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	<title>Boletin 77 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletin 77 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La llamada de la selva</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-llamada-de-la-selva/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 15:10:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-llamada-de-la-selva/">La llamada de la selva</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Eduardo Martínez de Pisón</strong></p>



<p>Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Grandes selvas del mundo</p>



<p>&nbsp;</p>



<p>Un pariente mío, algo lejano, fue explorador de joven en el Congo. Volvió a Europa ya adulto y permaneció en ella bastantes años. Cuando entraba en la vejez, un día desapareció con gran alarma de la familia, cogió un barco y volvió a sumergirse en los grandes bosques africanos. No había podido resistir la llamada de la selva. Esa llamada le había perseguido sin cesar desde su regreso a su lugar de origen y, al final, decidió que no cabía sino entregarse a su destino.</p>



<p>Cuando yo tenía once o doce años publiqué mi primer artículo en la revista impresa del colegio. Era un ejercicio de redacción, que estaba plagado de adjetivos. Sin embargo, algún profesor había apreciado en él que su autor ya tenía tendencia a escribir sobre asuntos geográficos. Era justamente la descripción de una selva: sus árboles enormes, sus cascadas igualmente enormes y sus fieras, como es lógico, feroces. Sé que lo tengo guardado en alguna carpeta, pues fue muy celebrado por mi familia, pero ahora está extraviado entre los miles de papeles que he ido acumulando leyendo y escribiendo cosas de geografía.</p>



<p>De modo que empecé como geógrafo escritor hablando de selvas. Y ahora, al cabo del tiempo, alrededor de tres cuartos de siglo después, me llaman amablemente desde la Sociedad Geográfica Española para que escriba con brevedad, sólo unas líneas, para abrir el número actual de su Boletín, que trata sobre las selvas. He vuelto a mis orígenes. La eterna llamada de la selva me visita de nuevo.</p>



<p>Por aquel entonces adoraba el libro de Kipling (y sigo haciéndolo), que algunos llamaron en su traducción <em>El libro de la selva (The Jungle Book)</em>, aunque otros inicialmente prefirieron titularlo como el de “las tierras &nbsp;vírgenes” para dilatar el ámbito de sus contenidos, lo que no tiene que ser sinónimo, pero que me creó una fusión o confusión que aún dura y a la que no renuncio pues me remite a una primera imagen de esos mundos y aún me llena la imaginación de sugerencias maravillosas. Su primer traductor al español puso una advertencia al inicio del libro sobre los importantes personajes que recorren sus páginas: “osos, lobos, tigres, panteras, elefantes, cocodrilos, chacales, monos, serpientes, pájaros y demás”. E indicaba que tal obra es grande como la selva porque añade su aroma de lo lejano a la voluntad educativa de su estupendo escritor, que, además de dar gracias a un elefante por inspirador de uno de sus cuentos, dejó dicho que la ley de la selva es la más antigua del mundo. Estas son mis selvas desde la infancia. A estas alturas, no sé si la poderosa llamada a que me estoy refiriendo procede del bosque, de la jungla, o de mis lecturas, entre las que añado, en aquellos años y ahora, por ejemplo, los fabulosos paisajes boscosos de Salgari o de Verne.</p>



<p>Pero la expresión la “llamada de la selva” remite a más literatura, a la obra maestra <em>The Call of the Wild</em>, de Jack London, ahora traducido como “lo salvaje”, pero que en su primera edición en castellano consta como “la selva”, aunque su argumento, como todos deben saber, se asienta en el Yukón. No son, pues, estos lugares los que se suelen entender como selvas, pese a que las grandes extensiones boscosas boreales sobre los amplios espacios continentales que las acogen sí merecen una atención especial por parte de los geógrafos. También en el Pirineo de Huesca se llama “selva” al bosque de montaña, abetales y hayedos, por la cercanía al latín que tienen las palabras aragonesas, lo que amplía, a mi gusto con riqueza conceptual, la diversidad del término.</p>



<p>La llamada, por tanto, tiene mucho que ver con la fantasía, algo con la experiencia y, naturalmente -porque los árboles hablan a los geógrafos y a los botánicos-, con la ciencia. Repaso mis orígenes selváticos y aconsejo su retorno: por un lado, no dejes de leer, si aún no lo has hecho, el precioso libro de Dino Buzzati <em>Il segreto del Bosco Vecchio</em>, donde cuenta las maravillas de lo que transcurre en las arboledas perdidas con sus aromas, cantos, ruidos y silencios en un relato imprescindible para un geógrafo que quiera penetrar en los misterios de los montes. Y, sin salir de casa, también te sugiero -tal vez para releer- la fábula galaica de la brumosa fraga de Cecebre, del <em>Bosque animado </em>de Fernández Flórez, que enseña literariamente los entretejidos secretos naturales, humanos, simbólicos y hasta fantasmales de todo bosque. Esto en cuanto a la fantasía, aunque hay mucho más.</p>



<p>Respecto a la experiencia, aconsejo pasear directamente -como tantas veces hice antaño- por el interior de la laurisilva canaria entre la niebla, que también es selva en su mismo nombre, distinguiendo sus confusas especies y dejando, con temple apacible, que los árboles hablen entre sí y, acaso, si eres muy silencioso y atento, con el viajero.</p>



