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	<title>Boletín 18 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 18 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Ibn Jaldún, un viajero tunecino en Al-Andalus</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:56:30 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Ibn Jaldún fue un personaje ambiguo, conflictivo, pero de tanta importancia política, que suscitaba a donde estuviese criticas, envidias e intrigas. Las dos veces que viajó a España (siempre con destino Granada, a la corte nazarí) lo hizo para ponerse a salvo o de alguna intriga tramada en contra suya en su patria magrebí, o porque temía la venganza de un sultán de turno que le guardaba algún rencor.</p>
<p class="bodytext">El viaje más interesante suyo es el que realizó a Sevilla en misión diplomática enviado como embajador de Muhammad V de Granada para entrevistarse con el Rey Pedro I, (año 1362-3). Ibn Jaldún tendrá que dejar la corte nazarí porque suscita la envidia del famoso “vezir” y literato de la Alhambra, Ibn al-Jatib. El viaje comenzaba en 1362, cuando el historiador y diplomático emprende viaje a Ceuta. Cruzó el Estrecho, y apenas hubo desembarcado en Gibraltar anunció al sultán granadino y su visir Ibn al-Jatîb la noticia de su próxima visita. En la capital granadina obtuvo una cariñosa acogida, en compensación por los favores que anteriormente Ibn Jaldún había hecho al sultan y al visir. Se puso a su disposición un hermoso y confortable alojamiento en la corte y fue admitido en la sociedad íntima del sultán, llegando a ser en poco tiempo su mejor compañero y asesor inseparable. Explica textualmente:<em>“El año siguiente este monarca me envió en embajada cerca de Pedro (D. Pedro el Cruel), hijo de Alfonso XI y rey de Castilla. Era yo el encargado de ratificar el tratado de paz que este príncipe había concluido con los soberanos de la costa africana, y con tal objeto había de ofrecerle yo un regalo, compuesto de hermosas telas de seda y de muchos caballos de raza con sillas de oro. Así que llegué a Sevilla, donde pude observar muchos monumentos que atestiguaban el poderío de mis antepasados, fui presentado al rey cristiano. Este me recibió con grandes muestras de honor, y me aseguró que experimentaba al verme una viva satisfacción. Su médico judío, Ibrâhîm ibn Zerzer, le había hecho ya mi elogio y le había dado noticias sobre la alta ilustración de mis antepasados. Quiso entonces el rey retenerme a su lado, prometiéndome que me serían devueltos los bienes que mis mayores habían poseído en Sevilla, y que se encontraban entonces en poder de uno de los magnates de su reino. Agradeciéndole como se merecía un ofrecimiento de esta especie, le supliqué que me excusase de aceptarlo, continuando yo conservando sus buenas gracias. Al tiempo de partir me proveyó de bestias de cargas y provisiones de viaje, así como también de una bellísima mula, equipada con silla y brida guarnecidas de oro, que debía yo presentar al sultán de Granada”.</em></p>
<p class="bodytext">Ibn Jaldún decidió establecerse en Al-Andalus, y trajo a su familia, instalándose en una hermosa alquería de Elvira, que le había sido regalada por el sultán granadino. Al final, debido a ciertas disputas respecto a temas ideológicos y de gobierno con Ibn al-Jatîb, visir granadino, decidió dejar Al-Andalus para marchar de nuevo a Ifrikiyya, e instalarse en la ciudad de Bujía en el año 1365.</p>
<p class="bodytext">El segundo viaje lo hace Ibn Jaldún, cuando, ya harto de la política y de sus peligros, decide ir a vivir definitivamente a Andalucía con el propósito de dedicarse a una vida más tranquila, solamente queriendo estudiar y escribir (en agosto/septiembre de 1374). En este segundo viaje, fue recibido al principio con toda suerte de atenciones por el sultán granadino, pero, después de llegar su familia y de establecerse en ésta vida tranquila que anhelaba tanto, se vería nuevamente envuelto en intrigas y caería en desgracia debido a los informes que sobre su actividad política recibió el emir de su amigo el sultán de Fez. Por ello fue expulsado de Granada y desterrado a Hunayn, ciudad marítima próxima a Tremecén.</p>
<p class="bodytext">Después de ocupar el puesto de juez sólo un año, al sultán no le queda más remedio que relevarlo de sus responsabilidades. Casi al mismo tiempo que sufre esta humillación, Ibn Jaldun vive una tragedia personal. El barco que lleva a bordo a su familia y todos sus bienes, se hunde en una tempestad camino de Alejandría. Todos mueren e Ibn Jaldun pierde toda su fortuna.</p>
<p class="bodytext">Aquello le suma en una profunda depresión, pero le queda un consuelo, y es que sigue gozando del favor del Sultán az-Zahir Barquq. Recibe varios nombramientos importantes como profesor en escuelas famosas, lo que le permite seguir trabajando en su obra. Solamente una vez más, en el año de 1399 a 1400, Ibn Jaldun vuelve al escenario político. Es cuando los ejércitos mongoles, después de invadir Siria, marchan sobre Damasco, capitaneados por el temible general Timur.</p>
<p class="bodytext">Bajo el mando de su sultán, el ejército egipcio se pone en marcha para socorrer la ciudad sitiada, seguido por un gran cortejo de altos dignatarios de El Cairo. También Ibn Jaldun se encuentra entre ellos. Cerca de Damasco, defensores e invasores luchan ferozmente pero la superioridad de los mongoles queda pronto establecida. Cuando empiezan las negociaciones para la rendición de Damasco, el campo de los egipcios queda dividido por graves diferencias de opinión. Algunos emires e importantes mandatarios regresan secretamente a El Cairo, a lo que pronto sigue su soberano, quién teme una conspiración. Los dignatarios de Damasco y los altos mandos del ejército egipcio que se quedan, no consiguen ponerse de acuerdo sobre las condiciones de la rendición.</p>
<p class="bodytext">En su obra Ibn Jaldun habla con bastante franqueza sobre el desarrollo de esta aventura y también sobre su propio comportamiento. Teme sufrir graves daños personales, o peor, perder su vida si Timur toma la ciudad por asalto. Decide visitarle personalmente en su campamento militar en las afueras de Damasco. Con gran credibilidad, el historiador consigue convencer al temido general del gran respeto que siente por él, y de que ha anhelado durante muchos años una oportunidad para conocerle. En el curso de esta larga conversación Ibn Jaldun intenta satisfacer la gran curiosidad de Timur, que le hace mil preguntas sobre Egipto, áfrica del Norte y sus dinastías. Finalmente Timur le pide que escriba un ensayo sobre la historia norteafricana.</p>
<p class="bodytext">Es de suponer que Timur habló también con este literato, en misión diplomática muy personal, sobre la rendición de Damasco, ya que al poco tiempo del regreso de Ibn Jaldun a la ciudad sitiada, vuelve al campamento militar mongol con una delegación de altos dignatarios. Las condiciones para la rendición de Damasco son negociadas y estipuladas con el acuerdo de todos los presentes. Cuando los damascenos dejan el campamento, parece ser que Ibn Jaldun se queda durante algunas semanas, y escribe allí el resumen que Timur le pidió. Se dice que esta pequeña obra consistía en doce pequeños libros y que también fueron traducidos al idioma mongol. Sin embargo no se encontró rastro de la misma.</p>
<p class="bodytext">Finalmente, y a pesar de las debidas negociaciones, Damasco es tomada por asalto. Ibn Jaldun consigue de Timur un salvoconducto para sí mismo y algunos dignatarios. El grupo puede regresar sano y salvo a Egipto. Apenas llegado a El Cairo, Ibn Jaldun mueve todas sus influencias para recuperar la posición de juez. Sigue con sus actividades honoríficas en algunas escuelas, sin embargo parece echar de menos la satisfacción que da el poder. En contra de todas las intrigas y opiniones adversas, y a los dos meses después de regresar de Siria, Ibn Jaldun es llamado nuevamente a ocupar el honorable puesto. Apenas un año después, sus enemigos ganan nuevamente la partida y una vez más Ibn Jaldun se ve destituido. Pero no se da por vencido, y lucha obstinadamente por el cargo anhelado. Con interrupciones más o menos largas, vuelve a conseguirlo en dos nuevas ocasiones, para perderlo otra vez al poco tiempo. Cuando el sultán le nombra juez por sexta vez, el triunfo le duraría sólo unas pocas semanas. Con setenta y cuatro años, Ibn Jaldun se ve frente a un enemigo invencible: el 16 de marzo de 1406, la muerte se lleva al gran pensador, político e historiador.</p>
<p class="bodytext">Se dice que el viajero errante encontró su última demora en el cementerio sufí, cerca de la puerta Bab an-Nasr, donde entonces se enterraban los personajes importantes de la vida pública. Aunque su estancia en El Cairo le permitía trabajar sin descanso en su gran obra hasta terminarla, este período de su vida le procuró pocas alegrías creativas.</p>
<p class="bodytext">Sufría de la pérdida de su patria y nunca se sintió realmente como en casa en El Cairo. En secreto despreciaba la sociedad cairota, que tachaba de superficial y propensa a la corrupción. Durante sus últimos años está insatisfecho, además estaba cansado por la continua lucha por el poder y el reconocimiento de sus méritos. Raras veces un hombre reunía tantas contradicciones en su persona y ha sido objeto de tanta atención, admiración, pero también de tantas críticas y envidias como él. Y al final permanece la pregunta ¿quién era este ambicioso viajero errante? ¿cortesano oportunista, caballero de fortuna, astuto tejedor de intrigas o simplemente víctima de sus circunstancias?</p>
