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	<title>Así nos vieron archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Así nos vieron archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Rubens. Un espía al servicio secreto de su majestad</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/rubens/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 11:01:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVI y anteriores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez Bibliografía: Boletín SGE Nº 55 &#8211; El sueño colonial español &#160; Hablaba seis idiomas, era inteligente y discreto, de carácter fuerte y voluntarioso, tenía un alto nivel [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/rubens/">Rubens. Un espía al servicio secreto de su majestad</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Marga Martínez<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/sueno-colonial-espanol/">Boletín SGE Nº 55 &#8211; El sueño colonial español</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Hablaba seis idiomas, era inteligente y discreto, de carácter fuerte y voluntarioso, tenía un alto nivel cultural, era un gran comerciante que se desenvolvía en las cortes europeas como si fuera su medio natural y, por si fuera poco, al Fiammingo también le acompañaba un muy buen físico. Con estas cualidades, y si hablamos de un espía, podría parecer que estemos describiendo al mismísimo Bond (Bond, James Bond) de cualquier película del afamado agente secreto británico; pero, no, hablamos  del gran maestro del Barroco, Pedro Pablo Rubens. El artista fue una figura imprescindible en la Europa del Barroco y uno de los artistas más cotizados y requeridos por las monarquías de su tiempo. Con una producción extensísima, sus eruditas alegorías históricas, la perfección de sus retratos y sus sensuales desnudos de mujeres robustas y generosas de carnes, es uno de los grandes pintores de la Historia del Arte, que, además, llevó una doble vida como diplomático y espía que intrigó en las cortes de España, Francia e Inglaterra.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con todas estas cualidades y si eras miembro de una de las cortes europeas sería una auténtica torpeza no ficharle para tu equipo. Si tenemos en cuenta que en el siglo XVII Flandes, tierra natal del pintor, era de dominio español, lo propio es que la diplomacia de Pedro Pablo Rubens se pusiera al servicio secreto de la corte española.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Europa , un enorme tablero de ajedrez</strong></p>
<p>A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, cuando Europa estaba saliendo de su pasado feudal, la soberanía de los Países Bajos (hoy Bélgica y Holanda) pasó a depender de la España de los Austrias, que tenía grandes posesiones en todo el continente. Europa se convirtió en un enorme tablero de ajedrez con reyes más o menos pasmados, validos intrigantes, cardenales conspiradores y un enjambre de guerras, religiones, alianzas, y treguas que tenían al viejo continente sumido en un auténtico caos. El dominio español causó tantas divisiones que desató una prolongada guerra (de los Ochenta Años) en las diecisiete provincias de los Países Bajos. Las diez meridionales (la actual Bélgica) se mantuvieron fieles a España, pasando a conocerse con el nombre de los Países Bajos Españoles o Flandes. Las siete del norte, que lucharon por su independencia, pasaron a convertirse en Holanda. En este conflicto quedaron atrapadas todas las grandes potencias de Europa occidental, siempre envueltas en disputas políticas, comerciales, religiosas y territoriales.</p>
<p>Los Países Bajos españoles estaban bajo el dominio español, pero no soportaban la dictadura de Felipe II, y el 15 de abril de 1566 presentaron a Margarita de Parma, gobernadora general y hermanastra de Felipe II, una petición conocida como el “Compromiso de Breda”, que pedía la supresión de la Inquisición y la restauración de libertades. Los calvinistas destruyeron iglesias, profanaron imágenes e incendiaron pueblos. Margarita de Parma ante semejante panorama pidió ayuda a su hermanastro, que le envió al “duque de hierro”, el tercer duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, que instaló la paz tras, eso sí, feroces represiones.</p>
<p>En una carta dirigida a su amigo Pierre Dupuy escribía Rubens: <em>“me gustaría que el mundo entero estuviera en paz, que pudiéramos vivir en una edad dorada y no en una edad de plomo”</em>. Rubens añoraba la gran metrópolis que su Amberes natal había sido y que habían conocido sus padres. Durante el siglo XV y primera mitad del XVI, Amberes fue el más importante centro comercial y financiero de Europa occidental, gracias a la enorme actividad de su puerto y al mercado de la lana. Pero, en la segunda mitad del siglo XVI, se convirtió en el escenario de las luchas religiosas entre protestantes y católicos. En 1585 se cerró el paso al río Escalda, lo que certificó un verdadero desastre económico; para colmo, los protestantes huyeron de la ciudad, y, con ellos, la élite intelectual y comercial. De los cien mil habitantes con los que contaba en 1570 pasó a los cuarenta mil en tan solo veinte años.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Huyendo del duque de Alba</strong></p>
<p>Los Rubens formaron parte de la primera gran diáspora que abandonó los Países Bajos españoles, y Amberes en particular. Jan, el padre de Rubens, había aparecido en una lista de sospechosos de haberse convertido al calvinismo y contrató a un abogado para su defensa. Mientras se estudiaba su caso, fue organizando la huída de su familia (su mujer María y sus cuatro hijos) a Colonia. Y cuando su caso aún no se había resuelto, Jan Rubens escapó y emprendió viaje hacia la frontera alemana para reunirse con el resto de su familia. Este primer éxodo fue liderado por Guillermo de Orange, el Taciturno, que estableció su base de operaciones en el castillo de Dillemburgo, a unos cincuenta kilómetros de Colonia, aunque su actividad principal se centró en la búsqueda de adeptos para enfrentarse al duque de Alba. Mientras tanto, su mujer, Ana de Sajonia, de gran fortuna y escasa belleza, que se aburría soberanamente “en provincias”, dedicó su tiempo a reclamar sus propiedades a los españoles. Para eso necesitaba un agente que gestionara el asunto y que conociera bien los estatutos de propiedad del país, y quien mejor se postulaba para el puesto era Jan Rubens. La contratación no resultó muy inspirada, o sí, según se mire. Entre gestiones y largas horas de trabajo, Jan Rubens y Ana de Sajonia tuvieron tiempo también para estrechar lazos y tanto los estrecharon que Ana se quedó embarazada. Jan Rubens fue detenido y acusado de adulterio, un delito penado con la muerte.</p>
<p>Mientras tanto, María Rubens, abnegada esposa, andaba preocupada con la desaparición de su marido, hasta que, a través de un comunicado oficial y una carta después del propio Jan, se enteró de lo sucedido. Jan suplicó perdón y María se lo concedió, tampoco contaba con muchas opciones, era extranjera en una tierra extraña y tenía que mantener a cuatro hijos. Pero el que no estaba tan dispuesto a perdonar era el cornudo “Taciturno”, aunque, tras las súplicas de María Rubens y dos años de cautiverio, se facilitó la libertad al adúltero.</p>
<p>Después de una época penosa y precaria en la que Jan estuvo incapacitado para ejercer las leyes, todo mejoró tras la muerte de Ana de Sajonia, ya que así ese “<em>affaire</em>” quedaba más o menos olvidado. Después de esto nacieron otros dos hijos del matrimonio Rubens, Felipe y Pedro Pablo, y volvieron a Colonia, donde posiblemente Pedro Pablo Rubens inició su formación artística. Dos años después de la muerte de Jan (1589), la madre de Rubens, entonces convertida al catolicismo, regresó a Amberes, donde el futuro pintor prosiguió con su formación.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Primer viaje a España, un desastre logístico</strong></p>
<p>De 1600 a 1608 Rubens estuvo trabajando como pintor de corte en Italia para el duque de Mantua, Vicenzo Gonzaga. Los Gonzaga, unos buenos mecenas, tenían fama de ser grandes amantes de las artes, por lo que Rubens se encontró con gran cantidad de obras importantes de grandes maestros italianos como Tiziano, el Veronés y Tintoretto. El duque estaba encantado con el prestigio que le otorgaba su gran colección artística, aunque parece que tenía más interés en no dejar de aumentar una colección más peculiar, la de retratos de las beldades más impresionantes de Europa, algo que al parecer le reportaba otro tipo de placeres.</p>
<p>En 1602 llegaban ya a las capitales europeas las noticias de un nuevo y brillante talento en el mundo de la pintura, y Vicenzo estaba deseando poder presentarlo como miembro de su corte. La ocasión llegó cuando mandó a Rubens a Madrid con regalos para el rey de España, Felipe III, y sus cortesanos. La logística del viaje fue un auténtico desastre: acumuló retrasos en el calendario previsto, aranceles onerosos y otras calamidades provocadas por el mal tiempo. El itinerario trazado iba de Mantua a Pisa y por los Apeninos hasta Florencia. Una dificilísima travesía de montaña cuando hubiera sido mucho más sencillo tomar la ruta que se dirigía al puerto de Génova. De Pisa partió en barco hasta Alicante, desde donde estaban previstos tres días de viaje hasta Madrid: un verdadero error de cálculo, puesto que la travesía entre Alicante y Madrid, unos doscientos kilómetros, requería alrededor de dos semanas y, una vez más, el dinero se hacía insuficiente. Para colmo, cuando llegó a Madrid se encontró con que la corte se había trasladado a Valladolid, lo que suponía más días de viaje por terreno accidentado, en total veinte días bajo una lluvia y un viento intensos. Desde 1601 la corte se había trasladado a Valladolid para, entre otras cosas, aislar a Felipe III del cotilleo político de Madrid y aumentar el poder del entonces valido, duque de Lerma.</p>
<p>Además de los costes del accidentado viaje, Rubens se encontró, al abrir los arcones que contenían los regalos para el rey de España, con que las pinturas estaban <em>“tan dañadas y echadas a perder que me parece casi imposible restaurarlas” </em>dijo en una misiva a Mantua. Por suerte la situación no fue tan irreversible como había vaticinado y pudo restaurar todas las obras salvo dos, que sustituyó por una creación nueva suya.</p>
<p>Durante esta primera estancia en España está claro que Rubens pudo aprender mucho del proceder de la corte y sus intrigas. Para empezar, llegado el momento de entregar los presentes de Mantua al rey Felipe y al duque de Lerma, fue relegado, contra toda previsión, por el embajador de Mantua en Madrid, quedando Rubens en un segundo plano y bastante molesto por ello. No obstante, Rubens, muy sagaz en lo político, hizo muy buena relación con el duque de Lerma, de quien admiraba su gran influencia. De hecho años más tarde reflexionaría sobre ello, contando una anécdota de un comerciante italiano que consiguió una audiencia con Felipe III, quien le preguntó por qué no había despachado antes con el duque de Lerma. El comerciante respondió “<em>Si hubiera logrado una audiencia con el duque, no habría sido menester presentarme ante su majestad”. </em>El duque de Lerma también admiraba al joven pintor, y el resultado de esta relación se tradujo en una de las grandes obras maestras del flamenco: el retrato del duque con armadura negra sobre un brioso caballo blanco que avanza hacia el espectador.</p>
<p>Seguro que durante la estancia del pintor en España trataron de la situación de Flandes y de la ciudad natal del pintor, Amberes. De hecho, ambos dedicaron grandes esfuerzos por poner fin al conflicto de los Países Bajos. Rubens, de hecho, dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de la paz en esos territorios. Pero por el momento estaba más preocupado en su vida profesional, y llegó a rechazar la oferta de entrar a formar parte del entorno de Lerma. A Rubens le halagaba enormemente el ofrecimiento de una de las cortes europeas más importantes del momento, pero consideraba España un vacío artístico. Culturalmente, Italia seguía siendo el corazón de Europa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El pintor espía</strong></p>
<p>En 1627 Europa se había convertido en un escenario complicado. El condeduque de Olivares apoyó a Francia para sofocar la rebelión de los hugonotes en La Rochelle, a quienes había estado financiando hasta entonces, con el objetivo de formar una alianza ofensiva contra Inglaterra. Los ingleses contraatacaron apoyando a los rebeldes de Flandes en contra de España. Y, por otro lado, el cardenal Richelieu intrigaba buscando la alianza con Inglaterra dando, sin ningún empacho, apoyo a los “herejes” holandeses. Era, en definitiva, una alianza de todos contra todos para conseguir la hegemonía europea. <em>“Sin duda, sería mejor que esos jóvenes que hoy en día gobiernan el mundo estuvieran dispuestos a mantener buenas relaciones entre sí, en lugar de arrojar a toda la cristiandad a la turbación con sus caprichos”, </em>llegaría a decir Rubens ante semejante panorama.</p>
<p>Tras su viaje a España, el pintor flamenco estuvo varios años en Italia aumentando su bagaje artístico y cultural. Después se instaló definitivamente en Amberes hasta su muerte. Además de su enorme prestigio como pintor, Rubens se había convertido en un auténtico empresario: había creado un taller con un buen número de aprendices a su cargo que le permitían aceptar un gran número de encargos, aprovechando su enorme popularidad. En 1609 entró a formar parte de la corte de los archiduques Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, los soberanos de los Países Bajos españoles, por un sueldo de quinientas libras anuales. Era tal su fama que, aunque la corte de los Archiduques estaba en Bruselas, le permitieron residir en Amberes. El 3 de octubre de ese mismo año se casó en la Abadía de San Miguel con Isabella Brant, de dieciocho años (él tenía ya treinta y dos), hija de uno de los secretarios del Ayuntamiento, y uno de los hombres más ricos y cultos de Amberes, con el que Rubens mantuvo una intensa relación.</p>
<p>La muerte del archiduque propició que Rubens estrechara su relación con la infanta Isabel y alentó la carrera de Rubens como espía en las cortes europeas. El archiduque, antes de morir, pidió a la infanta que siguiera los consejos del pintor, al considerarlo un hombre honesto, sabio y de mente clara. Cuando los rumores de una posible alianza entre Francia e Inglaterra eran cada vez más fuertes, la infanta Isabel pidió al entonces rey de España, Felipe IV, que enviara a Rubens a mediar en la corte inglesa. Se sabía que el rey Carlos I de Inglaterra estaba en disposición a negociar con España antes que con Francia y, cómo no, Rubens mantenía estrechas relaciones con miembros de las altas esferas del rey inglés. Fue entonces cuando Felipe IV mandó llamar a Rubens a España, esta vez no en calidad de pintor, sino de espía.</p>
<p>Como otros diplomáticos europeos, Rubens creía que la paz en el continente se realizaría a través de la colaboración entre Madrid y Londres. El pintor llegó a afirmar que: “<em>admito que para el rey de España la paz con Holanda pueda parecer más necesaria; pero dudo que pueda lograrse sin la intervención del rey de Inglaterra. La paz entre Inglaterra y España, por otra parte, es una posibilidad concreta, y daría a Alemania tanto que pensar que incluso aceptaría la paz”.</em></p>
<p>El veinte de junio de 1626 moría la primera mujer de Rubens dejándole muy abatido y parando su producción pictórica; sin embargo no relajó sus deberes políticos, que tal vez le sirvieran de distracción. Por aquel entonces Rubens estaba próximo a la cincuentena, y ya era uno de los pintores más importantes en una Europa intrigante.</p>
<p>Felipe IV, pues, llamó a la corte a Rubens para darle instrucciones para las negociaciones con Carlos I de Inglaterra, y fue así como el pintor flamenco viajó por segunda vez a España. Durante su estancia en Madrid conoció e hizo amistad con Velázquez, y también tuvo tiempo para realizar unas cuarenta obras para distintos clientes. Cuenta Mark Lamster en “<em>Rubens. El maestro de las sombras” </em>que “<em>Según Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, los dos pintores se hicieron amigos durante la estancia de Rubens en Madrid, llegando incluso a viajar juntos a la localidad de El Escorial, a una hora de viaje a caballo en dirección norte desde la capital.” </em>Cuando su vida estaba a punto de acabar, en una de sus últimas cartas, Rubens se refirió con cariño a esa excursión, aunque sin nombrar a su compañero de viaje. El ascenso a Guadarrama fue arduo para los artistas, que sin embargo lo hicieron en un día cálido, de suave brisa. Desde la cumbre de La Nava, por debajo de una inmensa cruz de madera, se dominaba un gran valle que desembocaba en la gran fachada del monasterio, el pueblo que lo flanqueaba y el coto de caza regio –la Fresneda– con sus dos estanques de agua cristalina. A su derecha, un velo de nubes cruzaba Sierra Tocada. Un ermitaño que caminaba con un burro y un venado que los miraba a hurtadillas desde el bosque que había en derredor daban a la escena un aire tan idílico que Rubens no pudo por menos que ponerse a retratarla inmediatamente.</p>
<p>Tras recibir instrucciones, y una vez en Londres, Rubens consiguió que el embajador británico Francis Cottington viajase a España para firmar el Tratado de Madrid, que puso fin a las hostilidades entre los dos países. La estancia en Londres fue fructífera, porque el pintor trabó amistad con el rey de Inglaterra, para quien también realizó varias obras de arte, y cumplió otra misión, encargada por otro de los grandes conspiradores del momento, el condeduque de Olivares. Se trataba de entregar treinta mil ducados al representante de los hugonotes en Francia, para contraatacar a Richelieu quien, por su parte, ayudaba a la rebelión en Flandes contra España.</p>
<p>Rubens fue recompensado por la corona española con la patente de nobleza a lo que la infanta Isabel añadió el nombramiento de gentilhombre de cámara. Por su parte, Carlos I de Inglaterra le nombró caballero en una ceremonia celebrada en el Pabellón de Recepciones. La patente llegó a Amberes con el siguiente agradecimiento <em>“Nos le concedemos este título de nobleza por su relación con nuestra persona y los servicios prestados a nos y nuestros súbditos, su singular devoción a su propio soberano y su destreza en el afán por restaurar el buen entendimiento entre las coronas de Inglaterra y España”.</em></p>
<p>La época en la que vivió Rubens, propicia a las intrigas, alianzas y luchas de poder, permitió desarrollar la diplomacia en las relaciones entre las cortes europeas. Pero la diplomacia estaba reservada a la élite social e intelectual por la necesidad de saber moverse en las cortes reales. Por este motivo, la figura de Rubens, un pintor-espía, es irrepetible. Sus dotes como maestro del Barroco han hecho que se olvide por completo su valor como diplomático, y que se asocie su nombre tan sólo al del pintor de las mujeres robustas y voluptuosas. Pero sus trabajos diplomáticos fueron fundamentales para que las potencias europeas forjaran alianzas duraderas y conseguir lo único que podría propiciar la prosperidad y la paz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p><em><strong>&#8211; </strong>Mark Lamster: “Rubens, el maestro de las sombras. Arte e intrigas diplomáticas en las cortes europeas del siglo XVII”. Tusquets editores.</em></p>
<p><em>&#8211; Javier Revilla Canora: “Rubens y el Tratado de Madrid de 1630. Oficios diplomáticos de un pintor”. Universidad Autónoma de Madrid.</em></p>
</div>
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			</item>
		<item>
		<title>Jan van Eyck. El pintor flamenco en la Península Ibérica</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jan-van-eyck/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 10:53:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVI y anteriores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez Bibliografía: Boletín SGE Nº 60 &#8211; Portugal. Exploradores y viajeros &#160; Van Eyck formó parte, en el siglo XV, de una embajada borgoñona para buscar esposa al [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jan-van-eyck/">Jan van Eyck. El pintor flamenco en la Península Ibérica</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Marga Martínez<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-60-portugal-exploradores-viajeros/">Boletín SGE Nº 60 &#8211; Portugal. Exploradores y viajeros</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Van Eyck formó parte, en el siglo XV, de una embajada borgoñona para buscar esposa al duque Felipe III El Bueno, la quintaesencia de la extravagancia entre los nobles de la época. No es que <em>“el hombre del turbante rojo” </em>buscara mujer para su mecenas, en realidad formaba parte de una comitiva diplomática, la fórmula utilizada al comienzo de la Edad Moderna para buscar, además de uniones matrimoniales, el modo de resolver conflictos, establecer alianzas y fortalecer estrategias. La misión oficial de Jan van Eyck dentro de esta embajada era la de pintar <em>“muy al natural” </em>la figura de la infanta Isabel de Portugal.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No hay dos sin tres, debía pensar Felipe III El Bueno, duque de Borgoña. Tras enviudar dos veces sin descendencia, buscaba un heredero legítimo y de paso emparentar con la realeza europea. Estaba realmente preocupado por la continuidad de su linaje (no así por su capacidad reproductiva, ya que se le atribuyen, al menos oficialmente, hasta diecisiete hijos bastardos), y por alcanzar su deseo de convertir su ducado en un nuevo reino.</p>
<p>Con este doble objetivo envió una embajada (1428-1429) a la península Ibérica, más concretamente a Lisboa, para encontrar esposa en Isabel de Portugal. Hay que decir que antes ya lo había intentado, hasta en dos ocasiones, con Leonor de Aragón, hermana de Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón. El borgoñón envió recado con dos embajadas, en 1426 y 1427, que volvieron a Borgoña con sendas calabazas reales. El motivo no fue otro que las negociaciones de Joao I de Portugal. El luso, que sí tenía corona -cosa que le daba ventaja-, casó a Duarte, su primogénito, con Leonor de Aragón.</p>
<p>A modo de compensación para Felipe III El Bueno, el portugués le ofreció la mano de su hija Isabel. Con este movimiento, Joao I conseguía compensar al duque, consiguiéndole esposa de sangre real, y, sobre todo, favorecer las posiciones de Portugal y Flandes en el comercio entre el Mediterráneo y el norte de Europa. Una buena jugada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL DUCADO DE BORGOÑA, LO MÁS FASHION DE LA ÉPOCA</strong></p>
<p>La etiqueta de la corte borgoñona era el lujo y las extravagancias sin límite: vestiduras de tejidos raros y preciosos, adornos costosos, fiestas, torneos, duelos, bodas, visitas solemnes… Baste como ejemplo de ese gusto exagerado por el fasto que, entre 1444 y 1446, la corte gastó el 2% de su riqueza en adquirir ropajes de seda y telas de oro a un único mercader, Giovanni di Arrigo Arnolfini (inmortalizado, por cierto, en el famoso cuadro de van Eyck).</p>
<p>Aunque el Ducado no tenía capital fija y movía la Corte por varios palacios situados en sus principales ciudades, como Bruselas, Brujas o Lille, estaba considerado como la sede del buen gusto y la moda en la época. Esto ayudó a su economía, propiciando que sus productos de lujo estuviesen muy solicitados por las élites europeas. Por si fuera poco, llegaron a crear su propia orden en 1430, la Orden del Toisón de Oro, a imagen y semejanza de la legendaria de los Caballeros de la Mesa Redonda.</p>
<p>En cuanto a las intenciones de la comitiva diplomática, habrá que señalar que Isabel de Portugal conseguiría un consorte con posibles y Felipe el Bueno, esposa de sangre real. El matrimonio de Felipe e Isabel es otra historia; apasionante, pero otra historia. Digamos solo que desde el primer momento el borgoñón confirmó a Isabel que no iba a guardarle fidelidad y siguió manteniendo a sus amantes, varias a la vez, cerca de la corte. Isabel de Portugal, que no era una mujer guapa pero sí inteligente, se convirtió en una importante mecenas apoyando a artistas y poetas, rompió esquemas en la época jugando un papel fundamental en las negociaciones de los destinos de Borgoña y, además, supo ver el papel que jugaría su imagen como reflejo del poder en la época que representaba. No en vano muchos autores señalan a Borgoña como el origen de la moda en el vestir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL RASTRO DEL DINERO: LOS “CIERTOS VIAJES SECRETOS” DE JAN VAN EYCK</strong></p>
<p>Y, en medio de todo este juego de estrategias nupciales, encontramos al autor de “El matrimonio Arnolfini” en una embajada para retratar “muy al natural” a la futura esposa de su mecenas. Poco se sabe y mucho se ha estudiado sobre las posibles visitas del pintor flamenco a la península. Siguiendo el rastro que han dejado las referencias sobre las dietas pagadas al maestro de la pintura al óleo, se ha especulado mucho sobre sus viajes a lo largo y ancho de Europa: 91 libras, 5 sueldos y 3 groses abonados en agosto de 1426 para un “cierto viaje secreto”; 360 libras y 40 groses para otros “algunos viajes secretos” pagados en octubre de 1426; 160 libras y 40 groses para más <em>“ciertos viajes secretos” </em>a partir de 1428; o 360 libras pagadas el 20 de agosto de 1436 para <em>“algunos viajes lejanos y extrañas marchas”</em>.</p>
<p>Las dietas abonadas en 1426 han hecho elucubrar a muchos autores sobre la auténtica participación del pintor en la embajada a la Corona de Aragón, oficialmente con el objetivo de negociar el matrimonio fallido de Felipe el Bueno con la hermana de Alfonso V el Magnánimo. Se han hecho, además, muchos estudios sobre la relación entre van Eyck y Valencia, así como la influencia en artistas como Luis Dalmau. Sin embargo, los últimos estudios afirman que no se puede confirmar su estancia en Valencia. Hoy en día la única referencia segura de la presencia de van Eyck en la península es la de la embajada de 1428-29 gracias a la <em>“Copie du verbal du voyage de Portugal” </em>en la que se indica la participación de <em>“un maestro llamado Jan van Eyck, ayuda de cámara del dicho monseñor de Borgoña y excelente maestro en el arte de la pintura”.</em></p>
<p>Lo que nos dice el documento es que la comitiva salió de Sluis el 19 de octubre de 1428, y que llegó a Lisboa el 18 de diciembre del mismo año. Su agenda era la siguiente: asistencia a la fiesta de recepción de Leonor de Aragón en Estremoz (la infanta que dio calabazas a Felipe el Bueno); negociaciones entre Portugal y Borgoña por el matrimonio que se estaba concertando; realización por parte de Jan van Eyck del retrato de la infanta; envío de mensajeros y espías para informarse sobre la reputación de la buena de Isabel de Portugal; envío de las condiciones y el retrato (que debieron ser dos) por mar y por tierra hasta Borgoña. Mientras tanto, varios miembros de la embajada visitan Santiago de Compostela, al duque de Arjona, al rey de Castilla, al rey de Granada y otros señores, tierras y lugares; regresan a Lisboa y firman el contrato matrimonial; celebran la unión por poderes con fiestas de por medio y viajan de vuelta, con la infanta, a Flandes (un viaje penosísimo, por cierto, del 8 de octubre al 25 de diciembre de 1429).</p>
<p>Desde que van Eyck pinta el retrato de la infanta, que desgraciadamente no se ha conservado, se envía a Borgoña y se recibe respuesta del Duque, pasan casi cuatro meses. En ese tiempo los borgoñones aprovecharon para explorar la península Ibérica y visitar, como se avanzaba antes, Santiago de Compostela, al duque de Arjona, a Juan II rey de Castilla posiblemente en Valladolid, al rey de Granada y otros señores, tierras y lugares que no se especifican en la documentación conservada. Este viaje y las influencias de la pintura de van Eyck en artistas castellanos y aragoneses ha originado numerosísimos estudios y especulaciones. Muchas de ellas giran en torno al cuadro “la Fuente de la Vida” procedente del taller de van Eyck y conservada en el Museo del Prado, pero sigue siendo incierto si el viaje del pintor, y su encuentro con Juan II, pueda tener algo que ver con esta pintura.</p>
<p>Parece clara, sin embargo, la influencia de la península Ibérica en la obra del flamenco: se evidencia en los nuevos paisajes, trajes locales, el exotismo nazarí, las costumbres, la vegetación mediterránea y los azulejos valencianos que aparecen en sus obras. Los expertos han analizado hasta el más mínimo detalle si esta influencia deriva del viaje de van Eyck a la península o si, debido a un comercio muy floreciente, la mayor parte de estos materiales eran ya conocidos en toda Europa. Se especula también con la posibilidad de que el maestro llevara consigo un cuaderno de bocetos durante el viaje, en el que fuera recogiendo los minuciosos detalles tan celebrados en sus lienzos.</p>
<p>Sea como fuere, la estancia de Jan van Eyck en la península duró casi diez meses, de los que apenas necesitó uno para pintar a la infanta Isabel de Portugal. Sobre el resto del tiempo, lo que sabemos a ciencia cierta son las visitas a los señores de la península, aunque por desgracia, no a todos. No hay documentos que atestigüen otras obras del flamenco ni la recepción de encargos. Sin embargo es de destacar la importancia del viaje debido, no solo a la información que aporta sobre la búsqueda de alianzas en una Europa en tránsito hacia la Edad Moderna, sino también a todos los detalles que proporciona a los historiadores del arte para el análisis de su obra e influencias posteriores.</p>
</div>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jan-van-eyck/">Jan van Eyck. El pintor flamenco en la Península Ibérica</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>El viaje por España de Vasili Petrovich Botkin</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/vasili-petrovich-botkin/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 10:11:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Luisa Martín-Merás Verdejo Bibliografía: Boletín SGE Nº 62 &#8211; El viaje de los alimentos &#160; Cartas sobre España, el libro que recoge las impresiones de este ruso ilustrado en [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Luisa Martín-Merás Verdejo<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-62-el-viaje-de-los-alimentos/">Boletín SGE Nº 62 &#8211; El viaje de los alimentos</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Cartas sobre España, el libro que recoge las impresiones de este ruso ilustrado en el viaje que llevó a cabo mediado el siglo XIX, constituye un material de primera mano y gran interés para conocer la vida cotidiana española en esta época.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CONSIDERACIONES PREVIAS</strong></p>
<p>Los libros de viajes conforman un género literario que ha gozado de una enorme popularidad durante siglos, pese a que su definición sigue resultando difícil. Por lo general se entiende como libro o relato de viajes el que se ajusta a una o más de las siguientes características: relato no ficticio, escrito en primera persona del singular o plural, que describe un viaje a través de un país extranjero con numerosas observaciones sobre el paisaje, la geografía, la flora, la fauna, los habitantes, el modo de vida, la historia y las costumbres sociales del país. La obra que más ha contribuido a configurar el libro de viajes moderno y que ha generado el mayor número de imitadores ha sido el <em>Libro de las maravillas del mundo</em>, de Marco Polo, una de las obras más difundidas durante la Edad media y probablemente el libro de viajes más famosos de todos los tiempos. El libro de viajes alcanzó un período de esplendor desde mediados del siglo XVIII hasta mitad del siglo siguiente. El contexto cultural de la Ilustración hizo posible este desarrollo al introducir nuevas consideraciones sobre los viajes. A lo largo del siglo, viajar se convirtió en una experiencia crucial en la educación de las clases acomodadas y un bagaje difícilmente sustituible.</p>
<p>La práctica de anotar las experiencias viajeras traspasó la barrera del siglo y, durante el XIX, dentro del movimiento romántico, tuvo unas características bastante distintas. Una marcada preocupación estética y la atención por las sensaciones y los sentimientos se había sumado a este tipo de literatura. El libro de viajes posee un importante componente de subjetividad en la medida en que el viajero sólo cuenta de primera mano aquello que ve y, suponiendo que todo sea observado en sus justos términos, desconoce el resto, de modo que se produce una interpretación de la realidad en función de lo observado. Todas las experiencias políticas o culturales en este tipo de literatura están pasadas por el tamiz intelectual del viajero, cuyas coordenadas determinan significativamente el resultado final del testimonio.</p>
<p>Este testimonio puede estar expresado, como en el caso que comentamos, en forma epistolar, una fórmula que ofrece un recurso óptimo para transmitir, por escrito y de forma amena, a otra persona el caudal de información que se sucede durante el recorrido. Puede también estar organizado subsidiariamente según las etapas del camino tomando como unidades de contenido las entidades geográficas visitadas.</p>
