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	<title>Boletín 21 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 21 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Ali Bey (1803-7)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ali-bey/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 10:29:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 21]]></category>
		<category><![CDATA[El Mundo Musulmán: De Marruecos a la Meca y a Estambul]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Cristina García Panizo El Mundo Musulmán: De Marruecos a la Meca y a Estambul Ali Bey (1803-7) Todavía pesa la incógnita sobre la vida de Domingo  Badía y Leblich. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> Cristina García Panizo</p>
<p><strong>El Mundo Musulmán: </strong><strong>De Marruecos a la Meca y a Estambul</strong><br />
Ali Bey (1803-7)</p>
<p>Todavía pesa la incógnita sobre la vida de Domingo  Badía y Leblich. Y no es de extrañar. Muchos de los que le conocieron lo hicieron bajo el nombre de Ali Bey el Abbassi, príncipe musulmán, lo cual no puede sino indicar que se hizo pasar por otra persona, pero… ¿por qué?</p>
<p>Nacido en Barcelona en 1766, Badía escribió un libro de viajes que encierra cuantos datos se pueden  esperar en un texto así. La novedad fue el itinerario, que incluía destinos como La Meca, prohibidos a los infieles europeos… Pero ocurre que, en realidad, quien cruzó la puerta  del Saludo de la “casa de Dios” como Ali Bey era Domingo  Badía, un personaje complejo y polifacético, difícilmente encasillable.</p>
<p>¿Espía astuto? ¿viajero incansable? ¿ferviente  musulmán?  ¿astrónomo,  geólogo… científico frustrado?  Es difícil establecer  una línea entre  ambos persona- jes, real e inventado, y no sería descabellado  pensar que también  lo fue para el propio Badía en alguna ocasión. Ya se sabe que a fuerza de repetir  una mentira, ésta puede  convertirse en verdad… Badía representa tan acertadamente su pa- pel de Ali Bey que, lejos de parecer  europeo,  da la talla como el más religioso entre los musulmanes.</p>
<p><strong>ESPÍA DE GODOY</strong></p>
<p>Domingo Badía ocupó diversos cargos como funcionario durante  su juventud, el primero de ellos a los 14 años en Granada. Desde temprana  edad se había mos- trado muy interesado  por las matemáticas, la física y la astronomía, la filosofía y las ciencias naturales. Su amplio conocimiento del árabe, sumado a su indumentaria, le sirvieron, de hecho, como el mejor antifaz durante  su larga peregrinación  a tierra santa musulmana.</p>
<p>Precisamente su gusto por la lengua árabe permitió  que conociera a Simón de Rojas Clemente,  botánico y naturalista  que en 1802 era profesor de la cátedra de Árabe en el Colegio de San Isidro, en Madrid. Badía ofreció a su nuevo amigo participar en una expedición “científica” que había sido aprobada  un año antes por el gobierno de Godoy, Secretario de Estado de Carlos IV. Tal expedición no era sino un proyecto de espionaje, del que Badía se vería forzado, más tarde, a apartar a su compañero  de viajes y observaciones científicas.</p>
<p>Pudo no querer  mezclarle en la ambiciosa empresa  que le había encargado Godoy: Badía, convertido en Ali Bey, debía infiltrarse en la corte del sultán de Marruecos para intentar  destronarlo, con el objetivo último de anexionarse parte de su territorio.  Por el contrario,  Godoy pudo querer  apartar  al estudioso Clemente  del proyecto… Lo cierto es que a la hora de la verdad, Ali Bey embarcó en solitario hacia Tánger, en junio de 1803.</p>
<p>Pero el proyecto contemplaba  un viaje previo a los jardines botánicos de París y Londres, donde sí acudieron  ambos. Durante su estancia en la capital inglesa se disfrazaron de árabes y adoptaron los nombres de Mohamad Ben-Ali (Clemente) y Ali Bey (Domingo Badía), que llegó a circuncidarse.</p>
<p>Había nacido, en Londres, el príncipe sirio Ali Bey el Abbassi, quién, tal y como estaba previsto, se introdujo en la corte del sultán de Marruecos.  El verdadero acontecer  de los hechos no está claro, lo que es seguro es que al cabo de cuatro años el espía abandonó Marruecos en dirección a La Meca. Por supuesto que la operación  de espionaje no contemplaba  este viaje. El proyecto parecía haberse evaporado en el insistente calor de las ciudades magrebíes de Fez, Mequinez  o Marrakech, que Ali Bey conoció a fondo.</p>
<p><strong>CAMBIO DE PLANES</strong></p>
<p>Parece que Carlos IV no estuvo de acuerdo con el plan que su secretario Godoy había ideado para el otro lado del Estrecho.  En sus memorias, publicadas en 1848, el propio Godoy desvelaría el descontento del monarca con un proyecto que le resultaba inmoral y que, naturalmente, se suspendió. Badía quedó entonces abandonado a la suerte del príncipe Ali Bey. El erudito occidental que se escondía bajo la túnica de Ali Bey tuvo que disfrutar con el aborto del plan. Puede que ya tuviera lo que buscaba. Una aventura única. Una peregrina- ción impensable  para un occidental… (aunque no para uno ataviado de árabe y a todas luces co- nocedor  de su lengua). Un viaje a través de Egipto,  Arabia, Palestina, Siria y Turquía:  el que permitiría  a Ali Bey, o mejor, a Domingo  Badía, ser el primer  europeo  en pisar La Meca.</p>
<p>El texto que escribió, una verdadera  joya de la literatura  de viajes, se desdobla en dos facetas: la observación y descripción científica de la naturaleza y los fenómenos naturales; y el estudio de todos los aspectos de la geografía, las ciudades y pueblos por los que pasó. Ali Bey muestra  tanto interés por recabar informa- ciones de todo tipo, que a veces parece enfadarse consigo mismo por no tener más ojos para observar más cosas a la vez.</p>
<p>Así le ocurrió cuando al final de la travesía fluvial entre  Djedda  y la ciudad del Yenboa (en Arabia), mientras  aprovechaba  el mediodía para observar el paso del sol, en el mar se debatía “un combate  de peces”. “Hallándose el mar tran- quilo, presentaba  un círculo de ciento y veinte pies de diámetro,  un hervor repentino, acompañado de espuma y grande estrépito […]. Forzado a escoger entre ambos objetos, di la preferencia  a la astronomía y malogré de este modo la ocasión de observar el genio belicoso de la gente acuática”.</p>
<p>Su formidable inquietud  investigadora le llevó a prepararse  a conciencia para el viaje que, en su interior, nunca dejó de tener  ese objetivo científico que había soñado con su amigo Clemente.  Con él había recabado  herbarios  en París y Londres, donde también adquirió numerosos instrumentos científicos, como un telescopio acromático o el anteojo militar de Dollond, utilizados para hacerse una idea aproximada de las dimensiones  de las pirámides  de Djizé, que tuvo que observar desde lejos.</p>
<p>Disciplinado, Ali Bey hacía sus mediciones con método científico, hallando, por ejemplo, la humedad  del clima, las máximas y mínimas de temperatura y esta- bleciendo medias. Iba bien equipado,  en su escritorio guardaba un termómetro de Reaumur  y un higrómetro  de Saussure. La rotura del cabello de su higróme- tro, aparato con el que medía la humedad,  le causó un buen disgusto en Djedda, por donde pasó en su camino hacia La Meca. Una vez en la ciudad santa intentó recomponer el aparato, pero le fue imposible encontrar  un solo cabello, lo que le contrarió aún más: “Los hombres llevan la cabeza enteramente rasa, y las mujeres,  por una especie de superstición,  no darán un solo cabello, porque piensan podrían  servirse de él para hacer sortilegios y maleficios en daño de ellas […] cuando se peinan, tienen muchísimo cuidado de enterrar secretamente el pelo que les cae, y lo mismo practican, y por igual razón, cuando se cortan las uñas”.</p>
<p>Las aventuras y peripecias  de Ali Bey son innumerables, algunas peligrosamente  arriesgadas, como cuando en su travesía por el mar Rojo, la <em>dào </em>en la que viajaba se vio envuelta  en una tempestad  y comenzó a chocar violenta- mente  contra unas rocas: “Distinguí la voz de un hombre  que sollozaba y gri- taba como un niño; pregunté  quién era y dijéronme que el capitán […]. Viendo entonces  el asunto perdido  […] grité a mis criados: a la <em>chalupa</em>”. Grandes dosis de valentía, pero también  de suerte, guiaron los pasos de este enigmático viajero.</p>
<p><strong>PEREGRINO  A LA MECA</strong></p>
<p>Existen pocas certezas sobre la vida de Ali Bey. Una de ellas es que fue el pri- mer europeo en llegar a la ciudad sagrada de La Meca. Nunca lo hubiera logrado sin ese espíritu decidido y sereno con que afrontaba los acontecimientos,  pero le movían motivaciones más autocomplacientes: ser el primero  en llegar, sí, pero sobre todo en ver y contar.</p>
<p>El supuesto príncipe sirio se recrea describiendo  con toda pulcritud  cada centí- metro de La Meca, sus templos y calles, ceremonias  y peregrinos…  Emplea  una retahíla de páginas para narrar con todo detalle el Haràm (templo de La Meca) y las ceremonias de la peregrinación… Besó la piedra negra celestial de la Kaaba o casa de Dios, dando después siete vueltas alrededor de su torre, mientras recitaba las oraciones marcadas por la tradición. El Makàm Ibrahim o lugar de Abraham, el Bir Zemzem o pozo, el Monbar (tribunal de predicación de los viernes), las dos colinas sagradas, Saffa y Merua; nada escapó al ojo de Ali Bey… ni a su letra.</p>
<p>La rigurosidad de sus explicaciones requiere  textos ciertamente extensos, en los que incluye numerosos  datos de sus mediciones.  Tuvo la paciencia de realizar un sinfín de ilustraciones, planos y mapas que invaden las páginas de las ediciones más pulcras de su largo libro de viajes.</p>
<p>El relato llega a ser alocado por la gran contradicción que hay entre sus apreciaciones religiosas y las puramente científicas. A propósito de la citada piedra milagrosa dice que es “un jacinto transparente traído por la divinidad; y que habiendo sido tocada por una mujer impura, se volvió negra y opaca”. Pero en el siguiente renglón afirma que “mineralógicamente hablando es un fragmento de basalto volcánico, sembrado de pequeños cristales y rombos de feldespato”. El delirio llega cuando se entretiene en medir el desgaste de la piedra, concluyendo que “se había gastado en la superficie sobre doce líneas de espesor con los tocamientos […] Si la superficie de la pie- dra estuvo plana y unida en tiempos del profeta, ha perdido una línea por siglo”.</p>
<p>Además de hallar la latitud y longitud de La Meca, Ali Bey recogió muestras del agua del pozo de Zemzem para su posterior análisis, cinco especies de plantas, al- gunos coleópteros y pedazos de las rocas de las cuatro montañas principales. Son varios capítulos los que dedica a la ciudad sagrada, en los que explica el batallón de empleados  que trabajaban  en el templo y sus dependencias. Escudriña  a las mujeres, a su juicio feas, “pintarrajeadas de negro, azul o amarillo” y con un anillo atravesándoles el cartílago de la nariz y el labio superior. Se admira de los enormes cuchillos que llevan los hombres, y lo aparatoso de sus vainas: “¡Tan cierto es que el hombre en todo estado y lugar se halla sujeto a los caprichos de la moda!”</p>
<p><strong>LOS WEHHABIS</strong></p>
<p>El momento  que Ali Bey eligió para hacer su peregrinaje  (la primera  década del siglo XIX) no fue un periodo precisamente estable para el norte de África y Oriente  Próximo, por donde discurrió el itinerario. Las alusiones a los wehhabis son constantes  en su libro de viajes. Éstos iniciaron una reforma  reli- giosa que partió de los desiertos de Arabia y se extendió después  a las naciones adyacentes,  controlando  total o parcialmente enclaves como Bagdad, La Meca, Medina  o Damasco. Abdulwehhab,  el impulsor de la reforma,  quería restituir  la primitivita simplicidad del Corán,  proclamando  a Dios como el único objeto de veneración de los musulmanes.  Prohibió el culto a los santos y a los profetas y destruyó innumerables sepulcros, capillas y templos fabricados en su honor. Proscribió arraigadas costumbres:  el uso del rosario, el tabaco, la seda en los vestidos&#8230;</p>
<p>A pesar de todo ello, Ali Bey decidió peregrinar a Medina,  lo cual habían prohibido  absolutamente  los wehhabis. Hasta su llegada, la ciudad había sido el destino de los muchos peregrinos  que   venían  a venerar   la  cuna   del profeta,  pero la refor- ma convirtió esta costumbre   en  un  nuevo pecado.  El mismo Ali Bey admitía  antes  de partir  que el paso era aventurado,  pero  aún así decidió hacerlo. Como era de esperar, los wehhabis detuvieron  al supuesto príncipe,  acusado primero  de turco y obligado después  a pagar por la infracción cometida.</p>
<p>La aventura continuó en tierras de Palestina y Siria. Después  de tanto tiempo en el desierto, Ali Bey se sintió acorralado al llegar a la civilización. “Al entrar en aquellos países circunscritos por la propiedad  individual, el corazón del hombre se encoge y comprime […] Cuanto se gana en seguridad y tranquilidad, se pierde en energía”, aseguraba.</p>
<p>Pero no tardó mucho en encontrar  motivaciones para continuar su viaje. En Jerusalén, se afanó en la observación del templo musulmán para dar una descripción “circunstanciada” del mismo: “porque los musulmanes  no están, por lo general, en estado de darla y a los cristianos les ha sido imposible penetrar  jamás”. Visitó el sepulcro de David y el Djebel  Tor (monte Olivote para los cristianos), el sepulcro de la Virgen María (en Belén) o el de Abraham (en Hebrón),  Nazaret y Canaa, donde Jesucristo convirtió el agua en vino. Damasco cautivó irremediablemente a Ali Bey con sus tiendas atestadas de género, sus guarnicioneros, armeros y jaboneros, sus barberías, baños y cafés llenos de gente…</p>
