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	<title>Boletín 16 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 16 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>El valioso cuaderno de viaje de Tomás Suría</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:26:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 16]]></category>
		<category><![CDATA[La Gran Expedición]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo nos recuerda la vida y aventuras de un viajero valenciano que se asomó a las latitudes árticas en el siglo XVIII: el grabador valenciano Tomás de Suría, que [&#8230;]</p>
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<h6 class="wp-block-heading">Pedro Páramo nos recuerda la vida y aventuras de un viajero valenciano que se asomó a las latitudes árticas en el siglo XVIII: el grabador valenciano Tomás de Suría, que viajó hasta Alaska en la expedición de Alessandro Malaspina y escribió un curioso diario que nos transmite intensas sensaciones y ricas descripciones.</h6>



<h3 class="wp-block-heading"><em><strong>Por Pedro Páramo</strong></em></h3>



<p>Bibliografía: <a href="http://El v3lioso ·cuaderno de viaje de Tomás Suría">Boletín Nº16 &#8211; Especial Tierras Polares</a></p>



<p>Los exploradores españoles alcanzaron los bordes de los hielos pola­res antes que nadie en el siglo XVI, como &nbsp;parte &nbsp;del &nbsp;reconoci­miento de las costas del continente americano. Por el Sur, el palentino <strong>Gabriel de Castilla</strong> navegó hasta los 64° de latitud Sur basta la Antártida en 1600; por el Norte, &nbsp;el &nbsp;legendario &nbsp;navegante &nbsp;valenciano <strong>Ferrer Maldonado</strong>&nbsp;afirmó haber pasado del Atlántico al Pacífico por encima de los 600 en 1588. Pero el imperio español llegó exhausto a la era de los grandes descubrimientos en los helados extremos del Planeta. Los últimos intentos de los españoles para explorar estos territorios desconocidos tuvieron lugar en el lejano noroeste de América, a fina­les del siglo XVlll, &nbsp;encomendados &nbsp;a ilustres marinos, como <strong>Juan Francisco Bodega y Quadra</strong>. <strong>Bruno de Heceta</strong>, &nbsp;<strong>Francisco Antonio Mourelle</strong>, <strong>&nbsp;Alessandro Malaspina</strong>, <strong>Cayetano Valdés</strong> y <strong>Dionisio <em>Alcalá </em>Caliano</strong>. Los viajeros que recorren hoy Alaska pueden seguir la huella de aquellas exploraciones a través de la toponimia &nbsp;local que &nbsp;conserva &nbsp;nombres en español &nbsp;como &nbsp;<em>Cordov</em><em>a,</em>&nbsp;<em>Valdez </em>o <em>Chocon</em><em>,</em> otros traducidos al inglés, como la <em>bahfa </em><em>del </em><em>Desengaño, </em>en la actuali­dad Oisenchantment Bay. y muchos otros adaptados a la fonética indígena.</p>



<p>Las flotas enviadas por el gobierno de Madrid al noroeste americano de fina­les del XVIII partían con tres cometidos principales: el reconocimiento y con­trol de los confines del imperio, la búsqueda del mítico Paso del Noroeste y la exploración y estudio de los recursos dis­ponibles en aquellas lejanas tierras. Las tres habían sido estimuladas a partir de 1750, al tener noticia el gobierno español de que cazadores y comerciantes &nbsp;rusos, lle­gados a través del estrecho descubierto en 1728 por el danés al servicio del zar <strong>Vitus Bering</strong> en busca de pieles, estaban creando factorías en territorio español. En los barcos fletados para estas misiones por la Corona desde la Península &nbsp;o desde &nbsp;los puertos &nbsp;mexicanos de Nueva España en el Pacífico, con los marinos y los soldados viajaban naturalistas, cartógrafos y pintores encargados de estudiar, catalogar y dibujar cuanto hallaban a su paso con el fin de informar de los hallazgos al gobierno.</p>



<p>Uno de aquellos artistas, el grabador valenciano <strong>Tomás de Suría</strong>, que viajó hasta Alaska en la expedición de Alessandro Malaspina, escribió un diario que él tituló<strong> <em>Quademo </em><em>que </em><em>contiene el </em><em>Ramo </em><em>de </em><em>Historia&nbsp;</em><em>Natural </em><em>y </em><em>diorio </em><em>de </em><em>la </em><em>Expedición </em><em>del </em><em>Círculo del </em><em>Glovo</em></strong><em>.</em> Se trata de un manuscrito lleno de tachaduras, que comienza abruptamente y termina con una palabra a medio escribir, como si fuera una serie de notas tomadas durante el viaje que el autor se propusiera ordenar y pasar a limpio más adelante. El cuaderno no obstante, conserva el frescor del momento vivido y nos transmite las sensacio­nes más intensas, las descripciones más ricas y el &nbsp;relato más completo de aquella aventura de l<strong>as corbetas Descubierta y Atrevida</strong> en las costas del Pacífico en el &nbsp;extremo septentrional de &nbsp;América. El &nbsp;testimonio de Suría, que no estaba obligado a secreto por juramento y no tuvo que entregar su diario a las autori­dades del Ministerio de Marina, es el de un hijo de la ilustración, car­gado de información científica y de humanismo, &nbsp;muy alejado de las lacónicas informaciones de los cuadernos de &nbsp;bitácora exigidas a los marinos y exploradores de la época.</p>



<p>Los historiadores, los naturalistas y los antropólogos reconocen el manuscrito del valenciano como el más valioso para conocer &nbsp;la vida y las costumbres de los pobladores de Alaska de hace dos siglos. La casualidad condujo a Tomás de Suría a la expedición de Alessandro Malaspi­na en abril de 1791. Meses antes, las corbetas Atrevida y Descubierta habían desembarcado a su paso por El Callo (Perú) al pintor sevillano José del Pozo. Malaspina, descontento con este artista, al parecer indolente y poco voluntarioso, había escrito entonces al virrey de Nueva España, Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, conde de Rivallagigedo, pidiéndole que le proporcionara un artista para reemplazar al sevillano. El asturiano Ramón de Posada, director de la Academia de San Carlos Borromeo de México, seleccionó a Tomás de Suría, un personaje que encontraría &nbsp;un lugar en la historia gracias a esta decisión.</p>



