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	<title>Boletín 8 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Via XXIV</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:50:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>La de Hervás cuentan que fue tierra de muchos osos y de muchos judíos, pero ahora sólo sobreviven los bosques en que aquellos triscaron y el hermoso barrio que albergó [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">La de Hervás cuentan que fue tierra de muchos osos y de muchos judíos, pero ahora sólo sobreviven los bosques en que aquellos triscaron y el hermoso barrio que albergó a los segundos: mundos deshabitados. Rodean el pueblo altas, sierras, salvo por el oeste, por donde se abre amplio camino el río Ambroz, y aunque talaron en los alrededores doscientos mil castaños, quedan aún frondosos arboledas que dibujan una paisaje verde, húmedo y acogedor. Hervás es pueblo de veraneantes y hasta tiene un buen hotel llamado Sinagoga, aunque está cerrado en esta época, cuando se acercan ya las nieves que adornan mucho el magnífico paisaje.. Hay bautizo al atardecer y la chiquillería grita y se pelea por monedas de peseta y de duro que un hombre joven siembra por el pavimento de la placita. Eche usté. Padrino; no se lo gaste en vino, cantan monótonos y alegres a su alrededor. El barrio cristiano es laberíntico, pulcro, muy animado y hermoso, y el único guardia urbano que controla el tránsito con mucha amabilidad sonríe ante las dificultades de los turistas para encontrar estacionamiento. Aun costado y en fuerte pendiente hacia la hondonada comienza la antigua alijama, considerada como una de las mejor conservadas del mundo. Sobre todo, está habitada, está viva. En un nuevo laberinto y entorno a una calle muy noble que se llama, con rótulo en castellano y en hebreo, de la Amistad Judeo-Española y que baja hasta el río, se teje el barrio de pasadizos, tunelillos, vías curvas y otras más amplias y derechas. Las casas son de piedra hasta su cintura y se alzan luego en entramado de cantos, adobe y troncos. Algunas defienden las fachadas con mantos de tejas o de madera, sobre las puertas de doble hoja. Cuelgan macetas de los muros, balcones y galerías, se proveen de agua fresca a las vecinas en una fuente pública y, al anochecer, se encienden unas farolas de luz amarilla que alumbran con romántica delicadeza los contornos de los edificios y el pavimento de canto rodado. Quizá no resulte muy cómodo el barrio para vivir, pues se venden o alquilan muchas viviendas. Hervás y Plasencia eran las ciudades de Castilla en que más judíos vivían el 1492, cuando se decretó la expulsión de los aproximadamente ciento cincuenta mil que poblaban el reino. En Hervás, judíos los más, dice un estribillo indudablemente viejo, pues no se ven ahora barbas rizadas, sombreros ni bonetes. Sólo el fantasma del judío errante se mueve lento por estas callecitas medievales, restos de su memoria, agitando las filacterias. –No se asombre demasiado el forastero, dice, que antes de Castilla fuimos expulsados los de mi raza de Cataluña, de Inglaterra(en 1290), de Francia (en 1394) y de muchos otros lugares. Aquí vivíamos&#8230;, pues como el resto de la gente vive en todas partes. Había judíos ricos, cobradores de impuestos, médicos y prestamistas con usura o banqueros, que fueron siempre una misma cosa, y otros vecinos menos acomodados que trabajaban como artesanos en oficios diversos, de zapateros, de sastres, de albañiles&#8230;, o labraban pequeños huertos de regadío. Desde los tiempos romanos estábamos en Sefarad y conocimos tiempos buenos y hasta privilegios grandes pero también épocas muy tristes y terribles persecuciones como las que ejercieron sobre nosotros los visigodos germánicos&#8230; Aquí vivíamos muchos, sí felices o desdichados, en concordia con nuestros vecinos y contentos de haber topado con un pueblo tan bello.<br />
En la parte más baja –y pobre– del barrio, junto a un hermoso puente de piedra muy viejo, se desarrolla animado trajín agrícola y huele a estiércol fresco.<br />
