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	<title>Boletin 67 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La peste de Justiniano</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Dec 2020 11:57:44 +0000</pubDate>
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<p><strong>Texto: Javier Martínez Sarasate<br></strong></p>



<p>Boletín 67 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Los caminos de las epidemias<br><br><strong>Constantinopla, capital del imperio bizantino gobernado por el emperador Justiniano I y su mujer, la emperatriz Teodora, vivía un momento dorado en su política exterior, reflejado en un comercio floreciente. Sin embargo, no todo eran alegrías. En torno al año 541, llega a esta ciudad una terrible enfermedad, posiblemente una de las más devastadoras de la historia, que se extenderá por parte del mundo conocido: la llamada peste de Justiniano. Las murallas de Teodosio II no pudieron proteger a la ciudad de un enemigo desconocido, que las convirtió en improvisadas sepulturas de los cadáveres que se amontonaban en sus calles.</strong></p>



<p>Las imponentes murallas de Teodosio II protegían la ciudad. Tras sus puertas, una bulliciosa urbe con un comercio más que floreciente albergaba a casi medio millón de habitantes en el siglo VI d. C. Sus mercancías, un amplio catálogo de puro exotismo y riqueza: orfebrería, esmaltes, marfiles y sedas, tintes, resina de lentisco, tejidos de lino y algodón, vinos y frutos secos; pero también oro, especias, perfumes, piedras preciosas, maderas finas y sederías orientales, pieles, madera, pescados y miel. Sin embargo, aquel año 536 fue el peor de la Historia para estar vivo. O al menos así lo asegura Michael McCormick, profesor de historia de Harvard, en la revista <em>Science </em>tras investigar y documentar las catástrofes más devastadoras ocurridas en Europa ¿Qué es lo que ocurrió para que McCornick sea tan tajante? Las crónicas de la época dicen que una misteriosa niebla cubrió Europa, Oriente Medio y parte de Asia: <em>“Durante este año tuvo lugar el signo más temible.</em><em> Porque el Sol daba su luz sin brillo, como la Luna, durante este año entero, y se parecía completamente al Sol eclipsado, porque sus rayos no eran claros tal como acostumbra”</em>, escribió el cronista de la época Procopio de Cesarea (500-554 d.C.).</p>



<p>Esta edad oscura, como la llaman los historiadores, fue consecuencia de una pequeña edad de hielo en la que las temperaturas cayeron entre 1,5 y 2,5 grados. A esta fiesta del apocalipsis se apuntó una peste bubónica que asoló el imperio de Justiniano del 541 al 549, con sucesivos rebrotes posteriores. Factores que justifican la afirmación de este historiador de Harvard. Ahora las investigaciones de McCormick desvelan que las nubes negras que cubrieron parte del hemisferio norte no eran sino las cenizas de una enorme erupción volcánica ocurrida en Islandia, e inauguraron lo que sería un gran “periodo negro” en todos los sentidos, que favoreció a su vez la propagación de la terrible pandemia.</p>



<p><strong>LOS PUERTOS Y EL EJÉRCITO, LOS SUPERCONTAGIADORES</strong><strong> DEL SIGLO VI</strong></p>



<p>Pero centrémonos en la tristemente famosa “Peste de Justiniano”, denominada así por aparecer durante el reinado del bizantino Justiniano (527-565), de quien irónicamente tomó su nombre, a pesar de que se contagió y logró vencerla. El bacilo que provocó esta catástrofe fue la misma que devastó el mundo en 1348, la <em>yersina pestis</em>, también conocida como la Peste Negra. Para comprender bien la importancia que tuvo esta enfermedad debemos saber de dónde surgió y cómo afectó al imperio bizantino y a otros pueblos.</p>



