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	<title>Boletín 37 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La gran farmacia de la selva</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 29 Nov 2019 13:03:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 37]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Boletín 37Diciembre de 2010 Texto: Juan Carlos de la CalFotos: Varios Los pueblos indígenas guardan como parte de su patrimonio cultural el dominio casi absoluto sobre la naturaleza que les [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Boletín 37</strong><br><em>Diciembre de 2010<br></em></p>



<p><strong>Texto:</strong> Juan Carlos de la Cal<br><strong>Fotos:</strong> Varios<br><br><strong>Los pueblos indígenas guardan como parte de su patrimonio cultural el dominio casi absoluto sobre la naturaleza que les rodea, custodiando desde hace milenios la biodiversidad del planeta. La selva amazónica es la mayor farmacia del mundo pero sus recursos son uno de los tesoros más codiciados por el resto del mundo. La&nbsp; biopiratería se ha convertido en una de las grandes amenazas para la supervivencia de muchos de estos pueblos indígenas y sobre todo, de sus culturas ancestrales.</strong></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p>Mayo de 1984. Atardecía en el poblado de los Secoya, una tribu indígena de las profundidades de la Amazonía ecuatoriana. El jefe, sus hijos y varios de los ancianos, fuman y charlan animadamente en su maloca (choza) con un hombre blanco de mediana edad.</p>



<p>A la hora de la despedida, el jefe dijo al mayor de sus retoños: “A ver, mi hijo, regale al gringuito un poco del Yagé de la chacra”. El visitante sonrió complacido y, muy agradecido, le obsequió al indio con dos cajetillas de cigarrillos Marlborough americanos. Luego se fue con grandilocuentes promesas de todo lo que iba traer la próxima vez que volviera al poblado.</p>
</div>
</div>



<p>El gringuito en cuestión se llama Loren Miller y es el presidente de la International Plant Medicine Corporation, una importante empresa farmacéutica norteamericana. Cuando Miller regresó a Quito, empaquetó con mucho cuidado la planta, la metió en su bolso de mano y embarcó en el primer vuelo que pudo a su California natal. Nada más llegar se presentó en la oficina de Marcas y Patentes y entregó un escrito donde decía: “la variedad de Yagé que descubrí en una chacra de la selva ecuatoriana es nueva&#8230;”</p>



<p>El Yagé es nombre que recibe entre estos indios amazónicos la más popularmente conocida como Ayahuasca, una planta enteogénica usada desde tiempos inmemoriales por las tribus indígenas de esta zona del planeta en sus ceremonias religiosas. Sus propiedades alucinógenas provocan en los usuarios todo tipo de visiones que ellos asocian a lo más profundo de su espiritualidad. Miller atribuyó a esta planta propiedades curativas antisépticas, antibacterianas, anticancerígenas, antieméticas y para el mal de Parkinson, entre otras. Y por esta razón la Oficina de Marcas le otorgó la patente numero 5.751 bajo el epígrafe Banisteriopsis Caapi Davine.<br></p>



<p><strong>LA REBELIÓN INDIA</strong></p>



<p>Cinco años después, estos indios ecuatorianos se enteraron, gracias a un artículo periodístico, que su querido Yagé, que ellos emplean como sacramento en sus ceremonias religiosas, ya no les pertenecía (a pesar de que llevan utilizándolo miles de años) y que ahora era propiedad del gringuito. Su reacción fue fulminante. Denunciaron el hecho ante la mayor organización de pueblos indígenas de América -la Coordinadora de Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (COICA), que agrupa a tres millones de indios de la cuenca amazónica pertenecientes a cuatrocientas tribus de los nueve países afectados-, que comenzó una serie de movilizaciones que culminaron en una rueda de prensa en Washington para pedir que esa patente fuese revocada por lo que consideraban como un caso claro de biopiratería.</p>



<p>Para ello contaron con el apoyo de las grandes multinacionales medio ambientales como WWF, Greenpeace o Survival, y con el auspicio legal del Centro Internacional de Legislación Ambiental ( CIEL, en sus siglas inglesas ) con sede en la capital norteamericana. A la vez nombraron al tal Miller “enemigo de los pueblos indígenas “ y le prohibieron la entrada -y a cualquier empleado de su empresa- en todo el territorio amazónico asegurando que no se hacían responsables de su integridad física.</p>



<p>Miller estaba apunto de montar un fábrica para procesar el principio activo de la Ayahuasca en la selva ecuatoriana, lo que finalmente no consiguió debido a estas amenazas.</p>



<p>Ante esta presión, la Inter American Foundation (IAF), organismo del gobierno americano, que subvenciona en forma de proyectos de millones de dólares a estos pueblos indígenas, pidió a estos indios que reconsideraran esta postura de prohibir a un “honorable ciudadano californiano” la entrada a su territorio, bajo el riesgo de perder estas subvenciones. El propio senador ultraconservador, Jesse Helms, intervino en la polémica calificando a los indígenas como “terroristas”. Estos, lejos de amilanarse, se mantuvieron firmes y rompieron cualquier relación con esta Fundación.<br><br>El argumento de los indígenas se basaba en la siguiente idea: “¿Qué pasaría si un indígena amazónico intentara patentar la hostia y el vino católicos o la purificación kosher para los alimentos de los creyentes judíos?”, asegura Antonio Jacanimijoy, coordinador general de la COICA.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
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<p>Según el Convenio de Diversidad Biológica firmado en Río de Janeiro durante la Cumbre de la Tierra, en 1992, cualquier tipo de acceso a los recursos genéticos de una nación debe tener el permiso del respectivo gobierno y, además, el interesado en estos recursos debe contar con el consentimiento del pueblo o la comunidad indígena que tiene el conocimiento sobre el material a estudiar. El término “biopiratería” fue definido en 1993 por Pat Mooney, presidente de ETC Group, como “la utilización de los sistemas de propiedad intelectual para legitimizar la propiedad y el control exclusivos de conocimientos y recursos biológicos sin reconocimiento, recompensa o protección de las contribuciones de las comunidades indígenas y campesinas”.</p>



<p><em><strong>“Para los indígenas la propiedad intelectual es colectiva, porque, al venir de nuestros antepasados, los conocimientos tradicionales están repartidos entre todos en una comunidad. Por eso, es muy difícil explicar a un miembro de cualquier tribu lo que significa el sistema oficial de patentes que se otorga a una sola persona”</strong></em></p>
</div>
</div>



<p><strong>VICTORIA POR UNA VEZ</strong></p>



<p>Finalmente, el 30 de marzo de 1999 los representantes de la COICA presentaron en Washington la solicitud oficial de la revocación de la patente, la primera defensa del patrimonio cultural que se ha hecho en Estados Unidos. El Gobierno aceptó la petición temporalmente pero las alegaciones de Miller consiguieron que se saliera con la suya, dos años después, bajo el argumento de que EEUU es uno de los pocos países del mundo que se niega a reconocer los derechos de la propiedad intelectual de los pueblos indígenas (un convenio ratificado ya por 170 países). Pero las protestas indígenas se recrudecieron y el 14 de noviembre de 2003 la patente fue revocada definitivamente.</p>



<p>La ley norteamericana dice que una invención o descubrimiento no puede ser patentado si éste ya está descrito en una publicación impresa. Irónicamente, en la revocación de esta patente, no primó el respeto hacia el conocimiento tradicional, sino la casualidad de que esta planta ya había sido registrada con anterioridad en un herbolario de Míchigan.</p>



