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	<title>Boletín 33 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 33 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Los viajes del Conde de Saint-Saud por el norte de España</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:02:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 33]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud, nació el 15 de febrero de 1853 en Coulanges-sur-l’Autize, en el departamento francés de Deux-Sèvres, al oeste del país, en el seno [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud, nació el 15 de febrero de 1853 en Coulanges-sur-l’Autize, en el departamento francés de Deux-Sèvres, al oeste del país, en el seno de una acomodada familia de la aristocracia gala que le inculcó desde niño el amor por la Naturaleza. De hecho, siendo sólo un quinceañero entró en contacto con los Pirineos, quedándose atrapado por ellos de por vida.</p>
<p class="bodytext">Se licenció en Derecho en la Universidad de Burdeos y, tras terminar sus estudios, ejerció como juez en Lourdes, junto a sus amados Pirineos, entre 1878 y 1880. Ese año abandonó su carrera profesional para dedicarse en cuerpo y alma a recorrer las montañas que tanto le fascinaban, gracias en gran medida a la independencia económica que le permitía su posición. Cuatro años más tarde se casó y tuvo cuatro hijos que en numerosas ocasiones fueron, por un lado, sus acompañantes en sus expediciones alpinas, y por otro, consejeros en la organización de las observaciones y aportaciones geográficas que plasmaría por escrito en sus numerosas publicaciones.</p>
<p class="bodytext">Pero en la segunda parte de su vida, cuando ya había cumplido los sesenta, y tras el estallido de la Gran Guerra, comenzaron sus desgracias. Durante el conflicto perdió a un gran número de colaboradores y amigos e incluso a uno de sus yernos que murió en 1914 en el campo de batalla. Más tarde, en 1921 falleció su compañero de andanzas, Paul Labrouche y, en 1927, con 74 años se quedó viudo. Años después, cuando era casi un nonagenario perdió, con solo seis meses de diferencia, un hijo, un yerno y un nieto (este último en un accidente en el Vignemal).</p>
<p class="bodytext">Durante la 2ª Guerra Mundial se refugió en su casti- llo de la Valouze, donde sufrió el desprecio de los ocupantes. Estas desgracias, y el paso de los años, fueron minando al conde, pero no le impidieron seguir desarrollando su actividad. Baste como ejemplo su ascensión, con 95 años, al Turon de la Courade.</p>
<p class="bodytext">Finalmente, el 13 de fe- brero de 1951, dos días antes de cumplir los 98 años, el conde abandonó para siempre este mundo tras dejar una imborrable huella para los amantes de las montañas que aún podemos sentirle a nues- tro lado en cada una de las ascensiones a los innumerables picos que coronó, fotografió y cartografió a lo largo de su vida.</p>
<p class="bodytext"><strong>SU PRIMER CONTACTO CON LOS PICOS DE EUROPA (Marzo de 1881)</strong></p>
<p class="bodytext">Las aventuras del conde por los Picos comienzan en 1881, año en el que en peregrinación a Santiago de Compostela, y aceptando la invitación del admi nistrador de Aduanas de Ribadesella al que había conocido el año anterior en los Pirineos, ve por primera vez los soberbios Picos de Europa, que rebasan los 2.600 metros y se alzan cubiertos de nieve en los confines entre Castilla la Vieja y Asturias.</p>
<p class="bodytext">Habrá que esperar nueve años para ver al conde de nuevo por los Picos de Europa donde desarrollará, a lo largo de ocho expediciones en sucesivos veranos, de 1890 a 1908, una intensa labor geográfica que permitirá, tras numerosas expediciones, recoger todos los datos necesarios para la posterior elaboración del primer mapa detallado de la región. Además, sus pormenorizadas descripciones sobre los usos y costumbres de los habitantes de la región, así como de los paisajes que le acompañan, y publicados en su obra Monographie des Picos</p>
<p class="bodytext">de Europa, aportan una información trascendental y de un valor geográfico sin precedentes para conocer en profundidad cómo eran los valles y montañas del lugar y cómo vivían sus habitantes en aquellos años.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL PRIMER VIAJE DE RECONOCIMIENTO (Julio de 1890)</strong></p>
<p class="bodytext">En esta ocasión llega a los Picos, y más concretamente al macizo de Andara, en diligencia desde Torrelavega, a donde había llegado por vía férrea desde Madrid. Una vez allí asciende, el día de San Fermín de 1890, en una mañana de sol espléndido y con horizonte claro, su primera cumbre de los Picos: la Tabla de Lechugales, soberbia escarpadura que se precipita sobre la linda Liébana, de viñas feraces, dorados cereales, bosques de hayas y pródiga en encanto. Al día siguiente sube al pico de San Melar, y el 9 de julio realiza la primera ascensión de la que se tiene noticia a Peña Vieja, desde cuya cima, y aunque las nubes llegan en bandadas desde todas partes, pueden observarse en las zonas despejadas crestas formidables, amontonándose unas sobre otras, mundo aterrador, que, en un primer viaje como el nuestro, podría descorazonar a los mejores intenciona- dos por lo que de desconocido se revela.</p>
<p class="bodytext">Tras el descenso, y motivado en gran medida por las inclemencias atmosféricas, decide el 12 de julio dar por terminada su primera expedición a los Picos de Europa, marchando en diligencia desde Potes a través del puerto de Piedras Luengas a partir del cual el cielo se torna azul y el termómetro sube a los 26ºC.</p>
