<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Boletín 55 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
	<atom:link href="https://sge.org/categorias/articulos-de-boletines/boletin-55/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://sge.org/categorias/articulos-de-boletines/boletin-55/</link>
	<description></description>
	<lastBuildDate>Wed, 24 Sep 2025 10:35:19 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.8.5</generator>

<image>
	<url>https://sge.org/wp-content/uploads/2026/01/favicon-2-50x50.png</url>
	<title>Boletín 55 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
	<link>https://sge.org/categorias/articulos-de-boletines/boletin-55/</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>La expedición española en el Cuerno de África</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-expedicion-espanola-cuerno-africa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 Nov 2017 11:50:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 55]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=11662</guid>

					<description><![CDATA[<p>El cuidadoso trabajo de Juan Víctor Abargues de Sostén en Abisinia es apenas conocido. ¿Desinterés? ¿Crisis económica? ¿Inestabilidad política?¿Idiosincrasia ibérica? Los motivos que llevaron a ignorarlo son aún desconocidos, pero [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-expedicion-espanola-cuerno-africa/">La expedición española en el Cuerno de África</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El cuidadoso trabajo de Juan Víctor Abargues de Sostén en Abisinia es apenas conocido. ¿Desinterés? ¿Crisis económica? ¿Inestabilidad política?¿Idiosincrasia ibérica? Los motivos que llevaron a ignorarlo son aún desconocidos, pero la oportunidad que desperdició España para establecer un punto estratégico en el mar Rojo es evidente.</p>
<p>Durante las dos últimas décadas del siglo XIX el mundo comenzaba a abrirse a nuevos proyectos que invitaban a ampliar las perspectivas comerciales más que las territoriales. Un nuevo colonialismo con nuevos protagonistas en escena que dejaban en evidencia a una España que ya no era lo que había sido. Agotada por las guerras de independencia americanas, donde había centrado su atención en el último siglo y cuyos territorios habían merecido su atención, había dejado de lado las oportunidades que África le había podido ofrecer, oportunidades que se remontaban a los siglos XV y XVI, cuando los audaces navegantes españoles tocaron las costas africanas, pero sólo de camino a las Indias, su principal destino. Fueron los portugueses los que sí establecieron sus enclaves en tierras africanas, junto a franceses e ingleses, y, luego del reparto colonial del siglo XIX, a alemanes, belgas e italianos.</p>
<p><strong>El olvido de África</strong></p>
<p>En aquel entonces, la cuestión africana de España se reducía a las Islas Canarias y a la recuperación de los territorios situados frente a éstas en tierra firme, como Santa Cruz de Mar Pequeña, supuesto poblado pesquero situado al sur de Marruecos, fundado en tiempos de los Reyes Católicos y que fue motivo de las primeras expediciones organizadas por la Asociación Española para la Exploración del África, de la que luego hablaremos, bajo la tutela de la Sociedad Geográfica de Madrid. El resto del continente no despertaba demasiado interés, y respecto al <a href="http://www.exteriores.gob.es/Portal/es/PoliticaExteriorCooperacion/Africa/Paginas/CuerdoDeAfrica.aspx">África más oriental</a>, a pesar de que las relaciones mercantiles con Turquía se habían reanudado en 1782, facilitando la comunicación con Arabia y la India, los asuntos americanos, los pronunciamientos militares, las crisis económicas y las guerras carlistas hacían que España no estuviera por la labor de ampliar sus horizontes, y menos hacia el mar Rojo.</p>
<p>Sin embargo, a pesar de que la política exterior española había dejado de ser exponente del gran poderío de los Austrias, y había pasado a convertirse en simple guardiana de sus fronteras, todavía extensas aunque permanentemente amenazadas, había quien pensaba que aún quedaba mucho por hacer. Conservábamos las posesiones del sudeste asiático y Oceanía, y la inauguración del Canal de Suez en 1868 nos ponía en bandeja la posibilidad de entrar en la nueva era del comercio con Asia y de las relaciones internacionales. De repente, África se ponía a disposición de las potencias exploradoras, que sólo habían llegado poco más allá de sus costas y que debilitarían los reinos del interior del continente en provecho de sus propios intereses colonialistas.</p>
<p>En ese contexto aparece Juan Víctor Abargues de Sostén con una propuesta para explorar Abisinia y establecer un enclave español que facilitase la comunicación con Manila y que de paso trajera ventajas comerciales para España en el mar Rojo. La Sociedad Geográfica de Madrid, la clave Uno de los hitos más importantes de la época fue el nacimiento de las Sociedades Geográficas, con sus eruditos, viajeros y aficionados interesados por esos nuevos mundos y culturas que se estaban descubriendo y, además, cartografiando. Primero la de París en 1821, después la de Berlín en 1928, Londres en 1830 y por fin la de Madrid, en 1876, que se uniría a las más de treinta que ya existían en el continente una vez alcanzada la estabilidad política con Cánovas del Castillo.</p>
<p>La española se convirtió pronto en una sociedad geográfica más teórica que práctica, con un número importante de estudios en su haber, pero también una buena cantidad de proyectos que rara vez se terminaban realizando. Curiosamente, en paralelo a la creación de esta institución, y sólo un año después, algunos de sus socios fundaron la Asociación Española para la Exploración de África, con un espíritu más activo y práctico, que de hecho impulsó auténticos viajes de exploración, centrados, eso sí, en objetivos comerciales. El primero de estos proyectos fue el que se dirigió hacia la costa occidental del continente africano, y el segundo, de gran envergadura, el de exploración a Abisinia, que ya había sido sugerido por el ingeniero y arabista Eduardo Saavedra, uno de los fundadores de la Sociedad, tras la apertura del Canal de Suez, pero que diseñó y ejecutó el personaje que nos ocupa.</p>
<p>Poco se sabe de la vida de <a href="https://sge.org/publicaciones/numero-de-boletin/boletin-20/expediciones-espanolas-un-sueno-efimero/">Juan Víctor Abargues de Sostén</a> previa a la expedición que propuso y le fue finalmente encomendada. Al parecer nació en Valencia en 1845, aunque se discute si realmente lo hizo en algún país africano, de padres españoles y un año después. Estudió arquitectura y se trasladó a África Central, donde vivió durante varios años, para pasar, este dato sí está confirmado, a Egipto, desde donde envió la detallada y documentada propuesta de su expedición al ministro de estado en 1876, que no la tuvo en cuenta.</p>
<p><strong>La tenacidad de ABARGUES de Sostén</strong></p>