<p>El caso de la Ayahuasca, sin embargo, es una excepción dentro de la guerra perdida que los indígenas de todo el mundo, y de la cuenca amazónica en especial, mantienen contra las multinacionales farmacéuticas y los gobiernos más poderosos. La historia viene de lejos&#8230;<br><br><strong>EL TESORO ESCONDIDO EN LA SELVA. </strong><strong>Las plantas más codiciadas.</strong></p>



<p><strong> He aquí algunos de los ejemplos más conocidos de la biopiratería:</strong></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><br><em><strong>El Cupuacu (pronunciación copuassù), un fruto tradicional amazónico rico en vitaminas, cuyo principio activo fue registrado con un nombre parecido, es utilizado para la producción de chocolate por una reconocida multinacional</strong></em><br><br><em><strong>El veneno contenido en las glándulas del reptil Bothrops Jararaca puede servir como potente medicamento contra la hipertensión: una empresa europea registró el principio activo y comenzó a comercializar el producto. Hoy este medicamento es vendido en todo el mundo con enormes ganancias.</strong></em></p>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p><em><strong>Otro caso famoso es la patente de epibatidina, un alcaloide contenido en la piel de un rana endémica del Amazonas ecuatoriana (epipedobates anthonil). Esta sustancia es eficaz contra el tratamiento del dolor (es 200 veces más potente que la morfina). Aproximadamente 750 ranas de esta especie fueron transportadas ilegalmente fuera de Ecuador. El principio activo de la piel del anfibio fue registrado en Norte América y es utilizado por varias empresas que trabajan en el sector farmacéutico.</strong></em></p>



<p><br><em><strong>El principio activo de la Carapa Guianensis Aubl (llamada Andiroba), utilizada por nativos amazónicos contra la fiebre y como repelente contra  los insectos, fue registrado en Europa y Norte América para la producción de cosméticos y medicamentos.</strong></em></p>
</div>
</div>



<p><strong>DEL CURARE A LA MIRRA<br></strong><br>El caso de la “ Ayahuasca “ es uno más de la lista de casos de biopiratería sobre plantas indígenas. He aquí otros ejemplos:</p>



<p>• <strong>Barbasco</strong>: planta utilizada para paralizar peces. Fue patentada con el número US 5.786.385 por el británico Dr. Conrad Gorinsky, presidente de la Foundation for Ethnobiology.</p>



<p>• <strong>Arroz Bamati</strong>: En 1997, la empresa estadounidense Rice Tec obtuvo una patente (US 5.663, 484) sobre este tipo de arroz cosechado en la India.</p>



<p>• <strong>Kava:</strong> Planta utilizada en el Pacífico como desintoxicante. La empresa francesa L´Oreal la&nbsp; patentó (US 5,585, 386) para reducir la pérdida de cabello.</p>



<p>• <strong>Curare</strong>: La hierba Chondodrendron Tomentosum, usada por los indios para fabricar un veneno con el que untan sus flechas. En 1940, su principio activo fue patentado por los laboratorios Glaxo y Wellcom.</p>



<p>• <strong>Mirra</strong>: Su uso tradicional, y hecha famosa por los Reyes egipcios. Ahora se utiliza para el tratamiento de la esquistosomiais con patente japonesa a nombre de Aamedo Mohamede Ari.</p>



<p>• <strong>Kambo</strong>: El veneno de este sapo amazónico sirve para tratar infecciones. En la década de los 80, fue patentada por el italiano Víctor Ersparmer.</p>



<p>•<strong> Karela</strong>: La empresa Cromak Research es titular de la patente US 5,585.386, identificada como un melón amargo usado tradicionalmente en Asia para combatir la diabetes y el Sida.</p>



<p>• Del <strong>Ocotea Rodile</strong> (bibiri) se extrae una sustancia activa que fue registrada por una empresa&nbsp; europea y que se utiliza en la lucha contra enfermedades mortales. Las esencias contenidas en la planta conocida con el nombre Uña de Gato (Uncaria tormentosa), fueron registradas por una reconocida multinacional, después de haber sido substraídas a indígenas Ashaninka de la selva amazónica peruana.<span style="color: #999999;"><em><br></em></span><br><br><strong>UN SIGLO DE ATRACOS</strong></p>



<p>El primer caso de biopiratería en la Amazonía (y probablemente de la historia) se remonta a 1876, cuando los ingleses Robert Markham y Henry Wickman consiguieron sacar de Brasil 70.000 semillas del árbol que llora, el caucho -heveas brasiliensis en su denominación científica-, para plantarlas en el Jardín Botánico Real de Kew, en Londres, desde donde fueron despachadas a Malasia, África y Batavia, en la Indonesia holandesa.</p>



<p>En 1910 se recolectaron en este país los primeros litros de látex que supusieron el principio del fin al monopolio generado por el imperio del caucho levantado en torno a ciudades como Manaus. Las plantaciones de caucho que los ingleses instalaron en Asia resultaron mucho más eficientes en cuanto a la producción, comparadas con las de Brasil, al estar bien organizadas y preparadas para la producción a una escala comercial. En este caso, Wickman y su compañero fueron premiados con el título de “Sir” en la corte británica y fueron recibidos como “héroes” a pesar de haber violado las leyes brasileñas de la época que prohibían, bajo pena de muerte, la salida de su más preciado tesoro. Afortunadamente, la perspectiva del tiempo ha hecho justicia colocando a estos dos ingleses como los primeros “biopiratas” de la Historia.</p>



<p>Sin embargo, la planta que más dinero ha dado a las multinacionales farmacéuticas, es la chondodrendon tomentosum, utilizada durante siglos con sigilo por los indios amazónicos para obtener el curare, el veneno con el que untan sus flechas para inmovilizar a sus presas. En 1942, los laboratorios Glaxo y Wellcom, sintetizaron su ingrediente activo, el d-tubocurarine, que patentaron y usaron en la producción masiva de relajantes musculares y anestésicos quirúrgicos. Su aplicación supuso una revolución en la cirugía moderna. Los indígenas tampoco han recibido nada de esto.</p>



<p>Los casos son innumerables. En los años 70, la compañía farmacéutica Squibb usó el veneno de una víbora brasileña para ayudar a desarrollar el captopril, usado para tratar el paro cardíaco congestivo, sin el pago de los derechos que los brasileños piensan se les debe hacer. Y más recientemente, las tribus indias brasileñas se han quejado de que las muestras de su sangre, tomadas bajo circunstancias que dicen eran poco éticas, eran utilizadas en la investigación genética por todo el mundo.</p>



<p>En el Amazonas la uña de gato es un árbol cuya corteza tiene innumerables propiedades medicinales y durante siglos las tribus indígenas como los Asháninkas han usado sus propiedades terapéuticas. Klaus Keplinger de Austria patentó en 1989 la uña de gato y ni siquiera los indígenas pueden comercializarla en mercadillos como lo habían hecho siempre.</p>



<p>El Sacha Inchi (Plukenetia enredadera) es una planta que produce almendras muy concentradas en ácidos grasos (omega 3 y 6). Cultivada y utilizada por más de 3000 años por los pueblos amazónicos, sobre todo en el Perú, tiene características que interesan a las empresas de alimentos y cosméticos, especialmente en los países desarrollados. En 2006, la empresa francesa Greentech patentó el aceite de Sacha Inchi tras haber “inventado” su uso para elaborar cremas de cuidado para la piel y el cabello (propiedades hidratantes, nutritivas, relajantes, entre otros, y el anti-edad, tonificación, adelgazamiento…). La acción de dos organizaciones que luchan contra la biopiratería, la Comisión Nacional Peruana y el colectivo francés France Libertad, ICRA, Palabras de Naturaleza, consiguieron mediatizar el caso y la presión fue tal, que Greentech tuvo que retirar su patente.</p>



