<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Boletin 65 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
	<atom:link href="https://sge.org/categorias/articulos-de-boletines/boletin-65/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://sge.org/categorias/articulos-de-boletines/boletin-65/</link>
	<description></description>
	<lastBuildDate>Thu, 27 Nov 2025 10:53:33 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.8.5</generator>

<image>
	<url>https://sge.org/wp-content/uploads/2026/01/favicon-2-50x50.png</url>
	<title>Boletin 65 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
	<link>https://sge.org/categorias/articulos-de-boletines/boletin-65/</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>Reservas marinas: una necesidad</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/reservas-marinas-una-necesidad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 May 2020 09:04:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 65]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Lagos, ríos y océanos]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=22856</guid>

					<description><![CDATA[<p>Texto: Manu San Félix Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española La protección de la naturaleza Tan sólo un 2,4% de la superficie de nuestros océanos está protegido de la pesca [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/reservas-marinas-una-necesidad/">Reservas marinas: una necesidad</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Manu San Félix<br></strong></p>



<p>Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La protección de la naturaleza<br><br><strong>Tan sólo un 2,4% de la superficie de nuestros océanos está protegido de la pesca actualmente. Los datos de la sobreexplotación de los recursos pesqueros son abrumadores, y manifiestan el abuso que hemos llevado a cabo, pescando como si las aguas de nuestro planeta no tuvieran fondo ni fin. La única solución es la creación de reservas marinas, protegiendo gran parte de nuestros mares y océanos.</strong></p>



<p><strong>UNAS AGUAS ESQUILMADAS Y AGOTADAS</strong></p>



<p>Según las Naciones Unidas, en base a los informes sobre la pesca que la FAO realiza cada dos años, el 90% de los stocks de peces del planeta están agotados, sobre-explotados o explotados al completo. Es un dato muy preocupante del que podemos sacar dos conclusiones. En primer lugar que hemos abusado en la práctica de la pesca durante décadas, en las que hemos pescado como si los recursos marinos no tuviesen fin. Un ejemplo puede ser el bacalao atlántico, que se pescó sin freno hasta que quedó tan sólo un 1% de su población original. Y segundo, es una prueba de la importancia que mares y océanos tienen para alimentar a la población mundial. Para paliar el hambre en el mundo los recursos marinos tienen una importancia capital, y por ello hay que gestionarlos con inteligencia en lugar de agotarlos.</p>



<p>Hablando con viejos pescadores podemos remontarnos en el tiempo, y, a través de sus relatos que nos cuentan lo que pescaban, podemos obtener la referencia que nos permite ver lo mucho que hemos perdido. Por eso siempre me ha gustado hablar con viejos pescadores. Vivo en la Isla de Formentera desde hace 30 años, y a mi llegada hablé y entrevisté a pescadores retirados, septuagenarios y octogenarios. A través de sus relatos me podía remontar a la Ibiza y Formentera de los años 40 y años 50 que me hubiese encantado conocer. Contaban cómo los centollos eran una plaga que llenaba las redes y, como no se comían, los mazaban y machacaban. O cómo pescando mano, con el volantín, llegaban a pescar en un día hasta 500 tiburones de la especie <em>Squallus acanthias</em>, ahora casi extinguida en Baleares. O también que en la Costa Brava, según me contaba Salvador Puigvert, salía con sus dos hermanos a pescar desde la playa en Tossa de Mar con un bote a remo, cuando ninguno superaba los 12 años, y pescaban delante de la playa numerosos tiburones musola o cazón <em>(Mustelus mustelus). </em>Otros me contaban cómo capturaban a mano en la misma orilla las langostas sin antenas (llamadas cigarras en Baleares, <em>Scyllarides latus</em>). En definitiva me describían un mar que nada tiene que ver con el Mediterráneo actual.<br></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p><strong>EL PACTO POR LOS OCÉANOS</strong></p>