<p>El resultado de esta época dorada de los viajes y de la literatura que se ocupa de ellos es un volumen inusitado de testimonios viajeros que ilustrados y románticos redactaron a raíz de su experiencia. Todos ellos juntos constituyen un importante corpus documental sobre la sociedad española de su momento.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL AUTOR Y SU OBRA</strong></p>
<p>En la primera mitad del siglo XIX comienza el interés de los viajeros rusos por España, que a su exotismo unía, como Rusia, la cualidad de haber rechazado la invasión francesa. El primer viajero ruso del que hay noticia fue el marino ruso Iván Fiódorovich von Kruzenster, organizador y comandante de la primera expedición rusa que circunnavegó el mundo. Los buques Nadezhda y Neva recalaron en el puerto de Santa Cruz de Tenerife en 1803, entre el 19 y 26 de octubre. Kruzenster hizo referencia a esta estancia en el relato su viaje.</p>
<p>Una de las obras sobre España que más impacto causó en la sociedad rusa de su tiempo fue las <em>Cartas sobre España </em>que escribió Vasilii Petróvich Botkin (1811-1869), miembro de la burguesía comercial, crítico de arte y viajero impenitente. Botkin había visitado en 1835 Inglaterra, Francia e Italia, lo que supuso para él una apertura al continente y un primer contacto con el arte europeo occidental. Dejó escritas unas breves pero interesantes impresiones sobre Italia, y unas notas de viaje sobre su estancia en Francia y en París que sólo se publicaron en 1976. En 1845, desde el 11 de agosto hasta finales de octubre, visitó España recorriendo Irún, Vitoria, Burgos, Madrid, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Jerez, Tarifa, Málaga, Gibraltar, Tánger, Alhama, Vélez-Málaga y Granada, donde se interrumpe el relato un tanto abruptamente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>DE IRÚN A MADRID</strong></p>
<p>Inicia el viaje en Irún, donde toma contacto con las peculiaridades españolas en contraste con la más civilizada Francia y donde, animoso, empieza a superar las barreras producidas por las malas comunicaciones, el hospedaje y la comida. Pasa rápidamente por Vitoria y Burgos, y observa que por todo el camino se ven las huellas de las guerras carlistas.</p>
<p>Con cartas de recomendación dirigidas a altos funcionarios del Gobierno de Narváez, llega a Madrid, donde permanece un tiempo que no especifica pero que es sin duda la estancia más larga de todas. Allí participa del ambiente político de la capital y señala la franqueza de los españoles para hablar de política en los cafés y con los extranjeros. El autor se extiende, a veces excesivamente, sobre aspectos de la historia, la cultura, la sociedad y la política de España en 1845, con agudas observaciones sobre el caótico gobierno del reinado de Isabel II, deteniéndose en los odios políticos que se profesan los moderados y los progresistas, y en el recurso a los golpes de estado o pronunciamientos militares.</p>
<p>El foro político y comercial de Madrid es la Puerta del Sol, sobre la que el viajero hace agudas observaciones <em>“desde la mañana temprano hasta muy entrada la tarde se apiña toda clase de gente que se renueva incesantemente” </em>Observa que allí abundan tiendas, barberías, y los cafés, cada uno frecuentado por distintos partidarios políticos. Señala también que en los cafés madrileños se ven incomparablemente más mujeres que en los cafés de París, especialmente por la tarde.</p>
<p>Otro lugar interesante de Madrid es el Paseo del Prado, donde es imprescindible ir por la tarde para admirar las <em>“beldades madrileñas”</em>, que considera muy influenciadas por la moda francesa hasta el punto de que el sombrero comienza a sustituir la mantilla aunque: <em>“¡Gracias a Dios, que por lo menos, aún conservan ellas el uso de su abanico… porque me aseguraron que la mujer puede decir con el abanico todo lo que quiera”.</em></p>
<p>Considera Botkin que Madrid es una ciudad de población foránea compuesta principalmente de funcionarios y comerciantes, y que su aire irrita los nervios y es <em>“tan seco y penetrante que la mayor parte de sus habitantes fallece de enfermedades de los pulmones”</em>. De todas sus calles, la más poblada y animada es la de Toledo, llena de figones, hosterías, bodegones y artesanos.</p>
<p>Sus cartas de recomendación le sirven para ser introducido en la vida cotidiana de los españoles y ser admitido en su círculo de relaciones: <em>“En general el español es cortés y amable, sin resultar servil, manteniendo la dignidad: en su habitual tranquilidad no es derrochador de cumplidos, pero pueden estar seguros que nunca le verán a usted como una carga, y nunca le tratarán fríamente”. </em>Cree percibir en los españoles aquellas dos Españas que tanta guerra darán a lo largo de los siglos venideros: la España vieja e inmóvil “que no entienden ni la industria ni las fuentes de la riqueza popular, miran a la unidad con animadversión y no ven nada más allá de su campanario aldeano y de sus derechos comunales” y la España entregada a las ideas y a las instituciones de Francia e Inglaterra. Como crítico de arte y estudioso hace una mención elogiosa del Museo del Prado.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>ANDALUCÍA</strong></p>
<p>El próximo destino de nuestro viajero es Andalucía, hacia donde marcha en diligencia pasando por Aranjuez y la Mancha que: <em>“es en su totalidad una inmensa llanura en la cual no hay agua, tampoco una colina o un árbol” </em>y el manchego le parece <em>“perezoso, pobre, grasiento y andariego”</em>, y con fama de ladrón. Este panorama cambia drásticamente a medida que la diligencia se acerca a Sierra Morena: <em>“El clima, la arquitectura, la ropa y las costumbres, todo parece indicar que te hallas en otro país”.</em></p>
<p><strong>Córdoba </strong>le parece una ciudad completamente mora muy alejada de los usos y costumbres europeos, donde admira sin reservas a sus mujeres y se asombra de la belleza de la Mezquita con sus más de 900 columnas, lo que le da lugar a una larga disertación sobre la civilización árabe en España.</p>
<p>La siguiente ciudad andaluza que visita es <strong>Sevilla</strong>, donde el mismo día de su llegada asiste a una corrida de toros que le disgusta y asombra. Considera que Sevilla es el resultado de la confluencia del elemento moro con el cristiano. Nuestro viajero ve la ciudad como algo singular, atractivo, original y poético. La morena mujer sevillana le atrae en especial por su color de piel, el brillo de sus ojos negros y sus movimientos <em>“rápidos, vivos y además lánguidos”</em>. <em>“Si fuera posible juzgar a la raza de las mujeres por sus manos, pies y nariz entonces, sin ninguna duda, la de las andaluzas es la más perfecta de Europa”.</em></p>
<p>Alaba sin reservas, como crítico de arte que es, la colorida pintura de Murillo que le parece exquisita: <em>“Nadie en el mundo ha expresado mejor el éxtasis religioso y la tendencia mística del alma hacia la divinidad”</em>. La segunda maravilla, tras Murillo, es la catedral, cuya riqueza artística le sorprende. Observa la escasa religiosidad existente, medida por la asistencia de los fieles a los cultos, y cree equivocadamente que los sacerdotes han perdido su tradicional influencia y que la religiosidad permanece en el pueblo superficialmente.</p>
<p>En Triana asiste a una velada amenizada con bailes, sobre todo el fandango y la cachucha, y considera que los bailes andaluces <em>“encantadoras danzas de pasión y forma excitantes” </em>son <em>“los únicos bailes del mundo que inspiran adoración a la belleza del cuerpo humano” </em>y que para bailarlos son necesarias “la inspiración y una apasionada locura”.</p>
<p>Por las tardes, ente la 8 y las 9, el viajero pasea por la Alameda del Duque, <em>“el reino de las sevillanas vestidas de negro” </em>y se sorprende de la desenvoltura de las conversaciones y de la libertad de la que gozan las muchachas para hablar con su novios o pretendientes.</p>
<p><strong>Cádiz </strong>le produce una gran impresión, ya que considera que en ninguna ciudad el extranjero es tan bien acogido como allí. En este sentido, la ciudad, por su hospitalidad y sus hermosas mujeres, es la ciudad más amable de Europa. Allí el monumento más famoso es la catedral, que considera <em>“una de las mejores obras de la arquitectura moderna” </em>y <em>“la mejor de las catedrales contemporáneas que conozco”.</em></p>
<p>Se extiende a continuación sobre las causas y consecuencias del declive comercial de la ciudad, que tribuye a los altos aranceles, y sobre la mala situación de la industria y el comercio en España, que procede, según él, de la animadversión de los españoles hacia tales actividades. En su opinión, los viejos elementos de la España tradicional se encuentran en lucha <em>“contra un civismo nuevo que comienza a surgir en ella”.</em></p>
<p>Desde Cádiz, el viajero se desplaza al <strong>Puerto de Santa María y a Jerez</strong>, y realiza una “excursión” marítima a Gibraltar, que considera lo más opuesto a Andalucía, donde se puede disfrutar de todas las comodidades inglesas, aunque <em>“se vive como en un calabozo”</em>, por lo que decide viajar por mar a Málaga. Por circunstancias imprevistas tiene que arribar a Tánger, que le produce una penosa impresión por su suciedad y <em>“sus estrechas calles que parecen corredores” </em>y donde <em>“todo se parece más a una cárcel que a una ciudad”.</em></p>
<p>La siguiente etapa de su viaje es <strong>Málaga</strong>, que no le parece demasiado bonita, aunque posee <em>“un puerto hermoso y una exquisita alameda”</em>. Observa que <em>“Málaga es el enclave comercial más importante después de Barcelona, aunque comercia exclusivamente con los productos de sus fértiles campos”</em>. Como es su costumbre, no faltan en su descripción de la ciudad las pinceladas de color local: <em>“Los vecinos de Málaga son en general gente alegre y osada, tienen pocas necesidades y trabajan solo unos cuantos días a la semana para pasear el domingo con el dinero ganado. El vino peleón, los moderados precios de los comestibles, la suavidad del clima y en especial la sorprendente belleza y gracia de las mujeres locales generan fuertes pasiones, y así es normal escuchar conversaciones sobre puñaladas y asesinatos, cuyo motivo no es el robo, sino la riña, la venganza o los celos”.</em></p>
<p>Botkin gusta de pasear a caballo por los alrededores de Málaga y se hace lenguas de la cortesía de los andaluces hacia los extranjeros. De las malagueñas cuenta que, junto con las gaditanas, son <em>“la aristocracia de las mujeres de Andalucía… su principal especificidad… consiste en su total gracia original que los andaluces llaman con una significativa palabra: sal”</em>, de donde se deriva su apelativo de malagueña salerosa.</p>
<p>Muy interesado en visitar <strong>Granada</strong>, inicia, atravesando las montañas, un arriesgado viaje a caballo, en una expedición conducida por un antiguo bandolero, pernoctando en Vélez-Málaga.</p>
<p>Granada <em>“con sus jardines y su medio derruidos edificios moros, con su innumerable infinidad de fuentes y manantiales, cuyo sonido reverbera las calles, con su mundialmente incomparable alameda y su maravillosa vista a la llanura, a la nevada Sierra y las montañas que la circundan” </em>produce a nuestro viajero la impresión de una ciudad encantadora.</p>
<p>En Granada visita la Catedral, de la que resalta su espléndida Capilla Real, la Cartuja, el Museo de pinturas y especialmente la Alhambra y el Generalife, donde admira salas, patios y jardines. Acaba instalándose en una casa cercana al barranco que separa la Alhambra y el Generalife. En Granada, a pesar de llevar tres semanas, sus días pasan, <em>“en un incontrolado e indescriptiblemente agradable sueño” </em>y <em>“en una sensación rayana a la felicidad más absoluta”</em>. Aquí se interrumpe el relato y Botkin no nos proporciona noticias de su viaje de vuelta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL REGRESO A RUSIA</strong></p>
<p>A su regreso a San Petersburgo Botkin comenzó a publicar sus impresiones por entregas con el título de <em>Cartas sobre España </em>en la revista <em>“Sovremennnik” </em>(El Contemporáneo) durante 1847-1849 y 1851, que fueron muy bien acogidas por el público y la crítica, y dieron lugar a una edición completa en 1857. La obra volvió a aparecer en la edición de sus obras completas en 1890-93. En 1979 se publicaría en ruso otra edición de <em>Cartas sobre España </em>sobre la que se ha basado la traducción al español.</p>
<p>En España las <em>Cartas sobre España </em>de Botkin, consideradas como el mejor libro de viajes en ruso del siglo XIX, se han publicado por vez primera en 2012, en Miraguano Ediciones con traducción, prólogo y notas muy completas de Ángel Luis Encinas Moral, que es la edición que comentamos.</p>
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		<title>Stanley en Madrid. 150 años del telegrama que rescató a Livingstone</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/stanley-en-madrid/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 10:03:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ramón Jiménez Fraile Bibliografía: Boletín SGE Nº 63 &#8211; Los lagos de nuestra Tierra &#160; No hay enciclopedia de grandes viajeros que no recoja la escena de Henry Morton [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Ramón Jiménez Fraile<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-63-lagos-de-nuestra-tierra/">Boletín SGE Nº 63 &#8211; Los lagos de nuestra Tierra</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>No hay enciclopedia de grandes viajeros que no recoja la escena de Henry Morton Stanley recibiendo en Madrid el telegrama que le puso en marcha hacia el Dr. Livingstone, al que dos años después saludó con flema en el corazón de África. Fue el propio Stanley el que quiso que el libro en el que dio cuenta de la aventura que cambió su vida, y que supuso un hito no solo del periodismo sino del devenir de África, arrancara con dicho episodio acontecido hace ahora 150 años. Al filo de la efeméride, Ramón Jiménez Fraile, autor de “Stanley. De Madrid a las Fuentes del Nilo”, aporta sobre este asunto nuevos datos e interpretaciones, algunas de ellas transgresoras respecto a lo que se creía hasta ahora al respecto.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Publicado en inglés en 1872 con el título <em>“How I found Livingstone”</em>, la primera edición española del mítico libro de Stanley no vio la luz hasta 1878, de la mano de la editorial barcelonesa “Montaner y Simon”.</p>
<p>En esta primera versión en castellano, el relato de Stanley arranca de la siguiente manera: <em>“El 16 de octubre del año 1869, hallándome en Madrid, y en mi casa de la calle de la Cruz, presentóme mi criado, a eso de las diez de la mañana, un parte telegráfico expedido por Mr. James Gordon Bennet, director del New York Herald, de quien era yo corresponsal. Rasgué el sobre y leí lo que sigue: ‘Volved a París, asunto importante.’ Dos horas después tenía ya recogidos mis libros y papeles, cerradas las maletas y todo preparado. Como el tren correo no salía hasta las tres, quedaba todavía algún tiempo disponible, el cual aproveché para ir a despedirme de mis amigos. A la hora citada me había ya puesto en camino…”</em></p>
<p>Las posteriores ediciones en castellano, incluidas las más recientes, del libro <em>“Cómo encontré a Livingstone” </em>apenas difieren de aquella primera traducción, salvo en algunos añadidos, como el referido a que Stanley acababa de regresar a Madrid tras haber sido testigo de una masacre en Valencia, o que el criado que le tendió el telegrama se llamaba Jacopo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN TELEGRAMA QUE LLEGA CON RETRASO</strong></p>
<p>Una aproximación a los escritos originales de Stanley, incluidos sus archivos personales, permiten hacernos una idea más precisa, y en todo caso menos errónea, de aquellos acontecimientos.</p>
<p>Para empezar, el telegrama en cuestión no lo recibió Stanley el 16 de octubre de 1869, sino un mes antes, en concreto el 15 de septiembre.</p>
<p>Dicho “despacho telegráfico”, cuyo original se conserva en el Museo de África de Tervuren en Bélgica, indica que fue expedido en París el 12 de septiembre y que quedó registrado en Madrid el 13, figurando como fecha y hora de entrega el 15 de septiembre a las 7 de la mañana.</p>
<p>Es probable que la burocracia interna de los servicios telegráficos madrileños no explique por sí sola los dos días que el telegrama estuvo retenido en la “Central de Telegrafía”, sino que también tuviera que ver en ello la censura. España vivía por aquel entonces un período particularmente convulso. Hacía menos de un año que Isabel II había sido derrocada y el gobierno del general Prim se enfrentaba a violentas revueltas carlistas y republicanas que desgarraban la Península, así como a la insurrección independentista cubana.</p>
<p>Stanley, que había llegado a España como corresponsal del «New York Herald» a finales de marzo de 1869, también tuvo que vérselas con la censura, como denota la reclamación que elevó el 10 de septiembre al director general de Comunicaciones para recuperar los 170 reales que había pagado por un telegrama “relativo a la cuestión cubana” que nunca llegó a su destino, la oficina del <em>“New York Herald” </em>en Londres.</p>
<p>Otra causa de retraso radica en el hecho de que, tal como indica la mención <em>“Toward Stanley case American Legation Madrid” </em>que figura sobre el documento, el telegrama no estaba dirigido al domicilio de Stanley, sino a la Embajada de Estados Unidos en Madrid.</p>
<p>La edición original del libro de Stanley indica que fue de “Jacopo” de quien recibió el telegrama. Eso no significa ni que el tal Jacopo fuera un criado suyo, ni que se tratara de un español llamado Jacopo, entre otras cosas porque Stanley respetaba en sus relatos los nombres propios de las personas en su idioma original. Lo más probable es que Jacopo fuera un empleado de la Embajada norteamericana en Madrid. Incluso podríamos pensar que fue el propio Stanley el que recogió el documento en dicha sede diplomática, donde se hacía enviar la correspondencia. El libro original en inglés contiene sentidos agradecimientos de Stanley hacia el personal de la Embajada estadounidense que no figuran en las ediciones españolas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN REPORTERO CON RELACIONES DIPLOMÁTICAS</strong></p>
<p>El reportero, que por aquel entonces ejercía de ciudadano norteamericano, abjurando de su auténtico origen galés, había asistido en persona, a finales de julio, a la presentación en el Palacio de La Granja de San Ildefonso de las cartas credenciales al regente Serrano por parte del nuevo embajador estadounidense en España, el general Daniel Sickles. Héroe de la Guerra Civil estadounidense, Sickles había adquirido gran notoriedad en su país por haber asesinado en plena calle al amante de su mujer, crimen del que se libró de ser condenado aduciendo, por primera vez en la historia judicial estadounidense, trastorno mental transitorio. Además de sus muestras de amistad hacia los miembros de la diplomacia estadounidense en España, hay otros detalles que omiten las versiones en lengua española del libro de Stanley. Entre ellos, la mención que Stanley hizo en la primera página de su libro de un corresponsal londinense que vivía en el cuarto piso del número 6 de la Calle Goya, del que dijo haberse despedido antes de tomar el tren para París. Stanley no desvela en el libro el nombre de su colega, pero sí el de dos de sus hijos – Charlie y Willie – de los que asegura eran muy buenos amigos suyos y a los que les encantaba escuchar las aventuras que él disfrutaba contándoles.</p>
<p>Por los diarios personales de Stanley sabemos que el padre de Charlie y Willie era el corresponsal del diario londinense <em>“The Standard” </em>Charles Hamilton, a quien conoció al día siguiente de su llegada a Madrid. Stanley no solo disfrutó en Madrid de la compañía de los hijos de su colega, sino que también recibió consejos de su esposa escocesa sobre los enseres que la mujer de un corresponsal en el extranjero debía llevar consigo. Stanley mantenía por aquel entonces un romance epistolar con una joven galesa a la que transmitió estos consejos y con la que no se casó debido al viaje que le llevaría al corazón de África.</p>
<p>Stanley se presenta en su libro, así como en las cartas a su novia, como una persona totalmente dedicada a la causa del periodismo, textualmente como un “gladiador” dispuesto a sacrificarlo todo con tal  de cumplir las órdenes de sus superiores. Imbuido de la épica de entrega y sacrificio, aseguró en su relato que, nada más llegar de noche a París, se presentó en el hotel en el que se alojaba su jefe, el cual le lanzó la orden de encontrar, a toda costa, al Doctor Livingstone (“Find Livingstone!”), no quedándole más remedio que obedecer.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>BUSCAR A LIVINGSTONE: UNA ORDEN O TAL VEZ UNA DECISIÓN PROPIA</strong></p>
<p>Sin ser el mentiroso compulsivo que algunos pretenden (sus impecables crónicas periodísticas y la exactitud de sus descubrimientos geográficos demuestran lo contrario), Stanley era ante todo un hacedor de historias. Cuando le convenía, adaptaba la realidad a la lógica de sus relatos para hacerlos más creíbles. De hecho, si atendemos al contenido mismo del telegrama que Stanley recibió en Madrid, comprobamos que en él su jefe no le dice que tuviera que viajar a París para tratar un “asunto importante”, sino que le propone desplazarse a París en caso de que pensara que nada sorprendente fuera a suceder en España en los siguientes veinte días: <em>“Unless you think</em><em> something veri </em>(sic) <em>startling will take place</em><em> within twenty days come to Paris on receipt of this telegram”.</em></p>
<p>Llegados a este punto, conviene sacar a relucir el interés que, desde muy joven, tuvo Stanley hacia la exploración y los grandes viajes. Sabemos que al poco de abandonar el asilo del País de Gales en el que pasó su infancia, leyó el libro “Missionary Travels” de Livingstone, personaje del que quedó prendado.</p>
<p>Tim Jeal, uno de los mayores especialistas sobre Stanley (autor del libro <em>“Stanley.</em><em> The Imposible Life of Africa’s Greatest Explorer”</em>) sugiere que la idea de ir en busca de Livingstone fue de Stanley y no de su jefe Bennett. En apoyo de esta tesis, Jeal ofrece la declaración que hizo años más tarde un amigo de juventud de Stanley, Lewis Noe, a quien, en las navidades de 1866, confesó que estaba muy interesado por los trabajos de Livingstone y le manifestó el deseo <em>“de ir él mismo</em><em> a África como corresponsal del ‘New York Herald’ con objeto de causar sensación con el relato que escribiría, el cual le reportaría fama y dinero”.</em></p>
<p>Cuando, casi año y medio después de haberse reunido con su jefe en París, Stanley se presentó en Zanzíbar para emprender la búsqueda de Livingstone, descubrió que su periódico no le había hecho llegar a la isla ninguna suma de dinero, por lo que tuvo que empeñar su palabra y, con ella, su futuro. Fue una vez que supo que Stanley había encontrado a Livingstone que a Bennett no le quedó más remedio que sufragar, a regañadientes, los costes de la expedición.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>REPORTERO Y JEFE: UNA RELACIÓN COMPLICADA</strong></p>
<p>La situación de dependencia de Stanley respecto a su jefe, así como su deseo de apaciguar su ira, explicarían la profusión de dedicatorias y alabanzas que Stanley le dedicó en el libro y en sus manifestaciones públicas, mientras que en privado las relaciones entre los dos fueron siempre tensas y estuvieron marcadas por muestras de desprecio por parte del director hacia su corresponsal. Los diarios privados de Stanley contienen indicios que sustentan la idea del montaje urdido por él para hacer creer que la orden de buscar a Livingstone se la dio Bennett.</p>
<p>En uno de esos diarios figuran dos únicas entradas relativas al mes de septiembre de 1869. La primera se refiere al día 15 y en ella Stanley menciona el telegrama de Bennett, cuyo texto reproduce de manera literal, es decir sin pretender que su jefe le convocara en París para hablarle de un “asunto importante”. La otra entrada, relativa al día 26, dice <em>“Barcelona. Republican rising”</em>, en alusión a la revuelta republicana que se produjo por esas fechas en la Ciudad Condal, y que había prendido al socaire de la huelga de los obreros del sector textil. Cabe pensar que Stanley consideró que los sucesos de Barcelona eran lo suficientemente graves como para justificar su permanencia en España, en vez de viajar a París.</p>
<p>No menos graves serían las revueltas republicanas y su consiguiente represión, que Stanley presenció <em>in situ</em>, en octubre, en Zaragoza y Valencia, sucesos que menciona en sus diarios y de los que dio cuenta en impactantes crónicas. El caso es que el 21 de octubre, Stanley, procedente de Valencia, estaba de vuelta en Madrid, donde el 27 por la tarde cogió el tren con todas sus pertenencias. Según el diario privado que usaba para anotar sus gastos y desplazamientos, llegó a París el 28 a las 11 de la noche, y directamente se dirigió al hotel en el que se alojaba Bennett. Justo después del nombre del hotel, puede leerse <em>“Orders to find Livingstone”</em>. Un examen superficial basado en el tamaño y la disposición de esta última frase respecto a las anteriores permite concluir que la anotación fue realizada con posterioridad, en un claro afán de sustentar, a posteriori, la tesis de que la orden había partido del director del <em>“New York Herald”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN SUSTITUTO DE STANLEY EN MADRID</strong></p>
<p>Un asunto que a buen seguro sí abordó Bennett con su subordinado en París es el que aparece mencionado en otro de los diarios privados de Stanley, en el que, sin que haya indicios de manipulación, se puede leer textualmente: <em>“October.</em><em> Offered Hay position on “Herald” asked by Bennett”</em>. De esta anotación se deduce que el puesto que Stanley había dejado vacante como corresponsal en España del <em>“New York Herald” </em>–al salir de España con todas sus pertenencias &#8211; le había sido ofrecido, por decisión de Bennett, a alguien apellidado Hay.</p>
<p>Ese alguien era John Hay, ni más ni menos que el que fuera secretario privado del presidente Abraham Lincoln, de cuyo asesinato fue testigo. Hay había llegado a Madrid en julio de 1869, junto al nuevo embajador David Sickles, para ocupar el cargo de primer secretario de la embajada estadounidense en Madrid, puesto que había aceptado no tanto por el salario, que reconoció era bajo, sino para contribuir a que Cuba cayera bajo la influencia norteamericana, tal como él mismo reconocería.</p>
<p>Conocedores de sus dotes como escritor (de su pluma salieron importantes textos atribuidos a Lincoln), los principales periódicos estadounidenses competirían por hacerse con los servicios de Hay desde España. Sus vivencias e impresiones de los dos años que residió en Madrid quedarían reflejados en su libro “Castilian Days”, publicado en 1871.</p>
<p>Ese mismo año 1871, concretamente en noviembre, Stanley, un perfecto desconocido que estaba a años luz del prestigio y la consideración que en el mundo anglosajón tenía John Hay, se quitó el ‘salacot’ al borde del Lago Tanganica y dijo: <em>“Doctor Livingstone, supongo”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>DE VUELTA A ESPAÑA: UNA CIERTA NOTORIEDAD</strong></p>
<p>Tras la efímera notoriedad que este hecho le reportó, en mayo de 1873 Stanley retomó, por orden expresa de Bennett que le negó un aumento de sueldo, la labor de corresponsal en España, donde muy pocos eran conocedores de su hazaña africana. Uno de ellos fue Manuel Iradier, fundador en 1868 de “La Exploradora”, primera sociedad geográfica española, el cual saldría al encuentro de Stanley en Vitoria para pedirle consejo sobre los viajes a África.</p>
<p>No sería hasta 1876 cuando se fundó la Sociedad Geográfica de Madrid, precursora de la actual Real Sociedad Geográfica. Por aquel entonces, Stanley, desafiando de nuevo al destino, había regresado a África para completar la obra del fallecido Livingstone, y estaba ocupado en circunnavegar a bordo de la <em>“Lady Alice”</em>, la barca desmontable construida a base de cedro español, los lagos Victoria y Tanganica, antes de emprender la primera travesía del que resultó ser el Río Congo. El secular espacio en blanco en el centro de los mapas de África quedaba así definitivamente rellenado.</p>
<p>En los archivos del reportero metido a explorador que se conservan en Bélgica, figura el original de la carta que, el 15 de diciembre de 1877, le envió Francisco Coello, presidente de la Sociedad Geográfica de Madrid, para rendirle <em>“justo</em><em> tributo de admiración… por la temeraria empresa de cruzar las ignotas regiones del África central”.</em></p>
<p>Coello le comentó que le hubiera gustado premiarle por ser <em>“uno de los más</em><em> ilustres campeones de la Geografía, compañera predilecta e inseparable de la verdadera civilización”</em>, pero la falta de recursos de su sociedad geográfica le impedía otorgarle una medalla. <em>“España no olvidará </em>&#8211; añadió Coello &#8211; <em>que ha</em><em> tenido la dicha de que hayáis residido en ella durante algún tiempo”</em>.</p>
</div>
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		<title>Castilian Days. España vista por el sepulturero de su imperio colonial</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/castilian-days/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:51:15 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ramón Jiménez Fraile Bibliografía: Boletín SGE Nº 64 &#8211; La primera vuelta al mundo &#160; El diplomático y escritor John Hay residió en Madrid, durante 1869 y 1870, como [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Ramón Jiménez Fraile<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-64-vuelta-al-mundo/">Boletín SGE Nº 64 &#8211; La primera vuelta al mundo</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El diplomático y escritor John Hay residió en Madrid, durante 1869 y 1870, como primer secretario de la embajada de Estados Unidos. Aprovechó su estancia para conocer de cerca la vida de España y de los españoles, y para escribir una serie de artículos que luego reuniría en el libro <em>Castilian Days</em>.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>PROTAGONISTA DEL FIN DEL IMPERIO ESPAÑOL</strong></p>
<p>Hay una foto que ilustra como pocas la humillación que supuso para España el fin de su imperio colonial, a raíz de la guerra contra Estados Unidos de 1898. En ella se ve al Secretario de Estado norteamericano John Hay entregando en su despacho de Washington al embajador francés Jules Cambon un cheque de 20 millones de dólares.</p>
<p>Ese era la compensación que, de manera unilateral, Estados Unidos había fijado a cambio de las Islas Filipinas, que pasaban a ser de su propiedad al mismo tiempo que Puerto Rico y Guam, la isla a la que arribó Magallanes tras su travesía del Océano Pacífico. También como consecuencia de la guerra, Cuba obtenía la independencia bajo tutela estadounidense, y España se veía obligada a asumir la deuda nacional cubana, que ascendía a más de 400 millones de dólares.</p>
<p>El embajador francés formaba parte del equipo español que negoció –o mejor dicho vio cómo se le imponía– el Tratado de París, que ponía fin a la guerra hispano-norteamericana. Para evitar que un ciudadano español pasara por el mal trago de participar en la escenificación de la liquidación de su imperio colonial, fue el diplomático galo el que recibió el cheque de manos del jefe de la diplomacia estadounidense.</p>
<p>Debido a su sintonía con la diplomacia española, Jules Cambon sería nombrado embajador francés en España, un país que el otro protagonista de la histórica foto, el estadounidense John Hay, conocía probablemente mejor, ya que en su juventud ejerció de diplomático en Madrid.</p>
<p>Fruto de aquella estancia en España, cuando era apenas un treintañero, el sepulturero del imperio colonial español escribió coloridas estampas y agudas observaciones sobre España y los españoles, publicadas primero en la revista norteamericana <em>“Atlantic Monthly”</em>, y recogidas después en forma de libro bajo  el título <em>“Castilian Days”.</em></p>
<p>Sin figurar entre las mejores obras de los viajeros extranjeros de la España decimonónica, <em>“Castilian Days” </em>merece salir del olvido, tanto por su contenido como por la relevancia de su autor, venerado en su país por su brillante hoja de servicios, que arranca como secretario personal del presidente Abraham Lincoln, y culmina como jefe de la diplomacia en la Administración Roosevelt. Las vivencias personales de Hay, y el material que recopiló sobre Lincoln, le servirían para publicar, junto a su amigo y colega John Nicolay, la más completa biografía del malogrado presidente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VIDA AL SERVICIO DE LA DIPLOMACIA</strong></p>
<p>John Hay inició su carrera diplomática en 1865, justo después del asesinato de Lincoln, al ser nombrado primer secretario en la embajada estadounidense en París, desde donde pasó Viena y de ahí, en el verano de 1869, a Madrid.</p>
