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	<title>Boletín 45 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 45 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>El Templo de millones de años</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:35:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 45]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Arqueólogos, epigrafistas, egiptólogos, restauradores y especialistas en momias, criban desde hace más de cinco años la arena del desierto en la orilla Oeste del Nilo, en plena necrópolis tebana, muy cerca del Valle de los Reyes, para rescatar del olvido del tiempo el templo funerario del que fue el faraón más grande de Egipto, Tutmosis III. La responsable de la excavación, la doctora Myriam Seco, ha contado a la Sociedad Geográfica Española los descubrimientos y objetivos de este proyecto, uno de los más importantes surgidos de la colaboración hispano-egipcia.</strong></p>
<p>“Hay que imaginarse todo esto imponente, con los muros encalados, los estandartes flameando, el templo construido en tres terrazas a diferentes niveles, la rampa principal en el centro para acceder a un pórtico formado por diez pilares con estatuas del faraón”. Los ojos de Myriam Seco brillan cuando contemplan el pasado del templo que hace cinco años comenzó a excavar en la orilla sagrada del Nilo, al Oeste de Luxor, en la antigua necrópolis de Tebas. “Aquí trabajaron los mejores artesanos de la época.</p>
<p>No se escatimaron gastos. Hemos descubierto que incluso se plantaron árboles para dar sombra. ¡En pleno desierto! ¡Nosotros volveremos a plantarlos!”. La egiptóloga abarca con su mirada los más de trece mil metros cuadrados del yacimiento del que es “la Mudira”, la jefa. Un rompecabezas con miles de piezas en el que 130 obreros criban el polvo milenario para rescatar del olvido el monumento funerario que Tutmosis III ordenó construir, hace 3.500 años, para que su recuerdo como dios divinizado, perdurase “Estamos desenterrando las ruinas del templo de Millones de Años que era como lo llamaban, de uno de los faraones más importantes de toda la historia de Egipto, trayéndolo de nuevo a la vida.</p>
<p>Y esto es algo que me apasiona”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA MUDIRA</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pasión, entusiasmo y vocación son el motor interior que mueve a esta sevillana por la vida. Es lo que la llevó a su aventura egipcia y a su decisión de quedarse a vivir en El Cairo cuando, tras su estancia de tres años en la Universidad Alemana de Tübingen para estudiar egiptología, vio que se le cerraban todas las puertas en España. Así llegó a un país cuya cultura amaba desde niña y que había estudiado a fondo pero de cuya realidad no tenía entonces ni idea. ahora sí. Incluso habla el árabe como un nativo. <em>“No sabes lo importante que es para que te respeten, para negociar con los egipcios, para alcanzar mi sueño”, </em>confiesa. Hace ya diecisiete años que dio ese paso. Empezó trabajando en diferentes misiones arqueológicas con equipos internacionales que la ayudaron a forjar su carácter y experiencia. aprendió a americanos y arqueología subacuática con los franceses. Y llegó el momento de desarrollar su propio proyecto. Un templo enterrado en el desierto llevaba miles de años esperándola.</p>
<p><strong>EL TEMPLO DE MILLONES DE AÑOS</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“<em>Ahora sabemos </em>— explica la arqueóloga- <em>que los templos funerarios egipcios eran mucho más que eso. Se desarrollaban en ellos muchas otras actividades, ritos que tenían que ver con la continuidad del faraón en la otra vida y su divinización”.</em></p>
<p>actualmente quedan importantes vestigios de estos templos, como el de amenofis iii, con los imponentes colosos o el de ramsés ii, conocido como el ramesseum que es el que se encuentra en mejor estado de conservación. El templo de Millones de años de Tutmosis iii, destinado a loar la figura del dios amón-ra y a preservar la memoria del faraón, sufrió graves deterioros con el paso del tiempo. El desierto borró su configuración que quedó reducida al pilono de entrada y a unos muros de adobe altamente degradados. además la construcción de una carretera por encima de uno de los patios separó ese pilono del resto del conjunto arquitectónico.</p>
<p>Ese extremo deterioro de lo que había sido un gran templo no hacía especialmente atractiva su intervención arqueológica. cuando en el XiX se empezaron a explorar los restos faraónicos, la mayor parte de los estudiosos se interesaron por aquellas construcciones que estaban mejor conservadas y se olvidaron de este lugar. El templo fue excavado durante un mes por Weigall, rival de carter, en 1907 y luego, en los años treinta, por el suizo Herbert ricke, que, como arquitecto, estaba interesado en dilucidar la planta, pero nunca en toda su extensión.</p>
<p>Desde entonces nada. “<em>Pero esta edificación de Tutmosis III </em>– me comenta la egiptóloga- <em>es el único templo funerario de los que están en la orilla oriental de la antigua Tebas cavado en la montaña y construido en distintas terrazas, como Deir el Bahari”.</em></p>
<p>Además éste era el templo funerario de Tutmosis III, uno de los mayores faraones de la historia. El Napoleón de Egipto, como le han bautizado. El rey que en el S.XV a. C. forjó el imperio egipcio desde Siria hasta Sudán y que no perdió ninguna batalla. El guerrero que se hacía acompañar de un escriba para dejar constancia de sus hazañas pero también el hombre compasivo que no mataba a los reyes vencidos, organizador de expediciones de las que hacía traer especies exóticas para sus jardines y zoos. El rey culto. Una personalidad multifacética que iba como un guante con la de Myriam Seco.</p>
<p>La arqueóloga pidió la concesión a través de la Academia de Bellas Artes de Sevilla. El respaldo de la Embajada de España en El Cairo impulsó el sueño y el Servicio de Antigüedades de Egipto dio el visto bueno. En 2008 se hincó la primera palada en el inmenso arenero que a nadie llamaba la atención. El objetivo de aquella temporada inicial era limpiar los escombros pero nada más comenzar se descubrió la primera maravilla: los arqueólogos del pasado habían creado puntos de almacenamiento de los que ya no quedaban referencias escritas.</p>
<p>Allí habían depositado centenares de bloques que conservaban fragmentos de relieves e inscripciones en caliza y arenisca que todavía se están estudiando.</p>
<p>Esto supuso un gran despegue para el proyecto que desde entonces, no ha parado de crecer en cuanto a posibilidades académicas, arqueológicas y científicas, hasta convertirse en una referencia a escala internacional.</p>
<p><strong>LA EXCAVACIÓN: UNA NECRÓPOLIS BAJO LOS CIMIENTOS</strong></p>
<p>Lo que se ha hecho desde entonces es asombroso. En cinco campañas el monumento empieza a recuperar sus formas. En el enorme erial asoma ya la estructura.</p>
<p>Se puede observar la separación en terrazas y se han descubierto miles de fragmentos de relieves e inscripciones en caliza y arenisca, así como partes de estelas y estatuas que aportan nueva información religiosa, cultural e histórica sobre aquella época. También se ha encontrado una inmensa cantidad de cerámica, materiales que se están investigando.</p>
<p>Los arqueólogos han sacado a la luz un pilono de la entrada del que se conserva una parte importante. “<em>Es una de las grandes atracciones del templo</em>”, recalca Myriam Seco. “<em>Es excepcional que se conserven pilonos de adobe como este de la 18ª Dinastía”.</em></p>
<p>Tras la entrada, se accedía por una rampa a un primer patio, otra rampa llevaba a un pórtico con pilares y estatuas osiríacas del faraón, y de ahí se accedía al patio cubierto con columnas y a la sala hipóstila. Al fondo estaba el santuario, con las capillas dedicadas a la barca de Amón, a Ra Horajti y al difunto faraón. Una de las capillas era abovedada.</p>
