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	<title>Boletín 34 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 34 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>José María Cruxent. El Indiana Jones catalán</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:05:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 34]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Conocí al Dr. José Mª Cruxent, practicamente al final de su intensa vida, un hombre con el bagaje de una vida vivida, emocionado por llegar de nuevo a su amada [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jose-maria-cruxent-el-indiana-jones-catalan/">José María Cruxent. El Indiana Jones catalán</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Conocí al Dr. José Mª Cruxent, practicamente al final de su intensa vida, un hombre con el bagaje de una vida vivida, emocionado por llegar de nuevo a su amada y no olvidada Catalunya. Era de ese tipo de personas que no te dejan indiferente y por eso siempre me había sorprendido la sencillez de sus hijos y familia cuando hablaban de él. Aunque aquí no tuvo el reconocimiento que hubiera merecido, sí lo tuvo en Venezuela y en otras tierras americanas como Colombia, Panamá, Jamaica, Brasil y República Dominicana.</p>
<p class="bodytext">“Hablar de la arqueología y la antropología en Venezuela y en América, es hablar de José María Cruxent. Su nombre está ligado estrechamente al alba científica de las tierras americanas”1, explicaba Camilo Morón sobre Cruxent en su obra El hombre y la piedra pintada. “Cruxent ha sido la guía y la luz para las nuevas generaciones de científicos y artistas”.</p>
<p class="bodytext">Cuando conocí a su hijo me hablaba de él con gran admiración, con respeto y emoción. Aquel chico una vez fue un niño que en el colegio explicaba a sus compañeros con orgullo: “mi padre es arqueólogo y, vive y trabaja en Venezuela”. Podía parecer el sueño de un niño si se tiene en cuenta el contexto de la sociedad de los años sesenta en España.</p>
<p class="bodytext">¿Cómo un hombre de tal dimensión había sido ignorado hasta ahora?. En la década de los 90 del siglo pasado alguien le propuso para el Príncipe de Asturias y en Oviedo lo tomaron muy en cuenta, pero la Fundación no consiguió, lamentablemente, que alguien aportara parte de su trabajo. Mientras, el profesor Cruxent, siguió trabajando y propagando convicciones como la de que «la Arqueología conduce, por fuerza, a la certeza de que no existen pueblos superiores o inferiores, que al principio éramos todos lo mismo».</p>
<p class="bodytext"><strong>DE CATALUNYA A LA TIERRA QUE LE ACOGIÓ: VENEZUELA</strong></p>
<p class="bodytext">José María Cruxent nació en el barrio de Sarrià, en Barcelona, el año 1911. Ese mismo año su padre fue alistado para la guerra de Marruecos que tanta resistencia provocó por parte de la población civil, pero decidió marchar junto con su familia a París, ciudad donde José María vivió su infancia hasta que de nuevo regresó a Barcelona con sus padres. Años después volvería a su ciudad natal en varias ocasiones y de camino al exilio.</p>
<p class="bodytext">Durante su juventud se formó en el instituto Montessori d’alexandre Galí. Unos años después, participó en actividades culturales como los “pomells de juventud” o los “jocs Florals”. También practicaba el excursionismo, siendo miembro fundador del Centro excusionista. Él mismo se definía como “un andariego”: su vida fue un continuo andar: “trota patria, trota bosque, trota ríos y trota selva”, dijo alfredo Boulton, quien afirmó que, para Cruxent la tarea esencial fue caminar por venezuela, recorrer sus rutas y explorar sus sitios.</p>
<p class="bodytext">paralelamente, cursó estudios superiores de Bellas artes en la llotja, donde asistió como oyente en las clases de pere Bosch y Gimpera, el padre de la arqueología catalana, al que Cruxent consideraba su maestro y que hizo despertar su fascinación por la arqueología. Durante la Guerra Civil española, entre los años 1936-1939, fue movilizado al frente de Teruel. Una vez finalizó la Guerra Civil española, pasó unos meses en Francia y Bélgica de allí se exilió a Venezuela.</p>
<p class="bodytext">Jamás le gustó que le llamaran «emigrante». “Yo no vine aquí a buscar petróleo, ni oro, solamente a escarbar ideas”, afirmaba. Y añadía que ya era arqueólogo a los diez años, cuando por unas pesetas buscaba trozos antiguos de loza en los alrededores de Barcelona.</p>
<p class="bodytext">Los comienzos en Venezuela fueron muy duros. Se alojaba en una pensión “para caballeros de orden”2 y trabajó primero vendiendo fruta y después como operador de cine en Antímano (probablemente por la experiencia acumulada en la Guerra Civil Española con Laya Films). Gracias a sus estudios artísticos, trabajó también como profesor de dibujo en diferentes instituciones como Santa María de la Victoria y el llamado Instituto Técnico Compás, del cual parece que fue fundador, y fue aquí donde desarrolló estas actividades arqueológicas e inició su verdadera pasión.</p>
<p class="bodytext">En su tiempo libre le gustaba ir al campo, explorar, hacer prospecciones y así encontró los primeros hallazgos cerca del lago de Valencia. También fue entonces cuando entró en contacto con el reducido círculo científico del país de aquella época. Según la arqueóloga Erika Wagner “Hacía auto-stop para ir a excavar a los yacimientos” y tenía ese carácter romántico de las personas que ponen pasión en las cosas que hacen. El contacto con el círculo científico de Caracas, le facilitó un trabajo en el Museo de Ciencias Naturales de Caracas, donde siguió desarrollando sus investigaciones, estudios y trabajos. En el año 1944 fue contratado por el Museo, del cual fue director desde el año 1948 hasta 1962. Como tal formó parte de la expedición franco-venezolana a las fuentes del Orinoco, en calidad de representante del Ministerio de Educación y experto en Antropología y Arqueología. Dada la relevancia de esta expedición merece la pena dedicarle unas breves pinceladas.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA EXPEDICIÓN FRANCO-VENEZOLANA AL ALTO ORINOCO 1950</strong></p>
<p class="bodytext">Uno de los principales enigmas que se planteaba Cruxent era el origen del ser humano en América, lo que le llevó a realizar varias de sus expediciones. Una de las más populares fue la franco-venezolana al alto Orinoco, en 1950, en la que se descubrieron las fuentes de este río. También participaría en una segunda expedición3 a la misma zona, en la que realizó uno de los primeros contactos con los indígenas.</p>
<p class="bodytext">Las fuentes del Orinoco fueron localizadas por la expedición franco-venezolana el 27 de noviembre de 1951 en el Cerro Delgado Chalbaud a 63º, 15’ O y 2º 18’ N, y a una altitud de 1.100 metros4 “No hubo pérdidas humanas, en cambio sí se perdió preciado material y entre él, la colección geológica. Es este precisamente el motivo de que una vez más se pone de manifiesto el excepcional sentido de responsabilidad y espíritu científico de José Mª Cruxent, no vacila; emprende el regreso a las cabeceras del río acompañado de algunos peones que se ofrecieron voluntariamente. Va a enfrentarse nuevamente con el Orinoco, recogerà las muestras arqueológicas perdidas y regresarà a Caracas el 26 de enero de 1952, cansado, pero satisfecho de su esfuerzo; unas cuantas latas contienen el fruto de su osadia y de su amor a la ciencia.”5</p>
<p class="bodytext">Con Leopoldo III de Bélgica realizó otras exploraciones: la expedición al Congo (1950), la expedición ELATA (1952) para conocer la conexión de la cuenca del Orinoco con el Caño Casiquiare y para contactar con los waika (es decir yanomami), diversas expediciones de la ruta de Balboa para procurar fijar los puntos geográficos que marcan el itinerario seguido en el 1513 por Vasco Núñez de Balboa a la búsqueda de la “Gran Mar del Sur”, el Pacífico actual, una dura travesía del Darién en Panamá. Posteriormente realizó otras expediciones para fijar la situación de Acla, población donde fue ejecutado Balboa y realizó otras muchas exploraciones como la del río Guasare que realizó en 1957 subiendo en solitario al Cerro Colorado.</p>
