<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Boletin 76 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
	<atom:link href="https://sge.org/categorias/articulos-de-boletines/boletin-76/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://sge.org/categorias/articulos-de-boletines/boletin-76/</link>
	<description></description>
	<lastBuildDate>Thu, 27 Nov 2025 08:38:05 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.8.5</generator>

<image>
	<url>https://sge.org/wp-content/uploads/2026/01/favicon-2-50x50.png</url>
	<title>Boletin 76 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
	<link>https://sge.org/categorias/articulos-de-boletines/boletin-76/</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>El cielo y la tierra, desde Alejandría</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/cielo-y-tierra-desde-alejandria/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Jan 2024 11:51:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 76]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=33433</guid>

					<description><![CDATA[<p>Hace más de dos mil años, en la Biblioteca de Alejandría nadie dudaba de la esfericidad de la Tierra, salvo los epicúreos y los ignorantes. Fue su tercer director, Eratóstenes de Cirene, historiador, poeta y astrónomo, el primero que calculó las dimensiones de la Tierra</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/cielo-y-tierra-desde-alejandria/">El cielo y la tierra, desde Alejandría</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Mariano López<br></strong></p>



<p>Boletín 76 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La medición de la Tierra<br><br><strong>Hace más de dos mil años, en la Biblioteca de Alejandría nadie dudaba de la esfericidad de la Tierra, salvo los epicúreos y los ignorantes. Fue su tercer director, Eratóstenes de Cirene, historiador, poeta y astrónomo, el primero que calculó las dimensiones de la Tierra, con una aproximación extraordinaria a los resultados actuales. Este artículo recorre la biografía de Eratóstenes y de quienes, en Alejandría, realizaron nuevos cálculos, elaboraron los primeros mapas, catalogaron centenares de estrellas y sentaron las bases de la geografía como ciencia.</strong></p>



<p>En el año 236 a.C., Ptolomeo III el Benefactor, tercer faraón de la dinastía tolemaica, nombró director de la Biblioteca de Alejandría a Eratóstenes de Cirene, quien llegaría a ser el primer astrónomo en medir las dimensiones de la Tierra. Historiador, poeta, astrónomo, matemático y geógrafo, Eratóstenes encarnaba a la perfección el ideal del sabio alejandrino: polímata, helenista, brillante tanto en sus estudios sobre las artes como en los relativos a las ciencias y preocupado, siempre, por la aplicación moral de sus conocimientos.</p>



<p><strong>ERATÓSTENES: HISTORIADOR, POETA Y ASTRÓNOMO</strong></p>



<p>Tercer director de la Biblioteca, tras Zenódoto de Éfeso, especialista en Homero, y Apolonio de Rodas, autor del poema que narra la aventura de Jasón y los Argonautas, Eratóstenes dirigió durante cuatro décadas la institución, apoyado siempre por Ptolomeo III, quien tuvo que crear una dependencia adjunta, el <em>Serapeum</em>, para acoger los rollos de papiro que ya no cabían en el edificio principal.</p>



<p>Había nacido en Cirene, la actual Sahhat, en Libia, una ciudad fundada siglos antes por emigrantes griegos procedentes de la antigua Tera, la actual Santorini, que daba nombre a la principal colonia griega de la región, la Cirenaica. De Cirene también procedían Berenice, la esposa de Ptolomeo III, y el poeta Calímaco, creador del primer catálogo de la Biblioteca de Alejandría bajo el reinado de Ptolomeo II. Eratóstenes dejó pronto Cirene para estudiar en Atenas y Alejandría. Fue discípulo del gramático Lisanias, también natural de Cirene, de Calímaco y del filósofo estoico Aristón de Quíos. Se sabe también que fue gran amigo de Arquímedes, quien le dedicó dos de sus obras ya en los años en que Eratóstenes era director de la Biblioteca.</p>



<p><strong>LA ESFERA ARMILAR, EL AÑO BISIESTO, EL PRIMER MAPAMUNDI</strong></p>



<p>De las obras de Eratóstenes solo quedan fragmentos, referencias y resúmenes, pero son varias y precisas las fuentes que coinciden en afirmar sus aportaciones, entre las que destaca que fue el primer astrónomo que calculó, con notable aproximación, la inclinación del eje de la Tierra y el primero que midió, también con extraordinaria precisión, la longitud de su diámetro y su circunferencia.</p>



<p>Eratóstenes fue, también, el creador del primer mapamundi, el inventor de la esfera armilar, el introductor del año bisiesto en el calendario prejuliano y el primero que concibió la geografía como una ciencia. Escribió una <em>Cronografía </em>con las fechas de los acontecimientos literarios y políticos más importantes, dos grandes obras poéticas, <em>Hermes </em>y <em>Erígone</em>, un tratado sobre la comedia, una biografía de Homero y varias obras de filosofía moral, en las que contempla textos de Platón desde un punto de vista matemático. Sus contemporáneos le consideraron <em>pentathlos</em>, el título que se daba a los atletas vencedores en las cinco competiciones de los Juegos Olímpicos, en este caso por su dominio de todas las áreas conocidas del saber. Murió en Alejandría, a la edad de 82 años. Su obra científica le sitúa entre los tres grandes geógrafos matemáticos de Alejandría, el primero por orden cronológico: Eratóstenes, Hiparco y Claudio Ptolomeo.</p>



<p><strong>LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA: MEMORIA DEL MUNDO</strong></p>



<p>La Biblioteca de Alejandría cumplía décadas cuando Eratóstenes pasó a ocuparse de su dirección. Las bases de su fundación se atribuyen a Demetrio de Falero, un relevante político ateniense, discípulo de Teofrasto, el sucesor de Aristóteles en el Liceo. Demetrio de Falero tuvo que abandonar Atenas cuando era gobernador a causa del asedio que sometió a la ciudad otro Demetrio, el rey de Macedonia Demetrio I, quien se había ganado el título de <em>Poliorcetes</em>, el asediador de ciudades, por sus numerosos ataques a las urbes helenas, entre ellas Rodas, que consiguió rechazarle y en conmemoración de esta victoria levantó el Coloso de Rodas, una de las siete maravillas de la Antigüedad.</p>



<p>Demetrio de Falero encontró refugio en la corte de Ptolomeo I, enemigo del rey de Macedonia. En Alejandría, los consejos de Demetrio de Falero llevaron a Ptolomeo I a la creación del Museo y la Biblioteca. El Museo era, formalmente, un templo dedicado a las musas, su director era un sacerdote, pero su objeto real era el de un instituto de investigación dedicado, también, a la enseñanza. Su modelo era el Liceo aristotélico. Contaba, desde su fundación, con unos cien profesores, contratados y pagados por el rey. Tenía salas de investigación, de conferencias y estudios, un observatorio, un jardín zoológico y un jardín botánico. Y la Biblioteca. La Biblioteca dependía del Museo. Su objetivo también respiraba el aliento de Aristóteles: reunir todo el conocimiento disponible en la Tierra, convertirse en “memoria del mundo”. Se cree que su configuración arquitectónica pudo ser similar a la de la Biblioteca de Pérgamo, construida varias décadas después. De ser así, la de la Alejandría habría contado con salas de estudio y lectura, una amplia galería con columnas griegas para pasear, aprender y enseñar al modo de los peripatéticos, salas de reuniones, jardines y las dependencias donde se almacenarían los rollos de papiro.</p>



<p>Ptolomeo I incorporó la biblioteca de Aristóteles a la de Alejandría, gastó importantes sumas de dinero en adquirir más libros y emitió un decreto por el cual todos los barcos que atracaran en Alejandría debían entregar a la Biblioteca los libros que llevasen a bordo para que fueran copiados, con el compromiso de que una vez copiados serían devueltos a sus dueños. Según Galeno, Ptolomeo III fue aún más allá y llegó a comprar manuscritos originales a los atenienses para copiarlos, a cambio de una enorme cantidad de oro. Tras la ampliación de la Biblioteca por Ptolomeo III, se estima que el edificio principal podía haber llegado a albergar cerca de 500 000 obras en rollos de papiro y el <em>Serapeum</em>, cerca de 43 000. Según el historiador Hecateo de Abdera, las estanterías lucían una inscripción que decía “el lugar de curación del alma”.</p>



<p><strong>EL DOGMA DE LA ESFERICIDAD DE LOS CUERPOS CELESTES</strong></p>



<p>En la Alejandría del Museo y la Biblioteca, ni los sabios ni los estudiantes dudaban de la esfericidad de la Tierra. Solo los epicúreos y los ignorantes se negaban a creer en ella, según subraya la <em>Historia General de las Ciencias </em>coordinada por René Taton, traducida por Manuel Sacristán. La inmensa autoridad de Platón había convertido en un axioma la hipótesis de que el universo era un lugar ordenado, formado por cuerpos celestes esféricos cuyos movimientos debían ser revoluciones a velocidad uniforme en círculos perfectos. El axioma contó con el apoyo de Aristóteles, con la salvedad de que, para el estagirita, los cuerpos celestes estaban inscritos en esferas concéntricas con la Tierra en el centro.</p>