<p>El Kambó, o vacuna del sapo como también le llaman, es el más tradicional de los remedios indígenas del Amazonas. Se obtiene de la secreción de un sapo, la phyllomedusa bicolor, en cuyo líquido los científicos han hallado propiedades antibióticas, contra el sida y el cáncer. La mayoría de las tribus asentadas en la frontera de Brasil con Perú lo usan. En los últimos años se está dando el caso de que algunas aldeas indígenas están siendo frecuentadas por una legión de occidentales enfermos, casi desahuciados por la medicina moderna, a los que les va bien su aplicación porque les refuerza el sistema inmunitario.</p>



<p>Un médico italiano lo patentó en los años 80. Después fueron aisladas dos sustancias: la dermorfina y la deltorfina. La primera de ellas, 300 veces más potente que la morfina, es la causante de una nueva generación de analgésicos comercializados desde 1998 por los laboratorios Abbot bajo el nombre de ABT 694. Un gramo vale 1.000 euros y los sapos se venden a 400. Están desapareciendo. Los beneficios se calculan en 500 millones de euros. Los indios no han recibido nada a cambio&#8230;</p>



<p><span style="color: #999999;"><em>&nbsp;</em></span><br><br><strong>UN GRAN NEGOCIO</strong></p>



<p>Sólo alrededor del 5% de las plantas amazónicas han sido estudiadas debidamente. Los beneficios potenciales para la comunidad médica son enormes. Se calcula que sólo está clasificado el 10% de todas la flora de esta selva, y que, al menos, la tercera parte posee propiedades curativas.</p>



<p>En Estados Unidos, el Instituto Nacional del Cáncer ha identificado 3,000 plantas que son activas contra las células cancerosas. El 70% de estas plantas se encuentra en la Amazonía y la cuarta parte de los ingredientes activos contra la peor enfermedad del mundo, provienen de organismos que se encuentran sólo allí. Éste es el caso de la Vincristina, también conocida como hierba doncella, uno de los medicamentos contra el cáncer más poderoso y que ha conseguido aumentar drásticamente la tasa de supervivencia para la leucemia aguda infantil<br>desde su descubrimiento.</p>



<p>Poniéndole cifras al problema, podemos percibir su dimensión. Estudios de organizaciones ecologistas señalan que el tráfico de especies y conocimiento indígena suponen pérdidas anuales superiores a los 10.000 millones de euros sólo en la cuenca amazónica. “Ahora que los medicamentos sintéticos parecen estar llegando al tope de su racionalidad productiva, las empresas farmacéuticas vuelven sus ojos a las plantas y otros organismos que han sido usados durante milenios por los pueblos indígenas para el tratamiento de enfermedades”, asegura Oscar Gutiérrez, director de la Facultad de Farmacología de la Universidad colombiana del Valle.</p>



<p>Volviendo de nuevo la vista atrás, no hace tantos años que la tribu más famosa de la selva amazónica, los Yanomamis, sufrieron en sus carnes (nunca mejor dicho) la tropelía de una empresa científica que estudió su base genética mediante análisis de su sangre. Durante años, médicos de bata blanca visitaban sus aldeas para extraer el fluido de las venas de los indios. Buscaban, con la secuenciación de su genoma, que tipo de inmunidad poseían ante determinadas enfermedades que afectan al hombre blanco. El problema es que, tan científico propósito, estaba pagado por compañías farmacéuticas que no estaban dispuestos a repartir sus beneficios con los dueños de la sangre.</p>



<p>“<em>Cuando yo era pequeño, venían los blancos a mi pueblo Tatutobi, nos han quitado sangre del brazo y a cambio nos han dado regalos pequeños como linternas o cuchillos. Me he enterado de que la sangre se guarda en los frigoríficos de los laboratorios genéticos y farmacéuticos. Nuestra gente, a la cual se le ha robado la sangre, ya esta muerta desde hace mucho tiempo, viven en el mundo de los espíritus y su identidad vive en nuestras conciencias. No obstante su sangre esta en la tierra. Nosotros queremos que nos devuelvan esa sangre y que regrese a donde ha nacido esa gente, para poder verterla en el río</em>”. Esta petición la hace casi en un susurro Davi Kopenawa, líder y chamán yanomami, conocido como el Dalai Lama del Amazonas, el mismo que dice que uno de los primeros recuerdos de su vida es cuando su madre le escondía en un cesto cuando llegaban los hombres blancos.</p>



<p>En el lado venezolano tampoco han ido mejor las cosas. En 1998, pocos días antes de asumir la presidencia de la República Hugo Chávez, el gobierno de Rafael Caldera a través del Ministerio del Ambiente de Venezuela, firmó un contrato con la Universidad de Zurich, Suiza, mediante el cual se otorgan derechos de acceso a los recursos genéticos y a los conocimientos y prácticas ancestrales en territorio yanomami. Este compromiso fue denunciado y combatido por la Organización de Pueblos Indígenas del Amazonas (ORPIA), ya que no existió nunca el consentimiento previo informado de las comunidades. En el contrato final se establece que el Ministerio del Ambiente obtendría 20% por derechos de regalías, patentes, y comercialización de los «descubrimientos». El 80% restante es para los suizos.</p>



<p><br><br><strong>GUARDIANES DE LA BIODIVERSIDAD</strong></p>



<p><em>“Los pueblos indígenas siguen siendo los guardianes de una espiritualidad que aún mantienen como una posesión entendida desde lo mágico y mítico. Ha tenido que transcurrir medio siglo para que los estudiosos de la universalidad entendieran que aquello, calificado como “misticismo ignorante”</em> <em>de los pueblos indígenas, resultó ser la fortaleza espiritual de la que adolecen las sociedades occidentalizadas</em>”, asegura el antropólogo venezolano Esteban Mosonyi.</p>



<p>Basta echar mano de los manuales antropológicos para entender el valor de la ancestral sabiduría de estas tribus indígenas. Los Tukano habitan la cuenca alta del río Negro, no lejos de la invisible frontera entre Brasil y Colombia. Reichel y Dolmatoff, dos antropólogos que convivieron con ellos durante años, han llegado a la conclusión de que la filosofía de esta tribu es esencialmente ecosófica.</p>



<p>Los Tukano tienen una concepción totalmente holística y no antropocéntrica del universo; es decir, no se consideran hijos de Dios, ni poseedores de una inteligencia superior a los demás seres. Sus relaciones con el entorno son de igual a igual.</p>



<p>El antropólogo Darrell Posey estudió durante años las costumbres de los Kayapo del Amazonas y calculó que en una hectárea de bosque cultivado por estos indios, se encuentran hasta 606 árboles de 300 especies distintas, algo imposible de explicar sin la intervención humana. Todo ello constituye un patrimonio genético irreemplazable. Es inquietante comparar los logros de estas culturas primitivas con el panorama agrícola del mundo moderno, donde apenas 12 especies representan el 80% del volumen total de cultivos del mundo: cinco cereales (trigo, maíz, arroz, cebada y sorgo), una leguminosa (soja), tres raíces (patata, mandioca y batata), dos productoras de azúcar (caña de azúcar y remolacha azucarera) y una fruta (banano o plátano). Según Posey, algunos miembros del pueblo Kayapo son auténticos especialistas en agro biología. Conocen al detalle los suelos, las plantas, los microorganismos, los insectos y los animales de toda la región de los Apeté (islas de Bosques) y, por supuesto, también sus propiedades nutritivas y medicinales. Tienen, además, un completo conocimiento de las relaciones simbióticas entre suelos, plantas y animales, así como de la distribución geográfica de cada nicho ecológico.</p>