<p class="bodytext"><strong>SEGUNDO VIAJE A LOS PICOS (Septiembre de 1891)</strong></p>
<p class="bodytext">Al año siguiente, Saint-Saud regresa a los Picos, una vez más junto a Paul Labrouche, amigo fiel, cinco años más joven que él, que le acompañaría a los Picos en cuatro de sus expediciones y colaboraría con él en la redacción de sus escritos. No en vano a él se debe la calificación de los Picos de Europa como macizo tricéfalo, al estar dividido en tres sectores, el occidental, entre los ríos Sella y Cares; el central, entre el Cares y el Duje; y el oriental, entre el Duje y el Deva.</p>
<p class="bodytext">Es el propio Labrouche el que hace un resumen de este viaje al que alude como poco exitoso ya que lo avanzado del año, lo corto de los días, las vacilaciones de los guías y la carencia de material alpino redujeron este segundo viaje a los Picos a una exploración de los valles y a una serie de escaladas a cimas secundarias, agotadoras y peligrosas, sin provecho proporcional al riesgo. Y es que de hecho, en esta ocasión, en poco más de los diez días que permanecieron en la zona de los Picos, y a pesar de la inestimable ayuda que reciben del ingeniero Marcial de Olavaria, director general de las minas de Los Picayos y Liordes (no hay que olvidar la importancia minera de los Picos en esa época, lo cual explica que gran parte de los primeros exploradores de la región fueran geólogos o ingenieros de minas) tan sólo subieron cumbres de segundo orden como Peña Mellera, Tiro Llago o Peña Bermeja.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA CONQUISTA DE LAS GRANDES CIMAS (Julio y Agosto de 1892)</strong></p>
<p class="bodytext">En este tercer viaje de exploración, el conde de Saint-Saud y Paul Labrouche ascienden, en menos tiempo que en la última expedición, a las principales cumbres de los Picos: Cerredo, Llambrión, Peña Santa de Castilla&#8230; cumpliendo felizmente, pero no sin trabajo, todo el programa previsto. Y esto es posible, en gran medida, y como el propio Labrouche señala, a que en esta ocasión tomamos nuestras precauciones: íbamos acompañados por un guía francés, teníamos tienda, camas de campaña, mantas, víveres en abundancia, una buena cuerda, e incluso una escala&#8230; que no sirvió para nada.</p>
<p class="bodytext"><strong>COMPLETANDO LAS OBSERVACIONES (Julio de 1893)</strong></p>
<p class="bodytext">Un año más tarde, el conde vuelve, está vez solo, con el fin de tomar los datos necesarios para completar las exitosas observaciones geodésicas del verano anterior. En esta ocasión el punto de partida es la localidad de Espinama, a donde llega el 9 de julio que, día en el que, al ser domingo, puede observarse a toda la juventud del lugar jugando a los bolos en la plazoleta de detrás de la iglesia, el único espacio llano de todo el pueblo. Desde ahí, asciende a las cimas más cercanas: los escarpes de Fuente-Dé, el pico del Val de Coro y la cumbre Abenas.</p>
<p class="bodytext">A continuación marcha hacia Bulnes, donde se alojará en la casa del párroco quien le acompaña en la ascensión al Pico del Albo. De esta localidad asturiana a la que hasta la inauguración en 2001 del teleférico sólo se podía llegar a pie, deja el conde una interesante descripción que reproducimos, por su interés, en su integridad: «Bulnes es el único pueblo en el interior del gran macizo central. Es una aldea pobre, regada por un torrente que baja desde los Urrieles, afluente de la margen derecha del Cares. El barrio principal tiene rango de villa y se al- za en la misma orilla del río. Allí se hallan la iglesia y la rectoral. La aldea está enfrente, sobre la orilla izquierda, a un centenar de metros por encima del valle y a un cuarto de hora de camino. Una vieja torre, cuyas ruinas parecen ser del siglo XIV, se alza en medio de las casas. En total unos treinta y cinco hogares, de los que veinte pertenecen a la aldea. Eso es todo lo que vive, ama y muere en el macizo central de los Picos de Europa».</p>
<p class="bodytext">De ahí marcha a Sotres, otra localidad asturiana en el corazón de los Picos que, según menciona el propio Saint-Saud, tiene una leyenda relativa a su común origen con Bulnes y Tielve. En el siglo XI los pastores de Arenas habrían fundado los tres caseríos, y Sotres, el más alejado de todos, recibiría el nombre del triunvirato: “Son Tres”. Desde dicha localidad sube a la Punta de San Llano donde realiza las últimas mediciones y da por terminado su cuarto viaje de exploración.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL REGRESO A LOS PICOS (Julio y Septiembre de 1906)</strong></p>
<p class="bodytext">Han pasado trece años desde la última visita del conde a los Picos. En esta ocasión vuelve de nuevo acompañado de su amigo Paul Labrouche, pero&#8230; ¿con qué objetivo? Pues fundamentalmente con la intención de llevar a cabo una serie de levantamientos topográficos en la zona noroccidental de los mismos, quizá hasta el momento el sector menos trabajado por ellos, para poder realizar un mapa más detallado de la zona a pesar de que el coronel Prudent ya había elaborado un primer mapa con los croquis, anotaciones, fotografías e indicaciones del conde tras sus primeros viajes.</p>
