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	<title>Boletín 24 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 24 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Los viajes por Oriente de Adolfo Rivadeneyra</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-por-oriente-de-adolfo-rivadeneyra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:27:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 24]]></category>
		<category><![CDATA[Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Fernando Escribano Martín Bibliografía: Bibliografía: Boletín 24 SGE. Julio de 2006 Resulta casi increíble tener que reivindicar la figura, el trabajo y la obra de un personaje como Adolfo Rivadeneyra, y [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-por-oriente-de-adolfo-rivadeneyra/">Los viajes por Oriente de Adolfo Rivadeneyra</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Fernando Escribano Martín</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Bibliografía: Boletín 24 SGE. Julio de 2006</p>
<p class="bodytext">Resulta casi increíble tener que reivindicar la figura, el trabajo y la obra de un personaje como Adolfo Rivadeneyra, y sin embargo es necesario hacerlo, pues no son muchos, ni siquiera en su país, los que conocen a nuestro protagonista, ni los logros por él obtenidos.</p>
<p>En cualquier caso esta no es una historia nueva, y un buen ejemplo es la exposición del Museo Arqueológico Nacional, La aventura española en Oriente (1662006). Viajeros, museos y estudiosos en la historia del redescubrimiento del Oriente Próximo Antiguo, donde, vinculados al Oriente, se da cuenta de una serie de personajes con unas aventuras vitales y viajeras realmente increíbles, y que son apenas conocidas, tanto en España como en el extranjero.</p>
<p>Adolfo Rivadeneyra es uno de los casos más claros de injusta memoria para con un personaje muy destacado, y sólo desde hace poco se ha empezado a reivindicar la importancia de su trabajo. Pero, ¿por qué consideramos que Rivadeneyra es tan importante?<br />
Rivadeneyra vivió aproximadamente en la segunda mitad del siglo XIX. Su trabajo como diplomático le permitió viajar no sólo por los países a los que fue destinado, sino que a menudo concibió los traslados, tanto de un destino a otro, como desde España, para realizar trayectos poco acostumbrados, y que le servirían para conocer la realidad del país en aquel momento, y también de su historia, pues Rivadeneyra fue un apasionado de la historia del Oriente Próximo antiguo, justamente en la época en la que la ciencia del Orientalismo se empezaba a desarrollar en Europa.</p>
<p>Nuestro protagonista no sólo conocía y manejaba los descubrimientos que la nueva ciencia realizaba sobre civilizaciones y pueblos desconocidos en ese momento, o sólo conocidos por la interpretación de la Biblia, sino que él mismo llevó a cabo estudios que podemos situar como de los primeros españoles al respecto.</p>
<p class="bodytext">Así mismo, consciente, como otros personajes ilustrados españoles de la época, y siguiendo el ejemplo de otras sociedades europeas, fue uno de los que contribuyeron a sacar adelante la Sociedad Geográfica de Madrid, que con sus trabajos y con sus boletines participaría como sus homólogas del descubrimiento del mundo. Fue el Secretario de la primera Junta Directiva, y también el primer conferenciante de la misma. Faltando los apoyos necesarios, la Sociedad Geográfica de Madrid sólo pudo realizar algunas expediciones destacadas, aunque sí se llevaron a cabo estudios interesantes de diverso orden geográfico, y se sacaron a la luz textos de viajeros y estudios que llevaban siglos olvidados en las bibliotecas de nuestro país. Pobre legado, sin embargo, para lo que se pretendió con su creación.</p>
<p>Los logros de Rivadeneyra van más allá, y aquí sólo vamos a señalar alguno antes de describir su vida y sus viajes. Fue él quien terminó la magna obra de su padre, la <em>Biblioteca</em><em> de Autores Españoles</em>, desde el tomo LXIV hasta el LXXII (los derechos sobre la misma son propiedad hoy de la Real Academia Española). Formó una de las colecciones de Oriente más importantes en nuestro país, que hoy forma parte de los fondos del Museo Arqueológico Nacional. A su muerte, donó al Estado algunas obras únicas, como el impresionante cuadro mandado pintar a Pellicer en el que se narra su entrada junto al Gobernador del Arabistán en la ciudad de Dizful, una etapa de su aventura por Persia.</p>
<p class="bodytext"><strong>APUNTES BIOGRAFICOS Y PROFESIONALES</strong></p>
<p>Adolfo Rivadeneyra y Sánchez nació en Valparaíso, Chile, el 10 de abril de 1841. El hecho de que Adolfo naciese en Chile se debe a que su padre, Manuel Rivadeneyra y Roig, trabajaba en tierras americanas para conseguir fondos con que sustentar su Biblioteca de Autores Españoles. Allí conoció a la que fue su mujer, Nieves Sánchez y Riquelme, y allí nació su primer hijo. Cuando Adolfo tenía siete años volvió la familia a España, y continuó su educación en el Seminario de Vergara y en el Colegio de Masarnau. Estudió también en Alemania, Inglaterra y Bélgica, pues su padre pretendía para él una sólida formación en idiomas. Tanto fue así que, cuando el 21 de diciembre de 1863 solicitó a la reina Isabel II ser admitido en la carrera consular y ser destinado a un destino en Oriente, él mismo señala manejar ya cinco lenguas además de la latina.</p>
<p>La solicitud fue casi inmediatamente aceptada (el 29 de diciembre), y fue destinado como Joven de Lenguas al Consulado General de Beirut. Los jóvenes de lenguas son una figura de la diplomacia española que reclutaba jóvenes que se iban a destinar a la carrera diplomática, suponemos que con especiales cualidades, y se les formaban en las lenguas menos manejadas, útiles para los intereses del país. Así, nada más llegar se internó en el convento de Ain-Warka para aprender el árabe y parece, a tenor de las noticias que se conservan en el Archivo del Ministerio de Estado, que con resultados asombrosos.</p>
<p>Como parte de sus funciones en el mismo destino hubo de hacerse cargo del Consulado de Jerusalén a partir de noviembre de 1864 durante un par de meses debido a enfermedad del titular, y de nuevo cuatro meses a partir de julio de 1866. Después de una licencia de dos meses para recobrar su salud, que creemos que pasó en Madrid, fue nombrado Vicecónsul en Beirut, cargo que desempeñó hasta junio de 1867, cuando el viceconsulado fue suprimido.</p>
<p class="bodytext">Su siguiente destino fue la isla de Ceilán, donde tomó posesión del viceconsulado de nueva creación que tuvo residencia en Colombo, y que dependía de la jurisdicción del Consulado General de España en China. Parece que siguiendo una costumbre del país el cargo comportaba ser nombrado Juez de Paz, como él mismo explica al Ministerio, cargo honorífico, pero que podría ser llamado a ejercer como tal. El 10 de febrero de 1868 tomó posesión del viceconsulado, y aquí permanecerá hasta que, según orden de 25 de noviembre de 1868, el Gobierno Provisional le nombra Vicecónsul en Damasco, y que será el origen uno de sus grandes viajes, el que se plasmará en el primero de sus libros, del que hablaremos después. El texto de la orden es el siguiente: “<em>El Gobierno Provisional se ha servido nombrar á V. Vicecónsul de España en Damasco con el sueldo personal de 1200 escudos anuales, 1800 escudos más para los gastos de residencia y otros 600 escudos para los ordinarios del servicio, con arreglo á lo asignado á dicha plaza en el presupuesto vigente que percibirá V. con cargo á los fondos de la Comisaría General de los Santos Lugares de Jerusalén. De órden del mismo Gobierno lo digo á V. para su conocimiento y efectos consiguientes</em>”.</p>
<p>En el desempeño de este destino en Damasco acompañó a Eduardo Saavedra a la inauguración del Canal de Suez, ceremonia que, como se sabe, presidió la madrileña, y carabanchelera, Eugenia de Montijo, Emperatriz de los franceses, el 17 de noviembre de 1869.</p>
<p class="bodytext">Se mantuvo en el puesto hasta que por orden del 18 de julio de 1870 el Regente le declaró cesante. Unos meses después solicitó el reingreso en la carrera consular. La administración española del siglo XIX no funcionaba como la actual, y cada cambio de gobierno producía un número importante de cesantes, figura cuya tristeza y desolación retrata admirablemente Pérez Galdós en <em>Miau</em>.</p>
<p>Su siguiente misión fue el viceconsulado de nueva creación, de nuevo pionero en un destino, en Teherán, con la misión principal de estudiar las posibilidades económicas de España con respecto a Persia. En concreto, en las instrucciones que recibió antes de marchar a lo que entonces era Persia, hoy Irán, se le encomiendan principalmente estas cuatro misiones:</p>
<p>Exploración y estudio del mercado que puede ofrecer Persia al comercio español. Información acerca de las posibilidades directas de intercambio entre ambos países. Estímulo, aliento y protección de las relaciones mercantiles directas, y al menos fomentar las indirectas…</p>
<p>Designación del puerto del Golfo Pérsico en el que pueda establecerse una Agencia consular.</p>
<p>Protección de las personas e intereses de los españoles que puedan llegar a Persia por causas comerciales, o por las obras públicas construidas, como la concesión dada por el Sha al Barón Reuter para construir ferrocarriles, y que será objeto de sus primeras investigaciones.</p>
<p>Al no existir Agente diplomático de España en Persia, debe informar al Gobierno de los principales sucesos políticos que ocurran.</p>
<p class="bodytext">No vamos a desarrollar estas instrucciones, pero, además de la misión principal, llama la atención la intención gubernamental (que se mantuvo durante todo el XIX, siempre parada por un gobierno posterior) de conseguir un punto en el Golfo Pérsico que hubiese sido fundamental para sostener las colonias en Filipinas. Al final esta pretensión se truncó, pero uno de los puntos más estudiados coincide con el que ocupó Italia, cerca de Abisinia (objeto de una importante misión de exploración por parte de la Sociedad Geográfica de Madrid, bajo la dirección de Abargues de Sostén). Por otra parte, el estudio en tiempo de las posibilidades comerciales con España, y las que se estaban haciendo en Persia, quizá uno de los pocos puntos no ocupados aún por el colonialismo europeo que se estaba desarrollando en África y Asia, sorprende por la perspectiva y oportunidad que denotaban, y por contraste con los otros gobiernos de visión pacata que los truncaron.</p>
<p>Este destino será el origen de su segundo libro: <em>Viaje al interior de Persia</em>, quizá su destino más importante, y también quizá su libro más maduro e interesante. Permaneció en Teherán desde el 11 de abril de 1874, fecha en la que toma posesión de su cargo, hasta el 19 de agosto, cuando marcha para estudiar el país. Hasta este momento desarrolló una serie de estudios previos, que incluyó en el primer tomo de su libro (tiene tres), y que remitió al ministerio. Después, hasta el 24 de agosto de 1875, en que llegó de nuevo a Teherán, recorrió el país en cumplimiento de su principal misión: buscar las posibilidades comerciales a desarrollar entre España y Persia. Pidió entonces una licencia por enfermedad, que vino aprobada, y que cuando la pudo disfrutar fue aprovechada por el Gobierno de turno para suprimir el viceconsulado. Creemos que un gobierno distinto del que le nombró, con el vicecónsul en casa, y con la misión principal cumplida (a la que no se le dio la publicidad requerida) no entendió la necesidad de continuar la misión, y canceló el destino. En lo que al libro concierne, el recorrido por Persia, así como su viaje de regreso, constituyen el material del que se nutren los tomos II y III de su<em>Viaje al interior de Persia</em>.</p>