<p>Y, en lo propio de la ciencia, debo recordar además aquí lo que significaron para nuestros conocimientos en los años sesenta del siglo pasado, cuando la geografía nos abría sus puertas, las obras del biogeógrafo Heinrich Walter, divulgadas extensamente en su síntesis <em>Vegetationszonen und klima</em>. Allí describía las pluvisilvas tropicales, que son lo que comúnmente se suele entender como selvas por antonomasia, con sus temperaturas constantes, sus precipitaciones y sus diferencias, desde el paisaje siempre verde pluriespecífico, con lianas, epífitos y árboles estranguladores, a los bosques de niebla montañosos y a las variaciones por los ritmos de las lluvias estacionales que enlazan ya con las sabanas, pantanos y manglares. Unos pasos más allá, se abre el horizonte y ya aparece el desierto. Pero, entre mis evocaciones de las selvas, hay un punto especial que procede de la historia de su exploración, del viaje al interior del bosque, donde éste impone su sistema, se oyen chillidos difusos por las copas, domina la sombra, se limita el espacio visible, sólo los ríos son caminos y te atormentan sus mosquitos. Los viajeros de Verne en globo cruzaron la selva africana a salvo de insectos, fieras, caníbales, pérdidas y fiebres. Pero los que lo hicieron a pie, en busca de lo desconocido o lo olvidado en el impenetrable laberinto de los árboles, tienen más mérito. La selva es tan poderosa que absorbe materialmente al explorador. Se ha dicho que el buen viajero es aquel que viaja lentamente: en la selva pura no hay otro modo de hacerlo.</p>



<p>Toda África, con sus selvas misteriosas y sus demás grandes paisajes, ha sido la penúltima exploración (la última son los hielos de los polos y de las altas montañas). Cuando, en 1775 y en 1805, Mungo Park exploró ese continente, todo fueron calamidades. Y aún en 1872 se daba por desaparecido a Livingstone en la profundidad del interior africano, hasta que el audaz Stanley se descubrió la cabeza frente a él y le saludó con su célebre “supongo”. África -ríos, desiertos y selvas- fue también, en palabras de Reverte, el sueño y el mito de la exploración moderna.</p>



<p>Por último, es una pena ser breve, no olvidemos expresar nuestro cariño a los árboles, a las selvas, claro está, y también, por ejemplo, a las arboledas de Madrid. Cuando se pasa del aprovechamiento a la explotación y, con ella, peligra el milagro de la vida y la persistencia de los grandes paisajes, sólo hay un camino en la cultura: fomentar la conservación. Incluso en tu calle. En eso estamos.</p>



<p class="has-text-align-center"></p>



<p></p>
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		<title>Ursúa el selvático</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ursua-el-selvatico/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 14:33:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ursua-el-selvatico/">Ursúa el selvático</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Pepe Pérez-Muelas<br></strong></p>



<p>Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Grandes selvas del mundo<br><br><strong>En 1560 Pedro de Ursúa se aventuró por la Amazonia en busca del legendario reino de El Dorado, veinte años después de que Orellana navegara por primera vez el gran río persiguiendo ese mismo sueño. La nueva expedición de Ursúa por la infinita selva terminó trágicamente: uno de sus hombres, Lope de Aguirre, la transformó en una demencial carrera hacia una quimera inalcanzable, convirtiéndose en personaje inspirador de muchas obras literarias y eclipsando el protagonismo de Ursúa. El filólogo y escritor Pepe Pérez-Muelas recupera la figura de Ursúa, un aventurero mucho más gris pero buen ejemplo de cuantos arriesgaron su vida buscando un paraíso, en el amanecer de la conquista de América.</strong></p>



<p><strong>EL HOMBRE</strong></p>



<p>La América española es una historia aún por descubrir. Un gigante dormido que de tanto en tanto rescata nombres olvidados, a medio camino entre la mitología y la realidad. Las cronologías se pierden en selvas oscuras. Listas ingentes de nombres y apellidos sepultados por el lodo de los siglos, de la ignorancia. El perfil de la historia americana, siempre tan polémico y fascinante, encierra personalidades sobresalientes, hijos de su tiempo, que fueron capaces de inventar todo un continente a base de espadas y lecturas.</p>



<p>Es el caso de Pedro de Ursúa, uno de esos hombres grises que encarna todos los demonios de la leyenda negra, para quien no esté dispuesto a leer la historia con inteligencia. Hombre despiadado, violento en un mundo de flechas y sueños, demostró un olfato político que le hizo escalar en la jerarquía hasta tocar con la punta de sus dedos lo más alto. Ursúa salió de su Tudela natal en 1544 con una &nbsp;recomendación de su tío, Miguel Díaz de Armendáriz, gobernador de Nueva Granada. Poco más tenía cuando dejó la península. A España ya se le había olvidado la vida de fronteras, las guerras contra el moro, pero ahora exportaba la épica hacia el nuevo continente. En España se vivía y se moría, pero no se escribía la historia. Y Ursúa quería hacer precisamente eso.</p>



<p>Sus años americanos se deslizan entre la aventura y la burocracia. De un lado para otro, adoptó el Caribe como un Mediterráneo de andar por casa. De Cuba a Bogotá, hizo de la navegación un camino seguro para ascender en el mundo de los hombres. Dejó los mares para adentrarse en la sierra. Los gobernadores vieron en él disciplina y voluntad. Aplastó el espíritu guerrero de los indios combinando la fuerza y el ladrido de los perros. De esta forma, los indios chitateros, los muzos y los taironas sucumbieron desde la lejanía. Ursúa no hacía prisioneros, y sus perros de compañía tampoco.</p>



