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	<title>Boletín 36 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 36 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La Expedición de Bernardo de Aldana a Hungría</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:10:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 36]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Fernando Escribano Martín Boletín 36Sociedad Geográfica Española En 1548, el Mariscal de campo Bernardo de Aldana realizó un viaje a Hungría del que queda constancia en un manuscrito que [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-expedicion-de-bernardo-de-aldana-a-hungria/">La Expedición de Bernardo de Aldana a Hungría</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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<p><strong>Texto: Fernando Escribano Martín<br></strong></p>



<p>Boletín 36<br>Sociedad Geográfica Española<br><br>En 1548, el Mariscal de campo Bernardo de Aldana realizó un viaje a Hungría del que queda constancia en un manuscrito que se conserva en un códice de la Biblioteca de El Escorial, realizado pocos años depués. El texto, sólo editado hasta ahora de forma parcial en el siglo XIX, es un testimonio único de su época y de la zona en la que se desarrollaron los acontecimientos.</p>



<p>Hubo un tiempo en el que españoles y húngaros tuvieron mucho en común; entre otras cosas, un emperador y los mismos intereses políticos. Por ello no es raro que hubiese muchos españoles, sobre todo militares, presentes en aquellos territorios de la Europa más oriental, lindando con otros territorios aún mas extensos en poder de los turcos, que controlaban gran parte del Mediterráneo. Hablamos de la frontera oriental del Imperio de Carlos, aunque deberíamos referirnos más concretamente a su hermano Fernando de Habsburgo, nacido en Alcalá de Henares en 1503, su lugarteniente en esta zona del imperio, Archiduque de Austria, Rey de Romanos (así llamaban al sucesor al Imperio) y futuro Emperador. Fue él, de hecho, quien construyó la obra política que se mantuvo hasta la Primera Guerra Mundial y también, desde la batalla de Mohács, 1526, rey de Hungría, en realidad uno de los dos que se nombraron. Era Fernando quien dirigía la política en esta zona del Imperio, el que negociaba y mejor comprendía a los príncipes protestantes, el que se enfrentaba al turco y el que negociaba con él, aunque todo lo hiciera en nombre de su hermano. Por eso, cuando en 1556 Carlos V rompió su herencia y legó la gestión y el trono imperial a Fernando, no se produjo ninguna disrupción en el gobierno. Este final del reinado e imperio de Carlos coincide en el tiempo con el final de la historia que se narra en el texto. No hay una relación directa, pero sí las hay indirectas, pues estamos hablando del final de una etapa, y lo que ocurrió en Hungría es parte de ese final. Para entenderlo, y para entender la presencia de un tercio español en Hungría luchando contra los turcos y contra los húngaros que no reconocían a Fernando como rey, hay que retrotraerse a 1526, a la batalla de Mohács.</p>



<p><strong>ESPAÑOLES EN HUNGRÍA</strong></p>



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<p>En 1526, Luis II de Hungría muere frente a los turcos en esta ciudad que era y es uno de los principales pasos del Danubio. Además del rey muere una parte importante de la nobleza húngara, y la batalla supone de hecho la toma y permanencia, con distintas fronteras, de los turcos en el país durante un siglo y medio. Luis II no tiene descendientes, por lo que, en función de los tratados matrimoniales firmados entre los Jagellones y los Habsburgo el reino pasa a ser de Fernando, casado con Ana de Bohemia y Hungría, hermana de Luis II. De forma paralela, otra Dieta elige a Szapolyai Janos (los húngaros nombran anteponiendo siempre el apellido) basándose en la tradición que impide que se entregue la Corona de San Esteban a un rey no húngaro. A partir de este hecho los acontecimientos se desarrollan en varios frentes: por un lado, Hungría se ha convertido en la tierra de frontera entre dos imperios, cada uno basado en una religión, aunque con situaciones internas y poderíos claramente diferenciados. Por otro, los húngaros pretenden recuperar la integridad de su territorio, y para eso se alían y establecen acuerdos con los dos reyes y con el Imperio turco que es el mayor poder en la zona. Fernando de Habsburgo es consciente de esta situación. Tiene un reino prácticamente ocupado una parte importante de sus nobles no le siguen y de hecho obedecen a un rey rival, pero él mantiene los intereses del Imperio germánico que no se puede permitir un enfrentamiento directo con el Imperio turco sin tener solucionados sus problemas internos y él es, además, el heredero al Imperio, y sus territorios patrimoniales (el archiducado de Austria, de donde provienen los Habsburgo) son los que hacen frontera ahora con los turcos. Cada paso tiene que ser medido, y cada estrategia juega parte de un juego de ajedrez donde los peones y los reyes están muy cerca.</p>
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<p>En 1548, con el peligro francés conjugado por la Paz de Crépy y la muerte de Francisco I, y la reciente batalla de Mühlberg donde se ha vencido a los protestantes, da la impresión de que se puede hacer frente al problema turco, y las continuas demandas de Fernando de ayuda son atendidas: el Tercio Viejo de Nápoles, comandado por el recién nombrado Maestre de Campo Bernardo de Aldana es enviado a Hungría. Es el inicio de la aventura que narra el texto.</p>



<p>El texto cuenta la aventura húngara de este tercio desde la llegada a Hungría hasta prácticamente tres años después, cuando el ataque turco sobre Lippa le hace abandonar la plaza, y es acusado de traición por Castaldo, su superior y enemigo. El juicio, que se celebra en 1556 por la Dieta de Hungría y del que sale absuelto y restablecido en su honor, no así en su hacienda, es el colofón del libro, y a mi juicio el que motiva el texto. Da la impresión de que alguien, no sabemos quién, muy cercano al mariscal y a la corte española, escribe el texto como exoneración del protagonista para el juicio o como demostración no sólo de su inocencia sino de los grandes servicios prestados al rey, de tal modo que se puede intuir no sólo esta intención en el texto, sino también una correlación con la documentación que se presenta en los juicios que se le realizan.<br><br><br><br><strong>LA FRONTERA ORIENTAL DEL IMPERIO</strong></p>



<p>Cuando analizamos la frontera oriental del Imperio, tenemos en cuenta el peligro turco, y calibramos la importancia de los apoyos que se recibió desde parte cristiana, donde tanto Francia, Venecia, el Papado o los príncipes protestantes jugaron esta baza para su enfrentamiento con los Habsburgo, que sentían este peligro como real, inminente e inmediato. Carlos mantenía la idea de atemperar este peligro y no despertarlo, Fernando por el contrario pretendía conjurarlo: al fin y al cabo ocupaba su reino y podía avanzar en cualquier momento sobre sus estados patrimoniales y sobre el Imperio que en esta parte él gestionaba. La partida geoestratégica se jugaba en varias cortes: Viena, Roma, Madrid, Estambul…pero el campo de batalla era Hungría, y aquí fue enviado el tercio de Aldana.</p>



