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	<title>Boletín 10 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 10 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Los olvidados de Monte Arruit</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:24:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los intereses españoles en áfrica siempre han constituido un tema tan apasionante como remoto. ¿Qué habría ocurrido si tras la conquista de Granada, los vencedores Reyes Católicos hubieran continuado su [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Los intereses españoles en áfrica siempre han constituido un tema tan apasionante como remoto. ¿Qué habría ocurrido si tras la conquista de Granada, los vencedores Reyes Católicos hubieran continuado su expansión hacia el Sur?. En 1497, la conquista de Melilla por parte de Pedro de Estopiñán pareció frenar los deseos de conquista africana y, en su lugar, se optó por cruzar el terrible océano Atlántico y colonizar un continente totalmente inexplorado. Pero si desconocida era América, ¿qué hemos conocido los españoles de áfrica?. Pocos fueron los intentos de colonizar la zona antes del siglo XX. En 1803, el catalán Domingo Badía realizó un viaje con fines científicos y políticos al Magreb, bajo el auspicio del valido de Carlos IV, Manuel de Godoy. Y, para no despertar recelos entre los marroquíes, recorrió aquellas tierras tomando la identidad del príncipe abasí Alí Bey. En un solo párrafo de su clásica obra «Viajes por Marruecos», resumía la insondable distancia que -aún hoysepara España de Marruecos: «La sensación que experimenta el hombre que por primera vez hace esta corta travesía no puede compararse sino al efecto de un sueño. Al pasar en tan breve espacio de tiempo a un mundo absolutamente nuevo y sin la más remota semejanza con el que acaba de dejar, se halla realmente como transportado a otro planeta».<br />
Si así lo sentía un aventurero ilustrado como Badía, podemos hacernos una idea de qué pensarían los soldados españoles que, en 1921, se encontraban ocupando el protectorado establecido en el Rif. Quizá para ellos, que en su inmensa mayoría no habían cruzado el estrecho de manera voluntaria, no resultara tan poético como para el príncipe Alí Bey. Porque cuando abandonaron las costas peninsulares no lo sabían, pero veinte mil de aquellos soldados solo habían sacado billete de ida hacia el infierno del Rif. La debacle que cayó sobre el ejército español, conocida como El Desastre de Annual, constituye uno de los episodios históricos más apasionantes de España, quizá por el ocultismo oficial que rodeó todo el asunto y, sin duda, por la trama de incompetencia y corrupción que condujo al matadero a miles de soldados y civiles.<br />
Lo cierto es que el protectorado marroquí le cayó al reino español como un inesperado regalo, sin hacer nada para merecerlo. Alianzas secretas entre Francia e Inglaterra para establecer un equilibrio de poder entre las potencias y, sobre todo, para frenar el arrollador crecimiento de Alemania, terminaron regalándonos un terreno arisco e improductivo que separaba la Argelia francesa&#8230; del Marruecos francés. Y el gobierno español, humillado tras el otro desastre, el del noventa y ocho, aceptó encantado el papel de comparsa que se le ofrecía. Pero aquel regalo iba a tener unas consecuencias trágicas y costosas.<br />
La cordillera del Rif, en el Norte de Marruecos, comprende unos trescientos cincuenta kilómetros de orografía agreste, surcada por barrancos, desfiladeros y valles que la cruzan como cicatrices. Al Sur, terrenos productivos e importantes núcleos urbanos como Mogador, Marraquech, Fez, Taza, Meknes o Larache, articulaban lo fue el protectorado francés. Al Este, las tierras más áridas y secas del Rif se extienden hacia la frontera argelina. Esta parte fue la ocupada por España.<br />
Atraído por las lecturas que en los últimos años he conocido sobre el tema, emprendí viaje hacia Melilla, antigua sede de la Comandancia General del protectorado. En vuelo directo desde Madrid, un estrecho turbo-hélice con capacidad para treinta pasajeros permite llegar en una hora y cuarenta y cinco minutos. El avión es la opción más rápida porque el ferry, zarpando desde Málaga, tarda unas ocho horas&#8230; así que la elección del medio de transporte depende de la prisa (y del presupuesto) que tengamos.<br />
Lo cierto es que, pese a las palabras del espía de Godoy, aquel suelo magrebí no resulta demasiado extraño; al fin y al cabo, la zona costera es muy parecida a algunos paisajes de la península, recordando especialmente a la bella luminosidad de Almería. Además, su posición como pulmón económico, hace que Melilla condense un saturado tráfico de vehículos que evoca a la Gran Vía. También tiene uno de los mayores índices de compra y venta de divisas&#8230; sin apenas mover turismo. Pero no debemos olvidar que las fronteras imponen una oscura ley de mercado que puede resultar, y de hecho resulta, muy lucrativa.<br />