<p><br>Los Kayapo saben que ciertas plantas se desarrollan mejor si crecen juntas y sus plantaciones están siempre formadas por comunidades. En una de las comunidades de bananos se encuentran, además de éstos, unas 24 variedades de tubérculos comestibles y numerosas plantas medicinales amigas de los bananos; entre ellas, la planta denominada “no quiero niños”, que utilizan para regular la fertilidad.</p>



<p>La interacción o simbiosis es tan importante para este pueblo que no existe el concepto de planta o especie como lo entendemos nosotros, sino más bien el de una comunidad de plantas. Las comunidades interactivas de éstas son consideradas como el resultado de un equilibrio de energías, lo que implica un complejo ritual de jardinería, ya que las plantas deben distribuirse en el espacio y en el tiempo como si se tratase de pintar un cuadro. Lo que a nuestros ojos parece un simple conjunto de plantas, resulta, al observar detalladamente, un grupo de cinco zonas concéntricas donde alternan distintas especies y variedades que han sido plantadas de acuerdo a una secuencia programada.</p>



<p>Los Shuar viven en el valle de Nangaritza, al sur del Ecuador, en la zona de transición entre los Andes y la llanura amazónica peruana. Sus comunidades cultivan 185 especies y variedades de plantas, de las cuales, algo más de la mitad son utilizadas como alimentos y unas 40, con fines medicinales. Su entorno está considerado como una de las joyas de la biodiversidad y ha sido protegido bajo el Parque Nacional Podocarpus, ya que se encuentra amenazado por las extracciones madereras y la agricultura intensiva. Sin embargo, ya se percibe el cambio de mentalidad generacional que pone en peligro esta biodiversidad, ya que las huertas cuidadas por las mujeres jóvenes sólo muestran 20 especies, mientras que las de las mayores contienen unas 60.</p>



<p>Por algo, el llanto de Davi Kopenawa, el Dalai Lama de los Yanomamis, es la mejor recomendación para unos tiempos que la historia recordará siempre como los de la Era del cambio climático: <em>“Debemos escuchar el llanto </em><em>de la tierra que está pidiendo ayuda. La tierra no tiene precio. Ustedes tienen que dejar a los yanomami vivir y preservar la naturaleza. Porque la naturaleza nos da la salud, la alegría. Tenemos que dejar que la selva viva. </em><em>No podemos dejarla morir&#8230;”.</em></p>



<p><strong>Boletín 37</strong><br><em>Diciembre de 2010</em></p>
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		<title>Indios aislados. El respeto a la diferencia.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/indigenas-sydney-possuelo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 29 Nov 2019 11:49:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 37]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Boletín 37Diciembre de 2010 Texto: Sydney PossueloImágenes: Sydney Possuelo Sydney Possuelo es uno de los más importantes indigenistas del mundo. Ha sido presidente de FUNAI entre 1991 y 1993 y [&#8230;]</p>
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<p><strong>Boletín 37</strong><br><em>Diciembre de 2010<br></em></p>



<p><strong>Texto:</strong> Sydney Possuelo<br><strong>Imágenes:</strong> Sydney Possuelo</p>



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<p><strong>Sydney Possuelo es uno de los más importantes indigenistas del mundo. Ha sido presidente de FUNAI entre 1991 y 1993 y creó el Sistema de Protección de los Indios Aislados de Brasil, cuya política innovadora garantizó a los pueblos indígenas aislados el derecho a permanecer en dicha condición. Sydney Possuelo recibió el Premio Internacional de la Sociedad Geográfica Española en 2003. Este texto que aquí reproducimos del libro “Los guardianes de la Biodiversidad” (Lunwerg Ed. 2009), resume su forma de ver el tema de los indios aislados, tras más de cuarenta años de experiencia en las selvas brasileñas.</strong></p>



<p>Entre pequeños períodos administrativos, fueron largas las expediciones que viví en la Amazonía durante más de cuatro décadas. Allí, las enormes diferencias entre indios y no indios eran, debido al mismo abandono, la indiferencia y los abusos de relaciones, similares a las de los señores y sus siervos. En la Amazonía, las grandes distancias aumentan la soledad y los gritos de los necesitados son acallados entre la magnitud de la selva y no llegan a los oídos de los políticos. Un verdadero caldo de tensiones sociales. Una escuela de vida respaldada por millones de kilómetros cuadrados donde la distancia y el tiempo tienen otras medidas, valores y significados.</p>
</div>
</div>



<p>Una escuela de aprendizaje larga y dolorosa que encanta y hiere, sangra y cura, a veces vive, otras mata. Donde una naturaleza grandiosa desfila con una gran variedad de formas, fauna y flora; donde la lluvia mansa riega la tierra y violentas tormentas dañan el suelo derribando grandes árboles; donde las aguas claras u oscuras, se deslizan por una infinidad de ríos, alimentándolos como sangre, intrínsecos en ese sistema de vida.</p>



<p><br>Pero además de los grandes ríos, después del último riachuelo, después de todo, se llega a los territorios de los pueblos indígenas aislados, los indios bravos. Restos de pueblos que otrora formaban grandes concentraciones de valientes guerreros, hoy se reducen a un puñado de hombres, implacablemente perseguidos por nuestra falta de humanidad. Allí, en varias expediciones estuve durante mucho tiempo. Penetré en sus tierras, creyendo en supuestos en los que ya no creo. Expuse al mundo lo que la selva escondía y albergaba. Fueron siete los pueblos a los que interrumpí en su deseo de aislamiento y distanciamiento. Expuestos a un mundo desconocido y hostil en el que nunca fueron incluidos, permanecen ahora tan distantes, como antes la selva. De nada les valió el contacto con nuestra sociedad, si no es por el daño multiplicado. Éste fue mi destino manifiesto y dolorido aprendizaje.</p>



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<p>De esta experiencia es de donde surgió mi propuesta de modificar la política de contacto llevada a cabo hasta entonces, por otra basada en el respeto a su tierra, a su forma de vida tradicional y a su derecho de permanecer aislados. De este modo, en 1987, la FUNAI, agencia oficial del Gobierno brasileño para la defensa de los pueblos indígenas, aceptó la propuesta y pude crear un nuevo departamento que dirigí durante más de veinte años. Esta nueva política terminó con los contactos forzados e intenta garantizar a los pueblos aislados sus derechos fundamentales.</p>
</div>
</div>



<p>Mirando al pasado me pregunto si era necesario causar tanto sufrimiento y dolor a los pueblos contactados, o si quizá existían otros caminos. ¿Dónde está la verdadera razón por la que existe el derecho y la justicia?</p>



<p>Pienso que las grandes soledades del planeta, como los desiertos, los vastos glaciares, las estepas los mares y las selvas, pueden suscitar al corazón del hombre la grandeza de amores o la locura de odios, que, de manera incontrolable, es imposible la indiferencia: o se dejan y no se vuelve nunca más, o se enamora uno y nunca más se dejan. En este paisaje de valores imponderables, ¿Quién tiene la razón? ¿Quién se equivoca? ¿Quién es el héroe y quién el bandido?.</p>



