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	<title>Boletin 66 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletin 66 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Ciudades turísticas, ¿ser o no ser?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Jul 2020 12:04:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 66]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Ana Moreno Garrido Boletín 66 – Sociedad Geográfica Española La ciudad. Las ciudades. Barcelona, Málaga, Sevilla, San Sebastián o Madrid: muchas fueron las ciudades que intentaron, a finales del [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Ana Moreno Garrido</strong></p>



<p>Boletín 66 – Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La ciudad. Las ciudades.</p>



<p><strong>Barcelona, Málaga, Sevilla, San Sebastián o Madrid: muchas fueron las ciudades que intentaron, a finales del siglo XIX, atraer al turismo internacional. Hoy, sin embargo, una buena parte de sus poblaciones pone en cuestión las ventajas de ese fenómeno que se ha hecho masivo y global, alterando la misma naturaleza y el paisaje urbano. La polémica está abierta. La solución, por decidir.</strong></p>



<p>Hasta hace apenas un par de meses, en tiempos pre-coronavíricos, no había día que no conviviesen en la prensa las noticias que desprestigiaban al turismo o alertaban de sus excesos con las expectativas del sector, siempre instalado en el discurso de las cifras y el optimismo de superarse a sí mismo una temporada más. Mientras voces críticas, normalmente ecologistas, o antisistema, o élites a la&nbsp;<em>proustiana</em>, es decir, nostálgicas de un tiempo perdido (y mejor?), alertaban sobre sus riesgos, el sector volvía a recordarnos su importancia para el país. Los que lo criticaban lo hacían amparados en razones de peso, e irrefutables, se miren por donde se miren, lo insostenible de un turismo masivo que, en la naturaleza, es decir playas o montañas, destruye paisajes y que, en su versión urbana, implica arrasar con los derechos de los ciudadanos, engullir o tematizar pequeñas ciudades patrimoniales y acosar a las grandes, obligadas a la virtualidad de sí mismas y a la banalidad, asediadas por la gentrificación de algunos barrios, subidas temporales de precios, los polémicos&nbsp;<em>Airbnb&nbsp;</em>o las invasiones de rebaños humanos llevados en tour o subidos a rojos buses turísticos.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El turismo, amenaza o maná</h2>



<p>El cambio de actitud hacia el turismo convertido en el gran depredador, sólo sostenido por el sector, poderosísimo lobby con capacidad de influir sobre la política local, o al menos sobre ciertas políticas locales, es relativamente reciente y contrasta con la actitud, no tan lejana, del turismo visto como maná. Todas las versiones están servidas y son, paradójicamente, compatibles. El fenómeno global tiene su particular versión a la española, país turístico por excelencia que, aunque ha basado su fortaleza en el sol y playa, no se libra de ver cómo muchas de sus ciudades están atrapadas en la turistización, como la propia Barcelona, la favorita del turismo internacional, inmersa en un círculo vicioso, de momento imposible de romper, que la hace especialmente vulnerable: su cercanía al Mediterráneo, un centro histórico medieval poco preparado para masas, vaivenes políticos en la gestión municipal, un puerto crucerista y una fuerte imagen de marca identificada con Gaudí, lo que significa una enorme presión sobre apenas tres o cuatro iconos completamente desbordados.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Dos casos para analizar: Barcelona y San Sebastián</h2>



<p>Pero esa Barcelona, que ahora encabeza el movimiento más turismofóbico de España, es la que más incansablemente luchó durante un siglo por convertirse en turística, lo que no deja de ser ilustrativo de lo rápidos e imprevisibles que han sido los tiempos. En los años 80 del siglo XIX, al periodista José Ortega Munilla, padre del filósofo y muy aficionado a los viajes, las dos ciudades españolas que más le interesaron eran precisamente Barcelona y San Sebastián, y en ambos casos lo relacionó con la llegada de forasteros y lo que éstos traían bajo el brazo: revitalización urbanística, modernización económica y aires europeizadores. No sólo fue él, muchos también eran conscientes de algo que las principales ciudades europeas ya parecían saber: la especial relación que estaban creando con el turismo, justo en un momento en el que estaban empezando adquirir un nuevo uso y función, inmersas en un nuevo modelo, plenamente burgués, en el que el urbanismo y sus monumentos servían para mostrar poder e identidad. Si, en esta nueva narrativa, las ciudades “producto” encontraron en el turismo un instrumento perfecto para poner en valor sus recursos, los turistas, por su parte, conscientes, o no, del cambio de modelo, las prefirieron por encima de otros destinos porque sólo ellas, y algunas estaciones balnearias, eran capaces de garantizar transporte y alojamientos, además de ofrecer ocio, progreso, intercambio de ideas, negocios o cosmopolitismo.</p>



<p>Barcelona y San Sebastián empezaron a ver en el turismo una opción, pero estaban en posiciones muy distintas. San Sebastián, sin grandes monumentos, o historia, pero sí con una playa a la europea,&nbsp;<em>“un clima agradable, tiendas,</em><em>&nbsp;alrededores pintorescos y un ambiente animado”&nbsp;</em>se había convertido en la ciudad más turística de España, única capaz de atraer gente&nbsp;<em>“hasta de Burdeos y</em><em>&nbsp;París”</em>, hecha a imagen y semejanza de las ciudades francesas, porque, de ellas, dijo un observador lúcido, habían aprendido el futuro. Mientras, Barcelona que se dolía de ser el Manchester español, con una imagen excesivamente gris e industrializada y, sobre todo, con una pésima fama internacional por el anarquismo y la violencia callejera que alcanzaría niveles alarmantes en la primera década del siglo, trataba desesperadamente de atraer turistas. El primer paso lo había dado aprovechando la oportunidad que le brindó la exposición universal de 1888. Su principal ideólogo, Eugenio Serrano de Casanova, había trabajado en el negocio de la atracción de forasteros en París, y era muy consciente del papel que el turismo estaba llamado a jugar en la nueva vida de las ciudades. La exposición tuvo un primer símbolo turístico en el Gran Hotel Internacional, un gigantesco establecimiento junto a la estación de ferrocarril y el puerto que, una vez finalizada la misma y entre protestas, fue demolido, pero, eso sí, atrajo a casi medio millón de visitantes. Ambas ciudades concretaron su vocación, y algo más, creando los primeros, y más potentes, sindicatos de iniciativa turística de España, una en 1903, la otra en 1908.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Los problemas de Sevilla y Granada</h2>