<p>Teniendo en cuenta la importancia que los océanos tienen para la vida en el planeta y la situación de agotamiento sus recursos, la ONU propuso el llamado pacto de los océanos, que la mayoría de los países firmaron, entre ellos España. Con su firma adquirieron el compromiso voluntario propuesto por la ONU de proteger al menos el 10% de su zona marina, mediante la creación de áreas marinas protegidas.</p>



<p>¿Cual es la situación ahora que ya estamos en el 2020?, ¿Hemos cumplido con el compromiso?</p>
</div>
</div>



<p>Lamentablemente la respuesta es que no. Ya que a día de hoy sólo el 2,4% de la superficie de los océanos del planeta está protegida de la pesca. La demoledora realidad es que podemos pescar en el 97.6% de los mares y océanos del planeta. Si empezamos a mirar en nuestra casa, veremos que en las Islas Baleares la superficie cerrada a la pesca es el 0.16%. Y en la mayoría de las comunidades autónomas este porcentaje de zonas protegidas a la pesca es incluso menor.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p>Obviamente, ya en el 2020 el panorama dista mucho del que la ONU esperaba cuando puso este compromiso sobre la mesas. Estamos en una situación que se aleja mucho de lo que entendemos por sostenibilidad. Y muy lejos de lo que el sentido común dicta sobre cómo se deben explotar los recursos pesqueros. Y así es fácil entender el por qué el 90% de los caladeros están agotados. La lista de datos sobre el abuso de los océanos estremece: hemos matado un 90% de los grandes peces del planeta, cada año pescamos 100 millones de tiburones, y en el Mediterráneo hemos aniquilado el 99% de los tiburones…<br></p>



<p>El hecho es que llevamos años sacando y sacando del mar, y a cambio lo único que hacemos es contaminarlo o transformar su composición química a través de las ingentes cantidades que liberamos a la atmósfera por el uso de los combustibles fósiles que el océano absorbe. En la tierra el hombre ya aprendió hace unos miles de años, el Neolítico, que para comer no bastaba con recolectar y así nació la agricultura y la ganadería. El ser humano se dio cuenta que para comer había que sembrar, abonar, regar y esperar. Sin embargo en el mar nos estamos dando cuenta de esto 6.000 años después.</p>



<p>Y mientras lo ponemos en práctica, en los fondos del Atlántico norte arrastramos el mismo lugar hasta cuatro veces a lo largo del año.</p>
</div>
</div>



<p><strong>LOS BENEFICIOS DE LAS ZONAS PROTEGIDAS&nbsp;</strong></p>



<p>En este escenario de un mar agotado, la pesca sigue funcionando al ser una actividad subsidiada en la mayoría de los países, a través de las ayudas para la compra de los barcos, la reducción de precio del combustible, etc. Ya están apareciendo estudios que ponen de manifiesto que en los modelos económicos que ponen en la balanza los ingresos de la pesca y los gastos por los subsidios aportados, el resultado en la gran mayoría de las flotas es de números rojos. El trabajo de Enric Sala, explorador in residence de National Geographic está arrojando luz sobre la verdadera rentabilidad de la pesca y sobre la falta de control de las flotas en las aguas internacionales, donde todo parece válido.</p>



<p>Esta es la recomendación de las Naciones Unidas: “Los subsidios que han perjudicado a las pesquerías y que han sustentado el dramático retroceso de los stocks de peces en los últimos 40 años, deben ser retirados para el año 2020”<br><br>Ya no hay dudas de que si queremos seguir pescando debemos proteger amplias zonas de los océanos. De no hacerlo estamos suicidando la supervivencia de la pesca y poniendo en riesgo la salud del planeta. Los datos positivos que tenemos de la recuperación de biomasa en las zonas protegidas, y de los beneficios que recibe la pesca en las zonas colindantes, nos muestran el camino de que es necesario ser más ambiciosos con la protección marina. Pesca y protección van de la mano y no puede concebirse la pesca sin la protección adecuada.</p>



