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	<title>Boletín 5 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 5 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Afganistán, lugar prohibido</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:42:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 5]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Dice la leyenda que Alí, yerno del Profeta, primer Imán de los musulmanes shiítas, a fin de ayudar a las gentes que vivían en una región especialmente pobre, encaramada entre cimas, como la que se extiende entre las montañas del Kuh i Babá, cadena que se prolonga hacía el oeste siguiendo la orografía del Hindu Kush, creó una serie de lagos encadenados que comunican los unos con los otros formando un rosario de aguas transparentes y extraordinariamente azules, donde no hay más que estepa desértica, en un paisaje casi lunar. Y es en esa zona donde viven las comunidades shiítas de Afganistán. La provincia se llama Hazarajat y en ella viven las tribus Hazaras. Se dice, aunque es harto incierto, que su nombre procede de mil, que en darí es hazar, y que esas gentes descienden de Gengis Jan, pues éste, después de haber arrasado la zona, dejó mil soldados de retén que nunca se fueron de allí. Cuentan también, pues aquí todo se dice y todo se cuenta y nadie sabe nada a ciencia cierta, más que lo duro del invierno y el calor abrasador del verano, que circulan mil leyendas, de padres a hijos y de abuelos a nietos, referidas a Alí, sempiterno protector de estas tierras, y de sus gentes que en el damero de etnias de Afganistán ocupan la posición social más baja.<br />
La manera más fácil de llegar a esta región es pasando por Bamián. Otra vez Bamián, el valle fértil rodeado de montañas, cuya altitud es de 2.600 metros, y donde el año anterior pagué un pollino y presencié una partida de naipes durante la cual ningún jugador enseñó nunca sus cartas.<br />
El imponente macizo central que divide Afganistán en dos, el Hindu Kush, culmina al Este con montañas de siete mil metros y va descendiendo hacia el Oeste hasta una altitud de cuatro mil. Su nombre quiere decir «asesino del indio» pues kush procede del verbo persa koshtan que significa matar. Dicen que las caravanas de esclavos que regresaban de la India atravesaban aquellos altísimos pasos en tan malas condiciones que muchos de ellos morían en el camino. De ahí el nombre de la cordillera y de ahí que, en un intento de suavizarlo, algunos cambian el Kush por Kuh, que en farsí significa montaña, y le llaman Hindu Kuh. Las estribaciones de este macizo central, hacia el oeste, son la Cadena de Pagmán (4.700 m), el Kuh-i-Babá (5.000 m), el Kuh-e-Hissar (4.500 m) y una parte del Band-e-Turkestán (4.000 m).<br />
Desde Kabul hay dos rutas para llegar a Bamián y Band-i-Amir; las dos atraviesan valles fértiles, verdeantes, regados por riachuelos de aguas transparentes y heladas, y atraviesan pasos montañosos que superan los 3.000 metros. La carretera es abrupta y los recodos numerosos, cerrados y de pronunciada pendiente, lo cual exige a los conductores y su bachá-copiloto una destreza extraordinaria en una lucha a muerte con la montaña, cuando manejan sus camiones desvencijados cuando ascendiendo y -sobre tododescendiendo dando vueltas y revueltas al borde de los precipicios. El bachá-copiloto, agarrado al estribo del camión, permanece siempre atento con un mazo en la mano para echarlo diestramente delante de una rueda en el momento en que haya que frenar, pues no se sabe nunca si los frenos estarán en condiciones de parar el vehículo o si la nieve le hará resbalar en el último instante antes de precipitarse en el vacío o contra una roca al final de la pendiente. Muchas veces la carretera es tan estrecha que hay que parar para que pasen dos vehículos. Entonces los que van colgados de los estribos, los que viajan sentados encima de todas las mercancías, y los del interior, si se trata de un autobús, se apean. Se discute, se organiza la maniobra y cuando todo ha terminado hay despedidas alegres, ¡hasté nabashi!, ¡que no se canse!, ¡buru be jair!, ¡buen viaje!, y los hombres enturbantados vuelven a encaramarse, ágiles, por los hierros del camión.<br />
El célebre valle de Bamián está cerrado al norte por la gran pared de piedra de los Budas. En su interior una intrincada red de galerías, capillas y celdas da una idea de lo que fueron los monasterios que los monjes budistas excavaron en la roca durante seiscientos años. Se contaron unas doce mil celdas.<br />
Alejandro Magno pasó por este valle en el año 334 a.C. en su camino hacia el Indo, donde fue rechazado. Sus generales, después de la derrota y tras la muerte de Alejandro, se repartieron la región. Casados con princesas indias, convertidos incluso algunos al budismo, pero recordando el arte helenístico, fundaron lo que los historiadores llaman los reinos indo-griegos.<br />
Algunos siglos después (30-330 d.C.), cuando los emperadores de la dinastía Kushan unificaron esta tierra con la India, en un imperio que iba desde el desierto de Gobi hasta el Deccán, los recuerdos de los descendientes de los generales griegos engendraron el arte greco-budista que se encuentra entre Bamián y Ghandara. En esta época podríamos situar el despertar del comercio internacional. Se daba la circunstancia de que en Occidente el Imperio Romano era rico y en Oriente la China era poderosa. Piedras preciosas, especias, sedas, lacas, se transportan de Oriente hacia Occidente en largas caravanas que discurren por la famosa ruta de la seda. Es en esa época en que Bamián adquiere importancia y se convierte en lugar de parada y reposo para los viajeros. Los comerciantes ofrecen ayuda económica a los monjes, no en vano el budismo ha relegado el sistema de castas y ha contribuido a elevar el rango social de los mercaderes, y los monjes les dan cobijo en sus celdas. Monjes y peregrinos llegan de lugares lejanos y se desarrolla una comunidad budista floreciente repartida en varios monasterios. Cuando declina el Imperio Kushan, en Irán florece la dinastía Sasánida, cuyo poderoso imperio dominará el comercio transasiático entre los años 224 al 651 d.C. Durante todos estos años sigue la excavación de túneles, pasadizos, celdas y capillas iluminadas con frescos, dentro de la montaña cuya pared frontal domina el valle de Bamián. Unos grandes Budas esculpidos en la pared, el más alto de 53 metros, todavía hoy dan la bienvenida y vigilan el camino. Después Bamián entraría en la órbita islámica y en 1221 sería arrasado por Gengis Jan. Durante el siglo XVI, cuando la ruta marítima suplanta a la terrestre, el valle de Bamián queda abandonado hasta que las tropas del último Gran Mogol, a finales del siglo diecisiete, irrumpen en la zona y en un arranque de fanatismo musulmán destruyen las caras de los Budas.<br />
En 1824 un explorador inglés redescubre el valle. Durante la Primera Guerra Anglo-afgana (1840) es escenario de cruentas batallas. En 1923 se inician las excavaciones arqueológicas, y en 1960 el gobierno afgano lo abre oficialmente al turismo.<br />
Encarados hacia la pared de piedra, tres Budas nos contemplan, el Buda sentado, el pequeño Buda de treinta y cinco metros y el gran Buda de cincuenta y tres metros de altura. Son gigantescos guardianes del valle, esculpidos en sus nichos verticales en el interior de la pared. Debían relucir a lo lejos -pues sus ropajes estaban pintados de colores y la cara y las manos estaban recubiertas de pan de oroante la mirada absorta de los viajeros de las caravanas, para quienes, después de interminables y agotadoras jornadas, su vista representaba por fin un alto en el camino en un descansado remanso de paz y serenidad.<br />
