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	<title>Arqueología archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Arqueología archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>El jardín islámico y su simbología</title>
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		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Jan 2026 13:08:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 82]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-islamico/">El jardín islámico y su simbología</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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<p><strong>Texto: J. Esteban Hernández Bermejo</strong></p>

<p>Boletín 82 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p>Jardines del mundo</p>
<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol en los siglos XVII y XVIII. Un paseo muy amplio en el que el historiador de los jardines, J. Esteban Hernández, nos lleva a través de estilos muy variables en el espacio y en tiempo, incluyendo los ejemplos más notables de los jardines de Al-Andalus, que culminan en nuestros cármenes granadinos, uno de los más singulares modelos de jardín-huerto periurbano.</p>
<p>En mi reciente libro “El Jardín del Edén” sobre la historia de los jardines, el jardín islámico ocupa un lugar preferente. No podía ser de otra manera tratándose de un texto escrito desde la Península Ibérica, desde Andalucía y Córdoba. No pudieron dejarnos indiferentes más de seis siglos de experiencia jardinera generando estilos y diseños, incorporando nuevas especies al elenco del mundo ornamental, seleccionando variedades y trasladando otras, desde “los montes a los huertos” como dicen repetidas veces los geóponos andalusíes. Estábamos obligados a ser “auténticos” en el tratamiento de la historia, respetuosos y agradecidos con un patrimonio natural y cultural que recibimos en una todavía poco valorada herencia. <strong>El jardín islámico </strong>no es un estilo invariable de jardín. Tiene una historia, un proceso de cambio en el espacio y tiempo, desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala en el imperio Mogol. Jardines que hicieron su aparición ya en el siglo VII en el imperio Selyúcida en Persia tras la caída del mundo Sasánida y que rápidamente se extenderían hacia occidente a través de la influencia primero omeya y luego abasí, abarcando todo el Próximo Oriente, desde Siria hasta Egipto y desde estos territorios, siempre a lomos de caballos y camellos, por todo el norte de África, desde Ifriqiya (Túnez) al occidente bereber, y desde estos lugares hacia Sicilia y la Península Ibérica. Por el centro y norte triunfarían más tarde en el Imperio Otomano y luego se extendieron por la Península Balcánica acercándose de nuevo a Europa por las regiones meridionales, hasta las fronteras con el Sacro Imperio Romano Germánico. En todos esos lugares y a lo largo de más de diez siglos el jardín islámico ha cristalizado en un mosaico de expresiones que indudablemente tienen un máximo común divisor, que diría un matemático, un cierto estereotipo que algunos han llevado a los confines del tópico: el jardín intramuros expresión del Edén en la Tierra.</p>
<p> </p>
<p><strong>LAS RAÍCES PERSAS QUE REMONTAN AL PARAÍSO</strong></p>
<p>El jardín islámico es de indudables raíces persas, pero nutrido de experiencias locales que han absorbido de oriente a occidente, experiencias persas, romanas y bizantinas y en menor medida las de otras culturas menores o ya desaparecidas, como las asirio-babilónicas, egipcias o nabateas. Es un jardín sensual, que penetra por los cinco sentidos, voluptuoso como decía Benoist-Méchin (1975) que lo resumía en la frase <em>“&#8230; el árabe es el hombre del desierto que aspira a un jardín, un hombre que crece en el ascetismo y muere de voluptuosidad. Esta trayectoria parece ser parte de su destino y él no lo ignora. De ahí su fatalismo, que es a la vez confianza en Dios y conciencia del carácter trágico de la vida. Incluso si presiente que la muerte lo espera al fondo del jardín, no puede renunciar a él. Se precipita hacia la voluptuosidad con la ebriedad con que la mariposa nocturna se abalanza hacia la flema que terminará por consumirla”.</em></p>
<p>Si, ciertamente es un jardín interior, recreación del Paraíso que pretende ignorar el entorno exterior hostil y caótico, muchas veces árido o desértico. El jardín queda aislado mediante muros que conservan en su interior organizado geométricamente, un mundo de armonía, de formas, aromas y colores. Ha heredado del jardín persa la geometría del crucero, símbolo de los cuatro ríos del Edén. Caminos rectilíneos, organizan el espacio entre los arriates, y se presentan a veces elevados sobre sus plantaciones, buscando la protección del suelo más fresco. Dentro de cada cuadrado aparecen arriates rectangulares o setos recortados en octógonos y estrellas generadas por el cruce de dos cuadrados al girar 45°. Setos más elevados, a veces alineaciones de cipreses, cierran las paredes de este Paraíso en cuyo interior crecen frutales, plantas aromáticas, borduras y flores. La sombra se convierte en obsesión. El verde es el color dominante.</p>
<p>El agua está presente como elemento generador de vida y es también rica en simbolismo. El agua en el jardín islámico crea paisaje y refleja el propio jardín cuando aparece serenamente en la <em>buhayra </em>(jardín con un gran estanque o alberca que sirve también para el riego de arriates y alcorques). Al contenerse cautiva en la alberca resulta relajante a la vista, brilla silenciosamente bajo la luz del sol. El agua es la fuente esencial del movimiento en los jardines islámicos, agua incansable en permanente murmullo. En ocasiones discurre pausadamente por las acequias del jardín venciendo suaves desniveles o peldaño a peldaño, por medio de escaleras o a lo largo de sus barandas. El agua calma la sed del hombre, refresca el tacto de sus manos, susurra con delicado murmullo cuando borbotea en los tímidos surtidores de sus fuentes. Se comunica con los humanos por los cinco sentidos como el propio jardín, aromas, frutos, murmullo, color y el tacto de la planta que como el agua queda siempre cercana del placentero visitante. Sensualidad. Paraíso en la Tierra.</p>
<p> </p>
<p><strong>LOS JARDINES DE AL-ANDALUS</strong></p>
<p><strong>Al-Andalus </strong>fue el tiempo y espacio ocupado durante la Edad Media por la cultura y religión islámica en la Península Ibérica. Un tiempo en el que más allá de las luchas entre emiratos, taifas y otros reinos, luchas de religión, de poder o simplemente territoriales o económicas, pudo generar en la geografía y sociedades andalusíes un auténtico renacimiento para las ciencias (matemáticas, astronomía, geografía, medicina, botánica, farmacia), las artes (poesía, cerámica, arquitectura) o el pensamiento (filosofía). Y también para la jardinería.</p>
<p><strong>Medina Azahara </strong>representa en al-Andalus el inicio de una de las más espléndidas aventuras de la historia de la jardinería. Hablamos de la “ciudad brillante” que Abderramán III mandara construir al pie de la sierra cordobesa, en la falda del <em>Yebel Alarus</em>, tan solo a diez kilómetros de la mezquita aljama de Córdoba. Su construcción se extiende desde el año 936 al 976 con Al-Hakam II, el último de los califas cordobeses. La ciudad gozó tan solo de setenta y cuatro años de vida, alzándose en terrazas escalonadas sobre el valle del Guadalquivir, dominando el horizonte sin barreras visuales hacia el sur, como orgullosa expresión de un recién proclamado califato independiente. Sus jardines en torno al Salón Rico en el que el califa recibía embajadores, sabios y mercaderes procedentes de toda la Cuenca Mediterránea y Próximo Oriente, fueron el escenario de nacientes escuelas de agronomía, farmacia y medicina. Paisajes de alquerías con huertos y vergeles circundaban el conjunto sobre la terraza inferior del Guadalquivir creando un escenario de fecundas arboledas que prolongaban hasta el río los verdes encinares de Sierra Morena. Evidencias arqueológicas insinúan la presencia de alarifes orientales llegados de Bagdad, Damasco y Constantinopla junto a maestros artesanos en mármoles y mosaicos. La ciudad recuerda por su emplazamiento, diseño y función geopolítica a la Persépolis aqueménida de Darío I, pero indudablemente Medina Azahara aprovechó además de su ubicación, las traídas de agua, técnicas y experiencias que proceden de la Corduba Romana. No podía ser de otra forma. Eran los primeros síntomas de un renacimiento en cuatro siglos adelantado. Vigorosa, culta y sincrética surgió así la jardinería islámica en el occidente mediterráneo.</p>
<p>Desde este momento se traza una larga historia y camino que recorre muy diferentes alcázares y palacios a lo largo del progresivamente reducido territorio andalusí. Se repite muchas veces el modelo de los huertos al pie de alcazabas. Lo podemos encontrar en muy diferentes localidades y a lo largo de seis siglos, desde el Tolmo de Minateda en tiempo precalifal, hasta los palacios nazaríes de la Alhambra y Generalife, pasando por la Arruzafa, Jardín Bajo y huertas en torno a Medina Azahara o al Alcázar junto a la Mezquita en Córdoba, en el Jardín de los sultanes al-Mamun en Toledo, o al-Mutamid en Sevilla, lo vemos en Lorca y Guadix, Liétor y Ayna, Baza y Albox, en la Alcazaba de Málaga en las fortalezas de Veléz-Málaga y Vélez-Rubio, Alcazaba de Almería, Aljafería de Zaragoza, Baza, Ronda y como hemos dicho en Granada en el entorno de los palacios nazaríes de la Alhambra y Generalife.</p>
<p>Los jardines palaciegos son ya jardines cerrados que responden a esa búsqueda anunciada del Paraíso prometido, jardines con especies vegetales que se relacionan con los humanos a través de los cinco sentidos. En las alquerías, el huerto es también lugar para la belleza y la sensualidad. Los poetas nos lo cuentan. Ibn Hazm en el <em>Collar de la Paloma </em>sitúa una parte de sus experiencias sobre el amor en entornos del <em>bustan </em>(huerto-jardín) o simplemente del <em>riyad </em>(casas con patio). Las “Huertas del Rey” se transformaron incluso en ocasiones en auténticos jardines botánicos como ocurrió con los ya mencionados sultanes al-Mamun y al-Mutamid, permitiendo que ilustres botánicos como Ibn Wafid o Ibn Bassal cultivaran las especies locales y las recién llegadas, o por ellos mismos traídas de Oriente en sus jardines de Toledo y Sevilla. Entre estas últimas, los árboles del amor, del paraíso, los azederaches y ¡el tulipán!.</p>
<p> </p>
<p><strong>LOS JARDINES DE LA ALHAMBRA</strong></p>
<p><strong>La Alhambra</strong>, en árabe <em>al-Hamra´</em>que significa la Roja posiblemente en relación con el color de las arcillas de la colina de la <em>Sabika</em>, sobre la que se levanta, bajo el Cerro del Sol, constituye junto con el Taj Mahal del reino mogol en la India, la pareja de más brillantes estrellas, a occidente y oriente de la geografía del universo islámico. El emir Muhammad Ibn Nasr, también apodado Ibn al Ahmar por el color rojo de sus cabellos teñidos de alheña, decidió ubicar su corte en el primero de los edificios allí construidos, la Torre del Homenaje que fue entonces fortaleza y residencia palatina. Según parece, ya existió otro palacio con huertas por encima de esta colina en el llamado Cerro del Sol, todavía en proceso de excavación arqueológica, pero el nuevo emplazamiento enseguida aprovechó las desviadas aguas del Darro a través de la acequia real y permitió que los sucesivos emires nazaríes fueran ampliando el conjunto con nuevos palacios y jardines, quedando todo el conjunto fortificado. Simultáneamente aparecieron otros palacios cercanos, como el desaparecido de los Alixares (por un terremoto) y el hoy derruido Dar al-Arusa. Pero los jardines que se extienden en torno a los palacios nazaríes siempre a intramuros de la fortaleza han conservado su diseño y en buena medida su autenticidad en lo referente a las especies que forman parte de sus paseos arbolados, setos recortados, macizos de flor y plantas aromáticas. Incluso ciertos topónimos como los del Paseo de los Nogales o el de los Cipreses, nos hablan de cortejo ornamental primitivo. Un itinerario a su través permite contemplar setos de arrayanes y bojes, hierbas y jazmines trepadores, adelfas, olivos, árboles del amor, granados, rosales, alhucemas, camomilas, crisantemos y acantos. También azucenas, lirios y narcisos entre las bulbosas y cómo no, tal vez las más destacadas flores y aromas del jardín andalusí: los alhelíes. Almeces, olmos y cipreses generan las verdes sombras que hacen apacible su visita incluso en pleno estío.</p>
<p>Al salir del conjunto amurallado nos dirigimos hacia el cercano Palacio del Generalife a través del Paseo de los Nogales (de los quedan muy pocos ejemplares) dejando por bajo algunas de las cuatro huertas que rodearon el Palacio, las Huertas Grande y la Colorada, las más cercanas a las torres de la Cautiva y de las Infantas, huertas con cultivos herbáceos de alcachofas, habas y berenjenas junto a colecciones de antiguas variedades de vid y granados. El Palacio del Generalife, primer conjunto en recibir las aguas del Darro, a través de la Escalera del Agua completará este recorrido con el maravilloso Patio de la Acequia.</p>
<p> </p>
<p><strong>LOS JARDINES DE IFRIQIYA Y DE ORIENTE</strong></p>
<p>Si nos alejamos hacia oriente desde la antigua geografía ibérica de al-Andalus entraríamos en <strong>Ifriqiya</strong>, territorio norteafricano comprendido entre la actual Constantina y la frontera con Egipto, donde se estableció en el siglo IX un emirato con capital en Cairúan, gobernado por los aglabíes. A occidente suyo el <strong>Magreb </strong>consiguió organizarse como estado subsidiario de Ifriqiya con la dinastía Idrisí fundadora de la ciudad de Fez. De esta región surgieron primero los almorávides y más tarde los almohades. En todos estos reinos también la jardinería islámica tuvo una notable expresión que incluso se vio fortalecida por la emigración de los nazaríes al ser expulsados del territorio ibérico. El resultado de este proceso histórico estuvo marcado además, en el caso de las regiones atlánticas al oeste del Gran Atlas, por las grandes obras hidráulicas de influencia persa, los lejanos <em>qanat</em>, galerías subterráneas que trasportaban el agua de las montañas nevadas hasta las llanuras y que en el mundo bereber reciben el nombre de <em>khettaras</em>, y posibilitaron la aparición de oasis como el de Marrakech y el de grandes <em>buhayras</em>, estanques de riego y placer, generadores de fértiles paisajes con cultivos de cítricos, palmerales, higueras, granados y olivos junto a palacios y jardines que todavía podemos admirar en los alrededores de Marrakech en localidades como las del Agdal o Menara, nacidos a instancias del califa almohade Abd-Mumim en el siglo XII.</p>
<p>Más allá de estos territorios aparecieron los imperios, primero selyuquí y más tarde otomano, sobre territorios con centro de gravedad en la actual Turquía, herederos de todas las grandes influencias y estilos jardineros de la antigüedad, especialmente de la persa y bizantina. Las dos proyectan sobre el jardín el paradigma del Paraíso prometido pero la primera, la persa, más antigua y fraguada en antecedentes aqueménidas y sasánidas, adquirió una gran destreza en el manejo del agua, de las luces y las sombras en jardines intimistas que nunca olvidaron el crucero <em>(chahar bagh) </em>como geometría básica del jardín y en los que el perfecto cálculo hidráulico permitía que el agua corriera con medido caudal y presión permitiendo la inundación de los arriates, el borboteo de alineaciones de fuentes a través de largos estanques e incluso conectara los edificios del palacio con el jardín penetrando en su interior. Vemos este modelo por ejemplo en el Jardín de Fin en Kashán (Irán), hoy declarado Patrimonio de la Humanidad.</p>
<p>Una visita por la actual <strong>Estambul</strong>, capital que fue del imperio Otomano nos permite conocer el Palacio Topkapi donde se conserva dentro de un frondoso parque de <em>Platanus orientalis</em>, el Harem con una increíble colección de mosaicos que representan decenas de especies ornamentales entre las que se repiten muchas veces los diseños de cipreses, claveles y tulipanes. De estos últimos hemos conseguido demostrar que fueron conocidos ya varios siglos antes en al-Andalus, gracias probablemente a su introducción en cultivo por Ibn Bassal, agrónomo y viajero toledano.</p>
<p>Completaríamos este fugaz viaje por los jardines islámicos de oriente alcanzando la <strong>India </strong>y visitando las fortalezas y majestuosas tumbas rodeadas de inigualables <em>. </em>jardines por los emperadores mogoles (Babur, Humayun, Akbar, Jahangir, Shah Jahan y Aurangzeb) entre los siglosXVI y comienzos del XVIII. La jardinería mogola recoge también la herencia persa y musulmana integrando en menor medida la religiosidad hindú. Espectaculares mausoleos y castillos encontramos en localidades como Kabul, Aram Bag, Delhi o Jaipur, pero sobresale entre todos el famoso <strong>Taj Mahal </strong>de Agra, la “Corona de los Palacios” o como Tagore lo describió, <em>“una lágrima en la mejilla del tiempo”. </em>Fue construido entre 1631 y 1654 por el emperador Shah Jahan en las orillas del río Yamuna para honrar a su fallecida esposa tras el parto de su decimocuarto hijo. En 1983 fue reconocido también como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.</p>
<p> </p>
<p><strong>LA PALMERA Y LA VID EN LOS JARDINES ISLÁMICOS</strong></p>
<p>No podemos acabar este precipitado resumen del jardín islámico sin una referencia a dos especies que apenas hemos citado y que sin embargo son evidentes representantes de su jardinería: la palmera y la vid. La primera de ellas, podría ser considerada en los paisajes islámicos como el más claro árbol cósmico (permítanme ese calificativo para una estipe). Es la especie más citada en el Corán y en las obras de medicina profética por sus múltiples beneficios. Incluso, se ha llegado a considerar como una proyección del propio hombre, estableciendo paralelismos entre ambos por ciertos aspectos de su morfología, sexualidad e incluso por la atracción existente entre palmeras masculinas y femeninas comparada con las reacciones afectivas humanas entre hombre y mujer. La palmera es un valioso alimento en el desierto por su persistencia y valores nutritivos y organolépticos. Sus frutos y el cocimiento de las espatas (brácteas de inflorescencia) son astringentes y tienen otras propiedades medicinales en ginecología y gastroenterología. Su fibra, hojas y espatas son utilizadas en muy diversas artesanías. Bajo los palmerales de <em>Phoenix datilifera </em>surgieron los oasis, y prosperó la agricultura y los asentamientos humanos. La presencia de la palmera datilera en los jardines islámicos es un hecho incuestionable aunque en el caso del universo andalusí debamos reconocer que pudo ser más esporádica y simbólica de lo que en principio pudiéramos suponer.</p>
<p>Y elijo la segunda especie, la vid como resultado de una cruzada que junto a varias destacadas arabistas iniciamos hace décadas luchando contra el estúpido tópico de que los árabes erradicaron el cultivo de la vid en sus dominios. Al menos en al-Andalus no fue así, sino todo lo contrario. La vid fue uno de los dos cultivos a los que los agrónomos andalusíes dedicaron más espacio a la hora de describir técnicas de cultivo y aprovechamiento. Fue utilizada como fruta fresca de mesa, para la pasificación, pasas que luego eran comercializadas por todo el Mediterráneo, para la elaboración de mostos, vinagres y arropes, e incluso para la vinificación, elaborando vinos medicinales o no (comercializados a judíos y mozárabes), vinos a veces con infusiones de plantas. Se conservaron variedades locales, se introdujeron otras procedentes de países como Egipto y tal vez lo más importante &#8211; por la forma de propagación en semilla que utilizaban, que no conservaba los caracteres entre generaciones – se produjo una gran diversidad genética por lo que surgieron nuevas variedades. Y además de todo lo dicho y desde el punto de vista que aquí nos trae, la vid fue cultivada en forma de parras construidas sobre encañizados artesanales, vides que generaban jardines interiores en el <em>ryad</em>, en los patios de las casas, <em>al-karma</em>, término y experiencia de la que deriva uno de nuestros más singulares modelos de jardín-huerto periurbano: ¡los <strong>cármenes</strong>!.</p>
<p> </p>
<p><em>* Santiago Beruete es licenciado en Antropología y en Filosofía. Desde hace tres décadas compagina</em><br /><em>su actividad docente e investigadora con la creación literaria. Ha escrito varios poemarios, colecciones</em><br /><em>de relatos, novelas y ensayos que han merecido diferentes premios nacionales e internacionales. Sus</em><br /><em>libros Jardinosofía: Una historia filosófica de los jardines, Verdolatría: La naturaleza nos enseña a ser</em><br /><em>humanos, Aprendívoros: El cultivo de la curiosidad y Un trozo de tierra (todos editados por Turner)</em><br /><em>son fruto de la polinización cruzada entre literatura, jardinería, filosofía y educación.</em></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>								</div>
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		<title>Un Jardín funerario en la antigua Tebas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-funerario-tebas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Jan 2026 12:54:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
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		<category><![CDATA[Boletín 82]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En 2017 el equipo de egiptólogos del proyecto Djehuty, dirigidos por José Manuel Galán, encontró el único jardín descubierto en una necrópolis en Egipto. </p>
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<p><strong>Texto: José Manuel Galán</strong></p>

