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	<title>Boletín 51 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 51 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La Biblioteca itinerante de Tombuctú</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:15:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 51]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Llevan más de 500 años huyendo. Y lo hacen muy bien. Escaparon del cristianismo fundamentalista de un rey católico, y huyen ahora del integrismo islamista que asola Mali. El Fondo Kati atesora una valiosa colección documental sobre la vida de los andalusíes exiliados en el África Negra. Un hombre la rescató de Toledo en el turbulento siglo XV. Quinientos años después, otro hombre, uno de sus descendientes, la trae de vuelta para ponerla a salvo.</strong></p>
<p>Año 1467. Ni América ha sido aún descubierta ni Granada conquistada, pero un aire de fanatismo religioso impregna la vida social y política de la hasta hace poco ejemplar ciudad de Toledo. El descontento y la delación sustituyen al antaño clima de convivencia. Alí Ben Ziyad, juez civil de la ciudad, musulmán confeso, y descendiente directo de los godos que se enfrentaron a Don Rodrigo cuando los musulmanes entraron en la península, prepara su equipaje con gestos precisos y carentes de nostalgia. Presionado por la intolerancia religiosa del momento se dispone a abandonar la tierra donde ha nacido. Parte rumbo al exilio, quizá sin imaginar que no volverá nunca. O quizá sí, porque con él lleva su tesoro más preciado. Libros.</p>
<p>Cuando parte rumbo al sur, el último descendiente de la familia Al Quati (Los godos) lleva un impresionante cargamento de libros. Durante generaciones la peculiar cultura hispanomusulmana ha debido impregnar las formas de vida de la familia de tolerancia y gusto por el saber. Por eso, Al Qati poseía una escogida selección de documentos escritos en hebreo, castellano y árabe. Textos religiosos, vidas del Profeta, algunos ejemplares del Corán, en cuyos márgenes anotaba sus impresiones ante el viaje, ante las noticias de la época, ante aquella nueva vida entre los “laluyyi” o renegados, como empezó a llamárseles entre los africanos. Una pequeña biblioteca particular, aumentada en su camino hacia el corazón de África, que acompañó a la familia de Ben Ziyad cuando cruzó el estrecho, cuando se asentó en Marruecos e incluso cuando decidió ir más allá, al confín Sur del islam, a aquel lugar mítico del que otros moriscos como ellos hablaban, una urbe rica, culta y sagrada, enclavada en el Sudán medieval y gobernada por el Imperio Shongay, Tombuctú.</p>
<p>Sería hacia fines del siglo XV cuando su hijo Mahmud comenzó a usar el apellido Kati, por corrupción del nombre familiar al-Quti. Para aquel entonces la familia ya se había ganado la confianza del nuevo soberano de la región, Askia Mohamed, un nativo de la etnia soninké y general del ejército, convertido al islam, que llevaría al imperio songhai a su máxima extensión, rivalizando incluso con los sultanes marroquíes. En aquellos años de esplendor, en los albores de la dinastía Askia, Mahmud Kati formó parte del cuerpo de juristas creado en la ciudad del desierto. Parece que allí se casó con una hija del Askia y reanudó la actividad literaria iniciada por su padre: tratados de derecho, astronomía, historia y crónica de viajeros, que suponían un detallado repaso de las gentes, lugares y costumbres del África subsaharia. Así fue cómo la biblioteca, como un ser vivo, siguió creciendo, alimentada por la curiosidad y el saber. Volúmenes de medicina, geografía e historia, escritos en árabe y en hebreo se fueron acumulando en el patrimonio de los Kati, creciendo a la par que la ciudad que la albergaba Eran los años de esplendor del reinado de Askia Mohamed, los años en los que Tombuctú se convirtió en la gran ciudad de la cuenca del Níger, el destino añorado de las caravanas que atravesaban el Sahara, el lugar obligado de visita de comerciantes y sabios islamistas. La fama de su inexpugnabilidad y su riqueza atrajo también miradas foráneas. Su primer visitante europeo sería un granadino llamado Hasan, a quien la historia ha pasado a conocer como León el Africano. Él sería quien, en 1520, le entregaría al papa León X la descripción de África más detallada que se había escrito hasta el momento.</p>
<p><strong>La Alejandría del África Negra<br />
</strong></p>
<p>Así se dio a conocer al mundo la existencia de Tombuctú, una floreciente ciudad en medio del desierto del Sahara, la capital intelectual del oeste de África, enriquecida gracias al comercio de oro, sal y marfil. Tombuctú, en bereber Tin Buktu, el lugar de Buktu, era para entonces la puerta del desierto, el punto de encuentro entre el África del norte y el Sahel, “el borde”, un lugar mítico para tuaregs y comerciantes norteafricanos. Su inaccesibilidad había ido dotándola, con el transcurrir de los tiempos, de un aura de leyenda y misticismo.</p>
<p>Para entonces, la Tombuctú soñada era una urbe sagrada, robada a las arenas y dotada de monumentos tan bellos como fugaces, labrados en el barro del sahel. Las espectaculares mezquitas de Sankoré, Djingareyber y Sidi Yahya volaron en bocas de comerciantes y peregrinos, y Tombuctú pasó, de ser origen y destino de las caravanas, a convertirse en el centro espiritual y de saber más importante al Sur del Sahara, la “ciudad de los 333 santos”, la Alejandría del África negra.</p>
