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	<title>Boletín 43 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 43 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Antonio de Montserrat: En la última frontera</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 43]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 43India Para saber más: En el interior de estas sierras moran unos gentíos que se llaman Botthant. Nunca se lavan las manos y dan como razón [&#8230;]</p>
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<p><br><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 43<br>India<br><br><strong>Para saber más:<br></strong></p>



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<div class="wp-block-button"><a class="wp-block-button__link wp-element-button" href="https://sge.org/wp-content/uploads/2025/10/montserrat-y-andrade.mp3">Escucha el PODCAST sobre Antonio de Montserrat y Antonio de Andrade</a></div>
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<p><br><em>En el interior de estas sierras moran unos gentíos que se llaman Botthant. Nunca se lavan las manos y dan como razón que no se debe ensuciar una cosa tan clara y hermosa como el agua. Son hombres blancos y gruesos, no muy altos de cuerpo, pelean a pié y no tienen rey entre sí. Viven de hacer fieltro y vienen a venderlo a una ciudad de este lado que se llama Negarcot: y bajan en junio, julio, agosto y septiembre; fuera de estos meses no pueden venir a causa de las nieves…”</em></p>



<p>Esta es la primera descripción que Occidente tiene del país de Botthant, el mítico Tíbet. Su autor es Antoni de Montse­rrat, un jesuita catalán que ostentó el temprano privilegio de recorrer el basto territorio indio a lomos de elefante como integrante de la campaña militar del rey mogol Akbar. De sus observaciones y su pluma nacería un exhaustivo relato sobre la geografía, la cultura y la organización social de los territorios visitados. Y algo más. Elaborado con precariedad de medios y exhaustividad de detalles, Montserrat ha legado a la posteridad el primer mapa conocido de la zona.</p>



<p>Pero vayamos por partes. ¿Quién fue este hombre híbrido de misionero y explora­dor y cómo llegó hasta los confines del mundo descrito por Marco Polo? Antoni de Montserrat nació en el año 1536 en Vic, cuando ya no quedaba mucho mundo por descubrir, en el seno de una familia de la nobleza catalana. Estudiante en Barcelo­na, tomó contacto con la Compañía de Jesús, y en especial, según se cree, con San Ignacio de Loyola, lo que repercutiría notablemente en su vocación misionera. Montserrat se unió a la Compañía, se ordenó sacerdote en Portugal a la edad de veinticinco años y durante el ejercicio de su sacerdocio en Lisboa, manifestó de forma inequívoca su interés por viajar a las misiones de ultramar, en especial a las del continente asiático, con las que mantenía un contacto epistolar.</p>



<p>Su primera oportunidad llega en el año 1574, cuando en compañía de otros 39 jesuitas portugueses, italianos, catalanes y castellanos es enviado a la India, a la entonces colonia portuguesa de Goa. Tiene treinta y dos años, lleva dieciocho en la Compañía y doce como sacerdote. En el documento <em>“Catalogo dos Padres e Irmaos de Companhia de Jesus que forao mandados hà India Oriental, Anno 1574”, </em>figura un breve currículo que de alguna manera será a partir de ese momento el que dirija sus pasos <em>“Especialista en lógica y casos de conciencia, y especial talento para el prójimo”.</em></p>



<p>No cabe duda de que ese “especial talento” es lo que valoran los responsables de la orden cuando, cinco años más tarde, la Compañía de Jesús recibe una inusual propuesta del Gran Mogol Akbar, solicitando la presencia de sacerdotes cristianos en su corte de Fatehpur Sîkri. Akbar actuaba movido por el impulso de conocer todas las religiones del mundo, pero los jesuitas dedujeron –erró­neamente-, que el rey mogol quería convertirse al cristianismo, y rápidamente fletaron una expedición encargada de instruir al monarca en los evangelios. Los elegidos serían Rodolfo Acquaviva, Francisco Henríquez y Antoni de Montse­rrat. Su viaje a la corte les llevaría por tierras entonces tan desconocidas como el Himalaya indio o la cordillera del Hindu Kush. En el camino, Montserrat va tomando nota de todo lo que les acontece, incluidas curiosas descripciones como la del <em>regulus, </em>un peligroso reptil que habitaba en la jungla, del que el jesuita afirma que<em>“mata con la mirada de sus ojos”.</em></p>



<p><strong>LA GRAN MISIÓN</strong></p>



<p>Acquaviva y Henríquez llegan a Fatehpur Sîkri el 27 de febrero de 1580. Montserrat, enfermo, tardaría una semana más en arribar al fastuoso Palacio Rojo. Los jesuítas ofrecieron al Gran Mogol como regalo el octavo volumen de la Biblia Políglota editada en Anvers entre 1568 y 1573, cuyas ilustraciones cautivaron al monarca y fueron reci­bidos por él con grandes muestras de afecto. Permanecerían un año en la ciudad y durante ese tiempo, apro­vecharían para estudiar el persa, la lengua culta de la corte, y enzarzarse en interminables debates religiosos con sus oponentes islámicos e hin­duistas, que desembocarían en una estrecha amistad entre los jesuitas, el rey Akbar, y su hombre de confianza, Abu-l-Fazl.</p>



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<p>El aprecio del Gran Mogol hacia Montserrat se hace patente cuando este nom­bra al sacerdote tutor de su hijo Murad, y se confirma cuando pide al jesuita catalán que le acompañe en su expedición militar afgana, que interrumpe los plácidos debates de la Corte. Akbar se embarca en un largo viaje para sofocar el levantamiento de su hermanastro, Mîrza, quien se ha rebelado contra su autoridad en la zona de Bengala, apoyado por algunos cabecillas afganos. Antoni de Montserrat, espontáneo cronista de la expedición, aprovecha la ocasión para recogerla con todo lujo de detalles en su cuaderno de notas, lo que supondrá en el futuro una visión alternativa a las fuentes oficiales de la época, y, sobre todo, una experiencia de primera mano en situaciones jamás antes observadas por los viajeros occidentales: <em>“El rey mantiene a un gran número de elefantes en su campamento, utilizándolos para el transporte y la batalla. (…) son entrenados para luchar (…). Tres meses al año los machos se ponen tan violentos que llegan a matar a sus domadores(…) Una vez que se calman, se les hace enfurecer aña­diendo carne de tigre a su comida.”</em></p>
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<p class="mw-mmv-title-para">El jesuita Montserrat siguió a lomos de su elefante al rey Akbar y su campaña militar durante cientos de kilómetros, cruzando los cinco ríos de la región del Punjab y atravesando el Indo, hacia el Asia Central más agreste, Afganistán. La expedición militar se prolongaría durante todo el año 1581, avanzando por el noroeste hacia los territorios de Paquistán, y recorriendo Delhi, el Punjab o las regiones de la falda sur del Himalaya, y entrando en contacto con las poblaciones del Tíbet o de Cachemira. Sus comentarios sobre los tibetanos serán los prime­ros que hallamos en Occidente desde los tiempos de Marco Polo en el siglo XIII y la majestuosa cordillera llamaría tanto la atención del jesuita, que éste dedicó importantes esfuerzos a detallar sus montañas y a descifrar los nombres de las mismas. Montserrat no utilizó fuentes anteriores, sino su propia capacidad de observación, proba­blemente a lo largo de sus diferentes recorridos, para elaborar el que sería considerado el primer mapa de que se tiene constancia de aquella parte del mundo.</p>



<p>En Jalalabad, el jesuíta abandonaría a las tropas de Akbar, que seguirían su marcha hasta la conquista de Kabul y, consciente ya de que el monarca mogol no tiene ninguna intención real de abrazar el cris­tianismo, decide regresar a Goa, a donde llegaría en septiembre del año 1582. Es en la bella ciudad india, donde Montserrat decide recopilar las notas tomadas durante su estancia junto al rey Akbar. Nacerá así un pequeño relato de viajes, “<em>Relaçam do Equebar, rei dos mogores”, </em>que enviaría al General de la Compañía en forma de carta.</p>



<p><strong>UNA REDACCIÓN AJETREADA</strong></p>



<p>Entre los años 1582 y 1588, Montserrat emprende un trabajo más ambicioso: la recopilación de las notas de sus viajes por India, Paquistán y Afganis­tán, en una obra más extensa y detallada redactada en latín, <em>“Mongolicae Legationis Commentarius”. </em>Sin embargo, la redacción de la misma se ve inte­rrumpida por el requerimiento del rey Felipe II con la encomienda de viajar a Etiopía para dar consuelo a dos ancianos sacerdotes católicos. El viaje en sí parece una excusa para establecer contacto con el emperador abisinio y sondear la posibilidad de acercar el cristianismo copto a la Iglesia de Roma. Le acompaña un joven jesuita madrileño, con ganas y sin experiencia, que define admirativamente a Montserrat como <em>“muy inteligente para estas cosas y con singular gracia para tratar con estos reyes”. </em>Es Pedro Páez. Su nombre, entonces desconocido, quedará con posterioridad asociado para siempre al descubrimiento de las fuentes del Nilo.</p>



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<p>Los jesuitas, caracterizados como comerciantes armenios, deciden navegar hasta el estrecho de Ormuz para continuar por tierra a través de Irak, Siria y Egipto, con objeto de evitar a los piratas del Índico. Sin embargo sus planes se ven trun­cados, debiendo bordear las costas del actual Omán por la ruta del incienso. Al desembarcar en el puerto de Dhofar, el capitán árabe de la embarcación en la que viajaban les denunció ante el comandante del puerto, quien decidió hacer­les prisioneros y entregarles al sultán de Hadhramaut, residente en una aislada región en el interior de Yemen. Hasta allí, a la ciudad de Haymin, llegan tras una penosa travesía, cautivos en una caravana de camellos. Pese al duro viaje, a Pedro Paéz parecen quedarle fuerzas para paladear una aromática infusión que el hermano del soberano les ofrece en su palacio. La llamaban “<em>cahua, </em>agua hervida con un fruto denominado <em>bun </em>y que se toma muy caliente, en vez de vino”, escribirá posteriormente. Se trataba de una bebida todavía desconocida en Europa, el café.</p>
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<p>Tras cuatro meses en la cárcel serán repentinamente liberados, recuperando todas sus pertenencias, incluidos los valiosos manuscritos en que trabajaba Montserrat, que habían amenazado con perderse para siempre. Sin embargo, tras su llegada a Sanaa, después de un agotador viaje de semanas a lomos de camello por desoladas tierras, jamás antes pisadas por ningún europeo, el gober­nador decide encarcelarlos y exigir un rescate de veinte mil ducados por su libertad. Comienza un largo cautiverio en el que sufrirán grandes calamidades, serán encadenados con grilletes y alimentados tan solo con pan seco. Es en esas precarias condiciones, en el mes de enero de 1591, cuando Antoni de Montse­rrat finaliza la primera versión de su manuscrito original.</p>



