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	<title>Boletín 53 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 53 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Solimán, el Magnífico</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 25 Jul 2017 11:17:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 53]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El mundo entero no sería una soberanía lo suficientemente vasta para un solo monarca. Selim I, padre de Solimán ” reyente sin intransigencias, conquistador con alma de poeta y hábil diplomático, Solimán el Magnífico supo conducir al imperio otomano a su periodo de mayor esplendor. Apadrinó las artes y persiguió las injusticias, sin descuidar el anhelo guerrero que le llevaría a llamar a las puertas de una Europa cristiana que había aprendido a temerle y a admirarle a partes iguales.</p>
<p><strong>EDUCADO PARA REINAR</strong></p>
<p>Es fácil darse cuenta de la excepcionalidad del sultán Solimán, cuando se cae en la cuenta de que el Magnífico era el mote con que le conocían sus rivales. Un mote que le pondrían con el tiempo, cuando el eco de sus victorias, sus éxitos diplomáticos y la riqueza y belleza de su corte trascendiera fronteras. En el inicio, en aquel 30 de septiembre de 1520, cuando Solimán Khan, el hijo y sucesor del sultán Selim I, subió a una embarcación dorada de 36 remos, surcando el Bósforo para hacerse cargo del imperio, nadie imaginaba aún que aquel joven príncipe de 26 años iba a escribir las mejores páginas en la historia del mundo otomano.</p>
<p>Pese a su juventud, Solimán había sido preparado para ese momento bajo la implacable batuta de su padre, Selim I el Inflexible, quien seguramente conquistó su sobrenombre -y el trono imperial- por el expeditivo método de asesinar al resto de posibles candidatos, una práctica ya inaugurada por su abuelo Mehmed II, el conquistador de Constantinopla. Durante su breve reinado, Selim I había engrosado la lista de posesiones del Imperio anexionándose Siria, Egipto y Arabia, y había adoptado el título de califa – jefe religioso de los musulmanes – tras la toma de la Meca. Enfermó de carbunco a la vuelta de su campaña de Egipto, pero antes de morir eligió como sucesor a su hijo Solimán y -más práctico e inflexible que nunca- mató cruelmente a sus demás hijos para que su favorito no enfrentase problemas internos durante su reinado.</p>
<p>Desde muy niño, Solimán fue entrenado para reinar. A los 7 años fue enviado a estudiar ciencias, literatura, teología y tácticas militares en las escuelas del Palacio de Topkapi en Estambul. Se educó en compañía de los pajes de origen cristiano que algún día se convertirían en sus visires, sus pachás, sus generales y sus gobernadores, y en ese período es donde trabaría amistad con Pargali Ibrahim Pachá , quien luego pasaría a ser su hombre de confianza. Ducho en el manejo tanto de las armas, como de las letras, a los 17 años ya había ostentado el cargo de gobernador, por lo que casi diez años después, cuando alcanzó el trono, ya contaba con una impecable trayectoria política. Era un hábil estadista, tan capaz de negociar durante horas con sus enemigos como de mostrarse implacable con aquellos que le decepcionaban, aunque quizá por oposición a la crueldad que había caracterizado a su padre, Solimán destacó siempre por su amor a la justicia, su necesidad de afecto y sus decisiones meditadas y reflexivas. Quizá las únicas decisiones impulsivas que tomara en su vida estuvieran precisamente marcadas por el afecto, el ciego e incondicional amor que sentía por Hurrem, su tercera esposa.</p>
<p><strong>BELGRADO, RODAS, HUNGRÍA</strong></p>
<p>Pero eso sería mucho después. Los primeros años del joven monarca se caracterizan por una estudiada política de expansión que, especialmente en Europa, está jalonada por tres importantes victorias: la conquista de Belgrado en 1521, la capitulación de los Caballeros Hospitalarios de San Juan en la isla de Rodas, en 1522 -lo que le da el control del tráfico marítimo veneciano y genovés-, y, por último, con la victoria en la batalla de Mohács, que acaba con la independencia de Hungría imponiendo en el trono a Juan Zapolya, y declarando al estado vasallo del imperio otomano.</p>
<p>El imperio otomano y la expansión del Islam suponían la principal bestia negra de Europa en el siglo XVI. España y Austria se opondrán enérgicamente a las conquistas de Solimán el Magnífico y contarán para ello con la ayuda de Polonia y Venecia. El mayor adalid de la defensa del cristianismo era, como no podía ser menos, el nieto de los Reyes Católicos, Carlos I de España y V de Alemania. Sin embargo no había una Europa unida frente al turco, sino un abanico de ambiciones y un puñado de fronteras en constante movimiento.</p>
<p>El propio rey francés Francisco I, quien se sentía amenazado por el liderazgo europeo del monarca español, no dudaría en aliarse con Solimán para socavar el poder del país vecino. Y Solimán, astuto diplomático y hábil negociador, hasta el punto de estar considerado uno de los principales estadistas de su época, supo como nadie aprovecharse de las rivalidades internas de los líderes cristianos. Occidente temía la expansión del islam, pero no supo unirse, pues cada uno de sus estados temía aún más la pérdida de sus feudos y de su status en la política europea.</p>
<p><strong>A LAS PUERTAS DE VIENA</strong></p>
<p>Quizá crecido por sus logros militares y las disensiones internas de sus enemigos, la audacia de Solimán llegara hasta el punto de amenazar el auténtico corazón del imperio austro-húngaro, la ciudad de Viena. Su obsesión le llevó a asediarla en dos ocasiones, en 1529 y en 1532, campaña en la que el gran abanderado del catolicismo, el emperador Carlos I, se vio obligado a pactar con los protestantes para lograr rechazar la ofensiva. El fracaso en las campañas de Viena le empujó a orientar sus conquistas fuera del territorio europeo. Invadió Bagdad y Mesopotamia, llegando hasta la India, y a la muerte de su vasallo, Juan Zapolya, en 1541, anexionó Hungría al imperio otomano. Apenas dos años después, en 1543, el mismo año en que Persia pasaba a sus dominios, el propio Fernando I de Habsburgo quedó obligado a pagar al Imperio un humillante tributo anual de 30.000 ducados.</p>
<p>Los cronistas se hacen eco de la férrea disciplina que el Califa imponía a sus tropas, y el ingenio que desplegaba tanto en la batalla como en la mesa de negociaciones.</p>