Ni romanos ni árabes dominaron completamente a los beréberes del Rif y la relación con España, principalmente a través de su enclave melillense, dio lugar a gran número de interesantes episodios, sobre todo en el verano de 1921. José Martí, el líder cubano, vaticinó en un artículo de 1893 el futuro del conflicto hispano-rifeño: «El Rif ha vuelto a guerra contra España y España vivirá en guerra con el Rif hasta que le desaloje de su país sagrado». No figura en las guías turísticas, pero el amante de la Historia goza aquí de la oportunidad de realizar un viaje generoso en cuanto a resultados, conociendo los escenarios sin tener que recorrer grandes distancias y sin ocupar muchos días. La región ofrece además exotismo, playas y naturaleza, a solo cuarenta y cinco minutos de Málaga. Para internarnos por la zona la opción más recomendable es el alquiler de automóvil, a ser posible con guía-conductor de garantía en ambas facetas. Hay que tener en cuenta que el estado de algunas carreteras lograría irritar al mismísimo Carlos Sainz y que las sanciones por infracción de tráfico en Marruecos suelen ser costosas.<br />
Dos días después de mi llegada abandoné Melilla en el Audi de Rachid, un musulmán no demasiado ortodoxo. Mi guía-conductor nació en Nador, pero ahora tiene pasaporte español, vive bastante bien en Melilla y se dedica -como tantos otros en la zona»a sus cosas». Salimos por la frontera de Beni Anzar entre un denso tráfico, para cubrir por autovía los once kilómetros que nos separaban de Nador, la mayor ciudad de la región con algo más de trescientos mil habitantes. Desde allí, podríamos habernos adentrado en las estribaciones del impresionante Gurugú -que aun alberga las ruinas de dos fuertes de la época española-, o seguir hasta las hermosas playas del Este. Pero el lugar en el que centraremos este artículo está más al Sur, así que continuamos hasta pasar Selouane (Zeluán en los tiempos del protectorado), dejar atrás la efímera autovía y enlazar con la carretera nacional P39. Poco después llegábamos hasta nuestro destino: una pequeña montaña que se eleva sobre un páramo de aspecto desalentador. Se trata de Monte Arruit. Entre los trágicos episodios ocurridos durante 1921, el de Monte Arruit me impresionó especialmente desde que lo conocí. No fue el que más vidas costó, pero quizá sí es el más olvidado. Al bajar del coche de Rachid, un sol intenso, furioso, inundaba la tierra. Pero aquella luz era tan seca que carecía de alegría.<br />
Nada, hoy día, recuerda a quienes cayeron en su desaparecido fuerte de adobe. Lo cierto es que, ochenta años después de que el General Felipe rindiera la penúltima posición española en el Rif, mi primera opinión sobre el lugar resultó algo decepcionante. Ni buscaba, ni esperaba toparme con un monumento al soldado desconocido: al fin y al cabo los muertos allí pertenecían a un ejército invasor. Y, además, Leguineche lo advierte tajantemente en su «Annual 1921»: «No queda nada». Pero confieso que, a pesar de que ya imaginaba lo que iba a encontrar, no dejaba de resultarme frustrante que ni siquiera unas miserables ruinas facilitaran la evocación del 9 de agosto de 1921. Y supongo que el actual Mont Aouit tendrá sus encantos&#8230; pero yo no los encontré en sus tristes calles.<br />
Así pues, lo único que quedaba por hacer era recordar lo leído y tratar de imaginar las situaciones mientras caminaba por el huraño lugar. Porque no habrá ruinas, pero la tierra y sus habitantes rifeños siguen allí. La misma tierra que, normalmente seca, se anegó aquel verano de 1921 de sangre. Y, formando remolinos a su paso, un suave viento no cesaba de susurrar sueños rotos. Los sueños de casi tres mil hombres que fueron abandonados, a una muerte cruel, por el Estado al que representaban. Abandonados, y olvidados.<br />
El desastre de Annual estalló el 22 de julio de 1921, con la pérdida de unos doce mil soldados españoles bajo el mando del general Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de Melilla, la mayoría caídos mientras huían presas del pánico. Todo el protectorado ardía liderado por el rebelde Abd el-Krim, alzado en armas para expulsar a los invasores. Así, una tras otra fueron cayendo las posiciones, y los pequeños blocaos quedaron aislados en territorio enemigo.<br />