<p>Un muro imponente, con diez metros de altura, rodeaba el templo. Además de excavarlo se está reconstruyendo con adobes que se hacen junto al yacimiento como hace 3.500 años, con la misma tierra y paja. Solo para este muro se calcula que se utilizaron diez millones de adobes. Hay partes conservadas incluso con su encalado original, gracias a que un terremoto las derrumbó y han aparecido así, congeladas en el tiempo. Esto ha permitido a los científicos determinar la manera de trabajar de los constructores que para poder cobrar dejaban en los ladrillos la marca del adobero. Diferentes marcas hechas con los dedos de las que ya se han encontrado más de veinte.</p>
<p>Por si no fuera suficientemente satisfactorio trabajar en un lugar como éste, el equipo ha tenido otro regalo excepcional: la necrópolis sobre la que fue construido el templo. Ya han sido descubiertos numerosos pozos funerarios de ocho, diez o doce metros de profundidad. Nos cuenta la arqueóloga que “<em>algunas de la tumbas encontradas estaban vacías; otras muy deterioradas; una presentaba un enterramiento humilde pero en el transcurso de la última campaña han sido excavados pozos que conservaban algunos materiales de los que, con toda probabilidad, la egiptología hablará en el futuro</em>”. Myriam no puede dar más detalles. “<em>La emociónde abrir una cámara sellada y ver a quien ha pertenecido es uno de los momentos más especiales que he vivido”, </em>afirma. “<em>Me encanta este yacimiento, es como tener dos concesiones, el templo del Imperio Nuevo arriba y las tumbas del Segundo Periodo Intermedio debajo. Esto aumenta su riqueza y amplía las posibilidades de futuros descubrimientos”. “¡Me gustan mucho las tumbas!”-</em>exclama.</p>
<p><strong>UNA ESCUELA BAJO LA MONTAÑA SAGRADA</strong></p>
<p>El templo está en una zona privilegiada de la antigua Tebas: a su derecha, mirando al nilo, el ramesseum, el templo de ramsés; a su izquierda, la entrada a Deir el bahari, el Templo de Hatshepsut, la madrastra-tía de Tutmosis III y primera mujer faraón; detrás, la montaña sagrada con el pico en forma de pirámide, el Qurn por el que se pone el sol y que oculta el Valle de los reyes.</p>
<p>Un espacio inimaginable para la escuela de campo, el <em>field school</em>, que se ha abierto en el yacimiento tras el acuerdo firmado entre el servicio de antigüedades de Egipto y la Universidad de Granada. Esta cooperación, posible gracias a la financiación del banco de santander, es una novedad en una excavación española en ese país. Estudiantes de Granada pueden hacer sus prácticas en el yacimiento y profesores de la Universidad van a dar cursos en Luxor a inspectores egipcios que pueden completar esta formación con otros cursos de especialización en la propia universidad granadina.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LOS SUEÑOS POSIBLES</strong></p>
<p>Visitar la excavación en plena temporada de trabajo es meterse en rompecabezas de fragmentos arquitectónicos, trozos de caliza y arenisca, columnas o estatuas, bajorrelieves e inscripciones, dioses mutilados, ojos pintados, jeroglíficos que un equipo multidisciplinar de más de treinta expertos, la mayoría españoles, trata de recomponer con infinita paciencia. Las campañas, financiadas por cEPsa hasta 2012, por la Fundación botín y por cemex, se desarrollan entre mediados de septiembre y finales de diciembre. <em>”Y este año pasamos la Navidad allí”, </em>comenta Myriam seco.</p>
<p><em>”Hay muchísimo trabajo”.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es imposible calcular cuántos años tardará en finalizarse este proyecto. además de rescatar y restaurar el templo la egiptóloga sueña con transformarlo en un museo. “<em>Nopodemos convertirlo en Karnak, remontarlo,-</em>nos dice- <em>pero sí poner en valor el yacimiento, hacerlo visitable y exponer in situ todo lo que hay de interés; tenemos relieves de una gran belleza, y las tumbas</em>”. a pesar de todas las aventuras vividas nos confiesa que su gran día está todavía por llegar. “<em>Egipto siempre te da sorpresas. Tumbas con ajuar intacto. Quizá un escondite con estatuas.</em></p>
<p><em>Inscripciones que aclaren aspectos del reinado de Tutmosis, su relación con su poderosa tía Hatshepsut, sus campañas, asuntos internos. Nunca imaginé que el templo iba a darnos tantas alegrías. Nos esperan muchos años de trabajo. ¡Piensa en todo lo que puede aparecer!”.</em></p>
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		<title>Los misioneros que cartografiaron el mundo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:34:41 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Evangelización, Educación e investigación La Compañía de Jesús fue fundada en 1540 por el español Ignacio de Loyola; su actividad misionera se extendió a las colonias españolas de América, al [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Evangelización, Educación e investigación</strong></p>
<p>La Compañía de Jesús fue fundada en 1540 por el español Ignacio de Loyola; su actividad misionera se extendió a las colonias españolas de América, al imperio comercial portugués en Asia y Brasil y a las posesiones francesas en Canadá. Por obvias razones cronológicas, los jesuitas no figuraron entre las primeras órdenes religiosas que participaron en la evangelización, pero llegaron en un momento en el cual la denuncia contra la colonización violenta ya había sido pronunciada por Bartolomé de Las Casas. Entre las demás órdenes religiosas la Orden se distinguió por un especial interés por la enseñanza, como lo demuestra que en 1750 regían 500 colegios y universidades en Europa, 100 en Hispanoamérica y 270 por el resto del mundo.</p>
<p>Según Ricardo García Cárcel los jesuitas han sido reformadores sospechosos para la Inquisición, intrépidos evangelizadores, promotores de utopías en Paraguay, agentes universales del papismo, confesores de príncipes, y educadores de elites.</p>
<p>En el terreno científico sus integrantes hicieron significativas contribuciones en el campo de la astronomía, cartografía, historia natural, etnografía, botánica y medicina. La tradición científica de los jesuitas en las colonias no fue un accidente sino su razón de ser; más bien fue el resultado de sus estructuras institucionales, misionales, de estrategias y de proselitismo.</p>
<p>La estrecha dependencia de los jesuitas respecto de la Santa Sede y su relativa independencia de los gobernantes de los países donde se implantó la Orden la asimilan a una empresa multinacional sin lazos especiales con ninguna nación.</p>
<p>Por estas razones la Compañía operaba en muchos más territorios que cualquier otro imperio del momento.</p>
<p>De acuerdo a sus nacionalidades, los misioneros jesuitas se distribuyeron en las distintas posesiones de las potencias europeas, y algunas ciudades como Madrid, Lisboa, Sevilla, Paris y Viena, además de Roma, funcionaban, a veces simultáneamente, como metrópoli.</p>
<p>La Compañía tenía un control único sobre sus misiones, colegios y universidades, y en la publicación de los escritos de sus miembros. Los jesuitas no eran una nación ni un poder colonial aunque lo ejercieron en las colonias; tampoco una sociedad científica aunque sus miembros, entrenados en matemáticas y otras materias fueron enviados por Roma para procurar información científica.</p>
<p>La información, requerida desde Roma, sobre la cosmografía de tierras lejanas responde a la curiosidad, reconocida por el mismo San Ignacio, y por las ventajas de poseer y gestionar el conocimiento. Estas informaciones en forma de cartas se enviaban anualmente a Roma (cartas annuas), y fueron publicadas por primera vez en Francia con el título de Lettres edifiantes et curieuses, ecrites des missions etrangéres, par quelques missionaires de la Compagnie de Jesus, 34 vols.3 Las imágenes verbales que contenían estas relaciones dejaron su huella en la mayoría de los mapas europeos realizados durante el período de trabajo misionero, especialmente en Asia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA CARTOGRAFÍA DE LOS JESUÍTAS</strong></p>
<p>Queremos en este artículo exponer someramente los trabajos cartográficos que realizaron los jesuitas durante los años en que la Compañía estuvo activa hasta su expulsión de Portugal en 1759, de Francia y España en 1764 y 1767 respectivamente; y por último en todo el mundo en 1773. Por la falta de espacio nos detendremos casi exclusivamente en los cartógrafos más representativos y en los mapas por los que son conocidos.</p>
