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	<title>Boletín 31 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 31 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>El padre Voador. Jesús González &#8211; Green</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:57:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 31]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La desconocida historia del primer aviador de la historia. En 1709, un jesuita portugués lograba volar por primera vez en la historia a bordo de un artefacto similar a un [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext"><strong>La desconocida historia del primer aviador de la historia.</strong></p>
<p class="bodytext">En 1709, un jesuita portugués lograba volar por primera vez en la historia a bordo de un artefacto similar a un globo. Su papel como precursor de la aviación quedó relegada al olvido. Jesús González-Green pionero de los vuelos en globo en nuestro país, rescata su extraordinaria historia.</p>
<p class="bodytext">Uno de los primeros hombres en despegar sus pies de esta Tierra, fue Santos Dumont, que llegó a recorrer 100 Km en globo, en 1898, y tuvo su primer dirigible, Santos Dumont-1, en 1901. Su amigoCartier inventó el reloj de pulsera para que pudiera consultar la hora en plena maniobra.</p>
<p class="bodytext">Brasil hasido un país adelantado en la historia de la aeronáutica, pionera con la Viaçao Aerea Rio Grande doSoul, Varig, primera línea aérea en incorporar azafatas, tocadas con elegantes pamelas, para asistira los pasajeros.</p>
<p class="bodytext">El último, tristemente, célebre aeronauta brasileño, ha sido el párroco AdelirAntonio de Carli, de 43 años, que se elevó en Paranaguá –sur de Brasil- sentado en una sillacolgada de un manojo de mil globos de fiesta y se perdió en el cielo, seguramente en el mar, esta primavera pasada.</p>
<p class="bodytext">Pero el personaje histórico más sobresaliente, fundador de la aeronáutica, total e injustamente desconocido, fue Fray Bartolomé Lourenço de Gusmao, conocido como el Padre Voador, sacerdote jesuita, el más sabio de todos ellos. Cuando el Padre Voador le atizaba fuego a su ingenio, los famosos hermanos Montgolfier, no habían nacido todavía.</p>
<p class="bodytext">Había nacido en Santos, estado de Sao Paulo, en 1685 y fue Capellán Real de S.M. Joao V. El académico de la Naçao Portuguesa, Francisco Freire de Carvalho, recoge en 1843 su “Petiçao sobre o instrumento que inventou para andar pelo ar, e suas utilidades.-Lisboa Somao Thadeo Ferreira 1774”.</p>
<p class="bodytext">“He inventado una máquina con la cual se puede viajar por el aire mucho más rápidamente que por la tierra o el mar. Se podrán recorrer con ella más de doscientas leguas al día, llevar cartas para los ejércitos en los lugares más lejanos; se podrán sacar de las plazas sitiadas, las personas que se quieran, sin que el enemigo pueda impedirlo”.</p>
<p class="bodytext">No hay duda de que la experiencia se realizó el 8 de Agosto de 1709, en el patio de la Casa da India, delante de S.M, de muchos miembros de la nobleza y del pueblo, con un globo que subió suavemente a la altura de la Sala de Audiencias, impulsado por cierto material que ardía y al que aplicaba fuego el mismo inventor, para descender según se iba enfriando.</p>
<p class="bodytext">La maquina fue descrita como un gran cesto de mimbre bajo una envoltura de papel, de la que colgaba un brasero encendido; es más, existe una crónica que cuenta como, al bajar, el invento prendió un cortina del salón, con mucha alarma. Gusmao tenía mucha fe en el aparato y previó la aerostación militar, que utilizaría, por primera vez, España en la guerra de Marruecos y llegaría, como él predijo, a las regiones más cercanas a los polos, -como consiguió el ingeniero sueco Andree en 1901.</p>
<p class="bodytext">El éxito fue indudable; el rey lo premió con una prebenda de 600.000 reales y el pueblo lo llamó, a partir de ese día, el Padre Voador.</p>
<p class="bodytext">¿Cómo un asunto de tanta trascendencia, un invento que fue el inicio de un cambio de una era nueva en la civilización, pasó desapercibido y quedó en el más ignominioso anonimato? Pues porque si asombró a Su Majestad y al pueblo de Lisboa, más aún alarmó a la Santa Inquisición que, en cuanto tuvo noticias de una máquina que volaba por arte del demonio -no cabía otra explicación- puso en marcha a sus terribles agentes mangas-verdes.</p>
<p class="bodytext">Pero nuestro Padre fue fraile antes que globero, y rápidamente destruyó y quemó todos sus planos y cálculos, borró todas las huellas que pudo y huyó a Brasil. Desapareció.</p>
<p class="bodytext">Sólo quedó el recuerdo de las personas que lo habían contemplado, convertido en leyenda con el paso del tiempo; y una especie de alegoría fantástica, carroza aguileña voladora, con más aspecto de calabaza del cuento que de aeronave pionera.</p>
<p class="bodytext">Y también queda una lápida en la Iglesia de San Román Mártir, de Toledo, colocada en su memoria por el Rey Alfonso XIII con motivo del I Congreso Iberoamericano de Aeronáutica, en el que los jefes de Estado de 21 países rinden homenaje a Fray Bartolomé Lorenzo de Guzman, precursor de la aeronáutica remontándose en globo en el año de 1709. Sus hermanos de raza visitaron su tumba el 31 de Octubre de 1926.</p>
