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	<title>Boletín 39 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 39 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Viajes y expediciones marítimas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-expediciones-maritimas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 03 Oct 2018 10:36:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 39]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Lagos, ríos y océanos]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una gran parte de la historia de las exploraciones ha estado protagonizada por navegantes. Desde los míticos viajes de los fenicios por la costa de África hasta las modernas expediciones [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Una gran parte de la historia de las exploraciones ha estado protagonizada por navegantes. Desde los míticos viajes de los<br />
fenicios por la costa de África hasta las modernas expediciones científicas a bordo de barcos-laboratorio como el Hespérides, los mares y océanos han sido el escenario de miles de historias de descubrimiento, exploración, naufragios, éxitos y fracasos.</p>
<p>En el siglo XIV, los portugueses abrieron el camino para el descubrimiento de nuevos océanos y continentes, en su búsqueda de una ruta directa a las Indias alternativa a la Ruta de la Seda por tierra. Enrique el Navegante, Vasco de Gama o Pedro Álvares Cabral, entre otros, consiguieron abrir nuevas rutas al comercio portugués y se anticiparon a la gran Era de los descubrimientos que tendría como protagonistas casi absolutos a los españoles.</p>
<p>En los siglos XV y XVI se generalizó el uso de la brújula y surgieron nuevos tipos de naves (carracas, carabelas, pinazas, saicas, galeones) que permitieron hacer viajes cada vez más largos. Fue la época dorada de los navegantes españoles: Cristóbal Colón, Juan de la Cosa, Juan Sebastián Elcano, Álvaro de Mendaña, Vaéz de Torres, Urdaneta, Sarmiento de Gamboa, Legazpi&#8230; son sólo algunos de los miles de protagonistas de la apasionante historia de los descubrimientos<br />
geográficos por mar.</p>
<p>Todos ellos afrontaron la navegación oceánica con medios precarios: no sabían determinar con precisión la longitud, los cascos de madera de los barcos eran frágiles, la alimentación y las condiciones a bordo eran completamente inadecuadas para largas travesías. Pese a todo, aquellos hombres consiguieron ampliar enormemente el mundo conocido por los europeos.<br />
A principios del siglo XVI Núñez de Balboa descubrió un nuevo océano, el Pacífico, que abrió nuevos retos a los navegantes: la vuelta al mundo, que completarían Magallanes y Elcano, y la exploración de ese enorme océano salpicado por miles de islas, que durante siglos se conocería como “el lago español”.</p>
<p>El XVIII fue el siglo de los grandes marinos cartógrafos ilustrados y de las expediciones científicas. Entre todas ellas  destacaría la expedición de Malaspina, un “viaje científico y político alrededor del mundo” (1788). Este proyecto tiene<br />
actualmente su continuación en una nueva expedición científica de circunnavegación que recibe el nombre de este marino, un proyecto de investigación interdisciplinar que tiene como principales objetivos evaluar el impacto del cambio global en el océano y explorar su biodiversidad.</p>
<p>La historia de la navegación está llena de éxitos, pero también de naufragios y de historias trágicas. Como la del San Telmo, que desapareció en el Cabo de Hornos el 2 de septiembre de 1819 y que permanece envuelto en la leyenda.<br />
O como la odisea de Shackleton, una expedición fracasada que se convirtió en una de las más asombrosas historias de éxito de la historia de la navegación en condiciones extremas y en un modelo de liderazgo.</p>
<p>En el siglo XIX los avances técnicos en la navegación y la aparición de los grandes buques permitieron que millones de personas viajaran en barco. Dos innovaciones revolucionaron el diseño de los barcos: la propulsión por vapor y la  construcción con hierro. En 1860 los vapores de cascos metálicos ganaron rápidamente terreno a los veleros de madera y los barcos dejaron de ser un medio para el comercio y la exploración para transformarse en un medio de transporte de masas. Fue la época dorada de los grandes trasatlánticos con todo su glamour en las cubiertas superiores, mientras que en las inferiores viajaban millones de emigrantes hacia América.</p>
<p><strong>Lola Escudero.</strong></p>
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		<title>Navío San Telmo: Un dramático final</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/navio-san-telmo-un-dramatico-final/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:17:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 39]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el año 1819 el navío español San Telmo con 644 personas a bordo desapareció entre el cabo de Hornos y la Antártida. Durante todo el tiempo transcurrido desde el [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/navio-san-telmo-un-dramatico-final/">Navío San Telmo: Un dramático final</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En el año 1819 el navío español San Telmo con 644 personas a bordo desapareció entre el cabo de Hornos y la Antártida. Durante todo el tiempo transcurrido desde el trágico suceso, había permanecido olvidado hasta que recientes investigaciones y varias campañas arqueológicas de la última década han dado un poco de luz a su misterio.</p>
<p>La historia oficial considera al británico William Smith el primero en desembarcar en la Antártida , reclamando estas costas, por su primacía, para la corona británica unos meses después de la desaparición del San Telmo. Ahora se ha descubierto que fue el malogrado barco español el que llego primero en su desesperada deriva y que incluso en su naufragio algunos supervivientes consiguieron vivir algún tiempo hasta que el frío, el hambre y la desesperación acabaron con ellos.</p>
