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	<title>Boletín 78 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 78 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Cuando los españoles decidieron salir a conocer España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/espanoles-conocer-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 11:18:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los viajeros españoles que durante el siglo XVIII se lanzaron a recorrer su propio país, los llamados viajeros ilustrados, resultan a día de hoy unos grandes desconocidos. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/espanoles-conocer-espana/">Cuando los españoles decidieron salir a conocer España</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><br>Los viajeros españoles que durante el siglo XVIII se lanzaron a recorrer su propio país, los llamados viajeros ilustrados, resultan a día de hoy unos grandes desconocidos. Sin el heroísmo de los grandes exploradores de América y el Pacífico que les precedieron, y sin el romanticismo de los viajeros por placer que les sucedieron en el siglo XIX, los del Siglo de las Luces pueden parecernos eruditos grises y anodinos, a veces meros funcionarios recopiladores de datos y husmeadores en archivos. Pero nada más lejos de la realidad: son los primeros que deciden salir a conocer nuestro propio país, a reconocer sus caminos, sus luces y sus sombras, para proponer un cambio.</p>



<p>Solo por ello, ya merecen nuestra atención, y a ellos va dedicado este nuevo número del Boletín de la Sociedad Geográfica Española. En estas páginas veremos cómo, siguiendo el modelo establecido por Rousseau y otros pensadores europeos, los intelectuales españoles dieciochescos se pondrán en marcha para conocer España en profundidad. Con increíble celo y constancia, se empeñarán en conocer la realidad de un país anclado en el pasado, y nos asombrarán con sus observaciones y reflexiones sobre una realidad que hasta entonces nadie se había parado a analizar.</p>



<p>Viajar no es ningún placer para ellos, sino una misión: no viajan para ver tierras y paisajes, no por mera aventura, sino para conocer pueblos, estudiar costumbres y comparar formas de gobierno. Y lo hacen con la ilusión casi infantil propia de los Ilustrados, optimistas, racionalistas, convencidos de que el acopio de datos y documentos permitirá cambiar de alguna forma el curso de la historia de España.</p>



<p>Los viajes de científicos como el de Cavanilles, de artistas como Antonio Ponz, de historiadores como el Marqués de Valdeflores, de intelectuales como Iriarte o Moratín, de cartógrafos como Tomás López, de hombres de gobierno como Jovellanos… pondrán en marcha una aventura intelectual, única y ejemplar en la historia literaria española. Más allá de su obsesión por inventariar todo cuanto ven, veremos viajes que duran toda una vida, como los más de treinta años que Tomás López dedica a recorrer el país para levantar el primer mapa completo y detallado de la península. O las dos décadas que un artista, Antonio Ponz, emplea para diseccionar la realidad histórica, social, artística y geográfica del país y contarlo en su Viaje de España. O el tiempo que dedicó Jovellanos, intelectual, hombre de leyes, prácticamente toda su vida, a viajar por España y dejar por escrito en forma de cartas cuanto vio por caminos, pueblos y ciudades, siempre con un afán reformista y didáctico. Entre unos y otros, nuestros viajeros ilustrados nos dejan frescos muy certeros de todas las regiones españolas y de cómo se viajaba en un país en el que los caminos no habían prácticamente cambiado desde tiempos de los romanos, con ventas y posadas sucias, incómodas y hasta peligrosas y sin “guías” de viaje que les orientasen en sus trayectos.</p>



<p>Los viajes ilustrados, a diferencia de los posteriores románticos, serán promovidos desde el propio gobierno, impulsados por los reyes Borbones de forma meditada, calculada y planificada, como parte de una renovación total de la nación. Y a finales de siglo se puede decir que han dado frutos: reformas de los caminos y del sistema de postas, conocimiento e inventario de los recursos del reino (artísticos, naturales, económicos…), una completa cartografía de la península, “guías” y libros de viajes para ayudar a desplazarse, y numerosos proyectos para mejorar la economía y las condiciones sociales del país, muchos de los cuales se verán truncados con las guerras napoleónicas y la posterior llegada del absolutismo.</p>



<p>Trescientos años después, España ha cambiado mucho, y también los objetivos del viaje y de los viajeros. Nuestro propio Boletín da un salto en el tiempo para dedicar un espacio final a la actualidad viajera: la primera expedición de la Sociedad Geográfica a la Antártida, que los propios participantes han relatado en forma de crónica, y la última edición de los Premios de la SGE, donde viajeros de otra época, de otro siglo, incluso de otro milenio diferente al que alumbró a aquellos viajeros ilustrados, llegan a todos los confines del mundo y centran su objetivo en la conservación del planeta.</p>



<p>Sus metas están a veces muy lejos de nuestro territorio cercano. Para muestra, Héctor Salvador, Viajero del Año SGE, piloto de batiscafos y primer español que desciende a la Fosa de las Marianas (10 706 m de profundidad). Pero incluso con un objetivo viajero tan lejano al que inspiró a los ilustrados, en su discurso quiso enlazar con cuantos viajeros le han precedido y con los que siente que comparte un espíritu común de curiosidad. <em>«Allí (en la profundidad de la Fosa de las Marianas) me sentí una gota insignificante en la inmensidad del océano. Hoy me siento así, rodeado de los héroes de mi infancia, los que allanaron el camino para que llegáramos hasta aquí». </em>Tal vez sea la curiosidad viajera por conocer lo que nunca ha cambiado.</p>



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		<item>
		<title>Los ilustrados viajes del VI Conde de Fernán Núñez</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-del-conde-fernan-nunez/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 11:00:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-del-conde-fernan-nunez/">Los ilustrados viajes del VI Conde de Fernán Núñez</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Francisco José Rosal Nadales</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><strong>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. Como fiel representante del Siglo de las Luces, utilizó sus experiencias para ampliar sus conocimientos, tratar de mejorar la vida de sus conciudadanos y, en algunos casos, para ayudar a sus amigos. En 1786 escribió una Ruta de viajes para el nuncio del papa, quien debía trasladarse desde Lisboa a Italia. En ella describió los caminos, las ciudades y los monumentos que podía visitar. También incluyó un mapa manuscrito con las rutas y las ciudades que debía atravesar.</strong></p>