<p>Pese a la derrota en las campañas de Viena y el infructuoso asedio de Malta en 1565, el resto de sus expediciones acumularon un éxito tras otro, hasta tal punto que los monarcas de toda la cuenca del Mediterráneo se echaban a temblar cada primavera, cuando el ejército otomano se ponía en marcha hacia un nuevo objetivo. Las conquistas de Solimán pusieron bajo el control del Imperio a las principales ciudades musulmanas (La Meca, Medina, Jerusalén, Damasco y Bagdad), muchas provincias balcánicas (llegando hasta las actuales Croacia y Austria) y la mayor parte del norte de África a excepción de Marruecos.</p>
<p>Su expansión por Europa proporcionó a los turcos otomanos una fuerte presencia en la balanza europea del poder.</p>
<p><strong>LEGISLADOR, POETA Y MECENAS</strong></p>
<p>Sería en torno a 1530, diez años después de su ascensión al trono, cuando, el Califa y Príncipe de los creyentes, el guardían de los Santos Lugares, el Príncipe y Señor de la Feliz Constelación, el César Majestuoso, el Sello de la Victoria, y la Sombra del Omnipotente, empezase a ser conocido en Europa como El Magnifico debido al esplendor que caracterizaba su aparición en las ceremonias públicas. Pero para sus gentes, y desde hacía mucho tiempo, Solimán I era Al Kunani, el legislador, debido a las reformas que impuso en la legislación para tratar de adecuar la realidad de sus territorios a un escenario cambiante. Impuso a las familias cristianas la obligación de entregar un hijo de cada cinco para integrarlo en sus compañías de jenízaros; practicó el rapto de niños (devsirme) para nutrir sus tropas; dividió las tierras conquistadas en feudos militares sometidos al gobierno de un bajá. Reformó la administración civil y militar, insistiendo mucho en el deber de la imparcialidad con respecto a todas las clases sociales. No dudaba en destituir y condenar a muerte a los funcionarios corruptos y se ganó el favor popular por los leves impuestos que estableció. Pese a ser un musulmán piadoso, Solimán no fue nunca intransigente en materia religiosa, y el conjunto de sus leyes suponía una aplicación moderada del código del Corán. Eliminó el vino, puesto que era abstemio, pero no el café, introducido en Estambul en 1554. Promulgó nuevas legislaciones criminales, prescribiendo un conjunto de multas para ofensas específicas y reduciendo los casos que se castigaban con la muerte o la mutilación.</p>
<p>Consciente del importante papel de la educación, fundó escuelas religiosas adjuntas a las mezquitas, lo que proporcionaba una educación casi gratuita para los muchachos musulmanes, aventajando así a los países cristianos de la época. Incrementó el número de mektebs (escuelas primarias) en las que se enseñaba a los niños a leer, escribir y los principios del islam. Los que desearan recibir más educación podían entrar en una de las ocho madrazas, que les instruían en gramática, sintaxis, lógica, metafísica, filosofía, estilística, geometría, astronomía y astrología. El Sultán concedió bienes a los ulemas, los doctores de la ley, para lograr su acuerdo en materias polémicas, y, en definitiva logró que súbditos de veinte pueblos distintos y diferentes religiones viviesen en armonía.</p>
<p>Pero, además de administrador y legislador, Solimán fue también hombre de gran cultura. Curioso y apasionado, sentía un gran interés por las matemáticas y la historia, en particular por la figura de Alejandro Magno. Además de turco, Solimán hablaba árabe y persa y entendía el italiano. Dedicaba mucho tiempo a leer, en particular novelas persas, y él mismo escribió una extensa obra poética en persa y en turco bajo el seudónimo artístico de Muhibbi (Amante). Amaba la música y poseía discretos conocimientos de astronomía, y, como su antagonista Carlos V, era un apasionado de los relojes y del arte de medir el tiempo.</p>
<p>Su pasión por la cultura hizo de él un destacado mecenas. Tras la conquista otomana de 1453, Constantinopla no había dejado de ser un gran centro cultural, cosmopolita y abierto al mundo. A la ciudad llegaban toda suerte de hombres ingeniosos, oradores, soldados y expertos en política. Muchos artistas, también extranjeros, gozaron del favor del sultán. En la sede imperial, el Palacio de Topkapi, se administraban cientos de sociedades artísticas imperiales, lasEhl-i Hiref o “comunidad de talentos”. Tras un periodo de aprendizaje, los artistas y artesanos podían promover dentro de su gremio y se les pagaban grandes estipendios en cuatro entregas anuales. Los registros nominales que nos han llegado testifican del intenso mecenazgo que Solimán ejercía sobre las artes: el más antiguo documento, de 1526, lista 40 sociedades con más de 600 miembros.</p>
<p>Las Ehl-i Hiref atraían a la corte a los artesanos con mayor talento del imperio, tanto del mundo islámico como de los territorios recién conquistados en Europa, dando como resultado un crisol de culturas islámica, turca y europea. Los artesanos al servicio de la corte incluían a pintores, encuadernadores, peleteros, joyeros y trabajadores del oro. Mientras que los anteriores gobernantes habían estado influenciados por la cultura persa, el mecenazgo de Solimán sobre las artes consolidó el propio legado artístico del Impero otomano y estableció las bases de una literatura nacional.</p>
<p>Pero si por algo destacaría el Imperio de Solimán sería por la renovación urbanística que emprendió en las principales capitales. El sultán estaba decidido a convertir Estambul en el centro de la civilización islámica con una serie de proyectos que incluían puentes, mezquitas, palacios y distintos edificios con fines sociales y de caridad. La mayor parte de ellos serían construidos por el principal arquitecto del sultán, Mimar Sinan, con quien la arquitectura otomana alcanzaría su momento de máximo esplendor. Sinan fue el responsable de más de trescientos monumentos repartidos por todo el imperio, incluyendo sus dos obras maestras, la Mezquita Süleiymaniye y la mezquita de Selim, construida en Edirne durante el reinado del hijo de Solimán, Selim II. Igualmente preocupado por sus posesiones más lejanas, especialmente por las construcciones de carácter religioso, Solimán también mandaría restaurar la Cúpula de la Roca y las murallas de Jerusalén, y renovaría la Kaaba de La Meca.</p>
<p><strong>MUERTE DE UNA LEYENDA</strong></p>
