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	<title>Siglo XVIII archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Siglo XVIII archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La España pagana de Richard Wright, o el turismo como denuncia</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/richard-wright-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 04 Jul 2023 07:43:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 74]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVIII]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Luisa Martín-Merás</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/richard-wright-2/">La España pagana de Richard Wright, o el turismo como denuncia</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong><em>Por Luisa Martín-Merás</em></strong></h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-74-rio-misisipi-luisiana-espanola/">Boletín SGE Nº74 &#8211; El río Misisipi y la Luisiana española</a></p>
<p>El libro de viajes alcanzó un período de esplendor a mediados del siglo XVIII hasta mitad del siglo siguiente. El contexto cultural de la Ilustración hizo posible este desarrollo al introducir nuevas consideraciones sobre los viajes. A lo largo del siglo, viajar se convirtió en una experiencia crucial en la educación de las clases acomodadas, y un bagaje cultural difícilmente sustituible. España no formaba parte del gran tour que realizaban los viajeros europeos en el siglo XVIII, pero el atraso y exotismo del país ofrecía un plus de interés para algunos de ellos, motivo suficiente para desviarse y recalar en él. Fue el caso del escritor Richard Wright.</p>
<p>La práctica de anotar las experiencias viajeras traspasó la barrera del siglo, y tuvo unas características bastante distintas. Una marcada preocupación estética, y la atención por las sensaciones y los sentimientos, se había sumado a este tipo de literatura. En el siglo XIX los viajes por España estaban protagonizados por apasionados y numerosos viajeros románticos. Una segunda oleada de viajes se produjo en el siglo XX, y fue liderada por los corresponsales de guerra que, a partir de la guerra civil española y con otras premisas, renovaron el interés por España y los españoles, interés que continuó durante la larga posguerra franquista. <em>España pagana</em>, del escritor afronorteamericano Richard Wright, es un libro de viajes atípico que no se detiene mucho en describir paisajes y monumentos, ni la flora y la fauna del país visitado, sino lo hace en el modo de vida de sus habitantes, y sobre todo en las costumbres sociales, políticas y religiosas de España, y a contrastarlas con las suyas. El libro también es atípico dentro de su producción literaria.</p>
<p><strong>UN NORTEAMERICANO CON IDEAS RADICALES</strong></p>
<p>Este prolífico escritor norteamericano nació en Natchez, estado de Misisipi, en 1908. Afiliado durante un tiempo al partido comunista, e integrante de la famosa lista negra del senador Joseph McCarthy, sus libros <em>Native son</em>, 1940, y <em>Black Boy</em>, 1944 le proporcionaron fama y reconocimiento. En 1947, harto de las actitudes racistas que sufría en Nueva York, Wright se estableció en París con su familia, donde murió en 1960. Siguiendo el consejo de Gertrude Stein (<em>Así verás cómo se ha creado el mundo occidental</em>), decidió conocer España y relatar sus impresiones. Sus observaciones sobre el país tuvieron lugar durante tres cortos viajes que suman cuatro meses: desde agosto hasta septiembre de 1954, seguido de otro desde noviembre hasta diciembre del mismo año, y, el último, desde febrero hasta abril de 1955. El manuscrito final, publicado en 1957, está sensiblemente recortado respecto al original que Wright entregó al editor. Constaba de más de quinientas páginas frente a las 256 de la edición que manejamos. Estos recortes, que incluían sus viajes a Córdoba y su visión de las Fallas de Valencia, una visita al Museo del Prado y una corta entrevista con Pio Baroja, afectaron al texto final, que aparece descompensado y mal organizado. Se mantuvieron los viajes y entrevistas en Barcelona, Guadalajara, Granada, Madrid, Toledo, Zaragoza y Sevilla.</p>
<p><strong>SU ENCUENTRO CON UNA ESPAÑA ADOCTRINADA POR LA FALANGE</strong></p>
<p>El escritor, al volante de su coche, entra en España por la frontera de Le Perthus<em>, </em>dirigiéndose a Barcelona, que le parece cosmopolita y moderna, pero donde encuentra rebaños de corderos paseando por las Ramblas. Allí se propone tomar el pulso a la ciudad y observar los variados aspectos de la vida española. A pesar de no saber español, lo sorprendente para esos años es que siempre encuentra personas que chapurrean el francés o el inglés a los que preguntar y recoger sus opiniones.</p>
<p>De la mano de estos informantes encuentra pensión, visita la catedral, un burdel, conoce a una típica familia barcelonesa que le acompaña a ver una corrida de toros y conoce Montserrat. Una chica en la pensión le explica que para obtener el pasaporte y trabajar en el extranjero, las mujeres solteras necesitan el certificado de formación del espíritu nacional de la Sección Femenina de la Falange, y le regala su manual o <em>“libro verde” </em>que debe estudiar para obtenerlo. A partir de entonces Wright lee cada noche un capítulo de ese catecismo político para las masas, donde se muestra a las claras el adoctrinamiento fascista que se pretendía inculcar a la juventud. De él asegura: <em>No he encontrado una sola idea práctica en el catecismo de la Falange.</em></p>
<p>La cartilla, organizada en preguntas y respuestas cortas, le sirve de vademécum durante el viaje, pues reproduce cada una de sus lecciones, y es consultada por el autor todas las noches al volver a su pensión. Este recurso me parece muy interesante y clarificador, tanto para el lector americano, que había sufrido una guerra contra el nazismo, como para el español que padeció aquella aberrante doctrina. Considera que <em>“si España es un estado policial, su característica es la ineficacia. Así después que revisaron y sellaron mi pasaporte, nadie volvió a pedírmelo, a pesar de estar todas las carreteras y puentes vigilados por soldados y la ciudad infestada de ellos.” </em>Sin embargo, hace uso de él cuando quiere mostrar su nacionalidad en dos incidentes que tuvo con la policía en Barcelona y Guadalajara, ya que considera que ser americano y no francés o inglés, estaba bien visto en España.</p>
<p><strong>MADRID, GRANADA Y SEVILLA</strong></p>
<p>Una vez en Madrid donde vive <em>“el burguesismo arrogante y contenido”</em>, considera que <em>“no es una ciudad sino un conglomerado de oficinas del Ejército, la Iglesia, el Estado y la Falange. Había sido concebida como capital simplemente porque estaba en el centro de España”.</em></p>
<p>A continuación, viaja en tren a Granada, y allí se aloja en el parador de turismo que encuentra encantador. Sin embargo, la visita a la Alhambra y a los jardines del Generalife le parecen <em>“derruidos monumentos moros” </em>y no le merecen más que una serie de superficiales pensamientos históricos-psicológicos. La visita a los gitanos del Sacromonte le da pie para elucubrar sobre las razas, las mujeres y el sexo.</p>
<p>Tras un corto viaje a Tánger y Algeciras, viaja a Sevilla, donde un limpiabotas le aconseja una pensión regentada por una madre e hija que resulta ser una casa de citas. También contacta con un proxeneta que le muestra su provechoso negocio consistente en el tráfico de mujeres a los prostíbulos de África.</p>
<p><strong>SU TERCER VIAJE: DE SEVILLA A AZPEITIA Y MADRID</strong></p>
<p>Su tercer viaje tuvo lugar en la primavera de 1955, motivado probablemente por su interés en contemplar la Semana Santa de Sevilla, y para confirmar las teorías sociales y psicológicas que había construido en sus dos anteriores viajes. Nada más pasar la frontera escribe: <em>“tan pronto volví a cruzar la frontera franco española, esta vez por Hendaya, observé y sentí un brusco descenso de la calidad material y psicológica de la vida.”</em></p>
<p>Su primera parada fue en Azpeitia para visitar el santuario de San Ignacio de Loyola, donde <em>“los activos y concienzudos jesuitas habían creado un monumento religioso que era una autentica joya”</em>. La observación de la clausura y la conversación con un fraile le provocan pensamientos negativos sobre la religión católica.</p>
<p>Su segunda estancia en Madrid la dedica a entrevistarse con intelectuales españoles, una vez que está ya familiarizado con los aspectos de la realidad del país, a los que no identifica por sus nombres. A un periodista le pregunta su opinión sobre los españoles y el nacionalismo, la guerra y Franco; un industrial, que ocupa un alto cargo en una empresa farmacéutica, le explica todos los aspectos negativos de un país pobre y atrasado; un joven arquitecto norteamericano, que construía las bases americanas en España, afirma que la ayuda americana conseguiría cambiar al país; un médico joven, muy preparado científicamente, creía firmemente en los milagros de Santa Teresa. Una señora americana le informa sobre la presencia del sexo en todas las facetas de la vida española. Una de las principales figuras del mundo marítimo español conversa sobre la raza. También escucha las opiniones de un profesor de derecho sobre Franco, el adoctrinamiento político de los niños, los presos, los comunistas y la Falange.</p>
<p><strong>TOLEDO Y EL GRECO</strong></p>
<p>A continuación, sale de Madrid para visitar Toledo y los pueblos de la Mancha, como Ocaña, Madridejos, Puerto Lápice, Manzanares y Valdepeñas, donde contrapone la religiosidad española, sus feas iglesias y sus cristos sangrantes, con el Toledo y el Greco le impresionan positivamente y piensa que toda la ciudad <em>“era un vasto museo que reflejaba el pasado de España”. </em>El despliegue de heroísmo teatral del Alcázar, y el retrato del general Moscardó comparados con el cuadro del <em>El entierro del conde de Orgaz </em>le da ocasión para hacer una de sus elucubraciones sobre el anhelo humano de inmortalidad. Desde Madrid hace un pequeño viaje a Zaragoza para visitar a la Virgen del Pilar que le pareció <em>“una muñeca por su tamaño y apariencia”. </em>Su viaje por España se cierra abruptamente en Sevilla donde contempla <em>“los ritos y ceremonias de una de las más poderosas religiones el mundo”.</em></p>
<p><strong>UNA ESPAÑA SÓRDIDA Y ¿PAGANA?</strong></p>
<p>El libro es una rara joya de la literatura y una escalofriante descripción de la sordidez de la España de los años cincuenta, vista con los ojos de un escritor ávido de denuncia. Está escrito en un estilo donde se mezcla el ágil reportaje documental sobre los tristes y desesperanzados españoles que va encontrando, con la subjetividad de las opiniones del autor, algunas veces confusas. Su visión francamente negativa del país está matizada por su apasionada y extensa defensa de las mujeres españolas <em>“que son, sin duda, las que poseen la más eléctrica belleza entre todas las mujeres del mundo”, </em>soportan la carga de su pobre nación y la estructuran.</p>
<p>A la vista de todo lo expuesto, etiquetar <em>España pagana </em>como un genuino libro de viaje puede parecer poco acertado, más bien estamos ante un libro apasionado de sociología político-religiosa, que los títulos de los capítulos en los que divide el libro confirman: <em>La vida después de la muerte, Muerte y exaltación, El Cristo clandestino, Sexo, flamenco y prostitución, El universo del poder pagano. </em>La dedicatoria del libro es también muy descriptiva: <em>A Alva y Gunnar Myrdal que sugirieron este libro, y cuyos corazones compasivos han cavilado largamente sobre la degradación de la vida humana en España.</em></p>
<p>La conclusión de Wright y la explicación profunda del título de su obra es que existe en España un paganismo radical, que trasciende al catolicismo, y penetra en toda la vida española, lo que hace imposible la inserción de España en el ámbito occidental.</p>