<p>El proyecto Pristine Seas de National Geographic liderado por el mencionado Dr Enric Sala, ha inspirado la protección del 1.6% de ese 2.4% total que está protegido en el planeta. Y se ha propuesto como objetivo para el 2030 lograr que hayamos protegido un 30% de mares y océanos.</p>



<p>Hay una meta muy clara y definida pero mucho trabajo por delante. Nos enfrentamos a grandes problemas ambientales en este siglo: 1 millón de especies se enfrentarán a la extinción según informe de la ONU, el 90% de los arrecifes de coral van a desparecer por el calentamiento global (Intergovernmental Panel of Climate Change), etc. y y la manera de paliarlo es poniendo grandes y ambiciosas soluciones. Tenemos que lograrlo.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/reservas-marinas-una-necesidad/">Reservas marinas: una necesidad</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Parque Natural Naira. Ojos grandes para proteger la selva</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/parque-natural-naira/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 May 2020 08:32:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 65]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=22847</guid>

					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española La protección de la naturaleza Incendios provocados para acelerar concesiones mineras; explotaciones madereras ilegales, carreteras que avanzan inexorablemente llevándose por delante [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/parque-natural-naira/">Parque Natural Naira. Ojos grandes para proteger la selva</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La protección de la naturaleza<br><br><strong>Incendios provocados para acelerar concesiones mineras; explotaciones madereras ilegales, carreteras que avanzan inexorablemente llevándose por delante hábitats milenarios. Que la Amazonia, ese patrimonio natural universal se desangra y deforesta a un ritmo vertiginoso no es ningún secreto. Lo que quizá lo sea es que existe una forma particular de hacer frente a esa amenaza; una iniciativa privada para la protección de áreas concretas, realizable, incluso, desde la distancia.</strong></p>



<p>A veces la voluntad particular es capaz de llegar donde los gobiernos no pueden. Este fue el argumento que permitió la creación de las ACP o Áreas de Conservación Privada, una figura de protección que vio la luz en Perú como una alternativa para la conservación de la naturaleza en zonas donde a la Administración le resultaba costoso llegar. Perú alberga una masa forestal de 782,880 km2 al este de la Cordillera de los Andes, más del 60% de su territorio. Esto, a la larga se traduce en una extensión enorme, heterogénea y sujeta a diversas amenazas, cuya conservación resulta en la práctica casi imposible de garantizar por una Administración Pública. Estas ACP proponen una forma de gestión del patrimonio natural diferente a la que usualmente conocemos; en lugar de que el Estado se convierta en el único protector y garante, las ACP, o Concesiones para Conservación, pueden ser solicitadas y gestionadas por empresas o particulares. Su concesión se efectúa por un plazo de 40 años y, entre otros requisitos, el adjudicatario debe garantizar que dispone de vías de financiación suficientes para garantizar su conservación durante todo este tiempo.</p>



<p><strong>LOS OJOS EN LA VIEJA ZONA DEL CAUCHO</strong></p>



<p>Así nació el proyecto del Parque Natural Naira, una palabra quechua que significa Ojos Grandes. Unos ojos vigilantes que pretenden englobar un total de 9.000 hectáreas de selva, identificadas y localizadas en la zona de San Regis, en Iquitos, el antiguo centro productor del caucho. Su ubicación no responde a un capricho. Las áreas de conservación privada deben estar libres de cualquier otro tipo de concesiones mineras, petroleras o madereras, pero, además, preservar un espacio en riesgo, en este caso, por la proyectada carretera entre San Regis e Iquitos, que dotará a la zona de una accesibilidad que, como desgraciadamente sabemos, suele ir pareja con su degradación.</p>