<p>Pero, mientras ambas lo estaban poniendo en el centro mismo del debate municipal, otras ciudades simbolizaban lo difícil de mantenerlo en el tiempo. Sevilla y Granada, mecas del turismo urbano decimonónico, llegaban al siglo XX turísticamente agotadas. El modelo de ambas es muy similar, práctica y únicamente sostenido por los turistas ingleses, que llegaban desde una de sus más potentes colonias en el Mediterráneo: Gibraltar. En las décadas centrales del siglo XIX las dos vivían de sus viejas glorias, explotadas por y para ellos. El caso sevillano ha llamado la atención de los historiadores del arte porque consiguió desbancar a Madrid o Valencia como capitales artísticas del país, lo que sólo se explica por el ingente mercado que movían los turistas, cuyas compras de pintura, souvenirs, subastas, chamarileo y expolio la sitúan a un nivel no muy alejado del Nápoles del <em>Grand Tour </em>o los <em>veduttisti </em>venecianos. Pero, empezado el siglo XX, todo lo que era atractivo había dejado de serlo, y sus visitantes salían decepcionados de la ciudad insalubre, atrasada y depauperada, de la que algún autor dijo que era <em>“la ciudad de los enrejados” </em>y que de ella sólo merecía la pena la catedral. Mientras Granada, mantenida por la Alhambra, el primer monumento al servicio de los turistas con tarifa y horario de visita desde 1828, se había convertido en la ciudad más fotografiada del país. Su gigantesca fama justificó el viaje durante más de medio siglo, pero había un incomprensible desajuste entre la ciudad y su emblema. Granada no tuvo un hotel de turistas hasta 1910, ni sindicato turístico, ni fue capaz de crear una colonia permanentecde turistas aficionados al arte como las que había en Italia, y parecía impermeable a las enormes posibilidades del turismo como motor de cambio, probablemente porque desde finales de siglo encontró en el esplendor azucarero un importante sustituto.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Málaga, estación de invierno</h2>



<p>Muy cerca de allí, Málaga aspiraba a convertirse en una estación de invierno. Ser centro de invernantes era una opción de supervivencia y de modernización para muchas ciudades mediterráneas que, en este caso, además, parecía especialmente urgente tras la gravísima plaga de filoxera de los años 80 del siglo XIX. Tras diez años de intensas campañas en la prensa local, en 1896 se creó una de las primeras sociedades propagandísticas del clima, y, en 1910, un sindicato de iniciativas turísticas. Málaga tuvo también su particular ideólogo, Francisco Prieto Mera, alcalde de la ciudad y uno de los que más trabajó para convertirla en la mejor estación de invierno del Mediterráneo; y ya como diputado en Madrid, llegaría a ser autor de una interesante propuesta de ley nacional de turismo. Pero sus esfuerzos, y los de otros, convencidos de sus enormes posibilidades, no fueron suficientes porque no bastaba solo con tener ingleses muy cerca y un buen clima, había que demostrar que tenía&nbsp;<em>“alumbrado, confort, policía, recreo y ornato dentro y fuera la ciudad, menos</em><em>&nbsp;mendigos, mataderos y mercados y acabar con el paludismo en las plazas de Riego y la Victoria”&nbsp;</em>y eso no lo logró. Aun así, su vocación turística está ahí. En 1847, una casa de consignatarios de buques y aduanas, Baquera, Kusche y Martín S.A, se recicló al turismo para sortear la crisis de la exportación, y se convirtió en Viajes Bakumar, una de las agencias más importantes de España, y en los años 20 la ciudad reorientó su estrategia al turismo local. La construcción del Balneario del Carmen, “al estilo de San Sebastián”, dejaba atrás las modestas casas de baños de finales del XIX, mientras barrios como La Caleta, El Limonar y El Parque recalificaban fincas rústicas para construir villas y hotelitos unifamiliares. A finales de los años 20, a Málaga cada vez llegaban más cruceros, la ciudad había reinventado la Semana Santa, se había inaugurado un hotel de lujo, el Príncipe de Asturias, y la delegación de turismo del ayuntamiento mandaba datos a todas las estaciones meteorológicas de Europa.</p>



<p>Pero Málaga seguía sin ser aquello a lo que aspiraba, que ahora era emular a las localidades más famosas del Mediterráneo francés. La carretera Algeciras-Málaga, fundamental para el turismo de cruceros americanos, tardaba demasiado, el paseo marítimo que encargó Guadalhorce no llegó nunca, su gran hotel de lujo llegó a los tiempos republicanos con problemas económicos, y hasta un proyecto de club de golf, a pesar del expreso apoyo real, terminaría necesitando de financiación pública.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El éxito de Toledo y las dificultades de Madrid</h2>



<p>El caso malagueño demuestra lo difícil que era convertirse en ciudad turística por muchas posibilidades que,&nbsp;<em>a priori</em>, se tuvieran. En realidad, sólo lo consiguieron muy pocas. Entre ellas, Toledo, un caso especialísimo por ser la única de todas las ciudades españolas capaz de crear un icono que no sólo la encumbró a ella, sino que prácticamente se convirtió en imagen-marca del país: El Greco. Todo lo que pasó en Toledo es interesante e inspirador para entender, no sólo la nueva relación entre turismo y ciudad, también cómo estaba evolucionando la propia industria turística. La ciudad pequeña y aburrida, de la que se quejaban los pocos que la visitaban a principios de siglo, sólo era apreciada por las élites cultas encabezadas por la gente de la Institución Libre de Enseñanza, que la consideraban el conjunto más perfecto y acabado de España, pero que, una vez más y como otras, parecía condenada al inmovilismo y el atraso. Tuvo que ser la creación de la casa del Greco en 1910, el primer negocio turísticocultural del país, lo que la despertó. ¿Cómo? Dando a la ciudad un argumento para contarse a sí misma a través de un símbolo del pasado revisitado en el presente, que funcionó extraordinariamente bien para los turistas, bastante sensibles a esas cosas, pero también porque traía a España novedades a la hora de exhibir y mostrar el patrimonio, como eran las evocadoras casas-museo, muy de moda fuera, y porque supo aprovechar la coyuntura del que, justo esos años, era el pintor más cotizado y prestigioso del mundo. La casa del Greco se convirtió en parada obligada para las visitas de Estado de la primera década de siglo, era recomendada por Baedeker, puso de moda el&nbsp;<em>“estilo castellano”&nbsp;</em>en el extranjero y, sobre todo, consiguió triplicar el número de turistas en un par de años. El millar de turistas de 1909 pasaron a 4.000 en 1914 y en vísperas de la Gran Guerra eran casi 40.000. El “efecto Greco” fue de tal magnitud que duraría años: en 1925, Toledo ya recibía casi 100.000 turistas.</p>



<p>Su caso contrasta profundamente con Madrid, de donde precisamente llegaban sus crecientes visitantes, pero muy lejos en imagen turística y sobre todo en resultados. La ciudad no ha parecido entender la importancia del turismo hasta hace muy poco. En su descarga habría que decir que lo tenía difícil. Capital periférica de un país periférico, tenía además el inconveniente de estar en medio de la meseta, que es como estar en medio de la nada. Su paisaje desarbolado, triste y expoliado no ayudaba, como tampoco la alarmante falta de discurso o narrativa. El “poblachón manchego” apenas tenía un reclamo importante para el turismo nacional e internacional en el gran museo de pintura, pero no era suficiente. Los pocos visitantes lo hacían casi obligados por lo fraccionado del sistema ferroviario, que exigía hacer largas paradas que llegaban a durar un día. Como mucho, paseaban por la pequeña almendra central desde la estación del Mediodía (Atocha) hasta el Palacio Real, apenas nada en comparación con la visualidad de las grandes capitales europeas. Para la misma fecha en que despertaban otras, también lo hacía ella, acomplejada por su ambiente excesivamente castizo y provinciano. La construcción de dos grandes hoteles de lujo en apenas dos años (1910-1912), la creación de un sindicato de turismo, y la celebración de un importante congreso de turismo en 1912 son los síntomas evidentes del despertar turístico de una ciudad que, con el proyecto de la Gran Vía (1910) aspiraba a metrópoli. Algo que terminaría logrando, pero ya en vísperas de la guerra, cuando Madrid superó el millón de habitantes y, efectivamente, trasladó su epicentro a la nueva gran arteria urbana que se convirtió en la mayor concentración de España en tipología hotelera y negocios turísticos. Otra cosa muy distinta es que la ciudad se convirtiese en turística, lo que no ocurriría, ni entonces ni en décadas, porque sólo lo logró la efervescente contracultura de la transición que ayudó a Madrid a construir una imagen basada en una especie de juvenil vitalidad identificada con la “movida”.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La actual turismofobia y lo que vendrá después</h2>