<p class="bodytext">La conclusión es que Ibn Jaldun ha sido todo esto y mucho más. Además de pensador sociopolítico apasionado y literato de gran mérit,o ha sido uno de los grandes políticos de su tiempo que incluso llegó a intervenir en los destinos de los sultanes de su siglo. Hasta hoy, es considerado como el más importante historiador magrebí del siglo XIV. Su obra universal es un auténtico y valioso documento de época, que sigue siendo una fuente imprescindible para la compresión del desarrollo histórico del Norte de áfrica. Así Ibn Jaldun logró postmortem incluso más de lo que había perseguido durante toda su vida: reconocimiento y fama, más allá de los límites del mundo árabe. La historia de los bereberes y las dinastías musulmanas le abrió la puerta de la inmortalidad.</p>
<p class="bodytext"><strong>Isabel Blanco del Piñal. Fundación el Legado Andalusí.</strong></p>
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		<title>Moros en la costa</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/moros-en-la-costa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:56:04 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Lahistoria de la piratería en las costas españolas abarca varios siglos y, en muchos casos, tuvo como protagonistas a los propios españoles. Hasta el final de la Edad Media, no sólo el litoral ibérico, sino la práctica totalidad del Mediterráneo, tuvo como dueños absolutos a los piratas catalanes, sólo amenazados de vez en cuando por genoveses y castellanos.</p>
<p class="bodytext">Hasta finales del siglo XIII el tráfico marítimo entre la zona norte del Mediterráneo occidental, especialmente Barcelona, Valencia, Palma y Cerdeña y los reinos moros de Málaga, Almería, Marruecos y el norte de áfrica fue muy intenso. Y legal. Sin embargo, en 1291 el papa Nicolás IV estableció la excomunión para todo cristiano que mantuviera relaciones comerciales con musulmanes o países musulmanes. Pero este negocio era demasiado importante para abandonarlo sin más, lo que obligó a muchos marinos catalanes a actuar fuera de la ley y convertirse en piratas. La resolución papal –que procedía de alguien vinculado a la familia Anjou, eternos enemigos de los reyes de Aragón–, no fue acatada por los mercaderes de los reinos que configuran la Corona de Aragón, y mucho menos por su rey.</p>
<p class="bodytext">En esa época, las relaciones entre los cristianos catalanes, súbditos de Pedro el Grande, y los musulmanes del reino de Granada estaban muy por encima de la enemistad con los señores de Anjou, hasta el punto de que en el puerto de Málaga existía una base permanente de naves catalanas que atacaban, dentro del canon más ortodoxo de la piratería, a los barcos que cruzaban el estrecho de Gibraltar con rumbo al Atlántico francés, dominio de los Anjou. No eran las primeras acciones de piratería en esta zona del norte de áfrica, pero desde entonces se hicieron muy frecuentes.</p>
<p class="bodytext">La misma base de Málaga servía de punto de partida para las incursiones a poblaciones y navíos de las costas de Marruecos y Argelia, enemigos de los musulmanes de Al-Andalus y Túnez. Las buenas relaciones del rey Pedro, a quien el papado y buena parte de la cristiandad europea consideraban pirata, con los moros, y la creación de cabezas de puente en el norte africano ayudó a la conquista de Sicilia.</p>
<p class="bodytext"><strong>PATENTE DE CORSO</strong><br />
La actividad de los piratas catalanes en el norte de áfrica se convirtió en algo frecuente, alternando las costas de Túnez –en la isla de Djerba también se instaló una importante base de operaciones– con las de Marruecos y Argelia, en función de las amistades o enemistades de cada momento. Pero siempre eran asaltos sin control, iniciativa privada, podríamos decir. En 1336 el rey de Aragón propuso a las Cortes la necesidad de institucionalizar la patente de corso para que estas acciones piratas sirvieran a los intereses del reino, “pro facendo guerram dictis infidelis” (para hacer la guerra a los llamado infieles), como dice la crónica de la época.</p>
<p class="bodytext">Los límites entre comercio, piratería y robo, han sido siempre muy difíciles de definir y precisar, y más en aquellos tiempos en que ciertas formas de piratería tenían carácter legal. Cualquier capitán de barco que hubiese sido robado por una nave extranjera recibía “patente de corso”, es decir, quedaba autorizado a resarcirse con otro barco cualquiera de la misma nacionalidad. Tales patentes de corso fueron reconocidas por las principales potencias extranjeras y los piratas que las exhibían eran tratados como honrados comerciantes en vez de ser ahorcados en el palo trinquete.</p>
<p class="bodytext">Aunque no alcanzaron la fama de Hawkins, Morgan, Cavendish, Drake, Barbanegra o el capitán Kidd, algunos nombres catalanes de la época forman parte de la “gloriosa” lista de la piratería mundial: Guillem de Castellnou, que anexionó la costa alicantina a la corona de Aragón, Conrad de Llançà, castigo de la costa bereber, Roger de Llúria, tormento de los Anjou, Galceran Marquet, Romeu de Corbera, Bernat de Vilamarí y muchos otros.</p>
<p class="bodytext">Los piratas no siempre atacaban barcos y poblaciones de reyes y señores; con frecuencia, simplemente, peleaban entre ellos, sin importar demasiado la nacionalidad de cada cual. Una crónica de la época narra la aventura de una nave catalana que había saqueado la nave de otro catalán, que previamente se había apropiado un botín genovés, tras haber logrado el italiano repeler otro ataque de un marino castellano, que también había intentado abordar la nave catalana. Como se ve, todo quedaba en casa. Los piratas de la época no hacían ascos a nada. No era imprescindible que a bordo hubiera sedas, oro, plata o especias, con frecuencia los asaltos se hacían a leños y naos cargadas con trigo o maíz que eran muy bien recibidos en las hambrientas poblaciones del litoral. Estas necesidades básicas que no eran fáciles de cubrir, llevaron a algunos sacerdotes a convertirse en piratas para socorrer a sus hambrientos feligreses. Tal es el caso de Lluís Pontós o de Jaume de Vilaregut.</p>
<p class="bodytext">En aquellos duros años de finales de la Edad Media, la piratería se había convertido en un oficio relativamente honorable que engendraba sólidos marinos. Vicente Yánez Pinzón, que luego sería piloto de la carabela Pinta en la expedición de Colón de 1492, era un conocido corsario que actuó tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico, un auténtico mercenario que no dudó en servir al rey de Castilla atacando intereses del rey de Aragón, ayudando así a los mercaderes genoveses, al tiempo que también abordaba de vez en cuando naves genovesas.</p>
<p class="bodytext">Su hermano Martín Alonso Pinzón era igualmente un prestigioso pirata que se adentró hasta el Canal de la Mancha, donde, se dice, pudo conocer a un joven y ambicioso Cristóbal Colón que también participaba en algunas incursiones por la zona. El timonel de la Santa María, en la que viajó Colón, Pedro Niño, era nieto del corsario Pero Niño, un gallego que asoló el Mediterráneo en los primeros años del siglo XV.</p>
<p class="bodytext"><strong>MOROS EN LA COSTA</strong><br />
Hasta el final de la Edad Media, el Mediterráneo estuvo dominado por los piratas catalanes, castellanos y genoveses. Pero a partir de 1500 el terror de las costas españolas, sobre todo las del sur de la península, vino de parte de los piratas bereberes del norte de áfrica que asolaron las poblaciones del Mediterráneo durante casi tres siglos. Parte de su poderío se debió a la mala política de los reyes Isabel y Fernando que, con la pretensión de controlar la marina de sus reinos y la seguridad de su estado, decidieron prohibir las acciones de corso de sus vasallos con lo que el amplio litoral ibérico quedó desprotegido de los ataques piratas, especialmente de los berberiscos establecidos en la costa norte de lo que hoy conocemos como Argelia y que entonces era una tierra de nadie en la que ni mandaba el rey de Marraquesch ni los caudillos de Túnez.</p>
<p class="bodytext">Los berberiscos eran hombres de mar, bandoleros y expertos marinos que procedían de todo el Mediterráneo: eslavos, griegos, albaneses, provenzales, moriscos, portugueses, bretones, sajones e incluso algunos corsarios españoles que se habían quedado sin trabajo al suprimirse el corso. Los escenarios de sus actuaciones fueron los estados dominados por la Corona hispana: Italia, España y las islas situadas entre ambas penínsulas.</p>
<p class="bodytext">La expresión “hay moros en la costa” se hizo frecuente en todo el litoral español, con independencia de que los atacantes fueran rubios, morenos, negros o mestizos, aunque todos ellos solían enarbolar la bandera de la media luna, más que nada por mostrar su posición contraria a los reinos cristianos.</p>
<p class="bodytext"><strong>AUMENTA EL PODER TURCO</strong><br />
La llegada del emperador Carlos al poder, que coincidió con la expansión de la conquista de América, el amplio dominio español en Europa y la necesidad de mantener un imperio y un ejército gigantesco, permitió que el Mediterráneo se convirtiera en un auténtico caos. De ello se aprovecharon dos hermanos griegos, Arudji y Kheyred Din, más conocidos como los Barbarroja, que supieron catalizar el amplio movimiento de hombres de mar desarraigados y apátridas que se habían instalado en las costas de Berbería y capitanear un movimiento de piratería que terminaría abarcando más de dos siglos.</p>
