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	<title>Boletín 42 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 42 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Regreso al Nanda Devi. Un trekking sentimental</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:25:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 42]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En octubre de 1978, el escritor y fotógrafo de viajes Francisco Po Egea realizó una travesía de cinco meses por el Himalaya, desde Cachemira y Ladakk hasta Sikkim, con la [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-al-nanda-devi-un-trekking-sentimental/">Regreso al Nanda Devi. Un trekking sentimental</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En octubre de 1978, el escritor y fotógrafo de viajes Francisco Po Egea realizó una travesía de cinco meses por el Himalaya, desde Cachemira y Ladakk hasta Sikkim, con la única compañía de un porteador. Una gran nevada le impidió llegar a la cumbre del Santuario del Nanda Devi (7.816 mts), el pico más alto y bello del Himalaya indio. Veintitrés años después, y para celebrar su 75 cumpleaños, el viajero regresó de nuevo a estos mismos escenarios dispuesto a conseguir su sueño. Este el relato de su viaje sentimental y de un trekking cargado de nostalgia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2><strong>“La montaña no es una apuesta, es una emoción”</strong>, Walter Bonatti</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>–Morning tea, sahib.</p>
<p>Las palabras me llegaron atenuadas a través de unas nubes algodonosas sobre las que descansaba rodeado de etéreas devadasis cubiertas de velos transparentes que danzaban frente a un Shiva orgulloso y satisfecho, mientras por sus largos cabellos fluían las aguas del Ganges. Nos encontrábamos a solo unas decenas de kilómetros de las fuentes del río sagrado y yo llevaba un par de semanas caminando por montañas y visitando templos decorados con escenas mitológicas de imágenes de dioses acompañados de sus voluptuosas sirvientas. No eran pues de extrañar mis sueños erótico-religiosos</p>
<p>–Buenos días sahib, su té –insistió Pemba, fiel a la tradición de la India británica, todavía perfectamente conservada en esta zona del Himalaya.</p>
<p>Ahora sí, me despedí de las bellas sacerdotisas y abrí los ojos. Las nubes blancas se convirtieron en el techo tiznado por el humo de anteriores huéspedes de la cueva donde habíamos pasado la noche, y el altar de Shiva, en la entrada luminosa de la misma.</p>
<p>–Está nevando mucho –dijo Pemba.</p>
<p>En efecto, por el irregular marco de la cueva se veían caer sin desmayo los copos blancos.</p>
<p>–Deberíamos irnos cuanto antes –añadió.</p>
<p>–¿Y no sería mejor esperar a ver si escampa? –refunfuñé yo.</p>
<p>–Si sigue nevando así y no llegamos pronto al Duranshi Pass, igual ya no podemos salir de aquí en todo el invierno.</p>
<p>Me incorporé de un golpe, medio cuerpo fuera del saco de dormir, y le miré sorprendido.</p>
<p>¿Me estás diciendo que tenemos que volver a toda marcha al puerto y a las puñeteras gargantas que cruzamos el otro día? ¡Pero si los monzones acabaron hace días!.</p>
<p>Sí, por eso. Esto ya no es una cola del monzón, sino las primeras nieves del invierno que deben de venir adelantadas. ¡Y quién sabe si van a durar solo hoy o una semana! –concluyó Pemba.</p>
<p>Era octubre de 1978. Estaba yo realizando, entonces, mi travesía de cinco meses por el Himalaya, encadenando trekkings y viajes en autobús o camiones, desde Cachemira y Ladakh hasta Sikkim, pasando por el norte de India y Nepal. Nos encontrábamos esa mañana en pleno Himalaya indio, dentro del santuario exterior del Nanda Devi, un círculo de montañas y picos afilados de más de 7.000 metros el cual, a su vez, encierra el verdadero santuario –en el sentido de lugar de refugio y protección-, otro nuevo circo de paredones inexpugnables presidido por el Nanda Devi. Este, con sus 7.817 metros, es el pico más alto dentro de India –el Kangchenjunga se lo reparte con China y Nepal–, uno de los más bellos, más aislados y el más cargado de leyendas. Su nombre significa diosa Nanda, una de las acepciones de Párvati, la esposa de Shiva.</p>
<p>Hasta 1934 nadie había puesto pie en dicho santuario. Lo hicieron los británicos Eric Shipton y Harold Tilman, y el pico no fue escalado hasta dos años más tarde por este último acompañado de Noel Odell. Desde entonces poco más</p>
<p>de una decena de escaladores habían hollado su cima y casi otros tantos habían muerto intentándolo. Mi propósito, entonces, era llegar hasta el borde superior del citado santuario, echar una ojeada a su interior y fotografiar la montaña a mi antojo. A pesar de no haberlo conseguido, conservo grandes recuerdos de aquel trekking por uno de los lugares más recónditos y bellos de Asia. Han pasado treinta y tres años desde aquel despertar en la cueva y nuevamente, desde la cresta de aquel difícil puerto, mientras contemplo a la diosa Nanda y sus bellos acólitos de cimas blancas, recuerdo aquella conversación y posterior aventura con mi porteador y gran compañero Pemba. Lo he conseguido. He vuelto hasta aquí. El 25 de octubre de 2011 cumplí 75 años –¡increíble pero cierto!– y para cele-brarlo, un mes antes, me fui a India para volver a recorrer aquellos parajes y lle-gar hasta el lugar del Santuario y la cueva en que dormí aquella noche anterior a la nevada. Esta vez no me he conformado con un solo acompañante, sino que he ido con guía, cocinero y dos porteadores; tanto por imposición de las autoridades que rigen la ahora Reserva Mundial de la Biosfera del Nanda Devi, como por mi propia seguridad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>DE DELHI A JOSIMATH</strong></p>
<p>Acabo de llegar a Delhi, ocho de la mañana, escala en Doha de madrugada. Qatar airlines. Tripulación multirracial. Excelente servicio de las guapas azafatas, desde tailandesas a suecas. Pero, en estos momentos, solo pienso en el regazo de la diosa Nanda. Ella es el motivo de mi viaje.</p>
<p>Bárbara, mi mujer, se ha quedado preocupada, tanto que por primera vez, en tantos viajes emprendidos, me ha acompañado al aeropuerto. Cristina, también. Me ha llamado desde Stirling, donde estudia, cuando ya estábamos en el aeropuerto, para desearme buen viaje y ha añadido: “papi, te quiero mucho”; que quería decir: “ten mucho cuidado y ¡vuelve!”. Mi corazón responde: “<em>No os preocupéis, no pienso abandonaros; sois lo que más quiero</em>”.</p>
<p>En mi primer viaje a India, en 1977 –este es ya el quincuagésimo–, desde el aeropuerto a la capital todo eran campos, vacas, carros, algunos taxis Ambassador y familias acampando en las cunetas de la estrecha carretera. Ahora son autopistas llenas de barreras y policías, pasos elevados y un metro express supermoderno abriéndose paso entre los descampados a medio urbanizar y los edificios construidos por los “poceros” locales y otros promotores de mayor o menor rango. Tengo billete para el tren de las 11,30 a Haridwar , pero en lista de espera, nº 18. Mi vecino indio en el avión me ha tranquilizado. Con ese número seguro que me dan asiento. Reservan un montón para militares, políticos y demás vips. Un joven y alocado taxista me deposita en la estación del viejo Delhi con mi gorda mochila: saco de dormir, colchoneta inflable, lo mínimo de ropa (otro pantalón, dos camisas, dos mudas un jersey, par de guantes y rodilleras para los descensos), montón de medicamentos (tensión, infecciones, mal de altura, artrosis, diarreas, etc. ) una tableta de chocolate negro y 200 grs. de jamón ibérico; solo 12 kg. En la mochila pequeña llevo las dos cámaras, accesorios, papeles y las cien páginas, de las mil quinientas de la Footprint, dedicadas a Delhi y a la zona donde voy; en la bolsita cinturón, pasaporte, tarjetas y dinero. Además de ello, y a 35º, el grueso y viejo anorak de verdaderas plumas de ganso abrazado contra el pecho. ¡Me asfixio mientras asciendo las escaleras hasta las taquillas!.</p>
