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	<title>Boletín 9 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 9 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Las ladies viajeras en España</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 May 2020 15:42:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 9]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La España romántica del siglo pasado atrajo a un buen número de mujeres británicas que vieron en nuestro país una parte del mundo oriental, cargado de exotismo, como tantos otros [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ladies-viajeras-espana/">Las ladies viajeras en España</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>La España romántica del siglo pasado atrajo a un buen número de mujeres británicas que vieron en nuestro país una parte del mundo oriental, cargado de exotismo, como tantos otros países mediterráneos. En este artículo sobre Las ladies viajeras en España.</em></strong></p>
<h3>Por Lola Escudero</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-9-grandes-viajeras/">Boletín 9 especial Grandes viajeras</a></p>
<p>“España es el país más romántico vivo y peculiar de Europa», así describía Richard Ford nuestro país en 1846. en <em>su man</em><em>ual para viajeros</em> <em>por </em><em>España </em><em>y lectores </em><em>en casa, </em>una de las más curiosas y apasionadas guías de viaje escritas en el siglo XIX que suscitó en su época el interés de sus compatriotas por un país que imaginaban «romántico y exótico”. El éxito de su hand-book. que se publicó en Londres en dos volúmenes fue enorme. como el de La Biblia en España publicada por su amigo y compatriota Ceorge Borrow, que recogió las peripecias y reflexiones de sus tres viajes por la geografía española realizados entre 1836 y 1840.</p>
<p>Las obras de Ford y Borrow formaban parte de una moda, la de los libros de viajes, que a mediados del siglo XIX generaron una corriente de interés hacia los países más exóticos del Mediterráneo, entre los que se incluían desde España hasta Turquía. Y no sólo entre los hombres. Las mujeres más ociosas y cultas de la sociedad victoriana eran también ávidas lectoras de este tipo de literatura que despertó en ellas un creciente interés por el viaje como forma de escapar de sus monótonas y aburridas vidas. Algunas se limitaron a leer las aventuras de otros. Pero también surgieron las primeras mujeres viajeras, y entre éstas, las primeras escritoras viajeras.</p>
<p>España a no fue nunca un objetivo prioritario para las viajeras europeas. Realmente encontramos pocas muje<em>res </em>viajando por un país que a los ojos de los británicos y <em>de </em>otros europeos aparecía como primitivo y lleno de peligros. Animadas sin embargo por los consejos de Ford y otros escritores viajeros que publicaron sus peripecias, aparecen algunas aristócratas del 1mperio Británico que <em>se </em>deciden a visitamos. a veces de paso hacia lugares más exóticos, a veces como destino final. Pero ¿qué razones podían animar a una mujer que vivía cómoda <em>y </em>ociosa en Inglaterra a emprender la aventura de recorrer una España pobre, atrasada e incómoda? En primer lugar su natural curiosidad <em>e </em>inquietud se satisfacía en buena parte con este tipo de viajes que las sacaba del tedio de sus salones y jardines. Viajando podían además demostrar su capacidad artística e incluso intelectual, plasmando con bastante libertad sus andanzas en libros que en principio se publicaban para su difusión entre las amistades, con la acotación »sólo para circulación privada». pero que irán tomando cada vez más proyección pública.</p>
<p>¿Turistas o viajeras? En realidad las ladies británicas que nos visitaron en el XIX fueron casi sin excepción viajeras de placer, pertenecientes a una clase social, la aristocracia, que hacía del ocio una virtud, o son peregrinas, misioneras, ni esposas de militares o comerciantes, ni emigrantes, sino un nuevo tipo de mujer con iniciativa e inquietud intelectual que sólo viajando puede demostrar sus capacidades. Son mujeres sin obligaciones, con tiempo libre para viajar, cultas, que participan de las corrientes intelectuales de su tiempo.</p>