<p><em>Pagan Spain </em>fue editada en 1957 por Harper &amp; Brothers, en Nueva York, y ha tenido varias ediciones en otras lenguas. El argumento del libro fue objeto en su tiempo de controversia, convirtiéndose en compañero de viaje para muchos estadounidenses y anglosajones que llegaron a España a finales de los años cincuenta del pasado siglo. El texto se reeditó una y otra vez, la última en 2008 por Harper Perennial, con motivo del centenario de nacimiento del autor. Sin embargo, el libro en España no se difundió por razones obvias. La primera edición en español es la argentina de La Pleyáde, en Buenos Aires, 1970, con traducción de Aníbal Leal, que es la aquí comentada. Hubo que esperar a 1989 para encontrar una segunda edición en español, y primera en España, por Orígenes, en Madrid, con traducción, introducción y notas de Salvador Guerra.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/richard-wright-2/">La España pagana de Richard Wright, o el turismo como denuncia</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>El viaje virtual de Linneo por España (1751 &#8211; 1760)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viaje-virtual-linneo-espana-1751-1760/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 08 Jun 2017 12:52:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVIII]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por María Teresa Tellería</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/viaje-virtual-linneo-espana-1751-1760/">El viaje virtual de Linneo por España (1751 &#8211; 1760)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h6>Este año se celebra el tricentenario del nacimiento de Linneo, el gran naturalista  del siglo XVIII, creador del sistema universal de nomenclatura de las especies. No fue un gran viajero, pero organizó un “ejército de apóstoles”  que recorrieron el mundo  recabando los datos  que él necesitaba. Su emisario a España fue Pehr Löfling, que viajó por nuestra geografía y buena parte de las colonias españolas en América.</h6>
<h3>Por Mª Teresa Tellería</h3>
<p>Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-28/"> Boletín 28</a> , año 2007</p>
<p><strong>DEUS </strong><strong>CREA</strong><strong>VI</strong><strong>T</strong><strong>,</strong> <strong>LINNAEUS </strong><strong>DISPOSUIT</strong></p>
<p>“Dios creó, Linneo puso orden” esta frase, atribuida a Linneo, puede  resumir la visión que de sí mismo tenía el insigne naturalista  sueco y la misión a la que se veía llamado: poner  orden  en el caos de la Historia Natural  y realizar un inventario sistemático de todas las especies que habitan  el planeta.  Para llevar a cabo tal propósito, Linneo  ideó un sistema de clasificación y puso en marcha el método de nomenclatura binomial, una ingeniosa fórmula ésta que nos permite,  aún hoy en día, nombrar  a cada especie mediante dos palabras  –la primera relativa al género en que se ubica y la segunda que la reconoce de modo explícito– separando  así, definitivamente,  los nombres  de las especies de sus descripciones.</p>
<p>Queda  dicho, por tanto, que Linneo nunca viajó a España  aunque  sí estudió y describió nuestra  flora y fauna al igual que hiciera con las de otras partes del mundo,  lugares que sólo conoció a través de los especímenes  e informes que fuera recibiendo de sus discípulos y corresponsales  diseminados  por el mundo, de Islandia a Sudáfrica, y de China a La Guayana.</p>
<p><strong>LINNE</strong><strong>O Y SUS  </strong><strong>A</strong><strong>P</strong><strong>Ó</strong><strong>S</strong><strong>T</strong><strong>O</strong><strong>L</strong><strong>E</strong><strong>S</strong></p>
<p>Pehr Kalm (1715-1779), Olor Torán (1718-1753), Fredick Hasselqvist (1722-1752), Pehr  Osbeck (1723-1805), Daniel  Rolander  (1725-1793), Johan Gerhard  Köning (1728-1785), Pehr  Löfling (1729-1756), Pehr  Forsskäl (1732-1763), Klas Alströmer (1736-1744), Daniel  Carl Solander  (1736-1782), Carl Peter  Thunberg  (1743-1828), Andreas Sparrman  (1748-1820), Adan Afzelius (1750-1837), fueron  los discípulos, naturalistas,  capellanes, médicos, misioneros, boticarios y cirujanos, que trabajaron  en pro de la causa del insigne naturalista sueco, atesorando  materiales para él y remitiéndoselos  a Uppsala junto a sus correspondientes observaciones; algunos con tan denodado  esfuerzo que dejaron su vida en el empeño.  A Linneo le gustaba llamarlos sus apóstoles y supo pagarles los servicios prestados  inmortalizando  sus nombres; <em>Kalmia, Torenia, Osberckia…  </em>son solo algunos ejemplos de géneros de plantas a ellos dedicados.</p>
<p>En  esta su empresa,  no quedó  relegada  España de la que,  como él mismo afirmó en el prefacio del <em>Iter Hispanicum,  </em>apenas nada conocía: <em>“de todas las partes meridionales de Europa era poco ó nada lo que yo sabía á tiempo que ya me eran conocidas las producciones naturales de las Indias más remotas”. </em>Este  interés por los territorios meridionales del continente  europeo y más concretamente por nuestro  país, le llevó a realizar las oportunas gestiones ante el marqués  de Grimaldi, embajador de la corte española en Suecia; gestiones  que  cristalizaron con el envío a España,  contratado por la Corona,  de su discípulo Perh  Löfling que con 21 años, el 16 de mayo de 1751, embarcó  rumbo a Oporto.</p>
<p>No había Löfling abandonado aún Suecia, cuando  Linneo  le escribió desde Uppsala una carta, documento que lleva fecha de 8 de mayo de 1751 y que se conserva en el Archivo del Real Jardín Botánico. En ella, punto por punto, determina el propósito concreto de su viaje y fija el método  de trabajo que debe seguir. Le indica así la relación exacta de lo que debe buscar, observar, anotar y recoger,  tanto para el caso de las plantas como los animales o las piedras; le adiestra  respecto al modo de conservar las muestras,  le instruye en la necesidad de designar los especímenes  con claridad, por sus nombres según género y especie, así como sobre la importancia de indicar claramente el lugar en que viven y de describirlos de modo exacto. Le recomienda  poner especial cuidado en el estudio de las plantas que son utilizadas como alimento para el ganado, estableciendo cuáles lo son y cuáles no, así como en las medicinales y en la enumeración de las aplicaciones que dan los españoles  a cada una de ellas. No descuida el maestro ningún aspecto y, en tan extensa relación, no faltan las normas de comportamiento que su discípulo debe  seguir: <em>“Ame con pureza y tenga fe en su Dios y no inquiete á nadie en sus creencias; piense y hable siempre con el debido respeto del Rey en cuyo país vive usted; sea honrada su vida y limpia de maldad y así </em> <em>podrá viajar con felicidad por todo el mundo”.  </em>A modo de colofón, en la instrucción vigésimo quinta, establece el objetivo último del viaje: entregar  a la Superioridad una flora y fauna completas de España  y <em>“enseñar cómo todo puede utilizarse en servicio y beneficio del reino, en el que se halla usted, y del que ha recibido subvención”.</em></p>
<p><strong>LÖFLIN</strong><strong>G EN </strong><strong>E</strong><strong>S</strong><strong>P</strong><strong>A</strong><strong>Ñ</strong><strong>A</strong></p>
<p>Tras mes y medio de travesía llega Löfling a Oporto el día de Santiago de 1751 y allí permanece hasta el 9 de agosto en que embarca rumbo a Setúbal, de ahí a Sintra, para desplazarse con posterioridad  a Lisboa. A principios del mes de octubre, inicia su viaje hacia Madrid a donde llega el día 20 tras su paso por Badajoz, Talavera la Real, Mérida, Miajadas, Trujillo, Almaraz y Talavera de la Reina.</p>
<p>Una vez ya en Madrid se movió por los alrededores  de la Villa y Corte en sus campañas de muestreo  y, según nos describe Ginés López, visitó con tal propósito las colinas del puente de Toledo, la Fuente del Berro, el Monasterio  de San Bernardo,  el camino de El Pardo, Atocha, El Retiro, el Soto de Luzón y el de Migas Calientes,  junto al Manzanares,  lugar este último donde  estuvo emplazado el primitivo Jardín Botánico. Se desplazó, asimismo, en junio de 1752, a San Fernando de Henares  y visitó Aranjuez en la primavera de 1753, a donde volvió en junio de ese mismo año. Herborizó a su paso por Ciempozuelos  y en el Espartal de las Salinas así como en Yepes, Ocaña y a las orillas del Tajo. En un viaje con el regidor de Ciempozuelos visitó los cerros de Butarrón  y Chinchón.</p>
<p>Un año antes de la llegada de Löfling a España se había firmado el <em>Tratado de Madrid </em>por el que las monarquías española y portuguesa  se repartían  los territorios americanos. Para cumplir con lo pactado fue necesario organizar dos expediciones, una española y otra lusa, que marcaran los límites en estos dominios ultramarinos. Se organizó así la Expedición de Límites al Orinoco (1754-1781) al mando a José Iturriaga. Pehr Löfling toma las riendas de la comisión naturalista por lo que debe abandonar  Madrid, el 12 de octubre  de 1753, camino de Cádiz donde ha de embarcar rumbo a América. Es éste el otro largo viaje que realizó Löfling por España y del que dejó un diario que publicó el Padre Barreiro en 1926. Llegó a Cádiz el 5 de noviembre  tras su paso por Illescas, Castillo de Mocejón, Mora, Consuegra,  Puerto  Lápice, Villarta de San Juan, Manzanares,  Valdepeñas, Santa Cruz de Mudela,  Bailén, Andujar, Villa del Río, El Carpio, Alcolea, Córdoba, Écija, Marchena,  El Arahal, Los Molares, Arroyo Salado, Jerez de la Frontera y el Puerto  de Santa María, lugar que revisitó a mediados de noviembre. La fecha de partida estaba prevista para el día de nochevieja de 1753 aunque finalmente se retrasó hasta 15 de febrero de 1754 en que izaron velas.</p>
<p>Pero la historia de Löfling no tuvo un final feliz. Ya en Venezuela muere pronto, en febrero de 1756, a causa de unas fiebres lo que le impidió publicar los resultados de su trabajo. Fue el propio Linneo el encargado de hacerlo.</p>
<p>Sobre la base de las cartas repletas de anotaciones y los materiales que Löfling le había hecho llegar a Uppsala, y gracias a las copias de sus manuscritos que Daniel Scheidenburg, capellán de la embajada sueca en Madrid, le remite, Linneo redactó el <em>Iter Hispanicum </em>cuya primera edición en sueco vio la luz en 1758. Gracias a esta obra, la labor de Löfling en España y América no cayó en el olvido. Linneo supo distinguir a su discípulo elogiando su labor en el prefacio del <em>Iter </em>e inmortalizando su nombre  al dedicarle  el género  <em>Loeflingia; </em>género representado en nuestra flora por dos especies: <em>Loefingia baetica </em>y <em>Loeflingia hispanica.</em></p>
<h4><em>“Llegu</em><em>é  a comprender que  España  fuese  una tierra  afortunada en Europa  y como  tal la India de Europa; pero  tu me la describes, no como  terrestre, y sí como  un paraíso  en el globo terráqueo, tan  vario  por  su feliz situación  que sobrepuja a todas  las tierras”</em></h4>
<h4 style="text-align: right;">en carta de Linneo  a Löfling,</h4>
<h4 style="text-align: right;">16  de diciembre de 1751&#8243;</h4>
<p><strong>OSBERC</strong><strong>K  Y ALSTRÖMER  EN </strong><strong>A</strong><strong>N</strong><strong>D</strong><strong>A</strong><strong>L</strong><strong>U</strong><strong>C</strong><strong>Í</strong><strong>A</strong></p>
<p>Pero la crónica de este viaje virtual de Linneo por España  no sería completa si olvidáramos la breve estancia de otros dos de sus apóstoles en nuestro país.</p>
<p>A primeros del año 1751, y por tanto unos meses antes de que Löfling arribara a Oporto, llegó Pehr Osberck a Cádiz. Osberck era capellán del Príncipe Alberto, un barco de la Compañía Sueca de las Indas Orientales  (Svenska Ostindiska Kompaniet,  S.O.K.), que en su camino hacia el lejano oriente,  hizo una parada técnica en la capital andaluza; parada que, por distintos motivos, se prolongó hasta el 20 de marzo. Durante el tiempo que permaneció en Cádiz, Osberck fue plasmando, en su diario de viaje, sus impresiones,  describiendo la ciudad y alrededores  y detallando el medio natural gaditano. Se trata de una sugestiva descripción de la España del XVIII hecha por un espectador  curioso en la que, con respeto y cariño, refiere la vida cotidiana de los gaditanos y su entorno y reseña la meridional flora de esta porción de Andalucía, utilizando para ello la nomenclatura binomial ideada por su mentor.</p>
<p>Unos años después,  a finales de abril de 1760, desembarca  en Cádiz Klas Alströmer que durante  esa primavera y el verano recorre  Andalucía. Las impresiones  de su viaje y sus observaciones han pasado a la posteridad a través de las seis cartas  que escribió a Linneo; la primera  está fechada en Cádiz el 30 de abril y la última fue cursada desde Granada el 29 de septiembre. En  ellas resume a Linneo sus observaciones sobre la flora andaluza,  las gestiones que  lleva a cabo con las personas con las que se relaciona y le da una visión de Anda- lucía algo diferente de la de Osberck; se queja continuamente del calor –lo que  es lógico pues  su visita fue en verano–,  del lamentable  estado de las posadas, de la preocupación que siente ante un posible asalto de los bandoleros  y se le escapa, aquí y allá, algún antipático comentario  sobre los andaluces en particular  y los españoles en general.</p>