<p class="bodytext">La primera gran incursión pirata berberisca fue todavía en tiempos de Fernando el Católico, en la valenciana Cullera en 1503, se convirtió en rutina en los años siguientes. Tras Cullera, siguieron Oropesa, Salou, Mallorca, Vinaroz, Mahón, Benissam, Denia y Alicante. El rey Fernando apoyó la creación de una gran armada que pudiera hacer frente al enemigo, e incluso atacar su bases. Su idea era bloquear y controlar los tres grandes puertos en los que tomaban refugio y de los que partían la mayor parte de los ataques piratas: Argel, Orán y Bujía. Gracias a ello, y especialmente al control del islote situado frente al puerto de Argel, que mantuvieron los españoles hasta 1530, hubo unos años de declive de la piratería berberisca.</p>
<p class="bodytext">Durante todo el reinado de Carlos V, las actividades berberiscas aparecen ligadas a la figura de Barbarroja, mientras que los turcos contaban con un caudillo temible en la persona del sultán de Constantinopla, Solimán II el Magnífico, que en 1520 había sucedido a su padre Solimán I. El nombramiento de Barbarroja como almirante de Solimán y la alianza de ambos con Francia tuvieron como resultado un constante predominio turco. El enfrentamiento marítimo fue más intenso. En 1534 Barbarroja se apodera de Túnez, aunque un año más tarde, Carlos V logra poner en el trono tunecino a su vasallo musulmán Muley Hacén, pero el dominio español y otomano se fueron alternando en los años siguientes y finalmente Túnez sería una colonia otomana durante tres siglos. En 1541 fracasó la expedición imperial contra Argel, tanto a causa de los ataques berberiscos como de las tempestades. Entre 1551 y 1555 se hizo cada vez más fuerte la presión del sucesor de Barbarroja, Dragut, sobre la isla de Malta. Los piratas musulmanes consiguieron tomar la vecina isla de Gozzo y las ciudades de Trípoli y Bugía.</p>
<p class="bodytext">En el interior del continente, Solimán II después de apoderarse de Belgrado (1521) y derrotar a Luis de Hungría en Mohacs (1525), consiguió ocupar la mayor parte de las tierras húngaras, tomando el camino a Viena por la orilla derecha del Danubio. Esta marcha victoriosa fue detenida por las tropas de Carlos V que salvaron Viena e impidieron el predominio turco en Europa. Pero la amenaza de los turcos a la Europa occidental había quedado patente. Y su dominio del Mediterráneo también.</p>
<p class="bodytext">Durante casi cincuenta años más los turcos fueron dueños y señores de las aguas mediterráneas. Su primer revés de importancia fue el ataque a Malta en 1565 en el que el Solimán II empleó el grueso de sus fuerzas, doscientas naves, cinco mil hombres y su cuerpo de elite: los jenízaros. La solidez de sus fortificaciones, en especial el castillo de San Telmo, y la heroicidad y astucia de unos cientos de caballeros de la Orden de Malta, al mando del genial anciano La Valette, impidió la caída de este punto estratégico en medio del Mediterráneo.</p>
<p class="bodytext">Tras el respiro que supuso para los otomanos la toma de Chipre en agosto de 1571, vendría su peor derrota apenas un par de meses después, en la batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571. Más de 500 galeras se enfrentaron duramente, utilizando su escasa artillería y acudiendo, sobre todo, a los abordajes y la lucha cuerpo a cuerpo. En pocas horas la victoria se inclinó del lado de la Santa Liga que formaban españoles, venecianos y la Santa Sede.</p>
<p class="bodytext">Animado por la victoria, Felipe II creyó que era el momento de acabar definitivamente con el dominio turco y árabe en las costas occidentales del Mediterráneo y animó a su hermanastro Juan de Austria, héroe de Lepanto, a reconquistar Túnez. Justo dos años después de la victoria en Lepanto, el 7 de octubre de 1573, Juan de Austria tomaba el fuerte de La Goleta sin apenas resistencia y poco después la ciudad de Túnez, reponiendo en su trono al monarca legítimo, Muley Hamet.</p>
<p class="bodytext">La alegría duró poco ya que al año siguiente se perdieron ambas conquistas y la intranquilidad de las costas españolas creció de nuevo.</p>
<p class="bodytext"><strong>TORRES Y FORTIFICACIONES</strong><br />
Los ataques de los piratas del norte de áfrica, que se unían al constante acoso de los turcos, mantuvieron en permanente alerta a las costas españolas, lo que motivó que muchos pueblos del litoral se retirasen hacia el interior, lo que habría de mantener la costa inhabitada durante casi dos siglos, y que se construyeran torres de vigilancia junto al mar que advirtieran de la presencia de enemigos en la costa. Para agudizar más los problemas, los piratas africanos se unían en ocasiones a los turcos, permanentes enemigos de la Europa cristiana, y sincronizaban sus ataques a las costas españolas, en unos tiempos en que España tenía abiertos demasiados frentes guerreros como para atenderlos todos.</p>
<p class="bodytext">Ante el temor a un ataque de la armada otomana y las frecuentes incursiones de corsarios norteafricanos, la costa se fue poblando progresivamente de torres para la vigilancia y la defensa del litoral. Aunque muchas de estas precedían de época medieval, en el siglo XVI adquirieron su máximo desarrollo, reconstruyéndose las torres antiguas y levantando otras de nueva planta hasta formar un sistema defensivo que todavía se conserva en parte. Emplazadas tanto en playas bajas como sobre cabos o promontorios marítimos, servían para el avistamiento y la localización de los navíos enemigos cuando todavía se encontraban lejos de la costa, dando así tiempo a que los vecinos organizasen la defensa. La actividad de los astilleros también se incrementó, sobre todo los de Barcelona, para lograr formar una flotilla de galeras guardacostas.</p>
<p class="bodytext">Los lugares más habituales para estos ataques, además de las islas, eran las llanuras del litoral y en los valles, aprovechando el surco de ríos y torrenteras. Desde el Ampurdán a la Marina alicantina, fundamentalmente. Por lo general penetraban poco hacia el interior ya que no solían utilizar caballos, pero no por ello sus razias eran menos destructivas.</p>
<p class="bodytext">Las torres de defensa proliferaron en islotes e islas pequeñas situadas cerca de las más grandes del archipiélago balear. Es el caso de Dragonera en la costa de Andratx o del archipiélago de Cabrera, que desde siempre ha sido nido de piratas y corsarios. También en Tagomago, cerca de Ibiza y en Espalmador y el rosario de islotes entre Ibiza y Formentera.</p>
<p class="bodytext"><strong>CASTILLOS Y MURALLAS</strong><br />
El largo litoral mediterráneo español estaba desigualmente protegido. Las grandes ciudades disponían de castillos con artillería y soldados, pero en otras zonas la indefensión era casi total. Barcelona tenía grandes fortificaciones, Palamós disponía de milicia urbana, Roses era ciudadela real y contaba con guarnición, Tarragona era protegida por el obispo de la zona, Valencia estaba situada en el interior y su puerto se fortificaba cuando llegaban importantes cargamentos, Alicante era un enclave fundamental y también tenía fortificaciones, Cartagena era el gran puerto real del Mediterráneo y, además de una excelente ensenada natural, ofrecía varios seguros castillos armados. Málaga, Almería y Cádiz también estaban protegidas por potentes murallas. Sin embargo, el resto del litoral estaba casi indefenso. Las ciudades pequeñas, salvo Cullera o Peñíscola, sólo contaban con las torres vigía, que eran sumamente eficaces. Un mensaje que saliera de una guaita del Ampurdán podía llegar a una torre en Almería en apenas tres horas.</p>
<p class="bodytext">De norte a sur del litoral mediterráneo florecieron las torres de vigilancia. La zona del Maresme, cerca de Barcelona, era una de las más codiciadas por los piratas debido a su riqueza. La abundancia de rieras y torrentes donde el desembarco era fácil la hacían especialmente sensible. Las desembocaduras del Ebro, el Llobregat, el Tordera y el Ter y las tierras de Comarruga, aunque insalubres, desoladas e infestadas de mosquitos, eran puntos de recalada y descanso de muchos moros, en espera de planificar su siguiente razia. Para evitarlo, se construyeron numerosas torres en estos lugares y en las cimas de las costas más abruptas.</p>
<p class="bodytext">Llegó a haber cinco torres en los arenales del actual Castelldefels, los castillos de Pou y Montjuïc se enlazaban visualmente. Las torres de Sant Joan en el puerto de Blanes, la de Palafolls en Tordera, la torre del Reloj en Pals adquirieron reconocida fama y aún hoy son dignas muestras de su valor y eficacia. También cabe reseñar las torres de Ca n´Alsina, en Montgat, can Nadal, en Vilassar, Palauet, en Cerdanyola, la torre de Arenys de Mar, etc. Muchas de las torres de vigía se construían en las llamadas zonas de aguada, puntos de reunión y concentración de piratas, en los que abundaba el agua potable y donde descansaban o se repartían los botines capturados. Las nuevas torres vigía les desanimaba de acampar en estas zonas.</p>
<p class="bodytext">En la mitad sur del litoral también crecieron las torres vigías, especialmente en la Marina de Alicante y en las islas Pitiusas, debido a su proximidad con las bases berberiscas norteafricanas y a<br />
los numerosos ataques que Barbarroja II, tras su derrota en Túnez en 1535, realizaba en la zona. Padecieron especialmente sus iras Torrevieja, Vinaroz e Ibiza.</p>
<p class="bodytext"><strong>MILICIAS DE CUSTODIA</strong><br />
La defensa de las ciudades y villas recaía en los vecinos. El acoso otomano y las incursiones del corso obligó a que las distintas poblaciones organizaran de una manera mas eficaz a sus habitantes dividiéndolos en compañías bajo el mando de capitanes, alféreces y sargentos, supervisado todo ello por los respectivos concejos. De este modo nació una milicia, denominada de la custodia, que las autoridades municipales utilizaron para la guarda de sus poblaciones y términos. Virreyes y gobernadores se sirvieron habitualmente de esta milicia para socorrer a otras localidades costeras amenazadas. A pesar de las deficiencias de las milicias ciudadanas, tanto en lo referente a su formación como a su efectividad, fueron las únicas fuerzas estables con que contaron ciudades, villas y lugares del reino para hacer frente a los frecuentes ataques berberiscos hasta el año 1596.</p>