Arriba, al otro lado de los dos conjuntos urbanos bien soldados entre sí, la estación, más allá de un parque muy nuevo y frondoso, como casi todas sufre de apedreamientos y abandono. Jardines que sin duda fueron muy hermosos y regalados padecen de olvidadizo descuido y de patética incuria. Ni la carretera nacional ni la romana suben al cerro en que se asienta Hervás. La de la Plata Antigua busca el terreno llano, hacia el oeste; un labrador viejo recuerda aún que por allí pasaban muchos carros y mulos cargados de cacharro de alfarero para venderlos en el pueblo del norte. Varios cordeles partían de ese camino, hacia las Hurdes, hacia Granadilla&#8230; Las sierras grises, del Castellar, de Lagunilla, de Candelario, sustentan pacíficas nubes, inmóviles y solemnes como obispos gordos. Olivos y cerezos en el amplio valle, incluso palmeras florecidas alternando con encinas y las fértiles verduras de los huertos&#8230;<br />
La Vía XXIV, que es como numeraron ala de la Plata los historiadores del siglo pasado, pues se dijo ya que los romanos daba a sus carreteras el nombre de los puntos de origen y de destino, no un número, sirve de calle en Aldeanueva del camino (muchos pueblos como este llevan nombre o apodo relacionado con la calzada)antes de ir apartándose progresivamente hacia poniente. No vuelve a hermanarse con la carretera hasta Cañaveral, unos setenta kilómetros más al sur, muy debajo de Plasencia. El ferrocarril, en cambio, sigue fiel y paralelo al asfalto. Olivos, encinas y alcornoques semidesnudos, de piel color cadmio, y otros orgullosos y frescos rodean la aldea de la Abadía, que se agrupa alrededor de un viejo castillo que fue más tarde abadía cisterciense y después palacio del duque de Alba. Se trata de una enorme finca que pertenece ahora a un conocido ganadero de Salamanca, a una mujer que se ha pasado toda su vida sentada mandando, según cuenta sin pelos en la lengua la mujer que, sola, atiende este inmenso edificio, currelando como una esclava y sin una buena palabra y todavía menos dinero. Aurora, como dice llamarse, lamenta la parquedad de la cosecha de aceitunas. Aunque tampoco le importa demasiado, porque son del amo, no suyas: solo que tampoco este año le subirán el jornal&#8230; El sólido palacio, aunque esté ahora dedicado a granja agrícola, guarda entre sus muros un bonito claustro mudéjar, esculturas romanas, jardines italianos arruinado y otras buenas riquezas.<br />
Para llegar al esqueleto de Granadilla, a través de un paraje deshabitado, no hay indicaciones y la carretera está intransitable. Es vastísima región de colinas suaves, monte bajo y pinares, tierra de caza y de níscalos, vacía de personas. El embalse de Gabriel y Galán, que es el segundo o tercero más grande de España y está siempre lleno, prácticamente pegado a la de Valdeobispo, ha inundado la hermosa vega y llena de humedad el territorio. La ciudad de Granadilla fue desaloja da cuando se cerró la presa, pues quedó perdida en una península al borde de las aguas, medio comida por ellas, Destino trágico el de este pueblo hermoso, al que en 1492 le quitaron el nombre los Reyes Católicos para cristianar a Granada (a la que los nazaríes llamaban Garnata) y hace un cuarto de siglo le arrebataron los habitantes. Inútilmente conservaba parte de sus murallas árabes a tramos ahogadas, y una torre trebolada del castillo cristiano que fue el primero construido por el duque de Alba. Pero la mayor parte de las casas están hundidas, pobladas de matojos y culebras.<br />
Guarda la plaza un tipo rubio y fuerte, hurdano de nacimiento, que viste una sudadera con el letrero West Man, dispone de un todoterreno en muy buen estado y juguetea con la llave de la pesada puerta de la ciudad, junto a una poderosa olma moribunda por la grafiosis, enfermedad que ya acabó, por ejemplo, con las de Aldea-nueva y Hervás. Vive solo allí y agradece la conversa y el entretenimiento. A ese fin franquea el paso y da informes mientras alimenta a un cordero lustroso y a un puñado de gallinas que comparten su soledad. En el buen tiempo, atiende y gobierna a los estudiantes que le manda el ministerio de cultura para que reparen los invencibles destrozos y holguen en paraje tan espectacular y delicioso. Cuando le asalta el aburrimiento, tiene la televisión a mano u muchos barbos y blablás que pescar en el pantano para sus condumios. Dice no tener miedo a la soledad ni a las brujas que, según leyenda, abundaban aquí-bastaba con mantener abierto en la iglesia el libro delos Evangelios para descubrirlas-ni a la nostalgia de los vecinos obligados a evacuar la ciudad, acogidos muchos en rincón del Obispo, diseminados otros por medio país&#8230; A veces intentan recuperar lo suyo, piden que dejen a sus cenizas reposar allí donde se formaron, se soliviantan y lloran y hablan en la radio, pero Granadilla exhibe su condena al lado del mar inmenso que abraza lejanas colinas y lame verdísimos bosques.<br />
