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	<title>Boletín 47 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 47 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Diego de Ordaz (1531)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/diego-ordaz-1531/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Apr 2020 14:27:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 47]]></category>
		<category><![CDATA[El Descubrimiento del Orinoco]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Descubrimiento del OrinocoDiego de Ordaz (1531) Fue compañero de batallas del cartógrafo Juan de la Cosa en las costas selváticas del Darién, formó parte de las expediciones de Diego [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Descubrimiento del Orinoco</strong><br />Diego de Ordaz (1531)<br /><br />Fue compañero de batallas del cartógrafo Juan de la Cosa en las costas selváticas del Darién, formó parte de las expediciones de Diego Velázquez en Cuba, participó más tarde en la conquista de México bajo el mando de Cortés y fue el primero en explorar el Orinoco y su cuenca. Pero se le recordará siempre por haber sido el primer europeo que alcanzó la cima del Popocatepetl.</p>
<p><em><br />”Sería Diego de Ordaz de cuarenta años cuando pasó a Méjico&#8230; era capitán de soldados de espada y rodela, porque no era hombre de a caballo; (llevaba una yegua rucia, pasadera que corría poco); fue muy esforzado y de buenos consejos, era de buena estatura e membrudo y la barba algo prieta y no mucha; y en la habla no acertaba bien a pronunciar ciertas palabras, sino algo tartajoso; era franco e de buena conversación</em>”. Así describe Bernal Díaz del Castillo, el soldado cronista de la conquista de México a Diego de Or az, el primer europeo que se asomó al cráter de un volcán americano, el Popocatepetl. Aunque este hecho le dio la fama para que se le autorizase a que en su escudo familiar figurase un volcán humeante, no fue la más notable de sus hazañas, pues Ordaz participó en el frustrado intento de poblar las tierras colombianas del golfo de Urabá con Alonso de Ojeda, tuvo un destacado papel en la triunfante aventura de Cortés de México y, finalmente, por su cuenta, exploró la cuenca del Orinoco en una infructuosa búsqueda de El Dorado.</p>
<p>De sus primeros años se sabe que nació hacia 1480 en Castroverde de Campos, hoy provincia de Zamora, hijo de Lope de Ordaz y de Inés Girón. Cuando Alonso de Ojeda, uno de los compañeros de Cristóbal Colón, con permiso de la Corona, partió para poblar los territorios del golfo de Urabá, donde el almirante había hallado abundantes perlas, Diego de Ordaz se apuntó a aquella expedición que topó con indios muy belicosos que disparaban flechas envenenadas y se comían a los prisioneros. En febrero de 1510, tras ser atacados por los indígenas, Alonso de Ojeda envió a Juan de la Cosa, el famoso cartógrafo, a perseguir a los atacantes con un grupo de expedicionarios entre los que se contaba Diego de Ordaz. En la persecución, los españoles llegaron a un poblado llamado Tubarco abandonado por los nativos y decidieron descansar sin tomar precauciones. Los indios cargaron entonces contra ellos y Juan de la Cosa, herido de muerte por un dardo emponzoñado, y Diego de Ordaz, herido leve en una pierna, se refugiaron en una choza con un puñado de sus hombres. Antes de morir, Juan de la Cosa pidió a Ordaz que aun a costa de su vida intentara avisar a Ojeda del desastre. Advertido Ojeda por Ordaz y otros supervivientes de la matanza, ordenó a los españoles que se refugiaran en los barcos.</p>
<p>Diego de Ordaz no vuelve a aparecer en las crónicas hasta un año después, cuando Diego Velázquez prepara su expedición a Cuba, y lo hace enrolado ya no como soldado bisoño sino como capitán experimentado en la lucha contra los indios. Algunos cronistas se refieren a él como criado del gobernador Velázquez. El 18 de noviembre de 1518 Diego de Ordaz figura como uno de los capitanes que parten de Santiago de Cuba a explorar los territorios descubiertos al oeste de la isla. Ordaz es uno de los hombres que el gobernador Diego Velázquez había infiltrado en la expedición para que vigilasen los actos de su capitán, Hernán Cortés. En la escala que la flota hizo en Trinidad, Velázquez ordenó a Ordaz que detuviera a Cortés, pero éste habló con Ordaz y consiguió persuadirle de que enviara un informe al gobernador sobre la rectitud de sus propósitos.</p>
<p>La expedición de Cortés, formada por 553 hombres, 109 marineros, doscientos indios auxiliares, dieciséis caballos y yeguas, diez cañones pequeños y cuatro falconetes llegó sin novedad a la isla de Cozumel, frente a las costas de Yucatán. Allí tuvo lugar la primera bronca de Hernán Cortés a Diego de Ordaz, al que había ordenado ir al continente en busca de unos españoles que años antes habían naufragado en aquella costa. Después de varios días de espera en los barcos, Ordaz había vuelto a la isla sin esperar el regreso de los indios de Cozumel enviados a buscarlos. Bernal Díaz del Castillo cuenta así el incidente: “<em>Cuando Cortés vio volver a Ordaz sin recaudo ni nueva de los españoles ni de los indios mensajeros, estaba tan enojado y dijo con palabras soberbias a Ordaz que había creído que otro mejor recaudo trajera </em><em>que no viniese así, sin los españoles ni nuevas de ellos, porque ciertamente estaban en aquella tierra</em>”. Poco después de ponerse en marcha de nuevo la flota hacia el Norte, uno de los barcos comenzó a hacer agua y todos regresaron a Cozumel para repararlo. Estando en esta labor aparecieron los indios llevados por Ordaz al continente en busca de los españoles perdidos, acompañados por Jerónimo Aguilar, uno de los naufragados años antes, que había sobrevivido viviendo con los indígenas.</p>
<p>Los expedicionarios de Cortés navegaron cerca de la costa de Yucatán, pasaron el cabo Catoche y llegaron el 24 de marzo al río Tabasco o de Grijalva, por el que determinaron entrar para reconocer la tierra, donde fueron atacados por los indígenas. Los indios empleaban sus flechas para mantenerse fuera del alcance de los infantes españoles. Bernal Díaz del Castillo cuanta el siguiente diálogo mantenido con Ordaz en el combate: “<em>Yo dije</em>: <em>Diego de Ordaz, paréceme que podemos apechugar con ellos, porque verdaderamente sienten bien el cortar de las espadas y estocadas, y por esto se desvían algo de nosotros, por temor </em><em>de ellas y por mejor tirarnos sus flechas y varas tostadas y tantas piedras como granizos</em>. <em>Y respondió que no era buen acuerdo, porque había para cada uno de nosotros trescientos indios; y que no nos podríamos sostener con tanta multitud; y así estábamos con ellos sosteniéndonos. Y acordamos de allegarnos cuanto pudiésemos a ellos, como se lo había dicho al Ordaz, por darles mal año de estocadas, y bien lo sintieron, que se pasaron de la parte de una ciénaga</em>”. La intervención de la caballería de Cortés fue decisiva y los caciques indios que aceptaron la rendición y entregaron a Cortés una joven noble cautiva que hablaba azteca, a la que bautizó y puso por nombre Marina. Esta muchacha, que al igual que Jerónimo Aguilar había aprendido maya durante su cautiverio, sería de gran utilidad durante la conquista de México. Cortés hablaba español con Aguilar y éste traducía al maya lo que luego Marina trasladaba al azteca.</p>
<p>Los españoles continuaron su navegación hacia el Norte y un mes después, cuando se encontraba en la isla de San Juan de Ulúa, frente a la actual Veracruz, los españoles supieron que los nativos de aquellas tierras estaban sometidos a un gran cacique del interior del continente, llamado Moctezuma, que vivía en una gran ciudad edificada en un lago. Los españoles pasaron a tierra firme, donde les visitó el gobernador azteca de la región, a quien Cortés le expresó su deseo de visitar a su emperador. Durante la visita un indígena pintaba todo lo que veía en el campamento español para enviárselo a Moztezuma. Al cabo de ocho días Cortés recibió una embajada del imperio azteca cargada de gran número de piezas de oro, perlas y piedras preciosas. Cortés volvió a manifestar a los enviados su deseo de conocer a su gran señor, pero pasaba el tiempo y los aztecas daban largas de los deseos de los españoles de penetrar en su reino.</p>
<p>La llegada de los tesoros, la inactividad, el calor asfixiante y los mosquitos impacientaron a muchos de los expedicionarios, que comenzaron a quejarse de que ellos habían venido a enriquecerse y no a poblar, y que ya era hora de volver a sus casas con lo obtenido con el tesoro enviado por Moztezuma. Según el historiador Antonio de Solís, Diego de Ordáz fue quien se convirtió en portavoz de los partidarios de volver a Cuba para dirigir las quejas a Cortés. “<em>Hablóle en nombre de todos Diego de Ordaz –cuenta Solís- y no sin alguna destemplanza en que se dejaba conocer la pasión, le dijo: que la gente del ejército estaba sumamente desconsolada y en términos de romper el freno de la obediencia</em>”. Cortés decidió entonces cortar por lo sano y mandó apresar a Diego de Ordaz y a otros dos capitanes y los mantuvo aislados varios días hasta que se calmaron los ánimos. Solís cuenta que Cortés “<em>se valió de esta prisión para meter mañosamente algunos de sus confidentes que procurasen reducirlos y ponerlos en razón, como lo consiguió con el tiempo, dejándose desenojar tan autorizadamente, que los hizo sus amigos, y estuvieron a su lado en todos los accidentes que se le ofrecieron después”.</em></p>
<p>Durante su estancia en aquella tierra caliente, Hernán Cortés había recibido la visita de una comisión de la ciudad de Cempoala, conquistada poco antes por Moctezuma, que le hicieron saber su descontento y le invitaron a visitar su pueblo. Viendo Cortés que el imperio azteca tenía puntos débiles por donde atacarlo, decidió aceptar la invitación. Antes de internarse en México, para no dejar cabos sueltos, decidió enviar el tesoro de Moztezuma a España para hacer saber al rey su propósito de conquistar aquellas ricas tierras en su nombre, mandó echar a pique sus barcos, dejó en la recién fundada Veracruz a los enfermos y partió el 16 de agosto con cerca de cuatrocientos españoles, quince caballos, siete cañoncetes y mil quinientos indios.</p>
