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	<title>Boletín 46 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 46 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Piratas del Pacífico</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/piratas-del-pacifico/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:58:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 46]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>No tan cinematográficos como sus colegas de El Caribe, un puñado de marinos franceses, ingleses y holandeses se atrevieron, entre los siglos XVI y XVII, a adentrarse en las posesiones [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>No tan cinematográficos como sus colegas de El Caribe, un puñado de marinos franceses, ingleses y holandeses se atrevieron, entre los siglos XVI y XVII, a adentrarse en las posesiones del entonces considerado Lago Español, el Océano Pacífico. Exploradores y comerciantes para unos, sanguinarios ladrones para otros, piratas, al fin y al cabo, con el beneplácito de sus respectivos gobiernos, saquearon y asesinaron, pero también protagonizaron sus propios descubrimientos en las aguas de aquel Imperio en que no se ponía el sol.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ESCUELA DE PIRATAS</strong></p>
<p>El Caribe, telón de fondo clásico de la piratería desde el descubrimiento del Nuevo Mundo, albergaba un auténtico refugio de piratas, bucaneros y filibusteros. La isla de Jamaica, que había capitulado ante el asalto inglés en 1655 y desde entonces pertenecía al Imperio Británico, era un codiciado reducto no español, rodeado de posesiones españolas cargadas de riquezas. Con la expedición de patentes de corso desde la isla, se produjo un masivo asentamiento de piratas y bucaneros. Y si bien la pérdida de este enclave no había sido significativa para la Corona Española, el tiempo se encargaría de demostrar que dejar aquella pequeña plaza en manos británicas había sido un craso error. Es cierto que Jamaica estaba en el Atlántico, pero también es cierto que supo-nía un núcleo seguro y lo más cercano posible desde el que aventurarse en un océano del que nada se sabía. En el siglo XVI el Pacifico era ya un mar entera-mente español. Se había producido la anexión de Portugal a la Corona Española con Felipe II, y a las enormes extensiones de las colonias españolas en América, se habían unido Brasil y el resto de colonias portuguesas de África, y Asia. La Corona española controlaba un inmenso imperio marítimo, desde Europa a América, África y Asia, cuyas rutas solo dominaban los navegantes españoles y portugueses, mediante cartas de navegación propias. Esta circunstancia propició también un nuevo error por parte de la Corona: las guarniciones costeras del Pacífico, a diferencia de sus homónimas atlánticas, estaban desguarnecidas. Porque si el mar era de su propiedad y sólo ellos conocían las rutas de navegación correctas, ¿quién iba a aventurarse en las recién nacidas ciudades del Pacífico? La respuesta está bien clara, los enemigos históricos de España, dependiendo de la guerra que se librara en ese momento, descubrieron en las aguas del Pacífico una oportunidad de instaurar nuevas colonias comerciales, a la vez que se hacían con las riquezas de España, debilitando sus arcas. Holandeses e ingleses, principalmente, se dedicaron a tratar de entablar relaciones comerciales con países recién descubiertos o con las legendarias Islas de las Especias a la vez que hundían galeones españoles. Todo ello, por supuesto, orquestado desde el Gobierno. Las patentes de corso, el más antiguo contrato por incentivos, se popularizó. Todo el que fuera capaz de navegar, guiar a un puñado de hombros y careciera de escrúpulos podía hacerse rico. Ése fue el pistoletazo de salida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>COMERCIANTES HOLANDESES…</strong></p>
<p>Olivier (u Oliverio) van Noort nacido en Utrecht en torno a 1558 había sido navegante, comerciante en Rotterdam y combatiente en las luchas contra España, un currículo que le hacía apto para embarcarse en el primer viaje de los Países Bajos a las Indias. Con un doble objetivo, militar y comercial, la expedición organizada por la <em>Magelhaensche Compagnie</em>y cofinanciada por los comerciantes de Rotterdam, constaba de cuatro barcos y 248 hombres bien provistos. Su derrota estaba clara: seguir los pasos de Magallanes. Cuando un año después, en enero de 1600, alcanzaron a pasar el estrecho, solo quedaban dos naves y 147 hombres de la tripulación inicial. Costearon Chile y Perú, se reaprovisionaron en Isla Mocha y, en algún momento, esta tripulación que aún no había cometido ninguna tropelía decidió aprisionar una fragata española, el <em>Galeón Buen Jesús</em>, comandado por el capitán Francisco Ibarra, que al ver la superioridad del enemigo, arrojó al mar 52 cajones de oro en polvo, de 4 arrobas cada uno y 500 barras también de oro, que juntas sumaban 1200 libras. El capitán y el piloto –este último por su conocimiento de las rutas marítimas– son tomados como rehenes. En marzo de ese año, atacan Valparaíso, capturando tres barcos más. Tras saquear Arica a mediados de 1600 y el Callao, donde se hicieron con 5 naves y obtuvieron un botín de 60 toneladas, la expedición zarpó hacia las Islas de los Ladrones, continuaron por la isla de Guam y alcanzaron Filipinas el 16 de octubre. Aquí se produjo una contienda contra las fuerzas españolas de Francisco de Meneses encargadas de ponerles freno, en la que los neerlandeses lograron hundir el galeón San Diego, de trescientas toneladas, la princi-pal nave de bandera española (sus restos serían encontrados en 1995, con un tesoro de monedas de oro y porcelanas) y pusieron rumbo hacia Borneo y Java, donde apresan un sampang chino que les dará noticias por primera vez de la existencia del galeón de Manila, que cuatro veces al año, cubría, cargado de mercan-cías preciosas el trayecto entre Manila y México. Van Noort regresó a Rótterdam el 26 de agosto de 1601, tras un viaje de casi tres años, con un único barco y 45 de los 248 marineros que partieron. La aventura no es demasiado conocida y la empresa no se caracterizó por sus beneficios. Sin embargo, fue la inspiración para las siguientes expediciones de corsarios, que más tarde condujeron a la formación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, además de la primera circunnavegación del mundo llevada a cabo por un ma-rino holandés.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Joris van Spilbergen, el refinado</strong></p>
