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	<title>Boletín 4 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 4 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Preparando el amazonas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/preparando-el-amazonas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:36:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 4]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En agosto, el Capitán LópezChicheri y su esposa recorrieron la Amazonía ecuatoriana y peruana, atravesando los Andes desde Quito a Lima, para preparar parte de su proyecto Ruta de Orellana [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="TextoNormal">En agosto, el Capitán LópezChicheri y su esposa recorrieron la Amazonía ecuatoriana y peruana, atravesando los Andes desde Quito a Lima, para preparar parte de su proyecto Ruta de Orellana – Amazonas 2000. ésta es su Crónica del viaje a Ecuador.</p>
<p class="bodytext">Un giro repentino y un descenso brusco nos despertó de nuestro letargo tras casi 30 horas de viaje. El puerto de Guayaquil se encontraba a pocas millas por el este, unos «banana boats» fondeados en la bocana del Canal del Morro y la ciudad al fondo entre la calima anunciaban el inminente aterrizaje.</p>
<p class="bodytext">Guayaquil fue fundada por Sebastián de Benalcázar en 1531, siendo Francisco de Orellana quien definitivamente la estableció al pie del cerro de Santa Ana; de ella fue Gobernador y, en nombre de Su Majestad el Emperador Carlos V, la pobló y conquistó. Destruida por los indios Huancavilas en 1541 y reconstruida por Diego de Urbina -un antepasado míotuvo que hacer frente a lo largo de su historia a graves infortunios: piratas, epidemias y pavorosos incendios, como el que la asoló en 1898. Está situada en la margen derecha del Río Guayas y es el puerto más importante de Ecuador, de aspecto cosmopolita y con algunos edificios notables como la Catedral y el palacio de la Gobernación.</p>
<p class="bodytext">Para mí Guayaquil significaba sobre todo el lugar donde iniciaron sus viajes a través del Océano Pacífico aquellos locos y románticos navegantes con sus aparentemente endebles balsas, siendo el más notable de todos el cántabro Vital Alsar, allá por 1966, y que en sus tres expediciones navegó mas de 40.000 kilómetros, equivalente a más de una vuelta al mundo por el ecuador. La balsa es un medio cómodo y seguro de navegar en la mar y también en los grandes ríos. Quería ver la técnica de construcción para ver si era posible construir una en la cabecera del Río Napo. Los astilleros de rivera tienen buenos artesanos y pude obtener valiosa información sobre balsas construidas para diversas expediciones a lo largo de varias décadas, una de ellas muy reciente para un equipo expedicionario norteamericano. Estoy convencido que si el presupuesto lo permite una balsa acompañada por dos canoas hechas de un tronco vaciado sería la forma ideal de descender el Río Amazonas. En precario se podría hacer en una canoa de cedro o balsa hecha a mano por los indígenas del Napo y que según me dijeron sólo cuesta 200 dólares.</p>
<p class="bodytext">Despegamos de Guayaquil con rumbo a Quito sobrevolando el astillero Atarazanas donde se construyó el primer galeón en América. En poco tiempo avistamos Quito, pegada a un cráter de nubes en el centro de colosales montañas que le caen encima y por fin rendida a los pies del volcán Pichincha, que hace unos días despertó a los pacíficos quiteños escupiendo piedras y lava.</p>
<p class="bodytext">Antes de aterrizar nos aconsejan andar calmosos, voz baja y respiración pausada. El mal de altura o soroche produce en algunos mareos y cansancio a pesar de que la ciudad sólo se encuentra a 2860 metros de altitud, el típico mate de coca que te ofrecen al llegar ayuda a combatirlo.</p>