<p class="bodytext">Su siguiente etapa en su carrera la cumplió en Singapur, donde seguramente no llegó a trasladarse, pues es nombrado Cónsul de Segunda clase en Singapur el 9 de diciembre de 1878, y diez días después, el 19, es nombrado Cónsul en Mogador (Marruecos). Llegó a este destino el 8 de enero de 1879, y cumplió su misión hasta que en noviembre de 1879 cesó en sus funciones, a petición propia, según parece por abierto enfrentamiento con el gobernador de la zona, siendo éste el ultimo destino de su vida diplomática.</p>
<p>Gracias a su carrera diplomática fue merecedor de la Orden de Carlos III en grado de Caballero (orden de 19 de mayo de 1864), y de la Cruz del León y del Sol de tercera clase por parte del Gobierno persa, según narra él mismo en su segundo libro. Murió muy joven, seguramente a causa de un aneurisma en la arteria aorta, en Madrid, el 6 de febrero de 1882.</p>
<p>Su trabajo como diplomático fue el marco perfecto para desarrollar sus intereses e inquietudes, y una parte de los mismos están plasmados en sus libros. Rivedeneyra sintió atracción por el Oriente desde la infancia, no sabemos exactamente desde cuando, y podemos pensar que dirigió su carrera profesional hasta convertirse en uno de los mayores conocedores españoles de estas tierras, tanto de su realidad contemporánea, como de su historia, siguiendo y participando de la ciencia que se desarrollaba en Europa, el Orientalismo.</p>
<p>Como parte de ese amor por el Oriente, participando del intento de otros contemporáneos suyos que querían subir a España al carro del desarrollo cultural, participó no sólo en la gestación de la Sociedad Geográfica de Madrid, sino que, a través del trabajo editorial, contribuyó a publicar libros europeos que mostraban estudios históricos o las hazañas geográficas que se desarrollaban en aquellos años. Él, con sus libros, pretendió sentar las bases para que otros españoles escribiesen libros de viaje según modelos propios, y no tener así que conocer los otros países sólo por traducciones. Esta pretensión se vio aparentemente truncada, pero sus dos libros constituyen un testimonio único de la realidad de estos países a través de los ojos de Rivadeneyra.</p>
<p class="bodytext"><strong>VIAJE DE CEILÁN A DAMASCO </strong></p>
<p>Como ya hemos señalado, Rivadeneyra escribió “<em>Viaje de Ceilán a Damasco</em>” a partir de la orden de traslado que le llevó de su destino en Colombo a Damasco. El título del libro, publicado en Madrid en 1871 es algo más largo: <em>Viaje de Ceilán a Damasco, Golfo Pérsico, Mesopotamia, Ruinas de Babilonia, Nínive y Palmira, y Cartas sobre la Siria y la Isla de Ceilán</em>.</p>
<p>El libro tiene dos partes, la segunda de las cuales recoge una serie de cartas o informes que había mandado desde sus primeros destinos a familiares, superiores, o a la prensa. La primera narra el viaje que le llevó de un destino a otro. Para este desplazamiento no escoge el itinerario más cómodo, sino que sigue los pasos de un viaje que quiso realizar su padre, también para conocer él mismo todos estos territorios y probarse para posibles futuras empresas. El camino que elige, también influenciado por las circunstancias del viaje, le lleva por el Golfo Pérsico hasta Bagdad, y de ahí, por Mosul y Alepo hasta Damasco.</p>
<p>Rivadeneyra siempre distribuye sus libros en distintas fases, y escribe desde el final de cada una de ellas la etapa realizada. Simplemente señalando los capítulos tendremos idea de la magnitud del viaje que llevó a cabo: De Ceilán a Bombay, Basora, Bagdad, Ruinas de Babilonia, de Bagdad a Mosul, Diarbekir, Alepo y Damasco, e incluye un capítulo final sobre las ruinas de Palmira. Podríamos detenernos en muchas de las etapas o episodios que narra en su libro, pero no lo vamos a hacer por dos razones: porque no tendríamos espacio suficiente en este artículo, y porque donde mejor se lee a Rivadeneyra es en su propio libro, y el lector dispone ya de la primera reedición completa, que acaba de publicarse con el nombre de la primera parte del título original: Viaje de Ceilán a Damasco.</p>
<p class="bodytext">Sin embargo, a tenor de su importancia para los orígenes del Orientalismo en este país, vamos a fijarnos en un episodio que narra en el capítulo V: “Las ruinas de Babilonia”. Rivadeneyra es plenamente consciente de la importancia del lugar que visita, a partir de los datos de los clásicos y de la Biblia, a los que cita, que ya había sido objeto de alguna prospección, pero que no acogerá la que hasta hoy en día ha sido la mayor excavación realizada en su terreno hasta 1899, con Koldewey en su dirección, y que trabajará sobre la ciudad hasta 1917.</p>
<p>Rivadeneyra realiza una descripción general de las ruinas, valorando sus dimensiones, estudiando sus materiales, e incluso apuntando de forma correcta, y a contra corriente en su época, que la torre de Babel no podría ser la de Bir Nimrud como se pensaba en la época. No hay que olvidar que los pioneros del Orientalismo son como él diplomáticos, y observamos en él el mismo espíritu que en aquellos, la única diferencia es que él nunca tuvo apoyos para más importantes empresas.<br />
Él entró por lo que hoy sabemos que es el Palacio de Verano, y cuyos restos, en forma de promontorio, había mantenido por los siglos el nombre de Babel. Narra cómo cogió dos ladrillos con inscripción, los guardó, y los trajo a España (hoy forman parte de la colección del Museo Arqueológico Nacional). Cuando publicó el libro, le pidió a su amigo y profesor de sanscrito, Francisco García Ayuso, no sólo que se lo transcribiese y tradujese, sino que realizase una introducción a la escritura cuneiforme. La inscripción es de Nabucodonosor II, pero no es esto en lo que queremos incidir: lo que nos parece trascendente es que casi a la par que se estaba desarrollando el Orientalismo en Europa, en España no sólo se seguían sus progresos, sino que incluso se participaba en sus trabajos, si bien también es cierto que aparentemente no hubo inmediata continuidad. #El libro, como siempre en Rivadeneyra, muestra todo lo que él vio en su viaje, todo lo que estudió sobre las tierras que visitaba y sobre su historia, sus indagaciones y sus apreciaciones, en un tono que en absoluto se nos hace distante o superior para con los pueblos que visitaba, más bien al contrario, y que descubre para sus compatriotas mundos que les sonarían muy lejanos, máxime, como él dice, en una época en que no son muchos los españoles que salen al mundo.</p>
<p class="bodytext"><strong>VIAJE AL INTERIOR DE PERSIA </strong></p>
<p>Este es el título de su segundo libro, publicado en tres tomos, en Madrid, en 1871. Ya hemos hablado algo de su distribución interna, y de que responde al viaje que realizó por Irán en cumplimiento de una misión muy concreta: estudiar las posibilidades comerciales que aquel país podría representar para España. Creemos que no sólo cumplió su misión, sino que fue más allá de lo que buenamente se le podía exigir, y durante todo un año recorrió aquellas tierras.</p>
<p>Su forma de trabajar es siempre la misma: distribuye la información en capítulos que corresponderían a una etapa de viaje o de lugar de estudios. En el primer tomo, en el que cuenta cómo llegó a Teherán, el viaje lo distribuye de Madrid a Tiflis, a Bacú, a Resht y Teherán. E incluye una historia de Persia y una amplísima descripción de Teherán, así como un capítulo, curioso, sobre los preparativos de viaje.</p>
<p>Como en su anterior libro, la mera enumeración de estas etapas da cuenta de la importancia del viaje: de Teherán a Hamadán, Kermanshah, Jorramabad, Dizful, Shuster, Feiliye, Bushir (tomo II); de Bushir a Kerman, Yezd, Shiraz, Ispahán y final en Teherán, para luego contar su regreso a España y hacer unas reflexiones (tomo III).</p>
<p class="bodytext">El viaje lo realizan los mismos ojos, el mismo espíritu curioso, comprensivo, indagador, pero quizá con un punto mayor de madurez. Incluye también aquí estudios y comentarios que hoy incluiríamos en disciplinas muy diversas (geografía, historia, etnografía, religiones…) pero añade además una serie de datos muy concretos sobre monedas, cambios, productos de importación y exportación, horarios de trasportes, épocas para realizar un viaje… y otra serie de aspectos que son sin duda interesantes desde el punto de vista de la misión que le llevó a Irán, sobre todo por lo a veces pormenorizado, y que nos inducen a pensar que Rivadeneyra plasmó en este libro toda la información recogida en su viaje, y que debió haber formado parte de informes que remitiría al ministerio.</p>
<p>No sabemos si estos informes se realizaron, no los hemos encontrado, y no hemos encontrado tampoco la publicación de toda esta información, tal y como era lógico pensar, ya que para eso se le había enviado, para promocionar y facilitar el intercambio comercial, y como de hecho se le prometió explícitamente. Rivadeneyra trabajaba de un modo muy concienzudo, y podemos pensar que no estaba dispuesto a echar todo su esfuerzo por la borda, e incluyó esta información dentro del libro que realizó sobre su viaje, y sobre un país que amaba profundamente.</p>
<p>Tampoco aquí podemos extendernos mucho en la descripción del viaje, y por desgracia no es tan fácil leer éste como el primero, pues sólo existe la edición original (debería hacerse también con esta obra una reedición). Vamos a señalar también aquí sólo un aspecto, el que refleja el cuadro que mandó pintar a Pellicer,<em>Llegada a Dizful del Gobernador del Arabistán y del Vicecónsul de España</em>,que cedió en testamento al Estado, y hoy se encuentra en el Ministerio para las Administraciones Públicas.</p>
<p class="bodytext">En él se narra la entrada en la ciudad de ambos personajes con el séquito del Gobernador, y cómo los habitantes de Dizful salen a recibirles y les presentan múltiples sacrificios como ofrenda al Gobernador. Esto le lleva a reflexionar a Rivadeneyra sobre rituales antiguos y olvidados, y que sin embargo mantienen sus formas, perdidos los significados, en el tiempo.</p>
<p><strong>EPÍLOGO </strong></p>
<p>Los libros de Rivadeneyra, ya lo hemos comentado, abarcan multitud de aspectos, y son fiel muestra del carácter del personaje, de su preparación, y de un espíritu curioso e indomable que pretendió muchas cosas, y que logró también otras muchas.</p>
<p>Sus restos, al igual que los de su familia, se conservan en un templete que él y su hermana mandaron construir para su eterno descanso. Esta hermosa construcción, como la Sacramental en la que se incluye, sufre el deterioro del olvido y de la injusticia, algo muy similar a lo que sucede con su memoria. Creemos que igual que se le empieza a valorar en su justa medida, a reivindicar sus logros, y a hacérsele visible, también las autoridades competentes deberían cuidar y restaurar el lugar donde descansa.</p>
