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	<title>Boletín 41 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 41 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Viajeros rusos en España</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Oct 2017 11:31:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 41]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el siglo XIX visitaron España una serie de viajeros rusos, generalmente&#160;como extensión del imprescindible viaje a Francia. Entre ellos hubo marinos, mili- tares, diplomáticos, &#160;artistas &#160;y escritores. Algunos de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>En el siglo XIX visitaron España una serie de viajeros rusos, generalmente&nbsp;</em><em>como extensión del imprescindible viaje a Francia. Entre ellos hubo marinos, mili- tares, diplomáticos, &nbsp;artistas &nbsp;y escritores. Algunos de ellos dejaron sus impresiones de viaje en diarios o libros que destilan en general simpatía por un país que sienten próximo. Un libro conmemorativo publicado con motivo del Año Dual Rusia-España celebrado en 2011, se hace eco de esta vieja relación.</em></p>



<h3 class="wp-block-heading">Por Emilio Soler</h3>



<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-41-desiertos/">Boletín 41 especial Desiertos del Mundo</a></p>



<p><strong>José Fernández Sánchez</strong>, español muy buen &nbsp;conocedor de las cosas de Rusia, afirmaba en su excelente libro <em>Viajeros ru</em><em>sos por la España del siglo XIX , </em>(imprescindible al menos para el buen resultado de este trabajo), que para los habitantes de ese país que poseyeran buena imaginación o tuvieran una posición económica boyante, darse una vuelta por la España del siglo XIX era la única forma de conocer una nación de la que se sabía bien poco, a pesar de que tantos y tantos literatos habían escrito sobre las similitudes de caracteres entre los habitantes de ambos países. No eran éstos exactamente los viajeros que de forma menos intrépida visitaban los balnearios de Centroeuropa buscando mejorar su salud y apostando en las ruletas de los casinos. Probablemente eran los mismos que, siguiendo la estela de Goethe, buscaban la luz del sol que iluminaba las bellezas artísticas italianas, esas por las que el autor de Fausto sentía una incontrolable pasión. Estos viajeros rusos por Italia eran un fiel reflejo de la admiración que sintieron los primeros zares por el encanto italiano, que llegó a convertirse en una verdadera obsesión por atesorarlo en sus palacios de Moscú y San Petersburgo, a pesar de los temores &nbsp;a las influencias occidentales que sufrían los mandatarios de aquel régimen autocrático y xenófobo.</p>



<p>Había visitantes rusos que se dedicaban a ampliar sus conocimientos técnicos en un Berlín que iba aumentando considerablemente sus colecciones y ampliando las perspectivas científicas de medio mundo. &nbsp;Otros viajeros lo hacían por la fuerza de la necesidad y a los que los gobiernos absolutistas zaristas los habían declarado en rebeldía por sus ideas políticas y no habían tenido más remedio que refugiarse en algunos países nórdicos vecinos del Báltico o en la neutral Suiza para escapar de la represión.</p>



<p><strong>FRANCIA-RUSIA-ES</strong><strong>P</strong><strong>AÑA</strong></p>



<p>Los viajeros rusos también dejaban sentir su pasión por un París que cada vez más se convertía en la capital mundana del continente y les gustaba admirar,&nbsp; y si era posible aprender, la posición dominante &nbsp;que tuvo Francia en la Europa del Barroco, muy especialmente en el campo de la cultura ya que, por ejemplo, los grandes autores europeos de la época y los clásicos españoles fueron conocidos en Rusia merced a las traducciones que se hicieron de sus obras al francés, idioma bastante conocido por la intelectualidad y la burguesía rusas que, poco a poco, se iban introduciendo también en el conocimiento del castellano.</p>



<p>Un caso similar pero al contrario vendría a suceder en España con las obras de los grandes escritores rusos, que también se conocerían en nuestro país a través de sus traducciones al francés y, posteriormente, al castellano. El profesor <strong>Juez Gálvez</strong> señala que en 1838 apareció la primera obra rusa traducida &nbsp;a nuestro idioma a través del idioma galo, aunque, como es bien sabido, la gran impulsora de la recepción de la literatura rusa en España sería la escritora <strong>Emilia Pardo Bazán</strong>, &nbsp;en particular con su celebrada conferencia del Ateneo madrileño y la publicación de su libro en 1887&nbsp; <em>La&nbsp;revolución </em><em>y </em><em>la novela en Rusia. &nbsp;</em>En este destacado papel por la promoción de una &nbsp;literatura rusa desconocida totalmente en España, tomaba el relevo <strong>Rafael Cansinos Sáenz</strong> con sus excelentes traduc­ciones del ruso al castellano de autores como Dostoievski, Turgueniev, Gorka, Tolstoi o Andéiev.</p>



<p>En reciprocidad, y por motivos más literarios, innumerables e importantes es­critores galos se desplazaron a la fría y exótica Rusia, un país que durante la centuria ilustrada se abrió a Europa tomando como modelo a la dulce y poderosa Francia. Situado entre Europa y Asia, el imperio de los zares hacía mucho tiempo que había provocado la curiosidad de los literatos franceses, que lo veían como un país que deseaban visitar tanto como temían hacerlo. Como señala Claude de Grève, los visitantes galos, animados por el misterio de un país vasto y misterioso, se pasearon, al menos parcialmente, por la vasta nación, tomando buena nota de lo que veían en San Petersburgo, la ciudad rusa más europea; en Moscú, la Roma tártara; por la céle­bre feria de Nizhny Nóvgorod; por los bosques impenetrables del Ural; por las estepas ucranianas; por la ucrania­ na &nbsp;Kiev; o viajando por el inmenso Caúcaso.</p>



<p>De este modo, filósofos, diplomáticos, artistas y sobre todo, literatos de fama mundial como Balzac, Gautier, Potocki, Diderot, Voltaire o Dumas padre, entre otros muchos, nos dejaron entre los siglos XVIII &nbsp;y XIX observaciones impagables sobre la política, el arte o las costumbres rusas; algunas, como los famosos baños comunitarios o el papel de las &nbsp;mujeres en los albergues, muy subidas de tono tan al &nbsp;gusto de la &nbsp;época romántica.</p>



<p>Por &nbsp;otro lado, y en cierta reciprocidad cuando terminaba su periplo francés, el viaje a España no&nbsp; quedaba sólo reservado para los rusos amantes de lo exótico, para aquellos que deseaban conocer un &nbsp;país cercano a África y que cerraba, o casi, la Europa del romanticismo. Muchos militares, especialmente marinos, no tuvieron más remedio que acercarse por estas tierras obedeciendo las &nbsp;órdenes de los gobiernos despóticos zaristas. También, y no menos importante, un pre­texto para visitar nuestro país lo constituía la oportunidad que se brindaba a los múltiples amantes del ideal cervantino/quijotesco como metáfora de la lucha por los ideales sublimes.</p>



<p>Por otro lado, otro motivo de su visita lo constituía el recuerdo de un &nbsp;pasado español glorioso al que siguió una rápida y pronunciada decadencia. Al menos para los históricos seguidores de aquella antaño poderosa España en &nbsp;cuyos do­minios nunca se ponía el sol, a pesar de la leyenda negra o como consecuencia de ella, ya que los regímenes despóticos que solieron gobernar ambos países a lo largo de la historia hacía que los rusos sintiesen una cierta inclinación por nuestra nación tan diferente y tan &nbsp;semejante en tantas cosas.</p>



<p>Otros muchos, más &nbsp;de lo que en un principio la lejanía entre ambos países hu­biera hecho pensar, vinieron a conocer de cerca «las &nbsp;cosas de España» y aprender nuestro idioma siguiendo la estela común comenzada en el siglo XVIII, cuando ambos países intentaban salir del atraso secular en el que habían vivido y entrar en la modernidad del llamado Siglo de las Luces de la mano de dos monarcas rodeados de ministros reformistas: Felipe V, en España y Pedro I, en Rusia.</p>



<p>Pero, en este aspecto y al contrario de lo que pasó con visitantes foráneos de otros países europeos como Francia o Inglaterra, los importantes escritores rusos nunca se dejaron ver por estas nuestras tierras meridionales aunque, eso sí, bastantes se refirieron a ellas en sus<em>&nbsp;</em>obras. Nombres fundamentales en &nbsp;la historia de la literatura rusa a caballo entre el siglo XIX y el XX, como Pushkin, Mogol, Tolstoi, Dostoievski , Turgueneiev o Chéjov, jamás estuvieron por &nbsp;España, y bien que lo lamentamos porque por esa &nbsp;razón ahora no disponemos de un testimonio escrito de su paso por aquí.</p>



<p>Aunque algunos autores rusos, como Dostoievski o Pushkin, sí citaron a &nbsp;España o tomaron temas relacionados directamente con nuestro país en alguna de sus obras. Un ejemplo sencillo lo tenemos en &nbsp;una frase que coloca Dostoievski en boca de uno de los personajes de su cuento <em>Socineniâ,</em><em>&nbsp;</em>traducido al francés como&nbsp;<em>Le Rêve de l&#8217;oncle (El sueño del tío),</em><em>&nbsp;</em>Moscú, 1956:&nbsp;<em>«España&#8230;&nbsp;&nbsp;</em><em>con </em><em>la soberbia Alh</em><em>ambra</em><em>,</em>&nbsp;<em>sus</em><em>&nbsp;</em><em>mulos</em><em>, </em><em>los</em><em>&nbsp;</em><em>españ</em><em>o</em><em>l</em><em>es&#8230; donde se</em><em>&nbsp;hunde </em><em>el Gu</em><em>adalquivir; </em><em>y&nbsp;</em><em>no n</em><em>u</em><em>estro </em><em>maldi</em><em>to </em><em>río de nombre indecente&#8230;</em><em>&nbsp;</em>» Frase irreal donde queda meridianamente claro que don Fíodor tan sólo conoce España por referencias lejanas ya que el Guadalquivir, ¡ay!, queda bien lejos de Granada. Ésta puede ser, también, una muestra evidente del recurso de citar lugares comunes e ideas tan vagas como ilógicas sobre un país lejano y exótico del que sabían bien poco incluso literatos de la talla de Dostoievski. La &nbsp;profesora Irina Gouzévitch señala a este respecto que la imagen de España en múltiples ocasiones quedaba reducida a la comparación con Andalucía, lugar inevitable de paso, e incluso de culto, para los &nbsp;rusos que se atrevían a viajar por &nbsp;aquí.</p>



