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	<title>Expediciones archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Expediciones archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Derroteros: las guías de viaje de los marinos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/derroteros/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 11:55:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 79]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Rutas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Desde la Antigüedad, los marinos y navegantes describieron sus viajes en los llamados derroteros, periplos o libros portulanos, descripciones<br />
meticulosas, casi a modo de guías de de viajes, que durante siglos orientaron a los viajeros por mar.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Mª Luisa Martín Merás</strong></p>



<p>Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajes de papel: literatura y libros de viajes</p>



<p><br><br><strong>Desde la Antigüedad, los marinos y navegantes describieron sus viajes en los llamados derroteros, periplos o libros portulanos, descripciones meticulosas, casi a modo de guías de viajes, que durante siglos orientaron a los viajeros por mar. Especialmente durante los siglos XVI y XVII ocuparon un lugar muy importante en nuestra literatura de viajes, en particular en los relatos de las aventuras que llevaban al Nuevo Mundo.</strong></p>



<p>Un derrotero es una descripción náutica de una ruta marítima, específica para marinos y pilotos, que frecuentemente tienen como destino lugares adónde nunca han navegado. Estos libros describen y representan las costas, bajos fondos, señalizaciones (boyas, faros, balizas, etc.), perfiles visuales de las costas, avisos de peligros, formas de navegación convenientes, acceso a puertos, etc. Es decir, contienen el conjunto de observaciones, hechas en un viaje por mar, útiles para la navegación del piloto y de navegantes futuros. Se menciona la existencia de este tipo de documentos desde la más remota Antigüedad, bajo el título de periplos, libros portulanos y derroteros, siendo un ejemplo fundamental de la recopilación de experiencias prácticas para el ejercicio de la navegación durante siglos.</p>



<p>Si consideramos que una guía de viajes es “un libro de información sobre un lugar, diseñado para el uso de visitantes o turistas, donde se relatan experiencias viajeras sin aspectos literarios y narrativos, y cuyas características geográficas e históricas condicionan el relato” (1), podemos incluir a estos derroteros de los siglos XVI y XVII dentro de la literatura de viajes, en la modalidad de guías de viaje especializadas, ya que muchos de ellos reúnen los requisitos mencionados en la definición citada más arriba.</p>



<p>Con motivo del descubrimiento de América, se creó en 1503 la Casa de la Contratación de Sevilla, que se ocupaba del comercio con las Indias, Canarias y Berbería y actuaba como escuela de pilotos, pues pronto se hizo patente la necesidad de instruirlos en sus navegaciones a América. Los libros de navegación que salieron de su entorno fueron concebidos como libros de texto para enseñar a los pilotos los rudimentos técnicos del arte de navegar y se englobaban bajo el nombre genérico de “regimientos de navegación”; solían incluir un derrotero donde se explicaba la navegación a las Indias con la derrota a las Antillas, a Tierra Firme y otros lugares.</p>



<p>Los primeros derroteros de América son evidentemente españoles y recogían las derrotas que hacían las flotas de Indias desde España, saliendo de Sevilla, a las Antillas, Veracruz y Honduras, y la vuelta a España desde Cuba, donde se unían las flotas de Nueva España y Tierra Firme para, juntas y protegidas, volver a la metrópoli. Sin embargo, los derroteros publicados son escasos, debido al estricto secreto con que se manejaban los descubrimientos y rutas americanas. <em>La Suma de geografía que trata de todas las partidas y provincias del mundo: en especial de las Indias y trata largamente del arte del marear </em>de Martín Fernández de Enciso en 1519, es una descripción geográfica de las partes del mundo, empezando por Europa y terminando por el Nuevo Mundo recién descubierto, del que presenta una lista de lugares con sus latitudes bastante acertadas, además de una detallada explicación de de las costumbres de sus naturales, zoología y botánica, especialmente del área antillana. Parece que el libro incluía una carta de navegar que no se publicó, precisamente para no dar noticias a los extranjeros.</p>



<p><strong>LA INFORMACIÓN SECRETA DE LOS DERROTEROS</strong></p>



<p>Andrés García de Céspedes, que era cosmógrafo mayor del Consejo de Indias, incluyó en su <em>Regimiento de Navegación </em>en 1606, un derrotero para explicar detalladamente el nuevo padrón real. Por su parte Francisco de Seixas y Lobera, publicó en 1690 <em>Descripción geográfica y derrotero de la Región Austral Magallánica</em>, con un mapa del estrecho de Magallanes que tuvo que retirar por indicación del Consejo de Indias. En 1585 Andrés de Poza con su obra <em>Hidrografía</em>, que era un derrotero de las costas europeas, desde el estrecho de Gibraltar hasta Holanda, no tuvo ningún problema en su publicación, ya que sus rutas eran sobradamente conocidas por los países europeos.</p>



<p>Llama la atención que casi ningún derrotero o tratado de navegación práctica, escrito por españoles, haya sido publicado en su tiempo, a pesar del indudable interés que despertaron en los siglos XVI y XVII los asuntos marítimos en España. Parece ser que el principal obstáculo era la negativa para conceder el permiso de impresión por parte del Real Consejo de Indias, para no divulgar las derrotas seguidas por las flotas ni los sistemas defensivos de los puertos americanos. A tal fin, los pilotos que habían obtenido el título en el examen de la Casa de Contratación tenían que hacer el juramento <em>“de que bien y fielmente usará su arte y que no enseñará su profesión a ningún estranjero de estos Reinos ni le dará el regimiento, ni derrota de la dicha carrera de las Yndias, ni los instrumento, cartas, aguja, ballestilla, ni astrolabio»</em>. (2)</p>



<p>Por esta razón muchos derroteros a las Indias permanecieron inéditos, ya que facilitaban el conocimiento de las costas a enemigos y corsarios. Entre ellos estaba el <em>Quatripartitu </em>en <em>Cosmographia pratica i por otro nombre llamado espejo de navegantes</em>, de Alonso de Chaves, [1537], cosmógrafo y piloto mayor de la Casa de la Contratación de Sevilla. El libro cuarto de la obra es un derrotero de las “Indias de la Mar Océana”, desde la costa de Perú hasta la navegación del estrecho de Magallanes, con explicación de la distancia en leguas de los lugares, y colocación en latitud de los más importantes. La opinión común es que no recibió el permiso de impresión del Consejo de Indias por la información de las costas americanas que contenía.</p>



<p><em>El Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales</em>, de Juan Escalante de Mendoza [1575], general de la Flota de Tierra Firme, contiene un derrotero clásico desde Sevilla a Nueva España, Honduras y Tierra Firme, con las distancias en leguas de toda la costa occidental hasta el Estrecho de Magallanes, y la derrota de vuelta a España. <em>El Itinerario </em>tampoco logró la licencia de impresión del Consejo de Indias, debido a los abundantes detalles que daba sobre las rutas de las flotas.</p>



<p>Lo mismo le sucedió al derrotero, <em>Luz de navegantes donde se hallaran todas las derrotas y señas de las partes marítimas de las Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano</em>, de Baltasar de Vellerino [1592], que se guarda en la biblioteca universitaria de Salamanca. La obra está dividida en dos libros, el primero explica las derrotas que siguen las flotas españolas a las Indias Occidentales, partiendo de Sanlúcar de Barrameda, y detallando las corrientes, vientos, distancias, medios y lugares por los cuales se debe navegar para evitar las dificultades y llegar a buen puerto. Señala los rumbos que se deben tomar según la dirección de los vientos y los accidentes geográficos que pueden servir para reconocer los puertos y la distancia en leguas de unos a otros. De manera somera se detiene además en la descripción de las riquezas naturales, habitantes y otros detalles de los puertos de La Habana, Puerto Rico, Veracruz y Santo Domingo. El segundo libro se titula: <em>“De las señas de las partes de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano”</em>. Está constituido por 115 dibujos, precedidos de una explicación que el autor llama “señas o señales marítimas”. Los dibujos son perspectivas de costa con una ligera aguada en ocre, azul y verde; están orientados con una flecha inscrita en un círculo y llevan una filacteria donde se señala desde dónde se ha tomado el perfil. Son estos dibujos los que confieren a la obra un carácter especial dentro de los numerosos derroteros de la época.<br><br><strong>DERROTEROS ANÓNIMOS DEL PACÍFICO ILUSTRADOS CON DIBUJO</strong></p>



<p>La mayoría de los derroteros manuscritos del siglo XVI detallan las derrotas y puertos de la costa atlántica de América desde la barra de Sanlúcar hasta San Juan de Úlua y otros lugares de la costa occidental. Pero el estrecho de Magallanes, descubierto en noviembre de 1520, abrió una nueva etapa de navegaciones que hizo del Mar del Sur o Pacífico un espacio a explorar y descubrir. Los viajes por el Pacífico motivaron la necesidad de hacerse con mapas y cartas, perfiles de costas y planos de puertos, sobre todo en la región austral, por la imposibilidad o peligrosidad de navegar junto a la costa, lo que hizo necesario elaborar y unificar la cartografía del Mar del Sur, difundiéndola entre los pilotos de la Corona. A mediados del siglo XVII, a medida que avanzaban los descubrimientos en las costas del Pacífico y los viajes a Filipinas, encontramos muchos derroteros específicos para esa navegación, que solía empezar en Acapulco o Callao y descender hasta el cabo de Hornos. Estos derroteros de la costa pacífica de América constituyen un conjunto de manuscritos muy valioso que reposa en bibliotecas y archivos. La característica principal de ellos es que son manuscritos, frecuentemente anónimos y no fueron escritos para ser publicados, sino para uso particular de los pilotos.</p>



<p>La mayoría incluye dibujos detallados de las costas y otras informaciones, que ilustran y complementan el texto, como perfiles de las costas, montañas y volcanes, islas e islotes, bajos, desembocadura de ríos, en fin, todo lo que pudiese servir para identificar la costa y en especial, sus puertos y centros urbanos costeros. Con ello se habría buscado ampliar el conocimiento sobre las costas e islas del Pacífico de los pilotos, que navegaban ese océano y que los habían recopilado para su propio uso y para los otros pilotos que los pudieran necesitar. Por supuesto, estos libros debían conservarse con gran sigilo, pues contenían información estratégica para los intereses del imperio español de la que pudieran beneficiarse otras potencias marítimas europeas, además de piratas y corsarios. Estas circunstancias avalan que la mayoría de los derroteros sean anónimos, recopilados por pilotos que los necesitaban para su propio trabajo. Los que hemos examinado no están firmados, aunque a veces aparece el nombre de su poseedor y todos tienen unas características parecidas.</p>



<p>Esta etapa se inicia en 1603 con el derrotero desde Acapulco al cabo Mendocino, hecho por el piloto de la segunda expedición de Sebastián Vizcaíno, Jerónimo Martín Palacios, con 33 croquis de la costa, realizados por Enrico Martínez. (3)</p>



<p>El [Derrotero] <em>de la costa seguida desde [Acapulco] hasta el estrecho de Magallanes, cabo de Hornos, estrecho de Maire hasta el río de Buenos aires, con caletas, puertos y ensenadas, bajos, islas, arrecifes, rios, arrumbamientos, distancias y demás circunstancias que necesita un piloto[…] que a veces es muy acertado aconsejarse con noticias que dan estos libros que son muy ciertas&#8230;A quien de este su dueño fuere, Dios le dé buenos aciertos en todo y por todo. Lima 5 de enero de 1764</em>4, nos confirma la hipótesis del anonimato, pues el autor resulta ser un incógnito piloto que ha copiado un derrotero muy anterior a la fecha que indica, pues da algunas noticias de sucesos pasados que él no pudo conocer. Incluye 11 ilustraciones de las costas con indicaciones náuticas, empezando por Acapulco y terminando por un mapa del Estrecho de Magallanes, donde aparece parte el dibujo incompleto de las islas Malvinas, denominadas “islas nuevamente descubiertas” Lo mismo sucede con el <em>Derrotero de las costas de los reinos del Perú, Tierra Firme, Chile y Nueva España, sacado de diferentes cuadernos que han escrito y usado los más clásicos y experimentados pilotos deste Mar del Sur, 1675. Incluye 270 dibujos. (</em>5) En el “Prólogo exhortatorio” el autor declara <em>“yo no puse nada de mi casa mas que trasladar” </em>pues el derrotero es una copia, para su uso privado, de anteriores derroteros de los pilotos del Mar del Sur, ya que, <em>“me animé con su trato y adquiriendo prestados sus cuadernos a juntar sus obras y experiencias en este libro que si por caso fuese a la imprenta hallasen en un cuerpo todo lo descubierto y qué se trajina en este Mar del Sur” (</em>6).</p>



<p>El [Derrotero] <em>desde la ultima población que tienen los españoles en las costas de Nueva España, en el mar del Sur es la ciudad de Compostela, como manifiesta la demostración de su mapa que da principio a este libro, como se verá en la hoja n.1, para que se tenga verdadera ynteligencia de todos los yntereses que comprehende sus demostraciones en sus mapas [&#8230;]para que sirva de norte a los navegantes que surcan aquellas costas&#8230; </em>Termina abruptamente al final por lo que no sabemos si tiene autor. Incluye 151 dibujos y, 8 hojas de texto. (7)</p>



<p>Por último, el <em>Derrotero general del Mar del Sur, sacado de diferentes autores. Hecho en Panamá en 30 del mes de Diciembre de 1684</em>,8 participa de las mismas características que los anteriores, ya que es una simbiosis de distintos derroteros, como se aclara en la portada donde los datos técnicos están complementados con 148 dibujos a la aguada muy interesantes.</p>



<p>Los derroteros de la costa pacífica de América constituyen un conjunto de manuscritos muy valioso y poco conocido, que no han sido estudiados en su conjunto. Hemos visto como la política de sigilo, establecida por el imperio español para proteger sus rutas marítimas, impidió la publicación de derroteros sin la aprobación de las autoridades científicas del Consejo de Indias. Esta circunstancia motivó que los pilotos se proveyeran por su cuenta de compilaciones de derroteros manuscritos que señalaban solamente la ruta de sus navegaciones, eran de su propiedad y tenían la garantía de poderlos corregir en sucesivas derrotas. Por esta razón la mayoría son anónimos, aunque a veces llevan el nombre del poseedor. La mayor parte de ellos, además de las indicaciones náuticas pertinentes, incluyeron unos dibujos en color de las tierras a las que se dirigían y noticias geográficas, que les confieren una importancia añadida y que justifican el título de este artículo.</p>