<p class="bodytext">Se pueden pasar unas horas deliciosas leyendo esta maravillosa historia en el Memorial del Convento. Su autor, José de Saramago, me dijo que eran fantasías populares, el muy descreído de él, pero yo he pasado parte de mi vida andando pelo ar, y desde allí, dentro de esta magia, he sentido claramente que esta historia era cierta.</p>
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		<title>Viajeros extranjeros por España. Pilar Tejera</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajeros-extranjeros-por-espana-pilar-tejera/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:57:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 31]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Isabella Frances Romer En el siglo XIX, España era un mundo desconocido, costumbrista y fascinante para los europeos. Algunas viajeras, sobre todo británicas, se dejaron seducir por este extremo sur [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext"><strong>Isabella Frances Romer</strong></p>
<p class="bodytext">En el siglo XIX, España era un mundo desconocido, costumbrista y fascinante para los europeos. Algunas viajeras, sobre todo británicas, se dejaron seducir por este extremo sur del continente y se arriesgaron a recorrer sus inciertos y nada cómodos caminos. Pilar Tejera nos traza el retrato de una de estas intrépidas viajeras victorianas, Isabella Frances Romer, que dejó por escrito sus impresiones sobre nuestro país.</p>
<p class="bodytext">Leyendo las historias sobre los grandes viajeros victorianos, cuando se descubre a aquellas damas de largas y embarradas faldas que también desfilaron por el mundo, uno no puede evitar preguntarse: ¿Fueron reales esas mujeres?, ¿Existieron de verdad&#8230;?.</p>
<p class="bodytext">Son tantos los componentes que hacen de ellas seres extraordinarios, tan peculiar su visión de las cosas, de la realidad que les tocó vivir, tal su fuerza y a la vez su sencillez, tan deslumbrante su personalidad, que la lectura de sus relatos incorpora un nuevo componente emocional en la percepción de la era colonial que imaginamos, de ese precioso pedacito de la historia cuyo complejo rompecabezas vamos recomponiendo gracias a retratos como los dejados por señoras lúcidas y sutiles como ellas.</p>
<p class="bodytext">Con el siglo aún haciendo rozaduras por falta de uso, es difícil situar a aquellas viajeras que sabían mucho de relámpagos en las noches de tormenta y nada de los viajes relámpago. Viajes tormentosos a lomos de mula o en tísicos barcos a vapor. Viajes donde un descuido repentino conducía a menudo a una muerte rápida y segura. Aún así, ellas, cogidas de la mano de sus ambiciones, sus anhelos o esperanzas, siguieron saliendo para tomar el sol y el aire en el anonimato de los países lejanos, respirando a pleno pulmón la libertad recién estrenada o simplemente estrenando la sensación de saberse pasajeras de sí mismas, aun a riesgo de dejar unos pocos huesos adicionales en algún punto<br />
remoto del planeta.</p>
<p class="bodytext">Conteniendo la respiración, leemos sus andanzas por algunas regiones de España, a caballo entre una novela de aventuras y un cuento infantil por tierras encantadas. Sus palabras, como sus pasos, tamborilean en rincones insólitos donde el ingrediente más insólito fueron siempre ellas. Quizás, las suyas no fueron aventuras épicas y han de conformarse con el papel de una “nota a pie de página” en los anales de las grandes exploraciones de la época. Sin embargo cuandoproyectamos una luz sobre sus vidas, y descubrimos lo mucho que encierran, pensamos en aquellas grandes damas con un respeto casi reverente. Sus voces, sus cuentos, sus pinturas y su aliento, aún perduran como un reflejo de cómo era España hace ciento cincuenta o doscientos años. Seguimos sus pasos casi con admiración, observando sus huellas, casi siempre silenciosas, a través de ese gran tumulto de la era victoriana y, conforme avanzan las páginas, el lector se desorienta porque las palabras, que arrancan tan intensamente llevadas por su afán descriptivo, felizmente van dejando lugar al espíritu de las cosas y el relato de sus viajes acaba siendo un reflejo no tanto de lo que vieron, como de lo que sintieron, que a la postre es lo que siempre merece ser consignado. Las suyas son ese tipo de voces para ser oídas por quienes deseen dejarse conducir por el territorio de las sensaciones, no por el de las simples descripciones.</p>
<p class="bodytext">Rescatamos del olvido a damas elegantes y serenas, como la fotógrafa y viajera Margaret D’Esté, para quien las Islas Canarias simbolizaron una fuente de constante inspiración artística y una inagotable despensa de experiencias gratificantes. Sorprendemos a Frances Latimer, guiada por la brújula de sus emociones, en la Semana Santa de Sevilla, en Toledo, Burgos, Córdoba, Madrid y en las Islas Canarias. Descubrimos esposas sorprendidas por lo que prometía ser un infierno de calor y resultó un paraíso de estampas imperecederas, como fue el caso de Dora Quillinan, que en 1845 viajó con su esposo por España para mitigar su mala salud: “Nos cruzamos con muchas mujeres, pero ninguna a pie. Iban generalmente cabalgando a lomos de una mula, y detrás de su hombre, agarradas a un pañuelo anudado bajo de la cola del caballo como había visto por primera vez cerca de Gibraltar”.</p>
