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	<title>Boletín 25 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 25 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Los primeros peregrinos a Tierra Santa. «Egeria, la primera viajera de la historia.» S. IV</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 14:00:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 25]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cristina Morató Bibliografía: Bibliografía:Boletín 25 SGE.Noviembre 2006 “Así pues, en el nombre del Señor, transcurrido cierto tiempo, al cumplirse los tres años íntegros de mi llegada a Jerusalén, habiendo visitado todos [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c1593" class="csc-default">
<h3><strong>Cristina Morató</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Bibliografía:Boletín 25 SGE.Noviembre 2006</p>
</div>
<div id="c1534" class="csc-default">
<p class="bodytext"><em>“Así pues, en el nombre del Señor, transcurrido cierto tiempo, al cumplirse los tres años íntegros de mi llegada a Jerusalén, habiendo visitado todos los santos lugares a los que había encaminado mis pasos para orar en ellos, y por lo tanto, acariciando ya la idea de tornar a mi patria, quise ir también, según la voluntad divina, a Mesopotamia de Siria, para visitar a los santos monjes que, según era fama, había allí en tan copioso número y de vida tan preclara que las palabras no alcanzan a decirlo…</em>”. Quien escribió estas líneas fue una audaz y emprendedora religiosa que entre los años 381 y 384 realizó una peregrinación por Tierra Santa con el fin de venerar los Santos Lugares. Como más tarde se descubriría, esta dama peregrina era una rica y culta mujer hispana del siglo lV llamada Etheria o Egeria –nombre con el que es más conocida – nacida en Galicia, que llevada por la fe viajaría durante tres años por todo el Oriente Próximo y escribiría una serie de cartas a sus hermanas del convento que serían publicadas por primera vez en forma de libro en 1887 con el nombre de <em>Itinerario </em>o <em>Peregrinación a Tierra Santa</em>.</p>
<p class="bodytext">La identidad de la autora del que hoy se considera el primer libro de viajes de las lenguas hispanas, se debe a una casualidad del destino. En 1844, un investigador italiano, G. F Gamurrini descubrió en una biblioteca de Arezzo, un códice medieval que atrajo su atención. Tras una profunda lectura del pergamino, copiado por algún paciente monje en el siglo Xl, pudo constatar que se trataba de unas notas de viaje o más concretamente de una “<em>peregrinatio o itinerarium</em>”, a Tierra Santa y Mesopotamia. A pesar de que faltaban las primeras y las últimas páginas, y de que en el mismo no se revelaba el nombre del autor, Gamurrini llegó a la conclusión de que fueron redactadas por una mujer hacia finales del siglo lV o a comienzos del V.</p>
<p class="bodytext">Las cartas iban dirigidas a unas “señoras y hermanas” de Hispania, su patria, a la que la viajera pensaba regresar tras su largo periplo por los lugares más venerados de la cristiandad. Lo que más sorprendió a los investigadores de este curioso diario era la frescura del lenguaje –escrito en un latín llano y coloquial– y la cantidad de detalles y valiosas descripciones, tanto de lugares como de personas y liturgias cristianas. Aunque seguramente la autora del mismo no tuviera el propósito de escribir un libro de viajes sino más bien un relato piadoso de su peregrinación, lo cierto es que Egeria se anticipó en bastantes siglos a los viajeros medievales y a los románticos que hicieron de este tipo de relato epistolar un género literario. Su texto constituye un documento histórico de gran valor para conocer cómo eran los ritos de la Iglesia cristiana en Jerusalén y como se podía viajar por Oriente Próximoen aquellas postrimerías del siglo lV.</p>
<p class="bodytext">Fuera el que fuera el propósito de la autora, era, sin duda, una obra singular, escrita por una mujer preparada, importante y religiosa –el equivalente en nuestros días a una abadesa– que posiblemente estaba emparentada con el emperador Teodisio I, de quien se dice procedía también de Galicia. Al año siguiente de su hallazgo, Gamurrini aventuró la posibilidad de que la anónima autora del relato podía ser Silvia de Aquitania, hermana del prefecto Flavio Rufino, en tiempos de Teodosio.</p>
<p class="bodytext">Sin embargo, para conocer la verdadera identidad de esta piadosa dama fue esencial el descubrimiento de una carta escrita por Valerio, un abad del Bierzo en el siglo Vll, a sus monjes, en la que ensalzaba la figura de una religiosa llamada Egeria que viajó a las remotas regiones de Tierra Santa y elogiaba su intrepidez y capacidad de sacrificio: “<em>….esta bienaventurada monja Egeria, consumida por la llama del deseo de la gracia divina, con el sustento de la majestad del Señor, emprendió un largo periplo por todo el orbe, con todas sus fuerzas y su corazón intrépido. Así, avanzando poco a poco bajo la égida del Señor, llegó a los sacratísimos y anhelados lugares del nacimiento, pasión y resurrección del Señor y hasta los cuerpos de mártires esparcidos por diversas provincias y ciudades para orar ante ellos y alimentar su devoción…</em>”.</p>
<p class="bodytext">El abad Valerio, autor de un buen número de libros y tratados, también apuntaba en su carta a los monjes del Bierzo el origen de Egeria. En un primer momento se creyó que la anónima religiosa podría ser originaria de la Galia, y en especial de la región de Normandía, pero, gracias a Valerio, que dice textualmente “<em>ella, surgida en el más remoto litoral del mar Océano occidental, se dio a conocer al Oriente</em>”, junto con otros indicios que proporciona la propia Egeria, ahora está generalmente admitido que su origen se hallaría en Galicia, región cuya extensión era entonces mucho más amplia que en la actualidad y que se consideraba el extremo occidental del mundo.</p>
<p class="bodytext"><strong>UNA INTRÉPIDA TROTAMUNDOS</strong></p>
<p class="bodytext">Tras conocer el origen de Egeria, los investigadores intentaron esclarecer quién era esta importante dama que podía haber estado emparentada con el emperador Teodosio. Por su vasta cultura –sabía griego, la lengua culta por antonomasia de la época, y tenía grandes conocimientos tanto literarios como geográficos– y por el respeto y consideración con que era tratada en todos los lugares que visitaba, hay que pensar que era Egeria era rica y de alto rango social. En aquel tiempo un viaje a Tierra Santa era largo, incómodo –había que alojarse en modestas postas o en las espartanas celdas de los monasterios–, además de peligroso y muy costoso. Sin embargo la religiosa siempre encontró facilidades para atravesar los lugares mas inaccesibles, y recibía continuas muestras de alta estima por parte de los monjes, sacerdotes y obispos; todos mostraban un gran interés en acompañarla y guiarla hasta los lugares exactos que deseaba visitar.</p>
<p class="bodytext">Incluso cuando Egeria transitaba por zonas de frontera o peligrosas, era escoltada y guiada por los oficiales de las guarniciones, tal como comenta en una de sus cartas a sus hermanas: “<em>A partir de este punto despachamos a los soldados que nos habían brindado protección en nombre de la autoridad romana, mientras nos estuvimos moviendo por parajes peligrosos. Pero ahora se trata de la vía pública de Egipto, que atravesaba la ciudad de Arabia, y que va desde la Tebaida hasta Pelusio, por lo que no era necesario ya incomodar a los soldados.</em>” Esto hace pensar que viajaba con un salvoconducto o pasaporte oficial además de un buen número de cartas de recomendación. De los escritos de Valerio –que fue abad de varios monasterios al sur de Ponferrada– y de las cartas de la propia Egeria destinadas a sus hermanas, se desprende que podía tratarse de la superiora de un monasterio femenino, de los que por entonces estaban empezando a prodigarse por el Imperio y que constituían un fenómeno bastante arraigado en Galicia.</p>
<p class="bodytext">En este siglo XXl resulta difícil imaginar la dureza y dificultad de la peregrinación que realizó Egeria en su tiempo. Un viaje extraordinario por su larga duración, con agotadoras etapas que cubrió a lomos de asno, camello, en barco, y a menudo a pie, recorriendo “<em>todos los confines y tierras de casi todo el orbe conocido. </em>Egeria, debería ser entonces una mujer de mediana edad, notable vigor físico, gran valor y curiosidad, y atenta observadora porque ningún detalle escapa a su mirada. Era una viajera de raza, “un tanto curiosa”, “como ella misma confiesa en una de sus cartas, que quiere verlo todo, y como buena trotamundos no se conforma con recorrer las rutas oficiales y amplía sus itinerarios organizando excursiones sobre la marcha, aún a costa de soportar calores, tormentas de arena o agotadoras caminatas.</p>
<p class="bodytext">Los peregrinos cristianos que como Egeria pudieron viajar a Oriente lo hicieron gracias a la <em>pax romana </em>y a la red de calzadas del Imperio que cubrían más de ochenta mil kilómetros de longitud y atravesaban desde Escocia a Mesopotamia, del Atlántico al mar Rojo, de los Alpes a los Balcanes, del Danubio al Sáhara. Este increíble trazado permitía al viajero llegar desde todos los rincones del Imperio al corazón mismo de la metrópoli. La religiosa española viajó a Tierra Santa en los últimos años del siglo lV cuando el Imperio romano estaba a punto de derrumbarse pero la seguridad estaba garantizada en sus principales vías gracias a una completa red de guarniciones militares, cuyos soldados escoltaban a los peregrinos en sus desplazamientos hasta los límites con el mundo “<em>bárbaro</em>”. Egeria, que viajaba con la Biblia como guía, no improvisó su travesía sino que se preparó a fondo y se documentó en los textos religiosos de la antigüedad antes de abandonar Galicia a mediados del año 381, rumbo a lo desconocido.</p>
