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	<title>Boletín 54 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 54 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Los paleocauces o ríos fósiles, antiguos cauces bajo las arenas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 Sep 2017 11:49:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Existe otro mundo bajo las arenas del Sáhara. Los actuales radares son capaces de detectar antiguos cauces de ríos y amplios megalagos, anegados hoy por millones y millones de granos [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-paleocauces-rios-fosiles-antiguos-cauces-las-arenas/">Los paleocauces o ríos fósiles, antiguos cauces bajo las arenas</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Existe otro mundo bajo las arenas del Sáhara. Los actuales radares son capaces de detectar antiguos cauces de ríos y amplios megalagos, anegados hoy por millones y millones de granos minúsculos de rocas disgregadas.</strong></p>
<p><strong>EL PODER DEL IMAGINARIO GEOGRÁFICO</strong></p>
<p>África es un continente lleno de arena, o al menos ese es un imaginario geográfico que surge desde varios percepciones: el espacio que ocupa el desierto del Sáhara y el cinturón sur en la costa de Namibia, las nubes de polvo arenoso que llega al sur de Europa y, sobre todo, por la asociación de culturas y modos de vida desarrollados en medios desérticos y arenosos, como la civilización egipcia y la vida nómada asociados al deambular caravanero. Pero los imaginarios geográficos, como puso de manifiesto Edward Said en Orientalismo (1978), no sólo se construyen con invenciones, sino que terminan aglutinando a su alrededor intereses y realidades. Los imaginarios geográficos son poderosos seductores que remedan la, con frecuencia, poco gratificante realidad, y terminan convirtiéndose por este motivo en pura materia literaria de una realidad paralela. Las arenas, sus distribución, sus movimientos y sus efectos se engrandecen y transforman, como no podía de ser menos en una materia formada por millones de pequeños granos, capaces de cubrir el tiempo y atrapar el espacio, golpeando nuestra imaginación como ningún otro elemento: quizá por ello la actitud de las personas ante una gran duna es uno de los mejores detectores de la psicología humana que cabe tener. Por esta misma naturaleza de las arenas, raramente nos hacemos preguntas fundamentales: ¿de dónde han salido? ¿qué nos ocultan? Por supuesto la respuesta no es simple, pero podría simplificarse. La arena es el resultado de un proceso erosivo en el que el agua funciona como principal agente, aunque deje al viento el modelar sus paisajes. En África la arena procede de dos fuentes fundamentales. Por una parte, la erosión sobre el basamento terrestre realizada principalmente por corrientes fluviales, que en un continente tan vasto han depositado tras su acarreo en lagos interiores, hoy desecados y denominados en la literatura científica megalagos. Están también las arenas depositadas por el mar en las playas que, en condiciones favorables, son transportadas por el viento hacia el interior. En cualquier caso, toda esta arena no representa más que una pequeña parte del gran desierto, el resto de las arenas  pertenece a nuestra imaginación. De la desecación de los megalagos surgen los diversos mares de arena, como el gran erg oriental de 190.000 km2, distribuidos en diversas zonas del desierto del Sahara. Las arenas arrastradas desde el mar hacia el interior son aún menos voluminosos, aunque como aquellas condicionan enormemente los lugares donde se depositan y transitan. Un buen ejemplo son esas dunas en forma de media luna, conocidas como barjanes, que recorren el Sahara atlántico, con frecuencia en parejas simétricas, a lo largo de decenas de kilómetros y que, como recientemente han podido captar los astronautas de las ISS, condicionaron ciudades como El Aaiún (puede buscarse por: ISS046-E-46013). Las arenas, como todos los imaginarios, terminan siendo más reveladoras en lo que ocultan que en lo que nos muestran. Pero desvelar lo que oculta el desierto del Sáhara no ha sido tarea fácil: gracias al dominio de radares especiales hemos empezado a ver lo que antes no podríamos siquiera imaginar.</p>