<p>Si nos fijamos, ambos países, España y Hungría, fueron tierra de frontera y de batalla contra el Islam en periodos no tan lejanos en el tiempo, y la batalla contra el turco se daba en Hungría, en Berbería o se daría dos décadas después en Lepanto. El gran sultán, el que trata con menosprecio a Carlos porque le considera inferior, Solimán el Magnífico, muere en Hungría en 1566, en el cerco a la ciudad de Szigetvar, lo que da cuenta de la importancia del país como frente de batalla.</p>



<p>El territorio al que marcha el tercio es un país lejano, con costumbres, también en lo guerrero, muy distintas, y con un idioma difícil, que sin embargo viene sorprendentemente bien transcrito y utilizado con corrección, con una clara intención de ser exacto.</p>



<p>El texto es un testimonio de cómo funcionaba un tercio, cómo estaba estructurado, cómo se organizaba para la batalla, cómo se adaptaba al terreno, creaba sus defensas, y cómo aglutinaba e integraba las fuerzas auxiliares o aliadas bajo su mando para la batalla. A veces es una especie de cuaderno de bitácora donde se va anotando todo lo que acontece, los problemas, las soluciones, lo que se necesita y lo que se consigue, y siempre desde un punto de vista militar.<br></p>



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<p>Al ser un testimonio tan inmediato, nos hace partícipes de la impresión que causaba en los soldados españoles el país, cómo hacían la guerra, cómo vivían, las condiciones climáticas, la presencia del turco… y este “diario de guerra” no es frecuente, y menos para esta época. Los españoles, y Bernardo de Aldana a la cabeza, son especialistas en fortificaciones, y los soldados entienden esta actividad como parte de sus obligaciones y de la guerra en sí: al fin y al cabo mejora la defensa, evita bajas y garantiza la defensa de un territorio. Pero esta percepción contrasta con la de los húngaros, que en un primer momento se mofaban de esta actividad, hasta que vieron los resultados y se apuntaron y colaboraron en tales construcciones.</p>



<p>Los nobles húngaros no entienden combatir sin caballos, y menosprecian defender una fortificación pues entienden que es en campo abierto y montados como se da la verdadera batalla. Aldana tiene serios problemas para encerrar contingentes húngaros a defender una posición y para los húngaros, por contraste, es muy difícil entender que un noble (los españoles, italianos y alemanes lo hacen) combata como infante; lo consideran propio de otra clase social.</p>



<p>En el texto aparecen señalados y participando en los acontecimientos personajes que tendrán un importante papel en la historia de estas tierras. Aparece el emperador, Carlos, llamado el Cesar, como autoridad principal y a quien Aldana va a presentar sus respetos al inicio de la narración, también su hermano, Fernando de Habsburgo, quien comanda la política de la zona y quien será su sucesor. Aparece también Maximiliano, Rey de Bohemia, quien parece tomar después el mando de las operaciones, futuro emperador también. Por parte húngara se habla de Szapolyai János (el “rey Juan” del texto), el rey rival de Fernando, ya muerto, pero cuya herencia en su hijo Sigismundo (personaje que después volverá a la política húngara, aunque aquí, todavía niño, debe renunciar a su herencia) es parte de la trama, gestionada por la viuda, la reina Isabella, y por el personaje que en el texto aparece como “el fraile”, Jorge Utiesenovic, el regente del reino nombrado por Szapolyai, y que es asesinado por orden de altas instancias cuando, casualmente, se le había nombrado cardenal. Está también Giovanni Battista Castaldo, noble italiano que aquí aparece como el pérfido y traidor superior de Aldana. Aparecen los gobernadores y señores locales por ambos bandos y al final del texto, quizá para dar importancia al juicio exculpatorio hacia Aldana, pero indicando el futuro cambio en el poder de la casa de los Habsburgo, aparecen Felipe II y el Duque de Alba, que intervienen desde la parte española para rescatar al maestre de campo, y la Reina de Bohemia intercediendo ante su marido y ante la Dieta para salvar a nuestro protagonista.</p>



<p>La Hungría que aparece reflejada en el texto es un país con poco desarrollo urbano y de la que se habla como lugar de batalla en torno a fortificaciones y castillos.</p>
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<p>El núcleo del poder está en Viena (Budapest está ya ocupada) y los nobles están divididos en torno al heredero de Szapolyai que en este momento no cuenta por ser un niño, los que apoyan a Fernando (da la impresión de que son pocos) y los que optan por acomodarse a la situación y rendir homenaje al turco que es quien gobierna la región. Se habla de los tremendos fríos que asolan la región en invierno, de las aguas calientes y también de la belleza de los paisajes, aunque en un relato entre lo militar y lo político las licencias literarias son pocas.</p>



<p>El punto de vista es el de la corte de Viena, el de una corte dominada por el sustrato español pero en el que están plenamente integrados, formando un conjunto donde sólo la cúpula es española, italianos y sobre todo alemanes. Esta mezcla de nacionalidades en un Estado, tan propio del Imperio a lo largo de toda su historia, también se observa en Hungría, donde participan de su política personajes croatas, checos o eslovenos. Las fronteras políticas no existen en la geografía, hasta que las marcamos en un mapa o se lucha por su conquista, y estas sensaciones, la de internacionalidad y la de estar hablando de un territorio, esté ocupado por unos o por otros, aparecen claramente reflejadas en el texto.</p>



<p><br><strong>UN TEXTO OLVIDADO</strong></p>



<p>El texto, como he señalado antes, fue impreso de forma parcial en español, su idioma original, en el siglo XIX. Hay una edición completa en húngaro y otra parcial en polaco. Creo que es un ejemplo de esos tesoros que nuestras bibliotecas siguen conservando pero también ocultando.</p>