<p>El principio expresado por Platón ya había sido formulado, con anterioridad, por los pitagóricos, para quienes la Tierra, los cuerpos celestes y el universo entero eran esféricos porque la esfera era el más perfecto de los sólidos geométricos. Gémino de Rodas, en el año 70 a.C., recuerda en su principal obra, una introducción a la astronomía conocida como <em>El Isagogo</em>, que fueron los pitagóricos los primeros que establecieron la idea de un movimiento circular y uniforme para el Sol, la Luna y los planetas. A partir de Filolao de Tarento, los pitagóricos, según cuenta Gémino, sostenían que la Tierra, el más imperfecto de los cuerpos del Universo, se movía en torno a un fuego central una vez al día, la Luna empleaba un mes, el Sol un año y los planetas períodos aún más largos mientras que la esfera de las estrellas fijas permanecía estacionaria. Sostenían que las distancias entre los cuerpos celestes y el fuego central se hallaban en la misma relación numérica que los intervalos de la escala musical, una relación que situaba a las estrellas a una distancia finita de la Tierra.</p>



<p>La ausencia de paralaje observable introducía dudas respecto al movimiento de la Tierra alrededor del Fuego. Dos pitagóricos, Hicetas y Ecfanto, de Siracusa, defendieron que la Tierra no giraba en torno a un fuego central: se encontraba, sostenían, en el centro del Universo, pero no inmóvil, pues rotaba diariamente en torno a su eje; una hipótesis que salvaba la tesis principal (esferas, movimientos circulares, distancias musicales) y concordaba con la ausencia de paralaje.</p>



<p><strong>LA EXIGENCIA DE PLATÓN A LOS ASTRÓNOMOS</strong></p>



<p>Platón asume los principios pitagóricos sobre los cuerpos celestes y defiende como un dogma su esfericidad y la necesidad de que sus movimientos en torno a la Tierra sean círculos perfectos a velocidad uniforme. En uno de sus diálogos más divulgados, <em>Fedón </em>o <em>Sobre el alma</em>, Fedón de Elis, discípulo de Sócrates, se encuentra con el pitagórico Equécrates de Flliunte y le narra las últimas horas de la vida de Sócrates, ya en la prisión, esperando el momento de su ejecución, rodeado por su esposa y varios amigos, entre ellos los que el diálogo convierte en interlocutores principales de Platón: Simmias y Cebes, discípulos del pitagórico Filolao. En el diálogo, después de hablar sobre la inmortalidad del alma, Simmias le pide a Sócrates que le hable de la Tierra. Y Sócrates contesta:</p>



<p>“Estoy convencido de que si la Tierra está en medio del cielo, y es de forma esférica, no tiene necesidad ni del aire ni de ningún otro apoyo que le impida caer y que el cielo mismo que la rodea por igual y su propio equilibrio bastan para sostenerla porque todo lo que está en medio de una cosa que lo oprime por igual no podrá inclinarse hacia ningún lado y por consiguiente estaría fijo e inmóvil, de esto es de lo que estoy persuadido”.</p>



<p>Inmóvil, esférica, situada en medio del cielo, la Tierra debería ser el cuerpo alrededor del cual los cinco planetas, el Sol y la Luna y las estrellas debían girar con círculos perfectos. Pero los planetas no parecían comportarse así. Avanzaban y retrocedían por el cielo de un modo extraño. Su nombre en griego, πλανήτης (<em>planetes</em>), era totalmente adecuado, en cuanto significa <em>errante,</em><em> vagabundo</em>. Para Platón, la misión de los astrónomos era reducir a movimientos “regulares” y matemáticamente enunciables los aparentemente desordenados movimientos de los cuerpos celestes.</p>



<p>La influencia de este axioma, del encargo a los astrónomos de Platón, alcanzaría hasta el mismo Copérnico, quien presumía en su <em>De revolutionibus orbium coelestium </em>de que su sistema heliocéntrico era el único que podía combinar las últimas y más precisas observaciones de los astrónomos con la doctrina platónica de los movimientos circulares uniformes sin necesidad de recurrir a los artilugios geométricos diseñados por los discípulos de Platón, por el propio Aristóteles, Apolonio de Pérgamo o Claudio Ptolomeo, quienes establecieron un sin número de círculos con órbitas en torno a ecuantes y epiciclos totalmente innecesarios. El sistema recuperaba los movimientos de los planetas con círculos sin artificios, como los sugería Platón, si se aceptaba, como hipótesis, que la Tierra giraba, también con un movimiento circular, en torno al Sol.</p>



<p><strong>ARISTARCO Y EL PRIMER SISTEMA HELIOCÉNTRICO</strong></p>



<p>En Alejandría, diecisiete siglos antes de Copérnico, algunos años antes de la llegada de Eratóstenes, ya hubo al menos un astrónomo defensor de la idea de que la Tierra giraba alrededor del Sol: Aristarco de Samos. Dedujo las distancias de la Tierra al Sol considerando los ángulos del triángulo que forman el Sol, la Tierra y la Luna cuando esta se encuentra en cuarto menguante y forma con la Tierra un ángulo recto. Calculó que la distancia de la Tierra al Sol debía ser unas 20 veces las de la Tierra a la Luna (en realidad, 400 veces más distante). Como el tamaño de ambos, vistos desde la Tierra, aparentemente es igual, concluyó que el Sol era aproximadamente 20 veces mayor que la Luna (en realidad, 400 veces mayor) y propuso, entonces, que mejor que pensar que el Sol giraba en torno a la Tierra, sería más lógico suponer que tanto la Tierra como los planetas giraban en torno al Sol. Su teoría solo tuvo un seguidor: el babilonio Seleuco, quien, cien años después de Aristarco, aseveró que solo el movimiento de la Tierra en torno al Sol podía explicar el ciclo anual de las mareas causadas por la Luna.</p>



<p><strong>CÓMO MIDIÓ ERATÓSTENES LA CIRCUNFERENCIA DE LA TIERRA</strong></p>



<p>Asumidos los dogmas platónicos -la esfericidad de la Tierra, su inmovilidad en el centro del Universo, y la circularidad y uniformidad de los movimientos de los cuerpos celestes-, Eratóstenes emprendió el reto de medir las dimensiones de la circunferencia terrestre. Sabemos los detalles de su método, por la descripción que realizó, siglos después, el astrónomo griego Cleómedes en su obra <em>El movimiento circular de los cuerpos celestes. </em>Según el texto de Cleómedes, Eratóstenes sabía que el día del solsticio estival, los pozos de la ciudad de Syene (luego denominada As Syene, después As Suen, As Suan y, finalmente, Asuán) se iluminan totalmente por el Sol, un hecho considerado, entonces, como gran maravilla, pues solo sucedía un día o dos al año, durante un corto intervalo de tiempo, cuando la luz del Sol caía vertical sobre ellos a mediodía.</p>



<p>Eratóstenes observó, primero, que ese mismo día, el del solsticio estival, los rayos del Sol no caían exactamente sobre los pozos en Alejandría, a diferencia de lo que ocurría en Syene, sino que en Alejandría se situaban a 7º 2’ de su vertical. Se sirvió de un <em>gnomon</em>, un instrumento alargado de una medida precisa y conocida que proyectaba su sombra sobre una escala para calcular esa magnitud. Con el <em>gnomon</em>, comprobó que el cenit en Alejandría, el día del solsticio de verano, a mediodía, se diferenciaba del de Syene en un 1/50 parte de la circunferencia terrestre. Como daba por cierto que Alejandría se encontraba situada en el mismo meridiano que Syene, estimó que se podía calcular el diámetro y la circunferencia de la Tierra multiplicando por 50 la distancia entre Syene y Alejandría, que inicialmente estimó en 5000 estadios y, posteriormente, en 5040. Con lo que concluyó que la circunferencia de la Tierra medía 252 000 estadios. ¿A cuánto equivalían en el sistema métrico los estadios de Eratóstenes? Se manejan dos opciones. Si utilizaba el estadio llamado ático italiano, que equivalía a 184,8 metros y era el que solían utilizar los griegos en Alejandría en aquella época, la cifra resultante era de 46 569 kilómetros lo que supone un error de 6194 kilómetros, un 15 por ciento menos respecto a la medida hoy establecida para la circunferencia ecuatorial: 40 075 kilómetros. Quienes consideran que empleó el estadio egipcio (157,2 metros por estadio, 300 codos de 52,4 cm) concluyen que la circunferencia calculada habría sido de 39 690 km, cifra que si se compara, a su vez, no con la circunferencia ecuatorial sino con la correspondiente al paralelo de Asuán, al norte del Ecuador, (40 008 km) se diferenciaría tan solo en 318 kilómetros.</p>