<p>Esta guía y el mapa, resultan muy valiosos para el estudio de los viajes en el siglo XVIII, una obra de carácter personal y basada en la experiencia propia de un gran viajero.</p>



<p>Pero también sus viajes por España se vieron reflejados en cartas y diarios, que son un fresco vivo de la realidad de nuestro país en el siglo XVIII. Como el que realizó en 1784 desde Lisboa a Madrid y de aquí a sus tierras de Fernán Núñez, en Córdoba.</p>



<p>Los viajes, incluso los que se realizan bajo la vitola de puro ocio, raramente quedan en eso. Siempre hay una oportunidad en ellos para aprender, conocer, pensar, difundir lo aprendido —si tenemos inquietudes literarias— o mostrar posibles enseñanzas y mejoras de vida a quienes dependan de nosotros —si tenemos espíritu altruista. A este tipo de personas perteneció el VI Conde de Fernán Núñez, don Carlos José Gutiérrez de los Ríos y Rohan Chabot. Viajó mucho, aprendió mucho, difundió mucho, educó mucho.</p>



<p>En septiembre de 1778 iniciaron viaje hasta Lisboa el conde y la condesa. Ella iba embarazada del que sería su primogénito y, años después, primer duque de la casa. Él iba destinado como embajador de Carlos III ante la Reina Fidelísima, María I de Bragança. Como siempre, recogió sus impresiones de los lugares y personas con las que coincidió y, al mismo tiempo, ofreció su ilustrada opinión sobre algunos aspectos que le llamaron la atención.</p>



<p>Desde Lisboa se multiplicó para hacer valer los derechos de España en Portugal, tradicional aliado de Inglaterra, con la que de nuevo se habían desatado las hostilidades. Fueron tantos y tan grandes sus aciertos que nuestro Carlos III, en premio, le concedió el Toisón de Oro en marzo de 1783. Esta alegría solo palió levemente el dolor que, unos meses atrás, había provocado la muerte de su hermana Escolástica.</p>



<p>Sin embargo, estas dos circunstancias, una triste y otra alegre, vinieron a confluir en el viaje que la familia Gutiérrez de los Ríos y Sarmiento de Sotomayor realizó desde Lisboa hasta Madrid para recoger el Toisón de manos del propio monarca borbón y, ya en la corte, gestionar lo referente al testamento de su hermana.</p>



<p>Partieron de Lisboa el 2 de mayo. El día 5 llegaron a Vimieiro, donde fueron recibidos por los condes de dicho nombre. Aquí comenzó, ya, la labor de Fernán Núñez de aprendizaje en este viaje. Las charlas con el conde de Vimieiro resultaron del mayor interés para el embajador español, pues trataron, entre otros asuntos, de las escuelas para niñas pobres que el portugués había establecido en la villa de Estremoz. Como podemos comprobar, el viaje sirve a Gutiérrez de los Ríos para tomar nota, aprender, ver, oír y hablar de los temas que le interesan. Y la educación, como buen ilustrado, le interesaba sobremanera, pues su mente ya ideaba instaurar en su villa cordobesa de Fernán Núñez, de la que era administrador, un sistema educativo similar.</p>



<p>El 18 de mayo arribaron a Ávila. Aquí, Gutiérrez de los Ríos se sorprendió del elevado número de conventos e iglesias que había para una población relativamente pequeña. Incluso recogió una tradición sobre la iglesia de San Vicente:</p>



<p><em>«En el crucero de dicha iglesia hay una sepultura y una inscripción en la pared que dice estar allí enterrado el judío que hizo esta iglesia. Refiérese que habiendo hecho éste mofa de dichos Santos [San Vicente, Santa Rufina y Santa Cristeta], después de martirizados, salió de entre dos peñas una gruesa culebra que se le enrolló al cuerpo, con lo cual, reconociendo su error, clamó al verdadero Dios, se convirtió y ofreció construir dicha iglesia en honor de los dichos Santos Mártires.» 1</em></p>



<p>También visitaron el convento del Carmen, levantado donde se suponía estaba la casa de Santa Teresa. Aquí dio el Conde nueva muestra de ser firme creyente pero no crédulo: «En la sala en que nació la Santa hay una imagen suya cuyo báculo y rosario, de un tamaño enorme, se manifiesta en la iglesia y el religioso que nos lo ensañaba nos dijo oliésemos su fragancia, que por más que hice no pude hallar y solo percibí el olor de la madera»2.</p>



<p>No fue la única ocasión en que se mostró contrario al fomento de la credulidad y superstición entre las gentes iletradas por parte de miembros de la Iglesia. El 22 de mayo, por la tarde, entraron en Madrid. El 17 de julio de 1783, a las 11 de la mañana, tuvo lugar la entrega del Toisón de Oro al Conde de Fernán Núñez y al embajador de Francia, Conde de Montmorein. Ambos recibieron la insignia de manos del propio Carlos III. Los documentos en los que se daba cuenta de toda la ceremonia son magníficos para conocer la etiqueta cortesana en actos de este calado, pero exceden el objetivo del presente artículo.</p>



<p>Con el Toisón sobre su pecho, el conde y su familia iniciaron un nuevo viaje, esta vez hacia el sur, a la que él siempre llamó “su villa” de Fernán Núñez, en el Reino de Córdoba. En dicha localidad estaban dando culmen a las obras para la erección de una capilla dedicada a santa Escolástica, realizada en memoria de la hermana de Carlos José, y anexa al palacio de la familia. Este viaje se inició el 3 de mayo de 1784 y el conde volvió, como no podía ser de otra manera, a relatar en sus diarios lo que vio, conoció y, más tarde, puso en práctica. Así, a su paso por Valdepeñas, perteneciente en aquel tiempo al marqués de Santa Cruz, todos disfrutaron de su vino tinto y el conde puedo tomar como modelo para futuras empresas filantrópicas las obras pías de este noble, al tiempo que justificaba la existencia de la propiedad señorial si esta redundaba en beneficio de sus vasallos:</p>



