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	<title>Boletin 72 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletin 72 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La invasión rusa de Ucrania: una mirada hacia el pasado</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 25 Oct 2022 15:00:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 72]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Geopolítica]]></category>
		<category><![CDATA[Rusia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Javier Solana Boletín 72 &#8211; Sociedad Geográfica Española Rusia: una aproximación El autor de este apasionante texto, secretario general de la OTAN de 1995 a 1999, alto representante del [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Javier Solana<br></strong></p>



<p>Boletín 72 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Rusia: una aproximación</p>



<p>El autor de este apasionante texto, secretario general de la OTAN de 1995 a 1999, alto representante del Consejo para la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea, de 1999 a 2009, y miembro del Gobierno de España de 1988 a 1995, ha vivido de muy cerca algunos de los acontecimientos políticos más decisivos de Europa y del mundo. Estas son sus reflexiones y sus vivencias sobre el difícil momento político y bélico en que nos encontramos.</p>



<p>Tras varias semanas de intentos diplomáticos por destensar la situación, el 24 de febrero de 2022 Putin hizo lo que muchos pensábamos imposible: empezar una guerra en suelo europeo. Una vez más, como sucedió con la anexión de Crimea en 2014, Putin se ha saltado los principios básicos del derecho internacional y ha desestabilizado el orden de seguridad europeo. La situación es incierta, pero sin duda, desde una perspectiva histórica, nos encontramos ante la mayor amenaza para la paz mundial desde la Guerra Fría.</p>



<p>La guerra de Ucrania no se entiende sin conocer la importancia que ha ocupado esta exrepública soviética para la seguridad internacional. Cabe recordar que además de la Unión Soviética, también la República Socialista Soviética (RSS) de Ucrania tenía un voto en la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) desde 1945, además de la RSS de Bielorrusia. De hecho, la RSS de Ucrania fue una de las firmantes de la Carta de las Naciones Unidas en 1945.</p>



<p>Ucrania es también para muchos rusos una parte indisociable de su identidad nacional. Cuando negocié con Yevgeni Primakov, quien fue el ministro de asuntos exteriores de Rusia, el Acta Fundacional como secretario general de la OTAN, me solía decir con insistencia: <em>‘Ukraine is in my heart’</em>. Más allá de elementos simbólicos, Ucrania tenía un papel estratégico y militar importante en Rusia. Nikita Khruschev, el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética que sucedió a Iosif Stalin, alardearía del poderío militar de la Unión Soviética con esa memorable frase: <em>‘nosotros hacemos tantos misiles como vosotros producís salchichas’</em>. La fábrica de misiles a la que se refería el mandatario soviético, la fábrica de Pivdenmash, que yo visité cuando era Secretario General de la OTAN, se encontraba en Ucrania.<br><br></p>



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<p><strong>UN CONFLICTO QUE VIENE DE LEJOS</strong></p>



<p>Ucrania también ha jugado un papel fundamental en la construcción de la arquitectura de seguridad europea. Esta guerra, aunque parezca el producto de tensiones presentes y la evidente irracionalidad de Putin, son fruto de nuestra historia reciente como europeos. No se entiende la invasión de Ucrania si no nos remontamos a, por lo menos, tres décadas atrás. El 9 de noviembre de 1989 es una fecha que mi generación no olvidará jamás. Ese día se produce la caída del Muro de Berlín. Los berlineses orientales, a fuerza de martillo, derribaron el muro que sostenía la principal división ideológica que había nacido del reparto de Europa en zonas de influencia, por parte de las principales tres potencias mundiales en la Conferencia de Yalta de 1945. Esa destrucción representaba el segundo gran fracaso ideológico del siglo veinte, tras la derrota del fascismo después de la Segunda Guerra Mundial.</p>



<p>Dos años más tarde, el 8 de diciembre de 1991, la seguridad del continente europeo se tambaleó. Los representantes de las tres principales repúblicas se reunieron en el bosque de Belavezh, en la frontera entre Bielorrusia y Polonia. Rusia, Ucrania y Bielorrusia se disponían a firmar el tratado que disolvería la URSS. Desde ese momento, el cambio profundo que sufrió el campo soviético se sucede a un ritmo trepidante. Entre 1989 y 1991, Moscú perdería el control sobre una extensión de territorio mayor que la Unión Europea. El último presidente de la Unión Soviética (URSS), Mijaíl Gorbachov, era consciente de los cambios a los que se enfrentaba Rusia: <em>“Vivimos en un mundo nuevo”</em>, declaró en el discurso que disolvía la URSS de forma oficial la noche del 25 de diciembre de 1991.</p>
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<p>Otra consecuencia de la disolución de la URSS sería la aparición en la escena internacional de otro país con armas nucleares, Ucrania, que pasaba a ser la tercera potencia nuclear del mundo. Desde el punto de vista de Rusia y de la seguridad internacional, esto suponía un evidente riesgo sistémico. Para corregir esta situación, las principales potencias mundiales –Estados Unidos, la Federación Rusa y el Reino Unido- firman el Memorándum de Budapest en 1994</p>



<p>China y Francia también darían garantías de seguridad similares a las previstas en el Memorándum de Budapest. En él, Ucrania se compromete a ceder su arsenal nuclear a Rusia, pero a cambio recibe garantías de seguridad por parte de todos los firmantes, incluido su actual agresor, Rusia.</p>