<p>De la vida de Suría antes de su viaje al Norte se sabe poco a ciencia cierta. Unos dicen que nació en la localidad valenciana de Enguera, otros que en Valencia y el &nbsp;biógrafo que &nbsp;mejor lo conoce, &nbsp;Arsenio Reyes Tejerina, profesor de español de la Universidad de Anchorage, sostiene que nació en Tavernes &nbsp;Blanques y da como fecha de nacimiento el 14 de abril de 1761. Está probado que se trasladó a Madrid a los doce años, pues en el mes de octubre de 1773 se matriculó en la Academia de San Fernando, y también que en 1778 llegó a México acompañando a su &nbsp;maestro, Jerónimo &nbsp;Antonio Gil, que &nbsp;bahía sido enviado a Nueva España &nbsp;para crear &nbsp;la Escuela de Grabado. &nbsp;En 1788, Suría se casó con María Josefa Femández de Mendoza, joven de una familia acomodada &nbsp;de la capital virreinal mexicana, con la que tuvo dos hijos. Cuando &nbsp;fue llamado para incor­porarse &nbsp;a la expedición de Malaspina, Tomás tenía treinta años y trabajaba como grabador de la Casa de la Moneda de México, después de haber contri­buido al establecimiento de la Academia de San Carlos, imitación de la de San Fernando madrileña, donde se levantaban los planos y se diseñaban &nbsp;los edificios que admiramos hoy como los más representativos del México colonial. En la carta de presentación dirigida a Malaspina, el virrey dice de su recomenda­do: «&#8230; <em>individuo&nbsp;</em><em>de </em><em>la Real </em><em>Academia de &nbsp;</em><em>San Carlos</em><em>&#8230; </em><em>es </em><em>un </em><em>mozo &nbsp;</em><em>lleno </em><em>de </em><em>honor, </em><em>completo en circunstancias, </em><em>hábil </em><em>en el grabado i</em>&nbsp;<em>pintura </em><em>y </em><em>de esperanzas por </em><em>ser </em><em>el </em><em>más </em><em>aprovechado&nbsp;</em><em>de cuantos hay </em><em>en ella&#8230; va con </em><em>todos los útiles</em><em>.. </em><em>de buena crianza, honrado en su </em><em>modo de pensar</em><em>«.</em></p>



<p>La expedición de Malaspina partió de Acapulco con Tomás de Suría a bordo de la Descubierta el l de mayo de 1791. Las dos corbetas navegaron primero hacia el oeste y luego hacia el norte hasta que el 23 de junio avistaron el monte San Jacinto (Edgecumbe) a 57ºN, en Alaska. Siguieron luego hasta Yakutat Bay, ya en los 60º, donde Ferrer &nbsp;Maldonado decía haber hallado el paso del Noroeste.</p>



<p>El diario del artista valenciano, que &nbsp;no era marino y no se extiende por tanto en precisiones relativas a la navegación, nos ofrece en cambio &nbsp;una cruda &nbsp;des­cripción de las condiciones de vida a bordo de la corbeta. &nbsp;Al explicar cómo era el camarote que compartía con el segundo piloto, Fernando Quintana: «No quiero tratar de la incomodidad, porque no es de este lugar &nbsp;-escribe Suría-. &nbsp;Sólo diré que, tendido &nbsp;en &nbsp;mi cama, doy con los pies en el costado de la corbeta y con la cabeza en el mampa­ro (que así llaman a la tabla que cierra el camarote) &nbsp;y desde el pecho a la cubier­ta, que es mi techo, hay cuatro dedos de distancia, &nbsp;cuya estrechura no me deja menear &nbsp;en la cama y necesito&nbsp; hacerme un rollo, cubriéndome la cabeza &nbsp;aunque me sofoque, &nbsp;pues es &nbsp;menos malo verse acometer de millones de cucarachas de que &nbsp;hay tanta peste que, a algunos individuos les hacen llagas en la frente y puntas de los dedos».</p>



<p>Tomás de Suría es un civil que cuenta lo que ve con la precisión de un científico y con la riqueza de detalles que, como artista, transmite a sus plumillas y pinceles.  A los indios tlingits de lo que hoy es Alaska los retrata en su diario como un naturalista: «Son de mediana estatura, pero robusta y fuerte, sus fisonomías guardan cierto parentesco con la de todos los indios, excepto que tienen los ojos muy apartados  uno de otro y éstos largos y rasgados. Todo el  rostro es más redondo que largo aunque desde las mejillas (que son muy abultadas)  forman hasta la barba algo más de punta, sus ojos alegres y vivos aunque siempre manifestando un aire agreste y montaraz consecuente  al modo con que se crían». «Sus rancherías o habitaciones son muy infelices en donde se ve el desorden y la suciedad -explica-, pues más parecen chiqueros de puercos que habitaciones de personas. Esto causa un olor tan fétido y desagradable a sus muebles y per­sonas que no se puede sufrir&#8230;  Siempre están comiendo y calentándose a la lumbre, la cual está en medio de la choza».</p>



<p>&nbsp;El cuademo de Tomás de Suría recoge todos los aspectos de la vida cotidiana de los indígenas: cómo condimentan sus alimentos, la forma y los materiales de sus vestidos así como de sus adornos y los instrumentos que emplean para hacerlos; cuenta los rituales que emplean para los nacimientos y los entierros; da una infor­mación detallada de las armas. armaduras y embarcaciones que utilizan; no olvi­da sus juegos, ni los juguetes que fabrican para sus hijos, ni sus danzas ni sus cán­ticos. «Su idioma es muy fuerte -escribe-. abunda mucho de kks, j, hh. Abordo hay quien asegura parecerse su acento al morisco. Gritan desmedidamente cuan­do hablan y con un tono soberbio y espantoso&#8230;. al enemigo le llaman cuteg, y la «g» última la pronuncian en acción de uno que arrancan un gargajo. Yo he entendido las siguientes: anaku, quiere decir señor o superior. Chouut, mujer. Kuacan, amigo. Tukuuneguii &nbsp;niño de&nbsp; pecho. Anegti, muchacho». Suría demuestra &nbsp;también que es psicólogo y sus observaciones traspasan la fría visón del naturalista: »su caminar era iracundo, soberbio y de desprecio», dice <em>al </em>describir a un mucha­cho de casi dos metros. La curiosidad y el carácter de Suría se ven reflejados en lo ocurrido cuando entró en la casa de un cacique para dibujar su interior y se vio abandonado por los marineros que lo escoltaban:»Apenas comencé a trabajar, cuando con un gran grito, en tono imperioso y ademán de que suspendiera mi trabajo, el cacique me habló en su lengua, yo, embebido, no hice caso hasta que, por tercera vez y con una gran vocería de chillidos de todos los indios, volví en mi y suspendí el dibujo que estaba &nbsp;muy a los principios. Me agarraron a empellones, yo empecé a gritar a los <em>míos </em>y cuando volví la cara no vi a ninguno.</p>