<p><em>«Mantiene escuela gratuita para los niños, ha fomentado una fábrica de jabón y colma de beneficios y limosnas a sus vasallos, tanto en éste, como en los pueblos de Santa Cruz y el Viso, que son igualmente suyos. Este pueblo tiene al pie de 1.500 vecinos y todos bendicen la munificencia de su señor que socorre viudas, ayuda labradores y pañeros de que abunda, y fomenta de tal modo todos los ramos de la industria que no puede oírse sin ternura las alabanzas que de él publican todos a boca llena. ¡Oh, dichoso quien sabe ser señor de este modo, y merecer por sí ser aclamado por tal con alegría de su pueblo! No sé con qué razón podrán clamar contra esta especie de nobles, los que o por moda o por envidia, se encarnizan contra los que poseen lo que ellos quisieran tener. ¡Clamen en buena hora contra el abuso del poder y de la riqueza, contra los que solo piensan en arruinar a sus pueblos, pero respeten y conozcan la utilidad de los que no usan de su poder, sino para librar a sus prójimos, que miran como a hermanos, y para sostener el honor de la Patria, del Rey y de sus mayores, que supieron ponerle la corona en sus sienes a costa de su propia sangre!</em>.»3</p>



<p>Es posible que Gutiérrez de los Ríos ya abrigase en su fuero interno el deseo de establecer un hospital y una casa de niños expósitos en Fernán Núñez, por lo que, en este viaje, estaría tomando nota de otras instituciones que le ofreciesen ejemplos a seguir, además de solicitar informes a sus colaboradores. 4</p>



<p>Volviendo al viaje en sí, en El Viso [del Marqués] disfrutó del maravilloso palacio erigido por don Álvaro de Bazán, si bien algo abandonado en aquellos momentos. Al paso por Sierra Morena alabó el camino nuevo que Carlos III había preparado y que mejoraba mucho el tránsito por una zona llena de bandidos.</p>



<p>En La Carolina escuchó <em>«los elogios del desgraciado e imprudente Don Pablo de Olavide (…) vi que todos los que me hablaban le echaban de menos y no pude dejar de sentir que su poca prudencia y combinación de circunstancias le hubiese acarreado un fin que no hubiera tenido en otro país»</em>5. Don Carlos José Gutiérrez de los Ríos, conocedor de la mala organización que había tenido el repoblamiento, con individuos de del Centro de Europa poco acostumbrados al clima (y al vino) de Sierra Morena, mal escogidos, restó a Olavide culpas. 6</p>



<p>En el trayecto entre La Carolina y Carboneros encontraron la aldea de Escolástica. El nombre, como puede suponerse, provenía de la hermana del Conde. Así relató don Carlos José el curioso origen de la idea:</p>



<p><em>«[Tras ser herido en Argel, doña Escolástica] había venido a verme a Valencia </em><em>y me acompañó a mi villa de Fernán-Núñez. Al llegar a este paraje vimos </em><em>a Don Pablo de Olavide, que, con otros, estaba trazando aquella pequeña aldea. </em><em>Llegose al coche, preguntó a mi hermana su nombre, que era Escolástica </em><em>y éste fue el que dio y conserva aquella pequeña aldea, siempre agradable </em><em>para mí. Pensé, a su muerte erigir en ella un monumento, pero los respetos </em><em>de ser población real y otros que hubiera allanado Olavide con gusto me retrajo </em><em>de poner en planta mi pensamiento.» </em>7</p>



<p>El día 12 llegaron a El Carpio y, al día siguiente, el conde se separó del grupo para visitar las obras de la torre que estaban arreglando en sus tierras de La Morena. Vuelto a la comitiva, pasaron el Guadalquivir en barca por la zona de Alcolea. Allí se les unió el padre Miguel de Espejo, amigo suyo y quien había pronunciado en Fernán Núñez el elogio fúnebre por doña Escolástica en 1782. Llegaron a Córdoba ese 13 de mayo de 1784 y visitaron, entre otros lugares, la mezquita-catedral. Don Carlos José, con criterio propio, consideró que la Capilla Mayor era de una factura maravillosa, pero que no habían tenido acierto al erigirla en aquella mezquita única . Alabó la custodia de Arfe, la torre y el Patio de los Naranjos. En los alrededores destacó el monumento a San Rafael, las Caballerizas y la sierra con sus casas de campo señoriales.</p>



<p>El día 14 de mayo de 1784, a las cuatro y media de la tarde, llegaron a Fernán Núñez. La entrada fue recogida por los cronistas como algo apoteósico y digno de recuerdo. A la señalada ocasión de bendecir la Capilla de Santa Escolástica se unió el hecho de que en la villa no conocían, aún, a la familia, pues doña Esclavitud Sarmiento y sus dos primeros hijos, Carlos y José, no habían pisado Fernán Núñez: <em>«Todo el pueblo junto, con grandes aclamaciones manifestaban en sus semblantes señales ciertas de afecto y ternura; y habiéndose apeado en la iglesia, según acostumbran siempre, pasaron a su palacio»</em>. 9<br><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></p>



<p><strong>UN HOMBRE DE LA ILUSTRACIÓN</strong></p>



<p>El VI Conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos, nació en plena Ilustración, el 11 de julio de 1742, en Cartagena. Diplomático, militar y escritor, era heredero de una antigua familia aristocrática andaluza que tuvo un decisivo ascenso social durante el siglo XVIII. Hombre de amplia cultura, Fernán Núñez dejó escritos numerosos diarios de viajes y cartas, una biografía del monarca titulada <em>Vida de Carlos III</em>, cuyo manuscrito original se encuentra en el British Museum, un diario de la expedición de Argel y una interesante carta a sus hijos, donde expone sus ideas en materia de educación, economía y política.</p>