<p>“<em>Namaste. No problem</em>”. Tengo asiento. Pero estoy agotado por el esfuerzo de subir las escaleras con toda la impedimenta. Tras preguntar a media docena de indios de los que me rodean desde que he bajado del taxi, consigo saber que la consigna está al otro lado de las vías. Voy hasta allí con un porteador para dejar la mochila. Ahora necesito cambiar dinero Tomo al taxista más espabilado camino del <em>market</em>, donde hay un banco, mas apenas iniciado el recorrido el honrado sujeto me dice: “<em>Pero hoy es domingo, banco cerrado</em>”. Hay un cajero en la estación, pero no funciona; otro en la otra punta. Solo da 2.000 rupias = 30 euros. Lo manifiesto al “securata” y éste, muy servicial, me enseña cómo sacar 13.000. Se lleva propina. Entre dimes y diretes, subidas y bajadas es la hora del tren. Recojo mochila. En el panel no aparece Haridwar. Pequeño pánico, pero me lo cuentan, es el Indore express, de donde viene; en mi billete pone Dehra Dun ex. Vagón de segunda, literas. Cuatro en cada compartimento y otras dos superpuestas entre el pasillo y la ventanilla. Tengo la de debajo. El convoy lleva ya dos días viajando. Restos de comidas, cristales rotos, cortinillas sucias y a jirones. Peor que hace treinta años, pues son los mismos trenes, los que dejaron los británicos pero mucho más viejos. Dormiría si no fuera por los chillidos y las correrías de los dos niños del compartimento de enfrente. ¡Maravillosa India!. En Haridwar me espera Rani, mi taxista contratado por Internet, hoy para Rishikesh; mañana para Josimath, la base de mi trekking, Es igual que el Ghandi de la película en físico y en amable agudeza. Rishikesh, por otra parte, es el supermercado de la espiritualidad desde que los Beatles vinieron a un curso de meditación con el gurú famoso del momento. Clases de yoga, meditación y danzas sagradas para indios y occidentales en busca del alma perdida en<em>ashrams</em>, mitad hoteles, mitad templos, llenos de Sivas, tigres y espiras en los bordes del sagrado Ganges recién surgido del Himalaya. Y, en los últimos años, también, capital india del rafting. Mi hotel está junto al río, pero alejado del bullicio. Baño caliente, cena y a dormir. Llevo treinta y dos horas de tute. ¡Claro que eso no es nada para lo que me espera en el Nanda Devi!</p>
<p>A la mañana siguiente en marcha hacia Josimath. El paisaje es muy hermoso. La carretera discurre colgada de las empinadas montañas y a trescientos metros por encima del río. Bosques todavía muy verdes, monos saltando entre los árboles y las inevitables vacas –<em>road inspectors </em>las llaman los conductores indios– tumbadas o paseando por en medio del irregular asfalto. Hay pueblecitos de colores asentados en las laderas y templos blancos coronando las colinas. Mucho tráfico. Es la época del <em>Yatra</em>, la peregrinación anual a los cuatros templos situados en las cabeceras de los ríos que forman el Ganges. Pronto llegamos al primer desprendimiento que corta la ruta. Los monzones se han retirado hace solo unos días y sus torrentes destripan el terreno. Una pala mecánica arrastra hasta los bordes rocas y tierra mientras esperamos. Luego, todos a una, desde ambos extremos, quieren pasar primero. Camiones, autobuses, coches y motos se rozan y se quitan el sitio a golpe de bocina. Pero nadie se molesta. Josimath, después de treinta años, sigue con el mismo aspecto: despendolada en medio kilómetro de ladera abajo hasta el río. La carretera es su calle principal; solo que ha triplicado su longitud de una punta a otra. Tiendas y tiendas a ambos lados, una de cada cuatro vende móviles, al igual que en el resto de India, mientras camiones, taxis colectivos y resto de carruajes se abren paso entre la muchedumbre con el sonar de sus bocinas. Y todo muy pacífico. Al día siguiente en un taxi colectivo, diez personas en cinco plazas pero me ceden la ventanilla delantera, voy a Badrinath, uno de los cuatro templos más sagrados de India pues allí, a los pies del afilado Nilkhanta, nace el Alaknanda, uno de los citados ríos. Tras la visita al colorido y atiborrado templo y hacer sonar la campana de la entrada para que aleje de mí los espíritus malvados, me lanzo montaña arriba para probar mis piernas. Tras tantas horas de avión, tren y carretera, me encuentro ahora en mi elemento. Hay algunos <em>shadus </em>(monjes errantes) viviendo en chozas de piedra o bajo una roca coronadas por banderas rojas cerca del sendero. Intercambiamos saludos y sigo ascendiendo. Me siento todavía joven, pero he de reconocer que con mucho más esfuerzo. Como decía Picasso<em>“Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida”. </em>Por la tarde, Nandu, mi guía para el trek, viene a verme al hotel. Joven, sonriente, educado, moderno y con un inglés excelente. Muy buena impresión. Me cuenta la intendencia preparada para nuestra marcha por las montañas. Sigo aclimatándome a la altitud. Por ello al otro día me voy a Auli (3.000 m.), unas praderas encima de Josimath recientemente convertidas en una estación de esquí. Hace treinta y tres años subí a pie, pero ahora lo hago en taxi y me quedo a dormir una noche en uno de los hoteles, el situado más alto. Desde él he subido un par de horas más a través de un magnífico y solitario bosque, casi encantado, hasta una ancha pradera para hacer unas fotos del Nanda Devi pues <em>“The Eternal White Divine Queen of Kumaon”</em>, como por aquí la llaman, se ve radiante y maravillosa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL TREKKING</strong></p>
<p>A la tarde siguiente el hermano de Nandu nos lleva en su cochecito hasta Winter Lata: una docena de casas en la carretera camino de la frontera con Tibet. De allí una hora y media de subida hasta Summer Lata; en rigor sus pobladores pasan la mayor parte del año en él. Casas de piedra con galerías de madera pintadas de azul. En un patio a cielo abierto encuadrado por varias de estas casas nos recibe Raghuveer Singh, el jefe del pueblo. Durante cuarenta años ha acompañado como guía o porteador a las expediciones por las montañas del macizo del Nanda Devi, pues este pueblo, a 2.370 metros de altitud, es la base de partida. Le pregunto por Pemba, el porteador que me guió en mi trekking de 1978. “Un tipo estupendo”, añado. “<em>Se lo llevó la corriente del río, en 1998, cuando intentaba vadearlo</em>”, me responde. Y me deja tan sorprendido como desilusionado. Me hubiera gustado mucho darle un abrazo. Lo siento, realmente. Le enseño ahora las fotos de una mujer joven y de un niño que tomé entonces; ella acarrea hierba; el niño, un fajo de leña sobre el hombro. Las fotos pasan de mano en mano pues se nos han juntado algunas mujeres. “<em>Ella murió hace cuatro años de una afección cardíaca”. “Era muy buena y muy guapa”</em>, me dicen. También reconocen al niño. “<em>Vive aquí cerca</em>”. Nos vamos a