<p class="bodytext">Las múltiples ocupaciones de los reyes y los diferentes frentes abiertos en un Imperio donde no se ponía el sol, permitieron que los ataques a las costas del litoral español, pese a las torres y defensas que comenzaban a abundar, prosiguieran sin apenas enfrentamientos. Hasta tal punto que los procuradores de las Cortes de Toledo de 1560 llegaron a remitir la siguiente solicitud a Felipe II:</p>
<p class="bodytext"><em>Otro sí, decimos que aunque S.M. ha tenido relación de los daños que los turcos y moros han hecho y hacen andando en corso con tantas vandas de galeras y galeotas por el mar Mediterráneo, pero no ha sido V.M. informado tan particularmente de lo que en esto pasa, porque según es grande y lastimero negocio, no es de creer sin que si V.M. lo supiese, lo habría mandado a remediar: porque siendo como era la mayor contratación del mundo la del mar Mediterráneo, que por él se contrataba lo de Flandes y Francia con Italia y venecianos, sicilianos, napolitanos, y con toda Grecia, y aun Constantinopla, y la Morea y toda Turquía, y todos ellos con España, y España con todos; todo esto ha cesado, porque andan tan señores de la mar los dichos turcos y moros corsarios, que no pasa navío de Levante que no caiga en sus manos, y son tan grandes las presas que han hecho, así de christianos cautivos como de haciendas y mercancías, que es sin comparación y número la riqueza que los dichos turcos y moros han avido, y la gran destruición y assolación que han hecho en la costa de España: porque desde Perpiñán a la costa de Portugal, las tierras marítimas se están incultas, bravas y por labrar y cultivar; porque a cuatro o cinco leguas del agua no osan las gentes estar: y así se han perdido y pierden las heredades que solían labrarse en las dichas tierras.”</em></p>
<p class="bodytext"><strong>LA EXPULSIóN DE LOS MORISCOS</strong><br />
Las torres y fortificaciones permitían advertir de la presencia del enemigo y, en ocasiones, hacerle frente, pero casi siempre los piratas llevaban las de ganar y las poblaciones eran asaltadas una y otra vez. Ante la evidencia de que la defensa en tierra no es suficiente y de que la armada real no puede proteger eficazmente todo el litoral mediterráneo español, el 20 de septiembre de 1585 el rey concede de nuevo el derecho de poder hacer el corso, aunque de forma tímida. Los navegantes de Torrevieja tienen el derecho real de capturar naves moras si se aproximan a su costa. Gracias a ello se pudo desalojar de piratas la isla de Benidorm y la entonces llamada isla Plana, frente al cabo de Santa Pola, que años más tarde fue repoblada por cautivos cristianos de la península de Tabarca, cerca de Túnez, y recibió el nombre de Nova Tabarca.</p>
<p class="bodytext">Durante todo el siglo XVI, los moros y moriscos habían vivido con cierta tranquilidad en la España cristiana, aunque no todo el mundo los miraba con buenos ojos y muchos los hacían cómplices de los ataques de sus hermanos desde Argel y otros puntos de la costa norteafricana. En la práctica tenían prohibida su dedicación a la navegación y a la pesca y no podían embarcarse en barcos cristianos. Los prejuicios contra los moriscos se incrementaron tras su sublevación en la costa granadina, donde se apoderaron de toda la comarca de la Alpujarra.</p>
<p class="bodytext">No es casualidad que fueran dos residentes en Valencia, que sabían bien de los ataques a sus costas, quienes más influyeron en la definitiva expulsión de los moriscos. Por un lado, Juan de Ribera, arzobispo de Valencia y espíritu intransigente que ya recomendó esta medida a Felipe II. Por otro, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, virrey de la región valenciana y duque de Lerma, valido de Felipe III. El 22 de septiembre de 1609 se publicó el bando que ordenaba el extrañamiento de todos los moriscos del reino de Valencia. En los meses siguientes también debieron abandonar Andalucía, Murcia, Aragón, Cataluña, Extremadura y Castilla. En total se calcula que fueron unos 500.000, una cifra de habitantes enorme para la época. Buena parte de ellos se exiliaron en el norte de áfrica y pasaron a engrosar las filas de piratas ávidos de tomar revancha en las costas españolas.</p>
<p class="bodytext"><strong>AUGE Y PODERíO DE ARGEL</strong><br />
La intensa actividad comercial y las luchas que protagonizaban la política y la religión en el Mediterráneo explican la pujanza con que creció Argel en el siglo XVI como cuartel general de los corsarios islámicos. Convertida en puerto seguro, dentro del recinto de sus sólidas murallas se almacenaba y traficaba con el fruto de las incursiones. El frenético ir y venir de los piratas había convertido a Argel en un verdadero emporio y en uno de los centros comerciales más importantes de toda la cuenca mediterránea. La acumulación de riquezas era tal, que este enclave corsario se permitía el lujo de tener no sólo una casa de moneda propia y lujosísimos baños públicos, sino hasta una escuela de Teología y un hospital para pobres.</p>
<p>En Argel, todo tenía un precio. Los cautivos más relevantes valían, como mínimo, unos cinco mil ducados. El mecanismo del negocio era sencillo y resultaba eficaz: a través de prisioneros que, previo cobro del rescate, eran liberados y volvían a Europa, se hacía saber a las familias qué había pasado con sus respectivos parientes y cuánto debían de pagar si tenían intención de recuperarlos. Los frailes de las órdenes de los trinitarios y los mercedarios solían encargarse de la intermediación. Según las malas lenguas, ciertos miembros de la Iglesia medraban con estos buenos oficios. Entre Europa y Argel, un importante porcentaje de lo recaudado por los familiares de los cautivos iba a parar a sus arcas. Sólo excepcionalmente, algunos prisioneros musulmanes de altísimo rango eran intercambiados por iguales cristianos cautivos en Argel. En el Viejo Mundo, la recogida de limosnas para liberar cautivos pobres era una actividad habitual. Todo el mundo sabía que la pobreza del prisionero resultaba ser un pasaporte al cautiverio permanente, cuando no a la muerte. Era una ley que imperaba a ambos lados del Mediterráneo. A mediados del siglo XVI, la escasez de remeros en las galeras cristianas y musulmanas hizo que la captura de cautivos se volviese un negocio más boyante pero, a la vez, más delicado. No sólo era cuestión de conseguir prisioneros, sino de mantenerlos vivos el mayor tiempo posible y, naturalmente, con el menor coste. Este singular tráfico era una fuente constante de nuevas iniciativas: algunos carceleros argelinos se lucraban facilitando fugas, individuales o en grupo; por su parte, en Europa, aparecieron cristianos que montaban expediciones de rescate que solían ser financiadas por familias de cautivos.</p>
<p class="bodytext"><strong>LUGAR DE ENCUENTRO</strong><br />
Sometida en un principio a las presiones del imperio Otomano, por un lado, y a las de Constantinopla, antes de ser conquistada por los turcos, por el otro, Argel se las había ingeniado para gozar de cierta autonomía. Para conseguirlo, sólo había necesitado tomar conciencia de que sus reservas de capital eran necesarias para todos los bandos en pugna. La ciudad también contaba con otro excedente imprescindible para estos menesteres: la riqueza cultural que le brindaba el hecho de ser un lugar de encuentro de moros expulsados de España, esclavos cristianos y renegados y aventureros de todo calibre. Aunque comerciar con la Media Luna estaba prohibido en la Europa cristiana y ni la misma Roma se privaba de hacerlo, con más razón Argel, en cuyos muelles atracaban navíos de Francia, España, Italia, Inglaterra, y los Países Bajos, todos ellos con el acicate de los negocios fáciles y las posibilidades de un rápido enriquecimiento. Para hacer dinero en Argel, la religión no era un obstáculo insalvable. Según los intereses, muchos feligreses cambiaban de credo como quien cambia de camisa. Muchos cautivos cristianos abrazaban el Islam, conscientes de que, cuando fuera necesario, podrían volver al seno de la Iglesia, siendo bienvenidos como señores de fortuna. No había ocurrido nada diferente entre los moriscos que habitaban en Europa. Eudj Alí, por ejemplo, era un buen ejemplo de este lucrativo oportunismo. Este antiguo pescador calabrés había llegado a Túnez en 1570 y hasta había luchado en Lepanto, pero abrazó el Corán, y sus conocimientos marineros le permitieron hacer incursiones con éxito por todo el Mediterráneo occidental. Los españoles, a fin de ganarse sus buenos oficios, lo habían tentado con un marquesado, que no era sólo un título nobiliario, sino un cúmulo de propiedades terratenientes nada despreciables. Sin embargo, Eudj Alí optó por un destino todavía más suculento: convertirse en pachá de Argel. La ambición y la astucia representaban el abono idóneo para tanta libertad de mercado. Por supuesto, las vidas humanas eran una de las mejores mercancías. En los “baños” argelinos se acumulaban los prisioneros, quienes, hasta recuperar la libertad a cambio de dinero, eran mano de obra gratuita. Los más útiles y, por tanto mejor cotizados trabajaban en los hogares de sus dueños como sirvientes; los menos valiosos se convertían en esclavos públicos, y trabajaban de barrenderos, leñadores y albañiles en las calles y huertos de la ciudad.</p>