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		<title>Ibn Jaldún. El Mediterráneo en el siglo XIV</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ibn-jaldun-el-mediterraneo-en-el-siglo-xiv/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:39:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 24]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Con presencia de los reyes de España y de los máximos mandatarios de los países del Mediterráneo, se inauguró el pasado mes de mayo una de las mayores exposiciones del [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ibn-jaldun-el-mediterraneo-en-el-siglo-xiv/">Ibn Jaldún. El Mediterráneo en el siglo XIV</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Con presencia de los reyes de España y de los máximos mandatarios de los países del Mediterráneo, se inauguró el pasado mes de mayo una de las mayores exposiciones del año. El bello palacio mudéjar del Real Alcázar de Sevilla, testigo de una histórica entrevista entre Ibn Jaldún y Pedro I El Cruel, es la sede escogida para esta muestra que pretende, no solo presentar la vida y obra de Ibn Jaldún, sino también el entramado político, económico y social del siglo XIV entre Oriente y Occidente, entre el mundo europeo y el mundo árabe-margrebí, unidos por el Mediterráneo.</p>
<p class="bodytext">El hilo conductor de la exposición es la obra y figura de Ibn Jaldún, viajero y pensador árabe de origen andaluz, y su itinerario viajero desde Al Andalus hasta Damasco y la Meca, por el norte de áfrica. Se trata de una exposición abierta a los países árabo-musulmanes, y muy especialmente, a aquellos donde vivió o estuvo este histórico personaje: Túnez, España, Argelia, Marruecos, Egipto y Siria.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA FIGURA DE IBN JALDúN</strong></p>
<p class="bodytext">Ibn Jaldún (1332-1406) fue uno de los más importantes pensadores musulmanes de todos los tiempos y un incansable viajero. Es también el historiador musulmán más conocido y reconocido en el mundo. Pertenecía a una familia árabe establecida en la provincia de Sevilla que jugó un papel importante en la historia de la Sevilla árabe. El propio Ibn Jaldún presumía de sus orígenes sevillanos: “<em>Mi familia tiene su origen en Sevilla. A su llegada al-Andalus, Khaldun Ibn Uthman, mi antepasado se estableció en Carmona, con un pequeño grupo de</em><em>gentes de su país. Fue en aquella ciudad donde fundó la casa de sus descendientes, que se instalaron luego en Sevilla. Mis antepasados emigraron a Túnez, a mediados del siglo VII</em> –corresponde al XIII cristiano–, <em>como consecuencia del éxodo tras la victoria del hijo de Alfonso, rey de Galicia</em> (se refiere a Fernando III)”.</p>
<p class="bodytext">Así comienza la autobiografía de este personaje que con el tiempo se convertiría en uno de los más grandes pensadores de todos los tiempos. De él dice el eminente antropólogo E. Gellner: “<em>El Magreb ha dado al mundo uno de los científicos más importantes… En este asombroso pensador del siglo XIV, encontramos ecos y sugerencias de los temas que dominan hoy el pensamiento social europeo</em>”. Ibn Jaldún es autor de una obra de Historia Universal que se compone de tres libros, una introducción y una autobiografía, que en el mundo occidental se suele dividir en tres grandes partes. <em>La Historia Universal</em> se conoce como <em>La Muqaddima</em> o <em>Prolegómenos</em> (en árabe se denomina Kitab al Ibar) y fue redactada a lo largo de unos cuatro años.</p>
<p class="bodytext">Ibn Jaldún nació en Túnez en 1332 y murió en 1406 en El Cairo. Su vida y andanzas son las de un intelectual de una época en la que se podía pasar, en corto espacio de tiempo, de la gloria al infierno. Se sentía orgulloso de su ascendencia árabe, agradecido a su lugar de nacimiento, áfrica del norte, y se consideraba hijo espiritual de al-Andalus, cuyo nivel cultural admiraba y de donde provenía su familia.</p>
<p class="bodytext">Fue práctica corriente en aquella época que numerosas familias de elevado nivel político e intelectual, abandonaran al-Andalus ante el avance cristiano y se instalaran en el Magreb, donde llegaron a formar una especie de “patriciado” al servicio de los gobernantes locales, que demandaban sus servicios. Su vida oscilaba entre el estudio, la enseñanza y la política, y su destino solía estar sometido a los vaivenes de sus protectores. Fue el caso de Ibn Jaldún: su familia había ocupado puestos de relevancia en al-Andalus y participado en las ambiciones, intrigas y luchas de la corte sevillana. También en Túnez su bisabuelo y abuelo habían intervenido en política aunque su padre se había retirado a una vida más contemplativa.</p>
<p class="bodytext">Recibió una esmerada educación y él mismo nos cuenta las materias que estudió: el Corán, los “dichos” del Profeta, la jurisprudencia, la lengua árabe y ciencias racionales, como matemáticas, lógica y filosofía. Cita, en su <em>Autobiografía,</em> a quienes fueron sus maestros y como a casi todos se los llevó la terrible peste negra, la gran plaga que barrería la faz de la tierra en el siglo XIV, “<em>tapiz con el que la muerte envolvería todas las cosas</em>”. Llama la atención la calidad de sus maestros así como la variedad de sus procedencias, lo que nos habla de la movilidad geográfica y versatilidad de aquella elite intelectual. Raro era el que nacía, vivía y moría en el mismo lugar, dedicándose a las más variadas actividades.</p>
<p class="bodytext">Entró al servicio de los regentes de Ifriqiya, su país natal, y decidió emigrar a Al-Andalus, tierra de sus antepasados, cuando perdió el favor de los gobernantes locales. Se trasladó al Reino de Granada, donde fue acogido con agrado por Ibn Ahmar y su visir, el famoso polígrafo y político, Ibn al-Jatib, otra de las grandes personalidades de la época. Llegó a Granada a finales de diciembre del año 764/1362, después de pasar por Ceuta donde había tenido una calurosa acogida y desembarcar en Gibraltar, que por entonces estaba bajo el dominio del soberano merinida de Marruecos. El sultán nazarí puso a su disposición algunas dependencias equipadas y amuebladas, acogiéndolo con todo tipo de deferencias.</p>
<p class="bodytext">“<em>Al año siguiente fui enviado como embajador a negociar un Tratado de Paz, en Sevilla con Pedro I el Cruel. Llevaba el encargo</em> –dice él mismo en su autobiografía– <em>de hacer ratificar el Tratado de Paz que ese rey cristiano había concertado con los príncipes de la España musulmana y era portador de presentes, magníficas telas de seda y caballos de pura raza, cuyas bridas estaban ricamente bordadas de oro. Llegado a Sevilla pude observar varios monumentos que atestiguaban el poderío de mis antepasados. Fui presentado al rey cristiano que me recibió con todos los honores. El ya sabía por su médico, el judío Ibrahim Ibn Zarzar, el rango que habían tenido mis ancestros en Sevilla, y le había oído elogiarme. Ibn Zarzar, médico y astrónomo de primer orden, me había visto en la corte de Abu Inan, quién habiendo</em><em>Alcázar de Sevilla, sede de la Exposición.</em><em>tenido necesidades y servicios lo había mandado a buscar al palacio de Ibn Amar. Después de la muerte de Reduan, primer Ministro de la corte de Granada, dicho médico ingresó al servicio del rey cristiano, quién lo puso a la cabeza de sus médicos</em>”.</p>
<p class="bodytext">La trayectoria de este médico nos ilustra, a su vez, cómo vivían las elites judías. Dado que no eran ciudadanos de ningún estado, siendo tolerados pero no pudiendo estar nunca seguros, llegaron a jugar un importante papel como inter aquellos príncipes, pasando de un lugar a otro según las posibilidades –y sobre todo la protección– que pudieran encontrar.</p>
<p class="bodytext">Pedro I le propuso que entrara a su servicio, ofreciéndole incluso restituirle los bienes de sus antepasados. Ibn Jaldun rechazó amablemente la oferta y volvió a Granada, donde se le había concedido una villa en la zona de El-vira, cerca de Pinos Puente, en una “<em>tierra irrigada de la vega de Granada</em>”. Su vida imprimirá en ese monumento su impronta y su particular visión del mundo del poder. Sevilla condicionará la historia de España debido a su actividad económica, su importancia estratégica y también tanto Alfonso X como Alfonso XI y Pedro I fueron de todos los reyes medievales los más afectos a esta ciudad.</p>
<p class="bodytext">Ibn Jaldún dice que fue introducido en la corte del sultán nazarí por su visir Ibn Jatib con quién tenía lazos de amistad por haberle hecho algún favor (prestado algunos servicios) cuando el sultán nazarí se encontraba en Fez. La vida de estos intelectuales andaba a caballo entre su dedicación al estudio, su intervención en política y los vaivenes para mantenerse en aquellas procelosas aguas.</p>
<p class="bodytext">No duraría demasiado su tranquilidad. Las intrigas de la corte y los celos que despertaba su posición le granjearon la enemistad de I. Jatib. “<em>Los favores que recibía del sultán</em> –dice– <em>consiguieron excitar contra mi los demonios de su envidia</em>”. Una vez más decidió cambiar de aires. Dos años después de su llegada a Granada partió de nuevo por el norte de áfrica.</p>
<p class="bodytext">Volvió de nuevo al Magreb donde estuvo al servicio de algunos señores locales, en una época en la que todo el territorio vivía una situación insegura y anárquica y eran múltiples los cambios en el poder, lo que afectaba directamente en los altos servidores. Tuvo que ejercer diferentes cargos, entre ellos los de conseguir alianzas entre las tribus bereberes de la zona para que prestaran fidelidad a algunos gobernantes para los que trabajaba, lo que cumplió a la perfección gracias a su inteligencia y dotes diplomáticas. No obstante, los problemas que tuvo en Granada volvieron a repetirse en aquellas cortes que debían dejar pálidas a las castellanas de las que los cronistas decían “<em>que las esperanzas cortesanas son prisiones donde el ambicioso muere y al más astuto nacen canas</em>”. En 1374 volvió a pasar a al-Andalus, al parecer con la idea de aplicarse definitivamente. Tuvo que desistir de la idea, pues el clima que encontró estaba muy enrarecido. Fueron muchas las presiones que recibió, siendo incluso acusado de haber contribuido a la evasión de Ibn Jatib que por entonces había abandonado el Reino Nazarí y exiliado en Marruecos. A pesar de las diferencias que habían existido entre ellos, debieron respetarse y admirarse mutuamente, ya que se mantuvieron en contacto y son varios los escritos que se enviaron en los que comentan los hechos más relevantes y las situaciones políticas en los diferentes reinos. Ibn Jatib no escapó a las acechanzas de aquellas turbulentas aguas políticas y moriría asesinado en Fez. Ibn Jaldun, a su vuelta al norte de áfrica, cansado de tantos avatares, se retiró a un castillo, Qalat Ibn Salam, en Argelia donde comenzó a escribir su gran obra.</p>
<p class="bodytext">No deja de ser sorprendente cómo escribían muchos intelectuales de la época: era frecuente que lo hicieran dictando páginas y más páginas, una detrás de otra. Debían tener una memoria prodigiosa, ejercitada a lo largo de los años hasta extremos difíciles de comprender hoy día. Quién lea los <em>Prolegómenos,</em> difícilmente puede comprender lo que el propio Ibn Jaldún cuenta. “<em>Durante la larga permanencia en el castillo, unos cuatro años, me olvidé enteramente de los reinos del Magreb y de Tlemcen, para ocuparme exclusivamente de mi obra. Tuve grandes deseos de consultar varios libros y recopilaciones que se encontraban únicamente en las grandes ciudades. Corregí y puse en limpio un trabajo casi enteramente dictado de memoria</em>” (tenía cuarenta y tres años por aquel entonces).</p>