<p>Y este viaje que, a través de Löfling, Osberck y Alströmer, Linneo realizó al “paraíso en el globo terráqueo”  dio los apetecidos resultados, pues no se confundía el ilustre naturalista sueco en su apreciación sobre nuestro país. Hoy sabemos que España es, entre  los estados de la UE, uno de los que alberga mayor diversidad de especies; así en lo referente a las plantas casi el 80% de las especies europeas están representadas en nuestro país y, a esta riqueza  cuantitativa, debemos unir también la cualitativa pues el territorio español aloja cerca de 1.500 especies de plantas endémicas,  una cifra que es 100 veces superior  a la del Reino Unido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>___________________</p>
<p><strong>Maria Teresa Tellería</strong> es Doctora en Farmacia, Investigadora Científica del CSIC  y ha sido desde 1994 hasta 2007 Directora del Real Jardín Botánico de Madrid.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/viaje-virtual-linneo-espana-1751-1760/">El viaje virtual de Linneo por España (1751 &#8211; 1760)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>La entrada en el “Paraíso” andaluz por Despeñaperros</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-entrada-paraiso-andaluz-despenaperros/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 06 Jun 2017 11:27:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVIII]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=10234</guid>

					<description><![CDATA[<p>Por Antonio López Ontiveros</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-entrada-paraiso-andaluz-despenaperros/">La entrada en el “Paraíso” andaluz por Despeñaperros</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h6>La mayor parte de los viajeros ilustrados y posteriormente los viajeros románticos  que visitaron nuestra península lo hacían por Despeñaperros. En sus relatos de viaje dejaron una muy particular imagen de aquel paso inevitable y trasmitieron interesantes datos empíricos de carácter geográfico sobre la zona.</h6>
<p>&nbsp;</p>
<h3><em>Por Antonio López Ontiveros</em></h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-26/">Boletín nª26</a><br />
A partir  del siglo XVIII, la entrada  en Andalucía por el norte,  se realizaba siempre por el paso de Despeñaperros, espacio exótico y romántico, entonces  desolado y solitario, y para propios y extraños secularmente cubil de facinerosos y bandoleros.  Con anterioridad  a este siglo el acceso a la Meseta se acometía desde rutas más occidentales de las provincias de Córdoba y Jaén, algunas de las cuales aún hoy responden al topónimo  de “caminos de las ventas”.</p>
<h4><strong>COLONIZACIÓN  CAROLINA  Y </strong><strong>DESPEÑAPERROS</strong></h4>
<p>Pero lo novedoso en el Setecientos  se deriva de que a lo largo de un amplio recorrido se extiende en esta entrada  a Andalucía la colonización carolina que va desde  Almuradiel a Guarromán  pasando  por Aldeaquemada,  Arquillos, Carboneros,  Santa Elena y especialmente La Carolina, que se erige en capital de todas las Nuevas Poblaciones. Y hay que advertir  que éstas son llamadas “de Sierra Morena”, pero no son únicas, sino que se completan  con las denominadas “de Andalucía” que son: La Carlota, Fuente Palmera y San Sebastián de los Ballesteros en la actual provincia de Córdoba, y La Luisiana en la de Sevilla. Únase a todo ello que estos pueblos, respondiendo al ideal ilustrado de poblamiento,  comprenden ellos también muchas aldeas, para asegurar los caminos, para colonizar todo el territorio,  para transformar  todo el paisaje. Este experimento, excepto Almuradiel que se funda en 1781, se inicia en 1767 y 1768, que es cuando se fundan las demás poblaciones. A ellas, por demás, se les concede un fuero especial, que las rige en todos los órdenes al margen de la jurisdicción territorial ordinaria. Cabe, en fin, resaltar que esta colonización carolina es la más importante de España  en el siglo XVIII, aunque  su importancia  no sólo deriva de las dimensiones territoriales de la obra, sino también de la profundidad y ambición del experimento en los aspectos social, económico y geográfico y de las repercusiones y postulados ideológicos que llevó consigo.</p>
<p>Por todo lo dicho no es posible, ni lo pretendemos, resumir dicha colonización, pero sí pergeñar  la imagen geográfica que de ella transmitieron los viajeros ilustrados, que sistemáticamente se ocupan del tema, y la que nos dejan los viajeros románticos del siglo XIX, si bien ellos sustituyen  la del siglo precedente, y se centran más que en la colonización en el Despeñaperros y en las poblaciones  ilustradas, en el paisaje, más que en los datos empíricos de carácter geográfico, en el mito del gran paso, en su simbolismo, en la imagen icónica en virtud de la cual Despeñaperros pasa a ser entrada  en el “Paraíso Andaluz”.</p>
<p>El contraste de ambas percepciones es tan profundo y nítido, que yo he concluido al valorarlas en el libro que se cita(1), que constituye un ejemplo antológico de la diferencia radical que existe entre el relato viajero ilustrado y romántico, estudiados ambos en este caso desde un punto de vista geográfico, por dedicarse a esta disciplina –la Geografía– el que esto escribe.</p>
<h4><strong>LA COLONIZACIÓN CAROLINA DE SIERRA  MORENA </strong><strong>SEGÚN LOS VIAJEROS ILUSTRADOS</strong></h4>
<p>Tres temas geográficos clave cabe destacar en los viajeros ilustrados que atraviesan Sierra Morena. El primero  es el que se refiere a los <em>itinerarios, poblamiento y unidades paisajísticas</em>. Antes de la colonización a Sierra Morena  se accedía por Viso del Marqués,  prosiguiendo  por una carretera  muy empinada que pasaba por el Puerto del Rey, encontrándose en el tramo tan sólo la Venta de Miranda, en la <em>“qu</em><em>e no hay nada de comer”</em>. Tras la colonización y sobre todo con la fundación de La Concepción de Almuradiel en 1781, se inicia y llega hasta hoy el itinerario  de Despeñaperros que, aprovechando  el portillo de una gran falla, franquea este pintoresco tramo a través de una carretera atrevida y ejemplar como obra pública, que ejecuta  el ingeniero  francés Le Maur, en el contexto global de toda la colonización y que es alabada por muchos viajeros.</p>
<p>Después  los viajeros accedían a Venta de Cárdenas,  con <em>“posada suntuosa y bien provista”</em>, para coronar la subida en Santa Elena,  que presenta  la mayor pendiente aunque  “hoy –dice Ponz– con camino muy cómodo y suave, con sus buenos y muchos puentes”  y que es <em>“un pueblecito nuevo, y agradable por su situación, reciente caserío, espaciosa calle, Casa de Postas, Iglesia, etc.”</em>. Siguen después  Las Navas de Tolosa, La Carolina, que tiene <em>“una Fonda, la Posada, </em><em>y la Venta” </em>y de la que después  hablaremos,  Guarromán  –con topónimos muy dispares a causa de su mala interpretación– y una serie de aldeas por las que se llega hasta Zocueca y al Valle del Guadalquivir, cuyo comienzo no se precisa con claridad.</p>
<p>Los viajeros en su conjunto identifican en el tránsito este de Sierra Morena las siguientes unidades paisajísticas: transición a La Mancha en torno primero a Viso del Marqués y después en torno a Almuradiel; entrañas de Sierra Morena y Despeñaperros hasta Santa Elena; vertiente  meridional de Sierra Morena, presidida por La Carolina, que es el territorio más humanizado de la colonización; Bailén y sus cercanías que se reconoce  como paisaje antiguo de cereal y olivar; y el tránsito al Valle del Guadalquivir y Andalucía, centrado  imprecisamente en el río Rumblar.</p>
<p>Conviene advertir que este primer  tema del viaje ilustrado –itinerario,  poblamiento y paisaje– responde  con total adecuación a una geografía itineraria, muy propia de la época, presidida por el deseo de objetividad y el dato empírico y que, por tanto, puede  considerarse  geografía a todos los efectos y que en consecuencia nos ofrece muchos aspectos de cómo se inicia, realiza y progresa la colonización carolina.</p>
<p>El  segundo gran tema del viaje ilustrado es la descripción e interpretación del paisaje agrario creado en la colonización, que ha conseguido sustituir  lo que durante siglos había sido “guarida de ladrones  y lobos” en un campo  para “colonos y labradores”.  La primacía  de esta temática se justifica por la exaltación  en aquel  siglo de un pensamiento  fisiocrático que  confiere a la agricultura y al campo el origen  de toda  riqueza, y todo ello con un optimismo  excesivo y hasta utópico.  Y este optimismo lleva a muchos  –aunque  no a todos– a una exaltación  también  del medio ecológico en que se realiza la colonización, conviniendo  por ello que  los inconvenientes  reales de las nuevas poblaciones,  que  fueron  muchos,  no son físicos sino políticos, a saber:  llegada de  “vagabundos perezosos  y débiles”, actuación inadecuada  de los responsables como el aventurero <strong>Thürrigel,</strong>  mala planificación etc. El francés <strong>Peyron</strong>,  el inglés<strong> Townsend</strong> y el español <strong>Ponz</strong>, excelentes viajeros todos, enfatizan esta interpretación ecológica.</p>
<p>Y ellos también  –sin duda con el concurso de otros muchos–, configuran con nitidez los rasgos principales del paisaje agrario carolino que son los que siguen: nueva estructura de propiedad  a base de lotes individuales e inalienables de carácter familiar; aprovechamientos  agrarios variados y promiscuos, que tienden al autoabastecimiento, y que comprenden cereales, otros cultivos herbáceos, viñedos, moreras, ganadería e industrias de todo ello derivadas; el amor al árbol y la diversificación productiva ha de ser según ellos absoluta; y diseño de un paisaje rural integral que no solo se refiere a la configuración de un nuevo y geométrico catastro rústico sino también  a la integración en él de todo el poblamiento  (que no solo apuesta por núcleos concentrados  en pueblos o aldeas sino también  por la población dispersa) y de todo el sistema caminero, tanto rural, como regional y nacional (ya que la colonización se articula toda a lo largo del arrecife real Madrid-Andalucía).</p>
<p>Los textos viajeros dieciochescos sobre el tema agrario, creo que son los más ricos y extensos de la literatura  viajera ilustrada y constituyen un corpus geográfico de obligada utilización porque describen meticulosamente, valoran, critican y exaltan, según los casos, tanto los aspectos utópicos e irrealizables, como los fracasos y realizaciones. Éstas no conviene infravalorarlas porque  aún hoy basta acercarse a un espacio carolino para descubrir  un paisaje agrario genuino y distinto del circundante.</p>
<p>Y el tercer  tema que cabe descubrir  en nuestros  viajeros ilustrados es el de su <em>urbanismo  </em>y especialmente el de su capital <em>La Carolina</em>. El autor inglés Swinburne,  que  visita las poblaciones  de Sierra Morena  en 1775-76, en el texto que  sigue sintetiza bien cómo fue naciendo  y creciendo  esta capital. Dice así:</p>
<p><em>«La Carolina, la capital de todas las colonias, se sitúa en una hermosa colina que otea sobre el conjunto del asentamiento e incluso sobre la mayor parte de las provincias de Granada y Córdoba.</em></p>
<p><em>A causa de esta pretensión de que vigile el resto de las colonias, la han situado en un lugar deficiente de madera y agua, viéndose obligados a la necesidad de abrir increíble número de pozos para la bebida y riego </em><em>de sus huertos. Toda la ciudad es nueva desde sus cimientos, pues no había ni una choza hace ocho años; las calles son anchas y trazadas en línea recta, pero el terreno no está suficientemente nivelado; las casas se han levantado según un plano uniforme,  sin la menor decoración; la iglesia frente a la principal carretera del sur; y una torre colocada en cada ángulo marcan la extensión de la ciudad, que pretende ser un cuadrado perfecto; el lugar del mercado y otra plaza son muy espaciosos y aparentes. Toda la culminación de la colina, antes de que la ciudad  se trazara, estaba ocupada por huertos, y ahora ha sido plantada con avenidas de olmos, que están dispuestos para servir de paseos públicos».</em></p>