<p>El panorama, a vuela pluma, de este puñado de ciudades parece mostrar que sólo el turista-masa y la turismofobia distinguen el actual turismo urbano del de principios del siglo XX, porque todo lo demás ya estaba inventado: la turistización de algunos barrios, los riesgos (y oportunidades) de una alta especialización, el papel especial de las capitales, l amadas, teóricamente, a ser las depositarias de los símbolos nacionales, la importancia de la imagen-marca, la aparición de élites económicas en organismos de promoción turística, la oportunidad modernizadora… Pero, eso sí, la post-industrialización de las ciudades del siglo XXI las ha empujado, irreversible e irremediablemente, al turismo y ha sobredimensionado su efecto, de ahí los inmensos pecados que está cometiendo en ellas: ciudades reinventadas y ajenas a sí mismas para responder a la imagen mental de los visitantes, ciudades fáciles y consumibles, ciudades para entretener al turista, convertido en el nuevo “ciudadano”, estrategias de especulación que algunos llaman “urbanismo sucio” … demasiados excesos que, cómo poco, están provocando turismofobia, pero que no son más que el último capítulo de una relación ya muy larga y que está muy lejos de haber terminado.</p>
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		<title>Ciudades españolas de Hispanoamérica. El modelo que conquistó a medio mundo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ciudades-espanolas-de-hispanoamerica/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Jul 2020 10:24:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 66]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 66 &#8211; Sociedad Geográfica Española La ciudad. Las ciudades. No sólo es digna de señalar la velocidad con que fueron puestas en pie por los españoles [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Pedro Páramo<br></strong></p>



<p>Boletín 66 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La ciudad. Las ciudades.<br><br><strong>No sólo es digna de señalar la velocidad con que fueron puestas en pie por los españoles las primeras ciudades a lo largo de América del Sur, que también cuenta. Pero lo más destacable, lo más excepcional para su época, es la eficacia y funcionalidad de un modelo urbanístico conocido como <em>la traza</em>, basado en la elección del lugar y en una malla reticular, un trazado inspirado en los campamentos militares de los griegos y romanos de la Antigüedad, y especificado en las instrucciones dadas por el rey Fernando el Católico en 1513.</strong></p>



<p>En los primeros años del siglo XIX el barón alemán Alexander Von Humbolt escribió sobre la capital del reino de Nueva España: <em>“México debe contarse,</em><em> sin duda alguna, entre las más hermosas ciudades que los europeos han fundado en ambos hemisferios. A excepción de Petersburgo, Berlín, Filadelfia y algunos barrios de Westminster, apenas existe una ciudad de aquella extensión que pueda compararse con la capital de Nueva España, por el nivel uniforme del suelo, por la regularidad y anchura de las calles y por lo grandioso de las plazas públicas”</em>. En uno de los estudios publicados en el siglo XIX sobre el gobierno de España acerca de los territorios americanos, el historiador jesuita madrileño Ricardo Cappa dice de Lima: <em>“Yo me atrevería a decir que, fuera de Cádiz, no</em><em> había en el mundo ciudad más bella en el año 1600 que la capital de nuestro </em><em>virreinato peruano”</em>. De toda la historia de la civilización española de los territorios de ultramar, la fundación, y el rápido y ordenado desarrollo de las ciudades coloniales, constituyen los episodios más sólidos, e invulnerables ante las falsedades y exageraciones de la llamada Leyenda Negra. En la actualidad, todavía su modelo urbanístico se aplica en todo el mundo en nuevas fundaciones y en la ampliación de antiguas ciudades. Sus cualidades son objeto de estudio desde hace siglos y concitan la admiración y el elogio de especialistas y viajeros. La regularidad del trazado y los firmes y hermosos edificios de las ciudades hispanoamericanas atraen hoy a numerosos turistas. De las 43 ciudades de toda América que gozan del título de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, 31 fueron levantadas por españoles.</p>



<p><strong>EL OBJETIVO FUE POBLAR LOS TERRITORIOS Y QUEDARSE EN</strong><strong> AQUELLAS TIERRAS</strong></p>



<p>En 1502, diez años después de la llegada de Cristóbal Colón, cuando Nicolás de Ovando llegó a la Española como gobernador de los territorios americanos descubiertos y por descubrir, ya se habían fundado en la isla ocho poblaciones que acogían a un total de 12.000 habitantes españoles. En 1500 se habían levantado dos poblaciones en la actual Venezuela, Nuevo Cádiz y Santa Cruz, hoy desaparecidas. En sólo dos años, los primeros pobladores españoles de Cuba fundaron ocho ciudades en la isla que aún conservan su nombre, con la excepción de Santa María del Puerto del Príncipe, que conocemos como Camagüey. Un siglo después de la llegada Colón, capitales americanas como Santo Domingo, La Habana, México, Bogotá, Lima, Quito o Buenos Aires ya estaban en pie, y algunas podían compararse con ventaja sobre muchas ciudades españolas y europeas por la anchura de sus calles y plazas, y grandes edificios como palacios, colegios y templos. La primera ciudad hispanoamericana fue Santo Domingo (1498), destruida por un huracán y reconstruida por Ovando en 1506 en un lugar cercano, con murallas y sólidos edificios de piedra, siguiendo las instrucciones recibidas del rey Fernando el Católico. Las normas reales exigían el trazado de calles rectas y manzanas cuadradas o rectangulares que se entrecruzaban, y fijaban además la ubicación de edificios públicos para la administración y la oración y la construcción de hospitales y escuelas. Ovando no logró en Santo Domingo una retícula perfecta; las calles, rectas, no eran del todo paralelas, pero fue el primer ensayo en las tierras recién descubiertas del modelo urbanístico, conocido como <em>la traza</em>, que caracterizará a las ciudades americanas fundadas por españoles. Este modelo sencillo y práctico de fundación, que se aplicó rápidamente en las ciudades del Caribe, se trasplantó luego a los nuevos territorios conquistados y explorados en el continente. Hacia 1550 ya se habían levantado más de 200 poblaciones españolas repartidas por América del Norte, Centroamérica y América del Sur, unas bañadas por el Atlántico o el Pacífico recién descubierto, y otras encaramadas entre los 2.000 y los 4.000 metros de altitud en los altiplanos continentales. Y todas con la marcada personalidad urbanística del trazado reticular.<br><br><strong>LA FUNCIONALIDAD Y EL ÉXITO DEL TRAZADO RETICULAR</strong></p>