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<p>Su origen parece estar en importantes enclaves comerciales del continente africano. Aunque hay teorías que apuntan a Asia y a su expansión por vías comerciales como la ruta de la seda, se sabe por las crónicas de la época que desde ciudades como Rhapta, en Tanzania, que comerciaban con árabes de Yemen, Opone, actual Ras Hafun, Essina y Toniki, en Somalia, fueron azotadas por la peste de Justiniano. De ahí, se trasladó a través de los distintos puertos de las ciudades hasta Pelasio, en Egipto, donde comenzaron los devastadores efectos de la plaga.<br><br>En este momento Bizancio seguía comerciando con África productos de gran valor, como piedras preciosas, marfil, o esclavos, y así el comercio que daba riqueza al imperio fue el vehículo en el que viajó la enfermedad. Según Procopio de Cesarea en <em>Historia de las Guerras I “se propagó en dos direcciones: hacia Alejandría y el resto de Egipto y otra parte fue a sus vecinos los palestinos y, desde allí, recorrió toda la Tierra” </em>hasta llegar a Constantinopla en la primavera del 541 d.C. Posteriormente se expandió por otras zonas como Hispania a través de los puertos del litoral mediterráneo, por las rutas comerciales del Guadiana y del Guadalquivir, y por la Galia a través de la provincia narbonense. En el 542, el historiador Gregorio de Tours narra que la enfermedad llegó al territorio franco por el comercio a través del puerto de Marsella, y de ahí se extendió por toda la Galia e Hispania. Otro sector que se vio afectado fue el ejército, ya que aumentaron el número de bajas debido a la enfermedad; mientras además expandía la acción del virus a las regiones donde combatía.</p>



<p>Empezó a surgir la creencia, desde el punto de vista teológico-cristiano, de que la enfermedad era un castigo de Dios. En palabras de Procopio <em>“Para este desastre, sin embargo, no hay manera de expresar con palabras un motivo ni de concebirlo mentalmente, salvo que nos remontemos a la voluntad de Dios</em>”. Hoy sabemos que el origen de esta enfermedad estaba en la combinación de tres “simpáticos” elementos: las pulgas, las ratas negras y la <em>yersina pestis</em>. La rata negra o rata de los barcos, originaria de Asia, se extendió por el norte de África y las grandes urbes de Europa, y con ella las pulgas que portaba el bacilo asesino.</p>
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<p><strong>UNA PLAGA MORTAL</strong></p>



<p>Este brote de peste asoló al imperio y se extendió más allá durante más de un siglo. La peste llegó a Constantinopla en la primavera del 541 d.C. y se mantuvo hasta el 544 d.C., dejando al imperio en auténtica penuria y desastre, y reduciendo en considerable número a su población. Las estimaciones contemplan una horquilla de 25 a 50 millones de personas fallecidas en todo el mundo, 4 millones en el Imperio Bizantino y el 25% de la población mediterránea.</p>



<p>Los indicios de la enfermedad se mostraban en los cuerpos de los hombres a través de una ligera fiebre, seguida de unos tumores localizados en la zona de la ingle, axila e incluso en la oreja. Seguidamente, algunos padecían delirios y otros entraban en coma, necesitados de cuidados especiales y de alimentación, ya que si no morían de hambre. Sin embargo, tal y como nos dice Procopio, nadie sabía cuál era el mal que lo provocaba, y ante esto <em>“algunos médicos, sin saber qué</em><em> hacer por su desconocimiento de los síntomas” </em>creían que la enfermedad era debido a los tumores de las ingles.</p>



<p>Pasado un tiempo, el número de muertos ascendió tanto que llegó un punto en que las personas no podían enterrar a sus familiares, y los dejaban tirados en las calles. De ese modo <em>“se amontonaron de cualquier manera en las torres de las</em><em> murallas”</em>, que en vez de parecer imponentes, eran testigos de los desgarradores gritos de desesperación de los ciudadanos a los que protegían: se cree que llegaron a morir entre 5.000 y 10.000 personas al día.</p>



<p>Por supuesto, la afectación económica no tardaría en llegar ya que <em>“las actividades</em><em> cesaron y los artesanos abandonaron todos los empleos y trabajos llevados entre manos”</em>, provocando que la economía bizantina sufriera una gran crisis, acentuada por el auto-confinamiento de los sanos para protegerse de los contagios. Tal situación provocó el abandono de los campos y la proliferación de plagas, como la de langostas, que a su vez trajo consigo gran escasez de alimentos. Semejante panorama apocalíptico de oscuridad, peste, muerte, plagas y hambruna no tardó en achacarse a un origen divino, como castigo por los pecados cometidos, según señalaba Juan de Éfeso.</p>



<p>Finalmente, este brote de peste desapareció sin saber un porqué en el 544 d.C., habiendo acabado con un 40-50 % de la población de Constantinopla, llegando a contagiarse al mismísimo emperador Justiniano. Según rumores de la época se creyó que había muerto. Finalmente, el emperador se recuperó dando por terminado ese lapso de tiempo de incertidumbre.</p>