<p class="bodytext">En el año 326, Elena, la madre del emperador Constantino que llegó a ser canonizada como santa, comenzó a desenterrar y acondicionar los Santos Lugares, animando con ello a los viajeros –sobre todo a los peregrinos– a purificar sus almas recorriendo los parajes bíblicos. Así fue como, al igual que Egeria, otras damas visitaron los escenarios de la pasión de Jesús en Jerusalén o los santos sepulcros de los apóstoles. Entre aquellas notables peregrinas destacan la diaconisa Marthana –que Egeria nombra en una de sus cartas al cruzarse con ella en el camino–, y la noble Melania La Mayor, que tras enviudar a los veinte años y abandonar a su único hijo en manos de tutor, decidió dedicarse a la vida religiosa.</p>
<p class="bodytext">Esta matrona tan emprendedora y enérgica como Egeria, se embarcó con otras dos damas de la aristocracia hacia Alejandría donde llevó una vida de ascetismo y fundó varios monasterios. Murió en Jerusalén en el año 410 tras una vida llena de aventuras y sacrificios.</p>
<p class="bodytext"><strong>ESCENARIOS BÍBLICOS </strong></p>
<p class="bodytext">Aunque las primeras páginas del diario de Egeria no fueron encontradas, y su periplo se muestra así incompleto, todo hace pensar que la dama pudo partir con el séquito de la familia imperial que acompañaba a Teodosio, cuando éste, al ser proclamado emperador en el 379, se dirigió desde Hispania a la parte oriental del Imperio. Egeria atravesaría en su compañía el sur de la Galia y el norte de Italia, y, tras embarcar en Aquileya, seguramente cruzarían el Adriático para tomar después caminos distintos. Desde Constantinopla, a mediados del año 381, Egeria partió hacia Jerusalén donde permaneció cinco meses explorando la ciudad, visitando distintas congregaciones y lugares sagrados como Jericó, Galilea, Nazaret y Tiberíades. La larga estancia de Egeria en Jerusalén le permitió conocer a fondo los distintos rituales y liturgias que se llevaban a cabo en ciudades como Belén, donde asistió a una misa el día de Navidad –que entonces se celebraba el 6 de enero–, y que describe profusamente en la segunda parte de su manuscrito.</p>
<p class="bodytext">A finales de verano, cuando el calor era las tablas de la ley, y en sus pies es donde se cree más soportable, Egeria partió hacia Egipque vio el arbusto en llamas, Justiniano mandó to, una visita obligada para todos aquellos edificar en el 557 el Monasterio de Santa Catalina, interesados en conocer la vida de los donde se congregaron los eremitas que vivían monjes y anacoretas que habitaban en sus dispersos en esa zona, en celdas entre las rocas. desiertos. Esta parte de su itinerario corresponde al texto que no se ha conservado pero todo apunta a que Egeria realizó el viaje por mar desde Cesarea de Palestina hasta Alejandría, en aquella época una de las principales ciudades del mundo y centro de la intelectualidad cristiana. Tras permanecer allí unos días, se dirigió hacia el sur, a lo largo del Nilo, rumbo a la región de Tebas, adentrándose en el desierto para visitar como anhelaba los numerosos monasterios donde vivían los llamados Padres de Egipto.</p>
<p class="bodytext">En noviembre del 383 Egeria se encontraba de nuevo en Jerusalén y de ahí emprendió su peregrinación al monte Sinaí, etapa en la que comienza su<em>Itinerario </em>a falta de las páginas anteriores. Entre otros lugares bíblicos debió recorrer las ciudades de Pelusio y Clysma, en el mar Rojo, las Fuentes de Moisés, el país de Gesén, la ciudad de Arabia, los oasis del desierto y los montes de Sinaí, con una escalada al Gebel Musa o monte de Moisés, por encima de los dos mil metros de altitud. En cada lugar sagrado que visitaba Egeria leía el pasaje de la Biblia correspondiente y rezaba junto a los monjes que la acompañaban. Desde Jerusalén la incansable religiosa visitó durante unos días el monte Nebó donde, según el Antiguo Testamento, Moisés contempló la Tierra Prometida y murió. Más adelante, en compañía de unos monjes de la Transjordania, aún sacaría fuerzas para visitar la tumba de Job y por el camino detenerse en el valle del río Jordán, en el lugar donde bautizaba Juan el Bautista.</p>
<p class="bodytext">Habían pasado ya tres años desde su llegada y Egeria decidió regresar a Hispania. Abandonó por última vez Jerusalén y partió hacia la antaño próspera ciudad de Antioquia, pero al enterarse por el camino de que Edesa no estaba lejos, decidió visitar esta ciudad consagrada por la leyenda de la correspondencia entre el rey Abgar y Jesús. Así fue como se encaminó a la ciudad de Hierápolis y, atravesando el Eúfrates en una gran barcaza, se adentró en la antigua Mesopotamia, hoy Siria, para ver sus numerosos monasterios y rezar ante el sepulcro de santo Tomás. No pudiendo continuar su travesía, puesto que los persas ocupaban la Siria oriental, la dama regresó a Antioquia donde permaneció una semana preparando el largo viaje de regreso a Constantinopla. Por el camino aún le daría tiempo de acercarse hasta Tarso, ciudad donde nació el apóstol Pablo, y continuar su peregrinación por las provincias de Capadocia, Galacia y Bitinia.</p>
<p class="bodytext">Egeria no tenía intención de quedarse mucho tiempo en Constantinopla, pero en sus cartas da la impresión de que tampoco tenía prisa por regresar de inmediato a Hispania, incluso acaricia la idea de viajar a Éfeso para venerar el sepulcro de san Juan Evangelista. Ignoramos si la emprendedora dama siguió explorando tierras de Oriente o si, por el contrario, regresó a su patria para reunirse con sus amadas hermanas a las que iban dirigidas sus cartas. Posiblemente se encontraba cansada tras tan arduo viaje o tal vez enferma, lo que explicaría la despedida que dedica a sus hermanas, en su última carta: “Por vuestra parte, señoras mías, luz de mi vida, dignáos tenerme en vuestra memoria, tanto si continúo dentro de mi cuerpo como si, por fin, lo hubiere abandonado”. Con estas palabras Egeria termina su relato, escrito por una mujer devota y humilde, que en las postrimerías del siglo lV demostró que con fuerza de voluntad y grandes dosis de curiosidad –incluso siendo una dama– se podía llegar a los confines del mundo. Valerio, lleno de admiración hacia ella, escribiría su mejor epitafio: “Así pues, hermanos dilectísimos, ¿cómo no enrojecemos de vergüenza, nosotros que gozamos de vigor corporal y buena salud, viendo como una mujer siguió el ejemplo santo del patriarca Abraham y por alcanzar el premio sempiterno de la vida eterna prestó la fortaleza del hierro al frágil sexo femenino? Pues, al hollar este mundo entre las fatigas y las privaciones, logró el paraíso en el descanso y la gloria de los goces”.</p>
</div>
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		<title>Colón, un misterio sin resolver</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/colon-un-misterio-sin-resolver/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:41:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 25]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">La muerte de Cristóbal Colón en Valladolid, en mayo de 1506 ponía fin a una vida llena de misterios que continúan sin descifrar plenamente cinco siglos después. El protagonista del hecho más trascendental de la historia moderna se rodeó toda su vida de una aureola de misterio que le ha convertido en un personaje polémico, confuso y controvertido. A Colón se le ha tachado de visionario, genio, místico, héroe, cruel y ambicioso, pero también hay quien le ha calificado de mal administrador y empresario sin experiencia. A pesar de todo, es indiscutible que Colón realizó una hazaña extraordinaria y prestó a la Corona un servicio que puso a España a la cabeza del mundo.</p>
<p class="bodytext">Colón murió en Valladolid, el miércoles 20 de mayo de 1506, víspera de la Ascensión, rodeado de sus hijos Diego y Hernando. Con él se llevó la clave para conocer algunos de los secretos que guardó celosamente toda su vida, desde su verdadero origen hasta sus conocimientos de la existencia de América previos al famoso viaje de 1492. Como apunta Anunciada Colón de Carvajal en el prólogo del Catálogo de la Exposición recientemente celebrada en el Museo Naval de Madrid, la documentación que hoy se conserva sobre su nacimiento, infancia y vida antes de 1492 es escasa y los historiadores han trabajado siempre sobre hipótesis y sobre documentos “de autores que conocieron al Almirante, fueron contemporáneos suyos o tuvieron contacto y relación con sus hijos o con sus hermanos, Bartolomé y Diego. Sin embargo, en algunos casos, estos testimonios llegan a ser no coincidentes o contradictorios. Por el contrario, las fuentes documentales posteriores al viaje del descubrimiento nos permiten conocer multitud de detalles sobre la trayectoria colombina, sus intenciones e, incluso, sobre su vida íntima y sentimientos personales. Especialmente valiosa es la documentación privada, abundantísima, si la comparamos con la que se conserva de otros personajes históricos; no en vano sus contemporáneos decían “escribes más que Colón”.</p>
<p class="bodytext">Pese a esta abundante documentación y después de cinco siglos de especulaciones y estudios, tanto su figura como sus hazañas continúan envueltos en la polémica. Su vida parece una colección de incógnitas sin respuesta: ¿de dónde procedía?, ¿si era genovés, por qué no hablaba italiano?, ¿nació realmente en 1451?, ¿era un simple tejedor?, ¿fue pirata?, ¿tuvo contacto con los templarios?, ¿cómo conocía los vientos alisios?, ¿y la leyenda de Eric el Rojo?, ¿murió realmente sabiendo que había descubierto un nuevo continente?, ¿le confesó el camino a América un piloto moribundo que falleció en sus brazos?, ¿era judío como sostuvo Wiesenthal?, ¿era converso?.</p>