<p>Lamentablemente para el &nbsp;conocimiento de lo que vivieron y sintieron en este país, &nbsp;el ejemplo de los grandes autores rusos que nunca pasearon por la piel de toro puede extenderse a multitud de profesionales y científicos que sí viajaron por estas tierras pero que no dejaron testimonio escrito de su paso por aquí. Por esta razón estableceremos una relación metodológica diferente para la multitud de rusos que pasaron algún momento de su &nbsp;vida en la España decimonónica pero sin publicar relación alguna de sus viajes y todos aquellos que sí nos deja­ron un testimonio escrito de su paso por los lugares que visitaron, casi siempre Madrid, Toledo y Andalucía.</p>



<p>Todos ellos, los que dejaron obra escrita y los que no lo hicieron, fueron viajeros preocupados por España, país al que, en muchos casos, admiraron y que, en la mayoría de ellos dejó una huella difícil de borrar. Fueron&nbsp; unos personajes que nos &nbsp;legaron, algunos, auténticas <strong>joyas literarias</strong> sobre nuestro modo de vivir y pensar. El complemento de estos testimonios son las fotografías depositadas en el <a href="http://www.ras.ru/"><strong>Institu­to Cultural de la Academia de Ciencias de Rusia</strong></a> en San Petersburgo, que permiten aportar un &nbsp;testimonio muy difícil de encontrar en los múltiples relatos de viajeros de todas las nacionalidades que visitaron España durante el siglo &nbsp;XIX, acostumbrados, algunos de ellos, a dejarnos interesantes ilustraciones sobre lo que veían y describían pero siempre mediatizado por el subjetivismo del autor. En este caso, las &nbsp;fotografías recogidas de aquella época son un testimonio veraz e inequívoco de cómo era &nbsp;la España descrita por estos visitantes foráneos.</p>



<p>&nbsp;<strong>LOS VIAJEROS QUE NO DEJARON TESTIMONIO</strong></p>



<p>Uno de los &nbsp;músicos más importantes del &nbsp;Romanticismo fue sin duda Sergei Prokófiev (Sontsovka, 1981-Moscú, 1953) , que vivió fuera de Rusia entre 1918 y 1933. En 1923 conoció en Nueva York a la soprano de origen es­pañol Carolina Codina (Madrid, 1989-Londres, 1989) con quien se casó. Conocida por el nombre artístico de Lina Lluvera, fue inspiradora del personaje principal de su célebre ballet&nbsp;<em>L</em><em>a Cenicienta. </em>En &nbsp;1935, Prokófiev estrenó en &nbsp;Madrid su Concierto para &nbsp;violín &nbsp;nº2 en sol menor Opus 63, con &nbsp;el violinista francés Robert Soëtans y la Orquesta Sinfónica de Madrid dirigida por En­rique Fernández Arbós. Si el estreno de su obra resultó un éxito, no ocurrió lo mismo con su matrimonio con &nbsp;Li­na Lluvera ya que, al &nbsp;poco de regresar a la Rusia de Stalin, que en 1953 condecoró al compositor con su Gran Orden, Prokófiev <em>se </em>enamoró de una joven &nbsp;y se divorció de Lina. &nbsp;En 1948, la ciudadana Lina &nbsp;lvánovna Prokófie­va fue arrestada por la policía política y, acusada de espionaje, condenada a veinte años de trabajos forzados en Si­beria. En 1956, tres años &nbsp;después de la muerte del compositor, fue &nbsp;redimida por las amnistías postestalinistas.</p>



<p>Otro músico ruso que también viajó &nbsp;a &nbsp;España fue <strong>Nicolás Rimskii-Kórsakov</strong> (Tijvin 1844- Liubensk 1908), el célebre compositor de <em>El capricho español </em>(1887). Marino de profesión, estuvo en España &nbsp;cuando, al terminar sus estudios en la Escuela Naval Imperial de Cadetes, realizó un viaje marítimo entre ma­res que iba a durar tres años, &nbsp;de mayo de 1862 a mayo de 1865, viajando como guardamarina. Desgraciadamente, en su libro autobiográfico <em>Mi vida musical, </em>Nicolás no menciona su estancia española, ya que este viaje le supuso un tre­mendo contratiempo para el desarrollo de su carrera musical.</p>



<p>También estuvo en España, al menos una vez, &nbsp;en mayo de 1921, el célebre compositor <strong>lgor Stravinski</strong> (Oraniembau, 1882-Nueva lillork 1971), que dirigió su ballet <em>Petruskka </em>(1921) en el Teatro Real madrileño. Durante su &nbsp;estancia en la capital de España coincidió con Manuel de Falla y es muy probable que de esa amistad naciera el encargo de los Ballets Rusos de Sergéi Diágilev, con el que colaboraba estrechamente Stravinski, para que Falla compusiera el ballet&nbsp;<em>El sombrero de tres picos, </em>basada en la obra &nbsp;de Alarcón. La música &nbsp;lírica también llevó a España al tenor <strong>Nikolai Nikolaevich Figner</strong> (1857-1818), y a <strong>Mijáillvánovích Glinka</strong> (Novospásskoe, 1804-Berlín, 1857), que destacó especialmente pues, aunque no dejó ningún libro sobre los dos años que estuvo en España, sí que dejó mucha correspondencia con amigos y compañeros de profesión. Así conocemos sus impresiones sobre Málaga, Granada, Sevilla o Madrid.</p>



<p>Aunque no dejara constancia escrita en forma personal de su viaje por España, sí conocemos la estancia en nuestro país del arquitecto <strong>Kart Avgust Andréevích Beíne</strong> (1815-1858), que es &nbsp;citado por el compositor Glínka en sus Memorias ya que ambos se encontraron cuando visitaban la Alhambra y más tarde en Madrid. No &nbsp;fue el único arquitecto ruso que pasó por &nbsp;España para estudiar su arquitectura, muy especialmente la musulmana: también lo hicieron <strong>Aleksandr lvánovích Rezánov</strong> (San Petersburgo, 1817-1877), que permanecería en &nbsp;Granada y Córdoba un &nbsp;año, o <strong>Pável Károlovích Notbek</strong> (San Petersburgo, 1824-1877 ) que también dirigió sus pasos a Granada y se integró plenamente en la vida de la ciudad, llegando a formar parte activa de la llamada <em>Cuerda G</em><em>ranadina,&nbsp;</em>especie de tertulia literario-gastronómica integrada por jóvenes escritores, entre ellos Pedro Antonio de Alarcón.</p>



<p>Hubo otros artistas rusos que de una manera más o menos directa estuvieron relacionados con la <em>Cuerda granadina.  </em>Uno de ellos fue <strong>Evgraf Semíónovích Sorokín</strong> (Kostromá 1821-Moscú 1892 ), quien, como el arquitecto Notbek, for­maría parte de la tertulia durante su estancia granadina. En los  cuadros que plasman las esencias populares españolas que vivieron directamente, se evidencia la influencia que sufrieron de Murillo. Estas pinturas se encuentran actualmente, según Fernández Sánchez, en la Galería Tretiakov de Moscú.</p>



<p>Un &nbsp;célebre artista ruso que también participó en las &nbsp;tertulias de la <em>Cuerda Granadina&nbsp;</em>fue &nbsp;<strong>Grigórii Kárpovích Mijáilov</strong> (1814-1867), cuyos cuadros se guardan también en la ga­lería moscovita Tretiakov. hubo otros muchos arquitectos, pintores, músicos que viajaron por nuestro país y se empaparon de su espíritu y de su arte.&nbsp; Algunos, como <strong>A. Morózov</strong>, un &nbsp;rico fabricante textil de Moscú que quedó fascinado por el arte hispánico, no dudaron en encargar edificios inspirados en España a su regreso a Moscú. Morózov levantó un &nbsp;<a href="http://octava-maravilla.com/Moscu/images/EspecialesM/Sliders/2a/1.jpg">edificio de estilo gótico-mudéjar</a> en la calle Vozdvízhenka que pronto fue conocido como el <em>castillo español </em>y en él guardaba una colección completa de pintura en &nbsp;la que figuraban varías cuadros de Pablo Picasso, del que el fabricante era un ferviente admira­dor.</p>



<p>Aunque no dejó obra escrita sobre España, al menos que sepamos, otro ruso que se interesó vivamente por los asuntos de este país fue <strong>Aleksandr Ivánovich Turguénev</strong> (1784-1845). Este &nbsp;funcionario e importante terrateniente al mismo tiempo que librepensador, se interesó desde joven por la historia y la literatura &nbsp;españolas y se convertiría en un excelente amigo de Juan Van Halen, con el que seguiría muy de cerca la evolución política de ambos países. En reconocimiento a su interés por España &nbsp;fue nombrado miembro de la Academia de la Historia.</p>