<p class="bodytext">La fundación de Quito data de antes de la conquista española. En 1534 fue la fundación colonial por Sebastián de Benalcázar (más tarde condenado al cadalso pero no ejecutado). Es una bella ciudad con muchos ejemplos de la arquitectura colonial de los siglos XVI y XVII, destacando por su belleza las plazas de San Francisco y Santo Domingo, así como las iglesias del Sagrario y La Compañía. En las plazas y estrechas calles se congregan una multitud de vendedores ambulantes, gentes que deambulan sin rumbo fijo, cuenta cuentos, predicadores y mendigos.</p>
<p class="bodytext">Al atardecer subí al barrio de Guapulo donde vivió Francisco de Orellana, una estatua del descubridor donada por la Junta Extremeña conmemora su gesta, alguien con intención le despojó de su espada. Desde este lugar se contempla una bella panorámica de Quito.</p>
<p class="bodytext">La tierra de Ecuador es quebradiza, frecuentemente se producen sacudidas y la tierra cede. Cuando la lluvia raja las montañas, se desmoronan. ¡Y qué decir del clima en Quito!. En un día se producen las cuatro estaciones: temprano por la mañana, frío; mediodía, primavera o verano; tarde, lluvia y refrescando; noche fría y triste. La indumentaria es un verdadero problema, y si se está fuera todo el día hay que ir bien pertrechado.</p>
<p class="bodytext">Al día siguiente me levante temprano para hacer las visitas protocolarias y entregar los presentes que el Alcalde de La Coruña me dio para Autoridades y Rectores de las Universidades, ser español tiene sus ventajas: me recibieron sin hacerme esperar y con gran amabilidad. Este mismo protocolo se llevó a cabo en Lima y Cuzco. Espero que esta semilla sirva para un futuro hermanamiento de La Coruña con estas ciudades Andinas. El Alcalde de La Coruña quiere unirse a la expedición en la ciudad de Manaus (Brasil) y hermanar ambas ciudades.</p>
<p class="bodytext">El segundo día en Quito lo dediqué a preparar mi viaje al Oriente (Amazonía), siguiendo la ruta de Orellana. Nada mejor para ello que hablar con Simón Bustamante Cárdenas y su hijo Juan Simón, expertos «orientólogos» que han realizado varias veces esta ruta y la navegación del Napo y Amazonas. Esta familia es propietaria y operadora de cuatro hosterías o paradores que se localizan a lo largo de la Ruta de Orellana: en Pifo, pie de monte de la Cordillera Real, a 35 km. de Quito, están «Las Cuevas de álvaro». Desde aquí partió el Raid ciclístico Quito-Caracas-Manaus; entre Papallacta y Baeza, descenso de la Cordillera, está «Guano Lodge», un punto de apoyo para el turismo de la naturaleza; en Cosanga, en el Valle de Quijos, antesala del encuentro y separación de los grandes capitanes están las «Cabañas de San Isidro Labrador», aquí acampó la expedición del Explorers Club Of New York, en 1992, conmemorativa de los 450 años de la epopeya; en San Sebastián del Coca está ubicado el último punto de la cadena, «El Cañón de los Monos», desde donde se abre la navegación amazónica. Esta familia ha tenido la gentileza de ofrecernos su ayuda y patrocinio, especialmente en lo relativo al asesoramiento y diseño de la mejor opción para el viaje terrestre entre Quito y Puerto Francisco de Orellana (Coca): tienen gran experiencia por haber organizado expediciones similares. Me indicaron que al ser junio el mes de mayores precipitaciones en la Región Amazónica Ecuatoriana, los altos caudales del bajo Napo y Amazonas favorecen la navegación, sin embargo los derrumbes en los taludes de las carreteras y la crecida de los ríos que descienden de los Andes restringen la posibilidad de ciertos recorridos a pie y a caballo. Ponen a nuestra disposición el alojamiento, sin coste, en sus hosterías, para todo el equipo expedicionario, sin incluir la alimentación y movilización que dependen de terceros.</p>
<p class="bodytext">El comienzo del viaje terrestre no pudo ser peor ya que me robaron casi todo el equipo fotográfico en la estación de autobuses. Unos segundos de descuido bastaron a unos expertos malandrines para amargarme el día, no podría fotografiar los Bufeos (delfines de agua dulce) de la laguna del Cuyabeno, me consuelo pensando que aún conservo mi querida y anciana Nikon.</p>
