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	<title>Boletín 19 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 19 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La misión Keicho a Europa de 1613: Una embajada japonesa en Coria del río</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:59:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 19]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el otoño de 2002 decidí remontar el río Guadalquivir hasta la ciudad de Sevilla. Mi intención era dejar mi velero ‘Mararafare’ amarrado frente a la Torre del Oro, un [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">En el otoño de 2002 decidí remontar el río Guadalquivir hasta la ciudad de Sevilla. Mi intención era dejar mi velero ‘Mararafare’ amarrado frente a la Torre del Oro, un buen refugio náutico, hasta la primavera siguiente y el retorno de la temporada propicia para nuevas singladuras marítimas. A la altura de la boya nº4 (una de las 69 balizas que marcan el canal de navegación fluvial entre Sanlúcar de Barrameda y Sevilla) permanecimos amarrados durante dos jornadas inolvidables, con el Parque Nacional de Doñana, ofreciéndonos su ángulo mas inédito y salvaje por la borda de babor y al alcance de la mano. Más tarde, aprovechando una de las mareas montantes diurnas, pusimos el motor a ronronear suavemente y reiniciamos la navegación con la vela mayor izada. Pausadamente, la corriente invertida del Betis continuó acercandonos hacia la esclusa que da acceso al puerto sevillano…</p>
<p>Pero en los viajes en barco siempre surgen incidencias que le obligan a uno a detenerse en algún lugar no programado. Y son precisamente estos puntos de escala inesperados los que mejor consiguen descubrirte nuevas historias, nuevas fantásticas referencias que parecen salidas de la chistera de cierto prestidigitador de la Historia y que nunca antes habrías imaginado.</p>
<p>Y eso fue lo lo que me ocurrió en Coria del Río, provincia de Sevilla, una localidad situada a unos doce kilómetros aguas abajo de la capital de Andalucía. Una avería del motor a la altura de la boya nº 41 (sobre la confluencia del Brazo del Este) me obligaba a continuar el viaje fluvial con maniobra precaria, es decir, tan solo a vela. Y al cabo de varias horas, decidí echar el ancla sobre cinco metros de fondo frente al embarcadero de Coria del Río, para intentar conseguir “in situ” esa correa de ventilador que necesitaba. Con el ‘Mararafare’ una vez fondeado, largué al agua el bote auxiliar y remando en él me acerqué a tierra. La extraña historia empezó para mí entonces. En la plaza local Carlos de Mesa me encontré con una estatua que representaba a un samurai japonés: Hasekura Tsunenaga.</p>
<p>Junto a ella apareció un lugareño que me dijo llamarse Pedro Japón… Y no encontré el repuesto que buscaba porque todo el mundo, me explicaron, ‘anda preparando la visita del señor, el embajador del Japón en España… “¿Acaso el vino consumido durante la navegada había producido demasiado impacto en mi cabeza? ¿Acaso cierta abducción misteriosa me había llevado desde el Guadalquivir hasta cierto rincón de Extremo Oriente? ¿O es que acaso Nipón estaba en Coria y yo no me había enterado hasta ahora? La explicación histórica a estas circunstancias se remontaba a casi cuatro siglos atrás.</p>
<p>Principios del siglo XVII. En el noreste de la gran isla de Hondo. La Misión Keicho de 1613… En el territorio de Mutsu, desde su castillo-fortaleza de la ciudad de Sendai, el poderoso señor feudal Date Masanune, apodado “el tuerto”, gobernaba regionalmente y era respetado incluso por el máximo soberano del poder central nipón, el gran shogun de Edo. Sesenta y cuatro años antes, en 1549, el jesuita Francisco Javier había llegado al archipiélago y a partir del foco inicial establecido en la meridional isla de Kyushu, el catolicismo venía prendiendo con notable éxito a lo largo y ancho del archipiélago del Sol Naciente, con mayor incidencia incluso que las relaciones de negocio que habían iniciado, casi a la par, los comerciantes holandeses. Pero las rivalidades, egoísmos y ansias terrenales que enfrentaban a jesuitas y franciscanos estaban restando fuerza a esta penetración hispano-portuguesa articulada a partir de la actividad misionera. Además, el gran shogun pretendía prohibir la fe cristiana en su reino, por lo que muchos japoneses conversos comenzaban a sufrir martirio. Entre tanto, Date Matasune “el tuerto” mantenía una postura ambigua, calculada.</p>
<p>En 1609, Don Rodrigo de Vivero, gobernador español de las Filipinas, en su viaje de retorno hacia Nueva España (actual México) y sorprendido por una terrible tormenta, se vio arrastrado desde la latitud de la isla de Guam hasta las costas japonesas, en las que naufragó. Por fortuna, los japoneses trataron con hospitalidad a los 317 náufragos españoles y tagalos supervivientes, una circunstancia que recuerda todavía hoy un monolito conmemorativo en la localidad de Ouju-ku. Tras el salvamento, los lugareños trasladaron a Don Rodrigo en presencia del Gran Shogun. El primer encuentro fue en la capital nipona: Edo. La segunda audiencia, en el llamado castillo de las montañas: Sunpu.</p>
<p>El Gran Shogun, como soberano del Japón, manifestó entonces a Don Rodrigo su interés por abrir relaciones comerciales estables con el rey de España, especialmente con sus colonias de Filipinas, pero también con las de América e incluso con la lejana metrópoli, ya que había sido informado ‘que allende el mar del sol naciente, el rey don Felipe hispanicus es el único y enorme señor de todas las cosas…’ Lo que siguió a continuación tiene que ver sobre todo con lo relatado en la novela y serie televisiva ‘Shogun’, donde un samurai inglés, un antiguo lobo de mar llegado hasta Japón unos años antes en un barco holandés, es encargado por el propio shogun de la fabricación de un buque con el que los náufragos españoles pudiesen continuar viaje hacia México.</p>
<p>El samurai-marino británico se llamaba en realidad William Adams (John Blacktorne en la novela mencionada y Miura Anjin en su nombre de samurai…) y en el puerto de Uraga comienza así la construcción del barco San Buenaventura, de 120 toneladas de desplazamiento. En él, la travesía hasta México se pudo realizar sin contratiempos y, tres meses después de zarpar, Don Rodrigo de Vivero arriba a Acapulco e informa al virrey Luis de Velazzo de tantas aventuras. Este último se apresuró entonces a enviar a Japón una misión de agradecimiento con un cargamento de oro y plata, además de con los 4.000 ducados que había dejado en deuda Don Rodrigo más el coste del barco construído. Una misión que a su vez salió de Acapulco el 22 de marzo de 1611 y a cuyo mando iba uno de los capitanes de mar españoles mas bragados en el Pacífico: Sebastián Vizcaíno. Vizcaíno arribaría al puerto de Uraga el 10 de junio del mismo año, pero unos meses más tarde, cumplida ya su misión y explorando ahora el norte de la isla de Hondo, su galeón también naufragaría.</p>
<p>¿Pero dónde empieza la exótica conexión Japón-Coria del Río? Pues en medio de la tensa rivalidad entre jesuitas y franciscanos por el monopolio del Cristianismo entre los japoneses, en cuyo escenario destaca por su habilitad política un religioso franciscano. Se trata de Fray Luis Sotelo, un personaje maquiavélico que influye al señor de Sendai para que éste envíe una embajada al rey de España, y también al Papa, desde su norteño territorio feudal de Mutsu. Es la Misión Keicho. Con ayuda de Sebastián Vizcaíno y los marinos españoles llegados desde México y naufragados frente a sus costas, acomete la construcción de un galeón de 500 toneladas en el puerto de Tsukinaura, en península de Ojika. Al navío, los japoneses lo bautizan como ‘Mutsu Maru’, y los españoles como ‘San Juan Bautista’. En cualquier caso, estaba destinado a ser el primer navío japonés en atravesar de oeste a este todo el Océano Pacífico.</p>