<p>Las inglesas que viajan por España, como Elizabeth Mary Gosvenor, Louisa Tenison, Sophia Dumbar, Matilda Betham Edwards o Frances Minto Elliot, vienen en busca de una experiencia que les proporcionará una cierta «autoridad moral» para narrar lo que han visto y lo que han sentido en un mundo que está fuera de su contexto habitual. En el viaje se encontrarán en una posición de superioridad (por dinero, educación y por su condición de británicas que les permitirá opinar libremente sobre lo que ven, sobre lo que ven y sobre la gente que encuentran. La literatura de viajes se convierte para estas mujeres en una forma de escapar y de ser más libres; sus libros de viajes están llenos de descripciones y observaciones ingeniosas. de opiniones sobre religión, sexo y política que ellas pueden expresar mucho más libremente que los hombres. Las mujeres incluso pueden permitirse el lujo de confesar sin pudor sus temores ante los peligros a los que se enfrentan, algo que los exploradores y viajeros casi nunca hacen. Las viajeras británicas que visitan España a lo largo del siglo XIX pertenecen a un tipo de mujer que tampoco espera ganarse la vida como escritora, aunque en ocasiones sus libros alcanzan cierta popularidad, como los de Lady Morgan sobre Francia e Italia, o la señorita Pardoe sobre Turquía. Sólo Louisa Costelo llegará a ganarse la vida escribiendo sus viajes, abriendo camino a una generación posterior de viajeras eruditas e investigadoras, que con sus textos llegarán a ejercer gran influencia política e intelectual y se codearán con sus colegas del sexo masculino casi en igualdad de condiciones (Freya Stark, Gertrude Bell, Alexandra David Néel&#8230;).</p>
<p>Los relatos de las aristócratas británicas que visitan España en el siglo XIX continúan una tradición iniciada en siglos anteriores por otras viajeras aristócratas, como la francesa Mme D&#8217;Aulnoy, que nos deja en su <em>Relación </em><em>del viaje </em><em>a España </em>una obra llena de curiosidades sobre nuestro país en el siglo XVII a modo de cartas escritas a sus amigos de París. O, aJgo más tarde, la visión del siglo XVIII de Lady Holland en su diario <em>The Spanish </em><em>joumal of </em><em>Elizabeth, </em><em>Lady </em><em>Holland, </em>Londres 1910, que relata el viaje que realizó con su marido por España en 1809. Lady Holland vivió en Madrid, muy bien relacionada con la alta sociedad española, y su testimonio resulta muy interesante para comprender la época, aunque sus diarios no se publican hasta más de un siglo después (su marido había publicado sus propios diarios en 1851).</p>
<p>Con una mirada diferente a Lady Holland o Mme D&#8217;Aulnoy se presentan en nuestro país las primeras aristócratas viajeras del siglo XIX. La pionera de estas «ladies viajeras”, fue la Marquesa de Westminster, Elizabeth Grosvenor, que organizaba sus viajes a lo grande: siempre viajaba en yate o en calesa, acompañada por su marido, <em>sus </em>criados, la tripulación y abundantes provisiones. Para su crucero por el Mediterráneo que la llevará a las costas españolas, elige un yate de más de doscientas toneladas, equipado con una tripulación de veinte marineros, doncella, mayordomo y un confortable baño. Durante su periplo, que duró más de un año, pasó la mayor parte del tiempo sentada cómodamente en cubierta con un cuaderno de dibujo. A pesar de ello, lady Grosvenor se considera «aventurera» y en cierta forma lo era, o lo hubiera sido de haber nacido en otra época, dada su inmensa curiosidad por cuanto ve a su paso. Su interés por el mundo se aprecia en los libros de relatos viajeros que escribió, en los que se pueden ver deliciosas e ingenuas descripciones sobre todo lo que va encontrando en sus viajes, en especial en <em>Narratíve of </em><em>a yacht </em><em>voyage </em>in <em>the Mediterranean during the years 1840-1841, </em>publicado en Londres, en 1842. Unos años más tarde de esta fecha visita nuestro país Louisa Tenison (1819-1882), viajera culta, inteligente y aficionada al dibujo, que vivirá en España durante dos años y nos dejará un libro, <em>Castile and Andalucía, </em>aparecido en 