<p>En el texto aparecen  una serie de temas que son comunes a otros relatos de la época: en primer  lugar, el buen emplazamiento del pueblo, con el que  se persigue no solo la finalidad estratégica de dar seguridad al territorio,  sino también  la estética de conseguir buenas vistas. Otro tema común es la integración con la carretera,  o sea su carácter caminero, que obedece también primordialmente a razones de seguridad y abastecimiento.  También aparece  en todos los relatos de la época el carácter  geométrico de su urbanismo,  que en algún autor, como Ponz, no sólo es la referencia  de un dato real sino que se acompaña de su defensa y exaltación frente  al urbanismo  laberíntico  y caótico de las ciudades tradicionales  andaluzas. Por último, aparecen  siempre  también  otras noticias sobre monumentos y su estilo arquitectónico,  con defensa del neoclacisismo siempre, casas, habitantes,  economía, etc.</p>
<h4><strong>EL ABANDONO DE LOS  TEMAS CLÁSICOS  DEL VIAJE </strong><strong>ILUSTRADO </strong><strong>EN EL ROMANTICISMO</strong></h4>
<p>En el siglo XIX, en la literatura  viajera decae el interés  por las poblaciones carolinas por una serie de causas. Es la primera  que la diligencia, el caballo y el coche o galera particular  son sustituidos por el ferrocarril  como medio de transporte, que además, no transcurre  en Sierra Morena  por el núcleo central carolino de La Carolina, sino que sólo atraviesa las nuevas poblaciones por la intrincada angostura de Despeñaperros. Y, como advirtiera agudamente Gautier, <em>“la excesiva rapidez de los medios de transporte quita todo el encanto de la ruta; va uno arrastrado como un torbellino, sin tener tiempo de ver algo. Para llegar enseguida, tanto da quedarse en casa. Para mí, el placer del viaje consiste en ir y no en llegar”</em>. Si bien los mejores viajeros románticos viajan en la primera mitad del XIX en diligencia y a caballo, pero en la segunda mitad, el viaje romántico y el interés por lo rural está herido de muerte,  se pasa a un turismo esencialmente urbano donde desaparecerá el placer de <em>“ir” </em>y predominará el de <em>“llegar”</em>.</p>
<p>Pero en general  el interés  por las poblaciones  carolinas decae también  por otras causas: supresión  de su fuero en 1835 e integración  en un régimen  territorial  ordinario;  el progresivo desinterés  por este experimento político, sociológico y económico; y, como veremos, cambio en el esquema  perceptivo del viajero que ha sufrido una profunda  modificación; y, sobre todo, paisajística y humanamente nuestras  poblaciones  han perdido su peculiaridad  y se encuentran ya totalmente asimiladas en el contexto andaluz de su entorno.  Un ventero  de La Carlota declara a Borrow, el célebre don Jorgito de <em>La Biblia en España:</em></p>
<p><em>“Sólo </em><em>hablamos español, o más bien andaluz. Verdad que algunos muy viejos, saben algunas palabras de alemán, aprendidas de sus padres, </em><em>nacido</em><em>s en aquella tierra…  Son cristianos como los españoles…  Sus costumbres no son ni pizca mejores que las de los andaluces, y acaso sean algo peores, si es que hay entre ellos alguna diferencia.”</em></p>
<p>[av_image src=&#8217;https://sge.org/wp-content/uploads/2017/06/deepnaperros-dore-240&#215;300.jpg&#8217; attachment=&#8217;10250&#8242; attachment_size=&#8217;medium&#8217; align=&#8217;right&#8217; styling=» hover=» link=» target=» caption=» font_size=» appearance=» overlay_opacity=&#8217;0.4&#8242; overlay_color=&#8217;#000000&#8242; overlay_text_color=&#8217;#ffffff&#8217; animation=&#8217;no-animation&#8217; av_uid=&#8217;av-kqhi62&#8242;][/av_image]</p>
<p>Por todo ello, los <em>itinerarios </em>de forma precisa y en sí mismos, como un ejercicio de geografía, no le interesan ya al viajero y lo normal es la alusión no sistemática y ocasional a los lugares por donde se pasa. La <em>colonización carolina </em>–su historia, vicisitudes y situación actual–, otro tema tan querido del Setecientos,  deja de ser el argumento fundamental  de la narración en Sierra Morena, y, si se aborda, ello se hace asépticamente.</p>
<p>Igualmente ocurre  con los temas de <em>poblamiento, agrícolas y económicos, </em>obsesión para el viajero ilustrado, y que ahora, en general, o se aluden esquemáticamente  o se abordan  no económicamente sino de forma simbólica o estética, como precisamos más adelante,  sin que tampoco interese  el asunto del <em>medio físico </em>como condicionante  de los cultivos y la colonización. El romántico erige Andalucía en “paraíso”, cuya entrada está en Despeñaperros, y por tanto a esta región convienen todas las virtudes climáticas, todas las potencialidades  productivas y todas las excelencias posibles.</p>
<p>Y, por último, cambia también de manera radical la forma de percepción  y valoración del <em>urbanismo carolino </em>y especialmente el de la emblemática  capital de las poblaciones carolinas que es La Carolina, como a continuación veremos.</p>
<h4><strong>SIERRA  MORENA Y </strong><strong>DESPEÑAPERROS, </strong><strong>PUERTA  DE EUROPA  Y PARADIGMA DE ANDALUCÍA</strong></h4>
<p>Y si los románticos abandonan  los temas y el esquema perceptivo de los viajeros ilustrados respecto a Sierra Morena y Despeñaperros ¿cuáles son los asuntos que interesan a la nueva generación de viajeros y cómo los encaran o disciernen? Tres temas mayores, entre otros muchos, creo que podemos abordar al respecto.</p>
<p>Es el primero  y consustancial a la mirada del romántico,  que en general  no sienten especial interés por un tratamiento económico, técnico o productivista de los asuntos del relato –de aquí su silencio o desdén por los temas rurales de la colonización carolina– sino que más bien tienden  a la <em>comprensión estética y simbólica </em>y a una <em>captación de la belleza </em>de cuanto abordan.  Todo lo contrario, como sabemos, de cuanto hicieron los ilustrados. Un ejemplo muy andaluz y mariánico lo pondrá en evidencia. Véase cómo Gautier y Latour, inmersos ya en la mirada romántica, describen los olivares entre La Carolina y Bailén.</p>
<p><em>G</em><em>a</em><em>u</em><em>t</em><em>i</em><em>e</em><em>r</em><em>:</em> <em>“</em><em>G</em><em>r</em><em>a</em><em>nd</em><em>e</em><em>s</em> <em>olivares</em><em>, cuyo follaje pálido recuerda la cabellera enharinada de los sauces norteños y armonizan  admirablemente  con el tono ceniciento del terreno. Este follaje, de tono sombrío, austero y suave, fue muy  sabiamente escogido por los antiguos, tan hábiles apreciadores de las relaciones naturales, como símbolo de la paz y de la sabiduría”.</em></p>
<p><em>Latour: “Estos hermosos olivares me encantaban y me recordaban los que había visto en Grecia, en el camino de Delfos o en la llanura de Ática. Sus troncos torcidos y cavernosos, cuyas cabezas comenzaban a cuajarse de sabrosos frutos, me hacían pensar en esos sabios con el cuerpo encorvado, pero con la frente coronada por esa previsión de pensamientos que da la experiencia, pensamientos cuya dulce serenidad tiene también su secreta amargura”.</em></p>
<p>Townsend  sobre este mismo espacio en el siglo anterior había reseñado los distintos cultivos, descrito el suelo arenoso, advertido de la existencia  de fiebres intermitentes, anotado el precio de la carne y el pan, y de los olivos dicho: <em>“extensos  olivares que pertenecían,  al igual que esta población </em><em>–Bailén</em><em>– y una gran parte del territorio que se extiende a su alrededor, a la condesa de Peñafiel”. </em>¡Qué radical diferencia  en el entendimiento del paisaje por parte de ilustrados y románticos!</p>
<p>Y pasemos a la diferencia  radical en la <em>concepción urbanística  </em>de la ciudad andaluza en general  y La Carolina en especial. Borrow solo dice de ella: “pequeña  pero  linda ciudad  en  las faldas de  Sierra Morena,  habitada  por los descendientes de los colonos alemanes”.Pero Gautier  es más explícito y abiertamente repudia  el urbanismo  del pueblo. Escribe:</p>
<p><em>“</em><em>E</em><em>s</em><em>t</em><em>e</em> <em>pueblo</em><em>, edificado de una vez, nacido al soplo de una voluntad, tiene esa regularidad fastidiosa que no poseen los caseríos agrupados poco a poco por el capricho del azar y del tiempo. Todo está tirado a cordel; desde el medio de la plaza se ve el pueblo entero; aquí, el mercado y la Plaza de Toros: allá, la iglesia y la casa del alcalde. No es necesario decir que prefiero el villorrio más mísero, edificado a la aventura.”</em></p>
<p>Davillier, en un viaje que ilustra Doré,  es de la misma opinión: “nada es más monótono  –dice– que esta metrópolis  de las Nuevas Poblaciones”. Habiendo otros viajeros significativos como Poitou, Andersen,  etc, en cuyos textos, breves y anodinos, no aparece crítica alguna pero que demuestran que no sienten interés por este urbanismo.  Por tanto  dos conclusiones muy claras creo que se deducen  de estos textos románticos: la primera  es que es obvio que  La Carolina  no despierta  el mismo interés  que  en el siglo XVIII. El paso del tiempo  –“hace un montón  de años”– ha convertido  en meramente histórico el tema,  como la colonización en general.  La segunda  conclusión es que, excepto Borrow, todos los viajeros o son indiferentes  a su urbanismo o positivamente  lo rechazan  como “monótono” y “fastidioso”. El romántico, en efecto, no se conmueve  por la rigidez y frialdad de este urbanismo geométrico;  se apasiona en cambio con el laberinto  profuso y rico desorden del urbanismo de impronta  musulmana. Adviértase no obstante que también existe la excepción y que el norteamericano Mackenzie  escribe un texto es- pléndido  y extenso, que tengo como uno de los más valiosos sobre la ciudad carolina, tanto de los viajes románticos como de los ilustrados, y no sólo por su precisión geográfica sino también por su belleza formal y por su positiva y fundamentada valoración.</p>
<p>Y el último tema a abordar  es en realidad el más importante de todos: <em>¿qué significan en conjunto Sierra Morena y Despeñaperros para los viajeros románticos? </em>Nuestro análisis en el libro que nos sirve de base, tras estudiar y escoger textos más que suficientes, nos lleva a dos conclusiones claras: Sierra Morena para el romántico es <em>“puerta de Andalucía”</em>, <em>“el paso de Europa a África” y “la entrada al Paraíso”</em>, y el desfiladero de Despeñaperros es el paisaje de montaña romántico por antonomasia.</p>
<p>Respecto al primer tema conviene precisar que para los viajeros románticos la entrada en Andalucía en primer lugar era el paso de Europa  a África, la entrada  <em>“a </em><em>un</em><em>a tierra que se parece a Egipto” </em>(enmendando la afirmación de A. Dumas <em>“África empieza en los Pirineos” </em>se podría decir que para los románticos <em>“África empieza en Despeñaperros”</em>) pero también la llegada al <em>Paraíso terrenal</em>, abandonando  La Mancha cuyos dicterios contra ella no pueden  ser más elocuentes:  Latour afirma que “el paño pardo de Castilla y La Mancha fue sustituido por telas alegres y de colores vivos”; Davillier habla de <em>“llanuras inmensas, desnudas y áridas que se extienden hasta perderse de vista sin que aparezca un poco de verde donde poder descansar los ojos de vez en cuando”</em>; y Wylie exclama:</p>
<p><em>“</em><em>¡</em><em>A</em><em>d</em><em>i</em><em>o</em><em>s</em> <em>a las desoladas Castillas! Ellas están ahora detrás de nosotros. Abandonamos las imágenes de desolación y horrible ruina, física y moral con que ellas han colmado nuestro espíritu. </em><em>Estamo</em><em>s ahora a las puertas del soleado Sur. Estamos ahora en la frontera de Andalucía: «la tierra que una vez fue el Paraíso »”.</em></p>
<p>Al fin, pues, la entrada  en el Paraíso, el Edén,  los Campos Elíseos es la que constituye el puntal básico de la geografía mítica y simbólica de la región, y la que fundamenta todos sus rasgos físicos y humanos. Si bien el Edén  no se jus- tifica por sus habitantes  –que dejan mucho que desear– sino por el sol, la luz, el clima, la fertilidad del suelo, la policromía, el exotismo africano, el pintoresquismo, el arte, su atraso mismo. De aquí, el estado de auténtico  delirio, que muchos viajeros expresan al ingresar en Andalucía por Despeñaperros: “<em>¡Prostérnate lector! Y agradece a Dios que te ha permitido  pasear con tu mirada profana por la tierra prometida” </em>(Cuendias  y Féréal).  Me parece  que ha sido Gautier  el viajero, que como ningún otro, en varios textos ha expresado con precisión y suma belleza cuanto venimos diciendo, como en éste que sigue:</p>
