wp-block-paragraph">El [Derrotero] <em>de la costa seguida desde [Acapulco] hasta el estrecho de Magallanes, cabo de Hornos, estrecho de Maire hasta el río de Buenos aires, con caletas, puertos y ensenadas, bajos, islas, arrecifes, rios, arrumbamientos, distancias y demás circunstancias que necesita un piloto[…] que a veces es muy acertado aconsejarse con noticias que dan estos libros que son muy ciertas&#8230;A quien de este su dueño fuere, Dios le dé buenos aciertos en todo y por todo. Lima 5 de enero de 1764</em>4, nos confirma la hipótesis del anonimato, pues el autor resulta ser un incógnito piloto que ha copiado un derrotero muy anterior a la fecha que indica, pues da algunas noticias de sucesos pasados que él no pudo conocer. Incluye 11 ilustraciones de las costas con indicaciones náuticas, empezando por Acapulco y terminando por un mapa del Estrecho de Magallanes, donde aparece parte el dibujo incompleto de las islas Malvinas, denominadas “islas nuevamente descubiertas” Lo mismo sucede con el <em>Derrotero de las costas de los reinos del Perú, Tierra Firme, Chile y Nueva España, sacado de diferentes cuadernos que han escrito y usado los más clásicos y experimentados pilotos deste Mar del Sur, 1675. Incluye 270 dibujos. (</em>5) En el “Prólogo exhortatorio” el autor declara <em>“yo no puse nada de mi casa mas que trasladar” </em>pues el derrotero es una copia, para su uso privado, de anteriores derroteros de los pilotos del Mar del Sur, ya que, <em>“me animé con su trato y adquiriendo prestados sus cuadernos a juntar sus obras y experiencias en este libro que si por caso fuese a la imprenta hallasen en un cuerpo todo lo descubierto y qué se trajina en este Mar del Sur” (</em>6).</p>



<p class="wp-block-paragraph">El [Derrotero] <em>desde la ultima población que tienen los españoles en las costas de Nueva España, en el mar del Sur es la ciudad de Compostela, como manifiesta la demostración de su mapa que da principio a este libro, como se verá en la hoja n.1, para que se tenga verdadera ynteligencia de todos los yntereses que comprehende sus demostraciones en sus mapas [&#8230;]para que sirva de norte a los navegantes que surcan aquellas costas&#8230; </em>Termina abruptamente al final por lo que no sabemos si tiene autor. Incluye 151 dibujos y, 8 hojas de texto. (7)</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por último, el <em>Derrotero general del Mar del Sur, sacado de diferentes autores. Hecho en Panamá en 30 del mes de Diciembre de 1684</em>,8 participa de las mismas características que los anteriores, ya que es una simbiosis de distintos derroteros, como se aclara en la portada donde los datos técnicos están complementados con 148 dibujos a la aguada muy interesantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los derroteros de la costa pacífica de América constituyen un conjunto de manuscritos muy valioso y poco conocido, que no han sido estudiados en su conjunto. Hemos visto como la política de sigilo, establecida por el imperio español para proteger sus rutas marítimas, impidió la publicación de derroteros sin la aprobación de las autoridades científicas del Consejo de Indias. Esta circunstancia motivó que los pilotos se proveyeran por su cuenta de compilaciones de derroteros manuscritos que señalaban solamente la ruta de sus navegaciones, eran de su propiedad y tenían la garantía de poderlos corregir en sucesivas derrotas. Por esta razón la mayoría son anónimos, aunque a veces llevan el nombre del poseedor. La mayor parte de ellos, además de las indicaciones náuticas pertinentes, incluyeron unos dibujos en color de las tierras a las que se dirigían y noticias geográficas, que les confieren una importancia añadida y que justifican el título de este artículo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>NOTAS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">1 Luis Albuquerque, Los libros de viajes como género literario, pp. 67-82, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 2006.<br>2 Manuel Moreno Alonso, América ante los pilotos de Ayamonte. El derrotero de las Indias de Benito Alonso Barrozo, Sevilla, 1985, p. 26.<br>3 Archivo General de Indias. Mapas y Planos, México, 53.<br>4 Museo Naval de Madrid, Mss. 180.<br>5 Museo Naval de Madrid, Mss. 1202.<br>6 Museo Naval de Madrid, Mss. 1202, p. 9.<br>7 Biblioteca Nacional de España, Mss. 2957.<br>8 The Hispanic Society of America, Ms. K44.<br><br>* Mª Luisa Martín Merás, es especialista en cartografía marítima española. Ha sido Jefa de Investigación en el Museo Naval de Madrid y Directora técnica del Museo Naval.</p>
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		<title>Cuando los españoles decidieron salir a conocer España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/espanoles-conocer-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 11:18:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los viajeros españoles que durante el siglo XVIII se lanzaron a recorrer su propio país, los llamados viajeros ilustrados, resultan a día de hoy unos grandes desconocidos. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><br>Los viajeros españoles que durante el siglo XVIII se lanzaron a recorrer su propio país, los llamados viajeros ilustrados, resultan a día de hoy unos grandes desconocidos. Sin el heroísmo de los grandes exploradores de América y el Pacífico que les precedieron, y sin el romanticismo de los viajeros por placer que les sucedieron en el siglo XIX, los del Siglo de las Luces pueden parecernos eruditos grises y anodinos, a veces meros funcionarios recopiladores de datos y husmeadores en archivos. Pero nada más lejos de la realidad: son los primeros que deciden salir a conocer nuestro propio país, a reconocer sus caminos, sus luces y sus sombras, para proponer un cambio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Solo por ello, ya merecen nuestra atención, y a ellos va dedicado este nuevo número del Boletín de la Sociedad Geográfica Española. En estas páginas veremos cómo, siguiendo el modelo establecido por Rousseau y otros pensadores europeos, los intelectuales españoles dieciochescos se pondrán en marcha para conocer España en profundidad. Con increíble celo y constancia, se empeñarán en conocer la realidad de un país anclado en el pasado, y nos asombrarán con sus observaciones y reflexiones sobre una realidad que hasta entonces nadie se había parado a analizar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Viajar no es ningún placer para ellos, sino una misión: no viajan para ver tierras y paisajes, no por mera aventura, sino para conocer pueblos, estudiar costumbres y comparar formas de gobierno. Y lo hacen con la ilusión casi infantil propia de los Ilustrados, optimistas, racionalistas, convencidos de que el acopio de datos y documentos permitirá cambiar de alguna forma el curso de la historia de España.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los viajes de científicos como el de Cavanilles, de artistas como Antonio Ponz, de historiadores como el Marqués de Valdeflores, de intelectuales como Iriarte o Moratín, de cartógrafos como Tomás López, de hombres de gobierno como Jovellanos… pondrán en marcha una aventura intelectual, única y ejemplar en la historia literaria española. Más allá de su obsesión por inventariar todo cuanto ven, veremos viajes que duran toda una vida, como los más de treinta años que Tomás López dedica a recorrer el país para levantar el primer mapa completo y detallado de la península. O las dos décadas que un artista, Antonio Ponz, emplea para diseccionar la realidad histórica, social, artística y geográfica del país y contarlo en su Viaje de España. O el tiempo que dedicó Jovellanos, intelectual, hombre de leyes, prácticamente toda su vida, a viajar por España y dejar por escrito en forma de cartas cuanto vio por caminos, pueblos y ciudades, siempre con un afán reformista y didáctico. Entre unos y otros, nuestros viajeros ilustrados nos dejan frescos muy certeros de todas las regiones españolas y de cómo se viajaba en un país en el que los caminos no habían prácticamente cambiado desde tiempos de los romanos, con ventas y posadas sucias, incómodas y hasta peligrosas y sin “guías” de viaje que les orientasen en sus trayectos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los viajes ilustrados, a diferencia de los posteriores románticos, serán promovidos desde el propio gobierno, impulsados por los reyes Borbones de forma meditada, calculada y planificada, como parte de una renovación total de la nación. Y a finales de siglo se puede decir que han dado frutos: reformas de los caminos y del sistema de postas, conocimiento e inventario de los recursos del reino (artísticos, naturales, económicos…), una completa cartografía de la península, “guías” y libros de viajes para ayudar a desplazarse, y numerosos proyectos para mejorar la economía y las condiciones sociales del país, muchos de los cuales se verán truncados con las guerras napoleónicas y la posterior llegada del absolutismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Trescientos años después, España ha cambiado mucho, y también los objetivos del viaje y de los viajeros. Nuestro propio Boletín da un salto en el tiempo para dedicar un espacio final a la actualidad viajera: la primera expedición de la Sociedad Geográfica a la Antártida, que los propios participantes han relatado en forma de crónica, y la última edición de los Premios de la SGE, donde viajeros de otra época, de otro siglo, incluso de otro milenio diferente al que alumbró a aquellos viajeros ilustrados, llegan a todos los confines del mundo y centran su objetivo en la conservación del planeta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sus metas están a veces muy lejos de nuestro territorio cercano. Para muestra, Héctor Salvador, Viajero del Año SGE, piloto de batiscafos y primer español que desciende a la Fosa de las Marianas (10 706 m de profundidad). Pero incluso con un objetivo viajero tan lejano al que inspiró a los ilustrados, en su discurso quiso enlazar con cuantos viajeros le han precedido y con los que siente que comparte un espíritu común de curiosidad. <em>«Allí (en la profundidad de la Fosa de las Marianas) me sentí una gota insignificante en la inmensidad del océano. Hoy me siento así, rodeado de los héroes de mi infancia, los que allanaron el camino para que llegáramos hasta aquí». </em>Tal vez sea la curiosidad viajera por conocer lo que nunca ha cambiado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>
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		<title>Los ilustrados viajes del VI Conde de Fernán Núñez</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-del-conde-fernan-nunez/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 11:00:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-del-conde-fernan-nunez/">Los ilustrados viajes del VI Conde de Fernán Núñez</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Francisco José Rosal Nadales</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. Como fiel representante del Siglo de las Luces, utilizó sus experiencias para ampliar sus conocimientos, tratar de mejorar la vida de sus conciudadanos y, en algunos casos, para ayudar a sus amigos. En 1786 escribió una Ruta de viajes para el nuncio del papa, quien debía trasladarse desde Lisboa a Italia. En ella describió los caminos, las ciudades y los monumentos que podía visitar. También incluyó un mapa manuscrito con las rutas y las ciudades que debía atravesar.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta guía y el mapa, resultan muy valiosos para el estudio de los viajes en el siglo XVIII, una obra de carácter personal y basada en la experiencia propia de un gran viajero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero también sus viajes por España se vieron reflejados en cartas y diarios, que son un fresco vivo de la realidad de nuestro país en el siglo XVIII. Como el que realizó en 1784 desde Lisboa a Madrid y de aquí a sus tierras de Fernán Núñez, en Córdoba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los viajes, incluso los que se realizan bajo la vitola de puro ocio, raramente quedan en eso. Siempre hay una oportunidad en ellos para aprender, conocer, pensar, difundir lo aprendido —si tenemos inquietudes literarias— o mostrar posibles enseñanzas y mejoras de vida a quienes dependan de nosotros —si tenemos espíritu altruista. A este tipo de personas perteneció el VI Conde de Fernán Núñez, don Carlos José Gutiérrez de los Ríos y Rohan Chabot. Viajó mucho, aprendió mucho, difundió mucho, educó mucho.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En septiembre de 1778 iniciaron viaje hasta Lisboa el conde y la condesa. Ella iba embarazada del que sería su primogénito y, años después, primer duque de la casa. Él iba destinado como embajador de Carlos III ante la Reina Fidelísima, María I de Bragança. Como siempre, recogió sus impresiones de los lugares y personas con las que coincidió y, al mismo tiempo, ofreció su ilustrada opinión sobre algunos aspectos que le llamaron la atención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde Lisboa se multiplicó para hacer valer los derechos de España en Portugal, tradicional aliado de Inglaterra, con la que de nuevo se habían desatado las hostilidades. Fueron tantos y tan grandes sus aciertos que nuestro Carlos III, en premio, le concedió el Toisón de Oro en marzo de 1783. Esta alegría solo palió levemente el dolor que, unos meses atrás, había provocado la muerte de su hermana Escolástica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, estas dos circunstancias, una triste y otra alegre, vinieron a confluir en el viaje que la familia Gutiérrez de los Ríos y Sarmiento de Sotomayor realizó desde Lisboa hasta Madrid para recoger el Toisón de manos del propio monarca borbón y, ya en la corte, gestionar lo referente al testamento de su hermana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Partieron de Lisboa el 2 de mayo. El día 5 llegaron a Vimieiro, donde fueron recibidos por los condes de dicho nombre. Aquí comenzó, ya, la labor de Fernán Núñez de aprendizaje en este viaje. Las charlas con el conde de Vimieiro resultaron del mayor interés para el embajador español, pues trataron, entre otros asuntos, de las escuelas para niñas pobres que el portugués había establecido en la villa de Estremoz. Como podemos comprobar, el viaje sirve a Gutiérrez de los Ríos para tomar nota, aprender, ver, oír y hablar de los temas que le interesan. Y la educación, como buen ilustrado, le interesaba sobremanera, pues su mente ya ideaba instaurar en su villa cordobesa de Fernán Núñez, de la que era administrador, un sistema educativo similar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 18 de mayo arribaron a Ávila. Aquí, Gutiérrez de los Ríos se sorprendió del elevado número de conventos e iglesias que había para una población relativamente pequeña. Incluso recogió una tradición sobre la iglesia de San Vicente:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>«En el crucero de dicha iglesia hay una sepultura y una inscripción en la pared que dice estar allí enterrado el judío que hizo esta iglesia. Refiérese que habiendo hecho éste mofa de dichos Santos [San Vicente, Santa Rufina y Santa Cristeta], después de martirizados, salió de entre dos peñas una gruesa culebra que se le enrolló al cuerpo, con lo cual, reconociendo su error, clamó al verdadero Dios, se convirtió y ofreció construir dicha iglesia en honor de los dichos Santos Mártires.» 1</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">También visitaron el convento del Carmen, levantado donde se suponía estaba la casa de Santa Teresa. Aquí dio el Conde nueva muestra de ser firme creyente pero no crédulo: «En la sala en que nació la Santa hay una imagen suya cuyo báculo y rosario, de un tamaño enorme, se manifiesta en la iglesia y el religioso que nos lo ensañaba nos dijo oliésemos su fragancia, que por más que hice no pude hallar y solo percibí el olor de la madera»2.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No fue la única ocasión en que se mostró contrario al fomento de la credulidad y superstición entre las gentes iletradas por parte de miembros de la Iglesia. El 22 de mayo, por la tarde, entraron en Madrid. El 17 de julio de 1783, a las 11 de la mañana, tuvo lugar la entrega del Toisón de Oro al Conde de Fernán Núñez y al embajador de Francia, Conde de Montmorein. Ambos recibieron la insignia de manos del propio Carlos III. Los documentos en los que se daba cuenta de toda la ceremonia son magníficos para conocer la etiqueta cortesana en actos de este calado, pero exceden el objetivo del presente artículo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con el Toisón sobre su pecho, el conde y su familia iniciaron un nuevo viaje, esta vez hacia el sur, a la que él siempre llamó “su villa” de Fernán Núñez, en el Reino de Córdoba. En dicha localidad estaban dando culmen a las obras para la erección de una capilla dedicada a santa Escolástica, realizada en memoria de la hermana de Carlos José, y anexa al palacio de la familia. Este viaje se inició el 3 de mayo de 1784 y el conde volvió, como no podía ser de otra manera, a relatar en sus diarios lo que vio, conoció y, más tarde, puso en práctica. Así, a su paso por Valdepeñas, perteneciente en aquel tiempo al marqués de Santa Cruz, todos disfrutaron de su vino tinto y el conde puedo tomar como modelo para futuras empresas filantrópicas las obras pías de este noble, al tiempo que justificaba la existencia de la propiedad señorial si esta redundaba en beneficio de sus vasallos:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>«Mantiene escuela gratuita para los niños, ha fomentado una fábrica de jabón y colma de beneficios y limosnas a sus vasallos, tanto en éste, como en los pueblos de Santa Cruz y el Viso, que son igualmente suyos. Este pueblo tiene al pie de 1.500 vecinos y todos bendicen la munificencia de su señor que socorre viudas, ayuda labradores y pañeros de que abunda, y fomenta de tal modo todos los ramos de la industria que no puede oírse sin ternura las alabanzas que de él publican todos a boca llena. ¡Oh, dichoso quien sabe ser señor de este modo, y merecer por sí ser aclamado por tal con alegría de su pueblo! No sé con qué razón podrán clamar contra esta especie de nobles, los que o por moda o por envidia, se encarnizan contra los que poseen lo que ellos quisieran tener. ¡Clamen en buena hora contra el abuso del poder y de la riqueza, contra los que solo piensan en arruinar a sus pueblos, pero respeten y conozcan la utilidad de los que no usan de su poder, sino para librar a sus prójimos, que miran como a hermanos, y para sostener el honor de la Patria, del Rey y de sus mayores, que supieron ponerle la corona en sus sienes a costa de su propia sangre!</em>.»3</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es posible que Gutiérrez de los Ríos ya abrigase en su fuero interno el deseo de establecer un hospital y una casa de niños expósitos en Fernán Núñez, por lo que, en este viaje, estaría tomando nota de otras instituciones que le ofreciesen ejemplos a seguir, además de solicitar informes a sus colaboradores. 4</p>



<p class="wp-block-paragraph">Volviendo al viaje en sí, en El Viso [del Marqués] disfrutó del maravilloso palacio erigido por don Álvaro de Bazán, si bien algo abandonado en aquellos momentos. Al paso por Sierra Morena alabó el camino nuevo que Carlos III había preparado y que mejoraba mucho el tránsito por una zona llena de bandidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En La Carolina escuchó <em>«los elogios del desgraciado e imprudente Don Pablo de Olavide (…) vi que todos los que me hablaban le echaban de menos y no pude dejar de sentir que su poca prudencia y combinación de circunstancias le hubiese acarreado un fin que no hubiera tenido en otro país»</em>5. Don Carlos José Gutiérrez de los Ríos, conocedor de la mala organización que había tenido el repoblamiento, con individuos de del Centro de Europa poco acostumbrados al clima (y al vino) de Sierra Morena, mal escogidos, restó a Olavide culpas. 6</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el trayecto entre La Carolina y Carboneros encontraron la aldea de Escolástica. El nombre, como puede suponerse, provenía de la hermana del Conde. Así relató don Carlos José el curioso origen de la idea:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>«[Tras ser herido en Argel, doña Escolástica] había venido a verme a Valencia </em><em>y me acompañó a mi villa de Fernán-Núñez. Al llegar a este paraje vimos </em><em>a Don Pablo de Olavide, que, con otros, estaba trazando aquella pequeña aldea. </em><em>Llegose al coche, preguntó a mi hermana su nombre, que era Escolástica </em><em>y éste fue el que dio y conserva aquella pequeña aldea, siempre agradable </em><em>para mí. Pensé, a su muerte erigir en ella un monumento, pero los respetos </em><em>de ser población real y otros que hubiera allanado Olavide con gusto me retrajo </em><em>de poner en planta mi pensamiento.» </em>7</p>



