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	<title>Boletín 48 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 48 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>El viaje del rey José Bonaparte por Andalucía</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-viaje-del-rey-jose-bonaparte-por-andalucia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:06:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 48]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Emma Lira Bibliografía: Boletín SGE Nº 48 &#160; La Andalucía de principios del siglo XIX era un territorio vasto y no muy conocido para el mundo. Algunos pioneros como [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-viaje-del-rey-jose-bonaparte-por-andalucia/">El viaje del rey José Bonaparte por Andalucía</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Emma Lira<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-48-negocio-descubrimientos/"> Boletín SGE Nº 48</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La Andalucía de principios del siglo XIX era un territorio vasto y no muy conocido para el mundo. Algunos pioneros como Laborde habían vuelto contando las excelencias de una naturaleza feraz, un clima benigno, un patrimonio de herencia musulmana y una historia a caballo entre la realidad y la leyenda. Es por este territorio de ciudades blanquísimas, sierras escarpadas y costas infinitas por donde transcurrirá uno de los capítulos más olvidados de la historia, el viaje del rey José Napoleón Bonaparte, recorriendo los confines de un reino recién estrenado.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Napoleón Bonaparte, José I, no es un personaje especialmente bien tratado por la historia. Mucho más conocido en España por despectivos alias como Pepe Botella o Pepe Plazuelas, no era sin embargo ni alcohólico, ni tuerto ni jorobado, como le recrean los retratos orales del momento. Accedió al trono de España a instancias de su hermano, el emperador Napoleón, tras el vacío de poder y el caos dejado por la abdicación de Fernando VII, firmemente convencido de que, como ya había sucedido con la rama borbónica que sucedió a los Habsburgo, una monarquía extranjera podría dar un nuevo impulso al país. Pero quizá España no deseaba ser impulsada. El efímero reinado del rey José I estuvo marcado por el odio de su pueblo y el menosprecio de su hermano menor, a quien él reverenciaba.</p>
<p>José Bonaparte, según algunos historiadores, “reinó en el momento y sitio equivocado”.</p>
<p>De tradición ilustrada, albergaba ideas cultas y reformistas, y era un firme enemigo de la Inquisición, del despotismo eclesiástico y de los privilegios injustos de la nobleza. Abominaba de la violencia y era un amante de la historia, las artes y la cultura. Quizá por ello, y quizá a su pesar, se encontró emocionalmente involucrado con el potencial del país que le tocó en suerte. Jamás se atrevió a oponerse a su hermano, pero sí a manifestarle en reiteradas ocasiones que no deseaba ser rey por la fuerza de las armas, sino por el cariño de los españoles.</p>
<p>“No deseo una España avasallada – advierte &#8211; sino una España “hermana y amiga” de Francia”.</p>
<p>La presencia de un rey extranjero impuesto cayó como un jarro de agua fría sobre el caldeado ánimo de los españoles. Nombrado rey en junio de 1808, antes de finales de julio ya se dio cuenta de que su autoridad era nula. Si bien gozó de una cordial acogida en San Sebastián, Vergara, Vitoria y Miranda, era lo suficientemente inteligente como para diferenciar la actitud reverencial de las autoridades eclesiásticas y civiles, de la fría y recelosa de la población en general.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Destino Cádiz</strong></p>
<p>Es en este contexto histórico, a comienzos del año 1810, cuando José I decide partir a recorrer Andalucía. Andalucía es una tierra deseada, un amplio territorio que ocupa media parte de España. La batalla de Ocaña, ganada el año anterior por las tropas imperiales, insufló cierta dosis de estabilidad a la Corona josefina. Quizá José I interpretara ese triunfo como una señal y pensara llegado el momento de expandir su deteriorado poder por el sur de la península Ibérica.</p>
<p>La empresa parece concebida al principio como una expedición militar, pues las tropas francesas reciben órdenes de concentrarse en los páramos manchegos, pero pese a encontrarse bajo el mando supremo del mariscal de Soult, es el propio José I quien opta por renunciar a las comodidades de su palacio y ponerse él mismo al frente de la gran marcha. El objetivo último es más político que militar: contrarrestar la iniciativa estratégica de los liberales que acaban de convocar las Cortes de Cádiz, cuestionando una legitimidad precariamente sustentada por el Estatuto de Bayona. La Junta Central, en su huída hacia el Sur, se ha refugiado en la ciudad andaluza, un enclave estratégico que supone la puerta de la península al mar y su comunicación con las provincias de ultramar.</p>
<p>Sin embargo, la composición de la expedición, de más de 60.000 hombres, revela un nuevo objetivo, más allá del político o militar. Entre las tropas del rey hay una amplia representación de civiles, del aparato administrativo y político del Estado, y entre ellos destaca una nutrida corte de asesores e intelectuales franceses y españoles. Estas incorporaciones revelan la intención de presentar el viaje ante la opinión pública con una perspectiva más amable que la de una simple ocupación territorial, una tregua pacífica en mitad de la guerra, una misión conciliadora en la que el monarca tendrá la ocasión de exponer de primera mano ante su pueblo sus planes para la modernización, en la que podrá mostrar la imagen que quiere ofrecer ante los españoles: la de un rey benévolo, dadivoso, reformista y sensible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El país soñado</strong></p>
<p>En la mañana del 8 de enero de 1810, el amplio convoy abandona Madrid por la puerta de Toledo, escoltado por la Guardia Real y dispuesto a enlazar con las tres divisiones del Ejército que esperan en La Mancha. Aún se desconoce tanto la duración del viaje como sus consecuencias.</p>
<p>José I tiene en mente visitar Andújar, Córdoba, Carmona, Sevilla, Jerez de la Frontera, el Puerto de Santa María, Ronda, Málaga y, por supuesto, Cádiz. No sabe que el periplo le llevará cinco largos meses, que jamás podrá entrar en Cádiz, y que en cada una de los ciudades recorridas se enamorará de sus paisajes, de la alegría de sus habitantes y, probablemente también, de la sensación de sentirse amado y aceptado, monarca, en definitiva, por primera vez desde su llegada a España.</p>
<p>En Almagro comienza su tarea “evangelizadora”, destinada a convencer al pueblo de su idoneidad como monarca. Allí emprende sus dos primeras reformas legislativas: la supresión de los privilegios de las Órdenes de Calatrava y Alcántara, y la creación de un colegio gratuito para niños pobres. El recibimiento es aún tibio y, pese a su número, la expedición teme la dificultad de cruzar Sierra Morena, dado lo abrupto del paisaje y el conocimiento que del mismo tienen las guerrillas españolas. Sin embargo el paso se produce sin incidentes. A poco más de veinte días de su salida de Madrid, el 26 de enero, José Bonaparte se encuentra a las puertas de la ciudad de Córdoba.</p>