<p><em>“Una vez franqueada Sierra Morena, el aspecto del país cambia totalmente; es como si de pronto se pasara de Europa a África; las víboras, al dirigirse a su agujero, rayan con rastros oblicuos la arena fina del camino; las chumberas comienzan a blandir sus grandes hojas espinosas en el borde de los fosos. Aquellos grandes abanicos de hojas carnosas, espesas, de un gris azulesco, dan súbitamente  una fisonomía distinta al paisaje. Se siente uno en otro lugar; se comprende que se ha dejado París de un modo definitivo. La diferencia de clima, de arquitectura, de trajes, no le hace a uno creerse tan fuera de su país como la presencia de esas grandes vegetaciones de zona tórrida que no solemos ver más que en invernaderos. Los laureles, encinas, alcornoques, higueras de hojas barnizadas y metálicas tienen una calidad libre, robusta y salvaje, que indica un clima donde la naturaleza es más fuerte que el hombre y puede prescindir de él.</em></p>
<p><em>Ant</em><em>e nosotros extendíase, como un inmenso panorama el hermoso reino de Andalucía. Aquella vista tenía la grandeza y el aspecto del mar;  cadenas de montañas,  sobre las que la distancia pasaba su tamiz, se desplegaban en ondulaciones de infinita  suavidad,  como grandes oleadas de azul. Amplios jirones de rubio bañan las corta- duras; aquí y allá los vivos rayos del sol doraban algún montículo más cercano y lo tornasolaban polícromamente  como la garganta de un pichón. Otras cimas, extrañamente  drapeadas, asemejábanse a esas telas de los cuadros antiguos, amarillas por un lado y azules por el otro. Todo estaba inundado  de una luz fulgurante, espléndida, como debía ser la que iluminaba  el Paraíso terrenal. La luz rielaba en aquel océano de montañas  como oro y plata líquidos, rompiéndose  en áurea espuma  fosforescente al tropezar con los obstáculos. Aquello era más grande que las más amplias perspectivas del inglés Martywny; mil veces más hermoso. El infinito iluminado  es mucho más sublime y prodigioso que el infinito en oscuro.”</em></p>
<p>Este  texto hay que completarlo  con otros muchos de Borrow, Gautier,  Doré, Davillier, Andersen,  Amicis, Mackenzie, Ford,  etc. donde  aparecen  otros ingredientes  fundamentales del paradigma  del relato romántico  sobre Sierra Morena  y Despeñaperros. Aunque de estos elementos  el primero  y principal, como síntesis de todo, está el descubrimiento en este sector de un <em>paisaje romántico </em>por antonomasia: por ser montaña,  siendo esta como lo es la máxima expresión de lo “sublime”, clave de la estética romántica; por su grandiosidad y pintoresquismo;  por ser un asiento tradicional del bandolerismo  andaluz; por su policromía y sobre todo por su luz ya que  <em>“el infinito  iluminado  es mucho más sublime y prodigioso que el infinito en oscuro”</em>. Se comprenderá, pues, ante todo esto que las poblaciones carolinas ya no significaban nada para estos viajeros que se ocupan de una temática y practican una percepción  estética que son radicalmente  diferentes  a las de los viajeros ilustrados.</p>
<p>Es así, en conclusión, como el de Despeñaperros es erigido por los románticos en uno de los símbolos estético-paisajísticos más notables de España.  ¡Lástima que visitando hoy el Parque  Natural  de Despeñaperros y su centro  de interpretación nada se diga a los turistas sobre la historia y el descubrimiento de Andalucía que se iniciaba y canalizaba precisamente por este inaudito paso de montaña!<em> </em></p>
<p>______________________</p>
<p>(1) López Ontiveros, A. Catedrático de Geografía en la Universidad de Córdoba: <em>Sierra Morena </em><em>y las Poblaciones Carolinas: su significado en la literatura  viajera de los siglos XVIII y XIX</em>. Córdoba, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, “Estudios de Geografía”, 1996, 59 pp.</p>
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		<title>Francis Carter</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/francis-carter/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Apr 2016 16:35:17 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Marga Martínez</strong></em></h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-17-mundo-maya/">Boletín SGE Nº17 &#8211; Especial Mundo Maya</a></p>
<p>La geografía era la ciencia de moda en la Gran Bretaña del siglo XVIII, y esto tuvo su reflejo en la publicación de infinidad de obras, sobre el tema, tanto eruditas como de divulgación. Los editores publicaban colecciones que, bajo el título de geografías, ofrecían una recopilación de relatos obtenidos de los libros de viaje de los británicos, que vieron en Europa y en el Mediterráneo el perfecto destino para sus viajes de estudios, lo que se conocía como el “Grand Tour”.</p>
<p>Sin embargo, la península Ibérica no estaba incluida en este circuito cultural y turístico, al menos durante los dos primeros tercios del siglo XVIII. Quedó marginada de tal modo que no llegaban a nuestras tierras viajeros con intención de hacer turismo. En consecuencia, tampoco se publicó nada nuevo sobre España, favoreciendo así el caldo de cultivo de numerosos tópicos y clichés acerca de los españoles. Para los británicos del XVIII España es pobre, despoblada y en plena decadencia; un mero apéndice de los borbones franceses. Sus habitantes son perezosos, orgullosos, dominados por los celos y el deseo de venganza; siempre dormitando al sol de invierno y a la sombra de una iglesia en verano. Su única preocupación es hacer su siesta diaria, asistir a misa y dejar que los franceses lo hagan todo. Daniel Dafoe escribiría un poema satírico en 1701 que refleja esta concepción de los españoles:</p>
<p><em>“Orgullo, el primer caballero, y Presidente del Infierno, sobre España, su parte y mayor provincia cayó. / El sutil Príncipe creyó conveniente darles las ricas minas de oro de Méjico; y todas las montañas de plata de Perú; / Riqueza que en manos prudentes podría dominar el mundo: / Pero él sabía que su temperamento era este: demasiado perezosos y demasiado altivos para ser ricos. Un pueblo tan orgulloso, tan por encima de su destino, que si reducido a pedir, lo haría con arrogancia. / Malgastan su dinero para que se les llame valientes y, orgullosamente, mueren de hambre porque desprecian el ahorro. / Nunca hubo nación en el Mundo que fuera tan rica y, sin embargo, tan pobre”.</em></p>
<p>Con el tiempo, durante el siglo XVIII, se fue reforzando el convencimiento de que España no era digna de soportar la fatiga y la dificultad de un viaje. Así por ejemplo, en 1752, Lord Chesterfield escribía a un amigo que cometía la insensatez, o la extravagancia de visitar la península y le advertía del siguiente modo:</p>
<p><em>“España es seguramente el único país de Europa que ha caído más y más en la barbarie en la proporción en la que otros países se han ido civilizando”. </em>Imagen tan asumida por los británicos que el editor de <em>The polite traveller and British navigator </em>escribía en 1783 que <em>“Nada excepto la necesidad puede inducir a alguien a viajar por España: debe ser idiota si hace el “tour” de este país por mera curiosidad, a menos que pretenda publicar las memorias de la extravagancia de la naturaleza humana”.</em></p>
<p>Sin embargo, la llegada de las nuevas corrientes románticas que valoraban el exotismo y la diferencia, junto con el hecho de que no se sabía nada sobre España y que las narraciones sobre ella no eran reales, fueron la causa principal de este cambio de actitud durante el último tercio de siglo. España recibe un gran número de viajeros que, precisamente llegan con el ánimo de escribir y publicar sus experiencias. Se desbarataba el concepto de viaje tal y como se había entendido durante el siglo XVIII.</p>
<p>Con el romanticismo, el género literario de los libros de viajes adquiere una importancia y valores nuevos: el viajero se preocupa menos por las instituciones y de la situación social de los países, en favor de los paisajes y del exotismo. Surge un interés por conocer lugares, costumbres y gentes diferentes; cuanto menos civilizado sea el país que se visita, mejor. España y especialmente Andalucía, se convertían, en definitiva, en un objetivo privilegiado para muchos viajeros extranjeros, sobretodo los de habla inglesa. Tanto es así que durante el siglo XIX se forjó “un camino inglés” que desde Gibraltar o Málaga conducía a Granada y a la Alhambra.</p>
<p><strong>FRANCIS CARTER Y SU ESTANCIA EN ESPAÑA</strong></p>
<p>Poco se sabe de Francis Carter, el hijo de un comerciante inglés afincado en el sur de España, que pasó su infancia en Andalucía. Su familia residió durante largas temporadas en nuestro país y siendo aún un niño visitó Madrid y Lisboa; vivió en Vélez, Málaga y después en Sevilla, antes de trasladarse a Gibraltar en 1771 donde alquiló una casa. A la capital hispalense donde residió gran parte de los años 1762, 63 y 64 Carter la considera junto a Valencia y Barcelona como las tres ciudades mejor trazadas de España en lo que a la disposición de las casas se refiere. Le llama la atención la construcción, que considera debe ser muy costosa, de patios y jardines llenos de naranjos y arrayales, y por supuesto las fuentes, <em>“sus habitantes han heredado también de los moros su pasión por las fuentes; no hay casa de importancia en Andalucía que carezca de ellas”</em>. Sevilla, antigua y gran ciudad de Andalucía y algunas veces corte de los reyes de España inspira a Carter, contrastando con su gusto y debilidad por la erudición, de la siguiente manera:</p>
<p><em>“¡Sevilla de mi alma! // Y qué de cosas,  // dulce a la memoria, // me traes amorosas. // Bizarra, hermosa, // En todo lucida; // ¡cuánto tú me querías, // y estabas de mí querida” </em></p>
<p>En septiembre de 1772 emprende un viaje a Málaga junto a su familia para pasar allí la primavera y el invierno. Llega a Málaga el 27 de septiembre de 1772, cuando la gente aún se sentaba a la puerta de las casas a tomar el fresco, y deja constancia en uno de sus grabados incluso de la casa en la que residió durante cinco años en esta ciudad. Este viaje y andanzas se detallan en el libro publicado en 1777 con el título original <em>A journey from Gibraltar to Málaga.</em></p>
<p>Fue coleccionista de monedas y libros españoles y amplió su colección gracias a la generosidad de sus amigos españoles, ya que le facilitaron una buena colección de medallas, libros y documentación necesaria no sólo para escribir<em>Viaje de Gibraltar a Málaga </em>sino también para elaborar cuatro años más tarde, <em>The Historical and Critical account of early printed spanish books</em>, que quiso continuar en una historia de la literatura española. Es en <em>Viaje de Gibraltar a Málaga </em>donde con gran ilusión promete escribir un tratado sobre literatura española, ante el deseo de muchos de sus amigos, siempre y cuando la obligación de dar de comer a su único hijo se lo permita. Gracias a esta promesa que Carter formula en el prólogo del libro en el que describe su viaje, sabemos que vivió en la casa de Málaga con su hijo, pero lo que no aclara y da lugar a especulaciones es si también compartió su hogar con una malagueña. Los títulos citados le consagraron y ayudaron a ingresar en la Real Sociedad de Anticuarios de Inglaterra.</p>
<p>Decía el propio Carter, que conoció España desde su infancia y más tarde, de 1753 a 1773, prácticamente toda su vida (excepto cinco años pasados en Francia) transcurrió en Andalucía y reino de Granada, del que dudaba que existiera en el mundo una provincia tan merecedora de atención, por su clima suave y fértil, por su Historia Antigua y por sus dones y bendiciones naturales que contribuyen al placer y bienestar humano. No obstante manifiesta nostalgia de su país natal buscando el consuelo en el estudio de los lugares donde le tocó residir.</p>
<p>El 3 de julio de 1773 corría una agradable brisa y el tiempo era espléndido en Málaga, día en el que una fragata salía del puerto de Málaga con destino a Bristol. Francis Carter abandonaba España, buscando buenos augurios para un feliz viaje y perdiendo de vista la costa malagueña.</p>
<p><strong>EL ANTICUARIO Y EL CANÓNIGO </strong></p>