<p class="bodytext">Las personas que le conocieron en aquel momento de su vida describen el aspecto físico de Cruxent como una persona de enorme temple y fortaleza que en sus expediciones podía vivir en las peores condiciones mucho tiempo, sin inmutarse. a la vez tenía un candor, sensibilidad y agudeza que lo hacían enormemente atractivo.</p>
<p class="bodytext">Cuando yo le conocí, sabía que estaba viviendo algo especial, era consciente del momento que estaba viviendo: estaba compartiendo y conversando con una persona singular, que tenía verdadera pasión por su trabajo y había hecho de éste su vida. era el momento quizás de su última vuelta a “casa”. Catalunya estaba en su corazón. Despues de tantos años fuera, paseamos por sarria: quería regresar donde había nacido y fuimos a ver el lugar en el que estaba la casa de sus padres. Tenía una gran viveza, a pesar de sus ochenta y tantos años y se le notaba emocionado, a la vez que curioso y sorprendido. le pregunté si se acordaba de hablar en catalán. en aquel momento dejó de caminar, me miró de frente y por encima de las gafas y dijo: “lo que se ama no se olvida nunca”. en otro paseo por el parque Natural del Garraf, de pronto se detuvo y dijo: “Me encantaría tomarme “ahora” una copa de “champagne” como las que tomaba en parís”. sus ojos brillaban.</p>
<p class="bodytext">Como todo hombre original dotado de genio, era polémico, pero su honestidad intelectual fue absoluta y muchas veces comprobada. por ello, y a pesar de ser en gran parte autodidacta, pudo realizar una carrera brillante en las ciencias de la arqueología y la antropología.</p>
<p class="bodytext">Entre sus trabajos hay que destacar algunas excavaciones como la que realizó en el año 1957 en sierra de perijá, en la frontera con Colombia, o la excavación del sustrato precolombino de Nueva Cádiz en el año 1954 en la isla de Cubagua o el descubrimiento de los yacimientos neolíticos de jobo (Zulia). También realizó un gran descubrimiento en república Dominicana, donde desenterró la isabela, el primer asentamiento urbano fundado en américa por Cristóbal Colón en su segundo viaje el año 1494.</p>
<p class="bodytext">Las investigaciones realizadas por j.M. Cruxent eran contrarias a las teorías norteamericanas, que se basaban en el hallazgo de Clovis, un proyectil lítico que se descubrió en Norteamérica. j.M Cruxent encontró en los años setenta el asentamiento de Taima-Taima un proyectil más antiguo que el de Clovis y al cual denominó el jovo. este nuevo descubrimiento determinaba que había habido presencia humana en américa del sur desde hacía, al menos, 14.000 años. aun cuando sus hipótesis apuntaban que el poblamiento de américa del sur se remontaba alrededor de 30.000 años, no consiguió encontrar restos óseos humanos aún cuando desenterró mastodontes y cocodrilos gigantes.</p>
<p class="bodytext">Cruxent consiguió realizar una brillante carrera en el ámbito de la arqueología y se convirtió en una de las figuras clave en el desarrollo de la antropología venezo-lana. Algunas de las personas que lo conocieron, como Marcel Roche, fundador del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas describen a Cruxent como una persona muy curiosa y observadora, con tendencia a no aceptar las ideas esti-puladas, razón por la cual no perteneció a ninguna escuela ni a ningún dogma.</p>
<p class="bodytext">Escribió innumerables artículos publicados en revistas científicas nacionales y extranjeras entre 1944 y 1993, concentrando su producción a mediados de la década de los sesenta. Una de sus obras más importantes, escrita conjuntamente con Irving Rouse, arqueólogo de la Universidad de Yale, se titula:“Arqueología Cronológica de Venezuela”, y se publicó por primera vez en el año 1958. Posteriormente, en 1966, escribió el libro: “Arqueología de Venezuela”. Además, durante los años cincuenta del siglo pasado fundó la Escuela de Sociología y Antropología de la Universidad Central de Venezuela en convenio con la Universidad de Wisconsin. Obras de J.M Cruxent fueron también: el primer laboratorio de radiocarboni de Latinoamérica, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, en el año 1963; la fundación del Museo Taller de Cerámica Ángel López en el año 1982 y el Parque Arqueológico y Paleontológico Taima-Taima, en 1986. Durante el año de 1962, Cruxent localizó un área similar a Muaco en Taima-Taima, situada a unos 20 kilómetros al Este de Coro, y a 3 km de Muaco (Municipio Colina, Parroquia La Vela).</p>
<p class="bodytext">Taima-Taima era un yacimiento de cacería, un sitio donde nuestros primeros pobladores se trasladaban y cazaban para obtener los alimentos necesarios para su subsistencia. Estudios han encontrado que la gran mayoría de los restos encontrados en Taima-Taima pertenecen a un mastodonte de casi dos metros.</p>
<p class="bodytext">También se han hallado herramientas utilizadas por grupos humanos que poblaron este lugar hace 15000 años. Durante sus últimos años de vida se dedicó a supervisar el crecimiento del Museo Taima-Taima donde se recogen gran parte de sus hallazgos. Con noventa años aún iba a visitar y trabajar.</p>
<p class="bodytext">José María Cruxent ha sido una de las de las figuras más relevantes y clave en el desarrollo de la arqueología de la región falconiana y del país. Trabajó con el instituto venezolano de investigaciones Científicas (iviC), y actualmente la sala de exhibiciones del Departamento de antropología de este instituto lleva su nombre. Fue presidente del Museo de Ciencias en el período de 1948 a 1962 y muchos de los ejemplares presentados en este Museo, en las colecciones de ictiología, Moluscos y Fósiles fueron colectados por él. También fundó el Museo de Cerámica Histórica y loza popular ubicado en el Balcón de los arcaya, en Coro. Hizo innumerables estudios en el área de arqueología y antropología en diferentes y variadas regiones de venezuela y como reconocimiento, a este valioso trabajo recibió en 1987 el premio Nacional de Ciencia en el área de Ciencias sociales y Humanidades otorgado por el CoNiCiT. en los espacios abiertos del instituto venezolano de investigaciones Científicas (iviC) se puede admirar también su faceta como artista y como líder del movimiento de arte kinético en venezuela. Cruxent reconstruyó todo el legado cultural e histórico anterior a Colón de esta región.</p>
<p class="bodytext"><strong>PINTOR Y ARTISTA</strong></p>
<p class="bodytext">Cruxent empezó a desarrollar otra de sus facetas significativas, la de artista, en los años sesenta. aunque no resulta menos importante que las otras, los críticos han dicho que es muy difícil desvincular esta faceta de todas las demás.</p>
<p class="bodytext">en el homenaje que se le hizo en Coro en 1997 se comparó a J.M. Cruxent con el artista polifacético del renacimiento, el hombre de las mil miradas, compenetradas todas con la tierra, con la naturaleza, con lo primogénito, con la importancia que tiene estar atento al estudio, al hallazago, al descubrimiento en tanto nos remite a nuestros ancestros, a la trascendecia del Hombre Natural como legado de la Humanidad.</p>
<p class="bodytext">El arte de josé María Cruxent corresponde a la relación intrínseca con la naturaleza, con la tierra y sus elementos a partir de toda una vida de observaciones y de curiosidad. Tenía una mirada comprometida con su tiempo, una visión global que comprendía varias “miradas”: una cuando nos aproximamos como formando parte de la Tierra y otra cuando tenemos en nuestras manos un trozo de loza de hace más de mil años. Todo es un todo y, a veces en nuestra miopía, nos olvidamos que formamos parte de ésta.</p>