<p><strong>LOS RADARES VEN A TRAVÉS DE LAS ARENAS</strong></p>
<p>Desde los años sesenta es relativamente fácil montar un radar en un avión, aunque lo realmente difícil es poder volar con él por el planeta. Los países extienden sus fronteras al espacio aéreo y cuando se menciona la palabra frontera, estamos hablamos de propiedad en mayúsculas. Pero esta restricción de las fronteras no rige para el espacio exterior, y los satélites no tienen que dar cuenta de su trayectoria. El que sólo Estados Unidos y la Unión Soviética tuvieran esta tecnología en el momento en que se empezó a regular internacionalmente el uso del espacio exterior está en la base de su explicación. Pero a diferencia de los satélites de observación convencionales, que llevan sensores similares a los de las cámaras de fotos y se limitan a recibir la luz que reflejan los objetos terrestres, los radares han de emitir sus propias ondas, y ello requiere de una gran cantidad de energía, y más si se pretende no repostar en años una vez alcanzada la órbita.</p>
<p>El primer satélite que montó un radar fue el denominado Seasat, lanzado en 1978, que como su nombre indica se diseñó para el estudio del océano. El océano es, desde que tenemos constancia del calentamiento global, la pieza fundamental de la regulación térmica de la tierra. Conocer cómo se mueven y cambian las corrientes marinas es básico para entender cómo se refrigera el planeta. Pero el Seasat apenas pasó de los 105 días en órbita: un colapso general del sistema eléctrico imposibilitó su continuación. Algunas interpretaciones sugieren que el colapso fue provocado por la cúpula militar americana, ya que el radar captaba los movimientos de los submarinos nucleares americanos, una información que podía caer en manos enemigas. Pero los resultados obtenidos fueron tan espectaculares que, en lugar de lanzar otro satélite a 800 km, se pensó en que esta labor la hicieran transbordadores espaciales (Suttles), como el Columbia, que además de volar mucho más bajo, a 259 km, puede retornar con los datos sin exponer su captura. Dos de las figuras que acompañan este texto muestra los lugares sobre los que tomaron imágenes en este nuevo intento, y el ingenioso método de situar el radar en su techo, volteando el transbordador para la toma de datos, con una enorme antena receptora extendida.</p>
<p><strong>RIOS FÓSILES Y MEGALAGOS</strong></p>
<p>Estas misiones han permitido identificar los cauces existentes bajo las arenas a unos pocos centímetros (la longitud del honda de los 2,5 cm permite traspasar el grosor de las arenas y rebotar la señal del suelo), los suficientes para ver estructuras relictas en amplias zonas cubiertas por arenas. Pero además, los transbordadores dedicados a misiones radar han permitido obtener un mapa con todas las altitudes del territorio en prácticamente todo el planeta, lo que hace posible reconstruir de forma virtual las direcciones de las corrientes de agua, aunque no existan en realidad, como sucede en el desierto, y de esta forma deducir los lugares donde se terminaban depositando, formando los mencionados megalagos. Estos mapas se denominan DEM, en su siglas en inglés o Modelos Digitales de Elevaciones (disponibles en la web de la Shuttle Radar Topography Mission, SRTM) y que, entre otros, han sido utilizados por Google para su esfera digital.