<p>En 1595 los jesuitas son de nuevo trasladados al puerto de Mokka (Yemen), pero no para ser liberados, sino para servir como remeros de dos naves turcas, enca­denados en galeras. No será hasta 1596 cuando un barco arribe desde la India con un rescate de 1.000 ducados para comprar la libertad de ambos sacerdotes. El gobernador acepta el pago y en el mes de agosto de 1596, ambos regresarán a Goa. Han pasado siete años desde su par­tida de esta ciudad.</p>



<p>Páez sanó de las penalidades del cautiverio y en el año 1603 pudo ver realizado su sueño de entrar en las tierras de Etiopía. Con el tiempo levantaría una iglesia en Górgora, a orillas del lago Tana, y sería enterrado en las ruinas de su capilla principal el veinti­cinco de mayo de 1622, junto al nacimiento de Nilo Azul. Su mentor, Antoni de Montserrat jamás se recuperaría; las fiebres acabaron con él en la isla de Salsete, en el mes de marzo del año 1600, el mismo año en que culmina la versión definitiva de su obra <em>“Mongolicae Legationis Commentarius” </em>y junto a ella, el diseño definitivo de su mapa del Himalaya, una auténtica joya cartográfica de 18&#215;11 cm. que abarca gran parte de la India y grandes extensiones de Afganistán y Pakistán. En ella aparecen más de doscientos topónimos, accidentes geográficos resaltados en distintas tonalidades, y coordenadas geográficas, reflejadas con sorprendente precisión, que tienen como referencia el ecuador, dibujando la línea del trópico de Cáncer con toda exactitud. Además de la cordillera del Himalaya, en la parte norte se distinguen otras cadenas montañosas cuya disposición parece coincidir con el Karakorum, el Hindu Kush, el Parir y el los montes Sulaimán. La exactitud del pequeño mapa es tal que mantendría su vigencia hasta hace relativamente poco, por lo detallado y acertado de sus descripciones.</p>



<p>En la crónica escrita, sus textos reflejan de manera fidedigna todos aquellos detalles trascendentes a ojos de un occidental: la geografía, la historia, la cultura y la religión de las diferentes comunidades que ha conocido, pero también una de las grandes obsesiones que movieron a los religiosos cristianos a adentrarse en las vastas extensiones asiáticas: la búsqueda de antiguas cristiandades perdi­das, el rastro de la expansión del cristianismo hacia Mesopotamia, Asia Menor y Extremo Oriente. Alentados por las crónicas de algunos viajeros medievales al describir comu­nidades ortodoxas, nestorianas, y naimanas, así como por la existencia de las iglesias copta, abi­sinia, armenia y maronita, Roma buscaba des­esperadamente pruebas de la existencia de un imperio a caballo entre la historia y la leyenda, un imperio dirigido por un rey-sacerdote pode­rosísimo, defensor de la fe cristiana ante el avan­ce musulmán, el reino del Preste Juan etiópico.</p>



<p>Será un año después de la muerte de Montse­rrat, en enero de 1601, cuando el jesuita Anto­nio de Andrade llegaría a Goa con el objetivo de emplazar una misión o buscar la herencia cristiana en aquel misterioso reino aislado lla­mado Bottan o Tebat, lo que hace pensar que la crónica de Montserrat fue tenida en cuenta por los responsables de la Orden. Produce vér­tigo pensar que el Gran Mogol Akbar no llegara siquiera a sospechar que el viaje del jesuita y sus escritos tuvieran un significado tan trascendental para Occidente. De alguna manera la invitación del empe­rador a los religiosos abriría la puerta al descubrimiento de uno de los últimos espacios a conquistar por los adalides de la fe cristiana, pero también por los viajeros de aquella incipiente Europa renacentista.<br><br><strong>UN MANUSCRITO OLVIDADO</strong></p>



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<p>Y sin embargo, tras aquel primer impacto, la obra del Montserrat sufrió una vida tan azarosa como la de su propio autor. Baste decir que la mayoría de sus escritos permanecieron en el anonimato durante tres siglos. El manuscrito <em>“Mongolicae Legationis Commentarius” </em>no sería descubierto hasta el año 1906 por el reve­rendo W. K. Firminger en la biblioteca de Saint Paul de Calcuta. Era un peque­ño tesoro constituido por 140 hojas manuscritas y un diminuto mapa de la India. Hasta aquel momento, ni el mundo académico ni el eclesiástico tenía noticia de ellos. Tres años más tarde, el jesuita Van der Vergel recibiría el manuscrito y lo mostraría al padre belga H. Hosten, estudioso de las misiones católicas, quien, consciente de la importancia de la obra, descifró la caligrafía de Montserrat e hizo una trascripción que publicó en su versión original latina en el año 1914 en la revista editada en Calcuta <em>“Memoirs of the Asia Society of Bengal”, </em>para posteriormente traducirla al inglés y publicarla en diversos números de la revista <em>“Catholic Herald of India”</em>.</p>



<p>En la actualidad, en pleno siglo XXI, la obra del jesuita está alcanzando el lugar que le corresponde por derecho gracias a la edicion popular de sus obras, traducidas del latín al catalán y el castellano por el orientalista Josep Lluís Alay. Su creciente fama ha propiciado incluso una serie de reportajes en la televisión catalana y la creación de una beca para el estudio de la ciencia y la cultura asiáticas. Pero ¿qué sucedió con el manuscrito original en los tres siglos transcurridos desde la muerte de su autor hasta su primera aparición? Los sellos y las anotaciones permiten cono­cer que habría pasado por tres bibliote­cas británicas en la India, antes de llegar a la catedral anglicana de Calcuta. Pero estos registros se remontan al año 1800, por lo que seguimos sin saber lo que ocurrió desde 1600 hasta ese momento. Es probable que, oculto en los archivos de la Compañía de Jesús &#8211; disuelta en ese intervalo – vagara de cajón en cajón durante dos siglos, inmerso en su propio viaje.</p>



<p>Al menos, podemos agradecer que no se haya perdido para siempre, como es el caso de otros cuatro manuscritos redactados por Montserrat sobre las cos­tumbres y la geografía de la India y Asia Central. El misterio del paradero de la ingente obra del jesuita catalán perdura hasta nuestros días. Pero ¿quién sabe? Quizá alguien en alguna biblioteca o en el archivo olvidado de alguna iglesia en India, Inglaterra o Portugal, tope en algún momento con la apretada caligrafía del sacerdote y el destino nos permita recuperar el resto de sus relatos, para des­cubrir un pasado no tan lejano del sorprendente y cautivador continente asiático, y de las estribaciones de aquella India fabulosa y milenaria, que los occidentales contemplaban por vez primera con sus propios ojos.<br></p>
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<p><br><br></p>