Hasta el campamento de Dar Drius no cesaban de llegar desesperados supervivientes, restos de guarniciones aniquiladas, para ponerse bajo las ordenes del general Felipe Navarro, máxima autoridad en el territorio tras la muerte de Silvestre. Ante la proximidad de los rebeldes rifeños, Navarro dudaba entre permanecer en Drius, una plaza bien pertrechada, o emprender la retirada hacia Melilla. En un principio decidió mantenerse allí, aunque todos los automóviles de mando salieron hacia el refugio melillense cargando un gran número de oficiales, enfermos o autorizados. Pero el 23 de julio, el general cambió de opinión y ordenó que se preparara la evacuación de la plaza. Con la tropa totalmente desmoralizada, la retirada se convierte en un nuevo desastre, dejando a su paso un gran rastro de cadáveres españoles, a pesar de la protección prestada por el regimiento de caballería de Cazadores de Alcántara.<br />
Tras seis días de agotadora marcha, los restos de la columna de Navarro alcanzaron las murallas de Monte Arruit. Aquí, intentarían recomponer las fuerzas para afrontar el inminente ataque rifeño, pero ya era demasiado tarde. El 2 de agosto cayó Nador y el 3 Zeluán, dejando el fuerte de Arruit -a tan solo treinta kilómetros de Melillacondenado en medio de territorio enemigo. El general aún podía haber intentado una huida desesperada hacia el refugio melillense, pero se negó a abandonar a sus heridos. Al agotamiento físico había que sumar la desmoralización de la tropa, en algunos momentos al borde de la insurrección. Además, el agua estaba a una distancia de quinientos metros del fuerte, pero igualmente podrían ser cinco mil, porque el cerco rifeño se fue cerrando hasta impedir cualquier acercamiento de los sitiados. Dos aviones con base en Melilla sobrevolaban el cerro arrojando bloques de hielo, municiones y víveres, pero los envíos casi siempre caían fuera del alcance de los españoles.<br />
Ninguna fuerza iría a socorrerles. En la capital de la Comandancia apenas contaban con dos mil soldados, casi sin experiencia, pero en breve llegarían desde la península treinta y seis mil hombres. Sin embargo, los sitiados de Arruit tenían los días contados. Y la angustia de ser conscientes de su destino.<br />
El nueve de agosto, ante la imposibilidad de seguir resistiendo, el general Navarro cierra el pacto para la capitulación del fuerte: los españoles entregarían todo su armamento y se les permitiría retirarse hacia Melilla. Las armas se amontonaron y los heridos y enfermos comenzaron a alinearse en la puerta del fuerte, preparándose para la evacuación en un tenso silencio. Pero cuando se dio la orden de partir, la furiosa harka rifeña invadió el campamento, asesinando a una tropa desarmada y enloquecida por el terror.<br />
Aunque las cifras son imprecisas, al menos 2668 restos humanos fueron encontrados esparcidos por los alrededores de Arruit. Unos seiscientos hombres, junto al general Navarro, sobrevivieron para ser tomados como rehenes. Y en cautiverio permanecieron hasta que se pagó su rescate, aunque para entonces muchos de ellos ya habían muerto.<br />
Una vez consumado el descalabro de Monte Arruit, Melilla era la única plaza segura que España mantenía en el Rif oriental. Hasta la capital no cesaban de llegar supervivientes -militares y civilesde las matanzas de Nador, Zeluán o de los numerosos blocaos que habían quedado aislados en medio de las zonas controladas por las harkas de Abd el-Krim, contando espeluznantes relatos. En mayo de 1922, aun llegaban refugiados. Tras el desastre, se encargó al prestigioso General Picasso que iniciara una investigación para depurar responsabilidades&#8230; con la advertencia de que no debía implicarse a ningún miembro del alto mando como responsable de lo acontecido. Alfonso XIII, las cúpulas militar y política, la prensa censurada&#8230; todos volvieron la cara a los muertos en el Rif. Tampoco pagaron por su responsabilidad los empresarios españoles implicados en la venta de armas a los rifeños, algunos de ellos fundadores de importantes empresas actuales. Ninguno de los sucesivos sistemas políticos puso interés en esclarecer el asunto.<br />
Pero para conocer esta apasionante historia con la profundidad que merece, me permito recomendar la lectura de las obras que sobre el tema han escrito Juan Pando, David S. Woolman y Manuel Leguineche.<br />
Para mí, este viaje llegaba a su fin. Tras pasar unos días visitando el Rif oriental me veía obligado a regresar a la península, pero antes de hacerlo merecía la pena dedicar una visita detallada a la ciudad que me sirvió como cuartel general: Melilla, la antigua Rusadir fenicia. Salpicada de cafés moros, excelentes bares de tapas, mercaderes ambulantes de almendras (pulcramente colocadas sobre bandejas niqueladas), casposas salas de billar y unos novecientos edificios modernistas. Además de incontables cuarteles y numerosos símbolos pre-constitucionales. Con todo esto, y con muchos secretos dispuestos a revelarse al visitante, Melilla constituye una ciudad abierta y agradable. No es, desde luego, un centro de atracción turística, pero quizá eso contribuya a formar el encanto de este enclave. Paseando por sus bulliciosas calles comerciales, algo en el ambiente recuerda de manera imprecisa a las pequeñas capitales peninsulares de hace veinte años aunque, en cualquier momento, mil detalles revelan una fuerte identidad propia, la que le confiere el ser depositaria de diversas culturas. Hoy día conviven con respeto mutuo -si bien no con la armonía deseablecristianos, musulmanes, hebreos e hindúes, además de una considerable comunidad gitana.<br />