<p>En el invierno austral de 1819 tres barcos españoles, en su travesía desde Cádiz hacía El Perú, se encuentran navegando en uno de los peores y más tormentosos lugares del planeta, el Cabo de Hornos. La flota, con una derrota muy hacía el sur para librar los vientos contrarios, va encabezada por el navío de línea San Telmo. Se llevan tropas y suministros para hacer frente a las sublevaciones independentistas que se empezaban a extender por todos los dominios americanos de la corona.</p>
<p>El 2 de septiembre, entre olas que barren la cubierta y el frio viento antártico, se escribe desde las fragatas acompañantes:<em>“Hemos dejado de ver al San Telmo en latitud</em><em> 62º sur y longitud 70º oeste con averías graves en el timón, tajamar y verga mayor…”</em></p>
<p>Las fragatas lograrían llegar finalmente al Callao, con un mes de diferencia entre una y otra, pero desde ese pasado dos de septiembre nunca más se supo ni se sabría del San Telmo y de sus 644 tripulantes. Casi dos meses más tarde, el capitán de la armada británica, Robert Fildes es enviado desde Valparaíso hacia aguas más allá del Cabo de Hornos, para comprobar lo que el marino mercante Williams Smith contaba sobre unos avistamientos de tierras muy al sur cuando realizaba un viaje en busca de nuevas zonas de explotación foquera.</p>
<p>Desde las navegaciones de Gabriel de Castilla que también avistó tierras dos siglos antes, pasando por Cook que solo divisó los hielos de la banquisa sin encontrar el continente, la Antártida era algo que se intuía. Pero nadie había estado allí y había vuelto para contarlo.</p>
<p>En este viaje Smith fue embarcado como piloto para guiar el barco hacia el mismo lugar. Mientras, en el apostadero del Callao seguían esperando alguna noticia del San Telmo y sus más de seiscientas personas de dotación. A mediados de octubre Fildes y Smith llegaron a las actuales Shetland del Sur, desembarcaron en una de las islas peri antárticas en latitud 62º sur y 58º oeste, donde oficialmente nunca antes había llegado nadie y tomaron posesión para la corona británica el 19 de octubre del año 1819, denominándola Isla del Rey Jorge.</p>
<p>Recorrieron también el archipiélago bautizándolo como Islas Shetland del Sur  en honor a las islas del mismo nombre que se encuentran al norte de Escocia y desde aquel día la historia oficial reconoce a Williams Smith como el primer hombre, y británico, en poner un pie en la Antártida.</p>
<p>Lo que Smith no contaría a su vuelta pero sí lo hizo el capitán Robert Fildes en su diario, es que al norte de una de las islas, la denominada hoy Livingston, hallaron los restos de un naufragio que el capitán definió como de tipología española y que se había producido no hacía mucho tiempo. En sus notas aparecen algunos datos haciendo claras alusiones al navío español perdido unos meses antes en las aguas del Cabo de Hornos y cuyas noticias de desaparición ya se habían extendido por todos los puertos del sur del continente.</p>
<p><strong>UN SILENCIO INTERESADO</strong></p>
<p>Geográficamente, estas islas Shetland del Sur se encuentran a 160 millas más al este pero en la misma latitud sur donde fue avistado por última vez el San Telmo. Y en la dirección del viento y corrientes dominantes que hubieran traído cualquier objeto a la deriva. ¿Eran estos los restos del San Telmo que habían llegado a esas tierras en una desesperada navegación? ¿Qué suerte habían corrido sus tripulantes?</p>
<p>Weddell, un ballenero que varios años más tarde realizó cartas y descripciones de este grupo de islas, también reconoce abiertamente en su diario haber encontrado los restos de un navío de guerra español de 74 cañones, otro dato más de que podrían haber sido del malogrado San Telmo.</p>
<p>Para comprender bien la situación en que se producen estos acontecimientos hay que explicar el contexto que engloba toda esa época. España había salido de la ruinosa Guerra de Independencia y la debilidad exterior hacía sus colonias que empezaban a independizarse hacía insostenible cualquier acción a favor de los intereses españoles. Los británicos, que habían sido nuestros aliados para expulsar a los franceses, volvían a barrer para casa y anhelaban los inmensos territorios y colonias que poseíamos. Estaban apoyando a los criollos sublevados en Chile y harían los mismo en otros lugares. Los pocos barcos que habían salido ilesos de Trafalgar por no entrar en combate o por que se encontraran en otro destino, eran totalmente insuficientes para patrullar y poner orden en las colonias. Y los ingleses, a la expectativa y desestabilizando, empezaban a extender su imperio marítimo..</p>
<p>El navío de línea San Telmo era un superviviente de todos estos acontecimientos.</p>
<p>Tenía 74 cañones y había sido construido en el Ferrol en 1788. Aunque con más de treinta años era un digno representante de la magnífica política de reconstrucción naval de Carlos III, que su sucesor Carlos IV eliminaría ayudado por Godoy, marcando el comienzo del declive de la armada y con ella el de un país que se sumergía en un siglo desastroso para nuestra historia.</p>
<p>La flota, denominada del mar del sur, estaba compuesta por cuatro barcos.</p>
<p>La nave capitana San Telmo, las dos fragatas Prueba y Primorosa Mariana que fueron las únicas que llegaron al Callao y dieron testimonio del último avistamiento. Y el Alejandro, un buque ruso de segunda mano, comprado en una operación poco transparente de intermediarios y que estaba en tan mal estado que tuvo que volver a Cádiz unas semanas después de salir porque era imposible su navegación. Cuentan que el zar, en la ceremonia de su entrega, y viendo el mal estado en que se encontraban regaló otros dos barcos menores ante el miedo de que los españoles se lo devolvieran.</p>