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		<title>Benarés, la ciudad imaginaria</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/benares-la-ciudad-imaginaria/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:22:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Benarés, Varanasi o Kashi ha sido y sigue siendo el principal centro de la cultura hindú, la más india de las ciudades de la India. Indefinible, Benarés parece la materialización [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Benarés, Varanasi o Kashi ha sido y sigue siendo el principal centro de la cultura hindú, la más india de las ciudades de la India. Indefinible, Benarés parece la materialización de un sue­ño. Ciudad paradójica y extrema, se diría parte de un mundo onírico más que del mundo ordinario que la rodea. Su capaci­dad de asombrar no tiene límite. Benarés es una ciudad a la que nunca se llega a conocer por completo.</p>
<p><em>¡Varanasi </em><em>Kshetré… kaliyugé</em>…! En Varanasi, en el Kali Yuga… Los mantras resuenan en el pequeño templo de Kashi Devi, la Diosa Kashi. Porciones de los cuatro Vedas son recitadas por <em>pándits </em>y estudiantes tradicionales. El <em>Sama Veda</em>, el Veda de los Cánticos, me llega especialmente al alma. Seguramente la música más antigua de la que tengamos constancia, sus inflexiones son el origen de la música clásica india, e incluso traen reverberaciones de algunos cantes flamen­cos (no olvidemos que los gitanos proceden de la India). Los <em>pándits </em>dirigen los complejos rituales, y se baña la imagen de la diosa con distintas sustancias: agua del Ganges (<em>gangajah</em>), desde luego, pero también leche, yogur, <em>ghi</em>, miel, azú­car, perfume… Luego se la viste con un sari y se le entregan materiales para su maquillaje: espejo y peine, pulseras, barra de labios, <em>kája</em>l para los ojos, <em>mehandi </em>para las manos y pies, perfume…</p>
<p><strong>¿ESTÁ ESTA CIUDAD EN ESTE MUNDO?</strong></p>
<p>Kashi (el nombre tradicional de Benarés o Varanasi) ha sido siempre un gran centro –probablemente el mayor– del hinduismo y de los saberes de la civiliza­ción hindú: sánscrito, gramática, filosofía, astrología, ritual, medicina, espiritua­lidad… Kashi Devi es una representación antropomórfica de la fuerza (<em>shaktí</em>) que la ha hecho posible, de la luz o gracia divina “especializada” o concentrada” en esta ciudad. El templo de Kashi Devi es un pequeño templo de barrio, y Kashi Devi es una diosa poco conocida. Sin embargo, hoy es el día de su fiesta anual, y los habitantes del barrio han decorado el templo con muchísimas ramas de Ashoka y otras plantas, y numerosas guirnaldas de flores. El templo, al que se accede hoy a través de un pasadizo cubierto de hojas, parece ser una cueva vegetal, recordándonos que antiguamente esta ciudad se designaba como Anan­davana, “el Bosque de la Felicidad”.</p>
<p>Estamos en el sagrado mes de Sawan, uno de los meses del monzón. En este mes Varanasi se llena de peregrinos, ya que es una época de poco trabajo para los campesinos. Se ven por todas partes grupos de <em>kumwariá</em>, en su mayoría jó­venes, pero a los que cada vez más se unen chicas, mujeres y personas mayores. Los Kanwarid son en su mayoría <em>yádaws,</em>miembros de una casta de ganaderos y agricultores que forman una de las comunidades principales de Uttar Pradesh, el estado en el que se encuentra Benarés. Vestidos de naranja (el color de la renuncia, usado por <em>sadhus </em>y peregrinos), recorren el norte del país descal­zos, llevando con gran fe agua del Ganges de un lugar de peregrinación a otro. Uniendo así religión, diversión y aventura, salen del pueblo y ven mundo, y esta interrupción en el ciclo de su vida cotidiana y rutinaria les da fuerzas para afron­tar las dificultades del año siguiente. Las calles se llenan de grandes multitudes de color naranja, y se oye continuamente su “grito de guerra”, formado por dos nombres de Shiva: “<em>Har Har Mahade</em>v!”.</p>
<p>Volviendo de la puja a nuestro barrio en un <em>rixa</em>, nos vemos sumergidos en el caos del tráfico cotidiano: motos, bicis,<em>rixas</em>, <em>autorixas</em>, coches, autobuses, carri­coches de todo tipo… En las calles estrechas, los cada vez más numerosos au­tomóviles deben conducir al ritmo de los <em>rixas</em>, los <em>triciclotaxis </em>que constituyen el modo de transporte más popular de la ciudad, y los peatones deben buscar su camino entre todo esto, pues la inexistencia de aceras les obliga a compartir su espacio con los vehículos. Con los vehículos y con los animales, pues aquí y allá una vaca se sienta en medio de la calle, impasible, mientras contempla con indi­ferencia yóguica el remolino del samsara a su alrededor. Todo sería soportable si las motos y los coches no se sintieran obligados a pitar continuamente para ha­cer saber al mundo de su presencia. Los escasos policías de tráfico apenas hacen nada, salvo lograr un sobresueldo cobrando a los que quieren entrar en zonas restringidas o a cambio de no poner una multa. Verse atrapado en un atasco, sin poder apenas moverse, rodeado de ruido y humo y agobiado por el intenso calor es una buena representación moderna de los infiernos puránicos.</p>
<p>Benarés tiene una gran densidad de población. Como todas las ciudades de la India, ha crecido mucho en las últimas décadas. Pero, aparte de su población fija, tiene una inmensa población flotante. Peregrinos de todas partes del país acuden en todas las épocas, aunque sobre todo en los grandes festivales. El crecimiento económico y los medios de transporte modernos han hecho mu­cho más fácil la peregrinación, antiguamente una empresa dura y peligrosa de la que no se sabía si se volvería. Pueblos enteros alquilan un autobús, recorren miles de kilómetros, duermen en <em>dharamshalas</em>baratas, se bañan en el Gan­ges para purificarse, tienen el <em>darshan </em>de Vishwanath (el “Señor del Univer­so”, el principal templo de Shiva en Kashi) y en otros templos, hacen unas pequeñas compras y vuelven a su pueblo inmensamente satisfechos. Espe­cialmente numerosos desde hace unos años son los peregrinos de los estados del sur, sobre todo Ndhra Pradesh, que se concentran en las callejuelas de mi barrio, haciendo difícil el tránsito peatonal. Hablan un idioma muy distinto, no les gusta la comida local y desconocen muchas costumbres, pero no se sienten en un país extranjero. Están en Kashi, se bañan en Gangá –unos nombres que han oído desde que eran pequeños-, realizan unos rituales acompañados de mantras sánscritos como los que se hacen en su región: están en casa.</p>
<p>Aunque siempre tuvo visitantes extranjeros, el flujo importante de turistas empezó a finales de los sesenta del pasado siglo, cuando los hippies viajaban por tierra desde Europa hasta India, pasando por Turquía, Irán, Afganistán y Pakistán, en un viaje iniciático –pero que sería infernal para algunos –que tenía Katmandú en Nepal como final de recorrido. Los vuelos baratos a par­tir de los años ochenta incrementaron el número de visitantes, y hoy en día, cuando las modas culturales obligan a viajar –sin importar a menudo adón­de-, India es un destino clásico, incluido en todas las agencias de viajes. Tu­ristas de todos los países, en su mayoría europeos pero también americanos, israelíes, australianos, japoneses, tailandeses y coreanos, llenan los hoteles de lujo del extrarradio y las pensiones baratas que jalonan el río. La temporada alta es durante la época de buen tiempo, de octubre a marzo, aunque mucha gente viene también en los meses calurosos por compulsiones laborales. Los turistas, vestidos de manera estrafalaria –son fácilmente localizables a distan­cia sólo por sus atuendos-, forman pues ya parte del paisaje de esta extraña urbe unos cuantos personajes estrambóticos más en medio de otros tantos, aceptados por esta ciudad conservadora que es el centro de la ortodoxia pero también es enormemente tolerante. A su alrededor pululan los comisionistas y pícaros de todo tipo, los cuales, tras enseñarles algunos lugares, les llevarán a una tienda de sedas “de su primo” donde reciben comisión.</p>
<p><strong>LOS GHATS</strong></p>
<p>Benarés es famosa en todo el mundo por sus Ghats, los escalones que a lo largo de todo su frente fluvial, bajan hasta el río. Pero no menos asombrosa es toda la ciudad antigua, estructurada según un inextricable laberinto de calle­juelas (<em>gali</em>). Sin ningún plan ni lógica aparente, las callejuelas avanzan rectas un tramo, luego tuercen de pronto para esquivar una casa, para ir a morir en otra que se dirige a algún sitio desconocido. Las pocas calles “anchas” que atraviesan la ciudad antigua fueron construidas por los ingleses hace ape­nas un siglo. Y estas callejuelas rezuman una vida exuberante. Para muchas personas, su universo se reduce a este tejido peatonal de callejas, donde se encuentran todo tipo de tiendas y negocios. Este es el terreno donde todos se juntan: brahmanes y barrenderos, ricos y pobres, matronas y prostitutas, an­cianos y niños, <em>sadhus </em>e ingenieros. No creo que ningún habitante de la ciu­dad conozca todas sus callejuelas; normalmente, uno conoce la de su barrio, más unos cuantos recorridos fuera de él. Pero uno de los placeres de Benarés es caminar por sus callejuelas sin rumbo, hasta perderse, y entonces uno descubrirá rincones y aspectos nuevos de esta ciudad de inagotables secretos.</p>
<p>Cuando voy a España me sorprende que, en las calles, todo el mundo va a algún sitio. Aquí no, aquí hay gente que camina para ir a algún lugar y otros que simplemente “están”, los que usan la calle como morada y no como lugar de tránsito para llegar a otro sitio. La vida transcurre aquí lentamente, sin prisas, sin que sea considerada un camino para ir adelante, para ir a otra parte supues­tamente mejor. En la vida, en la callejuela, uno simplemente está, tranquilo y sin tensiones, satisfecho con uno mismo y con el mundo, saboreando lo que uno es, lo que la vida es.</p>
<p>Numerosos templos y templillos jalonan todo el <em>pakká mahal </em>(la zona antigua), sirviendo como referencias para orientarse. Hay templos a casi todas las divini­dades, pero Benarés, ciudad de Shiva, tiene sobre todo <em>shivalingas,</em>muchísimos <em>shivalingas</em>, la forma más cercana a lo que no tiene forma, el símbolo abstracto de Shiva –al que es imposible separar de su esposa Párvati, su energía (<em>bhakti</em>)-. Según el Linga Purana (1.19.5): “Shiva carece de todo signo (<em>linga</em>). Mahadeva (el Gran Dios), si bien desprovisto de <em>linga </em>(signos), mora en el <em>linga</em>”. Hay <em>lingas </em>enormes en grandes y hermosos templos, y pequeños <em>lingas </em>en templillos y hornacinas por todas partes, que parecen brotar espontáneamente del suelo. Por otra parte, todos los <em>tirhas </em>(lugares de peregrinación) tienen un “reflejo”, una “representación” en Kashi. Es así posible ir de peregrinación sin salir de la ciudad; por ejemplo, se puede tener el <em>darshan </em>de los doce <em>lingas </em>de luz, los do­ce <em>jyotirlingas </em>cuyos originales están dispersados por toda la India.</p>