<p>Teniendo en cuenta los lugares donde levantaron cartografía, su trabajo lleva implícito un componente importante de exploración y descubrimiento, y algunos, como Marquette, Kino, Consag, Fritz, Quiroga y Román hicieron importantes descubrimientos geográficos que plasmaron en sus mapas y diarios que enviaban a Roma, donde se encuentran muchos de ellos. Otros, que hicieron descubrimientos, no realizaron mapas directamente pero sus trabajos están reflejados en mapas de otros jesuitas de la misma época.</p>
<p>Para la elaboración de sus mapas contaron con la información de los indígenas sobre los que ejercían su labor misional, y el conocimiento de sus lenguas. No dispusieron en muchos casos del suficiente aparato técnico y científico para el levantamiento de los mapas, ya que astronómicamente hablando, sólo nos encontramos con los trabajos del jesuita Bartolomé Suarez y José Quiroga que hicieron trabajos de campo y mediciones astronómicas en el Río de Plata. En sus mapas se basaron los cartógrafos europeos de los siglos XVII y XVIII que nunca pusieron sus pies en aquellas zonas para hacer los suyos.</p>
<p>Nos referimos a D’Anville, De Lisle, Bellin, Sanson, Tomás López, Bowen, Cruz Cano, etc.</p>
<p>A mediados del siglo XVIII los únicos mapas del interior de América del Sur con los que contaron los demarcadores españoles en el interior de América del Sur eran los de los jesuitas. También la expedición Malaspina se benefició de los mapas jesuitas que se guardaban en los archivos virreinales.</p>
<p><strong>LOS MAPAS DE ESPAÑA</strong></p>
<p>En lo referente a mapas de España, los jesuitas Carlos Martínez y Claudio de la Vega, profesores del Colegio Imperial de Madrid, recibieron el encargo del ministro, marqués de la Ensenada, de levantar un mapa de España mediante determinaciones geométricas para utilizarlo en una mejor administración del territorio. Se dedicaron a ello desde 1736 hasta 1743, pero el mapa, compuesto de 36 hojas unidas que mide 225 x 228 cm, quedó inacabado no sabemos por qué razones, aunque es posible que este proyecto se solapara con el presentado por Jorge Juan a su vuelta de la expedición de la medición del meridiano dirigida por La Condamine.</p>
<p>El mapa abarca el territorio español exceptuando Galicia, Asturias, León, Castilla la Vieja (menos Ávila y Logroño), Baleares y Canarias- Aunque incompleto, es el mapa de España más perfecto realizado hasta esa fecha. Fue consultado por el geógrafo español Tomás López para muchos de sus trabajos cartográficos y actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>KRUSINSKI Y EL MAPA DE PERSIA</strong></p>
<p>Una de las fuentes del mapa de Guillermo Delisle, Carte des Pays Voisins de la Mer Caspienne de 1723 es con mucha seguridad el jesuita polaco Judas Tadeo Krusin´ski, que fue Fiscal General de la misión de la Compañía en Persia. Su Historia de Persia disfrutó de una gran reputación y fue la base de muchas relaciones contemporáneas que trataban de ese país. Krusin´ski dejó Persia en 1725 y los siguientes cuatro años los pasó en Estambul. El cartógrafo francés lo cita como Crusius en la cartela inserta en el propio mapa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CANADÁ: MARQUETTE Y EL MISISSIPPI</strong></p>
<p>Louis Jolliet, un explorador francocanadiense, y el misionero jesuita Jacques Marquette (1637-1675) fueron en 1673 los primeros europeos en explorar y levantar mapas del curso alto del Misissippi, desde el territorio del actual Canadá. El curso sur del gran río ya había sido explorado por los españoles de la expedición de Hernando de Soto un siglo antes.</p>
<p>El 8 de diciembre de 1672, iniciaron la exploración desde los lagos Hurón, Superior y Míchigan; el jesuita Jacques Marquette conocía varias lenguas de las tribus indígenas de la región y posiblemente tenía conocimientos cartográficos. Después de explorar el río Fox y el Wisconsin, siguieron por el río Mississippi aguas abajo hasta la frontera actual de los estados de Arkansas y Luisiana. Después de haber recorrido casi 2.000 km, aún faltaban 1.100 km para llegar a la desembocadura en el golfo de México, en territorio dominado por los españoles. Los mapas originales y el diario del padre Marquette se guardan en un archivo jesuita de Montreal.</p>
<p><strong>LA CARTOGRAFÍA DE NUEVA ESPAÑA</strong></p>
<p>Las misiones de los jesuitas en el virreinato de Nueva España, actual Méjico, se ubicaron en las Provincias Internas como se llamaba entonces al territorio de California, Nuevo Méjico, Arizona, Sonora y Texas.</p>
<p>Por Real Cédula de 1699 se permitió a sus misiones de la Baja California y de las Provincias Internas gestionar su labor de evangelización bajo su total control y a sus expensas, para lo que utilizaron los fondos Píos y además, y esto es lo más sorprendente, tenían el poder de mandar y contratar soldados y otros asuntos militares.</p>
<p>A finales del siglo XVII fue el padre Kino junto con sus compañeros jesuitas quienes organizaron la defensa de las misiones. Solamente las conquistas se debían hacer en nombre del rey y bajo los auspicios del virrey. Esto se había hecho ya en las reducciones de Paraguay con notable éxito.</p>
<p>Alrededor de 1683, el jesuita croata Juan María Ratkay dibujó un mapa del territorio de los indios Tarahumara en el actual estado de Chihuahua, Méjico donde se señalan las misiones principales de los jesuitas.</p>
<p>Pero en esta zona es relevante el trabajo del jesuita austriaco Eusebio Francisco Kühn españolizado Kino (1637-1675), que llegó a Méjico en 1681. Cuatro años después Kino participó como cosmógrafo del rey Carlos II en la expedición de Atondo a California y plasmó la ruta seguida y las misiones y asentamientos existentes en la Nueva España en la Tabula Californiae ex autoptica observatione delineata a R. P. Eusebio Chino S. J., 1685.</p>
<p>Otro mapa importante es Teatro de los trabajos apostolicos de la Compañía de Jesus en la America septentrional, de 1696, que parece que fue preparado para ilustrar el libro de Kino sobre el martirio del padre Saeta y fue copiado y publicado por Nicolás De Fer en París en 1703. Aunque Hernán Cortés ya había señalado que California era una lengua de tierra unida al continente, a principios de 1600 se pensaba, basándose en especulaciones y fábulas, que California era la isla más grande en el mundo conocido.</p>
<p>Esta idea estaba tan extendida que durante casi dos siglos, cientos de mapas se publicaron representando a California separada de la tierra firme.</p>
<p>Un ejemplo de este tipo de mapas es el que John Ogilvie, distribuyó en Inglaterra alrededor de 1680; en él encontramos la costa occidental de Norteamérica rodeada de una gran masa de agua, y el fabuloso estrecho de Anián, a través del cual se llegaba a la isla de California.</p>
<p>La idea persistió porque era casi imposible explorar el golfo de California por mar o por tierra atravesando el desierto de Sonora. Desde la Misión de San Xavier de Bac y después de numerosos viajes, el padre Kino determinó que California estaba conectada con el continente en la desembocadura del río Colorado y escribió en sus informes “California no es isla”. Su descubrimiento fue muy importante porque, a partir de entonces, la ruta terrestre podría conectar las misiones de la Pimería Alta del Padre Kino con las misiones de Baja California del Padre Salvatierra, además de facilitar el asentamiento de colonos españoles.</p>
<p>Esta evidencia se resume en su mapa Passo por Tierra a la California y sus confinantes nuevas naciones y nuevas missiones de la Cia de Jesús, elaborado en 1701, que es uno de los mapas más importantes en la historia de América del Norte. Tan preciso es este mapa que ninguna parte importante de él fue mejorada en más de un siglo y medio. Se imprimió en 1705 y fomentó su fama de cartógrafo y explorador en Europa, sirviendo de base a mapas de Guillermo Delisle, Tomás López y Rigoberto Bonne. Un año más tarde, el rey de España emitió un decreto real declarando que “California no es una isla.”</p>