<p>Me cogieron en medio haciendo una rueda y bailando en cuclillas alrededor de mi, cantando una canción espantosa que parecían toros que bramaban. Yo, vién­dome en tal disposición, tomé el partido de llevarles el humor y me puse a bai­lar con ellos. Levantaron el grito y me hicieron sentar y por fuerza me hicieron cantar sus canciones que, según los gestos que hacían, conocí que todo se redu­cía en mi escarnio, pero en tal situación me hice el desentendido y esforzaba el grito haciendo las mismas contorsiones y gestos. Ellos se complacían de esto, y pudo mi industria ganarles la voluntad con una figura que les dibujé con casaca, vestido como nosotros, de la que se maravillaban mucho y decían, señalándola con el &nbsp;dedo, ankau, &nbsp;ankau, que quiere decir señor (y como nombran a su cacique). &nbsp;Así se sosegaron y a porfía me querían dar de comer pescado, y yo me excusé lo más que pude, pero vien­do que me amenazaban lo hube de comer. Luego me ofrecían las mujeres. señalándome algunas y reservándome otras, y viendo estaba inmóvil pasaron a significarme con las manos que me las daban para que las violase».</p>



<p>El diario desprende admiración por la vida sencilla de los indígenas, su destreza, su plena adaptación a las duras condiciones de vida que impone un clima extremo e implacable lo que, según el profesor Arsenio Rey Tejerína, sitúa a Tomás de Suría como escritor a caballo entre la llustración &nbsp;y el Romanti­cismo. Pero el manuscrito muestra tam­bién a un hombre comprometido con su tiempo y con su país, al transmitirnos como &nbsp;nadie &nbsp;el &nbsp;espíritu &nbsp;de &nbsp;aquellos exploradores españoles que navegaban en cascarones durante meses desafiando los fríos árticos, conscientes de que eran los protagonistas de la carrera de descu­brimientos emprendida por las grandes potencias europeas para explorar y car­tografiar los últimos rincones del Plane­ta. La &nbsp;expedición de &nbsp;Malaspina tenía orden del gobierno de alcanzar los 60º &nbsp;Norte, pero el 10 de julio las corbetas rebasan lo 61 grados y, navegando hacia el sur, se encuentran frente a la isla Middleton. Los marineros sienten entonces que tienen al alcance de su mano el paso del Noroeste de Ferrer &nbsp;Maldonado si&nbsp;llegan hasta la más septentrional de las Aleutianas, pero la estación está ya muy avanzada ) los oficiales temen que pueden verse atrapados por los hielos.&nbsp;<em>«Estas </em><em>deliberaciones </em><em>nos privaron </em><em>en </em><em>parte </em><em>de la </em><em>gloria </em><em>y derrota &nbsp;proyectada &nbsp;</em><em>de subir hasta los 70 y </em><em>80 grados,</em><em>en donde </em><em>por</em> <em>el </em><em>Estrecho &nbsp;de Bering&nbsp;</em><em>se </em><em>unen </em><em>lo</em><em>s</em> <em>dos </em><em>mares Glacial </em><em>y </em><em>del Sur, &nbsp;y hacer los mismos </em><em>reconocimientos </em><em>que </em><em>el </em><em>inmortal </em><em>Cook</em><em>«,</em> se lamenta Suría en su diario quien, más adelante, añade: <em>«</em><em>Hasta </em><em>los </em><em>más </em><em>infelices marineros formaban </em><em>corrillos </em><em>murmurando</em> <em>la deliberación tomada de bajar </em><em>reco­</em><em>nociendo la </em><em>costa </em><em>pues</em><em>,</em> <em>como ignoraban los justos motivos que </em><em>con </em><em>acuerdo </em><em>de la oficialidad se resolvían en lo </em><em>cámara</em><em>, </em><em>creían </em><em>falto </em><em>de ánimo lo que </em><em>era </em><em>acertada precaución, y </em><em>se </em><em>les notaba &nbsp;</em><em>disgust</em><em>o</em> <em>e&nbsp;</em><em>impaciencia porque llegaban </em><em>a </em><em>comprender </em><em>n</em><em>os </em><em>llevaban&nbsp;</em><em>ventaja </em><em>los ingleses </em><em>en estos </em><em>descubrimientos»</em><em>.</em></p>



<p>Al regreso de las corbetas <em>Atrevida </em>y <em>Descubierta </em>al puerto mexicano de San Blas, en octubre de 1791, Suría se quedó sin trabajo. <em>Dos </em>artistas enviados por el conde milanés Paolo Greppi, amigo de Malaspina, ocuparon su puesto en la expedi­ción. Malaspina pidió al virrey que le concediera seis meses a Tomás de Suría para que pudiera terminar los trabajos iniciados a bordo y ocho meses más tarde los trabajos de Suría fueron enviados de Nueva España al archivo real de Madrid y unidos al grueso de los informes de aquella expedición. Algunos de los dibujos de Suría se pueden ver hoy en el Museo Naval de la capital de España.</p>



<p>Suría pensó que su brillante trabajo con Alessandro Malaspina le permitiría regresar a España, pero tuvo que contentarse con un puesto de grabador de la Casa de la Moneda. En esta institución llegaría a ser grabador mayor y contador ordinario. Poco se sabe de su vida inmediatamente después de la indepen­dencia de México. Sin duda, vivió los azarosos días de todos los nacidos en España, atenuados por las influencias de la familia criolla de su esposa. Según parece, supo ganarse la confianza de algunos de los líderes independentistas mexicanos, pues llegó a ocupar la secretaría de un comité de reformas para las Californias con el gobierno de Agustín Iturbide (1821-1823). cargo en el que se mantuvo después de la caída del emperador hasta la jubilación y sin abandonar su trabajo artístico. En 1839 grabó una serie de alegorías para la «Ins­pección General de Infantería i Caballería Permanentes». Su última obra cono­cida representa la Resurrección de Lázaro, pintada en 1834, seis años antes de su muerte.</p>