<p>La ambigüedad  nunca estuvo ausente de los textos de Ali Bey. Ahora que cono- cemos su doble identidad  todo cobra más sentido, pero el enigma no está completamente resuelto. Sabemos que éste no fue su último viaje, ni su única misión como espía. Lo cierto es que Domingo Badía murió en algún lugar indeterminado de Siria en 1828, y con él el genial Ali Bey, nacido veinticinco años atrás para alegría de los amantes de la literatura  de viajes.</p>
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		<title>Arqueólogos españoles en oriente</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/arqueologos-espanoles-en-oriente/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:32:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 21]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La historia de la arqueología oriental se remonta a la primera mitad del siglo XIX, cuando el cónsul francés en Irak Paul émile Botta (1802-1870) dio, en 1842, el primer [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">La historia de la arqueología oriental se remonta a la primera mitad del siglo XIX, cuando el cónsul francés en Irak Paul émile Botta (1802-1870) dio, en 1842, el primer golpe de pico en un <em>tell</em> (colina) llamado <em>Kuyunyik.</em> Sin embargo, tras un año de infructuosas excavaciones abandonó con unos pobres resultados (¡quizá no lo hubiera hecho tan pronto de haber sabido que bajo él se ocultaba la gran capital asiria de Nínive!). A pesar de todo Botta no renunció a las excavaciones y después de Kuyunyik se trasladó al otro tell que había a su lado, llamado <em>Horsabad</em> (la antigua <em>DurSharrukin</em> ), donde en marzo de 1843 empezó las excavaciones y con tan sólo unas pocas jornadas de trabajo, halló los primeros relieves de los ortostatos del palacio del rey asirio Sargón II (721-705 a.C.). La mayoría de las piezas descubiertas por Botta fueron enviadas al Louvre, convirtiéndose así en el primer museo del mundo que inauguró (en 1847) una sala dedicada a la civilización asiria.</p>
<p class="bodytext">Tras sus descubrimientos, Botta siguió su carrera diplomática por Oriente hasta que regresó a Francia en 1869. A Botta le siguieron otros muchos excavadores (A.H. Layard, H. Rassam, V. Place, R. Koldewey, .) a los que debemos los primeros y más espectaculares hallazgos del mundo mesopotámico: Nínive, Nimrud, Babilonia y muchas otras ciudades vieron la luz tras milenios de oscuridad gracias a estos hombres entre los cuales, sin embargo, no figuraba ninguno de origen español. Y es que en aquella época, España estaba totalmente enfrascada en las Guerras Carlistas (1833-1876) y tanto la política como la sociedad española del momento se encontraban divididas entre los absolutistas defensores del Antiguo Régimen y los nuevos liberales. Ante una situación así, es comprensible que nadie se preocupara de lo que ocurriera en unas tierras tan lejanas no sólo en el espacio, sino también en el pensamiento y la cultura del momento.</p>
<p class="bodytext"><strong>ANTECEDENTES PROMETEDORES</strong></p>
<p class="bodytext">A pesar de todo, España podía haber entrado por la puerta grande del Orientalismo y de la Asiriología si hubiera seguido los pasos de los muchos viajeros que, desde una fecha tan remota como el siglo IV d.C., habían explorado estas tierras y visitado algunas de sus más importantes ruinas (desde Babilonia y Nínive hasta Baalbek y Palmira). En efecto, la más antigua referencia de españoles en Oriente se remonta a los años 381-384 d.C. cuando una monja de la entonces <em>Gallaecia</em> (Galicia) llamada Egeria recorrería los principales lugares de Tierra Santa (Palestina, el Sinaí y Egipto) llegando a cruzar el éufrates y visitar en Siria los santuarios de Antioquía, Edesa y Harrán. A Egeria le siguieron muchos otros peregrinos, diplomáticos, viajeros y comerciantes que fueron describiendo en sus libros de viajes las maravillas que iban encontrando en su camino. De entre todos ellos cabe destacar a los rabinos Benjamín de Tudela y Petajías de Ratisbona que, en el siglo XII, realizaron un viaje que les llevó hasta Irak para visitar a las comunidades judías allí residentes; esto les permitió describir las ruinas de Nínive, Borsippa y Babilonia muchos siglos antes de que fueran excavadas por parte de ingleses y alemanes.</p>
<p class="bodytext">Algo parecido, pero en Irán, le ocurrió a Don García da Silva y Figueroa, diplomático a las órdenes de Felipe III y enviado en 1614 a Persia para entrevistarse con el Sháh Abbas el Grande. Da Silva fue el primer europeo en reconocer en las ruinas de Persépolis, la antigua capital de los persas, describirla e identificar correctamente las inscripciones cuneiformes de sus monumentos como un sistema de escritura y no como un mero motivo decorativo. Sus pasos fueron seguidos más de dos siglos después por otro diplomático, Adolfo de Rivadeneyra, quien entre 1869 y 1871 realizó un largo viaje de Ceilán a Damasco donde, al pasar por Irán e Irak, describió no sólo Persépolis sino también Pasargada y Firuzubad, así como Babilonia (de donde recogió ladrillos con inscripciones de Nabucodonsor), Nínive, Nimrud y Horsabad. Dos personajes más, Francisco García Ayuso y Ramiro Fernández Valbuena, destacaron en el campo filológico con el enseñamiento de las antiguas lenguas sumeria, acadia, persa o sánscrita haciendo que las lejanas voces de los antiguos pueblos mesopotámicos resonaran por primera vez en las aulas españolas.</p>
<p class="bodytext"><strong>ARQUEóLOGOS PIONEROS</strong></p>
<p class="bodytext">Con estos favorables antecedentes podría haberse iniciado a finales de siglo la irrupción española en el estudio de las culturas orientales, pero una vez más, la situación política del país no era la idónea; la pérdida de las últimas colonias imperiales y la subsiguiente crisis de 1898 no dejaban espacio a los inquietos espíritus de los orientalistas. De esta manera y si el marco político y social español hubiera sido otro, España habría partido de una privilegiada posición en la carrera inicial hacia la incipiente ciencia del Orientalismo, pero enfrascado en sus problemas internos dejó escapar el tren y no fue hasta mediados y finales del siglo pasado cuando ha podido hacerse un modesto hueco en el concurrido mundo de la investigación oriental. Antes, sin embargo, durante la primera mitad del siglo XX algunos eruditos insistieron en mantener vivo el escaso hálito orientalista existente en España con personajes como el Reverendo Padre Bonaventura Ubach que, con sus viajes y estancias en Tierra Santa, consiguió reunir la más completa colección de arte próximo oriental que se encuentra actualmente en España y hoy expuesta en el que fue su monasterio, L&#8217;Abadia de Montserrat. Los clérigos José María Peñuela y Benito Celada (ambos profesores en la Universidad Central de Madrid, el primero de acadio y el segundo de lengua egipcia) decidieron fundar la que sería la primera institución española dedicada a la historia y la arqueología del Próximo Oriente y Egipto, el Instituto Arias Montado, perteneciente al CSIC y que se mantuvo en funcionamiento hasta 1975.</p>
<p class="bodytext">Fruto de estos aislados pero decididos esfuerzos de unos pocos amantes de Oriente empezó a asomar, por aquel entonces, una primera generación de orientalistas españoles (la mayoría formados en el extranjero) que fueron los que tomaron el relevo de aquellos venerables sabios y pusieron las bases de lo que hoy en día es la orientalística española. Bajo ellos surgieron los institutos y fundaciones universitarias que han desarrollado desde entonces una labor tanto docente como investigadora y divulgadora de las culturas próximo orientales; entre ellas destacan el Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén, «Casa de Santiago» (Universidad Pontificia de Salamanca, desde mediados de los años cincuenta); el Instituto Diocesano de Filología Clásica y Oriental (Madrid, 1989); el Instituto Interuniversitario de Estudios del Próximo Oriente Antiguo (Barcelona-Murcia-Salamanca-Oviedo, 1992); la Fundación J.J.A. van Dijk para los estudios Bíblicos y Orientales (León, 1997); el Centro Superior de Estudios de Asiriología y Egiptología (Madrid, 1998); el Instituto de Estudios Islámicos y de Oriente Próximo (Zaragoza, 2000); y el último que se ha creado, el Instituto Bíblico y Oriental (León, 2003).</p>
<p class="bodytext">Desde estas instituciones, sus profesores y directores iniciaron las que serían las primeras misiones arqueológicas científicas españolas en el Próximo Oriente, que se extienden desde Jordania hasta Irak y el Golfo Pérsico, y que en la mayoría de casos han sido subvencionadas por parte del Ministerio de Cultura y Educación, aunque también han colaborado entidades bancarias, empresas de todo tipo e incluso, en algunos casos, han sido sufragadas con fondos privados de amantes de la arqueología y la orientalística. Estas misiones constituyeron el primer peldaño de la larga escalera que la ciencia española debía (y aún debe) ascender para alcanzar a los demás países que le llevaban casi doscientos años de ventaja en la exploración de las maravillas ocultas bajo las arenas de los desiertos orientales. El camino es largo y arduo, pero ya se ha puesto en macha y esperemos que no se pare.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS EXCAVACIONES ESPAñOLAS</strong></p>
<p class="bodytext">Las primeras excavaciones arqueológicas españolas en el Próximo Oriente tuvieron lugar en Jordania a cargo de la mencionada «Casa de Santiago» dirigida por el entonces Director del Museo Arqueológico Nacional y fundador de dicha institución, el doctor Martín Almagro Bosch. En 1962 y bajo la dirección del doctor Joaquín González Echegaray y el arqueólogo Emilio Olávarri (sacerdote de larga experiencia personal en la arqueología oriental durante la primera mitad del siglo XX) se excavó el yacimiento de El Khiam, de la época del Hierro. Dos años más tarde, el mismo Olávarri (de la Universidad de Oviedo) inició una serie de excavaciones en distintos yacimientos jordanos (Aroer, 1964-67; Tell Medieh, 1976 y 1982; la ciudadela omeya de Ammán, 1978, 1979 y 1981) siendo la intervención más destacada la que llevó a cabo en la importantísima ciudad de Gerasa, donde al frente de la dirección de los equipos internacionales que excavaban en la zona, trabajó durante un año y medio (1983-1984) en la excavación del ágora de la ciudad.</p>
<p class="bodytext">El siguiente país donde se trabajó fue en Siria. En primer lugar, fue la Universidad Autónoma de Madrid la que tomó la iniciativa y realizó en el Valle del Balikh, un estudio de la zona, con la exploración de más de 20 tells y algunas intervenciones en dos de ellos bajo la dirección del doctor J.M. Córdoba Zoilo. La excavación se desarrolló a lo largo de tres campañas (1988-1990) y tenía como objetivo el estudio de las culturas mitanias y hurritas durante la época del Bronce Medio y Tardío. A esta misión le siguió la desarrollada también en Siria, en Tell Qara Qûzâq, por parte del Instituto Interuniversitario de Estudios del Próximo Oriente Antiguo bajo la dirección del doctor Gregorio del Olmo Lete, de la Universitat Central de Barcelona, y del arqueólogo Emilio Olávarri. La misión se encontraba enmarcada dentro de un proyecto de salvación por la construcción de la presa siria de Tishrin, motivo por el cual aquella zona de Siria fue objeto de intensas campañas de excavación por parte de muchas misiones internacionales. El equipo español inició los trabajos en 1989 y los acabó en 2000 como consecuencia de la anunciada inundación del valle; entre los descubrimientos más significativos destacan una importante instalación comercial de la época del Bronce Medio dependiente del reino anatólico de Karkemish, así como un templo del Bronce Antiguo, con el hallazgo de un depósito de fundación intacto. Poco antes de la finalización de la excavación en Qara Qûzâq, el mismo instituto llevó a cabo una nueva excavación en Siria, en Tell Hamís, entre los años 1992 y 1997. En este caso la dirección de la misma estuvo a cargo de los doctores Antonio González Blanco y Gonzalo Matilla, de la Universidad de Murcia, donde destacó el hallazgo de un importante nivel de ocupación helenístico. Aún en Siria e igualmente en respuesta a las excavaciones de urgencia por la construcción de la presa, la Universitat Autònoma de Barcelona, bajo la dirección del doctor Molist, excavó en el lugar de Tell Halula desde 1991 y aún continúa desarrollándose en la actualidad, ahondando en los más antiguos periodos de la historia próximo-oriental, especialmente en el proceso de neolitización del Valle del éufrates, entre el 12000 y el 5400 a.C.</p>
<p class="bodytext">Cambiando de país, la presencia española también se hizo sentir en Israel, con la participación de la Universidad Complutense de Madrid en las excavaciones de Tell Hatsor, en la Alta Galilea, en colaboración con la Universidad Hebrea de Jerusalén a partir de 1990 y hasta el 2000. La dirección estuvo a cargo del doctor Ammón BenTor y de la doctora Mª Teresa Rubiato, de las respectivas universidades. A lo largo de las 10 campañas realizadas en el que es el más importante de los yacimientos de la Edad del Hierro de Israel, son muchos los hallazgos realizados (templos, puertas monumentales, palacios cananeos, obras de arte, murallas imponentes.), pero siempre ha quedado la espina de no haber encontrado el archivo real que, sin duda, haría las delicias de los arqueólogos e historiadores de la época más esplendorosa del Reino de Israel, la de la monarquía de David y Salomón.</p>