<p class="bodytext">Esta nueva expedición partió de Arriondas a donde llegan en tren y desde donde parten en dirección a Cangas de Onís primero y a Covadonga después. Allí comprueban que ya se ha terminado la basílica. Desde ese lugar inician un recorrido por el sector más septentrional de los picos en dirección a Cabrales, donde el sexo femenino viste faldas azules, medias blancas, verdes, rojas o amarillas. Se ven bien estas medias&#8230; desde lejos, pues si en la montaña las mujeres recogen sus faldas hasta la altura de las rodillas, para tener más libertad de movimientos en su marcha cadenciosa, en cuanto divisan a un señor se sientan o se ponen en cuclillas para no enseñar sus pantorrillas. También ensalza el queso de Cabrales, de manufactura idéntica al Roquefort y a menudo vendido en Madrid con este nombre francés.</p>
<p class="bodytext">Desde allí sigue hacia el este en dirección a Panes, regresando poco después a su país y confesando que «desde el punto de vista geográfico, este recorrido por el sector septentrional de los Picos de Europa no me había aportado nada nuevo».</p>
<p class="bodytext">Pero dos meses más tarde regresa, en esta ocasión solo, a los Picos subiendo a diversas cumbres, como la Rasa, la Cabeza de Costurero y Torre Blanca, desde donde toma visuales y realiza levantamientos y triangulaciones durante horas, en parte favorecido por el buen tiempo.</p>
<p class="bodytext"><strong>POR EL VALLE DE LIéBANA (Julio de 1907)</strong></p>
<p class="bodytext">Un año más tarde, el conde vuelve a los Picos con el objetivo, una vez más, de realizar las observaciones necesarias para conseguir los datos precisos que faltaban y que requerían los cartógrafos que elaboraban los mapas de la zona, especialmente su amigo León Maury, consciente de que, desde el punto de vista de vida y costumbres, de escaladas y descubrimientos, poco o nada podría ofrecer de particular, aunque otra cosa serían los datos técnicos. En esta ocasión recorre el sector más oriental de los Picos realizando gran parte de las observaciones junto a Gustavo Shulze (cfr. boletín nº 27 de la S.G.E.), geólogo de origen ale- mán que se encontraba en los Picos estudiando su composición, y con el que se reúne en Unquera el 12 de julio y se despide en Covadonga diez días más tarde.</p>
<p class="bodytext">En esta nueva etapa en los Picos se centra en el sector más oriental de los mismos, comenzando en los alrededores de la Hermida y centrándose en la Vega de Beges. Tras pasar por Tresviso sube al alto de la Cruz de la Biorna, sobre el monasterio de Santo Toribio de Liébana, y después de tomar una serie de datos en las proximidades de Potes vuelve a Unquera donde disfruta de las fiestas patronales. Merece la pena transcribir la descripción que de esa ocasión hace el conde: Dios me perdone, pero con mis cincuenta años bien cumplidos, habría que haberme visto en la tarde del 17 de julio, el día de la fiesta local, bailando pasadas las doce de la noche en la calle del pueblo, con las señoritas de Velarde y sus amigas, que iniciaban a don Gustavo, tan conocido y apreciados por todos en la comarca, en las bellezas coreográficas de una jota más o menos aragonesa.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL úLTIMO VIAJE A LOS PICOS (Julio de 1908)</strong></p>
<p class="bodytext">El conde hace aún un último viaje con fines científicos a los Picos debido, una vez más a las lagunas que el cartógrafo León Maury tenía para confeccionar un mapa detallado de la región. Así, y con ese objetivo, llega de nuevo a la Hermida en esta ocasión el 8 de julio de 1908. Los días siguientes realiza mediciones y toma de datos por los valles y cimas secundarias colindantes, destacando las que el día 11 hace desde los aledaños del monasterio de Santo Toribio, sorprendido por la ruina y abandono que presentaba este, en otro tiempo, célebre monasterio benedictino, del que salieron no pocos sabios. En la hora actual, las salas están destartaladas e invadidas por hiedras, zarza y musgo, y allí vive retirado un clérigo&#8230; cuando vive. Como está en un repliegue rocoso tristemente solitario, me dirigí a algunos metros de distancia al pequeño oratorio de San Miguel e instalé allí mi trípode.</p>
<p class="bodytext">Posteriormente recorre, tomando las observaciones pertinentes, el alto de Lobada, el sector de Piedras Luengas, el macizo de Andara y el valle de Sajambre. La última ascensión con fines cartográficos que realiza el conde en los Picos, la lleva a cabo junto a sus amigos Felipe Menéndez y Pedro Pidal (marqués de Villaviciosa, primer escalador del Pico Urriellu y promotor del primer parque nacional español, el de la Montaña de Covadonga) el día 29 de julio de 1908 ascendiendo al pico Cotalba: «Buen trabajo, buenas fotografías, inmensa alegría. Pasamos cuatro horas en este soberbio mirador, desde el que los escarpes vertiginosos y las áridas crestas con sus torres se pueden contemplar en toda su magnificencia. La vista se pierde a lo largo y ancho de Asturias. El viaje topográfico había terminado con éxito».</p>
<p class="bodytext"><strong>EPíLOGO</strong></p>
<p class="bodytext">Terminaba así el octavo viaje que el conde de Saint-Saud realizaba a los Picos con fines científicos. En menos de veinte años había llevado a cabo, según los datos que aporta José Antonio Odriozola Calvo en el capítulo final de la versión española de la Monographie des Picos de Europa (traducción del original de la obra del conde, con valiosísimas anotaciones de Odriozola) de 75 vueltas al horizonte, 2.600 visuales, 304 fotografías, 1.150 observaciones barométricas y numerosos croquis. Todo ello permitió al cartógrafo León Maury dibujar un mapa de los Picos de Europa de 71&#215;61 cm. a escala 1:100.000 y a cuatro tintas. Este mapa, publicado finalmente en 1922, superaba con creces a todos los anteriores, algunos de ellos elaborados por personajes tan importantes como Guillermo Schulz o Francisco de Coello; e incluso el que el coronel Prudent realiza a par- tir de las primeras expediciones del conde a finales del siglo XIX.</p>