<p>El manuscrito original del <strong><em>Quad</em><em>ern</em><em>o </em><em>que contiene </em><em>el </em><em>Ramo </em><em>de </em><em>Historia </em><em>Natural </em><em>y </em><em>diario </em><em>de </em><em>la Expedición </em><em>del Círculo </em><em>del Glovo </em></strong>de Tomás de Suría forma par­te de los <a href="http://beinecke.library.yale.edu/collections/curatorial-areas/western-americana"><strong><em>Malaspina Papers </em></strong></a>de la Coe Collection, que se conserva en la sección de libros raros sobre el noroeste americano en Beinecke Library de la Univer­sidad de Yale.</p>
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		<title>Lucient Briet y los Pirineos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/lucient-briet-y-los-pirineos-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:46:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 16]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El 4 de marzo de 1891, un joven aficionado a la exploración, a la poesía y a la fotografía da su primera conferencia en la sede del Club Alpin Français [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">El 4 de marzo de 1891, un joven aficionado a la exploración, a la poesía y a la fotografía da su primera conferencia en la sede del Club Alpin Français –sección del sudoeste– en Burdeos. Es la primera vez que habla en público, se acaba de dar de alta el mismo año en el club, y a pesar de vivir a mil kilómetros de los Pirineos –en Charly sur Marne–, es invitado a pronunciar la conferencia anual del club, el “acontecimiento capital” del primer semestre según su presidente, con un título sugerente “Al Monte Perdido por Tucarroya” . Lucien Briet encandila los asistentes con un verbo fluido y con nada menos –para esa época– que cincuenta proyecciones de sus fotografías. Un año antes los habitantes de Gavarnie –pequeño pueblo del Pirineo central francés, al otro lado del Valle de Ordesa–, se habían sorprendido de la presencia de un turista, nunca antes visto por aquellos lugares, que recorría la montaña en todas direcciones fotografiando los paisajes, los picos y los valles.</p>
<p class="bodytext">No es de extrañar que Lucien Briet, en esas primeras incursiones por el Pirineo, quede fascinado por lo que se oculta al otro lado de la vertiente francesa: la brecha de Tucarroya –donde un año antes se había inaugurado un refugio de montaña– se abre como una ventana a la excepcional visión del macizo del Monte Perdido y de su cara norte, uno de los más importantes glaciares del Pirineo, en el que las paredes de hielo y los seracs abundaban hace más de cien años. Es muy posible que ese impacto de llegar a la frontera por ese camino, como ya lo hiciera Ramond de Carbonnieres, padre del Pirineísmo, cien años antes, incitase a nuestro personaje a adentrarse en España –cosa que apenas habían hecho otros exploradores franceses, únicamente los cazadores de cimas y de osos– y a convertirse en el gran divulgador del Pirineo aragonés y de la provincia de Huesca.</p>
<p class="bodytext">Un romántico en busca de inspiración<br />
Lucien Briet nace en París el 1860, en una ciudad en plena reconversión urbanística, en la que la vieja urbe de calles estrechas, insuficientes, sucias, insalubres, aunque pintorescas, es sustituida por el París de avenidas y bulevares anchos, fachadas sin ruptura, alumbrado, aceras anchas, árboles, quioscos, el París más parecido al que conocen hoy los turistas. Huérfano de madre desde muy joven, su padre se vuelve a casar. Lucien no se lleva bien con su madrastra y es educado por una tía y por el dinero de ésta, que le permite estudiar algo parecido a la licenciatura de letras y vivir relativamente bien. Poco amigo del servicio militar, deserta de éste y se marcha una temporada a Bélgica. Vuelve a Francia y un Consejo de Guerra le condena a la Legión Extranjera con la que conoce el norte de áfrica. Los recursos de su tía le permiten no sólo estudiar sino, seguramente, trabajar muy poco y dedicarse, primero a la poesía, luego a la fotografía y, en lo que a nosotros nos interesa, a sus viajes por el Pirineo aragonés a partir, sobre todo, de 1903.</p>
<p class="bodytext">¿Qué lleva a Lucien Briet a visitar, por primera vez en 1889, los Pirineos? Por un lado, su inconformismo, su obstinación enciclopédica y su espíritu inquieto, pero por otro, seguramente, la búsqueda de inspiración a su poesía considerada como “laboriosos ejercicios de versificación”. Efectivamente, Briet fue un poeta, pero no debió de tener mucho éxito en su imitación de los románticos franceses. Y fue seguramente ese afán de imitación el que le llevó, como anteriormente habían hecho Víctor Hugo, Chateaubriand, George Sand, Alfred de Vigny, Flaubert, a lo largo de los años centrales el siglo XIX, a buscar inspiración en las montañas del sur. No encontró inspiración –no se conoce que siguiera escribiendo versos– pero sí unos paisajes, unos pueblos y unas gentes que le entusiasmaron. Todo ello, añadido a su afición a la fotografía, disciplina todavía en una fase inicial de desarrollo.<br />
Sus viajes por la provincia de Huesca<br />
Entre 1890 y 1902 Briet, que vivía en Charly sur Marne, Departamento de Aisne, viaja esporádicamente – en tres o cuatro ocasiones– a la zona de Gavarnie, pasando al lado español. Sus visitas son aisladas, asciende picos, conoce valles: Ordesa, Barrosa, el pueblo de Bielsa, Torla, el pico de La Munia. Esos viajes le permiten empezar a conocer las tierras españolas, todavía consideradas terrenos de aventuras, “tierras salvajes”. Durante el siglo XIX, “los Pirineos” –como se dice textualmente de la traducción francesa, “el Pirineo” en la costumbre española actual– eran destino turístico ya muy importante para los viajeros franceses, especialmente asociado al termalismo y a los inicios del montañismo –“pirineísmo” frente al término más común de alpinismo–. Miles de turistas y exploradores llegaban, en diligencia primero y en ferrocarril después –como Briet, en un viaje de 27 horas desde su localidad de residencia– hasta los establecimientos termales y pueblos turísticos. Numerosas guías de viajes, algunas completísimas, ilustran desde 1850 a los viajeros que van a los Pirineos. Pero sólo existen “unos Pirineos”, una vertiente: la francesa; la otra no existe, en muchos casos ni en referencia. Es mínima la bibliografía del siglo XIX que se refiere al Pirineo español. Es como si Europa terminase en la divisoria, como si un abismo desconocido esperase al otro lado al viajero incauto que tuviera el valor de traspasarla. Todo lo contrario que para los habitantes de ambos lados de la frontera, para quienes la relación comercial, cultural o familiar se remontaba a cientos de años; para quienes el intercambio de mercancías –incluido el contrabando–, o de pastos para el ganado era la forma de apoyarse mutuamente en la supervivencia diaria. Muchos apellidos con el mismo origen etimológico siguen siendo hoy en día habituales a ambos lados de la muga: Labordeta/Labourdette; Piedrafita/Pierrefitte; Barrau; Maisonave&#8230; Lucien Briet descubre España. Es el primer viajero, explorador o curioso que se adentra en la provincia de Huesca más allá de los dos o tres días de marcha a los que se atrevían otros. Briet descubre Aragón y queda completamente enganchado a esa tierra.<br />