<p>Boletín 82 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p>Jardines del mundo</p>
<p>En 2017 el equipo de egiptólogos del proyecto Djehuty, dirigidos por José Manuel Galán, encontró el único jardín descubierto en una necrópolis en Egipto. Es un jardín pequeño, de unos tres metros por dos y medio, que conservaba en sus cuadrados las semillas de las plantas que allí crecieron hace 4.000 años, una combinación de vegetales y 9 flores, que es lo que deseaba el difunto para su otra vida. En este jardín se reúne muchísima información sobre la sociedad de la antigua Tebas.</p>
<p>El Proyecto Djehuty lleva veinticinco años excavando en la necrópolis de la antigua ciudad de Tebas, en la orilla occidental de la actual Luxor. El yacimiento se encuentra al pie de la colina de Dra Abu el-Naga, donde se enterraron muchos de los monarcas egipcios de origen tebano antes de comenzar, con la reina Hatshepsut (ca. 1470 a. C.), a ser enterrados en el famoso Valle de los Reyes. Los trabajos arqueológicos comenzaron centrados en dos tumbas talladas en la roca de la colina y decoradas en relieve. Una pertenecía a Djehuty, supervisor del Tesoro de la reina Hatshepsut, y la otra a Hery, supervisor del granero de la esposa real y madre del rey Ahhotep, quien debió vivir unos cincuenta años antes.</p>
<p> </p>
<p><strong>UN HALLAZGO INESPERADO</strong></p>
<p>Excavando alrededor de estos dos monumentos rupestres, fueron saliendo a la luz otras tumbas todavía más antiguas, del año 2000 a. C., cuando Tebas se convirtió por primera vez en capital del Alto y del Bajo Egipto. Excavando delante de una de estas tumbas, en el año 2017, descubrimos algo inesperado, un pequeño jardín cuadriculado.</p>
<p>La estructura del jardín estaba hecha de barro y adobes y medía 3 x 2,25 m. El reborde exterior estaba reforzado por arriba con mortero de cal, y el interior estaba dividido en cuadrados, la mayoría de 30 x 30 cm., pero también había compartimentos más grandes. En uno de los lados se construyó una pequeña escalera para hacer más fácil a los aguadores el acceso a los cuadrados de en medio, aunque la estructura del jardín tan solo se elevaba medio metro sobre el suelo. En una de las esquinas del jardín, se conservaba todavía erguida la parte de abajo del tronco de un árbol, que resultó ser un tamarisco. Por los anillos de crecimiento visibles en la sección del tronco, debió vivir algo menos de treinta años. La raíz superior medía 1 m. de longitud y avanzaba hacia el centro del jardín, donde probablemente la humedad se conservó por más tiempo.</p>
<p>A pesar de la fragilidad del árbol y de la estructura del jardín, todo se había conservado admirablemente bien gracias a que el patio de entrada a la tumba donde se construyó el jardín era como una hondonada, una especie de bañera, dentro de la cual se fue acumulando arena fina por la acción del viento. El jardín, tras dejarse de regar y abandonarse, acabó totalmente cubierto de arena, y eso fue lo que le protegió, no solo de los agentes naturales, como el sol, el viento y la lluvia, sino también de la gente que siguió pasando por allí y reutilizando las tumbas de alrededor. La arena que cubrió el jardín se convirtió en el medio perfecto para que las semillas y los restos botánicos de las plantas que crecieron hace cuatro mil años quedaran desecados y también se conservaran en perfecto estado hasta hoy.</p>
<p> </p>
<p><strong>UN HUERTO PARA MANTENER VIVO AL DIFUNTO</strong></p>
<p>El jardín se construyó en un terreno inhóspito para el cultivo de plantas. Para hacer esto posible, cada cuadrado del jardín estaba relleno de tierra fértil de la orilla del Nilo. Excavamos cuadrado a cuadrado, fuimos recogiendo con pinzas las semillas y partes de plantas que se veían a simple vista. Luego embolsamos la tierra procedente de cada cuadrado identificando bien la procedencia. Dejamos la mitad de cada cuadrado sin excavar para que quedara como testigo para futuros investigadores. La tierra recogida de cada cuadrado la pasamos por un tamiz, con el fin de detectar y analizar el mínimo resto botánico. Los arqueobotánicos identificaron, entre otras, semillas de cilantro, una planta que se sigue usando mucho como condimento en la cocina egipcia, y también semillas de una <em>curcubitacea</em>, como una especie de melón no dulce que aparece frecuentemente representada en las mesas de ofrendas. Sorprendente también era que todavía se conservara el color morado del receptáculo de una flor de la familia de las <em>asteraceae</em>. Puede que “huerto” se acerque más a la realidad, a su función de mantener vivo, en cuerpo y alma, al difunto. En la otra vida, claro. Pero la palabra “jardín” es, sin duda, más evocadora y más íntima, y parece encajar mejor en el contexto de un cementerio. La combinación de vegetales comestibles y de flores se corresponde perfectamente con las mesas de ofrendas que se representan delante de los difuntos en las paredes de las tumbas, pues en ellas aparecen ramos de flores coronando pilas de alimentos que mezclan carne y panes de varios tipos, con frutas y verduras. Las flores se incluyen por su carácter simbólico y la posibilidad de que transmitieran al difunto su capacidad de renacer de forma cíclica. Alrededor del jardín hallamos gran cantidad de cerámica, sobre todo vasos-<em>hes </em>para hacer libaciones y vasijas tipo <em>kernoi</em>, de marcado carácter ritual. También encontramos un cuenco volcado boca abajo, que contenía cinco dátiles, ahora desecados y en perfecto estado de conservación. La cerámica es precisamente lo que refleja el carácter ritual y funerario del jardín, y lo que le distingue de jardines similares que se utilizaron con fines prácticos y cotidianos.</p>
<p> </p>
<p><strong>EL ÚNICO JARDÍN FUNERARIO CONSERVADO</strong></p>
<p>Así, nuestro jardín es, hoy por hoy, el único jardín funerario de Egipto bien documentado y conservado. Pero es que, en la tierra del perfil de la excavación del patio, los arqueobotánicos, además, han sido capaces de extraer e identificar el polen de las plantas que crecieron de forma espontánea o se plantaron en la ribera fértil junto a la necrópolis, lo que nos da una idea de la vegetación de la zona entre el año 2000 y el 1500 a. C. Y en esa misma tierra del perfil, los geólogos han sido capaces de leer las huellas de las lluvias acaecidas en esos quinientos años. Así, combinando las plantas documentadas en el jardín con el polen y las lluvias, se nos abrió la posibilidad única de estudiar el medio ambiente en la antigua Tebas y de hacer una pequeña aportación al estudio del cambio climático en esta región. A pesar del concienzudo trabajo que llevaron a cabo los restauradores, el jardín, hecho de barro y adobes, era demasiado frágil como para dejarlo expuesto a la intemperie. Era incuestionable que tendríamos que resguardarlo del sol, del viento, de posibles lluvias y de la capacidad destructora del ser humano, lo que implicaba inevitablemente volverlo a enterrar. Pero ni que decir tiene que daba una pena enorme tapar el único jardín funerario del antiguo Egipto conocido hasta la fecha. Se nos ocurrió, entonces, que podríamos fabricar una réplica e instalarla sobre el jardín enterrado y protegido por una estructura sólida y aislante, utilizando para ello la información obtenida del escáner láser con el que llevábamos varias campañas documentando el yacimiento. Así, con cierta modestia, determinación e imaginación, montamos la primera réplica <em>in situ </em>en un yacimiento arqueológico, como medida de conservación y protección del bien cultural antiguo. Los visitantes pueden así hacerse una idea de cómo era un jardín funerario, de su ubicación dentro de la necrópolis y con respecto a la tumba de su propietario, a la vez que se conserva el original antiguo. Las tumbas de Djehuty y de Hery, así como parte del yacimiento, incluyendo la réplica del jardín, permanecen abiertos al público y visitables desde febrero 2023. El cuento de <em>Sinuhé</em>, cuyo nombre significa “El hijo del Sicomoro”, se debió escribir cien años después de nuestro jardín, en torno al año 1900 a. C. El relato cuenta su improvisada huida de Egipto, su exitoso exilio en Palestina, y el retorno a la corte del rey egipcio. El protagonista termina presentándose a sí mismo, al final de sus días, como un hombre afortunado, al conseguir del faraón una tumba, equipamiento funerario, el mantenimiento de su culto y un jardín para el aprovisionamiento de las ofrendas. Sinuhé menciona el jardín al final como el broche de oro, como la fuente del sustento para su vida eterna. El jardín de Sinuhé sería, sin duda, muy similar al nuestro. <em>“…Se construyó para mí una tumba en piedra, en medio de las otras tumbas. Los constructores la plantearon en el suelo, el dibujante la diseñó, los talladores la esculpieron y el maestro de obra de la necrópolis la ejecutó. Se dispuso todo el equipamiento que se deposita en la cámara sepulcral. Se me asignó un servicio funerario y un jardín, como se hace para un personaje importante…”</em></p>
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<p><em>*José Manuel Galán es Egiptólogo, Profesor de Investigación del CSIC en el Instituto de Lenguas y</em><br /><em>Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo, y Director desde hace 25 años del Proyecto Djehuty</em><br /><em>en Luxor (Egipto), que excava, investiga y restaura un conjunto de tumbas y capillas funerarias que</em><br /><em>abarcan desde el 2000 a. C. hasta época romana. https://proyectodjehuty.com/el-proyecto/</em></p>
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		<title>Jardines del mundo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jardines-mundo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Jan 2026 12:44:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 82]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los jardines han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos,<br />
como lugares de refugio espiritual, de experimentación artística o práctica.</p>
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<p><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>