<p class="bodytext">Ni siquiera sobre su muerte que este año se ha conmemorado, hay demasiadas certezas. Murió en Valladolid, de eso hay constancia, pero la historiografía discute si el 20 y 21 de mayo y se ignora el lugar exacto. Consuelo Varela una de sus mejores biógrafas y estudiosas, sostiene que “ni conocemos cuándo fue efectuada la exhumación del cadáver del convento de San Francisco de Valladolid, ni quién llevó el cuerpo hasta Sevilla”. Colón, después de muerto, tuvo también un quinto viaje a América. “Viajó más muerto que vivo”, apunta Eslava Galán, autor de “<em>El enigma de Colón y los descubrimientos de América</em>”, un libro en el que se resumen de forma muy amena todos los “misterios” en torno a Colón y al encuentro con el Nuevo Mundo.</p>
<p class="bodytext">Hay historiadores muy solventes, como Carlos Fernández Shaw, que aseguran que “hoy día contamos con una cantidad razonable de datos históricos y cuestiones colombinas resueltas –o, al menos, con un estado de la cuestión lo suficientemente definido para saber si se podrá o no llegar a saber más en el futuro–”. También es tajante en esta opinión otro de los biógrafos más autorizados de Colón, el anglo-español Felipe Fernández-Armesto, quien afirma que el personaje se ha convertido en uno de los preferidos por los amantes de lo esotérico y lo misterioso, que han ido tejiendo una aureola de fantasías, la mayor parte sin fundamento. “La atracción entre Colón y los chiflados ha sido mutua, y si una de las numerosas comisiones para conmemorar el quinto centenario del descubrimiento de América ofreciera un premio a la teoría más estúpida sobre Colón, el concurso sería muy reñido”, afirmaba en 1990.</p>
<p class="bodytext">Hay dos textos fundamentales para acercarse a Colón: la biografía conocida buscando su rastro.</p>
<p class="bodytext">Sus propios diarios, en los que relata sus cuatro viajes, sólo han sobrevivido parcialmente por copias que hizo el propio De las Casas. En ellos tampoco se pueden hallar certezas. Dicen los estudiosos que el propio Colón quiso ser confuso y no dejar rastro de sus rutas y de su trayectoria vital.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿DóNDE NACIó?</strong></p>
<p class="bodytext">Se ha dicho que era genovés, gallego, catalán, valenciano, mallorquín, ibicenco, portugués, corso, alemán, inglés, griego, el escandinavo, suizo, vasco y alcarreño. De todas estas teorías, a día de hoy prevalece la tesis genovesa.</p>
<p class="bodytext">Lo que sabemos con certeza es que era un emigrante con aspiraciones de gran deza y por tanto, no quería que se conociera su condición modesta. Consuelo Varela intuye que “Colón se estará riendo y mucho. Porque, al fin y al cabo, lo que quería es que se hablara de él. Era un gran megalómano, pero, a la vez, un enfermo: pensaba que había hecho algo muy grande y le obsesionaba que no se le reconociera”. Al descubridor le cabe, en tanto, un gran mérito: “Quiso y pudo disimular su nombre y emborronar su biografía hasta el punto de que no sabemos si era genovés, pirata, judío, gallego, portugués o alcarreño”, expone Urresti, autor de “<em>Colón. El Almirante sin</em><em>rostro</em>” (Edaf).</p>
<p class="bodytext">Para la historiadora Anunciada Colón de Carvajal, hermana del Duque de Veragua y descendiente del Almirante, el origen está muy claro: “En la familia siempre se dijo que era genovés, porque así lo aseguró su hijo Hernando y porque hay documentos en los que se describe visitas a familiares al Piamonte”.</p>
<p class="bodytext">Colón nació en torno a 1451 en Génova. Sus padres fueron Domenico Colombo, tejedor que al parecer también debió poner una taberna y vender quesos, y Susana Fontanarosa, hija de tejedores. Tuvo otros tres hermanos, dos de los cuales serían famosos. Sabemos también que estuvo casado primeramente con Felipa Perestrello, hija de un feudatario de la isla de Porto Santo (Madeira), hecho que lo ayudó mucho, ya que le permitió viajar mucho por esa área. Tenía un hijo, Diego, y vivía sin legalizar por la Iglesia con Beatriz Enríquez de Arana, a la que quiso pero con la que no se casó. Con ella tuvo un hijo natural, Hernando o Fernando, primer biógrafo del genovés.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿CóMO ERA SU ROSTRO?</strong></p>
<p class="bodytext">El rostro de Colón es otra parte del enigma ya irresoluble. Los expertos han contabilizado al menos setenta cuadros, pintados entre el siglo XVI y XVIII, en los que aparentemente aparece el descubridor. No hay ninguno que se parezca entre sí. Con barba, sin barba, flaco, entrado en carnes, tímido, agresivo, rubio, moreno… No hay ninguna unanimidad. El más cercano a su época es el retrato Giovio, firmado por el pintor italiano Paolo Giovio en 1550: nada que ver con el Colón que imaginamos.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿FUE EL PRIMERO EN LLEGAR A AMéRICA?</strong></p>
<p class="bodytext">Hoy se sabe con certeza que antes que él hubo otros, probablemente vikingos. Hay también centenares de teorías sobre los primeros “descubridores” de América, que van desde los fenicios (es fácil que llegasen a alcanzar estas costas en algún naufragio), hasta los templarios, pasando por supuesto por los marinos portugueses. Lo que está probado es la presencia de los vikingos en las costas de Terranova y parece muy probable que antes de 1492 llegasen arrastradas por las corrientes algunas embarcaciones que naufragaran en su rumbo hacia Canarias o hacia la costa africana.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿CóMO SUPO QUE LA TIERRA ERA REDONDA?</strong></p>
<p class="bodytext">En 1492, fecha del descubrimiento, los textos escritos por los filósofos griegos eran materia obligada en las universidades de toda Europa. Entre ellos se estudiaba a Ptolomeo de Alejandría, quien aseguraba que los planetas son esféricos y giran alrededor de un eje central en lo que llamó el “Universo Geocéntrico”. Esta teoría la explicaba a sus alumnos con un instrumento de varias esferas al que llamó “esfera amilar”, con el cual se demostraba la rotación de los cuerpos celestes y su forma esférica, incluyendo a la Tierra, la cual se consideraba como el centro del universo. Aristóteles, Eratóstenes o Aristarco eran también materia de estudio. Este último se hizo famoso en el año 240 antes de Cristo, al asegurar que la Tierra tenía forma redonda, gira sobre su propio eje y alrededor del Sol. Sus observaciones demostraron que el Sol se halla inmóvil y rodeado de planetas esféricos, que describen órbitas en un fondo de estrellas muy distantes de la Tierra y entre sí.</p>
<p class="bodytext">El astrolabio es un antiguo invento griego que permitía una reproducción tridimensional de la bóveda celeste para calcular la posición del sol y las estrellas, fue utilizado desde el año 180 por los astrónomos árabes, quienes lo hicieron muy popular en toda Europa durante la navegación. El instrumento basaba sus cálculos en el movimiento circular de los astros, tomando en cuenta la redondez de la Tierra.</p>
<p class="bodytext">El Atlas Farnesio, escultura fechada en Roma en el siglo II, representa al dios Atlas de la mitología griega del siglo VI antes de Cristo, sosteniendo el globo terráqueo… es la mejor evidencia para demostrar que 1.192 años antes del mal llamado “descubrimiento de América”, ya en toda Europa se conocía la redondez de la Tierra.</p>
<p class="bodytext">Por tanto, en contra de lo que se ha venido repitiendo durante siglos, antes del viaje de Colón ya se sabía que la Tierra era redonda y en toda Europa existían mapamundis redondos de madera y representaciones artísticas en las que aparece representada la Tierra como un globo.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿POR QUé ESTABA TAN SEGURO DE LA EXISTENCIA DE LA RUTA A LAS INDIAS?</strong></p>
<p class="bodytext">Cuando se le preguntaba a Colón sobre su seguridad en la existencia de otras tierras más allá del horizonte, lo resumía aludiendo a la Providencia Divina; y con ese argumento, convenció a los Reyes Católicos… Colón decía: “Me abrió Nuestro Señor el entendimiento para navegar de aquí a las Indias, y la voluntad para la ejecución de ello; y con este fuego vine a Vuestras Altezas”… Pero ¿cómo sabía realmente Colón la ruta a seguir…? Lo cierto es que antes del descubrimiento existían muchos mapas de rutas marítimas y Colón tenía como profesión la cartografía, lo que le hacía estar en contacto con muchos marinos aventureros. Un astrónomo florentino llamado Paolo del Pozzo Toscanelli, dieciocho años antes del viaje de Colón, comercializaba un mapa, donde aparece con lujo de detalles de América, incluyendo una región denominada “Antilia” . Está también el famoso mapa del almirante turco Piris Reis, descubierto en 1929, en el Museo Topkapi en Estambul, que parece anterior al descubrimiento de América. En él se muestran detalles geográficos del nuevo continente, con coordenadas casi idénticas a los mapas modernos. Estos mapas demuestran que América era conocida, así como la redondez de la Tierra.</p>
<p class="bodytext">También se dice que un marino portugués que había hecho previamente el viaje, le contó a Colón en Azores la existencia de estas tierras.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿A QUé ISLA LLEGó COLóN?</strong></p>
<p class="bodytext">Colón llegó el 12 de octubre de 1492 a la isla Guanahaní que bautizó como San Salvador, hoy isla Watling en el archipiélago de las Bahamas. Colón nunca señaló en ningún plano la ubicación de esta isla; sólo se limitó a describirla, en base a lo cual, los historiadores han identificado como San Salvador… Colón: “es una isla baja sin montañas, cubierta de palmeras y con la peculiaridad de no tener agua dulce, lo que me impide abastecer las naves, por lo que me veo obligado a abandonarla prontamente”. Sin embargo, la isla Watling que señalan los textos no responde a la descripción de Colón, por poseer gran cantidad de colinas y además tiene abundante agua dulce.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿ERA REALMENTE CARTóGRAFO?</strong></p>