<p>Se inicia aquí el sueño josefino. La municipalidad en pleno está reunida para recibir al rey y rendirle tributo a las puertas de la ciudad. Es la primera de una agradable sorpresa: el rey se ve conducido a través de un itinerario urbano de aire festivo. Es la primera vez desde que ostenta la Corona que una ciudad de la magnitud de Córdoba se le entrega con tanto entusiasmo. José I se permite albergar tibias esperanzas. Envía misivas a Napoleón regocijándose por el recibimiento del que es motivo, y que, en su opinión, marca un cambio de signo en la actitud de la población hacia “el invasor francés”. Como en un <em>crescendo</em>, la bienvenida y los festejos continúan reproduciéndose hasta la apoteósica entrada en Sevilla, donde miles de sevillanos lo vitorean entre el repique de campanas y las salvas de artillería. A partir de este momento, la expedición se despoja de su carácter militar para convertirse en un viaje institucional, y el rey continúa su viaje sin más asistencia militar que los tres regimientos de la Guardia Real, que le dan escolta, en una especie de misión catequizadora.</p>
<p>La cálida bienvenida de la ciudad hispalense no deja de ser sorprendente si tenemos en cuenta que hasta hace apenas unos días la ciudad era la sede de la Junta Central, la capital de la España Libre. No hay constancia de si el rey o sus asesores pensaron en ello, lo que sí refleja la historia es la abrupta interrupción del venturoso viaje, cuando tanto Cádiz como la Isla del León (San Fernando) se niegan a franquear las puertas de la ciudad “al invasor”, impidiéndole no sólo el diálogo cara a cara que anhela con los miembros de la Junta Central, sino, casi más doloroso, el paseo triunfal, el baño de multitudes que tanto necesita.</p>
<p>Sin resignarse, José I pretende someter a ambas ciudades con las palabras, allí donde las balas no han funcionado. Las distintas misiones políticas fracasan, tanto las que incluyen políticos como las de eclesiásticos españoles, y sus representantes son enviados de vuelta sin ser siquiera recibidos. José I decide proseguir el viaje y posponer la entrada en Cádiz. Tras la acogida en el resto de capitales andaluzas, está seguro de que la obstinación gaditana será solo cuestión de tiempo.</p>
<p>El sitio de Cádiz comenzará el 5 de febrero, contra una defensa de tan sólo 2000 hombres. Nadie imaginó entonces que se prolongaría durante dos años y medio, y que la derrota inflingida allí a los franceses precipitaría el fin de la ocupación francesa en España. Pero esa es otra historia <em>Retrato del rey José I por el pintor de cámara de la familia Bonaparte, Jean Wicar.</em></p>
<p>El 26 de febrero el convoy parte desde Jerez de la Frontera hacia el oriente andaluz, y se vuelve de nuevo a la tónica anterior. La caravana va suscitando interés y entusiasmo a medida que avanza. El recibimiento por parte de la élite en las ciudades rivaliza en agasajo, pero ningún acontecimiento puede superar al tributado por la ciudad de Málaga. José I encuentra en el recorrido dos arcos triunfales y una muchedumbre enfervorizada que al grito de ¡Viva el rey! le arroja flores desde balcones y azoteas. André François Miot de Melito, ministro y consejero de José I, escribirá: <em>“Si algún día José Napoleón pudo creerse realmente soberano de España</em><em>fue en ese momento”. </em>Ni siquiera el alto clero desaprovecha la oportunidad de congraciarse con el régimen bonapartista. Por si acaso.</p>
<p>Pero también José I practica una política conciliadora de acercamiento al pueblo.</p>
<p>En su celo, incluso deroga la Pragmática Sanción de Carlos IV, que suprimía los festejos taurinos, y asiste a ellos, pese a la aversión que le causan, consciente de su importancia para la población andaluza. Pero no habrá solo corridas de toros. Junto a ellas, los municipios disponen de espectáculos teatrales, bailes de gala y suntuosas fiestas para agasajar a José I y que el monarca no eche en falta los lujos de la Corte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El fin de un espejismo</strong></p>
<p>El 27 de febrero la escuadra josefina, compuesta ahora por unos 2000 hombres, se ve obligada a pernoctar en El Bosque, entre Arcos de la Frontera y Ronda. La sensación aquí es agridulce, pues la población, escarmentada por las represalias por la muerte de 14 dragones franceses, había huido a la sierra, dejando a la comitiva, no solo sin recibimiento, sino forzada a alojarse por su cuenta en las poco más de 200 casas que constituían la humilde aldea.</p>
<p>Pero no fue tan solo la incomodidad de la jornada lo que cambió el ánimo del rey. Allí recibió la noticia del decreto imperial promulgado por su hermano días atrás. En él se disponían gobiernos militares franceses dependientes de París para Cataluña Aragón, Navarra y Vizcaya, al tiempo que se embargaban los productos y rentas de Salamanca, Toro, Zamora, Santander, Asturias, Palencia, Valladolid y Burgos, con objeto de compensar las innumerables pérdidas que el ejército desplazado en España costaba a las arcas francesas.</p>
<p>El enfrentamiento entre los hermanos Bonaparte por la labor de José I en España fue ya evidente desde la derrota francesa en Bailén, que Napoleón jamás le perdonó a su hermano. Pero esto iba mucho más allá. Napoleón incumplía los compromisos adquiridos en Bayona y, en su más pura línea de “las fronteras son rayas en los mapas que yo muevo a mi antojo”, se planteaba la desmembración de la Corona Española. No solo eso; para él, los avances diplomáticos de su hermano, las medidas de gracia promulgadas en Andalucía, eran percibidas como medidas populistas que buscaban la popularidad personal, en lugar de la sumisión del pueblo y el tributo económico que pudiese reparar los cuantiosos costes que la campaña militar suponía para el Estado francés.</p>
<p>El decreto de Napoleón supone un importante cuestionamiento de la gestión de José I, precisamente cuando este empezaba a vislumbrar cierta viabilidad en su reinado, y malograba tanto su labor conciliadora como las esperanzas concebidas a raíz del afectuoso acogimiento andaluz. Ante tal situación, que mutila su autoridad y anula los compromisos recién adquiridos que garantizaban una unidad de España en la que él creía, José piensa por primera vez ya en la abdicación. Sin embargo, lejos de volver a Madrid, optó por continuar su viaje andaluz. Admirador de la estética musulmana, se emocionó ante la magnificencia de Granada, visitó Jaén y volvió, una vez más, a Sevilla y Córdoba, quizá en busca del reconocimiento, de las sensaciones que había experimentado en esas ciudades. Pero ya nada fue igual, ni su predisposición de ánimo ni la acogida de las poblaciones, quizá informadas del decretazo con el que Napoleón planeaba dividir España y someterla directamente a París. Aquel viaje por Andalucía que había mostrado a José I una realidad distinta, el clamor y la alegría de un pueblo, unos bellísimos paisajes y un riquísimo patrimonio artístico se desvanecía. Nunca se había sentido tan monarca como en este momento, pero nunca volverá a sentirse así. A su regreso a Madrid, enfrentado a la realidad política y administrativa, entenderá que de alguna manera el viaje por Andalucía ha sido, como escribió Francisco Luis Díaz Torrejón, de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, de Málaga, <em>“el paraíso soñado de un rey desgraciado” </em>y que quizá todo absolutamente todo, hubiese sido un espejismo.</p>