<p>El almirante que mandaba la formación era Diego Porlier, un criollo del que se cuenta que en la despedida de Cádiz dijo a un amigo <em>“voy a una empresa de la</em><em>que seguro no volveré”. </em>Sin duda, el envío a la desesperada de la flota y la situación en que se encontraba hacían premonitorias sus palabras.</p>
<p>En el contexto geopolítico del momento, el San Telmo iba a suponer la presencia del buque más grande de todo el Atlántico Sur y el inmenso Pacífico. Los navíos de guerra que habían tomado parte en la batalla de Trafalgar estaban en el continente europeo y jamás se dispersaban por los lejanos territorios de ultramar. Los ingleses, conocedores de esta flota, sabían que el San Telmo, mucho más potente que cualquier buque ingles de la zona (Atlántico sur y todo el Pacífico) desestabilizaría las fuerzas en su contra, y temían su llegada. Por tanto su desaparición y las evidencias que ellos mismos habían encontrado en las Shetland eran magníficas noticias para sus intereses que, por supuesto, iban a ocultar.</p>
<p>En los años siguientes la armada española se desmoronaría. Entrábamos en el decadente siglo XIX y las colonias se irán perdiendo poco a poco. Los escasos barcos útiles para defender las posesiones eran totalmente insuficientes. El imperio español tocaba a su fin y en estas circunstancias la suerte que hubiera podido correr el San Telmo no preocupaba a nadie. El barco se olvidó y la historia pasó página.</p>
<p><strong>EN BUSCA DE PRUEBAS<br />
</strong></p>
<p>A la Antártida llegarían después las románticas expediciones de conquista. Amundsen, Shackleton, Scott, etc… Todos se llevarían la merecida gloria de sus hazañas. Se les recuerda hoy por sus éxitos e incluso por sus fracasos. Y por el contrario, tan solo una triste placa en el panteón de los marinos ilustres de Cádiz recuerda de forma oficial a una tripulación desaparecida en la Mar del cabo de Hornos. Un desastre más entre muchos.</p>
<p>Pero en la década de 1990 las olvidadas evidencias históricas volvieron a tener su protagonismo. El catedrático Martín Bueno de la universidad de Zaragoza, junto con un grupo hispano-chileno de arqueólogos, geólogos y marinos de la Armada, organizó varias campañas arqueológicas de investigación in situ. El objetivo era buscar evidencias que aclarasen este desconocido y misterioso hecho de la historia antártica.</p>
<p>El caso del San Telmo era algo que se mencionaba en la historia del descubrimiento de la Antártida de una forma vaga. En la cartografía antigua aparecían nombres de islotes llamados Telmo Island. Los documentos archivados durante siglos y en secreto por al Almirantazgo ahora eran accesibles. Y con todas estas pistas era necesario ir a esos confusos lugares a ver si todo aquello era real.</p>
<p>En tres campañas sucesivas en las Shetland del Sur, los investigadores se toparon en un principio con abundantes restos de balleneros y foqueros que en su voracidad desmedida habían esquilmado estas islas varias décadas después de la llegada del San Telmo, entre 1820 y 1840. Su actividad y el hecho de encontrarse en el reino permanente del frío y la tempestad hizo que los posibles restos de madera y tablazón que del San Telmo quedara por las playas se utilizaran para calentarse y extraer la grasa. Hay que recordar que en este lugar cubierto casi permanentemente de hielo no existe la vegetación.</p>
<p>Aún así, con modernas técnicas catalogaron diversas anomalías magnéticas sumergidas que podrían ser cañones y anclas que aún están sin bucear. Levantaron la cartografía de esos lugares a los que ni en épocas modernas los barcos se acercaban, y en tierra encontraron algunos objetos sorprendentes: restos de telas de las que se usaban en los uniformes, sandalias típicas de los marinos españoles de entonces, objetos varios del momento, como vinajeras de plata y huesos de cerdo, animales que normalmente embarcaba la armada y que eran todos ellos difícilmente atribuibles a un ballenero. Todo esto junto con oquedades y precarios emplazamientos a modo de improvisados refugios que no habían pertenecido a los foqueros.</p>
<p>Se encontraban, por tanto, las primeras evidencias de lo que podía haber ocurrido con aquellos 644 hombres olvidados por la historia.</p>
<p>Con las investigaciones inacabadas, el misterio continua. Las pruebas no son concluyentes, ya que no hay ningún objeto atribuible directamente al barco. Pero las evidencias nos dicen que el San Telmo pudo llegar a la costa y la suerte de los marinos está aún sin resolver.</p>
<p>Si de alguna manera desembarcaron, lo que había allí no era mucho mejor que flotar en un océano antártico a la deriva. Según el último avistamiento desde las fragatas, el San Telmo se dejo de ver con daños en el tajamar, la verga mayor y el timón. Averías que dificultan la navegación pero que no hunden un barco. Esto hace suponer que el buque se quedaría a la deriva y su derrota lo llevó en unos días hasta impactar contra las islas. Llegaron cuando aún era invierno, con pocas horas de luz, a una costa desconocida por los humanos y cubierta de hielos. Los supervivientes que lograsen tocar tierra tuvieron que hacer frente a unas condiciones inhumanas. Según Miguel Aragón, coronel de la armada con una amplia experiencia en la Antártida y que formó parte del equipo arqueológico, la posibilidades de supervivencia fueron mínimas.</p>
<p>Cualquiera que se mojase o cayera al agua, ante la imposibilidad de secarse, moriría en pocos minutos. Además, la abundante fauna que por allí se puede encontrar, como focas o pingüinos, aún no había llegado por la migración estacional.</p>
<p>El frío intenso e insoportable, las congelaciones y la seguridad de que allí nadie les buscaría hizo el resto con los más fuertes aún vivos, muriendo poco a poco en una desesperación agónica.</p>
<p><strong>UN LUGAR EN LA HISTORIA</strong></p>
