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	<title>Boletín 52 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 52 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Glaciaciones y glaciares del Pirineo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:18:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 52]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hace más de 30.000 años los glaciares del Pirineo alcanzaron su máxima extensión con espesores medios de 500 metros. El retroceso del hielo se dio de manera discontinua durante miles [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Hace más de 30.000 años los glaciares del Pirineo alcanzaron su máxima extensión con espesores medios de 500 metros. El retroceso del hielo se dio de manera discontinua durante miles de años. A partir de finales del siglo XIX, sin embargo, la deglaciación ha sido constante y tenaz. Y para los próximos años se prevé una imparable pérdida de los hielos.</strong></p>
<p>Durante la última glaciación las grandes cordilleras y montañas de la Tierra estaban completamente cubiertas por el hielo. Pirineos no fue una excepción. Resulta fascinante pensar que, hace apenas unos miles de años, nuestro Pirineo presentaba el aspecto que hoy caracteriza a montañas tan lejanas como las de Alaska o el Himalaya: potentes glaciares de decenas de kilómetros, laberintos de morrenas centrales y solo las cumbres más altas asomando por el hielo. Las formas del relieve que caracterizan hoy el Pirineo –las afiladas aristas, los valles en artesa o los numerosos ibones- son el resultado de la acción erosiva del hielo durante las diferentes glaciaciones del Pleistoceno (periodo de 2,5 millones de años que abarca las últimas eras frías). Ahora bien, esta pequeña introducción nos plantea una serie de cuestiones que intentaremos responder a lo largo de este escrito: ¿Cómo fue exactamente la última glaciación en el Pirineo?, ¿Qué alcance tuvo?, ¿Son los actuales glaciares del Pirineo remanentes del hielo de aquellas épocas gélidas pasadas? Y por último, y más relevante para nosotros, ¿Cómo son los actuales glaciares del Pirineo y cómo serán en el futuro?</p>
<p><strong>UN INMENSO CAMPO DE HIELO</strong></p>
<p>Tal y como hemos mencionado más arriba, el paisaje del Pirineo durante el momento culminante de la última glaciación distaba mucho del actual. El frío intenso fue responsable del descenso de la línea de nieves perpetuas –casi 1.000 m. por debajo de la actual-, y de grandes nevadas que, a medida que se acumulaban y compactaban en las partes más altas, iban formando espectaculares plataformas de hielo, de las que salían numerosas lenguas de hielo aprovechando los valles existentes, descendiendo, en la mayor parte de los casos, hasta cotas entorno a los 800 m. sobre el nivel del mar. Gracias a la presencia de grandes acumulaciones de sedimentos de origen glaciar -llamados morrenas terminales-, los científicos podemos reconstruir la longitud de estos aparatos. Algunos glaciares del lado francés superaban los 60 Km de longitud, meridional llegaban a los 35, e incluso 50 Km, como en algunos valles del Pirineo catalán. La potencia del hielo era igualmente impresionante, con espesores medios de 500 m., y excepcionalmente 900 m. en las zonas más favorables. En suma, visto desde el espacio, el Pirineo presentaba un campo de hielo, más o menos continuo, de 250 Km de oeste a este, por unos 50 Km de norte a sur.</p>
<p><strong>GLACIACIONES MUY TEMPRANAS</strong></p>
<p>Pese a las numerosas investigaciones realizadas hasta la fecha, existen discrepancias sobre las cronologías de la máxima extensión glaciar pirenaica. En efecto, las relativamente recientes dataciones parecen señalar que, sobre todo en la zona central del Pirineo, el hielo alcanzó su máxima extensión mucho antes que en la mayoría de montañas del planeta, e incluso el resto de la Península Ibérica también. Las diferencias son significativas, si tenemos en cuenta que los glaciares de esta parte del Pirineo alcanzaron su máximo hace más de 30.000 años, mientras que el momento de máximo frío global se alcanzó 10.000 años después. Esto se debería, no a la ausencia de frío, sino de humedad (algunos científicos apuntan al efecto negativo de la congelación del Atlántico Norte y la disminución de las nevadas). Lo que pondría de manifiesto el particular comportamiento de los glaciares pirenaicos ya desde el pasado. Y nos recuerda, que para que se desarrollen glaciares, se necesita además de temperaturas bajas, nevadas copiosas.</p>