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<p>Algunos estudiosos del urbanismo sitúan el origen de este patrón simple y eficaz para fundar nuevas poblaciones con rapidez y comodidad, en los campamentos militares de griegos y romanos de la antigüedad. Así se ensayó en España a finales del siglo XV y se consolidó al ordenar las ciudades en las islas Canarias recién conquistadas. El propio rey Fernando tuvo la oportunidad de comprobar personalmente las bondades de este modelo en la ciudad de Santa Fe durante la conquista de &nbsp;Granada. Según este esquema, lo primero que tenían que considerar los fundadores de una villa era elegir bien el lugar. En las instrucciones que en 1513 dio Fernando el Católico a Pedrarias Dávila en 1513, al nombrarle capitán general y gobernador de Tierra Firme, el rey exigía claramente que las tierras <em>“sean de buenas aguas y de buenos ayres y cerca de montes y de buena tierra de labrança, y destas cossas las que mas pudiesen tener”</em>. La elección no siempre era fácil: Guadalajara, la capital mexicana de Jalisco, por ejemplo, está donde la conocemos después del fracaso de tres intentos anteriores en otros lugares. Las primitivas ordenanzas de Fernando el Católico fueron luego ampliadas y ajustadas a los nuevos tiempos por disposiciones del emperador Carlos V en 1523. Más tarde, Felipe II, en sus Ordenanzas sobre Descubrimientos Nuevos y Poblaciones de 1573, establece definitivamente que <em>“llegando al lugar donde se ha de hazer la población, el qual mandamos que sea de los que estuvieren vacantes, y que por disposición nuestra se puede tomar sin perjuyzio de los indios y naturales, o con su libre consentimiento se haga la planta del lugar repartiéndola por sus plaças calles y solares a cordel y regla, començando desde la plaça mayor, y desde allí sacando las calles a las puertas y caminos principales”</em>. El diseño debía partir de la plaza de principal, cuadrangular, con lados dos veces más largos que los de las manzanas como mínimo, en la que deberían construirse los edificios destinados a los poderes civil y religioso que impulsaban la colonización. Estas grandes plazas centrales estaban pensadas para acoger en ellas las concentraciones de vecinos, como los mercados, los festejos, las procesiones, los alardes o las corridas de toros.<br><br>Al cabo de cuatrocientos años muchas de las hermosas plazas españolas repartidas por América, como la del Zócalo en México, la Plaza de Armas de Lima, la Plaza de Bolívar de Bogotá, siguen siendo el centro animado de la vida ciudadana, flanqueado por monumentales palacios presidenciales y sedes municipales junto a impresionantes catedrales. Según este patrón, de los cuatro vértices de la plaza y del centro de los laterales salen calles rectas con las que se deben alinear las otras en paralelo, formando un ángulo recto con las que se cruzan, para crear la malla reticular que caracteriza el urbanismo hispanoamericano. El tamaño de las cuadras y manzanas los establecían los fundadores en función de las características del terreno. Así, por ejemplo, los lados de las manzanas de Lima se fijaron en 450 pies, en 400 pies en Arequipa y en 380 en Bogotá. El modelo reticular permitía abrir en la traza plazas más pequeñas de cuatro lados y facilitaba las ampliaciones, obligadas a prolongar las calles de la retícula original. Seguían también este mismo patrón los barrios de indios aledaños a las ciudades que se realizaron en los primeros años de la conquista.</p>
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<p><strong>UNA PLANIFICACIÓN URBANA PENSADA PARA EL FUTURO</strong></p>



<p>Al estudiar la presencia de los españoles en América llama la atención la confianza de los conquistadores en la trascendencia de las poblaciones que fundaban y su fe en el futuro que les aguardaba. El historiador jesuita Bernabé Cobo (1582- 1657), en su <em>“Historia de la fundación de Lima”</em>, nos cuenta que Francisco Pizarro <em>“teniendo atención, no al pequeño número de vecinos con que la fundaba,</em><em> que no llegaban a ciento, sino a la grandeza que se prometía había de llegar con el tiempo, tomó un espacioso sitio y lo repartió a manera de casas de ajedrez, en 117 islas, que por ser cuadradas las llamamos comúnmente cuadras… sacó las calles derechas á cordel, todas iguales, de 40 pies de ancho cada una”</em>. La fundación de las ciudades representaba también el inicio de la civilización del territorio, toda vez que se creaban cuando las guerras de conquista se daban por terminadas y se confiaba la pacificación a la acción de los misioneros. Otra prueba de la seguridad y confianza de los conquistadores en sus fundaciones es que las ciudades españolas en América carecen de murallas, elemento defensivo que todavía entonces se construía en pueblos y capitales de Europa. La excepción en tierra adentro es Quito, que había sido amurallada por los conquistadores incas. Sólo se fortificaron las ciudades costeras, como Veracruz, Cartagena de Indias o Manila, que conservaban también intramuros el patrón urbanístico de América, y no para defenderlas de los indígenas sino para protegerlas de los ataques de los europeos.</p>



<p>La defensa de la ciudad americana quedaba encomendada a sus habitantes. En 1524, tres años después de la conquista de Tenochtitlán, Hernán Cortés obligó a que cada vecino tuviera en su casa una lanza, una espada, un puñal, una rodela y un casquete o celada, así como cuantas armas defensivas pudiera acumular. Los alcaldes de las poblaciones del reino de Nueva España estaban obligados a convocar cada cuatro meses un alarde en la plaza principal y a multar a los vecinos que no concurriesen con todas las armas.</p>



<p><strong>INFRAESTRUCTURAS AVANZADAS PARA LOS VECINOS</strong></p>



<p>Las ciudades de nueva planta exigían instalaciones imprescindibles para el desarrollo de la vida ciudadana, como el suministro de aguas y desagües, que garantizaran la salubridad de la población. Los ingenieros fundadores españoles de aquellos tiempos, que tan bien distribuyeron las calles y las plazas, realizaron extraordinarias obras de infraestructura en lugares insólitos, que todavía hoy causan admiración entre los urbanistas. Para el abastecimiento de la ciudad minera Imperial de Potosí, Bolivia, a 4.060 metros de altitud, por ejemplo, se construyó un río artificial, La Ribera, que acogía el agua de 27 presas y atravesaba la ciudad.</p>



<p>En la ciudad de Querétaro, México, se exhibe como un atractivo turístico el acueducto español, de 1.280 metros de largo y casi 29 metros de altura. La leyenda dice que lo mandó construir en 1726 el marqués de la Villa de Villar del Águila, para llevar el agua hasta el convento de una monja de la que estaba enamorado. Sea como fuere, lo cierto es que suministraba a la ciudad 26 litros de agua potable por segundo y es hoy el símbolo de esta población, como lo es para Segovia su acueducto romano. En la avenida de Chapultepec de México D.F. aún se mantienen algunos de los arcos del acueducto construido por los españoles a finales del siglo XVI por encima del curso de la conducción subterránea azteca que servía a Tenochtitlan. Pero las más grandes infraestructuras urbanas de los españoles en América fueron las destinadas a proporcionar un desagüe a la ciudad de México. La capital fue fundada por Hernán Cortés en el fondo de un valle sin salida en el que las aguas de sus montañas volcánicas, coronadas por nieves perpetuas, alimentaban los lagos que cercaban la ciudad azteca, y por esta situación se veía arrasada por intermitentes inundaciones que causaban muertes, destrucción, emigración y parálisis económica. Cortés primero, y luego alguno de los virreyes sucesores, llegaron incluso a plantearse cambiar la ciudad de lugar. Las obras emprendidas a mediados del siglo XVI para arrojar las aguas al Atlántico a través de la cuenca del río Tula aliviaron la situación de la ciudad al cabo de décadas de labores intermitentes, pero no lograron plenamente su objetivo. En algunos momentos se emplearon en la ejecución de distintas soluciones hasta medio millón de trabajadores, en lo que algunos han considerado la mayor obra hidráulica realizada en América hasta la construcción del canal de Panamá. La solución definitiva al desagüe del valle de México tuvo que esperar al siglo XX.</p>