<p>Naira gozaba de buena salud en sus inicios, hace ahora 5 años. En su origen, preveía cubrir los costes de manejo y operación mediante un porcentaje de la producción de la planta fotovoltaica Ceiba 10 MW en Iquitos, pero la desestimación de la región de Loreto —donde se ubicaba dicha planta — en la subasta energética de 2017 abortó la materialización del mismo, y, con ella, la generación de unos ingresos imprescindibles para garantizar la viabilidad de su conservación ante el Gobierno Peruano.</p>



<p>El Parque Natural Naira no acabó ahí. No podía hacerlo, ni mucho menos en esta cuenta atrás por preservar la salud del planeta y la ineludible responsabilidad que tenemos en ella. La promotora, Energy Hunters SLL, en sociedad con Unidad Técnica Ingenieros SL, buscó nuevas vías de financiación hasta dar con un camino totalmente novedoso para este tipo de finalidades: la comercialización de los derechos<br>de carbono.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p><strong>DEFORESTACIÓN EVITADA: DOTACIONES ECONÓMICAS POR CONSERVAR LAS MASAS FORESTALES</strong></p>



<p>La regulación internacional se ha ido adaptando a la realidad. Los tradicionales derechos de carbono, habitualmente asignados a proyectos de reforestación o de creación de nuevas masas forestales, han ampliado su concepto, destinándose también a evitar la desaparición de las ya existentes. Sobre esta nueva legislación el Parque Natural Naira podría financiar su “existencia” mediante la venta de los derechos de carbono acreditados por certificadoras internacionales y comercializados por agentes especializados en estos mercados.</p>
</div>
</div>



<p>Cabría preguntarse por qué una zona de selva requiere de conservación. ¿No es la mejor conservación, sin duda, dejar que la Naturaleza prosiga su trabajo? Lo es, salvo que la Naturaleza se vea frenada en su desarrollo. Estamos hartos de ver zonas deforestadas a base de incendios provocados, árboles centenarios desgajados y descendiendo ilegalmente por la cuenca de los ríos, y explotaciones mineras asentadas de manera irregular en amplias zonas de terreno. Incluso cuando las concesiones de explotación se dan de forma legal, las prácticas reales de determinadas corporaciones, acostumbradas a que sus intereses primen por encima de la protección del entorno, hacen de la Amazonía una tierra de nadie, en la que la preservación de la naturaleza debe hacerse de forma efectiva, ejecutiva y preventiva, “luchando”, de forma proactiva contra estas amenazas.<br></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p><strong>EL COSTE DE “DEJAR COMO ESTÁ”</strong></p>



<p>El Parque Natural Naira, en proyecto, necesita para su concesión ser capaz de acreditar esta capacidad de “autoconservación”. Las amenazas están identificadas, pero las soluciones también. Frente a la minería ilegal y el furtivismo, se actuaría ligando a las comunidades de la zona a la preservación del medio natural, para que sientan los ataques al territorio como un ataque a sus intereses. Pero, además, para tratar de paliar la posible “corrupción” frente a otros intereses, designando figuras de control externas al parque y procediendo a la vigilancia de acciones furtivas o de tala ilegal mediante el uso de drones, los nuevos ojos grandes. La vigilancia online, que podría ser ejercida por observadores externos, se desligaría así de las presiones, bien vía económica o por amenazas, que suelen sufrir los vigilantes físicos en la zona.</p>
</div>
</div>