<p class="bodytext">El conde aún volvería en dos ocasiones más a la región de los Picos, aunque no con fines científicos. Regresó acompañado, sin duda, para poner en práctica el consejo con el que termina su monografía: que vayan a los Picos de Europa los amantes de las emociones que dan las escaladas escabrosas en agujas y rocas lisas. Volverán encantados de sus ascensiones en esta soberbia región española, y declaro en verdad que me siento orgullosos de haberla dado a conocer, de amar- la y de apreciarla como se merece.</p>
<p class="bodytext">Cabe por último destacar que, a propuesta de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, se bautizó con el nombre de Risco de Saint-Saud al afilado peñasco situado al noreste de Torre Cerrado, entre esta cumbre y la Torre Labrouche que el mimo conde bautizó. Fue un homenaje póstumo al conde de Saint-Saud pero no por ello menos importante.</p>
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		<title>Por los caminos del Inca. El proyecto Ukhupacha</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/por-los-caminos-del-inca-el-proyecto-ukhupacha/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:01:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 33]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>khupacha quiere decir en quechua “el mundo de adentro” y es el nombre de un original proyecto que pone la espeleología al servicio de los arqueólogos y de otros científicos [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/por-los-caminos-del-inca-el-proyecto-ukhupacha/">Por los caminos del Inca. El proyecto Ukhupacha</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">khupacha quiere decir en quechua “el mundo de adentro” y es el nombre de un original proyecto que pone la espeleología al servicio de los arqueólogos y de otros científicos que necesitan investigar en lugares inaccesibles.</p>
<p class="bodytext">Ukhupacha comenzó con una pasión y, lo que a veces es lo mismo, con un sueño. En 1997 Salvador Guinot, un bombero de Castellón apasionado por la espeleología, decidió hacer junto a un grupo de compañeros el Camino Inca hasta Machu Picchu. Le sorprendió la cantidad de cuevas y lugares que había sin explorar porque los arqueólogos no podían acceder a ellos y se le ocurrió que sus técnicas espeleológicas podrían ayudar a resolver el problema. Su entusiasmo logró embarcar en el proyecto a la Universidad Jaime I de Castellón y al Instituto de Cultura de Perú. Doce años después, Ukhupacha, “el mundo de adentro”, de la oscuridad, ha sacado a la luz templos, tambos, puentes y enterramientos de ese Camino Inca y de los montes sagrados, los Apus, que rodean uno de los mayores enigmas de nuestro mundo, la ciudad de Machu Picchu.</p>
<p class="bodytext"><strong>POR LOS CAMINOS DEL INCA</strong></p>
<p class="bodytext">Wiñay Wayna, que en quechua quiere decir “siempre joven”, “eterno”, es el último alto del Camino Inca antes de llegar a Machu Picchu. Es un lugar de purificación, de culto al agua, edificado sobre una empinada ladera desde la que se ve el Vilcanota, el río que alimenta el Valle Sagrado de los incas. Aquí se acampa para levantarse todavía en la oscuridad de la noche y llegar a tiempo de contemplar el amanecer desde Inti Punko, la Puerta del Sol, la más espectacular entrada a la enigmática ciudad perdida de los incas. Desde esa puerta, Machu Picchu corta el aliento. Es lo que Salvador Guinot sintió la primera vez que la vio y que se dejó envolver por su magia. También sintió una gran paz, la sensación de que se reencontraba con algo que ya conocía de antes y que los Apus, los dioses de la montaña, le estaban enredando en un sueño, tejido a lo largo del camino: ayudar con sus conocimientos de espeleología a los arqueólogos a desvelar los misterios de aquel mundo sobrecogedor.</p>
<p class="bodytext">El MontE ViEjo Cincelada a golpes entre los montes sagrados que marcan sus cuatro puntos cardinales y que la ocultaron de la codicia de los españoles, Machu Picchu fue durante casi cinco siglos un mito. Una leyenda todavía llena de enigmas. Incluso su verdadero nombre sigue siendo un secreto enterrado junto a los huesos de sus moradores. Machu Picchu, “el Monte Viejo”, es como la bautizó su descubridor, Hiram Bigham, porque así la llamaban los indígenas que, por un sol, un dólar de plata peruano, el 24 de Julio de 1911 le llevaron hasta las ruinas.</p>
<p class="bodytext">“Al bordear el promontorio”escribió en su diario de ese día el explorador y aventurero estadounidense -“nos encontramos con una visión inesperada, una enorme escalera de terrazas bellísimamente construidas en piedra. Había cientos de ellas. Los indígenas las habían rescatado de la selva para cultivarlas. El suelo, cuidadosamente preparado por los incas, todavía era capaz de producir ricas cosechas de maíz y patatas” (…) “Una sorpresa seguía a otra. Anduvimos por un camino hasta un claro, limpiado por los nativos, donde habían plantado una pequeña huerta y de pronto, nos encontramos ante las ruinas de dos de las más bellas e increíbles estructuras de la América antigua. El lugar me dejó sin respiración ¿Qué sitio podría ser? ¿Por qué nadie nos había hablado de el?”. Bingham creyó entonces haber encontrado la ciudad perdida de los incas, Vilcabamba, pero no lo era.</p>