<p>Pero Tin Buktu no fue siempre ni grande, ni bella, ni santa, ni sabia. Fundada por los tuareg en torno al año 1100 por su proximidad al río Níger, se convirtió en un puesto de comercio, durante la dinastía Mandinga y, con el tiempo, en la parada obligatoria de las tribus trashumantes que atravesaban el desierto del Sahara. Como todas las ciudades espejismo que nacen al calor del dinero, Tombuctú creció rápidamente, albergando diferentes etnias (shongai, fulanis, tuareg) y mimada por sus gobernantes como una favorita consentida. Sería el emperador (o Mansa) malinké Kankan Moussa el primero en exportar su fama.</p>
<p>En 1324 se anexionó la ciudad pacíficamente, y contrató al arquitecto granadino Ishaq es-Saheli para levantar la impresionante mezquita de Djinguereberer, que terminaría por imponer su estilo propio en las construcciones de carácter religioso de la zona.</p>
<p>Convertido al islam, el monarca quiso hacer de Tombuctú un centro de estudio y de expansión de la fe, y mandó edificar la prestigiosa universidad de Sankoré, a la que seguirían otras madrazas. En ellas, copistas de diferentes lenguas se dedicaron a la recopilación y traducción de diferentes textos antiguos, convirtiendo a la ciudad en el epicentro de una importante tradición escrita en el corazón de África, que sus sucesores, los monarcas shongay, se encargarían de mantener y acrecentar en los siglos XV y XVI. A este imperio floreciente en el África Negra llegarían los al Qati, en busca quizá de su Toledo particular.</p>
<p>En 1591, una nueva oleada de moriscos procedentes de España, y comandados por el almeriense Yuder Pachá, entra en Tombuctú. Obedecen órdenes del sultán de Marruecos y vienen para quedarse, pues Marruecos desea anexionarse el próspero imperio shongay. Los recién llegados se asentaron en la ciudad y se fusionaron con la población local, enriqueciendo su historia. Conservaron su idioma, una mezcla del castellano y del árabe, y con el paso del tiempo un gran número de términos castellanos pasaron al songhay. La cultura era un valor en alza, la compra-venta de libros era una actividad frecuente y apreciada, y Tombuctú, la ciudad donde Mahmud Kati engrosaba sus fondos bibliográficos sin conocer el destino que les esperaban, aspiraba a parecerse a El Cairo y La Meca. Ahora cuesta creer que la urbe polvorienta del color del desierto llegara en el siglo XVI a albergar más de 100. 000 habitantes, 180 madrazas y 25.000 estudiantes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Perdida bajo la arena</strong></p>
<p>Pero el destino de las ciudades, como el de sus habitantes, es caprichoso y mutable. Marruecos dominó la zona durante 200 años para después dejarla en manos de los franceses. Durante todo ese tiempo nadie fue capaz de encontrar las supuestas y fastuosas reservas de oro, y la ciudad radicalizó sus costumbres y penó con la muerte el acceso a los no musulmanes, encerrándose en sí misma. El comercio disminuyó, la tolerancia derivada del intercambio de culturas desapareció.</p>
<p>Los moriscos perdieron su hegemonía ante los bámbara, viéndose obligados a abandonar sus ciudades y oficios tradicionales para dedicarse a la agricultura, y se repartieron a lo largo de todo el Níger. Con cada uno de ellos, con cada rama de la familia, se fueron un puñado de libros, de documentos, un pedazo de su historia.</p>
<p>Quizá para conservar alguna pieza de una identidad común, pero también para evitar que la Biblioteca, en manos de una sola persona sin medios, terminase por desaparecer por completo. Los manuscritos y libros llegaron a Tombuctú con la familia Kati desde Toledo, y allí se conservaron durante cinco siglos.</p>
<p>Las duras condiciones climáticas y la falta de recursos arrastraron tras de si un velo de olvido, para extenderlo como un sudario sobre una ciudad que, poco a poco, despojada de su pasado esplendor, fue borrándose en el desierto para continuar viviendo en la memoria colectiva.</p>
<p>La localidad marroquí de Zagora aún alberga el cartel que guiaba a las caravanas cruzando el desierto “A Tombuctú, 52 días”, pero aquella Tombuctú ya no existe. La desertización, las tormentas del desierto, el desabastecimiento de agua, el colapso de sus estructuras históricas y la guerra han hecho de la ciudad una vaga sombra de lo que un día fue. Y como ella, aquella Biblioteca que había sobrevivido a la intolerancia religiosa, al viaje, al clima, al paso del tiempo y a los caprichos de los hombres fue difuminándose en el recuerdo, fragmentada, perdida, olvidada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Una historia condenada a repetirse</strong></p>
<p>Hasta ahora. O más exactamente hasta hace unos años. En la década de los 90 del pasado siglo, unos lejanos descendientes de Ali ben Ziyad, Diadié Haidara y su hijo Ismael Kati, decidieron rescatar del olvido los manuscritos de los que hablaba la leyenda familiar. Poco a poco, con paciencia de santos y minuciosidad detectivesca, recorrieron toda la geografía del Níger, aldea por aldea, hurgando en la memoria y en los rincones olvidados de cada pariente o amigo, hasta recuperar miles de legajos y manuscritos para reunificarlos de nuevo en Tombuctú. Sin embargo, cuando, terminada la tarea, los libros se instalaron en un edificio poco acondicionado que no era capaz de evitar su deterioro, Ismael Kati, decidió recurrir a la tierra de sus antepasados, España, en busca de ayuda.</p>