<p>Pero, ¿fue realmente así?, Antonio J. Piqueres Díez, en su obra <em>El periplo andaluz del rey ambulante, </em>y hablando a partir del libro que sobre el viaje del rey escribió Francisco Luis Díaz Torrejón (<em>José Napoleón I en el sur de España. Un viaje regio por Andalucía</em>), señala que este autor explica la aparente contradicción entre el ánimo popular y los recibimientos hechos al rey, porque éstos habían sido previamente organizados por los agentes afrancesados. La comitiva regia visitaba los pueblos por los que el monarca iba a transitar con unos días de antelación para tener a punto los preparativos que la presencia del rey requería. Espontaneidad aparte, los homenajes y demás muestras de obediencia y alegría habían sido concienzudamente organizados por los Ayuntamientos, sin cuyas ordenanzas la respuesta del pueblo habría sido, sin duda, menos afectuosa. Incluso el propio rey llegó a cuestionar en algunas ocasiones la sinceridad de las expresiones de fidelidad de las autoridades locales. No obstante, sus sospechas desaparecieron, al parecer erróneamente, al experimentar el aparente entusiasmo del pueblo. En cualquier caso, tras la guerra, la mayoría de las localidades, quizá avergonzadas de ese momento de “sumisión” no se sabe si forzada o espontánea, quiso borrar la memoria de los recibimientos otorgados al rey intruso, de tal manera que pareció como si el viaje de José I por Andalucía jamás se hubiese producido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Descubrimiento del paisaje</strong></p>
<p>Pero se produjo, y al margen de las consecuencias en el ánimo del rey, la expedición de José Bonaparte y el período de la ocupación francesa supuso de alguna manera el descubrimiento, o el redescubrimiento, del paisaje y el patrimonio andaluz. Las guerrillas, los bandoleros de la sierra, el misterioso y opaco mundo gitano dotaron a Andalucía de un halo de atractivo, con la dosis justa de peligrosidad.</p>
<p>El territorio andaluz, no transitado por ningún miembro de familia real española desde don Fernando de Antequera y su nieto Fernando el Católico en las viejas guerras contra los musulmanes, se daría a partir de este momento a conocer al público, convirtiéndose en uno de los paisajes de referencia del romanticismo europeo.</p>
<p>Introducir una dimensión estética en un paisaje supone visualizarlo como algo más que una fuente de ingresos, exige una mirada distanciada, culta, en tránsito.</p>
<p>Es esta mirada del otro, del extranjero, la que fue capaz de poner en valor por primera vez los atractivos que diferenciaban a Andalucía de Europa. A partir del exilio, tanto los propios franceses que formaron parte de la  expedición, como los afectos al régimen que tuvieron que abandonar el país, fueron elaborando la imagen de una región, de su patrimonio, de su idiosincrasia, de su obra artística, de tal manera que fueron capaces, quizá, de reconstruir esa Andalucía soñada del rey José I, para ponerla a disposición de los sueños del resto de viajeros románticos.</p>
<p>José Bonaparte probablemente jamás fuese consciente de lo que su expedición supuso para la imagen de Andalucía en el exterior. Jamás llegó a ser aceptado como rey, y abandonó España en 1813, junto a unas 12.000 familias, una importante pérdida para España no tanto por la cantidad, sino por la calidad intelectual de las personas obligadas a marcharse. Tachados de afrancesados, fueron condenados al destierro perpetuo por Fernando VII en 1814, al recuperar su trono, y habría que esperar a 1820, al golpe de Riego y al inicio del trienio liberal, para abrir de nuevo las fronteras a los exiliados.</p>
<p>¿Qué diferenciaba realmente a los afrancesados de los liberales para que José I jamás fuese aceptado y los primeros tuvieran que exiliarse?</p>
<p>Realmente nada o muy poco. Ambos perseguían el mismo objetivo: la destrucción de los abusos y el absolutismo; la pena era que lo hacían por caminos distintos.</p>
<p>Como señalaría en su obra <em>“Memorias de un setenton” </em>Ramón Mesonero Romanos, José I <em>“no era tuerto ni borracho (.) y se manifestó profundamente afligido por la miseria del pueblo- Seguramente ese hombre era</em><em>bueno (.) ¡Lástima que se llame Bonaparte!”.</em></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-viaje-del-rey-jose-bonaparte-por-andalucia/">El viaje del rey José Bonaparte por Andalucía</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Banqueros alemanes en la España de Carlos V</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/banqueros-alemanes-en-la-espana-de-carlos-v/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:06:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 48]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>De cómo las familias de los Fugger y los Welser, originarias ambas de la ciudad alemana de Augsburgo, llegaron a formar parte de la historia de nuestro país durante el [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>De cómo las familias de los Fugger y los Welser, originarias ambas de la ciudad alemana de Augsburgo, llegaron a formar parte de la historia de nuestro país durante el reinado de Carlos I de España y V de Alemania.</strong></p>
<p><strong>Sin ánimo de ejercer de historiadora, perdónenme los lectores expertos si fallo en alguna línea: tampoco es mi propósito faltar al rigor, aunque nunca se sabe y por eso de antemano me disculpo.</strong></p>
<p><strong>Si hay algo que me gusta al leer sobre la Era de los Descubrimientos es que parece una novela de las que enganchan, con la suerte para el lector de que nunca se acaba. Los protagonistas principales de algunas historias pasan rozando a las de otros secundarios, que a su vez protagonizan otras igual o más intensas, todas merecedoras de capítulos enteros sobre aquel siglo fascinante que fue el XVI. Y mi propósito en este caso y este artículo es intentar explicar cómo vinieron a dar a España esos banqueros europeos a los que el gran monarca Carlos I entregó casi su alma entera, hasta que su hijo, Felipe II declaró el reino en banca rota. Pero vayamos por partes.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Un emperador busca financiación para su proyecto</strong></p>
<p>Nacido el 24 de febrero de 1500 en Gante, su destino le llevó a acumular en su sola persona un poder inmenso y unos territorios que se extendían por media Europa y parte de América. Hijo de Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso, heredó por vía paterna los Países Bajos, los territorios austríacos y el derecho al trono imperial; y, por vía materna, Castilla, Navarra, las Islas Canarias, las Indias, Nápoles, Sicilia y Aragón. Fue educado en el mismo Gante a la manera germánica, hasta que, cumplidos los 16 años, tuvo que trasladarse a la península para ser coronado como Carlos I y reinar junto a su madre (recluida en Tordesillas por mandato de Fernando el Católico y, después, de su propio hijo a causa de sus supuesta locura) en todos los reinos y territorios de España. Hasta 1556, cuando decidió retirarse al Monasterio de Yuste para, dos años después, morir.</p>
<p>A partir de 1516 una de las principales preocupaciones del nuevo rey era conseguir la financiación que hiciera posible su reinado, esto es, conseguir no sólo la confianza de los nobles y la Iglesia, sino el apoyo económico que contribuyera a mantener en pie aquel enorme imperio. A pesar de que en la península no era del todo bien visto que Carlos tomara el poder estando su madre, auténtica heredera, aún viva y, peor todavía, sin conocer ni siquiera el idioma del reino, consiguió el apoyo que buscaba, tanto económico como moral, aunque este último con ciertos matices que aquí no vienen al caso. A pesar de la diversidad y extensión de los reinos bajo su potestad, Carlos I logró, no sin muchos tropiezos, organizar e impulsar el sistema político creado por sus abuelos los Reyes Católicos, haciendo funcionar de manera coherente la diversidad de las tradiciones políticas, culturales y militares de sus numerosos estados, donde ninguna institución era común a todos, salvo la Corona y su órgano consultivo para la política exterior, el Consejo de Estado, donde intervenían personajes de los distintos pueblos gobernados. En total, cinco Consejos que organizarían los distintos frentes del Imperio, bajo las órdenes de delegados del Rey, que se harían cargo de las decisiones mientras él viajaba por su vasto imperio intentando gobernarlo.</p>