<p>En agosto de 1614, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales “patrocina” una nueva “expedición” y cuatro grandes naves zarpan en una “misión comercial” alrededor del mundo. Al frente va Joris van Spielbergen, un veterano oficial naval, hábil diplomático y refinado navegante que gus-taba de disfrutar a bordo de elegantes muebles buenos vinos y la orquesta de a bordo amenizando sus comidas. Saqueó Chile y Perú, haciendo prisioneros con los que negociar y se cree que entre sus objetivos ocultos es-tuviese el de apresar un galeón. No lo consiguió por poco. Las autoridades españolas de la ciudad le entretuvieron con diplomacias y proporcionaron agua y alimentos a su tripulación, mientras se daban órdenes a diferentes oficiales de proteger los puertos aledaños. Parece que el galeón de Manila pasó casi frente a las narices de Spielbegeren cuando éste se había cansado de esperar y había dado la orden de volver a casa. Las riquezas consegui-das en los saqueos no fueron impresionantes, pero Spilbergen tiene en su haber la segunda circunnavegación holandesa del globo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Hendrick Brouwer, descubridor de una nueva ruta</strong></p>
<p>Y como no hay dos sin tres, Hendrick o Enrique Brouwer, también navegante y también neerlandés, se echó a la mar en 1610 al frente de tres navíos probable-mente con el mismo encargo que sus compañeros y con la misión de circunnave-gar la tierra. Pero descubrió algo más, la que ahora conocemos como la ruta de Brouwer, que va desde Sudáfrica hasta la isla de Java navegando primero hacia el sur hasta encontrar la zona de los <em>Rugientes Cuarentas </em>(los fuertes vientos del oeste que soplan gran parte del año producto del efecto Coriolis en las latitudes entre los 40º y 50º sur) para luego encaminarse al este unas 4.000 millas, y virar al norte para atravesar el estrecho de la Sonda y alcanzar Batavia (Yakarta). Hasta ese momento, los neerlandeses habían seguido una ruta similar a la de los portugueses a través de la costa de África, la isla Mauricio y Ceilán. La nueva ruta reducía la anterior duración del viaje de un año a alrededor de 5-6 meses y, además del ahorro de tiempo y de costes, significaba una gran reducción en la incidencia de escorbuto entre la tripulación y estar sujetos a un clima mucho más saludable. Después de varios años ostentando cargos administrativo-comerciales en Japón y Ámsterdam, en el año 1643 Brouwer se pone al frente de una expedición de conquista a Chile para in-tentar establecer una base neerlandesa en el océano Pacífico. La expedición partió de Mauritsstad, Pernambuco, el 15 de enero con 5 buques y 350 hom-bres. Después de desembarcar en la isla de Chiloé, Brouwer comenzó sus operaciones militares atacando el humilde fuerte de Carelmapu y la villa de Castro. Pese al exitoso inicio y las prometedoras alianzas con los nativos, que odiaban a los españoles, el proyecto parece torcerse cuando Brouwer enferma repentinamente y muere. Tenía 62 años de edad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Su sucesor, Elías Herckmans</strong></p>
<p>Es el encargado de cumplir el último deseo del marino y le entierra en tierra firme en las ruinas de Valdivia, que toma el 24 de enero y a la que llama <em>Brouwershaven </em>en honor de su capitán. Pero el recién nacido asentamiento es efímero. Herckman y sus hombres ocuparon el lugar sólo hasta el 28 de octubre en el que emprendieron viaje de vuelta a Brasil, con la intención de un regreso que jamás se produjo. El virrey del Perú Pedro Álvarez de Toledo y Leiva se encargó de enviar en 1644 unos 1.000 hombres en veinte barcos para reasentarse en el emplazamiento e iniciar la construcción de un sistema de fuertes. Ni siquiera el anciano capitán Brouwe pudo descansar en paz: los españoles, liderados por el capitán Alonso de Mújica y Bui-trón, desenterraron su cadáver y lo quemaron «por hereje».</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Jacques L’Hermite, derrotado en El Callao</strong></p>
<p><strong> </strong>Su nombre real era Jacques de Clerck, y los españoles le conocían como Jacobo Heremita Clerk. Como tantos de sus compañeros, era un navegan te y explorador que había ostentando diferentes cargos comerciales en la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Su más famosa incursión en el Pacífico fue el asalto al Callao, Perú, en el año 1624, donde arribó con una fuerza de once navíos y entabló una feroz batalla que sería tenazmente repelida desde la pequeña fortaleza de Guadalcazar, que guardaba una guarnición española. La misión resultaría más ardua de lo previsto pa-ra una ciudad apenas fortificada y el mismo l´Hermite perdería la vida en el asalto. Se dice que de la angustia de ver la ciudad resistir, pero se cree que realmente se debió a la disentería y al escorbuto . Hugo Shapenham se hizo cargo de la dirección de la escuadra, manteniendo el bloqueo sobre el Callao durante 3 meses más hasta el 9 de septiembre, cuando, al ver que la empresa se hacía imposible, puso rumbo hacia Nueva España donde esperaba hacer presas de valor y continuar con la expedición. Cuando la flota llegó a estas costas, atacaron Acapulco, pasaron frente a Manzanillo, que finalmente no atacaron, y emprendieron la travesía del Pacífico hacia las islas de los Ladrones (islas Marianas), y luego hacia Batavia (hoy Yakarta). La flota superviviente estaba de regreso el 9 de julio de 1626. No habían conseguido conquistar Perú, pero sí completar la tercera circunnavegación neerlandesa, y pirata, del mundo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>…Y CABALLEROS BRITÁNICOS</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Francis Drake, armado caballero inglés</strong></p>
