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	<title>Boletín 50 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 50 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Lugares que ya no existen, o donde ya no puedo ir</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jun 2024 08:53:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron. Boletín SGE [&#8230;]</p>
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<p><strong>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron.</strong></p>



<p>Boletín SGE 50<br>Autora: Ana Mª Briongos</p>



<p>&nbsp;</p>



<p>Decía mi abuelo, nacido en el siglo XIX, que había libertad cuando uno podía ir a cualquier parte del mundo sólo con la cédula personal. No eran necesarios, ni pasaportes, ni visados. Y eso lo decía a mitad del siglo XX, cuando todavía se concedían visados con facilidad a todos, los que se iban y los que querían venir.</p>



<p>Cuando empecé a viajar, siempre hacia Oriente, a partir de 1968, los que nos desplazábamos con pasaporte español no necesitábamos visados hasta la frontera de Afganistán. Cruzábamos Turquía, Líbano, Siria, Jordania, Irak e Irán tan ricamente. Tampoco nos pedía visado Pakistán, pero sí India. Y es que la España de Franco era amiga de los países árabes, y por extensión de los demás países musulmanes. Sin embargo en el musulmán Afganistán, donde no teníamos embajada, no había amistad que valiera. Mis compañeros de viaje, de países menos casposos que el mío, sí necesitaban visados para esos países. Qué bueno era viajar con pasaporte español en aquel tiempo. Hoy, las cosas han cambiado y España ha dejado de ser diferente, para lo bueno y para lo malo.</p>



<p>Hasta Estambul o Beirut, los barcos de línea turcos, Akdeniz y Karadeniz, nos paseaban por el Mediterráneo atracando en varios puertos. Los pasajeros eran variopintos. Estudiantes de medicina, sirios y jordanos, volvían a sus casas de Alepo, Damasco o Amán, después del curso escolar en la Universidad de Zaragoza; comerciantes egipcios, igualitos que Naser, regresaban con muestras para negociar en su país; hippies internacionales residentes en Ibiza iban de compras a Baalbek, donde, según decían, se encontraba el mejor hashish del mundo, el rojo del Líbano; las chicas de un colegio de Marsella viajaban con sus maestras para visitar el Partenón. Cuando oscurecía, se organizaban bailes en cubierta, al son de un casete de los antiguos Sanyo, que casi no se oía por el rumor de los motores. En una semana a bordo, que era lo que duraba el viaje, se creaban amistades. Yo viajaba sola pero nunca me sentí ni sola ni desamparada. Siempre había viajeros alrededor con quienes compartir información y camino.</p>



<p>Si en vez de ir en barco ibas en coche hasta Turquía, había que estar al tanto para que no te sellaran el pasaporte en los países comunistas, eso sí, pues a aquellos países, estaba escrito en el pasaporte, no podíamos entrar los españoles. Una vez en Alepo, o Damasco, o Bagdad, se iba de paseo por las grandes avenidas, ciudades prósperas y modernas, con sus mezquitas y sus universidades, sus tiendas de dulces y sus librerías. A mí me sorprendían las librerías porque allí se vendían libros que estaban prohibidos en España. El ejército y la policía sí estaban presentes en esos países, la guerra de los seis días era pasado cercano y había patrullas por las carreteras, el sha de Irán gobernaba con mano dura, y solo al llegar a la frontera afgana podíamos decir ¡salvados!</p>



<p>Afganistán era una isla virgen en medio de Asia. Virgen de imperios, aunque rodeado de ellos durante la historia reciente. El Imperio británico, el imperio otomano, el imperio ruso, el imperio austrohúngaro. Y en esa historia imperial, Afganistán había surgido como “estado tampón” porque les interesó a los otros. Nadie entró con sus ejércitos para conquistarlo, y quienes lo intentaron salieron siempre trasquilados.</p>



<p>Afganistán era un paraíso para los que procedíamos de países donde todavía se hablaba de guerra en las familias. En Afganistán reinaba un monarca que llevaba cuarenta años en el trono. Era un país estable. Se mantenía un equilibrio entre etnias, tribus y clanes. Era un país pobre pero no hambriento, con una población escasa en un amplio territorio, nadie sabía cuántos eran, millones más, millones menos, decían que entre catorce y diecisiete; como los nómadas cruzaban fronteras, unas veces estaban allí y otras no. Entrar en Afganistán era como entrar en un belén, te encontrabas en un santiamén transportado a la época de Jesucristo. Todo era sorprendente, nada ocurría como nuestra lógica esperaba y, si querías ser feliz allí, había que cambiar de mentalidad y dejar que el tiempo, su tiempo, fluyera.</p>



<p>El destino hizo que mi camino se desarrollara a través de desiertos, y que finalmente me instalara durante un tiempo en una ciudad-oasis llamada Kandahar, en el sur de Afganistán, donde conocí lo que es la austeridad del que vive en una tierra árida que da poco, pero permite subsistir.</p>



<p>La travesía del desierto es a la vez un viaje real por unos paisajes extraños, austeros, minimalistas, e inmensos, y un viaje interior a las más hondas raíces del espíritu. La religión no tiene que ver con esto, es otro tipo de trascendencia, se trata de emociones compartidas con gentes que no hablan tu lengua pero que aprecian igual que tú la belleza, de una música, de una canción, de un paisaje, de un plato de arroz en compañía, por ejemplo, en medio de una naturaleza extrema, donde todo es superfluo menos la vida misma de las personas y de los animales, el sol que calienta e ilumina y la sombra de una tienda o de un cubículo de adobe. Aquel Afganistán fue para mí una escuela eficaz para el resto de la vida.</p>



<p>Como cuento en mi libro “<em>Un invierno en Kandahar</em>”, las mañanas en aquella ciudad eran fresquitas y soleadas. Bajar por la calle principal del bazar parándome a charlar bajo cualquier pretexto era mi ocupación principal. Conocía a los comerciantes y mantenía con ellos una relación cordial construida día a día. Mi presencia en el bazar se hizo habitual, por lo que no se creaba ningún tipo de expectación cuando pasaba y me paraba en cualquier tienducha. Allí me ofrecían té y me contaban noticias de última hora o me hablaban de los viajeros que habían llegado al bazar, o de los comerciantes de allende el desierto que habían montado sus tiendas en los confines de la ciudad. Allí me hacían oler la última remesa de té verde llegado de China, que a mí me parecía que olía a pescado, ante la sorpresa de los tenderos, y me daban a probar un azúcar rarísimo y verdoso cuyo sabor tan extraño casi me hacía saltar las lágrimas cuando intentaba tragarlo, ante el regocijo de todos los presentes, cuyos ojos negros y brillantes y pintados de kohol me observaban divertidos. Tenderos y artesanos del bazar de Kandahar, de caras inescrutables y ojos punzantes, unos sentados inmóviles en su cubículo con las piernas cruzadas, otros trasegando laboriosamente herramientas o cacharros, y todos ellos apóstoles de luengas barbas, gran nariz recta y fina y cabeza monda, cubierta en su parte más alta por casquete bordado con hilos de colores o cuentas de cristal brillante, unos con turbante, otros sin él, hombres sin edad, enjutos, cetrinos, austeros, serios, de larga osamenta, grandes pies y grandes manos, vestidos con el pantalón bombacho, con la camisa de largos faldones cuyo bordado primoroso en la pechera, geométrico, blanco y brillante relucía, y el chaleco corto de muchos bolsillos.</p>



<p>Mi recorrido calle abajo terminaba en la tienda del yogurtero, un hombre afable de cara redonda y achinada que tenía la piel marcada por la viruela. Allí me sentaba en una silla, el dueño del establecimiento tenía dos, y me tomaba un yogur espeso, cremoso y azucarado que me servía en un cuenco de loza verde Made in China. Después de tantos yogures matutinos nos hicimos amigos, y si algún día no iba me echaba en falta. En una ocasión me pidió una fotografía para ponerla al lado de la del Sha de Persia que tenía enmarcada encima de una repisa.</p>