verlo y recibe con incredulidad su foto de cuando tenía cinco años. Entonces era una monada; ahora no parece él. A las ocho y media de la mañana emprendemos la marcha después de una visita al templo local, como no, dedicado a la diosa Nanda. Nos acompañan tres jóvenes porteadores, un poco excesivo me parece, pero luego comprobaré que llevan mucha comida y de peso. Me quieren tratar bien y ellos tienen muy buen saque. Uno hace de cocinero. Sendero fácil a través del hermoso bosque de encinas, rododendros y coníferas para comenzar, pero luego se empina bastante; lo peor son los escalones hechos de piedras grandes para impedir la erosión del terreno con las lluvias monzónicas. Sin embargo, me reencuentro con mis siempre queridas montañas y gozo de la belleza, de la soledad y de ese sentido de misterio que los grandes bosques salvajes proporcionan, con los claroscuros de luces y sombras creadas por los rayos solares, su profundo silencio y sus inesperados e inescrutables sonidos. Llegamos al lugar de acampada poco después de las 12 h., tras atravesar un ancho torrente por encima de las piedras puestas ad hoc. Podíamos haber llegado antes pero me he parado un buen rato con un par de belgas de unos 55 años, que viven en Laos, a cambiar impresiones. Me dicen que no han pasado de Lata Kharak –mi etapa de mañana– y que la última hora de subida se les había hecho muy dura. No se han atrevido a llegar hasta el Dharansi Pass pues uno de ellos tiene la tensión alta. Mi equipo me ha colocado la tienda en un promontorio herboso que sobresale de la ladera y ofrece un hermoso panorama sobre el río, casi mil metros más abajo, el pueblo y un amplio semicírculo de montañas. Ellos se acomodan en una cabaña medio derruida de pastores. Me tomo la tensión: 16,7/10,6, al igual que ayer tarde. Estoy para ir al hospital. Me tomo un Tarka y hago 20’ de ejercicios respiratorios. Me baja a 13/8. Me despierto a las seis de la mañana. La tensión me ha vuelto a subir. Tarka y ejercicios; pero no baja. No salgo del saco hasta las siete, hora en la cual me traen el desayuno. Unos huevos revueltos saladísimos que no puedo comer, cereales con leche, <em>chapatis </em>con mermelada y un par de plátanos. Salimos cerca de las nueve a causa de mi voluntaria parsimonia para recoger todas las cosas desparramadas por la tienda. Ascensión penosa, muy pendiente aunque seguimos por el bosque. Al cabo de un rato he de detenerme cada 50 metros a tomar aire. La altitud empieza a notarse. Paramos una hora para almorzar, <em>chapatis </em>con jamón y un tetrabrik individual de zumo. Sigo con la tensión muy alta y empiezo a preocuparme. Poco después de las dos de la tarde, tras los innumerables zigs-zags del camino llegamos a Lata Kharak, 3.800 m., novecientos de desnivel en cuatro horas. No está mal. Nos alojamos en una estupenda cabaña de madera con cuatro habitaciones totalmente desnudas, propiedad del Servicio Forestal, situada bajo la cresta justo en el límite superior del nivel de los bosques. Me tumbo una hora; hago mis ejercicios y ¡oh sorpresa! La tensión me ha bajado a 12/7. Parece que me estoy aclimatando muy bien a la altitud. Antes de cenar hablo con tres indios jóvenes de Bangalore, los otros habitantes junto con sus porteadores de la cabaña. Solo uno ha llegado con su guía hasta el Dharansi Pass; los otros se han vuelto ante las gargantas de Satkhula. Les han parecido peligrosas y estaban cansados. Hace un frío de narices. Ceno una sopita estupenda de cubito con verduras. Duermo totalmente vestido, con anorak y todo, dentro del saco. Lo mismo haré las noches posteriores. El día siguiente lo dedico a hacer una excursión, junto con Nandu hasta una cresta, límite del santuario exterior, desde la que se tiene un buen panorama de éste, de la profunda garganta del Rishi Ganga en el fondo y de los picos que la circundan. Durante buena parte del trecho no hay camino y hemos de ascender y descender por rocas y entre piedras, pero es un excelente ejercicio, amén de las estupendas vistas de las cumbres blancas de nieve del orondo Bethartoli Himal, las tres escalonadas del Trisul –el tridente de Shiva– y la pirámide del Nanda Devi, poderoso señor dominando a todas ellas. En total unas cinco horas a cuatro mil metros de altura. Volvemos a dormir en la cabaña, mi tensión se mantiene normal y yo dispuesto a la próxima jornada. De esta tenía un recuerdo muy alejado de la realidad. Ya el bosque ha termi-nado y el camino se abre paso entre altas hierbas rojizas, pedruscos y rocas al bies de la ladera hasta el paso de Jhandidar. Estamos, al igual que ayer, en plena montaña, solos con el cielo y las cumbres nevadas. Fotografío a contraluz, para que el sol haga semitransparentes sus pétalos, unos extraños lotos del Himalaya y, también, a los tres porteadores sobre una cresta con sus siluetas recortadas contra el cielo azul profundo.</p>
<p>Paramos una hora en el paso para descansar y comer. El Dunagiri a nuestra izquierda y la enigmática Nanda Devi al frente nos contemplan al final del desabrido paisaje. Las nubes comienzan, como cada día, a abrazarlos. Respiro con fruición. Por el momento aguanto. Cansado pero a gusto. Nuevamente una <em>chapati </em>gruesa y fría, dos patatas medio cocidas, frutos secos y un plátano cru-do, pues con este frío no maduran; menos mal que mi jamón ibérico arregla el condumio. Allí mismo empiezan las siete gargantas de Satkhula. No las recordaba tan ariscas. Cerca de un kilómetro, casi dos horas, de continuo sube y baja en torno a los 4.600 metros, atravesando gleras, ascendiendo rocas y salvando pasos sobre los precipicios con lajas de roca pizarrosa estratégicamente colocadas por los pastores de Lata. Recordaba los gozos del caminante pero había olvidado las dificultades de este camino. Aquí, en el trekking de 1978, presenciamos como se despeñaba un porteador de una expedición de regreso del vecino Dunagiri, en la que los dos <em>sahibs </em>norteamericanos habían desaparecido durante su escalada. Evoco aquellos momentos de angustia. El recuerdo de esas tragedias me acompañó entonces durante el azaroso camino de regreso entre la nieve. Pero hoy mis porteadores tienen el paso firme y yo soy consciente de mis limitaciones. No voy a ir saltando de piedra en piedra como una de esas cabras azules, <em>bhara-les</em>, que hemos visto pastando al subir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tras el paso por las gargantas, un largo y gradual descenso, nuevamente entre altos hierbajos y piedras desparramadas, nos conduce hasta el Dharansi Pass. Tras ocho horas de esfuerzo, estoy rendido. El sol y todas las cimas se han ocultado tras las nubes y éstas, incluso, cierran el fondo del estrecho valle. El paisaje se ha vuelto triste y el ardor de la mañana se ha convertido en un único deseo, llegar a esa mancha azul: la tienda, que los porteadores han colocado justo antes de la cresta que define el paso. Se levanta la neblina y el sol del atardecer calienta mis últimos pasos. Tras el consabido té, me siento en la puerta de la tienda. Gozo del espectáculo y de saber que lo más difícil ha pasado. La tierra es ahora roja, al igual que el cielo del crepúsculo. En un lento tirabuzón sube hasta aquí el silencio, acompañando a las nubes desde los lejanos valles del mundo, a hablar al alma, a enraizarse y permanecer, y con su frondosa copa a sombrear esta soledad querida mientras espero la cena, la noche y el reposo. La mañana