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	<title>Boletin 75 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletin 75 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>En busca de las dos arcas perdidas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 Dec 2023 13:32:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 75]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Mariano López Boletín 75 &#8211; Sociedad Geográfica Española Geografías míticas James Benson Irwin, el octavo astronauta en pisar la Luna, realizó seis expediciones al monte Ararat en busca de [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Mariano López<br></strong></p>



<p>Boletín 75 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Geografías míticas<br><br><strong>James Benson Irwin, el octavo astronauta en pisar la Luna, realizó seis expediciones al monte Ararat en busca de los restos del Arca de Noé. Antes de Irwin, se sucedieron más de cuarenta expediciones con el mismo fin; después de Irwin, continúan. Otra arca bíblica, el Arca de la Alianza, también ha sido objeto de una singular, tormentosa, expedición. Mariano López recorre en este artículo la fascinante y sorprendente historia de la búsqueda de las dos arcas perdidas: el Arca de Noé y el Arca de la Alianza.</strong></p>



<p>Robert Graves y Raphael Patai sostienen en su obra <em>Los mitos hebreos </em>que la ausencia de dioses y diosas en la Biblia, la presencia de un solo dios universal, impediría hablar con propiedad de mitos bíblicos. La mitología, un concepto griego, acoge historias que relatan la intervención de dioses y diosas en los asuntos humanos, una interacción que no se da en la Biblia. Tampoco lo permitiría la acepción que fue cobrando la palabra “mito” en el mundo grecorromano. En la Ilíada, <em>mythos </em>equivale a “dicho”, “conversación”, pero en la época en que los primeros cristianos difundieron los libros de los evangelistas, la palabra “mito” ya había empezado a significar “fábula”, “ficción” o “mentira”. Desde entonces, y en adelante, los textos cristianos evitan llamar “mito” a ningún relato bíblico, menos aún los de quienes creían -también los de quienes creen, hoy- que la Biblia responde literalmente a la palabra de Dios revelada.</p>



<p>¿Cabe, por tanto, hablar de mitos en la Biblia? ¿Ni siquiera en el relato de Noé y el arca? Dos textos antiguos son análogos al del Diluvio en el Génesis y nadie ha dudado nunca en calificarlos de mitos: uno acadio y otro griego. El acadio se encuentra en la epopeya de Gilgamesh, que también pertenece a la memoria de los sumerios, los hurritas y los hititas, según exponen Graves y Patai en la obra citada. En el mito acadio, el dios de la sabiduría, Ea, también conocido como Enki por los sumerios, advierte al protagonista de la narración, Utnapishtim, que otros dioses encabezados por Enlil, el creador, proyectan un diluvio universal para destruir a la humanidad por haber omitido los sacrificios de Año Nuevo. Para salvarse, debe construir un arca. En siete días, Utnapishtim construye un arca de seis cubiertas con la forma de un cubo exacto, con la que él y su mujer sobreviven a los efectos del Diluvio. En el mito griego, el dios Zeus decide desencadenar un gran diluvio para exterminar a la raza humana, como castigo al comportamiento impío y antropófago de los pelasgos, pero Deucalión, rey de Ptía, prevenido por su padre Prometeo, construye un arca. Asi logra escapar de los efectos del Diluvio, junto con su esposa Pirra.</p>



<p>El arca acadia termina su viaje, cuando las aguas descienden, en el monte Nisir, que se cree corresponde a la montaña conocida como Pir Omar Gudrun, situada cerca de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí. Nunca nadie ha buscado sus restos. El arca del mito griego fue a posarse en la cumbre del monte Parnaso, o quizás, según algunos, en la del Etna, y, según otros, en la del monte Atos o en la del monte Otris, en Tesalia. Hay dudas sobre la cumbre elegida, pero no las hay respecto a que nadie, nunca, ha intentado encontrar sus huellas. Por el contrario, el arca de Noé ha motivado -y seguramente seguirá motivando- expediciones al lugar donde, según el relato bíblico, acabo deteniéndose: el monte Ararat, el pico más alto del macizo de Ararat, en Turquía (5137 metros de altitud).</p>



<p><strong>EL ARCA DE NOÉ EN LA BIBLIA Y EN EL CORÁN</strong></p>



<p>En la Biblia, Yahveh decide exterminar a todos los humanos con la excepción del virtuoso Noé y su familia por medio de un gran diluvio. Ordena a Noé construir un arca de maderas resinosas, de 300 codos de largo, 50 de ancho y 30 de alto, con tres cubiertas, puerta a un costado y tragaluz en el techo de la cubierta superior. En el arca viajarían Noé, su mujer, sus hijos y las mujeres de sus hijos, <em>dos setenas </em>-siete parejas- , machos y hembras, de los animales puros y dos parejas, machos y hembras, de los impuros. Noé había cumplido 600 años de edad cuando las aguas inundaron la tierra. Estuvo lloviendo durante 40 días y 40 noches. Se rompieron todas las fuentes del abismo y todas las cataratas del cielo (las aguas sostenidas por la primera bóveda celeste del universo hebraico). Ciento cincuenta días después, cuando descendieron las aguas, el arca se posó sobre los montes de Ararat.</p>



<p>El Corán recoge también relatos sobre Noé, el arca y el Diluvio. Según Concepción Castillo (El arca de Noé en las fuentes árabes), el texto más completo coránico sobre el Diluvio se encuentra en la azora 11, aleyas 37 a 47. En estas aleyas, el castigo solo se refiere al pueblo de Noé, no a toda la humanidad; el arca tiene la forma de un animal (cabeza de gallo en su parte delantera, vientre de ave en su parte central y cola de gallo en la parte posterior); y, después de dar vuelta a la Meca, termina posándose en un monte que el Corán llama “Yudi”. Comentaristas orientales identifican Yudi con el monte Judi o Qardu, en la cabecera del río Tigris, mientras otros, más vinculados a la exégesis bíblica, lo hacen coincidir con el Ararat.</p>



<p><strong>LA TRADICIÓN ARMENIA Y LA PRIMERA ASCENSIÓN AL ARARAT</strong></p>



<p>La tradición de la iglesia apostólica armenia sostiene que el eremita San Jacobo de Nisibis, que participó en el Concilio de Nicea (325 d.C.), trató de escalar el monte Ararat para encontrar el Arca. Según esta tradición, varios ángeles le ordenaron que dejara de intentarlo, pero premiaron su voluntad con un trozo del arca, una reliquia que fue a parar a la que se considera la catedral cristiana más antigua del mundo, la catedral de Echmiadzin, en Armenia, donde, conforme a la tradición armenia, se conserva la madera del arca junto a la lanza de la Pasión, la que atravesó el cuerpo de Cristo, y la mano derecha de San Gregorio, el evangelizador de Armenia.</p>