<p class="bodytext">De nuevo en Jordania, se continuaron los trabajos de consolidación y restauración en la Ciudadela Omeya de Ammán (iniciados en el año 1974) por parte del arqueólogo Julio Navarro Palazón, de la Escuela de Estudios árabes de Granada (dependiente del CSIC) hasta el 2001, y en el Qasr Hallabat-Umm al-Jimal, a cargo de Ignacio Arce y Roberto Parenti, del Instituto Juan de Herrera. La Universidad de Oviedo también participa en este país desde 1989 y hasta la actualidad con la excavación de un extenso poblado del Bronce Antiguo en el emplazamiento de Jebel al-Mutawwaq, bajo la dirección de J.A. Fernández Tresguerres; en esta misma zona, el equipo español documentó también numerosos monumentos megalíticos, excavando una veintena de ellos.</p>
<p class="bodytext">En Tiro, la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, bajo la dirección de la Dra. Mª Eugenia Aubet, ha estado excavando la Necrópolis fenicia de Al-Bass, en Tiro, desde el año 1997 y hasta el 2004, con las lamentables interrupciones a causa de la situación política del país. Esta necrópolis, que abarca entre el siglo IX y el VII a.C., se ha revelado como una de las más interesantes por el hecho de no tratarse de los conocidos <em>toffet</em> (enterramientos infantiles), sino por ser una necrópolis de personas adultas y, además, por ser una de las pocas necrópolis excavadas tan extensamente en el mundo del Próximo Oriente Antiguo.</p>
<p class="bodytext">Una única participación en Turquía ha sido la realizada por un equipo español, dirigido por el profesor J. Gil Fuensanta de la Universidad de Alicante en el yacimiento de Tilbes Höyük, entre 1995 y 2001 (y a partir el año 2000 también en el vecino asentamiento de Surtepe). Como en el caso de las misiones de Siria, también en esta ocasión fue en respuesta a una llamada de emergencia por la construcción de una presa, la de Birebyik. De la excavación de Tilbes Höyük destacaron los hallazgos de la época calcolítica, que corroboraban una estrecha relación con el mundo mesopotámico, así como los del Bronce Medio, cuando fue sede de un importante centro urbano, religioso y comercial, visitado frecuentemente por los comerciantes asirios en su expansión comercial por Anatolia. Del mismo modo, también fue sólo una la misión que se llevó a cabo en Irak, la de Tell Mahuz, dirigida por el doctor Córdoba Zoilo, y que se inició en 1989-1990, pero que con la Guerra del Golfo, vio paralizada su actividad hasta 1997; desde entonces, los trabajos continuaron hasta que en 2003, la nueva guerra de Irak supuso de nuevo el cierre de las actividades. El emplazamiento, situado en la orilla izquierda del Zab Menor, cerca de la ciudad de Kirkur, había pertenecido históricamente al reino de Arrapha, que formaba parte de la gran potencia de Mittani hacia la segunda mitad del II milenio a.C. Los datos recogidos hasta el momento revelan la importancia de la ciudad en esta época y también a lo largo del I milenio y en la época partosasánida (siglos III a.C.-IV d.C.); también destaca el hallazgo de dos grandes plataformas, posibles basamentos de templos.</p>
<p class="bodytext">Finalmente, la excavación oriental más alejada ha sido la llevada a cabo en el yacimiento de Mleha, en la Península de Omán, desde 1994 y hasta el 2003. Se trataba de una misión en la que participaron la Universidad Autónoma de Madrid (con el doctor Córdoba Zoilo al frente), la Universidad Politécnica de Madrid y la Maison de l&#8217;Orient-CNRS de Lyon; su objetivo era el estudio de las comunidades campesinas durante la Edad del Hierro.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL FUTURO DE LAS EXCAVACIONES EN ORIENTE</strong></p>
<p class="bodytext">Tras este repaso de las excavaciones españolas en Oriente podemos pensar que la situación de la arqueología oriental en España es excelente, pero los últimos presupuestos aprobados por el Ministerio de Cultura (2004) para subvencionar algunas de estas misiones no parecen que ayuden mucho a que así sea: un total de 97.000 euros (apenas 16 millones de las antiguas pesetas) a repartir entre cuatro proyectos de excavación e investigación, dos en Jordania (excavaciones en Jebel al-Muttawwaq y Qasr Hallabat-Umm al Jimal), uno en Líbano (necrópolis fenicia de Tiro Al-Bass) y uno en Siria (Tell Haluda). A esto se añade la no lejana amenaza por parte de la Administración del cierre de los institutos y sedes permanentes españolas en Jordania y Egipto.</p>
<p class="bodytext">Ante estos datos, no es de extrañar que España, que hace dos siglos podía haberse puesto a la delantera de la orientalística mundial, aún esté hoy en una posición más que modesta. De no ser por los grandes profesionales españoles (en algunos casos, lamentablemente, «exiliados» a universidades extranjeras) que luchan diariamente con la Administración y contra una sociedad cada vez menos interesada en el mundo de la cultura, que vive el día a día como si fuera el último y en donde lo que hoy es nuevo mañana está desfasado, de no ser por su entusiasmo, profesionalidad y amor por Oriente, el estudio del Próximo Oriente Antiguo no representaría en este país más que una exótica afición de unos pocos en lugar de una profesión y una ciencia tan digna como cualquier otra.</p>
<p class="bodytext">Un último esfuerzo de esta lucha desigual entre la recuperación de la milenaria memoria de nuestra propia cultura y un mundo que no quiere mirar ni siquiera al ayer, lo encontramos en la última misión que este mismo año va a iniciar la primera de la que esperamos sea una larga serie de campañas; se trata de la misión organizada por el doctor Montero, de la Universidad de A Coruña, en el emplazamiento sirio de Tell esSinn y subvencionada por la propia Universidad, el Ayuntamiento de El Ferrol y la Fundación OSAME de Siria. A él y a su equipo, así como a todos aquellos amantes de las tierras de Oriente, les agradecemos su encomiable esfuerzo y dedicación y les deseamos que los lejanos dioses mesopotámicos guíen sus pasos y los golpes de sus azadas para poder recuperar su perdida sabiduría a fin de que nos ilumine en un mundo que, con el incesante goteo de muertes en lo que fue la cuna de la civilización, cada vez se apaga un poco más.</p>
<p class="bodytext"><strong>Felip Marsó</strong></p>
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		<title>Viajeros y diplomaticos. Observadores hispánicos en Estambul (1784-1915)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajeros-y-diplomaticos-observadores-hispanicos-en-estambul-1784-1915/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:32:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 21]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Tras tres siglos de hostilidades en el Mediterráneo, España y Turquía firmaron las paces en 1782. La óptica ilustrada de los Borbones, unida a la necesidad de los turcos de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Tras tres siglos de hostilidades en el Mediterráneo, España y Turquía firmaron las paces en 1782. La óptica ilustrada de los Borbones, unida a la necesidad de los turcos de buscar nuevas alianzas frente a una Rusia en expansión, habían hecho posible el entendimiento entre estas dos naciones portaestandartes cada una de una fe diferente. A partir de este momento se produce un acercamiento entre España y Turquía que, si bien no tuvo demasiada trascendencia, sí dio lugar a toda una serie de testigos que transmitieron información sobre el final del imperio Otomano a los lectores del mundo del español.</p>
<p class="bodytext">A lo largo de los años trascurridos entre las paces del siglo XVIII y la Primera Guerra Mundial se pueden marcar tres periodos en los escritos que llegan a España sobre Estambul, influenciados cada uno por las corrientes literarias de la época. El primero corresponde con el final del siglo XVIII, caracterizado por las formas de la Ilustración, con obras como los cuadros enciclopédicos del <em>Viaje a Constantinopla en el año 1784.</em> En este periodo surgen autores que se convierten en viajeros románticos como el general Miranda o Domingo Badía, los cuales tienen una formación de ilustrados. Se puede apreciar que conocen obras de autores extranjeros, muchos de los cuales no estaban traducidos al español, y aportan una variada información que va desde la sociedad hasta la arquitectura, pasando por la teología o la botánica.</p>
<p class="bodytext">Los textos de viajeros románticos por el Imperio Otomano son escasos y predomina la visión realista de diplomáticos, militares o peregrinos camino de Tierra Santa. Estambul conoce su mejor momento en las letras españolas a principios del siglo XX, momento en que la burguesía europea populariza el lugar en los inicios del turismo. Los cronistas de las revistas ilustradas y diarios encontraron en esta ciudad un espacio donde encontrar la exaltación del yo a través de la contemplación de la belleza, no en vano los viajeros llevaban muchos siglos diciendo que era la ciudad más hermosa del orbe.</p>
<p class="bodytext">Los observadores hispánicos se pueden dividir en dos categorías: los que salían en una misión oficial, fundamentalmente diplomáticos o militares, y los turistas o periodistas que mantenían una postura más independiente de la oficialidad. A raíz de las paces firmadas con la Sublime Puerta en 1782, Carlos III envió una escuadra con regalos para el sultán y su corte. José Moreno fue el encargado de redactar un informe sobre la situación del Imperio Otomano. Esta obra y el <em>Viaje a Oriente de la fragata de guerra Arapiles</em> en 1871-72, de Juan de Dios de la Rada y Delgado, pretenden ser un estudio científico del estado del Imperio Otomano. Ambos tienen una estructura similar: empiezan por un resumen histórico, pasan a una descripción de la sociedad que visitan y terminan con un capítulo dedicado al arte que comprende desde el bizantino hasta el otomano. La característica más importante de estos textos es el punto de vista. El autor de la obra pretende hacer un texto descriptivo de carácter científico del estilo de los textos que ha manejado antes de emprender el viaje. Consciente de su falta de información evita hacer apreciaciones personales, limitándose a los autores estudiados. Otro elemento característico de estos informes militares es la ausencia de las vistas de la ciudad. Las expediciones militares contaban con artistas que realizaron grabados para completar el estudio de la ciudad. Los otros textos de viajeros oficiales son las memorias de diplomáticos: tanto la de los destinados en la Sublime Puerta como Adolfo de Mentaberry, Diego Coello o Antonio de Zayas, como las de los que pasaron por la ciudad rumbo a otro destino como Melchor Ordóñez Ortega, autor de <em>Una misión diplomática en Indochina, descripción del viaje de la legación española al Imperio de Annan y reino de Siam dando en dos años la vuelta al mundo.</em></p>
<p class="bodytext"><strong>MENTABERRY, COELLO Y ZAYAS, TRES EMBAJADORES EN ESTAMBUL</strong></p>
<p class="bodytext">Adolfo de Mentaberry encarna el prototipo del autor romántico que alterna la diplomacia con el periodismo y la literatura de viajes. Vicecónsul en Damasco en 1865, dos años más tarde fue nombrado Primer Secretario de la Embajada Española en Turquía, cargo que ocupó hasta finales de 1868. Otro singular destino fue el de Primer Secretario de Embajada en China entre 1869 y 1870. El resultado de estas dos estancias se publicaría con el nombre de <em>Viaje a Oriente: de Madrid a Constantinopla</em>en 1873 e <em>Impresiones de un viaje a China</em> en 1876, prologados respectivamente por dos políticos de primera fila: Antonio Cánovas del Castillo y Manuel Silvela. De una manera menos aventurera Adolfo de Mentaberry participó en el panorama intelectual de la segunda mitad del siglo XIX publicando sus opiniones sobre política internacional en las páginas de La Ilustración Española y Americana, <em>La Ilustración de Madrid, La Revista de España</em> y los periódicos <em>El Contemporáneo, La Política, La Patria</em> y <em>El Tiempo.</em> Mentaberry en <em>De Madrid a Constantinopla</em> deja aflorar su yo romántico, explayándose tanto en el tema de los paisajes exóticos, el de las otomanas veladas o los paseos nocturnos por cementerios musulmanes, con las consiguientes reflexiones de rigor. Hay que tener en cuenta que poco antes el imperio Otomano había sido visitado y descrito por autores románticos franceses como Lamartine, el cual había sido traducido y difundo en español.</p>
<p class="bodytext">Diego de Coello de Portugal Quesada era hermano de Francisco, uno de los padres de la cartografía española y fundador de la Sociedad Geográfica de Madrid. Diego había nacido en Jaén en 1821 y estudiado la carrera de abogado en Sevilla donde empezó a publicar artículos en <em>El Corresponsal, El Faro</em> y <em>El Heraldo.</em> Una vez terminados los estudios ingresó en la carrera diplomática en 1844, siendo uno de sus destinos más importantes el de embajador en Turín y Parma en 1858, momento en que Víctor Manuel de Saboya y Cavour estaban comenzando la unificación italiana. La trayectoria de Diego de Coello está bien definida desde su juventud: las relaciones internacionales, la política y el periodismo. Su participación en la arena política data de 1845, fecha en que es nombrado diputado por el Partido Liberal en Jaén. Lo compagina con el periodismo político y funda varios periódicos, siendo el más importante <em>La época</em> en 1849, el diario del Partido Liberal. Su ideología viene expuesta en la necrológica que le dedica <em>La época</em> el 6 de abril de 1897:</p>