<p>Al frente de la Misión Keicho a España, el señor de Sundai nombró a uno de sus samurais más fieles, Hasekura Tsunenaga: un héroe de las dos recientes guerras, de 1591 y de 1607, ganadas por los japoneses en la península de Corea. A éste le acompañaba una comitiva de hasta ciento cincuenta japoneses más, entre personal de servicio, hombres de armas y comerciantes. La navegación del ‘San Juan Bautista’ sería responsabilidad de Sebastián Vizcaíno y veinticinco hombres de mar españoles más. En cuanto al cuerpo expedicionario- religioso, lo componían tres frailes franciscanos: el mencionado Fray Luis Sotelo, Fray Ignacio de Jesús y Fray Diego de Ibáñez. Su secreto objetivo estribaba en conseguir del Papa un episcopado en Japón que les pusiese en línea de igualdad con sus acérrimos enemigos, los jesuitas, que contaban con un obispo en las islas… Cuando el San Juan Bautista zarpó de las costas de Mutsu, Date Mutusane, recién convertido al catolicismo, y en contra de las directrices emanadas del poder central japonés, se dedicó a perseguir sin piedad a budistas y shintoistas en su señorío. El también tenía un secreto objetivo con la misión Keicho: establecer de manera autónoma y al margen de la estructura feudal japonesa, nuevas fidelidades con el monarca más poderoso del planeta, según le habían dicho: el rey Felipe III de España.</p>
<p>En la rada de Acapulco, el San Juan Bautista o Mutsu Maru fondeó a finales de enero de 1614. Llegada la comitiva a Ciudad de Méjico, el virrey Guadalcázar recibió a la embajada y organizó prontamente el bautismo de hasta sesenta y ocho japoneses del séquito. Pero tan solo Fray Luis Sotelo, el samurai Hasekura Tsunenaga y treinta japoneses más se deciden a continuar el viaje en caravana de mulas hasta la costa atlántica en Veracruz. El 10 de junio de 1614 partirán desde el fuerte de San Juan de Ulúa a bordo del galeón San José, integrado en la flota de Indias que retornaba a la Península aquel año vía La Habana y comandada por Don Antonio de Oquendo. La llegada a Sanlúcar de Barrameda tuvo lugar el 30 de septiembre de 1614 y el duque de Medina Sidonia, señor de la villa, envió carrozas para recibir y honrar a los embajadores del Asia y su séquito, dispensándoles famoso alojamiento. Además, el duque aparejó dos galeras que los condujesen río arriba hasta Coria del Río, donde deberían esperar unos diez días hasta ser recibidos por las autoridades sevillanas.</p>
<p>Coria del Rio, en la época, tenía una población de poco más de dos mil habitantes, que vivían esencialmente de la pesca fluvial, la cría de caballos y de algunos huertos de modesta importancia. Sin embargo algunos de los japoneses del samurai Hasekura vieron en Coria el soñado paraíso terrenal… Cautivados con el lugar y sabiendo de la persecución del Cristianismo recién decretada en su país, después de su partida, junto con el cierre de las fronteras japonesas (una situación que perduraría ya hasta 1852), decidieron quedarse a vivir en Coria para profesar su nueva religión sin peligro. Y algunas mujeres de Coria decidieron casarse con estos católicos de ojos rasgados llegados del fin del mundo… La huella de este entronque nipón en Coria fue una nueva descendencia mestiza que pronto distinguió a las calles de este lugar con rasgos asiáticos únicos en el contexto del resto de Andalucía. Las primeras noticias acerca de este singular hermanamiento coriano-nipón se identifican por primera vez a mediados del siglo XVII en el registro bautismal de la parroquia local de Santa María de la Estrella, donde se encontró la partida bautismal de un niño que llevaba por apellido Japón y que era hijo de uno de los japoneses miembros del séquito de Hasekura. Lo notable es constatar en el censo sevillano de 1995 el apellido Japón perdura en el caso de mas de 600 ciudadanos. Sin embargo, la existencia del apellido Japón como consecuencia de aquel largo viaje protagonizado por la Misión Keicho de 1613 permaneció desconocida para la historiografía nipona hasta que en 1989, con motivo de la conmemoración de la fundación de la ciudad de Sendai, se empenzó a investigar sobre el pasado de la misma, hallándose una serie de documentos escritos por el propio Date Masamune, el gran Señor de Mutsu y Sendai, donde se menciona la misión de Hasekura. Hoy la Asociación Hispano-Japonesa ‘Hasekura’ de Coria del Río, fundada en 1993, organiza actividades y fomenta el encuentro entre corianos y japoneses que vienen a visitar el pueblo de sus antepasados de la Misión Keicho. Una Misión Keicho que continuó su viaje de Coria a Sevilla y de aquí a Cordoba y Madrid en dos carros, dos literas y veintidós acémilas de monta y carga. En la Villa y Corte fueron recibidos en audiencia por el rey Felipe III, cuyo gabinete mantuvo con los enviados una prudente y diplomática distancia, en medio de todas las atenciones, al conocer que eran embajadores de un poderoso señor feudal pero no del soberano de su lejano país. La comitiva japonesa se aloja en el madrileño convento de San Francisco. El 30 de enero de 1615 fueron recibidos en audiencia por el monarca Felipe III. Y el 17 de febrero, en el monasterio de las Descalzas Reales, con asistencia del propio rey y de toda la corte, el samurai Hasekura es bautizado como Felipe Francisco Tsunenaga. En el mes de agosto de 1615 partirán hacia Roma. Su ruta pasa por Alcalá de Henares, Daroca, Zaragoza y Lérida. En Barcelona embarcan hacia Génova en dos fragatas y un bergantín de la Armada española. Y el 3 de noviembre son finalmente recibidos por el pontífice Pablo V, quien nombra a Fray Sotelo obispo de Mutsu, como era su estratégico deseo. Pero se trata de una política de gestos, sin compromiso real alguno ni por parte del rey de España ni por parte del Papado. Cuando en 1622 las Misión Keicho retorna, después de once años de viaje, de nuevo al puerto de Nagasaki, el samurai Hasekura, Felipe Francisco Tsunenaga, es inmediatamente encarcelado por orden del shogun y Fray Sotelo es quemado vivo sin contemplaciones. Sólo continúa feliz el grupo de japoneses que en Coria del Río decidieron quedarse para siempre a orillas del Guadalquivir.</p>
<p>Asombrado por esta historia, izé de nuevo el velamen del Mararafare y con la siguiente marea proseguí mi viaje hacia mi punto de invernada en Sevilla.</p>
<p class="bodytext">
<strong>Juan Gabriel Pallarés</strong></p>
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		<title>La «Pasyon española»</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-pasyon-espanola/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:58:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-pasyon-espanola/">La «Pasyon española»</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Enuna cueva del monte de Makiling, a unos 60 kilómetros al sur de Manila, a la busca del alma filipina, he visto los frescos de la Pasión de Cristo, un poco en la línea abrasadora de la película de Mel Gibson. El Cristo luce un recortado bigote y viste como los hombres del siglo XIX en Madrid. Filipinas, llamada así en homenaje a Felipe II, la de las siete mil y pico islas, la única nación de mayoría católica en Asia, la única, dicen, con sentido del humor, con el sentido del melodrama y la mística de la muerte.</p>
<p class="bodytext">En lugar de morir en la cruz, este Cristo «pinoy» (filipino), aparece como en los fusilamientos de Goya, ante el pelotón de fusilamiento. Atención: es el mismísimo José Rizal, el médico y patriota filipino en el papel del Redentor. Sus doce apóstoles, en esta Capilla Sixtina de la revolución, son los héroes de la revuelta, incluidos los protomártires, los padres Burgos, Gómez y Zamora. Esta secta rizalista sostiene que el médico y nacionalista moderado ha bajado a la tierra «en la forma de un avatar malayo al que el poder de Dios ha encargado que redima a su pueblo e la esclavitud».</p>