<p>Francis Carter demuestra en su libro <em>Viaje de Gibraltar a Málaga, 1777 </em>una desbordante erudición al presentar el pasado histórico de los lugares que visita en esta travesía desde Gibraltar a Málaga. Las páginas de su libro son básicamente de contenido naturalista e histórico-arqueológico; las citas de Plinio, Ptolomeo, Antonio o Estrabón son constantes, sueña con el pasado de las ruinas de Carteya, Cilniana, Salduba, Lacippo, Súcubo, Irippo, Acinio, Cártama… con las que topa en su viaje y lo de menos es la atención a lo contemporáneo.</p>
<p>Sin embargo, no se molesta en ocultar un engreimiento y orgullo gratuito, casi infantil, en pasajes del viaje en los que rebate sin lugar a la réplica las teorías de anteriores estudiosos, historiadores o coleccionistas. A este respecto recurre a su excelente y única colección de monedas, de la que también ha dejado constancia en sus grabados.</p>
<p>En las correcciones de Carter a las fuentes de las que bebe, hay un nombre que merece especial mención: Don Cristóbal de Medina Conde. El viajero británico no se deshace en elogios hacia quien fue su guía en Málaga y quien le dio acceso a documentos y antigüedades que poseía en su museo particular; simplemente lo presenta como académico de número de la Real Academia de Bellas Letras de Sevilla y de honor de la de Barcelona, canónigo malagueño de la catedral y diligente anticuario con su propio museo. Sobre los demás hombres ilustres malagueños Carter, sin embargo, no escatima amables palabras: Don Juan Rivera, autor de trabajos históricos exhaustivos y correctos, quien en su museo posee una buena colección de antigüedades; Don Francisco Javier Espinosa, excelente anticuario y arcipreste de Cortes; Don Diego de Mendoza, hermano del marqués de Mondíar, sabio y elegante escritor que vivió en tiempos de Felipe II; el Padre Francisco Cabrera, motivo de honra para Málaga; Luis de Mármol, un hombre sin estudios pero de un genio natural; Macario Fariñas, Pedro Espinosa…</p>
<p>Medina Conde, el autor de <em>Conversaciones históricas malagueñas</em>, fue bastante maltratado por varios investigadores que criticaron sus trabajos en el mejor de los casos ya que en otras ocasiones se aprovecharon de sus estudios silenciando su autoría.</p>
<p>Parece ser que en esta época, existió en Málaga una tertulia literaria, la primera de la que se tienen noticias, en la actual Plaza de la Constitución. Debía de tratarse del lugar idóneo, puesto que cerca de ella se encontraban tanto la Casa del Cabildo, la histórica imprenta de Luis Carrera (el impresor del Ayuntamiento) que daba cobijo a la tertulia, la catedral, el Obispado y el Colegio de San Telmo. En ella se reunían tres aficionados “a los papeles viejos”: dos regidores del Ayuntamiento y un canónigo inquieto. Uno de los regidores era don Joaquín Pizarro y Despital, diputado archivista que desde 1788 se dedicaba a ordenar el archivo de Málaga, tarea en la que le ayudaba don Pedro Fernández de la Rosa, lector de letras antiguas, y el escribiente Antonio Romero. El otro regidor era un militar inválido que después de haber luchado en Gibraltar y Menorca, perdió una pierna a consecuencia de un trabucazo al perseguir a una partida de contrabandistas en Sevilla. Y el tercer tertuliano era un canónigo de avanzada edad, que iba dando a la imprenta un libro titulado <em>Conversaciones históricas malagueñas </em>bajo la firma de un sobrino suyo, don Cecilio García de la Leña, ya que él estaba desautorizado para publicar a causa de un expediente: era don Cristóbal Medina Conde.</p>
<p>Al parecer, el canónigo protagonizó un fuerte escándalo en Granada a causa de unos descubrimientos arqueológicos, a lo que se unió que no podía alcanzar la dignidad eclesiástica deseada en el Cabildo malacitano por no poder garantizar su prueba de sangre. Así que se le “recomendó” que su firma no apareciera en ninguna investigación, cosa que cumplió a favor de su sobrino.</p>
<p>Podemos suponer que las polémicas entre Carter y Medina Conde existieron y fueron bastante descarnadas. De hecho, el canónigo hizo de cicerone del británico por la ciudad, le mostró todo lo que suponía objeto de estudio y guió sus pasos entre septiembre de 1772 y julio del siguiente año. Como ya hemos dicho el anticuario nombra al canónigo básicamente con la intención de discutir sus datos. También Medina Conde le dio réplica, motivado por la soberbia y envidia que le produjo el británico. De tal modo que critica sin compasión en sus<em>Conversaciones históricas malagueñas </em>las inexactitudes históricas y geográficas de Carter. El canónigo describió al anticuario como sumiso y cortés caballero a quien invitaba a su casa para instruirse, facilitándole el acceso a su biblioteca, papeles y anotaciones de las noticias de Málaga.</p>
<p><strong>LA RUTA HACIA MÁLAGA </strong></p>
<p><em>“Permanecimos en Gibraltar desde finales de junio de 1771 hasta el 23 de septiembre de 1772, día en que emprendimos viaje a Málaga, donde pensábamos pasar el invierno antes de volver a Inglaterra. Después de cruzar la frontera española, viajamos cinco horas por la costa del Mediterráneo, sobre terrenos áridos durante unas tres leguas; entonces encontramos un río ancho y profundo, que no es vadeable en invierno y, a poca distancia, nos paramos en un cortijo donde nos refrescamos con sandía”. </em></p>
<p>De este modo comienza Carter su viaje hasta Málaga, una vez atravesada la frontera española, aunque antes de ello hizo una excursión por el Peñón de Gibraltar con una exhaustiva descripción de la provincia, sus ruinas y su historia antigua.</p>
<p>Ya en el inicio de su viaje deja ver cierta vanidad que aflora en muchos pasajes de su ruta. Aprovechando la vista de Tánger desde el Peñón hace un guiño al lector pidiendo un poco de paciencia para dedicar unas palabras referentes a la historia de la ciudad. Tras el recorrido histórico por Tánger y ante la admiración de las flores que nacen en las rocas del Peñón, Carter hace una concesión a las damas que le acompañan en el viaje, dejando ver que les parecía mucho más agradable la admiración del paisaje que las historias de ciudades y batallas, así que, y ante la petición, dedica a sus acompañantes una descripción de la flora del Peñón.</p>
<p>Sentencia Carter que Gibraltar, tras ser cedido a la corona de Inglaterra en 1713, volvió a conseguir su antiguo esplendor y constata la improbabilidad de que vuelva a pasar a manos españolas: <em>“las fortificaciones han sido tan mejoradas y perfeccionadas que, unidas a la fuerza natural del lugar, lo hacen inconquistable; las posibilidades de que vuelva a ser de los españoles son muy remotas, a no ser por traición. Para los moros fue la llave para entrar en España; por eso los ingleses, con toda razón, lo consideran la llave del Estrecho y el asiento del dominio británico en el Mediterráneo”. </em></p>
<p>Por la costa de Gibraltar y Algeciras, se detiene con una densa y exhaustiva descripción de las ruinas de Carteya. El viajero inglés se recrea en la antigüedad, el gobierno, las monedas y hasta las familias romanas de la ciudad. Recordará varias veces a lo largo de su libro que ha sido el primero en dibujar una vista de la ciudad de Carteya.</p>
<p>Continúa en su recorrido desde la costa de Gibraltar con referencias a cualquier resto histórico que surja en su camino: Barbésula, Barbariana, Cilniana, Salduba, Suel, Lacippo… hasta llegar a La Serranía de Ronda.</p>
<p>Del paisaje de La Serranía de Ronda, o su historia natural, como lo llama Carter, asegura que no cree que jamás pueda ver un paisaje más delicioso. Abrumado por la fertilidad de estas tierras, de sus excelentes aguas, de su aire, de los generosos frutos de sus árboles, se aventura a asegurar que un hombre que fuera abandonado a su suerte, por cualquier causa, en estos bosques podría sobrevivir perfectamente.</p>
<p>A su llegada a Marbella destaca el carácter “poco acogedor” de sus habitantes ya que, sin lugar a dudas para el anticuario, al ser muchos de ellos descendientes de los moros, todavía toman a mal el pésimo trato que recibieron sus antepasados por parte de los españoles, y para dejarlo más claro, recoge el siguiente dicho: “Marbella es bella, pero no entrar en ella”.</p>
<p>A una hora de viaje de Marbella divisa la romántica situación de Ojén, donde desayuna en casa de unos amables vecinos, que a pesar de no conocer a los viajeros, les dedican la máxima hospitalidad posible; hospitalidad que no exige pago por un desayuno que a pesar de no conocer ni “el exótico té, la porcelana pintada y el olor del café” sorprende con lo que hoy día llamaríamos un desayuno mediterráneo: “una rústica mesa, que ofrecía limpias tazas de barro llenas de leche recién ordeñada de la cabra, una cesta de uvas con su textura de terciopelo tan agradable al tacto y un montón de higos todavía brillantes del rocío de aquella mañana”. A Carter le llama la atención que la economía de estos campesinos se base todavía en el trueque, de hecho casi nunca han tocado el dinero, y reflexiona el viajero inglés que seguramente sea esta la causa en la que reside su mayor felicidad.</p>
<p>Desde el puerto de Ojén, <em>“famoso desde hace mucho tiempo por sus bandas de salteadores”, </em>pasando por Monda, por los curativos baños árabes de Carratraca, a los que dedicó una vista, y recorriendo Coín, <em>“excelente lugar para pasar la primavera, incluso el obispo tiene un palacio aquí”, </em>Tolox, Alhaurín, Churriana, Cártama, Alora y Nescania llega a Antequera. En este trayecto no se molesta en edulcorar lo más mínimo las opiniones que le suscitan según qué comportamientos de los campesinos andaluces: desde la brutalidad de un rústico de Cártama al mutilar una estatua romana, hasta la dejadez de los lugareños que no se preocupan en arreglar la calzada llena de baches de Cártama a Málaga, a pesar de que en invierno se hunden de barro hasta la cintura tanto los campesinos como sus animales.</p>
<p>Tras describir el escudo de Antequera, su moneda, la armería árabe del castillo y hacer una relación de hombres ilustres de la ciudad, Carter llega a Málaga con una sensación de tristeza por la visión que les ha brindado el viaje y que se torna en alegría ante la vista de la ciudad malacitana: <em>“La impresión de nuestro viaje no puede ser más desagradable y triste ante la visión melancólica de anti</em><em>guas ciudades en ruinas, algunas tan destrozadas y deshechas por el tiempo que la búsqueda más afanosa apenas ha podido descubrir los lugares que antiguamente ocuparon (… ) En Málaga es todo lo contrario; aquí la escena es agradablemente uniforme, alegre y próspera a través de todas las épocas, bajo los fenicios, griegos, romanos, godos y árabes.”</em></p>
<p><strong>EN LA ESPAÑA DE LOS TÓPICOS </strong></p>
<p>No podemos comparar a Francis Carter con aquellos “curiosos impertinentes”, viajeros que encasillaron a los españoles bajo el tópico de ignorantes, perezosos y responsables de la decadencia del imperio que había sido España.</p>
<p>Es en el último tercio del siglo XVIII cuando se va descubriendo que el español es templado en el comer y el beber, aplicado en el trabajo, alegre, acogedor y que incluso sabe hablar con corrección y prudencia. Es más, se ve a la monarquía española como la causa de todos los males del país; es la época en que los ingleses ven en el pueblo español el mito de la lucha por la libertad; pueblo que poco después se levantaría contra el invasor francés.</p>
<p>Como ya hemos señalado antes, Francis Carter en su ruta por tierras andaluzas, no muestra ningún recato en hablar de la brutalidad e ignorancia de los campesinos que no saben apreciar el valor del legado de la antigüedad en sus tierras. Sin embargo hace una clara distinción entre la forma de ser de los españoles de las capitales y los de los pueblos.</p>
<p>Describe a los habitantes de la capital malacitana con la <em>“característica de quienes han olvidado la antigua virtud y sencillez de sus antepasados. Es común entre ellos el gusto por la disipación y las diversiones públicas. Como su comercio es lucrativo y sus economías van a más, cada cual pugna y rivaliza con su vecino en ostentación y despilfarro, esforzándose por alcanzar y mantenerse en una clase social superior a la suya: el mecánico quiere parecerse al tendero; el tendero al comerciante, y los comerciantes a los nobles. (… ) Sin embargo, en los pueblos y ciudades del interior todavía se ven españoles casi en el mismo estado en que los dejaron los romanos.” </em>Y sin embargo, ve en el campesino español un hombre<em>“moderado en el comer, abstemio, sobrio como ninguno, amante de su tierra, obediente y fiel a su rey, el campesino es un soldado excelente”.</em></p>