<p class="bodytext"><em>«[.] monárquico, dinástico, católico sincero, conservadorliberal y parlamentario»</em> .</p>
<p class="bodytext">Durante su embajada, 1884-1886, envió sus crónicas a <em>La época</em> y a la <em>Ilustración Española</em><em>y Americana.</em> Se trata de una interesante descripción del imperio Otomano de Abdül Hamid II en la primera década de su sultanato. El Imperio <em>Diego de Coello.</em> Otomano se reponía de la guerra rusoturca de 1877-1878, tras la cual se habían retirado de los Balcanes. Coello fue testigo de la situación de estos nuevos estados y de las reformas del <em>Tanzimat.</em> A través de sus artículos describe un Estambul cosmopolita donde reinaba la libertad religiosa. De esta manera, a través de la crónica de un Viernes Santo, en el cual los judíos celebran el sabath y los musulmanes sus preceptos, muestra a los lectores hispánicos lo que era una sociedad multiconfesional. Dos de sus mejores crónicas se centran en las fiestas musulmanas del final del Ramadán y el Sacrificio de los Corderos en Estambul. No hay que olvidar que la libertad de culto tiene lugar en España en 1868, a la que eran contrarios los sectores más conservadores de la sociedad como los carlistas, y que sobre los musulmanes y judíos imperaba una imagen negativa, fruto más del mito que de la realidad. La importancia de Coello fue la de ser capaz de trasmitir al mundo en español la imagen del Estambul inmerso de los cambios del <em>Tanzimat</em> , dando una imagen moderna y bien documentada de esta ciudad.</p>
<p class="bodytext">En cuanto a Antonio de Zayas, estuvo destinado en la capital otomana durante 1897-1898 con el cargo de Secretario de Tercera Clase. Se trata de una de las estancias más largas que produce dos textos: <em>Joyeles Bizantinos</em> , la visión poética, y <em>A orillas del Bósforo</em> donde relata sus memorias en la Sublime Puerta. Esta vez no se trata de una persona de ideología liberal sino todo lo contrario. Zayas arremete contra el Islam o la ortodoxia, declarándose defensor del catolicismo. Abdül-Hamid II lleva en el trono tres décadas. Ya no es el sultán amable de Coello sino el responsable de las masacres de armenios y macedonios que habían conmocionado a la opinión pública internacional. <em>A orillas del Bósforo</em> es un texto donde tiene lugar la estética fin de siglo con la crónica política.</p>
<p class="bodytext"><strong>LOS VIAJEROS ESPAñOLES EN ESTAMBUL</strong></p>
<p class="bodytext">Volviendo al grupo de los viajeros oficiales españoles hay que destacar a Domingo Badía, quien, disfrazado de árabe con el nombre de Ali Bey, recorrió el norte de Africa, la Península Arábiga, Palestina, Grecia y Turquía, espiando primero para Godoy y posteriormente para los hermanos Bonaparte. Otro personaje reseñable es Carlos Ibáñez de Ibero, que también es un observador oficial atípico. Viaja a Estambul durante la Gran Guerra en 1915, se entrevista con ministros y periodistas y describe la ciudad. Esta obra, destinada a los lectores franceses, no llegó a traducirse al castellano. <em>D&#8217;Athènes à Constantinople</em>es la última visión de una ciudad que está a punto de dejar de ser la capital de un imperio. No es sólo original por describir el paisaje de una ciudad en guerra sino también por el punto de vista adoptado. Carlos Ibáñez de Ibero hace una serie de entrevistas a personas locales cuyas opiniones sobre la situación política en Turquía son el objetivo del texto. La crónica periodística las reproduce permaneciendo el autor en un discreto segundo plano.</p>
<p class="bodytext">El otro grupo de viajeros es el de aquellos que llegan a Estambul por sus propios medios. Uno de los primeros es el venezolano Francisco de Miranda, un general rebelde que se ve obligado a huir de Cuba en 1783, encaminándose primero a los Estados Unidos de Norteamérica y posteriormente a Europa. Miranda llega a Estambul en 1786, coincidiendo con la expedición de Solano, donde permanece un mes antes de partir para Rusia. Otro viajero hispanoamericano es el peruano Pedro Paz Soldán y Unanue, uno de los escritores más importantes del Perú de la segunda mitad del siglo XIX. Este singular viajero hispanoamericano recorrió Europa y el cercano Oriente dejando constancia en uno de los escasos textos de viajeros románticos en español.</p>
<p class="bodytext">Un buen ejemplo de la burguesía de la Restauración es Narciso Pérez Reoyo, un médico burgalés asentado en Galicia, que realizó el <em>Viaje a Egipto, Palestina y otros países de Oriente</em> también en 1875, que finaliza en Estambul. Gran parte del recorrido lo hizo acompañado de José María Fernández Sánchez y Francisco Freire Barreiro, catedráticos de la Universidad de Santiago que publicaron <em>Santiago, Jerusalén, Roma; Diario de una peregrinación a estos y otros santos lugares de España, Francia, Egipto, Palestina, Siria e Italia, en el año del Jubileo Universal de 1875</em> , no podía ser menos, en la imprenta del Seminario Conciliar de Santiago. El título del libro deja entrever lo que hay dentro: el estado de los principales lugares de peregrinación de los católicos, algunos de los cuales, como Tierra Santa, pertenecían al Imperio Otomano.</p>
<p class="bodytext">Los lectores catalanes también tuvieron a su alcance obras de literatura de viajeros. Josep Pin i Soler estuvo interesado en encontrar a principios del siglo XX los restos del Bizancio que pactó con los catalanes en la Edad Media, siguiendo la obra del historiador valenciano del siglo XVII Francisco de Moncada: <em>Expedi</em><em>ción de Catalanes y Aragoneses contra Turcos y Griegos</em> . Pin i Soler fue un intelectual de Tarragona que destacó como novelista con <em>La Família dels Garrigas</em> y en otros campos: como dramaturgo y como traductor de los humanistas, a él se deben las primeras traducciones al catalán de Erasmo y Maquiavelo. Las experiencias de los viajes por Grecia, Rumania y el Imperio Otomano se publicó con el título de <em>Orient, varia</em> .</p>
<p class="bodytext"><strong>LA VISIóN MODERNISTA DE ESTAMBUL</strong></p>
<p class="bodytext">Blasco Ibáñez es otra figura polifacética del panorama español del cambio de siglo. En 1907 buscó en Estambul un marco donde situar sus particulares ideas sobre la política, la religión o la sociedad. Antes de publicar <em>Oriente</em> algunos de sus artículos vieron la luz en <em>El Liberal</em> de Madrid, <em>El Imparcial</em> de México y <em>La Nación</em> de Buenos Aires. Un caso similar es el del cronista guatemalteco Ernesto Gómez Carrillo que se interesó también por esta ciudad durante la Segunda época Constitucional en 1911 enviado por el diario <em>El Liberal</em><em>13</em> . Será precisamente Ernesto Gómez Carrillo uno de los pocos autores de la Literatura Hispánica que cultiven en profundidad las crónicas de viajes. Gómez Carrillo publicaba en periódicos de Madrid, Buenos Aires y México crónicas de la vida parisina y de otros lugares como Marruecos, Japón, Rusia o el Imperio Otomano. Todos estos espacios están marcados por dos elementos clave del modernismo: el cosmopolitismo y el exotismo. Este dato y la búsqueda de la belleza se encuentran también en los textos de Zayas, Pin i Soler y Blasco Ibáñez. Dos escritores que pertenecen al Realismo literario, costumbrista el primero y naturalista el segundo, que tienen visiones modernistas de la capital otomana. Todos estos autores tienen en común el objetivo de transmitir las sensaciones del viaje, controlando la presencia de la voz del viajero en el texto. Estambul es uno de los lugares adecuados en la búsqueda de la belleza de los modernistas, se plasma en la descripción de los colores y las luces en un mundo cosmopolita y exótico. Haciendo una comparación con el cine, el viaje modernista equivale a un documental artístico donde la mirada del viajero corresponde con la voz del narrador. Así, tras la descripción de la belleza de una puesta de sol en el Cuerno de Oro, el cronista, desde un segundo plano, va introduciendo sus opiniones sobre acontecimientos históricos, políticos o sociales, íntimamente ligados al espacio descrito.</p>
<p class="bodytext">La estética modernista afectó también a otros autores que llegaron a Estambul en los primeros años del siglo: filólogos como Federico Morales Peñalba, interesado por estudiar la legua de Rumanía, cuyo viaje escribe Alfredo Opisso. El hijo del Dr. Pulido, que describe los hospitales, la facultad de Medicina y a los judíos sefardíes, o Francisco Pleguenzuelo, quien en un artículo publicado en La Ilustración Española y Americana sobre el Museo Arqueológico de Estambul, se sorprende de que un sultán esté apoyando esta clase de instituciones. Los textos de estos viajeros son más personales que los de los viajeros oficiales, en el sentido de que no pretenden hacer un estudio científico ni su opinión es la de un representante de España.</p>
<p class="bodytext"><strong>Pablo Martín Asuero</strong></p>
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		<title>Viajeros en son de guerra. Españoles en las cruzadas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajeros-en-son-de-guerra-espanoles-en-las-cruzadas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:31:53 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Al estudiar la historia de las Cruzadas es fácil preguntarse ¿pero, hubo españoles en ellas? La respuesta tradicional ha sido casi siempre negativa: España no tuvo en las guerras de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Al estudiar la historia de las Cruzadas es fácil preguntarse ¿pero, hubo españoles en ellas? La respuesta tradicional ha sido casi siempre negativa: España no tuvo en las guerras de religión en Tierra Santa ningún Godofredo de Bouillon, ningún Roberto de Normandía, ningún Conrado, ni mucho menos un Ricardo Corazón de León o un San Luis de los Franceses. Ni siquiera un carismático Pedro el Ermitaño que hubiera dado lustre a la presencia destacada de españoles en la lucha contra el infiel. Como ya se sabe que la Historia la hacen los grandes personajes, oficialmente España no estuvo en ninguna de las ocho Cruzadas que Occidente emprendió contra los musulmanes.</p>
<p class="bodytext">Pero la realidad es muy distinta. En las guerras de Ultramar, como entonces se llamaban a estos conflictos, ya que el nombre de Cruzadas se empezó a utilizara partir del siglo XIII, participaron miles de castellanos, aragoneses, catalanes y navarros que conquistaron los mismos laureles y, sobre todo, idénticos fracasos que sus vecinos los francos, lorenses, germanos, flamencos, renanos y normandos. Y si no participaron más fue, en gran medida, porque los papas, reyes y nobles europeos prefirieron que los españoles siguieran peleando con los árabesen la Península Ibérica, como venían haciendo con mejor o peor suerte desde casi cuatro siglos antes de que Urbano II llamara a la primera Cruzada el 27 denoviembre de 1095.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA SITUACIÓN PREVIA</strong></p>
<p class="bodytext">La España que existía en el año 1095 era una profusión de reinos cristianos ymusulmanes en constantes enfrentamientos por el control del territorio. En elaño 718, apenas siete años después de que el bereber Tarik desembarcara en Algeciras y bautizara a la gran roca próxima, la actual Gibraltar, con su nombre Djebel al-Tarik (la montaña de Tarik), la Reconquista había comenzado en Asturias, pero el empuje árabe no había sido frenado. Tras dominar casi toda laPenínsula Ibérica, los ejércitos musulmanes se habían plantado en Narbona y Poitiers. Toda Europa parecía a su alcance. El triunfo de Carlos Martel en estas mismas ciudades y también en Arlés, devolvieron a los invasores al sur delos Pirineos.</p>
<p class="bodytext">En los años siguientes, asturianos, cántabros, vascones y gallegos empujaron a los árabes hacia el sur, o éstos optaron por consolidarse en terrenos más favorables a su modo de vida, y el peligro de su dominio en el resto de la Europa Occidental desapareció. Pero paralelamente sus incursiones en Oriente aumentaron. Los musulmanes conquistaron Chipre, Palermo, Heraclea y Mesina. Mástarde, ya en 1010, los árabes derribaron las iglesias de Jerusalén y destruyeron el Santo Sepulcro, y unos años antes Almanzor, de nuevo en la Península Ibérica, había pasado por la piedra Barcelona, Zamora, León y Santiago de Compostela.</p>
<p class="bodytext">En 1030 cayeron los Omeyas y se desintegró el califato de Córdoba, dando lugaral nacimiento de los pequeños reinos de taifas. Cuando en 1085 Alfonso VI conquistó Toledo, la Andalucía musulmana sintió el peligro y volvió sus ojos a África, hacia las fanáticas tribus bereberes de los almorávides. La gran batalla entrelos ejércitos cristianos y musulmanes cayó del lado de la media luna el 23 de octubre de 1086 en Zalaca, cerca de Badajoz. El peligro renacía de nuevo en Occidente y el papa Urbano II envió una expedición francesa a tierras españolas. Muchos de los nobles que participaron en ella iban a hacer un “ensayo general”de la Cruzada en tierras hispanas.</p>