<p><strong>NOTAS</strong></p>



<p>1 Luis Albuquerque, Los libros de viajes como género literario, pp. 67-82, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 2006.<br>2 Manuel Moreno Alonso, América ante los pilotos de Ayamonte. El derrotero de las Indias de Benito Alonso Barrozo, Sevilla, 1985, p. 26.<br>3 Archivo General de Indias. Mapas y Planos, México, 53.<br>4 Museo Naval de Madrid, Mss. 180.<br>5 Museo Naval de Madrid, Mss. 1202.<br>6 Museo Naval de Madrid, Mss. 1202, p. 9.<br>7 Biblioteca Nacional de España, Mss. 2957.<br>8 The Hispanic Society of America, Ms. K44.<br><br>* Mª Luisa Martín Merás, es especialista en cartografía marítima española. Ha sido Jefa de Investigación en el Museo Naval de Madrid y Directora técnica del Museo Naval.</p>
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		<title>Duque de los Abruzos. El madrileño que intentó llegar al Polo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/duque-de-los-abruzos-polo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 08:52:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Pedro Páramo Bibliografía: Boletín 59 &#8211; El Ártico &#160; En el verano de 1900, el tercer hijo de Amadeo de Saboya, rey de España, intentó llegar antes que nadie [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Pedro Páramo</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-59-el-artico/">Boletín 59 &#8211; El Ártico</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>En el verano de 1900, el tercer hijo de Amadeo de Saboya, rey de España, intentó llegar antes que nadie al Polo Norte. Su expedición logró batir el record del momento al alcanzar el punto más septentrional de la Tierra, pero él sólo llegó hasta el final de la tierra firme y el principio de los hielos polares.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzos, nació en Madrid el 29 de enero de 1873, y fue bautizado como príncipe en la capilla del palacio real pocos días antes de que su padre, Amadeo, renunciara al trono de España y regresara a su Italia natal. Todavía adolescente, ingresó en la Academia Naval de Livorno, donde adquirió sus primeros conocimientos sobre el mar y la navegación. Amante de la aventura, se inició en el alpinismo en el Mont Blanc, y en 1897 participó en la primera ascensión al monte San Elías, de 5.489 metros, entre el territorio del Yukon de Canadá y Alaska, lo que le valió la fama mundial entre los geógrafos y montañeros del momento. Dos años más tarde, se propuso abordar la conquista de una de las dos fronteras hasta entonces inaccesibles para el hombre en la Tierra y eligió intentar ser el primero en pisar el Polo Norte. Para ello movilizó todas sus influencias ante el gobierno italiano y la corte de su tío el rey Humberto I, sirviéndose de su prestigio como explorador. El audaz y patriótico proyecto de Luis Amadeo de Saboya fue muy bien acogido por la opinión de la joven Italia, que ya había iniciado su expansión colonial en África y buscaba hacerse un hueco entre las grandes potencias. En 1899 todo estaba a punto para que la expedición de los italianos intentara el asalto del Polo Norte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>TRAS LOS PASOS DE NANSEN</strong></p>
<p>La carrera de la conquista del extremo norte del Globo había comenzado en la centuria anterior, y la experiencia enseñó que para lograrlo habría que deslizarse sobre la nieve y el hielo utilizando trineos. En el momento de partir la expedición italiana, el punto más septentrional alcanzado por el hombre estaba fijado en los 86º 14’ N, logrado por el explorador noruego Fridtjof Nansen en abril de 1895 con su barco <em>Fram</em>. Luis Amadeo de Saboya, que había investigado a fondo todas las expediciones polares realizadas hasta entonces, decidió seguir los pasos de Nansen, estudiando las etapas de su ruta, sus experiencias sobre las corrientes y los hielos, y sus indicaciones en lo relativo a los pertrechos e intendencia para los exploradores y sus perros.</p>
<p>El 12 de junio de 1899 el <em>Estrella Polar </em>de Luis Amadeo de Saboya salió del puerto de Cristianía, hoy Oslo, con 11 italianos marinos y guías alpinos y 9 noruegos expertos en la navegación por el Ártico, con edades comprendidas entre los 21 años del fogonero y los 47 del comandante noruego de la embarcación, Julius Evensen. Como segundo comandante de la expedición figuraba el teniente de navío Humberto Cagni, que se encargaría de las observaciones científicas, con la colaboración del también teniente de navío Francisco Querini y del médico de la Armada italiana Aquiles Cavalli Molinelli. El barco, un ballenero de 570 toneladas y un motor de 60 caballos, fue transformado para la expedición en una goleta de tres palos. Días antes de partir, el duque de los Abruzos visitó a Nansen en su casa de Lijsaker, quien le dio los últimos consejos para encarar la aventura. De acuerdo con estas indicaciones se cargaron en Noruega provisiones para cuatro años a base de galletas, manteca, carne envasada, pastas, arroz, vinos y licores, que fueron guardadas en cajas herméticas de 25 kilos. Para los perros que se incorporarían en el puerto ruso de Arcángel se cargaron raciones de pescado seco y bizcocho.</p>
<p>Los expedicionarios compraron botas de piel de foca de diferentes diseños, así como abundantes pieles de abrigo y tejidos de lana, sacos de dormir de lana y plumas, y dos tiendas de campaña por si la expedición tuviera que abandonar el barco. La bodega del Estrella Polar se llenó de carbón y cuatro enormes barricas con diez toneladas de petróleo cada una. La expedición estaba equipada también con armas y, naturalmente, con un amplio equipo para la navegación: sondas y aparatos para medir la fuerza de las corrientes y la temperatura y densidad de las aguas a diferentes profundidades, así como sextantes para el cálculo de las posiciones y distancias con los trineos. En cuanto a los estudios científicos disponía de instrumentos para el cálculo de posiciones y las relativas a la gravedad y el magnetismo terrestres, además de un completo equipo fotográfico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>HACIA LA TIERRA DE FRANCISCO JOSÉ</strong></p>
<p>La última escala del <em>Estrella Polar </em>en tierra continental, tuvo lugar el 30 de junio en la localidad rusa de Arcángel. Allí se completó la expedición con 121 perros de distintas razas y diferentes procedencias, pero todos considerados entre los más idóneos para el arrastre de trineos en los territorios árticos. Con todo el equipo a bordo, el 12 de julio de 1899 la expedición partió del puerto ruso con el propósito de alcanzar el punto costero más al norte posible del archipiélago del Emperador Francisco José donde pasar el invierno, y de allí partir con trineos hasta el polo al término de la noche polar. Este archipiélago, descubierto por casualidad por una expedición austriaca en 1873, formado por 191 islas volcánicas, situado al noroeste del de Nueva Zembla y al este de las islas Svalbard, se halla a unos 1.000 kilómetros del Polo Norte. El 18 de julio el <em>Estrella Polar </em>se topó con la primera banquisa, un campo de hielo de grandes dimensiones movido por las corrientes, formado por témpanos sueltos y cuyo término no se alcanza a ver. Aun cuando no se pueda distinguir en las aguas, se puede detectar la presencia de la banquisa por el color del cielo, mucho más claro sobre ella por el reflejo del hielo. El día 20 los expedicionarios avistaron los vagos contornos de la isla de Northbrook, cubierta de nieve con algunos salientes oscuros, y vieron sobre las rocas grupos de focas y morsas cerca de las cabañas abandonadas por la expedición de Frederick George Jackson dos años antes. El 26 de julio, el <em>Estrella Polar </em>llegó a los hielos que marcaban el término de la zona navegable. En su búsqueda de un lugar apropiado donde invernar y preparar el asalto al Polo Norte, el 8 de agosto la embarcación de la expedición italiana alcanzó los 82º 4’ N en la isla del Príncipe Rodolfo, la más septentrional del archipiélago. Luis Amadeo de Saboya decidió entonces echar el ancla en la bahía de Teplitz, entre la costra de hielo costera y la banquisa que cerraba la bahía, para pasar allí el invierno.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LAS PENALIDADES DEL INVIERNO ÁRTICO</strong></p>
<p>Con temperaturas todavía superiores a los 0º, los expedicionarios exploraron la zona e hicieron abundantes anotaciones científicas, geológicas y de fauna y flora, y construyeron una cabaña para las jaulas de los perros. A los pocos días tuvieron que adrizar la nave porque escoraba a babor arrimada por la banquisa contra los hielos de la costa. La temperatura ya alcanzaba en las noches los -10º. Los vientos helados empujaban el barco aprisionado y la vida se hizo imposible a bordo por la escora. El 8 de septiembre la presión de los hielos abrió una ancha vía de agua, y los expedicionarios abandonaron el barco para montar el campamento invernal formando dos cabañas, una dentro de la otra, con varios recintos aislados para defenderse del frío, que ya alcanzaba en algún momento los -16º. Los víveres, las herramientas, el combustible, los diferentes aparatos y los trineos fueron trasladados unos 150 metros al interior de la costa. Mientras las noches se alargaban en otoño, llegaron las ventiscas y las nieblas a la vez que las temperaturas bajaban con rapidez. El tiempo transcurría para los expedicionarios explorando el terreno, estudiando los vientos y los movimientos de los hielos, entrenando a los perros, y aprestando los equipos de los trineos y los cayucos de lona. Antes de que el frío fuera insoportable, mataron 34 osos que habían acudido curiosos a la proximidad de las cabañas. Su carne sirvió para alimentar al campamento, la mayor parte fue para los canes, pero <em>“también comimos su carne</em>; -anotó en su diario Luis Amadeo de Saboya- <em>el corazón, la lengua y los riñones los encontrábamos sabrosos, lo demás no llegó a gustarnos”</em>.</p>
<p>En la larga noche polar, el duque de los Abruzos y su gente estudiaron el plan de ataque al Polo Norte con los trineos, y llegaron a la conclusión de que debían partir de la bahía de Teplitz el 15 de febrero, cuando los hielos eran más gruesos, para regresar al campamento entre el 15 y el 20 de mayo antes de que se fundiesen. Pero Luis Amadeo de Saboya no formaría parte de la expedición final. Durante una de las excusiones exploratorias en la víspera de Nochebuena, había sufrido la congelación de dos dedos de la mano izquierda y el médico tuvo que amputarle las falanges del anular y el corazón el 18 de enero. <em>“Con los dedos operados </em>-escribió el duque de Abruzos- <em>habríame sido imposible servirme de la mano, y, por otra parte, mi estado hubiera requerido curas diarias imposibles de hacer en una marcha”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>LA EXPEDICIÓN SOBRE EL HIELO EN BUSCA DEL POLO</strong></p>
<p>Tras un intento fallido, el 11 de marzo partió la expedición abordando la banquisa situada al norte de la isla del Príncipe Rodolfo, bajo el mando del teniente de navío Humberto Cagni, dividida en tres grupos, dos de ellos destinados a servir de apoyo logístico al tercero que intentaría alcanzar el Polo Norte. El primer grupo-lanzadera, con provisiones para 30 días, lo formaba el también teniente de navío Francisco Querini, el maquinista noruego Henrik Alfred Stökken y el guía Félix Ollier; el segundo, con provisiones para 60 días, estaba integrado por el doctor Aquiles Cavalli Molinelli y los marineros Jacobo Cardenti y Simón Canepa; el tercero, con provisiones para más de tres meses, estaba encabezado por Cagni acompañado por los guías José Pertegax y Alejo Fenoillet. La expedición contaba con 13 trineos y 104 perros. El retraso provocado por el fracasado primer intento convertía las etapas previstas en una carrera contrarreloj, porque más allá de los últimos días de mayo el deshielo ártico podía hacer imposible el regreso sobre los hielos hasta el campamento. Los expedicionarios se internaron en la banquisa helada con temperaturas entre -15º y -30º. Sabían que a partir de ese punto no encontrarían trazas de vida que les ayudaran en su supervivencia. Las raciones diarias para los hombres y los perros se establecieron por el doctor Cavalli siguiendo el patrón deducido de las experiencias de Nansen. A los hombres se les asignaron 1.265 gramos de alimentos variados. La ración de los perros constaba de medio kilo de pemmican, carne pulverizada, con una cantidad igual o mayor de grasa de buey, que en pequeñas proporciones también formaba parte de las raciones de los expedicionarios. El equipo de abrigo de cada uno de los exploradores pesaba tres kilos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA LARGA NOCHE POLAR</strong></p>
<p>En los primeros días avanzaron con lentitud. Por un lado, el clima, los fuertes vientos, la nieve seca y dura y las nieblas los castigaron con severidad; el suelo, por otro lado, sembrado de <em>hummocks</em>, bloques de hielo más o menos altos levantados por la presión que los campos de hielo ejercen unos contra otros, y la aparición de grietas y canales en la banquisa, dificultaron en grado extremo el avance hacia el norte. Además, el suelo flotaba y la medición de las distancias resultaba muy problemático. En ocasiones los cálculos de lo recorrido sobre el hielo siempre hacia el norte resultaban engañosas. Al tomar las medidas con el sextante, descubrían que no avanzaban, que incluso se estaban alejando del Polo por causa de los vientos y las corrientes que arrastraban a la banquisa en distintas direcciones. Durante la noche el frío, inferior a los -30º, convertía en hielo las ropas y los sacos de dormir. Acampados al abrigo de un <em>hummock </em>, durante las noches escuchaban en las tiendas el estruendo que producían los choques de los hielos que amenazaban con sepultarlos o ser tragados por profundas grietas. Con el paso de los días, la fatiga se dejaba notar entre los expedicionarios, obligados muchas veces a cavar en el hielo, ayudar a los perros en el arrastre de los trineos y dormir poco y mal. Según lo previsto, a los 12 días de marcha el primer grupo de apoyo dejó la expedición para llegar al campamento en los primeros días de abril. Pero los días pasaban y el grupo de Querini no aparecía. El paso del tiempo sin noticias de sus componentes hizo pensar a Luis Amadeo de Saboya que toda la expedición podría haber sufrido algún daño irreparable. El segundo grupo, que había iniciado el retorno el 31 de marzo, llegó al campamento el 18 de abril “en condiciones de salud inmejorables”, según el testimonio del duque de Abruzos. Pero la vuelta del segundo grupo antes que el primero encendió todas las alarmas entre los que habían quedado en la bahía de Teplitz. ¿Qué suerte habían corrido los del primer grupo de apoyo?. Luis Amadeo de Saboya ordenó entonces expediciones por la costa, por las banquisas más cercanas e incluso por algunas de las islas más próximas, pero no hallaron ningún rastro de su paradero.</p>
<p>Entretanto, el 25 de abril, ante las dificultadas, y superada la fecha para iniciar su retorno a Teplitz, el capitán Humberto Cagni decidió abandonar la empresa y volver con sus hombres al punto de partida. Habían alcanzado los 86º 34’ N, el punto más septentrional logrado hasta entonces por el hombre. Los perros que quedaban estaban muy cansados; algunos habían sido sacrificados para alimentar a los supervivientes; la tienda de campaña “ya está cayéndose a pedazos” contó Cagni en su diario, y el temor a que el deshielo hiciera imposible el regreso se impuso sobre la incierta aventura de llegar vivos al Polo Norte. La temperatura era de -35º y, mirando al norte, el capitán italiano escribió: <em>“más allá, sobre el nítido horizonte, divísase entre levante y poniente una especie amurallada, de color azulado, que, desde lejos, parece inaccesible. Es nuestro ‘¡Terrae ultima thule!’”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN ÉXITO CON PÉRDIDAS DOLOROSAS</strong></p>
<p>Después de dejar sobre la nieve tres pequeños canutos herméticamente cerrados con cera como prueba de su presencia allí, la expedición emprendió dio la vuelta. <em>“Fuertes corrientes heladas y falta de víveres hicieron difícil y penoso el regreso de este grupo; el cual, habiendo tenido que alimentarse durante varias semanas con carne de perro, llegó a la cabaña el 23 de junio, después de haber pasado 104 días sobre el pack (banquisa)” </em>relató el duque de Abruzos en su informe para su primo el rey Víctor Manuel III, que había heredado el trono al ser asesinado Humberto I en Monza en el transcurso de la expedición. El 16 de agosto de 1900 el <em>Estrella Polar </em>abandonó la bahía de Teplitz sin los tres desaparecidos: Querini, Ollier y Stökken. El duque de los Abruzos abandonó allí todo el equipo no necesario y víveres para alimentar durante un año a veinte personas, 4 perros y dos perras con dos cachorros que habían nacido en el invierno, con la esperanza de que los desaparecidos encontraran en algún momento el campamento. En distintos lugares de las islas del archipiélago del Emperador Francisco José dejaron para los desaparecidos depósitos visibles conteniendo cartas con la promesa de enviar una nave de socorro en el verano siguiente. El 5 de septiembre, desde el Estrella Polar divisaron las cumbres de los montes de Noruega: la expedición había terminado con tres desaparecidos y el récord de haber llegado más al norte que nadie.</p>
<p>El explorador italomadrileño Luis Amadeo de Saboya continuó su vida de aventuras. En 1906 organizó una expedición a las montañas Rwenzori, en Uganda, donde escaló 16 de sus más altas cumbres; hoy una de ellas lleva su nombre. Tres años más tarde intentó sin éxito conquistar el K2 en el Karakorum, donde una vía de ascenso se conoce como la ruta de Abruzos. Combatió en le guerra italo-turca (1911-1912) y en la Primera Guerra Mundial. Sus últimos años los vivió explorando y fundando poblados en la Somalia italiana, donde murió el 18 de marzo de 1933.</p>
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		<title>Tres frailes naturalistas españoles en la América Virreinal</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tres-frailes-en-america/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 08:41:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Elisabeth Eguía, Eugenio Fernández Sánchez, Javier M. Fernández-Rico, Antonio Martínez Mozo y César Pollo Mateos, del CLUB DE FAUNA de la SGE Bibliografía: Boletín 58 &#8211; La Geografía del [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Elisabeth Eguía, Eugenio Fernández Sánchez, Javier M. Fernández-Rico, Antonio Martínez Mozo y César Pollo Mateos, del CLUB DE FAUNA de la SGE</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-58-la-geografia-del-siglo-xxi/">Boletín 58 &#8211; La Geografía del siglo XXI</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Suele considerarse que la conquista española del continente americano estuvo dominada por dos preocupaciones: los metales preciosos y la necesidad de evangelizar a los indígenas. Así, los españoles habrían vivido de espaldas a esos vastos espacios desde las altas mesetas del oeste norteamericano hasta las ventosas estepas patagónicas.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La realidad no es tan simplista y hubo hombres que recorrerían polvorientos caminos para erigir endebles parroquias y llevar la palabra de Dios a ignotas comunidades indígenas. Hablaremos aquí de tres de esos hombres. Hombres que se sirvieron de su cotidiano contacto con las poblaciones naturales, y, absorbiendo sus conocimientos sobre geografía y naturaleza, observaron, reflexionaron y tomaron conciencia de una naturaleza que se les estaba revelando. Tomaron cálamo y papel y escribieron sus observaciones y reflexiones, difundiendo ese conocimiento por la Europa de su tiempo. Podemos reivindicarlos con todo derecho como hombres que contribuyeron al conocimiento geográfico, etnográfico, botánico y zoológico de América. Como Club de Fauna, vamos aquí a destacar sus aportaciones al conocimiento zoológico de la fauna americana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN PROCÓNSUL DE IGNACIO DE LOYOLA EN TIERRAS DEL INCA</strong></p>
<p>José de Acosta (1540-1600) fue un misionero jesuita que nació en Medina del Campo. Estudió en varios colegios de la Compañía de Jesús en Castilla, especialmente el de Alcalá de Henares, entre 1559 y 1567.</p>
<p>En 1571, partiría hacia las Indias. Salió de Sanlúcar de Barrameda rumbo a La Española, donde pasó un año fogueándose como misionero. En 1572, llega a Lima, donde se desempeña como lector y predicador del Colegio de la Compañía, poniendo de manifiesto sus dotes de oratoria y elocuencia. Realiza tres viajes por el interior del Virreinato: en 1573-1574, 1576-1577 y 1578. A través de estos viajes toma conciencia de la naturaleza de Perú, así como las condiciones de vida de los indios en las minas de Huancavelica y Potosí. Aprende el quechua y, a través de él, conoce su cultura e historia. En 1576 alcanza el cénit de su carrera al ser nombrado Provincial del Perú. Tras su experiencia indiana, Acosta regresó a España en 1587, donde fue nombrado rector del Colegio de Valladolid, del de Salamanca y visitador de Aragón y Andalucía. Publica entonces (1590) la obra que aquí nos ocupa: <em>“Historia Natural y Moral de las Indias”</em>. Fallece en Salamanca a los 59 años de edad.</p>
<p>Su <em>Historia Natural y Moral de las Indias, en que se tratan las cosas notables del Cielo, elementos, metales, plantas y animales dellas; y los ritos y ceremonias, leyes y govierno y guerras de los indios </em>es un ejemplo de obra magna, a la manera de la de otros sabios naturalistas como Athanasius Kircher o Alexander von Humboldt. La obra se divide en siete libros y cada uno de ellos en capítulos, que facilitan su lectura. Trata de Astronomía y Meteorología, Hidrología y Geografía, Antropología, movimientos sísmicos y vulcanismo, recursos metalíferos -algo decisivo en la época- y su extracción, y sobre recursos alimenticios, verduras y frutas que, a día de hoy, nos siguen resultando exóticas.</p>
<p>En el quinto libro nos habla sobre los Indios y, en el sexto, en un alarde de bonhomía, se estipula que <em>es falsa la opinión de los que tienen a los Indios por hombres faltos de entendimiento</em>.</p>
<p>Es al final del libro cuarto, entre los capítulos XXXIII y XLI, donde Acosta trata la fauna de las Indias, aspecto que se va a resumir.</p>
<p>Acosta distingue la fauna introducida por los españoles, la propia de las Indias y la compartida entre las Indias y Europa. En cuanto a ésta última, Acosta incluye <em>leones, tigres, osos, jabalíes, zorras y otras fieras y animales silvestres</em>, aunque no parece entender que aparezcan en ambos lugares, ya que <em>pasar a nado el océano es imposible. </em>Termina admitiendo con candidez: <em>conforme a la divina Escritura, todos estos animales se salvaron en el arca de Noé, y de allí se han propagado en el mundo, </em>con lo que cierra provisionalmente el círculo que, siglos más tarde, reabriría Alfred Wegener con su teoría de la deriva continental.</p>
<p>Los leones <em>no son bermejos, ni tienen aquellas vedijas con que los acostumbran pintar. </em>Se refiere al puma o león americano, <em>Puma concolor</em>, Los tigres, sin embargo, son mucho más <em>bravos y crueles, y maculosos </em>(con manchas). Se trata del jaguar, <em>Panthera onca</em>, que se caracteriza por sus manchas en forma de rosa. Es habitual que se llame “tigre” en toda Hispanoamérica. La tercera categoría es la fauna autóctona, de la que nuestro jesuita se maravilla al no entender que, si todos los animales salieron del Arca de Noé tras el diluvio y, <em>si los carneros del Perú y los que llaman pacos y guanacos no se hallan en otra región del mundo, </em><em>¿quién los llevó al Perú?, ¿o cómo fueron? Pues no quedó rastro de ellos en todo el mundo; y si no fueron de otra región, ¿cómo se formaron y produjeron allí? ¿Por ventura hizo Dios nueva formación de animales? </em>Estas agudísimas preguntas volvería a hacérselas más adelante Charles Darwin tras su viaje en el <em>Beagle</em>.</p>
<p>También se describen los animales de monte: los crueles <em>porquezuelos</em>, con sus colmillos como navajas (se refiere a un pariente americano de los cerdos: los pecaríes, <em>Pecari tajacu</em>), o los armadillos: <em>yo he comido de ellos: no me pareció cosa de precio.</em></p>
<p>De toda la fauna que Acosta describe en esta obra, la que más despierta su admiración es la familia de camélidos andinos: la llama o <em>carnero de las Indias </em>que, según explica, <em>es el animal de mayores provechos y de menos gasto de cuantos se conocen. </em>Distingue dos tipos de llamas: el <em>paco </em>o <em>carnero lanudo </em>(posiblemente una alpaca) y el <em>carnero raso</em>, de poca lana, más apto para la carga.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL ENFERMERO DE OAXTEPEC</strong></p>
<p>El aragonés Francisco Ximénez de Luna, natural de la villa de Luna, en Zaragoza, se debatía entre servir a Dios o servir a los hombres. El doctor Nicolás León, en su edición de <em>Los cuatro libros de la Naturaleza</em>, Morelia, México, 1888, afirma que Francisco Ximénez estuvo recorriendo España e Italia, antes de embarcarse a las Indias.</p>
<p>En 1605 llega a Nueva España, donde en 1612 realiza su profesión en la Orden de Santo Domingo. Datos que no se han podido contrastar. Lo que sí hemos podido comprobar es que un tal Francisco Jiménez aparece en el año 1603 en la lista de pasajeros del barco <em>Alonso Gómez</em>, que llevaba una expedición de religiosos dominicos con destino a Nueva España, bajo la jefatura del procurador Antonio Gil Negrete. Por tanto, Fray Francisco ya habría profesado en España. Los dominicos viajaban a Indias en expediciones organizadas. Los religiosos se reunían en los puertos de Sevilla o Cádiz hasta que se completaba el número de los expedicionarios y, bajo la dirección de un procurador, se iniciaba la travesía que, en el caso de Nueva España, tenía como destino Veracruz.</p>
<p>Su destino fue encargarse del Hospital del Convento de Oaxtepec, en el actual estado mexicano de Morelos. Oaxtepec era un lugar conocido ya en los tiempos aztecas. Se trata de un pequeño paraíso, situado al sur de la Serranía de Ajusco, y dotado de un clima suave, bosques, fuentes y manantiales sulfurosos. Moctezuma hizo de Oaxtepec un centro medicinal: mandó plantar un verdadero jardín botánico de diversas plantas curativas y aromáticas. Pronto se hizo famoso por sus médicos, sus brujos, herbolarios y agoreros. Y pronto Oaxtepec llamó la atención de Hernán Cortés. Tal como escribía a Carlos I: <em>“Llegamos a Guastepeque, la cual huerta es la mayor y más hermosa y fresca que nunca se vio, porque tiene dos leguas de circuito, y por medio de ella va una muy gentil ribera de agua: y de trecho en trecho, cantidad de dos tiros de ballesta, hay aposentamientos y jardines muy frescos, e infinitos árboles de diversas frutas, y muchas yerbas y flores olorosas, que cierto es cosa de admiración ver la gentileza y grandeza de toda esta huerta”</em></p>
<p>Fray Francisco hacía algo más que dirigir el hospital. Leía, anotaba y reflexionaba sobre un manuscrito que, <em>“por extraños caminos” </em>había caído en sus manos. Se trataba de una <em>“Historia Natural” </em>que, sobre Nueva España, había escrito el doctor Francisco Hernández. Era un encargo del rey, en 1570, a Francisco Hernández para recoger información sobre plantas útiles, animales y minerales de aquella tierra. El viaje se convirtió en una dura prueba de siete años. Pero la tradicional desidia hispánica hizo que todo su trabajo reposara en un estante del Monasterio de El Escorial sin ser publicado. Pero varios manuscritos quedaron en Nueva España.</p>
<p>Uno de esos manuscritos llegó al Convento de Oaxtepec por desconocidas circunstancias. Cuando Fray Francisco empezó a leerlo se dio cuenta de varios errores en la nomenclatura de ciertas plantas medicinales que él conocía. Y decidió, apoyándose en su experiencia y sus conversaciones con los indígenas, revisar, corregir y aumentar la obra de Hernández. Consiguió publicarla en 1615, con sus aportaciones que sumaban 13 capítulos extra. El título completo de la obra era: <em>Cuatro libros de la Naturaleza y virtudes de las plantas y animales que están recibidos en el uso de la Medicina en la Nueva España.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>He aquí un pequeño resumen de los animales más notables que menciona:</p>
<p><strong><em>Ayatochtly</em></strong></p>
<p><em>Que quiere decir conejo con concha de tortuga y que en español se conoce como armadillo. Es descrito como un perro de tamaño pequeño, con unas láminas duras como la concha de una tortuga, con pezuñas como los del erizo terrestre.</em></p>
<p><strong><em>Themacuilcahuya</em></strong></p>
<p><em>Cierto género de lagarto. Tiene la cola larga y las patas cortas, la lengua que mueve de un lado al otro, bermeja, partida en dos, cubierto el cuerpo por un cuero duro con pintas pequeñas leonadas y blancas. </em>Se trata del “Monstruo de Gila” <em>Heloderma suspectum, que tiene mordedura venenosa.</em></p>
<p><strong><em>Acuitzpalin</em></strong></p>
<p><em>Lo que llaman cocodrilos o caimanes, que viven en muchas lagunas de Nueva España, estanques y otras aguas</em>. México es uno de los países donde coexisten caimanes, con una especie: Caiman crocodylus, y cocodrilos: Cocodrilo de Río <em>(Crocodylus acutus</em>) y el Cocodrilo de Pantano <em>(Crocodylus moreletii)</em>.</p>
<p><strong><em>Axolotl</em></strong></p>
<p><em>Un tipo de pez que se encuentra en las lagunas, tiene cuatro patas como una lagartija. El vientre pintado con unas manchas grises, con una cola larga, nada con cuatro pies terminados en cuatro dedos semejantes a los de las ranas. A quien lo come, provoca lujuria. Semejante a la carne de anguila, suelen comerse fritos, asados o cocidos, con pimienta, clavo, con chile. </em>Aunque se describe como “pez”, en realidad el ajolote <em>Ambystoma mexicanum </em>es un anfibio emparentado con las salamandras y tritones. Es endémico de las lagunas de México.</p>
<p><strong><em>Yhuana</em></strong></p>
<p><em>Un tipo de lagarto que los habitantes de La Española llaman yhuana y lo mexicanos Qiauhcuetzpalin. Se duda si es carne o pescado, porque habita tanto en el agua como en tierra, como las tortugas. </em>Se trata de la conocida <em>Iguana iguana</em>, ampliamente distribuida por América.</p>
<p><strong><em>Lobos marinos</em></strong></p>
<p><em>Hay una gran cantidad en ambos océanos de Nueva España. Es un animal muy fiero y enemigo de los tiburones con quien no se atreven, salvo que sean muchos contra un solo lobo marino. </em>La referencia a los dos océanos testimonia la presencia de la foca monje del Caribe <em>Neomonachus tropicalis </em>extinguida en 1952. En el Pacífico son abundantes los otarios <em>Zalophus </em>y los elefantes marinos <em>Mirounga angustirostris.</em></p>
<p><strong><em>Gatos paules</em></strong></p>
<p><em>Que llaman otzumetli. Se encuentran en las tierras calientes de Nueva España, tienen la cabeza casi como la de los perros, quieren a sus crías al extremo, se mueven de árbol en árbol, pasan los ríos cogidos de las colas. Tiene una sola cría que cuidan con extraordinaria piedad y amor, las crían en las altas cumbres de los montes. </em>En español, se hacía la distinción entre monas, o sea, simios sin cola, y gatos paúles, o simios con cola.</p>
<p><strong><em>Tapayaxin</em></strong></p>
<p><em>Lo que los españoles llaman Camaleón. Una especie de lagartija, pero con el cuerpo redondo y liso. Tiene la cabeza muy dura y horrible por las puntas que tiene dispuestos con forma de guirnalda. Tiene una cosa muy notable y única, y es que apretándole los ojos y lastimándoselos echa por ellos unas gotas de sangre hasta dos y tres pasos de distancia. Es el lagarto espinoso mexicano Phrynosoma orbiculare.</em></p>
<p><strong><em>Teuchtlacoçauhqui</em></strong></p>
<p><em>La señora de las serpientes. Es una fiera atroz que los españoles por ser su mordedura mortal llaman víbora. </em>Es inequívoco que se está describiendo aquí una de las especies de la serpiente de cascabel: <em>El mismo número de años que tiene la serpiente corresponde al número de cascabeles que le nacen en la parte posterior de la cola.</em></p>
<p><strong><em>Yzqviepatli</em></strong></p>
<p><em>Que nosotros llamamos zorrillo. Tiene casi dos palmos de largo, el hocico delgado y las orejas pequeñas, el cuerpo negro y con pelo, principalmente cerca de la cola, que es larga y cubierta de un pelo blanco y negro como la misma espalda. </em>Se está describiendo a la mofeta, uno de los mustélidos (familia de las comadrejas) más notables de Norteamérica: <em>Además, todo él tiene un mal olor y su orina y el estiércol huele como ninguna otra cosa en el mundo por lo que cuando se encuentra en peligro basta con orinar o expeler las heces para librarse de cualquier cosa porque nadie se acercará a menos de seis u ocho pasos.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>VOLCANES Y QUETZALES. LA FASTUOSA NATURALEZA GUATEMALTECA</strong></p>
<p>Fray Francisco Ximénez de Quesada está considerado como uno de los más importantes historiadores dominicos del siglo XVIII. Su obra tiene como objetivo un honesto interés por conocer y valorar la cultura indígena de Guatemala. Nació en Écija, en 1666 y desde pequeño mostró vocación religiosa, por lo que al término de sus estudios ingresa en la orden de los dominicos, y se traslada a América, donde fue párroco en varias localidades de Guatemala, como Chichicastenango, entonces Santo Tomás de Chuilá. El viaje desde España no era fácil. Había que realizar el recorrido marítimo entre Sevilla/Cádiz y Veracruz. Luego había que ganar Ciudad de México y, desde la antigua capital azteca, se tomaba el camino hacia Chiapa de Corzo para tomar el denominado Camino Real hasta Ciudad de Guatemala, conocido desde tiempos aztecas, y que servía para el intercambio del cacao de las Tierras Calientes por la obsidiana y jade guatemaltecos. Allí, Fray Francisco aprendería las lenguas mayas, quiché, cakchiquel y tz’utujil. Moriría en la Antigua Guatemala en 1723.</p>
<p>A principios del siglo XVIII, mientras ejercía como cura en la actual población de Santo Tomás Chuilá, hoy Chichicastenango (Guatemala), descubrió y tradujo el <em>Popol Vuh</em>, el libro sagrado de los quichés, considerado el libro nacional de Guatemala.</p>
<p>Como muchos otros misioneros, plasmó sus experiencias viajeras en una detallada descripción etnográfica y naturalista del país: <em>“La Historia natural del Reino de Guatemala” </em>(1722). El libro describe la flora y fauna de Guatemala y anota las propiedades de plantas y animales, su aprovechamiento medicinal e industrial, así como las creencias indígenas. Nos hemos basado para su estudio en la edición de 1967.</p>
<p>Destacaremos aquí las especies animales más notables mencionadas en su obra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Los animales</em></strong></p>
<p>Destaca de entre ellos la <strong><em>danta</em></strong><em>, que se asemeja al elefante. Se cría en las montañas más altas. Feroz e indómito, no se domestica. </em>Se refiere al tapir centroamericano <em>Tapirus bairdii</em>, un pariente de los caballos y rinocerontes.</p>
<p>Describe la <strong><em>cibola</em></strong><em>, que en un principio se tomó por gran toro o vaca, pero sin duda pertenece a otra especie de animal. Es de hechura del ganado vacuno y tiene cuernos, pero de pelo tan crecido y espeso, que su piel sirve de colchón para los caminantes, sin necesitar de más cama. </em>Es ésta una referencia notable. Los españoles llamaban “cíbolo” al bisonte americano Bison visón, que en Centroamérica estaba extinguido. ¿Tuvo noticias Fray Francisco de poblaciones supervivientes en el Reino de Guatemala?</p>
<p>Habla del <strong><em>lobo</em></strong>, <em>que aquí llaman coyote, y es muy común. Es animal sumamente desvergonzado y atrevido.</em></p>
<p>Los <strong><em>erizos </em></strong><em>son parecidos a los de Europa, aunque con las puntas algo amarillas, y sacudiéndolas llenan las bocas de los perros de ellas. </em>Los “erizos”, que no existen en América, son los puercoespines de la familia Erethizontidae, que son roedores.</p>
<p>De los <strong><em>monos</em></strong><em>, todos ellos poseen cola. Son domesticables y aprenden muchas cosas. Otros, con barbas muy largas y se les hincha mucho la garganta cuando gritan. </em>Es seguro que el mono que grita es el mono aullador <em>Alouatta</em>.</p>
<p><em>Del animal que aquí llaman </em><strong><em>tigre</em></strong>, narra que hay dos géneros, <em>y el más común es grande. </em>Los dos géneros de “tigre” se refieren, el grande, al jaguar <em>Panthera onca </em>y el pequeño el ocelote <em>Leopardus pardalis </em>o el tigrillo <em>Leopardus tigrinus</em>.</p>
<p><em>Al animal que en España se llama comadreja, aquí la llaman </em><strong><em>cux</em></strong><em>, y es muy parecida. Es mayor que la rata más grande, entra por cualquier hueco y mata a las gallinas. </em>Aquí se hace referencia a la zarigüeya <em>Didelphis virginiana.</em></p>
<p><strong><em>Las culebras</em></strong></p>
<p><em>En Guatemala hay tantas que son innumerables. De entre ellas, destaca la que comúnmente llaman </em><strong><em>Mazatcuat</em></strong><em>, que en mejicano significa culebra de venados, porque llega a tener un tamaño tan considerable que puede llegar a ser como un buey. </em>Es la <em>Boa constrictor </em>que hoy recibe el nombre de <em>“mazacuata”</em>.</p>
<p><strong><em>Las aves</em></strong></p>
<p>Destaca una de las aves más hermosas que existe en América: el <strong><em>queçal</em></strong>, <em>Es como una paloma verde, con tonos azules y encarnados y tiene como una corona en la cabeza, que asemeja una diadema que lo embellece. </em>El espectacular quetzal, preciosa ave nacional de Guatemala, sólo en ese país tiene siete especies. Pertenece al género <em>Trogon</em>.</p>
<p>También habla sobre el <strong><em>tecolote</em></strong>, <em>ave nocturna a la que los indios maltratan ya que dicen que es mensajera del infierno. </em>Es el nombre que en Centroamérica se le da a los búhos.</p>
<p><strong><em>Los peces</em></strong></p>
<p>A destacar el <strong><em>manatí</em></strong>, <em>de tamaño de un ternero de año, siendo su cabeza muy similar a este último. De cola ancha, llega a las orillas a comer hierba, como los bueyes. </em>Llama la atención la inclusión del manatí, un mamífero, dentro del grupo de los peces.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Menciona también las <strong><em>tortugas</em></strong>, muy numerosas y diversas. <em>Ponen sus huevos todos juntos en la arena y luego los tapa, y allana el suelo para que no se note. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Juan de Novoa. Un explorador gallego en la Armada de Portugal</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/juan-de-novoa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 08:31:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Enrique Morales Cano Bibliografía: Boletín 53 &#8211; Imperio Otomano Nacido en Maceda en 1460 y establecido en Lisboa casi treinta años después, desempeñó un importante papel en la historia [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/juan-de-novoa/">Juan de Novoa. Un explorador gallego en la Armada de Portugal</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Enrique Morales Cano</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-53-especial-imperio-otomano/">Boletín 53 &#8211; Imperio Otomano</a></p>
<p><strong>Nacido en Maceda en 1460 y establecido en Lisboa casi treinta años después, desempeñó un importante papel en la historia de la navegación portuguesa, sirviendo primero a Juan II y siendo más tarde hombre de confianza de Manuel I el Afortunado. Descubrió la isla de Santa Elena y la de Ascensión, realizó tres viajes a la India en busca de las muy codiciadas especias, y destacó por sus buenas artes diplomáticas.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>De Maceda a Lisboa</strong></p>
<p>La historia de este noble gallego nacido en Maceda (Orense), Juan de Novoa para los españoles, Joao da Nova en el ámbito histórico portugués, se remonta a la Era de los Descubrimientos. Se trata de un complejo personaje para una época también compleja, que forma parte con todo mérito y honores de esa desdichada legión de seres injustamente olvidados, de quienes ya nadie se acuerda, ni apenas consta memoria. Originario del castillo de Maceda, en medio de un entorno paradisíaco, pertenecía por derecho propio a la baja nobleza gallega. Las perdurables sevicias cometidas contra el campesinado gallego se habían hecho ya por entonces tan ostensibles como crónicas, y así, ante las atrocidades de todo sesgo cometidas contra el campesinado, optó el gallego por marcharse. Tal decisión le supondría a Xoan cruzar para siempre la raya portuguesa para salvar la cabeza en lo mejor de su existencia, la treintena. Ya no volvería más a la amada tierra. No obstante, dadas sus buena cualidades, enseguida entra con buen pie a servir a Portugal, volcado entonces en la conquista del norte de África y deslizándose en sucesivos descubrimientos por la costa occidental africana, en busca incansable del cruce del Atlántico con el Índico que les llevaría directamente a la India, el capital mundo de las especias.</p>
<p>Una vez en Lisboa se hizo amigo de Tristán de Acuña, favorito del rey Manuel I y figura de máximo y reconocido esplendor en todos los terrenos públicos imaginables, sociales, culturales y sobre todo financieros. Con este “comodín” en mano y las habilidades y conocimientos públicamente desplegados, Novoa se haría, a no muy tardar, con la alcaldía de Lisboa, y bajo su férula recaería también la seguridad ciudadana lisboeta, así como las implícitas funciones de guardián del estratégico castillo de San Jorge. Pero su mundo no era el de la burocracia, lo oficinesco ni el alto funcionariado, aunque tan bien supiera, no obstante, lidiar con todo ello; ni la codicia le cegó nunca desde los puestos que paulatina y gustosamente mantenía correspondidos y ciertamente conquistados. Su afán era proseguir el latido explorador y seguir los pasos de los primeros pioneros en pos de la India, seducción a la que ya habían caído en pleno, por su parte, tanto Gama como luego a continuación Álvares Cabral.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Al mando de La Flor de la mar</strong></p>
<p>Cuando Novoa (o da Nova) marchaba firmemente ya a la India sin más tropiezos, encomendado a Dios y la mayor de las fortunas, Cabral, en cambio, andaba perdido por algún lugar del universo marino. Acabando por devolver apenas siete de los 13 navíos con los que partiera de Lisboa, dos de los cuales, además, vacíos en contenido de especias: razón por la cual quizá la acogida en la corte no fuera especialmente tan allegada como otras, ni tan calurosa. Nervioso, pues, Manuel I por falta de noticias ultramarinas, ordena entonces al gallego encabezar la III flota hacia el Indostán, al frente de cuatro carabelas, cuyo buque insignia -que comandará siempre-, ofrece el bello nombre de “Flor de la mar”, en español. Sería el título que, en adelante, llevarían sucesivas naves capitanas de la Armada lusa.</p>
<p>A su feliz regreso, sin más contratiempos que el cruce del siempre temido Cabo de Buena Esperanza, Juan de Novoa descubre la isla de Santa Elena, auténtico bastión reparador a lo largo de toda la extensísima y peligrosa “Carrera de la India”. A la ida, había avistado ya otro enclave isleño, igualmente aislado en la inmensidad del vacío navegable, Concepción, por todas partes marginado de tierra e incrustado en medio de la nada del Atlántico Sur, luego conocido por Ascensión. Tiene la isla la implícita particularidad de disponer de la mejor aguada de “la Carrera de la India”, así como de haber sido el lugar de natural anclaje, hospital, reposo de la tripulación y reaprovisionamiento de naves. Sin olvidar el determinante factor de servir de punto de encuentro para reagrupar y defender las flotas provenientes del rico Malabar indostánico, constantemente atacadas por sus enemigo. Cada vez más cargadas de preciadísimas y caras especias, estaban permanentemente bajo el acecho de las flotas holandesas, primero, y más adelante de otras potencias europeas.</p>
<p>Novoa cruza, pues, el Cabo de Buena Esperanza en que entrechocan las aguas frías con las más cálidas índicas, y llega final y bonanciblemente a Cananor con la suerte permanentemente de cara. Una vez llegado a la costa india, y gracias a sus buenos  oficios y fácil labia, se gana para Portugal la voluntad del rey local. En realidad, pese a exigidos intentos comerciales, previamente evidenciados y comandados por Gama y Cabral, de sustentar firmes bases económicas en la zona, es da Nova, sin embargo, quien formalmente funda la primera factoría sobre bases operativas estables en dicha localidad costera. Tal negociación le supone cargar las naves de preciosísimas especias y regresar a casa con cuantos navíos partió sin contratiempos. Algo que, sin embargo, raras veces solía ocurrir, a causa de ataques o fieros temporales que desbarataban las escuadras anuales a la India.</p>
<p>Mientras el imperio ultramarino español, por su parte, se estaba asentando sobre las tierras más cercanas de América, los portugueses se meten de lleno por su parte en la auténtica “boca del lobo”. Unos mares y unas tierras pisadas y disputadas por imperios tan sólidos, fuertes y aguerridos como los persas, hindúes o como los mogoles. Sin contar tampoco -en tránsito por la costa oriental africana rumbo al Malabar- con la virulenta y combativa animadversión demostrada por algunos enclaves árabes y negros. Tan solo los comisionistas de especias venecianos, que comerciaban el producto con Europa vía Mediterráneo, eran institucional y cordialmente aceptados a base de acuerdos, entramados, y encontrados intereses.</p>
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<p><strong>Enfrentamiento naval en la bahía de Cananor</strong></p>
<p>En este entorno histórico, dispuesto Juan de Novoa a zarpar hacia Portugal con las naves casi repletas de especias, y coronar así con indudable éxito tan arduo periplo (que le llevaría incluso en su segunda expedición a la India, de 1505, a descubrir Sri Lanka), se dio de bruces con toda la bahía de Cananor bloqueada por fuerzas enemigos. Advertido por sus fieles de no plantar cara, pues el mínimo intento de cruzar esas aguas sin permiso conduciría a un devastador abordaje en masa, se le aconseja aceptar la situación y rendirse. Pero Xoan, sin dudarlo, ordena reagrupar desde “Flor de la mar” sus cuatro frágiles carabelas, frente a centenares de barcos de toda clase y pertrechos dispuestos a asfixiar sus planes y abordarle. Así, el gallego se lanza en tromba sobre la sólida y estructurada muralla enemiga, la atraviesa ante la estupefacción general y ,una vez realizada tal proeza, dispara contra ellos sus cañones de bronce haciendo añicos las embarcaciones de sus incrédulos enemigos, que disponiendo tan sólo de inferior artillería de hierro, se retiran derrotados. Llevando a la práctica una táctica de ataque que se consagró en la guerra naval hasta épocas muy recientes.</p>
<p>Victorioso, volvió en 1505 con su protector Tristán de Acuña al mando de una nueva flota expedicionaria a la India, pero una repentina ceguera de su amigo le obliga a salir de nuevo en solitario hacia el Malabar. A su regreso, problemas de salud y el mal estado de su nave le hacen recalar durante meses en las isla de Pemba, muy próxima a la costa africana. Allí llega a rescatarle Acuña, restablecido de su mal, comandando otra poderosa flota anual a la India. Repara la nave de Joao y trasvasa las codiciadas especias varadas en Pemba a otra embarcación, que dirige de inmediato rumbo a Lisboa.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Días de trabajo y olvido en Cochin</strong></p>
<p>Pero la llegada de socorro de su providencial amigo ocasionará, no obstante, el comienzo de todas las sucesivas desgracias para Novoa, al surgir en escena su auténtica bestia negra, el mítico y legendario personaje asociado a Acuña Alfonso de Albuquerque, quien se enfrentará una y mil veces, humillándole, a nuestro gallego. Se producen, pues, a continuación múltiples enfrentamientos inútiles y atroces, y tras el fracaso de la toma de Adén, finalmente las fuerzas lusas se reunifican en la India, regida ya por su primer virrey, el loable Francisco de Almeida.</p>
<p>Allí, hasta su muerte en Cochín en 1509, Juan de Novoa sigue oponiéndose al de Alburquerque y, posteriormente, participa de forma activa en diversas y trascendentes batallas navales, que consolidan la primacía portuguesa en la zona. Fallecería en dicha ciudad portuaria en situación económica menesterosa, señalan las crónicas de los principales historiadores (Gaspar Correia, etc.), siendo precisamente su principal rival, Alburquerque, quien habría de pagarle el entierro. Lo cierto es que su verdadero patrimonio no está del todo esclarecido, pues, según se sabe, en su momento llegó a testar, dejando posiblemente legado a sus deudos. Incluso, al parecer, adquirió una casa al rey, adosada a la iglesia lisboeta de la Concepción (muy devota de los marinos próximos a zarpar) para edificar una capilla.</p>
<p>Hoy, Juan de Novoa, o Joao da Nova -como indistintamente se quiera- parece, en cambio, no existir en Portugal, España ni ninguna parte. Entre portugueses, quizá por oscurecer luces o ampliar sombras de los grandes mitos marinos de sus inmediatos precursores y pioneros en la apoteósica “Carrera de la India”, los Gama y Cabral. Así, en el mastodóntico monumento levantado en loor de los descubrimientos erigido en Lisboa, próximo a la maravillosa Torre de Belém, quedan esculpidos perdurablemente hasta los necesarios zapateros, cocineros y barberos acoplados a la magna gesta, pero ni rastro del bueno de Juan, que tanto hizo por arraigar el Imperio.</p>
<p>En España, la desatención sin duda se debe a la desidia hispánica hacia los propios que han llevado a cabo grandes proezas con otros. Pero ningún olvido puede borrar la obra hecha y bien concluida de Joao da Nova.</p>
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		<title>Cuando los Vikingos llegaron a Compostela</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/vikingos-compostela/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Jun 2022 09:42:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 71 &#8211; Sociedad Geográfica Española Camino de Santiago. En el siglo IX el rumor de la existencia de la tumba del apóstol, en un remoto rincón [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 71 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Camino de Santiago.<br><br><strong>En el siglo IX el rumor de la existencia de la tumba del apóstol, en un remoto rincón de la Europa Occidental, traspasó rápidamente las fronteras. Los peregrinos narraban sus vivencias, junto al lujo que ornaba la última morada de Santiago el Mayor. La historia de aquella tierra, rica y sagrada para los cristianos, llegó hasta los señores del mar en el Norte, los vikingos, siempre ávidos de botín y nuevas expediciones. Santiago se convirtió en un objetivo. En sus mitos la llamaron Jakobsland.</strong></p>