<p>Da información de primera mano sobre la política húngara, española, imperial y turca de aquella época, muestra un tercio desde dentro, y da nuevos enfoques a una historia que en aquella zona y aquella época se ha construido sobre no demasiados armazones. Muestra un país desgarrado por la invasión y que busca adaptarse a la situación y recuperar su autonomía, porque su identidad no viene cuestionada jamás. Algunos modos de vida todavía siguen sorprendiendo a los que nos acercamos desde España, y eso sucedió en el XVI y sucede ahora. Recuperar el texto, sacarlo a la luz, permite reconstruir un hecho más o menos puntual de nuestros hechos de guerra, contrastar la alta política (los que se enfrentaban eran dos imperios enemigos, poderosísimos, que chocaban en esta tierra y que buscaban neutralizarse el uno al otro) con lo que supone en la inmediata, la que afecta a los que allí vivían. Todo eso se dirime en Hungría, y arrastra a Bernardo de Aldana a su aventura más importante, de la que salió reconocido y libre tras casi cinco años de prisión, porque a los héroes, si es que es verdad todo lo que se cuenta en el texto, no siempre se les reconoce, y pueden ser arrastrados por la codicia y la traición de otros, aunque sean sus superiores. Pero la justicia del rey, también según el texto, la de Felipe II, la de Fernando de Habsburgo, la de la Reina de Bohemia y la del Emperador, pone a nuestro protagonista en su lugar<br><br></p>