<p>Fue además académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y fue honorario de la sevillana de Buenas Letras desde 1785. En 1791, estando de embajador en París, fue destituido de su puesto por el Conde de Floridablanca, con el que mantenía una pertinaz enemistad política. Tras unos años de autoexilio por distintas ciudades europeas regresó a Madrid, donde murió el 23 de febrero de 1794.</p>



<p><strong>&nbsp;</strong><br>La bendición de la Capilla se produjo el 22 de mayo. El grupo de clérigos que participaron en la ceremonia iniciaron una procesión desde la iglesia parroquial hasta la puerta de la Capilla, donde ya les esperaban el Corregidor y demás miembros del gobierno de la Villa. El último en llegar fue el conde, según marcaba la etiqueta. El encargado de bendecir la capilla, tanto en su exterior como en el interior, a los sones del <em>Miserere</em>, fue don Cayetano Carrascal, Canónigo Tesorero de la Catedral de Córdoba, mientras que la primera misa la ofició Don Diego Moreno y Aguilar, Capellán de la condesa, en ofrenda a Santa Escolástica Virgen. Esa misma noche tuvieron lugar festejos que implicaron a todo el pueblo, si bien el protagonismo, como era de esperar en una sociedad típica del Antiguo Régimen, lo detentaron los condes:</p>



<p><em>«Esta noche a la hora determinada se oyeron repiques generales, acompañando </em><em>a los de la iglesia parroquial las campanas de los otros templos. Se iluminaron </em><em>las torres, todas las calles y cada particular quiso distinguirse. Las aclamaciones </em><em>gloriosas, los gritos de gozo y las bendiciones del pueblo, elevaban </em><em>sus ecos sobre los de las campanas. Todas las ventanas y balcones de palacio, </em><em>que hacen frente a la plaza nueva, estaban igualmente iluminados con dos hachas </em><em>cada uno. Este espectáculo, que duró algunas horas, se hizo más brillante </em><em>por la presencia de los Excmos. Sres. Condes, que desde el balcón principal y </em><em>ventanas animaban con su vista las de todo el pueblo.»10</em></p>



<p>El día siguiente, 23 de mayo de 1784, tuvo lugar la instalación del Santísimo Sacramento y de las imágenes sagradas en sus correspondientes altares de la Capilla, rodeado todo de grandes muestras de fervor popular. Previamente se había celebrado la ceremonia de bendición en la iglesia parroquial, a la que asistieron el conde y su familia, los cleros de Fernán Núñez y Montemayor y personas distinguidas de ambas localidades y otros ilustres invitados. Mientras, un enorme gentío esperaba en la plaza de la iglesia. Finalizada la bendición, tuvo lugar un convite en el palacio al que asistieron los más señalados miembros del clero y de la sociedad de los pueblos citados. Por la tarde de ese 23 de mayo tuvo lugar la procesión por la que se trasladó la Custodia desde la iglesia parroquial a la Capilla de Santa Escolástica.</p>



<p>En ella, los sochantres de Montemayor y Fernán Núñez entonaron el <em>Tantum ergo</em>, al tiempo que el conde les seguía, acompañado de sus hijos a derecha e izquierda según orden de nacimiento. Detrás de ellos iban otras dignidades civiles y religiosas, mientras <em>«las paredes de las calles [aparecían] cubiertas con distintas colgaduras, que hacían un matizado delicioso a la vista. El suelo se miraba alfombrado de tantas especies de flores, que parecía haber trasladado el mes de mayo todas las de los campos, prados, selvas y jardines, para que alabaran a su Criador [sic], santificándolas con su presencia» </em>11.</p>



<p>Instalada la custodia en su lugar del sagrario, se pasó al palacio donde los condes habían preparado un refresco. Pero fueron tantas las personas señaladas que asistieron, que hubo que preparar dos salas contiguas para acogerlas, al tiempo que los anfitriones honraban a sus invitados colocando <em>«sus asientos el centro de las mismas puertas que dividían las dos habitaciones para repartir con equidad los afectos y sentimientos del corazón, hablando a todos igualmente con afabilidad» </em>12.</p>



<p>En los días posteriores se nombró capellán de Santa Escolástica al fernannuñense don Juan de Zafra, se festejó la inauguración de la Capilla con espectáculos ecuestres y una corrida de toros en la plaza nueva. De todos ellos gustaron, desde el balcón del palacio, los condes. El día 30 de mayo, el propio don Carlos José rindió culto al Santísimo Sacramento postrándose a sus pies durante media hora. El 6 de junio tuvo lugar el matrimonio de Juan Crespo Hidalgo, vecino de Fernán Núñez a quien el conde había dotado para establecerse como casado 13, y María Jaraba, también de Fernán Núñez. Pero no terminaron ahí las jornadas sociales de los nobles:</p>



<p><em>«La una fue la de juntar SS. Excas. una tarde en su jardín todos los dotados </em><em>desde el año de 66, que fueron treinta y dos con sus hijos que eran más de </em><em>noventa, dándoles a todos una merienda, y haciendo que a cada chico repartiesen </em><em>a peseta los dos hijos de Su Excelencia. </em><em>En otro día se hizo esto mismo con los muchachos y muchachas de las escuelas </em><em>gratuitas que paga S. E. y pasaron de 212.» </em>14</p>



<p>El 8 de junio dejaron Fernán Núñez y se trasladaron a Córdoba. El 27 de junio ya disfrutaban de su estancia en Madrid, antes de regresar a Lisboa.</p>



<p>Como hemos podido comprobar, aunque en un caso concreto para no hacer inacabable este artículo, los viajes del VI Conde de Fernán Núñez tuvieron siempre esta naturaleza: viajaba, veía, aprendía, conocía, interrogaba y, más tarde, ponía en práctica lo aprendido si su economía lo permitía. Los habitantes de su villa de Fernán Núñez tuvieron muchas oportunidades de comprobar cómo los viajes de su señor acababan en algún beneficio para ellos: educación, asistencia a pobres o mejora de la salubridad.</p>



