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	<title>Boletín 38 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 38 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Socotora. El tiempo doblado</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:15:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 38]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el océano Indico, frente a la costas de Somalia y Yemen, la isla de Socotora, misteriosa y poco conocida, es hoy refugio de animales insó­litos, pájaros exclusivos y plantas [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/socotora-el-tiempo-doblado/">Socotora. El tiempo doblado</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En el océano Indico, frente a la costas de Somalia y Yemen, la isla de Socotora, misteriosa y poco conocida, es hoy refugio de animales insó­litos, pájaros exclusivos y plantas sorprendentes. Un frágil tesoro que, a pesar de estar considerado Patrimonio de la Humanidad, se encuen­tra siempre amenazado y al borde de la extinción.</p>
<p>Hace 3,96 millones de años (más o menos) la península Arábiga estaba unida al continente africano, o sea, a lo que hoy llamamos el Cuerno de África. No existía el golfo de Adén. En ge­neral, en aquellos años del Plioceno había muchos menos golfos que hoy. Y mu­chos menos estrechos. Pero a la Tierra le dio por bailar un rato al son africano y a las fallas tectónicas, por divertirse chocando entre sí en lo que para ellas era un juego que repetían de vez en cuando cada ciertos miles o millones de años. Resultado: se formó el istmo centroamericano, se abrió el canal de la Mancha (para desbordar de alegría a los ingleses), se congeló la Antártida y la Arabia fe­liz mandó al Cuerno a freír monas. Animales como los que conocemos, jirafas, elefantes, perros, caballos, rinocerontes o hipopótamos, coincidían en el mismo espacio con otros ya extinguidos, como el tigre diente de sable, el gonfoterio y el estegodonte.</p>
<p>Cuando Arabia se distanció de África, en el camino hacia su nuevo destino dejó una huella imborrable: en la latitud 12º 29’ 52,53’’ N y la longitud 53º 50’ 09,43’’ E (más o menos) está Socotora (o Socotra, como la llaman los ingleses, o sea, casi todo el mundo), un archipiélago formado por una isla mayor (Socotora), tres menores conocidas como Los Hermanos (Abd al Kuri, Samhah y Darsah) y unos cuantos islotes dedicados al descanso de las aves marinas.</p>
<p>No crean que aquel cataclismo no tuvo su importancia, aunque pasara inadvertido para casi todos los gonfoterios, los estegodontes y demás animales de entonces, porque aquellas islas eran territorio de la plataforma continental, es decir, como unos granos en medio de la piel del mar que un día pertenecieron a Arabia. Dicen que es la tierra continental más alejada de su suelo madre (no sé, tal vez debiera decir suelo padre) y se basan en que está a 349,34 kilómetros de la costa yemení y a 95,05 kilómetros de la de Somalia. Más o menos.</p>
<p><strong>ANIMALES EXCEPCIONALES</strong></p>
<p>Pasaron algunos años. La teoría de la evolución que había pensado un homo sapiens barbado y talentoso llamado Darwin siguió sus pasos según unas líneas claras y precisas en todos los lugares de nuestro mundo. ¿En todos? Bueno, excepto en dos: Galápagos y Socotora. Hubo otros, por ejemplo, Nueva Zelanda; por ejemplo, Madagascar, pero el hombre (sumergido en su sabiduría infinita) se encargó con habilidad y perseverancia de aniquilar cualquier vestigio que tuviera a mano.</p>
<p>Ya conocemos los tesoros que Galápagos encierra. Pero Socotora, la humilde y desconocida Socotora, permanece aún entre el velo del misterio. O del desconocimiento, a pesar de haber sido nombrada Patrimonio de la Humanidad por albergar más de setecientas especies únicas. Por fortuna para la vida natural, sucede de este modo.</p>
<p>Los grandes animales que allí pudieron quedar prisioneros murieron con rapidez, porque la tierra era árida, poco dada a beneficiar a los herbívoros o a los que de ellos se alimentaban. El agua, escasa durante casi todo el año, sólo corría a raudales durante los cortos periodos de las grandes lluvias. Los árboles se adaptaron con mayor fortuna y la fauna más resistente, las aves, los insectos, los reptiles, encontraron la forma de acomodarse y sobrevivir. Hoy, en el atlas de las cosas naturales que podemos ver allí, hay registradas unas novecientas especies de flora, de las que la tercera parte son endémicas, junto a seis pájaros exclusivos de este territorio entre los que sobresale el estornino negro de Socotora (que no es negro, sino de un gris humo en su plumaje superior y naranja chillón bajo sus alas, como de forja de herrero, que sólo es visible cuando vuela), y diecinueve reptiles entre los que hay salamanquesas, camaleones, la inofensiva serpiente ciega que vive bajo tierra, y extraños insectos, libélulas con los colores del neón encendido, bellas mariposas de elegante diseño, caracoles de concha estilizada, y sobre la playa, dos tipos de cangrejos casi transparentes que se divierten haciendo montoncillos de tierra como puerta para su casa.</p>
<p><strong>DESFILE DE FAMOSOS</strong></p>
<p>Pero volvamos a la historia. Pasaron algunos años más. En aquellas islas se había asentado un puñado de pescadores que compaginaban dos oficios muy respetables en esa época: su tarea de marear para obtener el alimento diario y la de piratear cualquier embarcación que se acercara demasiado al territorio donde vivían. No pudieron impedir que Alejandro Magno tomara posesión de ellas para fundar un colonia de griegos y enviar a los heridos en combate a aquella tierra, ya que poseía tres valiosos remedios curativos: la sabia del árbol Sangre de Dragón (o sea, la Dracaena cinnabari), el aroma del incienso que se obtenía de la Boswellia bullata, y la mirra.</p>
<p>(Confieso que nunca he sabido para qué narices se utiliza la mirra).</p>