<p>No tardé en complacerle. Me fui al fotógrafo a hacerme una foto de las que muestran un paisaje decorado. El fotógrafo, con la cabeza metida en las fauces de trapo negro de una caja de madera con objetivo, captó la escena, fotografió el negativo con la misma caja para obtener el positivo, y apareció una imagen divina, perfectamente adecuada para el lugar donde iba a estar expuesta. Allí la vi todos los días hasta que me fui de Kandahar, y allí debería estar todavía ahora, amarilla y llena de polvo, si no fuera porque la vida y la guerra hacen estragos, y quién sabe dónde estarán el tendero y su tienda y quién sabe si existe aquella calle todavía hoy en Kandahar.</p>



<p>Después llegué a Kabul y se me abrió otro mundo, menos tradicional que el de Kandahar, más culto e ilustrado. Y en aquel país, donde las señas de identidad se resumen en ser musulmán y pertenecer a un clan, fui acogida por el clan Mohammadzaí que, como manda la costumbre pastún, me protegía.</p>



<p>Con ellos recorrí estepas y montañas y subí varias veces a Bamiyán donde los gigantescos budas de piedra nos esperaban impertérritos desde hacía más de mil quinientos años.</p>



<p>En Bamiyán, una pared de piedra resguardaba el valle. En su interior recorríamos una intrincada red de galerías, capillas y celdas e imaginábamos lo que fueron los monasterios que los monjes budistas excavaron en la roca durante seiscientos años. Me decían que en su tiempo había unas doce mil celdas. Alejandro Magno pasó por este valle en el año 334 a.C. en su camino hacia el Indo, donde fue rechazado.</p>



<p>Sus generales, después de la derrota y tras la muerte del héroe, se repartieron la región. Casados con princesas indias, convertidos incluso algunos al budismo, pero recordando el arte helenístico, fundaron los reinos indo-griegos. Algunos siglos después, cuando los emperadores de la dinastía Kushán unificaron esta tierra con la India, en un imperio que iba desde el desierto de Gobi hasta el Deccán, los recuerdos de los descendientes de los generales griegos engendraron el arte greco-budista que se encuentra entre Bamiyán y Ghandara.</p>



<p>Piedras preciosas, especias, sedas, lacas, se transportaban de Oriente hacia Occidente en largas caravanas que discurrían por la famosa Ruta de la Seda. Es en esa época cuando Bamiyán adquiere importancia, y se convierte en lugar de parada y reposo para los viajeros. Monjes y peregrinos llegan de lugares lejanos y se desarrolla una comunidad budista floreciente repartida en varios monasterios. Unos grandes budas esculpidos en la pared, el más alto de 53 metros, daban la bienvenida y vigilaban el camino. Si mirábamos de frente la pared de piedra, tres budas nos contemplaban, el Buda sentado, el pequeño Buda de treinta y cinco metros y el gran Buda de cincuenta y tres metros de altura. Eran los guardianes gigantescos del valle, esculpidos en sus nichos verticales en el interior de la pared. Dicen los historiadores que sus ropajes estaban pintados de colores y la cara y las manos estaban recubiertas de pan de oro, y debían brillar ante la mirada absorta de los viajeros de las caravanas, para quienes, después de interminables y agotadoras jornadas, su vista representaba por fin un alto en el camino en un descansado remanso de paz y serenidad. Después Bamiyán entraría en la órbita islámica y en 1221 sería arrasado por Gengis Jan. Durante el siglo XVI, cuando la ruta marítima suplanta a la terrestre, el valle de Bamiyán queda abandonado hasta que las tropas del último Gran Mogol, a finales del siglo XVII, irrumpen en la zona y en un arranque de fanatismo musulmán destruyen los rostros de los budas. Los budas que yo vi no tenían cara.</p>



<p>En 1824 un explorador inglés redescubrió el valle. En 1923 se iniciaron las excavaciones arqueológicas, y en 1960 el gobierno afgano lo abrió oficialmente al turismo. Yo llegué allí por primera vez en 1970. Aún puedo recordarlo. Subimos a lo más alto de la cabeza del gran Buda por el interior de la montaña, a través de galerías que comunicaban con habitaciones y escaleras. De vez en cuando un orificio se abría en la pared del nicho, y nos ofrecía la vista de la estatua a media altura y los pliegues de sus vestiduras de piedra y, según nos íbamos elevando, las paredes del nicho aparecían iluminadas con multitud de frescos multicolores en forma de medallones en cuyo interior estaba dibujada la cabeza del Buda. Al llegar al punto más alto de la estatua, una abertura de la altura de una persona permitía, dando un paso largo y preciso, situarse encima de la mismísima cabeza del Buda, sobre el moño cuya superficie circular caía verticalmente en los extremos. Ninguna baranda protegía al visitante y cualquier traspiés precipitaría al desafortunado aventurero al vacío, pero, quien tenía el valor de dar el salto y acomodarse sentado sobre la repisa, disfrutaba de un paisaje sobrecogedor y extraordinario. Allí nos instalábamos mis amigos y yo a contemplar el valle verde, rodeado de altos picos nevados. El valle era como un tapete calado con dibujos geométricos, un intrincado diseño de canalillos de regadío cuidadosamente estudiado para que ningún huerto se quedara sin agua. El valle era amplio, montañas majestuosas reinaban a lo lejos pero no avasallaban, era un marco perfecto para la contemplación.</p>



<p>En un país donde las mujeres forman parte de las pertenencias del clan, como las gallinas, los caballos, los corderos o las cazuelas, yo pertenecía a un tercer sexo porque era una mujer que venía de otra galaxia. Entraba y salía libremente de las estancias de las mujeres por ser mujer, pero también podía asistir a las reuniones de los hombres. Yo no estaba en venta, no era pieza de cambio entre familias, no había tras de mí ningún padre que exigiera mucho dinero para darme en matrimonio, como hacían los padres afganos. Yo allí no era responsable del honor de ningún hombre, y, por ende, de ninguna familia, clan o tribu. Y si algún sentimiento provocaba además de extrañeza, era pena: en un lugar donde el sentido de pertenencia es fundamental yo no pertenecía a nadie, ni valía nada. Pero lo más extraño era que administraba sola mis propios recursos. Iba vestida con vaqueros, camisa y abrigo. Llevaba la melena al viento y me pintaba los ojos bien negros con kohol.</p>



<p>Durante los últimos cuarenta años he podido seguir de cerca el principio de la catástrofe en Afganistán, con el golpe de estado del príncipe Daud y la invasión de las tropas soviéticas. El encarcelamiento del patriarca de la familia que me acogía y también de las mujeres y de los niños. La huida de los que pudieron escapar. La resistencia, el exilio.</p>



<p>En Afganistán se soltaron los resortes que despiertan las furias, abren la caja de los truenos y ponen en marcha la máquina de la destrucción. Se rompió el equilibrio entre clanes y las intervenciones extranjeras han tenido mucho que ver en ello. En mi mapa de posibles destinos ya no existe ni Alepo, ni Damasco, ni Bagdad, ciudades todas ellas envueltas en los desastres de la guerra. Tampoco existe Kandahar, que treinta años después de acogerme a mí, se hizo tristemente famosa por acoger a Bin Laden y ser feudo talibán. Ni Kabul en cuyo hotel Intercontinental, años después atacado y bombardeado, tantas veces había bailado boleros al ritmo de una orquesta de músicos valencianos hasta altas horas de la noche.</p>



<p>Los budas de Bamiyán fueron dinamitados en 2001 por los talibanes. Las galerías interiores en la montaña todavía existen y también el orificio desde donde se saltaba hasta el moño del Buda. Pero ahora sería un salto al vacío. Ayer, sentada frente a las fotografías de Gervasio Sánchez y los textos de Mónica Bernabé, de la exposición Mujeres de Afganistán, en el Palau Robert de mi tumultuosa pero pacífica ciudad, Barcelona, se me encogía el corazón. En Afganistán llevan décadas de guerra. Los que me acogieron están muertos o en el exilio. Aunque repartidos por el mundo, a los que sobreviven los sigo viendo de vez en cuando, y estamos todos en Facebook donde ellos van colgando fotos antiguas recuperadas de viejos álbumes familiares. Recuerdos de tiempos mejores.</p>