del sexto día del trekking me encuentra bastante descansado. Mi plan es bajar hasta Dibrugheta, en el fondo de la garganta, y dormir en la cueva donde lo hice en 1978. Pero está prohibido acampar en el interior de la Reserva. Intento convencer a Nandu. “Los porteadores se pueden quedar aquí y bajamos solo tú y yo”, le propongo. Pero no se decide. Si un guardia nos descubre o las autoridades posteriormente se enteran, le retirarán su permiso de guía. Así que me conformo con subir hasta la cresta y fotografiar el entorno. Un espolón frente a mí tapa buena parte de la cara del Nanda Devi. Pero me siento colmado con estar frente a la montaña de mis sueños. ¡Ya nunca llegaré más cerca! ¡Quién sabe!. También en 1978 no pensaba volver. Creo que entonces no pensaba mucho en mi futuro, ni en nadie. Solo presente. Hacía poco más de un año había dejado mi trabajo “serio” y ni por asomo imaginaba en que mi nueva profesión iba a ser recorrer el mundo y contarlo con una cámara y una pluma. Si entonces no había dejado ataduras a mi espalda, ahora tenía los brazos de Bárbara y Cristina esperando mi regreso. ¡Era bonito pensar en ello!. Son más de las nueve cuando vamos a emprender el regreso. Creo que va a ser mucho trote volver hasta Lata Kharak. Casi dos horas que ya he estado yendo y viniendo y las ocho que quedan. Le pido a Nandu que él y yo acampemos a medio camino. Podemos llevar desde aquí cinco litros de agua y compartir la tienda. Ya encontraremos un sitio para plantarla. Los porteadores pueden seguir hasta la cabaña de Lata Kharak. De nuevo la dura travesía de las ásperas gargantas de Satkhula, a ratos envueltas en la niebla. Tras el paso de Jhandidar, como ya casi todo es descenso, decido continuar. Nuevamente, durante las dos últimas horas he de descansar, primero cada veinte minutos, luego cada diez. Cuando diviso las rocas coronadas por banderas de color naranja que anuncian la cabaña, algo más abajo, me siento un buen rato para despedirme de las grandes montañas. Pienso que envejecer es como escalar una de ellas, mientras se sube se van perdiendo las fuerzas, pero al llegar a lo alto, con la recompensa del panorama, tiene uno la mirada más libre, el espíritu, más sereno. Al día siguiente, de un tirón, descenso a través del bosque hasta el pueblo; luego hasta la carretera. Para llegar hasta ella, última aventura. Nandu toma un alcorce y nos encontramos encima de un muro con el suelo tres metros más abajo. El salta, pero yo no me atrevo. Mis sufridas rodillas pueden no resistirlo. Así que se pone de espaldas al muro y desciendo pisando sobre sus hombros y las palmas de sus manos. Poco después estamos en Josimath. Despedidas, abrazos y propinas para Nandu y su equipo. Y yo contento y orgulloso de lo realizado. Sin embargo, no estoy del todo satisfecho con las fotos de la diosa. No he tenido buenas luces, esas suaves y rosas o rojizas de amanecer o atardecer. Como en mi marcha me acercaba a la montaña por su flanco Oeste, no veía salir el sol pues eate amanecía detrás de ella y cuando finalmente aparecía, estaba demasiado alto, luces y sombras fuertes. Por la tarde subían las nubes de los valles y me la ocultaban. Así que ya bajando por el bosque he pensado: “he de volver en un próximo trekking para acercarme a mi amada por su flanco oriental.”. De todas formas, para impregnarse de la grandeza de una montaña, uno debe de contemplarla desde cierta distancia; para comprender su forma, debe de rodearla o al menos verla desde distintos ángulos. Para apreciarla, debe de observarla al amanecer y al anochecer, bajo el sol y bajo las nubes; bajo la lluvia y bajo la nieve. Me quedan todavía muchas visiones del Nanda Devi. ¿Vuelvo el próximo otoño? ¿O me espero a cumplir los ochenta?</p>
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		<title>Japón. El sol siempre naciente</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/japon-el-sol-siempre-naciente/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:24:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 42]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El escritor Andrés Pascual, viajero incansable, ha recorrido medio mundo en busca de sensaciones e inspiración para sus novelas. De su manos nos adentramos en el universo de su último [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/japon-el-sol-siempre-naciente/">Japón. El sol siempre naciente</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El escritor Andrés Pascual, viajero incansable, ha recorrido medio mundo en busca de sensaciones e inspiración para sus novelas. De su manos nos adentramos en el universo de su último libro ambientado en Japón. El «Haiku de las palabras perdidas», para conocer sus escenarios y el alma de sus personajes.</strong></p>
<p>Hay destinos que un buen día me susurran: “ven”. Lo hacen con una voz cargada de sensualidad y desde el primer momento sé que no podré resistirme a la llamada. A veces ocurre tras haber visto una película ambientada en paraísos lejanos, o después de leer un artículo salpicado de coloridas fotografías. Un buen día, el susurro llegó envuelto en silencio zen. Mis últimos viajes me habían llevado a conocer rincones extremos, como las profundidades de Madagascar o una perdida isla de balleneros al Oeste de Timor. Creía que durante una temporada seguiría llenándome las botas de barro. Pero el pulcro Japón se abrió paso con sutileza para captar mi atención, apartó con maestría al resto de destinos del globo y se plantó ante mí, ofreciéndose en cuerpo y alma.</p>
<p><strong>JAPÓN SUSURRÓ “VEN”, Y YO FUI. </strong></p>
<p>Era el verano de 2009. Para más señas, el caluroso 1 de agosto. Aún sigo preguntándome qué pasó aquella mañana. Nada más bajar del avión sentí una sensación extraña. Fue una suerte de flechazo: acababa de llegar y ya no concebía mi vida sin respirar aquella atmósfera. Durante el viaje en tren desde el aeropuerto al centro de <strong>Tokio </strong>ya me hipnotizó su ritmo acompasado, como la caída de las flores de los cerezos. Cada pequeño movimiento de los nipones estaba diseñado con la dignidad y nobleza propias de las grandes gestas. Miraba a un lado y otro. Me asombraba la forma con la que resguardaban sus emociones tras sus sonrisas de Gioconda… Lo supe de inmediato. Mi siguiente novela tenía que situarse allí. Estaba pisando el escenario que en breve pisarían mis personajes. Sólo me faltaba saber qué iba a contar, pero no había prisa. Tenía por delante un mes entero para recorrer el país buscando una historia. Así que extendí el mapa sobre la cama del hotel y tracé una línea un tanto aleatoria sobre la que ir avanzando con aquella serenidad recién aprendida. Como si se tratase de un juego de mesa, escogí un puñado de enclaves. Algunos obligados, otros fuera de ruta que sin duda resguardaban un sinfín de sensaciones ocultas. Desde el primer momento, asomado a la ventana de mi habitación, comprendí que Japón no se correspondía ni con el de los recios samurais ni con el de los neones de Shinjuku. Más bien se trataba de una mezcla de ambos, delicada y armónica. Sonaban al mismo tiempo ecos de viejos templos y ruidosos eslóganes publicitarios… ¡y se complementaban! Las tendencias más <em>cool </em>se entrelazaban con la tradición milenaria que forjó su espiritualidad tan particular (sólo los nipones son capaces de practicar dos religiones al mismo tiempo: el sintoísmo les ayuda en la vida y el budismo les