<p class="bodytext">Damas de otro tiempo, que surcaron el vasto océano de Castilla, los aventurados caminos de Sierra Morena, la misteriosa Alhambra o las somnolientas aldeas del Mediterráneo, armadas con su caballete y sus pinceles para fotografiar en acuarela un tiempo que se ha eclipsado para siempre. Viajeras extasiadas, descubriendo, vagando&#8230; Viajeras para quienes nuestras geografías y costumbres, fueron musa y fuente de inspiración, como la escritora Edith Wharton que emociona con uno de las descripciones mas bellas que se hayan escrito sobre nuestra cultura: “Un revoltijo de excitadas impresiones, escuálidas posadas, mendigos deformes, y toda clase de gentes charlatanas y desconcertantes, de fantásticas visiones entre el caos y la fatiga. Y por doquier, sombríos pasadizos ondeantes de incienso y procesiones”.</p>
<p class="bodytext">Nos topamos también con las amantes de la aventura; trotamundos consagradas como Fanny Workman, –recorriendo el país en bicicleta (cerca de 5000 km.), y causando gran revuelo entre los periodistas que salían al encuentro de esta dama de aspecto sufragista, ataviada en impecable falda larga y gorrito, que con cada pedaleo hacía tintinear su hervidor de té colgado del manillar. Nos topamos con la pintora Marianne North, que plasmó en sus lienzos y en el papel la belleza de Canarias:<br />
“los hombres con botas altas, mantas fruncidas en torno al cuello y grandes sombreros tipo Rubens. Las mujeres un rebozo de colores vivos colocado graciosamente sobre la cabeza y espalda, con enaguas rojas y negras”,– o con Margaret Fontaine, la viajera que recorrió el mundo en busca de mariposas y que nos visitó a finales de siglo: “el agua era de dudosa calidad y se bebía mezclada con el fuerte vino tinto, pero era agradable irse a la cama con el cerebro un poco confuso”. En su caso, disfrutó de aquel viaje como si se tratase del último: “Una de aquellas tardes mientras esperaba el tren, sorprendí a un hombre tocando una guitarra y a petición de los allí reunidos bailé con el jefe de estación, a pesar del limitado espacio y los zapatos de montaña”. Damas siempre al límite de su resistencia, “al filo de lo imposible”; que jamás incluyeron la palabra “mediocridad” en el diccionario de sus vidas por que mantenerse en movimiento fue para ellas sinónimo de sentirse vivas. Mujeres educadas en la rigidez victoriana pero para quienes la vida se resumía en una sucesión de retos que había que superar. Mujeres que siempre estuvieron a la altura de sus propias metas, aunque estas alcanzaran alturas improbables para el común de los mortales. Damas siempre dispuestas a dar rienda suelta a sus genes ambulantes, como W.A. Tollemache, quien opinaba que España era probablemente el único país europeo preservado del turismo masivo (claro que de darse un paseo ahora, seguramente se habría retractado de tal afirmación). Mujeres adelantadas a su tiempo, como la francesa Josephine de Brinckmann, que definió España como una “clásica tierra del sentido común”, y que a pesar de dejar muy claras sus reservas sobre la gastronomía española, y apuntar la falta de higiene de la mayoría de las ciudades que recorrió, quedó prendada de la caballerosidad del hombre español.</p>
<p class="bodytext">Y por último damas para las que sencillamente la arquitectura árabe, el olor del azahar o la luz cegadora del sur, actuaron como un poderoso imán, como les ocurrió a Lady Herbert, a Isabella Frances Romer, a Elizabeth Holland, –que durante tres años recorrió la geografía española y decidió repetir la experienciapor caminos minados de belleza y también de sorpresas:“Las posadas están regentadas principalmente por franceses o gitanos, ya que las gentes de este país ven la hostelería como una ocupación degradante”–, o a Luisa Tenison, que desfiló por el país en busca de vivencias insólitas, aunque en mas de una ocasión estuviera a punto de dar media vuelta y regresar al confort de su país: “La pensión no resultó demasiado mala ya que tuvimos camas limpias, pero la comida fue, como era de esperar, poco recomendable”. Todas ellas, damas que pese a sus tropiezos, su sorpresa o desconcierto por lo que hallaron, lejos de refugiarse en fáciles prejuicios, tuvieron la inteligencia de escribir a su regreso páginas objetivas y cargadas de belleza.</p>
<p class="bodytext">Las suyas, son historias con acentos diversos, con edades y personalidades distintas, pero que conservan el sabor de un mundo ya desaparecido. Historias universales, que dejan una extraña sensación de “dejá vú”. Historias que merecerían ser llevadas a la Gran Pantalla, que están conectadas geográficamente y a la vez ligadas a una misma fuente de energía que nunca deja de impresionar. Historias, que deberían ser escritas “con letra mayúscula”, pues aunque hablan en un murmullo de voz, siempre maravillan por la simplicidad con la que son contadas. Y a pesar de la dificultad de ubicar en el papel la situación real de tales historias, a pesar de que los ríos y aldeas confunden con demasiada frecuencia sus perfiles en las rectilíneas plantaciones de los valles y el mapa se obstina en mezclar el nombre de los pueblos y aldeas, al final todas esas damas consiguen infundir a ese jeroglífico de historias aparentemente inconexas la dignidad de una obra única y universal&#8230; Llega un momento, en que la lectura avanza entre la niebla que oculta la Alhambra, las imponentes cumbres del Valle de la Orotava, el revoloteo de los niños andaluces en torno a las extrañas viajeras, mezclando en la imaginación todos esos relatos que dormitan en los libros a la espera de ser despertados para unirse de nuevo.</p>