<p class="bodytext">Con todos estos consejos iniciamos el cruce de la Cordillera Real o Central de los Andes, un evento muy característico: la tramontamos a una altura de alrededor de 4000 metros sobre el nivel del mar, pasando de la vertiente del Pacífico a la del Atlántico, entrando inmediatamente a la Región Amazónica y cruzando por el puerto de montaña de Guamaní Viejo. Esto lo hicieron Pizarro y Orellana y lo siguen haciendo expedicionarios de muchos lugares del mundo.</p>
<p class="bodytext">Una parte de esta ruta histórica la hicimos a caballo, por un camino de herradura que aun se utiliza, empleando unas 6 horas desde el campamento en la hostería de pie de monte «Las Cuevas de álvaro» hasta un lugar llamado El Tambo, cerca de Papallacta. Allí nos esperaba un todoterreno. Una vez en el Valle de Quijos acampamos en las cabañas de San Isidro Labrador, situadas en Cosanga, desde allí efectuamos varios reconocimientos histórico-geográficos, y una incursión a pie sobre el río Borja, que nos permitieron medir la magnitud de la hazaña del gran vanguardista Díaz de Pineda, y luego del gobernador de Quito Gonzalo de Pizarro, completada por Orellana, Capitán General de Guayaquil.</p>
<p class="bodytext">Seguimos por la carretera de San Rafael donde pudimos contemplar una bella cascada que cae desde 70 metros, desviándonos hasta alcanzar el volcán del Reventador de 3562 metros de altura, siguiendo hasta la parroquia Gonzalo Pizarro y a pie y en acémilas hasta la zona del río Dashino, alcanzando la desembocadura en el río Coca con el auxilio de canoas para acampar más tarde en el parador del Cañón de los Monos, situado 20 kilómetros. antes de la desembocadura en el Napo. En época de fuertes crecidas, los raudales del río Coca impiden o dificultan peligrosamente la navegación.</p>
<p class="bodytext">Después de un merecido descanso nos dirigimos a la ciudad petrolera de Nueva Loja (Lago Agrio), departamento de Sucumbios, una destartalada ciudad de no más de 20 años de vida pero con una gran actividad. Aquí pasamos la noche antes de dirigirnos a la Reserva Faunística Cuyabeno en plena Amazonía. Por la mañana temprano cargamos las mochilas en el todo terreno y cogimos una carretera bacheada hecha por las compañías petroleras en plena selva, corre paralela al Río Aguarico, nombre que le viene por sus yacimientos de oro lavado por las aguas, también significa atardecer en Huaorani. Pasamos por el territorio de la comunidad Cofanes, Paz y Bien y por fin Tarapoa donde embarcamos con nuestro guía «Diablo», un indio Siona, en una canoa hecha de un tronco de cedro vaciado con un motor fueraborda. A toda velocidad navegamos por riachuelos estrechos bajo una maraña de selva tupida solo practicable con pequeñas canoas. En algunas cabeceras el cauce se cierra completamente con hierba y maleza. Estos ríos son ricos en pescado y sus orillas están moderadamente pobladas por Quichuas Napos, Cofanes, Shuaras y Sionas así como algunos colonos mestizos. Por los restos arqueológicos hallados es evidente que hubo en este lugar asentamientos humanos importantes ya en el siglo XII. Todos estos ríos son hábitat de caimanes, anacondas y pirañas.</p>
<p class="bodytext"><strong>Javier López-Chicheri</strong></p>
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		<title>El explorador Marcelino Andrés</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-explorador-marcelino-andres/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:35:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-explorador-marcelino-andres/">El explorador Marcelino Andrés</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="TextoNormal">Lola Escudero en su artículo «Historia de las sociedades geográficas», aparecido en el nº 1 de la revista de la SGE, relaciona los nombres de algunos exploradores españoles de la segunda mitad del pasado siglo. La lista no es completa, ni creo que fuese ese el objetivo de la autora del citado artículo. Por ello quisiera añadir el nombre de un paisano mío que en la primera mitad del siglo XIX realizó interesantes exploraciones por el continente africano y cuyo nombre, salvo el hecho de figurar e el nomenclador callejero de la ciudad de Valencia, es poco conocido.</p>