enseña a morir en paz) ¡Esto promete!, exclamé pegado al cristal. Y me lancé a recorrer la capital. Allí es donde percibí con más intensidad la fusión de modernidad y cultura ancestral. La gran urbe de videojuego futurista de los barrios de Shibuya o Akihabara se transformaba, como por arte de magia a medida que me alejaba del centro, en una ciudad acogedora, con callejuelas estrechas y jardines de azaleas en la entrada de las casas, una ciudad de entreguerras, con bicicletas huérfanas y tenderetes en las aceras, de pescado traído de la lonja y cuartillas con viejos poemas escritos con pincel. El aire de verano olía a tifones cercanos. Las lámparas de papel colgaban de las cornisas como crisálidas. Los sinogramas tatuaban las calles. Quienes vayáis pronto podréis disfrutar los estertores de la lonja de Tsukiji (tomar shushi para desayunar es una experiencia adictiva), un mercado de pescado condenado a desaparecer por razones urbanísticas. ¡Aprovechad, viajeros, os esperan los atunes, las piezas de ballena y los peces globo danzando entre bloques de hielo al son de la alocada subasta! Además, la visita puede combinarse con un paseo por el barrio de Asakusa, impregnado de la antigua Edo. Un lugar en el que los relojes avanzan a otro ritmo, en el que los segundos son siglos. Pero si algo permanece en mi memoria de esta inmensa urbe de cemento y cristal son, paradójicamente, sus parques. Está el parque Ueno, en el barrio familiar donde ubiqué el domicilio de mis personajes de “El haiku de las palabras perdidas”. Y, cómo no, el parque Yoyogui. Un inesperado pulmón en el centro de Tokio, un islote en mitad del mar de neón. En su interior, los árboles se abrazan ocultando el cielo para dar cobijo a pasiones sin edad y ensayos de teatro sobre la hierba mullida. Las hojas se desplazan movidas por el viento al ritmo de las secuencias del Tai Chi, de forma cadenciosa y muda. En el puente por el que se accede a la entrada principal, se reúnen los fines de semana las <em>cosplay-zoku, </em>esa tribu urbana de adolescentes cuya estética asociada a los personajes de animación admite desde el gótico más siniestro hasta la pulcritud de las muñecas de porcelana. Me encanta Tokio. Me habría quedado a vivir un par de años, pero no disponía de tanto tiempo. Había llegado el momento de surcar la línea trazada en el mapa. Mi siguiente escala fueron los <strong>Alpes Japoneses. </strong>Disfruté la ruta entre Tsumago y Magome, un minitrekking que pueden hacer hasta los recién nacidos a lo largo de la ruta de Nakasendo, el sendero por el que tiempo atrás cabalgaba el correo imperial entre Tokio y Kyoto. Estas aldeas no pierden encanto a pesar de su turismo apabullante. El silencio de sus ryokan –las casas tradicionales niponas preparadas para alojar viajeros- cura todos los males. Fue en uno de ellos, charlando con una inglesa afincada en Japón desde hacía dos décadas, cuando descubrí la existencia de la enigmática <strong>Karuizawa. </strong>Se trata de una pequeña ciudad en la prefectura de Nagano que convertí en escenario para algunas escenas claves de mi novela. La elegí tanto por desconocida como por su interés histórico. Un lugar paradisíaco cuyos hoteles y residencias de verano (utilizados desde principios de siglo por la alta sociedad tokiota para escapar del calor de verano) fueron convertidos en prisión para diplomáticos durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando Japón entró en guerra, el Servicio Secreto confinó en este vergel de bosques y cascadas a todos los miembros de las legaciones consulares y a los pocos empresarios europeos que se resistieron a abandonar el país. ¿Quién sabía esto? Yo no, desde luego. Pero había mucho más por descubrir… De los Alpes Japoneses salté a <strong>Kyoto. </strong>La visita obligada, la joya arquitectónica. Me da apuro hablar de esta ciudad. Cualquier cosa que diga se quedará corta. Sólo contaré que era el destino inicial de la bomba atómica que finalmente arrojaron en Nagasaki. ¿Por qué cambiaron de objetivo?, pregunté a la dueña del ryokan donde me alojaba, en pleno barrio de las geishas. Y ella me contestó que los asesores del presidente americano consideraron una aberración destruir los dos mil templos de Kyoto. ¿Más aún que matar a miles personas?, quise preguntarle. Pero no lo hice. No resulta fácil conversar con una japonesa. Su cerebro ha sido forjado a partir de diferentes parámetros, las palabras mutan de intención cuando flirtean culturas tan distantes. Sea como fuere, resulta curioso que una decisión de despacho pudiese cambiar el destino de tantas personas. Fue cosa de un Secretario de Guerra llamado Stimson. Unos años antes del conflicto había pasado en Kyoto su luna de miel, por lo que se dejó la piel para convencer al comité de que la ciudad merecía ser preservada. Pensemos a la japonesa; convenzámonos de que cada uno de los ladrillos de los templos salvados es el homenaje que las víctimas atómicas habrían querido para sí; que, desde el convencimiento nipón de que todas las cosas en este mundo están hermanadas –la unión cósmica que tan bien reflejan los haikus- estarán orgullosas de haber contribuido a la conservación de esta maravilla que ahora nosotros podemos contemplar, al menos hasta que las lágrimas por tanta sensibilidad nos nublan la vista. Después de Kyoto me dejé llevar por el latido imperial y dirigí mis pasos hacia castillos y estanques de lotos. <strong>Osaka, Himeji… </strong>Todos y cada uno de los destinos turísticos del país que atravesé merecen la pena. Pero hoy quiero detenerme en otros dos lugares concretos, alejados de las guías convencionales. No sólo por su exclusividad, sino porque me aportaron esos matices que, años después, aún sigo degustando. Me refiero a Koyasan, el monte sagrado donde asistí a la ceremonia del Bon, y a Naoshima, el islote de los artistas. El Bon es un importante rito budista en honor a los ancestros que se celebra todos los veranos en los enclaves de trascendencia espiritual. Uno de ellos es <strong>Koyasan, </strong>una colina poblada de pequeños monasterios en los que el viajero puede pernoctar, e incluso participar como oyente en los protocolos de los monjes. La procesión del Bon parte del centro del pueblo y culmina en el santuario construido en la cima. El camino de subida serpentea a través de un inmenso cementerio en el que están enterradas miles de personas, incluidos grandes nobles con todas sus estirpes, que esa noche se ilumina con las miles de velas que los peregrinos van colocando en fila, una detrás de otra a lo largo de todo el recorrido. Llegué la noche anterior. Disfruté del silencio del monasterio en el que me alojé –en mi memoria, siempre presente el silencio nipón- y salí con tiempo para la procesión. Recuerdo cuando vi llegar a los primeros peregrinos. Creían con fervor que los ancestros echaban de menos a sus familiares, por lo que durante la festividad les dedicaban rezos para hacerles más llevadero el tránsito y les invitaban a que regresasen al hogar por una noche. Por eso se esmeraban en limpiar y decorar casas y tumbas con altares de flores, manzanas, miso y campanillas; y por eso, para guiar a los espíritus en su visita fugaz, colocaban linternas de papel caligrafiado y candelas a lo largo del sendero del cementerio. Cuando la noche se apoderó de las ramas más elevadas de los cedros, iniciamos la marcha. Según avanzaba la procesión, la hilera ininterrumpida de