<p></p>



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		<title>Fascinación por la Naturaleza</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/fascinacion-naturaleza-castellvi/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 10 Sep 2021 08:32:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 50]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Oceanógrafa, bióloga marina, Directora durante años de la misión científica española en la Antártida y miembro de la SGE, Josefina Castellví narra en nuestro boletín sus vivencias ante una Naturaleza [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/fascinacion-naturaleza-castellvi/">Fascinación por la Naturaleza</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><strong>Oceanógrafa, bióloga marina, Directora durante años de la misión científica española en la Antártida y miembro de la SGE, Josefina Castellví narra en nuestro boletín sus vivencias ante una Naturaleza virgen y cambiante, de belleza esplendorosa.</strong></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Boletín SGE 50<br />
Autora: Josefina Castellví</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A los animales migratorios nadie les ha enseñado a desplazarse por el mundo siguiendo rutas bien precisas que repiten cada año, buscando alimento y condiciones climatológicas mas favorables para el desarrollo de su vida. Este comportamiento lo encontramos tanto en tierra, como en el aire y en mares y océanos. Ejemplos sobresalientes de estos desplazamientos en masa los tenemos por ejemplo en la migración los caribus en el límite con el polo norte o de los ñus entre Tanzania y Kenia. Junto a esta fauna “viajera” encontramos otra y sedentaria que nace, vive se reproduce y muere en el mismo lugar, desarrollando una serie de costumbres que la fijan a su hábitat y no la inducen a desplazarse.</p>
<p>Los humanos como grupo biológico formamos parte de la Naturaleza y somos un elemento más que contribuye al equilibrio natural. ¿Podemos pues extrañarnos que en el seno de nuestras sociedades se reproduzca el modelo de movilidad faunística?</p>
<p>Me atrevería a decir que se nace viajero y que no es necesario ninguna influencia exterior para incitar a ver aquello que está más lejos de esta fina línea que llamamos horizonte. Este impulso nada tiene que ver con el viaje turístico que se mueve por intereses sociopolíticos ligados a la economía y a la moda del momento.</p>
<p>Sea cual sea el tipo de desplazamiento, si uno se lo propone, siempre hay tiempo de desarrollar los valores que encierra el viaje para que a la vuelta seas algo diferente. La unidad de medida de un viaje no son los kilómetros sino la capacidad de reflexión y experiencia que el desplazamiento ha generado en el viajero.</p>
<p>En mi vida profesional me ha tocado realizar largas navegaciones en barcos oceanográficos equipados con laboratorios en los que se trabaja prácticamente todo el día. Pero llega un momento de pausa, sea de día o de noche, que te permite estar sentado en la popa al socaire del viento y relajarte de las tensiones y problemas del día. Te dejas mecer por la mar sin resistencia ninguna y contemplas la sucesión de olas con la mente en blanco. Este ejercicio he tenido la suerte de practicarlo en la Antártida, en un gran rompehielos que navegó hasta el fondo del mar de Weddle.</p>
<p>Recuerdo mi mal humor cuando compañeros de la tripulación me venían a buscar porque se iba a proyectar una película o empezaba una sesión de juegos de mesa. ¿Cómo te podías cerrar en un salón oscuro a ver historias inventadas, cuando fuera tenías las más bellas imágenes que podías soñar? En aquel momento yo no lo sabía, pero esta actitud distinta es que ellos eran sedentarios y yo soy viajera. Recuerdo que en mi primer viaje, todo el tiempo libre que me permitía mi trabajo en el laboratorio, me lo pasaba en cubierta a pesar de las bajas temperaturas y el viento. Pasé mucho frio pero me sentía como una esponja que estaba empapándose de unas vivencias que no todos los humanos tenían el privilegio de experimentar. Con ojos llorosos por el frio que me impedía ver a través del visor de la cámara fotográfica, aprendí a entender los ensayos de belleza esplendorosa que hacía la Naturaleza con recursos mínimos, ya que en estas latitudes solo existe el azul del cielo y del mar y el blanco del hielo. Me fascinó entrar en la vida familiar de las focas y pingüinos que se desplazan utilizando trozos de la banquisa como gabarras que navegan empujados por la corriente y me enriquecí con miles de cosas más.</p>
<p>Nunca como en la Antártida he sentido la sensación de humilde pequeñez frente a los imponentes y bellos icebergs y los azotes de ventiscas que no te permiten seguir caminando. Es una Naturaleza virgen y cambiante en cada momento que te recuerda que el Planeta Tierra está vivo. Curiosamente esta misma sensación la viví en el viaje que la SGE organizó a Islandia, en otra región fría pero muy lejana de la Antártida. Allí se vive la generación de nueva Naturaleza en un proceso vivo y espectacular.</p>
<p>Para mi viajar es sumirse enteramente en el cambio social y de paisaje que ofrece el destino elegido y durante esta inmersión hay que ir libre de prejuicios y de influencias que aten a la vida cotidiana. Solo la experiencia y los recuerdos deben acompañar siempre al viajero. El resto es todo prescindible y se puede improvisar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Viajar, conocer, informar</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajar-concocer-informar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:12:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 50]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Reportera de TV en una larga lista de países, poseedora de los premios más prestigiosos del periodismo, incluido el de Comunicación de la SGE 2012, informadora siempre fiel a lo [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/viajar-concocer-informar/">Viajar, conocer, informar</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Reportera de TV en una larga lista de países, poseedora de los premios más prestigiosos del periodismo, incluido el de Comunicación de la SGE 2012, informadora siempre fiel a lo que ve y conoce, Rosa María Calaf nos habla de sus experiencias profesionales y vitales.</p>
<p><strong>Una vocación temprana<br />
</strong></p>
<p>Una mañana, a finales de junio de 1947, Evita Perón llegó a Barcelona para terminar su visita a aquella aislada España de Franco que la recibía embelesada y oficialmente agradecida. El traslado en coche descubierto desde el aeropuerto a la ciudad , recorriendo la Gran Vía -entonces, Avenida de José Antonio Primo de Rivera, por orden de la dictadura- coincidió con mi paseo diario infantil y ¡ la vi !.</p>
<p><em>“Flores en la cabeza“, “un coche muy grande”, “guardias”</em>… así describí su tocado y la aparatosa comitiva a mi familia, según le divertía contar a mi padre. Yo tenia dos años recién cumplidos, hablaba sin parar a mi manera y , después de almorzar, solía ponerme de pie sobre la trona e ¡informar sobre mis actividades del día!.</p>
<p>La pasión por contar, parece, ya estaba ahí en algún rincón. Y, digo yo que no está mal ese polémico episodio histórico y tan singular personaje como inicio de mi actividad reportera con, incluso, su toque de información internacional… no en vano, siempre he mirado más hacia el exterior y me es imposible separar mi trabajo informativo del viajar.</p>
<p>Una de las primeras lecturas que me impresionaron, apenas saliendo de la infancia, fue la Odisea – de la mano de mi padre, un ávido lector-. Mis primeros recuerdos del mundo no provienen de apasionantes libros de aventura ni de sugestivas imágenes de cine, sino de los relatos de mi abuelo, gran viajero que no me contaba cuentos de lugares imaginarios y figuras de ficción sino vidas reales. Supo inocularme la curiosidad, enseñarme a no temer ni rechazar lo diferente y anteponer la empatía al miedo.</p>