<br />La imaginación geográfica de lo que hay bajo las arenas tiene como uno de sus principales pioneros al egipcio Farouk El-Baz, al que quizá se le conozca más por haber sido el investigador principal del programa de observación fotográfica lunar, y al que se debe el lugar de aterrizaje del Apolo XI (a El-Baz la serie televisiva Start Treek dedicó su nave lanzadera). Siguiendo sus trabajos y utilizando los DEM tomados por los transbordadores de la NASA, la profesora Eman Ghoneim ha podido delimitar la megacuenca del Tushka, una superficie de 150.000 km2 compuesta por cuatro subcuencas, en un sistema hidrológico cerrado, independiente del sistema del Nilo y de las demás cuencas de la región. Pero más espectacular aún es el descubrimiento, mediante iniciales exploraciones oceánicas, de un inmenso cañón marino en la costa Mauritania, donde se han identificado restos de materiales orgánicos provenientes de bosques, sólo posibles por la existencia en la zona terrestre de un gigantesco río. Utilizando imágenes radar (esta ocasión del japonés PALSAR) se han podido localizar cauces de este espectacular río relicto al que se le ha dado el nombre de Tamanrasset, como muestra la imagen adjunta. Todas estas investigaciones persiguen aclarar por qué y a qué ritmo se ha producido la desecación de este inmenso desierto, modelizando los procesos, para que puedan ayudarnos a entender lo que se nos avecina con el calentamiento acelerado al que estamos sometiendo a la Tierra. Todo parece indicar que los cambios en la insolación, posiblemente debidos a modificaciones en eje de rotación de la Tierra, fueron debidos a los vientos, atenuando los monzones africanos hasta la desertificación de su región tropical, en una pulsión que demuestra la rapidez con que pueden funcionar los cambios en el clima. Por su parte, el geógrafo Nick Drake, entre otros, está reconstruyendo con estos datos los corredores que de sur a norte atravesaban el Sáhara, para reconstruir las rutas que posibilitaron comunicar África y Europa, y saber un poco más de cómo se pudo extender la cultura de las flechas de sílex conocida como ateriense. Pensamos en un mundo sahariano que, en la línea de Said, está sólo en nuestra imaginación, pero existen corrientes de vida y pensamiento profundas que permanece ocultas a nuestras miradas, veladas quizá por toneladas de antiguas arenas.</p>


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		<title>Los Arma, andalusíes en Tombuctú</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-arma-andalusies-tombuctu/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 Sep 2017 11:34:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 54]]></category>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-arma-andalusies-tombuctu/">Los Arma, andalusíes en Tombuctú</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Llegaron a Tombuctú como invasores del imperio marroquí en el siglo XVI, pero sus orígenes se encontraban al otro lado del Mediterráneo, en al-Ándalus. Aún hoy es posible encontrar sus huellas, y aunque llegaron a la curva del Níger con intenciones poco pacíficas, la habitaron durante más doscientos años.</p>
<p>Cuentan que en 1828 René Caillié pisó Tombuctú y se convirtió en el primer europeo en conocer la mítica ciudad africana. Cuentan también que sufrió una gran desilusión al encontrarse las ruinas de una ciudad de barro y polvo, donde no quedaba apenas rastro del riquísimo Imperio de Mali, mitificado por el oro del que hizo alarde el rey Kankou Musa en su viaje hacia La Meca, allá por 1324. Aquella Tombuctú que recibía a Caillié no era ni la sombra de la que había sido la capital intelectual y espiritual del islam en todo el continente durante los siglos XV y XVI, así como tampoco el francés era el primer europeo en visitarla.<br />
Mucho antes ya habían llegado los Arma, y sí, su nombre está escrito en español. Pero ¿quiénes eran esos hombres? La respuesta es una de las grandes curiosidades de nuestra historia, además de una gran desconocida.<br />
Los Arma son los descendientes de los andalusíes que llegaron a las orillas del Níger de la mano de Yuder Pachá. Algunos expertos argumentan que el nombre del militar proviene de Yudar, Dyaudar, o Judar, aunque en la Historia de África de Pierre Bertaux, publicada por la editorial Siglo XXI, el autor dice que le llamaban Joder Pachá en honor a la muletilla que no abandonaba.<br />