<p class="bodytext">En el nomenclador urbano de la ciudad de Valencia figura una calle con el nombre de «Explorador Andrés». Se encuentra ésta en el Distrito Marítimo, en una zona cuyas calles ostentan nombres de personajes de la historia más reciente de la capital. Comienza en la calle del Dr. Manuel Candela y termina en la del Músico Ginés. Corre, pues, paralela a la avenida de Blasco Ibáñez.</p>
<p class="bodytext">Contra la creencia de que Valencia ha carecido en su nómina de destacados personajes representantes del mundo de la exploración o la aventura, he de afirmar que sí los ha tenido en todo tiempo y prueba de ello pueden ser el botánico Rojas Clemente (siglo XVIII), natural de Titaguas (Valencia), o el personaje que es protagonista de es te artículo. Y aún hoy hay valencianos, conciudadanos actuales, que tienen en la aventura una constante de sus vidas.</p>
<p class="bodytext">Debería citar, entre otros, a Antonio Sánchez Ariño, que ha sido el primer cazador de elefantes español profesional; a Miguel Gómez Sánchez, montañero que participó en la exploración del Hielo continental Patagónico en compañía de Eric Shipton, y dirigió luego las expediciones valencianas que conquistaron la Cara Sur del Aconcagua (primeros españoles) y el Naga Parbat (primer «ocho mil» valenciano) y a Enrique Guallart, primer español que llego andando al Polo Norte y que actualmente está llevando a cabo la gesta conocida como «El Desafío de las Cinco Cumbres». Como también podríamos hablar de algunos misioneros valencianos que han estado en la Amazonía y regiones de áfrica llevando la doctrina de Cristo, al mismo tiempo que abrían territorios desconocidos hasta entonces. Ellos son prueba de que Valencia también ha dado hombres valientes e intrépidos frente a lo desconocido, aventureros y exploradores en una palabra.</p>
<p class="bodytext">El «Explorador Andrés» que da nombre a la calle del Distrito Marítimo se llamaba Marcelino Andrés Andrés. Nació en Vilafranca (Castellón), el 14 de mayo de 1807. Era hijo de una humilde familia que, con gran esfuerzo, lo pudo enviar a Barcelona para que estudiase la carrera de medicina.</p>
<p class="bodytext">En la ciudad condal trabó amistad con el naturalista de la Paz Graells, el cual influyo sobremanera en Marcelino Andrés, despertando en él un gran interés por la Botánica. Los dos jóvenes trabajaban juntos y concibieron el proyecto de realizar un viaje al continente africano para estudiar su flora. Por aquel entonces un viaje de tales características adquiría casi tintes épicos. Pero nada enfrió el entusiasmo del castellonense. éste, a raíz del cierre de la universidad catalana a causa de los disturbios políticos de la época y venciendo múltiples problema de toda índole, en el año 1830 conseguía embarcarse en un bergantín de los que se dedicaban al comercio de esclavos, rumbo a Benini, antigua Dahonmey o reino del Dam-Homé. El litoral del Dam-homé era una importante base de comercio entre áfrica, Europa y las Antillas, principalmente en la trata de negros.</p>
<p class="bodytext">Durante su estancia en aquel país tuvo ocasión de actuar como médico, requerido por su monarca. Permaneció dos meses allí y luego prosiguió su periplo hacia el Sur, llegando hasta Guinea. De este punto saltó a la otra orilla del Atlántico, racalando primero en Cuba y luego en Brasil, para volver otra vez a Dahomey.</p>
<p class="bodytext">Reclamado de nuevo por el rey de DamHomé, fue médico de aquella corte durante dos años. En este tiempo llevó a cabo numerosas exploraciones por el áfrica occidental, especialmente pro el golfo de Guinea y sus islas, Santo Tomé, Annobon, Príncipe, Fernando Poo, etc. Resultado de estos viajes fue la confección de un herbario con más de seis mil plantas de aquellos territorios, así como una gran colección de mariposas e insectos.</p>