Aún puedo recordarlo. Subimos con Fereidún a lo más alto de la cabeza del gran Buda a través de galerías que comunican con habitaciones y escaleras. De vez en cuando un orificio se abre en la pared del nicho y nos ofrece la vista de la estatua a media altura, de los pliegues de sus vestiduras de piedra y, según nos vamos elevando, las paredes del nicho aparecen iluminadas con multitud de frescos multicolores en forma de medallones en cuyo interior está dibujada la cabeza del Buda. Al llegar al punto más alto de la estatua, una abertura de la altura de una persona permite, dando un paso largo y preciso, situarse encima de la mismísima cabeza del Buda, cuya superficie redondeada cae verticalmente en los extremos. Ninguna baranda protege al visitante y cualquier traspiés precipitaría al desafortunado aventurero al vacío, pero quien tiene el valor de dar el salto y acomodarse sentado sobre la repisa disfruta de un paisaje sobrecogedor y extraordinario. Allí nos instalamos Fereidún y yo a contemplar el valle verde, rodeado de altos picos nevados. El valle es como un tapete calado con dibujos geométricos, un intrincado diseño de canalillos de regadío cuidadosamente estudiado para que ningún huerto se quede sin agua. El valle es amplio, montañas majestuosas reinan a lo lejos pero no avasallan la contemplación. Es necesario respirar hondo para llenarse de todo el aire puro que viene del sur, y sentados en la posición del loto, escucho la historia que me cuenta Fereidún sobre la princesa que temiendo perder influencia en la corte de su padre cuando éste estaba a punto de volver a casarse, liberó la ciudad a las tropas de Gengis Jan, que la tenían sitiada. La ciudad donde reinaba su padre, el Shah de Jorezm, Jalalaudín, resistía el sitio gracias a un canal secreto de agua que los sitiadores desconocían. La princesa, famosa tanto por su belleza como por su ambición, hace llegar regalos al mongol para que la reciba, y en la entrevista que por fin mantienen le revela la situación de las entradas de agua a la ciudad sitiada. Su traición la pierde, y será ella la primera víctima de la gran masacre que sigue a la toma de la ciudad. El código del honor mongol castiga con la muerte la infidelidad filial. Otras versiones de la leyenda cuentan que la princesa reveló el secreto porque se había enamorado locamente del nieto de Gengis Jan, que estaba entre las tropas sitiadoras, y pensaba que podría cambiar de bando como esposa del nieto del gran mongol en el momento en que la ciudad de su padre cayera en manos enemigas. El nieto murió durante el sitio y su abuelo enfurecido destruyó la ciudad y como venganza mató a todos sus habitantes. En este relato también murió asesinada la princesa, pues quien no puede ser fiel a su padre, no lo será tampoco a su amante. Las ruinas de la ciudad, que lleva el nombre de Shahr-i-Golgolá, o ciudad de los lamentos, se ven a lo lejos, al otro lado del río; son paredes desnudas que se tienen todavía en pie para recordar a los actuales viajeros la trágica historia. Al pie del Gran Buda, el escarabajo blanco de Fereidún reluce como un espejo, y los hombres y los niños y los rebaños que circulan a su alrededor parecen hormigas atareadas.<br />
La meta de nuestro viaje por las montañas centrales es el poblado de verano de la gente de Ayub Jan, cuyas yurtas deberíamos encontrar a medio día de viaje en coche a partir de Band-i-Amir, esto es, un día de viaje en camello o unas horas de galope a caballo.<br />
Pasado Bamián el paisaje es estepario, la luz reverbera sobre la tierra de arcilla blanca y duelen los ojos. Debemos superar tres puertos de montaña, el último de los cuales se halla a más de 3.600 metros de altitud. Al salir del último puerto llegamos a una llanura glaciar rodeada de montañas de nieves eternas. El aire es tan transparente que cualquier detalle lejano se percibe con toda claridad. El cementerio de los nómadas nos anuncia la proximidad de los lagos. Tan sólo unos montoncitos alargados de piedras en medio de la estepa, en un paisaje vacío, y en cada extremo un par de piedras colocadas horizontalmente o verticalmente dan razón del sexo del muerto. Tan integrado está el cementerio con el paisaje que muy bien podría uno pasar sin advertirlo.<br />
Al final del último recodo elevado de la pista aparecen encadenados los cinco lagos, azul intenso entre alcores calcinados, siempre guardados por riscos en forma de columna truncada que nadie puede entender cómo se mantienen erguidos año tras año sin desmoronarse nunca. Descendemos hasta el pie del lago principal donde una pared calcárea que rezuma contiene sus aguas como si fuera la compuerta natural de un pantano, y se eleva sobre nuestras cabezas. En su borde superior un caminito al lado del agua permite circular alrededor del lago bordeado de hierba y plantas en flor, y lleva a la humilde mezquita construida sobre una repisa de tierra que hay entre el lago y la pared de piedra; a este pequeño templo dedicado a Alí acuden a rezar las mujeres estériles, pues parece que con la ayuda del santo las aguas producen milagros. Todo es grande, inmenso, menos las personas y los animales, que parecen diminutas figurillas de pesebre ante tamaña grandiosidad. Cada lago tiene un color distinto cuando nos acercamos, las aguas rojas del Band-i-Ghulaman, las violetas del Ban-i-Kambar, las turquesa del Band-i-Haibak, cuyas aguas caen en cascada sobre el anterior entre paredes calcáreas en forma de escalinata que producen irisaciones con el sol, el azul marino Band-i-Zolfigar y el blanquecino Band-i-Panir. En invierno la región se cubre de nieve y de la pared del lago principal penden carámbanos afilados de varios metros de longitud que forman una enorme cascada circular, estática y transparente.<br />
Nos sentamos sobre una piedra en una explanada encharcada por el agua que rezuma la pared del lago, y contemplamos al trasluz la silueta de dos cabras negras, peludas y cuernilargas, que avanzan y retroceden chocando testuz contra testuz. Los niños del lugar tienen la piel reseca y cuarteada, van descalzos y llevan la ropa apedazada; nos enseñan a silbar con los pitos de arcilla blanca triangulares y abombados, que se han fabricado ellos mismos para comunicarse y para jugar por las estepas.<br />
Nos quedan algo más de tres horas de pista hasta llegar al campamento de verano de Ayub Jan. El paisaje es impresionante. Estamos a mitad de camino entre Kabul y Herat por la ruta del centro, la más corta entre esas dos ciudades pero también la menos transitada y casi abandonada desde que se construyeron las carreteras asfaltadas del norte y del sur; sólo transitan por ella la gente de la región, los nómadas y los eventuales viajeros que desean visitar el célebre minarete de Jam, situado algo más allá de nuestro lugar de destino y que fue redescubierto por un viajero en 1957. La pista por la que viajamos es intransitable en invierno cuando llegan las nieves. El único ser humano que vemos durante este último tramo de viaje es un hombre a caballo con su rifle al hombro y la munición en bandolera.<br />
En un recodo del camino, donde se recoge el terreno entre dos colinas, en una explanada amplia pero protegida, aparecen aquí y allá las yurtas del poblado de Ayub Jan.<br />
