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	<title>Boletín 12 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 12 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Blasco Ibáñez</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:26:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 12]]></category>
		<category><![CDATA[Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 12 Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo Blasco Ibáñez La vida del novelista valenciano fue digna de un personaje de sus novelas. Escritor, viajero, [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/blasco-ibanez/">Blasco Ibáñez</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto: Pedro Páramo</strong></p>
<p>Boletín 12</p>
<p><strong>Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo</strong></p>
<p>Blasco Ibáñez</p>
<p><strong>La vida del novelista valenciano fue digna de un personaje de sus novelas. Escritor, viajero, aventurero y hombre inquieto, viajó por todo el mundo antes de decidirse a emprender una «vuelta al mundo» que le llevaría durante medio año desde Nueva York a Niza pasando por Hawai, Japón, Corea, China, Filipinas, Indonesia, Birmania, India, Sudán y Egipto.</strong></p>
<p>En el otoño de 1923, Vicente Blasco lbáñez. exiliado en su casa de Menton (Francia), decide dar la vuelta al mundo. Tiene 56 años y es el escritor de más éxito de la época. En Francia lo veneran, le consideran el Zola español. En Estados Unidos es un ídolo de masas desde que Hollywood llevara a la pantalla «Sangre y arena», “Los cuatro jinetes del Apocalipsis» y otras cuatro de sus novelas. Sentado en un banco del jardín de su mansión, rodeado de árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y peces, el escritor reflexiona sobre la importancia vital del viaje: “Ahora es el momento propicio -escribe-&#8230; Si tardo en emprenderlo, vendrá la vejez, y con ella los achaques que debilitan  nuestros órganos vitales y agarrotan reumáticamente nuestros músculos».</p>
<p>El capítulo primero del tomo primero de los tres que componen «La vuelta al mundo de un novelista» recoge en un monólogo las reflexiones de un hombre inquieto y muy viajado sobre los viajes y sus motivaciones , entre las que ocupa un lugar principal la literatura viajera: «Hay que conocer por completo la casa en que hemos vivido antes de que la muerte nos eche de ella. Recuerda que desde mis primeras lecturas de muchacho sentí el deseo de ver el mundo y no quiero marcharme de él sin haber visitado su redondez. Ten en cuenta además la voluptuosidad del movimiento. las embriagueces de la acción, la ardiente curiosidad de contemplar de cerca, con los propios ojos lo que se leyó en los libros. Tal vez sufra grandes desilusiones y lo que imaginé sobre las páginas impresas resulte más hermoso que la realidad. Pero siempre me quedará el placer de haber llevado una existencia bohemia a través del mundo'».</p>
<p>La vida de Vicente Blasco Ibáñez, ciertamente. no fue nada aburrida. Él mismo podía haber sido el personaje de una de esas novelas de acción ambientadas en algunas de las conmociones que sufrió el mundo en las postrimerías del siglo XIX y el comienzo del XX. Nuestro escritor nació en Valencia el 29 de enero de 1867. A los dieciséis años publicó sus primeros artículos. Comenzó a estudiar Derecho, pero abandonó los estudios. Su espíritu aventurero le llevó a Madrid donde pensaba alcanzar fama y gloria con la pluma. En la capital  de España comenzó como amanuense de un prolífico escritor posromántico apellidado Femández y González, y se dice que Blasco Ibáñez embutía algunas morcillas de cosecha propia en las obras de su patrón.</p>
<p>En 1883 publicó sus primeras novelas. Su participación en una conspiración republicana le obligó a exiliarse por primera vez en París. De regreso, en Barcelona, escribió una “Historia de la Revolución Española» que no llegó a terminar. Se afilió al Partido Republicano de Pi MargalI. De vuelta a su tierra natal, en 1889 se casó con María Blasco Cacho y fundó una revista, Turia, y un diario, Pueblo. desde el que lanzó virulentos ataques contra la política exterior española que enardecían a las masas. Su actitud contraria al gobierno durante la guerra hispano-norteamericana por Cuba le acarreó un año de prisión . Blasco Ibáñez salió de la cárcel convertido en un héroe. Fue elegido diputado por Valencia en seis ocasiones seguidas entre 1898 y 1907. Hombre vehemente e impulsivo, este período fue el más movido de su vida, años de agitación política, de disturbios, polémicas, detenciones y duelos. y también cuando irrumpe con fuerza en el panorama literario del momento con las novelas ambientadas en su tierra: «La barraca». «Entre naranjos». «Cañas y barro».»La catedral», «El Intruso», etcétera.</p>
<p>En 1909 abandonó la vida pública y emigró a América con la idea de hacer posible la utopía de la igualdad y la justicia en las despobladas tierras del sur de Argentina, donde fundó dos colonias agrícolas, Río Negro y Nueva Valencia, que acabaron en un enorme fracaso. El Blasco lbáñez soñador regresó a Europa, a París, completamente arruinado. Pero en 1895, mientras él se hallaba preso en la cárcel valenciana de San Gregorio en París tenía lugar la primea exhibición de un nuevo invento que iba a cambiar por completo su vida y que granjearía la admiración del público en los cinco continentes: el cinematógrafo.</p>
<p>El nuevo arte pronto se interesó por la obra de Vicente Blasco lbáñez. En 1913 una productora valenciana filmó «El tonto de la huerta”, adaptación de uno de sus cuentos, titulado «Dimoni». Pero lo que c:onvirtió al escritor valenciano en el de mayor éxito en todo el mundo fue la aparición en los Estados Unidos de su novela «Los cuatro jinetes del Apocalipsis » escrita en 1916 de la que se vendieron 90.000 ejemplares en tres meses. En poco tiempo la portada de la edición americana de la novela de Blasco lbáñez aparecía reproducida en pañuelos de seda en cajetillas de cigarrillos, hasta en juguetes. Universidades y fundaciones de  Nueva York a San Francisco querían oír al autor de moda y se disputaban su presencia. Blasco lbáñez, que durante quince años escribió uno o dos artículos diarios, era buscado como cronista de actualidad. Los periódicos de mayor circulación de los Estados Unidos } de Jos países de habla española pujaban por sus reportajes y opiniones. Aparecía así en el panorama  m undiaJ el Blasco Ibáñez ,fajero. escritor de libros de viajes.</p>
<p>En  1908 había escrito un libro con sus  impresiones sobre su aventura en la América meridional titulado “Argentina y sus grandezas». Pero en la segunda década del siglo XX, convertido ya en un escritor de éxito universal, Vicente Blasco lbáñez recorrió la Europa central y los Balcanes hasta Estambul escribiendo artículos sobre los lugares que visitaba para «El Liberal», de Madrid. “La Nación” de Buenos Aires y &#8216;»El Imparcial» de México. Estos artículos viajeros aparecieron luego recopilados en un volumen titulado “Oriente». La mitad del Libro, que comienza en el balneario francés de Vichy, está dedicado a Turquía. entonces «el gran enfermo de Europa» país al que el escritor español profesa una gran admiración: «<em>Yo soy de los que aman a Turquía y no se indignan, por un prejuicio de raza o religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva todavía en Europa-escribe-. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar, por tanto, más reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que acompañan a toda guerra &#8230; Yo amo al turco, como lo han amado con especial predilección todos los escritores y artistas que le vieron de cerca&#8230;</em>«. Y el escritor valenciano encuentra grandes similitudes entre turcos y españoles, los dos grandes países que flanquean el Mediterráneo:  <em>«lr por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de Madrid. Cada cara recuerda un nombre. A veces se duda al cruzar la mirada con los ojos de un transeúnte, y se lleva la mano al sombrero para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:</em></p>
<p>&#8211;<em>Amigo López&#8230;o amigo Fernández, ¡basta de broma! ¡Quítese el gorrito, que le he reconocido!».</em></p>
<p>En 1920 el escritor valenciano recorrió México durante dos meses buscando escenarios para una novela que pensaba titular «El águila y la serpiente». La revolución había triunfado, pero el presidente Venustiano Carranza andaba huido por los montes tras la sublevación del general Álvaro Obregón en Sonora. Las noticias de la nueva rebelión mexicana llegaban a los Estados Unidos llenas de errores y contradicciones. Cuando Blasco Ibáñez llegó a Nueva York procedente de México, los periodistas se abalanzaron sobre él para conocer de primera mano sus conocimientos y opiniones sobre la actualidad en el gran país del sur de río Grande: <em>«Cayeron sobre mí los noticieros a docenas, casi a centenares contó luego, vanidoso-. Yo soy algo conocido en los Estados Unidos, como tal vez sepa el lector; hasta puedo decir, sin miedo a que me tengan por inmodesto, que gozo allí de cierta popularidad. Además, los reporteros -mujeres en su mayoría-me aprecian por mi carácter franco y llano, por su facilidad con que les recibí y escuché siempre, y por esto me apodaron en sus interviews, desde el primer momento de mi viaje a la gran República, «Ibáñez el Accesible».</em></p>