<p>Entre ellos estaba el Consejo de Hacienda, objeto de este artículo, que tenía el objetivo, nunca alcanzado, de “mediar los gastos con los ingresos”, para lo cual adoptó el modelo flamenco, asesorado por personas de sus confianza. Y estamos ahora en el centro del problema, porque Carlos I tenía, por herencia paterna, el derecho de acceder al trono imperial de los Habsburgo, pero, ¿cómo pudo financiar su campaña para convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico frente a su rival Francisco I, rey de Francia? Gracias al dinero que buscó en Castilla y, sobre todo a los préstamos de las poderosas familias Fugger y Welser, entre otras, que encontraron en la península y en el Nuevo Mundo, el camino perfecto para cobrar sus intereses.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Los Fugger entran en la historia</strong></p>
<p>Cuando se habla de los banqueros de Carlos V no se habla en el sentido de lo que hoy entendemos por el término, sino que se refiere a las <em>“sociedades comerciales que pusieron a disposición de la Casa de Austria créditos y una infraestructura para la transferencia financiera, por ejemplo en forma de letras de cambio. Una característica importante de los llamados “merchant bankers” (banqueros comerciantes) fue que sus actividades no se limitaron de ninguna manera al movimiento crediticio, sino que también se dedicaron a actividades comerciales en los territorios de los Austrias, como por ejemplo a la minería o al comercio de paños o armas” </em>en palabras del especialista Peter Rauscher, y, para la muestra, los poderosos y millonarios Fugger y la familia Welser.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mucho antes de nacer Carlos V, su abuelo, el Emperador Maximiliano I, ya se había encargado de endeudarse con Jakob Fugger (1459-1525), uno de los diez hijos del próspero comerciante textil de Augsburgo, Jakob Fugger el Viejo. Jakob el Joven supo impulsar el negocio familiar, diversificarlo y convertirse en pocos años en el banquero y comerciante más rico y conocido de Europa en su tiempo, siendo considerado hoy un ejemplo del capitalismo temprano. Su habilidoso aprovechamiento de los recursos naturales consiguió para su empresa el monopolio del mercado del cobre en Europa, y plantó los cimientos del reconocimiento internacional y la riqueza de la empresa familiar Fugger, que contaba entre sus clientes bancarios con la alta nobleza, las casas reales europeas, y la Iglesia católica. Jakob subvencionó guerras y coronaciones de reyes, como veremos más adelante, asegurando así a sus negocios un rápido crecimiento y ejerciendo mediante la financiación una influencia política considerable. Su fortuna le granjeó el sobrenombre de “Jakob, el Rico”. Ya en tiempos de los Reyes Católicos se había interesado por la nueva ruta descubierta y, para 1503, ya había conseguido un permiso de la Casa de Indias (la contraparte portuguesa de nuestra Casa de Contratación) para abrir un puesto comercial en Lisboa, y así comerciar con especias como la pimienta, perlas y gemas. Apenas dos años más tarde, la casa Fugger financió, junto a otras casas de comercio, el primer viaje a la India. Las tres naves partieron de Lisboa en abril de 1505 y llegaron a la costa oeste de la India el 13 de septiembre de ese año. El viaje terminó en 1506 en Lisboa y, algo revelador, aunque el rey de Portugal se quedó con un tercio de la mercancía, reportó a los Fugger una ganancia neta del 175%. Como inversión de futuro, participó en la financiación de la expedición de Fernando de Magallanes. El viaje alrededor del mundo y el descubrimiento de la ruta occidental hacia la India prometía acabar con el monopolio portugués sobre las especias, lo que les reportaría ganancias aún mayores.</p>
<p>Al fallecer Maximiliano I en 1519, su nieto Carlos heredó, además de todo el imperio de los Habsburgo, la circunscripción de Borgoña y una cantidad ingente de deudas con el banquero alemán, cuyo cobro a largo plazo se encargaría de asegurar el mismo Jakob Fugger apoyando la candidatura al trono de Carlos V frente a la de Francisco I de Francia. La elección del nuevo emperador estaba a cargo de siete electores (los arzobispos de Colonia, Maguncia y Tréveris, y los príncipes de Bohemia, Sajonia, Brandemburgo y el Palatinado). La candidatura de Carlos transfirió la suma de 852.000 florines en concepto de sobornos a los príncipes, con lo que se aseguró el voto de cuatro electores. El candidato contrario, el Rey de Francia, sólo pudo ofrecer 300.000 florines. De la suma total, los Fugger aportaron casi dos tercios, 544.000 florines, mientras que el resto lo aportaron la Familia Welser , de la que hablaremos más adelante, y la banca italiana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Una deuda muy bien atada</strong></p>
<p>De esta forma, el nuevo emperador, en cuyo reino «nunca se ponía el sol», quedaba profundamente en deuda con los Fugger, cuya dinastía pasaba a ocupar con este acontecimiento un puesto destacado en la historia europea del siglo XVI, formando también parte importante de la conquista de América. Un puesto en la historia y un puesto en España, porque los Fugger comenzaron a cobrar su deuda en la Dieta de Worms, donde se establecía la cesión de las minas españolas de cobre, sal y oro. Dos años más tarde, cuando la dieta de Nuremberg de 1523 discutía las limitaciones de los comerciantes para evitar el monopolio, Jakob Fugger le recordó en una carta al emperador su ayuda en la elección: “Es bien sabido, y puedo hacerlo patente, que V. M. I. no hubiera obtenido sin mi ayuda la Corona del Imperio, lo que puedo probar por medio de los manuscritos de los comisarios de V. M. I., y que no he hecho esto en ventaja mía lo demuestra que de favorecer a Francia en perjuicio de la Casa de Austria, hubiera adquirido grandes bienes y riquezas que se me habían ofrecido. Los perjuicios que habrían resultado de ello para la Casa de Austria quedan bien patentes para la alta inteligencia de V. M. I.” A causa de la deuda que Carlos tenía con Fugger, este último se aseguró de que su monopolio no se vería limitado. De esta manera los Fúcares, como pasaron a ser conocidos en tierras hispanas, extendieron sus actividades a España después de haberse establecido en Lisboa a principios del siglo XVI. Para cubrir los pagos del crédito de la elección remitidos a los ingresos españoles, Jakob Fugger concertó un asiento que le aseguró los Maestrazgos, es decir, las rentas de los ingresos de las órdenes de caballería de Santiago, Calatrava y Alcántara, durante los años 1525 y 1527. Con este contrato debían cancelarse no sólo todas las letras de cambio de los Fúcares, sino también las deudas del Emperador con los Welser, con Francisco del Valle y con Cristóbal de Haro, entre otros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los Fúcares se instalaron en Almagro durante los 150 años siguientes para regresar a Alemania a finales del S. XVIII. En la población manchega aun se puede visitar el Almacén de los Fúcares, actual sede de la Universidad Popular de Almagro y uno de los espacios escénicos del Festival Internacional de Teatro Clásico, edificio que en su época sirvió de oficinas y almacén para el mercurio que llegaba de las minas de Almadén, arrendadas en la Casa de los Fúcares por el Emperador Carlos V.</p>