<p>En el año 1566, Solimán se dirigió de nuevo con su ejército hacia los Balcanes. Se enfrentaba a Maximiliano de Habsburgo, como consecuencia de su negativa a satisfacer el impuesto anual acordado años atrás. Era su octava campaña continental europea, y la decimotercera expedición de su vida, pero, para entonces, la edad y los achaques pasaban ya factura. Parece ser que sufría de gota, hidropesía y desvanecimientos. Ello no le impidió dirigir en persona el asedio a la fortaleza húngara de Szigetvar, uno de los más duros de su reinado. El 29 de agosto hizo acopio de todas sus fuerzas, se levantó de su sillón, montó a caballo y ordenó el asalto general. Mientras se abría la brecha definitiva en la ciudad sitiada, Solimán hubo de retirarse a su tienda, totalmente agotado, donde moriría días después, víctima de una apoplejía. Cuentan los cronistas que durante más de un mes, ministros y generales mantuvieron la ficción de que el sultán seguía vivo, e incluso se colocó su cuerpo embalsamado en el trono para que el gran visir pudiera comunicarle a diario los informes sobre la campaña. Hasta que su hijo Selim II no tomó posesión del cargo, no se anunció oficialmente la muerte del sultán.</p>
<p>Solimán fue enterrado junto a su cimitarra, como corresponde a un soldado caído en el campo de batalla, y con el rostro vuelto hacia el enemigo. Su mausoleo se dispuso en la gran mezquita que él mismo ordenó construir, la Suleimaniye, junto al que sería el gran amor de su vida, su esposa Hurrem. Para el sultán, la mujer a la que dedicó sus mejores versos de amor, y, para el pueblo otomano, la inductora de las decisiones más drásticas que se vio obligado a tomar en su vida.</p>
<p>Se dice que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, y, Solimán el Magnífico no escapa al refrán. El sultán tuvo tres esposas, pero sería Hurrem, la última, la que supo ganarse un puesto en el corazón y el lecho del monarca. Hurrem, o Roxelana, como también se la denominaba, era hija de un sacerdote ortodoxo de la actual Ucrania que había sido hecho esclavo en la década de 1520. La joven entró a formar parte del harén del sultán a muy temprana edad. Se dice que no era excepcionalmente bella, pero estaba dotada de una gran inteligencia y una capacidad para la estrategia que la llevó a destacar en el harén, desbancando a otras mujeres e incluso a la favorita del sultán, ocupando su puesto, y consiguiendo posteriormente que el sultán contrajese matrimonio con ella, rompiendo con dos siglos de tradición otomana, durante los cuales ninguna concubina había pasado a ser la esposa oficial de ningún sultán. Hurrem también rompería otra vieja tradición palaciega que imponía que cuando los herederos imperiales alcanzaran la mayoría de edad, fuesen enviados junto con su madre, a gobernar las provincias más remotas del imperio. Lejos de respetar esa tradición, Hurrem se quedó en la corte durante toda su vida y logró que su hijo Selim, pese a no ser ni el primogénito ni el favorito de Solimán, ni siquiera el mejor preparado de entre los posibles herederos, sucediera a su padre en el trono.</p>
<p>Interesada en los juegos de política internacional, se decía de Hurrem que ejercía un auténtico poder en la sombra, y que era de ella de quien partían muchas de las decisiones tanto internas como externas. Era de sobras conocida la debilidad que el sultán sentía por su esposa favorita, y probablemente como consecuencia de ese amor ciego que le profesaba, cometiera dos actos de venganza que le atraerían el descontento del pueblo y acabarían empañando su memoria.</p>
<p>El primero de ellos fue el asesinato de Ibrahim Pachá, su amigo de la infancia, acusado de conspirar junto a los cristianos. Se cree que Hurrem fue la instigadora de esta muerte, pues no gozaba de la simpatía del gran visir, y probablemente le hiciese sombra a la hora de sugerirle decisiones al sultán. El segundo y aún más dramático sería la muerte de su hijo mayor, Mustafá, hijo de su primera esposa. Los cronistas de la época coinciden en que el príncipe Mustafá era visto por el pueblo otomano como un digno sucesor de su padre. Era inteligente, buen soldado y sabía ganarse la voluntad popular. El favorito del sultán y del pueblo era sin embargo un peligro para Hurrem, pues la tradición otomana impelía al heredero a matar a sus hermanos para asegurase una sucesión sin fisuras. Hurrem, decidida a que su propio hijo Selim aspirase al trono, conspiró junto al nuevo gran Visir Rustem Pachá, hasta que entre ambos convencieron a Solimán de que el príncipe Mustafá, espoleado por el pueblo, deseaba matar a su padre para garantizarse el trono del imperio antes de tiempo. Rustem mandó nota al príncipe para que fuera a reunirse con el ejército de su padre, y cuando este lo vio llegar a su tienda, convencido de que iba a matarle, ordenó a su propia guardia personal que lo ejecutara. Se dice que Solimán no se recuperó nunca de la muerte de su amado hijo, o quizá del papel que él había jugado en ella, y que pese a la presunta traición que iba a perpretrar, el sultán organizó un funeral de estado y el luto se impuso durante varios días. Eso, sin embargo, no impidió que la astuta Hurrem siguiera reinando en su corazón y moviendo los hilos en la sombra hasta lograr imponer a su hijo Selim II en el trono y descansar junto a su esposo en la mezquita de Sulemaniyye. Cuentan que, Selim II, usurpador de un trono que ni le pertenecía ni merecía, abandonó los asuntos de estado en manos de su visires y se dedicó a la buena vida, hasta el punto de terminar siendo conocido como Selim II el Borracho, empañando la majestuosa figura del que había sido su padre y antecesor. Pero esa ya es otra historia.</p>
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		<title>Vida cotidiana en el corazón del imperio</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/vida-cotidiana-corazon-del-imperio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 25 Jul 2017 11:13:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 53]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>AVISO A NAVEGANTES Se mire por donde se mire, el intento de dar cuenta de la vida cotidiana en el imperio otomano es una tarea de todo punto imposible. Primero, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>AVISO A NAVEGANTES</strong></p>