<p>Otra teoría apunta a que un grupo de supervivientes iniciales usara alguna embarcación menor para salir al mar e intentar salvarse. De la misma manera que un siglo después hiciese Shackleton. Pero sin saber dónde estaban, sin medios, sin preparación, sin ropas adecuadas y lo peor de todo, con la certeza de que nadie les buscaría porque esas islas sencillamente aún no existían. Evidentemente no tuvieron éxito. Los mares antárticos se los tragaron para siempre.</p>
<p>No se han encontrado aún huesos humanos. Pero esto no significa que no estén allí, ya que se buscó en zonas muy concretas y falta aún mucho por investigar.</p>
<p>Las campañas científicas no han concluido. Quedan por bucear las pruebas definitivas y recorrer amplias zonas de la costa. Pero aún así, con las evidencias que ya hay se puede decir que estos malogrados compatriotas fueron los primeros en pisar esas tierras y no los ingleses que la historia reconoce como tal. Y que aún sabiendo de la existencia del San Telmo, lo ocultaron para mantener sus intereses. La historia negra cuenta que William Smith se hizo macabramente su ataúd, que le acompañaría para siempre, con los restos de un cepo de ancla que encontró del San Telmo. Otra prueba más, según el profesor Martin Bueno, ya que si el ancla fue llevada a tierra, sería con objeto de tener un punto fijo en la costa y así formar una línea de vida para el desembarco de personas y objetos.</p>
<p>El mar está lleno de leyendas, y verdad o no, también contaban los viejos marinos de los últimos veleros, que al pasar el Cabo de Hornos, en las noches gélidas y de tempestad, era posible divisar a lo lejos un navío congelado a la deriva sobre un tempano de hielo gigante. ¿Sería este el viejo San Telmo vagando aún por el océano austral?</p>
<p>La investigación y los hechos ahí están. Estos marinos olvidados vivieron una muerte dramática en un continente helado que tanto elogia los finales así. Otros se han llevado la gloria incluso con finales desastrosos que todos aclamamos. Y sin embargo desconocemos nuestro propio pasado. Si el San Telmo hubiera llegado a su destino quizá otras páginas de la historia se hubieran escrito. Las colonias del Pacífico hubieran tenido otros protagonistas, al menos en los primeros compases de su independencia. Y si ese barco menor, que en la desesperación de una muerte segura se hizo posiblemente a la mar en el peor océano del planeta, hubiese tenido una suerte mejor quizá estaríamos hablando de las islas San Telmo, en vez de Shetland del Sur. De Diego Porlier como el primer humano en pisar la Antártida en vez de William Smith. Y quizá todas esas reclamaciones que los países hacen para repartirse el pastel de la Antártida en base a sus derechos históricos serían diferentes.</p>
<p>La historia no se puede cambiar y ellos no volvieron para contarlo, pero los hechos ahí están. Y en un centenario en que se van a recordar las hazañas antárticas, los 644 tripulantes del San Telmo aún están esperando que se les conceda un lugar y un reconocimiento en nuestra historia y en la de la Antártida.</p>
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		<title>Nutka, la última frontera del imperio</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/nutka-la-ultima-frontera-del-imperio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:17:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 39]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Al igual que sucede hoy con la exploración espacial, a mediados del siglo XVIII eran muy pocas las naciones capaces de enviar naves a los más alejados mares y confines [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Al igual que sucede hoy con la exploración espacial, a mediados del siglo XVIII eran muy pocas las naciones capaces de enviar naves a los más alejados mares y confines de la Tierra. De hecho, solo cuatro potencias, Reino Unido, Francia, España y Rusia, tenían el empeño de cartografiar las tierras del Pacífico y de encontrar el pretendido Paso del Noroeste, que los geógrafos ilustrados pensaban que debía de existir para enlazar por el Polo Norte las aguas de este océano con las del Atlántico.</p>
<p>La tradición de esa búsqueda en nuestro país venía de lejos, desde que dos siglos antes el marino y explorador de origen griego Juan de Fuca (Ioannis Phokas 1536-1602), naturalizado español y al servicio del monarca Felipe II, lo buscara navegando lo más al norte que se había hecho nunca por el llamado “Lago español” (Pacífico). Fuca descubrió el paso que lleva su nombre entre la gran isla de Vancouver (Canadá) y la actual ciudad de Seattle (USA). Sin embargo, su reconocimiento de la costa noroccidental del continente americano y muchas de sus islas permaneció adormecido, en virtud de los grandes logros obtenidos con otras rutas marítimas más templadas que ya enlazaban las costas y archipiélagos de aquel océano hallado por Vasco Núñez de Balboa, junto con los intereses comerciales y estratégicos más evidentes para la Corona española.</p>
<p>Así, los archipiélagos más frecuentados de Guam y las Marianas, descubiertos por Magallanes en 1521; las islas Carolinas, exploradas por Toribio Alonso de Salazar en 1526; los archipiélagos de Palaos y las Filipinas, de las que Miguel de Legazpi tomó posesión en 1565; y sobre todo, el camino de retorno hacia Acapulco establecido por Andrés de Urdaneta, se convertían en las principales vías marítimas de aquel inmenso <em>“mare nostrum” </em>español. Durante más de dos siglos, por aquellas aguas transitaría el comercio de las especias, las sedas, lacas y porcelanas chinas, el oro y la plata americana, los bienes de lujo y las gentes y flujos culturales que alimentaron las dos orillas de América y Asia. Sin apenas presencia de otras potencias europeas que los estorbaran, los galeones de Acapulco y Manila, -según el sentido del viaje- se enseñorearon del océano más grande de la Tierra, compartiendo el honor de exhibir las enseñas de Castilla y Aragón con las naves portuguesas y luego holandesas, que comenzaron a desplazar a los lusos al declinar el poder naval de éstos.</p>