<p class="bodytext">En la actualidad los investigadores piensan que Machu Picchu fue construida a mediados del siglo XV por el noveno emperador inca, Pachakutiq, como centro religioso, político y administrativo. Toda la ciudad giraba –gira todavíaen torno al Sol. Al director arqueológico de la Ciudadela, Fernando Astete, no deja de asombrarle, a pesar de los años que lleva investigándola, cómo fue planificada, en armonía con la naturaleza, para aprovechar lo mejor posible la luz y el calor solares. Poco podía imaginar este arqueólogo, empeñado en desvelar todos los secretos del lugar, que el día que Salvador Guinot se acercó a preguntarle cómo accedían a las cavidades y caminos que salpicaban las cimas de los Apus, tenía ante sí la llave que le abriría las puertas de las alturas de Machu Picchu.</p>
<p class="bodytext"><strong>UKHUPACHA, EL MUNDO DE ADENTRO</strong></p>
<p class="bodytext">Pero ¿cómo llegaban los arqueólogos a esas alturas para explorar?. Esta es la pregunta que durante todo el Camino Inca había obsesionado a este bombero castellonense, amante de la espeleología. En 1997, después de haberse aventurado en picos y cavernas de Cuba, Argentina, Papúa y China, Salvador Guinot y un grupo de compañeros habían decidido aprovechar sus vacaciones de verano para llegar andando, como los antiguos incas, a Machu Picchu.</p>
<p class="bodytext">Esta es una ruta llena de asombros e interrogantes. ¿Cómo se construyó algo así? ¿Por qué? ¿Para qué? Las respuestas podrían estar en esas cavidades y cimas de las alturas. Cuando el director de Machu Picchu le contestó a Salvador que para un arqueólogo esos lugares eran inalcanzables porque muchos caminos habían desaparecido, se le ocurrió que sus técnicas espeleológicas podrían resolver el problema y que gracias a una cuerda, los investigadores podrían explorar sitios que hacía siglos que nadie pisaba. Así nació un sueño en el que este bombero logró embarcar a la Universidad Jaime I de Castellón, a la Agencia Española de Cooperación y al Instituto de Cultura de Perú. Y en julio de 2002 el sueño se transformó en un proyecto, Ukhupacha, que en quechua quiere decir “el mundo de adentro”, representado en la mitología inca por una serpiente gigante, la serpiente Amaru.</p>
<p class="bodytext">El doctor Astete fue uno de los primeros alumnos de la escuela de espeleo-arqueología que el proyecto Ukhupacha puso en marcha para transmitir los conocimientos de progresión vertical que ayudarían a los científicos y técnicos a ascender o descender paredes verticales y a cruzar abismos. Formar a los arqueólogos era tan importante como ayudarles a descubrir. Así las cuerdas se convirtieron en herramienta del conocimiento y el director de Machu Picchu pudo cumplir uno de sus anhelos: pasar al otro lado de uno de los puentes de acceso a la ciudadela, el Puente Inca, inaccesible por los continuos derrumbes, y explorar una de las rutas del ancestral y sagrado camino.</p>
<p class="bodytext"><strong>CAMINOS INCAS, RUTAS SAGRADAS</strong></p>
<p class="bodytext">Cuenta Pedro Cieza de León en su Crónica de Perú, publicada en 1553, que una de las cosas que más le admiró de aquel reino fueron sus caminos “de qué manera se pudieron hazer tan grandes y sobervios y qué fuerças de honbres bastaron a lo poder hazer y con qué herramientas y estrumento pudieron allanar los montes y quebrantar las peñas para hazerlos tan anchos y buenos como están; porque me pareçe –reflexiona el conquistador-historiadorque si el Enperador quisiese mandar hazer otros camino real como el que va del Quito al Cuzco sale del Cuzco para yr a Chile, çiertamente creo con todo su poder para ello no fuese poderoso ni fuerças de hombres lo pudieran hazer, si no fuese con la horden tan grande que para ellos los Yngas mandaron que oviese&#8230;”</p>
<p class="bodytext">Más de treinta y cinco mil kilómetros se calcula que sumaba la red de caminos empedrados, cuidados y dotados de diferentes servicios, con la que los incas comunicaron su inmenso reino. De todos ellos, el Qhapaq ñan, “el camino del señor”, era la ruta principal. Tenía su centro en Cuzco y llegaba, atravesando cinco mil kilómetros de la cordillera andina, hasta la capital ecuatoriana, Quito, por el Norte, y a Santiago de Chile y Argentina por el Sur. Por ellos circulaban noticias, bienes y ejércitos con gran velocidad. Almacenes, estaciones de reposo (tambos, kanchas, chasquiwasis) y lugares con agua salpicaban los lindes de manera calculada para la marcha de un día. Una sobrecogedora obra de ingeniería en la que siempre se buscaba el trazo más directo, con empinadas escaleras para sortear las alturas y amplias calzadas, hasta de diceiseis metros de ancho, para transitar por las punas y llegar a los santuarios construidos en las cumbres. Y, “¿quién mejor que Ukhupacha y su sensibilidad hacia la dimensión vertical de los territorios?” –pensó la historiadora Guadalupe Martínez cuando el Instituto Nacional de Cultura de Perú le encargó coordinar el proyecto para la recuperación del Qhapaq ñan“Quién mejor que Ukhupacha para ayudar a comprender una obra que se cuelga y descuelga permanentemente por una de las geografías más extremas del Planeta?”.</p>
<p class="bodytext">De esta manera, el proyecto se embarcó en la exploración de esa red de caminos y a golpe de machete, debido a la densa vegetación selvática que los envolvía, ha conseguido descubrir escaleras, muros de contención, tambos, puentes… y eso que es un camino por el que apenas han empezado a andar.</p>