<p><strong>EDIFICACIONES SÓLIDAS, ADAPTADAS AL ENTORNO Y AL CLIMA</strong></p>



<p>A los orígenes de las poblaciones españolas en el Nuevo Mundo no siguió una larga era de sencillez colonial, como en las posesiones de otros países en la América del Norte. Entre los pueblos sometidos a los imperios incaico y azteca los españoles encontraron excelentes maestros canteros acostumbrados a labrar las piedras del lugar, como el ligero tezontle de las iglesias y palacios de México y los duros granitos de Cuzco, y muy pronto las primeras casas de madera, cañas y barro fueron reemplazadas por sólidas construcciones de piedra. Estas casas seguían el modelo andaluz: de dos pisos, gran portada, con un amplio zaguán, la cocina, una sala que da a un patio que aporta frescor a toda la casa, y en la planta superior las habitaciones y un balcón espacioso. Las condiciones climáticas impusieron en muchos casos elementos medievales, como los corredores de las plantas altas sobre los típicos soportales que protegen a los viandantes del abrasador sol y de los diluvios propios de los trópicos. Pronto en aquellas primeras plazas y calles trazadas a cordel se levantaron magníficos templos, conventos y palacios, que competían con los de Europa en belleza, y tan sólidos que muchos aún permanecen en pie tras superar frecuentes terremotos e inundaciones.</p>



<p><strong>UNA ARQUITECTURA DE ALTA CALIDAD Y GRAN BELLEZA EN TODOS LOS ESTILOS ARTÍSTICOS</strong></p>



<p>En las ciudades de la América española se puede seguir la evolución cronológica de los movimientos arquitectónicos como si se tratara de cualquiera de los países europeos. El gótico tardío luce en algunos edificios de Santo Domingo; el plateresco americano más refinado tiene una de sus joyas más notables en el convento agustino de Acolman, México, levantado en 1536, quince años después de la conquista. El mudéjar también dejó espléndidas muestras en América el siglo XVI, como la torre mudéjar de Cali, Colombia, y el convento de San Francisco de Lima, Perú. Con el siglo XVII entró el barroco con fuerza en Hispanoamérica, que reinó durante casi dos siglos, y se enriqueció con aportaciones de los artistas y artesanos indígenas, y hoy se estudia con la denominación propia de arte criollo. Muchos de los centenares de iglesias de América, colegios y palacios barrocos, y su recargado derivado churrigueresco, superan en cantidad y belleza a las mejores muestras de esta corriente artística en España. Los edificios barrocos hispanos representan hoy lo más notable del patrimonio de cientos de poblaciones diseminadas por los miles de kilómetros que separan las misiones de California de las reducciones jesuitas de Paraguay y los monumentos españoles de Argentina y Chile. Como ocurrió también en Europa, la sobriedad de la arquitectura neoclásica se impuso vigorosamente en América al recargado barroco, con las construcciones de este nuevo estilo que sorprendieron en México al ilustrado Alexander Von Humboldt. En 1901, el historiador estadounidense Sylvester Baxter calificaba la arquitectura colonial española, junto con sus artes auxiliares, escultura y pintura decorativas, como <em>“el movimiento estético más importante que se haya efectuado</em><em> en el hemisferio occidental”</em>, sólo alcanzado casi cien años más tarde por el gran desarrollo experimentado por los Estados Unidos a finales del siglo XIX. Para entonces, el modelo reticular español, la traza, ya había sido imitado en la ampliación de las ciudades en medio mundo, como en Edimburgo en 1766, en Filadelfia en 1682, en Nueva Orleans en 1721, en Boston en 1814, en Indianápolis en 1821, y en 1811 en la hoy tan apreciada regularidad de la isla de Manhattan en Nueva York. En Estados Unidos, la herencia del urbanismo español está también presente en otras poblaciones como Mobile, Baton Rouge, Saint Louis y Santa Fe.</p>



<p><strong>INSTITUCIONES PARA EL CUIDADO DEL ESPÍRITU, LA MENTE Y EL</strong><strong> CUERPO</strong></p>



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<p>Las ciudades hispanoamericanas se dotaban desde su creación de servicios esenciales para atender el bienestar físico y espiritual de los pobladores. Junto a los soldados llegaron a América los misioneros, que en cuanto ponían pie en las nuevas tierras iniciaban su labor, siguiendo el mandato de evangelizar a los nativos y mantener la fe de los españoles, creando iglesias para la catequesis de los indígenas, hospitales para hacer frente a las enfermedades, y colegios para la enseñanza de las ciencias, las artes y los oficios destinados a impulsar el desarrollo y la riqueza de las fundaciones. Al tiempo que Nicolás de Ovando construía las primeras casas y calles de la ciudad de Santo Domingo, el gobernador levantó también el hospital de San Nicolás de Bari.<br><br>En 1525, cuatro años después de la conquista de Tenochtitlan, el lego franciscano Pedro de Gante creó en el México de Cortés el colegio de San Francisco, que llegó a tener hasta mil alumnos que aprendían allí español, latín y numerosos oficios, como los de pintor, cantero, carpintero, herrero, orfebre, sastre o zapatero. A Pedro de Gante se debió también el primer hospital del continente americano destinado a atender a los indios y a enseñar la ciencia médica. Con la fundación en 1538 de la primera universidad americana en la ciudad de Santo Domingo, y la instalación un año después de la primera imprenta en México, la civilización recibió un impulso definitivo en las tierras de América. En 1551 se crearon las universidades de México y Lima, con el mismo reconocimiento a sus estudios que a los de Salamanca. A finales del siglo XVI, años antes de que llegaran los primeros colonos británicos al continente, los territorios administrados por los españoles contaban con centros universitarios en Puebla, Bogotá, Quito y Manila, en las islas Filipinas, dependientes entonces del virreinato de Nueva España.</p>
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<p><br><strong>CIUDADES QUE MARCAN UN MODELO DE EFICACIA Y BELLEZA</strong></p>