<p><strong>UN ERROR DE TAN SOLO SESENTA Y SEIS KILÓMETROS</strong></p>



<p>Hoy se sabe que Eratóstenes introdujo varios errores en su medición de la circunferencia. Estimó que Syene y Alejandría se encuentran en el mismo meridiano, cuando hay una distancia longitudinal de 3º 05’ entre ambas ciudades. También es errónea la distancia calculada entre Syene y Alejandría, que no es de 5000 estadios áticos italianos, sino de poco más de 4500. La medida de la sombra debió de ser 1/48 de la circunferencia y no 1/50 y, finalmente, no puedo tener en cuenta que 7º de diferencia de latitud no suponen lo mismo entre Alejandría y Syene que en otras latitudes del mismo meridiano, debido a que la Tierra no es una circunferencia perfecta.</p>



<p>Con todo, si se rehacen sus cálculos tomando la distancia exacta entre Alejandría y el punto geográfico situado 3º 05’ al oeste de Asuán, y tomando, también, la medida angular exacta del cenit en Alejandría el día del solsticio, la medida resultante para la circunferencia sobre el Trópico de Cáncer es de 40 074 km, lo que representa un error de solo 66 km respecto a la medida tomada hoy por satélites, lo que demuestra la validez extraordinaria del método utilizado por Eratóstenes hace casi 2300 años.</p>



<p><strong>HIPARCO DE RODAS Y SUS CRÍTICAS A ERATÓSTENES</strong></p>



<p>Pocos años después de la muerte de Eratóstenes, situada en el 192 o 194 a.C. nacía en Nicea, la actual Iznik, en Turquía, otro de los grandes astrónomos de la Antigüedad: Hiparco de Nicea, también conocido como Hiparco de Rodas, pues fue en la isla griega donde vivió, donde realizó la mayor parte de sus investigaciones y donde murió. Hiparco fue el primero que midió la precesión de los equinoccios, la diferencia entre el año sidéreo (tomando como referencia las estrellas) y el año trópico (conforme a las estaciones). Fue, también, quien introdujo en Grecia la división del círculo en 360 grados, divisibles en 60 minutos de 60 segundos, una medida que hasta entonces solo utilizaban los babilonios. Fue Hiparco quien propuso, por primera vez, que el día se dividiera en horas de igual duración. Se le considera un grandísimo matemático (el inventor de la trigonometría), y un extraordinario astrónomo: compiló un catálogo de estrellas que contiene la posición de 850 estrellas en 48 constelaciones (recogido por Ptolomeo en su <em>Almagesto</em>). Y fue, también, el primero en proyectar la Tierra sobre un mapa plano en el que una red de rectas convergentes (meridianos) cortan una red de paralelas curvas (paralelos).</p>



<p>Se cree que visitó Alejandría o, al menos, obtuvo información de su biblioteca. En sus obras, tres libros de los que solo quedan fragmentos y referencias en Estrabón, el <em>Almagesto </em>y comentarios posteriores, es muy crítico con Eratóstenes. Le reprocha no haber seguido un método científico riguroso. Le censura que se dejara guiar de los relatos de viajeros o militares para calcular la distancia entre Syene y Alejandría y que dedujera datos astronómicos con la única ayuda de un <em>gnomon</em>, cuando debería haberse fiado de observaciones precisas de las estrellas.</p>



<p><strong>LA MEDICIÓN DE LA TIERRA REALIZADA POR POSIDONIO</strong></p>



<p>Posidonio de Apamea, en torno al año 100 a.C., y su discípulo Gémino de Rodas acompañaron, en su obra, la preocupación de Eratóstenes por las dimensiones de la Tierra. No se conserva ninguna de sus obras, pero se sabe de sus conclusiones por las referencias que hicieron el astrónomo Cleómedes, Claudio Ptolomeo y Estrabón.</p>



<p>Posidonio realizó una nueva determinación de la circunferencia siguiendo el razonamiento de Eratóstenes pero aplicándolo, en esta ocasión, a la distancia y a la medida de la latitud entre Rodas y Alejandría. Conforme a los consejos de Hiparco, en sus cálculos estuvo más atento a la observación de las estrellas que a la medida de la sombra de un <em>gnomon</em>.</p>



<p>Posidonio había observado que en la isla de Rodas la estrella llamada Canopus, de la constelación Carina, era visible justo en el horizonte sur, mientras que esta misma estrella, vista desde Alejandría, según los datos de los astrónomos de la Biblioteca, se veía a unos siete grados y medio por encima del horizonte. Posidonio creía que Alejandría y Rodas se encontraban en el mismo meridiano (no es correcto: hay un grado y medio de longitud entre estas dos ciudades) y que la distancia entre Rodas y Alejandría era de unos 5000 estadios.</p>



<p><strong>LA CORRECCIÓN FINAL DE PTOLOMEO</strong></p>



<p>El razonamiento de Posidonio resulta muy, muy, similar al de Eratóstenes. Posidonio supuso que la variación de ángulo que presentaba la situación de la estrella en un momento dado en el horizonte de Rodas y en el de Alejandría equivalía -como en el caso de la sombra de Eratóstenes, pero medido en relación a dos estrellas- un 1/50 de la circunferencia terrestre. Como la distancia entre Rodas y Alejandría era de 5000 estadios, la circunferencia terrestre volvía a ser de 250 000 estadios.</p>



<p>Estrabón, el geógrafo, aceptó el razonamiento de Posidonio con una corrección importante: la distancia entre Rodas y Alejandría era, según Estrabón, en torno a los 3750 estadios, lo que reducía la circunferencia terrestre a 187 500 estadios, unos 32 400 km. Claudio Ptolomeo redujo aún más la cifra, basándose en una nueva medida de la distancia entre Rodas y Alejandría, que, según sus datos, era inferior a los 3200 estadios, con lo que la circunferencia terrestre pasó a medir, en los datos de Ptolomeo, 29 000 km, una medida que, dada la influencia de Ptolomeo, fue comúnmente aceptada hasta el siglo XVI.</p>



<p><strong>BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:</strong></p>



<p>FARRINGTON, Benjamín. Ciencia griega. Icaria Editorial, Barcelona 1979. ARNÁLDEZ, R. y otros. La ciencia antigua y medieval. Historia general de las ciencias, dirigida por René Taton, director científico del CNRS, Francia. vol I. Ed. Orbis. Barcelona, 1988.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/cielo-y-tierra-desde-alejandria/">El cielo y la tierra, desde Alejandría</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Isabel Gramesón, la mujer del cartógrafo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/isabel-grameson/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Jan 2024 11:32:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 76]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=33421</guid>

					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/isabel-grameson/">Isabel Gramesón, la mujer del cartógrafo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Escudero<br></strong></p>



<p>Boletín 76 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La medición de la Tierra<br><br><strong><em>“Si leyerais en una novela que una mujer delicada, acostumbrada a gozar</em><em> de todas las comodidades de la vida, se precipita en un río, del que se la extrae medio ahogada; se interna en un bosque con otras siete personas, sin camino, y por él anda muchas semanas; se pierde, sufre el hambre, la sed, la fatiga, hasta el agotamiento; ve expirar a sus dos hermanos, mucho más robustos que ella, a un sobrino apenas salido de la infancia, a tres jóvenes, criadas suyas, y a un joven criado del médico que había marchado antes; que sobrevive a la catástrofe; que permaneces sola, dos días con sus noches, entre los cadáveres, en parajes donde abundan los tigres, muchas serpientes muy peligrosas, sin haber encontrado nunca ni uno solo de estos animales; y que se levanta, se vuelve a poner en camino, cubierta de harapos, errante en un bosque sin sendas, hasta el octavo día, en que volvió a hallarse a orillas del Bobonaza, acusaríais al autor de la novela de faltar a la verosimilitud, pero un historiador no debe decir a sus lectores más que la simple verdad. Todo lo anterior está atestiguado por las cartas originales que poseo de muchos misioneros del Amazonas que han intervenido en este triste acontecimiento del que, por otra parte, he tenido demasiadas pruebas, como veréis en la continuación del relato.”</em></strong></p>



<p><em>(Carta de Jean Godin des Odonais, publicada por Charles M de La Condamine en su “Viaje a la América Meridional”)</em></p>



<p>Corría el año 1735. En París, el tema de moda entre los científicos era la forma de la Tierra, una acalorada discusión que enfrentaba a newtonianos (que defendían que la Tierra era un elipsoide achatado en los polos) y cartesianos, encabezados por Cassini, que aseguraban que estaba achatada en el ecuador. En este ambiente inmerso en el espíritu de la ilustración, la Academia de las Ciencias de París decidió enviar dos expediciones geodésicas para medir un arco de meridiano. Una se dirigiría al círculo polar (encabezada por Pierre Maupertuis y con la participación del físico sueco Anders Celsius) y otra al ecuador (cerca de Quito), esta última dirigida por Charles-María de la Condamine, Pierre Bourquer y Louis Godin. Participaban otros científicos, entre ellos dos jovencísimos militares españoles, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, cuya misión sería básicamente vigilar el trabajo de los franceses en territorios de la Corona Española, amén de desarrollar otros proyectos científicos propios. Y entre los participantes franceses, el más joven de todos era Jean Godin, primo de uno de los directores de la expedición.</p>