<p>En cinco días de marcha, los expedicionarios alcanzaron el altiplano mexicano, a dos mil metros de altitud, en una región, Tlaxcala, poblada por indígenas que no se habían sometido a Moctezuma. Confiaba Cortés en hacerlos sus aliados para hacer frente a los aztecas, pero los tlaxcaltecas atacaron a los españoles con un numeroso ejército. El 5 de septiembre de 1519, tras una larga batalla en la que los tlaxcaltecas valoraron la fortaleza de los españoles como aliados contra los aztecas, se avinieron a ayudar a Cortés. Estando reposando de aquel combate y negociando con los de Tlaxcala, los expedicionarios repararon por primera vez en la montaña cónica, coronada de nieve que, humeante, se alzaba en el horizonte. Bernal Díaz del Castillo cuenta así la sorpresa que les produjo la visión del volcán Popocatpetl, de 5.500 metros de altitud: “<em>Hartos estarán ya los caballeros que esto leyeren de oír razonamientos y pláticas de nosotros a los tlaxcaltecas y ellos a nosotros; querría acabar ya, y por fuerza me he de detener en otras cosas que con ellos pasamos, y es aquel el volcán que está cabe Guaxocingo, echaba en aquella sazón que estábamos en Tlaxcala mucho fuego, más que otras veces solía echar, de lo cual nuestro capitán Cortés y todos nosotros, como no habíamos visto tal, nos admiramos de ello; y un capitán de los nuestros que se decía Diego de Ordaz tomóle codicia de ir a ver qué cosa era, y demandó licencia a nuestro general para subir en él, la cual licencia le dió, y aun de hecho se lo mandó”.</em></p>
<p>Bernal, el autor de la “Historia verdadera de la conquista de Nueva España”, cuenta vívidamente las dificultades la ascensión de Ordaz: “<em>Y llevó consigo dos de nuestros soldados y ciertos indios principales de Guaxocingo; y los principales que consigo llevaba poníanle temor con decirle que luego que estuviese a medio camino de Popocatepeque, que así llaman aquel volcán, no podría sufrir el temblor de la tierra y llamas y piedras y ceniza que de él sale, y que ellos no se atreverían a subir más de donde tienen unos cúes de ídolos que llaman los teules de Popocatepeque. Y todavía Diego de Ordaz con sus dos compañeros fue su camino hasta llegar arriba, y los indios que iban en su compañía se le quedaron en lo bajo, que no se atrevieron a subir, y parece ser, según dijo después Ordaz y los dos soldados, que al subir que comenzó el volcán a echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas, y mucha ceniza, y que temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcán, y que estuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta de ahí a una hora que sintieron que había pasado aquella llamarada y no echaba tanta ceniza ni humo, y que subieron hasta la boca, que era muy redonda y ancha, y que habría en el anchor un cuarto de legua</em>”.</p>
<p>Al término del relato enfatiza lo que sería el descubrimiento sustancial de aquella gesta de Ordaz, el objetivo final de la expedición de Cortés, Tenochtitlán: “ <em>que desde allí se parecía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados”. Y está este volcán de México obra de doce o trece leguas </em>–precisa Díaz del Castillo&#8211; <em>Y después de bien visto, muy gozoso</em> <em>Ordaz y admirado de haber visto a México y sus ciudades, volvió a Tlaxcala con sus compañeros, y los indios de Guaxocingo y los de Tlaxcala se lo tuvieron a mucho atrevimiento</em>”.</p>
<p>No fue este el único episodio notable de la intervención de Diego de Ordaz en la conquista de México, aunque el azufre encontrado por Ordaz en el Popocatpetl serviría mucho después a los españoles para la fabricación de la pólvora. Bernal le asigna un papel destacado en el apresamiento de Moctezuma. En la huída y posterior toma de Tenochtitlán destacó este capitán por su valentía, al mando de cuatrocientos soldados. Cortés le envió luego a explorar y hacer alianzas con los indios de río Guazagualco, hoy Coatzacoalcos. A pesar de la prevención con que Cortés trató a Ordaz al comienzo de la expedición, Ordaz intervino en el apresamiento de Pánfilo de Narváez, el enviado por Diego Velázquez desde Cuba para detener a Cortés. Más tarde, completada la conquista, Díaz del Castillo cuenta cómo Ordaz actuó como leal consejero de Hernán Cortés y la defensa que hizo en España de sus méritos frente a las acusaciones que pretendieron desacreditarle y le despide en su crónica diciendo: “<em>y de allí a dos o tres años el mismo </em><em>Ordaz volvió a Castilla y demandó la conquista del Marañón, donde se perdió él y toda su hacienda</em>”.</p>
<p>El conquistador del Popocatpetl fue uno de los grandes capitanes españoles en la exploración y conquista de América. Sus recorridos por el oriente venezolano y el Orinoco le sitúan entre los grandes de la Historia y merecen un amplio capítulo aparte, aunque hoy sólo su ascensión volcán y la ciudad venezolana de Puerto Ordaz, a orillas del Caroní, parecen los únicos reconocimientos a su memoria.</p>
<p>Diego de Ordaz murió en el Atlántico, posiblemente envenenado, cuando cansado y enfermo regresaba a España para defender sus descubrimientos de las intrigas e insidias de sus rivales y enemigos. De su final dice Fernández Oviedo en su ”Historia de las Indias”: “<em>Y yendo a Castilla murió y le echaron al mar en un serón</em>”<em>.</em></p>


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		<title>Entre el paraíso y el infierno</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/entre-el-paraiso-y-el-infierno/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:00:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 47]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Primero fue el Olimpo, y el cosmos entero parecía girar en torno a la ira y felicidad del todopoderoso Zeus. Así, cuenta la mitología griega que el propio dios furioso [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Primero fue el Olimpo, y el cosmos entero parecía girar en torno a la ira y felicidad del todopoderoso Zeus. Así, cuenta la mitología griega que el propio dios furioso expulsó de su paraíso a Hefesto, su hijo recién nacido de la diosa Hera, feo y tullido, que rodó ladera abajo del Monte de los Dioses, rompiéndose las dos piernas. De allí lo rescataron las oceánides, que lo cuidaron durante nueve años e instalaron para él la fragua donde crearía las armas y los tronos para los demás dioses mitológicos. Ya fuera en el interior del Stromboli y del mismísimo Etna Virgilio describió la legendaria morada de Vulcano, su nombre en la mitología romana, de la siguiente manera: <em>“A un lado de Sicilia, entre ella y Lipara, está una isla célebre, encumbrada sobre altísimas peñas que humean; debajo de la cual una gran cueva y muchas otras, como aquellas de Etna, con los ciclópeos fuegos carcomidas, retruenan y retumban de continuo. Allí mil yunques, con valientes golpes heridos, suenan con terribles truenos que en torno se oyen claros de muy lejos. Rechinan por las cóncavas cavernas barras y masas de encendido hierro; salen de mil hornazas vivas llamas: ésta es la casa y fragua de Vulcano de él dicen</em><em>“Vulcania” aquesta isla”</em></strong></p>
<p><strong>Entre el paraíso y el infierno</strong></p>
<p>Los volcanes han sido desde siempre protagonistas de mitos y leyendas de sus pueblos vecinos. Su carácter de montaña viva,de inquietante y gigantesca presencia, ha alimentado historias sobre el amor, el paraíso y el infierno, que han llegado hasta nuestros días, algunas de las cuales os paso a contar.</p>
<p><strong>El destino de los malditos</strong></p>
<p>Tal vez una de las imágenes más habituales a las que se asocian los volcanes sea la de la entrada al infierno. En Europa el mito de la Fragua de Vulcano sitúa el taller del adusto dios olímpico del fuego, repudiado por su fealdad, debajo del Etna o el Estromboli. Cuenta además que en las profundidades ardientes de la montaña elaboró las armas que vistieron otros muchos dioses como el casco y las sandalias aladas de Hermes, la égida de Zeus, el famoso cinturón de Afrodita, la armadura de Aquiles, las castañuelas de bronce de Heracles, el carro de Helios, el hombro de Pélope, el arco y las flechas de Eros, el casco de invisibilidad de Hades, el collar que regaló a Harmonía y el cetro de Agamenón.</p>
<p>La mitología griega incluye los rayos de Zeus y por supuesto el trono en el que se vengó de su propia Madre y volvió al Olimpo.</p>
<p>Asociado a este rincón del Mediterráneo, pero situada mucho más al norte y con mucho menos romanticismo, se encuentra la historia que rodea al volcán Hekla, al sur de Islandia, del que se decía que era una de las dos entradas al infierno (la otra era el Estromboli), donde arrastraba el diablo las almas de los condenados para enfriarlas después en el hielo del mar.</p>
<p>No fue hasta 1750 cuando los exploradores Eggert Olafsson y Bjarni Pálsson ascendieron a la cima y desmitificaron el terror que despertaba la montaña.</p>
<p>Algo parecido a lo del Hekla sucedía al otro lado del mar, en el Volcán Masaya, en Nicaragua, del que el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo escribió que la mujer que habitaba sus laderas, y a quien consultaban los indígenas, era una bruja que encarnaba al propio demonio que se suponía en el interior de aquella “montaña que arde”, como traduce su nombre. Posteriormente Fray Francisco de Bobadilla colocó una cruz a la orilla del cráter para exorcizar al demonio.</p>