A partir de 1903, y durante nueve años consecutivos, hasta 1911, Briet desarrolla sus expediciones por la provincia de Huesca, expediciones que oscilan entre treinta y setenta días cada una de ellas. Expediciones metódicas, en las que nuestro personaje anota todo minuciosamente, realiza y refleja observaciones barométricas (¡302 en 1910!) y fotografía, en placas de vidrio de 18 x 24, los paisajes, las casas, los pueblos, las gentes y los barrancos como hasta entonces nadie había hecho.</p>
<p class="bodytext">A lo largo de esos años Briet viaja fundamentalmente por tres zonas de la provincia de Huesca: el Valle de Ordesa y la zona aledaña de Monte Perdido; toda la comarca del Sobrarbe –Aínsa, Boltaña, Bielsa, Tella– y dentro de esta comarca y junto a la actual del Somontano de Barbastro, Briet descubre la Sierra de Guara, los barrancos del Vero y de Mascún –hoy paraíso de los “barranquistas” que por miles y con gran deterioro del medio y peligro de sus vidas han colonizado los “oscuros”–. En 1903 va al Valle de Pineta y desciende hacia Aínsa por el desfiladero de Las Devotas, que describe en un artículo publicado en el Boletín de la Real Sociedad Geográfica en 1905, así como en una separata del mismo. Ese año llega a Escuaín y explora la garganta del mismo nombre –Briet era asimismo un espeleólogo de un cierto nivel–. En 1904, con base en Boltaña, recorre parte del Sobrarbe, a lo largo del río Ara y la Sierra de Guara. En 1905, verano caluroso, Briet apenas puede moverse y pasa quince días enfermo en Boltaña. El 1906 lo dedica a la Sierra de Guara, pasa por los Oscuros el Vero, llega a Alquézar, y a la vuelta a Francia, en octubre le sorprende el paso de Bujaruelo completamente nevado. Al año siguiente su periplo queda limitado por el mal tiempo y alguna enfermedad que le obliga a quedar varios días inactivo. Baja por la Sierra de Guara en su parte más occidental, llega a la Sierra de Gratal, más cerca de Huesca, pasa unos días en Apiés –sobre el que escribirá una publicación–, visita Huesca y Barbastro. El 1908 es recibido con honores en Boltaña –el Diario del Alto Aragón, periódico oscense hoy todavía existente, había publicado extractos de “A lo largo del Río Ara”– y empieza a ser considerado un “aragonés” especial. Ese año lo dedica asimismo a la Sierra de Guara, Castejón de Sobrarbe, Samitier, Abizanda, el Vero, barranco del Alcanadre, Rodellar. Un viaje del que se siente plenamente satisfecho: 142 fotografías y 217 observaciones barométricas. Varias publicaciones serán el resultado de ese viaje.</p>
<p class="bodytext">La Real Sociedad Geográfica encarga a Briet una monografía sobre el Valle de Ordesa. 1909 y 1911 serán las dos estancias más importantes de Briet en el Valle de Ordesa. Realiza más de 100 fotografías el primer año, probablemente otras tantas el segundo. Sería éste de 1911 el último viaje de Briet al Alto Aragón. El testamento de su tía, quien le había costeado sus exploraciones, establecía que debía casarse y tener descendientes para poder heredar. Briet pasa los diez años que le restan de vida –murió en 1921 con 61 años y en la más absoluta ruina– “en medio de sus manuscritos, su minerales, sus recuerdos, pero sobre todo, en medio de una excepcional colección de fotografías que debieron de disipar y reavivar por momentos sus nostalgias”. Efectivamente, la colección fotográfica de Briet es impresionante para la época: 1.600 fotografías, de ellas 900 del Alto Aragón, material que –junto a sus manuscritos– de milagro se conservan en el Musée Pyrénéen de Lourdes, gracias a la rapidez de su fundador, Luis Le Bondidier, que los “rescató” cuando estaban a punto de venderse a un trapero casi inmediatamente después de su muerte.</p>
<p>La Bibliografía de Lucien Briet<br />
Lucien Briet dejó escritos numerosos trabajos de descripción de sus recorridos. El catálogo más importante de bibliografía sobre el Pirineo recoge 41 referencias bibliográficas de Lucien Briet, más de la mitad de ellas sobre el Alto Aragón, desde la referencia de su primera conferencia en el Club Alpin Français de Burdeos en 1891 hasta la penúltima edición de su libro más conocido en España, Bellezas del Alto Aragón, en 1977, reproducción original de la primera edición efectuada por la Diputación de Huesca en 1913, edición que no fue comercializada.</p>
<p class="bodytext">Pero de esas 41 referencias, muchas son fragmentos, separatas, capítulos o traducciones unas de otras. Su libro citado Bellezas del Alto Aragón, tres veces editado, contiene los artículos de Briet traducidos al español y publicados anteriormente en el Boletín de la Real Sociedad Geográfica: El Valle de Ordesa, A lo largo del río Ara, la garganta de Escoaín, el Paso de las Devotas, Viaje al Barranco de Mascún, Los Pirineos y la espeleología –Briet era también espeleólogo– y las observaciones barométricas de sus diferentes campañas. Esos capítulos, a su vez, fueron publicaciones inicialmente en francés. Briet colaboraba con numerosas revistas francesas especializadas y entre campaña y campaña –entre verano y verano– era invitado a pronunciar conferencias, acompañadas de sus proyecciones, en muchos lugares de la geografía francesa.</p>
<p class="bodytext">Los “descubrimientos” de Lucien Briet, cien años después<br />
Briet fue llamado “El cantor de Ordesa”. En efecto, sus numerosos recorridos por el Valle, sus referencias en los textos, la monografía publicada en 1911, hacen que la designación del Valle de Ordesa como Parque Nacional en 1918 –el segundo de España, después de Covadonga– sea, en gran parte, debida al conocimiento del mismo gracias a nuestro personaje. Briet escribió “&#8230;el mayor interés del valle de Ordesa consiste en los términos con que recuerda, no por su extensión, pero sí por sus colores y por su estilo, la arquitectura babélica de los cañones más renombrados de América. Produce una sensación de sorpresa especial, que arrebata, que lo constituye en una maravilla aparte; con un sello propio e inconfundible, debido quizá a la variedad de acantilados, de anfiteatros, de cascadas, de praderas y de bosques que encierra en su espacio relativamente reducido. Han sido cantados sus encantos en todos los tonos, han sido magnificados, si así puede decirse; ni aun los viajeros que traían el ánimo cautivado con el recuerdo de los encantos del Colorado han dejado de entusiasmarse con el Cotatuero; no es merecedora de lamento, por tanto la falta de un camino practicable, que aleja el Valle de Ordesa del ‘vulgun pecus’, pero que ha servido para conservar la gracia inédita, la frescura sublime que las grandes escenas de la naturaleza ofrecen a los ojos de los bienaventurados mortales que las sorprenden.”</p>
