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	<title>Boletín 22 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 22 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Viajes, Ciencia e Ilustración. Las expediciones científicas españolas en el siglo XVIII</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/expediciones-cientificas-siglo-xviii/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 18 Mar 2020 10:37:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 22]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Lola Escudero Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española Expediciones científicas En el siglo XVIII las grandes expediciones científicas españolas recorrieron todos los confines del Imperio renovando la botánica, la [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Lola Escudero<br></strong></p>



<p>Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Expediciones científicas<br><br>En el siglo XVIII las grandes expediciones científicas españolas recorrieron todos los confines del Imperio renovando la botánica, la ingeniería, la medicina o las técnicas de navegación. Viajes como los de Jorge Juan, Malaspina, Mutis, Cuéllar y muchos otros, fueron auténticas aventuras que dieron lugar a interesantes tratados científicos, pero también a apasionantes relatos de exploración.</p>



<p>Cuando el joven alicantino Jorge Juan y Santacilia, con apenas veintiún años, y el sevillano Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, de tan sólo diecinueve, partieron en 1736 de Cádiz hacia Cartagena de Indias no podían imaginar que su viaje duraría una década y que al regreso se convertirían en los renovadores de la Ciencia española. Así eran las expediciones en el siglo XVIII: largas, intensas y trascendentes.</p>



<p>Jorge Juan y Antonio de Ulloa eran la parte española de una expedición francesa que intentaba nada menos que descubrir definitivamente la forma de la Tierra. La llamada Expedición Geodésica del Reino de Quito era una iniciativa del astrónomo francés Louis Godin, el geómetra Pierre Bouguer y el químico y naturalista Charles Marie de la Condamine, amigo éste de Voltaire, uno de los más firmes defensores de esta aventura científica. En este viaje los españoles tenían realmente otros fines: controlar a los franceses, que probablemente llevaban ánimo de espiar en las colonias españolas, y realizar un completo inventario de la flora, geografía, fauna e incluso antropología física y folklore del Imperio español en América, algo jamás realizado hasta la fecha.</p>



<p>Jorge Juan y Antonio de Ulloa son sólo dos de los más célebres entre los numerosos viajeros-científicos españoles que a lo largo del siglo XVIII recorrieron los confines del planeta con objetivos botánicos, geodésicos, mineralógicos, zoológicos o sanitarios. Sus nombres están asociados también a la renovación de la Ciencia en la España del siglo XVIII que tendrá algunos escenarios muy significativos, como el Observatorio de Cádiz, el Jardín Botánico de Madrid o las llamadas Sociedades Patrióticas o Científicas.</p>



<p><strong>UNA TRADICIÓN INTERRUMPIDA</strong></p>



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<p>Los viajes científicos realmente no comenzaron en el siglo XVIII. Existía ya una larga tradición heredada del siglo XVI, cuando bajo el reinado de Felipe II se hizo un verdadero esfuerzo por conquistar y conocer las características y posibilidades del nuevo imperio creado tras la conquista de América y el Pacífico. Desde la Corona se planificaron meticulosamente expediciones y se crearon instituciones para que los científicos desarrollaran su actividad al servicio siempre del Estado. Pese a la imagen oscura que se ha transmitido del monarca y de su reinado, Felipe II fue un rey educado en las matemáticas, gran coleccionista y apasionado por los libros. De su reinado cabe destacar la institución de una Academia de Cosmografía y Matemáticas en la corte, la formación de colecciones naturalísticas, la creación de la impresionante biblioteca de El Escorial o la fundación de una cátedra de medicamentos simples (extraídos de plantas, animales o minerales) y de laboratorios de destilación en Aranjuez, El Escorial y el Alcázar de Madrid.</p>



<p>Felipe II tenía un reto importante: la necesidad de organizar y mantener un imperio gigantesco con los medios del siglo XVI, y esto no era posible sin un desarrollo notable de la actividad científica y técnica. Era necesario explorar, pero también explotar y organizar un imperio colonial, y para ello puso a su servicio a ingenieros, arquitectos, cosmógrafos, pilotos, cartógrafos, médicos y boticarios de todo el Imperio, desde flamencos a aragoneses y desde italianos a portugueses, pero siempre desde Castilla. Así por ejemplo, se produjo un desarrollo sin precedentes de la arquitectura y la ingeniería militar, de las técnicas de extracción minera, del arte de navegar y construir barcos y se importaron nuevos metales, medicamentos y alimentos desde el otro lado del Atlántico que dieron lugar a tratados científicos.</p>



<p>En el campo de las exploraciones científicas, data de esta época la primera expedición española propiamente ligada a la Ciencia, la de <strong>Francisco Hernández</strong>, nombrado por Felipe II <em>protomédico general de las Indias, islas y tierra firme del Mar Océano</em>. Francisco Hernández se dedicó durante siete años a recorrer gran parte de la entonces Nueva España acompañado por su hijo. Su misión era preparar para el rey un informe detallado, completo y documentado de la Medicina y sus elementos curativos en dicho territorio.</p>



<p>De 1570 a 1577 Francisco Hernández vivió en tierras americanas, preguntando con la ayuda de intérpretes de las diferentes regiones sobre las plantas medicinales, sus propiedades, manera de colectarlas y beneficios. De aquí le vino el nombre que los indígenas le asignaron: “el preguntador”. Tres pintores indígenas, tlacuilos, le ayudaron en esta gran empresa que se tradujo en más de dos mil ejemplares clasificados. A su vuelta, la Corte quedó impresionada por su hazaña, por la tenacidad de su esfuerzo y la claridad de su trabajo, pero, al parecer, los planes reales no eran dar a conocer la obra de Hernández y, lamentablemente, su trabajo se ha perdido en gran parte. Una vez conocida la copiosísima información, surgieron dificultades para su edición e impresión. El rey ordenó la impresión de la obra pero el manuscrito pasó de mano en mano, de proyecto en proyecto, hasta que quedó olvidado.Con los reinados de los últimos austrias, en el siglo XVII, España asistió a una época difícil de guerras y crisis económica y se olvidó la tradición de las expediciones científicas. Habría que esperar a Felipe V, el primer borbón, para que comenzara a recuperarse la pujanza intelectual de España y se iniciara la modernización general del país, bajo el impulso de las expediciones científicas que recorrerán todos los confines del Imperio.</p>
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<p><strong>UN “SIGLO DE LAS LUCES” PARA LA BOTÁNICA</strong></p>



<p>Los borbones trajeron a España la idea de la necesidad de modernizar muchas estructuras y formar a los técnicos que deberían tomar el control de las rutas oceánicas, fortificar las colonias o revitalizar la industria minera. Así comenzó la fundación de academias militares de guardiamarinas, en Cádiz, de ingenieros, en Barcelona, y de artillería, en Madrid, tres instituciones que van a tener un importante papel en la modernización de la ciencia y en las nuevas expediciones. En esta época la Inquisición todavía pesaba mucho, pero cada vez había más profesionales cualificados que exigían un cambio.</p>



<p>Con Carlos III llegó el gran momento de las expediciones ilustradas que tendrán objetivos muy diversos (botánicas, mineralógicas, geodésicas, sanitarias…) pero un denominador común: todas serán financiadas por el Estado, incluso las privadas, como la de Alejandro Humboldt (1767-1835) que requerirían siempre la previa autorización de la Corona. Todas las expediciones tendrán también un objetivo común: la apertura de la Ciencia española al exterior y la conexión con el resto de la comunidad científica europea y los investigadores de prestigio. Con estas expediciones, se retomará la tradición renacentista científica interrumpida por la crisis del siglo XVII, y también la tradición de exploración y navegación de los siglos XV y XVI en la que portugueses y españoles fueron los grandes protagonistas.</p>



<p>En el siglo XVIII era indiscutible que el conocimiento científico es fuente de poder y era por tanto necesario para el Estado conocer todos los recursos que estaban a su alcance en las colonias y cómo aprovecharlos mejor. Las más representativas de todas estas expediciones son probablemente las botánicas: era preciso conocer la flora americana, saber cómo producir más y mejor y cómo explotar las riquezas naturales de las colonias. Era necesario conocer las plantas útiles en la industria, la medicina y el comercio, renovar los medicamentos, utilizar nuevos materiales para la construcción naval o la industria textil.</p>



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<p>Era también urgente introducir en España semillas o plantas vivas y aclimatarlas a nuestro territorio y adoptar un nuevo sistema de clasificación científica que permitiera ordenar de forma práctica la gran variedad de especies descubiertas, como era el sistema de Linneo.</p>



<p>Entre las grandes expediciones científicas con objetivos botánicos hay tres destacadas. La primera de ellas, tal vez la más importante, fue la llamada <strong>Expedición Botánica del Perú </strong>(1777-1815), una empresa franco-española que duró treinta y ocho años, durante los cuales se investigó la flora de Chile, Perú y Ecuador, y que estuvo a cargo de dos botánicos españoles, <strong>Hipólito Ruiz </strong>(1754-1816) y <strong>José Pavón </strong>(1754-1840), ambos con conocimientos en farmacia, y de dos pintores que tenían como misión reproducir la flora.</p>



<p>La segunda de las expediciones botánicas será la del <strong>Reino de Nueva Granada </strong>(1783-1916), otro largo viaje que tuvo al frente a <strong>Celestino Mutis y Bosio </strong>(1732-1808), un médico, naturalista y divulgador científico que consiguió reunir una enorme cantidad de material, dibujos de plantas y datos de la vegetación de la sabana de Bogotá y otros lugares de aquella parte de América. Su obra “<em>Flora de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada</em>” es realmente ingente y decisiva. Por último, la tercera de las grandes expediciones botánicas del siglo XVII sería la de Nueva España (1787-1803), siguiendo la obra de Francisco Hernández, el primer expedicionario de tiempos de Felipe II, encomendada a <strong>Martín Sessé</strong>, médico aragonés establecido en Méjico, que había viajado por los territorios españoles de la América Central.</p>



<p>Expediciones botánicas fueron también las de <strong>Juan de Cuéllar </strong>a Filipinas (1785-1795), para conocer todas las posibilidades medicinales, industriales y comerciales de las plantas de aquella parte del mundo y en particular de la canela, o la expedición de <strong>Baltasar Manuel Boldo</strong>, un botánico al servicio de la Real Comisión de Guantánamo (1796-1799), con el objetivo de realizar levantamientos cartográficos y redactar un informe completo de la isla de Cuba que incluyera el trazado de puertos, el comercio, la producción, la etnografía y la historia natural. Importante fue también para la ciencia botánica la llamada <strong>Expedición de Límites al Orinoco </strong>(1754-1756), en la que participarían un importante grupo de naturalistas, encabezados por <strong>Pehr Löfling</strong>, discípulo del naturalista sueco Linneo, que dejaría para la botánica importantes descripciones manuscritas en su “<em>Flora Cumanensis</em>”.</p>
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<p><br><strong>LA GRAN EXPEDICIÓN GEODÉSICA</strong></p>



<p>Pero la botánica no fue el único impulso motivador de las grandes expediciones científicas. La mayoría de ellas fueron multidisciplinares, pero cada una tenía un interés prioritario. Así por ejemplo, la gran <strong>expedición geodésica franco-española al Reino de Quito </strong>(que comenzó en 1736) en la que participaron Jorge Juan y Antonio de Ulloa, tenía un objetivo muy concreto: medir el meridiano lo más cerca posible del Ecuador. Esta expedición sería más tarde el modelo a seguir para posteriores empresas públicas.</p>



<p>La idea partió de un grupo de astrónomos franceses, en plena “batalla” científica por demostrar si la Tierra era achatada por los polos, como defendían los partidarios de Newton, o por el Ecuador, como defendía la tradición científica. Godin, un eminente matemático francés propuso a su Academia de Ciencias realizar una medición geodésica en la Laponia finlandesa, cerca del Círculo Polar Ártico y otra en Quito, en el Virreinato del Perú, en las proximidades del Ecuador, pero para ello era preciso pedir permiso a la Corte española de Felipe V, puesto que no le estaba permitido a los extranjeros viajar por territorios de la Corona. Para dar el consentimiento, España estimó que era indispensable que viajasen dos oficiales españoles en la expedición, y escogieron a los jóvenes guardiamarinas <strong>Jorge Juan y </strong><strong>Antonio de Ulloa</strong>, que contaban con una amplia formación en matemáticas y astronomía. Mientras que los franceses se ocupaban de la parte académica y científica de la empresa, los españoles tendrían como objetivo vigilar a los franceses para que no espiasen, y sobre todo, hacer un inventario pormenorizado de los aspectos geográficos, astronómicos, flora, fauna, folklore y antropología de las regiones recorridas, algo nunca realizado hasta la fecha en el Virreinato del Perú. Los resultados de esta larga y ambiciosa empresa quedarán recogidos en las obras de Juan y de Ulloa: la primera obra conjunta, “<em>Observaciones astronómicas y phísicas hechas de Orden de S.M. en los Reinos del Perú de las que se deduce la figura y magnitud de la Tierra y se aplica a la Navegación</em>” que les trajo muchos problemas con la inquisición por los postulados científicos que defendían y la “<em>Relación histórica del viaje a la América meridional</em>” que refleja las peripecias científicas y políticas de su viaje y estancia en América. Por último, publican “<em>Noticias secretas de América</em>”, un pesimista informe sobre el estado de la América colonial española en el siglo XVIII, que es una denuncia de la miseria de los indígenas americanos y la dejadez en numerosas instalaciones españolas y en particular de las defensas de las plazas fuertes de la costa del Pacífico.</p>



<p>La expedición geodésica tuvo importantes consecuencias en la Ciencia española y también contribuyó a poner las bases para que se pudiera desarrollar en América una Ciencia autóctona. Hay que tener en cuenta que la sociedad criolla tenía ya un gran desarrollo y se estaba gestando la inquietud por la independencia.</p>



<p>Hubo una <strong>segunda expedición hispano francesa en 1769</strong>, que tuvo como objetivo la medición del paso de Venus y que incorporó definitivamente a los científicos locales, mejicanos, a los trabajos de la expedición.</p>



<p><br><strong>LA MEDICINA, LA EXPLOTACIÓN MINERA Y LA POLÍTICA</strong></p>



<p>Entre los intereses que llevaban a la Corona o a los particulares a emprender grandes expediciones hubo de todo, como por ejemplo la llamada <strong>Expedición Mineralógica de Nordenflicht </strong>(1788-1798), que bajo la dirección de este ingeniero tenía como objetivo aplicar a las técnicas de extracción de minerales en Perú los avances desarrollados por los técnicos alemanes. Se trataba de una iniciativa de la Corona española para aplicar la asesoría metalúrgica alemana en la explotación de las minas de plata del Perú. En realidad fueron tres expediciones formadas por ingenieros de minas, metalúrgicos y mineralogistas alemanes. Dos de estos grupos estaban dirigidos respectivamente por los hermanos Fausto y Juan d’Elhúyar, y se dirigieron a Nueva España (actual Méjico) y Nueva Granada (actual Colombia). El tercer grupo, constituido por diecinueve personas y encabezado por los directores de Minas y Amalgamas, respectivamente barón de Nordenflycht y Anton Zacharias Helms, desembarcó en Montevideo. Hubo una gran disputa en la prensa local americana que acusó a los extranjeros de no respetar las tradiciones autóctonas, pero algo bueno salió de todo ello: la creación del Real Seminario de Minería de Méjico, en 1792, la primera escuela politécnica fundada en el Nuevo Mundo.</p>