<p><strong>UN RETROCESO INTERMITENTE</strong></p>
<p>La deglaciación de la masa de hielo pirenaica no fue continua y homogénea, sino espacial y temporalmente compleja. En efecto, el retroceso del hielo se vio interrumpido en numerosas ocasiones por fases de estabilización, e incluso por avances de las lenguas glaciares de diferente entidad (pero que nunca llegarían a las posiciones de máxima extensión). Como la del Dryas Reciente -hace unos 12.000 años-, un cambio climático abrupto responsable del repentino crecimiento del hielo, y la formación de glaciares rocosos (una masa de hielo y rocas con dinámica propia), de los que aún perdura alguno en nuestra cordillera. Ya en las últimas posiciones frías, los glaciares tenderán a localizarse cerca de las cabeceras glaciares, donde todavía se ubican algunos aparatos activos. Sin embargo, esto no significa que estos sean hielos supervivientes de las eras frías pasadas; diversas investigaciones señalan que durante algunos momentos recientes del Holoceno (los últimos 11.000 años), los glaciares llegaron a desaparecer por completo del Pirineo. Para entender los actuales glaciares pirenaicos, es necesario mencionar el último periodo frío histórico global denominado la Pequeña Edad del Hielo (PEH), que tuvo lugar entre 1550 y 1850 de nuestra era, cuyo alcance en el Pirineo explicaremos.</p>
<p><strong>LA PEQUEÑA EDAD DEL HIELO</strong></p>
<p>Durante la PEH se registraron avances glaciares en las grandes montañas españolas: Sierra Nevada, Cordillera Cantábrica y Pirineos. El descenso de las temperaturas en casi 1ºC fue responsable de la acentuación del carácter de alta montaña en esta cordillera, y del desarrollo de más de una centena de glaciares repartidos en un total de 15 macizos, de los que solo quedan unos pocos en las cumbres más elevadas y ubicaciones más favorables. La extensión del hielo en el fin de la PEH fue de casi 1.800 ha, frente a las menos de 260 ha vigentes de nuestro Pirineo (muy similar a la de la vertiente francesa). Los macizos más importantes, como el de Aneto-Maladeta, o Monte Perdido presentaban ellos solos más hielo -casi 700 ha y 550 ha respectivamente-, que toda la cordillera actualmente. Desde finales del S. XIX hasta 1980, se han extinguido por lo menos 94 glaciares en ambas vertientes, y desde entonces 17 más en el lado español hasta día de hoy. Gracias a la disposición y características de las pequeñas morrenas de la PEH, hemos podido reconstruir la deglaciación histórica de nuestros glaciares pirenaicos, identificando 3 etapas de retroceso reciente:</p>
<ul>
<li> Una primera fase de recesión del hielo continua entre 1920 y 1970.</li>
</ul>
<ul>
<li> Desaparición de los glaciares más pequeños desde 1970 hasta mediados de los 80, fase estable en 1989-1990.</li>
</ul>
<ul>
<li> Un rápido retroceso desde 1990 hasta nuestros días, con la desaparición de varios glaciares y la tendencia netamente negativa del resto.</li>
</ul>
<p><strong>LA SITUACIÓN HOY</strong></p>
<p>En la actualidad, hay 20 glaciares que persisten desde la PEH en todo el Pirineo. Se trata de aparatos de circo, laminados, en nichos estructurales, colgados con forma lenticular, y con pequeñas lenguas incipientes. En la vertiente española tenemos 9 glaciares verdaderos, 3 glaciares rocosos, y 6 heleros –masas de hielo sin dinámica propia-, repartidos de la siguiente manera: -Pirineo Occidental: los de Balaitus y Punta Zarra se han transformado en heleros sin movimiento; el de Infierno aún muestra alguna grieta de tracción en sus partes más elevadas, lo que evidencia su dinámica, aunque cada vez presenta un mayor adelgazamiento del hielo y biselado, tal y como sucede en el glaciar rocoso de Argualas.</p>
<ul>
<li><strong>Pirineo Central:</strong> en el Macizo de las Tres Sorores, el glaciar de la Soum de Ramond se extinguió hace apenas 15 años; los de la cara sur del Taillón, Gabieto, y Gavarnie se han transformado en heleros o están a punto de hacerlo; mientras que el de Monte Perdido todavía ocupa 36 ha repartidas en dos masas de hielo suspendidas espectacularmente sobre el Circo de Tucarroya; los del Macizo del Viñemal han retrocedido más de 500 m. en apenas 30 años.</li>