<p>Sí, sí, el vicealmirante Drake, el mismo que puso en jaque a la mismísima Armada Invencible, es un clásico donde los haya en el imaginario de la piratería. Habilidoso navegante y alumno aventajado del también corsario John Hawkins, comenzó su vida de marino con 13 años, y a los 20 ya era capitán de un navío. Su controvertida fama de héroe para unos y pirata para otros se inicia en el año 1577, cuando la reina Isabel I de Inglaterra le encarga la organización de una expedición contra los intereses españoles en la costa americana del Pacífico, y le confiere el mando de 5 navíos. En enero, al poco de partir, se hizo en la costa de Cabo Verde con la nave portuguesa <em>Santa María</em>, reteniendo a su capitán Nunho da Silva, experto conocedor de las costas sudamericanas. Esta maniobra le daría la información clave para navegar por las rutas hispano-portuguesas. A finales de agosto, cuando acomete la travesía del estrecho de Magallanes, ya ha perdido 4 barcos y varios hombres en distintos enfrentamientos con los indios patagones, pero, pese a ello, consigue asaltar por sorpresa a las desprotegidas colonias españolas del Pacífico, atacando Valparaíso, Coquimbo y Arica, llevándose grandes riquezas y huyendo hacia el Norte, en busca del Paso del Noroeste que le permita regresar de nuevo al Atlántico. Al no encontrarlo, se verá obligado a recurrir nuevamente al piloto que lleva secuestra-do, gran conocedor de la zona, y atravesar el Pacífico. El 26 de septiembre de 1580 llegó a Inglaterra junto con una preciada carga de especias y riquezas capturadas a los españoles durante el trayecto. Era el primer inglés que circunnavegaba la tierra, 50 años después que la expedición de Magallanes-Elcano, aunque más que por voluntad propia lo hubiera hecho huyendo de la persecución de los españoles. El 4 de abril de 1581, en una ceremonia celebrada a bordo de su barco, fue armado caballero por Isabel I de Inglaterra en recompensa por sus servicios a la corona inglesa. A partir de ese momento ostentaría el título de Sir, y en su escudo de armas acuñaría la leyenda <em>Sic parvis magna </em>(“Lo grande comienza pequeño”). Pero como ningún aventurero se ha conformado jamás sólo con los laureles de la gloria, será el propio Drake, un hombre de acción, quien en el año 1595 y ante el mal cariz que la guerra estaba tomando para los intereses ingleses, le proponga a la reina Isabel una audaz operación contra la América española: establecer una base inglesa permanente en Panamá para desde allí poner en jaque los dominios españoles en el Caribe. Tras sufrir una dura derrota frente a una minúscula fuerza de 120 soldados españoles mandados por los capitanes Enríquez y Agüero, a mediados de enero de 1596, a los 56 años de edad, Drake enfermó de disentería y murió frente a las costas de Portobelo, en Panamá. A manera de entierro, su cuerpo fue lanzado al mar en un ataúd lastrado. El saldo de aquella expedición suicida que, además de a Drake también costó la vida a John Hawkins, sería de tres buques captura-dos por los españoles, 17 buques hundidos o abandonados, 2.500 muertos y 500 prisioneros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Richard Hawkins, de pirata a cazapiratas</strong></p>
<p>El almirante Sir Richard era hijo de John Hawkins, por lo que desde su niñez estuvo familiarizado con la navegación. En 1593 compró el <em>Dainty</em>, un barco construido originalmente por su padre y usado en sus expediciones a las colonias españolas, las indias occidentales y los mares del sur, y lo preparó para una larga navegación. Aunque seguramente tuviera previsto atacar las colonias españolas en América, en un escrito realizado treinta años después del viaje, Hawkins sostiene que su expedición era puramente geográfica. En junio de 1594, un año después de dejar Plymouth, y tras haber pasado el es-trecho de Magallanes, llegó a la Bahía de San Mateo, en la costa de Ecuador. Una vez allí, como cualquier navío enemigo era considerado pirata, el <em>Dainty </em>fue atacado por la flota española bajo el mando de Beltrán de Castro. Al final de la contienda, gravemente herido, negoció una rendición a cambio de un salvoconducto fuera del país para él y sus hombres. Los españoles no cumplieron su palabra, y Hawkins fue arrestado por la Inquisición y hecho preso en Sevilla y Madrid. Consiguió la libertad en 1602 y retornó a Inglaterra, donde, quizá para compensarle, le nombraron caballero en 1603. A partir de ese momento, y convertido en miembro del Parlamento, pasa el resto de su vida dando caza a piratas. Primero en Devon y luego en el Mediterráneo contra los corsarios argelinos. Una forma como cualquier otra de poner en valor su experiencia y sus conocimientos.</p>
<p><strong>Henry Morgan o el saqueo de Panamá</strong></p>