<p>Boletín 82 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p>Jardines del mundo</p>
<p>Los jardines han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos, como lugares de refugio espiritual, de experimentación artística o práctica, y también como reflejo de las culturas y de su relación con la naturaleza. Los jardines están ligados al arte, a la literatura y a la filosofía, pero también a los viajes y a la exploración del mundo. De todo ello hablaremos en este número especial dedicado a los jardines del mundo: cómo surgieron, su significado, su aportación a la cultura, cómo están presentes en nuestras vidas o cómo su creación ha estado siempre ligada a los viajes y los viajeros.</p>
<p>Para comenzar esta historia habría que remontarse al neolítico: los primeros jardines nacieron con el sedentarismo del hombre. Primero sirvieron como refugio y como espacio para producir frutos, medicinas y flores. Los encontramos ya en Mesopotamia, en Egipto, en Grecia, en Roma… los jardines fueron siempre un símbolo también de poder político, además de lugar de esparcimiento o de belleza.</p>
<p>Fue Nabucodonosor quien construyó los legendarios jardines de Babilonia, mientras en Egipto, los jardines en damero reflejaban el orden cósmico. Grecia les añadió filosofía y Roma sofisticó estos espacios privados con mosaicos, fuentes y pérgolas. En la Edad Media europea los <em>hortus conclusus </em>eran lugares de oración y estudio, mientras en Al-Ándalus, patios y jardines como los de Córdoba, Sevilla o Granada evocaban el paraíso coránico. En Oriente, Persia imaginó los <em>chahar bagh </em>como “alfombras vivas” que más tarde inspiraron a la India mogola y al esplendor otomano de los tulipanes. En China los jardines buscaron la armonía yinyang, mientras que Japón recreó la contemplación en los paisajes zen y la América prehispánica inventó chinampas flotantes, terrazas incas y jardines botánicos que eran a la vez espacios rituales. En definitiva, cada cultura ha ido reflejando en esos espacios, su forma de ver lo divino, lo político y lo estético.</p>
<p>Hoy, los jardines sirven de hilo conductor o de inspiración para muchos viajeros que se interesan por conocer la Historia y las historias que se esconden tras estos espacios verdes: jardines ornamentales, jardines para el ocio y el placer y también jardines botánicos, para el estudio y la ciencia.</p>
<p> </p>
<p><strong>ASOMÁNDONOS A LOS JARDINES CLÁSICOS</strong></p>
<p>Siguiendo la línea del tiempo, esta hipotética vuelta al mundo nos llevaría a los remotos jardines de <strong>Babilonia y de Nínive</strong>, en el origen de nuestra civilización, a los jardines que aparecen en la Biblia o incluso al Jardín del Edén, al Paraíso, al que se remiten todos los jardines posteriores construidos durante siglos en el mundo occidental. Podríamos incluso entrar en las tumbas de los faraones y nobles egipcios, como la de Djehuty, en el <strong>Valle de los Reyes</strong>, para ver las representaciones de sus jardines que acompañaban a los difuntos, en forma de retículas cuadriculares que nos recuerdan un poco a los sofisticados jardines japoneses. Podríamos también echar una ojeada a los jardines interiores de las <strong>casas romanas</strong>, con sus fuentes y estatuas, en algún aspecto similares a los que se construirán más tarde intramuros en las casas de las culturas islámicas, donde los jardines se convierten en un arte simbólico que maneja magistralmente elementos como el agua, la sombra y los árboles. Son jardines domésticos, pero también jardines como los del <strong>Generalife en Granada, el Alcázar de Sevilla </strong>o como los sofisticados <strong>jardines persas</strong>. A los <strong>jardines medievales </strong>no nos resulta difícil asomarnos: están en los claustros de los monasterios y también encontraremos allí los primeros “jardines botánicos”, en realidad huertos de plantas medicinales. Y llega el <strong>Renacimiento</strong>, y con él los jardines más formales, al servicio del poder, diseñados expresamente para realzar a palacios y castillos. Surgen en Florencia y en la Toscana de la mano de familias y riquezas tan conocidas como los Médicis, los Este, los Sforza, los Borgia o los Orsini, que buscan transformar sus fortalezas medievales en palacios de recreo y de ocio. Aparecen por primera vez en la jardinería los juegos de agua a través de fuentes, canales y cascadas. De ahí hay un paso a los <strong>jardines barrocos </strong>que acompañarán a los grandes palacios en todo el mundo, la mayoría diseñados “a la francesa”, siguiendo el modelo creado por Le Nôtre y otros jardineros del Rey Sol, con sus parterres de complicados dibujos, que son un intento de dominar la naturaleza. El siglo XVIII será el de la creación de los <strong>grandes jardines botánicos</strong>, enriquecidos por las especies llegadas a Europa del Nuevo Mundo y Oriente o bien al revés, llevadas de aquí para allá en un intento de reproducir en todas partes la felicidad del paraíso. En el XVIII y el XX, los ingleses se desmarcarán del modelo francés y apostarán, además de por los jardines botánicos (como los magníficos Kew Gardens), por el jardín paisajista, más libre, donde la naturaleza se escapa a la tutela del jardinero con diseños más orgánicos y naturales. Llegan las flores a los jardines, y el color, sobre todo en los <em>cottages </em>ingleses que ponen de moda un estilo rústico y rural muy imitado hasta la actualidad. Luego todavía habrá que asistir a la creación de los jardines románticos del XIX donde se evocan lugares exóticos y lejanos, o a los modernistas, como los del genial Gaudí, o a los racionales, mucho más equilibrados y rectilíneos. E incluso a los modernos jardines cubistas o abstractos y a la moda de los jardines verticales.</p>
<p> </p>
<p><strong>LOS JARDINES BOTÁNICOS</strong></p>
<p>Pero los jardines más ligados a los viajes y a la exploración del mundo, son los botánicos, de los que se hablará mucho en este Boletín. Estos jardines estuvieron vinculados a las expediciones científicas, especialmente desde el Renacimiento y durante la expansión colonial de los siglos XVII al XIX. En nuestro país, es imprescindible aludir al Real Jardín Botánico de Madrid que fue el impulsor de las grandes expediciones que a finales del siglo XVIII recorrieron los territorios de Ultramar y trajeron las importantes colecciones que hoy se guardan en esta institución ilustrada. Este jardín será la gran institución dedicada al estudio y conservación de las plantas, pero hubo otros, como el de <strong>Valencia</strong>, uno de los primeros, o los canarios, que sirvieron de aclimatación de muchas plantas tropicales.</p>
<p>En realidad, los jardines botánicos son muy anteriores a las expediciones renacentistas e ilustradas. Surgieron inicialmente como espacios para cultivar plantas medicinales, y con el tiempo se convirtieron en verdaderos centros de investigación científica. El <strong>Orto botánico di Padova </strong>(Italia, 1545) es uno de los más antiguos del mundo. <strong>El Jardín des Plantes </strong>(Francia, 1635) es el modelo de los jardines vinculados al desarrollo de la botánica en Europa en ese siglo, mientras que los <strong>Royal Botanic Gardens, Kew </strong>(Reino Unido, siglo XVIII) son el gran centro clave de clasificación y difusión de especies durante la expansión imperial británica. Tras ellos, el <strong>Real Jardín Botánico de Madrid </strong>(España, 1755) es fundamental para estudiar la relación de la botánica con las expediciones científicas a América y a otros puntos del Imperio Español. Los españoles no fueron los únicos que, a partir del siglo XVIII, pusieron en marcha expediciones científicas para explorar otras regiones del mundo, recolectar plantas y estudiar la biodiversidad. Francia, Holanda o Inglaterra también emprendieron grandes proyectos, pero ninguno como los que la corona española organizó para descubrir nuevas especies vegetales útiles (alimenticias, medicinales o comerciales) y transportar especies a Europa para cultivarlas en jardines botánicos.</p>
<p>De jardines botánicos y expediciones, hablarán varios de nuestros colaboradores en este número. De cómo los jardines botánicos fueron punto de partida y destino: desde ellos se organizaban los viajes, y allí se aclimataban y estudiaban las plantas traídas de otros continentes. En paralelo se realizaba una labor de investigación importantísima, se producían ilustraciones, herbarios y catálogos botánicos o se impulsaba la clasificación científica, influenciada por Carl von Linneo y su sistema taxonómico. Muchas especies descubiertas en expediciones históricas siguen cultivándose en estos jardines, sirviendo como bancos genéticos y centros de divulgación científica.</p>
<p>La Europa del siglo XVIII propagó por todo el mundo el concepto del jardín botánico como un espacio abierto para la investigación científica y el ocio de los ciudadanos. Un buen ejemplo es el <strong>Jardín botánico del Puerto de la Cruz</strong>, al norte de Tenerife, que es una verdadera lección de filosofía ilustrada, un viaje en el tiempo al siglo XVIII. Fue entonces, en 1788, cuando el <strong>Jardín de Aclimatación de La Orotava </strong>se convirtió en el segundo jardín botánico abierto en España (en 1755 se había abierto el RJB en Madrid). La moda se expandió por península e islas (por ejemplo, el de Zaragoza se abrió en 1796), y también por otros países europeos. En el siglo XVIII, la fusión de razón y ciencia creó el momento idóneo para diseñar estos espacios dedicados a la ciencia que encajaban de forma perfecta con estos principios. A mediados del siglo XIX, ya había jardines botánicos por todo el mundo. Fue su momento de gloria: la llegada de la revolución industrial permitió construir invernaderos de cristal más grandes e impresionantes, como los llamados «palacios de cristal», como el que encontramos en el madrileño parque del Retiro, que daban una mayor calidad a estos espacios verdes. Eso sí: la época también convirtió a estos jardines en lugares de ocio. Los jardines reales de Kew, el más importante de todos los botánicos británicos, abrieron sus puertas al público general en 1839 (ya lo habían hecho otros muchos jardines antes) y, a pesar de que había que pagar por entrar, dos décadas después ya contaban con medio millón de visitantes anuales.<br /><br /></p>
<p><strong>TRES CONCEPTOS DE JARDÍN, TRES IDEAS DEL MUNDO</strong></p>
<p>Recorrer todos los jardines del mundo es una tarea imposible. Pero igual que algunos se proponen alcanzar las cumbres más altas de todo el planeta, hay quien se pone como objetivo viajar “de jardín en jardín” y estas son algunas etapas imprescindibles. Este viaje podría comenzar en cualquier parte, en alguno de los miles de jardines que hay por el mundo, unos con más historia que otros, pero lo hacemos en uno muy próximo: los <strong>Jardines del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso</strong>, en Segovia. A priori, rodeado de bosques, podría parecer que no hacía falta llevar más naturaleza hasta las puertas de este palacio levantado pero el primer Borbón, Felipe V en el Guadarrama segoviano. Pero el nuevo rey francés añoraba con nostalgia los jardines de su palacio francés, aunque, contra lo que se dice, Felipe V nunca pretendió imitar en La Granja la escenografía grandiosa de su abuelo Luis XIV: tenía claro que su lugar de retiro se tenía que parecer a otro jardín menos conocido, el de Marly, donde el Rey Sol pasaba sus días de descanso. Los jardines de La Granja siguieron, eso sí, los parámetros de los jardines formales del Barroco, jardines a la francesa, que diseñó el jardinero francés André Le Nôtre, y que se popularizarían en el siglo XVIII en toda Europa. Hoy sigue siendo una maravilla recorrer estos jardines envueltos por la escenografía de las montañas, en los que la abundancia de agua permitió llenar el jardín de fuentes con juegos acuáticos espectaculares. El sistema hidráulico original se conserva a la perfección y sigue en funcionamiento hoy en día. Damos un salto a algunos de los jardines más espectaculares y famosos de nuestro país: <strong>los de la Alhambra y el Generalife</strong>, que nos hablan del imaginario musulmán en el que el jardín, paraíso y recuerdo del primigenio oasis del desierto, tiene un lugar destacado. Los árboles, la sombra y el agua componen la base del jardín islámico, que en España dejará una enorme herencia que llega hasta nuestros días y cuyas trazas podemos encontrar tanto en jardines públicos como privados. Entre los jardines musulmanes en España más extraordinarios están también del <strong>Alcázar de Sevilla</strong>, casi un oasis urbano en medio de la ciudad, protegido por altos muros almenados. Llevan allí más de mil años, refugiando esbeltas palmeras, cítricos aromáticos, jazmines o hierbas aromáticas que permiten escapar del bullicio urbano. Los jardines con influencia islámica, renacentista o romántica y los edificios reales que rodean han ido creciendo a través de los siglos: hoy ocupan seis hectáreas y contienen más de 187 especies de plantas, desde madreselvas hasta higueras. Los antecedentes de los jardines se encuentran en la media docena de patios contiguos a los edificios palaciegos que datan de época islámica (anterior a 1248) pero que fueron profundamente transformados a partir del siglo XVI. Son espacios íntimos en torno a fuentes y refrescados por el agua y las sombras, que invitan a redescubrir la belleza de la Sevilla mudéjar. Los árabes alimentaron la idea de que los jardines ornamentales debían reflejar el cielo en la tierra. Los cristianos heredaron esta noción y la ampliaron. Hoy, después de siglos de ser cuidados por sucesivos paisajistas y horticultores, no han perdido nada de su magia. Entre los jardines musulmanes los hay mucho más actuales, más obras de arte que jardines funcionales, pero que mantienen los elementos básicos del jardín musulmán, como los del <strong>Jardín Majorelle</strong>, exquisito y sofisticado, creado por el pintor Jacques Majorelle (1886-1962) y restaurado por Yves Saint Laurent. Es un oasis artístico en Marrakech, con vibrantes tonos azules, una exuberante vegetación y arquitectura única. Entre cactus, fuentes y senderos sombreados, este remanso de paz en medio del desierto, alberga un museo dedicado a la cultura bereber. Majorelle había patentado su propio color, el azul Majorelle, en 1930, con una clara inspiración: el azulejo marroquí. El pintor francés dedicó a su jardín cuatro décadas y durante todo ese tiempo, plantó unas 300 especies alrededor de su casa en Marrakech. Un nuevo salto nos lleva a los “jardines de artista”, y concretamente a <strong>Giverny </strong>(Normandía), un lugar de menos de 300 habitantes que <strong>Claude Monet </strong>(1840-1926) eligió para alejarse de la ciudad y acercarse al campo. Llegó en 1883 y creó sus famosos jardines. Pero el de Giverny, hoy un punto turístico, no fue el primer jardín del artista. En <strong>Sainte-Adresse</strong>, Normandía, había comenzado su interés en los jardines, incitado por su amigo y también pintor Eugène Boudin, que solía trabajar fuera del estudio. Fue allí donde pintó un jardín, el de aquella casa, en 1866. Aquello se convirtió en tal obsesión, que llegó a pintar 250 cuadros solo de nenúfares que él mismo plantó. Trajo tantos nenúfares de otros países que las autoridades del pueblo le pidieron que parara, por miedo a que perjudicaran a las plantas autóctonas. Tanto amaba sus flores, sus nenúfares, que cuentan que Monet solía escribir cartas a sus hijos solo para preguntar por el estado de sus plantas. Él mismo definió los jardines como «paisajes de agua y luz convertidos en obsesión». A partir del siglo XIX, hay otros muchos artistas famosos que convirtieron sus jardines en obras de arte o que los reflejaron en su obra artística. Hasta mediados del siglo XVIII los jardines habían sido sobre todo geométricos, pero en esta época irrumpió la línea curva, recordando que la naturaleza y la belleza tampoco tenían por qué seguir líneas rectas. Es el paso del jardín barroco al jardín paisajista, que se produjo por muchos motivos, uno de ellos, la aparición del jardinero profesional (y paisajista). En paralelo, se despertó también el interés por la jardinería en los poetas y un movimiento artístico en torno a las huertas y jardines. En el siglo XIX la necesidad de volver a la naturaleza y de diseñar un paraíso propio se fue haciendo cada vez mayor, pero no hacía falta salir de casa: en sus propios jardines encontraron la inspiración artistas tan diversos como Monet o como nuestro <strong>Sorolla </strong>o como el ya citado de Majorelle. Tan azul como el de jardín de Majorelle es por ejemplo el de <strong>Frida Kahlo </strong>en su famosa Casa Azul de Coyoacán, en México D.F. en la que nació, creció, amó, sufrió, trabajó, enfermó y murió. Fue la llegada de Trotsky a esta casa lo que llevó a ampliarla, a construir un muro que le salvara la vida al ruso y, de paso, con más espacio, a plantar el jardín que inspiraba a la artista. Frida no solo observaba el jardín y cuidaba los cactus y plantas que luego pintaba: allí también se sumergía en libros de botánica y cultivaba albaricoqueros, naranjos y granados, rodeados por viejos cactus, magueyes, nopales y biznagas.</p>
<p> </p>
<p><em>* Geógrafa y periodista especializada en comunicación cultural y viajes. Es Secretaria General y </em><em>miembro fundador de la Sociedad Geográfica Española. Es editora del Boletín de la SGE.</em></p>
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		<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jardines-mundo/">Jardines del mundo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>El hilo de Ariadna de la Ciencia española</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/hilo-ariadna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Apr 2025 11:20:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 80]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La paleoantropología, la ciencia que investiga la evolución humana, vive un buen momento. Así lo cree Juan Luis Arsuaga, codirector de Atapuerca, director científico del Museo de la Evolución Humana </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/hilo-ariadna/">El hilo de Ariadna de la Ciencia española</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Juan Luis Arsuaga</strong></p>