<p>El sucesor de Jakob fue su sobrino Antón Fugger, nacido en 1493 e hijo de su hermano mayor Georg. Antón se convirtió en el prestamista oficial del rey Carlos I de España y, después, de su hijo Felipe II. Fue una de las fuentes de financiación de la Contrarreforma, y a cambio se benefició de los cargamentos de oro y plata procedentes de América. Obtuvo concesiones comerciales en Venezuela (al igual que los Welser), Chile, Perú y Rusia. El tráfico de especias le produjo grandes dividendos, y no desdeñó la ganadería en Hungría y la minería en Escandinavia. Hacia 1546 Antón Fugger era el hombre más adinerado del mundo, con una fortuna que superaba los 5 millones de florines. Pero bajo su dirección ya empezó el declive de los Fugger, ya que su enorme patrimonio consistía casi exclusivamente en deudas a pagar por Felipe II, quien en 1557 declaró la bancarrota de España, con lo que consiguió deshacerse de parte de la deuda que tenía con los Fugger. Sus descendientes se fueron retirando paulatinamente de las finanzas.</p>
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<p><strong>¿Y quiénes eran los Welser?</strong></p>
<p>Familia de banqueros de Augsburgo, y una de las principales casas financieras de Europa en la primera mitad del siglo XVI, fueron, con los Fugger, los más decisivos prestamistas imperiales entre los grandes empresarios alemanes con relaciones con la Corona. Si bien las relaciones comerciales de los grandes empresarios alemanes con España contaban con una larga tradición y una lista bastante completa de personajes que ponían su firma en aquellos contratos, los prestamistas imperiales fueron todos superados por estas dos poderosas familias. Los cuatro hermanos Welser, Bartolomé (1488-1561), Lucas, Ulrice y Jacobo, administraron la sociedad que su padre, Antón Welser, un exitoso comerciante de aquella ciudad alemana, había establecido en 1476 para la explotación de las minas de plata en Europa central, el comercio de textiles flamencos, lana inglesa y productos orientales.</p>
<p>Extendieron sus negocios con factorías en Flandes, Venecia, Portugal y España. Pero en 1517 surgieron diferencias entre los miembros de la familia y la mayor parte se establece en Nuremberg, de manera que solo Bartolomé Welser permaneció en su ciudad originaria. Sería él, junto con los Fugger y otros banqueros genoveses, quienes proporcionaron el dinero necesario para obtener, como hemos dicho, el voto de los príncipes electores alemanes y conseguir la coronación imperial del rey de España Carlos I , compitiendo contra el heredero francés.</p>
<p>Pero existían un par de diferencias entre las dos poderosas familias alemanas. una radicaba en la manera en que cobraron su deuda y otra en el carácter aventurero y mucho más adaptado al carácter español que poseían los Welser, cuyo apellido también se castellanizó hasta ser conocidos como los “Belzares”. Mientras la quiebra de los Fugger fue una decadencia algo más lenta, la de los Welser se dio casi de golpe. Ellos, además de aventureros y con un carácter volátil, habían nacido más para el comercio que para las finanzas, y hay documentos que hablan incluso de que el rendimiento de sus negocios crediticios con el Emperador fue sólo de un nueve por ciento durante los seis u ocho años siguientes a la firma de lo contratos, mientras que el de los Fugger se cifra casi un cincuenta y cinco por ciento de su inversión.</p>
<p>Para los negocios de los Belzares fue clave que Carlos V abriera en 1525 la posibilidad de que los extranjeros pudiesen establecer factorías en América en las mismas condiciones que los españoles. Ellos, emprendedores por tradición, tomaron la iniciativa de hacer negocios en el Nuevo Mundo, aunque ya habían participado desde principios del siglo XVI en los lucrativos negocios que estaba generando el comercio de ultramar. De hecho, contaban con una casa en Lisboa, al igual que los Fugger, desde donde controlaban sus actividades relacionadas con la pimienta venida de oriente, y en 1505, también como sus coterráneos, invirtieron, no cuatro mil como aquellos, sino veinte mil florines en la primera y fructífera expedición a la India, en la que participaron además otros comerciantes alemanes, los genoveses, que por su importancia y actividad merecerían un capítulo aparte.</p>
<p>Los Welser se apuntaban a cuanta feria se celebraba, y su huella podía encontrarse en Venecia, Génova, Roma, Berna, Nuremberg, Lyon y, cómo no, Sevilla o Zaragoza, desde donde compraban y vendían azafrán. Tuvieron tierras en Canarias, establecieron, aprovechando la apertura colonizadora de Carlos V, una oficina en Santo Domingo y avanzaron hacia México para explotar las minas de plata de Zultepec. También se involucraron en la expedición de Pedro de Mendoza en la que descubrió el Río de la Plata, hasta que, como parte del pago de una de tantas deudas, el 28 de marzo de 1528 consiguieron de Carlos V la exclusividad para la conquista y colonización del territorio comprendido entre el Cabo de la Vela (actual Colombia) y Maracapana (actual Venezuela), la denominada Provincia de Venezuela. Con este acontecimiento pudieron añadirse el título de ser los primeros europeos no latinos que iniciaron el proceso colonizador en América.</p>
<p>Los gobernadores delegados por los Welser desde España pasaron a formar parte de la historia del Nuevo Mundo. El primero de ellos fue el alemán Ambrosio Ehinger (o Alfinger), que utilizó como base la isla de La Española, donde los Welser habían fundado dos ciudades y tres fortificaciones. Desde allí Alfinger inició su expedición en 1529, llegó a Santa Ana de Coro (único asentamiento en tierra firme), exploró la ribera del lago de Maracaibo y fundó la ciudad de Nueva Nuremberg (hoy Maracaibo).</p>
<p>Alfinger murió en 1533 asesinado por los chitareros indígenas colombianos hoy extintos. A Alfinger le sucederán como gobernadores y exploradores de sus territorios en Venezuela otros alemanes, como Nicolás Federmann, Georg Hohermut von Speyer y Philipp von Hutten, quienes se adentraron en la cuenca occidental del Orinoco, los Llanos y la cordillera de los Andes llegando, en el caso de Federmann, hasta la planicie de Santa Fe de Bogotá.</p>
<p>El Dorado representaba el principal interés de la familia Welser, así como encontrar el Mar del Sur, pero tanto el esfuerzo como los recursos invertidos en estos objetivos no dieron su fruto, aunque sí señalaron el camino para la futura conquista del territorio venezolano. Tras los reiterados intentos poco exitosos de los gobernadores enviados por los Welser para establecer un gobierno estable en sus territorios, el descontento de los castellanos que habitaban Coro y acusaciones de diversa índole, el Consejo de Indias retiró la concesión a los Welser en 1546 por incumplimiento del contrato de arrendamiento, donde se incluía la fundación de varias ciudades y fuertes, y la obligatoriedad de extender el cristianismo entre los indígenas. También en ello puede haber influido el hecho de su posición ambigua en el ámbito religioso, siendo sospechosos de apoyar al movimiento luterano en Augsburgo, lo cual les hizo ganar muchos enemigos en la corte y deterioró sus relaciones con los Habsburgo. En 1556, con la quiebra del Tesoro Español decretada por Felipe II, que afectó también a los Fugger, pero en mayor medida a los Welser y a los genoveses, se inició un rápido declive de las actividades financieras de la familia. En 1614, tras una decadencia provocada también por la Guerra de los Treinta Años, fue declarada de forma abrupta la quiebra de la Casa Welser, siendo Matías Welser encarcelado y perdiéndose el rastro de sus archivos.</p>