Cruzando esos solitarios parajes, encuentra el peregrino al viajero berciano Ramón Carnicer, no a su fantasma, sino su carne y sus huesos bien altos. Baja de Las Hurdes armado de frágil bastón y tomando apuntes para un libro muy completo y rico en el que está encerrando toda la sangre y toda el alma de Extrema-dura, la gran olvidada. Habla de las exiguas viviendas de Las Hurdes, construidas con lajas de pizarra, sin argamasa ni huecos de ventilación. Allí convivían hombre y animales, en una cerrada atmósfera de excrementos fermentados y paja podrida.<br />
Ni mesa ni camas poseían hace cien años y tampoco conocían siquiera la rueda. El pan salían a buscarlo como mendigos los llamados panaderos, en largos viajes fuera de la región, y cocían luego los mendrugos rancios de varios meses para machacarlos y hacer con ellos una pasta que cocían de nuevo. Traína ropas viejas, incluso de muertos y apestados, con lo que inevitablemente se contagiaban&#8230; –Lo dicho, la maternidad anticipada a la plena pubertad, la consanguinidad, a menudo incestuosa, la alimentación desequilibrada e insuficiente, que llevaba con frecuencia a la “hambre aguda” paliada por el alcohol, otro de los males hurdanos; las aguas de Las Hurdes Altas, carentes, por su pureza, de los elementos minerales imprescindibles para el organismo y, en las Bajas (además de la contaminación procedente de las Altas), la existencia de charcas corruptas, fuente del Paludismo y de las lesiones hepáticas, engendraban una compleja patología donde lo más visible eran bocio, cretinismo, raquitismo, enanismo, y otras calamidades endémicas, no combatidas por médicos y boticarios porque no los había. Todo esto solo empezó a cambiar en realidad a partir de 1955, cuando se construyeron las primeras carretera, algunas escuelas y dispensario médico y se re lajó la tiranía de La Alberca sobre los hurdanos, pero todavía se descubren huellas de tan profundos y largos males. Especialmente en las alquerías, más pequeñas, pegadas como insectos a las rocas de pizarra, malvive la gente cuidando abejas pa ra aprovechar el polen, que secan lentamente al sol sobre una manta, y la miel, y pastoreando cabras hirsutas. La agricultura es casi imposible. Las Hurdes están a solo una veintena de kilómetros a tiro de piedra de Granadilla.</p>
<p class="bodytext"><strong>Jesús Torbado</strong></p>
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		<title>La suma de la geographia de Fernández Enciso</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:49:49 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>A veces, la ignorancia mezclada con algunos gramos de prepotencia nos lleva a recorrer un camino complicadísimo para acercarnos a un lugar francamente accesible hasta para un niño. Sucede por [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">A veces, la ignorancia mezclada con algunos gramos de prepotencia nos lleva a recorrer un camino complicadísimo para acercarnos a un lugar francamente accesible hasta para un niño. Sucede por ejemplo cuando necesitamos saber un número de teléfono y comenzamos por buscar a su propietario mediante amigos comunes, compañeros profesionales, contactos en la Administración pública, ministerios, embajadas, agencias como la CIA, el MI-5 o el Mosad y otros estamentos sabelotodo, hasta que nos llega un momento de lucidez y se nos ocurre ojear la guía telefónica.<br />
Y allí está. Algo similar me sucedió buscando luz sobre un personaje del siglo XVI llamado Martín Fernández de Enciso. En un librito que compré tal vez en Ngorongoro o en la desaparecida librería del New Stanley Hotel de Nairobi, titulado Tourist Guide to Tanzania (escrito por Gratian Luhikula y editado en Dar es Salam por Travel Promotion Services el año 1985), encontré el siguiente párrafo cuya traducción transcribo:<br />