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<p><strong>LA SEGURIDAD EUROPEA SE TAMBALEA</strong></p>



<p>Con la caída del bloque soviético, la seguridad europea se tambaleó. La disolución de la URSS, y, por consiguiente, el final del Pacto de Varsovia, dejó un espacio de seguridad sin cubrir. En pleno proceso de declive geopolítico, Rusia no podía cubrir ese espacio. Por otra parte, no podíamos olvidarnos de que nuestro reto consistía en resituar en un nuevo orden de seguridad a países que tenían frontera con Rusia y que habían sido parte del Pacto de Varsovia. Una tarea nada fácil.</p>



<p>Ese reto recayó parcialmente en mi persona, en calidad de secretario general de la OTAN. Negocié con Yevgeni Primakov el acuerdo que posibilitó la primera ampliación de la Alianza Atlántica, tras el final de la Guerra Fría, a tres países del antiguo Pacto de Varsovia. No fue nada fácil. Al principio, Rusia quería negociar únicamente con los EE. UU. Sin embargo, los europeos no podíamos estar al margen de unas negociaciones en las cuales se estaría decidiendo sobre nuestra propia seguridad.</p>



<p>Tras la negociación con Primakov, en mayo de 1997 se obtuvo en París un valioso acuerdo con Rusia que permitía a la OTAN ampliarse a los países del antiguo bloque soviético, sin que aquel Estado lo considerase un acto hostil. Dicho acuerdo, recogido en la denominada Acta Fundacional sobre las Relaciones Mutuas de Cooperación y Seguridad entre la OTAN y la Federación Rusa, suponía que dicha organización internacional y dicho Estado dejaban de considerarse adversarios.</p>



<p>Finalmente, Rusia accedió a negociar el futuro de la seguridad europea con la OTAN. Nuestro primer encuentro en Rusia se me ha quedado grabado en la memoria. Primakov me invitó a una dacha rusa a las afueras de Moscú. Tras el primer intercambio de opiniones, el ministro ruso me hizo una invitación del todo inesperada: me invitó a dar un paseo. Solos. Estaba nevando mucho, le dije, pero Primakov dijo que no habría ningún problema, que nos podríamos abrigar. Me prestó ropa de invierno y salimos a dar el paseo. Estuvimos dos horas hablando bajo la nieve. Fue una conversación fluida y franca. En ese paseo, los dos nos dimos cuenta de que conseguiríamos un acuerdo. Así fue.</p>
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<p><strong>EL FIN DE LA GUERRA FRÍA</strong></p>



<p>Rusia pasaría a sentarse en la misma mesa que la OTAN. De facto, con la creación del Consejo OTAN-Rusia, se daba fin a la Guerra Fría. Fue un momento especialmente emotivo. En nuestra última reunión, Yevgeni y yo nos abrazamos, y a Yevgeni, visiblemente emocionado, se le saltaban las lágrimas, mientras nos agradecíamos mutuamente el esfuerzo por sacar adelante esta negociación.</p>



<p>Unos meses después, en la ciudad de Madrid, tendría lugar una Cumbre de la OTAN de gran importancia para la historia de la Alianza Atlántica. Ahí se materializaron los acuerdos a los que se llegó con la firma del Acta Fundacional. Como ya se ha mencionado anteriormente, se invitó a formar parte de la Alianza a tres países (Hungría, Polonia y la República Checa). Se creó el Consejo OTANRusia. Se creaba la Comisión OTAN-Ucrania, tras la firma de la Carta de Relación Especial. La ex-república soviética no pasaría a formar parte de la OTAN, pero se posicionaba como un interlocutor de privilegio con Occidente.</p>



<p>Poco a poco, Rusia se integraba en la nueva arquitectura de la seguridad europea. El futuro prometía un acercamiento entre Rusia y Occidente sin precedentes históricos. En Julio de 2001, se encontraron en Eslovenia el entonces presidente de los EE. UU. George W. Bush y el presidente ruso Vladimir Putin. En ese encuentro, Bush pronunció unas palabras que a día de hoy parecen inverosímiles: <em>“Miré al hombre a los ojos. Lo encontré muy directo y digno de confianza”.</em><br></p>



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<p><strong>11/9/2001: UN PUNTO Y APARTE EN NUESTRA HISTORIA</strong></p>



<p>Pocos meses después de ese encuentro, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 daban paso al nuevo siglo. Ese día supimos que 1989 no fue un punto final en la historia. Fue un punto y aparte. Los ataques del 11-S destaparon la invulnerabilidad de EE. UU. como una mera ilusión, hasta entonces la única potencia global. Un actor no estatal era capaz de atacar a una superpotencia, cuyos actos tuvieron efectos globales. Tras un periodo unipolar en el sistema internacional desde 1989 hasta el 2001, el mundo se entendía cada vez más en términos de multipolaridad. En este sentido, tan solo dos meses después del 11-S, se produjo otro acontecimiento que empujaría al sistema internacional hacia la multipolaridad: China entraría a formar parte de la Organización Mundial del Comercio.</p>



<p>Casualidades de la vida, el día del atentado del 11 de septiembre de 2001, me encontraba en Crimea, Ucrania, en una cumbre de la Unión Europea y Ucrania. Ahí nos encontramos el entonces presidente ucranio Leonid Kuchma, el presidente de la Comisión Europea Romano Prodi, y el entonces primer ministro belga Guy Verhofstadt. Con esa trágica noticia, Europa y el mundo se volcaron en solidaridad con Nueva York (recuerden el famoso editorial de <em>Le Monde </em>titulado (<em>Nous sommmes tous americains</em>), pero los europeos seguiríamos mirando hacia Ucrania.</p>