Sea como sea, Diego de Guevara, su nombre original, era almeriense, nacido en Cuevas de Vera (hoy Cuevas de Almanzora) hacia 1560, en una familia morisca huida de tierras granadinas. Cuando tenía 13 años fue tomado como botín junto a un centenar de personas por una tropa de piratas berberiscos llegados en 23 barcos. Habían desembarcado en Mesa Roldán al mando del caíd Said ad-Dugali, quien ordenó el saqueo y se llevó a Tetuán al adolescente Diego.</p>
<p>Como es de suponer, no hubo rescate, y el futuro Yuder Pachá creció como eunuco sirviendo en el palacio del sultán Abd al-Malik, hablando árabe y convertido al islam. Con 18 años participó de manera notable en la batalla de Alcazarquivir o de los Tres Reyes, donde murió Abd al-Malik.<br />
El nuevo sultán, Ahmed al-Mansur, reconoció el valor del joven andalusí y lo nombró caíd de Marrakech, para más tarde ponerlo al frente del poderoso ejército con el que pretendía satisfacer su sueño de crear un gran imperio marroquí en el África subsahariana.</p>
<p>La atracción de Al Mansur por las tierras del Níger venía inspirada por las historias de oro y gloria que rodeaban Tombuctú desde los tiempos de Kankou Musa, que el cartógrafo Abraham Cresques inmortalizó en 1375 en su magnífico Atlas Catalán como un rey negro con una gran pepita de oro en la mano. Habían pasado dos siglos desde la peregrinación de éste a La Meca, pero su imperio había crecido hasta fusionarse con el Songhay, al que la ciudad le debía realmente el prestigio en las artes y las ciencias.<br />
Yuder Pachá se encaminó a Tombuctú en 1590, dispuesto a cruzar 3.000 kilómetros de desierto y a jugarse la vida y la tropa en la travesía: 1.500 jinetes y 2.500 infantes (muchos de ellos armados con arcabuces), ocho mil camellos, mil caballos de carga, mil mozos, seiscientos trabajadores y ocho cañones ingleses.<br />
Decía el sultán sin temor alguno que, por donde pasaban las caravanas de comerciantes, podían pasar también los ejércitos. A pesar de las pérdidas, que las hubo y muchas, para 1591 Pachá había logrado controlar pozos de agua estratégicos, las minas de sal de Taghaza y dominar al enemigo en la mítica batalla de Todibi, muy cerca de Gao, la capital imperial.<br />
Los Songhay estaban bien preparados y esperaban a los marroquíes con un gran ejército de 30.000 infantes y 18.000 jinetes. Además, el gobernante songhai Askia Ishaq II envió mil cabezas de ganado con la idea de distraer al enemigo, pero perdieron de vista la gran ventaja con la que llegaba el ejército de Yuder Pacha: la pólvora y las armas de fuego, que al explotar, provocaron, además de muertos, la estampida de hombres y animales.<br />
“¡Al arma!”, dicen que gritaban en el fragor de la batalla, aunque no sabemos si la frase forma parte del mito. Lo que sí es cierto es que los invasores que hablaban español pasaron a ser llamados así.</p>
<p>Tras la batalla, Pachá y sus hombres saquearon Gao y se encaminaron hacia Djenné y Tombuctú, que supuso también una decepción para el almeriense, pues esperaba lujos en el palacio del Askia y minas de oro a pie del camino.<br />
Nada más lejos de la realidad. Sin embargo se instaló entre Tombuctú y Gao hasta 1599, cuando regresó a Marruecos cargado de mercancías y regalos para Al Mansur, quien sin embargo lo había sustituido por otros pachás al poco tiempo de llegar a Mali. Murió en 1605 víctima de las pugnas por el poder de los herederos del sultán, según algunas versiones.<br />
Muchos de quienes acompañaron a Yuder Pachá no emprendieron el viaje de regreso y se integraron con la población local, celebrando bodas de oficiales con princesas y de soldados con plebeyas.<br />
Así se fue creando la insólita dinastía de Los Arma, la “dinastía andalusí” de las orillas del Níger, con costumbres y lengua castellanas, blasones en las fachadas de sus casas y con un poder reconocido hasta mediados del siglo XVIII. A Yuder le sucedieron en el poder otros andalusíes, como Mahmud ben Zarqun, de Guadix, que gobernó con mano de hierro (y gran crueldad) la curva del Níger; Mansor Abderramán Diago, conocido como El Cordobés, pacificó un poco la zona, pero dicen que murió envenenado por una concubina de Yuder. Le sucedió Ammar al-Fata, también cuevano, que perdió a medio ejército (500 renegados andalusíes) en el desierto y sufrió una gran derrota ante los soldados de Mali que cercaban Djenné. Fue depuesto por Al Mansur por dejar el gobierno en manos de sus lugartenientes, para entregarse a los placeres de palacio en brazos de la toledana Nana Hamma.<br />