<p class="bodytext">Preparado su regreso a Barcelona embaló el fruto de aquellos años de viajes y exploraciones, y también de sufrimientos y enfermedades tropicales, para su envío a España en un barco que hacía el viaje directo, pues él había proyectado un viaje de regreso con escalas en varios puntos de áfrica en los que proseguiría sus estudios y exploraciones.</p>
<p class="bodytext">Al llegar a Barcelona quedó desolado cuando le comunicaron que todo su bagaje científico estaba todavía en Dahomey, pues lo había olvidado allí el capitán del barco encargado de su traslado. Fácil es imaginar su amarga contrariedad, sobre todo porque diversos problemas familiares le impedían volver a áfrica de momento. A ello se unió la epidemia de cólera que azotaba las tierras catalanas y ala que no pudo sustraerse, muriendo víctima de ella el 20 de abril de 1852, es decir, cuando contaba solamente 45 años de edad y tenía ante él un brillante futuro científico.</p>
<p class="bodytext">Afortunadamente Marcelino Andrés había llevado consigo el manuscrito con el diario de sus viajes y exploraciones. Antes de morir se lo entregó a su amigo mariano de la paz, el cual a su vez lo depositó en el Museo nacional de Ciencias naturales. La real Sociedad Geográfica Española, antes de que se cumpliera el centenario de su muerte, lo editó en 1933 bajo el título de «Relación del viaje de Marcelino Andrés por las costas de áfrica, Cuba e isla de Santa Elena».</p>
<p class="bodytext">Esta obra es de sumo interés, tanto desde el punto de vista geográfico, como del etnográfico, y pone de relieve la gran tares que desarrolló el explorador valenciano en aquellos territorios africanos.</p>
<p class="bodytext"><strong>José Soler Carnicer</strong></p>
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		<title>Nutka, otra vez</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/nutka-otra-vez/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:35:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 4]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Un libro, una exposición y un catálogo nos acercan la olvidada presencia española en el noroeste de Canadá en la segunda mitad del XVIII «El primer europeo en llegar a [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="TextoNormal">Un libro, una exposición y un catálogo nos acercan la olvidada presencia española en el noroeste de Canadá en la segunda mitad del XVIII</p>
<p class="bodytext">«El primer europeo en llegar a las costas de la actual Columbia Británica fue el navegante español Juan Pérez, en 1774. Le siguieron hombres de la talla del capitán de navío Juan Francisco de la Bodega y Quadra, el marino italiano al servicio de España Alejandro Malaspina, el marino y cartógrafo Dionisio Alcalá Galiano y el capitán de la Primera Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña Pedro Alberni, entre otros. Estos hombres dejaron su huella en Canadá, que podemos encontrar hoy en día a través de los innumerables lugares que llevan sus nombres, tales como la Isla Galiano, la Isla Quadra, Port Alberni o el Estrecho de Malaspina. Siendo yo de la provincia de Columbia Británica, siempre me ha asombrado la estrecha relación que mantuvieron nuestros dos países en esa época y el recuerdo indeleble dejado por las expediciones españolas en la historia de la costa oeste canadiense».</p>
<p class="bodytext">Con estas palabras, escritas en un catálogo al que posteriormente me referiré, el actual embajador de Canadá en España, Anthony Vincent, da fe de un hecho que, no por histórico, parece menos olvidado por la historiografía, en especial la de habla inglesa, que ha conseguido rodear de leyendas de todos los colores la presencia española en América, hasta acabar con todo rastro de ella en lo que al norte del nuevo continente se refiere. Como muestra, valga el botón de que la Isla de Vancouver tuvo como topónimo inicial europeo el de Isla de Quadra y Vancouver, en homenaje a los dos hombres -el primero por parte española y el segundo por la inglesaencargados de establecer en 1792 los límites de soberanía de las monarquías británica e hispánica tras el Tratado de El Escorial (o San Lorenzo el Real) firmado dos años antes.</p>