<p>Ante la indecisión de la Junta de Castilla-La Mancha, acudió al gobierno de Andalucía. Y así fue como, por un guiño del destino, en septiembre de 2003, la Biblioteca Andalusí de Tombuctú abrió sus puertas para albergar más de 3.000 volúmenes de uno de los legados culturales más importantes de los siglos XV y XVI. Entre ellos destacan las crónicas sudanesas del arquitecto Es Saheli, o un Corán ceutí grabado en oro, pero se calcula que hay unos 300 libros de autores andaluces, 100 de renegados cristianos, 60 de comerciantes judíos y el resto de temática variada (religión, ciencia, medicina, derecho, filosofía…), con información muy valiosa sobre las formas de vida de los españoles afincados en África subsahariana.</p>
<p>Sin embargo, poco podía imaginar Ismail Diadie que, tras la ingente tarea de recuperación, clasificación y mantenimiento de los documentos que han pasado a ser denominados Fondo Kati, estos se enfrentarían, una vez más, a una nueva amenaza. En el año 1988, la UNESCO declaró a Tombuctú patrimonio de la Humanidad, y decidió desarrollar un programa para frenar el avance de las arenas del desierto y proteger a la ciudad milenaria, pero en esta ocasión no ha sido la climatología, sino la caprichosa acción del hombre la que ha amenazado la biblioteca.</p>
<p>Y es que, en la actualidad, Mali está inmerso en una cruenta guerra. Después del derrocamiento del régimen de Libia, numerosos tuareg que habían defendido al líder Muammar Gadafi, regresaron a Mali pertrechados con armas y se alzaron contra el débil gobierno central. Este alzamiento coincidió con el golpe de Estado que las fuerzas armadas llevaron a cabo contra el presidente del país, Amadou Toumani Touré, que fue derrocado. Tombuctú, la tercera ciudad de Mali, pasó así a ser un punto en un mapa, el objetivo de la denominada “facción rebelde”, una amalgama de grupos islamistas armados, entre los que se encuentran Al Qaeda en el Magreb Islámico, el Movimiento para la Unidad de la Yihad en África Occidental (MUJAO), los fundamentalistas de Ansar Al Din y el Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA). Hace apenas 3 años, en abril de 2012, este último grupo proclamó la independencia – no reconocida internacionalmente &#8211; del norte del país, Azawad, con una superficie equivalente a la de Francia. Pero inesperadamente, los guerrilleros de Ansar Dine (Defensores de la Fe) rechazaron la independencia de los tuareg y atacó no sólo a los grupos armados sino también a la población civil.</p>
<p><strong>Un viaje de ida y vuelta, una nueva ida y alguna vuelta</strong></p>
<p>Apenas 24 horas después de la caída de Tombuctú, Ismael Diadié, sentado frente a la sede de la Biblioteca Andalusí, recibió la visita de una pick up con cinco integristas a bordo. “¿Qué hay ahí dentro?”, preguntaron. “Libros y papeles, nada de valor”, “¿y dónde está el propietario?” Nadie confesó a los recién llegados que la persona por la que preguntaban está sentado frente a ellos. “Que nadie toque nada”, advirtieron amenazantes antes de partir. Diadié respiró aliviado, pero sabía ya que volverían, como sabía con absoluta certeza lo que tenía que hacer: huir. Dejar su hogar. Exiliarse huyendo del fanatismo religioso. Para salvaguardar junto a él, una vez más, una valiosa colección de documentos. Para cruzar con ellos el desierto y el norte de África escapando de nuevo de la intolerancia, de la incultura, de la destrucción.</p>
<p>En los meses posteriores a la ocupación de la ciudad, mientras Diadié dejaba su hogar en Tombuctú, huyendo del fanatismo religioso, y Ansar Dine informaba a la estupefacta opinión pública del inicio de la destrucción de los 333 mausoleos de la ciudad, por considerar estos lugares eran “contrarios al islam”, los baúles que albergaban los documentos, “la biblioteca judía”, como la llaman sus perseguidores, fueron sacados a escondidas y se llevaron a otras casas de la ciudad. Durante dos años los viejos papeles han permanecido a salvo, en secreto en otros pueblos de la región, una vez más dispersos, escondidos y guardados en baúles con plantas y hojas de tabaco que ahuyentan a las termitas.</p>
<p>Todos, salvo una pequeña muestra que quedó en la sede de Tombuctú para dar la apariencia de normalidad bajo la implacable custodia de Baba Pascal Camara, chófer y amigo personal de Diadié.</p>
<p>En enero de 2013, el Gobierno francés envió sus tropas para detener el avance de los islamistas hacia el sur de Mali. Las presuntas reservas de uranio en la zona probablemente “ayuden” a la intervención occidental más que un puñado de viejos libros. Pero aún no es el momento de que el Fondo Kati vuelva a Tombuctú.</p>
<p>Los documentos se encuentran en España. Han hecho el camino en sentido contrario y quinientos años después, la biblioteca vuelve al país del que salió.</p>
<p>Es temporal. No viene para quedarse. El fondo será digitalizado en su totalidad, por cortesía de la aseguradora DKV, quien ha ganado el premio de la SGE Iniciativa Empresa por esta encomiable labor, para inmortalizarlo y preservarlo así de la destrucción. Pero, además, sus documentos viajarán de forma contiuada entre España y Mali, dándose a conocer gracias al acuerdo alcanzado con las tres ciudades españolas que lo albergarán: Jerez, Tarifa y Toledo, de donde el Fondo salió hará pronto 550 años. Los manuscritos andalusíes, contagiados en Tombuctú del espíritu nómada de las caravanas, quizá pretendan seguir luchando contra el fundamentalismo de la única manera posible: viajando.</p>
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		<title>Los mercaderes árabes</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-mercaderes-arabes/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:14:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>De cómo el islam pasó de Arabia a África con las mercancías de los veleros árabes. La relación entre Arabia y África oriental es muy estrecha. Siglos antes del advenimiento [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>De cómo el islam pasó de Arabia a África con las mercancías de los veleros árabes.</strong></p>