Melilla, la puerta de atrás de Europa, la gran olvidada por la península y, sin embargo, la que se siente tan orgullosamente española. Si uno se atreve a plantear qué ocurriría si la soberanía de la ciudad se cediera a Marruecos, en seguida obtendrá como respuesta que «Melilla era española antes que Navarra».<br />
Grandes avenidas -injustificadas, a mi parecermitigan algo del encanto de una ciudad que puede recorrerse paseando en pocas horas. Los edificios de impecable corte modernista conviven con otros recientes, de indudable menor gusto estético. Pero quizá sean todos estos contrastes los que hacen que la ciudad se mueva esparciendo una sensación de vida y color.<br />
Sobre las seis de la tarde, cuando el sol comienza a declinar lentamente, la letanía de los imanes llama a la oración desde los minaretes, justo al mismo tiempo que un viento se levanta llenando todo de polvo. Me dirijo hacia los cuatro recintos amurallados que constituyen la bella estampa de Melilla la Vieja. Entro por la Puerta de la Marina y comienzo a ascender hacia las murallas por rampas y escaleras. Atrás quedan los aljibes, construidos en el siglo XVI y vitales en el desarrollo de la Plaza, y los recientes museos; luego paso junto a la estatua de Pedro de Estopiñán, el conquistador-fundador, para seguir ascendiendo hasta alcanzar la muralla de San Juan. Desde aquí se contempla una excelente vista de la zona.<br />
A mi alrededor reina el silencio. Allí donde en tiempos de guerra debió existir una actividad frenética, solo quedan viejos cañones oxidados y una profunda quietud, perezosa como el atardecer del Mediterráneo, inunda todo. Camino en completa soledad, haciendo el efecto de recorrer una fortaleza abandonada por su guarnición.<br />
El silencio parece total pero, escuchando atentamente, un débil y triste sonido llega hasta el viajero. Si buscas su origen, lo encontrarás en el oscuro Gurugú. Ocultos durante el día, los ilegales esperan a que la luna guíe sus pasos hacia la tierra prometida. Ochenta años después del Desastre que se cobró tantas vidas e ilusiones, el seco viento del Rif continúa susurrando sueños rotos.</p>
<p class="bodytext"><strong>Jesús Berrocal-Rangel</strong></p>
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		<title>Irán. Blanco sobre negro</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/iran-blanco-sobre-negro/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:23:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cuando se baja del avión de Iran Air, después de haber probado mil formas de colocar el pañuelo sobre la cabeza para que ni un sólo cabello quede fuera, lo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Cuando se baja del avión de Iran Air, después de haber probado mil formas de colocar el pañuelo sobre la cabeza para que ni un sólo cabello quede fuera, lo único que una desea es pasar desapercibida, no vaya a ser que la ira del integrismo islámico caiga sobre tus hombros por tu condición de occidental. Cuando unas semanas después vuelves al aeropuerto de Teherán, te das cuenta de que tu actitud ha cambiado: ya no bajas la cabeza, y no ocultas ese mechón que ha escapado del pañuelo y se balancea frente a tus ojos. Y te despides de la azafata que te da la tarjeta de embarque con una mirada de frente y un gesto confiado de que esta no será la última vez que visites este país.<br />
Irán es un país distinto al resto del Oriente Próximo. Los iraníes son persas, no árabes, de origen indoeuropeo, no semítico, y su historia y tradición les hacen diferentes. Nada más llegar, se da uno cuenta de que, como en la mayoría de los casos, los prejuicios no tienen ningún sentido. Es cierto que la disciplina islámica es férrea y que la libertad escasea en muchos aspectos, pero también es verdad que los persas son amables, abiertos y educados, y que cuentan con un tesoro de valor incalculable: una juventud dinámica, culta, dispuesta a propiciar un cambio que no suponga una ruptura total con la tradición.<br />