<p class="bodytext">Un libro («Nutka 1792. Viaje a la costa noroeste de la América Septentrional por Don Juan Francisco de la Bodega y Quadra, capitán de navío») y una exposición con su consiguiente catálogo, al que antes aludí, («Nootka. Regreso a una historia olvidada»), ambos editados el año pasado por el Ministerio español de Asuntos Exteriores, constituyen la hasta ahora última aportación española a la recuperación y reivindicación del papel de nuestro país en esa zona del Pacífico en el último cuarto del siglo XVIII, cuando aún España, con más voluntarismo que posibilidades reales, pretendía seguir considerando el gran océano como una especie de mar interior entre las Filipinas y América, al tiempo que, con el afán Ilustrado que impregnaba la época, intentaba la búsqueda del mítico Paso del Norte que comunicara Atlántico y Pacífico.</p>
<p class="bodytext">Nutka/Nootka/Yokuot, enclave en la costa noroeste de la Isla de (Quadra y) Vancouver, fue el primer lugar de contacto de los europeos con la costa oeste de Canadá, y a su nombre están indisolublemente ligados los de legendarios navegantes como el mencionado Juan Pérez, James Cook, Alejandro Malaspina, Bodega y Quadra y George Vancouver. Para España en particular, el nombre de Nutka tiene que asociarse también con el de la crisis o «incidente» que condujo finalmente a la firma del tratado de El Escorial con los ingleses y que a la postre, como señala en el libro el profesor Emilio Soler, supuso la constatación de que «el imperio español continuaba su lento declinar, secular, que marcaba su devenir histórico».</p>
<p class="bodytext">Para comprender cómo se llegó a esta situación, hay que partir de unos años antes. La expansión española en el noroeste de América durante los reinados de Carlos III y Carlos IV fue motivada por la presencia rusa en el Pacífico Septentrional, que contaba con el respaldo tanto de la política de los gobiernos zaristas como de los intereses comerciales en pos del «oro suave» de las frías islas norteñas: las pieles de nutria, de lobos marinos y otros animales que reportaban grandes beneficios en los mercados de China y Asia Meridional. La necesidad de conocer el alcance de las actividades rusas en aquella zona, unida a las noticias que alertaban sobre el posible afán zarista por llegar hasta California, llevaron a España y Nueva España a encargar un viaje de descubrimiento a su piloto más avezado, el mallorquín Juan Pérez. Así, el 6 de agosto de 1774, la fragata Santiago avistaba el litoral de la que luego sería Isla de (Quadra y) Vancouver y dos días después anclaba en una rada a la que llamaron de San Lorenzo, años antes de que el marino inglés James Cook arribara a ella y la denominara Nutka. Pérez había conseguido de este modo no sólo abrir una nueva ruta y constatar la existencia de pueblos hasta entonces desconocidos para los occidentales, sino, lo que era el fin primordial de su expedición: certificar que, hasta los 55 grados, no había rusos en la costa.</p>
<p class="bodytext">Los viajes hasta esta última frontera de la exploración en aguas cálidas continuaron entre 1774 y 1793, con un hito en 1789 marcado por la ocupación de Nutka y el inicio del conflicto hispano-británico. Si antes de esta última fecha las expediciones españolas tuvieron como meta determinar el alcance de la expansión zarista, las posteriores irían encaminadas a buscar el hipotético Paso del Norte entre Pacífico y Atlántico, lo que España nunca llegaría a conseguir.</p>