<p class="bodytext">Entre aquellos caballeros distinguidos que vinieron en auxilio de Alfonso VI de Castilla y Ramiro de Aragón estaban algunos de los grandes nombres que muypoco después destacaron en la Primera Cruzada: Ramón de Borgoña, Enriquede Lorena, Raimundo de Tolosa… Como recuerda Martín Fernández de Navarrete en su obra “Los españoles en las Cruzadas”, la mejor y casi única referencia sólida sobre el tema, todos ellos eran <em>“deudos del rey Don Alonso, y a quienes después de haber combatido valerosamente en Castilla y Andalucía, quiso remunerar sus importantes servicios, casándolos con tres hijas suyas, dando alde Borgoña a Doña Urraca y el gobierno de Galicia con el título de conde; al de Tolosa a Doña Elvira con grandes riquezas por querer volverse a los estados quetenía en Francia; y a Don Enrique a Doña Teresa cediéndole con el título deconde lo que en Portugal tenía ganado de los moros”.</em></p>
<p class="bodytext">Precisamente esta Doña Elvira fue una de las primeras españolas ilustres que participaron en la Cruzada de 1096 acompañando a su esposo y el hijo que tuvo en el castillo de Monte Peregrino, a las puertas de Trípoli, uno de los primeros“españoles” nacidos en el camino a Tierra Santa. En honor de su abuelo recibió el nombre de Alfonso y en recuerdo del río donde fue bautizado, el apellido de Jordán. Pero de esta historia y de estos personajes hablaremos más adelante.</p>
<p class="bodytext"><strong>DIOS LO QUIERE</strong></p>
<p class="bodytext">La frase clave, el grito de guerra, que empujó a miles de europeos a reconquistar Jerusalén fue Deus vult, Dios lo quiere. Y, en efecto, la religiosidad ferviente, el fuego divino parecía mover a las gentes hacia los Santos Lugares, escenario de la Biblia, casi única lectura de las gentes de esa época. <em>“A la llamada de Jerusalén</em> –recuerdan Manu Leguineche y María Antonia Velascoen su divertida versión de la Primera Cruzada “El viaje prodigioso”– <em>familias, aldeas, lugares, parroquias, ciudades enteras dejaron sus calles desiertas, abandonaron los cultivos a los grajos –aunque creyeran que se los entregaban a los cuidadosos brazos del Señor– y se pusieron de viaje. Presos deaquella obsesión, los señores no encontraron ya nada agradable en sus castillos, los religiosos abandonaron sus celdas para acceder a una penitencia másatractiva y hasta los bandidos salieron de sus guaridas y, colocándose la cruzsobre cada hombro, un poco levantada como sobre una almohadilla (pues la cruz cosida a la espalda era señal, no de que se iba, sino de que se volvía deTierra Santa), se echaron a los caminos”.</em></p>
<p class="bodytext">Durante mucho tiempo se ha pensado que la defensa de la Fe fue el único motivo que impulsó a aquellas gentes a emprender un agotador viaje que en muchos casos terminaba en la muerte. Los historiadores más modernos han encontrado, además, otras razones. Hubo, por ejemplo, factores económicos, especialmente por parte de las repúblicas del norte de Italia y, como luego veremos también de algunos catalanes, que defendían sus intereses mercantiles. Venecia, Pisa y Génova controlaban las rutas comerciales por las que llegaban a Europa los productos de lujo orientales, cada vez más solicitados por una población urbana en auge.</p>
<p class="bodytext">Por su parte, la Iglesia impulsó las expediciones a Tierra Santa para consolidar su autoridad política sobre los reinos cristianos, amenazada por las rivalidades con el imperio germánico. Además, los papas querían recuperar el control sobre la Iglesia Ortodoxa Bizantina, separada del catolicismo romano desde el cisma de 1054.</p>
<p class="bodytext">También para muchos nobles aquellas expediciones militares sirvieron de válvulas de escape, sobre todo para los hijos no primogénitos que no recibían herencia ni tenían terrenos que administrar y que de este modo se ganaban la vida y canalizaban su ímpetu guerrero. En aquella Europa feudal, reyes, príncipes y nobles estaban en permanentes luchas internas y la idea de tener un enemigo común, un objetivo único, les hizo abandonar las rencillas para concentrarse en la guerra contra el infiel. Las clases humildes también vieron en las Cruzadas un medio para mejorar su nivel económico. Preferían probar suerte en tierras lejanas y desconocidas a llevar una vida mísera en los campos de Europa.</p>
<p class="bodytext">Algunos motivos menos prosaicos también tuvieron su efecto. Por ejemplo, las reliquias. En aquellos lejanos tiempos (aunque el afán de reliquias ha continuado hasta nuestros días) la posesión de despojos del cuerpo humano de algunos santos o de objetos relacionados con ellos y, sobre todo, con la vida de Jesús, obsesionaba a religiosos y civiles.</p>
<p class="bodytext">Junto a buscadores de reliquias, mercaderes, visionarios, nobles desheredados y plebeyos simplemente hambrientos también acudieron a la llamada de las Cruzadas asesinos, incestuosos, ladrones, parricidas y otros pecadores cuyos confesores recetaron, como expiación de sus culpas, la peregrinación a Tierra Santa. No es extraño, a la vista de ello, que uno de los ilustres participantes españoles en las Cruzadas tuviera como apelativo «el Fraticida». Era el conde de Barcelona, Berenguer Ramón II.</p>
<p class="bodytext"><strong>PEDRO EL ERMITAñO Y EL CONCILIO DE CLERMONT</strong></p>
<p class="bodytext">Aunque la convocatoria de la Primera Cruzada fue realizada por el papa Urbano II en Clermont, en la Auvernia francesa, su verdadero instigador fue un extraño personaje que desde años antes clamaba contra los musulmanes, Pedro el Ermitaño.</p>
<p class="bodytext">Miles de representantes de la humanidad de aquellos tiempos acudieron a Clermont sin saber qué se barruntaba pero con todo tipo de especulaciones que apuntaban a un anuncio importante. Entre ellos destacaban trescientos clérigos, entre los que estaban las más altas jerarquías de la Iglesia. Y entre aquellos abades y prelados había un grupo de españoles que, por provenir de un país en plena lucha con los sarracenos, era el centro de la reunión. Se nombran en las crónicas, entre otros, al obispo de Tarragona, Berenguer de Rosanes; Pedro Auduque, obispo de Pamplona y Bernardo de Serinac, ex monje de Cluny enviado por San Hugo a España. Bernardo era abad de Sahagún (León) abadía que se consideraba el «Cluny español». La presencia de españoles en Clermont estaba sustentada por la experiencia, pues ya en 1063 se habían formado en España las primeras brigadas internacionales cristianas contra los moros en Barbastro (Huesca) con soldados borgoñones, provenzales y aquitanos. Más tarde, como hemos visto, también participaron nobles europeos en otras batallas contra el infiel en territorio español.</p>
<p class="bodytext">La convocatoria de Urbano fue un éxito ya que para la mayor parte de la gente la pérdida de Jerusalén constituía un símbolo. Con la dominación musulmana en Oriente, la Iglesia perdía la cuna de la cristiandad y extensas comarcas de cultura tradicional. Nada podía un Occidente escindido en naciones rivales contra el enorme imperio musulmán que abarcaba los inmensos territorios situados entre el Indo, los confines de China y el océano Atlántico.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA BULA DE LA SANTA CRUZADA</strong></p>
<p class="bodytext">Las proclamas de Pedro y Urbano inflamaron el ardor guerrero sobre todo de los franceses (los <em>frany</em> , como eran llamados por los musulmanes), pero también de otros muchos, entre ellos los españoles. Tal fue su entusiasmo que primero Urbano II y luego otros papas mostraron su preocupación porque los habitantes de los reinos hispanos participaran en las Cruzadas y descuidaran la defensa de sus propias fronteras. Por esta razón, los papas les recordaban la necesidad de anteponer la protección de sus reinos a la defensa de Tierra Santa. Con tal fin, empezaron a conceder indulgencias plenarias, semejantes a las ofrecidas a los cruzados, para los que participaran en la batalla contra el Islam en territorio peninsular. Fue el inicio de la mítica Bula de la Santa Cruzada, que tanta importancia iba a llegar a tener en nuestro país.</p>
<p class="bodytext">Esta Bula, que nació con tan altos ideales, fue renovada periódicamente hasta que el papa Pablo VI la abolió en el año 1966, casi 900 años después de su implantación.</p>
<p class="bodytext">Pero a pesar de las bulas y de las recomendaciones papales, muchos españoles optaron por la aventura de viajar a Oriente, dejando la defensa de sus tierras a sus compatriotas, que estaban demostrando que se sabían manejar frente a las poderosas fuerzas sarracenas. No por casualidad, en vísperas del inicio de la Primera Cruzada, el Cid Campeador había conquistado Valencia a los almorávides, lo que infundió gran moral a las fuerzas cristianas.</p>
<p class="bodytext">Uno de los más dispuestos, aunque finalmente se quedó en cruzado frustrado en dos ocasiones, fue Don Bernardo, obispo de Toledo, quien asistió al concilio de Clermont y en 1096 partió hacia Tierra Santa con un grupo de fieles. Sin embargo, al llegar a Roma para recibir la bendición de Urbano II, el papa no le permitió proseguir la jornada, <em>«estimando más útil su presencia entre las ovejas de su grey que entre el estruendo de las armas de los cruzados», como recuerda Mariana en su monumental «Historia de España».</em></p>
<p class="bodytext">No debió conformarse Don Bernardo con las instrucciones del papa y años más tarde lo intentó de nuevo. Así lo narra el maestro Fernández de Navarrete:</p>
<p class="bodytext"><em>«Constante, sin embargo, en su propósito de visitar los Santos Lugares, partió otra vez para Roma el 3 de marzo de 1105, con ánimo también de informar a Pascual II del estado de la Iglesia en España al mismo tiempo que del objeto de su viaje; pero extrañando al papa que abandonase su Iglesia, cuando corría tan inminente riesgo a vista del poder de los almorávides y de los reyes de Marruecos, le dispensó del voto mandándole volver a cuidar de sus diocesanos, tan necesitados entonces de sus auxilios como de su doctrina».</em></p>
<p class="bodytext"><strong>LA CRUZADA POPULAR</strong></p>
<p class="bodytext">No es muy probable que entre la masa popular que siguió a Pedro el Ermitaño en la avanzadilla de la Primera Cruzada participaran muchos españoles. Más vale así porque aquella peregrinación fue un auténtico desastre. Muchos de los que formaban parte de ella más que ir en busca de aventuras o de experiencias religiosas, salían huyendo de unas tierras que en los últimos meses sólo habían conocido granizo, hielo y falta de lluvias, donde las cosechas eran muy escasas, las despensas estaban vacías y la hambruna se extendía por toda la población.</p>
<p class="bodytext">La larga marcha a través de Europa hizo estragos. Cuando las limosnas para alimentar a esos primeros cruzados de las gentes que veían atravesar sus tierras no</p>
<p class="bodytext">fueron suficientes, comenzaron los pillajes, las destrucciones, las violaciones, las matanzas. Hubo muertes en masa de judíos en Renania, batallas en Hungría y Bulgaria y enfrentamiento y riñas durante todo el camino. Se calcula que cuando la masa humana llegó a Sofía en julio de 1096, dos meses después de la partida de las llanuras de Mosela, habían muerto alrededor de 13.000 cristianos de los 20.000 que habían partido, y muchos otros miles de infieles.</p>
<p class="bodytext">Todavía habrían de pasar tres años hasta que unos pocos de aquellos avanzados cruzados vieran las murallas de Jerusalén, pero las vieron desde una segunda fila, porque la primera, claro, estuvo reservada a los nobles que habían salido meses más tarde y se habían reunido con lo que quedaba de aquella caótica avanzadilla popular en Constantinopla.</p>
<p class="bodytext"><strong>ESPAñOLES VALEROSOS</strong></p>
<p class="bodytext">De entre las muchas batallas que tuvieron lugar antes de la toma de Jerusalén, destaca el sitio de Antioquía donde, según las crónicas, los españoles tuvieron un papel estelar. Lo cuenta Fernández de Navarrete al hablar de las tropas que allí estuvieron:<em>«Entre estos se distinguía un tercio de españoles veteranos, que constaba a lo menos de siete mil hombres muy bien armados y de respetable presencia y ánimo esforzado, de quienes la misma historia, recontando las tropas</em><em>que salían a la famosa batalla de Antioquía, y la descripción que iba haciendo de ellas al rey Corvalan su privado Amegdélis, se explica de este modo: «Y pasaron así la puente y pararon sus haces cerca de una oliva que estaba en el campo. Y dijeron así unos a otros: gran merced nos hizo nuestro señor Dios, y muchos nos ama, que de tantos peligros nos ha librado y nos ayuntó aquí ahora para conquerir la su heredad. Y vil y deshonrado sea todo aquel de nos que huyere por moro. Catad la tienda de Corvalan como es rica. Si los caballeros mancebos antes la conquirieren, que nosotros, seremos escarnidos y alabarse han ante nos: Y nosotros no osaremos parecer ante ellos en ningún lugar do ellos sean». Entonces Corvalan, que estaba en su tienda cuando vio aquella gente tan desemejada de la otra preguntó a Amegdélis y díjole: ¿Sabes tú quien son aquellos que están apartados? Nunca vi otros tales, ni otra tal gente, ni semejante a ellos. Dijo Amegdélis: «señor, bien lo puedes saber que aquellos son los muy buenos caballeros del tiempo viejo que conquirieron a España por el su gran esfuerzo, que más moros mataron ellos después que nacieron que vos no trajistes aquí de toda gente: y aunque los otros huyan del campo, sepas que estos no huirán por ninguna manera, que conocen que han logrado ya bien sus días: y si les acaeciere querrán antes aquí morir en servicio de Dios que tornar las cabezas para huir»</em> .</p>