<p>Escalar una montaña de más de cinco mil metros no es una tarea fácil. No lo fue, al menos, durante siglos, hasta que se iniciaron las prácticas y técnicas del montañismo. La primera expedición al monte Ararat, registrada y documentada, fue dirigida por un pionero del montañismo: el naturalista alemán Johan Jacob Friedich Parrot. En su relato de la expedición, realizada en 1829, Parrot escribió que todos los armenios estaban firmemente convencidos de que el Arca de Noé se encontraba en la cima del Ararat.</p>



<p><strong>LA CAMBIANTE IMAGEN DEL ARCA: CAJA, BARCA, SÍMBOLO</strong></p>



<p>La expedición de Parrot y su crónica motivaron nuevas expediciones en busca del Arca. Pero, ¿qué esperaban encontrar? La idea del Arca -su forma, sus dimensiones, sus materiales- ha ido cambiando desde sus primeras representaciones hasta hoy. La imagen más antigua presenta el arca de Noé como una caja. Según expone Jorge Francisco Liernur (El Arca de Noé y la arquitectura del Humanismo), la representación del Arca como caja se basa en la descripción del Diluvio que realiza la versión latina de la Biblia, que emplea la palabra “arca” y no otras designaciones que identificarían la construcción como una nave o una embarcación.</p>



<p>También en la versión hebrea, que emplea la palabra <em>tevah</em>, un vocablo que solo se usa en la Biblia en otra ocasión: para designar el receptáculo en el que Moisés fue depositado en el Nilo. Para el Arca de la Alianza, se emplea otra palabra: el término <em>aron</em>. Por eso, explica Liernur, en el mundo judeo cristiano el arca fue durante doce siglos una caja, no muy diferente de la que transportó a Moisés. La imagen del Arca como caja puede verse en los frescos en las catacumbas de Roma, las iluminaciones del manuscrito del Beato de Liébana, las ilustraciones de la Biblia de Ávila o la imagen de la Catedral de Santa María de Gerona, entre otras.</p>



<p>A partir del siglo XII, se multiplican las representaciones que identifican el Arca de Noé con un barco, o, como precisa Liernur, con un paralelepípedo ubicado dentro de una quilla que lo transporta, una imagen defendida y explicada, por primera vez, por el teólogo cristiano Hugo de San Víctor, en 1141, con tanto éxito que ha sido la imagen del Arca predominante hasta nuestros días.</p>



<p>Bramante, Rafael y Miguel Ángel aportaron sus propias visiones del Arca en algunas de sus más excelsas pinturas. En su caso, y en el de otros pintores, como el del luterano Lucas Cranach, el tratamiento del Arca resultaba siempre simbólico, al servicio de la alegoría general de la obra. Un planteamiento al que pondría fin el canon estético que surgió de las veinticinco sesiones del Concilio de Trento (1563).</p>



<p><strong>ATHANASIUS KIRCHER Y LA NUEVA VISIÓN DEL ARCA</strong></p>



<p>A partir del Concilio de Trento, el texto bíblico debía ser entendido en sentido literal. La Biblia, según el nuevo canon, no hablaba en metáforas. El Sol giraba en torno a la Tierra porque así lo expresaba el libro de Josué, cuando Yahvé hizo que el astro se parara en medio del cielo para facilitar el la victoria de Josué en Gabaón. Negar la correspondencia con la realidad de este relato le costaría muy caro a Galileo. En cuanto al Arca, la nueva exégesis obligaba a demostrar qué dimensiones habría de tener para alojar a todos las especies de animales del planeta, cómo podía navegar, de qué madera habría sido hecha, qué sistemas habrían empleado Noé y su familia para introducir los animales, alimentarlos durante ciento cincuenta días y mantener limpia el arca y, por fin, dónde se había detenido después del Diluvio cuando descendió el nivel de las aguas.</p>



<p>En auxilio de los códigos de Trento, pronto llegó una nueva imagen del Arca, presentada y desarrollada por el jesuita alemán Athanasius Kircher, políglota, erudito, estudioso del magnetismo, la luz, el vulcanismo, experto en griego y hebreo, en la lengua copta y los jeroglíficos egipcios, autor de 44 libros de los temas más diversos entre los que se encuentra el que dedicó, por encargo de la Compañía de Jesús al Arca de Noé. Inspirado en la obra del monje francés Johannes Buteo, Kircher desarrolla la necesidad de concebir el Arca como un paralelepípedo con cubierta a dos aguas, dividido en tre niveles, de un tamaño comparable al que ocupaba la ciudad de Roma. Kircher detalla en su obra el número de plantas, secciones y perspectivas del Arca, las funciones de sus habitáculos, los sistemas de alimentación posibles y hasta un método para las evacuaciones. Conforme a su texto, el Arca que llegó a Ararat era un imponente edificio rectangular de madera, de una madera -dice Kircher, cerrando la especulación sobre este punto- ”apta para la fabricación del Arca”.</p>



<p><strong>MÁS DE CUARENTA EXPEDICIONES AL MONTE ARARAT</strong></p>



<p>Las búsquedas del Arca continuaron después de la expedición de Parrot, a finales del siglo XIX, y tras el obligado paréntesis de las dos guerras mundiales, se incrementaron a partir de los años cincuenta del pasado siglo. Se calcula que desde entonces a hoy, se han registrado más de cuarenta expediciones en busca del Arca. El industrial francés Fernand Navarra protagonizó tres expediciones sucesivas: en 1952, 1953 y 1955. En su tercer viaje, afirmó que tanto él como su hijo Raphael, que le acompañaba, vieron lo que parecía ser la silueta de un barco bajo el hielo. En una grieta profunda, lograron encontrar una madera que, según las pruebas que realizaron a su regreso a Francia, tenia aproximadamente 5000 años, la edad que debía tener el Arca de Noé.</p>



<p>Afirmaciones como la de Navarra alimentaron -y alimentan- la fe de quienes creen que hay restos del Arca en el monte Ararat. En 1971, el recién creado Institute for Creation Research (ICR),un instituto entregado a la apología del creacionismo y a la interpretación de la Biblia como una sucesión de hechos históricos, promovió la primera de sus expediciones al monte Ararat. Liderada por el director del ICR, John D. Morris, la expedición estaba formada por jóvenes voluntarios que cumplían con los dos únicos requisitos exigidos: debían financiarse ellos mismos el viaje y estar capacitados para contar su experiencia a la vuelta.</p>