<p class="bodytext">Había una tercera categoría de prisioneros, cuya situación personal, menos promisoria, los encadenaba a las galeras de los barcos como remeros. En última instancia, si se iban con el barco al fondo del mar, no era mucho lo que se perdía. Los de más baja categoría eran los que estaban sometidos al trato más cruel, porque no sólo podían perder las orejas, la nariz, o una mano, sino la vida misma y de la manera más horrible: empalados o ahorcados en la vía pública, como pan y circo para las multitudes que, con más o menos éxito, pululaban por las calles de la ciudad.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS POSESIONES ESPAñOLAS EN EL NORTE DE áFRICA<br />
</strong>Aunque buena parte de los enemigos de España se asentaban en las costas del norte de áfrica, en ese mismo litoral proliferaron las ciudades bajo control español, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días, y en las que siempre se ha mantenido una convivencia un tanto peculiar.</p>
<p class="bodytext">Un caso notorio fue Orán, una ciudad no muy lejana de Argel que tuvo un importante protagonismo comercial en sus primeros tiempos, hasta que cayó en manos de los piratas y entró en decadencia. En 1509 la conquistó Cisneros y se mantuvo en manos españolas (salvo un breve período) hasta 1792, aunque sufrió sucesivos ataques en 1563, 1667, 1672, 1675, 1688, Durante este tiempo, Orán fue una isla española en tierras africanas, un mundo aparte al que eran exiliados quienes resultaban molestos o peligrosos para el poder en la península. Allí estos nobles que, como los describe Luis Reyes Blanc en su Cartas de Orán, eran “arquetipos de soberbia, orgullo y vehemencia, pero también de valor, nobleza y capacidad de sacrificio”, formaron la llamada Corte Chica, conocida con ese nombre porque los expatriados solían llevar consigo grandezas y fastos con los que disfrazar su amargo destierro que con frecuencia concluía con la muerte.</p>
<p class="bodytext">Más o menos de la misma época de la toma de Orán, procede la presencia española en Melilla y Ceuta. La reconquista del reino nazarí de Granada por los Reyes Católicos posibilitó la continuación de la campaña hacia el sur. En 1497 el capitán Pedro de Estopiñán al servicio del Duque de MedinaSidonia tomaba Melilla. Después el Cardenal Cisneros mantuvo el sueño de Isabel la Católica y los primeros años del siglo XVI sirvieron para asentar la posesión española de diversos peñones y plazas norteafricanas, quitándoselos a los piratas berberiscos que secuestraban a los pobladores de la costa levantina para servir de esclavos.</p>
<p class="bodytext">La ciudad de Ceuta fue posesión portuguesa desde su conquista por Juan I de Avis. Sin embargo, cuando Portugal se integró en la monarquía española de Felipe II sus posesiones africanas también lo hicieron. Posteriormente la separación de Portugal de España protagonizada por la rebelión de los Braganza en 1640 separó el destino de lusos y españoles para siempre excepto de los ceutíes que se mantuvieron bajo la soberanía española hasta nuestros días.</p>
<p class="bodytext">Aparte de las dos plazas, existen otros diminutos territorios que no deben ser olvidados. El Peñón de Vélez de la Gomera es español desde 1508 cuando fue conquistado por Pedro Navarro. Se trata de un islote pequeño con un fuerte, una Iglesia y a escasos 85 metros de la costa marroquí. En la actualidad no queda población civil y sus habitantes son los treinta soldados de guarnición militar. El Peñón esta unido desde 1934 a la costa por un istmo de arena debido a un terrible temporal.</p>
<p class="bodytext">El Peñón de Alhucemas se mantiene islote y se encuentra a 300 metros de tierra. Dispone como el anterior de un fuerte con almacenes, iglesia y batería de costa. La isla de Alborán situada entre Melilla y Almería tiene 53 hectáreas, fue guarida del pirata Al Borani en el siglo XI y después ha sido expoliada por sus corales rojos únicos. En cuanto a las islas Chafarinas son un antiguo refugio de piratas cercano a la frontera argelina y lo forman tres islas, Isabel II, Congreso y Rey. Su ocupación es de 1848 y mantiene una guarnición militar en la isla central de Isabel II. Solo queda mencionar también el islote Perejil, tal vez el más famoso de todos ellos.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA DECADENCIA DEL MEDITERRáNEO</strong><br />
A partir de la batalla naval de Brindisi, en 1616, las potencias occidentales ceden el control de las costas mediterráneas a Venecia, lo que da una idea del poco interés que despertaba este litoral, tanto para los piratas atacantes como para sus defensores. La ruta del Atlántico y, sobre todo, el Caribe son las autopistas por las que circulan los grandes cargamentos de valor. Piratas, corsarios y aventureros con ganas de hacer fortuna se trasladan al Atlántico y en el Mediterráneo solo quedan pobres marinos que, precisamente por su condición, resultan ser los más malvados y crueles. La miseria en la que vivían y la pobreza del comercio que circula por el Mediterráneo hacen que asalten jabeques, tartanas, leños y pequeñas embarcaciones casi por nada. Pero raramente se atrevían con las poblaciones costeras.</p>
<p class="bodytext">La piratería ha inspirado alabanzas y rechazos. Con frecuencia se le ha quitado importancia y hasta se la ha idealizado en medio de un halo romántico. También se ha considerado una práctica demoníaca y cruel. Las dos posturas son extremas. La piratería ha sido ilegal y ha contado con el apoyo de los poderosos, sus protagonistas han sido ahorcados en el palo mayor y se les ha levantado monumentos en las plazas públicas.</p>
<p class="bodytext">El mar es implacable y proyecta sin paliativos el verdadero carácter del ser humano, con todas sus miserias y toda su grandeza, poniendo al desnudo su brillo y también su lado delictivo. Un antiguo proverbio de la Hansa dice: “Grandes son los hombres en la tierra, pero son todavía más grandes los hombres<br />
en el mar.”</p>
<p class="bodytext"><strong>Enrique Sancho</strong></p>
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		<title>Los moriscos españoles</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-moriscos-espanoles/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:55:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 18]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El 24 de enero de 1610 la ciudad de Granada se dirigía a S.M. el Rey D. Felipe III de España en una carta en la que, entre otras cosas, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">El 24 de enero de 1610 la ciudad de Granada se dirigía a S.M. el Rey D. Felipe III de España en una carta en la que, entre otras cosas, se decía: <em>“&#8230; que para la conservación de los conductos de el agua de la Alhambra, Generalife, Audiencia Real y casas particulares, que son una infinidad de cañerías, se han ocupado siempre unos cincuenta moriscos cañeros y ellos y no otros saben los ramales y los que en estos se debe hazer por ser officio de gente humilde, que si faltan los dichos moriscos quedaría la ciudad y los dichos conductos en estado de perderse&#8230;”</em></p>
<p class="bodytext">En esa carta granadina al Rey creo ver una intimidad de la antigua España, un pliegue recóndito del cuerpo histórico de nuestra patria. Resulta que los que sabían por donde corría el agua de Granada, el agua que cantaba en los jardines de la Alhambra, o que refrescaba las tardes de verano en la Audiencia Real, o en las casas de los granadinos, el agua de beber y de lavar, ese <em>“agua oculta que llora”,</em> ese agua que quizás aliviaría la pena del ciego de los versos de Icaza; los que conocían, repito, los caños como venas profundas, íntimas y frescas de Granada y los gobernaban con cuidado y honradez, eran cincuenta moriscos, como moriscos eran los “conocedores” que sabían bien de quién eran cada casa y cada finca y los censos que las gravaban, o sea que eran como humildes y verbales registradores de la propiedad granadina. Entonces, la ciudad de Granada le pedía al Rey encarecidamente que, al menos, quedasen en la ciudad doce <em>“cañeros”</em> y doce <em>“conocedores”,</em> porque ellos estaban en el secreto e intimidad de la vida cotidiana. Ellos, los moriscos, eran también la vida cotidiana, puesto que llevaban viviendo en la España unida más de un siglo, en calidad de lo que eran, españoles, súbditos del Rey Felipe III, como lo habían sido de Felipe II y de Carlos V y de los Reyes Católicos.</p>
<p class="bodytext">España es un país de destierros. Yo recuerdo la impresión que me hizo ya en mi infancia la lectura para niños del <em>Poema del Cid</em> y de aquél pasaje en que Rodrigo es desterrado de “Castilla la gentil” y se despide de los suyos en una escena punzante en la que el héroe, ”de los sos ojos fortemente llorando”, piensa que: <em>“assis parten unos d’otros como la uña de la carne”.</em><br />
Ocurría esto en el siglo XI. La marcha de los moriscos sucedió seis siglos después. Luego, ha habido muchos otros destierros&#8230;</p>
<p class="bodytext">Intento aquí hablar de los moriscos que fueron expulsados de España en 1610, durante el reinado de Felipe III y valimiento del Duque de Lerma, un episodio histórico que puede parecer una antigüalla pero que sigue teniendo hoy para nosotros un vivo interés. Fue un drama tan hondo que aún se recuerda en muchos hogares actuales que yo he conocido en mis años de vida en el Magreb y que por eso traigo aquí. Este episodio de la historia de España es un hecho muy sabido. A los testimonios de la época y a la bibliografía clásica sobre el tema, se ha venido a añadir una bibliografía moderna inmensa de la que soy deudor y que ha convertido al asunto en algo casi de moda. No hago, pues, mas que recordar lo que me enseñaron muchos sabios, algunos de ellos, amigos míos.</p>