<p>Boletín 80 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Arqueología: un viaje al pasado<br><br>La paleoantropología, la ciencia que investiga la evolución humana, vive un buen momento. Así lo cree Juan Luis Arsuaga, codirector de Atapuerca, director científico del Museo de la Evolución Humana y uno de nuestros científicos más reconocidos, en este breve resumen de los logros conseguidos por esta ciencia en nuestro país, de los yacimientos extraordinarios puestos a la luz en las últimas décadas y de su transcendencia. La comunidad científica internacional está más pendiente que nunca de lo que se investiga en España.</p>



<p>En la Universidad de Cambridge, donde pasé algunos meses en unos de sus departamentos, se cuenta la siguiente historia. Un profesor americano que estaba de visitante en la Universidad se asombraba de lo bien que lucían los céspedes de los “colleges”. Hay que decir que los céspedes de los colegios no se pueden pisar… salvo que se sea “fellow” de ese colegio, o se acompañe a un “fellow”. Esa fue la primera lección que aprendí en Cambridge.</p>



<p>El profesor americano, intrigado, se dirigió al jardinero de su colegio, con el que ya se había familiarizado porque lo veía trabajar todos los días. “¿Cómo consiguen ustedes tener el césped tan tupido y tan mullido”?, le preguntó.</p>



<p>El jardinero le explicó sus técnicas de cultivo de los céspedes: sembrado, abonado, riego, siega, etc. “Eso ya lo hacemos nosotros y nuestros céspedes no pueden compararse con los suyos”, le contestó el profesor americano. A lo que el jardinero inglés contestó: “Es que hay que hacerlo durante 700 años”.</p>



<p>Bueno, yo pertenezco a una universidad que tiene más de cinco siglos, y nuestros céspedes no parecen tan bien cuidados. O quizás sí y no nos hemos dado cuenta. El cultivo al que me estoy refiriendo, metafóricamente, es al cultivo del espíritu, y más concretamente el de la ciencia, que como decía el biólogo americano Edward O. Wilson es parte de las humanidades. ¿Qué otra cosa va a ser la ciencia, sino humanidades?</p>



<p>Los que nos interesamos por la historia de la ciencia española hemos pintado un cuadro que es cierto a grandes rasgos, pero no del todo exacto si nos aproximamos al lienzo y lo observamos más de cerca.</p>



<p>Visto a cierta distancia el panorama histórico de la ciencia española puede resumirse en grandes momentos luminosos seguidos de etapas prolongadas de oscuridad. Esta visión se aplica por igual a todas las ciencias, incluidas las geográficas. El primer momento de brillantez corresponde al Renacimiento, que fue la edad de oro de la medicina española y no digamos de la navegación, de la exploración y de las ciencias naturales, además de la descripción de las culturas americanas que se encontraron los castellanos.</p>



<p>Luego, en el Barroco, que es el periodo en el que nace verdaderamente el método científico y cuando por lo tanto amanece la ciencia, la contribución española al conocimiento del mundo y de sus maravillas parece perder empuje. Se suele atribuir a la contrarreforma y a la Inquisición esa decadencia. El siguiente momento de esplendor de las exploraciones y de la ciencia en general es la Ilustración, y podemos pensar en la Expedición Malaspina como el luminoso (y desgraciado) cierre de ese periodo.</p>



<p>Tanto el Renacimiento como la Ilustración tienen un elemento en común, y una lección para el presente. En aquellos momentos España atraía sabios de todo occidente. No se llega a ser una potencia económica o cultural solo con lo que produce la tierra. Hay que incorporar el talento que se pueda de fuera. El Regeneracionismo del siglo XX, tras la pérdida de las últimas colonias, habría significado un renacer para la ciencia española, terminado bruscamente con la guerra civil.</p>



<p>Y luego llega la democracia y la ciencia española actual, que objetivamente hablando puede considerarse muy digna en general, y en numerosos campos, puntera. Y eso a pesar de las raquíticas inversiones públicas en nuestras universidades y centros de investigación. Para que luego digan que no existen los milagros.</p>



<p>Sin embargo, esta simplificación de la historia de la ciencia española es excesiva, porque no es difícil encontrar eslabones intermedios entre los momentos estelares. Mejor o peor, nosotros también llevamos 700 años cuidando el césped. Y creo que ese es nuestro trabajo en la actualidad: descubrir la continuidad de la ciencia española. El invisible hilo de Ariadna que une a los médicos españoles del siglo XVI con Santiago Ramón y Cajal y su extraordinaria escuela, por poner un ejemplo. Siempre hubo jardineros que se ocuparon del césped, volviendo a la metáfora paisajista. Todos los maestros han tenido maestros.</p>



<p>Y como yo me ocupo de una disciplina, la evolución humana, que bebe de la anatomía humana y de la anatomía comparada, de la paleontología y de las tres ciencias “geo”: geografía, geología y geobotánica (o ecología, si lo preferís), me toca contribuir a esta tarea.</p>



<p>La mundialmente famosa sierra de <strong>Atapuerca</strong>, que alberga los yacimientos en los que más he trabajado, no es una excepción. Es la regla, extraordinaria en este caso, pero la regla al fin y al cabo de la investigación prehistórica española, que tiene antecedentes tan ilustres como <strong>Altamira</strong></p>



<p>No quiero en este breve texto elaborar una lista de nombres de preeminentes científicos, porque son muchos, pero sí hacer constar que antes de la guerra civil fueron numerosos los yacimientos excavados y las estaciones de arte rupestre descubiertas, como suele decirse “en mitad el campo”. Y el campo en aquella época no facilitaba las cosas a los investigadores. El país estaba todavía por explorar para la ciencia, y muy mal comunicado.</p>



<p>Y no me olvido del estudio de los climas del pasado, de la Edad del Hielo y de los glaciares, que merecen especial atención porque se encuentran en las montañas más altas, en lugares muy remotos y de complicado acceso. Y sin embargo es impresionante la precisión con la que fueron cartografiados por los maestros de nuestros maestros.</p>



<p>Entre los yacimientos paleolíticos al aire libre es imposible no referirse a <strong>Torralba</strong>, en Soria, de donde salían enormes huesos y muelas de elefantes y maravillosos bifaces. Por no hablar de las <strong>terrazas del Manzanares </strong>y de tantos otros lugares conocidos en todo el mundo científico. Y llegamos así a <strong>Atapuerca</strong>, en Burgos, que tantas alegrías ha dado a la ciencia española en las últimas décadas del siglo pasado y las primeras de este. Lo que tiene Atapuerca sobre todo es un registro arqueo-paleontológico muy completo que abarca más de un millón de años.</p>



<p>Entre los miles de fósiles de animales y de herramientas de piedra de Atapuerca hay también restos humanos. Más abundantes que en cualquier otro lugar. Los más antiguos vienen de un yacimiento que se llama Sima del Elefante, y son una mandíbula y parte de una cara que tienen un millón y pico de años. Un pico muy largo, de más de un cuarto de millón de años. Por su antigüedad procede clasificarlos -de momento- como pertenecientes a la especie fósil <em>Homo erectus. </em></p>



<p>Gracias a estos restos sabemos que esta especie, que conocíamos en África y en Asia, también penetró en Europa, llegando hasta sus confines, las tierras más occidentales del continente.</p>



<p>Los siguientes fósiles en antigüedad se han encontrado en el <strong>yacimiento de Gran Dolina. </strong>Hablo en pasado, pero todos los yacimientos que menciono aquí están actualmente en excavación y siguen produciendo fósiles humanos. De Gran Dolina tenemos abundantes fósiles, y se espera encontrar muchos más porque tuvo lugar allí un festín caníbal hace casi un millón de años. No fue un canibalismo ritual o simbólico, sino que parece que hubo conflicto entre grupos rivales, lucha, muerte, y antropofagia. Como fueron muchas las víctimas, los restos del festín –o festines- son abundantes. Estos fósiles de hace casi un millón de años no pertenecen a la línea de los neandertales ni a la nuestra. Aparentemente los neandertales y los humanos modernos (los “sapiens”) todavía no se habían empezado a separar evolutivamente, o apenas lo habían hecho.</p>



<p>Es decir, que no son ni neandertales primitivos ni “sapiens” primitivos, sino una población perteneciente al tronco común del que proceden unos y otros. Algo así como unos <em>Homo erectus </em>“evolucionados”. Para distinguirlos les hemos puesto el nombre de <em>Homo antecessor.</em></p>



<p>Corresponde ahora hablar de la <strong>Sima de los Huesos</strong>. Por decirlo sencillamente es una acumulación increíble de fósiles. Estos fueron los primeros que se encontraron en Atapuerca, en el año 1976.</p>



<p>Aquí los huesos no muestran señales de que a esa gente se la hubieran comido unos antropófagos, sino que todo parece indicar que dejaron caer los cadáveres a la sima sus familiares y compañeros de grupo. Una práctica, en resumen, de tipo mortuorio, como se dice técnicamente. No nos atrevemos a afirmar que sea simbólica, o ritual, es decir, un comportamiento funerario, pero podría serlo porque con los esqueletos se encontró un hacha de mano que tal vez significara algo. Y el mero hecho de acumular tantos cadáveres (cerca de treinta) en un mismo lugar y repetidamente ya indica que el sitio tenía un valor especial para la comunidad.</p>



<p>Desde el punto de vista evolutivo, esta población de la Sima de los Huesos corresponde a neandertales incipientes. Lo sabemos por la anatomía, pero además porque estos fósiles han proporcionado el ADN humano más antiguo que se conoce. En otro yacimiento de Atapuerca, llamado Galería, también han aparecido un par de restos de estos preneandertales.</p>



<p>Los neandertales están representados en Atapuerca por dos yacimientos: <strong>Cueva Fantasma y Galería de las Estatuas. </strong>En este último yacimiento se recuperó ADN de varios neandertales directamente del sedimento, sin necesidad de muestrear huesos o dientes. Todo un hito para la historia de la investigación del ADN antiguo.</p>



<p>Y por supuesto también hay yacimientos holocenos magníficos, como <strong>El Portalón de Cueva Mayor </strong>y la <strong>cueva del Mirador, </strong>que han contribuido decisivamente a establecer cómo se formaron las poblaciones europeas actuales.</p>



<p>Al mismo tiempo que se sucedían los grandes hallazgos y publicaciones en Atapuerca, España y Portugal vivían una edad dorada para la Prehistoria. Han aparecido nuevas manifestaciones artísticas en cuevas españolas -citemos <strong>La Garma </strong>(Cantabria) como un caso excepcional- y se ha producido un cambio de paradigma en el arte paleolítico.</p>



<p>Tradicionalmente se asociaba el arte figurativo a lugares oscuros y prohibidos en el interior de cuevas pero se ha descubierto en las últimas décadas que con frecuencia decoraban valles enteros o promontorios, grabando animales en las rocas. A mí me gusta pensar que para aquellos antepasados nuestros toda la geografía era sagrada.</p>