<p>Hasta tal punto llega el elogio de Carter, que pone como ejemplo el caso de un criado que tuvo en Sevilla en 1760, y que tras recuperarse de una penosa y larga enfermedad, pidió a su amo inglés que le permitiese peregrinar a Santiago de Compostela para cumplir la promesa que había hecho al santo si salía con bien de ese trance. El criado le prometió estar de vuelta en cinco semanas y ante el estupor de Francis Carter, cumplió su promesa con el lógico asombro del anticuario que sabía que la ciudad gallega estaba a 170 leguas de Sevilla. Exageración o admiración, tal vez, pero lo cierto es que Carter no deja pasar la oportunidad para certificar la integridad de los españoles: <em>“Yo, que he convivido con los españoles durante tantos años, quiero rendir aquí un homenaje a su integridad”. </em></p>
<p>En cuanto a las costumbres de los españoles, Carter no deja de sorprenderse: unas veces negativamente, como al describir la fiesta de la vendimia en los Montes de Málaga, y otras agradablemente como cuando, por ejemplo, descubre el comportamiento social de los españoles en los que siempre está presente la guitarra.</p>
<p>Para Carter, la fiesta de la vendimia se convierte en el olvido de la consideración y del respeto; en una temporada en la que los españoles aprovechan para celebrar fiestas que rozan el libertinaje. Al inglés le sorprende que el amo de la viña deje su severidad y su capa y se siente en la misma mesa que sus jornaleros; que tanto él como su mujer peleen con los trabajadores tanto en coger el mejor sitio a la mesa como en ser el primero en <em>“meter la cuchara a la sopa”. </em>Claro que lo más escandaloso para el viajero inglés es la retahíla de bromas y comentarios jocosos, animados por las copasque siguen a la comida, y que atañen por igual a amo y trabajadores; lo que no deja de considerar terrible es <em>“lo de provocar de la manera más vulgar y grosera a todos los que pasan por las viñas, mientras cogen la uva; y lo que es aún más notable, siguen utilizando las mismas expresiones (Hijo de la grandísima puta, cabrón, putísima, etc) que el ruedo vendimiador de los tiempos de Horacio.”</em></p>
<p>De la mujer española Carter destaca el recato y la modestia con los que cautiva el corazón. Le llama poderosamente la atención el velo, que dice es costumbre heredada de los moros, y aunque antes lo llevaban de seda, y durante un siglo, por falta de medios, lo llevaron de lana, poco a poco se fueron fabricando de tafetán negro, batista fina o de muselina transparente. <em>“Este velo encierra todala magia, el atractivo de su belleza”. </em></p>
<p>La guitarra española también tiene su lugar en las páginas que escribió Francis Carter sobre su estancia en nuestro país. Dice que sus notas se oyen por la noche con las quejas y las historias de amor de los mozos de los pueblos; son las mismas manos que han estado podando viñas todo el día las que arrancan tiernas notas de amor al anochecer. Le llama poderosamente la atención que el comportamiento social de los jóvenes se aprenda en las reuniones nocturnas a las que acuden los jóvenes de ambos sexos para escuchar <em>“un romance histórico, las graciosas seguidillas”o turnándose en el cante de los alegres fandangos.” </em></p>
<p>También diferencia Carter entre capital y pueblos en lo que al galanteo de los jóvenes se refiere. Mientras que la peor parte se la llevan en las ciudades, es en los pueblos donde los chicos son corteses, afables, atentos y educados, ya que pueden llegar rumores a oídos de las novias que echarían por tierra su buena fama. Es más, Carter aprovecha para comparar y criticar la zafiedad y despreciable egoísmo de los campesinos ingleses: <em>“Los españoles son apasionados de la música y la cultivan desde su infancia. Lanzar el palo con fuerza, montar a caballo con garbo, enfrentarse a un toro bravo, bailar con soltura y elegancia y ser esmerados y aseados en su porte son los únicos encantos que pueden conquistar el corazón de una muchacha española, que no busca dote, herencias ni dinero, sino que espera mitigar las penas y el sudor del trabajo diario compartiéndolo con el compañero que ha elegido.”</em></p>
<p>A modo de conclusión de su viaje por tierras españolas Francis Carter rinde homenaje a la hospitalidad y generosa acogida de que es objeto el viajero en la España de finales del siglo XVIII, y no solo por parte de las clases altas, sino por parte del clero, campesinos y habitantes de los pueblos por los que pase cualquier viajero. <em>“Mi experiencia personal y la de todos mis compatriotas que han viajado por España confirman esta impresión.” </em>Podemos ver, por lo tanto en el pensamiento de Carter, esa mezcla de admiración y desprecio con la que los ingleses contemplaban una España que, para ellos, siempre había sido misteriosa e incomprensible.</p>
<p>Francis Carter terminaría sus días en su país natal, escribiendo colaboraciones en Gentelmen’s Magazine. Murió en 1783.</p>
<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Viaje de Gibraltar a Málaga, 1777. Francis Carter: Servicio de Publicaciones. Diputación Provincial de Málaga.</p>
<p>The true-born Englishman en Selected writings of D. Defoe. D. Defoe. Editado por J. T. Boulton, C. U. P., 1975.</p>
<p>Lord Chesterfield’s letters to his son and others. Lord Chesterfield Londres, Everyman’s Library, 1938, pag. 310.</p>
<p>The polite traveller and British Navigator. J. Fielding. Londres, 1783, pág. 92, vol. II</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/francis-carter/">Francis Carter</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Joseph Towsend, el reverendo ilustrado. Un viaje por España en la época de Carlos III</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 01 Jul 2006 16:16:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 24]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVIII]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Jos Martín</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/joseph-towsend-el-reverendo-ilustrado-un-viaje-por-espana-en-la-epoca-de-carlos-iii/">Joseph Towsend, el reverendo ilustrado. Un viaje por España en la época de Carlos III</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h6>En 1786 el reverendo inglés Joseph Towsend cruzaba los Pirineos con el ánimo de recorrer durante quince meses la mayor extensión posible de España. Su libro de viajes muestra su particular visión de la España del XVIII y es considerado todo un clásico. Quizás el relato mas serio y detallado, anterior al famoso manual de Richard Ford.</h6>
<p>&nbsp;</p>
<div id="c3991" class="csc-default">
<h3><em><strong>Por Jos Martín</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-24/">Bibliografía: Boletín 24. Julio de 2006</a></p>
</div>
<div id="c4003" class="csc-default">
<p class="bodytext">En las dos décadas posteriores a 1770, una avalancha de viajeros europeos llegó a España con el propósito de recorrerla. Fruto de ello fue la publicación de más de treinta libros de viaje referidos a nuestro territorio. Lo español, ¿se había puesto de moda? Los que han estudiado en profundidad este fenómeno suelen señalar el cansancio de los viajeros ilustrados por el <em>Grand Tour </em>y la búsqueda de territorios más exóticos. Ya se notaba en el ambiente un cierto aire de romanticismo que chocaba frontalmente contra el viejo concepto del viaje, y eruditos y pre-románticos calzaban sus guantes para medirse en los primeros combates dialécticos (a veces fratricidas) sin darse cuenta de que ambos tenían razón: en el rincón derecho, el peso pesado Samuel Johnson, inglés defensor de las ideas antiguas que tomaban el viaje como una vía académica que sirviera fundamentalmente para el estudio y el conocimiento; en el rincón izquierdo, el joven escocés James Boswell, su biógrafo y amigo, representante de las nuevas tendencias. Johnson inicia el combate lanzando un gancho sensacional. “<em>¿El paisaje? Una hoja de hierba es siempre una hoja de hierba tanto en un país como en otro. Si queremos conversar, hablemos de algo que tenga sentido. Los hombres y las mujeres son el objeto de mi estudio</em>”. Boswell reponde con un crochet al mentón: “<em>No puedo evitar el pensamiento de que Johnson muestre tal falta de buen gusto cuando se ríe de la grandeza salvaje de la Naturaleza</em>”. Pero Johnson lanza un directo a su amigo y lo deja K.O. tumbado sobre la lona: “<em>El mejor paisaje que un escocés puede ver es el camino que le lleva a Inglaterra</em>”. Desde la grada, el fantasma de James Howel (que fue cortesano de Carlos I) aplaudía a rabiar mientras gritaba: “El viaje es una Academia en movimiento”.</p>
<p class="bodytext">Así estaban las cosas cuando en 1786 el reverendo Joseph Towsend cruzó los Pirineos con el ánimo de recorrer durante quince meses la mayor extensión posible de España. Había estudiado Arte en Cambridge, Medicina en Edimburgo y poseía conocimientos amplios de Geología, Paleontología y Conquiliología. Como buen calvinista, se mostraba más interesado por los datos estadísticos, por la pobreza y la riqueza de la gente y del terreno, por sus causas y consecuencias, que por describir sensaciones o llegar al corazón del paisaje y de su gente. En eso estaba plenamente de acuerdo con Edward Clarke, cuya misión era “<em>recoger informaciones, datos y material relativo a la situación presente de España, puesto que ello podría gratificar mi curiosidad o resultar de utilidad para la gente</em>”. Townsend no lo ocultaba. “<em>Estos son los hechos; hagamos un alto para examinarlos, no como filósofos o químicos, sino como comerciantes y políticos</em>”, escribía en el libro que publicó en 1792 y que tituló, para que no hubiera duda alguna, de esta manera: Un viaje por España en los años 1786 y 1787; con particular atención a la agricultura, manufacturas, comercio, población, impuestos e ingresos de este país; con anotaciones hechas al pasar por una parte de Francia. A pesar de su insistencia, el libro de Townsend “<em>viene a ser como el canto del cisne del viajero dieciochesco </em>–dice Blanca Krauel Heredia, profesora de la Universidad de Málaga–, <em>pese a que nuestro reverendo confía demasiado en la credibilidad de los lectores</em>”, y está considerado como un clásico, el más serio y detallado de los escritos antes del famoso manual de Richard Ford. Su lectura es amena y enriquece a quien lo lee si sabe distinguir el polvo de la paja.</p>
<p class="bodytext">Lo que sigue es parte del texto correspondiente al capítulo <em>Viaje de Madrid a Sevilla, </em>extraído del libro publicado por Ediciones Turner en 1988. bajo el título resumido de <em>Viaje por España en la época de Carlos III (1786-1787). </em>Ian Robertson, que prologa este libro, acaba su escrito con una frase de Townsend: “<em>Fueron muchas las veces que me vi obligado a admirar la ilimitada generosidad de sus habitantes. Si expresara todo lo que siento, al rememorar su bondad, parecería adulación; pero me atrevo a decir que la sencillez, la sinceridad, la generosidad, un elevado sentido de la dignidad, y unos firmes propósitos del honor son los rasgos más prominentes y apreciables del carácter español</em>”. Palabras que poco tienen que ver con el estilo racional de los viajeros ilustrados y mucho con la subjetividad y el sentimiento de los viajeros decimonónicos que le sucedieron.</p>
<p class="bodytext"><strong>DESDE MADRID HASTA ANDUJAR. RELATO DE TOWNSEND </strong></p>
<p class="bodytext"><em>Partimos de Madrid el 15 de febrero de 1787 en un coche de colleras tirado por siete mulas y llegamos a Aranjuez por la tarde. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Antes habíamos pasado por Valdemoro, una población que contiene mil novecientos treinta y ocho habitantes, dos conventos y una fábrica real de medias recientemente fundada por el ministro de Hacienda, que ha querido honrar así a su pueblo. Algunos de los cien bastidores que posee aún no han sido utilizados, y el producto que elaboran se encuentra muy mal tejido y resulta poco resistente, pues la estambre tiene sólo dos hebras y no está bien hilada. En esta fábrica un buen trabajador gana doce reales diarios, unos dos chelines y cuatro peniques y medio.</em></p>
