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	<title>Boletín 61 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 61 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Piratas en Mindanao</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 07 Feb 2019 14:18:33 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 61 &#8211; Sociedad Geográfica Española &#8211; Las islas Filipinas y España En el siglo XVI las Islas Filipinas quedaban muy lejos de España. La distancia geográfica [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 61 &#8211; Sociedad Geográfica Española &#8211; Las islas Filipinas y España<br><br><strong>En el siglo XVI las Islas Filipinas quedaban muy lejos de España. La distancia geográfica era la misma que ahora, evidentemente, y la emocional seguramente menor, pero las noticias que llegaban desde aquel archipiélago del Pacífico tenían el toque onírico de las leyendas. O al menos contaban con sus mismos ingredientes: botines incalculables, marinos arrojados y feroces piratas.</strong><br><br><strong>Piratas en Mindanao<br></strong><br>Los piratas son, en cualquier océano, y casi en cualquier época,&nbsp; proporcionales a la riqueza que se desplace sobre sus aguas. Por eso en un archipiélago formado por aproximadamente siete mil islotes llenos de esteros, manglares, pasos de arenas cambiantes y calas recónditas y engañosas, era cuestión de tiempo que una población para la que la navegación era algo inherente, optara por buscar opciones más lucrativas que la pesca, el transporte o el pequeño comercio. Quizá los negocios domésticos se hubiesen desarrollado en paz durante los siglos anteriores, pero a partir del siglo XVI, cuando la Administración española puso a Filipinas en el mapa del mundo también sacó a la luz todas sus riquezas. Y con ellas, sus miserias. El galeón de Manila, el emblemático referente de un rico comercio marítimo que se desplazaba de Acapulco a Manila dos veces al año, engrosando las arcas de la Corona española, despertó enseguida las ansias de botín, sobre todo por parte de chinos y de ingleses, pero también las de unos bandoleros mucho más cercanos y, aunque menos experimentados, mucho mejor conocedores del archipiélago: los piratas moros.</p>



<p><strong>LOS PIRATAS MOROS, DUEÑOS DEL MAR DE JOLÓ<br></strong><br>Piratas, porque a eso se dedicaban, y moros, porque así se autodefinían. Aproximadamente un 10% de la población filipina, los musulmanes de Mindanao, Jolo y Palawan, recibe aún a día de hoy, el adjetivo de mora. Esta nación mora englobaba entonces una población híbrida, unos 13 grupos étnicos, descendientes del mestizaje entre chinos, árabes, malayos y, en ocasiones, españoles. Convertidos al Islam durante los siglos XV y XVI, rendían pleitesía a su propio sultán, y su actividad se centraba principalmente en la agricultura, la pesca y la fabricación textil. O al menos así fue hasta que inmensas cantidades de un suculento botín extraído por extranjeros, y con destino a puertos también extranjeros, comenzó a moverse por aquel mar familiar frente a sus ojos.</p>



<p>Las actividades de bandolerismo proliferaron rápidamente, ayudadas por el factor sorpresa y la singular orografía del archipiélago, y, así, las zonas de Mindanao, Joló y Borneo se convirtieron pronto en el coto de caza de los denominados piratas moros, que comenzaron a asaltar las zonas costeras en busca de botín y esclavos, produciendo graves perjuicios a la administración española, y convirtiéndose de facto en los dueños del Mar de Joló durante prácticamente los siguientes 300 años. Los piratas moros tenían sus propias embarcaciones, sus propias armas y su propio modus operandi. Blandían krais, dagas curvas diseñadas para matar; navegaban en proas o garays que podían transportar de 50 a 100 tripulantes, y armaban sus bajeles con tres cañones giratorios que llamaban lantakas. Las proas eran veloces, ligeras y muy ágiles, tan capaces de asaltar buque mercantes, como de desembarcar en zonas costeras en busca de esclavos. Se calcula que, desde el año 1600, los piratas moros esclavizaron así a más de 20.000 cristianos. Muchos de ellos, precisamente, para servir como galeotes a bordo de las embarcaciones de sus propios secuestradores.</p>



<p><strong>LA RESPUESTA ESPAÑOLA</strong></p>



<p>Impelido a hacer algo por la Corona y por los jesuitas, muy influyentes en el gobierno de Filipinas, el gobernador general de la plaza, Sebastián Hurtado de Corcuera, decidió emprender una campaña enérgica contra los piratas del Joló. En el año 1635, y tras 2 años de campañas, consiguió conquistar diversas islas del sur, apoderándose de más de 100 embarcaciones, destruyendo 16 pueblos, y acabando con la vida de unos 600 moros, no sabemos si todos ellos piratas.</p>



<p>En 1638 emprendió su ofensiva más ambiciosa: la conquista de la isla de Joló. Con una escuadra de 80 buques, a bordo de los cuales navegaban unos 600 españoles y 1.000 tagalos, se enfrentó a una isla defendida por más de 4.000 efectivos y a las poderosas murallas de la fortaleza del sultán de Joló. El sitio se saldó con la muerte de 500 moros y 60 hispanos. El sultán pudo escapar, sin embargo, y, como luego pasaría en repetidas ocasiones, aunque los españoles se apoderaran de la plaza, el problema volvería a reproducirse con el tiempo: en cuanto alguien pudiera armar a un puñado de hombres que no tuvieran nada que perder. Sería un par de siglos más tarde, en el año 1848, cuando se planeó una nueva campaña con objeto de terminar con las constantes escaramuzas. La expedición de Balanguingui fue una campaña anfibia, organizada por el gobernador general Narciso Clavería y Zaldúa, para arrebatar a los piratas moros la isla de Balanguingui, en el archipiélago de Joló, utilizada como base para sus actividades de rapiña. Compuesta por 19 buques de guerra la expedición llegó el 12 de febrero a Balanguingui, una pequeña isla cubierta de manglar y selva y defendida por cuatro fortalezas. Eran Sipac, Balanguingui, Sungap y Bucotingol, instaladas sobre precarios bancos de arena y construidas por troncos de árboles, que llegaban a levantar hasta 20 metros de altura. La primera fue tomada tras un desembarco, un bombardeo naval y un asalto. La segunda y tercera solo pudieron ser ocupadas tres días más tarde en un cruento asalto, y una semana después, aproximadamente, las tropas españolas se hicieron con el fuerte restante. La campaña supuso un duro golpe para los piratas, quienes, además de ver destruidas sus fortalezas, se enfrentaron a la pérdida de más de 150 embarcaciones y a la liberación de más de 500 cautivos que mantenían retenidos. Se cuenta que muchos de ellos, al verse perdidos, se lanzaron contra las bayonetas de los sitiadores o sacrificaron a sus propias familias para que no cayeran en poder de los atacantes. Las tropas españolas, por su parte, sufrieron alrededor de 240 bajas, pero, a efectos oficiales, la campaña desplegada había sido todo un éxito, y durante muchísimo tiempo se redujeron en gran manera las actividades de los piratas moros contra las posesiones coloniales hispánicas en la región.</p>