<p>Profundamente republicano en sus convicciones, la “Revolución de Septiembre”, que había mandado al exilio a Isabel II, hacía particularmente atractivo para Hay su desembarco en España. <em>“He leído y pensado mucho acerca de las revoluciones</em><em> y no puedo resistirme a una oportunidad tan favorable de levantar la tapa de la olla y ver lo que se está cociendo dentro”</em>, escribió justo antes de llegar a Madrid. Otro aliciente para Hay era el hecho de que su superior, el nuevo jefe de la Legación estadounidense en Madrid, sería el impetuoso héroe de guerra el general Daniel Sickles, a quien el presidente Ulysses Grant había encomendado la misión de negociar con el hombre fuerte de España, el general Prim, la compra de Cuba, donde había estallado una revuelta independentista.</p>
<p>Los devaneos de la diplomacia estadounidense en España en aquella época turbulenta que condujo a la proclamación de la Primera República contarían con un testigo de excepción: el por aquel entonces corresponsal en España del <em>“New</em><em> York Herald” </em>Henry Morton Stanley, a quien Hay trató con asiduidad (ver Boletín n. 63).</p>
<p>Ferviente partidario de la mano dura, incluso de declarar la guerra a España por el trato que daba a los insurgentes cubanos, Sickles no alcanzaría su objetivo, entre otras cosas porque su interlocutor, Prim, murió a resultas de un atentado. En “La berlina de Prim”, la premiada novela de Ian Gibson, sale a relucir John Hay, de quien se afirma <em>“era un escritor de gran talento, con una extraordinaria</em><em> capacidad observadora”</em>. De su libro “Castilian Days”, Gibson señala en la misma novela que <em>“evocaba brillantemente el ambiente de Madrid un año después</em><em> del triunfo de la Revolución”</em>. El testimonio de primera mano de Hay <em>“sobre el</em><em> casi increíble cambio operado en la realidad nacional en poco menos de doce meses, con agudos comentarios sobre la conflictiva vida parlamentaria del momento, así como las costumbres de la capital, era impagable”</em>, añade Gibson.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN OBSERVADOR AGUDO DE ESPAÑA Y LOS ESPAÑOLES</strong></p>
<p>Hay se implicó a fondo en la vida social, cultural y política de España, encontrando en su admirado político republicano, Emilio Castelar, un anfitrión y maestro a la altura de su curiosidad y entusiasmo. Prueba de su intensa relación con Castelar sería la traducción de Hay al inglés de la monumental obra del político español <em>“El movimiento republicano en Europa”.</em></p>
<p><em>“El partido republicano &#8211; </em>diría Hay en <em>“Castilian Days” &#8211; tiene sólo un año o dos,</em><em> pero ¡qué bebé vigoroso y ruidoso es! Pese a todas sus faltas y errores, parece tener la promesa de un futuro robusto y saludable. Se niega a estar atado por los recuerdos del pasado y mantiene sus ojos fijos en las posibilidades más brillantes por venir. Liberándose de todas las ataduras de la tradición, Emilio Castelar proclama su credo liberador del ‘derecho de todos los ciudadanos a no obedecer nada más que la ley’. Si se puede lograr que el pueblo español perciba que Dios es más grande que la Iglesia y que la ley está por encima del rey, el día de la liberación final estará cerca.”</em></p>
<p>Hay achacó el atraso de la sociedad española a su apego a la tradición, aunque subrayó que <em>“el signo más favorable de los tiempos es que esta tiranía de la tradición</em><em> está perdiendo su poder”</em>. A ello habría contribuido de manera decisiva <em>“el mero</em><em> hecho de haber expulsado a la reina (Isabel II), lo que supuso un golpe a la superstición que dio a todo el cuerpo político un revulsivo muy saludable, ya que nunca antes en España una revolución había tenido como objetivo el trono”.</em></p>
<p>Echando mano de ejemplos de la vida cotidiana, describió la actitud servil del pueblo llano, y analizó el modelo patriarcal que regía las conductas de los individuos en familia, reflejo según él del autoritarismo imperante debido a alianza secular entre la Corona y la Iglesia.</p>
<p>En este sentido, Hay sacó a relucir el papel secundario reservado a la mujer en la sociedad española, en especial su exclusión del sistema educativo que consideraba nefasta.</p>
<p><em>“Hay que lamentar que a las mujeres españolas se las mantenga sistemáticamente</em><em> en la ignorancia. Tienen una inteligencia más rápida y activa que los hombres. Con un buen grado de educación se podría esperar mucho de ellas en el desarrollo intelectual del país. En la vida diaria se advierte de inmediato su superioridad en inteligencia y capacidad de apreciación con respecto a sus esposos y hermanos. Entre los pequeños comerciantes, la esposa siempre acude al rescate de su lento cónyuge cuando lo ve atascado en una transacción. En el campo, si preguntas a un campesino sobre algo relacionado con tu viaje, dudará, tartamudeará y terminará con un ‘¿quién sabe?’, mientras que su esposa te proporcionará toda la información que precises.”</em></p>
<p>En clave de ironía, Hay sugirió que la explicación de la superioridad de las mujeres tal vez se debiera a que el humo del tabaco enturbiaba el cerebro de los hombres. También con humor se refirió a las connotaciones marianas de los nombres propios de las mujeres españolas: <em>“Como a las jóvenes nunca se les</em><em> llama por sus apellidos sino por su nombre, pasar una tarde en una tertulia a la que asisten jóvenes castellanas supone evocar todas las etapas de la vida de la Madre Inmaculada, desde Belén hasta el Calvario y más allá, o sea Concepción,  Anunciación, Dolores, Soledad, Asunción”.</em></p>
<p>John Hay no sólo se dedicaría a retratar en su libro la vida de los españoles, sino también las circunstancias de su muerte: <em>“Ya sea por su modo de vida ordenada</em><em> y activa, o por no poder pagar la asistencia médica, las clases más pobres sufren menos enfermedades que las acomodadas; un español corriente solo cae enfermo una vez en su vida, la que le lleva a la tumba”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>UN RECORRIDO POR LAS CIUDADES CASTELLANAS</strong></p>
<p>Lógicamente, el libro contiene también las inevitables concesiones a la España de <em>“magia y romance” </em>típicas de la época, dedicando uno de sus diez capítulos a la tauromaquia, a la que, según Hay, <em>“la aristocracia española ha comenzado a</em><em> considerar vulgar, retirando su presencia de los ruedos, mientras que el pueblo español se sigue aferrando a ella”.</em></p>
<p>Madrid, Toledo (por indicación expresa de Castelar), Segovia, Alcalá, El Escorial y La Granja conforman las estampas más detalladas del libro, que contiene una enorme profusión de referencias al arte, la historia y la literatura, en particular a Miguel de Cervantes.</p>
<p>De Madrid, Hay señala que <em>“es una ciudad de Castilla, pero no una ciudad</em><em> castellana, como Toledo, que ciñe su elegante cintura con el Tajo dorado, o como Segovia, sujeta a su roca como si se tratara de un desesperado naufragio. Por su excepcional historia y carácter, Madrid es el mejor punto de España para estudiar la vida española. No tiene rasgos distintivos como tal, pero es un mosaico de toda España. Cada provincia de la Península envía a ella un contingente de individuos. Los gallegos cortan su madera y sacan su agua; las asturianas amamantan a sus bebés en sus pechos profundos y llenan los paseos con sus coloridas vestimentas; los valencianos cubren sus suelos de alfombras y sacian su sed a base de horchata de chufa; en cada calle verás el gorro rojo y las alpargatas del catalán; en todos los cafés, la cara afeitada y la coleta de un ‘majo’ de Andalucía. Madrid no tiene un carácter propio, sino que es un espejo donde se pueden ver todas las características de la Península”.</em></p>
<p>Hay ofrece también una interesante descripción de la colonia extranjera residente en Madrid, compuesta principalmente por franceses, ingleses, alemanes y <em>“algún que otro despistado yanqui que intenta vender arados y máquinas de</em><em> coser”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>UNA CARRERA POLÍTICA Y TAMBIÉN PERIODÍSTICA</strong></p>
<p>La misión diplomática de Hay en España duraría un año. A finales de 1870 regresaba a Estados Unidos donde asumió funciones de editor del periódico <em>“New</em><em> York Tribune”.</em></p>
<p>De las dotes literarias de que hizo gala en “Castilian Days”, editado por primera vez en Boston en 1871, quedaría constancia en los numerosos libros, principalmente ensayos y poemarios, que publicaría a lo largo de su vida como complemento a su carrera política.</p>
<p>Antes de convertirse en jefe de la diplomacia estadounidense, fue embajador de Estados Unidos en Londres, siendo uno de sus logros conseguir que el Reino Unido se mantuviera neutral en la guerra de 1898 contra España.</p>
<p>Pese al nefasto papel político que tuvo de cara a los intereses españoles, nunca dijo sentir animadversión por España, sino todo lo contrario. En el prefacio a una de las numerosas reediciones de “Castilian Days”, en concreto una de 1890, aseguró que el arte, literatura, idioma y carácter de los españoles <em>“despertaron</em><em> mi mayor admiración, disfrutando con ellos de amistades que están entre los recuerdos más queridos de mi vida”.</em></p>
<p>John Hay falleció en 1905 a los 67 años, habiendo para entonces errado de manera estrepitosa en el vaticinio que dejó escrito en sus tiempos de diplomático en España, con el agravante de que él mismo contribuyó a que así fuera: <em>“Antes</em><em> se convertirá España al islam que Estados Unidos se hará imperialista”</em>.</p>
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		<title>Fanny Bullock Workman. En bicicleta por España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/fanny-bullock-workman/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:40:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Pilar Tejera Bibliografía: Boletín SGE Nº 67 &#8211; Los caminos de las epidemias &#160; Nació en 1859 en Worcester, Massachusetts, en una familia acomodada, y a partir de los [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Pilar Tejera<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-67-los-caminos-de-las-epidemias/">Boletín SGE Nº 67 &#8211; Los caminos de las epidemias</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Nació en 1859 en Worcester, Massachusetts, en una familia acomodada, y a partir de los veintidós años se lanzó a conocer el mundo y a escalar montañas. Se casó con acierto con un hombre con el que compartió su vida, sus andanzas y sus sueños de mujer activa, culta y amante de los viajes. Juntos, y dándole a los pedales de sus bicicletas recorrieron la España de 1895. Sobre esta aventura escribió un libro lleno de observaciones y detalles.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En una ocasión, la actriz Mae West afirmó: <em>“Solo se vive una vez, pero si lo haces bien, una vez es suficiente”</em>. Sin duda, Fanny Bullock Workman hizo honor a esta máxima. Exprimió la vida de la forma en la que sólo pueden hacerlo personas excepcionales. Fue el paradigma de la trotamundos decimonónica, una mujer que descolló por encima de las demás aventureras de la época no solo por sus andanzas sino por su ingenio, su inteligencia y, sobre todo, su elegancia y originalidad.</p>
<p>Más o menos en las mismas fechas en las que las mujeres clamaban por el derecho a montar en bicicleta, por el derecho a pensar, a estudiar, a trabajar, a votar, a “ser felices”, esta aventurera norteamericana cruzaba Argelia y Europa agarrada a un manillar. Parecía imposible que una dama protagonizara semejante proeza, pero Fanny Bullok Workman no era precisamente un estereotipo de dama victoriana. Coetánea de la Reina Victoria Eugenia, supuso el “reverso luminoso” de una época marcada por las reglas y los prejuicios, conceptos que para ella no fueron sino barreras para ser saltadas. A través de sus largos paseos por el mundo alcanzó su propia cima, como viajera, como mujer adelantada a su época, y como referente de todas aquellas damas que no lograban liberarse de las normas y leyes que las  atenazaban.</p>
<p>Fue la primera estadounidense invitada a dar una conferencia en la Sorbona de París, y la segunda en hacerlo en la Royal Geographical Society de Londres. Este último dato lo dice todo, pues pasar el riguroso filtro de la Institución que había encarnado el “Gran Inquisidor” de las viajeras decimonónicas, da cuenta de los logros de esta vividora y deportista que hizo oídos sordos a las prohibiciones de su época. Para ella, la vida se resumía a una sucesión de retos que había que superar y siempre estuvo a la altura de sus propias metas, aunque estas alcanzaran alturas improbables para el común de los mortales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>“¡VOTO PARA LA MUJER!”</strong></p>
<p>Siempre al límite de su resistencia, al filo de lo imposible, Fanny Workman jamás incluyó la palabra mediocridad en el diccionario de su vida. Asombró al mundo pedaleando por los desiertos y proclamó su apoyo al sufragio femenino a más de 6.000 metros de altura, exhibiendo una pancarta cuyas cuatro palabras, «voto para la mujer», resumían su concepto de la vida, porque participar en las decisiones del mundo era para ella sinónimo de sentirse viva. Lo suyo fue competir, llegar siempre más lejos, más arriba, sin perder con ello la toma de tierra con las cosas importantes de la vida, y de hecho consiguió encontrar la forma de compartir su faceta de madre y esposa con sus dos grandes pasiones: las cumbres y los viajes.</p>
<p>Feminista convencida, intentó convertirse en ejemplo vivo para demostrar que las mujeres que se lo propusieran, podían igualar, incluso superar, a los hombres en muchas facetas. De esta forma encarnó el espíritu de la deportista moderna y la bicicleta fue una de sus herramientas para lograrlo.</p>
<p><em> </em><em> </em></p>
<p><strong>DESPLEGANDO LAS ALAS…</strong></p>
<p>Fanny Workman nació en 1859 en Worcester, Massachusetts, en el seno de una familia adinerada y aristocrática. Heredó de su madre la fortaleza mental, y de su padre Alexander Bullock, empresario y gobernador republicano, la resolución y ambición.</p>
<p>En 1879, con los 22 años cumplidos, Fanny Bullock Workman ya tenía asentados los pilares básicos de su vida. Había cursado estudios en la escuela de Nueva York, había recorrido Europa, y se había perdido por la campiña francesa y la salvaje naturaleza alemana. El corazón ya le latía con una vehemencia sofocante cada vez que pensaba en viajar y en perderse entre las altas montañas, pasiones que la acompañarían de por vida.</p>
<p>Tuvo la suerte, además, de encontrar la horma de sus zapatos. Un hombre atraído por la aventura, los deportes, los retos… un hombre abierto, liberal, con el que Fanny compartió su ajetreada vida. William Hunter Workman, doce años mayor que ella, enseguida descubrió en aquella joven poco convencional su media naranja, y no tardó en introducirla en la escalada al poco de casarse con ella. Durante sus primeros años de unión, pasaron los veranos en las Montañas Blancas en New Hampshire, ascendiendo las faldas del Monte Washington. A diferencia de los clubes europeos, los clubes de escalada estadounidenses aceptaban entre sus filas a mujeres, lo que contribuyó a crear una nueva versión de la mujer estadounidense, con su dualidad tanto doméstica como atlética. Fanny se imbuyó en este espíritu entusiasmada.</p>
<p>A los Workman se les quedó pequeña la atmósfera de Worcester y pusieron su pensamiento en Europa. Después de que los padres de Fanny y William murieran, el matrimonio heredó grandes propiedades y una gran fortuna que decidieron emplear en viajar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LO PRIMERO, UN VIAJE POR EUROPA</strong></p>
<p>Su primera escapada europea consistió en una gira por Escandinavia y Alemania, donde la pareja se estableció poco después. Con dos hijos pequeños, Fanny se negó a asumir el rol de madre abnegada. Había descubierto las posibilidades de aquel nuevo mundo de glaciares y montañas, y en algún rincón de su mente se había encendido una luz. Su esposo no solo no lastró sus inquietudes, sino que alentó su realización como deportista y aventurera.</p>
<p>La pareja dejó a sus hijos al cuidado de institutrices, y comenzó recorriendo en bicicleta Suiza, Francia e Italia, antes de hacer sus incursiones por el norte de África y Asia. Recorrieron Argelia a golpe de pedal en 1895, una aventura impensable en la época, que emprendieron sin guía ni mapas precisos. Aunque para ellos supusiera un pasatiempo divertido, el peligro acechó en cada curva. Caminos impracticables, aguaceros, barrizales, ausencia de mapas de carreteras, de lugares donde pernoctar… durmieron donde podían; a veces, y con suerte, en posadas locales sufriendo temperaturas extremas donde corrieron el riesgo de congelación. A pesar de los constantes problemas, su espíritu no decayó jamás: <em>“De qué manera</em><em> la esperanza de que un camino mejore aviva los ánimos de los ciclistas en sus viajes por tierras extrañas!”</em>, escribió Fanny en su diario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ESPAÑA EN BICICLETA</strong></p>
<p>Después de su aventura en Argelia, los Workman se perdieron con su bicicleta por España (cerca de 5.000 kilómetros), causando gran revuelo entre los periodistas que salían a su encuentro para entrevistar a la dama de aspecto sufragista, ataviada con impecable falda larga y gorrito que, con cada pedaleo, hacía tintinear su hervidor de té colgado del manillar.</p>
<p>Cubrieron distancias de 72 km por día, alcanzando en ocasiones los 130 km/ día. En el libro que escribieron sobre este viaje <em>“Sketches a wheel in modern</em><em> Iberia”</em>, describieron España como un país <em>“rústico, pintoresco y encantador”</em>. Fanny quedó deslumbrada por la belleza y la gracias de las mujeres españolas: <em>“Cuando la procesión pasó, deseamos a nuestra anfitriona las buenas noches</em><em> agradeciendo sus atenciones. Estábamos en el proceso de aprender a ser españoles, disfrutando de las cosas agradables de la vida. Ella pareció entenderlo y movió sus ojos oscuros con cierto toque de éxtasis bajo aquella mantilla negra”. </em>El tipismo de Andalucía y de las posadas donde se alojaron cautivaron sus sentidos: <em>“En la fonda de Sevilla, la camarera nos trajo algunos hermosos claveles y</em><em> el mozo colocó unas rosas junto a nuestros platos en la cena, que se sirvió en un comedor abierto a un patio de mármol con una fuente de caños en el centro. La cena, consistente en sopa casera, pescado delicado, aves, o batatas, y naranjas, resultó sencillamente excelente”</em>. Se sentían a gusto rompiendo el orden de una vida convencional, soñando con la siguiente salida, el siguiente destino… A lo largo del viaje, Fanny y su esposo tuvieron que recomponer la idea que tenían sobre España. Redescubrieron el sentido de palabras como felicidad, amabilidad, calor, hospitalidad&#8230; <em>“Después de la misa del Corpus Christi en Toledo,</em><em> la gente permanecía en las calles y llenaba los balcones para presenciar la procesión. La policía a caballo, intentaba hacer espacio entre la multitud, pero tratando a todos con una gentileza que rara vez muestran los agentes en otros países”</em>.</p>
<p>La extraordinaria relación del matrimonio con las personas que conocieron, con los lugares que recorrieron, queda descrita a lo largo de su libro. <em>“Antes de</em><em> llegar a Granada, pasamos una noche en Bailén y un día en Jaén. Desde esta última ciudad hasta llegar a Sierra Nevada, cuyas cumbres estaban cubiertas de nieve, tuvimos que atravesar tres cadenas montañosas, pero el viaje nos permitió descubrir la combinación variada de lo fértil y lo sublime que resulta esta parte del país. El camino estaba patrullado por la Guardia Civil, cuyos hombres cubrían sus sombreros negros con un pañuelo blanco. Aquí, como en todas partes, </em><em>los hallamos muy amables. Asimismo, descubrimos la cortesía de todas las clases</em><em> de personas hacia los demás, algo sorprendente cuando uno piensa en el sangriento espectáculo de los toros con el que tanto se deleitan aquí”.</em></p>
<p>Workman hizo siempre especial hincapié en el tesón de su esposa viajando en bicicleta. <em>“Ella concentraba su atención en el fin del camino, sin tener en cuenta</em><em> las dificultades o peligros que podrían acecharnos. Siempre avanzaba con la determinación de alcanzar su objetivo, con una valentía sin la cual no hubiera podido lograrlo. Creía en la necesidad de aprovechar cada oportunidad, jamás desfalleció ante las circunstancias desalentadoras”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>PEDALEANDO POR UN MUNDO DESCONOCIDO</strong></p>
<p>Esta aventura ciclista les dejó con ganas de seguir pedaleando, llevándoles a cubrir en bicicleta otros 22.500 kilómetros a lo largo de Tánger, India, Birmania, Ceilán, Java, Sumatra e Indochina. En total, dos años de correrías. Pasaron hambre, se enfrentaron a enjambres de mosquitos, sufrieron hasta cuarenta pinchazos de ruedas al día, y pasaron noches en chozas infestadas de ratas, pero en todo momento se sintieron ansiosos por aprender de otras culturas y disfrutar de la vida nómada. Más tarde, en los Himalayas, fueron introducidos a la escalada de gran altura. Regresaron a esta región inexplorada hasta en ocho ocasiones durante los siguientes catorce años.</p>
<p>Al concluir su existencia errante, el matrimonio escribió ocho libros sobre sus andanzas y se dedicó a pronunciar conferencias en sociedades geográficas y científicas: Fanny hablaba en inglés, alemán o francés, según lo requiriera la ocasión. La gente acudía en masa para escuchar sus aventuras. En una charla pronunciada en Lyon, Francia, 1.000 personas se congregaron en el auditorio, y 700 tuvieron que ser rechazadas por falta de aforo. Fanny no solo demostró que una mujer podía escalar grandes altitudes tan bien como un hombre, sino que ayudó a romper la barrera de género en el deporte y la aventura.</p>
<p>Después de ser admitida como miembro de la Royal Geographical Society, y de convertirse en la primera mujer estadounidense en dar una conferencia en la Sorbona, Fanny Bullock recibió varias condecoraciones, otorgadas por diez sociedades geográficas europeas y fue elegida miembro de instituciones como el <em>American Alpine Club </em>y la <em>Royal Asiatic Society</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>PIONEER HIMALAYAN EXPLORERS</strong></p>
<p>Tras una vida azarosa escalando y recorriendo el mundo en bicicleta con su tetera en el manillar, Fanny Workman enfermó, y tras una larga convalecencia murió en 1925 en Cannes, Francia. Sus cenizas fueron trasladadas a Massachusetts, y descansan junto a los restos de su esposo, bajo un monumento en el Cementerio Rural de Worcester, donde puede leerse: <em>“Pioneer Himalayan</em><em> Explorers”</em>.</p>
<p>Siguiendo sus deseos expresados en el testamento, se destinó parte de su fortuna a cuatro universidades para incentivar en ellas la educación de la mujer. <em>“Nunca olvidaré la visión de aquella multitud congregada en el templo. Las mujeres</em><em> con mantillas negras arrodilladas con devoción, los hombres, apoyados en las columnas mirando hacia el coro con fervor. En Italia hay música en Semana Santa, pero no posee el solemne esplendor de España, donde los sonidos del órgano recorren las bóvedas góticas formando un obbligato de música arquitectónica”</em>, escribió esta pionera sobre el país que la embrujó. Sin duda sus palabras reflejan la sensibilidad de quien supo ingeniárselas para encumbrar y pedalear todos sus sueños.</p>
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		<title>La semana española del pintor Édouard Manet</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/edouard-manet-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:13:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez Bibliografía: Boletín SGE Nº 68 &#8211; China: pasado, presente y futuro &#160; El rechazo y las feroces críticas de los oficialistas de arte del Salón de París [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Marga Martínez<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-68-china-pasado-presente-y-futuro/">Boletín SGE Nº 68 &#8211; China: pasado, presente y futuro</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El rechazo y las feroces críticas de los oficialistas de arte del Salón de París fueron las causas por las que Manet viajó, a finales de agosto de 1865, a una exótica y llena de incomodidades España. El Museo del Prado y Velázquez, el pintor de pintores para Manet, fueron el objetivo principal de su viaje.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Necesitaba de los consejos del gran pintor sevillano y, sin duda, la visita al Museo del Prado bien valía soportar “las incomodidades y la infecta comida española”. Manet regresaría a Francia tras diez días de viaje, flaco y desmejorado por sus problemas con la gastronomía de tan romántico y deseado destino. Al mismo tiempo, volvió entusiasmado con Velázquez, Goya, las corridas de toros y un Paseo del Prado lleno de bellísimas mujeres con mantilla. <em>“En este país</em><em> la vista proporciona inmensos placeres, pero el estómago sufre una verdadera tortura. Cuando uno se sienta a la mesa, más bien tiene ganas de vomitar que de </em><em>comer” </em>escribía a su amigo Charles Baudelaire tras su estancia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA EXPERIENCIA AMARGA EN EL SALÓN DE PARÍS</strong></p>
<p><em>“Una epidemia de locas carcajadas se desata ante el cuadro de Manet” </em>decía el Moniteur des Arts. <em>“Cuando el arte desciende tan bajo no merece ni siquiera</em><em> un reproche”</em>, recogían en La Presse. <em>“Nunca hemos visto con nuestros ojos un</em><em> espectáculo semejante y de un efecto más cínico: “Olympia”, especie de gorila hembra…” </em>decía Amédée Cataloube. <em>“Un cuadro como ése podría incitar a</em><em> una sedición” </em>escribían en <em>L’Epoque</em>. Este dechado de elogios son algunas de las delicadas críticas que recibió el <em>“Olympia” </em>de Manet en el Salón de París de 1865. Triste y deprimido por el dudoso éxito de su cuadro, Manet partiría a finales de agosto de ese mismo año a España para, según sus propias palabras, <em>“pedir consejos al maestro Velázquez”</em>. Manet ya había sido también duramente criticado por su hoy célebre y admirada obra Almuerzo sobre la hierba, “una vergonzosa úlcera que no merece ser expuesta”, en el mismo salón en 1863, hecho que le enviaría al famoso Salón de los Rechazados. Ironías, o no, del destino, Manet está considerado como uno de los precursores del impresionismo sin él pretenderlo. Le afectaban mucho las críticas y quería ser aceptado por los sectores oficialistas del arte. Sin embargo, siguió combinando lo clásico y lo moderno, la inspiración de los maestros españoles y venecianos con las fotografías y xilografías japonesas, para escándalo de unos y admiración de otros. El artista aguantó las críticas y hasta las burlas de muchos de sus contemporáneos y se mantuvo en la línea que le dictaba su inspiración. Sin embargo, su espíritu estaba afectado por unos comentarios tan adversos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN VIAJE FUGAZ PERO MUY BIEN APROVECHADO</strong></p>
<p>No parece equivocada la reacción la de Manet ante unas reacciones tan negativas. Y decidió poner tierra por medio y pedir consejo a los clásicos. Y a quién mejor que a Velázquez, el más grande. Así pues, lo tiene claro, y en el verano de 1865 Manet emprende viaje a una España que ya empezaba a despertar interés en los viajeros europeos. Habían pasados los años agitados de la Guerra de la Independencia, y desde los años treinta, y más aún en los cincuenta, visitan nuestro país ilustres viajeros como Mérimée, George Sand, Théophile Gautier, Victor Hugo, Alejandro Dumas, y pintores como Delacroix, Regnault o el grabador Gustave Doré. Sin duda, el tema de lo español y el interés por un país diferente hacía tiempo que despertaba la curiosidad en el viejo continente. Como una completa guía de viajes podríamos definir la carta que su amigo Zacharie Astruc, uno de los primeros pintores en reconocer el talento de Manet, le envía hacia el 22 de agosto de 1865. En ella le detalla y sugiere un itinerario preciso, con las visitas imprescindibles que tiene que realizar, los lugares en los que alojarse y hasta la recomendación de llevar entre su equipaje una caja de pintura. El trayecto de ida, según su asesor de viajes era el de París a Burdeos, y de ahí hasta Bayona, para partir hasta Madrid, parando en Burgos, Valladolid, Ávila, Madrid y Toledo. La vuelta la debería hacer, recomendaba Astruc, por El Escorial, Segovia, otra vez Madrid, y Valencia, donde partiría directamente hasta Marsella. Sin embargo, Manet reconoce no haber realizado ese trayecto por haber cólera en Marsella. También señala haber estado siete días en Madrid con tiempo para verlo todo, el Paseo del Prado con sus bellas mujeres ataviadas con mantilla, el espectáculo único de las corridas de toros, y el museo del Prado donde poder <em>“contemplar todos los Velázquez,</em><em> que por sí solos valen todo el viaje”, </em>según comenta a Fantin-Latour a su regreso. Los pintores de todas las escuelas que están en torno a él en el Museo del Prado parecen todos unos impostores jactanciosos, -escribe – <em>“Es el pintor</em><em> de pintores”</em>. Viaja también Manet a El Escorial y Toledo para ver a El Greco y a Goya, muy bien representados, según le habían comentado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL GRAN TROPIEZO DE LA COMIDA</strong></p>
<p><em>“Es realmente fastidiosa esta infecta comida”</em>, así describía Manet a su amigo Zacharie Astruc lo que se llevaban a la boca los españoles. En realidad no es el primer comentario de un viajero francés sobre las cocina: las opiniones suelen ser desdeñosas y muy generalizada la aversión de los viajeros franceses siglo XIX al abundante uso en los guisos españoles del ajo y el aceite de oliva, que, decían, <em>“lo utilizan por </em><em>igual para las ensaladas que para la extremaunción”</em>. Manet, desde luego, no fue una excepción. Ya advertía Germond de Lavigne en su <em>“Guía itinerario de España</em><em> y Portugal” </em>de 1880, que existía la opinión común de que España era todavía un país que no se podía visitar sin haber hecho antes testamento, haciendo referencia, además de a la gastronomía, también a sus más que precarios transportes.</p>
<p>Protagonizaría Manet una divertida anécdota a cuenta de la comida española que le haría ganarse la amistad de Théodore Duret, periodista, crítico de arte y, finalmente, uno de los principales defensores del impresionismo. Sucedió en el restaurante del recién inaugurado Grand Hotel de París de la Puerta del Sol, uno de los primeros hoteles de Madrid, tal y como entendemos ahora tal denominación. El hotel, conocido popularmente como “Fonda de París”, parecía responder a la llamada de la modernidad europea, puesto que contaba con cuartos de baño en cada habitación, recepción, salón de lectura, servicio de habitaciones, etc. Y albergó a no pocos personajes ilustres a lo largo de su historia.</p>
<p>Encontramos, pues, a Duret en la Fonda de París tras un viaje a Portugal, y después de unas cuarenta horas de diligencia desde Badajoz. Llegaba el crítico de arte, al parecer, hambriento y cansado, y encontró en la comida que le servían en este hotel según sus palabras “un festín de Lúculo”. El restaurante estaba vacío, solo había un huésped al otro lado del salón, que no era sino nuestro pintor recién llegado de París, que estaba visiblemente molesto. No paraba de rechazar los platos que le ofrecían por incomibles. Duret aprovechaba la situación llamando al camarero para que le sirviera los platos que Manet rechazaba. Hasta tal punto que este último pensó que se estaba burlando de él y, ni corto ni perezoso, se dirigió airado a la mesa de Duret. <em>“Y ¿qué, señor? ¿Se</em><em> burla de mí, se mofa de mí, cuando pretende encontrar buena la comida que, cada vez que yo rechazo, usted vuelve a pedir?”</em>. La cara de asombro de Duret le hizo comprender que no pretendía reírse de él, es más, que tampoco reconocía al pintor francés. Solo cuando se dieron cuenta de que uno venía de Portugal y el otro de París, encontraron comprensible la situación y comenzaron a reírse al entender de esta forma la diferencia de criterios en cuanto a la idoneidad de la cocina. Estaba claro que para los visitantes galos solo había una cosa peor que la comida española, la portuguesa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LOS TOROS Y LAS HERMOSAS MUJERES CON MANTILLA EN EL PASEO DEL PRADO</strong></p>
<p>Parece, sin embargo, que la comida española propició una buena amistad entre ambos, ya que acabaron siendo compañeros de viaje. Escribe, de hecho, una carta Manet en la que comunica a Duret que ha conseguido pintar <em>La plaza de toros de Madrid </em>tras su viaje, a la vez que añora sus correrías y comentarios en sus recorridos por Madrid y alrededores, si bien es cierto, le advierte, que jamás aceptará la opinión de que “almorzasen bien” en Toledo. Realmente debió resultarle una tortura la gastronomía española.</p>
<p>El caso es que el tema español ya estaba presente en Manet antes de su viaje a España. Afirman los críticos que <em>El</em><em> bebedor de absenta </em>(1858-9) se envuelve en una capa y lleva un sombrero al estilo español. Son otros ejemplos claros <em>El guitarrero </em>(1860) con alpargatas, chaquetilla corta, guitarra, cántaro de barro, cebollas… <em>El ballet español </em>(1862), uno de los más famosos, <em>Lola de Valencia </em>(1862-3), o <em>El torero muerto </em>(1863-4), inspirado, por supuesto, en Velázquez.</p>