<p>Más el universo mental índico no considera sólo a los dioses y los hu­manos, sino que da también un espacio honorable a los animales en su sociedad. Por las callejuelas se pasean así, con todos los derechos todos los animales capaces de convivir con el hombre. Las vacas, presentes en casi todas las ciudades indias, son aquí más numerosas. Enormes toros con joroba avanzan a sus anchas, tranquilos pero fir­mes, y uno, acostumbrado a otra clase de toros, se pregunta cómo pueden ser tan pacíficos unos animales de tanta fortaleza. Oca­sionalmente llega un rebaño de búfalas, al cargo de un niño, y todo el mundo debe pegarse contra el borde de la calleja para dejarles pasar. Los perros están por todas partes, descastados, sarnosos y desprecia­dos, pero libres para pasearse a sus anchas e intentar encontrar algo de comer en una ciudad pre­dominantemente vegetariana. Las cabras y machos cabríos, cómica­mente vestidos en invierno con algu­na tela, son abundantes. Los burros, bastante más pequeños que en Eu­ropa, son utilizados para llevar pe­queñas cargas. Ocasionalmente se pueden ver elefantes, dando solem­nidad y grandeza a una procesión religiosa o alguna boda de lujo. Las ratas se pasean a sus anchas entre los abundantes desperdicios, y algu­na vez una ardilla desciende de un árbol para darse un paseo por entre las casas. También, de vez en cuan­do, se ve atravesar la calle a una mangosta, a las que a veces la gente alimenta con leche, pues les protegen de las serpientes a las que son capaces de vencer en combate. Los monos sólo bajan al suelo ocasionalmente para robar lo más rápi­damente posible alguna fruta o verdura, y vuelven enseguida a su reino en los te­jados y terrazas. Allí son ellos quienes dictan la ley. Saltando con enorme habili­dad de una terraza a otra –nunca he visto caerse a un mono-, ensucian y rompen, destrozan y roban la ropa tendida y asustan a los niños. En las zonas donde viven, para salir a la terraza es imprescindible llevar un palo. Recuerdo una vez en que nos dejamos la puerta de la terraza abierta, y nos encontramos diez monos en la cocina arramblando con todo producto comestible…</p>
<p><strong>PALACIOS, TEMPLOS Y MANSIONES</strong></p>
<p>Caminando por las callejuelas, uno no puede por menos que sorprenderse por la belleza de las casas y mansiones antiguas. Las casas más antiguas apenas cuentan con poco más de doscientos años, cuando los <em>marathas </em>–el poder in­dio dominante justo antes de la colonización inglesa- construyeron palacios, templos y mansiones con la piedra rojiza de las canteras de Chunar, con una arquitectura austera pero noble y majestuosa. Poco más tarde, los terratenientes y letrados bengalíes construyeron muchas mansiones en estilo anglo-indio, más aireado, con arcos y columnas. La ciudad se encuentra ahora en un evidente estado de decadencia arquitectónica. Uno no puede menos que preguntarse cómo sería la ciudad en esta su reciente época de esplendor en el siglo XIX. Los edificios notables están, casi todos, abandonados a su suerte. A menudo reparti­dos entre innumerables herederos, llenos de inquilinos, su belleza despreciada o ignorada, se van degradando poco a poco -y el clima es aquí extremo y corro­sivo- hasta que son reemplazados por construcciones modernas, chillonas o sin gracia. Cuando paseo por las callejuelas antiguas, nunca puedo evitar pensar en lo impresionante que sería Benarés si su patrimonio arquitectónico se conserva­ra y renovara a gran escala.</p>
<p>En esta época tardía de esplendor eran famosos los <em>raís</em>, aristócratas con más o menos fortuna pero de cultura refinada. Viviendo en amplias mansiones, orga­nizaban conciertos de música y baile, reuniones de poetas, fiestas religiosas y de todo tipo… Ellos fueron, en gran parte, los que permitieron que la cultura prosperase en el Benarés del siglo XIX, en plena colonización inglesa. Benarés ha sido siempre uno de los centros importantes de aprendizaje de la música, y aún ahora hay en la ciudad un gran número de artistas de primera fila. Eran también famosas las <em>baijis</em>, las refinadas bailarinas y cantantes de Benarés, a menudo también cortesanas. Bhartendu Harischandra (1850-1885), de una fa­milia de <em>raís, </em>fue el primero en utilizar el hindi escrito en alfabeto <em>devanágari </em>como medio para la literatura moderna, el teatro y el periodismo, en una carrera prometedora que su muerte cortó en seco. Más tarde, Prenchand (1880-1936), seguidor de Gandhi, que era de un pueblo cercano y vivió en Benarés muchos años, utilizó el hindi moderno para describir la vida de gente muy distinta: los campesinos pobres, la gente sencilla, los despreciados.</p>
<p>Los reyes y aristócratas marathas –y muchos otros príncipes, hindúes y musul­manes, que a menudo se construían palacios en la ciudad- trajeron consigo a músicos y artistas, así como muchos <em>pándits, </em>eruditos brahmanes expertos en las escrituras. De la misma manera, muchos brahmanes de distintas regiones del país acudían a aprender sánscrito y todo el saber escrito en esta antigua lengua a Kashi, y a veces se quedaban aquí en los barrios de su comunidad lingüística. Hay así en Benarés barrios formados por gente procedente de casi todas las re­giones del país: bengalíes, viráis, gujaratis, tamiles, andhras, marathis, marwaris, sindhis, e incluso nepalíes. Sus miembros mantienen sus costumbres y se casan entre ellos, conservando su cultura propia en una ciudad que las acepta todas.</p>
<p>También son muy numerosos en la ciudad antigua los miembros de castas co­merciantes, así como de castas (<em>jatis</em>) y comunidades dedicadas a distintas artes y oficios: los <em>yádavs </em>(ganaderos), los <em>malas </em>(barqueros), los <em>sonars </em>(orfebres), los julahás (tejedores), los nais (peluqueros), los dhobis (lavanderos), los <em>chamars </em>(tra­bajadores del cuero), los <em>bhangis</em>(barrenderos), los <em>doms </em>(cremadores), etc. Cerca de las universidades -¡Benarés tiene cinco universidades!- y en las partes modernas de la ciudad viven capas más modernas, más independientes de su comunidad de origen y menos relacionadas con la vida tradicional de la ciudad. En esas zonas sur­gen hoy en día, como en el resto de la India, los centros comerciales como hongos.</p>
<p><strong>LA BENARÉS MUSULMANA</strong></p>
<p>Cubriendo casi un tercio de la población, los musulmanes representan una muy importante minoría en esta ciudad símbolo del hinduismo (¿podríamos imagi­nar que La Meca o Roma tuvieran un 30% de la población de otra religión?). Una gran parte son tejedores, que por muy poco dinero tejen día y noche en sus telares los famosos saris de seda de Benarés, que toda novia desea vestir el día de su boda, pero que son generalmente vendidos por comerciantes hindúes.</p>
<p>Desde muy antiguo Varanasi es un gran centro de los tejidos de seda, y los saris y brocados que aquí se fabrican exhiben elaborados diseños que nunca se repi­ten. Si bien suele haber una cierta tensión de fondo entre las comunidades hin­dú y musulmana, y hace unas décadas eran comunes los toques de queda para impedir que las ocasionales reyertas entre las dos comunidades se extendieran más allá de todo control, en los últimos años la convivencia es modélica, y son comunes los actos a favor de la paz comunal a los que acuden líderes importan­tes hindúes, musulmanes y cristianos (una pequeña minoría en Benarés). Esta paz ha sido mantenida incluso cuando, en varias ocasiones en los años recientes, Benarés ha sufrido atentados de islamistas radicales con bombas en templos y otros lugares.</p>
<p>Todas estas condiciones y circunstancias especiales hicieron que Benarés fuera una ciudad cosmopolita y con una cultura propia, muy diferente de la de otros lugares del entorno regional en el que se encuentra. Enormemente satisfechos de vivir en el “centro del mundo” y de tener asegurada su salvación tras la muer­te, los <em>banarsis </em>acuden en gran número a los templos, pero gozan de los place­res de la vida sin ningún recato. Despilfarran el dinero en todo tipo de fiestas (y en Benarés hay fiestas casi todos los días del año…), tienen tiempo para charlar sin fin en los tenderetes de té o simplemente en medio de la calle, mascan sin cesar <em>pan </em>(betel) con tabaco (el <em>pan </em>de Benarés es famoso en todo el país), jue­gan a las cartas, hacen volar cometas (el cielo en invierno está cubierto de pe­queñas cometas de colores) y palomas desde las terrazas de las casas, consumen <em>thandai, </em>una preparación de leche almendrada a la que se añade <em>blang</em>, una pasta a base de marihuana, y se estrujan los sesos pensando en mil maneras de ganar el dinero necesario para sobrevivir sin tener que trabajar mucho… Esto se llama <em>mastí </em>(palabra con el mismo origen que la castellana “ca­chondeo”), esto es, la capacidad de estar contento y divertido, despreocupado y alegre, sin importar mucho las circunstancias. Desde luego, el mundo moderno y sus exigencias económicas han supuesto un duro golpe para esta forma de vida. La creciente carestía de los productos más básicos hace que casi todo el mundo deba pasarse la vida corriendo para ganar, honradamente o no, mucho más dinero del que antes hacía falta. La televisión uniformiza a todo el mundo y hace disminuir la cohesión social, el alcohol sustituye cada vez más al <em>thandai</em>, provocando más violencia, y la heroína se encuentra sin problemas.</p>
<p>Sin embargo, aun así la cultura de diversión y despreocupación está muy pre­sente en la ciudad. Lo cual es bueno, desde luego, para holgar y pasarlo bien, pero no cuando uno necesita que le hagan algún trabajo. Los <em>mistris </em>(albañiles, carpinteros, fontaneros, etc) vienen cuando quieren, y hay que vigilarlos de cer­ca para que trabajen; el sentido de la puntualidad y el trabajo bien hecho brillan a menudo por su ausencia; las cosas siempre se entregan más tarde de lo acor­dado; hay que revisar muy bien todas las facturas para que no nos claven dinero de más. Las comisiones de todo tipo rigen la economía de la ciudad, y numero­sas personas viven de rascar pequeñas comisiones aquí y allá, o bien grandes co­misiones o sobornos cuando su puesto se lo permite. Si a esto le añadimos que la electricidad se corta periódicamente varias veces al día, que el suministro de agua sólo funciona unas pocas horas y su regularidad es incierta, que para pelear y hacer grandes esfuerzos, y que el clima es extremadamente caliente durante una gran parte del año, veremos que la vida en esta excéntrica ciudad es dura. Los banarsis, sin embargo, no se ponen nerviosos por estos inconvenientes de la vida y, dejándolo todo en manos de Dios, viven en general relajados y contentos en medio de sus numerosos problemas.</p>