<p>Se mire por donde se mire, el intento de dar cuenta de la vida cotidiana en el imperio otomano es una tarea de todo punto imposible. Primero, por la duración temporal de dicho imperio, ya que el transcurrir cotidiano en el siglo XVI poco tiene que ver con el del siglo XIX debido a la evolución lógica de necesidades y costumbres. Segundo, y tan decisivo como el primer motivo, por la extensión territorial de dicho imperio, que llegó a alcanzar el sureste europeo hasta las puertas de Viena, dominando el Mediterráneo oriental y el mar Negro, extendiéndose por Asia Menor, y llegando a controlar el Mar Rojo y todo el norte de África, dicho así, en cuatro palabras y a pinceladas gruesas. Se trataba además de un imperio multicultural, ya que iba haciendo suyos no sólo territorios, sino a sus gentes, con sus hábitos y sus tradiciones, dando como resultado una amalgama de culturas generalmente bien avenidas, pero tampoco faltas de encontronazos y rencillas. Y más, mucho más: porque a lo largo y ancho de tan inmenso y poderoso imperio, la vida fue totalmente diferente para los distintos estamentos sociales, sultanes, visires, pachás, dragomanes, jenízaros, eunucos, ichoglanes, guardas de la corte, esclavos, mercaderes, marineros, artesanos y, en fin, el pueblo llano. Y aún menos que nada tiene que ver el transcurrir diario entre los hombres por un lado y entre mujeres por otro en cualquiera de los niveles citados.</p>
<p>Dicho esto, advertidos de las enormes limitaciones que tiene tal asunto, expuesto además en un número de páginas forzosamente reducido, mi intento se verá reducido a un espacio muy concreto, Estambul, la capital del imperio, y durante un tiempo acotado, a partir de la segunda mitad del siglo dieciocho hasta la Primera Guerra Mundial, el hecho histórico que precede a la partición y disgregación del poder otomano. Es el lugar y el periodo en los que contamos con testimonios más fiables. Y también los que nos permiten entender mejor la Turquía actual.</p>
<p><strong>LA RELIGIÓN, LAS MEZQUITAS Y LA CIUDAD</strong></p>
<p>Rasgos distintivos de ese lugar y de ese tiempo hay muchos, pero uno, por muy obvio que parezca, ocupa un primerísimo plano: la religión. Los turcos han sido (y lo siguen siendo) musulmanes, con todo lo que la práctica de los cinco pilares del islam comporta en la vida pública y privada de los fieles: en las ceremonias, los hábitos alimenticios, los ritos, o el trato entre hombres y mujeres. Sus relaciones con los países y comunidades “infieles” fue variable a lo largo de los siglos, pero predominó una actitud respetuosa hacia los “seguidores del Libro”, o sea cristianos y  judíos, y de hecho tanto los católicos como los ortodoxos, armenios, protestantes o judíos contaron con lugares de culto propios. Pero la presencia del islam se impone en la imagen más hermosa y soberbia de Estambul, la que se obtiene desde el mar de Mármara, en ese perfil de cúpulas y minaretes flotando sobre las aguas que constituye el icono de la ciudad. Sobre ese conjunto de casas apretadas de madera y calles estrechas, se instalaron desde la conquista otomana los volúmenes redondos y sólidos de las cúpulas, flanqueados de pináculos delgados y agudos como flechas de los minaretes. Y traspasando esa imagen deslumbrante, una vez en tierra firme, esos volúmenes reconocibles constituyen también los puntos de referencia, las señales que nos indican en qué punto de la ciudad nos encontramos y a dónde debemos dirigir nuestros pasos. No podría entenderse la fascinación de Estambul sin sus lugares de culto. Desde el exterior y en su interior, porque al entrar en ellos, abiertos a fieles e infieles, se accede a un espacio no sólo sagrado, sino profundamente doméstico, un lugar a donde los turcos de ayer y hoy acuden no sólo a orar, sino a buscar consuelo, paz y silencio, aislándose de una ciudad trepidante y perpetuamente atestada de gentes, coches, motos, hoy, y de carros, mulos, gentes y carretas en un pasado muy reciente. El primer paso para acercarse a los habitantes de Estambul bien podría ser hacer como hacen ellos, darse una tregua y entregarse a la calma y alivio de las mezquitas.</p>
<p>Sus interiores nos proporcionan, además, claves para comprender el sentido de los espacios interiores en el mundo otomano. Radicalmente distinto del de occidente. A los templos cristianos llenos de bancos, reclinatorios y, en el caso de los católicos, altares, imágenes y confesionarios, las mezquitas turcas constituyen ambientes vacíos, tan sólo provistos de alfombras, azulejos y la enormes lámparas que cuelgan de las alturas.</p>
<p>Interiores donde la sola decoración la constituyen los elementos arquitectónicos, arcos, cúpulas, contrafuertes, bóvedas y semibóvedas, pilares, columnas y el juego de luces que proporcionan las numerosas vidrieras. Una constante en la concepción de los interiores, ya sean de mezquitas como de palacios, de salones imperiales como de humildes cuchitriles. “El interior de este palacio no estaba magníficamente amueblado: divanes y alfombras, muros pintados al fresco, y arañas de cristal eran toda su decoración“ comenta en 1833 el político y poeta francés Lamartin, asombrado de la desnudez de los salones palaciegos de Beglierbeg, sobre las orillas del Bósforo.</p>
<p><strong>EL PLACER Y LOS BENEFICIOS DEL BAÑO TURCO</strong></p>
<p>Alfombras, muchas, hermosísimas alfombras para apreciar con la vista y también con el tacto de unos pies que siempre se descalzan en los interiores de las mezquitas y antes de traspasar las puertas de entrada, tanto se trate de las estancias del sultán o del último de sus siervos.</p>
<p>Porque dar satisfacción a todos los sentidos es una característica de la cultura otomana, que logró transformar una obligación en uno de sus más apreciados placeres. Eso es lo que han hecho con el agua y con los baños. Si bien las cualidades simbólicas y prácticas del agua pertenecen a la tradición islámica en su conjunto, y de allí la importancia de fuentes, acequias, o estanques en el universo musulmán, se puede decir que el baño es una aportación específica de los turcos otomanos. “Los turcos se dedican al lavado de sus manos, pies, su cuello y todo el cuerpo, incluyendo partes que me ruboriza especificar” comentó escandalizado el historiador griego Theodore Spandounes en 1523. Y más: “Únicamente los turcos saben bañarse; nosotros creemos que con zambullirnos en una estrecha tinaja de agua turbia ya basta; ellos no. El baño es un elemento indispensable a su existencia: un mendigo turco prescindirá de comer y dormirá por tierra (…), pero se bañará”. Con estas palabras define en 1849 Máxime du Camp, el amigo y compañero de viaje de Flaubert por Oriente, la importancia de este rito. De hecho, la arquitectura de los baños refleja fielmente su papel