<p><strong>MITO Y REALIDAD DE SANDOKÁN</strong></p>



<div class="wp-block-group is-nowrap is-layout-flex wp-container-core-group-is-layout-6c531013 wp-block-group-is-layout-flex">
<p>Sandokán, el Tigre de Malasia surgido de la pluma del escritor Emilio Salgari, cuyo rostro se asomó a nuestras pantallas televisivas en la década de los 70, escenificaba la figura del capitán pirata al mando de una tripulación de desharrapados enfrentándose, al final, tanto a la figura del sultán todopoderoso como a la de los colonizadores blancos, en una serie de maniobras híbridas entre el bandolerismo y la lucha antiimperialista. En un momento en que Kipling glosaba a los generales ingleses que combatían la piratería, Salgari tuvo la osadía de crear a un antihéore que se enfrentaba a ellos. </p>
</div>



<p>James Brooke, el “rajá blanco”, su archienemigo inglés en las novelas de Salgari, existió en la realidad. Se llamaba así, vivía en Sarawak en la década de 1840, y dirigía una pequeña armada contra los piratas moros: en 1843 atacó a los bucaneros de Malludu, y en junio de 1847 llevó a cabo una importante operación en Balanini, en la que decenas de proas fueron capturadas o hundidas. Durante una confrontación con seis garays de los illanun en 1862, el capitán y heredero del rajá, John Brooke, hundió cuatro de ellas embistiéndolas con su vapor de cuatro cañones, el Rainbow. Brooke fue un personaje real que combatió la piratería, para salvaguardar sus costas y proteger sus propios intereses comerciales, Y también Sandokán, el mito de Salgari, estaba basado en un personaje real, Carlos Cuarteroni, un marino gaditano que navegó los mares de Filipina y Borneo como explorador, cartógrafo y bandolero, antes de dedicarse a combatir la piratería, y a emplear su propia riqueza para comprar cuantas almas cristianas encontraba en poder de los piratas.</p>



<p><strong>SIGUEN LOS ENFRENTAMIENTOS ENTRE ESPAÑOLES Y PIRATAS</strong></p>



<div class="wp-block-group is-nowrap is-layout-flex wp-container-core-group-is-layout-6c531013 wp-block-group-is-layout-flex">
<p>En este siglo XIX, y ante una amenaza que no cesaba, la Armada española emprendió diversas campañas contra los piratas, atacando los sultanatos que se desperdigaban en torno a Joló que les servían de base. Los enfrentamientos a corto plazo terminaban siempre con victoria española, por su superioridad tecnológica, naval y militar, pero, ante la imposibilidad de mantener guarniciones sobre el terreno, el problema se reproducía una y otra vez. Uno de los hitos más curiosos tuvo lugar en el asalto a Pagalungán. Tuvo lugar en 1859, cuando el gobernador español, ante un rebrote de las razzias moras, organizó una flota para atacar su fuerte, una fortaleza que se consideraba inexpugnable, pues con la pleamar el agua llegaba hasta los muros, impidiendo así un desembarco y el consiguiente ataque por tierra. </p>
</div>



<p>Contra todo pronóstico, los cañones españoles lograron romper las cadenas que cerraban el acceso al río y se dio, entonces, orden a la goleta Constancia de que se lanzara a toda máquina contra la posición, con sus marinos encaramados a jarcias y vergas. Al llegar a las murallas, los hombres de abordaje pasaron del barco al fuerte, unos corriendo sobre tablas tendidas y otros sobre el bauprés, ante la sorpresa de los defensores moros, que veían como la misma naturaleza que garantizaba su defensa se convertía en su perdición. Pagalungán fue tomada y destruida junto con el resto de bastiones y la flota de proas enemigos. Aunque la piratería aún duraría medio siglo más, la Constancia protagonizó así el primer y único caso conocido de abordaje a una posición terrestre.</p>



<p><strong>LOS PIRATAS DEL 2000</strong></p>



<p>Las condiciones orográficas que convierten a un conjunto de siete mil islotes en una base perfecta para dedicarse a la piratería continúan siendo las mismas, y los motivos para dedicarse a ella no han cambiado tanto. En el año 2000, 21 personas fueron secuestradas por el grupo yihadista Abu Sayyaf, en la isla de Sipadan, mientras disfrutaban de una jornada de buceo, para ser rescatados, meses después, en la isla de Joló, base del grupo criminal. En 2013 un turista taiwanés fue asesinado al intentar evitar ser secuestrado junto a su mujer, quien corrió mejor suerte y fue liberada 36 días después. En el año 2016 un turista alemán que ancló su embarcación cerca de la isla donde operan los grupos criminales, fue secuestrado, y, al no obtener por él ningún rescate, fue asesinado. Aunque en los últimos tiempos el secuestro de pescadores malayos y filipinos, así como los asaltos a cargueros han aumentado, los turistas siguen siendo el objetivo principal, tanto por su repercusión mediática, como por los ingresos obtenidos de gobiernos que, como China, pagan los rescates exigidos por los secuestradores. Esta tensa situación provocó, ya en el año 2013, la creación del ESCOM, un grupo de vigilancia formado por militares malayos, filipinos e indonesios, tres países que se han tomado muy en serio este problema, ya que afecta directamente a su economía. La creación de este cuerpo supone que los militares de los tres países trabajen de forma coordinada, compartiendo patrullas, vigilancia e inteligencia, pero también implica dejar de lado ciertas rencillas históricas, y permitir que las fuerzas marítimas de cada uno de los países implicados tenga poder para actuar en las aguas jurisdiccionales de los otros, algo mucho más fácil sobre el papel que en la práctica.</p>