<p>En su viaje a España, el pintor encuentra en Madrid una ciudad agradable, llena de curiosidades y diversiones. <em>“El Paseo del Prado, un encantador paseo lleno</em><em> de hermosísimas mujeres con mantilla, lo cual les confiere un aspecto muy original”</em>. Le llama la atención que en las calles se ven muchos trajes de gala y que los toreros lleven un traje de calle. Pero, sin duda alguna, una de las cosas que más le impresiona es una corrida de toros. Escribe el 14 de septiembre, en una de sus cartas a Charles Baudelaire, que <em>“uno de los más bellos, más singulares y</em><em> más tremendos espectáculos que se pueda ver es una corrida de toros. Espero a </em><em>mi vuelta, poder plasmar sobre el lienzo el aspecto centelleante, relampagueante</em><em> y al mismo tiempo dramático de la corrida a la que asistí”. </em>Este festejo se celebró el 3 de septiembre y uno de los toreros que participó en la lidia fue el entonces célebre Cayetano Sanz y Pozas. Manet retrató al diestro en el cuadro Matador (1866-7), y lo expuso junto con una veintena de otros sobre temas españoles en la exposición individual que organizó en un pabellón privado, junto a la Exposición Universal de 1867 en París.</p>
<p>Theodore Duret, su improvisado compañero de viaje en esos días, escribiría, muchos años más tarde en un texto de recuerdos, que <em>“las corridas de toros</em><em> estaban entonces en todo su apogeo, creando espectáculos realmente populares. El público, formado casi exclusivamente de españoles, acosaba a toreros y picadores, se desgañitaba contra los toros mansurrones o aplaudía la fiereza de los valientes”. </em>Duret compró la pintura de Manet en 1870.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>VELÁZQUEZ Y GOYA, LOS MEJORES EJEMPLOS DE ARTE Y DE VIDA</strong></p>
<p>Goya también marcó al francés. Le pareció, de hecho, <em>“el más original después</em><em> del maestro” </em>y no cabe duda de la influencia de obras de Goya como <em>Los fusilamientos</em> en <em>El fusilamiento de Maximiliano</em>. O la relación de obras como las <em>Majas al balcón </em>del pintor aragonés en lienzos del francés como <em>El balcón.</em> Parece, pues, más que evidente que el viaje a España dejó en Manet una profunda huella. Cuando la mujer de Manet, Suzanne Leenhoff, le pregunta en una carta qué es lo que le pasó en España, Manet le responde haciendo un ejercicio de sinceridad: <em>“Verás, querida, técnicamente podría decirte lo que cuento</em><em> en las tertulias: que la modernidad Goya la extrajo de Velázquez, y que éste, a su vez, comprendió que en los retratos de El Greco el alma estaba impresa en el rostro; pero si quieres que te diga a ti, quien tan bien me conoces, lo que </em><em>verdaderamente siento en mi fuero interno tras mi paso por el Museo del Prado,</em><em> es que en realidad comprendí que ser moderno es atreverse a pintarlo todo, sin concesiones y hasta el final, y que Velázquez y Goya, que lo habían hecho, me decían: ‘Vamos, Edouard, píntalo tú también y sin miedos, a tu manera!’. Y te lo aseguro, querida: voy a hacerlo”</em>.</p>
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		<title>El viaje del ruso Miklouho-Maclay a Canarias</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/miklouho-maclay-a-canarias/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:07:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Sociedad Geográfica Española Bibliografía: Boletín SGE Nº 69 &#8211; Fronteras &#160; Nikolai Miklouho-Maclay pasó más de un año explorando Nueva Guinea, Australia, Oceanía y el sudeste asiático. Su mala [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Sociedad Geográfica Española<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-69-fronteras/">Boletín SGE Nº 69 &#8211; Fronteras</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Nikolai Miklouho-Maclay pasó más de un año explorando Nueva Guinea, Australia, Oceanía y el sudeste asiático. Su mala salud, la falta de dinero, los muchos peligros y la falta de comodidades no lo detuvieron: su pasión por viajar era más fuerte. Una pasión que nunca se habría despertado si, en sus años de estudiante, hubiera rechazado la invitación de su profesor, Ernst Haeckel (el más notable evolucionista alemán) para formar parte de una expedición científica a las Islas Canarias.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nikolai Miklouho-Maclay tenía gran talento en muy distintos campos: el dibujo, las ciencias naturales, la etnografía y la antropología. Pero se le reconoció a nivel mundial por sus viajes. Dejó más de 700 dibujos de lugares que visitó, y escribió alrededor de ciento sesenta artículos científicos, y notas de viaje muy minuciosas, donde describe con detalle las características de la vida animal en las islas tropicales, reuniendo además colecciones etnográficas únicas. Pero su gran descubrimiento lo hizo en su primera expedición.</p>
<p>A finales de marzo de 1866, el profesor Ernst Haeckel decidió realizar un viaje científico al Mediterráneo, y pensó en contar con la colaboración de dos de sus estudiantes favoritos: Hermann Fol y Nikolai Miklouho-Maclay. Inicialmente, su objetivo era estudiar la fauna marina mediterránea en Messina, pero la presencia del cólera en esa zona le hizo cambiar de planes. Así, decidió dejar atrás su primer objetivo, pensando centrarse en el mundo subtropical de las Islas Canarias.</p>
<p>Fue en ese viaje cuando Haeckel quedó impresionado por la pasión de Miklouho-Maclay, y por la consistencia y la originalidad de su pensamiento, razones por las que el profesor le propuso el puesto de asistente. Y en sus cartas lo calificó como <em>“un asistente diligente y servicial” </em>y <em>“uno de mis estudiantes</em><em> favoritos”.</em></p>
<p>En realidad, debido a sus problemas de salud, Miklouho-Maclay se habría sentido mucho más cómodo convirtiéndose en un científico de gabinete, pero su deseo de viajar le hizo superar todo tipo de limitaciones. Aunque justo antes de comenzar el viaje se sintió enfermo, y su amigo Fol dudó de si podría ir de viaje, y así se lo comunicó al profesor: <em>“Miklouho todavía está conmigo, pero probablemente,</em><em> él no irá con nosotros, aunque su salud es mejor que cuando llegó a Ginebra” </em>Pero la enfermedad no pudo detener al investigador novato, y decidió unirse al viaje: así se lo comunicó a su maestro y así lo hizo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LLEGADA A TENERIFE</strong></p>
<p>El 22 de noviembre de 1866, los viajeros llegaron a la ciudad de Santa Cruz. Haeckel tenía la intención de subir a la cima del volcán Teide, a 3.718 metros de altura, ya que deseaba repetir el logro del naturalista Alexander Von Humboldt. Pero, en noviembre, el volcán estaba cubierto de nieve y hielo en algunos lugares, y, cuando los exploradores se acercaron a su base, dos de ellos prudentemente se negaron a subir. Miklouho-Maclay, a pesar de sentirse mal, no se arredró, y le hizo compañía a Haeckel. El joven viajero no calculó sus energías: después de unos cientos de metros tuvo que regresar al campamento. De todos modos, la estancia de los investigadores en Tenerife no fue demasiado larga y tuvo sobre todo carácter informativo.</p>
<p>Después de hacer varias excursiones a lo largo de la costa norte, decidieron escuchar los consejos del cónsul francés Berthelot, un famoso naturalista de la época, quien les recomendó trasladarse a la isla más oriental de Canarias, Lanzarote.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ESTANCIA EN LANZAROTE</strong></p>
<p>Miklukho &#8211; Maclay sufría de mareos crónicos, pero esto no le impidió hacer largos viajes a Nueva Guinea o a Indonesia, El hecho de que no pudiera nadar tampoco le detuvo, y en sus expediciones posteriores, Miklukho- Maclay viajó repetidamente en canoas y frágiles botes locales.</p>
<p>Así, en Lanzarote, los exploradores salieron al mar todos los días para obtener muestras de la fauna atlántica. Haeckel recordó que un día una gran ola golpeó el bote, que comenzó a hundirse, y, con gran dificultad, fue posible llegar a tierra firme. Y contó cómo Miklukho- Maclay se puso a achicar con gran calma, y, sin embargo, su compañero, el científico Gref, que sabía nadar, cayó en un ataque de histeria. En Arrecife los científicos alquilaron una casa que les sirvió tanto de vivienda como de laboratorio. Todas las mañanas iban a la bahía a recoger los materiales necesarios para el trabajo de investigación: crustáceos, medusas, y todo tipo de seres vivos. El botín tenía que ser trasladado al laboratorio, situado en el segundo piso de la casa. Pero Miklouho-Maclay prefirió no arrastrar los recipientes de vidrio y los cubos de agua a lo largo de la escalera empinada y algo inestable, y adaptó un sistema de bloques para irlos subiendo. En cualquier caso, dejarlo en el piso de entrada era imposible, ya que los ratones y las ratas recorrían la casa, repleta de insectos, mosquitos y pulgas, convirtiendo el espacio en un campo de lucha en la que no ayudaban a los habitantes humanos las medidas de higiene y los polvos repelentes. Como verdadero científico que era, Haeckel contó el total de pulgas que los miembros de la expedición tuvieron que exterminar en enero de 1867: había más de seis mil. En su artículo sobre la expedición canaria, escribió: “Debido a su sed de sangre insaciable, estos insectos se han convertido en un verdadero desastre para nosotros”. Debido a ese problema, el profesor acortó su estancia en Lanzarote a un mes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>TAREAS DE INVESTIGACIÓN</strong></p>
<p>La tarea de cada uno de los miembros de la expedición era estudiar un determinado grupo de organismos marinos. Miklouho-Maclay se dedicó al estudio de esponjas y peces, principalmente tiburones. Fue entonces cuando realizó su primer hallazgo científico: descubrió un nuevo tipo de esponja de piedra caliza, a la que bautizó como <em>Guancha Blanca</em>, en honor a los guanches de las Islas Canarias. También compraba pescado a los pescadores locales y, basándose en sus estudios de investigación, escribió trabajos sobre el cerebro y la vejiga natatoria de los tiburones. En otoño de 1867 apareció su primera publicación en el <em>Jena Journal of Medicine and Natural Science.</em> Posteriormente publicó dos trabajos científicos más: <em>“Materiales</em><em> para el conocimiento de las esponjas” </em>y <em>“Sobre la anatomía</em><em> comparativa del cerebro”. </em>Hay que señalar que la mayoría de los lugareños estaban convencidos de que los recién llegados eran hechiceros poderosos, que sabían curar enfermedades y preveían el futuro. Así, se les pedía constantemente ayuda y predicciones.</p>
<p>La población en Lanzarote era mixta desde un punto de vista antropológico: convivían negros y mestizos hispanos, algunos de los cuales eran descendientes de los antiguos guanches.</p>
<p>Miklouho-Maclay se interesó por primera vez en la investigación etnográfica, y comenzó a estudiar sus tradiciones y su historia, un interés que determinaría su futuro profesional, dedicado a la etnografía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>HACIA MARRUECOS Y ESPAÑA</strong></p>
<p>El 2 de marzo, los viajeros salieron de Lanzarote hacia el puerto de Mogador (hoy Essaouira) en el barco “Greatham Hall”. Una vez allí, los estudiantes se separaron de su profesor, ya que Miklouho-Maclay persuadió a Fol para que se quedara con él en el Sultanato de Marruecos. Contrataron a un intérprete y viajaron a Marrakech. Más tarde visitaron varios puertos marroquíes. Miklouho-Maclay se interesó intensamente por la cultura árabe y bereber: su forma de vida, el comercio de caravanas, su arquitectura ligada a la tierra y sus tradiciones. De esa manera su interés por la etnografía fue creciendo cada vez más.</p>
<p>Desde Marruecos, los estudiantes fueron a España. Los amigos visitaron Málaga, Granada, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde Miklouho-Maclay decidió pasar la no-de Mikhail lo recordaba así: <em>“Al otro lado del río había un campamento gitano, y</em><em> quería pasar la noche con ellos”. </em>La aventura terminó relativamente bien: los gitanos no le tocaron, pero después de esta noche al raso se enfermó de un resfriado, y no pudo recuperarse durante mucho tiempo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>YA EN RUSIA</strong></p>
<p>En 1868 y ya en su país, Nikolai recurrió al cartógrafo alemán August Peterman, fundador de la revista geográfica <em>“Petermanns Geographische Mitteilungen” </em>con una solicitud para incluirlo en la expedición polar que estaba formando. Tras haber sido rechazado, intentó ingresar en el equipo del explorador sueco del Ártico Nordenskjöld, pero tampoco tuvo éxito.</p>
<p>En 1869 se embarcó solo para explorar la fauna marina en el Mar Rojo y luego regresó a Rusia para preparar una expedición a las islas tropicales. En 1870, a través de la Sociedad Geográfica Imperial de Rusia, el viajero recibió un pasaporte extranjero a nombre del <em>“noble Miklouho-Maclay, enviado en una</em><em> misión con un propósito científico”</em>. Sus siguientes palabras dan fe de su trayectoria y su dedicación:</p>
<p><em>“La única manera es contemplar todo con los propios ojos, y a continuación dar</em><em> cuenta por escrito de todo lo visto. Hice mi trabajo, por el bien de la ciencia y solo por ella, por lo tanto, cualquier simpatía, alabanza o censura no podría cambiar el programa que me propuse &#8230; Con el tiempo, si no ahora, las personas competentes descubrirán que no perdí el tiempo ni la oportunidad …” </em>De una carta de Nikolai Miklouho-Maclay al Gran Duque Nikolai Mikhailovich (Sydney, junio de 1881).</p>
<p>En la actualidad, el nombre de Miklouho-Maclay está asociado a uno de los premios más destacados de la Sociedad Geográfica Rusa: la Medalla de Oro, que se otorga por logros conseguidos en el campo de la antropología y la etnografía. Y la fecha de nacimiento del científico, el 17 de julio se celebra extraoficialmente en Rusia como el Día del Etnógrafo.</p>
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		<title>Joséphine de Brinckmann y sus “Paseos por España”</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/josephine-de-brinckmann/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 08:56:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ana Puértolas Bibliografía: Boletín SGE Nº 70 &#8211; Clima. Tiempo. Historia. &#160; Muy poco sabemos de la vida de esta mujer, y menos aún de su aspecto físico, ya [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Ana Puértolas<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-70-clima-tiempo-historia/">Boletín SGE Nº 70 &#8211; Clima. Tiempo. Historia.</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Muy poco sabemos de la vida de esta mujer, y menos aún de su aspecto físico, ya que ninguna imagen nos ha llegado a través de los muchos tiempos. Valga señalar su origen inglés, su pertenencia a una familia francesa acomodada, culta y viajera. También subrayar la curiosidad que le llevó a conocer distintos países europeos por su cuenta y en solitario. Esa fue la manera en que decidió recorrer España durante los años 1849 y 1850. Sus deseos se habían ido formando gracias a la lectura de los románticos franceses en sus viajes por España, y estaba muy decidida a formarse una opinión propia de nuestro país a través de su propia experiencia y de los recorridos que encontramos en este libro.</strong></p>
<p>Su actitud determinada y un criterio tan propio no eran muy comunes entre las mujeres de su época. Pero sin duda alguna Joséphine no era un ser común. De ella, de su formación, de su familia, y de su carácter nos habla María Luisa Burguera, la traductora y editora de este libro, en una introducción espléndida, que debe ser leída con atención y cuidado, pues nos proporciona las claves para conocer más y mejor a la autora del libro. Así, nos señala cómo el texto al que antecede es la recopilación de la correspondencia que Joséphine mantiene con su hermano, residente entonces en San Petersburgo, durante su viaje por nuestro país. Cartas reunidas todas bajo el apacible título de <em>“Paseos por España</em>” en las que comenta todas las incidencias de su recorrido, así como sus apreciaciones y observaciones personales sobre las personas con las que se relaciona en su camino, las grandes obras de arte que contempla y el paisaje con el que va tomando contacto. Aclarado el tono claramente epistolar del libro, lo mejor será que el lector se enfrente con algunos de los muchos “paseos”, apacibles y no siempre apacibles, descritos por su autora</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>SOBRE SU LLEGADA A ESPAÑA Y SUS PRIMERAS IMPRESIONES</strong></p>
<p><em>“Y llegamos a Irún, la primera ciudad española; estamos a una hora de Francia</em><em> y ya nada se le parece, nada la recuerda; todas las casas tienen balcones, las calles son estrechas y el aspecto de la ciudad es triste. Después de haber sufrido con resignación las molestias de la aduana, hicimos un almuerzo cuyo modo de cocinar español-francés parecía valer más que su reputación”. </em>Y más comentarios que confirman la franqueza de su actitud viajera. Para lo bueno y para lo menos bueno.</p>
<p><em>“Tengo la pretensión, querido hermano, de no seguir los caminos trillados. Ello</em><em> quiere decir que sólo te contaré lo que haya visto, y voy a confesarte ingenuamente que no he visto de San Sebastián la plaza mayor, donde cambiamos de caballos, y que es irregular y muy sucia…”</em></p>
<p><em>“Y llegó la noche; la luna iluminó la hermosa naturaleza, el cielo parecía diáfano,</em><em> era por fin una verdadera noche española. Llegamos a Tolosa, de la que no te diré nada pues no tenemos tiempo más que para cena”.</em></p>
<p>Sobre su estancia en Burgos:</p>
<p><em>¡Cuánto siento la inhabilidad de mi pluma, querido hermano, para iniciarte en los</em><em> placeres que yo sentí, para darte una idea de la obra maestra en la que no pude pasar más que cinco horas y que merece días enteros, pues creo que, cuanto más se la observa, más encantos se encuentra en ella!. La catedral de Burgos es gótica con alguna mezcla árabe, que se asocia maravillosamente, sin estropear para nada </em><em>absolutamente. En el interior hay desgraciadamente añadidos del renacimiento en</em><em> los que hay algo de mal gusto”.</em></p>
<p>Este párrafo, en el que la autora da a conocer sus criterios artísticos revela de forma transparente su formación y sus gustos, claramente enraizados en la atracción por el medievo, propia de los ambientes románticos en los que muy probablemente se movió, su distancia con respecto al arte de influencia árabe, y su abierto rechazo al arte renacentista.</p>
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<p><strong>UN MADRID DE PUEBLO Y CORTE CON EL MEJOR MUSEO DE PINTURA DEL MUNDO</strong></p>
<p>Pasa Joséphine más de un mes en la capital de España, y se hace prácticamente imposible describir las muchas emociones que le fueron, por fases o incluso todas a un tiempo, dominándole. Su asombro ante la inactividad de una población que parece preferir pasear por la Puerta del Sol a trabajar, su crítica a la manera de vestir tan complicada de las mujeres acomodadas que recorren en coches de caballos el Prado. Su desconcierto al asistir a una corrida de toros y comprobar la emoción del público ante las habilidades del torero. El Palacio Real le es agradable y muy bien situado, si bien sus alrededores no se hacen acreedores de la grandeza de los reyes. De todo tiene una opinión y ante todo demuestra una curiosidad penetrante. Consigue, a través de sus muchos contactos en la capital, asistir a las tertulias más cultivadas, incluso a internarse en las salas más reservadas de la Biblioteca Nacional. Pero es sobre cualquier otra cosa el Real Museo el que más le enamora. Durante su larga estancia acostumbró a pasear por las salas dedicadas a la pintura española hasta convertirse en una auténtica devota del arte de Zurbarán, Murillo o Velázquez. Tantos párrafos dedica a Madrid en sus cartas, que se hace recomendable una lectura atenta y pausada de unas páginas que desprenden vitalidad y un gran afecto a esta ciudad.</p>
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<p><strong>LOS GUSTOS DE JOSÉPHINE</strong></p>
<p>Como es habitual en sus cartas, y queda ya señalado, la autora no deja de mostrar su admiración ante los tesoros arquitectónicos que se encuentran en España. En Toledo, ante su catedral, en Segovia ante la suya, la de Sevilla, y hasta la de Córdoba, encajada como está en la antigua mezquita, cuyo valor no emociona en cambio a la viajera. La visita a los museos en todas las ciudades donde existen, le lleva también a ratificarse en su opinión tan favorable sobre la inmensa riqueza artística que guarda España, apenas conocida en Europa. Si bien no deja de señalar que el mal gusto se apoderó de un estilo (el renacimiento) después de Juan de Herrera:</p>
<p><em>“Desde final del siglo XVII y hasta finales del XVIII, vemos los edificios, sobre</em><em> todo las iglesias, sobrecargarse con ornamentaciones pesadas; el greco romano toma el nombre entonces del plateresco. Los interiores de las iglesias se llenas de ejércitos de cristos, vírgenes, de santos, de todas las dimensiones, con profusión de colores de mil extrañas maneras, revestidos con trajes extravagantes” </em>En cualquier caso, Sevilla enamora a la viajera francesa, colocándola al mismo nivel que Madrid y sus museos. El Alcázar le seduce de tal manera que, paseando por su interior, le parece estar en un palacio de Las Mil y Una Noches: <em>“Nada más delicioso</em><em> que las horas pasadas en este lugar, donde uno se cree entre las hadas, donde nada os distrae, donde se respira la atmósfera perfumada que viene de los jardines”.</em></p>
<p><strong>LA FASCINACIÓN DE GRANADA</strong></p>
<p>De camino a Málaga (siempre por caminos que apenas son senderos, acompañada de guías locales con los que mantiene una relación amable pero distante,), la parada en Ronda le deja el ánimo estremecido al contemplar el puente que tan sólo hacía menos de un siglo se había alzado para salvar, por todo lo alto, el precipicio en que la ciudad está construida. Una vez llegada a la ciudad, da cuenta de que toda la zona es altamente peligrosa, dada la abundancia de bandoleros en sus alrededores, algo que sus habitantes comentan. Parte de allí camino a Granada sin encontrar mucho que admirar en la ciudad que dejaba, algo muy diferente de las sensaciones emocionadas al acercarse a la ciudad nazarí, ya que, según sus palabras, se sintió <em>“maravillada ante la primera visión de la vega, de sus campos tan</em><em> refrescantes, tan regados, de sus umbrías tan magníficas” </em>Desde la ermita de San Miguel la ciudad se le muestra de una belleza incomparable.</p>
<p><em>“…permanecí allí muchas horas en el más dulce y encantador de los éxtasis: me</em><em> pareció que el cielo se iba a abrir para mí. El sol poniente rodeaba de una divina aureola el más poético cuadro que existe en el mundo; me parecía que el presente no existía y que aquel largo pasado de heroísmo y de gloria se desplegaba ante mis ojos”.</em></p>
<p>Y así prosigue, párrafo tras párrafo, a cuál más inspirado, dictados todos por la Católica, el Gran Capitán y Cisneros. No puede dudarse de su inclinación romántica y apasionada. Quizás sea esta ciudad, después de Madrid, a la que más líneas y atención dedica en su recorrido. Ya que, una vez en su interior, tras haber dejado atrás su mirador mágico de San Miguel, va deteniéndose barrio a barrio, desde el de Zacatín, en el que destaca sus calles estrechas, con pequeñas tiendas, que permanece tal y <em>“como lo dejaron los árabes”</em>; o visita el Moristán, un gran hospital, que, nos recuerda, <em>“es el único que los árabes construyeron en España”</em>; se acerca también <em>“a</em><em> la famosa plaza de Bib-Rambla, rodeada de bazares donde se instalan los ricos productos de Oriente”</em>. Para enseguida acercarse a las <em>“avenidas encantadoras donde la</em><em> naturaleza y el arte parecen rivalizar para seduciros antes de vuestra llegada al palacio de las Perlas, al templo del Placer, a la Alhambra, que finalmente aquí está…” </em>un lugar que visita con detenimiento y al detalle, como se comprueba en la forma minuciosa en que dedica largos párrafos a describirla. Asombrada, admirada, pero al mismo tiempo con espíritu crítico al señalar <em>“Pero como también a mí (se dirige a su</em><em> hermano), te dolería una cosa: el poco cuidado empleado por la conservación de La Alhambra”</em>. Pero añade una conclusión feliz: <em>“para gozar de este conjunto tan encantador</em><em> sin entristecerse por los estragos del tiempo, hay que ir a pasar allí algunas horas de la noche durante un bello claro de luna”.</em></p>
<p>No se puede concebir una recomendación más romántica. La visita que realiza, siempre acompañada por su guía, por el Albaicín, le deja, sin embargo, mal sabor de boca, al encontrar las calles enormemente sucias y a sus pobladores, <em>“en su mayor parte gitanos…andrajosos” </em>y <em>“…olía terriblemente mal.”</em></p>
<p><strong>EL LARGO CAMINO HACIA LEVANTE</strong></p>
<p>Tras atravesar parte de las Alpujarras, la viajera francesa se dirige a Almería <em>“una</em><em> ciudad bastante bonita de veintidós almas; está construida en anfiteatro y presenta un agradable aspecto”</em>. Pasa de largo de todos modos en su afán por llegar desde Cartagena a Levante. Con una parada en Murcia, una ciudad que le parece risueña y propicia a la alegría y a la felicidad, con paseos que al atardecer se llenaban de todo tipo de gentes <em>“burgueses y campesinos”</em>, vestidos con sus mejores galas. Su catedral (un lugar de visita ineludible para nuestra viajera, dispuesta a conocer de primera mano los grandes monumentos de España) no le seduce como lo hicieron las otras catedrales, y señala <em>“Su arquitectura es una composición de todos los estilos</em><em> posibles”</em>. El caso es que, a pesar de sus pegas a catedral, Joséphine pasó en Murcia tres días, <em>“tanto más agradables cuanto un feliz azar nos hizo conocer al</em><em> comandante de la guardia civil, al ir a pedirle el favor de una escolta para proseguir viaje” “Aquel hombre gentil y su familia (prosigue) nos hicieron los honores de Murcia con esa bondad llena de gracia que no se encuentra más que en la tierra de España”</em>. De este modo, confiesa directamente <em>“Murcia me agrada infinitamente;</em><em> ella no encierra nada notable como arte, agrada por ella misma, pues su aspecto es del todo oriental, con el color tan blanco de sus casas, elevándose en medio del eterno verdor de su rica vega, rodeada de montañas rocosas y desnudas” </em>Y añade para acabar el capítulo <em>“En resumen, te lo repito, hay que procurar disponer de una</em><em> semana para pasarla en Murcia”</em>. (Y la autora de estas líneas sobre Joséphine de Brinckmann, se pregunta: en este gran agrado gusto y agrado hacia tal ciudad ¿en qué medida habrá pesado la compañía de aquel comandante de la guardia civil?). De Murcia, pasa por Elche, <em>“pequeña ciudad toda blanca que viene a completar</em><em> (con los palmerales) este cuadro tan oriental”</em>, y desde allí, en tartana, se encamina hacia Alicante, donde recomienda visitar <em>“el fuerte” </em>y un par de iglesias y donde lo que más le asombra son los ruedos de las plazas de toros. Tras pasar y pasear por San Felipe, llega, a paso de carromato, a Valencia.</p>
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<p><strong>UNA VISITA CURIOSA Y EL CAMINO HACIA EL NORTE</strong></p>
<p>En esta ciudad donde señala, <em>“es una gran ciudad, tiene todo el aspecto, todo el</em><em> carácter, y me dicen que todas las costumbres”</em>, realiza una visita extraordinaria: tras hablar de sus murallas, sus monumentales puertas de sus calles y sus paseos, nuestra viajera se detiene a hablarnos de su “<em>presidio</em>”. Y lo hace de esta manera <em>“los he visto en Italia, en Francia y en España, y es en Valencia donde he visto en </em><em>el presidio no una prisión, sino un establecimiento que os interesa en lugar de una estancia infame que os causa horror”</em>. Y tras relatar con minuciosidad la manera en que son tratados los reclusos, y los excelentes resultados obtenidos, acaba con esta conclusión <em>“Te aseguro que que, cuando se va a visitar el presidio, si no sabe uno dónde está, si no se ve la fatal indumentaria, podría dudar de que esté en medio de una población de ladrones y asesinos: uno creería estar en el establecimiento más honesto y mejor mantenido del mundo. Aconsejo a todo extranjero que vaya a Valencia que no deje de visitar el presidio”.</em></p>
<p>Evidentemente no es éste el único espacio en Valencia que llama su atención. Sin embargo, me ha parecido relevante destacarlo ya que no es habitual entre los viajeros del siglo XIX por España conocer por fuera y menos por dentro unos establecimientos carcelarios.</p>
<p>De camino hacia el norte y lamentándose al pasar por la histórica y destruida Sagunto, llega hasta Tarragona, atravesando en una barcaza el río Ebro y plantándose en la que fuera importante ciudad romana. Se pasea por la ciudad alta, dando cuenta de los muchos restos del pasado, no excavados aún, que salen a su paso. Y, ¡cómo no! visita la catedral, examinando su gran retablo de mármol y deteniendo en todas sus capillas. Ya en tartana, se llega hasta el acueducto romano, y lamenta su pronta despedida de la ciudad, ya que sus días en España van llegando a su fin y aún le falta conocer algunas ciudades por las que declara tener mucho interés.</p>
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<p><strong>EL FIN DE VIAJE Y UN COMENTARIO APASIONADO</strong></p>
<p>La primera y más cercana, Barcelona, donde admira, nada más llegar, sus murallas, y advierte con cierto rechazo y disgusto, las chimeneas de las fábricas y su industrialización, única en tierra española. Alaba la zona moderna de la ciudad, con sus calles más anchas y con aceras de baldosas, y se asombra ante la vestimenta de hombres y mujeres por las calles, que nada tiene que ver con la observada en las otras ciudades de este país, y mucho, si embargo, con la moda, más austera y gris, de Francia. El poco atractivo que le despierta la ciudad tiene que ver sin duda por no responder a la imagen un tanto pintoresca que ha podido contemplar en el resto de España.</p>
<p>Las últimas páginas las dedica la viajera escritora a Mallorca (“Nada más gracioso, querido hermano, más encantador, que Mallorca”) y, de forma un tanto apresurada, a su vuelta a Francia por Huesca, Sallent y Gabas. Deteniéndose, eso sí, en Zaragoza, para conocer la lonja y tres de sus iglesias: la catedral, la Virgen del Pilar y San Pablo. La catedral le parece magnífica, con sus líneas puras, respetuosa con las normas que la francesa respeta y admira, pese a a tener algunos toques platerescos de los que abomina. Sin embargo, la basílica del Pilar, <em>“de estilo compuesto” </em>le parece <em>“falta de nobleza”</em>, aunque no deja de mostrar su deslumbramiento ante la riqueza de la capilla de la Virgen y la gran devoción de los muchos fieles Antes de acabar este comentario sobre el muy curioso y revelador libro de Joséphine Brinckmann, quisiera transcribir un comentario sobre su propio viaje en la última carta dirigida a su hermano:</p>
<p><em>“En resumen, querido hermano, no podría repetir demasiado que un viaje por España</em><em> está, a mi parecer, adornado con todas las seducciones, todos los atractivos. Hasta el momento no he visitado más que nuestro país, Italia y España, y yo siempre diría a las personas que en sus peregrinaciones buscan impresiones nuevas, a los que aman la observación y el estudio, yo les diría que mi preferencia pertenece a esta última”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<h6><em>Imagen de la calle de Alcalá y Fuente de Cibeles, en 1838. Grabado de David Roberts. Publicado en las “Vistas Pintorescas de España y Marruecos”.</em></h6>
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		<title>La Compostela de Cosme de Médici</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/compostela-de-cosme-medici/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 07:27:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVI y anteriores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Emma Lira</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/compostela-de-cosme-medici/">La Compostela de Cosme de Médici</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Emma Lira</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-71-camino-de-santiago/">Boletín 71 &#8211; Camino de Santiago</a></p>