1853, ilustrado con preciosos dibujos propios y del artista sueco Mr. Egron Lundgren, que vivía en Sevilla cuando ella llegó a la ciudad. La Tenison entró en España en octubre de 1850 por Gibraltar y luego siguió hasta Málaga en un vapor que hacía la línea Cádiz-Marsella y que se había convertido ya en aquellos tiempos en una especie de crucero turístico. Louise Tenison venía en busca de un clima suave para su salud, pero desde Málaga, al llegar la primavera, comienza un recorrido por pueblos y ciudades andaluzas, prosigue por Madrid y sigue hacia el norte para visitar Burgos, Valladolid y León. Ahí llega el frío del invierno y vuelve hacia el sur por Valladolid, Segovia, La Granja, El Escorial y Toledo. Continúa a través de Andalucía deteniéndose en Córdoba y en Sevilla. En sus dos años de periplo, esta singular británica apenas consulta ningún libro, excepto crónicas locales, y su relato está lleno de curiosas y personales descripciones de las costumbres españolas, los modos de transporte, las ventas y posadas y en general sobre la idiosincrasia del país.</p>
<p>Sophia Dumbar es otra de las aristócratas que escribió sobre sus viajes por España. Es otro modelo de viajera, más turista en el sentido moderno de la palabra. Viajará en diligencia y en tren acompañada por su familia <em>y </em>por una criada española que hace de intérprete. Sus andanzas quedan reflejadas en la obra. publicada en 1862: <em>A </em><em>family tour round the </em><em>coasts of Spain and </em><em>Portugal during the winter </em><em>of </em><em>1860-61</em><em>.</em></p>
<p>A partir de esta fecha comienza a aparecer un tipo de viajera que ya no pertenece a la aristocracia, sino a la clase media, como Mathilda Barbara Betham Edwards, nacida en 1836 <em>y </em>prima de Amelia Edwards, la pionera en las exploraciones de Oriente. Mathilda Betham- Edwards había sido institutriz <em>y </em>cuando comienza su viaje en tren por España era ya una prolífica novelista y había publicado también versos y cuentos para niños. Recorrerá nuestro país con la excusa de acompañar a una amiga a su casa de Argel y buscando material para sus libros. Su enfoque del viaje es peculiar: se enorgullece de no seguir las guías de viaje (aunque lee todo lo que encuentra por el camino) y de no alojarse nunca en hoteles. Su curiosidad es insaciable y tras recorrer España, viajará también por Argelia y África occidental, recorriendo en sus libros todo tipo de anécdotas. Durante sesenta años escribirá novelas, cuentos para niños y nueve libros de viajes por España. Se trata de una auténtica escritora viajera, para la que el viaje es la excusa para escribir y la escritura será un pretexto para el viaje. Su viaje por España quedará reflejado en su libro <em>Through </em><em>Spain to the Sahara, </em>editado en Londres en 1868, en el que recomienda a sus lectores que viajen en tren. A <em>ser </em>posible en vagón de primera clase, que no duden en llevar consigo muchos baúles y hasta una bañera portátil y vestir de forma elegante. Es una actitud frívola y algo excéntrica ante los viajes. Que era, por otro lado, lo más habitual entre las escritoras británicas.</p>
<p>Un poco más tarde que Mathilda visitaría España Marguerite Tollemarche. una estudiosa del arte que viaja acompañada por una amiga y que dedica buena parte de su relato del viaje <em>Spanish </em><em>Towns </em><em>and </em><em>Spanish </em><em>Píctures </em>publicado en 1870, a describir cuadros de grandes museos. En 1983 llegará a España otra artista, la poetisa Jane Leck, que viajará durante siete semanas por el noroeste de la Península y publicará sus impresiones en la obra <em>Iberian Sketches</em> (1984) con dibujos de Mr. Robert Gray que la acompaña en este viaje junto a su hermana y otro caballero.</p>