Los niños que pastorean y recogen boñigas abandonan su tarea para correr a recibirnos. Con sus cestos de fibra vegetal trenzada sujetos a la espalda a modo de mochila, se agolpan alrededor del coche y nos siguen hasta que se detiene. Borregos y cabras, vacas, toros y gallinas circulan a nuestro alrededor cuando nos apeamos. De las yurtas aparecen cabezas y cuerpos llenos de abalorios y no se dejan ver en su totalidad hasta que sale a recibirnos Ayub Jan, el jefe del clan, un hombre de edad indefinida cuya presencia impone. Tiene larga y cuidada barba gris y la piel curtida, viste traje tradicional oscuro y sobre los hombros lleva puesto un chapán, el abrigo tradicional del norte de Afganistán, acolchado y de largas y estrechas mangas. Y ¡oh sorpresa!, Ayub Jan no tiene cara achinada, y tampoco las mujeres cuyas caras empezamos a distinguir, ni los niños. Yo creía que los hazara descendían de Gengis Jan, todo el mundo lo dice así, y esperaba ver a una tribu mongol. Y aquí uno se da cuenta de lo complicado que resulta el estudio de las razas, las etnias, las tribus y los clanes en Afganistán, y comprende por qué los antropólogos no fundamentan sus estudios en los rasgos físicos cuando tratan sobre las gentes de Afganistán. Los hazara con los que conviví no eran de raza mongol pero sí eran shiítas y persanófonos, características principales de aquel grupo humano, y el lugar donde estábamos era el Hazarajat o país de los hazara.<br />
A Fereidún lo conocía bien Ayub Jan, como daba a entender el recibimiento que nos dispensó y que me costaba comprender porque no parecía que nuestra aparición los tomara por sorpresa; sin embargo, aquellas gentes no tenían teléfono, ni ningún mensajero había podido llevar la noticia desde que Fereidún me anunció el viaje. Aunque luego resolví la incógnita, de momento el asunto quedó como un misterio: uno no puede pasar el día haciendo preguntas en un lugar donde hay tantas incógnitas, y muchas de ellas quedan sin explicar para siempre. Mientras, me contó Fereidún que Ayub Jan guardaba los caballos del rey y que por eso conocía a la gente de su familia. Me parece curioso y extraño que fueran precisamente unos hazara quienes guardaran los caballos del rey, ya que la relación de aquellas tribus con el poder central nunca ha sido buena, y además los hazara son considerados el eslabón más bajo entre las categorías tribales. Me hubiera parecido más lógico que se hubieran encargado de ellos alguna tribu pashtú desplazada por el gobierno al Hazarajat, que las había. Y aquellas caras en absoluto achinadas&#8230; Pero quizá la explicación esté en las relaciones políticas con el gobierno y con el rey, al cual convenía tener satisfecho.<br />
El caso es que recibieron estupendamente a Fereidún, y yo estaba enamorada de la hospitalidad de aquellas gentes que nos ofrecían un sitio en su campamento de verano a varios miles de metros de altitud, donde la tierra está muy cerca del cielo. Fueron llegando los ancianos de la tribu, se concentraron más niños, algunas mujeres se unieron al grupo y el valle abierto fue un bazar de recibimientos y parabienes y manos en el pecho y jubasti chiturasti repetido hasta la saciedad.<br />
En lo alto del farallón que cerraba el valle por occidente se recortaba un jinete, cabeza monda y rifle en bandolera. Tardó el tiempo que duraron los parabienes en acercarse al campamento y vimos que seguía el camino que bordea las colinas. Cuando empezaba a dispersarse el grupo que formábamos, caballo y caballero de una pieza bordaron un quiebro y se lanzaron sobre el grupo al galope. Salieron los chiquillos corriendo, se apartaron los viejos, Fereidún inició una carcajada que apenas acerté a oír porque, antes de que diera el salto oportuno para protegerme, una mano de hierro me agarró por la cintura y me subió a la grupa como si fuera una pluma y siguió al galope por la estepa como un rayo. Tuve miedo, pero no fue el mismo miedo que sentí en cierta ocasión en la playa de Karachi cuando echó a correr el camello que montaba y su giba empezó a dar vueltas como una batidora dispuesta a lanzarme despedida contra las aguas del océano o contra la arena de la playa. Ahora una fuerza enorme me sujetaba y sabía que no iba a caer, pero no podía comprender dónde me llevaba aquella fuerza, ni cuando pararía aquel movimiento desenfrenado. Era tan grande la estepa ondulada que tenía enfrente, que no se adivinaba en ella ni muralla, ni río, ni obstáculo divino o humano que pudiera parar la correría que parecía que iba a durar por los siglos de los siglos. Cuando ya me dolía la mandíbula de apretados que llevaba los dientes después de tanto rato, el hombre detuvo el caballo y empezó a caracolear y a presumir para darme a conocer la inmensidad, la soledad y el poderío. Me llevaba sentada de lado y noté que su aliento en mi mejilla derecha me quemaba. Se me acercó al oído y oí que me decía:<br />
-Si no fuera tan viejo serías mía y no de Fereidún.<br />
Reconocí al tío de mi amigo, su cabeza afeitada y su cuerpo de titán. ¿Quién si no habría podido levantarme como una pluma y subirme así a la grupa de su caballo? ¿Quién sino un caballero del buzkashi acostumbrado a levantar del suelo un becerro degollado o a arrancárselo al galope a otro jinete en medio de una lucha feroz, y pasearlo después por la estepa perseguido por decenas de expertísimos jinetes? Cometí la imprudencia, por joven e impulsiva, de decirle, «¡Pero si usted no es viejo!», porque así lo creía y así era de verdad. Agradeció mi espontaneidad y lo tomó como un cumplido y me encontré, como tantas otras veces en Afganistán, con un hombre de una pieza. Me contó mientras volvíamos al paso por la ladera de las colinas, que un hombre en Afganistán se hace viejo pronto, no de cuerpo, sino de alma: tantas son las responsabilidades que va adquiriendo, tanta la gente va dependiendo de él con los años, que no puede jugar a veleidades.<br />
-Envidio a Fereidún -me dijo-, lo envidio con toda mi alma. Es inexperto, es débil, pero es sabio, nació sabio, nació con ese atributo pegado al alma, de la misma manera que otros nacen simples, santos o asesinos, y sobre todo le envidio porque es joven.<br />
Hizo un gesto muy propio que quería ser sonrisa pero terminaba en agridulce gesto de impotencia, y le brilló al sol un diente de oro que tenía escondido en una esquina de la boca. Sujetó las riendas con los dientes y sin dejar de sostenerme bien fuerte levantó el otro brazo hacia el cielo y lanzó un grito de esos que hacen temblar cielos y tierra. El caballo se encabritó, se levantó sobre sus cuartos traseros y sus crines me barrieron la cara. Después seguimos largo rato en silencio. El hombre sumido en sus pensamientos sólo decía para sí, de vez en cuando:<br />
-Oh la la! L&#8217;amour, l&#8217;amour. Il faut pas le laisser passer, l&#8217;amour&#8230;<br />
Hoy, casi treinta años después, este hombre reparte leche de buena mañana, conduciendo un cochecito eléctrico por un barrio residencial de Washington DC. Dudo que sus moradores sepan que quien deja a diario la botella de leche en sus puertas es ese poderoso jinete de antaño, tesoro de experiencias acumuladas, porque si lo supieran quizá más de uno se sentaría en el umbral a esperarlo, aunque llovieran chuzos, para tener la oportunidad de intercambiar con él sabias palabras.<br />
Fereidún había preparado la tienda militar que llevaba en el coche y Ayub Jan mandó alfombrarla por dentro y por fuera, de manera que tenía una especie de terraza exterior cubierta de alfombras donde sentarse a contemplar durante el día cómo deambulaban los rebaños, cómo corrían los niños detrás de un cordero caracul, cómo luchaban dos toros encajando sonoramente las testuces una contra otra. En noche cerrada, uno podía tumbarse sobre las alfombras, contemplando gozoso y abstraído la luna y todas las constelaciones brillando sobre el cielo negro.<br />