<p>También hubo expediciones científicas en el siglo XVIII ligadas a la política y concretamente orientadas a la limitación de la expansión territorial de otras potencias en el territorio americano. Era preciso por parte de los españoles delimitar los espacios que correspondían a sus posesiones y para ello se pusieron en marcha las llamadas <strong>expediciones de límites</strong>, destinadas a la fijación de fronteras entre los dominios portugueses y españoles en América. Destaca entre todas ellas la llamada <strong>Expedición a la América Meridional </strong>(1781-1801) en la que participó el naturalista aragonés Félix de Azara. De esta expedición queda su obra, “<em>Viajes por la América meridional</em>”, una de las más interesantes del siglo XVIII en cuanto a estudios y observaciones sobre la naturaleza, adelantado las teorías evolucionistas. Azara no sólo se limitó a recoger datos, sino que formuló una serie de hipótesis sobre cuestiones biológicas y evolución de los animales en libertad o en cautividad, sus distribución geográfica o el origen de las peculiares especies del Nuevo Mundo y adelantó el concepto de “mutación” en las especies.</p>



<p>Importante fue también la ya mencionada <strong>Expedición de Límites al Orinoco </strong>(1754-1756), encabezada por José de Iturriaga y en la que participaría el botánico sueco Pehr Löfling, cuya finalidad, además de delimitar las fronteras entre las colonias portuguesas y españolas de Suramérica, era la de impedir la penetración de los holandeses hacia el Orinoco y explorar la existencia de siembras naturales de especies, particularmente de canela, así como de plantas medicinales como la quina. La expedición tuvo su origen en el Tratado de Madrid firmado el 13 de enero de 1750 entre los plenipotenciarios de España y Portugal, con él se ponía fin –al menos sobre el papel– a las continuas disputas planteadas por ambos gobiernos sobre los dominios de sus respectivas coronas en los territorios de la América del Sur. Era la ocasión de transformar la artificial línea del Tratado de Tordesillas, eligiendo una cordillera como vía de discriminación: los territorios que vertían aguas al Orinoco pertenecerían a España, los que vertieran hacia el Amazonas serán de la Corona portuguesa. Para delimitar <em>in situ </em>la demarcación, por el lado norte, la Corona española envió una comisión al mando de <strong>José de Iturriaga </strong>y en la que figuraba Eugenio Alvarado, Antonio de Urrutia y José Solano; junto a ellos viajaban cartógrafos, astrónomos, capellanes, cirujanos, militares de tropa y un grupo de naturalistas, encabezados por Pehr Löfling, al que acompañaban un par de médicos ayudantes, Benito Paltor y Salvador Condal, y dos dibujantes, Bruno Salvador Carmona y Juan de Dios Castel.</p>



<p>La Comisión de Límites dirigida por Iturriaga se dio por finalizada en junio de 1760, sin que apenas se produjera contacto con la comisión portuguesa encargada de las mismas misiones por el lado sur. El Tratado de El Pardo, firmado el 12 de febrero de 1761 anuló por entero las decisiones firmadas en el Tratado de Madrid y la división territorial fue aplazada, aunque la presencia española quedaba consolidada tras la firma de acuerdos con los nativos del Alto Orinoco en el transcurso de la expedición.</p>



<p>Frente a estas expediciones políticas o científicas, sorprende la llamada <strong>Expedición de la Vacuna</strong>, dirigida en 1803 por el médico militar español <strong>Francisco Javier Balmis</strong>. Es probablemente la última de las expediciones ilustradas, junto con la de Malaspina, pero su objetivo era absolutamente filantrópico: propagar la vacuna contra la viruela, recientemente descubierta por Jenner en 1796, en América y Filipinas. Para ello, Balmis no dudó en dar la vuelta el mundo llevando consigo a 22 huérfanos de La Coruña que fueron inoculados sucesivamente para mantener vivo el virus vacunal. Un dato curioso es que con ellos viajaba una mujer, Isabel Sendales y Gómez, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, cuya misión consistía en atender a los pequeños y lo más importante, vigilar que no se rascaran las heridas para evitar cualquier contagio. Fue realmente una hazaña científica, un viaje lleno de penosas peripecias, por caminos intransitables en los que era preciso transportar a los niños a hombros de indígenas, con fricciones con las autoridades locales que no comprendían el objetivo de la misión, y en la que Balmis desarrolló un notable talento para la organización y para conseguir la colaboración de las instituciones civiles, militares y eclesiástica. Balmis aprovechó además el viaje, como todos los viajeros ilustrados, para interesarse por los problemas de las comunidades locales, por la naturaleza que encontraba a su paso y por estudiar su posible aplicación terapéutica.</p>



<p><br><strong>MALASPINA, TRAS LOS PASOS DE COOK</strong></p>



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<p>Nos queda por hablar de las dos grandes expediciones científicas que cerrarán el siglo: la de Malaspina, el último de los grandes viajes ilustrados, y el periplo de Humboldt y Bompland, que se considera la más ambiciosa de las expediciones americanas.</p>



<p>La llamada <strong>Expedición Malaspina </strong>(1789-1794) fue el colofón de una época: la de las grandes navegaciones ilustradas españolas. Fue la última de las exploraciones realizadas bajo el reinado de Carlos III y la primera del mandato de Carlos IV y tuvo un claro objetivo político: transformar la política tradicional colonial aplicando un modelo distinto, más liberal, en el que se permitiera la existencia de gobiernos locales. Por el lado científico, era un proyecto realmente ambicioso que hacía hincapié en los estudios marítimos y de historia natural y pretendía comprobar la eficacia y calidad de numerosos instrumentos científicos.</p>



<p>Se trataba de la mayor expedición jamás puesta en marcha por la Corona española. El propio Malaspina, cuando presentó el proyecto ante el Ministro de Marina, Antonio Valdés, explicó que se trataba de una “noble emulación” frente a las políticas practicadas por las coronas francesa e inglesa, siguiendo las trazas “de los Señores Cook y La Pérouse”. No se planteaba sólo un viaje científico, sino una reafirmación frente a las otras potencias que ponían en duda el extenso territorio colonial español. En el proyecto del viaje se planteaban otros objetivos: por una parte, la construcción de cartas hidrográficas para las regiones más remotas de la América y de derroteros que pudiesen guiar con acierto la inexperta navegación mercantil; y por otro lado, la investigación del estado político de la América, tanto en lo referente a sus relaciones con España como con las naciones extranjeras.</p>



<p>Al frente de este gran viaje estaba el italiano <strong>Alejandro Malaspina </strong>(1754-1810), un hombre visionario y aventurero que se había formado como marino en Cádiz. Fue el escogido por el gobierno español para esta ambiciosa expedición que partiría de Cádiz en 1789 en las fragatas Descubierta y Atrevida con una tripulación en la que figuraban cartógrafos, naturalistas y dibujantes. El viaje les llevaría a recorrer las costas americanas, desde Tierra del Fuego hasta Alaska, así como Filipinas y otras islas de Oceanía. Levantaron planos, catalogaron flora, realizaron observaciones astronómicas, estudiaron el estado político y social de las colonias e intentaron comprender el porqué de los problemas que dificultaban el desarrollo colonial. Durante cinco años recorrerían América y Filipinas y sentarían las bases para la gran expedición científica de Humboldt. Malaspina no se conformó con recorrer y describir los territorios coloniales, sino que propuso un plan general de reformas para transformar la estructura del imperio en una especie de federación de reinos unidos por la lengua y la religión, bajo el amparo común de Carlos IV.</p>



<p>Fue un viaje realmente extraordinario y complicado que duraría cinco años. Lamentablemente, a su vuelta, el nuevo monarca Carlos IV ya no compartía el espíritu que había animado a su padre y Malaspina cayó en desgracia en los círculos cortesanos, enfrentándose con el primer ministro Manuel Godoy. Terminó acusado de revolucionario, condenado a prisión y finalmente desterrado a Italia. Un triste final para una de las más brillantes páginas de la historia de los viajes españoles.</p>
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<p>Uno de los aspectos más interesantes y desconocidos de esta expedición será la utilización de la “protofotografía”: fue éste el primer viaje de exploración en el que se utilizó la cámara oscura para la realización de dibujos del natural. Buenos Aires, Acapulco, Méjico, Valparaíso, Lima, Manila, Guam, como muchos otros lugares, fueron así “fotografiados” por los artistas que integraban la tripulación de esos barcos a vela.</p>



<p>Para Malaspina, la representación gráfica eran tan importante como el relato y un complemento indispensable de éste, así que antes de partir encomendó al teniente coronel Antonio Pineda y Ramírez, que era un destacado naturalista, que adquiriese en Madrid “cámaras ópticas portátiles”. En la “Atrevida” llevó consigo una de esas cámaras. También seleccionó cuidadosamente a los artistas, dibujantes y pintores, que debían ir reflejando la travesía, los paisajes, ciudades y detalles de interés científico. La colección de cartas náuticas dibujos, croquis, bocetos y pinturas, reunidas en la expedición de Malaspina es impresionante. Entre ellos figuran los dibujos y bocetos realizados con la cámara oscura, en particular los trabajos del italiano Brambilla y los del mejicano Suria, que hoy se encuentran en el Museo Naval de Madrid.</p>



<p><strong>HUMBOLDT EN LAS REGIONES EQUINOCCIALES</strong></p>



<p>El colofón de esta época, en la transición hacia las grandes expediciones del siglo XIX, sería el <strong>viaje a América de Humboldt</strong>. A pesar de que <strong>Alexander von Humboldt </strong>era alemán, su gran viaje a América lo emprendió para la Corona española y por ello se suele incluir dentro de nuestras grandes expediciones científicas. Humboldt, uno de los padres de la Geografía como Ciencia, es considerado el científico explorador más grande de su época. Tenía treinta años cuando viajó a Latinoamérica (1799-1804) y exploró la región comprendida entre Ecuador y Méjico. Sus aventuras por aquellos parajes están llenas de proezas: navegó por ríos desconocidos en su época, cruzó cuatro veces los Andes y subió a sus picos más altos. De hecho, fue el primero en subir el volcán del Chimborazo, en el Ecuador. En total, Humboldt, con su inseparable amigo el botánico Amadeo Bompland, recorrió un trayecto total de 60.000 kilómetros a lo largo de los cuales recogió alrededor de 60.000 muestras biológicas con los que contribuyó a que la ciencia reconociera la enorme diversidad de la vida en los trópicos. El viaje de Humboldt por América comenzó en 1799 en el puerto de Cumaná, Venezuela, y terminó en 1804 en Pensilvania, pasando por los territorios de Venezuela, Cuba, Colombia, Ecuador, Perú, Méjico y Estados Unidos.</p>



<p>Ningún tema quedó fuera de la curiosidad de Humboldt: la botánica, la zoología, la geología, la meteorología, la sismología y la astronomía. Entre sus decisivas contribuciones a la ciencia destacan el descubrimiento de la relación entre la latitud y la altitud, el trazado por primera vez de las “líneas isotermas” que actualmente se utilizan en los mapas climáticos y que indican las temperaturas en todos los lugares; la descripción de la Corriente de Humboldt en la costa peruana, o las mediciones magnéticas del Ecuador que sirvieron para que Gauss formulara su teoría electromagnética. Humboldt estableció también las coordenadas del canal natural del Casaquiare, que comunica los sistemas del Orinoco y el Amazonas, realizó un atlas de esas regiones y formuló la geografía de las plantas, que presentaba América como una región natural donde el tipo de vegetación estaba supeditada a las características de la zona en la cual surgía; un concepto novedoso en un mundo en donde cada tema de estudio era un universo aparte. Su obra contempló, asimismo, los aspectos económicos, sociales y políticos de estos territorios: Humboldt elaboró un tratado sobre las deplorables condiciones de la esclavitud en Cuba, que no sólo generó gran polémica en su momento, sino que fue la causante de que Inglaterra no le permitiera hacer una expedición por sus colonias.</p>



<p>En 1804 regresó a Berlín, en donde tardó dos décadas en redactar su gran obra, “<em>Viaje a las regiones equinociales del Nuevo Continente</em>”, en la que narró sus descubrimientos en el campo de la geografía, la astronomía, la botánica, la zoología, la anatomía, la geología. Además, gracias a las narraciones de sus viajes, el Amazonas, el Orinoco, el Chimborazo y toda la geografía americana pasaron a formar parte de la imaginería europea que leía sus crónicas viajeras en los primeros periódicos. América, a su vez, le rindió tributó al inmortalizar su nombre en más de mil pueblos, ríos y montañas del mundo e incluso extendió este homenaje a un cráter lunar. A los sesenta años emprendió otra gran expedición científica a Rusia y Siberia, tras la cual redactaría su obra más importante, “<em>Cosmos</em>”, en la que trataba de recopilar todo lo que en su tiempo se sabía sobre el mundo.</p>



<p>En definitiva, las expediciones ilustradas fueron aventuras científicas extraordinarias, pero también viajes llenos de anécdotas y peligros que sus protagonistas plasmaron, con mayor o menor talento en sus relaciones de viajes, publicadas a su regreso a España. En muchos de estos escritos falta la parte humana y anecdótica del viaje, limitándose a la anotación de comprobaciones científicas, pero incluso en los más áridos tratados es posible emocionarse siguiendo la huella de recorridos increíbles que sorprenden a los lectores de nuestro tiempo por sus ambiciosas metas y su capacidad para sortear los mayores obstáculos geográficos.</p>



<p>BIBLIOGRAFÍA</p>



<p>■ Bernabeu, Albert: “<em>La aventura de lo imposible. Expediciones marítimas españolas</em>”, Madrid-Barcelona, Lunwerg Editores, 2000.<br>■Pesetreig, J.L., La Fuente, A. (eds.): “<em>Carlos III y la ciencia de la Ilustración</em>”. Madrid, Alianza Ed., 1988.<br>■ Puig Samper, M.A.: “<em>Las expediciones científicas en la España del siglo XVIII</em>”. Madrid, Akal, 1991.<br>■Pimentel, Juan: “<em>Ciencia, literatura y viajes en la Ilustración</em>”. Madrid. Ed. Marcial Pons. Historia. 2003.<br>■ Página web del Jardín Botánico de Madrid: www. <a href="http://www.rjb.csic.es">www.rjb.csic.es</a></p>



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		<title>Las Expediciones Botánicas de la Corona</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/expediciones-botanicas-corona/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 18 Mar 2020 09:45:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 22]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: María Teresa Tellería Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española Expediciones científicas La necesidad de conocer y sacar provecho de las nuevas especies botánicas descubiertas en el Nuevo Mundo fue [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: María Teresa Tellería<br></strong></p>



<p>Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Expediciones científicas<br><br>La necesidad de conocer y sacar provecho de las nuevas especies botánicas descubiertas en el Nuevo Mundo fue una de las razones que impulsaron las grandes expediciones científicas del siglo XVIII. Coincidiendo con el 250 aniversario de la creación del Real Jardín Botánico de Madrid, su directora nos recuerda las grandes aventuras científicas propulsadas desde esta institución.</p>



<p>La historia del Real Jardín Botánico está, en sus orígenes, indefectiblemente unida a la de la Ilustración. Inaugurado, en su actual emplazamiento del Paseo del Prado de Madrid, en un día no determinado del otoño de 1781, heredaba este recinto la tradición de aquel otro que, por una Real Orden de 17 de octubre de 1755, creara Fernando VI en el lugar de Migas Calientes, en las afueras de Madrid, camino del Pardo. Llegaba así el Jardín, desde su inicial sede, a la Colina de las Ciencias, en el epicentro de la reforma urbanística que Carlos III había emprendido en la capital.</p>



<p>España pugnaba entonces por integrarse en el contexto científico europeo y entró así a participar de la idea de que el saber genera bienestar y progreso; con este motivo la Corona inició una serie de reformas con vistas a potenciar el progreso de la ciencia. Resurgió, de este modo, el interés por ampliar el conocimiento sobre las riquezas naturales de los territorios ultramarinos con un objetivo claro: el de solucionar los problemas concretos que la sociedad tenía planteados, pues un aprovechamiento de esos recursos había de redundar en beneficio de la sociedad a través de una mejora de la sanidad, del comercio o de la agricultura.</p>