<p>Sin embargo su descubrimiento no fue plenamente aceptado hasta que en 1746 el jesuita Fernando Consag navegó alrededor del Golfo de California y descubrió la costa oriental de California hasta el río Colorado donde se acaba su estrecho, confirmando que la Baja California estaba conectada con el continente. Consag hizo un mapa, que aparece impreso en las Noticias de California y de su conquista temporal y espiritual, 1757, del jesuita Miguel Venegas titulado, Seno de California y su costa oriental nuevamente descubierta y registrada desde el cabo de las Vírgenes hasta su término que es el rio Colorado, año 1747 por el p. Ferdinando Consag de la Cia de Jesús, misionero en la California.</p>
<p>En la década de 1770 los participantes en la expedición De Anza fueron los primeros europeos en utilizar la ruta terrestre cuando se establecieron en la Alta California, pero a pesar de estos avances geográficos la mayoría de los editores de mapas siguieron representando California como una isla hasta 1784.</p>
<p>El último mapa del Padre Kino data de 1710 y representa lo que él llama Reino de la Nueva Navarra, nombre que propone para la América Septentrional en la última parte de sus Favores celestiales, en honor a San Francisco Javier. Sobre la silueta de California escribe las siguientes palabras: Penisla [península] de California nuevamente averiguada por el P. Kino de la Compañía de Jesús en el descubrimiento de el año de 1702. El original se conserva en la Biblioteca Nacional de París.</p>
<p>Las aportaciones geográficas del jesuita al conocimiento de California y Provincias Internas son muy importantes: estableció la posición relativa de los ríos Colorado y Gila, la ubicación correcta de la parte superior de Sonora y Arizona, los cursos de los ríos, de valles y montañas, el redescubrimiento de la naturaleza insular de la isla Tiburón, el descubrimiento de la isla del Ángel de la Guarda, una más exacta ubicación del Río Grande del Norte que fluye desde Nuevo México y desemboca en el Golfo de México. Lo más importante: el Padre Kino preparó el camino para librar a la geografía y a la cartografía de elementos inexistentes, vagos, cambiantes y no comprobados.</p>
<p>Cuando llegó por primera vez a Méjico el Padre Kino tuvo alguna controversia intelectual con Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) que también había sido jesuita entre 1660 y 1667, convirtiéndose en 1672 cuando dejó la orden, en profesor de matemáticas en la Real Universidad de México. En 1680 fue nombrado “Real cosmógrafo del reino”, y produjo su gran mapa de Nueva España que influyó en toda la cartografía posterior y que testifica el gran conocimiento de la región en cuya civilización era un experto. A lo largo de su vida siguió dibujando mapas para ilustrar las distintas actividades que realizó. En 1689, por ejemplo, dibujó un mapa para establecer la ruta de Alonso de León a Texas; en 1691, hizo otro para mostrar la mejor manera de drenar los pantanos en la ciudad de México, y en 1693 hizo un mapa de la bahía de Pensacola que los españoles deseaban ocupar como base contra los franceses.</p>
<p><strong>AMÉRICA MERIDIONAL<br />
</strong></p>
<p>Las misiones de los jesuitas en el interior de la América meridional se organizaron a lo largo de los ríos principales y en torno a sus cuencas fluviales, donde estaban asentadas las tribus indígenas que querían evangelizar. Como estas regiones en plena selva amazónica eran desconocidas, el componente de exploración es muy alto y la necesidad de mapas donde plasmar sus descubrimientos para comunicarlos a sus superiores y al mundo es también notable. Si a esto unimos los problemas con los portugueses que se expandían desde Brasil en busca de esclavos y riquezas por la ausencia de fronteras reales, tenemos el escenario donde se desarrolló su labor evangelizadora.</p>
<p><strong>LA CUENCA DEL ORINOCO<br />
</strong></p>
<p>No fue hasta finales del siglo XVII con el asentamiento de las misiones jesuitas en el alto Orinoco cuando el curso y la cuenca fluvial de éste comenzaron a ser conocidos con algún detalle.</p>
<p>El “descubrimiento” de la comunicación Orinoco-Amazonas a través del caño del Casiquiare en la primera mitad del siglo XVIII fue debido al padre jesuita Manuel Román (1696-1764) que había comunicado en 1742 al rey de España cómo unos portugueses del Gran Pará habían llegado por vía fluvial al Orinoco, demostrando que un brazo de este río se comunicaba con el río Negro y éste con el Marañón o Amazonas. El mismo Román hizo una exploración en 1744 que confirmó la existencia de este paso natural entre estas dos grandes cuencas fluviales de América. Este descubrimiento está consignado en el mapa de su compañero el padre Rotella de 1747 que hoy es el primer testimonio gráfico de esas regiones.4 Un descubrimiento que sería divulgado por Charles Marie de La Condamine a su vuelta a Europa.</p>
<p>El compañero del padre Román en las misiones del Orinoco fue Joseph Gumilla (1686-1750) que exploró en 1731 la cuenca del río Orinoco y escribió un libro fundamental y de gran valor histórico sobre dicho río: El Orinoco ilustrado y defendido, Historia natural, civil y geográfica de este gran río y de sus caudalosas vertientes, Madrid 1741, que incluye el Mapa de la provincia y misiones de la Compañia de IHS del Nuevo Reyno de Granada por Jose Gumilla. El padre Gumilla no pasó en sus exploraciones más allá del río Guaviare por lo que en su libro asegura que no existía comunicación entre el Orinoco y el Amazonas, lo que en 1744 desmintió el padre Román.</p>
<p><strong>LA CUENCA DEL AMAZONAS</strong></p>
<p>La cartografía de la cuenca amazónica comenzó a explorarse y darse a conocer a finales del siglo XVII, cuando el padre Samuel Fritz (1654-1725) llegó en 1686 al colegio de los jesuitas de Quito, enviado allí desde su natal Bohemia. Su trabajo misional se desarrolló desde 1686 hasta 1725 en las misiones de Maynas y rio Negro y Napo con la tribu de los omaguas principalmente.</p>
<p>Una expedición española desde Quito había llegado a Pará en 1636, por las alarmantes noticias sobre las incursiones portuguesas en ese territorio. Por eso en 1637 el portugués Pedro Teixeira fue enviado a explorar en sentido contrario, tratándose en 1639 de definir la frontera entre las dos potencias europeas por un Acta de Posesión.</p>
<p>Así Fritz entró en un área en disputa y él mismo hizo un viaje de Quito a Pará en 1690-91 y después pasó varios años trabajando en las misiones a lo largo del río.</p>
<p>Han sobrevivido solo cuatro de sus mapas de los cuales el primero es Tabula Geographica missionis Omaguae Societatis Iesu, c. 1689. Aunque anónimo, se le puede atribuir ya que tiene la misma letra que el firmado por él en 1691 y ningún otro jesuita estuvo allí en esa época. Como el anterior la Tabula geographica del rio Marañon o Amazonas, 1690 tampoco lleva el nombre del jesuita pero el Mapa Geographica del rio Marañon o Amazonas. Hecha por el padre Fritz de la compañía de Jesus misionero en este mismo rio Amazonas el año de 1691, está ya firmado.</p>
<p>Este mapa se imprimió en Quito, financiado por los jesuitas, en 1707 con el título El gran rio Marañon o Amazonas con la misión de la compañía de Jesús. Geográficamente delineado por el padre Samuel Fritz misionero continuo en ese río.</p>
<p>El mapa de Fritz fue conocido en Europa a partir de 1745 cuando se publicó la Relation abregée d’un voyage a la Amérique Meridionale de La Condamine que lo incluía.</p>