<p>Un avispado agente le ofreció al escritor la oportunidad de publicar sus impresiones sobre el agitado México posrevolucionario a través de artículos, que fueron publicados por el New York Times, el Chicago Tribune y en un centenar de periódicos locales de todos los Estados Unidos. Estos artículos de Vicente Blasco lbáñez no son propiamente artículos de viajes. Son crónicas y reportajes de un enviado especial a un país convulsionado por los últimos estertores de la revolución, en las que aparecen magistralmente retratados los actores principales de aquel traumático periodo de la historia de México. Destaca entre estos artículos uno de los dedicados al general Álvaro Obregón, que había perdido un brazo en campaña. En él cuenta el siguiente diálogo que comienza con esta pregunta del militar mexicano:</p>
<p><em>«- A usted le habrán dicho que yo soy algo ladrón.</em></p>
<p><em>Miro en tomo con extrañeza, y me convenzo al fin de que es el general el que dice esto y que se dirige a mí.</em></p>
<p><em>No sé qué contestar.</em></p>
<p><em>-Sí -insiste-; se lo habrán dicho indudablemente. Aquí todos somos un poco ladrones.</em></p>
<p><em>fo hago un gesto de protesta.</em></p>
<p><em>-¡Oh, general! ¿Quién puede hacer caso de las murmuraciones&#8230;? Puras calumnias.</em></p>
<p><em>Obregón no parece oírme y sigue hablando.</em></p>
<p><em>-Pero yo no tengo más que una mano, mientras que mis adversarios tienen dos.</em></p>
<p><em>Por esto la gente me quiere a mí, porque no puedo robar tanto como los otros».</em></p>
<p>Los artículos de Blasco Ibáñez sobre el México posrevolucionario se recogieron luego en un volumen con un título muy poco viajero: «El militarismo mejicano». Sin embargo estas crónicas periodísticas están plagadas de descripciones que recogen el ambiente y el alma de las poblaciones que visita:</p>
<p><em>«La capital de Méjico es una ciudad triste&#8230; Este ambiente de tristeza y soledad se agranda con una espléndida iluminación. La tristeza de algunas ciudades anti­ as parece disimularse en la penumbra romántica que las envuelve apenas declina el sol. En cambio, Méjico es una de las ciudades mejor iluminadas de la tierra. Nueva York, fuera de los sitios en que abundan los anuncios luminosos, es un lugar de tinieblas comparado con las calles de la capital mejicana &#8230;”</em></p>
<p>Sin embargo, es Nueva York la ciudad que apasiona a Vicente  Blasco  Ibáñez. «La ciudad que venció a la noche», titula  el segundo capítulo de «La vuelta al mundo de un novelista». «Esta ciudad que parece construida para otra raza más grande que la humana &#8211; escribe- hace pensar en Babilonia, en Tebas. en todas las aglomeraciones enormes de la historia antigua. tales como nos imaginamos que debieron ser y como indudablemente no fueron nunca». El escritor cuenta con detalle las emociones que le produce el Nueva York de 1924 cuando se halla en Manhattan para abordar el Franconia, un paquebote  de 20.000 toneladas de la Compañía  Cunard que va a hacer su primer viaje alrededor del mundo, organizado por American Express.</p>
<p>El viaje de Blasco Ibáñez no presentaba ningún riesgo; todo había sido previsto con antelación. Estaba planificado con mucho más cuidado que cualquiera de los viajes mejor organizados en nuestros días por los más experimentados tour operators. «Hay un director de viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria todas la vías de comunicación existentes en el planeta, con sus innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por su trabajo 12.000 dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de gobierno en Europa -cuenta el escritor-. Tiene a sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro funcionarios, retribuidos también con largueza. Unos antiguos profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, sim­ ples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones menos conocidas de la China y la lndia, norteamericanos enérgicos e instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías a los pequeños grupos de viajeros que abandonando el buque se lancen a través de las naciones asiáticas.</p>
<p>El Blasco Ibáñez de «La vuelta al mundo de un novelista» ¿fue un viajero o un turista?. Aquellos que establecen diferencias entre viajeros y turistas por los medios elegidos para viajar y no por el espíritu con que se aborda el viaje, tendrán dificul­tades para catalogar al escritor valenciano. Desde luego, no es frecuente encontrar­se con turistas tan curiosos como el Blasco Ibáñez que recorre el mundo rodeado de multimillonarios a bordo del Franconia. Las descripciones que hace del barco, de su equipamiento, de la tripulación y de la vida cotidiana en las cubiertas y salones constituyen una riquísima fuente de datos para conocer y reconstruir la historia del turismo de lujo en los comienzos del siglo XX. Blasco Ibáñez es, además de un novelista de éxito, un excelente periodista que husmea por los rincones:  “Llevamos a bordo cincuenta toneladas de carne de buey-informa- 20 toneladas de cordero y otras tantas de cerdo. 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10 toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas, 60 000 naranjas, 22.000 grape-fruits. especie de toronja dulceamarga, sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54 toneladas de azúcar, siete toneladas de café, cua­tro toneladas de té, seis toneladas de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos, duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y flores, iguales a los que compra el público, envueltos en un papel, en los te­atros de Nueva York. Además, uno máquina especial fabrica poro nosotros diaria­mente una tonelada de hielo, con agua previamente esterilizada.</p>
<p>Viajero o turista, Blasco lbáñez, fue un pasajero distinguido en el Franconia. La tripulación y buena parte del pasaje agasajaban constantemente al autor de &#8216;»Los cuatro jinetes del Apocalipsis». En las escalas en los países de habla española o in­glesa las autoridades aprovechan su visita para homenajearle, como ocurre en La Habana, primera escala después de la partida de Nueva York, donde el ayuntamiento lo hace su huésped de honor. En Panamá, después de la travesía del Canal, Blasco lbáñez es recibido por el presidente Belisario Porras y por todas las fuerzas vivas de la capital. En Honolulu, el escritor es agasajado con todos los honores por el gobernador de Hawaii y la Asociación de la Prensa local.</p>
<p>El espíritu viajero, el afán de conocimiento del novelista está presente en toda la obra, contada en primera persona. Cada uno de los capítulos de «La vuelta al mundo de novelista» dedicados a los parajes que visita está lleno de meticulosas des­cripciones del paisaje, del clima, del ambiente, de las gentes, de las costumbres y de la historia y las leyendas del lugar. En ese sentido, esta obra, la última publicada por Blasco Ibáñez, exhibe la maestría del autor en plena madurez. Con la meticulosidad del buen reportero, informa de cuanto noticioso va hallando por el camino y los lec­tores de hoy podrán encontrar el estilo y la forma de narrar muy parecidos a los de las actuales revistas de viajes. Es una lástima que las grandes editoriales actuales no reediten en sus colecciones viajeras esta obra, sin duda una de las más importantes de la literatura española de viajes del siglo XX.</p>
<p>La vuelta al mundo de Vicente Blasco lbáñez durante medio año comienza en Nueva York y termina en Niza. Después de la visita a Hawai, el Franconia llega a Ja­pón, a Yokohama, y los viajeros recorren Tokio, Kyoto y Osaka. La siguiente escala es Corea; de Seúl parten hacia Pekín, recorren la Gran Muralla, Shanghai, Hong­ Kong, Cantón y Macao. El viaje pasa luego por Manila, la isla de Java, Singapur, Rangún, Calcuta, Benarés, Bombay, Delhi, Port-Sudán y Kartúm. Allí, un vaporci­to transporta a los viajeros Nilo abajo, Abu-Simbel, Assuan, Tebas, El Cairo, hasta Alejandría y de allí a Niza.</p>
<p>Al llegar Blasco Ibáñez al Café de París de Montecarlo le saludan dos damas, que le preguntan de dónde viene:</p>
<p>«<em>-De dar la vuelta al mundo. Acabo de desembarcar.</em></p>
<p><em>Las dos sonríen con alegre incredulidad. Adivino que van a llamarme bromista, pero uno de ellas contiene a la otra. Recuerda haber leído algo de este viaje. Después afirma que está perfectamente enterada de él por los periódicos &#8230; Una de Las damas insiste en preguntar cuál es la idea resumen de mi viaje, la enseñanza concreta que me ha proporcionado ver tantos pueblos distintos, tantas creencias religiosas, tantas organizaciones sociales.</em></p>