<p>Pedro de Ursúa fue un personaje complejo, hijo de la anarquía, en una época en la que la América española aún se estaba formando y debía decidir qué iba a ser. Estamos en las décadas de las grandes rebeliones contra la autoridad del emperador, de los adelantados convertidos en caciques, obnubilados por las riquezas y el poder, el mayor mal que sufrieron los hombres que llevaron a cabo la conquista. El adelantado navarro nos sirve como caso paradigmático. Y su historia acabaría aquí, si no fuese porque escuchó hablar de una ciudad dorada, cuyos ríos arrastraban pepitas de oro y los palacios no necesitaban adorno porque todos ellos brillaban como el sol. Era el reino del oro. El Dorado.<br><br><strong>LA SELVA</strong></p>



<p>Fue en Santa Marta, entre 1551 y 1553, cuando escuchó hablar de El Dorado. Los caminos hacia la ciudad de oro eran confusos. La pólvora que llevaron los españoles a América también estaba compuesta de palabras. Primero acaeció un rumor entrecortado, pronunciado tras la celebración de una fiesta. Después un juramento. A los pocos meses, muchos eran los que aseguraban haber escuchado hablar del reino que tenía el oro por castigo. Se formaban expediciones para ir en su búsqueda. Los hombres escalaban montañas. Se perdían en la sabana. Inspeccionaban la barriga del suelo, en cuevas donde encontraban la muerte. Pero El Dorado siempre estaba en otra parte. Ursúa optó por el camino de la selva.</p>



<p>En Perú la situación era propicia para este tipo de empresas, emparentadas con la codicia y la locura. El virreinato era un terreno de conspiraciones. Un artilugio salvaje que Carlos V aún no había conseguido domesticar, con golpes de estado, rebeliones y guerras civiles. Ursúa aprovechó el vacío para comandar una expedición hacia el interior de la selva. Si el oro existía, debía brillar entre las aguas pantanosas y los banianos infinitos. Lo que encontró, sin embargo, en los primeros días, fue el amor, encarnado en la mestiza Inés de Atienza, el sentido mismo de la expedición, su deseo y su perdición al mismo tiempo.</p>



<p>El 26 de septiembre de 1560 parte de Santa Cruz de Capocovar descendiendo el río Moyobamba hasta el Huallaga, y de ahí hasta el Marañón. Ya no había vuelta atrás. Ursúa había quemado sus naves. O encontraría El Dorado o moriría en el intento. Lo acompañaron 300 españoles y 500 indios. Entre ellos, Lope de Aguirre, un personaje colérico que actuaría de coda final a la ilusión de Ursúa. En el mes de octubre ya están navegando el Amazonas, sin más brújula ni mapa que la acción del agua empujando la flota. Era un territorio desconocido, intuido años atrás por la expedición de Orellana.</p>



<p>Apenas unos meses después, el 1 de enero de 1561, Lope de Aguirre asesina a Ursúa. La conspiración ha dado resultado. Sus hombres, críticos por cómo estaba comandando la expedición, apenas le dejaron salida posible. Cuando abrió los ojos, junto a su amante, Inés de Atienza, una espada le había atravesado el pecho. No vería Ursúa la desembocadura del Amazonas, ni siquiera la ciudad tan deseada, la de los reflejos dorados. Ursúa dejó el testigo a otros conquistadores que murieron enloquecidos, queriendo encontrar oro donde solo había soledad y serpientes. La suya fue una historia de derrota, de un hombre demasiado ambicioso para cambiar el rumbo de la historia. Vivió en un mundo mitológico cuando España ya había construido una realidad en América. Y pagó por ello, como pagarían también sus asesinos.</p>



<p>Porque el agua tiene memoria, y más si nace en los Andes y muere en el Atlántico.<br><br><strong>LA MEMORIA</strong></p>



<p>Así encontramos a Ursúa, sepultado por la historia, asesinado en una expedición sin sentido, en busca de una ciudad que nunca existió, muerto por la codicia del oro, resuelto a agujerear el continente americano en busca de riquezas. El destino de Ursúa no es muy diferente al de todos aquellos que creyeron, en su orgullo y demencia, que la tierra que estaban descubriendo les pertenecía. Sin embargo, los escasos testimonios contemporáneos que tenemos de Ursúa insisten en separarlo de la estirpe de los Aguirre y los Pizarro.</p>



<p>Juan de Castellanos escribió, probablemente, la <em>Odisea </em>americana. Su <em>Elegías de varones ilustres </em>es el relato épico de la historia americana. A un estilo vivo se le suma un verso suelto, cadente, como si la propia historia de aquellos días se estuviese disputando en él. El cronista de Indias convivió con Ursúa, antes de la expedición al Dorado, y describe su muerte de una forma honrosa. Desnudo, atravesado por la espada, con el Amazonas como escenario fatal, busca unas palabras de consuelo en Dios antes de cerrar los ojos.</p>