<p>El primer domingo de agosto, en la localidad gallega de Catoira todavía se puede vivir un desembarco vikingo y participar heroicamente en la defensa del territorio. Los <em>drakkar </em>aparecen encarando la ría, y los habitantes del pueblo se congregan para presentar batalla. Invasores y defensores acaban regando sus diferencias con vino, música y risas, en una fiesta que ya se ha declarado de interés turístico nacional. No se trata de ninguna invención, sino de la recreación de una batalla real, una de las varias en que Galicia se vio envuelta, hace ya un milenio, en relación con los temibles hombres del Norte, los <em>lordemanos</em>. Acostumbrados a los atractivos botines que conseguían en los monasterios, pensando en las presuntas riquezas que debían rodear al que ya se promulgaba como el mayor templo de la Cristiandad, los vikingos se hicieron a la mar para conquistar Jakobsland, no una ni dos, sino hasta cinco veces a lo largo de cuatro siglos. Escandinavia era ya una potencia naval, y la orografía gallega facilitaba el acceso a diferentes poblaciones a través de sus rías, por no hablar de que Galicia reunía todas las características necesarias para convertirse en un lugar de aprovisionamiento, en otras posibles incursiones, al también deseable Al Andalus o a las riberas del Mediterráneo.<br></p>



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<p><strong>LA PRIMERA INVASIÓN VIKINGA</strong></p>



<p>La primera irrupción de los vikingos en Galicia aparece ya reflejada en los <em>Annales Bertiniani</em>. En el mes de agosto del año 844, una expedición de hasta 150 barcos daneses arribó a las costas de Galicia, saqueando una a una las aldeas costeras, hasta que fue rechazada por las tropas de Ramiro I de Asturias en los alrededores del <em>Farum Brecantium</em>, la actual Torre de Hércules en A Coruña. Apenas 15 años después, en el 858, y ya durante el reinado de Ordoño I, los vikingos -no sabemos si los mismos, o sus hijos, espoleados por las historias contadas frente al fuego- se internaron en tierras gallegas, a la vuelta de una expedición de saqueo en la costa francesa. Enfilaron la ría de Arosa, y, tras saquear la diócesis de Iria Flavia, llegaron hasta la mismísima Santiago de Compostela, sitiando la ciudad.</p>



<p>Sus habitantes llegaron a pagar un tributo para evitar el saqueo, pero fue la decisiva intervención del conde Pedro, la que derrotó a los vikingos, destruyendo 38 de sus embarcaciones. Como consecuencia de esta expedición, la sede episcopal de Iria Flavia fue trasladada a Santiago.</p>



<p>En el año 951 los vikingos reaparecieron de nuevo, y saquearon distintas aldeas, lo que obligó a que las ciudades se reforzaran en previsión de unos nuevos ataques que llegaron muy pronto. En el año 964 los vikingos regresaron. Y, una vez más, la población tuvo que hacerles frente con el propio obispo Rosendo de Mondoñedo a la cabeza.</p>



<p>Pero los hombres del norte no se dieron por vencidos. Quizá, el botín jamás conseguido de Jakobsland pasara como un reto de generación en generación, ya que, pese al fracaso de las incursiones, siempre había un nuevo contingente dispuesto a arriesgarse en la empresa. En el año 968, el segundo duque de Normandía pidió ayuda a sus parientes daneses y noruegos para atacar al rey de Francia. Estos acudieron con una gran flota vikinga, pero, como una vez derrotado el rey francés se dedicaron a campar a sus anchas por Normandía, el duque se los quitó de encima. Id a conquistar Galicia, debió decirles, <em>“esa tierra tan rica de la que tanto hablan los peregrinos”</em>. Los invitados le hicieron caso y zarparon, probablemente con la intención, no solo de conseguir un botín rápido, sino de crear en ella su propia Normandía.</p>
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<p><strong>MÁS NAVES VIKINGAS PARA LA CONQUISTA</strong></p>



<p>Las crónicas cuentan que arribaron a Galicia unas doscientas naves al mando de Gudrød, a quien los locales llamarían Gunderedo. Cien de ellas se detuvieron en la costa cantábrica de Galicia, y atacaron la diócesis de Bretoña, mientras otras cien se internaron en la ría de Arosa y desembarcaron en el puerto de Iuncariae (Xunqueira), para dirigirse por tierra hasta Santiago. El obispo Sisnando intentó detenerlos en las proximidades de Iria Flavia, pero murió atravesado por una flecha durante la batalla de Fornelos. Esta fue una de las incursiones más exitosas de los hombres del norte. Los vikingos se dispersaron por Galicia, y permanecieron durante cerca de tres años. Incluso se adentraron en Santiago para tratar de hacerse con los restos del Apóstol, pero, como en un designio divino, fueron interceptados por un ejército al mando del conde Gonzalo Sánchez, que consiguió vencerlos en los alrededores de la ría de Ferrol, dando muerte a su líder y quemando la mayoría de sus naves.<br><br><br><strong>INCURSIONES AISLADAS PERO PERTINACES</strong></p>



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<p>Desde el siglo X los vikingos comenzaron a aparecer en Galicia de forma cada vez más esporádica. En el año 1015, dirigidos por el rey Olaf atacaron Castropol, Betanzos, Ribas de Sil y Tuy, a donde llegaron por sorpresa remontando el río Miño. Por el camino, vencieron al ejército del conde Menendo González, y llegaron a secuestrar al obispo Alfonso para exigir un rescate.</p>



<p>En el año 1028, reinando Bermudo III, Ulf el gallego también dirigió una expedición contra las costas gallegas, subiendo por la ría de Arousa. La saga “Knytlinga”, que trata de los reyes que dominaron Dinamarca, dice sobre él: <em>“Partió valientemente con los suyos hacia el Oeste, a la conquista de Jakobsland”</em>.<br><br>Que sepamos nadie tocó los huesos del apóstol, pero Ulf permaneció durante unos 20 años en tierras gallegas -lo que le valió su apodo-, estableciendo una especie de gobernación, y trabajando, incluso, como mercenario de los condes de Galicia. En el año 1047, el Obispo de Santiago, Cresconio, harto de la presencia vikinga, optó por cerrarles el acceso: restauró las “Aras” o Torres de Augusto en Catoira, puso en medio una capilla dedicada al Apóstol Santiago, y rodeó todo el conjunto con unas sólidas murallas a la que acompañó de una cadena en la ría del Ulla. Nacía la fortaleza de “Castellum Honesti”, conocida más adelante como las Torres del Oeste, la llave del Reino de Galicia. Aquí fue derrotada la escuadra de Ulf tras su última expedición, y esto es lo que casi 1000 años después continúan celebrando los vecinos de Catoira cada agosto.</p>
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<p><strong>LA CONQUISTA SE CONVIERTE EN PEREGRINACIÓN</strong></p>



<p>Tras la expulsión de Ulf, las expediciones vikingas en Galicia se redujeron hasta convertirse en historia. La última incursión de un monarca nórdico se produjo en 1108, pero esta sería ya en son de paz: el rey Sigurd de Noruega recorrió como peregrino el camino marítimo del <em>vestvegr</em>, que conectaba Escandinavia con Galicia, en unos ocho días de travesía. Los temibles vecinos del norte se habían ido cristianizando aproximadamente desde el año 1000, y ya no eran tan enemigos.</p>



<p>Todavía algún topónimo de influencia escandinava, como es el caso de Lordemanos, en la provincia de León, nos recuerda la presencia vikinga en estas zonas. Como en todas las pequeñas historias de la Historia, seguramente, alguno de aquellos aguerridos hombres del norte que vinieron buscando las riquezas de Santiago, encontró algún motivo menos material para quedarse.</p>



<p><em>*Periodista y escritora, es autora de «Espejismo, viaje al Oriente desaparecido»</em></p>



<p></p>
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		<title>Relaciones de Indias. Una fuente de información colosal y fiable sobre el clima en el imperio ultramarino español.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/relaciones-de-indias/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 May 2022 09:48:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 70]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Lola Higueras Boletín 70 &#8211; Sociedad Geográfica Española Clima. Tiempo. Historia. Los cuestionarios, a través de los cuales se recababan los datos para documentar las Relaciones Geográficas de Indias, [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Lola Higueras</strong></p>



<p>Boletín 70 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Clima. Tiempo. Historia.<br><br></p>



<p>Los cuestionarios, a través de los cuales se recababan los datos para documentar las Relaciones Geográficas de Indias, se extienden a lo largo de casi tres siglos, y constituyen una de las fuentes más formidables de información sobre el inmenso imperio ultramarino español. Este completo sistema se utilizó en unas treinta ocasiones entre 1530 y 1812, recibiéndose miles de respuestas desde todos los puntos del imperio, de extraordinario valor por la calidad y fiabilidad de los informantes. Los prolijos cuestionarios se confeccionaban en el Consejo de Indias, y en la contestación se vieron involucrados cientos de autoridades de todo tipo, desde las más altas dignidades a corregidores, alcaldes o curas de las más lejanas aldeas.</p>



<p>L a riqueza de los datos aportados, siempre de primera mano y recabados sobre el terreno, fue extraordinaria y muy variada en los temas: datos geográficos de todo tipo, entre los que se solía incluir el clima; demográficos; creación de ciudades y su urbanización; salubridad de la tierra y sus recursos naturales; fauna y flora; censos de población indígena, criolla o española; amplísimos datos económicos; historia eclesiástica; información etnográfica y relativa a la historia antigua y sus monumentos; y finalmente amplísimas noticias político- administrativas.</p>



<p>Sin duda esta colosal organización informativa representa el esfuerzo más importante de la Administración española para conocer todos los aspectos posibles del inmenso y lejano territorio que debía organizar y administrar. Información, en definitiva, para conocer y mejor administrar, este es sin duda el objetivo principal de este gigantesco esfuerzo para conocer “todo” de “todo el territorio”, hasta el lugar mas recóndito.</p>



<p>Pero muy pronto, las Relaciones Geográficas de Indias y su enorme bagaje informativo, servirán también para la divulgación de la América española, ayudando en la publicación de obras históricas, geográficas o eclesiásticas.<br><br><strong>ORGANIZACIÓN DE LOS CUESTIONARIOS</strong></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
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<p>La Disyuntiva del Consejo de Indias para poner en marcha tan ambicioso proyecto, será entre la creación de un cuerpo de funcionarios permanente y especializado, que, adscritos a las diferentes Audiencias americanas, recorrieran el territorio a ellas encomendado. O, por otro, llevar a cabo dicho proyecto con la colaboración de las autoridades indianas, a las que se facilitarían precisas instrucciones para responder los distintos cuestionarios, de manera que las informaciones recabadas en los diferentes lugares del imperio fueran totalmente homogéneas.</p>



<p>El Consejo de Indias elige esta segunda opción, aprovechar el caudal humano y cultural de las autoridades “menores” hispanoamericanas.</p>



<p>Por lo tanto, todas las encuestas fueron realizadas “sobre el terreno” y por las autoridades americanas, la mayor parte criollos y mestizos, con los que la administración indiana adquirió una deuda impagable por su imprescindible colaboración en el gigantesco proyecto informativo de la Corona.</p>



<p>El procedimiento siempre fue el mismo a lo largo de los siglos. El Rey, a través del Consejo de Indias, ordenaba la encuesta mediante una R.O que recogía de forma muy precisa el método a seguir, acompañada siempre por el correspondiente cuestionario <em>“para que Nos estemos informado de todas las calidades y </em><em>cosas” “porque queremos tener entera noticia de las cosas de esa tierra”</em>. Manifiesta la R.O de 1530.</p>



<p>En la R.O que acompaña la encuesta de 1548, de nuevo se afirma <em>“deseando proveer y ordenar las cosas (..) Como mejor y más convenga (..) Para que podamos proveer sin más dilación acerca de ello lo que convenga”.</em></p>



<p>Es evidente que la Corona quiere conocer a fondo esos territorios, “para mejor gobernar” La inquietud real por el buen gobierno de las Indias se pone de manifiesto de nuevo, en el prologo de la R.O de 1581, en la que se afirma <em>“porque entendiendo la obligación que tenemos de procurar que esos reinos y provincias de nuestras Indias, sean bien regidos y gobernados en lo espiritual y en lo temporal, habiendo esto de ser por relación y noticia, por estar tan distantes de estos reinos, deseamos que se tenga muy particular noticia de ellas, para que mejor pueda acertarse”.</em></p>
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<p><br><br><strong>ORGANISMOS QUE GESTIONARON ESTA GRAN ENCUESTA</strong></p>



<p>Más de un organismo gestionó las RGI, a lo largo de los siglos. El Consejo de Indias, lo hizo hasta 1807. El Consejo de Regencia y las Cortes Generales de Cádiz, entre 1808 y 1815. Sin duda, el gran protagonista del gigantesco proyecto fue el Consejo de Indias, que, a lo largo del tiempo, buscó siempre información amplia y verídica para garantizar a la administración de Indias suficientes datos para garantizar un buen gobierno.</p>



<p>En las prolijas instrucciones que se enviaban a las distintas autoridades americanas se especificaba, además de la obligatoriedad de contestar con absoluta veracidad, la actualización de los datos, y que los informes “originales” fueran depositados y conservados en las distintas administraciones americanas, remitiendo al Consejo de Indias, copias autentificadas de los mismos.</p>



<p>Los cuestionarios enviados en cada caso son muy diversos en tipología y extensión. Algunos son monográficos y contienen 8 o 10 preguntas, otros, más generales, pueden ser muy extensos, pudiendo llegar a las 355 preguntas. Pero lo más habitual eran cuestionarios de entre 20 y 50 preguntas. Entre estas informaciones en numerosas ocasiones, se solicitaba información cartográfica, elemento imprescindible para conocer y valorar de manera más precisa los diversos territorios.</p>



<p>No cabe duda de que el Consejo de Indias intento colaborar de manera eficaz al mejor gobierno de las Indias a través de un conocimiento exhaustivo de la realidad física, humana y administrativa de la totalidad de los inmensos territorios, hasta los más recónditos.</p>



<p>Los informes fueron siempre cumplimentados “in situ” por competentes autoridades, magníficos conocedores de la realidad, que, una vez y otra y por orden del Rey, actualizaban los datos recogidos para que nunca quedaran obsoletos o falseados por el paso del tiempo.</p>



<p>Esta información fue fundamental para el poder político. Los cuestionarios no fueron contestados siempre, a pesar de la obligatoriedad de hacerlo, pero la información recibida fue cuantiosísima y relativa a la más extensa temática, abarcando prácticamente todo el imperio ultramarino.</p>



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<p><strong>METODOLOGÍA: ORDENANZAS Y LIBROS</strong></p>



<p>En las Ordenanzas de 1573 se describe la formación de los “libros temáticos” en los que se debía organizar la información recibida. Estos libros eran: libro de la cosmografía general ; libro de historia natural; libro de historia moral y sucesos de las India; libro de la república cristiana, en lo temporal, por provincias y núcleos urbanos; libro sobre legislación; libro sobre los oficios públicos; censos urbanos y rurales; libros de hacienda, de funcionarios, de los repartimientos de indios,, de aduanas, de minas, de casas de moneda, de diezmos; libros de censos de demografía; padrón general; y de descripciones geográficas, eclesiásticas y civiles.</p>



<p>En el artículo 61 de estas importantes ordenanzas se especifican las materias que deben ser investigadas y descritas en los diversos apartados informativos para los Libros de cosmografía, hidrografía, historia natural y moral y descubrimientos y conquista, entre otros.</p>



<p>Respecto a la cosmografía, el Rey especifica las obligaciones del cosmógrafo mayor: <em>“mandamos que el que de Nos llevare salario de cosmógrafo(..) haga el planisferio o globo de todas las Indias dividiéndolo en climas, paralelos y meridianos y los dichos climas los continúen con los antiguos y denomine por los mismos nombres”.</em></p>



<p>De igual manera específica la ordenanza en su artículo 15, las materias que deben tratarse respecto a la navegación, tema que interesa especialmente a nuestro tema sobre el clima. Menciona la ordenanza, entre otras, proporcionar información acerca de <em>“la capacidad y seguridad y calidad que tienen los puertos, accidentes de mar, corrientes, reflujos, vientos que corren por él y en que tiempos, huracanes, tormentas y otros peligros”.</em></p>



<p>La veracidad de los datos, exigida al informante, queda claramente expresada en el artículo 76 de la ordenanza: <em>“para hacerse esta descripción universal y particular de la tierra, cierta y precisamente, es menester que se haga por los que tuvieren noticia de ella por vista de ojos”</em>. Es decir, conocedores de la tierra, y además <em>“in situ”</em>, como ya mencionamos.</p>



<p>La completa ordenanza de 1573 consta en total de 135 títulos o artículos que ordenan las cuestiones a investigar, las autoridades obligadas a responder los cuestionarios, la amplitud y extensión territorial de la encuesta, y en definitiva el orden y método de las respuestas.</p>



<p>Nada escapa a la magnífica ordenanza, nada queda al azar; es, sin duda, un magnífico ejemplo de la calidad y veracidad que se persigue con esta gigantesca encuesta. La documentación relativa a las RGI se conserva en su mayor parte en el Archivo General de Indias de Sevilla. La correspondiente a las Expediciones científicas ilustradas, que continuaron la tradición de los cuestionarios de las RGI, en los Archivos de la Marina, y parte de los cuestionarios correspondientes a la primera mitad del siglo XVIII, se enviaron a la Real Academia de la Historia para información de la Historia de América que proyectaba.</p>
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<p><br><br><strong>EL CLIMA EN LAS RELACIONES GEOGRÁFICAS DE INDIAS</strong></p>



<p>En tan colosal esfuerzo informativo no podía estar ausente el clima, elemento de vital importancia para el avance de los descubrimientos, la fundación de ciudades y pueblos, el desarrollo de la agricultura, la vital actividad de las navegaciones y en definitiva la salud humana. Prácticamente el éxito de la colosal expansión dependió del conocimiento de los territorios y del clima imperante en ellos.</p>



<p>Traemos aquí esta información, muy poco explotada por los estudiosos, que consideramos de valor para el estudio de la geografía americana e incluso para el estudio del cambio climático, a través de informaciones fidedignas, recogidas sobre el terreno, en toda la inmensa extensión de la geografía ultramarina, y a lo largo de casi tres siglos, que presenta además un importante valor añadido: la precisa localización del territorio y fecha de la recogida del dato.</p>



<p>La información acerca del clima está incluida, casi siempre, en los cuestionarios relativos a los aspectos geográficos, en los que se solicita <em>“descripción y del territorio, clima, fauna y flora” </em>características. En los cuestionarios de 1556, 1577,1777 y 1812, estos aspectos ocupan entre un 25 y un 34 por ciento de la encuesta. Pero el clima aparece mencionado también en la condición de los puertos y abrigos naturales, vientos, corrientes temporales etc.</p>



<p>El clima está presente también dentro de las RGI, en el análisis de los <em>“riesgos naturales” </em>La necesaria defensa ante la naturaleza desconocida y tantas veces hostil, y la acción del hombre para intentar dominarla, interesa sobremanera a la administración política, porque determina la subsistencia de una población en un lugar determinado de un territorio. La adaptación pasaba siempre por el conocimiento de las posibles catástrofes naturales y la investigación del <em>“temperamento”</em>, es decir su clima, régimen de lluvias o sequias persistentes. Riesgos naturales de carácter geofísicos, como los descritos, relacionados con el clima o la meteorología, pero también geomorfológicos como existencia de terremotos, volcanes y otros accidentes naturales.</p>



<p>Es muy lógico que el clima, la naturaleza y, en definitiva, las características del territorio sean sumamente importantes en esta encuesta. Conocer el territorio americano desconocido, y potencialmente hostil, es tan importante para el poder político como lo es conocer las condiciones de la navegación oceánica que conducen a él, ya que ambas materias dependen en gran medida de la naturaleza, de la incertidumbre de esa naturaleza todavía mal conocida y peligrosa. Por eso. en los cuestionarios de 1604 y mucho mas tarde, en el de1777 se pedía información acerca de hechos catastróficos debidos a fenómenos naturales, por ejemplo <em>“que daños han causado los volcanes” “reventazones y estragos causados por los terremotos”</em>.</p>



<p>En los cuestionarios de 1573 se pregunta directamente por los huracanes, las tormentas y otros accidentes climáticos, y en el de 1812, se pide expresa información acerca de los vientos que azotan las poblaciones, si se experimentan tempestades, turbiones o avenidas, y si hay sequedad persistente o abundancia de lluvias. Otro aspecto importante de información climática en los RGI, es la salud. Para asentar las nuevas poblaciones era importantísima la información sobre el temperamento de la tierra, si era “sana o enferma”. Las ideas humanistas conceden en el siglo XVI gran importancia a la relación hombre- medio: la influencia del clima, las calidades o “temperamento” de las tierras. Todo ello era considerado determinante para la salud.</p>



<p>En el cuestionario de 1604, varias preguntas relacionan clima y salud. Es esta una asociación que persiste hasta los últimos cuestionarios enviados por las Cortes de Cádiz en1812.</p>



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<p><strong>LOS CUESTIONARIOS DE LA ILUSTRACIÓN. LA EXPEDICIÓN DE MALASPINA Y BUSTAMANTE 1789-1794</strong></p>



<p>En los magníficos cuestionarios utilizados por esta gran empresa ilustrada, la más importante expedición marítimo-científica del siglo que recorrerá América desde Montevideo a Alaska y todos los territorios del Pacifico, la metodología utilizada por Malaspina para la redacción de los cuestionarios, pieza clave en su política informativa, se inscribe completamente en la secular tradición de los utilizados por las RGI.</p>



<p>En esta expedición, el clima se contempla en los cuestionarios relativos a las Descripciones físicas: <em>“Periodos regulares de las estaciones, vientos, tiempos lluviosos, tempestades de rayos, granizadas y nieves” “si hay volcanes activos, si se experimentan temblores de tierra”</em>. Y de nuevo la relación clima-salud. En los cuestionarios relativos a urbanismo y demografía, Malaspina pregunta <em>“cuáles son los efectos que produce el temperamento sobre la salud humana, atendiendo a la raza”.</em></p>