<p><strong>En el siglo XVII, Santiago de Compostela recibió un peregrino de excepción, Cosme de Médici, heredero del Gran Ducado de la Toscana. Su paso por el último tramo de la ruta xacobea, perfectamente documentado, constituye un testimonio fundamental para conocer la evolución de la ciudad compostelana.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cosme III de Médici, el que sería Gran duque de la Toscana entre los años 1670 y 1723, y el penúltimo de su larga dinastía era, a decir de sus biógrafos, un hombre dual. Por un lado, había heredado esa sed de conocimiento que había convertido en grandes mecenas a los Médici. Como digno hijo de Fernando II, Cosme era un apasionado de la naturaleza y la biología, al que complacían secretamente lo extraño y lo grotesco; de hecho, su colección puede visitarse aún en el Museo Nacional de Antropología y Etnología de Florencia. Por otro lado, la influencia de su madre, Vittoria della Rovere, y la educación que ella se empeñó en proporcionarle, habían hecho de él un hombre profundamente religioso. Quizá la suma de ambas realidades, curiosidad y fe, influyeran en la decisión que tomó en el año 1668, cuando optó por emprender un viaje por la península ibérica, eligiendo, como uno de sus principales hitos, la tumba del apóstol en la ciudad de Santiago de Compostela.</p>
<p>En el siglo XVII la ruta xacobea llevaba ocho siglos de existencia, desde aquel primer momento, en el siglo IX de la era cristiana, en que la iglesia y la monarquía astur habían validado como auténticos los supuestos restos de Santiago el Mayor, discípulo de Jesucristo. Toda una historiografía clásica se había esforzado por colocar a aquel humilde pescador de Oriente Mundo a escasas millas del <em>Finis Terrae</em>, predicando su mensaje a los habitantes de la bárbara y occidental España. La estructura religiosa que guardaba los restos del apóstol había crecido desde ese primer momento, y, con él, la fe, la repercusión y la influencia del reino que los custodiaba. El difunto Santiago había inaugurado un camino que, empezara donde empezara, conducía al fin del mundo, con la promesa de borrar los pecados de quienes se aventurasen en su ruta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CUANDO EL CAMINO NO ERA YA LO QUE FUE</strong></p>
<p>Durante los siglos anteriores, pueblos, monasterios y órdenes religiosas habían crecido amparados a la sombra del Camino, pero para cuando Cosme visitó Santiago de Compostela (la advocación hacía referencia a las misteriosas luces que se habían divisado en el lugar donde había sido encontrado el sepulcro, el <em>Campus Stelae</em>), la importancia del camino, y quizá incluso la fe, experimentaban horas bajas. Las diferentes brechas religiosas que durante el siglo anterior habían abierto en dos Europa, habían hecho descender dramáticamente el número de peregrinos. Las críticas de protestantes y anglicanos, y las acusaciones de idolatría sumadas a los dudosos senderos de una Europa envuelta en guerras de religión, habían mermado su protagonismo, pero, pese a todo, cuando Cosme de Médici, el heredero del Gran Duque Fernando II, pensó en conocer España, no dudó en hacer de Santiago una de sus escalas.</p>
<p>Parece que el joven Médici, que en aquel momento contaba con 26 años de edad, tenía un motivo más para emprender un largo viaje. Su matrimonio, seis años atrás con Margarita Luisa de Saboya, prima del rey de Francia, Luis XIV, era un absoluto y notorio desastre. Es cierto que tenían ya dos hijos, Fernando y Anna María, de los que en la corte se decía que eran producto de dos reconciliaciones puntuales, pero la relación habitual entre los cónyuges no solo era pésima, sino que provocaba graves problemas en el funcionamiento de la logística doméstica. Las crónicas comentan que, desencantado por no poder solucionar las diferencias entre los jóvenes esposos, Fernando II aconsejó a su hijo ausentarse de la corte durante largos períodos. Hemos de entender que, para Margarita Luisa de Saboya, de talante alegre y amante de los placeres y diversiones de la corte francesa en que se había criado, también supondría un alivio. El ambiente beato y misógino en el que se movía su marido provocaba sus frecuentes huidas a las villas de verano de los Médici, y la llevaba incluso a fingir enfermedades para permanecer alejada de él, y fuera de la casa familiar. Al fin y al cabo, ella ya había dado un heredero varón a la dinastía, y debía considerar que había cumplido con creces su parte del trato.</p>
<p>No sabemos si, al visitar la Tumba del Apóstol, Cosme de Médici buscaba expiar sus pecados o recabar la intervención divina en su matrimonio; de lo que no quedan dudas es de su fervor religioso, de su confianza en el clero, e incluso de su intento de hacer méritos ante los ojos de Dios. En los años de su posterior reinado, buscando quizá asegurase el cielo, había emprendido una cruzada particular contra todo aquello que consideraba inmoral, hasta el punto de mandar retirar del altar de la catedral de Florencia las estatuas de Baccio Bandinelli, que representan a Adán y Eva desnudos, por considerarlos pornográficos. Así mismo suspendió las fiestas de mayo, el <em>calendimaggio</em>, debido a sus orígenes paganos, y emprendió una persecución sin cuartel contra la comunidad judía, mientras el 10% de la población de Florencia, vinculado de uno u otro modo a la iglesia, ni siquiera se veía obligado a pagar impuestos. Su religiosidad llegó a alcanzar, según algunos autores, niveles patológicos, y era <em>vox populi </em>que los esfuerzos por salvar su alma incluían, aparte de la oración, a la que dedicaba varios momentos del día, la peregrinación a lugares santos, y el descubrimiento de reliquias y de santos hasta entonces poco conocidos. Visitar la tumba del Apóstol encajaba a la perfección en su agenda de actividades.</p>
<p>En septiembre del año 1668, el heredero de Fernando II de Médici, inicia su segundo gran viaje -el primero le había llevado el año anterior hasta Amsterdam, incluso a conocer a Rembrandt- partiendo de Florencia. Será el más extenso de su vida y le llevará un año y medio, tiempo durante el que le acompaña un nutrido séquito, que llegará a ser de hasta 39 personas. Pese a ello, sus cronistas se complacen en recordar que, siempre que pudo, el príncipe se mantuvo prácticamente de incógnito, aunque no sabemos si lo hizo por gozar de mayor libertad de movimientos, o para no incrementar los gastos del viaje, pues estaba completamente en contra de los fastos de la corte. Sabemos que el ilustre peregrino viajó en carroza y en caballo, y que se alojó preferentemente en conventos, rechazando a menudo las invitaciones de aristócratas de la corte española. Su día a día estaba tan condicionado por los acontecimientos religiosos que escuchaba misa diariamente, visitaba monasterios y lugares de peregrinaje con regularidad, y, siempre que podía, se complacía participando en procesiones y compartiendo opiniones con los clérigos españoles.</p>
<p>La variopinta comitiva que le acompañaba incluía los servicios de un mayordomo, un tesorero, un sacerdote, varios médicos, cortesanos, secretarios, ayudas de cámara, lacayos, cocheros, caballerizos, mozos de cuadra y hasta un médico personal. Pero sobre todo contaba con unos profesionales, gracias a los cuales, la crónica de su viaje ha llegado íntegra hasta nuestros días. En su expedición viajaban hasta tres amanuenses, cuya misión era dejar constancia de su proeza. Uno de ellos era el conde Lorenzo Magalotti, gran literato y amigo personal de Cosme de Médici, que fue el encargado de poner por escrito el relato oficial, la <em>Relazioni Ufficiale</em>. Filippo Corsini redactó por iniciativa personal la <em>Memorie del Viaggio fatto in Spagna del Serenissimo Principe Cosimo di Toscana </em>y, por último, el médico particular del príncipe, Giovan Battista Gornia, también por cuenta propia, escribió el <em>Viaggio fato dal Serenissimo Principe Cosimo terzo di Toscana per la Spagna, Inghilterra, Francia et altri luochi neglí anni 1668 e 1669</em>. La comitiva también contaba con su propio dibujante, Pier María Baldi, el “fotógrafo” de cabecera, quien iba plasmando con sus pinceles cada una de las ciudades y villas por las que pasaba el grupo. Las imágenes que nos ha legado son de gran valor para la historia del arte y del urbanismo, pues presentan una instantánea muy fiel del estado de las concentraciones urbanas a mediados del siglo XVII.</p>
<p>El grupo en pleno entró en España, procedente de Florencia, por el puerto de Barcelona. Desde allí se dirigió a Zaragoza, Madrid y Toledo. Partió luego hacia Andalucía, parando en Córdoba, Granada y Sevilla. Visitó después Extremadura, y desde allí entró en Portugal, haciendo parada en Lisboa y volviendo a salir, camino de Galicia, por la localidad de Tui y el camino portugués. En Galicia, Cosme de Médici se demora un mes entero y se complace en visitar Pontevedra y Padrón, antes de alcanzar Santiago de Compostela el 3 de marzo de 1669. ¿Quedó impresionado el Gran Duque cuando llegó a la catedral que guardaba los restos del Apóstol? Atendiendo al relato de sus cronistas, se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que no mucho, aunque en su descargo debemos decir que, al fin y al cabo, el Médici viene de la deslumbrante Florencia, y a su lado cualquier construcción tardomedieval en España seguramente le parecería humilde. Sabemos de la decepción que le produjo la ciudad del apóstol, prácticamente desde antes de llegar, ya que los documentos oficiales califican de <em>“incómodo” </em>el camino de acceso a la ciudad, aunque ignoramos bajo qué criterios exactos. En la catedral, que para los visitantes carece de la pompa que habían imaginado, ni los acompañantes de Cósme ni él mismo encuentran mucho sentido a la ceremonia del abrazo del apóstol. Eso sí, parece que el príncipe florentino quedó impresionado por el hipnótico vaivén del botafumeiro. Probablemente en ningún otro edificio religioso, por mucho que su arquitectura superase a la catedral de Santiago, había sido testigo de nada igual.</p>
<p>A pesar del encanto del botafumeiro, su opinión general no mejoró mucho tras asistir a la ceremonia de la misa, desde una capilla que se presume fue la de la comunión. Según los datos recogidos por sus acompañantes, el noble no dejó de criticar los tesoros compostelanos al compararlos con la grandeza de su Florencia natal. Y tampoco la manida figura de Santiago Matamoros le despertó un especial sentimiento religioso. En los tiempos en los que el apóstol se había convertido en el patrón de la España cristiana frente al avance en la península del islam, aquella iconografía belicista pudo haber tenido sentido, pero en el siglo XVII el islam estaba relegado a las posesiones del Imperio Otomano, a quien se combatía incesantemente en el mar. Para Cosme de Médici, que, desde niño había dado muestras de un temperamento melancólico, y a quien ni siquiera gustaban las partidas de caza, la imagen de aquel hombre santo blandiendo un arma, dispuesto a decapitar mahometanos, le resultaba profundamente perturbadora. Esta postura personal que desvinculaba por completo iglesia y violencia le llevaría, con posterioridad, a generar una gran polémica en su ciudad: cuando, ya en el gobierno, ordenó retirar de la Iglesia de San Giovannino Degli Scolopi la espada y el yelmo de Guglielmino Ubertini, un aclamado obispo guerrero muerto en la batalla de Campaldino. Cosme de Médici no concebía adorar objetos bélicos provenientes de un religioso.</p>
<p>Pero no solo la catedral y los tesoros del Santo decepcionaron a Su Sereníssima. El peregrino italiano continuó con el mismo tono crítico en su paseo por la Compostela del siglo XVII, a la que llegó a calificar de “pequeña y fea”. Lo cierto es que los dibujos de Pier María Baldi dan fe de lo que vieron los ojos del Médici, y en la vista que muestra de la ciudad desde Santa Susana, la catedral de Santiago de Compostela no tiene nada que ver con la que nosotros tenemos en mente ahora. El complejo religioso no había evolucionado aún a su estética posterior. En el dibujo aparece la muralla y se identifican el Hospital Real, el Palacio del Arzobispo, San Martín Pinario, el monasterio de San Paio, la iglesia de las Huérfanas y el convento de San Agustín, pero no hay nada de la ciudad exquisita y barroca en que Santiago de Compostela se convertiría. La característica fachada del Obradoiro no existía, como tampoco existían como tales sus torres ni la torre del Reloj. El dibujo de Baldi se convierte, pues, en una instantánea congelada en el tiempo. Un documento importantísimo, que nos muestra una visión medieval anterior a todas las intervenciones que la convertirán posteriormente en una ciudad barroca. No nos permite, sin embargo, apreciar por completo la estética de la fachada medieval, pues, o bien por la complejidad de la misma, o bien por carecer de tiempo, con cierta picardía el artista decidió taparla con un árbol.</p>
<p>Cosme de Médici se detuvo en Santiago de Compostela durante tres días, en los que se alojó en el convento de San Francisco. Tras abandonar la urbe, el noble y su séquito pusieron rumbo por el Camino Inglés hacia A Coruña, ciudad que, según afirmaron sus acompañantes, le gustó bastante más que la que había dejado atrás. Por orden del príncipe, el pintor Pier María Baldi dibujó una magnífica vista de la ciudad desde el Monte de Santa Margarita, en la que destaca especialmente el puerto, algo con lo que, evidentemente, Compostela no podía competir.</p>
<p>El 19 de marzo de 1669, Cósme de Médici embarcaría en este mismo puerto con dirección a Inglaterra, Irlanda, Francia y Holanda, despidiéndose de su periplo ibérico y de la escala compostelana. Puede que la tumba del apóstol y la mítica del camino no cumplieran sus expectativas, pero, sin lugar a dudas, la que sí lo hace es la gastronomía española. Sus cronistas destacan los exquisitos platos que degustan en cada uno de los lugares por los que pasan: el cordero en Toledo, los jamones de Andalucía o las lampreas en el Tajo, pero los mayores elogios se los llevan las tierras gallegas, donde hacen especial referencia a la abundancia de pescado exquisito procedente del río Miño y su desembocadura, como el salmón, el sábalo, el rodaballo, y el lenguado, y a los vinos blancos con sabor suavísimo y delicado con que la comitiva era obsequiada en los monasterios en los que pernoctaban. Habida cuenta de la pasión con la que el Gran Duque de la Toscana acabaría por relacionarse con la comida -convirtiéndole en un hombre de gran volumen- quizá después de todo su viaje a Santiago sí tuviese el propósito secreto de expiar un pecado capital, el de la gula.</p>
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		<title>Charles Lewis Gruneisen. Un corresponsal en la primera guerra carlista</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/charles-lewis-gruneisen/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 08:53:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por José Antonio León Bibliografía: Boletín SGE Nº 54 &#8211; Los grandes ríos africanos &#160; Charles Lewis Gruneisen, no fue el único periodista que viajó a España para informar sobre [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/charles-lewis-gruneisen/">Charles Lewis Gruneisen. Un corresponsal en la primera guerra carlista</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por José Antonio León<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-54/">Boletín SGE Nº 54 &#8211; Los grandes ríos africanos</a></p>
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<p><strong>Charles Lewis Gruneisen, no fue el único periodista que viajó a España para informar sobre las Guerras Carlistas que se desarrollaron durante el siglo XIX, sin embargo, sí se le puede considerar un pionero en el duro oficio de corresponsal de guerra.</strong></p>
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<p>Nuestro hombre viajó a España en 1837 contratado por el <em>Morning Post </em>británico, pero no se limitó a instalarse en una ciudad y a esperar que la red de informantes le hiciera llegar las noticias de la guerra, como venía siendo habitual en el periodismo de aquella época. Su trabajo, las crónicas que escribió desde primera línea, recuperadas en su totalidad, junto al libro “<em>Sketches of Spain and the Spaniards during the Carlist Civil War</em>” que el autor publica hacia el final de su vida, dan forma a una memoria que pone en valor el periodismo más osado e intrépido, aquel que arriesga su vida por informar sin intermediarios desde la primera línea de fuego. Gruneisen hizo exactamente eso. acompañó a las tropas carlistas en su marcha sobre Madrid en 1837 compartiendo con ellas hambre y batallas, y cuando pasó al otro bando, al isabelino, fue acusado de espía y encarcelado. Quiso el destino salvarle de ser fusilado como había ordenado el mismísimo general espartero, y pudo al fin regresar a Inglaterra, sano y salvo, pero con secuelas físicas que le recordaron toda su vida su amargo paso por las prisiones españolas.</p>
<p>La fortuna ha querido que se conserve también el texto de la conferencia que nuestro protagonista pronunció treinta y siete años después. Fue en el Shire Hall de Hertford, el 29 de enero de 1874, ante los miembros de la asociación Literaria, y se publicó de forma inmediata, haciéndose constar en la portada el carácter de “<em>corresponsal de guerra del Morning Post en España en 1837-1838</em>” de su autor.</p>
<p>El tema, en aquel año de 1874, resultaba de la máxima actualidad, pues España volvía a atraer la atención de los corresponsales de guerra que en esta ocasión cubrían la tercera Guerra Carlista. De no ser por esta conferencia y su posterior publicación, es muy posible que su nombre hubiera quedado en el olvido, como ocurrió con el resto de sus compañeros, al menos en lo que a su experiencia española se refiere.</p>
<p>Había nacido en 1806, por lo tanto cuando le llama el director del <em>Morning Post</em>, Mr C.e. Michele, en marzo de 1837 tenía unos 31 años. Michele, que ya le conocía, le propone viajar a España, pues le constaba que las intenciones del ejercito carlista eran dejar las provincias vascas y marchar sobre Madrid. además, los líderes tories estaban deseosos de tener información concreta de lo que ocurría en la península, y de la actuación de la Legión Británica mandada por el general Evans al servicio de la Causa real, la causa isabelina. Cuenta Gruneisen que el director del Morning Post le dijo: “<em>Quiero que vayas a España y acompañes a la expedición real de Don Carlos. Nos enviarás crónicas desde primera línea de fuego. Quiero que nuestros lectores sientan la guerra como si estuvieran en el frente de batalla…</em>” así, en unas pocas horas consiguió su pasaporte, hizo rápidos preparativos y aquella misma noche salía con el correo nocturno hacia Dover. tras consultar con los agentes carlistas en París, se dirigió a Bayona con el propósito de cruzar la frontera. su destino era san Sebastián, pues la primera de las crónicas encargadas por el Morning Post era dar cuenta del estado de la Legión Británica establecida en España. Pero pasar la frontera entre la España liberal y la carlista no era tarea fácil, y para incorporarse a la expedición de don Carlos tuvo que contratar a unos contrabandistas, de los muchos que operaban por todas partes, y cruzar a tiro limpio por las líneas militares. su incorporación al frente fue cuando menos, inquietante. además, la errática marcha de la expedición, que había partido el 15 de mayo de Estella para tomar Madrid, y se había dirigido primero hacia Aragón, Cataluña y valencia, cosechando victorias y derrotas, hizo que encontrarla e incorporarse a ella fuera muy complicado. Gruneisen escribe su primer despacho desde el cuartel general de don Carlos el 20 de julio, al que llegó después de una penosa marcha que había comenzado el 17 de mayo.</p>
<p>En sus crónicas describe un ambiente de improvisación continua que dificultaba la provisión de alimentos para las tropa. era tal el hambre que en una ocasión el mismo don Carlos, que comía unas cebollas por toda ración, al ver a Gruneisen se las ofreció y este aceptó, lo cual le fue reprochado por los nobles que acompañaban a don Carlos. Él se defendió argumentando que el ofrecimiento de un rey era una orden. Llegado el comentario a oídos de don Carlos este le dijo: “<em>Mr Gruneisen, es Vd. mejor cortesano que los míos</em>”. en otra ocasión, y tras la batalla de villar de los navarros en Zaragoza, en que las tropas carlistas aniquilaron a una columna liberal, Gruneisen se enfrenta, armado con un palo y arriesgando su vida, a los soldados carlistas en el momento de la ejecución a varios prisioneros. Don Carlos, enterado del suceso, le condecora junto a sus mejores hombres y le dice: “<em>Usted merece la cruz por su humanidad tanto como mis hombres por su bravura</em>”.</p>
<p>Tras numerosas escaramuzas y batallas de diversa envergadura la expedición llegó por fin a la vista de Madrid estableciéndose en arganda. Un Madrid desguarnecido al que sin embargo los carlistas, ante la posible llegada del general espartero y de guarniciones isabelinas más poderosas en caballería y artillería, deciden no asaltar. La frustración de la tropa y de generales como Cabrera es grande, pero don Carlos así lo ha decidido. el mismo Gruneisen, decepcionado, piensa ya en abandonar pronto a los carlistas y pasar al lado isabelino. Y toma su decisión tras una nueva batalla en la población de retuerta, ya en Burgos. Junto con la crónica del combate escribe: “<em>Retuerta ha sido mi último combate. Ya he visto suficiente guerra.</em>” tras casi cinco meses en primera línea, Gruneisen se despidió de las tropas carlistas.</p>
<p>Lamentablemente para él sus problemas en España no habían hecho más que empezar. Detenido por tropas liberales cuando cruzaba las líneas, y acusado de espía, es apresado sin que le valga de nada acreditar su condición de ciudadano británico y periodista. trasladado de cárcel en cárcel junto con prisioneros carlistas, y sometido a malos tratos y privaciones en las que pasa hambre y frío, ve como algunos compañeros de cautiverio son fusilados en este o aquel pueblo. El 1 de noviembre de 1837, encontrándose encerrado en el convento de Valbuena en Logroño, es sometido a un macabro sorteo en el que los soldados liberales escogen a diez prisioneros para ser fusilados en represalia por fusilamientos habidos en el otro bando. Gruneisen salva la vida, pero cada descarga de muerte sobre sus compañeros de cautiverio le estremece profundamente.</p>
<p>Por fortuna y mediante argucias a vida o muerte, logra enviar una carta que, tras numerosas vicisitudes, llega a la embajada británica en Madrid. La diplomacia actúa, y al gobernador de Logroño le llegan al tiempo dos misivas. Una del Primer Ministro en persona indicándole que libere inmediatamente al periodista inglés, y otra procedente del general espartero que indica lo contrario. espartero declara: “<em>El inglés ha de ser ejecutado. Su pluma ha hecho más daño </em><em>que cualquier espada de los generales carlistas</em>”. en enero de 1838 un Gruneisen enfermo y cansado regresaba a Londres. el gobernador de Logroño no simpatizaba con espartero.</p>
<p>Para dar luz a su historia, para viajar con él por aquella españa que en 1837 se partía irremediablemente en dos por una cuestión dinástica, pronto verá la luz un documental producido en nuestro país titulado: “Gruneisen. Primer Corresponsal de Guerra”.</p>
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		<title>España vista por Japón</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/espana-vista-por-japon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 11:27:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eddy Y. L. Yang Bibliografía: Boletín SGE Nº 49 &#8211; Océanos &#160; &#160; Hablamos de la imagen que de nuestro país tuvieron los japoneses de finales del siglo XIX. [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Eddy Y. L. Yang<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-49-oceanos/">Boletín SGE Nº 49 &#8211; Océanos</a></p>
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<p><strong>Hablamos de la imagen que de nuestro país tuvieron los japoneses de finales del siglo XIX. Se trata de una descripción histórica y geográfica que forma parte del <em>Yochishiryaku, </em>un conjunto de volúmenes de carácter enciclopédico sobre distintos países del mundo. Se publicó en la década de 1870, a principios del periodo Meiji.</strong></p>
<p>La serie consistía en trece volúmenes, de los cuales los diez primeros fueron editados por Uchida Masao (1839-1876), educador y funcionario del gobierno Meiji, quien, según algunas fuentes, viajó durante varios años por distintos países europeos. En realidad el <em>Yochishiryaku </em>es una ampliación de otra serie enciclopédica publicada cincuenta años antes, aunque en este caso la edición tuvo un carácter oficial, al ser compilada por el Mombush, el Ministerio de Educación. En el primer volumen se explica cómo el trabajo se realizó basándose en las explicaciones, informes y datos aparecidos en libros ingleses, alemanes y holandeses. La intención del Ministerio de Educación era reunir en estos volúmenes la información recogida sobre distintos países, para así poder aprender de las experiencias ajenas, justo en un momento en que Japón se embarcaba en su propio rumbo hacia la modernización. En ese sentido lo más destacable, desde nuestro punto de vista, será observar y destacar el tipo de referencias que al gobierno Meiji le interesaba recoger sobre España.</p>
<p>Y así volvemos a nuestro libro, el volumen quinto de la serie de <em>Yochishiryak</em>, la que se centra en Europa, específicamente dedicada a Francia, Holanda, Bélgica, España y Portugal, ofreciendo una visión general de estos países. La parte dedicada a España aparece al final del volumen y ocupa desde la página 63 hasta la 86, en total 46, ya que cada doble página se numera como si fuera una sola.</p>
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<p><strong>Descripción geográfica e histórica</strong></p>
<p>Se nos da primero una descripción de la geografía de la península ibérica, junto con un mapa, proporcionando información sobre el clima de diversas regiones, deteniéndose también en los ríos, así como en las cadenas montañosas más importantes, como los Pirineos, señalando su papel de frontera natural entre Europa y la península.</p>
<p>A continuación se pasa contar la historia de la que se considera como la raza ibérica. Además de los orígenes celtas y visigodos, el texto habla también de la expansión islámica, citando los magníficos palacios y otras construcciones que testimonian la gloria de su pasado. Y subraya la importancia de la tecnología, las artes y la lengua de los árabes, considerándolos elementos que han tenido gran influencia en la cultura española. El texto continúa presentando la gran historia naval de España junto con la de Portugal. Se menciona tanto el descubrimiento de América como la primera vuelta al mundo de Magallanes, señalando de paso la contribución de los portugueses en este hazañas marítimas.</p>
<p>Varios párrafos están dedicados a la historia religiosa de España, asegurando que <em>“todo el mundo sigue la vieja religión” </em>(catolicismo) con devoción, y que en este país no se tolera la práctica de otras religiones distintas; incluso, así se observa, aquellos que optan por cualquier tipo de reforma religiosa son objeto de un trato inmisericorde o incluso de la muerte. Continúa explicando cómo los sacerdotes y obispos son los auténticos detentadores del poder y los controladores del pueblo. De acuerdo con tal situación <em>“inquietante y necia”, </em>comenta, en España tampoco se han producido avances en las artes y las ciencias. Y el texto japonés sostiene que las mejoras llevadas a cabo, como el ferrocarril, la electricidad o los barcos de vapor, han sido debidas a personas extranjeras.</p>
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<p><strong>Religión y costumbres</strong></p>
<p>El texto vuelve una y otra vez al tema de la religión, aludiendo a la famosa Inquisición, apostillando que encarceló y asesinó cruelmente a millones de personas, tanto en España como en sus colonias. Según la opinión de los redactores del <em>Yochishiryaku</em>, la falta de libertad religiosa ha impedido la formación cultural y científica de los españoles, al ser la ciencia considerada como un enemigo por parte de del poder religioso.</p>
<p>Resulta cuanto menos curioso ese interés por la relación entre religión y poder que muestran tales informaciones. Así como parecen singulares los comentarios tajantes expuestos en este volumen.</p>
<p>Las páginas que siguen se ocupan del apartado de las costumbres y abren con una ilustración de la plaza de toros de Sevilla en reproduciendo la escena de una corrida. Se nos cuenta que, a pesar de que las distintas regiones tienen diferentes climas, tradiciones y lenguas, los españoles disfrutan de la música y el baile por igual, sin importar su origen. Pero el punto de atención en este apartado recae (¿podría ser de otro modo?) en las corridas de toros. Comenta cómo los espectadores se dejan llevar enfebrecidos por este acontecimiento lleno de adrenalina, que tiene lugar durante varios meses en el verano y el otoño. Y añade que varios cientos de toros son lidiados hasta su muerte cada semana. Una nota final menciona que las corridas de toros eran practicadas en la antigua Roma y Grecia, pero que en siglos posteriores se prohibieron y tan sólo se siguen realizando en España y México.</p>
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<p><strong>Visión de las ciudades</strong></p>
<p>A continuación, se nos proporcionan datos sobre la población de España, detallando que unas ciento veinte ciudades cuentan con una población superior a los 10.000 habitantes, y unas veinte con más de 20.000. En el caso de las ciudades más famosas, entre las que incluye a Madrid, Barcelona, Málaga, Granada, Sevilla, Murcia, Valencia, Cádiz y Zaragoza, la población se sitúa sobre los 100.000 habitantes en cada ciudad. Comenta que muchos de sus habitantes son pobres y que la mayoría de las ciudades florecientes se encuentran en el sur de la península. Madrid cuenta con una sección propia, en la que se señala su ubicación en el centro del país, anotando la longitud y altitud, y también el número de habitantes (320.000). La ciudad, nos cuenta, se había convertido en la capital de la nación bajo el mandato del rey Felipe II, y está encerrada por un muro con dieciséis entradas. Se dirige la atención también a la grandeza del Palacio Real, con anchas avenidas a su alrededor, árboles y fuentes en dichas avenidas, y describe el palacio como un lugar de encuentro de la gente que busca aire fresco durante el verano. También se cita la gran biblioteca de palacio y su colección de armas. Una serie de ciudades y monumentos son a su vez tratados de forma diferenciada.</p>
<p>Ofrecemos una síntesis de lo expuesto en este apartado.</p>
<p>Sobre Barcelona menciona el floreciente comercio con el extranjero de la segunda ciudad de España, y que los barcos de vapor operan con regularidad entre ella y Marsella en el sur francés. Destaca su bello trazado y su gran oferta de tiendas, hoteles, teatros y oficinas gubernamentales en el paseo de Las Ramblas. Describe Granada como una ciudad que floreció en el pasado musulmán, pero que gradualmente entró en declive en los tiempos modernos. La catedral, señala, contiene las tumbas de Isabel y Fernando y está realizada con un arte de la mayor calidad. También se cita a La Alhambra por sus fabulosas arquitectura y decoración, distinguiéndola como una de las maravillas del mundo occidental. Según el texto Sevilla es la tercera ciudad de España, con más de 158.000 habitantes. El río Guadalquivir recorre unos 18-<em>ri </em>(<em>ri </em>era una medida de distancia de la época, antes de la introducción del sistema métrico en Japón en el año 1891) a través de la ciudad, donde uno encuentra una gran catedral y un palacio árabe, así como una enorme plaza de toros. También, señala, puede presumir de poseer la fábrica de tabaco más grande de la provincia, que emplea varios miles de trabajadores ininterrumpidamente y está afiliada al gobierno provincial. También posee una gran fundición de cañones, y remarca que en la ciudad se estableció el primer tribunal de la Inquisición contra los herejes.</p>
<p>A una distancia de 29 <em>ri </em>de Sevilla se encuentra Córdoba, con un glorioso pasado musulmán, y donde aún se pueden contemplar palacios y mezquitas. La ciudad, observa, también es famosa por sus productos de cuero Guadamecil.</p>
<p>Un poco más extensa es la sección dedicada a Cádiz y sus alrededores, que incluyen Gibraltar, el puerto de Sanlúcar, de donde, refiere, Magallanes partió decidido a circunnavegar de la tierra, y la pequeña ciudad de Palos, de donde Colón salió en su “<em>búsqueda de las Américas</em>”. Fundada por los fenicios, la ciudad se describe como abandonada y empobrecida tras su boyante pasado, cuando miles de barcos de mercancías recalaban en su puerto. También se menciona la destrucción de la flota inglesa durante el asalto a Cádiz conducido por Nelson en el año 1797. (El texto no señala que la mayor derrota de Nelson en ese año tuvo lugar en las aguas de Tenerife).</p>
<p>Habla de la localización estratégica de Gibraltar y detalla las diversas batallas que aquí tuvieron lugar. Lo describe como <em>“posesión británica desde hace ciento sesenta y cinco años”</em>, y que “<em>sus acantilados que se elevan como imponentes biombos</em>” son un espectáculo para la vista. Con guarniciones británicas, la pequeña ciudad de 15.000 habitantes soporta un clima abrasador y su población sólo dispone del agua de lluvia para beber. Árabes y africanos, señala finalmente, viven asimismo en el peñón, que tan sólo sirve como llave para el tráfico mediterráneo.</p>
<p>La última sección está dedicada a las islas bajo posesión de España, incluyendo Mallorca, Menorca y las Islas Canarias, detallando su localización y sus productos. También pasa a contar cómo las colonias españolas en el mundo se han reducido y se hace una relación de las existentes.</p>