<p>Según Fernández Sánchez, el 14 de julio de 1930, al mismo tiempo que lo hacía su amigo Próspero&nbsp; Mérimée, &nbsp;Turguénev &nbsp;entraba, por fin, en territorio &nbsp;español. Se trataba &nbsp;de la culminación de un largo sueño. Pero, ¡ay!, bien pronto el sublime acto de amor se derrumbó por completo y se convirtió en una penosa decepción. Al día siguiente, el viajero ruso regresó con alivio a territorio francés, lo que nos privó de una interesante descripción sobre nuestro país ya que apenas estuvo por aquí veinticuatro horas.</p>



<p>El príncipe &nbsp;<strong>Konstantin &nbsp;Nikoláevich Romanov</strong> (1827-1892), hijo segundo del zar Nicolás I, desempeñó los cargos de virrey de Polonia, comandante en jefe de la flota y ministro de Marina bajo el mandato de su hermano Alejandro II, quien también le encargó que presidiera muchas instituciones rusas, entre ellas el Consejo de Ministros y el Consejo de Estado. Konstantin fue, además, el principal impulsor de que Rusia vendiera a Estados Unidos en 1867 el territorio de Alaska, ya que su posesión suponía una enorme carga para el imperio.</p>



<p>Anteriormente, y como comandante de la fragata <em>Ulises, </em>visitó el sur del Mediterráneo. Llegado a España, &nbsp;se apresuró a visitar Granada, donde se hospedaría, cómo no, en el hotel <em>Washington Irving</em>. &nbsp;Según Fernández Sánchez, un tal Ortiz, dueño del hotel, treinta años más tarde narraba a quien quisiera escucharle que él mismo había sido recadero del gran príncipe&nbsp; ruso. De su trayecto por España, Konstantin llevó a San Petersburgo unas decenas de fotografías sobre este país que hoy en día se conservan en la Academia de Ciencias de Rusia.</p>



<p>La figura emergente de Konstantin &nbsp;Románov, gran &nbsp;reformador de la armada imperial rusa, se hundió con el asesinato del zar Alejandro II ya que el nuevo monarca Alejandro III, &nbsp;nada predispuesto a las reformas liberales, alejó de la corte a su tío y le privó de todos los privilegios que comportaba su posición. Poco tiempo después, Konstantin sería víctima de un derrame cerebral que le llevaría a quedar completamente paralítico, falleciendo años más tarde.</p>



<p><strong>VIAJERO</strong><strong>S QUE SÍ PUBLICARON SUS&nbsp;</strong><strong>IMPRESIONES</strong></p>



<p>Como Francia representaba en el siglo XIX el modelo europeo a seguir por los visitantes rusos a nuestro país, lo habitual era que desembarcaran en la frontera de Irún tras haber recorrido toda Europa y pasar unas agradables semanas en el país galo. Desde la frontera vasca, tal y como hicieron muchos otros viajeros que pisaron la piel de toro, enfilaban la ruta burgalesa hacia la capital de España, incluyendo habitualmente visitas a Segovia, El Escorial y Aranjuez, lugares de recreo de la corte española. Unas semanas de estancia madrileña, &nbsp;con visita incluida al museo del Prado, alguna jornada en Toledo y presentación de sus cartas o credenciales a los personajes poderosos que les habían recomendado desde su nación, introducía a los viajeros rusos decimonónicos &nbsp;en los ambientes de la Corte española.</p>



<p>Recorrer &nbsp;La Mancha y visitar Levante, especialmente si ya se había construido el ferrocarril Madrid-Alicante era una de las opciones, aunque no la preferida. Lo más habitual era marcar la ruta de Despeñaperros por Sierra Morena e introducirse en Andalucía hacia Córdoba. Desde allí, Sevilla y Granada se convertían en los objetivos más importantes, especialmente desde que en 1828 y 1829 los diplomáticos rusos, el barón Stoffregen, primer secretario de a legación rusa en Madrid, y el príncipe poeta y agregado en &nbsp;la embajada rusa Dolgorúkov (Dolgoruki le llama Washington Irving), acompañaran al escritor y futuro embajador norteamericano en España, tanto en su viaje &nbsp;por Andalucía como en su estancia durante meses en el palacio musulmán granadino, fruto de la cual quedaron sus famosos <em>Cuentos de </em><em>la Alambra,&nbsp;</em>escritos en 1829 y publicados tres años más tarde.</p>



<p>El barón Stoffregen, quien no siempre disfrutara del viaje por Andalucía tanto como lo hiciera el propio Irving, acompañó al periodista y diplomático nor­teamericano en su &nbsp;viaje de 1828 por Granada y gran parte de Andalucía. El príncipe compartió el viaje con&nbsp; Irving en &nbsp;1829, de Sevilla &nbsp;a Granada, y <em>se </em>alojó también en el palacio rojo. De estos viajes nos dejó testimonio el propio Washington Irving que, ya antes de ponerse en marcha sospechaba las dificultades que se iban a encontrar por los caminos de aquella época. <em>«C</em><em>reíamos </em><em>que éste&nbsp;</em><em>era </em><em>el modo mejor </em><em>de viajar</em><em>&nbsp;por España</em><em>.</em> <em>En </em><em>semej</em><em>ante </em><em>disposició</em><em>n</em> <em>de ánimo del viajero </em><em>y </em><em>ante </em><em>tal determinación,&nbsp;¡qué&nbsp;gra</em><em>n </em><em>país es </em><em>éste&nbsp;</em><em>donde </em><em>la posada más po­</em><em>bre&nbsp;</em><em>y </em><em>mís</em><em>era apa</em><em>rece </em><em>ta</em><em>n </em><em>llena de aventuras </em><em>co</em><em>mo </em><em>un castillo </em><em>encantado </em><em>y </em><em>cada&nbsp;</em><em>comida qu</em><em>e </em><em>esa posada </em><em>os brinda </em><em>es </em><em>una </em><em>hazaña»</em><em>.</em></p>



<p>El ideal cervantino y, especialmente, la convicción &nbsp;patriótica de que España y Rusia eran los dos únicos países que habían podido derrotar a las tropas napo­leónicas, fueron los estímulos que animaron a muchos viajeros rusos a dirigirse a estos lugares y, ya en España, a continuar un trayecto que solía desarrollarse en penosas condiciones. A la inexistencia de caminos en la primera mitad del siglo XIX, se unían las penosas ventas y posadas o los calamitosos carromatos que viajaban de una ciudad a otra antes de que el ferrocarril se instalara tardíamente por el territorio hispano. No ayudaba tampoco nada el fuerte calor que los viajeros rusos se encontraban al pisar Andalucía, lugar donde, además, corrían serios peligros, o al menos así lo esperaban algunos y algunas, debido al bandidaje que pululaba por campiñas y serranías.</p>



<p>El primer autor ruso que dejó un libro sobre su visita a España en el siglo XIX, al menos así lo afirma el profesor Lopatnikov, fue el eminente &nbsp;escritor y periodista <strong>Fadéi Bulgarin</strong> en su obra <em>Recuerdos de España, </em>escrita poco tiempo después de la guerra contra Napoleón. Es el único libro ruso sobre España publicado en la primera mitad del siglo XIX que se ha conservado hasta nuestros días.</p>



<p>Otros viajeros rusos que dejaron testimonios en forma de diarios de viaje fueron los marinos, como <strong>Kruzenstern</strong> (1770-1846), que permaneció durante unos días en Santa Cruz de Tenerife, o el teniente &nbsp;<strong>Vladimir P. Románov</strong> que llegó a Cádiz el 21 de febrero de 1818 a bordo de uno de los tristemente famosos barcos que Fernando VII compró a Rusia. También marino fue <strong>Nikolái Aleksándrovicht Bestúzhev</strong> (1791-1855) que vino a nuestro país varias veces por motivos profesionales y muchos otros militares que permanecieron días, semanas y a veces meses y así dejaron sus impresiones, en libros que rara vez han sido traducidos del ruso.</p>



<p>Una de las obras sobre España que más impacto causó en la sociedad rusa de su tiempo fue la que escribió<strong> Vasilii Petróvich Botkin</strong> (1811-1869), miembro de la burguesía comercial, crítico de arte y viajero impenitente. Su obra <em>Cartas sobre España </em>aparecida en el San Petersburgo en 1857 fue publicándose &nbsp;originariamente en revistas en forma de diversos artículos. En 1979 se publicaría en ruso una edición de toda la obra. En su recorrido &nbsp;español, Bokin pasó por Irún, &nbsp;Vitoria, Burgos, Madrid, &nbsp;Córdoba, &nbsp;Sevilla, Cádiz, Jerez, Tarifa, Málaga, Alhama, Vélez-Málaga y Granada. &nbsp;Lo que más admira de nuestro país es <em>“el hombre del pueblo, con su extraordinario sentido común, su claridad de ideas, la soltura y libertad con que se expresa”</em>. Para los rusos de su tiempo fue una visión amable y positiva de un país poco conocido y excesivamente lejano, aunque tampoco faltarían las comparaciones con otras obras sobre España.</p>