Los iraniés son ante todo musulmanes chiitas, adoradores de Alá, y no parecen tener ninguna intención de convertirse en replicas de estereotipos occidentales. Sin embargo comienzan a verse cada vez más rostros maquillados tras el chador y los tacones repican por debajo de las gabardinas. Irán cuenta con una generación, entre los quince y los veinticinco años, que representa unos treinta millones de individuos que no han conocido al Sha de Persia Reza Pahlavi y no han vivido la época de Jomeini ni la dura guerra contra Irak. Pero sí saben que sus padres vivieron tiempos en los que el alcohol estaba permitido y las mujeres se maquillaban y vestían al estilo occidental. Estos jóvenes ven los canales internacionales a través de antenas parabólicas y preguntan abiertamente al visitante por su procedencia, por sus libertades, conocedores de que la vía que ha tomado su país no es la única válida para el desarrollo. Y son el futuro de Irán. Hablar con ellos es una de las mejores experiencias que se puede tener en este país, a la altura de la contemplación de sus bellas mezquitas y monumentos aqueménidas.</p>
<p>Inmensa Teherán. La capital de Irán extiende sus más de diez millones de habitantes a los pies de las montañas Alborz, alcanzando en algunos puntos una altitud de casi dos mil metros. Es caótica, ruidosa, contradictoria&#8230; pero uno de los mejores lugares para comprender la esencia del pueblo persa, aunque no cuente con grandes monumentos ni mezquitas deslumbrantes. Aquí están los estudiantes, las mujeres que trabajan cara al público, la imagen de modernidad de altos edificios que contrasta con la procesión de chadores negros que vuelan al ras de las anchas avenidas, más propias de una gran ciudad norteamericana que de una urbe de Oriente Próximo. Y es en esos edificios, en esas grandes avenidas, donde se pintan los murales propagandísticos del régimen: Jomeini sobre todas las cosas, desafiando al gigante norteamericano, guardián imperturbable de las normas coránicas. Los iraníes eligieron la senda de Jomeini en 1979 por propia voluntad, como alternativa a un régimen que había perdido el norte. Los casos de corrupción y derroche por parte del Sha y sus allegados eran de dominio público y no encajaban con la tradición religiosa de los chiitas. Sin embargo la situación ha cambiado y muchos no apoyan el talante que tomó el régimen jomeinista ya desde sus primeros momentos: la falta de libertad de expresión, la represión de las mujeres&#8230; Ahora es el momento de Mohamad Jatami, político reformista que llegó a la presidencia en 1997 y que ha sido ratificado por un 77% de los iraníes en las pasadas elecciones de junio de 2001.<br />
Llegan las promesas de reforma, de apertura, que no se cumplen con la rapidez que la gente querría, sobre todo por la férrea oposición que existe por parte de los conservadores, con el ayatollah Alí Jamenei al frente. Los reformistas conservan el Gobierno, el Parlamento y los principales municipios, pero no hay que olvidar que los conservadores siguen al frente del Poder Judicial y de los Consejos Religiosos del Régimen, que tienen un poder destacado en la política iraní. Sin embargo, no pueden evitar que Irán se esté gestando un cambio que se siente en las calles, en la actitud de gente que está perdiendo el miedo y ve posible la libertad sin volver a los parámetros que se seguían en la época del Sha Reza Pahlavi. Una muestra inequívoca de las nuevas tendencias es la actitud tomada por el régimen ante los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, con una rotunda condena y un apoyo total a la ONU en un posible futuro plan de lucha contra el terrorismo, en el que estarían al lado de su eterno enemigo, los Estados Unidos.<br />
La intuición conduce directamente al bazar de Teherán, donde se sospecha que la verdadera esencia de las ciudades de Irán se descubre en sus bazares: aquí la gente habla, sonríe, comercia y no atosiga. Aquí además se descubren madrasas, mezquitas, casas de fuerza y viejos caravanserais en sus más de diez kilómetros de pasajes, callejones y patios.</p>
<p>Isfahán, la más bella. Los habitantes de Isfahán del siglo XVI la llamaron «La Mitad del Mundo», y no nos sorprende. Emana belleza, una belleza antigua que parece el reflejo de algún relato de Las Mil y Una Noches. La imagen que ofrece es la que quiso que tuviera el Sha Abbás, que reformó la ciudad en el siglo XVII, y no sólo permite el descubrimiento de bellos edificios que reflejan el esplendor safávida, sino también el placer de una conversación en alguna de las numerosas Casas de Té, acompañada de dulces y pipas de agua.<br />
La plaza de Naqsh-e Jahan, que significa «espejo del mundo», es uno de esos lugares que nunca se borran de la memoria. Sus quinientos metros de largo por ciento sesenta de ancho forman un espacio inmenso, rodeado de majestuosos edificios: presidiendo la plaza, la mezquita del Imán; a un lado, la bella mezquita de Sheikh Lotfollah, creada por el Sha Abbás para uso privado de la familia real. Al otro lado, el Palacio de Alí Qapu, edificado por los reyes safávidas como sede del gobierno y al que proveyeron de un impresionante balcón que se abre sobre la plaza ofreciendo impresionantes vistas. Y en el lado que queda, la puerta de entrada al bazar, donde miles de tiendas enseñan sus tesoros. Nada más entrar al bazar están las tiendas de artesanía y miniaturas, pero lo mejor es dejarse llevar al interior, donde se encuentran las tiendas donde los iraníes acuden a realizar sus compras. El bazar tiene tres kilómetros de largo y llega hasta la Mezquita Jamé, otra de las joyas de la ciudad, que se construyó sobre un antiguo templo del fuego.</p>