<p>En resumen, y a la vista de lo escrito, se trata de un documento muy curioso que evidencia el interés del Ministerio de Educación japonés en conocer los puntos fuertes y débiles de nuestro país. Siempre desde su peculiar mirada. El poder naval de España y su época de esplendor, así como su posterior declive, eran sin duda importantes para el gobierno Meiji, que buscaba convertir a Japón en una nación moderna y poderosa<em>. </em></p>
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		<title>Irene de Claremont desde El Olivar de Castillejo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/irene-de-claremont/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 11:10:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=31558</guid>

					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/irene-de-claremont/">Irene de Claremont desde El Olivar de Castillejo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por María Luisa Martín-Merás<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-47-volcanes/">Boletín SGE Nº 47 &#8211; Volcanes</a></p>
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<p><strong>Irene de Claremont, perteneciente a una familia liberal y cultivada inglesa, licenciada en Historia y Economía por la Universidad de Cambridge, llegó a España en 1922, tras su matrimonio con el krausista José de Castillejo. La finca “El Olivar del Balcón”, en Chamartín de la Rosa, entonces municipio independiente de Madrid, fue su hogar hasta 1936, cuando, tras el inicio de la Guerra Civil, logró salir con sus hijos por mar y llegar hasta Port Bou y de allí a Londres. Poco antes de su muerte, en 1967, escribió <em>“I married a strange”</em>, la historia de su vida en España y el exilio, el libro de sus memorias que aquí comentamos.</strong></p>
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<p><em>Respaldada por el viento </em>es el título de la traducción al español de la autobiografía de Irene Claremont de Castillejo, en la que narra los quince años que vivió la autora con su marido en España y el exilio que sufrieron hasta la muerte de este en Londres, en 1945. La obra original en inglés fue traducida por Jacinta, la hija mayor del matrimonio, que en la introducción nos informa de los antecedentes de la familia de su madre y del objetivo que esta buscaba al transmitir sus recuerdos:<em>“la autobiografía que ahora se publica fue concebida y escrita ya al final de su vida para sus nietos, nacidos y criados en Inglaterra, para que supieran quien había sido su abuelo”</em>. La traductora explica que, ante la imposibilidad de traducir exactamente el título inglés optó por este otro que <em>“de alguna manera correspondiera a la vivencia de mi madre”</em>, aunque para el lector no quede clara esta relación.</p>
<p>Distintos argumentos se superponen en la obra. Por una parte, la personalidad del marido, al que apenas había tratado antes de su matrimonio (¿de aquí quizás el título original de la obra?), su amor por la tierra y las labores agrícolas, la labor pedagógica a la que se entregó y el entorno intelectual en el que se desenvolvía. Catedrático de Derecho Romano, José Castillejo era también secretario y eminencia gris de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, la institución encargada de promover la educación y la investigación científica en España en la primera parte del siglo XX, hasta su desaparición después de la Guerra Civil. Bajo la dirección de este organismo se crearon una serie de instituciones, entre otras el Instituto Escuela, centro educativo impulsor de la reforma de la enseñanza pública y de la formación del profesorado, del que José Castillejo fue el <em>alma mater</em>, la Residencia de Estudiantes, etc.</p>
<p>Cuando llegó el momento de escolarizar a sus hijos, Castillejo puso en marcha una innovadora y avanzada propuesta pedagógica, la Escuela Plurilingüe para la enseñanza de los idiomas formando parte del plan de estudios de los niños y, más adelante, la Escuela Internacional con el mismo propósito.</p>
<p>Castillejo, por tanto, pertenece a la elite intelectual española sobre la que su esposa destaca <em>“el alto nivel cultural del pequeño núcleo intelectual de Madrid que se erguía sobre una población en gran parte analfabeta”. </em>En general, siguiendo su teoría de los contrastes en el paisaje, clima y carácter españoles, opina que se da al mismo tiempo “<em>gente sumamente tosca y otra refinadísima; de inteligencia sobresaliente o aburridísimos”.</em></p>
<p>Rechaza por lo tanto algunas costumbres sociales españolas, como las invitaciones a largas comidas formales y prolongadas sobremesas donde los hombres se reúnen a un lado para hablar de cosas serias y las mujeres a otro para comentar los problemas del servicio; y le advierte a su marido que ella no las va a organizar en su casa pero que estará siempre dispuesta a acoger en su mesa a los amigos que lleguen sin avisar y sin protocolo. “<em>La institución (La Institución Libre de Enseñanza) era uno de los pocos hogares en Madrid donde se mantenía este estilo de casa abierta”. </em>Esa es la razón por la que Irene no participa de forma significativa en este entorno, y así en sus recuerdos se manifiesta sobre todo como esposa y madre<em>“Al casarme con José, dejé atrás en los arrecifes de Dover toda pretensión de intelectual y me lancé derecha, no a la cabeza, sino al corazón de España. Mi vida gravitaba alrededor de un hombre, de su casa, sus olivos y sus animales, pero nada más”.</em></p>
<p>En coherencia con lo anterior, la parte principal de la biografía está dedicada a su sencilla vida diaria y al impacto que le produjeron Castilla y sus gentes<em>. </em>Aunque a la edad de 16 años pasó un verano en Galicia con la familia Cossío y desde entonces “<em>España se apoderó de mí para no soltarme jamás”, </em>su regreso ya casada supuso el descubrimiento de un país nuevo y desconocido. Es el paisaje castellano el que le impacta y se enamora de la Castilla seca, de su dureza y su luz, de sus atardeceres, de la campiña y de sus gentes. Se siente atraída y fascinada por este mundo agreste que es el que ama su esposo, nacido en Ciudad Real y procedente de campesinos extremeños:<em>“La imagen de Castilla con sus kilómetros y kilómetros de tierra desnuda y blanca, abrasada por el sol, nunca deja de entusiasmarme cada vez que la veo de nuevo…Las cordilleras que atraviesan Castilla son bellas pero descarnadas, revestidas de gigantescas rocas como piedras fósiles”</em>. Después de pasar 15 días en la Granja, donde los jardines del Versalles español no la impresionan y sí las vertientes de las montañas y la rápida puesta del sol castellano, ya que “<em>el crepúsculo pertenece a Inglaterra</em>”, el matrimonio se instala en la finca “El Olivar” en el término del pueblo de Chamartín, que estaba comunicado con Madrid por un tranvía. Allí pasará la autora “<em>quince años de vida idílica en un olivar, con nuestros cuatro hijos, en total armonía</em>” Aunque en algún momento de su autobiografía Irene constata que <em>“me había casado con un extraño pero la extraña era yo” </em>enseguida se integra de la mano de su marido en las labores del campo, que le encantan. Recolectando la uva, haciendo mermelada y conociendo a los habitantes del pueblo descubre que esa era la vida que había añorado siempre. Extiende su mirada lúcida y cercana sobre los españoles, sin poder evitar caer en algunos estereotipos: la belleza de los españoles, cuyos rostros “<em>casi todos eran ovalados, de nariz larga y aguileña, el cutis claro, color oliva, salvo cuando está marcado por la viruela, bajo largas pestañas y cejas en arco</em>”, la pobreza y dignidad de la gente, vestida siempre de negro, el extremismo pendular del carácter español que atribuye al clima y al paisaje extremo en el que viven, la sabiduría campesina con su amplio repertorio de refranes para cada situación y que ella parece haber coleccionado, pues los reproduce en la obra. “<em>El refrán español es la quintaesencia de la sabiduría nacional…existen 50.000”.</em></p>
<p>Considera que no responde a la verdad el tópico de la holgazanería de los españoles y detalla con ejemplos el peculiar sentido del tiempo que tienen. La basura que encuentra por las calles y caminos le produce una gran consternación y se declara horrorizada. Lo mismo le ocurre con el ruido en las ciudades. Contrapone su tímido carácter inglés frente la algarabía y verborrea de algunas mujeres españolas.</p>
<p>Para ayudarse en la comprensión de España y los españoles repasa la historia y la geografía del país. Cree que el aislamiento del resto de Europa es la causa por la que España ha permanecido sumergida tanto tiempo en la Edad Media, y este aislamiento se debe a su situación geográfica, una casi isla cerca de África, que “<em>ha recorrido sin impedimento su camino individual” </em>ya que <em>“España no sirve de tránsito para ningún sitio y durante mi estancia, 1922-1936, el extranjero apenas se conocía”. </em>Asimismo califica a España como un matriarcado en el que la mujer domina y dirige el ámbito doméstico e influye de una manera determinante en el marido. Observa la costumbre de que los niños tomen parte en toda clase de reuniones, pues los españoles los adoran y hablar de ellos les enternece el corazón, juzgando a las muchachas campesinas como excelentes niñeras. El lazo familiar es fuerte y perdura en los hijos aun cuando hayan formado ya su propio hogar. Señala también las raíces campesinas de los españoles que no han perdido el contacto con el pueblo donde vivieron sus antepasados. Se detiene a examinar el concepto de la muerte y el luto entre los españoles y reproduce una curiosa costumbre: “<em>En La Mancha, tierra de Don Quijote, cuando fallece alguien vacían los jarros de agua no sea que el espíritu del muerto regrese y habite el agua. Por regla general se les habrá olvidado ya el origen de una costumbre que fue universal y que ahora estará desapareciendo”.</em></p>
<p>Del trato con los habitantes de Benidorm, donde la familia solía veranear Irene, nos deja una pincelada sobre su diferencia de actitud con respecto a las personas del interior: en la costa la gente es más suave y acogedora.</p>
<p>Y es en Benidorm donde, en el verano de 1936, les sorprendió el comienzo de la guerra civil. Sus efectos dramáticos conforman el argumento final que compone la biografía reseñada.</p>
<p>Gracias a la influencia del cónsul británico pudo salir la madre con sus niños en un destructor francés que los dejó en Port Bou. Tras pasar por París, llegaron a Londres donde poco después llegó José Castillejo, tras haber escapado de una patrulla anarquista que lo había detenido para matarlo<em>. “Cuando llegó a Londres, los doce días de horror sin tregua le habían transformado en un viejo”. </em>Las impresiones que nos trasmite sobre la guerra civil parecen estar inducidas por la mirada de su esposo que consideraba que las mujeres en la guerra<em>: “eran mucho más vehementes y sanguinarias que los hombres y más dispuestas a tirar del gatillo por capricho”. </em>Ella por su parte fundamenta esta explicación tan peculiar en el estricto matriarcado que existe en España. <em>“Me causó gran impresión la inteligencia de la mujer iletrada española. En mi vida había conocido nada semejante. No se puede por menos de pensar que la dominación de esta criatura vehemente y elemental fuera una de las concausas que tan trágicamente mantuvieron dividida a España durante la guerra civil. Estas no sueltan jamás a los hijos. Entonces cuando, con la impetuosidad que corresponde a la juventud, el hijo toma posturas extremadas </em><em>de un lado o de otro, la madre, ansiosa de no perderle, a su vez se apropia del nuevo fanatismo comunista o fascista, según el caso, y arrastra al marido” </em>Un año más tarde, en el verano de 1937, la familia se trasladó a Ginebra donde José Castillejo obtuvo un empleo. Pero, con motivo de la declaración de guerra de Gran Bretaña, la familia se separó, pasando el padre a trabajar a Londres y quedándose el resto de la familia en la neutral Suiza. En la primavera de 1940, después de la invasión de Bélgica, la valerosa Irene con sus cuatro niños y sin dinero tiene que huir de los alemanes iniciando un viaje lleno de penalidades a través de Francia, primero a Hendaya y luego a Burdeos para embarcar hacia una Inglaterra en guerra. <em>“Sería mucho después de la conflagración, instalados ya en Ginebra y tras pasar él dos inviernos en América, cuando yo empecé a tener voluntad propia”</em>. Parece ser que los últimos años en Inglaterra fueron para Castillejo infortunados, por el dolor moral que le produjo la contienda civil española y el desencanto de estar apartado de su tierra. Esta deliciosa obrita de poco más de 150 páginas, escrita sin ninguna pretensión literaria, es un documento de primera mano para conocer datos históricos, imágenes geográficas y detalles sociológicos a través de la visión respetuosa de una persona, procedente de familia liberal inglesa, que supo adaptarse a una sociedad y a una tierra llena de contrastes y tan diferente a la suya.</p>
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<p><em>Respaldada por el viento. </em>Madrid, Ed. Castalia, 1995 <em>I married a stranger. Life with one of Spain’s enigmatic men </em>[i.e. José Castillejo]<em>.</em>Irene Claremont de Castillejo, [The Author: London? 1967.] 1967</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/irene-de-claremont/">Irene de Claremont desde El Olivar de Castillejo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>La España de los viajeros anglosajones</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-espana-de-los-viajeros-anglosajones/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 10:42:08 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-espana-de-los-viajeros-anglosajones/">La España de los viajeros anglosajones</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Lucía Villanueva<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-46-oceano-pacifico/">Boletín SGE Nº 46 &#8211; Océano Pacífico</a></p>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Un regalo para todos los interesados y curiosos: se trata de una exposición que podemos contemplar desde nuestra casa. El tema: la imagen de España a través de los viajeros de lengua inglesa durante los siglos XVIII, XIX y XX. Más exactamente, a través de sus escritos, sus grabados y litografías. Se lo debemos al Instituto Cervantes, que ha organizado los materiales estructurándolos según distintos aspectos de la vida cultural, política y social española, desde las costumbres, el carácter de hombres y mujeres o las instituciones. Este artículo es tan sólo una muestra de lo que podemos encontrar en la página web del Cervantes.</strong></p>
<p>Más de cien los autores y bastante más de doscientos los libros a los que ya, a golpe de clic, podemos tener a nuestro alcance: se trata de la Exposición Viajeros en España que el Instituto Cervantes, con la colaboración de Google, inauguró el pasado 10 de octubre. Una exposición virtual que, en palabras de su comisario Alberto Egea Fernández Montesinos, “quiere dar a conocer los modos en que se ha representado España a lo largo de los últimos dos siglos”. La base bibliográfica está constituida por la colección de libros de viaje reunida en el Instituto Cervantes de Londres, donde se recogen obras de autores procedentes del Reino Unido, Estados Unidos, Irlanda, Canadá y Australia escritas entre 1750 y 1950.</p>
<p>Los contenidos (siempre siguiendo las palabras del comisario) están ordenados en bloques temáticos dedicados a distintos aspectos de la cultura y forma de vida españolas, y junto a los textos originales se pueden contemplar reproducciones de grabados, litografías y mapas. Como ayuda valiosísima se incluyen una serie de artículos escritos por expertos que analizan la importancia de las obras. De entre estos bloques temáticos hemos querido elegir, desde el boletín de la SGE, por razones obvias, el cuarto, dedicado al Viaje, como forma de aproximarnos a esta inmensa exposición y disfrutar de todo lo que nos ofrece.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>DILIGENCIAS, TRENES Y ACÉMILAS</strong></p>
<p>“Los viajeros del final del XVIII describen un país casi intransitable por las pésimas carreteras y las incómodas diligencias. De las duras jornadas a caballos se pasa a los primeros ferrocarriles según avanza el siglo XIX, que trae un gran desarrollo de las infraestructura” nos advierte, situándonos en la realidad, el panel dedicado al transporte en la España de entonces. Y se trata de una fiel síntesis de lo que escriben nuestros viajeros. Lady Louisa Tenison señala que tardó seis horas en desplazarse de Madrid a Toledo en 1853, y sobre las diligencias escribe el inglés Henry Blackburn en 1866: <em>“El techo es una especie de almacén donde viajan de polizones el equipaje y las mercancías de los pasajeros, incluidas provisiones de toda clase, vivas y muertas. Cuando el resto de los asientos está ocupado, los pasajeros se hacinan en el techo, y a menudo pasan un rato entretenido tratando de mantener a raya la carga de baúles y cajones mientras la diligencia oscila de un lado a otro; cuando anochece, como se podrá imaginar, el combate se vuelve aún más emocionante”</em></p>
<p>Sobre la situación de los trenes y las estaciones ferroviarias comenta en 1870 Marguerite Purvis (que escribía bajo el nombre de Mrs. William Augustus Tollemache): <em>“En España, si se desatienden los horarios, hay que ayunar durante horas, pues no es posible tomar nada en esas horribles estaciones. Los españoles se pertrechan de cestas con provisiones; y los viajeros ingleses harían bien en imitar su ejemplo. Cenar en Toledo habría interferido en nuestra visita turística; así que acordamos volver hasta Aranjuez y cenar allí. Este plan nos aseguraría comida y descanso, ninguno de las cuales nos habría esperado en el empalme de Castillejo.”</em></p>
<p>La misma Marguerite Purvis, sobre el trayecto de Granada a Bobadilla que le llevó cuatro horas, relata: <em>“La carretera era ciertamente áspera y mala más allá de toda descripción. A veces teníamos que apearnos mientras nuestros conductores la reparaban con piedras de las cunetas, y luego nuestro cochero pedestre conducía a las mulas del horrible bocado mientras nosotros lo observábamos desde lejos y nos maravillábamos de que un muelle pudiera soportar semejantes tumbos o una mula aquel ejercicio de equilibrio.” </em>Las cosas cambian radicalmente, todo hay que decirlo, en el siglo XX, y son varios los viajeros que, como el americano Thomas Moore, alaban la calidad de las carreteras españolas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>POSADAS, VENTAS Y CASAS PRIVADAS</strong></p>
<p>La incomodidad, la lentitud, la falta de puntualidad y el hacinamiento en los medios de transporte son los aspectos más criticados por nuestros viajeros de lengua inglesa. De todos estos inconvenientes abominan sea cual sea el transporte elegido, trenes, diligencias, viajes a lomos de caballo o de mulo. Pero no son estos los únicos obstáculos que encuentran en sus diferentes recorridos. La precariedad de los alojamientos es otro de los motivos de sus comentarios y lamentos. <em>“El alojamiento en estalaje era tan espantoso que solíamos hospedarnos en alguna casa particular, donde con alrededor de un chelín basta para compensar a nuestro huésped por ocupar su cama. Tuvimos buen cuidado de llevar con nosotros cierta provisión de vino y carne, precaución que un viajero difícilmente pasará por alto en su segunda visita a este país.”</em></p>
<p>Estas son las advertencias del británico John Armstrong, quien viajó por las Baleares en el siglo XVIII. Dentro de este capítulo de la hostelería destacan las famosas palabras de Richard Ford en su libro Cosas de España: <em>“Las posadas de la península, con escasas excepciones, hace mucho que se dividen en las malas, las peores y las que ni ya siquiera admiten comparación.” </em>Y no satisfecho con ellas vuelve a insistir en el tema: <em>“Por cada uno que asaltan en un camino, a cien los asaltan en una posada […]. Es entre estos posaderos donde se encuentran los auténticos y peores bandoleros de España, pues estos personajes ilustres se encuentran por doquier pensando únicamente en cuánto pueden inflar sus cuentas con decoro” </em>Pero la descripción de George Clark (contemporáneo de Ford) de la posada donde se alojó un día de 1850, es aún más brutal: <em>“Las escaleras crujían, se daban portazos, los cuchillos producían un ruido estrepitoso, las mujeres hablaban a gritos y, lo peor de todo, una humareda de aceite frito y ajo llegaba a todos los rincones.” </em>La falta de camas, la suciedad de las alcobas, la ausencia de cubiertos a la hora de la comida, el penetrante olor a ajo, el humo del tabaco, eran todas fuentes de disgusto entre los viajeros anglosajones que identificaban su propia forma de vida como la única civilizada, y tachaban de primitivas y un tanto salvajes las costumbres españolas. Más aún si a estos alojamientos se sumaba la presencia de huéspedes no invitados a la fiesta. Así describe Sir John Carr (1772-1832) su atormentada estancia en una venta de Cádiz en 1811: <em>“Además de un numeroso ejército de chinches y pulgas, también una pequeña banda de mosquitos me hizo el honor de brindarme una serenata de zumbidos durante la mayor parte de la noche y me dejó tales muestras de agradecimiento por mi visita que, al levantarme sin haber apenas descansado durante el reposo y mirarme en un espejo para afeitarme, casi no fui capaz de reconocer mi rostro”.</em></p>
<p>Siendo como son este tipo de experiencias las más generalizadas, cabe señalar que algunos autores (como Nathaniel Wells Armostrong en 1846) comentan la aparición de nuevas ventas y posadas más limpias y amables. Son los casos de Samuel Widdrington en 1844 en Sevilla, el de Matilda Betham-Edwards (siempre con su séquito de cinco doncellas y diez baúles a cuestas) elogiando el Hotel Suisse de Córdoba, y el del mismo John Carr recomendando algunas casas particulares concretas en Cádiz, Algeciras y Málaga, con apostillas elogiosas hacia la hospitalidad española.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>GUÍAS Y BUROCRACIA</strong></p>
<p>Son muchos los viajeros que despotrican de los guías encargados de acompañarles por monumentos y ciudades. Suelen tacharlos de charlatanes sin sentido, poco preparados, y capaces de inventarse cualquier historia con tal de complacer a su cliente. Ellen Hope-Edwardes resume con gran sentido del humor en su diario de 1881-1882 la visita realizada por Sevilla en compañía de un guía: <em>“Volvía a la fonda sin estar segura de si era Trajano o el Cardenal Wiseman el que había fundado la fábrica de tabaco, y a cuál de ellos había afeitado Fígaro” </em>Otra opinión muy extendida (y eso no es patrimonio de los anglosajones por España sino de muchos otros viajeros por todo el mundo hoy mismo) es la querencia de los guías a citar nombres y fechas de forma desmesurada, mareando con datos que se pueden encontrar en cualquier libro y sin añadir nada a la hora de entender aquello que se visita y contempla.</p>
<p>Pero no es la a veces indeseada presencia de un guía lo que más preocupa. Los trámites burocráticos despiertan muy a menudo una comprensible indignación: <em>“Más problemas con mi pasaporte antes de poder embarcar en el vapor con destino a Valencia –más engaños de los inspectores–, más ineficientes puestos aduaneros triplicados que fingen inspeccionar tanto si se entra como si se sale y son sobornados por innobles sumas de dinero”</em></p>
<p>Así resume su desdichada experiencia en 1853 el ingeniero británico George Cayley, y de un modo parecido se expresan viajeros de esa mitad de siglo, denunciando no sólo la ocasional confiscación de objetos sino la facilidad para obtener el favor de los guardias y aduaneros a cambio de algunas monedas. Esta hostilidad de los empleados en la administración hacia el otro, el extranjero, está relacionada sin duda con la mínima presencia de viajeros por España.</p>
<p>Nuestro país no estaba incluido en el <em>Grand Tour </em>que tanto dio a conocer Francia y sobre todo Italia, y los sucesivos gobiernos españoles no facilitaban precisamente la entrada de viajeros, ni su tránsito por sus tierras o su estancia. Los siglos XVIII y XIX se caracterizan en nuestro país por la ausencia de ese fenómeno del turismo que empezaba a desarrollarse por Europa. Algo muy distinto de lo que ocurriría en el XX, donde se consolida una industria floreciente y clave para el avance económico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EXTRAÑOS LOS UNOS DE LOS OTROS Y VICEVERSA</strong></p>
<p>Muchos son los testimonios de los visitantes foráneos hacia 1850 por Andalucía en los que se relatan anécdotas relacionadas con el asombro que producían en algunas poblaciones su presencia y sus objetos. Lady Louisa Tenison relata la perplejidad que causó en Grazalema su paraguas, y describe, sin poder comprender el porqué, la concentración de los vecinos ante su posada con el sólo objetivo de contemplarla.</p>
<p>Extrañeza mutua la del visitante y la del, llamémosle así, nativo. Hasta los comercios resultan chocantes para el viajero. En palabras del científico inglés George Dennis (1939): <em>“Los establecimientos muestran muy escaso parecido con los del norte de Europa. Raras veces poseen escaparate, y generalmente se hallan abiertos al modo de casetas con una persiana de franjas azules y blancas que cuelga a la entrada para protegerlos del aire caliente y los rayos del sol. Una esquina de la persiana permanece a menudo arriada, por usar un término náutico, de modo que permite ver lo suficiente del interior como para informar a los viandantes de la naturaleza de los artículos que allí se venden.” </em>Y muchos otros expresan su desconcierto a comienzos ya del siglo XX por la ausencia de bares, cantinas o tabernas excepto en Barcelona o Madrid. Una ausencia que ciertamente se subsanó, y con grandísima generosidad, tras unas pocas décadas. Y los turistas actuales se quedan a su vez estupefactos ante la abundancia de este tipo de establecimientos en todos los lugares de España.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ENGAÑOS Y VERDADES</strong></p>
<p>Junto a la extrañeza y el asombro se producen las marrullerías de los nativos para de alguna manera engañar a los viajeros o al menos aprovecharse en algo de ellos. La misma Louisa Tenison cuenta cómo el mayoral de la diligencia intenta engañarla no devolviéndole el dinero que le correspondía. No se trata, por desgracia, del único caso. Entre todos destaca, por la importancia del personaje, lo ocurrido al vendedor de biblias George Borrow en 1842, camino a Finisterre. El guía, ya comprometido y pagado, le abandona en manos de su sirviente, asegurándole que él le conducirá a su destino. El sirviente, antiguo marinero, nada sabía de las rutas por tierra firme, y ante la indignación de Borrow, se confiesa incapaz de llevarle a sitio alguno. En definitiva, nada muy diferente a lo que los turistas españoles pueden contar de sus viajes por países menos desarrollados.</p>
<p>Una picaresca fruto muchas veces de la necesidad y la incultura. Al mismo tiempo, todo hay que decirlo, la misma picaresca, el aislamiento de nuestro país y los inconvenientes de su atraso, los gajes, en fin, denunciados por los viajeros constituyen precisamente el mayor atractivo para la mayor parte de ellos, lo confiesen o no. Es el caso de Marguerite Purvis quien con las siguientes palabras está expresando el sentir de otros: <em>“España es probablemente el único país europeo que aún no ha sido invadido por los turistas. En tanto que las galerías pictóricas de Italia, Alemania e incluso San Petersburgo le son ya familiares a la mayoría de los viajeros ingleses, el Museo Real de Madrid, que alberga la que tal vez sea la mejor colección de cuadros del mundo, es relativamente desconocido”.</em></p>
<p>Aunque, al mismo tiempo, se puede percibir en estos viajeros la preocupación por el estado de nuestros monumentos artísticos e históricos. Louisa Tenison habla en distintas ocasiones de su espanto ante el derribo de edificios antiguos de gran valor y su sustitución por construcciones de ningún gusto. Y recrimina el robo por parte de los visitantes de fragmentos de ruinas como las de Itálica, aun justificando el delito debido el abandono en que se encuentran. El juicio de Richard Ford en este campo es implacable. El siguiente párrafo es una buena muestra de su mirada hacia lo español: <em>“La Alhambra –la Acrópolis, el Castillo de Windsord de Granada– es ciertamente </em><em>una perla de valor inmenso en la estimación de todos los viajeros de procedencia extranjera, pues pocos granadinos la visitan ni son capaces de entender el fascinante interés y la intensa devoción que suscita en el extranjero. La familiaridad ha alimentado en ellos la misma indiferencia con la que el beduino contempla las ruinas de Palmira, insensible tanto a la belleza presente como a la poesía y el romanticismo del pasado. Y la mayoría de los españoles, aunque no lleven turbante, muestran la verdadera carencia oriental de la facultad de la admiración y no piensan más que en el tiempo presente y en la primera persona del singular” </em>Reproches, extrañezas, quejas, críticas. Los textos de los viajeros de habla inglesa durante estos siglos abundan en historias y anécdotas que desembocan casi siempre en opiniones negativas sobre las condiciones de su viaje. El innegable atraso de España con respecto a sus vecinos europeos se hace evidente y cada uno pone su empeño en demostrarlo en una gran variedad de circunstancias. Ahora bien, en ese mismo atraso, en esa cualidad de diferente reside, en definitiva, el motivo de su viaje. El estímulo por conocer un país anclado en el pasado, preso aún de unas costumbres ya extinguidas en sus tierras de origen, la curiosidad por contemplar y por vivir en un mundo sujeto a otros hábitos y modos son los que han empujado a estos hombres y mujeres hasta la España de las carreteras indescriptibles, las posadas mugrientas, los trenes impuntuales o los alimentos con eterno olor a ajo. Por nuestra parte, sus descripciones, sus relatos y su mirada nos ayudan a comprender mejor nuestra historia. Además de entretenido, que lo es, resulta muy esclarecedor leerlos. Y ahora están en la red a disposición de todos nosotros.</p>
<p><a href="http://cvc.cervantes.es/literatura/viajeros/presentacion.htm">http://cvc.cervantes.es/literatura/viajeros/presentacion.htm</a></p>
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		<title>León Trotsky: visitante bajo sospecha</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/leon-trotsky-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 10:24:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/leon-trotsky-espana/">León Trotsky: visitante bajo sospecha</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Pilar Mejía<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-45-jesuitas-exploracion-2/">Boletín SGE Nº 45 &#8211; Los Jesuítas en la exploración del mundo</a></p>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El 31 de Marzo de 1916, León Trotsky era deportado de Francia a España para que no extendiese más sus peligrosas ideas en el país. Las autoridades españolas tampoco le dejaron quedarse y fue deportado a Estados Unidos a final de ese mismo año. Su estancia en España fue corta, pero pese a ello, dedicó a nuestro país unas interesantes notas.</strong></p>
<p>Bien cantó Gardel aquello de <em>“siglo veinte, cambalache, problemático y febril”, </em>qué acertado estuvo su autor que en 1934 describió lo que ya se veía venir y aun hoy sorprende. El siglo XX arrancó moviendo los cimientos de los grandes imperios y, en las sacudidas de los años siguientes, parece que incluso modificara la medida de los paralelos y colocara a España repentinamente más al norte. Con esa sensación se queda uno después de leer las notas de León Trotsky durante su breve estancia en nuestro país. <em>“¿Para qué estaré aquí?”, </em>se preguntaba el desconcertado viajero en el otoño de 1916, mientras avanzaba hacia el interior de la península ibérica en un tren proveniente de San Sebastián. <em>“Esto no es Francia, sino algo más meridional, más primitivo, más tosco”, </em>vagones repletos de gente que reía a carcajadas y, sobre todo, hablaba a gritos. Hay cosas que no cambian.</p>
<p>No entraba en los planes de Trotsky cruzar los Pirineos y apartarse de la realidad aterradora en la que se encontraba Europa. La Primera Guerra Mundial llevaba ya dos años acumulando muertos en las trincheras y desgastando la moral de más de sesenta millones de militares, una cifra que aun hoy cuesta asimilar. La contienda le había facilitado continuar el trabajo revolucionario que había dejado estancado durante unos años, escapar de la policía austrohúngara, trasladarse a Suiza y, a finales de 1914, a París, donde colaboró con la prensa en el exilio como Golos (La Voz), <em>Nache Slovo </em>(<em>Nuestra Palabra</em>), o en <em>La Vie Ouvrière</em>, diario de los sindicatos hostiles a la guerra. En poco menos de un año allí, participó y redactó el manifiesto final de la Conferencia Internacional Socialista de Zimmerwald (Suiza), precursora de la Tercera Internacional, pero diez días después de la firma de éste, el 15 de septiembre de 1915, <em>Naché Slovo </em>fue clausurado y Trotsky fue obligado a abandonar Francia. El 30 de octubre, y gracias a la presión de la embajada zarista, después de solicitar asilo en Italia, Suiza y Gran Bretaña, y sin apenas darle tiempo de recibir respuesta, fue conducido a la frontera con España, desde donde comenzó su extraño recorrido por tierra peninsular.</p>