<p>Pues resulta que la mirra se usaba para dos asuntos importantes: primero, para la muerte, o sea, para el proceso de embalsamar; segundo, para la vida, o sea, para lavarse los dientes. Los egipcios de hace cuatro mil años usaban como dentífrico un compuesto a base de piedra pómez, sal y cáscara de huevo a los que unían una pizca de uña de buey rayada y un buen puñado de mirra. Los griegos y romanos eran más prácticos y ahorradores, y utilizaban orina humana. Durante el siglo XIX, en Europa se vendía pasta de dientes fabricada con tiza, ladrillo machacado, sal y carbón de leña. Hoy se hace con yeso (o sea, la tiza de las pizarras), oxido de titanio (que sirve también para iluminar la pintura blanca de las paredes), detergentes como los utilizados para blanquear la ropa, glicol de glicerina (el mismo que se usa en los anticongelantes para coches), aceite de parafina (el de las lámparas de camping) y saborizantes que den al asqueroso potingue un sabor aceptable. Los que prefieren ingredientes más naturales, compran en los herbolarios productos elaborados con mirra.</p>
<p>Decía que Alejandro Magno fue el primer famoso en llegar a las islas. Luego, en el siglo I y gracias a la publicidad que hizo de ellas el siciliano Diodoro Sículo, se presentó Santo Tomás después de naufragar cuando iba camino de la India. Sí, el de “si no lo veo, no lo creo”. Este apóstol, que como cualquiera de sus colegas era bastante convincente, convirtió al cristianismo a todos sus habitantes, que abrazaron con generosidad el credo nestoriano del exégeta Teodoro Mopsuestia y del obispo Rábula. Decían que Jesús era dual, dios y hombre, y que María sólo era madre de su componente humano. El Concilio de Éfeso los declaró herejes. Hoy, subsisten dos ramas: la Iglesia Asiria de Oriente (que como su propio nombre indica tiene su sede en Illinois, Estados Unidos de América) y la Antigua Iglesia de Oriente, con sede en Bagdag, la capital iraquí. Entre las dos suman ciento setenta y seis mil setecientos veintiocho fieles. Más o menos.</p>
<p>Cuando en 1507 llegaron los portugueses Tristao da Cunha y Afonso de Alburquerque no encontraron referencia alguna de su pasado cristiano, a pesar de que Cosmas Indicopleustes (un viajero alejandrino que, atrapado por una clarificadora intuición, navegó al oriente para demostrar que la tierra era plana y tenía forma cuadrangular) e incluso el sempiterno Marco Polo se habían referido a él. Polo decía que sus habitantes nacían cristianos, que tenían un arzobispo que ni sabía de la existencia del Papa romano, y hablaba de ciertos juegos esotéricos, mágicos y negros que se celebraban en el mismísimo arzobispado. De ser cierto, hasta bien entrados los siglos de la baja Edad Media no se convirtieron a la fe musulmana. Llegó el Corán a Socotora y, aunque fue visitada por el jesuita Francisco Javier y puede que por Pedro Paéz (el español que descubrió las fuentes del Nilo Azul y que pasó siete años cautivo en Yemen), cayó en el olvido hasta hacerse invisible, efecto que en pleno siglo XX aprovecharon los rusos para tenerla como base militar durante la época de la Guerra Fría que siguió a la segunda Guerra Mundial.</p>
<p>Yo llegué algo más tarde. No crean que no fue un momento importante en la historia de la isla, ni mucho menos, porque acerté a llegar el día que se inauguraba la línea aérea entre Sanáa (la capital del Yemen) y el archipiélago, después de detenerse en Adan, que es como ellos llamaban a Adén, ciudad que da nombre al golfo y abre la puerta al Mar Rojo. Mi estancia, de unas cuantas horas (más o menos), me sirvió para constatar el carácter isleño de la gente, acostumbrada a pasar largas temporadas de aislamiento en su invierno, cuando el viento sopla del suroeste y levanta olas que impiden utilizar el dificultoso puerto de Qalansiyah, o del noreste para hacer impracticable el acceso al diminuto pantalán de Howlef; y ante todo, para afirmarme en la promesa de volver cuanto antes.</p>
<p>Así lo hice pocos años después.</p>
<p><strong>ARBOLES BOTELLA Y SANGRE DE DRAGÓN</strong></p>
<p>Grandes bloques de piedra como de cantera para pirámides se amontonaban en las inmediaciones de Hadibú. En las paredes superiores de esas moles ordenadas del mismo modo que si hubiera habido un cataclismo aparecían solitarios árboles de incienso con ramas aparentemente secas, pero que no lo estaban porque, de vez en vez, en sus extremos aparecían livianos brotes de color rosado que más tarde se convertirían en flores hermosas. El paisaje hubiera sido un tanto apocalíptico si no acabara en un mar de azules silenciosos y texturas de nube similares a los de la puerta del cielo. Por el contrario, las montañas dejaban resbalar la arena que formaba pequeñas o grandes dunas sobre las que se movían unos puntos negros que me parecieron buitres egipcios. No lo eran. Cuatro mujeres vestidas de negro desde el hueso frontal de sus cabezas a las falangetas del pie comprobaban el estado de las tuberías que tiempo atrás habían enterrado en lo alto, bajo la arena, para canalizar el agua de lluvia. El viento no existía. La brisa marina se había tomado unas vacaciones en mofletes ajenos y el sol lanzaba su látigo de fuego para flambear mi cabeza.</p>
<p>(Mala suerte haber nacido mujer en Yemen).</p>
<p>La isla tenía forma de pájaro sin alas con el pico hacia Sherubrub, al oeste, y la cola hacia Ras Irisseyl, en el este. Su geografía mostraba una cordillera central cuya altura no sobrepasaba los mil quinientos metros y unas colinas a ambos lados salpicadas por planicies y riscos alborotados que dificultaban una enormidad el tránsito con el coche más dotado. Pequeños poblados (con frecuencia de tres a cinco casas donde vivían familiares cercanos y lejanos) se escondían al abrigo de una pared o un bosquecillo subsistiendo allí como en el siglo XIV con la única ayuda moderna de la bombona de butano que las mujeres debían cargar a cuestas hasta las ciudades de la costa cuando se les vaciaba.</p>
<p>(Mala suerte la de ser mujer y vivir en el interior de Socotora).</p>
<p>Las carreteras no cubrían todo el territorio: al norte, la mejor vía de la isla abría camino entre Qalansiyah y Hadibú, y continuaba hasta Qariyah, donde se convertía en pista; al sur, un camino llevaba de Bidholeh a Qa’aram (llamada también Di Severo) y a Mahfirhin, pero resultaba imposible recorrer los casi cincuenta kilómetros que había hasta Ras Irisseyl y los que separaban Di Severo de Sherubrub si no se hacían a pie. Yo me aventuré una parte del trayecto, engañando a mi guía que se negaba a dejarme solo y tampoco se avenía a recogerme al día siguiente en el extremo de la isla.</p>
<p>Me arrepentí. Casi siempre me arrepiento de lo que no hago.</p>