<p>La relación entre Arabia y África oriental es muy estrecha. Siglos antes del advenimiento del islam, los árabes del sur ya mantenían contactos con la costa oriental de África. Gracias al conocimiento de los monzones, se convirtieron en grandes navegantes. Cada año, con el monzón de invierno, ponían rumbo a la costa africana transportando salazones de tiburón, dátiles, resinas y fragancias de Arabia, que intercambiaban por pieles de animales salvajes, cuernos de elefante, caparazones de tortuga, oro y esclavos. Tras unos meses de calma, los monzones soplaban en dirección contraria y entonces los navegantes árabes regresaban a los puertos de Arabia con su valiosa mercancía. Aprovechaban este mismo monzón para viajar a India en busca de gemas, sedas y fragancias, o incluso hasta la misma China , a donde llegaron a finales del siglo IX.</p>
<p>Con los siglos, los árabes fueron aumentando su presencia en la costa oriental de África. Árabes y africanos mantenían un fructífero comercio en islas apartadas o escondidas entre manglares, para evitar a los piratas o a las tribus hostiles, y del contacto entre bantúes y árabes nació el idioma suajili, de gran influencia árabe. La influencia era doble, porque la presencia de los africanos, fruto de la esclavitud, era importante en Arabia. Ya en la Jahiliya, la llamada era de la ignorancia previa al islam, había poetas y líderes negros en Arabia; incluso Mahoma tenía varios discípulos de origen africano, y el primer almuédano de la historia del islam fue un liberto etíope que se llamaba Bilal Ibn Raba.</p>
<p>Con el califato abasí, se consolidó el dominio del Índico por los navegantes árabes. Las rutas confluían en Basora, y desde el puerto de Simbad las mercancías de todo el Índico llegaban a Bagdad, la Atenas de la época, dedicada a las artes y a las ciencias, cuya prosperidad fue legendaria. Pero en los veleros árabes no viajaban tan sólo fabulosas mercancías sino también las ideas: la civilización del islam. Sin derramar una gota de sangre, los mercaderes difundieron el mensaje de Mahoma por todo el Índico, llegando a los rincones más remotos. De las costas del África Oriental, donde surgieron sultanatos musulmanes importantes como Quiloa o Pate, en la actual e cómo el islam pasó de Arabia a África con las mercancías de los veleros árabes.</p>
<p>Kenya, a Malasia e Indonesia, hoy el estado musulmán más poblado del mundo, pasando por Bengala o la costa de Malabar. En la costa africana del Índico, se produjo una lenta pero imparable emigración árabe. No sólo se trataba de mercaderes: emigraron pequeños comerciantes, músicos, poetas y también los exiliados de las persecuciones políticas y de las guerras civiles; incluso jerifes o descendientes del Profeta se establecieron en los puertos remotos y sultanatos de África oriental.</p>
<p>Cuando en el siglo XIV el gran viajero árabe Ibn Batuta recorrió la llamada “costa de los Zenj”, describió aquellas ciudades del islam como “entre las más bellas y mejor construidas de todo el mundo”. La fama de su esplendor rebasaría el mundo árabe para llegar a Europa. John Milton hablaría del sultanato de Quiloa en “El paraíso perdido”. Pero al mismo tiempo la atracción de la riqueza de los sultanatos de África oriental acabaría siendo su perdición, porque en el siglo XV irrumpieron los portugueses en su búsqueda de la India. Vasco de Gama encontró la manera de explotar en beneficio propio las rivalidades entre los distintos sultanatos musulmanes de la costa de África. En Malindi se ganó la confianza del sultán, enfrentado al de Mombasa, y fue dicho sultán quien le proporcionó al gran navegante omaní Ibn al Majid, que le guió hasta Calicut, el puerto más próspero de toda la India. Aquel error resultó fatal: el más prestigioso de los navegantes árabes precipitó el declive de su supremacía en el Índico. Los árabes perdieron el monopolio de las especias a manos de los portugueses y de los europeos que vinieron a continuación: holandeses, británicos o franceses. Sin embargo, los omaníes, tras expulsar a mediados del siglo XVII a los portugueses de los puertos de Arabia, acudieron en auxilio de sus hermanos de los sultanatos del África Oriental, y se hicieron con un imperio que iba desde Mogadiscio, en la actual Somalia, hasta Cabo Delgado en Mozambique. El islam se consolidaba en la región. La isla de Zanzíbar era la perla más preciada de todo aquel inmenso sultanato, cuyos mercaderes se adentraban en el corazón  de África en busca de marfiles, maderas preciosas, pieles de animales salvajes y esclavos. Los traficantes omaníes se establecieron en el interior del continente africano a lo largo de la ruta de los esclavos, llegando hasta el Zaire, para asegurar así el flujo de la mercancía humana que servía además para portar el marfil hasta Zanzíbar. El islam se hizo presente en los puertos y a lo largo de aquellas rutas que conducían al interior del continente. La riqueza de Zanzíbar era tal que el sultán en 1832 no dudó en trasladar la capital de Mascate, en las costas de Omán, en Arabia, a la isla de Zanzíbar frente a la costa africana. Sin embargo, aquel imperio árabe de ultramar no sobreviviría largo tiempo. A la muerte del sultán Sayed Said en 1861 se dividiría entre dos hijos mal avenidos: Tueni, el nuevo sultán de Omán, y Majid, sultán de Zanzíbar, que se quedó con las posesiones africanas.</p>