<p>Con treinta y siete años, solo y con el espíritu revolucionario en plenitud, Trotsky emprendió un viaje que no sabía a dónde le conduciría exactamente, un viaje que le exigía algo que no soportaba y que la vida se encargó de obligarle a hacer: observar sin participar.</p>
<p>De esta manera pospuso la redacción de artículos revolucionarios en periódicos clandestinos, por la de una especie de diario sin pretensiones en el que apenas habla de sí mismo, pero en el que apunta las observaciones sobre el carácter de este pueblo cuyo idioma no entendía en absoluto y al que describió con imágenes que encontraríamos ahora en las ciudades del norte de África. ¿En qué momento los Pirineos dejaron de ser la frontera con Europa?</p>
<p>De San Sebastián a Madrid, después a Cádiz y por fin a Barcelona para partir rumbo a Nueva York, de donde regresará directamente a Rusia después de triunfar la Revolución Bolchevique. El itinerario que Trotsky realizó sin querer, y en gran parte a “cuenta del rey”, le permitió hacerse una idea de nuestra idiosincrasia, sobre la que traía bastantes prejuicios que no parece, opinión de quien escribe, haber superado en esta primera toma de contacto. “Cuando, al llegar a una nueva ciudad, una multitud de gente os arrebata la maleta de las manos y, al mismo tiempo, os proponen limpiaros las botas —un “limpia” por cada pie, comprar periódicos, cangrejos, cacahuetes, etcétera, podéis estar seguro de que las ciudad deja bastante que desear desde el punto de vista sanitario; de que hay mucha moneda falsa en circulación; de que en las tiendas cargan los precios sin piedad, y de que las chinches abundan en las fondas”.</p>
<p>Su entrada a través del País Vasco pudo hacerla con el alivio que le suponía la libertad, sin la compañía de los inspectores de policía que le habían acompañado, más bien, llevado hasta Hendaya, asegurándose, a pesar de las formas cordiales <em>Los limpiabotas madrileños que tanto llamaron la atención de Trotsky. </em>y agradable conversación, que se marchaba de Francia con sus ideas revolucionarias. En San Sebastián pudo disfrutar de poco más de veinticuatro horas en contacto con el mar, “<em>un mar severo, pero sin malicias”</em>, una naturaleza menos dulzona que en Niza: “<em>hay más sal y pimienta, esto es mejor”</em>, aunque al entrar en contacto con los lugareños, a pesar de la “variedad de colores y más gritos que allende los Pirineos”, la cosa se tuerce: “<em>la indolencia domina por doquier. En las tiendas se regatea sin fin. Los tenderos son ‘tenderos con psicología’. Los Bancos están cerrados</em>”. La España de la devoción, la mantilla, la capa, el grito, la carcajada y el chapurreo de idiomas le daba la bienvenida, pero “<em>San Sebastián es una playa de moda, con precios dignos de la misma. Hay que ponerse a salvo</em>”. Así que, voluntariamente, pone rumbo a Madrid.</p>
<p>Es difícil encontrar en las notas del diario de Trotsky algo de interés por el país en el que estaba entrando. La distancia con la que habla de lo que le rodea puede ser justificable por la incomunicación a la que está sometido por el desconocimiento del idioma: “<em>Me encuentro por primera vez en una ciudad donde no conozco a nadie, ni nadie me conoce, literalmente nadie. Además no comprendo el idioma, y cuando me siento en un café y oigo el verbo rápido de la conversación española, no entiendo ni una palabra. Condiciones ideales para estudiar un país. Cierto es que no me preparaba para dicho estudio</em>”. Pero sobre todo porque a los diez días de estar en la capital, su estancia libre y supuestamente inadvertida se convirtió en lo contrario al descubrir que desde Francia se había enviado un telegrama advirtiendo de la presencia de un “<em>peligroso anarquista</em>” que circulaba libremente por España, pero que, eso sí, debía ser tratado como un señor. Y sí, es verdad, ¿cómo se le puede encontrar el gusto a un país en el que a cada paso que se da se está siendo vigilado? De ahí que conozca España “<em>a cuenta del Rey</em>”, que tendrá que costear su traslado custodiado a Cádiz y luego a Barcelona, además de su billete a Nueva York, expulsado de Europa. Bastante tuvo en Madrid con “visitar”, como consecuencia de aquel telegrama, la Cárcel Modelo, de la que dice: “<em>En ninguna parte he oído decir que existieran cárceles con celdas de tres categorías y dos de pago; pero al fin y al cabo, hay que reconocer que los burgueses españoles no hacen más que obrar con consecuencia. ¿Por qué debe existir igualdad en la cárcel de una sociedad basada en la desigualdad y dividida en tres clases: la poseyente, la desheredada y la intermedia?</em>”. Como señor que era reconocido, Trotsky tuvo que abonar el importe correspondiente a la celda de primera clase, una que incluso contaba con un visillo para disimular las rejas:1,50 pesetas al día. Curiosas observaciones del ruso, que también se explaya hablando de los bancos madrileños mientras pudo conocerlos durante sus paseos en libertad: <em>“Dos clases de edificios monumentales dominan en Madrid: iglesias y bancos. Los </em><em>marqueses y los condes gastan una millonada en sus panteones familiares y encargan misas para el eterno descanso de sus almas. (…) Pero España no lleva la mayor parte de su dinero a las iglesias, sino a los bancos. Y en la lucha por el alma de España, los bancos levantan enormes edificios, templos de una suntuosidad aplastante. Su número es incontable, y alternan con las iglesias y los grandes cafés”</em>. Es inevitable no hacer paralelismos temporales y pesar en ese alma perdida de la España actual&#8230;</p>
<p>El Paseo del Prado, el Hotel Palace sin clientes por la guerra, la Puerta del Sol donde <em>“existe una verdadera fábrica para la limpieza del calzado”, </em>el Palacio Real, la catedral de la Almudena en construcción, el Puente de Segovia (al que el guía insistente que lo acompaña contra su voluntad “<em>elogia por sus comodidades para el suicidio</em>”) y el Madrid de los Austrias, “<em>viejo, sombrío, con edificios horribles por su incomodidad y el descuido en que se hallan”</em>, forman parte de los recorridos que realiza por la capital y que le dibujan una imagen de la ciudad que, comparada con París, considera “<em>una ciudad provinciana. Movimiento sin objeto, ausencia de industria, abundancia de devoción hipócrita; se guarda rigurosamente el aspecto exterior de las buenas costumbres. En las calles, la prostitución no salta a la vista como en las ciudades francesas. En los cafés, muy pocas mujeres; por las trazas, su presencia en dichos establecimientos está mal vista. Se toma mucho café, se bebe poco ajenjo. Los hombres permanecen sentados y hablan como gente que dispone de mucho tiempo. En los cafés no hay periódicos, hay que traerlos consigo, pero los cafés, al contrario que los de París, son enormes. Por la expresión de los rostros, se adivina una vieja raza, pero que se ha dejado decaer; en los músculos faciales, como en los del cuerpo, ausencia de tensión, como también ausencia de concentración en la mirada. (…) Por las calles circulan los asnos, cargados con grandes cestas en los costados y, balanceándose encima de las cestas, una campesina. Todo esto sigue igual absolutamente igual que en los tiempos de Dulcinea del Toboso y hasta de sus lejanos bisabuelos. A veces os despertáis con sobresalto, imaginándoos que se ha declarado un incendio. Resulta que están conversando bajo vuestra ventana. No disputan, sino que precisamente conversan”. </em>En sus paseos sin embargo concluye que a pesar de todo, Madrid es una gran ciudad, que además, por su papel neutral en la Gran Guerra, “<em>no teme a los zepelines”.</em></p>
<p>Después de su detención, que no arresto, por tener ideas demasiado adelantadas para España, Trotsky se convierte en un documento curioso para conocer con la ironía habitual de este revolucionario, y desde su experiencia, como se vivía en España durante la Primera Guerra.</p>
<p>Recorrió en tren media península, custodiado por dos policías que le recuerdan su salida de Francia y que compara así: “<em>La cultura de los policías franceses es superior; a pesar de su incontinencia verbal, hay cuestiones sobre las cuales no expresan su opinión o a las que aluden en términos generales. Estos </em>[los españoles] <em>no tienen ningún principio, ni tan siquiera profesional que los contenga</em>. (…) <em>Uno de ellos se ofendió mucho cuando, al despedirme de la patrona de la casa de huéspedes de Madrid, le dije que los españoles eran unas buenas personas. Madrid es una buena ciudad; pero la policía española es mala. Protestó: ‘los de arriba, los jefes, son malos. Nosotros no somos más que soldados.’ Es indudable que él es capaz de cualquier villanía. Aplastaba las nueces con los dedos, como si éstos fueran tenazas. Lo mismo haría con un hombre”.</em></p>
<p>Atravesando la tierra de Don Quijote alaba el paisaje y apunta: “<em>observo en el vagón la sociabilidad de los españoles, su amabilidad, su dignidad, su hombría de bien; pero al mismo tiempo, su suciedad: escupen en el suelo, arrojan papeles y colillas bajo los asientos, esto no es Alemania, ni Suiza, ni Francia tampoco&#8230;”. </em>Otra vez esa imagen de ciudad africana, de paralelo que se desplaza al norte&#8230;. En los apuntes de sus peripecias por España, Trotsky incluye algunas conversaciones con lugareños que permiten ver la incoherencia de las opiniones, la bondad, la ingenuidad y la ignorancia de un mundo que se estaba destrozando al otro lado de los Pirineos. En Cádiz, y siempre vigilado por un policía que más bien pretendía ser su amigo (el ruso marcó rápidamente las distancias), tuvo la oportunidad de acercarse a algunas librerías y valorar el pasado glorioso de aquella tierra que fue el balcón de Europa. También allí recogió testimonios de la Gran Guerra en su faceta marítima, y desarrolló aun más desde su llegada a España, el don de la paciencia, matando el tiempo durante más de un mes bajo el cálido sol de una ciudad bella y un mar ajeno</p>
<p>al que conoció en San Sebastián, paseando entre palmeras, incluso escuchando el sonido de las polillas devorando libros envejecidos en las bibliotecas.</p>
<p>Trotsky reconoce el carácter cómico de su estancia en España y termina por adaptar esos días de espera y mezclarse. Descubre la zarzuela y cómo la ciudad gaditana se prepara para la Navidad. Toma apuntes históricos de los libros que descubre llenos de polvo, y entabla conversaciones con los pocos lugareños que se atreven con el francés. Así llega el día en que tiene que trasladarse a Barcelona (una “Niza, en un infierno de fábricas”) y tomar allí el barco que lo llevará por fin a Nueva York. Hará escala por los puertos de Málaga y Algeciras además del que se encuentra, pero España es así y tiene que coger el tren para ir al primer puerto.</p>
<p>Cuando vislumbra la ciudad americana, Trotsky escribe: “<em>Arboleda de invierno, edificios de puerto, todo predice la gigantesca mole que por ahora se oculta aun en el amanecer brumoso. Aquí termina España”</em>, y pone fin a unos apuntes que no habrían visto la luz sin la insistencia y posterior traducción al castellano de Andrés Nin, amigo del autor. En el prólogo, escrito en su destierro de Constantinopla en julio de 1929, el autor dice: “<em>No viví en España como investigador u observador, ni siquiera como un turista en libertad. Entré en este país como expulsado de Francia y residí en él como detenido en Madrid y como vigilado en Cádiz, en espera de una nueva expulsión. (&#8230;) Pero si este librito puede despertar el interés del lector español e inducirle a penetrar en la psicología de un revolucionario ruso, no lamentaré el trabajo que ha hecho mi amigo Nin para traducir estas páginas escuetas y sin pretensiones.”</em></p>
<p>El siglo veinte estaba dando ya la vuelta a la historia y Trotsky, personaje de excepción en ésta, se encontraba a las puertas de volver a Europa y protagonizar uno de los grandes episodios del siglo.</p>
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<p><em>n (Fragmentos extraídos del libro “En España. Diario de un viaje, 1916 – 1917”, Lev Trostky. Ed. Doble J, Aracena 2011)</em></p>
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		<title>El viaje de un veneciano por la España de Carlos V</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/andrea-navajero/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Jul 2023 11:52:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVI y anteriores]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Javier Gómez-Navarro</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Javier Gómez-Navarro<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-44-exploradores/">Boletín SGE Nº 44</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Andrea Navajero es conocido por haber escrito uno de los mejores libros de viaje por España en la primera mitad del siglo XVI. Llegó en 1525 a la Corte de Carlos V para conseguir un tratado de paz entre la república veneciana y España. Viajó desde Barcelona a Toledo y después se sumó al largo viaje que hizo la Corte por Andalucía. En diciembre de 1526 se trasladó a Valladolid pero allí consideró terminada su misión y regresó a su patria en 1528. De su viaje nos dejó un relato pormenorizado que nos muestra una perfecta instantánea de la península en el siglo XVI, sus paisajes urbanos y sus gentes.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Navajero vino a España como embajador de la Republica de Venecia ante el Emperador Carlos V en los momentos más complicados de las luchas entre Francia y España, entre el Emperador y Francisco I, Rey de Francia. Era el momento de máximo esplendor de los turcos, que amenazaban a todos los países del sur de Europa, y por otro lado, los diferentes estados italianos mantenían una lucha continua entre ellos, con permanentes intrigas internas por el poder.</p>
<p>El Renacimiento había llegado a su culmen y la cultura griega y romana había llegado a Italia, pasando por los árabes españoles y la escuela de traductores de Toledo. El latín era todavía la lengua culta de Europa y al mismo tiempo, la imprenta generaba una nueva clase de impresores y eruditos que se esforzaban por publicar la obra más correcta con la traducción más fiel al original.</p>
<p>Venecia lideraba este espacio cultural, y dentro de Venecia era Aldo Manucio y sus prensas las que publicaban los mejores libros, con el apoyo continuo de los intelectuales y literatos más importantes de toda Italia. Dentro de esa élite los miembros más destacados eran el Cardenal Bembo, el geógrafo Juan Bautista Ramusio y nuestro Andrea Navajero.</p>
<p>Navajero, que era cronista oficial de la ciudad y bibliotecario de San Marcos, recibió el encargo del Senado de escribir la historia de la República veneciana en latín. Menéndez Pelayo dice de él que era un exquisito, quizás en exceso, imitador de Cicerón y muy poco prolífico. El viaje a España y las cartas que le envió sobre el mismo a su amigo el geógrafo Juan Bautista Ramusio son parte de lo más selecto de su producción. En España, el veneciano ejerció una importante influencia sobre Francisco de la Torre, miembro del Consejo del Emperador y su Embajador en Venecia, y sobre Boscan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Embajadores con doble juego</strong></p>
<p>Los venecianos en ese momento desconfiaban y temían a Carlos V y por eso enviaron como embajador a un hombre de letras y no a un político, pues no pretendían realmente llegar a acuerdos, sino ganar tiempo para seguir el devenir de los acontecimientos entre España y Francia y, complementariamente, Turquía. Navajero tenía que llevar a cabo un doble juego aparentando interés por parte de Venecia en mejorar las relaciones con España, mientras al mismo tiempo formaba parte de la Liga con Francia y el Vaticano. Esto influirá en el tono del relato de su viaje, que será claramente descriptivo y entra muy poco en los acontecimientos políticos que se desarrollan simultáneamente.</p>
<p>El viaje por España de Navajero comienza el 24 de abril de 1525, cuando llega en barco a Palamós, y finaliza el 29 de mayo de 1528 cuando sale por la frontera de Fuenterrabía. La primera edición del libro no se publica hasta 1563: Navajero le envía el manuscrito a su amigo Juan Bautista Ramusio, geógrafo y editor de la primera compilación de viajes conocida y en la que se incluye la primera edición de “La descripción de Africa” de León el africano”. Ramusio se lo cede a su hijo y este se lo enseña años después al editor Domingo Farri que finalmente lo publica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Barcelona, Zaragoza, Guadalajara</strong></p>
<p>Navajero es nombrado por el Senado de Venecia embajador ante el Emperador Carlos V el 23 de octubre de 1523 pero no parte de Venecia hasta el 14 de julio de 1524. Cuando está a punto de embarcar camino de España se declara la guerra entre Francia y España en la que el ejército francés sería derrotado desastrosamente en Pavia (en octubre de 1524) y el rey Francisco I caería prisionero.</p>
<p>Estos acontecimientos retrasaron aún más la salida hasta el 6 de abril de 1525, fecha de su embarque Genova, para emprender un viaje que resultará espantoso por una gran tormenta que les obliga a hacer una escala en Calvi (Córcega).</p>
<p>Al fin, desembarca el 24 de abril en Palamós y se encamina entonces hacia Barcelona, a donde llega el 1 de mayo. Navajero descubre Barcelona: <em>“Barcelona es una bellísima ciudad magníficamente emplazada y con gran número de bellísimos jardines en los que hay naranjos, mirtos y cedros. Las casas son buenas y cómodas, construidas con piedra y no con tierra como en el resto de Cataluña. Está junto al mar, pero carece de puerto. Tienen un arsenal donde otras veces solía haber buen número de galeras, pero ahora no hay ninguna. No hay mucha abundancia ni de pan ni de vino, pero sí gran cantidad de frutos de todas clases; la causa está en la falta de hombres en el campo, lo que dicen se debe a la guerra que tuvieron con el Rey Don Juan, por motivo de su hijo Don Carlos, Príncipe de Viana. </em><em>Están sujetos a la Corona de España, pero de tal modo que ellos gobiernan sus tierras con tres Cónsules y el Consejo, y tienen tantos privilegios que es muy poco lo que el Rey les puede ordenar. De estos privilegios y costumbres que tienen, la mayoría no son, en verdad, muy honestos; por ejemplo, los bandos que tienen entre ellos o la costumbre de que, quien lleva vituallas a la Ciudad, aunque haya matado a un hombre, puede entrar impunemente; y, como estos, otros muchos que demuestran su abuso de la libertad que tienen. Hacen pagar grandísimas cantidades por cualquier cosa , sin perdonar a persona alguna, ya sean Embajadores o similares, e incluso el mismo Emperador. A las naves que tocan en su puerto, aunque no descarguen la mercancía, las hacen pagar por todo cuanto llevan dentro. Y cuando va allí la Corte, se hacen pagar los alquileres de las casas, lejos de toda razón. Y en todo lo demás hacen lo mismo, de suerte que, estando allí la corte, el dinero que dan al Emperador allí se queda.”</em></p>
<p>Continua viaje hacia el sur el 12 de mayo llegando a Zaragoza el 25 de Mayo y de ella dice: <em>“Zaragoza fue llamada por los antiguos César Augusta, y se trata de una bellísima ciudad situada en las orillas del Ebro, con bellísimas casas construidas todas con ladrillos y, entre sus calles, una, sobre todo, magnífica; junto a dicha calle se halla, entre muchas otras iglesias, la de Santa Engracia, con su bellísimo monasterio construido por el Rey Católico y por la Reina Isabel que, entre otras cosas, tiene trabajos de yeso bellísimos; es de los jerónimos. Son también muy bellas las Catedral y algunas otras. Fuera de la cuidad hay un palacio, casi castillo, fabricado por los Reyes moros (La aljafería) donde habita el Virrey.”</em></p>
<p><em>“Guadalajara es una magnífica población y tiene casas bellísimas, entre otras un palacio que fue del Cardenal Mendoza, Arzobispo de Toledo, y uno del Duque del Infantado que es el más bello de España. Viven allí muchos caballeros y personas de cuenta, y también el Duque del Infantado, que, aunque la tierra sea del Rey, puede considerarse señor del lugar. Este Duque vive con grandísimos gastos y, a pesar de tener unos cincuenta mil ducados de entrada, los gastos son superiores. Tiene una magnífica hueste de doscientos infantes, muchos hombres de armas y una capilla de excelentes músicos, mostrando ser muy liberal en todo. </em><em>El día 6, saliendo de Guadalajara, cruzamos el río Henares por un bello puente de piedra con una torre en medio y fuimos hasta Alcalá de Henares, a cuatro leguas (dieciséis millas). En Alcalá hay un Estudio de Artes fundado por Fray Francisco Ximénez (Cisneros) Arzobispo de Toledo y Cardenal, el cual embelleció mucho a dicha población: edificó el Estudio en el que se leen las lecciones en latín y no en castellano como en los otros Estudios de España.”</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Toledo, Sevilla, Granada</strong></p>
<p>El viaje del embajador veneciano continúa hacia el sur: <em>“El día 11, después de caminar dos leguas (seis millas), hicimos la entrada en Toledo, donde se encontraba el César con la Corte. El Cesar envió en busca mía, a la entrada de Toledo, al Almirante de las Indias, hijo de Colón, y al Obispo de Avenea, viniendo, además de ellos, gran parte de los Embajadores de Italia. La ciudad de Toledo se levanta sobre un áspero escollo rodeado, casi por tres partes, por el río Tajo; por donde no pasa el río es fuerte también por la inclinación del monte, pelado y áspero, pero tiene por delante, y en su parte baja, una llanura que se llama la Vega. Por todas las demás partes, pasado el río, hay collados y montes asperísimos, más altos que aquel en que se eleva la Ciudad, de modo que, aunque esté en alto, por verse dominada casi por todos lados por montes mayores, se halla tan oprimida y tan cerrada que en verano hace un gran calor; en invierno es muy húmeda por no darle mucho el sol.” (…) En Toledo estuve con la corte desde el 11 de junio de 1525 hasta el 24 de </em><em>febrero de 1526, esto es, más de ocho meses. Después, habiendo el César libertado al Rey cristianísimo, y hechas las capitulaciones de paz en Madrid, determinó trasladarse a Sevilla, para donde yo partí el día 24 de febrero por el camino de Nuestra Señora de Guadalupe.”</em></p>
<p>Y por fin, Navajero llega a Sevilla el 7 de marzo.</p>
<p><em>“La ciudad de Sevilla se extiende por una llanura situada en la margen izquierda del Betis, que ahora llaman Guadalquivir, y puede tener de cuatro a cinco millas de perímetro; se asemeja mucho más que ninguna otra ciudad de España a las italianas, tiene calles anchas y bellas, pero las casas, en general, no son muy buenas. Hay, sin embargo, algunos Palacios tan buenos que no los he visto ni mejores ni más hermosos en toda España. Tiene muchos jardines dentro y no pocos solares, como ciudad no muy habitada y con poca población. Tiene algunas soberbias iglesias, sobre todo la Catedral, que es bellísima y mayor que la de Toledo, aunque no esté tan adornada ni sea tan rica. </em><em>Rodeando todo este claustro y la Catedral por la fachada principal y por uno de los lados exteriores hay un enlosado de mármoles bastante ancho, todo cerrado con cadenas, del cual se desciende a la calle por algunas gradas. Allí se reúnen todos los días muchos gentilhombres y mercaderes a pasear, y es el reducto más bello de Sevilla, al que llaman las gradas. En la calle y plaza que se extienden delante acostumbra a haber también mucha gente, haciéndose allí muchos engaños y habiendo una especie de mercado. Esta plaza es bastante ancha por ambos lados, como he dicho, y por uno de ellos bastante larga. (…)</em></p>
<p>Navajero permanece en Sevilla hasta el 21 de mayo y parte para Granada, siempre siguiendo a la Corte y al Emperador.<em> “La Ciudad de Granada se halla parte en alto y parte en la llanura, pero la parte alta es la más importante; se extiende por tres colinas, todas separadas entre sí, y de las cuales una se llama Albaicín, porque allí fueron a habitar los moros de Baeza cuando les quitaron sus tierras los cristianos; la otra se llama la Alcazaba, y la tercera, Alhambra, más separada de las otras dos que aquéllas entre sí, porque entre ella y las otras hay un pequeño valle en el que no abundan las edificaciones y por el que pasa el Darro. La Alhambra está amurallada y es como un castillo separado de la ciudad, a la que domina casi enteramente. Dentro del recinto hay gran número de casas, pero la mayor parte del espacio está ocupado por un bello </em><em>palacio que perteneció a los Reyes moros, muy hermoso, en verdad, y construido con gran suntuosidad tanto de mármoles finos como de cualquier otra cosa; los mármoles no se hallan en los muros, sino en los suelos; hay un gran patio a la manera española, muy bello y grande, rodeado todo él por las edificaciones, y tiene, a un lado, una torre singular y bellísima, que llaman la Torre de Comares, en la que hay algunas salas y cámaras muy buenas, con las ventanas hechas muy gentil y cómodamente y con labores moriscas excelentísimas tanto en los muros como en los techos; parte de ellas son de yeso con muchos dorados, y parte de marfil y oro incrustado; todas, en verdad, son maravillosas, pero sobresalen los techos y muros de la sala baja. El patio está completamente embaldosado con finísimos y blanquísimos mármoles, habiendo algunas losas de gran tamaño; por medio corre una especia de canal, alimentado por el agua de una fuente que entra en Palacio y que pasa por todas partes, incluso las habitaciones. (…)</em></p>
<p>Navajero hace una amplia descripción de la ciudad pero también de sus gentes: <em>“Los españoles, tanto en esta región de Granada como en el resto de España, no son muy industriosos, y no plantan ni trabajan a gusto la tierra, sino que se van de mejor gana a la guerra o a las Indias a adquirir fortuna. Aunque en Granada no hay tanta gente como en tiempo de los moros, sigue siendo populosísima, y tal vez no hay otra región en España que lo sea tanto; los moriscos hablan su antigua lengua nativa y son pocos los que quieren aprender el castellano. Son cristianos medio a la fuerza, y están poco instruídos en las cosas de la fe, pues se pone poco cuidado en ello, ya que es más ventajoso a los curas que sean así. Por dentro, o son tan moros como antes, o no creen en nada. Son muy enemigos de los españoles, que, en verdad, no les tratan muy bien. Cuando el Rey Católico conquistó este reino concedió que no entrase allí la Inquisición durante cuarenta años; éstos se cumplieron estando nosotros en Granada, y, justamente el día antes de partir yo, hicieron su entrada en ella los inquisidores. Esto podrá arruinar fácilmente la ciudad si inquieren y proceden severamente contra los moriscos.”</em></p>
<p>El veneciano parte de Granada el 7 de diciembre y llega a Toledo el día 21. Allí pasa las Navidades con el Emperador y sale el día 1 de enero hacia Segovia, ciudad en la que queda maravillado sobre todo ante su antiguo acueducto <em>“que es esbeltísimo, sin que yo haya visto ninguno que se le puede parangonar ni en Italia ni en ningún otro sitio; trae el agua a la parte alta de la ciudad desde una milla de distancia, agua que viene todavía, y surte a aquella parte que está sobre la cresta, y también, como es natural, al resto de la población; está hecho de piedra suelta rústicamente labrada, como el anfiteatro de Verona, al que de lejos se </em><em>asemeja muchísimo por el grosor de los pilares y la altura de los arcos.” </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Navajero en Castilla</strong></p>
<p>Continúa después hacia Valladolid donde llega el 10 enero y donde permanece con la corte hasta el 27 de agosto de 1527.</p>
<p><em>“Valladolid es la mejor población de Castilla La Vieja; tiene abundancia de pan, de vino, de carne y de todas las demás cosas necesarias para la vida del hombre, tanto por ser su terreno muy bueno como porque tiene alrededor muy buenos pueblos, todos en campo feraz, que suministran a Valladolid cuanto necesita. Tal vez ésta es la única ciudad de España en la que no se encarece ninguna cosa con la llegada de la corte; está situada sobre la orilla izquierda del Pisuerga. Hay en Valladolid infinidad de artesanos que hacen trabajos finísimos de todas clases, sobre todo de plata, habiendo más plateros que en dos de las más </em><em>importantes ciudades de España juntas. Esta abundancia de artesanos tal vez se deba a que suele estar casi siempre allí la Corte, por lo que viven continuamente muchos nobles y señores, bastantes con magníficas casas, por ejemplo el Conde de Benavente que tiene un palacio bellísimo. Además de los artesanos hay muchísimos mercaderes, tanto del lugar como forasteros, por la comodidad de la vida y porque están muy próximos a los lugares de Castilla donde se celebran ferias, como son Medina del Campo, Villalón y Medina de Ríoseco, ninguno de los cuales dista más de ocho leguas de Valladolid.”</em></p>
<p>La corte abandona Valladolid por la peste y marcha a Palencia, al no poder acoger esta ciudad toda la corte envía a los embajadores a Paredes de Nava donde permanecen hasta el 15 de octubre. Durante este tiempo viajan con frecuencia a Palencia para tratar con el Embajador temas de su Embajada. Al no amainar la peste en Valladolid el emperador decide desplazarse a Burgos a donde le sigue toda la corte y los embajadores. De esta próspera ciudad castellana nos deja también una amplia descripción, en la que destaca su carácter triste y melancólico: <em>“En general, tiene buenas casas, pero las calles son estrechas, sobre todo una, que es casi la principal, donde habitan todos los mercaderes, que se llama la calle Tenebrosa por lo oscura; el resto de la población tampoco es alegre, y hay pocos sitios que no sean melancólicos. </em><em>A esta melancolía contribuye admirablemente la del cielo, que está casi siempre triste y nublado, siendo muy raro ver allí un sol claro, por lo que no venía mal el dicho de Don Francés de que «Burgos llevaba luto por toda Castilla, y que el sol, al igual que las demás cosas, viene a Burgos de acarreo ». Hace mucho frío, es abundante en nieves y heladas que duran mucho, aunque su breve verano es, a veces, calurosísimo, por lo que dicen en España que en Burgos hay diez meses de invierno y dos de infierno. Llueve muchísimo y en su parte baja hay un valle por cuyo centro transcurre un río llamado Arlazón; el valle es muy verde y está lleno de árboles, sobre todo infinitos sauces, lo que sería ciertamente muy hermoso y agradable si se hallase en lugar donde apeteciese el fresco. (…)</em><em> </em></p>
<p>De su estancia en Burgos, apunta en sus cartas que <em>“todo este tiempo anduvimos en negociaciones para lograr la paz entre el Rey y la Liga. Los Embajadores de la Liga presentes entonces en Burgos” eran: el del Papa, el Rey de Francia, el Rey de Inglaterra, el Duque de Milán y la Señoría de Florencia.”</em></p>
<p><em>“Tratadas largamente todas las cuestiones relativas a la paz por todos los Embajadores citados, y no encontrándose el modo de venir a conclusión, o no queriendo Dios hacernos gracia todavía de la tan deseada y necesaria paz, acordamos todos obtener licencia del César y regresar a nuestros países como teníamos órdenes de hacer de no ajustarse la paz. Fuimos todos juntos a solicitar esta licencia; a la tarde siguiente fue enviado Don Lope Hurtado de Mendoza a decirnos, a los Embajadores de Francia y de Florencia y a mí, que al César le placía que dejásemos la Corte, lo que deberíamos hacer al día siguiente, pero que quería que estuviésemos en un lugar llamado Poza, situado a ocho leguas de distancia, mientras sus Embajadores en Francia y en Venecia eran avisados de que partiesen a su vez, y que de ello se tuviese alguna respuesta. El día que partimos, que fue el 22 de enero, los Embajadores franceses e ingleses conjuntamente, que los heraldos de sus Reyes, fuesen solemnemente con sus hábitos de heraldo a declarar la guerra al César, lo que se </em><em>realizó en la mañana de dicho día 22. </em><em>Al marchar el César de Burgos a Madrid un mes después, esto es, el 20 de febrero, envió también a Poza a los Embajadores ingleses ya citados y al del Duque de Milán. Fuimos tratados bien por Lope Hurtado. </em><em>El día 23 de abril, al salir el César de Madrid para Valencia, tuvo noticias de que su Embajador en Francia estaba ya de vuelta en España y había llegado a Bayona, por lo que acordó dejarnos partir a nosotros.”</em></p>
<p>Partieron de Poza el 19 de mayo, recorriendo el norte de la provincia de Burgos entrando en el País Vasco por Vitoria, Navarra y llegando a Guipúzcoa, donde queda sorprendido por la lengua, el vascuence, y también por la caprichosa forma de arreglarse de las mujeres: <em>“En esta región las mujeres llevan un arreglo de cabeza muy caprichoso: se envuelven ésta con una tela casi a estilo turco, pero no en forma de turbante, sino de capirote, y van adelgazándolo tanto que le tuercen después la punta y hacen que resulte muy parecido al pecho, cuello y pico de una grulla; este mismo tocado está extendido por toda Guipúzcoa y dicen también que en Vizcaya, y no varía de una mujer a otra sino en que con aquella especie de cresta hacen mil formas caprichosas, haciéndole semejar cosas diversas.</em></p>