<p><strong>LA PRESENCIA DEL YIHADISMO</strong></p>



<p>Por otra parte, el botín que los piratas que operan en los mares de la zona buscan obtener en la actualidad tiene más que ver con intereses políticos que con simples riquezas. Desde reivindicaciones territoriales, como quien ostenta la soberanía de Sabah, hasta las guerrillas islamistas, la más violenta de las cuales, Abu Sayyaf, busca crear su propio sultanato en Mindanao, y ha llegado a jurar lealtad al Estado Islámico. Pese a la declaración de intenciones del gobierno filipino, dispuesto a distanciarse de esta influencia y a combatir el yihadismo en sus costas, es innegable que desde marzo de 2016 se ha registrado una oleada de incidentes de secuestros extorsivos en esas aguas, especialmente, frente a la costa oriental de Sabah. Los ataques, atribuidos al grupo extremista Abu Sayyaf, preocupan por la evolución de su modus operandi, que no se limita a asaltar embarcaciones lentas y fáciles de abordar, como remolcadores, barcazas o barcos de pesca de arrastre, sino que se atreven con naves más grandes y veloces. Las acciones comienzan a exceder incluso a las fuerzas de los países implicados, hasta tal punto que Manila ha solicitado recientemente a China y Estados Unidos que contribuyan a la seguridad marítima en aguas internacionales de la región. Los piratas moros, que hace cuatro siglos sembraron el terror en los mares desde su base segura de Mindanao, vuelven a ser parte de la historia de Filipinas. Y ahora, de la presente.</p>



<p></p>
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		<title>Expediciones científicas españolas a Filipinas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/expediciones-cientificas-espanolas-filipinas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 07 Feb 2019 13:28:09 +0000</pubDate>
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<p><strong>Texto: María Dolores Higueras </strong></p>



<p>Boletín 61 &#8211; Sociedad Geográfica Española &#8211; Las islas Filipinas y España<br><br><strong>El descubrimiento del Pacifico fue una empresa titánica que se prolongó a lo largo de cuatro siglos, del XVI al XIX. Este espacio marítimo de navegación peligrosísima, con actividad volcánica, grandes formaciones<br>coralinas, tifones, corrientes y grandes profundidades, será denominado el “Lago Español” por el gran historiador británico Oscar Spate, debido a la importancia y amplitud de las tierras descubiertas y aguas navegadas por españoles.</strong></p>



<p><strong>En efecto, desde que el 29 de septiembre de 1513 Vasco Núñez de Balboa logra atravesar el Istmo de Panamá, y penetra en las aguas de la “Mar del Sur”, España inicia sus prodigiosas y extensas navegaciones en el Pacífico. Así, entre 1520 y 1607, deja reflejada en la cartografía española de la época los más importantes archipiélagos descubiertos en estos años: Filipinas, Palaos, Marianas, Carolinas, Marshall, Gilbert, Galápagos, Revillagigedo, Marquesas, Tuamotú y quizá Hawai, además de Nueva Guinea y Australia. Sin embargo, fue en el siglo XVIII cuando, gracias a los marinos y científicos ilustrados, España escribió una hermosa página de su historia en Filipinas.</strong><br><br><strong>Expediciones científicas españolas a Filipinas</strong></p>



<p>El Galeón de Manila, durante 1565-1815, y la Compañía de Filipinas abrirán nuevas rutas por el inmenso Pacífico, y en esa área transformarán profundamente el comercio en el s. XVIII, siendo España una de las grandes protagonistas de su fomento y desarrollo. Sin duda, la aportación más notable del viaje de Legazpi en 1565 será el definitivo asentamiento español en las Filipinas, que, lejos de ser efímero, durará más de tres siglos, haciendo posible el más extraordinario intercambio de culturas entre Oriente y Occidente. Sin embargo, la gran crisis sufrida por la monarquía española en el siglo XVII, impidió consolidar la gigantesca obra llevada a cabo por España, en el Pacifico en el siglo XVI. De nuevo en el siglo XVIII España vuelve a ser protagonista en el Pacifico y estará en disposición de disputar el imperio marítimo a Inglaterra y Francia.</p>



<p>El descubrimiento del cronometro marino y la nueva precisión y seguridad que proporciona a las navegaciones, dispara las ambiciones de los grandes imperios marítimos de la época para controlar los lugares más estratégicos del Pacífico. Grabado de la corbeta Atrevida, al mando del capitán Bustamante, navegando entre hielos durante la Expedición Malaspina. Dibujo de Brambila. Museo Naval. Madrid. La eficaz renovación de la Armada española, lograda por los Borbones, hará posible que España envíe entre 1735 y 1800 más de sesenta expediciones y comisiones cartográficas a América y Filipinas, destinadas a defender su hegemonía en el área del Pacífico. Así, en la segunda mitad del siglo se cartografiarán, buscando la mayor precisión proporcionada por los nuevos cronómetros marinos, la totalidad de las costas americanas, las Filipinas y otros importantes archipiélagos del Pacifico. En todas ellas, los objetivos políticos, científicos y económicos aparecen estrechamente unidos.</p>