<p class="wp-block-paragraph">El día 12 llegaron a El Carpio y, al día siguiente, el conde se separó del grupo para visitar las obras de la torre que estaban arreglando en sus tierras de La Morena. Vuelto a la comitiva, pasaron el Guadalquivir en barca por la zona de Alcolea. Allí se les unió el padre Miguel de Espejo, amigo suyo y quien había pronunciado en Fernán Núñez el elogio fúnebre por doña Escolástica en 1782. Llegaron a Córdoba ese 13 de mayo de 1784 y visitaron, entre otros lugares, la mezquita-catedral. Don Carlos José, con criterio propio, consideró que la Capilla Mayor era de una factura maravillosa, pero que no habían tenido acierto al erigirla en aquella mezquita única . Alabó la custodia de Arfe, la torre y el Patio de los Naranjos. En los alrededores destacó el monumento a San Rafael, las Caballerizas y la sierra con sus casas de campo señoriales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El día 14 de mayo de 1784, a las cuatro y media de la tarde, llegaron a Fernán Núñez. La entrada fue recogida por los cronistas como algo apoteósico y digno de recuerdo. A la señalada ocasión de bendecir la Capilla de Santa Escolástica se unió el hecho de que en la villa no conocían, aún, a la familia, pues doña Esclavitud Sarmiento y sus dos primeros hijos, Carlos y José, no habían pisado Fernán Núñez: <em>«Todo el pueblo junto, con grandes aclamaciones manifestaban en sus semblantes señales ciertas de afecto y ternura; y habiéndose apeado en la iglesia, según acostumbran siempre, pasaron a su palacio»</em>. 9<br><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>UN HOMBRE DE LA ILUSTRACIÓN</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El VI Conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos, nació en plena Ilustración, el 11 de julio de 1742, en Cartagena. Diplomático, militar y escritor, era heredero de una antigua familia aristocrática andaluza que tuvo un decisivo ascenso social durante el siglo XVIII. Hombre de amplia cultura, Fernán Núñez dejó escritos numerosos diarios de viajes y cartas, una biografía del monarca titulada <em>Vida de Carlos III</em>, cuyo manuscrito original se encuentra en el British Museum, un diario de la expedición de Argel y una interesante carta a sus hijos, donde expone sus ideas en materia de educación, economía y política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue además académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y fue honorario de la sevillana de Buenas Letras desde 1785. En 1791, estando de embajador en París, fue destituido de su puesto por el Conde de Floridablanca, con el que mantenía una pertinaz enemistad política. Tras unos años de autoexilio por distintas ciudades europeas regresó a Madrid, donde murió el 23 de febrero de 1794.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>&nbsp;</strong><br>La bendición de la Capilla se produjo el 22 de mayo. El grupo de clérigos que participaron en la ceremonia iniciaron una procesión desde la iglesia parroquial hasta la puerta de la Capilla, donde ya les esperaban el Corregidor y demás miembros del gobierno de la Villa. El último en llegar fue el conde, según marcaba la etiqueta. El encargado de bendecir la capilla, tanto en su exterior como en el interior, a los sones del <em>Miserere</em>, fue don Cayetano Carrascal, Canónigo Tesorero de la Catedral de Córdoba, mientras que la primera misa la ofició Don Diego Moreno y Aguilar, Capellán de la condesa, en ofrenda a Santa Escolástica Virgen. Esa misma noche tuvieron lugar festejos que implicaron a todo el pueblo, si bien el protagonismo, como era de esperar en una sociedad típica del Antiguo Régimen, lo detentaron los condes:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>«Esta noche a la hora determinada se oyeron repiques generales, acompañando </em><em>a los de la iglesia parroquial las campanas de los otros templos. Se iluminaron </em><em>las torres, todas las calles y cada particular quiso distinguirse. Las aclamaciones </em><em>gloriosas, los gritos de gozo y las bendiciones del pueblo, elevaban </em><em>sus ecos sobre los de las campanas. Todas las ventanas y balcones de palacio, </em><em>que hacen frente a la plaza nueva, estaban igualmente iluminados con dos hachas </em><em>cada uno. Este espectáculo, que duró algunas horas, se hizo más brillante </em><em>por la presencia de los Excmos. Sres. Condes, que desde el balcón principal y </em><em>ventanas animaban con su vista las de todo el pueblo.»10</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">El día siguiente, 23 de mayo de 1784, tuvo lugar la instalación del Santísimo Sacramento y de las imágenes sagradas en sus correspondientes altares de la Capilla, rodeado todo de grandes muestras de fervor popular. Previamente se había celebrado la ceremonia de bendición en la iglesia parroquial, a la que asistieron el conde y su familia, los cleros de Fernán Núñez y Montemayor y personas distinguidas de ambas localidades y otros ilustres invitados. Mientras, un enorme gentío esperaba en la plaza de la iglesia. Finalizada la bendición, tuvo lugar un convite en el palacio al que asistieron los más señalados miembros del clero y de la sociedad de los pueblos citados. Por la tarde de ese 23 de mayo tuvo lugar la procesión por la que se trasladó la Custodia desde la iglesia parroquial a la Capilla de Santa Escolástica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ella, los sochantres de Montemayor y Fernán Núñez entonaron el <em>Tantum ergo</em>, al tiempo que el conde les seguía, acompañado de sus hijos a derecha e izquierda según orden de nacimiento. Detrás de ellos iban otras dignidades civiles y religiosas, mientras <em>«las paredes de las calles [aparecían] cubiertas con distintas colgaduras, que hacían un matizado delicioso a la vista. El suelo se miraba alfombrado de tantas especies de flores, que parecía haber trasladado el mes de mayo todas las de los campos, prados, selvas y jardines, para que alabaran a su Criador [sic], santificándolas con su presencia» </em>11.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Instalada la custodia en su lugar del sagrario, se pasó al palacio donde los condes habían preparado un refresco. Pero fueron tantas las personas señaladas que asistieron, que hubo que preparar dos salas contiguas para acogerlas, al tiempo que los anfitriones honraban a sus invitados colocando <em>«sus asientos el centro de las mismas puertas que dividían las dos habitaciones para repartir con equidad los afectos y sentimientos del corazón, hablando a todos igualmente con afabilidad» </em>12.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En los días posteriores se nombró capellán de Santa Escolástica al fernannuñense don Juan de Zafra, se festejó la inauguración de la Capilla con espectáculos ecuestres y una corrida de toros en la plaza nueva. De todos ellos gustaron, desde el balcón del palacio, los condes. El día 30 de mayo, el propio don Carlos José rindió culto al Santísimo Sacramento postrándose a sus pies durante media hora. El 6 de junio tuvo lugar el matrimonio de Juan Crespo Hidalgo, vecino de Fernán Núñez a quien el conde había dotado para establecerse como casado 13, y María Jaraba, también de Fernán Núñez. Pero no terminaron ahí las jornadas sociales de los nobles:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>«La una fue la de juntar SS. Excas. una tarde en su jardín todos los dotados </em><em>desde el año de 66, que fueron treinta y dos con sus hijos que eran más de </em><em>noventa, dándoles a todos una merienda, y haciendo que a cada chico repartiesen </em><em>a peseta los dos hijos de Su Excelencia. </em><em>En otro día se hizo esto mismo con los muchachos y muchachas de las escuelas </em><em>gratuitas que paga S. E. y pasaron de 212.» </em>14</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 8 de junio dejaron Fernán Núñez y se trasladaron a Córdoba. El 27 de junio ya disfrutaban de su estancia en Madrid, antes de regresar a Lisboa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como hemos podido comprobar, aunque en un caso concreto para no hacer inacabable este artículo, los viajes del VI Conde de Fernán Núñez tuvieron siempre esta naturaleza: viajaba, veía, aprendía, conocía, interrogaba y, más tarde, ponía en práctica lo aprendido si su economía lo permitía. Los habitantes de su villa de Fernán Núñez tuvieron muchas oportunidades de comprobar cómo los viajes de su señor acababan en algún beneficio para ellos: educación, asistencia a pobres o mejora de la salubridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>NOTAS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">1 Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, fondo Fernán Núñez (SNAHN, FN). Memorias del Excmo. Sr. Dn. Carlos José Gutiérrez de los Ríos, VI Conde de Fernán Núñez. Las publica acompañadas de un estudio biográfico el Duque de Fernán Núñez, Conde de Cervellón. Madrid, obra inédita, 1934, tomo II, p. 66.</p>



<p class="wp-block-paragraph">2 Memorias, tomo II, p. 68.<br>3 Memorias, tomo II, pp. 70-71.<br>4 Sobre esta cuestión, véase VIGARA ZAFRA, José Antonio: “Las obras pías del VI conde de Fernán Núñez: Un ejemplo de distinción social a través de la caritas ilustrada a finales del siglo XVIII”, en De Arte, nº 14 (2015), p. 128. Este investigador ha localizado los planos de los edificios para las obras pías en los Archives Nationales, site de Paris, N/III/Espagne.<br>5 Memorias, tomo II, p. 72.<br>6 Memorias, tomo II, p. 74.<br>7 Memorias, tomo II, p. 77.<br>8 Véase Memorias, tomo II, p. 79.<br>9 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la capilla de Santa Escolástica. Córdoba, imprenta de Juan Rodríguez de la Torre, 1786, p. 3r.<br>10 Ídem, p. 4r.<br>11 Ídem, p. 5r.<br>12 Ibídem.<br>13 El dinero de la dote comprendía la adquisición de muebles, ropa, una yunta de vacas, un<br>arado y una cerda, entre otros elementos. Véase Memorias, tomo II, p. 83.<br>14 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la<br>capilla de Santa Escolástica, p. 6v.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>
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		<title>La Duquesa de Osuna. La influencer de la Ilustración española</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/duquesa-osuna-influencer/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 10:03:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><br><strong>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época. Mecenas de grandes artistas, anfitriona del salón más famoso de la ilustración madrileña, la Duquesa de Osuna fue protagonista indiscutible de un momento en el que España soñaba con ponerse al nivel de Europa. Viajó en contadas ocasiones y siempre forzada por las circunstancias (las mujeres españolas todavía no se habían incorporado a la moda del Gran Tour o los viajes románticos), pero dejó numerosas cartas y diarios en los que podemos seguir los pormenores de aquellos desplazamientos, no siempre felices.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Celebrity, influencer, famosa</em>… así llamarían en nuestros tiempos a la IX Duquesa de Osuna, Maria Josefa de Pimentel, una mujer singular que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX y que representó a las mujeres españolas más avanzadas del llamado Siglo de las Luces. Fue probablemente la dama más interesante y sofisticada del Madrid de su época, anfitriona de tertulias y veladas literarias o musicales en las que reunía a lo mejor de la sociedad madrileña. A ella se deben también algunos avances de su época en los cuidados de los niños, como la vacunación de la viruela o mejoras en la lactancia, a través de la Junta de Damas, de la que fue presidenta e impulsora.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Duquesa de Osuna fue además una gran coleccionista de arte, mecenas de Goya y de otros artistas y creadora de la primera biblioteca pública en la ciudad: su propia colección de más de 60.000 libros. En su palacio del Capricho, a las afueras de Madrid, creó un pequeño paraíso para recreo de los nobles, un <em>divertiment </em>que se hacía eco de las ideas ilustradas y de los sueños reformistas de una sociedad que aspiraba a reflejar las costumbres nobiliarias y la vida social de otras cortes europeas más avanzadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Duquesa solo se alejaría de la corte en dos ocasiones: la primera, para seguir a su marido a Menorca y a París, y la segunda, cuando el ejército de Napoleón invadió España y se fue a vivir a Cádiz. No escribió diarios de viaje, pero sí abundantes cartas a amigos, intelectuales de la época y administradores, en las que daba puntual noticia de cuanto acontecía o encontraba en el camino.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA DUQUESA DE OSUNA, ARQUETIPO DE LA MUJER ILUSTRADA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La visita al parque de El Capricho, en el madrileño barrio de la Alameda de Osuna, es la mejor forma de acercarnos, doscientos años después, a una época y a este personaje extraordinario: la IX duquesa consorte de Osuna, también XII Duquesa de Benavente y poseedora de otros veintitantos títulos por derecho propio, María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón. Este palacio y su correspondiente jardín fueron construidos entre 1789 y 1839 bajo las indicaciones de la propia duquesa en el noroeste de Madrid, como una finca de recreo para la familia, lugar de encuentro para aristócratas, intelectuales y artistas de la época. Allí se daban cita artistas como Goya, músicos como el compositor Boccherini, toreros, escritores, intelectuales o botánicos, y allí se debatieron las ideas más ilustradas y modernas de su tiempo. El abandono posterior del parque y sobre todo, del palacio, no hacen posible recrear plenamente lo que fue en su época, pero aún así, lo restaurado hasta el momento, en espera de que se culmine el proyecto de convertirlo en Museo de la Ilustración, nos permite hacernos una idea del espíritu de una mujer que, entre otras cosas, fue la primera en ingresar en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País o en introducir los biberones en España.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el Palacio se debatían ideas, mientras en el jardín se disfrutaban las tendencias de la época entre la alta sociedad, como las pequeñas construcciones “caprichosas” o “folies” que, siguiendo las modas del momento, fue incorporando la propietaria: la ermita, la Casa de la Vieja, el embarcadero, la isla, el fortín, el templete o el abejero, este último levantado para ver, a través de una cristalera, cómo trabajaban las abejas. El jardín se concibió como un teatro: para que todas esas piezas se fueran entrelazando y los visitantes se sorprendieran con su descubrimiento. Desde la entrada —donde aparecía el nombre con el que la duquesa bautizó su propiedad: El Capricho—, la aristocracia caminaba como si estuviera saltando de un cuadro bucólico a otro. De <em>El columpio </em>de Jean-Honoré Fragonard al de Goya, este último, por cierto, comprado por la duquesa. La relación entre el pintor y la familia de Osuna fue muy estrecha: la duquesa le encargó para la decoración del palacio, además del famoso retrato familiar, <em>La gallina ciega</em>, <em>El conjuro </em>y <em>La merienda campestre</em>. Y más tarde, los famosos y controvertidos cuadros de brujas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL VIAJE A MENORCA Y BARCELONA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El matrimonio de los duques fue de conveniencia, como era habitual en la época, pero resultó una unión feliz y respetuosa. Como era su obligación de noble, tuvo múltiples embarazos y también sufrió la pérdida de muchos de sus hijos de pocos meses o años, pero esto no le impidió ser una mujer fuertemente comprometida y con una intensa vida social y cultural, y acompañar a su marido cuando le fue posible. Como en 1782, cuando se le encarga al Duque de Osuna la defensa de Menorca, en manos de los ingleses desde hacía setenta y cuatro años. Mientras que él está en la isla, la duquesa sigue sola desde Madrid los avatares de la guerra, concentrada en la complicada administración del patrimonio y de la casa y empeñada en ser madre. En estos difíciles años con partos y sobrepartos, el duque, que ve en la amargura que está cayendo su esposa, la anima a viajar y a reunirse con él en Menorca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En julio de 1782 se pone en marcha con una etapa hasta Barcelona, donde se aloja en la fonda de un hostelero aprovechado: se queja por escrito a sus amistades de la codicia del hostelero que cobraba cuatro reales de vellón por una botella de <em>rosali de ratafía </em>y del gasto del brasero que se cobraba aparte de la habitación. En Barcelona embarca hacia Menorca en una fragata maltesa que tardaría seis interminables días, en lugar que las 24 horas que tardaba un jabeque correo en hacer la misma travesía. Le da miedo el posible mareo, pero en el último momento, está tan desesperada, que se pasa de la fragata a un barco más ligero para poder llegar a Menorca cuanto antes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Menorca la decepciona: la isla está destrozada por la reciente guerra y no encuentra allí los lujos y comodidades a las que está acostumbrada. Además, la vida en el fuerte donde está su marido resulta incómoda y monótona. Solo le salvan de la monotonía de la situación en la isla los cuidados de su marido y el trato afable de sus compañeros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por fin, a finales del 1782, son trasladados a Barcelona. En una travesía llena de peligros, en invierno y con el mar agitado, María Josefa no deja de rezar a la Virgen del Pilar. En enero ya están instalados en una casa de la calle San Pedro. Su llegada a la ciudad condal fue ampliamente celebrada en los periódicos de la época, como lo describe la condesa de Yebes en su libro sobre la condesa de Benavente. María Josefa destaca socialmente en esta ciudad próspera y en la que ya se va creando una cierta burguesía al calor del puerto: acude al teatro, a las vigilias y novenas y a todas las recepciones a las que le invitan con frecuencia. Por fin, un nuevo embarazo cambia las cosas y su ánimo, pero su esposo, dados los antecedentes, decide evitar el calor del verano barcelonés y la deja instalada en la casa de campo de un funcionario amigo, donde podrá disfrutar de jornadas de campo, lectura y tranquilidad. Allí lee a su querido amigo Iriarte o los versos de Meléndez, tan de moda entonces, o la admirada <em>Ars Poética </em>de Horacio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Barcelona da a luz a su primogénita Josefa Manuela y poco más tarde madre e hija vuelven, solas, a Madrid, mientras Pedro se queda en Barcelona. En los años sucesivos tendrá más hijos y se dedicará a ser una excelente madre. Alejándose de lo habitual en otras aristócratas de la época, empleó modernas técnicas de higiene con los niños, se esforzó en darles una esmerada educación con los mejores profesores, sobre todo de Bellas Artes y en todos sus viajes se hacía acompañar por sus hijos, que siempre le profesaron admiración y cariño.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>RUMBO A PARÍS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1798, Carlos IV (en realidad Godoy y Maria Luisa de Parma) envían (más bien destierran) a los Osuna como embajadores a Viena. Era un viaje complicado porque debían atravesar Francia con todos sus hijos y un importante séquito, un periplo entonces peligroso para el que era indispensable obtener un visado que estuvo a punto de no concederse porque corrieron rumores en París de que el futuro embajador había protegido a nobles franceses huidos de la Revolución. Aunque su destino final era Viena, los azares del destino convirtieron la pausa en la capital gala en una larga estancia de un año con regreso directo a España.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La duquesa relataría aquel viaje en cartas a su administrador y a sus amigos, con todo lujo de detalles de lo que ve y le llama la atención: un puente roto en el camino que debió sortear el carruaje, malas carreteras francesas con sus innumerables portazgos y las posadas que llegaban a costar hasta ochocientos reales diarios excluyendo los desayunos y la cebada para los animales. Aunque también habrá momentos agradables en el relato, como una tarde en la ópera de Burdeos. La descripción del viaje es una instantánea de cómo se viajaba en la época, en trayectos a veces intransitables que en ocasiones obligaban a salir de los carruajes y seguir un rato a pie. Y no solo en España. María Josefa, con su fuerte sentido patriótico, comenta “…<em>habiendo pasado caminos horribles que por fortuna no son de España</em>”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Finalmente, el 5 de marzo, tras un penoso mes y siete días de viaje, llegaron extenuados a París, instalándose con todo boato en la residencia que los duques del Infantado tenían en París, una residencia que terminaría en manos de Talleyrand. París era en aquellos años un hervidero humano de toda clase de personajes singulares, de pícaros desencantados de la Revolución, de corruptos jacobinos y de españoles exiliados como Cabarrús y su hija. Este ilustrado de origen francés, había ocupado importantes cargos en la España de Carlos IV como consejero de Estado y Director de Banco Nacional de San Carlos, pero sus ideas marcadamente enciclopedistas le habían llevado a la cárcel y al destierro. Su hija Teresa era una joven muy inteligente que dominaba el francés, el italiano y el latín cuando llegó a París. Famosa por su belleza, se casó con el marqués de Fontenay en 1788 abriendo un importante salón donde recibió a los representantes de las nuevas ideas. La Cabarrús sería uno de los apoyos más importantes de la Duquesa en su estancia parisina. Instalados en París, los Osuna aprovecharon para visitar monumentos, encargar retratos y comprar libros. Cuenta María Josefa: <em>«…estuvimos en Versalles antes de ayer y solo puedo decir que necesita muchos días aquello, para enterarse de su magnificencia. Somos muy pequeños ahí, y esto respira grandeza»</em>. También comentaba emocionada las nuevas máquinas que descubre en sus paseos por la ciudad, como la estenotipia inventada por la imprenta Didot, que facilitaba enormemente la impresión permitiendo publicar libros a menos coste. Los gastos en París se multiplicaban para el matrimonio, que no escatimaba en nada. Se sucedían las cenas, los teatros, las clases de baile y música para los hijos… pero el sueldo de embajador no llegaba desde España. Pedro Alcántara, siempre más realista que su esposa, se lamentaba en sus cartas de su ritmo de vida. <em>«Mantenemos aquí tres coches, una mesa de diez y seis cubiertos, comida para una familia que se compone de cerca de treinta personas, ropa y vestidos de mi mujer, chicos, chicas y míos, asistencia de estos, alquiler de casa, teatros que son muy caros».</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Para pagar todos los gastos, el duque tuvo que pedir créditos y vender joyas de la duquesa, pero, además, Viena le rechazaba una y otra vez como embajador por la coyuntura internacional. Tras muchos avatares, al Duque se le nombra inspector de los ejércitos del Rhin, un cargo mucho peor pagado, que considera un menosprecio a su categoría y que le obligaba además a separarse de su familia para defender un puesto militar de carácter irrelevante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los Osuna suplican entonces el permiso al Rey para regresar a España y vuelven lo antes posible, aunque se llevan de su estancia parisina numerosos amigos ilustrados, muchas lecturas y muchas influencias interesantes para la corte de Madrid. El conocimiento de la nueva sociedad que se estaba gestando en el Directorio y el Consulado en París, influirá en el resto de su vida. Llegan a Madrid en enero de 1800. Falta muy poco para que Napoleón invada España.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>MECENAS Y ANFITRIONES</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El duque de Osuna fue también un mecenas de la época, al margen de la obra de su esposa. Fue protector de muchos escritores, músicos y artistas. Fue miembro fundador de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País 1775), de la cual llegó a ser presidente, y de la de Osuna (Sevilla). A través de estas instituciones canalizó gran parte de la ayuda económica que proporcionaba a la investigación y mejora de la economía (sobre todo agricultura y educación). Fue miembro honorario de la Real Academia Española desde 1787, y de número desde 1790, ocupando el sillón Letra T. En 1792 accedió como honorario también a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El contacto de los duques con Francisco de Goya fue decisivo. Su primer encuentro fue para encargarle dos retratos individuales. Goya ya era conocido pero la protección de los Osuna, a partir de aquel momento, fue el espaldarazo definitivo para lanzar su carrera. Ellos le abrirían las puertas de muchos de sus amigos, e incluso de la Familia Real.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La implicación de los Duques en la cultura no se limitó a la pintura. Un ejemplo fue su biblioteca formada por muchos volúmenes heredados desde el siglo XV de todos sus antepasados y alimentada con muchísimas compras, sobre todo durante su estancia en París, hasta reunir la biblioteca más completa existente en la época en España. Incluía libros de todo tipo, entre ellos muchos prohibidos en España. Estaba en su palacio de la calle Leganitos, y decidieron abrirla al público. A la muerte de la duquesa en 1834 tenía más de 60.000 volúmenes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estamos en la época de los grandes salones y en Madrid, el más famoso fue sin duda el de la Duquesa de Osuna, que para la historiadora Carmen Iglesias representa la gran figura femenina del siglo, al reunir <em>«nobleza, cultura, inteligencia, conocimiento de idiomas, encanto, fidelidad a sus amigos y curiosidad científica que conservó hasta sus últimos días y que dio lugar a que en 1834, a los 83 años y en vísperas de su muerte recibiese de París un telescopio que había pedido a sus proveedores»</em>. Sus actos no tienen ya tanto que ver con las obras de caridad como de propuestas liberales o ilustradas que la colocan en parámetros modernos y cercanos a la contemporaneidad. A su salón, que lograría sobrevivir incluso a los avatares de la guerra, acudían: Moratín, Don Ramón de la Cruz, Humboldt, Agustín Betancourt, Martínez de la Rosa, Washington Irving, el general Castaños, Mariano Urquijo, diplomáticos extranjeros, artistas, músicos, cómicos o bailarinas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA Y EL VIAJE A CÁDIZ</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1809, Maria Josefa Pimentel, ya viuda, haría el segundo gran viaje de su vida: el que le llevó a Sevilla y más tarde a Cádiz, donde seguiría mediante cartas con sus amigos el curso de la guerra con los franceses, una contienda que marcó trágicamente su vida y la de su familia. Claramente en contra de los afrancesados y partidaria de Fernando VII, había soportado la primera fase de la invasión en Madrid, pero cuando los franceses rompieron el frente español en Somosierra, decidió huir hacia el sur. En discretos carruajes, con escaso equipaje y reducida la servidumbre, puso rumbo con valentía a un destino más seguro, con sus tres hijas y nueve nietos. En una fría noche de diciembre, salió ocultándose en la oscuridad, salvando así a su familia. Dejó el pasado, sus palacios de El Capricho y de la Cuesta de la Vega, en el centro de Madrid, su fabulosa pinacoteca, su biblioteca y todos sus objetos de valor de aquellos palacios en los que habían <em>Los duques de Osuna y sus hijos. Goya. 1788. Museo del Prado. </em>sido tan felices. Lo único importante ahora era salvar sus vidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuenta en sus cartas como, una vez atravesadas las berlinas el temible desfiladero de Despeñaperros, se encontraron en medio de ese territorio con la constante amenaza de bandoleros en la zona, aunque sabía que muchos de ellos, como José María Hinojosa, El Tempranillo, colaboraban con la misma causa patriota en la que ella misma militaba. Decidió entonces esconderse en su enorme finca agrícola de Santa María del Bosque, pero supo que había sido ocupada por un violento guerrillero llamado Andrés Ortiz, que afirmaba por entonces <em>«…que no había duques ni ricos, y que la tierra era de todos y debía ser repartida…»</em>: No parecía el lugar apropiado para la familia y dirigieron los coches rumbo a Sevilla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la capital andaluza se había refugiado ya gran parte de la aristocracia madrileña y muchos funcionarios que no estaban dispuestos a colaborar con el invasor. Los Osuna se alojaron exhaustos por el viaje en casa de su parienta la marquesa de Armunia, Doña María Teresa de Silva Fernández de Híjar y Palafox. Unos días más tarde se encontraría con Lord y Lady Holland, viajeros británicos, que continuaban inexplicablemente su viaje por España a pesar de la guerra. Lord Holland, amigo de Jovellanos, seguía en los periódicos locales las vicisitudes de la guerra, mientras su esposa anotaba en su diario sus aventuras por la peligrosa España. Todavía estarían un año más viajando por el país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Duquesa estaría un año en Sevilla, viviendo ricamente gracias a los depósitos que el duque había dejado en la banca británica y que le llegaban puntualmente a pesar de la guerra. Vivió en primera persona el auge del liberalismo del que Sevilla fue cuna durante los primeros meses de 1809, como lo será después Cádiz. Pablo de Olavide había fundado en 1777 la Real Sociedad Patriótica, que tuvo su origen en la tertulia organizada por este ministro en el Alcázar, donde recibía a Jovellanos, al marino Antonio de Ulloa o al jurista Juan Pablo Forner. La presencia de la Junta Suprema Central favoreció el impulso ilustrado a una ciudad que a finales de 1809 comenzó a sentir la amenaza sufrida por otras ciudades españolas: el asedio francés. En febrero de 1810, los franceses ocuparon la ciudad y comenzó entonces la rapiña artística en Andalucía de mariscal Soult: muchas de estas obras están todavía hoy en los museos franceses.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Maria Josefa decidió entonces trasladarse a Cádiz, donde llegaban cada vez más refugiados y solo encontró alojamiento de alquiler en un destartalado piso de la calle Misericordia. Acostumbrada a vivir en grandes palacios, se sintió agobiada, pero pese a todo, sus años en Cádiz fueron muy felices y especialmente interesantes. Con el telón de fondo de la guerra, la vida seguía, tanto la personal (bodas, nacimientos…) como la intelectual y política. En la ciudad andaluza, el único bastión libre de franceses, vivió desde su piso alquilado como se fraguaba la Constitución de Cádiz, la Pepa, y participó en las tertulias de Francisquita Larrea, otra buena amante de todas las artes como la propia Duquesa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De Madrid llegaban malas noticias: los soldados franceses habían destruido y saqueado sus tierras en Arcos, y sus palacios de Madrid y el Capricho se habían convertido primero en cuartel y luego en lugar de fiestas y francachelas de José I. El destrozo de su patrimonio no quedó únicamente en El Capricho. Para conseguir dinero, tuvo que vender muchos de los objetos que había conservado, entre ellos obras de Goya, pero no estaba dispuesta a renunciar a su alto tren de vida, incluso en el “exilio”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante la Guerra, la duquesa contó con una eficaz red de comunicación con sus amigos, que le permitía estar al día, controlar desde la distancia sus tierras y su fortuna y estar al día de lo que pasaba en el resto del país. Pasada la guerra, Josefa volvió a relacionarse con muchos de sus antiguos amigos, pero nunca pudo perdonar a los “afrancesados” y a los que habían colaborado con la monarquía de José I. No hubo piedad para ellos y la elegante dama ilustrada se transformó en una defensora de Fernando VII y del absolutismo. Pasó el resto de su vida intentando recuperar el esplendor de todo lo que había perdido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1914, emprendió la restauración de El Capricho, que volvió a ser un referente, con nuevas estatuas, monumentos y edificios, y volvió a llenarse de amigos. En casa de la duquesa se volvió a reunir la sociedad más escogida de principios de siglo en Madrid: diplomáticos extranjeros, escritores y artistas, y aquí se escuchaban los extraordinarios conciertos que ella continuaba organizando. Pero los tiempos eran otros y los problemas económicos acuciaban cada vez más. Pese a todo, la Duquesa y ahora también sus hijos y nietos, siguieron siendo una referencia imprescindible en la alta sociedad de la época. María Josefa murió en 1834, a los 83 años, cerrando así una época trascendental para España.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>BIBLIOGRAFÍA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La IX Duquesa de Osuna, una ilustrada en la Corte de Carlos III. Fernández-Quintanilla, Paloma. Ed. Doce Calles. 2023</p>