<p>Con Frances Minto Elliot, escritora de viajes consagrada que viaja por España en 1S83, llegamos a la auténtica escritora viajera. En 1884 publica el <em>Diario de </em>una <em>mujer ociosa </em><em>en España. </em>que forma parte de una serie de obras que con el mismo título (Diario de una mujer ociosa en… ) recogerá las impresiones de sus viajes por Italia, Sicilia <em>y </em>Constantinopla. Sus libros son una especie de guías escritas para mujeres ricas y aburridas, amantes de la buena vida y el confort. En sus víajes por España recorrerá Madrid, Toledo, El Escorial, Andalucía, Valencia y Murcia. Sus relatos están llenos de curiosas observaciones, descripciones ingeniosas sobre los riesgos de viajar en los ferrocarriles españoles, los robos, las incomodidades y, en general la mala atención del personal. La conclusión que se extrae de su lectura es que “viajar es interesante pero no hay nada como Inglaterra» Las ciudades españolas no son las únicas que describe de forma despectiva: Málaga es “detestable”,  Madrid es «fea <em>y </em>corrupta» y la gente de Valencia “la más estúpida del mundo».</p>
<p>El resto de las ciudades europeas reciben también ácidas críticas: Roma es una ciudad «moderna de tercera clase» y en Sicilia “hay demasiados turistas y malos hoteles». Son obras que impresionan a la gente mediocre y poco aventurera que las lee cómodamente sentada en sus salones. Pero ¿qué imagen transmiten a sus compatriotas estas viajeras románticas y excéntricas sobre nuestro país? Lo cierto es que todas viajan siguiendo unas ideas preconcebidas sobre España como escenario romántico de aventuras épicas, un mundo «oriental». Lleno de tópicos, sobre todo acerca de la ignorancia y negligencia de los españoles. Al recorrer el país, muchas sienten que los esquemas previos que traen no coinciden con la realidad  y terminan siendo bastante críticas <em>con </em>las ideas que se les han inculcado. A la hora de expresar sus experiencias, su visión es mucho <em>más </em>personal e inmediata que la de los hombres. Se dejan llevar y afectar por lo que ven y expresan sus sentimientos, contando las cosas como algo personal un lujo que los viajeros masculinos de entonces no podían permitirse. Las viajeras aristócratas aportan una voz diferente a un género ya inventado, añadiendo ideas poco convencionales, opiniones disonantes sobre los tópicos generales y sintiendo el viaje c:omo una experiencia absolutamente personal que plasman por escrito con la intención de que el lector simpatice con ellas.</p>
<p>Ellas, al contrario que los hombres, no tienen por qué ser estrictamente objetivas. Lo suyo es un divertimento sin ánimo de lucro, sin ambiciones científicas o prácticas. Lamentablemente, no existen traducciones al castellano de las obras de estas viajeras que es necesario consultar en sus versiones originales, de difícil acceso. El creciente interés por las mujeres viajeras nos acercará sin duda en los próximos años unas obras singulares y divertidas que aportan una visión sorprendente sobre nuestro propio país, complementaria de la de los viajeros.</p>
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		<title>Etiopia: la resurrección del Padre Páez</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/etiopia-la-resurreccion-del-padre-paez/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:54:53 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El equipo de televisión que ha viajado recientemente a Etíopia, a las aún misteriosas tierras del Preste Juan, tenía como misión seguir las huellas de Pedro Páez, jesuita nacido en [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">El equipo de televisión que ha viajado recientemente a Etíopia, a las aún misteriosas tierras del Preste Juan, tenía como misión seguir las huellas de Pedro Páez, jesuita nacido en 1564 en Olmeda de las Fuentes, una localidad cercana a Madrid. El reto era abrumador, no sólo por la talla del personaje, sino porque toda su labor quedó sumida en el olvido, hasta que Javier Reverte, arrebatado por la personalidad del jesuita, inició una profunda investigación que ha dejado plasmada en su último libro que lleva por título «Dios, el Diablo y la Aventura».<br />
Había que reconstruir la historia y en avión, barco, coche y a pié nos dispusimos a rastrear lo que queda aún de su obra.<br />