<p>Poco hay más de sus contemporáneos, y por eso Ursúa ha pasado a nuestra contemporaneidad de una forma sigilosa. Décadas después, Diego Aguilar y Córdoba compone <em>El Marañón</em>, una crónica sobre las expediciones al Dorado de la que no fue testigo. Aquí, los pasos de Ursúa ya se han convertido en materia literaria. Son voces, rumores y gran parte de invención. Al menos, para construir los huecos que han dejado los ausentes. Cuando se publicó, a finales del XVI, Ursúa ya llevaba cuarenta años muerto y el furor por descubrir la ciudad de oro se había atenuado.</p>



<p>Novelas de nuestro tiempo han reparado en el conquistador navarro y en su expedición hacia ninguna parte. La de Ramón J. Sender, <em>La aventura equinocial de Lope de Aguirre</em>, rescata a un personaje furibundo, envuelto en una locura que tiene tintes de <em>El corazón de las tinieblas </em>de Conrad. Imposible separar la figura de Pedro de Ursúa de su sepultura, el anhelo de descubrir El Dorado. Pero en realidad, el adelantado fue mucho más.</p>



<p>Y lo demuestra de forma magistral William Ospina. El escritor colombiano, con su trilogía sobre Ursúa, ha pretendido escribir una crónica de Indias del siglo XVI. Y lo ha logrado. Con toda la crueldad al alcance de aquel siglo (mucha de ella exagerada, como las páginas de Las Casas o las láminas de De Bry) y con un mundo por descubrir, la primera novela de la serie, <em>Ursúa</em>, se adentra en el amanecer de la conquista de América. Pedro de Ursúa es la excusa a través de la cual Ospina nos narra, de forma lírica y pormenorizada, todos los sucesos y leyendas que formaron el continente cultural, desde Mar del Plata hasta California.</p>



<p>En 2008 se publicaría la segunda parte, <em>El país de la canela</em>, la mejor novela de las tres. Cuenta la odisea de Francisco de Orellana surcando el Amazonas. Pedro de Ursúa apenas aparece en este episodio más como una sombra y un anhelo. Cierra la trilogía, en 2012, <em>La serpiente sin ojos</em>, la emulación del conquistador navarro de las aventuras anteriores. La búsqueda de El Dorado centra la trama, llevada hasta el extremo por la codicia de Lope de Aguirre, la naturaleza desbocada, la locura de unos hombres alejados de su humanidad.</p>



<p>La América que propone Ospina es a la misma vez historia y mito. El inicio bastará para demostrar la fabulosa manera de narrar:</p>



<p><em>“Cincuenta años de vida en estas tierras llenaron mi cabeza de historias. Yo </em><em>podría contar cada noche del resto de mi vida una historia distinta, y no </em><em>habré terminado cuando suene la hora de mi muerte. Muchos saben relatos </em><em>fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales. Mi vida </em><em>es como el hilo que va enlazando perlas, como el indio que veo animando al </em><em>metal en ranas y libélulas, en collares de pájaros, en grillos y murciélagos </em><em>dorados. Tengo historias de perlas y esmeraldas.”</em></p>



<p>Ha tenido que esperar Ursúa para que alguien cuente su historia como se merece. Ya nunca nadie podrá pensar en el Amazonas sin reparar en un conquistador navarro, enamorado, colérico, que se pierde en la selva buscando ciudades imposibles.</p>



<p><em>* Pepe Pérez-Muelas (Lorca, 1989) es filólogo y máster en cultura latinoamericana en la Sorbona. Actualmente es profesor de Literatura y colabora con distintos medios. Es autor de “Homo Viator” (Siruela), un ensayo sobre viajes y viajeros de lectura imprescindible para los amantes de los viajes y la historia de los viajeros.</em></p>
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			</item>
		<item>
		<title>Brazza y otros viajeros en el Corazón de las Tinieblas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/brazza-congo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 12:18:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Mercedes Barreno<br></strong></p>



<p>Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Grandes selvas del mundo<br><br><strong>Peter Forbath, corresponsal durante muchos años en África para la revista ‘Time’, escribió uno de los libros más completos hasta la fecha sobre la historia del río Congo, y lo subtituló de forma contundente: “el río más dramático de la tierra”. Solo hay que asomarse a sus páginas o a la historia de su exploracion desde tiempos de los descubrimientos portugueses, para estar de acuerdo con Forbath. El río atraviesa una de las zonas geográficas más convulsas de la tierra y que más fascinación ha ejercido sobre la imaginación de Occidente. En los últimos cinco siglos, estas selvas del corazón africano han servido de escenario, casi cinematográfico, para el encuentro de dos mundos antagónicos. Una historia protagonizada por personajes como Diego Cao o Bartolomé Dias, Stanley, Livingstone, Roger Casement, Mobuto, Joseph Conrad o la terrible figura del rey Leopoldo.</strong></p>



<h5 class="wp-block-heading"><strong>LOS PRIMEROS EXPLORADORES</strong></h5>



<p>En la era de los descubrimientos, el rey de Portugal Juan II continuó la política que los monarcas portugueses anteriores habían iniciado para recorrer la costa africana. En 1482 encargó a Diego Cao sobrepasar el ecuador, objetivo que cumplió convirtiéndose en el primer europeo en descubrir el estuario del rio Congo. Cao dejó escrito en piedra su hallazgo (<em>padräo</em>)como testimonio de la soberanía de Portugal y allí perduran aún los restos de esta inscripción. Remontó el rio y las cataratas y contactó con los indígenas del reino del Congo -Bakongo- con intención de lograr el vasallaje de su rey. Siguió camino hacia el sur hasta cabo de Santa María por la costa, llegó a la actual Angola y volvió a Lisboa a principios de 1484 con nativos del Congo como testigos de su exploración.</p>