<p>Frente a la presión jurídica de grandes grupos de poder en la zona, en especial madereras, mineras o petroleras que, de encontrar recursos en los terrenos con Concesiones de Conservación otorgados, no dudan en iniciar actividades en los mismos, llevando a cabo en paralelo una serie de acciones físicas y jurídicas encaminadas a obtener la revocación de dichas Concesiones, la posición se torna mucho más delicada. La única defensa posible frente a esta amenaza real para el Parque Natural Naira, o para cualquier otra área protegida de la zona, es ponerse bajo el paraguas jurídico, desde su mismo origen, de un despacho de abogados de reconocido prestigio internacional, o de grandes corporaciones comerciales, grupos de telecomunicaciones, entidades bancarias, compañías energéticas, grandes constructoras, etc., que puedan ejercer un efecto disuasorio frente a este tipo de ataques; al tiempo que, en el caso de que fuese necesario, cuenten con las herramientas jurídicas propias para hacer frente de forma eficaz a los probables intentos de anulación de la Concesión por parte de otros intereses económicos en la zona. Dichas compañías ganarían mucho en imagen corporativa, y el Parque Natural Naira disminuiría muy considerablemente la probabilidad de invasión “legal” del territorio asignado por dicho efecto disuasorio.</p>



<p>En la actualidad los promotores de la Concesión para la Conservación Naira 9000 Ha, han constituido una sociedad vehicular en Iquitos (Perú), Teguedite SAC, a estos efectos y continúan con los trabajos para la obtención de la Concesión. En paralelo han llegado a un acuerdo con la Universidad Politécnica de Madrid, a través de la Cátedra de proyectos de la Escuela de ingenieros Industriales, para que algunos de sus alumnos de último curso realicen sus trabajos de fin de grado asociados al proyecto del parque natural, y con la Universidad de la Amazonía para que asigne personal con la misma finalidad. Cuenta además con el apoyo de la Sociedad Geográfica Española, que a su vez colabora con la Sociedad Geográfica de Lima en esta línea, y mantiene acuerdos con otras Concesiones de Conservación de la región para optimizar la valorización de los derechos de carbono asociados a la deforestación evitada. Cualquier otro apoyo, no hace falta decirlo, es bienvenido.</p>



<p>El Parque Natural Naira, esos ojos grandes que vigilan un trocito de esa Amazonía, patrimonio de todos, está en marcha. Quizá podamos traducirlo en una realidad.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/parque-natural-naira/">Parque Natural Naira. Ojos grandes para proteger la selva</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Amazonía: los últimos días del Edén</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/amazonia-ultimos-dias-del-eden/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 May 2020 07:54:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 65]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Lagos, ríos y océanos]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=22825</guid>

					<description><![CDATA[<p>Texto: Miguel Gutiérrez Garitano Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española La protección de la naturaleza El pulmón del planeta, la Amazonía, está cada día más enfermo, de una enfermedad que [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/amazonia-ultimos-dias-del-eden/">Amazonía: los últimos días del Edén</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Miguel Gutiérrez Garitano</strong></p>



<p>Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La protección de la naturaleza<br><br><strong>El pulmón del planeta, la Amazonía, está cada día más enfermo, de una enfermedad que sería aún curable, pero que muchos intereses con nombres y apellidos lo están impidiendo. El autor, que conoce muy de cerca esas tierras y esos problemas, hace un repaso a su situación actual y nos proporciona una foto que está en movimiento continuo hacia el vacío, la nada, su destrucción.</strong></p>



<p>Nada como la ausencia para evidenciar el ser. La vida es un trasiego de partidas y nacimientos, un concierto incesante de grises donde no siempre gana la armonía. Del escultor Jorge Oteiza aprendimos la capacidad generadora del vacío, su aptitud dinámica para conectarnos, en comunión certera, con el misterio y la tragedia de la existencia. Solamente desde estas premisas se puede comprender la situación actual de la selva amazónica, el mayor bosque de la tierra. En la teoría, este santuario está constituido por unos 7.000.000 millones de kilómetros cuadrados de bosques repartidos entre nueve países. La trampa radica en tomar al pie de la letra la cita wikipédica, en atisbar el mapa y encomendarnos a esa mancha verde que colorea la venosa barriga de América del Sur. Más nos valdría creer que en Europa sigue existiendo el Imperio Romano, cuando solamente podemos buscar sus ruinas, su ausencia, su recuerdo pulverizado.</p>