<p><strong>UNA CIUDAD ILUSTRADA</strong></p>
<p>Kashi ha sido siempre la ciudad del sánscrito, la ciudad de las ciencias tradicio­nales. No la única, pero sí la más importante y prestigiosa. Estudiantes de todo el país acudían aquí a recibir enseñanza de un pandit, un erudito en las escritu­ras. El estudio no se realizaba en escuelas o universidades, sino que el estudian­te vivía en casa de su maestro, donde recibía comida y alojamiento a cambio de su servicio. Viviendo con su maestro, el estudiante absorbía como por ósmosis la lengua el pensamiento y la forma de vida. Acabados los estudios, debía ofre­cer a un maestro un regalo como pago por sus estudios, la “guru dakshind” y retornaba a su ciudad para casarse y emprender la vida familiar. Varanasi, Kashi, siempre ha tenido numerosos pándits especializados en diversos aspectos del conocimiento tradicional: gramática sánscrita (<em>vyakarana</em>), ritual (<em>karmakanda</em>), filosofía (<em>darshana</em>), astrología (<em>jyotisha</em>), medicina (<em>ayurveda</em>)… Benarés era un lugar donde se discutían las diferentes interpretaciones de las escrituras y donde cada escuela exponía su punto de vista. Cuando surgía alguna diferencia de opinión importante sobre algún punto de las escrituras (<em>sastras</em>), se convoca­ba un <em>shastrartha</em>, un debate en el que dos o varios pándits discutían en sánscri­to, y unos jueces emitían su veredicto sobre quién había resultado vencedor. En una tradición que admite muchos caminos e interpretaciones las diferencias se arreglaban de esta manera.</p>
<p>Hoy en día, sin embargo, la cantidad y la calidad de los pándits ha bajado bas­tante, pues apenas cuentan con estima social y modos de vida en el mundo moderno, salvo ser profesores en la universidad o en alguna escuela védica. En estas escuelas védicas (aún hay bastante en la ciudad), jovencitos brahmanes –normalmente de familia pobre, pues los de más medios estudian profesiones modernas- aprenden a recitar los versos del Veda, conservando perfectamente la pronunciación y entonación. El Veda es <em>apaurusheya </em>(de origen “no huma­no”), y debe ser conservado en toda su pureza para las generaciones futuras. Es de señalar que, a diferencia de otras religiones, el Veda no es un libro, sino una recitación: de hecho, no se consignó por escrito sino mucho más tarde en la historia.</p>
<p>Otro personaje típico de la ciudad es el <em>sadhu</em>, el asceta. Vestidos con dos o tres trozos de tela ocre o naranja, con largas melenas y barbas enmarañadas o la ca­beza afeitada, solos o en grupo, su presencia es tan necesaria en la ciudad como la de las vacas. Todas las órdenes de ascetas tienen algún centro en la ciudad, “monasterios” (<em>math</em>) donde van y vienen los<em>sadhus </em>y visitan los devotos. Los sadhus más numerosos son los <em>dashanamis </em>que fundó Shankaracharya. Los aris­tocráticos dandis, llevando en toda circunstancia un bastón o palo sagrado, son numerosos en Kashi. Más nómadas, los<em>nagas </em>acuden sobre todo en las épocas de grandes festivales religiosos. Pertenecientes a una orden fundada para prote­ger al hinduismo en épocas difíciles de persecución, recibían un entrenamiento militar. Hoy en día este aspecto ya no es importante pero son adiestrados para tener una gran fortaleza física y soportar condiciones muy duras y grandes pena­lidades. En ocasiones, los Ghats se cubren de campamentos de <em>nagas</em>, semides­nudos salvo por la ceniza con que se cubren el cuerpo, a menudo fumando <em>chi­lans </em>(unas pipas cónicas) de hashish desde las primeras horas de la mañana sin que esto parezca afectarles. También hay <em>sadhus </em>visnuitas, tántricos, vedánticos, practicantes del yoga o de extrañas disciplinas. <em>Sadhus </em>intelectuales, conocedo­res de los matices de las escrituras; <em>sadhus </em>de camino devocional, entregados a adorar a su divinidad favorita cuyo rostro intentan ver en todas las cosas, <em>sadhus </em>de gran disciplina que practican muchas horas al día ejercicios de yoga y medi­tación; <em>sadhus </em>que siguen vías asociales, extremas y a contracorriente;<em>sadhus </em>“hippies”, perezosos y rozando la locura: hay <em>sadhus </em>de todo tipo y condición.</p>
<p><strong>GANGÁ, VIDA Y MUERTE EN EL RÍO</strong></p>
<p>Se considera que Kashi es el mejor lugar para morir. Al que muere en su ciudad, Shiva le da el <em>Tárak Mant</em>ra, el mantra que le permitirá liberarse de las ataduras que le ligan al <em>samsara</em>, al mundo del devenir, de las apariencias. En cualquier sitio de la ciudad en todo momento, puede uno cruzarse con una procesión fune­raria que se dirige al crematorio. Todo habitante de Benarés sabe entonces que, algún día, será él quien ocupe el lugar encima de las angarillas. Para un anciano amigo mío, que había tomado el voto de no salir nunca de Kashi, era una tradi­ción de su familia. Su padre, sintiéndose enfermo, tomó desde Bihar un tren pa­ra Varanasi. Nada más llegar se dirigió al borde del Ganges, y allí expiró antes de media hora. En dos lugares al borde del río se queman noche y día los cadáveres. Este aspecto de la ciudad es el que más sorprende a los extranjeros. Toda agencia de viajes debe forzosamente incluir en su programa una visita al crematorio, que ha sido convertido así en una atracción turística. Pero la “ciudad de la muerte” es una ciudad llena de vida, y el hecho de haber integrado a la muerte, de conside­rarla como algo normal y cotidiano, quizás le haya permitido afrontar la vida con entusiasmo y despreocupación.</p>
<p>Benárés no sería tal si Gangá no le diera vida. Acariciando el frente de la ciudad, ha permanecido ceñida a él desde tiempo inmemorial, sin abandonarla nunca, sin cambiar de rumbo como es normal que los ríos hagan periódicamente en muchos lugares. Gangá, amada y reverencia­da hasta el punto de haberse con­vertido en un símbolo de la civili­zación india, es sagrada en todo su recorrido, pero llega a su cénit en Kashi. “Gangá, Shiva y Kashi donde está esta trinidad, allí se encuentra la perfecta felicidad”, dice el <em>Kas­hi Khanda </em>(35.19), un antiguo texto que describe y ensalza la ciudad.</p>
<p>Este año las lluvias son abundantes, y el río está muy crecido. Los esca­lones que descienden hasta él (los famosos <em>ghats</em>) son devorados uno a uno por las aguas –que a veces cre­cen a ojos vista- y amenazan con entrar en la ciudad. Pero ésta está construida sobre un acantilado que se eleva sobre el río, y, aun cuando haya inundaciones en los alrededores, no suele haberlas en Benarés. El río Gangá cubre las are­nas de enfrente y se muestra sublime y majestuoso, su corriente arrastrando todo lo que se ponga en su camino. Da gusto verle ahora, pues en invierno su estado empieza a ser patético: sus aguas muy disminuidas por inmensas presas en el Himalaya y por los numerosos canales que llevan el agua para regadío, su corriente es mucho más lenta que antes, lo que hace que la gran contaminación que sufre sea mucho más visible.</p>
<p>Que la Madre Gangá, honrada y ensalzada a lo largo de toda la historia de la civilización india, se vea ahora reducida a ser un río enormemente polucionado es una más de las paradojas de la India moderna, que con una mano adora al río y con la otra da prioridad a su utilización con fines pragmáticos. Una contradic­ción más en este país que soporta sin inmutarse todas las contradicciones. Tras el rotundo fracaso del <em>Ganga Action Plan</em>, comenzado en 1986, el gobierno está ahora preparando un ambicioso nuevo plan para limpiar de polución los ríos de toda la cuenca del Ganges. El tiempo dirá si tiene éxito.</p>
<p>Hoy, la ciudad sufre muchos problemas, y es mucho menos tranquila que la Benarés que conocí hace varias décadas. La superpoblación aumenta, el tráfico es terrible y ruidoso, las callejuelas se ven invadidas por motos que se abren camino a bocinazos… Por otra parte, el aumento del turismo y la mayor capa­cidad económica de los peregrinos han causado una gran comercialización de la ciudad. Gangá –sin cuya presencia Benarés no tiene sentido-, tan venerada, sufre una gran contaminación. El cuidado del inmenso patrimonio cultural y arquitectónico brilla por su ausencia, y la ciudad se degrada a ojos vista. Oca­sionalmente me sorprendo con pensamientos de escapar a otro lugar más tran­quilo. Pero se dice que es más fácil que un niño vuelva al vientre de su madre que quien ha vivido en Benarés y se ha dejado atrapar por su atmósfera pueda abandonar la ciudad.</p>
<p>Ciudad cosmopolita y aldea rural, dura y divertida, hermosa y repulsiva, es­pléndida y cutre, luminosa y mórbida, virtuosa y corrupta, simple y retorcida, refinada y tosca, pacífica y violenta, sucia pero pura, generosa y cruel, ascética y hedonista, religiosa y pecadora, espiritual y oscura… ¿Hay alguna ciudad más paradójica sobre la faz de la tierra? En cualquier caso, nos atraiga o repela, una cosa se puede asegurar: ¡en Benarés nadie se aburre! ●</p>
<p><em>Álvaro Enterría es escritor y reside en Benarés desde 1989 donde tiene con su socio Dilip Kumar Jaiswal la librería y editorial Indica Books. Es autor de diversas guías y obras sobre el país, entre ellos “Benarés, la ciudad imaginaria” del de que están extraídos estos textos (Olañeta. Indica Books. 2012), un volumen que recoge textos de diversos autores conocedores profundos de esta ciudad. Su obra “La India por dentro. Una guía cultural para el viajero” (Olañeta e Indica Books) acaba de ser reeditada en España.</em></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/benares-la-ciudad-imaginaria/">Benarés, la ciudad imaginaria</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Pasajeras a la India</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/pasajeras-a-la-india/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:21:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 43]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pilar Tejera, autora del libro “Viajeras de leyenda”, nos muestra una visión del impe­rio británico en la India y de los viajeros victo­rianos que hasta allí llegaron, desde una pers­pectiva [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/pasajeras-a-la-india/">Pasajeras a la India</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Pilar Tejera, autora del libro “Viajeras de leyenda”, nos muestra una visión del impe­rio británico en la India y de los viajeros victo­rianos que hasta allí llegaron, desde una pers­pectiva diferente: la de las mujeres. La pintora Fanny Parks en Calcuta, la reformista social Mary Carpenter, la esposa del virrey, Harriet Georgina Blackwood, la curtida viajera Anne Catherine Elwood, o la geógrafa y fotógrafa Eliza Scidmore, son sólo algunos de los perfiles femeninos que dejaron su propia visión de la India del siglo XIX en forma de relatos, diarios de viajes, pinturas o fotografías.</p>