<p>Morris y su grupo de voluntarios fracasaron en su intento de alcanzar la cumbre. Bandidos kurdos saquearon su campamento. Tres miembros fueron derribados por un rayo. Otros le disputaron a Morris su liderazgo, lo que le llevó a concluir que Satanás se había apoderado del espíritu de la expedición. Según su testimonio, hubo avistamientos del Arca, pero ninguno concluyente. En sus libros <em>Adventure</em><em> on Ararat y The Ark on Ararat </em>sostiene que el Señor revelará donde está el Arca en un tiempo de su elección. Grupos afines al ICR defienden que la localización del Arca es conocida por los gobiernos de Rusia y de Estados Unidos, que la ocultan como igualmente ocultan los datos que poseen sobre la visita de extraterrestres.</p>



<p><strong>LAS SEIS EXPEDICIONES DEL OCTAVO HOMBRE EN LA LUNA</strong></p>



<p>De todas las expediciones realizadas en busca del Arca, las más afamadas han sido las protagonizadas por el octavo hombre que caminó sobre la Luna: el astronauta estadounidense James B. Irwin. Después de su misión en el Apolo 15, que aterrizó en la Luna en 1971, Irwin renunció a seguir formando parte del cuerpo de astronautas, fundó una organización evangélica y anunció que pensaba dedicarse a difundir “la buena nueva de Jesucristo”.</p>



<p>Irwin dirigió seis expediciones al monte Ararat en busca del Arca. En la primera, en 1982, se separó de su cordada cuando creyó haber visto, como en una revelación, un atajo para subir a la cima. Sufrió una caída que le causó lesiones en las piernas y la cara y le impidió continuar, le rescataron al día siguiente y le llevaron de vuelta a la base. Tan solo un mes después, volvió a intentarlo, en esta ocasión con su esposa y su hijo. De nuevo, tuvo que abandonar, esta vez por la dificultad que suponía emprender la escalada sin equipo, ni siquiera una mochila. Años después, su esposa Mary, expresó dudas sobre la capacidad mental de Irwin, que podía haberse visto afectada por su caída en la primera expedición. En 1983, Irwin volvió a intentarlo, al frente de una expedición de 22 montañeros. Una tormenta de nieve les obligó a retroceder. El astronauta reanudó la búsqueda del Arca en el Ararat en 1984, 1985, 1986 y 1987, en esta última ocasión asociado con John D. Morris y el ICR. El estado de su corazón, afectado por arritmias, le impediría nuevos intentos. “Hice todo lo que pude -declaró Irwin, tras su abandono-, pero el Arca sigue eludiéndonos. Creo que es hora de que otros emprendan su búsqueda”. Efectivamente, otros, como el empresario hawaiano Daniel Mc Givern, han continuado buscando el Arca, traspasado el umbral del siglo XXI.</p>



<p><strong>LA EXPEDICIÓN PARKER Y EL ARCA DE LA ALIANZA</strong></p>



<p>Otra arca bíblica, el Arca de la Alianza, también ha atraído buscadores, entre ellos el filólogo, poeta y espiritista finlandés, director de la biblioteca municipal de la ciudad de Víborg, Valter Henrik Juvelius, quien llegó a estar convencido de que había descubierto en el libro de Ezequiel un código oculto que revelaba la situación del Arca de la Alianza en un túnel al sur del Monte del Templo, en Jerusalén. Juvelius llamó la atención con su presunto descubrimiento y consiguió reunir socios y dinero para organizar una expedición en busca del Arca y obtener, por medio de sobornos, los permisos necesarios para excavar en Jerusalén. Con sus socios, en 1908 constituyó la empresa JMPVF Ltd, nombrada conforme a las iniciales de los cinco expedicionarios principales: el propio Juvelius, el ingeniero John Millen, el conde Montagu Brownlow Parker, el capitán de navío Frederick Vaugh y el empresario George Fort. Parquer, quinto conde de Morley, fue quien se encargó de gestionar los permisos ante las autoridades otomanas, que acabarían llamando al grupo de Juvelius la Expedición Parker.</p>



<p>La Expedición Parker estuvo excavando en Jerusalén durante tres años, desde 1909 hasta 1911 inclusive. Drenaron el túnel de Siloé, construido por el rey Ezequías 700 años antes de Cristo, por donde pasa la principal fuente de agua potable de la ciudad. Encontraron restos de cerámica, algunas tumbas y otros objetos de escasa relevancia. Con todo, llamaron la atención del barón Edmond James de Rothschild, filántropo y coleccionista judío, un destacado sionista que antes de 1900 ya había financiado en Palestina varios asentamientos judíos. A Rothschild le espantaba la idea de que el Arca de la Alianza fuera a parar a manos de una expedición formada por no judíos. Compró las tierras donde estaba excavando la Expedición Parker, expulsó de las mismas a Juvelius y a sus socios, les prohibió el acceso, y formó una nueva expedición, dirigida por el arqueólogo francés Raymond Weill para que prosiguiera la búsqueda.</p>



<p>A pesar de la acción de Rothschild, el conde de Morley continuó sobornando funcionarios y la Expedición Parker pudo continuar sus excavaciones en 1911, ahora en un lugar más relevante que el túnel de Siloé: en el propio Monte del Templo, bajo la Explanada de las Mezquitas.</p>



<p>Parker había logrado sobornar el gobernador, al guardián oficial de la mezquita de Al-Aqsa, y a la mayoría de los guardias musulmanes de la Explanada. Los sobornos de Parker permitieron a los buscadores excavar, disfrazados de árabes, en la Explanada, un lugar sagrado para judíos y musulmanes. Un guardia al que no habían logrado sobornar les descubrió y las autoridades no tuvieron otro remedio que ordenar su captura, en medio de un grandísimo escándalo.</p>



<p><strong>LA HUIDA Y EL TRÁGICO FINAL DE LOS EXPEDICIONARIOS</strong></p>



<p>Nuevos sobornos permitieron a todos los miembros de la Expedición Parker escapar, por poco, a bordo del yate del propio Parker. Aún no habían alcanzado aguas internacionales cuando se extendió el rumor de que se llevaban consigo el Arca de la Alianza. Las protestas se extendieron por todo Jerusalén. Aumentaron las manifestaciones, incluso hubo huelgas que exigían castigar a los culpables, capturar a los huidos y recuperar lo robado. El gobernador y el guardián principal de las Mezquitas fueron descubiertos y destituidos. Mientras, los miembros de la Expedición Parker llegaron a Gran Bretaña sin que dieran noticia de haber encontrado tesoro alguno.</p>