<p class="wp-block-paragraph">Capricho. De Arteaga, Almudena. Ed. Planeta 2012</p>



<p class="wp-block-paragraph">La condesa-duquesa de Benavente. Una vida en unas cartas. Espasa-Calpe, 1955</p>



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		<title>Lugares que ya no existen, o donde ya no puedo ir</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/lugares-que-ya-no-existen/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jun 2024 08:53:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 50]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron. Boletín SGE [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín SGE 50<br>Autora: Ana Mª Briongos</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Decía mi abuelo, nacido en el siglo XIX, que había libertad cuando uno podía ir a cualquier parte del mundo sólo con la cédula personal. No eran necesarios, ni pasaportes, ni visados. Y eso lo decía a mitad del siglo XX, cuando todavía se concedían visados con facilidad a todos, los que se iban y los que querían venir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando empecé a viajar, siempre hacia Oriente, a partir de 1968, los que nos desplazábamos con pasaporte español no necesitábamos visados hasta la frontera de Afganistán. Cruzábamos Turquía, Líbano, Siria, Jordania, Irak e Irán tan ricamente. Tampoco nos pedía visado Pakistán, pero sí India. Y es que la España de Franco era amiga de los países árabes, y por extensión de los demás países musulmanes. Sin embargo en el musulmán Afganistán, donde no teníamos embajada, no había amistad que valiera. Mis compañeros de viaje, de países menos casposos que el mío, sí necesitaban visados para esos países. Qué bueno era viajar con pasaporte español en aquel tiempo. Hoy, las cosas han cambiado y España ha dejado de ser diferente, para lo bueno y para lo malo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta Estambul o Beirut, los barcos de línea turcos, Akdeniz y Karadeniz, nos paseaban por el Mediterráneo atracando en varios puertos. Los pasajeros eran variopintos. Estudiantes de medicina, sirios y jordanos, volvían a sus casas de Alepo, Damasco o Amán, después del curso escolar en la Universidad de Zaragoza; comerciantes egipcios, igualitos que Naser, regresaban con muestras para negociar en su país; hippies internacionales residentes en Ibiza iban de compras a Baalbek, donde, según decían, se encontraba el mejor hashish del mundo, el rojo del Líbano; las chicas de un colegio de Marsella viajaban con sus maestras para visitar el Partenón. Cuando oscurecía, se organizaban bailes en cubierta, al son de un casete de los antiguos Sanyo, que casi no se oía por el rumor de los motores. En una semana a bordo, que era lo que duraba el viaje, se creaban amistades. Yo viajaba sola pero nunca me sentí ni sola ni desamparada. Siempre había viajeros alrededor con quienes compartir información y camino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si en vez de ir en barco ibas en coche hasta Turquía, había que estar al tanto para que no te sellaran el pasaporte en los países comunistas, eso sí, pues a aquellos países, estaba escrito en el pasaporte, no podíamos entrar los españoles. Una vez en Alepo, o Damasco, o Bagdad, se iba de paseo por las grandes avenidas, ciudades prósperas y modernas, con sus mezquitas y sus universidades, sus tiendas de dulces y sus librerías. A mí me sorprendían las librerías porque allí se vendían libros que estaban prohibidos en España. El ejército y la policía sí estaban presentes en esos países, la guerra de los seis días era pasado cercano y había patrullas por las carreteras, el sha de Irán gobernaba con mano dura, y solo al llegar a la frontera afgana podíamos decir ¡salvados!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Afganistán era una isla virgen en medio de Asia. Virgen de imperios, aunque rodeado de ellos durante la historia reciente. El Imperio británico, el imperio otomano, el imperio ruso, el imperio austrohúngaro. Y en esa historia imperial, Afganistán había surgido como “estado tampón” porque les interesó a los otros. Nadie entró con sus ejércitos para conquistarlo, y quienes lo intentaron salieron siempre trasquilados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Afganistán era un paraíso para los que procedíamos de países donde todavía se hablaba de guerra en las familias. En Afganistán reinaba un monarca que llevaba cuarenta años en el trono. Era un país estable. Se mantenía un equilibrio entre etnias, tribus y clanes. Era un país pobre pero no hambriento, con una población escasa en un amplio territorio, nadie sabía cuántos eran, millones más, millones menos, decían que entre catorce y diecisiete; como los nómadas cruzaban fronteras, unas veces estaban allí y otras no. Entrar en Afganistán era como entrar en un belén, te encontrabas en un santiamén transportado a la época de Jesucristo. Todo era sorprendente, nada ocurría como nuestra lógica esperaba y, si querías ser feliz allí, había que cambiar de mentalidad y dejar que el tiempo, su tiempo, fluyera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El destino hizo que mi camino se desarrollara a través de desiertos, y que finalmente me instalara durante un tiempo en una ciudad-oasis llamada Kandahar, en el sur de Afganistán, donde conocí lo que es la austeridad del que vive en una tierra árida que da poco, pero permite subsistir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La travesía del desierto es a la vez un viaje real por unos paisajes extraños, austeros, minimalistas, e inmensos, y un viaje interior a las más hondas raíces del espíritu. La religión no tiene que ver con esto, es otro tipo de trascendencia, se trata de emociones compartidas con gentes que no hablan tu lengua pero que aprecian igual que tú la belleza, de una música, de una canción, de un paisaje, de un plato de arroz en compañía, por ejemplo, en medio de una naturaleza extrema, donde todo es superfluo menos la vida misma de las personas y de los animales, el sol que calienta e ilumina y la sombra de una tienda o de un cubículo de adobe. Aquel Afganistán fue para mí una escuela eficaz para el resto de la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como cuento en mi libro “<em>Un invierno en Kandahar</em>”, las mañanas en aquella ciudad eran fresquitas y soleadas. Bajar por la calle principal del bazar parándome a charlar bajo cualquier pretexto era mi ocupación principal. Conocía a los comerciantes y mantenía con ellos una relación cordial construida día a día. Mi presencia en el bazar se hizo habitual, por lo que no se creaba ningún tipo de expectación cuando pasaba y me paraba en cualquier tienducha. Allí me ofrecían té y me contaban noticias de última hora o me hablaban de los viajeros que habían llegado al bazar, o de los comerciantes de allende el desierto que habían montado sus tiendas en los confines de la ciudad. Allí me hacían oler la última remesa de té verde llegado de China, que a mí me parecía que olía a pescado, ante la sorpresa de los tenderos, y me daban a probar un azúcar rarísimo y verdoso cuyo sabor tan extraño casi me hacía saltar las lágrimas cuando intentaba tragarlo, ante el regocijo de todos los presentes, cuyos ojos negros y brillantes y pintados de kohol me observaban divertidos. Tenderos y artesanos del bazar de Kandahar, de caras inescrutables y ojos punzantes, unos sentados inmóviles en su cubículo con las piernas cruzadas, otros trasegando laboriosamente herramientas o cacharros, y todos ellos apóstoles de luengas barbas, gran nariz recta y fina y cabeza monda, cubierta en su parte más alta por casquete bordado con hilos de colores o cuentas de cristal brillante, unos con turbante, otros sin él, hombres sin edad, enjutos, cetrinos, austeros, serios, de larga osamenta, grandes pies y grandes manos, vestidos con el pantalón bombacho, con la camisa de largos faldones cuyo bordado primoroso en la pechera, geométrico, blanco y brillante relucía, y el chaleco corto de muchos bolsillos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi recorrido calle abajo terminaba en la tienda del yogurtero, un hombre afable de cara redonda y achinada que tenía la piel marcada por la viruela. Allí me sentaba en una silla, el dueño del establecimiento tenía dos, y me tomaba un yogur espeso, cremoso y azucarado que me servía en un cuenco de loza verde Made in China. Después de tantos yogures matutinos nos hicimos amigos, y si algún día no iba me echaba en falta. En una ocasión me pidió una fotografía para ponerla al lado de la del Sha de Persia que tenía enmarcada encima de una repisa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No tardé en complacerle. Me fui al fotógrafo a hacerme una foto de las que muestran un paisaje decorado. El fotógrafo, con la cabeza metida en las fauces de trapo negro de una caja de madera con objetivo, captó la escena, fotografió el negativo con la misma caja para obtener el positivo, y apareció una imagen divina, perfectamente adecuada para el lugar donde iba a estar expuesta. Allí la vi todos los días hasta que me fui de Kandahar, y allí debería estar todavía ahora, amarilla y llena de polvo, si no fuera porque la vida y la guerra hacen estragos, y quién sabe dónde estarán el tendero y su tienda y quién sabe si existe aquella calle todavía hoy en Kandahar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después llegué a Kabul y se me abrió otro mundo, menos tradicional que el de Kandahar, más culto e ilustrado. Y en aquel país, donde las señas de identidad se resumen en ser musulmán y pertenecer a un clan, fui acogida por el clan Mohammadzaí que, como manda la costumbre pastún, me protegía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con ellos recorrí estepas y montañas y subí varias veces a Bamiyán donde los gigantescos budas de piedra nos esperaban impertérritos desde hacía más de mil quinientos años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Bamiyán, una pared de piedra resguardaba el valle. En su interior recorríamos una intrincada red de galerías, capillas y celdas e imaginábamos lo que fueron los monasterios que los monjes budistas excavaron en la roca durante seiscientos años. Me decían que en su tiempo había unas doce mil celdas. Alejandro Magno pasó por este valle en el año 334 a.C. en su camino hacia el Indo, donde fue rechazado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sus generales, después de la derrota y tras la muerte del héroe, se repartieron la región. Casados con princesas indias, convertidos incluso algunos al budismo, pero recordando el arte helenístico, fundaron los reinos indo-griegos. Algunos siglos después, cuando los emperadores de la dinastía Kushán unificaron esta tierra con la India, en un imperio que iba desde el desierto de Gobi hasta el Deccán, los recuerdos de los descendientes de los generales griegos engendraron el arte greco-budista que se encuentra entre Bamiyán y Ghandara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Piedras preciosas, especias, sedas, lacas, se transportaban de Oriente hacia Occidente en largas caravanas que discurrían por la famosa Ruta de la Seda. Es en esa época cuando Bamiyán adquiere importancia, y se convierte en lugar de parada y reposo para los viajeros. Monjes y peregrinos llegan de lugares lejanos y se desarrolla una comunidad budista floreciente repartida en varios monasterios. Unos grandes budas esculpidos en la pared, el más alto de 53 metros, daban la bienvenida y vigilaban el camino. Si mirábamos de frente la pared de piedra, tres budas nos contemplaban, el Buda sentado, el pequeño Buda de treinta y cinco metros y el gran Buda de cincuenta y tres metros de altura. Eran los guardianes gigantescos del valle, esculpidos en sus nichos verticales en el interior de la pared. Dicen los historiadores que sus ropajes estaban pintados de colores y la cara y las manos estaban recubiertas de pan de oro, y debían brillar ante la mirada absorta de los viajeros de las caravanas, para quienes, después de interminables y agotadoras jornadas, su vista representaba por fin un alto en el camino en un descansado remanso de paz y serenidad. Después Bamiyán entraría en la órbita islámica y en 1221 sería arrasado por Gengis Jan. Durante el siglo XVI, cuando la ruta marítima suplanta a la terrestre, el valle de Bamiyán queda abandonado hasta que las tropas del último Gran Mogol, a finales del siglo XVII, irrumpen en la zona y en un arranque de fanatismo musulmán destruyen los rostros de los budas. Los budas que yo vi no tenían cara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1824 un explorador inglés redescubrió el valle. En 1923 se iniciaron las excavaciones arqueológicas, y en 1960 el gobierno afgano lo abrió oficialmente al turismo. Yo llegué allí por primera vez en 1970. Aún puedo recordarlo. Subimos a lo más alto de la cabeza del gran Buda por el interior de la montaña, a través de galerías que comunicaban con habitaciones y escaleras. De vez en cuando un orificio se abría en la pared del nicho, y nos ofrecía la vista de la estatua a media altura y los pliegues de sus vestiduras de piedra y, según nos íbamos elevando, las paredes del nicho aparecían iluminadas con multitud de frescos multicolores en forma de medallones en cuyo interior estaba dibujada la cabeza del Buda. Al llegar al punto más alto de la estatua, una abertura de la altura de una persona permitía, dando un paso largo y preciso, situarse encima de la mismísima cabeza del Buda, sobre el moño cuya superficie circular caía verticalmente en los extremos. Ninguna baranda protegía al visitante y cualquier traspiés precipitaría al desafortunado aventurero al vacío, pero, quien tenía el valor de dar el salto y acomodarse sentado sobre la repisa, disfrutaba de un paisaje sobrecogedor y extraordinario. Allí nos instalábamos mis amigos y yo a contemplar el valle verde, rodeado de altos picos nevados. El valle era como un tapete calado con dibujos geométricos, un intrincado diseño de canalillos de regadío cuidadosamente estudiado para que ningún huerto se quedara sin agua. El valle era amplio, montañas majestuosas reinaban a lo lejos pero no avasallaban, era un marco perfecto para la contemplación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un país donde las mujeres forman parte de las pertenencias del clan, como las gallinas, los caballos, los corderos o las cazuelas, yo pertenecía a un tercer sexo porque era una mujer que venía de otra galaxia. Entraba y salía libremente de las estancias de las mujeres por ser mujer, pero también podía asistir a las reuniones de los hombres. Yo no estaba en venta, no era pieza de cambio entre familias, no había tras de mí ningún padre que exigiera mucho dinero para darme en matrimonio, como hacían los padres afganos. Yo allí no era responsable del honor de ningún hombre, y, por ende, de ninguna familia, clan o tribu. Y si algún sentimiento provocaba además de extrañeza, era pena: en un lugar donde el sentido de pertenencia es fundamental yo no pertenecía a nadie, ni valía nada. Pero lo más extraño era que administraba sola mis propios recursos. Iba vestida con vaqueros, camisa y abrigo. Llevaba la melena al viento y me pintaba los ojos bien negros con kohol.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante los últimos cuarenta años he podido seguir de cerca el principio de la catástrofe en Afganistán, con el golpe de estado del príncipe Daud y la invasión de las tropas soviéticas. El encarcelamiento del patriarca de la familia que me acogía y también de las mujeres y de los niños. La huida de los que pudieron escapar. La resistencia, el exilio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Afganistán se soltaron los resortes que despiertan las furias, abren la caja de los truenos y ponen en marcha la máquina de la destrucción. Se rompió el equilibrio entre clanes y las intervenciones extranjeras han tenido mucho que ver en ello. En mi mapa de posibles destinos ya no existe ni Alepo, ni Damasco, ni Bagdad, ciudades todas ellas envueltas en los desastres de la guerra. Tampoco existe Kandahar, que treinta años después de acogerme a mí, se hizo tristemente famosa por acoger a Bin Laden y ser feudo talibán. Ni Kabul en cuyo hotel Intercontinental, años después atacado y bombardeado, tantas veces había bailado boleros al ritmo de una orquesta de músicos valencianos hasta altas horas de la noche.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los budas de Bamiyán fueron dinamitados en 2001 por los talibanes. Las galerías interiores en la montaña todavía existen y también el orificio desde donde se saltaba hasta el moño del Buda. Pero ahora sería un salto al vacío. Ayer, sentada frente a las fotografías de Gervasio Sánchez y los textos de Mónica Bernabé, de la exposición Mujeres de Afganistán, en el Palau Robert de mi tumultuosa pero pacífica ciudad, Barcelona, se me encogía el corazón. En Afganistán llevan décadas de guerra. Los que me acogieron están muertos o en el exilio. Aunque repartidos por el mundo, a los que sobreviven los sigo viendo de vez en cuando, y estamos todos en Facebook donde ellos van colgando fotos antiguas recuperadas de viejos álbumes familiares. Recuerdos de tiempos mejores.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>
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		<title>La llamada de la selva</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-llamada-de-la-selva/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 15:10:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Eduardo Martínez de Pisón</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Grandes selvas del mundo</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un pariente mío, algo lejano, fue explorador de joven en el Congo. Volvió a Europa ya adulto y permaneció en ella bastantes años. Cuando entraba en la vejez, un día desapareció con gran alarma de la familia, cogió un barco y volvió a sumergirse en los grandes bosques africanos. No había podido resistir la llamada de la selva. Esa llamada le había perseguido sin cesar desde su regreso a su lugar de origen y, al final, decidió que no cabía sino entregarse a su destino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando yo tenía once o doce años publiqué mi primer artículo en la revista impresa del colegio. Era un ejercicio de redacción, que estaba plagado de adjetivos. Sin embargo, algún profesor había apreciado en él que su autor ya tenía tendencia a escribir sobre asuntos geográficos. Era justamente la descripción de una selva: sus árboles enormes, sus cascadas igualmente enormes y sus fieras, como es lógico, feroces. Sé que lo tengo guardado en alguna carpeta, pues fue muy celebrado por mi familia, pero ahora está extraviado entre los miles de papeles que he ido acumulando leyendo y escribiendo cosas de geografía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De modo que empecé como geógrafo escritor hablando de selvas. Y ahora, al cabo del tiempo, alrededor de tres cuartos de siglo después, me llaman amablemente desde la Sociedad Geográfica Española para que escriba con brevedad, sólo unas líneas, para abrir el número actual de su Boletín, que trata sobre las selvas. He vuelto a mis orígenes. La eterna llamada de la selva me visita de nuevo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por aquel entonces adoraba el libro de Kipling (y sigo haciéndolo), que algunos llamaron en su traducción <em>El libro de la selva (The Jungle Book)</em>, aunque otros inicialmente prefirieron titularlo como el de “las tierras &nbsp;vírgenes” para dilatar el ámbito de sus contenidos, lo que no tiene que ser sinónimo, pero que me creó una fusión o confusión que aún dura y a la que no renuncio pues me remite a una primera imagen de esos mundos y aún me llena la imaginación de sugerencias maravillosas. Su primer traductor al español puso una advertencia al inicio del libro sobre los importantes personajes que recorren sus páginas: “osos, lobos, tigres, panteras, elefantes, cocodrilos, chacales, monos, serpientes, pájaros y demás”. E indicaba que tal obra es grande como la selva porque añade su aroma de lo lejano a la voluntad educativa de su estupendo escritor, que, además de dar gracias a un elefante por inspirador de uno de sus cuentos, dejó dicho que la ley de la selva es la más antigua del mundo. Estas son mis selvas desde la infancia. A estas alturas, no sé si la poderosa llamada a que me estoy refiriendo procede del bosque, de la jungla, o de mis lecturas, entre las que añado, en aquellos años y ahora, por ejemplo, los fabulosos paisajes boscosos de Salgari o de Verne.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la expresión la “llamada de la selva” remite a más literatura, a la obra maestra <em>The Call of the Wild</em>, de Jack London, ahora traducido como “lo salvaje”, pero que en su primera edición en castellano consta como “la selva”, aunque su argumento, como todos deben saber, se asienta en el Yukón. No son, pues, estos lugares los que se suelen entender como selvas, pese a que las grandes extensiones boscosas boreales sobre los amplios espacios continentales que las acogen sí merecen una atención especial por parte de los geógrafos. También en el Pirineo de Huesca se llama “selva” al bosque de montaña, abetales y hayedos, por la cercanía al latín que tienen las palabras aragonesas, lo que amplía, a mi gusto con riqueza conceptual, la diversidad del término.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La llamada, por tanto, tiene mucho que ver con la fantasía, algo con la experiencia y, naturalmente -porque los árboles hablan a los geógrafos y a los botánicos-, con la ciencia. Repaso mis orígenes selváticos y aconsejo su retorno: por un lado, no dejes de leer, si aún no lo has hecho, el precioso libro de Dino Buzzati <em>Il segreto del Bosco Vecchio</em>, donde cuenta las maravillas de lo que transcurre en las arboledas perdidas con sus aromas, cantos, ruidos y silencios en un relato imprescindible para un geógrafo que quiera penetrar en los misterios de los montes. Y, sin salir de casa, también te sugiero -tal vez para releer- la fábula galaica de la brumosa fraga de Cecebre, del <em>Bosque animado </em>de Fernández Flórez, que enseña literariamente los entretejidos secretos naturales, humanos, simbólicos y hasta fantasmales de todo bosque. Esto en cuanto a la fantasía, aunque hay mucho más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Respecto a la experiencia, aconsejo pasear directamente -como tantas veces hice antaño- por el interior de la laurisilva canaria entre la niebla, que también es selva en su mismo nombre, distinguiendo sus confusas especies y dejando, con temple apacible, que los árboles hablen entre sí y, acaso, si eres muy silencioso y atento, con el viajero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, en lo propio de la ciencia, debo recordar además aquí lo que significaron para nuestros conocimientos en los años sesenta del siglo pasado, cuando la geografía nos abría sus puertas, las obras del biogeógrafo Heinrich Walter, divulgadas extensamente en su síntesis <em>Vegetationszonen und klima</em>. Allí describía las pluvisilvas tropicales, que son lo que comúnmente se suele entender como selvas por antonomasia, con sus temperaturas constantes, sus precipitaciones y sus diferencias, desde el paisaje siempre verde pluriespecífico, con lianas, epífitos y árboles estranguladores, a los bosques de niebla montañosos y a las variaciones por los ritmos de las lluvias estacionales que enlazan ya con las sabanas, pantanos y manglares. Unos pasos más allá, se abre el horizonte y ya aparece el desierto. Pero, entre mis evocaciones de las selvas, hay un punto especial que procede de la historia de su exploración, del viaje al interior del bosque, donde éste impone su sistema, se oyen chillidos difusos por las copas, domina la sombra, se limita el espacio visible, sólo los ríos son caminos y te atormentan sus mosquitos. Los viajeros de Verne en globo cruzaron la selva africana a salvo de insectos, fieras, caníbales, pérdidas y fiebres. Pero los que lo hicieron a pie, en busca de lo desconocido o lo olvidado en el impenetrable laberinto de los árboles, tienen más mérito. La selva es tan poderosa que absorbe materialmente al explorador. Se ha dicho que el buen viajero es aquel que viaja lentamente: en la selva pura no hay otro modo de hacerlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Toda África, con sus selvas misteriosas y sus demás grandes paisajes, ha sido la penúltima exploración (la última son los hielos de los polos y de las altas montañas). Cuando, en 1775 y en 1805, Mungo Park exploró ese continente, todo fueron calamidades. Y aún en 1872 se daba por desaparecido a Livingstone en la profundidad del interior africano, hasta que el audaz Stanley se descubrió la cabeza frente a él y le saludó con su célebre “supongo”. África -ríos, desiertos y selvas- fue también, en palabras de Reverte, el sueño y el mito de la exploración moderna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por último, es una pena ser breve, no olvidemos expresar nuestro cariño a los árboles, a las selvas, claro está, y también, por ejemplo, a las arboledas de Madrid. Cuando se pasa del aprovechamiento a la explotación y, con ella, peligra el milagro de la vida y la persistencia de los grandes paisajes, sólo hay un camino en la cultura: fomentar la conservación. Incluso en tu calle. En eso estamos.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"></p>