<p>Nacido en Gales en 1635, Henry, hijo de un rico labrador y sin antecedentes marineros, dejó su hogar para buscar aventuras en el Nuevo Mundo. Recaló pronto en la isla de Jamaica, y en connivencia con sus gobernadores empren-dió varias campañas bélicas contra las posesiones españolas en la zona del mar Caribe. Su primer intento de incursión en el Pacífico se produce en el año 1665, cuando fue nombrado por Mansvelt como segundo al mando en la misión en-cargada por el gobernador jamaicano Thomas Modyford para tomar Curazao y Natá en Panamá; y después asolar la costa del océano Pacífico, empresa que no llega a tener éxito. Sí lo tiene, sin embargo, el saqueo de Portobelo, en 1668, lo que probablemente envalentonara a Morgan lo suficiente como para emprender una tara más ambiciosa: tomar la ciudad de Panamá. Pese a que en ese momento las relaciones entre España e Inglaterra estaban asentándose, sabedor quizás de que pronto se acabaría el tiempo de las patentes de corso, Morgan consigue ser nombrado jefe de la Escuadra de Guerra para reparar una presunta tropelía llevada a cabo contra un súbdito inglés, excusa que le permitirá mover libremente una flota de 37 navíos y al menos 2.000 hombres. Auténticas guerras se han librado con menos medios. La acometida a la ciudad de Panamá en el año 1670 ha pasado a la historia como una importante maniobra estratégica, pese a que el objetivo no fuese militar, sino la obtención de riquezas. Aun teniendo las circunstancias en su contra, Morgan demostró sus dotes de liderazgo al atravesar el istmo de Panamá por tierra a través de la selva, encabezando una banda de asaltantes sin medios ni provisiones durante una semana, y enfrentándose a la guarnición de la ciudad de Panamá con evidente desventaja de hombres y armamento. Después del despojo, Morgan ordenó la retirada y partieron el 24 de febrero de 1671. Hubo proposiciones de su tripulación para continuar el pillaje en la costa del océano Pacífico, pero el capitán se negó resueltamente. Las crónicas narran que los filibusteros llevaban 175 mulas cargadas de oro, plata y joyas, además de unos 600 prisioneros. Y sin embargo era un botín pobre si se considera la envergadura de la campaña. A pesar de que Morgan fue recibido con honores en Jamaica, las consecuencias del saqueo de Panamá tuvieron repercusión en el gobernador Modyford. Ante el requerimiento de España se consideró el ataque como un acto de piratería. Modyford fue llamado ante la justicia británica y fue encerrado en la Torre de Londres por dos años. Morgan fue llevado a Inglaterra el 6 de abril de 1672 para cubrir el expediente, pero no fue confinado, y en enero de 1674, ante amenazas de piratas franceses sobre Jamaica, regresó a la isla. Antes de su partida, el propio rey Carlos II le nombró caballero y le concedió el cargo de Teniente de Gobernador en Jamaica, donde, como en un guiño del destino, fue conminado a perseguir a piratas de la zona.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>William Dampier, bucanero y botánico</strong></p>
<p>Fue capitán de navío, ocasional bucanero y corsario, pero también un excelente escritor, botánico y observador científico. Pese a ser relativamente poco conocido, fue el primer británico en explorar y cartografiar las costas de Nueva Holanda (ahora Australia) y de Nueva Guinea. Circunnavegó el mundo dos veces, e incluso pudo haber completado una tercera siendo el primer hombre en realizar esta hazaña. En 1678 participó en tripulaciones con bucaneros en tierras españolas de América Central. De 1679 a 1681 formó parte de la tripulación del bucanero Bartholomew Sharp, que abordó gran número de barcos españoles y arrasó los asentamientos españoles en el Perú antes de regresar al Caribe. En 1683, junto a John Cooke (o Cook), entró en el Pacífico vía el Cabo de Hornos y pasó un año atacando las posesiones españolas en el Perú, las islas Galápagos y México. Esta expedición iba recogiendo los bucaneros y barcos que encontraba a su paso, hasta llegar a tener una flota de diez buques. En México Cook murió, y la tripulación eligió un nuevo líder, el capitán Edward Davis. Dampier fue transferido al barco del capitán Charles Swan, el corsario Cygnet, cuya intención era asaltar diversos asentamientos y tender una emboscada al galeón de Manila, pero a principios de 1688 el <em>Cygnet </em>quedó varado en la cos-ta noroeste de Australia, cerca del King Sound. Este hecho fortuito despertó el interés científico de Dampier. Mientras el buque estaba siendo carenado, él tomó notas sobre la fauna y la flora y los pueblos in-dígenas que encontró allí. Tras diversas aventuras Dampier volvió a Inglaterra en 1691 por el cabo de Buena Esperanza, sin dinero pero en posesión de sus diarios, que publicó nada más llegar, bajo el título de <em>New Voyage Round the World. </em>Su obra llamó la atención del Almirantazgo Británico y en 1699 se le dio a Dampier el mando de la <em>HMS Roe-buck. </em>Su misión era explorar la costa oriental de la actual Australia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La Guerra de Sucesión española estalló en 1701, por lo que los marinos ingleses fueron movilizados. Dampier fue nombrado comandante de un buque del gobierno de 26 cañones, el <em>St George</em>, con una tripulación de 120 hombres. A ellos se les unió el galeón de 16 cañones <em>Cinque Ports</em>, con 63 hombres. Embarcaron el 30 de abril de 1703. En ruta, atacaron sin éxito a un buque francés y capturaron tres pequeños barcos españoles y un buque de 550 toneladas. En este viaje es donde El <em>Cinque Ports </em>abandonaría al marinero Alexander Sel-kirk en una isla deshabitada en el archipiélago Juan Fernández por quejarse de las condiciones de navegación. Selkirk sería rescatado por Dampier cinco años después, y se cree que sus vivencias inspiraron el personaje de Robinson Crusoe. El viaje que originó el rescate de Selkirk estaba financiado por Woodes Rogers y otros comerciantes de Bristol. Dos fragatas, el <em>Duke </em>y la <em>Duchess</em>, partieron de Inglaterra en 1708 y regresaron tres años después, tras haber acumulado casi £ 200.000. Pese a lo exitoso de la operación, los inversores no estuvieron de acuer-do en el reparto de las ganancias y se entablaron varios pleitos. Dampier murió en Londres en 1715, antes de haber recibido su parte. Nunca se hizo rico, pero sus apuntes botánicos ayudaron a Charles Darwin y a Alexander von Humboldt a desarrollar sus teorías e impulsó innovaciones en la tecnología de navegación que serían posteriormente estudiadas por James Cook y Horatio Nelson. ¿Una mente privilegiada o muchas horas para pensar a bordo? Sanguinarios o sensibles. Expertos marineros o cruentos corsarios reconvertidos en cazapiratas, la personalidad de estas figuras trascienden el tiempo y el espa-cio. Pero fue un mar recién descubierto, el Pacífico, el que les dio la primera oportunidad de buscar unos límites que no tenían y de soñar con unas vidas que quizá de otro modo les hubieran estado vedadas.</p>