<p class="bodytext">Hace ciento cincuenta años, el atractivo del bandolero era casi tan irresistible para algunos viajeros europeos como el que ejercían las pirámides de Egipto, o las ruinas de Palmira. Su estampa tenía connotaciones casi épicas, como ocurría con el beduino del desierto árabe. Se trataba de figuras legendarias, tocadas por la leyenda y rodeadas de un halo romántico, algo que nada tiene de extraño habida cuenta de los rasgos árabes que para algunos viajeros mostraban los habitantes del sur de España. “Quizás el contrabandista sea el más pintoresco de todos estos viajeros, con su enorme y bonita manta, tejida de muchos colores, liada con tanta gracia alrededor de su varonil figura”, escribió Dora Quillinan cuando anduvo por aquí. El color cetrino de su piel, sus ojos oscuros, sus ademanes floridos, sus prendas de vestir con la capa de ancho vuelo, la faja ceñida a la cintura y el pañuelo anudado en la cabeza al estilo de un turbante, contribuyeron a extender el mito de la España del esplendor árabe en ciudades como Granada y Córdoba, el mito de la voluptuosidad y el pintoresquismo.</p>
<p class="bodytext">Todo ello supuso un nuevo aliciente por lanzarse al descubrimiento de ese mundo desconocido, costumbrista y fascinante, descolgado en el extremo sur del continente al que el viajero europeo, siempre ávido de escenarios nuevos, se mostró tan adepto a lo largo del siglo XIX. Pero lo cierto es que la aventura requería no pocas dosis de arrojo y un considerable entusiasmo, pues perderse por algunas regiones del sur hace siglo y medio, si bien encajaba en la imagen de “destino exótico”, era considerado también un viaje de “alto riesgo”. A las pésimas comunicaciones, la falta de infraestructuras, la dureza de los caminos y el clima, se sumaba el no desdeñable riesgo de caer en una emboscada a manos de aquellos forajidos de leyenda como “El Bizco”, “Luis Candelas” o “José María el Tempranillo” que tuvieron en jaque a mas de un viajero en la época en que Washington Irving ponía de moda Granada y el trabuco era el símbolo por excelencia de un viaje por las sierras de Andalucía.</p>
<p class="bodytext">Lo bello y lo sublime del paisaje en las serranías del sur, unido a la voluptuosidad de las ciudades y al mito del bandolero, llegaron a oídos de la inglesa Isabella Frances Romer; pero para recrearse con las aventuras de damas como esta sería recomendable tomarse un pequeño respiro; recrear uno de esos ambientes literarios de luz indirecta, cómoda butaca donde sentarse plácidamente y, deseablemente, reservar una tarde de completa soledad. La suya, es una de esas historias para ser digerida a cámara lenta. Una de esas historias que tienen la cualidad de trasportarnos, como cualquier buena historia de viajes.</p>
<p class="bodytext">Poco se conoce de esta dama victoriana, aparte del hecho de que nació en Londres, de sus instintos ambulantes y de la seguridad de que pasó a mejor vida en 1852. También se sabe que se casó en París, en la residencia del embajador británico, con un adinerado y notable hombre de negocios irlandés, William Meadows Hamerton, del que tuvo una hija. Parece ser que las cosas entre el matrimonio no marcharon del todo bien, pues tiempo después se separaron, cuando aún vivían en Versalles. El caso es que tras recuperar la libertad en 1827, Isabella volvió a tomar su nombre de soltera y se dedicó principalmente a viajar. En su caso, lo que empezó siendo un juego por escapar de la vida sedentaria, se convirtió en una casi perpetua aventura. Abierta al mundo, a las corrientes y gustos de la época, viajar fue para esta inglesa aficionada a la escritura un antídoto contra la soledad, y su verdadera escuela.</p>
<p class="bodytext">Durante un tiempo anduvo recorriendo Europa y, animada por el ejemplo de otras viajeras, empezó a sentirse cada vez mas cómoda desplazándose sola. En 1841, esta dama de costumbres migratorias sintió la llamada de España. Parece ser que la influyó profundamente la lectura de la obra de Washington Irving “Cuentos de la Alhambra”, y entre otras pertenencias prácticas, introdujo en su pesado equipaje la misma guía empleada por el escritor inglés cuando anduvo por aquí: una obra de un tal Mateo Jiménez, muy en boga entre los viajeros ingleses de la época. Tras haberse enfrascado en la lectura de algunos relatos que hablaban de las ciudades árabes, las haciendas, el vino y los bandoleros, Isabella atisbó las infinitas posibilidades que ofrecía la patria del Quijote, la enormidad de sorprendentes rincones que esperaban, y España adquirió el significado de un exótico mapamundi, o de un tesoro, que se propuso descubrir.</p>
<p class="bodytext">Ataviada con su pesado vestido victoriano y su inseparable sombrero de paja para protegerse del sol y las miradas, Isabella se enfrascó en su aventura española en un extenso periplo que la llevó a conocer<br />
Barcelona, Valencia, Alicante, Cartagena y Tetuán, Málaga, Granada, Cádiz, Sevilla y Gibraltar. Siendo una de esas personas que piensan que se disfruta mas de una situación pintoresca que persiguiendo grandes aventuras en destinos remotos, durante aquellos meses siempre estuvo dispuesta a conocer gente al pie del camino, a compartir un trago de vino o una buena historia:</p>
<p class="bodytext">“Yo escuchaba esas historias con la misma ansiedad temblorosa de los niños cuando se les cuenta algún cuento de miedo, que mientras les asusta, les fascina tanto que son incapaces de perderse una sola palabra del relato, por lo que esperaba el momento de la salida hacia Granada con esa especie de valentía con la que los niños esperan la hora de irse a la cama. ¡Que impresión tan agradable con la que comenzar un viaje”.</p>