<p>Ibn Jaldún contrajo entonces una enfermedad que le tuvo a las puertas de la muerte. En el año 1378/79 volvió a Túnez, su ciudad natal “morada de sus padres”, donde estableció bajo la protección del sultán “<em>tiré el bastón de viaje</em>”. “<em>Habiendo mi familia venido a reunirse conmigo nos hallábamos por fin juntos en un ambiente de dicha</em>”. En esta ciudad siguió trabajando en su obra, dedicado a la docencia, aclamado por la mayoría que ensalzaba sus conocimientos y odiado por algunos poderes locales.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL VIAJE HACIA ORIENTE</strong></p>
<p class="bodytext">Cansado de esta situación optó por hacer la peregrinación a la Meca y partió para Alejandría el año 1362 con la intención de alejarse y vivir en algún lugar que le permitiera dedicarse en paz y tranquilidad al estudio. Tardó algún tiempo en llegar y antes de continuar la peregrinación pasó por El Cairo, ciudad que le impresionó como ninguna otra y en la que se quedó a vivir. Realizaría la peregrinación algunos años más tarde. Extrañamente no ha dejado ninguna descripción de la Meca, ni de la impresión que le hiciera su visita.</p>
<p class="bodytext">Volvió a El Cairo, donde permanecería hasta su muerte. Describió esta ciudad con todo tipo de elogios y la llamó “metrópoli del mundo”, “jardín del universo”, “lugar de encuentro de las naciones”, “hormiguero humano” y “alta sede del Islam”. Por aquel entonces, Egipto estaba gobernado por los mamelucos que controlaban Siria.</p>
<p class="bodytext">Dedicó la mayor parte de su tiempo en esta ciudad al estudio y a terminar su obra. Ejerció funciones de gran cadi del rito malikita, puesto para el que fue nombrado por el sultán mameluco que le dispensó, una vez más todo tipo de favores y apoyo, incluso ante los ataques que una vez más se reprodujeron en los numerosos enemigos que se creó en el ejercicio de su cargo.</p>
<p class="bodytext">La descripción que hace Ibn Jaldún del funcionamiento y actuaciones de los cadíes no puede ser más deprimente y no se recata en sus críticas a las componendas y a la mani pulación que hacían de las <em>jativas</em> en beneficio de los poderosos. La estricta aplicación de la justicia, tal como honestamente entendía debía aplicarse, le generó todo tipo de enfrentamientos con el poderoso estamento judicial, por lo que tuvo que abandonar su puesto, aunque siguió gozando del apoyo del sultán.</p>
<p class="bodytext">En sus primeros años en Egipto hizo venir a su familia pero todos ellos murie ron como consecuencia del naufragio del barco que los transportaba. “<em>Un golp</em>e <em>fuerte vino a herirme profundamente. Toda mi familia se había embarcado en e</em>l <em>puerto del Magreb, para venir a mi lado; pero la nave zozobró en medio de l</em>a <em>tempestad y todo el mundo pereció. Así, un solo revés me arrebató para siempr</em>e <em>riqueza, dicha y esperanza</em>”.</p>
<p>Cuando los tártaros invadieron Siria fue con el sultán a Damasco, donde tuvo la oportunidad de entrevistarse con Tamerlán que asediaba la ciudad. Aunque los ciudadanos de Damasco trataron de evitar la conquista de su ciudad y lograron pactar con su enemigo, éste, tras recibir una enorme cantidad de dinero, no hizo honor a su palabra y finalmente se apoderó de la ciudad, matando a gran número de sus habitantes a los que despojó de todas sus riquezas.</p>
<p class="bodytext">Ibn Jaldún pudo salvar la vida, gracias a la impresión que su persona, sus conocimientos y su elocuencia hicieron al caudillo tártaro quién le permitió mediante salvoconducto, regresar al Cairo. En el camino de vuelta, sería atacado por algunos bandidos, que lo despojaron de todo lo que poseía, aunque pudo salvar la vida. Volvería a ejercer funciones de cadi. Finalmente moriría poco después, a la edad de setenta y cuatro años.</p>
<p class="bodytext">La vida de Ibn Jaldún, dice Albert Hourani, en su “Historia de los Pueblos árabes”, según la descripción que el mismo nos ha dejado, refleja el mundo al que perteneció: “<em>Un mundo cargado de recordatorios de la fragilidad del esfuerzo humano. Su propia carrera demuestra la inestabilidad de las alianzas de intereses en las que confiaban las dinastías para conservar su poder, y el encuentro con Timur ante Damasco deja claro como puede afectar el surgimiento de un nuevo poder a la vida de las ciudades y los pueblos. Fuera de la ciudad, el orden era precario: un emisario del gobernante podía ser saqueado, un cortesano a quién se le retiraba el favor podía refugiarse fuera del alcance del control urbano. La muerte de los padres, víctimas de una epidemia, y de los hijos, en un naufragio, enseñan una lección sobre la impotencia humana en manos del destino. Sin embargo, se percibe algo estable o que, al menos, parecía serlo. Un mundo en el que una familia del sur de Arabia podía mudarse a España y regresar, al cabo de seis siglos, a su lugar de origen y hallarse en parajes aún familiares, poseía una unidad que trascendía las divisiones en el espacio y en el tiempo; la lengua árabe podía abrir la puerta a los altos cargos y a la influencia en cualquier parte de ese mundo; un conocimiento, transmitido durante siglos por una cadena conocida de maestro preservaba una comunidad moral incluso si cambiaban los gobernantes; los lugares de peregrinaje, la Meca y Jerusalén, constituían polos inmutables del mundo de los hombres, incluso si el poder trasladaba su sede de una ciudad a otra; y la creencia en un Dios que había creado y sostenido el mundo podía dar significado a los golpes del destino</em>”.</p>
<p class="bodytext"><strong>Jerónimo Páez</strong></p>
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		<title>Expedición «Río de oro» al Sáhara Occidental</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/expedicion-rio-de-oro-al-sahara-occidental/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:39:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 24]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Se cumplen ciento veinte años de la expedición de los españoles Cervera, Quiroga y Rizzo al Sáhara Occidental, entonces denominado Río de Oro, que está considerada como la primera expedición [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Se cumplen ciento veinte años de la expedición de los españoles Cervera, Quiroga y Rizzo al Sáhara Occidental, entonces denominado Río de Oro, que está considerada como la primera expedición científica a esa zona del Sáhara. Su importancia radica tanto en los datos topográficos, geológicos, botánicos y meteorológicos recogidos, como en los tratados firmados con las <em>cabilas</em> del lugar. Estos tratados permitieron a España extender su influencia hacia el interior y a las Sociedades Geográficas de la época idear planes para captar la actividad comercial de las caravanas que se comunicaban con la franja subsahariana desde las salinas del Iyil, punto culminante de la expedición. Se afianzaba así, por otra parte, la protección de los caladeros costeros, considerados de una gran riqueza, donde faenaban pescadores canarios.</p>
<p class="bodytext">Para la conmemoración se van a realizar diferentes eventos, el más importante de todos la repetición de aquella histórica expedición, el próximo mes de noviembre. Para la organización de los actos se ha constituido un Comité, gracias a la iniciativa de Jorge Pina, miembro de la SGE, que ha aglutinado a un conjunto de instituciones que, en algunos casos, participarán directamente en la expedición. Entre ellos está Real Sociedad Geográfica, de cuyos miembros partió en 1886 la idea de la expedición, la Real Sociedad Española de Historia Natural y el Museo Nacional de Ciencias Naturales, que atesoraron y estudiaron las colecciones traídas por los expedicionarios. Y junto a estas, el Instituto Geológico y Minero de España, el Ilustre Oficial Colegio de Geólogos, la Fundación Giner de los Ríos y el Club Alpino-Montañeros Madrileño. No podía faltar la Sociedad Geográfica Española, heredera de aquella curiosidad geográfica que impulsó las expediciones históricas y a la que no le es ajeno nada relativo a los viajes de exploración realizados por españoles, como demuestran las muchas páginas dedicadas en su Boletín y en sus publicaciones a los viajeros de diversas épocas, dado que todo lo relativo a los viajes y la investigación historica de los viajeros españoles constituye una de sus más poderosas razones de ser.</p>
<p class="bodytext">Varios son los actos previstos por el Comité: la realización de un ciclo de conferencias en el Museo de Ciencias Naturales y en la Fundación Giner de los Ríos en los meses de septiembre y octubre acompañadas de una exposición con mapas, textos y objetos diversos; la publicación de un libro conmemorativo con materiales de interés y artículos de investigadores de diversas disciplinas relacionadas con el evento; la edición de un video sobre la ruta seguida por los expedicionarios; y la realización, en noviembre de 2006, de un viaje a la zona.</p>
<p class="bodytext">Las conferencias se celebrarán en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y abordarán diversos aspectos relacionados con la expedición histórica de Cervera, Quiroga y Rizzo, como son: el contexto histórico nacional e internacional de aquellos años y la importancia de la Conferencia de Berlín, los aspectos biográficos de los expedicionarios (Francisco Cervera, que llegaría a ser el primer catedrático de Cristalografía en Europa, Julio Cercera, militar ilustrado y Felipe Rizzo, arabista que fue cónsul en diversas plazas marroquíes), el relato de la propia expedición, jalonada de acontecimientos, o el marco geográfico del Sahara Occidental.</p>
<p class="bodytext"><strong>OBJETIVO: LA SEBJA DE IYIL</strong></p>
<p class="bodytext">En cuanto a la expedición que tendrá lugar en noviembre y en la que participarán representantes de las diferentes instituciones científicas que intervienen, su objetivo es alcanzar la <em>sebja</em> del Iyil, lugar en que se montó el campamento de la expedición de Cervera y Quiroga, donde se firmarían los tratados con los <em>chiuj</em> del adrar Tmarr. Se visitarán algunos lugares de interés, como el macizo de Aussert, con sus montañas negras y sus pinturas rupestres, las ciudades almorávides de Xingueti y Ouäne y, entre otros enclaves, las interesantes minas de hierro y el ferrocarril que lleva el mineral hasta Nouadhibou (antiguo Port Etienne), el más largo del mundo con esta finalidad.</p>
<p class="bodytext">Esta es una excelente oportunidad para recordar los hechos y el contexto en que se produjeron, y también un buen momento para preguntarse por el sentido de los acontecimientos históricos que motivaron el proceso de colonización decimonónico, así como por las causas que han llevado a un general desconocimiento de nuestros viajeros y científicos.</p>
<p class="bodytext">Adelantando algunas de las cuestiones que abordará la conmemoración, podemos retomar algunas notas incluidas en este Boletín hace algunos números, sobre el viaje de Cervera, Quiroga y Rizzo:</p>