<p>Aunque, con los ataques del 11-S y la guerra de Irak, el centro de gravedad de las relaciones internacionales se desplazaría hacia Oriente Medio, Ucrania seguiría siendo de gran importancia para la política exterior europea. Las elecciones presidenciales ucranianas de 2004 se disputaron entre Viktor Yanukovich, el candidato favorito del Kremlin, y Viktor Yuschenko, el candidato más europeísta. Con Yuschenko envenenado, Yanukovich ganó las elecciones, pero los resultados, a todas luces fraudulentos, desataron una ola de protestas sin precedentes en la historia de Ucrania. La Unión Europea decidió actuar. Junto con el entonces presidente polaco Aleksandr Kwasniewski, visité la ciudad de Kiev, en calidad de Alto Representante de la Unión Europea, para exigir que se repitieran las elecciones. Así se hizo, y finalmente ganó Yuschenko.</p>
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<p><strong>PUTIN, HUMILLADO Y OFENDIDO</strong></p>



<p>Putin había sido humillado en su patio trasero. Mas allá de lo que ocurría en Ucrania y el espacio de seguridad postsoviético, Putin estaba descontento con el orden internacional y con el lugar que pasó a ocupar Rusia en ese nuevo orden, tras la caída del bloque soviético. En 2005, Putin declaró que la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX, obviando las dos guerras mundiales del siglo pasado, fue la disolución de la Unión Soviética. Tras esta primera declaración de su descontento, el estallido verbal de Putin vendría en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007, en la que Putin expresaba este descontento con la unipolaridad del orden internacional muy claramente: <em>“El mundo unipolar no solo es inaceptable, sino insostenible”.</em></p>



<p>La OTAN y su ampliación nunca fue interpretada por Putin como parte del fortalecimiento de la arquitectura de seguridad europea, para la cual Rusia tenía un interés geoestratégico. Putin, cada vez era más evidente, percibía las relaciones internacionales como un juego de suma cero. En la medida en que se ampliaba la OTAN, y los vecinos de Rusia se sentían más seguros, Rusia perdía en estatus geopolítico, en <em>autoestima</em>, como la denominaría Putin. Otro punto de inflexión en las relaciones entre Putin y Occidente fue la política de puertas abiertas de la OTAN. En la Cumbre de Bucarest de abril del 2008, la OTAN invitaba a Georgia y a Ucrania a formar parte de la Alianza. Aunque la aprobación de todos los miembros de la OTAN ante la entrada de estos países era improbable, para Putin, esta fue la gota que colmó el vaso.</p>



<p>Apenas cuatro meses después de la Cumbre de Bucarest, Putin invade Georgia. En paralelo, no podemos olvidarnos del ascenso imparable de China, un actor que ha cobrado especial relevancia desde la invasión de Ucrania. Un día después de la invasión, se daba inicio a los Juegos Olímpicos de Pekín, la gran puesta en escena de una China que cada vez más se perfilaba como un actor de alcance global.</p>



<p>En tan solo unos pocos días, con la mediación de la Unión Europea y de Francia, se logró llegar a un primer alto el fuego y acuerdo de paz entre Rusia y Georgia, el Acuerdo de los Seis Puntos. En base a ese acuerdo, la Unión Europea se dispuso a implementarlo de forma activa con la creación de la Misión de Supervisión de la Unión Europea en Georgia (EUMM Georgia), una operación de paz desarmada que ha situado el diálogo entre las autoridades georgianas y de las repúblicas escindidas de Abjasia y Osetia del Sur en el centro de su plan de acción.<br><br><strong>LA INVASIÓN DE UCRANIA NO ES COSA DE UN DÍA NI DE UNA SOLA CAUSA. (Y CHINA MUEVE FICHA</strong></p>



<p>Las causas de la invasión rusa de Ucrania son de una naturaleza multidimensional. Además de ser un problema político y de seguridad, en sentido clásico, el conflicto de Ucrania tiene una dimensión económica. Tres años después de las elecciones presidenciales ucranianas de 2004, se empieza a negociar el Acuerdo de Asociación Unión Europea-Ucrania. El Acuerdo de Asociación firmado entre Ucrania y la Unión Europea fue rechazado por Víktor Yanukovich, el entonces presidente de Ucrania, bajo la atenta mirada de Vladimir Putin. Esa negativa desencadenaría el <em>Euromaidán </em>en febrero de 2014, el movimiento ciudadano que finalmente depuso a Yanukovich del poder. El proyecto europeo atraía a los ucranianos, pero Rusia, que seguía pensando que tenía un derecho histórico sobre Ucrania, no aceptaba la independencia de las exrepúblicas soviéticas.</p>



<p>Las protestas del <em>Euromaidán </em>y el apoyo occidental a Ucrania desataron la reacción del Kremlin. Putin decide anexionarse Crimea, tras la celebración de un referéndum con nulas garantías desde el punto de vista del derecho internacional. Este movimiento respondía a consideraciones políticas, pero la anexión de Crimea tenía también como causa el sentimiento nacionalista ruso hacia la región. Putin dejó claro en su discurso de anexión que Crimea es una <em>“parte inalienable” </em>de Rusia.</p>