<p class="bodytext">Es compresible que para una viajera, que huía de la fría y triste lluvia londinense, de la ordenada y previsible vida victoriana, la luz del Mediterráneo, los pequeños pueblos pesqueros, la aventura de las diligencias españolas, el exotismo de las gentes y la belleza de Andalucía obraran como un hechizo y fueran una inagotable fuente de motivación. Cada día, se sentía deslizándose entre la sensación de permanente aventura y de continuo descubrimiento. Mientras que para otras inglesas que nos visitaron, como Annie Harvey, (autora de “Cositas Españolas por Every Day Life in Spain”), viajar en una diligencia española equivalía a lo que hoy representaría una experiencia en “Port Aventura”: –“Horribles sacudidas, espantoso el ruido cada vez que giramos. Bajamos la montaña por pronunciadas curvas a veces con prácticamente sólo una rueda tocando el suelo”– para nuestra protagonista aquellos largos trayectos bordeando las verticales y blancas paredes de los acantilados de la costa catalana, los valles con naranjos en la zona de Levante y los boscosos parajes de Sierra Morena, constituían el sedimento de su motivación por seguir descubriendo España, a pesar de la incomodidad o el peligro de caer en una emboscada:</p>
<p class="bodytext">“En los últimos años la civilización ha dado un paso hacia delante,<br />
ya que se ha establecido una diligencia para hacer el viaje<br />
entre Granada y Málaga y en lo que se refiere a los ladrones,<br />
hay más seguridad viajando en diligencia que con el sistema de<br />
los muleros, aunque sin duda, está afectada de igual modo por<br />
un tributo similar que se paga a los bandidos”.</p>
<p class="bodytext">A su manera, compartió con las otras viajeras de la época esa forma de inmunidad que solo se adquiere tras largos periodos en regiones remotas. Leemos sus opiniones sobre lo que vio y vivió, descubriendo algún que otro reproche por los inconvenientes del viaje: “El estado del país es tal y la administración de su política interior tan deficiente que prácticamente no hay ninguna carretera y hasta hace muy pocos años a Granada sólo podían acceder viajeros ecuestres”, pero de su mano, comprendemos, mejor dicho, revisamos, nuestra opinión sobre cómo debieron ser nuestros pueblos, haciendas y caminos.</p>
<p class="bodytext">Uno de los principales atractivos de un viaje por España en el siglo XIX radicaba en la permanente aventura de un escenario “poco domesticado”. A ello se sumaba la picaresca tan extendida en nuestra cultura, una realidad que había sido difundida en la literatura (la novela picaresca) del siglo XVII, imagen que perduró a lo largo del siglo XVIII y buena parte del XIX, no sólo en la imaginación del viajero sino en la propia vida del país y que aún sigue arraigada en los gestos de la vida cotidiana. Las cosas han cambiado desde entonces, y los “hoteles con encanto” o “las posadas rurales” de hoy, están a años luz de lo que los viajeros hallaban hace 150 años.</p>
<p class="bodytext">Leemos: “Guardias en los caminos”, “Escenas nocturnas en una posada española”, “Las delicias de la diligencia”, títulos elegidos por Isabella para algunos capítulos de su obra, o nos topamos con descripciones como esta: “Desde que llegamos estuvimos pidiendo consejo a personas más expertas que nosotros sobre la forma de realizar el viaje a Granada y tras varios interrogatorios llegamos a la conclusión de que no había mas que dos modos factibles: escoger entre la alternativa de la diligencia o cabalgar a lomos de mulos”, y casi de inmediato nos hace recordar a los viajeros por Oriente esperando poder sumarse a una caravana para alejar el peligro de los asaltos beduinos:</p>
<p class="bodytext">“Estas caravanas son conducidas por dos famosos guías, Lanza y Zamora cuyo entendimiento con los grupos de ladrones que frecuentan las carreteras es perfecto y francamente notorio, ya que se sabe que en muchas ocasiones han dicho a algún viajero: ¿Ha visto usted a ese hombre?, señalando a algún personaje de aspecto sospechoso con el que se hubieran cruzado en el camino . Se trata de un ladrón acechando y si usted no hubiese venido conmigo, hubiera caído en manos de la banda. (&#8230;) Al estar claramente establecida su inmunidad a las desgracias que sufren todos los otros viajeros, es razonable concluir que los citados Lanza y Zamora pagan, aparte de los beneficios que reciben de este tráfico, una especie de chantaje a sus aliados, los caballeros de la carretera.”</p>
<p class="bodytext">A su regreso de España en 1842, Isabella volcó sus impresiones en la obra “The Rhone, the Darro and the Guadalquivir”, y aún con ganas de aventura siguió vagabundeando durante los siguientes años. Entre 1845 y 1846 desplegó nuevamente las alas para sobrevolar los paisajes de Oriente Medio, con todas las dificultades que entrañaba semejante travesía a mediados del siglo XIX. Al parecer, la fama de las ciudades de Tierra Santa, los secretos del Antiguo Egipto, el desierto salpicado de leyendas orientales y las ruinas de la antigüedad, capturaron su imaginación en una época en que Occidente miraba ya el mundo islámico con ojos nuevos. Sin intención de quitar mérito a esta viajera, lo cierto es que la inauguración del servicio de barco de vapor entre Londres y Alejandría a mediados del siglo XIX facilitó las cosas y lo que antes había sido una discreta presencia de viajeras europeas en Oriente Medio, se convertiría en adelante en una casi imparable corriente.</p>