<p class="bodytext">«La expedición partiría de Río de Oro el 16 de junio de 1886 con 14 dromedarios y una perra, siguiendo transversalmente el trópico de Cáncer hasta adentrarse 400 kilómetros en el interior del Sáhara y alcanzar, treinta días después, la Sebja o depresión en donde se depositan las salinas del Iyil, hasta entonces no visitadas por ningún cristiano. Los expedicionarios cruzaron por la Hamada de areniscas dunares fósiles del Guerguer, con sus clásicos guelbet (corazones), formas que adquieren, como explicaría Quiroga, por su constitución caliza en su parte media y arenisca incoherente en la parte superior e inferior. Finalmente, atraviesan el macizo precámbrico del Tiris, en grandes extensiones formadas por granitos, llegando a la cubeta de Arauan, donde se encontraron las salinas. A Quiroga (1853-1894) le llamó poderosamente la atención el yeso eflorecido, cocido, en superficie, producto de las altas temperaturas, así como la rapidísima volatilización que sufrían los líquidos, lo que le ocasionaba la desecación de la cornea del ojo por evaporación de las lágrimas.</p>
<p class="bodytext">Los problemas con la temperatura y la sequedad apenas se podían comparar con los que les causaron los guías locales y las tribus que habitaban las zonas por las que atravesaban. En uno de los primeros paseos desde la Península de Río de Oro sufrieron el primer ataque. Luego vendrían más, los peores:<br />
<em>“Ya al tercer día de marcha por el desierto –comenta Cervera–, nuestros mismos acompañantes intentaron asesinarnos”.</em> En la travesía fueron recibidos por la tribu de los Uled-Delim, lo que no mejoró mucho las cosas <em>“…llegaron otros a pié, y todos formaron un apiñado grupo con nuestros acompañantes, deliberando largo rato y dirigiéndonos constantemente miradas siniestras. Se trataba de la forma en que nos atacarían para apoderarse de los géneros y víveres que llevábamos… poco a poco fueron incorporándose al grupo otros árabes que llegaban de un duar vecino, y la situación se complicaba por momentos. Los Uled-Delim exigían fuerte tributo por atravesar su territorio… fue preciso ensayar en su presencia nuestras carabinas Winchester…” (Cervera, 1886, 3).</em></p>
<p class="bodytext">Es evidente que no habían acertado con la compañía, pues atravesando la llanura de Ar-Rak <em>“…después de un altercado ruidoso, nos cerramos a la banda, empu</em><em>ñando enérgicamente las armas, y les negamos cuanto pedían, incluso víveres para su alimentación. Acostáronse sin cenar y al siguiente día se mostraron más razonables…. Pero su venganza llegó pronto. No emprendieron la marcha hasta la ocho de la mañana… era el 20 de junio, marchábamos siguiendo el mismo trópico, y el sol, por consiguiente, a las doce del mediodía lo teníamos en la vertical del lugar; no podíamos recibir más perpendicularmente sus abrasadores rayos. A las tres de la tarde el termómetro marcaba 62º centígrados; la lengua pegada al paladar; los labios, secos y cortados no se movían; con terrones de ácido cítrico procurábamos refrescar la boca; la perra, jadeante y loca, escarbó desesperadamente las ardientes arenas buscando una capa inferior menos caliente y se tendió en el hoyo moribunda, lanzando lastimeros aullidos. Y para mayor mérito, a lo lejos, hermosos fenómenos de espejismo nos hacían admirar grandes lagunas de cristalinas aguas” (Cervera, 1886, 4).</em><em>las montañas que sirven de frontera al Adrar-Tmarr. Al día siguiente, enarbolamos la bandera española en nuestro campamento y en nombre de la Sociedad Española de Geografía Comercial tomamos posesión de todo el territorio ocupado por los jefes de las tribus allí presentes, levantando acta de dicha toma de posesión” (Cervera, 1886, 6).</em><em>Pinturas rupestres del Ouadi Quenta. Bou Dheir.</em></p>
<p class="bodytext">Bajo estas circunstancias, advierte Cervera, <em>“las observaciones astronómicas, topográficas, científicas de todo género, se hacen con dificultad en países de árabes. Es preciso ocultar los instrumentos, la cartera de apuntes, el lapicero: todo les infunde recelo y desconfianza”.</em> No obstante, la expedición fue un éxito desde el punto de vista científico. Los materiales botánicos y zoológicos aportados por Quiroga fueron clasificados y estudiados por distintos especialistas del Museo de Ciencias Naturales y la Universidad de Madrid, como Blas Lázaro e Ignacio Bolivar. Quiroga tardaría un tiempo en ordenar sus notas, contrastar sus criterios y publicar sus observaciones. Varias décadas después se le seguía citando en trabajos científicos sobre el desierto. Por primera vez se tenía una adecuada visión de la topografía y la constitución geológica del Sáhara Occidental, desterrándose así la idea de que el interior era una zona deprimida bajo el nivel del mar sin posibilidad de inundación para la creación de un mar interior, como se venía especulando. Quiroga corregiría también las erróneas apreciaciones de Lenz en su travesía hacia Tombuctú, extendiendo las características geológicas de la fosa del Tinduf a toda la zona occidental <em>(BSGE, n. XXX, 2005)»</em></p>
<p class="bodytext"><strong>José Antonio Rodríguez Esteban</strong></p>
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		<title>El primer descenso del Nilo Azul</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-primer-descenso-del-nilo-azul/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:38:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 24]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A comienzos del siglo XXI, pocas exploraciones geográficas quedan ya por realizar en nuestro planeta, y una de las últimas en llevarse a cabo fue la que se organizó en [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-primer-descenso-del-nilo-azul/">El primer descenso del Nilo Azul</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">A comienzos del siglo XXI, pocas exploraciones geográficas quedan ya por realizar en nuestro planeta, y una de las últimas en llevarse a cabo fue la que se organizó en el año 2004 con motivo de la realización de la película documental “El misterio del Nilo”. Fue una expedición que recorrió el río a lo largo de su principal tributario, el Nilo Azul, que transporta las aguas provenientes de las lluvias monzónicas en las altas montañas de Etiopía. Esta ha sido la primera expedición completa y documentada del Nilo Azul de la historia, realizada a bordo de barcas ligeras que tuvieron que sortear toda clase de rápidos y accidentes geográficos.</p>
<p class="bodytext">Para muchos aventureros, el Nilo es un referente épico de aventuras exóticas y descubrimientos, y el Nilo Azul, el misterioso tributario al que el Nilo Blanco desposeyó injustificadamente la gloria de su nacimiento. Y es que el Nilo, el río más famoso y fecundo para la civilización, ha despertado una gran fascinación desde la antigüedad, reconocida ya por las crónicas del viajero griego Herodoto, que en el siglo IV a.C. escribió acerca del enigma de su procedencia. Mucho más tarde, en el siglo XVIII, el ansia de fama y fortuna de los exploradores europeos situó el descubrimiento de sus fuentes como uno de los mayores retos de todos los tiempos. Sin duda, la visión eurocéntrica de la época victoriana tuvo mucho que ver con encumbrar tal reto a la categoría de gesta universal, menospreciando el vínculo de quienes, generación tras generación, vivían apegados a la historia y a la realidad de un río que sustentaba su existencia: los propios africanos.</p>
<p class="bodytext">En 2006, el río más largo del mundo sigue surcando la misma ruta de hace ciento cincuenta años, cuando Richard Burton y John Hanning Speke se abrían paso a golpe de machete por el lago Tanganika y las Montañas de la Luna hacia el lago Victoria, pero el entorno humano y medioambiental por el que discurren sus aguas ha cambiado tremendamente: sobrepoblación, carreteras, diques, presas hidroeléctricas, lagos artificiales, segmentos desviados, cruceros, barcas motoras, bombas extractoras para irrigar los campos, puentes, canales ciegos contaminados, vertederos, etc. Ni Burton ni Speke podrían haber imaginado tal transformación desde los tiempos de la enconada competición que mantuvieron para presentarse ante la sociedad británica y al mundo como los primeros descubridores de las fuentes del Nilo. Tampoco podrían haber imaginado semejante transformación los mismos nativos de la región, que hoy ven con asombro como el caudal del gran río empieza a ser insuficiente para cubrir sus necesidades y expectativas de desarrollo. Cerca de doscientos millones de personas dependen hoy de las aguas del Nilo Azul, y la población va camino de doblarse en los próximos veinticinco años. Tal expectativa obliga a los gobiernos de Etiopía, Sudán y Egipto a plantearse cómo asegurar el caudal y la calidad del agua del río en el futuro.</p>
<p class="bodytext">Desde hace unos diez mil años, desde que el Nilo alimentó una floreciente sociedad agraria neolítica emergente, las continuas crecidas del río constituyeron el reloj de una civilización cada vez más sofisticada que, leyendo los astros e interpretando la naturaleza, crearía el primer calendario anual de 365 dias de la historia de la humanidad. La civilización egipcia es, con rotundidad, la gran civilización del río y sobre sus orillas han quedado los testigos de varias dinastías de reyes que, desde el 2900 a.C hasta el siglo I de nuestra era han dejado como legado sus pirámides, sus templos, sus tumbas y sus ajuares para encontrarse en la vida del más allá. A mi entender, no hay obra de ingeniería y arte capaz de igualar las pirámides de Keops, Kefrén i Micerinos, las tumbas de Sethi I, Tutmosis III y Nefertari o los templos de Luxor, Karnak y Abu Simbel.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL MISTERIO DEL NILO</strong></p>
<p class="bodytext">En los años noventa, diversos viajes al Nordeste de Africa para la realización de una serie documental de televisión sobre la conservación del Patrimonio Cultural de la Humanidad me acercó al patrimonio cultural y natural de tres países unidos por las aguas del Nilo Azul: Etiopía, Sudán y Egipto, y más que sentirme cautivado por las grandes expediciones victorianas, me sentí cautivado por la realidad de una región que mantiene vivo un legado histórico, cultural y natural impresionante. Egipto, por más que acceda a la modernidad y al progreso, conserva el aura de belleza y misterio en cada piedra de sus templos; Sudán, aunque despierta de su letargo y abandono, sigue conservando la mayor variedad de paisajes desiérticos y pueblos olvidados del mundo; y Etiopía, a pesar de convertirse en un destino turístico ofensivo para la miseria de su población, guarda el resplandor de tres herencias dentro de un sólo Estado: la herencia judeocristiana del Norte, la islámica del Este y la africana tribal del Sur. El mosaico de pueblos, razas, culturas y paisajes a lo largo de estos tres paises, conectados por la costa del Mar Rojo al Este y por el río al Norte –el Nilo Azul– constituye uno de los puzzles geográficos y antropológicos más interesantes del planeta. No era de extrañar, por tanto, que tras trotar cámara en mano por estos paises para mis anteriores documentales de televisión, decidiera por fin llevar a cabo un proyecto cinematográfico de la magnitud de “El Misterio del Nilo”, una película en Gran Formato IMAX que recorrería los tres paises, llevado por la corriente de las aguas del Nilo Azul: cerca de cinco mil kilómetros, navegando río abajo desde las inmediaciones del Lago Tana en Etiopía hasta la costa mediterranea en Egipto, un reto no apto para ningún productor de cine que no resista los desquiciantes problemas logísticos, de aduanas, de permisos y de mobilidad que comporta proyecto semejante.</p>
<p class="bodytext">En la idea original del proyecto se barajaban dos alternativas: remontar el río o bien descenderlo; dos opciones que marcaban perspectivas diferentes.</p>