Dos intentos y 14 años costaron al jesuita español llegar a evangelizar las tierras etíopes. Y el propio Indiana Jones plalidecería de envidia ante la aventura que le tocó vivir. En su primer y frustrado viaje a las tierras del Preste Juan, Pedro Páez vivió la etapa más penosa de su vida. Prisionero en Dhofar, cruzó a pié y atado a la cola de un camello, la región de Hadramaut, en el Sur del Yemen, y el desierto de Rub&#8217;al Khali , «La habitación vacía». Fué el primer europeo que probó el café, y desde luego, el primero que escribió sobre la estimulante bebida. Ingresó en la prisión para esclavos en San&#8217;a, en donde fué encadenado y en donde cada cierto tiempo se le anunciaba su inminente ejecución. Sirvió como galeote, encadenado por los tobillos, en una galera turca y Páez, con los consiguientes quebrantos de salud, consigue sobrevivir una y otra vez. Porque el jesuita, lejos de lamentarse o caer en la desesperación, aprovechaba las adversas circunstancias para aprender el amárico, la lengua etíope y el gue&#8217;ez, el idioma en el que están escritos los libros sagrados y crónicas reales etíopes . Páez sabía latín, portugués, hebreo, persa, árabe y algo de chino.<br />
En 1603 Pedro Páez, ya en su segundo intento, consigue burlar el bloqueo turco y alcanzar la costa eritrea en la orilla sur del Mar Rojo. Subido en mula por terrenos frecuentados por bandidos, Páez llega finalmente a Fremona. Fremona no existe hoy en el mapa. La referencia que teníamos para filmar nuestro reportaje la señalaba al norte de Aksum, así que nos aplicamos a la tarea de encontrar algún vestigio de la misión y la tumba del patriarca Andrea de Oviedo, uno de los primeros jesuitas que llegaron a evangelizar el lugar. En Fremona nos encontramos con un humilde templo copto, que ocupaba el lugar de la antigua misión, y pegada a sus muros, un monje copto nos mostró la tumba de Andrea de Oviedo.<br />
Aksum es la ciudad aristocrática etíope. Allí la miseria se hace más soportable, sus habitantes, nada pedigüeños, están investidos de una dignidad que les da su absoluta convicción de que son los elegidos dentro de un país elegido por Dios. Y es que las leyendas etíopes, recogidas en el libro «Gloria de Reyes», afirman que su monarquía se inició con un romance en Jerusalén entre el rey Salomón y la etíope reina de Saba, que había viajado hasta allí para conocer al gran sabio. De aquellos amoríos nació un hijo llamado Menelik I, el fundador la dinastía de los reyes etíopes, que en un viaje a Israel robó el Arca de la Alianza del templo de Jerusalén . Esto ocurría unos seis o siete siglos antes de Cristo. Una vez al año los etíopes sacan en procesión su reliquia suprema y en fechas señaladas portan los tabots, que no son otra cosa que las réplicas de la auténtica Arca de la Alianza. Se trata de una ceremonia de una impresionante belleza plástica que comienza a las cuatro de la mañana, en una plaza de la ciudad y finaliza con la amanecida. Sermones, cánticos y rezos acompañan a la reliquia hasta que es depositada de nuevo en el templo. La línea divisoria entre la realidad y la leyenda no existe en Etiopía. El Aba Mokonem, guardián de los objetos sagrados nos contó que el Arca de la Alianza es invisible, que existe pero que no se puede ver «lo mismo que nosotros no podemos ver nuestros corazones», y añadía con todo convencimiento que el Guardián del Arca no podía ser grabado en televisión porque desaparecía de la imagen con todo lo que se hubiera grabado hasta ese momento. «Probad si queréis», nos decía desafiante.<br />
A las afueras de Axsum existen unas fastuosas ruinas que los etíopes se empeñan en situar como una de las más importantes moradas de la reina de Saba y de su hijo Menelik I. Estas ruinas han sido restauradas recientemente y se puede apreciar muy bien el salón del trono desde donde la reina de Saba impartía justicia a su pueblo.<br />
En el siglo IV después de Cristo Etiopía se convirtió al cristianismo copto pero todavía quedan algunos habitantes que se proclaman judíos. Son los «falachas» que habitan poblados cercanos al lago Tana. Unas estrellas de David y una herrumbrosa sinagoga indican que estamos en un territorio hebreo. El día que fuimos sólo había una judía que se apresuró a darnos con las puertas en las narices ante el descubrimiento de la cámara. En esta pequeña aldea venden una pequeña cajita de cerámica que, al abrirla, deja al descubierto las figuras del Rey Salomón y la reina de Saba en la cama.<br />