<p><em>Lo que he aprendido, amigas mías -se responde Blasco lbáñez no es alegre ni tranquilizador. Creo que existe ahora en el mundo más gente que nunca. Los ade­lantos de la higiene y la facilidad de los transportes han evttado una gran parte de las matanzas, las epidemias y las hambres que formaron siempre nuestra pobre his­toria humana. Somos cada vez más numerosos sobre la corteza de nuestro planeta, y esto resulta inquietante, pues los alimentos no se multiplican con la misma rapi­dez. Podría hacer un resumen brutal diciendo que más de la mitad de los hombres viven sufriendo hambre. Nosotros los blancos llevamos la mejor parte hasta ahora; pero ¿y si algún día los centenares de millones de asiáticos encuentran un jefe y un ideal común?&#8230; Este viaje ha servido para hacerme ver que aún está lejos de morir el demonio de la guerra. He visto futuros campos de batalla: el Pacífico, la China, la India, ¡Quién sabe si Egipto y sus antiguos territorios ecuatoriales! Esos choques futuros puede ser que aún los presenciemos nosotros, y si nos libramos de tal angus­tia, los verán seguramente las próximas generaciones. ¡Tantas cosas que podrían evitar los hombres si dedicasen a ello una buena voluntad!.</em><br />
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		<title>Los primeros viajeros románticos por España: Edward Hawke Locker</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-primeros-viajeros-romanticos-por-espana-edward-hawke-locker-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:30:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 12]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El siglo XVI marca el apogeo del imperio español mientras que el siglo XVII el comienzo de su decadencia. Este siglo, llamado en Europa «de las luces», empezará para España [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">El siglo XVI marca el apogeo del imperio español mientras que el siglo XVII el comienzo de su decadencia. Este siglo, llamado en Europa «de las luces», empezará para España con una larga guerra por la corona española, tras la muerte de Carlos II sin sucesión, y terminará en las vísperas de otra guerra: la de la Independencia. Durante el primer decenio del siglo XVIII las dos grandes familias reales europeas, los Habsburgo y los Borbón, se disputarán la corona de España y el imperio americano que le pertenece.</p>
<p>Los españoles hemos sido siempre poco conscientes de la importancia que para Europa tuvo esa guerra, pues significaba la batalla por la supremacía mundial entre ambas familias. Una vez terminado el conflicto con la victoria de los Borbón, que traería consigo el predominio mundial francés durante todo el siglo XVIII, España no conquistó la paz sino que continuó embarcada en diferentes guerras europeas. En ese panorama comienzan a aparecer en nuestro país los primeros viajeros románticos.</p>
<p>Viajar por territorio español había resultado muy difícil para los extranjeros durante los siglos XVI y XVII, pues la Inquisición y los fantasmas de la herejía dificultaban enormemente la libertad de viaje, hasta el punto de que sólo los embajadores habían escrito sobre España y su corte. Sin embargo, a partir del siglo XVIII el país se vuelve más tolerante y con la Ilustración llegan también algunos ministros italianos y franceses, inmigrantes alemanes y diferentes viajeros, especialmente ingleses, que publican sus experiencias y su visión de España (Dillon, Twiss, Swinburne, Carter, Townsend, Baretti, Southey&#8230;).</p>
<p>Durante la Guerra de la Independencia (1808-1813) los ejércitos francés e inglés recorren España y muchos de los militares quedan fascinados por nuestro país y se convierten en los principales difusores de la visión de una España diferente llena de singularidades y de tipismo. Es en esa misma época cuando nace el movimiento romántico, con su interés por la belleza pintoresca, por el paisaje, por la antigüedad y por las ruinas.</p>
<p>Al viajero romántico le deslumbra lo diferente y aquello que pueda considerar «más intenso». Viaja dispuesto a tomar apuntes y a dibujar todo lo que pueda recordarle los lugares, paisajes y edificios que haya visto. Todo esto pone de moda la pintura de paisajes y una técnica, la acuarela, que no había tenido gran valor hasta entonces.</p>
<p>En ese momento llega a España nuestro protagonista: Edward Hawke Locker. Había nacido en Inglaterra en 1777, hijo de un capitán que había hecho fortuna en la marina: había sido capitán del «Experiment» y entre sus oficiales había tenido al joven Nelson. Su padre, hombre cultivado y poseedor de una buena biblioteca, con amistades en el mundo de la literatura y de la ciencia, creó un ambiente que fue decisivo en la educación de su hijo. En 1795, Locker entró en el servicio civil de la marina británica y en 1804 fue nombrado secretario del almirante Sir Edward Pellew, a quien acompañó a las Indias Orientales, al mar del Norte y, en 1811, a la flota del Mediterráneo.</p>
<p>Cuando Locker empieza a viajar, Gran Bretaña, España y Portugal se encontraban en plena lucha contra Napoleón. La conquista de España le estaba resultando a Napoleón mucho más difícil de lo esperado. Las derrotas del Bruch y de Bailén en 1808 y el inicio de la guerrilla, acompañados del desembarco británico en la Península terminaron por demostrarlo a partir de 1812. Arthur Wellesley, duque de Wellington, tomó el mando de las tropas aliadas y con ello empezó la retirada francesa. En 1812 ocupan Ciudad Rodrigo, derrotan a los franceses en Arapiles, cerca de Salamanca y entran triunfalmente en Madrid el 12 de agosto. Su avance es detenido en Burgos y abandonan Madrid, donde José Bonaparte vuelve a entrar el 2 de noviembre del citado año 1812.</p>
<p>El año 1813 es clave en la derrota napoleónica: José Bonaparte abandona Madrid en marzo y se dirige a Valladolid. Allí permanece hasta junio, mes en que marcha a Vitoria donde el día 21 sufre una gran derrota ante Wellington, que le fuerza a refugiarse en Pamplona y pasar después a Francia.</p>
<p>Pero mientras todo esto ocurría, el ejercito francés del mariscal Suchet se mantenía fuerte en Valencia y Cataluña. Allí el ejército inglés del general Murray era incapaz de avanzar. En junio la flota británica de Sir Edward Pellew llega a las costas de Tarragona y después de diferentes vicisitudes, el 3 de octubre. Con él llega Locker, que inicia en Tarragona su viaje hacia el norte para llevar unos despachos a Wellington que acaba de alcanzar Vera de Bidasoa. Todo el recorrido que ha de cubrir es muy peligroso y tiene que sortear plazas aún ocupadas por los franceses y eludir los caminos principales, pero en su camino va constatando los desastres de la guerra, los efectos de los bombardeos, voladuras y muertes. Sus dibujos y acuarelas tienen todos los ingredientes para convertirse en perfectos ejemplares de grabados románticos.</p>
<p>En esta primera parte de su viaje, Locker va acompañado de John Russell, que entonces tenía 21 años y más tarde habría de convertirse en uno de los grandes líderes del partido liberal y primer ministro, durante casi ocho años, a mediados de siglo (de 1845 a 1852 y de 1865 a 1866). El futuro lord Russell había tomado un gran cariño a España desde su primera visita en 1808 con lord y lady Holland. Enamorado de nuestro país volvió en 1810 y en 1812. Vuelve definitivamente a Inglaterra desde Vera de Bidasoa, al concluir el viaje con Locker.</p>
<p>El viaje tuvo un enorme interés para nuestros viajeros. Abandonan una Tarragona totalmente destruida, puesto que había sido volada en agosto por orden de Suchet. Pasan luego a Reus y de allí a Alforja y evitando Lérida, todavía en manos de los franceses, cruzan el Ebro en Serós, llegando a Fraga y a Zaragoza. En Zaragoza Locker tiene tiempo para hacer algunos dibujos reflejando también testimonios de la guerra.</p>
<p>Desde allí remontan el Ebro hasta Tudela, continúan hacia el norte y aunque no pueden entrar en Pamplona, que sigue en manos de los franceses, cruzan el puerto de Velate y llegan a Vera el 20 de octubre. Locker, después de entregar los despachos a Wellington, se dirige en solitario a Irún, Fuenterrabía y San Sebastián, ciudad recién saqueada por el ejército aliado.</p>
<p>Comienza su vuelta hacia el sur y pasa por Tolosa, Vitoria y Burgos, en dónde se desvía hacía Palencia y continúa a Valladolid y Segovia y llega al fin a Madrid. Después va a Toledo y a la Mancha en donde insiste en visitar El Toboso para conocer el territorio de Don Quijote, por el que sentía una gran admiración.<br />
Luego viaja a Albacete y Valencia y termina su periplo cerca de Tarragona. En esta última zona vuelve a encontrarse la guerra en toda su expresión. Sus dibujos recogerán el dramatismo que refleja la destrucción sistemática de los puentes que tanto esfuerzo había costado construir a los ministros ilustrados del siglo XVIII. En total el viaje había durado 55 días de una enorme intensidad y riesgo.<br />