<p class="bodytext">O sea, que en esta Primera Cruzada no sólo hubo españoles, sino que además estaban entre los más aguerridos, tal vez por su experiencia previa en la Península. Camino a Jerusalén, en Trípoli, encontramos de nuevo a Raimundo de Tolosa y su esposa española Elvira, de los que ya hablamos. Cuentan las crónicas que narran el nacimiento de su hijo Alfonso Jordán en el castillo de Monte Peregrino que en su corte había varios condes españoles, con sus correspondientes súbditos, e incluso algún historiador llega a meter entre ellos al persistente obispo de Toledo Don Bernardo, aunque parece claro que los papas no le permitieron abandonar a sus feligreses para ir a Tierra Santa.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL PAPEL DE LOS CATALANES</strong></p>
<p class="bodytext">Como buenos mercaderes, numerosos catalanes -pertenecientes a la corona de Aragón- participaron en viajes hacia Oriente, la mayoría entregados al comercio marítimo, aprovechando el retroceso islámico para ampliar sus redes comerciales a través del Mediterráneo. Pero a otros muchos les motivaba el fervor religioso. Zurita en su «Anal de Aragón» dice: <em>«era tan grande la devoción de aquellos tiempos, que aunque tenían en España los enemigos de la fe casi, como dicen, de sus puertas adentro, y era tan fiera y obstinada gente en la guerra; pero por mayor mérito se movieron muchos señores muy principales, para ir a servir a Nuestro Señor en aquella tan santa expedición; y entre</em><em>ellos fueron los más señalados Guillén conde de Cerdania, que murió en ella herido de una saeta, y por esta causa le llamaron de sobrenombre Jordán, y Guitardo conde de Rosellón su primo, y Guillén de Canet»</em> .</p>
<p class="bodytext">Curiosamente, una de las mejores fuentes de información de la presencia de catalanes en Oriente Medio por aquellas fechas, son los testamentos. La mayoría se refieren al periodo entre la Primera y la Segunda Cruzada. Se conserva la memoria de una insigne mujer llamada Azalaida, que partiendo para Siria en 1104 con las tropas que se embarcaban en la Cruzada, dejó hecho su testamento declarando por último sucesor de sus bienes a la mesa capitular de Barcelona. En 1110 hizo también testamento Guillermo Ramón, antes de emprender su viaje a la Tierra Santa, dejando cuantiosos bienes para diversas obras pías en muchas iglesias de aquella ciudad y del condado. Y otro caballero, llamado Arnaldo Mirón, al partir hacia Palestina restituyó a la iglesia de Barcelona una viña en Monjuich. En el mismo lugar poseía otra heredad el canónigo de Barcelona Guillermo Berenguer, de la que hizo donación a favor de su iglesia en septiembre de 1111, hallándose en Trípoli con deseo de servir a Dios en la Guerra Santa y satisfacer por sus pecados (como él mismo confiesa) firmando la escritura varios caballeros catalanes que servían entre los cruzados, como Guillermo Jofre de Servid, su hermano Cúculo, Pedro Guerao, Arnaldo Guillén, Ramón Folch y Pedro Mir. Consta, igualmente por otros documentos, que Arnaldo Valgario partía para Siria en 1116; que San Olegario, obispo de Barcelona y metropolitano de Tarragona, visitó también Tierra Santa en 1124, y que en 1143 su sucesor Arnaldo, obispo de Barcelona, hizo viaje a Jerusalén con el mismo objeto de religiosa devoción.</p>
<p class="bodytext">Las causas para acudir a Tierra Santa no siempre eran heroicas y voluntarias. Se cuenta, por ejemplo, el caso del conde Don Rodrigo González Girón, gobernador de Toledo en 1134, que cayó en desgracia de Alfonso VII y dimitió del mando que le había confiado y marchó a Jerusalén, donde se distinguió en muchas batallas contra los infieles. Allí construyó el castillo de Torón, que terminó entregando a los soldados del Temple, cuya orden había sido creada unos años antes y ya era receptora de importantes fortunas y donaciones.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS óRDENES MILITARES</strong></p>
<p class="bodytext">Veinte años después de la liberación de Jerusalén, algunos caballeros franceses se dirigieron al patriarca de la ciudad para hacer votos de pobreza, castidad y obediencia. A estos votos añadían el de defender Tierra Santa con las armas y proteger a los peregrinos que se dirigieran allí. Este fue el origen de una orden sagrada de caballería, de una asociación de guerreros que llevaría en lo sucesivo el nombre de Orden de los Templarios, por el lugar en que se constituyó, el templo de Salomón. A ella le siguió la de los Caballeros del Hospital o Juanistas, también llamada Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Los objetivos de estos monjes caballeros, como dice san Bernardo de Claraval era <em>«mantener una doble lucha contra la carne y la sangre, y contra el espíritu del pecado y del mal»</em> .</p>
<p class="bodytext">En las primeras décadas de funcionamiento de estas órdenes, la presencia de españoles no fue muy numerosa, aunque más tarde jugaron un papel esencial, como se vería en el sitio de Malta por parte de Solimán II en 1565. Muchos habitantes de la Península tuvieron su particular «presencia» en Tierra Santa gracias a los legados de privilegios, tierras y bienes que los cristianos de Hispania concedieron a las órdenes militares para sostener el combate en los Santos Lugares.</p>
<p class="bodytext">Pero el ejemplo de Templarios y Hospitalarios fue seguido en España creándose nuevas órdenes militares destinadas, como en Palestina, a la defensa de las fronteras cristianas frente a los musulmanes. De las muchas que aparecieron, las que adquirieron más relevancia, sobre todo gracias al apoyo de los monarcas hispánicos que las favorecieron con donaciones, privilegios y exenciones y a la bendición del Papado, fueron las órdenes de Alcántara (1156), Calatrava (1158), Santiago (1161), Avís en Portugal (1162) y Montesa (1317). La orden de Malta fue una evolución de la de San Juan, que pobló la isla tras su expulsión de Rodas.</p>
<p class="bodytext">Buen ejemplo de las donaciones que proliferaron en la época es el del rey Alfonso de Aragón que llegó a nombrar herederos de sus reinos y señoríos a los caballeros de la Orden del Temple y a los del Santo Sepulcro de Jerusalén.</p>
<p class="bodytext">De alguna manera, los españoles se libraron del ridículo que supuso la Segunda Cruzada, debido, entre otras cosas, al «pique» entre los dos monarcas que la encabezaron, Conrado III de Alemania y Luis VII de Francia, que se tomaron la batalla contra el infiel como si fuera un torneo medieval más y sólo fueron capaces de llegar a Damasco, de donde salieron huyendo.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL íMPETU DE SALADINO</strong></p>
<p class="bodytext">Aunque inicialmente ninguno de los estados europeos mostró demasiado entusiasmo por una nueva Cruzada, los continuos avances de Salah adDin contra los estados latinos de Oriente (un invento de la Primera Cruzada que permitió crear pequeños señoríos en los que gobernaban los nobles cruzados, pero donde también mandaba la Iglesia de Roma, los mercaderes genoveses, pisanos, venecianos y marselleses y, además, las órdenes de caballeros) y, sobre todo, la destrucción de Hattin, cuya narración según se dice provocó la muerte del papa Urbano III, animaron a su sucesor Gregorio VIII a convocar una nueva marcha para reconquistar los Santos Lugares.</p>
<p class="bodytext">La Tercera Cruzada, tal vez la más conocida, tampoco tuvo protagonistas españoles. En realidad, los grandes nombres de los intérpretes principales eclipsaron a todos los demás. En el lado de Oriente estaba un líder carismático que había nacido en Tikrit, en Irak, justo en el mismo pueblo que Sadam Hussein. Se llamaba Saladino y como le define Geneviève Chauvel en su biografía novelada, era <em>«un hombre cuya gesta guerrera en el siglo XII hizo temblar los cimientos de la Cristiandad. Símbolo imperecedero de la unidad y de la lucha del Islam contra Occidente, Saladino vivió su prodigioso destino de hombre amante de la paz pero condenado a batirse con valor, para imponer el Dios único capaz de unir a todos los hombres»</em> .</p>
<p class="bodytext">Por parte de Occidente, las figuras fueron el inglés Ricardo Corazón de León, el francés Felipe II Augusto y el alemán Federico Barbarroja. En esta Cruzada no faltó nada: Barbarroja murió ahogado al intentar cruzar un río a nado; Ricardo y Felipe protagonizaron una historia de amorodio que dio lugar a numerosas habladurías sobre una relación homosexual entre ambos, y todos ellos mostraron los mayores gestos de heroísmos y las máximas degradaciones humanas con masacres sin sentido.</p>
<p class="bodytext">Las riñas entre Felipe y Ricardo, que forzaron al primero a abandonar la Cruzada antes de su culminación, las rivalidades entre Corazón de León y Leopoldo de Austria por ver quién ponía primero su estandarte sobre las murallas de San Juan de Acre, la muerte de Barbarroja y los problemas internos en cada uno de sus países pusieron en evidencia la desunión de los europeos y la solidez de los musulmanes. Y ello pese a que el propio Saladino escribía: <em>«¡Mirad a los frany! Ved con qué encarnizamiento se baten por su religión, mientras que nosotros, los musulmanes, no mostramos ningún ardor por hacer la guerra santa».</em></p>
<p class="bodytext"><strong>CRUZADAS Y MáS CRUZADAS</strong></p>
<p class="bodytext">No hay apenas referencias a españoles en las siguientes cruzadas que, en realidad, pasaron con más penas que glorias. La Cuarta (1202-1204) ni siquiera llegó a su destino que, teóricamente, era Egipto, ya que se hizo por mar y en el camino se pensó que era mejor conquistar y saquear Constantinopla que enfrentarse a los sarracenos.</p>
<p class="bodytext">Entre 1217 y 1229 tuvieron lugar la Quinta y Sexta Cruzadas. Cambiaron los protagonistas, ya que no se podía contar con los<em>franys</em> que tenían su propia guerra de religión en el interior, con las peleas con los albigenses o cátaros. Húngaros, austriacos, portugueses y alemanes participaron en estas Cruzadas con escasos resultados. En la Quinta se conquistó Damietta en el delta del Nilo, pero por poco tiempo. En la Sexta, Federico II arrancó un pacto al sultán al-Kamil por el que Jerusalén volvía a manos cristianas, permitiendo la presencia musulmana en la explanada del Templo. La paz en la ciudad iba a durar poco más de diez años.</p>
<p class="bodytext">De esta época se tiene constancia del cardenal Pelayo Galván, natural de León, a quien el papa Honorio III encargó la expedición a Tierra Santa en 1218 con un refuerzo considerable de tropas y muchos príncipes y señores principales de la cristiandad.</p>
<p class="bodytext">Dirigió por sí mismo durante dieciocho meses el sitio de Damieta, y logró la toma de esta importante plaza en noviembre de 1219. <em>«Era hombre de mucho espíritu y muy hábil, aunque de un carácter fiero y tenaz; pero así pudo hacerse respetar de los infieles, sabiendo al mismo tiempo conciliarse el amor de los cruzados»</em> .</p>
<p class="bodytext">La Séptima y Octava Cruzada fueron una iniciativa, o más bien una obsesión, de un francés, aunque hijo de una española. El francés era Luis IX, que a partir de 1297 será conocido como San Luis de los Franceses y su madre, Blanca de Castilla, que educó a su hijo con esta norma: «preferiría mil veces verte muerto antes que saber que has cometido un pecado mortal».</p>
<p class="bodytext">Luis dedicó los últimos 26 años de su reinado a la lucha contra el infiel. En la expedición contra Damietta empleó cinco veces la recaudación anual de la Corona y conquistó la ciudad con facilidad, aunque posteriormente el rey fue capturado y hubo de devolver la ciudad. Los franceses, viendo las dificultades para dominar a los sarracenos, trataron de conseguir una alianza con los mongoles, que habían arrasado el mundo conocido entre Corea y los Balcanes. Parecían los únicos capaces de frenar la apisonadora musulmana, pero el acuerdo no fue posible.</p>
<p class="bodytext">En 1270, Luis IX tomaba la cruz de nuevo y en su camino a Egipto trató de convertir previamente al sultán de Túnez. Lejos de ellos murió ante los muros de la ciudad el 25 de agosto de 1270. Casi treinta años después, en 1297 fue canonizado. Una de las leyendas que menos gracia hacen a los turistas franceses que visitan la deliciosa ciudad tunecina de Sidi Bu Said es la que cuenta que el clérigo que dio nombre a la ciudad era, en realidad, el propio Luis IX, que no murió de peste en el cerco a Túnez, sino que se enamoró de una princesa bereber, cambió de nombre y se convirtió al Islam, dedicando el resto de su vida a la contemplación y la oración. Menos mal que la pía Blanca de Castilla no llegó a oír nunca esta historia.</p>
<p class="bodytext"><strong>PROTAGONISMO DE LOS NAVARROS</strong></p>