<p><strong>Pasajeras a la India</strong></p>
<p style="text-align: right;"><em>Fueron las mujeres las que hicieron perder el Imperio.</em></p>
<p style="text-align: right;">Sir David Lean</p>
<p>La viajera y pintora Fanny Parks escri­bió en una ocasión: <em>“Vagabundean­do con una tienda y un buen guía árabe, uno pue­de ser feliz para siempre en la India”. </em>Ella, como otras muchas viajeras victorianas, tuvo la suerte de conocer y recorrer una de las joyas del imperio británico. Las ciudades como Bombay o Nueva Delhi en su máximo esplendor, la India del ferro­carril cambiando una forma de viajar, las estreme­cedoras revueltas de los cipayos que sembraban el caos por las regiones a las que se extendieron, la India de los <em>mensahib, </em>del café a las cinco y los trajes de muselina llenando los clubes levanta­dos por los ingleses, los románticos paisajes del Rajastán, el boato de los maharajás, la hambruna del pueblo, el calor, la amenaza de epidemias, las historias de intrigas de la Compañía de las Indias Orientales, la política colonial…, todo ello desfila por los relatos dejados por aquellas viajeras vic­torianas para que la historia de la India colonial pueda ser percibida desde otra perspectiva.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CASADAS CON EL IMPERIO</strong></p>
<p>Una de las ciudades donde recalaban los barcos ingleses llegados a la India era Madrás. Su historia contiene más o menos los mismos ingredientes que la de las restantes ciudades indias fundadas por los comerciantes de la Compañía de las Indias Orientales. Durante el siglo xviii ingleses y franceses pugnaron por el control de este decisivo puesto buscando gozar del favor de los sultanes de la zona, hasta que los ingleses lograron ganar la partida. Fue a partir de entonces cuando Madrás experimentó una gran transformación anexionando algunas aldeas vecinas hasta convertirse en una de las principales bases navales y en el centro administrativo del imperio británico en la India.</p>
<p>La vida en una ciudad como Madrás a mediados del siglo xix no debía de resul­tar cosa fácil para los funcionarios ingleses, destinados a una colonia donde cada día les resultaba una larga batalla contra el clima y las enfermedades infecciosas y que constituía un territorio de exilio para la mayoría de sus esposas. <em>“Quien haya estado en la India y también en África y en Australia sabe que, debido a alguna peculiaridad de la atmósfera, el calor se siente mucho más en la India”, </em>escribió <strong>E. Augusta King.</strong></p>
<p>Tal vez la primera en dejar constancia de cuestiones que pasaron desapercibidas en la época, como las condiciones de vida de la mujer en la India o la costumbre de las viudas de inmolarse, fue <strong>Julia Charlotte Maitland: </strong><em>“Hice todo lo posi­ble para entrar en contacto con las mujeres en sus casas, pero me fue imposible. Llamé a sus puertas parcialmente abiertas pero apenas pude atisbar sus ropas blancas y sus profundos ojos oscuros”. </em>Esta inglesa, que llegó con su esposo a Madrás en 1836 y permaneció en la India tres años, tuvo la inteligencia para tamizar los inconvenientes de la experiencia que le tocó vivir y centrarse en to­do lo bueno que la India ofrecía. Aunque bajo su perspectiva británica la India resultaba “primitiva”, sin posibilidad de escapar al yugo de sus creencias, esta viajera contribuyó con su granito de arena a la mejora de las condiciones de la población: logró abrir escuelas para niñas, se erigió en defensora del derecho a la educación de la mujer, enseñó a leer a muchas mujeres indias en su propia re­sidencia y abrió la pri­mera librería públicaen la zona de Rajahmundry, sembrando así las primeras simientes de la educa­ción del pueblo indio.</p>
<p>Julia también plasmó en su obra <em>Letters from Madras, </em>publicada bajo el seu­dónimo “<em>a Lady”, </em>los rituales, el sistema de castas y las ciudades palaciegas. <em>“Hay un bello y viejo fuerte en Bangalore de un sultán musulmán junto a la antigua ciudad nativa rodeada de sólidos muros de barro llamada Pettah. Las damas inglesas se refirieron a él como un lugar horrible al que no debía ir. Así que al día siguiente fui, por supuesto”, </em>escribió. Julia Maitland tam­bién fue crítica con algunas cuestiones como la política colonial británica y su rudeza con la población nativa. Sin duda, a diferencia de otras esposas de funcionarios y diplomáticos, Julia Maitland hizo de la experiencia de la India una cruzada personal. Intentó adaptarse a las costumbres locales, trató de comprender su cultura, de aprender su lengua, y fue esta curiosidad por la vida que la rodeaba lo que le permitió sacar tiempo también para pintar, escribir o recoger numerosas plantas e insectos para el Museo Británico. Julia Maitland, que en 1864 murió de una repentina enfermedad, nos enseña ante todo que viajar y sentirse viva resulta siempre un ejercicio saludable para cualquier adulto, incluida la mujer victoriana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>VIAJERAS VICTORIANAS EN CALCUTA</strong></p>
<p>Calcuta era otro punto habitual de recalada para los ingleses destinados a la India. Según Emma Roberts: <em>“La llegada a la ciudad de los palacios desde el río supera todo lo imaginable. Desde el lado oriental del delta del Ganges, presenta en cualquier época del año una amplia superficie de aguas brillantes. Al estar asentada en un país rico en limo, vestido de un eterno verdor, y flanqueada por soberbios edificios, el extranjero siente que el destierro puede ser aliviado gracias a la belleza de escenas como la que presencia, arropado por tan lujoso entorno”.</em></p>
<p>Capital de la India británica desde 1772, la historia de Calcuta no es sino un re­flejo de la prosperidad de la Compañía británica de las Indias Orientales desde que Job Charnock, uno de sus principales administradores, la fundara en 1690 sobre la aldea de Kalikata. A finales del siglo xvii Calcuta fue nombrada capital de la India británica, del llamado Raj británico, honor que conservó hasta 1911, y lo que había nacido como un enclave comercial más, protegido por un fuerte, fue experimentando notables mejoras. La ciudad se embelleció con diversas obras de saneamiento, una zona residencial a orillas del río Hugli, bellos edifi­cios residenciales y gubernamentales y la pavimentación de las calles, de modo que para cuando llegaron <strong>Fanny Parks </strong>en 1822 o la trotamundos <strong>Ida Pfeiffer </strong>en 1848, Calcuta ya ofrecía las comodidades necesarias para que un europeo se sintiera más o menos a gusto.</p>
<p>Para cuando <strong>Charlotte Stuart </strong>recaló en Calcuta en 1856, año en el que su marido fue nombrado gobernador general de la India, ya se había producido un importante proceso de industrialización en la ciudad. El gobierno británico, de la mano del anterior gobernador, lord Dal­housie, se hallaba inmerso en una serie de inversiones para mejorar las comunicaciones con las obras del fe­rrocarril, la instalación del telégrafo y la apertura de una universidad a la que se sumarían otras dos en Madrás y Bombay. De manera que la India que Charlotte Stuart conoció se hallaba en plena efervescencia de cambios, y también en medio de los brotes de violencia y revueltas entre la población que crearían el caldo de cultivo para el profundo sentimiento independentista del pueblo indio. Así lo plasmó esta aristócrata en las cartas que dirigía a la reina Victoria, de la que fue ayudante de cá­mara durante trece años. Su frágil naturaleza no pudo superar la malaria que contrajo en la India y en 1861, tras morir en los brazos de su esposo, fue ente­rrada en Barrackpore (Bengala), donde su memoria ha perdurado en el nombre de un dulce local, <em>ledikeni, </em>apelativo con el que se referían a ella.</p>
<p>Un puñado de viajeras contribuyó a la mejora de las condiciones de vida en Calcuta y en otras ciudades de la India. Éste fue el caso de <strong>Mary Carpenter </strong>(1807-1877), famosa por su lucha a favor de las reformas sociales en Inglaterra y dedicada especialmente a la prevención de la delincuencia juvenil y a la mejora de las condiciones en las cárceles. Educada en la escuela fundada por su padre, donde estudió materias poco usuales para una mujer del momento, como el latín, el griego y las matemáticas, luchó toda su vida por la educación de las mu­jeres. En su caso, fue su vocación filantrópica lo que la llevó a viajar a la India en varias ocasiones para estudiar y mejorar la situación de las mujeres. Recorrió Calcuta, Madrás y Bombay, entre otras ciudades, y fundó diversas escuelas para los niños de las clases menos favorecidas y varios reformatorios para jóvenes de­lincuentes. Participó en la inauguración de la Bengal Social Science Association. Su último viaje a la India tuvo lugar en 1875, dos años antes de que muriera, no sin antes haber coronado diversos logros sociales en el país.</p>
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<p><strong>LA “VIRREINA” HARRIOT GEORGINA BLACKWOOD</strong></p>
<p>Otro ejemplo fue el de <strong>Harriet Georgina Blackwood, </strong>gran conocedora de Calcuta. A pesar de su rimbombante nombre y su no menos rimbombante cuna, esta inglesa se desenvolvió con bastante soltura por la India, país del que regresó con el valioso botín de sus diarios. Esta dama era ya una curtida viajera cuando llegó al subcontinente asiático. Había viajado a Cana­dá en 1872, donde habían destinado a su esposo como gobernador general y donde se volcó en distintas obras sociales. Luego estuvo en Rusia, donde a su marido lo nombraron embajador, y en el imperio otomano (1881- 1884), donde ella acabó siendo condecorada por su la­bor social, su humanidad y su hospitalidad tanto en San Petersburgo como en Constantinopla.</p>
<p>Harriot Georgina recaló en la India en 1884, al ser nombrado su esposo, lord Dufferin, virrey de aquella vasta colonia. Su predecesor en el cargo, lord Ripon, fue un político brillante, tocado por un aura liberal. Sus constantes reformas de protección del trabajo y libertad de prensa entre otras, así como sus intentos por evitar la discriminación judicial, lo hicieron popular entre la población india, pero acabaron propiciando su cese. En esta compleja atmósfera política aterrizaba lord Dufferin, quien enseguida advirtió que para asegurar el éxito de su gobierno se imponía la nece­sidad de conseguir el apoyo de ambas comunidades, lo que al parecer consiguió durante su mandato.</p>