<p class="bodytext">Otro de los grandes misterios de Colón es su profesión de cartógrafo, que le adjudica un conocimiento profundo y detallado de la geografía; sin embargo, a pesar de su profesión y la imperiosa necesidad de registrar esos supuestos territorios que se presentaban ante sí, Colón sólo dibujó un mapa sin mayores detalles de la isla de La Española. Tampoco se conoce el “Diario de Abordo” donde Colón debió anotar los acontecimientos de sus cuatro viajes al Nuevo Mundo, que supuestamente desapareció, para convertirse en un misterio más de todos los que se relacionan con el aventurero genovés.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA FIRMA DE</strong><strong>COLóN</strong></p>
<p class="bodytext">Es otro misterio sobre el que se ha especulado enormemente. Colón utilizaba como firma personal tres “S” en forma de pirámide con una “A” al centro, sobre las iniciales “XMY”. Una firma o anagrama que ha desatado todo tipo de interpretaciones. Muchos afirman que es muy extraño que Colón siendo un cartógrafo y escritor, no tuviera una firma que lo identificara ante la realeza y lo inmortalizara ante la historia. Un misterio más que se suma a los incontables enigmas del mítico Colón.</p>
<p class="bodytext"><strong>SOBRE SUS RESTOS MORTALES</strong></p>
<p class="bodytext">El último de los misterios es el de sus restos mortales. Cuatro ciudades se disputan la posesión de las cenizas de Cristóbal Colón: Santo Domingo, Sevilla, La Habana y Valladolid… A pesar de esta disputa, los esfuerzos se concentran en sólo dos tumbas: la de Santo Domingo y la de Sevilla.</p>
<p class="bodytext">Se sabe poco seguro sobre ello. Cuando muere en Valladolid es enterrado en una capilla del convento de los franciscanos, donde permanecerá hasta 1509. Entonces se trasladan a la cartuja de Las Cuevas, en Sevilla. Sus restos permanecerán allí treinta y cinco años, hasta 1544. Siguiendo a Fernández Shaw es entonces cuando surge la primera duda. “La “hipótesis romántica” propone que la cartuja sevillana –que, como se sabe, está al lado del río Guadalquivir– sufrió inundaciones; en una de esas riadas, el río se llevó aguas abajo el ataúd y lo sepultó allí donde debe estar un almirante, es decir, en medio del océano. Sin embargo, lo más probable es que fuera llevado a Santo Domingo, en cuya catedral sería enterrado. La memoria se va perdiendo y nadie se acuerda del almirante. Por el tratado de Basilea de 1795 hay que trasladar a Cuba los restos de Colón. ¿Se llevan los verdaderos, engañan a los negociadores españoles o, sencillamente, ya nadie sabe dónde están los restos de Colón? Los huesos se trasladan a La Habana; y de ahí, a Sevilla, donde se construye el enorme mausoleo de la catedral”</p>
<p class="bodytext">“Sin embargo” –prosigue Fernández Shaw– “en 1877 se descubre una urna que parece decir lo siguiente: “CC I A”. ¿“Cristóbal Colón Primer Almirante”? ¿Son, por tanto, sus huesos? Los dominicanos han escrito palabras muy sensatas para demostrar que sí lo son. En los últimos años, un equipo integrado por antropólogos, físicos, biólogos e historiadores de la Universidad de Granada, han aplicado los modernos métodos de estudio a los ciento ochenta gramos de huesos que quedan de Colón en Sevilla. Según los resultados, sus huesos probablemente están repartidos entre Sevilla y Santo Domingo.</p>
<p class="bodytext"><strong>Dolores E. Pérez</strong></p>
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		<title>Cristóbal Colón y el mito colombino</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/cristobal-colon-y-el-mito-colombino/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:41:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 25]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">La exposición recientemente celebrada en el Museo Naval de Madrid ha conmemorado los quinientos años de la muerte de Colón en Valladolid el 20 de mayo de 1506. Su título, “Cristóbal Colón y el mito colombino” respondía a su intención de examinar la figura y los hechos de Cristóbal Colón a la luz de las distintas acepciones que tiene la palabra mito. Para ello se han expuesto exclusivamente los abundantes fondos que sobre el tema posee el Museo Naval y sus museos periféricos.</p>
<p class="bodytext">No cabe duda de que el proyecto presentado por Colón a los reyes Católicos era, de forma deliberada o no, un mito, es decir, un relato o noticia que desfigura la realidad, y le da la apariencia de ser más valiosa o más atractiva. Iluminado por este mito, el marino genovés intentaba llevar a cabo su plan de llegar a Oriente por Occidente, a las tierras de Cipango, y visitar los lugares gobernados por el gran Khan de Marco Polo. Mientras los turcos cerraban a los venecianos y genoveses la ruta mediterránea de las especias, y los portugueses descubrían otra ruta mucho más larga para llegar a Asia, Colón aseguraba que, aceptando la esfericidad de la Tierra y la existencia de alguna isla que pudiera servir de escala, era posible al canzar la India por una ruta occidental que evitaría el peligro de los turcos y no colisionaría con los intereses portugueses, establecidos en los tratados firmados entre las dos monarquías ibéricas.</p>
<p class="bodytext">A pesar de lo erróneo de sus cálculos, los descubrimientos científico-técnicos aplicados al desarrollo de la navegación y el apoyo económico-político de la nomarquía de los reyes Católicos, hicieron posible comprobar que sus teorías, contaminadas por ficciones tardo medievales y religiosas, eran erradas, pero resultaron tan afortunadas que cambiaron el futuro de la Humanidad.</p>
<p class="bodytext">Si el plan de Colón estaba inmerso en el mito, también su figura fue mitificada a lo largo de los siglos y especialmente en el XIX, auspiciada por el movimiento romántico europeo, una de cuyas manifestaciones fue el auge de la novela y la pintura histórica. Efectivamente, la revitalización romántica de la figura de Colón en la literatura fue iniciada por Walter Scott, seguido por Washington Irving, Fenimore Cooper, Angelo Sanguinetti, Alphonse de Lamartine y un largo etcétera. En los mismos años en que Washington Irving estaba en España trabajando en sus obras, “Vida y viajes de Cristóbal Colón”,publicada en 1827 y “Viajes y descubrimientos de los compañeros de Colón”, publicada en 1831, el marino y académico de la Historia Martín Fernán dez de Navarrete es taba inmerso en la publicación de su inmensa obra, Co lección de los viajes y descubrimientos que primer tomo apareció en 1825.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS TRES FACETAS DE CRISTóBAL COLóN</strong></p>
<p class="bodytext">La exposición celebrada en el Museo Naval dividió sus fondos en tres ámbitos para explicar tres facetas distintas del personaje. El primero, denominado, “El entorno cortesano de Cristóbal Colón”, daba una visión de Colón en la Corte de los Reyes Católicos y de su bagaje profesional como marino, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico, mostrando una serie de embarcaciones y artillería de la época junto con documentos y personajes con los que se relacionó.</p>
<p class="bodytext">En el segundo, dedicado a “Cristóbal Colón y el mito romántico”, se pretendía mostrar las distintas representaciones, conmemoraciones e interpretaciones de la figura de Colón, realizadas durante el siglo XIX bajo el prisma y las características del movimiento romántico, y que tuvieron su cenit en la celebración del IV centenario de su hazaña. En ella podemos destacar el expediente del traslado de los restos de Colón, de Santo Domingo a La Habana, con motivo de la cesión de una parte de la isla a Francia en 1777, y el expediente del segundo traslado desde La Habana a Sevilla en 1898 junto con un modelo del aviso Giralda que los remontó por el Guadalquivir hasta Sevilla. La importante colección de medallas conmemorativas de Colón que conserva el Museo Naval y de dibujos interpretando su vida, también fueron reunidas en esta segunda zona de la exposición.</p>
<p class="bodytext">Por último, bajo el título “Tiempo de descubrir”, se agruparon los fondos que conserva el Museo Naval sobre la materialización de su plan y su llegada a las que consideraba las Indias, error que nunca abandonó. En ella se expusieron los tres modelos de las carabelas en las que realizó su primer viaje, utensilios que conformaban la vida a bordo de las tripulaciones, artefactos similares a los que encontraron en sus intercambios con los indios, instrumentos náuticos, mapas y cartas náuticas que facilitaron su navegación y confirmaron sus ideas geográficas. Entre todas estas piezas, la carta de Juan de la Cosa de 1500 donde se describen gráficamente las tierras descubiertas, constituyó el eje central de la exposición, ya que muestra un posible mundus novus en abierta discrepancia con el mito geográfico que movió a Colón.</p>
<p class="bodytext">La exposición del Museo Naval forma parte de los numerosos actos que se han venido realizando con motivo del V Centenario de la muerte del Cristóbal Colón. Al estar formada por piezas pertenecientes a los fondos del Museo, y a sus museos periféricos, permitirá a quienes se interesen por el tema, acercarse al tema del mito colombino en otro momento, una vez finalizada la exposición. Un amplio catálogo recoge las principales piezas expuestas, así como un interesante trabajo de Anunciada Colón de Carvajal sobre la peripecia vital del descubridor y otro de la bibliotecaria del Museo Naval, Nieves Rodríguez Amunátegui sobre los fondos bibliográficos colombinos conservados en este centro. Además, se añade como apéndice una relación de los fondos documentales sobre el tema, tanto bibliográficos como manuscritos e iconográficos que posee el Museo Naval, hasta 1900.</p>