<p class="bodytext">Una de las causas que más hizo aumentar el número de combatientes de la península en Tierra Santa fue la llegada al poder de la dinastía francesa de Champagne en el reino de Navarra. Tanto Teobaldo I (1201-1253) como su hijo, Teobaldo II (1235-1270) participaron con sus tropas activamente en las Cruzadas. El primero, en la promovida por Gregorio IX (parte final de la Sexta) que, como hemos visto, no llegó a su destino y acabó en Constantinopla, por la desunión de los príncipes cristianos. Teobaldo I sacó de sus pueblos <em>«muchas tropas de infantería y caballería, y cuatrocientos caballeros navarros de solar conocido y sus armas en blasón para guarda de su persona, y para valerse de ellos en los lances más arrestados».</em> El segundo acompañó a Luis IX en su expedición contra Túnez y murió de regreso a casa.</p>
<p class="bodytext">Muchos otros españoles participaron en esta última Cruzada, lo que parecía normal teniendo en cuenta los múltiples lazos familiares del rey francés con los reyes españoles. Por una parte su primogénito Felipe III de Francia, estaba casado con Isabel hija del rey Jaime de Aragón, y hermana de Violante mujer de Alfonso el Sabio; y por otra sus dos hijas Blanca e Isabel habían contraído matrimonio, la primera con Fernando de la Cerda, infante y heredero de los reinos de Castilla y León, como hijo de Alfonso X, y la segunda con Teobaldo II de Navarra. Para luchar con su suegro en aquella empresa aprestó allí muchas tropas, y siguiendo su ejemplo tomaron la insignia de la cruz para seguirle muchos señores vasallos y dependientes suyos de Navarra y de Gascuña, y algunos de Castilla y Aragón. Las crónicas mencionan decenas de nobles españoles, cada uno de los cuales viajaba con sus tropas y comitivas. Al fin y al cabo, Túnez quedaba a la vuelta de la esquina.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS CRUZADAS FRUSTRADAS ESPAñOLAS</strong></p>
<p class="bodytext">Junto a las ocho Cruzadas tradicionales, hubo algunas otras menos conocidas y aún unas que no fructificaron y tuvieron a españoles por prota gonistas. El filósofo y literato Ramón Llull (1232-1315) fue una de las personalidades más destacadas de la Edad Media.</p>
<p class="bodytext">Sus obras constituyen uno de los principales legados de la cul tura cristiana medieval. Sólo una mala coyuntura económica y social evitó que su nombre brillara también con luz propia en la historia de las Cruzadas de Tierra Santa. Con un empeño in fatigable que bien podría compararse al de Pedro el Ermitaño -promotor de la Primera Cruzada- o al de San Bernar do de Claraval -artífice de la Segunda-, este sabio mallorquín recorrió durante más de treinta años las principales cortes europeas intentando, sin éxito, retomar la lucha contra los musulmanes. La idea de Llull era que para conseguir la conversión de los infieles no era imprescindible la lucha armada, sino la predicación del cristianismo que debían hacer personas que hablaran hebreo y árabe y que los gastos que ello ocasionara debían ser sufragados por la Iglesia y los reinos cristianos. Estos no lo consideraron así y la <em>Ramon Llull.</em> Cruzada cultural de Llull resultó imposible.</p>
<p class="bodytext">También Jaime I el Conquistador intentó en dos ocasiones organizar una expedición para la conquista de los Santos Lugares. Sin embargo no consiguió el éxito esperado. La primera tentativa tuvo lugar en el año 1269, ya en la etapa final de su reinado, y fue, con diferencia, la más desafortunada. En ese año, Jaime I decidió emprender una Cruzada cediendo a las presiones del Papado, receloso de las ambiguas relaciones de este monarca con las naciones islámicas. Partió de Barcelona al mando de una poderosa flota, pero la suerte no acompañó la expedición. Una tormenta deshizo sus naves cuando se hallaban a la altura de Menorca y debieron desembarcar en el puerto de Aigüesmortes. Sólo once navíos llegaron a San Juan de Arce, entre ellos sus dos hijos naturales, donde se unieron a los cruzados. A pesar del fracaso, cinco años más tarde, en 1274, intentó organizar una nueva Cruzada, pero su llamamiento en el concilio de Lyon no fructificó.</p>
<p class="bodytext">La crónica negra de esta Cruzada cuenta que Jaime recibió un anticipo del rey francés de 30.000 marcos de plata y tropas frescas de su yerno el rey de Castilla, y que hubo cierta cobardía en su regreso precipitado a casa. Muchos historiadores desmienten este episodio o, en todo caso, alaban la valentía demostrada durante todo su reinado por Jaime el Conquistador. La historia de las Cruzadas, como todas las historias, está llena de héroes y villanos, de éxitos y fracasos, de verdades y mentiras.</p>
<p class="bodytext"><strong>Enrique Sancho</strong></p>
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		<title>Jozef Israëls, relato de un viaje a España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jozef-israels-relato-de-un-viaje-a-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Apr 2016 16:21:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 21]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pilar Martino</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3929" class="csc-default">
<h3><em><strong>Por Pilar Martino</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-21-oriente-proximo/">Boletín SGE Nº 21</a> &#8211; Especial Viajeros en Oriente próximo</p>
</div>
<div id="c3941" class="csc-default">
<p class="bodytext">El pintor holandés de origen judío, Jozef Israëls (1824-1911), miembro fundador de la Escuela de La Haya, vio cumplido en 1894 su deseo de viajar a España y visitar el Museo del Prado, tras varios años de frustrados intentos. La contemplación de las obras de los grandes pintores del siglo XVII español producirá en él una serie de pensamientos que comienzan con la admiración por la magnífica colección del Prado y por la abundancia de museos provinciales en España. También se sentirá sorprendido y atraído por las técnicas utilizadas y los asuntos pictóricos desarrollados en ese decisivo siglo de crisis política pero de gran riqueza creativa en lo literario y en las artes plásticas. Por otro lado, el pintor sentirá y mostrará en sus escritos un abierto rechazo y una ácida crítica sobre lo que observa en nuestro país, basados en la controversia secular entre el calvinismo y el catolicismo, poniendo en ocasiones de manifiesto la incidencia de la ideología en la crítica de arte.</p>
<p class="bodytext">Este artista holandés cuenta con obras en las grandes pinacotecas del mundo. Sin embargo, su presencia en las colecciones españolas, a pesar de la continua revalorización de su obra y el consiguiente aumento de cotización en las subastas internacionales –o quizá precisamente por esto–, se reduce a la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Jozef Israëls fue un artista admirado tanto por sus contemporáneos como por las generaciones más jóvenes de la época finisecular, entre ellos por su compatriota Van Gogh. Uno de sus incondicionales admiradores en Alemania fue Max Liebermann (1847-1935), miembro fundador del movimiento de la <em>Sezession </em>berlinesa, quien escribió la primera biografía sobre Israëls, publicada en 1909, aún en vida de este pintor.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL RELATO DEL VIAJE A ESPAÑA </strong></p>
<p class="bodytext">Del viaje que realiza a España, ya a edad muy avanzada, acompañado de su hijo Isaac, también pintor, y del poeta Erens, amigo de su hijo, escribe un delicioso relato, resultado de su intento por poner orden a las anotaciones y dibujos que había ido haciendo durante el recorrido por la Península. Había sido un viaje deseado hacía mucho tiempo. Ese anhelado encuentro de Israëls con el mundo meridional, la visión en primera persona del halo romántico de España y su imagen cultural entre los viajeros decimonónicos, se produce cuando cuenta con setenta años de edad. De España le fascina la pintura del genial Velázquez y su avanzada y novedosa técnica, pero, como buen holandés, siente rechazo por la Historia política y religiosa del Imperio español en la época de los Austrias. Esa dualidad le hace ver lo desconocido con ojo crítico, a veces ácido, y filtrar el encuentro con lo meridional a través de un velo de prejuicios propios del que no ha conocido <em>al otro </em>en primera persona. A medida que avanza su paso por España, su opinión va suavizándose y acercándose a la realidad; en resumidas cuentas, esos prejuicios se van tornando en juicios. A partir de ese momento, las descripciones de las imágenes de tipos humanos, costumbres, actitudes y paisajes las realiza bien como si mentalmente estuviese pintando un cuadro o bien las compara con obras pictóricas y escultóricas que conoce. No olvidemos que como miembro de la Escuela de La Haya, inspirada en la de Barbizon, es un enamorado de la pintura al aire libre, de los paisajes y de los personajes que los humanizan.</p>
<p class="bodytext">El texto de su relato adquiere así de forma paulatina un especial atractivo, lleno de imágenes a manera de vedutas literarias, que reflejan la transformación psicológica que se produce en Israëls cuando se encuentra con lo que hasta entonces solamente conocía por referencias de anteriores viajeros o por obras literarias de tema español. Antes de venir a España no solamente ha leído relatos de viajes, sino que, como hombre culto y erudito, ha leído, entre otros, <em>El Cid </em>de Johann Gottfried Herder (1744-1803), <em>Don Quijote</em>, seguramente en la traducción alemana de Friedrich Justin Bertuch (1747-1822) y, desde luego, muchas de las obras de Lope de Vega y de Calderón, autores a los que admiraba y que no olvidemos fueron muy pronto traducidos al alemán, lengua que Israëls dominaba, y representadas sus obras –especialmente las calderonianas– en el teatro ducal de Weimar. Por las referencias que nos ofrece Israëls en su relato, debió de estar al tanto de los fondos hispánicos de la biblioteca de la duquesa Anna Amalia.</p>
<p class="bodytext">El primer choque entre su mundo conocido y el imaginado por la lectura previa de diferentes obras, se va convirtiendo poco a poco en un abrazo cultural y la despedida de España, cuando el viaje toca a su fin, en una profunda melancolía, en un desgarro emocional del que sabe que, por su edad, difícilmente podrá volver a vivir todo aquello que durante el contacto personal con la otra cultura le ha llenado.</p>
<p class="bodytext"><strong>UN ITINERARIO CLÁSICO</strong></p>
<p class="bodytext">El recorrido sigue el itinerario que otros muchos viajeros habían realizado con anterioridad, es decir, desde Irún hasta Cádiz pasando por Madrid –destino principal de su viaje– y desplazándose posteriormente hacia la costa levantina para dirigirse después hacia la frontera visitando algunos lugares de Cataluña. Israëls y sus dos jóvenes acompañantes entran en España por Irún, siendo ésta la primera parada ya en tierra española y el encuentro, inevitablemente comparativo, con nuestra gastronomía. En San Sebastián tienen su primera experiencia con el mundo de los toros; a continuación viajan a Burgos, cuyo paisaje le impresiona sobremanera por la soledad y dureza de sus formas, pero sobre todo se siente atraído por la maravillosa catedral gótica, ofreciéndonos en su descripción una simbiosis entre arte y paisaje. “<em>[…] Las duras y agudas siluetas de las montañas se elevaban contra el aire gris como si se tratase de derrumbados castillos y torres, y algunas veces como el lomo de gigantescos animales. Cuando la línea se hundía, se elevaban en la lejanía otros picos montañosos y detrás de ellos otros más; inhóspitos valles desérticos era lo que mostraba este solitario paisaje bajo el cielo gris; el escenario de un drama diabólico […] frente a nosotros estaba la sublime construcción. Era sorprendente ver la diminuta ciudad a su alrededor y cómo se elevaban hacia el cielo las torres ricamente decoradas de la iglesia […] Uno no sabe hacia dónde debe mirar en primer lugar, se trata de una impresión grandiosa y sobrecogedora […]</em>”</p>
<p class="bodytext">La tercera etapa española es Madrid, ciudad que para Jozef Israëls constituía, en realidad, el objetivo más deseado del viaje a tierras meridionales. Hacía años que ardía en deseos de contemplar, como ya hemos mencionado, las obras de sus admirados pintores y, entre ellos, especialmente las del más grande: Velázquez, al que quería confrontar con su amadísimo Rembrandt. “<em>[…] un poco más allá, en esta misma sala, hay un muchacho a tamaño natural que habla; se trata de un bufón, tiene, creo yo, un pedazo de papel en la mano y está declamando. Sí, eso es lo que está haciendo, así de vivo y real parece, y extiende su mano para aclarar sus palabras con gestos. Es ancho, grande y está lleno de vida&#8230; ¡nunca había visto nada igual! […] No dibuja profundamente ni con exactitud, pero sí de forma grandiosa y exacta; no busca, no se esfuerza, no tira desesperado los pinceles y las sillas a su alrededor, sino que trabaja de forma seria y reflexiva […]</em>”</p>
<p class="bodytext">A pesar de sentirse subyugado por el grande entre los grandes de los pintores españoles, no puede dejar de mencionar aquello que para él resulta más sorprendente de la vida madrileña, la noche. “<em>La mayor singularidad de Madrid es la noche. Madrid parece no dormir nunca. Todo el mundo pasea y charla a las dos, tres de la madrugada en la Puerta del </em><em>Sol</em>”. El museo por un lado, y las plazas de toros, por otro. Tras la primera experiencia en San Sebastián, ahora acude a la plaza de Las Ventas. La imagen de la plaza es como si quisiera vivir, como personaje de los cuadros que admira, esas escenas. Se deleita con la fiesta nacional, el entusiasmo del público y la escenografía que envuelve a los protagonistas. “Cuando todavía se estaban oyendo los compases, aparecieron en un maravilloso desfile los participantes en la corrida vestidos de forma pintoresca, con chaquetillas festoneadas, pantalones de seda hasta la rodilla, medias de seda y zapatos planos […] El cabecilla del grupo, el espada, saludó a la corporación municipal y a la multitud que profería gritos de júbilo, y lanzó al aire la montera; entonces sonó la señal, un sonido de trompeta, y el primer toro salió al ruedo. Un momento de sensación como ese sólo lo puede ofrecer una corrida de toros […]”</p>