<p></p>
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		<title>Descenso al infierno Maya</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/descenso-al-infierno-maya/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:09:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 36]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una expedición española ha explorado el cenote Xhan Kal, en las desconocidas selvas yucatecas. Los abundantes esqueletos mutilados hallados confirman que este pozo fue uno de los portales de entrada [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Una expedición española ha explorado el cenote Xhan Kal, en las desconocidas selvas yucatecas. Los abundantes esqueletos mutilados hallados confirman que este pozo fue uno de los portales de entrada al Xibalbá, el inframundo maya, donde los indígenas precolombinos celebraban sacrificios humanos para apaciguar a sus dioses.</p>
<p>Dos tortuosas horas de baches por estrechas pistas que atraviesan enrevesadas selvas es mucho tiempo para pensar cuando una inquietud ronda tu cabeza. María, mi compañera de fatigas, lleva todo el camino sumida en la preocupación. No le hace ninguna gracia irrumpir en un cementerio de condenados sobre el que recaen ancestrales maldiciones. Es un infierno que no entendemos. Ella prefiere los trabajos en aguas abiertas, entre peligrosos tiburones tigre animales que, por otro lado, no nos cansamos de estudiar. Pero ahora toca iniciar un viaje al mismísimo inframundo maya, a la morada de Chabtán, el dios de los sacrificios humanos.</p>
<p>La Península de Yucatán aún esconde muchos secretos por desvelar. El misterio, la magia, la sangre y la muerte siempre estuvieron presentes en los mayas prehispánicos que poblaron estas tierras mexicanas. Antes de la llegada de Hernán Cortes, estos indígenas abrazaban con fervor, e incluso con fanatismo, una religión que creía ciegamente en un inframundo -ellos lo llamaban Xibalbá- habitado por todo tipo de seres divinos y sobrenaturales que exigían sacrificios humanos para saciar sus instintos más despiadados.</p>
<p>Los cenotes, profundas pozas de agua dulce que recorren en forma de ríos subterráneos el subsuelo de Yucatán, eran considerados por esta civilización como portales de entrada al Xibalbá; no en vano, en lengua maya, el término “ce note” proviene de la palabra ts&#8217;onot, que significa «abismo» o «profundidad».</p>
<p>Las características geomorfológicas de los cenotes, tales como la oscuridad, la presencia de agua y de animales que se asocian a la muerte, a la noche y al mundo inferior, llevan a pensar que estos sitios eran considerados puertas de entrada al inframundo. Las distintas líneas de investigación que sigue el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el organismo mexicano competente para investigar, estudiar y proteger los restos arqueológicos que se encuentran en estos cenotes, apuntan al uso diverso de estos lugares como depósitos mortuorios, receptáculo de ofrendas y también, según las fuentes coloniales, para sacrificios humanos de niños en honor al dios Chaac, deidad maya de la Lluvia, y a Chabtán, de la destrucción y los sacrificios humanos. En documentos históricos se registran diferentes formas de sacrificios rituales, como la extracción del corazón, la decapitación, el despeñamiento de víctimas atadas por las escaleras de los templos y la precipitación de personas vivas al interior de los cenotes. Éste último ritual, que era conocido con el término Chen Ku, tenía como objetivo el suplicar al dios Chaac que propiciara la lluvia, algo vital para un pueblo eminentemente agrícola. Por eso, en diferentes escritos se relacionan directamente los largos periodos de sequía con el aumento de este tipo de sacrificios humanos. En el Cenote Sagrado de Chichén Itzá, la más famosa ciudad maya del Yucatán, se han documentado cientos de esqueletos de indígenas que murieron en rituales de este tipo. La ofrenda se desarrollaba siempre al anochecer, a la luz de las antorchas. El Xmenob –una especie de sumo sacerdote– ofrecía la víctima a la divinidad a través de cánticos y oraciones y, luego, ordenaba arrojarla viva al cenote, junto a piedras preciosas y otros objetos de valor. Los mayas no pensaban que los sacrificados morían en la caída, sino sólo que desaparecían en el inframundo, donde a partir de ese momento formarían parte de esa otra realidad paralela al mundo de los vivos.</p>
<p>El misterio que envuelve toda estas creencias y, cómo negarlo, el afán de aventura, es lo que nos ha traído hasta las selvas de Homún, un pequeño municipio del interior del Estado de Yucatán, en la provincia de Mérida, a unos 35 km de la ciudad maya de Chichén Itzá. En algún lugar de esta región (que me sería imposible volver a encontrar sin ayuda) se encuentra el cenote Xkan Kal, un pequeño agujero localizado entre dos grandes árboles que conduce a lugares, hasta ahora, insondables. Nuestra misión es explorar esta cueva inundada de agua y comprobar y documentar que, tal y como aseguran las leyendas locales, este cenote es uno de los portales de entrada al inframundo que utilizaron los indígenas prehispánicos para sus macabros rituales de sangre. Para ello, nos hemos puesto en manos de Don Elmer, un anciano y sabio guía local que se conoce todos los recovecos de esta intricada selva, y del incombustible Pepe Esteban, uno de los mejores espeleobuceadores de México, la persona a la que todos los buzos nos gustaría tener al lado cuando las cosas se ponen feas bajo el agua. Xkan Kal -o Kankal- (pues aún no se sabe muy bien como se escribe) significa «cuatro gargantas» y hace referencia a las cuatro entradas de luz que tiene esta poza. El cenote es del tipo dolina (cuello de botella) y su estrecha boca de entrada mide poco más de metro y medio de ancho. Desde la superficie hasta el espejo de agua hay un tiro de entre 18 y 20 metros de altura. Para solventar esta restricción, utilizamos un sistema de cuerdas y poleas para que los buzos que íbamos a hacer la prospección pudiéramos bajar hasta el agua con nuestros pesados equipos. En superficie, Don Elmer dirige un grupo de chamaquitos mayas que son los encargados de sujetar y tirar de las cuerdas, primero, para bajarnos y, por último (y más importante) para sacarnos de allí cuando todo acabe.</p>
<p>(Estarán ¡Seguro!&#8230; se les ha prometido pagarles bien) .</p>
<p>Sentado en una rudimentaria canastilla de hierro, colgando de una cuerda sobre el negro agujero sin fondo, esperé el momento para descender, Don Elmer se me acercó: «¿Está usted seguro, doctor? ¿sabe que éste es el portal de entrada al Lugar del Temor?». No tuve tiempo de responder. Sentí el primer tirón de las cuerdas y protegí con fuerza entre mis brazos el pesado y delicado equipo fotográfico. Comencé a penetrar en el cenote sagrado de los sacrificios con la misma indecisión que lo hace una herrumbrosa llave antigua en su oxidada cerradura.</p>
<p><strong>EN EL CENOTE SAGRADO</strong></p>
<p>Arriba, desde la espesa selva, un haz de luz penetraba por la angosta boca del pozo e iluminaba tímidamente la enorme gruta. Abajo, a unos veinte metros, Pepe Esteban y María Junco esperaban, flotando en aguas oscuras con todos los equipos de inmersión ya montados y preparados. Antes de abandonar la seguridad de la caverna aérea, una última mirada nos muestró un lugar de ambiente estremecedor. Hay un cierto nerviosismo en el grupo, no por la inmersión en sí, cuyo perfil no supone grandes dificultades técnicas, ya que esta enorme poza, de unos veinte metros de diámetro, tiene una profundidad máxima de cuarenta y tres, sino por la sensación de estar violando un santuario sagrado, un lugar donde descansan las almas en pena de unos pobres diablos que fueron ejecutados para saciar la sed de los monstruos que aquí habitan, como Vucub Camé (Siete Muerte), soberano del Inframundo, Ahalcaná (Productor de Bilis) o Cuchumaquic (Jefe de la Sangre).</p>