Jan es generalmente un propietario de tierras que está a la cabeza de una extensa familia y tiene un amplio círculo de dependientes, a los cuales suministra alimentos y préstamos. Líder de clan o de subgrupo tribal. Guide Poche-voyage Marcus, París, Marcus, 1980. v</p>
<p class="bodytext"><strong>Ana Briongos</strong></p>
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		<title>África: ultimas etapas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/africa-ultimas-etapas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:42:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 5]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Se acercaba el fin del viaje. La frontera entre Kenia y Etiopía continuaba cerrada. Ya no era posible regresar a España vía Etiopía, Djibouti, Yemen, Omán, Abu Dabi, Irán, Turquía, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Se acercaba el fin del viaje. La frontera entre Kenia y Etiopía continuaba cerrada. Ya no era posible regresar a España vía Etiopía, Djibouti, Yemen, Omán, Abu Dabi, Irán, Turquía, Italia, Francia. La ruta terrestre áfrica-Europa, utilizando barcos de Yibuti a Adén, de Abu Dabi al puerto iraní de Bandar&#8217; Abbas y de Patras a Brindisi para evitar el paso por los Balcanes se había truncado. La única salida posible era por el puerto de Mombasa. Llevaba nueve meses de viaje, se acercaba el invierno, no quería alterar el ritmo lento que había seguido hasta entonces. Decidí detener el reloj. Volvería a España.<br />
La salida de Tanzania, como la entrada en Kenia, fue rápida y sin problemas. Llegué a Mombasa de noche. Calor y humedad. Mombasa es una ciudad viva, con el puerto más importante de la costa este africana por el que entran y salen todas las mercancías de Kenia, Uganda, Ruanda y Burundi. Tenderetes, gente que ofrece fruta, extraños artículos de procedencia asiática, telas, carros cargados de sacos que empujan con gran esfuerzo cuatro o cinco hombres, carretillas con bidones de agua, africanas con velo, otras con kangas de vivos colores, también con tejanos o falda y blusa, zapatos de tacón, zapatillas de goma, sandalias, hombres con americana y corbata, entre otros con camiseta y pantalón corto. árabes, indios, negros, una mezcla impactante de distintas sociedades con diferentes religiones, costumbres, hábitos, comidas, unidos por una lengua, el swahili y por intereses económicos.<br />
La carretera costera que lleva a Tanzania y facilita el acceso a las playas del sur es estrecha y mal mantenida. A unos 20 kilómetros está el desvío a la izquierda que lleva a Twiga. Una pista regular que empeora cuando se accede a un nuevo desvío. Llegué a Twiga Lodge a las cinco de la tarde y me di cuenta de que en 25 años no había cambiado. Bajé las escaleras de piedra y pisé una vez más la arena blanca de Twiga. La marea estaba baja y un montículo rocoso sobre el que se levantan bungalows cortaba la playa en dirección a Mombasa. Por el otro lado, en dirección a Tanzania, continúa unos treinta kilómetros más. En el horizonte tres velas blancas de veleros deportivos. A unos trescientos metros de la orilla, una espuma blanca aparece cuando las olas rompen en el arrecife de coral que se extiende paralelo a la costa.<br />
Durante tres semanas fui atrapado por la telaraña africana, mezcla de dificultades, problemas, inmersión en la vida local y evasión placentera en la zona turística del sur de Mombasa. Algunos problemas con el coche me obligaron a regresar a Mombasa en varias ocasiones en busca de piezas. El primer día tuve que subirme en un matatu, una experiencia inolvidable. Ideal para los que buscan emociones fuertes y disfrutan con los deportes de riesgo. Por veinte chelines (40 pesetas) te subes a un microbús con diez asientos en los que se acomodan -es un decirhasta veinte personas. Nunca dejan a nadie en la carretera. Cuando le hacen una seña, para. Si se puede, el pasajero se acopla en el interior, si no, se agarra a la carrocería y viaja con el cuerpo fuera y la puerta abierta. Todo eso por una carretera estrecha, con agujeros, a 80 kilómetros por hora. Ignoro por qué pero, las paginas más leídas de los periódicos no son las deportivas, ni las políticas. Observé que al abrir el periódico, lo primero que lee la población local son las tres páginas, con fotos, dedicadas a las esquelas. Siguiendo los hábitos de los lectores, también me he interesado por la causa de los fallecimientos que se reparten principalmente en dos: una corta enfermedad (mucho temo que sea SIDA) y accidente de carretera. Casi todas las personas que conocí esos días habían sufrido un accidente de matatu.<br />
En la ciudad, el uso del transporte colectivo es incómodo, pueden robarte, pero no es peligroso porque no circulan a gran velocidad. En carretera, es suicida. Recorrí toda la zona turística de Diani Beach y pude ver que coexisten dos mundos distintos en dos carreteras paralelas, a unos tres kilómetros una de otra. La que está a 500 metros de la playa, para turistas blancos, alemanes, ingleses, holandeses e italianos en su mayoría. Un centro comercial con supermercado, bares, agencias de viajes, tiendas de recuerdos, alquiler de coches, delicatessen, boutiques, café con servicio de internet&#8230; Hoteles de cinco estrellas. Restaurantes. Bares junto a la playa con diversas atracciones para atraer a los clientes. En todos estos lugares muchas jóvenes, muy jóvenes, negras, guapas, con buen tipo, arregladas, maquilladas, con pendientes, anillos y cadenitas de oro. Los blancos tienen dinero. Ellas pueden ganar en media hora más de lo que gana un camarero en todo el mes. Cuando los empleados de los hoteles y bares de la zona turística dejan de trabajar para los blancos se van a la otra carretera, la del interior, donde también hay bares, tiendas, mercado, gasolinera, pero para africanos.<br />
Son pocos los turistas que se encuentran en Ukunda. Yo alterné los dos ambientes. Cada vez me saludaba más gente. Claro que el Land Rover llamaba la atención. Conocí tres talleres. El coche estaba harto de mí y de las pistas, así que se rebeló y me castigó con varias quejas que tuve que aceptar y solucionar. Puede parecer que mi estancia en la costa sur de Mombasa fue desafortunada, las tres semanas peores de mi viaje, pero no es así. Ningún percance serio. Tuve la oportunidad de conocer una forma de vida distinta. Comía para alimentarme, como hacen ellos. Utilizo la mano derecha bastante bien, sólo me mancho la punta de los dedos, me he acostumbrado al piri-piri fresco, judías rojas, masa de harina de maíz, trozos de carne con hueso, mazorcas de maíz a la brasa, hojas de plantas cocinadas como espinacas, arroz pasado, papayas, piñas, platanos, cacahuetes, maracuyá. Todo eso, a ratos. Un equilibrio ideal entre los dos mundos, con paseos por las blancas arenas de la playa sin fin viendo romper las olas en el arrecife de coral. Me sentía bien, con la sensación de que el tiempo se había detenido. Tal vez, después de las malas carreteras de Tanzania, me abandone a un estado de laxitud y pereza. Todo tiene su tiempo.<br />