<p>Y cómo no hacer referencia aquí a otro ser oscuro, esta vez muy cerca de casa. Guayota, el rey de los espíritus malignos de la mitología guanche, cuya morada era el Echeyde (Teide). Según la leyenda, Guayota secuestró al dios Magec (dios de la luz y el sol), y lo llevó consigo al interior del volcán, sumiendo a todo el mundo en la oscuridad. Los guanches pidieron clemencia a Achamán, su dios supremo y tras una encarnizada lucha, Achamán consiguió derrotar a Guayota, sacar a Magec de las entrañas de Echeyde y taponar el cráter con Guayota en su interior. Cuentan que el tapón que puso Achamán es el llamado Pan de Azúcar, el último cono, de color blanquecino, que ahora se ve coronando el Teide. Desde entonces Guayota permanece encerrado en el interior de la gran montaña. Cuando el Teide entraba en erupción, era costumbre que los guanches encendieran hogueras con el fin de espantar a Guayota o bien, según otra versión, para que si Guayota lograba salir de Echeyde, creyera que seguía en el infierno y pasase de largo.</p>
<p>A Guayota se lo representaba a menudo como un perro negro, acompañado de los Tibicenas o Guacanchas, su hueste de demonios. En muchos tubos volcánicos del Teide se han encontrado restos de ofrendas y vasijas con alimentos, por lo que se sabe que los guanches hacían ofrendas en la morada de Guayota para aplacar la ira de este demonio.</p>
<p>La similitud de los personajes mitológicos en distintas culturas es algo habitual, y la de Guayota con otras deidades malignas habitantes de volcanes no iba a ser una excepción. Se le suele encontrar parecido al otro lado del planeta, en el remoto Océano Pacífico, con Pelé, responsable, según la leyenda, de las erupciones del volcán Kilauea. La mitología hawaiana describe a Pelé como la diosa del fuego, el relámpago, la danza, los volcanes y la violencia, sin embargo la imagen de esta diosa ha llegado hasta nuestros tiempos más bien como la diosa de la pasión divina y de la energía purificante del fuego, una visión más amable que sin embargo se sigue asociando al Kilauea. De hecho, si atendemos a la simbología, todo lo relacionado con el volcán termina haciendo referencia a la diosa, como las llamadas “lágrimas de Pelé”, en realidad partículas de vidrio basáltico con forma de gota o esfera que se forman en fuentes de lava durante erupciones de las islas hawaianas, y que se solidifican con el aire en el material sobre el que caen. A menudo estas gotas suelen ser un extremo de los llamados “cabellos de Pele” . Éstos, como su nombre indica, son hebras de vidrio basáltico formadas en cascadas y coladas de lava veloces, que pueden llegar a medir menos de 0.5 mm de diámetro y hasta 2 metros de largo.</p>
<p><strong>El Fuji, la inmortalidad</strong></p>
<p>El Monte Fuji, imagen sagrada de Japón desde el siglo VII, es de los pocos volcanes del mundo que no han inspirado historias de miedo o basadas en el miedo. Su nombre, Fujisan, podría traducirse como “deidad del fuego” o “inmortalidad”, de ahí que la mayor de las leyendas asociadas a él sea la de la princesa Kaguya, hija de la Luna, una preciosa, y larga historia de amor, <em>Taketori Monogatari, </em>o “El cortador de bambúes”. En ella, Kaguya, una bella princesa llegada de la Luna y hallada en un tallo de bambú, es criada en una humilde familia, pero al hacerse mayor su belleza despierta el interés de príncipes llegados de lejos, incluso del Emperador, que sucumbe ante ella y se enamora. Kaguya- Hime, que conoce su destino, rechaza al Emperador y explica a su familia que una de las causas es que tarde o temprano tendrá que regresar a donde pertenece.</p>
<p>Antes de partir le deja al enamorado un poema y un cántaro con el elixir de la  inmortalidad que habían traído sus criados de la Luna.</p>
<p><strong>La puerta del más allá</strong></p>
<p>Es difícil encontrar un volcán del cinturón de fuego del Pacífico que no cuente con una leyenda, eso sin contar las historias de erupciones reales que parecen en ocasiones de ciencia ficción, como la brutal explosión del Krakatoa en 1883, mencionada ya en otras páginas de este boletín. La historia de los volcanes del actual Parque Nacional de Tongariro, en Nueva Zelanda, es la siguiente: los montes llamados Taranaki, Ruhapeu, Ngauruhoe y Tongariro vivían juntos cerca de Pihanga, encantadora montaña cubierta por un bonito y frondoso bosque. Los montes se enamoraron perdidamente de ella, pero fue Taranaki quien se atrevió a dar el primer paso en busca de su amor. Tongariro, también enamorado, sufría de celos y comenzó una terrible batalla entre los dos mientras Ruhapeu y Ngauruhoe observaban recelosos. La tierra hizo temblar el suelo, el cielo se oscureció y las montañas estallaron a causa de su enfado. Cuando la batalla acabó, la encantadora Pihanga se fue cerca de Tongariro, el gran vencedor. Taranaki, con mucho dolor y resentimiento, sacó sus raíces del suelo y abandonó el lugar que compartía con los demás y se fue rumbo al oeste, dejando una profunda zanja en su camino. Cuando alcanzó el mar, giró hacia el norte y tropezó con la costa, donde los Pouakai Ranges le pusieron una trampa y consiguieron atraparle, y allí se quedó hasta nuestros días. Al día siguiente una corriente de agua brotó de un lado del monte Tongariro y rellenó la profunda zanja que Taranaki había dejado en su viaje hacia la costa, formando el famoso río Whanganui. Fieles creyentes de la leyenda, que termina prediciendo que algún día Taranaki volverá a enfrentarse a Tongariro, los maoríes evitan vivir entre estos dos volcanes.</p>
<p>La historia del Kelimutu, en la isla de Flores, es más bien una creencia, y es que en sus cráteres aún activos, y que concentran gran concentración de minerales, existen ahora tres lagos de colores: el Tiwu Ata Mbupu o Lago de los Ancianos, de color azul casi negro; el <em>Tiwu Nua Muri Koo Fai </em>o <em>Lago de los Hombres</em>, turquesa; y el <em>Tiwu Ata Polo o Lago Encantado</em>, de color marrón. Los lugareños creen que, cuando alguien muere, su espíritu se dirige al Kelimutu para sumergirse en una de las tres lagunas, dependiendo del momento de la vida en el que se encuentran, por edad o carácter. El lugar es venerado por los habitantes de la isla de Flores desde hace siglos, pero en occidente no se conoció este rincón tan especial de la isla hasta que lo vio y difundió el holandés Van Such Telen en 1915. Desde entonces una oleada de turistas visitan cada año Kelimutu y sus lagos de colores.</p>
<p><strong>Ararat: el Cielo tal vez era esto</strong></p>
<p>La historia del inactivo volcán del Monte Ararat, situado en Turquía, a un paso de la frontera de Irán y Armenia, es la del Diluvio Universal y su imagen la de la intervención divina. El gran secreto que guardan sus laderas de nieves perpetuas es dónde esconde los restos del Arca de Noé, aquella que embarrancó después de 40 días con sus noches de tormentas e inundaciones, y que debería ser eterna, o por lo menos incorruptible: <em>“que el decimoséptimo día del séptimo mes, el arca se detuvo sobre las montañas de Ararat” </em>(Génesis 8,4).</p>
<p>La aventura de poder hallarlos ha motivado expediciones desde tiempos inmemoriales.</p>
<p>En la Edad Media, el monje Rubriquis, enviado del rey francés Luis IX ante al Gran Khan, visitó Armenia en 1255 y escribió: <em>‘Muchos han tratado de subir a su cima y no han podido. Me refirió aquel obispo que un monje se afanó mucho en el intento, y musulmanes de la región aún afirmaban que el arca se encontraba en la cima, intacta</em>”. La primera ascensión moderna completada con éxito fue la del alemán Friedrich Parrot en el año 1824. <em>“En 1955, una expedición retornó con una pieza de madera encontrada en un lago helado, que resultó ser no más vieja que el siglo V de nuestra era. El astronauta norteamericano James Irwin protagonizó otra 1982 sin hallar rastro de la preciada reliquia” </em>(Jaume Barttolí, Revista Altair, nº 11).</p>
<p>Para mantener viva la leyendaexiste otra teoría sobre unas imágenes captadas en la parte más elevada del Monte Ararat, hacia la zona este de Turquía, que se atribuyen a una gran “anomalía” y que bien podría ser el Arca de Noé, según investigaciones que Porcher Taylor ha venido realizando con imágenes satelitales desde 1995. El tamaño de la formación según estas imágenes, 309 metros, equivaldría a los 300 por 50 codos que medía el Arca de Noé, como lo explica el libro del Génesis. Sin embargo, no existen pruebas arqueológicas válidas que demuestren la existencia real del Arca.</p>
<p><strong>La otra orilla del Pacífico</strong></p>
<p>He dejado Latinoamérica para el final de este artículo, aunque haya pasado sin mencionar África y el imponente Kilimanjaro y me deje en el tintero demasiados mitos alrededor de volcanes que deberían estar aquí. Bien es cierto que la historia del leopardo congelado en las nieves perpetuas de la gran montaña de Tanzania no corresponde a un mito sino a una anécdota cierta y documentada ocurrida en 1926, y no es precisamente lo que nos ocupa ahora.</p>
<p>Mi propósito aquí era acercarnos a las leyendas inspiradas por las montañas de fuego alrededor del mundo y observar que, a pesar de las distancias geográficas y las diferencias culturales, el amor, vida y la muerte ocupan desde siempre la cabeza de los hombres.</p>
<p>Desde Mëxico hasta Chile, el amor y el sacrificio son los protagonista de la gran mayoría de los mitos referidos a volcanes, empezando por el gran Popocatépetl del que ya hacemos referencia en este boletín. En la mitología mexicana, Iztaccíhuatl fue una princesa que se enamoró de Popocatépetl, uno de los guerreros de su padre.</p>
<p>Su padre intentó evitar ese amor, pero los dioses le entregaron la eternidad convirtiéndolo en volcán, a cambio de custodiar a la princesa Iztaccihuatl. Entre la espesa selva costarricense se esconde el Poás, uno de los volcanes más fieros del país centroamericano. En torno suyo habitan muchos animales salvajes, entre los que se encuentran cientos de aves cantoras y con plumajes de vistosos colores, pero entre todas ellas sólo una es muda: el rualdo, el protagonista de una de las leyendas indígenas más conocidas del país.</p>