<p class="bodytext">Los peligros e incomodidades de un viaje por este nuevo y vasto mundo desprovisto de calzadas, de vehículos, de mapas impresos y que no ofrecía las mínimas condiciones de salubridad ni de infraestructuras, no achantaron a Isabella, que a falta de hoteles, halló alojamiento en viviendas locales y en posadas donde la suciedad estaba a la orden del día y alimentarse constituía ya de por sí, toda una aventura. Una viajera inglesa advertía a sus lectores en un manual sobre Egipto, en 1850:</p>
<p class="bodytext">“El número de moscas era tan increíble que resultaba imposible de describir. La mesa, las paredes, el techo y el suelo estaban literalmente cubiertos por ellas. Me encontraba tremendamente cansada y agotada por el viaje y me dejé caer inmediatamente en el rincón mas limpio del diván, pero no se me iba a permitir permanecer en paz. No había terminado de adoptar la postura más cómoda, cuando me encontraba cubierta de moscas desde la cabeza a los pies”.</p>
<p class="bodytext">Fuera como fuera, la experiencia debió merecer la pena y proporcionó a Isabella un nuevo retrato del mundo cuyas fronteras había ido ensanchando a lo largo de su vida. Los caminos polvorientos, las gentes, las ruinas enterradas en el desierto, y hasta el ritmo de la vida, capturaron su imaginación y le abrieron abrieron una renovada perspectiva de las cosas. A su regreso, plasmó sus aventuras en la obra “A Pilgrimage to the Temples and Tombs of Egypt, Nubia and Palestine”, que causó gran revuelo en Londres y alcanzó rápidamente varias ediciones. Tres años después, realizó otro gran periplo por diversos destinos, fruto del cual publicó la obra: “The Bird of Passage; or Flying Glimpses of Many Lands (1849).</p>
<p class="bodytext">Tres años después, en 1852, realizó su último viaje, ese del que no se regresa, y seguro que en su caso, como en sus restantes periplos, también mereció la pena. Pasajera del mundo y “objetora de conciencia” de los convencionalismos, sin duda la vida de damas como Isabella Frances Romer nos enseña ante todo que viajar y sentirse viva resultó siempre un ejercicio saludable para cualquier adulto, incluida la mujer victoriana.</p>
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		<title>La antigua ruta a caballo del té. Jeff Duch</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-antigua-ruta-a-caballo-del-te-jeff-duch/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:56:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 31]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El «Precioso Verde»: El Té. Ante mí, la diminuta tetera de arcilla vertía sobre un vaso de cristal aún más pequeño un chorro de agua fangosa. El líquido, junto al [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext"><strong>El «Precioso Verde»: El Té.</strong></p>
<p class="bodytext">Ante mí, la diminuta tetera de arcilla vertía sobre un vaso de cristal aún más pequeño un chorro de agua fangosa. El líquido, junto al calor que desprendía, creaba un arco de vapor en la atmósfera brumosa y sofocante del lugar. El té, de color cobrizo claro y sabor acre y terroso, pero dulce al mismo tiempo, desapareció en dos rápidos tragos, tras los cuales mi vaso fue llenado de nuevo con el térreo té Puer. Mi recia “anfitriona del té” vestía una túnica empedrada de tonos rojos brillantes, prenda común en su tribu, los Lahu, y manejaba con soltura las tazas y teteras. La preparación, el consumo y el atractivo de<br />
este té han cambiado muy poco en el transcurso de los siglos. Todo lo que bastaba eran hojas de té, agua y sed. A mi alrededor, la espesa niebla atravesaba el verde intenso del denso bosque de bambú. Aquí, en los bosques situados justo en la frontera del Himalaya, tribus como los Dai, Lahu, Pulang, Wa, Hani y Bai llevan más de doscientos años cultivando, cosechando y bebiendo té. Desde este lugar, precisamente, el té se cargaba a espaldas de los mulos y se enviaba en viajes que lo transportarían a los cuatro puntos cardinales. Entre las nieblas protectoras de este rincón de Yunnan, hasta donde llegaba la memoria de sus gentes, el té siempre había crecido salvaje en su estado natural y se había tratado con una reverencia reservada normalmente a dioses y deidades. Al suroeste del imponente río Mekong, en la parte meridional de la provincia china de Yunnan, me encontraba en el mismísimo corazón de la tierra del té; un paisaje verde y ondulante de selvas tropicales, calor y brumas. La luz del sol apenas alcanzaba a penetrar en estas gruesas fortalezas de humedad, convirtiéndolas en un hábitat perfecto para los “árboles” del té, que exhibían varios metros de altura y tenían cientos de años.</p>
<p class="bodytext">La sinuosa frontera con Myanmar se hallaba próxima, al oeste, y el sur se abría hacia Tailandia. Me había desplazado justo a las afueras del pueblo de Menghai, cerca de una de las “seis famosas montañas del té” de Yunnan –el Monte Nano–, para explorar el origen geográfico de un té que durante más de mil años viajó por algunos de los paisajes más variados e intimidantes del planeta.</p>