<p>Las paredes laterales del Xkan Kal son prácticamente lisas y, con el movimiento de los focos, nuestras sombras se proyectan en ellas adoptando siluetas diabólicas y espeluznantes. La bajada continúa de sobresalto en sobresalto y, a unos veinte metros de profundidad, nuestras luces descubren, por fin, algo sólido&#8230;, parece la cima de una montaña de escombros, arena y piedras. Es lo que los espeleobuceadores conocen como El Monte y que se forma en todos los cenotes de este tipo con el paso de los años, de los siglos y de los milenios, resultado de la acumulación de todo tipo de materiales caídos desde el exterior. Pronto comienzan a verse los primeros restos óseos semienterrados. Se trata de la quijada de un enorme animal que, por la forma y gran tamaño de los molares y premolares debió pertenecer a un herbívoro. La mandíbula yace junto a otros huesos que bien podrían ser vértebras de la misma bestia. Sin embargo, los hallazgos más interesantes se producen poco después, cuando el grupo consigue bajar hasta la base del pozo. Con casi tres cuartas partes al descubierto, una vasija de color arcilla, asoma entre la tierra del fondo. Su aspecto denota mucha antigüedad y destaca porque su base no es plana, sino que termina en pico, una forma típica de los cántaros usados por la civilización maya para extraer el agua potable de los cenotes. No tenían la base plana porque su función no era la de almacenar el agua, sólo sacarla del pozo. Junto a ella, otra olla de forma globular, ésta de color azulado, hace sospechar que llegaron hasta aquí fruto de un accidente al caerse desde el exterior mientras se extraía el agua. En medio de la euforia contenida, intentando rastrear el suelo en busca de más vestigios del pasado, las luces descubren los primeros restos humanos: un cráneo caído boca abajo y, más allá, otro ladeado y, un poco más adelante, un tercero junto a un montón de huesos fácilmente reconocibles. Son fémures, tibias, húmeros y otros huesos del cuerpo humano. Es un verdadero cementerio subacuático. Algunos de los cráneos muestran mutilaciones dentarias y «deformaciones intencionadas» (como se dice en el argot arqueológico) en el hueso frontal (plano y hacia atrás), un indicio más de que pudieron pertenecer a indígenas mayas de la época prehispánica, ya que esta cultura tenía la costumbre de modificar, por medio de tablillas y ataduras, los cráneos de los recién nacidos para intentar conseguir una estética más alargada de sus cabezas, una señal que se interpretaba como signo de belleza y jerarquía social.</p>
<p>Las exploraciones realizadas por la Expedición Xibalbá documentaron un total de dieciocho esqueletos humanos, numerosos, restos óseos de animales y nueve vasijas, bastantes más de los que hasta ahora tenía registrado el INAH, que era de ocho esqueletos y siete vasijas, según los datos que nos aportó Pilar Luna, responsable de la Subdirección de Arqueología Subacuática de este organismo. Todas las prospecciones que se han hecho hasta ahora en Xkan Kal sólo han sido de reconocimiento y documentación y los restos hallados están situados en las capas superficiales del fondo del cenote y del El Monte, con lo que se supone –a la espera de estudios más concienzudos del INAH- que pertenecen a la época más reciente de la antigua civilización maya, es decir desde la llegada de los españoles (época en la que se dejaron de realizar sacrificios humanos) hasta el principio de periodo Post Clásico (900 d.C.-1541 d.C.), aunque es factible considerar que la mayoría de la riqueza arqueológica que alberga el Xkan Kal se encuentra sepultada por esa enorme montaña de toneladas de sedimento y que una futura excavación podría hallar restos más antiguos, pertenecientes al periodo Clásico (250 d.C.-800 d.C.) e, incluso, al Preclásico Tardío (300 a.C.-250 d. C.). El INAH se encuentra en estos momentos estudiando los restos hallados en Xkan Kal, según indicó Pilar Luna, y presentará pronto un informe preliminar al Consejo de Arqueología de este organismo, que es la instancia que aprueba o rechaza, según sea el caso, todos los proyectos arqueológicos que se quieran hacer en territorio mexicano. Por hoy, los trabajos de prospección en el Xkan Kal han terminado. Los miembros de la expedición inician el lento ascenso. Mientras esperamos a cumplir los tiempos de descompresión, respirando los últimos gases del nitrox de nuestras botellas, un grupo de peces albinos y ciegos, sin ojos (no los necesitan dentro de estas cuevas donde la oscuridad es total), nos rodean y nos hacen compañía. La ciencia me recuerda que se trata de una rara especie endémica de los cenotes (Ogilbia pearsei), en peligro de extinción y conocida como la damablanca ciega&#8230;, pero en mi cabeza, hoy, las ideas se confunden y, más bien, me decanto por pensar que, en realidad, se traten de los wayob, los espíritus sagrados que habitan en el Xibalbá y que actúan como guías del alma de los que hasta aquí llegan. Por si acaso, lo mejor es no molestarles&#8230;</p>
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		<title>Regreso a Galápagos. Mi viaje con Darwin</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-a-galapagos-mi-viaje-con-darwin/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:09:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 36]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El naturalista Jordi Serrallonga viajó recientemente a las Islas Galápagos (Ecuador), un lugar legendario para los viajeros interesados por la historia de la Tierra y de los orígenes del hombre. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">El naturalista Jordi Serrallonga viajó recientemente a las Islas Galápagos (Ecuador), un lugar legendario para los viajeros interesados por la historia de la Tierra y de los orígenes del hombre. De este viaje, en compañia del mismísimo Charles Darwin, nace su último libro “Regreso a Galapagos. Mi viaje con Darwin” (Liberto) del que ofrecemos un extracto. Un apasionante viaje tratando de resolver el misterio de los misterios: la génesis de la vida</p>
<p class="align-justify">Debo ser el único entre todo el pasaje de babor, o quizás así me lo parece, que tiene su mejilla izquierda aplastada contra uno de los sucios y rayados ojos de buey. Desde hace unos minutos he adoptado el papel de improvisado vigía voluntario. Para ser sinceros, ante mis ojos tan solo se vislumbra la inmensidad del Océano Pacífico, pero en cualquier momento, según mis cálculos, ha de aparecer la recompensa que motiva semejante impaciencia: el archipiélago de las Galápagos.<br />
Aunque ya hace mucho tiempo de mi primera expedición a las Galápagos, y a pesar que siempre he repetido el mismo ritual en todas las ocasiones que he regresado, no puedo disimular mi exaltación cada vez que adivino el perfil o la silueta de alguna de sus islas. Pero, en esta ocasión todo es diferente, es un viaje muy especial. Me acompaña el mismísimo Charles Robert Darwin. En anteriores expediciones nos habíamos comunicado a través de libros, artículos, exposiciones… hoy he querido que embarcase conmigo para volver a un lugar que marcó para siempre no sólo su vida y obra, sino la de toda la Humanidad, e incluso mi existencia.<br />