<p>En la playa del norte cercana a Diabelhan los árboles botella crecían diseminados sobre la orilla y más allá formaban un bosque nada apretado. A veces parecían frascos de perfume diseñados por un artista japonés; otras, un hombre desnudo con la cabeza enterrada, ombligo bien formado y extremidades similares a las de Eduardo Manostijeras. Mirándolos con los ojos de la imaginación, no hubiera resultado extraño que apareciera un cachorro de braquiosaurio para chupar su corteza o extraer su sabia. Mientras, en las altiplanicies centrales surgían ante mí unas enormes sombrillas vegetales. Eran árboles de Sangre de Dragón, esa drácena milagrosa, utilizada por la reina de Saba, cuya sabia roja aún se exporta a la India para multitud de cosas, entre ellas, para rebajar inflamaciones, sanar fístulas, combatir hemorroides, curar enfermedades venéreas, reducir hemorragias de parturientas, pintar uñas y labios, decorar cerámicas, barnizar sitares, guitarras de concierto y violines de la época de Stradivarius o utilizarla como pócima mágica para recuperar el amor perdido.</p>
<p><strong>UN PARAÍSO A VISTA DE PÁJARO</strong></p>
<p>Faltaban pocos días para el final de mi estancia y ya me daba por satisfecho. Me quedaba conocer el extremo oeste, en torno a Qalansiyah, ciudad militarizada con escasos encantos, salvo las olas que formaban las fuertes corrientes que impedían el baño y alentaban la práctica del surf y los deportes de él derivados. En efecto, diez o doce tanques se encontraban hundidos en la arena como formando batería de cañones que vigilaban la isla con más fe que fortaleza ante una hipotética invasión llegada de Somalia. El paisaje se me mostraba sucio, desangelado, con imagen de abandono físico y piltrafa espiritual. Si miraba hacia el horizonte marino, la vista ganaba mucho debido a los barcos de pesca que permanecían anclados a ciento veintidós metros de la costa (más o menos) y al gran arco que la tierra marcaba en su encuentro con el agua.</p>
<p>“Sube aquella colina” me dijo el guía. Y yo, que soy muy bien mandado para estas cosas, lo hice con cierto aburrimiento. Tal vez fuera aquél el sitio más feo de la isla, pensaba, mientras caminaba en plan zombi, o sea, como si fuera de otro mundo.</p>
<p>Llegué a lo alto.</p>
<p>Había alcanzado el paraíso. Una playa de finísima blancura se arqueaba bajo mis pies. Una playa inmensa, luminosa, que acababa en un montón de dunas placenteras. Una playa entre dos aguas: azul de un sueño esmeralda, la del mar abierto; azul de tonos turquesa, la que encerraba la laguna, y en medio, un paseo de angélica arena sobre la que se movía un punto negro sin desplazarse. Era un hombre. En el punto medio de aquel gajo tan mullido había una barca. Azul. Me dijeron que aquel arenal tenía una longitud de ocho kilómetros y que el entorno era un parque natural. En aquel momento, las ciencias de la medición, la geografía y la estadística me la traían al pairo. No así los sentimientos que en mí despertaba aquel pedazo de territorio bañado por un mar etéreo, celestial, casi alfombrado.</p>
<p>No cabía duda. Estaba ante una de las playas más armoniosas y estéticas que había visto en mi vida.</p>
<p>Volví a casa. Y a otros lugares.</p>
<p>En París, un experto en petróleo me comentó que Socotora, como parte de la plataforma continental de Arabia, podría tener bolsas de oro negro bajo las aguas cercanas. Y que el Gobierno de Yemen no desdeñaba la búsqueda masiva en las cercanías del archipiélago.</p>
<p>Un socotrí que trabajaba para el Gobierno me dijo a media sonrisa:</p>
<p>–Sería una forma contundente de mejorar la vida de los socotríes.<br />
–Neshi ba’er ladiye, Socorra &#8211; le dije después de consultar mis precarias notas lingüísticas. O sea, “buenas noches, Socotora”.<br />
-La, al aysh’irob.</p>
<p>No, no lo entendió.</p>
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		<title>Hiram Bingham y la Ciudad Perdida de los Incas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/hiram-bingham-y-la-ciudad-perdida-de-los-incas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:15:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 38]]></category>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/hiram-bingham-y-la-ciudad-perdida-de-los-incas/">Hiram Bingham y la Ciudad Perdida de los Incas</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El 24 de julio de 1911, el explorador norteamericano Hiram Bingham encontró los restos de la gran ciudad-santuario de Machu Pichu, construida por los incas en el siglo XV a seis mil metros de altura en el corazón de los Andes peruanos. En 2011 se cumple un siglo de aquel hallazgo que sorprendió al mundo. siglos, las ciudades perdidas de los in­cas han sido el más duradero y evoca­dor de los mitos sobre el antiguo Perú. Paititi, Vitcos, Vilcabamba; son nombres que han conducido a numerosos buscadores de tesoros, aventureros y exploradores desde la época de la conquista. Los propios españoles enviaron numerosas expediciones en su busca. Todo en vano. Sin embar­go, cuando se habían abandonado todas las esperanzas, a principios del siglo XX, el mito hizo su aparición merced a las aventuras de un controvertido personaje: Hiram Bingham, el descubridor, o al menos redescubridor de Machu Picchu.</p>
<p><strong>¿QUIÉN FUE HIRAM BINGHAM?</strong></p>
<p>Hiram Bingham III nació en Honolulu (Hawaii) el 19 de Noviembre de 1875. Se estableció en Estados Uni­dos en su juventud, se licenció en Administración de Em­presas por la Universidad de Yale en 1898, y prosiguió sus estudios en Berkeley, doctorándose en Harvard en 1905. Trabajó como profesor de Historia en esta última Universi­dad y posteriormente lo hizo en Priceton y Yale. Hombre de espíritu inquieto y aventurero, lideró diversas expediciones arqueológicas en Sudamérica, antes de iniciar una carrera militar centrada en la aviación que le llevó a ser Presiden­te del Cuerpo de Aviación de Estados Unidos durante la II Guerra Mundial.</p>
<p>Bingam se vio también tentado por la política alcanzando el puesto de Gobernador de Connecticut y posteriormen­te el de Senador de los Estados Unidos. Aunque falleció en Washington en 1956, su figura ha estado siempre de actualidad por diversos motivos. Recientemente se ha sa­bido que la Universidad de Yale piensa devolver a Perú ca­si 50.000 piezas arqueológicas incas, retiradas de manera ilegal por Bingham.</p>
<p><strong>EL MODELO DE INDIANA JONES</strong></p>