</ul>
<ul>
<li><strong>Pirineo Oriental</strong>: la pérdida de masa y superficie cubierta por el hielo es la nota predominante en el glaciar de Posets; el glaciar rocoso de los Gemelos parece que mantiene aún las características de hace años. En el Macizo del Aneto vamos a encontrar las masas de hielo más importantes de toda nuestra cordillera: el glaciar de Maladeta presenta una extensión de unas 37 ha., y aún hoy la rimaya que hizo famosa la ascensión al pico del mismo nombre, aunque la regresión de su pequeña lengua terminal y la pérdida de volumen son la nota predominante; mientras que el glaciar del Aneto sigue siendo con sus 80 ha y sus más de 40 m. de potencia el mayor de todo el Pirineo, si bien los dos lóbulos característicos del área inferior no dejan de retroceder año tras año, y la presencia de grietas (que hace no tanto ponían a prueba a los montañeros) es cada vez más escasa; los glaciares de Tem-Pico Posets, glaciar de la Paúl y el rocoso de los Gemelos.</li>
</ul>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>UN FUTURO SIN HIELOS</strong></p>
<p>Hemos visto que los glaciares pirenaicos tienen una rápida respuesta a los cambios climáticos, lo que es debido a su posición latitudinal, influencia mediterránea, y sobre todo a su pequeño tamaño. Pueden desarrollarse y avanzar en un periodo relativamente corto de tiempo, como sucedió en la PEH, pero también retroceder y desaparecer más rápido todavía. Se trata de masas de hielo extremadamente sensibles al incremento de las temperaturas estivales (y no tanto a los inviernos suaves como cabría esperar en un primer momento). Muchos científicos afirman ya que, en el actual contexto de calentamiento global, nuestros glaciares del Pirineo no sobrevivirán mucho tiempo.</p>
<p>Así es, se ha estimado que los glaciares más pequeños desaparecerán en las próximas décadas, si no años, mientras que los más grandes (Aneto, Ossoue -en la vertiente francesa-, Maladeta y Monte Perdido) pasarán a ser apenas heleros a mediados del S XXI. Los glaciares del Pirineo tendrán el mismo fin que los de Picos de Europa o Sierra Nevada tras la PEH, de los que solo queda un recuerdo en forma de hielo enterrado por derrubios. Es en verdad algo triste, porque nuestros hijos y nietos no conocerán un Pirineo tan bello como el que nosotros disfrutamos.</p>
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		<title>El Tributo de las tres vacas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-tributo-de-las-tres-vacas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:17:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 52]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Un pacto de paz entre dos valles fronterizos y antes enfrentados, el Roncal y el Baretous Estamos en el valle más oriental del Pirineo navarro, lindando ya con el aragonés, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Un pacto de paz entre dos valles fronterizos y antes enfrentados, el Roncal y el Baretous</strong></p>
<p>Estamos en el valle más oriental del Pirineo navarro, lindando ya con el aragonés, de alturas notables que anuncian las cumbres y los paisajes indómitos de Huesca. Un valle famoso por el queso de ovejas alimentadas con las hierbas de campas en pendiente, sometido a un proceso de maduración de más de cuatro meses. Famoso también entre los melómanos, ya que precisamente en la villa que le da nombre, Roncal, nació el tenor Julián Gayarre, cuyos restos se encuentran en el cementerio local, bajo el deslumbrante mausoleo que levantó en su memoria Mariano Benlliure.</p>
<p>Pero vayamos de una vez al grano porque esta historia no va ni de quesos ni de músicos, sino que tiene como protagonistas a los pastores de Isaba, la población más septentrional del Roncal, y a sus vecinos del otro lado de la frontera, los de Baretous, ya en Francia, enredados en enfrentamientos seculares. El conflicto entre los dos valles se remonta, según dicen los libros, a tiempos inciertos, en cualquier caso anteriores a 1375, fecha de los primeros testimonios escritos de las refriegas.</p>