<p>Este interés de los monarcas por apoyar proyectos científicos cuyos resultados pudieran contribuir a la mejora de las condiciones económicas y sociales del país, convirtió la botánica en una ciencia mimada, aunque hay quien, como Lozoya (1984)1, ha querido ver alguna otra razón en este acentuado vuelco hacia la historia natural. Sea como fuere, desde el Real Jardín Botánico se propiciaron una serie de expediciones científicas a los territorios ultramarinos de América y Filipinas y éste es el argumento de nuestra narración.</p>



<p>Con este relato se trata de recordar de los periodos más apasionantes de la historia del Hortus Regius Matritensis y, para ello, voy a tomar como base la serie de presentaciones que, desde el año 1997, he ido publicando en una serie de libros que sobre las expediciones ultramarinas ilustradas, el Real Jardín Botánico, con el patrocinio de Caja Madrid, ha venido editando anualmente.</p>



<p><strong>PERH LÖFLING EN EL ORINOCO</strong></p>



<p>La Expedición de Límites al Orinoco (1754-1781) es la primera de todas ellas y se llevó a cabo bajo la dirección de José Iturriaga. Contó con la participación de los naturalistas Perh Löfling –discípulo de Linneo–, Benito Palto y Antonio Condal, y con la de los dibujantes Bruno Salvador Carmona y Juan de Dios Castell que, como integrantes de una expedición de trazado de límites, viajaron a la Nueva Andalucía, en el oriente de la actual Venezuela. Los antecedentes de este viaje hemos de ir a buscarlos al mes de enero de 1750. Reinaba Fernando VI y España y Portugal se aprestan a firmar el Tratado de Madrid, y que ponía fin al de Tordesillas y por el que las monarquías de ambos países se repartían los territorios americanos. Con vistas a poder cumplir con los acuerdos pactados, se vio la necesidad de enviar dos expediciones, una española y otra lusa, que fueran a marcar los límites territoriales. Los expedicionarios españoles debían de viajar primero a Cumaná y después al Orinoco para, con posterioridad, llegar al Amazonas por el recién descubierto caño de Casiquiare; tras alcanzar el río Negro, se reunirían con la expedición portuguesa en la aldea de Mariná.</p>



<p>Junto al trazado de límites, la expedición debía llevar a cabo, también, una serie de misiones científicas y políticas. En lo científico, se trataba de conocer el medio natural de las cuencas del Amazonas y del Orinoco con la orden general de estudiar “<em>árboles, hierbas raras, minerales y piedras</em>” y, en lo particular, realizar un estudio sobre el cacao de las misiones de Rojos y una investigación sobre la canela. Además llevaban unas precisas instrucciones políticas: las de recabar información sobre los territorios visitados, tales como las relativas a la formación de poblados, acosos a los establecimientos franceses y holandeses de la Guayana…</p>



<p>Tras tres meses de viaje, en abril de 1754, llegó la expedición a Cumaná y durante casi dos años trabajaron en los alrededores de esta ciudad, misiones de Piritú, La Guayana y en las misiones de la desembocadura del Caroní. El 22 de febrero de 1756 muere Löfling en San Antonio de Caroní. Su muerte da al traste con la comisión naturalística que en el marco de la expedición dirigía el discípulo de Linneo, de tal modo que, tras la deserción primero de Condal y después de Pastor, ésta se deshace. La expedición al mando de Iturriaga continúa con su labor de “físico amojonamiento” y los dibujantes que acompañaron a los naturalistas prosiguieron con la expedición hasta el final de la misma.</p>



<p>Los materiales generados –papeles, láminas y herbarios– se enviaron a Madrid. Una parte de ellos se perdieron y la mayoría permanecieron inéditos –conservados en el archivo del Real Jardín Botánico–, excepción hecha de una pequeña parte de los mismos que Linneo publicó, en 1758, en su obra “<em>Iter hispanicum</em>”.</p>



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<p><strong>LA AVENTURA ANDINA</strong></p>



<p>La “aventura andina”, como así se ha dado en llamar a esta “<em>Expedición Botánica al Virreinato del Perú</em>” (1777-1788), puede ser el prototipo de empresa ilustrada y es la primera expedición que se plantea en nuestro país con unos objetivos exclusivamente botánicos; pero también es algo más. Los acontecimientos que se sucedieron durante y, sobre todo, tras el sucesivo regreso de los expedicionarios a la metrópoli son un claro ejemplo de cómo el éxito de una empresa científica no sólo viene marcado por la calidad de los resultados obtenidos, sino también por un sinfín de circunstancias; pues si bien la financiación y el interés político son factores importantes, no son los únicos; otras cuestiones como los desencuentros personales, las acusaciones, las envidias y frustraciones –las emociones, al fin– pueden dar al traste con una gran empresa que, como la que nos ocupa, había nacido para respirar grandiosidad y magnificencia.</p>
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<p>La búsqueda de la quina o cascarilla de Loja y la del palo de Chile, así como el describir, dibujar y formar herbarios con los que editar una flora –“<em>propiamente un tesoro de las maravillas naturales de esa parte del orbe, tres siglos hace desconocida y ahora tan envidiada</em>”– eran los objetivos que llevaban los expedicionarios Hipólito Ruiz, José Pavón y Joseph Dombey cuando, junto a los dibujantes José Brunete e Isidro Gálvez, partieron el 28 de octubre de 1777 rumbo a Perú. Recorrieron los territorios de Perú y Chile y, a estos iniciales protagonistas, se les fueron uniendo otros en el transcurso de su prolongada peripecia; entre ellos destacaremos especialmente a Juan José Tafalla y el dibujante Francisco Pulgar que, en 1784, llegaron a Lima como integrantes del Regimiento de Infantería Soria. Tras el regreso, primero del francés Dombey y después de los españoles Ruiz y Pavón a la metrópoli, Tafalla y Pulgar continuaron trabajando, sobre todo en los alrededores de Guayaquil.<br>claramente diferenciadas: la de su gestación, la del desarrollo de la expedición por tierras americanas y la de la publicación de los resultados. “<em>El lector moderno </em>–dice Arthur R. Steel en su obra “<em>Flores para el Rey</em>”, 1982– <em>que desee saber cómo se llegó a hacer la “Flora Peruviana et Chilensis” debe prepararse a un largo viaje en el tiempo”</em>. Viaje que nos hará participes del calor, del cansancio, del hambre y de la sed que sintieron los expedicionarios; de las tormentas, terremotos, plagas y ladrones que los acosaron; de los incendios, naufragios y muertes –“<em>lo más penoso de todo</em>”– como los propios H. Ruiz y J. Pavón comentan cuando se refieren a la del dibujante Brunete, en los prolegómenos de su “<em>Prodromus</em>” – 1794– que los abrumaron y de las perdidas parciales de los manuscritos y otros materiales que con tanto esfuerzo lograron atesorar. Pero fueron otros infortunios, estos menos heroicos, como el desencuentro entre los expedicionarios y las envidias y rencillas, los que hicieron mella en el corazón de esta “aventura andina” y la hirieron de muerte. No obstante, fue esta expedición la única de las grandes empresas científicas de la época que logró publicar una parte de sus descubrimientos en vida de los expedicionarios. Los tres volúmenes de la “<em>Flora Peruviana et Chilensis</em>” y el “<em>Prodromus</em>” son, junto a la obra de A.J. Cavanilles, la aportación científica más notable de esa época.</p>



<p>15 cajas con documentos, más de 2.200 dibujos botánicos, 24 zoológicos, 300 planchas calcográficas y gran parte de sus estampaciones son los materiales que, relacionados con esta expedición, se conservan en el archivo del Real Jardín Botánico.</p>



<p><strong>JOSÉ CELESTINO MUTIS Y LA FLORA DEL NUEVO REINO DE GRANADA</strong></p>



<p>La Real Expedición Botánica al Nuevo Reino de Granada (1782-1808) es quizá la más conocida de todas por la enorme cantidad de materiales que generó y por la fuerte personalidad del sabio gaditano que la dirigió. Más de 6.000 láminas, una buena parte de ellas profusamente coloreadas, casi 4.000 documentos y un herbario de 20.000 pliegos, junto a una colección de semillas y maderas constituyen el fondo Mutis que se conserva en el Real Jardín Botánico, desde que en 1817 llegó a Madrid en 109 cajones, bajo la custodia de Antonio van Hallen, procedente de Santa Fe de Bogotá. El año anterior, el general Pablo Morillo, enviado por Fernando VII a tierras americanas con el objetivo de sofocar la rebelión independentista, ordenó el traslado de todo el material a España. Sinforoso Mutis parece que se ocupó en Bogotá de inventariar, preparar y embalar los materiales. Todo esto sucedió nueve años después de la muerte de José Celestino Mutis, quien fuera el promotor y director de la expedición.</p>



<p>Fue la del Nuevo Reino de Granada –actual Colombia– una expedición atípica a todas luces; y lo fue tanto por su gestación como por su desarrollo y número de integrantes. Se gestó desde el Nuevo Mundo y no desde la metrópoli como el resto, no tuvo un carácter itinerante ya que se llevó a cabo únicamente dos sedes: una en Mariquita y otra en Santa Fe de Bogota, e integró a una gran cantidad de participantes: cinco botánicos –Juan Bautista Aguiar, Francisco J. Caldas, Eloy Velenzuela, José Mejía de Lequerica y Francisco J. Matiz– además de José Celestino Mutis y su sobrino Sinforoso, así como un gran número de dibujantes, que llegaron a 40 en el transcurso de toda la expedición. Entre los objetivos de la misma estaban el de “<em>recoger todas las plantas y cuerpos preciosos que produce el Nuevo Mundo con las que llenar el Jardín y el Gabinete</em>” como escribe Mutis a Carlos III en la carta petitoria de una expedición en el Nuevo Reino de Granada. Además de éste, otros planes –que causaron la admiración de Humboldt2– completaban la labor proyectada y realizada en el marco de la misma; entre ellos, de nuevo, el estudio de las plantas útiles a la sanidad, al comercio y a la industria, a destacar la quina y la canela.</p>



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<p><strong>UNA COMISIÓN CIENTÍFICA EN ORIENTE</strong></p>



<p>Menos dilatada en el tiempo y más modesta en sus planteamientos y resultados fue la Comisión Científica de Juan de Cuellar en Filipinas (1786-1801), una aventura científico-comercial planteada por la Real Compañía de Filipinas y el Real Jardín Botánico. Entre sus objetivos: establecer un comercio activo con el único territorio que España tenía en el lejano Oriente, dada la posibilidad que existía de cultivar y posteriormente comercializar las plantas de Filipinas y muy especialmente la canela. Se trataba así de emular a las Compañías de Indias que, el siglo anterior, holandeses, franceses e ingleses había establecido.</p>



<p>Se eligió para dirigir la Comisión a José Ruperto Cuellar, alumno de botánica del Jardín. Parte Cuellar para Filipinas donde llegó tras nueve meses de viaje. Llevaba órdenes claras de trabajar como botánico en el cultivo de la canela, el café, el añil y el té y de actuar como comisionado del Real Gabinete de Historia Natural y del Real Jardín Botánico para enriquecer los fondos de ambas instituciones. Una vez en Manila, buscó a sus ayudantes: dos dibujantes –Miguel de los Reyes y José Loden– y dos amanuenses –Andrés Fernández y Apolinar Montes–.</p>



<p>Pese a que Cuéllar propusiera un revolucionario sistema de explotación de la tierra para el cultivo de la canela, un complicado entramado de intereses y una falta de inversiones dieron al traste con los objetivos del proyecto. Alrededor &nbsp;de ochenta dibujos de plantas, en su mayoría útiles, es lo que se conserva de esta Comisión en el archivo del Real Jardín Botánico.</p>
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<p><strong>TRAS LOS PASOS DE FRANCISCO HERNÁNDEZ</strong></p>



<p>Un año después del inicio de la aventura de Cuéllar en Filipinas comenzó la Real Expedición Botánica a Nueva España (1787-1803), aunque para empezar nuestro relato debamos hacer un viaje en el tiempo.</p>



<p>El 17 de junio de 1671, a las tres de la tarde, una de las chimeneas del piso alto del Real Monasterio de El Escorial comenzó a arder; una reacción rápida dio por apagado un incendio que, poco tiempo después, resurgió con violencia y se llevó por delante los aposentos de los frailes y dependencias de la biblioteca del Monasterio. Abril de 1767, los jesuitas son expulsados de España. Dos fechas, dos épocas y dos acontecimientos sin relación aparente pero que, sin embargo, son piezas fundamentales en la génesis de la expedición que ahora nos ocupa.</p>



<p>Demos otro salto hacia atrás y adentrémonos en el Renacimiento. Corría el año 1570 cuando partió la primera expedición científica española al Nuevo Mundo. Francisco Hernández, que ostentaba el título de Protomédico General de las Nuevas Indias, islas y tierra firme del Mar Océano iba al frente de la misma; llevaba la instrucción de redactar una historia natural de aquellas tierras y debía también “<em>dibujar las hierbas y otras cosas naturales</em>”. Para cumplir con su cometido, recorrió Nueva España –actual México– entre los años 1571 y 1576. Los manuscritos de Hernández, “<em>aquellos encuadernados en cuero azul</em>” que despertaron la curiosidad y admiración del Padre Francisco Santos en 1657, acabaron depositados en los anaqueles de la biblioteca de El Escorial y desaparecieron con el devastador incendio antes aludido.</p>



<p>Pero la obra de Hernández no cayó en el olvido y gracias al compendio del napolitano Nardo Antonio Recchi y, sobre todo, a los esfuerzos de Federico Cesi y otros miembros de la Academia del Lincei se dio a conocer en Europa, a través de Italia.</p>



<p>La salida de los jesuitas de España, tras su expulsión en la primavera de 1767, abrió las puertas del Colegio Imperial de Madrid a Juan Bautista Muñoz, Cosmógrafo Mayor de Indias, que había sido comisionado para redactar una historia del Nuevo Mundo. En su búsqueda de materiales para cumplir tal cometido encontró, en los estantes de la biblioteca del Colegio, una copia original de los manuscritos de Hernández “<em>… elaborados y corregidos de su propia mano y contenidos en cinco volúmenes</em>”. Puso Juan Bautista Muñoz en conocimiento de D. José Gálvez, marqués de Sonora y ministro de Indias de Carlos III, el hallazgo y éste, que había sido visitador y asesor de los virreyes de Nueva España, hizo partícipe de la buena nueva a Casimiro Gómez Ortega, director del Real Jardín Botánico y coordinador de las expediciones científicas ultramarinas.</p>



<p>La inmediata reacción de Gómez Ortega fue la de intentar publicar los manuscritos pero pronto chocó con dos problemas; uno, que la obra de Hernández escrita dos siglos atrás necesitaba de una actualización y, otro, que faltaban los dibujos originales. Se intentó primero buscar la información que faltaba en los archivos tanto de Nueva España como de Italia, pero la búsqueda resultó un total fracaso. Se pensó entonces en una expedición científica cuyo objetivo general fuera “<em>no sólo (…) promover los progresos de las ciencias físicas (…) sino también con el especial de suplir, ilustrar y perfeccionar con arreglo al estado actual de las mismas ciencias, (…) los escritos originales que dejó el doctor Francisco Hernández</em>” según consta en la Real Cédula de Carlos III de 20 de marzo de 1787 por la que se da luz verde a esta Real Expedición.</p>



<p>Así quedan muy resumidos, casi novelados, los prolegómenos de la peripecia de la Real Expedición Botánica a Nueva España. Martín de Sessé la dirigió y los botánicos Vicente Cervantes –alumno de Gómez Ortega y condiscípulo de Cuéllar–, Juan del Castillo, José Maldonado y José Mociño la integraron. Les acompañaron el naturalista José Longinos y el farmacéutico Jaime Sensevere, así como los dibujantes Vicente de la Corda y Atanasio Echevarría. Recorrió la expedición México, las islas del Caribe, California y por la costa noroeste llegaron hasta Nootka en Alaska, donde unos años después también arribaría la expedición de Malaspina y Bustamante.</p>