<p>En 1803, cuando Alexander Von Humboldt llegó a México, la capital modelo de las sembradas por los españoles en Hispanoamérica, la ciudad le pareció tan elegante como Turín o Milán. Era entonces la más poblada de América, con unos 130.000 habitantes. <em>“Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de</em><em> los Estados Unidos -escribió el viajero alemán-, tiene establecimientos científicos tan grandes y sólidos como la capital de México. Me limito a mencionar la Escuela de Minas… el Jardín Botánico y la Academia de Pintura y Escultura llamada de las Nobles Artes”. </em>La capital contaba con baños públicos creados casi un siglo y medio antes. Las calles estaban iluminadas con faroles y las vigilaban por las noches los serenos, a imitación de las de la capital de España, que informaban a voces de la hora y del clima. Se regaban las vías públicas todos los días, y los vecinos estaban obligados a barrerlas los miércoles y los sábados bajo multa de 12 reales. Dos tipos de carros recogían las basuras: uno los desechos y otro los excrementos. Una red de cloacas subterráneas saneaba la ciudad. Las calles, flanqueadas por aceras, estaban empedradas; todas tenían su nombre y las casas estaban numeradas. La ciudad contaba con un servicio de coches de providencia (taxis). Había cafés como los abiertos en Viena y París, donde la gente se reunía para conversar y en los que se formaban animadas tertulias para comentar la actualidad. En el monumental Nuevo Coliseo, con capacidad para 1.500 espectadores, se representaban obras de teatro y las óperas que triunfaban en Europa, con artistas formados en las escuelas de arte dramático y de ballet de la ciudad. Se editaban cuatro periódicos y varias librerías abrían sus puertas a las calles.</p>



<p>Décadas después de la independencia, los nuevos gobernantes de los países hispanoamericanos, a pesar de su antiespañolismo, continuaron ampliando sus ciudades y creando nuevas poblaciones siguiendo los patrones de los fundadores españoles. Con entusiasmo, el ya citado historiador estadounidense Sylvester Baxter resumía así el esfuerzo civilizador de las ciudades españolas en Nueva España, ampliable con justicia a todas las de Hispanoamérica: <em>“La tierra se transformó como</em><em> si la hubiera bañado con su luz propia la lámpara de Aladino. Bajo la estupenda energía de la raza conquistadora, encendida en apetitos de poderío y riquezas, </em><em>y animada a la vez por su fe religiosa, la Nueva España floreció en el espacio de</em><em> breves años y se transformó en un reino maravilloso cuya inmensa extensión quedó sembrada de espléndidas ciudades, que ya brotaban del desierto, ya ocupaban el sitio de una cultura anterior”.</em></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ciudades-espanolas-de-hispanoamerica/">Ciudades españolas de Hispanoamérica. El modelo que conquistó a medio mundo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Ciudades chinas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ciudades-chinas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Jul 2020 09:44:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 66]]></category>
		<category><![CDATA[China]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Josefina Gómez Mendoza Boletín 66 &#8211; Sociedad Geográfica Española La ciudad. Las ciudades. Nuestra autora, geógrafa, académica, catedrática emérita, nos proporciona en este texto un análisis de las transformaciones [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ciudades-chinas/">Ciudades chinas</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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<p><strong>Texto: Josefina Gómez Mendoza<br></strong></p>



<p>Boletín 66 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La ciudad. Las ciudades.<br><br><strong>Nuestra autora, geógrafa, académica, catedrática emérita, nos proporciona en este texto un análisis de las transformaciones de los núcleos urbanos de China, el crecimiento espectacular de las ciudades, las nuevas aglomeraciones polinucleares, los cambios del régimen del suelo. Fenómenos que se dan en un país donde la población urbana representa, en datos del pasado año, el 60 % del total.</strong></p>



<p><strong>&nbsp;</strong><strong>DE 1984 A 2012: UN ANTES Y UN DESPUÉS</strong></p>



<p><strong>&nbsp;</strong>He estado dos veces en China con un intervalo de casi treinta años: en 1984, como rectora de la UAM, formando parte de una delegación universitaria encabezada por la Secretaria de Estado de Universidades, y como turista en 2012. La China de los primeros años ochenta era la postmaoísta de la primera etapa de Den Xiaoping, al que se conoce como Arquitecto General de la Reforma y Apertura de China, en la que, más allá de abjurar de la Revolución cultural, se había condenado ya, de palabra y de hecho, a la llamada Banda de los Cuatro, de la que formaba parte la mujer de Mao. Recuerdo que nuestros acompañantes oficiales no ser recataban en las críticas a la Banda e incluso, en algún lugar, nos mostraron las efigies de ellos dispuestas allí para que se pudiera escupir sobre ellas. Era el país que había iniciado sus “cuatro modernizaciones” (agricultura, industria, enseñanza y ciencia y defensa), de las que lo más visible para nosotros era, desde luego, la transformación urbanística, de modo que en los nuevos paisajes predominaban bloques de casas en construcción y el ruido de fondo de la circulación de millones de bicicletas. Tantos bloques estaban a medio construir y en condiciones tan precarias que uno de los miembros de nuestra delegación solía bromear con que el país se encontraba en las “cuatro Modernizaciones y la primera Moratalización”. De hecho, aquellas vistas de bloques residenciales de bastante mala calidad nos resultaban familiares.</p>



<p>En 2012, dos años después de la exposición universal de Shanghái, volví allí, y a otras ciudades ya visitadas en la anterior ocasión: a Beijing, Hangzhou, la antigua Cantón, Nanjing. La sensación que me embargó fue de absoluta incredulidad. Me parecía como si yo hubiera conocido ciudades muy anteriores, viejas ciudades compactas en las que se estaban abriendo las grandes vías como del siglo XIX europeo, de límites bastante netos y enormes cinturones agrícolas, para abastecerlas en productos frescos. En las ciudades que vi en mi segunda visita, en las calles y avenidas centrales se alinean edificios altísimos, a veces rascacielos más o menos extravagantes, formando los distritos centrales de negocios. Casi todas las aglomeraciones son polinucleares, con tren de alta velocidad comunicando los distintos núcleos, al menos media docena de autovías de circunvalación, todas atascadas, extensísimas periferias híbridas donde coexisten grandes piezas residenciales de clase baja y media, urbanizaciones cerradas de lujo, infravivienda inmigrante, centros comerciales desmesurados y las gigantescas piezas de los parques industriales y tecnológicos. Apenas nada de agricultura periurbana, si acaso algunos huertos que han quedado diseminados: el campo ha sido expulsado mucho muy lejos. En ese lapso, una sociedad del tamaño de la china se ha desruralizado.</p>



<p><strong>LA DIMENSIÓN DESCOMUNAL DE LA URBANIZACIÓN CHINA</strong></p>



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<p>Hasta hace unos años era habitual en la literatura académica sostener que las ciudades chinas estaban evolucionando hacia el modelo occidental, o con más exactitud, hacia el modelo de la ciudad norteamericana. Quizá la presencia de rascacielos de fachadas de muro cortina de vidrio puede alentar esta idea, pero a medida que pasan los años y que el ritmo de la urbanización y el tamaño de las ciudades se hacen más apabullantes, la comparación es menos sostenible. También es cierto que hasta hace poco la bibliografía que se manejaba era, sobre todo, de autores occidentales, mientras que ahora las grandes revistas de geografía urbana, como Cities de Hongkong y la británica <em>Urban Studies</em>, compiten en números extraordinarios y artículos sobre las ciudades chinas escritos por autores locales.</p>



<p>La población urbana china representa, con datos de 2019, el 60,6 % de la total, estimándose los residentes urbanos en cerca de 850 millones de personas con un ritmo de crecimiento de más de 1,2 % anual, unos 17 millones el último año. La población rural se ha quedado en 551 millones, con una pérdida en números absolutos de doce millones en 2018. Lo que hace más extraordinarias estas cifras es la velocidad del crecimiento cuando se las compara con el principio del proceso: en 1949, al proclamarse la República Popular China, apenas residía en ciudades el 10 % de la población; todavía al iniciarse las reformas en los años 80 del siglo pasado la población urbana no pasaba del 17,3 %, y solo en 2010 la población urbana superó a la rural.</p>



