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	<title>Siglo XX archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Siglo XX archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Irene de Claremont desde El Olivar de Castillejo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/irene-de-claremont/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 11:10:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/irene-de-claremont/">Irene de Claremont desde El Olivar de Castillejo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por María Luisa Martín-Merás<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-47-volcanes/">Boletín SGE Nº 47 &#8211; Volcanes</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Irene de Claremont, perteneciente a una familia liberal y cultivada inglesa, licenciada en Historia y Economía por la Universidad de Cambridge, llegó a España en 1922, tras su matrimonio con el krausista José de Castillejo. La finca “El Olivar del Balcón”, en Chamartín de la Rosa, entonces municipio independiente de Madrid, fue su hogar hasta 1936, cuando, tras el inicio de la Guerra Civil, logró salir con sus hijos por mar y llegar hasta Port Bou y de allí a Londres. Poco antes de su muerte, en 1967, escribió <em>“I married a strange”</em>, la historia de su vida en España y el exilio, el libro de sus memorias que aquí comentamos.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Respaldada por el viento </em>es el título de la traducción al español de la autobiografía de Irene Claremont de Castillejo, en la que narra los quince años que vivió la autora con su marido en España y el exilio que sufrieron hasta la muerte de este en Londres, en 1945. La obra original en inglés fue traducida por Jacinta, la hija mayor del matrimonio, que en la introducción nos informa de los antecedentes de la familia de su madre y del objetivo que esta buscaba al transmitir sus recuerdos:<em>“la autobiografía que ahora se publica fue concebida y escrita ya al final de su vida para sus nietos, nacidos y criados en Inglaterra, para que supieran quien había sido su abuelo”</em>. La traductora explica que, ante la imposibilidad de traducir exactamente el título inglés optó por este otro que <em>“de alguna manera correspondiera a la vivencia de mi madre”</em>, aunque para el lector no quede clara esta relación.</p>
<p>Distintos argumentos se superponen en la obra. Por una parte, la personalidad del marido, al que apenas había tratado antes de su matrimonio (¿de aquí quizás el título original de la obra?), su amor por la tierra y las labores agrícolas, la labor pedagógica a la que se entregó y el entorno intelectual en el que se desenvolvía. Catedrático de Derecho Romano, José Castillejo era también secretario y eminencia gris de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, la institución encargada de promover la educación y la investigación científica en España en la primera parte del siglo XX, hasta su desaparición después de la Guerra Civil. Bajo la dirección de este organismo se crearon una serie de instituciones, entre otras el Instituto Escuela, centro educativo impulsor de la reforma de la enseñanza pública y de la formación del profesorado, del que José Castillejo fue el <em>alma mater</em>, la Residencia de Estudiantes, etc.</p>
<p>Cuando llegó el momento de escolarizar a sus hijos, Castillejo puso en marcha una innovadora y avanzada propuesta pedagógica, la Escuela Plurilingüe para la enseñanza de los idiomas formando parte del plan de estudios de los niños y, más adelante, la Escuela Internacional con el mismo propósito.</p>
<p>Castillejo, por tanto, pertenece a la elite intelectual española sobre la que su esposa destaca <em>“el alto nivel cultural del pequeño núcleo intelectual de Madrid que se erguía sobre una población en gran parte analfabeta”. </em>En general, siguiendo su teoría de los contrastes en el paisaje, clima y carácter españoles, opina que se da al mismo tiempo “<em>gente sumamente tosca y otra refinadísima; de inteligencia sobresaliente o aburridísimos”.</em></p>
<p>Rechaza por lo tanto algunas costumbres sociales españolas, como las invitaciones a largas comidas formales y prolongadas sobremesas donde los hombres se reúnen a un lado para hablar de cosas serias y las mujeres a otro para comentar los problemas del servicio; y le advierte a su marido que ella no las va a organizar en su casa pero que estará siempre dispuesta a acoger en su mesa a los amigos que lleguen sin avisar y sin protocolo. “<em>La institución (La Institución Libre de Enseñanza) era uno de los pocos hogares en Madrid donde se mantenía este estilo de casa abierta”. </em>Esa es la razón por la que Irene no participa de forma significativa en este entorno, y así en sus recuerdos se manifiesta sobre todo como esposa y madre<em>“Al casarme con José, dejé atrás en los arrecifes de Dover toda pretensión de intelectual y me lancé derecha, no a la cabeza, sino al corazón de España. Mi vida gravitaba alrededor de un hombre, de su casa, sus olivos y sus animales, pero nada más”.</em></p>
<p>En coherencia con lo anterior, la parte principal de la biografía está dedicada a su sencilla vida diaria y al impacto que le produjeron Castilla y sus gentes<em>. </em>Aunque a la edad de 16 años pasó un verano en Galicia con la familia Cossío y desde entonces “<em>España se apoderó de mí para no soltarme jamás”, </em>su regreso ya casada supuso el descubrimiento de un país nuevo y desconocido. Es el paisaje castellano el que le impacta y se enamora de la Castilla seca, de su dureza y su luz, de sus atardeceres, de la campiña y de sus gentes. Se siente atraída y fascinada por este mundo agreste que es el que ama su esposo, nacido en Ciudad Real y procedente de campesinos extremeños:<em>“La imagen de Castilla con sus kilómetros y kilómetros de tierra desnuda y blanca, abrasada por el sol, nunca deja de entusiasmarme cada vez que la veo de nuevo…Las cordilleras que atraviesan Castilla son bellas pero descarnadas, revestidas de gigantescas rocas como piedras fósiles”</em>. Después de pasar 15 días en la Granja, donde los jardines del Versalles español no la impresionan y sí las vertientes de las montañas y la rápida puesta del sol castellano, ya que “<em>el crepúsculo pertenece a Inglaterra</em>”, el matrimonio se instala en la finca “El Olivar” en el término del pueblo de Chamartín, que estaba comunicado con Madrid por un tranvía. Allí pasará la autora “<em>quince años de vida idílica en un olivar, con nuestros cuatro hijos, en total armonía</em>” Aunque en algún momento de su autobiografía Irene constata que <em>“me había casado con un extraño pero la extraña era yo” </em>enseguida se integra de la mano de su marido en las labores del campo, que le encantan. Recolectando la uva, haciendo mermelada y conociendo a los habitantes del pueblo descubre que esa era la vida que había añorado siempre. Extiende su mirada lúcida y cercana sobre los españoles, sin poder evitar caer en algunos estereotipos: la belleza de los españoles, cuyos rostros “<em>casi todos eran ovalados, de nariz larga y aguileña, el cutis claro, color oliva, salvo cuando está marcado por la viruela, bajo largas pestañas y cejas en arco</em>”, la pobreza y dignidad de la gente, vestida siempre de negro, el extremismo pendular del carácter español que atribuye al clima y al paisaje extremo en el que viven, la sabiduría campesina con su amplio repertorio de refranes para cada situación y que ella parece haber coleccionado, pues los reproduce en la obra. “<em>El refrán español es la quintaesencia de la sabiduría nacional…existen 50.000”.</em></p>
<p>Considera que no responde a la verdad el tópico de la holgazanería de los españoles y detalla con ejemplos el peculiar sentido del tiempo que tienen. La basura que encuentra por las calles y caminos le produce una gran consternación y se declara horrorizada. Lo mismo le ocurre con el ruido en las ciudades. Contrapone su tímido carácter inglés frente la algarabía y verborrea de algunas mujeres españolas.</p>
<p>Para ayudarse en la comprensión de España y los españoles repasa la historia y la geografía del país. Cree que el aislamiento del resto de Europa es la causa por la que España ha permanecido sumergida tanto tiempo en la Edad Media, y este aislamiento se debe a su situación geográfica, una casi isla cerca de África, que “<em>ha recorrido sin impedimento su camino individual” </em>ya que <em>“España no sirve de tránsito para ningún sitio y durante mi estancia, 1922-1936, el extranjero apenas se conocía”. </em>Asimismo califica a España como un matriarcado en el que la mujer domina y dirige el ámbito doméstico e influye de una manera determinante en el marido. Observa la costumbre de que los niños tomen parte en toda clase de reuniones, pues los españoles los adoran y hablar de ellos les enternece el corazón, juzgando a las muchachas campesinas como excelentes niñeras. El lazo familiar es fuerte y perdura en los hijos aun cuando hayan formado ya su propio hogar. Señala también las raíces campesinas de los españoles que no han perdido el contacto con el pueblo donde vivieron sus antepasados. Se detiene a examinar el concepto de la muerte y el luto entre los españoles y reproduce una curiosa costumbre: “<em>En La Mancha, tierra de Don Quijote, cuando fallece alguien vacían los jarros de agua no sea que el espíritu del muerto regrese y habite el agua. Por regla general se les habrá olvidado ya el origen de una costumbre que fue universal y que ahora estará desapareciendo”.</em></p>
<p>Del trato con los habitantes de Benidorm, donde la familia solía veranear Irene, nos deja una pincelada sobre su diferencia de actitud con respecto a las personas del interior: en la costa la gente es más suave y acogedora.</p>
<p>Y es en Benidorm donde, en el verano de 1936, les sorprendió el comienzo de la guerra civil. Sus efectos dramáticos conforman el argumento final que compone la biografía reseñada.</p>
<p>Gracias a la influencia del cónsul británico pudo salir la madre con sus niños en un destructor francés que los dejó en Port Bou. Tras pasar por París, llegaron a Londres donde poco después llegó José Castillejo, tras haber escapado de una patrulla anarquista que lo había detenido para matarlo<em>. “Cuando llegó a Londres, los doce días de horror sin tregua le habían transformado en un viejo”. </em>Las impresiones que nos trasmite sobre la guerra civil parecen estar inducidas por la mirada de su esposo que consideraba que las mujeres en la guerra<em>: “eran mucho más vehementes y sanguinarias que los hombres y más dispuestas a tirar del gatillo por capricho”. </em>Ella por su parte fundamenta esta explicación tan peculiar en el estricto matriarcado que existe en España. <em>“Me causó gran impresión la inteligencia de la mujer iletrada española. En mi vida había conocido nada semejante. No se puede por menos de pensar que la dominación de esta criatura vehemente y elemental fuera una de las concausas que tan trágicamente mantuvieron dividida a España durante la guerra civil. Estas no sueltan jamás a los hijos. Entonces cuando, con la impetuosidad que corresponde a la juventud, el hijo toma posturas extremadas </em><em>de un lado o de otro, la madre, ansiosa de no perderle, a su vez se apropia del nuevo fanatismo comunista o fascista, según el caso, y arrastra al marido” </em>Un año más tarde, en el verano de 1937, la familia se trasladó a Ginebra donde José Castillejo obtuvo un empleo. Pero, con motivo de la declaración de guerra de Gran Bretaña, la familia se separó, pasando el padre a trabajar a Londres y quedándose el resto de la familia en la neutral Suiza. En la primavera de 1940, después de la invasión de Bélgica, la valerosa Irene con sus cuatro niños y sin dinero tiene que huir de los alemanes iniciando un viaje lleno de penalidades a través de Francia, primero a Hendaya y luego a Burdeos para embarcar hacia una Inglaterra en guerra. <em>“Sería mucho después de la conflagración, instalados ya en Ginebra y tras pasar él dos inviernos en América, cuando yo empecé a tener voluntad propia”</em>. Parece ser que los últimos años en Inglaterra fueron para Castillejo infortunados, por el dolor moral que le produjo la contienda civil española y el desencanto de estar apartado de su tierra. Esta deliciosa obrita de poco más de 150 páginas, escrita sin ninguna pretensión literaria, es un documento de primera mano para conocer datos históricos, imágenes geográficas y detalles sociológicos a través de la visión respetuosa de una persona, procedente de familia liberal inglesa, que supo adaptarse a una sociedad y a una tierra llena de contrastes y tan diferente a la suya.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Respaldada por el viento. </em>Madrid, Ed. Castalia, 1995 <em>I married a stranger. Life with one of Spain’s enigmatic men </em>[i.e. José Castillejo]<em>.</em>Irene Claremont de Castillejo, [The Author: London? 1967.] 1967</p>
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		<title>La España de los viajeros anglosajones</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-espana-de-los-viajeros-anglosajones/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 10:42:08 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-espana-de-los-viajeros-anglosajones/">La España de los viajeros anglosajones</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Lucía Villanueva<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-46-oceano-pacifico/">Boletín SGE Nº 46 &#8211; Océano Pacífico</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Un regalo para todos los interesados y curiosos: se trata de una exposición que podemos contemplar desde nuestra casa. El tema: la imagen de España a través de los viajeros de lengua inglesa durante los siglos XVIII, XIX y XX. Más exactamente, a través de sus escritos, sus grabados y litografías. Se lo debemos al Instituto Cervantes, que ha organizado los materiales estructurándolos según distintos aspectos de la vida cultural, política y social española, desde las costumbres, el carácter de hombres y mujeres o las instituciones. Este artículo es tan sólo una muestra de lo que podemos encontrar en la página web del Cervantes.</strong></p>
<p>Más de cien los autores y bastante más de doscientos los libros a los que ya, a golpe de clic, podemos tener a nuestro alcance: se trata de la Exposición Viajeros en España que el Instituto Cervantes, con la colaboración de Google, inauguró el pasado 10 de octubre. Una exposición virtual que, en palabras de su comisario Alberto Egea Fernández Montesinos, “quiere dar a conocer los modos en que se ha representado España a lo largo de los últimos dos siglos”. La base bibliográfica está constituida por la colección de libros de viaje reunida en el Instituto Cervantes de Londres, donde se recogen obras de autores procedentes del Reino Unido, Estados Unidos, Irlanda, Canadá y Australia escritas entre 1750 y 1950.</p>
<p>Los contenidos (siempre siguiendo las palabras del comisario) están ordenados en bloques temáticos dedicados a distintos aspectos de la cultura y forma de vida españolas, y junto a los textos originales se pueden contemplar reproducciones de grabados, litografías y mapas. Como ayuda valiosísima se incluyen una serie de artículos escritos por expertos que analizan la importancia de las obras. De entre estos bloques temáticos hemos querido elegir, desde el boletín de la SGE, por razones obvias, el cuarto, dedicado al Viaje, como forma de aproximarnos a esta inmensa exposición y disfrutar de todo lo que nos ofrece.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>DILIGENCIAS, TRENES Y ACÉMILAS</strong></p>
<p>“Los viajeros del final del XVIII describen un país casi intransitable por las pésimas carreteras y las incómodas diligencias. De las duras jornadas a caballos se pasa a los primeros ferrocarriles según avanza el siglo XIX, que trae un gran desarrollo de las infraestructura” nos advierte, situándonos en la realidad, el panel dedicado al transporte en la España de entonces. Y se trata de una fiel síntesis de lo que escriben nuestros viajeros. Lady Louisa Tenison señala que tardó seis horas en desplazarse de Madrid a Toledo en 1853, y sobre las diligencias escribe el inglés Henry Blackburn en 1866: <em>“El techo es una especie de almacén donde viajan de polizones el equipaje y las mercancías de los pasajeros, incluidas provisiones de toda clase, vivas y muertas. Cuando el resto de los asientos está ocupado, los pasajeros se hacinan en el techo, y a menudo pasan un rato entretenido tratando de mantener a raya la carga de baúles y cajones mientras la diligencia oscila de un lado a otro; cuando anochece, como se podrá imaginar, el combate se vuelve aún más emocionante”</em></p>
<p>Sobre la situación de los trenes y las estaciones ferroviarias comenta en 1870 Marguerite Purvis (que escribía bajo el nombre de Mrs. William Augustus Tollemache): <em>“En España, si se desatienden los horarios, hay que ayunar durante horas, pues no es posible tomar nada en esas horribles estaciones. Los españoles se pertrechan de cestas con provisiones; y los viajeros ingleses harían bien en imitar su ejemplo. Cenar en Toledo habría interferido en nuestra visita turística; así que acordamos volver hasta Aranjuez y cenar allí. Este plan nos aseguraría comida y descanso, ninguno de las cuales nos habría esperado en el empalme de Castillejo.”</em></p>
<p>La misma Marguerite Purvis, sobre el trayecto de Granada a Bobadilla que le llevó cuatro horas, relata: <em>“La carretera era ciertamente áspera y mala más allá de toda descripción. A veces teníamos que apearnos mientras nuestros conductores la reparaban con piedras de las cunetas, y luego nuestro cochero pedestre conducía a las mulas del horrible bocado mientras nosotros lo observábamos desde lejos y nos maravillábamos de que un muelle pudiera soportar semejantes tumbos o una mula aquel ejercicio de equilibrio.” </em>Las cosas cambian radicalmente, todo hay que decirlo, en el siglo XX, y son varios los viajeros que, como el americano Thomas Moore, alaban la calidad de las carreteras españolas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>POSADAS, VENTAS Y CASAS PRIVADAS</strong></p>
<p>La incomodidad, la lentitud, la falta de puntualidad y el hacinamiento en los medios de transporte son los aspectos más criticados por nuestros viajeros de lengua inglesa. De todos estos inconvenientes abominan sea cual sea el transporte elegido, trenes, diligencias, viajes a lomos de caballo o de mulo. Pero no son estos los únicos obstáculos que encuentran en sus diferentes recorridos. La precariedad de los alojamientos es otro de los motivos de sus comentarios y lamentos. <em>“El alojamiento en estalaje era tan espantoso que solíamos hospedarnos en alguna casa particular, donde con alrededor de un chelín basta para compensar a nuestro huésped por ocupar su cama. Tuvimos buen cuidado de llevar con nosotros cierta provisión de vino y carne, precaución que un viajero difícilmente pasará por alto en su segunda visita a este país.”</em></p>
<p>Estas son las advertencias del británico John Armstrong, quien viajó por las Baleares en el siglo XVIII. Dentro de este capítulo de la hostelería destacan las famosas palabras de Richard Ford en su libro Cosas de España: <em>“Las posadas de la península, con escasas excepciones, hace mucho que se dividen en las malas, las peores y las que ni ya siquiera admiten comparación.” </em>Y no satisfecho con ellas vuelve a insistir en el tema: <em>“Por cada uno que asaltan en un camino, a cien los asaltan en una posada […]. Es entre estos posaderos donde se encuentran los auténticos y peores bandoleros de España, pues estos personajes ilustres se encuentran por doquier pensando únicamente en cuánto pueden inflar sus cuentas con decoro” </em>Pero la descripción de George Clark (contemporáneo de Ford) de la posada donde se alojó un día de 1850, es aún más brutal: <em>“Las escaleras crujían, se daban portazos, los cuchillos producían un ruido estrepitoso, las mujeres hablaban a gritos y, lo peor de todo, una humareda de aceite frito y ajo llegaba a todos los rincones.” </em>La falta de camas, la suciedad de las alcobas, la ausencia de cubiertos a la hora de la comida, el penetrante olor a ajo, el humo del tabaco, eran todas fuentes de disgusto entre los viajeros anglosajones que identificaban su propia forma de vida como la única civilizada, y tachaban de primitivas y un tanto salvajes las costumbres españolas. Más aún si a estos alojamientos se sumaba la presencia de huéspedes no invitados a la fiesta. Así describe Sir John Carr (1772-1832) su atormentada estancia en una venta de Cádiz en 1811: <em>“Además de un numeroso ejército de chinches y pulgas, también una pequeña banda de mosquitos me hizo el honor de brindarme una serenata de zumbidos durante la mayor parte de la noche y me dejó tales muestras de agradecimiento por mi visita que, al levantarme sin haber apenas descansado durante el reposo y mirarme en un espejo para afeitarme, casi no fui capaz de reconocer mi rostro”.</em></p>