velas iba tomando forma. Los fieles –y yo con ellos- las colocaban con esmero sobre su propia cera derretida, prendiendo tanto las que portaban consigo como otras que iba apagando el viento. Lo importante era mantener vivas las miles de llamas que marcaban el camino a los espíritus. De ahí salté a <strong>Naoshima, </strong>la isla de los artistas. Otro cambio radical, de la tradición ancestral a una modernidad casi futurista. Un proyecto artístico que acoge toda la extensión física del terruño. Tadao Ando fue el encargado de iniciar la armonización de la arquitectura y el medio natural, diseñando unas estructuras casi tan bellas y serenas como el mar que las rodea. No son tan importantes las obras de Monet u otros grandes artistas que se exponen como los espacios que las acogen, empotrados en la montaña. Incluso las casas de pescadores son obras de arte, performances en las que te sumerges para vivir sensaciones inexploradas. Puede pernoctarse en el propio museo o en unas tiendas de campaña mongolas que hay desplegadas en la playa para los escasos visitantes. ¿Qué más se puede decir? Una experiencia única, en toda la extensión del término. La última etapa de mi viaje me condujo hasta el sur del país. Alguien me dijo: no puedes abandonar Japón sin conocer nuestro pasado atómico, has de ir a Hiroshima. Desoyendo a medias la recomendación, opté por <strong>Nagasaki. </strong>Lo hice por dos motivos: me daba en la nariz que su historia podía resultar muy rica literariamente, por aquello de la fusión de culturas (fue la primera ciudad de Japón que se abrió al comercio exterior; recordad el lamento de Madame Butterfly por el desalmado capitán Pinkerton); y por otro lado, sentía por sus gentes una compasión incluso mayor –si cabe- que por las de Hiroshima. Me parecían los eternos olvidados de la tragedia; su bomba llegó después y hubo muchos supervivientes, lo cual reducía en cierto modo el rango de tragedia. Pero lo cierto es que superaron un drama tan extremo como la propia muerte: seguir viviendo después de lo que había ocurrido. Los miles de supervivientes de Nagasaki no tenían pasado –destruido por la bomba-, ni futuro –abrasado por la radiación-. No tenían trabajos, ni seres queridos. Ni siquiera tenían memoria. Se habían volatilizado las fotografías, los viejos kimonos… Ir allí fue un gran acierto. Un verdadero regalo. Entré en el Museo de la Bomba y me di cuenta de lo poco que sabíamos sobre lo ocurrido, pero sobre todo de que no sabíamos absolutamente nada sobre la admirable respuesta del pueblo japonés ante una desgracia semejante. En Nagasaki no se respiraba odio, ni rencor. No se miraba al pasado, sino al futuro. O, más bien, al ahora. Esa es la palabra clave de los nipones: ahora. El momento de actuar, de hacer lo correcto, y de hacerlo juntos. En 1945, cuando todavía no se había disuelto el polvo del hongo, ya estaban trabajando para salir adelante. Allí no hubo un puñado de héroes. Hubo miles de ellos. Todos los supervivientes lo fueron. Todos sus descendientes lo son, por cómo han asimilado lo ocurrido. Fue entonces cuando surgió la idea de la novela. Dos culturas enfrentadas y una trágica historia de amor nacida en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, que trata de recuperarse en el presente. Una pasión que ni la peor explosión había logrado destruir, narrada con el telón de fondo del debate nuclear más actual. Y me puse a escribir, acompañado de los recuerdos de mi viaje, pinceladas de momentos vividos que llenaban de luz algunas páginas. Cómo iba yo a imaginar, mientras corregía en mi casa el último borrador tras dieciséis meses de escritura, que un terrible terremoto iba a destruir buena parte de ese país que se había convertido en mi verdadero protagonista; y que con ello se reavivaba el debate que yo había suscitado desde la pura ficción. Cuando me enteré de la noticia entré en estado de shock. Tenía ante mí quinientas páginas ya terminadas y una responsabilidad aún mayor. Incluso me planteé dar marcha atrás, pero la historia merecía ser contada. Había surgido del amor por una cultura y de un compromiso: que el recuerdo de las bombas no se desvaneciera entre justificaciones y silencios. Y aquí me tenéis. Novela en mano y hablándoos con toda la emoción del mundo de mi querida galaxia del sol naciente. Este es el Japón que me hechizó. El Japón del presente y el pasado entrelazados. Tras haber convivido en la ficción durante dos años con los héroes de Nagasaki que protagonizan mi novela, me emocionó comprobar que la valiente respuesta del pueblo nipón ante la adversidad sigue viva; me admira el espíritu que les empuja a sacar fuerzas de flaqueza ante las más terribles calamidades. Como el sol naciente de la bandera, venciendo a la oscuridad de las grietas en el suelo y el agua turbia desbocada. Todos hemos sido testigos de tanta nobleza a través de nuestros televisores. Les debemos esa lección magistral de dignidad y respeto. Acordémonos pues de que, cuando amanece a este lado del mundo, en el otro nunca llega a hacerse de noche, porque allí hay un sol siempre naciente. Hace unas semanas tuve la fortuna de regresar. Fui a presentar mi novela al Instituto Cervantes de Tokio y, cómo no, Japón me hizo un regalo. Uno más. Llegué al hotel, deshice la maleta, me asomé a la ventana y todas las flores blancas del cerezo estallaron ante mis ojos. El sakura iniciaba su gran fiesta. Como por arte de magia, la ciudad se llenó de árboles tan poblados que parecían laderas de nieve. Así es este país. Así es la energía que destila. Fluye al unísono de todos los corazones nipones, te inunda y te convence de que los seres humanos, actuando como uno solo, somos capaces de alcanzar cualquier sueño. Cuando Japón te susurre “ven”, no dejes de acudir a su llamada<em>.</em></p>
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<p><strong><em>Andrés Pascual, </em>socio de la SGE, <em>es autor de las novelas </em>El guardián de la flor de loto, <em>ambientada en el Tíbet </em>y El compositor de las tormentas, <em>ambientada en Madagascar, ambas de Plaza &amp; Janés.</em></strong></p>
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		<title>Entrevista a Christina Dodwell Premio Internacional SGE 2011</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/entrevista-a-christina-dodwell-premio-internacional-sge-2011/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 10:23:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 42]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La exploradora británica Christina Dodwell recibió el pasado mes de marzo el Premio Internacional SGE 2011. Para recogerlo, viajó a Madrid, brindándonos una ocasión única para conocerla a fondo. Pablo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La exploradora británica Christina Dodwell recibió el pasado mes de marzo el Premio Internacional SGE 2011. Para recogerlo, viajó a Madrid, brindándonos una ocasión única para conocerla a fondo. Pablo Strubell entrevistó para nuestra revista a esta viajera original, optimista y comprometida.</p>
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<p><strong><em>Empecemos por lo obvio. La mane-ra que tienes de viajar es poco habitual: sola, por sitios remotos, a caballo, durmiendo al aire libre… </em></strong>No siempre fue así, esa es la verdad. Empecé a viajar a los 24 años, en un Land Rover con tres personas más, preparados, bien equipados, con una ruta definida… Pero no siempre ocurre lo que uno espera y, tras entrar en Nigeria, los dos hombres se largaron con el coche y todo el dinero. Así que todos los planes se vinieron abajo súbitamente. Pero Leslie y yo decidimos seguir adelante: conseguimos dos caballos y un burro para el equipaje y así estuvimos un año, recorriendo el continente africano hacia el sur.</p>