<p>Treinta y cuatro años después, un domingo 1 de octubre de 1769, en Riobamba (la actual Cajabamba, en Ecuador), una mujer desesperada se embarcaba con toda su familia en una arriesgada expedición para atravesar el alto Amazonas, y llegar siguiendo el curso del río hasta la Guayana francesa para reencontrarse con su marido, del que el destino y las complejas relaciones franco-españolasportuguesas le habían separado hacía dos décadas. Esa mujer era Isabel de Gramesón, o Isabel de Godin, esposa de Jean Godin, protagonista de una historia de amor juvenil pero también de una de las expediciones más arriesgadas del mundo. Isabel pretendía recorrer más de cuatro mil ochocientos kilómetros, atravesando primero los Andes para después viajar en canoa por la turbulenta cabecera del Amazonas, siguiendo su curso a través de una peligrosa jungla. Le acompañaban en el arriesgado viaje sus dos hermanos varones, un sobrino, 31 porteadores, dos criadas y un esclavo negro, de nombre Joaquín. En el último momento, se sumaron también a los Gramesón un médico francés y su ayudante personal, que estaban viajando por la costa peruana y la travesía por el Amazonas les pareció un modo interesante de regresar a Francia. De todos ellos, solo Isabel lograría sobrevivir, después de una extraordinaria y penosa aventura. Pero esto es casi el final de la historia, que resulta tan emocionante como una novela de aventuras, en la que no faltan misterios y peligros, tragedias, amor, rivalidades personales. Aunque lo que dio inicio a todo fue una fascinante aventura científica: la llamada expedición geodésica hispano francesa del Ecuador.</p>



<p>En un breve artículo como es este, resulta imposible desarrollar los detalles una aventura que duraría casi treinta años: los ocho que permanecieron los científicos trabajando en el Virreinato del Perú, más los más de veinte años que tardarían en volver a reencontrarse Jean Godin e Isabel Gramesón. Quienes tengan interés, solo tienen que leer algunas de las novelas escritas sobre el tema, y en particular un libro extraordinario, <em>“La mujer del cartógrafo” </em>de Robert Whitaker, donde además de desarrollar a fondo las biografías de todos los protagonistas, y en particular la aventura de los Gramesón, se describe con rigor cómo se desarrollaban los trabajos científicos en aquella época, la repercusión de aquella expedición tan representativa de los proyectos ilustrados del siglo XVIII en el nuevo continente, su repercusión inmediata y posterior, y todo ello, con el eje conductor de una historia humana muy particular como es la protagonizada por la joven criolla y el joven científico francés. En el libro, Whitaker nos introduce magníficamente en el ambiente científico que animaba este tipo de expediciones, y nos lleva a participar casi en primera persona del complejo trabajo de los cartógrafos en una geografía desconocida, poniendo a prueba nuevos avances científicos y técnicos de la época, un ambicioso proyecto en el que tendrían protagonismo especial no solo La Condamine o Charles Godin, sino también los dos jovencísimos españoles, Jorge Juan (22 años) y Antonio de Ulloa (19 años), para los que esta experiencia (“vigilando” a los franceses) será el inicio de una exitosa carrera como militares, exploradores y científicos. De hecho, sus obras <em>“Relación histórica del viaje a la América Meridional” </em>y <em>“Noticias secretas de América” </em>aportan todos los detalles de aquel viaje de más de ocho años, relatado también por los franceses, concretamente por La Condamine en su Diario de viaje publicado a su regreso con un enorme éxito en Francia.</p>



<p><strong>UN ENCUENTRO, UNA BODA Y UNA SEPARACIÓN</strong></p>



<p>Pero volvamos a la protagonista. Isabel Gramesón Pardo había nacido en Guayaquil (actual Ecuador, entonces Virreinato del Perú) en 1728. Fue la segunda de cuatro hermanos y tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada con gran influencia política en el virreinato. Era una joven educada como cualquier criolla rica en un convento de monjas y preparada para casarse con un buen partido lo antes posible.</p>



<p>En 1741 conoció en Quito a Jean Godin, que por entonces ya llevaba más de seis años recorriendo la zona y haciendo diversos trabajos para la Expedición Geodésica. Isabel tenía solo trece años, una edad habitual para casarse en aquella época. Jean Godin des Odonais había nacido en 1713 en un pueblo del centro de Francia al sur de París, en una familia numerosa y acomodada. Era un viajero nato, que desde niño soñaba con lugares lejanos. Insistió en ir a la expedición de su primo por el mismo motivo que lo hubiera hecho cualquier joven: olía la aventura. Además, este sería el primer grupo de extranjeros que la Corona española permitiría viajar al interior del Perú, un territorio que llevaba doscientos años espoleando la curiosidad europea. La medición del meridiano era una magnífica excusa, casi incuestionable, para que soberano francés, Luis XV solicitara a su tío Felipe V autorización para que un grupo de científicos viajaran al Perú, y para que el rey francés accediera, siempre dentro los límites de las zonas donde hubieran de realizar el trabajo científico y con la condición de asignar dos oficiales del ejército española a la expedición, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que “ayudarían a los mencionados franceses en todas las observaciones que vayan a llevarse a cabo”.</p>



<p>En la diplomacia todos entendían lo que esto significaba: los franceses podrían ir a Perú, pero los oficiales españoles estarían muy pendientes para asegurar que no metían la nariz donde no debían. Aventura, ciencia y espionaje iban de la mano. Los franceses aceptaron las condiciones: sería la mayor expedición que el mundo había conocido jamás hasta la fecha.</p>



<p>Los Gramesón eran de origen francés y tenían buenos amigos en común con la familia de Jean Godin cerca de su pueblo natal de Saint-Amand, una conexión lejana pero que probablemente sirvió para poner en contacto a ambos jóvenes. No hay datos de su noviazgo ni en los escritos de Godin ni en los de La Condamine, pero resulta sorprendente que Pedro Gramesón, el padre de Isabel, aprobase su enlace con un joven de buena familia y aparentemente trabajador, pero que no era español, no tenía dinero y que tenía previsto volver a Francia. Isabel debía de ser una joven tenaz, como lo demostró más adelante, e insistió en su deseo de casarse y de viajar a Francia, un lugar del que todas las jovencitas criollas tenían una romántica imagen, en particular de París, como el epítome del lujo, la diversión y la exclusividad.</p>



<p>El caso es que se casaron el 29 de diciembre de 1741 con la asistencia de la flor y nata de Quito, y sin escatimar gastos. Pocos meses después, los franceses concluyeron sus trabajos (demostrando que la forma de la tierra era un esferoide achatado por los polos, como había predico Newton), y emprendieron el retorno a Europa, descendiendo el Amazonas. Jean Godin sin embargo se quedó unos meses más porque Isabel estaba encinta. Tenía previsto seguir ese mismo camino fluvial cuando diera a luz, pero los años fueron pasando. Los Godin se establecieron en Quito donde Jean intentó varias empresas comerciales, pero tenía la desventaja de ser francés en un territorio que la Corona controlaba muy estrechamente. En 1744, cuando una epidemia devastadora arrasó la zona de Quito, decidieron establecerse en Riobamba, donde el aire era más sano, con una vista magnífica del monte Chimborazo. Los Godin y los Gramesón prosperaron y la posibilidad de ir a Francia se retrasaba una y otra vez a causa de los repetidos (y fallidos) embarazos de ella. Pero a finales de 1748, Jean recibió una carta de sus hermanos escrita ocho años antes. Su padre había muerto y su familia quería que volviera a su hogar.</p>



<p>Jean puso rumbo al Atlántico descendiendo el Amazonas, en un viaje de siete meses que fue bien y sin incidentes y que para él significó su gran “expedición” personal, siguiendo el camino que le había marcado hacía unos años La Condamine, su mentor, al que admiraba profundamente. Una vez en la Guayana Francesa, las autoridades locales se quedaron perplejas al saber que en realidad había recorrido todo aquel camino solo para familiarizarse con el Amazonas y que pretendía siguiendo la misma ruta, volver río a arriba a recoger a su esposa. Pero no tenía dinero, estaba a casi cinco mil km de distancia de Riobamba y era ciudadano francés, por lo que necesitaba un pasaporte para poder atravesar el territorio portugués por segunda vez, y cruzar la frontera hispano-portuguesa, que oficialmente estaba cerrada. Faltaba además que llegaran los permisos desde Francia para el viaje y una carta de ida y vuelta cruzando el Atlántico tardaba un año (si no se perdía en el camino), eso sin contar con los avatares de la política colonial del siglo XVIII que podían dilatar los plazos.</p>