Locker se reincorpora al buque Caledonia, y recupera su rutina como secretario del almirante Pellew, que más tarde sería nombrado Lord Exmouth. En marzo de 1814 Fernando VII entra en España y un mes después Napoleón abdica y es confinado en la isla de Elba.</p>
<p>La llegada de Fernando VII, «el Deseado», viene acompañada del intento de recuperar el poder absolutista volviendo a la situación anterior a 1789 e ignorando las aspiraciones del pueblo que había luchado por su libertad. El 4 de mayo en Valencia, el Rey deroga la Constitución de Cádiz y el 10 de mayo inicia la detención de los liberales y el cierre de las Cortes.</p>
<p>Empieza por tanto el período de los pronunciamientos, que conduciría a prolongados conflictos civiles entre los absolutistas y los liberales y en el que el papel del rey, en vez de ser una fuerza moderadora que impulsase la concordia e iniciase la recuperación económica del país, era el de cabecilla de una de las facciones y dirigente de una lucha fraticida.</p>
<p>En 1820 Riego se levanta en Cádiz y recupera la Constitución y durante tres años los liberales gobiernan España. Este triunfo asustó a los gobiernos conservadores de Francia, Rusia, Austria y Prusia y en 1822 en Verona deciden intervenir en España para devolver a Fernando VII el poder absoluto.</p>
<p>Así pues, en la primavera de 1823 un ejército francés, «Los cien mil hijos de San Luis», mandado por el duque de Angulema y con la colaboración de los absolutistas españoles que le acompañan, entra en España y restablece el absolutismo.</p>
<p class="bodytext">El libro de Locker: «Vistas de España»</p>
<p class="bodytext">Parece que fue en esos meses de 1822, en los que se debatía en Europa la posibilidad de que la Santa Alianza interviniera militarmente en España, cuando Locker se dio cuenta del interés que había despertado de nuevo nuestro país entre sus compatriotas. Desempolva entonces sus acuarelas y sus dibujos de viajes y se pone en contacto con el editor John Murray para publicar su libro.</p>
<p>El momento era muy oportuno pues España estaba en boca de todos. A comienzos de 1823, Luis XVIII de Francia anuncia el comienzo de la Expedición y en abril comienza la invasión. A principios de mayo de ese mismo año, Locker firma la dedicatoria a Lord Russell y comienza la edición de su libro. En esa dedicatoria muestra su enorme sorpresa por la segunda invasión francesa a España en los siguientes términos: «Poco nos podíamos imaginar que habría un segundo intento por parte de Francia de oprimir a ese pueblo valiente y generoso y, menos aún, que fuera bajo la autoridad de un soberano Borbón&#8230;.. No podemos sino contemplar la inminente crisis de sus libertades con la más atenta comprensión y pesar».</p>
<p>«Vistas de España» se publicó por entregas durante más de un año en plena guerra. En 1824 se editó como libro y la presentación de Locker está fechada el 15 de septiembre, con el poder absolutista totalmente repuesto. El libro consta de sesenta grabados, la mayor parte de ellos fruto del viaje que hemos comentado. Otros grabados, como los de Cádiz, fueron realizados en 1811 en plenas sesiones de las Cortes (Locker asiste a algunas de las mismas). Así por ejemplo, los de la provincia de Barcelona o los de Mallorca pertenecen a un viaje anterior .</p>
<p>El texto de la presentación es extraordinariamente ilustrativo y merece la pena reproducir algunos fragmentos.<br />
«Una simpatía hereditaria por España y mi antigua relación con algunos naturales de ese reino, personas excelentes e ilustradas, había fomentado en mí una intensa parcialidad con respecto a un país que ansiosamente deseaba visitar. En el otoño de 1813, mientras era secretario de la flota del Mediterráneo, &#8230;&#8230;&#8230;se me permitió cumplir mi deseo de visitar las principales provincias de España. En tal época, la brillante campaña del Duque de Wellington acaba de librar a los españoles de la opresión de sus invasores y la presencia de las tropas británicas proporcionaba al viajero una seguridad de la que no había disfrutado anteriormente. Estaba impaciente por beneficiarme de la oportunidad de contemplar paisajes renombrados de la historia y la leyenda española&#8230;&#8230;..»</p>
<p>«Al exponer ante el público estas descripciones del paisaje de un país con el que pocos ingleses, excepto los de nuestro ejército en la Península, están familiarizados, no puedo abstenerme de expresar mi profundo pesar porque un desdeñoso sentimiento hacia los españoles haya suplantado aquel vivo interés que profesábamos hacia ellos durante las luchas recientes por su independencia&#8230;&#8230;&#8230;</p>
<p>Cuando el ejército francés cruzó los Pirineos, la apatía de los españoles causó una sorpresa general; apenas hicieron gesto alguno de resistencia, porque el pueblo estaba decepcionado de una serie de gobernantes que le amenazaban con un poder tan arbitrario como el del Rey y, por mucho que hubieran sufrido anteriormente con los franceses, les vieron en esta ocasión como restablecedores del orden y de la tranquilidad. «&#8230;&#8230;&#8230;.. los españoles constituyen una raza tan loable como cualquier otra en el mundo. Hay valor integridad y generosidad en su carácter, que se muestra de manera notable en la hombría de su aspecto exterior. Solamente falla la educación que les enseñe una fe pura y una Constitución libre&#8230;&#8230;&#8230;»</p>
<p>«En este momento España presenta una imagen extraordinaria de lo que es la degradación nacional. Un rey dos veces restaurado en el trono que persiste todavía en el mismo espíritu fanático y persecutor que le hizo perder los corazones de sus súbditos. Un gobierno endeble y ministros inexpertos que se adhieren a todas las corrupciones y los viejos errores políticos, la Hacienda en bancarrota, el crédito destruido, la nobleza sumida en la miseria y el libertinaje, el clero corrompido por la falta de fe; una comunidad (con todos los elementos que conforman una gran nación) ciega a causa de la ignorancia y dominada por una hueste de monjes y frailes, a quienes desprecian por su sensualidad y odian por su extorsión. Tal es la situación actual de este desgraciado país. Me compadezco profundamente de su destino.»</p>
<p>Es curioso comparar esta visión con el discurso que Chateaubriand, como ministro de asuntos exteriores francés, pronunció en la Cámara de los Pares en mayo de 1823: «En la guerra de Bonaparte, casi todas las ciudades fortificadas que en un principio ocupó como aliado estaban a su favor, porque en ellas había puesto guarnición; pero todas las poblaciones de los campos estaban en contra suya. Hoy sucede cabalmente todo lo contrario: las ciudades dónde las Cortes tienen algunos soldados nos cierran las puertas; pero todos los habitantes del campo y de los pueblos abiertos están a favor nuestro. No solo el pueblo y los labradores están a favor nuestro, sino que nos miran como a sus libertadores; abrazan nuestra causa o más bien la suya, con un ardor que no deja duda alguna en orden a los sentimientos de la inmensa mayoría española.»</p>
<p class="bodytext">Locker pintor y escritor.</p>
<p class="bodytext">A lo largo de su viaje Locker aprovechó la ocasión para dejar vagar su espíritu artístico observando los monumentos, las gentes, los paisajes, las fondas y posadas de pequeños pueblos y de grandes ciudades y albergando un especial espíritu romántico se sumergió entre la bruma de las ruinas y el desastre de la guerra.<br />
Sus sesenta dibujos, grabados excelentemente, van acompañados de breves textos en los que demuestra el cariño e interés que sentía por nuestro país y su capacidad de observación sobre aspectos de la vida doméstica.</p>
<p>Locker dibujó especialmente aquellos lugares en los que permaneció más tiempo, bien por su interés o bien porque tuvieron que formar parte de su recorrido por las dificultades de la guerra. Sus dibujos incluyen pequeños pueblos, aldeas y caseríos de muy poca importancia (Alforja, Alfajarina, Serós, Granadella y Tabladillo) en los que encuentra lugares románticos de los que realizar bocetos y apuntes.</p>
<p>Este extraño itinerario nos permite conocer lugares muy interesantes que no habían sido recogidos en el monumental libro de Laborde, que recopila en sus cuatro grandes volúmenes la riqueza monumental, paisajística y humana de España. El viaje de Laborde, comenzado en 1800, y su libro editado en 1806 nos exponen edificios pujantes, valles fértiles, espléndidas catedrales y aldeas llenas de vida, en contraste con el libro de Locker que muestra los desastres y las ruinas producidas por la guerra, con los signos de destrucción y saqueo que llevan consigo.</p>