<p><strong>LOS CUESTIONARIOS MONOGRÁFICOS</strong></p>



<p>Traemos aquí un cuestionario específico de 50 preguntas, el enviado en 1577, que se centraba de forma monográfica en la investigación de los núcleos urbanos o rurales, fecha de su fundación, demografía, calidad y temperamento de sus tierras, fenómenos naturales catastróficos.</p>



<p>En casi todo el cuestionario, el clima es protagonista, se pregunta si la tierra es fría o caliente; húmeda o seca; de muchas aguas o pocas; los vientos que corren en ella y, cómo no, si es tierra o puerto sano o enfermo, y si enfermo por qué causas. Antes de terminar el interrogatorio, en la pregunta 49, insiste el inquisidor <em>“relatar todas las demás cosas notables en naturaleza y efectos del suelo, aire y cielo que en cualquiera parte hubiere y fuesen dignas de ser sabidas” </em>Este mismo protagonismo del clima se manifiesta en el cuestionario de 1730 y en el único redactado por La Real Academia de la Historia en 1765.</p>



<p>Para terminar, mencionaré el ultimo cuestionario enviado a América. Lo elaboran las Cortes de Cádiz y se envía a América en 1812, poco antes de la Independencia. En este cuestionario final, se mantienen los parámetros generales de todos los enviados para informar las RGI, a lo largo de los siglos.</p>



<p>Esperamos que esta breve aproximación al tema despierte la curiosidad de geógrafos, meteorólogos, etnólogos, urbanistas, y, en general, descubra el interés de esta fuente colosal de información veraz, extensa en su dimensión territorial y localizada en lugar y tiempo exactos, a lo largo de tres siglos, a cualquier investigador de la realidad y la historia ultramarina española.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/relaciones-de-indias/">Relaciones de Indias. Una fuente de información colosal y fiable sobre el clima en el imperio ultramarino español.</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>¡Guerra al escorbuto!</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/guerra-al-escorbuto/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Dec 2020 11:39:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 67]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Rutas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Miguel Gutiérrez Garitano y Miguel Gutiérrez Fraile Boletín 67 &#8211; Sociedad Geográfica Española Los caminos de las epidemias “El escorbuto causó más muertes en alta mar que los temporales, [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/guerra-al-escorbuto/">¡Guerra al escorbuto!</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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<p><strong>Texto: Miguel Gutiérrez Garitano y Miguel Gutiérrez Fraile</strong></p>



<p>Boletín 67 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Los caminos de las epidemias<br><br><strong><em>“El escorbuto causó más muertes en alta mar que los temporales, los naufragios, las batallas navales y todas las demás enfermedades combinadas. Los historiadores han aventurado la cifra prudente de dos millones de marineros fallecidos por el escorbuto durante la era de los grandes veleros. Esta época empezó con la travesía de Colón del océano Atlántico y terminó con el desarrollo de la propulsión a vapor y su adaptación a los motores navales, a mediados del siglo XIX. Los marinos lo temían, así como los mercaderes de las Compañías inglesa y holandesa de las Indias Orientales, y, a lo largo del siglo XVIII, también las fuerzas navales de las potencias europeas”. </em>Stephen R. Bown</strong></p>



<p>No era una enfermedad vírica, tampoco estaba causada por una bacteria o por la picadura de un mosquito. Conocida como <em>“la peste de las naos”</em>, se trataba de una avitaminosis tan severa que causaba la muerte a quienes la padecían. Esta es la historia del combate llevado a cabo por médicos y marinos, con sus pasos adelante y sus vueltas atrás, hasta dar con la clave que conseguiría acabar con este mal.</p>



<p>Hoy sabemos que el escorbuto es una avitaminosis debida a la falta de vitamina C. Era común entre los marineros, ya que durante los meses que duraban las singladuras solamente se alimentaban de galletas, carne salada y licor, dieta que repetían por igual los hombres de mar de casi todas las naciones europeas. A pesar de los síntomas definidos (palidez, manchas negras, halitosis, calambres, malestar, encías inflamadas, debilidad, etc.), en el siglo XVIII todavía no había sido identificada como enfermedad. Así que, siempre que un marinero se ponía enfermo durante un viaje, aunque presentara muy diferentes síntomas, se achacaba a la <em>peste de las naos</em>, como se la llamaba entonces.</p>



<p><strong>NARANJAS Y LIMONES EN EL GALEÓN DE MANILA</strong></p>



<p>Refiriéndose a la aportación española en la lucha contra el escorbuto, Agustín Ramón Rodríguez, en un reciente artículo de febrero de 2018, nos cuenta cómo, en 1980, Don Julián de Zulueta y Cebrián, ilustre marino, publicó “<em>La</em><em> contribución española a la prevención y curación del escorbuto en la mar”</em>, que documenta cómo encontró en el Archivo de Indias de Sevilla la sensacional noticia de que el tratamiento con naranjas y limones era habitual a principios del siglo XVII, tanto en el “Galeón de Manila” como en las flotas españolas de aquella época. En concreto, cita que, en la flota al mando de Don Francisco de Tejada de 1617-18, se embarcaron nada menos que 44 fresqueras de “<em>agrios</em><em> de limón</em>”, cinco barriles de dicho “<em>agrio</em>” y una cantidad indeterminada de “<em>jarabe de limón</em>”. Y todo señala que tal práctica era normal, y desde hacía mucho, en los buques españoles que surcaban la “Mar del Sur”. Por otra parte, y en época anterior, sabemos que Pedro García Farfán, nacido en Sevilla en 1532 y muerto en Ciudad de México en 1604, estudió Medicina en las Universidades de Salamanca y Sevilla en 1552, y posteriormente se trasladó a la Nueva España (actual México). Ejerció allí la medicina unos años. A la muerte de su mujer entró en la Orden de los Agustinos, la misma que Urdaneta, con el nombre de fray Agustín Farfán. En 1579 publicó un tratado de medicina donde se recomienda el uso de naranjas y limones para el tratamiento del escorbuto. Como recoge Agustín Ramón Rodríguez González, el descubrimiento probablemente le llegó a través de noticias desde Acapulco, base de partida y llegada del “Galeón de Manila”. La hipótesis más razonable que explicaría por qué, doscientos años más tarde, los británicos Lind y Blane se apropiaran del descubrimiento del remedio, es que los enormes problemas que se derivaban al tratar de conservar los cítricos y otras frutas y verduras frescas durante largas travesías se mostraron bastante complicados, y quizás ello contribuyó a su olvido y abandono.</p>



<p><strong>SIDRA, LA MEDICINA DE LOS BALLENEROS VASCOS</strong></p>



<p>Tenemos también referencias de los balleneros vascos de aquella época, cuya campaña duraba nueve meses. Dos meses de ida hasta las costas de Terranova y otros dos de vuelta. Arrostraban los innumerables peligros que generaba el viaje, incluido el escorbuto, <em>“la peste del mar”</em>. Para una empresa como la ballenera, el barco debía de ir muy bien provisto de alimentos, ya que en El Labrador, excepto pescado, algo de caza o algunas bayas, no había otra forma de conseguir provisiones. Los alimentos y provisiones que llevaban para el viaje consistían en trigo, tocino, habas, arvejas, aceite, mostaza, ajos, vinagre, sal (para la correcta conservación de las vituallas), bacalao, sardinas y bizcocho o galleta (unas tortas duras de harina de trigo, duras, doblemente cocidas y sin levadura que duraban largo tiempo, por lo que se convirtieron en un alimento básico dentro de los buques). Llevaban también abundantes cantidades de sidra o vino. Como el agua no se conservaba adecuadamente, combatían la sed bebiendo sidra en cantidades, al parecer, importantes. La sidra, gracias al proceso natural de la fermentación de la fruta original, mantenía las propiedades de las vitaminas, evitando la ingesta del agua en malas condiciones de salubridad. De este modo, conscientes o no, evitaban el mayor peligro de las grandes travesías marítimas, el escorbuto. La sidra era la medicina de los marineros vascos, la pócima mágica gracias a la cual la tripulación se mantenía sana sin contraer enfermedades como el escorbuto. Las bodegas de los barcos iban repletas de barricas de sidra, y se calcula que cada marino consumía una media de tres litros de sidra al día. Samuel Reason describe el papel clave que tuvo la sidra en el éxito de los marinos vascos en sus campañas como cazadores de ballenas o pescadores de bacalao a lo largo de varios siglos. Así, los marinos vascos, que habían hecho del Atlántico norte «su mar», y dominaron la caza de la ballena durante siglos, en sus travesías no sufrieron de esa enfermedad, ni por lo tanto de sus terribles consecuencias.</p>



<p>Las pruebas de que los balleneros utilizaron sidra para abastecerse en sus viajes a Terranova, están en las barricas encontradas en el pecio de la nao San Juan, descubierta en 1978 en Red Bay, Terranova. Este ballenero, de 200 toneladas, es un ejemplo de los primeros buques de carga transoceánicos que zarpaban del País Vasco hacia Terranova, y un reflejo de la industria marítima vasca de la época. Hundido en las costas de Canadá, en el Labrador, a orillas del estrecho de Belle Isle, Red Bay fue una base marítima para los marinos vascos en el siglo XVI.</p>



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<p><strong>LA HISTORIA OFICIAL DEL COMBATE CONTRA EL ESCORBUTO</strong></p>



<p>¿Cómo pudieron perderse estos conocimientos? Pues porque, citando de nuevo a Agustín Ramón Rodríguez González, <em>“A menudo en la Historia de la Ciencia</em><em> y la Técnica se ha hablado del fenómeno de la “Prisca Sapientia”, o “sabiduría perdida”, de descubrimientos notables realizados en épocas antiguas que, por una razón u otra, se perdieron o pusieron en discusión después, pero que la Ciencia y Técnica modernas han reivindicado”</em>. Esperando que nuevos historiadores abunden en el tema y reivindiquen la aportación oficial de los españoles al tratamiento del escorbuto, vamos a centrarnos a continuación en la “historia oficial”.</p>



<p>Gracias al excelente libro de Stephen R. Bown, “<em>Escorbuto</em>”, hoy nos hacemos una idea del alcance de este mal, que con el tiempo se convertiría en el mayor reto a batir por Inglaterra y Francia, potencias que, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, pugnaban entre sí para lograr la hegemonía de los mares. En este sentido el autor canadiense escribe: “<em>El registro anual de 1763 presentó las</em><em> bajas entre los marineros británicos durante la Guerra de los siete años contra Francia: de los 184.899 hombres enrolados y reclutados para la guerra, 133.708 habían fallecido de diversas enfermedades, principalmente de escorbuto. En comparación, sólo 1.512 hombres murieron en acción</em>”.</p>



<p>Datos como este convencieron a los hombres más influyentes de la Corona Británica de que, para hacerse con el control de los océanos y derrotar a Francia, antes que elaborar estrategias, lograr avances técnicos, promover el valor y entrenamiento de los hombres, había que derrotar al escorbuto. Al final lo lograron y esto, más que las genialidades de Nelson, tan jaleadas, dieron la primacía a la Royal Navy sobre la flota de Napoleón.</p>
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<p><br><strong>LAS PRIMERAS INVESTIGACIONES BRITÁNICAS. EL PAPEL DE LIND</strong></p>



<p>La historia de cómo se llegó a la curación de la <em>peste de las naos</em>, entronca las investigaciones de un cirujano naval británico, James Lind, con el primer viaje de exploración por el Pacífico de ese genio que fue el capitán James Cook. Lind dio con el remedio, consistente en la ingestión de cítricos, aunque no logró lo más importante: perpetuar su hallazgo.</p>



<p>A partir del siglo XVIII el mejor lugar para estudiar Medicina en Gran Bretaña era Edimburgo, pues el centro se nutría de profesores formados en la prestigiosa Universidad de Leiden, Holanda, a la sazón la mejor del mundo. Los alumnos de Edimburgo eran preparados para mantener un activismo científico y un método que era imposible en los meros cirujanos navales. Así que, cuando el joven hijo de unos comerciantes acaudalados de Edimburgo se alistó en 1739 como cirujano en la Marina inglesa, dada su preparación en la capital escocesa, superaba ampliamente lo que se suponía que tenía que saber un mero “saja muñones”.</p>



<p>Porque Lind aspiraba a mucho más que a navegar de batalla en batalla, remendar hombres, verter serrín en los charcos de sangre y mandar abrir escotillas para airear las bodegas. Pero la oportunidad de investigar no se le mostró hasta 1747, cuando fue destinado a un barco, el HMS Salisbury, cuyo capitán, George Edgecombe, era un naturalista reconocido y veía con buenos ojos toda pulsión que pudiera redundar en el avance médico.</p>



<p><strong>EXPERIMENTOS DE ÉXITO, PERO FALTOS DE DEFENSA TEÓRICA</strong></p>



<p>Cuando la nave navegaba por el canal de La Mancha se desató el escorbuto. Lind había asistido a numerosos brotes de la <em>peste de las naos</em>, pero nunca había osado, frente a los habituales capitanes de la Royal Navy, experimentar con las posibles curas. Pero sabía que en esta ocasión la situación era muy diferente: al fin tenía su oportunidad. Con el permiso del capitán Edgecombe, Lind eligió a doce hombres entre los enfermos y los dividió en 6 parejas. A la primera pareja le administró un litro de sidra al día; a la segunda veinticinco gotas de elixir de vitriolo tres veces al día; la tercera pareja engullía dos cucharadas de vinagre tres veces al día; la cuarta recibía un cuarto de litro de agua de mar por día; a la quinta le fue administrada un par de naranjas y un limón diario por cabeza; y la sexta, al fin, debía tomar una pasta hecha a base de hortalizas y vegetales, como ajo, mostaza, etc.</p>



<p>El resultado de este primer seguimiento controlado de la Historia de la Medicina fue sorprendente en el caso de la pareja que tomaba cítricos, pues quedaron restablecidos en un lapso de tiempo corto; también los que tomaban sidra sintieron una clara mejoría. No así el resto, por lo que Lind consignó los resultados en sus informes de cirujano de a bordo. Pero, lo que es más importante, fijó su método cuando inventó el <em>rob</em>, o concentrado de cítricos, que posibilitaba que estos se conservaran durante largas singladuras. Pero cuando tocaba ya la gloria médica, Lind cambió de rumbo.</p>



<p>Dejada atrás la época de la guerra, Lind se estableció en Edimburgo como médico y miembro del Real Colegio de Médicos; su prestigio era grande y trató de engrosarlo publicando en 1753 las conclusiones extraídas en sus experimentos a bordo del Salisbury bajo el título de <em>Tratado sobre el escorbuto, con una investigación</em><em> de la naturaleza, las causas y la cura de le enfermedad, junto con una visión crítica y cronológica de lo publicado sobre el tema.</em></p>



<p>Esa “visión crítica” de los remedios que usaban para combatir al escorbuto otros colegas, al final echó al traste todo el trabajo del escocés. Porque muchos médicos eminentes se sintieron insultados y Lind, para lograr revertir el efecto de sus críticas y quedar bien con todo el mundo, terminó por renegar de sus propios postulados y dar por buenos las curas de otros, que, en realidad no eran tales. Para ello en la tercera edición de su libro, prácticamente se desdecía de todos sus postulados, tirando por tierra el trabajo de años. La valentía que había demostrado en su praxis médica, no la mantuvo a la hora de defender su trabajo, así que este quedó como uno más entre otros. Al menos fue nombrado Jefe Médico del Royal Naval Hospital de Haslar, el más prestigioso del país, pero aquí acaba su aportación en la guerra contra el terrible escorbuto.<br><br><strong>EL IMPORTANTE PAPEL DE COOK Y SU ENDEAVOUR</strong></p>



<p>El siguiente asalto de esta lucha por atajar el mal, se lo debemos al prestigioso explorador y navegante James Cook, elegido por la Corona británica para comandar un viaje de exploración al Pacífico. Hoy sabemos que Cook, hasta que fue asesinado por los nativos de Hawai, navegó durante once años, llenando casi todas las áreas desconocidas que quedaban en las cartas navales. Su papel en esta historia tuvo lugar en su primer y más productivo viaje (1768-71) que le llevó a dar la vuelta al mundo a bordo del mítico barco <em>Endeavour</em>, además de explorar Tahití, Nueva Zelanda y la costa este de Australia.</p>



<p>Cook, que, dada su larga carrera marítima, conocía muy bien los efectos del escorbuto, estaba decidido a minimizar lo máximo posible las bajas por esta y otras enfermedades. Dio órdenes estrictas en el plano de la higiene, y encargó probar una serie de antiescorbúticos al naturalista y botánico de la expedición, el aristócrata Joseph Banks. Educado en Eton y Oxford, centros elitistas por antonomasia, Banks basculó pronto hacia la botánica, la ciencia que más le interesó, junto a la geografía; era un admirador sin condiciones y amigo de Linneo, y embarcó en el <em>Endeavour </em>al sueco Solander, uno de los alumnos del botánico de Uppsala, para que le sirviera de ayudante. Juntos dieron al primer viaje de Cook una dimensión científica que no tuvieron los otros dos. Descubrieron y trajeron a Europa numerosas plantas desconocidas, como el eucalipto, las mimosas, las acacias, etc., tantas que Linneo denominó un género vegetal como <em>banksia</em>, en honor al inglés. También se le debe a Banks el nombre que Cook le puso a una de las bahías exploradas en el oriente australiano, <em>Botany bay</em>, o <em>Bahía de los botánicos.</em></p>



<p>El último viaje de exploración que realizó, al que también le acompañó Solander, fue a Islandia, aunque después prefirió, como rico y baronet que era, dedicarse a la planificación de expediciones. Joseph Banks llegó a ser Presidente de la Royal Society, y fundador y presidente de la African Association. Y, como tal, cerebro planificador e impulsor de las más prestigiosas expediciones de exploración por todo el mundo. Fue el responsable del envío de toda la saga de pioneros a cartografiar el curso del río Níger, una auténtica epopeya. Y también parten de él otros viajes famosos, como el llevado a cabo por Franklin al Ártico en busca del paso del noroeste, que acabó en desastre, y el del capitán William Bligh en busca del árbol del pan, que terminó en el muy literario y cinematográfico <em>Motín</em><em> del Bounty.</em></p>



<p>Cook había ordenado a Banks embarcar todos los remedios con que los distintos médicos trataban el escorbuto, entre los que sobresalían la col fermentada y el <em>rob </em>de Lind, que el botánico guardaba bajo llave en una alcancía. Cuando, tras dejar atrás Tahití, se declaró a bordo el escorbuto, Banks aplicó los distintos productos con un resultado mediano. Los hombres, a los que no se perdía ocasión de alimentar con verduras frescas en las recaladas que se hacían, se mantuvieron con vida que no es poco. Banks, que también estaba enfermo, tal vez por intuición, probó el <em>rob</em> consigo mismo, por lo que se repuso del todo al poco tiempo.<br></p>



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<p><strong>EL ELIXIR MILAGROSO DEL ROB DE CÍTRICOS</strong></p>



<p>La puntilla al escorbuto, al final, se la dio un caballero y médico formado en Edimburgo llamado Gilbert Blane. Elegido médico jefe de la flota británica, aplicó las recomendaciones higiénicas de Cook y Lind, y, lo que supuso el mayor avance, ordenó embarcar en todas las naves el milagroso elixir del <em>rob </em>de cítricos. Gracias a ello, a principios del siglo XIX, los británicos, que minimizaron las tremendas bajas que producía la <em>peste de las naos</em>, pudieron imponer el bloqueo naval a los franceses y derrotar a Napoleón, cuya flota seguía padeciendo la enfermedad. Como dijo el explorador S.R.Dickman –frase recogida por S.R.Bown en su obra- “se puede afirmar que el Imperio británico nació de las semillas de los cítricos”</p>
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		<title>Las enfermedades que vinieron de América: la sífilis</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-caminos-de-las-epidemias/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Dec 2020 11:17:08 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 67 &#8211; Sociedad Geográfica Española Los caminos de las epidemias Algunos códices mexicanos prehispánicos mencionan grandes epidemias en el continente americano antes de la llegada de [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Pedro Páramo<br></strong></p>



<p>Boletín 67 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Los caminos de las epidemias<br><br>Algunos códices mexicanos prehispánicos mencionan grandes epidemias en el continente americano antes de la llegada de los españoles. La súbita desaparición de centros urbanos como Tula, Aztlan o Tikal siglos antes del Descubrimiento la atribuyen los expertos a diversas enfermedades descritas en los textos indígenas “como grandes pestilencias” o “dificultades para respirar”, que acabaron con culturas cuyo verdadero final sigue siendo un misterio. Análisis realizados en momias y tejidos precolombinos registraron entre los indios indicios de tuberculosis, histoplasmosis, leishmaniasis, enfermedad de Chagas, salmonelosis, infecciones provocadas por estreptococos y estafilococos, amebiasis y tétanos, enfermedades casi todas conocidas en Europa. Fueron pocas las enfermedades americanas que sufrieron los españoles recién llegados y, desde luego, causaron entre ellos menor mortandad entre los colonos que las que habían traído de Europa. La menor morbilidad entre los indígenas se debía a dos causas principales, según los expertos: por un lado, la menor población que la de la zona de euroasiática dificultaba la mutación de los virus, y por otro, la casi total ausencia de animales domésticos entre los indígenas no dio lugar a los saltos de los gérmenes patógenos del ganado a los humanos como había ocurrido en Europa y Asia a lo largo de los siglos.</p>



<p><strong>UNA ENFERMEDAD</strong><strong> ENDÉMICA EN EL NUEVO CONTINENTE</strong></p>



<p>Pero existía en América una enfermedad endémica que trajeron los españoles que pronto se extendió por todo el continente europeo y luego pasó a África, Asia y las islas del Pacífico: la sífilis. Desde su aparición en España, Italia y Francia en el siglo XVI hay científicos que aseguran que esta enfermedad, causada por la bacteria <em>Treponema pallidum pallidum</em>, ya era conocida por los europeos siglos antes del Descubrimiento. Basan esta afirmación en testimonios ambiguos de la Antigüedad y en los estudios de restos óseos sifilíticos encontrados en varios puntos de Europa, como los hallados entre las ruinas de Pompeya, del año 79, o en Londres, datados por el carbono 14 entre los años 1200 y 1450. La polémica permanece abierta, aunque análisis recientes han descartado la presencia de restos de sífilis en aquellos esqueletos europeos examinados y existen pruebas inequívocas de la existencia de sífilis en huesos incaicos.</p>



<p>Algunas variedades del género de las treponemas que causan en los humanos otras enfermedades similares de menor gravedad, como pian, bejel o pinta, y con distintas formas de transmisión, también intervienen en la discusión, aunque parecen igualmente de origen americano. Hay quienes consideran posible que las treponemas americanas acentuaran su virulencia entre los españoles y europeos sin defensas inmunitarias contra ellas, como ocurrió con los agentes patógenos llevados por los españoles, o que una posible mutación de las de las cepas originarias diera lugar a la causante de la sífilis.</p>



<p>De lo que no hay duda es que las primeras descripciones incuestionables de esta enfermedad, de sus efectos y de la forma en que se transmite mediante las relaciones sexuales, se deben a los primeros cronistas de la presencia española en América. Ya en 1493 el médico de Cristóbal Colón, Diego Álvarez Chancas, detalló los primeros casos de sífilis (que él llama “mal de bubas” y los indígenas púa), e informó de que los indígenas utilizaban el guayacán o palo santo para su tratamiento. El mal de bubas llegó a España en 1493 a través de un piloto de los Pinzón, según advirtió Ruy Díaz de Isla, médico andaluz que ejercía en Barcelona en 1493, y es autor del primer tratado contra la enfermedad, que él denomina “mal serpentino”.</p>



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<p><strong>EL “MAL DE BUBAS” SE PROPAGA POR EUROPA</strong></p>



<p>Después de aparecer en España, propagaron la dolencia por Europa los soldados que intervinieron en la guerra hispanofrancesa de 1495 a 1498 por el dominio de Italia, y de ahí que se bautizara como “mal gálico”, “mal francés” o “mal de Nápoles”. En 1530, el médico veronés Girolamo Fracastore fue el primero en llamarla sífilis, por el pastor Syphilo, castigado por el dios Apolo a sufrir una enfermedad por haber blasfemado contra el dios Sol. Sobre la posible presencia de esta enfermedad en Europa antes del descubrimiento de América, el cronista y naturalista Gonzalo Fernández De Oviedo, que vivió muchos años en Santo Domingo, dice en su libro “La Historia Natural de las Indias” de 1535: <em>“Muchas veces en Italia me reía oyendo a los italianos decir el mal francés y a los franceses llamarle el mal de Nápoles. Y en la verdad, los unos y los otros acertaren el nombre, si le dixeran el “mal de las Indias” así por la tierra donde natural es esta dolencia, como por las indias mujeres de estas partes.”</em></p>
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		<title>Reservas marinas: una necesidad</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/reservas-marinas-una-necesidad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 May 2020 09:04:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 65]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Lagos, ríos y océanos]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Manu San Félix Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española La protección de la naturaleza Tan sólo un 2,4% de la superficie de nuestros océanos está protegido de la pesca [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Manu San Félix<br></strong></p>



<p>Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La protección de la naturaleza<br><br><strong>Tan sólo un 2,4% de la superficie de nuestros océanos está protegido de la pesca actualmente. Los datos de la sobreexplotación de los recursos pesqueros son abrumadores, y manifiestan el abuso que hemos llevado a cabo, pescando como si las aguas de nuestro planeta no tuvieran fondo ni fin. La única solución es la creación de reservas marinas, protegiendo gran parte de nuestros mares y océanos.</strong></p>



<p><strong>UNAS AGUAS ESQUILMADAS Y AGOTADAS</strong></p>



<p>Según las Naciones Unidas, en base a los informes sobre la pesca que la FAO realiza cada dos años, el 90% de los stocks de peces del planeta están agotados, sobre-explotados o explotados al completo. Es un dato muy preocupante del que podemos sacar dos conclusiones. En primer lugar que hemos abusado en la práctica de la pesca durante décadas, en las que hemos pescado como si los recursos marinos no tuviesen fin. Un ejemplo puede ser el bacalao atlántico, que se pescó sin freno hasta que quedó tan sólo un 1% de su población original. Y segundo, es una prueba de la importancia que mares y océanos tienen para alimentar a la población mundial. Para paliar el hambre en el mundo los recursos marinos tienen una importancia capital, y por ello hay que gestionarlos con inteligencia en lugar de agotarlos.</p>



<p>Hablando con viejos pescadores podemos remontarnos en el tiempo, y, a través de sus relatos que nos cuentan lo que pescaban, podemos obtener la referencia que nos permite ver lo mucho que hemos perdido. Por eso siempre me ha gustado hablar con viejos pescadores. Vivo en la Isla de Formentera desde hace 30 años, y a mi llegada hablé y entrevisté a pescadores retirados, septuagenarios y octogenarios. A través de sus relatos me podía remontar a la Ibiza y Formentera de los años 40 y años 50 que me hubiese encantado conocer. Contaban cómo los centollos eran una plaga que llenaba las redes y, como no se comían, los mazaban y machacaban. O cómo pescando mano, con el volantín, llegaban a pescar en un día hasta 500 tiburones de la especie <em>Squallus acanthias</em>, ahora casi extinguida en Baleares. O también que en la Costa Brava, según me contaba Salvador Puigvert, salía con sus dos hermanos a pescar desde la playa en Tossa de Mar con un bote a remo, cuando ninguno superaba los 12 años, y pescaban delante de la playa numerosos tiburones musola o cazón <em>(Mustelus mustelus). </em>Otros me contaban cómo capturaban a mano en la misma orilla las langostas sin antenas (llamadas cigarras en Baleares, <em>Scyllarides latus</em>). En definitiva me describían un mar que nada tiene que ver con el Mediterráneo actual.<br></p>



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<p><strong>EL PACTO POR LOS OCÉANOS</strong></p>



<p>Teniendo en cuenta la importancia que los océanos tienen para la vida en el planeta y la situación de agotamiento sus recursos, la ONU propuso el llamado pacto de los océanos, que la mayoría de los países firmaron, entre ellos España. Con su firma adquirieron el compromiso voluntario propuesto por la ONU de proteger al menos el 10% de su zona marina, mediante la creación de áreas marinas protegidas.</p>



<p>¿Cual es la situación ahora que ya estamos en el 2020?, ¿Hemos cumplido con el compromiso?</p>
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<p>Lamentablemente la respuesta es que no. Ya que a día de hoy sólo el 2,4% de la superficie de los océanos del planeta está protegida de la pesca. La demoledora realidad es que podemos pescar en el 97.6% de los mares y océanos del planeta. Si empezamos a mirar en nuestra casa, veremos que en las Islas Baleares la superficie cerrada a la pesca es el 0.16%. Y en la mayoría de las comunidades autónomas este porcentaje de zonas protegidas a la pesca es incluso menor.</p>