<p class="bodytext"><em>La posada de Aranjuez, que es propiedad real, es muy espaciosa, aloja cuarenta y cuatro camas muy limpias y cómodas, y renta cincuenta y cuatro mil reales al año a su propietario. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Al día siguiente pasamos por Ocaña, una población bastante grande que dista dos leguas de Aranjuez y nueve de Madrid. La habitan cuatro mil ochocientas ochenta y seis personas y mantiene cuatro parroquias y diez conventos. Como era demasiado pronto para descansar, continuamos nuestro viaje por espacio de cuatro leguas hasta llegar a La Guardia, donde, a pesar de que no es punto de parada habitual, encontramos un buen alojamiento. Todo el camino desde Madrid discurría por un territorio bastante llano, formado por un suelo arenoso asentado sobre una roca yesífera, en el que producen principalmente trigo y algunos olivos y vides. En este famoso territorio de La Mancha es natural que esperáramos encontrar molinos de viento, y de hecho los pudimos ver, tal y como imaginábamos, cerca de cada pueblo, donde los construyen para suplir la carencia de corrientes de agua con las que moler el trigo. No tienen bueyes, y sólo utilizan mulas o asnos para realizar sus tareas agrícolas. </em></p>
<p class="bodytext">Aunque La Guardia llegó a ser plaza fuerte y estuvo durante bastante tiempo ocupada por los moros, en la actualidad parece encontrarse al borde de la ruina. Los informes del gobierno indican que las alrededor de mil familias que la siguen poblando suman tres mil trescientos cuarenta y cuatro habitantes; pero lo cierto es que hay más de tres mil personas que reciben la comunión y unos ochocientos niños que aún no tienen edad para ello. Su única industria, la del salitre, es de escasa importancia, por lo que el pueblo es miserable y pobre. Las tierras están divididas en pequeñas parcelas, y el propietario principal es don Diego de Plata. Las rentas se pagan en trigo.</p>
<p class="bodytext"><em>La iglesia es un edificio muy hermoso y bien proporcionado cuyos altares son en su mayoría modernos y desornamentados. En una de las capillas hay muchas y buenas pinturas de Angelo Nardi. </em></p>
<p class="bodytext"><em>El sábado 17 de febrero pasamos por Camuñas, una miserable aldea de unas trescientas casas, y llegamos a las Ventas de Puerto Lapiche, después de haber recorrido veintidós leguas en los últimos tres días. </em></p>
<p class="bodytext"><em>El territorio es llano, y el panorama hacia el Norte, extenso; pero antes de llegar a las Ventas ya habíamos perdido de vista las nevadas montañas que separan las dos Castillas. En condiciones atmosféricas favorables, y a una altura razonable, creo que pueden verse a más de cien millas de distancia. El suelo está construido por una arena suelta de cuarzo y se asienta sobre una roca granítica. Lo aran con un par de mulas o de borricos, y allí donde recibe el riego de las norias produce mucho trigo. El abundante vino es excelente. Lapiche es un pueblo miserable cuyos habitantes parecen medio muertos de hambre, a pesar de que sus cultivos nunca pueden quejarse de falta de agua, pues llegué a contar más de treinta norias en un espacio de unos setenta acres.</em></p>
<p class="bodytext"><strong>LA VENTA ESPAÑOLA</strong></p>
<p class="bodytext"><em>La venta es del tipo tradicional en España. Tiene sesenta pies de longitud y, si descontamos las construcciones adyacentes, no más de diez de anchura. En un extremo se encuentra la cocina, que es una campana de chimenea de diez pies cuadrados con un hogar en el centro rodeado por tres de sus lados por un banco que sirve a los arrieros para sentarse durante el día y dormir por la noche. Se abre a un establo en el que con simplicidad primitiva, y bajo un mismo techo hospitalario… </em><br />
<em>Ignemque lamemque Et pecus et dominos communi clauderet umbra </em></p>
<p class="bodytext">(Juvenal)</p>
<p class="bodytext"><em>Junto a este edificio hay un patio con un pozo en el centro y un cobertizo para coches y carretas en un extremo. El dormitorio se encuentra sobre el establo por lo que, como es habitual, toda la noche oímos, o pudimos haber oído, el tintineo que producían las campanillas que llevaban nuestras mulas sobre la cabeza, y que sonaba al menos siempre que comían. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Antes de retirarnos a descansar concertamos con el cura una misa temprana. Aunque al principio exigía dieciséis reales, acabamos cerrando el trato en ocho. Si hubiera insistido, habríamos tenido que ceder, pues en un país católico es indispensable oír misa los días festivos, y no nos convenía pararnos en el camino. Desde Las Ventas descendimos a una dilatada llanura rica en olivos, trigo y azafrán, y cerrada por todos los lados por altas colinas. Después de recorrer ocho leguas llegamos a Manzanares. Todos los viajeros que transitaban por este camino iban bien armados; y de lo fundado de sus temores eran prueba tres cruces conmemorativas. Aunque era domingo, había muchos arados en funcionamiento. Los cultivos reciben allí el agua de numerosas norias. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Las casas de Manzanares, una ciudad de mil ochocientas familias y seis mil setecientos y ocho habitantes, son de barro, y las más pobres se encuentran casi desnudas. En la iglesia vimos cuatro buenas pinturas. </em></p>
<p class="bodytext">El castillo, una considerable heredad y los diezmos pertenecen as las orden de Calatrava, y los disfruta el infante don Antonio, que obtiene de ellos un beneficio anual de treinta mil ducados, tres mil doscientas noventa y cinco libras. Examinamos la finca y los graneros, y degustamos la rica variedad de vinos que produce. Creo que son los mejores de España sin excepción. Su sabor es similar al del mejor Borgoña, y su fuerza y cuerpo son comparables a los del Oporto más generoso. Después de elogiar este vino y agradecer al administrador sus amabilidades, continuamos nuestro paseo hasta el anochecer: y al regresar a la posada tuvimos la suerte de encontrar allí más de tres galones de ese vino, para consumirlo durante el viaje. Por desgracia, los dos cocheros pronto descubrieron su peculiar calidad, y con su ayuda terminamos en un solo día lo que estaba convencido duraría tres.</p>
<p class="bodytext"><em>Salimos de Manzanares el lunes 19 de febrero por la mañana temprano y después de viajar durante cuatro leguas por la llanura llegamos a comer a Valdepeñas. El suelo, que estaba formado por una arena mezclada con grava y asentada sobre una roca de esquisto, produce algunos olivos, mucho vino y sobre todo trigo. Las norias están bien construidas y sus ruedas son de hierro y no de madera. En el camino pasamos junto a dos cruces monumentales. </em></p>
<p>A Valdepeñas le hace famoso la calidad de su vino, que se consume principalmente en Madrid. Cuando se abra la navegación hasta Sevilla, este y otros singulares caldos que produce La Mancha llegarán hasta Inglaterra, donde encontrarán gran demanda. En esta ciudad habitan siete mil seiscientas cincuenta y una persona.</p>
<p class="bodytext"><em>Desde allí nos dirigimos a Santa Cruz, a partir de donde empezamos a subir entre quebradas colinas incultas hasta que llegamos a La Concepción de Almuradiel, donde nos alojamos. Esta pequeña aldea, que acoge a treinta y seis familias y fue fundada en 1781, es la primera de las nuevas poblaciones de Sierra Morena que encontramos en nuestro camino. </em></p>
<p class="bodytext"><em>A cada colono se le conceden noventa fanegas de tierra en enfiteusis, y sólo tiene que pagar al rey el diezmo y doce cuartos, unos tres peniques, en señal de agradecimiento por la casa. </em></p>
<p class="bodytext"><em>La libra de pan se vende a ocho cuartos y medio y la de carne de carnero a diez cuartos. No tienen carne de vaca. El vino cuesta dos cuartos el cuartillo, unos cuatro peniques el galón. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Santa Elena está poblado principalmente por alemanes. En los alrededores encontramos numerosas cabañas que en lugar de estar agrupadas se encontraban esparcidas por el campo, de acuerdo con el plan recomendado por el abate Raynal; pero pronto descubrimos algo que a éste parece haberle pasado desapercibido, y es que el hombre es más feliz en sociedad; y por ello se sustituyó este sistema de asentamiento por el de pueblos.</em></p>
<p class="bodytext"><em>Aunque el territorio está muy cultivado, quedan tantos árboles que a cierta distancia parece todo él un extenso bosque. Aran con vacas. En un caserío vi perdices domésticas que se utilizan, al igual que ocurre con los patos, como reclamo. En las zonas más altas de la sierra encontramos granito, pero al descender reaparece el esquisto y se encuentra también piedra caliza y yeso. </em></p>
<p class="bodytext"><em>Al mediodía llegamos a La Carolina, capital de estas nuevas poblaciones. Su fundador, don Pablo de Olavide, es un peruano a quien la protección del conde de Aranda le permitió ser primero síndico de Madrid, y más tarde, Asistente de Sevilla. Mientras ocupaba este cargo tuvo la idea de introducir la agricultura y los oficios en las montañas desiertas de la sierra, que habían estado dominadas durante siglos por la rapiña y la violencia. El problema surgió a la hora de encontrar colonos. Con un bávaro llamado Turrigel hizo un contrato para traer a sesenta mil campesinos; pero en vez de agricultores, envió vagabundos, que murieron o se dispersaron sin aportar nada a la empresa para la que, a fuerza de grandes gastos, habían sido reclutados. </em></p>
<p class="bodytext">Se invitó a colonos de todas partes de Alemania, y para favorecer la emigración se cedía a cada recién llegado, una vez que lo había solicitado, un lote de tierra, una casa, dos vacas, un borrico, cinco ovejas, otras tantas cabras, seis gallinas, un gallo, una puerca preñada, un arado, un azadón y otros artículos de menor valor. Al principio recibían cincuenta fanegas de tierra, cada una de las cuales mide diez mil pies cuadrados, y cuando las habían cultivado recibían otras tantas. Durante los diez primeros años se encontraban libres de impuestos, y después sólo tenían que pagar el diezmo real. Para evitar que las fincas se hagan demasiado grandes o excesivamente pequeñas, está prohibido a los propietarios traspasarlas al dueño de algún otro lote. Tampoco se les permite establecerse cerca de una ciénaga o de aguas estancadas.</p>
<p class="bodytext"><em>El suelo de los alrededores de La Carolina consiste fundamentalmente en una arena asentada sobre una roca caliza o de yeso. En él se producen aceitunas, aceite, vino, seda, trigo, cebada, centeno, avena, guisantes, maíz y lentejas. Como no hay industrias, no pueden emplear a todo el mundo en alguna actividad provechosa, y ello hace que en estas nuevas poblaciones abunden los mendigos medio desnudos. </em></p>
<p class="bodytext"><em>A unas dos leguas de La Carolina aparece Guadarromán, cada una de cuyas cien familias posee cincuenta fanegas de tierra. Se asienta sobre una suave pendiente situada al lado de un susurrante riachuelo, en un territorio fértil en el que se alternan los trigales con bosquecillos de encinas (…). Los habitantes son en su mayor parte alemanes, y su laboriosidad y sobriedad constituyen un motivo de prestigio para su país. </em></p>
<p class="bodytext">Andujar se encuentra en una llanura fértil y muy cultivada. Cuenta con seis mil ochocientas familias, cinco parroquias y diez conventos, y carece de industrias. El castillo, que se lo conquistó Fernando III el Santo a los moros en 1225, parece muy antiguo. Eran las cinco de la mañana del jueves 22 de febrero, y ya habíamos salido de Andujar, cruzado el puente sobre el Guadalquivir y entrado en un olivar, cuando todos mis acompañantes armaron sus pistolas y se apostaron junto a las ventanas, mientras un soldado también armado caminaba junto al coche. Los cocheros, por su parte, habían recibido la orden de detenerse inmediatamente si aparecía alguien. Creo que estas precauciones eran innecesarias, pues era bien sabido que íbamos armados; sin embargo, como ya se habían producido robos cerca de la ciudad, consideraron oportuno estar preparados. Cuando amanecía, el camino discurrió por un territorio más abierto, por lo que nuestros temores desaparecieron y mis compañeros volvieron a echar el seguro a sus armas.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/joseph-towsend-el-reverendo-ilustrado-un-viaje-por-espana-en-la-epoca-de-carlos-iii/">Joseph Towsend, el reverendo ilustrado. Un viaje por España en la época de Carlos III</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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