La primera referencia exterior al Kilimanjaro fue hecha por Ptolomeo, un geógrafo griego -en realidad, nacido en Alejandría-. En su Geografía, escrita en el siglo II, describe una gran montaña nevada que se halla al interior desde Rhapta, en la costa de Azania. La segunda referencia fue de un geógrafo portugués, Fernandes de Enciso, en 1519. De Enciso señalaba que «el monte Olimpo Etiópico que es altísimo» se levanta al oeste de Mombasa. En 1845, el geógrafo británico Desborough Cooley describió el Kilimanjaro como la más famosa montaña del este africano, aunque no creía en las crónicas que decían que había nieve en su cumbre.<br />
Aquello me cautivó. Piqué el anzuelo con gusto e inmediatamente, en cuanto volví a España, comencé a indagar sobre aquel llamado Fernandes de Enciso. En 1519 aún faltaban 59 años para que Portugal se uniera a la Corona española, y por tanto tendría que indagar en los archivos históricos de Lisboa. Los portugueses habían llegado a Mombasa el 7 de abril de 1498 capitaneados por Vasco de Gama y, probablemente, este hombre entre ellos. También me parecía lógico pensar que una descripción de la montaña alta sólo podía hacerse si algún participante en expediciones interiores (escasas, pues en aquella época era muy temerario penetrar en el territorio de los zandj) se lo había contado, o mejor aún si él la había visto con sus propios ojos. Sólo encontrando lo que había escrito podría saber (o intuir) cuál había sido la fuente de su descripción. Las aproximaciones que hice a bibliotecas y archivos históricos lisboetas fueron baldías y acabaron en un fracaso rotundo.<br />
También pudiera ser un español que utilizara fuentes portuguesas, y para saber si estaba en lo cierto utilicé a mi buen amigo Manuel Vidal (un hombre sabio y cabal de cuyo cariño y vastísima cultura he tenido la suerte de gozar), quien se metió en el Archivo de Indias hasta encontrar una referencia. Se llamaba Martín Fernández de Enciso y había escrito un interesantísimo libro publicado en 1519 bajo el título Suma de geographia q trata de todas las partidas y prouincias del mundo:en efpecial delas indias. Y trata largamete del arte del marear: juntamete con la efpera en romace: con el regimieto del sol y del norte: nueuamente hecha. Así que me decidí a visitar Sevilla.<br />
Pocos días antes de mi partida, una nueva luz aclaró algunas de las pocas neuronas que deben de quedarme en permanente actividad. Tal vez encontrara alguna copia en la biblioteca del CSIC, y para ello utilicé a otro amigo, esta vez Juan Pimentel (investigador, escritor y conferenciante lúcido con el que da gusto hablar, porque de él siempre se aprende algo), quien me abrió las puertas del Consejo hasta ponerme el libro entre las manos. Era un volumen publicado en 1987 por el Museo Naval con edición y estudio a cargo de M. Cuesta Domingo. Es decir, un libro que puede adquirirse no sólo en este museo que lo editó, sino en cualquier librería medianamente especializada en Historia, o en viajes, o en geografía, por ejemplo, en Deviaje, a escasos quince minutos de mi casa. Y yo llevaba varios meses invertidos en una búsqueda complicadísima.<br />
Mereció la pena. Da gusto encontrarse con un personaje como éste, completamente olvidado por el común de la gente (como olvidados están otros muchos escritores, relatores o exploradores españoles y extranjeros que sirvieron a la Corona española) y leer lo que escribió a principios del siglo XVI este bachiller nacido en Sevilla, como aseguran Roquette y Boyd-Bowman, o en el pueblo riojano de Enciso, como dice Ibáñez Cerdá en la idea de que era frecuente que quienes iban a las Indias añadieran a su nombre y su apellido el lugar de nacimiento. Fernández de Enciso no era pues un porquero extremeño, ni un gañán navarro, ni un expresidiario, como algunos libros anglófonos dibujan al español que iba a las Indias, sino un letrado en leyes que llegó a adquirir amplios conocimientos de geografía, astronomía y náutica. Cuesta Domingo dice de él:<br />
El autor hace que su geografía sea útil, no sólo curiosa para el gran público; expone «las costas de la tierra por derrotas y alturas, nombrando los cabos de las tierras y la altura y grados de cada uno» describiendo desembocaduras, tierras próximas, una sucinta historia natural, nota sobre sus pobladores, toponimia, etc., formando una verdadera carta en prosa a falta de la plana perdida a la que complementaría perfectamente, como sucedió años después con la de Alonso de Chaves, también en paradero desconocido.<br />