<p><strong>LA EXPEDICIÓN MALASPINA</strong></p>



<p>La mas importante expedición científico-marítima de la época, es sin duda la Expedición mundial de Malaspina y Bustamante 1789-1794. Esta expedición, dotada por la Corona española con medios científicos y humanos excepcionales, llevará a cabo importantísimos trabajos de todo tipo en Filipinas, sin duda el principal enclave estratégico para la Corona en el Pacífico. Los trabajos se llevan a cabo entre marzo y diciembre de 1792, una de las estancias mas largas de la expedición. Diez meses de intensísimo trabajo organizado en comisiones diversas, hidrográficas, botánicas, zoológicas, etnográficas, artísticas y políticas. Los resultados científicos en el Pacífico son abundantes y de gran calidad, aportando el bagaje mas valioso de noticias nunca reunido por ninguna expedición española: Operaciones geodésicas de precisión, levantamientos cartográficos fiables, observaciones astronómicas, mediciones de la gravedad, amplias descripciones de la fauna, la flora y el territorio, recogida sistemática de datos económicos demográficos y documentación muy relevante acerca de las poblaciones indígenas, sus costumbres, creencias y lengua y bellísimos dibujos de todas las tierras visitadas por la expedición, de sus paisajes, sus tipos su fauna y su flora. Los estudios tienen especial relevancia en Humatac (Guahan), Puerto Palapa (Samar), Zamboanga (Mindanao) y Vavao, y en las Filipinas, donde la expedición recala entre marzo y diciembre de 1792. También son especialmente relevantes las visitas a dos áreas estratégicas de gran importancia, Macao, de influencia portuguesa, y Australia, donde se está produciendo el más importante asentamiento inglés en el Pacifico:</p>



<p>En los casi diez meses de trabajos en Filipinas, se llevan a cabo los siguientes trabajos:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>En el Puerto de Sorsogon (Luzón) 12 -22 marzo 1792 &#8211; Reconocimientos y levantamientos cartográficos y observaciones astronómicas.</li>



<li>El botánico Luis Nee desembarca para reconocer durante tres meses la costa sur de Luzón.</li>



<li>En Manila (Luzón) 26 de marzo -15 noviembre 1792</li>



<li>Viaje de la Atrevida a Macao para realizar mediciones y observaciones astronómicas y así mismo contactos políticos importantes. El gran dibujante Brambila acompaña a Bustamante en esta comisión y realiza importantes y bellísimos dibujos de esta importante colonia Portuguesa.</li>



<li>Viaje de la Descubierta a la costa septentrional de Luzón, donde se llevan a cabo importantes trabajos astronómicos e hidrográficos.</li>



<li>Reconocimientos del botánico Luis Nee de las provincias de Albay, Camarines, Tayabas y La Laguna.</li>



<li>Amplios reconocimientos científicos de todo tipo llevados a cabo por Haenke, en la costa septentrional de Luzón, provincias de Ilocos, Papanga, Cagayan y Pangasinan.</li>



<li>Reconocimientos del científico Pineda de la parte central de la isla en compañía de Cuéllar y un joven pintor, hasta Badoc donde muere Pineda, grave percance para la expedición.</li>



<li>Importantes levantamientos cartográficos en Cavite, Bahía de Manila y puertos contiguos, y toda la contracosta hasta la bahía de Albay; y de las costas de Luzón desde la Punta de Bolinao a cabo Engaño. Y de las costas orientales desde Mauban a cabo S. Ildefonso.</li>



<li>Excursión etnográfica de los científicos y dibujantes para estudiar a los “negritos” del Monte de Manila y recoger prolija información de sus costumbres.</li>



<li>Una importante colección de imágenes de gran belleza de las ciudades, los tipos, la fauna y la flora.</li>
</ul>



<p><strong>UNOS RESULTADOS MUY VALIOSOS<br></strong><br>El resumen de resultados de la larga estancia en Manila es una abundante y valiosa información de todo tipo: botánica, litológica, zoológica, etnográfica, artística, económica, hidrográfica y política, que fue enviada a la Península, en remesas ordenadas y clasificadas, indicando en todos los casos con claridad los nombre del autor de cada trabajo y el lugar preciso de cada investigación. Iniciando ya la derrota del tornaviaje hacia Nueva Zelanda, la expedición se detiene unos días en el Puerto de Zamboanga, en la Isla de Mindanao, del 22 de Noviembre al 7 de diciembre. En este puerto se realizan trabajos astronómicos, hidrográficos, botánicos y artísticos muy interesantes. Además se diseñan unas cañoneras para la defensa contra la piratería, gran amenaza en esta estratégica área.</p>



<p>Como en cada escala del viaje, la expedición de Malaspina y Bustamante, por su condición de “Empresa de estado”, con amplios poderes en todos los territorios de la Corona, mantuvo importantes contactos políticos, y recogió documentación de todo tipo, manteniendo intercambios científicos con todas las personalidades más notables de cada campo, tanto en América como en Filipinas. Durante la estancia en Manila recogió mucha información científica, sobre todo de José García Armenteros y de Juan de Cuéllar, relevante científico, comisionado por la Corona en Filipinas y del que hablaremos a continuación. Los botánicos y naturalistas de la Expedición de Malaspina y Bustamante tuvieron una estrecha relación sobre todo con Juan de Cuéllar, que, como ya mencionamos, acompañó a Antonio Pineda, Jefe del Ramo de Historia Natural en su extensa comisión, por el centro de la isla de Luzón; y proporcionó a Malaspina y sus botánicos información muy relevante sobre el cultivo de los arboles de la canela y otras&nbsp; especias de valor comercial. Cuéllar trasmite a Malaspina su opinión de que el cultivo de la canela debe recibir ayudas estatales para mejorar su calidad, y poder competir así con la canela de gran calidad cultivada y comercializada por los holandeses en Ceilán y Batavia, vieja aspiración española que nunca llegó a realizarse.</p>



<p><strong>LA EXPEDICIÓN DE CUÉLLAR</strong></p>



<p>En este contexto de interés por la aclimatación de especies y el fomento de la agricultura en Filipinas, se sitúa la creación de la Compañía de Filipinas, erigida en 1785, que nace con el ambicioso proyecto de la unión entre el comercio de América y Asia. Y que representó un gran paso en el progreso de las Filipinas y mantuvo un activo comercio, sobre todo, entre 1788 y 1795. De acuerdo con el interés ilustrado por la botánica, la Compañía de Filipinas logra que se envíe a Manila al ilustre profesor Juan de Cuéllar, que será nombrado “botánico real” y naturalista de la “Compañía”. Cuéllar llega a Manila con su mujer el 9 de agosto de 1786 tras ocho meses de navegación.</p>