El prudente cordobés Suleyman llegó para ocupar su lugar, y a éste le siguió un morisco sevillano, Mahmud Longo, apartado por el codicioso y concupiscente tesorero Alí de Tlemcén. El último gobernador andalusí de Tombuctú fue el arbitrario Yahya de Granada, pachá en 1648, que saqueó sin motivo Gao y Bamba y murió en la cárcel en 1655. Años después pasó sin pena ni gloria otro pachá de origen hispano, Abd al-Rahman Ben Said al Andalusí y, por último, en 1707 llega el último gobernador andalusí de Tombuctú: El-Mobarek Ben Muhammad, granadino, depuesto por su tropas por su incapacidad para detener el avance de las tribus tuareg, cuya victoria en la batalla de Taya en 1737 puso fin al poder de los Arma a orillas del Níger.<br />
La preeminencia de este grupo étnico continuó, a pesar de que el gobierno de Tombuctú quedó en manos de los marroquíes, hasta 1833, cuando los peules derrotaron a los marroquíes y se creó el reino de Macina. Para esa época, en la que los franceses se consideraban los primeros europeos en conocerla, ya poco o nada quedaba de la erudita y misteriosa ciudad del desierto donde los españoles habían dejado su huella, y no sólo desde la llegada de Yuder Pachá. Los sabios y comerciantes se habían ido, las caravanas ya no la incluían en sus rutas y los sultanes no veían rentable mantener una colonia sin minas de oro. Pero efectivamente, los Arma no habían sido los primeros andalusíes en Tombuctú.<br />
Mucho antes que los guerreros y la pólvora, había llegado a la ciudad Alí Ben Ziyad al Quti, un juez y bibliófilo toledano que se exilió de su ciudad en 1468 por la persecución de los Reyes Católicos contra los moriscos. Lo que vino después de su llegada es bien conocido por los lectores de este boletín: Al Quti es el patriarca de la estirpe de los Kati, la familia que, durante más de quinientos años y hasta hoy, ha protegido y aumentado los fondos de la maravillosa Biblioteca de Tombuctú.</p>
<p>Curiosamente, la historia es caprichosa y quiso que por la invasión marroquí de Yuder Pachá, los primeros Kati, andalusíes como él pero emparentados con los songhai, tuvieran que volver a huir esta vez de Tombuctú con la biblioteca a cuestas, para protegerla y esconderla en aldeas perdidas de las marismas del Níger. Es probable que Yuder ignorara el valor de aquellos libros, así como que las peculiares mezquitas y demás edificios de barro de la ciudad fueran obra de Abu Haq Es Saheli, poeta y arquitecto granadino que llegó a Tombuctú en el séquito de Kankou Musa. Puede que tampoco tuviera ni idea de que los poemas que se recitan con emoción, aún hoy, para celebrar el nacimiento de Mahoma en aquellas mezquitas fueran de Al-Fazzazi Al-Qurtûbi, gran poeta místico nacido en Córdoba.<br />
Pero, ¿acaso podemos imaginar de que hay tanto de nosotros tan lejos?</p>
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		<title>Río Congo. La maldición del otro pulmón del planeta</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/rio-congo-maldicion-pulmon-del-planeta/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 Sep 2017 09:06:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La gran mayoría de los relatos sobre el río Congo comienzan de manera invariable con la llegada de los portugueses a su desembocadura a finales del siglo XV. Como si la cuenca del segundo río más caudaloso del planeta y sus pobladores &#8211; los reinos Lunda, Luba, Kuba, o los innumerables grupos étnicos que han vivido en simbiosis con su entorno en el otro pulmón verde del planeta, además del Amazonas- no hubieran existido hasta esa relativamente reciente fecha.<br />