<p>El primer destino del matrimonio fue Calcuta, donde poco después de llegar se pusieron manos a la obra con algunas reformas sociales. Al tiempo que su esposo atendía los asuntos políticos, Harriet Georgina se las ingenió para fundar la asociación nacional para la ayuda médica a las mujeres indias, conocida como Countess of Dufferin Fund, a la que se entregó en cuerpo y alma. Entre los objetivos de la asociación se incluía el reclutamiento y la formación de doctoras, monjas y enfermeras para mejorar la situación de las mujeres indias en lo refe­rente al tratamiento de enfermedades y al cuidado de los hijos. Con el tiempo la labor de Harriot Georgina desembocó en la creación de varios hospitales y clínicas repartidos por el país, algunos de los cuales perviven hoy con el nombre original, como el Lady Dufferin Hospital.</p>
<p>Durante el mandato de lord Dufferin se fundó el Congreso Nacional Indio y se sentaron las bases de la moderna Armada india mediante la incorporación de oficiales indios al cuerpo del servicio imperial. Además de atender a los comple­jos asuntos de Estado, propulsar reformas de mejora de la ciudad y mantener el equilibrio social en la zona, lord Dufferin sacó tiempo para ayudar a su esposa en sus proyectos altruistas y en 1888 publicó un extenso informe sobre las con­diciones de vida de las clases más pobres en Bengala conocido como el informe Dufferin. En él proponía el establecimiento de consejos centrales y provinciales con la participación de ciudadanos indios. Fruto de aquella iniciativa se creó el Acta de los Consejos Indios de 1892, que dio inicio a la política de elecciones en la India.</p>
<p>Durante un tiempo el matrimonio se estableció en Rawalpindi, en el Punjab, ciudad que tras ser conquistada por los ingleses en 1849 se convirtió en una importante base militar para la Armada británica. Allí, Harriot Georgina fue invitada de excepción de la vida palaciega, lo que reflejó en su obra <em>Our Vice­regal Life in India. </em>Sin duda fue una dama abierta al mundo y a las corrientes reformistas de la época. Fueron los destinos como la India los que socavaron los cimientos de la educación burguesa. Su huella aún perdura en algunos colegios de médicos y enfermeras de la India y en reconocimiento a su labor le fue otor­gada la Cruz de India y la Royal Order of Victoria and Albert. El propio Rud­yard Kipling haría referencia a ella en su obra <em>The Song of theWomen.</em></p>
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<p><strong>ENAMORADAS DE LA INDIA</strong></p>
<p>Muchas mujeres vivieron sus mejores y también sus peores momentos en la India. A pesar de sus primeras impresiones, algunas decidieron descubrir lo que el continente ofrecía siguiendo su propio rumbo interior y tendiendo la mano a la realidad que las rodeaba. <strong>Marianne Postans </strong>fue una de ellas. Esta dama se quedó prendada de la India en cuanto recaló en las costas de Bom­bay: <em>“El escenario que ofrece el puerto de Bombay es considerado con total justicia el más hermoso del mundo, el más sublime de cuantos hay”. </em>Entre 1834 y 1839 estuvo en el destacamento de Kutch, donde la infantería britá­nica fue enviada para apoyar la expansión en la zona. Tuvo tiempo de sobra para comprender que la vida, desde la perspectiva que ofre­cen los destinos remotos, siempre resulta interesante. Así, estudió algunos aspectos de la vida local. Estuvo en lugares como Karachi, Shikarpur, Sukkur, Thatta e Hyderabad y recorrió sus caminos en camello y a caballo, lo que le permitió entrar en contacto con sus gentes y observar su forma de vida. También surcó el río Indo en un vapor y en 1839 publicó dos libros basados en su experiencia en la India: <em>Travels, Tales, and Encounters in Sindh and Baluchistan, </em>en el cual describe estas zonas anexionadas por los británicos, sus costumbres y sus ritos legando un vívido retrato del pueblo indio, y <em>Western India in 1838, </em>en el que recoge un estudio sobre las gentes de Kutch, las mujeres y los harenes. Marianne Postans, que fue ante todo una intelectual, una artista y una observadora ob­jetiva, escribió además en diversos diarios.</p>
<p><strong>VIAJERAS EN TREN</strong></p>
<p>Se ha afirmado en alguna ocasión que la llegada del ferrocarril a la India marcó el fin de una era y el comienzo de otra y que ningún plan de unificación ha lo­grado cohesionar tanto a la India como el tren. Con el transcurso del siglo xix se dotó a la India de una compleja y eficaz red ferroviaria y esto contribuyó al nacimiento de un nuevo tipo de viajero, el turista, que dejó atrás aquellos des­plazamientos a lomos de elefantes, camellos o caballos como el que protagonizó la viajera <strong>Emily Eden </strong>en su viaje a Simla.</p>
<p>Aparte de las dificultades de los viajes por la India, se planteaba la aún más delicada cuestión del penoso, largo y peligroso viaje desde Europa hasta sus costas, pues las flotas de las diferentes potencias estaban dispuestas a disparar un certero cañonazo a cualquier barco que consideraran intruso en sus rutas comerciales. Se consideraba que el trayecto ponía en riesgo “la frágil naturaleza de la mujer” y desde 1600 hasta principios del siglo xix pocos oficiales de la Compañía de las Indias Orientales tuvieron la suerte de vivir en la India con sus esposas o familiares. Por fortuna, las cosas cambiaron con la inauguración, en 1869, del Canal de Suez, que con sus 160 kilómetros de longitud reducía casi a la mitad la duración del viaje entre Inglaterra y la India. Otro factor que contri­buyó a hacer más llevadera la travesía fue la aparición del barco de vapor.</p>
<p>Antes de que ambos acontecimientos mejoraran las comunicaciones, el único me­dio para acceder a aquella gran colonia era el barco de vela. Sin embargo, siempre hubo viajeros dispuestos a evitar los mareos y las molestias propias de un viaje por mar eligiendo la única vía alternativa: el viaje por tierra. <strong>Anne Catherine Elwo­od </strong>es considerada la primera mujer que viajó a la India por vía terrestre, atrave­sando Egipto y el mar Rojo. En <em>The First Lady on the Overland Route </em>escribió:<em>“Creo poder afirmar que soy la única mujer que viaja por tierra, o al menos que sigue la ruta que seguí hasta la India, y probablemente el mío fue el primer diario escrito por una inglesa en el desierto de Tebas, rumbo al mar Rojo. Presencié ritos de iniciación a la peregrinación mahometana, festividades hindúes, ascendí las pirámides, penetré en la tumba del rey Sesos-tris, exploré las cuevas de Elefanta,</em><em>me expuse al Siroco, a los monzones y al calor tropical, navegué en embarcaciones egipcias, árabes e indias. Viajé en palanquín, pernocté en tiendas de adobe, cara­vasares y visité lugares nunca vistos por otras mujeres”.</em></p>
<p>Esta inglesa, que acompañó a su esposo, el lugarteniente coronel Elwood, a la India en 1825, permaneció allí por espacio de tres años y, como tantas viajeras, volcó sus experiencias en papel: <em>Narrative of a Journey Overland from England, by the Continent of Europe, Egypt, and the Red Sea, to India (1830).</em></p>
<p>Los peligros e incomodidades de tales viajes no lograron detener el flu­jo de damas decididas a seguir a sus maridos a la India. El choque cultural y emocional que suponía ese destino resultó para muchas una experiencia enriquecedora.<em>“Han transcurrido cinco semanas desde que desembarcamos y parecen cinco años. Tal ha sido el cúmulo de nuevas experiencias vividas en este corto tiempo. ¡El viaje desde Bombay llevó cuatro días! ¡Y tú que consideras doce horas en el tren a Londres algo increíble…!”, </em>escribió en su obra <em>Letters from India </em>lady Anne Wilson, esposa de un miembro del servicio civil en la India, que vivió allí, principalmente en el Pun­jab, entre 1889 y 1909. Esta gran dama también se interesó por la cultura local, la música y las complejas relaciones en­tre los británicos y la población india.</p>
<p><strong>EN PRIMERA LÍNEA DE FUEGO</strong></p>
<p>Hubo viajeras que eligieron el campo de batalla como escenario de sus aficiones y aventuras. Una de ellas fue la suiza <strong>Eli­zabeth Butler. </strong>Su matrimonio con el mayor William Butler supuso un impor­tante revulsivo en su carrera de pintora al permitirle viajar durante sus campa­ñas militares y plasmar lo que vio tanto en Egipto como en Suráfrica. Otra dama que acompañó a su esposo en las distin­tas campañas que lideró fue <strong>Marianne Postans. </strong>Casada con el lugarteniente Thomas Postans de la Bombay Native Infantry, lo acompañó en el destacamen­to de Kutch desde 1834 a 1839, donde la infantería británica fue enviada para apoyar la expansión inglesa en la zona.</p>
<p>Existe una imagen que tomó un famoso fotógrafo victoriano llamado Roger Fenton en la que aparece una dama a caballo con un sombrero de ala ancha y un largo y pesado vestido oscuro. Frente a ella un hombre corpulento, con bar­ba y provisto de una larga chaqueta forrada de lana y una gorra de visera, la con­templa como si examinara su postura sobre el corcel. A juzgar por las sombras que proyectan, la imagen debió de tomarse en las horas del mediodía, bajo un sol abrasador y en un paisaje yermo, desprovisto del alivio de cualquier vegeta­ción.</p>
<p>La amazona no es otra que <strong>Frances Isabella Duberly </strong>(1829-1903), más conocida como la heroína de Crimea, famosa por participar en primera línea de fuego en las diversas campañas comandadas por el hombre que la contempla, su esposo. Descrita por sus contemporáneos como una espléndida amazona, una dama ingeniosa, audaz, llena de vida, locuaz y sociable, Fanny Duberly pertenece a esa saga de damas de costumbres nómadas y de difícil clasificación. No responde a ninguno de los estereotipos tan habituales en las viajeras victo­rianas. Lejos de un afán de conocer mundo, la motivación que impulsó a esta aristócrata inglesa a desplazarse continuamente fue el deseo de no separarse de su esposo, un destacado militar de la época, aunque eso implicara compartir la dura vida de las campañas.</p>