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		<title>Ursúa el selvático</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ursua-el-selvatico/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 14:33:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Pepe Pérez-Muelas<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Grandes selvas del mundo<br><br><strong>En 1560 Pedro de Ursúa se aventuró por la Amazonia en busca del legendario reino de El Dorado, veinte años después de que Orellana navegara por primera vez el gran río persiguiendo ese mismo sueño. La nueva expedición de Ursúa por la infinita selva terminó trágicamente: uno de sus hombres, Lope de Aguirre, la transformó en una demencial carrera hacia una quimera inalcanzable, convirtiéndose en personaje inspirador de muchas obras literarias y eclipsando el protagonismo de Ursúa. El filólogo y escritor Pepe Pérez-Muelas recupera la figura de Ursúa, un aventurero mucho más gris pero buen ejemplo de cuantos arriesgaron su vida buscando un paraíso, en el amanecer de la conquista de América.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL HOMBRE</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La América española es una historia aún por descubrir. Un gigante dormido que de tanto en tanto rescata nombres olvidados, a medio camino entre la mitología y la realidad. Las cronologías se pierden en selvas oscuras. Listas ingentes de nombres y apellidos sepultados por el lodo de los siglos, de la ignorancia. El perfil de la historia americana, siempre tan polémico y fascinante, encierra personalidades sobresalientes, hijos de su tiempo, que fueron capaces de inventar todo un continente a base de espadas y lecturas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es el caso de Pedro de Ursúa, uno de esos hombres grises que encarna todos los demonios de la leyenda negra, para quien no esté dispuesto a leer la historia con inteligencia. Hombre despiadado, violento en un mundo de flechas y sueños, demostró un olfato político que le hizo escalar en la jerarquía hasta tocar con la punta de sus dedos lo más alto. Ursúa salió de su Tudela natal en 1544 con una &nbsp;recomendación de su tío, Miguel Díaz de Armendáriz, gobernador de Nueva Granada. Poco más tenía cuando dejó la península. A España ya se le había olvidado la vida de fronteras, las guerras contra el moro, pero ahora exportaba la épica hacia el nuevo continente. En España se vivía y se moría, pero no se escribía la historia. Y Ursúa quería hacer precisamente eso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sus años americanos se deslizan entre la aventura y la burocracia. De un lado para otro, adoptó el Caribe como un Mediterráneo de andar por casa. De Cuba a Bogotá, hizo de la navegación un camino seguro para ascender en el mundo de los hombres. Dejó los mares para adentrarse en la sierra. Los gobernadores vieron en él disciplina y voluntad. Aplastó el espíritu guerrero de los indios combinando la fuerza y el ladrido de los perros. De esta forma, los indios chitateros, los muzos y los taironas sucumbieron desde la lejanía. Ursúa no hacía prisioneros, y sus perros de compañía tampoco.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pedro de Ursúa fue un personaje complejo, hijo de la anarquía, en una época en la que la América española aún se estaba formando y debía decidir qué iba a ser. Estamos en las décadas de las grandes rebeliones contra la autoridad del emperador, de los adelantados convertidos en caciques, obnubilados por las riquezas y el poder, el mayor mal que sufrieron los hombres que llevaron a cabo la conquista. El adelantado navarro nos sirve como caso paradigmático. Y su historia acabaría aquí, si no fuese porque escuchó hablar de una ciudad dorada, cuyos ríos arrastraban pepitas de oro y los palacios no necesitaban adorno porque todos ellos brillaban como el sol. Era el reino del oro. El Dorado.<br><br><strong>LA SELVA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue en Santa Marta, entre 1551 y 1553, cuando escuchó hablar de El Dorado. Los caminos hacia la ciudad de oro eran confusos. La pólvora que llevaron los españoles a América también estaba compuesta de palabras. Primero acaeció un rumor entrecortado, pronunciado tras la celebración de una fiesta. Después un juramento. A los pocos meses, muchos eran los que aseguraban haber escuchado hablar del reino que tenía el oro por castigo. Se formaban expediciones para ir en su búsqueda. Los hombres escalaban montañas. Se perdían en la sabana. Inspeccionaban la barriga del suelo, en cuevas donde encontraban la muerte. Pero El Dorado siempre estaba en otra parte. Ursúa optó por el camino de la selva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Perú la situación era propicia para este tipo de empresas, emparentadas con la codicia y la locura. El virreinato era un terreno de conspiraciones. Un artilugio salvaje que Carlos V aún no había conseguido domesticar, con golpes de estado, rebeliones y guerras civiles. Ursúa aprovechó el vacío para comandar una expedición hacia el interior de la selva. Si el oro existía, debía brillar entre las aguas pantanosas y los banianos infinitos. Lo que encontró, sin embargo, en los primeros días, fue el amor, encarnado en la mestiza Inés de Atienza, el sentido mismo de la expedición, su deseo y su perdición al mismo tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 26 de septiembre de 1560 parte de Santa Cruz de Capocovar descendiendo el río Moyobamba hasta el Huallaga, y de ahí hasta el Marañón. Ya no había vuelta atrás. Ursúa había quemado sus naves. O encontraría El Dorado o moriría en el intento. Lo acompañaron 300 españoles y 500 indios. Entre ellos, Lope de Aguirre, un personaje colérico que actuaría de coda final a la ilusión de Ursúa. En el mes de octubre ya están navegando el Amazonas, sin más brújula ni mapa que la acción del agua empujando la flota. Era un territorio desconocido, intuido años atrás por la expedición de Orellana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Apenas unos meses después, el 1 de enero de 1561, Lope de Aguirre asesina a Ursúa. La conspiración ha dado resultado. Sus hombres, críticos por cómo estaba comandando la expedición, apenas le dejaron salida posible. Cuando abrió los ojos, junto a su amante, Inés de Atienza, una espada le había atravesado el pecho. No vería Ursúa la desembocadura del Amazonas, ni siquiera la ciudad tan deseada, la de los reflejos dorados. Ursúa dejó el testigo a otros conquistadores que murieron enloquecidos, queriendo encontrar oro donde solo había soledad y serpientes. La suya fue una historia de derrota, de un hombre demasiado ambicioso para cambiar el rumbo de la historia. Vivió en un mundo mitológico cuando España ya había construido una realidad en América. Y pagó por ello, como pagarían también sus asesinos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el agua tiene memoria, y más si nace en los Andes y muere en el Atlántico.<br><br><strong>LA MEMORIA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Así encontramos a Ursúa, sepultado por la historia, asesinado en una expedición sin sentido, en busca de una ciudad que nunca existió, muerto por la codicia del oro, resuelto a agujerear el continente americano en busca de riquezas. El destino de Ursúa no es muy diferente al de todos aquellos que creyeron, en su orgullo y demencia, que la tierra que estaban descubriendo les pertenecía. Sin embargo, los escasos testimonios contemporáneos que tenemos de Ursúa insisten en separarlo de la estirpe de los Aguirre y los Pizarro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Juan de Castellanos escribió, probablemente, la <em>Odisea </em>americana. Su <em>Elegías de varones ilustres </em>es el relato épico de la historia americana. A un estilo vivo se le suma un verso suelto, cadente, como si la propia historia de aquellos días se estuviese disputando en él. El cronista de Indias convivió con Ursúa, antes de la expedición al Dorado, y describe su muerte de una forma honrosa. Desnudo, atravesado por la espada, con el Amazonas como escenario fatal, busca unas palabras de consuelo en Dios antes de cerrar los ojos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Poco hay más de sus contemporáneos, y por eso Ursúa ha pasado a nuestra contemporaneidad de una forma sigilosa. Décadas después, Diego Aguilar y Córdoba compone <em>El Marañón</em>, una crónica sobre las expediciones al Dorado de la que no fue testigo. Aquí, los pasos de Ursúa ya se han convertido en materia literaria. Son voces, rumores y gran parte de invención. Al menos, para construir los huecos que han dejado los ausentes. Cuando se publicó, a finales del XVI, Ursúa ya llevaba cuarenta años muerto y el furor por descubrir la ciudad de oro se había atenuado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Novelas de nuestro tiempo han reparado en el conquistador navarro y en su expedición hacia ninguna parte. La de Ramón J. Sender, <em>La aventura equinocial de Lope de Aguirre</em>, rescata a un personaje furibundo, envuelto en una locura que tiene tintes de <em>El corazón de las tinieblas </em>de Conrad. Imposible separar la figura de Pedro de Ursúa de su sepultura, el anhelo de descubrir El Dorado. Pero en realidad, el adelantado fue mucho más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y lo demuestra de forma magistral William Ospina. El escritor colombiano, con su trilogía sobre Ursúa, ha pretendido escribir una crónica de Indias del siglo XVI. Y lo ha logrado. Con toda la crueldad al alcance de aquel siglo (mucha de ella exagerada, como las páginas de Las Casas o las láminas de De Bry) y con un mundo por descubrir, la primera novela de la serie, <em>Ursúa</em>, se adentra en el amanecer de la conquista de América. Pedro de Ursúa es la excusa a través de la cual Ospina nos narra, de forma lírica y pormenorizada, todos los sucesos y leyendas que formaron el continente cultural, desde Mar del Plata hasta California.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 2008 se publicaría la segunda parte, <em>El país de la canela</em>, la mejor novela de las tres. Cuenta la odisea de Francisco de Orellana surcando el Amazonas. Pedro de Ursúa apenas aparece en este episodio más como una sombra y un anhelo. Cierra la trilogía, en 2012, <em>La serpiente sin ojos</em>, la emulación del conquistador navarro de las aventuras anteriores. La búsqueda de El Dorado centra la trama, llevada hasta el extremo por la codicia de Lope de Aguirre, la naturaleza desbocada, la locura de unos hombres alejados de su humanidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La América que propone Ospina es a la misma vez historia y mito. El inicio bastará para demostrar la fabulosa manera de narrar:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“Cincuenta años de vida en estas tierras llenaron mi cabeza de historias. Yo </em><em>podría contar cada noche del resto de mi vida una historia distinta, y no </em><em>habré terminado cuando suene la hora de mi muerte. Muchos saben relatos </em><em>fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales. Mi vida </em><em>es como el hilo que va enlazando perlas, como el indio que veo animando al </em><em>metal en ranas y libélulas, en collares de pájaros, en grillos y murciélagos </em><em>dorados. Tengo historias de perlas y esmeraldas.”</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Ha tenido que esperar Ursúa para que alguien cuente su historia como se merece. Ya nunca nadie podrá pensar en el Amazonas sin reparar en un conquistador navarro, enamorado, colérico, que se pierde en la selva buscando ciudades imposibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>* Pepe Pérez-Muelas (Lorca, 1989) es filólogo y máster en cultura latinoamericana en la Sorbona. Actualmente es profesor de Literatura y colabora con distintos medios. Es autor de “Homo Viator” (Siruela), un ensayo sobre viajes y viajeros de lectura imprescindible para los amantes de los viajes y la historia de los viajeros.</em></p>
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		<title>Brazza y otros viajeros en el Corazón de las Tinieblas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/brazza-congo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 12:18:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=34319</guid>

					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Mercedes Barreno<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Grandes selvas del mundo<br><br><strong>Peter Forbath, corresponsal durante muchos años en África para la revista ‘Time’, escribió uno de los libros más completos hasta la fecha sobre la historia del río Congo, y lo subtituló de forma contundente: “el río más dramático de la tierra”. Solo hay que asomarse a sus páginas o a la historia de su exploracion desde tiempos de los descubrimientos portugueses, para estar de acuerdo con Forbath. El río atraviesa una de las zonas geográficas más convulsas de la tierra y que más fascinación ha ejercido sobre la imaginación de Occidente. En los últimos cinco siglos, estas selvas del corazón africano han servido de escenario, casi cinematográfico, para el encuentro de dos mundos antagónicos. Una historia protagonizada por personajes como Diego Cao o Bartolomé Dias, Stanley, Livingstone, Roger Casement, Mobuto, Joseph Conrad o la terrible figura del rey Leopoldo.</strong></p>