<p class="bodytext">Como los chiíes esperan al mahdi, el Mesías, o los portugueses a Dom Sebastiao, desaparecido en la batalla de Alcazarquivir, los filipinos aguardan el regreso a la tierra del héroe Rizal, cruce étnico de español, chino, malayo, indio y hasta japonés.</p>
<p class="bodytext">He hablado con filipinos que me hablaron de su «descubridor» Fernando de Magallanes, muerto a manos del guerrero Lapu Lapu, que es hoy el nombre de un pescado. Se me definieron como herederos de las tres M: Malaya, Madrid, Madison Avenue (en Nueva York). Benigno Aquino, el joven político en el exilio, casado con la futura presidenta Cory Aquino, volvió en 1983 a Manila para redimir a su patria de la dictadura conyugal y los sicarios lo recibieron en el aeropuerto con una ráfaga de metralleta. Es el mas rizaliano de los modernos héroes. «Si Rizal volviera hoy -escribía Aquino desde la cárcel en la que recitaba versos de Antonio Machado &#8211; también sería detenido y martirizado.»</p>
<p class="bodytext">En todos los pueblos hay un monumento a Rizal, que estudió en Madrid, en las universidades de Medicina en San Carlos, de Filosofía en San Bernardo y de Pintura y Escultura en Bellas Artes, y escribió dos novelas contra la línea de flotación de la colonia: «El Filibustero» (llamaban así a los partidarios de la independencia) y el «Noli me tangere». «Estos dos libros -me decía mi amigo el escritor José Sionil en su librería La Solidaridad de la calle Padre Faura de Manila- me hicieron novelista. Recuerdo el día de Rizal de cuando era niño. Los veteranos de la revolución se unían al desfile que terminaba en el centro de la plaza en torno al monumento el mártir. Recuerdo a aquellos ancianos descalzos que combatieron primero a los españoles y luego a los norteamericanos. Allí estaba mi abuelo con los ojos llenos de furia contra los frailes y los terratenientes que se lo arrebataron todo. Leí los libros de Rizal a la luz de las farolas de la calle».</p>
<p class="bodytext">Los estadounidenses tuvieron todo el empeño en hacer de José Rizal, cuando se disponía a viajar a Cuba para trabajar como médico al lado de los españoles y fue pasado por las armas, un mártir y un mito. Ya lo era los ojos de los filipinos. Todo fuera por borrar las huellas de la colonia, de los trescientos años de convento. La pólvora y las balas del general Polavieja «!Patria y Religión!», lo transforman en héroe nacional. Cuando en Luneta sonaron los tambores y el médico militar Felipe Ruiz Castillo le tomó el pulso al mestizo de Calamba condenado al paredón, éste era normal. La cultura filipina está permeada del sacrificio rizaliano. «Unos dicen que besó el crucifijo que le tendió un jesuita, había sido aventajado alumno del Ateneo de los jesuitas, y otros no», me decía mi guía de Intramuros, Alfredo Lozano. Según su amigo y biógrafo Rafael Palma hizo un expresivo gesto de rechazo del crucifijo. Y sonó La marcha de Cádiz.</p>
<p class="bodytext">Una estatua y una iglesia barroca resquebrajada. Y un palenque para las peleas de gallos. Después elegirán una Miss y sus damas de honor, al estilo norteamericano. Es la fascinación por el martirio, el sufrimiento, la pasión, el ataúd, pero también por las costumbres yanquis. Como se ve, cada país debe aceptar su cuota de lugares comunes.</p>
<p class="bodytext">Una chica de alterne de uno de los bares de Ermita, antes de que el alcalde Lim limpiara el barrio, le mostró a un amigo su tesoro más preciado. Lo sacó del bolso: era la fotografía de un ataúd abierto con un cadáver cubierto de flores. «Es mamá», dijo al borde de la lágrima. Doña Josefa Edrelin, la madre del dictador Marcos, al que bautizó con el nombre de Fernando en homenaje a su admirado Fernando el Católico, tardó más de un año en ser enterrada porque los réquiem, las oraciones y el depósito de coronas de flores, se sucedieron durante meses.</p>
<p class="bodytext">La alegoría de esa fe, de esa necrofilia, es la Semana Santa: sangre, pasión corona de espinas, muerte, teatralización del dolor, resurrección. Son procesiones de cofradías y flagelantes que se azotan el cuerpo con vergajos, escenas que hemos visto en San Vicente de la Sonsierra en La Rioja, en la ashua chií en Líbano o en los cementerios de Teherán. Se da un compromiso teológico de rito y expiación, de fiesta y resistencia. La cuestión es, como señaló el rumano Mircea Eliade, «sentir, vivir» la religión. La mitología se mezcla con el animismo, con la primitiva práctica de la fe. Redención es la palabra clave. El rosario es un amuleto. Aquino murió sobre el asfalto del aeropuerto que hoy lleva su nombre con un rosario en las manos.</p>
<p class="bodytext">He comprobado que venden rosarios, amuletos y talismanes junto a la iglesia de Quiapo o en a catedral de Cebú donde hallaron la imagen del Santo Niño venerada en el archipiélago. Es el bazar de lo sobrenatural. Los filipinos viven, como se decía antes, «bajo las campanas» y a la sombra protectora de los fetiches. El dolor, la humillación del hombre que bebe el cáliz hasta las heces, son columnas vertebrales, leit motivs del cine filipino. Estando en Mindanao, al sur, geografía del Frente Moro de Liberación que combate a Manila desde tiempo de los españoles, leí en un diario que un espectador abrió fuego con sus revólveres sobre la pantalla para matar al chico malo de la película. Lo viven, es que lo viven. Es la metáfora del pueblo: rostro chino malayo, nombres y apellidos españoles, impuestos casi al final por los funcionarios, y diminutivos norteamericanos. Una periodista que luchó contra Marcos desde su periódico me dijo que los filipinos creen que Dios es norteamericano.</p>
<p class="bodytext">Trescientos años de convento, la frailocracia la llamó Rizal, y cincuenta de Hollywood, es el tópico con el que se describe la historia de la Islas Filipinas. Para descubrir que los cincuenta años de dominio de Estados Unidos no fueron del todo Hollywood, basta con leer las páginas que el escritor del Mississipi, Mark Twain dedica a los excesos norteamericanos en las islas durante su dominio.</p>
<p class="bodytext">En la revolución del poder popular que echó a Marcos del poder en 1986, jornadas llenas de exaltación, vimos cómo los taxis de Manila y los conductores de los jeepneys colocaron entre sus relicarios la estampa virginal de Coro Aquino, junto a la Virgen de Fátima o de Antipolo. Los pinoys son muy marianos: «Dios es mi copiloto», aseguraba una frase grabada entre gigantescas antenas de radio, guirnaldas eléctricas, caballos de hierro, escultura de plásticos, amuletos, estampas de santos y otros elementos de la estética kitsch.</p>
<p class="bodytext">Los jeepneys, esos frankensteins nacidos del jeep norteamericano de la Segunda Guerra Mundial, se llaman «Virgen de Lourdes, sálvame», «Dios te bendiga», «Dios proteja este viaje» o «Sin Dios no somos nada». El Cristo de Quiapo, en los arrabales de Manila, es la representación del culto a la muerte, que los millones de emigrantes que se han ido al extranjero para ganarse la vida llevan en su maleta. Es vivir eternamente. Con sus toallas y pañuelos, perlado el rostro de sudor pugnan los fieles por acercarse a la carroza del Nazareno. Si logran tocarlo habrán recibido efluvios milagrosos, emanaciones sobrenaturales. El «Hala Hia, Puera Pasma» suena entre el fragor de los tambores. Se bebe la tuba, el licor de coco para estimular el fervor. Los derviches filipinos, los giróvagos de la fe, entran en trance.</p>
<p class="bodytext">En la Semana Santa la «pasyon» estalla en todo el país y se manifiesta en procesiones, pasos, disciplinas de sangre, cilicios, lágrimas de dolor y de placer religioso. Se abre con el Domingo de Ramos, ramos y palmas que se secan y queman en sahumerio. A todo le sacan partido: con las cenizas se fabrica una pócima contra los dolores de estómago, la menstruación o para protegerse de rayos y truenos.</p>