<p>Otro &nbsp;de los viajes rusos por España &nbsp;lo relató el comerciante&nbsp;<strong>Anátolii Nikokáevich Demídov</strong> (1813-1870), &nbsp;descendiente de una de las familias más influyentes del imperio ruso, que sirvió brevemente como diplomático en París, donde comenzó su afición por la pintura romántica y flamen­ca, de la que fue &nbsp;un gran coleccionista. El viaje que Anatólii efectuó por nues­tro país en 1847 duró cuatro meses, tiempo en &nbsp;el que recorrió gran parte del litoral mediterráneo, ya que el autor y sus acompañantes, entre ellos el pintor Raffet, que ya había colaborado anteriormente con Anátolii, viajaron en barco y &nbsp;realizaban desplazamientos hacia el interior desde los puertos en que atra­caba: Barcelona, Valencia, Alicante, Cartagena, Almería, &nbsp;Málaga, Granada, Ronda, Gibraltar, Tánger, Cádiz y Sevilla fueron las ciudades más importantes que conoció Demídoffy de las que dejó constancia en su relato de viajes &nbsp;pu­blicado en &nbsp;francés en &nbsp;1847.</p>



<p>También visitaron España y dejaron relatos el geólogo y geógrafo <strong>Piotr Alek­sádrovich Chijachov</strong>, que prestó especial atención a &nbsp;la flora, fauna y accidentes geográficos, o el aristócrata<strong> Sergéi Aleksándrovich Sobolevskii</strong>&nbsp;(1803-1879), que tras ser asesorado por su amigo Próspero Merimée, hizo turismo por nuestro país. &nbsp;Sus &nbsp;objetivos eran, según declara: <em>«calentarse al sol de España, escuchar&nbsp;</em><em>sus &nbsp;canciones, presenciar sus danzas, encontrarme con algún bandido que &nbsp;sea muy &nbsp;pintoresco pero que no resultara muy fiero».</em></p>



<p>Hay muchos más viajeros rusos que viajaron por nuestro país, como bien detalla el estudioso del tema José &nbsp;Fernández Sánchez en su libro <em>Viajeros rusos por la Espafía del siglo XIX.</em>&nbsp;Para &nbsp;concluir, destacar tres personajes singulares: el príncipe <strong>Aleksandr Vasílevich Meshchérskii</strong> (1810-1867), alto funcionario del &nbsp;Ministe­rio de Finanzas y poeta, que llegó con su esposa &nbsp;y una comitiva de seis personas, entre ellas un &nbsp;pintor [Friedrich Eibner], con objeto de tomar las principales vistas de nuestro país, así como los grandes monumentos arquitectónicos. Visitó &nbsp;Barcelona, Montserrat, Madrid y por &nbsp;último, pasó el invierno en Sevilla. Como fruto de su viaje editó en Moscú en 1867 un hermoso álbum de litograffas &nbsp;en color de paisajes y ciudades típicos de España:&nbsp;<em> España: álbum del &nbsp;príncipe&nbsp;</em><em>A.</em><em>V &nbsp;Meshchérskii.</em></p>



<p>El segundo personaje a destacar es una &nbsp;mujer, Mana Bashkírteva (1858-1884), una pintora descendiente de la aristocracia rusa, establecida en París. Sus &nbsp;recuerdos peninsulares quedaron reflejados en &nbsp;su obra <em>Diario de Maria Bashkirtseff, </em>editada en 1887, tras la muerte de la pintora. Esta &nbsp;publicación repre­sentaba su apuesta personal en una lucha por el reconocimiento del papel de la mujer en &nbsp;el mundo del arte y en contra de un sistema que no &nbsp;lo aceptaba. En sus anotaciones hispanas habla de los toros como de un <em>«espectáculo horrible e innoble» </em>aunque se va reconciliando posteriormente con &nbsp;el espectáculo. &nbsp;Los fondos pictóricos del museo del Prado le parecen excelentes y llega a decir <em>«el Louvre</em><em>&nbsp;empalidece a su lado». </em>También aparecen los tópicos sobre la mujer española y se muestra receptiva a los piropos que solían lanzarle los españoles:&nbsp;<em>«Me </em><em>miran, </em><em>se detienen y yo renazco».</em></p>



<p>Por &nbsp;último, hay que mencionar inevitablemente al revolucionario <strong>León Trotski</strong> y a su estancia en &nbsp;nuestro país, &nbsp;tras su expulsión de París en 1916. Sus &nbsp;recuer­dos e impresiones sobre España se encuentran en dos de sus muchas obras: <em>Mi vida &nbsp;</em>y<em> Trotski en España, </em>dedicada exclusivamente a narrar su <em>«visita obligada a nuestro país». </em>Visitará San Sebastíán, Madrid y Cádiz, donde permanece duran­te&nbsp; algunas semanas hasta que parte para Nueva York. &nbsp;Durante el tiempo de su estancia española, el revolucionaría ruso tomó nota de todo aquello que le lla­maba la atención, aunque, como él mismo señala de manera honesta, sus impre­siones sobre España no deben entenderse como una tesis excelente, ni siquiera como un &nbsp;reposado diario perfectamente estructurado. <em>«Mis &nbsp;conocimientos de la lengua española quedaron en un grado muy rudimentario: el Gobierno español no me dejó perfeccionarme en el idioma de Cervantes. Esta sola circunstancia basta para explicar el carácter,&nbsp; harto superficial y ligero, &nbsp;de mis &nbsp;observaciones. Sería inútil buscar en este libro cuadros más o menos amplios de las costumbres o de la vida política y cultural de España.&nbsp; No viví en España como investigador u observador, ni &nbsp;siquiera como un turista en libertad. Entré en este país como expulsado de &nbsp;Francia &nbsp;y residí en él&nbsp;</em><em>como detenido en &nbsp;Madrid y como vigilado en Cádiz, en espera de una nueva expulsión. Estas circunstancias restringieron el radio de mis observaciones, al mismo tiempo que condicionaban de antemano mi modo de afrontar los aspectos de la vida española con los cuales me puse en contacto. Sin un buen adobo de ironía, la serie de mis aventuras en &nbsp;España se­ría, incluso para mí, un manjar completamente indigestible».</em></p>