<p>Pero tratándose de territorios tan alejados y perdidos en el vasto océano, algunos de ellos tan grandes como la isla de Borneo o Nueva Caledonia, la colonización de todos ellos por el hombre blanco no se haría efectiva hasta mediados del siglo XIX, aunque una nueva exploración del marino inglés Dampier recorriera las costas de algunas de estas islas en los inicios del siglo XVIII, y finalmente a partir de 1774, fueran cartografiadas mucho mejor por su insigne compatriota James Cook, arquetipo del explorador de finales de aquella centuria, al igual que los franceses Louis-Antoine de Bougainville, Jean-François de Galaup, conde de La Pérouse, o el español de origen italiano Alejandro Malaspina.</p>
<p>El interés por explorar y conocer mejor todas aquellas tierras, espoleado por los avances científicos del Siglo Ilustrado, dio comienzo con la Guerra del Asiento, -o de la “oreja de Jenkins”-, entre España y Gran Bretaña, y la irrupción por primera vez en este escenario de la escuadra del comodoro George Anson, quien a consecuencia de su derrota se verá obligado a huir, acometiendo entre 1742 y 1743 su famosa expedición circunnavegatoria.</p>
<p>Tras su regreso a Inglaterra, enriquecido con el botín del apresado galeón de Manila, el marino publicó un memorial sobre su aventura titulado “The Voyage”, con el que dio a conocer las debilidades de nuestro sistema colonial y las escalas que habrían de cumplir cualquier nueva tentativa de invasión o exploración del <em>“lago español”.</em></p>
<p>Anson miraba hacia el futuro en sus recomendaciones, señalando la conveniencia de cartografiar las Islas Malvinas, la Tierra del Fuego y la costa occidental de la Patagonia, para facilitar a otras expediciones el acceso a los Mares del Sur. El archipiélago de Las Malvinas, en el Atlántico Sur, y la isla de Juan Fernández en el Pacífico, eran las mejores escalas para abordar en tiempos de paz las empresas comerciales, como para las expediciones de castigo en caso de guerra. Pero no era Anson el único en darse cuenta del valor estratégico del Pacífico como pieza vital de nuestro dominio naval. También fue puesto de manifiesto por otras dos obras cruciales de la segunda mitad del siglo: la <em>“Histoire des Navigations aux Terres Australes”, </em>del francés Charles Brosses, publicada en 1756, y la no menos difundida de Alexander Dalrymple, <em>“An Historical Collection of the Several Voyages and Discoveries in the</em><em>South Pacific Ocean”, </em>que apareció en 1770.</p>
<p><strong>HACIENDO OÍDOS SORDOS<br />
</strong></p>
<p>Años después, todavía se lamentarían algunos notables españoles del poco caso que se les había hecho a estos memoriales y a lo que describían respecto a nosotros, poniendo de manifiesto el descuido en que teníamos los puertos más útiles de América, desde el Río de la Plata hasta el Cabo de Hornos, continuando por las costas del Pacífico, el istmo de Panamá y la península de California, o haciendo hincapié en el despoblamiento de una isla tan fértil y templada como la de Juan Fernández, dominante de todas las costas de Chile y Perú, y de donde el capitán Woodes Rogers había rescatado al marinero Alexander Selcrag, inspirador del famoso personaje novelado de Robinsón Crusoe. A este respecto, resultaron proféticas las reflexiones del ministro e ilustrado conde de Aranda, quien en un informe de 1760 remitido al monarca Carlos III se pregunta: <em>“¿Qué</em><em>hemos remediado de todo lo que nuestros enemigos por bondad de Dios y mala</em><em>política suya nos han manifestado con evidencia y a costa bien grande nuestra?,</em><em>respondiendo…, “lo que conviene, pues en Europa no necesita el Rey de fuerzas</em><em>terrestres, es que envíe muchas al otro mundo, que rueguen por él con rosarios de</em><em>plomo. Que con muchos de semejantes intercesores le aseguro que haremos milagros”.</em></p>
<p>El tiempo le dio la razón, con la toma dos años más tarde de La Habana y Manila por las odiadas tropas británicas. De ahí que acabada la guerra de los Siete Años tras la firma de la Paz de París (1763), se llevaran a cabo las más importantes empresas marítimas de británicos, franceses y rusos en el área del Pacífico. En 1764, el almirante lord Byron, -abuelo del más reconocido poeta inglés romántico-, dirigiría su gran expedición a las Malvinas, que fue seguida de los viajes de Wallis y Carterer (1766); los de Bouganville (1763 y 1766); y finalmente, los tres viajes de Cook (1768, 1772 y 1776), que tendrán importantísimas repercusiones en toda el área de Oceanía, hasta el punto de lograr, hasta el día de hoy, el que la misma presencia española haya quedado injustamente desdibujada. Olvidando, por ejemplo, las expediciones que al mismo</p>
<p>tiempo el virrey del Perú mandó llevar a cabo al archipiélago de Tahití (1772- 1773), a la que siguió el descubrimiento y asentamiento español en Tautira (1774- 1775), y una tercera visita de la que se consiguió una abultada documentación científica y antropológica o descriptiva de la sociedad tahitiana (1775-1776).</p>
<p><strong>¡QUE LLEGAN LOS RUSOS!<br />
</strong></p>
<p>Pero no eran sólo los británicos y franceses los que se habían lanzado a la exploración del Pacífico, también los primeros establecimientos pesqueros rusos en las costas de Alaska completarían el nuevo reparto del mapa, sumándose a las amenazas que comienza a surgir sobre la hasta entonces indiscutida soberanía en aquel espacio geopolítico de la Corona española.</p>
<p>Las apetencias de los zares por Alaska habían comenzado con las primeras exploraciones del extremo oriental del continente americano por parte del marino danés Vitus Bering, quien puesto al servicio del zar Pedro I el Grande, las inició a partir de 1725, dando su nombre al estrecho que hoy separa Siberia de Alaska. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el ascenso al trono de la zarina Catalina II trajo consigo renovados bríos para las aspiraciones rusas en Norteamérica. El vizconde de la Herrería, embajador español en San Petersburgo, informaba en 1763 a Grimaldi, el ministro de Carlos III, de los avances de éstos por Alaska y el archipiélago de las Aleutianas, señalando que: <em>“los rusos aspiran a crear una Nueva Rusia, a imitación de la Nueva España, en</em><em> las tierras de Onalaska”.</em></p>