<p><br><strong>NOTAS</strong></p>



<p>1 Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, fondo Fernán Núñez (SNAHN, FN). Memorias del Excmo. Sr. Dn. Carlos José Gutiérrez de los Ríos, VI Conde de Fernán Núñez. Las publica acompañadas de un estudio biográfico el Duque de Fernán Núñez, Conde de Cervellón. Madrid, obra inédita, 1934, tomo II, p. 66.</p>



<p>2 Memorias, tomo II, p. 68.<br>3 Memorias, tomo II, pp. 70-71.<br>4 Sobre esta cuestión, véase VIGARA ZAFRA, José Antonio: “Las obras pías del VI conde de Fernán Núñez: Un ejemplo de distinción social a través de la caritas ilustrada a finales del siglo XVIII”, en De Arte, nº 14 (2015), p. 128. Este investigador ha localizado los planos de los edificios para las obras pías en los Archives Nationales, site de Paris, N/III/Espagne.<br>5 Memorias, tomo II, p. 72.<br>6 Memorias, tomo II, p. 74.<br>7 Memorias, tomo II, p. 77.<br>8 Véase Memorias, tomo II, p. 79.<br>9 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la capilla de Santa Escolástica. Córdoba, imprenta de Juan Rodríguez de la Torre, 1786, p. 3r.<br>10 Ídem, p. 4r.<br>11 Ídem, p. 5r.<br>12 Ibídem.<br>13 El dinero de la dote comprendía la adquisición de muebles, ropa, una yunta de vacas, un<br>arado y una cerda, entre otros elementos. Véase Memorias, tomo II, p. 83.<br>14 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la<br>capilla de Santa Escolástica, p. 6v.</p>



<p>&nbsp;</p>
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		<item>
		<title>La Duquesa de Osuna. La influencer de la Ilustración española</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/duquesa-osuna-influencer/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 10:03:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/duquesa-osuna-influencer/">La Duquesa de Osuna. La influencer de la Ilustración española</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><br><strong>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época. Mecenas de grandes artistas, anfitriona del salón más famoso de la ilustración madrileña, la Duquesa de Osuna fue protagonista indiscutible de un momento en el que España soñaba con ponerse al nivel de Europa. Viajó en contadas ocasiones y siempre forzada por las circunstancias (las mujeres españolas todavía no se habían incorporado a la moda del Gran Tour o los viajes románticos), pero dejó numerosas cartas y diarios en los que podemos seguir los pormenores de aquellos desplazamientos, no siempre felices.</strong></p>



<p><em>Celebrity, influencer, famosa</em>… así llamarían en nuestros tiempos a la IX Duquesa de Osuna, Maria Josefa de Pimentel, una mujer singular que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX y que representó a las mujeres españolas más avanzadas del llamado Siglo de las Luces. Fue probablemente la dama más interesante y sofisticada del Madrid de su época, anfitriona de tertulias y veladas literarias o musicales en las que reunía a lo mejor de la sociedad madrileña. A ella se deben también algunos avances de su época en los cuidados de los niños, como la vacunación de la viruela o mejoras en la lactancia, a través de la Junta de Damas, de la que fue presidenta e impulsora.</p>



<p>La Duquesa de Osuna fue además una gran coleccionista de arte, mecenas de Goya y de otros artistas y creadora de la primera biblioteca pública en la ciudad: su propia colección de más de 60.000 libros. En su palacio del Capricho, a las afueras de Madrid, creó un pequeño paraíso para recreo de los nobles, un <em>divertiment </em>que se hacía eco de las ideas ilustradas y de los sueños reformistas de una sociedad que aspiraba a reflejar las costumbres nobiliarias y la vida social de otras cortes europeas más avanzadas.</p>



<p>La Duquesa solo se alejaría de la corte en dos ocasiones: la primera, para seguir a su marido a Menorca y a París, y la segunda, cuando el ejército de Napoleón invadió España y se fue a vivir a Cádiz. No escribió diarios de viaje, pero sí abundantes cartas a amigos, intelectuales de la época y administradores, en las que daba puntual noticia de cuanto acontecía o encontraba en el camino.</p>



<p><strong>LA DUQUESA DE OSUNA, ARQUETIPO DE LA MUJER ILUSTRADA</strong></p>



<p>La visita al parque de El Capricho, en el madrileño barrio de la Alameda de Osuna, es la mejor forma de acercarnos, doscientos años después, a una época y a este personaje extraordinario: la IX duquesa consorte de Osuna, también XII Duquesa de Benavente y poseedora de otros veintitantos títulos por derecho propio, María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón. Este palacio y su correspondiente jardín fueron construidos entre 1789 y 1839 bajo las indicaciones de la propia duquesa en el noroeste de Madrid, como una finca de recreo para la familia, lugar de encuentro para aristócratas, intelectuales y artistas de la época. Allí se daban cita artistas como Goya, músicos como el compositor Boccherini, toreros, escritores, intelectuales o botánicos, y allí se debatieron las ideas más ilustradas y modernas de su tiempo. El abandono posterior del parque y sobre todo, del palacio, no hacen posible recrear plenamente lo que fue en su época, pero aún así, lo restaurado hasta el momento, en espera de que se culmine el proyecto de convertirlo en Museo de la Ilustración, nos permite hacernos una idea del espíritu de una mujer que, entre otras cosas, fue la primera en ingresar en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País o en introducir los biberones en España.</p>



<p>En el Palacio se debatían ideas, mientras en el jardín se disfrutaban las tendencias de la época entre la alta sociedad, como las pequeñas construcciones “caprichosas” o “folies” que, siguiendo las modas del momento, fue incorporando la propietaria: la ermita, la Casa de la Vieja, el embarcadero, la isla, el fortín, el templete o el abejero, este último levantado para ver, a través de una cristalera, cómo trabajaban las abejas. El jardín se concibió como un teatro: para que todas esas piezas se fueran entrelazando y los visitantes se sorprendieran con su descubrimiento. Desde la entrada —donde aparecía el nombre con el que la duquesa bautizó su propiedad: El Capricho—, la aristocracia caminaba como si estuviera saltando de un cuadro bucólico a otro. De <em>El columpio </em>de Jean-Honoré Fragonard al de Goya, este último, por cierto, comprado por la duquesa. La relación entre el pintor y la familia de Osuna fue muy estrecha: la duquesa le encargó para la decoración del palacio, además del famoso retrato familiar, <em>La gallina ciega</em>, <em>El conjuro </em>y <em>La merienda campestre</em>. Y más tarde, los famosos y controvertidos cuadros de brujas.</p>