<p>A lo largo de los siglos posteriores, y hasta el s.VIII, se dieron varios rebrotes (en concreto se cree que hubo 22 más) en distintas ciudades. En el 559 en Italia, entre el 570-574 volvió a afectar a Constantinopla, se documenta también en Toledo (573), en el 584 en la Galia, en la zona de la narbonense, y en el 588 la peste asolaba Hispania.<br><br><strong>UN BACILO CON EL QUE CONVIVIMOS DESDE HACE 5.000 AÑOS</strong></p>



<p>Diversos autores de diferentes épocas han descrito esta enfermedad con una gran variedad de adjetivos haciendo referencia a la peligrosidad o a sus efectos. Por ejemplo, San Isidoro de Sevilla empleó el término <em>“inguina”</em>, que significa “golpe recibido en la ingle”, ya que la enfermedad se solía manifestar con bultos o tumores en la zona de la ingle, entre otras zonas. Otros términos utilizados eran <em>“calamitates et miseriae” </em>(desgracia y miseria), <em>“inmisericorditer” </em>(despiadadamente), <em>“pestis assidua” </em>(peste frecuente, continua).</p>



<p>Estudios actuales desvelan que bacilo pudo ser el misma que asoló el mundo en 1348, la yersina pestis, conocida también como Peste Negra. Una investigación de restos funerarios encontrados en Altenerding (cerca de Múnich) ha descubierto dos nuevos datos importantes: en primer lugar, que el alcance territorial de la pandemia parece haber llegado geográficamente más allá de lo que comentaban las fuentes de la época y en segundo lugar, que esta peste que asoló el mundo desde el 542 al 750 era más compleja de lo que parecía con al menos 30 mutaciones nuevas.</p>



<p>Se cree que a nivel mundial pudo acabar con un quince por ciento de la población, las cifras oscilan de 25 a 50 millones de personas, debido a las redes comerciales del Imperio Romano de Oriente. La actividad comercial y la relación económica que existía entre los distintos territorios a lo largo del siglo VI, a través de los puertos y rutas comerciales, provocó que esta peste se extendiera por distintos lugares (primero por África y luego por Europa). El coste de vidas humanas, las consecuencias económicas y la devastación que provocó favoreció el debilitamiento de un imperio del que muchos autores señalan como el fin de una edad Antigua que daba paso a los inicios de la Edad Media.</p>



<p>Se considera que la plaga de Justiniano fue la primera pandemia de peste, sin embargo ha ido reapareciendo a lo largo de los siglos y sigue activa en la actualidad. El mismo bacilo, la “Peste Negra”, reapareció entre los siglos XIV y XVII, matando al 60 por ciento de la población en Europa. A principios del siglo XIX, una nueva oleada de peste dejó 10 millones de muertes, esta vez en la provincia de Yunnan en China. Se fue extendiendo a través de las rutas del opio y del estaño hasta llegar, en el año 1894, a Cantón y Hong Kong. La extensión de la peste continuó por la India en el año 1896, y a través de las rutas comerciales marítimas en el año 1900, ya había afectado a poblaciones de los cinco continentes.</p>



<p>Este bacilo, que ha convivido con los humanos desde hace 5.000 años, ha dejado brotes recientes en India, a mediados del siglo pasado, y en Vietnam durante la guerra (1960-1970). La <em>yersina pestis </em>afecta a casi 3.000 personas en todo el mundo, siendo más común en Estados Unidos, Madagascar, China, India y América del Sur. La forma de contagio sigue siendo a través de las pulgas de roedores, pero con el tratamiento adecuado el 85 por ciento de las víctimas actuales sobreviven a la enfermedad. Sin embargo, en 1995 se descubrió una cepa en Madagascar resistente a los antibióticos. La amenaza continúa.</p>



<p><strong>Para saber más</strong></p>



<p><em>Procopio de Cesarea, Historia de las Guerras, Libro I-II, Guerra Persa, Gredos, Madrid, 2000</em></p>



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		<title>¡Guerra al escorbuto!</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/guerra-al-escorbuto/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Dec 2020 11:39:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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<p><strong>Texto: Miguel Gutiérrez Garitano y Miguel Gutiérrez Fraile</strong></p>



<p>Boletín 67 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Los caminos de las epidemias<br><br><strong><em>“El escorbuto causó más muertes en alta mar que los temporales, los naufragios, las batallas navales y todas las demás enfermedades combinadas. Los historiadores han aventurado la cifra prudente de dos millones de marineros fallecidos por el escorbuto durante la era de los grandes veleros. Esta época empezó con la travesía de Colón del océano Atlántico y terminó con el desarrollo de la propulsión a vapor y su adaptación a los motores navales, a mediados del siglo XIX. Los marinos lo temían, así como los mercaderes de las Compañías inglesa y holandesa de las Indias Orientales, y, a lo largo del siglo XVIII, también las fuerzas navales de las potencias europeas”. </em>Stephen R. Bown</strong></p>