<p>El peligro que entrañaba la presencia de naves de aquella procedencia para nuestras posesiones en California, dejó de verse a partir de entonces como algo lejano en la Corte española, iniciándose una carrera por el descubrimiento, exploración y colonización de todas las tierras de la costa oeste norteamericana entre ambas naciones. Una empresa en la que igualmente acabarían participando los propios británicos. Y así, el dominio español se verá amenazado por una tenaza cuyos brazos manejan los eslavos por el Norte y los británicos por el Sur.</p>
<p>Los zares intentaban establecer una cabeza de puente en América tras expandirse por Siberia, lo conseguirán haciéndose finalmente con Alaska; mientras que el Reino Unido proyecta levantar factorías de pesca y curtidos de pieles en las costas del Pacífico, e introducir de contrabando sus productos manufacturados en cuantos puertos americanos pueda.</p>
<p>La colonización de las tierras altas de California fue el primer paso de la respuesta española para conjurar ambas amenazas. Y el conflicto final por la isla de Nutka su último episodio. Era el final del <em>“lago español”, </em>el océano que sólo habían surcado las naves españolas durante los dos siglos y medio anteriores, y que ahora se abría al poder marítimo de otras naciones más capaces que España para explotar sus enormes recursos. Con la era de las grandes exploraciones científicas se iniciaba el ocaso del <em>“mare nostrum” </em>español.</p>
<p>El conocimiento del cielo, cuyos movimientos ya eran medidos por los cronómetros, ayudaba a conocer mejor la Tierra, que se estudiaba más a fondo en todos sus fenómenos físicos y en sus productos de toda especie, incluidos los seres humanos. Un ansia y emulación exploratorias se había apoderado de las potencias europeas, y muchos navíos de pabellones diferentes al español surcaron el Pacífico por primera vez.</p>
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		<title>Historias del mar</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/historias-del-mar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:16:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 39]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El mar. Un mundo sinuoso que guarda bajo las olas el canto de mitos y leyendas. La mar. Un precipicio en el horizonte que lleva al gozo y al temblor. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El mar. Un mundo sinuoso que guarda bajo las olas el canto de mitos y leyendas. La mar. Un precipicio en el horizonte que lleva al gozo y al temblor. Más aún cuando la Tierra no estaba completamente descubierta y navegar era sinónimo de grandes aventuras y miles de anécdotas. Como éstas.</p>
<p>Los sitios verdaderos nunca se encuentran en el mapa. Eso al menos decía Ismael de la lejana isla de Rokovoko, situada entre el oeste y el sur, más exactamente en las páginas de <em>Moby Dick </em>y en la imaginación de Herman Melville. Los marinos saben mucho de estas cosas extrañas. La niebla que nubla el sentido puede hacer que un continente se esfume o que una isla surja para volver a la nada cuando el vaho desaparece. La verdad no está en los mapas, es cierto, como lo es que la fábula pueda pervivir durante muchos años en los dibujos de la mente.</p>
<p>En Nanking, un día de septiembre de 1405, las orillas del río Yang Tse no se veían. Era tal la acumulación de embarcaciones que el resto de la flota esperaba la orden de Zeng He en puertos costeros cercanos a la desembocadura para hacerse a la mar en busca de aventuras. A bordo de trescientos diecisiete barcos (algunos con nueve palos, ciento veinte metros de eslora y cincuenta de manga) había veintisiete mil setecientos cincuenta marinos ansiosos por lanzarse hacia el mar de China, virar a babor cuando la tierra lo permitiera, cuidarse de los piratas del estrecho de Malaca, adentrarse en el mar de Andamán y en el golfo de Bengala, llegar a Ceilán y tal vez seguir aún más hacia al oeste. De un barco a otro, la orden fue saltando a gritos y por un momento el viento enmudeció para quedar prisionero en el trapo de mil velas.</p>
<p>Zeng He era un soldado mogol al que las tropas del emperador chino habían tomado preso. Como era habitual, fue castrado. Su instinto de guerrero le permitió encontrar la estrategia adecuada para superar aquel incidente y se dijo: a grandes males, grandes remedios, también los eunucos sirven para cualquier cosa (excepto para una), incluido mandar una gran flota. Y se granjeó la confianza del emperador. Los chinos (al contrario de los mogoles) no conocían el significado de palabras como expansionismo o colonialismo. Sólo les movían el comercio y la curiosidad por las tierras lejanas. Con estas órdenes Zeng He partió.</p>
<p>Fueron siete viajes realizados entre 1405 y 1433 que lo llevaron a recorrer Ceilán, la costa india, Arabia, Omán, Yemen, Somalia, Kenia (Lamu y Malindi principalmente), Zanzíbar y Madagascar. Viajes que según los historiadores chinos y algún que otro occidental le permiten ser comparado con el almirante Cristóbal Colón.</p>
<p>En ellos, consiguió embarcar jirafas para el emperador Zhu Di, animal que los chinos confundieron con el <em>qilin </em>sagrado portador de buenos augurios. Y se asombró en Siam al saber que las mujeres manejaban los negocios mientras los hombres caminaban con el sonido titilante de cascabeles de estaño y oro que clavaban en su prepucio. En Fuerte Kochi (que ahora se llama Cochín), los chinos dejaron como huella un ingenio armado con poleas para pescar desde la orilla, aunque hay quien asegura que fue Marco Polo quien cien años antes enseñó a los indios del sur este peculiar sistema. El teatro kathakali de Kerala también tiene claras reminiscencias chinas y en la isla de Lamu (frente a la costa de Kenia), viven los bajun, etnia con rasgos asiáticos, ojos rasgados y cabello liso, nada crespo. Mas lejos aún, en el norte de Australia habitado por los baijini, quedan huellas visibles de lo que pudo ser herencia de los marinos de Zeng He.</p>