<p class="bodytext"><strong>Maria Luisa Martín Merás</strong></p>
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		<title>Tras la estela de los Árabes del mar</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tras-la-estela-de-los-arabes-del-mar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:40:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 25]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>De niño, cuando todos dormían, me encaramaba a la biblioteca para alcanzar los atlas y los tomos de geografía ilustrada. Viajaba con los mapas y estudiaba las fotografías de los [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/tras-la-estela-de-los-arabes-del-mar/">Tras la estela de los Árabes del mar</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">De niño, cuando todos dormían, me encaramaba a la biblioteca para alcanzar los atlas y los tomos de geografía ilustrada. Viajaba con los mapas y estudiaba las fotografías de los viejos libros. Los pescadores de perlas de Bahrein, los faluchos atracados en Mombasa o las casitas blancas de Mascate que cercaban una bahía rocosa en forma de herradura rematada por dos grandes farallones sobre los que descansaban castillos que parecían de juguete. Un agosto, los zíngaros acudieron al pueblo de veraneo portando grandes rollos de celuloide para proyectar sobre una sábana <em>Las aventuras de Simbad</em>. Aquellas eran mis fotografías en movimiento y entonces me prometí que algún día me embarcaría en una nave como la de la película para escapar, muy, muy lejos, tras la estela de Simbad.</p>
<p class="bodytext">Lejos de disminuir con los años, mi interés por los árabes del mar fue en aumento y pronto supe que fueron los primeros grandes navegantes. Mucho antes del advenimiento del islam, los árabes del sur, verdaderos herederos de Saba, surcaban el índico. En sus naves transportaban incienso, mirra y otras resinas aromáticas, salazones de tiburón, dátiles y limas secas. Viajaban a la India en busca de especias, sedas, gemas y maderas preciosas. Del áfrica Oriental traían ámbar gris, concha de tortuga, pieles, marfiles y esclavos. Habían descubierto el secreto de los monzones que les permitía desplazarse a voluntad en sus frágiles veleros, y habían establecido colonias en las islas del áfrica oriental. No, no se trataba de fantasías. A principios de nuestra era, los principales puertos de aquel océano, fueron visitados por un marino alejandrino que escribió el <em>Periplo del mar eritreo</em>, un valioso documento donde se constata que diversas islas de la costa africana se hallaban bajo la soberanía del reino de Hymiar, en el Yemen actual, y que eran frecuentadas por los capitanes y mercaderes árabes.<br />
El comercio proporcionó tanta prosperidad a la Arabia del sur (los actuales Yemen y Omán), que los romanos la denominaron<em>Arabia Félix</em> en contraposición a las <em>Arabia Pétrea</em> y <em>Arabia Deserta</em>, del norte. Los romanos, celosos del dominio árabe del comercio del índico, intentaron en vano la conquista. Más tarde quisieron arrebatarles su supremacía naval. Pretendían navegar directamente a la India pero todos sus intentos fracasaron. Estaban acostumbrados a un Mediterráneo de vientos pasajeros que soplaban en distintas direcciones. Un mar sin arrecifes y con muchos refugios naturales. Una gran ventaja para la navegación, pues en caso de tempestad no resultaba difícil guarecerse a esperar que la galerna amainara y los aires cambiaran de signo. En cambio, al llegar al índico se enfrentaron a un océano furioso y a unos vientos que soplaban sin descanso en la misma dirección durante meses y meses. Pero su constancia acabaría siendo recompensada y se dice que fue Hípalo, un griego al servicio de Roma, quien descubrió el secreto de los monzones, tan celosamente guardado por los árabes, y consiguió viajar a la India en una nave romana. A partir de entonces los romanos comerciaron directamente con los puertos de aquel inmenso subcontinente donde obtenían sin intermediarios las especias y las mercancías fabulosas. Perdido el monopolio, la Arabia del sur inició una lenta pero imparable decadencia. La falta de recursos hizo que se descuidara el mantenimiento de la ingeniería hidráulica que arrancaba la vida al desierto. Como consecuencia, las acequias se cegaban y las presas comenzaron a resquebrajarse. Desde el Yemen, comenzó una lenta pero imparable emigración hacia Omán y al Golfo Pérsico, acelerada por el colapso definitivo de la presa de Mareb, que desde los tiempos de Saba irrigaba centenares de hectáreas de terreno yermo.</p>
<p class="bodytext">Con el islam, quinientos años antes de que los afamados marinos portugueses doblaran el cabo de Buena Esperanza y penetraran en el índico en busca de sus especias, los árabes ya habían establecido la ruta marítima más larga y lucrativa del mundo, que se extendía del áfrica Oriental a la mismísima China, pasando por las costas de Arabia, la India e Indonesia. Los árabes volvieron a dominar el océano índico. Ya en el siglo IX navegaban directamente a Cantón en China. Dominaban las artes de la navegación: poseían grandes conocimientos de astronomía; construyeron observatorios y enriquecieron la enciclopedia matemática y astronómica de Ptolomeo. Estaban familiarizados con la brújula y utilizaban el astrolabio para calcular la posición por medio de los cuerpos celestes. Los capitanes tenían <em>rahmanis</em> (tratados náuticos) y <em>suwar</em> (cartas de navegación), y llegaron a poseer un conocimiento tan avanzado de los monzones que, utilizando almanaques especiales, podían predecir de manera precisa las fechas de llegada de sus veleros, por alejados que estuvieran los puertos desde los que zarpaban. El conocimiento del mar era algo que guardaban celosamente y la sabiduría la transmitían de generación en generación a través de poemas y canciones.</p>
<p class="bodytext">Para construir sus veleros, o <em>dhows</em>, importaban teca de la India, que era muy resistente al agua y a los parásitos que devoran las maderas. Las velas, al igual que hoy en día, eran las triangulares o latinas, que a pesar del nombre, no eran de origen romano. En realidad, la llamada vela latina fue introducida en el Mediterráneo por los árabes y resultaba mucho más aerodinámica y adecuada para aprovechar los monzones. Hasta entonces, en el Mediterráneo se utilizaba la vela cuadrangular, como habían venido haciendo los romanos, los griegos, los feniEn los veleros árabes no viajaban tan sólo las fabulosas mercancías sino también las ideas. El islam. Sin derramar una gota de sangre, los mercaderes difundieron el mensaje del Profeta por todo el índico, llegando a los rincones más remotos. De las costas orientales de áfrica Oriental, donde surgieron sultanatos importantes como Quiloa o Pate, a Malasia e Indonesia, el estado musulmán más poblado del mundo, pasando por Bengala o la costa de Malabar. Se produjo una lenta pero imparable emigración árabe. No sólo mercaderes: pequeños comerciantes, músicos y poetas. También los exiliados de las persecuciones políticas y de las guerras civiles, incluso jerifes o descendientes del Profeta, se establecieron en puertos remotos y sultanatos, sobre todo del áfrica Oriental.</p>
<p class="bodytext">De hecho, el monopolio árabe del comercio de las especias, indispensables para el adobo y conservación de las viandas en una era sin frigoríficos, provocó la era de los grandes descubrimientos. En el siglo XIV, Enrique el Navegante lanzó sus naves a la búsqueda de una ruta que les condujera directamente a la India, saltándose así a los intermediarios árabes. Colón intentaría lo mismo por una ruta alternativa, con el pequeño inconveniente de que se tropezó con América. Pero aquellos invasores, al igual que les había sucedido a los romanos varios siglos atrás, penetraban en un océano extraño cuyos vientos les desconcertaban y en el que resultaba imposible desplazarse sin un profundo conocimiento de los mismos. Vasco de Gama supo explotar a su favor las rencillas entre los sultanes del áfrica Oriental. Con su astucia, acabó por conseguir que el sultán de Malindi les proporcionara a Ibn Majid, el piloto omaní que le guió hasta Calicut en la India a finales del siglo XV. Con este hecho comenzaría el declive de los árabes en el índico ya que perdieron el monopolio de las especias del índico a manos de los portugueses y de los europeos que vinieron a continuación: holandeses, británicos, franceses. La paradoja es que el más grande de los navegantes árabes, contribuyó de facto a su decadencia como navegantes al revelar a los portugueses los secretos del índico.</p>
<p class="bodytext">Los lusos se hicieron con Pate, Malindi, Mombasa, Quiloa, Zanzíbar y tantos otros sultanatos del áfrica Oriental y conquistaron los principales puertos de Arabia. Pero un siglo y medio después, los omaníes los expulsaron de sus costas y acudieron a la llamada de sus “hermanos” de Mombasa. Como resultado, Omán creó un imperio que se extendía desde el sur de Mogadiscio hasta el cabo Delgado en el actual Mozambique. Zanzíbar era la perla del nuevo sultanato y su riqueza debido al cultivo de las especias, sobretodo del clavo, y al tráfico de esclavos, fue tal, que el sultán decidió trasladar la capital de Mascate en Arabia a la isla del índico a varios miles de kilómetros. Más tarde el sultanato se dividiría entre dos hermanos mal avenidos y aunque bajo la misma bandera y dinastía, Omán y el sultanato de Zanzíbar que comprendía las posesiones africanas, siguieron cada uno su rumbo.</p>