<p>En el archivo del Real Jardín Botánico sólo se conservan 119 láminas de las casi 2.000 que generó la expedición; pues si, como hemos visto, rocambolesco fue su prólogo, inquietante fue su epílogo. Pero eso forma parte de otra historia.</p>



<p><br><strong>EL VIAJE DE MALASPINA Y BUSTAMANTE</strong></p>



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<p>Con fecha 10 de septiembre de 1788, los capitanes de fragata Alejandro Malaspina y José Bustamante firmaron su plan de viaje alrededor del mundo y lo remitieron al por entonces ministro de Marina, Antonio Valdés.</p>



<p>Se trataba de un viaje de circunnavegación planteado a imagen y semejanza de los que Francia e Inglaterra llevaban realizando desde hacía veinte años pues, en opinión de los dos marinos, gracias a estas empresas, la navegación, la geografía y la humanidad habían hecho rápidos e importantes progresos. Quedaba patente en el plan presentado que trataba de un viaje científico y político que habría de ser el más ambicioso de todos los emprendidos por España en el Siglo de las Luces.</p>



<p>La mañana del 30 de julio de 1789 partió de Cádiz la expedición. La “Descubierta” al mando de Alejandro Malaspina y la “Atrevida” a las órdenes de José Bustamante, pusieron rumbo hacia el oeste. Primero las Canarias; después, ya en América, tocaron puerto en Montevideo y desde allí hasta Puerto Deseado de donde zarparon hacia las islas Malvinas a las que llegaron en el comienzo del verano austral, unos días antes de la Navidad de 1789. Por la costa occidental de América recorrieron después todo el continente, desde Chile, en el sur, hasta la ensenada del Príncipe Guillermo, en el norte, a donde llegaron tras la búsqueda del paso del noroeste, haciendo escalas en Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Nicaragua, México, California, Nootka y varias islas del Pacífico. El 20 de diciembre de 1791 partieron de Acapulco hacia el oeste en un largo viaje que les llevó a Nueva Zelanda y Australia, pasando por las Marianas y Filipinas en el viaje de ida y por las islas de Vavao y de los Amigos en el de vuelta. De nuevo en América, Malaspina, al mando de la “Descubierta”, reconoció Patagonia y Tierra de Fuego para recalar de nuevo en Puerto Egmont, en las Malvinas, el día primero del año 1794; mientras que Bustamante, al frente de la “Atrevida”, pasó por las islas de Diego Ramírez y llegó a las Aurora el 20 de enero de ese mismo año. Reunidas ambas fragatas en Montevideo, iniciaron su regreso a la metrópoli para llegar a Cádiz el 21 de octubre de 1794.</p>



<p>Este largo viaje, de cinco años, un mes y veintidós días, tuvo una serie de objetivos concretos que las dotaciones de ambos navíos se apresuraron cumplir. Al buen número de tareas relativas a la toma de datos sobre flora, fauna, minerales, astronomía, suelos, tribus y razas, costas, ríos, etc. se les vinieron a unir los relacionados con los transportes y comunicaciones, fortificaciones, construcción naval, urbanismo etc. de las tierras que visitaban. Esta amplitud de temas tratados y la gran cantidad de territorios visitados hacen que los materiales generados or esta expedición sean ingentes. Es por eso que, aún hoy en día, este viaje científico y político, concebido para que lo fuera alrededor del mundo, es una fuente inagotable de documentación para historiadores, geógrafos, antropólogos, botánicos, zoólogos, médicos e ingenieros.</p>



<p>Del capítulo circunscrito a la historia natural de la expedición son protagonistas los naturalistas Antonio Pineda, Luis Neé y Tadeo Haenke y los dibujantes José Guio, Francisco Lindo y Fernando Pulgar. La aportación de esta expedición a la ciencia botánica vino de la mano de Antonio José Cavanilles que estudió una buena parte de los materiales que la expedición generó y describió así un gran número de taxones hasta entonces desconocidos.</p>
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<p><strong>EL TRAZADO DEL CANAL DE GÜINES</strong></p>



<p>La Real Comisión de Guantánamo del Conde de Mopox (1796-1802) fue una empresa militar. Se desarrolló en Cuba y su objetivo primordial fue trazar un canal, el de Güines, que había de permitir el transporte de madera desde el interior de la isla al arsenal de La Habana. De nuevo, la madera está presente entre los objetivos de una expedición. Ya Hipólito Ruiz, Pavón y Dombey viajaron por tierras de Perú y Chile en busca del palo de Chile –<em>Araucaria araucana</em>– y Mutis, en el transcurso de su expedición al Nuevo Reino de Granada, reunió una importante colección de maderas, pues no debemos olvidar que la necesidad de mantener la flota de Indias obligó a las autoridades de la época a propiciar la búsqueda de fuentes alternativas de madera para la construcción naval; bosques que, en tierras americanas, pudieran suplir las diezmadas florestas de la Península.</p>



<p>Además de trazar un canal, fueron, también, parte de los objetivos de esta expedición mejorar las comunicaciones al hacer más accesible el interior de la isla y valorar las riquezas naturales de estos territorios; de ahí que desde el principio se propiciara la presencia de un botánico en la misma. Una vez más Casimiro Gómez Ortega designó a un alumno suyo; para este cometido, el elegido fue Baltasar Manuel Boldo, al que acompañó el dibujante José Guio que ya participara, hasta que cayó enfermo, en parte de la expedición de Malaspina y Bustamante.</p>



<p>La mayor parte de los fondos generados por esta expedición se custodian en el archivo del Museo Naval de Madrid; en el archivo del Real Jardín Botánico se conservan dos cajas y 66 láminas botánicas que se reúnen bajo el título “<em>Dibujos de plantas de la isla de Cuba…</em>”.</p>



<p><strong>COLOFÓN</strong></p>



<p>Pero este periodo apasionante de la historia del Real Jardín Botánico tuvo un traumático final. Quien mejor lo resumió fue Mariano de Lagasca –discípulo de Cavanilles y Director del Real Jardín Botánico– en sus “<em>Amenidades Naturales</em>”, fechadas en Orihuela en 1811, donde se lamentaba diciendo: “<em>Tales son los efectos del descuido y poca ilustración de un Gobierno, malograr el fruto de infinitas expediciones, después de haber gastado en ellas más caudales acaso que todas las naciones juntas</em>”.</p>



<p>1 Lozoya, X. (1984). en su obra “<em>Plantas y luces en México. La Real Expedición Científica a Nueva España (1787-1803)” </em>[Ed. del Serbal. Barcelona] argumenta a este respecto: “<em>Todos estos cambios [que sacuden al continente] son vistos por algunos con gran desconfianza. Se teme que el modernismo quebrante la fortaleza teológica de las instituciones cuyas leyes y compromisos ocultan una lacerante desigualdad social y económica. Todo ha de mantenerse en cuidadosa observancia. Las ciencias naturales, lo expectante y glorificador del concierto de la Creación divina es el campo más firme –y aparentemente más neutral– del proceso renovador que invade Europa, por lo que España se vuelca hacia la Historia Natural”</em>.</p>



<p>2 Alexander Humboldt en carta a A.J. Cavanilles, fechada en Méjico el 22 de abril de 1803, dice refiriéndose a Mutis “<em>… uno se asombra de los trabajos que ha hecho y de los que prepara para la posteridad; es admirable que un hombre solo haya sido capaz de concebir y ejecutar un plan tan vasto</em>” [cf. Ch. Minguet (1980). Alexander Humboldt, cartas americanas. Ed. Ayacucho. Caracas</p>



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		<title>Ciencia, técnica e instrumentos de medición en las expediciones ilustradas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/instrumentos-medicion-expediciones/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 18 Mar 2020 08:33:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 22]]></category>
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		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Somolinos</strong></p>



<p>Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Expediciones científicas</p>



<p><br><br>Los nuevos aparatos de medición y navegación fueron los mejores compañeros de viaje de los exploradores científicos del siglo XVIII. Cronómetros de longitudes, compases azimutales, sextantes, relojes o telescopios, revolucionaron la cartografía y la forma de viajar y abrieron nuevos horizontes a la Ciencia.</p>



<p>Antes del siglo XVIII, navegar era un arte muy poco preciso. No era fácil determinar en qué punto se encontraba un barco en alta mar, ni identificar sobre un mapa los descubrimientos en la costa o en tierra firme. La cartografía era también una ciencia imprecisa por la dificultad de conocer la latitud y sobre todo la longitud de un punto concreto de la tierra. Un barco podía perderse fácilmente en los grandes océanos recién descubiertos, como el Pacífico, sin ver la costa durante semanas y sin saber dónde estaba exactamente.</p>



<p>El siglo de las luces, el XVIII, fue definitivamente el del descubrimiento el nacimiento de la ciencia. Los viajeros que emprendieron las grandes expediciones científicas del siglo XVIII tenían como misión inventariar todo lo que encontraban (plantas, animales, accidentes topográficos, pueblos…) pero también cartografiar el punto exacto de cada descubrimiento. Para ello, llevaban siempre consigo los últimos avances científicos en materia de navegación, topografía, geodesia, observación astronómica y medida del tiempo. Progresivamente, comenzaron a equiparse con otros avances técnicos que permitían la investigación a bordo en temas relativos a botánica, zoología o antropología. Incluso, a partir de la expedición de Malaspina, comenzaron a llevar algunos instrumentos que adelantaban la fotografía, como las cámaras oscuras que facilitaban a los dibujantes el fiel reflejo de la naturaleza en sus bocetos, que adquirían así calidad casi fotográfica.</p>



<p>Las grandes expediciones científicas españolas del siglo XVIII no hubieran podido realizarse sin un desarrollo paralelo sin precedentes de la astronomía, la náutica y en general de las disciplinas científicas y técnicas. Ello fue posible gracias al periodo de paz y crecimiento económico que abrieron los borbones, que se propusieron como objetivo prioritario la recuperación de nuestro país como potencia política y económica de primer orden. Para ello era imprescindible impulsar el desarrollo de las ciencias y la técnica, que debían alcanzar un nivel similar al del resto de Europa.</p>



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<p><em>Los frutos de la nueva política científica comenzaron a dar sus frutos a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, sobre todo en el reinado de Carlos III (1759-1788), que fue también la época en la que se organizaron las grandes expediciones científicas. Este es el momento en el que se abre la puerta para que algunas personas puedan salir a estudiar en el extranjero, finalizando así la política iniciada con Felipe II con la Real Pragmática (1557) que prohibía salir de España tanto a estudiar como a enseñar e impedía la importación de libros. También se permitió la contratación de técnicos y profesores extranjeros para suplir la carencia de especialistas españoles en algunas disciplinas que eran vitales para el desarrollo del país, y se relajó la censura en materia científica. Por último, se crearon instituciones para sustituir a las universidades, claramente anticuadas en materia de investigación. De esta forma, a finales del siglo XVIII el panorama científico había cambiado notablemente y se habían creado las instituciones científicas y técnicas que serán decisivas en la renovación de la ciencia española contemporánea y que serán de otro lado las instituciones que estarán vinculadas a las grandes expediciones del siglo XVIII y XIX, como el Observatorio de Cádiz o el Real Jardín Botánico de Madrid.</em></p>
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<p><strong>LA ASTRONOMÍA Y LA NAVEGACIÓN</strong></p>



<p>Un aspecto decisivo para comprender las grandes expediciones científicas y sus logros son los avances en astronomía e instrumentos de navegación. Desde el periodo de las grandes navegaciones en los siglos XV y XVI, la náutica no había experimentado grandes mejoras y la navegación por el océano continuaba siendo complicada. Pero en el siglo XVII, y sobre todo en el XVIII, se convierte en una tarea prioritaria para los estados fomentar los avances en astronomía.</p>



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<p>Concretamente, el descubrimiento de la longitud será el gran objetivo del siglo XVIII: la latitud era relativamente fácil de conocer, puesto que se podía obtener a partir de la observación de los astros y más concretamente observando a simple vista la estrella Polar y calculando la altura respecto al horizonte. Más tarde se utilizó el cuadrante, mucho más fiable, y más adelante aún, el astrolabio, un objeto generalmente de latón que facilitaba la obtención de datos a partir de la observación de los astros.</p>



<p>Pero una vez establecida la latitud quedaba el problema de encontrar la longitud. A principios del siglo XVIII todavía no se sabía cómo hacerlo y se recurría generalmente al procedimiento de seguir la ruta y calcular la velocidad con la corredera.</p>



<p>La necesidad de hallar la longitud con exactitud impulsó a la creación de observatorios astronómicos como los de París o Greenwich. El problema era tan importante que los gobiernos comenzaron a ofrecer generosos premios a quien diera con una solución.</p>



<p>Los principios científicos para ello se conocían, pero faltaba crear instrumentos con la precisión adecuada. Se sabía por ejemplo que si se observaba un eclipse de sol o de luna desde dos lugares diferentes y se anotaba la hora inicial y final se podría calcular la longitud, pero no era fácil que se diera un fenómeno así, y además era necesario crear un reloj que si se ponía a la hora del meridiano de referencia (de Greenwich, por ejemplo), se pudiese comparar con la hora local. Esto era difícil con los relojes que existían a principios del siglo XVIII, y más aún en alta mar.</p>



<p>La solución la encontraron en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII, con cronómetros marinos muy precisos, como el construido por John Harrison en 1735 que se probó en Jamaica hacia 1761-1762 con buenos resultados.</p>



<p>Los cronómetros marinos se fueron perfeccionando progresivamente y fueron cada vez más reducidos y manejables. En España, el marino y científico Jorge Juan propuso al Gobierno la adquisición de algunos de estos aparatos y la puesta en marcha de un plan para introducir en nuestro país el arte de la relojería de precisión. Como resultado de la propuesta de Jorge Juan, el Real Observatorio fundado en Cádiz por la Marina sería la primera institución científica española en estar dotada por este tipo de aparatos. Además de péndulos de precisión para la determinación de la hora por métodos astronómicos, la Armada adquirió para el Observatorio algunos cronómetros marinos. Durante 1775 y 1776 llegaron a Cádiz ocho cronómetros construidos en París por Ferdinand Berthoud. Unos años después, algunos de estos aparatos serían utilizados por Vicente Tofiño en sus campañas hidrográficas para el levantamiento del Atlas Marítimo de España.</p>
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<p><strong>LA NUEVA CARTOGRAFÍA</strong></p>



<p>Paralelamente al perfeccionamiento de los instrumentos de navegación se produjeron otros en el campo de la cartografía, que hasta el siglo XVIII era bastante inexacta. A comienzos del siglo XVIII, España carecía de un mapa del territorio nacional y tampoco tenía prácticamente cartográfica de las posesiones ultramarinas. Jorge Juan fue el primero en proponer la realización de una triangulación geodésica del territorio español similar a la iniciada por Jacques Cassini en Francia en 1733. La propuesta fue aceptada por el marqués de la Ensenada, que envió a París a Tomás López y Juan de la Cruz Cano para aprender las técnicas del grabado de mapas, con la idea de que colaborasen en la última fase del proyecto propuesto por Jorge Juan, encargándose del grabado de los mapas. La caída en desgracia del Marqués de la Ensenada impidió el desarrollo del proyecto y Tomás López, a su vuelta, optó por hacer mapas de gabinete, sin gran precisión. A pesar de todo, aquellos mapas, más de doscientos, fueron los únicos que representaron el territorio español hasta mediados del siglo XIX.</p>



<p><strong>NACE LA CIENCIA</strong></p>



<p>El primer impulso renovador de la ciencia española viene de la mano de José Patiño, que durante el reinado de Felipe V creó en Cádiz la Real Compañía de Guardiamarinas, sustituyendo a Sevilla. A partir de ese momento será Cádiz el punto donde se concentren todos los esfuerzos institucionales de la renovación científica española. En el mismo año de 1717 se traslada de Sevilla a Cádiz la Casa de la Contratación y el Consulado de Indias. Los estudios de la Academia de Guardiamarinas tendrán un carácter teórico y práctico: aritmética, geometría, trigonometría, náutica, hidrografía y cosmografía. Se estudiará también artillería, fortificación, armamento, manejo de armas, construcción naval y maniobra de buques.</p>