<p>La decadencia de los Fugger, aún siendo dura, no tuvo ese carácter tan brusco, y se tradujo más bien en la retirada de los descendientes de la familia hacia un estilo de vida más aristocrático de propietarios latifundistas en su país de origen.</p>
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<p><strong>España a la sombra de Alemania<br />
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<p>Queda claro que el reinado de Carlos V estaba sometido al poder económico de estas dos grandes dinastías de banqueros de Augsburgo, aunque también los de Amberes obtuvieron parte del botín del Nuevo Mundo (los ingenios azucareros de Brasil bajo el poder de los Schetz, por ejemplo). La gestión de todas las finanzas imperiales, la fuente de sus ingresos, las deudas y despilfarros forman parte más bien de la historia de la economía en España más que de lo que nos ocupa en este boletín, sin embargo, la presencia de los precursores del capitalismo en el movido siglo XVI no puede separarse de la historia del continente americano.</p>
<p>Otras oportunidades habrá de comentar su influencia en la trata de esclavos y posteriormente, en las guerras de independencia. De momento nos quedamos con la evidencia de que, pasen los siglos que pasen, la sombra de los fúcares, los belzares y poniéndole un poco de humor, los mérkeles es muy alargada.</p>
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		<title>La expedición de Cristóbal Colón</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-expedicion-de-cristobal-colon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:05:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 48]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El 17 de abril de 1492, tras firmarse las Capitulaciones de Santa Fe, se tuvo que afrontar un grave problema: la financiación del viaje. Según lo estipulado, la empresa descubridora [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El 17 de abril de 1492, tras firmarse las Capitulaciones de Santa Fe, se tuvo que afrontar un grave problema: la financiación del viaje. Según lo estipulado, la empresa descubridora se planteaba como un monopolio entre Colón y los reyes. Estos, tras las cuantiosas cantidades empleadas para terminar la Reconquista, habían agotado su erario y no podían por sí solos sufragar los gastos de la armada, por mínimos que estos fueran. Al almirante correspondía pagar un octavo del coste total, estimado en dos millones de maravedíes, esto es 250.000 mrs.; la corona debía de abonar el resto. ¿Cómo se consiguió la inversión necesaria para realizar su viaje? Veámoslo.</strong></p>
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<p><strong>Las joyas de doña Isabel</strong></p>
<p>La historiografía tradicional ha sostenido que la reina fue el principal apoyo con el que contó Colón para poder realizar su proyecto descubridor. El pretendido ofrecimiento de doña Isabel, dispuesta a que con las joyas de su cámara se buscase algún empréstito por la cantidad de dinero necesaria, fue lanzado por don Hernando Colón, quien en la <em>Historia del Almirante</em>, la biografía que hizo de su padre, lanzó la pintoresca historia según la cual la Reina Católica propuso empeñar sus joyas para pagar el coste del viaje colombino. Una imagen sin duda muy bella que recogió gustoso fray Bartolomé de Las Casas –siempre ávido de adornar con bonitas anécdotas las noticias sobre la vida de su héroe– en su <em>Historia de las Indias</em>.</p>
<p>Es indudable que Colón debió de congeniar mejor con doña Isabel que con don Fernando, y no es difícil imaginar a la reina escuchando asombrada las propuestas del navegante, un hombre que debía de gozar de gran labia y un indudable atractivo personal. Pese a ello, la decisión de llamarlo para que se apresurase a regresar a Granada a fin de firmar en el Real de Santa Fe las Capitulaciones, hubo de partir de ambos monarcas. No es concebible que el resultado de una negociación, que había durado nada menos que siete años, fuera acordado tan solo por la reina. Otra cosa fue el texto de la Capitulación –cuya elaboración debió de ser sin duda laborioso y costoso de tiempo– que fue pactado y firmado por fray Juan Pérez, el representante de Colón, y Juan de Coloma, el eficiente secretario aragonés, por parte de los reyes.</p>
<p>Desconocemos quiénes intervinieron en la redacción de ese texto, tan favorable al almirante, que consagraba un monopolio entre este y los reyes.</p>
<p>Todo parece indicar que la enajenación de las joyas de doña Isabel es una leyenda que contrasta con la visión más generalizada que presentaron los primeros cronistas de la historia de Colón y el Descubrimiento. En efecto, mientras que los cronistas castellanos López de Gómara y Fernández de Oviedo no dudaron en afirmar que los dos reyes ayudaron a Colón por igual, los círculos catalanes e italianos se decantaron por don Fernando. Así, por ejemplo, Zurita no mencionó para nada la intervención de la reina, y Girólamo Benzoni, aun concediendo que doña Isabel fue quien primero se encandiló con la idea de Colón, afirmó taxativamente que fue don Fernando, una vez convencido por su mujer, quien tomó la iniciativa de ayudar al extranjero. Por su parte, Pedro Mártir de Anglería, que estaba ya en la corte cuando el navegante acudió en ayuda de los monarcas, escribió que Colón <em>«propuso y persuadió a Fernando e Isabel [y] ante su insistencia se le concedieron de la Hacienda real tres bajeles»</em>. Ante estas y parecidas afirmaciones, López de Gómara se encargó de advertir: <em>«Sospecho que la reina favoreció más que el rey el descubrimiento de las Indias; y también porque no consentía pasar a ellas sino a castellanos»</em>.</p>
<p>Por otro lado, como se ha señalado en repetidas ocasiones, la reina no podía pignorar sus joyas porque hacía tiempo que las tenía empeñadas a los jurados de Valencia como garantía de un préstamo concedido para financiar la guerra de Granada. La monarca podría no haberse acordado de ello en su charla con sus contadores, o quizá dispusiera de otras preseas libres de cargas, segunda opción que parece más lógica, ya que nos consta que le gustaban las alhajas a rabiar. Si fue o no un invento nunca lo sabremos, pero merecería que hubiera sido verdad.</p>
<p>Lo que sí es cierto, y está comprobado documentalmente, es que fue otra persona quien adelantó el dinero que debía aportar la corona, pero no de su peculio particular, sino de las arcas del Estado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Luis de Santángel y la financiación de la corona</strong></p>
<p>Luis de Santángel, hijo de conversos procedentes de Calatayud instalados en Valencia, fue elegido por don Fernando en 1481 para ser <em>su escribano de ración</em>, sin que por ello abandonara sus negocios particulares. Como legítimo descendiente de judíos, señaló M. Serrano y Sanz que “<em>no sabía vivir más que junto a la tabla de cambiador o banquero y a la sombra del telonio”</em>; por ello tuvo el buen olfato de adivinar un negocio prometedor en el proyecto que Colón acababa de presentar y decidió apoyarlo. Hábil negociador, se dirigió Santángel a la reina, más sensible a los argumentos colombinos, a pesar de que él era escribano de ración de don Fernando. Así, hizo partícipe a Castilla de unos derechos que, con idénticos argumentos, podía haber disfrutado la corona de Aragón. Tanto Hernando como Las Ca sas dan su versión de la entrevista que mantuvieron Santángel y la reina, ante quien se presentó el valenciano, aun sabiendo que su acción<em>“excedía las reglas o límites de su oficio”</em>, pero con ánimo de <em>“notificarle lo que su corazón sentía”</em>. Interesa destacar los argumentos del escribano, que señalan al unísono</p>