<p><strong>EL VIAJE A MENORCA Y BARCELONA</strong></p>



<p>El matrimonio de los duques fue de conveniencia, como era habitual en la época, pero resultó una unión feliz y respetuosa. Como era su obligación de noble, tuvo múltiples embarazos y también sufrió la pérdida de muchos de sus hijos de pocos meses o años, pero esto no le impidió ser una mujer fuertemente comprometida y con una intensa vida social y cultural, y acompañar a su marido cuando le fue posible. Como en 1782, cuando se le encarga al Duque de Osuna la defensa de Menorca, en manos de los ingleses desde hacía setenta y cuatro años. Mientras que él está en la isla, la duquesa sigue sola desde Madrid los avatares de la guerra, concentrada en la complicada administración del patrimonio y de la casa y empeñada en ser madre. En estos difíciles años con partos y sobrepartos, el duque, que ve en la amargura que está cayendo su esposa, la anima a viajar y a reunirse con él en Menorca.</p>



<p>En julio de 1782 se pone en marcha con una etapa hasta Barcelona, donde se aloja en la fonda de un hostelero aprovechado: se queja por escrito a sus amistades de la codicia del hostelero que cobraba cuatro reales de vellón por una botella de <em>rosali de ratafía </em>y del gasto del brasero que se cobraba aparte de la habitación. En Barcelona embarca hacia Menorca en una fragata maltesa que tardaría seis interminables días, en lugar que las 24 horas que tardaba un jabeque correo en hacer la misma travesía. Le da miedo el posible mareo, pero en el último momento, está tan desesperada, que se pasa de la fragata a un barco más ligero para poder llegar a Menorca cuanto antes.</p>



<p>Menorca la decepciona: la isla está destrozada por la reciente guerra y no encuentra allí los lujos y comodidades a las que está acostumbrada. Además, la vida en el fuerte donde está su marido resulta incómoda y monótona. Solo le salvan de la monotonía de la situación en la isla los cuidados de su marido y el trato afable de sus compañeros.</p>



<p>Por fin, a finales del 1782, son trasladados a Barcelona. En una travesía llena de peligros, en invierno y con el mar agitado, María Josefa no deja de rezar a la Virgen del Pilar. En enero ya están instalados en una casa de la calle San Pedro. Su llegada a la ciudad condal fue ampliamente celebrada en los periódicos de la época, como lo describe la condesa de Yebes en su libro sobre la condesa de Benavente. María Josefa destaca socialmente en esta ciudad próspera y en la que ya se va creando una cierta burguesía al calor del puerto: acude al teatro, a las vigilias y novenas y a todas las recepciones a las que le invitan con frecuencia. Por fin, un nuevo embarazo cambia las cosas y su ánimo, pero su esposo, dados los antecedentes, decide evitar el calor del verano barcelonés y la deja instalada en la casa de campo de un funcionario amigo, donde podrá disfrutar de jornadas de campo, lectura y tranquilidad. Allí lee a su querido amigo Iriarte o los versos de Meléndez, tan de moda entonces, o la admirada <em>Ars Poética </em>de Horacio.</p>



<p>En Barcelona da a luz a su primogénita Josefa Manuela y poco más tarde madre e hija vuelven, solas, a Madrid, mientras Pedro se queda en Barcelona. En los años sucesivos tendrá más hijos y se dedicará a ser una excelente madre. Alejándose de lo habitual en otras aristócratas de la época, empleó modernas técnicas de higiene con los niños, se esforzó en darles una esmerada educación con los mejores profesores, sobre todo de Bellas Artes y en todos sus viajes se hacía acompañar por sus hijos, que siempre le profesaron admiración y cariño.</p>



<p><strong>RUMBO A PARÍS</strong></p>



<p>En 1798, Carlos IV (en realidad Godoy y Maria Luisa de Parma) envían (más bien destierran) a los Osuna como embajadores a Viena. Era un viaje complicado porque debían atravesar Francia con todos sus hijos y un importante séquito, un periplo entonces peligroso para el que era indispensable obtener un visado que estuvo a punto de no concederse porque corrieron rumores en París de que el futuro embajador había protegido a nobles franceses huidos de la Revolución. Aunque su destino final era Viena, los azares del destino convirtieron la pausa en la capital gala en una larga estancia de un año con regreso directo a España.</p>



<p>La duquesa relataría aquel viaje en cartas a su administrador y a sus amigos, con todo lujo de detalles de lo que ve y le llama la atención: un puente roto en el camino que debió sortear el carruaje, malas carreteras francesas con sus innumerables portazgos y las posadas que llegaban a costar hasta ochocientos reales diarios excluyendo los desayunos y la cebada para los animales. Aunque también habrá momentos agradables en el relato, como una tarde en la ópera de Burdeos. La descripción del viaje es una instantánea de cómo se viajaba en la época, en trayectos a veces intransitables que en ocasiones obligaban a salir de los carruajes y seguir un rato a pie. Y no solo en España. María Josefa, con su fuerte sentido patriótico, comenta “…<em>habiendo pasado caminos horribles que por fortuna no son de España</em>”.</p>