<p>Siendo como son este tipo de experiencias las más generalizadas, cabe señalar que algunos autores (como Nathaniel Wells Armostrong en 1846) comentan la aparición de nuevas ventas y posadas más limpias y amables. Son los casos de Samuel Widdrington en 1844 en Sevilla, el de Matilda Betham-Edwards (siempre con su séquito de cinco doncellas y diez baúles a cuestas) elogiando el Hotel Suisse de Córdoba, y el del mismo John Carr recomendando algunas casas particulares concretas en Cádiz, Algeciras y Málaga, con apostillas elogiosas hacia la hospitalidad española.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>GUÍAS Y BUROCRACIA</strong></p>
<p>Son muchos los viajeros que despotrican de los guías encargados de acompañarles por monumentos y ciudades. Suelen tacharlos de charlatanes sin sentido, poco preparados, y capaces de inventarse cualquier historia con tal de complacer a su cliente. Ellen Hope-Edwardes resume con gran sentido del humor en su diario de 1881-1882 la visita realizada por Sevilla en compañía de un guía: <em>“Volvía a la fonda sin estar segura de si era Trajano o el Cardenal Wiseman el que había fundado la fábrica de tabaco, y a cuál de ellos había afeitado Fígaro” </em>Otra opinión muy extendida (y eso no es patrimonio de los anglosajones por España sino de muchos otros viajeros por todo el mundo hoy mismo) es la querencia de los guías a citar nombres y fechas de forma desmesurada, mareando con datos que se pueden encontrar en cualquier libro y sin añadir nada a la hora de entender aquello que se visita y contempla.</p>
<p>Pero no es la a veces indeseada presencia de un guía lo que más preocupa. Los trámites burocráticos despiertan muy a menudo una comprensible indignación: <em>“Más problemas con mi pasaporte antes de poder embarcar en el vapor con destino a Valencia –más engaños de los inspectores–, más ineficientes puestos aduaneros triplicados que fingen inspeccionar tanto si se entra como si se sale y son sobornados por innobles sumas de dinero”</em></p>
<p>Así resume su desdichada experiencia en 1853 el ingeniero británico George Cayley, y de un modo parecido se expresan viajeros de esa mitad de siglo, denunciando no sólo la ocasional confiscación de objetos sino la facilidad para obtener el favor de los guardias y aduaneros a cambio de algunas monedas. Esta hostilidad de los empleados en la administración hacia el otro, el extranjero, está relacionada sin duda con la mínima presencia de viajeros por España.</p>
<p>Nuestro país no estaba incluido en el <em>Grand Tour </em>que tanto dio a conocer Francia y sobre todo Italia, y los sucesivos gobiernos españoles no facilitaban precisamente la entrada de viajeros, ni su tránsito por sus tierras o su estancia. Los siglos XVIII y XIX se caracterizan en nuestro país por la ausencia de ese fenómeno del turismo que empezaba a desarrollarse por Europa. Algo muy distinto de lo que ocurriría en el XX, donde se consolida una industria floreciente y clave para el avance económico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EXTRAÑOS LOS UNOS DE LOS OTROS Y VICEVERSA</strong></p>
<p>Muchos son los testimonios de los visitantes foráneos hacia 1850 por Andalucía en los que se relatan anécdotas relacionadas con el asombro que producían en algunas poblaciones su presencia y sus objetos. Lady Louisa Tenison relata la perplejidad que causó en Grazalema su paraguas, y describe, sin poder comprender el porqué, la concentración de los vecinos ante su posada con el sólo objetivo de contemplarla.</p>
<p>Extrañeza mutua la del visitante y la del, llamémosle así, nativo. Hasta los comercios resultan chocantes para el viajero. En palabras del científico inglés George Dennis (1939): <em>“Los establecimientos muestran muy escaso parecido con los del norte de Europa. Raras veces poseen escaparate, y generalmente se hallan abiertos al modo de casetas con una persiana de franjas azules y blancas que cuelga a la entrada para protegerlos del aire caliente y los rayos del sol. Una esquina de la persiana permanece a menudo arriada, por usar un término náutico, de modo que permite ver lo suficiente del interior como para informar a los viandantes de la naturaleza de los artículos que allí se venden.” </em>Y muchos otros expresan su desconcierto a comienzos ya del siglo XX por la ausencia de bares, cantinas o tabernas excepto en Barcelona o Madrid. Una ausencia que ciertamente se subsanó, y con grandísima generosidad, tras unas pocas décadas. Y los turistas actuales se quedan a su vez estupefactos ante la abundancia de este tipo de establecimientos en todos los lugares de España.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ENGAÑOS Y VERDADES</strong></p>
<p>Junto a la extrañeza y el asombro se producen las marrullerías de los nativos para de alguna manera engañar a los viajeros o al menos aprovecharse en algo de ellos. La misma Louisa Tenison cuenta cómo el mayoral de la diligencia intenta engañarla no devolviéndole el dinero que le correspondía. No se trata, por desgracia, del único caso. Entre todos destaca, por la importancia del personaje, lo ocurrido al vendedor de biblias George Borrow en 1842, camino a Finisterre. El guía, ya comprometido y pagado, le abandona en manos de su sirviente, asegurándole que él le conducirá a su destino. El sirviente, antiguo marinero, nada sabía de las rutas por tierra firme, y ante la indignación de Borrow, se confiesa incapaz de llevarle a sitio alguno. En definitiva, nada muy diferente a lo que los turistas españoles pueden contar de sus viajes por países menos desarrollados.</p>
<p>Una picaresca fruto muchas veces de la necesidad y la incultura. Al mismo tiempo, todo hay que decirlo, la misma picaresca, el aislamiento de nuestro país y los inconvenientes de su atraso, los gajes, en fin, denunciados por los viajeros constituyen precisamente el mayor atractivo para la mayor parte de ellos, lo confiesen o no. Es el caso de Marguerite Purvis quien con las siguientes palabras está expresando el sentir de otros: <em>“España es probablemente el único país europeo que aún no ha sido invadido por los turistas. En tanto que las galerías pictóricas de Italia, Alemania e incluso San Petersburgo le son ya familiares a la mayoría de los viajeros ingleses, el Museo Real de Madrid, que alberga la que tal vez sea la mejor colección de cuadros del mundo, es relativamente desconocido”.</em></p>
<p>Aunque, al mismo tiempo, se puede percibir en estos viajeros la preocupación por el estado de nuestros monumentos artísticos e históricos. Louisa Tenison habla en distintas ocasiones de su espanto ante el derribo de edificios antiguos de gran valor y su sustitución por construcciones de ningún gusto. Y recrimina el robo por parte de los visitantes de fragmentos de ruinas como las de Itálica, aun justificando el delito debido el abandono en que se encuentran. El juicio de Richard Ford en este campo es implacable. El siguiente párrafo es una buena muestra de su mirada hacia lo español: <em>“La Alhambra –la Acrópolis, el Castillo de Windsord de Granada– es ciertamente </em><em>una perla de valor inmenso en la estimación de todos los viajeros de procedencia extranjera, pues pocos granadinos la visitan ni son capaces de entender el fascinante interés y la intensa devoción que suscita en el extranjero. La familiaridad ha alimentado en ellos la misma indiferencia con la que el beduino contempla las ruinas de Palmira, insensible tanto a la belleza presente como a la poesía y el romanticismo del pasado. Y la mayoría de los españoles, aunque no lleven turbante, muestran la verdadera carencia oriental de la facultad de la admiración y no piensan más que en el tiempo presente y en la primera persona del singular” </em>Reproches, extrañezas, quejas, críticas. Los textos de los viajeros de habla inglesa durante estos siglos abundan en historias y anécdotas que desembocan casi siempre en opiniones negativas sobre las condiciones de su viaje. El innegable atraso de España con respecto a sus vecinos europeos se hace evidente y cada uno pone su empeño en demostrarlo en una gran variedad de circunstancias. Ahora bien, en ese mismo atraso, en esa cualidad de diferente reside, en definitiva, el motivo de su viaje. El estímulo por conocer un país anclado en el pasado, preso aún de unas costumbres ya extinguidas en sus tierras de origen, la curiosidad por contemplar y por vivir en un mundo sujeto a otros hábitos y modos son los que han empujado a estos hombres y mujeres hasta la España de las carreteras indescriptibles, las posadas mugrientas, los trenes impuntuales o los alimentos con eterno olor a ajo. Por nuestra parte, sus descripciones, sus relatos y su mirada nos ayudan a comprender mejor nuestra historia. Además de entretenido, que lo es, resulta muy esclarecedor leerlos. Y ahora están en la red a disposición de todos nosotros.</p>
<p><a href="http://cvc.cervantes.es/literatura/viajeros/presentacion.htm">http://cvc.cervantes.es/literatura/viajeros/presentacion.htm</a></p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-espana-de-los-viajeros-anglosajones/">La España de los viajeros anglosajones</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>León Trotsky: visitante bajo sospecha</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/leon-trotsky-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 10:24:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/leon-trotsky-espana/">León Trotsky: visitante bajo sospecha</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Pilar Mejía<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-45-jesuitas-exploracion-2/">Boletín SGE Nº 45 &#8211; Los Jesuítas en la exploración del mundo</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El 31 de Marzo de 1916, León Trotsky era deportado de Francia a España para que no extendiese más sus peligrosas ideas en el país. Las autoridades españolas tampoco le dejaron quedarse y fue deportado a Estados Unidos a final de ese mismo año. Su estancia en España fue corta, pero pese a ello, dedicó a nuestro país unas interesantes notas.</strong></p>
<p>Bien cantó Gardel aquello de <em>“siglo veinte, cambalache, problemático y febril”, </em>qué acertado estuvo su autor que en 1934 describió lo que ya se veía venir y aun hoy sorprende. El siglo XX arrancó moviendo los cimientos de los grandes imperios y, en las sacudidas de los años siguientes, parece que incluso modificara la medida de los paralelos y colocara a España repentinamente más al norte. Con esa sensación se queda uno después de leer las notas de León Trotsky durante su breve estancia en nuestro país. <em>“¿Para qué estaré aquí?”, </em>se preguntaba el desconcertado viajero en el otoño de 1916, mientras avanzaba hacia el interior de la península ibérica en un tren proveniente de San Sebastián. <em>“Esto no es Francia, sino algo más meridional, más primitivo, más tosco”, </em>vagones repletos de gente que reía a carcajadas y, sobre todo, hablaba a gritos. Hay cosas que no cambian.</p>
<p>No entraba en los planes de Trotsky cruzar los Pirineos y apartarse de la realidad aterradora en la que se encontraba Europa. La Primera Guerra Mundial llevaba ya dos años acumulando muertos en las trincheras y desgastando la moral de más de sesenta millones de militares, una cifra que aun hoy cuesta asimilar. La contienda le había facilitado continuar el trabajo revolucionario que había dejado estancado durante unos años, escapar de la policía austrohúngara, trasladarse a Suiza y, a finales de 1914, a París, donde colaboró con la prensa en el exilio como Golos (La Voz), <em>Nache Slovo </em>(<em>Nuestra Palabra</em>), o en <em>La Vie Ouvrière</em>, diario de los sindicatos hostiles a la guerra. En poco menos de un año allí, participó y redactó el manifiesto final de la Conferencia Internacional Socialista de Zimmerwald (Suiza), precursora de la Tercera Internacional, pero diez días después de la firma de éste, el 15 de septiembre de 1915, <em>Naché Slovo </em>fue clausurado y Trotsky fue obligado a abandonar Francia. El 30 de octubre, y gracias a la presión de la embajada zarista, después de solicitar asilo en Italia, Suiza y Gran Bretaña, y sin apenas darle tiempo de recibir respuesta, fue conducido a la frontera con España, desde donde comenzó su extraño recorrido por tierra peninsular.</p>
<p>Con treinta y siete años, solo y con el espíritu revolucionario en plenitud, Trotsky emprendió un viaje que no sabía a dónde le conduciría exactamente, un viaje que le exigía algo que no soportaba y que la vida se encargó de obligarle a hacer: observar sin participar.</p>
<p>De esta manera pospuso la redacción de artículos revolucionarios en periódicos clandestinos, por la de una especie de diario sin pretensiones en el que apenas habla de sí mismo, pero en el que apunta las observaciones sobre el carácter de este pueblo cuyo idioma no entendía en absoluto y al que describió con imágenes que encontraríamos ahora en las ciudades del norte de África. ¿En qué momento los Pirineos dejaron de ser la frontera con Europa?</p>
<p>De San Sebastián a Madrid, después a Cádiz y por fin a Barcelona para partir rumbo a Nueva York, de donde regresará directamente a Rusia después de triunfar la Revolución Bolchevique. El itinerario que Trotsky realizó sin querer, y en gran parte a “cuenta del rey”, le permitió hacerse una idea de nuestra idiosincrasia, sobre la que traía bastantes prejuicios que no parece, opinión de quien escribe, haber superado en esta primera toma de contacto. “Cuando, al llegar a una nueva ciudad, una multitud de gente os arrebata la maleta de las manos y, al mismo tiempo, os proponen limpiaros las botas —un “limpia” por cada pie, comprar periódicos, cangrejos, cacahuetes, etcétera, podéis estar seguro de que las ciudad deja bastante que desear desde el punto de vista sanitario; de que hay mucha moneda falsa en circulación; de que en las tiendas cargan los precios sin piedad, y de que las chinches abundan en las fondas”.</p>
<p>Su entrada a través del País Vasco pudo hacerla con el alivio que le suponía la libertad, sin la compañía de los inspectores de policía que le habían acompañado, más bien, llevado hasta Hendaya, asegurándose, a pesar de las formas cordiales <em>Los limpiabotas madrileños que tanto llamaron la atención de Trotsky. </em>y agradable conversación, que se marchaba de Francia con sus ideas revolucionarias. En San Sebastián pudo disfrutar de poco más de veinticuatro horas en contacto con el mar, “<em>un mar severo, pero sin malicias”</em>, una naturaleza menos dulzona que en Niza: “<em>hay más sal y pimienta, esto es mejor”</em>, aunque al entrar en contacto con los lugareños, a pesar de la “variedad de colores y más gritos que allende los Pirineos”, la cosa se tuerce: “<em>la indolencia domina por doquier. En las tiendas se regatea sin fin. Los tenderos son ‘tenderos con psicología’. Los Bancos están cerrados</em>”. La España de la devoción, la mantilla, la capa, el grito, la carcajada y el chapurreo de idiomas le daba la bienvenida, pero “<em>San Sebastián es una playa de moda, con precios dignos de la misma. Hay que ponerse a salvo</em>”. Así que, voluntariamente, pone rumbo a Madrid.</p>
<p>Es difícil encontrar en las notas del diario de Trotsky algo de interés por el país en el que estaba entrando. La distancia con la que habla de lo que le rodea puede ser justificable por la incomunicación a la que está sometido por el desconocimiento del idioma: “<em>Me encuentro por primera vez en una ciudad donde no conozco a nadie, ni nadie me conoce, literalmente nadie. Además no comprendo el idioma, y cuando me siento en un café y oigo el verbo rápido de la conversación española, no entiendo ni una palabra. Condiciones ideales para estudiar un país. Cierto es que no me preparaba para dicho estudio</em>”. Pero sobre todo porque a los diez días de estar en la capital, su estancia libre y supuestamente inadvertida se convirtió en lo contrario al descubrir que desde Francia se había enviado un telegrama advirtiendo de la presencia de un “<em>peligroso anarquista</em>” que circulaba libremente por España, pero que, eso sí, debía ser tratado como un señor. Y sí, es verdad, ¿cómo se le puede encontrar el gusto a un país en el que a cada paso que se da se está siendo vigilado? De ahí que conozca España “<em>a cuenta del Rey</em>”, que tendrá que costear su traslado custodiado a Cádiz y luego a Barcelona, además de su billete a Nueva York, expulsado de Europa. Bastante tuvo en Madrid con “visitar”, como consecuencia de aquel telegrama, la Cárcel Modelo, de la que dice: “<em>En ninguna parte he oído decir que existieran cárceles con celdas de tres categorías y dos de pago; pero al fin y al cabo, hay que reconocer que los burgueses españoles no hacen más que obrar con consecuencia. ¿Por qué debe existir igualdad en la cárcel de una sociedad basada en la desigualdad y dividida en tres clases: la poseyente, la desheredada y la intermedia?</em>”. Como señor que era reconocido, Trotsky tuvo que abonar el importe correspondiente a la celda de primera clase, una que incluso contaba con un visillo para disimular las rejas:1,50 pesetas al día. Curiosas observaciones del ruso, que también se explaya hablando de los bancos madrileños mientras pudo conocerlos durante sus paseos en libertad: <em>“Dos clases de edificios monumentales dominan en Madrid: iglesias y bancos. Los </em><em>marqueses y los condes gastan una millonada en sus panteones familiares y encargan misas para el eterno descanso de sus almas. (…) Pero España no lleva la mayor parte de su dinero a las iglesias, sino a los bancos. Y en la lucha por el alma de España, los bancos levantan enormes edificios, templos de una suntuosidad aplastante. Su número es incontable, y alternan con las iglesias y los grandes cafés”</em>. Es inevitable no hacer paralelismos temporales y pesar en ese alma perdida de la España actual&#8230;</p>
<p>El Paseo del Prado, el Hotel Palace sin clientes por la guerra, la Puerta del Sol donde <em>“existe una verdadera fábrica para la limpieza del calzado”, </em>el Palacio Real, la catedral de la Almudena en construcción, el Puente de Segovia (al que el guía insistente que lo acompaña contra su voluntad “<em>elogia por sus comodidades para el suicidio</em>”) y el Madrid de los Austrias, “<em>viejo, sombrío, con edificios horribles por su incomodidad y el descuido en que se hallan”</em>, forman parte de los recorridos que realiza por la capital y que le dibujan una imagen de la ciudad que, comparada con París, considera “<em>una ciudad provinciana. Movimiento sin objeto, ausencia de industria, abundancia de devoción hipócrita; se guarda rigurosamente el aspecto exterior de las buenas costumbres. En las calles, la prostitución no salta a la vista como en las ciudades francesas. En los cafés, muy pocas mujeres; por las trazas, su presencia en dichos establecimientos está mal vista. Se toma mucho café, se bebe poco ajenjo. Los hombres permanecen sentados y hablan como gente que dispone de mucho tiempo. En los cafés no hay periódicos, hay que traerlos consigo, pero los cafés, al contrario que los de París, son enormes. Por la expresión de los rostros, se adivina una vieja raza, pero que se ha dejado decaer; en los músculos faciales, como en los del cuerpo, ausencia de tensión, como también ausencia de concentración en la mirada. (…) Por las calles circulan los asnos, cargados con grandes cestas en los costados y, balanceándose encima de las cestas, una campesina. Todo esto sigue igual absolutamente igual que en los tiempos de Dulcinea del Toboso y hasta de sus lejanos bisabuelos. A veces os despertáis con sobresalto, imaginándoos que se ha declarado un incendio. Resulta que están conversando bajo vuestra ventana. No disputan, sino que precisamente conversan”. </em>En sus paseos sin embargo concluye que a pesar de todo, Madrid es una gran ciudad, que además, por su papel neutral en la Gran Guerra, “<em>no teme a los zepelines”.</em></p>