<p class="bodytext">Mas para centrar el tema, que en realidad es el de los descendientes de los moriscos que yo he conocido personalmente en áfrica, tendremos que repetir lo sabido y rememorar brevemente el cuadro en que se produce la expulsión. El 9 de abril de 1610 el rey Felipe III dictó una orden que significó la desventura de varios cientos de miles de españoles: la expulsión de los moriscos. En España, los moriscos se habían llamado unos años antes, en pleno siglo XVI, por ejemplo, Juan Pérez, Fernando de Venegas, Manuel Granada, Alonso Amuley o Diego López Benajara, nombres de la historia política o literaria de la época. Eran los descendientes de los pobladores de la España musulmana; de aquéllos que no se habían marchado al final de la Reconquista sino que trataban, penosamente a veces, violentamente otras, de defender su permanencia, sus creencias y costumbres, en la que consideraban –y lo era– su patria. Las regiones en donde se encontraban, principalmente, eran Andalucía, Valencia, Aragón, Cataluña y Castilla. Se calcula que a principios del siglo XVII llegaban a unos trescientos mil.</p>
<p class="bodytext">Su drama fue que, por un lado, se debían al nuevo Estado nacional cuya autoridad habían acatado, y a la religión cristiana a la que oficialmente se habían convertido cuando se comprobó que era imposible continuar aquel breve periodo inmediato a la toma de Granada, durante el cual pareció factible una coexistencia libre y pacífica de creyentes cristianos y musulmanes, como en los buenos viejos tiempos del <em>“rey de las tres religiones”.</em> Se debían, en fin, a una lengua y cultura, las españolas, que alcanzaban en aquel tiempo su cenit y que ellos habían adoptado e incluso brillantemente servido. Pero en lo hondo de sus almas alentaban otras fidelidades: el recuerdo de sus antepasados, de su antigua cultura y un libro sagrado: el Corán. Entre los dos tirones de su espíritu se debatían, y ello ocurría en una España vital y gloriosa pero también torturada por el problema de la ortodoxia religiosa, la limpieza de sangre, el orgullo genealógico. Vivir allí, en la frontera de dos mundos, en la línea trémula, indecisa, inquietante en la que se encontraba el morisco, solicitado a diario por dos lealtades opuestas, debía de ser muy difícil.</p>
<p class="bodytext">La minoría morisca se fue replegando en sí misma, encerrándose en núcleos cada vez más irreductibles y ásperos, que fueron preocupación constante de la Monarquía. Este era el problema espiritual. A él se añadía el problema político. Junto a las sublevaciones, guerras, violencias motivadas por los moriscos, se iba extendiendo en España el temor de que los de las regiones costeras pudieran convertirse en una baza que se insertara, como ha dicho Juan Reglá, en el juego de la dialéctica mediterránea, en el cuadro de la rivalidad entre España y Turquía, los dos grandes imperios que se disputaban entonces el dominio del “mare nostrum”. Una posible constelación Turquía-Berbería-Andalucía-Aragón-Valencia, en la que unos moriscos en colusión pudieran ayudar a dar golpes de mano sobre la costa española, tan cercana a la de Berbería, se dibujó en la mente de los españoles. El caso es que la expulsión fue decidida y que con una precisión matemática se produjo el doloroso éxodo al final del cual unos 270.000 españoles habían salido de sus tierras. Desde los puertos del Mediterráneo, o a través de la frontera de Francia, cruzando luego, en este país, el Languedoc, para embarcar en el puerto francés de Agde, procesiones terribles, a veces crueles, de desterrados, fueron saliendo de España, embarcando en flotillas de veleros que los depositaron principalmente en las costas de áfrica, en lo que entonces se llamaba Berbería –es decir, aproximadamente Argelia y Túnez–, y en Marruecos.</p>
<p class="bodytext">Venían no sólo de Granada o del resto de Andalucía; venían de más lejos, de Alcalá de Henares, Arévalo, Medina del Campo, Coca, Mequinenza, Mondéjar, Pastrana, Tordesillas, Almagro; interioridades de España en donde aún, siglos después, advertimos la huella que dejaron estos compatriotas remotos.<br />
Yo he conocido a sus descendientes y fui amigo de ellos. Me los encontré, primeramente, en el actual Túnez, en donde viví varios años. Allí supe cómo fue la llegada y establecimiento de sus antepasados. Habían venido en el fatídico año de 1610, cuando reinaba en la también llamada Regencia de Túnez, Otman Dey, un monarca prudente, de espíritu abierto, favorable, por ello, a la entrada de extranjeros de calidad en su país. Los necesitaba: la Regencia, vasalla del Imperio turco, precisaba de un enriquecimiento demográfico a fin de fortalecer su posición de país pequeño y poco poblado, frente a la Sublime Puerta. Aquellos emigrantes españoles eran, dentro de su modestia social gentes nada desdeñables: hábiles agricultores, artesanos, comerciantes, pequeños industriales; incluso algunos eran letrados, hombres de religión, arquitectos, artistas y hasta adinerados burgueses. Otman Dey les acogió con entusiasmo y los distribuyó por todo el territorio de la Regencia. Aún hoy se pueden identificar en Túnez los lugares de su instalación, porque Túnez lo sabe, el país tiene conciencia de ello y hay científicos tunecinos que se dedican actualmente a investigar este capítulo de su propia historia. Les llaman los “andaluces”. Aclaremos ya que en el Magreb, en general, se conoce por el apelativo de “andaluces” a los hispanomusulmanes que a lo largo de los siglos, y según iba avanzando la Reconquista y acortándose el territorio musulmán de España, iban refluyendo hacia el Norte de áfrica. Muy especialmente llevan ese apelativo los de la última ola, los de 1610. El vocablo ha sido traducido en el Magreb, fuertemente francófono, como “andalou”, con lo que se ha reforzado el concepto. Pero en realidad se les debería llamar “andalusíes”, como ya se dice en español, pues si los magrebíes les llaman “andaluces” es porque venían del “Andalus”, mas el Andalus no era sólo Andalucía sino toda la España musulmana y por tanto, Andalucía y Extremadura y ambas Castillas, y Aragón y Valencia y Murcia e incluso Cataluña, pues del Delta del Ebro y de la región de Lérida salieron algunos miles.</p>
<p class="bodytext">Cuatro zonas principales y dos localidades separadas ocuparon en Túnez nuestros emigrados. Yendo de norte a sur, tenemos en primer lugar Bizerta y sus vecindades (Menzel Djemil, Metline, Ras el-Yebel, Raf-Raf, El Alia, Porto Farina y Ausdja). A continuación, el Valle del río Medjerda con las villas de Testur, Slughia, Medjez el-Bab, Grish el-Ued, Teburba, Tebursuk, Djedeida, el Batán, Kalat el-Andalus, etc. Luego, la ciudad de Túnez y sus alrededores: El Bardo, Ariana, La Manuba, La Sukra, Cartago, Gammarth, Mornag, Sidi Bu Said y Radés. Y, por último, el istmo de la Península del Cabo Bon: Grombalia, Turki, Belli y Nianu. Añadiremos, finalmente, dos lugares muy destacados de esas regiones: Zaguán, al sur de la capital tunecina, y Matyer, al sur de Bizerta. Esta sería, a grandes rasgos, una “geografía morisca” de Túnez. Corresponde a regiones del norte del país, bien al borde de la costa húmeda, o en las riberas del río más grande del país, o, en fin, en el istmo del Cabo Bon, comarca poseedora de aguas subterráneas. Era, claramente, un repartimiento para agricultores y ganaderos, sector económico que interesaba desarrollar, salvo el caso de la instalación en la capital, reservada a comerciantes, artesanos y gentes de letras.</p>
<p class="bodytext">Mi venerable y sabio amigo Si Hassen Hosni Abdulwahab, a quien llegué a conocer aún en 1968, gran amigo de don Miguel Asín Palacios y profundo conocedor de esta historia, me señaló un día, como símbolo de aquella emigración llena de ambigüedades y quizás ejemplo de las complejidades de nuestra historia –Américo Castro ha hablado de la “edad conflictiva”&#8230;– algo que me impresionó mucho: el sorprendente detalle de ornamentación que aún se ve en ciertas puertas de casas moriscas de Túnez, como persistente recuerdo que es difícil de olvidar: la señal de la cruz, formada por pequeños clavos negros de gruesa cabeza convexa o plana. Viejo signo religioso que se empleaba, al parecer, en España para distinguir las casas de los cristianos pero que los moriscos guardaron y trajeron consigo. ¿Lo usarían en España para esconderse? ¿Sería una señal de esa ambigüedad, de esa incierta, equívoca situación espiritual que era la suya; oscilación entre lo propio y lo ajeno? ¡Quién sabe! En todo caso, era un signo inquietante, turbador, que nos dice mucho del mundo mestizo de nuestros moriscos.<br />
Que una de aquellas patrias, la española, ha pervivido en su recuerdo, se prueba al repasar lo que llamaríamos “patronimia” morisca de Túnez. Tengamos en cuenta que en muchos casos los moriscos que llegaban a tierras del Islam procuraban cambiar sus nombres, tomándolos nuevos, completamente árabes, para así integrarse mejor, mimetizarse en lo posible en unas tierras que no todas fueron hospitalarias como Túnez y en las que a veces sufrieron verdaderos calvarios por venir de donde venían y ser como eran. Y sin embargo, de una larga lista que descubrí allí, de apellidos que se conservan hasta el día de hoy y que señalan, de manera más o menos clara, su origen español, citaré como ejemplos reveladores unos pocos: Alicanti, Andulsi, Balma, Benavides, Betis, Blanco, Buguerra, Cantalábn, Carandel, Caravaca, Castali, Cortubí, Filipu, Galantu, García, Garnata, Gomis, Herrera, Huisca, Gristu, Luis, Mador, Marcu, Medina, Mendez, Mequinez, Merischko, Negro, Palau, Pintor, Perez, Ricardun, Sancho, Zaragusti, Sordo, Soria, Teruel, Valensí, Xátiva, Zafrán &#8230;</p>