Abandoné la costa para llegar a Nairobi. Cruce Mombasa sin mirar el mapa. Mis multiples visitas a la ciudad me habían enseñado a circular como uno más: siempre por la derecha, la izquierda es para los matatu que se paran de repente para recoger a algún pasajero, asomar el morro del coche para cortar el paso a uno que intenta hacer lo mismo contigo, no dudar en los cruces con rotonda central. La carretera a Nairobi en los primeros kilómetros es horrible. Agujeros de 40 centímetros de profundidad que no hay forma de evitar. Todo el mundo circulando en primera, zigzagueando de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, parando para que pase un camión que viene de frente&#8230;. La zona asfaltada está en peores condiciones de lo que me pareció cuando llegué. Hay zonas en muy buen estado que se intercalan entre tramos rotos y estrechos. Huecos y tramos sin asfalto. Es como si un gigante se hubiera entretenido en romper con un dedo la larga cinta gris. Desvíos y tramos asfaltados se alternan. La carretera es mala y peligrosa. Los bordes del asfalto están rotos Si te cruzas con un gran camión en un tramo estrecho, lo mejor es parar, porque él no se desvía. Es lógico. He visto varios tumbados a ambos lados. Todo esto hace que la conducción sea tensa, previendo lo que puede suceder. Eso me salvó la vida. Desde luego soy afortunado. Dos camiones, uno detrás de otro, venían de frente, el de detrás inicio el adelantamiento, se me vino encima, no había espacio para los tres. Vi la cara de sorpresa e impotencia del conductor, sabía que no podía frenar, todo menos choque frontal con un camión de gran tonelaje. Golpe de volante a la izquierda y bajada accidentada por un terraplén. Estuve a punto de volcar pero conseguí evitarlo siguiendo la dirección de la pendiente. Me detuve. Las piernas me temblaban. Mire hacia arriba, ninguno de los dos camiones se había detenido. Fumé un cigarrillo mientras me tranquilizaba, observé la zona, el talud se suavizaba un poco más adelante. Logre regresar al asfalto utilizando la reductora. No había nadie. Ningún testigo. Nadie que pudiera socorrerme en caso de resultar herido. ¿Qué es lo más peligroso en áfrica? ¿La malaria, el SIDA, los bandidos armados, las fieras, los campos minados, los soldados que no cobran la paga? No. Casi todo lo anterior puede evitarse. Medicamentos preventivos, mosquiteras, Autan, piernas y brazos cubiertos contra la picadura de los mosquitos transmisores del paludismo; no tener contactos sexuales; no circular de noche por lugares peligrosos; no bajarse del vehículo en las reservas de animales; no pasar por zonas en las que hay posibilidad de que queden minas enterradas; evitar países conflictivos. Pero ¿cómo evitar la conducción kamikaze si tu viaje es en coche?<br />
Para alegrar mi ánimo, quedaban por delante más de doscientos kilómetros, recurrí a mis cintas de música salsa. En Nairobi, al día siguiente, me acerqué a la oficina de inmigración para alargar mi estancia en Kenia. Los funcionarios son los reyes del mambo. Protegidos tras las rejas aceptan atender, de vez en cuando, a los pacientes y sufridos ciudadanos que se agolpan sin orden ante las ventanillas. Conseguí que la encargada de visados me preguntase que quería después de cinco minutos de estar hablando, piernas y brazos cruzados, con una compañera. «Extensión de visado». «Vaya a aquella ventanilla». Tras la reja, un despacho con cuatro hombres. Uno leía el periódico, otros dos, con los brazos cruzados, miraban al infinito. El cuarto, el que tenía que atenderme, hablaba por teléfono. Seis minutos viéndole reir, encantado con la conversación. Cuando por fin colgó, le expliqué que necesitaba una extensión de visado. «Ventanilla cinco» Es de donde venía. Nueva espera. La funcionaria estaba viendo la blusa que se acababa de comprar una compañera, me dio un formulario. Cuando se lo entregué con todos los datos, miró el pasaporte y me informó que yo no tenía visado, solo un permiso de estancia por un mes. Si quería estar más tiempo necesitaba visado, para lo que tenía que llenar otro formulario que me entregaría otro señor en otra ventanilla. Cuando me dirigí a él, ni me miró. Se puso a hablar con una compañera. Paciencia. Después atendió a otra persona. Paciencia. Por fin me miró y me preguntó que quería. Le repetí mi petición. Extendió el brazo y cogió el formulario por el centro, no por un lado. Me lo dio arrugado, sin mirarme. Cuando lo entregué, la mujer me miró con severidad, alisando con la mano el papel arrugado. «50 dólares USA y tendrá visado por tres meses» «Solo tengo chelines. Es la moneda del país». «Aquí se paga en dólares», me contestó, mientras extendía la mano. «Espere allí, ya le avisaré». Media hora más tarde me entregó el pasaporte con el visado y un recibo por los dólares pagados.<br />
Tenía que ampliar también el permiso de circulación por las carreteras del país. Es en el mismo edificio. Pregunté en información y me enviaron al piso 13. En un pasillo vi una puerta abierta. Estanterías llenas a rebosar de expedientes. Como todos los archivos. Un señor hablando por teléfono. Cuando colgó, le pregunté dónde tenía que pagar la tasa de circulación y me respondió con otra pregunta «¿Qué potencia tiene el motor?». «No lo sé. Es un Land Rover seis cilindros». «¿De qué color es?». «Por favor, dígame dónde se paga el impuesto». «En la planta tercera». «Gracias». Nuevo despacho con secretaria que me enviaba de nuevo a la planta baja. Le conté mi vida. «Si sigo así, llegaré a conocer a todos los funcionarios». Me aclaró que tenía que bajar a la planta baja, pedir un formulario, rellenarlo y entregárselo. Seguí las instrucciones. Con el nuevo impreso, entró en el despacho de su jefe y salió sin él. Después de una hora empecé a impacientarme. Podía estar esperando el resto de la tarde. En el despacho entraban y salían personas con papeles en la mano. Continuamente. Una detrás de otra. Pregunté a la secretaria cuanto tiempo tenía que esperar. Entró en el despacho y salió con el formulario. La autorización, una firma, debe de ser algo muy laborioso. Volví a la planta baja para pagar en la ventanilla número 8. Nueva cola y otra palma de mano que se abrió ante mí, mientras escuchaba «40 dólares por un mes». «Pagué 25 por el mismo plazo de tiempo al entrar en el país». Lentejas, las comes o las dejas. «40 dólares». Pagué. Otro papelito para pegar con cinta aislante en el cristal delantero.<br />
La parroquia de Guadalupe está en un barrio periférico, cerca de Ngong Avenue, la avenida que lleva a la casa-museo de Karen Blixen. Hay varias monjas y misioneros mejicanos. Me recibió el padre Jose Bejarano, con quien conversé largo rato sobre las particularidades de la parroquia. Se extiende sobre una área extensa. Uno de sus barrios, Kibera, recoge el mayor número de huérfanos a causa del SIDA de Nairobi. Es pesimista frente al futuro: «Cada día llegan más. Sobreviven como pueden. Nadie se ocupa de ellos». Me dio la dirección de la misión de Lenkisem, cerca del parque de Amboseli, territorio masai.<br />