<p>Persépolis, esplendor aqueménida. A los pies de una colina, sobre una amplia llanura pedregosa, se extienden las ruinas de Persépolis como las de una vieja diosa ultrajada, testigo mudo y magnífico del Imperio Aqueménida. Fue fundada por Darío I el Grande en el siglo V a.C. como un palacio para acoger las celebraciones de la llegada del Año Nuevo Zoroastriano y para mostrar todo el poder y esplendor de su imperio. Ampliada después por Jerjes y Artajerjes, su fin llegó con la invasión de Alejandro Magno en el 331, que incendió este complejo palaciego y lo sumió en el olvido. A unos cuatro kilómetros se encuentra Naqs-e Rustam, necrópolis aqueménida donde, talladas en la roca, aparecen las tumbas de los reyes Darío I, Darío II, Jerjes I y Artajerjes I en un lugar en el que se pierde la perspectiva por sus impresionantes dimensiones. Hacia el norte, una parada en Pasargada ofrece la posibilidad de visitar la tumba de Ciro el Grande, sencillo mausoleo que se vuelve dorado con los últimos rayos del sol.</p>
<p>Shiraz, de poetas y de flores. Antes de la Revolución Islámica era conocida como «la ciudad del vino y de las bellas mujeres», un vino que hoy no puede beberse y unas mujeres que esconden su belleza tras el chador. Sin embargo el apelativo de «ciudad de las flores y los poetas» también es valido, ya que aquí vivieron y murieron los célebres poetas persas Hafez y Sa1di y hay, sobre todo en primavera, un agradable aroma de flores suspendido en el aire. En ella se unen paisaje y cultura, en un ambiente en el que ser respira tranquilidad y tolerancia.<br />
Shiraz ofrece una de las visitas más interesantes del país: el santuario de Shah-e Cheragh, lugar de peregrinación chiita por albergar la tumba de Sayyed Mir, el hermano del Imam Reza. Tras un bello portal se abre uno de los patios más grandes de todo Oriente Próximo, donde se respira espiritualidad. El santuario está dividido en dos, una parte para hombres y otra para mujeres, y la tumba, a la que nunca se le puede dar la espalda, se sitúa en medio. Una vez dentro, se comprueba como los iraníes son capaces de llevar la más absoluta devoción al terreno de la cotidianeidad. Entre mujeres que lloran agarradas a los barrotes dorados de la tumba, se puede ver a otras sentadas en el suelo, charlando de lo sucedido en el día, tejiendo, dando de comer a un bebé o haciendo preguntas al visitante en un ambiente de total tolerancia.</p>
<p>Yazd. Tras los pasos de Zoroastro. En medio del desierto, con un perfil color adobe que la confunde con el paisaje, se levanta esta ciudad marcada por la silueta de sus torres de ventilación y de las Torres del Silencio, situadas en unas colinas de las afueras. Aquí los zoroastrianos dejaban los cuerpos de los muertos para que fueran descarnados por los buitres, ya que no pueden enterrarlos, para no «contaminar» la tierra, ni quemarlos, ya que el fuego es sagrado.<br />
Su edificio más representativo es la Mezquita Yomeh, enmarcada por dos altos minaretes decorados con bellos mosaicos. Pero lo más llamativo es ver como la religión zoroastriana, la primera religión monoteísta, sigue vigente, y un barrio entero de esta ciudad está habitado por los seguidores de Zaratustra, formado en torno al Templo del Fuego, que lleva sin apagarse más de mil quinientos años, presidido por el símbolo de Ahura Mazda. Es un lugar apacible, que aleja de la mente la idea de enfrentamiento entre religiones.</p>
<p>El chiismo y la ciudad santa de Mashad. Para entender la situación en Irán y su particular forma de afrontar la religión hay que tener en cuenta que son chiitas en su mayoría -un 90%-, a diferencia del resto del mundo islámico que adopta la interpretación sunnita del Corán. El chiísmo surgió en los inicios del Islam a partir de los problemas de sucesión e interpretación del Corán que se produjeron a la muerte de Mahoma en el año 632. Los musulmanes se dividen desde entonces en sunnitas, que son los que aceptan la Sunna o ley oral del Islam, y los chiitas, que plantearon seguir de forma estricta las enseñanzas del profeta, además de considerar que sólo pueden ser califas los descendientes de Mahoma siguiendo la rama de Alí, yerno y primo del profeta. Además son duodecimanos, es decir, que creen en los doce Imanes herederos de los conocimientos auténticos y esperan al duodécimo Imán, al-Mahdi, el guía, que se ocultó el día de la muerte de su padre, el 24 de julio de 874. Los chiitas aceptan las premisas básicas de los mulsumanes sunnitas pero incluyen algunas peculiaridades como cuatro oraciones diarias en lugar de cinco, la exhibición de imágenes de personalidades religiosas y la existencia de un clero organizaron, los mullahs.<br />