<p>Se estrenó en el combate en 1845, cuando siguió a su marido a Crimea. Partici­pó en las reuniones en que se decidieron estrategias y objetivos militares y fue testigo de excepción de las contiendas, quedándose muchas veces muy cerca de las posiciones enemigas en la que se consideró la primera guerra moderna. A pesar de su peculiar vida aventurera, poco apropiada para una dama victoriana, Fanny Duberly supo ganarse el afecto y el respeto de las tropas y los soldados apreciaron su valor, su dedicación incondicional a su esposo y su capacidad de adaptación a las difíciles condiciones de vida de un regimiento en comba­te. Ya había empezado a gustarle esta vida sembrada de peligros y emoción, cuando en 1856 su esposo fue destinado a la India con el octavo regimiento de los Royal Irish Hussars. Ya estaba curtida en el día a día de un destacamento militar, así que no se lo pensó dos veces y lo acompañó de nuevo. Participó en las campañas durante la revuelta de los cipayos y se mantuvo firme a la hora de acompañar a las tropas en el combate: <em>“Me manchaba el rostro y las manos, me ponía un caftán y un turbante hindú y procuraba mantenerme en guardia”. </em>Su obra<em>Campaigning Experiences in Rajpootana and Central India during the Suppression of the Mutiny, </em>en la que relató sus experiencias durante la campaña emprendida contra los cipayos en la que recorrieron 2.000 millas, fue todo un éxito de ventas en la época.</p>
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<p><strong>LAS PINTORAS DE LA INDIA</strong></p>
<p>La India y Australia fueron los destinos en los que, por su presencia colonial, los ingleses llevaron a cabo una actividad más vasta y prolongada como pintores via­jeros. Más de sesenta pintores ingleses estuvieron en la India entre 1769 y 1820 y muchos de ellos publicaron a su regreso sus acuarelas y dibujos. En este con­texto pictórico un puñado de damas victorianas salieron también a explorar el mundo cargadas con sus pinceles. Una de las colecciones de pinturas de viajes más famosas de la época fue el resultado del trabajo de la viajera <strong>Fanny Parks </strong>(1794-1875), que anduvo por la India entre 1822 y 1845.</p>
<p>No se sabe a ciencia cierta quién se enamoró antes, si Fanny Parks de la India o la India de Fanny Parks. Lo que sí se sabe es que fue uno de esos amores sólidos y duraderos. Un amor correspondido, deberíamos decir, pues compar­tieron veinticuatro años de convivencia. A poco de desembarcar en las costas de la India acompañando a su esposo, un escritor contratado por la Compañía de las Indias Orientales, Fanny Parks quedó cautivada por lo que vio. Esta viajera fumadora de cigarros que llegó a dominar el urdu y el indostaní y era una gran aficionada a tocar el <em>sitar, </em>vivió la India conforme al axioma de que la libertad purifica y fortalece el corazón. Habría podido vivir aquella experiencia como cualquier esposa de un funcionario colonial, sin embargo se puso en manos del escenario que la rodeaba y el resto fue cuestión de tiempo. Leer su obra ayuda a imaginar lo que debió de ser la India colonial en todo su apogeo: <em>“Nos dijeron que allí había cerca de once mil personas en el campo, así como elefantes e innu­merables camellos, que, sumados al cuerpo de guardia del gobernador general, la artillería y la infantería, debían de formar una inmensa multitud. Se decía que la marcha de su señoría a lo largo del país le costaba al gobierno setenta mil rupias mensuales”.</em></p>
<p>Contemplar sus acuarelas equivale a realizar un viaje en el tiempo, pues entre pincelada y pincelada Fanny Parks plasmó sus gentes y costumbres, las montañas de Simla, las calles de Delhi, los encantadores de serpientes, los templos de Benarés y hasta el clavo y la canela de los mer­cados de Allahabad. Su obra conforma un calidoscopio re­bosante de historias en las que revivir las voces, sonidos, palacios y rostros que le inspiraron. El diario de cuanto vio y vivió, recogido en la obra <em>Wandering sofa Pilgrim in Search of the Picturesque, </em>está ilustrado con sus acuarelas y se cierra con el broche de una colección de hermosos</p>
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<p><strong>EMILY EDEN Y LOS HARENES</strong></p>
<p>La compleja red de intereses económicos o la sofisticada trama de la diplomacia bri­tánica en la India fueron cuestiones pensa­das y protagonizadas por el hombre, pero hubo escenarios reservados exclusivamen­te a la mujer, como fue el caso de los hare­nes o <em>zenanas. </em>Las visitas a estos recintos llegaron a ser un ingrediente habitual en la agenda de las viajeras británicas, aun­que, para ser sinceros, estuvieron siempre presididas por los saludos protocolarios y la ayuda de un intérprete. Una de las que visitó con frecuencia a las princesas indias fue <strong>Emily Eden. </strong>El espectáculo de las ca­ravanas, las dunas del desierto de Thar, las ruinas palaciegas, las procesiones a orillas del río Indo…, atrajeron a un puñado de europeas, pero la aventura de recorrer el país requería no pocas dosis de arrojo y gran capacidad de adaptación. En su peregrinaje hacia las provincias del norte Emily Eden escribió:</p>
<p><em>Dentro de cada tienda estaban nuestras camas, donde también metieron nuestro equipaje y las sillas de los camellos. Al cabo de un rato vinieron para decirnos que debíamos volver a sacarlo todo y dejarlo cerca del centinela, ya que nada es­tá a salvo en las tiendas con los dacoits (bandidos de la India). La lona no dejaba de ondear y de noche hacía mucho frío. Aunque dicen que todo el mundo em­pieza odiando las tiendas pero acaba amándolas, debo confesar que me decanto más por una casa.</em></p>
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<p>En 1837 recalaba en Calcuta esta otra viajera aficionada también al noble arte de la pintura. Escritora, novelista y pintora, difundió una nueva visión de la India. Los elementos de la escenografía en la que se desarrolla el acto protago­nizado por esta viajera no pueden ser más propios de aquel momento histórico: los intereses británicos en Asia central y Afganistán; un emisario, George Eden, hermano de Emily Eden y gobernador general de la India entre 1836 y 1842; una misión, viajar a Simla para firmar con el maharajá de turno un pacto contra los intereses de Rusia en la zona y como telón de fondo el viaje de Calcuta a Simla, con una comitiva de 15.000 personas que incluían los sirvientes y las tro­pas, además de elefantes, camellos, caballos y mulas.</p>
<p>En medio de aquel escenario podemos imaginar la mirada de Emily Eden, con su diario y sus pinceles, registrando cuanto veía. <em>“Los detalles de un viaje así, pintoresco al mismo tiempo en sus espléndidas multitudes y en su bárbaro esplendor, resultaron divertidos. Se han producido muchos cambios en el modo de viajar por la India y el contraste entre las incomodidades y la grandeza des­aparecerá pronto de los trayectos para no volver a verse en toda su magnitud”, </em>escribió ella. En su caso aquel viaje pasó de ser una mera distracción, un pretex­to pictórico, a ser el reflejo de cómo veía la India. Valles y montañas, desiertos, templos, días de pegajoso sol, aguaceros en el monzón, los paisajes alpinos del norte, mujeres vestidas con vivos colores, hombres, niños, camellos, humildes viviendas…, nada escapó a sus pinceles ni a su pluma, ni siquiera cuando hubo que censurar la política colonial inglesa: <em>“Uno no puede evitar sentir que para nosotros, los horribles ingleses, ha sido llegar y besar el santo, comerciando con todo, sacando provecho de todo, haciendo un expolio con todo”.</em></p>
<p>A su regresó publicó la obra <em>Up the Country </em>y su colección de acuarelas encua­dernadas con el título <em>Princes and People of India. </em>Fue autora también de dos novelas, <em>The Semi-detached House </em>(1859) y <em>The Semi-attached Couple </em>(1860), consideradas un fiel retrato de la vida en la India a principios del siglo XIX. Observadora de la vida, sin duda el legado pictórico y literario de Emily Eden proyecta una luz sobre la India colonial que para muchos pasó desapercibida.</p>
<p><strong>CON SED DE AVENTURAS</strong></p>
<p><strong>Nina Mazuchelli, </strong>al igual que <strong>Fanny Bullock Workman </strong>o <strong>Alexandra Da­vid-Néel, </strong>eligió el Himalaya para experimentar la belleza de las alturas. Nacida en Inglaterra en 1832, Elizabeth Sarah Mazuchelli, familiarmente conocida co­mo Nina, vivió cerca de veinte años en la India y fue la primera mujer europea que exploró las estribaciones orientales del Himalaya. En 1858 acompañó a su marido a la India, donde había sido destinado por el gobierno británico como capellán castrense. En 1869 los enviaron a Darjeeling, cerca de la frontera india con Nepal, y durante los siguientes tres años realizaron numerosos viajes por la región del Himalaya. En 1872 el matrimonio realizó una travesía de dos meses por la cordillera acompañado de ochenta sirvientes, cubriendo una distancia de casi 1.000 kilómetros. La expedición se complicó, pues cayeron enfermos a cau­sa de la altitud (llegaron a alcanzar los 6.000 metros), se perdieron y se queda­ron prácticamente sin provisiones. Sin embargo lograron sobrevivir y regresaron a Inglaterra en 1875. Nina Mazuchelli describió sus experiencias viajeras en la obra <em>The Indian Alps and How We Crossed Them, </em>un relato sobre sus dos años de residencia en el Himalaya publicado bajo el seudónimo <em>A Lady Pioneer. </em>Más adelante continuaría sus aventuras montañeras en Euro­pa y las recogería en la obra <em>Magyar Land </em>(1881). Murió en 1914.</p>
<p><strong>ELIZA SCIDMORE, FOTÓGRAFA Y GEÓGRAFA</strong></p>
<p>Escritora, fotógrafa y geógrafa, <strong>Eliza Scidmore </strong>nació en Wisconsin y ya era una experimentada viajera cuan­do llegó a la India. Había visitado en varias ocasiones Japón con el pretexto de ver a su hermano diplomático, destinado en el Lejano Oriente entre 1884 y 1929. Esta dama de instintos migratorios también se había curtido en las frías regiones de Alaska y había viajado a Java, así como a la remota China, de manera que cuan­do en 1902 recaló en la India la experiencia no le resultó tan chocante como a otras viajeras de la época. Eliza aportó en su obra <em>Winter India </em>una interesante perspectiva del país y del complejo entramado político que mantenía en pie los intereses británicos. A su regreso a los Estados Unidos fue la primera mujer ad­mitida como miembro en la National Geographic Society de Washington.</p>
<p>Incapaz de estar ociosa, siguió deambulando por diversas partes del globo; re­gresaría por ejemplo a Japón durante la guerra ruso-japonesa y continuó escri­biendo novelas y publicando artículos para diversos medios hasta que la muerte la sorprendió a los 72 años. A esta prolífica mujer se deben también los numero­sos cerezos japoneses plantados en Washington. ●</p>
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<p><em>Pilar Tejera es creadora de www.mujeresviajeras.com y autora de “Viajeras de leyenda” (Casiopea 2011).</em></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/pasajeras-a-la-india/">Pasajeras a la India</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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