<p><strong>UN VIAJE ENTRE INCENDIOS Y DESTRUCCIÓN</strong></p>



<p>Por mi parte empecé a abrir los ojos durante un viaje que me llevó a Brasil en 2009. Tras un descenso en barco por el Amazonas, seguí la carretera BR-163 que cruza de norte a sur los estados de Pará y Matto Grosso. Cuatro días duró el trayecto en autobús. El recuerdo de las dos primeras noches, saliendo de Pará, lo ocupa el fantasmagórico recuerdo de los incendios. Todo el horizonte, hacia todos los puntos cardinales: fuegos, destrucción. El letal e incandescente avance de la civilización. Ya en Matto Grosso, la distopía sospechada se evidenció con toda su crudeza; y apareció el vacío, la nada de la que escribió Michael Ende. Ya no había Torre de Marfil, ni Emperatriz infantil. Sino cientos de kilómetros de campos de soja, donde en mi mapa de turista -que apenas tenía una década- aparecían unas ya inexistentes “selvas vírgenes”. La soja destinada a fabricar etanol para los turismos, sólo era una de las cabezas de la hidra. Hace escasas décadas, la Panamericana era la única carretera de la selva. Pero de mano de las multinacionales, en su búsqueda de accesos a las riquezas naturales, nacieron otras, hasta crear una intrincada red que todo lo cubre como una metástasis. Por donde llegan, además, en endiablado bucle, nuevas compañías y colonos, que devastan la selva a una velocidad sorprendente.</p>



<p>En las fronteras entre los distintos estados se extienden vastas regiones salvajes a donde apenas llega el poder de las administraciones. Son lugares de riquísima biodiversidad, donde, además, se refugian los últimos elementos amerindios en “aislamiento voluntario”. Taromenanes, maskho piros, machiguengas, korubos o toromonas son los nombres de algunas de las últimas tribus no contactadas de América. Pero las sombras de los árboles también albergan horrores. Allí donde el control de los estados brilla por su ausencia, es donde actúan las grandes mafias: controlan las plantaciones de cocaína, la minería ilegal de oro y piedras preciosas, la tala sin permiso de especies vegetales protegidas, así como el asesinato y el secuestro de los miembros de comunidades indígenas, ya sea para echarlos de sus tierras, extorsionarlos, o para usar a sus niñas como esclavas sexuales en burdeles.</p>



<p><strong>EL VENENO DEL PETRÓLEO</strong></p>



<p>Sea cual sea su color, los poderes políticos o colaboran en esta deriva, o se ven impotentes para frenarla. Ni siquiera los Parques Nacionales escapan a la desgracia. En el Yasuní de Ecuador -en cuya zona intangible el pueblo aislado de los tagaeri se defiende a lanzazos de los estragos de la colonización- yo mismo fui testigo de la acción de las compañías petroleras, que envenenan y destruyen el espacio protegido. En Perú, sobretodo en el Departamento de Loreto, no hay semana que no se produzcan derrames de hidrocarburos, envenenando los acuíferos que nutren a tantas especies y a comunidades humanas. Al sur del río Madre de Dios, en torno a poblaciones como Mazuco, extensiones enteras de cieno envenenado de mercurio quedan como testimonio de la acción de la mimería ilegal del oro, controlada por poderosas organizaciones fuera de la ley. Hasta en Bolivia, donde hasta hace bien poco ha regido el indigenista Evo Morales, en Departamentos como el de la Paz cada año se han concedido nuevos permisos extractivos a las transnacionales. Ningún país amazónico escapa a esta debacle, pero es en Brasil donde adopta su rostro más terrorífico. La devastación comenzada hace décadas (en 1970 el país ha perdido una superficie arbolada del tamaño de Francia), se ha desbocado ahora con la llegada a la Presidencia de Jair Bolsonaro, un líder empeñado en destruir los ya débiles contrapoderes -encarnados por opositores políticos, periodistas, líderes de comunidades indígenas, ONGs ecologistas, etc.- que tratan de frenar lo inevitable.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p>Oponerse a esta lógica invasiva en absoluto carece de peligros. Según datos de Ecologistas en Acción, en 2018, tres de cada cuatro activistas asesinados se dedicaban a defender el medio ambiente, a las comunidades indígenas o a denunciar a las industrias extractivistas, sobretodo en Sudamérica. Pero que nadie se lleve a engaño. La selva es mucho más que un bosque que alberga animales -aproximadamente el 30% de las especies terrestres del globo- y pueblos originarios. De sus plantas obtenemos la mayoría de los fármacos con los que curar muchas enfermedades. Y, por supuesto, la Amazonía es el pulmón del planeta; su masa vegetal procesa cada año 70.000 millones del carbono que las fábricas sueltan a la atmósfera, resultando un actor determinante para frenar el cambio climático.</p>