<p class="bodytext">Con la irrupción de los europeos en el índico, los árabes perdieron la supremacía comercial en aquel océano, pero jamás cesó el flujo de los veleros árabes que unían y cohesionaban un mundo único. A mediados de los años sesenta del siglo XX, los veleros árabes dejaron de cruzar el índico, siguiendo las rutas que apenas habían variado desde los tiempos de Simbad. Ya no eran rentables, fueron arrinconados por los barcos modernos y también por la aparición de jóvenes naciones independientes que con sus aduanas, impuestos y fronteras, acabaron con aquel mundo basado en el libre comercio. Los puertos del índico no sólo perdieron el contacto con los de Arabia sino también entre sí.</p>
<p class="bodytext">A finales de los años setenta, se me presentó por fin la oportunidad de asomarme a aquel mundo de los árabes del mar fabulado en la infancia. Sucedió tras un viaje al sur del Sudán para fotografiar a la tribu de los dinkas, cuando a punto estaba de regresar a Europa. Paseaba por la ciudad de Omdurman y de pronto la magia de un nombre trastocó completamente mis planes. “<em>¡Sauakin!</em>”, vociferaba un conductor de camión. En aquella época, estoy hablando de finales de los setenta del siglo XX, las comunicaciones eran muy difíciles en aquel país africano y el transporte se hacía en la caja de camiones, sobre sacas de cemento o arroz. En la época lluviosa en que me encontraba, los viajes solían durar días, ya que una lluvia imprevista podía convertir en pocos minutos la pista arenosa en un lodazal, debiendo esperar varios días a que el sol la secara de nuevo. “<em>¡Sauakin!</em>”, clamaba el camionero “<em>¡Sauakin!</em>”. Aunque se hallaba en el Mar Rojo, aquél era uno de los antiguos puertos de los árabes del mar al que arribaban los veleros procedentes del índico. Como si hablara otra persona, me sorprendí a mí mismo apalabrando un lugar para la próxima salida que se efectuaría de madrugada. No, no podía, no debía regresar a Europa sin antes visitar aquel lugar mítico. Ver que quedaba de aquel mundo de los árabes del mar. Pero Sauakin había sido abandonado y de las antiguas casas palaciegas de los mercaderes apenas quedaba algún muro en pie. Contemplando aquel amasijo de cascotes que a la luz de la luna asemejaba un termitero lamido por el olvido, me decidí a buscar a los árabes del mar en los puertos de Arabia. Quería viajar a Moca, Adén Mukala y de allí proseguir hacia Omán. No era aquel el momento. La difícil situación geopolítica con un Yemen dividido en dos naciones de signo político opuesto o la lucha de guerrillas en el Zufar en Omán, hicieron imposible mi deseo.</p>
<p class="bodytext">Veinticinco años después, a principios de este siglo, decidí retomar mi viejo y querido proyecto. Sin embargo a punto ya de aterrizar en Omán, me asaltó la inquietud: Si veinticinco años atrás, apenas había podido vislumbrar a un mundo que acababa de desaparecer, ¿qué estaba buscando ahora? ¿No estaría aquel mundo sepultado bajo las autopistas y los centros comerciales que la lluvia de petrodólares había precipitado”</p>
<p class="bodytext">Recorriendo los puertos de Sohar, Mascate o Sur, conocí por fin a viejos árabes del mar. Poco a poco, fui venciendo las naturales reticencias de unas gentes hospitalarias aunque retraídas y gané su confianza. Los viejos marinos me contaron sus experiencias: sentados en el suelo, sobre una alfombra, frente a una taza de fuerte café perfumado al cardamomo, me hablaron de travesías difíciles y de estrellas que presagiaban naufragios, de olas grandes como montañas y de la presencia de djins o genios a los que había que contentar. Me acogieron en sus casas, compartí con ellos asados de cordero y estofados de tiburón. Un capitán me llevaba a otro escribiendo una carta para algún compañero de aventuras de la infancia del que nunca más había sabido. Me sentía un poco como los viajeros de antaño que lograban lo que se proponían tras hacerse con una carta que era esgrimida una y otra vez ante los personajes adecuados. Cartas que, como varitas mágicas, permitían obtener otras nuevas para proseguir el periplo. Sí, un personaje me había llevado a otro y si en algún momento pareció interrumpirse la cadena, el azar se había encargado de engarzar un nuevo anillo.</p>
<p class="bodytext">No. No pude embarcarme en un velero como el de mis viejas fotografías. El mundo de los árabes del mar había casi desaparecido pero quedaba la memoria, y la había encontrado. En el avión que me conducía a Europa, mientras los primeros rayos de sol teñían de rojo el mar de Arabia, me estremecí recordando las vivencias y la emoción de los capitanes y antiguos mercaderes que había conocido. Su islam popular nada tenía que ver con el que se empeñaban en difundir los medios de comunicación. Hospitalarios, abiertos, generosos con sus vidas y recuerdos, ellos habían puesto rostro real a mi viejo sueño.<br />
No puedo olvidar la emoción del capitán Abdala Cherif del puerto omaní de Sur quien me contó que cada noche soñaba con Zanzíbar. Antes de que, con su vuelo, las aves marinas delataran la presencia de tierra, incluso antes de que los veleros divisaran la silueta de la isla en el horizonte, ya sabían que se acercaban a Zanzíbar porque el viento llegaba perfumado con la fragancia del clavo. El capitán me dijo que cuando abandonaban la isla se cubría la vista para no ver como la silueta blanca de sus casas se desvanecía en el horizonte.</p>
<p class="bodytext">Recuerdo en especial al capitán Jafaar, enfermo de alzheimer que vivía en una cabaña en las costas de la Tihama en el Yemen. Compartía su vida con la anciana Aziza, que traficaba con espíritus y encantamientos, y dos jóvenes bellísimas a quienes apodé erróneamente “lunas entre estrellas”, porque como supe años más tarde en árabe la luna es masculina y el sol femenino. En un momento de lucidez, junto a la carcasa podrida de su viejo velero, el capitán Jafaar me reveló lo que significaba el mar, para los navegantes árabes. “<em>¡Pilotando el Naim pasé mis mejores años!” confesó el anciano marino. “La vida era muy dura entonces, pero fui feliz. Era maravilloso, nos topábamos con las gentes más extrañas; nos relacionábamos con otros capitanes, con los marineros de todas partes de Arabia, de la India, de las Comores… Hablábamos árabe y suahili. En nuestro mundo, no existían ni los países ni las fronteras; todos éramos árabes, estuviéramos aquí, en Basora, Zanzíbar o Mombasa. Nuestra casa era cualquier puerto donde llegaran nuestros veleros. Pero la vida era difícil y los barcos modernos nos hacían la competencia. Un buen día los mercaderes que nos contrataban dejaron de hacer negocio, vendieron los viejos veleros y los sustituyeron por nuevos barcos con motores. Cuando los “negros” nos expulsaron de Zanzíbar, tras la revolución, supe que la navegación de altura, en nuestros veleros, había acabado. Ya no daba un rial.</em>”</p>
<p class="bodytext">Jafaar miró al horizonte y suspiró: “<em>Durante mi último viaje, mientras navegábamos de Yibuti a Asmara, en Eritrea, estalló una gran tormenta. El Naim hacía aguas y ordené echar la mercancía por la borda; por dos días estuvimos a merced del viento. Luego, al hamdulilá –gracias a Dios–, el mar se tornó una balsa de aceite y la marea nos arrastró hasta esta costa, pero con tan mala fortuna que chocamos contra unas rocas que abrieron un gran boquete. Finalmente varamos en esta playa de donde ya no me quise mover. ¿Para qué? Lo había perdido todo: algunos hombres, mercancías…”</em><br />
“C<em>apitán Jafaar, ¿qué es para usted el mar?</em>”, pregunté.</p>
<p class="bodytext">Y entonces, en vez de hacer lo que hubiera hecho el común de los mortales, es decir: desplegar los brazos en redondo como para dar a entender lo inabarcable, unió las palmas de ambas manos y trazó con ellas una línea perfecta y recta desde la arena hacia el horizonte.</p>
<p class="bodytext">“<em>El mar es el camino</em>” afirmó rotundo. “<em>El camino que nos comunica con los otros árabes de los puertos del índico. Los árabes del mar</em>”.</p>
<p class="bodytext"><strong>Jordi Esteva</strong></p>
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		<title>La polémica visita a España de Alejandro Dumas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-polemica-visita-a-espana-de-alejandro-dumas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Nov 2006 17:02:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 25]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c4053" class="csc-default">
<h5>En 1846, con ocasión del matrimonio del duque de Montpensier con la hermana de la reina Isabel II, Alejandro Dumas decide dirigirse a España. Acompañado por un grupo de amigos y de su hijo Alejandro, el autor de “Los tres mosqueteros” emprende un agitado viaje que le lleva de París a Cádiz.</h5>
</div>
<div id="c4053" class="csc-default">
<h3><strong>Por Pedro Páramo</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Biblografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-25/"> Boletín 25 SGE. Noviembre de 2006</a></p>
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<p class="bodytext">La frase “<em>África empieza en los Pirineos</em>” la atribuye el barón francés Charles Davillier, autor de un Viaje por España ilustrado por Gustavo Doré, a su compatriota Alejandro Dumas padre. Aunque el creador de <em>Los Tres mosqueteros </em>negó siempre en vida haber pronunciado esa sentencia, todavía de vez en cuando entre nosotros se le asigna la autoría. Muchos años después de muerto, Alejandro Dumas hijo, el de <em>La dama de las camelias</em>, se sintió obligado a salir en defensa de su padre declarando a un periodista español que “<em>la famosa frase que se le atribuye, y en la que varía a su antojo la geografía colocando el estrecho de Gibraltar en la vertiente de los Pirineos, es apócrifa. No la hallará usted en ningún escrito suyo. Tanto mi padre como yo fuimos apasionados admiradores de España, a pesar de haber sido apedreados por el vecindario entero de un pueblo de la provincia de Granada de cuyo nombre no quiero acordarme</em>”.</p>