decisivo en la vida social: sus espacios amplios y tibios cubiertos de mármol blanco, las cúpulas horadadas que favorecen una iluminación mágica, las nubes de vapor que envuelven las salas, el sonido de las fuentes adosadas a los muros, convierten estos lugares en puntos de reunión favoritos entre los turcos, y componen una atmósfera propicia a los acuerdos entre hombres, y a las confidencias entre mujeres. “El baño es el café de las mujeres, donde, entre baño, sorbetes y helados, se cuentan las noticias y se fraguan los escándalos” apunta la viajera y escritora Lady Mary Wortley Montagu en 1718. La afición a los baños por parte de la población otomana hizo sin duda mucho por su salud, un problema que siempre preocupó a los responsables de la Sublime Puerta. Hospitales para enfermos del cuerpo y también del espíritu se construían junto a los baños y las mezquitas, formando un conjunto pensado para dar servicio y consuelo a los habitantes de Estambul. Las condiciones higiénicas, en pura lógica, no eran las deseables, pero en sus centros hospitalarios se empezaron, ya en el siglo XVI, a aplicar métodos curativos totalmente novedosos para la época, como eran los conciertos de música para las mentes perturbadas, una técnica que se desarrolló a lo largo y ancho del imperio: un placer también para el sentido del oído.</p>
<p><strong>DISFRUTE PARA LA VISTA, EL GUSTO Y EL OLFATO</strong></p>
<p>Sin duda, Estambul ha sido siempre una ciudad acuática, lo es a simple vista. Sultanes, visires y demás altos cargos del imperio supieron sacar buen provecho de tal circunstancia, sobre todo en los meses más cálidos, cuando se trasladaban a vivir sobre las aguas o en sus mismas orillas. Los famosos caiques, de puntas curvas y decorados exquisitamente, poblaban el Cuerno de Oro, y se adentraban en las aguas del Bósforo para dar servicio a las mansiones con embarcadero propio (yalis) levantadas en sus orillas. Pero la afición por los paseos marítimos no hacían olvidar a los grandes de Estambul, ni a los humildes, su devoción por los espacios verdes. Una devoción patente en Topkapi, donde los edificios, de pequeños dimensiones, contrastan con los numerosos y amplios patios y jardines, adornados con fuentes, en los que crecen cipreses y distintas especies de ficus. Jardines exquisitos se extendían también tras las mansiones del Bósforo, asombrando a los viajeros occidentales. Una pasión compartida con el pueblo llano, que aprovecha cualquier rincón para montar un emparrado o colocar unas macetas con flores en el alféizar de puertas o ventanas.</p>
<p>Y en el terreno de las costumbres, aficiones y gustos de los otomanos tienen gran importancia los que corresponden a la bebida, la comida y la pipa de agua o chibuquí.</p>
<p>Según parece, tanto el café como el tabaco fueron objeto de fuertes diatribas, y abiertamente perseguidos en tiempos de Murat IV (1623-1640), pero finalmente su consumo superó prohibiciones y castigos, imponiéndose en la vida y los hábitos de los otomanos, como comprobaron los viajeros de hace un par de siglos, tanto en los espacios cerrados envueltos en las nubes del humo y con abundantes tazas de un café oscurísimo y casi sólido, como en los espacios abiertos, a la sombra de un plátano o de una parra. Lo del opio, según cuenta ya en 1902 la Baronesa Durand de Fontmagne, es otro cantar: su consumo se reducía ya entonces a una minoría marginada concentrada en Teriaky, el lugar de venta de tal droga que, según leemos, se ingería en forma de píldoras del tamaño de aceitunas.</p>
<p>En lo que respecta a la comida, habrá que destacar la exquisita tradición culinaria mantenida hasta hoy mismo. Platos muy variados, raciones para compartir entre los comensales, muchas verduras y hortalizas, ensaladas, arroz preparado de diversas maneras y más carne que pescado. Una gastronomía que exige horas de cocina muy condimentada, especiada y especialmente sabrosa, donde sobresalen las berenjenas, los calabacines, el arroz y el cordero. Todo servido en mesas bajas y con los alimentos muy troceados, colocados en platos pequeños, sin necesidad alguna de sillas ni apenas de cubiertos. Para beber, sorbetes helados de limón, tamarindo o pétalos de rosa. Y para postre, esos dulces dulcísimos con miel, pistacho, almendras y hojaldre, las auténticas Delicias Turcas. Unas delicias de las que, por cierto, tan sólo podían disfrutar las clases altas, que llenaban sus mesas de esos manjares preparados con esmero por los sirvientes. La inmensa mayoría, los pertenecientes a las clases populares, se contentaban con sopa de arroz, tortas de pan, ajo, cebolla, verduras y fruta. Como en todos los imperios de todas las épocas.</p>
<p><strong>BAZARÍS, FRANCOS Y RAYÁS</strong></p>
<p>Mercados había muchos, pero ninguno como el Gran Bazar, donde se podía encontrar de todo en todas sus variedades, levantado en tiempos del mismo Mehmed, el conquistador de Constantinopla, con lo que su existencia ha quedado unida a la de Estambul. Se trata de un edificio de aspecto exterior anodino y de interiores laberínticos, un dédalo de calles cubiertas por bóvedas y plazas con fuentes que constituye en sí mismo una ciudad dentro de la ciudad, incluyendo la preceptiva mezquita y varios caravanserais para albergar a los comerciantes venidos de otras tierras. Como en los mercados del mundo entero, los productos se agrupan por géneros y tipos. Alfombras de Anatolia, sedas y terciopelos de Bursa y de Persia, cachemires de India, porcelanas chinas, piezas de latón turcas, también objetos venidos de occidente: espejos y cristales de Murano, perfumes franceses y oro africano. Los comercios de los joyeros, que ocupan más de una calle, llaman la atención no sólo de sus clientes asiduos sino de los visitantes ocasionales, “la zona acumula tanta riqueza, tal cantidad de diamantes y piedras preciosas que deslumbra la vista” comentó Lady Mary Wortley Montagu en 1718. Los pasajes de tal maraña tienen muy distinta anchura, de tal manera que en los más angostos llegan a formarse atascos a causa del agitado tráfico de jamelgos cargados de bultos, y el tumulto formado por cientos de paseantes. Los vendedores, por su parte, no parecen tomarse mucho interés en desprenderse de sus mercancías y se muestran indiferentes, recostados sobre sus propias mercancías, aparentemente adormilados, mientras van pasando las cuentas de ámbar, ágatas o sándalo de sus rosarios. Las especias y perfumes cuentan con su propio mercado, el conocido como Bazar