<p class="bodytext">La de remontar el río suponía poner el acento en conseguir realizar una gesta expedicionaria al estilo de los viejos héroes Burton, Bruce, Speke o Livingstone, y la segunda dar mayor relevancia al discurrir del mismo río antes que a la aventura expedicionaria. Finalmente, tras darnos cuenta de que el verdadero protagonista era el río y no nuestra pasión aventurera y de que podríamos realizar la navegación en botes ligeros hasta el Mediterráneo, nos decidimos por la segunda opción.</p>
<p class="bodytext">A primeros de noviembre de 2003, un equipo de cuarenta profesionales de rodaje, logistas y expedicionarios llegábamos a Bahir Dar, a orillas del Lago Tana, para empezar una aventura que nadie sabía como acabaría. Los protagonistas del viaje y de la película eran seis voluntarios que se habían prestado a participar hasta donde llegaran sus fuerzas. Además del geofísico, aventurero y líder de la expedición Pasquale Scaturro, contamos con el kayakista Gordon Brown, la arqueóloga española Myriam Seco, el fotógrafo chileno Michel L’Huillier, la periodista Saskia Lange y el hidrólogo egipcio Mohamed Megahed. Los primeros días de rodaje se destinaron a asegurar escenas y secuencias en varias localizaciones y a mediados de diciembre se filmaba el descenso de las barcas por las famosas cataratas Tisisat, el desagüe del Lago Tana a partir del cual las aguas empiezan a discurrir por un larguísimo y accidentado cañón. A partir de ahí, los protagonistas eran libres de seguir, abandonar o evitar los tramos que consideraran más arriesgados, pero la mayoría decidió seguir en la balsa y dos de ellos, Scaturro y Brown, culminarían todo el trayecto hasta Alejandría sin dejar el bote ni un solo día.<br />
Aún a pesar de los grandes riesgos, la decisión de llevar a cabo la aventura fue un acierto: durante 115 días, un equipo de exploradores conducidos principalmente por Scaturro superó con éxito toda clase de dificultades, como cataratas, rápidos mortales, ataques de cocodrilos e hipopótamos, disparos de bandidos, brotes de malaria, accidentes de navegación, etc. Entre los recuerdos de Gordon Brown figura el milagroso remo que se interpuso entre su cuerpo –enfundado en el frágil Kayak– y un enorme cocodrilo de seis metros que saltó a comérselo; entre las de Michel se cuenta un peligroso vuelco en los rápidos que le tuvo a muy poco de ahogarse; y entre las de Mohammed hay que destacar el agotamiento y los mareos que sufrió mientras ayunaba por el Ramadán. Entre las mías se encuentra la avería del helicóptero de rodaje en uno de tantos despegues y que a punto estuvo de cobrarse la vida del pasaje.</p>
<p class="bodytext">Como máximo responsable de la producción de la película, mis mayores temores se centraban siempre en la integridad física de todo el equipo de rodaje y de expedición, especialmente durante los tramos más complicados del viaje, situados a lo largo de las gargantas Negra y Norte, en el angosto cañón por el que discurre el Nilo Azul entre el lago Tana y la frontera con  Sudán. Este cañón, marcado por la enorme cicatriz geológica del valle del Rift, hundido en un manto de lava volcánica de hace veinte mil años, es uno de los lugares más abandonados y remotos del mundo, sin una sola casa, carretera de acceso o luz eléctrica a lo largo de sus ochocientos kilómetros.</p>
<p class="bodytext">Salvado el Gran Cañón de Africa, a finales de enero, lo que vendría a continuación sería más tranquilo, aunque no menos complicado. Cruzar una frontera en Africa, por el lugar más insólito y remoto, siempre trae sus complicaciones. Llevó varios dias convencer a un puñado de soldados sudaneses encargados de proteger la frontera de que nuestras dos balsas de goma y el Kayak no sólo disfrutaban del permiso y de los visados oportunos expedidos en Addis Abeba y Jartum sino que no formaban parte de ninguna estrategia invasora. En muchas ocasiones anteriores, nuestra expedición había sido blanco de los disparos de bandidos etíopes –shifta– que pretendían asaltarnos y, en todas esas ocasiones, la ayuda brindada por los soldados etíopes que nos acompañaban nos ayudó a repeler la agresión y a seguir nuestro camino río abajo. Sin embargo esta vez, ante un destacamento fronterizo sudanés abandonado a su suerte en medio de la nada, la desconfianza y el impertinente abuso de autoridad consiguieron retener el viaje por unos cuantos dias.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA LARGA TRAVESíA DE SUDáN</strong></p>
<p class="bodytext">Ya en Sudán, y superada la presa de Roseires, la expedición se abrió paso entre aguas mucho más calmadas, dando tiempo a disfrutar del contacto con los habitantes de algunos pueblos levantados con el barro de las orillas del río. Si en Etiopía habíamos vivido nuestra lucha más intensa contra los rápidos y contra toda clase de agresiones y accidentes, en Sudán el ritmo cansino de las aguas nos llevó hasta paisajes y gentes mucho más apacibles. Más tarde, el desagradable “hamzin” nos cubrió de arena y polvo durante diez eternos días, hasta llegar a Jartum, donde el Nilo Azul y el Nilo Blanco convergen dividiendo una extensa metrópolis de cerca de cuatro millones de habitantes. El Nilo Azul, cuyas aguas llegan a Jartum con un color más oscuro, aporta más del ochenta por ciento del total del caudal del gran Nilo, y arrastra mayor cantidad de nutrientes que el Nilo Blanco. Cuando los agricultores egipcios esperaban con ansia la crecida del río para fecundar sus campos, poco imaginaban que la mayor riqueza provenía de las altas montañas de Etiopía.</p>
<p class="bodytext">Ante la larga travesía de Sudán, con mucho el país más grande de Africa, las reticencias de algunos miembros de la expedición por pisar un país crispado por el fanatismo religioso resultaron ser completamente absurdas. Los sudaneses, especialmente en las zonas rurales, son gente muy amable, dispuesta a ayudar y a compartir todo lo que tienen, seguramente como han sido siempre con las únicas excepciones del conflicto colonial con los británicos o las guerras de supervivencia con sus vecinos. El río pace aquí con una enorme calma, ahogado por temperaturas que alcanzan fácilmente los cuarenta y cinco grados centígrados y un entorno llano, pedregoso y desértico sobre el que brillan los testigos del esplendor “kushita” , la civilización que prosperó entre el siglo VII y el siglo I a C, en ocasiones rivalizando con los egipcios y en otras asumiendo un intercambio político y cultural muy productivo para ambos. Fruto de sus años de esplendor, se conservan las pirámides de Meroe o Napata, así como numerosas ciudades y templos de tantas otras épocas. En cualquier caso, el viaje hasta la frontera con Egipto estuvo salpicado por largas horas de navegación ante intensos amaneceres y puestas de sol, animadas charlas ante un te recalentado y excursiones a templos, ciudades y pirámides de la antiguedad, abandonadas en medio del desierto.</p>
<p class="bodytext">Al entrar en Egipto, la expedición tuvo que cruzar el lago Nasser, el lago artificial más largo del mundo, bajo una fuerte tormenta que amenazó los botes con naufragar en más de una ocasión; pero una vez sorteada la gran presa de Asuán, el río, completamente manso, se fue poblando de falucas, barcos mercantes y cruceros turísticos hasta cubrir la vista de los innumerables templos y de las cada vez más escasas aldeas tradicionales. De Luxor a Cairo, el Nilo se ha convertido en una autopista de servicios que conecta una sucesión de villas y ciudades cada vez más pobladas. Y del Cairo a Alejandría, destino final de la expedición, constatamos como el agua del río se vuelve cada vez más densa y oscura, contaminada por los miles de desagües urbanos y puertos industriales. Incluso los innumerables brazos del delta, antaño el vergel de Egipto, se han convertido en cloacas fétidas que piden desembocar rápidamente al mar.</p>
<p class="bodytext"><strong>MáS QUE UNA AVENTURA</strong></p>
<p class="bodytext">Al fin y al cabo, han sido cinco mil kilómetros de contrastes donde, para la expedición, lo realmente duro no ha consistido en sortear peligros y accidentes geográficos sino más bien en resistir a la soledad y a la conflictiva convivencia que obliga una balsa de goma de menos de tres metros. Todo ello ha concluido con una bella película de aventuras que combina la experiencia emocional de seis protagonistas que sienten con entusiasmo y respeto la historia, la cultura y el paisaje del Nilo como algo propio. En contra de lo que podria haber sucedido, la expedición de “El misterio del Nilo” no ha consistido en una aventura “egoísta”, fabricada para cobrar fama personal a costa de una gesta que olvida las gentes, la cultura y la realidad social de los paises por los cuales viaja, sino todo lo contrario: una aventura organizada para transmitir lo más fielmente posible la realidad de Etiopía, Sudán y Egipto a través del cordón umbilical del Nilo, propósito y visión ciertamente muy diferentes de los que movieron a personajes como James Bruce, el explorador escocés que en 1770 tuvo la osadía de proclamar que había descubierto las fuentes del Nilo Azul, obviando que los etíopes conocían muy bien desde tiempos inmemoriales donde se hallaban las fuentes.</p>
<p class="bodytext">Para realizar nuestra película nos hemos guiado más por el ejemplo del padre Páez, un valiente misionero español enviado a Etiopía a principios del siglo XVII para convertir al catolicismo a la Iglesia Ortodoxa etíope, que entabló una gran amistad con el emperador Susinios y recorrió el país embarcándose en numerosas expediciones de elevado riesgo. El padre Páez asimiló la cultura y tradiciones etíopes y, en uno de sus tantos viajes, se convirtió en el primer occidental en “descubrir” y describir el nacimiento del Nilo Azul. Páez vio la fuente del Nilo Azul el 21 de abril de 1618 y escribió: “<em>confieso que me siento afortunado y feliz al contemplar lo que Alejandro Magno, Julio César y los reyes Ciro y Cambeses añoraron pero jamás consiguieron</em>”. El padre Páez fue una persona muy humilde que nunca consideró su logro como un “descubrimiento”. Siempre explicó y reflejó en sus notas que “vio” la fuente del Nilo, puesto que los etíopes ya sabían de su existencia y veneraban sus aguas sagradas.</p>
<p class="bodytext">Hoy día las aguas del Nilo Azul siguen siendo veneradas por los etíopes, conscientes de que constituye su principal fuente de subsistencia. En el mismo nacimiento –Guish Abbay– siguen celebrándose ritos de veneración donde el rito cristiano ortodoxo se mezcla con costumbres ancestrales. De hecho, el altiplano etíope y especialmente el lago Tana, que recoge las aguas de los torrentes de las montañas circundantes, representa para la civilización etíope un enorme santuario histórico-religioso poblado de decenas de pequeñas iglesias que actuaron durante siglos como reducto de la dinastía de reyes cristianos que, durante la época medieval, se recluyeron a protegerse de las tropas musulmanas de Ahmed Gragn. Los musulmanes etíopes de la región de Harar, impulsados por el vendaval islamizador que recorría ambos lados del Mar Rojo, persiguieron a los cristianos y estuvieron a punto de imponer el Islam en toda Etiopía en el siglo XVI.</p>