<p>De vuelta a Londres, acuciado por los inversores y por sus propios empleados, convencidos todos de que había huido con el Arca o con algún otro tesoro del Templo de Salomón, Parker volvió a solicitar permiso del gobierno de Constantinopla para excavar en Jerusalén, permiso que le fue denegado. No hubo trato de favor, al contrario: el gobierno otomano reclamó ayuda internacional para detenerle y enjuiciarle. A favor de la detención, se manifestaron periódicos ingleses, suecos, rusos, otomanos y estadounidenses, entre ellos el New York Times. El estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, disipó todo interés en la causa contra Parker, quien participó en la contienda y fue condecorado con la Cruz de Guerra de Francia, aunque nunca llegó a entrar en combate. En 2021, el novelista inglés, especializado en relatos históricos, Graham Addison publicó <em>Raiders of the Hidden Ark</em>, que narra la historia de la Expedición Parker. Según Addison, sus excavaciones orientaron el trabajo de los arqueólogos israelíes Ronny Reich y Eli Shukron, que en 1995 excavaron en el túnel de Siloé y la fuente de Gihón y finalmente los abrieron al público. También relata Addison la desventurada fortuna final de los miembros de la Expedición. En pocos años, después de abandonar Jerusalén, tres murieron de muerte repentina, uno se volvió loco, dos perdieron toda su fortuna y uno fue deportado. Juvelius fue el único que tuvo un retiro apacible. Retomó su trabajo como bibliotecario, publicó, en 1916, un libro de cuentos que incluía un relato sobre las excavaciones en la Explanada, y acabó anunciando nuevos códigos ocultos en la Biblia, que, como el presunto enigma revelado de Ezequiel, no llegaron a servir para nada.</p>
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		<title>La mítica Atlántida y el descubrimiento del océano (viajeros griegos)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-mitica-atlantida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 Dec 2023 13:12:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 75]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Lagos, ríos y océanos]]></category>
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<p><strong>Texto: Carlos García&nbsp; Gual<br></strong></p>



<p>Boletín 75 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Geografías míticas</p>



<p><strong>Si existe un lugar mítico en nuestra cultura mediterránea ese es la Atlántida, una isla situada más allá de las Columnas de Hércules, mencionada por Platón, y que llegó a alcanzar un gran poderío. Su nombre y su inmensa influencia han llegado hasta nuestros días rodeados de un aura prodigiosa.</strong></p>



<p><strong>LAS BASES DEL RELATO</strong></p>



<p>El relato fundamental sobre la Atlántida se encuentra en un texto tardío de Platón, en su diálogo Timeo (24-5) y se prolonga en otro diálogo posterior, aún más tardío e inacabado, el Critias (108-125).</p>



<p><strong>PALABRAS DE PLATÓN</strong></p>



<p><em>“Admiramos muchas y grandes hazañas de vuestra ciudad, pero una de entre todas</em><em> se destaca por su importancia y excelencia. En efecto, nuestros escritos refieren cómo vuestra ciudad detuvo en una ocasión la marcha insolente de un gran imperio, que avanzaba desde el Océano Atlántico sobre toda Europa y Asia. En aquella época se podía atravesar aquel océano porque había una isla delante de la desembocadura que vosotros llamáis de las Columnas de Heracles. Esta isla era mayor que Libia y Asia juntas y de ella los de entonces podían pasar a otras islas y de las islas a toda la tierra firme que se encontraba frente a ellas y estaba rodeado por el océano auténtico… En dicha isla, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y maravillosa que extendía su poder sobre ella y muchas otras islas, así como partes de la tierra firme. En ese continente dominaban también los pueblos de Libia, hasta Egipto, y de Europa hasta Tirrenia.</em></p>



<p><em>Toda esa potencia unida intentó una vez en un ataque esclavizar a toda vuestra región, y la nuestra, y el interior de la desembocadura. Entonces, Solón, el poderío de vuestra ciudad se hizo famoso entre todos los humanos por su excelencia y audacia, pues superó a todos en valentía y en artes guerreras, dirigió en un momento a la lucha a los griegos, y más tarde se vio obligada a combatir sola cuando los otros desertaron, corrió los peligros más extraordinarios y dominó a quienes nos atacaban. Alcanzó así una gran victoria e impidió que los aún no esclavizados lo fueran y al resto, a cuantos habitábamos más acá de los confines </em><em>heraclidas, nos libertó generosamente. Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, vuestra clase guerrera se hundió de golpe toda bajo tierra, y la isla de la Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar. Por ello aún ahora el océano es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide la gran masa de arcilla que produjo la isla al hundirse en aquel lugar y que se encuentra sumergida a poca profundidad.”</em></p>



<p><em>“Acabas de oír un resumen, Sócrates, de lo que contaba el anciano Critias según noticias de Solón.”</em></p>



<p><strong>LA FUNDACIÓN DE LA LEYENDA</strong></p>



<p>Como se ve, aquí Critias cuenta a Sócrates una fabulosa historia que había oído a su abuelo, también llamado Critias, de un relato que éste había escuchado del viejo Solón. Es decir, un <em>mythos</em>, puesto en circulación por acreditados sabios atenienses, y que Solón, según Platón, habría escuchado en Egipto, tierra de fabulosas memorias. <em>Mythos </em>y <em>lógos </em>son aquí términos contrapuestos, aunque no en nuestro texto, y sin embargo queda claro que el relato reviste una cierta ambigüedad, un halo fabuloso que lo distancia de cualquier precisa narración histórica. Pero lo que aquí queremos resaltar es que estas palabras de Platón inician o fundan la leyenda de una gran isla atlántica, fabuloso y poderoso imperio frente a la costa occidental de África, que parecía amenazar a las ciudades europeas, pero luego quedó sumergido, tragado para siempre por una gigantesca catástrofe oceánica. Este relato a nosotros ahora nos suscita pronto un curioso paralelo: el de otra isla fabulosa, llamada <em>Utopía</em>, que inventaría el humanista británico Thomas Moro unos dos mil años después del diálogo platónico.</p>