<p>La participación de Jorge Juan y Antonio de Ulloa en la comisión hispanofrancesa de la medición del meridiano terrestre en el Ecuador, entre 1734 y 1746, será vital para impulsar la marina española. La publicación de sus trabajos en España a su regreso fue el gran impulso que la ciencia española necesitaba para ponerse al nivel de Europa. También para institucionalizar la ciencia, en 1753 se crea en Cádiz, asociado a la Academia de Guardiamarinas, el primer Observatorio Astronómico. Allí se instala un cuadrante mural que Jorge Juan había adquirido en Londres y que servirá para las observaciones de los guardiamarinas, que entre otras cosas, se emplearán para situar exactamente el edificio que daría lugar a una nueva referencia de posicionamiento de la cartografía española a partir de este momento: el meridiano de Cádiz.</p>



<p>Una de las grandes realizaciones del siglo será la puesta en marcha de una nueva y moderna cartografía realizada por españoles, a través de un programa de levantamiento cartográfico de las costas peninsulares y norte de África que estará a cargo de Tofiño desde 1783 a 1786. Por otro lado, se establece el curso de Estudios Mayores en el Observatorio, cuyo plan se encarga también a Tofiño, que será el artífice por tanto de una profunda renovación científica. A lo largo de todo el siglo, la Armada jugará un papel decisivo en la renovación de la ciencia, y las expediciones científicas serán impulsadas en su buena parte por esta institución.</p>



<p>En las llamadas comisiones de límites se pondrán en práctica los métodos geodésicos e hidrográficos más modernos y sofisticados. El Estado otorgará una gran prioridad a los levantamientos cartográficos, que pondrá en marcha mediante comisiones hidrográficas, organizadas bien desde la Península o desde los propios virreinatos y gobernaciones ultramarinas. En la segunda mitad del siglo se cartografiarán la totalidad de las costas americanas desde Patagonia hasta Alaska, las Filipinas y otros archipiélagos del Pacífico, buscando la mayor precisión que permiten los nuevos cronógrafos marinos.</p>



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		<title>Ciencia y nación. La comisión científica del Pacífico</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ciencia-y-nacion-la-comision-cientifica-del-pacifico/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:35:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 22]]></category>
		<category><![CDATA[La Comisión Científica al Pacífico]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Miguel Ángel Puig-Samper Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española Expediciones científicas De medio siglo de inactividad en lo que se refiere a la exploración científica en el Nuevo Mundo, [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Miguel Ángel Puig-Samper<br></strong></p>



<p>Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Expediciones científicas</p>



<p class="bodytext">De medio siglo de inactividad en lo que se refiere a la exploración científica en el Nuevo Mundo, nos encontramos en el año de 1862 con la llamada Comisión Científica del Pacífico, última de las grandes expediciones enviadas a América. Si bien es cierto que alguno de los políticos que más activamente intervinieron en su organización, como el ministro de Fomento o incluso la reina Isabel II, consideraron que la nueva empresa sería la continuadora de las grandes expediciones ilustradas del siglo XVIII, ésta aparece ante nuestros ojos como una expedición esencialmente romántica y nacionalista.</p>



<p class="bodytext">Para entender el espíritu que guiaba el envío de una escuadra de guerra a las aguas del Pacífico con una comisión de profesores de ciencias naturales a bordo, hay que recordar el momento de euforia de la burguesía española en los años centrales del siglo XIX. La Unión Liberal, el grupo político que mejor representaba los intereses de esa burguesía, había conseguido una situación interna que favorecía sin duda el optimismo histórico de ocupar de nuevo un papel relevante en el conjunto de las naciones europeas, ya que había mejorado el comercio exterior, se consolidaba el sistema bancario, se desarrollaba la agricultura de exportación, la industria textil, el ferrocarril, el ejército y la marina.</p>



<p class="bodytext">Además, la política exterior española era especialmente intervencionista, como se había demostrado en Marruecos, México y Santo Domingo, lo que unido a su ideología panhispanista –obsesionada con estrechar los lazos políticos, económicos y culturales de España con sus antiguas colonias, siempre como potencia rectora– era realmente peligroso en una empresa como la que se preparaba con el envío de la escuadra a las aguas del Pacífico americano. Este panhispanismo se vio además favorecido por la política expansionista norteamericana que pretendía la comunicación entre el este y el oeste de la Unión a través de América Central, con el desmembramiento de Panamá de Colombia, la anexión de Cuba y la ocupación de las islas Galápagos; una política, por tanto, que impulsaba por reacción la aparición de movimientos de integración hispanoamericanos y del panhispanismo más integrista. El tono de la nueva aventura ultramarina española aparece reflejado en las páginas de “El Museo Universal”: “<em>Mientras la España recobraba su puesto en Europa, y mientras cobraba la importancia militar y política que merece toda nación grande, rica y civilizada, era conveniente que su pabellón paseara por otros países, que los territorios que en otros tiempos habían pertenecido a su corona recordaran la dignidad e importancia de la madre patria, haciendo así más dignos de estimación y de respeto en todas partes a sus hijos</em>.”</p>



<p>Aunque pueda parecer que el proyecto de la expedición al Pacífico fue apresurado y fruto de la improvisación de la política exterior de la Unión Liberal, lo cierto es que hay antecedentes sobre la posibilidad de pasear la escuadra española por el Pacífico americano, al menos desde los años cincuenta. En 1860 el propio ministro de Estado –Saturnino Calderón Collantes– se hacía eco de los informes de algunos diplomáticos españoles y de las demandas de los súbditos españoles residentes en algunos países americanos exigiendo la presencia de buques españoles para la defensa de sus intereses. El ministro reforzaba el espíritu nacionalista en las instrucciones que finalmente dio al general Pinzón en 1862. Se reconocía la independencia de las jóvenes repúblicas americanas, con las que se deberían estrechar los lazos de amistad, pero ya se advertía de la posible hostilidad de algunas de ellas, especialmente de Perú, por lo que también se recomendaba una posible intervención de la escuadra en caso de que fuera necesario, es decir, si peligraban los intereses españoles. La prevención contra Perú era tal que las mismas instrucciones indicaban que en los puertos peruanos se ostentaran más las fuerzas españolas para hacer comprender a los peruanos que a pesar de la política moderada de España, ésta actuaría con firmeza si la situación lo requería.</p>



<p>En este sentido es muy interesante la interpretación de Francesc A. Martínez Gallego sobre el envío de la escuadra de guerra con el trasfondo de los intereses guaneros españoles frente al monopolio de la compañía londinense <em>Anthony Gibbs and Sons</em>, representada en España por <em>Murrieta y Cía</em>., ya que nos recuerda que además de la retórica política, algunos periódicos como “<em>La España</em>” habían llegado a reclamar la toma por la fuerza de las islas guaneras de Chincha y Lobos, los mayores depósitos guaneros de Perú y de cómo la propia revista del Ministerio de Fomento publicaba en 1864 diversos artículos sobre el guano chileno y peruano, sus yacimientos, calidades, rendimientos, etc, en vez de preocuparse por los posibles resultados científicos de la Comisión.</p>



<p class="bodytext">Las instrucciones dadas al general Pinzón, jefe de la expedición al mando de las fragatas “Resolución” y “Triunfo” y las goletas “Virgen de Covadonga” y “Vencedora”, señalaban un itinerario aproximado que recorría las islas Canarias, Cabo Verde, Brasil, río de la Plata, la costa patagónica, islas Malvinas, cabo de Hornos, Chiloé, costas chilenas y peruanas y California. En cuanto a los aspectos científicos de la expedición, las órdenes, sin duda recordando los buenos oficios de la marina ilustrada, encomendaban los estudios hidrográficos, físicos y meteorológicos a los oficiales de la Armada, para lo cual se les recomendaban las instrucciones dadas por la Academia de París, así como las hojas de clasificación de observaciones geográficas, hidrográficas, barométricas, marítimas, termométricas, ópticas y magnéticas efectuadas por los oficiales de la fragata “Venus” (1863-1839).</p>



<p class="bodytext"><strong>LA COMISIÓN CIENTÍFICA </strong><strong>DEL PACÍFICO</strong></p>



<p class="bodytext">La iniciativa de agregar una comisión de científicos a la expedición partió del ministerio de Fomento y, especialmente, del director general de Instrucción Pública, Pedro Sabau, quien en mayo de 1862 reunió a una comisión consultiva para nombrar a los integrantes de la futura comisión científica. Hay que destacar que en dicha comisión consultiva figuraron Mariano de la Paz Graells y Miguel Colmeiro, naturalistas que rigieron los destinos de las ciencias naturales en España durante gran parte del siglo XIX y autores materiales de las instrucciones científicas que llevó la comisión científica en su periplo americano. Después de diversas consultas, la Comisión Científica del Pacífico quedó formada por los siguientes personajes:</p>



<p class="bodytext">• <strong>Patricio M. Paz</strong> (1808-1874), marino retirado y coleccionista de especies malacológicas, fue nombrado presidente de la comisión científica. Por esta razón se encargó de la dirección científica y administrativa, hasta julio de 1863, fecha en la que decidió retirarse por las disensiones habidas con los jefes militares de la expedición y las tensiones creadas en el seno de la comisión científica.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Fernando Amor y Mayor</strong> (18221863), catedrático del Instituto de Valladolid, se encargó, como “naturalista” de la expedición, de todo lo concerniente a la geología y la entomología, hasta su fallecimiento en San Francisco de California en 1863.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Francisco de Paula Martínez y Sáez</strong> (1835-1908), ayudante de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, fue nombrado secretario de la Comisión y encargado –como “ayudante naturalista”– de los estudios sobre mamíferos y reptiles acuáticos, peces, crustáceos, anélidos, moluscos y zoófitos. Tras la renuncia de Paz y la muerte de Amor, fue el presidente interino de la comisión científica.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Marcos Jiménez de la Espada</strong> (1831-1898), ayudante del Museo de Ciencias Naturales, fue –como segundo “ayudante naturalista”– el responsable de las investigaciones sobre aves, mamíferos y reptiles terrestres. Además se destacó en el transcurso de la expedición por sus trabajos en los volcanes andinos y sus observaciones geográficas, antropológicas e históricas.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Manuel Almagro y Vega</strong> (1834-1895), médico militar cubano educado en París, fue el encargado de los estudios etnológicos y antropológicos en la Comisión Científica del Pacífico. Asimismo, fue el redactor de la memoria oficial sobre la expedición que se presentó al ministro de Fomento en 1866, una vez finalizado el viaje.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Juan Isern y Batlló</strong> (1825-1866), ayudante colector del Real Jardín Botánico, fue el responsable de los estudios botánicos. Fue uno de los expedicionarios –junto a Martínez, Jiménez de la Espada y Almagro– que hizo el “Gran Viaje” a través del Amazonas, aventura en la que contrajo una enfermedad incurable que le costó la vida.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Bartolomé Puig y Galup</strong> (1826-?), médico y ayudante disecador del gabinete de Historia Natural de la Uni versidad de Barcelona, fue el encargado de los trabajos de Cacique de Osorno. taxidermia y conservación.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Rafael Castro Ordóñez</strong> (?-1865), pintor educado en la Real Academia de San Fernando, que fue nombrado dibujante y fotógrafo de la expedición. Su actividad en el campo de la fotografía, en la que se había formado junto a Charles Clifford –uno de los fotógrafos reales e introductor de técnicas avanzadas en nuestro país– fue intensa y muy valiosa, aunque se vio truncada por su muerte en 1865.</p>



<p class="bodytext"><strong>LA EXPEDICIÓN AL PACÍFICO</strong></p>



<p class="bodytext">El 10 de agosto de 1862 zarparon desde Cádiz los buques que conducían a América a los miembros de la Comisión Científica del Pacífico, héroes románticos de la nueva ciencia que, aunque asombrados ante el esplendor de la naturaleza americana, se consideraban portadores de la cultura y la civilización que el Viejo Mundo aún podía aportar al Nuevo.</p>



<p class="bodytext">La escuadra llegó al puerto brasileño de Bahía el 9 de septiembre, después de realizar pequeñas escalas técnicas en Tenerife y en San Vicente de Cabo Verde. La posibilidad de explorar un territorio más amplio determinó que la comisión científica se fragmentase en grupos que recorrieron Río de Janeiro, Desterro, Petrópolis, Santa Cruz y Río Grande do Sul en un período aproximado de tres meses.<br>Finalizada su estancia en Brasil, los naturalistas se embarcaron en la goleta “Covadonga”, que les condujo a la ciudad de Montevideo, desde donde se planeó un viaje para recorrer Argentina hasta alcanzar el territorio chileno, proyecto que culminaron los expedicionarios Paz, Almagro, Isern y Amor, en tanto que sus compañeros de comisión siguieron en los buques en dirección al estrecho de Magallanes. Asimismo, éstos últimos visitaron las islas Malvinas y Tierra de Fuego, antes de llegar a Valparaíso, lugar de encuentro de los dos grupos de la comisión científica.</p>



<p>En el verano de 1863 la comisión volvió a fragmentarse para lograr un horizonte más amplio de estudio. Almagro e Isern iniciaron una amplia excursión a los Andes, fruto de la cual fueron numerosos objetos antropológicos y un interesante herbario, en tanto que el resto de los científicos exploraban la costa chilena y el desierto de Atacama, antes de salir con rumbo a Centroamérica y San Francisco de California, ciudad en la que falleció Fernando Amor. En diciembre del mismo año llegó la fragata “Resolución” al puerto de El Callao y un mes más tarde fondeaba la “Triunfo” en las aguas del puerto chileno de Valparaíso. El primer buque, que debía embarcar a Almagro e Isern, permaneció cerca de tres meses en el puerto peruano a la espera de actuar militarmente, ya que al regresar del viaje a California se encontró Pinzón con la noticia de la agresión armada a la colonia española de Talambó. Finalmente se dirigió a Valparaíso, donde permanecería al acecho, en tanto que por fin se conseguía reunir a los integrantes de la comisión científica.</p>



<p class="bodytext">Iniciada la campaña del Pacífico, con la ocupación militar de las islas Chinchas por parte de la escuadra española, y tras la dimisión de Paz Membiela como presidente de la comisión, se ordenó la suspensión de la expedición científica. A pesar de esta orden Martínez –como presidente accidental–, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern decidieron continuar la expedición sin contar ya con la dirección militar de Pinzón. Una vez autorizado este proyecto y reunidos en Guayaquil, en octubre de 1864, los cuatro científicos mencionados anteriormente (Puig y Castro también se habían retirado) decidieron realizar lo que ellos llamaron “El Gran Viaje” a través del Amazonas.</p>



<p class="bodytext">Después de varias exploraciones en los Andes ecuatorianos, se dirigieron a la ciudad de Baeza, ya en el oriente de Ecuador, desde donde iniciaron su periplo. Tras atravesar las regiones del Misagualli y del Tena, se dirigieron –en mayo de 1865– hacia el Napo. El antropólogo decidió hacer una pequeña excursión por la región de los jíbaros, en tanto que los demás dejaban Aguano para alcanzar la población de Loreto y proseguir hacia San Antonio de la Coca, en la confluencia de los ríos Coca y Napo.</p>



<p class="bodytext">Zarparon desde este lugar, el 17 de julio, en una pequeña “escuadra” integrada por dos balsas, cuatro canoas grandes y tres pequeñas, en compañía de indios aguanos y loretos. Después de realizar una visita al río Aguarico, se dirigieron a la desembocadura del Curaray, para llegar finalmente a Mazán el 4 de agosto. Acabada la travesía del Napo en Destacamento, se inició la del Amazonas propiamente dicha en condiciones tan adversas que propiciaron la enfermedad mortal del botánico Isern. Embarcados en el vapor “Icamiaba” el 20 de septiembre, coincidieron con una comisión científica norteamericana presidida por el sabio Agassiz, que les auxilió en todo lo posible, dado el deplorable estado en el que se encontraban los comisionados españoles. Una semana después llegaron a Manaus, ciudad brasileña en la que esperaron la llegada del vapor “Belem”, que les llevó hasta el Gran Pará, donde terminaron el viaje el 12 de octubre de 1865.</p>