<p>En un segundo viaje, de 1484 a 1486, Cao llegó de nuevo hasta el Congo, con intención de descubrir el reino cristiano del Preste Juan, y cerca de Matadi dejó otro monolito con su descubrimiento anotado. En 1486 solo volvió a Lisboa su acompañante, Bartolomeu Díaz. Tal vez Cao quedara en Nigeria o muriera en el cabo de Cross; lo que pasó realmente aún se debate. Díaz continuó los viajes hacia el sur, alcanzando el cabo de Buena Esperanza y el océano Índico en 1487. Los lugares de la costa oeste descubiertos por Cao y por Diaz se mantuvieron como puntos de anclaje para el comercio portugués y europeo y suministro de esclavos hacia Europa y América hasta finales del siglo XVIII.</p>



<p>En la historia de la exploración del Congo en el siglo XIX encontramos situaciones clave que marcarán su descubrimiento, y un conjunto de motivaciones propias de una época en que los desafíos geográficos, el interés comercial y unas ambiciones imperiales sin límite producirán terribles consecuencias. Una vez descubierta África Central por los exploradores, misioneros y mercaderes, los gobiernos europeos entraron con espíritu de anexión, y los especuladores de explotación, con una rapidez sorprendente.</p>



<p>El imperio colonial creado por Inglaterra fue el referente europeo para la expansión por otros continentes. A este país pionero en la revolución industrial, su imperio le produjo grandes oportunidades comerciales y de enriquecimiento gracias al acceso a las materias primas que necesitaba. Su forma de combinar la expansión comercial, el establecimiento de colonos estables y la diplomacia, construyeron el gran imperio del siglo XVIII. El plan diseñado en Londres, desde la ocupación de Egipto como protectorado compartido con Francia, significó una paulatina inmersión en el continente africano que incluyó desde el noreste egipcio, en una diagonal imaginaria que atravesaba el continente, hasta el suroeste: desde El Cairo a Ciudad del Cabo. La realidad es que llegó ocupar Sudán, Kenia, Somalia, Nigeria, Uganda, Bechuanalandia, Sierra Leona, Costa de Oro, Gambia, Rhodesia y Sudáfrica, al tiempo que consolidaba su dominio en la India y se anexionaba el Punjab en 1863.</p>



<p>Francia no se quedó atrás en el intento imperial, e incorporó lo que hoy son Gabón, República Centroafricana y República del Congo, esta última producto de los tratados de la década de 1880. A partir de la década de 1830 fue ocupando Argelia, Túnez, Marruecos, África Occidental (Mauritania, Senegal, Camerún, Malí, Guinea, Costa de Marfil, Niger, Burkina Faso – antes Alto Volta- y Benin).<br><br><strong>LAS SELVAS DEL CONGO&nbsp;&nbsp; </strong><strong><br></strong></p>



<p>Los bosques tropicales que forman las selvas del Congo, en el centro de África, se extienden a lo largo del rio y sus afluentes y forman una cuenca de 3.700.000 km2. El Congo tiene caudal medio de 41 800 m³/s y una longitud de 47.000 km2. Tiene una superficie solo superada por la selva amazónica y forma uno de los ecosistemas más diversos y complejos del mundo, con una variedad de especies de plantas y animales que solo se encuentra en su cuenca. Por su situación entre los trópicos y atravesar dos veces el ecuador tiene un régimen de lluvias que lo mantiene con un caudal constante. Todo un sistema acuático que es fuente de vida, de maderas y alimento para sus pobladores -pigmeos entre otros indígenas-, además de vía imprescindible de transporte y comunicación en un enorme territorio del África Central. El Congo es, en definitiva, un ecosistema de agua dulce que discurre a lo largo de una topografía compleja con cascadas y desniveles que siempre representaron un desafío para sus exploradores, y que, hasta el presente, han dificultado la creación de mejores infraestructuras.</p>



<p>Las selvas del Congo tienen un papel importantísimo en la regulación del clima global: la enorme masa forestal, al absorber grandes cantidades de CO2, contribuye a retardar el cambio climático. Las turberas formadas en el suelo húmedo, están en peligro si se continúa con la explotación forestal, en gran parte sin control. Actualmente, más de cinco millones de hectáreas son concesiones ilegales, y a pesar de que las principales organizaciones europeas han solicitado a los gobiernos y a la comunidad internacional su regulación y protección, el riesgo de desaparición de grandes extensiones de selva es un hecho.</p>



<p>Una inmensa región de África Central integrada en los países de Gabón, República Democrática del Congo, Camerún, República del Congo, República Centroafricana y Guinea Ecuatorial; además de parte de los países circundantes.</p>



<p><strong>UNA HISTORIA DE EXPLORACIÓN Y TRAGEDIAS</strong></p>



<p>El papel que desempeñaron los exploradores fue determinante para la ocupación de las selvas del Congo por los europeos. Pionero en la búsqueda de las fuentes del Nilo fue el médico y teólogo escocés David Livingston (1813-1873). Su primer viaje en 1840 tenía como objetivo trabajar para la Sociedad de Misioneros de Londres en Bechuanalandia, protectorado inglés en litigio y reconocido desde 1885, hoy Botsuana, un territorio en discusión entre lnglaterra y los Boers que pronto llevaría al médico escocés a buscar otros caminos con pueblos más propicios.</p>