<p class="bodytext">En algunas zonas se cantan las saetas traídas por los frailes sevillanos o granadinos, como el bisabuelo de Imelda Marcos. Son días de luto televisados, de procesiones y columnas de disciplinantes en las calles de Cavite, donde el sol se puso tras la derrota de la armada española ante los norteamericanos, o en Nueva Écija, al norte. Los filipinos se visten de romanos con lanzas de bambú o se ponen las «kapirosas» o se crucifican por la «panasa», la promesa. La resurrección de Cristo es la vida, la explosión de alegría. No existe en el archipiélago una fiesta más gozosa y estereofónica que la Resurrección. Algo tan sentido, tan vívido y tan excitante que produce, como el Carnaval de Río, violencias y horribles crímenes. «El estudiante de diecisiete años Antonio Lucero, borracho, se pegó un tiro en la sien cuando el Cristo pasaba ante él y lo miró», relataba un periódico en la sección de sucesos. Otro titular: «Un sargento sufrió el «amo» (acceso de locura) en plena procesión y liquidó a tiros a seis personas». A este caótico universo algunos sociólogos lo llaman «holyweekmania», la manía de la Semana Santa.</p>
<p class="bodytext">En medio del calor sofocante, el Cristo vivo filipino desfila con su corona de espinas clavado al leño de la cruz. Se llama Antonio Capuz, es carpintero. Se le ha olvidado a Antonio quitarse el reloj de pulsera. Irá con él hasta el Gólgota. Morirá en la cruz ante el dolor del público y resucitará con su reloj japonés en la muñeca. Este es un siglo sediento de milagros, los mismos que hacen los curanderos filipinos que a mano desnuda arrancan vísceras enfermas y tumores. Es un amplio mercado para clientelas ingenuas. Los chamanes y telepredicadores de sectas californianas, videntes, santones, brujos, cruzados de la iglesia Divina de Cristo, que tiene en el pescador Rufino Magliba su Pontífice, vestido de pontifical bajo dos gigantescos murales de San Pedro y San Pablo, todos pugnan por salvarnos del infierno y de las miserias del cuerpo.</p>
<p class="bodytext">Los «jeepneys», a los que hay que subir alguna vez para comprender al país y sus gentes, con olor a sampaguita, la flor filipina del Mabuhay, resisten terremotos y tifones, el enloquecido tráfico de Manila y las grandes, atestadas ciudades. Decían los españoles que el clima de Filipinas -monzón y estación seca- se divide en «cuatro meses de polvo, cuatro de loco y cuatro de todo».</p>
<p class="bodytext">El campesino prefiere vivir en los cinturones de miseria. Es más divertido, con los enormes y coloristas anuncios de películas de Joseph Estrada, al que eligieron presidente porque creyeron que traduciría a la realidad la lucha contra el demonio y el mal, y terminó en la cárcel por ladrón. Filipinas ha tenido muy mala suerte con sus gobernantes. Una tarde ante el palacio de Malacañang, sede de los virreyes y gobernadores españoles, y más tarde de los gobiernos republicanos, haciendo cola para ver los mil pares de zapatos e Imelda, un pampamgueño me dijo: «Mire si será rico este país que ni Ferdinand Marcos, que viene en el libro Guinness de los Records como el primer ladrón, el cleptócrata internacional de estos años, ha podido arruinarlo».</p>
<p class="bodytext">El conductor del «jeepney» es un artista. Con una mano hace las señales cabalísticas de la circulación y con la otra cobra, en español -los números son los mismos más o menos en tagalo- a los viajeros. El general Álava afirmó que los filipinos tenían el talento (o el cerebro) en las manos, una frase de gusto comparable a la que pronunció el cronista parlamentario Francisco de Cañamaque: «Lo único serio que hay allí son los terremotos y las diarreas». Hay que ver la gente que enviamos allí, entre frailes, militares y funcionarios, puntos filipinos. Los hubo heroicos y compasivos, como Legazpi, el fundador de Manila, cuya estatua en el centro de la capital sobrevive a duras penas al altísimo índice de contaminación. Legazpi, vasco natural de Zumárraga, otorgó a la ciudad un escudo de armas con un castillo de plata en campo rojo en la mitad de arriba, y en la mitad de abajo un delfín y un león que tiene una espada en la mano y bate la mar con la cola.</p>
<p class="bodytext">Siempre que puedo, para escapar de las altas dosis de anhídrido carbónico, busco refugio en Intramuros, una zona barrida en la segunda guerra mundial por la artillería japonesa y luego por la estadounidense puesta a cero sobre sus muros. Junto con Varsovia, fue la ciudad más castigada de la guerra. Desde estos muros, desde el palacio y el Gobierno, se gobernaba la inmensa Filipinas, con muy pocos administradores, en el estuario del río Pasig, que es el Sena de Manila. Parte en dos la muy insigne y leal ciudad. Legazpi es un conquistador más bien querido porque supo tener en cuenta «el amparo y defendimiento de los naturales». Y eso que el adelantado y sus hombres fueron recibidos con esta frase del Rajá Soliman: <em>«El sol me parta por medio del cuerpo, y caiga yo en desgracia de mis mujeres para que me aborrezcan, si fuera en algún tiempo de los castillas». «Castillas» o «castilas» se ha llamado durante muchos siglos a los españoles.</em></p>
<p class="bodytext">Filipinas reunía, a comienzos del último cuarto del siglo XIX, escribe el profesor Delgado Ribas, todos los atributos para convertirse en un nuevo El Dorado del capitalismo privilegiado español. La apertura en 1869 del canal de Suez acercó las más remotas regiones del Indico y el Pacífico a los mercados de la vieja Europa, a la vez que rejuvenecía las aspiraciones ultramarinas de ciudades como Barcelona o Marsella, mal situadas para acceder a las grandes rutas del Atlántico. La hora del Pacífico español parecía haber llegado». Lo malo es que la España del ochocientos era una potencia de tercera. Descubrió tardíamente el valor real de las posesiones asiáticas. Dejó, por incapacidad o por desinterés, en manos de otros las principales fuentes de riqueza y beneficio de su colonia. Así llegó el grito de independencia de Balintawak. Los políticos de la Restauración no quisieron atender a la reclamación de reformas. Todo lo que pedían los intelectuales filipinos era que los consideraran provincia española. Las protestas se disolvieron en sangre, primero en Cavite en 1872 y más tarde en el fusilamiento de Rizal en 1897. Todo terminó en los penosos acuerdos de Paris en la mañana del 10 de diciembre de 1898, con la cesión de Filipinas a los Estados Unidos a cambio de 20 millones de dólares.</p>
<p class="bodytext">La celda, sin ventanas, en la que Rizal esperó la muerte, era el cuarto de respeto de la guardia, cuatro por siete. Allí están el camastro, la lamparilla, la silla conventual. Fue una pena que la Guardia Civil fusilara a un hombre tan bueno. Su «Ultimo adiós», el 29 de diciembre de 1896 («!Adiós,Patria adorada, región del sol querida, Perla del mar de Oriente, nuestro perdido Edén.») figura esculpido en el monumento de mármol del parque de Luneta. España perdió Filipinas en dos horas de combate, aunque los últimos de Baler, un destacamento de Cazadores al mando de Martín Cerezo, sobre los que Antonio Román rodó una película, se empecinaron en resistir durante 337 días de asedio, cuando la guerra con España había concluido.</p>
<p class="bodytext">Sentado en un banco de piedra de Intramuros dejo volar la imaginación después de leer a Nick Joaquin Quijano de Manila, escritor recientemente fallecido. <em>«Dentro de estos muros se reunía la riqueza de Oriente -seda de la China, las especias de Java, el oro, el marfil y las piedras preciosas de la India-. En estas viejas calles se cruzaba una multitud maravillosa y heteróclita: gobernadores y arzobispos, músicos y mercaderes, brujos, paganos y sacerdotes cristianos, monjas, rameras y elegantes marquesas, piratas ingleses, mandarines chinos, traidores portugueses, espías holandeses, sultanes moros y capitanes de los «clippers» yanquis».</em></p>