Es también revelador que en ninguno de los más de cien idiomas autóctonos practicados por las personas que pueblan el río a lo largo de sus 4.670 km de longitud se utilice la palabra “Congo” para designarlo. Fueron los europeos los que lo bautizaron de esa manera haciendo referencia a la etnia Ba-Kongo que ocupaba parte de la desembocadura. En idioma ki-kongo existe la palabra “nzádi” que significa “río”, de donde viene la palabra “Zaire”. En los demás idiomas autóctonos de la cuenca la palabra para designar al río tiene innumerables variantes, siendo el punto de unión entre sus pobladores no<br />
la manera de referirse al río en sí, sino las múltiples referencias a la sirena Mama Wata, un personaje mitológico que encarna para los congoleños el espíritu de este sistema fluvial. Representada junto a una serpiente multicolor, Mama Wata es para los africanos portadora de vida y esperanza, lo que contrasta con la visión negativa cultivada en Occidente del río Congo como un lugar tenebroso e inhóspito tal como reflejó el escritor Joseph Conrad en el “Corazón de las tinieblas”.</p>
<p><strong>LLEGAN LOS PORTUGUESES: COMIENZA LA TRATA DE ESCLAVOS</strong></p>
<p>Volviendo a los portugueses, su encuentro con los Ba-Kongo se produjo en 1482 en el transcurso de una de las expediciones capitaneadas por Diogo Cão a lo largo de la costa africana en busca del paso al Océano Índico. Diogo Cão intuyó que únicamente un río “poderoso” (así le designaron los portugueses en primera instancia) era capaz de arrastrar agua dulce y lodo a tan considerable distancia de la costa (el ecosistema del río se prolonga, en efecto, a través de un cañón submarino 800 km más allá de la desembocadura).<br />
El encuentro inicial fue pacífico y prometedor para los Ba-Kongo, cuyos monarcas, cristianizados por los portugueses, apostaron por las ventajas que supuestamente les acarrearían los extraños e inesperados visitantes. Ahora bien, una vez que los portugueses descubrieron que las cataratas del río les cerraban el paso navegable hacia el Nilo y el mítico país cristiano del Preste Juan, pasaron a dedicar se de manera casi exclusiva a la lucrativa trata de esclavos, abriendo así el proceso que llevó a la fuerza, durante más de tres siglos, a millones de africanos a América.<br />
Reflejo de la hegemonía portuguesa en la región durante la era de la trata de esclavos fue el próspero Reino de Loango, que floreció entre los siglos XVII al XIX sobre territorios de la actual Cabinda (Angola), los dos Estados del Congo y Gabón.</p>
<p>La mera mención de los principales enclaves esclavistas, o las estadísticas más o menos fiables acerca del llamado comercio triangular (entre Europa, África y América), no siempre sirven para imaginar el drama humano que supuso el fenómeno de la trata en la región del Congo. Para hacerse una idea de dicho drama y de sus consecuencias están las cartas que el Mani- Kongo (rey Congo) Mpanzu a Muzinga (cristianizado con el nombre de Alfonso) escribió a los monarcas lusitanos coetáneos (Manuel I y Juan III).<br />
“Muy poderoso y muy digno príncipe y rey, mi hermano -reza una de las cartas dirigida a principios del siglo XVI por dicho rey kongo a Manuel I, conservada en los archivos reales de Lisboa-, cuán excesiva es la libertad dada por tus funcionarios a los mercaderes a los que se autoriza a venir a este reino. No podemos llegar a valorar el daño que hacen. Los mencionados mercaderes capturan a diario a nuestros súbditos, a los hijos de la tierra y a los hijos de nuestros nobles, y a los vasallos y sus parientes.<br />
Ladrones y hombres sin conciencia cazan a nuestras gentes y las venden; tan grande es, señor, su corrupción y su desenfreno que nuestro país está siendo despoblado.”<br />
La misma carta podría haber sido escrita cuatro siglos más tarde por cualquier jefe tribal congoleño al rey de los belgas, por aquel entonces propietario personal del Estado Independiente del Congo, un territorio que cubría la casi totalidad de la cuenca del río y que era 70 veces más grande que Bélgica.</p>
<p><strong>LOS ESCLAVISTAS ÁRABES Y LAS CARAVANAS NEGRERAS</strong></p>