<p class="bodytext">Un mes más tarde, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern se embarcaron en Pernambuco con intención de regresar a España, en tanto que Almagro iniciaría su regreso desde La Habana, ciudad a la que se había dirigido nada más con cluir la aventura amazónica. La expedición se dio por terminada el 18 de enero de 1866, después de una reunión en Madrid de los integrantes de la Comisión Científica del Pacífico.</p>



<p>En cuanto a los resultados de la expedición al Pacífico, cabe decir que, a pesar de que en un primer momento se hizo un esfuerzo notable por dar a conocer lo conseguido, con una magna exposición en el Real Jardín Botánico y la edición de una memoria oficial del viaje, redactada por Almagro, los acontecimientos políticos y la falta de institucionalización e implantación de la ciencia española condujeron –de nuevo– a la falta de estudio e investigación de los materiales recogidos. Volvía a observarse un desequilibrio, ya casi tradicional, entre el esfuerzo organizativo de nuestras expediciones y sus resultados científicos.</p>



<p class="bodytext">Aún así, hay que destacar la labor de los científicos que participaron en la expedición al Pacífico, parte de los cuales –Martínez y Jiménez de la Espada– dieron a conocer nuevas especies a la ciencia o suministraron los materiales –como en el caso de Isern, Almagro o Castro– para su posterior estudio.</p>



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		<title>Alejandro Malaspina. Un viaje alrededor del globo (1789-1794)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:34:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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<p><strong>Texto: Mercedes Palau<br></strong></p>



<p>Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Expediciones científicas</p>



<p class="bodytext">El año pasado se celebró el 250 aniversario del nacimiento del marino Alejandro Malaspina (1754-1810), protagonista de una de las grandes expediciones científicas españolas de todos los tiempos, fue una ocasión única para conocer a fondo más detalles sobre un viaje por América y las islas del Pacífico que duró más de cinco años (de 1789 a 1794) a bordo de las corbetas “Descubierta” y “Atrevida”, al mando de Alejandro Malaspina y José de Bustamante, a América y las islas del Pacífico.</p>



<p class="bodytext">¿Quién era Malaspina? Hoy en día casi todos conocen la expedición que lleva su nombre, gracias a exposiciones, congresos y publicaciones de historiadores y escritores, que han rescatado del olvido su nombre y el de los marinos y científicos que le acompañaron. También ha contribuido enormemente a ello Televisión Española, que realizó la serie <em>“Tras las huellas de Malaspina”</em>, un proyecto de José de la Sota, que contribuyó a popularizar la expedición a finales del siglo XX.</p>



<p class="bodytext"><strong>CONOCIENDO A MALASPINA</strong></p>



<p class="bodytext">En los últimos veinte años, Malaspina y su viaje han despertado el interés general de estudiantes, escritores y viajeros. Actualmente, los libros y artículos sobre Malaspina y la Expedición pasan de los dos mil. La edición más reciente se debe a la Hakluyt Society de Londres, publicada con el patrocinio del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, <em>“The Malaspina Expedition, 1789-1794. Journal of the Voyage by Alejandro Malaspina…”</em> (London-Madrid, 2001-2004, 3 vols.), y en este año, la Universidad Carolina de Praga acaba de publicar las Actas del Simposio <em>“La Expedición de Alejandro Malaspina y Tadeo Haenke”</em> (Praga, 2005), realizado como complemento de la exposición inaugurada en la Librería Deviaje y ampliada en Praga con originales de Haenke.</p>



<p class="bodytext">Si, como decía Barceló en 1984, Malaspina era un perfecto desconocido y se preguntaba qué le faltaba aún para entrar en nuestra historia común, hoy, transcurridos más de veinte años podemos decir que Malaspina ya ha entrado en nuestra historia. En 2004 se celebró el 250 aniversario del nacimiento de Malaspina y en 2005 y 2006 el Ministerio de Cultura patrocinará la exposición <em>“Ciencia y Música en América y el Pacífico”</em> y la ópera <em>“Malaspina”</em> con el patrocinio también de una “rama” de la familia Malaspina, de Atlanta y Luxemburgo.</p>



<p class="bodytext">Pero volvamos al Museo de América, a la época en la que buscaba información para catalogar la colección Bauzá. Allí encontré un enorme volumen titulado <em>“Viaje político-científico alrededor del mundo por la corbetas “Descubierta” y “Atrevida”, al mando de los capitanes de navío Don Alejandro Malaspina y don José de Bustamante y Guerra, desde 1789 a 1794, publicado con una introducción por Don Pedro de Novo y Colsón, …”</em> (Madrid, 1885). Pues bien, me sumergí en su lectura y estuve a punto de “naufragar”, mejor dicho, naufragué muchas veces. Algo parecido le ocurrió a Jiménez de la Espada cuando, al regresar de su viaje a América con la Comisión Científica del Pacífico (1862-1865) emprendió la tarea de la publicación del viaje de la expedición Malaspina y que no pudo llevar a cabo por su enorme coste. Sin embargo no renunció a investigar sobre la causa por la que Malaspina fue a parar con sus huesos a la cárcel y tuvo un final tan injusto y desgraciado. Jiménez de la España publicó “<em>Una causa de Estado</em>” (Madrid. 1881) en la que refiere la caída en desgracia de Malaspina, las intrigas de la Corte y su proceso y prisión, un libro que Novo y Colsón incluye en su obra y en cuya fuente han “bebido” los estudiosos del tema.</p>



<p class="bodytext">Eric Beerman en su documentado estudio <em>“El Diario del proceso y encarcelamiento de Alejandro Malaspina, 1794-1803”</em>(Madrid, 1992), sigue paso a paso la vida de Malaspina desde su regreso a Cádiz (1794) hasta su encarcelamiento en el castillo de San Antón de La Coruña, (1796), con la publicación de las cartas de Malaspina a su amigo Paolo Greppi, los documentos del Archivo del Palacio Real, del Archivo Histórico Nacional y las Actas del Consejo.</p>



<p class="bodytext">Y es que cuando Malaspina regresa a España, en 1794, la Revolución Francesa había enfriado el reformismo de muchos ilustrados, revitalizando la acción clerical y provocando una situación política sin precedentes, plasmada en la ascensión al poder del joven guardia de Corps Manuel Godoy y la caída del duque de Aranda, en 1792. Era una España bien distinta de la que habían dejado, en julio de 1789, el mismo año de la toma de la Bastilla.</p>



<p>En la hermosa bahía de Cádiz, el 20 de septiembre daban fondo las corbetas “Descubierta” y “Atrevida” y de ella desembarcaban Malaspina y sus hombres. Malaspina, dice la historia, fue bastante celebrado en Cádiz y, <em>“la Nación, se vanagloriaba de tener en él a un nuevo Cook…”</em>, pero a él, el retorno le inspiró un grito de dolor: <em>“¡Qué desagradable es, después de cinco años ocupado en el bienestar de la humanidad, convertirse, tras breve intervalo, en un instrumento de destrucción o en una víctima de la loca ambición del hombre…”</em> escribe a Paolo Greppi. Y en otra, (7 de octubre), después de su triunfal llegada: <em>“… En este momento la vida es un puro juego al que no hay que dar demasiada importancia. En América, en la Corte y en esta opulenta ciudad, mi nombre es bastante conocido, no ya por adulación e intrigas, sino por únicamente un verdadero amor a mis semejantes, al trabajo y a los deberes morales. Cuanto más me abandonan las pasiones, más fuerza y raíz toman las virtudes. Y si no me engañan las experiencias de cuatro largos años, quizás pueda arriesgarme a decir, que he reunido esos pocos cabos con los que se ha de restablecer la prosperidad,o diré mejor, la regeneración de la Monarquía…”.</em></p>



<p class="bodytext">En diciembre los dos comandantes, Malaspina y Bustamante son llamados a la Corte para ser presentados a los Reyes. El día 3 llegan a Madrid, el 4 a San Lorenzo del Escorial y el 7 <em>“fueron presentados a sus SS. MM. por el Excmo. Sr. Don Antonio Valdés, Secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina…”</em> (Gazeta de Madrid del 12 de diciembre). Como dice Beerman, este día la Corte se vistió de gala. Asistieron representantes de la nobleza ministros y embajadores, ante los que Malaspina, en breves palabras, expuso el viaje y la labor llevada a cabo por todo su equipo durante los cinco años de navegación. El Secretario de Estado concluyó con estas palabras: <em>“Los resultados del viaje y el prospecto (sic) de la obra, en todas sus partes, no tardará en presentarse al público por orden de S.M.”.</em> Valdés se equivocaba: tendrían que pasar casi cien años para su publicación porque, tan sólo un año después, en ese mismo lugar y ante los mismos reyes y personas, Malaspina sería declarado “reo de Estado”, procesado y encarcelado. Como decía el profesor Alcina, <em>“la Madre Patria premia así a sus mejores hombres”.</em> Malaspina, italiano en España, español en Italia, expresaba libremente sus ideas, ideas que necesariamente chocaban con el “poder” establecido, el del poderoso Godoy.</p>



<p class="bodytext">Pero sigamos la “historia”: Malaspina y sus oficiales regresaron a Madrid al día siguiente de la recepción en El Escorial. Malaspina estaba alojado en casa de su amigo el príncipe de Monforte y alternaba sus días en Madrid con breves desplazamientos a Aranjuez y a El Escorial. En Aranjuez, una comisión preparaba la publicación del viaje. La obra debía comprender tres partes: I. América Meridional. desde el Cabo de Hornos a Panamá; II. América Septentrional. Desde Panamá hasta el Norte y III. Oceanía: Islas Marianas y Filipinas. Cada una de estas tres partes, comprendería a su vez tres libros. El primero describiría el viaje incluyendo los diarios de navegación; el segundo, los países visitados y sus habitantes y el tercer libro trataría de política. En un tomo aparte se incluirían otros viajes impulsados por la expedición; el viaje de las goletas “Sutil” y “Mexicana” para reconocer el estrecho de Juan de Fuca con un extracto de los viajes anteriores hechos por los españoles a la costa noroeste de América. En el mismo tomo se incluirían los resultados del viaje del capitán de fragata, José Meléndez a las costas de Tehuantepec y Soconusco (México y Guatemala); el de los pilotos Juan Maqueda y Jerónimo Delgado a las islas Filipinas y, por último, el de don Juan Gutiérrez de la Concha al golfo de San Jorge, en la Patagonia. Toda la obra será ilustrada con 70 grabados.</p>



<p>Para la redacción final, Malaspina propuso al Padre Manuel Gil, que había conocido en Cádiz. Malaspina y el Padre Gil estaban de acuerdo en que algunos escritos debían considerarse “materia reservada”. Godoy intervino, ya que la publicación de la obra<em>“le infundía serios temores por el interés general del Estado”.</em> Godoy y Gil se pusieron de acuerdo a espaldas de Malaspina. Empezaban las intrigas en torno al marino… pero Malaspina, ajeno al peligro que sus ideas despertaban, escribe:</p>



<p>` <em>“(…) Es necesario conocer bien América para navegar con seguridad y aprovechamiento por sus dilatadísimas costas y para gobernarla con equidad, utilidad y métodos sencillos y uniformes. (…) es preciso fijarse en la naturaleza de las posesiones de la Corona de España, en las condiciones sociales que la unen entre si, (…) es necesario conocer la población indígena y la población emigrante, respetar sus costumbres (…). Hay que conocer los productos naturales, minerales, tintes, industrias, plantas medicinales, agricultura, pesca y, en fin, todo lo que tributa o puede tributar…”.</em></p>



<p class="bodytext"><strong>LOS ORíGENES DE MALASPINA</strong></p>



<p class="bodytext">Pero volvamos al pasado, ¿quién era este atrevido marino? Caballero de la Orden de Malta, brigadier de la Armada Española, ilustrado, visionario –¿francmasón?–. Uno de sus mejores biógrafos, Darío Manfredi, cuenta sus años en Italia, su formación intelectual y científica y su llegada a España, la expedición bajo su mando y los últimos años, primero en la prisión de la Coruña (1796-1802), su destierro a Italia y su muerte en la ciudad de Pontremoli (1810), próxima a Mulazzo, un bellísimo pueblecito de la Lunigiana, donde había nacido el 5 de noviembre de 1754. De noble familia el virrey de Sicilia, lo tomó bajo su protección y lo llevó a la corte de Carlos de Borbón, –el futuro Carlos III de España–, primero en Palermo y después a Nápoles. Estudió en el colegio Clementino de Roma, donde se preparaban los jóvenes de la nobleza destinados a distinguirse en <em>“el arte militar, en el gobierno, en la iglesia, en las artes y en las ciencias”</em>.</p>



<p class="bodytext">Inició sus prácticas navales en 1774, bajo la bandera de la Orden de Malta y en ese mismo año, llegó a España acompañando a su tío, Fogliani Sforza. Tras una breve estancia en Cartagena, ingresó en la escuela de Guardia Marinas de San Fernando (Cádiz). De 1775 a 1782 participó en numerosas batallas y misiones científicas. Fue muy importante para su formación y experiencia como marino el viaje realizado a Filipinas en la fragata “Astrea”. Una epidemia de escorbuto les hizo regresar a los tres meses de la salida de Cádiz, pero fue probablemente en este viaje cuando Malaspina se dio cuenta de la importancia de la sanidad a bordo. Un nuevo viaje a Filipinas a bordo de la “Asunción”, como segundo comandante, se realizó felizmente.</p>



<p class="bodytext">De nuevo en España, en 1784 y a las ordenes de Vicente Tofiño, completó su formación cartográfica y astronómica. En ese tiempo, la Real Compañía de Filipinas proyectaba reorganizar su tráfico marítimo, abandonando el sistema tradicional Manila-Acapulco-Manila, por el de una circunvalación del globo, en la que transportarían mercancías de España y América a la ida y de Oriente al regreso. La Compañía solicitó que fuese Malaspina quien guiase la nave en ese viaje experimental. Malaspina eligió la fragata “Astrea”, que conocía bien. El 5 de septiembre de 1786, la “Astrea” salía de la bahía de Cádiz rumbo a las costas de América del Sur. En Perú, Malaspina cambió la ruta acostumbrada hacia Filipinas, evitando las bonanzas de las Galápagos y consiguió llegar a las islas en tan sólo setenta y cinco días de navegación. Regresó a la Península por el mar de la China, después de una breve escala en Batavia, dobló el cabo de Buena Esperanza y fondeó en Cádiz. A pesar de que el escorbuto hizo presa en varios marinos, en el plano comercial y marítimo fue un éxito. Recordemos que hasta esa fecha, 1788, sólo doce navegantes habían podido realizar, sanos y salvos, la vuelta al mundo.</p>



<p><strong>PREPARANDO LA GRAN VUELTA AL MUNDO</strong></p>



<p class="bodytext">En este año (1788), Malaspina y otro experto marino, José de Bustamante y Guerra, presentaron al secretario de Indias y ministro de Marina, Antonio Valdés, la propuesta para realizar un viaje de exploración semejante a los viajes anteriores de Davis, Cook, Bougainville, La Perouse y otros. El objetivo principal era trazar la <em>“Carta Hidrográfica del Pacífico”</em> señalando los derroteros más fáciles y más cortos para la navegación, investigar la situación política de América, el comercio, los productos naturales, los habitantes, sus costumbres y lenguas, reconocer los establecimientos rusos al norte de California y de los ingleses en el Pacífico y en Australia e informar al gobierno sobre la conveniencia o no de retener para la Corona unas lejanas tierras que no producían ningún beneficio. Proponían también la formación de colecciones botánicas, zoológicas y mineralógicas y la adquisición de toda clase de objetos representativos de las más diversas culturas de los nativos, con destino al Real Gabinete de Historia Natural y al Jardín Botánico.</p>