<p>Lo decisivo, sin embargo, no es tanto el cuándo, de bastantes y suficientes siglos, sino el por qué, y a eso vamos. Al parecer se trata de un conflicto histórico habido entre pastores de las dos vertientes a causa de la utilización de pastos y fuentes de agua. Algo de suma importancia cuando el calor agosta los prados y hay que subir las vacas hacia los puertos fronterizos.</p>
<p>Las disputas entre roncaleses y bearneses (el valle de Baretous pertenecía entonces al vizcondado de Béarn), quienes ya habían llegado con anterioridad a un cierto acuerdo, volvieron a recrudecerse en el verano seguramente tórrido de 1373, y acabaron como el rosario de la aurora, con reyertas cuerpo a cuerpo y varias muertes a garrotazos, a costa, claro está, de los escasos pastos húmedos y las muchas vacas. Las hostilidades llegaron a tal punto que hubo de intervenir la autoridad de ambos lados de la frontera, y tanto Carlos II de Navarra como Gastón, príncipe de Béarn, conminaron a sus respectivos súbditos a respetar los compromisos. Apaciguarlos no fue una cuestión fácil, y aún se dio entre ambas partes un enfrentamiento armado que dejó más de treinta muertos en el campo de batalla. Finalmente, bajo los auspicios de la villa de Ansó, los litigantes firmaron la llamada “carta de paz” en el ya citado año de 1375.</p>
<p>El acuerdo, además de otras varias y concretas estipulaciones sobre los turnos temporales y los límites territoriales de pastoreo por parte los vecinos de los valles rivales, dispuso la entrega por parte de los de Béarn “de tres vacas del mismo dentaje, pelaje y cornaje todos los años en el límite y confín de los dos reinos”. Un tributo que de ningún modo se puede ni debe tomar como vasallaje, sino compromiso entre iguales, y así es como se realiza cada 13 de julio, fecha fijada en su momento, sin faltar año alguno, salvo en casos de contadas imposibilidades debidas a contiendas entre ambos países.</p>
<p>Hasta aquí la historia y el pasado. A partir de aquí, la celebración y la fiesta. Porque el Tributo es desde hace ya muchos años una ceremonia feliz y festiva en la que roncaleses y bearneses se reúnen, cada cual en su territorio, en el collado de Ernaz, a 1.721 metros de altura, en torno a donde estuvo, hasta 1858, la piedra de San Martín, hoy desaparecida y sustituida por un mojón. Los del Roncal, vestidos a la manera tradicional, con calzón corto, capote negro y sombrero, los del Baretous, endomingados y con la bandera tricolor cruzada en el pecho. Acompañados por vecinos de otros valles de uno y otro lado de la frontera y por todo aquel que se quiera acercar por aquí en esta fecha. De entre una espléndida manada de vacas pirenaicas los expertos eligen las tres del Tributo, dos para el valle del Roncal, la tercera, de forma rotativa, para las poblaciones cercanas de Urzainqui, Uztárroz y Garde.</p>
<p><strong>Pax avant </strong>son las palabras que el alcalde de Isaba, quien preside la ceremonia, pronuncia hasta tres veces. Paz en adelante.</p>
<p>Con una suculenta comida ofrecida por los roncaleses se sella el acuerdo, y, año tras año, se vuelve a celebrar el pacto de buena amistad entre los dos valles pirenaicos, fronterizos y ya no enfrentados.</p>
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		<title>Los caminos del contrabando</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-caminos-del-contrabando/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:16:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 52]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El contrabando existe, dicen algunos especialistas, porque existen el estado y las fronteras. El Pirineo, frontera natural entre dos estados, ha sido cuna y refugio de contrabandistas, que han ido [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-caminos-del-contrabando/">Los caminos del contrabando</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El contrabando existe, dicen algunos especialistas, porque existen el estado y las fronteras. El Pirineo, frontera natural entre dos estados, ha sido cuna y refugio de contrabandistas, que han ido convirtiendo su actividad en un más o menos (según épocas y poderío económico) lucrativo modo de vida.</strong></p>