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<p>Obviamente, ya en el 2020 el panorama dista mucho del que la ONU esperaba cuando puso este compromiso sobre la mesas. Estamos en una situación que se aleja mucho de lo que entendemos por sostenibilidad. Y muy lejos de lo que el sentido común dicta sobre cómo se deben explotar los recursos pesqueros. Y así es fácil entender el por qué el 90% de los caladeros están agotados. La lista de datos sobre el abuso de los océanos estremece: hemos matado un 90% de los grandes peces del planeta, cada año pescamos 100 millones de tiburones, y en el Mediterráneo hemos aniquilado el 99% de los tiburones…<br></p>



<p>El hecho es que llevamos años sacando y sacando del mar, y a cambio lo único que hacemos es contaminarlo o transformar su composición química a través de las ingentes cantidades que liberamos a la atmósfera por el uso de los combustibles fósiles que el océano absorbe. En la tierra el hombre ya aprendió hace unos miles de años, el Neolítico, que para comer no bastaba con recolectar y así nació la agricultura y la ganadería. El ser humano se dio cuenta que para comer había que sembrar, abonar, regar y esperar. Sin embargo en el mar nos estamos dando cuenta de esto 6.000 años después.</p>



<p>Y mientras lo ponemos en práctica, en los fondos del Atlántico norte arrastramos el mismo lugar hasta cuatro veces a lo largo del año.</p>
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<p><strong>LOS BENEFICIOS DE LAS ZONAS PROTEGIDAS&nbsp;</strong></p>



<p>En este escenario de un mar agotado, la pesca sigue funcionando al ser una actividad subsidiada en la mayoría de los países, a través de las ayudas para la compra de los barcos, la reducción de precio del combustible, etc. Ya están apareciendo estudios que ponen de manifiesto que en los modelos económicos que ponen en la balanza los ingresos de la pesca y los gastos por los subsidios aportados, el resultado en la gran mayoría de las flotas es de números rojos. El trabajo de Enric Sala, explorador in residence de National Geographic está arrojando luz sobre la verdadera rentabilidad de la pesca y sobre la falta de control de las flotas en las aguas internacionales, donde todo parece válido.</p>



<p>Esta es la recomendación de las Naciones Unidas: “Los subsidios que han perjudicado a las pesquerías y que han sustentado el dramático retroceso de los stocks de peces en los últimos 40 años, deben ser retirados para el año 2020”<br><br>Ya no hay dudas de que si queremos seguir pescando debemos proteger amplias zonas de los océanos. De no hacerlo estamos suicidando la supervivencia de la pesca y poniendo en riesgo la salud del planeta. Los datos positivos que tenemos de la recuperación de biomasa en las zonas protegidas, y de los beneficios que recibe la pesca en las zonas colindantes, nos muestran el camino de que es necesario ser más ambiciosos con la protección marina. Pesca y protección van de la mano y no puede concebirse la pesca sin la protección adecuada.</p>



<p>El proyecto Pristine Seas de National Geographic liderado por el mencionado Dr Enric Sala, ha inspirado la protección del 1.6% de ese 2.4% total que está protegido en el planeta. Y se ha propuesto como objetivo para el 2030 lograr que hayamos protegido un 30% de mares y océanos.</p>



<p>Hay una meta muy clara y definida pero mucho trabajo por delante. Nos enfrentamos a grandes problemas ambientales en este siglo: 1 millón de especies se enfrentarán a la extinción según informe de la ONU, el 90% de los arrecifes de coral van a desparecer por el calentamiento global (Intergovernmental Panel of Climate Change), etc. y y la manera de paliarlo es poniendo grandes y ambiciosas soluciones. Tenemos que lograrlo.</p>
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		<title>El caballero que reclamó Guinea</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/osorio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Apr 2020 11:53:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La Exploración del Golfo de Guinea]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Miguel Gutiérrez Garitano y Miguel Gutiérrez Fraile “No terminaré esta deshilvanada reseña de las más culminantes observaciones realizadas durante mi viaje, sin hablar de un fenómeno que he observado [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: </strong>Miguel Gutiérrez Garitano y Miguel Gutiérrez Fraile</p>



<p><strong><em>“No terminaré esta deshilvanada reseña de las más culminantes observaciones realizadas durante mi viaje, sin hablar de un fenómeno que he observado con extraordinaria frecuencia durante las noches pasadas en los bosques, bajo la tienda de campaña. Me refiero a la fosforescencia en la oscuridad de las ramas y hojas caídas de los árboles, producida, sin duda alguna, por pequeños organismos que se desarrollan a expensas de los elementos en descomposición de aquellas partes de los vegetales. Este curiosísimo fenómeno impresiona vivamente al viajero, y es uno de los que más llama la atención entre los muchos que le rodean en aquellas apartadas regiones”.</em></strong></p>



<p>Amado Osorio y Zabala</p>



<p>“Sr. D. Manuel Iradier: Estoy convencidísimo de que allí, han de recibir de día en día todas las ramas del saber novedades de utilidad general, y, creo, no ha de tocar la menor porción a la ciencia médica (…). De si tengo suficientes méritos para poder formar parte de la expedición que usted tan sabiamente ha de dirigir, pues tal es mi intención en realidad en caso de que me honre señalándome un puesto en esa empresa tan altamente filantrópica, científica y caritativa como, con muy justa razón usted la denomina, ya para prestar los recursos que por mi conocimiento sea capaz en caso de necesidad y ya en primer lugar para ser durante el viaje de usted el más fiel y humilde compañero que como hoy, está siempre a sus órdenes”. He aquí parte de la carta de presentación de Amado Osorio y Zabala ante el explorador Manuel Iradier y Bulfi. Para ese entonces este último preparaba su segunda expedición al país del Muni, en la actual Guinea Ecuatorial, y Osorio, joven miembro de la Sociedad de Africanistas y Colonistas, bebía los vientos por unirse a tan azarosa empresa. Sin duda gracias a su importante aportación de dinero y quizás a su condición de médico, fue aceptado.</p>



<p>La presencia española en Guinea se deriva de un conflicto con Portugal por la posesión de la colonia de Sacramento, cerca de Buenos Aires. Por los tratados de San Ildefonso de 1777 y El Pardo de 1778 la Corona española concedía la colonia sudamericana a los lusos a cambio de que estos cedieran las islas de Annobón y Fernando Poo y otorgaran licencia para establecer factorías comerciales en la franja costera que va desde la actual Nigeria hasta Gabón. En realidad, con los tratados, España buscaba participar del lucrativo negocio de la trata de negros y conseguir un lugar propio donde recalar sus barcos procedentes de Filipinas.</p>



<p>Pero tras un primer momento en que se ocupó solamente y de forma intermitente la isla de Fernando Poo, los españoles, siempre escasos de medios y capitales, se retiraron y, durante décadas, apenas se dejaron ver en el África negra. El único explorador español a resaltar, ya en la segunda mitad del siglo XIX, fue el vasco Manuel Iradier y Bulfi que, en 1875 protagonizó en el río Muni un viaje de más de un año que mantuvo la llama del colonialismo español encendida. Tras su peripecia, fue reclutado por la Corona y la recién creada Sociedad de Africanistas y Colonistas para terminar el trabajo y anexionar a España Camarones (Camerún) y el territorio del Muni.</p>



<p>A partir de la década de 1880, en África los sucesos se precipitaron. Ante el avance alemán por acción de Nachtigal, las potencias con fuerzas navales en la zona del golfo de Guinea se apresuraron a tomar su parte del pastel. Los ingleses ocuparon la costa de la actual Nigeria, tomando posesión del territorio situado entre el Níger y Río del Rey. Los franceses, inquietos en Gabón, ocuparon la orilla sur del Muni y prepararon una nave de guerra para ocupar el resto del territorio que resta hasta el río Campo, límite alcanzado por los alemanes por el sur. Así estaba la situación cuando Iradier y el médico al que había decidido aceptar como compañero de viaje, Osorio, dos desconocidos, dos enanos frente a los poderes desplegados, pusieron sus pies en Fernando Poo. Necesitaron una dosis de suerte, además de valor y determinación, para, contra todo pronóstico, mantener la bandera española plantada en las orillas de la bahía de Corisco.</p>



<p>La coyuntura no podía ser más desesperada en Fernando Poo. Tras una entrevista con el Gobernador José Montes de Oca, Iradier constató que la goleta prometida por el Gobierno para conquistar el Muni, la <em>Ligera</em>, estaba inservible y sin combustible en el puerto de Santa Isabel. Los alemanes ocupaban el Camerún y banderas extranjeras se erguían en la embocadura del Muni. “Es cierto todo lo que nos han dicho —le confiaba Iradier a Osorio al poco de llegar a la isla española—. No sólo se han ocupado los territorios que veníamos a incorporar a España, sino que nos han arrebatado los que eran nuestros. Queda todavía un punto sin ocupar, el Muni, pero bien pronto será francés si Dios no obra un milagro. La goleta no puede llevarnos a Elobey, la lancha cañonera está inservible; lo sé porque se me ha dicho, lo digo de cierta manera porque lo he leído en el rostro de los bravos oficiales de marina dispuestos a ayudarnos en nuestra empresa patriótica. Es necesario ir a Elobey y pronto. En el puerto está anclada una vieja balandra medio podrida que hace agua por todos lados, pertenece a un moreno llamado Thomas Smith, y por dinero hará lo que le mandemos. De aquí a Elobey median 360 kilómetros de agua, los vientos de la época no son favorables, las corrientes son perjudiciales, pero creo que, si no nos ahogamos en el camino, llegaremos a nuestro destino en tres o cuatro días. Una vez en el Muni el país es nuestro. ¿Se decide usted a acompañarme?”. Osorio respondió tan flemático como un lord inglés: “Estoy decidido a todo”. El buque inglés <em>Quisembo</em> evitó, en el último momento, que los españoles se dejaran los huesos en el fondo del mar. Su capitán les aceptó entre el pasaje —franceses agentes de Brazza y Stanley que iban a relevar los puestos y estaciones— y les prometió dejarles en la isla de Elobey Chico frente al Muni, aunque no estaba prevista tal escala. Junto a Osorio e Iradier viajaban dos españoles más: Bernabé Jiménez, notario de Fernando Poo (cuya labor era dar curso legal a los tratados suscritos con los indígenas), y el marinero Antonio Sanguiñedo, cabo de mar de la goleta <em>Ligera</em>. La aventura estaba servida.</p>



<p>Llegados a Elobey, los expedicionarios descubrieron que ondeaba en ella el pabellón alemán, y lo propio hacían los ingleses en la entrada del Muni. No obstante, Iradier puntualiza que “cuando los factores europeos tuvieron conocimiento de nuestra presencia, fueron arriadas aquellas banderas y sustituidas por la española, que no otra cosa debían hacer ante la presencia del Gobernador español, del Comandante y del Segundo”. Poco después, mientras los españoles sellaban doce tratados con las primeras tribus de vicos y bijas, que poblaban el país de Ukoko y Buene, los franceses redactaban en Gabón la orden de ocupar el Muni. De ello se debía encargar el buque de guerra <em>Basilic</em>, que se encontraba anclado en el Munda. Pero la llegada a Gabón del <em>Quisembo</em> truncó toda la operación. Su comandante trajo noticias que cayeron en el ánimo de los invasores galos como un jarro de agua fría: “Los españoles —dijo el inglés— han entrado en el Muni y en estos momentos se iza con entusiasmo entre las tribus ribereñas la bandera amarilla y encarnada entre gritos de entusiasmo y vivas a España”. Añadió que los iberos llevaban con ellos un notario y un secretario y que con ellos tenían “la goleta de guerra de Fernando Poo y un crucero nuevo que acaba de venir de España”. En realidad ninguno de estos barcos apoyaba a los exploradores en la conquista del Muni, pero los franceses así lo creyeron, por lo que el <em>Basilic</em> finalmente permaneció anclado en el Munda. El Muni quedó listo para ser ocupado por España. Su avanzadilla: un ejército de cuatro hombres.</p>



<p>Las tribus fang de los ríos Noya y Mitemele se hallaban en pie de guerra. Los cuatro españoles, acompañados de la inevitable comitiva de auxiliares nativos, se apresuraron a acudir al Noya sobre un pailebot, el <em>Vico</em>, que habían alquilado a un comerciante inglés. Antes habían apalabrado con el rey vico Gaandu la compra de Punta Botika. En el Noya los europeos convocaron a los jefes de tribu a un <em>palaber</em> con la idea de que aceptaran la soberanía española. Además, como los pamues del Noya habían saqueado las mercancías de Foster, un importante mercader inglés que operaba en la zona, Iradier exigió —mediante el uso de su proverbial diplomacia— la vuelta a la paz y la restitución de las mercancías robadas.</p>



<p>Diecisiete reyezuelos acudieron al cónclave del Noya. Fue un momento fundamental y muy peligroso; en la reunión, efectuada en la selva profunda, los exploradores consiguieron que los principales señores de la guerra de la tribu fang dejaran las hostilidades, lo que significó el reconocimiento de facto de la soberanía y la autoridad española en los ríos. Antes de que las cosas se arreglaran definitivamente en el Noya y los europeos pudieran continuar sus negocios en el río, se formó un tumulto en el que a punto estuvo de ser asesinado el doctor Osorio cuando un negro enorme lo derribó de un empujón; Iba a ser rematado cuando Iradier amartilló el revólver e hizo desistir al guerrero de su empeño homicida. Al final, el causante de la asonada, huyó al bosque e Iradier y sus hombres se hicieron con la situación. Ya sólo quedaba pacificar el Utamboni (hoy Mitemele), donde el jefe Schoke se alzaba en armas junto a sus cientos de hombres dotados de espingardas. Llegados al río, los fang les esperaban emboscados en el poblado de M’Kangañe (la actual Cangañe). El jefe fang fue invitado a parlamentar a bordo de la embarcación. Aceptó y pronto constató su error cuando los blancos, nada más pisar el africano la cubierta, le apuntaron con sus fusiles. “¡Quietos! —les dijo el intérprete al régulo y a sus hombres—. Si movéis los labios, los ojos o los brazos, sois muertos. Habéis robado hace poco tiempo una embarcación que contenía mercancías; eran propiedad de un blanco. Nosotros venimos a que nos entreguéis los objetos robados o a darte muerte”. La amenaza tuvo su efecto y las mercancías fueron devueltas. Se firmó la paz y se obsequió a Schoke con una serie de pacotillas a cambio de su rúbrica, recogida en el impreso que proclamaba la autoridad española sobre los países regados por el río.</p>



<p>Para demostrar su poder mágico, los españoles lanzaron ante los asombrados indígenas una traca de fuegos de artificio y petardos, con la mala fortuna de que uno vino a hacer explosión en una canoa que se encontraba en las cercanas aguas. La embarcación pertenecía a gentes procedentes de una tribu del interior que se habían acercado atraídos por el alboroto. El accidente pudo haber resultado fatal. Al poco tiempo la balandra que acogía a los expedicionarios se vio asaltada por varios cientos de guerreros fang, furiosos ante lo que ellos consideraban un atentado. “Apenas rayó la aurora por oriente, cuando las accidentadas cumbres de la Sierra de Cristal se destacaron sobre un fondo fosforescente, apareció en el río una masa oscura, después otra y otra. Salían por la derecha y por la izquierda como naciendo del oscuro manglar, un segundo después estábamos rodeados, y en el tiempo que empleó el criado benga Imama en dar el grito de alerta una nube de piraguas dieron el ataque por todos lados. Unos trescientos pamues completamente desnudos, armados de espingardas y machetes, pugnaron por subir a la balandra y, cuando nosotros salimos precipitadamente a cubierta algunos de ellos habían ganado la borda. Se entabló una lucha a culatazos que dio como resultado desalojar de enemigos los costados de nuestra embarcación”. La cosa no pasó a mayores, porque como explica Iradier, “durante la refriega no se disparó un tiro y esto nos salvó de una muerte cierta”. Los dos líderes, Donga y Mependa, fueron invitados a subir a cubierta a negociar. Una vez arriba, y dentro de la usual dialéctica diplomática, se les amenazó de muerte, a no ser que se avinieran a firmar los tratados que proclamaban la soberanía de España. Después de firmar, se les dijo, recibirían regalos y bienes para comerciar. Los guerreros aceptaron; se hizo la paz en los ríos y ya todo fue baile y celebración; es cierto que recibieron algunas pacotillas, pero sin saberlo acababan de regalar su país.</p>



<p>La enfermedad impidió que Iradier pudiera terminar su labor de lograr la adhesión de los reyes nativos a la causa española, cometido del que se encargaría su lugarteniente&nbsp; Osorio. Los demás afluentes del Muni, como el Mitong, el M’Bañe y el Congüe, ya no constituían ningún problema. Sus habitantes eran vicos e itemus, mucho menos beligerantes que los fang. Iradier asegura que “a lo largo de estos ríos, no encontramos más que amigos y simpatías”. Sin embargo, a su regreso al mar, el explorador vitoriano caía enfermo de gravedad. La fiebre regresó y la situación llegó a ser tan alarmante que Osorio recomendó a Iradier que regresara a España. “Parta usted para España si en algo aprecia su vida”, le dijo. Manuel Iradier abandonó el Muni para no volver el 28 de noviembre de 1884. Partió de Fernando Poo rumbo a Canarias con los documentos, actas, contratos de anexión de territorios y el plano del país con los emplazamientos de los pueblos anexionados. “El resultado de este viaje fue el de haber obtenido para la Sociedad de Africanistas y Colonistas de Madrid la soberanía sobre 101 jefes indígenas de las tribus pamues, vicos, bijas, itemus, bundemus, valengues, dibues, bujebas, etc., y el de haber declarado parte integrante de la nación española el territorio de su jurisdicción explorado por mí en 1875 y que comprende una extensión superficial de 14.000 km<sup>2</sup>, mediante una subvención anual de 2.150 pesetas”. Osorio quedaba atrás para continuar la labor.</p>



<p><strong>El doctor Osorio</strong></p>



<p>Es hoy un personaje desconocido. Si atendemos a la distancia recorrida y a los tratados firmados, el verdadero explorador español de Guinea sería Osorio antes que Iradier. No obstante, de su vida y trabajos quedan solamente unos pocos datos, escuetos y desorganizados. En su <em>África, </em>Iradier lo presenta como un tipo frágil, que se marea en los barcos. No obstante, su salud resistió cuando las de otros, en apariencia más fuertes, sucumbieron, incluida la del propio alavés. En aspecto, carácter y modos, Iradier y Osorio eran como la noche y el día, por más que se adivine en ambos idéntico espíritu inquieto al servicio de personalidades complejas y anómalas ambas, por lo menos desde el punto de vista de la época. Tras sus respectivas hazañas ecuatoriales, Osorio gozó del reconocimiento institucional e Iradier de la fama imperecedera. Los dos fueron en África grandes amigos, para después separarse en Europa y convertirse en rivales irreconciliables. Ambos, no obstante, han quedado inscritos en el mismo y emocionante pasaje de la historia. Osorio vino al mundo en el pueblo de Vegadeo, Asturias, el 6 de septiembre de 1851. Aunque sus primeros estudios se desarrollaron entre el Principado y Galicia, fue en Madrid donde obtuvo —en la Universidad Central— el título de Doctor en Medicina y Cirugía en 1877. En un principio ejerció en su pueblo natal como médico. No obstante, empujado por su espíritu pionero, comenzó a adoptar costumbres higiénicas poco ortodoxas y a experimentar hábitos que, en un lugar de mentalidad tan cerrada como era Vegadeo en aquella época, no fueron vistos con buenos ojos. Tanto es así que, presionado por el alcalde, tuvo que dejar el pueblo. Osorio finalmente encontró su oportunidad en Madrid con la Sociedad de Africanistas y Colonistas, a la que contribuyó con 5.000 pesetas de su fortuna personal, una de las mayores cantidades aportadas.</p>



<p>Durante la segunda exploración de Iradier, tras enfermar este de gravedad, Osorio se negó a dar la lucha por perdida. Se reunió en Fernando Poo con el Gobernador José Montes de Oca y juntos decidieron emprender un nuevo periplo que garantizara la soberanía hispana en la región del Muni. Montes de Oca y Osorio, gracias a la financiación de la propia Sociedad de Africanistas y Colonistas (sobrante de la segunda expedición de Iradier) y al dinero otorgado a tal efecto por los misioneros del Inmaculado Corazón, emprendieron una nueva expedición en 1885, viaje que redundó en la firma de 370 tratados con jefes indígenas de las cuencas del Muni, el Noya y el Laña. Tanta era la determinación de ambos hombres, que ni siquiera la noticia de la muerte del padre de Osorio consiguió hacerle desistir de su empeño, hasta que Montes de Oca cayó enfermo de fiebres y se vio obligado a regresar a Fernando Poo para restablecerse. “Montes de Oca —cuenta Osorio— enfermó también en 1886, por lo que hube de seguir yo solo, con los porteadores y cuatro fusiles, la exploración de la parte norte de la Guinea, desde Río Campo, hasta doscientos kilómetros de la costa. Durante este viaje visité las tribus de los vilas, de los vicos, de los ilo hiten, de los bujebas y de los bundemus, entrevistándome con un total de noventa y cuatro jefes de tribu, y recorrí un territorio de más de trece mil kilómetros. Gracias a ello, la soberanía española sobre Guinea pudo sumar catorce mil kilómetros de posesión, alcanzando yo acuerdos con un total de ciento un jefes de tribus, cuatro de los cuales rechazaron la soberanía francesa para abrazar la española”.</p>



<p>Por extraño que pueda parecer, Osorio nunca escribió un libro sobre sus viajes, solamente el opúsculo <em>Fernando Poo y el Golfo de Guinea: apuntes de un viaje</em>, apenas unas breves líneas escritas de forma caótica y leídas por el viajero asturiano en el Ateneo de Madrid el 20 de mayo de 1886 a modo de leve crónica de la expedición recién terminada (y cuyas líneas usaría en su único texto publicado, <em>Vocabulary of the fang language</em>). Contiene material testimonial, etnológico, arqueológico, geológico y zoológico, pero todo de manera tan escueta, que deja al lector indiferente. En este texto el médico promete una extensa memoria, que nunca llegaría a escribir;&nbsp; quizá por ello, desaparecida su generación, se lo tragó la historia. Sin libro –vocabulario fang aparte-, numerosas aventuras que debió de correr, se han perdido.</p>



<p>El corazón errabundo de Osorio nunca se concedió mucho reposo y, así, emprendió nuevos viajes —entre 1889 y 1892— por varios países de América del Sur. Después, llevado por su alma patriotera, se unió a las tropas españolas que combatían en Marruecos, donde compartió con el doctor Llorente la dirección del hospital de campaña instalado por el <em>Heraldo de Madrid</em> en Melilla. Luego vendrían la Guerra de Cuba, y de nuevo, una misión en Guinea en el seno de la Comisión de Límites de 1901.</p>