<p>En 1845 se casó con la misionera y exploradora Mary Moffat, y en 1951 llegó hasta el rio Zambeze y las cataratas Mosioatunya, a las que dió el nombre de la reina Victoria. Tras una desgraciada expedición en la que perdió a su hermano Charles, a su esposa y a varios de sus hombres por malaria, en 1862 regresó a Londres. Consigue financiación gracias a la <em>Royal Geographical Society</em>, y vuelve a África para seguir explorando. En 1871 llegó al río Lualaba, que pensó que era la cabecera del Nilo.</p>



<p>Tras seis años sin tener noticias de Livingston, el editor del New York Herald, en 1869, encargó su búsqueda a Henry Morton Stanley (1841-1904), convertido en cronista desde su participación en la guerra civil americana. Tras meses de búsqueda encontró a su admirado explorador, enfermo, en la población de Ujiji en 1871. Los dos compartieron exploración por el lago Tanganica aunque Stanley regresó a Londres sin Livingston, quien en su última estancia en África fundó una Misión Universitaria con fines educativos y sanitarios, que sería lugar de trabajo y encuentro de misioneros médicos para África Central. La malaria y otras complicaciones provocaron su muerte en Zambia en 1873.</p>



<p>H.M. Stanley, en busca de financiación, informó en Paris sobre lo descubierto en África, y en 1874 el Daily Telegraph y el New York Herald invirtieron en su empresa haciéndole el encargo de llegar hasta la desembocadura del Congo. Atravesó el continente desde Zanzíbar, en el Índico, y se dirigió al oeste por los lagos Victoria y Tanganica para comprobar si el Nilo era continuación del rio Lualaba o cabecera del Congo. Un viaje largo en el que partieron 356 expedicionarios, de los cuales al llegar al Atlántico quedaban 114 y solo Stanley de origen europeo. La exploración del interior de África no solo despertó interés entre los ciudadanos británicos o americanos. Una prueba del interés de los parisinos por la aventura africana son las crónicas que <em>Le tour du monde, Nouveau Journal des Voyages</em>, publica entre 1860 y 1914 en Paris, y que que recogen las novedades y aventuras de los viajeros y viajeras por ese mundo de misterio que tanta fascinación despertaba.</p>



<p>Su contemporáneo Julio Verne (1828-1905), gran lector interesado por los viajes, la aventura, la ciencia y el futuro, se interesó por las exploraciones del doctor Livingston. Con su gran imaginación construyó peripecias y peligros y publicó en 1863 <em>Viajes extraordinarios: Cinco semanas en globo, con el título completo de Cinq semaines en Ballon. Voyages de decouvertes en Afrique par trois anglais. Rédigé sur les notes du doctor Fergusson</em>. A partir de entonces la relación entre la ciencia ficción y la realidad, no ha dejado de crecer.</p>



<p><strong>PIERRE DE BRAZZA: UN IDEALISTA POR EL RIO OGOOUÉ</strong></p>



<p>La fiebre exploradora que recorría Europa por descubrir el interior de África, unido al anhelo de aventura, traspasó todas las fronteras. Uno de sus protagonistas fue Pierre Paul François Camille Savorgnan de Brazza (1852-1905), nacido en Roma y décimo hijo de familia noble, de padre italiano, viajero y artista. Le movía el afán de aventura y las ideas que la revolución francesa y sus herederos (Saint Simon) difundieron por Europa. Brazza soñaba con mostrar al mundo su civilización, la libertad y la fraternidad de la que hacían gala sus contemporáneos. Quería ser marino, y en 1868, y tras superar bastantes dificultades, fue admitido en la Escuela Naval francesa de Brest.</p>



<p>El primer viaje de Savorgnan de Brazza a África ecuatorial, como capitán, comenzó el dos de noviembre de 1875 en Gabón, colonia francesa desde 1842, principal base naval en la costa occidental africana y punto estratégico de partida de las expediciones al continente. Era un protectorado que Francia se adjudicó tras firmar los tratados con las tribus locales dos años antes. Brazza permaneció en el continente hasta 1878.</p>



<p>En este primer viaje, Brazza partió de Libreville en el vapor Marabout con cuatro intérpretes senegaleses, el médico Noel Ballay, el contramaestre Hanon y el naturalista Alfred Marche. Pocos días después llegaba a Lambaréné, el punto más lejano conocido. Por la rivera negoció la ayuda de los indígenas y después de tres meses llegó a Lopé, uno de los centros más importantes para el comercio de esclavos. De allí parte hacia Poubara, país de los Aumbos en el curso del Ogooué, contacta con tribus -bateke- que comercian a lo largo del rio Alima (180 km), afluente del Congo y descubre los múltiples afluentes que se dirigen al interior.</p>



<p>Completó la exploración del Ogooué (1200 km), pero incluso así se sentía profundamente decepcionado por no haber encontrado en este río un acceso directo al África central. En un espacio de 80 km entre el Alima y el Oggoué atravesó las colinas arenosas habitadas por los guerreros Apfourous y en la confluencia del Ogooué con Mpassa fundó Franceville con esclavos liberados.</p>