<p>Reportera de TV en una larga lista de países, poseedora de los premios más prestigiosos del periodismo, incluido el de Comunicación de la SGE 2012, informadora siempre fiel a lo que ve y conoce, Rosa María Calaf nos habla de sus experiencias profesionales y vitales.</p>
<p>Nunca olvidé –y las tengo todavía- las cartas que, tras unas devastadoras inundaciones en Kerala, le envió a mi abuelo un amigo indio: con ellas aprendí, a temprana edad, que no todos somos iguales ni tan siquiera ante la lluvia. Se fue reafirmando el gusanillo de salir a ver por mí misma y explicarlo a quien quisiera oír.</p>
<p>Nunca consideré que el viajar es ocio, sino tiempo de plenitud. Te nutres de lo auténtico. Es la búsqueda de lo distinto. Te separas de lo conocido para descubrir lo que es ajeno. Te alejas de la certidumbre para adentrarte en lo imprevisto. Y eso es lo que debe hacer un corresponsal.</p>
<p><strong>La búsqueda de lo distinto<br />
</strong></p>
<p>He constatado coincidencias en puntos del planeta muy alejados entre sí, escenarios que se asocian y que muestran un ser humano que se adapta de forma similar a entornos similares. Dormitaba mientras circulaba por rutas de la cordillera central, en la isla filipina de Luzón, y, al despertar en un pequeño mercado rural, me pareció estar en Bolivia.</p>
<p>He visitado ciento setenta y ocho países de los cinco continentes y he podido disponer de casa puesta y vida cotidiana local en tres de ellos.</p>
<p>En el Nueva York de Ronald Reagan, su neoliberalismo económico como panacea y su guerra de las galaxias. En el Moscú de Mijail Gorbachev, que prefirió quemarse en su voluntad de reforma a claudicar y su perestroika-golpe de gracia a la Unión Soviética. En el Buenos Aires de Carlos Menem y sus privatizaciones a ultranza entre corruptelas, farándula e indultos a la dictadura.</p>
<p>En la Roma de un recién llegado Silvio Berlusconi prometiendo maneras ya, y enmarcado en la lucha de los jueces contra la promiscuidad de la política y los negocios. En la Viena como punto de partida hacia los Balcanes de Dayton y los países del este que habían derribado el muro. En el Moscú de Boris Yeltsin y su reparto a la oligarquía entre simulacros de democracia. En el Hong Kong del “Un país, dos sistemas” pactado por ingleses y chinos, y base para mí de avances económicos y sobresaltos políticos , armados y naturales en la región Asia-Pacifico. Y, por último, en el Pekín de la China Olímpica y omnipresente en el mundo, con el paso firme a la conquista del s XXI que pinta imparable.</p>
<p>Con esta reseña pretendo, simplemente, situar en el espacio y en el tiempo este relato que, creo, se me pide más como símbolo de la diversidad de “experiencias vividas” que como análisis geoestratégico en el que intente ser sesuda y exhaustiva.</p>
<p>Lo que será un salpicado de situaciones por el vivir cada día en diferentes puntos del planeta, requerirá hablar mucho en primera persona y se me hace raro.</p>
<p>Siempre he considerado que el periodista no debe ser el protagonista. Como corresponsal, me esforzaba en ceñirme a mi cometido de simple intermediaria entre personas y lugares distantes y distintos.</p>
<p>Pero, ¡salgamos ya de viaje!. Sin olvidar, de todas maneras, que no siempre “salí” igual.</p>
<p><strong>Dificultades logísticas<br />
</strong></p>
<p>Trabajaba a través del cine cuando empecé en 1970. Era necesario o bien traer las latas de película para revelar y montar, o bien enviarlas por avión. Consignadas o, con suerte, entregadas en mano a pilotos o azafatas. Siempre había alguien de TVE en Barajas esperando ansioso para recogerlas. Luego, fue el video. Las cámaras pesaban mucho, iban conectadas con cables a un magnetoscopio y a un equipo de sonido nada ligeros y poco manejables.</p>
<p>Sumándole las editoras , la iluminación, y la reserva de cintas, representaba moverse con unos 150 kilos de equipaje profesional.</p>
<p>Comunicarse por teléfono con España resultaba una pesadilla. Desde el desierto argelino tardé dos días en conseguirlo, esperando en una centralita telefónica a 45º a la sombra. Con frecuencia, ni siquiera era posible telefonear. Tampoco era sencillo hacer llamadas locales. Cuando ya se pudo enviar imágenes por satélite, era carísimo y era una guerra de nervios. Se tenía que reservar el tiempo de transmisión lo más cerca del horario del TD (telediario), compitiendo con los colegas de otros países. Por suerte, nuestro TD se emitía más tarde que los del resto de Europa. Había que acudir personalmente a un punto de envío que conectara con las estaciones terrenas satelitales, ya fuera una televisión local, una oficina de telecomunicaciones o un centro operativo temporal.</p>
<p>He perdido la cuenta de cuántas crónicas andarán perdidas por el espacio porque no llegaron a TVE. Y, ¡nunca se sabía qué o quién había fallado!. Los desplazamientos aéreos eran largos y complicados. Después, llegar a la noticia en coche era –y es- una prueba de paciencia, lumbares y valor. Todavía hoy creo que donde con más frecuencia la vida del reportero está en juego es en las carreteras y pistas de tantos países. Sin embargo, las dificultades logísticas y de todo tipo forman parte del reto. También, en su caso, los peligros. Pero, como la corresponsal mas veterana de TVE -como puntualizaba la web oficial- puedo asegurar que la mayor angustia es equivocarse, no entender bien lo que sucede, explicarlo mal.</p>
<p><strong>Mirar cara a cara<br />
</strong></p>
<p>En este mundo hay muchos mundos. He querido -y quiero- acercarme para conocerlos. A pie de calle. Mirando a los ojos a las personas.</p>
<p>Por eso, mis viajes con mayúscula han sido los sesenta mil y pico kilómetros en una furgoneta de reparto desde Barcelona a Ciudad del Cabo durante más de un año, en los 70. Los quince mil y tres meses por Australia ya en un vehículo todo terreno, hace cinco años. Los ocho mil por el cono sur americano, más otros tantos por Alaska y el gran norte canadiense. Y los treinta y dos mil en cuatro meses, el año pasado, desde Barcelona hasta Mongolia por Siberia, con regreso por Irán. No sólo me he fijado en la alta política, en la todopoderosa economía, en los juegos de poder, porque estoy convencida de que vale la pena escudriñar los recovecos de las culturas diversas y los rincones de la cotidianidad, sin lo que sería imposible entender lo demás.</p>
<p>Recuerdo un Banco japonés que ha convertido la que fuera su caja fuerte central, situada en el sótano de un imponente y céntrico edificio de Tokyo, en un huerto de cultivo hidropónico que cuidan estudiantes de agricultura. A la hora del almuerzo, invita a sus empleados a que bajen a recoger lechugas, tomates, zanahorias y se preparen buenas ensaladas. Bajan, naturalmente, en ascensor.</p>
<p>No podré olvidar lo que me sucedió al norte de Rhodesia, ahora Zimbabwe, cuando acudí con un misionero catalán a visitar al brujo de la tribu -“<em>compartimos el mismo sector laboral</em>”, me decía socarrón-..</p>
<p>Al llegar, intercambiamos saludos y, sin más, el africano se quedó callado unos segundos, me miró fijamente y le pidió que me dijera que “<em>yo hacía muy bien en no comer carne porque hacerlo sería muy perjudicial para mí </em>“. Efectivamente, ¡hacía años que yo no comía carne!.</p>
<p>Ilustrativa la experiencia vivida en el reino de Buthan, encaramado en el Himalaya, donde sus habitantes nunca habían visto nada distinto a lo que les rodeó durante siglos hasta 1999, cuando su rey autorizó que se instalara la televisión. Seis años más tarde, me contaban los maestros que tuvieron que aprender para después explicar, a pequeños y mayores, cuál era la diferencia entre la ficción y la realidad. Los flamantes televidentes no sabían distinguir entre una película en la que los actores interpretaban su muerte y un reportaje en el que las víctimas morían de verdad.</p>
<p>Me decían las mujeres cómo su forma de cocinar se había hecho menos elaborada, porque ya no se entretenían charlando en la fuente con las vecina, “enganchadas” como estaban a los culebrones producidos en la vecina India.</p>
<p>Me di cuenta de que el altar para las rituales ofrendas diarias, que tradicionalmente presidía la sala principal de la habitual vivienda de madera, había sido desplazado a un lado por el televisor.</p>