<p>No era una enfermedad vírica, tampoco estaba causada por una bacteria o por la picadura de un mosquito. Conocida como <em>“la peste de las naos”</em>, se trataba de una avitaminosis tan severa que causaba la muerte a quienes la padecían. Esta es la historia del combate llevado a cabo por médicos y marinos, con sus pasos adelante y sus vueltas atrás, hasta dar con la clave que conseguiría acabar con este mal.</p>



<p>Hoy sabemos que el escorbuto es una avitaminosis debida a la falta de vitamina C. Era común entre los marineros, ya que durante los meses que duraban las singladuras solamente se alimentaban de galletas, carne salada y licor, dieta que repetían por igual los hombres de mar de casi todas las naciones europeas. A pesar de los síntomas definidos (palidez, manchas negras, halitosis, calambres, malestar, encías inflamadas, debilidad, etc.), en el siglo XVIII todavía no había sido identificada como enfermedad. Así que, siempre que un marinero se ponía enfermo durante un viaje, aunque presentara muy diferentes síntomas, se achacaba a la <em>peste de las naos</em>, como se la llamaba entonces.</p>



<p><strong>NARANJAS Y LIMONES EN EL GALEÓN DE MANILA</strong></p>



<p>Refiriéndose a la aportación española en la lucha contra el escorbuto, Agustín Ramón Rodríguez, en un reciente artículo de febrero de 2018, nos cuenta cómo, en 1980, Don Julián de Zulueta y Cebrián, ilustre marino, publicó “<em>La</em><em> contribución española a la prevención y curación del escorbuto en la mar”</em>, que documenta cómo encontró en el Archivo de Indias de Sevilla la sensacional noticia de que el tratamiento con naranjas y limones era habitual a principios del siglo XVII, tanto en el “Galeón de Manila” como en las flotas españolas de aquella época. En concreto, cita que, en la flota al mando de Don Francisco de Tejada de 1617-18, se embarcaron nada menos que 44 fresqueras de “<em>agrios</em><em> de limón</em>”, cinco barriles de dicho “<em>agrio</em>” y una cantidad indeterminada de “<em>jarabe de limón</em>”. Y todo señala que tal práctica era normal, y desde hacía mucho, en los buques españoles que surcaban la “Mar del Sur”. Por otra parte, y en época anterior, sabemos que Pedro García Farfán, nacido en Sevilla en 1532 y muerto en Ciudad de México en 1604, estudió Medicina en las Universidades de Salamanca y Sevilla en 1552, y posteriormente se trasladó a la Nueva España (actual México). Ejerció allí la medicina unos años. A la muerte de su mujer entró en la Orden de los Agustinos, la misma que Urdaneta, con el nombre de fray Agustín Farfán. En 1579 publicó un tratado de medicina donde se recomienda el uso de naranjas y limones para el tratamiento del escorbuto. Como recoge Agustín Ramón Rodríguez González, el descubrimiento probablemente le llegó a través de noticias desde Acapulco, base de partida y llegada del “Galeón de Manila”. La hipótesis más razonable que explicaría por qué, doscientos años más tarde, los británicos Lind y Blane se apropiaran del descubrimiento del remedio, es que los enormes problemas que se derivaban al tratar de conservar los cítricos y otras frutas y verduras frescas durante largas travesías se mostraron bastante complicados, y quizás ello contribuyó a su olvido y abandono.</p>