<p><strong>Boletín 37</strong><br><em>Diciembre de 2010</em><br><br></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/indigenas-sydney-possuelo/">Indios aislados. El respeto a la diferencia.</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Un Tuareg en la ciudad</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/un-tuareg-en-la-ciudad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:13:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 37]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Moussa Ag Assarid es tuareg. Vivió su infancia y juventud en el desierto, logró estudiar y al final emigró a Francia donde reside. Sin embargo nunca ha olvidado sus orígenes [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Moussa Ag Assarid es tuareg. Vivió su infancia y juventud en el desierto, logró estudiar y al final emigró a Francia donde reside. Sin embargo nunca ha olvidado sus orígenes y trabaja para lograr que su pueblo progrese mientras mantiene su personalidad y los colores de su cultura tradicional.</p>
<p><em>Escribió su experiencia de adaptación a la ciudad en su libro “En el desierto no hay atascos” del que presentamos estos capítulos.</em></p>
<p>Nací en un campamento nómada entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. Durante toda mi juventud recorrí las arenas con camellos, cabras, vacas, corderos y asnos en busca de nuevos pastos. Caminábamos hacia la vida, el agua, la vegetación. No conocí más que los horizontes infinitos, las noches bajo la jaima, las hogueras de leños, los pozos y el ganado. El campamento estaba compuesto por varias tiendas pertenecientes a la misma familia o comunidad, aunque, a veces, durante la estación seca, las familias se separaban para no concentrarse todas en los mismos pastos. Nos daba la impresión de que éramos los únicos en habitar un desierto que habíamos convertido en terreno de nuestros juegos. Vivíamos en un mundo recortado del otro, como príncipes de nuestro propio reino.</p>
<p>Tenía yo unos nueve años, cuando el año 1984 llegó para cercenar la hermosa confianza que teníamos en el presente y en el porvenir. Vivíamos como nuestros antepasados, pero llegó la sequía y resultó imposible mantener este tipo de vida. Nos vimos obligados a separarnos. Intentamos desesperadamente permanecer en grupos de dos o tres jaimas para ayudarnos unos a otros, pero la situación se hacía cada vez más grave. La escasez diezmaba el ganado y nos hacía enfermar. Sólo nos quedaban algunas cabras esqueléticas que ya no daban leche. Se agotaban las provisiones y teníamos miedo a morir de hambre. Al final de este difícil periodo, murió mi madre. Yo tenía unos diez años. Me fui a vivir a casa de mi abuelo materno y después, a la de mi abuela paterna, en Gao, con mi hermano Ibrahím y mis dos hermanas, Lala y Bouchera. En la ciudad, los otros niños nos rechazaban porque no entendíamos su idioma, éramos salvajes, éramos tuaregs. Nuestro universo se vio limitado al círculo familiar. Necesitábamos amor para curar la herida de la ausencia. Mi padre volvió a casarse varias veces, aunque, en realidad, a través de todas aquellas mujeres, buscaba a mi madre. Tardó mucho en terminar su luto y amar a una mujer que no constituyese la sombra de un recuerdo.</p>
<p>Cuando tenía más o menos trece años volví con mi hermano al desierto, junto a mi padre. Me sentí feliz de volver a aquella vida en la que el alma de mi madre todavía se dejaba palpar. Una noche tuve un sueño: mientras me encontraba sentado en lo alto de una duna, un avión venía a posarse en la tierra, cerca de mí. De él salía un hombre blanco y me preguntaba si quería visitar el mundo. Le contesté que sí y me desperté sobresaltado. Mi padre se asustó y quiso saber qué me ocurría. Le contesté que, en un sueño, un avión quería llevarme a través del mundo. Me respondió que acababa de tener una pesadilla. ¿Fue casualidad? Unas semanas después conocí a una periodista del París-Dakar que paseaba junto a su marido por las cercanías del campamento. Un libro cayó de su bolso y me agaché para recogerlo y devolvérselo a la señora. Ésta me enseñó los dibujos, que me fascinaron. En el momento de marcharse, me lo regaló: se trataba de El Principito. Desde aquel día ya no pensé más que en una cosa: ir a la escuela para aprender a leer y enterarme de la historia de aquel hombrecito.</p>
<p>Aquel mismo año perdí a mi abuelo y me hice todavía más huérfano. Ya nada me retenía en la tienda junto a mi padre y su nueva esposa. Sentí que había llegado el momento de emprender mi vuelo. Tras insistir durante largo tiempo ante mi padre, pude, por fin, irme a la escuela de Taboye, pueblecillo situado a unos quince kilómetros del campamento. Entonces teína unos catorce años. Los primeros momentos fueron difíciles. Yo era el único Tuareg en medio de songhays, gente que hablaba un idioma distinto. Ningún alumno quería sentarse junto a mí; era demasiado diferente. Sentía en mi interior tal vacío que me vi dominado por un poderoso deseo deaprender y de buscar en los libros compañía, presencia y consejos. Al cabo de unosmeses, logré convencer a mi padre de que permitiese a mi hermano Ibrahim ir a reunirse conmigo.</p>
<p>En dos años, aprendí a leer. Ansioso de palabras, leía todo lo que caía en mis manos. Cada vez volvía con menor frecuencia al campamento cuando éste se alejaba de Taboye. A veces me quedaba a dormir en el patio de mi maestro, quien, a cambio de algún trabajillo, me daba caldo, o comía los dátiles que me daban las personas para las que transportaba sacos.</p>
<p>Para que mis progresos fuesen mayores, decidí alejarme todavía más del campamento. Cuando cumplí diecisiete años me marché a Bourem, la capital más cercana a Taboye. Me fui a vivir a casa de un tío, para quien hice trabajos caseros. Entonces estalló la rebelión Tuareg, con lo que mi tío tuvo que regresar al desierto, junto con su tribu, para apoyar a los sublevados. Cuando tenía diecinueve años marché a Ansongo a fin de obtener mi graduado escolar. Un amigo de mi padre que tenía cuatro esposas y unos treinta hijos me dio alojamiento. Para merecerlo tenía que trabajar para la familia en condiciones difíciles, ya que los hijos de ese hombre me maltrataban. Yo era el chivo expiatorio, el extranjero. No me llamaban a comer más que cuando no quedaba casi nada. Adelgacé. Sin embargo, todas las mañanas pasaba ante la casa de una señora para entrar en una gruta, un refugio, en el que trabajaba entre seis y ocho horas; esta señora me regalaba galletas y un vaso de caldo. Un día, dejé de pasar por delante de su casa porque me daba vergüenza y tomé otro camino. Se enteró de mi nuevo trayecto y me dijo que quería protegerme como una madre. Miré al cielo y di las gracias a la mía.</p>
<p>Pasé ocho meses en Ansongo, el tiempo justo para obtener mi diploma. Inmediatamente después me fui haciendo autostop a Bamako, donde permanecí hasta concluir el bachillerato. Al principio viví en casa de un primo que era muy exigente en el trabajo: lavar coches, ocuparme de los niños y buscar comida para el ganado. Me quedaba el tiempo justo para acudir a la escuela. Cada día se me hacía un poco más difícil trabajar solo, hasta que, por fin, resolví que era preferible pasar hambre y recobrar mi independencia. Así pues, me instalé en un estudio. Contaba con una exigua beca y ganaba un poco más haciendo de memorialista y vendiendo agua fresca y billetes para la tómbola de una fundación humanitaria. Tras tres años en Bamako, me suspendieron en el examen de bachillerato. Decepcionado, volví al desierto y creé en Taboye una asociación para fundar una pequeña escuela. Volví seis meses más tarde a Bamako con el fin de buscar fondos para mi escuela mientras decidía no darme por vencido. Volví a presentarme al examen de bachillerato convencido de que la primera vez me habían rechazado por ser Tuareg y activista de una asociación rebelde de alumnos y estudiantes de Mali. Tras trabajar sin tregua, cuando ya tenía veintitrés años, obtuve por fin mi diploma.</p>