<p>Laborde es el ejemplo de un dibujante ilustrado mientras que Locker es un precursor de los románticos con una visión sentimental de la naturaleza. En el fondo, la visión de España de Locker no es muy distinta de la de los viajeros de finales de siglo XVIII. Los sistemas de locomoción y los caminos eran muy primitivos. Locker y Russell, al tener que evitar los Caminos Reales por motivos de la guerra (sólo se podía circular por estas vías en calesa o en coche de colleras) , hicieron su viaje en mulas y conducidos por arrieros similares a los de cincuenta años antes.<br />
Locker se extraña de la desolación del paisaje y la escasez de población, viaja legua tras legua sin encontrar un alma. Esta sensación de soledad y las narraciones sobre bandidos de la época fomentaban la sensación de peligro y temor que los viajeros siempre habían sentido al recorrer España.</p>
<p>Las posadas dejaban mucho que desear y por tanto era natural que Locker y Russell partieran con una cesta y un cántaro para conseguir material para la cena, pues la costumbre era que el viajero proveía su propia comida y en la posada permitían cocinar, cobrando luego el gasto con el nombre de «Ruido de la Casa».</p>
<p>Locker se queja de las pulgas y del ruido y hedor de la cocina española, que ya había comentado Southey con ironía al ver un crucifijo sobre la cama de una posada: «Debía de ser en memoria del viajero devorado por las pulgas».</p>
<p>Durante su viaje se muestra el contraste entre la destrucción de las ciudades y los campos y la vitalidad de la gente que sigue celebrando fiestas y tratando a los viajeros con gran cortesía.<br />
Locker fue un excelente acuarelista, con una gran sensibilidad, que viajaba siempre con sus lápices y pinceles. Sus pinturas muestran puestas de sol, románticos parajes, ruinas de murallas e iglesias, pequeñas aldeas en la cumbre de abruptas montañas y viejos puentes sobre pintorescos ríos. Al mismo tiempo, llevaba siempre una libreta de apuntes y un diario en el que anotaba todo lo que le parecía interesante, con una gran constancia y enorme celo, a pesar de la gran dificultad para tomar notas por las noches en una mala posada y ante una vela solitaria<br />
El libro de Locker es un importante testimonio histórico sobre la España de su época y se distingue de otros libros de viaje porque por encima de un escritor Locker es un artista y su obra, por tanto, es más un libro de Bellas Artes que de literatura.</p>
<p class="bodytext"><strong>Javier Gómez-Navarro</strong></p>
<p class="bodytext">BILIOGRAFíA</p>
<p class="bodytext">Views in Spain.<br />
Edgard Hawke Locker. London 1824. John Murray<br />
Vistas de España.<br />
Edgard Hawke Locker. Facsímil, traducido al español de la edición de Londres de 1824. Prólogo y notas de Mª Dolores Cabra. Madrid 1984. Ediciones El Museo Universal<br />
Paisajes de España.<br />
Entre los pintoresco y lo sublime. Edgard Hawke Locker. Edición y introducción: Consol Freixa. Barcelona 1998. Ediciones de El Serba.</p>
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		<title>Un proyecto arqueológico en el corazón de Africa</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/un-proyecto-arqueologico-en-el-corazon-de-africa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:29:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 12]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿De dónde venimos? Con la misma capacidad premonitoria que caracterizó a Leonardo da Vinci y Jules Verne en lo concerniente al futuro de sus respectivos ingenios mecánicos, Charles Robert Darwin [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">¿De dónde venimos?</p>
<p class="bodytext">Con la misma capacidad premonitoria que caracterizó a Leonardo da Vinci y Jules Verne en lo concerniente al futuro de sus respectivos ingenios mecánicos, Charles Robert Darwin se adelantó varias décadas cuando, en The Descent of Man (1871), propuso que los humanos descendíamos de unas formas primates que vivieron en áfrica. Darwin jamás puso pie en la masa continental africana pero sí que le llamó la atención el estrecho parentesco que guardaban los grandes antropoides africanos -chimpancés y gorilascon la especie humana. Si aplicaba las mismas conclusiones de su obra más famosa, The Origin of Species (1859), al caso del homo sapiens, resultaba evidente que nuestra especie no era inmutable: habíamos evolucionado&#8230; ¡cambiado!, es decir, los hombres y mujeres éramos descendientes de otras formas vivas que nos precedieron en el tiempo (acaso íbamos a ser una excepción en la naturaleza). Así, mientras que en las Islas Galápagos existían diferentes variedades de pájaros pinzones que una vez compartieron la misma especie ancestral, era factible pensar que los chimpancés y los humanos procedían de un ancestro común a partir del cual evolucionaron por caminos divergentes. Teniendo en cuenta la distribución geográfica del chimpancé lo más lógico era plantear que la «Cuna de la Humanidad» se ubicase en el continente negro. Tales afirmaciones causaron un gran revuelo entre el establishment científico ya que pocos sabios venerables estaban dispuestos a aceptar que nuestros abuelos fueron simios peludos que se movían por los árboles&#8230; peor era admitir que la especie humana -defendida en el siglo XIX por el academicismo europeotenía vínculos con áfrica (cuyos habitantes eran considerados como razas inferiores a la «blanca»).<br />
Tras batallar contra los intentos de ridiculizar el trabajo de Charles Robert Darwin y algunos de sus mayores defensores (recordemos el debate de Oxford entre el obispo Samuel Wilberforce y Thomas Henry Huxley, «el bulldog -o defensorde Darwin»), e incluso enfrentarse a los fraudes y mentiras de aquellos que pretendían demostrar que la noble cuna del ser humano no era otra que Europa (véase la famosa falsificación del fósil de Piltdown), el trabajo de obstinados antropólogos y arqueólogos concedió finalmente la razón a Darwin: los antepasados primates del género humano se localizaban en áfrica. Raymond Dart y la dinastía Leakey, entre otros, fueron descubriendo poco a poco los fósiles de primitivos homínidos emparentados con el linaje humano: Australopithecus africanus, Homo habilis, Homo erectus&#8230;</p>
<p class="bodytext">¿Quiénes somos?</p>
<p class="bodytext">Nosotros, los humanos, todos sin excepción, somos simples primates que compartimos unas características morfológicas, genéticas y conductuales con otros simios; eso sí, gozamos de un privilegio exclusivo, es decir, no compartido por el resto de seres vivos. En efecto, gracias al habla, primero, y a la escritura después, hemos adoptado el papel de trovadores de una de las aventuras más apasionantes y bellas del mundo: la historia de la vida, y, consecuentemente, la historia de la humanidad. Como únicos narradores de un marco escénico -el origen y la evolución de la vidaque cuenta y ha contado con innumerables actores, no debería extrañarnos que los humanos hayamos querido representar el papel de principales protagonistas, atribuyéndonos la posición más elevada de un pedestal ficticio. Esta visión antropocéntrica de la naturaleza ha hecho que la ciencia, en ocasiones, no haya prestado la suficiente atención a ciertas disciplinas como la Primatología, la Arqueología y la Paleoantropología&#8230;. disciplinas que utilizadas desde una visión interdisciplinar pueden ampliar nuestras miras en los campos de la investigación y la divulgación sobre los orígenes humanos.</p>
<p class="bodytext">¿Hacia dónde vamos?</p>
<p class="bodytext">El ser humano actual, en definitiva, es el resultado de un proceso evolutivo biológico dirigido por la selección natural. Ahora bien, gracias al desarrollo de una cultura compleja los homínidos conseguimos, en parte, independizarnos, del medio que nos rodea: el principal responsable de las presiones selectivas. Efectivamente, después de vernos afectados por los cambios ecológicos que se sucedieron en áfrica y Eurasia hace millones o cientos de miles de años atrás (la desecación del áfrica Oriental, las glaciaciones de la Europa paleolítica&#8230;), y que nos permitieron evolucionar dejando a otras especies de homínidos en la cuneta, ahora vivimos bajo la protección y designios de una esfera o burbuja cultural. Reconozcámoslo, ¡no somos más que primates domesticados por la cultura!: a falta de garras y dientes afilados para descuartizar las presas animales inventamos herramientas cortantes de piedra, ante el frío nos abrigamos con pieles o construimos habitáculos, hoy suplimos órganos y miembros de nuestro cuerpo con trasplantes y prótesis, volamos en pájaros de metal y respiramos bajo el agua con pulmones artificiales. Entonces, sin selección natural no existe evolución morfológica, por lo que el ser humano del mañana, anatómicamente hablando, no cambiará (olvidemos aquellas imágenes que plantea la prensa pseudocientífica sobre humanoides del futuro con grandes ojos y cerebros desproporcionados).</p>