<p>A finales del siglo XIX, el sultanato de Zanzíbar y sus posesiones en el continente africano se convirtieron en protectorado británico. Con la independencia de Kenya y Tanganika, los territorios costeros y los antiguos sultanatos pasaron a depender de los descendientes de aquéllos que habían sido tradicionalmente esclavizados por ellos. En 1962 estalló una revolución sangrienta en Zanzíbar que acabó con la masacre de más de doce mil árabes.</p>
<p>El islam es hoy la religión predominante en la costa africana, y el malestar evidente por lo que en tiempos de la independencia fue visto como una anexión a las nuevas naciones, y la crisis económica, han sido caldo de cultivo para movimientos extremistas que son rechazados por la mayoría de los musulmanes de la región.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>*Jordi Esteva es autor, entre otros libros, de “Los árabes del mar” y “Socotra, la isla de los genios”.</em><br />
<a href="http://www.jordiesteva.com/">www.jordiesteva.com</a></p>
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		<title>El universo visto por los musulmanes</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-universo-visto-por-los-musulmanes/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:14:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 51]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Todos aprendimos en los libros de texto que fueron los portugueses y castellanos quienes, a partir del siglo XV, “descubrieron” una buena parte del mundo y pusieron las bases de [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-universo-visto-por-los-musulmanes/">El universo visto por los musulmanes</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Todos aprendimos en los libros de texto que fueron los portugueses y castellanos quienes, a partir del siglo XV, “descubrieron” una buena parte del mundo y pusieron las bases de una nueva geografía. La realidad es que no solo lograron poner en el mapa nuevos continentes, mares y océanos, sino que consiguieron borrar de la memoria colectiva el hecho de que durante muchos siglos los cartógrafos, exploradores y viajeros musulmanes se les habían adelantado con sus conocimientos geográficos.</strong></p>
<p>Es un hecho que la cartografía y los tratados geográficos tuvieron un enorme auge en Europa entre los siglos XV y XVII. El descubrimiento de los trabajos de Ptolomeo fue uno de los detonantes de este impulso de la geografía, y las expediciones de portugueses y españoles primero, y más tarde de otros países europeos, consolidaron el resurgir de esta ciencia. Pero no es menos cierto que poco a poco, y en un mundo cada vez más eurocentrista, se fueron olvidando las aportaciones que durante casi ocho siglos, del VIII al XV, realizaron exploradores, cartógrafos y viajeros musulmanes, que mantuvieron vivos los saberes de la Antigüedad sobre el mundo, recorriendo muchos países y escribiendo numerosos tratados y libros sobre la geografía de Europa, África, India y China.</p>
<p>Hasta bien avanzado el siglo XVIII, los europeos no lograron superar el nivel de conocimientos alcanzado por los árabes sobre estos temas.</p>
<p><strong>LA CASA DE LA SABIDURÍA</strong></p>
<p>Muchos siglos antes de que naciera Colón los árabes daban por hecho que la tierra es redonda. Para la ciencia musulmana, la esfericidad de nuestro mundo no fue jamás un problema teológico ni provocó ningún conflicto con las autoridades religiosas del islam medieval. Es más: en el siglo IX, cuatro siglos antes del viaje de Colón, los astrónomos árabes ya conocían con casi total exactitud el perímetro real de la tierra.</p>
<p>Entre los siglos VIII y IX los científicos árabes comenzaron la recuperación de los clásicos griegos, y a partir del siglo IX el mundo islámico producía su propia cartografía, convirtiéndose en el continuador del desarrollo científico antiguo. Estos avances cartográficos llegaron a Europa gracias a los intercambios comerciales con los musulmanes, los cuales se hicieron más fluidos durante el siglo XIII, facilitando un mayor conocimiento del mundo islámico por parte de los europeos.</p>
<p>Las teorías sobre el mundo se desarrollaron extraordinariamente a partir del siglo IX en la Casa de la Sabiduría (Bait al-Hikmah) de Bagdad, un centro de estudios astronómicos, matemáticos y geográficos fundado en Bagdad por el califa al-Ma’amûm. Los astrónomos árabes de este excepcional centro de estudios recuperaron los conocimientos, métodos e instrumentos de la Antigüedad. Fueron ellos los que volvieron a utilizar el astrolabio que habían inventado los griegos y que había dejado de ser utilizado en la Europa medieval. Se trata de un instrumento empleado para observar la posición de los astros, y los árabes lo usaron para resolver algunos problemas de triángulos esféricos relacionados con las practicas religiosas, tales como predecir con exactitud el momento en el que comienza el Ramadán, aunque también lo utilizaron para orientarse en sus viajes marítimos.</p>
<p>Una de las consecuencias de la recuperación del astrolabio fue el cálculo, casi exacto, del perímetro terrestre.</p>
<p>El astrónomo Abu-l-Abbas al-Fargani (813-882) lo estableció en unos 40.260 Km en el ecuador, una cifra muy cercana a su valor correcto de 40.075 Km., que sería confirmado más de un siglo después por el matemático y astrónomo al-Biruni (973-1048), mediante el uso del astrolabio, con un error inferior al 1%. Sucedió lo mismo con la brújula, cuya invención se atribuye a los chinos. Aparece mencionada por primera vez en las crónicas árabes en el año 1220, aunque probablemente ya fuera utilizada por los islámicos desde hacía años, y fueron ellos quienes la introdujeron en Europa, donde pronto fue empleada por los vikingos. Gracias al uso extendido de la brújula y el astrolabio, mientras que la cartografía y de los estudios geográficos se estancaban en la Europa medieval cristiana, los árabes y musulmanes fueron capaces de realizar excelentes mapas y cartas geográficas de gran exactitud, que más tarde supondrían una valiosa información para los grandes cartógrafos catalanes e italianos del Renacimiento europeo, o para la elaboración, a partir del siglo XIII, de las primeras cartas náuticas en Europa (“cartas portulanas” o “portulanos”).</p>