El lago Tana fue atravesado por Pedro Páez en diversas ocasiones, tanto para visitar al emperador Za Denguel, el primero que convierte al catolicismo, y posteriormente, para ver a su amigo el emperador Susinios que tambíen se convierte al catolicismo, de la mano de Páez. El jesuita atravesó en más de una ocasión este lago frecuentado por cocodrilos e hipopótamos. Y lo hizo en tankwa, una pequeña y endeble embarcación hecha con hojas de papiro de usar y tirar, pues suelen durar unos tres meses. El equipo, que viajó en una barcaza y que tuvo muy cerca a los hipopótamos, pudo comprobar la destreza de los barqueros en fabricar una tankwa en unos veinte minutos.<br />
Desde Bhar Dar , en donde buscamos y dimos con una casa atribuida a Páez , atravesamos el lago Tana de sur a norte y llegamos a Górgora con la intención de encontrar la iglesia palacio que Páez había construido para Susinios. Pedro Páez había dibujado los planos, diseñado las herramientas y trabajado como albañil en la obra. Existía una dificultad añadida al desconocimiento de si quedaba algún muro en pié, esta dificultad no era otra que la Górgora que había conocido Pedro Páez, estaba próxima pero no en el mismo lugar que la Górgora actual .<br />
Llegamos a un lugar perdido en el tiempo, además de en el mapa, y una de las primeras criaturas que vino a nuestro encuentro fue una hiena, animal muy abundante en el lugar. Un lugar, tan hermoso como inhóspito y en el que para poder acceder a la ducha había que dedicarse a la caza de la tarántula. A la madrugada siguiente salimos a la búsqueda de la Iglesia Palacio de Susinios. Tras varias horas de camino vimos sobre una pequeña ladera las imponentes ruinas de lo que fue la iglesia palacio de Susinios. En pié, semiderrudas, todavía quedaban un par de torres, así como la estructura de lo que había sido una espléndida muralla devorada por la herrumbre y los matojos convetida en guarida de serpientes . Y en el centro, un montón de piedras cubrían lo que fue el cuerpo de Paez. Al fondo, el lago Tana. Fué, sin duda, el momento más emocionante del viaje .<br />
El día anterior cuando nos dirigíamos a Górgora , en la Iglesia de Saint Stephanus, habíamos contemplado la momia de Susinios. La historia comenzaba a tomar cuerpo y a poder ser contada en imágenes.<br />
Pero aún nos faltaba ir al punto en que el Nilo Azul entra en el lago Tana, seguir su recorrido a través del mismo y ver la salida. El Nilo Azul entra tan suavemente en el lago que la escasez de agua provocó el encallamiento de la embarcación. Las caras de pavor de los dos etíopes que gobernaban la nave nos hizo conscientes de la proximidad de unos hipopótamos nada ajenos a nuestra inmovilidad. Fueron unos minutos de tensión que el capitán sorteó con nerviosos e imperativos golpes de timón.<br />
El Nilo Azul se deja caer con furia desde unas rocas. Son las cataratas de Tisisat, cruzadas por un arco iris que se va desplazando con la querencia de la luz. Pedro Páez las describe así: «Y teniendo andado como cinco leguas, llega a una tierra donde cae a pique por unas rocas, que tendrán de alto catorce brazas, y será necesario usar una honda para llegar con una piedra de banda a banda&#8230; Y en el invierno, por el golpe que da abajo se levanta el agua como humo en el aire».<br />
Nos quedaba, por último, llegar a las Fuentes del Nilo Azul. Nadie se ponía de acuerdo sobre dónde se encontraban. Las informaciones contradictorias se sucedían, así que nos aventuramos hacia las montañas de Sakala, a ver si , una vez más , la suerte, o tal vez la mano del padre Páez nos conducían al lugar.<br />