<p>Pero la evolución sigue su curso en lo concerniente a la cultura, es decir, aquello que hemos preferido definir como progreso tecnológico. Quizás nuestro futuro -visto que la Tierra tiene unos recursos limitados que ahora explotamos por encima de sus posibilidadesradica en la colonización de nuevos planetas y lunas. Al igual que los homo erectus abandonaron la cuna africana en busca de nuevas tierras en Europa y Asia, y los homo sapiens exploraron y cartografiaron todos los rincones del planeta, hoy viajamos por el espacio para analizar la composición de otros cuerpos celestes. Quién sabe, quizás mañana nuestra Sociedad Geográfica incluya entre sus miembros a varios cientos de astronautas o cosmonautas&#8230; los nuevos exploradores, geógrafos y viajeros.</p>
<p>En definitiva, somos primates nietos de una homínida ancestral que vivió en el continente africano hace unos 6 millones de años; dicho esto, absolutamente todos los homo sapiens que pueblan el planeta Tierra compartieron un día una única nación -áfricay un único color de piel -el negro-. Sólo nos queda aprender de nuestro Pasado para conseguir imaginar, entender y construir el Futuro. Bajo este contexto, precisamente, nos propusimos fundar HOMINID Grupo de Orígenes Humanos-Parque Científico de Barcelona en el seno de la Universidad de Barcelona. Arqueólogos, primatólogos, paleontólogos, etnólogos, genetistas, filósofos&#8230; todos juntos trabajando en un proyecto único dedicado al estudio interdisciplinar de los orígenes del género Homo (veáse revista de la Sociedad Geográfica Española, núm.11). Tras varios años de trabajo hemos desarrollado múltiples líneas de investigación que nos han llevado a diferentes rincones del planeta y que nos han aportado datos esenciales para el desarrollo de nuestra ciencia. Desde las tierras del Norte de Australia, en Arnhem Land, donde convivimos con la etnia yolngu de Gapuwiyak para aprender los secretos y sabiduría de los pueblos cazadores-recolectores (cultura material, dieta, formas de comunicación gestual, organización social, etc.), pasando por las manyattas de nuestros amigos maasai en Tanzania, hasta los estudios primatológicos de campo en las sabanas de Kenya y Tanzania, los integrantes de HOMINID han reunido observaciones y experiencias que sólo el placer de una expedición puede proporcionar. Sin ir más lejos, esta es una idea que los redactores de la revista de la SGE acertaron recoger a raíz de mi discurso de agradecimiento por la entrega del Premio SGE de Investigación 2001 a nuestro grupo HOMINID:<br />
«Somos un grupo de locos e intrépidos viajeros del conocimiento. No existe mayor placer terrenal que buscar en el pasado y en el presente las claves del origen de nuestra especie» (SGE, 2002).</p>
<p>Y es que la combinación de Pasado y Presente es una condición obligada para entender el origen, evolución y comportamiento de los primeros antepasados de la Humanidad. Quizás por ello, de todos los proyectos en los que interviene HOMINID he querido destacar el que año tras año nos lleva hasta la remota y desconocida región de Peninj, en la orilla occidental del lago Natron. Para este primate domesticado por la cultura, empeñado desde mis primeros años de formación en desenmarañar los muchos interrogantes todavía existentes acerca de nuestros abuelos biológicos, el único sueño era algún día poder investigar en la tierra de los guardianes del lago&#8230; los guardianes que hoy guardan el ayer.<br />
Los Guardianes del Lago.</p>
<p>Diario de un arqueólogo en la tierra de los maasai<br />
En áfrica cualquier momento es digno de ser inmortalizado en el diario de todos aquellos viajeros que, desde las expediciones decimonónicas de David Livingstone, Richard Francis Burton, Mary Kingsley&#8230; hasta los trabajos de campo de Jordi Sabater Pi, John Desmond Clark o Jane Goodall, una vez sucumbimos a los encantos de tan extraordinaria tierra. Es imposible deshacerse de ese hechizo que año tras año te obliga a regresar buscando la tierna calidez de su regazo; el mismo encantamiento que por el contrario te embriaga de añoranza durante los períodos de enclaustramiento en la dura y fría jungla de asfalto. Por lo tanto, es inevitable que cada día al anochecer, tras cumplir con los requisitos de una jornada laboral, y de vuelta a la hermeticidad del despacho doméstico, mi mente viaje hasta el hemisferio austral para regocijarse con uno de esos nostálgicos momentos que más envidio de las acampadas cerca del lago Natron en Tanzania: las noches de reflexión bajo la única luz de las estrellas y el quinqué.</p>
<p>Todo empezó el verano de 1996 cuando mi gran amigo Manolo, el Dr. Manuel Domínguez-Rodrigo, me ofreció la posibilidad de formar parte de un puñado de jóvenes arqueólogos y paleontólogos que estaba a punto de partir hacia la remota e inhóspita región tanzana de Peninj: una tierra castigada por el Sol y salpicada de espinosas acacias que los mapas elaborados por el arqueólogo Glynn Isaac a principios de los años 60 situaban en la orilla occidental del lago Natron. La empresa era ambiciosa ya que, por primera vez en la historia de la investigación sobre el origen y evolución del ser humano, el equipo estaba integrado exclusivamente por especialistas procedentes de nuestras instituciones científicas: Universidad Complutense de Madrid, Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC, HOMINID Grupo de Orígenes Humanos-Parque Científico de Barcelona (Universidad de Barcelona) y Universidad Autónoma de Barcelona. Después de haber sido casi un coto privado para los buscadores de fósiles y prehistoriadores ingleses, franceses y norteamericanos, íbamos a visitar el continente africano para desarrollar un programa de excavaciones arqueológicas y paleontológicas que, continuado hasta nuestros días, tiene por objeto principal reconstruir el comportamiento de los homínidos fósiles: los primeros representantes de la humanidad.</p>
<p>El viaje hasta la región de Peninj parte de la ciudad tanzana de Arusha, una población que casi no ha cambiado ni un ápice desde que en sus calles se rodasen algunas de las escenas más famosas de la película interpretada por John Wayne: ¡Hatari! («peligro» en kiswahili). Allí, como cada año, contactamos con el personal de Kibo Safaris para proveernos de los 4&#215;4, material, tiendas y provisiones necesarios para sobrevivir una larga temporada en un campamento levantado en medio de la sabana. El camino -en el caso que se le pueda llamar asíque ha de conducirnos hasta nuestro destino son pistas polvorientas y cuestas pedregosas que obligan a levantar las palas y picos, y no para hallar nuevos fósiles sino para desatascar a los todoterreno en su lastimosa marcha a través de las sendas borradas por las cortas pero intensas precipitaciones de la estación de las lluvias. Ahora bien, los premios superan con creces a las dificultades. Los vehículos circulan flanqueados por los bellos paisajes de la Gran Falla del Rift: el accidente geológico que, según opinamos muchos científicos, provocó los cambios ecológicos que dieron paso a la aparición de los primeros homínidos hace 6 millones de años.<br />
Manadas de animales nos escoltan, el volcán Oldoinyo le Engai -tras disfrutar con la vista de sus compañeros Kerimasi y Kitumbeinese erige majestuoso a nuestro paso y los únicos moradores humanos de estos parajes, los ganaderos y guerreros maasai, los auténticos guardianes del lago, nos acogen en su seno. Siguiendo la tradición, Jon Maseto -uno de los jefes maasai de Peninjcada temporada da la bienvenida al equipo científico en su manyatta: un poblado de planta circular que engloba varias chozas construidas con ramas y boñigas de vaca. Mientras aceptamos una infusión de hierbas y saludamos a la familia, los niños más pequeños huyen despavoridos ante la impresión que causan nuestras pieles de color pálido cubiertas de sombreros, pantalones, botas, etc. (el mismo aspecto que desata las risas y burlas entre las mujeres del clan). Luis Alcalá, Luis Luque, Victoria Medina, Nacho de la Torre y Rafael Mora, mis otros compañeros de expedición, no somos el prototipo de belleza maasai.<br />
La estrategia de trabajo en Peninj consiste en despertarse antes de que aparezca el sol por el horizonte. Las horas dedicadas a la excavación de los yacimientos arqueológicos deben ser exprimidas al máximo, todo minuto de luz es importante antes que el astro rey inicie ese lento descenso que coincidirá, como si de la mejor banda sonora se tratase, con los silbidos de los jóvenes pastores y el tintineo de los cencerros durante el traslado del ganado maasai hasta la seguridad de la boma; es la hora del leopardo y el mosquito Anopheles (transmisor de la malaria), las tropas de babuinos buscan refugio en los escarpes rocosos, las invisibles serpientes abandonan sus escondites diurnos y los fatigados pero satisfechos detectives del pasado regresamos al campamento: un puñado de frágiles tiendas rodeadas por una improvisada pared de ramas espinosas que los maasai, erigidos en protectores de los que ahora son sus invitados, han dispuesto para nosotros.</p>