Sorprende que esta pulcritud para las descripciones geográficas las mantenga incluso en lugares que no conoció. Personalmente, la lectura del capítulo sobre áfrica me ha maravillado y quien quiera asombrarse de su valía debe leer sin dilación cómo describe las fuentes del Nilo tres siglos antes de que a cualquier británico se le ocurriera pensar en partir hacia el corazón de aquella tierra para buscarlas, lo que demuestra que ni Burton (que no era precisamente un iletrado), ni Speke, ni nigún otro explorador británico había leído lo que escribió Fernández de Enciso:<br />
Este río Nilo tiene sus nacimientos de la otra parte de la equinoccial al Austro, en los Montes de la Luna; y también los tiene en los Montes Atalante, al fin de áfrica, hacia el Poniente, en una laguna grande llamada Nílide, de donde tomó el nombre el Nilo, adonde hay cocodrilos y todos los otros géneros de pescados que parescen en el Nilo.<br />
Y esta agua ésta laguna Nílide y otras que a ella se llegan de los montes Atalantes, pasan por muchos desiertos de arenas, que están de la otra parte de los Montes de la Luna en Etiopía, cerca de los desiertos de Siene.<br />
Luego repite que hay dos Nilos, que el más oriental nace en un lago de Etiopía (el actual lago Tana), que se juntan al norte, que luego hay cataratas y otros accidentes hasta que se convierte en corriente navegable. Una delicia. A mayor abundamiento, pasadas algunas páginas está el párrafo que buscaba desde hacía tiempo, en el que se menciona el Kilimanjaro. Y allí también hay una pista:<br />
Desde Quiba hasta Mombaca hay setenta y cinco leguas. Está Mombaca al Norte en seis grados. Delante de esta costa hay muchos isleos cerca de la tierra y casi en el medio están dos islas. En el paraje de esta costa están los trogloditas australes; y al Oeste de este puerto está el monte Olimpo Etiópico que es altísimo, adelante de él están los montes de la Luna, a do son los nascimientos del Nilo.<br />
Años más tarde, esa Mombasa que menciona Fernández de Enciso se convirtió en una ciudad más del imperio español, como lo fueron Viena, Amsterdam, Lima, Nápoles o Mascate (la capital de Omán), y en ella se levantó para su defensa el fuerte Jesús, construido por el maestro de obras Gaspar Rodríguez y el arquitecto napolitano Gian Batista Cairato, con dos bastiones a los que se llamaron de San Alberto (en homenaje al virrey de Portugal y arzobispo de Toledo) y San Felipe (por el rey Felipe II de España y I de Portugal). Pero ésta es otra historia de la que pretendo escribir en otra ocasión.</p>
<p class="bodytext"><strong>Jos Martín</strong></p>
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		<title>Yemen misterioso</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/yemen-misterioso/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:49:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 8]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Algún viajero me había hablado del Yemen como uno de los lugares más exóticos e interesantes de la Tierra. «Es un país casi increíble, lleno de gentes armadas, castillos y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Algún viajero me había hablado del Yemen como uno de los lugares más exóticos e interesantes de la Tierra. «Es<br />
un país casi increíble, lleno de gentes armadas, castillos y torres medievales sobre inaccesibles precipicios&#8230;». Este cronista recordaba haber leído un libro lleno de interés: «En el país de las sombras cortas», de Hans Ruesch, en el que se relataban noveladas las guerras entre el Yemen del norte y el Yemen del sur: Ejércitos a caballo, oasis, campos de leprosos, montañas inaccesibles&#8230;<br />
La paz llegó por fin, después de guerras medievales a finales del siglo XX entre príncipes de ayer y jóvenes revolucionarios de hoy. En 1990 tras una amarga lucha fratricida entre el Yemen del Norte y el Yemen del Sur, el país se unió constituyendo la República del Yemen.<br />