<p>“Si la ley nos condena / el pueblo nos absuelve&#8230;”. Así reza el estribillo de una de tantas canciones clásicas, que tanto en castellano como en francés –y en catalán, y en euskera y en las fablas  aragonesas– glosan la figura del contrabandista, ese ser de proporciones casi míticas, a caballo entre el héroe y el delincuente, dependiendo del lado desde el que se le mire. Existe contrabando, afirman algunos autores quizá de inspiración anarquista, porque existe estado, si no, el intercambio de bienes no dejaría de llamarse comercio. Pero cuando este comercio se produce sin el previo pago de aranceles y con el consiguiente coste económico para las arcas del estado en cuestión, es cuando pasa a llamarse contrabando. No hace falta que se comercie con mercancías prohibidas. Es más, lo lógico es que se sustente principalmente en bienes básicos de consumo, a los que una situación extraordinaria eleva a la categoría de objetos de lujo. En la mayoría de los casos se tratará de un mercadeo de supervivencia. Pero no deja de ser contrabando. En cuanto existe una frontera, casi de forma consustancial, existe el contrabando, el estraperlo, el descamino, existe el contrabandista o paquetero, capaz de burlarla de noche. Existen las señales clandestinas, los caminos secretos, los códigos particulares y una figura a caballo entre el “buscarse la vida” y esa idea romántica de resistencia ante el Estado.</p>
<p><strong>Una frontera de límites imprecisos</strong></p>
<p>El paisaje ordena los usos de la tierra, condiciona, influye sustancialmente y modela a los hombres que lo habitan. Y los Pirineos, la barrera montañosa natural que conecta o separa a la península ibérica del resto de Europa no es más que la expresión de esta realidad. Sin embargo, aunque intuitiva, la línea entre Francia y España no fue nunca fácil de delimitar debido a los diferentes intereses políticos y económicos. No será hasta el Tratado de los Pirineos, firmado en 1659 en la Isla de los Faisanes, cuando se considere la cadena montañosa como la división entre los dos reinos. Y aún así, la frontera física, sobre el terreno, quedaría sin precisar hasta 1856 con el Tratado de Baiona, momento en que se colocaron los primeros 272 mojones fronterizos y se decidieron los 602 que jalonan la visión entre los dos países. Momento en que, de algún modo, según afirma el antropólogo Jose Antonio Perales Díaz, se rompe  de facto la unidad étnica y lingüística de los pueblos del Pirineo, convirtiendo en “contrabando lo que antes había sido puro comercio entre dos zonas afines, que tienen parecidas costumbres, y lenguas similares, pero que se ven separadas por una frontera arbitraria”</p>
<p><strong>Halo romántico y actividad lucrativa</strong></p>
<p>Las Guerras Carlistas fueron el punto de partida “moderno” de este nuevo comercio transfronterizo, que proveía de suministros a las zonas aisladas y pasaba a personas entre la zona carlista y la liberal, o de ambas hacia Francia. Se cuenta incluso que al pretendiente Carlos le cobraron 300 francos por ayudarle a cruzar la frontera. Pero sin embargo, pese al halo de romanticismo que puede rodear la idea de contrabando en el siglo XIX, no será hasta la última mitad del siglo XX, en concreto entre los años 40 y 70, cuando se produce la auténtica edad dorada del contrabando en las localidades fronterizas, especialmente de Aragón y el País Vasco, implicando en la actividad prácticamente al 90 por cien de la población de algunas comunidades.</p>
<p>La posguerra española, la Segunda Guerra Mundial, y el aislamiento internacional de España durante el régimen del general Franco, propiciaron que los valles pirenaicos vivieran tiempos de autarquía. La industria española no se había recuperado aún de la guerra y las fronteras estaban cerradas y blindadas. Había puestos internos de aduana y control de mercancías y personas.</p>
<p>En España incluso se requería -hasta el año 1955- de un pase interno para poder trasladarse de una localidad a otra. En este estado de cosas, y en un momento que los expertos han dado en llamar de “crisis de la vida rural” el contrabando se convirtió en una actividad casi imprescindible para garantizar un tráfico fluido de productos entre ambos lados de la frontera, y, por supuesto, en un entorno deprimido y con una población diezmada por la guerra, las represalias o el exilio, en un medio de vida que llegó a sustituir a la práctica de las actividades tradicionales. La revista Pregón llegó a decir en 1950 : “Tres lazos unen a los vascos de ambas vertientes del Pirineo: la sangre, la lluvia y el contrabando. Sólo el segundo es visible y sólo el tercero es sólido”.</p>