<p class="bodytext"><strong>COLGADOS DE UNA CUERDA, EN BUSCA DE OTROS CAMINOS</strong></p>
<p class="bodytext">Cuan do en mayo de 2006 el equipo Ukhupa- cha accedió por primera vez al otro lado del Puente Inca, colgándose de una pared vertical y superando un abismo a cuatrocientos metros por encima del río Vilcanota, hacía quinientos años que nadie pisaba ese lugar. El director de Machu Picchu pudo confirmar entonces lo que hasta ese momento solo era una posibilidad: allí había otra ruta sagrada. Todavía no saben lo que encontrarán al final de ella.</p>
<p class="bodytext">Es tan solo el comienzo de su aventura. Este mismo verano les espera la enigmática Kuelap, la ciudad de las Nubes, origen de la cultura preincaica Chachapoyas, en el Norte de Peru. Allí los enterramientos, inaccesibles, permanecen intactos. Cómo y para qué se construyeron esas tumbas es, todavía hoy, un misterio sin resolver. La ciudadela de Choquequirao, comparable a Machu Picchu, será otro de sus próximos retos.</p>
<p class="bodytext">La pasión por el conocimiento y la espeleología ha reunido a bomberos, catedráticos y arqueólogos en este proyecto que no busca tesoros porque, dicen, el verdadero tesoro es lo que encuentras en ese antiguo camino. Ellos encontraron un sueño, hoy realidad.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/por-los-caminos-del-inca-el-proyecto-ukhupacha/">Por los caminos del Inca. El proyecto Ukhupacha</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>El río de los cocodrilos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-rio-de-los-cocodrilos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:01:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 33]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El istmo de Panamá en una de sus partes mas estrechas, a la altura de la capital, mide unos ochenta kilómetros. Allí es donde Lesseps, el creador del Canal de [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-rio-de-los-cocodrilos/">El río de los cocodrilos</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">El istmo de Panamá en una de sus partes mas estrechas, a la altura de la capital, mide unos ochenta kilómetros. Allí es donde Lesseps, el creador del Canal de Suez, intentó hacer su segunda gran obra, el Canal de Panamá, y se arruinó en el intento. El proyecto lo terminaron los americanos y lo convirtieron en el éxito que conocemos. Ahora mismo los panameños lo están ampliando y añadiendo un tercer juego de exclusas.</p>
<p class="bodytext">Siglos antes de su construcción, los españoles tenían que transportar a través del istmo, del Pacífico al Atlántico, el oro y la plata del Perú y de otros lugares de América, así como otras muchas valiosas mercancías que, una vez en los puertos del Atlántico, se embarcaban rumbo a España. Lo hacían por el llamado Camino Real, que cruzaba el Darién, como se denominaba entonces a gran parte del país, nombre reservado ahora para una intransitable jungla que aísla a Panamá de Colombia y, por tanto, a Centroámerica de Suramérica. El Darién actúa así como una barrera a las migraciones por tierra de América del Sur a la del Norte, y este hecho, que tal vez sea conveniente para alguien, probablemente es la causa de que nunca se haya completado este tramo relativamente corto de la carretera, ni garantizado la seguridad en esa ruta que daría un vuelco a las comunicaciones y al desarrollo de las Américas.</p>
<p class="bodytext">Volviendo al Camino de Real, en su tiempo y por otras razones, era también una ruta peligrosa: un camino penoso, insalubre y no exento de riesgo, a través de selva y pantanos plagados de amenazas, fiebres (malaria, dengue, cólera&#8230;) serpientes, caimanes y cocodrilos (los mayores de América), por no hablar del resto de los animales salvajes y de los insectos. No es sorprendente que a alguien se le ocurriera cambiar el arrastrar la carga y las caballerías por aquellos parajes por un procedimiento mas cómodo: el transporte fluvial, embarcarse en el río Chagres (al que los españoles llamaban el Río de los Lagartos por razones obvias) hasta llegar al mar en la Bahía de San Lorenzo, aún hoy custodiada por el fuerte del mismo nombre, repetida y exitosamente atacada en otras épocas por piratas y almirantes ingleses. Esta nueva vía constituyó el llamado Camino de Cruces. Remontando el Chagres desde el mar, se atraviesa la mayor parte del istmo hasta que, cerca de lo que ahora es Balboa, hace una gran curva y se adentra en las montañas por una espesa selva. En esa curva, estaba también Cruces y desde allí ya había que continuar por tierra hasta Panamá la Vieja.</p>
<p class="bodytext">Las dos vías tenían ventajas e inconvenientes. La fluvial era más lenta. El río no siempre llevaba suficiente agua, los porteos podían ser inevitables y los bajos resultar agotadores para los que manejaban las pértigas. El riesgo de naufragio también era real. De hecho, tras el hundimiento en 1586 de un barco cargado de plata se prohibió transportar metales preciosos por río. El camino a lomos de caballería era mucho más rápido: de Panamá la Vieja a Nombre de Dios primero y luego a Portobelo, también en el Caribe, se tardaba unos cuatro días. El problema era que resultaba carísimo: las mulas tenían una capacidad de carga limitada y morían muchas en cada viaje. Reemplazarlas en grandes cantidades era muy difícil porque era necesario importarlas (seguramente ocurría algo parecido con los arrieros, pero estos eran más fácilmente reemplazables). A esto se unía que el transporte era estacional y tenían que estar listas en fechas determinadas cuando llegaban o partían los convoyes que cruzaban el Atlántico. Las ferias de Portobelo (decían que eran las mayores del mundo) eran un espectáculo y sólo duraban unos días en los que comercio, bullicio y riquezas fabulosas inundaban la ciudad. La gestión de la logística de todo aquello era muy compleja y un verdadero quebradero de cabeza.</p>