<p>Después de su detención, que no arresto, por tener ideas demasiado adelantadas para España, Trotsky se convierte en un documento curioso para conocer con la ironía habitual de este revolucionario, y desde su experiencia, como se vivía en España durante la Primera Guerra.</p>
<p>Recorrió en tren media península, custodiado por dos policías que le recuerdan su salida de Francia y que compara así: “<em>La cultura de los policías franceses es superior; a pesar de su incontinencia verbal, hay cuestiones sobre las cuales no expresan su opinión o a las que aluden en términos generales. Estos </em>[los españoles] <em>no tienen ningún principio, ni tan siquiera profesional que los contenga</em>. (…) <em>Uno de ellos se ofendió mucho cuando, al despedirme de la patrona de la casa de huéspedes de Madrid, le dije que los españoles eran unas buenas personas. Madrid es una buena ciudad; pero la policía española es mala. Protestó: ‘los de arriba, los jefes, son malos. Nosotros no somos más que soldados.’ Es indudable que él es capaz de cualquier villanía. Aplastaba las nueces con los dedos, como si éstos fueran tenazas. Lo mismo haría con un hombre”.</em></p>
<p>Atravesando la tierra de Don Quijote alaba el paisaje y apunta: “<em>observo en el vagón la sociabilidad de los españoles, su amabilidad, su dignidad, su hombría de bien; pero al mismo tiempo, su suciedad: escupen en el suelo, arrojan papeles y colillas bajo los asientos, esto no es Alemania, ni Suiza, ni Francia tampoco&#8230;”. </em>Otra vez esa imagen de ciudad africana, de paralelo que se desplaza al norte&#8230;. En los apuntes de sus peripecias por España, Trotsky incluye algunas conversaciones con lugareños que permiten ver la incoherencia de las opiniones, la bondad, la ingenuidad y la ignorancia de un mundo que se estaba destrozando al otro lado de los Pirineos. En Cádiz, y siempre vigilado por un policía que más bien pretendía ser su amigo (el ruso marcó rápidamente las distancias), tuvo la oportunidad de acercarse a algunas librerías y valorar el pasado glorioso de aquella tierra que fue el balcón de Europa. También allí recogió testimonios de la Gran Guerra en su faceta marítima, y desarrolló aun más desde su llegada a España, el don de la paciencia, matando el tiempo durante más de un mes bajo el cálido sol de una ciudad bella y un mar ajeno</p>
<p>al que conoció en San Sebastián, paseando entre palmeras, incluso escuchando el sonido de las polillas devorando libros envejecidos en las bibliotecas.</p>
<p>Trotsky reconoce el carácter cómico de su estancia en España y termina por adaptar esos días de espera y mezclarse. Descubre la zarzuela y cómo la ciudad gaditana se prepara para la Navidad. Toma apuntes históricos de los libros que descubre llenos de polvo, y entabla conversaciones con los pocos lugareños que se atreven con el francés. Así llega el día en que tiene que trasladarse a Barcelona (una “Niza, en un infierno de fábricas”) y tomar allí el barco que lo llevará por fin a Nueva York. Hará escala por los puertos de Málaga y Algeciras además del que se encuentra, pero España es así y tiene que coger el tren para ir al primer puerto.</p>
<p>Cuando vislumbra la ciudad americana, Trotsky escribe: “<em>Arboleda de invierno, edificios de puerto, todo predice la gigantesca mole que por ahora se oculta aun en el amanecer brumoso. Aquí termina España”</em>, y pone fin a unos apuntes que no habrían visto la luz sin la insistencia y posterior traducción al castellano de Andrés Nin, amigo del autor. En el prólogo, escrito en su destierro de Constantinopla en julio de 1929, el autor dice: “<em>No viví en España como investigador u observador, ni siquiera como un turista en libertad. Entré en este país como expulsado de Francia y residí en él como detenido en Madrid y como vigilado en Cádiz, en espera de una nueva expulsión. (&#8230;) Pero si este librito puede despertar el interés del lector español e inducirle a penetrar en la psicología de un revolucionario ruso, no lamentaré el trabajo que ha hecho mi amigo Nin para traducir estas páginas escuetas y sin pretensiones.”</em></p>
<p>El siglo veinte estaba dando ya la vuelta a la historia y Trotsky, personaje de excepción en ésta, se encontraba a las puertas de volver a Europa y protagonizar uno de los grandes episodios del siglo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>n (Fragmentos extraídos del libro “En España. Diario de un viaje, 1916 – 1917”, Lev Trostky. Ed. Doble J, Aracena 2011)</em></p>
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		<title>Los viajes del Conde de Saint-Saud por el norte de España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/conde-saint-saud/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Jul 2023 09:17:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/conde-saint-saud/">Los viajes del Conde de Saint-Saud por el norte de España</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Fernando Fernández-Jarne<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-33/"> Boletín SGE Nº 33</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<article class="post-entry post-entry-type-standard post-entry-1914 post-loop-1 post-parity-odd post-entry-last single-big post-1914 post type-post status-publish format-standard hentry category-boletin-33">
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<div class="entry-content">
<p class="bodytext"><strong>Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud, nació el 15 de febrero de 1853 en Coulanges-sur-l’Autize, en el departamento francés de Deux-Sèvres, al oeste del país, en el seno de una acomodada familia de la aristocracia gala que le inculcó desde niño el amor por la Naturaleza. De hecho, siendo sólo un quinceañero entró en contacto con los Pirineos, quedándose atrapado por ellos de por vida.</strong></p>
<p class="bodytext">Se licenció en Derecho en la Universidad de Burdeos y, tras terminar sus estudios, ejerció como juez en Lourdes, junto a sus amados Pirineos, entre 1878 y 1880. Ese año abandonó su carrera profesional para dedicarse en cuerpo y alma a recorrer las montañas que tanto le fascinaban, gracias en gran medida a la independencia económica que le permitía su posición. Cuatro años más tarde se casó y tuvo cuatro hijos que en numerosas ocasiones fueron, por un lado, sus acompañantes en sus expediciones alpinas, y por otro, consejeros en la organización de las observaciones y aportaciones geográficas que plasmaría por escrito en sus numerosas publicaciones.</p>
<p class="bodytext">Pero en la segunda parte de su vida, cuando ya había cumplido los sesenta, y tras el estallido de la Gran Guerra, comenzaron sus desgracias. Durante el conflicto perdió a un gran número de colaboradores y amigos e incluso a uno de sus yernos que murió en 1914 en el campo de batalla. Más tarde, en 1921 falleció su compañero de andanzas, Paul Labrouche y, en 1927, con 74 años se quedó viudo. Años después, cuando era casi un nonagenario perdió, con solo seis meses de diferencia, un hijo, un yerno y un nieto (este último en un accidente en el Vignemal).</p>
<p class="bodytext">Durante la 2ª Guerra Mundial se refugió en su casti- llo de la Valouze, donde sufrió el desprecio de los ocupantes. Estas desgracias, y el paso de los años, fueron minando al conde, pero no le impidieron seguir desarrollando su actividad. Baste como ejemplo su ascensión, con 95 años, al Turon de la Courade.</p>
<p class="bodytext">Finalmente, el 13 de fe- brero de 1951, dos días antes de cumplir los 98 años, el conde abandonó para siempre este mundo tras dejar una imborrable huella para los amantes de las montañas que aún podemos sentirle a nues- tro lado en cada una de las ascensiones a los innumerables picos que coronó, fotografió y cartografió a lo largo de su vida.</p>
<p class="bodytext"><strong>SU PRIMER CONTACTO CON LOS PICOS DE EUROPA (Marzo de 1881)</strong></p>
<p class="bodytext">Las aventuras del conde por los Picos comienzan en 1881, año en el que en peregrinación a Santiago de Compostela, y aceptando la invitación del admi nistrador de Aduanas de Ribadesella al que había conocido el año anterior en los Pirineos, ve por primera vez los soberbios Picos de Europa, que rebasan los 2.600 metros y se alzan cubiertos de nieve en los confines entre Castilla la Vieja y Asturias.</p>
<p class="bodytext">Habrá que esperar nueve años para ver al conde de nuevo por los Picos de Europa donde desarrollará, a lo largo de ocho expediciones en sucesivos veranos, de 1890 a 1908, una intensa labor geográfica que permitirá, tras numerosas expediciones, recoger todos los datos necesarios para la posterior elaboración del primer mapa detallado de la región. Además, sus pormenorizadas descripciones sobre los usos y costumbres de los habitantes de la región, así como de los paisajes que le acompañan, y publicados en su obra Monographie des Picos</p>
<p class="bodytext">de Europa, aportan una información trascendental y de un valor geográfico sin precedentes para conocer en profundidad cómo eran los valles y montañas del lugar y cómo vivían sus habitantes en aquellos años.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL PRIMER VIAJE DE RECONOCIMIENTO (Julio de 1890)</strong></p>
<p class="bodytext">En esta ocasión llega a los Picos, y más concretamente al macizo de Andara, en diligencia desde Torrelavega, a donde había llegado por vía férrea desde Madrid. Una vez allí asciende, el día de San Fermín de 1890, en una mañana de sol espléndido y con horizonte claro, su primera cumbre de los Picos: la Tabla de Lechugales, soberbia escarpadura que se precipita sobre la linda Liébana, de viñas feraces, dorados cereales, bosques de hayas y pródiga en encanto. Al día siguiente sube al pico de San Melar, y el 9 de julio realiza la primera ascensión de la que se tiene noticia a Peña Vieja, desde cuya cima, y aunque las nubes llegan en bandadas desde todas partes, pueden observarse en las zonas despejadas crestas formidables, amontonándose unas sobre otras, mundo aterrador, que, en un primer viaje como el nuestro, podría descorazonar a los mejores intenciona- dos por lo que de desconocido se revela.</p>
<p class="bodytext">Tras el descenso, y motivado en gran medida por las inclemencias atmosféricas, decide el 12 de julio dar por terminada su primera expedición a los Picos de Europa, marchando en diligencia desde Potes a través del puerto de Piedras Luengas a partir del cual el cielo se torna azul y el termómetro sube a los 26ºC.</p>
<p class="bodytext"><strong>SEGUNDO VIAJE A LOS PICOS (Septiembre de 1891)</strong></p>
<p class="bodytext">Al año siguiente, Saint-Saud regresa a los Picos, una vez más junto a Paul Labrouche, amigo fiel, cinco años más joven que él, que le acompañaría a los Picos en cuatro de sus expediciones y colaboraría con él en la redacción de sus escritos. No en vano a él se debe la calificación de los Picos de Europa como macizo tricéfalo, al estar dividido en tres sectores, el occidental, entre los ríos Sella y Cares; el central, entre el Cares y el Duje; y el oriental, entre el Duje y el Deva.</p>
<p class="bodytext">Es el propio Labrouche el que hace un resumen de este viaje al que alude como poco exitoso ya que lo avanzado del año, lo corto de los días, las vacilaciones de los guías y la carencia de material alpino redujeron este segundo viaje a los Picos a una exploración de los valles y a una serie de escaladas a cimas secundarias, agotadoras y peligrosas, sin provecho proporcional al riesgo. Y es que de hecho, en esta ocasión, en poco más de los diez días que permanecieron en la zona de los Picos, y a pesar de la inestimable ayuda que reciben del ingeniero Marcial de Olavaria, director general de las minas de Los Picayos y Liordes (no hay que olvidar la importancia minera de los Picos en esa época, lo cual explica que gran parte de los primeros exploradores de la región fueran geólogos o ingenieros de minas) tan sólo subieron cumbres de segundo orden como Peña Mellera, Tiro Llago o Peña Bermeja.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA CONQUISTA DE LAS GRANDES CIMAS (Julio y Agosto de 1892)</strong></p>
<p class="bodytext">En este tercer viaje de exploración, el conde de Saint-Saud y Paul Labrouche ascienden, en menos tiempo que en la última expedición, a las principales cumbres de los Picos: Cerredo, Llambrión, Peña Santa de Castilla… cumpliendo felizmente, pero no sin trabajo, todo el programa previsto. Y esto es posible, en gran medida, y como el propio Labrouche señala, a que en esta ocasión tomamos nuestras precauciones: íbamos acompañados por un guía francés, teníamos tienda, camas de campaña, mantas, víveres en abundancia, una buena cuerda, e incluso una escala… que no sirvió para nada.</p>
<p class="bodytext"><strong>COMPLETANDO LAS OBSERVACIONES (Julio de 1893)</strong></p>
<p class="bodytext">Un año más tarde, el conde vuelve, está vez solo, con el fin de tomar los datos necesarios para completar las exitosas observaciones geodésicas del verano anterior. En esta ocasión el punto de partida es la localidad de Espinama, a donde llega el 9 de julio que, día en el que, al ser domingo, puede observarse a toda la juventud del lugar jugando a los bolos en la plazoleta de detrás de la iglesia, el único espacio llano de todo el pueblo. Desde ahí, asciende a las cimas más cercanas: los escarpes de Fuente-Dé, el pico del Val de Coro y la cumbre Abenas.</p>
<p class="bodytext">A continuación marcha hacia Bulnes, donde se alojará en la casa del párroco quien le acompaña en la ascensión al Pico del Albo. De esta localidad asturiana a la que hasta la inauguración en 2001 del teleférico sólo se podía llegar a pie, deja el conde una interesante descripción que reproducimos, por su interés, en su integridad: “Bulnes es el único pueblo en el interior del gran macizo central. Es una aldea pobre, regada por un torrente que baja desde los Urrieles, afluente de la margen derecha del Cares. El barrio principal tiene rango de villa y se al- za en la misma orilla del río. Allí se hallan la iglesia y la rectoral. La aldea está enfrente, sobre la orilla izquierda, a un centenar de metros por encima del valle y a un cuarto de hora de camino. Una vieja torre, cuyas ruinas parecen ser del siglo XIV, se alza en medio de las casas. En total unos treinta y cinco hogares, de los que veinte pertenecen a la aldea. Eso es todo lo que vive, ama y muere en el macizo central de los Picos de Europa”.</p>
<p class="bodytext">De ahí marcha a Sotres, otra localidad asturiana en el corazón de los Picos que, según menciona el propio Saint-Saud, tiene una leyenda relativa a su común origen con Bulnes y Tielve. En el siglo XI los pastores de Arenas habrían fundado los tres caseríos, y Sotres, el más alejado de todos, recibiría el nombre del triunvirato: “Son Tres”. Desde dicha localidad sube a la Punta de San Llano donde realiza las últimas mediciones y da por terminado su cuarto viaje de exploración.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL REGRESO A LOS PICOS (Julio y Septiembre de 1906)</strong></p>
<p class="bodytext">Han pasado trece años desde la última visita del conde a los Picos. En esta ocasión vuelve de nuevo acompañado de su amigo Paul Labrouche, pero… ¿con qué objetivo? Pues fundamentalmente con la intención de llevar a cabo una serie de levantamientos topográficos en la zona noroccidental de los mismos, quizá hasta el momento el sector menos trabajado por ellos, para poder realizar un mapa más detallado de la zona a pesar de que el coronel Prudent ya había elaborado un primer mapa con los croquis, anotaciones, fotografías e indicaciones del conde tras sus primeros viajes.</p>
<p class="bodytext">Esta nueva expedición partió de Arriondas a donde llegan en tren y desde donde parten en dirección a Cangas de Onís primero y a Covadonga después. Allí comprueban que ya se ha terminado la basílica. Desde ese lugar inician un recorrido por el sector más septentrional de los picos en dirección a Cabrales, donde el sexo femenino viste faldas azules, medias blancas, verdes, rojas o amarillas. Se ven bien estas medias… desde lejos, pues si en la montaña las mujeres recogen sus faldas hasta la altura de las rodillas, para tener más libertad de movimientos en su marcha cadenciosa, en cuanto divisan a un señor se sientan o se ponen en cuclillas para no enseñar sus pantorrillas. También ensalza el queso de Cabrales, de manufactura idéntica al Roquefort y a menudo vendido en Madrid con este nombre francés.</p>
<p class="bodytext">Desde allí sigue hacia el este en dirección a Panes, regresando poco después a su país y confesando que “desde el punto de vista geográfico, este recorrido por el sector septentrional de los Picos de Europa no me había aportado nada nuevo”.</p>
<p class="bodytext">Pero dos meses más tarde regresa, en esta ocasión solo, a los Picos subiendo a diversas cumbres, como la Rasa, la Cabeza de Costurero y Torre Blanca, desde donde toma visuales y realiza levantamientos y triangulaciones durante horas, en parte favorecido por el buen tiempo.</p>
<p class="bodytext"><strong>POR EL VALLE DE LIéBANA (Julio de 1907)</strong></p>
<p class="bodytext">Un año más tarde, el conde vuelve a los Picos con el objetivo, una vez más, de realizar las observaciones necesarias para conseguir los datos precisos que faltaban y que requerían los cartógrafos que elaboraban los mapas de la zona, especialmente su amigo León Maury, consciente de que, desde el punto de vista de vida y costumbres, de escaladas y descubrimientos, poco o nada podría ofrecer de particular, aunque otra cosa serían los datos técnicos. En esta ocasión recorre el sector más oriental de los Picos realizando gran parte de las observaciones junto a Gustavo Shulze (cfr. boletín nº 27 de la S.G.E.), geólogo de origen ale- mán que se encontraba en los Picos estudiando su composición, y con el que se reúne en Unquera el 12 de julio y se despide en Covadonga diez días más tarde.</p>
<p class="bodytext">En esta nueva etapa en los Picos se centra en el sector más oriental de los mismos, comenzando en los alrededores de la Hermida y centrándose en la Vega de Beges. Tras pasar por Tresviso sube al alto de la Cruz de la Biorna, sobre el monasterio de Santo Toribio de Liébana, y después de tomar una serie de datos en las proximidades de Potes vuelve a Unquera donde disfruta de las fiestas patronales. Merece la pena transcribir la descripción que de esa ocasión hace el conde: Dios me perdone, pero con mis cincuenta años bien cumplidos, habría que haberme visto en la tarde del 17 de julio, el día de la fiesta local, bailando pasadas las doce de la noche en la calle del pueblo, con las señoritas de Velarde y sus amigas, que iniciaban a don Gustavo, tan conocido y apreciados por todos en la comarca, en las bellezas coreográficas de una jota más o menos aragonesa.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL úLTIMO VIAJE A LOS PICOS (Julio de 1908)</strong></p>
<p class="bodytext">El conde hace aún un último viaje con fines científicos a los Picos debido, una vez más a las lagunas que el cartógrafo León Maury tenía para confeccionar un mapa detallado de la región. Así, y con ese objetivo, llega de nuevo a la Hermida en esta ocasión el 8 de julio de 1908. Los días siguientes realiza mediciones y toma de datos por los valles y cimas secundarias colindantes, destacando las que el día 11 hace desde los aledaños del monasterio de Santo Toribio, sorprendido por la ruina y abandono que presentaba este, en otro tiempo, célebre monasterio benedictino, del que salieron no pocos sabios. En la hora actual, las salas están destartaladas e invadidas por hiedras, zarza y musgo, y allí vive retirado un clérigo… cuando vive. Como está en un repliegue rocoso tristemente solitario, me dirigí a algunos metros de distancia al pequeño oratorio de San Miguel e instalé allí mi trípode.</p>