Egipcio, instalado en 1633 por los genoveses y los venecianos que comerciaban con este tipo de productos. Sigue en su misma ubicación, junto a la Yeni Camii, levantada unos años antes. Y ya que se ha mencionado a venecianos y genoveses, se recordará que no se puede hablar de la vida en Estambul sin hablar de la amplia comunidad de europeos instalados al otro lado del Cuerno de Oro, en los barrios de Gálata y Pera, conocido también como Beyoglu. Una comunidad un tanto variopinta de diplomáticos, intermediarios, armadores, muñidores, viajeros, más y más diplomáticos y algún que otro espía. Representantes y embajadores de las más importantes potencias europeos, Francia, Inglaterra, Nápoles, Venecia, España, Holanda, Rusia, Prusia y Suecia según da cuenta en sus informes el gran marino español Gravina en 1788. En realidad Gálata, la parte baja de Beyoglu, estaba ya tomada por los genoveses, y la alta, Pera, por los venecianos desde tiempos anteriores a la conquista otomana. Y allí se quedaron, un pie de Europa en el corazón del imperio, abriendo el camino al establecimiento de embajadas, comercios, hoteles y mansiones de arquitectura y refinamiento occidental. Estos europeos de distinto origen y oficio son los llamados francos, ya que están exentos de pagar impuestos como es de obligación para el resto de vecinos de Estambul, aunque deban presentar sus respetos ante la Sublime Puerta, que mantiene buena relación con los mandatarios de Europa.</p>
<p>Están bien considerados por los turcos y se mueven por la ciudad con total libertad. Nada que ver esta heterogénea comunidad de francos con los griegos, los armenios o los judíos, llamados todos rayás, quienes, según sigue informando Gravina “por no gozar de la protección de alguna nación europea pagan contribución al imperio”. Estos colectivos tienen sus propias leyes y gobernantes, suelen vivir El Gran Bazar, ilustración del libro agrupados en sus barrios y constituyen un tejido comercial y financiero básico en la economía del imperio, si bien desempeñan un papel secundario en la vida oficial, ya que destacar podría ocasionarles problemas con las autoridades otomanas.</p>
<p><strong>¿Y LAS MUJERES?</strong></p>
<p>Pues la mujeres en sus casas, limpiando, cocinando, cuidando de hijos y de abuelos, muy lejos su vida de la imaginada por la recreación occidental, compuesta por odaliscas envueltas en gasas y sedas reposando sobre almohadones adamascados y escuchando las notas del laúd, la cítara o el ney. En general visten pantalones amplios y camisas largas o blusones. Salen a la calle cubiertas por una túnica amplia (ferace), la cabeza y el rostro oculto por el yasmak, un velo más o menos transparente según las clases sociales y las épocas, y calzan babuchas amarillas. Los tejidos de la ropa, los adornos, que van de los bordados más sencillos a las joyas más espectaculares dependen de su estatus social. La monogamia es la forma matrimonial más extendida, dados los costes que suponen al varón mantener más de una familia.</p>
<p>¿Y qué pasa entonces con el harén? Pues que el harén es algo reservado a los sultanes o como mucho a sus más cercanos parientes y servidores. Sin duda su existencia es algo que pobló la fantasía occidental de las más estimulantes visiones, dando lugar a toda una serie de creaciones pictóricas y noveladas que configuraron el llamado orientalismo. Testimonios reales los hay, como el del embajador veneciano a finales de 1700 Ottavio Bon, que fue admitido en el harén de Topkapi, y da cuenta de las muchas salas y salones cubiertos de alfombras persas donde se alojaban las mujeres, organizadas por una estricta jerarquía, desde la Valide Sultán o Reina Madre a la última de las novicias. En el harén o serrallo ejercitaban las artes musicales, la danza y otras habilidades que pudieran complacer a su amo y señor, eso sí, sujetas a una permanente y estricta supervisión y vigilancia.</p>
<p>Existía una jefa de ceremonias y damas encargadas del baño y tocador, entre las que eran especialmente apreciadas las mudas, que no podían transmitir los muchos conflictos, rencillas y hasta amenazas de muerte que salían a la luz en esos momentos de mayor intimidad y relajación.</p>
<p>No sólo mujeres. “La segunda clase de personas en el Serrallo son los eunucos. Estos se dividen según sus colores, en blancos y negros. Los blancos sirven a la persona del sultán cuando está fuera del harén en el cual no pueden entrar. (…)</p>
<p>Los eunucos negros son los que sirven en el interior del harén, pero infeliz del que levanta los ojos delante de una mujer”, señala el siempre minucioso Gravina. Baste con recordar un antiguo dicho otomano “El cuello de los servidores del sultán es más fino que un cabello”.</p>
<p><strong>VIDA Y MUERTE</strong></p>
<p>La muerte está siempre presente en esta ciudad tan intensamente vital. Pequeños cementerios de hermosas lápidas verticales talladas pueden guardar los restos de importantes jefes del ejército que participaron en la toma de Constantinopla. La mayor parte se sitúan cerca de una mezquita, respetados como tierra sagrada. Dicen que hoy existen unos cien de esos cementerios históricos dispersos por toda la ciudad. Al menos los suficientes para tropezar con esos lugares cerrados sobre sí mismos que comparten su existencia con el trajín constante de Estambul. Y lejos de constituir una presencia extraña, pertenecen a la imagen más cotidiana y profunda de la vida turca. Esta es la razón por la que, antes de dar fin a este texto, propongo un paseo por el hermosísimo cementerio de Eyüp. Conviene visitar antes la muy afamada mezquita de Eyüp (1458), y entrar junto a la multitud de peregrinos al santuario donde se guardan los restos de Eyüp, discípulo del profeta. Se toma después el sendero que asciende por la ladera y atraviesa el enorme cementerio de punta a punta, en compañía de hombres y mujeres que visitan a sus difuntos. Ya en lo alto de la colina, se disfruta de las vistas más sublimes del Cuerno de Oro, y de un merecido descanso en el mismo café donde Pierre Loti alimentaba su pasión por la hermosísima Constantinopla otomana y sus habitantes.</p>