<p>Dicen que hace siglos, antes de que llegaran los españoles, el canto del rualdo era uno de los más hermosos y melodiosos de la selva. En sus límites, cerca del volcán Poás había un poblado indígena donde vivía una hermosa muchacha huérfana amiga de los pájaros, en cuya choza anidó una pareja de rualdos que desapareció dejando un polluelo. La joven crió al pajarillo hasta que creció y se hizo fuerte y cantarín, alegrando la casa de la solitaria muchacha. Un día, la tierra tembló violentamente y los habitantes del poblado entraron en pánico: el volcán había despertado y había que calmar su furia. El brujo más anciano decidió acercarse a la lava para saber qué quería el furioso dios insatisfecho: un sacrificio humano, el de la doncella más hermosa del poblado. Aunque la muchacha no quería morir, pronto comprendió que era imposible luchar contra su destino. Su vida y su belleza eran el precio que había que pagar para salvar a los suyos de una muerte segura, asíque se entregó a los sacerdotes. Acercaron a la joven al borde humeante del Poásmientras el rualdo, sobrevolando el cráter, le habló al volcán en el lenguaje de la naturaleza: <em>“a cambio de su vida te ofrezco la armonía de mi voz”</em>. Entonces el rualdo cantó como nunca antes lo había hecho. La maravilla de sus melodiosos trinos vibraron en el ambiente callando el rugido de la propia montaña. El Poás lloró de ternura y sus lágrimas llenaron el cráter ahogando el fuego en medio de una gran humareda. La muchacha salvó su vida y la selva perdió el canto del pájaro, pero el volcán le concedió brillo al verde, azul y dorado de sus plumas convirtiéndolo en una de las aves más espectaculares de Costa Rica.</p>
<p>Cuentan que el Poás a veces llora recordando el noble gesto del rualdo, y por eso a veces deja escapar chorros de vapor caliente como lágrimas tardías del gran dios del fuego.</p>
<p><em> </em><strong>En la cordillera andina</strong></p>
<p>Si nos vamos a Chile, escucharemos la historia del volcán Osorno; según dice, en un día de primavera la tribu Huilliche, que habitaba a sus pies, convocó a todos los caciques de las tribus de hasta 300 leguas a la redonda para participar en celebrar Nguillatun, una fiesta sagrada que se realizaba cada cuatro años para dar gracias y pedir una buena vida al padre creador y dueño de todo el universo.</p>
<p>Allí llegaron los jóvenes Millaluan, hijo del cacique Mapuche, y Ailef, la hija del cacique Huiliche, que, por supuesto, se gustaron. En uno de los paseos por la zona, la pareja se detuvo a observar la gran montaña que presidía el paisaje. El chico lo llamaba “Pirepillan”, la chica, Hueñaca<em>. “Cuando era niña</em>, decía Ailef, <em>no me importaba que cada visitante lo llamara de una manera diferente. Pero ahora me confundo con tantos nombres. Cada una de las tribus le da distintosnombres como, Chodhueco, Quetrupe, Pire, Pirepillán, Purailla, Purarrahue o Prarauque. Tantos nombres para una sola montaña de nieve, ni los mismos adultos saben de lo que están hablando. Además no creo que al espíritu del volcán le agrade, estoy segura que eso provocará el enojo de Hueñauca</em>”. Dicho y hecho.</p>
<p>Al anochecer, el joven mapuche observó las llamas en la cima del volcán y cundió el pánico en la aldea. <em>“- ¡Ngunechén!, ¡dueño de la tierra y el firmamento!, ¡el Hueñauca a comenzado a vomitar fuego! </em>El volcán empezó a botar lava y piedras ardientes que caían sobre la aldea. El terror hacía estragos entre los habitantes y las visitas. En ese momento Millaluan dijo al padre de Ailef:- <em>¡Venerado Kumillanca, creo que sé porqué el espíritu del volcán esta furioso!. Ailef me dijo ayer tarde que el volcán se enojaría si lo seguimos llamando de diferentes maneras. </em>Kumillanca se acercó a su hija y le preguntó que podían hacer. Entonces Ailef dijo que el volcán quería que todos le llamaran por un solo nombre y que éste fuera sagrado. Así Kumillanca reunió a todos los caciques y tomaron la decisión unánime de llamar al volcán con el nombre de Hueñaunca. Al rato todo volvió a la calma y todos los aldeanos y visitantes se sintieron muy felices.”</p>
<p>Don García Hurtado de Mendoza rebautizó esta montaña sagrada en honor a su suegro el conde Osorno, en 1558. Un poco más al norte, entre Bolivia y Chile, se encuentran los Payachatas (“gemelos” en aimara), cuya leyenda parece inspirada en Romeoy Julieta, con el componente dramático de una naturaleza imponente. Dice que en tiempos incas el príncipe y la princesa de dos tribus rofundamente enemistadas se conocen por cosa del destino y entre ellos nace un profundo amor. Pero el odio entre ambas tribus no entendía este sentimiento y, ante la imposibilidad de separar a los dos jóvenes, recurren a la magia, pero no funciona. La propia naturaleza al verlos acongojados sufre, la luna y las nubes lloran, los lobos aúllan y torrenciales tormentas azotan para advertir a las tribus de su error. Pero las familias no entienden las señales de la naturaleza y continúan recurriendo a distintos artilugios para separar a la pareja que, por supuesto, fracasan.</p>
<p>El sacerdote de una de las tribus decide que lo mejor es el sacrificio y una noche sin luna, príncipe y princesa son asesinados. Como era de esperar, la furia de los dioses y la naturaleza se desata en forma de intensas lluvias y truenos que borran de la faz de la tierra a ambas tribus enfrentadas. En su lugar aparecieron dos grandes lagos, el Chungará y el Cota-Cotani, donde se dice que se ve pasar a los jóvenes príncipes en canoa, por fin juntos, y dos hermosos volcanes, El Parinacota y el Pomerame, dos tumbas para tan gran amor.</p>
<p>Podría seguir subiendo Andes arriba y desviarme contando maravillosos mitos y leyendas. Me dejo en el tintero la historia del indio dormido y la de Misti Tupac, condenado por los dioses a ser volcán para controlar su cólera, ambos en Perú; y la historia de amor y celos entre el Chimborazo y Tungurahua y Cotopaxi; y aún algunas más del resto de la Avenida de los Volcanes en Ecuador, más las de Perú, Colombia, El Salvador y las que esconden las nubes del Mombacho, en Nicaragua. Hay mucha montaña humeante y cráteres desgastados por el paso del tiempo y la naturaleza, casi invisibles. Muchas historias y leyendas y pocas páginas. Pero los mitos persisten en el fuego de los volcanes.</p>
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		<title>El Vesubio, muerte y vida de Pompeya</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-vesubio-muerte-y-vida-de-pompeya/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:00:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 47]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Domina el golfo de Nápoles y sus cenizas ardientes arrasaron las ciudades romanas de Pompeya y Herculano causando miles de víctimas. Pero esos mismos materiales volcánicos formaron una gruesa capa [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Domina el golfo de Nápoles y sus cenizas ardientes arrasaron las ciudades romanas de Pompeya y Herculano causando miles de víctimas.</strong></p>
<p><strong>Pero esos mismos materiales volcánicos formaron una gruesa capa que cubrió y protegió casas, calles, mansiones, teatros, comercios, termas, lupanares y foros. Y, así, gracias a la violenta erupción del año 79, podemos conocer de cerca la vida cotidiana, las costumbres domésticas, religiosas o festivas, la organización social y hasta los ritos funerarios de los habitantes de estas dos ciudades de la Campania italiana en la segunda mitad del siglo I.</strong></p>
<p><strong>El volcán asesino<br />
</strong></p>
<p>El Vesubio, el más activo y peligroso volcán de la Europa continental, está situado a escasos nueve kilómetros de Nápoles, en la Campania italiana. Una de sus más violentas y destructivas erupciones tuvo lugar el 24 de agosto del año 79 de nuestra era, causando la destrucción total de las ciudades de Pompeya y Herculano. Sin embargo, antes y después de esta fecha tan señalada, el volcán entró en erupción en muchas ocasiones. En el año 472  Europa meridional quedó cubierta por sus cenizas, y en 1631 se produce una erupción muy violenta alcanzando sus cenizas Estambul. A lo largo del siglo XVIII se produjeron fuertes erupciones seis veces, ocho en el siglo XIX (la más importante en 1872) y tres muy intensas también en el siglo XX, en 1906,1929 y en 1944, en plena guerra mundial. Desde esa fecha el volcán ha permanecido tranquilo.</p>
<p>Hoy el Vesubio es considerado uno de los volcanes más peligrosos del mundo, su latente descanso podría generar, en un futuro quizá no muy lejano, una gran erupción de consecuencias catastróficas, debido a la intensa demografía que se asienta en su entorno. Se calcula que una nueva erupción podría afectar a casi 3.000.000 millones de personas. Una demostración sorprendente de cómo el ser humano arraiga en territorios potencialmente peligrosos sin considerar el posible riesgo que ello implica para su supervivencia. Así es y así ha sido también en la antigüedad. Porque es sabido que El Vesubio, considerado un lugar sagrado por griegos y romanos, conocido desde muy antiguo por sus violentas erupciones, vio crecer sin embargo en sus fértiles tierras florecientes ciudades.</p>
<p>Dos de ellas, Pompeya y Herculano, fueron arrasadas en agosto del año 79, apenas un mes después de ser coronado el emperador Tito. Ambas quedaron encapsuladas por las cenizas ardientes en el tiempo de la catástrofe, y constituyen hoy el testimonio más extraordinario de la vida de una ciudad romana en toda su amplitud: las casas y su decoración, las costumbres, las profesiones, la comida, los dioses, las diversiones, la vida sexual, el gobierno etc. Un fresco incomparable de la vida en la antigüedad que ningún otro yacimiento arqueológico ha logrado jamás.</p>
<p>La destructiva erupción fue narrada por Plinio el Joven, que comenta también que a principios de agosto del año 79 se produjeron en la zona numerosos temblores y aun pequeños terremotos que no lograron alarmar a la población por ser estos fenómenos frecuentes en la región de Campania. Sin embargo en esta ocasión a estos signos de aviso siguió la catastrófica erupción de los días 24 y 25 de agosto, casi veinte horas interrumpidas de terror y devastación que marcaron para siempre la historia de toda la Campania. Pompeya y Herculano fueron alcanzadas de lleno por los violentos flujos piroclásticos y las cenizas ardientes, sepultando en vida a sus habitantes y a todas sus posesiones, fosilizándolos para la historia en un testimonio sobrecogedor.</p>