<p>Pero Platón vuelve a tratar de esa mítica Atlántida para insistir en el esplendor de su civilización, y en el trágico final de la gran ciudad sumergida por designio de los dioses como castigo a su arrogancia. Ese es el relato que hallamos en el <em>Critias</em>. Cuenta allí que la catástrofe sucedió hace nueve mil años y la fabulosa Atlántida desapareció sumergida por un maremoto y <em>“forma ahora un lodo intransitable</em><em> que impide el paso por aquel espacio marino a los que por allá navegan”. </em>Los dioses que antes habían impulsado su brillante civilización castigaron la arrogancia de sus habitantes cuando estos se excedieron en su orgulloso poderío. Pagaron las culpas de su <em>hybris</em>. “Pero cuando desapareció en ellas la parte divina, pues se había mezclado arrogancia y un vano poderío”, cuando desapareció en ellos la parte divina, pues se había mezclado en exceso con la humana, y se comportaban de forma indecente, y parecían muy vulgares y soberbios y habían perdido lo más noble y preciado, y, no pudiendo llevar una vida unida a la auténtica felicidad, se creían bellos por completo y felices rebosando una injusta arrogancia y un vano poderío” los dioses los aniquilaron a los fabulosos isleños sumergiendo su gran ciudad en el misterioso Océano. De modo que, en resumen, así fue como aquella fastuosa civilización isleña de fabuloso poderío y mítico esplendor desapareció tragada por las aguas oceánicas como castigo a la impiedad y soberbia de sus gentes. De ella sólo quedó el fabuloso mito que algunos egipcios contaron a unos sabios turistas griegos.</p>



<p>Es curioso que algunos arqueólogos europeos, desde finales del s. XIX, hayan creído encontrar en ese trágico final de la isla un eco de la catastrófica destrucción de tierras y palacios minoicos por un tsunami, causado por la erupción del volcán de la isla de Tera (Santorini) en los últimos siglos del segundo milenio a.C. Ese gran terremoto, que alteró una amplia zona del Egeo, pudo haber inspirado el relato que reconfigura unos siglos después el mito platónico, que, a larga distancia de siglos, lo recompone cambiando escenario y lo recuerda como motivo mitológico tomado de una tradición egipcia, recogida por ilustres viajeros griegos. Esta tesis ha tenido notables partidarios, como el famoso arqueólogo Spiridon Marinatos, pero está muy discutida.</p>



<p><strong>EL MUNDO MISTERIOSO DE OCCIDENTE</strong></p>



<p>Para los griegos, el gran mar oceánico, que comenzaba a partir de las míticas Columnas de Heracles, fue durante largo tiempo un ámbito misterioso, ya que sus naves no podían avanzar hacia el desconocido occidente, dado que desde el siglo V a.C. los cartagineses dominaban toda esa zona del sur de Hispana y los pasos del estrecho. Pero, antes, algunos viajeros griegos llegaron hasta el sur de Hispania, como Coleo de Samos, que, según cuenta Heródoto, había visitado Tartesos, hacia el 630 a.C., y un tal Midácrito, que, según cuenta Plinio, habría llegado acaso hasta las costas gallegas, y un Eutímenes de Massalia, que pudo llegar a recorrer costas africanas y admirarse de las mareas de la costa y divisar desde su nave un río con hipopótamos y cocodrilos. Pero luego el océano se convirtió, como se ha escrito, <em>“en un gran coto privado de los cartagineses”</em>, que dominaron las rutas de los ricos yacimientos de metales como el oro y la plata, y también los caminos hacia el estaño y el ámbar.</p>



<p>Y es muy justo recordar a los grandes y audaces viajeros cartagineses, como los hermanos Hanón e Himilcón, que recorrieron con una amplia flota gran parte de la costa africana bajando hasta cerca de la desembocadura del Níger, cerca de Guinea, visitaron buena parte de las costas desérticas y algunas islas de los archipiélagos cercanas. Las noticias sobre estos tan extraordinarios viajeros nos han llegado en el texto latino de una <em>Ora Marítima </em>tardía, pero no cabe duda de que “el periplo de Hanón es el fascinante recuento parcial de uno de los viajes más épicos de la historia”.</p>



<p><strong>LA EXPLORACIÓN HACIA EL ATLÁNTICO NORT</strong></p>



<p>No sabemos qué motivos impulsaron a Píteas de Masalia, hacia el 320 a.C., a lanzarse a su gran viaje de exploración por las costas del desconocido Atlántico norte, es decir, a circunnavegar las costas del Atlántico Norte desde la Bretaña continental hasta las Islas Británicas y, tras recorrer sus costas, proseguir mucho más allá hasta el lejano norte, alcanzando al parecer la antes misteriosa y fabulosa isla de Tule (Islandia). (Es curioso advertir que, como investigadores modernos han destacado, parece que Píteas no partió en su nave atravesando el estrecho de Gibraltar, controlado aún por los cartagineses, sino, probablemente, desde algún puerto de la Galia, tal vez desde el estuario de la Gironda). En fin, después de concluir con feliz éxito su largo y asombroso periplo, Píteas volvió a su ciudad y escribió el relato de sus aventuras y exploraciones en un tratado que tituló <em>“Sobre el océano”.</em></p>



<p>Citaré el claro comentario de B. Cunlife: <em>“En un único libro, Píteas describía con detalle la naturaleza del océano, con sus mareas y sus fieras tormentas, sus islas y sus habitantes, y sus gélidos confines septentrionales. En lo sucesivo, el mundo entero lo sabría todo acerca de la extracción y distribución del indispensable estaño y del extraordinario ámbar. Por fin, los lejanos confines del mundo comenzaban a tomar forma”. </em>El relato de tan fabuloso como verídico y audaz recorrido, se perdió pronto, pero muchas de sus noticias fueron recogidas pronto por diversos historiadores helenísticos, latinos y griegos. Parece oportuno recordar que ese viaje por el entonces aún desconocido espacio marino del occidente europeo es casi coetáneo, es decir, sólo unos lustros posterior, al heroico avance de Alejandro y sus tropas por el Oriente, hasta los antes misteriosos confines del norte de la India.<span style="color: #999999;"><em><br></em></span><br><strong>HACIA EL ATLÁNTICO SUR</strong></p>



<p>Como último ejemplo de audaz viajero griego, quiero recordar como tardío ejemplo del intrépido Eudoxo de Cízico, quien, a finales del s.II a.C., se empeñó en un viaje de circunnavegación de África, partiendo de Gadira (i.e. Cádiz) y con arribada final en el puerto de Alejandría en Egipto. Su historia la cuenta Estrabón (<em>Geografía</em>, libro II,4) tomándola de Posidonio.</p>