Mashad es ciudad santa para los iraníes, y su lugar más importante es sin duda el Mausoleo del Imam Reza, octavo Imam de los chiitas, que fue martirizado en el año 817 en el pueblo de Sanabad -Mashad-. Toda la devoción de los iraníes la muestran en este templo de impresionante cúpula y capilla de oro, situado en la plaza Astan-e Qods-e, la más sagrada de Irán.</p>
<p>Tesoros del desierto: Kerman y la fortaleza de Bam. La ciudad de Kermán surge al borde del desierto, con espíritu de ciudad fronteriza porque, aunque queden cientos de kilómetros hasta Pakistán, lo único que resta es el desierto y algún pequeño pueblo. Es uno de los mejores lugares de Irán para contemplar la vida cotidiana de la población iraní, que se mueve entre las transacciones comerciales y la actividad agrícola, sobre todo del cultivo de pistachos. Durante el día, el bazar acapara la atención: es uno de los más antiguos del país y sus tres kilómetros esconden lugares maravillosos, como los baños Ebrahim Khan o la casa del té Ghanhveh Klaneh Sonnati.<br />
Una carretera que parece no tener fin conduce a través de paisajes desérticos hasta la fortaleza de Bam, que surge en un oasis de cítricos y palmeras. Aquí el cielo es más azul, y parece que está preparado para enmarcar la silueta perfecta de la fortaleza, que se conserva casi intacta, gracias sobre todo a la exhaustiva labor de conservación y mantenimiento a la que es sometida. No hay que dejar de pasear por las sinuosas calles del bazar, por los antiguos barrios populares para subir al castillo, con sus perfectas caballerizas y sus vistas que parecen alcanzarlo todo.<br />
Un horizonte esperanzador en cualquier caso, porque si una cosa queda clara tras visitar Irán, es que es un país dinámico, que crece y se regenera.. Su papel en el desarrollo de Oriente Próximo será vital, tanto por su posición estratégica, como por sus importantes recursos energéticos y su fidelidad al Islam.</p>
<p class="bodytext"><strong>Susana García</strong></p>
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		<title>El rally Paris Pekín</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-rally-paris-pekin/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:23:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 10]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La Expedición Citroën a Asia Central se planteó un desafío casi imposible para la época: cruzar Asia de punta a punta, con 14 autocadenas Citroën, desde Beirut a Pekín. Más [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">La Expedición Citroën a Asia Central se planteó un desafío casi imposible para la época: cruzar Asia de punta a punta, con 14 autocadenas Citroën, desde Beirut a Pekín. Más de 4000 kilómetros que discurrían por los más inhóspitos desiertos del mundo, por estepas infinitas, por países y naciones en guerra, por planicies heladas y por las más altas cumbres y mesetas de la tierra.<br />
Corría el año de 1931, pero todo había comenzado realmente en Rusia antes de la revolución bolchevique, donde un ingeniero francés, Adolphe Kegreisz, responsable de los talleres imperiales, diseñó un sistema de propulsión por autocadenas flexibles, ideal para la nieve. La revolución del 17 le obligó a exiliarse a Francia donde conoció a André Citroën al que mostró su invento. El dueño de la primera industria automovilística francesa quedó impresionado por las posibilidades de esta «oruga» todo terreno y adquirió el sistema en exclusiva. Los «autocadenas» se utilizaron en los años siguientes en los países montañosos y despertaron gran interés entre los militares, pero realmente por lo que las dio a conocer en todo el mundo fueron las grandes expediciones que se pusieron en marcha en 1922. La primera de estas grandes aventuras atravesaría el Sáhara, encabezada por Georges Marie Haardt, director de las fábricas Citroën y hombre de gran espíritu aventurero y capacidad de organización. A esta aventura, y dado el gran éxito entre el público, que siguió sus noticias con avidez, le siguió «La Crosière Noire», una travesía por el áfrica Negra.<br />
Curtidos en las aventuras africanas, que tuvieron una enorme repercusión y éxito publicitario entre una población europea ávida de hazañas y aventuras, Citroën puso en marcha la «Expedición a través de Asia Central», al mando una vez más del intrépido e incansable Haardt.<br />