<p class="bodytext">Y es que aquellas gentes hablaban, naturalmente, español, y conservaron su lengua muchos años. Un español quizás muy dialectal, o arabizado, o expresado, cuando lo escribían, en aljamiado, pero con frecuencia correcto, pulido y a veces literariamente exquisito. El viajero francés Jean André Peyssonel en su libro “Viaje a la Regencia de Túnez” (1724-1725), nos dice que en las villas de Teburba y de Testur se hablaba “buen español”, “lengua que han conservado de padre a hijo”. Aún a fines del siglo XIX, es decir, en tiempo de mis abuelos, según he recogido yo de tradiciones orales guardadas en Testur, en dicha villa se representaba todos los años, durante las fiestas del Aid el-Kebir, la Pascua grande musulmana, una obra teatral de Lope de Vega, en su lengua original.</p>
<p class="bodytext">Hay un lugar cerca de la capital, bien conocido por todos los turistas, El Bardo, por que en él se encuentra el mejor museo de mosaicos romanos del mundo, pero del que pocos saben que toma su nombre del español El Pardo. Ya estaba allí cuando llegaron los últimos “andaluces”. Así lo habían bautizado los primeros musulmanes españoles instalados en el lugar.</p>
<p class="bodytext">Los primeros tiempos de la llegada de los “andaluces” debieron de ser difíciles, hasta que su instalación se consolidó y se adaptaron al nuevo país. En la capital tuvieron un benéfico protector, que era una especia de “santón” de Túnez, Abu al-Gayt al-Qassas, que protegió a aquellos desvalidos emigrantes. Qassas les distribuyó temporalmente entre las “zauías” de la ciudad –templetes, mezquitillas y ermitas–. Una de éstas fue la de Sidi Kacem el-Jellizi, obra del siglo XV, bella muestra de arte hispano-magrebí que alberga una preciosa colección de azulejos “a la cuerda seca”, que han sido desde entonces modelo insuperado de la azulejería hispanoárabe de Túnez.</p>
<p class="bodytext">Los moriscos tuvieron un jefe de su comunidad. Llevaba el título de “jeque de los andaluces”, “cheikh el-andulsi”. Uno de los primeros fue Mustafá de Cárdenas –así, con su buen apellido riojano– rico agricultor y comerciante que había estado establecido en Baeza, que vino con los emigrantes y fue hombre influyente en la Corte real de Túnez.</p>
<p class="bodytext">Entre 1610 y 1625 se construyó en el barrio de Bab-Suika, en la capital, una mezquita con medersa para los “andaluces”. En una lápida que fue instalada allí se mencionaba a un tal Ibn-Sarraj, o sea Abencerraje, como siendo “naguib” o síndico de los “chorfa” andaluces, es decir, de aquellos de origen noble que se habían agrupado en una suerte de diputación de la nobleza cuya jefatura se había atribuido en aquella época a un “Abencerraje”, probablemente granadino. Según Chateaubriand, viajero en Túnez, el “último Abencerraje” está enterrado en el cementerio de Bab el-Jadra, de Túnez.</p>
<p class="bodytext">Los moriscos tenían su propia administración de justicia, sus organizaciones benéficas y, por supuesto, sus corporaciones profesionales o gremios, entre las que la corporación de los fabricantes de “chechias”, de que luego hablaré, era una de las más importantes.</p>
<p class="bodytext">La gastronomía morisca ha pervivido y aún quedan en el recetario y en el vocabulario de la cocina de Túnez cantidad de nombres que lo recuerdan: “banadaj” o empanada; “quesales” o base de queso; “basabán” o mazapán; “cunfit” o confite; “menteque” o manteca; “kullares”, que son ristras de longaniza de cordero. Y la muy conocida “Oja” tunecina, la olla española, muy transformada, ciertamente, pero tan importante en la actual colación tunecina como lo fue para Don Quijote, según leemos en la primera página del inmortal libro.</p>
<p class="bodytext">En la artesanía heredada de España sigue brillando la “chechia”, o “tarbús” rojo, como un fez corto, que en viejo castellano se llamaba bonete colorado. Se fabrica y luego se vende en el Magreb, en el zoco de las “chechias” de la ciudad de Túnez, en donde los artesanos que lo confeccionan conservan aún numerosas palabras castellanas de su viejo oficio.</p>
<p class="bodytext">No todo era la modestia del trabajo artesano. Llegaron aquellos españoles, cuando la fortuna les sonrió, a construirse importantes residencias, algunos verdaderos palacetes como Dar Hadad, o casa de los Hadad, uno de los más bellos y ricos de Túnez, Dar Balma o casa de los Palma, Dar Kastalli o casa de los Castilla, o Dar Abdulwahab, la casa de mi ilustre amigo Si Hassen Hosni, son testimonios aún en pie de aquella comunidad.</p>
<p class="bodytext">Pero sólo he hablado de la ciudad. El campo tunecino es también teatro de aquella implantación hispánica. Quiero citar aquí, como ejemplo el más singular, la villa de Testur, en el valle del Medjerda. Lo primero que llama la atención del viajero son las cubiertas de las casas. Aquí no vemos las típicas azoteas árabes, planas y blancas. Vemos tejados de teja semicilíndrica, rojiza, que nosotros llamamos teja árabe y que ellos llaman teja andaluza. Luego, nos sorprende el trazado urbano. No estamos ante la clásica “medina” árabe, dédalo de calles estrechas, irregulares, serpenteantes. No. Lo que vemos son calles rectas, tiradas “a cordel”, organizadas sobre tres vías principales y derechas, y una serie de calles perpendiculares a éstas y por tanto paralelas entre sí. Uno estaría tentado a pensar que se halla ante un plano de ciudad hispanoamericana del siglo XVI, racional, abstracta. Y la verdad es que los hombres que trazaron Testur habían nacido en España en el siglo XVI y estarían empapados de aquella concepción rectilínea que caracterizaba a la nueva urbanística española. Calles rectas, tejados, unos cercados traseros a la casa que se llaman “curran” o corral. A veces, al costado de la casa hay una calleja: le llaman “ar-rrúa, o sea, la rúa. Descendiendo hacia el río Medjerda, que baña Testur, hay huertas: están cercadas por filas de chumberas y pitas, es decir, de nopales y magueyes, los cactus que España trajo de México y plantó en áfrica. Aquella ribera verde de huertas se llama “el-Bergil”, el vergel. Un arnés para sus caballerías se llama “samuga” o “jamuga”. La “karrita” es la carreta, la “jardina” es un coche de caballos: a mí me recuerda la palabra “jardinera”, aquellos remolques abiertos de nuestros viejos tranvías. La entrada de la casa se llama “burtal”, portal&#8230;</p>
<p class="bodytext">La Mezquita de Testur es un símbolo perfecto de este mestizaje. Su alminar, en el primer cuerpo, parece una torre toledana, de aparejo de piedra y ladrillo, como tantas torres españolas. El cuerpo superior es mas tunecino. Pero en lo alto, hay un reloj, cosa rara en ese país. El patio del templo se diría un convento también toledano, con sus arcos renacentistas, y la sala de oración tiene un “mihrab”, también del Renacimiento español. Sólo las inscripciones árabes nos indican que aquello no es un altar cristiano sino el rincón sagrado de la “quibla” musulmana.</p>
<p class="bodytext">Se podría seguir hablando interminablemente de este escenario tunecino, lleno de imágenes de España: del imán de la mezquita de Solimán, que se llamaba Mohamed Amador y que guardaba libros impresos en Granada antes de la Reconquista; de los molinos bataneros de El Batán; del pueblo de El Alia, en donde viven las familias Huesca, Sordo, Gómez, Benavides, Herrera y Soria. Conocí a un señor, Herrera, que, veinte años antes, había sido criador de ganado bravo: torillos que se destinaban entonces a peleas entre animales bien astados.</p>
<p class="bodytext">Y que decir de la literatura morisca del destierro, escrita en español. Tema fascinante. Allí está todo el universo escindido y doloroso de los desterrados: literatura religiosa, apologética, alusiones mesiánicas o proféticas a España, sueños de retorno, reproches teológicos, gritos de amor o de desesperación. Una figura me parece casi fascinante, la del poeta morisco Juan Pérez o, por otro nombre, Ibrahim el Taybili, natural de Toledo; Juan Pérez-Ibrahim Taybili es un personaje bifronte y en él se resume el drama espiritual del morisco desterrado, abandonando su amado Toledo y su cultura española y reencontrando en Túnez, con pasión tremenda, la religión islámica de sus antepasados.</p>
<p class="bodytext">En fin, recuerdo, para terminar con estas “memorias” tunecinas, una inscripción que me fue leída en la mezquita de El Alia, aldea morisca. Se escribió hace trescientos años por los emigrados que la construyeron. Decía que ellos sentían el dolor de la nostalgia de España, la patria perdida, pero que tal había sido la voluntad de Dios-Alá y que en Túnez habían encontrado una nueva patria. Parecía su lamento de la España perdida el eco de aquellos versos de Gaspar de Aguilar en su <em>Expulsión de los moros de España</em>, escrita en 1610:</p>
<p class="bodytext"><em>“Y las moriscas mujeres/torciendo las blancas manos/alzando al cielo los ojos/a voces dicen llorando/Ay, Sevilla patria mía/ay iglesia de San Pablo/San Andrés, Santa Martina/San Julián y San Marcos”.</em></p>