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		<title>El primer mapa español del descubrimiento del Mar del Sur</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-primer-mapa-espanol-del-descubrimiento-del-mar-del-sur/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:58:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 46]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Es esta una carta náutica manuscrita e iluminada, trazada en pergamino de 68 x 89,5 cm. Está construida sobre un sistema rum-bos, organizados en 16 rosas de los vientos en [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Es esta una carta náutica manuscrita e iluminada, trazada en pergamino de 68 x 89,5 cm. Está construida sobre un sistema rum-bos, organizados en 16 rosas de los vientos en torno a una central colocada en el Ecuador, en la zona de Sudamérica. Lleva una escala de latitud que atraviesa Brasil, separando las posesiones españolas de las portuguesas y dividida de 5 en 5 grados, desde 31º N. a 28º S. En la parte inferior de la carta aparece una esca-la gráfica de 1.000 de millas. Representa las Antillas, parte del golfo de México y la costa occidental de Sudamérica hasta el cabo Frío. Pero especialmente está señalada la costa pacífica que acababa de descubrir Núñez de Balboa. Efectivamente debajo de esta costa y en el centro de la carta aparece una amplia noticia en latín que nos ilustra sobre el descubrimiento del Mar del Sur por Balboa en 1513, aunque su nombre no es mencionado. <em>Fernando, rey de España como quiso de esta tierra tener un buen conocimiento, envió a esta tierra cerca de 500 hombres expertos y diestros en la guerra, para que diligentemente la recorrieran toda. Los cuales se adentraron cerca de 60 mil pasos; encontraron otro mar salvaje y casi inmenso, cuyo curso de las olas se volvía hacia la parte austral del litoral, de donde parece claro que esta tierra de ninguna manera es un continente como algunos cosmógrafos han pretendido.</em></p>
<p>La idea de insularidad que indica la leyenda está presente, ya que el trazado de ambas costas en el mapa se interrumpe, sugiriendo la idea de un paso de uno a otro océano. La costa pacífica incluye dos letreros: <em>COSTA DE TAMAO </em>e Í<em>NSULA DE LAS PERLAS </em>procedentes de los descubrimientos de Núñez de Balboa. Costa de Tamao es una lectura defectuosa de “costa de Tumaco”, un cacique que le propor-cionó la noticia de la isla de las Perlas y le entregó muchas en señal de amistad. Además, un poco más abajo el cartógrafo informa: <em>OCCEANUS OCCI. QUI CUM MERIDIONALI COIUNGITUR</em>, (océano occidental que se une con el meridional) insistiendo en la idea de insularidad y denominando por primera vez al nuevo océano descubierto como meridional o del Sur. En la parte de Venezuela, debajo de los topónimos Coro y Venezuela, aparece el rótulo, <em>DADAIBA </em>con la siguiente explicación: <em>Aquí (hay) una cierta reina do-minadora a cuyo imperio están sujetos muchos pueblos, riquísima de mucho oro. </em>La noticia también procede de la expedición de Núñez de Balboa, referida a la región de Urabá y Río Negro. Antonio de Herrera la cita atribuyendo la bús-queda a Núñez de Balboa en 1513. En esta región existía entre los indios la creencia de que Dabaiba era la gran madre de los dioses, venerada en su tem-plo de Urabá.</p>
<p>La conversión de la diosa en reina nos sitúa ante la primera mención del mito de las amazonas ligado a Sudamérica, varios años antes del descubrimiento del río de las Amazonas por Orellana en 1541. La carta que examinamos es anónima y tampoco tiene fecha. Se comprueba enseguida que es un documento español, con leyendas en latín y con topónimos que alternan las formas en español, portugués e italiano con fuerte predominio de estos últimos. En el norte está reflejada sólo la parte SE del golfo de México y la península de la Florida con un contorno insular, según la opinión de Ponce de León en 1512. Yucatán, llamada aquí (Tierra) Yucatana, aparece dibujada como una isla, iniciando una tendencia que va a mantenerse en todos los mapas de los primeros treinta años del siglo XVI. El centro geográfico del mapa está determinado por la gran rosa de los vientos central en la zona de Venezuela. Las leyendas en latín sobre el descubrimiento del mar del Sur y de la región de Dadaiba son muy explícitas, indicándonos que esta era la razón de la construcción del mapa. No están representados los descubrimientos de Cortés en México que empezaron en 1519 y que causaron admiración en Europa, ni la fundación de Panamá por Pedrarias Dávila en el mismo año, tampoco los descubrimientos de Antón Alaminos en el golfo de Méjico, por lo que debe ser datado antes de 1518. Debemos resaltar que las únicas leyendas explicando descubrimientos y haciendo un análisis geográfico de ellos son las referentes a los de Núñez de Balboa. Con los datos reunidos hasta aquí pode-mos resumir que la carta refleja los descubrimientos de los españoles realizados hasta 1518, sobre todo en la costa de Centroamérica y golfo de Méjico. Sabemos que Núñez de Balboa envió al Rey un mapa detallando sus descubrimientos, pues en una Real Cédula de 1514 se le dice a Pedrarias Dávila que:<em>amojone y dé nombres a todo lo que descubra y que envíe mapas, ya que el remitido por Vasco Nuñez resulta de difícil interpretación. </em>No sabemos si Pedrarias cumplió lo que se le mandaba y envió otro mapa; en todo caso es significativo que en la explicación del descubrimiento del Mar del Sur no se nombre a Balboa y se diluya su protagonismo en una hazaña colectiva.</p>
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<li>NOTA: El mapa de Núñez de Balboa se encuentra en Herzog August Bibliothek, en Wolfenbüttel, sig. Aug. 103, y fue estudiado y expuesto en España en el año 2000 con motivo de la exposición <em>Carlos V, la náutica y la navegación</em>.</li>