<p>Dispuesto a sacar adelante su proyecto de reunir conocimientos geográficos, científicos y sociales sobre un territorio apenas explorado por los europeos, rodeado de misterio, y situado estratégicamente, viajó a España y consiguió interesar a la Asociación Española para la Exploración de África, que por fin la patrocinó con el beneplácito de la Sociedad Geográfica y el apoyo económico del Marqués de Urquijo. Mientras todo esto sucedía, Abargues de Sostén fue nombrado Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en marzo de 1877, y ese mismo año, corresponsal en Egipto del Museo Arqueológico Nacional. Su objetivo allí era conseguir algunas antigüedades que aumentaras las colecciones de la institución y aportar contenidos de interés para la ciencia española gracias a sus estudios arqueológicos. De lo que vino después dejó constancia él mismo en las dos conferencias que ofreció a los socios de la Sociedad Geográfica en febrero y abril de 1883, cuyos textos fueron publicados ese mismo año por la Asociación Española para la Exploración de África y la imprenta Fortanet, en Madrid. También por las cartas de recomendación entre el Cónsul General de España en Egipto, Carlos Ranees y Villanueva, y los sucesivos ministros de Asuntos Exteriores del Jedive de Egipto, que sirven para hacerse una idea, aunque de manera fragmentada, del itinerario del valenciano e incluso de algunas chapuzas propias de la burocracia. De estas cartas ha quedado constancia y un breve análisis en el boletín número 11 de la Sociedad Geográfica Española.</p>
<p>A pesar de la rimbombancia propia de los narradores de la época, el informe de Abargues de Sostén sobre su expedición es un documento fácil de leer y con un claro afán objetivo y moderno, con uno que otro prejuicio inicial, que sorprende cuando se lee más de un siglo después. En ella no faltan datos sobre la cultura, gente, paisaje, fauna, flora y, cómo no, geografía de la actual Etiopía, sin olvidar, por supuesto, información sobre productos naturales del país, que deberían complacer los intereses económicos que podría tener España.</p>
<p><strong>Destino Abisinia</strong></p>
<p>Pero vayamos por partes. Abargues de Sostén tenía puestos los ojos en Abisina por varias razones: su cercanía al mar Rojo, la ausencia de europeos en el territorio y su carácter curiosamente cristiano en medio de un entorno musulmán y animista, gobernado por un rey de reyes o negus negesti. Era imprescindible explorar la zona, hacer contactos con sus gobernantes, y establecer un puerto de aprovisionamiento naviero en la ruta hacia Filipinas y las Marianas, o, por qué no, un protectorado.</p>
<p>Abisinia, situada entre el mar Rojo, el valle del Nilo, la zona de los Grandes Lagos y el océano Índico, era atractiva también por la leyenda que rodea el origen de su reino: la unión de la reina de Saba y el rey Salomón, cuyo hijo, el rey Menelik fue el primero de la dinastía en el siglo X a.C., de la que dicen descender los reyes de la ciudad de Axum. El rey Ezana, uno de ellos, fue el responsable de la cristianización del país, a partir del siglo IV d.C., que se mantuvo a pesar de la islamización de toda la zona. Dos monjes sirios fueron evangelizadores en la zona, y los conocidos como “Los Nueve Santos” vincularon la fe, ya en el siglo V, al cristianismo egipcio. Sin embargo, Etiopía quedó aislada con sus creencias y su gobierno de Bizancio y de Alejandría durante las conquistas persas y más tarde musulmanas, y, mientras el tiempo pasaba, resurgió en el siglo XIII una dinastía en Axum que se consideró restauradora de la salomónica. A partir de ese momento, el reino, bajo el negus negesti o rey de reyes, creció y se mantuvo estable, noticia que llegó hasta Europa y lo identificó con el mítico Preste Juan, legendario gobernante aislado y cristiano, al que se supone dispuesto a defender a Europa contra el enemigo musulmán.</p>
<p>Los portugueses, de hecho, viajaron hasta Etiopía en 1541 para apoyar al rey en su lucha contra los musulmanes en una expedición comandada por Cristóbal de Gama, hijo de Vasco de Gama, que junto a unos cuantos de sus soldados decidieron quedarse definitivamente en el país y no volver nunca a Portugal. Sus descendientes se cruzaron con el jesuita español Pedro Páez en el siglo XVII, a cuya aventura evangelizadora, difícil llamarla de otro modo, le dedicamos un artículo en nuestro boletín número 9.</p>
<p>En el momento de la expedición de Abargues, en Etiopía acababa de ser proclamado el rey Juan IV, que se encontraba en pleno apogeo y de quien el valenciano se ganó su simpatía y todos los permisos para recorrer el país tranquilamente. De esta buena relación habla en las conferencias ante la Sociedad Geográfica, donde narra con lujo de detalles incluso el momento en el que el propio rey desconfía de su persona al pensar que es un espía egipcio.</p>
<p><strong>La expedición Abargues</strong></p>
<p>La expedición comienza en 1880 con su llegada a Suez, y con las primeras observaciones sobre el comercio de caravanas y los barcos que navegan por el mar Rojo a su paso por el puerto de Massaua. Siempre que lo considera preciso a lo largo de las dos sesiones que ocupa su discurso ante la Sociedad Geográfica, Abargues apunta, directa o indirectamente, a los beneficios que traería a España establecer una base diplomática o comercial. Y no sólo durante las dos sesiones en Madrid. Durante los años sucesivos intentó sin éxito que todas las conclusiones derivadas de su expedición sirvieran para tal propósito.</p>
<p>Desde Massaua comienza el viaje hacia el interior. A los dieciocho días llega a Adua, capital de la provincia de Tigré, donde tendrá que esperar el permiso del rey Juan para continuar. Entre tanto, se dirige a las montañas del Semién, o Simén, y aprovecha para hacer una serie de observaciones geológicas y topográficas, incluso se aventura a subir a alguna cima que los lugareños consideran habitada por espíritus:</p>
<p style="padding-left: 30px;"><em>“Puedo aseguraros, señores, que para dar siquiera idea aproximada de ellas, y del aspecto singularísimo que ofrecen, no sólo no bastan descripciones, por bien hechas que sean, sino que el pincel, el lápiz y la fotografía serían impotentes para desarrollar a vuestros ojos la innumerable serie de accidentados panoramas que, conforme se va trepando, allí sorprende y asombra”.</em></p>
<p>Con el permiso del rey, avanza hacia Zebul, al sureste, y allí es recibido por él con gran pompa, según describe con detalle y no sin cierta extrañeza, debida probablemente al temor hacia lo nuevo y lo distinto. No fue la única entrevista con el rey durante la estancia en aquella ciudad, antes de continuar hacia el sur, atravesar la región de las tribus de los Raya-Gallas y alcanzar los lagos Haic y Ardibbo, en cuyas orillas se detendrá para dejar minuciosas descripciones de fauna, flores y su cartografía.</p>
<p>Hacia el este, en el río Hauasch, planea la manera de acercarse al lago Awasa, cercano al mar Rojo, pero es cercado por los Gallas Dauaris, una de las tribus más peligrosas de la zona, y, en la huída, de noche y a través del río lleno de cocodrilos, pierde dos hombres de ocho, dos mulas cargadas y se ve obligado a retroceder en su camino. De nuevo hacia el lago Ardibbo, se dirige hacia el noroeste hasta el lago Tana y las cataratas del Nilo Azul. Allí recibe la noticia de que el rey sospecha de él y le acusa de espiar para Egipto, el gran enemigo de Abisinia.</p>