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		<title>Jardines en el desierto</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jardines-en-el-desierto/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:22:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 41]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En la Biblia, un libro sagrado escrito por pueblos del desierto, el Génesis nos cuenta cómo Dios lo primero que creó fue un jardín llamado Edén, un oasis de calma [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En la Biblia, un libro sagrado escrito por pueblos del desierto, el Génesis nos cuenta cómo Dios lo primero que creó fue un jardín llamado Edén, un oasis de calma solo rota por el sonido del agua. Y es que el agua es, paradójicamente, el elemento clave de los desiertos. La geógrafa Pilar Lacasta nos explica la relación estrecha entre desiertos, agua y sistemas de regadío, algunos de ellos milenarios, que son capaces de arrancar el verde más intenso entre los ocres de un desierto en forma de oasis y jardines, y la vida allí donde no parecía posible.</p>
<p>Descubrí el desierto hace muchos años en un viaje a Túnez con mi amigo Ricardo Blázquez. Todavía tengo grabado el impacto que causaron en mí aque-llas inmensas extensiones de arena, los pueblos de casitas bajas y cubiertas pla-nas que quedaban completamente mimetizadas en el paisaje y, sobre todo, el grandioso espectáculo de verdor que la sola presencia del agua hacía florecer entre tanta sequedad. Viajar con Ricardo es introducirse de lleno en el paisaje e incorporar a tu vida a todo el paisanaje posible. Es moverse en autobuses y charlar con los viajeros; es sentarse a las cuatro de la madrugada en el café del mercado y charlar con todo el mundo hasta conseguir que alguien, que ya ha dejado su mercancía y vuelve a su pueblo, te lleve en su camión hasta ese poblado bereber perdido en las montañas y sin posibilidad de comunicación. Y no solo te lleve, sino que te introduzca en su mundo, te enseñe sus tierras y la manera de recoger el agua para regarlas, conocer a sus vecinos y tomar el té en sus casas.Es volver andan­do hasta el pueblo más cercano donde poder tomar un autobús y compartir en el camino el queso y el té de los cabreros que te llaman y te invitan.</p>
<p>Fue en Nefta, ciudad afincada en un maravilloso oasis y rodeada de desiertos de arena y sal –el Gran Erg de Argelia oriental y los Chotts de el-Djerid, el-Gharsa, el-Rahim, el-Chtijatt Sgath, el Mehez Sha–, donde, gracias al desparpajo de mi amigo, entablamos conversación con un grupo de hombres que tomaban té sen­tados en la única mesa ocupada del jardín del hotel. “¿Podemos sentarnos con vosotros?”, preguntó Ricardo, “es que como todas las mesas están ocupadas…”.Ellos sonrieron y nos hicieron un hueco. Uno de ellos, ataviado con una bellísi­ma capa de lana –<em>barnús</em>– era ingeniero hidráulico y nos estuvo explicando có­mo el agua, que corría por la red de acequias e irrigaba el más de medio millón de palmeras datileras (a cuya sombra crecen higueras y granados que, a su vez dan sombra a otros cultivos como habas, melones, etc.), procedía de las lejanas colinas y emergía en el oasis a través de 152 fuentes, gracias a una serie de pozos artesianos perforados en el desierto.</p>
<p>También fue allí donde descubrí las maravillas que se ocultaban detrás de los altos muros de las casas. Calles sosas, polvorientas, sin vegetación, encierran huertos y jardines con albercas de agua fresca capaces de hacerte creer que es­tás en el jardín del edén. No hay nada más reconfortante y deliciosamente dulce que picotear uvas de las parras e higos de las higueras que cuelgan suspendidos sobre la alberca, mientras sumergidos en sus aguas, va desapareciendo el polvo de los caminos.</p>
<p>He visitado después muchos desiertos, me he quedado extasiada con los oasis de rosas de Marruecos y los mil colores de las rocas de Wadi Rum, pero mi pa­sión se encendió al apagarse la cerilla de Lawrence de Arabia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL DESIERTO</strong></p>
<p>El término desierto significa, etimológicamente, “sin hombres”, pero también lugar “sin lluvias” y, por ende, “sin plantas”. Para muchos es un lugar vacío, sin vida, monótono, sin paisaje. Para otros, el desierto es el mundo de los detalles. La belleza de sus paisajes no sólo está en los extensos horizontes de colores ocres, sino en la enorme variedad de matices que introducen los cambios de luz, la diversidad de las rocas, y, por supuesto la mínima presencia de humedad. Puede provocar multitud de sensaciones: miedo, soledad, desubicación, placi­dez, euforia… Nunca un espacio ha dado lugar a sentimientos tan encontrados, se le odia o se le ama, pero nunca deja indiferente. Sin embargo, como dice T. E. Lawrence <em>“el espí-ritu del desierto se escurría por entre las gruesas mallas de nuestra comprensión”</em>. Para abundar en la idea de cómo una inmensidad monótona se puede convertir en un mundo lleno de diversidad dándole a la mirada la facultad de observar, bastaría con alguna de las descripciones de viajeros, como ésta que hace T. E. Lawrence: “…<em>atravesábamos la relumbrante llanura, ahora casi desnuda de árboles, y cuyo suelo iba tornándo-se cada vez más blanco. Al principio era de cascajo gris, con consistencia de grava. Luego la arena iba haciéndose cada vez más frecuente, al tiempo que escaseaban cada vez más las guijas, hasta el punto de poder distinguir por el color la procedencia de éstas, ya fueran de pórfido, de esquisto verde o de basalto. Finalmente todo era ya pura arena blan-ca, bajo la cual se extendía un estrato más duro. Semejante suelo era como una alfombra de pelusa para el trote de nuestros camellos. Las partículas de arena eran limpias y brillantes, y capturaban el brillo de la luz solar como pequeños diamantes de centelleante reflejo, que después de un rato resulta-ba insoportable</em>”.</p>
<p>También es interesante la errónea sensación de tierra vacía, de ausencia huma­na, cuando la realidad es que el territorio está estructurado y repartido entre las tribus nómadas y perfectamente organizadas las rutas de cada tribu para buscar los pastos de invierno y de verano. Cada colina, cada valle, cada pozo y cada ár­bol, tiene a alguien reconocido como su propietario.</p>
<p>Como hemos visto, la palabra desierto tiene una extensión climatológica (lu­gares cuyas precipitaciones anuales no superan los 200 mm –en el desierto chileno llueve menos de 100 mm al año–) y biológica (debido a la escasez de humedad la cobertura vegetal es muy escasa, reduciéndose a la presencia de plantas aisladas entre sí). Existen desiertos fríos, como algunas zonas de Islan­dia; desiertos templados como el entorno del mar de Aral y desiertos cálidos con el del Sahara. Entre los desiertos cálidos podemos distinguir desiertos casi absolutos, los <em>Tanezruft</em>, como se les llama en el Sahara y desiertos relativos. Excepto en los desiertos fríos, las temperaturas son extremas, con gran ampli­tud diurna y anual.</p>
<p><strong>EL AGUA</strong></p>
<p>Frente a la sequedad de las enormes extensiones de piedras y arena, el agua es el milagro de la vida. Desde el punto de vista hidrográfico, se acostumbra a distinguir las regiones sin circulación de agua regular o <em>regiones areicas</em>, y las regiones provistas de una circulación regular, pero cuyas aguas no alcanzan el mar y se pierden por evaporación o infiltración, ya a lo largo del curso, ya en las lagunas: son las regiones <em>endorreicas</em>. Lo que caracteriza al desierto es un régi­men de circulación espasmódico. El <em>uad</em>, lecho del río generalmente seco, es la corriente de agua característica del desierto, pero también existen regiones sin circulación organizada, sin cauces.</p>
<p>La carencia de precipitaciones da lugar a una vegetación escasa, que deja el suelo al desnudo. A veces poseen hierbas dispersas como el <em>drim </em>sahariano (abundante en las dunas, que son, debido al frescor intersticial de las arenas, los pastos más abundantes). Otros desiertos poseen una vegetación arbustiva; ciertas zonas del Sahara están cubiertas de vez en cuando de <em>rtem</em>, especie de zarzal cuya silueta ofrece cierta analogía con la retama calcinada. De todos los desiertos, el australiano es el que posee una vegetación más densa, en forma de plantas espinosas, debido a que es uno de los menos secos. Precisamente la carencia de agua, y la fluctuación de la misma entre los perio-dos húmedos y secos es lo que ha dado lugar al desarrollo desde muy antiguo de variadas técnicas para su aprovechamiento y una magnífica gestión de su uso. Ateniéndonos ya a los desiertos cálidos de África y de Asia y, especialmente al desierto del Sáhara y su continuación hacia el este, encontramos tres espacios muy diferentes: los lugares por donde corren grandes ríos permanentemente, aunque con variaciones anuales de caudal muy fuertes, me refiero al Nilo y a Mesopotamia; las zonas relacionadas con la presencia de <em>wadis </em>o cursos de agua no permanentes; y finalmente aquellas otras zonas donde el agua existente es subterránea. La primera evidencia del control del agua en el antiguo Egipto es el relieve de la cabeza de maza del Rey Escorpión que data de unos 3.100 años a.C., pero se sabe que desde hace unos 5.000 años a.C. ya se practicaba algún tipo de gestión del agua para la agricultura. Los egipcios practicaban la llamada irrigación de la cuenca, una productiva adaptación a las naturales crecidas y decrecidas del río. Construían una red de muretes de barro, algunos paralelos al río y otros perpendiculares a él, que for-maban cuencas de distintos tamaños. Unas esclusas dirigían la corriente dentro de la parcela, donde permanecía durante aproximadamente un mes hasta que el suelo estaba saturado. Entonces el agua restante se drenaba o se sacaba a través de un canal y a partir de ese momento el agricultor procedía a la siembra. El lodo fértil procedente de Etiopía que quedaba depositado tras las inundaciones anuales del Nilo, hacía innecesario mantener tierras en barbecho, cosa que no ocurría en Mesopotamia donde las crecidas de los río Tigris y Eúfrates eran mucho más violentas e impredecibles, arrasándolo todo. Cuando ya se retiraban las aguas después de la inundación, la orilla del cauce quedaba muy alta, unos 4-5 m por encima del nivel de las aguas y en algunos lugares mucho más. Esto hacía necesaria la utilización de “elevadores de agua” para poder regar las tierras limítrofes. Uno de los artefactos más utilizados era –y sigue siendo– el <em>sadhuf</em>.</p>