<p><strong>SIDRA, LA MEDICINA DE LOS BALLENEROS VASCOS</strong></p>



<p>Tenemos también referencias de los balleneros vascos de aquella época, cuya campaña duraba nueve meses. Dos meses de ida hasta las costas de Terranova y otros dos de vuelta. Arrostraban los innumerables peligros que generaba el viaje, incluido el escorbuto, <em>“la peste del mar”</em>. Para una empresa como la ballenera, el barco debía de ir muy bien provisto de alimentos, ya que en El Labrador, excepto pescado, algo de caza o algunas bayas, no había otra forma de conseguir provisiones. Los alimentos y provisiones que llevaban para el viaje consistían en trigo, tocino, habas, arvejas, aceite, mostaza, ajos, vinagre, sal (para la correcta conservación de las vituallas), bacalao, sardinas y bizcocho o galleta (unas tortas duras de harina de trigo, duras, doblemente cocidas y sin levadura que duraban largo tiempo, por lo que se convirtieron en un alimento básico dentro de los buques). Llevaban también abundantes cantidades de sidra o vino. Como el agua no se conservaba adecuadamente, combatían la sed bebiendo sidra en cantidades, al parecer, importantes. La sidra, gracias al proceso natural de la fermentación de la fruta original, mantenía las propiedades de las vitaminas, evitando la ingesta del agua en malas condiciones de salubridad. De este modo, conscientes o no, evitaban el mayor peligro de las grandes travesías marítimas, el escorbuto. La sidra era la medicina de los marineros vascos, la pócima mágica gracias a la cual la tripulación se mantenía sana sin contraer enfermedades como el escorbuto. Las bodegas de los barcos iban repletas de barricas de sidra, y se calcula que cada marino consumía una media de tres litros de sidra al día. Samuel Reason describe el papel clave que tuvo la sidra en el éxito de los marinos vascos en sus campañas como cazadores de ballenas o pescadores de bacalao a lo largo de varios siglos. Así, los marinos vascos, que habían hecho del Atlántico norte «su mar», y dominaron la caza de la ballena durante siglos, en sus travesías no sufrieron de esa enfermedad, ni por lo tanto de sus terribles consecuencias.</p>



<p>Las pruebas de que los balleneros utilizaron sidra para abastecerse en sus viajes a Terranova, están en las barricas encontradas en el pecio de la nao San Juan, descubierta en 1978 en Red Bay, Terranova. Este ballenero, de 200 toneladas, es un ejemplo de los primeros buques de carga transoceánicos que zarpaban del País Vasco hacia Terranova, y un reflejo de la industria marítima vasca de la época. Hundido en las costas de Canadá, en el Labrador, a orillas del estrecho de Belle Isle, Red Bay fue una base marítima para los marinos vascos en el siglo XVI.</p>



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<p><strong>LA HISTORIA OFICIAL DEL COMBATE CONTRA EL ESCORBUTO</strong></p>



<p>¿Cómo pudieron perderse estos conocimientos? Pues porque, citando de nuevo a Agustín Ramón Rodríguez González, <em>“A menudo en la Historia de la Ciencia</em><em> y la Técnica se ha hablado del fenómeno de la “Prisca Sapientia”, o “sabiduría perdida”, de descubrimientos notables realizados en épocas antiguas que, por una razón u otra, se perdieron o pusieron en discusión después, pero que la Ciencia y Técnica modernas han reivindicado”</em>. Esperando que nuevos historiadores abunden en el tema y reivindiquen la aportación oficial de los españoles al tratamiento del escorbuto, vamos a centrarnos a continuación en la “historia oficial”.</p>



<p>Gracias al excelente libro de Stephen R. Bown, “<em>Escorbuto</em>”, hoy nos hacemos una idea del alcance de este mal, que con el tiempo se convertiría en el mayor reto a batir por Inglaterra y Francia, potencias que, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, pugnaban entre sí para lograr la hegemonía de los mares. En este sentido el autor canadiense escribe: “<em>El registro anual de 1763 presentó las</em><em> bajas entre los marineros británicos durante la Guerra de los siete años contra Francia: de los 184.899 hombres enrolados y reclutados para la guerra, 133.708 habían fallecido de diversas enfermedades, principalmente de escorbuto. En comparación, sólo 1.512 hombres murieron en acción</em>”.</p>



<p>Datos como este convencieron a los hombres más influyentes de la Corona Británica de que, para hacerse con el control de los océanos y derrotar a Francia, antes que elaborar estrategias, lograr avances técnicos, promover el valor y entrenamiento de los hombres, había que derrotar al escorbuto. Al final lo lograron y esto, más que las genialidades de Nelson, tan jaleadas, dieron la primacía a la Royal Navy sobre la flota de Napoleón.</p>
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<p><br><strong>LAS PRIMERAS INVESTIGACIONES BRITÁNICAS. EL PAPEL DE LIND</strong></p>



<p>La historia de cómo se llegó a la curación de la <em>peste de las naos</em>, entronca las investigaciones de un cirujano naval británico, James Lind, con el primer viaje de exploración por el Pacífico de ese genio que fue el capitán James Cook. Lind dio con el remedio, consistente en la ingestión de cítricos, aunque no logró lo más importante: perpetuar su hallazgo.</p>