Cuando regresé al hotel, era hora punta. Tráfico enloquecido con matatu que serpenteaban en la estrecha calzada abarrotada de vehículos. Todos tenían prisa, menos los futuros conductores, coches de autoescuelas que hacían prácticas de supervivencia entre coches salvajes. No tienen doble volante. El profesor debe encomendarse a sus antepasados. En los semáforos, vendedores ambulantes que ofrecen fruta, encendedores, linternas, libros. Cuando se llega junto a la gran Avenida Uhuru que atraviesa la ciudad, hay niños que se suben al coche pidiendo algunos chelines mientras miran que pueden afanar. Cerré ventanillas y puerta. Uno se subió a la baca por la escalera. Todo estaba seguro con candados y cadenas. Bajó rápidamente cuando arranqué al cambiar el semáforo a verde. Estaba oscureciendo. El parque cercano se convierte en uno de los lugares más peligrosos de la ciudad. Recogiendo la llave de mi habitación, encontré a una pareja de catalanes, de Barcelona. Al día siguiente iniciaban un arriesgado viaje al lago Turkana. Conocían a un misionero que los había invitado a pasar unos días con él. Viajaban en matatu. Tendrían que hacer varios cambios antes de llegar a su destino. Tal vez lo consiguieran en dos días. Yo había renunciado al Turkana. La zona no es segura. Hay asaltos a vehículos. Para complicar más la situación, había enfrentamientos entre dos tribus. Habían quemado 127 viviendas, asesinado a dos hombres y asaltado, torturado y robado a otros. Por si todo eso fuera poco, la sequía dejó sin comida a numerosas personas que estaban recibiendo, de momento, algunos sacos de maíz. Me dirigí a la misión mejicana de Lenkisem, que se levanta en una azona muy árida. Gracias a esa circunstancia, los masai no tienen problemas con agricultores bantúes. Las familias viven alejadas unas de otras.<br />
En el área que cubre la misión viven unos cinco mil masais. El padre Filiberto me llevó al encuentro de guerreros. Por el camino se subieron tres hombres que fueron indicando el camino. «Vamos a encontrarnos con un grupo que está apartado, en el bosque. En época de sequía, como ahora, algunos hombres, sólo hombres, nunca mujeres, comen carne. Algún cabrito que alguien les ha dado». Cuando los encontramos, nos dieron un trozo de carne para que compartiéramos con ellos el festín. Uno de los guerreros peinaba y teñía el pelo de otro concienzudamente. Era un lugar extraordinario. Desierto, seco, polvo, grandes espacios, el Kilimanjaro nevado&#8230; El áfrica que buscaba. Nadie nos pidió nada. Nos ofrecieron lo que tenían.<br />
Al regresar a la misión, encontré a una chica joven junto a la iglesia. En los kangas que vestía leí una frase en swahili. La pedí que me la tradujese. Más o menos, venía a decir «Este kanga sólo puede quitármelo el hombre que me lo regaló». La chica se tapó la cara con el kanga que la servía de velo, sonrió y se alejó avergonzada. El jefe de zona me acompañó a visitar el parque de Amboseli. Vimos rebaños de vacas guiados por jóvenes que se dirigían a la laguna. «Siempre tiene agua. Llega del Kilimanjaro. Hasta que no nos construyan pozos en el exterior del parque, continuaremos viniendo. No vamos a permitir que muestro ganado muera de sed». «Algunas veces hay problemas con los animales salvajes que salen de la reserva. No hace mucho un elefante atacó a tres niños en el bosque. Uno resultó mal herido. La asociación que protege los elefantes, en un principio, no hizo caso a nuestra petición de ayuda al herido. Les amenazamos con matar al elefante. Cambiaron de actitud rápidamente. Nos conocen bien. Trasladaron al niño en helicóptero y cubrieron los gastos que generó su traslado y recuperación».<br />
Días después, viajé hacia Meru, en las tierras altas de Kenia. Las lluvias torrenciales que provocó el Niño en 1997 destrozaron las carreteras keniatas. Los tramos sin asfalto, los huecos y los bumps exigen una conducción atenta. No puedes dejar de mirar el firme. Encontré numerosos controles de policía en los que hacían detenerse a los locales. En cambio, a mí me daban paso libre. Los controles, en ocasiones, son barreras, a veces, unas planchas de madera con clavos gigantescos que apartan para que pases. A la entrada de los pueblos, una señal que limita la velocidad a cincuenta. Pobre de aquel que la sobrepase. Se queda sin coche, no porque se lo requisen, sino porque a más de cinco por hora, los bumps lo destrozan. Aquella mañana, un autobús con escolares había caído por un puente cercano al salirse de la carretera. Once de ellos murieron. Otros ocho estaban graves.<br />
Antes de Nanyuki se cruza el ecuador. Un cartel con el mapa de Kenia indica el punto exacto. Gran concentración de tiendas con parada de muchos microbuses turísticos. Avispados espontáneos que por unos chelines muestran a los viajeros de todas las nacionalidades el diferente movimiento del agua, según se eche, en una palangana, al norte, al sur o sobre la misma línea del diámetro de la esfera terrestre. En el pueblo hay un bar llamado Barcelona. A lo lejos está el Monte Kenya, el segundo más alto de áfrica después del Kilimanjaro, 5.199 metros. Entre las nubes que cubren sus picos, se veían zonas nevadas. En la misión de San Juan Bautista, de la Consolata, encontré al padre Lisandro Rivas, de 30 años, nacido en Trujillo, Venezuela. Llevaba seis meses en Kagaene El padre Lisandro estudió cinco años en Londres. Estuvo varias veces en Roma y pasó cuatro años en otra misión que está a hora y media en coche.<br />
Los primeros misioneros italianos de la Consolata plantaron viñedos y embotellaron vino, pero mi interés principal se centraba en un proyecto de recogida de agua que ha merecido premios internacionales. La tierra es buena. Produce tabaco, maíz, alubias, judías verdes, guisantes y miraa, un arbolito del que se aprovechan sus tallos tiernos. Se mastica, como la coca. Como ésta, quita el hambre y tiene efectos estimulantes. Se exporta a Etiopia y Somalia, aunque el cierre de la frontera ha mermado su venta.<br />
El padre Giuseppe Argese, está en la montaña. Es quien diseñó, en l970, el proyecto Turuu water supply. Nyambeni Forest. Recoge el agua de una montaña con selva húmeda en sus laderas. Aprovecha las fuentes naturales y ha construido tuneles con techo de cemento para que no se derrumben. Las paredes filtran el agua, «sudan». Han construido 250 kilómetros de canalización y toda el agua llega por gravedad hasta un gran depósito desde el que se distribuye. 220.000 personas se benefician del proyecto. Durante los meses que llueve, el caudal es de 3.800 metros cúbicos por día. Se ha iniciado una segunda fase que permitirá alcanzar de forma estable los 7.000 metros cúbicos diarios. Los fondos provienen de una ONG alemana, 6 millones de marcos.<br />
Mientras regresaba a Mombasa para embarcar mi Land Rover en un contenedor con destino a Barcelona, repasé mentalmente, una vez más, las imágenes que se han grabado en mi mente durante los últimos diez meses. Paisajes, rostros, situaciones, conversaciones&#8230; He cerrado la puerta de la habitación donde me espera el reloj -ahora paradoque marca el tiempo de mis viajes. No sé cuándo volveré a ponerlo en marcha, pero ya noto el calor de la llave en mi bolsillo.</p>
<p class="bodytext"><strong>José Antonio Rodríguez</strong></p>
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		<title>Perú a fondo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/peru-a-fondo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:41:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 5]]></category>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/peru-a-fondo/">Perú a fondo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Antes del primer viaje hablé con otras personas que habían estado previamente en el mismo lugar al que me dirigía: Piura, al norte del Perú. «Es una ciudad en medio del desierto. La gente es muy cotilla, no hay más que un cine en malas condiciones, no hay librerías, casi ni carreteras&#8230; pero si yo pudiera, me iría contigo hoy mismo», este tipo de comentarios se repitieron constantemente dejándome desconcertada: si el lugar era tal y como lo pintaban&#8230; ¿Cuál podía ser el interés en volver?<br />