<p>De camino hacia Adua para entrevistarse con Juan IV, pasa por Gondar, la antigua capital de Etiopía, donde se detiene a conocer y fotografiar los edificios portugueses del siglo XV, y encuentra en los alrededores, y destinada al olvido, la tumba de Cristóbal de Gama. El rey lo recibe por fin en Adua, le cree la explicación que le ofrece, y además muestra su afecto vistiéndole de guerrero, como sólo solía hacer con los grandes personajes. A pesar de los nuevos permisos del rey, orgulloso por el reconocimiento, pero sin dinero y con material suficiente para presentar a los patrocinadores de su viaje, Juan Víctor Abargues de Sostén emprende el viaje de regreso a España pasando por Roma para presentar sus respetos al Papa León XIII.</p>
<p><strong>Un regreso decepcionante</strong></p>
<p>La vuelta a casa, después de más de dos años de recorrido por el cuerno de , fue una decepción. Abargues traía consigo infinidad de información científica sobre Abisinia, pero además había recopilado también importante información para los intereses económicos de España. Sin embargo, bien sea por el contexto económico, bien por la idiosincrasia y dejadez ibérica, el esfuerzo de este primer paso exploratorio no se vio recompensado con la apertura de un enclave en la zona. Lo intentó más adelante en otro momento más propicio, apoyándose en personajes de mayor prestigio o recurriendo a empresas privadas, pero la indiferencia hacia su trabajo era una constante. Un grave error del Estado en el que muchos historiadores y autores interesados en el tema han hecho hincapié. España valoró el trabajo científico de Abargues, pero, además de no hacerle seguimiento ni darle continuidad a sus interesantes estudios, desperdició la oportunidad de abrirse a Arabia y a Asia, de acercar sus colonias más lejanas y ganar mercados desde un puesto estratégico en el mar Rojo. Se quedó como espectadora de un mundo que progresaba a ritmo de la revolución industrial.</p>
<p>A don Juan Víctor Abargues de Sostén nunca le falló el entusiasmo para proponer su proyecto, pero la inestabilidad política hizo que diera bandazos en sus siguientes trabajos y que se le perdiera la pista con el paso de los años. Dicen que falleció, arruinado económicamente, en un asilo de Madrid en 1920.</p>
<p><strong>Pilar Mejía</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-expedicion-espanola-cuerno-africa/">La expedición española en el Cuerno de África</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Marruecos, la guerra olvidada que (quizás) cambió la Historia</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/marruecos-la-guerra-olvidada-quiza-cambio-la-historia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 Nov 2017 11:47:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 55]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=11659</guid>

					<description><![CDATA[<p>El esfuerzo realizado por el gobierno español con objeto de mantener sus posesiones en Marruecos supuso importantes pérdidas: en clave económica, en desgaste político y en vidas humanas. Episodios clave [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/marruecos-la-guerra-olvidada-quiza-cambio-la-historia/">Marruecos, la guerra olvidada que (quizás) cambió la Historia</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El esfuerzo realizado por el gobierno español con objeto de mantener sus posesiones en Marruecos supuso importantes pérdidas: en clave económica, en desgaste político y en vidas humanas. Episodios clave de nuestra historia como la Semana Trágica de Barcelona, la dictadura de Primo de Rivera o el golpe militar que desencadenaría la Guerra Civil Española no se entenderían sin el telón de fondo de un conflicto que enzarzó durante 15 años a España con los últimos flecos de lo que una vez fue un imperio.</p>
<p>A comienzos del siglo XX, las relaciones entre Marruecos y España estaban mediatizadas por el acuerdo de Wad Ras, firmado por ambos países en la primavera de 1860. Dicho acuerdo ponía fin a la Primera Guerra de Marruecos, librada entre 1859 y 1860, y otorgaba a España cierta preponderancia sobre el entonces sultanato, al que culpaba enteramente del conflicto bélico, concediéndole autoridad sobre ciertas plazas. El origen del conflicto había sido las frecuentes incursiones y emboscadas que las ciudades de Ceuta y Melilla sufrían desde 1840 por parte de grupos procedentes de la región del Rif, que el sultán no sabía o no podía atajar. El levantamiento de la muralla en Ceuta para protegerse de estos ataques fue considerado por Marruecos como una provocación, y cuando, en 1859, el destacamento español que custodiaba las reparaciones fue atacado, España exigió responsabilidades al gobierno marroquí. Ante la inacción de este, el entonces presidente del gobierno español, O´Donnell, ordenó la invasión del sultanato.</p>
<p>Pese a que, con el tiempo, los historiadores se referirían al tratado de Wad Ras como “Paz Chica para una guerra grande”, e independientemente de los verdaderos motivos para una declaración de guerra, la campaña de Marruecos, exitosa tras tan solo cuatro meses de duración, arrojó importantes beneficios en la imagen exterior del gobierno español, y provocó una oleada de patriotismo como hacía mucho tiempo que no se veía en España. Todos los grupos políticos apoyaron la intervención, ampliamente coreada por la opinión pública, a su vez espoleada por la prensa. Poco importaría que España se hubiera comprometido con el Reino Unido a no ocupar Tánger para no hacer peligrar su posición en el Estrecho, ni que el tratado comercial refrendado por España y Marruecos terminase por beneficiar más a franceses e ingleses, la guerra de Marruecos supuso un importante espaldarazo para el gobierno, que este se encargó de subrayar con una campaña de memoria, plasmando los nombres de las batallas ganadas en plazas y calles por todo el territorio nacional. El prestigio internacional adquirido, y la oleada de fervor patriótico que recorrió todo el país, debió razonar el gobierno español, bien merecía el inocuo saldo de las 4.000 vidas humanas, solo en las filas españolas, caídas en el conflicto. Cuarenta años después Quizá esta perspectiva fuese la que tuviera en mente el gobierno español cuando, casi cuarenta años después, la historia volvió a poner de nuevo frente a frente a España y Marruecos en el escenario del Rif. España necesitaba, en esta ocasión más que nunca, de esa proyección frente al resto del mundo y de ese patriotismo que hacía aguas, tocado tras el desastre del 98. El contexto histórico ya no era el mismo. A principios del siglo XX, España acababa de perder todas sus colonias de ultramar y, unidas a las pérdidas económicas y humanas, una sensación de abatimiento y desánimo planeaba sobre la población española. La nostalgia del Imperio que España había sido o hubiera podido ser empañaba tertulias, literatura y cada uno de los actos de una sociedad que había perdido por completo la confianza en sí misma como nación, como proyecto de país poderoso, al que el resto de las potencias internacionales parecían relegar a un segundo plano.</p>