En cuanto pude, entre expedición y expedición, buscando un hueco en mi agenda viajera -cada año que pasa es un año menos y la actividad hay que incrementarla para frenar el declive inexorabledecidí ir a recorrerlo ayudado por el italiano Marco Livadiotti, de Universal Travel, y las líneas aéreas Yemenia.<br />
Mi pretensión como siempre era volver a la aventura del camino sin andar, y poder llegar hasta la máxima altura del país, la cima del Hadur Shuayh, de 3.700 metros, cruzando tierras y valles para desde allí contemplar el misterio de un país bíblico.<br />
He regresado entusiasmado del paisaje contemplado, a pesar de no haber llegado a la cima de Arabia, lugar destinado al Ejército y lugar prohibido. Decía que hemos vuelto intrigados por sus viejas y vivas costumbres, impresionados por la simpatía de sus gentes. Hemos recorrido en un agotador viaje cientos de kilómetros en búsqueda constante de valles y fortalezas, sintiendo la hospitalidad con el extranjero como hasta hoy no habíamos podido encontrar. Mis expertos compañeros han, el periodista Vicente Martínez Márquez, logista y explorador, junto a Santiago Campo, productor de reportajes espléndidos en la televisión española.<br />
La sorpresa comienza cuando el viajero llega a Sana&#8217;a, capital del país, ciudad de curiosos barrios, rodeada de viejas murallas, con altas casas de piedra curiosamente decoradas. Sana&#8217;a representa el ayer vivo, cómo casi todo el Yemen, con excepción de Hodeida, el puerto del Mar Rojo, y quizás de Adén, la ciudad que fue dominio inglés a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Todavía el Yemen es ayer. Y en virtud de ello el Yemen constituye un tesoro para viajeros -todavía no para simples turistas, que por desgracia lo será enseguida-, aún cuando la distancia entre ambas formas de via-<br />
jar -dos conceptos de vidase está acortando extraordinariamente en los últi-<br />
mos quince años.<br />
El territorio yemenita es la región costera meridional de la Península Arábiga, que puede dividirse en zona llana y arenosa en el golfo de Adén, una zona de cordillera marítima que separa ésta de la zona ultramontana y la mesetaria, en donde se alcanzan alturas muy superiores a los 3000 metros de altitud. En la transición de territorios -entre montaña y planiciese encuentran valles profundos, de privilegiado clima, con frecuentes lluvias, entre montañas con vertientes abruptas y rocosas. La costa es cálida y húmeda; el interior es fresco y lluvioso, sorprendentemente verde en muchos valles durante el estío.<br />
Sana&#8217;a es, como decíamos, una preciosa ciudad, cuyo esplendor se encuentra en las callejas estrechas y vivas, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Muchos viajeros han dicho que es la ciudad más bonita del mundo árabe. No sé yo si tanto, ya que tendríamos que recordar a Marrakech, y a Fez en el reino de Marruecos. Sana&#8217;a tiene sello de autenticidad, casi tanto como lo tiene -más lo tuvo 30 años atrás naturalmenteKatmandú, en Nepal, o Peshawar, en Pakistán. Sana&#8217;a es un paisaje urbano para pasearlo, entretenerse en sus mercados, hablar con la gente sin temor alguno, preguntar en las tiendas, oír en el atardecer las llamadas a la oración, largas y penetrantes como letanías antiguas, que lanzan las torres de las mezquitas. Sana&#8217;a es volver al pasado con historias de desiertos, oasis y princesas con la cara cubierta. Yemen es este país que llamaron feliz y que efectivamente lo parece.<br />
Nuestro viaje comenzó atravesando la vieja muralla de Sana&#8217;a e internándonos en el misterio de sus callejuelas, mirando aquí y allá, descubriendo que en el interior de sus tiendas cuidadas y oscuras está el viejo secreto de la vida: la contemplación de la belleza en los colores naturales, la mirada, la charla tranquila donde se esconde precisamente la vida sencilla, que es y será siempre igual. Los coches comienzan a circular por las calles, rompiendo el murmullo tradicional de las voces y los ruidos.<br />
Desde la terraza alfombrada de un séptimo piso, en los viejos edificios de piedra y adobe, el viajero fotografía la vieja ciudad edificada bajo la efigie seca de la montaña, mientras unos simpáticos yemenitas mastican las hojas verdes y tersas de «qat» medio tumbados en el suelo.<br />
-Las cimas están prohibidasNadie puede subir. Es territorio militar.<br />