<p>La Guayana Francesa de 1750 a la que llegó Godin era un lugar de la costa suramericana donde pocos querían vivir. Era poco más que un cenagal, con aminales peligrosísimos y una densa selva tropical. A pesar de todo, Jean se sintió renacer: después de quince años estaba feliz de encontrarse de nuevo en territorio francés. Comenzó a escribir con entusiasmo un informe titulado <em>Mémoire sur la navigation</em><em> de l’Amazone, </em>que terminaba ofreciendo al ministro de asuntos exteriores Rouillé un asesoramiento político bastante descarado. Según recomendaba Godin, Francia debería apoderarse de las riberas septentrionales del Amazonas.</p>



<p>Entonces compartiría el río con los portugueses y lo emplearía como ruta comercial hacia las riquezas del Perú. Pero la respuesta desde Francia a sus escritos y a sus peticiones no llegaba nunca. Los pasaportes necesarios para remontar el río parecían haberse perdido. Podría haber considerado otras opciones para volver, pero se aferró con testarudez a su plan de regresar por el Amazonas, y lo intentó de mil maneras. Cuando Jean salió de Riobamba en marzo de 1749, Isabel contaba con que estaría ausente por lo menos dos años. Estaba esperando una hija, que nació sin conocer a su padre, y concentró toda su atención en ella. Pero los años pasaban y jamás recibió ninguna carta de Jean. Su soledad aumentaba, y todo el mundo le decía cruelmente que todos los franceses seguro que hacía mucho que se habían vuelto a Francia. Además, su familia en esa época sufrió un gran revés económico: la industria textil en la que basaban su riqueza decaía ante las importaciones varadas desde Europa. Su madre murió, la depresión económica se extendía por la región y las deudas de la familia crecían, llevando incluso a su padre a la cárcel. Isabel cada vez pensaba menos en Jean.</p>



<p><strong>RÍO ABAJO. NAÚFRAGOS EN LA SELVA</strong></p>



<p>Pero Jean seguía en América. Al otro lado del Amazonas, se había establecido en la Guayana Francesa y se había buscado una forma de vida, cazando manatíes en una ciudad fronteriza diminuta, junto a la frontera de Brasil, Oyapoc. Parece que abandonó toda esperanza de obtener algún reconocimiento por sus investigaciones científicas y se volvió pendenciero y amargado por su mala suerte. Una selva oscura y enorme lo separaba de su familia, pero él seguía insistiendo enviando cartas todos los meses con el fin de conseguir sus pasaportes. Ni siquiera su mentor, La Condamine, le respondió. Luego se supo que las cartas se habían perdido: durante los siete años de la guerra de los Siete Años, no recibió ni una sola de las muchas misivas de Jean. En 1766 Jean Godin consiguió que una misión de jesuitas portugueses que iba a remontar el río, llevase unas cartas dirigidas a su familia y se comprometían a llegar a Loreto y allí conseguir recoger a Isabel.</p>



<p>El rumor llegó nueve meses después hasta Riobamba: un barco podría estar esperándolas en Loreto y los jesuitas podrían estar en posesión de unas cartas de su marido, que estaba vivo y residía en la Guayana Francesa. Los rumores eran muy vagos, pero Isabel mandó a un fiel esclavo de la familia a comprobarlo. Tardó veintiún meses en volver, pero confirmó que era cierto que un barco las esperaba a ella y a su hija para llevarlas a Cayena, donde las esperaba Jean.</p>



<p>Para entonces, su única hija, Carmen, acababa de morir de viruela, con 19 años e Isabel tomó la decisión de dejar todo atrás. En Riobamba vivían su padre, sus hermanos, sus sobrinos y estaban enterrados sus hijos. Además, suponía emprender un viaje que ninguna mujer se había atrevido a realizar nunca, por una selva que para la élite criolla que vivía en los Andes era solo un lugar habitado por indios salvajes, fieras aterradoras y enfermedades mortales. El proyecto era algo realmente inconcebible para cualquier riobambeño, y más para una mujer que ya no era tan joven, pero Isabel decidió lanzarse a la aventura para reunirse con un marido al que había abrazado por última vez veinte años atrás. Vendió todos sus bienes en Riobamba, y su familia, cuando comprendió que no podía disuadirla, decidió acompañarla hasta Loreto y hasta Europa si hacía falta. Todo el mundo hablaba del viaje de Isabel al Amazonas, y hasta un médico francés que pasaba por allí, Jean Rocha, se ofreció a incorporarse a la expedición.</p>



<p>En octubre de 1769, los Gramesòn se pusieron en marcha. Todos sabían que la parte más difícil y peligrosa del viaje eran los primeros doscientos cuarenta kilómetros, bajando las escarpadas laderas orientales de los Andes, desde Riobamba a Canelos, y luego trescientos sesenta kilómetros en canoa río abajo por el turbulento Bobonaza, de Canelos hasta Andoas. Allí comenzarían las amplias praderas del río Pastaza, que también escondían remolinos y corrientes bravas, aunque las canoas lo cruzaban con bastante facilidad. Isabel no había casi viajado en toda su vida y los primeros días los encontró maravillosos, contemplando las cimas cubiertas de nieve y hielo de montes como el Tungurahua o del Chimborazo que solo había contemplado a lo lejos. Pero la naturaleza se fue imponiendo y ellos avanzaban lentamente por caminos intransitables.</p>



<p>La lluvia no dejaba de caer, sin posibilidad de secarse ni de día ni de noche. Su padre avanzaba por delante organizando todo para que cuando llegase el grueso de la expedición a las aldeas, les esperaran indios, provisiones y canoas para seguir adelante. Pero al llegar a Canelos lo que se encuentran son pueblos abandonados y quemados: la viruela ha pasado por allí, probablemente llevada por el propio Pedro Gramesón.</p>



<p>La opción es regresar, pero Isabel está decidida a seguir adelante y manda construir canoas. Lo consiguen, dejan la mayor parte de sus pertenencias abandonadas, y se disponen a dejarse llevar por el curso del Bobonaza, un río aparentemente tranquilo pero que esconde violencia y muchísimos peligros. Los indios porteadores, sus pilotos, se dan a la fuga y les dejan solos en un río del que no sabían nada. Terminan siendo abandonados por todos, incluido el médico francés, de forma que quedan solo Isabel y sus hermanos, abandonados en un banco de arena en medio de la selva tropical del Amazonas en la que no se atreven a penetrar. Prisioneros de su pequeña lengua de playa, se acomodan a la rutina para sobrevivir durante casi un mes. Pero los víveres se agotan, así que toman una fatídica decisión: construir una balsa. Tienen un machete y un hacha y obligados por la necesidad de subsistir, se animan ahora a acercarse a la selva a talar unos cuantos árboles delgados. En la balsa no caben todos y deciden separarse: Isabel, sus dos hermanos y su sobrino Martín irían por delante y Antonio, el esclavo de Rocha, se quedaría detrás con las dos criadas de Isabel, Juanita y Tomasa, que tienen solo 9 años, a los que prometen que pronto les mandarán rescate. Pero cualquiera de las dos opciones resultó mala. Pierden el control de la balsa, están a punto de ahogarse y deciden regresar al bando de arena. Esta vez han perdido todas las provisiones.</p>



<p>Solo les queda la opción de seguir a pie. Viajan sin mapas, sin brújula, sin saber dónde están, siguiendo el río, pero este es un plan (ellos no lo saben) que está condenado al fracaso. Les resulta imposible orientarse en la oscura selva tropical entre hormigas gigantes, abejas, escorpiones, tarántulas, niguas que se aferran a las piernas de los caminantes, incluso orugas cubiertas de pelos afilados que hinchan la piel… Caminan y caminan, pero no llegan a ninguna parte, mientras que los insectos aprovechan la noche para darse un festín con ellos. Subsisten a base de palmito y algunas semillas silvestres y frutas. Los hermanos y el sobrino de Isabel terminan muriendo de inanición. Ella es la única que sobrevive: entre alucinaciones, la imagen de Jean esperándola, le infunde el suficiente valor y fuerza para ponerse en pie, con la ropa tan hecha trizas que iba desnuda de cintura para arriba, y sin zapatos. Coje los de sus hermanos y los recorta para que le sirvan de sandalias. Toma su mantón y se envuelve en él para seguir adelante. La Isabel Godin que partió de Riobamba tres meses antes envuelta en seda, había desaparecido para siempre en el bosque.</p>