<p>La noche es el momento idóneo para extender en la polivalente mesa de laboratorio -una tabla aguantada por dos caballetestodo el material hallado a lo largo de la jornada. Fósiles de animales herbívoros y carnívoros que convivieron con nuestros ancestros hace entre 2 y 1.5 millones de años, y que fueron depredados por éstos, se amontonan al lado de las herramientas de piedra que fabricaron los homínidos con el objeto de sobrevivir en las sabanas del áfrica Oriental: los huesos, por ejemplo, presentan las marcas de corte causadas por las afiladas lascas de basalto, tan eficientes como hojas de afeitar. La oscuridad, quietud y silencio de la noche sólo son quebrantados por los tonos rojizos, el movimiento de las sombras y el crepitar de la madera generados por la fogata; qué mejor oportunidad para establecer una comunicación fluida entre los variopintos integrantes de la expedición científica, los cuales -lejos de aletargar y aislarnos en la crisálida del establishment científico más selectopresumimos de incorporar a la discusión cualquier anécdota acaecida a lo largo del día: el descubrimiento de un cubículo de hienas, la avería del veterano Land Rover, el encuentro con una partida de cazadores-recolectores sonjo, etc. Es en medio de esta atmósfera, aromatizada por el tabaco de mi pipa, cuando se aglutinan todos los requisitos esenciales para que las páginas del diario -o libreta de campocaigan, una tras otra, bajo un chorro imparable de desordenados apuntes, esquemas y dibujos que días, meses y años más tarde servirán de muleta a los recuerdos conservados en la memoria, y más aún cuando la edad intente cebarse en la salud de este disco duro biológico que llamamos cerebro.<br />
Pero las noches no siempre son iguales. Tras varias semanas de arduo trabajo suelen escasear los pertrechos para nuestro insignificante asentamiento en las áridas tierras de la orilla occidental del lago Natron. Entonces es cuando se valora cualquier sorpresa que en medio de la ciudad nos pasaría totalmente desapercibida. Sin previo aviso, un santanderino afincado en Tanzania, Julio Teigell de Kibo Safaris, y después de conducir durante más de 12 horas seguidas por los polvorientos e inescrutables caminos que llevan a Peninj, llega al atardecer con su Toyota pick-up cargado de provisiones. Los primeros en aparecer tras la estela de polvo del Land Cruiser, además de los omnipresentes maasai y los asistentes tanzanos del campamento, son, cómo no, los insaciables devoradores de cigarrillos americanos que, dominados por el síndrome de abstinencia y provistos de papel para liar, llevan dos días acosando mis bolsas de tabaco de pipa. Julio les trae varios cartones de Marlboro que se mezclan entre las cajas de fruta, verduras y carne frescas, o las herramientas encargadas para sustituir a las ya rotas tras los primeros golpes contra el sedimento. Picos, palas, piquetas, martillos&#8230; (todo lo comprado antes de partir en los establecimientos de Arusha) se rompen con la misma facilidad que el más frágil de los cristales.</p>
<p>Una de la sensaciones más intensas en Peninj es la sed. Excavamos y prospectamos el terreno bajo un sol de justicia. No es extraño que algunos hayan catalogado esta zona como la tierra de los arbustos, un lugar no apto para el hombre «blanco». Así se entiende mucho mejor el placer que puede suponer abrazar una botella fría de cerveza como las traídas por Julio entre dos enormes barras de hielo. La cerveza comercial en el Este de áfrica -Tusker, Safari, Kibo, Kilimanjaro&#8230;se distribuye en envases de medio litro por lo que mientras despachamos, como si del mejor Rioja o Penedés se tratase, los primeros «botellines» recién llegados de Arusha, Manolo da un repaso a los restos de fauna fósil hallados en la Sección Tipo; una zona bautizada por el equipo con la denominación de Paisaje Lunar debido a las características geomorfológicas de los peñascos y a los finos sedimentos grisáceos donde se imprimen, al igual que ocurrió con Neil Armstrong tras descender por la escalerilla del Apolo XI, las suelas de nuestras botas así como las pisadas de las hienas y alimañas que por allí tienen alguno de sus escondrijos. Yo, por el contrario, me sumerjo en la descripción de los trabajos en PE-ES2, el fabuloso yacimiento arqueológico del Escarpe Sur que Manolo ha puesto bajo mi tutela. Para completar el cuadro, los tres guerreros maasai que protegen el campamento se encuentran al lado del fuego con la vista clavada en nuestra labor. Es imposible resistirse a la escena. Levanto la vista por encima del diario y los materiales arqueológicos depositados en la mesa para fijarme en las siluetas de los tres moran que, al igual que estatuas, permanecen inmóviles al resguardo de la fogata. Se mantienen majestuosamente erguidos a imagen y semejanza de sus temibles lanzas clavadas a pocos centímetros; siempre a mano por si cualquier peligro acecha.</p>
<p>Ataviados con el típico tocado de pelo trenzado -que recogen hacia atrásy la característica shuka de color granate, los dos askari más jóvenes guardan un inquietante silencio que sólo es roto por breves comentarios -seguramente sarcásticosasí como por el inconfundible sonido de los salivazos que los maasai proyectan entre sus dientes con relativa frecuencia. Los rostros de Sana y Kadogo -así se llamandibujan un rictus de extrema seriedad combinado con la soberbia y seguridad de aquel que se sabe superior a cualquier otro mortal. Las llamas reflejadas en las largas y delgadas láminas metálicas que coronan sus respectivas cabezas (un ornamento que confiere mayor estatura a la pareja de guardianes del lago) finalmente ceden paso a la tenue y fantasmagórica luz de las brasas; sólo entonces es cuando se acerca el tercero de los guerreros, el de mayor edad y experiencia con su pelo rapado y una capa roja. Se trata de un tipo extrovertido, de sonrisa fácil, que no lo piensa dos veces antes de acomodar entre sus manos uno de los fósiles que reposan desordenadamente alrededor nuestro. La curiosidad le ha vencido: ¿qué hacen los wazungus (blancos) en los dominios del pueblo maasai?</p>
<p>Nuestro trabajo en Peninj es indagar acerca de los orígenes. Precisamente, los maasai de esta zona tienen sus propias opiniones al respecto. Una de ellas es mitológica. Según explican, Engai -el cual habita en la &#8216;Morada de Dios&#8217;, el volcán Oldoinyo le Engaituvo tres hijos. Al primero le dotó de un arco para cazar, al segundo le dio una azada para cultivar la tierra y el último recibió un bastón para conducir el ganado; éste era Natero Kop. Sólo el tercero sobrevivió y es por eso que desde entonces los maasai se dedican a la ganadería&#8230; todo el ganado del mundo les pertenece, mientras que detestan las actividades agrícolas y cinegéticas (salvo si exceptuamos la caza del león, la cual se sitúa en un contexto iniciático o de protección de las reses). La segunda explicación sobre los orígenes tiene mucho más que ver con la observación. Amparados por las estrellas de una cálida noche de agosto en nuestro campamento de la orilla oeste del lago, el guerrero adulto devuelve a la mesa el fósil y nos sorprende con una historia ancestral: los ancianos de su boma cuentan que una vez los hombres durmieron en lo alto de los árboles a semejanza de los babuinos y colobos (dos tipos de primates que viven en Peninj); cazaban animales y recolectaban frutos para comer hasta que aparecieron los maasai y construyeron chozas y domesticaron el ganado. Escuchando este bello relato se me antoja paradójico que en Europa no hubiese sido propuesta una teoría parecida hasta que Charles Robert Darwin, durante la segunda mitad del siglo XIX, sugirió que los humanos habíamos evolucionado a partir de unas formas primates que vivieron en áfrica.</p>
<p>Nosotros, en la tierra que los maasai consideran como el lugar de su origen, también buscamos las huellas de la «Cuna de la Humanidad». Y lo hemos conseguido. Sin ir más lejos, poseemos mucha información acerca de cómo se comportaban los homo erectus que vivieron en los dominios de los guardianes del lago. Para ello contamos con la gran ventaja de que el paisaje actual de Peninj es exactamente igual al que existió hace entre 2 y 1,5 millones de años atrás, por lo que podemos inferir qué plantas podrían haber recolectado los primeros humanos para su alimentación (de ahí la importancia que tienen todos los datos que cada día recogemos al seguir a los maasai en sus marchas en pos de plantas medicinales, nutricionales o para fabricar sus herramientas). Por otro lado, los datos extraídos de las excavaciones nos dan una idea acerca de las especies animales cazadas por los homo erectus y de cómo las descuartizaron con la ayuda de sus útiles; incluso, en un yacimiento arqueológico como el de PE-ES2 hemos constatado que las hachas de piedra allá encontradas fueron empleadas para la tala de madera. Este último descubrimiento ha supuesto un hito científico en el ámbito de la prehistoria africana ya que por primera vez han sido aislados restos microscópicos de naturaleza vegetal en herramientas de semejante antigüedad. éstas fueron abandonadas por los homínidos que se desplazaron hasta esta localidad con la idea de fabricar una serie de utensilios de madera que, a pesar de haber desaparecido al descomponerse la materia vegetal, podemos sospechar que eran lanzas destinadas a la captura de animales, palos cavadores para conseguir raíces y tubérculos, y postes para sus refugios.</p>