<p class="bodytext">Posteriormente recorre, tomando las observaciones pertinentes, el alto de Lobada, el sector de Piedras Luengas, el macizo de Andara y el valle de Sajambre. La última ascensión con fines cartográficos que realiza el conde en los Picos, la lleva a cabo junto a sus amigos Felipe Menéndez y Pedro Pidal (marqués de Villaviciosa, primer escalador del Pico Urriellu y promotor del primer parque nacional español, el de la Montaña de Covadonga) el día 29 de julio de 1908 ascendiendo al pico Cotalba: “Buen trabajo, buenas fotografías, inmensa alegría. Pasamos cuatro horas en este soberbio mirador, desde el que los escarpes vertiginosos y las áridas crestas con sus torres se pueden contemplar en toda su magnificencia. La vista se pierde a lo largo y ancho de Asturias. El viaje topográfico había terminado con éxito”.</p>
<p class="bodytext"><strong>EPíLOGO</strong></p>
<p class="bodytext">Terminaba así el octavo viaje que el conde de Saint-Saud realizaba a los Picos con fines científicos. En menos de veinte años había llevado a cabo, según los datos que aporta José Antonio Odriozola Calvo en el capítulo final de la versión española de la Monographie des Picos de Europa (traducción del original de la obra del conde, con valiosísimas anotaciones de Odriozola) de 75 vueltas al horizonte, 2.600 visuales, 304 fotografías, 1.150 observaciones barométricas y numerosos croquis. Todo ello permitió al cartógrafo León Maury dibujar un mapa de los Picos de Europa de 71×61 cm. a escala 1:100.000 y a cuatro tintas. Este mapa, publicado finalmente en 1922, superaba con creces a todos los anteriores, algunos de ellos elaborados por personajes tan importantes como Guillermo Schulz o Francisco de Coello; e incluso el que el coronel Prudent realiza a par- tir de las primeras expediciones del conde a finales del siglo XIX.</p>
<p class="bodytext">El conde aún volvería en dos ocasiones más a la región de los Picos, aunque no con fines científicos. Regresó acompañado, sin duda, para poner en práctica el consejo con el que termina su monografía: que vayan a los Picos de Europa los amantes de las emociones que dan las escaladas escabrosas en agujas y rocas lisas. Volverán encantados de sus ascensiones en esta soberbia región española, y declaro en verdad que me siento orgullosos de haberla dado a conocer, de amar- la y de apreciarla como se merece.</p>
<p class="bodytext">Cabe por último destacar que, a propuesta de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, se bautizó con el nombre de Risco de Saint-Saud al afilado peñasco situado al noreste de Torre Cerrado, entre esta cumbre y la Torre Labrouche que el mimo conde bautizó. Fue un homenaje póstumo al conde de Saint-Saud pero no por ello menos importante.</p>
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<p><em>Toda la información escrita del presente artículo está recogida en la obra del conde Monographie des Picos de Europa y publicada en París en 1922, en la que el autor reseña todos los resultados de sus observaciones por los Picos. Asimismo, resulta de gran interés su traducción al español por José Antonio Odriozola Calvo y publicada por Ayalga Ediciones en 1985 (hoy agotada) especialmente por los comentarios que el autor, ingeniero, lebaniego y montañero, realiza al margen de la obra y cuyo esquema hemos seguido fielmente.</em></p>
<p><em>Todas las fotos que aparecen en el artículo están tomadas del fondo bibliográfico del Museo Pirenaico de Lourdes a cuya bibliotecaria agradecemos su inestimable colaboración.</em></p>
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		<title>Paul y Jane Bowles: nómadas de  lujo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/paul-jane-bowles-nomadas-lujo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 27 Jun 2017 09:19:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los Bowles visitaron por primera vez Málaga en 1949 cuando ya vivían su particular exilio en Tánger. Desde entonces el idilio de Jane y Paul con esta ciudad luminosa y cosmopolita, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h6>Los Bowles visitaron por primera vez Málaga en 1949 cuando ya vivían su particular exilio en Tánger. Desde entonces el idilio de Jane y Paul con esta ciudad luminosa y cosmopolita, se fue estrechando cada vez más.  El escritor Alfredo Taján, director del Instituto Municipal del Libro de Málaga, evoca en este artículo la figura de esta pareja de escritores y su vinculación con la capital malagueña donde Jane pasó sus últimos años.</h6>
<p>&nbsp;</p>
<h3>Por Alfredo Taján</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-38-premios-sge/">Boletín 38</a> , año 2010.</p>
<p><em>Cabeza d</em><em>e gardenia</em>, no consta por escrito pero varios testimonios aseguran que así llamaba a Jane Auer, más conocida por Jane Bowles, su gran amigo Truman Capote; sin embargo, en el prólogo de obras escogidas de Jane publicada por Peter  Owen, Capote la describe sentada en un café de la kasba tangerina, con su <em>cabeza como una dalia</em>. Da igual nombrar la flor de una u otra forma: dalia o gardenia, Jane ha ido atrapándonos tanto por su talento indiscutible, por su electricidad, como por su delirante desfallecimiento.  Si se hurga un poco constatamos que el <em>mito Bowles </em>va creciendo y se transforma en un referente inexcusable de la literatura contemporánea más excitante.</p>
<p>He de confesar que he sido seguidor declarado de Paul, el frío y elegante músico y escritor: un nómada dogmático que amontonó maletas y más maletas hasta hacer encallar en Tánger su aventura viajera. Generalmente los seguidores de Paul no lo son de Jane, y viceversa; esto puede entenderse porque  Paul mantenía, aparentemente, cierto equilibrio, contención y lejanía, y Jane, su esposa, representaba el caos, la pasión y la cercanía; eran, personal y literariamente, divergentes. Pero uno y otro fueron arrastrando su excéntrica y compleja unión por medio mundo. Expatriados de Estados Unidos, se casaron en Nuevo México, se establecieron en París, llegaron hasta Ceilán, donde Paul adquirió la imponente mansión de Taprobane,  y por fin, Tánger, a finales de los años cuarenta, donde el autor  de <em>El cielo Protector </em>ya había recalado años antes en grado de tentativa, Tánger, con  su famoso estatuto de ciudad libre y  liberada,  fue el  refugio elegido por  ambos. Los Bowles tatuaron su peculiar exis­tencia en un implacable reloj de arena que marcó sus ansiedades, adicciones, mentiras y <em>suspensiones </em>hasta un  modo indecible.</p>
<p>La  época dorada tangerina, que se ex­tendió aproximadamente entre 1947 a<i> </i>1960, no  sería lo que fue sin el  matrimonio Bowles, que le dio su  aporte grácil y enigmático, un misticismo peculiar, quizá hayan sido los últimos viajeros decadentes, con un ligero aporte existen­cialista. Aún no me explico, con una obra literaria con recepción minoritaria y unas biografías zigzagueantes, cómo los Bowles se convirtieron en un  modelo a seguir, en  una  referencia viva,  para diversas generaciones de escritores america­nos de primera fila; al principio, los visitaron <strong>Tenessee Williams</strong>, <strong>Gore Vidal</strong>, y el citado <strong>Truman Capote</strong>, últimos agentes de la generación perdida y ansiosos de compartir los  placeres sensuales y la sutil encrucijada cultural norteafricana; des­pués recaló<strong> William Burroughs</strong>, que escri bió en Tánger <em>El almuerzo </em><em>desnudo, </em>y que arrastraría a  <strong>Allen Gingsberg</strong>, <strong>Gregory Corso</strong>, y a  otros miembros de la llamada generación <em>beat, </em>más  tarde caerían, como se deslizan goterones después  de una tor­menta, un rocío de escritores y curiosos de distintos continentes que no dejaron de asediar al  matrimonio Bowles, sobre todo a Paul, simplemente por el hecho de que su vida se alargó más. Muchos curiosos visitantes lo asediaron hasta cinco minutos antes de su  muerte.</p>
<p>Paul y  Jane  Bowles dependieron  ex­trañamente el uno del  otro, se amaron a su  manera y amaron la vida volcando en ella una inconfundible exaltación es­piritual, un  <em>statu-quo </em>privado intradu­cible, que aunque parecía perdurable, continuamente se  estaba modificando. Se expusieron <em>exponiéndose, </em>sin buscar contra­partidas ni aceptar componendas, preferían las papilas gustativas a  la  intelectualidad pretenciosa, eran turistas occidentales a la vieja usanza, pero con un sentido crítico excepcional, no nos sorprende que Paul Bowles escribiera que su  manera de com­prender y traducir el hecho del  viaje había recibido críticas de todo el  arco ideológi­co, desde la derecha menos demócrata a la izquierda más  radical. En <em>Memorias </em><em>de un nómada, </em>traducción al español del  tí­tulo original de su  autobiografía titulada <em>Without stopping, </em>Paul mantiene que no hay que luchar, <em>¿qué victoria pretendemos? </em><em>Creo  que  hay  que  aguantar; </em><em>esperar </em><em>y contemplar sistemáticamente a la muerte, que  siempre nos  acompaña </em>; Jane, en cambio, escribe en <em>Placeres Sencillos, </em>versión española de <em>Plain Pleasures, </em>que <em>no </em><em>podía  entender que  la vida, algo tan  maravilloso, se le escapase estúpidamente </em><em>de </em><em>las manos. </em>Las  mujeres protagonistas de sus  novelas están en permanente estado de euforia y rebeldía, y son primas hermanas de las maniáticas de <em>Valmouth </em>del británico Ronald Firbank más que de las monjas travestidas de <em>Las excentricida­des del  Cardenal Pirelli.  </em>No  hay que detallar mucho más, es increíble la distancia entre Paul y Jane si a esto se suma la imposibilidad que tuvo Jane para continuar escribiendo,  su terrible enfermedad, sus recaídas y finalmente  su abrupto  fallecimiento en Málaga en mayo de 1973, donde se nota un alejamiento voluntario de Paul. Cuando Jane enferma  y muere Paul Bowles administra muy bien su remordimiento.</p>
<p>El silencio y cierto quietismo acompañaron a Paul el resto de su existencia, hasta su deceso en 1999; el sarcasmo y la epidermis habían sido las aliadas de Jane, pero no puede negarse que la espesa red que tejieron juntos los envolvió inexorablemente más allá de la muerte. Y si de muerte hablamos, la muerte de Jane fue una muerte anunciada; se piensa que había sido envenenada paulatinamente por su amante mora <strong>Cherifa</strong>, a la que un valioso testigo de la época y amigo, el diseñador <strong>Pepe Carleton</strong>, describe directamente como una <em>bruja profesional</em>; hemos escrito que Jane abandonó la escritura, lo que podía haber sido su vía de conocimiento y expresión artística. Esa imposibilidad la transformó en una mujer frágil y encerrada en sí misma, <em>mujer sorprendente e inteligentísima</em>, en palabras de <strong>Emilio Sanz de Soto</strong>, <em>a la que todo se le convertía en duda y la duda le generaba angustia. </em>Una angustia, también, anegada en alcohol.</p>
<p>Paul Bowles escribió proféticamente que <em>los diversos cachivaches tecnológicos que forman nuestra basura occidental constituyen  los fetiches correctos que contribuirán  a la mágica transformación  de las civilizaciones más arrinconadas y atrasadas</em>, y visto lo visto estos días, creo que debemos tomar nota, nuestra <em>basura </em>se expande, mientras  las enseñanzas  religiosas fanatizadas cubren  al planeta de pobreza, espanto y amenazas. En cualquier caso el vaticinio se cumplió en nuestro propio radio de acción cuando el pasado mes de abril de 2010, y a través del Instituto  Municipal del Libro de Málaga, organizamos un Congreso sobre los Bowles, titulado <em>El mundo de los Bowles</em>, que dicho sea de paso fue aplaudido en los medios de comunicación de España,  Europa  y USA. Una doble profecía se cumplió <em>urbi et orbi</em>.</p>
<p>Al final, la existencia de Jane se quebró:  vino a morir a Málaga en 1973 donde desde seis años atrás había recibido distintos tratamientos  de <em>electroshock </em>en el Sanatorio de Sagrado Corazón de Málaga, dado el progresivo empeoramiento de su sistema nervioso. Precisamente, días antes de inaugurarse el <em>Mundo de los Bowles</em>, hicimos una inesperada visita al Hogar de <em>Nuestra Señora de Los Ángeles</em>, donde descubrimos,  gracias a la sagacidad de Luis Plaza y Adolfo Crespo, que Jane, como se había creído a través de la biografía canónica sobre Jane que escribió <strong>Millicent Dillon</strong>, probablemente no murió allí –no aparece en los archivos de este asilo ni el alta de ingreso ni la baja de Jane, es más, ni siquiera aparece un mínimo rastro de ella, sino que lo hizo en la Clínica privada de Reposo <em>Los Ángeles</em>, que se hallaba frente a ésta, y era propiedad,  y estaba dirigida, por el entonces  prestigioso psiquiatra <strong>Pedro  Ortiz Ramos,</strong> Jefe del Servicio de Neuropsiquiatría del Hospital Civil, que años más tarde donaría a la Diputación Provincial de Málaga esta clínica, con la finalidad de contar con un nuevo psiquiátrico dentro de la ciudad, muy próximo al Hospital Civil. Pero por uno u otro motivo las cosas se torcieron, la clínica fue derruida,  y la importante biblioteca de Pedro Ortiz Ramos, trasladada a la Universidad de Granada.</p>
<p>En el certificado de defunción de Jane Bowles, aparecen  varios datos que merece la pena destacar: primero, que la causa de su fallecimiento, el cuatro de mayo de 1973, fue un colapso cardíaco; segundo, que el enterramiento se iba a efectuar  en el Cementerio de San Miguel; tercero, que la declaración de dicho fallecimiento pertenece a la Madre Superiora de la Clínica de Reposo <em>Los Ángeles</em>; cuarto, que el domicilio de la difunta era la misma clínica; quinto, que la comprobación  del deceso la efectuó el médico Pedro  Ortíz Ramos, director de dicha clínica. Igualmente otro documento nos lleva a pensar que Jane murió en la Clínica privada de Reposo <em>Los Ángeles </em>de Ortiz Ramos, y no en el Asilo de <em>Nuestra Señora de Los Ángeles</em>, quizá como en los dos hospitales <em>Los Ángeles </em>estaban de por medio y, además se encontraban una enfrente de otra, la biógrafa Millicent Dillon quizá se confundió de sitio. El documento  al que nos referimos es el registro de entradas y salidas de la Clínica de Reposo de Ortiz Ramos en el que, efectivamente,  en las salidas aparece el dato que nos interesaba: el día cuatro de mayo de 1973 Jane Bowles fallece en el citado centro y el diagnóstico de su enfermedad es la esquizofrenia.</p>
<p>Esta  distinción es importante. Jane no murió en un asilo de pobres sino en una clínica de enfermos mentales con recursos, lo que viene a decirnos que Paul, y algunos amigos de Paul y Jane,  parte de aquel universo que había brillado en Tánger años atrás, no abandonaron a Jane. Durante años se le ha echado en cara, directa o indirectamente, al autor de <em>El cielo protector</em>, que dejara a Jane a su suerte en Málaga y por lo que se ve no fue así, aparte del hecho de su muerte en la Clínica de Ortiz Ramos, las continuas idas y venidas de Paul desde Tánger a Málaga para ver a su mujer hablan en otro sentido. Lo cierto es que la vida de Jane en la <em>Ciudad del Paraíso </em>no fue precisamente un paraíso, pero tampoco un infierno de brasas ardientes.  No se puede obviar su dolor y soledad, pero posiblemente habrá  gozado de  horas placenteras, mágicas, vulnerables. Tampoco se debe  soslayar que Jane inició dos novelas que no llegó a terminar, la primera, titulada <em>Going to Massachussets</em>, una narración  sobre la soledad, y la segunda, <em>Out in the world</em>, de cariz autobiográfico, respuesta  soterrada a un título de Paul, <em>Up above the world</em>.</p>
<p>Málaga ha saldado su deuda con Jane después  de que se haya rehabilitado su tumba  -una soberbia y sobria pieza de mármol finés-, en el <em>Cementerio de San Miguel</em>, trasladándola a la zona noble de dicho cementerio;  Jane yace ahora junto al poeta simbolista <strong>Salvador Rueda</strong> y es extraordinario, pero, desde entonces,  la tumba de Jane Bowles se ha convertido en un lugar de peregrinación  tanto de escritores de todo el mundo como de personas ajenas a su vida y a su obra que vienen a rendirle un homenaje espontáneo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Los años dorados: Paul  y </strong><strong>Jane  Bowles en  Tánger</strong></p>
<p>Málaga, cosmopolita y abierta, tiene su reflejo en Tánger, y viceversa, Tánger se refleja en Málaga. Las dos ciudades fueron escenario de parte de las vidas excéntricas de estos dos nómadas de lujo. Hoy por hoy, Jane y Paul son uno de los nexos de unión entre ambas.</p>
<p>Si el Tánger  internacional de mediados del pasado siglo hubiera sido una mujer estoy seguro no sería como la protagonista de la novela <em>La Vida perra de Juanita Narboni</em>, de Ángel Vázquez, donde  una española <em>sola, fané y descangayada </em>afila con su lengua, la <em>jaquetía</em>, los contornos  de su desgracia, sino que vendría a ser un andrógino  interplanetario encarnado por todos los seres que poblaron sus callejuelas y besaron su litoral abierto a todos los mares, cuerpos  y lenguas. Tánger se ha dejado mecer por las olas de su encrucijada histórica: caleidoscópica y variopinta, nostálgica y contemporánea, profundamente magrebí y a la vez mito de híbridas culturas; lo cierto es que aún permanecen en ella los rastros de su carismático esplendor, todavía un aura invisible se instala en sus plazas, bulevares, avenidas, paseos, cafetines, y sobre todo en sus gentes, esas gentes que parecen aguardar la llegada de un paquebote ultramarino con ávidos pasajeros buscando experiencias al límite, al fin y al cabo un límite inexistente, porque Tánger es tierra de todos y de nadie, Babel del Sur, urbe  en la que se evocan los elegantes y desesperados fantasmas de una época en que fue frontera y hotel literario,  el No-Lugar donde podías sentirte ciudadano del mundo.</p>
<p>Algo similar le ocurre,  al otro lado del mar, <em>el mismo mar</em>, a la ciudad de Málaga, la Ciudad del Paraíso aleixandrina, que hace cincuenta años fue meca de los nómadas del <em>Nuevo Grand Tour</em>, y  sólo algunos años después  objetivo del turismo masivo mundial. Soy de la opinión de que Málaga se refleja en Tánger, y viceversa, Tánger en Málaga, en definitiva, son dos postales fijas pintadas en la retina de una memoria colectiva, aún superviviente, donde se han venido mezclando apasionantes sagas de poetas, narradores,  músicos, pintores, escultores, espías, millonarios, diseñadores, arquitectos, diplomáticos, aristócratas, vedettes, gigolós y aventureros de distinta raza y religión, un lento declinar de especies simbióticas, flores excéntricas de un cálido invernadero que ya no existe.</p>
<p>Entre  1947 a 1960, aproximadamente, en torno a los Bowles, y sin tener ellos una implicación activa, se desarrolló gran parte de una febril actividad literaria y social que hizo de Tánger la ciudad de las aventuras lúdico/intelectuales más fascinantes. Las fiestas en la mansión de Bárbara Hutton y el delirio de las embajadas, fueron sus manifestaciones paradigmáticas.  A partir de los años sesenta todo cambió: los beatniks ya no eran lo que fueron, y los hippies si eran algo, eran profundamente ingenuos y no demasiado avispados. El nuevo turismo cultural, salvo <strong>Joe Orton</strong>, visitaba a Paul como si fuera una reliquia del pasado, y él se retraía, leyenda viva de una época que jamás iba a volver. Sus recuerdos le hacían seguir hacia delante, la nostalgia no le paralizó, y de vez en cuando le venía a ver alguien sutil e inteligente, de vez en cuando seguía haciendo amigos: <strong>Bernardo Bertolucci</strong> y <strong>Debrah  Winger</strong>, entre otros.</p>
<p>Él mismo escribió:</p>
<p><em>“Tánger </em><em>es la ciudad de un sueño, nunca le diré  adiós”, </em>y nunca lo hizo, murió en Tánger, cansado pero libre.</p>
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		<title>Aventuras de un irlandés en España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/aventuras-irlandes-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 09 Jun 2017 12:18:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El dublinés Walter Starkie, de familia culta y extravagante, viajó por España en el verano de 1931, poco tiempo después de iniciada la II República. Fruto de aquel viaje fue [&#8230;]</p>
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<h6 class="wp-block-heading">El dublinés Walter Starkie, de familia culta y extravagante, viajó por España en el verano de 1931, poco tiempo después de iniciada la II República. Fruto de aquel viaje fue su libro <em>Aventuras de un irlandés en España </em>que publicó Espasa Calpe en 2006 con prólogo de Ian Gibson. Un relato a medio camino entre la realidad y la ficción.</h6>