<p>La Conferencia de Algeciras, en el año 1906, vino a darle una nueva oportunidad a España. Su celebración la colocaba en el escenario internacional, y en sus acuerdos, para evitar monopolios que hicieran escribir el frágil equilibrio europeo previo a la que sería la Primera Guerra Mundial, España y Francia se repartían Marruecos: el norte para los españoles y el sur para los franceses. Pero, como entonces, las montañas del Rif continuaban siendo la morada de tribus nómadas acostumbradas a los enfrentamientos y el pillaje. Pese a estar considerada como “zona de influencia española”, la región, de lengua y cultura bereber, pertenecía a la parte de Marruecos conocida como Bled es-Siba o País del Desgobierno, donde la autoridad política del sultán no había sido nunca efectiva. Los rifeños no se consideraban en absoluto parte del compromiso que el poder central hubiese adquirido con potencias extranjeras. Solo Abu Hamara, representante de las cabilas del Rif, adquirió su propio compromiso con España tras descubrirse importantes riquezas mineras en su territorio, y, concedió en 1907 la explotación de dos minas de plomo y hierro a dos compañías mineras propiedad de personajes preponderantes en la sociedad española de la época. La concesión también incluía el permiso para construir un tren minero que uniera los yacimientos con el puerto de Melilla.</p>
<p>Lo que los rifeños no perdonaban al sultán marroquí, tampoco estaban dispuestos a perdonárselo a uno de los suyos. Las concesiones de Abu Humara fueron interpretadas como una traición y le apearon del poder. El trabajo en las minas y la construcción del tren minero quedaron entonces paralizados, por lo que las dos compañías concesionarias presionaron al gobierno español de Antonio Maura para que desplegara las tropas de la guarnición de Melilla y se garantizara la marcha de sus trabajos. Ante la inacción del sultán, y frente a la presión de la Compañía de solicitar la protección de las tropas francesas estacionadas en la vecina Argelia, lo que hubiera puesto en entredicho la “zona de influencia” española en el norte de Marruecos, el gobierno español cedió. En junio de 1909 se reanudaron los trabajos, sin contar ni con el respaldo del sultán marroquí, ni -algo mucho más arriesgado- con el de las cabilas rifeñas, que amenazaron con responder a semejante provocación.</p>
<p><strong>Crónica de una guerra anunciada</strong></p>
<p>Y lo hicieron. En julio de 1909, un capataz y trece trabajadores españoles fueron tiroteados cuando iniciaban la jornada laboral en la construcción del puente en el barranco de Sidi Musa, a tan solo 4 kilómetros de Melilla. Cuatro de ellos murieron, pero el resto logró alcanzar la ciudad española y dar cuenta de lo que había ocurrido. Este ataque desencadenaría el comienzo de la que se conocería como Guerra de Melilla, aunque en un primer momento fue planteada ante la opinión pública como una operación de policía en defensa de los intereses españoles.</p>
<p>Sin embargo, cuando apenas una semana después de los ataques, y tras la intervención española que parecía haberse saldado con 19 rifeños detenidos y cuatro españoles muertos, el gobierno decretó la movilización de tres Brigadas Mixtas, la de Madrid, la de Campo de Gibraltar, y la de Cataluña, ya era evidente que España no se enfrentaba a una simple escaramuza. La orden de movilización, que incluía la llamada a los reservistas, muchos de ellos padres de familia con esposa e hijos, provocó incidentes en los embarques de las tropas, en el puerto de Barcelona y la estación de Mediodía de Madrid, y desató una oleada de protestas en muchos lugares. La huelga general del 26 de julio, y los sucesos especialmente graves en Barcelona y en otros lugares de Cataluña, pasarían a la historia con el sobrenombre de Semana Trágica.</p>
<p><strong>Una guerra ajena y lejana</strong></p>
<p>Y es que la sociedad española ya había empezado a tener noticias de lo que ocurría en aquella guerra ajena y lejana. En un primer momento, continuaron los ataques contra las tropas españolas llamadas a proteger aquellos escasos 7 km de vía minera, mientras, desde el mar, el ejército español procedía al bombardeo de los aduares (aldeas de pescadores) con objeto de destruir las embarcaciones que traían armas desde el Rif occidental y disuadir a sus habitantes de que se sumaran a las harcas o expediciones militares. Sin embargo, pese a la precariedad armamentística y estratégica de los rifeños, el conflicto pronto comenzó a cobrarse más vidas de las que una acción policíaca de castigo podía permitirse. El día 23 de julio hubo trescientas bajas españolas, entre muertos y heridos, como consecuencia de una decisión errónea. Cuatro días después, una columna formada por compañías recién desembarcadas, se extravió, internándose en un barranco donde el ataque de las cabilas desde las dos laderas causó más de 750 bajas. La derrota del Barranco del Lobo inspiró romances y letrillas, subrayó la impresión española de inferioridad internacional y creció como una leyenda en el corazón de los asustados soldados que, sin poder evitarlo, eran reclutados forzosamente para combatir en el Rif.</p>
<p>Mientras las cifras de caídos volaban a España magnificando al enemigo y provocando desórdenes populares, el gobierno optó por un cambio de estrategia para el que necesitaba de la supremacía del número. Para poder hacer frente a la amenaza del levantamiento rifeño, el ejército de operaciones llegó a contar con un contingente de 42.000 hombres frente a un enemigo que no contaría con más de 1500 efectivos.</p>
<p>En noviembre, las tropas españolas habían alcanzado la mayoría de los objetivos territoriales propuestos en agosto. Al día siguiente, una comisión de algunas cabilas solicitó la protección de España. Era una rendición. El gobierno comenzó la retirada de tropas, pero había aprendido la lección. Más de 20.000 efectivos se quedaron en Marruecos para garantizar la paz y las posiciones recién ganadas. Eran más del triple de los que había en la Brigada de Melilla al comienzo de la guerra.</p>
<p>1911, la historia se repite</p>
<p>La guerra había terminado, sí, pero solo de manera temporal. Quizá fuese ingenuo pensar que los levantamientos que se habían originado con objeto de combatir la presencia española en el Rif – cuando se trataba de intereses comerciales y de una pequeña guarnición militar- iban a acabar en el momento en que España contaba con 20.000 efectivos en la zona, y cuando su presencia había sido reconocida internacionalmente en la figura del Protectorado que compartía con Francia. De nuevo el Rif, levantisco e insurgente, se alzó en pie de guerra. De nuevo, a partir de 1912, las tropas españolas empezaron a encontrar importantes núcleos de resistencia en aquel territorio arisco de montañas afiladas y hombres orgullosos.</p>
<p>El territorio fue precisamente el mayor problema. España intentó, en vano, vertebrarlo mediante la construcción de pequeños fuertes o blocaos, erigidos en lugares elevados y distantes unos 30 km entre sí, pero su punto débil, el abastecimiento de agua, propiciaba las emboscadas. Fue así como un ejército descentralizado, escaso y mal armado consiguió poner en jaque a un ejército convencional y mucho más numeroso. Los rifeños tenían a su favor el hecho de combatir en su propia casa, el conocimiento del terreno y, aún más valioso, una poderosa motivación. Su organización será considerada una de las fuentes de la teoría de la guerra de guerrillas, y revisada y recuperada en distintos conflictos a lo largo del siglo XX. El contrincante es, sin embargo, un ejército desmotivado, desorganizado y corrupto, formado por soldados de reemplazo deseosos de volver a sus casas. En 1920, la constatación de esta realidad provoca dos importantes y trascendentes decisiones: el nombramiento del general de División Manuel Fernández Silvestre al mando de la Comandancia General de Melilla, y la creación de un cuerpo militar más organizado y combativo: la Legión Española. Creada a imagen y semejanza de la Legión Extranjera Francesa, por José Millán Astray y Francisco Franco, el Tercio de Extranjeros, como se denominó en su origen, nació como un cuerpo de soldados profesionales, con una moral y un espíritu de equipo capaces de dar respuesta a ese remedo de guerras coloniales, cuyos continuados fracasos, además del coste económico y en vidas humanas, empezaban a socavar la identidad y la integridad de todo un país.</p>