<p class="bodytext">Dieciséis años antes del viaje de Davillier, el escritor francés Alejandro Dumas había visitado España en compañía de su hijo, que entonces contaba veintidós años, su secretario, el poeta Aunguste Maquet, los pintores Aldolphe Desbarolles y Eugène Giraud, y Eau Benjoin, su fiel criado etíope. Del viaje de aquel grupo surgieron tres libros: <em>De París a Cádiz</em>, escrito por Dumas, <em>Dos artistas en España</em>, firmado por Desbarolles y Giraud, y un tercero muy posterior, también de Dumas, titulado <em>Cocina española</em>, que luego incorporó a su afamado <em>Gran Diccionario de la Cocina. Del relato del periplo español de Alejandro Dumas, que refleja muy bien la personalidad y el estilo del popular autor francés, es difícil deducir la auto-ría de la frase considerada infamante por tantas generaciones de españoles. De París a Cádiz </em>es un libro ameno, desenfadado, lleno de humor, de ironía sobre las costumbres españolas de aquella época. La obra contiene detalladas informaciones sobre la vida cotidiana, salpicadas de fantasías inverosímiles destinadas, sin duda, a agradar a los lectores ansiosos de noticias de un país tan misterioso, tan exótico y lleno de peligros que, como decía un compatriota contemporáneo suyo, Germond de Lavigne, no se podía viajar a él sin hacer previamente testamento; pero no es un libro antiespañol. En numerosos pasajes, Dumas, en la plenitud de sus cuarenta y cuatro años, en la cumbre de su carrera literaria, deja traslucir su admiración y hasta su entusiasmo por el carácter de los españoles y por la vitalidad que le rodea.</p>
<p class="bodytext">Alejandro Dumas vino a España a petición del ministro de Negocios Extranjeros de su país, Monsieur Salvandy. Escritor también, viajero y amigo personal de Dumas, el ministro Salvandy propuso al autor de <em>Los tres mosqueteros </em>que asistiera como cronista oficial a la boda de la infanta española Luisa Fernanda, hermana menor de la reina Isabel II, con Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, hijo del rey de Francia Luis Felipe, y que luego prolongara su viaje y se dirigiera a Argelia. Dumas se muestra encantado con la oferta, pues hace tiempo que siente la llamada de España: “<em>Hubiese aceptado, agradecido, una de las dos cosas, con mayor razón ambas a la vez</em>”, escribe. El exotismo español estaba de moda en Francia en aquel momento. En apenas diez años se había publicado en aquel país cinco libros de éxito sobre España: <em>Escenas de la vida española</em>, de la duquesa de Abrantes (1836), <em>Un año en España</em>, de Charles Didier (1837), <em>Un invierno en Mallorca</em>, de George Sand (1842), <em>Carmen</em>, de Merimé (1845) y <em>Viaje por España</em>, de Teophile Gautier (1845).</p>
<p class="bodytext"><strong>ESPAÑA, UN PAÍS EXÓTICO </strong></p>
<p class="bodytext">A mediados del siglo XIX , en plena reacción romántica contra el racionalismo ilustrado del siglo XVIII, España aparece ante los ojos de los artistas europeos aureolada por su resistencia a la modernidad, embozada en leyendas enraizadas en la herencia musulmana, en los poemas épicos hispanos y en la literatura barroca de Calderón. Llama la atención de los europeos el sentido profundo de la dignidad de los españoles, incluso en los más humildes, su actitud ante el amor y la muerte, el simbolismo trágico de las corridas de toros&#8230; “<em>¡Oh país de contrastes y contradicciones! ¡Pueblo elegante y feroz que hace compatible el baile y la guerra civil, y para quien la muerte y la danza tienen el mismo encanto!</em>”, escribe el periodista y diplomático suizo Charles Didier, al regresar de España.</p>
<p class="bodytext">La España que conoce Alejandro Dumas, sin embargo, es algo distinta a la relatada por Didier nueve años antes. Las guerras y las revoluciones abortadas de los años treinta han dejado paso a un período de paz, consolidada desde 1844, con la llegada al poder del general Narváez. Las barricadas han desaparecido de las calles y la recién fundada Guardia Civil ha desalojado a los bandoleros de los caminos. “<em>He aquí que España gozaba de la paz más absoluta </em>–escribe Dumas al llegar a la capital–, <em>que habíamos recorrido ciento cincuenta leguas, de Bayona a Madrid, sin encontrar en nuestro camino ni una sola guerrilla, ni un solo ladrón, ni un solo ratero; he aquí que por fin encontrábamos las calles de Madrid en su soledad matinal y llenas de teatros al aire libre levantados con antelación para las fiestas en las que íbamos a tomar parte [las bodas de Isabel II y la infanta Luisa Fernanda]</em>”. El autor puede comprobar, como le habían dicho, que “en España casi no quedaban ladrones, no más de cincuenta o sesenta”. Su fan-<em>Elegantes de Madrid. </em>tasía decepcionada echa de menos algún asalto que excite a sus lectores y exclama “<em>¡País afortunado que sabe el número de ladrones que tiene!</em>”. Son además delincuentes muy controlados, pues como su imaginación inventa, son ladrones que tienen un dueño: el duque de Osuna. “<em>Le dije que en España quedaban cincuenta o sesenta ladrones –</em>escribe<em>–. Pues bien, siete de esos ladrones son de Osuna. No vaya a concluir por ello que el duque de Osuna es el jefe de esos siete ladrones. No es eso; él sólo es el propietario y nada más</em>”. Y a continuación narra la increíble aventura de una marquesa asaltada en los bosques de Alamina a la que estos bandidos de Osuna le devolvieron el botín en su casa de Madrid, por indicación del duque, naturalmente.</p>
<p class="bodytext">Forman el libro <em>De París a Cádiz </em>una serie de cartas que, supuestamente, Alejandro Dumas dirige a una amiga residente en Italia desde los lugares que visita en nuestro país, y este estilo epistolar, que favorece la comunicación con el lector, da una singular viveza al relato. En 1846, cuando viene a España, el escritor ha alcanzado lo más alto de la fama. Las dos primeras partes de la historia de los mosqueteros y del conde de Montecristo le habían convertido en el autor más popular de Europa. Cuando Dumas y sus compañeros atraviesan la frontera por Irún, temerosos de que sea descubierto su cargamento de fusiles, pistolas, cuchillos y balas para viajar por la “peligrosa” España, el jefe de la aduana guipuzcoana lee el nombre del escritor en las maletas y entonces “<em>se acercó a mí </em>–escribe– <em>me saludó con palabras de elogio en un excelente francés y en un español que me pareció todavía mejor, y ordenó a sus empleados que respetaran ¡hasta la bolsa de mano!</em>”.</p>
<p class="bodytext">En el relato del trayecto de Irún a Madrid el sagaz Alejandro Dumas va describiendo las sorpresas que la comparación entre España y Francia le depara. Le llama la atención la diferente indumentaria de los viajeros que encuentran por el camino, según su lugar de origen, sean valencianos de anchos calzones blancos, sean manchegos con chaqueta parda, el calzón corto y la escopeta enganchada al fuste de la silla, sean andaluces, con sombrero de bordes levantados y redondeados adornado con pompones de seda, sean catalanes con su bastón y su pañuelo atado detrás de la cabeza y colgando en medio de la espalda… Dumas saca una conclusión: “<em>En fin </em>–remata el escritor–, <em>todos los demás hijos de las doce Españas que consintieron formar un solo reino, pero que no consentirán jamás formar un solo pueblo”</em>.</p>
<p class="bodytext">Ensalza Dumas la agilidad de la diligencia española, “<em>mucho más rápida que la nuestra</em>”, pero desde el primer día de estancia en nuestro país descubre que en España las cosas se hacen sin prisas –“<em>poco a poco</em>” escribe en castellano– y comienza a quejarse de la calidad de la cocina y de la indiferencia, cuando no la altivez, de los mesoneros y posaderos españoles. Dumas, que era un gourmet y seguramente también un gourmand, hace referencias continuas a las comidas españolas a lo largo de su relato <em>De París a Cádiz</em>. Su confianza de buen comilón se derrumba cuando se enfrenta por primera vez al puchero, el plato nacional, “<em>una macedonia de cosas bastante buenas tomadas individualmente </em>–dice–, <em>pero cuya mezcla me parece poco afortunada</em>”. Tampoco puede con los garbanzos, que describe como “<em>guisantes del tamaño de una bala</em>”, para los que recomienda un período de adaptación: “<em>Debe comer el primer día uno </em>–explica–, <em>el segundo dos, el tercero tres, y, tomando estas precauciones, es probable que sobreviva a ellos</em>”. El escritor admira la calidad de las materias primas: “<em>Debo decirle, señora, que si los españoles no comen o comen mal es simplemente porque no quieren comer bien. La tierra, esa madre fecunda en casi todos lados, es pródiga en España; las más hermosas hortalizas crecen sin necesidad de cuidados </em>–exagera–<em>y los frutos más sabrosos maduran sin que nadie los cultive</em>”. Su desprecio se dirige exclusivamente a la forma bárbara de cocinarlas a la española. “<em>En Madrid, los que quieren comer </em>–escribe desde la capital de España–, <em>entiéndase los extranjeros, van al mercado o mandan a él a sus criados, después ellos guisan o asan por sí y ante sí los objetos que han comprado para su consumo</em>”.Tal fue la decepción que causó al grupo la cocina española que los viajeros decidieron hacer lo mismo: comprar ellos los excelentes ingredientes que veían en los mercados y utilizar sus armas para cazar con el fin de preparar sus comidas por el camino, reservando una parte de la munición para hacer frente a los leones que iban a encontrar en Argelia.</p>