<p>tanto Hernando como Las Casas, describiendo una conversación inventada pero en la que hay un fondo indudable de verdad. En primer lugar, el negocio parecía tener buen fundamento y el almirante, hombre de buen juicio y saber, estaba presto a concurrir en el gasto y a aventurar su persona. En segundo lugar, y aun suponiendo que el viaje no diera el resultado previsto, la cantidad que Colon solicitaba era nada en comparación con las inmensas ganancias que se podrían obtener. Por poco dinero podrían los reyes quedar como magnánimos y generosos soberanos, al <em>“haber intentado saber las grandezas y secretos del Universo”</em>. Razonamientos típicos de1 judío mercader que veía claro el negocio mercantil y lo trataba, en consecuencia, desde el punto de vista financiero.</p>
<p>Pero había que añadir otro argumento más para tocar el alma sensible de doña Isabel: de ser cierta la teoría de Colón, sería inimaginable el número de ánimas que podrían convertirse a la verdadera religión. La reina, no pudiendo resistirse ante semejantes razones, llamó urgentemente al genovés y ordenó que se iniciaran los trámites necesarios: firma de las Capitulaciones y consignación del gasto necesario para realizar el viaje.</p>
<p>Con pasmosa facilidad se recaudaron los maravedíes necesarios para equipar las tres carabelas que Colón había pedido. El propio Luis de Santángel adelantó un cuento (un millón) y pagó además 140.000 maravedíes como anticipo de las pagas que, como capitán de la expedición, correspondían al genovés.</p>
<p>Un apunte del libro de cuentas del tesorero de la Cruzada en el obispado de Badajoz, del 5 de mayo, nos informa de la cantidad que la Corona empleó en el empeño. La partida en cuestión reza así: <em>“que dio e pagó el dicho Alonso de las Cabezas…un cuento ciento cuarenta mil maravedíes para pagar al dicho escribano de ración en cuenta de otro tanto que prestó para la paga de las tres carabelas que Sus Altesas mandaron ir de armada a las Yndias, e para pagar a Cristóbal Colón, que va en la dicha armada.</em></p>
<p>Apenas quince días tardó el converso en cobrar de la contaduría real: los que transcurrieron entre el 17 de abril, cuando se firmaron las Capitulaciones y hubo de entregar el dinero, y el 5 de mayo, fecha de la orden de pago. Como sabemos, Colón siempre quedó en deuda con el valenciano, sin duda porque su prontitud en el préstamo puso en marcha la máquina administrativa y aceleró los preparativos del viaje. A Santángel escribió don Cristóbal, al mismo tiempo que a los reyes, anunciándole el descubrimiento de las nuevas tierras.</p>
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<p><strong>La participación de la villa de Palos</strong><strong> </strong></p>
<p>Faltaba por decidir el puerto de partida. En principio, Cádiz parecía el lugar idóneo. Sin embargo esa opción era inviable: su puerto no estaba disponible, dado que por entonces estaba aparejado para embarcar a los judíos que, según el decreto de expulsión dado en Granada el 31 de marzo de ese mismo año, debían abandonar el reino en un plazo que expiraba el 10 de agosto.</p>
<p>Pronto se encontró la solución: el puerto de Palos, que acababa de ser objeto de una condena por haber infringido el año anterior la prohibición de pescar al sur del cabo Bojador que, según el tratado de Alcaçobas-Toledo de 1479, impedía a los castellanos navegar más allá de esa línea. Al punto la corona impuso la sanción correspondiente, obligando a la villa de Palos a poner a disposición de la empresa el flete de dos carabelas, de un promedio aproximado de 60 toneladas cada una –a razón de 3.000 maravedíes por tonelada–, lo que suponía un coste total para los palermos de 360.000 maravedíes.</p>
<p>A Colón la medida, que tal vez él mismo aconsejó, debió de parecerle excelente. Palos vivía del mar, de la navegación de altura, y contaba con marinos experimentados, muchos de ellos conocidos suyos o amigos personales; además, estaba a poca distancia del monasterio de la Rábida, del que tanto apoyo había recibido desde su llegada a España siete años antes. En Palos, pues, se organizó la flotilla, gracias en buena parte a la participación del palermo Martín Alonso Pinzón, que supo convencer a los habitantes de la región de la viabilidad de la empresa.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Una firma comercial: la sociedad entre Cristóbal Colón y Juanoto Berardi</strong></p>
<p>Hasta ahora, las cuentas están claras: la corona había aportado 1.140.000 maravedíes y Palos los 360.000 en que se valoró el flete de las dos carabelas. Faltaban, según el presupuesto, 500.000 mrs., medio cuento, de los que Colón estaba obligado a abonar 250.000.</p>
<p>Al igual que hiciera Las Casas, varias veces se quejó Colón amargamente de la tacañería de los reyes: <em>“Sus Altezas para este negocio no le quisieron dar más de un cuento y a él fue necesario de proveer de medio”</em>, lamento que repitió incluso en su testamento. Tenía razón al tachar a los reyes de poco generosos y de haber empleado una suma insignificante en el viaje que los haría dueños de inmensos territorios. Así pues, el genovés se vio obligado a poner en la empresa 500.000 mrs., justo el doble del ochavo que le correspondía. No cabe duda de que Colón no tenía fortuna personal para sufragar ese medio cuento. No parece verosímil que fueran los Pinzón, como sospecha Las Casas y sugieren algunos testigos de los Pleitos, quienes le prestaran el dinero; ni tampoco merece crédito la noticia de fray Antonio de Aspa, que asegura que e1 viaje fue financiado por tres genoveses, residentes además, en tres ciudades distintas: Jacobo de Negrón de Sevilla, un tal Capatal de Jerez y Luis Doria de Cádiz. A la razón que aduce J. Manzano –el ser un testimonio tardío– se añade el hecho de que Colón nunca tuvo relación con ninguno de estos tres personajes. Parece lo más razonable suponer que fuesen mercaderes italianos quienes le prestaron el dinero, ya que siempre acudió a ellos para hacer frente a sus necesi dades; y como dato curioso, conviene tener en cuenta que no existe ningún documento por el que se pueda comprobar que una persona que no fuese italiana le prestase dinero. Si Francisco de Riberol, Francisco Doria, Francisco Cataño y Gaspar Spíndola fueron quienes sufragaron su ochavo en la expedición de Nicolás Ovando; si los Pantaleón, Italián y Centurión eran los banqueros que adelantaban a sus hijos el dinero que necesitaban cuando se encontraba lejos de ellos, ¿por qué no iban a ser sus paisanos quienes le ayudaron en 1492? Si nunca recibió un maravedí de un prestamista español, ni siquiera cuando ya su posición podía considerarse boyante, no parece probable que en sus comienzos se viera auxiliado en sus necesidades económicas por otros que no fuesen italianos.</p>
<p>¿Quién, pues, le prestó los maravedíes que necesitaba? Hace ya años que aposté por el florentino Juanoto Berardi. Era Juanoto el factor que, al servicio de El Popolano, llevaba los negocios de los Medici en Sevilla. Una serie de datos pueden confirmar que ya en Santa Fe, o quizá con anterioridad, Berardi y Colón establecieron una relación no sólo de amistad, sino también económica.</p>