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<p><strong><em>¿Fue un viaje tan difícil y aventurero como suena? </em></strong>Sí, y lo disfrutamos enormemente. Tras atravesar Camerún llegamos a la República Centroafricana, en plena época de lluvias. Estaba todo embarrado, avanzar era dificilísimo. Así que pensamos ¿qué mejor carretera que un río, el mismísimo Congo? Decidimos llegar a él. Vendimos los caballos, compramos una canoa, remos, pan, mermelada, café, y ¡partimos sin posibilidad de vuelta atrás! Fue impresionante: los pescadores y habitantes de la zona nunca habían visto extranjeros por allí. La realidad es que el descenso fue tranquilo, bello, nada peligroso salvo por algunos hipopótamos. Hay imágenes y sonidos que nunca olvidaré: los gritos de los monos en la distancia, surcar cada mañana las aguas que reflejaban como un espejo la densa jungla, los millones de estrellas de cada noche…</p>
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<p><strong><em>Pero un tiempo después continuaste a pesar de quedarte sola… </em></strong>Sí. Leslie se fue a EE.UU. Y en ese momento pensé <em>“o me vuelvo, o busco a alguien para seguir viajando o encuentro el coraje para viajar sola.” </em>Decidí intentar esto último y descubrí que a lomos de un caballo disfruté enormemente y no solo eso: tenía todo el mundo por delante para explorar.</p>
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<p><strong><em>¿Qué es lo atractivo de viajar en caballo? </em></strong>Un caballo llega a todos sitios, y especialmente, a lugares donde no llegan los coches. Es una experiencia fantástica estar en mitad de las montañas, del campo, en lugares remotos, solo tú y tu caballo. Es algo solitario, sí, pero disfruto de ese tiempo, de la naturaleza, del silencio. Sin embargo también me gusta el con-tacto con la gente, la cercanía, la interacción. Si estoy en una población, quiero estar con gente. Pero en el campo, en la montaña, quiero estar sola.</p>
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<p><strong><em>¿Y tiene ventajas frente a otros medios de transporte? </em></strong>Ya lo creo. Para empezar la gente que te ve aparecer ya sabe que no buscas un hotel ni lujos, saben que lo que necesitas es un poco de hospitalidad. Te reciben de igual a igual, sin vergüenza. Saben que tú también eres humilde, sencilla. Nada que ver con la reacción si hubiera llegado en un todoterreno.</p>
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<p><strong><em>¿De dónde viene la pasión por ver mundo? </em></strong>Es cosa de familia, creo. Mi abuela era una mujer poco convencional. Viajó mucho por China, en burro. Luego mis padres, después de la guerra, se fueron a trabajar a África Occidental durante veinticinco años y luego otros cinco a la Oriental. Así que para ellos, lo más normal era que yo tuviera inquietudes viajeras y siempre fui apoyada por ellos. Cuando partía de viaje mi madre me pedía que le escribiera de vez en cuando y me decía que sólo se preocuparía si no sabía de mí nada en tres meses.</p>
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<p><strong><em>¿Y tuvo que preocuparse alguna vez? </em></strong>Sí, cuando estaba en Sudáfrica, en los años setenta, no di señales de vida en ese tiempo. Lejos de alertar al gobierno y a la embajada, usaron el método tradicional: me localizaron con el boca a boca. Buscaron amigos en aquel país que a su vez tuvieran conocidos en el entorno rural. No les llevó demasiado tiempo: un día que paré en una granja un hombre me dijo: <em>“Tu madre te está buscando”</em>… Fue una gran sorpresa, pero es que no había tantas mujeres solitarias viajando a caballo por el país. Era fácil localizarme.</p>
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<p><strong><em>Qué diferente de hoy en día, con móviles, internet, etc… </em></strong>Así es, pero, ¿es eso mejor acaso? Llevar un aparato de comunicación hace que se esperen noticias y si no se reciben uno se teme lo peor… Mi madre confió totalmente en mí y eso me dio muchísima confianza en mí misma. El día que le dije que me quería ir de viaje en vez de preocuparse me dijo:<em>“Genial, cuéntame más”. </em>Gracias a eso nunca dudé de mí misma.</p>
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<p><strong><em>¿No tenías miedo al ser mujer e ir sola? </em></strong>Pues no. Por ejemplo, no tenía ningún miedo al secuestro: siempre pensé que na-die querría secuestrar a una mujer. Eso, lejos de dar prestigio al secuestrador, lo quita. Las mujeres no tenemos mucho valor en muchos países. Sí es cierto que en los veinte años que he viajado sola me han tirado piedras o robado, pero en general no he pasado miedo, ni cuando en Irán me detuvieron tres veces. En las tres ocasiones decidí darle la vuelta a la situación: ser un incordio. En la primera detención me declaré en huelga de hambre. Pensé que una chica en una huelga así, sería un estorbo, pero una chica muerta sería realmente un gran problema. Se asustaron de verdad, y claro, me soltaron. En general, mi propia vulnerabilidad, ha sido siempre mi protección. Yo en mis viajes no paso miedo, seguramente por el tipo de lugares en los que me muevo. En cambio, en nuestras ciudades por la noche, sí.</p>
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<p><strong><em>¿Crees que a la hora de viajar ser mujer es muy diferente a ser hombre? </em></strong>Sí, claro: creo que ser mujer es mejor. Por ejemplo, en Papua Nueva Guinea yo, por ser mujer, puedo dormir con parejas, con chicas, con una familia… allí donde quiera, mientras que un hombre no. Y en general, además de ayudarme, siempre creo que me han enseñado con mucho mayor entusiasmo las costumbres y tradiciones, y a protegerme en entornos que no conocía. Por ejemplo, en Siberia me explicaban cómo no causar avalanchas en zonas de nevadas. Si hubiera sido un hombre, no creo que lo hubieran hecho. Y, además, una mujer no se ve como un peligro, como alguien que pueda causar daño y, por eso, siempre soy bienvenida.</p>
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<p><strong><em>Tras África, te fuiste a Papúa Nueva Guinea… </em></strong>En general me gustan los lugares olvidados, desconocidos, misteriosos, y Papúa ofrece todo eso con montañas, jungla, etnias, etc. Visité pueblos que estaban construidos en los árboles, donde por las noches quitaban los accesos a las casas, por protección. Caminé, navegué varios meses en canoas y semanas después compré un caballo nuevamente, llegando a zonas donde jamás habían visto un caballo hasta ese momento. Las caras de sorpresa, de estupefacción, eran fantásticas. Y a pesar de las prohibiciones culturales que allí tienen las mujeres, a mí, al aparecer viajando sola, me otorgaron estatus de hombre, y me honraron invitándome a rituales exclusivos, como las casas de los espíritus, rituales de iniciación… Este país es muy especial para mí, tan perdido en el espacio y en el tiempo…</p>