<p>El padre José Quiroga (1707-1784), que antes de ingresar en la orden fue marino, realizó con los jesuitas Cardiel y Strobel una expedición marítima en 1745-46 desde Buenos Aires por la costa patagónica hasta Puerto Deseado y Puerto de la Cruz. De su viaje existe una relación y cartografía.5 Después de haber determinado con exactitud la posición geográfica de los treinta pueblos de Misiones, y la de las ciudades de la Asunción, Corrientes, Santa Fe, Colonia, Montevideo y Buenos Aires, redactó su mapa Descripción del río Paraguay, desde la boca del Xaurú hasta la confluencia del Paraná, con los datos que le suministraron las relaciones editadas e inéditas de los misioneros, cuando no le fue posible adquirirlos personalmente, el cual quedó terminado en 1749 y se imprimió en la ciudad de Roma cuatro años más tarde, por el calcógrafo Fernando Franceschelli, que, conformándose a la costumbre de su tiempo, le agregó en sus márgenes varias noticias del Paraguay, y la tabla general de los grados de latitud y longitud, según las observaciones del autor. Una de las partes más incorrectas de este mapa es el curso del río Paraguay, y fue precisamente el que el padre Quiroga tuvo la oportunidad de rectificar poco después, cuando en 1752 acompañó al comisario español, don Manuel Antonio de Flores, en la demarcación de la boca del río Jaurú en virtud del tratado de límites de 1750. José Quiroga fue catedrático de matemáticas en Córdoba y Buenos Aires y escribió el Tratado del arte verdadero de navegar por el circulo maximo a la equinoccial, publicado en Bolonia en 1784.</p>
<p><strong>LOS MAPAS DE CHILE<br />
</strong></p>
<p>El jesuita Alonso de Ovalle (1603-1651) publicó la Histórica relación del reino de Chile, impresa en español y italiano en Roma en 1646. La obra va acompañada de un mapa, Tabula geographica regni Chile de 38 x 47 cm. El mapa tiene importancia por la fecha en que está realizado y porque excede en información a todos los mapas precedentes como el De Laet, Herrera, Blaeu, Hondius, y Janssonius.</p>
<p>El mapa se extiende desde Perú hasta la Tierra del Fuego y Cabo de Hornos, y desde el Pacífico al Atlántico. Aparte de sus datos geográficos su característica más interesante es la información histórica y las leyendas con las que se rellenan sus espacios en blanco. Las imágenes, ingeniosamente dispuestas sobre el mapa, de hombres, aves extrañas y animales de caza, las costumbres locales, gigantes y hombres con colas en Tierra del Fuego hacen que el gran mapa sea sorprendente.</p>
<p>Su gran cantidad de nombres de lugares, indicaciones de minas, de las misiones, ciudades y pueblos, volcanes, ríos, el reconocimiento del río Bío Bío como el límite entre los españoles y las tribus araucanas, proporcionan uno de los mapas más informativos de la región. El mapa sirvió posteriormente de modelo a los geógrafos de gabinete Sanson, Delisle y a otros cartógrafos europeos que nunca estuvieron en América.</p>
<p>La instalación de la Compañía de Jesús en la zona alta de los ríos Paraná y Uruguay, que ellos llamarían Paraguay, se hizo bajo el sistema conocido como reducciones y requirió por parte de la Orden la implantación de una fuerte organización política, administrativa, militar, y comercial basada en el mate y la ganadería.</p>
<p>Desde el punto de vista geográfico, las treinta reducciones (que lograron subsistir, de las cuarenta y ocho fundadas) fueron edificadas a lo largo del curso de tres ríos: el Paraná, el Paraguay y el Uruguay, en una zona inexplorada y dividida en la actualidad entre la Argentina, Brasil y Paraguay.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>FILIPINAS<br />
</strong></p>
<p>Las islas Filipinas dependían misionalmente de la prefectura de Nueva España.</p>
<p>En 1734 el jesuita Pedro Murillo Velarde (1696-1753) levantó el único mapa fiable de Filipinas en el que representa las islas a una escala mucho mayor que la de cualquier mapa anterior y aisladas de otra región excepto de una parte de Borneo.</p>
<p>Su Carta Hydrografica y Chorografica de las Yslas Filipinas, hecha en Filipinas en 1734 y dibujada por Nicolás de la Cruz Bagay está formada por cuatro hojas unidas que miden un total de 112 x 120 cm. Lleva en ambos lados ocho grabados con escenas costumbristas y cuatro planos particulares de Manila, Cavite, Zamboanga e isla de Guahan. El único ejemplar conocido se encuentra en la Biblioteca Nacional de España. Una segunda edición de 1744, más reducida y simplificada que la primera, sirvió para ilustrar la obra del autor del mapa, titulada Historia de la provincia de Philipinas de la Compañía de Jesús impresa en Manila en 1749.</p>
<p>El autor, Pedro Murillo Velarde, nació en Laujar (Almería) en 1696 y murió en Puerto de Santa María en 1753. Estudió en las universidades de Granada y Salamanca e ingresó en la Compañía de Jesús en 1718, trasladándose después a Filipinas donde fue profesor de la Universidad de Manila. El grabador tagalo Nicolás de la Cruz Bagay fue un alumno aventajado de la imprenta que los jesuitas fundaron en Manila y realizó numerosas ilustraciones para los libros que salieron de ella.</p>
<p>El mapa de Murillo Velarde fue uno de los primeros que se publicaron de las islas Filipinas y ejerció una gran influencia en los cartógrafos europeos de los siglos XVIII y XIX. Fue el único fiable con el que se pudo contar hasta el siglo XIX cuando en la Dirección de Hidrografía se publicaron los mapas del archipiélago levantados por la expedición Malaspina.</p>
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		<title>En la frontera del imperio. Jesuítas en el Amazonas.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/en-la-frontera-del-imperio-jesuitas-en-el-amazonas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:34:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 45]]></category>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/en-la-frontera-del-imperio-jesuitas-en-el-amazonas/">En la frontera del imperio. Jesuítas en el Amazonas.</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Expedicionarios, descubridores y hombres de acción. Exhaustivos geógrafos y avezados cartógrafos, los misioneros jesuitas fueron durante casi 150 años los encargados de investigar, referenciar y dibujar los sutiles detalles de la cuenca del Amazonas, como parte de su labor evangelizadora. Acuñaron gramáticas, registraron puntualmente la riqueza paisajística y humana y esbozaron mapas que durante muchísimos años serían las únicas referencias conocidas. La repentina extinción de la orden acabó con su encomiable labor geográfica. Hay quien cree que también con las pretensiones de un imperio propio en Ultramar.</strong></p>
<p>Un territorio extensísimo e intrincado, sin más vías de comunicación que las que proporcionan traicioneros cursos de agua, una flora y una fauna desconocidas hasta el momento y una población itinerante de diferentes tribus, es lo que encontraron los primeros pioneros que de forma casi accidental siguieron el curso del Amazonas hasta su desembocadura. La famosa crónica de Gaspar de Carvajal, que acompañó la expedición de Orellana, dio ya noticias en su momento de una geografía compleja y un paisaje inexpugnable que, pese a todo, atesoraba leyendas de ciudades colmadas de riquezas. El “Descubrimiento del Río de las Amazonas”, publicado en 1542, proporcionó las primeras pistas para reinterpretar el “Gran Río”.</p>
<p>Apenas cien años después, un experimentado jesuita con varios años sobre el terreno es seleccionado para repetir el viaje de Orellana. Su misión: tomar nota detallada de cada accidente geográfico, cada población humana, y casi cada planta y cada animal que habitara en las riberas del río. Cristóbal de Acuña parte junto a la expedición de Pedro de Teixeira en 1640, y durante diez meses redacta el informe encargado con un celo profesional envidiable.</p>
<p>A caballo entre la crónica y el realismo mágico, un año después ve la luz el segundo informe sobre el Amazonas. En sus páginas, la existencia de una población de gigantes y de la mítica raza de mujeres guerreras que ha dado nombre al río, compiten con una detallada descripción de distancias, poblaciones, accidentes geográficos, costumbres, frutos y demás curiosidades.</p>
<p>El escrito era, una vez más, la constatación de un vastísimo territorio virgen, feraz e inexpugnable, con infinitas posibilidades. El propio encargo hecho desde la corte española denotaba, a su vez la importancia estratégica de aquel gran río navegable, en el punto de mira de los dos grandes imperios de ultramar, España y Portugal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CRISTÓBAL DE ACUÑA<br />
EL PRIMER “GEÓGRAFO” DEL AMAZONAS</strong></p>