<p>Pronto encamina sus esfuerzos al fomento de los cultivos de añil, pimienta,&nbsp; azúcar, seda, palo del Brasil y arroz, que pretende aclimatar para su cultivo en la Península, y sobre todo a la canela, pieza clave del comercio asiático, en manos holandesas. La “Compañía” adjudica a Cuéllar los terrenos de Malate, a las afueras de Manila, sin acompañarlo de los recursos económicos solicitados por él para establecer su soñado Jardín Botánico, que nunca pudo lograr. Y al poco tiempo entraron en conflicto los posibles beneficios a largo plazo de los experimentos de aclimatación de especies, llevados a cabo por Cuéllar, con los intereses económicos inmediatos buscados por la “Compañía”, por lo que Cuéllar es destituido en 1794, aunque continuó su labor como botánico real hasta su muerte. A pesar de estos aparentes fracasos, Cuéllar contribuyó en gran medida al conocimiento de la Historia Natural de Filipinas gracias al envío, tanto al Real Gabinete de Historia Natural, como al Real Jardín Botánico, de importantes herbarios, y hasta un canelo vivo, diversas colecciones de animales y una colección de bellas láminas, realizadas bajo su dirección por indígenas tagalos.</p>



<p><strong>UNA EXPEDICIÓN DE CARÁCTER SANITARIO</strong></p>



<p>La última expedición a Filipinas de carácter científico se encuadra también dentro del espíritu ilustrado y responde como las anteriores al interés del Rey Carlos IV de llevar a los territorios ultramarinos ciencia y progreso. También esta expedición, como la de Malaspina y Bustamante, realizará una amplia derrota: América desde México a Chile. Las Filipinas y China, pero esta vez el objetivo único es de carácter sanitario, vacunar amplios territorios contra la viruela, y enseñar la técnica de inocular la vacuna a través de las llamadas “Juntas de la Vacuna”, instituciones sustentadas por importantes personalidades locales, que se encargaron de continuar las vacunaciones tras el paso de la expedición por los distintos territorios. La expedición nace en 1802, apoyada y financiada por Carlos IV, entusiasta de esta filantrópica idea por haber perdido a su hija María Teresa a causa de la viruela. Siento el artífice e impulsor de la expedición el cirujano Francisco Javier Balmis, médico personal de Carlos IV. El 30 de noviembre de 1803 zarpa la expedición rumbo a Venezuela. En la corbeta María Pita embarca Balmis con dos cirujanos, cinco médicos, tres enfermeros y 22 niños, entre nueve y tres años, la mayoría huérfanos de la Casa de Expósitos de la Coruña, con su rectora al frente. Se trata de Isabel Zendal y Gómez, única mujer embarcada y autentica heroína, que cuidó y tranquilizó a los niños embarcados, entre ellos a su hijo Benito que viajaba con ella, y a los sucesivos niños enrolados a lo largo del viaje. Isabel y su hijo nunca regresaron a España, permaneciendo en Puebla. Muchos de los huérfanos reclutados pudieron estudiar en las Escuelas de Oficios lugareñas, como el Rey prometiera en su día. El segundo de Balmis en este viaje fue el médico catalán José Salvany Lleopart, hombre valioso y esforzado que dio su vida literalmente por esta empresa filantrópica, falleciendo en&nbsp; Cochabamba, Bolivia, en total soledad, en 1810, a los 34 años. La expedición sufrió toda clase de infortunios e&nbsp; incomprensiones. A pesar de contar con el respaldo incondicional del Rey, en muchos lugares encontraron la oposición de los gobernantes, aunque también en otras muchas ocasiones personalidades relevantes ayudaron a Balmis haciendo vacunar a sus propios hijos. El primer inconveniente serio surge frente a las costas de Venezuela, tras cuatro meses de navegación, cuando las calmas no les permiten alcanzar la costa, y Balmis necesita imperiosamente enrolar nuevos niños para inocularles el suero o linfa, y poder así mantener la cadena de la vacuna activa. Al fin, el 30 de marzo de 1804 arriban a tierra, donde reciben toda la ayuda necesaria del Gobernador, gran defensor de la filantrópica empresa. Allí se vacunan 64 personas y se crea la primera “Junta de Vacuna” del continente americano. Además, Balmis había embarcado miles de ejemplares impresos de un tratadito que explicaba con claridad cómo vacunar y cómo conservar la linfa. Estos tratados los fue distribuyendo a través del las Juntas de Vacuna y por todos los medios posibles, y lograron salvar muchas vidas en los años siguientes.</p>



<p><strong>LA EXPEDICIÓN SE HACE DOBLE</strong></p>



<p>Desde Venezuela, Balmis divide en dos la expedición. Él cubrirá el norte de Venezuela, México y Las Filipinas, y viajará después a los puertos chinos de Cantón y Macao. Balmis y su equipo, entre ellos su inseparable Isabel, zarpan de Acapulco rumbo a Manila, en septiembre de 1805, en el buque Magallanes. A su llegada a Manila, la Expedición recibe importante ayuda de la Iglesia, para organizar las vacunaciones indígenas. La labor realizada en Filipinas es inmensa, y permanecen allí hasta el 14 de agosto de 1809, fecha en que zarpan de nuevo rumbo a Acapulco. Por su parte, Salvany recorrerá durante siete años la América Meridional, sur de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Bolivia. Viajes todos ellos durísimos, por territorios inhóspitos y climas extremos, que acaban finalmente con su vida. El 7 de Septiembre de 1806, regresa Balmis a España, agotado por sus extenuantes viajes, pero con unos resultados extraordinarios: más de 500.000 vacunados, y no se sabe cuántas vidas salvadas, quizá millones, gracias a la vacunación continuada por las Juntas y por la difusión de los tratados y métodos de Balmis en todo el recorrido. Edward Jenner, el médico descubridor de la vacuna de la viruela dijo de los expedicionarios “No puedo imaginar que en los anales de la historia se proporcione un ejemplo de filantropía mas noble y mas amplio”. Balmis, como buen ilustrado, aprovechó el penoso viaje para estudiar los problemas de las comunidades locales que visitó y la extensa naturaleza que recorrió. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna puso en marcha el primer programa oficial de vacunaciones masivas realizado en el mundo, aun cuando sea indudable la clara finalidad del Rey de proyectar una imagen de gobernante justo y progresista.</p>