<p>Como decíamos, Plinio el Joven (sobrino del gran Plinio, quien contempló desde el mar la erupción y murió en la costa al intentar socorrer a los desgraciados habitantes de la zona) observa la aterradora erupción desde Miseno, a unos 35 km del volcán y la narra casi a tiempo real, así como las trágicas circunstancias de la muerte de su tío, en una larga carta al historiador Tácito. Gracias a su descripción se ha podido determinar que la columna de la erupción alcanzó más de 30 kilómetros de altura, y que la temperatura de las cenizas ardientes pudo llegar a los 850 grados al ser expulsados por la boca del volcán y no menos de 350 cuando alcanzaron Pompeya.</p>
<p>Se trataba de la segunda catástrofe que afectaba a Pompeya en pocos años, ya que diecisiete antes había sufrido un fuerte terremoto que sacudió toda la bahía de Nápoles, causando graves desperfectos en la ciudad, muchos de los cuales no habían sido reparados todavía cuando fue sepultada por la erupción del Vesubio. Según los cálculos,  en Pompeya vivían en ese momento entre 15.000 y 25.000 habitantes, mientras Herculano, mucho más pequeña, albergaría en torno a 5.000 personas. No se sabe a ciencia cierta cuántos perecieron durante la catástrofe y las sucesivas campañas de excavación van descubriendo nuevas víctimas en los más diversos lugares y actitudes. Hasta el momento han aparecido unos 2.000 cuerpos de los que se han obtenido moldes en yeso, rellenando los huecos de los cuerpos atrapados y calcinados por las ardientes ceniza, evidencias estremecedoras de sus violentas e instantáneas muertes, debidas a las altas temperaturas de las cenizas y otros materiales volcánicos que cubrieron la ciudad.</p>
<p><strong>Bajo las cenizas protectoras<br />
</strong></p>
<p>Si bien el volcán destruyó las vidas y haciendas de la población de Pompeya en su devastadora erupción, también nos ha legado un fresco de incalculable valor para el conocimiento de la vida en las ciudades romanas de la época. Sepultadas bajo gruesas capas de materiales volcánicos, han sobrevivido evidencias extraordinarias de todos los aspectos de la vida diaria de la ciudad y de su aspecto físico que constituyen un documento de extraordinario valor, más y más revelador y prolijo con cada nueva campaña arqueológica. Así, en unas recientes investigaciones de la Universidad de Cincinnati, aparecieron en la basura de una taberna unos huesos de jirafas que confirmaban algo ya conocido por otras fuentes antiguas: que en Pompeya, como en otras ciudades del imperio, se consumía carne de animales exóticos. El volumen de datos obtenidos aumenta cada día y, como nos dice una de las mas relevantes expertas en el mundo antiguo, Mary Beard, en su excelente y ameno estudio <em>“Pompeya , historia y leyenda de una ciudad romana”: “más que preguntarnos si Pompeya ha cambiado la forma en que vemos el mundo romano, creo que lo correcto sería afirmar que ha forjado la forma en que lo vemos. Quizá sea porque es el único lugar en que podemos estudiar la vida a pie de calle”.</em></p>
<p>Pero qué es, en definitiva, lo que nos han legado las sucesivas excavaciones de Pompeya. Pocos yacimientos han despertado tanta expectación e inspirado más a los artistas plásticos, a los escritores y a los viajeros de todas las épocas. Aunque la ciudad de Pompeya fue descubierta por el arquitecto italiano Domenico Fontana durante la construcción de un canal, en 1592, su excavación no se inicia hasta 1738, patrocinada por el rey Carlos VII de ápoles, futuro Carlos III de España, quien encarga los trabajos al ingeniero español Roque Joaquin de Alcubierre.</p>
<p>El escritor y político Carlos Gutiérrez de los Ríos, Conde de Fernán Núñez, dejó interesante noticia de estas primeras excavaciones de Pompeya en su obra “<em>Vida de Carlos III”. </em>Las primeras prospecciones se llevaron a cabo en Herculano, lo que supuso una enorme dificultad dada la gruesa capa de lava de más de 20 metros de espesor, circunstancia que frustró las expectativas del Monarca pese a localizarse algunas estatuas de gran valor. Así, hacia 1748, el Rey ordena iniciar prospecciones en otros lugares, iniciándose las excavaciones en la zona antigua de Pompeya, no identificada como tal por los investigadores hasta 1763. Alcubierre continuará al frente de las excavaciones hasta 1780. La capa de restos volcánicos que cubría Pompeya era mucho menos gruesa que la de Herculano, por lo que los trabajos avanzaron a buen ritmo, se exploró el anfiteatro y la vía de los sepulcros, después los hallazgos se sucedieron: la villa de Cicerón, la finca de Julia Félix, el Odón, el teatro Grande, el templo de Isis, la villa de Diomedes. Tantos descubrimientos impresionantes atrajeron la atención de estudiosos y viajeros de toda Europa y también fueron objeto de furiosas críticas. En 1762, el estudioso alemán Winckelmann denunciaba los métodos de Alcubierre y su desprecio por piezas a su entender importantes, para dar prioridad a las grandes piezas con destino a los “Gabinetes” de Carlos III. Pero es evidente que estas primeras excavaciones revelaron al mundo la importancia de Pompeya, sus edificios, esculturas y frescos en un estado de conservación extraordinario. Sucesivamente a lo largo de estos siglos han ido saliendo a la luz templos, termas, circos, viviendas de todo tipo, villas, lupanares y talleres de diversos oficios, teatros y lujosas villas de recreo, vías de acceso a la ciudad, calles y construcciones defensivas.</p>
<p>La ocupación francesa en 1808 convierte en monarcas de Nápoles a la hermana de Napoleón, Catalina, y a su marido J.Murat, que impulsan las excavaciones de Pompeya y el descubrimiento de sus murallas, el Anfiteatro y los principales edificios del Foro. La restauración de Fernando IV en Nápoles en 1818 trae penalidades y escasez de recursos a la aventura pompeyana, a pesar de lo cual se siguen sucediendo importantes hallazgos como las Termas del Foro, la Casa del Poeta o la Casa del Fauno.</p>
<p>La unificación de Italia por Garibaldi conlleva importantes novedades para las excavaciones de Pompeya. En un primer momento Garibaldi nombra director honorario del Museo de Nápoles y de las excavaciones de Pompeya al escritor Alejandro Dumas quien, impulsado por su furibundo odio a los Borbones, había proporcionado armas al ejército de Garibaldi. La reacción adversa del pueblo de Nápoles por el nombramiento de este extranjero lo obliga a renunciar.</p>
<p>En 1860 accede a la dirección del Museo y de las excavaciones Giuseppe Fiorelli, que transforma totalmente las técnicas de excavación y es el primero que abre Pompeya a la visita pública, estableciendo un precio por la entrada, ingreso con el que mantenía a los guardias y guías del yacimiento. También por primera vez se comenzó a excavar los edificios desde arriba, capa a capa, en lugar de a través de túneles como se venía haciendo. Este nuevo sistema evitó derrumbes y salvó muchos edificios importantes de la destrucción. Por último quiero resaltar que Fiorelli fue el creador de los moldes de yeso que permitieron rescatar la imagen real de las víctimas atrapadas por las cenizas ardientes del Vesubio, en el momento y en la actitud en que los atrapo la muerte. Hacía tiempo que los excavadores del yacimiento pompeyano habían observado que la ceniza volcánica endurecida sobre material orgánico conservaba la forma real de dicha materia tras su desintegración o descomposición. Ya se había realizado alguno de estos moldes para obtener formas de muebles o de algún elemento de cultura material, pero Fiorelli es el primero que utiliza esta técnica para recuperar la huella de las víctimas. Los primeros moldes de cuerpos los lleva a cabo en 1863 y el resultado no puede ser más extraordinario y sobrecogedor, obteniendo detalles de la vestimenta y de los peinados, incluso de las expresiones faciales en el momento de la muerte. Estos son sin duda los documentos más impactantes obtenidos en Pompeya. Pero a Fiorelli se deben también otros trabajos  importantes, como la primera maqueta de la ciudad y la recopilación y publicación de los registros de las excavaciones borbónicas entre 1860 y 1864. Además completó la primera guía de Pompeya, que tuvo un gran impacto. No menos trascendente fue la regulación por la que todas las piezas procedentes de la excavación pasaban a ser propiedad del estado italiano.</p>
<p>Fiorelli abandonó Nápoles por un nuevo destino en Roma, pero su escuela se perpetuó con excelentes resultados, entre los que sobresale la decisión de no mover los frescos del lugar en que habían sido encontrados.</p>
<p>En 1894 fue excavada y restaurada completamente la Casa de los Vetii, se conservaron in situ todos los objetos encontrados en ella, y es hoy una de las casas más visitadas de Pompeya.</p>
<p>Una de las figuras decisivas para Pompeya fue sin duda Amedeo Maiuri, superintendente de Nápoles y la Campania entre 1924 y 1962. Maiuri contó con grandes presupuestos y pudo impulsar excavaciones a gran escala tanto en Pompeya como en Herculano, realizando grandes descubrimientos y llevando a cabo la restauración casi total de todos los edificios excavados hasta el momento.</p>
<p>La segunda Guerra Mundial interrumpiría los trabajos en Pompeya, ocasionando además enormes desperfectos en 1943 por el bombardeo aliado a Pompeya, justificado en el error de que el yacimiento albergaba tropas alemanas. Más de 150 bombas cayeron sobre Pompeya, hiriendo incluso a Maiuri. Muchos de los más hermosos edificios de Pompeya e innumerables moldes de yeso que reproducían los cuerpos de las victimas sucumbieron en esta terrible operación bélica que supuso la segunda muerte de Pompeya.</p>
<p><strong>Pompeya: La fascinación del viajero</strong></p>