<p class="bodytext">Con el tiempo, las rutas se especializaron y la terrestre quedó para la plata y mercancías preciosas y la fluvial para el resto, es decir para grandes cargas y volúmenes, con menor valor unitario. Si bajar el Chagres y navegar por mar de San Lorenzo a Portobelo, junto con las correspondientes cargas y descargas, podía llevar varias semanas, remontarlo era aún mas lento y penoso. De hecho, salvar así el istmo duraba igual o más que la travesía por mar de Perú a Panamá.</p>
<p class="bodytext">Cuando Panamá, que había sido bautizada oficialmente y con gran sentido del marketing como la “Castilla de Oro”, agotó lo que había sido una abundante y soñada fuente del precioso metal, encontró en la logística lo que ahora llamarían un nuevo modelo productivo, gracias a la explotación de su situación geográfica estratégica. Siglos más tarde, llegaría la tercera bonanza económica gracias al paso de los buscadores de oro de California, que daría paso a la cuarta y actual, la del Canal.</p>
<p class="bodytext">Mi amigo Juan M. Feliz es una persona notable. Es socio de la Sociedad Geográfica Española, ha recorrido en piragua los ríos más perdidos de todos los continentes y ha sido Campeón de España de kayaks y ganador del Descenso del Sella, donde tiene una empresa de turismo aventura y alquiler de piraguas (www.fronteraverde. com). Es un viajero bastante duro y experimentado, siempre en busca de nuevos retos. Su propuesta del año pasado fue que nos hiciéramos el Canal remando. él lo hizo, pero yo afor tunadamente, en el último momento y por razones de trabajo, me libré. El plan de este año era bajar el río Chagres desde la cabecera hasta el mar y esta vez no se me ocurrió ninguna excusa para evitarlo, así que allí estábamos. Para Juan, el mayor atractivo del Chagres, aparte de estar cargado de historia y haberse hecho famoso por sus cocodrilos, es que es el único río del mundo que, al fluir al Canal de Panamá, vierte sus aguas a dos océanos.</p>
<p class="bodytext">A la vista de que desde España no habíamos conseguido apenas información, una vez terminados los asuntos que nos llevaban a Panamá dedicamos un día entero a preparar la expedición con un resultado bastante decepcionante. A ninguna de las agencias de turismo o “aventura” parecía interesarles lo más mínimo ayudarnos con el transporte o la infraestructura. Como mucho, nos apoyaban en una etapa y a unos precios que los mismísimos suizos habrían envidiado. Después de muchas negociaciones, todo quedó en el aire y decidimos adaptarnos a los métodos locales e ir improvisando día a día. Nuestros contactos en el mundo del piragüismo, a la hora de la verdad, estuvieron también especialmente ocupados cuidando abuelitas enfermas o asuntos similares y tampoco fueron una gran ayuda.</p>
<p class="bodytext">Solo Javier y Marta se volcaron y nos pasearon muchísimo y ella, en especial, nos resolvió muchas cosas y fue nombrada “Madrina de la expedición”.</p>
<p class="bodytext">El primer día lo pasamos desentumeciéndonos y adaptándonos al clima. Alquilamos una “pickup”, pasamos el aeropuerto de Tocumen y nos dirigimos hacia el Norte, a la sierra. Allí, los panameños que pueden tienen casas donde se refugian en la altura de los calores de la capital. Pasamos ante las entradas de las fincas de importantes personajes, incluido algún ex-presidente de países vecinos, hasta bordear la urbanización Cerro Azul y, por la linde del Parque Nacional del Chagres, llegamos al Cerro Pelón que contrasta con la lujuriosa vegetación que le rodea. Todo Panamá nos había asegurado que para llegar hasta allí necesitaríamos unos permisos especiales que no teníamos y que nadie nos pidió. Por allí cerca dejamos la pickup para subir al Cerro Jefe y caminar un par de horas a modo de aclimatación. La gracia de Cerro Jefe, aparte de estar en la cabecera del río Chagres, es que es el pico más alto de esa zona y en los días claros, desde sus 1.007 metros, se pueden contemplar los dos océanos. Nuestro día no era claro y parece que, en la misma cumbre, la mayoría tampoco lo son.</p>
<p class="bodytext">Al día siguiente tocaba meterse en el valle del Chagres y para ello levantarse a las cuatro. De lo que no nos habíamos dado cuenta es de que el camino desde Panamá pasa pegado al Cerro Jefe y nos podíamos haber ahorrado la repetición del recorrido. Tras veinticuatro horas de llovizna, la pista se había vuelto la más resbaladiza que he visto en mi vida y cuando ya todo parecía suficientemente complicado, en medio de una fuerte bajada, nos encontramos de frente con seis todoterrenos atascados y bloqueándonos el camino. El barro era tan resbaladizo que cuando nos bajamos del vehículo, apenas podíamos caminar sin caernos. Aquellos coches estaban allí desde el día anterior, atascados, atravesados, quemando embragues y motores, empujándose y remolcándose, todo sin que se apreciara demasiado progreso. Nuestro conductor local, en cambio, no era un dominguero: puso unas remendadas cadenas sujetas con cordeles y otros procedimientos precarios y, en no mucho más de una hora, sorteó los seis aullantes y humeantes vehículos y milagrosamente nos sacó de allí. La lluvia continuaba y los seis coches nos habían destrozado la pista pero aún avanzamos unos kilómetros hasta cerca del río San Cristóbal. En un recodo del camino donde ya era imposible continuar, nos esperaba el mulero con las caballerías. Sobre ellas cargamos la balsa, las provisiones y el resto del equipo. Continuamos a pie unas horas por la selva profunda que aún alberga invisibles pumas y jaguares. Estábamos en el corazón del valle del Chagres. A Juan le gustaba recordar los versos de Stanley (el otro, James, conocido como el poeta del istmo):</p>