<p><strong>El MUNDO DE AL-IDRISI</strong></p>
<p>El siglo XII fue uno de los más fructíferos en la ciencia musulmana. Fue también el siglo de Abu Abdullah Muhammad al-Idrisi, el más importante cartógrafo de la Edad Media. Macido en Ceuta en 1099 o 1100, murió en Sicilia en 1165, y era descendiente de Idris II, rey de Málaga, ciudad de la que partió hacia el norte de África cuando el reino de Málaga se incorporó al de Granada. Desde muy joven viajó por el mundo entonces conocido, y realizó numerosos trabajos hasta que fue llamado por el rey de Sicilia, Roger II, como geógrafo y conocedor del mundo, para que colaborara con él en la fundación de la Escuela de Palermo, en Sicilia, uno de los focos más brillantes de la ciencia medieval. Situada en el corazón del Mediterráneo, Sicilia se convirtió bajo el reinado de este rey en el centro cultural del mundo, y en punto de encuentro entre las culturas musulmana y cristiana. Fue allí donde al-Idrisi escribió una de sus obras más célebres, “Las recreaciones del que aspira a recorrer el mundo”, conocido como el “Libro de Roger” (Kitab Ruyar), que se acompaña de varios mapas y en especial de un mapamundi en forma de disco, con una descripción en la que sostiene que “la tierra es redonda, como una esfera… las criaturas son estables en la superficie de la tierra, ésta atrae lo que es pesado, mientras que lo ligero es atraído por el aire… de este modo las cosas se mantienen en un equilibrio natural”. Este gran tratado de Geografía Universal, que terminó en 1154, le valió ser considerado “el Estrabón árabe”. En España es bien conocida la parte de su Descripción de España, pues, a partir de la primera edición en castellano en el siglo XVIII, se ha reeditado con frecuencia. KITAB RUYAR (El Libro de Roger)</p>
<p>Para la realización de su libro, Al Idrisi partía de una necesidad, la de aclarar las discrepancias que había entre las diferentes descripciones del mundo que existían hasta entonces. Sus dos grandes fuentes, aparte del testimonio directo de los viajeros que pasaban por los puertos sicilianos, eran dos geógrafos de época pre-islámica: Paulo Osorio, de origen español, autor de la popular “Historia”, escrita en el siglo V, en la que se incluía un volumen de geografía descriptiva, y Ptolomeo, el geógrafo clásico, cuya obra Geografía, escrita en el siglo II, se había perdido completamente en Europa, pero se conservaba traducida al árabe. Durante 15 años Al Idrisi interrogó también a los viajeros, cotejó la información de diferentes fuentes y eliminó los datos contradictorios.</p>
<p>El resultado de sus investigaciones lo plasmó en un gran disco de plata por su maleabilidad y permanencia. El disco incluía unas incisiones lineales que demarcaban los siete climas del mundo habitado, divisiones que de manera arbitraria estableció Ptolomeo de este a oeste y que estaban delimitados por los paralelos de latitud, desde el Ártico al Ecuador. Se creía que por debajo del Ecuador había una zona meridional templada, aún sin explorar, que estaba separada del más conocido norte por un área infranqueable de calor mortal. El gran planisferio dibujaba también los contornos de los países, océanos, ríos, golfos, penínsulas e islas. Como anexo al mapa de plata, al-Idrisi preparó para Roger un libro con toda la información que reunieron los geógrafos, el citado Libro de Roger, que a su vez incluía 71 mapas parciales, un mapa del mundo y setenta mapas con secciones de itinerarios que representaban los siete climas, cada uno de ellos divididos longitudinalmente en diez secciones.</p>
<p>El gran disco de plata desapareció durante el saqueo de Sicilia, en 1160. Los geógrafos contemporáneos han intentado reconstruir cómo sería el gran planisferio de plata a través de los mapas del Libro de Roger, del que han sobrevivido varios textos, y sus tablas de longitudes y latitudes. De su reconstrucción resulta evidente que, siguiendo a Ptolomeo, al-Idrisi se imaginaba que el mundo habitable ocupaba 180 de los 360 grados de la longitud del globo terrestre, desde el Atlántico, en el Oeste, hasta China en el Este, y 64 grados de su latitud, desde el Océano Ártico hasta el Ecuador. El planisferio mostraba las fuentes del Nilo, que hasta el siglo XIX no fueron exploradas por los europeos, y que era evidente que en el siglo XII ya eran conocidas por los viajeros musulmanes, y las ciudades del centro de Sudán. Hay zonas mucho más detalladas que en los mapas de Ptolomeo, con la zona del Báltico, Polonia o las Islas Británicas.</p>
<p>El sur se representa con mayores dimensiones que el norte, y Sicilia en particular ocupa gran parte del Mediterráneo, con una Córcega y una Cerdeña más pequeñas de la realidad. Pese a las distorsiones y errores, el mapa de al-Idrisi era muy superior a los mapas medievales europeos, en los que no se incluía apenas información. En el de Al Idrisi son perfectamente reconocibles los rasgos geográficos de casi todos los territorios.</p>
<p><strong>UN MAPAMUNDI EXCEPCIONAL</strong></p>