<p class="bodytext">La vida de los españoles estaba marcada por las festividades religiosas, sobre todo por la fiesta de la Inmaculada Concepción, que duraba diecinueve días con corridas de toros, casi tantas como las de San Isidro en Madrid. Bailes de máscaras, fuegos artificiales obra de los chinos, procesiones entre el olor a incienso, sesiones de canto y representaciones teatrales, desfiles de santos adornados de oro y pedrería, arcabuceros y mosqueteros que disparaban al aire entre el humo de las velas, las banderas y las cruces. Sonaban en Intramuros las guitarras y bandurrias, las flautas, los tambores, los toques de campana, los cascos de los caballos y las salvas de artillería. Ésta era, en medio del estruendo, la mejor manera e olvidar las privaciones, los terremotos, las humillaciones de los colonialistas, el asalto de los tifones y los piratas, las epidemias y los frecuentes incendios. Fiesta es una palabra grabada a fuego en el espíritu de los filipinos. Marcelino Foronda ha llamado a Manila «la ciudad de las fiestas sin fin». Reir, cantar y bailar por no llorar.</p>
<p class="bodytext">El número de los peninsulares españoles en el archipiélago nunca fue muy elevado. La colonización y la conquista de Legazpi y el dominico Urdaneta se iniciaron con doscientos cincuenta hombres. Recuerda el embajador e historiador Ortiz Armengol que nunca pasaron de setecientos en el siglo XVIII, contando niños, mujeres y ancianos. <em>«Debido al crecimiento demográfico casi nulo de los colonizadores, la presencia española (compuesta en gran parte de gentes nacidas en México) muestra un millar de españoles en Manila y sus alrededores hacia el año 1800, número que hacia mediados del siglo XIX podía estimarse para todo el país entre los tres y cuatro mil»</em></p>
<p class="bodytext">A finales de siglo -y como consecuencia de la modernización de la maquinaria administrativa y el aumento de servicios, lo que supuso un notable incremento de funcionarios venidos de España- el número de peninsulares era de unos doce o catorce mil. Los chinos los describían como <em>«esos bárbaros altos de largas narices. Sus ojos brillan como los de los gatos. Sus ojos brillan como los de los gatos. Sus bocas son parecidas a las de los halcones y llevan pesados adornos en los vestidos»</em></p>
<p class="bodytext">Quedan pocos españoles en Filipinas. En la Avenida de Filipinas de Madrid, un mediodía desapacible, al cumplirse cien años del fusilamiento, el gobierno español elevó por fin un monumento a Rizal, réplica del de Luneta, acto al que asistió, estuvo a mi lado, Isabel Preysler. En el archipiélago quedaban las iglesias barrocas, el recuerdo de la magnífica Exposición Filipinas de Madrid de 1887 donde triunfaron los pintores Luna e Hidalgo, la influencia del catolicismo apostólico y romano, la Universidad de Santo Tomás, la primera de Asia, las palabras castellanas incorporadas al tagalo y otros idiomas locales, el llamado español de trapo, la influencia en la música, la pintura y la cocina, los Háyalas y Toveles, Tabacos de Filipinas, el Galeón de Manila hacia Acapulco, la Trasmediterránea del Marqués de Comillas, los mestizos de chino y nobles indígenas de las provincias de Luzón y de Visayas que formaron, como señala el catedrático de la Universidad Pompeu Fabra Delgado Ribas, la primera burguesía nacional del sudeste asiático.</p>
<p class="bodytext">Los turistas españoles que viajan a las que se llamaron del Poniente se lamentan de que el español haya casi desaparecido de la vida filipinas. La verdad es que nunca se habló mucho. Los frailes prefirieron aprender ellos el tagalo y los dialectos. Sólo se predicaba en castellano en Manila. <em>«Los curas</em> -según Jabor- <em>no desean que se propague el español para conservar incólume su influencia. Sólo ellos podrán hablar la lengua del imperio».</em></p>
<p class="bodytext">Los jóvenes españoles recién salidos de los seminarios de las órdenes eran en alto grado tímidos, ignorantes y a veces desprovistos de educación, llenos de tenebrosas ideas. <em>«Si los frailes españoles</em>, -añade Jabor- <em>tuvieran una educación más esmerada como la de parte de los misioneros ingleses, su tendencia a mezclarse con el pueblo sería menor y por tanto no tan considerable su influjo sobre los feligreses. Las antiguas costumbres de los primeros años les hacen muy a propósito para vivir con los indios Por eso han fundado su poder sobre bases tan sólidas en Filipinas»</em>. No dudan en acostarse con las indias. Rizal, los Aquinos o Imelda Marcos tienen antepasados frailes. Un viajero francés contaba que al llegar a una aldea perdida, preguntó a un rapaz por la iglesia. «Mi padre es el cura», le dijo el niño. El bisabuelo de Imelda Marcos era un franciscano de Granada que tuvo siete hijos, para todos los cuales fabricó cucharillas de plata. Un misionero decía en una película de Rita Hayworth, desde una isla del Pacifico: «El clima tropical conspira contra la moral y las buenas costumbres». El fraile no es solo el pastor de almas, sino el representante del Gobierno en los «barangays», las aldeas, el maestro y el médico, el oráculo de los indios, su consejero. El viajero francés Le Gentil descubrió en Manila a las mujeres más guapas del mundo, al menos hasta los diecisiete años, edad en la que sus rostros se ensanchan y sus estómagos engordan como barriles porque no usan corsé».</p>
<p class="bodytext">Las españolas regateaban con astucia en las tiendas de los chinos, vestidas son sedas transparentes de China o la India. Fumaban largos cigarrillos mientras que en las fiestas de los acaudalados mestizos de Binondo, barrio de Manila, los jóvenes bailaban el fandango, el bolero la cachucha entre el lascivo movimiento de las bayaderas. «Hasta que -señalaba el viajero francés Paúl de la Gironiere- el mestizo emprendedor, el indolente español y el chino sosegado y serio se retiraban a los salones de juego». El filipino pasa por ser, junto con el chino, el más aficionado al juego, el primer ludópata del mundo.</p>
<p class="bodytext">En la Manila rutilante de los paseos en calesa y a pie al atardecer, del chicoleo, de las peripatéticas mestizas vestidas con camisas transparentes, como las de los hombres, el «barong tagalog» (que no permitía ocultar el bolo, el cuchillo).</p>
<p class="bodytext">En las calles olía a sándalo y ajo, a cuero, especias, té y bosta de caballo. La llegada del galeón de Acapulco, una o dos veces al año era todo un acontecimiento para aquella sociedad manileña que vestía de seda e hilo, regalaba orquídeas y se perfumaba con ylang ylang. Filipinas fue el sumidero de un imperio. Pero cuando los insurrectos se reunieron en Malolos para redactar la Constitución se contaron cuarenta y tres abogados, dieciocho médicos y otros profesionales educados en la ex metrópoli. Palma escribió en español el himno nacional y la Constitución la redactaron en castellano. Los Evangelios se publicaron en el «español de parián» (mercado). El académico Alvar recogió unas líneas del Evangelio de San Mateo: <em>«Pero tal habla yo con ustedes, si por ejemplo un gente ay separa con su mujer quien nuay culpa, y después de separar el mujer ay casa con otro, ansima ay comoete le adulterio».</em></p>
<p class="bodytext">Los frecuentes cambios de Gobierno en Madrid -cincuenta gobernadores generales entre 1835 y 1898 en Manila- impidieron, junto a la ceguera de los gobernantes, el talante de los ultramontanos, una política social justa y coherente. Filipinas quedaba muy lejos. El gobernador general estaba en Manila (muy lejos), el Rey de España en Madrid (mucho más lejos) y Dios en el cielo (más lejos que ninguno).</p>
<p class="bodytext">¿Qué son las Filipinas? Se preguntaba un escritor estadounidense a principios del siglo XX. «¿Una nueva clase de sardinas?». Otro la definiría como la «tutti fruti country». Pero el amor de los «pinoys» por Estados Unidos es un volcán tan inextinguible como el Pinatubo.</p>