Dimos con el sitio donde el Nilo Azul brota con más bríos nada más nacer, una especie de patio rodeado por un muro. El lugar era custodiado por unas monjes que se afanaban en poner orden en una fila de hombres, mujeres y niños, que portaban toda clase de vasijas con la intención de coger el agua sagrada que manaba de un ridículo chorrito. Los monjes nos informaron de que éste era un lugar sagrado y de que todo lo que se podía ver era la tubería chorreante, ya que el Gobierno había tapiado con cemento el brote del río, al objeto de que no se desperdiciara ni una gota del líquido sagrado. Repuestos de la desilusión, alquilamos unas mulas y nos dirigimos al gran promontorio que nos habían señalado como el lugar del nacimiento del río. Tras varias horas de escalada a lomos de las mulas, seguimos a pié y poco antes de llegar a la cima pudimos contemplar el descubrimiento de Páez en 1618, cuando acompañaba al emperador Susinios en una de sus numerosas expediciones militares. Y bajando la vista hacia un valle que por su esplendor nada tiene que ver con el paisaje africano, contemplamos los ojos del Nilo Azul. A la vuelta hacia Bhar Dar, ya oscurecido, nos advirtieron que tuviéramos cuidado con los bandidos, que apostados en los caminos, atracaban a los viajeros. No nos dió ningún miedo, ya que , en cierta forma, nos sentíamos protegidos. ¿El padre Páez desde el otro mundo, quizás.?<br />
Los que conocen a Páez son auténticos fanáticos del personaje. Le ocurre a Richard Pankurst, un historiados inglés, la máxima autoridad en la historia de Etíopía, en donde vive y en donde ha impartido clases en la Universidad de Addis Abeba durante treinta años. Punkerst dice que Páez, además de un gran diplomático e historiador -como demuestra en su «Historia de Etiopía»fué el auténtico descubridor de Las Fuentes del Nilo Azul. Y se despacha con su paisano James Bruce, diciendo que le considera un tramposo que trató de ocultar las pruebas del auténtico descubridor de Las Fuentes del Nilo Azul , que no fue otro que el genial Pedro Páez.</p>
<p class="bodytext"><strong>Carmen Villodres</strong></p>
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		<title>Everest, fuera de la tierra</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/everest-fuera-de-la-tierra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:52:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 9]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una araña naranja se descuelga de la lámpara y cruza a pie mi bloc de notas. Tras ella una marea sube por la cuadrícula virgen de las hojas y deja [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/everest-fuera-de-la-tierra/">Everest, fuera de la tierra</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Una araña naranja se descuelga de la lámpara y cruza a pie mi bloc de notas. Tras ella una marea sube por la cuadrícula virgen de las hojas y deja selvas, aldeas remotas, árboles inmensos, ríos de oro, sanguijuelas, dragones que se baten en medio de la noche y el cielo, campos de arroz y campos de hielo de los que nunca le hablé a nadie, porque de ellos no se habla, de ellos se escribe. Conté, eso sí, anécdotas sobre aquellas gentes, sherpas y tibetanos que habitan a los pies de la montaña más alta de la tierra, de cuántos metros de cuerda fueron necesarios para escalarla, a qué altitud estaba el campamento base, el campamento base intermedio, el avanzado, el uno y el dos, a cuánto ascendía el presupuesto de la expedición, pero nunca hubo ocasión de contar en qué pensaba mientras derretía nieve en mi tienda a siete mil metros de altura o para describir la armonía que inspiran los pueblos que se asientan en la estepa tibetana.<br />
Es así como surge la idea de escribir un libro, relatar aquella íntima partida de póquer entre una alpinista, yo, y una montaña, «ella». Cara a cara, por primera vez durante una expedición en el año 92, descubrí que cuando estaba a solas podía distinguir su rostro y su voz. Comenzamos secretamente un diálogo que nos mantuvo entretenidas más de siete años, a lo largo de los cuales realicé cinco expediciones a distintos lugares. Al pico Lenin, en la cordillera del Pamir, en el año 93; al monte Cho-oyu de 8.201 metros, la llamada diosa turquesa, la sexta montaña más alta de la tierra y la más azul, desde cuya cumbre se divisa el Everest.<br />
-¿A qué esperas? Ven oí su grito desafiándome a través del muro de niebla que dilapidaba la cumbre aquel 22 de septiembre.<br />