¡Tierra a la vista! grito a mi eminente acompañante cuando al fin establezco contacto visual con la isla de San Cristóbal. Por supuesto, hablo solo y para mis adentros.<br />
Mientras intento atisbar los detalles del litoral volcánico, el asiento contiguo está vacío. Sólo lo ocupa mi enésima libreta Moleskine, un ejemplar del Viaje de un naturalista alrededor del mundo y una única tarjeta de control de tránsito del INGALA, el Instituto Nacional de Galápagos adscrito a la Presidencia de la República de Ecuador. Mis conversaciones con Darwin, en su peregrinaje de regreso a las Galápagos, son ajenas a terceras personas, de lo contrario, los dos curtidos marineros galapagueños que han embarcado en la escala de nuestro vuelo de Aero-Gal en Guayaquil seguro que ya habrían mirado con recelo al solitario gringo que suele vagabundear por Puerto Baquerizo Moreno ensimismado en su cuaderno de notas. Y es que en las islas todo el mundo se conoce.<br />
El avión desciende para tomar tierra en la pista de la Armada ecuatoriana. Por la ventanilla observo la majestuosa silueta de un islote situado cerca de la costa occidental de San Cristóbal: es el inconfundible León Dormido que mi amigo invisible hoy tiene la oportunidad de contemplar desde el aire. La llegada al archipiélago de las tortugas gigantes en un moderno reactor quizás no tiene la misma solera victoriana que arribar en un bergantín, pero lo importante es que Darwin, casi ciento setenta y cinco años después, ha podido ver cumplido un sueño: regresar.</p>
<p class="align-justify">El día 17 de septiembre de 1835, dos días después que el capitán Robert FitzRoy fondeara el HMS Beagle en las Galápagos, Darwin desembarcó en la isla de San Cristóbal (Chatam para los británicos). Tras cinco semanas de periplo<br />
por algunas de las ínsulas, y después de cinco años de expedición alrededor del mundo, este joven –todavía más teólogo que naturalista– fue acogido, de nuevo, por otras islas que constituían su hogar: Gran Bretaña. Ahora bien, la<br />
acogida se acabaría convirtiendo en una especie de prisión debido a una misteriosa enfermedad.<br />
Darwin jamás volvería a embarcar con destino a las tierras ecuatoriales y tropicales.<br />
Aún así, fue capaz de viajar con la mente para acabar obsequiándonos con<br />
la teoría más decisiva de la Historia de la Ciencia y, cómo no, de la Humanidad.<br />
Mientras la aeronave rueda sobre una pista castigada por el sol de la mitad del mundo, descubro que Darwin intenta escrutar el paisaje exterior por encima de mi hombro. Los dedos extendidos de ambas manos masajean nerviosamente sendas mejillas sonrojadas mientras su cabeza se mueve a izquierda y derecha, arriba y abajo, como si fuera una ardilla expectante. Le dejo el campo libre y, viéndose descubierto, retoma con disimulo una pose formal que, lejos de parecer hierática y típica de un gentleman decimonónico, es una postura que hace patente su grado de agitación ante tan emotivo momento. Ha unido sus manos –no quiere que le delaten saltando de nuevo hasta la cara– y ahora las tiene apoyadas sobre las piernas cruzadas, pero el repiqueteo de los dedos sobre la rodilla y el movimiento basculante del pie colgado son síntomas evidentes de la trascendencia que para Darwin tiene el volver a las islas que primero le confundieron y después le inspiraron.<br />
Más allá de los límites del pequeño aeropuerto sólo se observan bloques de lava y plantas, tan secas y esqueléticas que parecen radiografías de especimenes presuntamente vivientes: los palo santo, las opuntias y cactos candelabra. Aún así, me considero un elegido. Y todo gracias al pasajero que me acompaña. Tras visitar, durante mi infancia, una exposición dedicada a la evolución, quedé fascinado por el personaje de barba blanca y mirada triste que, en la escuela y en algún que otro libro de divulgación, todos asociaban a una única idea: «venimos del mono».<br />
Pero Darwin es mucho más. Es cierto que afirmó en 1871, en su libro El origen del ser humano, que descendíamos de ancestros simiescos compartidos con los grandes primates (bonobos, chimpancés, gorilas y orangutanes) pero unos años antes, en 1859, también había publicado su genial Teoría de la Selección Natural en El origen de las especies. Por todo esto, y por muchas cosas más, siempre soñé con seguir los pasos de Darwin, de convertirme en uno de sus compañeros de viaje. Y las Galápagos, claro está, es un topónimo indisociable de la vida del naturalista que revolucionó el mundo. ¿Por qué? ¿Fue en Galápagos donde a Darwin le sobrevino el mitificado eureka de la ciencia? ¿El eureka que le permitiría proponer sus revolucionarias ideas evolutivas? Sí y no.<br />
La historia, o el viaje, son largos, pero tenemos mucha Moleskine por delante para poder explicarlo todo con calma. Darwin y yo hemos regresado a las Galápagos en pleno siglo XXI, en el 2009; la efemérides del 200 aniversario de su nacimiento y el 150 aniversario de la publicación de El origen de las especies. Darwin está emocionado, nervioso, ansioso. Cuando se abre la portezuela y baja por la escalerilla, vuelve a tomar contacto con el laboratorio viviente de las Galápagos. Mira, con ojos diferentes a los de ciento setenta y cuatro años atrás, todo lo que le rodea. Ahora rinde pleitesía a los pájaros, arbustos, rocas y demás elementos que configuran uno de los escenarios más increíbles de la biodiversidad… otrora hubo momentos de duda y desencanto.</p>
<p><strong>REGRESO AL SANTUARIO</strong></p>
<p>Mientras esperamos para que los inspectores del INGALA revisen nuestro equipaje (no hay que entrar frutos, semillas, animales o cualquier otro agente extraño a las islas), abro por la página 180 mi ejemplar del Viaje de un naturalista<br />
alrededor del mundo: «El 17 por la mañana desembarcamos en la isla Chatam. Como todas las demás, es redondeada y no tiene más de particular que unas cuantas colinas, restos de antiguos cráteres. En una palabra, no hay nada menos atractivo que el aspecto de esta isla. Arbustos raquíticos, tostados por el Sol y que apenas pueden vivir, cubren en toda su extensión una corriente de lava basáltica negra de rugosísima superficie y hendida en varias partes por inmensas grietas. Calentada en exceso por los rayos de un Sol ardiente, la superficie del terreno, callosa a fuerza de estar seca, hace pesado y asfixiante el aire como si saliese de un horno caliente. Parecíanos que hasta los árboles se sentían mal».<br />
Esto es lo que escribió Darwin acerca de su primer desembarco en el archipiélago de las Galápagos, concretamente, en la misma isla donde ahora nos encontramos: San Cristóbal. ¿Entonces, qué es lo que ha cambiado? ¿Qué es lo que<br />
ha ocurrido, para que hoy, ante la visión de un paisaje idéntico, tanto Darwin como yo nos mostremos tan entusiasmados?<br />
En mi caso, la respuesta es muy sencilla: veo maravillas donde un joven Darwin sólo observó un paisaje funerario e infernal. Por el contrario, con el paso del tiempo, la opinión de Darwin ha dado un giro radical: una reconversión que<br />
empezó a germinar a medida que fue descubriendo –a lo largo de las cinco semanas de estancia en las Galápagos– los tesoros que encerraban estas islas situadas a unos 1000 kilómetros al oeste de Ecuador, y que floreció cuando arribó<br />
de nuevo a las costas de Inglaterra.</p>