<p>El texto de Cristóbal de Acuña, el “Nuevo descubrimiento del Gran río de las Amazonas” constituirá pues la primera muestra del trabajo de investigación geográfica realizado por los misioneros jesuitas en aquel apartado rincón de un mundo recién descubierto. Su minuciosa crónica de la expedición, una de las más importantes y completas sobre el Amazonas, se publicó en Madrid y cincuenta años después ya había sido traducida al francés (1682) y al inglés (1698): la edición francesa fue la primera en incluir mapas basados en las descripciones del jesuita del viaje que por espacio de diez meses llevó al religioso desde Quito (Ecuador) hasta Pará (actual Belém, Brasil). El propio Acuña fue quien presentó su trabajo ante el rey Felipe IV y el Real Consejo de Indias y quien trató de persuadirles de la urgencia de llevar a cabo un proyecto colonizador a gran escala, con diferentes intenciones: confirmar los derechos españoles frente a los portugueses en la cuenca amazónica; abrir una ruta estratégica y comercial a través del río; establecer un camino alternativo –y más seguro– a la ruta de Cartagena para los galeones que transportaban el tesoro; explotar las riquezas de oro y plata que prometían las minas por descubrir en la selva, y, por supuesto, evangelizar a las innumerables tribus nativas, misión que debería ser encomendada, precisamente, a la Compañía de Jesús.</p>
<p>Acuña murió en Lima en 1641, pero sus informes aportaron información muy valiosa. Su crónica y su tono parecen haber resultado de lo más persuasivo pues a partir de este momento se incrementa el ritmo de un proceso a medias entre la colonización y la evangelización, las reducciones, un término empleado para sintetizar la intención de los jesuitas de reducir el número de tribus dispersas en la selva a poblados más grandes, autosuficientes, con un trazado urbanístico similar, concebidas bajo la fe cristiana y el vasallaje al reino de España. Las Misiones Jesuíticas tienen como finalidad última “civilizar” a los indígenas bajo la autoridad española, pero al mismo tiempo se convierten en posiciones de frontera, ejerciendo actos de ocupación en un territorio jurisdiccionalmente discutido por España y Portugal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA ORGANIZACIÓN DE LAS REDUCCIONES JESUÍTAS</strong></p>
<p>Las reducciones estaban integradas exclusivamente por indígenas, eran dirigidas de facto por monjes jesuitas que tenían asignadas no sólo funciones sacerdotales, sino además económicas, culturales, sociales y hasta militares y se organizaban en una estructura de cargos públicos similar a la de las ciudades españolas. Para no interferir en la organización social tradicional de los indios, en cada una de ellas existía un jefe superior, alcaldes y regidores, nombrados generalmente entre los caciques, aunque éstos no poseían demasiada autonomía y solían limitarse a ejecutar las directivas de los sacerdotes.</p>
<p>Mediante la técnica de las reducciones, los jesuitas lograron insertarse en la estructura social indígena; logrando primeramente su sedentarización mediante el establecimiento de los poblados, y, posteriormente tratando de restar influencia a los chamanes –la competencia– por la vieja táctica de utilizar las rencillas entre ellos y los caciques. Las reducciones fueron transformando gradualmente las costumbres de los indígenas, comenzando por las más contrarias a los principios de la religión católica, como la antropofagia y la poligamia. Sin embargo, y en un admirable ejemplo de sincretismo, en otros aspectos, no modificaron la mayor parte de las estructuras culturales y sociales. Aunaron los sistemas de valores y creencias de las culturas indígenas con la cosmovisión del catolicismo, mantuvieron las lenguas de los indígenas, que llegaron a hablar con fluidez, y aprendieron de ellos, el uso de las propiedades terapéuticas de muchas hierbas, incorporándolo a su bagaje en el ejercicio de la medicina. De este modo, los jesuitas, a lo largo del tiempo que cumplieron su labor en las Misiones (poco más de un siglo), llevaron a cabo un proceso de civilización de los indígenas que no violentó sus hábitos culturales, sino que los adaptó a sus objetivos civilizadores y religiosos.</p>
<p>Pese a que la política de reducciones se utilizó en diferentes lugares de América, todos los autores coinciden en que dada la particularidad del establecimiento de las misiones de la Amazonía, éstas fueron las más trabajosas para los jesuitas. La selva, mucho más cerrada que en sus homónimas del Paraguay, obligaba a una estructura misional diferente, más dispersa y a hacer frente a poblaciones diseminadas en grandes extensiones de territorio. Esto hizo que no pudieran alcanzaran la prosperidad de otras misiones. La propia configuración del terreno y del bosque impedía, incluso, la agricultura y la ganadería, cuya explotación constituía la fuente de riqueza de las reducciones del Paraguay. El problema de los “bandeirantes” portugueses, que hacían incursiones en busca de esclavos, sin embargo, también existía, ya que asolaron más de treinta pueblos en el Marañón y unos 30.000 indígenas de la nación omagua tuvieron que refugiarse río arriba, en territorio español, abandonando tierras y poblado. Pero precisamente las características de estas misiones – dispersas, en mitad de la selva, sin más comunicación que los ríos &#8211; propiciaron una nueva finalidad no prevista de antemano: la exploración. Para conseguir el fin evangelizador era preciso conocer la geografía del terreno, la situación de las tribus y los caminos que llevaban a ellas. Cuando un poblado ya estaba asentado, los padres solían internarse en la selva en busca de nuevos adeptos a los que atraer a la reducción.</p>
<p>Para ello contaban con los propios indios convertidos que ya vivían en la reducción, expertos conocedores del río y sus canales. De esa forma sobrevenida se escribieron algunas de las expediciones y se dibujaron algunos de los mapas más precisos de la zona.</p>
<p><strong>EL TIEMPO DE LOS HÉROES</strong></p>
<p>La primera exploración jesuítica en la zona de que tengamos noticia posiblemente sea la del Padre Rafael Ferrer, natural de valencia, quien desde 1593 está desplazado como misionero en las regiones americanas. Pionero de las exploraciones misioneras, en 1605, protagonizó una expedición en solitario desde el Aguarico al Napo y de éste al Marañón. Caminó más de 200 leguas en línea recta y fue descubriendo innumerables ríos trasversales. Dos años después volvió a su punto de partida, el territorio Kofán, hizo una nueva prospección de 100 leguas al Oriente y envió un informe a Quito pidiendo más misioneros, que le serían concedidos. El Padre Ferrer bautizó a cerca de 5.000 indios y creó las poblaciones de San Pedro, Santa María y Santa Cruz. Murió en 1611, se cree que en una emboscada, al ser arrojado a un riachuelo de aguas agitadas cuando lo cruzaba por un puente de troncos, sin que los indios que allí se encontraban, hicieran nada por salvarle. Pese a la temprana incursión de Ferrer, en un territorio que guarda resquemor hacia los españoles como consecuencia de las campañas realizadas por el capitán Pedro de Palacios, el hermano Santos García, miembro de la Sociedad Geográfica de Lima, en su obra “La geografía del oriente peruano y los jesuitas” afirma que el período que vivió las empresas más atrevidas y heroicas de los jesuitas fue el que trascurre desde 1630 a 1768, en la región del Mainas, la zona nororiental de Perú, fronteriza con Ecuador, Colombia y Brasil. La primera misión fundada en esta área fue la de Francisco de Borja, donde los jesuitas arribaron en febrero de 1638. Prueba del estado de las comunicaciones es que tardaron en llegar cincuenta días desde Quito, por una vía –el cauce del Marañón– que se seguiría usando por casi cien años, al no existir ninguna otra mejor. Francisco de Borja será pues el primer punto de partida para la exploración, la búsqueda de asentamientos y la localización de tribus dispersas. Desde aquí partirá, rio abajo, el Padre Lucas de la Cueva para fundar, en la zona de los jeberos, la segunda reducción de la zona llamada Concepción de los Jeberos.</p>
<p>En este período se engloba el ya citado viaje de Cristóbal de Acuña, pero también algunas otras. Una de las más esforzadas es la exploración del río Napo por el Padre Raimundo de Santa Cruz, quien en 1654 pretendió buscar un camino más directo entre su misión, en el Bajo Huállaga y Quito.</p>