<p><strong>Culturas y mujeres<br />
</strong></p>
<p>Hacer del mundo mi hogar ha sido una gran fortuna , pero tratar la diversidad cultural no me ha resultado sencillo. Es, sin duda, una gran riqueza a preservar y respetar, sin embargo, qué complejo es marcar dónde el progreso benefactor termina y empieza la destrucción de culturas e identidades, mientras, por otra parte, es imposible defenderlas si chocan con los derechos humanos universales.</p>
<p>En Pakistán, me encontré ante una represión feroz de las mujeres en nombre de normas y costumbres propias.</p>
<p>Se las mata, se las desfigura con ácido, se las viola si desobedecen lo que manda el padre, el hermano, la norma consuetudinaria. Lo llaman delitos de honor.</p>
<p>Conocí a Muktar Mai, una muchacha de una pequeña aldea, no demasiado alejada de una ciudad, que había sido violada en grupo por varios hombres de  un clan superior. A una chica de ese clan había osado acercarse el hermano de Muktar. La salvaje agresión contra ella fue el castigo decidido contra la familia <em>“de acuerdo a nuestras leyes </em>“, me especificaron los agresores con absoluta tranquilidad y un tanto desafiantes.</p>
<p>Este caso salto a la prensa internacional, y por eso hubo detenciones, un juicio, una condena ridícula, una indemnización, pero fue la excepción, me decían las activistas paquistaníes que luchan contra estos abusos y se lamentan de la impunidad total en la que suelen quedar. En la India, pese a la prohibición legal, se siguen abortando fetos femeninos y se abandona a las niñas. <em>“Gaste ahora xxx rupias y ahorre mucho más después”, </em>rezaba un folleto publicitario que lo que sugería era pagar un aborto para ahorrar la dote. Me lo entregaron por la calle en Chennai, a principios de los 80. Ahora no sería posible, porque desde 1994 está prohibido el diagnóstico prenatal del sexo y el aborto selectivo, pese a ello, se siguen practicando con normalidad.</p>
<p>La mayoría de los médicos con los que hablé de este asunto me admitieron, en privado, que no respetan la legislación porque propiciando esos feticidios creen ayudar, hacer un favor.</p>
<p>Dice un proverbio indio que invertir en una niña es como regar el jardín del vecino. Compré revistas que proponen pócimas mágicas para conseguir un varón, vi películas y series que reflejan la alegría por el nacimiento de un niño y la frustración por el de una niña. Se calcula que unos dos millones de fetos femeninos son abortados en la India cada año. Una práctica que engloba a todas las clases sociales, todas las castas, todas las religiones.</p>
<p><strong>Ser mujer, una limitación y una ventaja<br />
</strong></p>
<p>La situación de la mujer ha sido para mí un tema esencial. La perspectiva de género, una exigencia a la hora de informar. La he visto discriminada, oprimida, reprimida en mayor o menor medida en todas partes. Al mismo tiempo, siendo el sostén de las comunidades y el pilar esencial de la construcción social.</p>
<p>Se me pregunta muy a menudo si ser mujer me ha limitado a la hora de informar.</p>
<p>Por supuesto que sí. Los fundamentalismos religiosos, las sociedades patriarcales me han impedido entrar en determinados lugares, rechazado entrevistas, obligado a cubrirme, a no poder moverme sola.</p>
<p>En el Irán de Jomeini, uno de sus principales colaboradores, el ayatolá Rafsanjani, aceptó que le entrevistara, pero con la condición de no mirarle a la cara ni dirigirme a él directamente.</p>
<p>En Corea del Sur, aún bajo la dictadura en los años 80, fue un auténtico problema editar las crónicas en las instalaciones de la televisión coreana. Quien iba a hacerlo era mi operadora de cámara y montadora y ¡una mujer no podía tocar los equipos!</p>
<p>Sin embargo, mi condición femenina yo la he percibido como una ventaja. Me ha permitido entrar en el mundo de las mujeres donde me he enterado mucho mejor de la realidad. En los casos de violencia y abusos, ellas me han hablado abiertamente, sin reticencias ni temor. Hacer visible lo invisible, penetrar allí donde está el silencio, es lo que yo quiero, al igual que todos los periodistas. En el camino te asaltan la indignación y la impotencia.</p>
<p><strong>La información como espectáculo<br />
</strong></p>
<p>Tras el apocalíptico tsunami del 2004, yo estaba en el noroeste de Sri Lanka. Varios centenares de personas, que lo habían perdido todo, permanecían desde hacía casi dos semanas hacinadas en las aulas de una escuela, en cuadras, en almacenes de un pueblo que les había acogido como podía. Por fin, voluntarios italianos instalaron, durante tres días de ardua tarea, espaciosas y limpias tiendas de campaña, así como letrinas, duchas, cocinas y les trasladaron. Pero, al día siguiente, tuvieron que desmontarlas para que pudiera aterrizar en aquel espacio abierto el helicóptero de Kofi Annan, en su recorrido de inspección y saludo. El Secretario General de la ONU estuvo en tierra escasamente media hora.</p>
<p>A esta insensatez podemos añadir el cierre del aeropuerto principal o la ralentización de la descarga de la ayuda humanitaria, porque no paraban de aterrizar políticos extranjeros que recorrían los países afectados con mensajes solidarios y un grupo de periodistas para sacar la foto. En las catástrofes he visto aparecer lo mejor y lo peor del ser humano. Entrega y solidaridad, descoordinación y juegos de intereses. Los medios de comunicación buscan cada vez más lo que impacta que lo que importa. No me ha sido fácil lidiar con el fenómeno del espectáculo que se impone a la información, dejando a menudo la ética por el camino, y utilizando la estética cinematográfica del chaleco, el casco, el velo, la mascarilla, en muchas ocasiones, cuando no es necesario. Olvidando que si se utilizan sin serlo, se desinforma al añadir un elemento de tensión falso que empaña la veracidad.</p>
<p>El periodismo de guerra es, en ese sentido, de los géneros más delicados. He agonizado entre la estrategia manipuladora de los bandos, la necesidad de comprobar en la prisa y la inmediatez que impera hoy. Para mí siempre ha sido una obsesión el contexto y los antecedentes. No me parece bien glorificar el riesgo que corremos los periodistas. Es un gaje del oficio que tomo porque quiero. No hay por qué hablar de él ni considerarlo un mérito. En todo caso, lo es el de los periodistas locales que se la juegan a diario. Yo no me considero corresponsal de guerra sino una corresponsal que ha cubierto confrontaciones violentas, pero también mucho más que eso.</p>
<p><strong>Informar de lo importa<br />
</strong></p>
<p>Pude visitar Corea del Norte, el país más aislado y reprimido. Vigilados constantemente, nunca me dejaron preguntar a nadie que no estuviera preparado. Bandas femeninas de música de corte nacionalista en la calle para animar al trabajo, un llamado Palacio de los niños donde algunos elegidos dibujan, pintan, actúan, bailan, tocan a la perfección como inquietantes pequeños autómatas sin dejar de sonreír, las guarderías en las que ya empiezan a recitar de memoria la vida y logros del dictador, y un largo etc. para el asombro y la indignación. He conocido personajes de todos los ámbitos. Cené con Ernesto Sábato en su casa. Marcello Mastroiani fue mi amigo. Hablé con Juan Pablo II en el jardín del Nuncio en Camerún. Entrevisté a los primeros ministros europeos en los 80: Margaret Thatcher no abandonó su bolso ni por un instante.</p>
<p>Ha sido un privilegio vivir en directo la Historia de la que el periodismo es borrador, y disfrutar de una carrera que me ha permitido unir mis dos pasiones: viajar e informar.</p>
<p>En una guía que compré en Shanghai, se describe así a los españoles: <em>“trabajan sin apresurarse. Entre las 13 h. y las 14. 30 las calles están llenas de gente que pasea y se detiene, una o dos veces, para tomar el aperitivo. Incluso los bebés están despiertos hasta las 10 de la noche. Pasan horas en la calle. No es de mala educación mirar a los demás. Escudriñar cómo visten y con quién van es pasatiempo general.</em></p>