<p>En fin, tenemos ahora un registro paleontológico espléndido de los neandertales, con yacimientos muy ricos, como <strong>El Sidrón </strong>(Asturias), la <strong>Sima de las Palomas </strong>(Murcia), <strong>Cueva Foradada </strong>(Comunidad Valenciana), y muchos otros. Y también testimonios pictóricos (aunque no figurativos) de comportamiento simbólico de los neandertales en tres cuevas decoradas en Cantabria, Extremadura y Andalucía. Sin olvidarse de <strong>Pinilla del Valle </strong>(Comunidad de Madrid), donde los neandertales acumularon en una cavidad cráneos de animales con cuernos (rinocerontes, ciervos, bisontes y uros) a modo de trofeos de caza.</p>



<p>Todo esto sin pretender agotar ni mucho menos la lista de los yacimientos ibéricos que proporcionan información sobre los neandertales, que ahora tienen a toda la comunidad científica pendiente de la península ibérica.</p>



<p>En resumen, el césped de la ciencia no ha dejado nunca de cultivarse en España, algo que debemos reivindicar ante el mundo, pero ahora vive uno de sus momentos más verdes. Y que siga así ya para siempre, sin sobresaltos. Para ello es imprescindible que colabore con el jardinero el director del “college”.<br><br><em>* Juan Luis Arsuaga es paleoantropólogo y escritor. Doctor en Ciencias Biológicas y catedrático de Paleontología por la Universidad Complutense de Madrid. Es Codirector de Atapuerca y director científico del Museo de la Evolución Humana. Es vicepresidente de la Sociedad Geográfica Española.</em></p>
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		<title>Tarteso. El Dorado de occidente</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tarteso/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Apr 2025 10:58:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 80]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hace unos 2800 años, durante un momento histórico que aún no sabemos delimitar con precisión, la península ibérica se convirtió en El Dorado </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Emma Lira </strong></p>



<p>Boletín 80 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Arqueología: un viaje al pasado</p>



<p><strong>Hace unos 2800 años, durante un momento histórico que aún no sabemos delimitar con precisión, la península ibérica se convirtió en El Dorado para los pueblos de Oriente. Fenicios, griegos, cartagineses y romanos, por este orden, arribaron a sus orillas para explotar sus riquezas minerales y volver cargados de plata y de leyendas. Entre ellas destacaba la de la existencia de un próspero y riquísimo territorio gobernado por un longevo rey. No conocemos el nombre con que sus habitantes se denominaban a sí mismos, pero los griegos lo llamaban Tarteso.</strong></p>



<p>En el mes de junio de 2023, el descubrimiento de los fragmentos de cinco relieves antropomorfos en la excavación de Casas del Turuñuelo, en la localidad de Guareña, Badajoz, volvió a traer a la actualidad un debate que tuvo su momento álgido hace un siglo: la existencia de una civilización o cultura, desaparecida en torno al siglo V a.C. a la que los navegantes e historiadores griegos y romanos conocieron bajo el nombre de Tarteso. La adscripción a esta cultura de tintes míticos no es casual. El presunto espacio cultual en el que se encontraron, pese a presentar algunas importantes novedades, comparte características con otros espacios similares. La peculiaridad radica en su emplazamiento, mucho más al norte de del lugar en que la Historia había ubicado tradicionalmente a Tarteso.</p>



<p><strong>TARTESO ¿MITO O REALIDAD?</strong></p>



<p>La idea más compartida entre los historiadores es la de que, probablemente, Tarteso fuese originariamente una ciudad-estado rica en metales ubicada más allá del estrecho de Gibraltar, en algún lugar del triángulo formado por Cádiz, Huelva y Sevilla entre los siglos XI y VI a.C. El comienzo de este largo período carece de fuentes históricas fidedignas. Lo único que podemos afirmar con prudencia es que, tras la caída de la talasocracia micénica, diferentes pueblos se expandieron por el Mediterráneo buscando su propia hegemonía.</p>



<p>Son fuentes muy posteriores las que comienzan a hablar de ese Tarteso mítico. Herodoto nos cuenta la aventura de Kolaios de Samos, que llega hasta sus costas siguiendo las indicaciones de un marino naufragado, y que vuelve de allí con tanta riqueza, que deja una ofrenda contando su periplo en el templo de Hera; o las de los navegantes foceos, a quien el legendario rey Argantonio, también llamado el hombre de la Plata, ofrece tierras para que se instalen en su territorio huyendo de la amenaza persa, y a los que finalmente, entrega dinero para que amurallen su polis con el objeto de impedir la entrada al invasor. De alguna manera parecen relatos casi propagandísticos destinados a ensalzar las bondades de un territorio, pero ¿con que objetivo?</p>



<p>Sebastián Celestino, co-director de la excavación de casas del Turuñuelo tiene su propia hipótesis al respecto. El hecho de que la cultura helena sitúe las columnas de Hércules en el estrecho de Gibraltar y uno de los míticos trabajos del héroe en la península ibérica, como es el robo de los bueyes de Gerión, parece lanzar un interesante mensaje a los navegantes de las polis griegas: ese mar desconocido que se extiende al otro lado del Mediterráneo es también conquistable. Los semidioses griegos ya han estado allí, lo han habitado y lo han vencido. Celestino considera que, ante la innegable ventaja que los fenicios tienen como conocedores de los puertos peninsulares (Gadir, la actual Cádiz fue fundada por colonos de Tiro en torno al siglo X a. C.), y al hecho de que no solo hayan monopolizado la actividad comercial, sino que probablemente también puedan acceder desde la península a las rutas del preciado Estaño de las islas Casitérides, la función de la mitología en este momento es la ayudar a eliminar los presuntos monstruos que amenazaban las rutas de navegación desconocidas para impulsar el comercio con otros territorios. Las leyendas hablan de embarcaciones que vuelven de Tarteso con tanta riqueza que, cuando ya no pueden transportar más peso, mandan hacer sus anclas de plata para llevar aún más metales preciosos. Los escasos textos transmiten la idea un Tarteso tan idealizado, que <em>La Ora Marítima </em>de Avieno, escrita en el siglo IV d.C. siguiendo presuntamente una carta náutica fenicia continúa dando noticias de una ubicación que, para ese momento, lleva siglos desaparecida.</p>



<p><strong>TARTESO, UNA NUEVA TROYA</strong></p>



<p>No será hasta el siglo XV cuando la mítica civilización despierte la curiosidad de los investigadores, al menos desde un punto de vista filológico. <strong>Antonio de Nebrija </strong>es el primero en asociar el presunto topónimo de Tarteso a una isla que se habría formado entre los dos brazos de la desembocadura del Guadalquivir. El religioso <strong>Juan de Pineda </strong>asocia por primera vez Tarteso con la Tarsis bíblica, el lugar desde donde llegaban embarcaciones llenas de riquezas para que el rey Salomón construyera el templo de Jerusalén, dejando esa asociación de ideas establecida para siempre. La investigación internacional llega más tarde y ya no se conforma con analizar los textos escritos. En el siglo XIX, el pintor e hispanista francés <strong>George Edward Bonsor, </strong>establecido en Carmona en los años 80, comienza a excavar los poblados prerromanos del río Betis, y en los elementos hallados encuentra un patrón oriental, que asocia con la presencia fenicio-púnica en el sur de España. Bonsor acertó de pleno en cuanto a la influencia exógena en aquellos materiales que aparecían en el sur de la península ibérica y comenzó a interpretar Tarteso como una realidad cultural, pero siguió buscando una presunta capital, los restos de la mítica ciudad que se le resistía.</p>



<p>A esa búsqueda se sumó pronto el hispanista alemán <strong>Adolf Schulten</strong>. Probablemente espoleado por su éxito en Soria ubicando los campamentos romanos que sitiaron la ciudad de Numancia a través de la interpretación de fuentes filológicas clásicas, Schulten, admirador de Schliemann, intenta, como el descubridor de Troya, hallar la mítica Tarteso buceando en fuentes filológicas y rescatando textos clásicos como la <em>Ora Marítima </em>de Avieno, que el mismo traduciría en el año 1922. La próspera civilización borrada para siempre de la historia despierta su imaginación, por lo que a él le debemos la teoría que vincula Tarteso con la perdida Atlántida de la que habla Platón (Tartesos und Atlantis, 1927). Bonsor adopta la tesis de los Pueblos del Mar, en la que diferentes flotas, en torno al 1200 a.C. irrumpen en el Mediterráneo Oriental, conquistando territorios y cambiando el equilibrio de poder entre las civilizaciones que existían previamente. Para él, los <em>Tirsenoi</em>, procedentes de Lidia habrían dado lugar a los <em>tirrenoi </em>o etruscos en la península itálica y a los tartésicos en el sudoeste de la península ibérica. Éstos se habrían desarrollado a raíz de la colonización fenicia de la península, en torno al X a. C. y habrían alcanzado su momento culmen tras el contacto comercial con los diferentes pueblos griegos, en torno al siglo VIII a.C. antes de entrar en una rápida decadencia.</p>



<p><strong>José Ortega y Gasset </strong>apoya sus tesis mediante la traducción de su obra, vinculando la mítica civilización con las culturas del Egeo y especialmente con Creta. También <strong>Blas Infante</strong>, en 1915, tratando de diferenciar la identidad andaluza del resto de España expone en el Ideal Andaluz (1915) la idea de una procedencia griega. Schulten se asociará con George Bonsor para lanzarse a la búsqueda de la presunta ciudad de Tarteso en Doñana. Surge así el primer mapa del delta de Tarteso (hoy en la Hispanic Society of América), dibujado por Bonsor que explora el concepto de Golfo Tartésico -el que los romanos denominaron Lago Licustuno-. En esta “nueva geografía” que admite la existencia de un mar interior que debió colmatarse dando paso a las marismas de Doñana, tanto Sevilla como numerosas ciudades del Valle del Guadalquivir habrían tenido en el pasado un puerto de mar. Tarteso comienza a dejar de ser una ciudad para convertirse, presuntamente, en un territorio con diferentes núcleos comunicados entre sí. En el transcurso de sus excavaciones Bonsor llega a encontrar en la localidad de Carmona una serie de tumbas de reminiscencias fenicias, pero nadie las conecta con la idea de Tarteso, porque, impregnada del antisemitismo imperante en Europa en la década de los 40, la historia busca un origen indigenista de Tarteso, algo que, como mucho no tenga lazos con la presencia fenicia y cuyas influencias deberían ser idealmente griegas.</p>



<p><strong>EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA</strong></p>



<p>La ciudad perdida no aparece nunca, pero comienzan a surgir diferentes objetos de clara inspiración oriental, como el llamado Bronce Carriazo, el jarrón de La Zarza, o el jarro de Valdegamas, aunque ninguno de ellos puede vincularse con un yacimiento concreto pues aparecen asociados a excavaciones de urgencia, colecciones privadas o expolios. En Huelva, los especialistas <strong>Blanco Freijeiro </strong>y <strong>García y Bellido </strong>son los primeros en hablar de una cultura orientalizante en un momento en el que ya el país está más preparado para aludir a una ascendencia semita. El <strong>tesoro del Carambolo</strong>, descubierto en Sevilla de forma accidental en el año 1958 y conformado por piezas de oro macizo elaboradas mediante diferentes técnicas mezcla también elementos indigenistas y orientales. Tras esta evidencia, el simposio de Jerez de la de la Frontera, en el año 1968, supuso el punto de inflexión para abordar una búsqueda, ahora ya sí, desde el punto de vista arqueológico. Entre los años 60 y 80 se excavaron diferentes emplazamientos en Marqués de Saltillo, Carmona, Cerro Macareno, Setefilla, Mesas de Asta, Coria del Río o la necrópolis de la Joya, en Huelva, que aportaron valiosa información sobre la organización social, o los rituales de enterramiento. Surge una nueva tesis: la de que la llegada de los comerciantes fenicios, en torno al siglo IX, encontrase una gran receptividad por parte de los habitantes indígenas. Renace así la importancia de la colonización fenicia y comienza a analizarse su capacidad para influir en comunidades anteriores, teniendo en cuenta los procesos de aculturación y sincretismos que caracterizaban a este período. Los descubrimientos arqueológicos continuados aportaron nuevas claves que hicieron pensar que Tarteso era algo mucho más amplio y que es la influencia fenicia la que cambia el paradigma, generando una nueva jerarquía en las comunidades preexistentes y una nueva clase aristocrática, especialmente visible en las necrópolis. Pero esta ya no es la única versión. Desde hace dos décadas han surgido nuevas evidencias y modelos interpretativos que proponen un protagonismo compartido tanto por las poblaciones locales como por los colonos fenicios. De hecho, uno de los aspectos que había pasado desapercibido hasta este momento era la invisibilidad de los fenicios en las fuentes clásicas, ya que no serían considerados como tales sino por el lugar geográfico en el que se encontraban (mastienos, tartesios etc). La Tarteso de las crónicas griegos sería, por tanto, un área comprendida entre el peñón de Gibraltar y la desembocadura del Guadiana.</p>



<p>Tiro, en el actual Líbano, ejerció de metrópoli y Gadir, la actual Cádiz, con su santuario de Melkart se consagró como la prolongación del estado tirio en Iberia. La idea de santuarios dedicados a las deidades traídas de Oriente, como ocurre en El Carambolo, transmiten una intención de permanencia y funcionalidad. Los primeros colonizadores fenicios debieron encontrar en el Sur de Iberia unas sociedades como las del Bronce Final, con guerreros, pero sin ejércitos. Las respuestas a su llegada pudieron ser diversas y no cohesionadas y no puede descartarse que se utilizara mano de obra esclava en esta primera fase, sobre todo para tareas relacionadas con la extracción de metal. En una segunda fase se generalizaría esta interacción y habría una mayor mezcla y un probable incremento demográfico. La tercera fase sugiere ya un esplendor derivado de la connivencia entre las élites locales y los navegantes fenicios. En la actualidad los especialistas trabajan con varias ubicaciones. La primera, el triángulo agrícolaminero entre Cádiz, Sevilla y Huelva, sería el núcleo de Tarteso, el lugar donde, se instalaron los fenicios cuando llegaron a la península Ibérica. La segunda, la costa atlántica portuguesa, desde el cabo de San Vicente hasta el estuario del Tajo y la tercera, el Valle del Guadiana.</p>



<p><strong>AUGE, EXPANSIÓN Y CAÍDA DE TARTESO</strong></p>



<p>¿Cómo cambia la sociedad del suroeste de la península ibérica en esta época? Las aportaciones fenicias se integran perfectamente en la cultura indígena. La casa cuadrangular sustituye a la de planta redonda y genera un nuevo tipo de urbanismo. Llega la alfarería con el torno y en la orfebrería comienzan a integrarse nuevas técnicas orientales, como la filigrana, que permite el ahorro de oro. Los fenicios traen con ellos también el vidrio, y cultivos como el olivo y la vid. Aportan un alfabeto del que se han encontrado réplicas con peculiaridades locales, aunque aún no ha conseguido descifrarse y, por supuesto traen consigo armas y herramientas de labranza de hierro, lo que oficialmente supone el tránsito a esta nueva edad.</p>