<p>Como ya se ha dicho, tres años después de servir en Marruecos, Osorio decidió cambiar África por América y se enroló como médico en el Batallón de Voluntarios del Principado, cuerpo a través del que se hizo cargo de la enfermería militar de Puerto Padre. Finalmente, en 1898, España perdió Cuba, Filipinas y Puerto Rico, el resto de lo que fuera su imperio de ultramar, lo que, tanto para Osorio —que había empeñado años en las guerras coloniales— como para Iradier, resultó una auténtica conmoción. Pasados unos años del regreso de Amado Osorio a la Península, fue designado por el Estado para formar parte de la Comisión española destinada a negociar con Francia la demarcación de los límites de lo que habría de convertirse en la nueva colonia de la Guinea Española. Decididos estos en el seno de la Conferencia de París de 1900, Osorio recibió la orden de recorrer in situ las fronteras de las nuevas posesiones, así como asistir en calidad de médico —dada su experiencia tropical— a los miembros de la partida. La Comisión estaba liderada por el Comisario Regio Pedro Jover y Tovar (que se suicidó en Guinea) y en ella había exploradores y naturalistas de renombre como Manuel Martínez de la Escalera o Enrique D’Almonte. Este cometido, por lo tanto, le llevó de nuevo a las frondas del país ecuatorial y, Con López Vilches y Nieves, se paseó por los nuevos límites meridionales y orientales del <em>hinterland</em> concedido a España antes de regresar a Bata que, según lo acordado, detentaría la nueva capitalidad de los territorios continentales. En total, el periplo se prolongó más de 600 kilómetros. Por sus trabajos recibió el reconocimiento de Francia, que le concedió la Legión de Honor en 1903. Cumplidas sus obligaciones con la patria, el médico volvió a España, donde al parecer, intentó sentar cabeza. Casado desde 1906 (a los 55 años) con Josefa Rodríguez Carballeira, Amado Osorio tuvo en lo personal una gran relación con la música; sus dos hijas, Pilar y Carmen, fueron renombradas concertistas de piano, lo mismo que su hijastro, Pepito Arriola, a quien acompañó en alguna de sus giras internacionales. Parece que en estos momentos de quietud el explorador se dedicó a la investigación médica, en el campo de la oftalmología, para lo cual se desplazó unos años a Alemania para ampliar sus conocimientos técnicos y empaparse de las nuevas tendencias, aptitudes que le permitieron contribuir a la fundación del Instituto Ruber. En 1912 publicó <em>Vocabulary of the fang language</em>, su única obra relacionada con sus exploraciones africanas. Nombrado —a pesar del alcalde Arango, que no fue invitado a la fiesta— hijo predilecto de Vegadeo. Falleció en 1917 a los 66 años.</p>
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		<title>José Celestino Mutis a Nueva Granada (1783)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/las-expediciones-botanicas-de-la-corona-jose-celestino-mutis-a-nueva-granada-1783/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Apr 2020 11:00:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las Expediciones Botánicas de la Corona]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Antonio González Bueno Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001 En pleno barrio del Pópulo, en un Cádiz de floreciente comercio, acrecentado desde la implantación, en 1717, de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3558" class="csc-default">
<h3><strong>Antonio González Bueno</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001</p>
</div>
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<p class="bodytext">En pleno barrio del Pópulo, en un Cádiz de floreciente comercio, acrecentado desde la implantación, en 1717, de la Casa de Contratación, nació el tercero de los hijos del matrimonio formado por Julián Mutis y Gregoria Bosio; sucedió el 6 de abril de 1732 y diez días después le impusieron en la pila bautismal los nombres de Joseph Celestino Bruno.</p>
<p>Sus primeros años transcurrieron entre libros, los de la librería de su padre, quien no sólo vendía al público sino que, con el correr del tiempo, surtió a algunas de las bibliotecas delos nuevos centros ilustrados de la ciudad: el Observatorio Astronómico y el Real Colegio de Cirugía, entre ellos.</p>
<p>Su adolescencia transcurrió entre libros y juegos, al abrigo del levante y el poniente,siempre con olor a mar y el trasfondo de una soñada América, la tierra de promisión, como eje de las conversaciones. Realizó sus primeros estudios bajo la tutela de los jesuitas, a los que su propia familia estuvo vinculada; a mediados de noviembre de 1749 formalizó su ingreso en el recién instaurado Real Colegio de Cirugía de Cádiz, bajo la dirección de Pedro Virgili; apenas un par de años después se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla. En la Universidad hispalense consiguió sus títulos académicos, los de bachiller en artes y filosofía y bachiller en medicina, otorgados ambos en mayo de 1753;pero su formación científica y la consolidación de su pensamiento liberal e ilustrado la obtendría en Cádiz, a la sombra de Pedro Virgili, de cuya influencia en el sentir del gaditano quedan sobradas muestras.</p>
<p>Tras practicar durante unos años la medicina en su Cádiz natal, bajo la dirección de Pedro Fernández de Castilla, un médico de talante renovador, Mutis se desplazó a Madrid para rendir examen ante el Real Tribunal del Protomedicato, que revalidaría su título de médico el 5 de julio de 1757.</p>
<p class="bodytext">En la corte permaneció por espacio de tres años. Ejerció de manera interina la cátedra de anatomía en el Hospital General de Madrid y prosiguió su formación en otras disciplinas, en especial en botánica, junto a Miguel Barnades, médico de cámara de Carlos III y director del Real Jardín Botánico (entonces sito en el Soto de Migas Calientes), de buena formación teórica tanto en los principios linneanos como en las novedades clasificatorias defendidas por los botánicos franceses.</p>
<p>El 28 de julio de 1760 Mutis inició su viaje de regreso a Cádiz y la redacción de un diario, testigo de éste y de sus posteriores andanzas por tierras americanas. Su estancia en Madrid, mayor de la deseada por sus padres, supuso un cierto enfrentamiento familiar, pues aspiraban a que su hijo ejerciera la profesión médica en Cádiz y permaneciera unido a los suyos. No habría de ser así; el propio Mutis lo recordará en carta a un destinatario anónimo: «En Cádiz tuve tan poco tiempo que apenas pude gozar de los gustos de mi nueva reconciliación con mis padres. Vuesamerced no ignora que mi establecimiento en Madrid destruyó las miras de mi familia consentida en que yo no habría de abandonar mi patria; pero mis ideas, que eran muy diferentes, me produjeron una declarada enemistad, especialmente con mi padre, que siempre perseveró en su dictamen. Mi llegada a Cádiz desvaneció todos estos enojos, y pude granjearme por este medio el desahogo que tanto apetecía. El 6 de septiembre del año 60 cuando yo menos pensaba, por la proximidad del Equinocio, me vi en la precisión de embarcarme en compañía del Virrey, sin despedirme de mi familia, por ahorrarme las amarguras que consigo trae la memoria de una dilatada separación. No puedo ponderar a vuesamerced</p>
<p class="bodytext">Aquel sábado vio romper, por última vez, las olas contra la Caleta. Su mundo no estaba en la práctica cotidiana de los hospitales gaditanos, tampoco en las tertulias y actividades políticas de la corte; su mundo se abría más allá del mar que acunó sus noches infantiles y contempló sus juegos de juventud. La gente y la naturaleza de la Nueva Granada habrían de cautivarle, hasta el extremo de que, pese a que no imaginara tal durante su partida del puerto gaditano, allí habría de entregar lo más granado de su vida. Nadie mejor que su discípulo Francisco José de Caldas para guiarnos por este primer contacto de nuestro protagonista con la naturaleza americana:</p>
<p>«El silencio, la paz, los bosques de la América tuvieron más atractivo sobre su corazón que la grandeza y la pompa de las Cortes de Europa, un plan atrevido y sabio se presenta ante sus ojos. Las selvas de la América , la soberbia vegetación de los trópicos y del Ecuador, la obscuridad y la ignorancia de las ricas producciones del Nuevo Continente, le resolvieron a recorrer y examinar esta preciosa porción de la Monarquía [&#8230;] ¡Qué campo tan vasto para inundar de conocimientos la Europa , y para coronarse de gloria!».</p>
<p>Mutis viajó con el resto del séquito del nuevo virrey, Pedro Messía de la Cerda , marqués dela Vega de Armijo, en calidad de su médico-cirujano. La travesía por el Atlántico duró cincuenta y cinco días; el 29 de octubre de 1760 tocó puerto en Cartagena, iniciando entonces el viaje hasta Santa Fe, bien en bote o en champán, según las condiciones de navegabilidad, bien a lomos de caballo o a pie, allí donde el camino había de realizarse por tierra. Mutis constató la dureza del sol tropical, la incomodidad de las copiosas lluvias y la agresividad de los mosquitos, pero también disfrutó de la belleza de una exuberante naturaleza, insólita a sus ojos, que cautivó sus retinas y de la que nos dejó escritas sus impresiones en su Diario. Tras una corta estancia en Honda, la comitiva alcanzó Santa Fe el 24 de febrero de 1761.</p>
<p class="bodytext">Durante los primeros meses de su estancia en la capital del virreinato la actividad de Mutis quedó constreñida a su trabajo médico:</p>
<p>«Aunque la naturaleza del país me prometió desde luego abundante materia para mis ejercicios botánicos, la novedad del nuevo médico, junto a la escasez de facultativos cortó todo el vuelo de mis ideas».</p>
<p>Pese a esta limitación, la dureza del clima y las inquietudes derivadas de su propio estado de salud, Mutis anotó metódicamente sus observaciones, más aún desde que a comienzos de junio de 1761 recibió una nota, escrita de mano de Carlos Linné meses atrás, en la que además de agradecerle el prometido envío de colecciones americanas, se interesaba por la descripción y costumbres de las hormigas americanas. El contacto entre Linné y Mutis se inició a través de Clas Alstroemer, un discípulo del naturalista sueco, a quien nuestro protagonista debió conocer en Cádiz, durante la estancia en esta ciudad del joven sueco, en cuyo puerto había desembarcado a mediados de 1760, coincidiendo con Mutis cuando éste se disponía a partir a Nueva Granada.<br />
No sólo las hormigas, nada del mundo natural fue ajeno a la observación de Mutis; desde la medicina popular a los venenos animales, desde las propiedades medicinales de las plantas a la utilización de las aguas, desde la explotación minera a la descripción de la flora. Pues fue esta tarea, la descripción del mundo natural, por la que auto justificó su presencia en las tierras americanas. El ejercicio de la profesión médica parecía un medio, mas no el fin; en su Diario dejó escrito:</p>
<p>«[&#8230;] hasta el presente 28 del mes de Septiembre apenas he empleado algunos minutos en los asuntos pertenecientes a mi venida. Tan distantes han sido mis ocupaciones, que no he podido hacer progreso alguno en la Historia Natural «.</p>
<p class="bodytext">Y aún habrían de aumentar sus ocupaciones en Santa Fe; en marzo de 1762 se incorporó al cuerpo docente del Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario, ocupando la cátedra de matemáticas. Desde ella defendió los principios de la filosofia newtoniana, toda una novedad para una cultura aún inmersa en el pensamiento cartesiano. Se vinculó así al reducido grupo de intelectuales interesados en introducir las nuevas concepciones científicas, nacidas en la Europa ilustrada, en los territorios americanos; no estaba solo en la empresa, algunos jesuitas de la Universidad Gregoriana de Quito y la Javeriana de Santa Fe se habían esforzado por incluir en sus programas, si bien de manera ecléctica, las nuevas concepciones de la fisica y la astronomía. Mas la actitud mutisiana fue más allá de los intentos de conciliación entre las teorías entonces vigentes; su defensa de Newton y Descartes fue plena y, por ende, contradictoria a los planteamientos de Aristóteles.</p>
<p>Tan férrea defensa de los nuevos planteamientos científicos le llegó a ocasionar una agria controversia con los sectores más conservadores de la intelectualidad novo-granadina; los dominicos en particular.<br />
Mas, ya lo hemos comentado, el deseo de Mutis era dedicarse por entero al estudio de la historia natural. Y con ánimo de hacer realidad «el principal objeto de mi viaje», escribió sendos memoriales a la corte de Carlos III, fechados en mayo de 1763 y junio de 1764, ambos de similar contenido:</p>
<p>» La América , en cuyo afortunado suelo depositó el Creador infinitas cosas de la mayor admiración, no se ha hecho recomendable tan solamente por el oro, la plata, las piedras preciosas y demás tesoros que abriga en sus senos. Produce también para el alivio del género humano muchos árboles, yerbas y bálsamos que conservarán eternamente el crédito de su no bien ponderada fertilidad».</p>
<p class="bodytext">A su estudio pensó dedicar su esfuerzo emulando la vieja aventura de Francisco Hemández, quien fue protomédico de Felipe II, mas para ello necesitaba la protección y los caudales de la Corona :</p>
<p>«Mis fuerzas que son las de un particular solamente han alcanzado a los crecidos costes con que me he formado una grande colección de instrumentos y libros [&#8230;]. Me hallo ya imposibilitado a continuar por estos medios porque deben ser mayores los sufragios».</p>
<p>No sólo le interesaba el estudio de las producciones naturales y su explotación comercial, porque el proyecto de Mutis sobrepasó ya estos límites desde sus primeras formulaciones:</p>
<p>«No paran aquí Señor las miras de mi proyectado viaje: se extienden también a muchas importantes observaciones que podrán merecer algún lugar entre las memorias de Medicina, Geografia, Física y Matemáticas. Mi dilatada peregrinación por países a donde no han penetrado hasta ahora los hombres sabios, me proporcionará la oportunidad de hacer mil observaciones dignas de ser comunicadas».</p>
<p>El silencio fue la única contestación que recibieron sus memoriales, pese al expreso apoyo manifestado por el virrey Messía de la Cerda en la remisión de los documentos a la corte madrileña. No se amilanó Mutis ante el silencio burocrático, antes bien, prosiguió en su particular estudio del medio novo-granadino, pese a las dificultades que la falta del apoyo económico de la Corona suponía. Celoso siempre de sus activos financieros, cuyos pormenorizados «apuntamientos gananciales» han llegado hasta nosotros, encontró en el verano de 1766 un medio de aumentar su capital y proseguir su actividad investigadora fuera de los límites santafereños; en unión a otros cuatro socios constituyó una sociedad privada dedicada a la explotación minera de San Antonio, en la Montuosa Baja , en la que ejerció como administrador. El 30 de septiembre de 1766 «llegué a mi deseado destino del Real de la Montuosa Baja en las betas de Pamplona. Aunque yo venía bastante informado de la infelicidad del sitio [&#8230;] nunca pude formar juicio cabal, ni hacer concepto de lo que es el sitio en realidad». En este «destierro voluntario» permaneció cuatro años, y en mayo de 1770 volvió a Santa Fe, retomando su consulta médica y la actividad académica en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario.</p>
<p class="bodytext">En Santa Fe, y avanzado el año 1772, tomó dos decisiones importantes: permanecer en Nueva Granada pese a la inminente vuelta a la metrópolis del virrey Messía de la Cerda y tomar el estado eclesiástico, una determinación que debió ser largamente meditada pues Mutis tenía concedida autorización para ello desde 1764. Aquel año de 1772 fue de especial importancia en el acontecer biográfico de nuestro protagonista, porque a las decisiones ya comentadas se unió un descubrimiento trascendental: el hallazgo de quinos en el Monte de Tena. El hecho tuvo lugar en octubre de ese año durante un viaje rutinario por los pueblos mineros de los alrededores de Santa Fe, junto a Pedro de Ugarte, uno de los socios de su compañía minera; volvió a localizar quinos en su camino hacia Honda cuando se dirigía en abril de 1773 a saludar al nuevo virrey, Manuel de Guirior.</p>
<p>Estos nuevos descubrimientos y su recién adquirida tonsura no le hicieron desatender sus negocios mineros, antes bien se intensificó su participación en ellos durante estos años. En un intento por conocer en profundidad los nuevos procedimientos dosimásicos, la compañía minera de la que Mutis era partícipe decidió enviar a Clemente Ruiz a Suecia, donde permaneció entre 1774 y 1776. No cabe duda de que Mutis hizo acompañar a su discípulo de abundantes materiales para un Linné ya envejecido y enfermo, quien, según confiesa en carta fechada el 20 de mayo de 1774:</p>
<p>«La riqueza de plantas, raras aves Y otros objetos [.,,] me dejaron completamente atónito. Te felicito por tu nombre inmortal que jamás borrará edad alguna. Día y noche, durante estos ocho días, todo lo he vuelto y revuelto; salté de alegría siempre que comparecían plantas nunca vistas. Llamaré Mutisia a la planta número 21. En ninguna parte vi planta que le exceda en lo singular [&#8230; ]».</p>
<p class="bodytext">El género Mutisia L. filo fue finalmente descrito por el hijo de Carl Linné, en 1781; el «príncipe de los botánicos» murió en Upsala en los comienzos del año 1778. Nuestro protagonista fue, mediada la década de los setenta y tras quince años de estancia continuada en el virreinato, un personaje bien conocido en Santa Fe. Sus estudios contaban con el beneplácito del nuevo virrey, con quien Mutis parecía departir con cierta asiduidad; su magisterio en el Colegio del Rosario, amén de sus enseñanzas particulares a un destacado grupo de alumnos, comenzó a ver sus frutos. Su situación económica estaba más que asentada, y quizás ello fuera la causa de que su hennano Manuel se decidiera, mediada la década de los sesenta, a viajar a la «tierra de promisión», donde contrajo matrimonio en 1769 Y en donde tuvo abundante descendencia.</p>
<p>La fama y el poder tienen un precio y Mutis tuvo que pagarlo; entre los meses de junio y julio de 1774 fue denunciado ante el Tribunal de la Inquisición por los padres dominicos, quienes veían desbancado el prestigio de su Universidad por el del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario; el motivo alegado fue la defensa de las teorías copernicanas, contrarias a las enseñanzas de la Iglesia Católica. La causa fue favorable a la postura defendida por Mutis que veía así respaldada su autoridad. No fue ésta la única polémica que mantuvo Mutis; la más dilatada en el tiempo y de más esquivos resultados fue la sostenida con el panameño Sebastián López Ruiz, quien presentó en agosto de 1776, ante el virrey Antonio Flórez, un informe sobre la utilización preferente de las quinas novo-granadinas frente a las tradicionalmente utilizadas, las procedentes de Loja. Mutis entendió violadas sus prioridades por ser él quien años atrás había dado cuenta de igual descubrimiento al anterior virrey, Manuel de Guirior. Pese a sus protestas, elevadas al propio virrey, fue Manuel López Ruiz el encargado, por Real Orden dictada en noviembre de 1778, de ocuparse del establecimiento de un sistema de exportación de la quina novo-granadina. La polémica se extendió más allá de la sustitución en su cargo de López Ruiz, acaecida en 1783, ya bajo el gobierno del virrey-arzobispo Antonio Caballero y Góngora.</p>
<p class="bodytext">Mas no avancemos los acontecimientos; retornemos a la Santa Fe de principios de 1777 para encontramos con Mutis celebrando el regreso de su discípulo Clemente Ruiz, formado en Suecia en los nuevos procedimientos metalúrgicos. Juntos se trasladaron al Real de Minas del Sapo, en la jurisdicción de Ibagué; pese a la pronta deserción de Ruiz, nuestro protagonista permaneció en este distrito minero hasta 1782. Además de sus trabajos sobre la explotación minera, se dedicó con ahínco a los estudios entomológicos, en especial al de las hormigas, tal como el propio Linné le había sugerido en los inicios de su correspondencia.<br />
En febrero de 1781 Mutis tuvo un afortunado encuentro con el arzobispo de Santa Fe, Antonio Caballero y Góngora, de visita pastoral en Ibagué. Resultado de aquellas conversaciones fue la efectiva puesta en práctica del añorado plan de la expedición botánica por el virreinato de Nueva Granada.</p>
<p>A comienzos de 1782 Mutis volvió a trasladar su residencia a Santa Fe, convertido en asesor personal del arzobispo Caballero que, en junio de este mismo año, asumía el cargo de virrey. En marzo de 1783 fue el propio virrey quien solicitó de Mutis una actualización del proyecto expedicionario presentado ante la corte veinte años antes. La ansiada expedición fue aprobada por el propio virrey-arzobispo antes de que se consiguiera el plácet de la Corona española, firmado por José de Gálvez el primer día de noviembre de ese mismo año, con los consiguientes libramientos de las cajas reales.<br />
De manera oficial Mutis inició, el 23 de abril de 1783, su expedición botánica por el Nuevo Reino de Granada. Ciertamente era mucha la información que, durante los veinte años de estancia en el territorio, fue acumulando; pero estos trabajos ocuparon siempre un lugar secundario en su actividad profesional-quizás no en su pensamiento-. Entonces, desde estos últimos días de abril de 1783, la observación y el estudio del medio natural constituyó su ocupación principal. Y no solo la suya; en el proyecto expedicionario participó, en distintos momentos y con distintas intensidades, un grupo de naturalistas, formado a la sombra y bajo la tutela de Mutis, que colaboró con él en sus trabajos de campo.</p>
<p class="bodytext">El primer destino de la expedición fue La Mesa de Juan Díaz y hacia allí partió, desde Santa Fe, «con la crecida familia de compañeros y criados», el martes 29 de abril de 1783. En el camino, en el Monte Tena, encontraron algunos pies de quinos, cuya localización y estudio constituían uno de los principales objetivos de la expedición.</p>
<p>En La Mesa de Juan Díaz permanecieron desde los primeros días de mayo hasta el 29 de junio; desde allí prosiguieron viaje hasta Mariquita, una población de excelentes condiciones climáticas y situada en las proximidades del Real de Minas de Santa Ana.<br />
Su estancia en Mariquita, que se prolongó hasta 1790, sufrió un paréntesis. Por petición del arzobispo-virrey, cuya salud se hallaba resentida, Mutis se trasladó unos meses a Santa Fe; allí se encontraba entre octubre de 1783 y abril del siguiente año. Durante su ausencia se hizo cargo de la dirección de los trabajos de la expedición Eloy Valenzuela, retirado en 1784 por problemas de salud.</p>
<p>En Mariquita, en febrero de 1785, Mutis recibió la visita de Juan José D&#8217;Elhuyar y de Angel Díez, comisionados por la Corona para el estudio de las explotaciones mineras novo- granadinas. Sus opiniones fueron decisivas para los trabajos mineros realizados por Mutis, a los que continuó vinculado aún mientras dirigió la Real Expedición ; si bien siempre los mantuvo como una actividad privada. Las relaciones de D&#8217;Elhuyar y Mutis, iniciadas con la llegada del minero a Mariquita, se prolongaron en el tiempo y en el espacio -mezcladas con las experiencias novohispanas de Fausto D&#8217;Elhuyar-, hasta la muerte del vasco en Santa Fe, en septiembre de 1796.</p>
<p>Apenas iniciado el mes de marzo de 1785, el virrey-arzobispo recibió órdenes de la metrópoli de iniciar el acopio de quinas novo-granadinas; era el resultado de los envíos de este material realizados por el propio Caballero y Góngora durante el año anterior. Del acopio se ocupó Mutis, en contacto con los cosecheros de los alrededores de Mariquita y del valle de Fusagasugá, que llegó incluso a pergeñar un proyecto de estanco, aprobado por la cúpula virreinal en abril de 1787, nunca llevado a efecto. Una Real Orden dictada por Carlos IV el 20 de diciembre de 1789 puso fin a los proyectos de explotación novo-granadinos, declarando de especial utilidad la quina procedente de Loja; un día antes, alejado de lo que ocurría en Madrid, Mutis escribió a Francisco Martínez Sobral: «Entre todas mis empresas útiles a la humanidad ninguna ha merecido tanto mi atención como el asunto de la quina, y tal vez por lo mismo ninguna me ha producido tantas amarguras».</p>
<p class="bodytext">Esta falta de apoyo oficial al comercio de las quinas novo-granadinas no supuso el abandono de Mutis, quien siguió interesado en realizar acopios y en negociar con ellos, si bien ya como una actividad particular, segregada de las actividades de la Real Expedición que le estaba encomendada. El comercio de las quinas novo-granadinas conoció un nuevo auge en 1806, para el que Mutis estuvo preparado, y en el que participó de manera activa desde La Habana su sobrino Sinforoso.</p>
<p>Este mismo año de 1785, avanzado el mes de noviembre, dio cuenta ante la corte de Madrid, en sendos escritos dirigidos al ministro de Indias, José de Gálvez y al todopoderoso conde de Floridablanca, del hallazgo de un sustituto del té de China, bautizado como té de Bogotá, de «admirables propiedades que lo acreditarán por todo el mundo». La planta estuvo sujeta a explotación comercial, dirigida por el propio Mutis, quien se ocupó de su acopio, almacenaje y distribución desde comienzos de 1787 hasta febrero de 1790 en que se dictó la supresión de los envíos.</p>
<p>Durante su estancia en Mariquita, un tercer producto llamó la atención de Mutis: los canelos americanos, posibles sustitutos de la canela de Ceilán, de envidiable comercio. A fines de septiembre de 1783 el virrey-arzobispo encomendó la toma de muestras, de común acuerdo con Mutis, de unos árboles localizados en las montañas de Bée, próximas a Mariquita; a fines de este año, con material suficiente para la toma de decisiones botánicas, Mutis identificó los materiales como pertenecientes al género Laurus L., próximos a las canelas pero carentes de las utilidades de éstas. La búsqueda de canelas americanas prosiguió pese a estos primeros resultados desalentadores; en 1786 plantó, en su huerto de Mariquita, una porción de semillas, procedentes de los Andaquíes, remitidas por fray Diego García, que lograron prosperar, pero la pronta marcha de Mutis a Santa Fe le impidió comprobar los resultados finales de su experiencia.</p>
<p class="bodytext"><strong>La causa americana </strong></p>
<p>Durante el gobierno del virrey-arzobispo, y aún durante el breve tiempo en que el territorio estuvo bajo la dirección de Francisco Gil y Lemos, los trabajos de la Real Expedición novo-granadina transcurrieron según el solo criterio de José Celestino Mutis; nadie interfirió en sus planes ni pidió resultados. La situación cambió al ocupar la cúpula virreinal José Ezpeleta.</p>
<p>La falta de datos sobre el desarrollo de los trabajos de la Real Expedición no pasó desapercibida en la corte, ni en la madrileña ni en la del propio Santa Fe. En febrero de 1790 el virrey José Ezpeleta escribió a Mutis solicitando un informe de sus actuaciones y «ordenando» el traslado de la sede de la Real Expedición a Santa Fe, «a fin de no distraerme con otros asuntos que en la conclusión de la Flora de Bogotá».</p>
<p>La respuesta de Mutis a la orden de su nuevo virrey fue extensa, pero contundente; en ella le recordaba que su comisión no era sólo el estudio de la flora, sino que iba más allá, debiendo ocuparse también de los asuntos de la minería y de la explotación de algunas producciones vegetales, como la quina, los canelos o el té. Nada pareció entender el nuevo virrey quien insistió en el traslado de la sede de la Real Expedición a Santa Fe, como única contestación a las alegaciones de Mutis; acompañó a éste, su escrito de marzo de 1790, copia de una Real Orden, extendida por Antonio Porlier a fines de octubre de 1789, en la que el ministro de Indias proponía tal cambio a tenor de los nulos resultados conocidos en la corte española.</p>
<p>A fines de 1790, Mutis levantó su «casa botánica» de Mariquita para trasladarla, con todos sus enseres, a la capital virreinal. Los tiempos de independencia parecían tocar a su fin. Un Celestino Mutis, casi sexagenario y de «quebrantada salud», se despedía, el16 de enero de 1791, de las estancias de Mariquita, de sus planteles de canelos y nuez moscada, donde había disftutado de la vida durante los últimos siete años, y se encaminaba hacia la ciudad de Santa Fe.</p>
<p class="bodytext">En la capital virreinal, avanzado ya el mes de octubre de 1791, escribió al virrey Ezpeleta solicitando la continuación de la Real Expedición ; a los objetivos ya conocidos añadió uno más de excepcional importancia para entender los nuevos aconteceres por los que discurrió el proyecto expedicionario: «[ &#8230;] como depositar en cuatro jóvenes mis conocimientos de la Historia Natural de este Reino con toda la extensión que debe proporcionarles mi espontánea elección y su única aplicación al principal ramo de las Ciencias que puede hacer en lo sucesivo su carrera literaria [&#8230;]». Los cuatro discípulos elegidos fueron Juan Bautista Aguiar, en su compañía desde 1790, dos de sus sobrinos, José y Sinforoso, y Francisco Antonio Zea, y sólo este último cobraba con cargo al Real Erario, pues los tres restantes quedaron agregados al proyecto sin sueldo. El informe positivo del virrey Ezpeleta fue asumido como propio por el marqués de Bajamar, ministro de Indias, en escrito fechado a mediados de noviembre de 1791.</p>
<p>Tras la incorporación de Francisco Antonio Zea, la expedición cobró un nuevo impulso; el primer trabajo encomendado al recién incorporado expedicionario fue el estudio de los quinares del valle de Fusagasugá; allí viajó en 1792 y en él permaneció hasta 1794. José y Sinforoso permanecieron en Santa Fe, continuando su formación en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario.</p>
<p>Con sus discípulos, Mutis mantuvo una actitud de continua preocupación; su pensamiento liberal, amante de la nueva sociedad ideada por las mentes ilustradas, le hicieron enfrentarse a las fuerzas coloniales conservadoras, pero su condición de fiel vasallo de su monarca le hizo oponerse a los movimientos emancipadores. Mutis se desmarcó de estas iniciativas, pero no sus discípulos; tanto Sinforoso como Zea fueron perseguidos, junto a Luis Rieux y Antonio Nariño, como integrantes de la conspiración de 1794; su defensa de los derechos del hombre y del pensamiento emanado de la Revolución Francesa no pasó desapercibida al virrey Ezpeleta. Zea fue enviado a Europa, desde donde, a principios de siglo, propuso a su maestro un nuevo viraje en el proyecto de expedición novo-granadina, cada vez más vinculado con el propio desarrollo de la ciencia en los territorios americanos y más alejado de las expectativas metropolitanas. Francisco Antonio Zea no volvió a ver con vida a su maestro, para el que tuvo siempre palabras de agradecimiento, sin duda justificadas por la especial protección que Mutis le dispensó durante su estancia en el continente europeo y que le llevaron a dirigir el Real Jardín Botánico de Madrid, a partir de 1804, tras la muerte de Antonio José Cavanilles.</p>
<p class="bodytext">Mas debemos retomar a la Nueva Granada de la última década del siglo XVIII. Por estos años comenzaron a hacerse públicos los primeros trabajos de Mutis; a la espera de la Flora de Bogotá, para la que siguieron acumulándose dibujos y pliegos, el gaditano divulgó sus opiniones sobre la quina: en 1792 se publicó, en Cádiz, una Instrucción formada por un facultativo [&#8230;] relativa a los usos y virtudes de los árboles de la quina,. entre 1793 y 1794, desde las páginas del Papel, periódico de la ciudad de Santa Fe de Bogotá, dio a conocer «El Arcano de la Quina , revelado a beneficio de la humanidad, o «Discurso de la parte médica de la Quinología de Bogotá».</p>
<p>A fines de 1789 el propio Mutis, en carta a su amigo y compañero Francisco Martínez Sobral, ofreció una síntesis de sus trabajos americanos: «Mi principal ocupación ha sido en treinta años el ejercicio de la medicina con las alternativas de gustos y amarguras que produce la Facultad en corazones tiernos y sensibles hacia el bien del prójimo. He disipado francamente, sin previsión mía, el caudal que iba adquiriendo, para hallarme imposibilitado de volver a Europa, y pegado mi corazón a mi excelente biblioteca y gabinete; formando entretanto una multitud de discípulos y aficionados a las ciencias útiles en un Reino envuelto en las densísimas tinieblas de la ignorancia, a pesar de una juventud lucidísima, ocupaciones que me constituyen en el oráculo de este Reino, con satisfacción de mis interesantes tareas».</p>
<p>Los escritos de Mutis de estos años, gozne entre los siglos XVIII y XIX, lo muestran ya plenamente imbuido del espíritu de América; no era un activista de la Revolución , pero sus miras se han vuelto definitivamente hacia el territorio al que entregó cuarenta años de su vida y muy atrás quedaba aquel final del verano de 1760 en que, con ánimo de un no muy lejano regreso, emprendió camino a Nueva Granada.</p>
<p class="bodytext">En los primeros años del siglo XIX se hizo más evidente el esfuerzo de Mutis por institucionalizar el desarrollo científico en Nueva Granada; a fines de diciembre de 1801 se celebró, en su propia casa, la primera sesión de la Sociedad Patriótica del Nuevo Reino de Granada; contaba para ello con los pertinentes permisos del virrey Pedro Mendinueta; en 1803 se inició, sufragado de su propia pecunia, la construcción del Observatorio Astronómico de Santa Fe; en agosto de 1805 presentó la versión definitiva del plan de estudios de medicina, vinculados al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario desterrando de sus aulas los métodos antiguos de enseñanza peripatético-arábiga».<br />
En 1801 José Celestino Mutis recibió la visita de Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, procedentes de Cartagena, que se dirigían a Quito, con una estancia previa en Santa Fe, expresamente pergeñada para saludar al sabio gaditano y conocer in situ los resultados de sus trabajos. No parecen de mero cumplido las palabras con que Mutis contestó la propuesta de visita que le realizó Humboldt. «[ &#8230;] tan apreciable me ha sido la resolución de vuesamerced de [&#8230;] reconocer la Flora de Bogotá y proporcionar a su autor los agradables momentos de su generosa amistad, que reputaré por los más felices de mi vida los días de su residencia en esta capital del Reino».</p>
<p>No podía ser de otra manera. Nada pudo alegrar más los últimos años de vida de Mutis que la conversación, pausada y distendida, con otros sabios europeos que manifestaban sus mismos intereses. La enfermedad de Bonpland hizo que la estancia de los expedicionarios en Santa Fe se demorara por un par de meses. Quizás los más felices de la vida de Mutis, quien no perdió una sola oportunidad para mostrar sus más preciados tesoros: la colección icono gráfica, su preciada biblioteca, su herbario, sus anotaciones climatológicas, en definitiva el fruto de una vida dedicada a la observación del mundo natural. Humboldt y Bonpland no olvidaron la acogida dispensada en Santa Fe tras su vuelta a Europa.</p>
<p class="bodytext">Durante estos mismos años, los del comienzo del siglo XIX, la Real Expedición se tornó más abierta, siempre bajo la férrea dirección de Mutis. En 1802 se vinculó a ella Francisco José de Caldas, sobre quien recayeron los trabajos astronómicos. Este mismo año se incorporó como voluntario sin sueldo Jorge Tadeo Lozano, quien tres años después, en 1805, pasó a ser agregado y quedó comprometido con los trabajos zoológicos. En octubre de 1799 se había reincorporado al programa Sinforoso Mutis, quien, entre 1803 y 1808, se encontraba en La Habana recogiendo materiales para la Real Expedición y participando en el negocio de la quina. Fueron los discípulos de Mutis quienes, con la siempre fiel colaboración de Salvador Rizo, continuaron sus trabajos científicos en Nueva Granada; éstos y Francisco Antonio Zea, en permanente promoción por Europa, y cuyo regreso siempre esperó.</p>
<p>En septiembre de 1808 Mutis otorgó su testamento científico; el peso de los años le obligó a poner en orden las cosas de su hacienda, aunque de eso se ocupó su fiel mayordomo, Salvador Rizo, a quien había conferido poder para testar a comienzos de julio de 1808. Él quiso dejar bien afianzada la continuación de su obra científica, y sobre ello escribió al virrey Antonio Amar: la dirección de la Real Expedición quedó escindida en tres bloques: de los trabajos astronómicos se ocuparía Francisco José de Caldas, de los asuntos económicos y del control de los pintores se responsabilizaria Salvador Rizo, y la continuación de la obra botánica correría a cargo de su sobrino predilecto, Sinforoso Mutis.<br />
En la madrugada del 11 de septiembre de 1808 Mutis expiraba rodeado de sus discípulos.</p>
<p><strong>El legado material</strong></p>
<p>Mas las cosas no sucedieron como él deseó; la situación social novo-granadina se volvió aún más tensa en los años posteriores a la muerte de nuestro protagonista, derivando en un proceso independentista en el que buena parte de sus discípulos se vieron involucrados: Francisco José de Caldas fue fusilado por las tropas españolas en 1816 y la misma suerte corrieron Jorge Tadeo Lozano y su fiel Salvador Rizo.</p>
<p class="bodytext">En 1816 el general Pablo Morillo, remitió a la metrópoli, cual botín de guerra, los materiales hasta entonces depositados en la Casa de la Botánica santafereña: un total de ciento cinco cajones, examinados personalmente por Fernando Vil en un acto público. El propio monarca dictó allí instrucciones para que por medicación de su ministro de Estado, José Pizarro, la colección fuera conservada en los Reales Gabinetes; los materiales remitidos al Real Jardín, el grueso de la colección, comenzaron a ser inventariados bajo la custodia solícita de Mariano Lagasca, Simón de Rojas Clemente y Antonio van Haalen; se inició así un largo proceso felizmente concluido en nuestros días.</p>
<p>La Real Expedición Botánica al Nuevo Reino de Granada nos ha legado, ante todo, una amplia colección iconográfica de dibujos, la mayor parte de los cuales, hasta un total de 6.394, se custodian en el archivo del Real Jardín Botánico. Los dibujos no son obra personal de Mutis, pero sí hay certeza de que dirigió su programa de ejecución y los mimó como obra propia, hasta considerarlos como su mayor aportación botánica.</p>
<p>El modo cómo se elaboraron estos dibujos es hoy bien conocido: los herbolarios recogían el material vegetal, éste era dibujado, en folio mayor, por el personal al servicio de la expedición, tomando nota de los colores que presentaba al fresco; un dibujante especializado, Francisco Javier Matis, se ocupaba de las disecciones de la ftuctificación, realizadas en hoja independiente, de tamaño menor. Terminado el dibujo al fresco, tarea en la que venía invirtiéndose entre dos y tres días, en función de la dificultad de la obra y de la habilidad del artista, se realizaba una copia monocroma, en sepia o negro, también en folio mayor, que servía como modelo para el grabador, mientras que el dibujo en color quedaba reservado para iluminar el grabado cuando la obra estuviera impresa. Las anatomías estaban destinadas a ser incorporadas al dibujo final, de igual modo que la determinación del icón, anotada por el amanuense de la Real Expedición ; lamentablemente estos últimos pasos no siempre se completaron.</p>
<p class="bodytext">No hay duda de que Mutis cifró en esta colección sus mayores esfuerzos; la iconografia habría de suplir a un texto del que él sólo nos ha dejado algunos leves esbozos; a comienzos de 1789 escribirá a su arzobispo-virrey: «Si mi pasión no me engaña; si mi honesta ambición en punto de láminas que a pesar de mis empeñoS hace mi librería [&#8230;] puedo prometer que la lámina que saliere de mis manos no necesitará nuevos retoques de mis sucesores; y que cualquiera Botánico en Europa hallará representados los finísimos caracteres de la fructificación que es abecedario de la Ciencia , sin necesidad de venir a reconocerlos en su suelo nativo».</p>
<p>La colección icono gráfica fue estudiada sistemáticamente, por vez primera, en la primavera de 1881, tras conceder los correspondientes permisos a José Jerónimo Triana; éste reordenó los materiales Y anotó, en el reverso del dibujo y a lápiz, la denominación que, en su opinión, debería llevar el dibujo. Lorenzo Uribe numera los dibujos y estudia sus autores en 1952, legándonos el primer inventario detallado del conjunto que ascendía a 5.393 iconografias; además existe un conjunto de anatomías Y otros diseños compuesto por 1.001 dibujos que hoy quedan sumados a la colección icono gráfica general con su propia numeración, cuyo estudio fue abordado en 1985 por Santiago Díaz Piedrahita. A comienzos de noviembre de 1952, los Gobiernos de España Y Colombia firmaron un acuerdo de colaboración para publicar la Flora de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reyno de Granada, una empresa titánica que aún sigue en pie, encontrándose, aún hoy, en la mitad de su recorrido. Además de la magnífica colección icono gráfica, queda como resultado de la Real Expedición novo-granadina un herbario con más de veinte mil pliegos entre los que, al día de hoy, se reconocen 6.490 taxones. El herbario comenzó a ser estudiado por José Jerónimo Triana, en 1881; luego se han ocupado de él Ellsworth Paine Killip y José Cuatrecasas, en los años treinta, Y Paloma Blanco Y Fernández de Calella Y Santiago Díaz Piedra hita en las últimas décadas del pasado siglo. Lamentablemente la mayor parte de los pliegos carece de etiquetas, por lo que -salvo excepciones- no es posible conocer datos sobre la procedencia de la planta, su recolector o la fecha Y el lugar de procedencia.</p>
<p class="bodytext">La documentación procesada por la Real Expedición fue, en gran parte, remitida a España junto al resto del envío del general Morillo; a comienzos de junio de 1889, Miguel Colmeiro, a la sazón director del Real Jardín, accedió a que los materiales no relacionados con la historia natural fueran transferidos a la Real Academia de la Historia , donde aún se conservan. El resto, un total de 3.907 documentos, comenzó a ser catalogado en 1960 por Francisco Rocher; su trabajo se vio culminado en 1995 cuando un grupo de trabajo, dirigido por Pilar San Pío, hizo público el Catálogo del fondo documental José Celestino Mutis del Real Jardín Botánico. parte de la documentación mutisiana permaneció en Santa Fe y hoy se encuentra integrada entre los fondos del Archivo Nacional de Colombia, algunos museos locales Y colecciones privadas. En el Archivo Decaisne, de la Academia de Ciencias dellnstituto de Francia en París se conserva la mayor parte de los documentos entregados personalmente por José Celestino Mutis al barón Von Humboldt, a su paso por Santa Fe .</p>
<p>Este inmenso legado corrobora las palabras que Alexander von Humboldt escribió a Antonio José Cavanilles e122 de abril de 1803:</p>
<p>«Es ya anciano, pero asombran sus trabajos hechos, y los que prepara para la prosperidad admira el que un hombre solo haya sido capaz de concebir y executar tan vasto plan.»</p>
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		<title>Juan de Cuellar: Filipinas (1786)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/juan-de-cuellar-filipinas-1786/</link>
		