<p>El país tiene actualmente 113 áreas urbanas de más de un millón de habitantes, 18 de más de cinco millones, la mayor parte en la franja litoral, en el bajo curso de los grandes ríos, en unos corredores casi ininterrumpidos desde el Gran Canal Chino, Beijing-Hangzhou, a los deltas de Bajo Yangtsé y el clúster de casi una docena de ciudades del Delta del río de las Perlas. Shanghái con 22 millones es la séptima ciudad del mundo, y Beijing se acerca a los 20. Shenzen, hace treinta años una villa de pescadores a la salida del río Perla, frente a Hong Kong, es hoy la megaciudad a cuyo entorno se califica de Silicon Valley china, sede de Huawei y de Tencent, uno de los mayores proveedores de internet del mundo. Todo empezó cuando Den XiaoPing la designó en 1980 Zona Económica Especial, para abrir al mundo la economía china, atraer capital extranjero, liberar suelo, facilitar los negocios y avanzar en ese liberalismo capitalista de estado que practica el gigante asiático.</p>
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<p><br><strong>UNA REALIDAD NUEVA QUE EXIGE NOMBRES NUEVOS</strong></p>



<p>No es absurdo entonces preguntarse si vale para la urbanización china nuestra nomenclatura urbana habitual: desde megalópolis, el concepto sugerido para definir la estructura urbana continua entre Boston y Washington, a conurbación, corredores urbanos, aglomeraciones. Algún estudioso ha propuesto el término de megaregiones urbanas como concepto que mejor describe estos conglomerados, estos racimos o cluster de ciudades. Pero falta trama histórica regional, mientras las redes siguen creciendo por las incorporaciones espectaculares de cantones y de otras ciudades. En el mismo delta de la Perla, Guanzhou y Fusang han crecido tanto que se ha producido una coalescencia entre ambas en una sola aérea de 20 millones; y Dongguan, que está entre Guanzhou y Shenzen, pueden converger con ellas hasta dar lugar a una de las megaciudades mayores del mundo.</p>



<p>De modo que puede que hayan ocurrido en el mundo urbano chino procesos y acontecimientos parecidos a los de las ciudades occidentales: desplazamientos masivos de poblaciones de los centros a las periferias, demoliciones generalizadas, gentrificación, crecimientos incontrolados de las zonas suburbanas, fragmentación, segregación y dispersión urbana. Pero el mismo hecho de esa inmigración rural, medida en cientos de millones de personas, y su consecutiva y acelerada urbanización, basta para alejar la realidad china de los modelos occidentales.</p>



<p><strong>LAS HERENCIAS URBANAS DEL MAOÍSMO ANTIURBANO</strong></p>



<p>En ese desarrollo urbano tan acelerado subyacen todavía algunos elementos de aquel maoísmo de ideología antiurbana que se apoyaba en ciudades de tamaño medio para industrializarlas. Estaban siempre limitadas en su crecimiento por una muralla invisible constituida por los registros de nacimiento, <em>hukou</em>, rurales. Por extraño que parezca el <em>hukou </em>no se ha derogado aún, solo flexibilizado, de modo que es muy posible que más de doscientos millones de inmigrantes rurales en la ciudad sigan siendo población no urbana, flotante o informal, desprovista de servicios urbanos. Durante los cuarenta años de urbanización, el <em>hukou </em>rural ha sido motivo de segregación y marginalización en las ciudades, aunque muchas han buscado fórmulas intermedias para alojar a los recién llegados, sin que el Estado &nbsp;interviniera por su interés en incorporar a esas poblaciones al mercado interior. Ni son ni han sido los únicos marginales, pero sí han formado parte de lo que expresivamente se llama “mouse tribes”, gente escondida en viviendas subterráneas, alojamientos invisibles. En la actualidad, y pese a seguir vigente el <em>hukou</em>, la situación ha evolucionado tanto como para que, por lo visto, prevalezca sobre esta estratificación por lugar de nacimiento la segregación por la educación.</p>



<p>En el urbanismo maoísta no había mercado inmobiliario, se derrochaba suelo y uno de los elementos más importantes de organización social y territorial eran los <em>danwei</em>, a la vez unidades de trabajo y de residencia, centros de producción y células de vida comunitaria, que llegaban a constituir verdaderas ciudades dentro de la ciudad. El <em>danwei </em>suministraba vivienda, trabajo, alimento, combustible, sanidad, pensión, etc. Son elocuentes las palabras del premio Nobel de literatura, Gao Xingjian, cuando expresa en su relato autobiográfico <em>El libro del hombre solo</em>, como se sentía en plena Revolución Cultural: <em>“¿No podía huir? ¿Huir adónde? No podía</em><em> huir del inmenso país, no podía huir del gran edificio de la institución que parecía una colmena en el que se ganaba la vida, que le proporcionaba la autorización para vivir en ciudad y cupones mensuales de cereales, aceite, azúcar, carne, y algodón… era como una abeja protegida por la colmena”. </em></p>



<p>Al cambiar el régimen del suelo, los <em>danwei </em>supusieron un ingente patrimonio que reconvertir y deslocalizar y con cuyo suelo especular. En 1998 se dieron por terminados los derechos de alojamiento a cargo de las unidades de producción, y las viviendas fueron ofrecidas a precios aceptables antes de entrar en el mercado. Por eso, en la base de muchos desarrollos urbanos se pueden encontrar antiguos <em>danwei </em>como uno de los actores principales de la nueva etapa.<br><br></p>



<p><strong>CONTROL DEL ESTADO Y AUTONOMÍA ECONÓMICA REGIONAL</strong></p>



<p>Lo más característico del urbanismo chino es que coexiste un fuerte control del Estado a través del Partido Comunista Chino sobre su desarrollo, con múltiples versiones y adaptaciones locales, sin que exista contradicción entre las políticas centrales de urbanización y los mercados locales. La autoridad del estado es permanente, pero los mecanismos e instrumentos de mercado han sido muy variables según los lugares.</p>



<p>El suelo urbano es todo él de propiedad estatal mientras que el suelo rural pertenece a las comunas, de modo que, al ir desapareciendo estas, abundaron las anexiones por parte de las ciudades. Una de las claves de ese funcionamiento casi federal fue la decisión del PCCh, en 1987, de separar la propiedad de suelo de su uso, de modo que se podían vender o arrendar los derechos de uso sin que la propiedad cambiara. Esa práctica que ha generado una compleja casuística, de la que desde luego no está excluida el doble o triple subarriendo ni el mercado negro, ha enriquecido enormemente a los ayuntamientos de las grandes ciudades, que han podido invertir en gigantescas infraestructuras, y en renovación de los centros urbanos convirtiéndolos en CBD. En cambio, los desarrollos urbanos más caóticos e irregulares se han dado sobre suelos de uso asignado, porque son más incontrolados y obedecen menos al planeamiento. Disueltas las comunas, en principio el suelo rural no se vende en el mercado, pero sí se transfieren derechos de desarrollo.</p>