<p><strong>EN BUSCA DE LA TIERRA ESCONDIDA</strong></p>
<p>Año 1606. Luis Váez de Torres navegaba por el mar del Coral con la orden de descubrir esa Terra Australis Incógnita (o Austrialis, es decir, de la casa de Austria) que debía estar por allí para servir de contrapeso a las tierras del hemisferio norte. No había otra forma de que la esfera terrestre se mantuviera en posición estable.</p>
<p>Dicho de otra manera, que el huevo no se diera la vuelta. Tantas islas había visitado para obtener la certeza de que no eran el continente buscado que ya andaba un poco harto, la verdad. Una paloma gris y blanca con un moño en su pico (la dúcula) acompañaba al barco sin esfuerzo alguno, mientras que de vez en vez se veía en el mar la silueta oronda del dogón, una sirena de mar. “Tierra a estribor”, gritaba de día el vigía desde la cofa del trinquete, y era la isla de Moa, o la de Badu, o Daru, o Sabai. “Tierra a proa”, gritaba de noche el serviola, y era Boigu, o Horn, o Dauan o cualquiera de las doscientas setenta motas de tierra que (hoy sabemos) formaban el archipiélago que dificultaba la entrada al mar de Arafura, ya cerca de Nueva Guinea y del oeste de Indonesia. “Tierra a babor” y, tras la luz del alba, Torres vio un vértice angosto que se abría sin que la neblina dejara ver más. “¿Nos acercamos, señor?” Lo miró y dudó. Dudaba de todo. Tardó unos segundos en decidirse y al fin dio orden de continuar.</p>
<p>No sabía que aquello era el cabo de York, que lo que en ese momento se le ocultaba era una península ni que la tierra firme continuaba hacia el sur formando un continente mayor que Europa entera: Australia.</p>
<p>No crean que a todos les gustaba el mar. Había muchos que tenían miedo de él. Al océano Atlántico lo llamaban el Mar Tenebroso, porque si navegaban hacia el oeste, en un momento determinado ese mar que era tan plano como la tierra se acababa y los navegantes se precipitaban hacia un vacío que nadie sabía qué era. Si navegaban hacia el sur, las aguas se tornaban tan calientes que bullían a temperaturas extremas, cociendo en ese horno a todo aquel que traspasara el límite de lo prudente, es decir, de lo conocido. Nadie quería probar la sopa de marino valiente hasta que los portugueses del cuatrocientos se atrevieron a visitar las aguas caldas.</p>
<p>Al otro lado, en tierra americana aún no descubierta por los europeos, parece como si las civilizaciones e imperios dominantes también sintieran miedo a navegar.</p>
<p>Mayas, aztecas e incas costeaban en barcas escasamente marineras o se trasladaban en canoas monóxilas por ríos y lagos, aunque con bastante cautela. Claro que había rutas marítimas, como la de Veracruz a Honduras para llevar miel, copal, cera, esclavos, plumas vistosas o mantas de algodón y conseguir a cambio alabastro, cristal de roca, cobre, oro, turquesas, obsidiana y cacao, aunque todos sabían que el mal llegaba casi siempre por mar. No se referían a los españoles (señalados por las profecías como gente barbada y de piel blanca que llegarían para comenzar un periodo más feliz), sino a los indios caribes que vivían en las islas menores de la costa venezolana. Estos caribes hacían incursiones en canoas y barcazas rápidas con el fin de robar aquello que encontraran a su paso, matar a varones y ancianos y llevarse a las mujeres y niños. Si los comparamos con los vikingos del siglo X, éstos fieros guerreros que poblaron el norte europeo y asolaron las costas europeas eran encantadores y con un corazón como el de la madre Teresa de Calcuta.</p>
<p>Veamos: a mediados del siglo XVI, Hans Staden cayó prisionero de los indios tupí que habitaban las tierras y aguas del Orinoco y zonas de Venezuela que a veces llegaban al mar. Las costumbres antropófagas de estos indios eran similares a las de los caribe (palabra que se transformó en caribal y de ésta pasó a caníbal). Él nos narra su experiencia en un libro cuyo larguísimo título puede resumirse en <em>Verdadera historia y descripción de un país de salvajes desnudos,</em><em>feroces caníbales, situado en el Nuevo Mundo, </em>publicado por Argos Vergara en Madrid, 1983. Gracias a su narración y a otras menos explícitas, conocemos que los caribe, en sus correrías marinas, tomaban presos a los niños y mujeres con fines alimenticios. Los pequeños eran engordados en apriscos como si fueran cerdos para comerlos cuando se considerara oportuno. A las mujeres se las violaba para que quedaran embarazadas y cuando daban a luz, se comían a los bebés (o sea, a sus propios hijos). En su crónica, Staden narra cómo mataban, cortaban y cocinaban sus presas como en un libro de recetas culinarias antropófagas. Esto es lo que los españoles se encontraron al sur de ese mar de fuego. El espanto que aquellas costumbres crearon en la mente de los conquistadores españoles pudo ser la razón que propició la rápida desaparición de los indios caribe.</p>
<p><strong>EL ENIGMA DE LA ISLA DE PASCUA</strong></p>