<p>El texto de Estrabón es interesante, porque quiere dar una idea muy crítica del navegante, como un tipo quimérico y muy arriesgado, y de un merecido fracaso final. Cuenta que, tras realizar algunos viajes desde Egipto hasta la costa de Etiopía, una vez ya en Alejandría, se entusiasmó con su proyecto de dar la vuelta al continente africano partiendo de Cádiz. Creo que vale la pena citar unos párrafos de ese texto.</p>



<p><em>“Cayó en la cuenta Eudoxo de que era posible hacer el periplo de Libia (África), volvió a su patria, invirtió toda su fortuna y se hizo a la mar. Con que llegó primero a Dicearquia, luego a Masalia y luego, siguiendo la costa, hasta Gadira (Cádiz). Divulgando sus planes por todas partes y, enriqueciéndose, equipó un gran navío y dos chalupas como las de los piratas, y embarcó a jóvenes cantantes, médicos y otros artesanos y zarpó después hacia la India, impulsado por un continuo viento del Oeste. Pero, al cansarse sus compañeros de navegar, se acercó, a su pesar, a tierra, por temor al flujo y reflujo de las mareas. Y, sin embargo, sucedió lo que él ya se temía: el barco embarrancó de forma que no quedó totalmente desvencijado, sino que pudieron poner a salvo rápidamente en tierra el cargamento y la mayor parte de las maderas. Con ellas construyó una nueva chalupa, semejante a un barco de cincuenta remeros, y zarpó y navegó hasta encontrar unos hombres que pronunciaban palabras que él reconocía. Y con ello se dio cuenta de que los hombres de aquel </em><em>lugar eran de que los etíopes y que estaban en los límites del reino de Bogo.</em><em> Y abandonando su navegación hacia la India se dio media vuelta; y en su navegación costera vio una isla rica en agua y en árboles… Llegado sano y salvo a Maurusia (Mauritania), viajó a pie hasta encontrar a Bogo …”</em></p>



<p><em>“Pero advirtió que el rey pensaba venderlo como esclavo, o dejarlo en una isla</em><em> desierta, y escapó. Y de nuevo, ya en Iberia, intentó reunir gente y provisiones para regresar a aquella isla africana y proseguir la navegación. </em>Así acaba el relato de Estrabón, basado en el del filósofo Posidonio, y agrega, citando al famoso autor con cierta sorna:</p>



<p><em>“Yo, dice Posidonio, hasta aquí he llegado en la historia de Eudoxo; lo que</em><em> sucedió después es posible que lo sepan los de Gadira e Iberia.” </em>Me parece muy interesante este apunte sobre la figura del esforzado Eudoxo. Ciertamente fracasó, aunque al parecer no perdiera de todo el ánimo aventurero. Su idea fundamental, por la que tanto arriesgó era acertada: era posible su proyecto de circunnavegación del continente africano saliendo del puerto de Cádiz y acabando el largo viaje en un puerto de Egipto. (Cierto es que el continente africano era bastante más extenso de lo que él pudo imaginar).</p>



<p>*CARLOS GARCíA GUAL, es escritor, helenista, crítico y traductor. Miembro de la Real Academia de la Lengua. Catedrático emérito de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid 2023.</p>
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		<title>Reinos míticos de oriente</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/reinos-miticos-oriente/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 Dec 2023 12:41:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 75]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 75 &#8211; Sociedad Geográfica Española Geografías míticas Hay lugares que nunca existieron, pero cuyos nombres nos evocan realidades maravillosas; reinos que se trazaron sobre un mapa [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 75 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Geografías míticas</p>



<p><strong>Hay lugares que nunca existieron, pero cuyos nombres nos evocan realidades maravillosas; reinos que se trazaron sobre un mapa sin que nadie los hubiera visto; ciudades soñadas o imaginadas que pervivieron en la memoria de navegantes y exploradores durante siglos. En Europa, gran parte de esos lugares fantásticos se situaron en el Lejano Oriente durante siglos. En algún caso, el halo fabuloso de sus riquezas alentó sueños, provocó expediciones y derivó en descubrimientos de otros mundos, nunca antes soñados.</strong></p>



<p>En el extremo occidental del mundo, donde la tierra amenazaba con acabarse abruptamente y abrirse en un abismo, el Extremo Oriente era algo inabarcable, terreno propicio para la fantasía. Sus crónicas arrastraban el eco maldito de los ejércitos de Alejandro Magno, rebelándose contra su general, e incapaces de continuar más allá hacia lo desconocido. Sus riquezas ya eran estimadas por los prolijos historiadores romanos y su estética se teñía del aroma de las fábulas con que Marco Polo, casi 1500 años después del general macedonio, se decidió a describirlas. En la imaginación humana, Oriente alcanzaba proporciones casi míticas. Poblaciones humanas de rasgos impensables, distancias no concebidas en Europa, montañas magníficas e infranqueables… Oriente sonaba a fábula ya mucho antes de que el comerciante veneciano lo materializase en su Libro de las Maravillas, sin imaginar ni por un momento, que sus crónicas excitarían la imaginación de navegantes, clérigos, exploradores, y ávidos lectores que seguirían sus pasos, física o metafóricamente hablando, muchos siglos después.</p>



<p>“Es el país más hermoso y magnífico del mundo”. Así describía Marco Polo su impresión inicial al descubrir la India, un subcontínente tan rico y extenso que fue, desde el primer momento, objeto de descripciones fascinantes. En la Antigüedad, proliferaron las suposiciones más extravagantes sobre su flora y su fauna. Hasta la Edad Media, la India fue aquel inmenso territorio, situada al este, en el extremo de la Tierra, el lugar por donde nacía el Sol. Quizá por eso se le adjudicaban un calor sofocante, la existencia de animales animales fabulosos como el fénix o el unicornio, y un sinfín de riquezas admirables. Los animales jamás vistos y las riquezas intocadas serían consecuencia lógica de su lejanía y su climatología adversa.</p>



<p>En el siglo XIII, Giovanni di Montecorvino tuvo el privilegio de hacer el primer retrato de los habitantes de aquel exótico país. Los indígenas de la costa de Malabar no eran, según reseñó, «realmente negros, sino oliváceos; están bien proporcionados, caminan descalzos, no se afeitan y se lavan muchas veces al día». Era la primera descripción física de un mundo nuevo.</p>



<p><strong>EL PAÍS DE LAS ESPECIAS, LOS LEONES NEGROS Y LOS REYES MAGOS</strong></p>