<p><strong>¿Quién era contrabandista?</strong></p>
<p>Contrabandista eres tú, podríamos decir, remedando a Bécquer. Contrabandista podía ser en aquellos momentos cualquier habitante del medio rural, conocedor del entorno y con la necesidad de asegurarse unos ingresos extras. Eran mayoritariamente hombres, jóvenes y adultos, pero también las mujeres y los niños jugaban un importante papel como mensajeros o vigilantes.</p>
<p>La demanda llegó a ser tal que la mayoría de ellos llegó a tener trabajo asegurado varias noches por semana. Sin embargo, se trataba casi siempre de una ocupación residual, o complementaria, salvo para un pequeño grupo de gente que se profesionalizaba, abandonaba el caserío, y acababa formando parte de una red mucho mayor.</p>
<p>En los remotos valles del Bidasoa, del Baztán, en las aragonesas localidades de Sallent o Canfranc, el contrabandista o paquetero es generalmente el habitante del caserío, el pastor, para el que el conocimiento del medio y la resistencia física son un valor añadido a la hora de afrontar una actividad que, en la mayoría de las ocasiones, pasaba de padres e hijos, y se ejercía, si bien con conocimiento de su clandestinidad, sin un juicio moral negativo. Eran los tiempos en que se exaltaba la astucia del contrabandista para burlar la ley. Las sobremesas del Pirineo aún reviven algunas de las anécdotas, que, mitificadas, alcanzan casi la categoría de parábolas. La del uso de los zuecos de madera en cuya suela se tallaba un pie al revés o una herradura, o una pezuña de vaca para confundir a los perseguidores, la del niño que cruzaba a diario la frontera en bici con un paquete vacío para desconcierto de la Guardia Civil que no sospechaba que su mercancía eran las bicicletas; o la estrategia de pasar cien zapatos sólo del pie derecho por Navarra y los cien izquierdos por Portbou, para en caso de que el género fuese confiscado, recuperarlo a un precio bajísimo en las subastas&#8230;</p>
<p><strong>Beneficios para los valles</strong></p>
<p>“Por pasar paquetes, antes de los años sesenta, en una noche podías ganar hasta 500 pesetas. O sea más de lo que ganabas en una semana como pastor” &#8211; asegura un vecino de Orbaiceta. “Yo ganaba 50 pesetas al día haciendo pistas en el monte a mano con pico y pala desde que amanecía hasta que se hacía de noche. Con los paquetes, podías ganar entre 250 y 300 pesetas, dependiendo del trayecto”, afirma otro paisano de Beartzun. Durante las décadas más duras, tras la guerra civil española, el contrabando permitió la entrada de dinero en las zonas rurales, saneó algunas economías y permitió pequeñas inversiones o mejoras de casas y haciendas a los más previsores.</p>
<p>Y, por supuesto, contribuyó también a frenar la fuerte emigración derivada de la mecanización del campo.</p>
<p>Dentro de las actividades relacionadas con el contrabando, existía toda una especialización. Además del mugalari, que “pasaba” personas, el “ramalero” traficaba con ganado, y “el paquetero” con  mercancías. En la gran mayoría de los casos, esa mercancía no era suya, pertenecía a comerciantes y fabricantes que contrataban sus servicios para la “distribución”.</p>
<p>Se dice que muchas de las grandes fortunas de familias vascas, navarras y catalanas se obtuvieron utilizando estos “canales de distribución”. Ellos eran industriales, empresarios o comerciantes respetados, pero el transportista era el “contrabandista”. De hecho, la leyenda negra asegura que, sin el contrabando se hubiera parado la fábrica de Seat en Pamplona, y que incluso la linotipia de El Pensamiento Navarro llegó desde Francia por Elizondo, desmontada y cargada sobre las espaldas de los contrabandistas&#8230;</p>
<p><strong>Amparados en la noche</strong></p>