<p class="bodytext">El Lago Tana, aunque sin los densos bosques que lo rodeaban por la tala indiscriminada, guarda algunos rincones selváticos donde aún se conservan testigos de esa resistencia cristiana. En los bordes del lago y en algunas islas resisten vetustas iglesias de piedra y madera o bien las de planta redonda y techo de paja –Istafanos, Beta Georgis, Ura Kidane Mehret–. En todas ellas, un tabernáculo cerrado, decorado con pinturas murales sobre tela o madera de incalculable valor artístico, guardan sus réplicas del Arca de Alianza con las Tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés. En el centro del universo místico y de las leyendas populares etíopes siempre figura en lugar destacado la fábula de la unión del Rey Salomón y la Reina de Saba y la osadía de su progenitor, Menelik, por llevarse de Jerusalén a Axum la famosa Arca de Alianza. Según reza la leyenda, Menelik pudo salvarse de la cólera de su padre, el rey Salomón, gracias a la ayuda de los ángeles, que llevaron su comitiva en volandas hasta Etiopía. No hay evidencias sobre el camino que recorrió Menelik de vuelta a casa con el arca pero son muchos los que sostienen que debió hacerlo remontando el Nilo Azul ya que de hacerlo por la costa del Mar Rojo, la vía más fácil y tradicional, le hubieran dado caza fácilmente. Igualmente, no hay evidencia que corrobore que los judíos etíopes –<em>falasha</em>– sean descendientes de la famosa tribu perdida de Israel. Para los etíopes, creer en las leyendas que enaltecen su tradición judeo-cristiana y en la existencia misma del Arca, es una cuestión de fe absolutamente innegable, y toda la simbología político-religiosa, incluida la supuesta legitimidad del “negus” Haile Selassie, derrocado por un cruento golpe de estado en 1974, se basa en ella.</p>
<p class="bodytext">Sean ciertas o no las bellas historias que nutren la tradición etíope, yo mismo quedé sorprendido hace ya unos años cuando comprobé que en las ceremonias religiosas los etíopes usaban sistros –<em>tsentsatil</em>– y cadencias musicales del Egipto antiguo mezcladas con danzas antiguas judías. ¿Cómo se inició y mantuvo esa conexión entre las tierras de Etiopía y de Egipto, a través de las planicies que hoy conforman el Sudán?. ¿Qué papel jugó el Nilo Azul y otros tributarios etíopes en el desarrollo de todos los pueblos que se alimentaban en sus orillas?. El Nilo Azul guarda una gran cantidad de secretos sobre cada uno de los millares de hombres y mujeres que construyeron su propia historia, de generación en generación, gracias al sustento del gran río. Todos los miembors del equipo de producción y de la expedición organizada con motivo de la realización de “El misterio del Nilo” ha pretendido leer y comprender algunos de estos pequeños y grandes secretos escritos a lo largo de los casi cinco mil kilómetros del Nilo Azul.</p>
<p class="bodytext">Después de dos años de intenso trabajo, de los 115 dias de navegación y de un buen número de aventuras y anécdotas de viaje, el río nos ha enseñado el enorme poder de la naturaleza y la huella de su fuerza espiritual sobre las generaciones que se han servido de él. Esa fuerza nos ha contagiado también a nosotros. Para todos nosotros, este viaje por el Nilo Azul ha sido mucho más que una travesía. Nos ha cambiado por completo. Hemos vuelto a sentir lo que siente un niño en su infancia ante lo desconocido, el fluir de la sangre en las venas ante una emoción incontenible.</p>
<p class="bodytext"><strong>Jordi Llompart</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-primer-descenso-del-nilo-azul/">El primer descenso del Nilo Azul</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Joseph Towsend, el reverendo ilustrado. Un viaje por España en la época de Carlos III</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/joseph-towsend-el-reverendo-ilustrado-un-viaje-por-espana-en-la-epoca-de-carlos-iii/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 01 Jul 2006 16:16:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 24]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVIII]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Jos Martín</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/joseph-towsend-el-reverendo-ilustrado-un-viaje-por-espana-en-la-epoca-de-carlos-iii/">Joseph Towsend, el reverendo ilustrado. Un viaje por España en la época de Carlos III</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h6>En 1786 el reverendo inglés Joseph Towsend cruzaba los Pirineos con el ánimo de recorrer durante quince meses la mayor extensión posible de España. Su libro de viajes muestra su particular visión de la España del XVIII y es considerado todo un clásico. Quizás el relato mas serio y detallado, anterior al famoso manual de Richard Ford.</h6>
<p>&nbsp;</p>
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<h3><em><strong>Por Jos Martín</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-24/">Bibliografía: Boletín 24. Julio de 2006</a></p>
</div>
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<p class="bodytext">En las dos décadas posteriores a 1770, una avalancha de viajeros europeos llegó a España con el propósito de recorrerla. Fruto de ello fue la publicación de más de treinta libros de viaje referidos a nuestro territorio. Lo español, ¿se había puesto de moda? Los que han estudiado en profundidad este fenómeno suelen señalar el cansancio de los viajeros ilustrados por el <em>Grand Tour </em>y la búsqueda de territorios más exóticos. Ya se notaba en el ambiente un cierto aire de romanticismo que chocaba frontalmente contra el viejo concepto del viaje, y eruditos y pre-románticos calzaban sus guantes para medirse en los primeros combates dialécticos (a veces fratricidas) sin darse cuenta de que ambos tenían razón: en el rincón derecho, el peso pesado Samuel Johnson, inglés defensor de las ideas antiguas que tomaban el viaje como una vía académica que sirviera fundamentalmente para el estudio y el conocimiento; en el rincón izquierdo, el joven escocés James Boswell, su biógrafo y amigo, representante de las nuevas tendencias. Johnson inicia el combate lanzando un gancho sensacional. “<em>¿El paisaje? Una hoja de hierba es siempre una hoja de hierba tanto en un país como en otro. Si queremos conversar, hablemos de algo que tenga sentido. Los hombres y las mujeres son el objeto de mi estudio</em>”. Boswell reponde con un crochet al mentón: “<em>No puedo evitar el pensamiento de que Johnson muestre tal falta de buen gusto cuando se ríe de la grandeza salvaje de la Naturaleza</em>”. Pero Johnson lanza un directo a su amigo y lo deja K.O. tumbado sobre la lona: “<em>El mejor paisaje que un escocés puede ver es el camino que le lleva a Inglaterra</em>”. Desde la grada, el fantasma de James Howel (que fue cortesano de Carlos I) aplaudía a rabiar mientras gritaba: “El viaje es una Academia en movimiento”.</p>
<p class="bodytext">Así estaban las cosas cuando en 1786 el reverendo Joseph Towsend cruzó los Pirineos con el ánimo de recorrer durante quince meses la mayor extensión posible de España. Había estudiado Arte en Cambridge, Medicina en Edimburgo y poseía conocimientos amplios de Geología, Paleontología y Conquiliología. Como buen calvinista, se mostraba más interesado por los datos estadísticos, por la pobreza y la riqueza de la gente y del terreno, por sus causas y consecuencias, que por describir sensaciones o llegar al corazón del paisaje y de su gente. En eso estaba plenamente de acuerdo con Edward Clarke, cuya misión era “<em>recoger informaciones, datos y material relativo a la situación presente de España, puesto que ello podría gratificar mi curiosidad o resultar de utilidad para la gente</em>”. Townsend no lo ocultaba. “<em>Estos son los hechos; hagamos un alto para examinarlos, no como filósofos o químicos, sino como comerciantes y políticos</em>”, escribía en el libro que publicó en 1792 y que tituló, para que no hubiera duda alguna, de esta manera: Un viaje por España en los años 1786 y 1787; con particular atención a la agricultura, manufacturas, comercio, población, impuestos e ingresos de este país; con anotaciones hechas al pasar por una parte de Francia. A pesar de su insistencia, el libro de Townsend “<em>viene a ser como el canto del cisne del viajero dieciochesco </em>–dice Blanca Krauel Heredia, profesora de la Universidad de Málaga–, <em>pese a que nuestro reverendo confía demasiado en la credibilidad de los lectores</em>”, y está considerado como un clásico, el más serio y detallado de los escritos antes del famoso manual de Richard Ford. Su lectura es amena y enriquece a quien lo lee si sabe distinguir el polvo de la paja.</p>
<p class="bodytext">Lo que sigue es parte del texto correspondiente al capítulo <em>Viaje de Madrid a Sevilla, </em>extraído del libro publicado por Ediciones Turner en 1988. bajo el título resumido de <em>Viaje por España en la época de Carlos III (1786-1787). </em>Ian Robertson, que prologa este libro, acaba su escrito con una frase de Townsend: “<em>Fueron muchas las veces que me vi obligado a admirar la ilimitada generosidad de sus habitantes. Si expresara todo lo que siento, al rememorar su bondad, parecería adulación; pero me atrevo a decir que la sencillez, la sinceridad, la generosidad, un elevado sentido de la dignidad, y unos firmes propósitos del honor son los rasgos más prominentes y apreciables del carácter español</em>”. Palabras que poco tienen que ver con el estilo racional de los viajeros ilustrados y mucho con la subjetividad y el sentimiento de los viajeros decimonónicos que le sucedieron.</p>
<p class="bodytext"><strong>DESDE MADRID HASTA ANDUJAR. RELATO DE TOWNSEND </strong></p>
<p class="bodytext"><em>Partimos de Madrid el 15 de febrero de 1787 en un coche de colleras tirado por siete mulas y llegamos a Aranjuez por la tarde. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Antes habíamos pasado por Valdemoro, una población que contiene mil novecientos treinta y ocho habitantes, dos conventos y una fábrica real de medias recientemente fundada por el ministro de Hacienda, que ha querido honrar así a su pueblo. Algunos de los cien bastidores que posee aún no han sido utilizados, y el producto que elaboran se encuentra muy mal tejido y resulta poco resistente, pues la estambre tiene sólo dos hebras y no está bien hilada. En esta fábrica un buen trabajador gana doce reales diarios, unos dos chelines y cuatro peniques y medio.</em></p>
<p class="bodytext"><em>La posada de Aranjuez, que es propiedad real, es muy espaciosa, aloja cuarenta y cuatro camas muy limpias y cómodas, y renta cincuenta y cuatro mil reales al año a su propietario. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Al día siguiente pasamos por Ocaña, una población bastante grande que dista dos leguas de Aranjuez y nueve de Madrid. La habitan cuatro mil ochocientas ochenta y seis personas y mantiene cuatro parroquias y diez conventos. Como era demasiado pronto para descansar, continuamos nuestro viaje por espacio de cuatro leguas hasta llegar a La Guardia, donde, a pesar de que no es punto de parada habitual, encontramos un buen alojamiento. Todo el camino desde Madrid discurría por un territorio bastante llano, formado por un suelo arenoso asentado sobre una roca yesífera, en el que producen principalmente trigo y algunos olivos y vides. En este famoso territorio de La Mancha es natural que esperáramos encontrar molinos de viento, y de hecho los pudimos ver, tal y como imaginábamos, cerca de cada pueblo, donde los construyen para suplir la carencia de corrientes de agua con las que moler el trigo. No tienen bueyes, y sólo utilizan mulas o asnos para realizar sus tareas agrícolas. </em></p>