<p>Hoy, sentado en mi escritorio a la espera de la siguiente expedición, sigo viéndome de pie enfrente del Oldoinyo le Engai y con la Luna en el cielo iluminando la noche. Astro, volcán y animal son el fiel reflejo de las tres historias más bellas jamás narradas por las voces del Cosmos: la Historia del Universo, la Historia de la Tierra y la Historia de la Vida; ésta última, en una de sus muchas ramificaciones, ni la mejor ni la peor, desembocó en la aparición de unos primates domesticados por su propia cultura: los humanos. En áfrica encontré, he encontrado y encontraré siempre las respuestas a mi viaje en busca de los orígenes.</p>
<p class="bodytext">Para saber más:</p>
<p class="bodytext">SGE (2002).<br />
«Premio SGE de Investigación. Proyecto HOMINID Grupo de Orígenes Humanos».<br />
Sociedad Geográfica Española, 11, pp.20-21.</p>
<p class="bodytext">Los Guardianes del Lago.<br />
Diario de un arqueólogo en la tierra de los maasai.<br />
Serrallonga, J. (2001). Barcelona: Mondadori.</p>
<p class="bodytext">
* Jordi Serrallonga es Profesor de Prehistoria, Etnoarqueología y Evolución de la Conducta Humana, Universidad de Barcelona, Director de HOMINID Grupo de Orígenes Humanos, Parque Científico de Barcelona. Es también Premio Sociedad Geográfica Española de Investigación 2001</p>
<p class="bodytext"><strong>Jodi Serrallonga</strong></p>
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		<title>Aterrizaje en Cuzco</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/aterrizaje-en-cuzco/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:28:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 12]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">«Obra de demonios» exclamaron los conquistadores cristianos al contemplar Sacsahuamán, Templo del Sol a 3.700 m de altitud.<br />
-¡Cosa de demonios!gritaba la india que llevaba a su hijo en «el pechito de atrás» cuando vio al globo que resollaba fuego en la explanada, entre la fortaleza y el rodadero.<br />
Pero allí estaba Pedro, inca moderno, que tras guardar en su bolsillo la figurita de madera que tallaba, se escupió en las manos para aferrarse al cabo de corona que mantiene inclinado al globo durante la maniobra del hinchado, junto a nuestro ayudante Juanito.</p>
<p>Cuando el aerostato se elevó, pudimos ver al halcón, el ojo que es la base del torreón central y las plumas erizadas de su cabeza que forman las murallas en zigzag; maravillas del Perú concebidas para ser vistas solo desde arriba, por donde andan los dioses.</p>
<p>Los indígenas dejaron en suspenso la preparación de sus puestecillos y se maravillaban de ver aquella enorme bola escupida por el fuego que pasaba por encima, y a nosotros, los aerosteros, nos fascinaban las inmensas moles que formaban los murallones «tan grandes que nadie que las vea dirá que hayan sido puestas allá por mano de hombres, que son tan grandes como trozos de montaña y ninguna tan pequeña que la puedan transportar tres carretas» -como dijo Pedro Sancho, secretario de Pizarro. El ajustamiento de estas piedras es lo que causa mayor asombro; no cabe una cuchilla de afeitar-«tan bien labradas que parecen acepilladas y tan ajustadas unas a otras que no parece que tengan mezcla». Una de ellas alcanza 9 metros de altura por 5 de ancho, y se calcula su peso en 360 toneladas.</p>
<p>Una nutrida corte de admiradores nos seguía correteando por las tres plataformas del Sacsahuamán, y en vista de que la débil brisa variaba el rumbo deseado hacia el Cuzco, largamos el cabo de agarre gritándoles que nos remolcaran hacia el precipicio, con el temor de que tanta gente y tan descontrolada, nos hundieran hacia la muralla en vez de hacernos avanzar.</p>
<p>Pero enseguida se hicieron cargo y tiraban con la vista en el suelo y envueltos en sus ponchos, como si otra vez movieran algún bloque gigantesco, como la piedra cansada que mató al descolgarse a muchos cientos de indios que la arrastraban y que, según Guamán Poma, terminó por llevar sangre.<br />
Abajo, entre los eucaliptus, se veía ya el Cuzco, que por ser la principal de todas las ciudades, es tan grande y tan hermosa que sería digna de verse aún en España, toda llena de palacios de señores, porque en ella no se ve a gente pobre.<br />
Ahora sí se veían, pero alegres y tan animados que gritaban sus mercancías en sus puestecillos y nos saludaban maravillados, como la gente que todavía mantiene la fantasía dentro.</p>
<p>En la Plaza de Armas, todavía lejana, comenzaba a congregarse lo que luego acabó en una muchedumbre, pero la brisa todavía no tenía decidido nuestro destino, así que bandeábamos de una parte a otra recorriendo la ciudad, avanzando unos pocos metros en cada bordada aérea; la gente se asomaba a los balcones o se arremolinaba señalándonos con grandes risas, podíamos ver sus dientes blancos en la penumbra de las calles estrechas.</p>
<p>Desde el formidable puesto de observación de la barquilla, se veía una ciudad de traza española, a 3.326 metros de altitud, superpuesta a una nativa, de la que quedaban muchas muestras arquitectónicas que nos dejaban entrever la grandiosidad y originalidad de su pasado. Podía contemplarse la iglesia y el convento de Santo Domingo, construidos sobre el templo principal inca dedicado al dios del sol, Inti-Cancha, que fue el gran centro religioso cabeza del Imperio, la casa de las vírgenes del sol o Ajlla-Vasi, el palacio de Qoloanpata o del indio Roca, donde se encuentra la famosa piedra labrada de doce ángulos, mezclados con las casas coloniales de la Concha, de los marqueses de Valle-Umbroso, la del Almirante, la de los Cuatro Bustos&#8230;<br />
En la ladera, salía el tren hacia el Machu Pichu lleno de turistas que sacaban sus cámaras por las ventanillas; escalaba la montaña como un péndulo, marcha adelante y marcha atrás y en cada vaivén subía unos metros hacia arriba, con una técnica sobre los raíles parecida a la nuestra en la brisa, que nos acercaba lentamente con grandes y suaves ondulaciones hacia la Plaza de Armas. No era capaz de identificar el cuerpo de puma, forma que tiene la ciudad, colocado bajo la cabeza del halcón, que es Sacsahuaman según la leyenda; quizá ha sido deformado por el crecimiento, naturalmente caótico. Lo que sí nos llamaba la atención desde nuestro privilegiado punto de vista, eran las figuritas que campeaban sobre los tejados de casi todas las casas: una vasijita con agua para ahuyentar los espíritus de los incendios, una cruz para mantener alejado al demonio y unos signos que pregonaban la situación económica de sus moradores: una pareja de bueyes de barro grandes, o pequeños si los propietarios no eran pudientes, o de llamas cuando eran campesinos pobres.<br />
Por fin navegamos sobre las ultimas casas y abordamos la plaza; la muchedumbre abigarrada, en colores y en lo heterogéneo, campesinos quechuas de sombrero bajo, especie de plato de lana sobre la cabeza, que no hablan castellano, mestizos que hablan español, de sombrero alto como un bombín, mujeres aymnaras ataviadas de gala, esperando en las escalinatas de la plaza a que algún turista quisiera retratarlas con sus llamas, previo pago, indios del mercadillo con sus trajes de tintes chillones en la escalinata de la catedral-basílica, construida sobre el palacio de Viracocha. Cuando nos colocamos sobre sus bóvedas, iniciamos el descenso y, para evitar cualquier desplazamiento lateral que nos hiciera encallar sobre los tejados, lancé el cabo de agarre que fue trincado rápidamente por Juanito y el inca moderno Pedro ante el asombro de todos, que no podían creer que aquel tremendo invento decidiera bajar allí, justo delante de ellos&#8230; cosa nunca vista en el Cuzco.</p>
<p>Cuando la barquilla por fin tocó fondo en la plaza, la gran multitud rodeó al globo, querían tocarlo, ver de qué estaba hecho aquello, y a nosotros, nos tiraban de la manga, nos ponían un papel delante pidiendo un autógrafo, nos daban palmadas de lo más felices, y solo pudimos tener espacio para plegar la vela cuando la policía acudió en nuestra ayuda e hizo un espacio dando correazos. Mientras reponíamos fuerzas en el Píccolo, nuestros frustrados admiradores siguieron con la nariz pegada al cristal vigilados por los guardias, observando cómo una gente tan rara, como debíamos parecerles, desayunaba con tanta ansiedad.</p>
<p class="bodytext"><strong>Jesús González Green</strong></p>
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