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<p><strong>LOS QANATS, UN SISTEMA MILENARIO</strong></p>
<p>Por otra parte está el aprovechamiento del agua subterránea que se hace mediante una estructura denominada <em>qanat</em>,<em>falaj</em>, <em>fogara</em>, <em>khitara</em>, <em>karez</em>, etc., dependiendo de la zona. Se trata de un sistema de conducción de los mantos de agua subterránea a la superficie para su distribución, mediante túneles y sin usar medios mecánicos. El sistema utiliza las zonas de colinas en contacto con la llanura y consiste en perforar en la colina un pozo principal o pozo madre hasta alcanzar un acuífero, cuya agua se hace circular a través de un canal subterráneo prácticamente horizontal hasta el pie de la colina por donde ya aflora el agua. Además del pozo madre, se cavan otros pozos secundarios que unen el túnel horizontal con la superficie, de manera que sirvan tanto de ventilación como de vía de acceso para las labores de mantenimiento y limpieza del canal. El agua sale en forma de cascada y puede ser contenida por medio de pequeñas presas para, desde allí, ser distribuida a las zonas agrícolas a través de los canales de riego. Este sistema permite transportar agua a largas distancias, a veces de hasta 70 km, ya que su carácter subterráneo impide grandes pérdidas por evaporación y permite mantener el agua más limpia.</p>
<p>En Jordania han sido identificados diez lugares con treinta yy ddooss ggaalleerrííaass de <em>qanats</em>. La historia de la irrigación en Jordania data de tiempos romanos y el mayor túnel que se conoce es el del Acueducto de Gadara que, con una longitud de 170 km, era el segundo más largo conocido de la antigüedad. Se empezó a descubrir en 2004 y se trata de un conjunto de construcciones basadas en la tecnología del <em>qanat</em>. La sección más larga, 94 km, se extendía desde Wadi Shellala, un tributario del Yarmuk, hasta Gadara (Umm Qais). Como hemos visto, hay una relación estrecha en-tre los<em>qanats </em>y la topografía, pero su localización también está relacionada con el tipo de roca. Curiosamente, en Jordania los<em>qanats </em>se encuentran situados en el sur donde predominan las rocas calcáreas, no habiendo construcciones en el norte donde el manto de rocas volcánicas que descien-de desde los Altos del Golán cubre una amplia zona, pues a pesar de que las rocas volcánicas dan lugar a suelos más fértiles que las calizas, presentan dificultades para su perfo­ración y además su impermeabilidad no permite las recargas de los acuíferos subyacentes.</p>
<p>En 1929 Amir Abdullah reabrió seis <em>qanats </em>alrededor de Karama en el Valle del Jordán para regar unas 600 ha de campos y jardines cerca de su palacio de in­vierno. Los jardines florecieron de nuevo en un desierto donde no había plantas desde el periodo bizantino. Pero en los años setenta ya no quedaba agua, debido a un abuso en su extracción. El golpe de gracia final lo dio la Jordan Valley Au­thority moviendo grandes cantidades de tierras para nivelar el suelo alrededor de Karama con el fin de preparar la zona para la construcción del canal deno­minado primero East Ghor Main Canal y después King Abdullah Canal, que llevaría agua para abastecer a la ciudad de Amán.</p>
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<p><strong>OTRAS FORMAS DE GESTIÓN DEL AGUA</strong></p>
<p>En Irán se conserva una obra maestra de la gestión del agua tanto del pasado como del presente. Es el testimonio del saber de los elamitas, los pueblos meso­potámicos, los nabateos y los romanos. Se trata de una serie de presas, puentes, canales, molinos de agua y otras construcciones que se remontan a tiempos de Darío el Grande (siglo V a.C.). Uno de ellos es el canal de Gargar que todavía abastece la ciudad de Shusthar. El espectáculo es grandioso pues el agua cae en cascada desde un espectacular farallón hacia un estanque situado en la par­te baja antes de entrar en la llanura situada al sur de la ciudad donde riega un terreno de 40.000 ha de campos de árboles frutales conocido con el nombre de Mianâb (Paraíso). También se conservan otras construcciones como el castillo de Salâsel, centro de control de todo el sistema hidráulico, la torre de Kolâh-Farangi para medir el nivel del agua, etc.</p>
<p>Pero si en algún país tiene importancia este sistema de riego es en Omán donde suponen la principal fuente de irrigación, siendo utilizados también para uso doméstico. Se estima que hay unos 11.000 <em>aflaj </em>de los cuales unos 4.000 están fluyendo constantemente.</p>
<p>Hay varios tipos de <em>aflaj</em>. Los <em>Daudi Falaj </em>(Qanat o Iddy) son largos túneles sub­terráneos de decenas de kilómetros que buscan agua profunda. Generalmente ofrecen agua durante todo el año. Los <em>Ghaily Falaj </em>son una serie de canales superficiales de unos tres o cuatro metros de profundidad, que recogen el agua de los <em>wadi </em>después de los periodos de lluvias continuadas. Su longitud puede variar entre 500 y 2.000 m y al estar abiertos necesitan limpieza permanente y generalmente su agua no puede ser usada para uso doméstico. Este tipo de <em>aflaj </em>sufre grandes variaciones, creciendo después de los periodos de lluvia y decreciendo rápidamente durante los periodos secos. Los <em>Ainy Falaj</em>, cuyo funciona-miento consiste en derivar la corriente de un <em>wadi </em>y ésta puede ser agua termal. Pero otros tipos de utilización del agua se están llevando a cabo en muchos paí-ses del desierto, entre los que Libia es pionera. Se trata del regadío por <em>pivotes</em>utilizando los mantos de agua fósiles que se sacan con motores de gasoil. Es éste un sistema de riego en círculos que está transformando los paisajes verdes del desierto, pero que también está suponiendo un grave problema para el uso sostenible del agua. En la actualidad, varios factores se unen para alertarnos acerca del avance del desierto (como parece que está ocurriendo en la maravillosa ciudad de Nefta): por una parte el aumento de los años de sequía, lo que hace que los acuíferos no se recarguen; por otra el aumento del consumo de agua debido al aumento del turismo y a la ampliación de las superficies cultivadas.</p>
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<p><strong>EL JARDÍN</strong></p>
<p>El agua no sólo se destinaba a la irrigación de plantas necesarias para la alimentación, sino que fue en estos mundos áridos donde surgió el jardín. Según el Génesis, al principio, Dios creó un jardín llamado Edén. Edén era un fértil y fragante oasis, de mágica calma solo interrumpida por el sonido del agua y de la risa. Salía de Edén un río para regar el huerto y de allí se repartía en cuatro brazos cuyos nombres eran: Pisón, Gihón, Hidekel (Tigris) y Eufrates. Edén está tradicionalmente lo-calizado en Mesopotamia. Desde que el hombre fue expulsado del edén, la humanidad ha intentado recrear este mítico paraíso y desde tiempos inmemoriales, los árboles han sido asociados tanto con el poder sagrado como con el placer sensual.</p>
<p>Las pinturas de jardines más antiguas del mundo provienen de Egipto. Había jardines en los templos, en las tumbas y en los palacios; sin embargo los jardines egipcios no se cultivaban solo por placer, sino que en ellos se producía vino, frutas, hortalizas y papiros. El agua, como no podía ser de otra manera, era el elemento fundamental, y para el riego de los jardines se utilizaba la conducción del agua del Nilo hasta las parcelas y el <em>shaduf</em>.</p>
<p>Los jardines se organizaban alrededor de un estanque central rectangular o en forma de T, alimentado directamente por las aguas del Nilo, en el que nadaban peces de vivos colores. Alrededor existía una vasta red de canales de irrigación que alimentaba todos los cultivos del dominio. Estos conjuntos formaban com­posiciones geométricas muy estrictas. Cultivos de sicomoros, higueras, azufaifos, granados, viñas y dátiles plantados en damero y separados por elevaciones de tierra a fin de que el agua quede aprisionada el mayor tiempo posible en el suelo. Al lado de los papiros y de los lotos que poblaban de manera salvaje los bordes del Nilo, las flores más delicadas como la amapola, el crisantemo, las anémonas y el jazmín se encontraban en los grandes jardines. Es sabido que varios faraones llevaron a Egipto plantas desconocidas halladas en sus campañas en Cirenai-ca, Libia y Siria, plantas que fueron transportadas y cultivadas en macetas. La primera descripción de los jardines persas la dio Jenofonte en el siglo IV a.C. y, al mismo tiempo, inventó la palabra “paraíso” (en griego <em>paradeisos</em>, del persa <em>pairidaeza</em>, que significa lugar cerrado). En Mesopotamia los soberanos asirios desarrolla-ron grandes espacios cerrados con muros, irrigados por canales y estanques, donde crecían palmeras cipreses, cedros, almendros, ébanos, robles, mem-brillos, perales, higueras, manzanos y granados, y poblados de animales, a veces exóticos –leones, avestruces, monos–, que el soberano había cazado. Estanques ornamentales, palmeras datileras y una extensa variedad de plantas exóticas eran elemen-tos de los jardines del siglo XVIII a. de C. como se puede observar en el fresco del jardín real del palacio que Zimrilim construyó en Mari, ciudad situada en las orillas del Eufrates, al sur de la actual Siria. Pero si hay algún tipo de jardín que haya representado el esplendor de una civilización, este ha sido el de los jardines colgantes de Babilonia, rodeados de leyenda, han llenado la imaginación de Occi-dente. Sobre una estructura de terrazas hechas de piedra crecían palmeras, álamos y pinos, formando muros de gran verdor. Desde la llanura del Eúfrates debía parecer un espejismo donde el palacio emergía de entre los árboles y las flores. La magia de estos jardines se debía al desarrollo de una elaborada técnica de irrigación. Bajo las terrazas más altas, una serie de pozos se hundían hasta las capas de infiltración del Eúfrates, don-de cadenas sin fin de cangilones, movidas por ani SGE / 77 males o por esclavos, subían el agua hasta el interior de una o varias columnas; esta agua descendía después hacia los niveles inferiores mediante canalizaciones.</p>
<p>La atención prestada a todo lo concer­niente a la irrigación marca también la concepción de los primeros grandes jar­dines del Islam. El islamismo es una re­ligión nacida en el desierto, una inmen­sidad sin sombra, de escasos aromas. El jardín se encarga de materializar el sueño inverso: la abundancia de agua, el frescor de las zonas umbrías y de los muros pro­tectores, la embriaguez de los perfumes de las plantas y de las flores. Pero este frágil microcosmos sensual requería mu­chísimos cuidados y debía protegerse del viento cálido, así como de las miradas o de los enemigos. El jardín era, pues, un paraíso reservado.</p>