<p class="bodytext">El té Puer, que se llamó así por la ciudad-mercado del sur de la provincia de Yunnan donde se compactaba formando tartas y ladrillos, puede presumir de ser uno de los auténticos “viajeros” de Asia. Envuelto en hojas y corteza de bambú, el té viajaba no sólo como mercancía sino también como tributo al sureste asiático y al noreste, hasta las antiguas capitales de China, aunque ningún viaje era más osado y espectacular que la travesía que transportaba el té a bordo de caravanas de mulas hasta los imperios tibetanos del Himalaya. Entre las feroces tribus nómadas de los Kham (Tíbet oriental), al té de esta región se le conocía cariñosamente (y aún hoy día es así) como Jia Kamo (té fuerte o amargo).</p>
<p class="bodytext">Durante más de mil trescientos años, el té se desplazaba casi 5000 kilómetros hacia el noroeste siguiendo una intrépida y peligrosa ruta, enfrentando tormentas de nieve, tierras plagadas de bandoleros, aludes y una de las orografías más remotas del planeta para llevar el té a los altiplanos más elevados del mundo y a uno de los pueblos de Asia más obsesionados con este brebaje: los tibetanos. Conocida por los chinos como “Cha Ma Dao” (la Ruta Ecuestre del Té), para los tibetanos como “Gyalam” (la Carretera Ancha) y para muchos de los comerciantes como la “Carretera Eterna”, esta ruta llegaría a su fin a mediados de la década de los cincuenta con la llegada de las carreteras pavimentadas.</p>
<p class="bodytext">La popularidad y la fama del té se extendían a las tierras más desoladas a través de esta ruta, y su importancia nunca remitió. Una de las leyendas de la introducción del té en el Tíbet cuenta que la planta llegó como parte de una magnífica dote ofrecida al rey Songtsen Gambo del Tíbet para su desposorio con la princesa Wencheng de la antigua dinastía china de los T’ang en el año 641 d.C. Aunque el té de Asia se convertiría en algo crucial para Occidente, la Ruta Ecuestre del Té seguiría siendo un misterio salvo para las tribus y los comerciantes que estaban directamente relacionados con ella. La Ruta de la Seda se conocía en todo el mundo gracias a sus enormes dimensiones y el contacto con los imperios occidentales, mientras que la Ruta Ecuestre del Té se mantenía oculta entre los pliegues y las cumbres de la montaña que la protegían, ofreciendo un suministro inagotable de té. Con el tiempo, a cambio de un aumento de la cantidad de té se ofrecerían fuertes caballos de guerra del interior del Tíbet, iniciándose un intercambio de bienes que duraría un millar de años.</p>
<p class="bodytext">Esta ruta legendaria, que consiguió mantenerse en secreto a Occidente durante un milenio, me había atraído hasta este lugar y era el camino que iba a recorrer a pie, a caballo, en coche, escalando y al que me iba a enfrentar durante siete meses y medio.</p>
<p class="bodytext">Mi deseo era la culminación de una obsesión que me había rondado la cabeza durante tres años consistente no sólo en trazar la ruta entera sino también en encontrar y documentar aquellos valiosos hombres y mujeres que habían viajado y comerciado por la Ruta Ecuestre del Té antes de su decadencia. Eran los recuerdos y las lenguas de estas sociedades las que conservaban y transmitían el conocimiento. Posados sobre picos y escondidos valles, sólo quedaban unos pocos ancianos que conocían la historia y los peligros de una ruta comercial que en su tiempo había dado (y quitado) tanta vida.<br />
Mi propia adicción al té ya era un hecho demostrado, pues durante la mayor parte de la última década había vivido en Asia y en este continente no hay líquido más social y aceptado que el té.</p>
<p class="bodytext">Varias semanas después, me dirigía rumbo al norte, saliendo poco a poco de las húmedas nieblas y los santuarios tropicales del té del sur, pasando por la ciudad-mercado de Puer y adentrándome en los soleados valles de Nanjian y Dali. Aún más al norte, las tierras de las minorías étnicas de los Bai, Naxi y<br />
Lisu daban paso al territorio no oficial de los Khampas (tibetanos orientales) y a mi patria de adopción: Shangrila. En este lugar las caravanas de té pasaban de manos para proseguir el viaje hasta Lhasa o más allá. Los mulos y los muleros se “sustituían” por equipos especialistas en la “alta montaña” y los intrépidos “lados” tibetanos se encargaban de continuar el viaje hasta Lhasa. Los lados recibían con razón este sobrenombre, pues en el dialecto khampa oriental el término “lado” significa “manos de hierro”. Esta descripción no dejaba dudas de las cualidades que debían de poseer aquellos que conseguían transportar las caravanas por la parte más ruda y peligrosa del camino: la ruta que atraviesa el Himalaya.</p>
<p class="bodytext"><strong>Occidente se hace piedra: El Himalaya.</strong></p>
<p class="bodytext">Mi viaje hacia el oeste desde Shangrila, en el noroeste de Yunnan, hacia Lhasa contaría con la ayuda de un equipo de otros cinco montañeros tibetanos nacidos y criados en el lugar. Dos de ellos eran viejos amigos míos y los otros tres acudían con un pedigrí de montaña que garantizaba la confianza. La penosa caminata de dos meses hasta Lhasa a lo largo de la parte físicamente más exigente de la Ruta Ecuestre del Té requería almas fuertes y fiables. Menos de eso podía suponer la muerte.</p>