</ul>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-primer-mapa-espanol-del-descubrimiento-del-mar-del-sur/">El primer mapa español del descubrimiento del Mar del Sur</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>El Pacífico, en español</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-pacifico-en-espanol/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:57:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 46]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hace ya cinco siglos del primer avistamiento del Pacífico por Vasco Núñez de Balboa y han pasado más de cien años desde que los españoles perdieron sus últimos territorios en [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-pacifico-en-espanol/">El Pacífico, en español</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Hace ya cinco siglos del primer avistamiento del Pacífico por Vasco Núñez de Balboa y han pasado más de cien años desde que los españoles perdieron sus últimos territorios en aquel océano al que ellos mismos habían bautizado con el castellano nombre de “Pacífico”. En 1898 se perdieron las islas Filipinas, y un año más tarde las Marianas, las Palau y las Carolinas: eran los últimos vestigios de aquel imperio en el que no se ponía el sol. Pero el Pacífico es todavía hoy un océano lleno de huellas españolas en forma de topónimos que recuerdan el paso de nave-gantes, misioneros y soñadores hispanos por el llamado Lago español.</strong></p>
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<p><strong>HUELLAS ESPAÑOLAS EN LOS MARES DEL SUR</strong></p>
<p>“En el principio fue el océano”. Así podría comenzar este paseo por la herencia española en el Pacífico a través de algunos de los topónimos que han conseguido perdurar más que la propia presencia hispana. El océano que contempló Vasco Núñez de Balboa en 1513 fue llamado en un primer momento “Mar del sur”, pero el nombre con el que finalmente sería conocido hasta nuestros tiempos se lo puso el navegante Fernando de Magallanes durante su viaje alrededor del mundo aproximadamente en el año 1520. Tras conseguir que sus naves atravesaran las turbulentas aguas del estrecho hoy conocido como de Magallanes (él lo llamó de Todos los Santos), encontró un mar tranquilo al que dio el nombre de “Pacífico”</p>
<p>El otro gran topónimo de origen hispano que ha perdurado hasta nuestros días es el del gran continente del Pacífico: Australia. Su nombre tiene una doble etimología: por un lado deriva del latín “Australis” que quiere decir “tierra del sur” y enlaza con las leyendas medievales de una Terra Australis incógnita que se suponía que tenía que existir en algún lugar del mundo. Por otra parte, Pedro Fernández de Quirós descubrió una isla en el archipiélago de las Nuevas Hébridas (actual Vanuatu) a la que bautizó como Austrialia del Espíritu Santo, uniendo las palabras Austral (sur) y Austria, la dinastía que entonces reinaba en España. Así, simplificado como Australia, se conocerían desde entonces las tierras al sur de Nueva Guinea.</p>
<p><strong>LAS ISLAS DE “MIRA CÓMO VAS”</strong></p>
<p>También encontramos curiosos topónimos castellanos en uno de los archipiélagos de la Micronesia, las islas Carolinas, que formaron parte de nuestro imperio oceánico hasta 1899 en que fueron vendidas a Alemania por el llamado Tratado Germano-Español. Las islas fueron descubiertas por Toribio Alonso de Salazar en el viaje por el océano en el que murió Elcano en 1526, avistando la isla de Taongui, conocida como San Bartolomé o de Gaspar Rico. En 1528 el descubridor Álvaro de Saavedra tomó posesión para la Corona española de la isla de Uluti o de los Reyes, en el actual archipiélago de las Marshall, conocida algún tiempo después como islas de los Garbanzos. El archipiélago fue recibiendo diversos nombres (islas de los Corales, del Rey, de los Jardines, Santo Tomé), e incluso durante algún tiempo como Nuevas Filipinas, o nombres tan curiosos como Mira cómo Vas, pa-ra el atolón Minto, hasta que Francisco de Lezcano las llamó Carolinas, en honor del rey Carlos II de España en 1686, incluyendo en el nombre a las islas Palaos y a las que después serían rebautizadas como islas Gilbert e islas Marshall por los exploradores ingleses del mismo nombre que las visitaron (las primeras en 1788 y en 1799 las segundas). Actualmente las islas Carolinas integran dos países independientes: los Estados Federados de Micronesia y la República de Palaos. En las Carolinas apenas quedan recuerdos de España, más allá de lo anecdótico, como un pueblo en la isla de Yap llamado Madrich. La influencia más duradera ha sido la religión a través de la presencia permanente de misioneros.</p>
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<p><strong>NOMBRES Y RECUERDOS EN LA POLINESIA FRANCESA</strong></p>
<p>En la actual Polinesia Francesa también podemos rastrear huellas españolas, aunque poco queda más allá de algún nombre y del recuerdo histórico. Fue Ma-gallanes el primer europeo que se supone que llegó a este archipiélago en 1521, concretamente a las Tuamotu, una de las cinco divisiones administrativas de ese territorio, francés ultramarino en la actualidad. A la primera isla que poblaron la llamaron La Conversión de San Pablo pero los franceses de Bougainville cambia-ron el nombre por El Arpa y más tarde el británico Cook por Isla del Arco. Los españoles dieron hermosos nombres a otras islas polinesias: isla Decena por ser la décima isla hallada, Luna Puesta, Peregrina, y Sagitaria, entre otras. También dieron nombre a La Fugitiva, presumiblemente en el archipiélago de la Sociedad. En 1595 el español Álvaro de Mendaña descubrió y bautizó el archipiélago de las Marquesas («Islas Marquesas de Mendoza» en honor al virrey de Perú, García Hur-tado de Mendoza, marqués de Cañete) y en 1606 el portugués Pedro Fernández de Quirós llegó a las Tuamotu. Después vendrían los holandeses, británicos y france-ses, y de los españoles apenas quedó otra cosa que algún topónimo suelto que final-mente se ha perdido al recuperar los lugares sus originales nombres en polinesio.</p>