<p>Detrás de muros de ladrillo secado al sol, se abría un mundo de lujo donde las sedas de alfombras y divanes hacían juego con un mobiliario de madera de ce­dro constelado de piedras preciosas. El visitante iba siendo consciente del gran poder del califa y de la enorme cantidad de territorio que controlaba, ya que cada una de las riquezas mostradas procedía de minas de diferentes partes del mundo. Los jardines tenían también su papel, pues también daban fe de im­portantes conocimientos de ingeniería, botánica, agricultura, etc. Si el jardín es al mismo tiempo una imagen del origen y la fecundidad, no es extraño que los jardines de los palacios abasíes nacieran de un imaginario de agua.</p>
<p>Un documento histórico narra el testimonio de los embajadores bizantinos llegando a la corte de Bagdad en 917, donde su asombro no dejaba de crecer a medida que iban recorriendo las estancias del palacio y viendo las riquezas que allí se albergaban. En el jardín pudieron observar un gran árbol de oro y plata con pájaros autómatas también de oro y plata que volaban y canta­ban; un gran estanque artificial de plomo blanco en torno al cual fluía un río de plomo blanco más brillante que la plata pulida. Por él se movían cuatro magníficos barcos con asientos dorados con telas bordadas. Alrededor de los estanques se extendían hermosas plantaciones con más de cuatrocientas pal­meras, y también limoneros…</p>
<p>La división es cuaternaria, ya existente en todo Oriente antes de la conquista árabe, el <em>chahar bagh</em>, es decir, los cuatro jardines. La estructura es regular y triunfa la geometría. Los jardines árabes son, siempre y en todas las latitudes, fieles al mayor rigor de las líneas, así afirmaban la capacidad del hombre para marcar a la naturaleza mediante formas que le servían para leer los astros.</p>
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<p><strong>JARDINES DE PERSIA</strong></p>
<p>Bajo esta denominación se conoce a un conjunto de nueve jardines iraníes de-clarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2011. Estos nueve jardines (Bagh-e-Shazdeh (Mahan, Kerman), Bagh-e-Pasargad (Isfahan), Bag- e-Eram (Shiraz), Bagh-e-Dolat Abad (Yazd), Bagh-e-Pahlevanpur (Mehriz), Bagh-e-Chechel Sotunm (Isfahan), Bagh-e-Fin (Kashan), Bagh-e-Abas Abad (Behshahr) y Bagh-e-Akhbariyeh (Birjan)) se encuentran situados en varias provincias de Irán y representan la diversidad de formas que este tipo de diseño de jardín ha asumido a través de los siglos adaptándose a condiciones climáticas diferentes pero conservando siempre sus principios fundamentales que se re-montan a los tiempos de Ciro el Grande (siglo VI a.C.). Todos ellos son dignos de mención, pero me gustaría resaltar dos: Bagh-e-Fin y Bagh-e-Shazdeh. Bagh-e-Fin se considera uno de los más bellos jardines históricos iraníes. Lo mandó construir un soberano safaví, el sha Abbas a finales del siglo XVI, probablemente en el lugar en que se hallaba un antiguo “paraíso” sasánida. Su trazado procede del <em>chahar bagh</em>, el plano geométrico cuatripartito de origen mogol. Rodeado de altas murallas que lo preservan del viento, está dividido en 6 grandes secciones rectangulares delimitadas por un gran canal perimétrico. En los puntos de encuentro de estas aguas se construyeron varios estanques. Esta trama líquida, magnificada por un revestimiento de losetas de color turquesa, crea un ritmo visual y sonoro al mismo tiempo con el flujo del agua y la miríada de surtidores alimentados por las fuentes de las montañas vecinas. El agua es conducida a través de unos acueductos subterráneos que forman parte de un <em>qanat</em>. Se han dejado crecer los eucaliptos y las higueras pero no tiene flores. La magia está en el agua. En cuanto a Bagh-e-Shazdeh, se trata de un jardín de finales del siglo XIX mandado construir por el gobernador de Kehrman, Naser al-Douleh, en 1878 como residencia de verano. Es literalmente un oasis en medio del desierto al pie de las áridas montañas. Se trata de un lujoso y solitario enclave, un rectán-gulo verde umbrío recortado en la superficie de una inmensa llanura vacía y pedregosa. El milagro de este jardín se debe, una vez más, a la posibilidad de traer el agua desde las montañas por medio de <em>qanats</em>, cuyos pozos de aireación son claramente visibles desde el aire. Los numerosos surtidores que difundían permanentemente un vapor refrescante bajo los árboles creaban este ámbito de verdor. Es la imagen de un sueño de paraíso.</p>
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		<title>Desiertos más o menos desiertos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:22:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 41]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Desiertos más o menos desiertos desiertos hay muchos, desde los estrictamente geográficos, hasta los humanos, los espirituales o los desiertos figurados. El geógrafo Eduardo Martínez de Pisón nos descubre las [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Desiertos más o menos desiertos desiertos hay muchos, desde los estrictamente geográficos, hasta los humanos, los espirituales o los desiertos figurados. El geógrafo Eduardo Martínez de Pisón nos descubre las geografías del desierto, desde las diferentes acepciones de esta palabra en el lenguaje cotidiano y científico, pasando por los paisajes del desierto (diversos y dispares), hasta las paradojas del desierto como cultura, que tiene como referencia esencial el elemento del que carece: el agua. Un viaje por los grandes paisajes desérticos de la Tierra y del espíritu.</p>
<p>Según la Real Academia Española, “desierto”, se refiere primero a lo que está despoblado, solo o inhabitado.</p>
<p>Puede ser una selva, por tanto, o un altiplano gélido o la cumbre de una montaña o las regiones polares o los mismos mares. O una calle, un parque, una casa que están o se han quedado vacíos, es decir, desiertos. El desierto es, pues, ante todo, un lugar sin gente. Y, en concreto, además, claro está, también según la RAE, lo que solemos llamar tácitamente con ese nombre en el lenguaje común y en el geográfico: un terreno seco, calificado por su intensa aridez, un “territorio arenoso o pedregoso, que por la falta casi total de lluvias carece de vegetación o la tiene muy escasa”.</p>
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<p><strong>LA NOSTALGIA DEL DESIERTO</strong></p>
<p>También hay otros terrenos de escasa vegetación que no requieren ser áridos ni tropicales, por su latitud y altitud, su frío, su viento, su cobertura nival, glaciar o acuática. Son desiertos, pues, en cierto modo, y en otros sentidos no son lo que pensamos cuando pronunciamos esa palabra en el lenguaje común. Y hay lugares desérticos en sentido climático estricto donde el paso de un río produce unas vegas feraces y unos sotos frondosos, sin necesidad de lluvias. Pero además, por derivación, estar o quedar “desierto” puede también significar un premio o un concurso sin ganador, o una plaza de trabajo sin concesionario, o una subasta sin adjudicatario. Y, cuando nadie te escucha o cuando no te hacen caso se dirá figuradamente que es clamar o predicar en el desierto (vox clamantis in deserto).</p>
<p>Hay, por todo ello, desiertos humanos, desiertos físicos, desiertos geográficos por antonomasia y desiertos figurados. Hay además algunas acepciones usuales equívocas: cuando se dice que una región se “desertiza”, la primera referencia es que se despuebla; y cuando se escribe que se “desertifica” se trata de que, en dependencia de causas naturales y antrópicas, su vegetación retrocede sensiblemente o su suelo pierde, por erosión o transformación,  capacidad biológica, o se aridifican sus condiciones. También se usa “desertización” con un significado climático como cambio hacia la aridificación.</p>
<p>No obstante, ambos términos suelen manejarse con cierta indefinición y con ambiguos trasvases de significados. Hay un libro de López Bermúdez titulado con precisión: Erosión y desertificación, heridas de la Tierra. La desertificación es un riesgo, una crisis ambiental hacia la degradación de los sistemas naturales. Una ruptura de equilibrio, en lo natural y en la relación del hombre con su medio. El desierto, entonces, se sobrentiende como un enemigo.</p>
<p>Y además hay, con concepto muy distinto, desiertos espirituales.</p>
<p>No me refiero a la metáfora de “desierto intelectual”, por ejemplo (también “páramo”), para indicar la carencia o la escasez de vida cultural, sino a lugares alejados o simplemente apartados del poblamiento humano que, por su soledad, se ven como idóneos para una vida de retiro, contemplación y oración en la práctica religiosa. Lo mismo da que sean como el pedregoso desierto oriental egipcio, bien estricto, donde se aisló de modo ejemplar el asceta ermitaño San Antonio hacia los siglos III y IV, o como las arboladas Batuecas, en cuyo Santo Desierto de San José se instalaron los carmelitas. El también carmelita Desierto de Las Palmas es hoy particularmente activo en la propagación de la espiritualidad de este tipo de desierto mediante la experiencia religiosa del retiro monástico. Entre sus reflexiones institucionales se extrae aquella del desierto como una metáfora de significados contradictorios. Lo es cualquier lugar solitario y de naturaleza fuerte, pero especialmente lo será el desierto por excelencia, amplio espacio en la frontera entre la vida y el vacío: el desierto del pozo y la sed, del agua y la sequedad, del oasis y su espejismo, el del suelo duro e inerte y de la arena móvil. De la condición cósmica del ambiente, de la exigencia para la resistencia de la vida, de la maestría para la supervivencia, del horizonte siempre repetido, fugitivo e inalcanzable, del silencio y la belleza del paisaje, se derivan lecciones no sólo para el conocimiento sino para la experiencia espiritual. Es el desierto que acoge al asceta para la meditación y el rechazo de las tentaciones. Pero no hace falta incluso tal escenario: un prior del monasterio de Las Palmas escribía que el “desierto”, sólo entendido como retiro, es ya una experiencia de trascendencia en la soledad y la contemplación.</p>
<p>El desierto es, pues, terreno de enseñanza. Aprender de las soledades y del silencio. Théodore Monod pensaba que la experiencia del desierto educaba en los valores esenciales del territorio mudo, la resistencia, la sabiduría, el desprendimiento, el sentido de la belleza, la vinculación al paisaje. “El desierto es un educador severo que no deja pasar debilidad alguna”. “Regresaré”, añadía tras cada retorno. “El desierto es siempre nostalgia del desierto”. “El desierto ahora es un amigo”.</p>