<p class="bodytext">J.M. Cruxent confirmó esta relación de manera intuitiva, emocional y vivencial. Dio a conocer sus conocimientos pictóricos y artísticos en el Salón de los Espacios Vivientes, organizados también por otro hombre excepcional, Premio Nacional de Artes Plásticas. Desde 1959 el trabajo de J.M Cruxent se manifiesta como una fuerza impetuosa de la tierra, del hombre compenetrado con ella. J.M Cruxent la imita, la ama y transforma sus elementos, insiste en la visión telúrica y del Cosmos , en la visión universal a partir de las cosas pequeñas y deja que la fuerza de la naturaleza establezaca su orden, su caos, sus propias leyes. J.M. Cruxent establece su creatividad desde la Madre Tierra. Decía sencillamente: “Yo he utilizado elementos indígenas, vernáculos en mi pintura, tales, como el tejido del chinchorro, la fibra vegetal, la tierra” .</p>
<p class="bodytext">Cruxent desarrolló su faceta como pintor a principios de la década de los sesenta. Fue uno de los abanderados del movimiento informalista de Venezuela, participando en la fundación del grupo llamado “El Techo de la Ballena” que integraba junto con otros personajes destacados cómo: Carlos Contramaestre, Juan Astorga o Juan Calzadilla, entre otros. El nombre de José María Cruxent es para la plástica venezolana sinónimo de audacia, compromiso y lealtad para con lo telúrico de nuestra tierra y nuestro pueblo.</p>
<p class="bodytext">Ya tenía este don artístico cuando de niño le regalaron una pared de su casa dónde poder pintar. De adulto, la vida y la obra de José María Cruxent trascurrieron “armoniosas, sin disonancias, por un mismo cauce de equilibrio, reflexión, sencillez y refinamiento. Su actitud vital y su postura artística se hermanan en un todo, que no es sino el resultado intencionado de una labor profunda, cuyo fruto ha sido una obra genuina, libertaria. La vivencia ancestral y la modernidad son dos luces que en J.M Cruxent unen sus fulgores para dar nacimiento a una constelación de obras compuestas con la minuciosidad de un orfebre y la pasión de un aeda.”6</p>
<p class="bodytext">J.M. Cruxent murió el 25 de febrero de 2005. Cuando su hijo me llamó, me dijo: “El profesor nos ha dejado”. Gracias por haberte conocido.</p>
<p class="bodytext"><strong>“Cualquier cosa que cae en mis manos, si no tiene alma, no me interesa” </strong></p>
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		<title>Siguiendo mitos, buscando la aventura.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/siguiendo-mitos-buscando-la-aventura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:04:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 34]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Si cierro los ojos, todavía alcanzo a ver, como si lo tuviera delante, el paisaje de aquella isla sobre el río Yukon, en el noroeste de Canadá, muy cerca de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Si cierro los ojos, todavía alcanzo a ver, como si lo tuviera delante, el paisaje de aquella isla sobre el río Yukon, en el noroeste de Canadá, muy cerca de la frontera con Alaska. La imagen es tan poderosa que, incluso, me parece percibir sus olores. Arriba, en los altos del cielo, una tibia luz azul acariciaba nubes que transitaban perezosas por las anchuras del espacio. Debajo, una ceñuda cordillera de faldas color cobalto cerraba el horizonte corriente arriba. Más cerca, en las caderas de una colina de lomas azuladas, se dibujaba una apretada formación de esbeltas coníferas, teñidas de hosco verdor, con las copas recortadas al ras como un bigote a manos de un avezado barbero. La isla en donde me encontraba ese día del luminoso verano austral de 2006 tenía una forma alargada y medía unos cuatrocientos metros de longitud por unos doscientos en su punto más ancho. En mi mapa, aparecía sin nombre y era un feo médano sin otra vegetación que algunos livianos arbustos de ramas ralas mecidos por el viento. Decenas de troncos de árboles, arrancados y pelados por las crecidas del río, se amontonaban pálidos en sus orillas cenagosas. Había numerosas huellas de animales en el arenal. Las más rotundas eran de un alce grande y las más recientes pertenecían a un lobo ártico de buen tamaño.</p>
<p class="bodytext">A nuestro alrededor, el Yukon formaba numerosos canales en aquel paraje tachonado de islotes y de riberas en donde crecían bosques de abetos, de arces y de álamos, un escenario en el que el río parecía un curso de agua sereno y tímido, manso e inofensivo. Y sin embargo, mis compañeros y yo sabíamos que se trataba de uno de los ríos más vigorosos y salvajes de América del Norte. Incluso habíamos sufrido su violencia unos días antes, al cruzar los rápidos de Five Fingers.</p>
<p class="bodytext">En la orilla de la derecha, cerca de la desembocadura del río Stewart y junto a un pequeño afluente llamado Henderson Creek, se tendía una isla mucho mayor que la nuestra, cubierta de profusa vegetación. Habíamos decidido no acampar allí, pues las plantas atraen a los mosquitos que, en el verano del Yukon, surgen en miríadas de los lagos y pantanos y pican con extremo furor. Yo sabía que era la isla en donde Jack London pasó el invierno de 1897-1898, atrapado por los hielos y la nieve, ciento cincuenta kilómetros antes de alcanzar Dawson City, la ciudad que atrajo en aquellos años de finales del XIX a decenas de miles de personas en busca del oro del río Klondike, uno de los tributarios del gran Yukon.</p>
<p class="bodytext">Me emocionaba sentirme muy cerca de uno de los mitos literarios de mi infancia, de aquel escritor que relató en hermosas y vehementes narraciones la epopeya del Gold Rush, la carrera del oro. Y casi podía percibir su presencia al contemplar el mismo hermoso paisaje que él había contemplado y descrito algo más de un siglo antes. También esa tarde, la anterior a nuestra llegada a Dawson City, sentía el orgullo de haber recorrido setecientos cincuenta kilómetros del río en canoa, junto con mis cinco compañeros de viaje, soportado frecuentes tormentas y salvado duros tramos de rápidos y corrientes.</p>
<p class="bodytext">Al mismo tiempo, trataba de averiguar qué podía decirme el Yukon. Unos años antes, viajando por el Amazonas, había escrito:</p>
<p class="bodytext"><em>Un río es algo más que un gran caudal de agua. Yo creo en el alma singular de los grandes ríos. En cierto modo, nos hablan, y no siempre lo que nos dicen posee un significado benigno. Lo he sentido en todo momento cuando los he navegado. Los ríos han estado en un par de ocasiones a punto de matarme y luego, con cierto desdén, me han perdonado la vida. Pero también me han enseñado mucho sobre los hombres y sobre mí mismo.</em></p>
<p class="bodytext"><em>En aquella ocasión llamé al Amazonas el río de la desolación. Ahora, en las orillas salvajes del Yukon, tras doce días navegando a remo sobre sus aguas, pensé que lo más apropiado era llamarle el río de la luz.</em></p>
<p class="bodytext"><em>A cada tramo que recorría, el Yukon me decía: ¡vive!</em></p>
<p class="bodytext">¿Y cuáles eran los olores? Por encima de todos, permanece en mi memoria olfativa el de las hogueras que encendíamos cada noche junto al río. El viento jugaba con sus humaredas, traía sus vaharadas hasta cegar mis ojos, y después lo llevaba lejos y lo elevaba hacia la altura. A veces, un súbito chaparrón apagaba el fuego y debíamos de buscar el lugar más tupido del bosque para encenderlo de nuevo y tratar de prepararnos una cena caliente con la que templar el estómago.</p>
<p class="bodytext">Cuando volví a España después de casi tres meses vagando por Alaska y Canadá, mis ropas despedían aún el perfume de la humedad y de las fogatas. Hice mal en tirar algunas de ellas y lavar las otras. Al menos debería de haber conservado, tal y como quedaron, las camisetas que usé durante el viaje, para husmearlas a solas en mi habitación antes de irme a la cama, y recobrar así el preciso aroma de las noches de lluvia al arrimo de la hoguera. Y con suerte, recuperar en sueños la viva intensidad de los días felices del Yukon.</p>
<p class="bodytext">Eso fue durante el mes de julio de 2006. Cuatro años antes, en el 2002, había navegado otro río, el Amazonas, y había estado a punto de morir a causa de la malaria. Y otros cuatro años más atrás, en 1998, mientras surcaba las aguas del río Congo, un grupo de soldados borrachos y drogados me amenazaron de muerte y casi me ejecutan ante mi negativa de decirles en dónde escondía el dinero que trataban de robarme.</p>