<p><em>Las casas cuentan con persianas y una mesa cubierta con faldón que se llama “mesa camilla”. Suele haber un canario en una jaula en la ventana de la cocina”. </em>Los estereotipos acechan. No hay mejor antídoto que conocer y explicar. En eso he estado, en eso estoy y en eso estaré mientras el cuerpo aguante. Mí casa, como decía Hemingway, no es para vivir, es para volver. No he vuelto todavía.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/viajar-concocer-informar/">Viajar, conocer, informar</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Damas y tribus</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/damas-y-tribus/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:12:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 50]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hace más de veinte años Cristina Morató, actual vicepresidenta de la SGE, periodista y escritora de éxito, inició un gran viaje para conocer a aquellos masais, pigmeos, zulúes y mayas [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/damas-y-tribus/">Damas y tribus</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Hace más de veinte años Cristina Morató, actual vicepresidenta de la SGE, periodista y escritora de éxito, inició un gran viaje para conocer a aquellos masais, pigmeos, zulúes y mayas que, siendo niña, descubrió en un libro de su padre. En este artículo rememora su temprana fascinación por los pueblos indígenas del mundo que luchan por preservar sus tradiciones.</p>
<p>¿No es muy peligroso?, me preguntó mi madre con cara de preocupación cuando le dije que me iba de viaje a Centroamérica, sola y sin billete de vuelta. Yo tenía 20 años, estudiaba periodismo y soñaba con ser reportera. Pese a su enfado inicial y al miedo a que pudiera sucederme algo terrible, mis padres me apoyaron con resignación. Como me conocían bien sabían que nada me haría cambiar de opinión. Era joven, soñadora e inexperta; nunca antes había viajado al extranjero pero deseaba ver mundo y ampliar mis horizontes. En mi ausencia mi madre se compró un mapa y cada vez que recibía una postal mía de cualquier isla o jungla perdida ella lo marcaba con una cruz para seguir en la distancia mis andanzas. Ya desde niña sentía una extraña fascinación por los pueblos indígenas y las culturas distintas a la mía. Recuerdo que en la biblioteca de mi casa en Barcelona había un grueso volumen de tapa de piel labrada y letras doradas titulado <em>Las razas humanas</em>.</p>
<p>En su interior aparecían los retratos de nativos originarios de África, América y Oceanía. Eran magníficas fotografías en blanco y negro de hombres y mujeres que posaban -algunos completamente desnudos- con sus afiladas lanzas y escudos de guerra; otros con sus elaborados tocados y trajes ceremoniales que les identificaban como miembros de su tribu. Tanto los aguerridos zulúes, como los esbeltos masais o los pigmeos de la selva del Ituri eran tachados sin distinción de<em>“pueblos fieros, peligrosos y salvajes”.</em></p>
<p>A mis ojos, estos hombres que llevaban una vida nómada y salvaje en contacto con la naturaleza, y que cubrían sus cuerpos son pieles y amuletos, me resultaban fascinantes. El libro, publicado en 1920 -y que todavía conservo como una reliquia porque despertó mis ansias de aventura-, reflejaba en sus textos racistas cómo el mundo occidental veía entonces a todo ser humano que no fuera de raza blanca.</p>
<p>Yo tenía apenas doce años e ignoraba que un día, gracias a mi profesión de reportera, podría convivir con algunas de estas etnias y ser testigo de su lucha por mantener su identidad frente a la invasión del mundo “civilizado”. Todos estos pueblos tenían algo en común que las páginas de aquel viejo libro no reflejaba: el orgullo de pertenecer a su tribu y su compromiso por mantener sus señas de identidad.</p>
<p>Llevo más de veinte años recorriendo el mundo como reportera a pie, en tren, en jeep, a caballo o a lomos de dromedario con mis cámaras a cuestas. Casi siempre mi interés se ha centrado en las mujeres -mayas, quechuas, masais, yao, bubis….-que luchan, a pesar de los conflictos bélicos y la pobreza que les rodea, por preservar su cultura y sus milenarias tradiciones. No soy antropóloga, ni etnóloga, tampoco políglota -a veces el lenguaje de los signos es el más efectivo para comunicarse-, tan sólo una viajera curiosa y de espíritu aventurero que en su vagabundear por el mundo ha aprendido a ser más tolerante y solidaria. Los mayas de Guatemala, los cunas de las islas de San Blas en Panamá o los masais de las extensas sabanas africanas me han enseñado lo importante que es cuidar la tierra, transmitir a los hijos el legado de sus antepasados y el respeto a los ancianos. Para ellos mi presencia nunca ha representado un problema, por el contrario, el hecho de llegar sola a sus aldeas despertaba gran curiosidad. Claro que eran otros tiempos y aún los autocares de turistas no llegaban a sus poblados y los niños se dejaban retratar sin pedir “one dollar” a cambio. Nunca me he sentido entre ellos una extraña y las mujeres indígenas siempre cuidaban de mí, extrañadas de que una joven como yo anduviera sola por el mundo. Recuerdo lo que me dijo en una ocasión una anciana maya que me alojó en su humilde choza: <em>“Qué pena una gringa tan linda, sin un esposo ni hijos que alimentar, acá la cuidaremos”.</em></p>
<p>A la pregunta inevitable de lo peligroso que puede resultar para una mujer sola viajar a lugares tan remotos y convivir con tribus primitivas, mi respuesta es siempre la misma: con humildad, respeto y tiempo para relacionarte con ellos, no hay puerta que se cierre a un extraño. Si a esto le añades capacidad de adaptación -no hay que hacerle ascos a la cocina selvática, aunque el menú sea guiso de mono, ni rechazar una buena hamaca para dormir al raso en medio de la jungla- y no perder nunca el sentido del humor, incluso en las situaciones más adversas, la experiencia suele tener un final feliz. Por fortuna los tiempos han cambiado, y a las mujeres viajeras ya no se las juzga con la severidad de antaño.</p>
<p>En cualquier tiempo pasado una mujer que viajara, y más sola, era una extraña criatura. En pleno siglo XlX la imagen de una viajera resultaba ridícula e incluso subversiva. Y sin embargo fue justamente en aquella Inglaterra victoriana cuando irrumpieron las más grandes exploradoras -en su mayoría británicas- en una época en la que se creía firmemente que una mujer no estaba preparada ni física ni mentalmente para viajar. Los misóginos hombres de ciencia creían incluso que el contacto con los nativos salvajes “podía corromper la pureza de sus almas”. A pesar de las críticas y el rechazo social algunas viajeras victorianas, vestidas con sus apretados corsés y enaguas, se atrevieron a explorar regiones ignotas donde nunca antes habían visto a una mujer blanca. Estas damas, de aspecto un tanto cursi que tomaban el té en taza de porcelana y llevaban a cuestas la bañera de caucho, también sabían cabalgar, disparar un fusil, cazar al arco y organizar una expedición con más de cien porteadores. <em>“¿Una mujer exploradora? ¿ un viajero con faldas? Señores, no seamos ridículos. Que se queden en casa cuidando a sus hijos o zurciendo camisas y que no se les ocurra ocuparse de la geografía”, </em>exclamaría indignado en 1830 el entonces presidente de la insigne Real Sociedad Geográfica de Londres. Por fortuna algunas exploradoras como Mary Kingsley o May French Sheldon, llevadas por el demonio de la curiosidad y el afán de libertad, se lanzaron a la aventura de viajar allí donde todavía los mapas estaban en blanco. Con su determinación y valor demostraron que una mujer sola podía liderar una expedición geográfica, realizar estudios de campo entre caníbales fang o capturar especímenes de la fauna africana para los más importantes museos de historia natural del mundo.</p>