<p><strong>Annual, DESASTRE PARA EL EJÉRCITO ESPAÑOL</strong></p>
<p>Y es que, lejos de la campaña marroquí llevada a cabo ya cincuenta años atrás y resuelta en cuatro meses, el conflicto del Rif amenazaba con estancarse a perpetuidad.</p>
<p>Su resolución ya no levantaba ningún patriotismo, sino impotencia ante una opinión pública que se preguntaba por qué España no abandonaba sus pretensiones en aquella guerra sangrante y devolvía a las tropas a la península. Además la situación estaba a punto de empeorar. El recién nombrado general Fernández Silvestre decidió establecer su campamento en el aduar de Annual, pues desde allí controlaba la zona de influencia de la cabila de Beni Urriaguel, la tribu de procedencia de Abd El Karim, cabecilla de la misma y líder indiscutible de las revueltas y el movimiento antiespañol. Desde Annual, Silvestre comenzó a ocupar posiciones en el Monte Abarrán y el Igueriben, pero el 21 de julio Igueriben cae en poder del ejército rifeño, salvándose sólo once de los 350 soldados de la guarnición.</p>
<p>Los rifeños, crecidos, se dirigieron a Annual. A primeras horas de la mañana del 22 de julio se da la orden de retirada, pero esta se produce a la carrera y en completo desorden. Perseguidos por los combatientes rifeños, los 13.000 soldados de Annual son masacrados por 3.000 rifeños. El general Silvestre desaparece. Los escasos supervivientes se refugian en el cuartel de Monte Arruit, donde resisten dos semanas cercados por el enemigo. Cuando finalmente se entregan, los asediantes no respetan la rendición. La guarnición militar es masacrada. Solo se salvará un reducido grupo de jefes y oficiales por los que se pedirá un cuantioso rescate.</p>
<p>La batalla de Annual marca un antes y un después. El llamado Desastre de Annual para los españoles se convierte, para los rifeños, en la victoria de Annual, que da lugar al inicio de una independencia de facto bajo la forma de una república, una idea planteada por Abdel Karim, y celebrada con entusiasmo por los representantes de las cabilas. La república del Rif, formada por un congreso compuesto por representantes de 41 tribus del Rif y Gomara, defiende su independencia frente al Sultanato de Marruecos, su rechazo a la injerencia tanto española como francesa, y su autodeterminación. Pero mientras se esfuerza en ser escuchada ante la Sociedad de Naciones, continúa combatiendo a una agotada España, cuya opinión pública empieza a exigir responsabilidades. ¿Qué pasó en Annual? Empieza a extenderse la idea de que solo a los hijos de los pobres se les manda a morir a Marruecos, pues el sistema de cuotas permite a las familias más pudientes elegir destino a cambio de una dotación económica. Socialistas y republicanos comienzan a exigir la retirada de tropas, conscientes de que la proverbial pobreza de la región rifeña no justifica las vidas y las cantidades que la guerra se está cobrando. Presionado, el rey Alfonso XIII encarga la formación de una comisión militar para investigar los sucesos de Annual. Su resultado es el Expediente Picasso, un extenso informe redactado por el General de División Juan Picasso, que pese a las trabas impuestas por las compañías mineras interesadas y por altos cargos del gobierno y el ejército, pone en evidencia enormes irregularidades, corrupción, ineficacia y graves errores estratégicos por parte de los altos mandos del ejército español destinado en África.</p>
<p>Desafortunadamente, el expediente no llegó a depurar responsabilidades políticas ni criminales. Antes de que la comisión del Congreso encargada de su estudio fuera a emitir su dictamen el 1 de octubre de 1923, el 13 de septiembre el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de estado, con el beneplácito del rey Alfonso XIII, estableciendo una dictadura militar. Dámaso Berenguer, Alto Comisario del Protectorado de Marruecos, y responsable último del desastre de Annual, que había sido apartado de sus funciones durante la investigación, sería amnistiado y rehabilitado por el dictador para terminar convirtiéndose en Jefe de la Casa del rey. E incluso, posteriormente, en jefe del gobierno, pero esa será otra historia. Desembarco de Alhucemas, resolución del conflicto La recién implantada dictadura priorizó, en su hoja de ruta, el fin de la guerra en África, pero el conflicto, enquistado durante años, no tenía visos de terminar. Los ataques rifeños contra posiciones españolas habían continuado durante los años 23 y 24. En marzo de ese mismo año, tras la retirada de las tropas de Yebala y Xauen, Abd el-Krim sorprendió al ejército español con una ofensiva que provocó más bajas aún que Annual. Primo de Rivera logró ocultar a la opinión pública la magnitud del desastre gracias a la censura, pero gran parte del Protectorado había caído en manos de los rifeños. Sólo el error de los rebeldes de atacar las posiciones francesas en la primavera de 1925 permitiría al dictador salvar la situación. Y el tipo.</p>
<p>El ataque de Abd el-Krim a las zonas de Marruecos bajo protectorado francés fue suficiente para que Francia, por primera vez, se mostrara dispuesta a colaborar con España. Tras una serie de actuaciones conjuntas, entre las que se encuentran los primeros capítulos conocidos en la guerra moderna de empleo de armas químicas, con el uso de gas mostaza contra la población civil, surgió la idea de un ambicioso proyecto: el desembarco de Alhucemas, que finalmente tendría lugar en septiembre de 1925. La operación consistió en la llegada de un contingente de 13.000 soldados españoles transportados desde Ceuta y Melilla por la armada combinada hispano-francesa. El primer desembarco aeronaval de la historia supuso un completo éxito, pues sorprendió al enemigo por la retaguardia, partiendo en dos la zona controlada por los rebeldes. En abril de 1926, Abd el-Krim solicitó entablar negociaciones, y al año siguiente, Marruecos estaría completamente pacificado. En su obsesión por no caer en manos del ejército español, Abd el-Krim se entregó a los franceses, que lo deportaron a la isla Reunión. Años después, el general estadounidense Dwight Eisenhower, estudiaría a fondo la táctica empleada por los españoles en Alhucemas para trazar el plan del desembarco de Normandía. Pero esa no sería la única consecuencia histórica de tan exitosa estrategia. A las órdenes del mismísimo Primo de Rivera se encontraba, en una posición de honor, el entonces coronel Francisco Franco. Su acción en Alhucemas le valió el ascenso a general de Brigada. “Sin guerra en Marruecos, afirma el historiador Gabriel Cardona, Franco aún sería capitán”</p>
<p><strong>Africanistas , ¿el germen de la guerra civil?</strong></p>