<p class="bodytext">Hay más de dos millones de filipinos en EEUU. Una sangría de talentos, una fuga de cerebros, una pérdida difícil de reparar. José Rizal vaticinó en un artículo publicado en «La Solidaridad» de Madrid, la situación de Filipinas cien años más tarde, la penetración inevitable de Estados Unidos en el Pacífico: <em>«Quizá la gran República americana, cuyos intereses se centran en el Pacífico, y que no ha puesto la mano en el expolio de África, sueñe un día con una posesión extranjera. La codicia y la ambición se encuentran entre sus peores vicios»</em>. Tardaría poco en cumplirse la profecía. Rizal, como el cubano Martí, conocían a la «bestia» por dentro: los dos detestaban a los Estados Unidos.</p>
<p class="bodytext">Entre el turismo sexual, la pobreza, la corrupción administrativa, la violencia interior y la rebelión mora del sur, Filipinas trata, hasta ahora en vano, de incorporarse a los tigres asiáticos. Un país tan magnífico por tantos conceptos se merece mejor suerte. La población crece y crece desmesuradamente porque la Iglesia no quiere la píldora. Tampoco se crea riqueza. Entre Makati, el distrito financiero y los políticos blancos y los cardenales, no logran sacar al país de su siesta secular.</p>
<p class="bodytext">Ha quedado incorporada al tagalo una palabra castellana que tiene su valor en la sociedad filipina: es «delicadeza». Con ella nos despedimos.</p>
<p class="bodytext"><strong>Manuel Leguineche</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-pasyon-espanola/">La «Pasyon española»</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Perlas del Pacífico. Legazpi y la conquista de las Filipinas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/perlas-del-pacifico-legazpi-y-la-conquista-de-las-filipinas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:58:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 19]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Conmotivo del V Centenario del nacimiento de Miguel López de Legazpi, colonizador de Filipinas, se han celebrado diversos actos conmemorativos tanto en España como en Filipinas. Desde unas mesas redondas [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/perlas-del-pacifico-legazpi-y-la-conquista-de-las-filipinas/">Perlas del Pacífico. Legazpi y la conquista de las Filipinas</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Conmotivo del V Centenario del nacimiento de Miguel López de Legazpi, colonizador de Filipinas, se han celebrado diversos actos conmemorativos tanto en España como en Filipinas. Desde unas mesas redondas en la Biblioteca Nacional de Madrid, hasta un Congreso internacional en San Sebastián dirigido y coordinado por el profesor Leoncio Cabrero sobre la figura y época del marino vasco con una presencia de cincuenta especialistas en temas filipinos, o una exposición inaugurada por el Príncipe Felipe en el Museo de San Telmo de la capital donostiarra y que después viajó a Manila, donde también se celebraron unas jornadas históricas sobre dicho acontecimiento histórico. Todos estos actos han servido para que la figura de Miguel López de Legazpi se conozca un poco más tanto en España como en el extranjero.</p>
<p class="bodytext">Miguel López de Legazpi nació en Zumárraga (Guipúzcoa). Se desconoce con exactitud el año de su nacimiento, pero según las últimas investigaciones de Antonio Prada, Director del Archivo Municipal de Zumárraga tuvo que ser antes de 1502, posiblemente hacia 1500. Era el segundo hijo varón de Elvira Gurruchategui y de Juan Martínez de Legazpi, quien participó como oficial en los ejércitos de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia y como capitán a su regreso a España en la lucha contra los franceses en Pamplona. Debió estudiar leyes y ocupó diversos cargos públicos, era escribano de la Alcaldía Mayor de Arería en 1526, y concejal junto a su hermano Pero López de Legazpi de dicha corporación.</p>
<p class="bodytext">En 1528 pasó a Nueva España, instalándose en la capital azteca recién conquistada. En México logró tener una elevada posición social, ocupando el puesto de escribano mayor del Cabildo y Alcalde ordinario de la ciudad en 1559. Allí se había casado con Isabel Garcés con la que tuvo nueve hijos. Su primogénita Teresa, se casó con Pedro de Salcedo y dos de sus hijos, Felipe y Juan Salcedo acompañaron a su abuelo en el viaje a Filipinas.</p>
<p class="bodytext">El virrey Luis de Velasco propuso al guipuzcoano Legazpi como la persona indicada para mandar la expedición a la conquista y colonización de las islas Filipinas. Contaba Legazpi más de sesenta años cuando aceptó la proposición del virrey de Nueva España. Entre los objetivos que tenía dicha expedición figuraba la exploración de las islas del Poniente, conseguir especias y garantizar el regreso a Nueva España.</p>
<p class="bodytext">El rey Felipe II aprobó la expedición, pero indicando que no se llegara al Maluco por no estar en la demarcación de su territorio, y a su vez propuso al fraile agustino Andrés de Urdaneta como cosmógrafo de la citada expedición. Entre las instrucciones dadas a Legazpi se solicitaba que hubiera un buen trato con los isleños y que se anotara todo lo relacionado con su modo de vida, comercio, religión, armas, puertos, navegación, etc., y rescatara a algunos españoles que quedaron en aquellas islas de otras anteriores expediciones.</p>
<p class="bodytext">En el puerto novohispano de la Navidad se construyeron las cinco naves que componían la flota de Legazpi. Estaba formada por la nao capitana de 500 toneladas, nombrada San Pedro, donde iba a bordo Legazpi; la nao almiranta San Pablo, de 400 toneladas, cuyo capitán era el maese de campo Mateo de Saz; el patache mayor San Juan, de 80 toneladas, al mando de Juan de la Isla; el patache menor San Lucas, de 40 toneladas, capitaneado por Alonso de Arellano y el bergantín Espíritu Santo que acompañaba a la nao capitana.</p>
<p class="bodytext">Como señalábamos anteriormente, Miguel López de Legazpi fue nombrado <em>«Gobernador y General de la armada que ha de ir al dicho descubrimiento»</em>. Estos títulos aparecen en un documento fechado en México el 9 de julio de 1563 y confirmados el día 15 del mismo mes, como merced y concesión oficial. Legazpi supo acompañarse de un grupo de personas vinculadas a él por familia o amistad que componían una especie de escolta, entre los que se encontraba su nieto Felipe de Salcedo.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA HUESTE DE LEGAZPI</strong></p>
<p class="bodytext">La tripulación de la flota de Legazpi estaba compuesta de 380 hombres, de los cuales 200 eran de armas y 150 de mar, más cinco frailes agustinos y el resto, gente de servicio. El reclutamiento de la gente de mar fue bastante complicado y por los documentos de la época se sabe que el número de marineros enrolados de origen español no fue numeroso. El mismo Urdaneta indicaba la escasez de personas adecuadas para estos menesteres, llegándose al extremo de tener que obligarlos y buscarlos entre aquellas tripulaciones de otras flotas que arribaban en los puertos de Nueva España y admitir a extranjeros que estaban viviendo en dicho virreinato. En diferentes documentos conservados en el Archivo General de la Nación de México, se hallan los manuscritos referentes a la contratación de estos marineros y las comisiones y poderes dados a los capitanes para recoger esta gente de marinería que se necesitaba para trabajar en las naves de la citada expedición.</p>
<p class="bodytext">Luis Muro da una relación nominativa de marineros, su origen y el sueldo de cada individuo, que sirve a los estudiosos del tema para conocer la procedencia de la marinería que sirvió en la flota de Legazpi. También, uno de los aspectos que el virrey Luis de Velasco solicitó a Felipe II, fue que enviara dos pilotos expertos en la navegación de altura para acompañar a los que estaban ya contratados. En la nao capitana San Pedro iba como piloto mayor Esteban Rodríguez, natural de Huelva, y el más experimentado de todos los que fueron. Escribió un interesante diario del viaje a Filipinas y acompañó a Urdaneta en el tornaviaje de Cebú a Nueva España, que no pudo alcanzar, pues falleció unos días antes de la arribada en Acapulco. Como segundo piloto del San Pedro iba el francés Pierre Plin, que escribió dos diarios y fue más tarde ahorcado en Cebú, el 28 de noviembre de 1565, por ser uno de los amotinados que querían apoderarse del patache.</p>