Fue en septiembre del año 98 cuando realicé la segunda tentativa, esta vez por el collado norte, arista noreste. Conocí a Sergio Martini, uno de los pocos alpinistas que han conseguido alcanzar los catorce «ochomiles». Sobrevivimos a una avalancha que sorprendió al campo base avanzado mientras dormíamos y cuyo origen fue el terremoto que provocó el desprendimiento de los seracs que pendían de la arista del monte Changset. Esta vez el Everest sacó el as de tormentas, la reina de picas, el rey, la jota del frío rotundo y un comodín de la manga, y me quedé mirando mi ridículo seis de la esperanza, el ocho de gajos de luna, el nueve de corazones, el diez de miedos y me fui a casa con la cuerda entre las piernas. Pero nadie creería que aquella fue la mejor en la que nos enfrentamos.<br />
Seis meses después allí estaba, barajando las cartas en aquella partida de «yo quiero y tu no me lo pones fácil». El veintiséis de mayo de 1999 alcancé la cumbre del monte Everest sin haber utilizado oxígeno artificial durante el ascenso por el collado norte arista noreste. Todo lo que supuso ese inolvidable momento, que fue sin duda la suma de los tres intentos, las vivencias ocurridas en cada una de ellos, recuerdos macerados a lo largo y ancho de veinticinco años haciendo montaña&#8230; Escribí el libro porque no podía contestar a la pregunta ¿qué sentiste? que muchos me hicieron al llegar, porque siempre que lo intentaba sólo podía asomar la punta del iceberg y el resto me quedaba dentro, atrapado en la belleza del Himalaya, en la soledad de las noches y sus reflexiones, porque para explicarlo debía remitirme al origen de aquella aventura que comenzó, ni más ni menos, en los sueños. Quería contar cosas acerca de la emoción, la calma, el aburrimiento, la obsesión, la pasión, la satisfacción de regresar al campo base después de haber pasado por el punto más alto de la tierra. Contar incluso lo que nadie imagina, el olor de una montaña, que además habla en voz alta, gruñe y se enfada. De cómo gané aquella partida en la que aprendí, sobre todo, que la había perdido, porque no hay más conquista que la de ella sobre ti.</p>
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		<title>Ellas también viajan y exploran</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ellas-tambien-viajan-y-exploran/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 12:51:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 9]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Explorar y viajar no ha sido una actividad exclusiva de los hombres, aunque lo parezca. La Historia ha silenciado durante siglos, milenios, las gestas de mujeres que han contribuido activamente [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Explorar y viajar no ha sido una actividad exclusiva de los hombres, aunque lo parezca. La Historia ha silenciado durante siglos, milenios, las gestas de mujeres que han contribuido activamente al mejor conocimiento del Planeta. Pero ellas han estado presentes en todas las empresas descubridoras, unas veces como compañeras de viajeros intrépidos que se quedaron con todos los laureles y otras como promotoras o narradoras de las grandes exploraciones.<br />
La Sociedad Geográfica Española (SGE), que cuenta con tres mujeres entre sus fundadores, pretende con este número de su Boletín dar a conocer la extraordinaria colaboración de la mujer al acervo geográfico. A partir de algunos fragmentos del libro de Cristina Morató, (mf. SGE), «Viajeras intrépidas y aventureras», de Plaza &amp; Janés, en estas páginas especiales se presenta una galería de personajes y acontecimientos que tienen a mujeres como protagonistas seguida de una amplia colección de fotografías de mujeres viajeras que pone rostro a desconocidas heroínas. Luis Carandell (mf. SGE) rememora las hazañas de Catalina de Erauso, quizás la más intrépida de nuestras aventureras. Lola Escudero (mf. SGE) recoge en su artículo los testimonios de viajeras que se aventuraron por nuestro país en otros tiempos. Ramón Jiménez Fraile (m. SGE) escribe sobre Mary Kingsley, «La reina de Africa». Chus Lago cuenta los momentos más difíciles de su ascensión al Everest, y Ana Puértolas (mf. SGE) ilustra sobre lo difícil que aún resulta para una mujer viajar por determinados lugares del mundo.</p>
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