<p class="bodytext">Parecía, pues, que los genios maléficos de los ríos estuvieran en mi contra. Y algún amigo, bromeando antes de emprender viaje al Yukon, me advirtió sobre ello usando de ese viejo refrán que dice que, a la tercera, va la vencida. No fue así, sino todo lo contrario.</p>
<p class="bodytext">Porque el Yukon me insufló torbellinos de luz en el alma, despertó en mi ánimo un nuevo anhelo de gozar de la existencia y me devolvió el optimismo que la malaria contraída en el Amazonas me había arrebatado y que a duras penas había logrado recuperar en una pequeña parte. Salté a la canoa del Yukon con la languidez y el decaimiento con que las secuelas del paludismo atenazaban mi espíritu. Y desembarqué trece días después pletórico de vida. Un río me había convertido en un pusilánime deprimido, y otro río, cuatro años más tarde, me devolvía la alegría de vivir.</p>
<p class="bodytext">Los seis compañeros del Yukon navegábamos nueve o diez horas al día en tres canoas, remando sin pausa salvo los cincuenta o sesenta minutos que nos concedíamos de descanso para el almuerzo del mediodía. Llovía a menudo por las tardes, pero seguíamos remando bajo la tormenta, humillados y encogidos dentro de nuestros empapados chubasqueros. Atracábamos para dormir en islas vacías de vegetación o en orillas boscosas. Atravesamos un peligroso lago, el Laberge, en donde se desatan súbitos temporales en los que el agua hierve y hay que buscar refugio en tierra a toda prisa para no naufragar. Cruzamos algunos rápidos y, en los que se conocen como los Five Fingers, mi compañero Pere Vilanova y yo volcamos y nos fuimos al agua. Por las noches, agotados tras tantas horas de usar el remo, aún debíamos descargar las barcas, preparar la cena, montar el campamento y encerrar en las cubas estancas los alimentos y los restos de la cena para que no acudieran los osos, animales con muy fino sentido del olfato. Vencidos por el cansancio, dormíamos como niños y ninguna noche pude escuchar el aullido del lobo, aunque me acostaba todas ellas con la esperanza de oírlo. Por las mañanas debíamos preparar el desayuno y luego recoger el campamento; y cargar las canoas, procurando equilibrar el peso de las vituallas y los equipajes para no volcar. Durante las primeras jornadas, me dolían los brazos y la espalda, pero más adelante mis músculos se fortalecieron, al tiempo que mi espíritu se llenaba de vigor. En aquellos trece días inolvidables entre Whitehorse y Dawson City, orgullosos de nuestro esfuerzo y de nuestra voluntad, recorrimos un total de setecientos cincuenta kilómetros de río. Para mí fue una ducha de juventud. En el camino cumplí sesenta y dos años.</p>
<p class="bodytext">Recuerdo el momento en que Jaime Barrallo, jefe y guía del grupo, nos explicó en la orilla del río, poco antes de la partida, cómo se rema en canoa. No lo había hecho en mi vida y, al dar la primera palada en el agua y comenzar el viaje, me dije mentalmente lo que tantas veces se dicen los viajeros en lugares y circunstancias distintas: “¿Y qué demonios se te ha perdido aquí?”</p>
<p class="bodytext">Pero el viaje empezó mucho antes y terminó mucho después de aquellos días de navegación en canoa. Mi intención era llegar al río siguiendo el recorrido que el joven Jack London y otros miles de buscadores de oro realizaron en 1897, algunos navegando desde las ciudades de San Francisco y Seattle, y otros desde la más cercana de Vancouver, hasta alcanzar Alaska a través de los peligrosos estrechos y canales del Inside Passage, el Paso del Interior, que recorre las costas de la provincia canadiense de la Columbia Británica. Cruzar luego, como ellos hicieron, los pasos de montaña que llevan a los lagos en donde nace el Yukon, ya en Canadá, descender desde allí a la ciudad de Whitehorse y seguir río abajo hasta Dawson City, la urbe que era el destino de aquella carrera de miles de hombres y mujeres acometidos por la fiebre del oro.</p>
<p class="bodytext">Sin embargo, yo no pretendía que el viaje concluyese en Dawson, sino que quería continuar en pos de las huellas de London, quien, tras fracasar en su búsqueda de oro, decidió regresar a Estados Unidos en 1898. No lo hizo volviendo sobre sus pasos, esto es, río arriba, sino en sentido contrario, río abajo, recorriendo con su barca una distancia superior a los dos mil trescientos kilómetros por los territorios salvajes de Alaska, hasta llegar al puerto de Saint Michael, en el mar de Bering, cerca del delta que forma la desembocadura del Yukon, a más de tres mil doscientos kilómetros de su nacimiento. Fue en ese puerto en donde London tomó un barco de regreso al sur, abandonando para siempre Canadá y Alaska.</p>
<p class="bodytext">Pero ya que iba a andar por aquellas lejanas latitudes, ¿por qué no ir a otros lugares?, me dije mientras planeaba mi viaje. De modo que pensé que podía intentar acercarme hasta Nome, en el noroeste de Alaska, en donde se produjeron los últimos descubrimientos de oro en Estados Unidos, y bajar desde allí al sur del estado, para disfrutar unos días de la naturaleza antes de regresar a Canadá. Y en fin, en este último tramo del viaje, tal vez podía recorrer en tren el sur canadiense, de Vancouver a Quebec, buscar allí un carguero para salir navegando por el río San Lorenzo hacia el Atlántico Norte y cruzar el océano hasta Europa.</p>
<p class="bodytext">Y así lo hice.</p>
<p class="bodytext">No obstante, el viaje que aquí se cuenta comenzó cuando yo era un niño y leía las historias de Jack London referidas a los buscadores de oro del río Klondike, aventuras que yo soñaba con emular. La historia real de aquella epopeya comenzó así:</p>
<p class="bodytext">El 14 de julio de 1897 llegaba a los muelles de San Francisco el buque Excelsior, y tres días más tarde, el 17, atracaba en el puerto de Seattle el Portland. Ambos barcos venían desde el puerto de Saint Michael, en Alaska, y traían a bordo, cada uno de ellos, varias decenas de hombres que, durante el final del invierno y la primavera de 1897, habían permanecido extrayendo oro del río Klondike y sus pequeños afluentes. El Klondike es un tributario del gran Yukon, cuyas aguas se encuentran junto a Dawson City, una pequeña localidad fundada aquel mismo invierno del 97 por los buscadores del codiciado metal.</p>
<p class="bodytext">Las escenas fueron muy similares en los dos puertos. La multitud abarrotaba los muelles y lanzaba “hurras” a aquellos hombres barbudos y casi harapientos que gritaban a su vez “¡Oro, oro!”, mientras mostraban sus sacos repletos de pepitas y polvo dorado. La policía, armada con rifles, tuvo que abrir paso a los buscadores para que lograsen llevar sus fortunas sin percance a los establecimientos bancarios.</p>
<p class="bodytext">En los días siguientes, los periódicos publicaron las cifras de la carga que traían los mineros: el Portland transportaba casi dos toneladas de oro, mientras que en el Excelsior viajaba una cantidad algo menor. Se hizo famoso un tal Tom Lobby, viajero del Excelsior; mientras descendía a tierra por la pasarela, abrió su abrigo y mostró los sacos cosidos a su forro: llevaba cincuenta mil dólares en oro puro, una verdadera fortuna si se tiene en cuenta que, en aquella época, el alquiler de un apartamento grande costaba cinco dólares al mes, una comida caliente salía a veinticinco céntimos de dólar y por cuarenta céntimos podía comprarse un cuarto del mejor whisky de Kentucky.</p>
<p class="bodytext">El mundo entero fue sacudido por la noticia. Y para primeros de septiembre, cerca de diez mil personas habían embarcado en Seattle y San Francisco camino de Vancouver y del Paso del Interior, rumbo al lejano Yukon, una marea humana proveniente de Europa, Oceanía, Asia y de toda América –pero en particular y sobre todo de Estados Unidos–, que un periodista bautizó con tino como la “estampida del Klondike”.</p>