<p class="bodytext">Aunque La Guardia llegó a ser plaza fuerte y estuvo durante bastante tiempo ocupada por los moros, en la actualidad parece encontrarse al borde de la ruina. Los informes del gobierno indican que las alrededor de mil familias que la siguen poblando suman tres mil trescientos cuarenta y cuatro habitantes; pero lo cierto es que hay más de tres mil personas que reciben la comunión y unos ochocientos niños que aún no tienen edad para ello. Su única industria, la del salitre, es de escasa importancia, por lo que el pueblo es miserable y pobre. Las tierras están divididas en pequeñas parcelas, y el propietario principal es don Diego de Plata. Las rentas se pagan en trigo.</p>
<p class="bodytext"><em>La iglesia es un edificio muy hermoso y bien proporcionado cuyos altares son en su mayoría modernos y desornamentados. En una de las capillas hay muchas y buenas pinturas de Angelo Nardi. </em></p>
<p class="bodytext"><em>El sábado 17 de febrero pasamos por Camuñas, una miserable aldea de unas trescientas casas, y llegamos a las Ventas de Puerto Lapiche, después de haber recorrido veintidós leguas en los últimos tres días. </em></p>
<p class="bodytext"><em>El territorio es llano, y el panorama hacia el Norte, extenso; pero antes de llegar a las Ventas ya habíamos perdido de vista las nevadas montañas que separan las dos Castillas. En condiciones atmosféricas favorables, y a una altura razonable, creo que pueden verse a más de cien millas de distancia. El suelo está construido por una arena suelta de cuarzo y se asienta sobre una roca granítica. Lo aran con un par de mulas o de borricos, y allí donde recibe el riego de las norias produce mucho trigo. El abundante vino es excelente. Lapiche es un pueblo miserable cuyos habitantes parecen medio muertos de hambre, a pesar de que sus cultivos nunca pueden quejarse de falta de agua, pues llegué a contar más de treinta norias en un espacio de unos setenta acres.</em></p>
<p class="bodytext"><strong>LA VENTA ESPAÑOLA</strong></p>
<p class="bodytext"><em>La venta es del tipo tradicional en España. Tiene sesenta pies de longitud y, si descontamos las construcciones adyacentes, no más de diez de anchura. En un extremo se encuentra la cocina, que es una campana de chimenea de diez pies cuadrados con un hogar en el centro rodeado por tres de sus lados por un banco que sirve a los arrieros para sentarse durante el día y dormir por la noche. Se abre a un establo en el que con simplicidad primitiva, y bajo un mismo techo hospitalario… </em><br />
<em>Ignemque lamemque Et pecus et dominos communi clauderet umbra </em></p>
<p class="bodytext">(Juvenal)</p>
<p class="bodytext"><em>Junto a este edificio hay un patio con un pozo en el centro y un cobertizo para coches y carretas en un extremo. El dormitorio se encuentra sobre el establo por lo que, como es habitual, toda la noche oímos, o pudimos haber oído, el tintineo que producían las campanillas que llevaban nuestras mulas sobre la cabeza, y que sonaba al menos siempre que comían. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Antes de retirarnos a descansar concertamos con el cura una misa temprana. Aunque al principio exigía dieciséis reales, acabamos cerrando el trato en ocho. Si hubiera insistido, habríamos tenido que ceder, pues en un país católico es indispensable oír misa los días festivos, y no nos convenía pararnos en el camino. Desde Las Ventas descendimos a una dilatada llanura rica en olivos, trigo y azafrán, y cerrada por todos los lados por altas colinas. Después de recorrer ocho leguas llegamos a Manzanares. Todos los viajeros que transitaban por este camino iban bien armados; y de lo fundado de sus temores eran prueba tres cruces conmemorativas. Aunque era domingo, había muchos arados en funcionamiento. Los cultivos reciben allí el agua de numerosas norias. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Las casas de Manzanares, una ciudad de mil ochocientas familias y seis mil setecientos y ocho habitantes, son de barro, y las más pobres se encuentran casi desnudas. En la iglesia vimos cuatro buenas pinturas. </em></p>
<p class="bodytext">El castillo, una considerable heredad y los diezmos pertenecen as las orden de Calatrava, y los disfruta el infante don Antonio, que obtiene de ellos un beneficio anual de treinta mil ducados, tres mil doscientas noventa y cinco libras. Examinamos la finca y los graneros, y degustamos la rica variedad de vinos que produce. Creo que son los mejores de España sin excepción. Su sabor es similar al del mejor Borgoña, y su fuerza y cuerpo son comparables a los del Oporto más generoso. Después de elogiar este vino y agradecer al administrador sus amabilidades, continuamos nuestro paseo hasta el anochecer: y al regresar a la posada tuvimos la suerte de encontrar allí más de tres galones de ese vino, para consumirlo durante el viaje. Por desgracia, los dos cocheros pronto descubrieron su peculiar calidad, y con su ayuda terminamos en un solo día lo que estaba convencido duraría tres.</p>
<p class="bodytext"><em>Salimos de Manzanares el lunes 19 de febrero por la mañana temprano y después de viajar durante cuatro leguas por la llanura llegamos a comer a Valdepeñas. El suelo, que estaba formado por una arena mezclada con grava y asentada sobre una roca de esquisto, produce algunos olivos, mucho vino y sobre todo trigo. Las norias están bien construidas y sus ruedas son de hierro y no de madera. En el camino pasamos junto a dos cruces monumentales. </em></p>
<p>A Valdepeñas le hace famoso la calidad de su vino, que se consume principalmente en Madrid. Cuando se abra la navegación hasta Sevilla, este y otros singulares caldos que produce La Mancha llegarán hasta Inglaterra, donde encontrarán gran demanda. En esta ciudad habitan siete mil seiscientas cincuenta y una persona.</p>
<p class="bodytext"><em>Desde allí nos dirigimos a Santa Cruz, a partir de donde empezamos a subir entre quebradas colinas incultas hasta que llegamos a La Concepción de Almuradiel, donde nos alojamos. Esta pequeña aldea, que acoge a treinta y seis familias y fue fundada en 1781, es la primera de las nuevas poblaciones de Sierra Morena que encontramos en nuestro camino. </em></p>
<p class="bodytext"><em>A cada colono se le conceden noventa fanegas de tierra en enfiteusis, y sólo tiene que pagar al rey el diezmo y doce cuartos, unos tres peniques, en señal de agradecimiento por la casa. </em></p>
<p class="bodytext"><em>La libra de pan se vende a ocho cuartos y medio y la de carne de carnero a diez cuartos. No tienen carne de vaca. El vino cuesta dos cuartos el cuartillo, unos cuatro peniques el galón. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Santa Elena está poblado principalmente por alemanes. En los alrededores encontramos numerosas cabañas que en lugar de estar agrupadas se encontraban esparcidas por el campo, de acuerdo con el plan recomendado por el abate Raynal; pero pronto descubrimos algo que a éste parece haberle pasado desapercibido, y es que el hombre es más feliz en sociedad; y por ello se sustituyó este sistema de asentamiento por el de pueblos.</em></p>
<p class="bodytext"><em>Aunque el territorio está muy cultivado, quedan tantos árboles que a cierta distancia parece todo él un extenso bosque. Aran con vacas. En un caserío vi perdices domésticas que se utilizan, al igual que ocurre con los patos, como reclamo. En las zonas más altas de la sierra encontramos granito, pero al descender reaparece el esquisto y se encuentra también piedra caliza y yeso. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Al mediodía llegamos a La Carolina, capital de estas nuevas poblaciones. Su fundador, don Pablo de Olavide, es un peruano a quien la protección del conde de Aranda le permitió ser primero síndico de Madrid, y más tarde, Asistente de Sevilla. Mientras ocupaba este cargo tuvo la idea de introducir la agricultura y los oficios en las montañas desiertas de la sierra, que habían estado dominadas durante siglos por la rapiña y la violencia. El problema surgió a la hora de encontrar colonos. Con un bávaro llamado Turrigel hizo un contrato para traer a sesenta mil campesinos; pero en vez de agricultores, envió vagabundos, que murieron o se dispersaron sin aportar nada a la empresa para la que, a fuerza de grandes gastos, habían sido reclutados. </em></p>
<p class="bodytext">Se invitó a colonos de todas partes de Alemania, y para favorecer la emigración se cedía a cada recién llegado, una vez que lo había solicitado, un lote de tierra, una casa, dos vacas, un borrico, cinco ovejas, otras tantas cabras, seis gallinas, un gallo, una puerca preñada, un arado, un azadón y otros artículos de menor valor. Al principio recibían cincuenta fanegas de tierra, cada una de las cuales mide diez mil pies cuadrados, y cuando las habían cultivado recibían otras tantas. Durante los diez primeros años se encontraban libres de impuestos, y después sólo tenían que pagar el diezmo real. Para evitar que las fincas se hagan demasiado grandes o excesivamente pequeñas, está prohibido a los propietarios traspasarlas al dueño de algún otro lote. Tampoco se les permite establecerse cerca de una ciénaga o de aguas estancadas.</p>
<p class="bodytext"><em>El suelo de los alrededores de La Carolina consiste fundamentalmente en una arena asentada sobre una roca caliza o de yeso. En él se producen aceitunas, aceite, vino, seda, trigo, cebada, centeno, avena, guisantes, maíz y lentejas. Como no hay industrias, no pueden emplear a todo el mundo en alguna actividad provechosa, y ello hace que en estas nuevas poblaciones abunden los mendigos medio desnudos. </em></p>
<p class="bodytext"><em>A unas dos leguas de La Carolina aparece Guadarromán, cada una de cuyas cien familias posee cincuenta fanegas de tierra. Se asienta sobre una suave pendiente situada al lado de un susurrante riachuelo, en un territorio fértil en el que se alternan los trigales con bosquecillos de encinas (…). Los habitantes son en su mayor parte alemanes, y su laboriosidad y sobriedad constituyen un motivo de prestigio para su país. </em></p>
<p class="bodytext">Andujar se encuentra en una llanura fértil y muy cultivada. Cuenta con seis mil ochocientas familias, cinco parroquias y diez conventos, y carece de industrias. El castillo, que se lo conquistó Fernando III el Santo a los moros en 1225, parece muy antiguo. Eran las cinco de la mañana del jueves 22 de febrero, y ya habíamos salido de Andujar, cruzado el puente sobre el Guadalquivir y entrado en un olivar, cuando todos mis acompañantes armaron sus pistolas y se apostaron junto a las ventanas, mientras un soldado también armado caminaba junto al coche. Los cocheros, por su parte, habían recibido la orden de detenerse inmediatamente si aparecía alguien. Creo que estas precauciones eran innecesarias, pues era bien sabido que íbamos armados; sin embargo, como ya se habían producido robos cerca de la ciudad, consideraron oportuno estar preparados. Cuando amanecía, el camino discurrió por un territorio más abierto, por lo que nuestros temores desaparecieron y mis compañeros volvieron a echar el seguro a sus armas.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/joseph-towsend-el-reverendo-ilustrado-un-viaje-por-espana-en-la-epoca-de-carlos-iii/">Joseph Towsend, el reverendo ilustrado. Un viaje por España en la época de Carlos III</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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