El primer vuelo que tomé desde la capital, Lima, hasta Piura, fue el principio de una serie de sorpresas que me acompañarían en todos mis viajes por ese país mágico donde se esconde aún el sueño de El Dorado. Mi asiento en aquel vuelo estaba ocupado por una señora vestida de negro que viajaba acompañada de otra mujer también de luto riguroso. Ambas miraban por la ventanilla absortas. No quise molestarlas y me senté en el asiento que quedaba a su lado. Una de ellas se volvió hacia mí emocionada y me grito: «mire, mire, señorita. Hice caso a su señal y vi pasar junto a nuestro avión el carrito de equipajes. «Es mi esposo, lo llevamos a enterrar a Piura», me explicó la señora con una voz alegre. En medio del carrito de equipajes destacaba un ataud.<br />
Unos meses después, en los primeros días de noviembre, viví la fiesta de las Velaciones de Piura, en la que los cementerios se llenan de vivos que llegan para celebrar junto a sus difuntos. Orquestas para quienes en vida amaron la música, comida para aquellos que en este mundo disfrutaron de la buena mesa, y conversación junto a todas las tumbas. Una alegría lejana de nuestra austeridad y dolor frente a la muerte, muy propia de un pueblo que ha aprendido a soportar todas las adversidades con resignación y alegría porque siempre, según ellos, hay que dar gracias a Dios ya que podría haber sido peor.<br />
Peor, mucho peor, como el fenómeno de El Niño que destrozó todas las carreteras mordisqueándolas con su dentadura atroz de «churre» (niño) hambriento y malcriado, e inundó las viviendas de muchos peruanos. Sin embargo, en algunos caseríos del desierto, las lluvias de dimensiones bíblicas eran esperadas con ansiedad. En Belizario, una pequeña población en medio del desierto de Sechura, unos meses antes de El Niño de 1998, viví unos días en medio de la nada. No había luz, ni agua corriente, ni teléfonos, ni televisores&#8230; sólo arena, algarrobos, algunos chivos y un pozo de agua corrompida que no había sido renovada desde el anterior fenómeno lluvioso de 1983. Los pobladores del lugar miraban al cielo esperando las lluvias que dieran vida a la tierra, que engordaran a los animales y que alejaran las enfermedades contraídas por los parásitos del agua y las malas condiciones higiénicas de la sequía prolongada por casi 15 años. La vida pasaba lentamente por las pocas calles de Belizario, enredándose en las conversaciones cadenciosas y eternas de unas mujeres jóvenes que parecían viejas. Apenas había ancianos&#8230; la vida en los pueblos de arena es muy dura y 50 años son muchos en el desierto. Las noches eran inolvidables. Sin luces artificiales, las estrellas ofrecían su propio espectáculo a falta de televisión, de cine o de radiocasettes. En las mañanas, una multitud se agrupaba alrededor de los sacos de dormir en los que pasábamos la noche. Nos miraban extrañados mientras nos poníamos las botas, nos peinábamos o armábamos el trípode. Nunca supimos si nunca habían visto todo aquello o si lo extraño era que dos mujeres vistieran con pantalones vaqueros y botas&#8230; Todo era un misterio para nosotras y para ellos. Las casas de palos, con una sola habitación en la que convivía toda la familia con las gallinas, los cerdos y los insectos, permanecían abiertas todo el tiempo. No había ladrones&#8230; tampoco nada que robar. La carne y el pescado llegaban junto con el agua cada cierto tiempo. Se salaban y se colgaban para irlos comiendo con arroz. Duraban unos quince días, siempre rodeados de moscas y con mal olor. Recuerdo con especial claridad la última noche. Nos encontrábamos observando el cielo junto a la puerta de la casa del teniente alcalde de Belizario, cuando se encendió la luz de un candil y desde lejos nos llegó la voz de don Arcadio leyendo un pasaje bíblico del Apocalipsis. Lo escuchamos en silencio sobre aquel gran cementerio de arena.<br />
La religiosidad del Perú es tan variada como sus habitantes. Una extraña mezcla de lo católico y lo profano se une para crear una fe ecléctica en la que cada detalle delata un fragmento de una rica historia de conquistadores y conquistados, de dioses vencedores y vencidos. En las Huarinjas, lagunas sagradas ubicadas en las inmediaciones de Huancabamba, en el norte de los Andes peruanos, el aire lleva las palabras mágicas pronunciadas por los curanderos o chamanes locales, más conocidos como maestros. Según los lugareños, hay más de 200 hombres dedicados a la magia en este lugar. La primera vez que vi, todo fue un engaño. Desde el chamán vestido con cazadora de cuero y tupé, hasta la ceremonia nocturna que fue un perfecto fiasco. Nos prometieron comida, alojamiento y algo de magia&#8230; pasamos hambre, frío, dormimos a la intemperie y lo único mágico fue la capacidad de nueve personas para compartir tres colchones con tres mantas que nos salvaron de las temperaturas bajo cero durante doce horas. La segunda vez fue completamente diferente. Un amigo periodista me llevó a casa de Juan Manuel, un maestro con excelente reputación. Sólo queríamos entrevistarlo, pero Juan Manuel dijo que para hablar de él debíamos conocer su trabajo. Nos invitó a quedarnos aquella noche&#8230; y aceptamos. Nos dieron unos colchones que colocamos en el suelo, bajo un techo lleno de animales disecados que tenían un aspecto fantasmagórico aquella noche. La «ceremonia» comenzó a las nueve con invocaciones a los difuntos, a los santos y a los antepasados «ingas» que dejaron sus espíritus protectores en las lagunas. El centro del ritual era la «Mesada», un extraño conjunto de hierbas variadas, huesos, idolillos preincas, crucifijos, imágenes de santos, velas, espadas, perfumes y otros objetos. El maestro y sus ayudantes iban «shingando» por la nariz el Sanpedro, un licor macerado a base de un cactus que lleva el nombre del santo que tiene las llaves del cielo. El Sanpedro es una planta con propiedades alucinógenas que los chamanes conocen bien. El Sanpedro y el tabaco, los perfumes baratos y la lima, se confunden en el patio del maestro mientras la noche va avanzando. Los ayudantes nos escupen encima (literalmente) lima y observan a los participantes en el ritual para ofrecer a cada uno Sanpedro, tabaco o perfumes, dependiendo de la constitución y de la credulidad de cada uno. Después sacan unas espadas con las que nos sacan los malos espíritus mientras ellos «vuelan» con la ayuda del Sanpedro. Hace rato que yo había empezado a rezar repetidamente el Padre Nuestro y a preguntarme qué hacía en aquel lugar dejando que una espada se acercara a mi garganta y rodeada de desconocidos. Lo supe justo antes del amanecer, cuando el maestro me llamó a su lado y comenzó a describirme mi casa en España, mi coche, mi pasado&#8230; y a decirme cosas que sucedieron en los siguientes meses tal y como él las había dicho.<br />
Al día siguiente lo entrevisté y nos despedimos. Aquel hombre conocía su destino, que seguramente es el mismo que el de su padre, su abuelo y todos los hombres de su familia, herederos de un don que los antiguos pobladores valoraban mucho y que los modernos explotan sin control como objeto turístico. Aquel hombre tenía la vista cansada y el cuerpo gastado por el alcohol y el Sanpedro. Muchas personas pasaban por su humilde hogar a diario. él sólo pedía la voluntad. Nunca había salido de su rincón del mundo. No le hacía falta. Estaba íntimamente unido a las lagunas que le daban su don y su fuerza. A su manera, era feliz. Para mí, conforme sus palabras se van cumpliendo, Juan Manuel se convierte en un misterio lejano, en una muestra viva de una tradición centenaria que no podemos entender y que a veces nos asusta. Una tradición que para él es tan natural que no necesita explicación alguna.<br />