<h5 class="wp-block-heading"><strong>LOS PRIMEROS EXPLORADORES</strong></h5>



<p class="wp-block-paragraph">En la era de los descubrimientos, el rey de Portugal Juan II continuó la política que los monarcas portugueses anteriores habían iniciado para recorrer la costa africana. En 1482 encargó a Diego Cao sobrepasar el ecuador, objetivo que cumplió convirtiéndose en el primer europeo en descubrir el estuario del rio Congo. Cao dejó escrito en piedra su hallazgo (<em>padräo</em>)como testimonio de la soberanía de Portugal y allí perduran aún los restos de esta inscripción. Remontó el rio y las cataratas y contactó con los indígenas del reino del Congo -Bakongo- con intención de lograr el vasallaje de su rey. Siguió camino hacia el sur hasta cabo de Santa María por la costa, llegó a la actual Angola y volvió a Lisboa a principios de 1484 con nativos del Congo como testigos de su exploración.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un segundo viaje, de 1484 a 1486, Cao llegó de nuevo hasta el Congo, con intención de descubrir el reino cristiano del Preste Juan, y cerca de Matadi dejó otro monolito con su descubrimiento anotado. En 1486 solo volvió a Lisboa su acompañante, Bartolomeu Díaz. Tal vez Cao quedara en Nigeria o muriera en el cabo de Cross; lo que pasó realmente aún se debate. Díaz continuó los viajes hacia el sur, alcanzando el cabo de Buena Esperanza y el océano Índico en 1487. Los lugares de la costa oeste descubiertos por Cao y por Diaz se mantuvieron como puntos de anclaje para el comercio portugués y europeo y suministro de esclavos hacia Europa y América hasta finales del siglo XVIII.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la historia de la exploración del Congo en el siglo XIX encontramos situaciones clave que marcarán su descubrimiento, y un conjunto de motivaciones propias de una época en que los desafíos geográficos, el interés comercial y unas ambiciones imperiales sin límite producirán terribles consecuencias. Una vez descubierta África Central por los exploradores, misioneros y mercaderes, los gobiernos europeos entraron con espíritu de anexión, y los especuladores de explotación, con una rapidez sorprendente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El imperio colonial creado por Inglaterra fue el referente europeo para la expansión por otros continentes. A este país pionero en la revolución industrial, su imperio le produjo grandes oportunidades comerciales y de enriquecimiento gracias al acceso a las materias primas que necesitaba. Su forma de combinar la expansión comercial, el establecimiento de colonos estables y la diplomacia, construyeron el gran imperio del siglo XVIII. El plan diseñado en Londres, desde la ocupación de Egipto como protectorado compartido con Francia, significó una paulatina inmersión en el continente africano que incluyó desde el noreste egipcio, en una diagonal imaginaria que atravesaba el continente, hasta el suroeste: desde El Cairo a Ciudad del Cabo. La realidad es que llegó ocupar Sudán, Kenia, Somalia, Nigeria, Uganda, Bechuanalandia, Sierra Leona, Costa de Oro, Gambia, Rhodesia y Sudáfrica, al tiempo que consolidaba su dominio en la India y se anexionaba el Punjab en 1863.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Francia no se quedó atrás en el intento imperial, e incorporó lo que hoy son Gabón, República Centroafricana y República del Congo, esta última producto de los tratados de la década de 1880. A partir de la década de 1830 fue ocupando Argelia, Túnez, Marruecos, África Occidental (Mauritania, Senegal, Camerún, Malí, Guinea, Costa de Marfil, Niger, Burkina Faso – antes Alto Volta- y Benin).<br><br><strong>LAS SELVAS DEL CONGO&nbsp;&nbsp; </strong><strong><br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Los bosques tropicales que forman las selvas del Congo, en el centro de África, se extienden a lo largo del rio y sus afluentes y forman una cuenca de 3.700.000 km2. El Congo tiene caudal medio de 41 800 m³/s y una longitud de 47.000 km2. Tiene una superficie solo superada por la selva amazónica y forma uno de los ecosistemas más diversos y complejos del mundo, con una variedad de especies de plantas y animales que solo se encuentra en su cuenca. Por su situación entre los trópicos y atravesar dos veces el ecuador tiene un régimen de lluvias que lo mantiene con un caudal constante. Todo un sistema acuático que es fuente de vida, de maderas y alimento para sus pobladores -pigmeos entre otros indígenas-, además de vía imprescindible de transporte y comunicación en un enorme territorio del África Central. El Congo es, en definitiva, un ecosistema de agua dulce que discurre a lo largo de una topografía compleja con cascadas y desniveles que siempre representaron un desafío para sus exploradores, y que, hasta el presente, han dificultado la creación de mejores infraestructuras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las selvas del Congo tienen un papel importantísimo en la regulación del clima global: la enorme masa forestal, al absorber grandes cantidades de CO2, contribuye a retardar el cambio climático. Las turberas formadas en el suelo húmedo, están en peligro si se continúa con la explotación forestal, en gran parte sin control. Actualmente, más de cinco millones de hectáreas son concesiones ilegales, y a pesar de que las principales organizaciones europeas han solicitado a los gobiernos y a la comunidad internacional su regulación y protección, el riesgo de desaparición de grandes extensiones de selva es un hecho.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una inmensa región de África Central integrada en los países de Gabón, República Democrática del Congo, Camerún, República del Congo, República Centroafricana y Guinea Ecuatorial; además de parte de los países circundantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>UNA HISTORIA DE EXPLORACIÓN Y TRAGEDIAS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El papel que desempeñaron los exploradores fue determinante para la ocupación de las selvas del Congo por los europeos. Pionero en la búsqueda de las fuentes del Nilo fue el médico y teólogo escocés David Livingston (1813-1873). Su primer viaje en 1840 tenía como objetivo trabajar para la Sociedad de Misioneros de Londres en Bechuanalandia, protectorado inglés en litigio y reconocido desde 1885, hoy Botsuana, un territorio en discusión entre lnglaterra y los Boers que pronto llevaría al médico escocés a buscar otros caminos con pueblos más propicios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1845 se casó con la misionera y exploradora Mary Moffat, y en 1951 llegó hasta el rio Zambeze y las cataratas Mosioatunya, a las que dió el nombre de la reina Victoria. Tras una desgraciada expedición en la que perdió a su hermano Charles, a su esposa y a varios de sus hombres por malaria, en 1862 regresó a Londres. Consigue financiación gracias a la <em>Royal Geographical Society</em>, y vuelve a África para seguir explorando. En 1871 llegó al río Lualaba, que pensó que era la cabecera del Nilo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras seis años sin tener noticias de Livingston, el editor del New York Herald, en 1869, encargó su búsqueda a Henry Morton Stanley (1841-1904), convertido en cronista desde su participación en la guerra civil americana. Tras meses de búsqueda encontró a su admirado explorador, enfermo, en la población de Ujiji en 1871. Los dos compartieron exploración por el lago Tanganica aunque Stanley regresó a Londres sin Livingston, quien en su última estancia en África fundó una Misión Universitaria con fines educativos y sanitarios, que sería lugar de trabajo y encuentro de misioneros médicos para África Central. La malaria y otras complicaciones provocaron su muerte en Zambia en 1873.</p>



<p class="wp-block-paragraph">H.M. Stanley, en busca de financiación, informó en Paris sobre lo descubierto en África, y en 1874 el Daily Telegraph y el New York Herald invirtieron en su empresa haciéndole el encargo de llegar hasta la desembocadura del Congo. Atravesó el continente desde Zanzíbar, en el Índico, y se dirigió al oeste por los lagos Victoria y Tanganica para comprobar si el Nilo era continuación del rio Lualaba o cabecera del Congo. Un viaje largo en el que partieron 356 expedicionarios, de los cuales al llegar al Atlántico quedaban 114 y solo Stanley de origen europeo. La exploración del interior de África no solo despertó interés entre los ciudadanos británicos o americanos. Una prueba del interés de los parisinos por la aventura africana son las crónicas que <em>Le tour du monde, Nouveau Journal des Voyages</em>, publica entre 1860 y 1914 en Paris, y que que recogen las novedades y aventuras de los viajeros y viajeras por ese mundo de misterio que tanta fascinación despertaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su contemporáneo Julio Verne (1828-1905), gran lector interesado por los viajes, la aventura, la ciencia y el futuro, se interesó por las exploraciones del doctor Livingston. Con su gran imaginación construyó peripecias y peligros y publicó en 1863 <em>Viajes extraordinarios: Cinco semanas en globo, con el título completo de Cinq semaines en Ballon. Voyages de decouvertes en Afrique par trois anglais. Rédigé sur les notes du doctor Fergusson</em>. A partir de entonces la relación entre la ciencia ficción y la realidad, no ha dejado de crecer.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>PIERRE DE BRAZZA: UN IDEALISTA POR EL RIO OGOOUÉ</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La fiebre exploradora que recorría Europa por descubrir el interior de África, unido al anhelo de aventura, traspasó todas las fronteras. Uno de sus protagonistas fue Pierre Paul François Camille Savorgnan de Brazza (1852-1905), nacido en Roma y décimo hijo de familia noble, de padre italiano, viajero y artista. Le movía el afán de aventura y las ideas que la revolución francesa y sus herederos (Saint Simon) difundieron por Europa. Brazza soñaba con mostrar al mundo su civilización, la libertad y la fraternidad de la que hacían gala sus contemporáneos. Quería ser marino, y en 1868, y tras superar bastantes dificultades, fue admitido en la Escuela Naval francesa de Brest.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El primer viaje de Savorgnan de Brazza a África ecuatorial, como capitán, comenzó el dos de noviembre de 1875 en Gabón, colonia francesa desde 1842, principal base naval en la costa occidental africana y punto estratégico de partida de las expediciones al continente. Era un protectorado que Francia se adjudicó tras firmar los tratados con las tribus locales dos años antes. Brazza permaneció en el continente hasta 1878.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este primer viaje, Brazza partió de Libreville en el vapor Marabout con cuatro intérpretes senegaleses, el médico Noel Ballay, el contramaestre Hanon y el naturalista Alfred Marche. Pocos días después llegaba a Lambaréné, el punto más lejano conocido. Por la rivera negoció la ayuda de los indígenas y después de tres meses llegó a Lopé, uno de los centros más importantes para el comercio de esclavos. De allí parte hacia Poubara, país de los Aumbos en el curso del Ogooué, contacta con tribus -bateke- que comercian a lo largo del rio Alima (180 km), afluente del Congo y descubre los múltiples afluentes que se dirigen al interior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Completó la exploración del Ogooué (1200 km), pero incluso así se sentía profundamente decepcionado por no haber encontrado en este río un acceso directo al África central. En un espacio de 80 km entre el Alima y el Oggoué atravesó las colinas arenosas habitadas por los guerreros Apfourous y en la confluencia del Ogooué con Mpassa fundó Franceville con esclavos liberados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1876 Leopoldo II de Bélgica había organizado la Conferencia de Bruselas y creado la Asociación Internacional Africana para “civilizar a los nativos”. Fue el primer paso para convertirse en propietario de lo que su comisario Stanley lograría en el reparto del África Central. Joseph Conrad, con causticidad, la llamaría “la sociedad internacional para la represión de las costumbres salvajes”. Brazza ignoraba que Stanley estaba en el centro de África, y no calculaba el alcance real de sus descubrimientos. A la vuelta escribiría que “si los exploradores del Ogooué hubieran sabido que el Alima les conduciría en cinco días más de camino al Congo, no hubieran dudado en hacer el esfuerzo para volver a la costa por el Congo”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En los tres años de su primer viaje, las dotes negociadoras de Brazza permitieron revertir el monopolio comercial que existía a lo largo del rio Ogooué además de descubrir sus afluentes próximos. Su conciliador trato con los indígenas sirvió para allanar el camino a los exploradores europeos mediante la firma de tratados. La campaña que hizo con el naturalista M.A. Marche se interrumpió en las orillas del Lékelé ya que hubo de regresar a Europa por problemas de salud. El 27 de diciembre de 1879 comenzó su segundo viaje, con más medios y con el objetivo más claro de ampliar los territorios con bandera francesa y adelantarse a otros exploradores. Es conocida la importancia de la firma del tratado con el rey de los Batékés, Makoko, en la zona del lago Malebo (entonces Stanley Pool): con esta firma se le entregaron a Francia las tierras en las que Congo comienza a ser navegable, es decir un camino practicable entre Stanley Pool y el mar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Brazza volvió a Francia en 1882, logró el reconocimiento de las autoridades por sus descubrimientos y convenció al gobierno de lo positivo que resultaría para Francia la anexión del Congo. Es admirable su coraje y determinación, la diplomacia de su política y el desinterés personal que demostró sacrificando su fortuna personal para remediar las insuficientes subvenciones que dispuso para su viaje. En sus charlas, escritos y cartas describe regiones misteriosas, evoca imágenes deslumbrantes y da noticias de las riquezas de la selva para la explotación de caucho. Pero también describe los difíciles momentos difíciles pasados frente a los indígenas por llevar sus barcos la insignia de Francia. Las reacciones y resistencias de los nativos al paso de los “visitantes” eran tan imprevisibles como arriesgadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando Brazza planteó ante las autoridades de Paris la ratificación de los tratados que había suscrito con los indígenas, la burocracia no se lo puso fácil, obligándole a desarrollar una larga y reñida campaña para que le convalidasen lo firmado con el rey Makoko. Finalmente, las Cámaras se lo aprobaron, y se hizo público uno de los episodios más interesantes de la historia de la exploración.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 28 de diciembre de 1882 la Cámara de los diputados, por 441 votos contra 3, aprobó un proyecto de ley permitiendo la apertura de un crédito de 1.275.000 francos destinados a compensar los gastos “de la misión de M. Savorgnan de Brazza en el oeste africano”. Tres días después, la vanguardia de una nueva expedición, dirigida por Rigail de Lastours, emprendía camino a Gabón.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LOS CONFLICTOS CON STANLEY</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Brazza regresó a África a finales del mes de enero de 1883, con un equipo reconocido de cuatrocientos hombres para ratificar tratados con los jefes indígenas y organizar nuevos asentamientos. El conflicto de intereses entre los delegados de Leopoldo II de Bélgica, la Asociación Internacional del Congo, y los franceses era ya abierto. Es la época en la que coincidió con Stanley, y el americano se sintió humillado por el éxito del que consideró rival; y una de las razones por las que regresa a Paris para desacreditarle.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ambos, Stanley y Brazza son dos nombres que serán relacionados porque ambos harán posible la penetración en el corazón de África pero con muy distintos objetivos. Lo que pesa en la conciencia de Stanley no son los treinta combates que libró en el Congo, sino su falta de escrúpulos en su explotación, las excusas que puso para hacerlo y los recuerdos sangrientos que dejó a sus sucesores en nombre de la civilización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre los numerosos discursos que Savorgnan de Brazza pronunció en su última etapa en Francia, uno de los más expresivos y que muestran su ideario, fue el que sostuvo ante el presidente de la <em>Societé Historique (Bulletin de la Societé, </em>nº 1,13), de la que era miembro de honor. Transcribo algunos de sus discursos donde se muestra su actitud y espíritu con el que se enfrentó a la selva.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“Usted viene de abrir un capítulo nuevo en nuestra historia colonial…”, a lo que Brazza responde: “¿Un capítulo nuevo?, la verdad es que yo no he escrito más que una línea, la primera y la más modesta” …. La bandera de Francia está en África como un símbolo de la amplitud y generosidad de ideas que Francia ha mantenido, y que más que otra nación ha contribuido a propagar…Hoy, la </em><em>Navegación en la selva del Congo. </em><em>llegada de nuestros compatriotas a Africa, tendrá el efecto de detener el origen </em><em>del comercio de carne humana: la trata de esclavos. Francia ha defendido sus intereses nacionales, pero yo nunca abandoné los intereses de la civilización” “Hace cincuenta años que la bandera francesa ondea en Gabón, y representa la idea de libertad. Un puerto utilizado como escala de nuestros barcos y encargado de impedir la trata de negros establecida esta costa de África…. Y la noticia de que había en la costa una tierra que volvería libre a los que la habitaran se extendió rápido… así que cuando entre en el interior de esos países nuestros colores se conocían. Se sabía que eran los de la libertad.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Los primeros habitantes de Franceville han sido esclavos liberados. La cuestión de la esclavitud es un tema complejo. Uno se encuentra a menudo con dificultades casi insuperables&#8230; Mantener el honor de la bandera que arranca su presa a los negreros no es cosa fácil cuando no se quiere emplear la violencia. En 1875, en mi primer viaje, no arbolé la bandera francesa más allá de los artilleros franceses…”</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Brazza cuenta en su diario: <em>“Al principio tuve que comprar a los hombres muy caros, 300 o 400 francos, y cuando ya me pertenecían, aún con los aros en el pie y cuello les preguntaba “¿De qué país eres? Soy del interior, respondían. ¿Qué prefieres, quedarte conmigo o regresar a tu país? Les hacía tocar la bandera francesa y les decía: sois libres. Luego, encontré a estos hombres en el interior, y fueron los que me facilitaron el camino. Fueron ellos los que me permitieron llegar hasta el interior. Sabían que… todo esclavo que tocaba la bandera francesa era libre”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“África hace la guerra a quien siembra la guerra. Pero como todos los demás países, hace la paz a quien siembra la paz. Mi reputación me precedía, y sin mi conocimiento me dieron el nombre de Padre de los Esclavos… Pero ¿qué he hecho yo? Poca cosa. Solo lo que he podido. Este es un primer ensayo con un primer resultado…”</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el espíritu de paz que Brazza había establecido entre los pueblos rivales ¿cómo podría durar? Brazza sufrió ver al Congo que había explorado, apropiado por Francia y explotado por hombres sin escrúpulos. Murió el 29 de agosto de 1905. Lo que vendría después fue el mayor enriquecimiento para Europa y la devastadora tragedia para la población y sus selvas. Brazzaville es la capital de la República del Congo desde su independencia en 1960, y lo fue de la antigua África Ecuatorial Francesa; en la orilla del rio, frente al Congo-Kinsasa y a 500 km por ferrocarril de Pointe-Noire, en el océano Atlántico.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>CAMINO A LA CONFERENCIA DE BERLÍN</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La apropiación de territorios en la desembocadura del Congo por Leopoldo II de Bélgica chocaba con los intereses franceses por el Congo occidental y con los portugueses y sus aliados ingleses, que ya estaban establecidos en la zona. Inglaterra y Alemania mantenían litigios por Camerún. Una situación que había que arreglar o al menos regular para aclarar competencias y evitar choques. La iniciativa del canciller alemán Otto von Bismark, artífice de la unión de Alemania en 1871, para poner orden acabó en la Conferencia de Berlín en 1884-1885 que restablecería la libre circulación y mercado por el Níger y el Congo, y significó en realidad el reparto del continente entre las potencias colonialistas europeas. El Estado Libre del Congo se traspasó al monarca belga, que entre 1885 y 1908 practicó el terror, los asesinatos en masa y la explotación indiscriminada de caucho y marfil en las selvas congoleñas provocando las mayores e inimaginables tragedias entre la población. A pesar de que importantes escritores y personajes denunciaron en su tiempo las barbaridades que se estaban haciendo en las selvas del Congo, la opinión internacional tardó en reaccionar y más aún en actuar. Joseph Conrad, en <em>The heart of darkness </em>(El corazón de las tinieblas) es el más conocido, pero no hay que olvidar la carta abierta a Leopoldo II del diplomático, historiador americano y negro, George Washington Williams, el informe del cónsul británico Roger Casament, al médico en África Arthur Conan Doyle y al mismísimo Mark Twain.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta hoy, la explotación de las selvas del Congo ha provocado tensiones constantes por la propiedad de la tierra y el comercio, tan necesarios para la investigación, la ciencia y la industria farmacéutica.</p>



<h5 class="wp-block-heading">PARA SABER MÁS</h5>



<ol start="1884" class="wp-block-list">
<li><em>Neuvillle &amp;Ch Bréard.- Les voyages de Savorgnan de Brazza: Ogooué et Congo (1875-1882) Paris 1884.</em></li>



<li><em>Paul Eydoux. Savorgnan de Brazza Le conquérant pacifique. Preface du Maréchal Lyautey de l´Academie Francaise Paris, 1932.</em></li>



<li><em>Forbath. El rio Gongo. Descubrimiento, exploración y explotación del rio más dramático de la tierra. Fondo de Cultura Económica 2002.</em></li>



<li><em>W. Williams, Roger Casademont, Arthur Conan Doyle y Marc Twain. La tragedia del Congo. La Coruña, Ediciones del Viento, 2010.</em></li>
</ol>