<h3 class="wp-block-heading">Por Jos Martín</h3>



<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-29/">Boletín 29</a></p>



<p>En materia&nbsp; de libros de viajes, hay de todo, como en la viña del Señor. Cepas de uva blanca que amarillea al sol y da un vino dulce como la prosa de William Darlymple &nbsp;en <em>Tras los pasos de Marco Polo</em>; otras de uva verdeja que mantiene siempre su color glauco, chispeante, &nbsp;diáfano y sencillo, como la de Luis Carandell en <em>Ultreia: historias, leyendas, gracias y desgracias del Camino de Santiago</em>; o de uva tinta que produce vinos de complicados matices como la de Bruce Chatwin en <em>Los trazos de la canción</em>; o morada, casi negra, como la de Cabeza de Vaca en sus <em>Naufragios</em>, que sirve para dar color al zumo de otras más pálidas. Y así, podemos continuar hasta un metro o dos del infinito.</p>



<p>En el extremo izquierdo, &nbsp;situamos a quienes no consienten que su relato se aleje un ápice de la realidad. Con frecuencia, &nbsp;y para no caer en la tentación de la ficción, se convierten en simples amanuenses que dejan constancia de lo que ven (nunca de lo que sienten) a través de un órgano tan subjetivo como sus ojos. La prosa suele ser áspera y uniforme, poco dotada para el viajero de sillón, aunque sus libros tengan un interés grande en cuanto a la información a la que pueda acceder un trotamundos, un geógrafo, un investigador. Es el caso de Diego Cuelbis, estudiante &nbsp;alemán que en 1599 realizó un viaje por el norte de España acompañado por su amigo Joel Koris y un asturiano como criado que volvía de Flandes. Así comienza su obra <em>Thesoro Choragraphico de las Espannas</em>:</p>



<p><em>Irun</em></p>



<p><em>E</em><em>s un pequeño pueblo, apartada esta esta uilla dos leguas solamente de St Juan de Luz en Francia: En lo último de la Tierra de España, de la prouincia Guipiscoa, junto à la raya de Francia. Cerca y poco antes passa un rio no muy grande y casi braço de la Mar assi llamado en su lengua Bidazo. Loqual diuide la Francia de España (&#8230;).</em></p>



<p><em>La</em><em>s donzellas que traen aqui las cabeças descubiertas como à Bayona, y rapado el cabello, uenieron delante de nos otros salteando a la Moresqua con las castañettas y el taburin; y pidiendo qualque merced por lo bien uenir como de los forasteros.</em></p>



<p>En el centro se colocan quienes saben que, a pesar del esfuerzo que el escritor haga por mantenerse objetivo, siempre habrá elementos de su historia que no lo sean, entre otras razones, porque el tiempo también cambia los recuerdos hasta convertir la lectura de sus cuadernos de viaje en cosa bien distinta a la que fue cuando fueron escritos. Por otra parte, el libro de viaje no suele escribirse en el momento del regreso. A menudo &nbsp;pasan años hasta que aquello se convierte en libro, después de muchas correcciones hechas por distintas manos. Es el caso de <em>Cuentos de la Alhambra</em>. Washington Irving realizó su viaje de Sevilla a Granada en la primavera de 1829. La primera edición fue publicada en Londres por Colburn and Bentley en 1832, pero la versión definitiva no apareció hasta 1857 editada en Nueva York por Putnan. Si comparamos las dos versiones, hasta el lector inepto (más o menos como yo) se da cuenta de que hay cambios significativos, pero en ambas (especialmente en la última) su prosa es rica sin que se resienta la descripción formal ni el cuerpo dramático de la narración.</p>



<p><em>Salimos de Osuna a primera hora de la mañana siguiente y nos internamos en la sierra. El camino que tomamos serpenteaba a través de un paraje pintoresco, pero solitario; alguna cruz, señal de asesinato, a uno y otro lado de la senda, advertía que nos aproximábamos a las guaridas de los bandoleros. Este intrincado y agreste lugar, con sus llanuras mudas y sus valles cortados por montañas, ha sido siempre famoso por sus bandidos.</em></p>



<p>En el extremo derecho están quienes consideran el libro de viaje como una forma más de literatura &nbsp;pura. No importa lo que se cuente, &nbsp;sino cómo se cuente. Con imaginación, dotes literarias y un buen estudio documental &nbsp;se han escrito obras sublimes como <em>La vuelta al mundo en ochenta días </em>sin que Julio Verne se alejara más allá de la mesa de su despacho, &nbsp;salvo para ir al cuarto de baño o al comedor. De los sesenta viajes extraordinarios que escribió, sólo conocía personalmente el paisaje de unos pocos lugares (las Islas Británicas, los Países Nórdicos, algunos puertos del Mediterráneo y Estados Unidos, donde fue para dictar una conferencia). ¿Puede &nbsp;guardarse&nbsp; esta obra en la alacena de los libros de viaje? Si Verne hubiera callado, nadie pondría en duda sus grandes conocimientos acerca de la geografía adquiridos por percepción personal, sus muchas virtudes viajeras y su capacidad para salir indemne de cualquier aventura exótica o peligrosa. Un buen ejemplo son estas líneas de <em>Cinco semanas en Globo</em>:</p>



<p><em>A mediodía, el Victoria se hallaba a los 29º 15’ de longitud y 3º 15’ de latitud. Había pasado más allá de la aldea de Oyufu, &nbsp;último límite septentrional del Unyamwezy, a la altura del lago Ukereue, que los viajeros no tenían al alcance de sus miradas.</em></p>



<p><em>(&#8230;)</em></p>



<p><em>Qued</em><em>ó resuelto entre los tres viajeros echar pie a tierra luego que encontraran un sitio favorable, y hacer un alto prolongado para inspeccionar con cuidado el aerostato. Se moderó la llama del soplete y se echaron fuera de la quilla las anclas, que corrían rozando con sus uñas las hierbas altas de una inmensa pradera.</em></p>



<p><em>(&#8230;)</em></p>



<p><em>E</em><em>l Victoria, besando aquellas hierbas sin encorvarlas, parecía una mariposa gigantesca.</em></p>



<p>Y ahora, entremos en materia con estas A<em>venturas de un irlandés en Españ</em>a. Según cuenta Starkie en su libro, entró por Irún (como Cuelbis y sus compañeros) y anduvo vagabundeando por el País Vasco y Castilla hasta llegar a Madrid. Viajaba vestido de pordiosero trotamundos con un violín que (asegura) le ayudó frecuentemente para ganarse la vida. Su aspecto desastrado le sirvió para codearse con personajes de la nobleza gitana como la reina Agustina, y nada le estorbó para mezclarse con bellas mujeres como Marujita la bailarina, con la nobleza cristiana o con intelectuales y artistas como Unamuno y Zuloaga ni para asistir a las tertulias del Café de Correos o el Regina, y escuchar las disquisiciones de Ortega, Valle-Inclán o Antonio Machado. Ante los gitanos, negaba su condición de payo (negación difícil de creer en un irlandés de pelo pajizo que hablaba un español mediocre con acento claramente anglosajón) y se declaraba uno de ellos mientras chamullaba unas cuantas palabras de caló que había aprendido en su viaje a Hungría. Ante los demás, sacaba a relucir su bagaje cultural, sus buenas maneras y sus divertidas excentricidades.</p>



<p>Ya lo advierte su compatriota Ian Gibson en el prólogo cuando escribe:</p>



<p><em>Starkie no admite nunca, por supuesto, la posibilidad de no entender enseguida lo que le dicen, sean las que sean las condiciones acústicas y la vocalización defectuosa que tengan sus interlocutores. Un poco fantasioso resulta, desde luego, el gárrulo dublinés, aunque ello no reduce para nada el atractivo de su narrativa. Al contrario, sin duda. Quien relata en público sus aventuras y hazañas suele embellecerlas cada día un poco más, sobre todo, si se las da de juglar.</em></p>



<p>El libro se lee de corrido, aunque a su término uno tenga la sensación de que ha leído una obra basada en un viaje que el autor recrea con buenas maneras estilísticas y una exultante imaginación. El delgado filo que separa realidad y ficción es quizás el punto más débil que la narración muestra. Pero la época que refleja es tan apasionante y está tan carente de experiencias viajeras que, al cabo, lo relatado por Starkie se convierte en una pequeña joya que ayuda a comprender la España de aquellos años.</p>



<p>Ésta es una muestra &nbsp;de los párrafos descriptivos que hay en su libro, extraídos del capítulo XVIII titulado <em>La puerta de Castilla. Las cuevas de los moros</em>:</p>



<p><em>Cuand</em><em>o los dioses crearon el reino de Castilla, ordenaron a la raza de gigantes edificar una entrada de peñascos arrancados de picos montañosos. “Es como el Valhalla de Wotan levantado por Fafner y Fasolt”, me dije al acercarme al Paso de Pancorbo.</em></p>



<p><em>Lo</em><em>s dieciséis kilómetros de Miranda de Ebro al desfiladero habían sido una preparación gradual para este gran escenario. El paisaje comenzó a arrojar extrañas rocas como centinelas que guardaran fortalezas. Había justamente el sitio para pasar por el camino estrecho entre los altos peñascos dentados que formaba la titánica entrada. Arriba, al borde del precipicio, colgaban enormes masas de granito amenazando derrumbarse con terrible estrépito y cerrar la entrada para siempre.</em></p>



<p><em>Despué</em><em>s de pasar el túnel llegué al pueblo de Pancorbo, cuyas casas, diseminadas, con techumbres rojas, se acurrucaban en la base de la fortaleza rocosa y gris.</em></p>



<p><em>Mi primer pensamiento fue trepar la montaña por encima del pueblo, por lo que, en vez de continuar mi camino, comencé los preparativos para mi ascensión. En la taberna me dijeron algunos hombres del pueblo que en la cima de la montaña existían profundas cavernas llamadas “las cuevas de los moros”.</em></p>



<p><em>–N</em><em>o pase la noche allá arriba –me dijo un hombre–, pues tendrá usted que luchar contra los moros.</em></p>



<p><em>El calor de la tarde había pasado cuando llegué a la cima de la montaña.</em></p>



<p><em>Anduve &nbsp;a través de un laberinto de rocosidades y de grandes hendiduras entre ellas. Aquello era como un río torrencial petrificado por el ojo fatal de una gorgona. Algunas veces, la diabólica fantasía de la naturaleza había esculpido la piedra figurando pájaros y bestias raras y antediluvianas.</em></p>



<p><em>U</em><em>n saliente de la montaña asemejaba la silueta de un gigantesco guerrero tumbado sobre un féretro. Contemplé su frente ancha, su nariz aguileña, la severa barba y el albornoz que lo envolvía. Aquí y allá, desparramadas por la montaña, se hallaban las cuevas, algunas de treinta a cuarenta pies de profundidad. Sentado al borde de una de ellas, a una altura de trescientos metros sobre la base de la montaña, pude observar debajo de mí el panorama de Castilla. Bajo el sol de oro, la llanura parecía un edredón enorme de color pardo, remendado aquí y allá con rojos, púrpuras y amarillos. Pardo es el color de Castilla, pero su tonalidad general se halla interrumpida con innumerables variantes de rojos y púrpuras, y en la lejanía, se va modulando en color pajizo. Desde mi atalaya pude ver los tejados de las casas de Pancorbo y, explayados por la llanura, pequeños poblados agrupados como rojas amapolas.</em></p>



<p><em>Ni un ruido, ni un alma.&nbsp;</em></p>



<p>&nbsp;</p>
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		<title>El geólogo viajero. Los viajes de Gustavo Schulze por el norte de España (1906-1908)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/geologo-viajero-los-viajes-gustavo-schulze-norte-espana-1906-1908/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 07 Jun 2017 12:53:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A principios del siglo XX, el geólogo alemán Gustavo Schulze, recorrió los lugares más inaccesibles del norte de España armado con sus lápices y sus cuadernos de campo. Su legado [&#8230;]</p>
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<h6 class="wp-block-heading">A principios del siglo XX, el geólogo alemán Gustavo Schulze, recorrió los lugares más inaccesibles del norte de España armado con sus lápices y sus cuadernos de campo. Su legado científico &nbsp;ha sido recientemente recuperado en un libro y una exposición, que descubren además el papel de Schulze como pionero &nbsp;de la escalada, la exploración geográfica y la fotografía de esa misma región.</h6>



<p>&nbsp;</p>



<h3 class="wp-block-heading">Por&nbsp;Elisa Villa</h3>



<p>Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-27-exploracion-espacial/"> Boletín Nº27 &#8211; Especial 50 años de exploración espacial</a><br>En&nbsp;la Historia de la Ciencia probablemente no haya muchos ejemplos de un infortunio científico tan grande como el que sufrió el geólogo y alpinista de origen alemán, aunque &nbsp;nacido en México, Gustavo Schulze (1881-1965), quien, a principios del siglo XX, llevó a cabo tres extraordinarias campañas de investigación geológica en el norte &nbsp;de España, &nbsp;pero nunca pudo ver publicados sus resultados. El recuerdo &nbsp;de su trabajo no se perdió definitivamente &nbsp;gracias a que sus cuadernos &nbsp;de campo, un tesoro de datos inéditos, han llegado hasta nuestros &nbsp;días. En estas libretas, el joven geólogo anotó sus itinerarios, reflejó, con ayuda de hermosos dibujos, la geología de una región hasta entonces desconocida, y recogió las impresiones que le causaron las gentes y los paisajes que conoció.</p>



<p>Veinte años después del fallecimiento del doctor Schulze, cuando dos profesores españoles supieron que esos diarios estaban archivados en una universidad alemana, comenzó el proceso que ha llevado a descubrir una figura científica de primera &nbsp;magnitud. &nbsp;Hoy día se puede &nbsp;afirmar que, si sus investigaciones hubiesen sido conocidas en su momento, &nbsp;habrían cambiado el desarrollo de la geología en España. Sin embargo, aunque&nbsp; sus méritos científicos son grandes, no son los únicos por los que el doctor Schulze merece ser recordado, &nbsp;ya que, además de ser el autor del primer estudio geológico moderno de los Picos de Europa, fue también un pionero de la escalada, la exploración geográfica y la fotografía de esa misma región.</p>



<p><strong>PEQUEÑA BIOGRAFÍA</strong></p>



<p>Gustavo Schulze nació en 1881 en Orizaba, estado de Veracruz. Era el tercer hijo de Adolf Schulze, comerciante bávaro emigrado a México, y de María Ziehl, mexicana de origen alemán. Cuando Gustavo tenía sólo tres años, viajó a Munich junto a sus padres y hermanos, &nbsp;pero, a poco de llegar, falleció Adolf y su viuda hubo de quedarse en el país de origen de la familia con sus cinco hijos. Por tanto, Gustavo pasó en Alemania su infancia y juventud, cursando en la ciudad de Munich los estudios secundarios y repartiendo los superiores de geología entre las universidades de Leipzig y Munich. Probablemente su vocación por la geología surgió como consecuencia &nbsp;de su pasión por el montañismo, &nbsp;una afición, iniciada en sus años juveniles, en la que Schulze llegó a destacar como autor de importantes escaladas. Su tesis doctoral, defendida &nbsp;en 1905 en la Universidad de Leipzig, versó sobre la estratigrafía y estructura de los Alpes de Algäu, región situada al sur de Baviera, en la frontera con Austria.</p>



<p>Una vez alcanzado el grado de doctor, continuó vinculado al Instituto &nbsp;de Geología de la Universidad de Munich, comenzando &nbsp;la que parecía iba a ser una brillante carrera como profesor universitario. Un paso necesario en esa carrera era superar la habilitación, prueba en la que se requería &nbsp;presentar &nbsp;una investigación geológica inédita. Ésta es la razón por la que, en 1906, puso rumbo a los Picos de Europa, unos agrestes macizos calcáreos cuya geología, a pesar de que ya estaban funcionando en ellos diversas explotaciones mineras (de plomo-cinc en Ándara y Áliva, y de hierro-manganeso en La Bufarrera), &nbsp;era prácticamente desconocida. &nbsp;En la elección del objetivo parece ser que jugó algún papel el prestigioso profesor de la Universidad de Lille Charles Barrois, quien había llevado a cabo un gran trabajo estratigráfico en Asturias años atrás. El investigador francés, conociendo no sólo la calidad como geólogo de Schulze, sino también &nbsp;sus magníficas condiciones de alpinista, le animó a emprender el estudio de los Picos de Europa, &nbsp;una región de dura orografía, que, en aquella época, presentaba grandes dificultades de acceso.</p>



<p>Entre &nbsp;1906 y 1908, Schulze llevó a cabo las tres intensas campañas de trabajo en el norte de España de las que se hablará más adelante. &nbsp;Al año siguiente, en enero de 1909, contrajo matrimonio con Emilia Stallforth, una joven que, como él, había nacido en México en el seno de una familia de origen alemán. La pareja efectuó un largo viaje de bodas al país de nacimiento &nbsp;de ambos y, a su regreso, se instaló en Munich, donde Schulze continuo ligado a la Universidad. En calidad de miembro del Instituto Geológico de esta ciudad asistió en 1910 al Congreso Internacional de Geología, que se celebró en Estocolmo, y participó en una excursión científica por las Islas Spitzbergen. &nbsp;Es posible que ese mismo año tuviese que efectuar &nbsp;un nuevo viaje a México. Todos estos hechos fueron retrasando &nbsp;la publicación de la ingente cantidad de datos geológicos recogidos en España.</p>



<p>A principios de 1914, pocos meses después&nbsp; de nacer su primera &nbsp;hija, inició un viaje al Africa Oriental Alemana (Tanzania) para ocupar el puesto de geólogo en una expedición paleontológica organizada por el Profesor Kattwinkel de Munich. Hacía muy pocos años que el entomólogo &nbsp;Kattwinkel había descubierto &nbsp;por azar unos yacimientos de mamíferos fósiles en un barranco del Serengeti, &nbsp;unas capas que parecían muy prometedoras. El tiempo confirmaría la extraordinaria importancia de este lugar, pero Schulze no viviría las glorias futuras de los investigadores de la Garganta de Olduvai. En el año 1914 estalla la Primera &nbsp;Guerra Mundial y este conflicto le arrastrará &nbsp;por completo, &nbsp;desviándole de la trayectoria que se había marcado. Tanzania es en 1914 una colonia alemana y, como Schulze ha optado recientemente por esta nacionalidad, al iniciarse la contienda es movilizado por el ejército. &nbsp;Poco después, &nbsp;cae prisionero &nbsp;de los ingleses y comienza para él un largo periodo de sufrimiento &nbsp;y enfermedades, que incluye estancias en campos de concentración en Egipto y la India. Cuando al fin es liberado y puede regresar a Europa, ya habían transcurrido &nbsp;nada menos que seis años desde el comienzo de la aventura africana.</p>



<p>La vida en la Alemania de los años veinte está llena de dificultades y los sueños universitarios de Gustavo parecen &nbsp;haberse &nbsp;desvanecido. Por el contrario, &nbsp;Karl, su hermano mayor, ha regresado a México y se encuentra allí bien situado. Estas circunstancias parecen ser las que determinaron que, en 1923, decida probar fortuna al otro lado del Atlántico junto con su esposa y los dos hijos que entonces tenía (el tercero y último nacería en México).</p>



<p>Hay indicios de que Gustavo Schulze aspiraba a regresar &nbsp;algún día a Alemania, pero la necesidad &nbsp;de dar estabilidad &nbsp;a su familia, junto con el estallido de una nueva guerra mundial, convertirían en definitivo un paso que él creía haber dado con carácter &nbsp;temporal. &nbsp;En México vivirá el resto de su existencia, dedicado a la prospección &nbsp;de yacimientos en investigaciones encargadas por empresas &nbsp;mineras &nbsp;y por el Gobierno mexicano. Y, aunque &nbsp;durante &nbsp;toda su vida siguió intentando &nbsp;dar forma a los estudios realizados en España, ésta era una tarea tan inmensa, que los cuadernos &nbsp;de los Picos de Europa &nbsp;siguieron esperando una publicación que nunca llegó. A mediados de los años cin- cuenta cedió las colecciones de fósiles recogidos en España &nbsp;al Profesor Otto Schindewolf, de la Universidad &nbsp;de Tübingen, &nbsp;y, algún tiempo &nbsp;más tarde, envió los cuadernos de campo a esta universidad. &nbsp;De esa misma época data un intento &nbsp;frustrado &nbsp;de encontrar &nbsp;apoyo en el Gobierno español para poder completar &nbsp;la publicación. &nbsp;Desgraciadamente, el doctor &nbsp;Schulze fallece en México en febrero de 1965, a la edad de 83 años, sin llegar a ver realizados sus deseos.</p>