<p>A este mapamundi del Libro de Roger se le ha considerado siempre como el inicio de la cartografía moderna, ya que fue el primer mapa que abandonó la tradicional utilización de formas geométricas basadas en los mapas de Ptolomeo, e introdujo importantes innovaciones cartográficas, como por ejemplo, la primera representación de los mares por medio de líneas onduladas, y de las montañas o relieves mediante perfiles abatidos. También es el primer mapa en el que aparecen representados los ríos y las ciudades.</p>
<p>El mapa de Al-Idrisi fue la primera representación cartográfica que se limitó a conocimientos objetivos, sin tener en cuenta criterios religiosos. El resultado es una verdadera ”enciclopedia” del mundo entonces conocido, ya que incluye una descripción detallada y fiel de las características naturales, sociales y económicas de las ciudades que aparecen en el mapa.</p>
<p>La Europa cristiana rechazó este mapa, porque admitirlo hubiera significado dar por hecho, por ejemplo, la esfericidad de la tierra, o admitir la escasa importancia de Jerusalén como centro del mundo, tal y como aparecía en las representaciones cristianas. Lo que más nos llama la atención al contemplar este mapa es que la orientación norte-sur es la opuesta a los mapas de los cartógrafos europeos desde el Renacimiento hasta nuestros días. En el de Al Idrisi, África aparece arriba y Europa abajo, igual que en los mapas chinos y en el resto de la cartografía árabe. La proyección que hoy utilizamos se basa en Ptolomeo, cuya visión y proyección cartográfica prevaleció durante el Renacimiento. Y es que para la Iglesia católica, la visión de Ptolomeo (la Tierra ocupa el centro del Universo y todos los astros, incluido el Sol, giran a su alrededor) coincidía con su concepción del universo.</p>
<p>Por su método riguroso y sistemático, por su voluntad de asociar Oriente y Occidente, por contrastar puntos de vista y disciplinas diversas, Al-Idrisi ofrece la primera descripción “moderna” del mundo conocido y el primer intento de la cartografía por reflejarla.</p>
<p><strong>VIAJES DE COMERCIO Y EXPLORACIÓN</strong></p>
<p>El auge de los conocimientos geográficos y de la cartografía árabe durante la Edad Media tiene una relación directa con dos hechos: por un lado la obligación de la peregrinación ritual a la Meca, que movía a miles de viajeros dentro del mundo islámico, y por otro la importancia de las rutas comerciales en un mundo unificado por una misma religión y unas leyes comunes. Pero había más motivaciones viajeras en el mundo musulmán, como los viajes de estudios a alguno de los grandes centros de saber del oriente musulmán (El Cairo, Bagdad o Damasco, principalmente) o el simple deseo de aventuras, que impulsaba a los viajeros más al este, hacia Persia, India o China, o también hacia el Cáucaso y Rusia.</p>
<p>Detrás de esta movilidad, que contrastaba con la inmovilidad en los reinos cristianos, estaba una realidad: Mientras que la Europa medieval estaba fragmentada y se había ido haciendo cada vez más cerrada, el mundo musulmán estaba unificado por un floreciente comercio, por la religión y la cultura. Existían unos “libros de caminos” que eran utilizados tanto por los comerciantes como por los peregrinos o funcionarios, y que eran una especie de “guías de viajes”, unos itinerarios en los que se describían las rutas, las condiciones de viaje y las ciudades que se podían encontrar los viajeros a lo largo de su ruta. Había algunos libros de caminos muy populares, como el escrito por Ibn Jurdadhbih, un persa del siglo VIII que fue director del servicio postal y de inteligencia de Irán, o el de al-Yaqubi, un armenio del siglo IX que escribió un Libro de Países; o el de Qudamah, un cristiano del siglo X que había abrazado el Islam y que era un funcionario de impuestos al servicio de Bagdad, quien escribió un libro sobre el sistema postal y de impuestos del califato abassí.</p>
<p>Los países musulmanes estaban atravesados por las rutas más importantes del comercio internacional, en especial por dos grandes caminos: uno que iba de oeste a este, hacia Oriente, y otro de norte a sur, desde el Mediterráneo al corazón del desierto africano. La primera de ellas era la llamada Ruta de la Seda, que conectaba Europa con Oriente Próximo y el Extremo Oriente mediante una red de rutas caravaneras que atravesaban Asia. La otra gran ruta comercial conectaba las más importantes ciudades del norte de África, como Fez, Túnez o El Cairo, con los grandes imperios musulmanes del África subsahariana, mediante una red de caminos que atravesaban todo el desierto del Sahara. A lo largo de todas estas rutas comerciales, el islam logró penetrar en el corazón de Asia y de África.</p>
<p><strong>A TRAVÉS DE LOS MARES</strong></p>
<p>Por otro lado estaban los viajes por mar. Uno de los aspectos menos conocidos de la historia del comercio mundial es el control que los árabes ejercieron sobre las grandes rutas marítimas en el Mar Mediterráneo, que se convirtió en un “Mar islámico” desde el siglo VIII hasta mediados del siglo XVII. En este mar fue donde se lograron nuevas técnicas de navegación que les permitirían controlar mejor estas rutas y también que navegantes, viajeros y comerciantes musulmanes del Asia occidental y del África oriental se adueñaran del Océano Índico, y que, desde mediados del siglo IX, comerciantes árabes y persas viajaran con regularidad hasta sus factorías en las costas de Java, Sumatra o China. Estos grandes viajes eran posibles gracias a su dominio de vientos monzónicos, mediante el empleo de grandes embarcaciones caracterizadas por sus velas triangulares ideadas para poder navegar incluso contra el viento, muchos años antes de que esta técnica se desarrollara en aguas del Océano Atlántico.</p>