<p class="bodytext">San Juan, para regresar a Europa por el estrecho de Magallanes. En la nao almiranta el primer piloto fue Jaime Martínez Fortún y el segundo Diego Martín. El patache mayor lo pilotaba Rodrigo de Espinosa, quien también escribió un interesante diario de navegación a Nueva España, y en el patache menor el piloto fue Lope Martín.</p>
<p class="bodytext">Otros cargos importantes fueron concedidos a Juan de Carrión como Alférez General, a Hernando Riquel “escribano de la gobernación de las islas del Poniente”, al sevillano Guido de Lavezares, tesorero; Andrés Cauchela, contador; Andrés de Mirandaola, sobrino de Urdaneta, como factor y veedor. Iba también como intérprete un tal Gerónimo Pacheco, natural de Mengala, una de las islas del Poniente, que durante el viaje debía enseñar su idioma a los frailes agustinos.</p>
<p class="bodytext">Entre las instrucciones dadas a Legazpi hay una referida a la presencia de indios, mujeres y negros que dice así: <em>“Otrosí, no consintireis que por vía ni manera alguna se embarquen ni bayan en los dichos navíos yndios ni yndias, negros ni mugeres algunas casadas ni solteras, de cualquier qualidad y condiçión que sean, salba asta una docena de negros y negras de serviçio, los quales repartiréis en todos los navios, como os pareciere”.</em></p>
<p class="bodytext">Esto hace pensar que posiblemente mujeres negras navegaron en la flota de Legazpi a Filipinas en el siglo XVI, dato curioso y que la mayoría de investigadores no cita en sus trabajos.</p>
<p class="bodytext"><strong>ARMAS DE LA ESCUADRA</strong></p>
<p class="bodytext">Respecto al armamento de la flota, algunas piezas de artillería fueron enviadas desde España, y otras recogidas de alguna fortaleza novohispana o de desguace de otras naves que arribaban a Veracruz o a otros puertos de Nueva España, y también las que se compraron a particulares de sus propias naos. En México se fundieron “19 versos de bronce”, pero al hacerlos mal reventaron al probarlos y tuvieron que fundirlos para que fueran utilizados en la expedición. La munición fue recibida de España así como de una parte que había en el virreinato.</p>
<p class="bodytext">El ejército de la expedición de Legazpi estaba compuesto por dos compañías reclutadas en la capital mexicana, la primera de cien hombres la mandaba Mateo de Saz y la segunda de noventa hombres la capitaneaba Martín de Goiti. La hueste de Legazpi ha sido estudiada desde diferentes campos históricos, siendo uno de sus principales autores Leoncio Cabrero. Las armas de fuego utilizadas por los soldados fueron el arcabuz y el mosquete y como armas blancas la espada, puñales, dagas, lanzas, alabardas y picas.</p>
<p class="bodytext">Si en México las tropas de Hernán Cortes utilizaron regularmente las picas, sobre todo en la conquista de los templos mesoamericanos, no se puede decir lo mismo del ejército de Legazpi, pues aunque portaban alabardas, lanzas y picas, generalmente combatieron con la espada.</p>
<p class="bodytext">En el cuadro de Telesforo Sucgang pintado en 1893, que se conserva en el Museo Oriental del Real Colegio de los Padres Agustinos de Valladolid, refleja con detalle la vestimenta y armas utilizadas por parte de las huestes de Legazpi, así como la de los filipinos. En dicho cuadro se aprecian varias prendas defensivas de su uniforme. El casco de acero, que podía ser del tipo,<em>celada, morrión, capacete o borgoñota</em>, cubría la cabeza. Para la protección de la boca y cuello utilizaban el barbote o babera de acero. El pecho y espalda estaba resguardado por la coraza de acero compuesta de peto y espaldar. A veces utilizaban los brazales de acero para cubrir sus brazos, lo mismo que las musleras o quijotes, para los muslos. También en vez de la coraza utilizaron la cota de mallas, pero por el clima tropical las prendas que más usaron fueron la brigantina, pieza de cuero doble con pequeñas láminas de hierro, y los escaupiles, copiados de los guerreros mexicas y aztecas, que eran unas camisas de varias capas de algodón o de fibra de maguey, reforzadas con tiras de cuero. Esta prenda, por lo poco pesada y por calidad defensiva fue utilizada por los soldados españoles de esa época desde Nueva España hasta Chile.</p>
<p class="bodytext">Otra pieza clásica defensiva fue el escudo. La infantería usó el escudo metálico redondo conocido por rodela, pero también debió emplear la clásica adarga de cuero reforzado, y el broquel, de madera dura reforzada con hierro.</p>
<p class="bodytext"><strong>RUMBO A FILIPINAS</strong></p>
<p class="bodytext">Después de siete años de múltiples problemas, la flota de Miguel López de Legazpi partía del puerto de la Navidad el 21 de noviembre de 1564. A los cuatro días de viaje y «cien leguas la mar adentro», Legazpi abrió el pliego de las Instrucciones de la Audiencia, donde se decía navegar directamente a Filipinas, siguiendo el mismo rumbo que Ruy López de Villalobos. Iban por tanto a un meridiano de las Molucas, próximo con la zona portuguesa y muy lejos del de Nueva Guinea, la gran obsesión del cosmógrafo Urdaneta. En ese momento sucedió el conocido incidente de la desilusión de Andrés de Urdaneta y sus compañeros agustinos, quienes al sentirse engañados manifestaron que de «haber sabido o entendido en tierra que había de seguirse esa derrota, no vinieran la jornada», pero como religiosos obedecían el cambio de rumbo. De todas formas, antes de partir, Urdaneta encomendó al padre prior del convento de Chilapa, que en la costa de Acapulco hubiera siempre un farol encendido desde principio del año 1565 en adelante, para que sirviera de faro a las naves que retornaran de las islas de Poniente.</p>
<p class="bodytext">Dirigieron las naves hasta ponerse a una altura de los nueve grados y siguieron viaje rumbo recto a las islas de los Reyes y de los Corales, para desde allí seguir navegando hacia las islas de Arrecifes y Matalotes que en las cartas estaban situadas a un grado más y después continuar hacia las Filipinas. Legazpi, dio antes instrucciones por si alguna nave se perdía para que esperase en las islas citadas o dejara una señal indicando su nuevo destino, cuyo final debía ser en las Filipinas donde se juntaría toda la flota.</p>
<p class="bodytext">El día primero de diciembre se perdió el patache San Lucas, al mando de Alonso de Arellano, que ya no volvió a aparecer en toda la travesía y que hizo el viaje sólo a Filipinas y regresó a México.</p>
<p class="bodytext">Después de cincuenta días de navegación, el 9 de enero de 1565, llegaron a la isla Mejit del archipiélago de las Marshall, que bautizaron como la de los Barbudos, por el aspecto de sus habitantes. Durante los días siguientes descubrieron varias islas y arrecifes que nombraron como Placeres, San Pedro y San Pablo (Ailuk), los Pájaros (Jemo), etc., hasta que el día 22 del citado mes divisaron una isla alta del grupo de los Ladrones o Marianas, que correspondía a la actual Guam. Al acercarse a la costa numerosas canoas recibieron a las naves españolas. Los isleños llamaban a los españoles chamorros (amigos) y repetían el nombre hispano de Gonzalo, recordando al gallego Gonzalo de Vigo, marinero que desertó en 1522 de la nao Trinidad de la expedición de Magallanes, y que vivió cuatro años en ese archipiélago hasta que fue rescatado por una de las naves de la expedición de Loaísa.</p>