<p class="bodytext">Viajaban buscavidas, jóvenes aristócratas europeos ávidos de nuevas experiencias, hombres de negocios y comerciantes arruinados, delincuentes recién salidos de prisión, funcionarios aburridos, banqueros, prostitutas, periodistas, taberneros, músicos, bailarinas, escritores y todo un universo variopinto de personas atacadas de “klondikitis”. ¿Era sólo el oro lo que les atraía?</p>
<p class="bodytext">Antes del Klondike se habían encontrado yacimientos muy importantes, incluso mucho mayores, en varias partes del mundo, como en California, Australia o Sudáfrica. Pero ninguno desató, en tan corto espacio de tiempo, una estampida semejante a la que se movió como un ejército de voraces termitas rumbo a los territorios del Yukon, a causa de las noticias que publicaron los periódicos, en las que se prometía oro en abundancia para cualquiera que se atraviese a llevar a cabo el penoso viaje.</p>
<p class="bodytext">Uno de los historiadores del Gold Rush, Karl Gurke, señala:</p>
<p class="bodytext"><em>Aquello fue un verdadero acontecimiento mediático, pues casi todas las personas que accedieron al Klondike lo hicieron porque habían leído algo en los periódicos. La cobertura mediática era muy importante. Una gran cantidad de historias aparecían cada día en los periódicos del mundo entero y ello alimentaba la carrera hacia el Klondike. Junto con los buscadores de oro que viajaban hacia el Gran Norte, iban muchos periodistas que enviaban sus historias para los lectores que permanecían en sus casas. Y viajaban también muchos fotógrafos profesionales y también aficionados. En esa época, Kodak y otros fabricantes acababan de inventar aparatos y películas para el gran público. Cualquiera podía ya tomar su propia foto, sin tener que permanecer inmóvil durante varios segundos con la cabeza dentro de la oscuridad de una bolsa de tela negra y la cámara colocada sobre un trípode.</em></p>
<p class="bodytext">Al contrario que en los hallazgos anteriores de oro, la prensa vivía la plenitud del que se bautizó como “periodismo amarillo”, esto es, el periodismo sensacionalista. Los gigantes de aquella época de la prensa eran John Gordon Bennet, Joseph Pulitzer y Randolph William Hearst, que se disputaban con cierta histeria, y a golpe de talonario, un nuevo mercado. Gordon Bennet había logrado años antes una gran exclusiva cuando su reportero Henry Stanley encontró en el corazón de África al famoso misionero-explorador escocés David Livingstone, mientras el mundo lo daba ya por perdido. Hearst sería, en febrero de 1898, poco después de desatarse el Gold Rush, el animador de la guerra entre Estados Unidos y España en la isla de Cuba.</p>
<p class="bodytext">Cuando el Excelsior llegó al puerto de San Francisco, los periódicos de Hearst, el Examiner, de la misma ciudad, y el Journal de Nueva York, apenas dieron unas pocas líneas sobre la noticia, mientras que Gordon Bennet consiguió comprar la crónica del diario de San Francisco The Call, enviarla por telégrafo a Nueva York y dar la exclusiva en su The New York Herald. Hearst enfureció. Y su furor se multiplicó aún más cuando un periódico de Seattle, el Post-Intelligencer, envió a bordo del segundo barco que venía de Alaska, el Portland, un equipo de reporteros, antes de que el barco arribase a la ciudad, para que subieran a bordo y escribieran un reportaje. Cuando el Portland atracó en el puerto, los periodistas habían telegrafiado sus crónicas y el periódico ya estaba en la calle. Su primera página decía: “¡ORO, ORO, ORO! 68 HOMBRES RICOS EN EL VAPOR PORTLAND. ¡MONTONES DE METAL AMARILLO!” La crónica de su reportero Beriah Brown comenzaba así: “A las tres de esta mañana, el vapor Portland, viniendo de Saint Michael a Seattle, cruzó el estrecho con más de una tonelada de oro sólido a bordo…”. Brown sabía que, dando como noticia el peso del oro en lugar de su valor, resultaba mucho más llamativo para el público. La expresión “una tonelada de oro” se reprodujo en los periódicos de medio mundo. Y aunque su rival, The Seattle Times, redujo con prudencia el peso a media tonelada, el cálculo de Brown resultó corto: eran casi dos.</p>
<p class="bodytext">Hearst, el magnate en el que se inspiró Orson Welles para su Ciudadano Kane, no podía quedarse cruzado de brazos. Y de inmediato preparó un equipo de cinco reporteros para que se desplazasen al Klondike, con la orden de exagerar la importancia del yacimiento y abundar en la idea de que era sencillo para la gente hacerse rica de pronto. Los otros grandes periódicos le imitaron y despacharon sus enviados especiales. Y a pesar de que, en agosto, un mes después del arribo de los barcos, el secretario de Interior de EE.UU. y su colega canadiense advirtieron de los peligros que suponía ir al territorio del Yukon ante la proximidad del invierno, los periodistas de Hearst y de otros diarios convencieron a la opinión pública de que el viaje no era tan dificultoso y podía realizarse con relativa facilidad. Ese mes, veintinco vapores y barcos de vela navegaban cargados de mineros hacia las costas de Alaska y otros cuantos se preparaban para zarpar de inmediato. Para el primer día de septiembre, cerca de diez mil personas se habían embarcado en Seattle y San Francisco en pos de la fortuna.</p>
<p class="bodytext">En realidad, en buena parte, aquello fue un espejismo, tal y como tituló Chaplin la película que realizó sobre el Gold Rush, “La quimera del oro”. De las casi cien mil personas que, entre 1897 y 1899, intentaron llegar al Klondike, sólo lograron alcanzarlo unas treinta mil. Muchos de los viajeros perdieron la vida, unos cuatro mil encontraron algo de oro y sólo unos pocos cientos se hicieron ricos. Lo cierto es que la mayor parte de los tramos de los arroyos auríferos del Klondike tenían ya concesionario cuando las noticias del hallazgo llegaron a Seattle y San Francisco y, desde allí, al mundo entero. La inmensa mayoría de quienes viajaron en las semanas y meses siguientes a la llegada de dos barcos repletos de oro a la costa Oeste de Estados Unidos lo hicieron en vano. No sólo no ganaron nada, sino que perdieron casi todo cuanto poseían. Pero eso no le resta un ápice de grandeza y vesania a la epopeya.</p>
<p class="bodytext">Y esa loca epopeya tuvo un escenario: parte del curso de un río que, desde su nacimiento en los lagos canadienses Lindeman y Bennet, hasta su salida al mar de Bering, recorre alrededor de tres mil doscientos kilómetros, un coloso fluvial que nace a cincuenta y cinco kilómetros del Pacífico, se interna hacia el norte formando una cuenca de casi un millón de kilómetros cuadrados, llega a alcanzar una anchura de casi cincuenta kilómetros en la región de los Yukon Flats, cruza la línea de Ártico, regresa luego hacia el sur camino del mar de Bering, alcanza un delta de unos ciento cincuenta kilómetros de anchura formado por multitud de canales inextricables y arroja al océano 6.500 metros cúbicos de agua por segundo. Durante 210 días de cada año, entre mediados de octubre y mediados de mayo, se hiela por completo, y la ruptura de sus hielos constituye uno de los más imponentes espectáculos que ofrece la naturaleza. En su cuenca, comprendidas las ciudades de Whitehorse y Dawson City, habitan poco más de veintitrés mil personas.</p>
<p class="bodytext">Por fortuna, uno de aquellos buscadores, que quedó atrapado por el invierno en una cabaña de las orillas del Yukon, un centenar de kilómetros río arriba antes de Dawson City, dedicó su tiempo a oír y memorizar las historias que traían los viajeros sobre animales salvajes y perros que se asilvestraban, cazadores de lobos y de osos, buscadores de oro, comerciantes de pieles, indios salvajes y aventureros locos. Años después, aquel muchacho que de niño, antes de ir al Yukon, leía las novelas de Flaubert, Kipling y Twain en la biblioteca de Oakland, convertiría las historias escuchadas en su cabaña del río en espléndidas narraciones que llenaron los sueños de aventura de generaciones de niños y de hombres.</p>