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		<title>Primeros viajeros españoles por tierras otomanas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/primeros-viajeros-espanoles-tierras-otomanas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 25 Jul 2017 11:07:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 53]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Fueron los pioneros en una ruta que siglos más tarde se convertiría en clásica para los artistas románticos. Ya sea por razones de estado o por interés personal, todos ellos [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/primeros-viajeros-espanoles-tierras-otomanas/">Primeros viajeros españoles por tierras otomanas</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Fueron los pioneros en una ruta que siglos más tarde se convertiría en clásica para los artistas románticos. Ya sea por razones de estado o por interés personal, todos ellos dejaron en sus escritos un testimonio vivo de lo visto y vivido en tierras del imperio otomano.</p>
<p>La llamada que ejercía oriente sobre nuestro país estuvo en sus orígenes vinculada con el imán de Tierra Santa. De hecho, el primer relato de un español por tierras de Oriente Medio se remonta a antes del imperio otomano y lo firma una mujer, Egeria, posiblemente gallega y, según algunos historiadores, monja. Esta extraordinaria peregrina dejó en sus cartas un relato fresco, escrito de manera sencilla de su viaje por los santos lugares durante los años 381 al 384, desde el Sinaí a Constantinopla, en época del emperador Teodosio.</p>
<p>Pasaron casi ochocientos años hasta que otro viajero, esta vez judío y navarro, iniciara su viaje por Oriente y dejara testimonio escrito de su experiencia. Benjamín de Tudela (1130-1173) narró con detalle su periplo a través de las comunidades hebreas que habitaban en su camino a Jerusalén y Egipto, y lo completó con observaciones sobre la situación política, militar y económica, sin olvidar dar cuenta de los monumentos, ruinas y en general restos antiguos que guardaran relación con la historia bíblica y el pueblo de Israel.</p>
<p><strong>RUY GONZÁLEZ DE CLAVIJO: DIPLOMÁTICO Y ESCRITOR</strong></p>
<p>Fue en 1402, con el imperio otomano en plena expansión, cuando el rey de Castilla, Enrique III, encomendó a Ruy González de Clavijo la tarea de establecer una embajada ante la corte del poderoso Tamerlán, con la intención de crear una alianza para enfrentarse a la amenaza turca, a la que occidente comenzaba a temer y que ya tenía un nombre propio, el sultán Bayaceto I.</p>
<p>Era la segunda embajada que se enviaba a Samarcanda en la que el emperador mongol se había mostrado receptivo hacia el lejano imperio castellano. Tal circunstancia forzó a que Clavijo se tomara muy en serio la tarea de documentar el viaje y, a pesar de que existen ciertas dudas sobre la autoría de los apuntes, aún hoy podamos conocer a través de su relato la realidad de aquella época. Su obra, Embajada a Tamorlán está considerada una de las joyas de la literatura medieval castellana, además de un libro de viajes en toda regla, comparado en muchos aspectos por algunos con el célebre Libro de las Maravillas de Marco Polo, escrito casi un siglo antes. Tiene el rigor de un diario, con menciones de fecha y lugar, una fidelísima relación de topónimos y breves descripciones de lo que va apareciendo a lo largo de la ruta. González de Clavijo iba a acompañado por el dominico Alonso Páez de Santa María, quien, como religioso experto, debía tratar con los doctores en la ley islámica, y por un hombre de armas, Gómez de Salazar, que murió durante el viaje. Partieron del Puerto de Santa María (Cádiz) el 22 de mayo de 1403, y luego de pasar por Rodas y Constantinopla, desembarcaron en Trebisonda, para continuar por tierra a través de las actuales Turquía, Irak e Irán, entrando finalmente en la Gran Bukaria (actual Uzbekistán) en septiembre de 1404, cuya capital, Samarcanda, albergaba la corte de Tamerlán. Sin embargo, a pesar de ser bien recibidos, el emperador partía para pelear en China, una campaña fallida, ya que Tamerlán murió antes de llegar a aquel país en febrero de 1405, hecho que implicó también el fin de la embajada de Clavijo, quien emprendió el viaje de vuelta a España.</p>
<p>Si el cumplimiento de establecer una embajada supuso un fracaso, el viaje fue un éxito dada la documentación recogida en Embajada a Tamorlán (1406), concediendo así protagonismo a Castilla en un asunto tan ambicioso como la expansión del imperio mongol, enemigo del gran turco.</p>
<p><strong>TAFUR, VIAJERO POR CUENTA PROPIA</strong></p>
<p>Unos años más tarde adelante es un “castellano andaluz”, según su propia definición, aventurero, impetuoso, incluso algo petulante y poseedor de gran ironía, quien se lanza hacia estos mundos orientales desconocidos. Se trata de Página del manuscrito de Clavijo Embajada a Tamorlán.</p>
<p>Pedro Tafur (1405/1409-1480), el autor de Andanzas y viajes. A diferencia de Clavijo, las razones para emprender su viaje que lo mantuvo fuera de España desde 1436 a 1439, eran personales, de auténticas ganas de conocer el mundo y cumplir con algunos de los ideales caballerescos de la época. Su narración, para algunos de escasa calidad literaria, fue escrita años después de su vuelta a la península, en 1454. No respeta la secuencia temporal, pero es un documento de gran valor para acercarse, tal vez no con el rigor de un historiador, a una época en la que sólo se conocían tres continentes.</p>
<p>Tafur los visitó todos, y de todo lo que vio dejó constancia en un sugestivo relato por varias ciudades europeas, así como de su viaje desde Tierra Santa hasta Esmirna, Trebisonda y Crimea, pasando por Creta, Rodas, Quíos, Egipto y Oriente Próximo, llegándose a entrevistarse con el sultán Murad II. En su obra destaca la descripción de Roma y Constantinopla poco antes de su caída en manos otomanas, donde entabló contacto con Juan VIII Paleólogo, de quien se consideraba pariente. Tafur escribe con la perspectiva que le da el tiempo transcurrido después de su visita, y con la noticia definitiva de la caída de Constantinopla al imperio otomano. En sus Andanzas responsabiliza de la caída de Bizancio a los propios cristianos, quienes, por su inoperancia y enfrentamientos, permitieron a los musulmanes turcos alcanzar la victoria.</p>
<p><strong>GABRIEL DE ARISTAZÁBAL, EMBAJADOR AMISTOSO</strong></p>