<p class="bodytext">Hoy en día el ‘vulgun pecus’ llega con facilidad al Parque Nacional de Ordesa. En torno a 500.000 personas lo visitan anualmente, casi todas por la entrada tradicional de Torla, a pesar de que actualmente, con una extensión muy superior a la inicial, incluyendo el Valle de Pineta, de Añisclo, las zonas aledañas a Monte Perdido, son posibles y deseables otras entradas y accesos para distribuir a los visitantes de manera más racional. Y casi todas en verano –un sistema de transporte público desde unos aparcamientos de proximidad en Torla limita el acceso de coches particulares–. Pero el otoño y la primavera son deliciosos para el visitante exigente: recomendable para todos, con las precauciones necesarias si se quiere andar por la alta montaña; y en invierno, sólo para especialistas, la nieve cubre el valle a partir de los 1.300 metros.</p>
<p class="bodytext">Otros lugares que Briet recorrió en el Alto Aragón han evolucionado en un sentido totalmente contrario. La comarca del Sobrarbe, que posee una densidad de población de las más bajas –si no la más baja– de todo el Estado y de Europa, con 2,4 habitantes por kilómetro cuadrado. La provincia de Huesca, que sufrió como ninguna la despoblación del medio rural a partir de los procesos de industrialización de los años 60. Más de 200 pueblos abandonados en la provincia, fantasmas de su propio pasado, la mayoría en la comarca el Sobrarbe, en la Sierra de Guara, en la zona que recorrió Briet; algunos se fueron por la falta de trabajo, por la emigración a los núcleos industriales de las ciudades –Zaragoza, Barcelona, Huesca, Sabiñánigo, Monzón–; otros por el efecto de las grandes obras hidráulicas que inundan pueblos, inundan tierras que impiden la vida en los pueblos, o expropian la misma, olvidándose de desarrollar industrias locales que fijasen la población; otros por aspectos tan sorprendentes como “la concentración escolar”, que deja sin niños y sin escuela a los pueblos. Cuando Lucien Briet recorre estos pueblos, la comarca del Sobrarbe ya había iniciado un ligero descenso demográfico a partir de 1860, año en el que contaba con, aproximadamente, 25.000 habitantes, pero todavía se mantenía en una cifra cercana. En 1960, la comarca había perdido ya la mitad de su población de cien años antes. Pero entre 1960 y 1970 la comarca pierde un 40% de la población, y hasta ahora, el 60%, quedando con poco más de 6.000 habitantes distribuidos en 2.500 kilométros cuadrados: “Nos quedamos sin escuela, sin cura&#8230;.¿qué habíamos de hacer aquí?”; “Aquí hubo cuatro familias que ya se fueron marchando antes del año sesenta, porque con la tierra que tenían no les daba para vivir. Pero después, cuando se llevaron la escuela, se fueron los críos y se fue la alegría del pueblo&#8230;y poco a poco, se fueron marchando todos”. Lavelilla, Asín de Broto, Jánovas, Lacort, en la cuenca del río Ara, y otros muchos pueblos de la Sierra de Guara, recorridos, descritos y fotografiados por Lucien Briet, son hoy pueblos fantasma, abandonados, algunos propiedad de la administración, otros de empresas hidroeléctricas, otros en manos de los promotores y especuladores inmobiliarios que han empezado a extender sus garras por el Sobrarbe, como ya lo hicieron –y con qué espantosos resultados– en el Valle del Aragón, en el Valle de Tena o en el Valle de Benasque. Un magnífico libro ya citado, Tras las huellas de Lucien Briet, de José Luis Acín, recorre y compara fotográficamente los lugares descritos y retratados por nuestro personaje 90 años antes. Cientos de fotografías tomadas exactamente desde los mismos lugares, con un intervalo de más de ocho décadas, y la descripción de los itinerarios, pueblos y paisajes refleja lo que ha sido el abandono de esa tierra.</p>
<p class="bodytext">Recorrer los caminos de Briet<br />
Una invitación a recorrer los caminos que Don Luciano –como se le llamaba en el Alto Aragón– transitó acompañado de sus mulas y sus guías hace cien años, es una invitación a la reflexión y al conocimiento de un medio geográfico y humano que, aunque se ha transformado sensiblemente por la acción del hombre, mantiene todavía un carácter de exploración, aventura y soledad. Quizá las personas que uno se encuentre ya no sean los descendientes de los montañeses con los que Briet habló y fotografió; quizá los pueblos estén deshabitados, y no haya cura, escuela, oficina de correos ni guardia civil, y los caminos apenas se dibujen ocultos por la maleza. Pero la experiencia, en uno de los espacios más agrestes y solitarios de Europa, merece la pena. l</p>
<p class="bodytext"><strong>Fernando París</strong></p>
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		<title>La expedición transantártica internacional</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-expedicion-transantartica-internacional/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:46:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 16]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El día 27 de julio de 1989 salió del extremo de la Península Antártica, cerca de Nunataks Seal, una expedición de seis exploradores que intentarían recorrer la ruta más difícil [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">El día 27 de julio de 1989 salió del extremo de la Península Antártica, cerca de Nunataks Seal, una expedición de seis exploradores que intentarían recorrer la ruta más difícil a través del continente más remoto del planeta: la Antártida. Tras siete meses de viaje y 6.500 km. recorrido, la expedición alcanzó el otro lado del continente, convirtiéndose en el primer grupo de seres humanos que recorría haciendo trekking y acompañados de trineos de perros, la longitud de la Península Antártica en invierno, cruzando a pie la zona aislada de Inaccesibilidad.</p>
<p class="bodytext">¿Quiénes eran estos hombres? Se trataba de Will Steger (USA) y Jean Louis étienne (Francia), que se habían encontrado por casualidad en el ártico en 1986 y que compartían el sueño de realizar la primera travesía no motorizada de la Antártida; pero, por encima de su espíritu aventurero, estaba su preocupación por el medio ambiente y por la paz. Su expedición debería servir como ejemplo de cooperación internacional, atrayendo la atención mundial hacia esta tierra inexplorada y a sus misterios medioambientales.</p>