<p>A partir del siglo XVIII el mejor lugar para estudiar Medicina en Gran Bretaña era Edimburgo, pues el centro se nutría de profesores formados en la prestigiosa Universidad de Leiden, Holanda, a la sazón la mejor del mundo. Los alumnos de Edimburgo eran preparados para mantener un activismo científico y un método que era imposible en los meros cirujanos navales. Así que, cuando el joven hijo de unos comerciantes acaudalados de Edimburgo se alistó en 1739 como cirujano en la Marina inglesa, dada su preparación en la capital escocesa, superaba ampliamente lo que se suponía que tenía que saber un mero “saja muñones”.</p>



<p>Porque Lind aspiraba a mucho más que a navegar de batalla en batalla, remendar hombres, verter serrín en los charcos de sangre y mandar abrir escotillas para airear las bodegas. Pero la oportunidad de investigar no se le mostró hasta 1747, cuando fue destinado a un barco, el HMS Salisbury, cuyo capitán, George Edgecombe, era un naturalista reconocido y veía con buenos ojos toda pulsión que pudiera redundar en el avance médico.</p>



<p><strong>EXPERIMENTOS DE ÉXITO, PERO FALTOS DE DEFENSA TEÓRICA</strong></p>



<p>Cuando la nave navegaba por el canal de La Mancha se desató el escorbuto. Lind había asistido a numerosos brotes de la <em>peste de las naos</em>, pero nunca había osado, frente a los habituales capitanes de la Royal Navy, experimentar con las posibles curas. Pero sabía que en esta ocasión la situación era muy diferente: al fin tenía su oportunidad. Con el permiso del capitán Edgecombe, Lind eligió a doce hombres entre los enfermos y los dividió en 6 parejas. A la primera pareja le administró un litro de sidra al día; a la segunda veinticinco gotas de elixir de vitriolo tres veces al día; la tercera pareja engullía dos cucharadas de vinagre tres veces al día; la cuarta recibía un cuarto de litro de agua de mar por día; a la quinta le fue administrada un par de naranjas y un limón diario por cabeza; y la sexta, al fin, debía tomar una pasta hecha a base de hortalizas y vegetales, como ajo, mostaza, etc.</p>



<p>El resultado de este primer seguimiento controlado de la Historia de la Medicina fue sorprendente en el caso de la pareja que tomaba cítricos, pues quedaron restablecidos en un lapso de tiempo corto; también los que tomaban sidra sintieron una clara mejoría. No así el resto, por lo que Lind consignó los resultados en sus informes de cirujano de a bordo. Pero, lo que es más importante, fijó su método cuando inventó el <em>rob</em>, o concentrado de cítricos, que posibilitaba que estos se conservaran durante largas singladuras. Pero cuando tocaba ya la gloria médica, Lind cambió de rumbo.</p>



<p>Dejada atrás la época de la guerra, Lind se estableció en Edimburgo como médico y miembro del Real Colegio de Médicos; su prestigio era grande y trató de engrosarlo publicando en 1753 las conclusiones extraídas en sus experimentos a bordo del Salisbury bajo el título de <em>Tratado sobre el escorbuto, con una investigación</em><em> de la naturaleza, las causas y la cura de le enfermedad, junto con una visión crítica y cronológica de lo publicado sobre el tema.</em></p>



<p>Esa “visión crítica” de los remedios que usaban para combatir al escorbuto otros colegas, al final echó al traste todo el trabajo del escocés. Porque muchos médicos eminentes se sintieron insultados y Lind, para lograr revertir el efecto de sus críticas y quedar bien con todo el mundo, terminó por renegar de sus propios postulados y dar por buenos las curas de otros, que, en realidad no eran tales. Para ello en la tercera edición de su libro, prácticamente se desdecía de todos sus postulados, tirando por tierra el trabajo de años. La valentía que había demostrado en su praxis médica, no la mantuvo a la hora de defender su trabajo, así que este quedó como uno más entre otros. Al menos fue nombrado Jefe Médico del Royal Naval Hospital de Haslar, el más prestigioso del país, pero aquí acaba su aportación en la guerra contra el terrible escorbuto.<br><br><strong>EL IMPORTANTE PAPEL DE COOK Y SU ENDEAVOUR</strong></p>



<p>El siguiente asalto de esta lucha por atajar el mal, se lo debemos al prestigioso explorador y navegante James Cook, elegido por la Corona británica para comandar un viaje de exploración al Pacífico. Hoy sabemos que Cook, hasta que fue asesinado por los nativos de Hawai, navegó durante once años, llenando casi todas las áreas desconocidas que quedaban en las cartas navales. Su papel en esta historia tuvo lugar en su primer y más productivo viaje (1768-71) que le llevó a dar la vuelta al mundo a bordo del mítico barco <em>Endeavour</em>, además de explorar Tahití, Nueva Zelanda y la costa este de Australia.</p>