<p class="wp-block-paragraph"><em>* Mercedes Barreno es Licenciada en Historia Moderna (UCM) y Máster en Métodos y técnicas de investigación histórica artística y geográfica (UNED)</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>El cielo y la tierra, desde Alejandría</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/cielo-y-tierra-desde-alejandria/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Jan 2024 11:51:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 76]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hace más de dos mil años, en la Biblioteca de Alejandría nadie dudaba de la esfericidad de la Tierra, salvo los epicúreos y los ignorantes. Fue su tercer director, Eratóstenes de Cirene, historiador, poeta y astrónomo, el primero que calculó las dimensiones de la Tierra</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Mariano López<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 76 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">La medición de la Tierra<br><br><strong>Hace más de dos mil años, en la Biblioteca de Alejandría nadie dudaba de la esfericidad de la Tierra, salvo los epicúreos y los ignorantes. Fue su tercer director, Eratóstenes de Cirene, historiador, poeta y astrónomo, el primero que calculó las dimensiones de la Tierra, con una aproximación extraordinaria a los resultados actuales. Este artículo recorre la biografía de Eratóstenes y de quienes, en Alejandría, realizaron nuevos cálculos, elaboraron los primeros mapas, catalogaron centenares de estrellas y sentaron las bases de la geografía como ciencia.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En el año 236 a.C., Ptolomeo III el Benefactor, tercer faraón de la dinastía tolemaica, nombró director de la Biblioteca de Alejandría a Eratóstenes de Cirene, quien llegaría a ser el primer astrónomo en medir las dimensiones de la Tierra. Historiador, poeta, astrónomo, matemático y geógrafo, Eratóstenes encarnaba a la perfección el ideal del sabio alejandrino: polímata, helenista, brillante tanto en sus estudios sobre las artes como en los relativos a las ciencias y preocupado, siempre, por la aplicación moral de sus conocimientos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>ERATÓSTENES: HISTORIADOR, POETA Y ASTRÓNOMO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Tercer director de la Biblioteca, tras Zenódoto de Éfeso, especialista en Homero, y Apolonio de Rodas, autor del poema que narra la aventura de Jasón y los Argonautas, Eratóstenes dirigió durante cuatro décadas la institución, apoyado siempre por Ptolomeo III, quien tuvo que crear una dependencia adjunta, el <em>Serapeum</em>, para acoger los rollos de papiro que ya no cabían en el edificio principal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Había nacido en Cirene, la actual Sahhat, en Libia, una ciudad fundada siglos antes por emigrantes griegos procedentes de la antigua Tera, la actual Santorini, que daba nombre a la principal colonia griega de la región, la Cirenaica. De Cirene también procedían Berenice, la esposa de Ptolomeo III, y el poeta Calímaco, creador del primer catálogo de la Biblioteca de Alejandría bajo el reinado de Ptolomeo II. Eratóstenes dejó pronto Cirene para estudiar en Atenas y Alejandría. Fue discípulo del gramático Lisanias, también natural de Cirene, de Calímaco y del filósofo estoico Aristón de Quíos. Se sabe también que fue gran amigo de Arquímedes, quien le dedicó dos de sus obras ya en los años en que Eratóstenes era director de la Biblioteca.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA ESFERA ARMILAR, EL AÑO BISIESTO, EL PRIMER MAPAMUNDI</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">De las obras de Eratóstenes solo quedan fragmentos, referencias y resúmenes, pero son varias y precisas las fuentes que coinciden en afirmar sus aportaciones, entre las que destaca que fue el primer astrónomo que calculó, con notable aproximación, la inclinación del eje de la Tierra y el primero que midió, también con extraordinaria precisión, la longitud de su diámetro y su circunferencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eratóstenes fue, también, el creador del primer mapamundi, el inventor de la esfera armilar, el introductor del año bisiesto en el calendario prejuliano y el primero que concibió la geografía como una ciencia. Escribió una <em>Cronografía </em>con las fechas de los acontecimientos literarios y políticos más importantes, dos grandes obras poéticas, <em>Hermes </em>y <em>Erígone</em>, un tratado sobre la comedia, una biografía de Homero y varias obras de filosofía moral, en las que contempla textos de Platón desde un punto de vista matemático. Sus contemporáneos le consideraron <em>pentathlos</em>, el título que se daba a los atletas vencedores en las cinco competiciones de los Juegos Olímpicos, en este caso por su dominio de todas las áreas conocidas del saber. Murió en Alejandría, a la edad de 82 años. Su obra científica le sitúa entre los tres grandes geógrafos matemáticos de Alejandría, el primero por orden cronológico: Eratóstenes, Hiparco y Claudio Ptolomeo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA: MEMORIA DEL MUNDO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La Biblioteca de Alejandría cumplía décadas cuando Eratóstenes pasó a ocuparse de su dirección. Las bases de su fundación se atribuyen a Demetrio de Falero, un relevante político ateniense, discípulo de Teofrasto, el sucesor de Aristóteles en el Liceo. Demetrio de Falero tuvo que abandonar Atenas cuando era gobernador a causa del asedio que sometió a la ciudad otro Demetrio, el rey de Macedonia Demetrio I, quien se había ganado el título de <em>Poliorcetes</em>, el asediador de ciudades, por sus numerosos ataques a las urbes helenas, entre ellas Rodas, que consiguió rechazarle y en conmemoración de esta victoria levantó el Coloso de Rodas, una de las siete maravillas de la Antigüedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Demetrio de Falero encontró refugio en la corte de Ptolomeo I, enemigo del rey de Macedonia. En Alejandría, los consejos de Demetrio de Falero llevaron a Ptolomeo I a la creación del Museo y la Biblioteca. El Museo era, formalmente, un templo dedicado a las musas, su director era un sacerdote, pero su objeto real era el de un instituto de investigación dedicado, también, a la enseñanza. Su modelo era el Liceo aristotélico. Contaba, desde su fundación, con unos cien profesores, contratados y pagados por el rey. Tenía salas de investigación, de conferencias y estudios, un observatorio, un jardín zoológico y un jardín botánico. Y la Biblioteca. La Biblioteca dependía del Museo. Su objetivo también respiraba el aliento de Aristóteles: reunir todo el conocimiento disponible en la Tierra, convertirse en “memoria del mundo”. Se cree que su configuración arquitectónica pudo ser similar a la de la Biblioteca de Pérgamo, construida varias décadas después. De ser así, la de la Alejandría habría contado con salas de estudio y lectura, una amplia galería con columnas griegas para pasear, aprender y enseñar al modo de los peripatéticos, salas de reuniones, jardines y las dependencias donde se almacenarían los rollos de papiro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ptolomeo I incorporó la biblioteca de Aristóteles a la de Alejandría, gastó importantes sumas de dinero en adquirir más libros y emitió un decreto por el cual todos los barcos que atracaran en Alejandría debían entregar a la Biblioteca los libros que llevasen a bordo para que fueran copiados, con el compromiso de que una vez copiados serían devueltos a sus dueños. Según Galeno, Ptolomeo III fue aún más allá y llegó a comprar manuscritos originales a los atenienses para copiarlos, a cambio de una enorme cantidad de oro. Tras la ampliación de la Biblioteca por Ptolomeo III, se estima que el edificio principal podía haber llegado a albergar cerca de 500 000 obras en rollos de papiro y el <em>Serapeum</em>, cerca de 43 000. Según el historiador Hecateo de Abdera, las estanterías lucían una inscripción que decía “el lugar de curación del alma”.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL DOGMA DE LA ESFERICIDAD DE LOS CUERPOS CELESTES</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En la Alejandría del Museo y la Biblioteca, ni los sabios ni los estudiantes dudaban de la esfericidad de la Tierra. Solo los epicúreos y los ignorantes se negaban a creer en ella, según subraya la <em>Historia General de las Ciencias </em>coordinada por René Taton, traducida por Manuel Sacristán. La inmensa autoridad de Platón había convertido en un axioma la hipótesis de que el universo era un lugar ordenado, formado por cuerpos celestes esféricos cuyos movimientos debían ser revoluciones a velocidad uniforme en círculos perfectos. El axioma contó con el apoyo de Aristóteles, con la salvedad de que, para el estagirita, los cuerpos celestes estaban inscritos en esferas concéntricas con la Tierra en el centro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El principio expresado por Platón ya había sido formulado, con anterioridad, por los pitagóricos, para quienes la Tierra, los cuerpos celestes y el universo entero eran esféricos porque la esfera era el más perfecto de los sólidos geométricos. Gémino de Rodas, en el año 70 a.C., recuerda en su principal obra, una introducción a la astronomía conocida como <em>El Isagogo</em>, que fueron los pitagóricos los primeros que establecieron la idea de un movimiento circular y uniforme para el Sol, la Luna y los planetas. A partir de Filolao de Tarento, los pitagóricos, según cuenta Gémino, sostenían que la Tierra, el más imperfecto de los cuerpos del Universo, se movía en torno a un fuego central una vez al día, la Luna empleaba un mes, el Sol un año y los planetas períodos aún más largos mientras que la esfera de las estrellas fijas permanecía estacionaria. Sostenían que las distancias entre los cuerpos celestes y el fuego central se hallaban en la misma relación numérica que los intervalos de la escala musical, una relación que situaba a las estrellas a una distancia finita de la Tierra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La ausencia de paralaje observable introducía dudas respecto al movimiento de la Tierra alrededor del Fuego. Dos pitagóricos, Hicetas y Ecfanto, de Siracusa, defendieron que la Tierra no giraba en torno a un fuego central: se encontraba, sostenían, en el centro del Universo, pero no inmóvil, pues rotaba diariamente en torno a su eje; una hipótesis que salvaba la tesis principal (esferas, movimientos circulares, distancias musicales) y concordaba con la ausencia de paralaje.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA EXIGENCIA DE PLATÓN A LOS ASTRÓNOMOS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Platón asume los principios pitagóricos sobre los cuerpos celestes y defiende como un dogma su esfericidad y la necesidad de que sus movimientos en torno a la Tierra sean círculos perfectos a velocidad uniforme. En uno de sus diálogos más divulgados, <em>Fedón </em>o <em>Sobre el alma</em>, Fedón de Elis, discípulo de Sócrates, se encuentra con el pitagórico Equécrates de Flliunte y le narra las últimas horas de la vida de Sócrates, ya en la prisión, esperando el momento de su ejecución, rodeado por su esposa y varios amigos, entre ellos los que el diálogo convierte en interlocutores principales de Platón: Simmias y Cebes, discípulos del pitagórico Filolao. En el diálogo, después de hablar sobre la inmortalidad del alma, Simmias le pide a Sócrates que le hable de la Tierra. Y Sócrates contesta:</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Estoy convencido de que si la Tierra está en medio del cielo, y es de forma esférica, no tiene necesidad ni del aire ni de ningún otro apoyo que le impida caer y que el cielo mismo que la rodea por igual y su propio equilibrio bastan para sostenerla porque todo lo que está en medio de una cosa que lo oprime por igual no podrá inclinarse hacia ningún lado y por consiguiente estaría fijo e inmóvil, de esto es de lo que estoy persuadido”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Inmóvil, esférica, situada en medio del cielo, la Tierra debería ser el cuerpo alrededor del cual los cinco planetas, el Sol y la Luna y las estrellas debían girar con círculos perfectos. Pero los planetas no parecían comportarse así. Avanzaban y retrocedían por el cielo de un modo extraño. Su nombre en griego, πλανήτης (<em>planetes</em>), era totalmente adecuado, en cuanto significa <em>errante,</em><em> vagabundo</em>. Para Platón, la misión de los astrónomos era reducir a movimientos “regulares” y matemáticamente enunciables los aparentemente desordenados movimientos de los cuerpos celestes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La influencia de este axioma, del encargo a los astrónomos de Platón, alcanzaría hasta el mismo Copérnico, quien presumía en su <em>De revolutionibus orbium coelestium </em>de que su sistema heliocéntrico era el único que podía combinar las últimas y más precisas observaciones de los astrónomos con la doctrina platónica de los movimientos circulares uniformes sin necesidad de recurrir a los artilugios geométricos diseñados por los discípulos de Platón, por el propio Aristóteles, Apolonio de Pérgamo o Claudio Ptolomeo, quienes establecieron un sin número de círculos con órbitas en torno a ecuantes y epiciclos totalmente innecesarios. El sistema recuperaba los movimientos de los planetas con círculos sin artificios, como los sugería Platón, si se aceptaba, como hipótesis, que la Tierra giraba, también con un movimiento circular, en torno al Sol.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>ARISTARCO Y EL PRIMER SISTEMA HELIOCÉNTRICO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En Alejandría, diecisiete siglos antes de Copérnico, algunos años antes de la llegada de Eratóstenes, ya hubo al menos un astrónomo defensor de la idea de que la Tierra giraba alrededor del Sol: Aristarco de Samos. Dedujo las distancias de la Tierra al Sol considerando los ángulos del triángulo que forman el Sol, la Tierra y la Luna cuando esta se encuentra en cuarto menguante y forma con la Tierra un ángulo recto. Calculó que la distancia de la Tierra al Sol debía ser unas 20 veces las de la Tierra a la Luna (en realidad, 400 veces más distante). Como el tamaño de ambos, vistos desde la Tierra, aparentemente es igual, concluyó que el Sol era aproximadamente 20 veces mayor que la Luna (en realidad, 400 veces mayor) y propuso, entonces, que mejor que pensar que el Sol giraba en torno a la Tierra, sería más lógico suponer que tanto la Tierra como los planetas giraban en torno al Sol. Su teoría solo tuvo un seguidor: el babilonio Seleuco, quien, cien años después de Aristarco, aseveró que solo el movimiento de la Tierra en torno al Sol podía explicar el ciclo anual de las mareas causadas por la Luna.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>CÓMO MIDIÓ ERATÓSTENES LA CIRCUNFERENCIA DE LA TIERRA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Asumidos los dogmas platónicos -la esfericidad de la Tierra, su inmovilidad en el centro del Universo, y la circularidad y uniformidad de los movimientos de los cuerpos celestes-, Eratóstenes emprendió el reto de medir las dimensiones de la circunferencia terrestre. Sabemos los detalles de su método, por la descripción que realizó, siglos después, el astrónomo griego Cleómedes en su obra <em>El movimiento circular de los cuerpos celestes. </em>Según el texto de Cleómedes, Eratóstenes sabía que el día del solsticio estival, los pozos de la ciudad de Syene (luego denominada As Syene, después As Suen, As Suan y, finalmente, Asuán) se iluminan totalmente por el Sol, un hecho considerado, entonces, como gran maravilla, pues solo sucedía un día o dos al año, durante un corto intervalo de tiempo, cuando la luz del Sol caía vertical sobre ellos a mediodía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eratóstenes observó, primero, que ese mismo día, el del solsticio estival, los rayos del Sol no caían exactamente sobre los pozos en Alejandría, a diferencia de lo que ocurría en Syene, sino que en Alejandría se situaban a 7º 2’ de su vertical. Se sirvió de un <em>gnomon</em>, un instrumento alargado de una medida precisa y conocida que proyectaba su sombra sobre una escala para calcular esa magnitud. Con el <em>gnomon</em>, comprobó que el cenit en Alejandría, el día del solsticio de verano, a mediodía, se diferenciaba del de Syene en un 1/50 parte de la circunferencia terrestre. Como daba por cierto que Alejandría se encontraba situada en el mismo meridiano que Syene, estimó que se podía calcular el diámetro y la circunferencia de la Tierra multiplicando por 50 la distancia entre Syene y Alejandría, que inicialmente estimó en 5000 estadios y, posteriormente, en 5040. Con lo que concluyó que la circunferencia de la Tierra medía 252 000 estadios. ¿A cuánto equivalían en el sistema métrico los estadios de Eratóstenes? Se manejan dos opciones. Si utilizaba el estadio llamado ático italiano, que equivalía a 184,8 metros y era el que solían utilizar los griegos en Alejandría en aquella época, la cifra resultante era de 46 569 kilómetros lo que supone un error de 6194 kilómetros, un 15 por ciento menos respecto a la medida hoy establecida para la circunferencia ecuatorial: 40 075 kilómetros. Quienes consideran que empleó el estadio egipcio (157,2 metros por estadio, 300 codos de 52,4 cm) concluyen que la circunferencia calculada habría sido de 39 690 km, cifra que si se compara, a su vez, no con la circunferencia ecuatorial sino con la correspondiente al paralelo de Asuán, al norte del Ecuador, (40 008 km) se diferenciaría tan solo en 318 kilómetros.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>UN ERROR DE TAN SOLO SESENTA Y SEIS KILÓMETROS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy se sabe que Eratóstenes introdujo varios errores en su medición de la circunferencia. Estimó que Syene y Alejandría se encuentran en el mismo meridiano, cuando hay una distancia longitudinal de 3º 05’ entre ambas ciudades. También es errónea la distancia calculada entre Syene y Alejandría, que no es de 5000 estadios áticos italianos, sino de poco más de 4500. La medida de la sombra debió de ser 1/48 de la circunferencia y no 1/50 y, finalmente, no puedo tener en cuenta que 7º de diferencia de latitud no suponen lo mismo entre Alejandría y Syene que en otras latitudes del mismo meridiano, debido a que la Tierra no es una circunferencia perfecta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con todo, si se rehacen sus cálculos tomando la distancia exacta entre Alejandría y el punto geográfico situado 3º 05’ al oeste de Asuán, y tomando, también, la medida angular exacta del cenit en Alejandría el día del solsticio, la medida resultante para la circunferencia sobre el Trópico de Cáncer es de 40 074 km, lo que representa un error de solo 66 km respecto a la medida tomada hoy por satélites, lo que demuestra la validez extraordinaria del método utilizado por Eratóstenes hace casi 2300 años.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>HIPARCO DE RODAS Y SUS CRÍTICAS A ERATÓSTENES</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Pocos años después de la muerte de Eratóstenes, situada en el 192 o 194 a.C. nacía en Nicea, la actual Iznik, en Turquía, otro de los grandes astrónomos de la Antigüedad: Hiparco de Nicea, también conocido como Hiparco de Rodas, pues fue en la isla griega donde vivió, donde realizó la mayor parte de sus investigaciones y donde murió. Hiparco fue el primero que midió la precesión de los equinoccios, la diferencia entre el año sidéreo (tomando como referencia las estrellas) y el año trópico (conforme a las estaciones). Fue, también, quien introdujo en Grecia la división del círculo en 360 grados, divisibles en 60 minutos de 60 segundos, una medida que hasta entonces solo utilizaban los babilonios. Fue Hiparco quien propuso, por primera vez, que el día se dividiera en horas de igual duración. Se le considera un grandísimo matemático (el inventor de la trigonometría), y un extraordinario astrónomo: compiló un catálogo de estrellas que contiene la posición de 850 estrellas en 48 constelaciones (recogido por Ptolomeo en su <em>Almagesto</em>). Y fue, también, el primero en proyectar la Tierra sobre un mapa plano en el que una red de rectas convergentes (meridianos) cortan una red de paralelas curvas (paralelos).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se cree que visitó Alejandría o, al menos, obtuvo información de su biblioteca. En sus obras, tres libros de los que solo quedan fragmentos y referencias en Estrabón, el <em>Almagesto </em>y comentarios posteriores, es muy crítico con Eratóstenes. Le reprocha no haber seguido un método científico riguroso. Le censura que se dejara guiar de los relatos de viajeros o militares para calcular la distancia entre Syene y Alejandría y que dedujera datos astronómicos con la única ayuda de un <em>gnomon</em>, cuando debería haberse fiado de observaciones precisas de las estrellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA MEDICIÓN DE LA TIERRA REALIZADA POR POSIDONIO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Posidonio de Apamea, en torno al año 100 a.C., y su discípulo Gémino de Rodas acompañaron, en su obra, la preocupación de Eratóstenes por las dimensiones de la Tierra. No se conserva ninguna de sus obras, pero se sabe de sus conclusiones por las referencias que hicieron el astrónomo Cleómedes, Claudio Ptolomeo y Estrabón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Posidonio realizó una nueva determinación de la circunferencia siguiendo el razonamiento de Eratóstenes pero aplicándolo, en esta ocasión, a la distancia y a la medida de la latitud entre Rodas y Alejandría. Conforme a los consejos de Hiparco, en sus cálculos estuvo más atento a la observación de las estrellas que a la medida de la sombra de un <em>gnomon</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Posidonio había observado que en la isla de Rodas la estrella llamada Canopus, de la constelación Carina, era visible justo en el horizonte sur, mientras que esta misma estrella, vista desde Alejandría, según los datos de los astrónomos de la Biblioteca, se veía a unos siete grados y medio por encima del horizonte. Posidonio creía que Alejandría y Rodas se encontraban en el mismo meridiano (no es correcto: hay un grado y medio de longitud entre estas dos ciudades) y que la distancia entre Rodas y Alejandría era de unos 5000 estadios.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA CORRECCIÓN FINAL DE PTOLOMEO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El razonamiento de Posidonio resulta muy, muy, similar al de Eratóstenes. Posidonio supuso que la variación de ángulo que presentaba la situación de la estrella en un momento dado en el horizonte de Rodas y en el de Alejandría equivalía -como en el caso de la sombra de Eratóstenes, pero medido en relación a dos estrellas- un 1/50 de la circunferencia terrestre. Como la distancia entre Rodas y Alejandría era de 5000 estadios, la circunferencia terrestre volvía a ser de 250 000 estadios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estrabón, el geógrafo, aceptó el razonamiento de Posidonio con una corrección importante: la distancia entre Rodas y Alejandría era, según Estrabón, en torno a los 3750 estadios, lo que reducía la circunferencia terrestre a 187 500 estadios, unos 32 400 km. Claudio Ptolomeo redujo aún más la cifra, basándose en una nueva medida de la distancia entre Rodas y Alejandría, que, según sus datos, era inferior a los 3200 estadios, con lo que la circunferencia terrestre pasó a medir, en los datos de Ptolomeo, 29 000 km, una medida que, dada la influencia de Ptolomeo, fue comúnmente aceptada hasta el siglo XVI.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">FARRINGTON, Benjamín. Ciencia griega. Icaria Editorial, Barcelona 1979. ARNÁLDEZ, R. y otros. La ciencia antigua y medieval. Historia general de las ciencias, dirigida por René Taton, director científico del CNRS, Francia. vol I. Ed. Orbis. Barcelona, 1988.</p>
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		<item>
		<title>Isabel Gramesón, la mujer del cartógrafo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Jan 2024 11:32:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 76]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=33421</guid>