<p class="bodytext">Pero ya vámonos para Marruecos, otro de los países en donde encontré, viva, las huellas de los moriscos: por razones obvias de proximidad histórica, geográfica y cultural, uno de los ramales de la emigración de 1610 fue a parar a Marruecos. Ni qué decir tiene que una de las ciudades privilegiadas fue Tetuán que era ya, en cierto modo desde hacía siglos, una ciudad, no digo que española, ni siquiera andaluza, pero al menos “andalusí”. Tetuán, aparte de las cuatro grandes ciudades “imperiales” de Marruecos, Fez, Mequínez, Rabat y Marraquech, es una de las de más prosapia, tradición cultural y finura en la historia del país vecino. Antes de la época colonial ya era Tetuán una ciudad que, a través de su permanente entronque con el Andalus y de –hay que decirlo también– su vieja colonia hebrea de raíz española, ha tenido un vínculo con nosotros profundísimo. Los nombres de Páez, Zapata, Torres, Vargas, Barradas, Aragón, de viejas familias tetuaníes que aún sobreviven con tales apellidos bastan para dar testimonio de esos lazos.</p>
<p class="bodytext">Pero yo voy a referirme a Rabat porque ésta fue la sorpresa para mí. Tetuán era cosa obvia. Rabat era lo inesperado. Al turista inadvertido que llega, dos visiones se le ofrecen inmediatamente a sus ojos: la hermosa Rabat moderna, creación francesa del mariscal Lyautey y de sus urbanistas; la otra visión es la de los grandes monumentos puramente árabes: las murallas almohades, Bab Rouah, la Puerta de los Udayas y, naturalmente, la famosa Torre Hassan, gemela de la Giralda, y los restos de la gran mezquita almohade inacabada, así como Chella, la bella necrópolis merinida; y luego las edificaciones también marroquíes posteriores, como el Palacio Real, el Mausoleo de Mohamed V y la continuación constante de la ciudad moderna. Pero escondida entre las grandezas antiguas y modernas aparentes, se encuentra también la huella morisca de España.</p>
<p class="bodytext">Rabat, edificada en la costa atlántica de Marruecos, en la orilla izquierda de la desembocadura del Bu-Regreg, tiene un costado que da al río y el otro al Atlántico. En la orilla opuesta del río y en posición idéntica a la de Rabat se encuentra una antigua e ilustre ciudad marroquí: Salé. Del lado de Rabat y en la punta misma en que se encuentran el río y el océano, hay un promontorio y sobre él construida una “kasba” o alcazaba, amurallada perfectamente, que se llama de los Udayas porque en ella permaneció acantonada durante largo tiempo una tribu militar al servicio de los Sultanes, la tribu de los Udayas.</p>
<p class="bodytext">A pie del promontorio-alcazaba y separada de ella por una especie de bulevar se halla la pequeña “medina” o ciudad árabe o, digamos, “barrio moro” de Rabat, ceñida también por una muralla a lo largo de la cual corre igualmente un bulevar que hoy se llama de Hassan II. Y, por último, en la otra acera de ese segundo bulevar comienza la ciudad moderna, construida originalmente en un recinto amurallado enorme, casi vacío cuando llegaron los franceses: era el “ribat”, el campamento militar de la Edad Media, la fortaleza-convento en la que se habían acantonado hacía siglos “los hombres del ribat”, es decir, los “almorabitum”, o morabitos o almorávides, que llegaron a constituir la gran dinastía real de su nombre y que fueron sucedidos por la otra dinastía famosa, los almohades. De aquel “ribat” partieron expediciones de guerreros hacia España y en una de sus campañas los ejércitos almohades vencieron el año 1195, en Alarcos, a las tropas de Alfonso VIII. Por esta sonada batalla el “ribat” recibió el título de “Ribat el-Fath”, ribat de la victoria. Este es el origen del nombre de Rabat, la capital moderna de Marruecos.</p>
<p class="bodytext">En 1610, cuando llegaron los emigrados de España, se les distribuyó así: primero, fueron instalados los “hornacheros”, moriscos provenientes de Hornachos, en Extremadura. En las memorias del Capitán Alonso de Contreras se habla de Hornachos y de sus amigos hornacheros. Eran gente dura, levantisca, que habían logrado arrancar al rey de España el permiso de llevar armas que les estaba vedado a los demás moriscos. Fueron establecidos en la alcazaba. En segundo lugar, tenemos a los “andaluces” en el sentido lato de la palabra, es decir, a los venidos de todas partes de España. A éstos se les instala en el espacio libre que quedaba entre la alcazaba y el “ribat” almohade.</p>
<p class="bodytext">En la orilla opuesta ya hemos dicho que se alzaba la vieja Salé, en donde tuvieron que recibir también a algunos de los recién llegados. Pronto los saletinos tradicionales iban a mostrar su repulsa hacia aquellos forasteros venidos de España, gente poco creyente y de costumbres relajadas, decían los de Salé, bien conocidos por su puritanismo religioso. Consideraban a los nuevos casi como herejes, rebeldes al Sultán, pendencieros y arrogantes. Allí se fraguó una enemistad, casi una incompatibilidad, que ha llegado a nuestros días en un viejo dicho según el cual antes será posible que el río Bu-regreg mane leche y miel que un saletino sea amigo de un rabatí. <em>“¡Esos cristianos de Castilla!”,</em> decían los de Salé, hablando de los emigrados.</p>
<p class="bodytext">Los llamados “andaluces”, al parecer más pacíficos, finos y trabajadores que los “hornacheros”, fundaron en aquel espacio que se les atribuyó enfrente de la alcazaba, la que había de ser la Medina de Rabat, la ciudad árabe que hoy se puede visitar. Su plan urbano recuerda un poco el caso de Testur, en Túnez. En vez de laberintos curvos y vías estrechas, sinuosas, predominan las calles-eje, rectas que se dirigen hacia las puertas de la muralla. La decoración de las casas y los patios muestran con frecuencia motivos florales de raíz hispánica. La muralla que corre a lo largo del Bulevar Hassan II, se llama aún “de los andaluces”. En esta medina fue destilándose un cierto espíritu de refinamiento y civilización que tenía mucho que ver con viejos vínculos que unieron a Rabat con el “Andalus”, ya en la época de los almohades. No olvidemos que esta dinastía reinó en España, como habían reinado los almorávides, y que ambas habían recibido la impregnación del refinamiento de la España musulmana en donde las dos grandes tribus saharianas y guerreras y puritanas llegaron a ser dos grandes dinastías imperiales. Desde entonces había habido entre Rabat y España vínculos culturales incluso cuando la ciudad apenas estaba poblada; pero lo estaba Salé, que era ya una prestigiosa ciudad marroquí, muy favorecida por el Sultán Yacub al-Mansur, el constructor de la Torre Hassan y la Mezquita grande de Rabat, inacabada. Existía, pues, un poso de relaciones con España que fue reavivado con la llegada de los moriscos y cuyo fruto final es una fina burguesía rabatí actual, muy orgullosa de sus orígenes o de sus parentescos con el Andalus.</p>
<p class="bodytext">Por su parte los “hornacheros”, en su promontorio-alcazaba, hicieron algo que fue famoso: la celebérrima república pirata de Salé. Se entiende Salé el nuevo, frente a la vecina, antigua y pronto rival Salé tradicional.</p>
<p class="bodytext">Durante más de medio siglo, a lo largo del XVII, aquellos extremeños que no habían visto nunca el mar crearon y mantuvieron una república marítima y comerciante como las famosas repúblicas italianas o la república pirata de St. Mâlo, en Francia. Se dedicaron al corso, construyeron unos astilleros en el interior del río, compraron o capturaron navíos extranjeros que armaron para las faenas corsarias y extendieron su acción naval por todo el Atlántico. Tuvieron en jaque a las flotas y corsarios de otros países, ganaron fortunas, comerciaron con las presas que hacían en sus correrías y capturas, armaron en corso toda suerte de navíos, concertaron tratados internacionales, algunos redactados en español, dirigieron cartas, también en castellano, al rey Carlos I de Inglaterra, cartas y documentos firmados por hombres que se llamaban, por ejemplo, Abdelkader Cerón y Brahim Vargas; recibían embajadas extranjeras, se querellaban con los del Salé viejo, imponían su fuerza a los más pacíficos compatriotas de la Medina, los “andaluces” que, para escándalo de Salé, cultivaban viñas y hacían vino que vendían a los “hornacheros”. Hicieron de su Salé el nuevo el primer puerto marroquí de su tiempo y, en fin, dieron origen hasta a una literatura y un folklore del que es testimonio una conocida balada inglesa dedicada a los “Salee Rovers”. No sabían quizás los ingleses que los Salee Rovers eran de un pueblo extremeño&#8230; Aquellos “hornacheros” que a lo mejor llevaban ya los nombres de Mohamed, Ibrahim, Alí o Abdallah, se apellidaban Cerón, Narváez, Gailán, Vejer, Rojas, Duque, Maldonado o Merino.</p>
<p class="bodytext">Muchas veces he pensado en ellos deambulando por los adarves de la Alcazaba de Salé el nuevo, entre cañones que fueron capturados a navíos de don Carlos II de España, frente al mar que surcaron aquellos lejanos extremeños, algunos quizás poco recomendables, quizás bárbaros, pero que tuvieron una grandeza en su barbarie como la tuvieron otros extremeños que cien años antes habían andado, bárbara y gloriosamente, por América. Pensaba en los “andaluces” de la Medina, venidos de tantos sitios de España y entre cuyos descendientes de hoy, me honro con la amistad de los antiguos Ministros del Gobierno marroquí Bargach o Vargas, Balafrej o Palafresa; de la familia Muline o Molina; del general Lubaris u Olivares, o del eminente político Reda Guedira, probablemente descendiente de un Codera hispánico; todos ellos finos ejemplares de la aristocracia rabatí con sangre del Andalus.</p>
<p class="bodytext">Y cuando, en muchos atardeceres del abra del río Bu-Regreb, he paseado frente al Atlántico, en esa hora serena del “garb”, cuando se oye la oración del almuédano cayendo sobre los jardines hispanomagrebíes de los Udayas, me ha parecido que estaba en Granada, en la Alhambra.</p>
<p class="bodytext">
<strong>Alfonso de la Serna</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-moriscos-espanoles/">Los moriscos españoles</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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