<p class="align-justify">Tras cinco años de circunnavegación ya no pudo vencer jamás el embrujo de las Galápagos. Retomo la lectura en la página 186: «Muy curiosa es la historia natural de estas islas, y merece la mayor atención, […] tanto en el tiempo como en el espacio nos encontramos frente a frente del gran fenómeno del misterio de los misterios: la primera aparición de nuevos seres sobre la tierra». Agentes del INGALA, guardas del Parque Nacional de Galápagos y números de la policía Nacional del Ecuador aúnan un variopinto abanico de insignias y emblemas correspondientes a sus respectivos uniformes cuando, en un mismo mostrador separado por mamparas, realizo el pago de la tasa de entrada al Parque,<br />
sello el pasaporte y abro mi mochila de mano para la consecuente inspección. Pronto empezaremos a resolver el misterio de los misterios. La base aeronaval está muy cerca del núcleo habitado de San Cristóbal, Puerto Baquerizo<br />
Moreno, pero conviene hacerse con los servicios de un taxi vehículos 4&#215;4 pick-up de color blanco – que por setenta y cinco centavos nos acerca hasta nuestra hostería evitando así el fuerte Sol del mediodía ecuatorial. Saludo al matrimonio que regenta el simpático establecimiento e intercambiamos información sobre nuestras respectivas familias y estados de salud. Son años de amistad y en las Galápagos, como en otros lugares donde se desarrolla mi actividad científica y profesional, por ejemplo en Tanzania, es muy importante el saludo y el protocolo más sincero.<br />
Me entregan las llaves de la habitación. Lo tiene todo… y no hablo del mobiliario ni de los complementos más bien parcos, sino de las vistas al océano que alegran mi alma mediterránea. Dentro huele a mar y eso es mucho mejor que<br />
el aire acondicionado, la televisión que preside la pared (esencial en todo alojamiento de Ecuador) y la pequeña nevera.<br />
Soy un hombre poco dado a disfrutar de las habitaciones de hotel, sólo las utilizo para dormir y asearme, poco más; prefiero las carpas y tiendas plantadas en medio de la naturaleza. Me considero ordenado, herencia de mi padre, pero<br />
sólo con aquello a lo que otorgo importancia: mi biblioteca, cuadernos de viaje, mapas, fotografías, equipo de supervivencia… La ropa, en cambio, ocupa el último lugar del ranking doméstico. Eso sí, cuando viajo me transformo de<br />
Mr. Hyde a Dr. Jekyll y no salgo del iglú o la habitación sin haber dispuesto el vestuario tropical de mi petate en perfecto orden castrense. Una tarea que no me ocupa más de unos pocos minutos pues, aún disponiendo de muchos días por delante, la impaciencia me corroe: fuera me espera el país de las maravillas.<br />
Y nunca mejor dicho, en Galápagos no están los amigos surrealistas de Charles Lutwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carrol, el Conejo Blanco, el Gato de Cheshire o la Falsa Tortuga, sino que puedes encontrar a la Iguana Negra o al Pinzón de Darwin paseando entre los niños y comerciantes en medio de la calle. Y no exagero. Recuerdo en una ocasión que, tras aterrizar en San Cristóbal, mientras charlaba con el taxista sobre el resultado de unas elecciones<br />
presidenciales ecuatorianas, Clara, sentada en el asiento de atrás, no dejaba de golpear mi hombro izquierdo con insistencia.<br />
Lo que para mi era algo habitual, enmudece al expedicionario primerizo: un grupo de leones marinos –o lobos, como se les denomina en las islas– se abría paso, por delante de la ranchera aparcada, hacia la terraza-comedor de nuestro<br />
hotel en Puerto Baquerizo Moreno. Cualquier viajero puede experimentar uno de los denominadores comunes de las Galápagos: la gran proximidad con la naturaleza local. Un aspecto que tampoco pasó desapercibido al joven Darwin durante su primera visita al archipiélago: «[…] Diré unas cuantas palabras acerca de la falta de timidez en los pájaros. Es este carácter común a todas las especies terrestres, es decir, a los sinsontes, gorriones, reyezuelos, papamoscas, palomas y búhos. Todos se acercan lo bastante para poder matarlos a palos y hasta para poder cogerlos, como yo mismo traté de hacerlo, con el sombrero. El fusil es arma poco menos que inútil en estas islas; yo he llegado a empujar a un halcón con el cañón de mi carabina».<br />
Hoy ya no podríamos obrar de la misma manera. Durante el 2009 no sólo se celebra el 200 aniversario del nacimiento<br />
de Darwin y la Filosofía Zoológica de Jean Baptiste Monet (el caballero de Lamarck), los ciento cincuenta años de la publicación de El origen de las especies, los cuatro siglos de la utilización del telescopio por parte de Galileo Galilei o el medio siglo del descubrimiento del homínido fósil Zinjanthropus boisei (hoy Paranthropus boisei) en la Garganta de Olduvai por el matrimonio Leakey. También se celebra el 50 aniversario de la creación del Parque Nacional de Galápagos y de la Estación de Investigación Charles Darwin. Efectivamente, en el pasado la confiada fauna de las Galápagos caía<br />
fácilmente entre las garras de los piratas, balleneros, militares e incluso naturalistas, como Darwin, que arribaron al archipiélago. Las islas Encantadas eran un buen lugar para el aprovisionamiento de proteína animal: miles de tortugas gigantes fueron cazadas pues, una vez a bordo, y al poder sobrevivir varios meses sin comer ni beber, representaba carne fresca para los marinos. Hoy, en cambio, Galápagos es uno de los lugares más protegidos del mundo. El Parque Nacional de Galápagos y la Reserva Marina de Galápagos abarcan casi toda la superficie terrestre y oceánica del conjunto de las islas. En la actualidad, por ejemplo, está terminantemente prohibido tocar y dañar a los animales y plantas cuando, hasta hace relativamente poco tiempo (muchos guías naturalistas locales recuerdan haberlo hecho de niños, o haberlo visto entre los turistas ávidos por una fotografía de recuerdo), era muy normal agarrar a las iguanas marinas por la cola o cabalgar sobre el caparazón de una tortuga.<br />
Mientras me explayo en mis disertaciones conservacionistas veo que Darwin baja la mirada con cara de niño compungido, he tenido poco tacto. No era mi intención, corrían otros tiempos pero quizá se averguenza o arrepiente de algunas de sus travesuras juveniles. Recuerdo un par de citas que leí en el Viaje de un naturalista alrededor del mundo al respecto de su especial protocolo con la fauna de Galápagos. Esto es lo que dice sobre las tortugas gigantes: «Es muy divertido adelantarse a uno de estos monstruos que marcha tranquilamente; en cuanto observa al hombre, silva con fuerza, encoge las patas y la cabeza, cubriéndolas con el caparazón y se deja caer con abandono sobre el suelo como si hubiese sido víctima de un golpe mortal. Muchas veces montaba yo sobre la concha y golpeando en la parte posterior de ésta se levanta el animal y sigue marchando; pero es muy difícil sostenerse de pie encima de ellas cuando andan».<br />