<p>Mientras, Rocha, el médico, y el esclavo Joaquín habían logrado sobrevivir y enviar una canoa de rescate al banco de arena donde encontraron un horrible panorama: no quedaba nadie. Los criados que habían quedado allí estaban muertos, y a los que faltan, Rocha les da por muertos, desiste en continuar la búsqueda, y de paso, se lleva las pertenencias que los Gramesón habían dejado abandonadas en la isla. Pero el esclavo Joaquín, que al fin y al cabo era un Gramesón (porque en la cultura del Perú de la época un esclavo era familia) decide seguir buscando a su amada dueña, aunque resultó inútil. Finalmente, se dio a Isabel y a sus hermanos por muertos. Pero ella seguía en solitario su aventura. Durante semanas estuvo errante. En más de dos siglos de exploración amazónica ningún viajero perdido en solitario en la selva tanto tiempo había salido con vida, pero ella sacó una fuerza interior increíble y siguió caminando durante ocho días, en los que su único objetivo era conseguir algo de comida y algo de agua. En el octavo día por fin se encontró con dos indios y sus esposas, procedentes de Canelos. Le curaron sus muchas heridas, consiguieron darle algo de comida y extraerle los insectos que la habían invadido. Por fin la llevaron a Andoas, a una pequeña misión. Allí no daban crédito: hacia casi dos meses que se la daba por muerta. Pero ella no quería quedarse allí. Una vez repuesta levemente pidió al misionero una canoa y remeros para que la llevaran a La Laguna, desde allí la noticia de su aparición corrió por toda la selva e incluso llegó hasta su padre que había conseguido llegar a Loreto.</p>



<p>Tras más peripecias, Isabel lograría reencontrarse con su padre en Loreto, pero lo que no estaba dispuesta era a renunciar a reencontrarse con su esposo y no consintió en regresar a Riobamba. Prefirió emprender camino por el Amazonas (ya navegable con cierta tranquilidad en este tramo) y deslizarse por la costa del Atlántico hasta Oyapoc donde Jean llevaba esperando más de cinco años el regreso de los jesuitas portugueses a los que había encomendado la misión de traer de vuelta a su esposa.</p>



<p><em>“(…) al cuarto día, al borde del mismo (barco), después de veinte años de ausencia,</em><em> de sobresaltos, de contratiempos y de recíprocas desdichas, recuperé a mi querida esposa, a la que no pensaba volver a ver más. Olvidé en sus brazos la pérdida de los frutos de nuestra unión, de la cual a mí mismo me felicito, pues su prematura muerte los salvó de la suerte funesta que les esperaba, así como a sus tíos, en los bosques de Canelos, a la vista de su madre, que seguramente no hubiera sobrevivido al terrible espectáculo”, </em>escribió el propio Jean Godin más tarde, en una carta a La Condamine, donde se mostraba maravillado por lo asombroso de todo aquello.</p>



<p><strong>EL REGRESO A FRANCIA</strong></p>



<p>Jean e Isabel llegaron a Oyapoc el 22 de julio de 1770. Su calvario todavía no había terminado: Isabel cae enferma mientras se recupera de su calvario emocional. Jean intenta llevársela cuanto antes a Francia para emprender una nueva vida, pero está arruinado y debe dinero que pidió prestado para financiar el viaje río arriba del jesuíta d’Oreasaval en busca de Isabel. No está claro cómo lo logra, pero durante los dos años siguientes consigue reunir lo suficiente solventar sus pleitos y deudas pendientes y dejar Suramérica. El 21 de abril de 1773, Jean, Isabel y su padre parten de Cayena. Después de treinta y seis años, por fin Jean vuelve a su patria y llegan a La Rochelle y más tarde a Saint-Armand, el hogar de Jean en el centro de Francia del que partió joven y volvía ya con sesenta años. Poco tiempo después reciben una carta de La Condamine dando la bienvenida a Jean. En muchos sentidos, este regreso significa la conclusión final de su expedición. Jean le responde en una larga carta en la que cuenta toda la odisea de los Godin y que La Condamine se apresura a publicar, presentándola como una historia que mostraba “lo que pueden el valor y la constancia”. En la reedición de su propio relato sobre sus viajes por el Amazonas, incluye también la carta de Jean. Esta versión se traduce a otros idiomas y todos los lectores de Europa se maravillan con la extraordinaria historia de peligros, aventuras y constancia de Isabel de Gramesón.</p>



<p>En Saint-Armand, Jean e Isabel llevaron una vida tranquila, lejos del interés público, aunque su historia era ya muy conocida. Isabel tenía cicatrices físicas de aquellos días en la selva, pero eso no le impidió llevar una apacible vida rural. Ambos están enterrados en el cementerio parroquial de Saint Armand, su casa sigue en pie y en la biblioteca local se guarda una copia de la famosa carta que Jean escribió a La Condamine, donde le contaba las andanzas de su mujer por la selva del Bobonaza. Los descendientes de los Goudin siguen transmitiéndose de generación en generación unas humildes sandalias de fibra, como recuerdo de la hazaña de su valerosa antepasada.</p>



<p>* Geógrafa y periodista especializada en comunicación cultural y viajes. Es Secretaria General y miembro fundador de la Sociedad Geográfica Española.</p>



<p><strong>BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:</strong></p>



<p>WHITAKER, Robert. La mujer del cartógrafo. Ed. Océano, 2004.</p>



<p>SMITH, A. The Lost Lady of the Amazon: The story of Isabela Godin and epic journey. Carroll &amp; Graf Publishers, 2003.</p>



<p>LA CONDAMINE, Charles M. Viaje a la América Meridional, Espasa, 2003.</p>



<p>JUAN, Jorge y ULLOA, Antonio de. Noticias secretas de América. Madrid. Ed. Crítica, 2010.</p>



<p>ULLOA, Antonio de. Viaje a la América meridional, 2 vol. Ed Dastin, 2002.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/isabel-grameson/">Isabel Gramesón, la mujer del cartógrafo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El viaje a California y la observación del tránsito de Venus por el disco solar</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/transito-venus-disco-solar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Jan 2024 10:12:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 76]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=33409</guid>

					<description><![CDATA[<p>La observación del tránsito de Venus por el disco solar movilizó a los astrónomos más importantes de Europa durante la Ilustración. Se trataba de aprovechar el fenómeno para calcular la paralaje que determinaría la distancia entre el Sol y la Tierra. El ángulo ideal de observación se produjo el 3 de junio de 1769 en California. Jorge Juan sería el elegido por el rey para organizar la expedición a California y redactar las instrucciones de la misión.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/transito-venus-disco-solar/">El viaje a California y la observación del tránsito de Venus por el disco solar</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Higueras<br></strong></p>



<p>Boletín 76 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La medición de la Tierra<br><br><strong>La observación del tránsito de Venus por el disco solar movilizó a los astrónomos más importantes de Europa durante la Ilustración. Se trataba de aprovechar el fenómeno para calcular la paralaje que determinaría la distancia entre el Sol y la Tierra. El ángulo ideal de observación se produjo el 3 de junio de 1769 en California. Jorge Juan sería el elegido por el rey para organizar la expedición a California y redactar las instrucciones de la misión.</strong></p>



<p>La observación del tránsito de Venus por el disco solar es una de las empresas astronómicas más importantes y recurrentes de la Ilustración europea. Se trataba de establecer, con la mayor aproximación posible, la paralaje que permitiera calcular la distancia real del Sol a la Tierra; lo que a su vez permitiría completar los importantes trabajos de Newton y Kepler y determinar las dimensiones reales del sistema solar.</p>



<p>La internacionalización de la ciencia en la Ilustración, la divulgación de un sistema de medidas universal, favoreció el intercambio y comparación de las observaciones científicas y muy en particular las de carácter astronómico e hidrográfico. En paralelo, la política de alianzas (pactos de familia) entre las dinastías borbónicas de Francia y España, potenciaría las más significativas empresas científicas hispanofrancesas en territorios americanos, especialmente la observación del tránsito de Venus por el disco solar, confluencia esperada para el 3 de junio de 1769, cuyo seguimiento en California fue vetado a los científicos ingleses y rusos por la Corona española que rechazó sus peticiones.</p>



<p>El tránsito de Venus por el disco solar, imprescindible para calcular la tan deseada paralaje, es un fenómeno astronómico poco frecuente, de hecho se produce tan solo cada 584 días; pero la conjunción ideal, es decir el ángulo ideal de observación, sucede generalmente cada 100 años, aunque con una dificultad, importante en 1769: el fenómeno solo era observable durante seis horas. Los años sesenta del siglo XVIII propiciaron dos observaciones que movilizaron a los astrónomos y científicos de medio mundo. El tránsito de Venus que se produjo en 1761 fue registrado por 120 observadores desde 62 puntos distintos del planeta desde Cabo de Buena Esperanza hasta Siberia; cifra que fue superada en el posterior de 1769 del que nos ocuparemos en este breve artículo.</p>



<p>En España el Transito de 1761 se observó desde el Colegio Imperial de Madrid por el jesuita Christian Rieger y desde Cádiz por el marino y cosmógrafo Vicente Tofiño de San Miguel. Esta observación permitió además calcular la diferencia de meridianos entre Paris, Cádiz y Madrid.</p>