<p class="bodytext">Mas allá del Río Chagres existen senderos que conducen a la muerte, a los mortíferos vapores de la fiebre, al letal soplo de la malaria.</p>
<p class="bodytext">Stanley me pareció un exagerado, pero luego me enteré de que en 1906, al año de escribir estos versos, murió de malaria en Panamá. Llegamos al punto sin retorno: cuando el río se hizo navegable, inflamos la balsa, la cargamos y seguimos en ella, río Piedras abajo, hasta que entramos en el alto Chagres que también bajamos hasta que se terminaron los rápidos y el río se hizo manso.</p>
<p class="bodytext">Allí nos esperaba un paisano con un cayuco al que pasamos nuestras cosas y la balsa tras desinflarla. Volvíamos a estar en territorio algo habitado, el de los indios Mberá, cuyas cabañas se veían a veces desde el río. Esta tribu es oriunda del Darién, pero hace unos decenios se estableció aquí y es frecuentemente visitada por turistas. El cayuco nos llevó hasta Puerto Corotú en el lago Alajuela, un pantano que regula el aporte de agua del canal, imprescindible para su funcionamiento, como lo es que se mantengan la vegetación y la pluviometría del Parque Nacional del Chagres.</p>
<p class="bodytext">Al amanecer cruzamos el lago en otro cayuco hasta la presa Madden. Allí Luis Iván Jr. nos esperaba con su furgoneta y nos depositó aguas abajo del embalse. Descargamos los kayaks del remolque, incluida una serpiente camuflada y muy enfadada, y por un río ancho y perezoso con impenetrable vegetación en las orillas, que hacía imposible cualquier desembarque, paleamos hasta Gamboa y el Canal de Panamá. Hacia el final del día, en una orilla entre dos palmeras, Juan vio una abertura en la selva. Nos metimos y resultó ser el emplazamiento de la Venta de Cruces que dio su nombre al mencionado Camino y era el puerto donde viajeros y carga embarcaban. Nos encantó “descubrir” las ruinas de las antiguas edificaciones.</p>
<p class="bodytext">En Gamboa, Marta nos había reservado un bote fueraborda metálico y canijo, que contra todo pronóstico no se hundió, tal vez porque lo pilotaba “Nelson”, y con el que, rebotando sobre el oleaje, hicimos el mar interior, la parte del Canal que es el embalsado Lago Gatún, a 25 m. sobre el nivel del mar. Unas veces navegamos entre petroleros, otros grandes barcos y preciosos veleros y otras, por atajos, entre islas cubiertas de selva retratando pájaros, tortugas y demás fauna salvaje. Desembarcamos en las esclusas donde nos detuvimos a ver las maniobras de las embarcaciones en las compuertas. Bajo ellas, en el coche de Benito, un asturiano que lleva toda su larga vi- da en Colón, volvimos de nuevo al Chagres donde, al no tener kayaks y no encontrar cayucos, nos resignamos a alquilar un lanchón para hacer el último tramo del río, de nuevo entre selva virgen y deshabitada. Allí Juan cumplió el otro objetivo de su viaje: el hermanamiento del Chagres con el Río Sella, el rito de verter una botella de agua de ese río que traía desde España y tomar otra para hacer lo recíproco a su vuelta, momento que inmortalicé, bastante mal, por cierto.</p>
<p class="bodytext">La vuelta a la capital la hicimos en un vagón abierto de la legendaria Panama Railways. Gracias a la imaginación de Juan, desde la cabecera del Chagres en las montañas, hasta el Caribe habíamos pasado cuatro días fascinantes a pocos kilómetros de la ciudad y al mismo tiempo en sitios maravillosos, a menudo aislados o poco accesibles y fuera del tiempo y del alcance del turismo de masas.</p>
<p class="bodytext">Nuestra siguiente excursión panameña no nos salió tan bien. Queríamos acercarnos en todoterreno al Volcán Barú (3.500 m. y el más alto de Centroámerica) en la provincia de Chiriquí, para subirlo a pie, pero un huracán cortaba las carreteras, hacía volar árboles y vallas y, tras veinticuatro horas bajo el volcán, lo dejamos para otra vez. Por doce euros dormimos bien en la Pensión Mari Lus de Boquete y por un euro más nos sacó de de la comarca un concurrido ex-school bus amarillo donado por los americanos y convertido en guagua comercial.</p>
<p class="bodytext">Yo seguí viaje a Ecuador y Colombia, pero Juan se quedó un día más en Panamá. Lo aprovechó para volver al río y hacerse, solo (todavía no se lo he perdonado) por la selva, la última parte del perdido Camino de Cruces. Desoyendo los consejos de los habitantes locales y, a pesar de ir sin guía, consiguió no perderse.</p>
<p class="bodytext">El camino está ahí: en parte señalizado, en algunos tramos restaurado y en otros a punto de ser devorado por la selva. Es una pena porque con su historia, su atractivo entorno y la creciente búsqueda de objetivos del “turismo activo”, con un mínimo de iniciativa y una inversión modesta, podría convertirse en una alternativa corta del Camino del Inca o de las muchas rutas similares que otros países han desarrollado como destino turístico de propios y extraños.</p>
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