<p>Se habla mucho para China de neoliberalismo con caracteres chinos, en el paradójico sentido de que la acumulación capitalista no se produciría en beneficio de los capitalistas. Una definición tan general encubre la extraordinaria circulación de capital extranjero y local que genera la urbanización casi siempre con el afán de poner las instalaciones y los servicios a disposición de los usuarios con eficacia, en plazos cortos.</p>



<p>Hasta hace poco ha prevalecido la idea de “primero el crecimiento”, luego ya se atenderá a otras cosas, como mejorar la calidad o el medio ambiente. En los últimos años el discurso está cambiando hacia una perspectiva ecológica y en defensa de un urbanismo verde. Hasta el momento, sin embargo, no ha ido mucho más allá de las vías verdes, de la multiplicación de las <em>“green schools” </em>o de la configuración de un camino chino hacia la ciudad jardín. De sostenibilidad todavía poco.<br><br><strong>BEIJING, SHANGHÁI</strong></p>



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<p>Cuando visité Beijing en 1984, habían comenzado los desalojos, demoliciones de casas y destrucción de los tejidos urbanos tradicionales, que hoy se han consumado en proporciones que no se pueden entender desde las ciudades europeas, pese a ser en ellas donde se inició esta manera de reformar la ciudad histórica en gran parte por demolición. Como decía Victor Hugo: <em>“Tout a été refait donc défait” </em>(todo ha sido rehecho por tanto deshecho). Han desaparecido de esta manera una gran mayoría de las callejuelas tradicionales o <em>hutong </em>y de las casas de patios, <em>siheyuan</em>, unidas entre sí por galerías cubiertas sobre pilares de madera lacada y con claraboyas, algunas de las cuales se remontaban a hace ocho siglos. Algunos de los <em>hutong </em>han sido reformados y transformados para el turismo.</p>
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<p>Al mismo tiempo se inició una ampliación extraordinaria de la ciudad, con deslocalización de fábricas y barrios residenciales, nueva estructura con varios centros, grandes infraestructuras viarias y ferroviarias, localizándose hoy las mayores densidades de población entre los cinturones cuarto y quinto. En las periferias urbanas de Beijing se aprecia más que en otro sitio cómo la segregación social en función de la riqueza tiene más carácter mico que macro. Sigue siendo, por otra parte, una periferia en permanente renovación, con desalojos, derribos y realojos más lejos y muy deprisa. Un caso estudiado es, por ejemplo, el de las comunidades de graduados universitarios de bajos ingresos, <em>“the ants tribus”</em>, las tribus de hormigas, sin que se sepan al final de un traslado siempre más afuera si han mejorado o empeorado. Lo normal es que domicilio y lugar de trabajo estén muy distantes, generando grandes movimientos pendulares diarios y los consiguientes atascos.</p>



<p>La transformación de Shanghái ha sido quizá la más acelerada e impactante de cualquier ciudad del mundo. En apenas veinte años la nueva zona de Pudong en la orilla derecha del río Huangpu ha surgido de la nada, sobre zonas cultivadas hasta el año 1990, generando un skyline del tipo de Manhattan. Obra sin duda de la autonomía fiscal que se concedió a la ciudad en 1988, así como también de la descentralización administrativa y económica de la propia ciudad, permitiendo a sus cantones y distritos que presentaran sus propios proyectos en competencia entre sí, los que hizo posible el vertiginoso crecimiento. La Nueva Área de Pudong, frente a la ciudad histórica, el Bund, actuó como catalizador de la llegada directa de inversiones extranjeras.</p>



<p>En Pudong los rascacielos compiten en altura, esplendor, iluminación, formando un verdadero downtown. Pero, en la otra orilla, en el distrito de Xuhui y adyacentes, la Ciudad Vieja ha resistido la competencia. Mientras se desalojaba y demolía, se extremaban los cuidados para la conservación de algunos enclaves de la ciudad colonial, quizá, para mayor perplejidad, los de la Concesión Francesa y la Zona Internacional, aquellos en donde en la época colonial se colgaban carteles rotulados «No dogs, no Chinese».</p>



<p>De modo que, con sus rascacielos y edificios muy altos de oficinas o de apartamentos, la congestión del tráfico, la coexistencia de varias zonas de centros de negocio, las autovías urbanas a distintas alturas, los cientos de hoteles, ambas ciudades se asemejan a un modelo, que es más el de Hong Kong o Singapur, el de las ciudades de los países árabes del Golfo, que el que se llama occidental. En esta “transición hacia la modernidad” de las ciudades chinas, han desempeñado un papel importante las grandes operaciones urbanísticas para acontecimientos de carácter mundial (los Juegos Olímpicos de Beijing de 2008 y la Expo de Shanghái de 2010) cuyos proyectos y edificios icónicos tienen en buena parte firma occidental, han sido premiados en concursos internacionales y concebidos y ejecutados por grandes nombres de la arquitectura del star system internacional: el británico Richard Rogers, la firma estadounidense SOM (Skidmore, Owings y Merrill) o Sasaki. Por cierto, Albert Speer Jr fue el encargado en 2003 de la Expo de Shanghái 2010, y al mismo tiempo del diseño del Boulevard Olímpico de Beijing 2008. No se puede dejar de comparar el gran eje central que pone en contacto la Ciudad Prohibida con la Ciudad Olímpica con el análogo de Berlín realizado por su padre, arquitecto de Hitler, para los juegos de entonces.</p>



<p><strong>LA FACTORÍA DEL MUNDO ¿Y TAMBIÉN LA CIENCIA Y LA TÉCNICA?</strong></p>



<p>La globalización ha dado lugar a la deslocalización de las industrias desde los países occidentales hacia periferias del mundo que disponían de mano de obra abundante y barata, regímenes fiscales favorables y ninguna restricción ambiental. En estas condiciones, por sus extraordinarias condiciones de capitalismo de estado con firme control social, pero a la vez autonomía de sus macrociudades para competir en el mercado global, China se ha convertido en la fábrica del mundo. Sus ciudades parecen surgir de forma instantánea en un mundo de fábricas inmensas, en las que trabajan y duermen millones de chicas llegadas del campo sin conocer a nadie, sin más relación con el mundo que su móvil, las que describía Leslie Chang en su libro Factory girls.</p>



<p>China es pues ya un país que condiciona el mundo. Lo hemos visto con la reciente crisis de la Covid 19. Baste recordar su elevado nivel de participación en las cadenas de sectores industriales clave, el automovilístico, el farmacéutico, el químico… Su ambición mueve ahora el liderazgo tecnológico. Tal es el sentido que tienen sus megaproyectos como Xiong’an New Area, ese hub que quiere reunir a Beijing con Taijin Hubei, el triángulo que se conoce como Jing-jin-ji. Hay que estar muy atentos a esta nueva transformación.</p>



<p><em>&nbsp;</em></p>



<p>* <em>Universidad Autónoma de Madrid. Miembro de la Real Academia de la Historia. Sobre Leslie Chang y las mujeres llegadas del campo a la ciudad: </em><a href="https://josefinagomezmendoza.com/factory-girls-la-inmigracion-femenina-en-lasciudades-"><em>https://josefinagomezmendoza.com/factory-girls-la-inmigracion-femenina-en-lasciudades-instantaneas-del-sur-de-china/</em></a></p>
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