<p>Cook, que, dada su larga carrera marítima, conocía muy bien los efectos del escorbuto, estaba decidido a minimizar lo máximo posible las bajas por esta y otras enfermedades. Dio órdenes estrictas en el plano de la higiene, y encargó probar una serie de antiescorbúticos al naturalista y botánico de la expedición, el aristócrata Joseph Banks. Educado en Eton y Oxford, centros elitistas por antonomasia, Banks basculó pronto hacia la botánica, la ciencia que más le interesó, junto a la geografía; era un admirador sin condiciones y amigo de Linneo, y embarcó en el <em>Endeavour </em>al sueco Solander, uno de los alumnos del botánico de Uppsala, para que le sirviera de ayudante. Juntos dieron al primer viaje de Cook una dimensión científica que no tuvieron los otros dos. Descubrieron y trajeron a Europa numerosas plantas desconocidas, como el eucalipto, las mimosas, las acacias, etc., tantas que Linneo denominó un género vegetal como <em>banksia</em>, en honor al inglés. También se le debe a Banks el nombre que Cook le puso a una de las bahías exploradas en el oriente australiano, <em>Botany bay</em>, o <em>Bahía de los botánicos.</em></p>



<p>El último viaje de exploración que realizó, al que también le acompañó Solander, fue a Islandia, aunque después prefirió, como rico y baronet que era, dedicarse a la planificación de expediciones. Joseph Banks llegó a ser Presidente de la Royal Society, y fundador y presidente de la African Association. Y, como tal, cerebro planificador e impulsor de las más prestigiosas expediciones de exploración por todo el mundo. Fue el responsable del envío de toda la saga de pioneros a cartografiar el curso del río Níger, una auténtica epopeya. Y también parten de él otros viajes famosos, como el llevado a cabo por Franklin al Ártico en busca del paso del noroeste, que acabó en desastre, y el del capitán William Bligh en busca del árbol del pan, que terminó en el muy literario y cinematográfico <em>Motín</em><em> del Bounty.</em></p>



<p>Cook había ordenado a Banks embarcar todos los remedios con que los distintos médicos trataban el escorbuto, entre los que sobresalían la col fermentada y el <em>rob </em>de Lind, que el botánico guardaba bajo llave en una alcancía. Cuando, tras dejar atrás Tahití, se declaró a bordo el escorbuto, Banks aplicó los distintos productos con un resultado mediano. Los hombres, a los que no se perdía ocasión de alimentar con verduras frescas en las recaladas que se hacían, se mantuvieron con vida que no es poco. Banks, que también estaba enfermo, tal vez por intuición, probó el <em>rob</em> consigo mismo, por lo que se repuso del todo al poco tiempo.<br></p>



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<p><strong>EL ELIXIR MILAGROSO DEL ROB DE CÍTRICOS</strong></p>



<p>La puntilla al escorbuto, al final, se la dio un caballero y médico formado en Edimburgo llamado Gilbert Blane. Elegido médico jefe de la flota británica, aplicó las recomendaciones higiénicas de Cook y Lind, y, lo que supuso el mayor avance, ordenó embarcar en todas las naves el milagroso elixir del <em>rob </em>de cítricos. Gracias a ello, a principios del siglo XIX, los británicos, que minimizaron las tremendas bajas que producía la <em>peste de las naos</em>, pudieron imponer el bloqueo naval a los franceses y derrotar a Napoleón, cuya flota seguía padeciendo la enfermedad. Como dijo el explorador S.R.Dickman –frase recogida por S.R.Bown en su obra- “se puede afirmar que el Imperio británico nació de las semillas de los cítricos”</p>
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		<title>Las enfermedades que vinieron de América: la sífilis</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-caminos-de-las-epidemias/</link>
		
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		<pubDate>Tue, 29 Dec 2020 11:17:08 +0000</pubDate>
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<p><strong>Texto: Pedro Páramo<br></strong></p>