<p><strong>LA LECCIÓN DE LOS ILUSTRADOS</strong></p>



<p>Sin duda España escribió una hermosa página de su historia en Filipinas, una página inconclusa por los acontecimientos posteriores que merecería ser recuperada en el recuerdo de tantos siglos de historia y cultura compartida. Las expediciones científicas pondrán de relieve el talante liberal de los marinos y científicos ilustrados y su tolerancia, precisamente en áreas de especial interés estratégico para los grandes imperios. Es la gran lección y también, quizá, el esperanzador mensaje de una generación de hombres de élite de talante liberal y progresista que supieron valorar y respetar al “otro” en un sentido amplio, siendo estos hombres extraordinarios, muchas veces etnólogos improvisados, los más eficaces proclamadores de la realidad indígena más desconocida, de su mundo espiritual, de sus costumbres y de su estética. La bondad de la naturaleza y la armonía del “buen salvaje” que la habita, serán narradas con interés y respeto en los diarios de estos hombres extraordinarios, constituyendo en su conjunto uno de los más preciados y bellos legados de la gran aventura humana para conocer el mundo.</p>



<p>España se hizo grande por la mar, pero fue el valor, el espíritu de aventura, la curiosidad de saber más y la tolerancia hacia lo diverso, lo que hizo más grande el mundo y mas humano.</p>



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		<title>Las órdenes religiosas en Filipinas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/las-ordenes-religiosas-en-filipinas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 19 Dec 2018 21:51:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 61]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: María Dolores Elizalde* Boletín 61 &#8211; Sociedad Geográfica Española &#8211; Las islas Filipinas y España * Instituto de Historia, CSIC Una de las características más destacadas de las Filipinas [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: María Dolores Elizalde* </strong></p>



<p>Boletín 61 &#8211; Sociedad Geográfica Española &#8211; Las islas Filipinas y España</p>



<p>* Instituto de Historia, CSIC<br><br><strong>Una de las características más destacadas de las Filipinas españolas fue la importancia que tuvieron las órdenes religiosas en la vida y en la organización del archipiélago, &nbsp;probablemente mayor que en cualquier otro territorio integrado en el imperio español. Esa relevancia se debió, por una parte, a la trascendencia que se le dio a la evangelización dentro del proyecto colonizador de Filipinas y, por otro lado, a las múltiples funciones que asumieron los misioneros como representantes de la administración dada la escasez de funcionarios y su exigua extensión por el archipiélago.</strong><br><br><strong>La expansión de las órdenes religiosas</strong></p>



<p>Desde el primer momento de la colonización se señaló que uno de los objetivos de la presencia española en el archipiélago debía ser la cristianización de sus habitantes. Cuando, en 1565, Felipe II decidió enviar a Filipinas una expedición comandada por Miguel López de Legazpi, a fin de consolidar el asentamiento español en las islas, subrayó que <em>«lo más principal que su majestad pretende es el aumento de nuestra santa fe católica y la salvación de las almas de aquellos infieles, para lo cual, en cualquier parte que pobléis deberéis tener particular cuidado de ayudar a los religiosos”</em>. Por ello, frailes agustinos acompañaron a los primeros conquistadores militares, y las órdenes religiosas se convirtieron, desde el principio, en un elemento esencial de aquella empresa.</p>



<p>A partir de entonces se asentaron en Filipinas cinco órdenes principales que se distribuyeron por distintas áreas geográficas, étnicas y lingüísticas. Los agustinos (1565) se extendieron por Manila, Pampanga, Ilocos y Batangas, en la isla Luzón, y por parte de las islas Visayas. Los franciscanos (1578) se expandieron por los alrededores de Manila, Laguna de Bay y Camarines, también en Luzón. Los jesuitas (1581) se establecieron en Cebú, Bohol, Negros, Panay, Leyte y Samar, en Visayas; en 1768 fueron obligados a dejar las islas, durante su expulsión de todos los territorios españoles, pero se les autorizó a regresar en 1859, asentándose en Manila y en la isla de Mindanao. Los dominicos (1587) se ocuparon de Cagayán, partes de Bataan y Pangasinan, en el centro y norte de Luzón, responsabilizándose, además, de la evangelización de la población china presente en las islas. Los recoletos de San Agustín (1606) se establecieron en zonas de difícil acceso y en islas sin presencia española: en Mindanao, en zonas de Visayas no colonizadas, en Zambales, Batán, Pangasinan y Palawan. En 1641 arribaron los Hospitalarios de San Juan de Dios para colaborar en la asistencia a los enfermos, y años después se añadirían otras congregaciones menores. Así, en los trescientos treinta y tres años que duró la administración española de Filipinas, pasaron por las islas más de diez mil misioneros. Además, se creó un arzobispado en Manila y tres obispados en Cebú, Nueva Segovia y Nueva Cáceres, a los que en 1865 se añadiría Jaro, aunque el clero secular fue siempre mucho más reducido, en número y en funciones, que los miembros de las órdenes religiosas.</p>



<p><strong>Las múltiples funciones de los misioneros</strong></p>



<p>Los misioneros se extendieron por las islas, estableciéndose en los pueblos indígenas. Al ser los únicos españoles que residían en ellos, se convirtieron en los representantes de la administración. De acuerdo con el sistema colonial establecido en Filipinas, los miembros de las principalías indígenas siguieron gobernando a su gente, pero los frailes, en los pueblos «bajo campana» -pues siempre persistieron otras áreas de difícil penetración y nula influencia-, fiscalizaban todo lo que ocurría e informaban de ello a las autoridades coloniales. Aprobaban a los candidatos a los cargos municipales y sancionaban su conducta. Vigilaban la administración de justicia. Supervisaban el censo de tributarios y la recolección de los tributos. Además, al haberse decidido que la evangelización se realizara en los idiomas vernáculos, a fin de propagar más fácilmente la doctrina cristiana (lo cual si bien fue efectivo para propiciar el acercamiento, dificultó la extensión del castellano como lengua de contacto), los frailes se transformaron en los interlocutores entre las autoridades coloniales y la población filipina. No sólo eran los intérpretes de cualquier comunicación, sino que trasmitían las instrucciones del gobierno, velaban por su cumplimiento y trasladaban las quejas y peticiones de los filipinos. Adquirieron, pues, un peso considerable en la vida de las islas, convirtiéndose en la verdadera correa de trasmisión de la administración colonial, en los responsables de numerosas funciones y en un mecanismo fundamental para el control de la población.</p>