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		<pubDate>Wed, 15 Apr 2020 09:00:40 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las Expediciones Botánicas de la Corona]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Marga Martínez Bibliografía: «La expedición de Juan de Cuellar a Filipinas» Real Jardín Botánico. 1997 En el siglo XVIII, el interés por la botánica y por el aprovechamiento comercial de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3644" class="csc-default">
<h3><strong>Marga Martínez</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «La expedición de Juan de Cuellar a Filipinas»<br />
Real Jardín Botánico. 1997</p>
</div>
<div id="c3645" class="csc-default">
<p class="bodytext">En el siglo XVIII, el interés por la botánica y por el aprovechamiento comercial de las nuevas especies descubiertas en las remotas colonias del Pacífico, motivó importantes expediciones por todo el planeta. En España, Juan de Cuéllar y sus trabajos en Filipinas, es uno de los exponentes de estos viajes. Su expedición, sin embargo, estuvo marcada por el continuo desencuentro entre el desarrollo científico y el de la economía colonial dependiente del comercio de galeón.</p>
<p>El Paso del Noroeste y la Terra Australis eran dos de los grandes enigmas geográficos del siglo XVIII, una época que se caracterizó por la competencia colonizadora entre las potencias europeas y la necesidad de fijar las coordenadas de las nuevas islas que aparecían en el océano. Esta necesidad venía animada por la rivalidad entre reyes europeos, que en sus expediciones buscaban nuevos mercados y nuevas rutas que fuesen seguras para la expansión colonial. Esto ayudó a la creación de una cartografía moderna y a la investigación científica de nuevas especies. El proceso ilustrado va unido a figuras de grandes marinos como Cook, Vancouver, La Pérouse, Bering o Malaspina en España, cuya expedición es comparable a las todopoderosas de Francia e Inglaterra.</p>
<p>En España, la muerte de Carlos II supuso la llegada de los borbones y con ello la apertura a las nuevas ideas de la Ilustración. El cambio dinástico español en el siglo XVIII trajo consigo la introducción del modelo francés de Estado en el que aparecía una nueva manera de entender el conocimiento científico y la educación profesional, a favor de las ciencias positivas. El conocimiento científico se convirtió en la herramienta empleada por los ilustrados españoles en la reforma del Estado, pero también en poder, en un camino para la promoción y ascenso social. El rey se apoyaba en esta nueva clase, en la burguesía, para centralizar el poder a cambio de reformas económicas en detrimento de nobleza y clero y a favor de la burguesía que accede a altos cargos en España y América.</p>
<p class="bodytext">La Corona facilitó la entrada de nuevas disciplinas en España, mediante la reforma ilustrada, es decir, centralización, militarización, creación de instituciones de nuevo cuño, etc, aunque realmente se trataba más de una actitud política que científica: importaba más el uso de la ciencia que ésta en si misma.</p>
<p>En lo que se refiere a las relaciones comerciales con las colonias, había posturas encontradas entre quienes seguían defendiendo el tráfico de metales preciosos frente a las nuevas ideas de quienes sostenían que la riqueza de las naciones se basa en la agricultura, industria y comercio. Defensores de esta nueva visión fueron los economistas Jerónimo de Ustárriz, Bernardo de Ulloa y José del Campillo y su “Nuevo sistema de Gobierno Económico para la América”. Fue Pedro Rodríguez Campomanes quien se ocupó de regular el comercio mediante el control de puertos y mercancías. Estas dos posturas siguieron enfrentándose en la España del XVIII, cuya situación se agravó tras la firma del Tratado de París en 1763, por el que se reconocía, en la práctica, la superioridad inglesa en las rutas oceánicas.</p>
<p>Estas medidas liberalizadoras que se aplicaron en las colonias americanas tuvieron, sin embargo, un desarrollo mucho más lento en Filipinas, donde había muy pocos españoles, y casi todos concentrados en Manila, que subsistían básicamente del comercio del galeón que les unía a España y a América. Es en la segunda mitad del siglo XVIII cuando aparece una serie de proyectos que buscaban la producción agrícola de artículos como las especias. Son de destacar los cultivos de canela en la plantación de Calavang, propiedad de Francisco Xavier Salgado, y las esperanzas puestas por España en poder competir y desbancar a la canela de Ceilán y Molucas que cultivaban los holandeses. Sin embargo, la canela filipina nunca logró alcanzar la calidad de la que comerciaban los holandeses.</p>
<p class="bodytext">En 1765, el fiscal de la audiencia de Manila, Francisco Leandro de Viana, publicó el tratado “Demostración del mísero deplorable estado de las islas Filipinas” con el objetivo de lograr que las islas dejasen de ser gravosas y se convirtiesen en fuente de riqueza. Para ello planteba la creación de una compañía de comercio, de capital español, y que realizase sus viajes por el Cabo de Buena Esperanza, lo que reducía a la mitad la duración del viaje, ya que desde el Tratado de Límites en 1750, las cosas cambiaron para España, que, hasta entonces, había tenido vedado el paso por esa vía.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA REAL COMPAÑÍA DE FILIPINAS</strong></p>
<p>En el siglo XVIII el comercio del archipiélago filipino estaba limitado a simple intermediario entre los mercados asiáticos y el Nuevo Mundo a través de la nao de Acapulco. Sin embargo, en 1781 nace la Sociedad Económica de Amigos del País de Manila, promovida por el gobernador general de Filipinas, José Vasco y Vargas y dirigida en su inicio por Ciriaco González de Carvajal y hasta el momento de su desaparición por Francisco Javier Moreno. Es entonces cuando se fijan por vez primera los objetivos de potenciación de la agricultura, industria y comercio filipino. En las actas de la Sociedad se exigía a sus miembros dar cuenta exacta de los progresos conseguidos en cada comisión, como las referentes a la cría de gusanos de seda, el comercio, el añil… y para incentivar el estudio se adjudicaban premios a las mejores producciones.</p>
<p>Los estudios que sobre la historia natural de Filipinas había hasta el momento eran los realizados por las primeras expediciones, como los de Antonio Pigaffeta de 1521 que participó en el viaje de Fernando Magallanes. Y aunque estos estudios se vieron continuados por religiosos hasta finales del siglo XVIII, en la Sociedad Económica de Amigos del País de Manila eran conscientes de que los recursos naturales de las islas eran tan abundantes como desconocidos, por lo que planteaban la necesidad de contar con personal cualificado que pudiera identificar y determinar la utilidad del medio natural. Lamentablemente nunca se contó con un respaldo institucional adecuado, por lo que la Sociedad Económica, a pesar de sus esperanzadores proyectos, no tuvo grandes resultados. Nos encontramos en un momento en el que preocupaba más el reparto de los fondos de la nao que el conseguir los objetivos planteados por la Sociedad, por lo que sus miembros pronto dejaron de acudir a las Juntas. El monopolio de la nao favorecía la especulación y el poder latifundista de tal modo que las diferencias sociales cada vez eran más grandes y la corrupción una práctica institucionalizada. Así pues, los estudios sobre la Historia Natural iniciados por la Sociedad se vieron tristemente frustrados</p>
<p class="bodytext">En 1785 nace una nueva iniciativa, la Real Compañía de Filipinas, cuyo objetivo vuelve a ser el de enlazar el comercio asiático con el americano. Se buscaba obtener de las islas productos como cauris, arroz, azúcar, tabaco, cera y maderas preciosas con los que poder comerciar. Como compensación se buscaría fomentar el cultivo de azúcar y especias así como dar anticipos a agricultores, fabricantes y comerciantes y establecer la construcción de buques y maquinaria avanzada para la industria textil algodonera. Desde el momento de su fundación se acordó nombrar a Juan de Cuéllar como Botánico Real para dirigir y fomentar los cultivos de plantas de rendimiento económico. La Compañía se centró en las plantaciones de morera, para incrementar la producción de seda y desbancar la hegemonía china en el comercio de la seda. También se buscó la mejora de la canela filipina, intentando eliminar la mucosidad que degradaba su valor ante las excelencias de la canela de Ceilán cultivada por los holandeses.</p>
<p>La Real Compañía de Filipinas llegó incluso a registrar entre sus medidas la de dedicar el cuatro por ciento de sus ganancias a la mejora de las producciones isleñas, sin embargo, de nuevo la competencia con la nao, las distintas guerras y cambios monárquicos en España con el consiguiente abandono institucional, llevaron este segundo intento de desarrollo colonial al fracaso. No obstante hay que reconocer el logro de Juan de Cuéllar de dar a conocer en la península la historia natural de las Filipinas.</p>
<p><strong>JUAN DE CUÉLLAR Y SU TRAYECTORIA EN ESPAÑA</strong></p>
<p>La antropóloga Mª Belén Bañas Llanos, estudiosa de la figura de Cuéllar, sitúa el origen de Juan José Ruperto de Cuéllar y Villanueba en el Real Sitio de Aranjuez, vinculado a una familia dedicada al cuidado y cultivo de los jardines reales hasta principios del siglo XVIII. El futuro botánico dio sus primeros pasos en la botica que sus padres regentaban en Aranjuez, pero lamentablemente su padre murió al poco tiempo y su madre contrajo segundas nupcias con Manuel Ordóñez, a quien el rey había nombrado regente de la botica. Poco más se conoce de la infancia y juventud de Juan de Cuéllar, quien, al morir su madre en 1760, se traslada a Madrid tras vender unos olivares que le habían correspondido en herencia y cobrar la parte económica que le correspondía compartir con sus dos hermanos menores, a cargo del tutor Manuel Ordóñez.</p>
<p class="bodytext">En el mes de diciembre de 1760 adquiere una botica en la calle de Atocha de Madrid y solicita su ingreso en el Real Colegio de Boticarios donde fue admitido con el número cien, el día 12 de diciembre. Dos años más tarde contrae matrimonio con una madrileña del barrio de Maravillas, María Rafaela Álvarez, que contaba con una dote que doblaba la del boticario. Su vida transcurría entre su botica y la asistencia a las juntas generales celebradas una vez al mes en el Real Colegio de Boticarios de la calle del Barquillo, donde se refugió tras la muerte de su esposa en 1769, y donde desempeñó cargos de responsabilidad, como secretario primero en dos ocasiones, procurador general, fiscal y secretario segundo. Su carrera profesional ganaba en prestigio cuando en 1781 Casimiro Gómez Ortega, primer catedrático del Real Jardín Botánico, es elegido director del Real Colegio de Boticarios y como secretario primero es elegido Cuéllar, que finalmente tiene que abandonar el Real Colegio ya que su botica no producía beneficios, y le conducía a la ruina.</p>
<p>De 1783 a 1784 Juan de Cuéllar asiste a las clases que se impartían en el Real Jardín Botánico donde los boticarios podían adquirir una formación científica y exigir los títulos expedidos por el Real Protomedicato. Tras su formación, el 17 de diciembre de 1784 envía una carta a Cristóbal Nieto de Piña, vicepresidente de la Real Sociedad Médica de Sevilla, en la que le comunica que está realizando un herbario por encargo según el sistema de Linneo; de este modo pedía la recomendación de Nieto de Piña para la plaza de botánico que estaba vacante en Sevilla y que también fue solicitada por Pedro Abat de Barcelona. La Real Sociedad Médica de Sevilla, con fecha de 2 de mayo de 1785, y tras los trámites realizados con la Sociedad de Barcelona y el Real Jardín de Madrid para encontrar a la persona más adecuada, procede al nombramiento de Juan de Cuéllar; sin embargo la toma de posesión de la cátedra tuvo que aplazarse porque en esa fecha fue designado como Real Comisionado en Cádiz.</p>
<p class="bodytext">El 21 de febrero de 1785 arribaba en el puerto de Cádiz el navío “El Peruano” que había llevado “La expedición al Virreinato de Perú” realizada en Perú y Chile por Hipólito Ruiz y José Pavón y que tenía como comisionado francés a Joseph Dombey. La misión que se encomendó a Cuéllar consistía en un registro fronterizo, en la separación del material que el francés traía duplicado para entregarlo en la Casa de la Contratación de Cádiz. Nada más llegar, Cuéllar mostró su diligencia al contactar al día siguiente, con Dombey, que ya llevaba cuatro meses en Cádiz y había estado maniobrando para no abrir en España los cajones que traía, sino en Francia. Estuvieron trabajando durante algo más de dos meses aprovechando todas las horas de luz del día, ya que además el francés no facilitó el trabajo puesto que ante la petición de Cuéllar de los diarios y de los índices de la mercancía que traía para realizar la separación, Dombey contestó que le era imposible puesto que al arribar a puerto lo remitió a Francia y de este modo, dar cuenta de su llegada.</p>
<p>El 17 de agosto de 1785 el trabajo de Cuéllar finalizó con resultado muy satisfactorio dejando los cajones resultantes de la separación, bien numerados, cerrados y clavados en la Casa de la Contratación. Dice Mª Belén Bañas en su obra sobre Cuéllar que tal vez por esta eficacia científica “Ruiz y Pavón le dedicaron el género “Cuellaria” en su Flora Peruviana et Chilensis, tomo I, página 59”.</p>
<p><strong>BOTÁNICO REAL “SIN SUELDO” DE LA REAL COMPAÑÍA DE FILIPINAS</strong></p>
<p>A primeros de enero de 1786 el “Águila Imperial” zarpaba del puerto de Cádiz siguiendo la vía del cabo de Buena Esperanza y con destino al manileño puerto de Cavite. En él viajaba el naturalista de la Real Compañía de Filipinas, Juan de Cuéllar, con su segunda mujer, María Borbón, y con el objetivo de fomentar el progreso económico de Filipinas. El 9 de agosto de 1786, y tras ocho meses de navegación, llegaron a su destino.</p>
<p class="bodytext">Cuéllar había abandonado su cátedra de Sevilla al ser propuesto como botánico para la Compañía de Filipinas y realizar una comisión en la que pedía el mismo nivel científico que el de “La expedición al Virreinato de Perú”, para lo que solicitó el título de “botánico real” que el rey concedió, pero con la particularidad de nombrarle “botánico real sin sueldo”.</p>
<p>A su llegada a Filipinas, Juan de Cuéllar se encuentra con la hostilidad de los lugareños puesto que, como ya hemos dicho, su mayor interés residía en el tráfico de galeón con Acapulco y desconfiaban de las actuaciones de la Compañía de Filipinas que pretendía el fin del monopolio del comercio de galeón y un desarrollo económico de las islas para que no fuesen gravosas a España. Sus primeras actuaciones giraron en torno al estudio de la situación en ese momento y del trabajo con los cultivos con los que ya se había ensayado. Preocupado por el entendimiento con los naturales de Filipinas, entre sus primeras adquisiciones destacan dos vocabularios, uno de lengua tagala y otro de visaya, así como de un volumen con preguntas en tagalo.</p>
<p>En su primera peregrinación a la provincia de la Laguna de Bay, entre noviembre y diciembre de 1786, y a pesar del terreno impracticable por las abundantes lluvias, se mostró impresionado ante la exuberante vegetación y pidió que facilitasen terrenos a los nativos para fomentar el comercio interior, lo que redundaría en beneficio no sólo de las islas, sino de la propia Compañía. España compraría los productos de los naturales y fomentaría la prosperidad en las islas; pero su solicitud nunca obtuvo respuesta.</p>
<p>A principios de 1787 inició una expedición para el reconocimiento de los montes de la Laguna de Bay, al Sur de Manila, pero los ladrones cometían todo tipo de atropellos y decidió ir a la provincia de Batán, donde se encontró que también allí habían matado a trece españoles, así que de nuevo cambió su destino hacia la Pampanga, cercana a la capital, pero las mismas amenazas abortaron la expedición. Finalmente decidió trabajar en los alrededores de la capital.</p>
<p class="bodytext">A causa de un reumatismo provocado por su falta de aclimatación a las lluvias, estuvo tres meses en cama, pero ante la salida de la fragata “Astrea” el 29 de noviembre de 1787, comandada por Alejandro Malaspina, hace un envío de varios cajones con resinas, semillas y producciones naturales de las islas. Poco después, en enero de 1788 hace otro envío, esta vez a cargo de su ayudante Martín Eguiluz. El trabajo de Cuéllar era intenso y además organizó un laboratorio de química y un estudio para que trabajaran los dibujantes, estudios de los que obtenía notables resultados.</p>
<p>Tras dos años en Filipinas, en agosto de 1788 pide un aumento de sueldo para poder mantenerse con decencia en Filipinas. El Gobierno pretendía que Cuéllar cumpliera las comisiones encomendadas a cargo de la Compañía, pero los objetivos de ésta no eran los mismos, así que a pesar de que la Corte estaba muy satisfecha con el trabajo que Cuéllar venía realizando, así como con las láminas de plantas y animales, la Real Compañía de Filipinas respondió a su solicitud diciendo que no se habían obtenido resultados ni utilidad en sus labores por lo que no se planteaba una compensación económica. No debió ser un buen momento para Cuéllar, puesto que ese mismo año fallece su segunda esposa, María Borbón, y en sus cartas queda patente su deseo de volver a España.</p>
<p>Por una Real Orden, y con representantes del gobernador y de la Real Compañía, Cuéllar emprende viaje hacia la hacienda de Calavang, propiedad de Francisco Xavier Salgado, en la provincia de la Laguna de Bay. Se había encargado un corte de canela porque en Madrid se especulaba que un anterior envío de canela, realizado por Salgado podría no pertenecer a su hacienda, sino que podría proceder de Ceilán. Así que tuvieron mucho cuidado en embalar canela cultivada por medio de incisiones o sangrías y otras muestras cultivadas sin haberles practicado incisiones. También se incluyeron envíos de nuez moscada y café.</p>
<p class="bodytext">En España surgían expectativas que hacían pensar que con el trabajo del naturalista en la mejora y perfeccionamiento del cultivo de la canela, podrían competir con la que los holandeses obtenían en Ceilán y Batavia. Los trabajos iban encaminados a quitar la “mordacidad, astringencia y viscosidad” de la canela filipina. Cuando, el 2 de agosto de 1789, estas muestras llegaron a España obtuvieron tan buenas impresiones que consideraron era la mejor canela que se había enviado desde Filipinas y con una calidad muy parecida a la de Ceilán. Sin embargo, desde la Real Botica indicaron que tenía mucha sustancia mucilaginosa que habían de eliminar transplantando los árboles y mediante la práctica de incisiones.</p>
<p>Cuéllar, que ignoraba la repercusión de su primer envío de canela, continuaba con su tarea investigadora en torno a la flora natural de las islas. De este modo inició viaje con su dibujante hacia la provincia de Batán, tras el fracaso del primer intento. Impresionado por la riqueza de la vegetación y minerales, recogía muestras y anotaba las aplicaciones y utilidades que les daban los nativos.</p>
<p>Como consecuencia del éxito del primer envío de canela, a petición real, se solicitó un segundo envío y se ordenó fomentar el cultivo de la canela filipina. Así, se procedió a realizar un nuevo corte en los canelos de Salgado y cuando los representantes del gobernador y de la Real Compañía vieron los progresos y cambios que la hacienda de Calavang había sufrido debido al trabajo y estudio de Cuéllar, quedaron impresionados: en la hacienda también se cultivaba nuez moscada, café y otros frutos. Sin embargo, este envío no obtuvo la aprobación del primero y la Real Botica dictaminó que la especie no había recibido ninguna mejora en el cultivo que se le había procurado y carecía de los aceites y aromas característicos. Quedaba patente el fracaso del método empleado de sangrías y cortes en los canelos, que, por otra parte, era lo que la Real Botica había recomendado. No obstante y a pesar de estos resultados, Carlos IV mantuvo la orden de mantener el fomento del cultivo de la canela para poder mejorar su calidad.</p>
<p class="bodytext"><strong>ANHELOS DE UNA GRAN EXPEDICIÓN</strong></p>
<p>Tras cuatro años en Filipinas y dos comisiones a sus espaldas, Cuéllar volvió a intentar conseguir remuneración por sus trabajos, aunque de modo más modesto puesto que en esta ocasión solicitó la mitad del sueldo de un botánico real. Los procedimientos en Madrid fueron los mismos que con su anterior petición: tras consultar con el Real Jardín, se traslada la petición a la Real Compañía de Filipinas que resuelve la situación diciendo que de los trabajos de Cuéllar, no se había conseguido ni siquiera lo que habían invertido. Y tras comunicar que, sin pretender rebajar el mérito científico de sus trabajos, no se concedía la retribución y se le instaba a tomar mayor interés en los asuntos de la Real Compañía.</p>
<p>Ante este panorama, Cuéllar se dirigió a la corte, a través de Floridablanca y Porlier, para que le encomendasen a una expedición de la altura de la del Virreinato de Perú.</p>
<p>Precisamente el 24 de marzo de 1792 llegan a Manila las corbetas “Descubierta” y “Atrevida” comandadas por Alejandro Malaspina ante quien Cuéllar no dudó en poner a su disposición todos los conocimientos que había ido consiguiendo en las islas, sobretodo lo referente a la historia natural. El 11 de abril Cuéllar salió con Antonio Pineda, botánico de la expedición y un dibujante, hacia la Laguna de Bay y la plantación de Calavang donde les mostró las plantas y canelos que allí cultivaba. Juan de Cuéllar volvió a Manila a la espera de reunirse de nuevo con los botánicos de la expedición y poder contrastar sus impresiones. Cuéllar estaba muy interesado, en que coincidieran con él en su interés de hacer excursiones botánicas por las islas y que así lo comunicaran a la península.</p>
<p>Pero la mala suerte parecía perseguirle puesto que en julio llegaba la noticia del fallecimiento de Antonio Pineda en Badoc, en la provincia de Illocos. Malaspina hizo construir en su honor una pirámide de piedra para colocar en el jardín de Malate.</p>
<p class="bodytext">El 11 de septiembre de 1792 Cuéllar remitió a Malaspina una serie de documentos para que los incluyera en sus informes. Poco después los botánicos de la expedición, Née y Haenke, fueron a la plantación de Calavang para observar las plantas de canela, café y otras especies; visitaron fuentes termales, el volcán Taal y recolectaron plantas para los herbarios de Cuéllar, quien seguía ofreciendo sus servicios para continuar informando sobre la historia natural de Filipinas cuando la expedición llegase a España.</p>
<p>Cuéllar estaba esperanzado en que los botánicos de la expedición de Malaspina recomendasen el fomento de la explotación de los cultivos de las islas, pero con el tiempo las cosas no fueron mejorando. La plantación de canela de la hacienda de Calavang necesitaba ayuda económica, Salgado, ya viejo, había invertido todo su dinero y los 600.000 ejemplares de canelo que había en la plantación necesitaban los cuidados necesarios para que pudiesen abastecer las necesidades previstas.</p>
<p>Ironías de la vida o casualidades de una realidad contradictoria, lo cierto es que mientras en Filipinas, Cuéllar no obtiene la respuesta deseada de la península para sus estudios y peticiones, en España se publica la “Descripción del árbol que produce la canela de Filipinas” de don Juan de Cuéllar.</p>
<p>Siete años después de la llegada del botánico a Filipinas y por Real Orden de 19 de junio de 1793, se aprobó la supresión de la Junta de Gobierno de la Real Compañía de Filipinas, dejando a cargo de la de Madrid su organización. Así pues, el 14 de marzo de 1794 el secretario de la Real Compañía de Filipinas en Madrid, envía la destitución, que Cuéllar recibe en junio de 1795. Se ofrecía a los empleados la posibilidad de volver a España o bien quedarse en Filipinas con un sueldo de 500 ducados que Cuéllar consideraba insuficiente para vivir con decencia. El botánico no quería abandonar Filipinas porque tal y como había recomendado el rey, había que favorecer las empresas útiles y, entre otras cosas, porque se había casado por tercera vez, en esta ocasión con una filipina de origen español, Gertrudis Blanco Bermúdez.</p>
<p class="bodytext">Tras su destitución fue nombrado comisionado para el alumbrado público en Manila y, más tarde, superintendente de las fábricas de tejidos de la provincia de Ilocos, un territorio del que fue nombrado “Alcalde Mayor”. Juan de Cuéllar permaneció en Filipinas hasta su muerte, a finales de 1801, a los 62 años, aproximadamente, y sin descendencia, quince años después de su llegada a las islas.</p>
<p><strong>EL JARDÍN BOTÁNICO DE MANILA, UN SUEÑO INCUMPLIDO</strong></p>
<p>El objetivo de Juan de Cuéllar desde que llegó a Filipinas y como buen botánico, era el de poder sembrar, criar y estudiar las plantas de las islas, así como descubrir nuevas especies y conocer su utilidad. Soñaba con la construcción de un Jardín Botánico a imagen de los de Europa y de los que se estaban empezando a construir en las colonias americanas.</p>
<p>Cuéllar había comprobado que las expediciones al interior de las islas eran complicadas porque sus regiones estaban dominadas por malhechores y pueblos que no permitían su acceso, como experimentó con sus tres expediciones frustradas a Laguna de Bay, Batán y Pampanga.</p>