<p>El alejamiento entre Rusia y Occidente era ya definitivo. La visita de Putin a China a principios de febrero de este mismo año no era una mera visita institucional, que se daba en el marco de los Juegos de Invierno de Pekín. Era la antesala de una posible connivencia estratégica entre China y Rusia. En ese encuentro se firma un comunicado conjunto entre Rusia y China, que da ciertas pistas sobre la visión de la gobernanza global que albergan ambos países. En el comunicado conjunto entre China y Rusia la idea de esferas de influencia como elemento de estabilidad, que parecía cosa del pasado, vuelve a aparecer: <em>‘Rusia y China se oponen a los intentos por fuerzas</em> <em>externas de socavar la seguridad y la estabilidad en sus regiones adyacentes’</em>. Sin embargo, el léxico del comunicado no es del todo distante al utilizado por el mundo occidental para describir los principios rectores de la gobernanza global. La palabra democracia o democrático aparece unas veinte veces, y otros términos clave, como multilateralismo, tienen una presencia en el texto no menos desdeñable.</p>



<p><strong>UN PANORAMA INTRINCADO</strong></p>



<p>Ocho años después de esa anexión, Putin no tendría suficiente. El 24 de febrero de 2022, Putin invade Ucrania. La invasión de Ucrania por parte de Rusia se ha demostrado un fracaso militar en toda regla. Hasta ahora, Rusia ha perdido en combate a once de sus generales, según fuentes ucranianas. Aunque sea difícil aseverar la validez de estas cifras, estas no se habían visto en el ejército ruso desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La guerra de Ucrania es también un fracaso global. Tras el shock que supuso la pandemia global, el mundo se enfrenta a cambios dolorosos como la subida del precio de la energía, la inflación, o la inseguridad alimentaria.</p>



<p>La que he contado es una historia corta, pero con profundas consecuencias para el futuro del planeta. Dibuja un panorama desolador para la gobernanza global, que verá cómo la inestabilidad global dificulta el avance en temas tan importantes para la agenda global como el cambio climático o la salud global. Nunca en nuestra historia la cooperación había sido tan necesaria, ni las instituciones para facilitarla habían estado tan ausentes.</p>



<p><span style="color: #808080;">*<em> Javier Solana es Presidente de EsadeGeo &#8211; Centro de Economía Global y Geopolítica (Barcelona-Madrid). Fue Secretario General de la OTAN de 1995 a 1999, y Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) de la UE de 1999 a 2009. Anteriormente, ocupó varios cargos ministeriales en el gobierno español, entre ellos el de Ministro de Asuntos Exteriores, Ministro de Educación y Ciencia y Ministro de Cultura. En la actualidad, Presidente del Real Patronato del Museo del Prado y Presidente del Comité Científico de la Fundacion La Caixa.</em></span></p>



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		<title>La tercera Roma</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tercera-roma/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 25 Oct 2022 14:59:07 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Boletin 72]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Rusia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 72 &#8211; Sociedad Geográfica Española Rusia: una aproximación El concepto de una tercera Roma, heredera de la primera, la italiana, y de la segunda, su marca [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 72 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Rusia: una aproximación<br><br>El concepto de una tercera Roma, heredera de la primera, la italiana, y de la segunda, su marca oriental, Bizancio, es atractivo. ¿Qué país no abrazaría la idea de convertirse en un imperio férreo, unificado y próspero llamado a expandirse y a existir durante siglos años? En el siglo XV, la idea de una Tercera Roma fue acuñada para el germen de lo que hoy es Rusia. A raíz de los últimos acontecimientos, cobra más interés y protagonismo que nunca.</p>



<p><strong><em>Dos Romas han caído. La tercera se mantiene. Y no habrá una cuarta…”. </em></strong>Las palabras que el monje ruso Filoféi de Pskov dirigió en 1510 al gran duque Basilio III en Moscovia, apenas 60 años después de la caída de Constantinopla en manos musulmanas, se teñían ya entonces de la transcendencia de las profecías. El monje ortodoxo exigía al Gran Duque que se revistiera del papel que le proponía la historia: el del último bastión cristiano frente a las herejías católicas de la Europa Occidental, por un lado, y la amenaza oriental del Islam, por otro. La actual Rusia era un lugar limítrofe entre ambas realidades <em>“¡Nadie reemplazará tu reino de zar cristiano!”</em>, clamaba el monje. Una vocación de exclusividad que sonaba -y sigue sonando- un poco a apocalipsis.</p>



<p>La idea no era del todo nueva. Surgía de la creencia de que alguna ciudad, estado o país europeo debía ser la sucesora del Imperio Bizantino, como éste, unos 1000 años antes, se había alzado en heredero del Imperio Romano. Fue Constantino el Grande el primero que adoptó esta idea de transición cuando, en el siglo IV d.C., al mudar la capital del Imperio a la actual Estambul, la bautizó como Nueva Roma. Con el tiempo todo el mundo la conocería como lo que era, la ciudad de Constantino, es decir Constantinópolis. Y, cuando casi 1.000 años después, en 1453, sus murallas cayeron ante el asedio del Imperio Otomano de Mehmed II, la amenaza del islam, filósofos, religiosos y consejeros con ínfulas empezaron a buscar un nuevo imperio naciente, que se definiera por oposición a los que ya existían y que recogiera el legado del que agonizaba.</p>



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<p><strong>EL NUEVO IMPERIO NACIENTE</strong></p>