<p>Los rápidos ascensos por méritos de guerra habían hecho de Franco el general más joven de España. De hecho, él fue el máximo exponente de una brecha abierta en el Ejército entre los promocionados por antigüedad y los promocionados por méritos, una desigualdad que Azaña trató de corregir en 1932, mediante una ley que suponía ignorar los meteóricos ascensos por méritos de guerra. Franco, Mola o Goded fueron solamente algunos de los agraviados por esta decisión, pero no fueron los únicos. La lista de los damnificados coincide escalofriantemente con la de los “golpistas” de 1936.</p>
<p>Aunque la situación política anterior al levantamiento del 18 de julio fuera inestable, según defienden algunos historiadores como Angel Viñas, no fue la gente la que salió a tomar las calles. “Había conflictividad social, pistolerismo, asesinatos, amenazas y violencia verbal en el Congreso, ingredientes todos que, sin duda, abocaron a una rápida situación guerracivilista, pero en último término ésta estalló sólo por la actuación específica de este grupo de militares, que pertenecían casi en su totalidad a los denominados ‘Africanistas’ y que en buena parte eran, además, de la misma generación”.</p>
<p>Su trayectoria era común: el continuado servicio en el Protectorado de Marruecos fue forjando unos ideales y una particular concepción de España aliñada por la decepción y pesimismo del desastre del 98. En su visión, se trataba de combatir la pérdida de estatus de España como potencia y, en consecuencia, de la decadencia de su ejército, agravada con el nacimiento de un movimiento antimilitarista. Cabe pensar que la experiencia en Marruecos forjó pues un grupo cerrado, acostumbrado a las adversidades. Un grupo enfrentado a sus compañeros, de menor rango, que gozaba de una vida mucho más cómoda en la península. Un grupo que pensaba que mandos militares y políticos como Azaña ninguneaban su esfuerzo y sufrimiento. Un grupo que había compartido anécdotas y experiencias al filo de la muerte, estrechando unos férreos lazos de camaradería. Un grupo que se forjó un ideal: recuperar la gloria perdida de España. Y que, cuando vio llegada la oportunidad, ¿por qué no? se lanzó a intentarlo.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/marruecos-la-guerra-olvidada-quiza-cambio-la-historia/">Marruecos, la guerra olvidada que (quizás) cambió la Historia</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Las lejanas colonias del Pacífico español</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/las-lejanas-colonias-del-pacifico-espanol/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 Nov 2017 08:57:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 55]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=11650</guid>

					<description><![CDATA[<p>Cuando en el imperio español “no se ponía el sol”, la presencia hispana abarcaba buena parte del océano Pacífico, incluidos algunos archipiélagos en los que, después de avistarlos y cartografiarlos [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/las-lejanas-colonias-del-pacifico-espanol/">Las lejanas colonias del Pacífico español</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando en el imperio español “no se ponía el sol”, la presencia hispana abarcaba buena parte del océano Pacífico, incluidos algunos archipiélagos en los que, después de avistarlos y cartografiarlos con mayor o menor fortuna en los mapas de navegación, no existió presencia efectiva de los españoles durante siglos. Pero formaban parte del imperio español.</p>
<p>La importancia creciente del colonialismo para las potencias europeas a finales del siglo XIX volvió a poner de actualidad aquellos territorios, más en concreto las Carolinas, las Marianas y las Palaos, tres archipiélagos completamente olvidados en medio del océano que se vieron convertidos en los últimos restos del viejo imperio español, constituyendo objeto de interés para los políticos e incluso de curiosidad popular en nuestro país.</p>
<p>Hasta esos últimos años del siglo, la presencia de los españoles en islas como Yap o Pohpei había sido hasta el momento “testimonial”, pero a raíz de la Conferencia de Berlín (1885) y de los intentos por parte de otras potencias en proceso de expansión colonial por quedarse con estos territorios “olvidados”, España reaccionó. Y durante unos quince años ejerció su teórica soberanía sobre aquellas islas que algunos intrépidos navegantes ibéricos (Toribio Alonso de Salazar, Francisco de Lezcano, Alvaro de Saavedra, Hernando de Grijalva, Fernando de Magallanes, entre otros) habían “conquistado” para la corona española.</p>
<p><strong>Archipiélagos perdidos en el océano</strong></p>
<p>Hoy, muy pocos españoles sabrían situar en un mapa donde están (o mejor dicho, estaban) las Carolinas, por qué fueron españolas y por qué dejaron de serlo. En los colegios se estudia, en una simple línea, que España perdió en 1898 los últimos restos del viejo imperio (Filipinas y Cuba), así que estos archipiélagos “menores” ni aparecen en los libros de historia.</p>
<p>Pero ¿dónde estaban las Carolinas, las Marianas y las Palaos? ¿Por qué formaron parte de la Corona Española? ¿Por qué y cómo los perdimos? ¿Qué importancia y papel estratégico jugaron en la historia y la economía española? ¿Qué queda de los españoles en aquellas islas que durante más de 300 años fueron nuestras? Los tres archipiélagos están situados en el Pacífico Sur, y hoy forman parte de la llamada Micronesia. Aunque fueron españoles durante más de tres siglos, fueron pocos, muy pocos, los hispanos que llegaron a pisarlos y menos aún los que se instalaron de forma efectiva (como misioneros, funcionarios, militares o comerciantes) en aquellas remotas islas. Sin embargo, se hicieron presentes en la política española a finales del siglo XIX, en un contexto en el que cualquier posesión colonial cobraba una nueva dimensión. La explicación estaba en el Congreso de Berlín de 1885, que volvió a colocar en el tapete del juego los derechos de soberanía sobre los territorios, poniendo en duda dichos derechos sobre un territorio que no estuviese ocupado de forma efectiva. Y eso era justamente lo que ocurría con las islas españolas del Pacífico (con excepción de Filipinas): pese a la creciente presencia de comerciantes, balleneros, aventureros y religiosos de otras nacionalidades que pasaban por ellas, los españoles no ejercían una ocupación real.</p>
<p>Por otra parte, el interés estratégico y económico de aquellas islas, convertidas en escalas en las grandes rutas transoceánicas, crecía cada día. El Gobierno de Cánovas tomó nota de lo hablado en Berlín y decidió que había llegado el momento de aprovechar, en la medida de lo posible, aquellas lejanísimas escalas y hacer valer sus antiguos derechos históricos sobre esas islas por las que hacía siglos que no pasaba un español. Los alemanes, ingleses, franceses o americanos estaban deseando convertirlas en colonias propias, y España, pese a su debilidad creciente, no podía permitirse perder las pocas colonias que aún quedaban de aquel viejo imperio en el que no se ponía el sol.</p>
<p><strong>Unas islas olvidadas</strong></p>