<p>Sin que se conozcan muy bien los motivos, y en el transcurso de lo que los historiadores denominan la crisis de Tarteso, la cultura tartésica, probablemente perfectamente hibridada, se expande hacia el Norte, hacia la zona del Valle del Guadiana. En la década de los 70 del pasado siglo, en la zona de Extremadura comienzan a aparecer diferentes construcciones que sorpresivamente se identifican como tartésicas. Su nivel de conservación es espectacular, pues a diferencia de las principales ciudades, su ubicación en el campo y la manera en que se abandonaron las han preservado para la eternidad. La mayoría, como Cerro Borreguero o Cancho Roano, se corresponden con centros de poder político y religioso y nos permiten atisbar su relación con la religión y dioses del espectro fenicio como Baal o Astarté. Los diferentes estudios hablan de una economía basada en la minería y la agricultura y los restos hallados muestran una actividad comercial con Grecia y el Levante peninsular. Todos adoptan una estructura similar a la del Carambolo, que, a su vez, copia la planta del antiguo templo de Melkart que visitaron Aníbal o Julio Cesar. Pero hay algo más. Una peculiaridad en el modo en que fueron abandonados.</p>



<p>El yacimiento de <strong>Cancho Roano</strong>, en la localidad de Zalamea de la Serena fue el primero en que se observó una intencionalidad que las excavaciones en <strong>Casas del Turuñuelo </strong>parecen corroborar. El edificio se cerró de forma ritual en el siglo V a. C. y fue completamente tapado, lo que ha permitido que se haya conservado intacto hasta ahora, completamente enterrado bajo un túmulo, a la espera de que, como sucedió, alguien diera con él. ¿Por qué se abandonó, de forma aparentemente voluntaria, al igual que en algunos otros yacimientos, en el mismo momento? Se desconocen aún los motivos. Los historiadores han aceptado ya que en el siglo V a.C. se produce una gran crisis que tiene su raíz en el Mediterráneo y que culmina con la desaparición de Tarteso. Pudo tener varias causas: económica, como consecuencia de la explotación minera; bélica, con la amenaza de los celtas desde el Norte; comercial, tras el enfrentamiento entre Cartago y Grecia y el nuevo dominio del Mediterráneo por parte de los primeros; climatológica, con temporadas de sequías y malas cosechas, o geológicas con la aparición de terremotos y tsunamis periódicos como el que afectaría a Lisboa mucho más tarde, en el siglo XVIII. Las investigaciones geológicas y sobre paleopaisaje permiten conocer muchos detalles que antes no se tenían en cuenta y que complementan la investigación arqueológica. En cualquier caso, quizá no por casualidad, la abrupta desaparición de Tarteso coincide con la formación de los llamados pueblos prerromanos y con la culminación de la cultura ibérica en el levante peninsular. Casas del Turuñuelo, el lugar donde hace apenas dos años aparecieron los primeros relieves antropomorfos que se identifican en una cultura hasta ahora anicónica, está aportando una información sorprendente. Caminar por sus estancias es pasear por uno de los más grandes y recientes enigmas de la Historia Antigua. Su habitación principal, albergó, en algún momento del siglo V a. C. un gran banquete. Luego, los restos, junto a la vajilla empleada fueron enterrados y, en su patio, se produjo una auténtica hecatombe, el sacrificio de un importante número de animales entre los que destacan 23 caballos perfectamente colocados en una suerte de teatralización. Y todo ello antes de proceder a la quema y el enterramiento posterior de todo el complejo. No hay señales de batalla. Simplemente fueron abandonados y enterrados. Ahora solo nos quedan las preguntas. ¿Quién participó del ritual? ¿Qué miembros de la comunidad trabajaron en el cierre del yacimiento? ¿Por qué y a quién sacrificaron bienes tan preciados? ¿A dónde fueron sus habitantes? ¿Derivarían en lo que las fuentes cartaginesas y romanas llamarán posteriormente turdetanos? Quizá esos rostros misteriosos conservados en piedra tengan algunas de las respuestas que nos faltan.</p>



<p><br><br><em>* Periodista y escritora, autora, entre otros libros, de “Espejismo, viaje al Oriente desaparecido”, “El último árbol del paraíso”, “Búscame donde nacen los dragos” y “La luna sobre Roma”. Colaboradora de National Geographic y miembro del Consejo de Redacción de la SGE.</em></p>
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		<title>Entrevista a José Manuel Galán</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/entrevista-jose-manuel-galan/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Feb 2023 16:27:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 73]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>“La tumba de Djehuty es un monumento a las letras escritas”</strong></p>



<p>Boletín 73 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>25 años explorando el mundo<br><br>Doctor en Egiptología, Científico Titular del CSIC, responsable de varios de los más importantes descubrimientos&nbsp; realizados en Egipto en los últimos años, premio nacional de investigación de la SGE en 2006, José Manuel Galán Allué dirige el Proyecto Djehuty en Luxor, cuyos principales resultados, entre ellos el único jardín funerario excavado hasta hoy, se abrirán&nbsp; al público en febrero de 2023.</p>



<p>El próximo 9 de febrero los viajeros que acudan a la ciudad egipcia de Luxor podrán&nbsp; convertirse en los primeros&nbsp; visitantes de un conjunto monumental de gran belleza de 3500 años de antigüedad&nbsp; estudiado,&nbsp; excavado y restaurado desde&nbsp; el año 2000 por un equipo&nbsp; español. Ese día se abrirán&nbsp; al público por primera&nbsp; vez las tumbas de Djehuty&nbsp; y Hery situadas en el macizo rocoso que se eleva en la orilla occidental del valle del Nilo, al pie de una colina que se conoce hoy con el nombre de Dra Abu el-Naga. justo enfrente&nbsp; del templo de Karnak situado en la ciudad al otro lado del río. Son dos monumentos funerarios adorna- dos con preciosos relieves y con un extraordinario&nbsp; valor histórico para conocer detalles de la corte cuando Egipto se convirtió en un gran imperio.</p>



<p>El grupo de españoles que durante&nbsp; 22 años ha realizado las excavaciones y restauraciones&nbsp; de estos monumentos arqueológicos ha estado dirigido por el madrileño José Manuel Galán, de 59 años, profesor de Investigación en el Centro de Ciencias Humanas&nbsp; y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Cien- tíficas (CSIC). Fue distinguido por su labor como premio nacional de Investigación de la Sociedad Geográfica Española (SGE) en 2006. Le gustaron tanto los fines de esta sociedad que se fue involucrando poco a poco en ella de tal modo que durante&nbsp; ocho años ha sido miembro de su junta directiva.<br><br></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p><strong>“EL VISITANTE PODRÁ APRECIAR CÓMO ERA UNA NECRÓPOLIS&nbsp; EN EL AÑO 1600 A.C. Y LUEGO&nbsp; VISITAR LAS TUMBAS&nbsp; DE HERY Y DJEHUTY”</strong></p>



<p><strong>SGE.</strong> ¿En qué consiste el conjunto arqueológico que se abrirá al público?</p>



<p><strong>J.M. GALÁN.</strong> Se trata de las tumbas de dos altos funcionarios egipcios que, curiosamente, prestaron sus servicios a dos mujeres. Hery, que vivió en torno al 1520 a.C., fue supervisor del doble granero de la esposa y madre del rey Ahhotep, y Djehuty sirvió como supervisor del tesoro y de los trabajos de la reina Hatshepsut hacia al año 1470 a.C. Las tumbas que hemos excavado, restaurado y acondicionado para las visitas del público penetran 17 metros en la montaña y están decoradas con relieves, lo que permite&nbsp; que las visitas en el futuro sean sostenibles en el tiempo, porque las pinturas son las más perjudicadas&nbsp; por la presencia de visitantes en las tumbas. Hemos trazado además un camino y abierto una pequeña&nbsp; plataforma desde la que se puede observar todo el yacimiento. Desde ella se pueden&nbsp; ver las capillas de adobe y los pozos funerarios de la dinastía XVII, de alrededor&nbsp; del año 1600 a.C., e incluso la réplica del jardín que encontramos en 2017, hecho de barro y adobe, del que hemos realizado una réplica con la empresa Factum&nbsp; Arte y la hemos instalado encima del original. Y el jardín original, que es muy frágil, lo hemos cubierto con una plataforma de metal y unas planchas aislantes. Sobre esas planchas hemos colocado la réplica que hicimos en Madrid exactamente igual que el original. El visitante podrá apreciar cómo era la necrópolis en el año 1600 a.C. con las capillas de adobe, los pozos y el jardín funerario para luego pasar a visitar las tumbas de Hery y Djehuty.</p>



<p>Lo bueno&nbsp; de nuestro&nbsp; yacimiento es que nos permite&nbsp; seguir la evolución de có- mo eran las tumbas en Tebas desde el año 2000 a.C. hasta el año 1500 o 1470 a.C., algo que no se puede&nbsp; ver en Luxor. Las tumbas en Luxor son como islas, no se ve la relación de una con otra ni lo que hay alrededor&nbsp; de ellas. Nosotros hemos sacado a la luz parte del paisaje funerario&nbsp; de la necrópolis, lo que también resulta muy atractivo para el visitante.</p>
</div>
</div>



<p><br><br><strong>“UNO ENTRA EN LA TUMBA DE DJEHUTY, SUPERVISOR DEL TESORO  DE LA REINA HATSHEPSUT, Y TIENE  LA SENSACIÓN DE QUE ESTÁ EN EL MUSEO DE BERLÍN”</strong></p>



<p><strong>P.</strong> ¿Qué es lo más espectacular</p>



<p><strong>R.</strong> Las tumbas que ahora se abren al público son peculiares y muy interesantes,&nbsp; ca- da una por razones distintas. La tumba de Hery, supervisor del doble granero de la madre del rey y esposa del rey Ahhotep, es una de las pocas tumbas decoradas de comienzos de la dinastía XVIII, del año 1520 a.C., cuando Tebas se convierte en la ca- pital de Alto y del Bajo Egipto y empieza a extender su influencia por Siria, Palestina y Nubia. La de Hery es una de las primeras tumbas, si no la primera, que se conserva decorada. El estilo de sus relieves recuerda&nbsp; mucho a la época anterior en que se decoraban las tumbas con el estilo de la época clásica, la dinastía XII, de 500 años antes. En cuanto a la tumba de Djehuty, supervisor del tesoro y de los trabajos de la reina Hatshepsut, es más grande y tiene dos inscripciones biográficas en las que Djehuty cuenta y enumera&nbsp; los trabajos que realizó para la reina en Tebas. Por ejemplo, confiesa que fue él quien cubrió con electro (una aleación de plata y oro de color ámbar) los obeliscos que la reina levantó en el templo de Karnak y también nos dice que él cubrió con oro la barca sagrada de Amón. Estas inscripciones nos informan también de las principales obras del reinado de Hatshepsut. Otra particularidad interesante es que Djehuty convirtió su tumba en un monumento a las letras escritas. Quería seguramente demostrar&nbsp; a sus contemporáneos y a los visitantes del futuro que dominaba el arte de conjugar la escritura con la arquitectura. Desde la fachada hasta la cámara sepulcral, su tumba está pensada para demostrar&nbsp; sus capacidades como escriba que era, lo que la hace muy peculiar y distinta a otras tumbas que a lo mejor son más visuales, más figurativas. Sus relieves se conservan bastante&nbsp; bien y como su techo original se hundió, hemos cubierto esa parte y le hemos puesto una malla metálica con unos leds en el marco que iluminan las paredes desde arriba. Esta iluminación cenital resalta extraordinariamente los volúmenes de los relieves. Se trata de algo original que otras tumbas no pueden hacer por estar decorados los techos. Uno entra en la tumba de Djehuty y tiene la sensación de que está en el museo de Berlín.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p><strong>P.</strong> Veintitrés años de excavación han debido exigir&nbsp; muchos&nbsp; metros&nbsp; cúbi- cos de tierra&nbsp; movidos, muchos&nbsp; trabajadores, un muy numeroso y varia- do equipo de especialistas…</p>



<p><strong>R.</strong> Cuando llegamos al yacimiento sólo se veía la entrada&nbsp; a la tumba de Djehuty, en una hondonada&nbsp; que, por su proximidad al poblado de Dra Abu el-Naga, se había convertido en un vertedero.&nbsp; Ahora hemos sacado a la luz no sólo las entradas a las tumbas de Hery y su vecino Djehuty sino otras tumbas que están alojadas con estas dos. En 2006 el gobierno&nbsp; egipcio, a través del gobernador de Luxor, con la colaboración del Ministerio&nbsp; de Antigüedades,&nbsp; derribaron&nbsp; el poblado de Dra Abu el-Naga porque&nbsp; no reunía las mínimas condiciones de salubridad. A cada familia le dieron una o dos casas en el pueblo de New Qurna. Nosotros aprovechamos la ocasión para ofrecernos&nbsp; a limpiar parte del poblado a cambio de extender&nbsp; nuestro&nbsp; yacimiento hacia el sur. Se nos concedió la ampliación y lo que hemos estado excavando desde&nbsp; 2011 hasta ahora es lo que estaba debajo del poblado de Dra Abu el-Naga. Todas las capillas de adobe y los pozos funerarios&nbsp; de la familia real y los altos dignatarios de la dinastía XVII se encontraban debajo de las casas modernas.&nbsp; Paradójicamente las casas modernas&nbsp; no solo no habían destruido&nbsp; las capillas de adobe, sino que, al estar construidas encima, las habían protegido. No sé muy bien cuantas toneladas de metros cúbicos hemos retirado,&nbsp; pero muchas, muchísimas. Cada año contratábamos entre&nbsp; 100 y 140 trabajadores&nbsp; egipcios y cada año viajamos entre&nbsp; 25 y 30 personas del equipo técnico.</p>
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<p>Nuestra&nbsp; excavación, como todas las excavaciones arqueológicas,&nbsp; es como un laboratorio en el que colaboran representantes de diversas disciplinas, no sólo arqueólogos, antropólogos físicos y los paleopatólogos que estudian las momias, sino también&nbsp; restauradores, fotógrafos, dibujantes,&nbsp; arquitectos,&nbsp; geólogos, entomólogos que estudian&nbsp; los insectos que viven y anidan en los sudarios de las momias… Los arqueobotánicos, por ejemplo,&nbsp; en nuestro&nbsp; caso han estudiado las semillas y las plantas que se cultivaron hace cuatro mil años en el jardín que descubrimos&nbsp; en 2017 o que aparecieron&nbsp; en los restos de cerámica encontrados en el yacimiento.</p>