<p>La brutalidad de los aztecas, mayas, incas y otros imperios americanos sólidamente poderosos y basados en cultos muy sangrientos parece ser común en todo América, como también lo es el miedo al mar. Costear ya era un peligro, cuanto más lanzarse al interior de los océanos: el Atlántico al este, el Pacífico al oeste, el Antártico al sur. El mayor misterio se quedó enganchado de los ahu y los moai que los Hanau eepe (más conocidos como orejas largas) levantaron en la lejana isla de Pascua. En su origen, una isla siempre es habitada en su primer momento por gente venida de otras tierras. Las distintas teorías dicen que la Isla de Pascua fue colonizada por navegantes que llegaron de la costa americana (a 3.760 kilómetros de Chile), o de la Polinesia (a 2.350 de las islas Pitcairn y a 4.251 de Papeete, la capital de la Polinesia francesa), o de ambas partes al este y al oeste. Muy buenos marineros debieron de ser aquellos que llegaron desde tan lejos, los hanau eepe (o sea, los orejas largas), fuertes, altos y bien alimentados que tal vez llegaron de la Polinesia, los hanau momoko (los orejas cortas), de estatura escasa, cuerpo delgado como el de las lagartijas y menos agresividad en sus genes, que pudieron llegar del continente americano. Sin embargo, hace muchos siglos que perdieron la noción de la navegación. Tienen miedo al mar y no construyen otras embarcaciones que unas pequeñas balsas para pescar a pocos metros de la costa en las que sólo cabe una persona. Es la tierra de Te Pito Te Henua, el ombligo del mundo, un mundo hecho con su isla y el agua que la rodea en un radio de no más de cien metros.</p>
<p>La isla fue descubierta en 1722 por el navegante neerlandés Jacob Rosseveen, que en su ratos libres ejercía el noble oficio de la piratería. El segundo en llegar fue el español Felipe González de Haedo, quien cartografió la isla con sus moais y acertó a bautizar la playa donde desembarcó desde sus naves San Lorenzo y Santa Rosalía como Bahía González. Luego llegó Cook y La Pérouse para cambiar esa toponimia con nombres ingleses y franceses (incluidos los suyos), de modo que el único dado por González de Haedo que hoy subsiste es el de Punta Rosalía, mientras que aquéllos dados por chilenos, pascuenses, ingleses y franceses conviven en armonía.</p>
<p>La triste historia de la isla de Pascua hasta la década final del siglo XX daría para un tema largo y apasionante, pero no es éste el fin de lo que ahora escribo. Sólo me permito un leve apunte: en 1862 una flota peruana de esclavistas (fundamentalmente criollos, pues Perú ya era nación independiente de España desde hacía cuarenta y un años) partió de El Callao para asaltar la isla de Pascua y llevarse encadenados a más de mil hombres, incluido el rey y los sacerdotes que guardaban los secretos de la cultura pascuense y la escritura rongo rongo. Los querían para emplearlos como mano de obra en la isla peruana de Chincha, en la que la recogida del guano estaba produciendo beneficios cuantiosos. Muchos de los pascuenses se marearon y enfermaron en el viaje (otra vez el miedo al mar), algunos murieron trabajando (dicen que de pena) y los que pudieron regresar portaban enfermedades como la tuberculosis o la viruela desconocidas para ellos. Al final, quedaron ciento once varones que fallecieron poco después de su regreso. El exterminio de los sacerdotes llevó a la desaparición de la cultura</p>
<p>tradicional. Hoy se considera que no existe el pascuense puro, sino el que surgió de la mezcla de las mujeres isleñas con otros varones llegados desde el continente.</p>
<p>En 1877 (es decir, quince años después) quedaban allí cien personas vivas.</p>
<p>A cambio, ellas siguen manteniendo sus rasgos puramente polinésicos, bailando el hula–hula o el sau–sau con ágiles movimientos de cadera vestidas con el kau huru–huru hecho con ristras de plumón blanco de gallina, junto a los hombres que llevan hojas largas desde la rodilla a los pies, una falda vegetal y una corona casi siempre espectacular. Todos se muestran orgullosos de su carácter polinésico.</p>
<p><strong>UNAS ISLAS MUY PARTICULARES</strong></p>
<p>Tampoco es para ponerse así ni enfadarse demasiado con estos sucesos tan repetidos en la historia fatal de la humanidad. Así que pasemos a otras cosas. Un siglo antes,</p>
<p>navegaba el capitán francés Alphonse Pontevès a bordo de Le Lys por el Índico africano cuando encontró dos atolones hermosos llenos de esbeltos cocoteros. Acertó a llamar al mejor de ellos con el nombre de Alphonse (tal vez en su honor). Lo curioso es que estos pequeños pedazos de tierra no aparecían en ningún mapa ni de ellos había referencia hablada o escrita a pesar de que estas aguas fueron muy navegadas de norte a sur y de este a oeste por africanos swahilis, omaníes, árabes, portugueses y chinos. Nadie los había visto hasta entonces. El mar los había mantenido ocultos.</p>
<p>Hoy, Alphonse es una isla privada que alberga uno de los resort (establecimientos hoteleros que ofrecen cabañas de lujo en medio de una geografía frecuentemente asombrosa) más bellos del bello archipiélago de las Seychelles.</p>
<p>Claro, que para saber lo que es el lujo del mar mirado con ojos de película, no hay nada como alquilar un velero en Auckland (Nueva Zelanda) y dejarse llevar con el acompañamiento de peces voladores, leones marinos que sestean en la orilla o pingüinos que nadan prodigiosamente hasta islas como Tiritiri Matangi, la única casa del robusto pájaro takahe, o el pukeko arrogante con su cara roja, o el torea comeostras con su pico aflautado. Tampoco está mal navegar (o volar en helicóptero) a Turtle Island, en Fidji. Cuando la visité, había catorce cabañas diseñadas como lo hubiera hecho el decorador de Paris Hilton y albergaban a veintiocho personas (sólo admitían parejas heterosexuales sin niños ni otros animales). Los clientes podían pasar la noche como robinsones en un pequeño atolón deshabitado en el que eran desembarcados al atardecer para dormir en un tienda iluminada por antorchas, y recogidos al día siguiente. La cena estaba servida sobre la arena de la playa y el champán permanecía fresco en su cubitera hasta la hora de ser bebido. Cuando me fui de allí, mi tarjeta de crédito tuvo un intento de suicidio.</p>
<p>Para animarla, me fui a Jamaica y recorrí en unos minutos la silueta arenosa de la Isla Verde, ahora llamada Navy, que ganó Errol Flynn en una partida de póker.</p>
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