<p>Joven, intrépido, profesor universitario, explorador y aven­turero, a nadie debe extrañarle que Bingham haya sido se­ñalado en numerosas ocasiones como el modelo del cinema­tográfico Indiana Jones. De hecho, la figura sobre la que se construyó el personaje tiene diversos candidatos, de entre los cuales han destacado tres por encima de to­dos: el Coronel Percy Harrison Fawcett, mítico explo­rador de la Amazonia, desaparecido misteriosamente mientras buscaba la ciudad perdida de Z; el científico y aventurero Roy Chapman Andrews, conocido por sus peligrosas expediciones por Mongolia, China y Siberia a la caza del hombre fósil y de restos de dinosaurios; y el propio Bingham.</p>
<p>Desde nuestro punto de vista, y partiendo de la base de que Indiana Jones, como todo personaje de ficción es una suma de aspectos de diversas personas, existen bastantes argumentos que indican que Hiram Bingham fue el máximo motivo de inspiración para Steven Spie­lberg. Si nos situamos en el origen cinematográfico del personaje en la película de 1981 “En busca del arca perdida”, la presentación del mismo en sociedad se realiza en una escena ambientada en la selva amazónica, en busca de un ídolo de oro por parte de un profesor universitario americano, joven y valiente, que trabaja para el museo arqueológico de su Universidad, y cuyo objetivo es llevar­se la pieza al museo soslayando la legalidad.</p>
<p>Se trata por lo tanto de un personaje norteamericano como Bingham, profesor universitario (de historia sudamericana en el caso real), dispuesto a emprender peligrosas aventuras en la selva (como la que rodea Machu Picchu), cuyo obje­tivo es llevar objetos arqueológicos de forma irregular a su universidad (como los que reclama el Perú) y buen conocedor de los terrenos por los que transita (como la selva sudamericana por Bingham). Si a esto se añade un razonable pa­recido en el aspecto y las indumentarias de ambos, creemos que la candidatura del descubridor de Machu Picchu está firmemente avalada.</p>
<p><strong>EL COMIENZO DE LA AVENTURA</strong></p>
<p>Cuando en 1533 los españoles conquistaron Cuzco, los incas, derrotados, se retiraron construyendo ciudades en las alturas de los Andes para proteger a los últimos miembros del imperio, estableciendo su capital en Vilcabamba. Cuando el imperio inca cayó definitivamente en 1570, la ciudad terminó por convertirse en leyenda, y se multiplicaron las historias sobre tesoros perdidos de los incas. Encontrar la ciudad perdida de Vilcabamba se convirtió en la meta, no sólo de aventureros y exploradores, sino también de arqueólogos e historiadores.</p>
<p>En estas condiciones parece lógico que un joven y ambicioso profesor de his­toria latinoamericana de la Universidad de Yale se dirigiera a Perú en 1909 con el propósito definido de desentrañar la localización de la legendaria ciudad de Vilcabamba, último bastón del gran imperio inca.</p>
<p>A sus 33 años, tras volver de su primera expedición por Venezuela y Colombia, Hiram Bingham organizó con J. J. Nuñez (prefecto de la provincia de Apuri­mac) una expedición a la ciudadela inca de Choqqequirau, prácticamente inal­canzable y protegida por el turbulento río Apurimac. Tras construir un puente al estilo inca, estuvieron varios meses abriéndose camino por la selva hasta alcan­zar su objetivo, 1500 m. por encima del río, entre cascadas, montañas nevadas, acantilados y selvas. A su regreso a Estados Unidos, el entusiasmo provocado por el viaje le llevó a proponer sin más dilación una expedición a la búsqueda de Vilcabamba.</p>
<p>Tras documentarse abundantemente, Bingham consiguió que sus adinerados compañeros de Yale financiaran un equipo profesional de máximo nivel, a su mando, conocido como “Expedición peruana de Yale 1911”.</p>
<p><strong>A LA BÚSQUEDA DE VILCABAMBA</strong></p>
<p>La amplitud del terreno a investigar, junto con las dificultades orográficas pa­recían condenar al fracaso el proyecto. Pero Bingham era un hombre valiente y tenaz y además se guardaba un as en la manga que ha sido conocido recien­temente. Tras llegar a Perú se trasladó a Cuzco y allí trabó relación con un hacendado local llamado Agustín Lizárraga que había descubierto una “ciudad perdida de los incas” en un viaje por la selva del Urubamba, el 14 de julio de 1902 (9 años antes).</p>
<p>Bingham, impulsado más por sus deseos que por el análisis, consideró de inme­diato que debería tratarse de Vilcabamba y diseñó la expedición hacia donde se lo había indicado el descubridor. Según Alfred, hijo de Hiram, en la biografía que escribió sobre su padre, éste había anotado en un cuaderno de campo: <em>“Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu y vive en el pueblo de San Miguel”. </em>Fallecido trágicamente mientras intentaba volver a la ciudad, Bingham fue “modificando” la historia del descubrimiento, terminando por omitir a Lizárraga en su clásico “La ciudad perdida de los incas”.</p>
<p>En julio de 1911, el grupo expedicionario partió de Cuzco acompañado por el sargento Carrasco del ejército peruano, llevando una caravana de mulas carga­ das con materiales y equipaje. Se dirigieron hacia el río Urubamba, bordeando un enorme desfiladero granítico con desniveles de entre 600 y 1000 m. hasta las majestuosas cumbres andinas. Las laderas estaban cubiertas por un espeso teji­do de densas plantas tropicales aferradas a las peñas.</p>
<p>Un día, mientras instalaban su campamento, se les acercó un sencillo campesino que habitaba una cabaña en las proximidades. Se trataba de Melchor Arteaga, indio muy aficionado al aguardiente, que comunicó la existencia de unas ruinas incas, escondidas bajo la maleza en la cumbre de una montaña situada por enci­ma del campamento y conocida como Machu Picchu (pico joven) por los lugare­ños. Por el módico precio de 50 centavos accedió a guiar a la expedición.</p>
<p><strong>EL DESCUBRIMIENTO DE MACHU PICCHU</strong></p>
<p>El 24 de julio de 1911, Bingham, Carrasco y Arteaga cruzaron por un inestable puente sobre los rápidos del Urubamba, e iniciaron una difícil ascensión sobre la resbaladiza vegetación, acechados por abundantes serpientes. Tras varias horas de es­calada llegaron a una especie de meseta, avanzando por la loma rodeados de altas crestas.</p>