<p class="bodytext">Fue precisamente uno de los expedicionarios de la primera época, Esteban José Martínez, quien tuvo una influencia determinante en el estallido de la crisis de Nutka, que, a la postre, significaría el canto del cisne de la presencia española en el oeste del actual Canadá. Martínez, al encontrarse en Nutka con varios navíos británicos, decidió tomar el puerto alegando el derecho de descubrimiento de Juan Pérez, al tiempo que apresaba algunos barcos ingleses. La crisis política desencadenada por esta acción se convertiría en un magnífico pretexto para que Inglaterra declarara la guerra a España en un momento en que la aliada de ésta, Francia, se hallaba inmersa en el proceso revolucionario. Tanto el ministro de Estado, conde de Floridablanca, como el propio rey Carlos IV fracasaron en su llamamiento a la reactivación del pacto con los franceses, por lo que España se vio obligada a claudicar ante las exigencias británicas, que quedaron formalizadas en el Convenio de San Lorenzo el Real (1790), que, como han constatado los historiadores, significó el reconocimiento internacional por parte del Reino de España de su aislamiento en política exterior y de su declive final como potencia mundial.</p>
<p class="bodytext">La expedición de límites que se organizó en 1792 para hacer efectivo este tratado supuso el punto señero de la presencia española en aquellas tierras. La amistad que surgió entre los máximos responsables de las partidas delimidoras, Bodega y Quadra y Vancouver, ha dado lugar, además, a toda suerte de interpretaciones, que en algún caso han alimentado una «leyenda rosa» en torno a ambos marinos.</p>
<p class="bodytext">A partir de ese momento, las expediciones hispanas se plantearon como objetivo el descubrimiento del Paso del Norte que los geógrafos de gabinete habían dictaminado que debía existir a cierta altura, sin que ningún expedicionario español lograra hallarlo. Por contra, las interpretaciones que se han dado acerca de la actividad y asentamiento españoles en el noroeste de América han incidido en que no formaban parte de ningún viaje comercial ni de ningún programa científico para revelar esa tierra ignota, sino que, antes bien, su único propósito era cercenar las acciones de otros países estorbando el libre comercio o el desarrollo científico. La victoria de la tesis inglesa en este sentido sobre la española terminó por borrar la fugaz y onerosa presencia hispánica en el noroeste americano, y Nutka fue, como ya hemos dicho, el canto del cisne de la misma.</p>
<p class="bodytext">No hay que olvidar, sin embargo, que las críticas no sólo llovieron desde la parte británica, sino que fueron alimentadas en algunos casos por los propios marinos españoles o al servicio de España, como Alejandro Malaspina. Vale la pena recordar sus palabras: «&#8230;pocas cruces solemnemente plantadas a veces en parajes que aún no sabíamos si eran islas o continentes, si eran o no habitados, alucinaron nuestras miras políticas con el agradable semblante de nuestras conquistas, y creyendo que no fuese necesario revalidarlas en un tratado, malogramos aún a la vista de la Europa esta pequeña utilidad de nuestros viajes y finalmente nos vimos en 1788 constituidos a emprender de nuevos las mismas exploraciones emprendidas en 1774 y ya por los señores Cook y La Péyrouse verificadas con el mayor suceso».</p>
<p class="bodytext">(*) Periodista, jefe de la sección de Cultura del diario «Información» de Alicante. Miembro de la Sociedad Geográfica Española</p>
<p class="bodytext"><strong>Joaquín Collado</strong></p>
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		<title>Editorial</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/editorial/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:33:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 4]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Explorar sigue siendo un verbo mágico. Si lo será, que los médicos, en nuestro argot profesional y académico, también utilizamos ese término según propedéutica hipocrática; expresión descriptiva que implica observar, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Explorar sigue siendo un verbo mágico. Si lo será, que los médicos, en nuestro argot profesional y académico, también utilizamos ese término según propedéutica hipocrática; expresión descriptiva que implica observar, indagar, buscar signos, hallar rastros, atisbar indicios en la Naturaleza humana con el fin de preservar la vida. Tan descriptiva como cuando se aplica a quien otea, escudriña, intenta descubrir, estudia, investiga y admira el horizonte en los mares, en los desiertos, en los glaciares polares o bien la frondosidad en las brumosas junglas, o el paisaje sobrecogedor en las inefables montañas.</p>