<p class="bodytext">En Guam o Guaham se abastecieron de alimentos y Urdaneta intentó convencer a Legazpi para que dejara una pequeña colonia, pues la isla era el lugar ideal para abastecer a los barcos que podían volver a Nueva España. A pesar de la razonada propuesta, y debido a los continuos robos, «engaños y maldades» de los isleños, Legazpi se negó a ello. En Guam se dijo la primera misa, tomando posesión de la isla y el 3 de febrero de 1565 partían las naves rumbo a las Filipinas, cuyas costas vieron a los diez días de navegación, el día 13 del citado mes.</p>
<p class="bodytext">En la bahía de Cibao o Cibabao fondearon las naves de Legazpi, no lejos de la isla Hilabán. Allí permanecieron siete días, hicieron algunas navegaciones por la costa de Samar (Tandaya), para seguir rumbo a la isla de Manicani, visitando seguidamente la isla de Leyte, donde en Cabalian los expedicionarios españoles hicieron amistad con el jefe Malític y su hijo Camutuham les acompañó a la isla de Limasawa. Después continuaron viaje a las islas de Camiguín y Mindanao. Cada vez que se acercaban a la costa donde había población, ésta huía al verles llegar. Una de las naves de Legazpi se encontró con un junco moro armado que venía de Borneo y su piloto les informó que los isleños los confundían por portugueses que hacía dos años les habían quemado las aldeas y matado a muchos de sus habitantes, por lo cual no querían tener relación alguna con los extranjeros.</p>
<p class="bodytext">Gracias a las informaciones del piloto moro, Legazpi puso rumbo a la isla de Bohol para intercambiar mercaderías. Allí hizo amistad con el régulo Sicatuna, realizando el pacto de sangre y tomando posesión de la isla el 15 de abril de 1565. Visitaron también las islas de Pamalicán, Siquijor, Negros y Cebú, a donde llegaron el 27 de abril. En esta última isla, Legazpi envió a un intérprete para que su jefe Tupas, hijo de Humabón quien había tratado con Magallanes, fuera a presentarse a las naves. Después de varios altercados Legazpi utilizó la fuerza apoderándose del poblado y huyendo el régulo Tupas al interior de la isla. Entre las ruinas de una casa el marinero bermeano Juan de Camuz halló una talla en madera negra del Niño Jesús, que era la misma que Pigafetta había regalado a la mujer de Humabón, y que actualmente se venera en una capilla de la iglesia cebuana de San Agustín.</p>
<p class="bodytext">En Cebú, Legazpi ordenó levantar los cimientos del primer establecimiento español en Filipinas, llamado villa de San Miguel de Cebú, que fue capital del archipiélago hasta 1571. Los cebuanos que se habían retirado al interior de la isla regresaron al ser respetados por los españoles y días más tarde su jefe Tupas hizo un pacto de sangre con Legazpi, pero las escaramuzas seguían siendo utilizadas por una parte de la población hostil a los castellanos.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL TORNAVIAJE</strong></p>
<p class="bodytext">La primera fase de las instrucciones se había cumplido, y por lo tanto Legazpi preparó el viaje de regreso con la nao capitana San Pedro, al mando de su nieto Felipe de Salcedo, los pilotos Esteban Rodríguez y Rodrigo de Espinosa, el contramaestre Francisco de Astigarribia, el maestre Martín de Ibarra, el escribano Asensio de Aguirre y los padres agustinos Andrés de Urdaneta, cosmógrafo, y Andrés de Aguirre.</p>
<p class="bodytext">Desde Cebú, la San Pedro se hizo a la vela el 1 de junio de 1565, con dos centenares de personas, alimentos para ocho meses y 200 pipas de agua. Después de pasar la isla de Mactán navegó hacia el norte y sorteando un cordón de islas desembocó a través del estrecho de San Bernardino en pleno océano. Seguidamente tomando altura coge la corriente del Kuro Shivo que le llevaría hacia la costa californiana, viendo antes una isla que bautizan Deseada. Siguiendo la costa el día 26 y 27 de septiembre mueren Martín de Ibarra y el piloto Esteban Rodríguez. El 1 de octubre avistan el puerto de la Navidad y el piloto Rodrigo de Espinosa, que seguía a bordo, escribía en su diario lo siguiente: «En la nao, al presente, no había más de diez hasta dieciocho personas que pudiesen trabajar, porque los demás estaban enfermos, y otros dieciséis se nos murieron». Tuvieron todavía fuerzas los supervivientes del tornaviaje para continuar viaje y desembarcar en Acapulco el 8 de octubre. Allí se enteraron que tres meses antes Arellano había llegado con el patache San Lucas dando cuenta de que habían muerto todos los expedicionarios de la flota de Legazpi.</p>
<p class="bodytext">La intuición de Urdaneta hizo posible resolver el grave problema del retorno a Nueva España. Presentó a la Audiencia de México los diarios de navegación de los pilotos y las cartas de marear realizadas durante el viaje, que más tarde presentaría en España a Felipe II, con el derrotero finalizado, que serviría después como ruta para el galeón de Manila.</p>
<p class="bodytext"><strong>FUNDACIÓN DE MANILA, A ORILLA DEL RÍO PASSIG</strong></p>
<p class="bodytext">Mientras, en Cebú el cacique Tupas seguía en alianza con los españoles, aunque Legazpi tuvo que resolver entre su gente diversos intentos de amotinamiento, que resolvió ahorcando a los culpables.</p>
<p class="bodytext">El 15 de octubre de 1566 llegó a Cebú de Nueva España la nao San Jerónimo que sirvió de gran ayuda a las ya decaídas fuerzas de Legazpi, y en agosto de 1567 arribaron dos nuevos galeones con 200 hombres de refuerzo, alimentos y pertrechos. En ellos venían también las órdenes reales para la conquista y evangelización de las islas Filipinas.</p>
<p class="bodytext">La hueste de Legazpi no sólo combatió contra los isleños sino que hizo frente también a una flota portuguesa al mando de Gonzalo Pereira que intentaba expulsarlos. Los españoles resistieron un bloqueo durante tres meses, hasta que la armada lusitana al no lograr su propósito se marchó a principios de 1569. En ese mismo año, recibió Legazpi el nombramiento dado por Felipe II de Gobernador y Capital General de Filipinas y es cuando prácticamente inicia la conquista de Filipinas, que nunca lograría.</p>
<p class="bodytext">Desde Cebú, Legazpi envió a su nieto Juan de Salcedo contra los piratas moros de Mindoro, a los que derrotó. Más tarde ocupó Panay donde hizo un fuerte, y después atacó Luzón con una escuadra de unas trescientas embarcaciones, la mayoría paraos filipinos, al mando de Juan de Salcedo y Martín Goiti. Tuvieron que luchar contra la artillería mora y algunos arcabuces de origen portugués que defendían la muralla del de Solimán, un moro de Borneo, régulo que dominaba gran parte de la isla. Allí conquistaron «trece cañones de diversos tamaños» y hallaron una fundición de cañones con moldes para fabricar culebrinas de «diecisiete pies de largo». Curiosamente uno de los fundidores moros, después de la toma de la ciudadela, trabajó para el ejército castellano. La artillería utilizada en las islas dominadas por los musulmanes estaba generalmente compuesta de unos cañones de bronce, de diversos tamaños, conocidos por lantacas. También los usaron en las embarcaciones, así como otros más pequeños llamados lacate.</p>
<p class="bodytext">Una vez conquistada gran parte de la isla, Legazpi fundó la ciudad de Manila el 24 de junio de 1571. Se realizó un trazado al estilo de las ciudades castellanas y del nuevo mundo, construyendo casas de adobe, caña y nipa, para asentar la población novohispana y filipina. El 20 de agosto de 1572 moría Legazpi y todavía se luchaba en zonas del norte de Luzón y de otras islas. Si Magallanes abrió camino a la presencia española en las Filipinas, Legazpi fue el precursor del asentamiento de la cultura española y europea en el sudeste asiático. Por su prudencia y firmeza de decisiones se ganó la confianza de los filipinos, ayudado también por los religiosos con su labor evangelizadora. Actualmente, recordando su meritoria obra, los alcaldes de las ciudades filipinas de Legazpi y Tagbilaran firmaron lazos de hermanamiento con el alcalde de Zumárraga, cuna del insigne fundador de Manila.</p>
<p class="bodytext">
<strong>Francisco Méllén</strong></p>
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