<p>De repente divisaron varios niveles de terrazas incas (invisibles desde el río), en forma de enormes gradas. Cada una de ellas estaba reforzada con grandes muros de roca de hasta tres metros de altura. Entusiasmado, Bingham fue re­corriendo la totalidad de la meseta. Encontró primero una enorme muralla, perfectamente construida al clásico estilo inca. Posteriormente siguió una pa­red, encontrando la puerta de entrada de una vivienda, y luego divisó muchas  casas cubiertas de muso y vegetación, así como un mausoleo real y un hermoso edificio semicircular construido de manera similar al Templo del Sol de Cuzco.</p>
<p>Al descender por unos escalones de piedra se en­contró con una gran plaza rodeada de edificios ce­remoniales, uno de los cuales fue bautizado como Palacio del Rey, y que al tener tres ventanas en uno de sus muros, como decía la leyenda, fue conside­rado por Bingham como prueba definitiva del des­cubrimiento de Vilcabamba.</p>
<p>A su regreso a Yale con las impresionantes noticias, la National Geographical Society decidió patrocinar nuevas expediciones, todas lideradas por Bingham que, en 1912, 1914 y 1915 limpiaron la selva que rodeaba la ciudad para recuperar, en la medida de lo posible, su apariencia original, y comenzaron a realizar excavaciones. Aunque no se encontró el tesoro de los incas, la ciudad estaba prácticamente intacta, ya que el lugar se había elegido con tanto cuidado que nunca fue encontrado por los conquistadores, lo que supone un tesoro ar­queológico aún mayor, si cabe.</p>
<p>Los resultados de la expedición fueron publicados inicialmente en un artículo titulado “En el país de las maravillas de Perú” que ocupaba en su integridad el número de Abril de 1913 de la revista de National Geographic. El propio Bingham publicó en 1948 “La ciudad perdida de los incas “ y Machu Picchu entró definitivamente en la leyenda.</p>
<p><strong>EL MISTERIO DE LA CIUDAD PERDIDA</strong></p>
<p>Nada mejor, a estas alturas, que darle la palabra a Hiram Bingham, para que narre en primera persona lo que sintió al llegar a Machu Picchu:</p>
<p>“Debajo de un resalto apareció una cueva con las paredes cubiertas de hornacinas talladas en la piedra: era un mausoleo real. Sobre ella se le­vantaba un edificio semicircular con la pared externa en pendiente, como la del Templo del Sol en Cuzco. Las hileras de piedra iban disminuyendo de tamaño a medida que se acercaban a la parte superior, mientras que la parte externa de cada una de las piedras estaba redondeada para formar la grácil curva del edificio. Habría si­do imposible introducir una aguja entre las piedras. Aquella obra era una labor de maestros.</p>
<p>Unos escalones de piedra conducían a una plaza, don­de se recortaban contra el cielo unos templos de granito blanco. Allí, sumos sacerdotes vestidos con su resplandeciente indumentaria celebraban los ritos al dios Sol. Un conjunto de edifica­ciones bellamente construidas y provistas de gabletes, cerca de allí, de­bieron ser la morada del propio Inca. Podía imaginarla, con el pavimento cubierto de estoras de vicuña y suaves tejidos confeccionados por las manos de sus Elegidas, aquellas “Vírgenes del Sol” que tenían tan impor­tante papel en las ceremonias religiosas de los incas.</p>
<p>Cuesta abajo se amontonaban los edificios en una confusa disposición de terrazas, unidas entre sí como mínimo por cien escaleras. Era eviden­te que aquel santuario, tan bien conservado, no había sido nunca hollado por la bota de un conquistador. Comprendí que el Machu Picchu podía ser muy bien la ruina más extensa y más importante de América del Sur descubierta desde la llegada de los españoles.”</p>
<p>Bingham siempre pensó que había encontrado la mítica Vilcabamba. Su teoría ha sido descartada, no puede negarse que su esfuerzo le llevó a presentar al mundo una de sus maravillosas arqueológicas más importantes, seguramente una residencia real de recreo de los, otrora, poderosos Incas.</p>
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		<title>Rosita Forbes, una inglesa con alma de gitana</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/rosita-forbes-una-inglesa-con-alma-de-gitana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:14:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 38]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>De las arenas del desier­to a los bailes de la corte; de los mantos árabes a los sombreros extra­vagantes en las carreras de Ascot. La vida de la viajera inglesa [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/rosita-forbes-una-inglesa-con-alma-de-gitana/">Rosita Forbes, una inglesa con alma de gitana</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>De las arenas del desier­to a los bailes de la corte; de los mantos árabes a los sombreros extra­vagantes en las carreras de Ascot. La vida de la viajera inglesa Rosita Forbes fue como un caleidoscopio en el que se mezclaban las azarosas expediciones a lugares míticos, que ni siquiera figura­ban en los mapas, con las fiestas, el glamour y la sofisticación.</p>
<p><em>“Si hay algo que adoro es el sol. Si hay algo que detesto es una tormen­ta en el mar. Sin embargo, al buscar un comienzo mío propio, como per­sona- no como hija de un padre inteligente y atribulado, ni como esposa de un guapo escocés de los Highlands junto al que fui desgraciada du­rante tres absurdos años- lo encuentro a bordo de un carguero nave­gando entre Massava y Suez,[…] mientras el azieb, una galerna del sur, llevaba cinco días soplando”</em></p>
<p>Así comienza Rosita Forbes Gitana al sol, publicada recientemente en español por la editorial Almuzara, el relato de una vida que pide inevitablemente el calificativo de aventurera. Y en esas palabras iniciales están, concentradas, algunas de las claves de lo que movió a esta mujer a vagabundear por el mundo: la búsqueda del sol, por supuesto; su increíble resistencia física y mental para aguantar galernas del tipo que fueran y una vida personal, digamos, movida…</p>
<p>A pesar de su españolísimo nombre-responsabilidad de una madre con antepasados toledanos y peruanos- Rosita nació en en 1893 en una acomodada y muy tradicional familia inglesa. Su padre era un esforzado terrateniente, inteligente, capaz y excelente orador. La política parecía su destino obvio, pero sus estrictos principios no encajaban en ningún partido.</p>
<p>Rosita y sus tres hermanos crecieron en un ambiente de exigentes ideales, imposibles de conseguir para una persona normal. “En mi caso,” cuenta Rosita Forbes, “encontré la vía de escape de tanta emotividad, de una conciencia tan sensible ante el mundo que nos rodeaba […] planeando una carrera de aventuras”. ¡Y vaya si lo consiguió!</p>