<p>Además, los misioneros vivían cerca de la población, en una estrecha convivencia cotidiana, y conocían la vida y problemas de sus vecinos. Con frecuencia se encargaban de la curación de enfermos y realizaban una labor asistencial de los más necesitados. También organizaban y dirigían la construcción de edificios, caminos y obras públicas, tarea en la que debían colaborar los filipinos a través de la prestación de polos y servicios. En alguna ocasión tomaron las armas en defensa de los pueblos donde vivían ante amenazas exteriores. En los primeros siglos ejercieron también de defensores de la población frente a los abusos de los encomenderos o algunas medidas gubernamentales.</p>



<p>Las órdenes religiosas realizaron también una labor fundamental en el campo de la educación, a través de las escuelas que establecían en los pueblos donde vivían, en las que, además de evangelizar, enseñaban a leer, a escribir, a contar, a mejorar la higiene y a cultivar la tierra. Posteriormente, las congregaciones crearon también centros de enseñanza secundaria y universidades en fechas muy tempranas. Entre ellas, el primer centro universitario de Asia, la Universidad de Santo Tomás, fundada por los dominicos en 1611, o el Colegio de San Juan de Letrán, creado en 1620. Inicialmente enseñaban Teología y Filosofía, luego Derecho, Leyes, Arte y Gramática, y posteriormente Farmacia y Medicina. De igual forma, los jesuitas, tras su retorno a Filipinas en 1859, crearon el Ateneo Municipal de Manila, como un puntero centro de enseñanza secundaria en el que se educaron juntos hijos de españoles, criollos, mestizos, extranjeros y algún nativo filipino. Junto a estas instituciones, se fundaron también diversos centros de formación, públicos y privados. Todo ello permitió la consolidación de un sector de filipinos ilustrados que serían fundamentales en la forja de la nación.</p>



<p>Las órdenes religiosas estuvieron también muy involucradas en la vida económica filipina, desde las actividades más sencillas, como eran el fomento de nuevos métodos de cultivo entre la población, hasta su participación en negocios varios, la gestión de las obras pías, el préstamo de capitales, su intervención en el comercio del galeón de Manila, o la posesión de grandes extensiones de terreno que unas veces arrendaban a campesinos y otras las explotaban directamente mediante distintas modalidades.</p>



<p>Finalmente, las órdenes religiosas propiciaron varios rasgos importantes de Filipinas,&nbsp; cuya proyección ha llegado hasta nuestros días. Suscitaron, primero, el importante grado de religiosidad de la población filipina, que sigue siendo hoy en día uno de los pueblos más católicos del mundo. A ello contribuyó la simbiosis que se produjo entre las enseñanzas católicas y las creencias animistas y de otras iglesias locales que se fueron integrando y conviviendo para reforzar esa religiosidad popular. En segundo lugar, las congregaciones contribuyeron a que el nivel educativo de los filipinos fuera elevado en comparación, tanto con su entorno asiático más inmediato, como con otros espacios coloniales, o incluso con determinadas áreas metropolitanas. Y tercero, los misioneros realizaron una encomiable labor de conservación de lenguas autóctonas, redactando las primeras gramáticas de muchos dialectos filipinos; escribieron también numerosas historias y recopilaciones de costumbres y etnología de los diversos pueblos filipinos; y contribuyeron al desarrollo del conocimiento científico de la flora y la fauna de las islas, así como de la meteorología, la geomorfología y los fenómenos naturales que tan reiteradamente afectaban al archipiélago, labor que desarrollaron a través del Observatorio de Manila, creado por los jesuitas, que pronto se convirtió en una institución científica de renombre mundial.</p>



<p><strong>Colaboración, pero también conflicto</strong></p>



<p>Estas múltiples tareas transformaron a los misioneros en un elemento valioso para la gobernación de las islas, estableciéndose una sólida alianza y coincidencia de intereses entre la administración colonial y las órdenes religiosas durante los siglos XVI y XVII. Sin embargo, con el tiempo empezaron a aparecer discrepancias puntuales por múltiples causas: la política a seguir en las islas; la recolección de impuestos y la prestación de servicios por parte de los filipinos; algunas conductas de los propios misioneros, tales como la ocupación por parte de algunas órdenes de tierras comunales y de parcelas de los campesinos indígenas para ampliar sus haciendas; o, sobre todo, el exceso de funciones desempeñadas por los religiosos y su intromisión en asuntos que nada tenían que ver con la evangelización.</p>



<p>Los conflictos aumentaron en el siglo XVIII, cuando a través de las reformas borbónicas se trató de restringir el poder de las órdenes religiosas, y se cronificaron en el siglo XIX, un tiempo en el que se produjeron serios y continuados enfrentamientos entre las autoridades coloniales y las congregaciones. De modo paralelo a lo que estaba ocurriendo en la Península, en donde el poder civil y el eclesiástico trataban de delimitar sus respectivas esferas de influencia, en Filipinas se vivió un complicado pulso entre ambas instancias, especialmente cuando se pretendió disminuir la capacidad de acción de las órdenes religiosas en los pueblos en beneficio de una administración más profesionalizada que debía desempeñar funciones antes realizadas por los misioneros. También cuando se trató de promover la enseñanza pública y laica impartida por profesores de carrera, o cuando se quisieron introducir reformas importantes en la gobernación de las islas que los religiosos y otros sectores afines consideraron que suponían una amenaza, ya que podrían alentar movimientos en contra del régimen colonial.</p>



<p>Por otra parte, los miembros de las órdenes religiosas tuvieron también problemas con la jerarquía eclesiástica.&nbsp; Las relaciones entre regulares y seculares nunca fueron fáciles por la amplitud de las atribuciones que distintas bulas papales habían concedido a los frailes en el archipiélago, lo cual provocó problemas de competencias, resistiéndose los misioneros a acatar las instrucciones de los obispos o del arzobispo y a aceptar las vistas pastorales diocesanas a sus parroquias.</p>