Y, a continuación, el acoso de Darwin a una iguana terrestre: «Habitan en madrigueras que labran a veces entre fragmentos de lava, pero con más frecuencia en las partes planas de la toba blanda que se parece al gres […]. He pasado mucho rato viendo a uno en esta labor, hasta que la mitad de su cuerpo desapareció en el agujero; me acerqué a él entonces y le tiré de la cola. Pareció muy sorprendido de este accidente y salió del agujero para ver en qué consistía, y se quedó mirándome cara a cara como queriéndome decir: “¿Por qué diablos me tira usted de la cola?”». ¿Sorprendidos? El Darwin que inició la circunnavegación en el HMS Beagle era un joven esnob, amante de algunas de las costumbres más habituales lejos del hogar paterno, lapidaban sus percepciones económicas en fiestas y cacerías deportivas. Y Charles, por supuesto, era uno de ellos. En particular, llegó a mostrar tal pasión por la caza que, además de serle recriminado por su padre (al ver que le alejaba de sus deberes como pésimo estudiante de medicina en la Universidad de Edimburgo), él mismo acabaría reflexionando sobre este tema en su Autobiografía: «Mirando atrás, puedo darme cuenta ahora de la forma en que mi devoción por la ciencia se fue imponiendo gradualmente al resto de mis aficiones. Durante los dos primeros años [Darwin se refiere a su viaje en el HMS Beagle], mi vieja pasión por la caza<br />
sobrevivió prácticamente con toda su fuerza y cazaba yo mismo todos los pájaros y animales para mi colección; pero como la caza interfería en mi trabajo […] fui abandonando mi escopeta progresivamente, hasta dejarla por completo y dársela a mi criado. Descubrí, aunque inconsciente e insensiblemente, que el placer de observar y razonar era mucho mayor que el que reside en la destreza y el deporte». Interesante, un científico con sentido de la autocrítica y capaz de psicoanalizarse. Pero todavía nos esperan muchas más sorpresas acerca de mi compañero de viaje. De hecho, es imposible entender muchas de las actitudes y logros de un personaje no sin antes adentrarnos un poco más en algunos aspectos de su vida. Darwin, como Newton y la manzana, está rodeado de tópicos, y de ellos hablamos mientras ascendemos el camino de lavas, matazarnos y cactos que nos conduce hasta el Cerro Tijeretas. (….)</p>
<p><strong>GÉNESIS</strong></p>
<p>(&#8230;) Deseaba encontrar el momento y el lugar adecuados para hacer una nueva confesión a mi compañero de viaje. Tras haber rememorado la llegada de Darwin a la isla de San Cristóbal, nos hallamos en el muelle de Puerto Baquerizo<br />
Moreno minutos antes de embarcar con destino hacia un mundo perdido. Ya veo a la Cally. César, su armador, y Dani, el patrón, son dos buenos amigos isabeleños que están ultimando los preparativos a bordo. Un lobo marino remolón<br />
bloquea la escalerilla de bajada al pantalán mientras que una bandada de fragatas escolta a una pequeña panga pesquera. En las Galápagos, como en mi querida África, se trabaja mucho pero con parsimonia y buen humor: pole<br />
pole sería la acepción swahili más apropiada. Y pole pole procedo al ritual de preparar mi pipa irlandesa. Cargo la cazoleta y prenso ligeramente mi tabaco preferido: una inmejorable mixtura que, de forma artesanal, y queriendo huir<br />
de las prisas, todavía elabora el propietario de Mullins &amp;Westley, ese minúsculo establecimiento londinense que, desentonando con el ajetreo de Covent Garden, siempre me ha parecido salido de un relato de Charles Dickens.<br />
Sólo queda protegerme de la brisa para encender la pipa y dar rienda suelta a mi propio relato. Hace unos seis millones de años, en un reducto forestal del África Oriental, tuvo lugar la génesis de la Humanidad. Los primeros homínidos, primates bípedos de escaso volumen encefálico y pequeña talla corporal, abrían así su propio camino en la historia del universo, de la Tierra y de la vida. Al mismo tiempo, en un punto del Océano Pacífico, a casi un millar de kilómetros al oeste de Sudamérica, se produjo la génesis de unas islas de origen volcánico que, millones de años más tarde, ayudarían en la reconstrucción y comprensión de nuestra propia historia: las islas Galápagos. ¿Acaso no se trata de una feliz y bella coincidencia? Ambas génesis sólo son el principio de un camino, de una evolución en paralelo.<br />
Por un lado, San Cristóbal es la isla emergida más oriental y antigua de las Galápagos, de ahí que sus bloques de lava se encuentren absolutamente erosionados así como sus volcanes apagados. Su camino andaría paralelo a los Orrorin tugenensis y Ardipithecus kadabba de Kenia y Etiopía, nuestros ancestros más arcaicos cuyos restos fosilizados hoy descubrimos en la Gran Falla del Rift. En cambio, las dos islas más occidentales, Fernandina e Isabela, son las más jóvenes. Sus lavas son de aristas vivas y los volcanes todavía arrojan nuevo material como fiel testimonio de que la<br />
Tierra, al igual que nuestro linaje, sigue en proceso de creación y extinción. Fernandina e Isabela son, en este camino evolutivo paralelo, el equivalente al Homo sapiens. Y, como anuncio premonitorio del futuro, de la misma manera que algún día se extinguirá nuestra especie, también debemos señalar que como resultado del desplazamiento del suelo marino en la zona que ocupan las Galápagos (un movimiento de unos siete a diez centímetros al año en dirección sureste), el archipiélago acabará desapareciendo cuando haga contacto con la costa occidental de Sudamérica. Pero no hay que preocuparse, aún quedan unos cuantos millones de años más de historia… pole pole.<br />
César me hace la señal para que procedamos al abordaje de la Cally. Ha habido tiempo para encender la pipa y poco más. Darwin tartamudea, sigue garabateando en su cuaderno rojo a un ritmo frenético… quiere preguntarme muchas más cosas sobre esos homínidos africanos que acabo de nombrar. Le entiendo. Aunque en El origen de las especies, por temor a las reacciones adversas que podía suscitar, no hizo alusión alguna a la génesis del ser humano, sí es cierto que años más tarde, en 1871, en El origen del ser humano, propuso las dos ideas que han servido de inspiración para todos aquellos que nos dedicamos al estudio del origen, evolución y comportamiento de la Humanidad. Por un lado, destacó que los humanos actuales compartíamos con los chimpancés y los gorilas unos ancestros comunes, y, en segundo lugar, planteó que la búsqueda de esos ancestros, así como de los primeros eslabones de nuestro linaje (individuos con características simiescas y humanoides a la vez), tenía que ser en el continente africano ante la evidencia de que el único lugar del planeta donde viven gorilas, chimpancés y humanos es en África. Pero sólo Paisaje volcánico en la zona alta de la isla de Isabela era una sospecha. Ante la falta de hallazgos fósiles y sin haber pisado jamás África, dejó escrito una especie de testamento para las generaciones futuras: había que explorar nuevos<br />
territorios en busca de nuestros ancestros. Y así lo hemos hecho a lo largo de las últimas décadas. Hoy, gracias a multitud de descubrimientos arqueológicos y paleontológicos, desde el Niño de Taung y Lucy hasta Ardi, podemos afirmar que la cuna de la Humanidad es simiesca y africana. Una vez más, Darwin tenía razón. Nos queda mucho periplo por delante pero he llegado al último espacio en blanco de mi cuaderno de notas. Prometo más pues son muchas las islas a visitar, y muchas las vicisitudes que ambos debemos compartir en esta expedición<br />
de regreso a las Galápagos.</p>
<p><strong>NOTA:</strong><em> apretando un poco más la letra, y haciendo casi ininteligible mi propia caligrafía, llegados a la isla de Isabela sólo quiero adelantar que cerca de los volcanes Chico y Sierra Negra, en medio de un paisaje lunar abrasado por el Sol ecuatorial, y entre emanaciones sulfurosas, ríos de lava y escorias recientes, empieza a brotar un solitario helecho. La vida se abre camino.</em></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-a-galapagos-mi-viaje-con-darwin/">Regreso a Galápagos. Mi viaje con Darwin</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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