<p class="bodytext">Este objetivo iba a resultar caro, mencionándose la cifra de once millones de dólares, pero la mayor inversión sería en términos humanos, ya que se trataba de crear un equipo adecuado en el que cada miembro de la expedición aportase una contribución especial.</p>
<p class="bodytext">Will Steger, profesor de ciencias en los Estados Unidos, había sido el líder de la expedición al Polo Norte sin reavituallamiento en 1986. Jean Louis étienne, médico especializado en medicina deportiva en Francia, había realizado la primera expedición en solitario<br />
al Polo Norte en 1986. Víctor Boyarsky era un científico ruso, veterano participante en seis proyectos árticos y Antárticos, cuyo principal papel era el de guía del equipo y supervisor de diferen-<br />
tes observaciones meteorológicas. Qin Dahe, especialista chino en glaciaciones y meteorología que había pasado dos años en la Antártida trabajando en la estación Great Wall como director, y en la estación Casey como especialista invitado. Geoff Somers, de Gran Bretaña, navegador y experto en el manejo de los perros, que había destinado tres años a la investigación británica en la Antártida. Keizo Funatsu, japonés de 32 años, con una experiencia de cuatro años en perros de arrastre, era el miembro más joven de la expedición.</p>
<p class="bodytext">Al igual que en otras expediciones, como las de Amundsen, Scott o Peary, este esfuerzo internacional requirió una compleja planificación, empezando por la obtención de patrocinios, la preparación de la logística y de los itinerarios, conversaciones con diferentes gobiernos, etc. Se trataba de demostrar que seis hombres de diferentes nacionalidades y culturas podían trabajar juntos en un objetivo común, y en las condiciones más duras de todo el planeta.</p>
<p class="bodytext">Esperábamos que nuestra expedición atrajese la atención mundial y la cooperación sobre este “séptimo continente”. Uno de los aspectos más importantes fue también el hecho de que el Tratado Antártico, que rige en la Antártida desde 1959, se iba a revisar en 1991, dejando abiertos algunos temas tan importantes como la investigación científica, la minería, la presencia militar y las reclamaciones territoriales. El duro, pero sorprendentemente delicado entorno de la Antártida debía ser preservado como el más grande y único en estado puro.</p>
<p class="bodytext">Nuestra ruta recorrería el eje más largo del continente –1.400 kms–, partiendo desde el extremo de la península Antártica, atravesando Ellsworth y los montes Thiel, hacia el Polo Sur; a partir de ahí, cruzando la zona apropiadamente conocida como “área inaccesible” hacia el lugar más frío del planeta: la base científica soviética Vostok; y, por último, hasta la costa antártica y la base científica soviética Mirnyy.</p>
<p class="bodytext">Pocas predicciones podían hacerse sobre el clima y la nieve, a pesar de los grandes avances tecnológicos desde la época en que Roald Amundsen alcanzó el Polo en 1911. Había mucho sobre la Antártida que no conoceríamos hasta el momento en que llegásemos a algunos lugares. Además, sabíamos que la zona inaccesible de 1400 km. de anchura nunca se había cruzado a pie ni tampoco se había cruzado la península en ningún caso en invierno.</p>
<p class="bodytext">La Expedición Transantártica, compuesta por seis hombres, tres trineos y cuarenta perros, comenzó oficialmente al amanecer del día 27 de julio de 1989. La primera semana transcurrió estableciendo un ritmo de viaje para los siguientes siete meses. Will, Keizo y Geoff eran los responsables de los perros; Jean Louis quedó encargado de las comunicaciones por radio, y como médico en caso de emergencia; Dahe se ocuparía de realizar investigaciones científicas concretas cada día (recogería muestras de nieve para futuros análisis) y yo marcharía en cabeza de la expedición, como explorador.</p>
<p class="bodytext">Si queríamos completar la travesía de acuerdo con lo establecido, tendríamos que recorrer al menos 30 km al día –lo cual resultaría especialmente complicado para Dahe, que nunca había esquiado con anterioridad–. Esto resultó de especial interés para los representantes de los medios cuando hicimos nuestra presentación antes de la salida, y cuando nos preguntaron que cómo nos atrevíamos a llevar con nosotros en un viaje tan largo a un hombre que nunca había esquiado antes, Will Steger contestó que “siete meses eran tiempo suficiente como para que hasta un profesor chino aprendiese a esquiar”. Esto resultó cierto, y al final de la expedición Dahe resultó ser el mejor esquiador entre mil millones de chinos.</p>
<p class="bodytext">La comunicación era también un difícil reto; decidimos que el idioma oficial entre nosotros sería el inglés; yo me encontraba entonces en un nivel muy bajo, y esperaba que Dahe hablase todavía peor que yo, pero Dahe se colocó sorprendentemente en uno de los primeros lugares, ya que lo había aprendido muy bien en sus estancias en la base antártica de Casey. A pesar de todo, la verdad es que casi no tuvimos problemas de entendimiento, y desde el principio surgieron apelativos para cada uno de nosotros. A mí enseguida empezaron a llamarme “Magic Touch” (toque mágico) porque solía emplear toda mi fuerza para todo, desde la sopa hasta las tiendas, destrozando con frecuencia lo que tocaba.<br />
El undécimo día, la temperatura había bajado a -16º, y el viento soplaba a una velocidad de 25 m. por segundo –nuestro primer huracán– lo que dificultaba enormemente la marcha y nos obligó a pasar dos noches dentro de las tiendas sin poder movernos.</p>
<p class="bodytext">Geoff Somers había volado a la Antártida el invierno anterior, y había colocado doce cajas de comida a lo largo de nuestra ruta hasta el Polo. La distancia media entre estos contenedores, que estaban marcados por medio de postes de 3 m. con banderas azules, era de unos 250-300 m. Cada uno de estos contenedores contenía comida suficiente como para alimentar a los hombres y los perros durante unas dos semanas. Aunque Geoff tenía ubicada la situación exacta de éstos, hubo cuatro que no conseguimos localizar, pero seguimos adelante ya que teníamos suministro en los trineos para unas cuatro semanas. Así, sólo en el caso de que no consiguiésemos localizar dos contenedores seguidos tendríamos que pedir reavituallamiento por avión.</p>
<p class="bodytext">Nuestra conexión con el mundo era a través de radio de onda corta y, aparte, teníamos un transmisor “Argos” vía satélite que podía transmitir nuestra posición diaria al satélite NOAA en la órbita polar. Recibíamos nuestras coordenadas (si la propagación de la onda de radio era correcta) en nuestra estación de radio. La baliza del satélite nos permitiría también enviar mensajes muy breves si los demás medios llegaban a fallar.</p>