<p><strong>NOMADISMO CON ENCANTO</strong></p>
<p>Sus viajes por países lejanos empezaron tras su boda, a los veintiún años con Ronald Forbes, un militar doce años mayor que ella. Con él residió en China, India y Australia, pero el matrimo­nio se rompió tras tres años de difícil convivencia. La razón no fueron sólo las infidelidades de Forbes, que las hubo sino su mal genio, algo que su mujer no podía tolerar. Tras el divor­cio, Rosita inició una nueva etapa en su vida enamorándose de un marino medio inglés, medio italiano, que trabajaba en una misión diplomática y la ayudó a sacarse la espina de su vida anterior. Según ella cuenta: “Bailamos mucho, comimos mucho y conocimos a un montón de gente”.</p>
<p>Esto último fue uno de los grandes privilegios de su agitada vida. Tanto su auto­biografía, como los otros muchos libros que escribió, son un inagotable listado de personajes notables, famosos y conocidos. De Clemenceau a Paul Morand, pasando por Lord Balfour, D´Annunzio, Lawrence de Arabia, el rey Faisal, Al­fonso XIII, Mussolini, Henry Ford, Atatürk…, parece como si no hubiera per­sonaje importante de la primera mitad del siglo XX con el que Rosita Forbes no haya tomado el té en alguna ocasión. Casi se la podría acusar de una cierta pre­disposición a dropping names, como dirían sus conciudadanos, si no fuera por­que no parece deberse a ningún esnobismo sino a la naturalidad de quien siem­pre se movió en los ambientes de la alta clase diplomática, política e intelectual.</p>
<p>En 1917, Rosita Forbes se marchó con su amiga Armorel Mei­nertzhagen a recorrer el norte de África, un viaje sin ningún respal­do económico que les resultaría apasionante y que sería el tema del primer libro de Rosita, Unconducted Wanderers, que podría tradu­cirse por algo así como “Vagabundas sin guía”.</p>
<p>Animadas por el éxito, las dos mujeres decidieron recorrer Chi­na, desde Canton a Hankow (hoy Wuhan) pero acabaron sien­do apresadas por el llamado “ejercito del sur”, y su guía, deca­pitado por espía. A pesar lo ocurrido se propusieron continuar aquellas expediciones temerarias y despreocupadas que ha­cían con poco dinero, mucho ingenio y enorme confianza en la gente. Así lo cuenta Rosita: “Recorrimos el mundo por rutas fuera del mapa, tomando prestados los caballos que necesitábamos, el suelo de la cabaña de un nativo como cama, la piragua del servicio de aduanas indochino o elyate del Gobierno de Nueva Guinea. The Times, al reseñar mi primer libro, co­mentó que habíamos pedido todo lo que necesitábamos con la seguridad de ni­ñas bien educadas a las que nunca se les había negado nada.”</p>
<p>Pero sería injusto que esta faceta de privilegios restara méritos a la audacia y re­sistencia de Rosita Forbes que jamás se amilanó ante una dificultad y para quien la palabra “imposible” no existía. Su interés e implicación en la suerte de los pueblos que visitaba era sincera y, por ejemplo, su lucha por la independencia de los pueblos árabes marcó su existencia durante años.</p>
<p><strong>BAJO EL MANTO DE KHADIJA</strong></p>
<p>En 1920 emprendió uno de sus viajes más famosos y locos: atravesar más de 900 kilómetros de desierto libio -dominado por los temibles senussi y vigilado estre­chamente por los militares italianos instalados en la costa de Trípoli- para llegar a la mítica Kufrah o Kufara, plaza fuerte del pueblo Tibu, un conjunto de oasis cuya situación nadie conocía con certeza. Su compañero en aquel difícil viaje fue otro personaje que se haría famoso por sus hazañas: Ahmed Bey Hassanein, un funcionario egipcio educado en Oxford.</p>
<p>Antes de emprender la expedición, y para contar con alguna posibilidad de éxi­to, Rosita se trasladó a Cernobbio, en Italia, donde vivía exiliado el emir Faisal, el gran luchador por la independencia de los pueblos árabes, para pedirle una carta de presentación para Sabed Mohamed Ichis, jefe de los senussi</p>
<p>Tras seis largos meses de preparativos, dedicados a la compra de material y a aprender el manejo de los instrumentos de medición, la expedición se puso en marcha. Rosita Forbes vestía ropas árabes y había pasado esos meses practican­do también el dialecto egipcio para poder trasformarse en Khadija, una joven viuda, hija de un comerciante egipcio.</p>
<p>Muy pronto empezaron las dificultades. En Ben­gazi perdieron todo su equipo que lograron recuperar a duras penas, pero tras grandes penalidades consiguie­ron llegar a Djedabia, un poblado árabe donde vivía Sabed Ridha, hermano del emir senussi. Allí se estableció un complicado juego de espionaje entre los sir­vientes comprados por los italianos -los cuales querían impedir el viaje– y los contraespías de Sabed Ridha que los tenían vigilados y siempre sabían qué in­formación iban a dar a los italianos.</p>
<p>En medio de esta maraña de intereses, Rosita Forbes aprovechó que se había lesionado un pie y que nadie en su sano juicio creería que la expedición iba a continuar viaje, para escapar en plena noche, tras drogar a los sirvientes. Lo que vino después no fue más tranquilizador: intentos de asesinato por parte de tri­bus hostiles, camellos enfermos, días sin encontrar agua, tormentas de arena… Pero, por fin, en enero de 1921 avistaron el oasis de Kufrah.</p>
<p>Tras pasar allí diez días, regresaron a Alejandría, en un viaje de vuelta igual­mente azaroso en el que Hassanein se rompió la cla­vícula y tuvieron que ser rescatados en última ins­tancia por un destacamento inglés que había salido en su busca. Rosita se había convertido en la prime­ra mujer occidental en pisar Kufrah, un lugar hasta entonces ignoto y prohibido. Inmediatamente escri­bió un libro, El secreto del Sahara: Kufara, que tuvo gran éxito pero en el que no fue nada generosa con Hassanein a quien reprochó sus pocas habilidades cuando, según otras fuentes, fue su ingenio sus bue­nas relaciones con los italianos y su capacidad para leer el sextante lo que les sacó de apuros cuando todo parecía perdido.</p>
<p>La famosa arabista Gertrude Bell comentó más de una vez que estaba harta de Rosita Forbes y que lo que más le molestaba de ella era que apenas mencionara al hombre tan importante que la había acompañado, Hassanein, un egipcio, sin el que no podría haber hecho nada: “Ella es única cuando se trata de hacer sonar la trompeta”.</p>