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<p><strong><em>Cuando empezaste a viajar ¿ya te planteabas escribir libros? </em></strong>Al principio, no me planteaba publicar nada. Sí que llevaba un diario y escribía el día a día. Pero luego, al regresar, me di cuenta de que escribiendo y publicando es como podría compartir mejor mis viajes, lo que veía, sentía… y me puse a escribir… Pienso que si el viaje no se comparte, no tiene sentido.</p>
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<p><strong><em>¿Eras una lectora compulsiva? </em></strong>Durante mi juventud sí que leía libros, pero no de viajes. En cualquier caso, no era una lectora compulsiva, ni mucho menos: mi madre, cuando me veía leer, me preguntaba “¿Qué haces en casa leyendo? ¿Porqué no sales fuera a jugar?” Más tarde, cuando empecé a viajar, me di cuenta que me gustaba mucho leer los libros de los viajeros pioneros del siglo XVII, XVIII, porque me generaban preguntas como ¿Seguirá esa tribu allí? ¿Cómo será hoy en día tal sitio? Todas esas lecturas me daban excusas para salir a explorar el mundo y me sirvieron de inspiración.</p>
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<p><strong><em>¿Pudiste ganarte la vida como escritora y viajar gracias a lo que ganabas con la venta de tus libros? </em></strong>Cuando me di cuenta que mis libros tenían éxito, empecé a comprender que mis viajes podían convertirse en libros. Pero siempre me he negado a firmar un contrato de antemano o a comprometerme a escribir un libro antes de iniciar el viaje, pues eso creo que puede alterar la manera de viajar. Siempre he querido viajar por la belleza de hacerlo, sin compromisos. Lo mismo ocurre con los planes: no los hago, para poder ser libre de decidir en cada momento qué quiero hacer. Muchos de los mejores momentos de mis viajes han sido fruto de la casualidad, gracias a no haber tenido planes de antemano.</p>
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<p><strong><em>¿Si viajaras hoy, serías bloguera? </em></strong>No creo, pero es difícil asegurarlo. La tecnología de hoy es tan diferente a la que estoy acostumbrada… estoy chapada a la antigua: me gusta escribir en mi cuaderno de notas. Y la idea de ir rellenando el cuaderno con las vivencias diarias, me entusiasma. Si escribiera un blog tal vez me sentiría más como una periodista que busca historias. Pero no busco eso, ni siquiera cuando escribo libros, de hecho, no sé si me considero una escritora.</p>
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<p><strong><em>¿Pero si has escrito nueve libros? </em></strong>Sí, pero cada vez que me siento a escribir, no lo disfruto, me supone muchas privaciones. Para hacerlo tengo que aislarme del mundo, centrarme en el viaje nuevamente, volver a él. En esos periodos, dejo de ver a amigos, hacer cosas…porque me interrumpen la concentración. El libro se vuelve una obsesión, día y noche. Y, la verdad, después de estar meses o años fuera, alejarme de la gente, aislarme, es algo que no me agrada. No quería vivir mi vida así.</p>
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<p><strong><em>¿Lees cuando viajas? </em></strong>No, no tengo ni tiempo ni espacio en la mochila; en cambio, escribo mi diario.</p>
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<p><strong><em>También has hecho programas de radio </em></strong>Sí, y creo que disfruto mucho más de este trabajo, sobre todo porque no me requiere estar varios meses más de aislamiento después del viaje. Empecé a hacer colaborar con la BBC haciendo grabaciones de treinta minutos a modo de diario de viaje. Por ejemplo, cuando estaba en Siberia, grababa el sonido del trineo, de los cantos guturales de aquella zona, de los pájaros y luego yo comentaba cómo se estaba desarrollando el viaje, mis sensaciones, reflexiones, si había problemas. También incluía algunas entrevistas con gente local, con historias interesantes o voces peculiares. Es algo muy creativo, y entretenido y ¡no requiere de tanto esfuerzo al regresar de un viaje!</p>
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<p><strong><em>Volviendo a tus viajes ¿qué pasó para que dejaras de viajar de esa manera tan especial y aventurera?</em></strong>Después de estar veinte años viajando, visité Madagascar y cambió mi vida. Estuve recorriendo la isla durante seis meses, a pie, a caballo, canoa… Fue uno de mis últimos grandes viajes. Es un país impresionante, donde hay zonas donde nunca han visto extranjeros. O incluso, en alguna zonas, caballos. Venía la gente desde distancias lejanas a vernos, al caballo y a mí. A partir de Madagascar paré de viajar, al menos como lo había hecho hasta entonces. Decidí que había recibido y aprendido mucho de los viajes y que era hora de dar algo en retorno y de poner en práctica lo aprendido. Creé mi fundación para desarrollar proyectos de cooperación. Tenía gran experiencia en sortear inconvenientes y eso en Madagascar es algo realmente útil. El primer y gran proyecto fue crear un culebrón radiofónico, a través del cual sensibilizar a la población local en temas como higiene, salud, planificación familiar, alimentación, educación, mejoras en la agricultura, etc. de una manera sutil y eficaz. Era una época en que la electricidad y, por ello, la televisión apenas llegaba a nin-gún lugar y el éxito fue rotundo, porque las radios que repartimos para que se escuchara eran solares.</p>
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<p><strong><em>Danos envidia ¿Cuál fue tu último viaje? </em></strong>Fue hace un año y medio en caballo, claro, por Madagascar, en un viaje de exploración por una zona bastante poco visitada de la isla. Buscaba realizar un circuito circular para ser señalizado y aprovechado por el turismo. Fue fantástico, la verdad, visitando una zona de geisers, con pequeños pueblos, caminos diminutos, paisajes preciosos…</p>
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<p><strong><em>Desgraciadamente tenemos que ir acabando la entrevista ¿Qué consejo le darías a un joven explorador que tiene miedo o le falta el coraje para partir? </em></strong>Para aprovechar al máximo un viaje hay que documentarse, intentar aprender el idioma local, tienes que conocerte bien para saber cómo reaccionarás ante la soledad. Yo empecé a viajar con 24 años y creo que es muy buena edad. No se debe ser demasiado joven, especialmente si se va solo, pues se deben tener las herramientas y algo de experiencia para salir del peligro, para darle la vuelta a situaciones difíciles y eso, seguramente, solo lo da la experiencia. Una mala respuesta en una situación de peligro puede complicar mucho las cosas. La confianza en uno mismo es clave. Creo que mucha gente teme que les pase algo mientras viaja, temen que la gente sea peligrosa. Pero la realidad es que la gente no es mala. Es cierto que la ciudades sí pueden serlo, porque allí nadie conoce a nadie, y esto puede dar pie a que la gente altere su comportamiento. Pero fuera de las grandes ciudades, es lo contrario: todo el mundo es responsable de sus actos y hay un sentido de la humanidad y la comunidad que te acompañarán allá donde vayas. Así que no tengas miedo, sal, adelante, llama a puertas, saluda, habla, no seas tímido, sonríe, y sal a buscar el encuentro con el otro<em>.</em></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/entrevista-a-christina-dodwell-premio-internacional-sge-2011/">Entrevista a Christina Dodwell Premio Internacional SGE 2011</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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