<p>Y muchos lo encontraron. En Moscú, una ubicación situada entre siete colinas. Como Roma. Como Constantinopla. El monje Filofei no fue el artífice de la idea. Su mérito radicó en dejar por escrito aquella vieja reivindicación de imperio de los príncipes ruríkidas que, además, con el tiempo, había alcanzado cierta legitimación historicista.</p>



<p>La dinastía ruríkida, que gobernaría en las estepas centrales durante seis siglos, provenía, según los historiadores, de tres hermanos de origen escandinavo, que se establecieron, en torno al siglo IX de nuestra era, en el terreno que se conoce como la Rus de Kiev. No está claro si se autoimpusieron como gobernantes o si, como asegura el mito fundacional recogido en una crónica del siglo X, fueron reclamados como príncipes por los habitantes de la zona, una confederación de tribus eslavas que no eran capaces de gobernarse a sí mismas, y necesitaban protección contra otras tribus nómadas de la estepa. Rurik y sus hermanos eran Varegos, es decir, escandinavos. De hecho, <em>rus </em>es una palabra de origen finés para nombrar a los remos, el medio con el que los vikingos llegaron a los más diversos puntos de Europa. La Rus de Kiev se convirtió en un estado próspero que fue haciéndose cada vez con más territorio, y -pese a las discrepancias que cada uno de ellos introducen actualmente en el relato- constituye el origen histórico conocido de los actuales pueblos ruso, bielorruso y ucraniano.</p>
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<p><br><br><strong>LA RUSIA DE KIEV Y EL PRÍNCIPE VLADIMIR</strong></p>



<p>A semejanza del proceso seguido por los vikingos en otras partes de Europa, llegó un momento en que los navegantes se asentaron, abandonaron sus dioses paganos, y terminaron por convertirse en la nobleza de los lugares en que se establecieron. Apenas un siglo más tarde desde el nacimiento de la Rus de Kiev, el príncipe Vladimir entendió la importancia de relacionarse con su entorno. Los anales cuentan que se mandaron embajadores a los países europeos católicos, a los musulmanes y a Bizancio. Dicen que Bizancio, su riqueza, su sofisticación, y la estética de sus iglesias ortodoxas les fascinó, aunque probablemente las rutas caravaneras compartidas y una serie de intereses económicos comunes hicieran el resto. El caso es que el príncipe eslavo decidió aliarse militarmente con el emperador bizantino Basilio II, y, en compensación, recibió la mano de su hermana Anna. A cambio, aseguró, se convertiría a la fe ortodoxa. Vladimir debía ser un hombre de palabra o un hábil diplomático al que interesaba estar a bien con su cuñado, pues en el año 988 orquestó su bautismo y el de todo su pueblo en una ceremonia de conversión masiva en el río Dnieper. Además de asegurarse el cielo y de emparentar políticamente con Bizancio, que era de algún modo como rozar la eternidad histórica, Vladimir copió la unificación de poderes del estado vecino, e hizo, desde entonces, recaer en la persona del gobernante tanto el poder terrenal como el religioso.</p>



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<p><strong>EL ZAR, HEREDERO DEL CÉSAR</strong></p>



<p>La admiración por Bizancio, la implantación del credo ortodoxo, la expansión del territorio, y las relaciones comerciales fueron creciendo en los siglos venideros. Y quinientos años más tarde, con Constantinopla recién caída en manos musulmanas, se produce un hecho definitivo para que la incipiente Rusia se crea legitimada a la hora de reclamar la herencia imperial romana. En 1472, Iván III contrajo matrimonio con la heredera del imperio bizantino, Sofía Paleóloga. Probablemente no sea una casualidad que, a partir de su sucesor, Iván IV, a quien la historia conoce como el <em>Terrible</em>, el título otorgado a los gobernantes autócratas dotados de un poder absoluto sería oficialmente el de Zar, La palabra rusa para César.</p>



<p>La influencia del concepto de la tercera Roma se ha dejado sentir en determinados momentos de la historia, imbuyendo de supremacía a la nación rusa en una concepción determinista de país elegido. Fue así tras la derrota de Napoléon en 1812, y fue así durante el zarato de Nicolás I (1825-1855), que adoptó los tres principios fundamentales sobre los que en adelante se asentaría el Imperio ruso: ortodoxia, autocracia y nacionalismo. En un artículo publicado hace unos años en EL PAIS, el escritor Carlos Fuentes ya se hacía eco de esta constante en la historia rusa que al mismo tiempo la contrapone a la tendencia occidental. <em>“¿Dónde termina Europa y empieza Rusia?” se preguntaba, y “¿es Rusia parte de Europa o está aparte de Europa?”.</em></p>



<p>La idea de una “tercera Roma” es muy atractiva. Legitima a Moscú de mesianismo y de una misión histórica. Y le dota de una identidad propia, casi exclusiva, frente a sus vecinos. Ya en 1860 Dostoyevski escribía: <em>“En Europa éramos rémoras y esclavos, mientras que en Asia seremos los amos. En Europa éramos tártaros, mientras que en Asia podemos ser europeos”.</em></p>
</div>
</div>