<p>Hasta esos momentos de finales del XIX, los españoles habían pisado solo algunas de estas islas. Más allá de avistarlas desde los barcos, apenas se había producido algún intento de ocupación real. En la segunda mitad del siglo XVII se estableció en las Marianas una Misión jesuita y más tarde un destacamento militar. Las Marianas tenían un cierto papel estratégico como base de avituallamiento y escala para el Galeón que anualmente iba de Manila a Acapulco, cosa que no pasaba en las Carolinas, apartadas de cualquier ruta de paso. Desde las Marianas se intentó evangelizar las Carolinas e introducir algún tipo de cultura española en las islas, pero los intentos fracasaron por completo, de tal modo que, aunque en teoría siguieron perteneciendo a España, la presencia española fue casi nula.</p>
<p>La incorporación real de las islas de Pacífico al mundo y a la economía internacional se hizo poco a poco y debido al azar: las grandes rutas de navegación comenzaron a ser más frecuentes y recurrían ocasionalmente a estas islas para refugiarse del mal tiempo o para aprovisionarse de víveres. Desde finales del siglo XVIII hasta bien entrado el XIX, por estas islas pasaron desertores de barcos, ex convictos que buscaban una nueva vida, aventureros, comerciantes en busca de oportunidades de negocio y algunos religiosos. Poco a poco comenzaron a asentarse de forma definitiva algunos comerciantes y también agentes de las grandes compañías comerciales que operaban en el Pacífico (alemanes, americanos, británicos y japoneses).</p>
<p>Era casi inevitable que los diferentes grupos terminaran enfrentándose y, a falta de un poder efectivo, ¿a quién acudían para resolver los conflictos?&#8230; Pues cada uno a su potencia-madre.</p>
<p>En las Carolinas y las Palaos vivían en la década de 1880 unos 500 residentes extranjeros. Los más numerosos eran los misioneros norteamericanos (unos 300 contando a sus familias) siendo su influencia sobre los nativos bastante fuerte en algunas zonas. También se encontraban comerciantes británicos, alemanes, japoneses y americanos. Además de los misioneros, se daba una presencia creciente de empresas que comerciaban con la copra (cocoteros que se recogían en grandes cantidades). En Yap, la principal isla productora de copra, operaban cuatro compañías de copra, una británica, dos alemanas y otra americana, que comerciaban también con otros productos, como el carey, los frutos tropicales o la madera.</p>
<p><strong>Intento de “recolonización”</strong></p>
<p>La presencia de España en el Pacífico era, como ha quedado dicho, más simbólica que real. Mientras, Gran Bretaña había ocupado a finales del siglo XIX otras islas del Pacífico Sur: Tonga, Salomón, las Fiji, Gilbert y una parte de Nueva Guinea. Francia ejercía su influencia sobre varias islas de la Polinesia, Nuevas Hébridas y Nueva Caledonia. Alemania ocupaba parte de Nueva Guinea, Samoa Occidental y las Marshall y Holanda había heredado las islas de Indonesia (Java, Sumatra, islas Célebes y parte de Borneo y Nueva Guinea). Y todavía faltaban por llegar al escenario Estados Unidos y Japón.</p>
<p>Las comunicaciones, los barcos de vapor las nuevas rutas por el Pacífico hacían más fácil llegar hasta estas islas donde cada vez se asentaban más occidentales, y donde ya estaban estallando algunos conflictos entre extranjeros de diferentes nacionalidades, y entre los occidentales y los nativos. Por ello, tanto unos como otros reclamaron la ayuda de sus diferentes gobiernos europeos, viéndose así implicados en los conflictos, y creando problemas diplomáticos que fueron cobrando más importancia.</p>
<p>Así las cosas, a finales del XIX España comenzó a recibir demandas de sus teóricos súbditos de las Islas Carolinas para que el gobierno mediara en los conflictos que habían estallado entre los diferentes grupos de residentes y sobre todo, para que garantizara el orden. Una de estas peticiones, a finales de 1884, la firmaban los comerciantes extranjeros que residían en las islas y algunos nativos, y en ella aseguraban que, si España no ejercía sus responsabilidades como potencia colonial, tendrían que solicitar protección a otro país que sí las ejerciera. Cánovas del Castillo comprendió que era urgente convertir aquella soberanía española nominal en una soberanía real. Comenzó así una nueva etapa colonial en unas islas que se habían descubierto en los grandes viajes de exploración de los siglos XVI y XVII, y que volvían a ponerse en el centro del mapa.</p>
<p><strong>El conflicto con los alemanes</strong></p>
<p>Tras el Congreso de Berlín y las demandas de los pobladores de las islas, el gobierno de Cánovas decidió establecer de forma efectiva una colonia en las Carolinas y Palaos y reforzar el destacamento de las Marianas. Públicamente, el gobierno español defendió el papel de estas islas como frontera defensiva de las Filipinas y punto estratégico entre América y Asia para facilitar las comunicaciones entre Filipinas y la Península a través del Canal de Panamá. Se esperaba que la explotación de la copra y otros recursos de estas islas podrían financiar el nuevo esfuerzo de colonización. En 1885 se dictó una Real Orden que creaba la nueva colonia de las Carolinas y las Palaos, y en agosto de 1985 partió de Filipinas una expedición para “reocupar” las islas con dos barcos, el Manila y el San Quintín. Así comenzó un capítulo del que pocos se acuerdan, pero que en aquellos días de 1885 ocupó muchas páginas de los periódicos españoles.</p>
<p>Los barcos españoles llegaron a la isla de Yap el 21 y el 22 de agosto de 1885 y, durante unos días, los expedicionarios se dedicaron a hablar con los nativos y con los comerciantes y misioneros que allí vivían. También buscaron un lugar idóneo para levantar la colonia y preparar la ceremonia de posesión de las islas. Lo que no sabían es que los alemanes estaban a punto de adelantárseles en esta ocupación.</p>
<p>La noche anterior a la prevista ceremonia, la goleta alemana Iltis entró en el puerto en medio de una tormenta. El comandante alemán se enteró de que la isla no era todavía “española” y rápidamente izó la bandera alemana y declaró el protectorado alemán sobre las islas Carolinas y Palaos. Cuando los españoles se enteraron de lo sucedido no supieron muy bien qué hacer. Había quien se inclinaba porque se dijera que en realidad los españoles ya habían tomado previamente las islas, otros sostenían que no había que cometer irregularidades que podrían conducir a una guerra con los alemanes. Por eso, se limitaron a presentar una protesta oficial a los alemanes y se retiraron a Manila para que fueran los dos gobiernos (alemán y español) los que se pusieran de acuerdo y resolvieran este conflicto diplomático.</p>
<p>La llegada de los alemanes también respondía a la llamada de los comerciantes alemanes en la isla. Ya estaban instalados en las islas Marshall, y su siguiente objetivo eran las Carolinas y las Palaos para reforzar su posición en el Pacífico y dominar el negocio de la copra. Hasta el momento, parecía que España no tenía ningún interés en estas remotas colonias, así que, en teoría, los alemanes no imaginaban que estaba en marcha aquella expedición española. Tampoco podían prever la reacción popular que se desató en España en defensa de la soberanía sobre sus islas del Pacífico. De repente, aquellas remotas islas Carolinas se convirtieron en un territorio indispensable para España, y la presencia alemana se interpretó como una agresión en toda regla. Se alzaron voces en todos los rincones del país defendiendo el derecho de los españoles a gobernar las Carolinas, derivando incluso en manifestaciones y atentados contra las legaciones alemanas.</p>
<p><strong>Los primeros acuerdos</strong></p>