<p>Sea como fuere, Rosita había dado el salto a la fama. Se convirtió en una apreciada conferenciante, agasajada con cenas y comidas en su honor. Fue recibida por la reina de Egipto y por el rey Jorge V y la reina Mary en el pala­cio de Buckingham. Pero su agitada vida tenía hueco pa­ra un acontecimiento más: conoció a Arthur McGrath, coronel de Inteligencia militar, con el que se casó a los pocos meses.</p>
<p>Pero, mientras meditaba si dar ese paso, decidió viajar a La Meca como una pe­regrina más para orar ante la Kaaba. De nuevo se ocultó bajo los mantos de la egipcia Khadija y se embarcó en un abarrotado barco que hacía la travesía de Suez hasta Jedda. Pero esta vez nada salió bien: al ponerse el obligado manto blanco de los peregrinos tuvo que dejar al descubierto su pelo y sus ojos grises, lo cual provocó las sospechas de los otros viajeros. Como remate, se cayó de una faluca y todo el mundo pudo ver su piel blanca, que sólo se había podido teñir en parte. Tuvo que asumir el fracaso y regresar a Inglaterra sin poder cumplir su compromiso con The Times, que había sufragado el viaje.</p>
<p><strong>HONORES, HALAGOS Y PREMIOS</strong></p>
<p>Según cuenta Rosita en su autobiografía, la boda con Arthur McGrath empezó con discursos y un entorno de ramos de flores y actos públicos. Rosita Forbes re­cibió la medalla de oro de la Sociedad Geográfica de Amberes y la Sociedad Geográfica francesa hizo lo pro­pio, un honor que sólo había recibido otra mujer antes que ella, Marie Curie. Ante tantos premios y halagos, mucha gente pensaba que los éxitos de Rosita Forbes estaban excesivamente valorados y que su gran mérito era ser una excelente relaciones públicas de sí misma.<br />
Indiferente a los comentarios, buenos o malos, Rosita decidió en 1922 intentar cruzar otro terreno prohibido, Asir y Yemen, para llegar a Nejd. Este tampoco fue un viaje muy afortunado, incluida una penosa travesía con su barco zaran­deado por una terrible tempestad. Y, como remate, al llegar a Midi, centro de la trata de esclavos, la muchedumbre descubrió su disfraz y la expulsó al grito de “¡Es una infiel! ¡No es de la semilla de Adán!”.</p>
<p>Tras peligrosas aventuras como ésta, cuando por fin Rosita Forbes regresaba a casa, los viajes no habían terminado. Su marido Arthur MacGrath compartía con ella el gusto por un cierto nomadismo, justificado, además, porque trabaja­ba para el Departamento de la Guerra del Ministerio del Interior y le interesa­ba saber de primera mano lo que estaba ocurriendo en la Europa convulsa de aquellos años veinte, no tan felices.</p>
<p>Para Rosita, viajar por Europa en el periodo de entreguerras “fue emocionante, doloroso, divertido y desalentador”. Sí, también divertido, porque aquella socie­dad al borde del abismo ocultaba sus miedos tras una máscara de frivolidad. Ro­sita Forbes supo adaptarse perfectamente a la situación y ella, popular, famosa y admirada, se dejaba fotografiar en Ascot con los sombreros más extravagantes, uno de ellos tan grande que no pudo entrar con él en el coche.</p>
<p>Aquello era divertido, efectivamente, pero no ayudó a que Rosita Forbes fuera tomada con la seriedad que ella creía merecer. Por ejemplo, en su autobiografía se queja dolida de cómo, cuando la reina Mary se dirigió a ella en Ascot, no fue para interesarse por su azaroso viaje, disfrazada de árabe por un desierto que ni siquiera aparecía en el mapa, sino para preguntarle dónde había comprado el abrigo de piel de mono que llevaba.</p>
<p>Su editor volvió a ponerla en el camino de la aventura al pedirle una biografía de El Raisuni, el sherif de la tribu jabala, que tenía en jaque a las tropas españo­las, francesas y británicas en Marruecos. Un personaje que se atrevió a raptar al cónsul americano Pedicaris, lo que obligó a Roosevelt a enviar buques de guerra a Tánger con el lema de: “Perdicaris vivo o Raisuni muerto”. Lo segundo no lo logró y lo primero le costó a Estados Unidos 60.000 dólares por el rescate.</p>
<p>Rosita Forbes fue huésped del sherif durante once días y a su regreso a Inglate­rra escribió sus experiencias en Raisuni: sultán de las montañas. Este encuentro con un personaje tan novelesco y la admiración que Raisuni sintió por su visitan­te extranjera fueron la inspiración de la película El viento y el león.</p>
<p><strong>POR TIERRAS ABISINIAS</strong></p>
<p>Los viajes del matrimonio McGrath se ampliaron para incluir Estados Unidos, donde Rosita dio múltiples conferencias y fue tratada como una auténtica cele­bridad. Pero, por muy fascinante que fuera el Nuevo Mundo, Rosita seguía sin­tiendo la atracción de África y, deseosa de alejarse de una civilización mecaniza­da que no la satisfacía, decidió emprender la travesía de Ru Al-Khali, una zona ignota del sur de Arabia.</p>
<p>En esta ocasión su compañero iba a ser el famoso arabista y explorador Sir John Philby (padre, por cierto, de Kim Philby el agente doble que trabajó para los rusos y que formó parte del grupo de espías Los cinco de Cambridge). Las autoridades se opusieron inmediatamente a una empresa que les parecía suicida y ambos ex­pedicionarios decidieron probar suerte, emprendiendo la aventura por separado. Philby no tuvo éxito y fue detenido en Jedda. Pero Rosita, haciendo oídos sordos al coronel Scott, responsable de la seguridad de la zona, que le aconsejaba que se vol­viera a Inglaterra a pasárselo bien y se comprara “más sombreros de esos tan gran­des que suele ponerse”, decidió salir hacia Abisinia sin decírselo a nadie.</p>
<p>Del mar Rojo al Nilo azul: aventuras abisinias es el título del libro en el que Ro­sita contó su llegada a Lalibela y sus iglesias excavadas en la profundidad de la roca; la visión de los fantasmagóricos castillos portugueses de Gondar y su en­trevista con Haile Selassie que, en aquel país consumido por una pobreza irre­denta, la recibió con champán servido en copas de cristal veneciano y bandejas de oro. Claro que esta sofisticación no fue más que un paréntesis en un recorri­do siempre al borde del desastre… y de los precipicios de las enormes monta­ñas que tuvieron que atravesar a lomos de mulas y con sirvientes siempre ate­rrorizados por los bandidos, los cocodrilos o los fantasmas.</p>
<p>Como siempre el viaje mereció la pena y después de casi 1.800 kilómetros “la mayoría por pendientes sólo aptas para ciempiés, nos marchamos de Abisinia, para bien, contentos con los carretes de películas y con los recuerdos tristes y alegres que nos llevábamos y, para mal, por ese trocito de uno mismo que se de­ja atrás en cada viaje”.</p>