<p>Marco Polo llegó a la India dos siglos antes de que fuera conquistada por el imperio mongol y recibiera la influencia del Islam. Quedó deslumbrado, no solo por sus parajes y sus riquezas, sino por la espiritualidad de sus habitantes. La India fascinó en el imaginario occidental hasta tal punto que se ubicaron allí el paraíso terrenal y el país de origen de los Reyes Magos. Los animales descritos por Marco Polo estaban a la altura de las expectativas: «Los leones son negros. Y hay loros de diferentes especies, ya que los hay blancos como la nieve con las patas y el pico negros. Los hay también rojos y azules, que son la cosa más hermosa de ver del mundo [&#8230;].</p>



<p>Por supuesto, el comerciante veneciano no olvidó mencionar las enormes cantidades de pimienta, jengibre, algodón e índigo que se encuentran en la provincia de Gujarat. Quizá esta fastuosa y pormenorizada colección de riquezas, alentaran la idea occidental de acceder directamente y sin intermediarios a un mundo cuyas rutas comerciales estaban en manos de los árabes tras la conquista de Constantinopla. En un mundo presuntamente redondo, si el Este estaba cerrado, siempre quedaría el camino del Oeste. Quizá esta idea bullera en la cabeza de Cristóbal Colón, cuando suplicó a la reina Isabel de Castilla que le concediera el mando de una flota.</p>



<p><strong>EL MÁS INMENSO DE LOS PARAÍSOS SOÑADOS</strong></p>



<p>Dicen que Colón estaba fascinado por el Libro de las Maravillas de marco Polo, en cuyas descripciones, a diferencia de muchos otros personajes de su tiempo, creía a pies juntillas. Más allá de la India se adivinaba Catay, probablemente el más inmenso de esos paraísos soñados. Catay arrastraba reminiscencias del país de los sederos, que mencionaban los escritos de Plinio el Viejo y Séneca. Sus habitantes se hacían llamar <em>khitán </em>y su mítico país, ubicado en el norte de Asia y de una extensión aproximada a la actual China, pronto se acomodó a la idea occidental del paraíso. Para darle unas lindes bíblicas se ubicó allí el legendario país de Gog y Magog, pero sus parajes y sus gentes eran absolutamente desconocidas</p>



<p>Marco Polo es uno de los primeros que describirá sus paisajes y sus orillas. “Un mar tan largo y ancho que, según sabios pilotos y marineros que por allí navegan y saben decir muy bien la verdad, tiene 7448 islas, la mayoría de ellas habitadas », escribe. Dicen que sus fabulosas descripciones del palacio desmontable del Gran kan y los techos de oro de sus pagodas alentaron aún más las ansias de riqueza del almirante.</p>



<p><strong>LA FABULOSA ISLA DEL ORO MAS ALLÁ DE CATAY</strong></p>



<p>Cipango era otra de esas geografías fabuladas que excitaron su imaginación. A diferencia de India o Catay, nadie, había estado nunca allí. Marco Polo hablaba de oídas; también a él le habían contado historias de aquella fabulosa isla más allá de Catay, “a 1500 millas de tierra firme”, aseguraba. Marco Polo escribiría de sus gentes que eran “altas y apuestas, idólatras e independientes”. Y, por supuesto, aunque no las había visto con sus propios ojos, no se olvidó de mencionar sus riquezas: “Pocos mercaderes van allí por lo lejos que queda de tierra firme. Esta es la razón de la profusa abundancia de oro”.</p>



<p>Cuando embarcó en el puerto andaluz de Palos de la Frontera, el 3 de agosto de 1492, Cristóbal Colón estaba obsesionado con la idea de abrir una nueva ruta para llegar a la India, Catay y Cipango por el oeste para explotar sus extraordinarios tesoros. Por ello, cuando llegó a las Antillas, y pasó de San Salvador a Haití, estaba convencido de haber alcanzado la India y de encontrarse a solo unas jornadas de navegación de Catay y Cipango. La naturaleza desbordante y los indígenas, tan afables como los descritos por el veneciano dos siglos antes, corroboraron su creencia.</p>



<p>Según la tradición, fue al término de su tercer viaje cuando Cristóbal Colón, asombrado por las dimensiones de ese nuevo mundo, comprendió que aquella tierra no podía ser una isla. No estaba frente a Cipango, como él pensaba, sino en el umbral de un continente desconocido que se erguía como un obstáculo insoslayable en la ruta de la India&#8230; Los cartógrafos se adhirieron a esta hipótesis: dibujaron al oeste una tierra de contornos indefinidos y al este de la India, Catay y Cipango. Esta disposición de los continentes y las islas en los mapamundis, con Asia a la derecha y América a la izquierda, terminaría por imponerse poco a poco, resolviendo con dignidad la incógnita sobre aquel vacío que separaba Catay y Cipango de las nuevas tierras descubiertas. No sería hasta 1566, en el mapa de Bolognino Zaltieri, cuando Cipango se convertiría por vez primera en Japang.</p>



<p><strong>LA TIERRA DE LOS DRAGONES Y LOS DIABLOS</strong></p>



<p>Pero antes de llegar a Cipango; antes de llegar incluso a Catay, había otra tierra cuyo nombre ocupaba un sitio privilegiado entre aquellos ávidos de aventuras y descubrimientos. Era la mítica Tartaria, la tierra de los diablos, el pueblo euroasiático que ya en el siglo XIII se extendía desde los Urales hasta el Océano Pacífico una raza de hombres impíos, herederos de aquel imperio mongol, cuyas hordas llegaron casi al corazón de Europa, infundiendo pavor. El privilegio de hacer desaparecer la frontera invisible que separaba el occidente medieval de aquel imperio del fin del mundo le había correspondido también a Marco Polo que fue embajador en la corte de Kublai Kan durante 17 años, hasta el punto de que, a su vuelta a Italia su aspecto, según sus coetáneos, era el de uno de esos tártaros tan temidos. Nunca más tendría Tartaria el refinamiento y la grandeza que conquistaron el corazón de Marco Polo y, más tarde, el de todos sus lectores.</p>



<p>A comienzos del s. XVII, Tartaria se extendía desde el este de Polonia hasta Extremo Oriente, y desde el mar Caspio hasta el océano Ártico, pero aún era una región prácticamente desconocida. En el mapa de Tartaria del Atlas Maior de Joan Blaeu, compuesto a comienzos del s. XVIII, en el desierto de Lop, al oeste de la Gran Muralla de China, todo lo que aparece es una composición gráfica de dragones y diablos.</p>