<p class="bodytext">La Sociedad Geográfica Española nació con esa vocación de contribuir a la exploración en los tiempos actuales y futuros, pero sin olvidar lo mucho que merecen ser recordados y reconocidos algunos de nuestros compatriotas en siglos pretéritos que tanto hicieron por aportar luz y conocimientos geográficos, cartográficos, botánicos, zoológicos y antropológicos a épocas oscuras de la historia de la humanidad. Igual que nuestros predecesores, los hispanos contemporáneos anhelamos descubrir, con inequívoco espíritu de aventura – constructivo, no vacuo, snob o exhibicionista-, con gran pasión por lo ignoto, con anhelo por pasar a la acción, remontando cursos de ríos africanos, descendiendo torrentes asiáticos, surcando océanos, trepando montes remotos, conviviendo con tribus aisladas o atravesando desérticas extensiones inanimadas. Descubrir puede parecer una osadía en estos compases finiseculares. Pero nadie podría afirmar rotundamente que todo está descubierto en nuestro planeta.</p>
<p class="bodytext">Lo verdaderamente hermoso es divulgar y transmitir esas vivencias.</p>
<p class="bodytext">Estos prolegómenos nos conducen a pensar que los hechos son una buena señal. Evidencian que la S.G.E. es ya un gran activo, siempre creciente, un «atractivo activo», un nada despreciable patrimonio cultural, intelectual, etnológico, literario, epistemológico, que puede aguardar con esperanza el devenir. Porque irá a más. Porque el conocimiento y el saber siguen siendo puntales filosóficos para explorar el planeta y sus aledaños; porque el entusiasmo por profundizar en la geografía física, política y sobre todo humana, es el mejor motor conceptual y real. El que permite planificar y realizar el trabajo del viaje o la expedición y luego afrontar el esfuerzo por hacerlo saber, bajo el pabellón del rigor.</p>
<p class="bodytext">Creo firmemente que hemos construido algo serio; algo que con el tiempo será importante. Cuando, dentro de cien años, en los albores del siglo XXII estemos todos los miembros fundadores fenecidos; unos bajo tierra, otros bajo mar, algunos entre montañas y glaciares, y ciertos en el espacio, los socios de la S.G.E. como hoy los de The Royal Geographical Society de Londres, o los de The Explorer’s Club de New York experimentarán el legítimo orgullo de pertenencia, de identificarse con la institución arraigada.</p>
<p class="bodytext">Ya se percibe la sólida entidad presente y se intuye la trascendencia futura de la SGE, fundamentalmente por su «apetitosidad» y el interés que despierta. Prueba de ello es la asiduidad con que es cortejada y la voracidad que han mostrado determinados sectores por introducirse, con afán de regir los destinos de la hoy joven Sociedad Geográfica Española. Se fundó con cimientos consistentes y recios. Para que pudiera crecer y perdurar. Y sobrevivirnos a todos. Más allá de los nombres.</p>
<p class="bodytext">En ese entorno referencial, ha llegado nuevamente el momento de otorgar los Premios de la S.G.E., un año más. El Palacio de Fernán Núñez acogerá la solemne ceremonia, con reminiscencias deliberadamente decimonónicas. Pero antes habrá tenido lugar un arduo proceso de selección y análisis, difícil a causa de la calidad y el alto nivel de las candidaturas. En el seno de la S.G.E. se trata de huir del aventurero inculto u oportunista –»reina por un día»-, del viajero de salón, del turista jenízaro, del montañero de moda, del marino de agua dulce, del efímero trashumante autoconsiderado gloria imperecedera en la historia de la humanidad… Una vez más el vocablo «seriedad» identifica el espíritu y los valores de la Sociedad Geográfica Española. Y con esos elementos se construye un elenco de galardonados por méritos indelebles, cuya identidad será desvelada en el curso de la inolvidable velada en le incomparable marco del Palacio.</p>
<p class="bodytext"><strong>José A. Pujante, mf SGE.</strong></p>
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