<p><strong>LOS VIAJES POR EL NORTE DE </strong><strong>ESP</strong><strong>AÑA</strong></p>



<p>Los logros alcanzados en las investigaciones geológicas que Schulze llevó a cabo en España han sido resumidos en varias publicaciones y, por esta razón, no nos extenderemos sobre ellos. Pero sus viajes merecen comentarse desde el punto de vista de la exploración geográfica. Gracias a los diarios del geólogo, poseemos un conocimiento detallado de los itinerarios que siguió y, de este modo, hemos podido comprobar &nbsp;la dureza y novedad de dichas exploraciones. &nbsp;A la hora de valorar éstas, conviene tener &nbsp;en cuenta que, en el momento &nbsp;de adentrarse &nbsp;por los valles y montañas &nbsp;de la Cordillera &nbsp;Cantábrica, &nbsp;Gustavo Schulze solamente contaba con los mapas de Schulz (1858) y Coello (1870), cuyas escalas eran de 1:167.500 y 1:200.000, respectivamente, una precisión que no estaba al nivel que requerían sus estudios. En el caso de los Picos de Europa, &nbsp;disponía, además, del mapa que León Maury había elaborado con los datos suministrados por el conde de Saint-Saud, pero ni siquiera éste era suficiente. &nbsp;Las hojas a escala 1:50.000, las únicas a las que se podría haber trasladado la detalladísima geología que Schulze era capaz de percibir, aún tardarían unos cuarenta años en aparecer.</p>



<p><strong>1906, </strong><strong>EL ENCUENTRO CON LOS PICOS &nbsp;DE </strong><strong>EUROP</strong><strong>A</strong></p>



<p>En 1906 Gustavo Schulze toma contacto con el norte de España y con los Picos de Europa. &nbsp;La primera incursión en estas montañas tiene lugar en agosto, fecha en la que, acompañado de un guía y dos monturas, &nbsp;sale de Cangas de Onís en dirección a los Lagos de Covadonga, en el Macizo Occidental. Desde uno de sus campamentos, el emplazado a orillas del pequeño arroyo de Redemuña, partió un día a la conquista de la Torre de Santa María de Enol, en una ascensión llevada a cabo por la cara norte, la primera conocida por ese itinerario.</p>



<p>Poco tiempo más tarde, un ocho de septiembre, emprendió, esta vez en solitario, la exploración de la garganta del río Cares. Se trata de uno de los itinerarios más admirables de todos los que realizó, puesto que, en aquellas fechas, este angosto y profundo desfiladero no estaba surcado por más caminos que las vertiginosas sendas abiertas por el pastoreo, sendas que, con frecuencia, debían encaramarse a grandes alturas para poder superar tramos de la garganta con paredes verticales. Gustavo Schulze completó entre Arenas de Cabrales y Posada de Valdeón la primera &nbsp;travesía del Cares, llevada a cabo por un foráneo, de la que tenemos conocimiento. En el transcurso de esa marcha, pasó por la aldea de Camarmeña y desde ella vio por primera vez una cumbre a la que su nombre se iba a unir en el futuro: el Naranjo de Bulnes. Aquel viaje continuó en el itinerario de vuelta por la cabecera del Deva y el valle del Duje, regresando &nbsp;a Poncebos &nbsp;y Arenas y cerrando así un circuito en el que rodeó el Macizo Central. &nbsp;A su paso por los Puertos de Áliva, acometió y venció dos cumbres &nbsp;de gran importancia: &nbsp;el Tiro Tirso (primera escalada) y la Torre del Llambrión (segunda cima de los Picos de Europa).</p>



<p>La visión del Naranjo de Bulnes (o Picu Urriellu, &nbsp;como es denominado en la región), no había dejado indiferente al joven escalador, quien, &nbsp;a finales de septiembre, decide intentar su escalada. Para ello, acompañado &nbsp;de un guía y de un mulo que transporta &nbsp;su voluminoso equipaje, &nbsp;sale desde Arenas camino de la remota aldea de Bulnes. Después &nbsp;de una primera &nbsp;noche en este pueblo, alojado en la humilde vivienda del pastor Esteban Mier, emprende en solitario la marcha hacia el gigante de caliza que se alza al final del largo y accidentado surco del Jou Luengo, a una cota casi dos mil metros por encima de Bulnes. Tras una noche sobrecogedora al pie de la pared, &nbsp;en la que, aterido de frío y abrumado por la soledad, los minutos le parecieron &nbsp;horas, en la mañana del 1 de octubre &nbsp;de 1906, con un valor, sangre fría e inteligencia admirables, &nbsp;abre una nueva vía por la cara este, convirtiéndose en el primer &nbsp;hombre &nbsp;en conquistar el Urriello en solitario y en el tercero &nbsp;en pisar su cima.</p>



<p>En Bulnes vivirá durante más de una semana, totalmente sumergido en el ambiente de la aldea y en la convivencia con las gentes que la habitan. Las notas de sus diarios proporcionan &nbsp;un testimonio de gran realismo, perfilando, junto con la espléndida&nbsp; colección de fotografías que tomó en aquellos días, el retrato &nbsp;más completo que tenemos del Bulnes de hace un siglo.</p>



<p>Durante esta semana lleva a cabo otra ascensión de importancia: &nbsp;la subida al Torrecerredo, elevación máxima de los Picos de Europa &nbsp;y de todas las montañas cantábricas, una ocasión en la que le acompañó como guía Carlos Mier, hermano de Esteban.</p>



<p><strong>LA CAMPAÑA </strong><strong>MÁS INTENSA</strong></p>



<p>El segundo viaje de Schulze a España &nbsp;fue el más largo de los tres que realizó y se caracterizó por una dedicación casi absoluta a la geología. Aunque todavía conquistó diversas cimas, la escalada, su otra pasión, ya nunca más volvería a ocupar el papel del primer año.</p>



<p>Otra característica &nbsp;de este segundo año es que fue el de la consolidación de las relaciones con otros importantes pioneros de la exploración de los Picos de Europa. &nbsp;Durante 1907 conoce al conde de Saint-Saud, geógrafo francés que lleva varios años elaborando un mapa topográfico de los Picos, y con él pasa varios días por la vertiente cántabra &nbsp;de estos macizos. Schulze colaboró en los trabajos cartográficos del conde, suministrándole los datos barométricos que tomaba a diario, junto con un buen número de fotografías de los Picos. También se encuentra con Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, primer conquistador del Naranjo (en 1904), con quien comparte &nbsp;horas de acampada en el Macizo Occidental, y a quien asiste con ocasión de una peligrosa caída que el primero sufrió cuando descendía &nbsp;de la Torre de Santa María. Finalmente, gracias a una fotografía que tomó en esos mismos días, vemos que también conoció a Gregorio Pérez, de Caín, el hombre &nbsp;que había formado con Pidal la cordada vencedora del Urriello.</p>



<p>Durante las primeras  semanas de la estancia de 1907, entre  mayo y julio, sus caminatas le llevaron por los acantilados de la costa oriental asturiana y por las numerosas  sierras costeras que, paralelas a la línea de costa, se levantan entre los Picos de Europa  y el mar. La exploración de las zonas elevadas de los Picos, cubiertos  de nieve en esas fechas, no pudo retomarla hasta bien avanzado el verano. Pero a partir de julio emprende tres durísimas campañas por las alturas, en las que, a lo largo de más de dos meses, recorrerá  los tres macizos. Comienza en el Macizo Oriental,  examinando palmo a palmo sus afloramientos y alcanzando casi todas su cimas principales. Continúa por el Central, subiendo a Peña Vieja, y llevando a cabo una travesía de sur a norte en la que sigue la alineación de cumbres que va desde aquella cima a la de Peña Castil. Y termina en el Macizo Occidental, en el que, en un recorrido de tres días, con comienzo y final en Caín, supera y desciende  fortísimos desniveles por las canales que vierten al Cares. En otra etapa, conquista la cima de Torre Bermeja. Y, antes de regresar a la costa, explora una región que geológicamente  no pertenece a los Picos de Europa: la Sierra de Cebolleda, que cierra por el sur el valle de Valdeón.</p>



<p>Cuando &nbsp;termina &nbsp;esta segunda campaña, los resultados &nbsp;geológicos que Schulze había obtenido &nbsp;eran espectaculares: &nbsp;había establecido,&nbsp; con gran precisión para la época, la estratigrafía de las sucesiones que afloran en los Picos de Europa &nbsp;y en la franja costera cantábrica, y había interpretado correctamente la estructura e historia geológica de estas regiones.</p>



<p><strong>LAS GRANDES TRAVESÍAS </strong><strong>NORTE-SUR </strong><strong>DE LA CORDILLERA </strong><strong>CANT</strong><strong>ÁBRICA</strong></p>



<p>En junio de 1908 llega a Cangas de Onís y reanuda &nbsp;sus trabajos dedicándose &nbsp;al estudio de la cuenca del Sella y sus afluentes Dobra &nbsp;y Ponga. Remonta &nbsp;el desfiladero de Los Beyos hasta la comarca de Sajambre, desviándose hacia el este para internarse en la sierra en la que se levantan el Jario y la Peña de Dobres. De vuelta al valle del Sella, sigue hasta el Puerto del Pontón &nbsp;y continúa luego hacia el sur por la cuenca del Esla, que explora hasta Riaño y Cistierna. Se trata de una región con una estratigrafía muy diferente &nbsp;de la de los Picos de Europa, algo que, naturalmente, no le pasó desapercibido.</p>



<p>Una vez en Cistierna, &nbsp;toma el ferrocarril &nbsp;que le lleva a Cervera &nbsp;de Pisuerga y desde esta localidad palentina comienza el viaje de regreso hacia el norte. &nbsp;En esta larga ruta se desplaza primero por el valle del río Ventanilla, sigue el curso del Carrión &nbsp;por el gran valle de Pineda, &nbsp;y asciende &nbsp;hasta el Pando Vidrieros, una de las estribaciones de la gran mole del Pico Curavacas. La entrada en Cantabria la efectúa por los Puertos de Aruz, descendiendo por Cucayo a la villa de Potes. Con estas dos largas travesías norte-sur, &nbsp;el propósito evidente del geólogo era conocer los terrenos &nbsp;sobre los que se superpone la unidad geológica de los Picos de Europa.</p>



<p><strong>EL TESTIMONIO &nbsp;DEL VIAJERO</strong></p>



<p>Además de los estudios geológicos contenidos &nbsp;en sus cuadernos &nbsp;de campo, el legado de las tres campañas españolas de Gustavo Schulze incluye un extraordinario testimonio, en forma de imágenes, de los pueblos, gentes de las aldeas y paisajes montañosos, tal como él los vio a principios del siglo XX. La calidad de esta colección de fotografías, mas de doscientas, revela que el geólogo fue algo más que un fotógrafo aficionado. Con su cámara, supo captar perfectamente &nbsp;el ambiente casi medieval de las aldeas, el ritmo de la vida diaria en las villas, la bravura de los acantilados cantábricos, la luz y verticalidad de las altas cumbres, la angostura de los desfiladeros… Sorprende, además, la cantidad de imágenes tomadas desde las cimas, lugares remotos y escarpados, &nbsp;en los que el ejercicio fotográfico debía ser enormemente complicado. Pensemos &nbsp;que su cámara necesitaba &nbsp;trípode &nbsp;y que las placas que impresionaba &nbsp;eran de vidrio y tenían &nbsp;un peso y tamaño nada despreciables. &nbsp;De esa colección, conservada actualmente &nbsp;en manos de sus descendientes en México, se han reproducido ciento veintidós imágenes, &nbsp;la mayoría inéditas, en una publicación reciente que resume los viajes de Schulze. Sin embargo, mucho antes, otros autores ya habían recibido alguna de sus fotografías de los Picosde Europa. &nbsp;Es el caso de las que contiene la obra de Saint-Saud publicada en 1922, o las que utilizó Pedro Pidal (1925).</p>



<p>El testimonio del viajero se completa con las impresiones que trasladó a sus diarios. Estas notas personales aparecen tan sólo en los cuadernos del primer año, ya que en las dos campañas siguientes sólo se concedió tiempo para la geología. Pero en 1906, cuando Schulze llega por primera vez a España,  era un joven de 24 años que se encuentra con un país nuevo, cuyas costumbres no dejan de sorprenderle. Entre sus numerosos comentarios,  leemos algunos en los que se queja del ambiente extraordinariamente ruidoso que reina en cualquier ciudad, villa o aldea, algo a lo que no acaba de acostumbrarse. En el caso de Bulnes y Espinama, describe detalladamente la arquitectura de las viviendas, la indumentaria  de los lugareños y los cultivos de los que se alimentan.  Aprecia enormemente la hospitalidad de los montañeses  y no desdeña su charla, recordando con agradecimiento el pan de maíz y los cigarrillos que compartió con Esteban Mier en la soledad de un refugio perdido en el cañón del Cares, mientras el pastor le hablaba de caminos y precipicios, de osos y de lobos. Y recuerda  también una noche pasada por las alturas del Macizo Central,  en la que, junto al fuego del campamento, escuchaba  las historias de caza y las leyendas que le contaba su guía de Bulnes, Carlos Mier. Las palabras más hermosas, no obstante,  son aquellas en las que expresa los sentimientos que le invaden cuando se enfrenta  a la escalada, o cuando se deleita con los inigualables paisajes de las alturas, unas manifestaciones plenas de lirismo, propias de una visión romántica e idealista de las montañas.</p>



<p><strong>EL RECUERDO DE SCHULZE</strong></p>



<p>Con el conocimiento de los viajes, estudios, escaladas y fotografías realizadas por Gustavo Schulze la historia de la exploración de los Picos de Europa &nbsp;se enriquece con una gran figura, un personaje con numerosas &nbsp;facetas, muchas de las cuales eran prácticamente desconocidas hasta ahora. Cuando se constata su valía científica, la lucidez y anticipación a su tiempo con la que interpretó la geología cantábrica, abarcando en sus deducciones campos extraordinariamente diversos, no se puede evitar la impresión de que nos encontramos ante alguien genial. Sin embargo, &nbsp;el azar y la desgracia se combinaron &nbsp;para entorpecer su desarrollo como hombre de ciencia y privaron a la geología española de haber efectuado, hace un siglo, un enorme progreso. Aunque no sea más que de modo testimonial, es justo que se recuerde ahora su obra y que el Dr. Schulze pase a ocupar el lugar en la historia que la fortuna le negó.</p>



<p>________________________________</p>



<p>El contenido &nbsp;de este artículo &nbsp;se basa esencialmente en el volumen &nbsp;“Gustav &nbsp;Schulze en los Picos de Europa (1906-1908)”, &nbsp;publicado en 2006 por Cajastur, del que son autores Elisa Villa Otero, Enrique &nbsp;Martínez &nbsp;García, &nbsp;Jaime Truyols &nbsp;Santonja &nbsp;y Peter Schulze Christalle.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Gerald Brenan, el inglés de las Alpujarras</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/gerald-brenan/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Apr 2016 17:52:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 14]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://sge.org/?p=425</guid>