<p>Los visitantes se preguntan qué pasó con Pompeya tras el desastre, ¿se refundó quizá? ¿se abandonó al olvido? ¿retornaron los supervivientes en busca de sus tesoros enterrados?. Las fuentes de época cuentan que el emperador Tito, recién coronado, visitó Pompeya para estudiar posibles soluciones, pero la lava todavía ardiente impidió cualquier intervención. Sin embargo parece posible que la ciudad fuera saqueada tiempo después, bien por los supervivientes en busca de sus bienes valiosos escondidos en la huida con la esperanza de recuperarlos tras el desastre, o por saqueadores profesionales, ya que se han encontrado evidencias de túneles excavados en épocas antiguas una vez que las candentes cenizas se hubieron enfriado.</p>
<p>Pero en definitiva ¿qué atrae de manera tan poderosa al visitante a través de los siglos?, ¿qué ofrece Pompeya que la hace tan fascinante, tan atractiva a un publico tan plural, desde el siglo XVIII a nuestros días?</p>
<p>Vamos a intentar resumir brevemente qué debemos al trágico testimonio de Pompeya.</p>
<p>Pompeya es la única ciudad romana cuya estructura topográfica se conoce de forma precisa. La multitud y variedad de sus hallazgos, la mayoría en magnifico estado de conservación, permiten reconstruir hasta el último detalle la vida de una ciudad romana en el siglo I, la vida cotidiana en los hogares y en la calle hasta sus más nimios detalles. Sus infraestructuras, sus mercados, su comercio, sus diversiones, su gobierno. La vida de la calle, las tabernas y restaurantes y lo que en ellos se consumía. Las numerosas termas, el coliseo, el circo. Las lujosas villas de los ricos comerciantes y personas notables, incluso sus nombres y sus mas secretas aspiraciones sociales o políticas. Los lupanares, a los que dedicaremos alguna atención más adelante. Por otra parte, recientes excavaciones realizadas en 2002 en la desembocadura del río Sarno han puesto de manifiesto un importante puerto con viviendas y palafitos en un entramado de canales que recuerda Venecia.</p>
<p>Sin duda el aspecto más impactante de la visita es el museo de las figuras vaciadas en yeso de los habitantes que quedaron atrapados por las cenizas ardientes y muestran en sus expresiones petrificadas, el pánico y el horror sufridos, antes de su muerte.</p>
<p>Además, Pompeya es también la única ciudad del mundo antiguo que conserva un burdel intacto, junto a decenas de frescos y estatuas de altísimo contenido erótico, materiales que los Borbones conservaron en el llamado “Gabinete secreto” abierto tan sólo, durante siglos, para la contemplación de unos pocos. En época muy reciente, en el año 2000, fue abierta al público, en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, esta excepcional colección de arte erótico, testimonio definitivo de las costumbres sexuales de la Roma antigua. Unas colecciones que centran la atención de curiosos y expertos del mundo entero.</p>
<p>No solo ellas. Pompeya sigue ejerciendo una especial fascinación en la sociedad mundial. En el año 2013 se inauguraron casi simultáneamente en tres grandes capitales mundiales, Madrid, Cleveland y Londres, importantísimas exposiciones sobre la ciudad que han convocado a miles de personas en torno a su trágico fin, pues como escribió Goethe tras su visita a Pompeya en marzo de 1787 : <em>“ Desde que el mundo es mundo, siempre ha habido desgracias y catástrofes pero pocas que hayan</em><em>cautivado a la humanidad como la sucedida en esta ciudad. No se me ocurre ninguna otra que haya suscitado tanto interés”.</em></p>
<p><em>Así sigue siendo en la actualidad. Pompeya , la ciudad dormida en el tiempo, espera en silencio que despierte de nuevo el volcán “ asesino” que la convirtió en objeto de fascinación universal.</em></p>
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		<title>El volcán. Descubrimiento y metáfora</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-volcan-descubrimiento-y-metafora/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:59:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 47]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>VOLCAN. s. f. Caverna montuosa y ardiente, que vomita con ímpetu periodicamente materias bituminosas, azufrosas, y otras hechas asqua, como piedras calcinadas ó vitrificadas, que llaman lavas, acompañadas de cenizas [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>VOLCAN. <em>s. f. </em>Caverna montuosa y ardiente, que vomita con ímpetu periodicamente materias bituminosas, azufrosas, y otras hechas asqua, como piedras calcinadas ó vitrificadas, que llaman lavas, acompañadas de cenizas y humos mas ó menos densos. En Europa son bien conocidos los Volcanes del monte Etna, y del Vesúbio, y en la América Española el de Arequipa en el Perú, y el de Popocatepec en Nueva España”.</strong></p>
<p><strong> </strong><strong>La Tierra inquieta</strong></p>
<p>Quien se mueve entre volcanes sabe que está pisando una tierra activa, que tiene sus propias iniciativas y que lo hace con una fuerza imparable. Cualquier gesto de esos poderosos mecanismos del planeta es de entidad superior a la respuesta de los seres vivos. La Tierra aún se construye y destruye con sus desmesuras cósmicas, con velocidades superiores al más veloz de sus habitantes. Quien haya vivido un terremoto de verdad sabe lo que es la angustiosa experiencia de que te falle lo que parece más fiable: tu propio suelo. El volcán añade a ello el fuego, la lava, la explosión, los gases.</p>
<p>Quien conozca a un volcán activo sospechará de la benevolencia de la madre Tierra. Así nació la cultura de los hombres de Occidente, junto a un volcán. Los primeros cantos y viajes del Mediterráneo surgieron al lado de la erupción, del Vesubio, del Etna, de Estrómboli y Vulcano. Hemos rebrotado de la catástrofe de Pompeya. Y por ello también sabemos desde los orígenes que no hay nada más bello que la silueta de un volcán altivo ni nada que encierre tanta emoción como el poder de una oscura nube ardiente que nace en la profundidad y baja rodando por el flanco del cono a mil grados de temperatura.</p>
<p>Venimos de la ceniza y el fuego.</p>
<p><strong>La Volcanología, una ciencia tardía</strong></p>
<p>El volcán no es, por tanto, una anomalía, sino el vecino inmediato a la casa de la que salió nuestra civilización. Cuando era estudiante, en los manuales de geografía física se calificaba, sin embargo, a los volcanes como relieves “postizos” a los demás territorios, poca cosa por tanto, surgidos aquí y allá y repartidos al azar por mares, islas y continentes.</p>
<p>Pese a ello, en los mapas se observaban alineaciones y agrupaciones, a veces hasta regiones, que indicaban áreas propicias al fenómeno. Eso contaban también los exploradores. Había volcanes viejos y nuevos, altos y bajos, activos y pasivos y lo mismo aparecían en la Antártida –por ejemplo, el Erebus- que en las áreas ecuatoriales –el caso del Chimborazo.</p>
<p>Pero no existía aún un sistema capaz de explicar su origen, incluso se repetían todavía nociones tradicionales hoy sobrepasadas, ni tampoco se daba explicación a su distribución en el Globo. De hecho, no se conocían con detalle suficiente los relieves ni los dinamismos en los extensos fondos marinos, cuya constitución reside en el volcanismo. De pronto, cuando esos fondos fueron suficientemente observados y sistematizados, hacia los años sesenta del siglo pasado, la ciencia encontró en ellos y en sus contornos continentales la clave y el modelo a escala global de la dinámica de la corteza del planeta, de sus rocas, sus edades, movimientos verticales y horizontales, seísmos, y no sólo entonces logró explicar el fundamento de formación del volcán sino que lo convirtió en la mejor expresión externa del más colosal mecanismo geológico del que dependen las bases de todos los paisajes terrestres: la tectónica de placas. El volcán pasó a ser el gran protagonista de la Tierra.</p>
<p>Naturalmente había buenos libros sobre volcanes antes de estos datos de conexión. Por ejemplo el excelente tratado de Rittmann o la morfología de Cotton o los fascinantes relatos de Tazieff. Recuerdo con especial agrado las Histoires de volcans de este último, libro que leí en 1964 de un tirón y conteniendo la respiración de la primera línea a la última. Pero lo que la tectónica global aportó fue la conexión a escala del planeta de las estructuras de la corteza terrestre y las fuerzas internas de la Tierra, de modo que las configuraciones de continentes y fondos marinos, de cordilleras y fosas, la existencia de terremotos y volcanes o la distribución de los archipiélagos, se mostraban obedeciendo a un sistema dinámico general interrelacionado.</p>
<p>Es el dinamismo interno terrestre, visto en tres dimensiones, el que acarrea, por tanto, las distribuciones de tales fenómenos en la superficie del globo y sus modalidades, que han podido dar lugar en el pasado a otras geografías y cuyo estado actual corresponde a un momento en su evolución sin que las pautas generales hayan cambiado. Tal tectónica se concentra en unas estrechas bandas activas junto a extensas áreas pasivas, tanto en continentes como en océanos, aunque no fijas sino móviles. Esta movilidad se genera en la tracción que se produce en las dorsales oceánicas y se traduce en desplazamientos horizontales de las placas. El extremo opuesto de esa placa puede entrar en colisión con otra placa del mosaico terrestre y producirse entre ambas una penetración en forma de cuña y la compresión subsiguiente. De este modo se formará en el área de distensión un rift y en la de compresión una cordillera. En el rift saldrán abundantes productos volcánicos fluidos en erupciones fundamentalmente efusivas y en la banda de compresión aparecerá, en contraste, otro volcanismo viscoso y explosivo. Así, las dos manifestaciones volcánicas más notables quedan concatenadas: las dorsales oceánicas de volcanes sosegados por un lado y los cinturones de fuego cordilleranos de volcanes violentos por otro. Los volcanes forman parte de las áreas vivas de la corteza terrestre, aunque como fenómeno derivado de su dinámica. No obstante, hay también volcanes intraplaca, en océanos y continentes, cuya explicación requiere o bien condiciones geológicas regionales que lo faciliten o acudir a lo que se ha llamado puntos calientes internos que seguirían condiciones geofísicas locales del manto subyacente. Por eso se habla de volcanismo mixto en determinadas circunstancias. Queda claro, pues, que hay, consecuentemente, un volcanismo submarino y otro subaéreo, y también uno viscoso y otro fluido, que dan no sólo litologías y erupciones diferentes sino formas distintas propias de sus medios, como lavas almohadilladas, conos, coladas de bloques, lajiales, malpaíses, tubos, hornitos, domos&#8230; Es decir, paisajes volcánicos definidos.</p>