<p><strong>LIBROS DE VIAJES</strong></p>
<p>Además de avances técnicos, esta gran actividad viajera dio lugar a un género literario específico que incluía narraciones de viajes, pero también todo tipo de tratados, como el de Ahmad ibn Mayid, escrito hacia 1450, una guía náutica del mar Rojo y del Océano Índico que sirvió de referencia y modelo durante los siglos siguientes.</p>
<p>También se incluyen en estas narraciones viajeras algunos cuentos populares como el famoso relato de “Simbad el marino”, narrado en Las mil y una noches, lleno de fantasía pero también con interesantes descripciones de las tierras y de las gentes con las que se iba encontrando el protagonista. Algunas de las obras más interesantes de la narrativa viajera son por ejemplo el Ajbar al-Sin (“Informe sobre China”) y el Ajbar al-Hind (“Informe sobre India”), escritas ambas por Suleiman el Comerciante, o el famoso Aya´ib al-Hind (“Maravillas de la India”), escrito a mediados del siglo X por al-Ramhurmuzi o el Kitab al-masalik ua-l-mamalik (“Libro de los caminos y los países”), de Ibn Jurdadhbih, escrito en el año 846.</p>
<p>Muchos viajeros musulmanes encarnan el arquetipo del espíritu aventurero de la época. Destacan Abu-l-Hassan Ali ibn al-Hussain al- Masudi (Bagdad, 896-El Cairo, 956) o, algo más adelante, Abu Hamid al-Garnati, el Granadino (Granada, 1080-Damasco 1170) escritores ambos de libros de viajes, creó un género en la literatura árabe, la rihla o relación de viaje, que a partir de entonces sería imitada por muchos otros. Sin duda el viajero y escritor más conocido de la Edad Media islámica es Ibn-Battuta (Tánger 1304- Marruecos 1368-1369) seguido de cerca por el tunecino y contemporáneo Ibn Jadún (1332-1406). Hablar de sus importantes viajes y sus obras decisivas obligaría a escribir otro largo artículo, complementario del dedicado a los geógrafos. No es posible zanjar el capítulo de los viajeros islámicos sin mencionar a León el Africano, granadino de origen, de educación exquisita, escritor brillante y sabio, autor del libro Della descrittione dell’Africa et delle cose notabli che ivi sono (“Descripción de África y de las cosas notables que allí hay”), una de las grandes obras de geografía de todos los tiempos.</p>
<p><strong>EL EXTRAÑO MAPA DE PIRI REIS</strong></p>
<p>Después de 1492, hay un navegante musulmán que ha pasado a la historia por un curioso mapa que encierra un misterio. El turco Pir Muhîuddín Reis (1465-1554), más conocido como Piri Reis, era almirante de la marina otomana, y había combatido en el Mediterráneo en numerosas ocasiones contra la República de Venecia o los Caballeros de Rodas, y contra los portugueses en aguas del Océano Índico. Pese a todo este currículum, por lo que Piri Reis ha pasado a la historia es por su obra, el Kitab-i Bahriye (“Libro de las materias marinas”), un atlas náutico editado en 1525 que contiene un famoso mapa elaborado por el almirante otomano, que se conserva actualmente en el museo Topkapi de Estambul (Turquía), tras ser recuperado en 1929. El mapa está fechado en 1512-13 y en él se reproducen con notable exactitud gran parte del continente americano, tanto la costa oriental como de la occidental, desde Tierra del Fuego hasta América del Norte. Resulta curioso leer un comentario marginal, escrito por el autor en el mapa, que explica que “un mapa de esta clase no lo posee nadie hoy en día”, que preparó su obra utilizando veinte viejos mapas y ocho mapamundis confeccionados “en la época de Alejandro Magno”, y que en ellos aparecía la totalidad del mundo habitado. Con anterioridad a este mapa, sólo se conserva otro que reproduzca la costa americana: el de Juan de la Cosa, hacia 1500.</p>
<p>El mapa de Reis está dibujado sobre piel de gacela, y en él se representa una costa brasileña mucho más proporcionada, y a una distancia de la costa de África occidental mucho más exacta que en la mayoría de los mapas europeos de la primera mitad del siglo XVI. Además, se puede ver una cordillera a lo largo de Sudamérica, que corresponde a los Andes, donde también aparece el dibujo de un animal con dos cuernos que podría ser una llama. Desde esta cordillera descienden los grandes ríos (que corresponderían al Amazonas, Orinoco y Río de la Plata). El mapa de Piri Reis llega a representar incluso una parte de lo que podría ser el continente antártico.</p>
<p>A pesar de todas las especulaciones respecto a la posibilidad de que el mapa pudiera haberse elaborado a partir de fuentes precolombinas desconocidas, que poseyeran conocimientos geográficos sobre el continente americano, la mayoría de los expertos actuales opinan que el citado mapa es una extraordinaria y bella compilación de todo el saber cartográfico acumulado durante la Edad Media y, sobre todo, durante la primera década del siglo XVI.</p>
<p>Hace algunas décadas, científicos americanos estudiaron el mapa con modernas técnicas y afirmaron que las costas que dibujaba Piri Reis coincidían con una precisión sorprendente con las costas reales. Más tarde, ayudados con mapas de infrarrojos, llegaron a la conclusión de que el mapa de América de Piri Reis contenía el contorno de la Antártida de hace 11.000 años, una Antártida sin hielos. Es decir, el mapa de Piri Reis coincidía sorprendentemente con la línea de costa rocosa que lleva miles de años bajo el hielo.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-universo-visto-por-los-musulmanes/">El universo visto por los musulmanes</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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