<p>Hubo conflictos también entre los misioneros peninsulares y el clero indígena, el cual se desarrolló muy lentamente y con muchas limitaciones, siempre cuidando que no eclipsara a los peninsulares, ni adquiriera excesivo predicamento entre los habitantes de las islas y se convirtiera en una fuerza fuera de control. Por ello, las órdenes religiosas trataron de relegar a los sacerdotes filipinos en instituciones como el cabildo de la catedral de Manila, y procuraron limitar las parroquias en las que ejercían su labor, un tema que provocó una divergencia de intereses entre ambos grupos.</p>



<p>En el siglo XIX, las tensiones con las órdenes religiosas se extendieron también a diversos sectores filipinos: a los gobernadorcillos, por la intervención de los religiosos en cuestiones que consideraban que debían ser competencia de las autoridades locales indígenas; a los arrendatarios de tierras y a los campesinos que las cultivaban, por la posesión de las órdenes de grandes haciendas y las duras condiciones que imponían para alquilarlas y labrarlas; a los grupos “ilustrados”, por considerar que los frailes ejercían una influencia nefasta sobre la población e impedían las dinámicas de cambio y progreso, tal como denunciaron a través de sus escritos, de la revista «La Solidaridad», o de novelas como el <em>Noli me tangere </em>o <em>El Filibusterismo</em>, escritas por José Rizal, que se convirtieron en todo un grito contra la posición de las órdenes religiosas en Filipinas.</p>



<p>Los conflictos entre las autoridades coloniales y las órdenes religiosas se reflejaron en diversos enfrentamientos suscitados por el control de distintas instancias administrativas y por la resistencia de los misioneros a aceptar políticas reformistas y trasmitir determinadas instrucciones del gobierno contrarias a su criterio y posición. Los problemas con la población de las islas se revelaron en momentos concretos, como el Motín de Cavite de 1872 y el consecuente ajusticiamiento de tres populares clérigos filipinos, los sucesos ocurridos entre gremios en Binondo en 1887, la manifestación de 1888 en la cual se pidió la expulsión del arzobispo y de las órdenes religiosas, las reclamaciones de los arrendatarios y campesinos de la hacienda de Calamba frente a los dominicos, en 1890, o la persistente persecución de José Rizal, que entonces era ya el héroe del nacionalismo filipino. Desde entonces la reclamación desde distintos sectores para que se apartara a los misioneros de la vida política, económica y social del archipiélago fue una constante.</p>



<p><strong>Y, sin embargo, una ayuda imprescindible</strong></p>



<p>En esas circunstancias, el gobierno español y las autoridades coloniales, aunque trataron de limitar el poder y las competencias de las congregaciones en el archipiélago, no quisieron ir declaradamente en contra de las órdenes religiosas, al entender que no podían prescindir de su concurso para la gobernación de las islas y el control de la población. De hecho, mientras en la metrópoli se optaba por una política secularizadora que provocó duros enfrentamientos entre Iglesia y Estado, Filipinas quedó fuera de esa lucha. No se extendió a las islas la desamortización, ni se cerraron conventos, sino que aumentó el número de misioneros en el archipiélago, y representantes de la Iglesia y de las órdenes religiosas estuvieron presentes en todas las instituciones hasta el último día de gobierno colonial. Además, la mayor parte de los pulsos entablados en cuestiones concretas acabaron a favor de las congregaciones. De tal forma, pese a las innegables tensiones existentes, el discurso oficial nunca dejó de resaltar la importancia de los misioneros como un elemento imprescindible para mantener la soberanía española sobre Filipinas.</p>



<p>Como bien expresaba el gobernador general Rafael Izquierdo tras el Motín de Cavite, <em>«nada más natural que los que profesamos ideas liberales estemos acostumbrados a mirar con prevención, con desconfianza, y algunos con aversión, a las órdenes religiosas. Nada más natural también que, después de conocer el estado del país, lo que aquí son los frailes, lo que han hecho y lo que pueden hacer, se considere a las órdenes religiosas como una necesidad para sostener el lazo de unión entre esta colonia y la madre patria”</em>. O como decía uno de los últimos gobernadores, Valeriano Weyler, en los años 1890, <em>«la misión de las órdenes religiosas no ha terminado, como pretenden los que, mal avenidos con ellas, piden que desaparezcan, ó por lo menos que se les vaya quitando influencia, en lo cual se han inspirado muchas de las reformas que durante cierta época se han dictado. No se tiene presente que hemos dominado en Luzón y en Bisayas por nuestra influencia moral, sostenida principalmente por el párroco, que, por el dominio que ejerce con sus feligreses, sabe lo que ellos piensan, les aconseja, les dirige, les hace españoles, prestando poderoso auxilio á la autoridad para la recaudación y cumplimiento de todas las órdenes, y finalmente fiscalizando á los gobernadorcillos y demás munícipes en los padrones y servicios, de que están encargados. Quitar, pues, la influencia de los párrocos es quitarla al elemento español»</em>. &nbsp;Y así fue hasta el final de la presencia española en Filipinas.<br><br><strong>Lecturas recomendadas:</strong></p>



<p>María Dolores Elizalde y Xavier Huetz de Lemps, “Un singular modelo colonizador: el papel de las órdenes religiosas en la administración española de Filipinas”, <em>Illes i Imperis, 1</em>7, 2015, pp. 185-220.</p>



<p>Roberto Blanco, <em>Entre frailes y clérigos, las claves de la cuestión clerical en Filipinas, </em>Madrid, CSIC, 2012.</p>



<p>Marta Manchado, <em>Conflictos Iglesia-Estado en el Extremo Oriente Ibérico: Filipinas, 1767-1787, </em>Murcia, Editum, 1994.</p>



<p>María Dolores Elizalde y Xavier Huetz de Lemps, “Poder, religión y control en Filipinas: Colaboración y conflicto entre el Estado y las órdenes religiosas, 1868-1898”, <em>Ayer</em>, 100, 2015, pp. 151-176.</p>
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