<p class="bodytext">La capital de España está engalanada para las bodas reales (Isabel II y su hermana se casaron el mismo día, el 10 de octubre) y llena de compatriotas que habían acudido expresamente a presenciar el enlace de Montpensier con la infanta, causa una grata impresión a Alejandro Dumas que, cuestiones culinarias aparte, se siente en Madrid como en casa. La calle de Alcalá le parece tan ancha “<em>como nuestra avenida de los Campos Elíseos</em>” y la puerta que la cerraba “<em>casi tan gigantesca como el arco de triunfo de L’Etoile</em>”. Las belleza de las mujeres le sorprende: “<em>En Madrid sólo llaman la atención las mujeres feas</em>”. “<em>Si no fuera por el magnífico sol, profusión de mantillas, unos ojos negros como no había visto nunca y ese silbidito de los abanicos que agitan eternamente el aire de Castilla, podríamos creernos en Francia</em>”, concluye. Y más adelante confiesa su rendición ante las bondades de la ciudad: “<em>Decididamente Madrid es la ciudad de los milagros. Yo no sé si Madrid tiene siempre las mismas iluminaciones, los mismos ballets y las mismas mujeres, lo que sí sé es que me entran unas ganas terribles, ahora que gracias a las precauciones que he tomado tengo asegurada mi existencia material, de naturalizarme español y elegir domicilio en Madrid</em>”.</p>
<p class="bodytext">Los viajeros asisten a Madrid a varias corridas de toros en la plaza de la Puerta de Alcalá, y a una extraordinaria en la Plaza Mayor, ven torear a Cúchares, Francisco Montes, El Chiclanero y demás grandes espadas del momento, se relacionan con ganaderos y rejoneadores y el tema taurino, tan exótico, ocupa varias cartas. En una escapada a El Escorial Alejandro Dumas escribe impresionado: “<em>Nadie dirá: El Escorial es bonito. No se puede admirar lo terrible, sino que temblamos ante ello</em>”. De vuelta a Madrid, el escritor cenó con Johann Strauss, padre, fue agasajado por nobles, intelectuales y artistas como el pintor Madrazo y el escritor Bretón de los Herreros que cordialmente le recogían todas las tardes para servirle de guías en museos, galerías de arte y teatros. “<em>Soy más conocido y quizás más popular en Madrid que en Francia</em>”, cuenta gozoso. No es extraño que a la hora de partir de la capital de España escribiera: “<em>Compadézcame, señora; dejo aquí doce días de los más felices de mi vida y, usted que me conoce, sabe que tengo pocos días felices</em>”. Además de los buenos recuerdos, Dumas salió de Madrid con la encomienda de Carlos III, concedida por la reina a petición del duque de Montpensier.</p>
<p class="bodytext">El viaje de Alejandro Dumas y su grupo continuó luego por Toledo, que les pareció “<em>una ciudad moribunda</em>”, pero el escritor recomienda su visita a todo viajero que llegue a Madrid. A partir de ahí, las peripecias del camino, el mal estado de las carreteras del sur, tan diferentes a la de Irún, y los repetidos desencuentros con los hosteleros ocupan el relato a su paso por Ocaña y Aranjuez, la entrada en La Mancha, la parada en Puerto Lápice con las inevitables referencias al Quijote, la escala en Manzanares, donde le llaman la atención las mozas que pelan el azafrán, el paso por Valdepeñas, donde el grupo prueba un vino oscuro y espeso, en nada parecido al valdepeñas actual, hasta llegar a Andalucía por Despeñaperros.</p>
<p class="bodytext">Andalucía es la meta ansiada por Dumas, la tierra del tópico español difundido por los viajeros románticos que le precedieron. El autor de <em>El conde de Montecristo </em>no sólo no hizo nada por sustraerse de él sino que su obra contribuyó a reforzarlo. Desde que pisa Andalucía el estilo de sus cartas cambia, se hace más poético; las descripciones se adornan de fantasías en las que abundan las comparaciones con los paisajes y la historia de Oriente y las referencias literarias a <em>Las mil y una noches </em>y piensa que “<em>el andaluz, en el año de gracia de 1846 y el año de la hégira de 1262, sigue siendo tan árabe como los mismos árabes</em>”. Granada aparece en su imaginación como “<em>una virgen perezosa que lleva tumbada al sol desde el día de la creación</em>” perfumada de esencias desconocidas. Le fascinan la Alhambra y el Generalife, pero también las cuevas del Sacromonte y la belleza de las gitanas y por todas partes cree oír rasgueos de guitarras y repiques de castañuelas saliendo de la espesura de los jardines, brotando de la oscuridad de los patios. En Granada, y no en un pueblo, tuvo lugar la lapidación recordada por su hijo muchos años después. Se hallaban los viajeros en la terraza de un edificio mientras los pintores tomaban apuntes de un grupo de baile cuando tres individuos comenzaron a lanzarles piedras desde la casa de enfrente. A Dumas hijo le abrieron una brecha en la cara y sus compañeros se lanzaron escaleras abajo a perseguir a los atacantes: todos para uno y uno para todos. Dumas padre estuvo a punto de estrangular con sus propias manos a uno de los agresores, que finalmente fueron retenidos por los franceses hasta la llegada de la policía.</p>
<p class="bodytext">De Granada salieron hacia Córdoba, por malos caminos y con la obsesión constante por dónde comer, dónde cenar y dónde dormir. Cuando llegaron al fielato de la entrada de la capital cordobesa, los ilustres viajeros fueron recibidos con todos los honores por los aduaneros que esperaban al autor de <em>El conde de Montecristo</em>: “<em>¿Conoce usted a alguien más literario y más adecuado que los soldados y los aduaneros cordobeses?</em>”, pregunta Dumas a la destinataria de sus cartas. La ciudad, sin embargo le decepciona. “<em>Cada uno de nosotros se había figurado su propia Córdoba: uno gótica, otro árabe, otro casi romana; porque manteníamos los recuerdos de Lucano y de Séneca tan vivos como los de Abderramán y los del Gran Capitán </em>–cuenta–. <em>Sólo habíamos olvidado una cosa, imaginarnos una Córdoba española, que era justamente la que habíamos encontrado. Calles estrechas, sucias, en las que está prohibido tirar agua, sin duda por miedo a que el agua las lave un poco</em>”. La generosidad y la hospitalidad de los cordobeses, la mezquita, dos días de cacería en la sierra, las comidas guisadas por un cocinero de Lyon que habían topado en la ciudad y la costumbre de pelar la pava de los mozos fueron los mejores recuerdos que Córdoba dejó en los viajeros. Antes de Salir hacia Sevilla buscaron insistentemente la Casa de Séneca y descubrieron que se trataba de un burdel.</p>
<p class="bodytext">“<em>¡Ay! señora, ruegue por los que viajan por carretera de Córdoba a Sevilla y la inversa, como dicen en el lenguaje postal</em>”, suplica Alejandro Dumas al recordar este trayecto, aliviado por la gentileza de un noble sevillano que envió su mejor coche para recoger a los viajeros a medio camino. A primera vista, Sevilla tiene un defecto para el escritor, estar consagrada al amarillo que veía por todas partes; decididamente, a Dumas no le gustaba el color del albero, tampoco le gusta el sabor de las aceitunas sevillanas ni el de las habas de las marismas. Se entusiasma tanto ante la catedral y la Giralda que su imaginación se desboca: asegura que en su interior se celebran quinientas misas diarias e imagina ochenta y tres ventanas “<em>con vidrieras de colores pintadas por Miguel Angel, Rafael, Alberto Durero y yo qué sé más</em>”. Sevilla le enamora hasta el punto de que se viste a la española y encarga trajes y aperos para sus mulas adornados con pompones multicolores que, dice, “<em>tendrán un gran éxito en Longchamp</em>”. Pero lo que seduce de verdad al escritor es la belleza de las mozas sevillanas, sus ojos de terciopelo, sus pies minúsculos, tan ágiles, y los bailes andaluces –el olé, el vito, el fandango– en cuya detallada descripción echa mano de toda la sensualidad de que es capaz. La Carmen de Merimé, publicada un año antes y, sin duda conocida por nuestro autor, está muy presente en la Sevilla que Dumas retrata en noviembre de 1846.</p>
<p class="bodytext">El viaje de Alejandro Dumas y sus compañeros –excepto su hijo que queda en Córdoba prendado de una rica dama– termina en Cádiz, a donde llegan después de navegar por el Guadalquivir. Allí les esperaba el vapor francés <em>Le Vèloce</em>, para llevarles a Argelia. La primera impresión de los gaditanos resultó bastante desagradable, ya que los viajeros franceses fueron obligados a desalojar el hotel por invitar a cenar a una señorita de vida airada, aunque no tardaron en encontrar otro más liberal: “<em>no hemos perdido demasiado en comodidad y hemos ganado en cortesía</em>”, afirma Dumas. Al escritor le gustan las calles gaditanas que parecen ir al cielo porque acaban en el vacío, limitadas por el infinito, y el carácter de la ciudad, donde “<em>todo es alegre, vivo, todo explica esas noches blancas de amor y serenatas que incluso en España llaman noches de Cádiz</em>”. “<em>Por lo demás, no hay nada que ver en Cádiz </em>–concluye lapidariamente–: <em>ni monumentos, ni palacios, ni museos; sólo una catedral de bastante mal gusto, eso es todo</em>”.</p>
<p class="bodytext">En <em>De París a Cádiz</em>, Alejandro Dumas relata, en más de quinientas páginas, un viaje de un mes y medio de duración por un país, probablemente menos exótico de cómo él lo vio, pues en Sevilla, por ejemplo, critica la influencia francesa en la indumentaria de la gente de la calle, y, desde luego, menos pintoresco de como lo cuenta en su libro, muy en la línea de los viajeros románticos que recorrieron España a mediados del siglo XIX. Esta obra fue objeto de polémica y muy criticada en su época por los conservadores españoles –la llamada guerra de la Independencia estaba aún muy reciente en las memorias patrioteras–; pero, aun con sus lagunas y las disparatadas fantasías de su autor, sólo un interesado afán de tergiversación permite deducir de él la hispanofobia que supone poner los Pirineos como frontera de dos continentes tan separados por sus culturas.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-polemica-visita-a-espana-de-alejandro-dumas/">La polémica visita a España de Alejandro Dumas</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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