<p class="bodytext">Jack London era un joven de veintiún años aquel mes de julio de 1897, pero poseía la experiencia de alguien que tuviera tres veces su edad. Había nacido en enero de 1876 en San Francisco, hijo natural de Florence Wellman, una mujer inestable aficionada al espiritismo, y de William Chaney, un astrólogo charlatán que recorría California predicien-Dyea en 1897. do el futuro y haciendo horóscopos. Poco después del nacimiento de Jack, William Chaney se marchó para siempre, y unos meses más tarde Florence conoció a John Griffith London, un veterano de la guerra de Secesión, viudo y con dos hijas, Eliza e Ida, mayores que Jack. Florence y John se casaron y éste trató al chico desde el principio como si fuera su propio hijo, al tiempo que la hermanastra Eliza se convirtió para él en una sustituta de su madre, pues la inestable Florence jamás dio muestras de cariño hacia el futuro escritor.</p>
<p class="bodytext">John London se dedicó a la agricultura y tuvo un cierto éxito. Pero en los años siguientes, por capricho de Florence, la familia se trasladó primero a la pequeña localidad de Oakland, de nuevo regresó a San Francisco y, finalmente, otra vez a Oakland. En ese ir y venir, los proyectos de John entraron en bancarrota y el matrimonio y los tres hijos hubieron de quedarse a vivir en la parte más pobre de la población, en West Oakland, sobre la bahía de San Francisco, una comunidad habitada mayoritariamente por emigrantes y chinos explotados como mano de obra barata. En los muelles de la zona, los delincuentes tenían mayor poder que la policía, y las peleas, el alcohol y las prostitutas eran las principales fuentes de diversión y placer para los jóvenes. Cada semana, West Oakland ofrecía una amplia nómina de muertes violentas.</p>
<p class="bodytext">Jack tenía catorce años cuando tuvo que ponerse a trabajar en una fábrica de conservas para llevar algo de dinero a casa. Comenzó a visitar los muelles y se aficionó al whisky. Su padrastro sufrió entonces un accidente que le dejó incapacitado para trabajar y a causa del cual murió dos años después, lo que convirtió a Jack en “el hombre de la casa”. Harto de ser explotado y ganar una miseria en la fábrica, pidió dinero prestado, compró una balandra, la Razzle Dazzle, un pequeño velero de un solo palo, y se dedicó al lucrativo negocio de robar ostras de los criaderos y venderlas en los hoteles y en las tabernas. Sólo en una noche actuando como “pirata de ostras” –así se denominaba a quienes se dedicaban al hurto de estos moluscos– ganaba lo que en un mes en la conservera. Pagó su deuda, comenzó a llevar a su madre cantidades de dinero suficientes para mantener a la familia con holgura y siguió visitando las tabernas y bebiendo hasta perder la conciencia. En ese tiempo practicó por primera vez el sexo con una prostituta que se llamaba Mammie. En aquel mundo de asesinatos, peleas a cuchillo, sexo comprado y alcoholismo, Jack se movía como pez en el agua. Y pese a su frenética actividad como ladrón y juerguista, jugándose cada noche la vida si era sorprendido por los guardias de los criaderos de ostras, seguía sacando tiempo para leer con voracidad en la biblioteca de la población.</p>
<p class="bodytext">Pero el muchacho no quería ser un ladrón y, a los pocos meses de iniciar su carrera de “pirata de ostras”, se pasó de bando y comenzó a trabajar para la Patrulla de Pesca de la policía. No ganaba tanto, pero tenía un trabajo honrado. Siguió, no obstante, emborrachándose cada día en las tabernas del puerto y acabó cayendo en el alcoholismo. Durante toda su existencia arrastraría la dependencia de la bebida, que a la postre sería una de las causas de su temprana muerte. Ese camino de ida sin retorno hacia los abismos del alcohol lo recogió en su novela “John Barbelycorn”, en buena parte autobiográfica.</p>
<p class="bodytext">Fue al cumplir los diecisiete años cuando decidió terminar con aquella manera de vivir que, como escribió años después, “me llevaba a la muerte demasiado pronto para mi juventud y vitalidad”. Y se dio cuenta de que “solamente había una manera de escapar de esa peligrosa forma de vida: saliendo de ella”. Más tarde se enroló como remero de una de las barcas que llevaba la goleta Sophia Sutherland para la caza de focas. La tripulación la formaban veintidós hombres y la nave pesaba ochenta toneladas. Entre las pocas pertenencias con que embarcó se contaban algunos libros de Twain, el Madame Bovary de Flaubert, y una edición de Ana Karenina, de Tolstoi. Durante los ocho meses que duró el viaje, cazó focas en el mar de Bering hasta que las bodegas del Sophia Sutherland se llenaron y, en una curiosa derrota de la nave, pisó por dos veces tierra en Japón, una en el viaje de ida y otra en el de vuelta. Regresó a Oakland en agosto de 1893. Sus recuerdos de aquellas terribles matanzas de animales los reflejó años más tarde en su novela “El lobo de mar”.</p>
<p class="bodytext">De nuevo, la pobreza le cercaba. Trabajó en una fábrica de yute y más tarde paleando carbón en una central eléctrica. Pero lo dejó todo para alistarse a la marcha del “ejército” de Jacob Coxey, un tipo algo mesiánico que lanzó la idea, cuando el país se encontraba en plena crisis industrial y sumido en una honda depresión económica, de organizar marchas de trabajadores en paro desde todos los puntos de la Unión con el fin de llegar a Washington y exigir justicia. London viajó como polizón en trenes de mercancías, y a menudo a pie. Coxey había movilizado a miles de hombres, pero antes de la fecha prevista para llegar a Washington, a finales de abril de 1894, la mayoría de los integrantes de la marcha se habían vuelto a sus casas o quedado en el camino y tan sólo quedaban cuatrocientos de aquel ejército de desharrapados, entre ellos Jack.</p>
<p class="bodytext">Coxey trató de entregar al Congreso una carta en la que solicitaba que se creasen puestos de trabajo para los parados del país con la construcción de caminos, pero la policía le arrestó, acusándole del delito de pisar el césped del Capitolio. Y los integrantes de la marcha se disolvieron y emprendieron el regreso a sus hogares, cada uno como buenamente pudo.</p>
<p class="bodytext">Jack fue detenido por vagabundo y pasó un mes en prisión. Cuando llegó de nuevo a Oakland, siguió desempeñando empleos de mala muerte, pero lograba sacar tiempo para leer todo cuanto encontraba a mano, sobre todo textos de Nietzsche, Darwin y Spencer. Uno de los libros que le impresionó con mayor hondura fue el Manifiesto Comunista, de Carlos Marx. De inmediato adoptó las ideas revolucionarias. A partir de entonces, y durante toda su vida, se manifestaría como un ardoroso socialista.</p>
<p class="bodytext">Después de un paso fugaz por la universidad de Berkeley, intentó salir adelante escribiendo ensayos, cuentos y poemas para las revistas especializadas, pero no logró que le publicasen nada. No le quedó otra salida que entrar a trabajar en la lavandería de una escuela militar, en donde, por un sueldo miserable, planchaba y almidonaba ropa durante diez horas diarias.</p>
<p class="bodytext">Y llegó julio. Y dos barcos arribaron a San Francisco y Seattle cargados de oro. Y se desató la “estampida” hacia el Yukon. Y Jack London decidió unirse de inmediato a una de las más enloquecidas aventuras colectivas de la historia humana. Era una aventura, por otra parte, muy a la medida de los Estados Unidos de aquel tiempo, en que algunos visionarios convocaban a la nación a lo que se conoció como el de Destino Manifiesto: convertir al país en la primera potencia de la Tierra, la nación escogida por Dios para dirigir el mundo.</p>