					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Lola Escudero<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 76 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">La medición de la Tierra<br><br><strong><em>“Si leyerais en una novela que una mujer delicada, acostumbrada a gozar</em><em> de todas las comodidades de la vida, se precipita en un río, del que se la extrae medio ahogada; se interna en un bosque con otras siete personas, sin camino, y por él anda muchas semanas; se pierde, sufre el hambre, la sed, la fatiga, hasta el agotamiento; ve expirar a sus dos hermanos, mucho más robustos que ella, a un sobrino apenas salido de la infancia, a tres jóvenes, criadas suyas, y a un joven criado del médico que había marchado antes; que sobrevive a la catástrofe; que permaneces sola, dos días con sus noches, entre los cadáveres, en parajes donde abundan los tigres, muchas serpientes muy peligrosas, sin haber encontrado nunca ni uno solo de estos animales; y que se levanta, se vuelve a poner en camino, cubierta de harapos, errante en un bosque sin sendas, hasta el octavo día, en que volvió a hallarse a orillas del Bobonaza, acusaríais al autor de la novela de faltar a la verosimilitud, pero un historiador no debe decir a sus lectores más que la simple verdad. Todo lo anterior está atestiguado por las cartas originales que poseo de muchos misioneros del Amazonas que han intervenido en este triste acontecimiento del que, por otra parte, he tenido demasiadas pruebas, como veréis en la continuación del relato.”</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>(Carta de Jean Godin des Odonais, publicada por Charles M de La Condamine en su “Viaje a la América Meridional”)</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Corría el año 1735. En París, el tema de moda entre los científicos era la forma de la Tierra, una acalorada discusión que enfrentaba a newtonianos (que defendían que la Tierra era un elipsoide achatado en los polos) y cartesianos, encabezados por Cassini, que aseguraban que estaba achatada en el ecuador. En este ambiente inmerso en el espíritu de la ilustración, la Academia de las Ciencias de París decidió enviar dos expediciones geodésicas para medir un arco de meridiano. Una se dirigiría al círculo polar (encabezada por Pierre Maupertuis y con la participación del físico sueco Anders Celsius) y otra al ecuador (cerca de Quito), esta última dirigida por Charles-María de la Condamine, Pierre Bourquer y Louis Godin. Participaban otros científicos, entre ellos dos jovencísimos militares españoles, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, cuya misión sería básicamente vigilar el trabajo de los franceses en territorios de la Corona Española, amén de desarrollar otros proyectos científicos propios. Y entre los participantes franceses, el más joven de todos era Jean Godin, primo de uno de los directores de la expedición.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Treinta y cuatro años después, un domingo 1 de octubre de 1769, en Riobamba (la actual Cajabamba, en Ecuador), una mujer desesperada se embarcaba con toda su familia en una arriesgada expedición para atravesar el alto Amazonas, y llegar siguiendo el curso del río hasta la Guayana francesa para reencontrarse con su marido, del que el destino y las complejas relaciones franco-españolasportuguesas le habían separado hacía dos décadas. Esa mujer era Isabel de Gramesón, o Isabel de Godin, esposa de Jean Godin, protagonista de una historia de amor juvenil pero también de una de las expediciones más arriesgadas del mundo. Isabel pretendía recorrer más de cuatro mil ochocientos kilómetros, atravesando primero los Andes para después viajar en canoa por la turbulenta cabecera del Amazonas, siguiendo su curso a través de una peligrosa jungla. Le acompañaban en el arriesgado viaje sus dos hermanos varones, un sobrino, 31 porteadores, dos criadas y un esclavo negro, de nombre Joaquín. En el último momento, se sumaron también a los Gramesón un médico francés y su ayudante personal, que estaban viajando por la costa peruana y la travesía por el Amazonas les pareció un modo interesante de regresar a Francia. De todos ellos, solo Isabel lograría sobrevivir, después de una extraordinaria y penosa aventura. Pero esto es casi el final de la historia, que resulta tan emocionante como una novela de aventuras, en la que no faltan misterios y peligros, tragedias, amor, rivalidades personales. Aunque lo que dio inicio a todo fue una fascinante aventura científica: la llamada expedición geodésica hispano francesa del Ecuador.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un breve artículo como es este, resulta imposible desarrollar los detalles una aventura que duraría casi treinta años: los ocho que permanecieron los científicos trabajando en el Virreinato del Perú, más los más de veinte años que tardarían en volver a reencontrarse Jean Godin e Isabel Gramesón. Quienes tengan interés, solo tienen que leer algunas de las novelas escritas sobre el tema, y en particular un libro extraordinario, <em>“La mujer del cartógrafo” </em>de Robert Whitaker, donde además de desarrollar a fondo las biografías de todos los protagonistas, y en particular la aventura de los Gramesón, se describe con rigor cómo se desarrollaban los trabajos científicos en aquella época, la repercusión de aquella expedición tan representativa de los proyectos ilustrados del siglo XVIII en el nuevo continente, su repercusión inmediata y posterior, y todo ello, con el eje conductor de una historia humana muy particular como es la protagonizada por la joven criolla y el joven científico francés. En el libro, Whitaker nos introduce magníficamente en el ambiente científico que animaba este tipo de expediciones, y nos lleva a participar casi en primera persona del complejo trabajo de los cartógrafos en una geografía desconocida, poniendo a prueba nuevos avances científicos y técnicos de la época, un ambicioso proyecto en el que tendrían protagonismo especial no solo La Condamine o Charles Godin, sino también los dos jovencísimos españoles, Jorge Juan (22 años) y Antonio de Ulloa (19 años), para los que esta experiencia (“vigilando” a los franceses) será el inicio de una exitosa carrera como militares, exploradores y científicos. De hecho, sus obras <em>“Relación histórica del viaje a la América Meridional” </em>y <em>“Noticias secretas de América” </em>aportan todos los detalles de aquel viaje de más de ocho años, relatado también por los franceses, concretamente por La Condamine en su Diario de viaje publicado a su regreso con un enorme éxito en Francia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>UN ENCUENTRO, UNA BODA Y UNA SEPARACIÓN</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero volvamos a la protagonista. Isabel Gramesón Pardo había nacido en Guayaquil (actual Ecuador, entonces Virreinato del Perú) en 1728. Fue la segunda de cuatro hermanos y tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada con gran influencia política en el virreinato. Era una joven educada como cualquier criolla rica en un convento de monjas y preparada para casarse con un buen partido lo antes posible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1741 conoció en Quito a Jean Godin, que por entonces ya llevaba más de seis años recorriendo la zona y haciendo diversos trabajos para la Expedición Geodésica. Isabel tenía solo trece años, una edad habitual para casarse en aquella época. Jean Godin des Odonais había nacido en 1713 en un pueblo del centro de Francia al sur de París, en una familia numerosa y acomodada. Era un viajero nato, que desde niño soñaba con lugares lejanos. Insistió en ir a la expedición de su primo por el mismo motivo que lo hubiera hecho cualquier joven: olía la aventura. Además, este sería el primer grupo de extranjeros que la Corona española permitiría viajar al interior del Perú, un territorio que llevaba doscientos años espoleando la curiosidad europea. La medición del meridiano era una magnífica excusa, casi incuestionable, para que soberano francés, Luis XV solicitara a su tío Felipe V autorización para que un grupo de científicos viajaran al Perú, y para que el rey francés accediera, siempre dentro los límites de las zonas donde hubieran de realizar el trabajo científico y con la condición de asignar dos oficiales del ejército española a la expedición, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que “ayudarían a los mencionados franceses en todas las observaciones que vayan a llevarse a cabo”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la diplomacia todos entendían lo que esto significaba: los franceses podrían ir a Perú, pero los oficiales españoles estarían muy pendientes para asegurar que no metían la nariz donde no debían. Aventura, ciencia y espionaje iban de la mano. Los franceses aceptaron las condiciones: sería la mayor expedición que el mundo había conocido jamás hasta la fecha.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los Gramesón eran de origen francés y tenían buenos amigos en común con la familia de Jean Godin cerca de su pueblo natal de Saint-Amand, una conexión lejana pero que probablemente sirvió para poner en contacto a ambos jóvenes. No hay datos de su noviazgo ni en los escritos de Godin ni en los de La Condamine, pero resulta sorprendente que Pedro Gramesón, el padre de Isabel, aprobase su enlace con un joven de buena familia y aparentemente trabajador, pero que no era español, no tenía dinero y que tenía previsto volver a Francia. Isabel debía de ser una joven tenaz, como lo demostró más adelante, e insistió en su deseo de casarse y de viajar a Francia, un lugar del que todas las jovencitas criollas tenían una romántica imagen, en particular de París, como el epítome del lujo, la diversión y la exclusividad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El caso es que se casaron el 29 de diciembre de 1741 con la asistencia de la flor y nata de Quito, y sin escatimar gastos. Pocos meses después, los franceses concluyeron sus trabajos (demostrando que la forma de la tierra era un esferoide achatado por los polos, como había predico Newton), y emprendieron el retorno a Europa, descendiendo el Amazonas. Jean Godin sin embargo se quedó unos meses más porque Isabel estaba encinta. Tenía previsto seguir ese mismo camino fluvial cuando diera a luz, pero los años fueron pasando. Los Godin se establecieron en Quito donde Jean intentó varias empresas comerciales, pero tenía la desventaja de ser francés en un territorio que la Corona controlaba muy estrechamente. En 1744, cuando una epidemia devastadora arrasó la zona de Quito, decidieron establecerse en Riobamba, donde el aire era más sano, con una vista magnífica del monte Chimborazo. Los Godin y los Gramesón prosperaron y la posibilidad de ir a Francia se retrasaba una y otra vez a causa de los repetidos (y fallidos) embarazos de ella. Pero a finales de 1748, Jean recibió una carta de sus hermanos escrita ocho años antes. Su padre había muerto y su familia quería que volviera a su hogar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jean puso rumbo al Atlántico descendiendo el Amazonas, en un viaje de siete meses que fue bien y sin incidentes y que para él significó su gran “expedición” personal, siguiendo el camino que le había marcado hacía unos años La Condamine, su mentor, al que admiraba profundamente. Una vez en la Guayana Francesa, las autoridades locales se quedaron perplejas al saber que en realidad había recorrido todo aquel camino solo para familiarizarse con el Amazonas y que pretendía siguiendo la misma ruta, volver río a arriba a recoger a su esposa. Pero no tenía dinero, estaba a casi cinco mil km de distancia de Riobamba y era ciudadano francés, por lo que necesitaba un pasaporte para poder atravesar el territorio portugués por segunda vez, y cruzar la frontera hispano-portuguesa, que oficialmente estaba cerrada. Faltaba además que llegaran los permisos desde Francia para el viaje y una carta de ida y vuelta cruzando el Atlántico tardaba un año (si no se perdía en el camino), eso sin contar con los avatares de la política colonial del siglo XVIII que podían dilatar los plazos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Guayana Francesa de 1750 a la que llegó Godin era un lugar de la costa suramericana donde pocos querían vivir. Era poco más que un cenagal, con aminales peligrosísimos y una densa selva tropical. A pesar de todo, Jean se sintió renacer: después de quince años estaba feliz de encontrarse de nuevo en territorio francés. Comenzó a escribir con entusiasmo un informe titulado <em>Mémoire sur la navigation</em><em> de l’Amazone, </em>que terminaba ofreciendo al ministro de asuntos exteriores Rouillé un asesoramiento político bastante descarado. Según recomendaba Godin, Francia debería apoderarse de las riberas septentrionales del Amazonas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces compartiría el río con los portugueses y lo emplearía como ruta comercial hacia las riquezas del Perú. Pero la respuesta desde Francia a sus escritos y a sus peticiones no llegaba nunca. Los pasaportes necesarios para remontar el río parecían haberse perdido. Podría haber considerado otras opciones para volver, pero se aferró con testarudez a su plan de regresar por el Amazonas, y lo intentó de mil maneras. Cuando Jean salió de Riobamba en marzo de 1749, Isabel contaba con que estaría ausente por lo menos dos años. Estaba esperando una hija, que nació sin conocer a su padre, y concentró toda su atención en ella. Pero los años pasaban y jamás recibió ninguna carta de Jean. Su soledad aumentaba, y todo el mundo le decía cruelmente que todos los franceses seguro que hacía mucho que se habían vuelto a Francia. Además, su familia en esa época sufrió un gran revés económico: la industria textil en la que basaban su riqueza decaía ante las importaciones varadas desde Europa. Su madre murió, la depresión económica se extendía por la región y las deudas de la familia crecían, llevando incluso a su padre a la cárcel. Isabel cada vez pensaba menos en Jean.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>RÍO ABAJO. NAÚFRAGOS EN LA SELVA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Jean seguía en América. Al otro lado del Amazonas, se había establecido en la Guayana Francesa y se había buscado una forma de vida, cazando manatíes en una ciudad fronteriza diminuta, junto a la frontera de Brasil, Oyapoc. Parece que abandonó toda esperanza de obtener algún reconocimiento por sus investigaciones científicas y se volvió pendenciero y amargado por su mala suerte. Una selva oscura y enorme lo separaba de su familia, pero él seguía insistiendo enviando cartas todos los meses con el fin de conseguir sus pasaportes. Ni siquiera su mentor, La Condamine, le respondió. Luego se supo que las cartas se habían perdido: durante los siete años de la guerra de los Siete Años, no recibió ni una sola de las muchas misivas de Jean. En 1766 Jean Godin consiguió que una misión de jesuitas portugueses que iba a remontar el río, llevase unas cartas dirigidas a su familia y se comprometían a llegar a Loreto y allí conseguir recoger a Isabel.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El rumor llegó nueve meses después hasta Riobamba: un barco podría estar esperándolas en Loreto y los jesuitas podrían estar en posesión de unas cartas de su marido, que estaba vivo y residía en la Guayana Francesa. Los rumores eran muy vagos, pero Isabel mandó a un fiel esclavo de la familia a comprobarlo. Tardó veintiún meses en volver, pero confirmó que era cierto que un barco las esperaba a ella y a su hija para llevarlas a Cayena, donde las esperaba Jean.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para entonces, su única hija, Carmen, acababa de morir de viruela, con 19 años e Isabel tomó la decisión de dejar todo atrás. En Riobamba vivían su padre, sus hermanos, sus sobrinos y estaban enterrados sus hijos. Además, suponía emprender un viaje que ninguna mujer se había atrevido a realizar nunca, por una selva que para la élite criolla que vivía en los Andes era solo un lugar habitado por indios salvajes, fieras aterradoras y enfermedades mortales. El proyecto era algo realmente inconcebible para cualquier riobambeño, y más para una mujer que ya no era tan joven, pero Isabel decidió lanzarse a la aventura para reunirse con un marido al que había abrazado por última vez veinte años atrás. Vendió todos sus bienes en Riobamba, y su familia, cuando comprendió que no podía disuadirla, decidió acompañarla hasta Loreto y hasta Europa si hacía falta. Todo el mundo hablaba del viaje de Isabel al Amazonas, y hasta un médico francés que pasaba por allí, Jean Rocha, se ofreció a incorporarse a la expedición.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En octubre de 1769, los Gramesòn se pusieron en marcha. Todos sabían que la parte más difícil y peligrosa del viaje eran los primeros doscientos cuarenta kilómetros, bajando las escarpadas laderas orientales de los Andes, desde Riobamba a Canelos, y luego trescientos sesenta kilómetros en canoa río abajo por el turbulento Bobonaza, de Canelos hasta Andoas. Allí comenzarían las amplias praderas del río Pastaza, que también escondían remolinos y corrientes bravas, aunque las canoas lo cruzaban con bastante facilidad. Isabel no había casi viajado en toda su vida y los primeros días los encontró maravillosos, contemplando las cimas cubiertas de nieve y hielo de montes como el Tungurahua o del Chimborazo que solo había contemplado a lo lejos. Pero la naturaleza se fue imponiendo y ellos avanzaban lentamente por caminos intransitables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La lluvia no dejaba de caer, sin posibilidad de secarse ni de día ni de noche. Su padre avanzaba por delante organizando todo para que cuando llegase el grueso de la expedición a las aldeas, les esperaran indios, provisiones y canoas para seguir adelante. Pero al llegar a Canelos lo que se encuentran son pueblos abandonados y quemados: la viruela ha pasado por allí, probablemente llevada por el propio Pedro Gramesón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La opción es regresar, pero Isabel está decidida a seguir adelante y manda construir canoas. Lo consiguen, dejan la mayor parte de sus pertenencias abandonadas, y se disponen a dejarse llevar por el curso del Bobonaza, un río aparentemente tranquilo pero que esconde violencia y muchísimos peligros. Los indios porteadores, sus pilotos, se dan a la fuga y les dejan solos en un río del que no sabían nada. Terminan siendo abandonados por todos, incluido el médico francés, de forma que quedan solo Isabel y sus hermanos, abandonados en un banco de arena en medio de la selva tropical del Amazonas en la que no se atreven a penetrar. Prisioneros de su pequeña lengua de playa, se acomodan a la rutina para sobrevivir durante casi un mes. Pero los víveres se agotan, así que toman una fatídica decisión: construir una balsa. Tienen un machete y un hacha y obligados por la necesidad de subsistir, se animan ahora a acercarse a la selva a talar unos cuantos árboles delgados. En la balsa no caben todos y deciden separarse: Isabel, sus dos hermanos y su sobrino Martín irían por delante y Antonio, el esclavo de Rocha, se quedaría detrás con las dos criadas de Isabel, Juanita y Tomasa, que tienen solo 9 años, a los que prometen que pronto les mandarán rescate. Pero cualquiera de las dos opciones resultó mala. Pierden el control de la balsa, están a punto de ahogarse y deciden regresar al bando de arena. Esta vez han perdido todas las provisiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Solo les queda la opción de seguir a pie. Viajan sin mapas, sin brújula, sin saber dónde están, siguiendo el río, pero este es un plan (ellos no lo saben) que está condenado al fracaso. Les resulta imposible orientarse en la oscura selva tropical entre hormigas gigantes, abejas, escorpiones, tarántulas, niguas que se aferran a las piernas de los caminantes, incluso orugas cubiertas de pelos afilados que hinchan la piel… Caminan y caminan, pero no llegan a ninguna parte, mientras que los insectos aprovechan la noche para darse un festín con ellos. Subsisten a base de palmito y algunas semillas silvestres y frutas. Los hermanos y el sobrino de Isabel terminan muriendo de inanición. Ella es la única que sobrevive: entre alucinaciones, la imagen de Jean esperándola, le infunde el suficiente valor y fuerza para ponerse en pie, con la ropa tan hecha trizas que iba desnuda de cintura para arriba, y sin zapatos. Coje los de sus hermanos y los recorta para que le sirvan de sandalias. Toma su mantón y se envuelve en él para seguir adelante. La Isabel Godin que partió de Riobamba tres meses antes envuelta en seda, había desaparecido para siempre en el bosque.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras, Rocha, el médico, y el esclavo Joaquín habían logrado sobrevivir y enviar una canoa de rescate al banco de arena donde encontraron un horrible panorama: no quedaba nadie. Los criados que habían quedado allí estaban muertos, y a los que faltan, Rocha les da por muertos, desiste en continuar la búsqueda, y de paso, se lleva las pertenencias que los Gramesón habían dejado abandonadas en la isla. Pero el esclavo Joaquín, que al fin y al cabo era un Gramesón (porque en la cultura del Perú de la época un esclavo era familia) decide seguir buscando a su amada dueña, aunque resultó inútil. Finalmente, se dio a Isabel y a sus hermanos por muertos. Pero ella seguía en solitario su aventura. Durante semanas estuvo errante. En más de dos siglos de exploración amazónica ningún viajero perdido en solitario en la selva tanto tiempo había salido con vida, pero ella sacó una fuerza interior increíble y siguió caminando durante ocho días, en los que su único objetivo era conseguir algo de comida y algo de agua. En el octavo día por fin se encontró con dos indios y sus esposas, procedentes de Canelos. Le curaron sus muchas heridas, consiguieron darle algo de comida y extraerle los insectos que la habían invadido. Por fin la llevaron a Andoas, a una pequeña misión. Allí no daban crédito: hacia casi dos meses que se la daba por muerta. Pero ella no quería quedarse allí. Una vez repuesta levemente pidió al misionero una canoa y remeros para que la llevaran a La Laguna, desde allí la noticia de su aparición corrió por toda la selva e incluso llegó hasta su padre que había conseguido llegar a Loreto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras más peripecias, Isabel lograría reencontrarse con su padre en Loreto, pero lo que no estaba dispuesta era a renunciar a reencontrarse con su esposo y no consintió en regresar a Riobamba. Prefirió emprender camino por el Amazonas (ya navegable con cierta tranquilidad en este tramo) y deslizarse por la costa del Atlántico hasta Oyapoc donde Jean llevaba esperando más de cinco años el regreso de los jesuitas portugueses a los que había encomendado la misión de traer de vuelta a su esposa.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“(…) al cuarto día, al borde del mismo (barco), después de veinte años de ausencia,</em><em> de sobresaltos, de contratiempos y de recíprocas desdichas, recuperé a mi querida esposa, a la que no pensaba volver a ver más. Olvidé en sus brazos la pérdida de los frutos de nuestra unión, de la cual a mí mismo me felicito, pues su prematura muerte los salvó de la suerte funesta que les esperaba, así como a sus tíos, en los bosques de Canelos, a la vista de su madre, que seguramente no hubiera sobrevivido al terrible espectáculo”, </em>escribió el propio Jean Godin más tarde, en una carta a La Condamine, donde se mostraba maravillado por lo asombroso de todo aquello.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL REGRESO A FRANCIA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Jean e Isabel llegaron a Oyapoc el 22 de julio de 1770. Su calvario todavía no había terminado: Isabel cae enferma mientras se recupera de su calvario emocional. Jean intenta llevársela cuanto antes a Francia para emprender una nueva vida, pero está arruinado y debe dinero que pidió prestado para financiar el viaje río arriba del jesuíta d’Oreasaval en busca de Isabel. No está claro cómo lo logra, pero durante los dos años siguientes consigue reunir lo suficiente solventar sus pleitos y deudas pendientes y dejar Suramérica. El 21 de abril de 1773, Jean, Isabel y su padre parten de Cayena. Después de treinta y seis años, por fin Jean vuelve a su patria y llegan a La Rochelle y más tarde a Saint-Armand, el hogar de Jean en el centro de Francia del que partió joven y volvía ya con sesenta años. Poco tiempo después reciben una carta de La Condamine dando la bienvenida a Jean. En muchos sentidos, este regreso significa la conclusión final de su expedición. Jean le responde en una larga carta en la que cuenta toda la odisea de los Godin y que La Condamine se apresura a publicar, presentándola como una historia que mostraba “lo que pueden el valor y la constancia”. En la reedición de su propio relato sobre sus viajes por el Amazonas, incluye también la carta de Jean. Esta versión se traduce a otros idiomas y todos los lectores de Europa se maravillan con la extraordinaria historia de peligros, aventuras y constancia de Isabel de Gramesón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Saint-Armand, Jean e Isabel llevaron una vida tranquila, lejos del interés público, aunque su historia era ya muy conocida. Isabel tenía cicatrices físicas de aquellos días en la selva, pero eso no le impidió llevar una apacible vida rural. Ambos están enterrados en el cementerio parroquial de Saint Armand, su casa sigue en pie y en la biblioteca local se guarda una copia de la famosa carta que Jean escribió a La Condamine, donde le contaba las andanzas de su mujer por la selva del Bobonaza. Los descendientes de los Goudin siguen transmitiéndose de generación en generación unas humildes sandalias de fibra, como recuerdo de la hazaña de su valerosa antepasada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">* Geógrafa y periodista especializada en comunicación cultural y viajes. Es Secretaria General y miembro fundador de la Sociedad Geográfica Española.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">WHITAKER, Robert. La mujer del cartógrafo. Ed. Océano, 2004.</p>