<p>Desde aquel primer viaje iniciático a Centroamérica en 1982 no he dejado de recorrer el mundo, interesada por rescatar las señas de identidad de los pueblos indígenas. Durante diez años viajé por las tierras de Guatemala y los Altos de Chiapas (México), una región muy castigada por la violencia y la pobreza. Ligera de equipaje, con apenas una mochila y mi equipo fotográfico, me aventuré sola por las remotas aldeas del altiplano fotografiando los rituales y la rica vestimenta de los mayas, un pueblo valiente y orgulloso de su rico pasado. He vivido con las mujeres mayas en sus chozas de adobe y paja, compartiendo sus deliciosos frijoles y tortas de maíz recién hechas. Las he acompañado al río de aguas heladas donde lavan sus coloristas huipiles (camisas) a golpe de piedra, y las he visto trabajar duro en las milpas donde crece el maíz, su alimento básico y sagrado. Ignoro cuántas horas he pasado observando a estas mujeres sentadas en el suelo mientras tejían pacientemente en sus telares de cintura como hace más de mil años, empeñada en descifrar el significado de sus mágicos diseños cuyo secreto nunca compartirán conmigo. Con el tiempo aprendí que para las mujeres mayas ningún motivo es casual y los diferentes diseños que plasman en sus textiles tienen un significado que solo ellas conocen. No utilizan ningún patrón porque la inspiración les viene de sus propios sueños en los que se les aparecen los santos de la comunidad, que les guían para que reproduzcan fielmente en sus bordados los motivos tradicionales. Sus vistosos huipiles son algo más que una prenda de abrigo, constituyen sus señas de identidad, y a la vez su bandera de resistencia. En uno de mis viajes a la aldea de San Mateo Ixtatán, una campesina de rostro curtido y surcado de arrugas me confesó:</p>
<p><em>”Cuando no pueda ponerme mi huipil estaré muerta, porque en este pedazo de tela que llevo se encuentra nuestra memoria”.<br />
</em></p>
<p>El día que decidí casarme en la aldea maya de Zinacantán, en Chiapas, supe que estaría para siempre unida a este pueblo. Fue otro nuevo disgusto para mi pobre madre que soñaba para su hija una boda elegante y ultitudinaria. A la ceremonia, celebrada en su pequeña iglesia colonial, asistieron indígenas de los pueblos cercanos luciendo para la ocasión sus mejores galas. Tras el banquete a base de tamales, guiso de puerco y mucha cerveza, dos ancianas tejedoras me entregaron un inesperado obsequio. Era un hermoso huipil ceremonial de boda, de color blanco y adornado con plumas de ave. Con una sonrisa me pidieron que me lo pusiera aunque a mí -por mi elevada estatura- la túnica me llegara por las rodillas. Durante horas bailé con mi huipil emplumado al son de la música entre las risas y los aplausos de los asistentes. Por primera vez en toda mi vida sentí por un instante que formaba parte de su comunidad, y que las barreras culturales habían desaparecido por arte de magia. Mi boda maya hubiera sido un auténtico escándalo en la época victoriana y se hubiera puesto en entredicho no sólo mi moralidad sino también mi cordura. Hoy las mujeres ya no tenemos límites a la hora de hacer realidad nuestros sueños viajeros, y aunque el planeta ya ha sido cartografiado y sus últimos misterios desvelados, creo que aún es posible sentir la emoción del descubrimiento como aquellas audaces pioneras a las que tanto debemos.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/damas-y-tribus/">Damas y tribus</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>El escritor viajero</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-escritor-viajero/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:12:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 50]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Socio fundador de la SGE, colaborador generoso del boletín a lo largo de sus 50 números, viajero apasionado, escritor agudo, Javier Reverte nos habla de su adicción a los viajes. [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-escritor-viajero/">El escritor viajero</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Socio fundador de la SGE, colaborador generoso del boletín a lo largo de sus 50 números, viajero apasionado, escritor agudo, Javier Reverte nos habla de su adicción a los viajes.</p>
<p>Cuando me preguntan cómo definiría lo que significa para mí viajar, suelo responder que, en mi opinión, viajar es todo lo contrario al desempeño de un oficio o de una profesión. Da lo mismo que seas un buhonero, un representante de comercio, un alto ejecutivo usuario del Puente Aéreo entre Barcelona y Madrid, un diplomático, un ganadero trashumante o un periodista trotamundos, esto es: cualquiera para quien viajar es una forma de ganarse la vida.<br />
Porque, desde mi punto de vista, los citados no son solamente oficios y profesiones, sino a menudo pretextos laborales para poder marcharse. Aquel gran dramaturgo que fue George Bernard Shaw, el autor de <em>“Pygmalion” </em>(“<em>My Fair Lady” </em>en el cine), solía decir: <em>“La gran aventura de un hotel reside en que es un refugio frente a la casa familiar”.</em></p>
<p>A muchos de los que viajamos nos acontece algo común: que detestamos repetir todos los días las mismas ceremonias y ver las mismas caras. Yo creo que mi vocación de escritor reside más en la posibilidad de largarme con la música a otra parte que ponerle música –o lo que es lo mismo, palabras- a los papeles en blanco. Siempre me produjeron envidia los músicos ambulantes y los feriantes que llegaban a los pueblos en los días de fiestas patronales. Solían enamorar a las mozas más hermosas y los admirábamos viéndoles tocar con donaire sus trompetas, sus tambores, sus dulzainas; o gobernando como reyezuelos las casetas de tiro al blanco, las sillas voladoras y los tiovivos. Al final de las celebraciones, se llevaban hasta el año siguiente los pasodobles, las jotas, las rojas ruletas de sorteo de barquillos, el algodón de azúcar y los coches que chocan. A muchos niños, y sospecho que también a unas cuantas niñas, nos hubiera gustado formar parte de alguna de aquellas “<em>troupes</em>”.</p>
<p>Quizás por esa pequeña frustración de la niñez, el no haber sido feriante o, si vale la expresión, músico “de la legua”, identifico en buena medida el viaje con la infancia. Aquellas gentes venían de no se sabe dónde y se marchaban a quién sabe qué lugar; de ellos emanaba el imponente aroma de la aventura. Pero los críos teníamos también nuestros hermosos viajes. Solían ser en primavera y se llamaban excursiones. Muchas de las que hice de niño las recuerdo entre mis mejores viajes.</p>
<p>Las excursiones las organizaban los colegios y tenían la inmensa virtud de celebrarse entre semana, en días no festivos, con lo que te ahorrabas una jornada escolar, lo cual equivalía para muchos de nosotros a quitarse de encima una jornada de tortura psicológica, en aquellos centros escolares en donde los curas cimarrones nos cruzaban la cara a bofetadas y las palmas de las manos a golpes de regla de cálculo. Normalmente, en los colegios de Madrid, el destino de estas salidas era la sierra del Guadarrama, por aquel entonces todavía a salvo de los destrozos del urbanismo. Viajábamos en destartalados autocares y los chicos nos disputábamos los asientos traseros, lejos del control de los tutores que nos acompañaban y que ocupaban plazas cercanas al conductor. Al poco de abandonar la ciudad, mientras el vehículo trepaba casi resoplando la Cuesta de las Perdices, la chavalería se desmadraba. La verdad es que era difícil controlarnos y yo creo, visto desde la distancia, que incluso los profesores se volvían más tolerantes, tal vez pensando que, al menos una vez al año, teníamos derecho a comportarnos como lo que en el fondo somos todos los niños: unos salvajes. Intentaban que coreásemos canciones como aquella de “para ser conductor de primera, acelera” o la de “ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras”. Pero los chicos del fondo del autocar solíamos acompañarlas de pedorretas y berridos. Luego, ya fuera del vehículo, y pese al intento de los tutores por organizar juegos colectivos como “el pañuelo”, o “dola”, o “piés quietos”, la mayoría nos escapábamos de su control para brincar en el monte como cabras. Al atardecer, regresábamos derrengados a Madrid, pero felices por haber disfrutado con el regalo de una jornada de absoluta anarquía al aire libre.</p>