<p><br><strong>MOSCÚ, LA TERCERA ROMA</strong></p>



<p>Ni tártaros ni europeos. Ni católicos ni musulmanes. Rusos. Todos. Sin fisuras. El concepto de Moscú como la tercera Roma es una idea nacionalista que continúa en vigor, y que ha ido infiltrándose en la sociedad y la conciencia nacional rusa durante siglos, alentada tanto por los zares como, posteriormente, por los líderes soviéticos. El mismo Vladimir Putin, desde su llegada al poder en el año 2000, se propuso devolver a Rusia el orgullo nacional que había perdido en la década anterior, debido a la crisis interna tras la desintegración de la Unión Soviética y a la humillación que supuso la expansión de la OTAN y de la UE hacia su anterior espacio de influencia. Quizá su discurso no fuera tan diferente a otros que nos suenan familiares: <em>Make Russia great again!</em></p>



<p>Conocer su destino predestinado de Tercera Roma, su ansiado papel en la Historia permite quizá conocer algo mejor algunos sentimientos que emanan de Moscú. Algunas actuaciones, algunas apropiaciones de símbolos pretéritos -como la bandera del águila bicéfala- a la hora de recuperar el orgullo nacional, y algunas maniobras propagandísticas para la difusión de la lengua y cultura rusa. Un trabajo que se ha estado haciendo en los últimos años con discreción y eficiencia desde la Fundación Russkiy Mir, o desde agencias de comunicación como Sputnik y Russia Today (RT).</p>



<p>¿Se ve Putin como el artífice de un destino? ¿Quién sabe? Quizá en su visión de la realidad ortodoxia, nacionalismo e imperio -con las características expansionistas que a los imperios se les atribuye- componga una trinidad política a la que le esperen 1.000 años de gloria. O, al menos, si contamos desde la desaparición de la Segunda Roma, unos quinientos.</p>



<p><span style="color: #808080;"><em>*Emma Lira, periodista y escritora, es autora de “Espejismo, viaje al Oriente desaparecido”.</em></span></p>



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		<title>Los cobardes no juegan al hockey</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/cobardes-no-juegan-hockey/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 25 Oct 2022 14:52:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 72]]></category>
		<category><![CDATA[Rusia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Marga Martínez Boletín 72 &#8211; Sociedad Geográfica Española Rusia: una aproximación Las relaciones Rusia/USA vistas a través de una película reveladora, Red Army, en la que se enfrentan no [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Marga Martínez<br></strong></p>



<p>Boletín 72 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Rusia: una aproximación<br><br>Las relaciones Rusia/USA vistas a través de una película reveladora, Red Army, en la que se enfrentan no sólo los equipos de hockey de cada uno de estos dos países, sino una forma de entender la vida, el compromiso, la lealtad sin límites a su nación.</p>



<p><em>“En el argumento de casi todas las películas, los malos salen derrotados y el final es feliz. En la película que vais a ver, no os lo aseguro. La historia no ha terminado. Tú y el público sois parte del conflicto. Lo que ha sucedido hasta ahora no es nada alentador. Cómo abordemos el desafío comunista depende de todos vosotros”. </em>Ronald Reagan</p>



<p>Con esta proclama belicosa y anticomunista pronunciada por un jovencísimo, y en blanco y negro, Ronald Reagan, comienza <em>“Red Army”</em>, un fascinante documental que hace un retrato extraordinario de la Guerra Fría a través de los jugadores del equipo soviético de hockey sobre hielo conocido así, Ejército Rojo. Dirigido por Gabe Polsky, jugador de hockey estadounidense descendiente de emigrantes rusos, y producido por Werner Herzog y Jerry Weintraub, recorre la trayectoria del capitán del equipo, Slava Fetisov.</p>



<p>Pero este documental no es nuevo, es de 2013, entonces ¿por qué <em>“Red Army”</em>, aquí, y por qué, ahora? Pues sencillamente porque es una gran y acertada metáfora. No una cualquiera, sino una importante de entre los distintos ejemplos citados por grandes expertos en Rusia como Daniel Utrilla, Sara Gutiérrez y Rafael Poch. El momento fue en la fantástica tertulia viajera de la SGE de mayo de 2021; y el motivo, el aniversario de los 30 años de la caída de la URSS.</p>



<p><em>Un viaje de la URSS… a Rusia. 30 años del fin de la Unión Soviética</em>, así titulábamos un encuentro que ese, permítanme, sí me gustaría recomendárselo yo misma desde estas líneas. Gracias a lo allí hablado, discutido o comentado, pudimos acercarnos a una realidad que, quién nos iba a decir entonces, iba a estar tan de plena y triste actualidad un año después. La tertulia fue una hora de encuentro tan interesante que, como suele pasar en estos casos, pasa demasiado rápido, y está plagado de recomendaciones para entender mejor este país, sus gentes, su multiculturalidad, sus peculiaridades y su actualidad. No se preocupen, si lo que allí se dijo os interesa, no os lo habéis perdido. Al final de este texto encontrarán el código QR que os llevará hasta ella.<br></p>



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<p><strong>AUGE Y CAÍDA DE LA URSS A TRAVÉS DE LA CARRERA DE SLAVA FETISOV</strong></p>



<p>Volvamos pues a <em>Red Army </em>y a su héroe Slava Fetisov. Antes, un aviso importante: por si parece que estemos hablando de un documental deportivo, no se trata de una película sobre hockey, y casi podríamos decir que tampoco sea un documental. Parece más bien que estemos ante un auténtico thriller.</p>