<p>Fascinado siempre por Saint-Exupery, alimentaba, ansioso por conocer al gran escritor, el sueño de ir a Francia. Deseaba decirle que su Principito tenía un hermano…Para mí, Occidente representaba la base del saber. Descubrir bibliotecas, leer, aprender. La mayoría de los libros que tuve en mis manos estaban editados en París. París era el centro de toda una vida intelectual. Hugo, Baudelaire, La Fontaine: ¡París! En aquella época creía que las personas que cambiaban el mundo, que hablaban, se encontraban en Francia, razón por la que debí dirigirme hacia ese país para llevar a cabo mi ideal humano y, además, mi sueño. Estaba convencido de que, si encontraba la forma de adaptarme, lograría brillar. Los medios de comunicación aumentaban mi fascinación. Lo sentía como una llamada.</p>
<p>En el desierto, mi voz era escuchada por los míos, se me respetaba. En cambio, en este nuevo mundo al que aspiraba, no contaba como persona. Sólo era un desconocido que tendría que construir todo para hacerse un sitio. Sabía, sin embargo, que siempre contaría con la educación que me había proporcionado mi abuelo, quien, a menudo, me decía:</p>
<p>– En este mundo, todos los hombres tienen algo en común: la palabra. Para comprenderlos y conocerlos hay que escucharlos. Te adoptarán. Conserva ese tesoro y vete adonde quieras en la tierra sin olvidar nunca de dónde vienes.</p>
<p>Jamás lo he olvidado. La mañana en que partí, mi padre me estrechó entre sus brazos y me dijo:</p>
<p>– Necesitas alcanzar tu plenitud en otros lugares, pero no nos olvides. Cuenta con nuestra bendición. Siempre pensaremos en ti. Vete ahora.</p>
<p>Sin pronunciar una sola palabra, me separé de él y me dirigí solo hacia una nueva vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>AGUZAR LA VISTA</strong></p>
<p>Cuando la vida depende de la naturaleza, todas las miradas se hacen vitales. En el desierto los ojos buscan cualquier señal de vida, huellas de animales, plantas, el lenguaje de la tierra. Leemos en la arena la escritura de la vida. Cuando nos dirigimos hacia algún pasto, no se nos escapa nada de lo que vemos en el camino.</p>
<p>En las grandes ciudades europeas, la mirada se ve continuamente solicitada por los neones publicitarios. Al llegar a Francia, todos esos colores y luces me hicieron perder la cabeza. No sabía dónde reposar la vista. Estaba acostumbrado a mirar a la lejanía y mi visión chocaba con siglas desconocidas. Me entraban ganas de trepar por las paredes y arrancar aquellos parásitos, de depurar el paisaje y hacer que las piedras de los edificios recuperasen su alma. Me sorprendió descubrir que mis amigos no veían aquellas luces ni aquellos colores ni percibían la belleza de una puerta, la tristeza de una transeúnte, las lágrimas de un niño, el aspecto preocupado de algún hombre ni unos besos que daban la impresión de ser los últimos. Concentrados en su propio universo, no sentían admiración alguna por el mundo que los rodeaba. Yo nunca dejaba de hacerlos compartir mi asombro. A través de mis ojos iban descubriendo de nuevo su propia vida. El mundo civilizado no debe olvidar jamás esa forma de mirar porque ella puede salvarle el alma, tal como salva nuestra vida en el desierto. Siempre recordaré el día en que mi madre me sorprendió por su agudeza y rapidez de reflejos. Viajábamos hacia nuevos pastos con nuestros camellos y vacas. Mi madre iba montada en un burro con mi hermano, y yo caminaba cerca de ellos. Me dijo que tuviese cuidado porque estábamos cruzando un terreno en el que solía haber serpientes. Terco, no le presté atención; amaba mi desierto y sus habitantes no podían hacerme daño alguno. En un momento dado, una serpiente apareció deslizándose entre las patas del asno. Por un instante me quedé petrificado. No la había visto llegar. Temí por mi vida y por la de mi madre, cuyas piernas colgaban cerca de la arena. No tenía ni idea de lo que podía hacer para enfrentarme al animal. Me agaché para coger una piedra, pero todos y cada uno de mis gestos me condenaban pues podía asustar a la serpiente. Cuando levanté la cabeza, el ofidio había muerto. Desde el burro, mi madre, con gesto preciso, la había matado con una de las estacas de la jaima. Al darse cuenta de mi extrañeza, me dirigió una sonrisa y me dijo:</p>
<p>– Vivas donde vivas o te encuentres donde te encuentres, permanece siempre alerta, mantén fría la cabeza y no te ocurrirá nada.</p>
<p>Desde aquel día, mi mirada no se adormece jamás y, con el espíritu al acecho, no descuido nada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CONCLUSIÓN. EL CAMINO ES HERMOSO</strong></p>
<p>Me gustaría conservar por siempre la admiración de la primera mirada. Guardar en mí el alma nómada, el corazón Tuareg. No sé por cuánto tiempo seguirán teniendo los jóvenes la oportunidad de descubrir diferentes mundos en una vida. El hecho de crecer en un universo que escapa al tiempo y de explorar acto seguido civilizaciones tan separadas unas de otras posee un inestimable valor. La vida se enriquece con todas esas diferencias. Sin embargo, nosotros, los nómadas, los hombres libres y sin edad, nos vemos amenazados por el tiempo. Es difícil saber durante cuántos años más podremos sobrevivir en esa tierra sedienta en la que ya no llueve. Nuestros antepasados optaron por el desierto para ser libres, aunque hoy en día pagan con su vida esa libertad. Todos los años, el desierto pierde un poco más de vida, y éste es el porqué de mi lucha para que los niños tuaregs vayan a la escuela, ya que, en el futuro, uno tendrá que ser muy rico para hacer suficiente acopio de agua y alimentos. Son cada vez más los nómadas que se van al desierto con sus cisternas para matar la sed del ganado. Los pastores de rebaños pequeños carecen de medios para ello. Los niños deben contar con la libertad de elección entre el desierto y la ciudad. Conseguiremos evolucionar porque poseemos el sentido del compromiso. Si nos implicamos, vencemos. Cuando iba a la escuela, los otros niños nos miraban al cuello para ver si llevábamos colgando alguna suerte de amuleto que les permitiera comprender por qué éramos los mejores. Nuestro único misterio era saber desear.</p>
<p>Sigo estando convencido de que todas las civilizaciones necesitan soñar con una tierra en la que todos los hombres caminen en libertad hacia los amplios horizontes, en la que las vidas se contenten simplemente con abrazar el ritmo de la naturaleza, en la que los seres obtengan su felicidad mediante la belleza, la fe, lo invisible y lo inmaterial. Los nómadas llenan los ensueños de los urbanícolas, e incluso en el caso de que nos alejemos de las tierras que nos vieron nacer, lucharemos todos para que, en el corazón de las ciudades, el alma del nómada siga siendo eterna, y su mirada, siempre virginal.</p>
<p>Es Francia la que me ha abierto los ojos, porque las raíces tienen sentido cuando se salen de la tierra y tienden hacia un más allá. La diversidad de paisajes, la sorpresa de los habitantes de las grandes ciudades y su extraña agitación me han hecho comprender hasta qué punto la tierra necesita del desierto, de su belleza, de su silencio y de la fuerza de sus horizontes. Ese silencio pone de relieve el ensanchamiento de vuestra vida, a la que añade densidad. Me siento orgulloso de ser un Tuareg y de vivir en Francia. Estadlo vosotros también de ser lo que sois y tened fe en vuestra hermosura.</p>