<p>Al escribir sobre aquellas excursiones, regresa a mi olfato el olor de la libertad plena, y a mis labios el sabor de los bocadillos de tortilla de patatas y del agua caldorra de cantimplora.</p>
<p>No sé bien si las lecturas de la infancia, esos libros de aventuras cuyo argumento discurría en paisajes lejanos y exóticos, en selvas impenetrables, en praderas vírgenes o en mares de piratas, crearon la sed que nos empujó a muchos a viajar  y luego a escribirlo. En mi caso sucedió así, con el elemento añadido de haber practicado luego, durante años, esa hermosa profesión que fue el periodismo, en aquellos tiempos no tan remotos en que el reportaje era el género rey del oficio. Me pregunto por qué ahora apenas se publican reportajes. ¿Son muy costosos para las empresas?. Los que tuvimos la suerte de viajar durante unos cuantos años para escribirlos constituimos, sin duda, una generación de periodistas privilegiados, porque tuvimos la fortuna de contemplar de cerca la intensidad, variedad y hondura de la vida.</p>
<p>Quizás el viaje periodístico que más hondamente me caló, como a muchos otros informadores, fue el que me llevó al Sarajevo cercado por los radicales serbios en 1992. Nunca he sido ni he querido ser un periodista especializado en conflictos bélicos, pero me he asomado a algunos de ellos por necesidades del oficio y curiosidad intelectual. Creo que la peor de todas las guerras es la guerra civil, y que, en una de ellas, lo más inhumano es una ciudad cercada por aquellos que, hasta unos días antes, eran vecinos de los asediados. Una mujer bosnia me entregó todo el dinero que tenía, cuando me disponía viajar desde Split a Sarajevo, para que se lo diese a su marido -si lograba encontrarle-, que vivía en la ciudad. Le pregunté que cómo se arriesgaba a poner todo su dinero en manos de alguien a quien no conocía. Y ella respondió:<em>“En este país hemos aprendido a confiar en los desconocidos y desconfiar de los conocidos”.</em></p>
<p>Las palabras de aquella mujer me revelaron el sentido final y más íntimo de lo que significa una guerra, donde lo peor no es la muerte, sino falta de fe en la vida civilizada y la negación del sentimiento del amor y de la amistad. En Sarajevo ya no quedaban huecos en los cementerios para nuevas tumbas, pero lo más doloroso me pareció la pérdida de la confianza en los seres humanos y en una existencia digna. La paz no es lo contrario de la guerra; es el reverso de la dignidad humana Escribí una novela sobre ello.</p>
<p>No todos los viajes periodísticos eran así. Existían viajes para informar sobre los  desplazamientos de los reyes y los presidentes de gobierno a países extranjeros.</p>
<p>Una información sobre un viaje real carece de interés periodístico, ya que no hay exclusivas a la vista ni contenidos políticos directos, sino sencillamente protocolo. Pero tiene, como contrapunto, una ventaja para el informador: que conoce lugares y personajes que muy difícilmente puede conocer una persona normal. Siguiendo los pasos de los reyes españoles, los periodistas de mi generación hemos entrado en palacios sauditas en donde las griferías eran de oro macizo, navegado en el barco privado de Mobutu, estrechado la mano de Deng Xiao Ping e Indira Ghandi. y visitado los delicados y bellos jardines del palacio de Rabat de los reyes alauitas.</p>
<p>Los viajes con los presidentes de gobierno tenían mayor contenido político y podían deparar algunas sorpresas y exclusivas. A diferencia de los <em>“tours” </em>reales, en los que los periodistas ocupábamos un vuelo “<em>charter” </em>que seguía al de los monarcas, con los presidentes ocupábamos el mismo avión, compartiendo la cabina trasera con los escoltas. Tal forma de desplazarse tenía algunos riesgos para el buen nombre del presidente de turno. Durante un viaje a la costa colombiana del Caribe con Adolfo Suárez, a los periodistas nos alojaron, por razones de seguridad, en un hotel de la playa alejado de los núcleos urbanos, una especie de “<em>resort” </em>de lujo que ocupábamos tan sólo nosotros. A poco de nuestra llegada, un “indito” de las sierras que rodean Santa Marta se acercó al hotel, tratando de vendernos algunas toscas artesanías. Lo que al fin le compramos fue marihuana en abundancia, de un tipo que llaman “golden” en aquellos pagos y que resulta especialmente fuerte. Pocas horas más tarde, casi todos los periodistas cabalgábamos sobre un imponente “colocón”. Y de tal guisa continuamos los siguientes días. El pobre ministro de Exteriores y la desventurada portavoz del Gobierno hubieron de sufrir absurdas ruedas de prensa en las que los periodistas chapoteábamos en el agua de la piscina formulando preguntas descabelladas y lanzando risotadas después de cada respuesta. De regreso a España, el buen padre Suárez miró a los informadores como quien contemplaría a una tropa de hijos descarriados.</p>
<p>El oficio de informador ofrece, en ocasiones, la posibilidad de realizar viajes insospechados, como el que me propusieron no hace mucho en una revista especializada en turismo. Se trataba de navegar durante doce días en un megacrucero, en su viaje inaugural, por algunas islas del Mar de las Antillas. Acepté, por supuesto, porque una de las obligaciones esenciales del arte del escritor viajero es ponerse en marcha cuando le proponen irse, sea cuál sea el destino. A bordo de aquel gigantesco y lujoso leviatán nos congregábamos dos mil quinientos pasajeros, todos multimillonarios menos yo, y dos mil trescientos tripulantes. Pero lo más peculiar de aquel crucero eran las diversiones organizadas. Si acudías a media tarde a la sala de baile, el local estaba lleno de japoneses septuagenarios que aprendían el cha-cha-cha vestidos de etiqueta. Un paso, dos pasos, tres pasos y movimiento insinuante de cadera…: “Un, dos, tres, cha-cha-chá”, dirigía la joven monitora.</p>
<p>Otros entretenimientos eran las carreras con caballos de madera, subastas de cuadros costosísimos libres de impuestos, gimnasio de tercera edad, <em>“footing” </em>de proa a popa y de popa a proa, conferencias sobre historia, planetarium, actuaciones de un cantante de ópera italiano que podía romperte los tímpanos con sus berridos, sala de ruleta y máquinas tragaperras, cine y teatro… La mayor parte de los pasajeros eran gente de edad avanzada, en tanto que yo sólo tenía 59 añitos. No recuerdo haber visto a bordo ni un solo niño.</p>
<p>Como me dijo mi amiga millonaria española, viuda y septuagenaria: <em>“Aquí la media de edad está entre los setenta y cinco años y la muerte”. </em>Escribí sobre ella, claro está.</p>
<p>Mis mejores viajes, sin embargo, han sido aquellos que me han llevado en pos de un mito literario. Cada uno tiene su religión particular y hay gente a la que le gusta viajar al Vaticano y ver, por lo menos una vez en su vida, al Papa en lo alto del balcón de la Plaza de San Pedro. Lo respeto, desde luego. Pero mi religión particular es la literatura. Cuando leo un buen libro, tengo nostalgia de lugares que no conozco nada más que por la escritura. Y quiero verlos y olerlos, imaginando al escritor que concibió allí su historia deslumbrante. Con ese ánimo he viajado por el África subsahariana de Conrad, Hemingway y Dinesen; la Cuernavaca de Lowry; el hondo norte de Jack London; los desiertos de Bowles; la Argelia de la infancia de Camus, la Alejandría de Durrell y los campos de don Quijote. Y he pasado varios días en la isla homérica de Ítaca, la patria de todo viajero que se precie de tal.</p>
<p>El arte de viajar para escribirlo luego, en todo caso, supone un acto de humildad permanente, porque descubres que te equivocas más de lo que podías pensar. Tus prejuicios se desvanecen y tus principios se recortan en número, aunque se hacen más fuertes en calidad. Un buen viaje es aquel que cambia algo en tu interior y que te enseña, a través de los ojos de los otros, algo nuevo sobre ti mismo. Y que te enseña no poco a escribir.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-escritor-viajero/">El escritor viajero</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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