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<p><strong>LAS ISLAS SALOMÓN Y MÁS</strong></p>
<p>Donde sí que quedan algunos topónimos originales es en las Islas Salomón (convertidas ahora en país independiente bajo el nombre de Solomon Islands), en la Melanesia. El nombre hace referencia a las míticas minas del rey Salomón, donde supuestamente guardaba los cargamentos que llegaban de Ofir. Los españoles suponían que era de estas islas de donde llegaban las riquezas hasta Perú, a unas ochocientas leguas de distancia, y por ello pusieron especial empeño en encontrar las islas míticas del rey bíblico. Mendaña, junto con Pedro Sarmiento de Gam-boa como piloto, se embarcó en una expedición para encontrarlas en el inmenso océano Pacífico y ciertamente llegó a unas islas (son un total de 990), a las que los españoles fueron poniendo nombres muy variopintos: Florecida, Sesarga, Guadalcanal, Buenavista, San Jorge; San Nicolás; Ramos; Galera, Florida, San Dimas, San Germán, Guadalupe, Arrecifes, San Marcos, Treguada, Tres Marías, Santia-go, San Urbán, San Cristóbal, Santa Catalina, San Jerónimo y Santa Ana. Más al sur, la expedición arribó al archipiélago de Santa Cruz, en cuya isla principal se fundó la primera población española en la bahía denominada Graciosa, refundada once años después por Pedro Fernández de Quirós. De aquellos nombres, muchos han sido sustituidos por otros en inglés o en la lengua local, pero quedan algunos de claro sabor hispano, como Guadalcanal donde la calle principal de su capital (Honiara) se llama Mendaña Avenue, en honor del primer europeo que llegó hasta aquí. O como la isla de Isabel, bautizada así en honor de la esposa de Álvaro de Mendaña, la primera mujer almirante de la historia de España. Es la isla menos visitada por los turistas y por tanto una de las más auténtica.</p>
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<p><strong>FELIS CUMPLEAÑOS EN LAS ISLAS DE LOS LADRONES</strong></p>
<p><em>El Pacífico, ya se ha dicho, está salpicado de multitud de nombres (islas, localidades, bahías…) de origen español, más o menos conservados. Como las islas Marianas, que fueron siempre conocidas por el sobrenombre de Islas de los Ladrones, un archipiélago situado al este de Filipinas y al sur de Japón. Su isla más meridional es Guam, donde Magallanes desembarcó en 1521 y tomó posesión del archipiélago con el nombre de Islas de los Ladrones, que se mantuvo hasta que en 1668 España las reclamó, y se estableció en ellas una misión jesuítica que llegó a conseguir la conversión del cacique de aquellas islas. A partir de entonces se las conoce como Marianas, en honor a Mariana de Austria, esposa de Felipe IV. La presencia española (oficial) acabó en 1899 cuando el presidente del Consejo de Ministros Francisco Silvela se las vendió a Alemania por 25 millones de pesetas. Quienes se animen a viajar a las Marianas podrán escuchar con asombro en sus calles frases como “Buena suette, amigo” (que significa exactamente eso: “buena suerte, amigo”), o “Felis cumpleaños”, “Buenas noches”, “Buenas tàdes”, “adios” o “Felis Nabidat yan Añu Nuebu” (Feliz Navidad y Año Nuevo). También cuentan como nosotros (o casi): “Unu, dos, tres, kuåtro, sinko, sais, siete, ocho, nuebi, dies…” Y es que los españoles dejaron en estas islas sobre todo el idioma, el chamorro, que se continua hablando sobre todo en las Marianas del Norte (Estado Libre Asociado a Estados Unidos), con un gran porcentaje de sus palabras directamente prestadas del español. El chamorro no es un criollo del español porque, aunque un cincuenta por ciento de las palabras proceden de nuestro idioma, la estructura proviene del micronesio. Una curiosidad: el chamorro es uno de los pocos idiomas del mundo, junto con el castellano, que contiene en su alfabeto la letra “ñ”. Se calcula que hay aproximadamente unos 50.000 hablantes de chamorro dispersos en Guam, Saipán, Tinián, Rota, Yap, Ponapé y otras partes de Estados Unidos.</em></p>
<p>En el remoto archipiélago de Vanuatu (las antiguas Nuevas Hébridas, a unos 1.750 km al este de Australia y 500 km al noreste de Nueva Caledonia), también encontramos rastros españoles. Fue aquí, en la isla del Espíritu Santo, don-de el navegante Pedro Fernández de Quirós llegó en 1606 y creyó haber llegado a la Terra Australis. Por ello la llamó Terra Austrailia del Espíritu Santo y fundó una colonia, Nueva Jerusalén, en la bahía de San Felipe y Santiago, en cuyo puerto de Veracruz (homónimo del mexicano del Caribe) había desembarcado. Entre los nombres de esta época designados por Quirós figuran Virgen María, Los Portales de Belén o Las Lágrimas de San Pedro.</p>
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<p><strong>ESPAÑOLES EN PAPÚA</strong></p>
<p>Y seguimos por aquellos remotos mares en busca de huellas españolas. En las costas de Papúa encontramos el recuerdo de las expediciones de Saavedra, Grijalva y Alvarado e Íñigo Ortiz de Retes que llegaron a las costas de Papúa inmediatamente después de los portugueses, que las habían explorado desde sus enclaves en el Índico. Los españoles iban buscando las islas de las especias, el Maluco, las actuales islas Molucas, pero dieron con una tierra de hombres blancos y barbudos (los papúes) que dieron nombre a las primeras islas descu-biertas: Barbuda y Gente Blanca. Aquellas islas pronto se conocieron como las islas de los Papúas o los Crespos, por el pelo rizado de sus indígenas, hasta que en 1545, Ortiz de Retes tomó posesión de aquellas tierras y las llamó Nueva Guinea («La gente es tan atezada como la de Guinea y bien dispuesta”, expli-caba en sus cartas). Los primeros nombres españoles como Urays la Grande, la Ballena (Koeroedoe), Barbada, Salida, Mala Gente- se perdieron para siempre. Otros, como Los Volcanes o el grupo de la Magdalena acabaron cambiando a nombres antosajones o alemanes, como las islas Bismarck, entre las que está el archipiélago de las Schouten, en el que figuraba una isla conocida como la Sevi-llana, junto a la Gallega, los Mártires o los Volcanes.</p>