<p>En estos delicados momentos, Alfonso XII estaba muy enfermo y el país a punto de una obligada regencia. No era momento para crisis o para inestabilidad. Por ello, se negoció con los alemanes una solución pacífica de aquel contencioso. Los alemanes se quedaron sorprendidos por la violenta reacción popular de los españoles, y Bismarck consideró que no merecía la pena una guerra por esas islas, llegándose así a una solución amistosa gracias a la mediación del papa León XIII. España mantenía la soberanía sobre las Carolinas, pero se comprometía a hacerla efectiva estableciendo una administración estable y fuerza en las islas. A cambio,</p>
<p>España permitía a Alemania plena libertad de comercio, pesca, navegación y elementos agrícolas, además del derecho de establecer en ellas una estación naval y un depósito de carbón. También se reconocía que los comerciantes de otros países podían ejercer sus actividades (comerciales, plantaciones) siempre que lo hicieran en puntos de las islas en los que no hubiera españoles establecidos. De esta manera, los comerciantes se establecieron lo más lejos posible de la colonia, y una medida que condicionó las futuras relaciones entre los colonos españoles y los residentes extranjeros.</p>
<p><strong>La colonia española en las Carolinas: principio y fin</strong></p>
<p>Los colonos españoles recién llegados (básicamente militares y religiosos) tenían como misión conseguir que se respetaran las leyes españolas por parte de todos los grupos que vivían en las islas. Además debían evangelizar y educar a sus habitantes, incorporándoles a la cultura española. Pero en ningún momento se plantearon la explotación económica de las islas. La cooperación de los isleños era prioritaria, y el trato con ellos debería ser exquisito para conseguir una relación fluida y amistosa. En cuanto a los residentes extranjeros, tenían que dejarles claro que el gobierno español les protegería pero siempre que respetaran la autoridad de la colonia. A partir de ese momento, las islas estaban bajo pabellón español. Se crearon dos divisiones navales, una en Yap, para administrar las Carolinas Occidentales, y otra en Ponapé para gobernar las Carolinas Orientales. Desde estas dos pequeñas colonias se mantenía el contacto con el resto de las islas con cañoneros que las visitaban periódicamente. En total, se componían de unas 500 personas (Armada, infantería de Marina, artillería, infantería&#8230;). Aunque la línea de mando estaba clara, la realidad es que había muchos kilómetros de distancia, con comunicaciones complicadas, entre aquellas divisiones y el mando superior. A los militares españoles se sumaron los misioneros (capuchinos) que fueron los únicos españoles que llegaron a residir entre los nativos, pero como nunca aprendieron las lenguas locales dependían para todo de los intérpretes locales. En eso, los misioneros protestantes les llevaban mucha ventaja y ejercían una gran influencia sobre los nativos y colonos. Además de militares y religiosos, tan solo llegaron a las islas algunos maestros y maestras españoles. Los barcos españoles visitaban las diferentes islas y en realidad fueron los verdaderos representantes de España en las islas. Con estos viajes, los españoles pudieron establecer alianzas con los nativos, nombrando gobernadores a los jefes locales e impulsando su papel de controladores en sus diferentes pueblos. Los españoles respetaron la organización de la isla (tribus, jefes, consejos de ancianos), así que a todos los efectos, la vida siguió igual y en las islas más apartadas nunca se enteraron de que aquellas islas eran españolas.</p>
<p>La colonia de las Carolinas y las Palaos duró solo 15 años. Los españoles allí destinados vivían en condiciones muy precarias, sin apenas medios y casi incomunicados, pero trataron de mantener la paz y proteger efectivamente a sus súbditos. Este esfuerzo recolonizador solo tenía sentido por la importancia de Filipinas, al ser vital mantener aquellas escalas, pero cuando España renunció a las Filipinas se iniciaron las conversaciones para ceder la soberanía sobre las Carolinas, Marianas y Palaos a Alemania. La venta de todas las islas se realizó a cambio de 25 millones de pesetas. A la excepción de Guam, que pasó a Estados Unidos al necesitar esta base en el Pacífico.</p>
<p>La Gaceta de Madrid publicó el 29 de junio de 1899, e hizo válido, el texto del tratado, ya ratificado anteriormente por Francisco Silvela, presidente del gobierno en aquella época. El texto tenía cuatro artículos, siendo el último el más importante, donde se estipulaba el precio que Alemania pagaba por lograr las posesiones de los archipiélagos. Otros artículos obligaban a Alemania a dar un trato equitativo a los colonos españoles, y también el derecho temporal a que se instalaran depósitos de carbón para la Armada Española. Así finalizó la Micronesia española. ¿o no?</p>
<p>Durante algún tiempo se habló de algunas islas de estos archipiélagos que supuestamente continúan siendo españolas hasta la fecha. Son cuatro islas insignificantes y remotas que no se especificaron ni en el Tratado Hispanoestadounidense, firmado en París el 10 de diciembre de 1898, ni el Tratado Germano-español firmado en Madrid el 30 de junio de 1899. Por lo tanto, y en teoría, continuaban siendo españolas. Así, el historiador Emilio Pastor encontró en 1948 unos documentos que supuestamente acreditaban que los islotes de Coroa, Guedes, Pescadores y Ocea seguían siendo españolas. Pero ni siquiera Franco, a quien podía interesar el recuerdo del gran imperio español, le interesó mucho el tema. Eran islas deshabitadas y fuera de las rutas marítimas. Guedes pertenece hoy a Indonesia (con el nombre de Mapia), mientras que las otras islas forman parte de los Estados Federados de Micronesia.</p>
<p>¿Qué queda en las Carolinas de tres siglos de historia española en estas islas? Pues prácticamente nada de nada. Algo más queda en las Marianas (a las que los españoles llamaron Islas de los Ladrones), cuya isla más meridional, Guam, es donde Magallanes desembarcó en 1521: la corona española las reclamó en 1668 estableciendo en ellas una misión de jesuitas. Buscó entonces un nombre más apropiado y las bautizó en honor a Mariana de Austria, esposa de Felipe IV.</p>
<p>Desde entonces hasta 1899, cuando fueron vendidas a Alemania, algunos españoles se dejaron caer por allí, al menos en número suficiente para que todavía se conserven en su idioma (el chamorro) palabras y frases que nos recuerdan que en otros tiempos fueron dominio español. Solo hay que escucharles contar: “Uno, dos, tres, Kuatro, sinko, sais, siete, ocho, nuebi, dies”. El chamorro es la mayor herencia de los españoles en estas islas, y se sigue hablando en las Marianas del Norte, que hoy son un Estado Libre Asociado a los Estados Unidos. Un 50 por ciento de las palabras del chamorro proceden del español y comparten con nuestro idioma su mayor seña de identidad: la letra “ñ”. Quedan unos 50.000 hablantes de chamorro dispersos por Guam, Saipán, Tinián, Rota, Yap, Ponapé y algunos rincones de Estados Unidos donde han emigrado.</p>
<p><strong>Lola Escudero</strong></p>


<p></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/las-lejanas-colonias-del-pacifico-espanol/">Las lejanas colonias del Pacífico español</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