Desde lo más alto se domina la tierra.<br />
En el mercado se vende el «qat,» unas hojas verdes que se cultivan por todas partes. Es la distracción yemenita. El «qat» es casi la misma hoja de la coca de los Andes, la que mascan incansables los indígenas del altiplano. Los yemenitas lo hacen con mayor señorío, no cómo ingrediente de supervivencia, sino cómodamente tumbados entre almohadones, saboreando el paso del tiempo y acariciando el puñal curvo que llevan indefectiblemente colgado a la altura del vientre -la jambia-, que reciben al abandonar la adolescencia, cuando se visten de hombres.<br />
Por la carretera, bordeando el Hadur Shuayh, la montaña más alta del Yemen, solo setecientos metros por encima de nosotros, vamos mirando la alta meseta salpicada de plantaciones de «qat», la hoja maravillosa cuyo cultivo sustituyó al famoso café del Yemen, el del puerto de Moka, en donde se embarcaba para su exportación.<br />
Un puesto militar nos impide el paso. No se puede seguir.<br />
-Es por la seguridad de los extranjeros, nos dicen.<br />
Nuestros acompañantes yemenitas son gente sin miedo, simpáticos como todos los de esta región mesetaria de soles y piedras; inmediatamente saben reaccionar buscando rutas alternativas de &#8216;campo a través», por donde antes nadie había pasado, eludiendo los controles.<br />
En el Yemen todavía es posible la aventura&#8230;<br />
Pero no hay peligro. El extranjero es un huésped al que hay que resguardar y ofrecer la mejor imagen del país, y esta no es otra que la real. Así es el Yemen. Un pueblo antiguo, y como tal armado y guerrero, orgulloso de sí mismo, en permanente litigio entre tribus, pues todavía son éstas la base de su orden social. Es frecuente que las tribus, dueñas de sus territorios, estén enfrentadas y se produzcan abundantes altercados y disputas entre ellas.<br />
Mohsen Alí, un joven yemenita del sur, es nuestro acompañante. Habla español aprendido tras cinco años en Cuba, una experiencia inolvidable para un hombre del desierto: del Yemen al Caribe, del velo al desnudo&#8230; Y Mohsen se muestra como un excelente introductor en este mundo antiguo como la vida. Mohsen nos cuenta la historia de la Arabia Feliz: cuando Ismael, hijo de Abraham, fundó el reino hace 4.000 años; los amores entre Salomón y la reina de Saba; el esplendor de las grandes tribus que dominaban las montañas, los Hashids, los Bakils, y en el oeste, los Zaramiqs. Una sociedad tribal como decíamos.<br />
Las ciudades, las murallas, los castillos están situados siempre en lo más alto. En el Yemen se vive en las cimas. Las ciudades son fortalezas -el Yemen es un país de guerreros-, en las que las espadas y las gumías tienen más valor que los escudos heráldicos en la Europa renacentista.<br />
La vida está en los pueblos, en las aldeas de las montañas, en los desiertos. Por ello el Yemen es antiguo. Por ello y por la ausencia de influencia extranjera. La religión domina plenamente. Es un país islámico; las mujeres cubren sus cuerpos con túnicas negras, dejando solamente una pequeña abertura para ver, que ni siquiera para enseñar sus ojos, mientras los hombres usan los vistosos turbantes de colores azules o negros enrollados en la cabeza.<br />
La arquitectura de las casas-fortaleza es admirable; hechas de piedra sin argamasa, en perfectos bloques, sirven tanto para la defensa como para desempeñar funciones de casas de labor, con el ganado durmiendo en la planta baja.<br />
Hemos recorrido ya una docena de preciosos lugares dispersos en las abruptas montañas: Thula, Hababa, Shibam, Kawkabam, Manakha&#8230; alcanzando los rigores del Mar Rojo, buscando la vieja ciudad de Hodeida sin hallarla.<br />
En nuestros cuadernos viajeros guardamos los dibujos de esas caras con expresión feliz, de sencilla y natural conformidad con la vida, una vida antigua, en lo alto de sus picachos rocosos, mirando al ho-rizonte del pasado, vestidos a su manera, siempre con las «jambias» simbólicas sobre el vientre. Ojalá este nuevo siglo pueda respetar el pasado.</p>
<p class="bodytext"><strong>César Pérez de Tudela</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/yemen-misterioso/">Yemen misterioso</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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