El 25 de marzo de 1931 desembarcaron en Beirut siete autocadenas Citroën C4F y sus remolques, con Haardt al frente. Al mismo tiempo, en China, en el enclave japonés de Tien-Tsin, a 120 kilómetros de Pekín, se preparaban para partir otros 7 autocadenas de tipo pesado, los C6F, paran lanzarse a la carretera hacia el oeste, al encuentro de Haardt. La situación en China era complicada y la URSS había prohibido cruzar su territorio, por lo que se había acordado dividir la expedición en dos grupos: el primero trataría de llegar desde el oeste ascendiendo los Pamirs, mientras que el otro cruzaría China para esperarles al otro lado del Himalaya, en caso de que los vehículos no consiguieran pasar.<br />
El 4 de abril, el grupo «Pamir» partía de Beirut en dirección a Damas. Dos días después, el grupo «China», salía hacia el oeste enfrentándose desde los primeros días con problemas técnicos y con graves conflictos diplomáticos, los primeros de los muchos que surgirían en el viaje, y que Point, el jefe de la expedición, pudo resolver. Tras una retención forzosa en Kalgan, el grupo proseguiría por Mongolia y el desierto del Gobi.<br />
Mientras tanto, el Grupo Pamir cruzaba Siria, Irak e Irán, recibiendo una calurosa acogida en todas partes. El 4 de mayo llegaba a la frontera de Afganistán.<br />
El Grupo Pamir comenzaba a tener graves problemas. El primero se lo encontraron en la travesía del río Hemend, que hubo que cruzar por medio de barcazas de madera.<br />
El Grupo China se internaba por la frontera de Sinkiang en plena guerra civil, e incluso su inesperada llegada al campo de batalla cambió el desenlace de la contienda a ser confundidos con carros de combate. En Turfan, la expedición fue detenida por órdenes del mariscal-presidente King y para evitar que el ejército requisara sus vehículos, Brull hizo desmontar los trenes traseros. Quedaban así prisioneros del ejército.<br />
Mientras tanto, el grupo Pamir había comenzado la ascensión del Pamir, paro lo cual Haardt había decidido dividir la expedición en tres grupos y subir con intervalos de ocho días. Tendrían que franquear pasos imposibles, cornisas de apenas 1,20 metros y en parte del trayecto, desmontar los vehículos pieza a pieza y transportarlas con porteadores para poder avanzar.<br />
En Urumchi, el grupo China seguía prisionero pero logró instalar un grupo electrógeno bajo el vehículo-radio a escondidas de sus guardianes, y así transmitir un mensaje al grupo del otro lado de la frontera. Al enterarse de la situación, Haardt decidió poner fin a la aventura del grupo Pamir y enviar a los automóviles de vuelta a París, dejando uno de ellos, el «Creciente de plata» en Chighit, como testigo de la aventura. Así, sin automóviles, y con 150 porteadores proporcionados por el pequeño estado de Hounza, se lanzó en ayuda del grupo «China».<br />
El 6 de septiembre, tras 43 días de negociaciones, cuatro de los autocadenas del grupo China se ponían en movimiento, mientras que Haardt, desde el oeste, entraba en Sinkiang. El encuentro de los dos grupos tuvo lugar en Aksou y la expedición, de nuevo motorizada, llegó a Urumchi el 26 de octubre de 1931.<br />
El 30 de noviembre, con un salvoconducto firmado por el presidente mariscal King en persona, la expedición iniciaba su regreso, en pleno invierno. Además, las reservas almacenadas en Kuam habían desaparecido y los pasaportes fueron confiscados. Sobornando al general Tchang consiguieron recuperar los pasaportes.<br />
Las dificultades no habían hecho más que empezar: la temperatura descendía hasta los -33ºC y para que los motores no se congelaran, debían permanecer en marcha día y noche. El 20 de enero de 1932, se averiaron varios vehículos pero afortunadamente el grupo pudo refugiarse en un convento de frailes belgas. Al abandonarlo, fueron atracados por partisanos a los que lograron espantar con una ráfaga de ametralladora. El 10 de febrero, la expedición franqueaba la gran muralla china y entraba en Pekín. Tres semanas después, el «Tungahow» zarpaba con los expedicionarios a bordo, entre los ataques de los japoneses.<br />
Después de esquivar tantos peligros, Haardt no conseguiría nunca volver a Europa. Víctima de una neumonía, moría en Hong Kong el 16 de marzo.<br />
La expedición Citroën había recorrido todo el continente asiático, desde Beirut hasta Peking, había atravesado las más altas montañas de la tierra y las fronteras de muchos territorios en conflicto. Sus miembros soportaron heroícamente las más extremas temperaturas, cargaron en ocasiones con los vehículos a cuestas, pieza a pieza, fueron hechos prisioneros, atravesaron campos de batalla, se enfrentaron a los bandoleros, convivieron con los pueblos nómadas de las estepas y con las sofisticadas culturas de Persia o de China, y probaron de lo que los vehículos Citroën eran capaces&#8230; pero también de lo que el espíritu de aventura y el afán de superación del ser humano es capaz de lograr.</p>
<p class="bodytext"><strong>Una aventura de citróen</strong></p>
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