<p class="bodytext">Estados Unidos crecía sobre los pilares de unos principios que aún palpitan en la base de su fundación: el reto de la voluntad, la lucha física contra lo que parece imposible de lograr, la rendición de la naturaleza a los pies del hombre…, esto es: una locura que ahora se digiría hacia su última frontera, la de Alaska, para trazar el último capítulo de la épica de la Conquista del Oeste.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/siguiendo-mitos-buscando-la-aventura/">Siguiendo mitos, buscando la aventura.</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Los secretos del Orinoco. Humboldt y el descubrimiento ilustrado del río. De Miguel Ángel Puig-Samper</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-secretos-del-orinoco-humboldt-y-el-descubrimiento-ilustrado-del-rio-de-miguel-angel-puig-samper/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:04:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 34]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El 6 de mayo de 1859 dejaba de existir una de las personalidades más fecundas pa-ra la Geografía y las Ciencias Naturales europeas, Alexander von Humboldt, en cuya inmensa obra [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">El 6 de mayo de 1859 dejaba de existir una de las personalidades más fecundas pa-ra la Geografía y las Ciencias Naturales europeas, Alexander von Humboldt, en cuya inmensa obra encontramos también una dedicación especial a la geografía de los ríos, con un destacado papel en la confirma-ción de la conexión entre las cuencas de los ríos Orinoco y Amazonas, ya avanzada por algunos y negada por otros</p>
<p class="bodytext"><strong>LOS JESUITAS Y EL HALLAZGO DEL CAÑO CASIQUIARE</strong></p>
<p class="bodytext">La confluencia de la expansión portuguesa en la América Meridional hacia el oeste (entre otras cosas motivada por la búsqueda de materias primas y escla-vos para la plantación), con la instalación de los jesuitas en el Alto Orinoco, tuvo como consecuencia práctica el “descubrimiento” de la comunicación Orinoco-Amazonas a través del caño Casiquiare en la primera mitad del siglo XVIII. El padre jesuita Manuel Román había comunicado en 1742 al rey de España cómo unos portugueses del Gran Pará habían llegado por vía fluvial al Orinoco, entendiendo que un brazo de este río se comunicaba con el río Negro y éste con el Marañón o Amazonas. El mismo Román hizo un viaje en 1744 desde Carichana hacia el alto Orinoco, que confirmó la existencia de este paso natural entre estas dos grandes cuencas fluviales de América. Hacia el 14 de febrero Román y sus acompañantes se encontraron con un navío portugués de grandes proporciones en las cercanías del Atabapo, con cuyos ocupantes pudieron hablar y confirmar de nuevo que se trataba de hombres procedentes del río Negro. Invitado por los tripulantes de dicha embarcación, Manuel Román y tres indios –dos sálivas y un ature– navegaron unos cuarenta días hasta la residencia de los portugueses en el campo de esclavos de Mariuá, confirmando a su vuelta la comunicación fluvial por el Casiquiare, un descubrimiento que sería divulgado por Charles La Condamine a su vuelta a Europa, pero negado poco después por otro jesuita, el padre Gumilla.</p>
<p class="bodytext">Efectivamente, Joseph Gumilla, misionero de la Compañía de Jesús, publicaba en 1745 su obra El Ori<br />
noco Ilustrado, y defendido, Historia Natural, civil, y geograhica de este gran río y sus caudalosas vertientes. Gobierno, usos, y costumbres de los indios,…, en la que negaba la comunicación interfluvial entre el Orinoco y el Amazonas, con las siguientes palabras:</p>
<p class="bodytext">“Y así quede fixo, que ni del río Marañón, Orellana, Amazonas, Apurimac, que es un solo río con muchos nombres: ni del río Negro entra, ni hay paso por donen mi Plan del Orinoco,…”.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA EXPEDICIÓN DE LÍMITES AL ORINOCO</strong></p>
<p class="bodytext">A mediados del siglo XVIII, la tensión provocada por el choque entre españoles y portugueses, una vez desbordada la línea de Tordesillas que les separaba, estaba a punto de provocar un serio conflicto en el área sudamericana. La política exterior de Fernando VI, encabezada por su ministro Carvajal, intentó resolver el problema con la firma, en 1750, del tratado de Madrid, por el que se reconocían, aunque de forma imprecisa, las posesiones españolas y portuguesas en la América meridional:</p>
<p class="bodytext">“Por lo que mira a la cumbre de la cordillera que ha de servir de raya entre el Marañón y el Orinoco, pertenecerán a España todas las vertientes que caigan al Orinoco y a Portugal las que caigan al Marañón o Amazonas.”</p>
<p class="bodytext">Esta imprecisión obligaba a ambas potencias al envío de comisiones demarcadoras, tal como preveía el artículo 22, capaces de fijar las líneas de frontera. Para efectuar los estudios de la línea de demarcación en el norte, se envió la conocida expedición al Orinoco, al mando del capitán de navío José de Iturriaga, hombre de reconocida experiencia en Venezuela por haber sido director de la Compañía Guipuzcoana. Además, se nombraron comisarios de la expedición a Eugenio Alvarado, hijo de un antiguo gobernador de Popayán, al teniente de navío Antonio de Urrutia y al alférez de navío José Solano.</p>
<p class="bodytext">En el equipo humano de esta expedición al Orinoco hay que destacar que, junto a los cartógrafos, instrumentarios, cirujanos, etc., se incluyó un interesante grupo de naturalistas –Condal y Paltor– y dibujantes científicos –Castel y Carmona– dirigidos por P. Löfling, botánico sueco discípulo de Linneo. No hay que olvidar que, aunque la expedición tenía como objetivos esenciales la fijación de límites, la lucha contra el contrabando y la contención de los holandeses, el gobierno español –ilustrado y reformista– ya mostraba un interés especial por el estudio de la naturaleza de sus territorios, tanto por su interés estratégico y comercial –quina, canela y cacao– como por el estrictamente científico, tal como se recoge en las Instrucciones:</p>
<p class="bodytext">“Que los comisarios geógrafos y demás personas inteligentes de las tres tropas vayan apuntado los rumbos y distancias de sus derrotas, las calidades naturales de los países, sus habitadores y costumbres que tienen, los animales, ríos, lagunas, montes y demás cosas dignas de saberse… no sólo por los que pertenece a la demarcación de la raya y geografía del país sino… también por lo que puede conducir para el adelantamiento de las ciencias… progreso de la historia natuprogreso de la historia natu-ral y las observaciones físicas y astronómicas.”La expedición de Iturriaga llegó el 9 de abril de 1754 a Cumaná, punto de partida desde el que debían dirigirse hacia el sur en busca de los portu-gueses, con lo que debían reunirse en las inmediaciones del río Negro. Las dificultades iniciales, planteadas entre otras cosas por el enfrentamiento del gobernador de Cumaná con Iturriaga, hicieron que éste permaneciera inmó-vil durante un año, para dirigirse posteriormente a Trinidad, lugar en el que ya se encontraba Solano, en tanto que Alvarado exploraba Guayana y Urrutia cartografiaba la costa.Más tarde, Iturriaga y Solano se dirigieron a las misiones del Caroní, zona en la que falleció, en 1756, el botánico Löfling y desertaron sus ayudantes, con lo que los trabajos de historia natural quedaron en gran medida inte-rrumpidos. Los frutos científicos de esta expedición fueron multitud de dibujos y descripciones botánicas –que constituyen la Flora Cumanensis, después publicada parcialmente por Linneo junto a descripciones de flora ibérica en el Iter Hispanicum–, así como descripciones zoológicas aún no bien estudiadas, entre las que sobresale una Ichtyologia Orinocensis, y una Materia Médica de aquellas regiones, todas ellas manuscritas tras el fallecimiento de Löfling en San Antonio del Caroní en febrero de 1756 y la huida de sus ayudantes. Fue el primer intento de la corona española de hacer el inventario de los recursos naturales americanos con presupuestos linneanos.</p>
<p class="bodytext">La actividad de los expedicionarios aumentó de forma considerable tras el nombramiento como cuarto comisario de Diguja, gobernador de Cumaná y Guayana. Entre 1758 y 1760 se producen las exploraciones más detalladas del territorio, se fundan pueblos –como San Fernando y San Carlos–, y tienen lugar los viajes de Díez de la Fuente, hacia el nacimiento del Orinoco, y de Fernández de Bobadilla al río Negro. El contacto con los portugueses se produjo en 1759, cuando ya sus fuerzas expedicionarias estaban prácticamente desintegradas y su comisario Mendonça Furtado se retiraba enfermo, por lo que Iturriaga decidió esperar al nombramiento de un nuevo responsable portugués.</p>