<p>Comienza con la construcción del héroe en una época gris y dura para los habitantes de un territorio, tremendamente castigado por la guerra y las políticas soviéticas. <em>Red Army </em>nos muestra un régimen comunista férreo, rígido y sin libertades, en el que crece el que será doble medallista olímpico, Fetisov. Con él haremos un viaje desde sus más que humildes orígenes, en una familia que ha vivido las consecuencias de la guerra, y a la que le toca sobrevivir en un diminuto piso, de 35 metros cuadrados, compartido con dos familias más y sin agua corriente ni baño. Fetisov, con 9 años, sin embargo, era feliz jugando al hockey emulando a sus héroes, los jugadores del Red Army. Todo en la época de Stalin.</p>



<p>Sus padres tuvieron que ahorrar durante dos años para poder comprarle el equipo de hockey, apenas unos guantes, patines y un casco. Unos 250 rublos en el mercado negro: mucho dinero para una familia soviética.</p>



<p>Se muestra cómo el equipo de hockey era un valor político, una representación viva de la URSS, la culminación de sus logros y una muestra de que el sistema soviético era, en definitiva, el mejor. Una auténtica herramienta de propaganda. <em>“Únete al equipo rojo y sirve a tu patria”</em>, rezaban los anuncios que reclutaban jóvenes para el equipo. Y lo de reclutar era literal, porque eran los militares quienes dirigían el equipo, y los que hacían las pruebas de selección a las que se presentaban los niños. El sistema era un auténtico despliegue de medios donde se elegía a los mejores, desde pequeños y a nivel nacional.</p>
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<p><br><strong>LOS JUGADORES, HÉROES NACIONALES</strong></p>



<p>La enorme maquinaria de propaganda soviética presentaba a los jugadores como auténticos héroes nacionales. Los coros de niños entonaban ante Stalin, orgulloso fundador del club de hockey del Ejército Rojo, canciones que enardecían el espíritu soviético y expulsaba a los cobardes <em>“Se escucha el son de la música del ataque… los hermanos del hielo juegan duro, y confiamos en el valor de unos muchachos desesperados. Los hombres de verdad juegan al hockey. Los cobardes no juegan al hockey. Los cobardes no juegan al hockey.” </em>Un estribillo con una terrible carga moral y ética final.</p>



<p>El padre del hockey ruso era Anatoli Tarásov, un visionario que estudiaba y utilizaba los movimientos y principios del ballet, el ajedrez, e incluso la literatura, para conseguir unos jugadores completos, y con un sentido global de equipo. Sus pases, su juego y sus movimientos eran una combinación de zigzag, baile y coordinación que maravilló al mundo. Para conseguir éxito, la enseñanza tenía que ser estricta, ¡y vaya que sí lo era!: once meses al año de concentración agrupados, sin ver a sus propias familias, haciendo de los compañeros y equipo su verdadero entorno. No obstante, rigidez y disciplina no impedían que jugaran con la libertad y espontaneidad de la que carecían los equipos de Canadá o Estados Unidos.</p>



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<p><strong>TODO POR EL HOCKEY… ¡Y POR LA PATRIA!. EL RODILLO SOVIÉTICO</strong></p>



<p>Pero, como en un giro de guión de cualquier película de suspense, aparece un personaje siniestro y una sonada derrota: Viktor Tikhonov, nuevo entrenador y agente del KGB, y los Juegos Olímpicos de Invierno de1980, en Lake Placid, Nueva York. Era la gran final y se enfrentaban dos equipos que representaban el enfrentamiento político del momento: Oriente contra Occidente, el comunismo frente al capitalismo, Estados Unidos frente a la URSS. La derrota fue estrepitosa: perdieron los que estaban destinados a ganar, y la política no dudó ni un momento en utilizarlo para fines propagandísticos: <em>“Lo que ha pasado demuestra la superioridad de nuestro estilo de vida” </em>no tardó en sentenciar Jimmy Carter.</p>



<p>A partir de ahí conocemos al verdadero Tikhonov, la auténtica figura del régimen comunista. Sucesor de Tarasov, fue el odiado instrumento político que trasladó la guerra fría al hielo de las pistas de juego. Sus métodos eran despiadados con los jugadores, y su objetivo lo que a la postre fue una auténtica leyenda viva, el rodillo soviético. Eran los mejores, y durante tres años los rusos no perdieron ni un solo partido. Sin embargo, el método Tikhonov consiguió destruir a sus estrellas, los cinco jugadores superdotados: Makarov, Lorionov, Krutov, Kasatonov y Fetisov.</p>
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<p><br><strong>LA DESTRUCCIÓN DE FETISOV Y SU PASO AL BANDO CONTRARIO</strong></p>



<p>Aquí comenzaría el drama de Fetisov, sus desavenencias con el entrenador, su complicada salida para acabar jugando en Estados Unidos, y el rechazo de todo un país del que había sido héroe nacional. Su búsqueda del sueño americano, sin embargo, no fue fácil. El que a priori era uno de los mejores jugadores de hockey del mundo no encontraba encaje en la forma de juego individualista americana. No cuajaba, y el futuro de Fetisov no se veía claro en los equipos americanos. Las peleas llegaron a ser constantes, tiñendo incluso de sangre el hielo de las pistas.</p>



<p>Al mismo tiempo que la URSS se iba descomponiendo con la llegada de los nuevos tiempos de Gorvachov y su perestroika reformadora, fueron desertando más jugadores del Red Army hacia los equipos americanos, y el ballet ruso comenzó a funcionar en el territorio del antiguo enemigo: volvió el baile, el Bolshoi sobre hielo, la estrategia y la recuperación del juego de equipo.</p>