<p class="bodytext">Durante los dos primeros meses de nuestro recorrido por la península tuvimos, un día sí y otro no, ventiscas con vientos de más de 35-40 m. por segundo. Instalar una tienda con un viento así resulta complicado, de modo que intentamos hacerlo entre Will, Geoff y yo. En un repentino golpe de viento, la tienda salió volando hacia el mar de Wedell. La intrépida escuadra voladora salió al rescate; Geoff consiguió subirse encima de ella y Will y yo pudimos sujetar los postes. éste fue un ejemplo definitivo de cooperación internacional.</p>
<p class="bodytext">Por aquel entonces ya habíamos establecido una rutina fija para cada día. Yo compartía la tienda con Will, Jean Louis con Keizo y Geoff con Dahe. Cada dos meses aproximadamente íbamos cambiando de compañero, lo que daba muy buen resultado para mantener un buen ánimo y mejorar nuestras relaciones de amistad.</p>
<p class="bodytext">Yo empezaba el día cada mañana con una ducha de nieve, y esto lo hacía todos los días sin tener en cuenta el frío o el viento que hiciese fuera. Salía disparado de la tienda, desnudo, llevando solamente calcetines “Gore-tex” y reloj, y después iba a cada tienda y les daba el parte meteorológico. Enseguida, mis compañeros iban saliendo del confort de sus sacos de dormir. Tras un desayuno compuesto de té y cereales, sacábamos los trineos de debajo de una capa de nieve, enganchábamos los perros y viajábamos hasta la una.</p>
<p class="bodytext">A lo largo del viaje teníamos pocas oportunidades de conversar, y disfrutábamos de la oportunidad de juntarnos para comer, aunque el viento a veces no nos permitiese hablar. En las raras ocasiones en que lucía el sol durante la comida, la Antártida parecía un lugar lleno de paz. Pero al día siguiente podía parecer todo lo contrario.</p>
<p class="bodytext">El día número 62 del viaje tuvimos el peor clima que yo había visto nunca, con nieve intensa, niebla, viento fuerte&#8230; y como resultado, los perros de Keizo se negaron a seguir. Cuatro de nosotros tuvimos que empujar el trineo para conseguir que se pusieran en marcha. ¡Y pensar que todavía nos quedaban dos tercios del viaje! Con el fin de discutir el asunto nos reunimos en la tienda de Jean Louis. Lo primero que decidimos fue desprendernos de todo el equipo extra lo antes posible, y también comentamos que un grupo de menos hombres y menos perros aligeraría la carga e incrementaría el paso, pero ninguno de nosotros estaba dispuesto a abandonar. Geoff dijo que, ya que la expedición se había planificado así, así debería continuar, consiguiendo su objetivo o no. Yo añadí que seguramente después de un descanso los perros volverían a coger su ritmo y nosotros mejoraríamos nuestro ánimo. Y así, decidimos ir adelante juntos, pasara lo que pasara.</p>
<p class="bodytext">Llegamos a Patriot Hills (campamento base de Adventure Network International), situado 80º al sur, en la primera semana de Noviembre. Desde allí al Polo Sur quedaban sólo mil kilómetros. En la Patriot coincidimos con otra expedición dirigida por el legendario alpinista Reinhold Messner, que intentaba cruzar la Antártida desde Patriot Hills hacia la costa del mar de Ross con Arved Fuks. El viaje entre Patriot Hills y el Polo era relativamente tranquilo –si no se tenían en cuenta los fuertes vientos y las bajas temperaturas–. Sólo tardamos treinta y dos días en recorrer esta distancia.</p>
<p class="bodytext">A mediodía del lunes 11 de diciembre divisamos un punto en el cielo, que resultó ser un gran avión de carga que aterrizaba en el Polo. La base quedaba todavía por debajo de nuestro horizonte, pero el avión tocó el suelo precisamente en el punto hacia donde íbamos esquiando. Nuestro tiempo era correcto. Nos acercábamos a la cúpula geodésica de la Estación norteamericana Amundsen-Scott. Desde las balizas de la base veíamos el Polo propiamente dicho –un poste alto terminado en una bola-espejo–. El personal de la Base, más de sesenta personas, nos esperaba para saludarnos a una temperatura de 25º bajo cero. Nos convertimos en la segunda expedición con perros que llegaba al Polo, setenta y ocho años y tres días después de que, por primera vez, lo hubiese conseguido Amundsen.<br />
Levantamos nuestro campamento y disfrutamos del cálido recibimiento y de los mensajes de felicitación de nuestros amigos y familiares, recibidos por radio. Tras tres días de descanso, volvimos a emprender la marcha.</p>
<p class="bodytext">El lugar más alto de nuestro viaje, la base de Vostok, estaba a más de 1.200 kms, y tendríamos que cruzar el área de Inaccesibilidad donde nadie había viajado antes a pie. El 18 de Enero llegamos a Vostok, donde fuimos recibidos con fuegos artificiales por los cuarenta trabajadores de la base. Muchos de ellos eran conocidos míos, y concretamente el director de la Estación, Alex Sheremetyev era buen amigo. Nos habían preparado una bienvenida al estilo ruso, con champán, caviar y una buena sauna. Pasamos tres inolvidables días en Vostok, donde todos nosotros –equipo y perros– pudimos descansar verdaderamente. Vostok es el lugar más frío del planeta, y allí se ha llegado a alcanzar la increíble temperatura de 89,3 grados bajo cero en julio de 1983. En el momento de nuestra visita, la temperatura era de -48ºC.</p>
<p class="bodytext">Las temperaturas iban bajando a un ritmo de casi un grado al día. El 6 de Febrero se tomó la temperatura más baja -54º. Sin embargo seguimos adelante por la famosa carretera Vostok-Mirnyy, utilizada por los camiones rusos para suministrar avituallamiento a la base de Vostok dos veces al año.</p>
<p class="bodytext">El 1º de marzo, cuando estábamos a dos días de Mirnyy, la tormenta decidió vengarse. Como siempre en tales ocasiones, amarramos los esquís y los bastones a una distancia de varios metros entre unos y otros, entre las tiendas. Keizo, nuestro compañero más joven, se perdió entre los postes marcadores mientras buscaba sus perros en medio de la ventisca, y tuvo que enterrarse para sobrevivir. Todos nosotros le buscamos durante trece horas, hasta que dimos con él. Su actuación había sido la correcta –simplemente no moverse del lugar donde se encontraba, y no quedarse quieto para mantenerse caliente–. El momento más feliz de toda la expedición fue cuando encontramos a Keizo con vida.</p>
<p class="bodytext">La tormenta se calmó al día siguiente, y finalmente, el 3 de marzo de 1990, después de 221 días y 6.500 kilómetros de camino, llegamos al otro extremo del continente helado. Unas cien personas, entre ellas mi mujer Natasha, que había volado hasta allí para darme una sorpresa. Cuando yo volé hacia ella con mis esquís, había terminado la expedición más importante de mi vida.</p>
<p class="bodytext"><strong>Víctor Boyarsky</strong></p>
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