<p>Fletó una expedición de cien indios y dos soldados españoles y se echó a las aguas del Marañón. Remando por espacio de ocho días, llegó a la desembocadura del Napo y lo remontó durante un mes, hasta encontrar la desembocadura del Aguarico. En este punto sufrieron el ataque de los encabellados, que mataron a cuatro de los indios, y el resto propuso retroceder, pero el jesuita amenazó con continuar él solo y optaron por seguirle. Tras cuarenta y tres días Napo arriba, llegaron a puerto Napo, donde el padre dejó a un soldado con la mitad de la flota. Él continuó con el resto de la expedición. En tres días llegó a Archidona, en siete a Baeza y en cuatro más a Quito, cumpliendo la misión autoimpuesta. Por supuesto sin mapas, sin brújula, y sin referencia ninguna.</p>
<p>Una hazaña parecida llevó a cavo el Padre Lucas de la Cueva, en 1659, apenas cinco años después, en busca de una mejor comunicación con Quito. Emprendió la marcha junto a otro jesuita de mayor edad y un grupo de indios para manejar las canoas. Salieron del pueblo de La Concepción de Jeberos, bajaron Marañón abajo, remontaron el Pastaza contra corriente y llegaron al río Bono, que también remontaron hasta las tierras altas, donde debido a los saltos deja de ser navegable. Al llegar a las cumbres, el otro jesuita, el padre Hernández no se sintió con ánimo de continuar y decidió volver al pueblo de Jeberos. El Padre Cueva siguió adelante, pero no pudo continuar por donde había estimado, debido a la dificultad de la ruta por lo que terminó accediendo a Quito por el Puerto de la Canela y volviendo a Jeberos por la ruta recién creada por el padre Santa Cruz.</p>
<p>Precisamente, en 1662, el propio Padre Santa Cruz intenta ahondar en esta vía para facilitar las comunicaciones con la ciudad. Perderá la vida en el intento. Al regreso de su expedición, en un tramo agitado del río, cayó de la balsa al lecho del Marañón, sin que sus compañeros pudieran hacer nada por su vida. Tenía treinta y nueve años y había conseguido cumplir su sueño, tras su exitosa exploración del rio Pastaza, esta vía se perfilará como el camino definitivo hasta Quito.</p>
<p>Otra de las figuras destacadas de la exploración amazónica es el jesuita alemán Samuel Fritz, quien llegó al territorio de los omaguas en 1685 y se dedicó a la tarea evangelizadora con tanto celo, que en 1688 tenía ya a su cargo 40.000 indios en cuarenta pueblos fundados a orillas del Amazonas, diseminados en un espacio de 250 leguas. Y junto a él aparecen otros nombres, como el Padre Lorenzo Lucero, que explora el bajo Ucayali, Marañón y Amazonas y funda el pueblo de Santiago de la Laguna en 1670, futura sede de las misiones de Maynas. O el padre Enrique Richter, quien asciende por el tracionero curso del Ucayali hasta el territorio de los indios cunivos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CRÓNICAS MISIONALES<br />
INFORMES Y CARTOGRAFÍA</strong></p>
<p>Toda esta relación de acciones de fundación da como fruto literario numerosas creaciones escritas.</p>
<p>Son crónicas misionales como “Diario de Viaje del Misionero” (1707) del Padre Samuel Fritz, fundador de Yurimaguas; “Noticias auténticas del famoso Río Marañón” (1738) del Padre Pablo Maroni, publicada por Jiménez de la Espada en 1889 o la “Historia de las Misiones del Convento de Santa Rosa de Ocopa” que presenta su visión sobre la Amazonía de 1750 hasta 1770.</p>
<p>El Padre Francisco de Figueroa escribe el relato titulado “Informe de las Misiones en el Marañón”, Gran Pará o Río de las Amazonas”, incluido dentro del “Informe General” del Padre Hemando Cavero del 8 de agosto de 1661. El P. Lorenzo Lucero escribe una carta en 1683, titulada “Informe del Viaje a los Jívaros”. Pero también expediciones de carácter conquistador tienen cabida en la pluma de los jesuitas, como es el caso de la protagonizada por el Capitán Palacios, iniciada en la Guarnición de San Miguel en 1636 hasta llegar a la ciudad de Pará un año después, que es relatada por el Padre Manuel Rodríguez en “El Marañón y Amazonas” (Madrid 1684).</p>
<p>Pero quizá la autentica joya de la literatura amazónica la constituya un manual de dos tomos, escrito en 1745 por el misionero jesuita José Gumilla, “El Orinoco ilustrado y defendido Historia natural, civil y geográfica de este gran río y de sus caudalosas vertientes”. El libro presenta innumerables detalles sobre los afluentes del río Orinoco, así como sus ramales, caudal o comportamiento, pero también narra en primera persona, desde la experiencia, las costumbres de los pobladores indígenas, sus medicinas, sus comidas, su origen, su educación, y sus usos. Una obra de gran talento, escrita desde toda la objetividad que podía pretender un religioso que se aproximase a esas tierras y desde la curiosidad y la admiración por cuantas novedades le sorprenden. El padre Gumilla, fundador de varias poblaciones en los ríos Apure, Meta y Orinoco, era sobre todo un hombre de acción y un perspicaz observador de la naturaleza y la antropología. Murió en algún lugar de Los Llanos venezolanos el 16 de julio de 1750, cinco años después de culminar una gran obra que se convertiría en un referente universal y 35 años desde el inicio de su labor como misionero. Pese a la innegable calidad y exhaustividad, su obra tardaría en ser reconocida, como consecuencia de su muerte y de la desaparición de la orden jesuítica, y su descrédito posterior, sobrevenida apenas unos años después.</p>
<p>Si bien los informes que los jesuitas elaboraban para sus superiores constituían verdaderos tratados de geografía del territorio, abarcando aspectos políticos, tanto como sociales, físicos, económicos o etnográficos, lo más enriquecedor es que algunos de ellos iban acompañados de Cartas Geográficas. La primera noticia de un mapa del Marañón y el Amazonas es la del cartógrafo francés Nicolás Sansón. Se imprime en el año 1680, y carece de referencias geodésicas ni de ningún género. Su autor jamás ha recorrido la cuenca del Amazonas, pero su mapa reinterpreta gráficamente con sorprendente precisión la relación proporcionada por el padre Acuña en su “Nuevo descubrimiento…”</p>
<p>Con posterioridad, el propio Samuel Fritz realiza una representación geográfica del río Marañón en 1691. Este mapa, dibujado en el terreno con escasísimos medios, resultó ser bastante preciso. Se imprimió en Quito en 1707 y fue dedicado al rey de España.</p>
<p>Pero uno de los mapas más precisos, en este caso centrado en las misiones de la región del Mainas, será el elaborado por el Padre Francisco Javier Weigel. Gran conocedor de la región donde fue misionero y superior, consignó en su mapa con todo detalle poblados activos o ya abandonados y sobre todo los cauces fluviales independientemente de su tamaño, ya que en una selva inexpugnable y repetida, los ríos eran las únicas referencias geográficas válidas, además de los principales canales de comunicación y transporte. Una mirada rápida a este mapa por parte de un experto podría hacer pensar que está incompleto, o casi.</p>
<p>Como advierte su título, refleja solo “El curso del Marañón o Amazonas en su parte española…”. En el año 1769, cuando se elabora, una gran parte del antiguo territorio misionero jesuita había pasado ya a manos de los portugueses, la orden había desaparecido y el propio Weigel termina sus bosquejos de la geografía del Amazonas en una cárcel en Lisboa. Pero eso es otro capítulo –en esta ocasión, bastante oscuro– que trataremos a continuación.</p>
<p>La expulsión del paraíso En el continente americano, las misiones se habían revelado como un importantísimo freno a las aspiraciones expansionistas de los lusitanos, que liderados por los bandeirantes se dedicaban a la caza de indios para venderlos como esclavos en São Paulo y Río de Janeiro. Sus permanentes incursiones habían forzado una mayor militarización de las misiones. Las reducciones empezaron a fortificarse y a formar milicias armadas con armas de fuego y entrenadas en tácticas de guerra moderna combinadas con sus tácticas ancestrales.</p>