<p>Vemos en esta parte de la cinta cómo Red Army retrata perfectamente la derrota moral del comunismo, a la vez que nos recuerda la grandeza de alguno de sus principios teóricos, el modo de vida de unos y de otros reflejado en un deporte heroico, forjado con claves universales de disciplinas como el ballet o el ajedrez. La película, en definitiva, consigue mostrar, a través de la historia de Fetisov y el hockey, cómo el capitalismo fagocitó al comunismo. Decía Fetisov que <em>“nosotros, los rusos, nos olvidamos del patriotismo cuando cayó la Unión Soviética. Y todo por una falsa idea de lo que significa el sueño americano. Nos creíamos que éste consistía en ganar dinero y cambiamos el patriotismo por dinero”.</em><br></p>



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<p><strong>EL ANTIGUO HÉROE ES RECLAMADO POR PUTIN</strong></p>



<p>Pero la historia de Fetisov no termina en Estados Unidos. El país que ahora dirige Vladímir Putin parece entender mejor que nadie que hay que recuperar y rescatar a sus héroes, y así ha sucedido con el jugador más laureado de la historia del hockey sobre hielo. Reclamado por el propio Putin, desde 2002 a 2008 ha sido Ministro de Deportes, para pasar a ser después senador. Pero qué le hizo volver: <em>“sinceramente, el patriotismo. Putin ha devuelto al pueblo ruso el orgullo y el deseo de trabajar en equipo. Si el deporte consigue algo es ofrecer héroes a la gente, referencias. Todo país necesita héroes.” </em>Sentencia uno de los pocos hombres que ha conseguido ser un héroe en la URRS y en los Estados Unidos en mitad de la Guerra Fría.</p>



<p>Y habrá que volver ahora a donde empezamos, a la tertulia protagonizada por Sara Gutiérrez, Daniel Utrilla y Rafael Poch. Estos tertulianos de excepción, amén de hacer una crítica nada velada a la forma en la que el periodismo de hoy en día cuenta la actualidad y, por ende, también la rusa, pusieron muchas tareas a los asistentes por si querían profundizar un poco más en el conocimiento de esta gran región del mundo y de esa época de cambio de la URSS a Rusia.</p>
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<p><strong>Y UNA ÚLTIMA REFLEXIÓN </strong></p>



<p><em>“Occidente no acepta una Rusia que levante la cabeza, quiere una Rusia débil. Lo que ahora importa (y preocupa) es que la Rusia de Putin es grande y autónoma” </em>decía Rafael Poch, y añadía el periodista y escritor que era más cómoda la Rusia de república bananera de la era de Yeltsin, sometida, débil y caótica. También llamó la atención sobre la visión y narrativa que vende el cine americano a la hora de retratar a los rusos con brocha gorda, como seres sin sentimientos, Reafirmaba estas apreciaciones Daniel Utilla, comparando el cine de la Guerra Fría, que presenta a unos protagonistas robóticos y sin alma, con una realidad completamente distinta. Quien conoce el país sabe que sus gentes son pasionales, sentimentales, melancólicos y con un punto en su tendencia a los milagros.</p>



<p>Y así, Red Army no es la única buena recomendación que podemos obtener de la tertulia viajera de mayo del 2021. Como avanzaba al principio de este texto, las hubo abundantes y sustanciosas. Recuerdan los tertulianos la cita de Álvaro Cunqueiro:</p>



<p><em>“Toda la literatura rusa está recorrida por un pitido de tren en la noche” para reivindicar la literatura rusa del XIX, pero también parece definir “El último verano de la URSS. Del mar Báltico al mar Negro en tren”</em>, de Sara Gutiérrez, en el que cuenta su propia experiencia cuando dejó su Oviedo natal para irse a Ucrania, dos años antes de que la perestroika de Gorbachov cambiara ese país, y cruzar después la Rusia Soviética desde el mar Báltico al Negro en trenes nocturnos. <em><a href="https://sge.org/tertulias-viajeras-de-la-sge/">https://sge.org/tertulias-viajeras-de-la-sge/</a></em></p>



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<p><strong>Para saber más</strong></p>



<p><span style="color: #808080;"><em>“La gran transición: Rusia, 1985-2002” Rafael Poch (Ed. Crítica) “Entender la Rusia de Putin. De la humillación al restablecimiento” Rafael Poch (Ed. Akal)“A Moscú sin Kaláshnikov (Crónica sentimental de la Rusia de Putin envuelta en papel de periódico)”. Daniel Utrilla (Lbros del K.O.)“Mi ovni de la Perestroika. Un viaje al corazón de Rusia tras la noticia más extraterrestre de la Historia” Daniel Utrilla (Libros del K.O.)“Rusia en la encrucijada” (Ed. Espasa). Sara Gutiérrez y Eva Orúe“El último verano de la URSS. Del mar Báltico al mar Negro en tren” Sara Gutiérrez. (Ed. Reino de Cordelia)“El siglo soviético. ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética?” Lewin, Moshe. (Ed. Crítica) 2017. “La tumba de Lenin” Remnick, David. (Ed. Debate). 2020“Historia de la Unión Soviética”. Taibo, Carlos. (Ed. Alianza). 2019“Red Army. La guerra fría sobre el hielo”. Documental. 2014. ”El gran concierto”. Película. Francia. 2009. *Marga Martínez es periodista.</em></span></p>
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