<p class="bodytext">Amplios trechos de soledad, la impredecibilidad de la Madre Naturaleza y los pasos y picos cubiertos perennemente de nieve pedían preparación, paciencia y voluntad. Transcurrido menos de un mes desde el inicio de nuestro viaje, el equipo se había reducido de seis a cuatro: la deshidratación y el agotamiento habían comenzado a hacer mella. En la antigua capital-mercado del Tíbet oriental, Chamdo los cuatro que quedábamos del equipo cortamos hacia el suroeste pasando por la gran cordillera Nyanqen Tanglha que separa el río Salween, una zona muy poco conocida y explorada de majestuosa soledad. Desplazándonos hacia el oeste por trechos de valles y por pasos de montaña por los que nadie había pasado durante décadas, dejamos la fortaleza de los Khampas para introducirnos en las tierras ocultas de las reservadas tribus nómadas de los Abohors.</p>
<p class="bodytext">Encontramos refugio en antiguas aldeas y entre comunidades de nómadas y cuando no había ni un alma a la vista nuestro cavilado sistema de tiendas a prueba de viento nos mantenía al amparo de los vendavales que inexorablemente nos golpeaban. Cada uno de nosotros transportaba un equipaje de 30<br />
kilogramos rebosante de todas las revisiones que pudimos acopiar y, cuando podíamos, adquiríamos mantequilla, carne seca de yak, sal y pan de cebada de las tribus nómadas. Durante días seguidos, estuvimos desprovistos de mulas y guías, y dependíamos únicamente de las indicaciones de los lugareños. Viajar por encima de los 4000 metros durante semanas exigía racionar los víveres y las energías y, sin embargo, cuanto más avanzábamos, más reconocíamos los esfuerzos de las caravanas en el pasado. Algunas partes de la ruta eran meras lenguas de tierra que apenas medían un metro de ancho a lo más y a escasos centímetros de nuestros pies se extendían profundas gargantas de centenares de metros.</p>
<p class="bodytext">Muchos de los lugareños hablan incluso hoy en día de los “valles de huesos” que existen a lo largo de la ruta, repletos de los restos de mulas y hombres que pagaron con su vida el precio por atravesar este corredor comercial. En estas tierras remotas, los nómadas no habían perdido un ápice de su rudeza y comunicación directa y su hospitalidad fue completamente incuestionable, ya que abrieron las puertas de sus hogares a nuestra áspera y descarnada tropa. En las montañas, la lucha contra los elementos con frecuencia provocaba una empatía natural entre todos los seres vivos.</p>
<p class="bodytext">Encontrar a los antiguos comerciantes demostró ser una ardua tarea pues muchos de ellos se encontraban literalmente en su lecho de muerte durante nuestro viaje. Sus conocimientos, como muchas otras cosas en las montañas, se basaban en una experiencia real y, por tanto, eran fundamentales para comprender la vida a lo largo de esta ruta comercial. Esos eran los conocimientos que yo buscaba adquirir y transmitir de algún modo antes de que desaparecieran para siempre. Un viejo comerciante desgastado, que respondía al nombre de Jamba, nos profirió una advertencia sobre los peligros del viaje por la ruta que más tarde se demostrarían proféticos. El consejo que nos dio al iniciar la travesía de “vigilar dónde colocábamos los pies y la tracción en las traicioneras laderas de Shar Gong La (un paso nevado del Tíbet oriental)”, resonó en nuestros oídos cuando uno de los miembros de nuestro equipo perdió el apoyo sobre la nieve surcada por el viento en ese mismo paso, cayó y resbaló casi un kilómetro por la pendiente de 50 grados de la montaña antes de detener milagrosamente su caída (y salvar su vida) a escasos metros de precipitarse hacia una muerte segura por una garganta rocosa.</p>
<p class="bodytext">Al llegar a Lhasa dos meses después de haber salido de Shangrila (un periodo de tiempo inferior a un tercio de todo el que pasaría en la ruta completa), los cuatro lo celebramos brevemente, reconociendo los grandes esfuerzos que habíamos realizado durante la ruta. Sin embargo, a los dos días estábamos<br />
inquietos por escapar de la gente y las estructuras cuadriculadas y regresar a la serenidad de los picos y a los incansables vientos y volver a formar parte de esos enormes paisajes que nos habían amenazado, pero que en última instancia nos habían guiado sanos y salvos a nuestro destino.</p>
<p class="bodytext">Más allá de Lhasa, la Ruta Ecuestre del Té se ramificaba en varios caminos que seguían al norte y al oeste para unirse a otras rutas comerciales que provenían de India y el Próximo Oriente. Un episodio concreto de nuestro viaje quizás resuma la esencia de la Ruta Ecuestre del Té mejor que ningún otro. Al llegar a un campamento nómada azotado por el viento semanas después de iniciar la expedición, le pregunté a nuestra anfitriona, de tez quemada por el sol, sobre sus ricos pendientes. Ella apuntó instantáneamente hacia el oeste por la Ruta Ecuestre del Té, contándome que hace generaciones una caravana llegó del este portando baratijas exóticas y que uno de sus antepasados hizo un trueque por los pendientes para regalarlos a su esposa. Desde entonces estos zarcillos habían pasado de generación a generación de una matriarca a otra hasta llegar a ella. A continuación, nuestra anfitriona me contó que la ruta era algo más que un simple camino comercial, que era un punto de unión con otros lugares, otras gentes y, por ende, otras ideas. Este elemento infravalorado de la Ruta Ecuestre del Té es el que ha perdurado: una ruta que unía y atraía a distintas gentes. Quizás, como muchos ancianos habían sugerido, era una “ruta eterna”. otras ideas. Este es el elemento de trasfondo del Camino a Caballo que todavía perdura: una ruta de acercamiento y unión. Quizá era, como muchos ancianos sugirieron, un “camino eterno”.</p>
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