<p>Dos hechos más son relevantes para entender geográficamente los volcanes. En primer lugar, la relación del volcanismo con fracturas de la corteza es evidente, tanto en las bandas activas donde se da su misma génesis como en la canalización concreta del magma hacia el exterior. Algunas de esas fracturas son larguísimas y otras son muy locales. Por eso los fenómenos constructivos y destructivos volcánicos, al seguir estas pautas, se ordenan en geometrías muy definidas. En segundo lugar, por un lado, la evolución del magma en sus cámaras experimenta un proceso que se llama diferenciación por el cual, al envejecer, se vuelve más ácido, viscoso y explosivo, lo que da lugar a una modificación en el tiempo, largo tiempo, de las rocas y sus características eruptivas; y por otro lado, la misma erupción tiende a expulsar primero sus gases y luego sus sólidos, de modo que puede pasar, al revés que el caso anterior y en poco tiempo, de explosiva a efusiva.</p>
<p>Por último, el volcán se instala en superficie, adaptando la forma de acumulación violenta o apacible de sus productos (cenizas, bombas, escorias, lavas) al relieve preexistente, modificándolo, y, en cuanto cesa la erupción, pasa a ser erosionado.</p>
<p>Lo inmediato que se aprecia es el volumen del volcán, pues hay desde mínimas bocas eruptivas que duraron diez minutos a conos gigantescos que llevan milenios arrojando y acumulando rocas en el mismo lugar o migraciones fisurales que crean rosarios o campos de conos y lavas. Y no digamos las calderas que se abren en las construcciones volcánicas como formas propias. Las formas y rocas volcánicas presentan así una peculiar modalidad en los relieves terrestres. Este roquedo es fácilmente atacado por los torrentes o la acción litoral, de modo que tiende a dar gargantas afiladas y acantilados soberbios, aunque la posición del volcán en el trópico o en la Antártida, en un llano o en una montaña, en una forma simple o compuesta, en una construcción antigua o reciente, en materiales incoherentes o compactos, modifique lógicamente los caracteres de su modelado. Pero como el volcán puede ser reiterativo, la reincidencia de fases eruptivas separadas en el tiempo dará un bonito rompecabezas entre formas de edificación y formas de erosión, superpuestas y yuxtapuestas. Además, hay que distinguir entre pequeñas agrupaciones de volcanes ocasionales más o menos conservadas, como en Olot, y regiones volcánicas vivas de larga duración, variadas formas y amplios caudales emitidos, como Canarias. El Teide no es un volcán cualquiera, por ejemplo.</p>
<p>En fin, desde que el argumento explicativo de la tectónica global se impuso, los geógrafos hemos entendido mejor el mundo que habitamos. Y, si ya el volcán ocupaba el puesto que le correspondía por su figura, frecuencia y actividad, y también por su carga cultural, fue a partir de ese momento de avance científico cuando se volvió expresivo de la viveza del contacto entre corteza y manto terrestres y de la peculiar configuración de nuestros espacios: fondos abisales, profundidades y dorsales marinas, cordilleras, archipiélagos, regiones falladas&#8230;</p>
<p>El volcán es o fue pura dinámica y, cuando actúa, es el mayor y más veloz reorganizador geológico del espacio geográfico.</p>
<p><strong>COMPAÑERO DEL HOMBRE</strong></p>
<p>Por otro lado, el hombre común que vive en una zona continental estable, sobre un viejo zócalo rocoso o unas campiñas sedimentarias, tiende a olvidar o a desconocer las convulsiones terrestres de sus franjas más dinámicas. Pero un día de abril del año 2010 le dicen que sus vuelos se han cancelado porque ha entrado un volcán de Islandia en erupción y sus cenizas, lanzadas a gran altitud, han sido empujadas por los vientos hacia el sur e impiden la navegación aérea por Europa: el volcán desconocido, surgido entre la nieve con violentos lanzamientos de escorias ígneas, entra en sus vidas, tan dependientes de la tecnología, a muchos kilómetros de distancia. Ni su nombre podía pronunciarse con facilidad, Eyjafallajokul, pero todos los periódicos lo mencionaron y los locutores aprendieron a nombrarlo. Sin embargo, este volcán no debería ser un desconocido para los geógrafos, pues su nombre y figura ya aparecían en un mapa tan famoso como el de Ortellius de 1585, dibujado junto al más famoso Hekla (que vomita piedras y lanza llamaradas). El volcán simplemente había recordado: aquí sigo.</p>
<p>En efecto, desde antiguo, el volcán ha sido compañero del hombre. Cerca de Nápoles la Solfatara era visitada por los antiguos romanos y los siguieron las gentes renacentistas, ilustradas y románticas. Cualquier enciclopedia sobre mitología, cualquier recuperación de la poesía clásica o de un viejo tratado sobre la naturaleza recogerá constantes referencias a los volcanes, desde Platón a Aristóteles, a Lucrecio o a Virgilio, desde la Atlántida a la Eneida, desde las luchas pavorosas de los titanes a Atlas o a Polifemo. ¿Qué sería de nuestras raíces sin los volcanes de Italia? Si el Vesubio, por estar localizado junto a lugares tan poblados, ahora Nápoles, y por sus destructivas erupciones ha sido tan visitado, conocido, temido y cantado, creando el arquetipo de cono en su caldera, el elevado Etna, en actividad casi permanente, se convirtió en modelo de grandes volcanes vivos, de estudios, de leyendas, de ascensiones, de panoramas, de relatos y de terrores de devastación. No faltaba razón a quienes así lo proclamaron, porque tiene de todo: alto e ingente cono, cráter vertiginoso, flancos plagados de focos eruptivos y mordidos por una caldera, explosiones colosales, fuentes caudalosas de lava y coladas kilométricas, faldas escoriáceas; en suma, lo máximo a que puede aspirar un gran volcán: nieve y fuego.</p>
<p>Todos los demás grandes volcanes son para nosotros, los europeos, Etnas en la lejanía. Ya lo es el Teide, pero también el Popocatépetl. Y la repetida experiencia de la erupción para el hombre que la padece o la observa es algo inicialmente aprendido en las laderas étneas o vesubianas, difundido y enseñado en grabados, relatos, poemas, viajes, estudios, observaciones, tratados y manuales.</p>
<p>Las hipótesis clásicas sobre sus causas se repitieron ante los volcanes de América y hasta el mismo Humboldt volvía sobre esas mismas fuentes antiguas cuando escribía, críticamente es cierto, en sus <em>Vistas de las cordilleras, </em>que “parece admitirse que la proximidad del océano contribuye a mantener el fuego volcánico”, lo que no se cumplía en la realidad. Esta teoría tan largo tiempo vigente, que también recoge Julio Verne en una de sus novelas, procedía nada menos que de Aristóteles y de Plinio. La eruptividad de ambos volcanes, Etna y Vesubio, ha sido maestra no sólo en las formas construidas y los materiales arrojados sino también en sus procesos explosivos y efusivos. Crearon un modelo mental al que recurrieron los exploradores de América para dar razón de lo que allí encontraban o para ponerle enmiendas cuando sus experiencias directas les dictaban otra opinión. En tales fuentes literarias el volcán fue además una aventura que entró en los grandes, en los mayores relatos. Y además se convirtió en una metáfora. En la literatura española, por ejemplo, reaparece como tal desde el Arcipreste hasta Gabriel y Galán, pasando por Quevedo.</p>
<p>Pero, antes, está presente ya en nuestras dos raíces culturales, la bíblica y la clásica, siempre entre el efecto de la devastación y la admiración. Entre el temor y la veneración. El volcán, como tantos otros desastres naturales, ha sido considerado un castigo divino por nuestros pecados desde los tiempos confusos de Sodoma y Gomorra hasta las erupciones históricas canarias. Y, al mismo tiempo, la aparatosa presentación de sus erupciones ha sido usada para dar el tinte de gloria adecuado a la aparición de lo divino en la Tierra, como en el Sinaí ante Moisés.</p>
<p>Y, por analogías comprensibles con el fuego eterno y el antro en el interior de la Tierra, la boca ígnea del volcán activo ha parecido a unos como la misma entrada al infierno y a otros, de pensamientos menos trascendentes, como depósitos inagotables de oro derretido. La idea del “axis mundi” está presente, con sus modalidades, en muchas montañas, particularmente en el Tíbet, pero también apareció en los primitivos que observaban el Teide desde distintos puntos del archipiélago canario en el “tenerife”, el que brilla con blancura, columna desde el fondo del mar hasta el cielo. Y de este modo, el gran volcán es tanto una montaña celeste como la puerta del infierno. En la raíz del legendario viaje atlántico están, por un lado, la peregrinación marítima de San Brandán, donde se relata vivazmente una erupción, y, por otro, el Purgatorio de Dante, situado en una montaña oceánica, por las antípodas de la cueva del Infierno abierta bajo Jerusalén, alta como ninguna: el Teide de nuevo. O, mejor, su imagen fabulosa. El volcán Fuji es quizá el arquetipo, con el Kailas tibetano, de la montaña sagrada. Pero hasta el mismo Kailas, que no es un volcán, está compuesto por un colosal apilamiento de estratos de conglomerado de rocas que, en gran medida, son de origen volcánico.</p>