					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h5>La película ‘Al Sur de Granada’, de Fernando Colomo ha acercado a los españoles la figura del emblemático viajero y escritor británico Gerald Brenan. Pedro  Páramo nos acerca a la figura de Don Geraldo, el más español de los viajeros ingleses  por España, que vivió en Yegen (Granada) y en Málaga durante años y dejó algunas de las mejores páginas escritas por un extranjero sobre otro país.</h5>
<p>&nbsp;</p>
<h3></h3>
<h3><em><strong>Por Pedro Páramo</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-14-amazonia/"> Boletín SGE Nº 14 &#8211; Amazonia</a></p>
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<p class="bodytext">Es el único extranjero no hispano que ha dado su nombre a un pasodoble; a los ochenta años todavía comía cocidos y fabadas y mojaba con fruición en el unto y la pringá; es el más español y menos inglés de todos los viajeros ingleses por España; entendió y explicó al mundo como nadie la complejidad de España y de los españoles que él conoció a lo largo de medio siglo, y, en opinión del hispanista Ian Gibson, escribió <em>“uno de los libros más geniales nunca hechos por un extranjero sobre otro país: El laberinto español”, </em>en el que explica las raíces de la guerra civil. Gerald Brenan, con sus obras, destruyó buena parte de los tópicos que sobre España sostenían los europeos de principios del siglo XX; España le ha correspondido con vivos recuerdos. Su memoria se mantiene en monumentos, en edificios y rutas turísticas de Andalucía que llevan su nombre, y también en el pensamiento de muchos españoles que tuvieron el privilegio de tratarle y ser sus amigos. Hasta tal punto llegó la comunión de Gerald Brenan con nuestro país que hay que preguntarse si debe ser catalogado como uno de los viajeros británicos por España, como un huésped hispanizado, absorbido por nuestra cultura, o como uno más de nosotros.</p>
<p class="bodytext">Acerca de la intensidad de su vocación viajera, él mismo nos da la respuesta en el primer capítulo de su obra <em>Memoria personal 1920/1975: “Quiero dejar claro que cuando me instalé en Yegen por primera vez, no había pensado en llegar a ser escritor. Todos mis planes para el futuro estaban relacionados con viajes: cruzar el Sahara, vivir entre los Tuareg o los Bakhtiari de Persia, explorar Guatemala y Ecuador”. “Desde los dieciséis años </em>–explica más adelante–<em>, el deseo de viajar y enfrentarme con el destino en la regiones más remotas e inhóspitas del mundo, lo llevaba ya en el tuétano de los huesos”</em>. Cuando Gerald Brenan escribe su primera obra, <em>Al Sur de Granada, </em>manifiesta su inequívoca intención de hacer un libro de viajes: <em>“Todo lo que pretendo es entretener a quienes les gusta viajar sentados en su sillón preferido y se divierten, en las veladas lluviosas, con lecturas sobre el modo de vivir de las gentes remotas de las aldeas montañosas, en el clima sereno de la zona sur del Mediterráneo”.</em></p>
<p class="bodytext">Gerald Brenan fue pues un viajero, aunque de corto recorrido como escritor de viajes. Había nacido en Sliema (Malta) el 7 de abril de 1894 y vivió durante su infancia en Suráfrica, Irlanda y la India, antes de que su padre, un oficial del ejército británico, se instalara definitivamente en Gloucestershire. De muchacho, recorrió Francia, Italia y Dalmacia; ya mayor, desde España partió para viajar por Marruecos y el Sahara argelino y luego anduvo por Túnez, Grecia, Turquía y Estados Unidos; pero todos estos lugares ocupan un puñado de páginas de sus escritos. En realidad, su mundo literario apenas se sale de dos provincias españolas: Granada y Málaga.</p>
<p class="bodytext">¿Por qué eligió España? Nuestro país a principios de siglo se contaba entre los más exóticos de Europa. En la brumosa Inglaterra, la influencia Byron y otros viajeros románticos ingleses del siglo XIX habían mitificado el mundo Mediterráneo en la imaginación de los jóvenes con inquietudes literarias. España, Italia, Grecia, los Balcanes eran tierras misteriosas, mestizas, cunas de grandes culturas, encrucijadas de religiones, las fronteras con el misterioso Oriente. En una ocasión Brenan se refiere a España como <em>“el imperio otomano de Occidente”</em>. Sin duda esta imagen legendaria de nuestro país influyó en aquel joven oficial británico, que, licenciado después de haber combatido en la Gran Guerra, se encontraba en la vida civil sin oficio ni beneficio. Sin embargo, con la sinceridad habitual de todos sus escritos, en <em>Al Sur de Granada, </em>nos confiesa que eligió España porque no tenía dinero para llegar más lejos: <em>“Acababan de licenciarme del ejército y buscaba una casa en la que pudiera vivir una temporada, lo más larga posible, con los ahorros de mi paga de oficial”. “El hecho de que eligiese España en vez de Grecia o Italia no fue debido a ningún sentimiento especial hacia ella </em>–explica más adelante–<em>. Casi todo lo que sabía sobre ese país se reducía a que había sido neutral durante la guerra y, por tanto, imaginaba que la vida resultaría allí barata. Para mí esto era esencial, puesto que cuanto más consiguiera que me durara el dinero, más tiempo podría gozar del ocio”.</em></p>
<p class="bodytext">España le sorprendió a su llegada a Galicia, muy diferente de la que había crecido en su imaginación mientras preparaba su viaje en el verano de 1919. <em>“Mis primeras impresiones tras desembarcar en La Coruña fueron descorazonadoras.” </em></p>
<p class="bodytext">Un tren mixto que paraba diez minutos en todas las estaciones le condujo hasta Madrid. Castilla deprime al viajero acostumbrado al verdor de la campiña inglesa:<em>“Ni un arbusto, ni un árbol, y las casas, construidas de adobe, eran del mismo color que la tierra. Si toda España iba a ser así, no veía posibilidad de establecerme en ella”. </em>La gente, con la que acabaría indentificándose como ningún otro extranjero y a la que llegaría a admirar, le desilusionó al principio.<em>“Esperaba encontrarme con hombres envueltos en largas capas, con la daga al cinto, y mujeres en posturas goyescas luciendo mantillas y peinetas. Lo que vi fue una raza sombría y paticorta que caminaba presurosa bajo los paraguas o charlaba estrepitosamente hasta las dos de la madrugada. Ni siquiera parecían amistosos”.</em></p>
<p class="bodytext">Buscaba una casa para alquilar cuando, durante una comida de cucharada y paso atrás en una venta de La Alpujarra, Brenan descubrió de golpe el señorío y algunas de la virtudes de los españoles, que luego tanto elogiaría. Sobre una mesa baja se presentaba una fuente de arroz con bacalao. <em>“No había platos </em>–cuenta–. <em>Los hombres, con el sombrero firmemente encajado en la cabeza, afirmando así su igualdad ante cualquiera, al estilo de los nobles españoles que tenían privilegio ante el rey, fueron eligiendo su porción en la cazuela, y tras invitarme a mí y a todos los demás a hacer lo mismo, hundían en ella su cuchara con gran protocolo y comenzaron a comer. Así continuaron hasta consumir su ración. Entonces cada cual dejaba su cuchara sobre la mesa y, en cuanto terminaban los demás, se levantaba y la lavaba en la tinaja y volvía a meterla en la faja del cinturón de franela roja, donde siempre la llevaba. Por primera vez desde que desembarqué sentí afecto hacia la gente de este país, que sabía combinar de manera tan admirable la simplicidad con los buenos modales”.</em></p>
<p class="bodytext">Gerald Brenan percibe el duende de España cuando se convierte en Don Geraldo para sus vecinos. <em>“No se puede vivir en una aldea española sin sentirse seducido por su vida. Durante la primera o las dos primeras semanas me miraban con la boca abierta en cualquier lugar donde fuera. Después, de una forma bastante súbita, era recibido con sonrisas y palabras de bienvenida. Llegaban a mi casa, merced a una fina costumbre andaluza, numerosos regalos: huevos, frutas y verduras, y al poco tiempo era invitado a bodas, bautizos y otros acontecimientos familiares. Me sorprendió ver la facilidad con que aceptaban mi presencia entre ellos. De vez en cuando, en aldeas menos aisladas, la gente me había preguntado si estaba buscando oro, pero en Yegen no se interesaron por mis razones de estar allí, y nada me preguntaron”</em>. El escritor Brenan se expresa como un experto en botánica y en geología en las precisas descripciones que hace del paisaje alpujarreño, como un avezado antropólogo cuando explica las creencias, las supersticiones y el origen de las costumbres de La Alpujarra, y como un sagaz observador de la vida cotidiana que bulle a su alrededor.</p>
<p class="bodytext">Con su estilo sobrio y directo muestra instantáneas magistrales de lo que ve y percibe: <em>“Mi aldea era casi autosuficiente. La familias más pobres no comían nada que no se criara en la aldea excepto pescado fresco, que se traía desde la costa a lomo de mula, en viaje nocturno, y bacalao seco. Los tejidos de algodón, la loza y la quincallería venían de las ciudades, pero los aldeanos tejían y teñían sus propios paños de lana, sus mantas de algodón, sus pañuelos de seda. En otras palabras, la economía de una aldea de La Alpujarra no había cambiado gran cosa desde los tiempos medievales”. </em>En ocasiones nos transmite fielmente el embrujo del ambiente que hacer vibrar su sensibilidad: <em>“Los veranos en Yegen eran largos, lentos, monótonos y, aunque no excesivamente calurosos, plenos de una luz implacable. No corría ni un soplo de aire puro de las montañas. Todos los días eran iguales. Sentado en mi sillón de barbero en un rincón de mi hogar, con un libro y una taza de café sobre la mesa, oía descender por el cañón de la chimenea –como si la isla se alzara sobre una isla en medio del cielo– una serie de sonidos lentos y adormecedores: el ladrido de los perros, el rebuzno de los burros, el zumbar de las abejas, el arrullo de las palomas, una voz cantando en la distancia o, a veces, el rasgueo agudo, bruscamente interrumpido, de una guitarra”.</em></p>
<p class="bodytext">A pesar de que España ya le había entrado en los huesos al escribir el libro en 1957, <em>Al Sur de Granada </em>no deja de ser la obra de un viajero inglés para lectores ingleses. En ocasiones, Gerald Brenan establece comparaciones entre la dos culturas. Cuando habla de las relaciones de los españoles con los animales, por ejemplo, critica las tópicas creencias de sus compatriotas sobre la tradicional crueldad de los españoles y confronta a los pastores y campesinos españoles con los ingleses y el trato que unos y otros dan a sus animales domésticos. Mientras que para los británicos un animal es sólo una fuente de proteínas o algo útil al servicio de su dueño, <em>“en España </em>–afirma Brenan– <em>se puede matar a un animal o emplearlo en el trabajo, pero no se le puede privar de su dignidad de criatura viva sin perder algo de la propia”. </em>En otra ocasión ensalza la diligencia y maestría de los obreros españoles que reforman su casa de Churriana (Málaga) en septiembre de 1935, cuando deja definitivamente Yegen: <em>“Era una gran satisfacción contar con aquellos hombres tan capaces y trabajadores, que llevaban un ritmo bien distinto de los zánganos que yo había visto en Inglaterra”.</em></p>
<p class="bodytext">En la primavera de 1920, Brenan recibió en su casa de Yegen la visita del escritor Lytton Strachey, Ralph Partridge y la pintora Dora Carrington. Strachey, muy conocido por sus biografías y sus estudios históricos sobre los grandes personajes de la época victoriana, era uno de los miembros más conspicuos del Grupo de Bloomsbury, el elegante barrio londinense en el que se concentraron en las primeras décadas del siglo XX intelectuales inconformistas como el economista John Maynard Keynes, el pintor Duncan Grant y la escritora Virginia Woolf. Ralph Partridge <em>Yegen, 1937. Brenan con su mujer Gamel y Ralph Partridge. </em>había sido compañero de armas de Brenan durante la guerra; Dora Carrington, entonces novia de Partridge, fue el gran amor imposible de Gerald Brenan y <em>“causa de mucha felicidad y mucha tristeza”. </em>Carrington introdujo a Brenan en el Grupo de Bloomsbury y mantuvo su amistad con Brenan hasta su muerte; con la correspondencia entre los dos amantes, hoy en la Universidad de Texas, se podría editar un voluminoso libro de más de mil páginas.</p>
<p class="bodytext">En el otoño de 1915, cuando Carrington tenía 22 años, conoció al hombre que la deslumbró y se convirtió en la pasión dominante de su vida: Lytton Strachey, “un homosexual de 35 años del que no se sabía que hubiera mirado nunca a una mujer”, según retrato de Brenan. Desde el primer encuentro, Carrington se convirtió en la sombra de aquel hombre que la dominó hasta su suicidio, siete semanas después de la muerte de Strachey. La sumisión a su mentor no impidió que Carrigton tuviera varios amantes sucesivos, Ralph Partridge –que llegó a ser su marido– y Brenan entre ellos. Carrington, Ralph y Lytton se presentaron en La Alpujarra tres meses después de que Brenan se afincara en Yegen. El viaje por caminos infernales a lomos de caballerías o en carromato –Lytton Strachey padecía de almorranas–, las incomodidades de una casa de pueblo compartida por hombres y animales, el choque con la brutal cocina de las aldeas españolas y con el omnipresente aceite de oliva sin refinar dejó un mal regusto a todos. Brenan, que no pudo estar ni un instante a solas con Carrington, sentencia: <em>“Fue todo menos una visita tranquila y sin complicaciones”. </em>Cuando tres años más tarde Lytton Strachey se enteró de que Virginia Woolf y su marido Leonard se disponían a visitar a Brenan en su refugio de Yegen les previno con su voz chillona: <em>“aquello es la muerte”. </em>Viginia y Leonard Wolf no hicieron caso a Strachey y viajaron a La Alpujarra con más fortuna en la primavera de 1923.</p>
<p class="bodytext">Debido a su aislamiento en Yegen, Gerald Brenan estudió a los españoles de a pie, a los representantes de las clases populares en su ambiente y apenas tuvo contacto con los intelectuales españoles. <em>“Nunca conocí a Falla </em>–confiesa– <em>y mis dos encuentros con García Lorca fueron tan insignificantes que solamente tengo un vago recuerdo de ellos”</em>. En <em>Memoria personal 1920/1975 </em>aclara un poco más sobre estos encuentros y los motivos de la fragilidad de su memoria en lo que a Lorca se refiere. Fue durante unas Navidades en Granada, en casa de unos banqueros, los Rodríguez Acosta. Probablemente podía haber surgido una amistad entre ellos, pero cuenta Brenan que casi todo su tiempo lo dedicaba a flirtear con una chica americana de Buffalo. Le hubiera gustado quedarse más tiempo en Granada con tan agradable compañía, añade a continuación, <em>“pero cuando se me cayó la suela del zapato y no tenía dinero suficiente para comprarme otro par, decidí que había llegado el momento de marcharse”.</em></p>
<p class="bodytext">Así, en apenas un párrafo, resume Brenan dos de las preocupaciones de sus primeros años en España: las mujeres y el dinero. Vino a España porque nuestro país le parecía barato y cuando se aisló en lo más remoto de La Alpujarra para que le cundiera más el dinero, descubrió la otra gran carencia de aquel paraíso. En las obras que recogen sus impresiones y vivencias aparecen intermitentemente las referencias a la falta de dinero. Cuando terminó los ahorros de su paga de oficial, vivió de algunos sablazos a su padre hasta que la herencia de una tía abuela le dejó una pensión con la que pudo vivir mucho tiempo. Por no gastar lo que no tenía, viajaba a pie con frecuencia. En una ocasión llegó andando hasta Francia para encontrarse con Carrington. Vivió siempre modestamente, rozando la pobreza en ocasiones. En los últimos años de su vida, en 1984, tuvieron que intervenir los gobiernos español y de Andalucía para sacarlo de una residencia de ancianos de Londres y llevarlo de nuevo bajo el sol del Mediterráneo.</p>
<p class="bodytext">La estrechez provocada por la falta del dinero agravaba la otra obsesión del joven Brenan en España, la de su forzada abstinencia sexual. Sus libros están sembrados de referencias al misterioso universo femenino. En <em>Al Sur de Granada,</em>el escritor expone como nadie las costumbres y usos amorosos de la España rural en aquellos años de la preguerra civil. En sus libros con frecuencia deja de ser un observador imparcial para convertirse en protagonista de galanteos y amoríos. Yegen era un mundo fascinante, un mundo perfecto: <em>&#8230;“existía sin embargo un problema sin resolver: las mujeres </em>–confiesa sin rodeos–<em>. En mi aldea no había ninguna que me atrajera, pero cuando bajaba a las ciudades me daba cuenta de su existencia demasiado bien. Aquellas orgullosas muchachas de andares gráciles, de largos cabellos cuidadosamente peinados y de ojos oscuros y soñadores, que se paseaban lentamente, calle arriba y calle abajo, en la suave luz del atardecer, dejando un rastro de perfume detrás, me hacía sentirme terriblemente avergonzado de mi pobreza. Con mi traje de pana mal cortado, obra de un sastre local, y mis alpargatas de suela de esparto, no conseguía atraer ni una sola mirada”.</em></p>
<p class="bodytext">La película de Fernando Colomo, <em>Al Sur de Granada, </em>sigue con gran fidelidad el relato de Brenan al mostrar el desasosiego del joven inglés ante las chicas españolas de Yegen, la explicable “traición” de su amigo Paco, así como el complicado cortejo de la criada que sería la madre de su hija Miranda, que <em>“por entonces apenas tenía quince años, pero como estaba físicamente bien desarrollada, daba la impresión de ser mayor”. </em>Los pasajes que hacen referencia a esta relación, como muchos otros que tienen que ver con sus aventuras amorosas a lo largo de su vida, son tan crudos y desprovistos de pudor que otro inglés, el hispanista Hugh Thomas, considera <em>Memoria personal 1920/1975 “un modelo de sinceridad e indiscreción”. </em>Las prostitutas y los burdeles son también temas recurrentes en las memorias de Gerald Brenan. Uno de los capítulos de <em>Al Sur de Granada </em>se titula precisamente ‘Almería y sus burdeles’, pero podría haber dedicado algunos otros a los de Madrid o Sevilla. Si algún día alguien pretende hacer un estudio sobre los prostíbulos españoles de comienzos del siglo XX deberá reservar un espacio destacado para recoger los testimonios de Brenan sobre este asunto.</p>
<p class="bodytext">Gerald Brenan residió en Yegen de 1920 a 1924. En 1929, después de una estancia de cinco años en Inglaterra, en los que vivió intensamente su tormentoso romance con Carrington, regresó a La Alpujarra por un año. A este periodo corresponde su fogosa relación con la madre de su hija. En mayo de 1930 volvió a Inglaterra, donde conoció a Gamel Woolsey, una poetisa de Carolina del Sur, por la que se sintió atraído inmediatamente y con la que se casó en abril de 1931. Como ha escrito el periodista español Alfredo Amestoy, que convivió muchas jornadas con Gerald Brenan durante la filmación de un documental producido por Televisión Española y la BBC, <em>“si Gamel su esposa no fue la mujer que más amó, si fue la mujer de su vida”.</em></p>
<p class="bodytext">En 1934 el matrimonio regresó a Yegen, pero el ambiente de la aldea se había enrarecido durante su ausencia. Las criadas de siempre le planteaban problemas. Amestoy afirma que el escritor inglés tuvo allí más hijos que Miranda. Los Brenan decidieron entonces afincarse en Churriana, en las cercanías de Málaga, a donde se mudaron en octubre de 1935. Con este traslado el escritor termina la narración de su vida en su libro <em>Al Sur de Granada</em>. El relato de las peripecias de Gerald Brenan y su esposa en el pueblo malagueño continúa en su <em>Memoria personal 1920/1975</em>. Poco después de tomar posesión de su nueva casa, recibieron la visita de Bertrand Russell, e hicieron amistad con el pintor Johnny Churchill, un sobrino del que sería primer ministro inglés que vivía en Torremolinos. España sufría las convulsiones que, meses más tarde, desembocarían en la guerra civil.</p>
<p class="bodytext">“La tarde del sábado 18 de julio cogí el autobús de Málaga para hacer algunas compras. Estaba tan acostumbrado a ver caras tensas y sonrisas heladas, llenas de aprensión, que en un principio no noté nada especial en el ambiente. Después me di cuenta de que los policías en la plaza de la constitución parecían más nerviosos de lo normal”: así comienza el relato que Gerald Brenan hace en sus memorias del inicio de la guerra civil en la capital malagueña, a la que dedica el capítulo más largo. Su relato de aquellas dramáticas jornadas tiene la tensión periodística del buen reportero –el Manchester Guardian le nombró su corresponsal por indicación de Bertrand Russell–, sus conocimientos del idioma y de los habitantes de su pueblo le permitieron seguir de forma directa los tremendos acontecimientos que le tocó vivir. Desde la terraza de su casa, cercana al aeródromo, observaba las columnas de humo que se alzaban de las casas incendiadas por los bombardeos de la aviación franquista, y en las miradas de sus vecinos de Churriana descubría el brillo del odio y del deseo de venganza. En sus visitas a Málaga se topaba en las cunetas de la carretera con los cadáveres de los “paseados” como represalia. Su testimonio sobre aquellos primeros días constituye un documento valioso a la hora de hacer valoraciones éticas sobre el comportamiento de los dos bandos en aquella confrontación fratricida. Gamel Woolsey relató las angustias de aquellas jornadas en su libro Málaga en llamas. La guerra civil española fue la piedra de toque que despertó la simpatía de Gerald Brenan por los movimientos libertarios: “Los anarquistas –escribió– son los únicos revolucionarios que no prometen un aumento del nivel de vida. Ofrecen una mejora moral: la propia estimación y la libertad”.</p>
<p class="bodytext">Los Brenan abandonaron España por Gibraltar en septiembre de 1936. Tras una corta estancia en Tánger, en octubre de ese año embarcaron para Inglaterra, donde Brenan se empeñó en contrarrestar la propaganda franquista defendiendo en los periódicos ingleses al gobierno de la República. En 1943 publicó El laberinto español, quizás el ensayo más lúcido que se haya escrito sobre España, los españoles y la guerra civil. El régimen franquista, que nunca perdonó un análisis tan acertado de la rebelión de los militares africanistas, se vengó prohibiendo esta obra hasta la muerte del general Franco. A este libro siguieron La faz actual de España (1950), Historia de la literatura española (1951).</p>
<p class="bodytext">En 1949 Gerald Brenan realizó una visita turística a España y en 1953, el año de la publicación de <em>Al Sur de Granada, </em>consiguió que el gobierno de Franco le concediera el visado para quedarse definitivamente en Málaga. A su regreso descubrió que la persona que había dejado a cargo de su casa de Churriana había alquilado una planta a otro inglés para poder mantenerla abierta y se vio obligado a compartirla con su inquilino. En Churriana murió, en 1968, su esposa, Gamel, que allí tradujo con éxito obras de Galdós al inglés. Ese mismo año, la necesidad de huir de los recuerdos y de la incomodidad de compartir la casa con huésped indeseado impulsaron a Brenan a trasladarse Alhaurín de la Torre, donde terminó sus días el 19 de enero de 1987. Su cuerpo, que él había donado a la Facultad de Medicina de la Universidad de Málaga, permaneció en una tina de formol, agua y glicerina, durante catorce años. Por respeto a su memoria ni los profesores ni los estudiantes quisieron destazarlo en la mesa de disección. <em>“No hubiera sido ni docente ni decente”, </em>explicó entonces el catedrático José María Smith, quien años antes había recibido la donación de Gerald Brenan. El 20 de enero de 2001, su cadáver fue incinerado y luego <em>1960. Gerald Brenan. </em>sepultado junto al de su esposa Gamel en el cementerio inglés de Málaga, en presencia de su nieto Stephane, hijo de Miranda y de un médico francés.</p>
<p class="bodytext">Brenan resumió así la impresión que sobre España y los españoles había intentado reflejar en sus obras: <em>“Al sur de los Pirineos vive todavía una sociedad que antepone las más profundas necesidades del alma humana a la organización técnica para alcanzar un nivel de vida más alto. Es ésta una tierra en la que ofrecen conjuntamente el sentido de la poesía y el sentido de la realidad”. </em></p>
<p>Nunca se hizo rico escribiendo sobre España. En Inglaterra es considerado como un escritor menor; pero para los españoles y los hispanistas de todo el mundo es el más grande de los ingleses que han escrito sobre nuestro país. En la actualidad llevan el nombre inglés de Don Geraldo numerosos institutos, escuelas, casas del pueblo y centros culturales de Andalucía. En la falda sur de sierra Nevada, en los montes de La Alpujarra, una ruta turística sigue los hitos marcados por sus pasos. Y en las calles de los barrios populares de Granada y Málaga resuenan intermitentemente los versos del pasodoble que le dedicó el granadino Carlos Cano:</p>
<p class="bodytext">Le voy a dedicar con todo mi corazón un pasodoble a Geral Brenan:</p>
<p class="bodytext"><em>Pasodoble de sol, de clavel reventón, como si un torero fuera<br />
Y que nadie me hable de London&#8230;<br />
Y decirle bajito, muy bajito, limón, azulina y hierba buena&#8230;<br />
Y la casa encalá y el vino de Albondón y una sillica en la huerta.<br />
Olé y viva Gerald Brenan.</em></p>
</div>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/gerald-brenan/">Gerald Brenan, el inglés de las Alpujarras</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Lucient Briet y los Pirineos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/lucient-briet-y-los-pirineos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Apr 2016 17:32:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://sge.org/?p=421</guid>