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		<title>Inuits, vida sobre el hielo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/inuits-vida-sobre-el-hielo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:13:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El explorador polar Ramón Larramendi conoce bien a los inuits. Ha convivido con ellos durante años, habla su lengua y ha explorado a fondo sus inmensos territorios cubiertos por el [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/inuits-vida-sobre-el-hielo/">Inuits, vida sobre el hielo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El explorador polar Ramón Larramendi conoce bien a los inuits. Ha convivido con ellos durante años, habla su lengua y ha explorado a fondo sus inmensos territorios cubiertos por el hielo. Los inuits, conocidos por nosotros como esquimales, han defendido a ultranza la vida salvaje, la biodiversidad y el entorno natural del que se sienten parte integrante. Pero la modernidad ha entrado en el Ártico con toda su crudeza, unida al calentamiento global que amenaza con eliminar del mapa su hábitat natural. Los inuits tratan ahora de preservar su cultura, enfrentándose al desarraigo y la pérdida de referencias.</p>
<p>Mi primera entrada en Alaska se produjo por la frontera del océano Ártico entre Canada y Alaska, posiblemente la frontera menos vigilada de los Estados Unidos de America. Alaska era mi último tramo dentro de la Expedición Circumpolar, un largo viaje que comencé en Groenlandia y continué a través del Ártico canadiense en trineo</p>
<p>de perros y kayak entre 1990 y 1993. Llevaba más de dos años y medio de viaje Ártico, cuando desde el erosionado poste geodésico que marca esta frontera, pude contemplar una de las visiones menos conocidas pero más reales de Alaska. Una tundra plana y desolada que se extiende hasta el infinito. Era Alaska, mi tierra prometida. Alli comenzaba un largo viaje de un año y 4000 km por sus rincones más remotos en kayak, raquetas de nieve y trineo de perros a través de todos los territorios Inuits.</p>
<p>La enorme extensión de tundra de toda la costa norte de Alaska es una llanura casi perfecta, que durante unos dos mil kilómetros apenas levanta dos o tres metros sobre el nivel del mar. Allí éste cubre únicamente un palmo durante kilómetros, imposibilitando la navegación costera. Son millones de kilómetros cuadrados casi despoblados, donde se encuentra una de las mayores reservas de aves del mundo en el conocido Alaskan National Wildlife Refuge ANWR,bajo cuyo suelo se encuentra una de las mayores reservas de petróleo de Norteamérica, no muy lejos de la explotación petrolífera de Prudhoe Bay. La costa norte posee intercaladas unas pocas poblaciones Inupiaq, además de ocasionales instalaciones militares de control de misiles, integradas en la llamada DEW line, o red de estaciones de alerta temprana.</p>
<p>La pequeña población de Kaktovik es el primero de los pequeños pueblos de origen Inupiaq que componen el llamado North Slope Borough o cuenca norte de Alaska, y como el resto de poblaciones árticas, no pasa de ser una suma de casas prefabricadas, ordenadamente colocadas, que forman una ínfima mancha en un océano de tundra en verano y de nieve en invierno. Al llegar, la visión que uno puede llevarse de los nativos americanos resulta chocante: potentes coches en una población sin carreteras, y dentro de algunas casas las más modernas televisiones de plasma con pantalla gigante vía satélite. Un despliegue de recursos y de riqueza que convive con algunos restos inupiaqs tradicionales, en forma de una abundante artesanía y elaborados diseños que algunas mujeres, generalmente mayores aun realizan, simbolizados por la elaborada, hermosa y omnipresente parka Inupiaq. Esa impresión de riqueza se ratifica cuando uno visita Point Barrow, la población más septentrional del continente americano, punto alcanzado por primera vez en 1826 por el británico Beechey cuando intentaba explorar el paso del noroeste, un lugar hostil en medio de la tundra costera, bañado por un clima frio y duro incluso en pleno verano, y que destaca por ser la población con mayor proporción de vehículos por habitante de los Estados Unidos, producto de la inmensa lluvia de recursos que proceden de la explotación petrolífera en Prudhoe Bay. Es un gigantesco mar de pozos petrolíferos establecidos alrededor de Deadhorse, su capital, que nutre a los Estados Unidos de un importante porcentaje del petróleo que necesita y que mediante el oleoducto que atraviesa toda Alaska, envía el crudo hasta Valdez, donde es cargado en petroleros con destino a los “Lower 48” (los 48 de abajo,) como son llamados en Alaska el resto de estados continentales de los Estados Unidos.</p>
<p>La costa norte es la Alaska desconocida de la que depende el resto del país, con el que contrasta básicamente en todo: es poco espectacular, nada glamurosa, despoblada e inmensamente rica. Es el corazón de Alaska, que hace latir al país sin ser visto. En mi viaje alrededor de la costa alaskana que realicé con motivo de la expedición Circumpolar, tuve el privilegio de descubrir el país desde sus más remotos rincones, charlando con personajes que definen el país y que ayudan a comprender</p>
<p>su alma, tales como Bob Curtis, un sorprendente hombre de origen inupiaq que, con casi cincuenta años es un enérgico feligrés de la iglesia quáquera establecida en Kotzebue, en la region norte de la península de Seward. Hijo de cazadores y tramperos, estudió durante los años setenta en Anchorage, donde pasó una década, como él dice, de borrachera en borrachera y de cama en cama. Durante los ochenta, gracias a su viva inteligencia, fundó una red de supermercados en diferentes poblaciones de Alaska en una sorprendente y poco usual iniciativa empresarial. A comienzos de los noventa vendió todos sus negocios y se integró firmemente en la iglesia para combatir desde la política local el alcoholismo y la falta de futuro y perspectiva que él afirma que hay en la vida fuera de Dios.</p>
<p>Charlé también con personas como Elsie Adams la encantadora abuela Inupiaq de Kotzebue, viuda de uno de los últimos tramperos y cazadores Inupiaq de la zona, que nos acogió como a unos nietos que regresan de un largo viaje y nos obsequió con algunos de sus elaborados manteles. O como Joe Kaleak, el abuelo de Kaktovik y orgulloso Umialik, amistoso, hospitalario y activo, que nos invitó a su casa impregnada de sabor tradicional y un cierto olor a grasa,</p>
<p>bastante desordenada, con las paredes llenas de fotos y dibujos, todo amontonado, inclusive barbas de ballena, nada realmente limpio o más bien sin preocuparse por el brillo y la estética, en vivo contraste con la presencia de numerosas televisiones en todas las habitaciones y en alguna incluso dos, que son observadas por un enjambre de niños berreantes semidesnudos cuya relación de parentesco no acabamos de aclarar.</p>
<p>O como Roger Henry, un esquimal inupiaq que, como muchos otros, tuvo que combatir en la guerra de Vietnam, fue condecorado por valor y nos enseñó algunas fotos a torso desnudo en la selva con una mezcla de orgullo y desdén.</p>
<p>Esta es la Alaska que no se ve, prácticamente no tocada por el turismo, la Alaska que llaman del Bush, (es la zona de bosque y vegetación baja y por extensión a todas las zonas salvajes, nada que ver con el presidente americano!!) donde no hay carreteras, las poblaciones viven aisladas y la comunicación se realiza tan solo por barco, motonieve o avioneta.</p>
<p>Los esquimales* de Alaska (que realmente no se denominan a sí mismos ni Esquimales ni Inuit, sino Inupiaq en el norte, Yupik en el oeste y Sugpiaq en el sur) presentan una notable diferencia con sus parientes de Canadá y Groenlandia, desde el idioma, el yupik y el sugpiaq que no son inteligibles con el inupiaq y el resto de dialectos inuit de Canadá y Groenlandia (que si son mutuamente inteligibles entre sí y con el Inupiaq).</p>