<p><strong>GOLCONDA, EL REINO DE LOS DIAMANTES</strong></p>



<p>El lejano oriente despertó, durante mucho tiempo, admiración y miedo. Mucho después de las expediciones de Marco Polo, las primeras que abrieron los ojos a los viajeros occidentales, trascendió en Europa la imagen de Golconda un efímero reino que surgió en torno al siglo XII y que pervivió hasta comienzos del XVI en las llanuras de Telegana, en el mismísimo corazón de la India. Golconda era una ciudad fortificada fundada por una dinastía hindú y desarrollada por otra, turca, que prosperaba gracias a sus minas de diamantes. Fue esta ostentación de riqueza la que despertó la codicia del emperador mogol Aurangzeb, que tras un sitio de ocho meses, la redujo prácticamente a ruinas. Aún desaparecida de la historia, pervivió en la imaginación y la literatura de Occidente; amparada por la moda orientalista que suscitó la primera traducción de los cuentos de <em>Las mil y una noches.</em><br><br><strong>KAFIRISTÁN: LOS DESCENDIENTES DE ALEJANDRO MAGNO</strong></p>



<p>El atractivo de esa India exótica y misteriosa se mantuvo durante siglos. Ya en poder de la corona británica sus paisajes, su sistema de castas, sus rituales de vida y de muerte siguieron encendiendo la imaginación de los europeos. Y el atractivo de la India se extendió a sus países vecinos. En el siglo XVIII Rudyard Kipling recreó el mítico reino de Kafiristán (el país de los infieles) en su relato <em>El hombre que pudo reinar</em>, en el que dos soldados se comprometen ante el redactor jefe del <em>Northern Star </em>a convertirse en reinos de ese territorio escurridizo, visitado por Alejandro Magno y que ningún europeo había vuelto a pisar jamás. Las leyendas decían que sus habitantes, politeístas, eran descendientes directos de los soldados macedonios de Alejandro.</p>



<p>Independientemente del origen de su población, “el país de los infieles” se convirtió masivamente al islam en torno al siglo XVIII. Desde entonces abandonaron el politeísmo y el nombre por el que el mundo los conocía. Ahora forma parte del actual Afganistán bajo una nueva acepción, Nuristán, el país de la luz.</p>



<p><strong>EL REFUGIO DE ADÁN Y EVA, TRAS</strong><strong> SU EXPULSIÓN DEL PARAÍSO</strong></p>



<p>En las islas del Índico se ocultó durante mucho tiempo otro de esos lugares perdidos. La isla de Taprobana. Se contaba que en la Antigüedad los egipcios llegaban hasta ella en 20 días a bordo de embarcaciones trenzadas con hojas de papiro. Dibujada por Ptolomeo y visitada por Alejandro Magno, sus fastuosas riquezas fueron elogiadas por el griego Megástenes y despertaron la codicia de los comerciantes romanos. Mencionada por Cervantes y escenario de las correrías de Simbad el Marino, Taprobana conquistó durante mucho tiempo al mundo no solo por la promesa de unas riquezas aún mayores que las que podían hallarse en la India , sino porque se consideraba el lugar a donde Adan y Eva habían huido tras ser expulsados del paraíso. Como evidencia de esta afirmación, en la actual isla de Ceilán, los lugareños aún muestran a los visitantes la huella del pie de Adán milagrosamente conservada en la piedra.</p>



<p><strong>VIAJE A LA CÓLQUIDA EN BUSCA DEL VELLOCINO DE ORO</strong></p>



<p>En el terreno de la mitología es donde pervive aún la Cólquida, el reino de Eetes y su hija Medea que albergaba el vellocino de oro, una piel de carnero con extraordinarios poderes que el rey Pelías había regalado a Eetes. Para la historiografía occidental, Jasón, sobrino de Pelías, reclama el trono que ha usurpado ilegalmente su tío y éste le impone como prueba la búsqueda del vellocino de oro. Así sería como Jasón y sus argonautas, una cincuentena de jóvenes griegos, partirían rumbo a la Cólquida, en un famoso viaje iniciático en el que superarán diferentes pruebas. Será la propia Medea, hija de Eetes quien, enamorada de Jason, ayude al joven griego a conseguir su propósito para poder, luego, huir con él. La Cólquida situada en lo que entonces se conocía como Ponto Euxino y hoy como Mar Negro, se encontraba en uno de los límites del mundo conocido, más allá de los oscuros desfiladeros de las Simplégades. El reino mítico hunde, sin embargo, sus raíces en un reino real, el de los colcos (probablemente derivado del griego kolkós, cobre), un grupo de pueblos que formaron una confederacion de tribus en las orillas del Mar Negro, en la actual Georgia.</p>



<p><strong>LA PUERTA DE LOS INFIERNOS, LA OSCURIDAD Y LAS SOMBRAS</strong></p>



<p>Hay reinos míticos que han sido hallados por historiadores y geógrafos y otros que permanecen en la bruma. Nunca mejor dicho. Es el caso del país los cimerios, el lugar que Ulises debe cruzar, guiado por Circe, en su camino a Ítaca, un territorio asociado irremediablemente con las sombras, el reino de la Oscuridad y el Hades. “Nunca, ni al amanecer, ni a mediodía, ni al ocaso, puede acceder a él Febo con sus rayos. El suelo exhala vapores que engendran densas brumas en las que flota una incierta luz crepuscular.”, escribe Ovidio en sus <em>Metamorfosis</em>, Esta estética avivó la inspiración de los románticos, amantes de las brumas y las sombras e inspiró a compositores como Wagner o Litz, y a autores como el estadounidense Howard, que sitúa en este país mítico su creación más famosa, el bárbaro Conan. Sin embargo, pese a las referencias que nos han dejado, su ubicación no resulta del todo clara, quizá porque nadie desea -voluntariamentevincularse con el mundo del Hades.</p>



<p>Los clásicos solían localizarlo, como el jardín de las Hespérides, en el Extremo de Occidente, en Táuride o en aquellos lugares que supuestamente comunicaban con los infiernos, mientras que algunos historiadores modernos, siguiendo la derrota lógica que marca la Odisea, lo sitúan en Cumas, cerca de la actual Nápoles. Una de las hipótesis más manejadas, en la actualidad, es la que lo sitúa en el actual Mar de Azov, en las cercanías del Mar Negro, que en la época clásica constituía uno de los confines naturales de la antigua ecúmene griega, donde acababa el mundo conocido, que explicaban los mitos. Más allá, empezaban las fábulas, los terrenos ignotos y la magia. Siempre hacia el Oriente.</p>



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