<p>En 1876 Leopoldo II de Bélgica había organizado la Conferencia de Bruselas y creado la Asociación Internacional Africana para “civilizar a los nativos”. Fue el primer paso para convertirse en propietario de lo que su comisario Stanley lograría en el reparto del África Central. Joseph Conrad, con causticidad, la llamaría “la sociedad internacional para la represión de las costumbres salvajes”. Brazza ignoraba que Stanley estaba en el centro de África, y no calculaba el alcance real de sus descubrimientos. A la vuelta escribiría que “si los exploradores del Ogooué hubieran sabido que el Alima les conduciría en cinco días más de camino al Congo, no hubieran dudado en hacer el esfuerzo para volver a la costa por el Congo”.</p>



<p>En los tres años de su primer viaje, las dotes negociadoras de Brazza permitieron revertir el monopolio comercial que existía a lo largo del rio Ogooué además de descubrir sus afluentes próximos. Su conciliador trato con los indígenas sirvió para allanar el camino a los exploradores europeos mediante la firma de tratados. La campaña que hizo con el naturalista M.A. Marche se interrumpió en las orillas del Lékelé ya que hubo de regresar a Europa por problemas de salud. El 27 de diciembre de 1879 comenzó su segundo viaje, con más medios y con el objetivo más claro de ampliar los territorios con bandera francesa y adelantarse a otros exploradores. Es conocida la importancia de la firma del tratado con el rey de los Batékés, Makoko, en la zona del lago Malebo (entonces Stanley Pool): con esta firma se le entregaron a Francia las tierras en las que Congo comienza a ser navegable, es decir un camino practicable entre Stanley Pool y el mar.</p>



<p>Brazza volvió a Francia en 1882, logró el reconocimiento de las autoridades por sus descubrimientos y convenció al gobierno de lo positivo que resultaría para Francia la anexión del Congo. Es admirable su coraje y determinación, la diplomacia de su política y el desinterés personal que demostró sacrificando su fortuna personal para remediar las insuficientes subvenciones que dispuso para su viaje. En sus charlas, escritos y cartas describe regiones misteriosas, evoca imágenes deslumbrantes y da noticias de las riquezas de la selva para la explotación de caucho. Pero también describe los difíciles momentos difíciles pasados frente a los indígenas por llevar sus barcos la insignia de Francia. Las reacciones y resistencias de los nativos al paso de los “visitantes” eran tan imprevisibles como arriesgadas.</p>



<p>Cuando Brazza planteó ante las autoridades de Paris la ratificación de los tratados que había suscrito con los indígenas, la burocracia no se lo puso fácil, obligándole a desarrollar una larga y reñida campaña para que le convalidasen lo firmado con el rey Makoko. Finalmente, las Cámaras se lo aprobaron, y se hizo público uno de los episodios más interesantes de la historia de la exploración.</p>



<p>El 28 de diciembre de 1882 la Cámara de los diputados, por 441 votos contra 3, aprobó un proyecto de ley permitiendo la apertura de un crédito de 1.275.000 francos destinados a compensar los gastos “de la misión de M. Savorgnan de Brazza en el oeste africano”. Tres días después, la vanguardia de una nueva expedición, dirigida por Rigail de Lastours, emprendía camino a Gabón.</p>



<p><strong>LOS CONFLICTOS CON STANLEY</strong></p>



<p>Brazza regresó a África a finales del mes de enero de 1883, con un equipo reconocido de cuatrocientos hombres para ratificar tratados con los jefes indígenas y organizar nuevos asentamientos. El conflicto de intereses entre los delegados de Leopoldo II de Bélgica, la Asociación Internacional del Congo, y los franceses era ya abierto. Es la época en la que coincidió con Stanley, y el americano se sintió humillado por el éxito del que consideró rival; y una de las razones por las que regresa a Paris para desacreditarle.</p>



<p>Ambos, Stanley y Brazza son dos nombres que serán relacionados porque ambos harán posible la penetración en el corazón de África pero con muy distintos objetivos. Lo que pesa en la conciencia de Stanley no son los treinta combates que libró en el Congo, sino su falta de escrúpulos en su explotación, las excusas que puso para hacerlo y los recuerdos sangrientos que dejó a sus sucesores en nombre de la civilización.</p>



<p>Entre los numerosos discursos que Savorgnan de Brazza pronunció en su última etapa en Francia, uno de los más expresivos y que muestran su ideario, fue el que sostuvo ante el presidente de la <em>Societé Historique (Bulletin de la Societé, </em>nº 1,13), de la que era miembro de honor. Transcribo algunos de sus discursos donde se muestra su actitud y espíritu con el que se enfrentó a la selva.</p>



<p><em>“Usted viene de abrir un capítulo nuevo en nuestra historia colonial…”, a lo que Brazza responde: “¿Un capítulo nuevo?, la verdad es que yo no he escrito más que una línea, la primera y la más modesta” …. La bandera de Francia está en África como un símbolo de la amplitud y generosidad de ideas que Francia ha mantenido, y que más que otra nación ha contribuido a propagar…Hoy, la </em><em>Navegación en la selva del Congo. </em><em>llegada de nuestros compatriotas a Africa, tendrá el efecto de detener el origen </em><em>del comercio de carne humana: la trata de esclavos. Francia ha defendido sus intereses nacionales, pero yo nunca abandoné los intereses de la civilización” “Hace cincuenta años que la bandera francesa ondea en Gabón, y representa la idea de libertad. Un puerto utilizado como escala de nuestros barcos y encargado de impedir la trata de negros establecida esta costa de África…. Y la noticia de que había en la costa una tierra que volvería libre a los que la habitaran se extendió rápido… así que cuando entre en el interior de esos países nuestros colores se conocían. Se sabía que eran los de la libertad.</em></p>