<p><strong>EL REINO DE LA EXTRAVAGANCIA</strong></p>
<p>De vuelta una vez más a la vida alegre y despreocupada de Londres, rodeados de amigos en cuyas casas solariegas pasaban los fines de semana, los MacGrath se olvidaron del proverbio árabe según el cual “ Las posesiones son cárceles; los hábitos, los muros de la cárcel” y se compraron una casa enorme de estilo geor­giano, con fantasmas incluidos.</p>
<p>Lejos estaban para Rosita las noches al raso en los desiertos inhóspi­tos y las chozas de los nativos donde tantas veces se había refugiado. Se dejó llevar por su tendencia a la extravagancia y se divirtió muchí­simo decorando la casa con los muebles más exóticos y los adornos más insólitos: por ejemplo, una escalera que bajaba haciendo peque­ñas ondas con la balaustrada adornada con leopardos de bronce o el dormitorio principal con paredes de ladrillos de cristal gris, suelo de mármol negro y una enorme hoja de palmera como ca­becero…</p>
<p>No sólo los periódicos ingleses, sino también los de Estados Unidos o la India, contaron las maravillas de la casa. Incluso el Daily Herald le dedicó un poema, algunos de cuyos ver­sos decían:</p>
<p><strong>Mrs. McGrath tiene una casa de ensueño,</strong><strong><br />
Pero no has de tener corazón de ratón</strong><strong><br />
Si quieres pisar el mármol del suelo</strong><strong><br />
Y ver sus pilares, paredes y puertas naranja-pomelo…</strong></p>
<p>Muy divertido todo, pero los detractores de Rosita tenían un argumento más para dudar de la seriedad y valor de sus empresas.</p>
<p>Fue también en esa época cuando Rosita dedicó una parte de su tiempo a es­cribir novelas románticas, una de ellas en colaboración con su amigo Noel Coward y, aunque algunas se llevaron al cine, la mayoría han pasado discreta­mente al olvido.</p>
<p><strong>ENTREVISTAS DE ENTREGUERRAS</strong></p>
<p>Pero la capacidad de Rosita Forbes para combinar múltiples intereses no había disminuido y desde luego, su amor por los viajes continuaba intacto. Siguió re­corriendo Europa -Hungría, Rumania, Bulgaria…- entrevistando a reyes, políti­cos y militares. La perspicacia de Rosita era indudable y muchas de sus observa­ciones sobre la situación política de aquellos años se vieron confirmadas por los acontecimientos posteriores.</p>
<p>En 1929 viajó a Persia para entrevistar a Reza Khan, que más tarde sería el Sha de Irán, el nuevo nombre del país. A Rosita, el Shah le pareció un hombre des­piadado y codicioso, pero también un patriota y un hombre poderoso, cuya me­ta, según le explicó él mismo, era hacer de su pueblo unos buenos persas, capa­ces de apañárselas sin los extranjeros. “No quiero que se conviertan en burdas copias de los europeos”, dijo.</p>
<p>Ese mismo año, emprendió otro larguísimo viaje de 12.000 kilómetros a través de Asia Central que luego relató en su libro Conflicto: de Ankara a Afganistán. En Turquía, inicio de la expedición, se entrevistó con Kemal Atatürk y siguió viaje recorriendo Siria, Palestina, Beluchistán…</p>
<p>En 1931, los McGrath-Forbes viajaron a Sudamérica y se enamoraron de sus tierras. Un amor que, para Rosita, no oscureció la fascinación de África pero la calmó un poco. Naturalmente, el periplo sudamericano dio nacimiento a otro li­bro: Ocho repúblicas en busca de futuro, en el que Rosita cuenta sus impresio­nes sobre Brasil, Uruguay, Paraguay, Argentina, Chile y Perú.</p>
<p>En 1933 viajó a Alemania y logró entrevistarse con Hitler, que entonces se es­taba acercando inexorablemente al poder, aprovechando la amargura que arras­traba a sus compatriotas. El canciller recibió a Rosita sentado tras una mesa enorme, ocupado en dibujar casitas en una hoja de papel secante. Años des­pués, al consultar las notas de la larga conversación que tuvo con el Canciller, Rosita recordaba que nunca lo consideró un gran hombre: “Siempre fue un pési­mo juez de los hombres. No recuerdo haber visto ni oído nunca entre sus íntimos a nadie que mereciera la pena. Los que conocí eran por lo general despreciables, muy listos y claramente malvados […] Se mostraban in­condicionales, saludables, mediocres e intolerantes, y estaban satisfechos de que el Führer pensara por ellos”…</p>
<p>Como Asia Central era también uno de los fo­cos de interés en la inquieta mente de Rosita For­bes, en 1935 emprendió otro largo viaje de Kabul a Samarkanda, con el propósito de atravesar las monta­ñas de Afganistán, una proeza que parecía imposible. Pero ella lo logró y pudo visitar Jalalabad y Kabul, vio los Budas de Bamyan y cruzó el río Amu Da­ria, para llegar a lo que hoy es Uzbekistán y admirar las míticas ciudades de la ruta de la seda, Bukara, Samarkanda, Tashkent…</p>
<p><strong>EL PAÍS DEL UNICORNIO</strong></p>
<p>Quedaba un rincón de nuestro planeta al que el matrimonio McGrath no le ha­bía dedicado todavía atención: el Caribe. Y allí fue donde decidieron instalarse, después de haber recorrido prácticamente el mundo entero. El lugar elegido fue una isla de las Bahamas, casi deshabitada y en la que nadie se había fijado hasta entonces: Eleuthera. Allí compraron una finca llamada Unicorn Cay don­de, bajo la dirección personal de McGrath, se construyeron una casa siguiendo el modelo de los castillos del Loira, con torreones incluidos.</p>
<p>Allí daban espléndidas fiestas a sus amigos y Rosita paseaba a caballo por la pla­ya como Lady Godiva, pero con sombrero. Ese fue su refugio en la última parte de su vida, un lugar en el que, según ella, “era más fácil enfrentarse a cualquier cosa que ocurriera estando tumbada y a la mayor distancia posible del escena­rio del desastre”.</p>
<p>En 1967 murió Rosita Forbes tras una vida en la que, según cuenta: “Viajé sola, a caballo, en mula o en camello, en cualquier vehículo imaginable, desde balsas hasta carros blindados o acompañada de amigos fortuitos a los que aprecié, amé y dejé a la velocidad de una cometa. Deambulé por ahí hasta salirme del mapa. Disfruté mucho”.</p>
<p>No es mal epitafio.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/rosita-forbes-una-inglesa-con-alma-de-gitana/">Rosita Forbes, una inglesa con alma de gitana</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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