<p>En Bruselas, capital de la antigua metrópoli del Congo Belga, hay monumentos que cargan las tintas contra los “esclavistas árabes” que, procedentes del sultanato de Zanzíbar, habrían esquilmado durante siglos el Congo hasta que fueron vencidos y expulsados por los europeos. En realidad, los árabes habían llegado a la costa índica africana de manera análoga y con los mismos propósitos que los portugueses y el resto de europeos lo hicieran a la costa atlántica, y tan sólo redoblaron la actividad esclavista en su zona de influencia a principios del siglo XIX para hacer frente a la creciente demanda de esclavos por parte de los occidentales.<br />
Dicho de otro modo, fue la prohibición de la trata atlántica, iniciada por el Reino Unido, lo que provocó el auge de las actividades esclavistas de los araboswahilis en el Índico, ante la demanda constante de esclavos para América a lo largo del siglo XIX.</p>
<p>De la acción de los esclavistas árabes en la región de los Grandes Lagos y la cuenca del Congo no sólo se beneficiaron los tratantes europeos, sino también los exploradores que sentaron las bases de la era colonial en el corazón de África.<br />
En efecto, los descubrimientos geográficos de los que se enorgullecieron los europeos a lo largo del siglo XIX no habrían sido posibles sin la labor de los esclavistas árabes y sus macabras caravanas de negros.</p>
<p><strong>LAS INFAMIAS DEL REY LEOPOLDO II</strong></p>
<p>Tres fueron las grandes rutas abiertas por los arabo-swahilis desde el océano Índico hacia el interior de África, las mismas que recorrieron respectivamente Livingston, Burton con Speke y, finalmente, Stanley, cuya alianza estratégica con el negrero Tippo Tip le permitió llegar al río Lualaba y, desde allí, llevar a cabo el primer descenso conocido del río Congo hasta su desembocadura. No es de extrañar que, por consejo de Stanley, Leopoldo II nombrara a Tippo Tip gobernador de los territorios orientales del Congo.<br />
Las nefastas consecuencias de la explotación del Congo en tiempos de Leopoldo II las puso de manifiesto el escritor Adam Hochschild en su libro “El fantasma del Rey Leopoldo”. Hochschild llegó a la conclusión, aunque sin pruebas fehacientes, que la población del Congo se redujo de 20 a 10 millones de habitantes como consecuencia de la despiadada acción de los agentes del monarca belga, interesados a toda costa en productos como marfil y caucho. Isidore Ndaywel è Nziem, historiador congoleño contemporáneo, autor de la monumental “Historia general del Congo”, incluso aumenta esta cifra de pérdida de población congoleña en tiempos de Leopoldo II a 13 millones.<br />
Fenómenos como la secular trata de esclavos, la explotación en la época de Leopoldo II, los trabajos forzados en tiempos de la colonia belga y las guerras desatadas desde la independencia &#8211; guerras vinculadas principalmente al control de las riquezas mineras &#8211; son explicación más que suficiente para entender los males endémicos de la actual República Democrática del Congo, pese a disponer de recursos comparables a los de Brasil, o tal vez por ello…</p>
<p><strong>LA SEGUNDA SELVA TROPICAL DEL MUNDO</strong></p>
<p>En la actualidad, la cuenca del Congo se extiende sobre ocho países: Angola, Burundi, Camerún, Congo-Brazaville, República Centroafricana, Tanzania, Rwanda, Zambia y República Democrática del Congo. Casi dos terceras partes de la cuenca están en la República Democrática del Congo, un Estado de unos 75 millones de habitantes de los que sólo tres millones viven en las 180 millones de hectáreas de selva que aún se conservan. El conjunto de la cuenca del Congo contiene la segunda selva tropical del mundo, que representa el 12,5 por ciento del territorio africano.<br />
Las selvas del Congo presentan una diversidad biológica excepcional con alrededor de 400 especies de mamíferos, 1.000 especies de pájaros, 2.000 especies de peces, 10.000 plantas y un número aún indeterminado de insectos, moluscos, reptiles, anfibios, hongos… Entre las especies piscícolas endémicas del Río Congo figuran sardinas adaptadas al agua dulce. También hay peces que comunican por señales eléctricas y peces que guardan huevas y crías en sus bocas durante semanas. Los recursos piscícolas representan la mayor parte de la proteína animal para las poblaciones de la cuenca del Congo. Una de las técnicas de pesca más llamativa consiste en la utilización de enormes embudos construidos a base de ramas que se colocan de manera estratégica entre rocas en los rápidos.</p>