<p>Durante el siglo XVIII el imperio otomano vivió un cierto retroceso en lo militar, tregua que dio pie a un impulso en las relaciones internacionales. Mientras, en occidente, el exotismo oriental se iba poniendo de moda anticipando el romanticismo del siglo posterior. Carlos III, consciente de la importancia del acercamiento a la Sublime Puerta, envió a la capital otomana dos misiones diplomáticas, separadas en el tiempo sólo por cuatro años. La primera, en 1784, Juan VIII Paleólogo, por Benozzo Gozzoli encabezada por el marino madrileño Gabriel de Aristizábal (1743-1805) al mando de los navíos Triunfante y Pascual, la fragata Clotilde y el bergantín Infante, tenía como objetivo confirmar al sultán las buenas intenciones del monarca español, y hacerle entrega de valiosos presentes, como una magnífica tienda de campaña, una vajilla de oro, otra de plata, y numerosos cajones de piezas de tisú de oro y plata, otros con chocolate, cacao, quina y tabaco en polvo.</p>
<p>El primer tratado de paz entre España y la Sublime Puerta se había firmado en 1782. Dos años después, Aristizábal arribaba a Constantinopla, después de un viaje accidentado del que dejó constancia en el relato sobre su estancia de cuarenta y tres días en aquella ciudad y su periplo de nueve meses. El mayor interés del manuscrito reside sin duda en las imágenes que acompañan las descripciones: cuarenta y siete dibujos de trazos finos algunos de los cuales, por su gran formato, se extienden sobre hojas plegadas, realizados a pluma por distintos artistas y coloreados a la acuarela en su mayoría. En ellos aparecen diversas escalas de la expedición (Malta, Siracusa y el paso de los Dardanelos, entre otras), así como los monumentos históricos de Constantinopla (Santa Sofía, Hipódromo, los tres Obeliscos), y la perspectiva de la ciudad desde diferentes ángulos, con una panorámica de los tres castillos que guardan la entrada del Canal. Otros dibujos son más anecdóticos.</p>
<p>Imagen de la varadura del navío San Pascual, incluido en el relato del viaje a Constantinopla realizado en 1784 por Aristizábalticos y muestran escenas puntuales o se centran en detalles que llamaron la atención de los viajeros españoles: las fortificaciones otomanas del Danubio, las piezas de artillería utilizadas por el ejército turco, los diferentes tipos de barcos de su armada y el mecanismo de transporte que empleaban para conducirlos a las atarazanas, el arsenal de Constantinopla o el sistema de abastecimiento de agua a la ciudad mediante un acueducto que arrancaba de Burgas. Aristizábal tampoco pasó por alto la vida a pequeña escala, en las calles, los mercados, la decoración de las mansiones del imperio, los baños, el harén, la presencia de eunucos, plasmando aspectos insólitos de la vida diaria para la mirada europea.</p>
<p><strong>GRAVINA, EL MARINO ILUSTRADO</strong></p>
<p>Como parte del protocolo de la época, la Sublime Puerta respondió a la visita de Aristizábal con la de un Vasif Efendi (embajador). Federico Gravina (1756 -1806) estuvo al mando de la escuadra que acompañó a su vuelta a aquel Enviado Extraordinario que había quedado fascinado con España y su rey, y demostró, en un relato dedicado a Carlos III, que él sentía lo mismo por la capital otomana.</p>
<p>En su Descripción de Constantinopla, escrita por los oficiales de la fragata Rosa, mandada por don Federico Gravina, en que se restituyó el embajador turco a su país, y que duró 31 días, el autor coincide con Aristizábal en gran parte de las apreciaciones sobre las maravillas, y algunas miserias, de la ciudad, aunque sus descripciones se centran más en entender los usos y costumbres de los ciudadanos otomanos, dando especial relevancia a la religión, su práctica y a su profeta, Mahoma. Gravina se permite el lujo de ser más condescendiente con los turcos y, a pesar de que no duda en criticar la Administración civil y militar del país, deja ver desde el primer momento su auténtica fascinación por lo todo lo que observa.</p>
<p><strong>ALI BEY, EL OTOMANO ESPAÑOL</strong></p>
<p>Las historias que rodean a Domingo Badía i Leblich (1767- 1819), más conocido como Ali Bey, están llenas de aventura y riesgo asociados a sus misiones como espía en distintos puntos del mundo musulmán. En 1803 cruzó el Estrecho de Gibraltar haciéndose pasar por un científico y príncipe sirio. Auspiciado por Godoyministro de Carlos IV, aprendió árabe, se circuncidó, se rodeó de un séquito y se ganó el favor del sultán marroquí a la vez que conspiraba contra él. Fue expulsado de Marruecos y se dirigió a La Meca convirtiéndose en el primer europeo, no esclavo, que la visitó. Registró todo lo que vio en aquel lugar vetado a los occidentales con dibujos, pinturas y extraordinarias descripciones de sus gentes, templos y tesoros en su libro “Viajes en Marruecos, Trípoli, Chipre, Arabia, Siria y Turquía”.</p>
<p>Desde muy joven, Domingo Badía se interesó por el mundo musulmán y fue ese interés el que motivó sus planes de viajar, en principio con fines científico antropológicos.</p>
<p>Adoptó el nombre de Alí Bey el-Abbasí para realizar el viaje que posteriormente narró, y que le sirvió para pasar inadvertido y poder infiltrarse en círculos de poder allí por donde iba. En sus relatos describe la cultura, el comercio, la vida cotidiana, incluso, en Chipre, los yacimientos arqueológicos.</p>
<p>De todo lo que observa y considera de relevancia política informa a Godoy cumplidamente. España le patrocinaba el viaje y así recorrió el Mediterráneo por Trípoli, Grecia, Alejandría y El Cairo durante más de un año. Desde Suez atravesó en barco el Mar Rojo y el 26 de enero de 1807 alcanzó Jiddah, a un paso de La Meca. Por primera vez en la historia, un occidental dibujó mapas, detalló los ritos islámicos y sus significados, documentó sus templos, jamás antes descritos, y contempló la piedra negra oculta en la Kabaa, dentro del recinto sagrado.</p>
<p>Pasó seis meses en La Meca y viajó a Palestina, llegando a Jerusalén en julio de 1807. Allí conoció la Cúpula de la Roca construida sobre el templo de Salomón, y también visitó Nazaret y los santos lugares cristianos y judíos. Después se trasladó a Damasco y de ahí a Constantinopla. Camino de París, fue en Bucarest donde Domingo Badía se despojó del personaje de Alí Bey y, abruptamente, dio por finalizado su diario de viaje.</p>
<p>Sin embargo su vida como espía en el imperio otomano continuó, patrocinado esta vez por Francia, de la mano de Napoleón y luego de Luis LVIII, que reconocieron y rentabilizaron la profesionalidad de Badía. En París adoptó un nuevo nombre, Alí Abu Utman, para emprender una nueva misión, pero cuentan que los servicios secretos ingleses descubrieron su identidad y lo mandaron envenenar.</p>
<p>Domingo Badía falleció por causas desconocidas en Damasco pocos días después.</p>
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