<p class="bodytext">Con la salida de Madrid, se inicia el trayecto hacia el sur, siendo la quinta parada prolongada en España la que hacen en Toledo. En esta ciudad vive una jornada dominical asistiendo en la catedral a misa. La impresión escenográfica que le produce el interior de la iglesia repleto de fieles y a pesar de no entender ni una sola palabra, le atrae de tal manera que se siente nuevamente parte viva de un cuadro. “<em>[…] Realmente todo era lo apropiado para regalarnos esta maravillosa mañana dominical con la soleada alegría festiva que atravesaba todo este espectáculo, y yo pensaba que si viviese en Toledo iría todos los domingos por la mañana a esta iglesia. Todas las mañanas de los domingos me sometería con gusto a esta penitencia, la música, el incienso, gozaría de la maravillosa luz y me haría a la idea de ser un hombre piadoso</em>”.</p>
<p class="bodytext">La sexta parada es la que tiene lugar en Córdoba. Obviamente es la mezquita la que centra la atención de su visita. “<em>[…] Es una armonía de líneas a la que uno se tiene que acostumbrar y que surte en nosotros efectos maravillosos mientras nos despierta lentamente la admiración</em>”. En la séptima etapa del viaje, Sevilla, vive la procesión del Corpus Christi. Para un centroeuropeo, educado en el rígido y serio ambiente calvinista, la explosión de color y música durante el baile de los seises en el interior de la catedral frente al cardenal le parece más que chocante, además de sugerente. Hace una minuciosa descripción de lo que ve, en la que es perceptible cómo, poco a poco, va arraigando en él la pasión por el sur, por su ambiente y su luz, por la espontaneidad de sus gentes y por las costumbres ancestrales.</p>
<p class="bodytext">Durante su visita al Museo de Bellas Artes de Sevilla, la desilusión frente a las equilibradas pinturas de niños de Murillo es manifiesta. Él precisamente, que tantos niños pobres había pintado al óleo y había grabado al aguafuerte, deseaba contemplar de cerca a esos pillastres murillescos. Sin embargo, el equilibrio y la dulzura de este pintor no le llenan, mientras que, por el contrario, la pintura de Luis de Morales, al que no conocía, al mismo tiempo que le produce una especie de rechazo por su dolor, le atrae irremisiblemente.</p>
<p class="bodytext">La octava parada será Cádiz, pero tan sólo como punto de embarque hacia Tánger para ver los escenarios reales tantas veces representados por algunos de los pintores franceses y españoles, como Eugène Delacroix o Mariano Fortuny, que se adhirieron a la corriente pictórica orientalista. A la vuelta de Tánger su viaje a las tierras meridionales está ya en el punto medio, en el fiel de la balanza que, poco a poco, se va inclinando a favor de la tierra española cuando hace comparaciones con la suya, poniendo de manifiesto cuán hondo habían calado en él las costumbres y, sobre todo, el carácter de los españoles. Inconscientemente se ha ido produciendo un cambio en él, como si padeciese una especie de embeleso por la tierra que ha cautivado sus sentidos. El barullo y la alegría de la feria de Algeciras le parecen una balsa de aceite y un remanso de buenas maneras cuando la compara con las fiestas populares holandeses. “<em>[…] Era un alegre barullo el que ofrecía esta feria, la multitud se agolpaba en torno a los hechiceros africanos, cantantes italianos y humoristas; había vasitos con una bebida dulce sobre mesitas puestas bajo un gran toldo, y allí había también montañas de dulces. ¿Dónde estaba aquí el empujarse unos a otros y el detestable griterío que hacen de nuestras ferias un manicomio? […]</em>”<br />
La novena parada tiene lugar en Ronda, donde describe con maestría y delicadeza la impresión que le causa el paisaje: “<em>[…]En una profunda quebrada entre abruptas rocas estaba situado el valle; grandes y anchas sombras cubrían los sinuosos senderos, el agua de la montaña se precipitaba con un leve sonido y trazando una brillante línea a través del oscuro valle. En ese momento apareció ante nuestros ojos un águila […]</em>”</p>
<p class="bodytext">La siguiente pausa la hacen en Granada. Al entrar en el recinto de la Alhambra y ver el palacio de Carlos V, afloran en él los resentimientos históricos hacia los Habsburgo y el Imperio español. Aunque su amor por España va haciéndose cada vez más profundo al contacto con el paisaje, el pueblo y sus costumbres, no puede evitar algo tan arraigado en el holandés como la leyenda negra. que se extiende a los antecesores y a los sucesores de Felipe II. La visita a la Alhambra le desilusiona al no saber valorar la arquitectura hispano-musulmana, de manera que sus recuerdos de la estancia en Granada se centran sobre todo en lo paisajístico. Es indudable su sensibilidad para captar las bellezas del paisaje y su cromatismo. Granada es para él, antes que el palacio nazarí o el pintoresquismo del Albaicín, que recorren un atardecer de la mano de su guía gitano, los cambiantes cielos serranos, el paisaje de Sierra Nevada y la vega del Darro y del Genil. “<em>[…] Allí estaba yo de nuevo en solitario; pero encantado de la belleza de aquel rinconcito de descanso, aún me entretuve un rato; la música del zumbido de las abejas, el canto de las cigarras y el silencioso susurro de miles de hojas sobre mi cabeza provocaron en mí tal clase de embriaguez que casi me acuna hasta el sueño. Me desperecé y regresé a toda velocidad al hotel; el sendero soleado estaba rayado como el lomo de un tigre, es decir con anchas bandas de sombra que se movían de un lado a otro, se unían de vez en cuando y se volvían a separar; pero cuando desde el elevado camino la vista se me desviaba a la derecha o a la izquierda, contemplaba en la lejanía las altas cumbres cubiertas de blanca nieve, a través de las cuales las mechas iluminadas por el sol serpenteaban como hilos de plata; en lo más profundo el paisaje adquiría colores rosa y cobre hasta llegar a las grandes pendientes que cambiaban cromáticamente por las enormes agrupaciones verdioscuras de los árboles y entre las cuales había por todas partes pequeñas o grandes casas, cuyas torrecillas y paredes encaladas destacaban claramente en aquellos terrenos ondulantes con sus oscuras manchas de sombra”.</em></p>
<p class="bodytext">A partir de Granada se inicia el viaje de regreso, con el siguiente recorrido: Madrid, Valencia, Tortosa y Barcelona. De nuevo en Madrid hace de cronista de la época relatando la honda impresión y tristeza que en el pueblo de Madrid había causado la muerte del torero Espartero. Aprovechan nuevamente para ir al museo del Prado y a la Biblioteca Nacional, otra de las visitas concertadas desde Holanda, pues no quería dejar de ver la colección de grabados, especialmente los de Durero y Goya. Vive también el cambio de guardia frente al Palacio Real y ve al jovencito rey Alfonso XIII, quien está presenciando desde una ventana del palacio el desfile y movimiento de la guardia.</p>
<p class="bodytext">Camino de su próximo destino, Valencia, sus recuerdos son literarios e históricos “[…] después una llanura interminable con molinos de viento, pero aquí están más hechos para luchar con ellos que los nuestros. Uno siempre piensa en Don Quijote cuando viaja a España, y tanto Sancho Panza como el caballero andante aparecen a menudo frente a nosotros entre la multitud”. Al llegar, por fin, a la ciudad mediterránea las palmeras, olivos, arrozales y, especialmente, naranjos y limoneros le parecen un milagro verdidorado de la naturaleza. Siguiendo sus afanes literarios, le extraña sobremanera que el escenario de las grandes hazañas del Cid no haya prestado la debido atención a uno de sus más insignes personajes: “[…] Este es el lugar de sus grandes hechos heroicos, que cuentan tantas leyendas y poemas; pero ni en las tortuosas y estrechas calles, ni en la plaza del mercado vi escultura alguna del Cid […]” Llegados a este punto, la forma de narrar de Jozef Israëls está claramente encaminada, a nuestro juicio, hacia la publicación del relato, pues ahora explica la gesta del Cid Campeador, casi como si tuviese a un grupo de espectadores holandeses y alemanes delante o estuviese intuyendo a cada futuro lector de sus andanzas por España; habla del caballo Babieca y de las leyendas en torno a la figura de Ruy Díaz de Vivar. En Valencia llega, finalmente, un pensamiento doliente sobre la separación de Europa por motivos religiosos. En la catedral de Valencia el hijo de Jozef ayuda a un monaguillo que está haciendo los preparativos para la misa y que por su baja estatura no llega a la altura del atril, ni de los velones. El agradecimiento del chico por la ayuda prestada le lleva a Israëls a hacer la siguiente reflexión: “Así fue como un hijo de la vieja Europa ayudaba a poner orden en la iglesia católica, y mientras yo veía ocupados a los dos jóvenes, pensé para mis adentros, qué absurdo es el que los hombres se enfrenten de forma <em>tan hostil y lo hagan al servicio de un ser que nosotros los hombres aún no somos capaces de comprender”.</em></p>
<p class="bodytext">Barcelona es la última etapa de Jozef Israëls. En esta ciudad no puede por menos que sentirse atraído por el vaivén de la Rambla y la intensa actividad del puerto. Son los escenarios ideales para tomar apuntes de personajes y modelos para sus figuras, lo mismo que en las iglesias. Termina la estancia en Barcelona no como en otras ocasiones, absorto mirando un cortejo callejero, sino participando del movimiento humano como uno más. Y es ahora, cuando ya ve como algo normal todo aquello que le había sorprendido durante las primeras semanas de estancia en España, cuando llega el momento de regresar. Aún se apean del tren en Gerona para pisar una última ciudad antes de cruzar la frontera. “<em>[…] Todos teníamos la sensación de haber cometido alguna injusticia, en el sentido de que ahora que nos íbamos sentíamos que no habíamos visto todo lo que deberíamos, es decir todo aquello que en nuestro camino había sido digno de ser visitado, y todo aquello por lo que habíamos sido tan felices al conocerlo y disfrutarlo nos pareció que no había sido suficientemente digno. ¿No resultaba curioso que precisamente ahora cambiase el tiempo? El cielo se encapotó, las nubes grises cubrieron el horizonte. Aquella soleada despedida de Barcelona se convirtió en una España triste y lluviosa al cruzar la frontera, de manera que parecía que solamente en España había sol y como si precisamente por ello, por abandonar el país, se nos hubiese obligado a volver a la gris rutina”.</em></p>
<p class="bodytext">Así termina la estancia española, con melancolía por no haber visitado más cosas y durante más tiempo, y con una llorosa lluvia de despedida. El diario de viaje de Jozef Israëls, su particular cuaderno de bitácora lleno de anotaciones y dibujos, constituye un punto más de apoyo para entender <em>al otro</em>, y pone de manifiesto la transformación interior de aquel que se interesa vivamente por lo ajeno y desea el contacto directo con lo extraño. Esa transformación va desde la primera extrañeza, pasando por la aceptación, hasta llegar a la admiración y el sincero cariño, de manera que, como decíamos anteriormente, la despedida supone un desgarro anímico. Pintor querido y admirado en Centroeuropa, halagado y honrado por propios y ajenos, vive experiencias de soledad y anonimato durante su viaje, de forma que tenemos a un auténtico Israëls sin posibles interferencias mediáticas. Su relato de viaje resume, además, las preferencias pictóricas de Jozef Israëls. Aunque no hubiésemos visto nunca una de sus pinturas o el texto no hubiese estado acompañado por algunos de sus bocetos y dibujos a lápiz realizados en su cuaderno de viaje, no nos quedaría ninguna duda de que Israëls era un pintor realista, que amaba el paisajismo y los retratos de personajes anónimos del pueblo. Tiene siempre una visión pictórica de las escenas para él novedosas, porque las ve como un asunto iconográfico digno de ser pintado.</p>
<p class="bodytext">Historias mortales son aquellas que forman parte de la concepción y ejecución de las obras pictóricas y que si no existe una documentación previa es difícil que el espectador llegue a captar cuánto hay de la vida y sufrimientos del propio pintor en la obra. El valor de este relato del viaje a España está, entre otros, en que nos acerca a lo más íntimo del pintor, a sus pensamientos escritos sin la intención –al menos inicialmente– de que alguien los leyese, y esos pensamientos se han acompañado de dibujos que tienen el valor documental de ser la imagen captada en primera persona por el pintor, aquello que él realmente vio y vivió y no lo que había leído sobre España.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jozef-israels-relato-de-un-viaje-a-espana/">Jozef Israëls, relato de un viaje a España</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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