<p class="wp-block-paragraph">SMITH, A. The Lost Lady of the Amazon: The story of Isabela Godin and epic journey. Carroll &amp; Graf Publishers, 2003.</p>



<p class="wp-block-paragraph">LA CONDAMINE, Charles M. Viaje a la América Meridional, Espasa, 2003.</p>



<p class="wp-block-paragraph">JUAN, Jorge y ULLOA, Antonio de. Noticias secretas de América. Madrid. Ed. Crítica, 2010.</p>



<p class="wp-block-paragraph">ULLOA, Antonio de. Viaje a la América meridional, 2 vol. Ed Dastin, 2002.</p>
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		<title>El viaje a California y la observación del tránsito de Venus por el disco solar</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/transito-venus-disco-solar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Jan 2024 10:12:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 76]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La observación del tránsito de Venus por el disco solar movilizó a los astrónomos más importantes de Europa durante la Ilustración. Se trataba de aprovechar el fenómeno para calcular la paralaje que determinaría la distancia entre el Sol y la Tierra. El ángulo ideal de observación se produjo el 3 de junio de 1769 en California. Jorge Juan sería el elegido por el rey para organizar la expedición a California y redactar las instrucciones de la misión.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Lola Higueras<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 76 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">La medición de la Tierra<br><br><strong>La observación del tránsito de Venus por el disco solar movilizó a los astrónomos más importantes de Europa durante la Ilustración. Se trataba de aprovechar el fenómeno para calcular la paralaje que determinaría la distancia entre el Sol y la Tierra. El ángulo ideal de observación se produjo el 3 de junio de 1769 en California. Jorge Juan sería el elegido por el rey para organizar la expedición a California y redactar las instrucciones de la misión.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La observación del tránsito de Venus por el disco solar es una de las empresas astronómicas más importantes y recurrentes de la Ilustración europea. Se trataba de establecer, con la mayor aproximación posible, la paralaje que permitiera calcular la distancia real del Sol a la Tierra; lo que a su vez permitiría completar los importantes trabajos de Newton y Kepler y determinar las dimensiones reales del sistema solar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La internacionalización de la ciencia en la Ilustración, la divulgación de un sistema de medidas universal, favoreció el intercambio y comparación de las observaciones científicas y muy en particular las de carácter astronómico e hidrográfico. En paralelo, la política de alianzas (pactos de familia) entre las dinastías borbónicas de Francia y España, potenciaría las más significativas empresas científicas hispanofrancesas en territorios americanos, especialmente la observación del tránsito de Venus por el disco solar, confluencia esperada para el 3 de junio de 1769, cuyo seguimiento en California fue vetado a los científicos ingleses y rusos por la Corona española que rechazó sus peticiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El tránsito de Venus por el disco solar, imprescindible para calcular la tan deseada paralaje, es un fenómeno astronómico poco frecuente, de hecho se produce tan solo cada 584 días; pero la conjunción ideal, es decir el ángulo ideal de observación, sucede generalmente cada 100 años, aunque con una dificultad, importante en 1769: el fenómeno solo era observable durante seis horas. Los años sesenta del siglo XVIII propiciaron dos observaciones que movilizaron a los astrónomos y científicos de medio mundo. El tránsito de Venus que se produjo en 1761 fue registrado por 120 observadores desde 62 puntos distintos del planeta desde Cabo de Buena Esperanza hasta Siberia; cifra que fue superada en el posterior de 1769 del que nos ocuparemos en este breve artículo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En España el Transito de 1761 se observó desde el Colegio Imperial de Madrid por el jesuita Christian Rieger y desde Cádiz por el marino y cosmógrafo Vicente Tofiño de San Miguel. Esta observación permitió además calcular la diferencia de meridianos entre Paris, Cádiz y Madrid.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A pesar de la importancia de estas observaciones astronómicas, existe poca bibliografía sobre ellas. Para este artículo, he utilizado dos fuentes bibliográficas -Bernabéu Albert, 1989, y Espinosa y Tello,1809- y dos fuentes manuscritas importantes que aportarán alguna novedad e información iconográfica interesante: El Ms.147 del Archivo del Museo Naval de Madrid y el Expediente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sección Histórico leg.4833 del Archivo General de Marina Álvaro de Bazán. Para el tránsito de Venus previsto en 1769, la comunidad científica se organizó y movilizó liderada por la Royal Society de Londres, institución que, como señala Bernabéu Albert, dirigió los preparativos del nuevo evento astronómico, determinando desde qué puntos del planeta sería más propicia la observación de este importante y raro fenómeno astronómico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde 1763 y ya con urgencia desde 1765 y 1766, la Royal Society sitúa los puntos de observación preferentes en Laponia y la Costa NW de América Septentrional y, en particular, en California y México. Por ello, solicita de inmediato a Carlos III que facilite los movimientos por California del jesuita Ruder Josip Boscovich, prestigioso astrónomo, para observar el fenómeno por cuenta de la Royal Society.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La expulsión de los jesuitas ordenada por Carlos III en 1767 hace del todo imposible dicha comisión. El Consejo de Indias, a la vista de la documentación aportada por la Royal Society, toma la importante decisión de que sean científicos y astrónomos españoles los que lleven a cabo en California estas importantes observaciones (Bernabéu. 1989 p.22).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tomada esta decisión, es consultado Jorge Juan para que dé su parecer y se haga cargo de la organización de esta importante expedición científica. En una interesante correspondencia entre Jorge Juan y el Secretario de la Academia de Bolonia, Sebastiano Canterzani, en junio de 1765, que Espinosa y Tello reproduce (Espinosa. 1809 pp.160-163), Juan le comenta al científico italiano que, a su modo de ver, la mayor dificultad para la observación del tránsito de Venus seria la notable diferencia entre los instrumentos utilizados por los diversos observadores en los distintos observatorios: “la magnitud de los telescopios, la mayor o menor perfección por sus proporciones y bondad de vidrios o espejos, sin incluir la menos o más práctica de los observadores, pueden producir diferencias considerables”. En todo caso, afirma Jorge Juan, sería preciso que las observaciones que se comparen se realicen con instrumentos similares, aunque las diferencias añadidas por la variación de las latitudes de los diferentes puntos geográficos desde los que se llevaran a cabo influya negativamente en la exactitud del cálculo final de la paralaje. Afirmaciones, todas ellas muy atinadas que se mostrarían muy verdaderas más adelante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jorge Juan será el elegido por el rey para organizar la expedición a California y redactar las Instrucciones que la regirán. Estas interesantes Instrucciones y posteriores Informes de Jorge Juan sobre los resultados de la Comisión, se encuentran en el Ms.147, ya citado del Archivo del Museo Naval.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para entonces, la participación del francés Jean Chappe d’ Auteroche solicitada por Francia para que este astrónomo francés acompañara a la Comisión española a California, había sido aceptada por el Rey en virtud de los pactos de familia, ya comentados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 8 de Noviembre de 1767, Jorge Juan escribe a Charles Marie de La Condamine sobre la comisión del tránsito de Venus previsto para junio de 1769, confirmándole la autorización real para que viajen a California científicos franceses de la Academia Real de Ciencias francesa. (Espinosa.1809 pp.89-90).<br><br><br><strong>LAS INSTRUCCIONES DE JORGE JUAN</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El 27 de Abril de 1768, Jorge Juan envía al Secretario de Estado de Marina, Juan de Arriaga, las Instrucciones de la Comisión a California: “Instrucciones que han de Observar los Tenientes de Navío D. Juan de Lángara y D. Vicente Doz para Observar el tránsito de Venus por el disco del Sol que ha de suceder el día 3 de junio del próximo año de 1769”. (M.N.Ms 147. Fols 38 a 41). Finalmente Juan de Lángara ocupado en otras importantes comisiones será sustituido por el Teniente de Navío Salvador de Medina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estas Instrucciones son muy interesantes y en su párrafo primero, se confirma la autorización real para que académicos franceses acompañen a los científicos españoles a California. “Con tal”, dice Jorge Juan ”que vayan acompañados de los sujetos que Su Majestad destine para el propio fin y para que vigilen que éste ha de ser el único del viaje, sin apartarse a otros objetos que quizá no convendrá que se examinen (..) Jorge Juan pide que se les mande “que procuren impedir que para otros fines se emprendan caminos extraviados ni otros exámenes que los precisos para conseguir la exactitud de la observación; por cuyo motivo no se separaran jamás de los Académicos, con quienes llegados a Veracruz convendrán la derrota que deban tomar”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta precisa instrucción muestra cómo a pesar del amistoso pacto de familia, el Rey ordena un seguimiento preciso y constante de las actividades y movimientos de los académicos franceses, como ya sucediera en la primera e importante comisión hispano-francesa para la medición del grado de meridiano en Ecuador entre 1735 y 1742.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La parte más importante de las Instrucciones de Jorge Juan se refiere a la instrumentación necesaria para la observación, su puesta a punto y su correcto uso y conservación a lo largo de toda la comisión: “Llevaran consigo todos los instrumentos necesarios como es un cuarto de circulo manual, un péndulo, un anteojo con su heliómetro, uno o dos telescopios, un teodolito, una plancheta con sus pínulas y cadena y un barómetro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los instrumentos serian entregados en depósito, como era costumbre, por el Observatorio de Cádiz, donde ambos comisionados practicaron observaciones, diariamente, antes de partir. Jorge Juan incluye en la comisión un “instrumentario”, un funcionario encargado de garantizar el funcionamiento de los delicados instrumentos; personaje muy importante, dice Jorge Juan, para lograr el éxito de la comisión. El “instrumentario” elegido se llamaba Juan Romaza. Jorge Juan determina “que será obligación de éste, no solo el componer y mantener limpios los instrumentos, sino ayudar a los dos tenientes de Navío en sus observaciones y medidas en cualquier parte que las practiquen”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las Instrucciones de Jorge Juan indican también la obligatoriedad de llevar un diario, en limpio, con todas las observaciones por si procediera su publicación. Asimismo, ordena a los comisionados cartografiar todos los puertos por los que transitaran, levantar un plano de la Plaza y fortificaciones de Veracruz y llevar a cabo mediciones precisas de latitud y longitud de todos los puertos, plazas y pueblos que transiten.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ordena finalmente Juan que tan pronto como terminen la observación del tránsito de Venus, se restituyan de inmediato a Veracruz para embarcarse en unión de los académicos franceses en el primer navío que zarpe para España.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por último, Jorge Juan señala sueldos, gratificaciones y quien debe abonarlos en América, previa certificación de los gastos de viaje, transporte, alojamientos o cualquier otro gasto producido por la Comisión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Para que todo esto tenga el más exacto cumplimiento, se darán las ordenes necesarias al Virrey de México quien las pasara a todas las Justicias y Oficiales Reales para que no solo no pongan embarazo, sino que contribuyan con todos los auxilios posibles, facilitando alojamientos, bagajes, transportes y cuanto conduzca, no solo a los dos Tenientes de Navío y sus familias, sino a los Académicos franceses, pagando todo a sus justos precios”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Finaliza Juan sus Instrucciones ordenando a los dos oficiales que den aviso del estado de la Comisión desde todos los parajes que pudiesen, para que SM el Rey este informado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL VIAJE A CALIFORNIA Y OTRAS OBSERVACIONES EN MÉXICO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La comisión hispano-francesa parte de Cádiz el 21 de Diciembre de 1768 a bordo de un bergantín francés al que llaman Aventurero, fletado por cuenta de la Real Hacienda, al mando del capitán Pedro Labarthe, un buque de poco porte que condicionará una peligrosa navegación a Veracruz, cuyo puerto los expedicionarios avistan finalmente el 8 de marzo de 1769.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los comisionados que desembarcan en Veracruz son Salvador Medina, Vicente Doz, Jean Pauly, geógrafo francés; el abate Jean Baptiste Chappe d’Auteroche, Juan Santiago de Boix, relojero; Juan Noel Alexander Tureluze, pintor; Juan Romaza, instrumentario; cinco criados de los oficiales españoles y otro al cuidado del abate Chappe. (AGM. Histórico, leg. 4833).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras tanto, el Cabildo de México patrocina otra comisión para la observación de este importante acontecimiento astronómico, observable desde la capital mexicana. La comisión estará formada por José Antonio Alzate Ramirez, José Ignacio Bartolache y Antonio de León y Gama, disponiéndose que la observación se llevara a cabo desde la torre de la Casa Capitular. Días antes de producirse el ansiado tránsito de Venus, los comisionados mexicanos trasladaron sus telescopios y cronómetros a la zona más elevada del hermoso y monumental ayuntamiento de la capital.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los comisionados desde la Península, por su parte, ya en Veracruz, discrepan de los comisionados franceses respecto al punto exacto para llevar a cabo la observación. Finalmente, acuerdan hacerla en la Misión de San José del Cabo. El 21 de mayo llegan a California donde por orden de Gálvez se les auxilia en todo para alcanzar la Misión de San José. Allí instalan, por separado, los dos observatorios. El científico mexicano Joaquín Velázquez de León, catedrático de Astrología de la Real Universidad de México, se desplaza también a la Baja California para llevar a cabo una tercera observación del tránsito de Venus.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todavía se llevara a cabo una cuarta observación de este importante acontecimiento astronómico desde México: Felipe Zúñiga Ontiveros participa de forma entusiasta aunque no oficial en estos acontecimientos. Agrimensor y matemático, Zúñiga era propietario de una imprenta que editaba los pronósticos astronómicos y los calendarios para la ciudad de México. Contaba con unas tablas donde registraba de puño y letra todas las conjunciones, eclipses y efemérides astronómicas, lo que le creó cierta fama entre los astrónomos profesionales. No podía perderse el gran acontecimiento del tránsito de Venus de 1769 que observó desde la capital mexicana, aunque con instrumentos algo deficientes. A Zúñiga le debemos, sin embargo, un precioso y casi inédito grabado xilográfico que nos permite asomarnos a la práctica de la astronomía en México en el siglo XVIII, un grabado que reproducimos por su belleza y calidad informativa en estas páginas. Pero volvamos a nuestros comisionados oficiales. Una vez instalados en la Misión de San José, inician febrilmente las obras del observatorio para llevar a cabo las mediciones del Transito de Venus que se produciría puntualmente el 6 de Junio, como estaba previsto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un Informe, Vicente Doz describe prolijamente el proceso de la construcción del Observatorio. Un documento interesantísimo que incluye además un precioso e inédito dibujo acuarelado de la precaria construcción que reproducimos también en estas páginas por su encanto y rareza. (AGM .Histórico. Leg. 4833). Doz nos cuenta en este documento las muchas dificultades que tuvieron para la construcción del observatorio por la escasez de madera y la falta de solidez de los suelos que condicionó la calidad de las observaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Doz proporciona las medidas del observatorio español: 18 varas de largo por 6 de ancho. Afirma también que fue construido, como era costumbre en la zona, con maderas de 5 varas de alto y horquillas de otros maderos, más delgados, que servían para sujetarlos y otros que llaman “llaves” que se atraviesan a lo ancho dando mayor solidez al edificio. Se cubre luego la obra con cañas, barro y piedras para cerrar las paredes mientras la cubierta se cubre con paja larga. “Dejamos dos aberturas en la dirección del paralelo que habría de cubrir el Sol el día de la observación cubriéndolas de lienzos que subiendo y bajando por medio de cordeles dejasen solamente descubierto lo que necesitasen los anteojos a fin de evitar la menor vibración que les pudiese causar el viento”. Otra dificultad, apunta Doz, era que el terreno no era de la solidez que se necesitaba. “Así que en un ángulo del observatorio levantamos un pilar de piedras y barro de pie y medio en cuadro y del alto de la caja del péndulo, revistiéndolo de un tablón grueso de cinco pulgadas, enterrado tres pies entre dicho pilar y otro que subía a recibir el asiento de la caja. Todo separado de las paredes para que la vibración de estas con la fuerza del viento no causase algún movimiento al reloj. Para el descanso del cuarto de círculo de dos pies de radio levantamos una columna del mismo material que se fijaba al pavimento tres palmos; con lo que quedamos sin el menor recelo de que padeciesen estos instrumentos por la poca consistencia del terreno”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así fueron fijando cada instrumento a pesar de lo cual nos dice Doz ”no se pudo evitar alguna vibración causada por el viento que hacía en la parte del anteojo que salía fuera del techo, vibración que no permitió medir el diámetro de Venus ni sus distancias al limbo del Sol”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Doz nos describe en este interesante documento todos los instrumentos utilizados y las dificultades que tuvieron para su uso en el precario observatorio disponible. Narra también la muerte de Chappe y de Medina a causa de la epidemia de peste que asolaba la zona a la llegada de los expedicionarios. De estas tristes y trágicas muertes nos dice Doz: “Chappe, que resistió más tiempo a la epidemia, multiplicó mas las observaciones de una y otra especie; este sujeto digno de mejor suerte por sus grandes prendas, talento y suma aplicación a la astronomía, murió el primero de agosto siguiéndole en igual desgracia poco tiempo después don Salvador de Medina, golpe tan sensible para mí que no contribuyó poco al fomento de mis enfermedades que me pusieron por dos ocasiones a las puertas de la muerte”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Alzate y Bartolache, por su parte, obtuvieron en la capital mexicana una observación precisa que por orden del Consistorio fue enviada a los comisionados de SM el Rey. Ambos imprimieron una hoja suelta -grabada por el famoso grabador mexicano José Mariano Navarro- para perpetuar el éxito de su observación, en la que quedan reflejados los datos de la observación y el bello edificio en el que la llevaron a cabo. También se reproduce en estas páginas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>CONCLUSIÓN</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta última observación internacional del tránsito de Venus de 1769 obtuvo 151 registros provenientes de 77 observatorios de diversas partes del mundo que situaron la paralaje media del Sol en valores desde 8’ 43 segundos a 8’ 80 segundos. Las observaciones de Doz y Chappe estuvieron entre las más precisas. El español calculaba una distancia de 98 480 020 millas de distancia entre la Tierra y el Sol; para el astrónomo francés, la distancia era de 96 162 840 millas. Hoy con instrumentos potentes de alta fiabilidad se calcula que la distancia media de la Tierra al Sol es de 92 956 200 millas (149 598 502 km) (Bernabeu.1989.pp32).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jorge Juan no se limitó a la redacción de las precisas y valiosas Instrucciones de esta importante comisión astronómica; también elevo a Arriaga un informe una vez realizada la comisión y evaluados los resultados. El informe fue positivo, aunque Juan solicita autorización del Rey para enviar los resultados logrados en California a los Observatorios de Paris y Bolonia para completar y perfeccionar los cálculos de Medina y Doz, mejorando así su utilidad para el progreso de la astronomía, autorización que obtiene el 4 de Diciembre de 1770. De nuevo las tres constantes ilustradas de la idea de la ciencia de Jorge Juan aparecen en su informe final: su visión europeísta, su preocupación por contar con una moderna y exacta instrumentación y el valor que otorga a la utilidad de la ciencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta segunda comisión hispano-francesa, en la que Juan fue de nuevo protagonista es el exponente del avance de las ciencias astronómicas en el mundo hispano ilustrado de cuyo progreso y europeísmo será Jorge Juan el gran artífice.</p>



<p class="wp-block-paragraph">* Catedrática de Historia y Arte, exdirectora técnica del Museo Naval de Madrid, Lola Higueras es miembro del Consejo de Redacción de la SGE.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para saber más:</p>



<p class="wp-block-paragraph">BERNABÉU ALBERT, Salvador. La comisión española en la expedición de Chappe D’Auteroche. Ciencia vida y espacio en Iberoamérica. Madrid CSIC. Vol. III pp15 a 35.</p>



<p class="wp-block-paragraph">DOZ, Vicente. Observación del paso de Venus por el disco solar exejutada por orden de SM en California por los Capitanes de Fragata D. Salvador Medina y D. Vicente Doz en 3 de junio de 1769. Autógrafo y firmado. Incluye dibujo acuarelado. AGM, Viso del Marques. Histórico. Legajo 4833.</p>



<p class="wp-block-paragraph">ESPINOSA Y TELLO, José. Memorias sobre las observaciones astronómicas hechas por navegantes españoles. Dirección de Hidrografia. 2 vols. Madrid 1809.</p>



<p class="wp-block-paragraph">JUAN, Jorge. Instrucciones que han de observar los Tenientes de Navío D. Juan de Lángara y D. Vicente Doz en su viaje a la California para observar el tránsito de Venus por el disco del Sol que ha de suceder el 3 de junio de 1769. Incluye los informes sobre la comisión una vez realizada. 22.abril 1768. AMN.Ms 147 fols. 38 a 41</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/transito-venus-disco-solar/">El viaje a California y la observación del tránsito de Venus por el disco solar</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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