<p>La gran mayoría de las actividades de estraperlo tenían lugar durante la noche, en lo que se conocía como “gauko lana”, trabajo de noche, en las localidades vascas. De día cada quien podía continuar labrando su terreno o dedicado a su actividad principal, pero la noche escondía, camuflaba y parecía transformar a los apacibles hombres del valle. El transporte de las mercancías se efectuaba a pie o caballo por la montaña, y los productos con los que se traficaba eran variopintos. Cualquier objeto que tuviese una significativa diferencia de precio, o simplemente estuviera prohibido a uno de los lados de la frontera podía ser objeto de contrabando. De este modo, desde productos alimenticios y de primera necesidad como el pan, el azúcar, el pescado, el café, a ganado, suministros y maquinaria industrial, tabaco, bebidas, ropa, televisiones, dinero, oro&#8230; incluso se dice que por el Valle de Tena pasó una cosechadora desmontada en piezas. En los peores momentos de la guerra, los caminos del contrabando llegaron a garantizar incluso el paso clandestino de seres humanos. Era el caso de los mugalaris, los passeurs o los guías que se dedicaban a pasar personas de uno al otro lado de la frontera. Estos contrabandistas formaron parte de grandes redes organizadas que ayudaron tanto a los republicanos españoles a huir hacia Francia en los últimos coletazos de la Guerra Civil, como a introducir clandestinamente en España, durante la Segunda Guerra Mundial, a los judíos que escapaban del terror nazi o a los pilotos británicos caídos tras las líneas enemigas, a los que conducían hasta sus embajadas. Eran ya palabras mayores, pues si bien el contrabando estaba penado con importantes multas e incluso la cárcel, el tráfico de seres humanos se pagaba con la muerte. No fueron pocos los caídos en el empeño, tratando de burlar la vigilancia de la Guardia Civil Española, La Garde francesa y los controles austríacos y alemanes expresamente diseñados para detectar cualquier movimiento ilicito en la Montaña, pero, afortunadamente, fueron muchas, muchísimas más, las vidas que se salvaron al amparo de la noche por las sendas copiadas a las cabras.</p>
<p><strong>Desde la distancia</strong></p>
<p>Desde la perspectiva del tiempo, observamos que la idea romántica del contrabandismo, esa vida al filo, ese enriquecimiento fácil, ese trasiego constante en la libertad que proporcionan el bosque y la noche, está plagada de efectos secundarios. Los más visibles hoy en día son las secuelas físicas. La mayoría de los paqueteros más activos acusan, con problemas en las rodillas o las caderas, aquellas largas correrías con 25 kilos a las espalda, sujetos a la frente con el copetako. Pero no es solo el indivíduo, sino el entorno social. El dinero fácil provoca un paulatino abandono de los oficios o actividades tradicionales, y el miedo a la denuncia conlleva la atomización de las relaciones sociales, que se restringen y se tornan más oscuras. Según la tradición local, el buen contrabandista “no puede tener más de tres amigos”. Esa reserva, esa desconfianza constante, esa duda con respecto al de al lado caracteriza, como afirma Jose Antonio Perales Diáz, aún hoy, a los pueblos de frontera frente a los pueblos del interior.</p>
<p>Pero nos queda la nostalgia, que pone un tinte amable sobre el pasado. Las historias épicas sobre el contrabando y las fronteras forman parte ya de la memoria colectiva de las comunidades pirenaicas donde se han practicado.</p>
<p>Quizá por eso, la tradición cultural haya tejido toda una mitología en torno al contrabando y los contrabandistas a la que han contribuido novelistas y escritores como Pío Baroja, Pierre Loti , Felix Urabayen, Legasse, o Iribarren. En la actualidad, dentro de los atractivos que ofrece el mundo rural, se busca recuperar tanto la figura maldita como su contexto. Por eso, algunos pueblos fronterizos, como Sara (Lapurdi), celebran en agosto la carrera de los contrabandistas – paquete a las espaldas, sujeto por una tira en la frente &#8211; en un ejercicio de nostalgia colectiva hacia una sociedad tradicional en proceso de extinción. Un paso más allá, algunos municipios, como Canfranc o Sallent de Gallego, se han esforzado por recuperar las travesías – en ocasiones de varios días -que recorren los mismos caminos, collados y picos por los que que andaban los paqueteros. Es ahora nuestra mirada, enfrentada a la noche y al camino, la que debe viajar en el tiempo para tratar de entender una sociedad, una actividad, una figura ya extinta, que conforma, en gran medida, una parte muy importante de la identidad y la personalidad de los valles pirenaicos.</p>
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