<p><em>La lengua de Guipúzcoa y de Vizcaya es la misma, llamada vascuence, sólo que en una parte de habla más correcta y elegantemente que en la otra y es la más nueva y extraña que yo hubiese visto ni oído nunca; exclusivamente suya, sin palabra alguna semejante a la lengua castellana ni a ninguna otra, de modo que fácilmente se puede pensar fuese ésta la primitiva lengua de España antes de que viniesen los romanos; no la escriben, pero quien quiere hacerlo aprende castellano y escribe en esta lengua por lo que la mayor parte de los hombres de esta región sabe el castellano, y las mujeres ninguna otra fuera de la suya natural; </em><em>éstas son bastante bellas y blancas. (…)</em></p>
<p><em>(…) La riqueza de esta tierra es el hierro y el acero, del que obtienen tanta cantidad que se me ha dado como seguro que entre Guipúzcoa y Vizcaya obtienen cada año ochocientos mil ducados. Muchos dicen que ambas regiones han sido en los tiempos antiguos de los cántabros; pero otros creen que Guipúzcoa fue vasca. Guipúzcoa tiene bastantes puertos de mar, de los que el más próximo a Francia es Fuenterrabía; luego están los Pasajes, San Sebastián, Orio y Deva, comenzando seguidamente Vizcaya. La ciudad más importante de Guipúzcoa es San Sebastián, a la que sigue Tolosa, en Vizcaya la mejor es Bilbao.”</em></p>
<p>El día 29 de mayo se intercambian en Fuenterrabía los Embajadores francés y español y cruzan todos a Francia por Hendaya, San Juan de Luz y Bayona. Así concluyen las cartas de Navajero, que en su conjunto son un fresco relato de los paisajes y gentes de la España de Carlos I.</p>
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		<title>La Granada que contaron los románticos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/mr-irving-alhambra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Jul 2023 10:20:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/mr-irving-alhambra/">La Granada que contaron los románticos</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Emma Lira<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-33/"> Boletín SGE Nº 42</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>De manera pretendida o espontánea, la Granada de la primera mitad del siglo XIX atesoró en torno a ella una expectación sin precedentes. De la noche a la mañana, la ciudad andaluza se convirtió en refugio de pintores que ensalzaban la luz de la Alhambra, de escritores que recreaban escenarios de ensueño, de nostálgicos en busca de leyendas olvidadas, o sencillamente de viajeros extranjeros a la caza de experiencias. Entre los intelectuales europeos y norteamericanos, hubo un momento en el que, quien no había estado en Granada, no había vivido. La Granada turística de hoy tiene mucho que agradecer a aquellos primeros románticos que se enamoraron de sus palacios, sus paisajes y su herencia musulmana.</strong></p>
<p>Una ciudad nacida en torno a un palacio que hace ochocientos años pretendió recrear la idea musulmana del paraíso; una fortaleza perdida capaz de hacer llorar a un sultán y respetada por los enemigos, rendidos ante su belleza… Granada atesoraba todos los ingredientes para convertirse en una ciudad de cuento, al más puro estilo de <em>Las Mil y Una Noches</em>, y la primera mitad del siglo XIX fue pródiga en viajeros nostálgicos en busca de escenarios fantásticos. Las ciudades modernas y las revoluciones liberales deja-ron tras de sí el eco de un pasado que se esfumaba y un puñado de intelectuales que buscaban un paisaje agreste, una historia tormentosa de la que enamorarse. La Andalucía de la época, racial y costumbrista, con contrabandistas y bandole-ros, precursora de una música que desgarraba el alma y heredera de una arqui-tectura y un pasado oriental que rozaba la leyenda, representaba el extremo opuesto de la Europa ilustrada y racional. Granada y la excitable imaginación de los románticos estaban destinados a encontrarse. ¿Quién fué el primero que “aterrizó” en aquella ciudad fortificada sobre coli-nas? ¿Quién llegó por primera vez a aquella extensión de casitas encaladas con alma de medina que se deslizaban hasta el Darro, a aquel escenario que parecía intocado por la historia? Las imágenes de Granada fueron probablemente el primer peldaño en la escalera ascendente que proyectaría la ciudad al mundo. Pintores como Girault de Prangey, John Frederick Lewis o David Roberts, en-104 / SGE contraron en Granada, y en especial, tras las derruidas paredes de la Alhambra, una fuente constante de inspiración. Cada uno pintó la ciudad a su manera; Roberts inundándola de una luz y un color que evocan en nuestras pupilas una estética oriental; Lewis, a través de sus personajes: majos, toreros, flamencos y bandoleros orlados de ojos fieros y grandes patillas; Prangey con trazos sobrios y afilados, resaltando el rostro más arquitectónico de la ciudad. Todos ellos recrearon la realidad, pero no la retrataron fielmente. Aunque a través de sus imágenes, a día de hoy podemos saber cómo era el Arco de las Orejas, el Puente del Carbón o el pilar de dos arcos de la Plaza Nueva, cada uno a su estilo buscó su reinterpretación de Granada, la exposición de su propia búsqueda idealista de la belleza y el exotismo. Así fue como la imagen de Granada se extendió por el mundo, idealizada, hermosa y expuesta, y a partir de ese momento, como afirma la escritora Carolina Molina, “nadie en su sano juicio deseó quedarse en casa, después de haber visto una imagen de la Alhambra”. Pero a esa Granada enriscada en su loma, orgullosa en sus viejas y desgarradas vestiduras musulmanas, bella y esquiva, le faltaba aún la voz. ¡Y qué voz!. Granada tenía mucho que contar. Granada conservaba reciente la magia de dos lenguas entrelazadas, el rumor del Darro o el Genil en sus callejas, el viento cargado de nieves del Sur que batía los patios de la Alhambra, antiguas leyendas murmuradas en susurros, o el canto del agua en los aljibes del Albayzin y en las acequias del Generalife… la ciudad parecía esperar a un trovador entregado que le hiciera los honores para regalarle su historia, sus leyendas y un universo pleno de fantasías. Y éste apareció bajo los ropajes de un diplomático estadounidense, curioso e inquieto, que llegó a nuestro país intrigado por su historia y que tuvo la oportunidad de vivir en el lugar que le fascinó desde el primer momento: la Alhambra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA GRANADA DE MR. IRVING</strong></p>
<p>Hoy, y para cualquier de nosotros esa posibilidad no deja de ser un suelo romántico, pero en el año 1829, el antiguo palacio nazarí, lejos de sus murallas remozadas y sus espectaculares salones tallados de consignas religiosas en un idioma hecho de volutas ingrávidas, no pasaba de ser un solar ruinoso que daba cabida a mendigos, tullidos, buscavidas e inválidos en una suerte de “corte de los milagros”. Todos ellos recibían el dudoso honor de ser considerados “hijos de la Alhambra” y distaba mucho de ser el tipo de compañías a que Mister Irving estaba acostumbrado, pero en contraposición todos ellos destilaban un halo de realidad que junto a la magnitud histórica y artística de su entorno, cautivaron al escritor, quien, como un sultán reencarnado, vagaba por las estancias desnudas y pasaba las horas muertas observándoles o escuchándoles en su español cada vez menos precario. Así nacería, en 1832, la obra más famosa de Washington Irving y el texto al que más debe Granada, “Cuentos de la Alhambra”, un libro de relatos fantasiosos, en los que personajes reales se dan la mano con otros sacados de “Las mil y una noches”, y que inmediatamente se convirtió en una guía de viajes –e incluso una Biblia– para señoritos ricos y desubicados que buscaban una Atlántida a la que ensalzar. Granada poseía la cercanía –y la estabilidad política– de Europa, pero también ese toque asilvestrado, pasional y he-rético que fascinaba a unos intelectuales hambrientos de nuevas experiencias. Buscando ese algo que fascinó a Irving, a Granada llegarían nombres como Merimee, Teófilo Gautier, Alejandro Dumas, Laborde, Victor Hugo o Hans Christian Andersen, entre otros. Para todos, la ciudad y su monumento estrella se convirtieron en un mito, en una imagen encantada en la que recrear sus pupilas desde la lejanía de unas patrias propias que ellos percibían como frías y predecibles. Así, Granada, como todo lo que no se tiene, o lo que se abandona demasia-do pronto, se convirtió en algo admirado, deseado y recordado. Y ese halo de pérdida sirvió para que fuera aún más deseada a los ojos de los demás. Pero quizá fuese Teófilo Gautier el primer escritor que tratase de insuflar a esa Granada soñada un soplo de realidad. Gautier llegó a España en 1840 cautivado por los dibujos de David Roberts. Quizá por eso, la Granada que descubrió se le reveló en toda su crudeza, una vez limpia de la pátina del color y de la visión idealizada del pintor y se sintió obligado, por primera vez, a reflejarlo. <em>“Debemos prevenir a nuestros lectores”, se atreve a advertir, “que podrían encontrar nuestras descripciones, aunque de una escrupulosa exactitud, por debajo de la idea que se han formado de la Alhambra, ese palacio fortaleza de los antiguos reyes moros,</em> <em>que no tiene en absoluto el aspecto que le da la imaginación (…). Por fuera no se ve más que gruesas torres macizas color ladrillo o pan tostado, construidas en diferentes épocas por los príncipes árabes. Por dentro, sólo una serie de salas y gale-rías decoradas con una delicadeza extrema, pero sin nada de grandioso” </em>Gautier se adentra en la Alhambra, desvistiéndola de su halo seductor, observándola con criterio artístico y espantándose ante el abandono que asola sus estancias y ante sus los parámetros equivocados bajo los que –poco a poco– se orquesta su restauración. Su compatriota, Josephine de Brinckmann, quien viajó a España una década después, secundó su opinión y su espíritu crítico y denunció el tráfico existente que algunos extranjeros –él, desde su supremacía francesa afirma que ingleses– mantenían con los trabajadores de la Alambra, comprándoles trozos del estuco que se desprendía de las paredes. <em>“Si el gobierno no aporta un serio y rápi-do cuidado a la restauración y al mantenimiento de esta obra maestra oriental – expondrá– en veinte años no quedarán apenas restos de la Alhambra”. </em>Será un inglés, sin embargo, otro de los viajeros que más se preocupen por el bienestar del palacio nazarí. En su <em>“Manual para viajeros por Andalucía”</em>, Richard Ford compara la indiferencia que la Alhambra provoca en los granadinos, con la que los beduinos sirios sienten por las fastuosas ruinas de Palmira, ignoran-tes de su simbolismo y su significado. Quizá es el primer visitante ilustre, consciente del papel comprometido, que él, y otros tantos escritores, tienen a la hora de impedir la desaparición de la Alhambra. Ford, como Davillier expondrá por escrito, para vergüenza de generaciones posteriores, casos como el del oficial ca-talán Luis Bucarelli, quien vendió la armería y los mejores azulejos para sufra-gar una corrida de toros, el del espléndido jarrón con el que en 1862 se obsequió a una dama francesa –el mismo que los moros vencidos habían enterrado lleno de oro, si hacemos caso a las leyendas–, la puerta de bronce de la mezquita, que se vendió a peso de metal viejo, o las de madera de la sala de los Abencerrajes que se utilizaron para hacer fuego…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LOS PRIMEROS FOTÓGRAFOS </strong></p>
<p>Y mientras surgen las voces que claman porque Granada recupere la belleza de que la historia le ha dotado y que la mítica romántica le ha atribuido, se revela un nuevo rostro por explorar. La aparición de la fotografía y su certero retrato de la realidad conquista a la par que el mundo, la antigua ciudadela nazarí, amenazando con despojarla de su magia. Gautier y Dumas ya han hecho algunos ensayos, pero serán Richard Clifford o Jean Laurent quienes busquen la perspectiva aún no reflejada, el ángulo imposible, la real y desnuda apariencia de una Alhambra desgajada, troceada por vandalismos, incendios y terremotos, desnuda en su blanco y negro, que se desvela entonces como un monumento en ruinas, despojado de su gallardía, que parece soportar en silencio el descenso hacia el olvido. Pero quizá esta nueva perspectiva, brutal y desgarradora, llegue en el momento adecuado. Los fotógrafos locales se lanzan a retratar las murallas de su Alhambra. La realidad se abre camino con más fuerza que cualquier denuncia escrita y la decrepitud de la fortaleza árabe llega a todos los rincones. Y quizá no sea casualidad que la Alhambra sea declarada monumento nacional el 12 de julio de 1870, un pri-mer paso para que –la friolera de 75 años después– en 1905, se cree la Comisión Especial de la Alhambra, a partir de ese momento encargado del mantenimiento y la conservación del monumento. Si podemos responsabilizar a ese organismo de la imagen que hoy en día conservamos de la Alhambra, no podemos por menos que reconocer la labor de pintores, escritores y fotó-<em>Corral del carbón. Fotografía de J. Laurent. </em>SGE / 109 grafos, no solo a la hora de generar una corriente internacional de sensibilización en torno a la antigua fortaleza mususlmana, sino, por extensión a la hora de “exportar” al mundo la imagen exótica, bellísima y agreste de una ciudad cargada de personalidad, de arte y de historia. Granada, vendida en grabados, relatos y fotografías, fue “víctima” inconsciente de la ma-yor operación espontánea de marketing que podamos constatar. A ella debe aún hoy en día su internacionalidad, su atractivo y los tres millones de visitantes que cada año recorren las estancias soñadas de la Alhambra. Po-demos extrapolar a la ciudad que lo alberga, la afirmación que el arabista García Gómez hace del palacio nazarí: <em>“la Alhambra pervive porque la ha defendido la más adhesiva fuerza que radica en los seres humanos: la ha conservado el amor”</em>. El amor, la admiración, la fascinación es por tanto quien ha conservado a Granada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li>Libros para entender mejor este período: <em>La Alhambra que fascinó a los románticos, Cristina Viñes Millet. Noches en Bib-Rambla, y Guardianes de la Alhambra, de Carolina Molina.</em></li>
</ul>
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		<title>Los viajes del Conde de Saint-Saud por el norte de España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/conde-saint-saud/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Jul 2023 09:17:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/conde-saint-saud/">Los viajes del Conde de Saint-Saud por el norte de España</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Fernando Fernández-Jarne<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-33/"> Boletín SGE Nº 33</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<article class="post-entry post-entry-type-standard post-entry-1914 post-loop-1 post-parity-odd post-entry-last single-big post-1914 post type-post status-publish format-standard hentry category-boletin-33">
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<div class="entry-content">
<p class="bodytext"><strong>Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud, nació el 15 de febrero de 1853 en Coulanges-sur-l’Autize, en el departamento francés de Deux-Sèvres, al oeste del país, en el seno de una acomodada familia de la aristocracia gala que le inculcó desde niño el amor por la Naturaleza. De hecho, siendo sólo un quinceañero entró en contacto con los Pirineos, quedándose atrapado por ellos de por vida.</strong></p>
<p class="bodytext">Se licenció en Derecho en la Universidad de Burdeos y, tras terminar sus estudios, ejerció como juez en Lourdes, junto a sus amados Pirineos, entre 1878 y 1880. Ese año abandonó su carrera profesional para dedicarse en cuerpo y alma a recorrer las montañas que tanto le fascinaban, gracias en gran medida a la independencia económica que le permitía su posición. Cuatro años más tarde se casó y tuvo cuatro hijos que en numerosas ocasiones fueron, por un lado, sus acompañantes en sus expediciones alpinas, y por otro, consejeros en la organización de las observaciones y aportaciones geográficas que plasmaría por escrito en sus numerosas publicaciones.</p>
<p class="bodytext">Pero en la segunda parte de su vida, cuando ya había cumplido los sesenta, y tras el estallido de la Gran Guerra, comenzaron sus desgracias. Durante el conflicto perdió a un gran número de colaboradores y amigos e incluso a uno de sus yernos que murió en 1914 en el campo de batalla. Más tarde, en 1921 falleció su compañero de andanzas, Paul Labrouche y, en 1927, con 74 años se quedó viudo. Años después, cuando era casi un nonagenario perdió, con solo seis meses de diferencia, un hijo, un yerno y un nieto (este último en un accidente en el Vignemal).</p>
<p class="bodytext">Durante la 2ª Guerra Mundial se refugió en su casti- llo de la Valouze, donde sufrió el desprecio de los ocupantes. Estas desgracias, y el paso de los años, fueron minando al conde, pero no le impidieron seguir desarrollando su actividad. Baste como ejemplo su ascensión, con 95 años, al Turon de la Courade.</p>
<p class="bodytext">Finalmente, el 13 de fe- brero de 1951, dos días antes de cumplir los 98 años, el conde abandonó para siempre este mundo tras dejar una imborrable huella para los amantes de las montañas que aún podemos sentirle a nues- tro lado en cada una de las ascensiones a los innumerables picos que coronó, fotografió y cartografió a lo largo de su vida.</p>
<p class="bodytext"><strong>SU PRIMER CONTACTO CON LOS PICOS DE EUROPA (Marzo de 1881)</strong></p>
<p class="bodytext">Las aventuras del conde por los Picos comienzan en 1881, año en el que en peregrinación a Santiago de Compostela, y aceptando la invitación del admi nistrador de Aduanas de Ribadesella al que había conocido el año anterior en los Pirineos, ve por primera vez los soberbios Picos de Europa, que rebasan los 2.600 metros y se alzan cubiertos de nieve en los confines entre Castilla la Vieja y Asturias.</p>
<p class="bodytext">Habrá que esperar nueve años para ver al conde de nuevo por los Picos de Europa donde desarrollará, a lo largo de ocho expediciones en sucesivos veranos, de 1890 a 1908, una intensa labor geográfica que permitirá, tras numerosas expediciones, recoger todos los datos necesarios para la posterior elaboración del primer mapa detallado de la región. Además, sus pormenorizadas descripciones sobre los usos y costumbres de los habitantes de la región, así como de los paisajes que le acompañan, y publicados en su obra Monographie des Picos</p>
<p class="bodytext">de Europa, aportan una información trascendental y de un valor geográfico sin precedentes para conocer en profundidad cómo eran los valles y montañas del lugar y cómo vivían sus habitantes en aquellos años.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL PRIMER VIAJE DE RECONOCIMIENTO (Julio de 1890)</strong></p>
<p class="bodytext">En esta ocasión llega a los Picos, y más concretamente al macizo de Andara, en diligencia desde Torrelavega, a donde había llegado por vía férrea desde Madrid. Una vez allí asciende, el día de San Fermín de 1890, en una mañana de sol espléndido y con horizonte claro, su primera cumbre de los Picos: la Tabla de Lechugales, soberbia escarpadura que se precipita sobre la linda Liébana, de viñas feraces, dorados cereales, bosques de hayas y pródiga en encanto. Al día siguiente sube al pico de San Melar, y el 9 de julio realiza la primera ascensión de la que se tiene noticia a Peña Vieja, desde cuya cima, y aunque las nubes llegan en bandadas desde todas partes, pueden observarse en las zonas despejadas crestas formidables, amontonándose unas sobre otras, mundo aterrador, que, en un primer viaje como el nuestro, podría descorazonar a los mejores intenciona- dos por lo que de desconocido se revela.</p>
<p class="bodytext">Tras el descenso, y motivado en gran medida por las inclemencias atmosféricas, decide el 12 de julio dar por terminada su primera expedición a los Picos de Europa, marchando en diligencia desde Potes a través del puerto de Piedras Luengas a partir del cual el cielo se torna azul y el termómetro sube a los 26ºC.</p>
<p class="bodytext"><strong>SEGUNDO VIAJE A LOS PICOS (Septiembre de 1891)</strong></p>
<p class="bodytext">Al año siguiente, Saint-Saud regresa a los Picos, una vez más junto a Paul Labrouche, amigo fiel, cinco años más joven que él, que le acompañaría a los Picos en cuatro de sus expediciones y colaboraría con él en la redacción de sus escritos. No en vano a él se debe la calificación de los Picos de Europa como macizo tricéfalo, al estar dividido en tres sectores, el occidental, entre los ríos Sella y Cares; el central, entre el Cares y el Duje; y el oriental, entre el Duje y el Deva.</p>
<p class="bodytext">Es el propio Labrouche el que hace un resumen de este viaje al que alude como poco exitoso ya que lo avanzado del año, lo corto de los días, las vacilaciones de los guías y la carencia de material alpino redujeron este segundo viaje a los Picos a una exploración de los valles y a una serie de escaladas a cimas secundarias, agotadoras y peligrosas, sin provecho proporcional al riesgo. Y es que de hecho, en esta ocasión, en poco más de los diez días que permanecieron en la zona de los Picos, y a pesar de la inestimable ayuda que reciben del ingeniero Marcial de Olavaria, director general de las minas de Los Picayos y Liordes (no hay que olvidar la importancia minera de los Picos en esa época, lo cual explica que gran parte de los primeros exploradores de la región fueran geólogos o ingenieros de minas) tan sólo subieron cumbres de segundo orden como Peña Mellera, Tiro Llago o Peña Bermeja.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA CONQUISTA DE LAS GRANDES CIMAS (Julio y Agosto de 1892)</strong></p>
<p class="bodytext">En este tercer viaje de exploración, el conde de Saint-Saud y Paul Labrouche ascienden, en menos tiempo que en la última expedición, a las principales cumbres de los Picos: Cerredo, Llambrión, Peña Santa de Castilla… cumpliendo felizmente, pero no sin trabajo, todo el programa previsto. Y esto es posible, en gran medida, y como el propio Labrouche señala, a que en esta ocasión tomamos nuestras precauciones: íbamos acompañados por un guía francés, teníamos tienda, camas de campaña, mantas, víveres en abundancia, una buena cuerda, e incluso una escala… que no sirvió para nada.</p>
<p class="bodytext"><strong>COMPLETANDO LAS OBSERVACIONES (Julio de 1893)</strong></p>
<p class="bodytext">Un año más tarde, el conde vuelve, está vez solo, con el fin de tomar los datos necesarios para completar las exitosas observaciones geodésicas del verano anterior. En esta ocasión el punto de partida es la localidad de Espinama, a donde llega el 9 de julio que, día en el que, al ser domingo, puede observarse a toda la juventud del lugar jugando a los bolos en la plazoleta de detrás de la iglesia, el único espacio llano de todo el pueblo. Desde ahí, asciende a las cimas más cercanas: los escarpes de Fuente-Dé, el pico del Val de Coro y la cumbre Abenas.</p>
<p class="bodytext">A continuación marcha hacia Bulnes, donde se alojará en la casa del párroco quien le acompaña en la ascensión al Pico del Albo. De esta localidad asturiana a la que hasta la inauguración en 2001 del teleférico sólo se podía llegar a pie, deja el conde una interesante descripción que reproducimos, por su interés, en su integridad: “Bulnes es el único pueblo en el interior del gran macizo central. Es una aldea pobre, regada por un torrente que baja desde los Urrieles, afluente de la margen derecha del Cares. El barrio principal tiene rango de villa y se al- za en la misma orilla del río. Allí se hallan la iglesia y la rectoral. La aldea está enfrente, sobre la orilla izquierda, a un centenar de metros por encima del valle y a un cuarto de hora de camino. Una vieja torre, cuyas ruinas parecen ser del siglo XIV, se alza en medio de las casas. En total unos treinta y cinco hogares, de los que veinte pertenecen a la aldea. Eso es todo lo que vive, ama y muere en el macizo central de los Picos de Europa”.</p>
<p class="bodytext">De ahí marcha a Sotres, otra localidad asturiana en el corazón de los Picos que, según menciona el propio Saint-Saud, tiene una leyenda relativa a su común origen con Bulnes y Tielve. En el siglo XI los pastores de Arenas habrían fundado los tres caseríos, y Sotres, el más alejado de todos, recibiría el nombre del triunvirato: “Son Tres”. Desde dicha localidad sube a la Punta de San Llano donde realiza las últimas mediciones y da por terminado su cuarto viaje de exploración.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL REGRESO A LOS PICOS (Julio y Septiembre de 1906)</strong></p>
<p class="bodytext">Han pasado trece años desde la última visita del conde a los Picos. En esta ocasión vuelve de nuevo acompañado de su amigo Paul Labrouche, pero… ¿con qué objetivo? Pues fundamentalmente con la intención de llevar a cabo una serie de levantamientos topográficos en la zona noroccidental de los mismos, quizá hasta el momento el sector menos trabajado por ellos, para poder realizar un mapa más detallado de la zona a pesar de que el coronel Prudent ya había elaborado un primer mapa con los croquis, anotaciones, fotografías e indicaciones del conde tras sus primeros viajes.</p>
<p class="bodytext">Esta nueva expedición partió de Arriondas a donde llegan en tren y desde donde parten en dirección a Cangas de Onís primero y a Covadonga después. Allí comprueban que ya se ha terminado la basílica. Desde ese lugar inician un recorrido por el sector más septentrional de los picos en dirección a Cabrales, donde el sexo femenino viste faldas azules, medias blancas, verdes, rojas o amarillas. Se ven bien estas medias… desde lejos, pues si en la montaña las mujeres recogen sus faldas hasta la altura de las rodillas, para tener más libertad de movimientos en su marcha cadenciosa, en cuanto divisan a un señor se sientan o se ponen en cuclillas para no enseñar sus pantorrillas. También ensalza el queso de Cabrales, de manufactura idéntica al Roquefort y a menudo vendido en Madrid con este nombre francés.</p>
<p class="bodytext">Desde allí sigue hacia el este en dirección a Panes, regresando poco después a su país y confesando que “desde el punto de vista geográfico, este recorrido por el sector septentrional de los Picos de Europa no me había aportado nada nuevo”.</p>
<p class="bodytext">Pero dos meses más tarde regresa, en esta ocasión solo, a los Picos subiendo a diversas cumbres, como la Rasa, la Cabeza de Costurero y Torre Blanca, desde donde toma visuales y realiza levantamientos y triangulaciones durante horas, en parte favorecido por el buen tiempo.</p>
<p class="bodytext"><strong>POR EL VALLE DE LIéBANA (Julio de 1907)</strong></p>
<p class="bodytext">Un año más tarde, el conde vuelve a los Picos con el objetivo, una vez más, de realizar las observaciones necesarias para conseguir los datos precisos que faltaban y que requerían los cartógrafos que elaboraban los mapas de la zona, especialmente su amigo León Maury, consciente de que, desde el punto de vista de vida y costumbres, de escaladas y descubrimientos, poco o nada podría ofrecer de particular, aunque otra cosa serían los datos técnicos. En esta ocasión recorre el sector más oriental de los Picos realizando gran parte de las observaciones junto a Gustavo Shulze (cfr. boletín nº 27 de la S.G.E.), geólogo de origen ale- mán que se encontraba en los Picos estudiando su composición, y con el que se reúne en Unquera el 12 de julio y se despide en Covadonga diez días más tarde.</p>
<p class="bodytext">En esta nueva etapa en los Picos se centra en el sector más oriental de los mismos, comenzando en los alrededores de la Hermida y centrándose en la Vega de Beges. Tras pasar por Tresviso sube al alto de la Cruz de la Biorna, sobre el monasterio de Santo Toribio de Liébana, y después de tomar una serie de datos en las proximidades de Potes vuelve a Unquera donde disfruta de las fiestas patronales. Merece la pena transcribir la descripción que de esa ocasión hace el conde: Dios me perdone, pero con mis cincuenta años bien cumplidos, habría que haberme visto en la tarde del 17 de julio, el día de la fiesta local, bailando pasadas las doce de la noche en la calle del pueblo, con las señoritas de Velarde y sus amigas, que iniciaban a don Gustavo, tan conocido y apreciados por todos en la comarca, en las bellezas coreográficas de una jota más o menos aragonesa.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL úLTIMO VIAJE A LOS PICOS (Julio de 1908)</strong></p>
<p class="bodytext">El conde hace aún un último viaje con fines científicos a los Picos debido, una vez más a las lagunas que el cartógrafo León Maury tenía para confeccionar un mapa detallado de la región. Así, y con ese objetivo, llega de nuevo a la Hermida en esta ocasión el 8 de julio de 1908. Los días siguientes realiza mediciones y toma de datos por los valles y cimas secundarias colindantes, destacando las que el día 11 hace desde los aledaños del monasterio de Santo Toribio, sorprendido por la ruina y abandono que presentaba este, en otro tiempo, célebre monasterio benedictino, del que salieron no pocos sabios. En la hora actual, las salas están destartaladas e invadidas por hiedras, zarza y musgo, y allí vive retirado un clérigo… cuando vive. Como está en un repliegue rocoso tristemente solitario, me dirigí a algunos metros de distancia al pequeño oratorio de San Miguel e instalé allí mi trípode.</p>
<p class="bodytext">Posteriormente recorre, tomando las observaciones pertinentes, el alto de Lobada, el sector de Piedras Luengas, el macizo de Andara y el valle de Sajambre. La última ascensión con fines cartográficos que realiza el conde en los Picos, la lleva a cabo junto a sus amigos Felipe Menéndez y Pedro Pidal (marqués de Villaviciosa, primer escalador del Pico Urriellu y promotor del primer parque nacional español, el de la Montaña de Covadonga) el día 29 de julio de 1908 ascendiendo al pico Cotalba: “Buen trabajo, buenas fotografías, inmensa alegría. Pasamos cuatro horas en este soberbio mirador, desde el que los escarpes vertiginosos y las áridas crestas con sus torres se pueden contemplar en toda su magnificencia. La vista se pierde a lo largo y ancho de Asturias. El viaje topográfico había terminado con éxito”.</p>
<p class="bodytext"><strong>EPíLOGO</strong></p>
<p class="bodytext">Terminaba así el octavo viaje que el conde de Saint-Saud realizaba a los Picos con fines científicos. En menos de veinte años había llevado a cabo, según los datos que aporta José Antonio Odriozola Calvo en el capítulo final de la versión española de la Monographie des Picos de Europa (traducción del original de la obra del conde, con valiosísimas anotaciones de Odriozola) de 75 vueltas al horizonte, 2.600 visuales, 304 fotografías, 1.150 observaciones barométricas y numerosos croquis. Todo ello permitió al cartógrafo León Maury dibujar un mapa de los Picos de Europa de 71×61 cm. a escala 1:100.000 y a cuatro tintas. Este mapa, publicado finalmente en 1922, superaba con creces a todos los anteriores, algunos de ellos elaborados por personajes tan importantes como Guillermo Schulz o Francisco de Coello; e incluso el que el coronel Prudent realiza a par- tir de las primeras expediciones del conde a finales del siglo XIX.</p>
<p class="bodytext">El conde aún volvería en dos ocasiones más a la región de los Picos, aunque no con fines científicos. Regresó acompañado, sin duda, para poner en práctica el consejo con el que termina su monografía: que vayan a los Picos de Europa los amantes de las emociones que dan las escaladas escabrosas en agujas y rocas lisas. Volverán encantados de sus ascensiones en esta soberbia región española, y declaro en verdad que me siento orgullosos de haberla dado a conocer, de amar- la y de apreciarla como se merece.</p>
<p class="bodytext">Cabe por último destacar que, a propuesta de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, se bautizó con el nombre de Risco de Saint-Saud al afilado peñasco situado al noreste de Torre Cerrado, entre esta cumbre y la Torre Labrouche que el mimo conde bautizó. Fue un homenaje póstumo al conde de Saint-Saud pero no por ello menos importante.</p>
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<p><em>Toda la información escrita del presente artículo está recogida en la obra del conde Monographie des Picos de Europa y publicada en París en 1922, en la que el autor reseña todos los resultados de sus observaciones por los Picos. Asimismo, resulta de gran interés su traducción al español por José Antonio Odriozola Calvo y publicada por Ayalga Ediciones en 1985 (hoy agotada) especialmente por los comentarios que el autor, ingeniero, lebaniego y montañero, realiza al margen de la obra y cuyo esquema hemos seguido fielmente.</em></p>
<p><em>Todas las fotos que aparecen en el artículo están tomadas del fondo bibliográfico del Museo Pirenaico de Lourdes a cuya bibliotecaria agradecemos su inestimable colaboración.</em></p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/conde-saint-saud/">Los viajes del Conde de Saint-Saud por el norte de España</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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