<p>Boletín 67 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Los caminos de las epidemias<br><br>Algunos códices mexicanos prehispánicos mencionan grandes epidemias en el continente americano antes de la llegada de los españoles. La súbita desaparición de centros urbanos como Tula, Aztlan o Tikal siglos antes del Descubrimiento la atribuyen los expertos a diversas enfermedades descritas en los textos indígenas “como grandes pestilencias” o “dificultades para respirar”, que acabaron con culturas cuyo verdadero final sigue siendo un misterio. Análisis realizados en momias y tejidos precolombinos registraron entre los indios indicios de tuberculosis, histoplasmosis, leishmaniasis, enfermedad de Chagas, salmonelosis, infecciones provocadas por estreptococos y estafilococos, amebiasis y tétanos, enfermedades casi todas conocidas en Europa. Fueron pocas las enfermedades americanas que sufrieron los españoles recién llegados y, desde luego, causaron entre ellos menor mortandad entre los colonos que las que habían traído de Europa. La menor morbilidad entre los indígenas se debía a dos causas principales, según los expertos: por un lado, la menor población que la de la zona de euroasiática dificultaba la mutación de los virus, y por otro, la casi total ausencia de animales domésticos entre los indígenas no dio lugar a los saltos de los gérmenes patógenos del ganado a los humanos como había ocurrido en Europa y Asia a lo largo de los siglos.</p>



<p><strong>UNA ENFERMEDAD</strong><strong> ENDÉMICA EN EL NUEVO CONTINENTE</strong></p>



<p>Pero existía en América una enfermedad endémica que trajeron los españoles que pronto se extendió por todo el continente europeo y luego pasó a África, Asia y las islas del Pacífico: la sífilis. Desde su aparición en España, Italia y Francia en el siglo XVI hay científicos que aseguran que esta enfermedad, causada por la bacteria <em>Treponema pallidum pallidum</em>, ya era conocida por los europeos siglos antes del Descubrimiento. Basan esta afirmación en testimonios ambiguos de la Antigüedad y en los estudios de restos óseos sifilíticos encontrados en varios puntos de Europa, como los hallados entre las ruinas de Pompeya, del año 79, o en Londres, datados por el carbono 14 entre los años 1200 y 1450. La polémica permanece abierta, aunque análisis recientes han descartado la presencia de restos de sífilis en aquellos esqueletos europeos examinados y existen pruebas inequívocas de la existencia de sífilis en huesos incaicos.</p>



<p>Algunas variedades del género de las treponemas que causan en los humanos otras enfermedades similares de menor gravedad, como pian, bejel o pinta, y con distintas formas de transmisión, también intervienen en la discusión, aunque parecen igualmente de origen americano. Hay quienes consideran posible que las treponemas americanas acentuaran su virulencia entre los españoles y europeos sin defensas inmunitarias contra ellas, como ocurrió con los agentes patógenos llevados por los españoles, o que una posible mutación de las de las cepas originarias diera lugar a la causante de la sífilis.</p>



<p>De lo que no hay duda es que las primeras descripciones incuestionables de esta enfermedad, de sus efectos y de la forma en que se transmite mediante las relaciones sexuales, se deben a los primeros cronistas de la presencia española en América. Ya en 1493 el médico de Cristóbal Colón, Diego Álvarez Chancas, detalló los primeros casos de sífilis (que él llama “mal de bubas” y los indígenas púa), e informó de que los indígenas utilizaban el guayacán o palo santo para su tratamiento. El mal de bubas llegó a España en 1493 a través de un piloto de los Pinzón, según advirtió Ruy Díaz de Isla, médico andaluz que ejercía en Barcelona en 1493, y es autor del primer tratado contra la enfermedad, que él denomina “mal serpentino”.</p>



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<p><strong>EL “MAL DE BUBAS” SE PROPAGA POR EUROPA</strong></p>



<p>Después de aparecer en España, propagaron la dolencia por Europa los soldados que intervinieron en la guerra hispanofrancesa de 1495 a 1498 por el dominio de Italia, y de ahí que se bautizara como “mal gálico”, “mal francés” o “mal de Nápoles”. En 1530, el médico veronés Girolamo Fracastore fue el primero en llamarla sífilis, por el pastor Syphilo, castigado por el dios Apolo a sufrir una enfermedad por haber blasfemado contra el dios Sol. Sobre la posible presencia de esta enfermedad en Europa antes del descubrimiento de América, el cronista y naturalista Gonzalo Fernández De Oviedo, que vivió muchos años en Santo Domingo, dice en su libro “La Historia Natural de las Indias” de 1535: <em>“Muchas veces en Italia me reía oyendo a los italianos decir el mal francés y a los franceses llamarle el mal de Nápoles. Y en la verdad, los unos y los otros acertaren el nombre, si le dixeran el “mal de las Indias” así por la tierra donde natural es esta dolencia, como por las indias mujeres de estas partes.”</em></p>
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