<p>Finalmente, el 5 de marzo, tras un penoso mes y siete días de viaje, llegaron extenuados a París, instalándose con todo boato en la residencia que los duques del Infantado tenían en París, una residencia que terminaría en manos de Talleyrand. París era en aquellos años un hervidero humano de toda clase de personajes singulares, de pícaros desencantados de la Revolución, de corruptos jacobinos y de españoles exiliados como Cabarrús y su hija. Este ilustrado de origen francés, había ocupado importantes cargos en la España de Carlos IV como consejero de Estado y Director de Banco Nacional de San Carlos, pero sus ideas marcadamente enciclopedistas le habían llevado a la cárcel y al destierro. Su hija Teresa era una joven muy inteligente que dominaba el francés, el italiano y el latín cuando llegó a París. Famosa por su belleza, se casó con el marqués de Fontenay en 1788 abriendo un importante salón donde recibió a los representantes de las nuevas ideas. La Cabarrús sería uno de los apoyos más importantes de la Duquesa en su estancia parisina. Instalados en París, los Osuna aprovecharon para visitar monumentos, encargar retratos y comprar libros. Cuenta María Josefa: <em>«…estuvimos en Versalles antes de ayer y solo puedo decir que necesita muchos días aquello, para enterarse de su magnificencia. Somos muy pequeños ahí, y esto respira grandeza»</em>. También comentaba emocionada las nuevas máquinas que descubre en sus paseos por la ciudad, como la estenotipia inventada por la imprenta Didot, que facilitaba enormemente la impresión permitiendo publicar libros a menos coste. Los gastos en París se multiplicaban para el matrimonio, que no escatimaba en nada. Se sucedían las cenas, los teatros, las clases de baile y música para los hijos… pero el sueldo de embajador no llegaba desde España. Pedro Alcántara, siempre más realista que su esposa, se lamentaba en sus cartas de su ritmo de vida. <em>«Mantenemos aquí tres coches, una mesa de diez y seis cubiertos, comida para una familia que se compone de cerca de treinta personas, ropa y vestidos de mi mujer, chicos, chicas y míos, asistencia de estos, alquiler de casa, teatros que son muy caros».</em></p>



<p>Para pagar todos los gastos, el duque tuvo que pedir créditos y vender joyas de la duquesa, pero, además, Viena le rechazaba una y otra vez como embajador por la coyuntura internacional. Tras muchos avatares, al Duque se le nombra inspector de los ejércitos del Rhin, un cargo mucho peor pagado, que considera un menosprecio a su categoría y que le obligaba además a separarse de su familia para defender un puesto militar de carácter irrelevante.</p>



<p>Los Osuna suplican entonces el permiso al Rey para regresar a España y vuelven lo antes posible, aunque se llevan de su estancia parisina numerosos amigos ilustrados, muchas lecturas y muchas influencias interesantes para la corte de Madrid. El conocimiento de la nueva sociedad que se estaba gestando en el Directorio y el Consulado en París, influirá en el resto de su vida. Llegan a Madrid en enero de 1800. Falta muy poco para que Napoleón invada España.</p>



<p><strong>MECENAS Y ANFITRIONES</strong></p>



<p>El duque de Osuna fue también un mecenas de la época, al margen de la obra de su esposa. Fue protector de muchos escritores, músicos y artistas. Fue miembro fundador de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País 1775), de la cual llegó a ser presidente, y de la de Osuna (Sevilla). A través de estas instituciones canalizó gran parte de la ayuda económica que proporcionaba a la investigación y mejora de la economía (sobre todo agricultura y educación). Fue miembro honorario de la Real Academia Española desde 1787, y de número desde 1790, ocupando el sillón Letra T. En 1792 accedió como honorario también a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El contacto de los duques con Francisco de Goya fue decisivo. Su primer encuentro fue para encargarle dos retratos individuales. Goya ya era conocido pero la protección de los Osuna, a partir de aquel momento, fue el espaldarazo definitivo para lanzar su carrera. Ellos le abrirían las puertas de muchos de sus amigos, e incluso de la Familia Real.</p>



<p>La implicación de los Duques en la cultura no se limitó a la pintura. Un ejemplo fue su biblioteca formada por muchos volúmenes heredados desde el siglo XV de todos sus antepasados y alimentada con muchísimas compras, sobre todo durante su estancia en París, hasta reunir la biblioteca más completa existente en la época en España. Incluía libros de todo tipo, entre ellos muchos prohibidos en España. Estaba en su palacio de la calle Leganitos, y decidieron abrirla al público. A la muerte de la duquesa en 1834 tenía más de 60.000 volúmenes.</p>



<p>Estamos en la época de los grandes salones y en Madrid, el más famoso fue sin duda el de la Duquesa de Osuna, que para la historiadora Carmen Iglesias representa la gran figura femenina del siglo, al reunir <em>«nobleza, cultura, inteligencia, conocimiento de idiomas, encanto, fidelidad a sus amigos y curiosidad científica que conservó hasta sus últimos días y que dio lugar a que en 1834, a los 83 años y en vísperas de su muerte recibiese de París un telescopio que había pedido a sus proveedores»</em>. Sus actos no tienen ya tanto que ver con las obras de caridad como de propuestas liberales o ilustradas que la colocan en parámetros modernos y cercanos a la contemporaneidad. A su salón, que lograría sobrevivir incluso a los avatares de la guerra, acudían: Moratín, Don Ramón de la Cruz, Humboldt, Agustín Betancourt, Martínez de la Rosa, Washington Irving, el general Castaños, Mariano Urquijo, diplomáticos extranjeros, artistas, músicos, cómicos o bailarinas.</p>



<p><strong>LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA Y EL VIAJE A CÁDIZ</strong></p>



<p>En 1809, Maria Josefa Pimentel, ya viuda, haría el segundo gran viaje de su vida: el que le llevó a Sevilla y más tarde a Cádiz, donde seguiría mediante cartas con sus amigos el curso de la guerra con los franceses, una contienda que marcó trágicamente su vida y la de su familia. Claramente en contra de los afrancesados y partidaria de Fernando VII, había soportado la primera fase de la invasión en Madrid, pero cuando los franceses rompieron el frente español en Somosierra, decidió huir hacia el sur. En discretos carruajes, con escaso equipaje y reducida la servidumbre, puso rumbo con valentía a un destino más seguro, con sus tres hijas y nueve nietos. En una fría noche de diciembre, salió ocultándose en la oscuridad, salvando así a su familia. Dejó el pasado, sus palacios de El Capricho y de la Cuesta de la Vega, en el centro de Madrid, su fabulosa pinacoteca, su biblioteca y todos sus objetos de valor de aquellos palacios en los que habían <em>Los duques de Osuna y sus hijos. Goya. 1788. Museo del Prado. </em>sido tan felices. Lo único importante ahora era salvar sus vidas.</p>