<p>El encuentro de los exploradores y cronistas españoles con los volcanes americanos fue inmediato. Ascendieron a sus cimas para observar los paisajes, para extraer azufre como se hacía ya en el Teide, para comprobar si se trataba lo que bullía en sus cráteres de plata derretida, de oro o de simples escorias, para debatir si era o no el infierno, para leer maitines a la luz de sus lavas antes del alba, para describir sus lagos de lava y para especular sobre sus orígenes, en seguimiento de lo que decían Séneca, Aristóteles o Plinio, o para rebatirlos cuando “la experiencia –según escribían- estaba en contra de la filosofía”. Entre toda la ingente aportación que hicieron tales exploradores a la geografía del Renacimiento, la primera imagen que legaron de los volcanes de América fue un salto informativo y teórico extraordinario. Armados con los pocos escritos clásicos sobre la materia contribuyeron a la renovación del conocimiento propia de aquel tiempo con la realidad de las experiencias directas y con la voluntad de su explicación razonable.</p>
<p>En los archivos hay aún hoy notas inéditas y dibujos de campo, tantas veces preciosos, de diferentes momentos de esa exploración ya sea en México o en El Ecuador o en Nicaragua, con afán de aprender, con riesgo, con deseo de enseñar: por ejemplo, en el mismo Popocatepétl, o en el Tunguragua con sus coladas taponando los ríos, o en el Txtla casi como una fotografía en pleno paroxismo eruptivo con sus puntos de reconocimiento hasta el borde del cráter. En las bibliotecas están las experiencias y consideraciones de José de Acosta, de Juan de Cárdenas y de Tomás López Medel o la fenomenal descripción del lago de lava del Masaya en plena actividad por Fray Blas del Castillo en la temprana fecha de 1538. Tales volcanes quedarían también como símbolos estéticos y culturales de los paisajes mexicanos, como monumentos naturales en las altas cumbres del Orizaba, del Cotopaxi, del Chimborazo y –por su composición, no por su forma ni actividad- del Aconcagua, entre tantos otros, también en mapas, en las “vistas” de Humboldt y hasta en obras pictóricas románticas de cuadros, entre otros, de</p>
<p>Church o de Rugendas. La reunión de todas estas aportaciones sobre aquella imagen de los volcanes americanos bien merecería una edición crítica conjunta y de calidad tanto en contenido como en formato.</p>
<p>Aunque hubo una voluntad de interpretación global de la Tierra en diversos autores de los siglos siguientes, la que concierne más de cerca a los volcanes es la de Atanasius Kircher (o Atanasio Kirquerio como le llamara Torres Villarroel), que vivió entre 1601 y 1680, con su “Systema Ideale Pyrophylaciorum”, verdaderamente un precedente de los intentos de sistematización del Globo terrestre del siglo XX que inició Wegener. No por su movilidad, claro, pero sí por su globalidad. Los pirofilacios formarían una red por el interior del globo de conductos ígneos, con cámaras de fuego en el centro y en distintos puntos profundos de la Tierra que acabarían alcanzando su superficie, donde expulsarían tales materiales subterráneos incandescentes en forma de volcanes. Es la idea, pues, del fuego interior, la causa del producto, de su movilidad luego por tubos naturales y de su reparto disperso por toda la superficie de la Tierra.</p>
<p>Kircher concebía estos conductos de material incandescente junto a otros tipos, los hidrofilacios, para distribuir las aguas subterráneas, y los aerofilacios, para los vientos internos. Como más tarde, hasta el paso del siglo XVIII al XIX, los neptunistas discutieron el origen ígneo de las rocas volcánicas hasta que los plutonistas les rebatieron en los Puys y Humboldt en Tenerife, esta vieja hipótesis de Kircher -hombre tan concienzudo que para informarse ascendió al Etna y descendió al cráter en actividad del Vesubio- resulta una bella teoría de la organización global interior del fenómeno volcánico universal.</p>
<p>Son muy dignos de recordar en este tiempo, a veces precientífico y más tarde no estrictamente profesional, los testimonios de las erupciones históricas en Canarias, relatados con espontaneidad por sus habitantes y estudiados concienzudamente por Carmen Romero Ruiz. Constituyen la aportación española más fundada y abundante al conocimiento de la actividad volcánica a lo largo de siglos, desde la conquista castellana de Canarias hasta hoy. Numerosos naturalistas, además, sumaron en sus visitas al archipiélago observaciones e hipótesis científicas, como en el caso ejemplar de Humboldt, de tal modo que estos volcanes españoles contribuyen a formar un cuerpo de información realmente interesante. Aunque hay relatos de viajeros a Canarias desde fechas tempranas es a partir de la Ilustración cuando el viaje científico se hace más habitual y, en él, las ascensiones al Teide con motivos de estudio se siguen unas a otras. No sin razón el escudo otorgado en 1510 a Tenerife representa, como decían los viejos documentos, “una breña de que sale del alto della unas llamas de fuego que se nombra Teidan”. Que sea hoy el Teide, desde 2007, Patrimonio Mundial no es sino el reconocimiento de un hecho manifiesto a su relevancia como paisaje volcánico. Y la erupción no ha cesado en el archipiélago: bajo el mar o tierra adentro todo isleño la espera.</p>
<p>La emulación de las ascensiones alpinas y étneas de fines del XVIII hizo que éstas se extendieran a la cumbre en el Atlántico, llevando hasta ella el sentimiento de la montaña ilustrado y romántico y el afán de precisiones. Aun más sencilla era la aproximación al Vesubio para el naturalista europeo, sin duda, pero de lo que se trataba en todos los casos era de acumular información veraz, de ver el fenómeno directamente, de tomar los datos in situ, de acercarse a la fiera. Y si lanzaba gases y bombas, mejor.</p>
<p>Cuando se ensancharon los horizontes del conocimiento geográfico se fueron incorporando los volcanes de África, del hemisferio oriental y hasta de la Antártida al conjunto ya catalogado. El otro lado del Pacífico fue fértil y, entre los volcanes de Indonesia y Japón, hubo estudios meritorios realizados por españoles en los aparatos filipinos. Las corrientes atmosféricas trajeron un día hasta occidente cenizas de la erupción del Krakatoa de 1883, se encontraron restos suyos entre las nieves de Peñalara y, en Chelsea, el artista William Ascroft pintó los rojos atardeceres que ocasionaron, tan lejos de su foco, tales partículas en suspensión en el aire. El mundo parecía que se reunía consigo mismo y los saberes se complementaban convenientemente, que es lo que los volcanes requerían: una información completa, generalizada y combinada. Desde el descubrimiento geográfico de América nunca ha podido abandonar la investigación volcanográfica o volcanológica esa necesidad de escenario internacional.</p>
<p><strong>El arte y los volcanes</strong></p>
<p>Mientras tanto, tampoco el arte había dejado de lado a los volcanes. Desde la bahía de Nápoles el Vesubio fue tan repetidamente pintado que llegó a crear una escuela de “vesubistas”. Las mejores plumas de la literatura europea acudieron a la llamada de la cima del Etna, como Goethe, quien dejó además párrafos volcánicos extraordinarios en su Fausto. El poeta Hölderlin revivió la estancia de Empédocles en el Etna y Leopardi meditó sobre la retama del Vesubio que vuelve a brotar tras el paso de las lavas, contenta en su desierto y destinada al fuego de una nueva erupción. Así siguió extendiéndose el arte del volcán a la novela, la fotografía, el comic y el cine, casi siempre como expresión de la eterna confrontación entre el hombre y la naturaleza. Aparte de los documentales y hasta de los reportajes del creciente turismo volcánico, las últimas películas sobre volcanes pertenecen al género catastrofista surgido a partir de la tremenda experiencia del volcán Santa Helena, en 1980, sin otros valores que reseñar.</p>
<p>Sin embargo, esta erupción excitó por otra parte la investigación norteamericana en volcanes explosivos logrando grandes avances en esta especialidad.</p>
<p>Sería, pues, el ocio una de las últimas fases del ciclo que comenzó en el mito, siguió en la cultura, alcanzó la ciencia y hoy se extiende a la divulgación y el recreo. Si hubo un volcán-mito ese podría ser el del gran volcán polar en el Ártico, que viene desde los mapas de Mercator y llega hasta Julio Verne con su Capitán Hatteras. La cultura se afinca en el paisaje, en el real, en el sentido y en el imaginado, y entre todos hacen del volcán un símbolo. La ciencia ha pasado a tenerlo por una clave del entendimiento dinámico de la Tierra, y es entonces cuando la volcanología se ha hecho adulta. La erupción también ha sido una aventura y hasta un entretenimiento cuando la divulgación, con guías para andar y ver, ha permitido el viaje volcanófilo. Hay desde hace años incluso turismo organizado para visitar volcanes, con precios asequibles. De modo que hoy el mundo de los volcanes consiste, volviendo la expresión al revés, en los volcanes de todo el mundo, un fenómeno internacional en el que el relieve y la erupción aparecen como actividad científica y como espectáculo estético, como cuadro de la naturaleza. Pero además, en el entendimiento global del volcán se incluye su relación, no siempre fácil, con el hombre. El riesgo volcánico se ha convertido, en los terrenos apropiados, en una modalidad de la protección civil con sus propios métodos de prevención y sus técnicas de actuación y, con ello, el seguimiento de determinados volcanes potencialmente peligrosos se ha vuelto minucioso y constante.</p>
<p>Y, de paso, si miramos hoy al firmamento, tendemos puentes intelectuales e imaginativos que comunican nuestro sistema volcánico propio, el de las máquinas terrestres profundas y el de los paisajes cambiantes, con los de los demás planetas de nuestro sistema solar. Sospecho que, en el robot que curiosea ahora mismo por los desiertos cráteres de Marte, hay un hilo invisible tendido que comunica con quienes recorremos sus paisajes hermanos en la Tierra. Aquí o allá, da lo mismo, el volcán continúa siendo un lugar especial para la admiración e insustituible para el conocimiento.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-volcan-descubrimiento-y-metafora/">El volcán. Descubrimiento y metáfora</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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