Mientras tanto, en la cercana ciudad andina de Huancabamba, la fiesta de la Virgen del Carmen congregaba a un gran número de personas. Una procesión pintoresca recorría sin descanso las calles desde el amanecer hasta la noche, durante cuatro días. Encabezaba la marcha la comparsa de los Diablicos con sus máscaras de colores y sus trajes de lentejuelas, danzando frente a la imagen de la virgen. Los seguían el Capataz (un demonio rojo de máscara impresionante) y San Miguel (un niño vestido de azul y blanco).<br />
Ambos personajes luchan encarnizadamente encarnando el enfrentamiento del bien contra el mal. El cuanto día, frente a la iglesia, San Miguel vence, librando a la Virgen de las amenazas. Los estudiosos del folclore regional dicen que esta tradición nace de la suma de la tradición católica y de los rituales prehispánicos. Antiguamente existía un ceremonial profano en el que los pobladores se vestían con pieles de animales y danzaban representando partes de su mitología. La Virgen y el Arcángel, representantes de la fe católica, los vencen en esta fiesta que antiguamente fue una forma de que los pobladores de la zona aceptaran la nueva religión viéndola superior a sus viejas creencias.<br />
En muchas ocasiones me había preguntado por qué una persona sube montañas o camina por años simplemente para alcanzar una meta. En Perú me encontré a lomos de una mula subiendo una montaña sin caminos. Fue un trayecto complicado en el que el grupo se desperdigaba en medio de la intrincada vegetación. En el corazón de los Andes, sola, debía confiar en el instinto y la orientación de una mula: linda lección de humildad. Mereció la pena. Al final del camino, después de cruzarnos con un rebaño de vacas que pastaba libremente, nos encontramos con las ruinas incas de Aypate. Una ciudadela casi desconocida que tiene un pequeño templo a la luna, un pozo de sacrificios, un aposento especial supuestamente del Inca y otros de uso aún desconocido. Construcciones incas sobre las ruinas de los Guayacundos-Ayahuancas, pobladores originarios de estas montañas. Un sentimiento de plenitud nos invade, algo inexplicable que da sentido al viaje intrincado y que llenará cada uno de los pensamientos que nos asalten rumbo al punto de partida.<br />
Los Andes, con su vegetación espléndida y sus orgullosas cumbres rodeadas de nubes, compiten en belleza con los manglares en la zona norte del Perú. En Tumbes, los canales se abren paso entre el salvaje ímpetu del mangle que deja caer sus raíces sobre el agua y crea islotes ficticios sin suelo donde el único rey es él mismo. El manglar, recorrido en bote de madera, se va abriendo ante nosotros hasta llegar a la orilla ecuatoriana. Una frontera invisible, de agua, entre dos países que trataban de tenderle un puente a la paz que habían buscado de manera intermitente por muchos años.<br />
La vegetación y la fauna en peligro de extinción por la mano del hombre. Los manglares amenazados por las langostineras y la ambición insaciable del hombre, y la fauna marina perdiendo terreno por las fábricas de la costa y la sombra temible de las plataformas de petróleo. Otro paseo en barca, esta vez confiando en la pericia de los pescadores de la zona, y pudimos disfrutar de una visión hermosísima. En las puntas rocosas de Sechura nos recibieron las manadas de lobos marinos. Los vimos salir de una cueva inmensa, zambullise en el mar y ocupar su sitio en un islote rocoso cercano a la costa. No se molestaron por nuestra presencia, creo que para ellos carecíamos de interés&#8230; otro golpe bajo a nuestra autoestima.<br />
Todos los viajes por esta zona norte del país tienen en común la ausencia de información precisa y la sensación de aventura que lo invade todo. No hay mapas de carreteras (con frecuencia tampoco asfalto), ni señales&#8230; y preguntar a los lugareños es una pérdida de tiempo. La respuesta siempre es la misma: «Aquisito no más», que tiene un significado tan amplio que al final no quiere decir nada. Y a pesar de las dificultades, de las malas condiciones del viaje, y de la falta de infraestructura, sigo viajando para llegar a lugares impensables donde encuentro siempre gente que da respuestas vagas y me abre la puerta de su casa para ofrecer lo que tiene, aunque después se quede sin nada. Es la hospitalidad en su máxima expresión. Puertas entreabiertas, olor a especias, a comida, a fruta exótica y madura, fachadas de colores vivos&#8230; alegría a raudales para un pueblo que vive día a día, que no hace planes, que disfruta de la buena mesa, de la conversación, de las reuniones y de la jarana.<br />
Cualquier motivo es bueno para disfrutar de la vida. La trayectoria económica y política del Perú ha hecho que la mayor parte de sus habitantes considere el ahorro una pérdida de tiempo. Se vive el momento: cuando hay dinero se disfruta tanto como se puede, cuando no hay, se espera que «la plata» llegue pronto. Las cevicherías, restaurantes especializados en productos del mar, están siempre llenos. El plato típico del norte, especialmente de Piura, es el ceviche (escrito en cada lugar de una manera diferente). Se trata de pescado crudo, partido en pequeños trozos, que se deja macerar en limón (un limón pequeño y muy fuerte que deja el pescado blanco, como si hubiese sido cocido). Este plato también se prepara con mariscos, se acompaña siempre de música criolla y de cerveza, bebida que corre hasta en los malos tiempos. Durante El Niño escaseaban el pollo, las verduras, los productos de primera necesidad, pero nunca faltaron los cargamentos de cerveza en el puerto de Paita, ciudad donde murió Manuela Sáenz, la amante de Bolívar.<br />
La ciudad de Piura fue la primera fundada por los españoles en el Perú. Conserva muy pocos edificios coloniales o republicanos y tiene una tradición errante. Pasó por cuatro fundaciones hasta llegar a su enclave actual. Las plagas, la falta de agua, los ataques piratas y otros males hicieron que la ciudad se fuera moviendo en busca de mejores condiciones de vida. Es una de las ciudades más importantes del país, aunque eso no sea decir mucho porque Perú está tan centralizado que después de Lima sólo quedan las migajas. La vida en provincias es complicada. Todo depende de la capital y las distancias son enormes. Para viajar de un punto a otro del país es necesario pasar por Lima, aunque no toque de paso. De Piura (en el norte) a Lima (en el centro) son casi catorce horas de autobús o bien una hora y media de avión.<br />
Las calles de todas las ciudades están siempre llenas de gente. No importa si son días laborables o festivos. Las plazas suelen tener árboles conocidos como matabobos porque tienen unos enormes frutos que caen al suelo sin previo aviso. Forman parte del paisaje urbano: las plazas, los árboles y los paseantes eternos. Si ustedes me preguntan si la ciudad es hermosa, me veré obligada a reconocer que no lo es. Si quieren saber qué hace tanta gente en la calle, tendré que reconocer que seguramente estarán contando el último cotilleo. Si desean unas vacaciones planeadas y perfectas, tendré que admitir que este no es el lugar más adecuado, aunque tenga unas playas casi vírgenes, unos cielos hermosísimos y su gente sea tan amable que son capaces de hacer sentir a cualquiera como en casa&#8230; Y ya ven, sin quererlo, me encuentro como al principio de esta historia, diciendo que mañana mismo regreso a Piura, al desierto, a los montes de las lagunas sagradas&#8230; para ver si esta vez, finalmente, encuentro cuál es el secreto de su encanto.</p>
<p class="bodytext"><strong>Rebeca Pardo</strong></p>
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