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<p><strong>EL AGUA PERDIDA</strong></p>
<p>En el cuaderno de notas del viaje a Zerzura por el desierto occidental de Egipto, que hicimos en el año 2004, tengo escrito que, más allá de la monotonía de pedregales, arenales, llanos y colinas al suroeste de El Cairo, el paisaje se abre entre cerros de gran belleza, ocres, blanquecinos, luego oscuros y finalmente blancos. En ellos los oasis esparcidos concentran a los hombres, particularmente a los mercaderes, entre soledades. Los oasis son paisajes constreñidos al agua, son sus frutos, y los barrancos secos incitan a imaginarlos cuando por ellos corrieran los ríos. El oasis, que es ahora lo limitado y forma en el mapa puntos aislados, hace que me pregunte: ¿se extendería antaño formando redes en estos espacios?</p>
<p>Más allá de Dajla (Dakhla en los mapas), hasta donde llegó Roma con sus vías, canales, arquitecturas y cultivos, termina la vieja historia y empieza la exploración. Aquí comienza un viaje a un lugar luminoso que no existe, que tal vez desapareció hace tiempo con el agua que lo posibilitó o que nunca fue realidad. Un viaje al mito del agua perdida en el oasis del pájaro “zerzur”, el vergel que sólo pervive en una borrosa memoria. El lugar oculto del que procedían gentes desconocidas y ganados en pleno desierto, la fuente donde abrevaban las caravanas. Los exploradores del siglo pasado encontraron barrancos con huellas recientes del paso de agua y cuevas con pinturas de cascadas, de ríos, de tribus, de nadadores, de reses y de fauna propia de riberas. Las leyendas fabulosas del oasis petrificado y de la ciudad resplandeciente acabaron remitiendo a la constatación de un cambio de clima y a la consiguiente pérdida de la clave vital, el agua. Las variables cadencias de la geografía, que en otras partes más benignas dan matices a la vida, están aquí en el umbral de la supervivencia.</p>
<p>Los mitos recuerdan con bellos relatos lo que los arqueólogos concretan en los pluviales norteafricanos y en las culturas neolíticas. La sensación es similar a la que produce la recuperación de la historia espectacular que desvelan las excavaciones de las ciudades enterradas y olvidadas en la asiática cuenca del Tarim, y con ellas el extraordinario trajinar de la antigua Ruta de la Seda. Algunos expertos en el arte rupestre sahariano remiten a viejas representaciones de faunas necesitadas incluso de agua abundante, como las de hipopótamos y elefantes, y a otras más modernas con menos exigencias, como las de jirafas, pero aún dependientes de tal clave. En razón de estos datos se ha hablado de una fase climática húmeda (“óptimo neolítico”) y de una evolución posterior de creciente sequía. El arte relativamente reciente acantonado con esas figuras en las mesetas y Gilf Kebir, desierto occidental de Egipto.</p>
<p>“Théodore Monod pensaba que la experiencia del desierto educaba en los valores esenciales del territorio mudo, la resistencia, la sabiduría, el desprendimiento, el sentido de la belleza, la vinculación al paisaje. “</p>
<p>Las montañas se explicaría como una prolongación local en ellas del “óptimo húmedo”, que fue más generalizado, por una inercia hídrica al mantenerse en su seno geológico una reserva freática y al introducir, por sus relieves y altitudes, variantes climáticas al ambiente general. La sucesión de hipopótamos, jirafas y dromedarios es, pues, la historia de tal desecación y también, en lo que le corresponda, la de su cultura. La montaña, como siempre, es el último refugio y, en ella, hoy, en el centro de una de las regiones más secas de la Tierra, las últimas acacias del valle del Gilf El Kebir o del Djebel Uwainat son un tesoro heredado en el desierto, la realidad tangible de la leyenda del agua perdida.</p>
<p>La historia climática del Sahara, por su amplitud, continentalidad y posición tropical, es, pues, bastante expresiva del carácter fluctuante del desierto. En una síntesis realizada por el profesor C. Criado se destacan desde el Pleistoceno inferior condiciones más húmedas que las actuales antes de los dos millones y medio de años, con sus favorables consecuencias hídricas y biogeográficas. A partir de entonces aparecieron episodios alternantes secos y húmedos.</p>
<p>En parte, los primeros parecen asociados a los periodos glaciares cuaternarios y los segundos a los interglaciares, aunque la tendencia reciente y actual a la aridez contradice esta correlación. En dicha alternancia pueden señalarse la fase húmeda de hace 350.000 años, la seca anterior a 125.000, y la que torna nuevamente a húmeda inmediatamente después, con fuentes, lagos y ríos, elefantes, rinocerontes e hipopótamos. Pero la aridez regresa en un ambiente más frío, ventoso y polvoriento hace 70.000 años, con reaparición de los rasgos desérticos hasta el final de la última gran glaciación en las regiones donde ésta pudo desarrollarse, desorganizando el avance de las dunas las anteriores redes hidrográficas. Sin embargo, aún hay fases húmedas o pluviales, por ejemplo entre hace 11.000 y 7.000 años, con nuevos lagos y ríos y con la fauna ya señalada, más otros animales propios del agua, como los cocodrilos. Siguieron los episodios, cada vez más contrastados con los pluviales, de aridez y despoblamiento crecientes, aunque con alguna inestabilidad, como fue una mayor pluviosidad en la fase histórica moderna conocida como Pequeña Edad del Hielo.</p>
<p>En fin, en este planeta, pese a las apariencias, no hay seguridad ni en la permanencia del desierto. No obstante, en tal desierto, el seco, por ser el lugar de la sed, la referencia esencial, aunque parezca paradójico, es el agua. La fuente, por ser excepcional, organiza desde su localidad extensos territorios vacíos y los itinerarios que los atraviesan, y el agua perdida en los tiempos abastece a los inmensos arenales de mitos sin caducidad. El hombre del desierto, sin haber cambiado drásticamente de lugar, no procede del desierto sino que se ha adaptado a él. Procede del lago y del río que le precedieron.</p>
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<p><strong>HAY DESIERTOS Y DESIERTOS</strong></p>
<p>Sin volver a lo ya dicho, aunque sigamos ateniéndonos en el fondo a la diversidad de significados del término, también es cierto que, incluso ciñéndonos a los desiertos propios de la extrema aridez, las diferencias de paisajes son abundantes.</p>
<p>En el Sahara, por ejemplo, arenales con dunas, canturrales, plataformas pedregosas, mesas, montañas, desfiladeros, restos volcánicos, depresiones cerradas, valles secos, planicies, con cambios hacia sus bordes y con indicadores vegetales tornadizos. Por mencionar un contraste en lugar y en tipos, en el seco territorio iraní residen además paisajes como las misteriosas ciudades de piedra, que se asemejan a construcciones humanas de barro, abandonadas, entendidas popularmente como “ruinas” hoy perdidas en lo inhabitable, pero donde se habría residido en tiempos míticos, abiertas en realidad por el viento arenoso que da a los diversos estratos apariencias de casas de pisos, habitaciones sin tabiques y torres, cuyas figuras aparecen indefinidas en la atmósfera polvorienta y desenfocadas en el aire cálido del desierto. En otros lugares están, naturalmente, los mares de dunas, y en otro aun los “kawires”, acumulaciones pantanosas y estériles de lodos de costras salinas que quizá son el peor de todos los desiertos.</p>
<p>Alfons Gabriel distinguía entre desiertos moderados y extremados, o normales y superdesiertos, o grises y ocres, y entre desiertos de montaña y desiertos de planicie, a modo de “desiertos de roca, arena, arcilla, sal”, montañosos y tabulares. En el primer caso se suele partir de la cuantía y tipo de precipitaciones, pero también hay que introducir otros índices, como el de evaporación, que consume agua del suelo, o el del papel mecánico del viento y el de los tipos de escorrentías ocasionales y la acción química de la humedad, insistiendo además en el papel del agua como violento agente conformador del relieve, pese a su escasez. En el segundo caso, las montañas dan variedad local al desierto regional con sus divisorias, valles, roquedos, estratos, derrubios, mientras las planicies son el dominio del viento libre con áreas de dispersión y de acumulación de arenas. Pero de esta clasificación morfológica sencilla no se desprende la gran diversidad geográfica de los desiertos de las distintas partes del mundo. El desierto es un ambiente completo, un paisaje, una cultura.</p>
<p>Las tierras áridas (hiperáridas, áridas y semiáridas) del globo terrestre no alcanzan el diez por ciento de su superficie, repartidas en casi sesenta regiones, de tendencia aproximadamente meridiana en el oeste e interior de América y en el sur de África, y de extensión en banda paralela en África del Norte, algo de Europa, Oriente Medio, Asia y Australia, en su mayor parte como una franja casi desarbolada que separa los ámbitos teóricos de los bosques templados del norte de los bosques tropicales del sur. Los conjuntos mayores pertenecen así a amplias extensiones de África y Asia, correspondientes a una zonación climática latitudinalmente bien definida. Pero la zona muy estrictamente desértica significaría sólo el 7’5 por ciento de tales territorios. Luego, cada desierto es un lugar preciso y manifiesta su personalidad geográfica, con nombre propio: Atacama, Valle de la Muerte, Mohave, Sonora, Gila, Karroo, Namib, Kalahari, Victoria, Sahara (Adrar, Hoggar, Tassili, Tanezrouft, Tibesti, Líbico, del Nilo, de Nubia, Río de Oro…), Arabia, Mar Muerto, Neguev, Sirio, Lut, Kawir, Karakum, Taklamakán, Gobi, y tantos más que no caben en esta introducción, pero que sólo con leer su nombre convocan los espíritus de los grandes paisajes de la Tierra. Entonces, al conjuro, el geógrafo ha de tener preparado ya su equipaje para atravesar lo que este planeta tiene más rigurosamente de verdadero planeta, como son uno y otro los mejores que giran y giran enseñando tenazmente geometría alrededor del mismo sol. Los desiertos son paisajes de aquí que pueden competir, a su estilo, con los lejanos y variados que intuíamos y que sólo hace muy poco nos han empezado a enseñar sin fantasía a los terrestres Spirit y sus valientes compañeros: la familia desolada de los desiertos inagotables de nuestro sistema en el Cosmos.</p>
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<p><em>TEXTO: Eduardo Martínez de Pisón</em></p>
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