<p><em>Los primeros habitantes de Franceville han sido esclavos liberados. La cuestión de la esclavitud es un tema complejo. Uno se encuentra a menudo con dificultades casi insuperables&#8230; Mantener el honor de la bandera que arranca su presa a los negreros no es cosa fácil cuando no se quiere emplear la violencia. En 1875, en mi primer viaje, no arbolé la bandera francesa más allá de los artilleros franceses…”</em></p>



<p>Brazza cuenta en su diario: <em>“Al principio tuve que comprar a los hombres muy caros, 300 o 400 francos, y cuando ya me pertenecían, aún con los aros en el pie y cuello les preguntaba “¿De qué país eres? Soy del interior, respondían. ¿Qué prefieres, quedarte conmigo o regresar a tu país? Les hacía tocar la bandera francesa y les decía: sois libres. Luego, encontré a estos hombres en el interior, y fueron los que me facilitaron el camino. Fueron ellos los que me permitieron llegar hasta el interior. Sabían que… todo esclavo que tocaba la bandera francesa era libre”.</em></p>



<p><em>“África hace la guerra a quien siembra la guerra. Pero como todos los demás países, hace la paz a quien siembra la paz. Mi reputación me precedía, y sin mi conocimiento me dieron el nombre de Padre de los Esclavos… Pero ¿qué he hecho yo? Poca cosa. Solo lo que he podido. Este es un primer ensayo con un primer resultado…”</em></p>



<p>Pero el espíritu de paz que Brazza había establecido entre los pueblos rivales ¿cómo podría durar? Brazza sufrió ver al Congo que había explorado, apropiado por Francia y explotado por hombres sin escrúpulos. Murió el 29 de agosto de 1905. Lo que vendría después fue el mayor enriquecimiento para Europa y la devastadora tragedia para la población y sus selvas. Brazzaville es la capital de la República del Congo desde su independencia en 1960, y lo fue de la antigua África Ecuatorial Francesa; en la orilla del rio, frente al Congo-Kinsasa y a 500 km por ferrocarril de Pointe-Noire, en el océano Atlántico.</p>



<p><strong>CAMINO A LA CONFERENCIA DE BERLÍN</strong></p>



<p>La apropiación de territorios en la desembocadura del Congo por Leopoldo II de Bélgica chocaba con los intereses franceses por el Congo occidental y con los portugueses y sus aliados ingleses, que ya estaban establecidos en la zona. Inglaterra y Alemania mantenían litigios por Camerún. Una situación que había que arreglar o al menos regular para aclarar competencias y evitar choques. La iniciativa del canciller alemán Otto von Bismark, artífice de la unión de Alemania en 1871, para poner orden acabó en la Conferencia de Berlín en 1884-1885 que restablecería la libre circulación y mercado por el Níger y el Congo, y significó en realidad el reparto del continente entre las potencias colonialistas europeas. El Estado Libre del Congo se traspasó al monarca belga, que entre 1885 y 1908 practicó el terror, los asesinatos en masa y la explotación indiscriminada de caucho y marfil en las selvas congoleñas provocando las mayores e inimaginables tragedias entre la población. A pesar de que importantes escritores y personajes denunciaron en su tiempo las barbaridades que se estaban haciendo en las selvas del Congo, la opinión internacional tardó en reaccionar y más aún en actuar. Joseph Conrad, en <em>The heart of darkness </em>(El corazón de las tinieblas) es el más conocido, pero no hay que olvidar la carta abierta a Leopoldo II del diplomático, historiador americano y negro, George Washington Williams, el informe del cónsul británico Roger Casament, al médico en África Arthur Conan Doyle y al mismísimo Mark Twain.</p>



<p>Hasta hoy, la explotación de las selvas del Congo ha provocado tensiones constantes por la propiedad de la tierra y el comercio, tan necesarios para la investigación, la ciencia y la industria farmacéutica.</p>



<h5 class="wp-block-heading">PARA SABER MÁS</h5>



<ol start="1884" class="wp-block-list">
<li><em>Neuvillle &amp;Ch Bréard.- Les voyages de Savorgnan de Brazza: Ogooué et Congo (1875-1882) Paris 1884.</em></li>



<li><em>Paul Eydoux. Savorgnan de Brazza Le conquérant pacifique. Preface du Maréchal Lyautey de l´Academie Francaise Paris, 1932.</em></li>



<li><em>Forbath. El rio Gongo. Descubrimiento, exploración y explotación del rio más dramático de la tierra. Fondo de Cultura Económica 2002.</em></li>



<li><em>W. Williams, Roger Casademont, Arthur Conan Doyle y Marc Twain. La tragedia del Congo. La Coruña, Ediciones del Viento, 2010.</em></li>
</ol>



<p><em>* Mercedes Barreno es Licenciada en Historia Moderna (UCM) y Máster en Métodos y técnicas de investigación histórica artística y geográfica (UNED)</em></p>



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