<p>Por todo ello es necesario pensar en la Amazonía desde su ausencia, con lógica oteiziana, como el Edén que vive sus últimos días. Pues, como decía Milton, el paraíso no se pierde, ya se ha perdido. Pronto, en menos de dos décadas, del gran bosque del mundo solo quedarán el recuerdo y la involuntaria mentira de los mapas y diccionarios. Y un vacío distópico que, como la pieza de un dominó, traerá consecuencias globales impredecibles.</p>
</div>
</div>



<p><strong>LECCIONES DESDE NOTRE DAME</strong></p>



<p>La impotencia es un sentimiento peligroso cuando lleva a la inacción. Fue la conclusión que saqué, tras asistir -junto a millones de ciudadanos de todo el mundo- al incendio de la catedral de Notre Dame a través de la pantalla de mi televisor. La visión de la joya del gótico tornada en pira, me llevó a un estado entre la incredulidad y la desesperación. No podía creerlo. El edificio ardía al completo. El desastre parecía absoluto, sobre todo, cuando, a eso de las 19:50 horas, la aguja de madera se vino abajo. El estupor general fue magníficamente resumido en las palabras que Denis Jachiet, Obispo Auxiliar de París, testigo presencial del incendio, dedicó a los medios: “Mi sensación era de completo hundimiento. Un sentimiento a la vez de impotencia y de desastre. No podía creer lo que estaba viendo. Una gran tristeza por este desastre, que en poco más de una hora ha destruido un edificio que ha atravesado casi nueve siglos”.</p>



<p><strong>PLANTACIONES DE COCA</strong></p>



<p>Cinco meses después del suceso, recién llegado de un viaje por el corazón de la Amazonia, me embarga una sensación similar de desesperanza e impotencia frente a la pérdida ya consumada. La apuesta -en verano de 2019- pasaba por recorrer y radiografiar el estado de la selva y sus habitantes a lo largo del cauce del río Madre de Dios, desde que este desciende furioso de los Andes peruanos hasta que, ya en Brasil, tornado su nombre al de río Madeira, derrama sus aguas en el gran Amazonas. El cuadro reportado solo puede calificarse de funesto. En el Alto Madre de Dios, en torno al Parque Nacional del Manu, las comunidades nativas nos relataron sus peleas para echar a los madereros de sus comunidades. Patrullaban para ello día y noche los límites de su territorio, que también era pasto de los traficantes de cocaína. Para satisfacer las juergas de millones de drogadictos estadounidenses, europeos y brasileños, los narcos llenan la selva de plantaciones de coca y de piscinas donde transforman las hojas en la pasta base, mediante un proceso con productos químicos que luego terminan en los acuíferos del entorno, contaminándolos. Tampoco puede soslayarse la corrupción de las comunidades nativas por culpa del dinero procedente de este comercio ilícito.</p>