<p>Como encontramos&nbsp; tantísimas, miles, de momias de animales, miles de ibis y halcones, y también&nbsp; de serpientes&nbsp; y de musarañas,&nbsp; en el equipo&nbsp; incluimos arqueólogos especialistas en momias de animales. Intervinieron también&nbsp; especialistas en maderas y en polen fósil que nos informa de las plantas que crecían hace 4000 años, cultivadas o de forma espontánea,&nbsp; en el valle del Nilo en el Antiguo Egipto. La arqueología es una especialidad&nbsp; multidisciplinar&nbsp; en la que en algún momento&nbsp; pueden&nbsp; intervenir&nbsp; representantes de cualquier campo de la Ciencia y la Tecnología.</p>



<p><br><br><strong>“HEMOS&nbsp; ENCONTRADO NO SOLO TUMBAS Y MOMIAS SINO TAMBIÉN JARDINES Y LASCAS DE PIEDRA&nbsp; CON LOS BOCETOS DE LAS PINTURAS”</strong></p>



<p><strong>P.</strong> En el yacimiento del&nbsp; Proyecto Djehuty que&nbsp; habéis&nbsp; explorado ¿pue- den aparecer en un futuro&nbsp; próximo&nbsp; monumentos tan interesantes como las tumbas&nbsp; que se van a abrir al público&nbsp; en febrero?</p>



<p><strong>R.</strong> En Dra Abu el-Naga todavía queda mucho para sacar a la luz. De hecho, nosotros hemos entrado&nbsp; en dos tumbas de la dinastía XII, del año 2000 a.C., a través de agujeros de ladrones y las hemos escaneado, pero la entrada aún no se ve. Por fuera no se ve absolutamente nada. Pero por lo menos tenemos localizadas dos grandes tumbas que probablemente cuenten&nbsp; también&nbsp; con un jardín delantero como el que encontramos&nbsp; en 2017. Lo bueno de nuestro yacimiento es que encontramos&nbsp; no sólo tumbas y momias sino también&nbsp; jardines, ramos de flores, pizarrines de escuela, el basurero&nbsp; de los obreros&nbsp; y artistas que construyeron&nbsp; y decoraron&nbsp; las tumbas y tenemos las cerámicas con el mortero,&nbsp; con el pigmento empleado,&nbsp; y, algo muy inusual, lascas de piedras calizas con los bocetos de las pinturas que luego los artistas realizaron en las paredes.&nbsp; Seguro que hay mucho por descubrir,&nbsp; el problema&nbsp; no es la materia, en el proyecto Djehuty&nbsp; hay trabajo por los menos para los próximos 50 años. El problema&nbsp; es la financiación. A pesar lo valioso de lo descubierto,&nbsp; cada vez es más difícil conseguir financiación y de ella depende&nbsp; el futuro.</p>



<p><strong>P.</strong> ¿Cómo llegaste a convertirte en egiptólogo?</p>



<p><strong>R.</strong> Me licencié en Historia Antigua en la Universidad&nbsp; Complutense de Madrid y como en España no había una especialidad dedicada a la Egiptología me marché a hacer el doctorado&nbsp; en los Estados Unidos. Por suerte me dio una beca la Universidad John Hopkins de Baltimore donde hice el doctorado. Más tarde estudié un año en Alemania en Tubinga con una beca Humboldt y luego regresé a Madrid, donde me incorporé al CSIC.<br></p>



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<p><strong>“LA EGIPTOLOGÍA ESPAÑOLA HA CONSEGUIDO HACERSE UN HUECO MUNDIAL, PERO&nbsp; NI HAY RESPALDO&nbsp; INSTITUCIONAL NI FINANCIACIÓN SUFICIENTES”</strong></p>



<p><strong>P.</strong> ¿Cómo&nbsp; está&nbsp; en estos&nbsp; momentos la Egiptología en España&nbsp; y cómo&nbsp; están valorados&nbsp; los egiptólogos españoles en el mundo?</p>



<p><strong>R.</strong> En España&nbsp; no hay tradición&nbsp; egiptológica. En el pasado hubo varios intentos para impulsar la Egiptología entre&nbsp; nosotros, como cuando Howard&nbsp; Carter visitó Madrid invitado por el duque&nbsp; de Alba después&nbsp; de descubrir&nbsp; la tumba de Tutankamón&nbsp; o cuando se trajo a España&nbsp; el templo de Debod,&nbsp; pero siempre de forma infructuosa. Hoy en día, aunque&nbsp; hay Egiptología en varias universidades españolas los planes de estudio son tan generales que hacen difícil implantar un programa serio en esta especialidad. Hay Egiptología en Sevilla, en La Laguna, en Alcalá de Henares,&nbsp; en Barcelona… Yo suelo decir que los egiptólogos españoles actuales son como los salmones, que nadan contra corriente.&nbsp; Es un milagro que en estos momentos España tenga 12 misiones arqueológicas en Egipto, desde la de Saqqara en el norte, Oxirrinco y Heracreópolis&nbsp; en el Egipto Medio, en Luxor hay varias y también&nbsp; en Asuán… Es verdad que la Egiptología española ha conseguido hacerse un hueco en la Egiptología mundial gracias a estas excavaciones, todas ellas interesantes y exitosas, pero ni hay respaldo&nbsp; institucional ni financiación suficientes. Habrá que ver si este éxito conseguido por la Egiptología española en el yacimiento de Djehuty&nbsp; acaba siendo un espejismo o se consolida. En el CSIC estamos tres egiptólogos y todo se ha sembrado&nbsp; bien, pero hay que seguir regando. En general, el problema&nbsp; de la Ciencia en España es la falta de constancia. Se hacen grandes esfuerzos, grandes inversiones y de repente&nbsp; se echa a perder&nbsp; todo por la falta de continuidad,&nbsp; por la falta de una política científica real.</p>
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<p><strong>P.</strong> ¿Cuál es el futuro&nbsp; del&nbsp; Proyecto Djehuty? Además&nbsp; de&nbsp; la apertura&nbsp; al público&nbsp; de las tumbas&nbsp; ¿qué planes&nbsp; tenéis para el año que viene?</p>



<p><strong>R.</strong> Pues vamos a ver… Nuestra primera campaña de excavación se inició en 2002, por tanto, la campaña de 2023 será nuestra campaña número&nbsp; 22, que ya es una hazaña en sí misma, una hazaña desde el punto de vista de la financiación. La Egiptología de por sí es cara y ha sido muy difícil encontrar&nbsp; patrocinadores&nbsp; y subvenciones para poder ir tirando durante&nbsp; 22 años. De hecho, este año vamos a hacer por tercera vez un crowdfunding porque no tenemos suficiente dinero para ir a excavar. Es un poco triste, sobre todo este año, el de la apertura de las tumbas, cuando vamos a sacar el tercer documental&nbsp; en Televisión Española, titulado “His- toria de una necrópolis”, que no tengamos dinero siquiera para ir… Pero bueno, se conseguirá. Gracias a Técnicas Reunidas y a la Fundación&nbsp; Palarq, y gracias a todos los mecenas que han contribuido&nbsp; en el crowdfunding,&nbsp; iremos a excavar en enero de 2023 con las mismas ilusiones que en la primera campaña. Nos esperan cuatro pozos funerarios de la dinastía XVII, ca.1600 a. C., que es seguro que nos darán alguna sorpresa. Todos los que hemos excavado hasta la fecha fueron sa- queados en la antigüedad,&nbsp; pero los ladrones actuaban&nbsp; siempre con prisas y con mala luz, por lo que siempre se dejaban objetos interesantes que nos hablan de los individuos allí enterrados</p>



<p>Pero lo más importante y emocionante&nbsp; será terminar&nbsp; de documentar y restaurar las tumbas de Djehuty&nbsp; y de Hery, iluminarlas con paneles solares y abrirlas al pú- blico. Es un forma de ofrecer a todos el fruto de nuestro trabajo, de devolver a la sociedad, la menos en parte, la ayuda económica recibida durante todos estos años. Con ello esperamos, además, haber contribuido un poco a estrechar los lazos entre España y Egipto a través de la cultura, el arte y la investigación científica.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/entrevista-jose-manuel-galan/">Entrevista a José Manuel Galán</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Ciudades españolas de Hispanoamérica. El modelo que conquistó a medio mundo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ciudades-espanolas-de-hispanoamerica/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Jul 2020 10:24:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 66]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 66 &#8211; Sociedad Geográfica Española La ciudad. Las ciudades. No sólo es digna de señalar la velocidad con que fueron puestas en pie por los españoles [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ciudades-espanolas-de-hispanoamerica/">Ciudades españolas de Hispanoamérica. El modelo que conquistó a medio mundo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Pedro Páramo<br></strong></p>



<p>Boletín 66 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La ciudad. Las ciudades.<br><br><strong>No sólo es digna de señalar la velocidad con que fueron puestas en pie por los españoles las primeras ciudades a lo largo de América del Sur, que también cuenta. Pero lo más destacable, lo más excepcional para su época, es la eficacia y funcionalidad de un modelo urbanístico conocido como <em>la traza</em>, basado en la elección del lugar y en una malla reticular, un trazado inspirado en los campamentos militares de los griegos y romanos de la Antigüedad, y especificado en las instrucciones dadas por el rey Fernando el Católico en 1513.</strong></p>



<p>En los primeros años del siglo XIX el barón alemán Alexander Von Humbolt escribió sobre la capital del reino de Nueva España: <em>“México debe contarse,</em><em> sin duda alguna, entre las más hermosas ciudades que los europeos han fundado en ambos hemisferios. A excepción de Petersburgo, Berlín, Filadelfia y algunos barrios de Westminster, apenas existe una ciudad de aquella extensión que pueda compararse con la capital de Nueva España, por el nivel uniforme del suelo, por la regularidad y anchura de las calles y por lo grandioso de las plazas públicas”</em>. En uno de los estudios publicados en el siglo XIX sobre el gobierno de España acerca de los territorios americanos, el historiador jesuita madrileño Ricardo Cappa dice de Lima: <em>“Yo me atrevería a decir que, fuera de Cádiz, no</em><em> había en el mundo ciudad más bella en el año 1600 que la capital de nuestro </em><em>virreinato peruano”</em>. De toda la historia de la civilización española de los territorios de ultramar, la fundación, y el rápido y ordenado desarrollo de las ciudades coloniales, constituyen los episodios más sólidos, e invulnerables ante las falsedades y exageraciones de la llamada Leyenda Negra. En la actualidad, todavía su modelo urbanístico se aplica en todo el mundo en nuevas fundaciones y en la ampliación de antiguas ciudades. Sus cualidades son objeto de estudio desde hace siglos y concitan la admiración y el elogio de especialistas y viajeros. La regularidad del trazado y los firmes y hermosos edificios de las ciudades hispanoamericanas atraen hoy a numerosos turistas. De las 43 ciudades de toda América que gozan del título de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, 31 fueron levantadas por españoles.</p>



<p><strong>EL OBJETIVO FUE POBLAR LOS TERRITORIOS Y QUEDARSE EN</strong><strong> AQUELLAS TIERRAS</strong></p>



<p>En 1502, diez años después de la llegada de Cristóbal Colón, cuando Nicolás de Ovando llegó a la Española como gobernador de los territorios americanos descubiertos y por descubrir, ya se habían fundado en la isla ocho poblaciones que acogían a un total de 12.000 habitantes españoles. En 1500 se habían levantado dos poblaciones en la actual Venezuela, Nuevo Cádiz y Santa Cruz, hoy desaparecidas. En sólo dos años, los primeros pobladores españoles de Cuba fundaron ocho ciudades en la isla que aún conservan su nombre, con la excepción de Santa María del Puerto del Príncipe, que conocemos como Camagüey. Un siglo después de la llegada Colón, capitales americanas como Santo Domingo, La Habana, México, Bogotá, Lima, Quito o Buenos Aires ya estaban en pie, y algunas podían compararse con ventaja sobre muchas ciudades españolas y europeas por la anchura de sus calles y plazas, y grandes edificios como palacios, colegios y templos. La primera ciudad hispanoamericana fue Santo Domingo (1498), destruida por un huracán y reconstruida por Ovando en 1506 en un lugar cercano, con murallas y sólidos edificios de piedra, siguiendo las instrucciones recibidas del rey Fernando el Católico. Las normas reales exigían el trazado de calles rectas y manzanas cuadradas o rectangulares que se entrecruzaban, y fijaban además la ubicación de edificios públicos para la administración y la oración y la construcción de hospitales y escuelas. Ovando no logró en Santo Domingo una retícula perfecta; las calles, rectas, no eran del todo paralelas, pero fue el primer ensayo en las tierras recién descubiertas del modelo urbanístico, conocido como <em>la traza</em>, que caracterizará a las ciudades americanas fundadas por españoles. Este modelo sencillo y práctico de fundación, que se aplicó rápidamente en las ciudades del Caribe, se trasplantó luego a los nuevos territorios conquistados y explorados en el continente. Hacia 1550 ya se habían levantado más de 200 poblaciones españolas repartidas por América del Norte, Centroamérica y América del Sur, unas bañadas por el Atlántico o el Pacífico recién descubierto, y otras encaramadas entre los 2.000 y los 4.000 metros de altitud en los altiplanos continentales. Y todas con la marcada personalidad urbanística del trazado reticular.<br><br><strong>LA FUNCIONALIDAD Y EL ÉXITO DEL TRAZADO RETICULAR</strong></p>