<p class="bodytext">En junio de 1760 el secretario de Estado, Wall, ordenó la finalización de la expedición, por lo que la mayoría de los miembros de las distintas partidas inició el regreso a España en la primavera de 1761, aunque Iturriaga permaneció en el Orinoco como comandante general de poblaciones y Solano volvió poco después como gobernador y capitán general de Venezuela.</p>
<p class="bodytext"><strong>FRANCISCO REQUENA Y LA EXPLORACIÓN DEL AMAZONAS</strong></p>
<p class="bodytext">Tras unos años de conflictos continuos en las fronteras hispano-lusitanas, fruto del fracaso del Tratado de Límites de 1750, en 1777 las autoridades españolas, representadas por el conde de Floridablanca, y portuguesas, en cuyo nombre actuaba el ministro Francisco Inocencio de Sousa Countinho, firmaron un nuevo tratado de Límites, para sus posesiones en América y Asia, en San Ildefonso. Parte del articulado hacía referencia a la frontera amazónica de los dos estados imperiales, salvaguardando los establecimientos portugueses en los ríos Japurá y Negro y los españoles en el Orinoco, así como la comunicación interfluvial.</p>
<p class="bodytext">Como ya había sucedido antes, la responsabilidad de fijar las líneas divisorias recayó en unas Comisiones, que en el caso español dispuso de cuatro Partidas.<br />
La cuarta fue precisamente la Comisión del Marañón, organizada en 1778, que quedó al mando del brigadier de ingenieros Francisco de Requena (1743-1824), quien partió en 1780 de Quito con rumbo al Amazonas donde se reunió con los portugueses en la localidad de Tabatinga, un año después. Las comisiones ini-ciaron sus labores en 1782 desde la localidad de Tefé, especialmente para hacer demarcaciones en el río Japurá. Requena llegó hasta la boca del Apaporis y el río de los Engaños o Yarí, pero nunca llegó a resolverse el problema de la dis-puta de la boca occidental del Japurá y la comunicación con el río Negro, por lo que Requena dio por finalizada su comisión en 1791, volviendo a la gobernación de Mainas, y dos años más tarde regresó a España, donde llegó a ser miembro del Consejo de Indias y del Consejo de Estado. Se conserva una colección de acuarelas de esta Comisión en la Universidad Católica de Washington (Bibliote-ca Oliveira Lima), sin firma conocida, aunque sabemos que Requena alude mu-chas veces al dibujante José Anselmo Cartagena. Este dibujante nos muestra las balsas del río Guayaquil, más conocidas posteriormente por un dibujo similar en la obra de Humboldt, un dibujo donde se explica cómo hacer una embarcación en la selva abriendo el tronco de los árboles, así como una serie de vistas en las que podemos contemplar las luchas de las partidas con los indios amazónicos, la forma de pescar de éstos, los distintos tipos de embarcaciones, las mediciones de los ingenieros y matemáticos, los raudales o incluso al propio Requena hablando con los indígenas a través de un intérprete. En fin, una joya para entender cómo se movían y vivían los expedicionarios en esta región amazónica en pleno siglo XVIII.</p>
<p class="bodytext"><strong>DEL ORINOCO AL AMAZONAS. LA EXPLORACIÓN DE HUMBOLDT</strong></p>
<p class="bodytext">Unos años después aparecerían en la misma escena dos viajeros científicos que cambiaron la imagen de América en Europa y que confirmaron con medidas exactas la situación del río Orinoco y su comunicación con la cuenca amazónica a través del caño Casiquiare: Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland. Como ellos mismos relataron en un pequeño informe dirigido al presidente norteamaricano Jefferson, visitaron en 1799 y en 1800 la costa de Paria, las misiones de los indios chaymas, las provincias de Nueva Andalucía, de Nueva Barcelona, de Venezuela y de la Guayana española. En enero de 1800 salieron de Caracas en dirección a los bellos valles de Aragua. Desde Portocabello atravesaron al sur las inmensas planicies de Calabozo, del Apure y del Orinoco, los Llanos. Humboldt describía que por estos parajes se viajaba como en toda la América española, excepto en México, a caballo y que podían pasar días enteros en los que uno no veía ni una huella de colonización.</p>
<p class="bodytext">En San Fernando de Apure en la provincia de Barinas, Humboldt y Bonpland comenzaron esta fatigosa navegación de casi 1000 millas náuticas realizada en canoas y levantaron el mapa del país con la ayuda de relojes de longitud, de los satélites de Júpiter y de las distancias lunares. Descendieron el río Apure, remontaron el río Orinoco, pasando los cé-lebres raudales de Maipures y Atures, hasta la boca del Guaviare.</p>
<p class="bodytext">Desde esta embocadura subieron, acompañados por los españoles Nicolás Soto y el padre Bernardo Zea, por los pequeños ríos Atabapo, Tuamini y Temi, y de la misión de Yavitá cruzaron por tierra a las fuentes del famoso río Negro, que La Condamine vio en su desembocadura en el Amazonas y que él nombró mar de agua dulce. Una treintena de indios llevaron las canoas por los bosques al caño de Pimichín. Según nos relata Humboldt, por este pequeño río llegaron al río Negro que bajaron hasta San Carlos. Desde la fortaleza de San Carlos del Río Negro, Humboldt remontó hacia el norte por el río Negro y el Casiquiare al Orinoco y encima de éste hasta el volcán Duida o a la misión de Esmeralda, cerca de las fuentes del Orinoco, a las que era prácticamente imposible llegar por la defensa que hacían los indios Guaicas, una raza de hombres casi pigmea, muy blanca y extremadamente guerrera, que de hecho retrasaron la localización de dichas fuentes del Orinoco hasta 1951, fecha en la que se encontraron en el llamado Cerro Delgado Chalbaud, a 63º 15’ O y 2º 18’ N, y a una altitud de 1.100 metros, con la participación de dos españoles: José María Cruxent y Félix Cardona Puig.</p>
<p class="bodytext">Desde Esmeralda, Humboldt y Bonpland bajaron con las aguas crecidas todo el Orinoco hasta su delta en Santo Tomé de Guayana o Angostura. Según el mismo relato del sabio prusiano, durante la larga duración de esta navegación estuvieron expuestos a un sufrimiento continuo por la falta de alimentos y de abrigo, a las lluvias nocturnas, a la vida en la selva, a los mosquitos y una infinidad de otros insectos que picaban, a la imposibilidad de bañarse debido a la agresividad de los caimanes y de las pirañas y a los miasmas de un clima ardiente.</p>
<p class="bodytext">En el balance de este viaje de Humboldt y Bonpland por el Orinoco hay que destacar su reconocimiento científico del Casiquiare, la cartografía del Orinoco, Apure, Meta, Guaviare y Caura, el descubrimiento de nuevas especies animales y vegetales, su análisis de las sustancias utilizadas para curar y matar en la selva, entre las que destaca el famoso curare, y sus observaciones antropológicas de los indígenas, como los otomacos, jugadores de pelota y comedores de bolas de tierra, y las de algunas tribus extintas como las autoras de los petroglifos que pudieron observar a lo largo de su viaje o la de los atures de la cueva de Ataruipe, cuya lengua se conservaba según un relato fantástico recogido por Humboldt solo en un famoso loro que dio lugar a una poesía de su amigo Ernst Curtius, que entre otras cosas decía:</p>
<p class="bodytext">“En las soledades del Orinoco vive un loro viejo, frío e inmóvil, como si fuera su propia imagen tallada en la piedra…Y los atures murieron, libres y orgullosos como habían vivido; los verdes cañaverales de la orilla, ocultan lo que queda aún de su raza.</p>
<p class="bodytext">Allí gime en señal de duelo el loro, único que ha sobrevivido a los atures; aguza su pico en las piedras y hace resonar el aire con sus gritos…</p>
<p class="bodytext">Nadie ha visto sin estremecerse el loro de los atures”.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-secretos-del-orinoco-humboldt-y-el-descubrimiento-ilustrado-del-rio-de-miguel-angel-puig-samper/">Los secretos del Orinoco. Humboldt y el descubrimiento ilustrado del río. De Miguel Ángel Puig-Samper</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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