<p>A pesar de la importancia de estas observaciones astronómicas, existe poca bibliografía sobre ellas. Para este artículo, he utilizado dos fuentes bibliográficas -Bernabéu Albert, 1989, y Espinosa y Tello,1809- y dos fuentes manuscritas importantes que aportarán alguna novedad e información iconográfica interesante: El Ms.147 del Archivo del Museo Naval de Madrid y el Expediente.</p>



<p>Sección Histórico leg.4833 del Archivo General de Marina Álvaro de Bazán. Para el tránsito de Venus previsto en 1769, la comunidad científica se organizó y movilizó liderada por la Royal Society de Londres, institución que, como señala Bernabéu Albert, dirigió los preparativos del nuevo evento astronómico, determinando desde qué puntos del planeta sería más propicia la observación de este importante y raro fenómeno astronómico.</p>



<p>Desde 1763 y ya con urgencia desde 1765 y 1766, la Royal Society sitúa los puntos de observación preferentes en Laponia y la Costa NW de América Septentrional y, en particular, en California y México. Por ello, solicita de inmediato a Carlos III que facilite los movimientos por California del jesuita Ruder Josip Boscovich, prestigioso astrónomo, para observar el fenómeno por cuenta de la Royal Society.</p>



<p>La expulsión de los jesuitas ordenada por Carlos III en 1767 hace del todo imposible dicha comisión. El Consejo de Indias, a la vista de la documentación aportada por la Royal Society, toma la importante decisión de que sean científicos y astrónomos españoles los que lleven a cabo en California estas importantes observaciones (Bernabéu. 1989 p.22).</p>



<p>Tomada esta decisión, es consultado Jorge Juan para que dé su parecer y se haga cargo de la organización de esta importante expedición científica. En una interesante correspondencia entre Jorge Juan y el Secretario de la Academia de Bolonia, Sebastiano Canterzani, en junio de 1765, que Espinosa y Tello reproduce (Espinosa. 1809 pp.160-163), Juan le comenta al científico italiano que, a su modo de ver, la mayor dificultad para la observación del tránsito de Venus seria la notable diferencia entre los instrumentos utilizados por los diversos observadores en los distintos observatorios: “la magnitud de los telescopios, la mayor o menor perfección por sus proporciones y bondad de vidrios o espejos, sin incluir la menos o más práctica de los observadores, pueden producir diferencias considerables”. En todo caso, afirma Jorge Juan, sería preciso que las observaciones que se comparen se realicen con instrumentos similares, aunque las diferencias añadidas por la variación de las latitudes de los diferentes puntos geográficos desde los que se llevaran a cabo influya negativamente en la exactitud del cálculo final de la paralaje. Afirmaciones, todas ellas muy atinadas que se mostrarían muy verdaderas más adelante.</p>



<p>Jorge Juan será el elegido por el rey para organizar la expedición a California y redactar las Instrucciones que la regirán. Estas interesantes Instrucciones y posteriores Informes de Jorge Juan sobre los resultados de la Comisión, se encuentran en el Ms.147, ya citado del Archivo del Museo Naval.</p>



<p>Para entonces, la participación del francés Jean Chappe d’ Auteroche solicitada por Francia para que este astrónomo francés acompañara a la Comisión española a California, había sido aceptada por el Rey en virtud de los pactos de familia, ya comentados.</p>



<p>El 8 de Noviembre de 1767, Jorge Juan escribe a Charles Marie de La Condamine sobre la comisión del tránsito de Venus previsto para junio de 1769, confirmándole la autorización real para que viajen a California científicos franceses de la Academia Real de Ciencias francesa. (Espinosa.1809 pp.89-90).<br><br><br><strong>LAS INSTRUCCIONES DE JORGE JUAN</strong></p>



<p>El 27 de Abril de 1768, Jorge Juan envía al Secretario de Estado de Marina, Juan de Arriaga, las Instrucciones de la Comisión a California: “Instrucciones que han de Observar los Tenientes de Navío D. Juan de Lángara y D. Vicente Doz para Observar el tránsito de Venus por el disco del Sol que ha de suceder el día 3 de junio del próximo año de 1769”. (M.N.Ms 147. Fols 38 a 41). Finalmente Juan de Lángara ocupado en otras importantes comisiones será sustituido por el Teniente de Navío Salvador de Medina.</p>



<p>Estas Instrucciones son muy interesantes y en su párrafo primero, se confirma la autorización real para que académicos franceses acompañen a los científicos españoles a California. “Con tal”, dice Jorge Juan ”que vayan acompañados de los sujetos que Su Majestad destine para el propio fin y para que vigilen que éste ha de ser el único del viaje, sin apartarse a otros objetos que quizá no convendrá que se examinen (..) Jorge Juan pide que se les mande “que procuren impedir que para otros fines se emprendan caminos extraviados ni otros exámenes que los precisos para conseguir la exactitud de la observación; por cuyo motivo no se separaran jamás de los Académicos, con quienes llegados a Veracruz convendrán la derrota que deban tomar”.</p>



<p>Esta precisa instrucción muestra cómo a pesar del amistoso pacto de familia, el Rey ordena un seguimiento preciso y constante de las actividades y movimientos de los académicos franceses, como ya sucediera en la primera e importante comisión hispano-francesa para la medición del grado de meridiano en Ecuador entre 1735 y 1742.</p>



<p>La parte más importante de las Instrucciones de Jorge Juan se refiere a la instrumentación necesaria para la observación, su puesta a punto y su correcto uso y conservación a lo largo de toda la comisión: “Llevaran consigo todos los instrumentos necesarios como es un cuarto de circulo manual, un péndulo, un anteojo con su heliómetro, uno o dos telescopios, un teodolito, una plancheta con sus pínulas y cadena y un barómetro.</p>



<p>Los instrumentos serian entregados en depósito, como era costumbre, por el Observatorio de Cádiz, donde ambos comisionados practicaron observaciones, diariamente, antes de partir. Jorge Juan incluye en la comisión un “instrumentario”, un funcionario encargado de garantizar el funcionamiento de los delicados instrumentos; personaje muy importante, dice Jorge Juan, para lograr el éxito de la comisión. El “instrumentario” elegido se llamaba Juan Romaza. Jorge Juan determina “que será obligación de éste, no solo el componer y mantener limpios los instrumentos, sino ayudar a los dos tenientes de Navío en sus observaciones y medidas en cualquier parte que las practiquen”.</p>



<p>Las Instrucciones de Jorge Juan indican también la obligatoriedad de llevar un diario, en limpio, con todas las observaciones por si procediera su publicación. Asimismo, ordena a los comisionados cartografiar todos los puertos por los que transitaran, levantar un plano de la Plaza y fortificaciones de Veracruz y llevar a cabo mediciones precisas de latitud y longitud de todos los puertos, plazas y pueblos que transiten.</p>



<p>Ordena finalmente Juan que tan pronto como terminen la observación del tránsito de Venus, se restituyan de inmediato a Veracruz para embarcarse en unión de los académicos franceses en el primer navío que zarpe para España.</p>



<p>Por último, Jorge Juan señala sueldos, gratificaciones y quien debe abonarlos en América, previa certificación de los gastos de viaje, transporte, alojamientos o cualquier otro gasto producido por la Comisión.</p>



<p>“Para que todo esto tenga el más exacto cumplimiento, se darán las ordenes necesarias al Virrey de México quien las pasara a todas las Justicias y Oficiales Reales para que no solo no pongan embarazo, sino que contribuyan con todos los auxilios posibles, facilitando alojamientos, bagajes, transportes y cuanto conduzca, no solo a los dos Tenientes de Navío y sus familias, sino a los Académicos franceses, pagando todo a sus justos precios”.</p>



<p>Finaliza Juan sus Instrucciones ordenando a los dos oficiales que den aviso del estado de la Comisión desde todos los parajes que pudiesen, para que SM el Rey este informado.</p>



<p><strong>EL VIAJE A CALIFORNIA Y OTRAS OBSERVACIONES EN MÉXICO</strong></p>



<p>La comisión hispano-francesa parte de Cádiz el 21 de Diciembre de 1768 a bordo de un bergantín francés al que llaman Aventurero, fletado por cuenta de la Real Hacienda, al mando del capitán Pedro Labarthe, un buque de poco porte que condicionará una peligrosa navegación a Veracruz, cuyo puerto los expedicionarios avistan finalmente el 8 de marzo de 1769.</p>



<p>Los comisionados que desembarcan en Veracruz son Salvador Medina, Vicente Doz, Jean Pauly, geógrafo francés; el abate Jean Baptiste Chappe d’Auteroche, Juan Santiago de Boix, relojero; Juan Noel Alexander Tureluze, pintor; Juan Romaza, instrumentario; cinco criados de los oficiales españoles y otro al cuidado del abate Chappe. (AGM. Histórico, leg. 4833).</p>