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<p>Algunos estudiosos del urbanismo sitúan el origen de este patrón simple y eficaz para fundar nuevas poblaciones con rapidez y comodidad, en los campamentos militares de griegos y romanos de la antigüedad. Así se ensayó en España a finales del siglo XV y se consolidó al ordenar las ciudades en las islas Canarias recién conquistadas. El propio rey Fernando tuvo la oportunidad de comprobar personalmente las bondades de este modelo en la ciudad de Santa Fe durante la conquista de &nbsp;Granada. Según este esquema, lo primero que tenían que considerar los fundadores de una villa era elegir bien el lugar. En las instrucciones que en 1513 dio Fernando el Católico a Pedrarias Dávila en 1513, al nombrarle capitán general y gobernador de Tierra Firme, el rey exigía claramente que las tierras <em>“sean de buenas aguas y de buenos ayres y cerca de montes y de buena tierra de labrança, y destas cossas las que mas pudiesen tener”</em>. La elección no siempre era fácil: Guadalajara, la capital mexicana de Jalisco, por ejemplo, está donde la conocemos después del fracaso de tres intentos anteriores en otros lugares. Las primitivas ordenanzas de Fernando el Católico fueron luego ampliadas y ajustadas a los nuevos tiempos por disposiciones del emperador Carlos V en 1523. Más tarde, Felipe II, en sus Ordenanzas sobre Descubrimientos Nuevos y Poblaciones de 1573, establece definitivamente que <em>“llegando al lugar donde se ha de hazer la población, el qual mandamos que sea de los que estuvieren vacantes, y que por disposición nuestra se puede tomar sin perjuyzio de los indios y naturales, o con su libre consentimiento se haga la planta del lugar repartiéndola por sus plaças calles y solares a cordel y regla, començando desde la plaça mayor, y desde allí sacando las calles a las puertas y caminos principales”</em>. El diseño debía partir de la plaza de principal, cuadrangular, con lados dos veces más largos que los de las manzanas como mínimo, en la que deberían construirse los edificios destinados a los poderes civil y religioso que impulsaban la colonización. Estas grandes plazas centrales estaban pensadas para acoger en ellas las concentraciones de vecinos, como los mercados, los festejos, las procesiones, los alardes o las corridas de toros.<br><br>Al cabo de cuatrocientos años muchas de las hermosas plazas españolas repartidas por América, como la del Zócalo en México, la Plaza de Armas de Lima, la Plaza de Bolívar de Bogotá, siguen siendo el centro animado de la vida ciudadana, flanqueado por monumentales palacios presidenciales y sedes municipales junto a impresionantes catedrales. Según este patrón, de los cuatro vértices de la plaza y del centro de los laterales salen calles rectas con las que se deben alinear las otras en paralelo, formando un ángulo recto con las que se cruzan, para crear la malla reticular que caracteriza el urbanismo hispanoamericano. El tamaño de las cuadras y manzanas los establecían los fundadores en función de las características del terreno. Así, por ejemplo, los lados de las manzanas de Lima se fijaron en 450 pies, en 400 pies en Arequipa y en 380 en Bogotá. El modelo reticular permitía abrir en la traza plazas más pequeñas de cuatro lados y facilitaba las ampliaciones, obligadas a prolongar las calles de la retícula original. Seguían también este mismo patrón los barrios de indios aledaños a las ciudades que se realizaron en los primeros años de la conquista.</p>
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<p><strong>UNA PLANIFICACIÓN URBANA PENSADA PARA EL FUTURO</strong></p>



<p>Al estudiar la presencia de los españoles en América llama la atención la confianza de los conquistadores en la trascendencia de las poblaciones que fundaban y su fe en el futuro que les aguardaba. El historiador jesuita Bernabé Cobo (1582- 1657), en su <em>“Historia de la fundación de Lima”</em>, nos cuenta que Francisco Pizarro <em>“teniendo atención, no al pequeño número de vecinos con que la fundaba,</em><em> que no llegaban a ciento, sino a la grandeza que se prometía había de llegar con el tiempo, tomó un espacioso sitio y lo repartió a manera de casas de ajedrez, en 117 islas, que por ser cuadradas las llamamos comúnmente cuadras… sacó las calles derechas á cordel, todas iguales, de 40 pies de ancho cada una”</em>. La fundación de las ciudades representaba también el inicio de la civilización del territorio, toda vez que se creaban cuando las guerras de conquista se daban por terminadas y se confiaba la pacificación a la acción de los misioneros. Otra prueba de la seguridad y confianza de los conquistadores en sus fundaciones es que las ciudades españolas en América carecen de murallas, elemento defensivo que todavía entonces se construía en pueblos y capitales de Europa. La excepción en tierra adentro es Quito, que había sido amurallada por los conquistadores incas. Sólo se fortificaron las ciudades costeras, como Veracruz, Cartagena de Indias o Manila, que conservaban también intramuros el patrón urbanístico de América, y no para defenderlas de los indígenas sino para protegerlas de los ataques de los europeos.</p>



<p>La defensa de la ciudad americana quedaba encomendada a sus habitantes. En 1524, tres años después de la conquista de Tenochtitlán, Hernán Cortés obligó a que cada vecino tuviera en su casa una lanza, una espada, un puñal, una rodela y un casquete o celada, así como cuantas armas defensivas pudiera acumular. Los alcaldes de las poblaciones del reino de Nueva España estaban obligados a convocar cada cuatro meses un alarde en la plaza principal y a multar a los vecinos que no concurriesen con todas las armas.</p>



<p><strong>INFRAESTRUCTURAS AVANZADAS PARA LOS VECINOS</strong></p>



<p>Las ciudades de nueva planta exigían instalaciones imprescindibles para el desarrollo de la vida ciudadana, como el suministro de aguas y desagües, que garantizaran la salubridad de la población. Los ingenieros fundadores españoles de aquellos tiempos, que tan bien distribuyeron las calles y las plazas, realizaron extraordinarias obras de infraestructura en lugares insólitos, que todavía hoy causan admiración entre los urbanistas. Para el abastecimiento de la ciudad minera Imperial de Potosí, Bolivia, a 4.060 metros de altitud, por ejemplo, se construyó un río artificial, La Ribera, que acogía el agua de 27 presas y atravesaba la ciudad.</p>



<p>En la ciudad de Querétaro, México, se exhibe como un atractivo turístico el acueducto español, de 1.280 metros de largo y casi 29 metros de altura. La leyenda dice que lo mandó construir en 1726 el marqués de la Villa de Villar del Águila, para llevar el agua hasta el convento de una monja de la que estaba enamorado. Sea como fuere, lo cierto es que suministraba a la ciudad 26 litros de agua potable por segundo y es hoy el símbolo de esta población, como lo es para Segovia su acueducto romano. En la avenida de Chapultepec de México D.F. aún se mantienen algunos de los arcos del acueducto construido por los españoles a finales del siglo XVI por encima del curso de la conducción subterránea azteca que servía a Tenochtitlan. Pero las más grandes infraestructuras urbanas de los españoles en América fueron las destinadas a proporcionar un desagüe a la ciudad de México. La capital fue fundada por Hernán Cortés en el fondo de un valle sin salida en el que las aguas de sus montañas volcánicas, coronadas por nieves perpetuas, alimentaban los lagos que cercaban la ciudad azteca, y por esta situación se veía arrasada por intermitentes inundaciones que causaban muertes, destrucción, emigración y parálisis económica. Cortés primero, y luego alguno de los virreyes sucesores, llegaron incluso a plantearse cambiar la ciudad de lugar. Las obras emprendidas a mediados del siglo XVI para arrojar las aguas al Atlántico a través de la cuenca del río Tula aliviaron la situación de la ciudad al cabo de décadas de labores intermitentes, pero no lograron plenamente su objetivo. En algunos momentos se emplearon en la ejecución de distintas soluciones hasta medio millón de trabajadores, en lo que algunos han considerado la mayor obra hidráulica realizada en América hasta la construcción del canal de Panamá. La solución definitiva al desagüe del valle de México tuvo que esperar al siglo XX.</p>



<p><strong>EDIFICACIONES SÓLIDAS, ADAPTADAS AL ENTORNO Y AL CLIMA</strong></p>



<p>A los orígenes de las poblaciones españolas en el Nuevo Mundo no siguió una larga era de sencillez colonial, como en las posesiones de otros países en la América del Norte. Entre los pueblos sometidos a los imperios incaico y azteca los españoles encontraron excelentes maestros canteros acostumbrados a labrar las piedras del lugar, como el ligero tezontle de las iglesias y palacios de México y los duros granitos de Cuzco, y muy pronto las primeras casas de madera, cañas y barro fueron reemplazadas por sólidas construcciones de piedra. Estas casas seguían el modelo andaluz: de dos pisos, gran portada, con un amplio zaguán, la cocina, una sala que da a un patio que aporta frescor a toda la casa, y en la planta superior las habitaciones y un balcón espacioso. Las condiciones climáticas impusieron en muchos casos elementos medievales, como los corredores de las plantas altas sobre los típicos soportales que protegen a los viandantes del abrasador sol y de los diluvios propios de los trópicos. Pronto en aquellas primeras plazas y calles trazadas a cordel se levantaron magníficos templos, conventos y palacios, que competían con los de Europa en belleza, y tan sólidos que muchos aún permanecen en pie tras superar frecuentes terremotos e inundaciones.</p>



<p><strong>UNA ARQUITECTURA DE ALTA CALIDAD Y GRAN BELLEZA EN TODOS LOS ESTILOS ARTÍSTICOS</strong></p>



<p>En las ciudades de la América española se puede seguir la evolución cronológica de los movimientos arquitectónicos como si se tratara de cualquiera de los países europeos. El gótico tardío luce en algunos edificios de Santo Domingo; el plateresco americano más refinado tiene una de sus joyas más notables en el convento agustino de Acolman, México, levantado en 1536, quince años después de la conquista. El mudéjar también dejó espléndidas muestras en América el siglo XVI, como la torre mudéjar de Cali, Colombia, y el convento de San Francisco de Lima, Perú. Con el siglo XVII entró el barroco con fuerza en Hispanoamérica, que reinó durante casi dos siglos, y se enriqueció con aportaciones de los artistas y artesanos indígenas, y hoy se estudia con la denominación propia de arte criollo. Muchos de los centenares de iglesias de América, colegios y palacios barrocos, y su recargado derivado churrigueresco, superan en cantidad y belleza a las mejores muestras de esta corriente artística en España. Los edificios barrocos hispanos representan hoy lo más notable del patrimonio de cientos de poblaciones diseminadas por los miles de kilómetros que separan las misiones de California de las reducciones jesuitas de Paraguay y los monumentos españoles de Argentina y Chile. Como ocurrió también en Europa, la sobriedad de la arquitectura neoclásica se impuso vigorosamente en América al recargado barroco, con las construcciones de este nuevo estilo que sorprendieron en México al ilustrado Alexander Von Humboldt. En 1901, el historiador estadounidense Sylvester Baxter calificaba la arquitectura colonial española, junto con sus artes auxiliares, escultura y pintura decorativas, como <em>“el movimiento estético más importante que se haya efectuado</em><em> en el hemisferio occidental”</em>, sólo alcanzado casi cien años más tarde por el gran desarrollo experimentado por los Estados Unidos a finales del siglo XIX. Para entonces, el modelo reticular español, la traza, ya había sido imitado en la ampliación de las ciudades en medio mundo, como en Edimburgo en 1766, en Filadelfia en 1682, en Nueva Orleans en 1721, en Boston en 1814, en Indianápolis en 1821, y en 1811 en la hoy tan apreciada regularidad de la isla de Manhattan en Nueva York. En Estados Unidos, la herencia del urbanismo español está también presente en otras poblaciones como Mobile, Baton Rouge, Saint Louis y Santa Fe.</p>



<p><strong>INSTITUCIONES PARA EL CUIDADO DEL ESPÍRITU, LA MENTE Y EL</strong><strong> CUERPO</strong></p>



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<p>Las ciudades hispanoamericanas se dotaban desde su creación de servicios esenciales para atender el bienestar físico y espiritual de los pobladores. Junto a los soldados llegaron a América los misioneros, que en cuanto ponían pie en las nuevas tierras iniciaban su labor, siguiendo el mandato de evangelizar a los nativos y mantener la fe de los españoles, creando iglesias para la catequesis de los indígenas, hospitales para hacer frente a las enfermedades, y colegios para la enseñanza de las ciencias, las artes y los oficios destinados a impulsar el desarrollo y la riqueza de las fundaciones. Al tiempo que Nicolás de Ovando construía las primeras casas y calles de la ciudad de Santo Domingo, el gobernador levantó también el hospital de San Nicolás de Bari.<br><br>En 1525, cuatro años después de la conquista de Tenochtitlan, el lego franciscano Pedro de Gante creó en el México de Cortés el colegio de San Francisco, que llegó a tener hasta mil alumnos que aprendían allí español, latín y numerosos oficios, como los de pintor, cantero, carpintero, herrero, orfebre, sastre o zapatero. A Pedro de Gante se debió también el primer hospital del continente americano destinado a atender a los indios y a enseñar la ciencia médica. Con la fundación en 1538 de la primera universidad americana en la ciudad de Santo Domingo, y la instalación un año después de la primera imprenta en México, la civilización recibió un impulso definitivo en las tierras de América. En 1551 se crearon las universidades de México y Lima, con el mismo reconocimiento a sus estudios que a los de Salamanca. A finales del siglo XVI, años antes de que llegaran los primeros colonos británicos al continente, los territorios administrados por los españoles contaban con centros universitarios en Puebla, Bogotá, Quito y Manila, en las islas Filipinas, dependientes entonces del virreinato de Nueva España.</p>
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<p><br><strong>CIUDADES QUE MARCAN UN MODELO DE EFICACIA Y BELLEZA</strong></p>



<p>En 1803, cuando Alexander Von Humboldt llegó a México, la capital modelo de las sembradas por los españoles en Hispanoamérica, la ciudad le pareció tan elegante como Turín o Milán. Era entonces la más poblada de América, con unos 130.000 habitantes. <em>“Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de</em><em> los Estados Unidos -escribió el viajero alemán-, tiene establecimientos científicos tan grandes y sólidos como la capital de México. Me limito a mencionar la Escuela de Minas… el Jardín Botánico y la Academia de Pintura y Escultura llamada de las Nobles Artes”. </em>La capital contaba con baños públicos creados casi un siglo y medio antes. Las calles estaban iluminadas con faroles y las vigilaban por las noches los serenos, a imitación de las de la capital de España, que informaban a voces de la hora y del clima. Se regaban las vías públicas todos los días, y los vecinos estaban obligados a barrerlas los miércoles y los sábados bajo multa de 12 reales. Dos tipos de carros recogían las basuras: uno los desechos y otro los excrementos. Una red de cloacas subterráneas saneaba la ciudad. Las calles, flanqueadas por aceras, estaban empedradas; todas tenían su nombre y las casas estaban numeradas. La ciudad contaba con un servicio de coches de providencia (taxis). Había cafés como los abiertos en Viena y París, donde la gente se reunía para conversar y en los que se formaban animadas tertulias para comentar la actualidad. En el monumental Nuevo Coliseo, con capacidad para 1.500 espectadores, se representaban obras de teatro y las óperas que triunfaban en Europa, con artistas formados en las escuelas de arte dramático y de ballet de la ciudad. Se editaban cuatro periódicos y varias librerías abrían sus puertas a las calles.</p>



<p>Décadas después de la independencia, los nuevos gobernantes de los países hispanoamericanos, a pesar de su antiespañolismo, continuaron ampliando sus ciudades y creando nuevas poblaciones siguiendo los patrones de los fundadores españoles. Con entusiasmo, el ya citado historiador estadounidense Sylvester Baxter resumía así el esfuerzo civilizador de las ciudades españolas en Nueva España, ampliable con justicia a todas las de Hispanoamérica: <em>“La tierra se transformó como</em><em> si la hubiera bañado con su luz propia la lámpara de Aladino. Bajo la estupenda energía de la raza conquistadora, encendida en apetitos de poderío y riquezas, </em><em>y animada a la vez por su fe religiosa, la Nueva España floreció en el espacio de</em><em> breves años y se transformó en un reino maravilloso cuya inmensa extensión quedó sembrada de espléndidas ciudades, que ya brotaban del desierto, ya ocupaban el sitio de una cultura anterior”.</em></p>
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