<p>Para ello hay que partir forzosamente de las últimas disposiciones testamentarias del florentino, efectuadas en diciembre de 1495. Su declaración nos informa, en primer lugar, de la fecha aproximada en que se establecieron las relaciones económicas entre ambos. Afirma en ellas Juanoto que llevaba sirviendo a Colón “desde tres años ha”, luego trabajaba para el genovés desde el año 1492, al igual que Amerigo Vespucci, recién llegado a Andalucía para trabajar bajo sus órdenes. Declaró Berardi, y éste parece ser el principal motivo de su confesión jurada, que Colón le adeudaba “por su cuenta corriente” ciento ochenta mil maravedíes, cantidad respetable que ha servido de base a los historiadores del Descubrimiento, desde A. Balleteros Beretta, para considerar que esa suma debía de ser el resto de la cantidad entregada por el florentino a Colón con motivo de su primer viaje a las Indias. Infortunadamente no existe ninguna prueba documental, ninguna letra de cambio, ni un solo pagaré que indique quién o quiénes pudieron adelantar el dinero que en tan poco tiempo tuvo que conseguir don Cristóbal para poner en marcha su proyecto. Pero, si no fue Berardi, ¿quién pudo prestarle el dinero? Nadie le reclamó ninguna cantidad por su ayuda en aquella ocasión: los requerimientos, muchísimos, que Colón recibió a lo largo de su vida se hicieron siempre por un motivo concreto: tal o cual marinero, por ejemplo, le solicita que le sean abonados sus salarios de un viaje determinado; Bernardo Pinelo le reclama una y otra vez cuentas o dineros que el primer almirante no entrega, pero absolutamente siempre por una causa conocida; el caso de esa deuda a Berardi, por el contrario, parece como si fuera clara y de todos sabida. “Solo por un entendimiento previo del genovés con el florentino”, escribe J. Manzano, “pudo Colón, carente de recursos económicos propios, ofrecer medio millón de maravedíes”. Parece muy razonable suponer que Colón, genovés y comerciante, que colocó siempre en primer plano la faceta mercantil del negocio, pudiera fácilmente convencer a Berardi de las inmensas ganancias que de su unión resultaría; y el toscano, embarcado ya en otras empresas descubridoras, estuvo presto a dar ayuda a su compatriota tan pronto como los reyes le concedieron la licencia para el viaje. Además, tengo la sospecha de que existía entre ambos una sociedad comercial.</p>
<p>Cuando Colón regresó a Castilla de su primer viaje, entró rápidamente en contacto con Berardi. El almirante, en vez de valerse de los genoveses, sus compatriotas, hizo los encargos de mayor importancia a los florentinos, dejando en casa de Juanoto tres de los nueve desdichados indios que había traído del Nuevo Mundo: solo seis lo acompañaron a Barcelona, donde solicitó y obtuvo de los reyes el permiso para organizar una segunda expedición de considerable amplitud. Pues bien, antes que a ningún otro, antes incluso que al arce diano Juan Rodríguez de Fonseca, su hombre de confianza en Sevilla, es a Berardi a quienes los monarcas encargaron, el 23 de mayo de 1493, aparejar para el segundo viaje una nao <em>“de ciento cincuenta a doscientos toneles… e comprada la hagáis pertrechar e ataviar, e la tengáis presta para cuando vaya a la recibir el almirante don Cristóbal Colón, el cual irá presto e vos llevará e pagará los maravedíes que le costare e pagáredes”</em>.</p>
<p>En esta ocasión Berardi aparece como factor de los reyes, sin duda alguna recomendado por Colón; además, a partir de este momento, el florentino intervino, en calidad de agente de don Cristóbal, en el avituallamiento de todas las flotas que se enviaron a las Indias; como señalaron los reyes en una carta a Fonseca, Juanoto estaba en el negocio <em>“en nombre del almirante de las dichas islas, porque ha su poder para ello”</em>. Las ganancias se prometían inmensas. ¿Pagó con esta recomendación Colón a su amigo que le había ayudado en momentos difíciles?, ¿irían juntos en el negocio? Me atrevería a dar una respuesta afirmativa. En todo caso, desconocemos la intervención económica total de Berardi en esta gran armada y el monto que pudo aportar el almirante de su ochavo en este su segundo viaje, que con una flota de 17 naves, el mayor convoy que se despachó en muchos años, zarpó de Cádiz el 25 de septiembre de 1493. En todo el gasto intervino Berardi, como se comprobó más adelante.</p>
<p>Cuando a finales de 1493 o principios de 1494 Bartolomé Colón, procedente de Francia, llegó a Castilla, adonde había sido llamado urgentemente por su hermano Cristóbal, es con Berardi con quien se puso en contacto: de él recibió las cuentas de la compañía y de él los aprovisionamientos necesarios para efectuar la travesía a 1as Indias, en abril de 1494. El comercio de esclavos, que Juanoto conocía tan bien como Bartolomé, hubo de estar presente en estas primeras y últimas conversaciones que mantuvieron, ya que Bartolomé no volvería a España hasta 1500, cuando ya había fallecido el florentino.</p>
<p>La llegada a Sevilla en marzo de 1494 de la flota comandada por Antonio de Torres, portador de un extenso memorial de Colón a los reyes solicitando las ayudas necesarias para la normalización de la vida en la nueva colonia, además de un buen número de relaciones y peticiones de particulares, obligó a Berardi a dirigirse a la corte. Allí, en Medina del Campo, se ocupó del despacho de las cuatro carabelas que en octubre devolverían a Torres a las Indias con el auxilio solicitado. Permaneció el florentino junto a los reyes ultimando los preparativos hasta el 16 de julio, fecha en la que regresó a Sevilla, como representante de Colón, para hacer las cuentas con un oficial de los contadores reales.</p>
<p>¿Olvidó Berardi sus propios negocios? Parece evidente que sí, ya que durante el resto del año dedicó su atención a resolver asuntos pendientes. En abril de 1495 regresaba de nuevo Torres de la Española con un importante cargamento de esclavos y algo de oro. Berardi solicitó la parte correspondiente a Colón por su ochavo y cargo en la expedición. Tan solo pudo recibir el ochavo del oro y los nueve indígenas enviados por Colón a su nombre para que aprendiesen castellano y pudiesen servir de intérpretes. Los restantes esclavos, tras las dudas reales acerca de la licitud de su enajenación, fueron devueltos a su tierra.</p>
<p>La compañía Colón-Berardi parecía funcionar a las mil maravillas. Juanoto, conocedor de la situación en el Nuevo Mundo, pergeñó un plan para abastecer la colonia que elevó en un memorial a la reina. En él se planteaban por primera vez los problemas acuciantes de la colonia y la forma de solucionarlos. Proponía el florentino un monopolio para ser él quien suministrase el flete de todas las naves que se dirigieran al Nuevo Mundo, asegurando que bajaría en mil maravedíes por tonelada el flete propuesto por cada competidor. No vio Berardi los resultados de sus proyectos indianos, ya que murió en Sevilla el 15 de diciembre de ese mismo año. En enero del año siguiente de 1496, zarparon cuatro carabelas que no llegaron a las Indias, pues naufragaron en el Estrecho el 8 de febrero dando al traste con el ansiado emporio comercial. Don Cristóbal había perdido a su amigo y factor y la compañía estaba en quiebra. De su liquidación se ocupó Américo Vespucci.</p>
<p>Tras la llegada de Colón a Cádiz en junio de 1496, de regreso de su segundo viaje, debió el almirante saldar con Américo las cuentas de la compañía que quedaban pendientes y entre ellas, aunque no nos consta documentalmente, la deuda que había contraído con Berardi; deuda que nunca en adelante será recordada, lo que indica, sin lugar a dudas, que fue abonada. Aunque Colón mantuvo siempre una buena relación con el florentino, éste no fue su factor en los siguientes viajes. En adelante el genovés tendrá que recurrir a otras personas para que le adelantaran los maravedíes que le correspondía poner en cada expedición, unos importes que variaban según la capitulación correspondiente, ya que para cada viaje se estipulaban distintas condiciones económicas.</p>
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