<p>Mientras tanto, el Cabildo de México patrocina otra comisión para la observación de este importante acontecimiento astronómico, observable desde la capital mexicana. La comisión estará formada por José Antonio Alzate Ramirez, José Ignacio Bartolache y Antonio de León y Gama, disponiéndose que la observación se llevara a cabo desde la torre de la Casa Capitular. Días antes de producirse el ansiado tránsito de Venus, los comisionados mexicanos trasladaron sus telescopios y cronómetros a la zona más elevada del hermoso y monumental ayuntamiento de la capital.</p>



<p>Los comisionados desde la Península, por su parte, ya en Veracruz, discrepan de los comisionados franceses respecto al punto exacto para llevar a cabo la observación. Finalmente, acuerdan hacerla en la Misión de San José del Cabo. El 21 de mayo llegan a California donde por orden de Gálvez se les auxilia en todo para alcanzar la Misión de San José. Allí instalan, por separado, los dos observatorios. El científico mexicano Joaquín Velázquez de León, catedrático de Astrología de la Real Universidad de México, se desplaza también a la Baja California para llevar a cabo una tercera observación del tránsito de Venus.</p>



<p>Todavía se llevara a cabo una cuarta observación de este importante acontecimiento astronómico desde México: Felipe Zúñiga Ontiveros participa de forma entusiasta aunque no oficial en estos acontecimientos. Agrimensor y matemático, Zúñiga era propietario de una imprenta que editaba los pronósticos astronómicos y los calendarios para la ciudad de México. Contaba con unas tablas donde registraba de puño y letra todas las conjunciones, eclipses y efemérides astronómicas, lo que le creó cierta fama entre los astrónomos profesionales. No podía perderse el gran acontecimiento del tránsito de Venus de 1769 que observó desde la capital mexicana, aunque con instrumentos algo deficientes. A Zúñiga le debemos, sin embargo, un precioso y casi inédito grabado xilográfico que nos permite asomarnos a la práctica de la astronomía en México en el siglo XVIII, un grabado que reproducimos por su belleza y calidad informativa en estas páginas. Pero volvamos a nuestros comisionados oficiales. Una vez instalados en la Misión de San José, inician febrilmente las obras del observatorio para llevar a cabo las mediciones del Transito de Venus que se produciría puntualmente el 6 de Junio, como estaba previsto.</p>



<p>En un Informe, Vicente Doz describe prolijamente el proceso de la construcción del Observatorio. Un documento interesantísimo que incluye además un precioso e inédito dibujo acuarelado de la precaria construcción que reproducimos también en estas páginas por su encanto y rareza. (AGM .Histórico. Leg. 4833). Doz nos cuenta en este documento las muchas dificultades que tuvieron para la construcción del observatorio por la escasez de madera y la falta de solidez de los suelos que condicionó la calidad de las observaciones.</p>



<p>Doz proporciona las medidas del observatorio español: 18 varas de largo por 6 de ancho. Afirma también que fue construido, como era costumbre en la zona, con maderas de 5 varas de alto y horquillas de otros maderos, más delgados, que servían para sujetarlos y otros que llaman “llaves” que se atraviesan a lo ancho dando mayor solidez al edificio. Se cubre luego la obra con cañas, barro y piedras para cerrar las paredes mientras la cubierta se cubre con paja larga. “Dejamos dos aberturas en la dirección del paralelo que habría de cubrir el Sol el día de la observación cubriéndolas de lienzos que subiendo y bajando por medio de cordeles dejasen solamente descubierto lo que necesitasen los anteojos a fin de evitar la menor vibración que les pudiese causar el viento”. Otra dificultad, apunta Doz, era que el terreno no era de la solidez que se necesitaba. “Así que en un ángulo del observatorio levantamos un pilar de piedras y barro de pie y medio en cuadro y del alto de la caja del péndulo, revistiéndolo de un tablón grueso de cinco pulgadas, enterrado tres pies entre dicho pilar y otro que subía a recibir el asiento de la caja. Todo separado de las paredes para que la vibración de estas con la fuerza del viento no causase algún movimiento al reloj. Para el descanso del cuarto de círculo de dos pies de radio levantamos una columna del mismo material que se fijaba al pavimento tres palmos; con lo que quedamos sin el menor recelo de que padeciesen estos instrumentos por la poca consistencia del terreno”.</p>



<p>Así fueron fijando cada instrumento a pesar de lo cual nos dice Doz ”no se pudo evitar alguna vibración causada por el viento que hacía en la parte del anteojo que salía fuera del techo, vibración que no permitió medir el diámetro de Venus ni sus distancias al limbo del Sol”.</p>



<p>Doz nos describe en este interesante documento todos los instrumentos utilizados y las dificultades que tuvieron para su uso en el precario observatorio disponible. Narra también la muerte de Chappe y de Medina a causa de la epidemia de peste que asolaba la zona a la llegada de los expedicionarios. De estas tristes y trágicas muertes nos dice Doz: “Chappe, que resistió más tiempo a la epidemia, multiplicó mas las observaciones de una y otra especie; este sujeto digno de mejor suerte por sus grandes prendas, talento y suma aplicación a la astronomía, murió el primero de agosto siguiéndole en igual desgracia poco tiempo después don Salvador de Medina, golpe tan sensible para mí que no contribuyó poco al fomento de mis enfermedades que me pusieron por dos ocasiones a las puertas de la muerte”.</p>



<p>Alzate y Bartolache, por su parte, obtuvieron en la capital mexicana una observación precisa que por orden del Consistorio fue enviada a los comisionados de SM el Rey. Ambos imprimieron una hoja suelta -grabada por el famoso grabador mexicano José Mariano Navarro- para perpetuar el éxito de su observación, en la que quedan reflejados los datos de la observación y el bello edificio en el que la llevaron a cabo. También se reproduce en estas páginas.</p>



<p><strong>CONCLUSIÓN</strong></p>



<p>Esta última observación internacional del tránsito de Venus de 1769 obtuvo 151 registros provenientes de 77 observatorios de diversas partes del mundo que situaron la paralaje media del Sol en valores desde 8’ 43 segundos a 8’ 80 segundos. Las observaciones de Doz y Chappe estuvieron entre las más precisas. El español calculaba una distancia de 98 480 020 millas de distancia entre la Tierra y el Sol; para el astrónomo francés, la distancia era de 96 162 840 millas. Hoy con instrumentos potentes de alta fiabilidad se calcula que la distancia media de la Tierra al Sol es de 92 956 200 millas (149 598 502 km) (Bernabeu.1989.pp32).</p>



<p>Jorge Juan no se limitó a la redacción de las precisas y valiosas Instrucciones de esta importante comisión astronómica; también elevo a Arriaga un informe una vez realizada la comisión y evaluados los resultados. El informe fue positivo, aunque Juan solicita autorización del Rey para enviar los resultados logrados en California a los Observatorios de Paris y Bolonia para completar y perfeccionar los cálculos de Medina y Doz, mejorando así su utilidad para el progreso de la astronomía, autorización que obtiene el 4 de Diciembre de 1770. De nuevo las tres constantes ilustradas de la idea de la ciencia de Jorge Juan aparecen en su informe final: su visión europeísta, su preocupación por contar con una moderna y exacta instrumentación y el valor que otorga a la utilidad de la ciencia.</p>



<p>Esta segunda comisión hispano-francesa, en la que Juan fue de nuevo protagonista es el exponente del avance de las ciencias astronómicas en el mundo hispano ilustrado de cuyo progreso y europeísmo será Jorge Juan el gran artífice.</p>



<p>* Catedrática de Historia y Arte, exdirectora técnica del Museo Naval de Madrid, Lola Higueras es miembro del Consejo de Redacción de la SGE.</p>



<p>Para saber más:</p>



<p>BERNABÉU ALBERT, Salvador. La comisión española en la expedición de Chappe D’Auteroche. Ciencia vida y espacio en Iberoamérica. Madrid CSIC. Vol. III pp15 a 35.</p>



<p>DOZ, Vicente. Observación del paso de Venus por el disco solar exejutada por orden de SM en California por los Capitanes de Fragata D. Salvador Medina y D. Vicente Doz en 3 de junio de 1769. Autógrafo y firmado. Incluye dibujo acuarelado. AGM, Viso del Marques. Histórico. Legajo 4833.</p>



<p>ESPINOSA Y TELLO, José. Memorias sobre las observaciones astronómicas hechas por navegantes españoles. Dirección de Hidrografia. 2 vols. Madrid 1809.</p>



<p>JUAN, Jorge. Instrucciones que han de observar los Tenientes de Navío D. Juan de Lángara y D. Vicente Doz en su viaje a la California para observar el tránsito de Venus por el disco del Sol que ha de suceder el 3 de junio de 1769. Incluye los informes sobre la comisión una vez realizada. 22.abril 1768. AMN.Ms 147 fols. 38 a 41</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/transito-venus-disco-solar/">El viaje a California y la observación del tránsito de Venus por el disco solar</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