<p><strong>LA FIEBRE DEL ORO</strong></p>



<p>En el curso medio, desde la localidad de Boca Colorado, hasta la capital provincial de Puerto Maldonado, la hidra adopta una forma diferente, pero igual de terrorífica: la fiebre del oro ha llevado a la degradación ecológica y social de esta región, que es pasto del crimen organizado. Como una plaga bíblica, miles de campamentos mineros han infestado la zona dando lugar a un ciclo demencial, que afecta el lugar a todos los niveles: al extraer la tierra los mineros destruyen las capas fértiles. Hay extensas áreas cubiertas de arenas donde no crece nada, como si el desierto del Sáhara se hubiera mudado a la Amazonia. El retroceso de la selva, además, no es el único problema.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p>Pues la actividad extractiva pasa por el uso de mercurio para capturar las partículas de oro en una amalgama que después se quema apara evaporar el metal líquido y liberar el tesoro. De suerte que el mercurio, altamente tóxico, termina en la atmósfera, y de esta, pasa a los suelos y a las aguas, para terminar en la cadena alimenticia y en los organismos de todos los seres vivos. La contaminación en este sentido ha alcanzado tal cota y la superficie arbolada ha sido tan devastada que el Gobierno peruano, a menudo pasota y renuente, se ha embarcado esta vez en una batalla a todos los niveles por controlar el desaguisado (y también, para qué nos vamos a engañar, para controlar los dividendos de una actividad económica que hasta ahora ha escapado de su control). Con más de mil soldados y policías sobre el terreno, bajo la denominada “Operación Mercurio” que sigue en curso, el país andino apuesta fuerte por restaurar tanto la salud del bosque amazónico como por recuperar el tino social. Pudimos presenciar operaciones de asalto policial a territorios sin ley, como el de La Pampa -territorio minero donde manda el hampa y que está situado a ambos lados de la carretera Interoceánica- para asistir a un sin fin de pruebas del horror, en forma de evidencias de asesinatos, trata de blancas, crimen organizado, corrupción gubernamental, etc.<br></p>
</div>
</div>



<p><br><strong>ACTUAR SIN DESFALLECER</strong></p>



<p>En Brasil y en Bolivia, los problemas descritos se unían a otros como los derivados de otras actividades extractivas. Lo peor de todo: las “quemadas”, o quemas de bosque protagonizadas por campesinos y ganaderos, que de continuo escapan a su control, afectando a miles de kilómetros cuadrados de bosque espoleados ahora por los bochornos resultantes del Cambio Climático. A nuestra llegada a la villa brasileña de Abuna los humos de los miles de incendios oscurecieron el sol durante más de tres días. Apenas se podía respirar. La visión era apocalíptica. Pero lo peor era el negacionismo de los locales. El alcalde Lenio Ibáñez, quitaba hierro al asunto. <em>“Sucede todos los años. Es lo normal en verano -decía- para culpar luego</em><em> de todo escándalo a los naturalistas a los que tildaba de mentirosos”.</em></p>



<p>Ante este panorama, el derrotismo parece inevitable, como cuando el 16 del pasado abril, el mundo asistió al derrumbe de la aguja del templo de Notre Dame. Y, sin embargo, la catedral sigue en pie. Un reducido grupo de veinte bomberos, con grave riesgo para sus vidas, controló el incendio desde el interior, mientras cadenas de gente valiente y comprometida salvaban las reliquias. Y una movilización sin precedentes recabó después 900 millones para su reconstrucción. En la Amazonia, mientras tanto, frente a un nefasto ejemplo ofrecido por líderes como Evo Morales o Jair Bolsonaro, un reducido pero inspirado grupo de activistas, intelectuales, científicos, abogados y políticos mantienen la esperanza y nos invitan a actuar y a confiar en el coraje sin desfallecer. Porque, como repite el fotógrafo y activista ambiental peruano Pavel Martiarena, <em>“es demasiado tarde</em><em> para ser pesimistas”</em>.</p>



<p></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/amazonia-ultimos-dias-del-eden/">Amazonía: los últimos días del Edén</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