<p>Tradicionalmente han estado mas influenciados por los indios por la proximidad y el frecuente contacto, y diferenciados de sus parientes del Este por la mayor riqueza de recursos, entre ellos la madera, procedente de sus bosques o de la deriva en toda la costa del océano Ártico, por un clima por lo general más templado y con más recursos animales y sobre todo por la caza de grandes ballenas, realizada en todo el norte y noroeste de Alaska, y que a diferencia de otras regiones Inuits del este, generaba una cierta acumulación de riqueza pues con la caza de varias ballenas podían vivir algunas comunidades durante todo un año y permitir una relativa concentración urbana estable, como Point Barrow o Point Hope. También presentan diferencias por la técnica de caza en sí, realizada con Umiaks o barcos de remos y piel de bastante tamaño, hasta quince metros de largo, desde donde una tripulación dirigida por un capitán o Umialik realiza esta caza decisiva para toda la comunidad, en cuyo arrastre y despiece participan aún hoy en día toda la población, en lo que representa la tradición y fiesta más importante del año.</p>
<p>En la actualidad las comunidades Inupiaq, Yupik y Sugpiaq han corrido una suerte muy diferente. Los Sugpiaq del sur de Alaska, que habitaban la isla de kodiak y zonas adyacentes, y muy parecidos a los indios, tienen la curiosidad de ser el unico grupo “Inuit” encontrado por los exploradores españoles en la época de la exploración, durante la expedición de Salvador Hidalgo de 1790. Sufrieron los efectos más negativos de la etapa rusa y su historia posterior, al estar en la zona más accesible, ha sido similar a la de los grupos indios de las que es más próxima.</p>
<p>Los Inupiaq del norte, habitantes de las zonas más remotas, han permanecido poco alterados hasta la llegada de la onda expansiva del terremoto que supuso el</p>
<p>descubrimiento de los yacimientos petrolíferos del Norte de Alaska, que les han convertido en probablemente el grupo nativo más rico y con mayores recursos por habitante del mundo.</p>
<p>Los Yupik, más aislados en la costa oeste de Alaska alrededor del inaccesible delta del rio Yukón, no han sufrido ni el contacto tan intensivo de los Sugpiaq con rusos y americanos, ni la revolución total del petróleo. Posiblemente por ello es en esta región donde prevalece el idioma esquimal mas hablado de Alaska, el llamado Yupik central general, hablado alrededor del delta del Yukon, con cerca de veintemil parlantes.</p>
<p>La búsqueda de identidad y de referencias, el apego a los orígenes y la continua influencia de la cultura americana, han sido una pugna constante para una generación de nativos alaskanos nacida entre dos mundos. Sus padres, cazadores y tramperos vivieron una Alaska en las que los nativos formaban la mayoría de la población y realizaban las actividades tradicionales, pero cuyos hijos han pasado a formar una minoría en su propia tierra gracias a la masiva emigración que se ha producido desde el sur tras la guerra mundial. Estos a su vez han dado paso a una nueva generación de jóvenes, totalmente modernizados, adaptados a la tecnología, atrapados entre la fascinación por las modas y mensajes que llegan sin cesar del sur, pero a la vez más conscientes de sus diferencias lo que les hace mirar al pasado en busca de respuestas ante un incierto futuro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>*El término “Inuit” que en el Ártico oriental significa “ser humano”, fue introducido en la Conferencia Cirumpolar Inuit de 1977 como denominación de toda la raza esquimal, en sustitución del término (esquimal) al que se le achacan connotaciones peyorativas, que por otro lado no están tan claras. En la practica los inuits o esquimales se denominan a si mismos de diferentes maneras, Inughuit, Inuvialuit, kalaaleq, Inupiaq, Yupik y, solo en algunas zonas, Inuit. En castellano ambas palabras son correctas y son utilizadas indistintamente en el texto</em></p>
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		<title>Indios aislados. El respeto a la diferencia</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/indios-aislados-el-respeto-a-la-diferencia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:12:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 37]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Sydney Possuelo es uno de los más importantes indigenistas del mundo. Ha sido presidente de FUNAI entre 1991 y 1993 y creó el Sistema de Protección de los Indios Aislados [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Sydney Possuelo es uno de los más importantes indigenistas del mundo. Ha sido presidente de FUNAI entre 1991 y 1993 y creó el Sistema de Protección de los Indios Aislados de Brasil, cuya política innovadora garantizó a los pueblos indígenas aislados el derecho a permanecer en dicha condición. Sydney Possuelo recibió el Premio Internacional de la Sociedad Geográfica Española en 2003. Este texto que aquí reproducimos del libro “Los guardianes de la Biodiversidad” (Lunwerg Ed. 2009), resume su forma de ver el tema de los indios aislados, tras más de cuarenta años de experiencia en las selvas brasileñas.</p>
<p>Entre pequeños períodos administrativos, fueron largas las expediciones que viví en la Amazonía durante más de cuatro décadas. Allí, las enormes diferencias entre indios y no indios eran, debido al mismo abandono, la indiferencia y los abusos de relaciones, similares a las de los señores y sus siervos. En la Amazonía, las grandes distancias aumentan la soledad y los gritos de los necesitados son acallados entre la magnitud de la selva y no llegan a los oídos de los políticos. Un verdadero caldo de tensiones sociales. Una escuela de vida respaldada por millones de kilómetros cuadrados donde la distancia y el tiempo tienen otras medidas, valores y significados.</p>
<p>Una escuela de aprendizaje larga y dolorosa que encanta y hiere, sangra y cura, a veces vive, otras mata. Donde una naturaleza grandiosa desfila con una gran variedad de formas, fauna y flora; donde la lluvia mansa riega la tierra y violentas tormentas dañan el suelo derribando grandes árboles; donde las aguas claras u oscuras, se deslizan por una infinidad de ríos, alimentándolos como sangre, intrínsecos en ese sistema de vida. Pero además de los grandes ríos, después del último riachuelo, después de todo, se llega a los territorios de los pueblos indígenas aislados, los indios bravos. Restos de pueblos que otrora formaban grandes concentraciones de valientes guerreros, hoy se reducen a un puñado de hombres, implacablemente perseguidos por nuestra falta de humanidad. Allí, en varias expediciones estuve durante mucho tiempo. Penetré en sus tierras, creyendo en supuestos en los que ya no creo. Expuse al mundo lo que la selva escondía y albergaba.</p>
<p>Fueron siete los pueblos a los que interrumpí en su deseo de aislamiento y distanciamiento. Expuestos a un mundo desconocido y hostil en el que nunca fueron incluidos, permanecen ahora tan distantes, como antes la selva. De nada les valió el contacto con nuestra sociedad, si no es por el daño multiplicado.</p>
<p>Éste fue mi destino manifiesto y dolorido aprendizaje.</p>
<p>De esta experiencia es de donde surgió mi propuesta de modificar la política de contacto llevada a cabo hasta entonces, por otra basada en el respeto a su tierra, a su forma de vida tradicional y a su derecho de permanecer aislados. De este modo, en 1987, la FUNAI, agencia oficial del Gobierno brasileño para la defensa de los pueblos indígenas, aceptó la propuesta y pude crear un nuevo departamento que dirigí durante más de veinte años. Esta nueva política terminó con los contactos forzados e intenta garantizar a los pueblos aislados sus derechos fundamentales. Mirando al pasado me pregunto si era necesario causar tanto sufrimiento y dolor a los pueblos contactados, o si quizá existían otros caminos. ¿Dónde está la verdadera razón por la que existe el derecho y la justicia? Pienso que las grandes soledades del planeta, como los desiertos, los vastos glaciares, las estepas los mares y las selvas, pueden suscitar al corazón del hombre la grandeza de amores o la locura de odios, que, de manera incontrolable, es imposible la indiferencia: o se dejan y no se vuelve nunca más, o se enamora uno y nunca más se dejan. En este paisaje de valores imponderables, ¿Quién tiene la razón? ¿Quién se equivoca? ¿Quién es el héroe y quién el bandido?</p>
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