<p>Cuenta en sus cartas como, una vez atravesadas las berlinas el temible desfiladero de Despeñaperros, se encontraron en medio de ese territorio con la constante amenaza de bandoleros en la zona, aunque sabía que muchos de ellos, como José María Hinojosa, El Tempranillo, colaboraban con la misma causa patriota en la que ella misma militaba. Decidió entonces esconderse en su enorme finca agrícola de Santa María del Bosque, pero supo que había sido ocupada por un violento guerrillero llamado Andrés Ortiz, que afirmaba por entonces <em>«…que no había duques ni ricos, y que la tierra era de todos y debía ser repartida…»</em>: No parecía el lugar apropiado para la familia y dirigieron los coches rumbo a Sevilla.</p>



<p>En la capital andaluza se había refugiado ya gran parte de la aristocracia madrileña y muchos funcionarios que no estaban dispuestos a colaborar con el invasor. Los Osuna se alojaron exhaustos por el viaje en casa de su parienta la marquesa de Armunia, Doña María Teresa de Silva Fernández de Híjar y Palafox. Unos días más tarde se encontraría con Lord y Lady Holland, viajeros británicos, que continuaban inexplicablemente su viaje por España a pesar de la guerra. Lord Holland, amigo de Jovellanos, seguía en los periódicos locales las vicisitudes de la guerra, mientras su esposa anotaba en su diario sus aventuras por la peligrosa España. Todavía estarían un año más viajando por el país.</p>



<p>La Duquesa estaría un año en Sevilla, viviendo ricamente gracias a los depósitos que el duque había dejado en la banca británica y que le llegaban puntualmente a pesar de la guerra. Vivió en primera persona el auge del liberalismo del que Sevilla fue cuna durante los primeros meses de 1809, como lo será después Cádiz. Pablo de Olavide había fundado en 1777 la Real Sociedad Patriótica, que tuvo su origen en la tertulia organizada por este ministro en el Alcázar, donde recibía a Jovellanos, al marino Antonio de Ulloa o al jurista Juan Pablo Forner. La presencia de la Junta Suprema Central favoreció el impulso ilustrado a una ciudad que a finales de 1809 comenzó a sentir la amenaza sufrida por otras ciudades españolas: el asedio francés. En febrero de 1810, los franceses ocuparon la ciudad y comenzó entonces la rapiña artística en Andalucía de mariscal Soult: muchas de estas obras están todavía hoy en los museos franceses.</p>



<p>Maria Josefa decidió entonces trasladarse a Cádiz, donde llegaban cada vez más refugiados y solo encontró alojamiento de alquiler en un destartalado piso de la calle Misericordia. Acostumbrada a vivir en grandes palacios, se sintió agobiada, pero pese a todo, sus años en Cádiz fueron muy felices y especialmente interesantes. Con el telón de fondo de la guerra, la vida seguía, tanto la personal (bodas, nacimientos…) como la intelectual y política. En la ciudad andaluza, el único bastión libre de franceses, vivió desde su piso alquilado como se fraguaba la Constitución de Cádiz, la Pepa, y participó en las tertulias de Francisquita Larrea, otra buena amante de todas las artes como la propia Duquesa.</p>



<p>De Madrid llegaban malas noticias: los soldados franceses habían destruido y saqueado sus tierras en Arcos, y sus palacios de Madrid y el Capricho se habían convertido primero en cuartel y luego en lugar de fiestas y francachelas de José I. El destrozo de su patrimonio no quedó únicamente en El Capricho. Para conseguir dinero, tuvo que vender muchos de los objetos que había conservado, entre ellos obras de Goya, pero no estaba dispuesta a renunciar a su alto tren de vida, incluso en el “exilio”.</p>



<p>Durante la Guerra, la duquesa contó con una eficaz red de comunicación con sus amigos, que le permitía estar al día, controlar desde la distancia sus tierras y su fortuna y estar al día de lo que pasaba en el resto del país. Pasada la guerra, Josefa volvió a relacionarse con muchos de sus antiguos amigos, pero nunca pudo perdonar a los “afrancesados” y a los que habían colaborado con la monarquía de José I. No hubo piedad para ellos y la elegante dama ilustrada se transformó en una defensora de Fernando VII y del absolutismo. Pasó el resto de su vida intentando recuperar el esplendor de todo lo que había perdido.</p>



<p>En 1914, emprendió la restauración de El Capricho, que volvió a ser un referente, con nuevas estatuas, monumentos y edificios, y volvió a llenarse de amigos. En casa de la duquesa se volvió a reunir la sociedad más escogida de principios de siglo en Madrid: diplomáticos extranjeros, escritores y artistas, y aquí se escuchaban los extraordinarios conciertos que ella continuaba organizando. Pero los tiempos eran otros y los problemas económicos acuciaban cada vez más. Pese a todo, la Duquesa y ahora también sus hijos y nietos, siguieron siendo una referencia imprescindible en la alta sociedad de la época. María Josefa murió en 1834, a los 83 años, cerrando así una época trascendental para España.</p>



<p><br><strong>BIBLIOGRAFÍA</strong></p>



<p>La IX Duquesa de Osuna, una ilustrada en la Corte de Carlos III. Fernández-Quintanilla, Paloma. Ed. Doce Calles. 2023</p>



<p>Capricho. De Arteaga, Almudena. Ed. Planeta 2012</p>



<p>La condesa-duquesa de Benavente. Una vida en unas cartas. Espasa-Calpe, 1955</p>



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