<p><strong>UN RIO INMENSO Y UN PAIS SIN AGUA</strong></p>
<p>El Congo, cuya fuente está en territorio de sabana a 1.420 m de altitud, en Katanga, al sudeste de la República Democrática del Congo, contiene más de 4.000 islas, unas 50 de ellas con longitudes mayores a los 50 km. La anchura del río varía entre 1,6 y 23 km. La capital, Kinshasa, reproduce todos los males de las grandes urbes africanas achacables a la superpoblación y a un crecimiento caótico. Resulta paradójico que, pese a la proximidad del río y las abundantes lluvias, uno de los más graves problemas de Kinshasa sea la carencia de agua potable, lo que explica que una de las actividades cotidianas de las mujeres consista en trajinar cubos y bidones.<br />
Otra de las carencias endémicas de Kinshasa, y del África central en general, es la energía eléctrica, y ello pese al potencial hidroeléctrico de la cuenca del Congo. Entre Kinshasa, donde el río se sitúa a 300 m de altitud, y Matadi, donde el río se hace navegable hasta el mar, hay una sucesión de rápidos y cataratas con una gran potencial hidrográfico. En los años 1970 se diseñó el proyecto “Gran Inga” compuesto por una presa de 150 metros de altura y otras cuatro menores que permitirían producir casi 35.000 MW, el equivalente de 35 centrales nucleares.<br />
La República Democrática del Congo podría cubrir de esa manera gran parte de sus necesidades energéticas e incluso exportar electricidad a los países vecinos, pero la inestabilidad política explica que ni éste ni otros proyectos se lleven a cabo.</p>
<p><strong>MINERALES DE PESADILLA</strong></p>
<p>En cuanto a los recursos mineros, la región de Katanga, en la que nace el río Congo, es fiel reflejo de la penosa situación en la que vive sumida la población congoleña. La otrora floreciente mina Shinkolobwe de cobre, cobalto y uranio es explotada en la actualidad supuestamente por clandestinos, incluidos niños, y en realidad hay toda una organización de corte mafioso en torno a esta actividad.<br />
La mina desempeñó un importante papel en la historia, ya que de ella procedía el uranio utilizado por los estadounidenses para la fabricación de las bombas atómicas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki.<br />
El auge de los videojuegos y los teléfonos móviles supuso una nueva pesadilla para las regiones mineras congoleñas, que atesoran el 80 por ciento de las reservas mundiales de coltán, un mineral imprescindible en la fabricación de los nuevos artilugios electrónicos cuyo control es fuente de miseria y conflictos.</p>
<p><strong>EL CONGO DESDE BELGICA</strong></p>
<p>Desde la época del monarca belga Leopoldo II, Bélgica cuenta con un escaparate del Congo situado a unos diez km de Bruselas, en la localidad de Tervuren. Fue allí donde, a finales del siglo XIX, se erigió, como parte de la Exposición<br />
Universal de Bruselas, el Pabellón dedicado al Congo, origen del que fuera Museo del Congo Belga, en la actualidad Museo del África Central.<br />
El museo, en proceso de profunda transformación, reabrirá sus puertas en 2017 con la intención de consolidar su reconocida posición de referente mundial en materia científica y divulgativa en torno a la cuenca del Congo. Una exposición monográfica dedicada en 2010 al río demostró la capacidad de este museo de cumplir dicha labor, pese a la pesada herencia colonial que rezuman sus muros y sus jardines versallescos, en cuyos estanques Mami Wata, el espíritu del Congo, brilla por su ausencia.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/rio-congo-maldicion-pulmon-del-planeta/">Río Congo. La maldición del otro pulmón del planeta</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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