<p class="bodytext">En el plan inicial del viaje –modificado después en parte– preveían tres años y medio de algunos lugares del interior de América y Filipinas. En 1791 saldrían del puerto mexicano de Acapulco en dirección a las islas Sandwich (actuales islas Hawai), después, costeando la península de California se dirigirían a Kamtchatka, harían escala en Cantón, pasarían por el cabo Bojador y Engaño, en la contracosta de la isla de Luzón y se dirigirían a Filipinas por el estrecho de San Bernardino. Después de una estancia en la capital de Filipinas, Manila, se dirigirían a las islas Célebes y Molucas y harían una corta escala en el puerto australiano de Sydney, y hacia marzo del 92 pondrían rumbo a las islas de los Amigos y de la Sociedad. En octubre o noviembre llegarían a la costa de Nueva Zelanda, desde donde, en dirección y remontando la costa australiana;<em>“entrar en derrota por el cabo de Buena Esperanza y de allí regresar a España en abril o mayo del 93”</em>.</p>



<p class="bodytext">El plan fue presentado al Rey por Valdés que recibió la aprobación del Rey y destinó todos los recursos al proyecto. Se construyen dos corbetas iguales que fueron bautizadas con los nombres de “Santa Justa” y “Santa Rufina”, alias la “Descubierta” y la “Atrevida”. Toda la tripulación debería estar formada por voluntarios, incluso los marineros, preferibles los del norte a los del sur por estar más habituados a las bajas temperaturas. Astrónomos, cartógrafos, botánicos, naturalistas, médicos, cirujanos, capellanes, dibujantes, oficiales de mar, artilleros, marineros, grumetes y criados completaban la dotación de 102 personas en cada buque.</p>



<p class="bodytext">Nada se dejó al azar o a la improvisación. Se buscaron y recopilaron libros, mapas, documentos y toda clase de datos que sirvieran para llevar a cabo todas las comisiones asignadas durante el viaje. Fueron consultadas las Academias Científicas de Londres, París, Turín, Módena y Ferrara, y los hombres más sabios conocidos: en Italia, al abate Spallanzani y al marqués Gerardo Rangone sobre materias de historia natural; el conde de Greppi, sobre comercio; Joseph Banks y Alexander Dalrymple, en Londres y Joseph-Jerome de Lalande en Francia, entre otros.<span style="color: #999999;"><em><br></em></span></p>



<p class="bodytext"><strong>LA GRAN EXPEDICIÓN</strong></p>



<p class="bodytext">Las corbetas salieron de Cádiz el 30 de julio de 1789. Tras una travesía por el Atlántico, llegaron al estuario del río de la Plata. Fondearon primero en Montevideo y después en Buenos Aires, la capital del Virreinato. El virrey, marqués de Loreto, les entregó 28.000 pesos fuertes y les abrió los archivos de la ciudad. Visitaron Maldonado y la colonia del Sacramento y reconocieron todos los alrededores. El plan de trabajo en el río de la Plata se repitió en las sucesivas escalas. Se organizaron las operaciones geodésicas y trigonométricas, las observaciones astronómicas y los trabajos cartográficos. Los naturalistas y botánicos examinaban los suelos y formaban sus herbarios y colecciones de especies vivas. Examinaron la calidad de los minerales, la salubridad de las aguas, el magnetismo terrestre y las condiciones barométricas. Se recogieron objetos de todas clases. Se dibujaron hombres, animales y plantas y las ciudades visitadas. En realidad, como dice Juan Pimentel, sería más fácil decir <em>“lo que no hicieron”</em>. Varios oficiales investigaron en los archivos de gobierno, eclesiásticos y de los jesuitas expulsados (1762).</p>



<p class="bodytext">Del río de la Plata pusieron rumbo al sur. Tocaron Puerto Deseado, en la Patagonia, y se dirigieron a las islas Malvinas, fondeando en el puerto de La Soledad. A finales del año doblaron el “tempestuoso” cabo de Hornos, pero preferible al estrecho de Magallanes. Ascendieron por la vertiente occidental haciendo escala en San Carlos de Chiloe, en febrero de 1790. Prosiguieron viaje hasta Concepción Valparaíso y Coquimbo. En Valparaíso, el puerto más cercano a Santiago de Chile, se incorporó el naturalista Tadeo Haenke, quien, desde Buenos Aires a Santiago, había reunido más de 2.000 especies botánicas desconocidas en Europa.</p>



<p>La corbetas continuaron su singladura. Hicieron escala en el puerto peruano de El Callao y el virrey Taboada y Lemus les prestó toda su ayuda. Malaspina y sus hombres elaboraron cuestionarios sobre el tráfico y las industrias locales, los bosques y las minas, el estudio de las ciencias y el estado de la educación. En Lima desembarcó el pintor sevillano, José del Pozo y para suplirlo se destinó al marinero José Cardero, excelente dibujante. Los naturalistas Neé y Haenke, acompañados del botánico Tafalla –discípulo de Ruiz y Pavón– y el dibujante Pulgar se dirigieron a Huanuco, en la desembocadura del Marañón.</p>



<p class="bodytext">Los oficiales Quintano, Vernacci y Galiano dibujaron las derrotas de las corbetas y el cartógrafo Bauza y el piloto Maqueda, las cartas marinas. Los astrónomos Con cha y Galiano, el catálogo de las estrellas, observadas desde Valparaíso. Cayetano Valdés fue el encargado de examinar y extraer la documentación del Archivo de Temporalidades. El 20 de noviembre abandonan El Callao, rumbo a las costas de Ecuador. A primeros de octubre fon dean en Guayaquil, el mejor astillero americano después del de La Habana. Naturalistas y marinos continuaron sus trabajos. Antes de finalizar octubre se dirigieron al golfo de Panamá y fondea ron cerca de la ciudad, fundada por Pe drarias Dávila en 1518, después de que Núñez de Balboa, descubridor de “la Mar del Sur” conquistara toda la región. Vernacci navegó por el río Chagres hasta el océano Pacífico y el Atlántico y estudiar la posibilidad de abrir un canal intraoceánico, uno de los grandes sueños americanos.</p>



<p class="bodytext">En Panamá se separaron las corbetas: la “Atrevida”, se dirigió a Acapulco y de allí a San Blas, mientras la “Descubierta”, al mando de Malaspina, el 13 de enero de 1791 se encontraba cerca del puerto de Realejo (Nicaragua). La corbeta “Atrevida” fondeó en Acapulco el 1 de febrero y el 20 la “Descubierta”. Malaspina considera este puerto como unos de los mejores de América y el más apropiado para la navegación. Humboldt, que desembarcó en Acapulco en 1803 decía: <em>“es el más bello de todos los que se encuentran en la costa del Pacífico (…) hoyo tallado en montañas de granito (…) sitio de inigualable aspecto salvaje, lúgubre y romántico…”</em>. El lugar fue elegido por Andrés de Urdaneta, en 1565, como punto de partida y llegada del galeón de Manila y fue, hasta mediados del siglo XVIII, uno de los primeros puertos comerciales del mundo. Desde allí, Malas-pina y varios oficiales se dirigieron a la capital para entrevistarse con el virrey Revillagigedo e iniciar los trabajos previstos de reunir la documentación para preparar la campaña del noroeste en busca del paso entre el Atlántico y el Pacífico, que se suponía situado hacia los 60º de latitud norte. Finalmente, navegaron hasta Alaska, fondearon en la bahía de Mulgrave (Yakutat) y descendieron por los archipiélagos de Príncipe Guillermo y de la Reina Carlota. El 15 de agosto fondearon en la bahía de Nootka, establecimiento español disputado por los ingleses desde 1789.</p>



<p class="bodytext"><strong>EL FINAL DEL VIAJE</strong></p>



<p class="bodytext">En 1792 iniciaban la última parte del viaje que aún duraría dos años más. Desde Acapulco se dirigieron a la isla de Guam y fondearon en la rada de Umatac, en las Marianas descubiertas por Magallanes, y de allí se dirigieron a las Islas Filipinas. La estancia se prolongó durante seis meses. En los diarios de los oficiales se describen los reconocimientos de las costas e islas próximas, la confección de cartas y planos, el estudio de los habitantes y los trabajos de los botánicos y naturalistas, la muerte de Pineda y el viaje a Macao de la “Atrevida” para renovar las experiencias de la gravedad y la venta de pieles de la costa noroeste de América para beneficio de la marinería. Prosiguieron viaje rumbo a Nueva Zelanda y Australia. Fondearon en la actual bahía de Sydney, donde permanecieron 15 días y de allí se dirigieron a las islas de la Sociedad. Tras un breve descanso en Vavao, regresaron al continente americano.</p>



<p class="bodytext">En El Callao desembarcaron Bauza, Espinosa, Nee y Henke para reconocer el interior del continente y reunirse con las corbetas en Buenos Aires. Haenke se quedó para siempre en América, pero ésta es otra historia. Las corbetas prosiguieron viaje hacia el sur, doblaron el cabo de Hornos y de nuevo fondearon en las Malvinas. Desde allí a Montevideo para preparar el regreso a España escoltados por una flota para evitar que fuesen capturados por los franceses. Por fin llegaron felizmente a Cádiz.</p>



<p>Un año y dos meses después Malaspina era procesado y declarado “reo de Estado”. La comisión que preparaba la publicación del viaje, disuelta, los oficiales enviados a sus respectivos destinos y los “papeles” confiscados. Los complots para derribar a Godoy, entre ellos el de Malaspina, habían fracasado (Picornell, el conde de Teba, Jovellanos, etc.). Pero esta es también otra historia, demasiado larga y complicada para incluir aquí.</p>



<p class="bodytext">Malaspina continuó preso en San Antón hasta 1802, en que fue desterrado a su tierra natal, gracias a la intervención de Napoleón. En este año Jovellanos era declarado “reo de Estado” y enviado al castillo de Bellver, en Mallorca.</p>



<p class="bodytext">Malaspina en la prisión escribió un <em>“Tratado sobre el valor de las monedas”</em>, un tratado sobre “lo bello” y unos comentarios al “Quijote” que la Universidad de Alicante va a publicar próximamente. Harold Blume decía que <em>“el caballero es la sutil crítica que Cervantes hace a un reino que le había pagado su patriotismo heróico en Lepanto, tratándolo con dureza (…) la violencia, la cautividad y la cárcel fueron los ingredientes básicos de la vida de Cervantes”</em>. Para Unamuno, dice Blume, el objetivo de don Quijote es destruir la injusticia. Con seguridad Malaspina experimentaba estos los mismos sentimientos de injusticia e ingratitud que Cervantes.</p>



<p class="bodytext">Acabo citando a Pimentel de nuevo: “Clasificar especies, lenguas y pueblos, levantar un inventario razonado y sistemático de los recursos naturales y sociales del Imperio; trazar una imagen coherente y unificada de toda su diversidad geográfica y cultural: esa fue la tarea, verdaderamente hercúlea de la expedición, aquello a lo que Malaspina se refería cuando hablaba de formarse “una idea cabal de América”. La búsqueda de una legalidad natural y civil de la Monarquía la convierte, pues, en una expedición absolutamente singular en la larga historia de exploraciones y viajes de descubrimiento que pueblan la historia colonial iberoamericana. La envergadura intelectual de semejante proyecto científico evoca y prefigura el del propio Humboldt, con el que guarda tanta relación…”.</p>



<p class="bodytext"><strong>&nbsp;</strong></p>



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		<title>Los caballeros del punto fijo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:34:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emilio Soler Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española Expediciones científicas españolas Para saber más: &#160;Todo había comenzado en el siglo XVII, mientras se trabajaba intensamente para definir, de una [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Emilio Soler<br></strong></p>



<p>Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Expediciones científicas españolas<br><br><strong>Para saber más:<br></strong></p>



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<p>&nbsp;Todo había comenzado en el siglo XVII, mientras se trabajaba intensamente para definir, de una vez por todas, la esfericidad de la Tierra después de que Parménides, a finales del siglo VI a.C., fuera el primero en describir la redondez del planeta, fundado en su sombra con ocasión de los eclipses lunares. El matemático, físico, astrónomo y filósofo inglés, Isaac Newton, presidente de la Royal Society, con su obra “Philosophiae naturalis principia matemática”, publicada en 1687, llegó a la conclusión de que la Tierra era una esfera achatada por los polos pero que no resultaba perfecta, como se creía hasta entonces.</p>



<p class="bodytext">Por su parte, los miembros de la familia Cassini, Jean Dominique, astrónomo italiano que llegó a dirigir el Observatorio de París, Jacques, César-François y su hijo Jacques-Dominique, alentados por Jean-Baptiste Colbert, fundador del Observatorio Astronómico de París y de la Real Academia de Ciencias, estimaron, tras nuevas mediciones, que la forma esférica de la Tierra debía ser un tanto alargada hacia los polos y no chata (tesis consagrada en su famoso libro “De la grandeur et de la figure de la Terre”, París, 1738), a pesar de que para el planeta Júpiter sí habían comprobado experimentalmente su achatamiento en los polos.</p>



<p>En España, el erudito benedictino Benito Jerónimo Feijóo, en el tomo III de su “Teatro Crítico Universal”, se apresuró a hacer suyas estas teorías aunque, años después, no dudaría en reconocerse “newtoniano”.</p>



<p>A partir de ahí, comenzó una intensa polémica que enfrentó la astronomía práctica con la mecánica celeste, la ciencia inglesa y la francesa, las Academias de media Europa frente a las otras: la Tierra estaba achatada, sí, pero ¿por el ecuador o por los polos?, ¿se asemejaba más a un melón o a una sandía?, ¿tenía razón Newton, que era partidario de señalar que Júpiter y la Tierra podían ser tratados en forma similar en cuanto a su forma, o los Cassini, que diferenciaban entre un planeta y otro? Y la pregunta clave: en función de su forma, ¿cuáles eran las dimensiones reales del planeta, conocimientos imprescindibles para su circunnavegación?</p>



<p>El caso es que durante el primer tercio del siglo XVIII todavía se ignoraba la forma exacta de nuestro globo terráqueo. Y no era ésta una cuestión vana ya que resultaba fundamental para el desarrollo de la navegación, única manera de viajar entre continentes. Al utilizar los marinos el críptico lenguaje para los no iniciados de arcos, grados, longitudes, latitudes, meridianos, paralelos, cualquier error en sus cálculos podía llevar, como así sucedía frecuente desgraciadamente, a desviaciones de rumbo que concluían irremisiblemente en forma fatal. Especialmente en una época en la que ni siquiera existía una medida patrón estable y común a todos los países.</p>



<p><strong>BUSCANDO LA FORMA DE LA TIERRA</strong></p>



<p class="bodytext">En el año 1735, el monarca francés Luis XV decidió acabar con la incertidumbre de una vez por todas y, de acuerdo con su secretario de Estado para Marina, conde de Maurepas, autorizó a la Academia de París a llevar a cabo una misión fundamental para el conocimiento del globo y su utilización práctica para la navegación midiendo, de una vez por todas, varios grados de la línea equinoccial y del círculo polar. Dos comisiones de académicos llevarían a cabo tan importante medición: una en la Laponia sueca y otra en la peruana Quito.</p>



<p class="bodytext">Una expedición dirigida por el astrónomo y matemático Pierre Louis Moreau de Maupertuis, y en la que figuraban ilustres científicos como Clairaut, Le Monnier o el profesor de Astronomía de la universidad sueca de Upsala, Celsius, se dirigió a Laponia para calcular la longitud de un grado de meridiano, medición que debería efectuarse lo más cerca posible del Círculo Polar ártico. Una segunda expedición habría de acometer la medición de una parte del mismo meridiano en la provincia de Quito, entonces Virreinato del Perú, y bajo dominio español. La comparación de los grados de meridiano boreal y ecuatorial deberían zanjar, de una vez por todas, la célebre polémica sobre la figura real de la Tierra, como así ocurrió cuando se comprobó, finalmente, que los grados medidos en el Ecuador eran mayores que los tomados en el Polo.</p>