					<description><![CDATA[<p>Fernando París</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/lucient-briet-y-los-pirineos/">Lucient Briet y los Pirineos</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3630" class="csc-default">
<h3><em><strong>Por Fernando París</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-16-regiones-polares/"> Boletín SGE Nº 16 &#8211; Especial Regiones Polares</a></p>
</div>
<div id="c3641" class="csc-default">
<p class="bodytext">El 4 de marzo de 1891, un joven aficionado a la exploración, a la poesía y a la fotografía da su primera conferencia en la sede del Club Alpin Français –sección del sudoeste– en Burdeos. Es la primera vez que habla en público, se acaba de dar de alta el mismo año en el club, y a pesar de vivir a mil kilómetros de los Pirineos –en Charly sur Marne–, es invitado a pronunciar la conferencia anual del club, el “acontecimiento capital” del primer semestre según su presidente, con un título sugerente “Al Monte Perdido por Tucarroya” . Lucien Briet encandila los asistentes con un verbo fluido y con nada menos –para esa época– que cincuenta proyecciones de sus fotografías. Un año antes los habitantes de Gavarnie –pequeño pueblo del Pirineo central francés, al otro lado del Valle de Ordesa–, se habían sorprendido de la presencia de un turista, nunca antes visto por aquellos lugares, que recorría la montaña en todas direcciones fotografiando los paisajes, los picos y los valles.</p>
<p class="bodytext">No es de extrañar que Lucien Briet, en esas primeras incursiones por el Pirineo, quede fascinado por lo que se oculta al otro lado de la vertiente francesa: la brecha de Tucarroya –donde un año antes se había inaugurado un refugio de montaña– se abre como una ventana a la excepcional visión del macizo del Monte Perdido y de su cara norte, uno de los más importantes glaciares del Pirineo, en el que las paredes de hielo y los seracs abundaban hace más de cien años. Es muy posible que ese impacto de llegar a la frontera por ese camino, como ya lo hiciera Ramond de Carbonnieres, padre del Pirineísmo, cien años antes, incitase a nuestro personaje a adentrarse en España –cosa que apenas habían hecho otros exploradores franceses, únicamente los cazadores de cimas y de osos– y a convertirse en el gran divulgador del Pirineo aragonés y de la provincia de Huesca.</p>
<p class="bodytext"><strong>Un romántico en busca de inspiración</strong></p>
<p class="bodytext">Lucien Briet nace en París el 1860, en una ciudad en plena reconversión urbanística, en la que la vieja urbe de calles estrechas, insuficientes, sucias, insalubres, aunque pintorescas, es sustituida por el París de avenidas y bulevares anchos, fachadas sin ruptura, alumbrado, aceras anchas, árboles, quioscos, el París más parecido al que conocen hoy los turistas. Huérfano de madre desde muy joven, su padre se vuelve a casar. Lucien no se lleva bien con su madrastra y es educado por una tía y por el dinero de ésta, que le permite estudiar algo parecido a la licenciatura de letras y vivir relativamente bien. Poco amigo del servicio militar, deserta de éste y se marcha una temporada a Bélgica. Vuelve a Francia y un Consejo de Guerra le condena a la Legión Extranjera con la que conoce el norte de África. Los recursos de su tía le permiten no sólo estudiar sino, seguramente, trabajar muy poco y dedicarse, primero a la poesía, luego a la fotografía y, en lo que a nosotros nos interesa, a sus viajes por el Pirineo aragonés a partir, sobre todo, de 1903.</p>
<p class="bodytext">¿Qué lleva a Lucien Briet a visitar, por primera vez en 1889, los Pirineos? Por un lado, su inconformismo, su obstinación enciclopédica y su espíritu inquieto, pero por otro, seguramente, la búsqueda de inspiración a su poesía considerada como “laboriosos ejercicios de versificación”. Efectivamente, Briet fue un poeta, pero no debió de tener mucho éxito en su imitación de los románticos franceses. Y fue seguramente ese afán de imitación el que le llevó, como anteriormente habían hecho Víctor Hugo, Chateaubriand, George Sand, Alfred de Vigny, Flaubert, a lo largo de los años centrales el siglo XIX, a buscar inspiración en las montañas del sur. No encontró inspiración –no se conoce que siguiera escribiendo versos– pero sí unos paisajes, unos pueblos y unas gentes que le entusiasmaron. Todo ello, añadido a su afición a la fotografía, disciplina todavía en una fase inicial de desarrollo.</p>
<p class="bodytext"><strong>Sus viajes por la provincia de Huesca</strong></p>
<p class="bodytext">Entre 1890 y 1902 Briet, que vivía en Charly sur Marne, Departamento de Aisne, viaja esporádicamente – en tres o cuatro ocasiones– a la zona de Gavarnie, pasando al lado español. Sus visitas son aisladas, asciende picos, conoce valles: Ordesa, Barrosa, el pueblo de Bielsa, Torla, el pico de La Munia. Esos viajes le permiten empezar a conocer las tierras españolas, todavía consideradas terrenos de aventuras, “tierras salvajes”. Durante el siglo XIX, “los Pirineos” –como se dice textualmente de la traducción francesa, “el Pirineo” en la costumbre española actual– eran destino turístico ya muy importante para los viajeros franceses, especialmente asociado al termalismo y a los inicios del montañismo –“pirineísmo” frente al término más común de alpinismo–. Miles de turistas y exploradores llegaban, en diligencia primero y en ferrocarril después –como Briet, en un viaje de 27 horas desde su localidad de residencia– hasta los establecimientos termales y pueblos turísticos. Numerosas guías de viajes, algunas completísimas, ilustran desde 1850 a los viajeros que van a los Pirineos. Pero sólo existen “unos Pirineos”, una vertiente: la francesa; la otra no existe, en muchos casos ni en referencia. Es mínima la bibliografía del siglo XIX que se refiere al Pirineo español. Es como si Europa terminase en la divisoria, como si un abismo desconocido esperase al otro lado al viajero incauto que tuviera el valor de traspasarla. Todo lo contrario que para los habitantes de ambos lados de la frontera, para quienes la relación comercial, cultural o familiar se remontaba a cientos de años; para quienes el intercambio de mercancías –incluido el contrabando–, o de pastos para el ganado era la forma de apoyarse mutuamente en la supervivencia diaria. Muchos apellidos con el mismo origen etimológico siguen siendo hoy en día habituales a ambos lados de la muga: Labordeta/Labourdette; Piedrafita/Pierrefitte; Barrau; Maisonave&#8230; Lucien Briet descubre España. Es el primer viajero, explorador o curioso que se adentra en la provincia de Huesca más allá de los dos o tres días de marcha a los que se atrevían otros. Briet descubre Aragón y queda completamente enganchado a esa tierra.</p>
<p class="bodytext">A partir de 1903, y durante nueve años consecutivos, hasta 1911, Briet desarrolla sus expediciones por la provincia de Huesca, expediciones que oscilan entre treinta y setenta días cada una de ellas. Expediciones metódicas, en las que nuestro personaje anota todo minuciosamente, realiza y refleja observaciones barométricas (¡302 en 1910!) y fotografía, en placas de vidrio de 18 x 24, los paisajes, las casas, los pueblos, las gentes y los barrancos como hasta entonces nadie había hecho.</p>
<p class="bodytext">A lo largo de esos años Briet viaja fundamentalmente por tres zonas de la provincia de Huesca: el Valle de Ordesa y la zona aledaña de Monte Perdido; toda la comarca del Sobrarbe –Aínsa, Boltaña, Bielsa, Tella– y dentro de esta comarca y junto a la actual del Somontano de Barbastro, Briet descubre la Sierra de Guara, los barrancos del Vero y de Mascún –hoy paraíso de los “barranquistas” que por miles y con gran deterioro del medio y peligro de sus vidas han colonizado los “oscuros”–. En 1903 va al Valle de Pineta y desciende hacia Aínsa por el desfiladero de Las Devotas, que describe en un artículo publicado en el Boletín de la Real Sociedad Geográfica en 1905, así como en una separata del mismo. Ese año llega a Escuaín y explora la garganta del mismo nombre –Briet era asimismo un espeleólogo de un cierto nivel–. En 1904, con base en Boltaña, recorre parte del Sobrarbe, a lo largo del río Ara y la Sierra de Guara. En 1905, verano caluroso, Briet apenas puede moverse y pasa quince días enfermo en Boltaña. El 1906 lo dedica a la Sierra de Guara, pasa por los Oscuros el Vero, llega a Alquézar, y a la vuelta a Francia, en octubre le sorprende el paso de Bujaruelo completamente nevado. Al año siguiente su periplo queda limitado por el mal tiempo y alguna enfermedad que le obliga a quedar varios días inactivo. Baja por la Sierra de Guara en su parte más occidental, llega a la Sierra de Gratal, más cerca de Huesca, pasa unos días en Apiés –sobre el que escribirá una publicación–, visita Huesca y Barbastro. El 1908 es recibido con honores en Boltaña –el Diario del Alto Aragón, periódico oscense hoy todavía existente, había publicado extractos de “A lo largo del Río Ara”– y empieza a ser considerado un “aragonés” especial. Ese año lo dedica asimismo a la Sierra de Guara, Castejón de Sobrarbe, Samitier, Abizanda, el Vero, barranco del Alcanadre, Rodellar. Un viaje del que se siente plenamente satisfecho: 142 fotografías y 217 observaciones barométricas. Varias publicaciones serán el resultado de ese viaje.</p>
<p class="bodytext">La Real Sociedad Geográfica encarga a Briet una monografía sobre el Valle de Ordesa. 1909 y 1911 serán las dos estancias más importantes de Briet en el Valle de Ordesa. Realiza más de 100 fotografías el primer año, probablemente otras tantas el segundo. Sería éste de 1911 el último viaje de Briet al Alto Aragón. El testamento de su tía, quien le había costeado sus exploraciones, establecía que debía casarse y tener descendientes para poder heredar. Briet pasa los diez años que le restan de vida –murió en 1921 con 61 años y en la más absoluta ruina– “en medio de sus manuscritos, su minerales, sus recuerdos, pero sobre todo, en medio de una excepcional colección de fotografías que debieron de disipar y reavivar por momentos sus nostalgias”. Efectivamente, la colección fotográfica de Briet es impresionante para la época: 1.600 fotografías, de ellas 900 del Alto Aragón, material que –junto a sus manuscritos– de milagro se conservan en el Musée Pyrénéen de Lourdes, gracias a la rapidez de su fundador, Luis Le Bondidier, que los “rescató” cuando estaban a punto de venderse a un trapero casi inmediatamente después de su muerte.</p>
<p class="bodytext"><strong>La Bibliografía de Lucien Briet</strong></p>
<p class="bodytext">Lucien Briet dejó escritos numerosos trabajos de descripción de sus recorridos. El catálogo más importante de bibliografía sobre el Pirineo recoge 41 referencias bibliográficas de Lucien Briet, más de la mitad de ellas sobre el Alto Aragón, desde la referencia de su primera conferencia en el Club Alpin Français de Burdeos en 1891 hasta la penúltima edición de su libro más conocido en España, Bellezas del Alto Aragón, en 1977, reproducción original de la primera edición efectuada por la Diputación de Huesca en 1913, edición que no fue comercializada.</p>
<p class="bodytext">Pero de esas 41 referencias, muchas son fragmentos, separatas, capítulos o traducciones unas de otras. Su libro citado Bellezas del Alto Aragón, tres veces editado, contiene los artículos de Briet traducidos al español y publicados anteriormente en el Boletín de la Real Sociedad Geográfica: El Valle de Ordesa, A lo largo del río Ara, la garganta de Escoaín, el Paso de las Devotas, Viaje al Barranco de Mascún, Los Pirineos y la espeleología –Briet era también espeleólogo– y las observaciones barométricas de sus diferentes campañas. Esos capítulos, a su vez, fueron publicaciones inicialmente en francés. Briet colaboraba con numerosas revistas francesas especializadas y entre campaña y campaña –entre verano y verano– era invitado a pronunciar conferencias, acompañadas de sus proyecciones, en muchos lugares de la geografía francesa.</p>
<p class="bodytext"><strong>Los “descubrimientos” de Lucien Briet, cien años después</strong></p>
<p class="bodytext">Briet fue llamado “El cantor de Ordesa”. En efecto, sus numerosos recorridos por el Valle, sus referencias en los textos, la monografía publicada en 1911, hacen que la designación del Valle de Ordesa como Parque Nacional en 1918 –el segundo de España, después de Covadonga– sea, en gran parte, debida al conocimiento del mismo gracias a nuestro personaje. Briet escribió “&#8230;el mayor interés del valle de Ordesa consiste en los términos con que recuerda, no por su extensión, pero sí por sus colores y por su estilo, la arquitectura babélica de los cañones más renombrados de América. Produce una sensación de sorpresa especial, que arrebata, que lo constituye en una maravilla aparte; con un sello propio e inconfundible, debido quizá a la variedad de acantilados, de anfiteatros, de cascadas, de praderas y de bosques que encierra en su espacio relativamente reducido. Han sido cantados sus encantos en todos los tonos, han sido magnificados, si así puede decirse; ni aun los viajeros que traían el ánimo cautivado con el recuerdo de los encantos del Colorado han dejado de entusiasmarse con el Cotatuero; no es merecedora de lamento, por tanto la falta de un camino practicable, que aleja el Valle de Ordesa del ‘vulgun pecus’, pero que ha servido para conservar la gracia inédita, la frescura sublime que las grandes escenas de la naturaleza ofrecen a los ojos de los bienaventurados mortales que las sorprenden.”</p>
<p class="bodytext">Hoy en día el ‘vulgun pecus’ llega con facilidad al Parque Nacional de Ordesa. En torno a 500.000 personas lo visitan anualmente, casi todas por la entrada tradicional de Torla, a pesar de que actualmente, con una extensión muy superior a la inicial, incluyendo el Valle de Pineta, de Añisclo, las zonas aledañas a Monte Perdido, son posibles y deseables otras entradas y accesos para distribuir a los visitantes de manera más racional. Y casi todas en verano –un sistema de transporte público desde unos aparcamientos de proximidad en Torla limita el acceso de coches particulares–. Pero el otoño y la primavera son deliciosos para el visitante exigente: recomendable para todos, con las precauciones necesarias si se quiere andar por la alta montaña; y en invierno, sólo para especialistas, la nieve cubre el valle a partir de los 1.300 metros.</p>
<p class="bodytext">Otros lugares que Briet recorrió en el Alto Aragón han evolucionado en un sentido totalmente contrario. La comarca del Sobrarbe, que posee una densidad de población de las más bajas –si no la más baja– de todo el Estado y de Europa, con 2,4 habitantes por kilómetro cuadrado. La provincia de Huesca, que sufrió como ninguna la despoblación del medio rural a partir de los procesos de industrialización de los años 60. Más de 200 pueblos abandonados en la provincia, fantasmas de su propio pasado, la mayoría en la comarca el Sobrarbe, en la Sierra de Guara, en la zona que recorrió Briet; algunos se fueron por la falta de trabajo, por la emigración a los núcleos industriales de las ciudades –Zaragoza, Barcelona, Huesca, Sabiñánigo, Monzón–; otros por el efecto de las grandes obras hidráulicas que inundan pueblos, inundan tierras que impiden la vida en los pueblos, o expropian la misma, olvidándose de desarrollar industrias locales que fijasen la población; otros por aspectos tan sorprendentes como “la concentración escolar”, que deja sin niños y sin escuela a los pueblos. Cuando Lucien Briet recorre estos pueblos, la comarca del Sobrarbe ya había iniciado un ligero descenso demográfico a partir de 1860, año en el que contaba con, aproximadamente, 25.000 habitantes, pero todavía se mantenía en una cifra cercana. En 1960, la comarca había perdido ya la mitad de su población de cien años antes. Pero entre 1960 y 1970 la comarca pierde un 40% de la población, y hasta ahora, el 60%, quedando con poco más de 6.000 habitantes distribuidos en 2.500 kilométros cuadrados: “Nos quedamos sin escuela, sin cura&#8230;.¿qué habíamos de hacer aquí?”; “Aquí hubo cuatro familias que ya se fueron marchando antes del año sesenta, porque con la tierra que tenían no les daba para vivir. Pero después, cuando se llevaron la escuela, se fueron los críos y se fue la alegría del pueblo&#8230;y poco a poco, se fueron marchando todos”. Lavelilla, Asín de Broto, Jánovas, Lacort, en la cuenca del río Ara, y otros muchos pueblos de la Sierra de Guara, recorridos, descritos y fotografiados por Lucien Briet, son hoy pueblos fantasma, abandonados, algunos propiedad de la administración, otros de empresas hidroeléctricas, otros en manos de los promotores y especuladores inmobiliarios que han empezado a extender sus garras por el Sobrarbe, como ya lo hicieron –y con qué espantosos resultados– en el Valle del Aragón, en el Valle de Tena o en el Valle de Benasque. Un magnífico libro ya citado, Tras las huellas de Lucien Briet, de José Luis Acín, recorre y compara fotográficamente los lugares descritos y retratados por nuestro personaje 90 años antes. Cientos de fotografías tomadas exactamente desde los mismos lugares, con un intervalo de más de ocho décadas, y la descripción de los itinerarios, pueblos y paisajes refleja lo que ha sido el abandono de esa tierra.</p>
<p class="bodytext"><strong>Recorrer los caminos de Briet</strong></p>
<p class="bodytext">Una invitación a recorrer los caminos que Don Luciano –como se le llamaba en el Alto Aragón– transitó acompañado de sus mulas y sus guías hace cien años, es una invitación a la reflexión y al conocimiento de un medio geográfico y humano que, aunque se ha transformado sensiblemente por la acción del hombre, mantiene todavía un carácter de exploración, aventura y soledad. Quizá las personas que uno se encuentre ya no sean los descendientes de los montañeses con los que Briet habló y fotografió; quizá los pueblos estén deshabitados, y no haya cura, escuela, oficina de correos ni guardia civil, y los caminos apenas se dibujen ocultos por la maleza. Pero la experiencia, en uno de los espacios más agrestes y solitarios de Europa, merece la pena.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/lucient-briet-y-los-pirineos/">Lucient Briet y los Pirineos</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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