<p>Mientras tanto, en España, las reformas borbónicas puestas en marcha por esta nueva dinastía, alcanzaron también al aspecto religioso. Constatar ante el Papa que el poder emanaba del soberano y no del clero era el mensaje que trataba de perpetuar la ideología del regalismo. Por ello, el rey español Carlos III, imitando las políticas seguidas en el Reino de Portugal –en 1759– y en el Reino de Francia –en 1762–, decretó la Pragmática Sanción de 1767, emitida el 27 de febrero de ese año, mediante la cual ordenaba la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de la corona de España, incluyendo los de América y los demás ultramarinos, cifra que afectaba a más de 6.000 religiosos. El objetivo era doble, quizá triple: quitar de en medio a la orden religiosa más afín al Papa, incautarse de los bienes que a la siempre famélica Corona le reportaría la desamortización de sus bienes y acabar con un grupo de poder que mal que bien controlaba ciudades, guarniciones y pequeños ejércitos en América, y que quizá podrían decidir poner sus fuerzas y sus lealtades al servicio de terceros. La expulsión de los religiosos de la Compañía de Jesús afectó fuertemente a todas las instituciones y estructuras de los pueblos indios. Algunos optaron por retornar a la selva y otros emigraron a grandes ciudades donde se sirvieron del entrenamiento como artesanos que habían aprendido en las reducciones. En cualquier caso en todas ellas se registró una rápida disminución de la población.</p>
<p>Cuando llegó el momento de trasladar a los misioneros radicados en la zona del Mainas, al igual que en las reducciones de Paraguay, la corte portuguesa, uno de los organismos más interesados en eliminar focos de ascendencia española en la zona brindó su ayuda a la Corona española. El tema de los jesuitas parece preocupar a diferentes países y, con frecuencia aparece en la correspondencia diplomática ligada con los intereses de los ingleses en la zona, ya que en las cortes francesa y española parece preocupar que Inglaterra pueda entenderse con los jesuitas para ayudarles a ”mantenerse en el Paraguay»”.</p>
<p>Curiosamente, el temor de los jesuitas a ponerse en manos de los portugueses y a entrar en las tierras gobernadas por el marqués de Pombal, sus tradicionales enemigos en la zona, se tornó en agradecimiento ante el trato recibido por parte de gobernadores, notarios, oficiales, marinos y soldados que durante varios meses les acompañaron desde la frontera amazónica hasta Lisboa, y que con su trato humano quisieron aliviar la humillante condición de reos del estado y las vejaciones en cuanto a su transporte y alojamiento que el rey español había decretado.</p>
<p>Cuando Carlos III promulgó la Pragmática de Expulsión de los jesuitas, de los 72 pueblos que, a lo largo de ciento treinta años (desde 1637), fueron estableciendo los misioneros, únicamente quedaban 38, con un total de 19.234 almas.</p>
<p>Entre las causas de esta pérdida y subsiguiente disminución india hay que citar cuatro principales: la mortalidad infantil (3/4 partes morían antes del uso de razón); las epidemias de los adultos, especialmente las viruelas (en la de 1666 murieron 80.000 indios; en la de 1681 otros 60.000; en 1749 desaparecieron naciones enteras); las invasiones portuguesas de los mercaderes de esclavos del Pará que adelantaron los dominios portugueses; y por último, los alzamientos de indios que llevaron, no sólo al martirio de misioneros, sino al abandono de no pocos pueblos que se perdieron, especialmente, del Ucayali y de las regiones del Pastaza y del Napo.</p>
<p>El encargado de llevarla a cabo la expulsión fue el Presidente Diguja, recién llegado a Quito, como primer magistrado. El 6 de agosto de 1767, recibía del virrey de Santa Fe la Pragmática y documentación relativa a la expulsión. La fecha prevista para el arresto y expulsión de los jesuitas de Quito era el 20 de agosto y Guayaquil el lugar designado para su concentración y posterior embarque hacia Panamá, para de allí continuar viaje a Portobello, donde seguirían la ruta de Cartagena, La Habana, y el Puerto de Santa María.</p>
<p>El mayor problema que el Presidente de la Real Audiencia de Quito tuvo para proceder a la expulsión de los misioneros del Marañón fue encontrar y preparar a los sustitutos que debían ocupar los puestos que los veintisiete jesuitas iban a dejar vacíos. A la dificultad de los idiomas se añadía el de la especial dureza y soledad de las selvas amazónicas.</p>
<p>A pesar de ofrecer al clero secular 500 pesos anuales, y prometerles las mejores parroquias de las ciudades al cabo de dos años, el obispo de Quito (Pedro Ponce Carrasco) tuvo que recurrir al arbitrio de ordenar, con poca o ninguna preparación, a cuantos desearon ser párrocos en los pueblos de las misiones, cosa que hicieron 18 individuos.</p>
<p>Los padres jesuitas que habían bregado con la selva, que se habían integrado en ella, que habían fundado pueblos, aprendido idiomas y explorado rutas alternativas fueron obligados a salir de sus reducciones y a emprender, por distintas vías, el viaje de regreso a España en condiciones vejatorias. Los misioneros del río Napo y de Lamas, se enfrentaron a maltrato general y a la escasez de comida, en Panamá que les hizo a enfermar. El primero en morir fue el Provincial de Quito. El día de su sepelio, según decreto del Gobernador, no se doblaron las campanas al haber muerto excomulgado, en calidad de reo del Estado, y en desgracia del rey. En el traslado hasta Cartagena, y en tan solo cinco días de navegación en barcos negreros infectados por la peste, ocho jesuitas más se contagiaron y murieron. Los supervivientes, siete misioneros del Napo, más dos de Lamas, desembarcaron en Cartagena el 25 de marzo de 1769 y volvieron a embarcar rumbo a España el 12 de mayo, con otros 16 jesuitas de diversas provincias. Llegaron al Puerto de Santa María, el 1 de septiembre de 1769, tras más de un año de viaje.</p>
<p>El viaje de sus compañeros, los 19 misioneros del Marañón fue también un calvario pues a las medidas adoptadas, para su detención y encarcelamiento, sobre todo, en Pará y Lisboa, tuvieron que añadir las psicológicas de su propio Superior, a quien las circunstancias trastornaron el juicio, de tal modo que instó a los misioneros a destruir cualquier papel que pudiera comprometerles. Así se perdieron en la hoguera apuntes y noticias sobre las misiones, notas sobre las diversas lenguas del Marañón, diarios, papeles espirituales, libros de Ejercicios Espirituales, y en especial todas las obras en folio que uno de los misioneros, el Padre Deubler, llevaba para imprimir en su provincia.</p>
<p>La crónica de este viaje la refiere con grandes dosis de ironía el padre Manuel de Iriarte en su “Diario”. Algunas de las escenas más duras son la última navegación durante 40 días y 40 noches en completo silencio por ese río Marañón que tanto tantas veces antes han recorrido, la muerte de dos de sus miembros más ancianos que no son capaces de soportar las condiciones del viaje y las vejaciones o las que se refieren a su llegada a Pará, donde harán escala para esperar el siguiente transporte y donde la tripulación espera a la medianoche para desembarcarles de uno en uno para que no puedan ver a nadie, ni ser vistos, bajo pena de muerte.</p>
<p>A su llegada a Lisboa serán recluidos en una prisión, y dos meses después, embarcados rumbo a Cádiz, donde arriban definitivamente al puerto de Santa María un 18 de julio de 1769. Después de una año de viaje, y de innumerables horas y sufrimientos empleados al servicio del rey, después de sus estudios e informes para el aprovechamiento estratégico de los recursos del Amazonas, después de haber instruido en la lengua española a un número ingente de indios, los supervivientes de las misiones del Marañón, como sus compañeros del Napo y Lamas, a la llegada a su patria, solo encontraron en el puerto al contingente de soldados que esperaban para prenderlos. Jamás regresarán al Amazonas, su valiosísimo caudal de información se perderá y la mayoría de ellos protagonizarán un auténtico periplo en busca de un país que les de cobijo. Pero esa ya es otra historia.</p>
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