<p class="bodytext">Esta expedición americana estaba dirigida por el científico francés Louis Godin, que, a pesar de ser el más joven en edad de los franceses, resultaba el académico más antiguo de los expedicionarios y autor, además, de la propuesta del viaje. En el grupo figuraban, también, entre sus miembros, eminentes figuras de la ciencia gala, como Pierre Bouguer, Couplet, fallecido en 1738 en plena misión, Godin des Odonais, Charles de la Condamine, o el facultativo de la Sorbona Joseph Jussieu; incorporándose, además, cirujanos como Seniergues, muerto en la actual nieros como Verguin o relojeros como Hugo. El nominado como director de la expedición, el académico Louis Godin, era un matemático notable, discípulo del astrónomo Delisle, que se había familiarizado con las observaciones astronómicas y había realizado publicaciones científicas de enorme relevancia.</p>



<p class="bodytext">Cuando finalizara la misión, al analizar los resultados de las mediciones se sabría si la distancia terrestre de un grado en el Polo Norte era o no diferente a la de un grado en el Ecuador y se podría determinar la verdadera forma del planeta: de ser completamente redonda, para un mismo grado de ángulo había de corresponder la misma longitud del arco terrestre en uno y otro lugar; claro está que, de no serlo, a un mismo grado angular habría de corresponder distinta longitud. Ahí estribaba el decisivo empeño en medirlos y compararlos.</p>



<p class="bodytext"><strong>LA EXPEDICIÓN A QUITO</strong></p>



<p class="bodytext">En los últimos días del mes de mayo de 1735, los flamantes tenientes de navío y reputados marinos, el alicantino Jorge Juan y Santacilia, con apenas veintiún años, y el sevillano Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, de tan sólo diecinueve, partieron desde Cádiz hacia Cartagena de Indias, primera etapa de su destino en el Perú, con cuyo nuevo virrey, Antonio José de Mendoza Caamaño y Soto-mayor, compartieron travesía.</p>



<p>La parte española de la expedición –Juan y Ulloa– había comenzado a concretarse cuando el 20 de marzo de 1734 el embajador francés en Madrid entregó formalmente la solicitud de la Academia de Ciencias de París demandando permiso para pasar al virreinato del Perú, donde los expedicionarios galos elegirían <em>“una porción del ecuador y un meridiano que fácilmente puedan medir”</em>. Aunque en un principio el lugar elegido no era en la serranía situada en las cercanías de Quito, como donde posteriormente ocurrieron las mediciones, sino en la costa, cerca del cabo Pasado, desde donde continuarían los trabajos a lo largo del Ecuador, “según la comodidad del país lo permita”, la Academia francesa ofrecía a cambio la posibilidad de determinar la longitud y latitud exacta de los territorios que deberían atravesar, punto fundamental para establecer la correcta situación cartográfica de los mismos. Al mismo tiempo, Francia se comprometía a que si se hallaban plantas medicinales, se emplearían todos los esfuerzos para combatir las temibles plagas que azotaban a la población de la zona. También, la Academia gala prometía que los científicos no introducirían durante su trayecto ningún tipo de mercancías de contrabando; aunque posteriormente algunos de ellos sí se vieran involucrados en la venta de mercancías prohibidas por España en aquellos territorios.</p>



<p>Una vez que José Patiño, Secretario de Marina e Indias de la época, recibió la solicitud francesa, remitió el documento al Consejo de Indias, órgano que debía deliberar sobre el asunto, en fecha del 6 de mayo de 1734. La respuesta afirmativa del Consejo no se hizo esperar demasiado, aunque incluía una recomendación muy especial: “que asistan con ellos a todas las observaciones que hicieren uno o dos sujetos inteligentes en la matemática y astronomía, a elección de Vuestra Majestad, y apunten éstos aparte todas las que se fueren ejecutando, dando unos y otros cuenta al gobernador del distrito donde se hallaren para que éste la dé a esta Corte en todas las ocasiones que ocurran”.</p>



<p class="bodytext">El monarca español Felipe V, informado de los deseos de su pariente Luis XV y de las sabias recomendaciones del Consejo de Indias, acogió la petición gala para realizar tareas científicas en tierras de la corona española. No obstante, ni al gobierno ni al Consejo de Indias se le pasó por la cabeza permitir que la gloria de esa expedición recayese totalmente en manos extranjeras y la respuesta afirmativa de Felipe V a Luis XV llevaba aparejada alguna sorpresa: “…<em>que a este fin quería destinar dos de sus más hábiles oficiales, que acompañasen y ayudasen a los Académicos Franceses en todas las operaciones de la Medida, no sólo para que así pudiese hacerse con mayor facilidad y brevedad, sino también para que pudiesen suplir la falta de cualquier Académico…”</em><br>Curiosamente, la astuta contestación no andaba desencaminada en cuanto a las dificultades de viajar por aquellos territorios americanos. Así como los científicos que marcharon a Laponia finalizaron de forma rápida sus experimentos y en el año 1738 Maupertuis ya había publicado sus resultados, no ocurrió lo mismo con la estancia americana de algunos de los miembros de la expedición ecuatoriana; ésta osciló entre los nueve años que permaneció Bouguer, los once de Juan y Ulloa, o los veintisiete del naturalista Joseph Jussieu.</p>



<p class="bodytext">La misión de ambos matemáticos españoles en la ambiciosa empresa sería, pues, la de colaborar en los trabajos científicos con los franceses y continuarlos por su cuenta en caso necesario, aparte de informar al gobierno sobre la situación política y social de aquellos lejanos países. También deberían ejercer un cierto aspecto policial sobre los científicos extranjeros y que les llevó a separarse siempre que podían para estar presentes en cada uno de los dos grupos que se formaron habitualmente durante la compleja misión. Jorge Juan y Antonio de Ulloa fueron, pues, asignados, por Cédula de mayo de 1735, para asistir y cooperar en los trabajos de medición. Julio Guillén, uno de los más apasionados biógrafos de ambos guardiamarinas, señala que la designación del sevillano Ulloa vino motivada por el retraso en incorporarse al proyecto del oficial elegido en primera instancia, Juan García del Postigo, que, en palabras de quien más tarde sería el secretario personal de Jorge Juan, Miguel Sanz, “a la sazón se Madrid del año 1748, en las “<em>Observaciones astronómicas y físicas hechas de orden de S.M. en los reinos del Perú</em>”, también publicado en 1748 en primera edición, en la “<em>Disertación histórica y geográfica sobre el meridiano de demarcación entre los dominios de España y Portugal</em>”, editado en el Madrid de 1749, o en la célebre “<em>Noticias secretas de América</em>”, relación pormenorizada de los carencias y problemas que sufrían el virreinato del Perú y que los dos científicos españoles escribieron en forma de informe confidencial para los gobernantes españoles bajo el nombre de “<em>Discurso y reflexiones políticas sobre el estado presente de los reinos del Perú</em>”. Curiosamente, las “<em>Noticias secretas…</em>” fueron publicados en castellano por el editor inglés David Barry en el Londres de 1826 con motivos claramente políticos y dirigidos a un público hispanoamericano que acababa de independizarse de España. Pero volvamos ahora a la misión científica.</p>



<p class="bodytext">El prestigio de los académicos franceses con que se encontraron Juan y Ulloa era impresionante: el astrónomo Louis Godin, el geómetra Pierre Bouguer y el químico y naturalista Charles Marie de la Condamine, amigo éste de Voltaire, uno de los más firmes defensores de esta aventura científica y partidario a ultranza de la teoría newtoniana. Curiosamente, La Condamine fue el que acaparó mayor notoriedad al finalizar su misión en el Ecuador. Godin, poco interesado en dar a conocer sus interesantes trabajos, tal vez por su carácter autoritario y celoso, descuidó sobremanera su llegada a Francia ya que, agobiado por múltiples deudas se vio obligado a aceptar el cargo de profesor de matemáticas en Lima, con el pomposo título de Primer Cosmógrafo de Su Majestad Católica, retardando su vuelta a Europa hasta el año 1747.</p>



<p>Por su parte, los científicos galos, al contrario que los españoles, publicaron por separado sus conclusiones de aquella importante expedición, y, además, estableciendo una lamentable competencia entre ellos. Así, Pierre Bouguer y Charles de la Condamine se enzarzaron en Francia en una ruidosa polémica sobre el resultado de sus mediciones en Quito, que duraría más de un lustro. Bouguer, concentrado y serio en su carácter, había publicado en 1749 “La figure de la terre”, fruto de sus trabajos americanos pero el enfrentamiento con un La Condamine más expansivo y jovial que el bretón estallaría con la publicación de dos obras fundamentales del químico parisino: “<em>Mesure des trois premiers dégrés du Meridien</em>”, que vio la luz en 1751, y la “<em>Introduction Historique</em>”, en las que La Condamine trataba con un detenimiento muy superior al de Bouguer las primeras observaciones de amplitud que habían sido desechadas por ambos de mutuo acuerdo al considerarlas erróneas. Bouguer, creyendo que La Condamine trataba de desautorizarlo científicamente, se apresuró a publicar un año después la “<em>Justification des Memoires de l’Academie Royale des Sciences</em>”.</p>



<p class="bodytext">En cambio los españoles, en la expedición, establecierón una estrecha compenetración entre ellos, según ratifica Julio F. Guillén, encargándose el marino alicantino de todos los estudios matemáticos e hidrográficos en los trabajos y obras firmados conjuntamente, y el sevillano de la parte histórica, geográfica y naturalista. Viaje y tarea, con las consiguiente anotaciones complementarias, que realizaron estrechamente en la mayor parte del tiempo que permanecieron en América. Y todo ello con independencia de quien fuera el último redactor de unas obras espléndidas que se vieron forzados a sacar a la luz acuciados por el momento histórico que estaban viviendo.</p>



<p class="bodytext">Por otro lado, el aprecio y la consideración que ambos guardias marinas se profesaban queda manifestada por Julio F. Guillén, quien reseña una curiosa anécdota que demuestra claramente la profunda identificación que sufrieron en su tiempo ambos marinos: “<em>Como el primer apellido de Jorge (Juan) parece segundo nombre de pila, muchos los reputaron como hermanos, los</em><em>hermanos Jorge Juan y Antonio … de Ulloa; hasta el punto de que un autor de comienzos del siglo XX, Cejador, creyera oportuno aclararlo en su obra “Historia de la lengua y literatura castellana</em>”.</p>



<p class="bodytext">La primera de sus obras conjuntas, más tarde firmarían muchas por separado, las “<em>Observaciones…</em>”, les llevó también a tener serios problemas con la Inquisición ya que alguno de los miembros encargados de juzgar la pertinencia o no de su publicación, se mostraban en desacuerdo con las teorías copernicanas defendidas por los dos científicos españoles, el Sol era el centro del universo, frente a la doctrina oficial de la Iglesia, que afirmaba que era la Tierra el eje del sistema planetario. La segunda de sus grandes obras firmadas conjuntamente, la “<em>Relación histórica del viaje a la América</em><em>meridional…</em>” es un fiel reflejo sobre las accidentadas peripecias científicas y políticas que les ocurrieron en América durante los años de su estancia allí. Y, por último, las ya citadas “<em>Noticias secretas de América</em>”, una de las obras más importantes para los trabajos sobre el siglo XVIII en la América colonial española, refleja la redacción del informe realizado por los dos jóvenes guardias marinas a su regreso a España y en el que denunciaban el mísero estado en que se encontraban los indígenas americanos, sometidos a una continua explotación por los hombres blancos, tanto civiles, militares como religiosos. Y resaltaban, especialmente, la lamentable incuria en que se encontraban las defensas de las plazas fuertes de la costa del Pacífico.</p>



<p class="bodytext">Esta última obra, que estuvo durante casi un siglo sepultada en los archivos de la Secretaría de Estado, fue, incomprensiblemente robada de allí en alguna de sus versiones y dada a la publicación en Londres, dirigida su edición a los países hispanoamericanos que estaban consiguiendo su independencia de España. El pesimista informe realizado por Juan y Ulloa había corrido, hasta su publicación, la misma suerte que sufrirían, años después, los mismos críticos papeles elaborados por el marino español Alejandro Malaspina en la expedición realizada entre 1789 y 1794. En ellos, condenados al olvido tras la detención y condena del brigadier de la Real Armada, Malaspina lanzaba al gobierno una pregunta que sintetizaba tres siglos de olvido e incomprensión para con las colonias españolas del nuevo mundo: “<em>Sin conocer América, ¿cómo es posible gobernarla?</em>”. Las “<em>Noticias secretas de América</em>” de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que presentaban una realidad que no agradaba a los gobiernos de la metrópoli, fueron, de la misma forma, ignoradas y olvidadas.</p>



<p class="bodytext">Penosas fueron las circunstancias por las que pasaron ambos marinos en América, pero, tras múltiples vicisitudes, y después de haber finalizado los trabajos de medición del grado de meridiano y haber organizado las defensas del virreinato peruano ante el inminente ataque de una flotilla inglesa al mando del comodoro Anson, en el año 1744, ambos marinos se embarcarían para España, no sin haber tenido que cambiar la inscripción que los franceses, dirigidos por La Condamine, colocaron en las pirámides conmemorativas del evento y en las que habían “olvidado” la contribución española. Juan y Ulloa, una vez resuelto el asunto, volvieron a España por separado, tras haber hecho copia de sus anotaciones americanas, ya que en caso de que uno de los dos fuese capturado el otro podría traer los importantes papeles de la expedición sanos y salvos a la Corte.</p>



<p class="bodytext"><strong>EL RETORNO A ESPAÑA</strong></p>



<p class="bodytext">Durante su regreso a la península, tras casi once años de estancia americana, mientras Ulloa caía preso por los ingleses, Juan llegaba a España después de superar penosas adversidades en su travesía del Atlántico. Muy pronto, fue recibido por el nuevo y todopoderoso primer Secretario de Estado, el marqués de la Ensenada, llamado a regir durante muchos años los destinos españoles con el nuevo monarca recién entronizado, Fernando VI, hijo del anterior, Felipe V. Ensenada vio en Jorge Juan una persona de enorme capacidad intelectual y plena de entusiasmo desbordante. Sus planes de modernizar España y, especialmente, de renovar la flota española, recibieron rápidamente una excelente acogida en el marino de Novelda. Juan fue ascendido a capitán de corbeta y recibió el apoyo de Ensenada para burlar las pesquisas inquisitoriales que se oponían a la publicación de sus “<em>Observaciones Astronómicas y Phisicas…</em>”, primera de las obras que se editaron en Europa sobre la misión científica del Ecuador y que le dio un gran renombre ante las Academias científicas de varios países que inmediatamente les nombraron miembros de las mismas.</p>



<p class="bodytext">En el año 1749, Ulloa, que se había convertido en uno de los principales asesores del reformista marqués de la Ensenada y que años después llegaría a disfrutar de cargos tan importantes como gobernador de la Luisiana o jefe de la flota de Nueva España, partía en dirección a varios países europeos para seguir las directrices políticas del gobernante español en cuanto al espionaje industrial que se le había encomendado, misión que compartió con la dirección de las obras de los Canales de Castilla. Mientras tanto Juan fue enviado en misión secreta a Londres, suceso digno de las mejores narraciones de espionaje, para conocer e informar sobre el estado de la moderna construcción naval que practicaba la armada británica en sus astilleros, procurando, “con la maña y secreto posible adquirir noticias de los constructores de más fama de navíos de guerra de aquella Corona…”. Debería contactar y contratar a los mejores especialistas en construcción de navíos y a maestros de lona y jarcia para que, trabajando en los astilleros españoles, pudieran colocar a la flota española a la altura de la inglesa. La economía y la integridad territorial de la España americana dependían del éxito o fracaso de su misión. Pero, como diría Rudyard Kipling, esa es ya otra historia.</p>



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