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<p><strong>PARECE VELA</strong></p>
<p>Quizá el nombre más curioso que los españoles dieron a los territorios insulares que iban descubriendo en sus viajes por los Mares del Sur sea el del islote Parece Vela, así llamado por su parecido con una vela latina vista desde el aire. Probablemente así la vio un vigía desde la cofia del palo mayor de la flota de Legazpi en 1565. Pa-rece Vela hoy es la isla más meridional de Japón y se llama Okinotorishima, que en japonés significa «isla remota de los pájaros». En la actualidad, la isla está en disputa con China por unas previsibles reservas de hidrocarburos en el subsuelo.</p>
<p>También hay rastros españoles en los actuales Kiribati (antiguas Islas Gilbert) y Tuvalu (antes Islas Erice). Tarawa, la isla capital de Kiribati, fue asentamiento español pero no guarda el nombre original. La primera isla que tocó la expedición de Mendaña en su primer viaje explorador tras salir del Callao fue un grupo de islotes del archipiélago de las Ellice (Tuvalu) al que llamó Nombre de Jesús. Otras veces, los nombres eran menos imaginativos y elevados: a una de las islas Gilbert la llamaron Pescado y a otra, Decimocuarta, quizá cansados de buscar nombres para tantas islas.</p>
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<p><strong>LA COSTA PACÍFICA DEL CONTINENTE AMERICANO</strong></p>
<p>Aún nos quedaría por hablar de muchas otras presencias hispanas en el Pacífico que requerirían un reportaje por sí mismos, como los numerosos topónimos que pueblan las costas del Pacífico de los Estados Unidos y de Canadá (desde Bodega Bay en California, en honor de su descubridor, el español Bodega y Quadra) hasta una curiosa Córdova en las costas de Alaska. El listado de los nombres de origen español sólo en Alaska incluye más de 90 topónimos: la bahía de Torres, la bahía de Quevedo, Blanquizal Island, Cabo de las Lomas, Bocas de Almirante, Ensenada de Torres, Cabo Suspiro, Point Miraballes, Point Providencia, Sombrero Island, Tranquil Point, o Ulloa Channel, entre tantos otros. Son el recuerdo de la esforzada búsqueda del Paso del Noroeste por los marinos españoles, y de su intento de parar la expansión rusa por esta costa, que les llevó hasta Alaska, salpicando a su paso de nombres españoles toda la costa americana del Pacífico Norte.</p>
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<p><strong>Y, POR ÚLTIMO, LAS FILIPINAS</strong></p>
<p>Por supuesto, habría que evaluar qué queda de España en Filipinas (su nombre proviene de Felipe, el rey de Espa-ña cuando Legazpi las descubrió), pero esto sí que merecería un estudio más detenido, no en vano fueron cuatro los siglos de presencia permanente de los españoles en la que fuera nuestra gran colonia del Pa-cífico. Dado lo excesivo del intento, tan sólo cabe señalar el mantenimien-to del español tanto en la lengua criolla, el chabacano, como en el tagalo donde hay más de 8.000 palabras directamente heredadas del castellano. Y constatar que los topónimos hispanos en Filipinas son infinitos, muchos de ellos ligados a la religión católica, que sí que ha perdurado como herencia hispana. Estos topónimos, junto con el resto de los que salpican el mapa del Pacífico, son el tímido testimonio de que hubo un tiempo, hace ya muchos siglos, en que los españoles soñaron con convertir aquel pacífico océano que habían descubierto desde América, en un “lago español”.</p>
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<p><strong><em>ISLAS ESPAÑOLAS OLVIDADAS</em></strong></p>
<p><em>¿Queda algo de aquel imperio español donde nunca se ponía el sol? Pues aunque parezca increíble, nos quedan cuatro islas en las que nunca se perdió (oficialmente) la soberanía española.</em></p>
<p><em>El problema es que son tan solo cuatro islas insignificantes y remotas en la Micronesia: Guedes, Coroa, Pescadores y Ocea.</em></p>
<p><em>Como suele pasar, todo se debe a un olvido, explicable dado el tamaño de las islas en cuestión y su nulo interés económico o estratégico. En 1899, España liquidó los restos de su imperio de ultramar vendiendo a los alemanes las últimas posiciones en Oceanía: Carolinas, Marianas y Palaos. Pero nadie se acordó de mencionar estos cuatro atolones, ni en el tratado hispano-estadounidense, firmado en París el 10 de diciembre de 1898, ni en el Tratado germano-español firmado en Madrid el 30 de junio de 1899, en el que se cedieron definitivamente al Imperio alemán los archipiélagos de Carolinas, Palaos y Marianas, excepto la isla de Guam.</em></p>
<p><em>Los cuatro islotes quedaron olvidados hasta que en 1948 el historiador Emilio Pastor encontró unos documentos que acreditaban que Guedes, Coroa, Pescadores y Ocea seguían perteneciendo a España. Era la llamada “Micronesia Española”, pero ni siquiera el gobierno de Franco, tan interesado por entonces en recuperar el recuerdo del gran ”imperio donde no se ponía el sol”, mostró interés por el asunto. Así pues, en teoría, estas islas deshabitadas y alejadas de las rutas marítimas siguen siento territorio español. En la realidad, Guedes está administrado por el estado de Indonesia bajo el nombre de Mapia, mientras que Pescadores (Kapingamarangi) y las otras han sido repobladas por pequeñas comunidades de pescadores y pertenecen a los Estados Federados de Micronesia.</em></p>
<p><em>Además de las islas principales, quedan en el Pacífico decenas de escollos y atolones coralinos que un día fueron españoles y que hoy no son de nadie. Son “islas Perejil” pero demasiado distantes para que nadie reclame su soberanía.</em></p>
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