<p>Otro de sus objetivos con la construcción del Jardín Botánico era que los naturales de las islas se aficionaran a observar y aprendieran las ventajas que la ciencia podría proporcionar a sus cultivos.</p>
<p>Entre las numerosas peticiones a España se encontraba la de la fundación del Jardín. Una vez más la Corona delegaba en la Real Compañía de Filipinas, en principio la más interesada en obtener resultados, pero que en la práctica sólo buscaba fines comerciales.</p>
<p>No se puede decir que supieran encontrar un desarrollo paralelo entre la divulgación de la investigación científica y la economía colonial. Unos intereses radicalmente dispares impidieron que cuajasen iniciativas como el anhelado Jardín Botánico. Aunque la Real Compañía compró los terrenos de Malate, en las afueras de Manila, los terrenos de una capellanía y que Cuéllar se hizo cargo de la hacienda de Calavang, además de adquirir, a cuenta de la Real Compañía otros terrenos en Tiaong, el botánico no obtuvo respuesta para su Jardín Botánico. Cansado de esperar, vio cómo estos terrenos se convertían en plantaciones comerciales, que nada tenían que ver con un centro de investigación.</p>
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		<title>Francisco de Noroña. Un naturalista español en el Índico.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/francisco-norona-naturalista/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Apr 2020 08:01:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las Expediciones Botánicas de la Corona]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Susana Pinar y Miguel Ángel Puig-Samper Boletín 32 Paisajes literarios Francisco Noroña es uno de esos muchos viajeros y científicos españoles desconocidos y olvidados. En el siglo XVIII, este [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto: </strong>Susana Pinar y Miguel Ángel Puig-Samper</p>
<p>Boletín 32<br />
Paisajes literarios</p>
<p><strong>Francisco Noroña es uno de esos muchos viajeros y científicos españoles desconocidos y olvidados. En el siglo XVIII, este botánico viajó por Java, Mauricio, Madagascar o Filipinas, donde murió en 1788. Su obra es pionera y básica para conocer la historial natural de Filipinas, así como la flora de Java, Mauricio y Madagascar. Un libro recientemente publicado por el CSIC y Ediciones Doce Calles, saca a la luz su vida y su legado como viajero y como científico.</strong></p>
<p>Como ocurre con otros viajeros y expedicionarios españoles, botánicos, médicos, biólogos o cualquiera que fuera de Francisco Noroña ha pasado desapercibida para la para la mayoría del público e incluso para muchos estudiosos de la historia natural. Custodiada en algunos archivos, su vida y obra se presenta fragmentada y en trazos; el alcance de su labor y de sus conocimientos la hemos podido conocer a través de un laborioso seguimiento en los papeles que nos remiten a los objetivos y alcances del proyecto ilustrado en sus últimos años.</p>
<p>Algunas publicaciones nos dieron las primeras pistas de Francisco Noroña, de su dedicación a la botánica, y de sus viajes y recolecciones en Filipinas, Java, Madagascar y Mauricio, donde murió en 1788. Su obra es pionera y básica para conocer la historial natural de Filipinas, así como la flora de Java, Mauricio y Madagascar. Entre su legado se encuentran alrededor de 800 descripciones de especies vegetales, 106 láminas botánicas y 2 láminas zoológicas de la isla de Java, 12 láminas de animales, reptiles, insectos y crustáceos, un diccionario español-javanés y un diccionario malgache-español.</p>
<p>Su accidentada vida marcó en parte el destino de su obra que, lejos de depositarse en España, fue remitida a Francia. Estas primeras pistas nos guiaron a la biblioteca del Museo de Historia Natural de París en donde encontramos el diario de su largo viaje por Filipinas, Madagascar, Java y Mauricio. Más allá de ser un diario, este documento ofrece una valiosa información botánica de gran valor para la historia natural de estos territorios. Descripciones y dibujos de la flora acompañan el relato de este naturalista español nacido en Sevilla en 1748, de cuya vida a penas conocemos algunos datos. Médico de formación, Osuna, París y Londres fueron las primeras escalas donde completó sus conocimientos. De allí pasó a la India, a la costa de Coromandel, situada en la parte oriental, en donde se estableció un tiempo en la localidad de Pondichery, colonia francesa en donde practicó la medicina. De Pondichery pasó a Filipinas, en donde se instaló en Manila, ciudad en la que permaneció de 1784 a 1786.</p>
<p><strong>FILIPINAS, LA GRAN OBRA</strong></p>
<p>En Manila emprendió su gran obra, bajo el mecenazgo del oidor de la real audiencia e intendente general de ejército y hacienda, Ciriaco González Carvajal. Nos referimos a la <em>Historia Natural de Filipinas </em>en la que se inventariaban y examinaban los recursos naturales del archipiélago filipino, de los reinos material, mineral y vegetal. También por mediación de Ciriaco González Carvajal, Noroña accedió al cargo de oficial primero de la secretaría de la superintendencia, donde apenas llegó a estar tres meses. En este hecho y en la partida de Filipinas de Noroña pesó la decisión del gobernador José Basco y Vargas, quien no le consideraba una persona cuyos conocimientos podían redundar en beneficio de la Corona y, en concreto, en el fomento de la Compañía de Filipinas, creada por Carlos III en 1785. Las presiones del Gobernador le obligaron a abandonar Filipinas al no reconocérsele su condición de médico por no poder acreditarla con sus títulos que, como alegó, había perdido en una tormenta que le sorprendió llegando su barco a Ceilán. A pesar de la protesta que el Intendente envió a Gálvez por considerar injusta y dirigida contra alguien en concreto la disposición del Gobernador, el Rey aprobó dicha disposición que, comentaba, no expulsaba a Noroña de Filipinas sino que le limitaba la práctica de la medicina, con lo que, la partida del naturalista de Manila respondía sólo a su voluntad.</p>
<p>Pero, volviendo a sus trabajos en Filipinas, hay que destacar que Francisco Noroña fue un precursor de otros naturalistas que años después se dedicaron a impulsar los cultivos de algunos de los productos que mayor rentabilidad ofrecían en este archipiélago. Nos referimos a Juan de Cuéllar y a sus estudios sobre la morera y la canela. Los trabajos de Noroña, el <em>Método de criar gusanos de seda</em> y la <em>Disertación instructiva sobre la canela, y el método de cultivarla, como se</em><em> practica en Ceylán </em>-publicadas en 1785 y comienzos de 1786 respectivamente son antecedentes de las investigaciones que posteriormente se llevaron a cabo, y que gracias a su visibilidad tuvieron un mayor alcance y repercusión. Aunque Noroña apenas pudo ver el alcance que estos escritos tuvieron, por su marcha de Filipinas y su rápida muerte, una vez más conocemos la trascendencia de su obra buceando en la historia. Esta vez fue en el Archivo General de Indias, en la correspondencia entre el intendente de Filipinas y el ministro José Gálvez, en donde localizamos copia de los dos trabajos comentadosw. La importancia de sus estudios para la economía e industria de Filipinas fue lo que motivó que tras la publicación del Método de criar gusanos de seda se ordenara su inmediata traducción a todos los idiomas que más comúnmente se hablaban en las islas: español, tagalo, visayo y pampango.</p>
<p>En la <em>Disertación instructiva sobre la canela </em>Francisco Noroña resumía el debate en torno a la naturaleza real de la canela, los diferentes tipos, la descripción del árbol que, en función del lugar, se conocía con distintos nombres e incluso variaba del canelo, como era reconocido en Ceilán, al <em>Samboangan, Calingad</em><em> y Malacaningad </em>existentes en las islas Filipinas, así como su comercialización.</p>
<p><strong>RUMBO A JAVA</strong></p>
<p>El 22 de marzo de 1786 el azar ponía a Noroña rumbo a Java, en donde, cargado de sus trabajos, manuscritos, dibujos y otros materiales, pensaba continuar su historia natural de Filipinas. Apenas un mes después, el 15 de abril de 1786, llegó a Batavia. Una vez más, Noroña tuvo que abrirse camino en los círculos de poder y académicos con el fin de encontrar trabajo y reconocimiento y, de nuevo, un mecenas. Esta vez su protector fue el ministro Jan Hooyman, uno de los principales socios de la Sociedad Académica de Ciencias y Artes de Batavia, quien tras examinar unas 60 láminas de botánica y de animales (coleópteros) y otros trabajos de Noroña decidió ayudarle para que se instalase y continuara sus trabajos de historia natural. Al igual que su anterior mecenas, Hooyman reconoció la utilidad que los estudios de Noroña podían tener para el fomento de la agricultura, la industria y el comercio holandés.</p>
<p>Bajo la protección de Hooyman, Noroña consiguió alojamiento gratuito en los mismos locales de la biblioteca de la Sociedad Académica a cambio de ocuparse de reordenar sus fondos. Gracias a ello, conoció la obra de otros naturalistas entre ellos Radermacher, fundador de la Sociedad Académica de Ciencias y Artes de Batavia en 1778, y quien había impulsado la exploración de distintas partes de Java y la publicación de los resultados de estos viajes. De ellos el más conocido fue Thunberg, discípulo de Linneo, a quien se le atribuye la <em>Florula</em><em> Javanica</em>, de 1825.</p>
<p>A través de estas relaciones a Noroña se le encomendó llevar a cabo una expedición por el interior de Java para lo que se le asignó un dibujante, cuatro médicos-herboristas, intérpretes y pasaportes en lengua holandesa y malaya. En un mes Noroña ya había realizado 150 descripciones nuevas entre las que había 24 géneros nuevos que también dibujó. Además de herborizar y llevar a cabo las descripciones de flora y de fauna, los expedicionarios realizaron mediciones de temperaturas, análisis de aguas, observaciones geológicas (composición de los suelos, texturas, etc.), y recogieron restos arqueológicos y leyendas del lugar.</p>
<p>En su recorrido pasaron por distintos lugares y aldeas menores, siendo las más destacadas Pondok Gede, Archa, Cipanas, Cianjor, Beaban, Radjamandala, Churucagon y Chimay, desde donde se dirigieron a Bandung.</p>
<p>Durante su viaje Noroña tuvo algunos problemas con las autoridades de Cianjor, quienes rápidamente se quejaron a J. Hooyman. Lejos de llegar a una solución, Noroña protestó por la falta de atención y de recursos que había tenido durante la expedición, comentó la cuantía que había tenido que adelantar para sufragar los gastos, exigió que le hicieran miembro de la Sociedad Académica de Ciencias y Artes, así como que le devolvieran el dinero que había tenido que adelantar (14.2000 ducatones). Tras no ser aceptada alguna de las peticiones que hizo Noroña, de nuevo puso rumbo a otro lugar. En los trabajos botánicos Noroña, publicados en 17902, se aleja de los sistemas clasificatorios más conocidos, el de Linneo y el de Adanson, a quienes en ocasiones, corrige el nombre que habían dado a algunas familias sometiendo sus métodos a crítica:</p>
<p><em>Este ansioso deseo de componer nombres de nuevos en las</em><em> plantas, sin conocer a fondo sus caracteres esenciales, circunstancias, familias, especies, y variedades con la analogía que entre sí pueden tener, ocasiona muchos errores y confusiones en la botánica… Para clarificar los vegetales, es menester no atenerse solamente al examen de una planta seca, enviada de tres mil parajes de la tierra, ni fiarse a una especie o variedad cultivada en un huerto botánico… Los sistemas inducen a error y causan mucha confusión… Si quisiéramos juzgar de la naturaleza de un hombre por el número de dedos, o uñas, un pájaro por el número de plumas, y un </em><em>árbol por el número de cápsulas seminales, ¿no sería un disparate</em><em> grande capaz de pervertir toda noción física? ¿Este es el sistema de Linneo?</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>ESTUDIOS EN LA ISLA DE FRANCIA</strong></p>
<p>El 24 de febrero de 1787 inició el viaje a la Isla de Francia, hoy isla de Mauricio, donde llegó dos meses después. Allí conoció a quien tras su muerte sería el heredero de sus bienes, Joseph Cossigny, Correspondiente de la Academia de Ciencias de París. Durante el breve tiempo que permaneció en la Isla de Francia, Noroña pudo describir la flora de uno de los jardines de aclimatación de especies más famosos de la época, el <em>Jardin des Pamplemousses. </em>En el catálogo, que no se limita a una relación de plantas pues de muchas de ellas discute si eran diferentes o simples variaciones cuya denominación no se fundamentaba en criterios botánicos, recoge 250 plantas entre las que destacamos aquellas que tenían una utilidad medicinal y las formas de consumo como eran el arbusto <em>Cerea</em> y que Noroña llamó <em>Themia nitida, </em>el árbol del incienso de Madagascar, el té Bohe y el té verde de China, el palo de águila o <em>agalocho, el arbre de cythere</em><em> o evi, </em>el árbol de teca o <em>yatí, </em>el palo de nata y el palo de benjuí –utilizados para construir barcos-, el saúco de la Isla de Francia, llamado <em>Cistula corymbosa </em>por Noroña, y los distintos tipos de canela que se cultivaban en el jardín <em>(Cinnamomum</em> de hoja ancha, o <em>Cinnamomum foliis latis, ovatis, frugiferum, y Cassia</em><em> cinnamomea, odere myrrhe o Cinnamomum perpetuo florens); </em>sobre estos tipo comentaba que la verdadera canela del comercio era la procedente de Ceilán que había sido introducida por los franceses en el jardín, la <em>Cinnamomum foliis</em><em> latis, ovatis, frugiferum. </em>Asimismo, se detenía en algunas especias como el clavo y la nuez moscada y los experimentos que los franceses habían realizado con el fin de conseguir que tuvieran una calidad superior a las importadas por otras potencias coloniales como era el caso clavo introducido por los holandeses en los mercados europeos.</p>
<p>En el diario Noroña también comenta otras plantas que se cultivaban en los alrededores del jardín como el <em>Jambus ferreus </em>o árbol de hierro, el <em>bois</em><em> de songe o Picus picta, </em>como la denominó Noroña, el <em>lalù </em>llamado <em>Hibisus</em><em> trilaciniatus, </em>las <em>pommes de singes </em>cuyo árbol Noroña denominó <em>Sclambico</em><em> informis, </em>entre otras. Junto a la descripción de las plantas, el naturalista español apuntaba algunos rasgos de la población de la isla, de sus cultivos, como el de la caña de azúcar (introducido por Joseph François Charpentier de Cossigny desde Batavia en 1761-1762) trabajado por dotaciones de esclavos procedentes de Mozambique y Madagascar, así como sobre algunos ilustrados interesados en la historia natural y que, como Joseph François Charpentier de Cossigny, poseían gabinetes bastante curiosos en la isla, como Céré, el consejero François de Chazal de la Genesté, y prefecto apostólico M. du Rocher.</p>
<p><strong>MADAGASCAR, ÚLTIMA ESTANCIA</strong></p>
<p>Su último destino fue Madagascar, donde llegó a bordo del navío <em>René </em>procedente de la Isla de Francia. Según la correspondencia de Céré, Noroña no recibió ayuda para llevar a cabo el viaje a Madagascar, mencionando que una vez más su intención era investigar en la utilidad de las plantas y de los minerales. Su presencia levantó cierto rechazo en los círculos gubernamentales en concreto en el comisario M. du Maine que recelaba de la presencia de un extranjero. En su diario, Noroña recoge a veces de un modo muy general también algunos usos, tradiciones y costumbres de sus habitantes, describe algunos caracteres físicos de la población, y comenta la no existencia de oro. También fue parco a la hora de describir la zoología de la isla entre ellos diversas especies de lemures, como el <em>maki </em>o <em>varicanda</em>, el <em>chiddi</em>, algunos mamíferos como el <em>vondsira</em>, el <em>tenrec</em>, <em>tendràc </em>o <em>tendrec </em>(parecido a un erizo), y algunas aves como la gallina de Guinea, llamada <em>acanga</em>, garzas, búhos, cuervos, etc.; asimismo, prestó poca atención a los reptiles, anfibios e insectos de los que sólo mencionaba que eran muy numerosos, e hizo mención de algunos animales míticos, señalando que eran sólo producto de la imaginación de la población como el <em>Trete</em>&#8211;<em>tretè </em>o <em>Tratra-tratà, </em>que describían como un cuadrúpedo con cabeza de mono y orejas de hombre. Se desconoce cómo fueron los últimos días allí vividos pues el diario de su viaje no hace alusión alguna y termina con un diccionario de español-malgache.</p>
<p>Su estancia en Madagascar fue breve, sólo cuatro meses tras los cuales regresó enfermo a la Isla de Francia. Entusiasmado en seguir los pasos de Sonnerat y Commerson y trabajar en la historia natural, la enfermedad contraída en Madagascar le impidió realizar una exploración más profunda y elaborar un estudio. Sólo puedo presentar un catálogo de las plantas recogidas en Madagascar que probablemente se corresponde con el <em>Catalogue des plantes</em><em> de Madagascar par Noroña</em><em>4</em><em>, </em>que sirvió como referencia básica a otros naturalistas como Aubert Aubert du Petit Thouars en sus descripciones botánicas de Madagascar que comenzó a publicar a partir de 1801.</p>
<p>Por voluntad de Francisco de Noroña, Cossigny fue el depositario de sus bienes, encargándose de realizar un inventario sus pertenencias y de enviar sus trabajos París. Cossigny quiso inmortalizar su obra con monumento en el <em>Jardin du Pamplemousses, </em>en el que grabasen los nombres de aquellos que habían contribuido difusión de la historia natural, colaborando con ello en de la colonia francesa. Sus deseos no se llevaron a la muerte y azarosa vida, así como sus contribuciones a estas islas pasaron desapercibidas durante muchos años.</p>
<p><strong>BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS:</strong></p>
<p><em>Pinar García, Susana, Puig-Samper, Miguel Ángel y Pelayo, Francisco, “Francisco Noroña, un naturalista español en el Océano Índico”, Mallo Pacheco Fernández, Daniel y Díez Torre, Alejandro R., De la ciencia ilustrada a la ciencia romántica: actas de las II Jornadas sobre ‘España y Científicas en América y Filipinas, Aranjuez (Madrid), Ediciones Doce Calles-Ateneo de Madrid, 1995: 109-120.</em></p>
<p><em>Pinar García, Susana, El sueño de las especias: viaje de exploración de Francisco de Noroña por las Islas de Filipinas, Java, Mauricio y Madagascar, Madrid, CSIC, 2000.</em></p>
<p><em>Pinar García, Susana, El explorador del Índico. Diario del viaje de Francisco Noroña (1748?-1788) por las islas Filipinas, Java, Mauricio y Madrid, CSIC-Doce Calles, 2009.</em></p>
<p><em>Miguel Ángel Puig-Samper y Susana Pinar son historiadores e investigadores del CSIC. Son autores del libro sobre Francisco Noroña, dorecientemente por la Editorial Doce Calles-CSIC en su colección Theatrum Naturae, de viajeros españoles.</em></p>
<p><em><strong>1 </strong>Archivo General de Indias, Audiencia de Filipinas, Leg. 904, núm. 82 y Leg. 691.</em></p>
<p><em><strong>2 </strong>La obra impresa de Francisco Noroña consta de tres artículos póstumos publicados en 1790 en holandés y latín: Noroña, Francisco, “Relatio plantarum Javanensium interfactione usque in Bandung recognitarum â Dno. F. Noroña”, Verhand. Batav. Genootschap Kunst. Wet., 5 (4), 1790: 1-28. Reimpreso en 1827: 64-86. Además de este trabajo la Sociedad Académica de Ciencias publicó tras su muerte otros estudios: Noroña, Francisco, “Altingia excelsa maldice et javanice Rasamala, Lignum papuanum Rumphii herbar. Amboin vol. 2”, Verhand. Batav. Genootschap Kunst. Wet., 5, 1790: 1-20. Reimpreso en 1827: 41-56, y Noroña, Francisco, “Descriptio arboris Ranghas”, Verhand. Batav. Genootschap Kunst. Wet., 5, 1790: 1-9. Reimpreso en 1827: 57-63.</em></p>
<p><em><strong>3 </strong>Bibliothèque General du Muséum d’Histoire Naturelle, Leg. 42, doc. I. Francisco Noroña, Cuaderno 1º de mi viage a la Isla de Java.</em></p>
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		<title>Humboldt y Bonpland (1799-1804)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-herencia-de-humboldt-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 14 Apr 2020 12:00:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 20]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La Corona apoya a la Ciencia en las Regiones Equinocciales]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Josefina Gómez Mendoza La herencia de Humboldt Bibliografía: Boletín 20 SGE. Marzo de 2005 La Sociedad Geográfica de Berlín (Gesellschaft für Erdkunde zu Berlin) fue fundada en abril de 1828. [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Josefina Gómez Mendoza</strong></h3>
<p>La herencia de Humboldt</p>
<p class="bodytext">Bibliografía: Boletín 20 SGE. Marzo de 2005</p>
<p class="bodytext">La Sociedad Geográfica de Berlín (<em>Gesellschaft für Erdkunde zu Berlin</em>) fue fundada en abril de 1828. Era la segunda después de la de París que lo había sido en 1821 y anterior a la Royal Geographical Society de Londres que no se fundó hasta 1830. La geografía alemana inauguraba así un siglo de esplendor. Sin duda la geografía del siglo XIX debe ser considerada ante todo ciencia alemana; sólo las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y el relevo en el protagonismo por parte de la geografía francesa, la llevaron a un segundo plano.</p>
<p><strong>NACIMIENTO Y ETAPA EXPEDICIONARIA Y COLONIAL</strong></p>
<p>Nada hacía presagiar que el Berlín de la época fuera capaz de acoger una institución de este tipo. Al menos esa es la opinión del gran geógrafo y expedicionario por Asia, Ferdinand von Richthofen (1833-1905), que había de presidir la Sociedad a finales del siglo XIX: <em>“Berlín era una ciudad pequeña, que ofrecía pocas perspectivas vitales y muy estrechos horizontes intelectuales. Los berlineses ilustrados tenían poca ocasión de intercambiar ideas”</em>. Pero el hecho de que Alexander von Humboldt pronunciara en Berlín en 1827 y 1828 sus famosas conferencias sobre el cosmos suministró el impulso necesario para la creación de la Sociedad. Un amigo de Humboldt, el cartógrafo Heinrich Berghaus, aprovechó la ocasión para hacer un llamamiento en pro de la creación de una Sociedad Geográfica (Lenz, 1978 a y b). La otra circunstancia que ayudó a la creación fue que Carl Ritter, considerado, junto con Humboldt, creador de la geografía moderna, ocupara la primera cátedra de geografía en la Universidad de Berlín y en la Academia Militar: fue elegido primer presidente de la Sociedad, y como tal se mantuvo hasta su muerte en 1859, el mismo año que Humboldt.</p>
<p class="bodytext">Aunque tuvo desde el principio socios importantes, la Sociedad de Berlín no consiguió en los primeros decenios el reconocimiento público suficiente y careció de solvencia financiera para sufragar expediciones y proyectos de envergadura. De ello se quejó el propio Ritter.<br />
A mediados del siglo XIX, se iniciaba una nueva etapa de la Sociedad de Berlín, la fase más expedicionaria. Uno de los socios distinguidos, Heinrich Barth, que la acabó presidiendo de 1863 hasta 1865, año de su muerte, había participado en varias expediciones a África Central: de ellas dio cuenta en la Sociedad y, con su mediación, la Sociedad Geográfica de Berlín se convirtió en un centro neurálgico de la tradición expedicionaria alemana. Los exploradores Gustav Nachtigal y Hermann von Wissman dieron cuenta de sus viajes en ella; la Sociedad patrocinó las expediciones polares alemanas (1901-1903) y desempeñó un papel importante en la expansión de las colonias e intereses alemanes en África. Momentos estelares en la vida de la Sociedad fueron las conferencias que en ella pronunciaron grandes exploradores como Sven Hedin (1903), Roal Amundsen (1907 y 1912), Sir Ernest Shackleton (1910), Robert E. Peary<br />
(1910) y Alfred Wegener (1929), entre los más relevantes. La Sociedad de Berlín editaba desde 1868 una revista <em>Die Erde </em>que se sigue publicando en la actualidad.</p>
<p>Otras veinticuatro sociedades geográficas se crearon en Alemania y Austria en el siglo XIX, y ya sólo otras cinco antes de la Segunda Guerra Mundial. Las más tempranas fueron la de Francfort en 1836 y la de Darmstadt de 1845, seguidas de las de Leipzig, Dresde y Münich en los años sesenta, 1861, 1863 y 1869 respectivamente. De los años setenta son las de Dresde, Halle, Hamburgo, Friburgo, Hannover y Karlsruhe y de los ochenta, las de Jena, Lübeck. Königsberg, Stuttgart, Greisswald, Kassel (todas de 1882) seguidas de la de Colonia en 1887. Es el momento de mayor impulso creador.</p>
<p class="bodytext">Todas ellas tenían objetivos similares a los de la de Berlín pero ninguna alcanzó su dimensión (ésta llegó a tener más de 1.300 socios) y esplendor. En todo caso, la mayor parte de las Sociedades enunciadas se mantienen.</p>
<p><strong>LA FASE ACADÉMICA</strong><strong> Y CIENTÍFICA DE LA SOCIEDAD DE BERLÍN</strong></p>
<p>En el año 1899 von Richthofen se había hecho cargo de la cátedra de geografía de Berlín, culminando un momento de expansión de la geografía universitaria en Alemania. Se habían creado cátedras de geografía en Leipzig y en Halle en 1871 y 1873 respectivamente (nótese la coincidencia con la fecha de fundación de las Sociedades), y un año después, en 1874, el gobierno prusiano decidía establecer cátedras de geografía en todas las universidades del Estado. Esta iniciativa dio apoyo institucional a los geógrafos y situó en primera línea a Friedrich Ratzel (1844-1904) que había viajado mucho como periodista por Estados Unidos y que ocupó la cátedra de Munich en 1875; también a Ferdinand von Richthofen, conocido por su expedición por el interior de Asia y sus estudios de geomorfología china, lo que le había llevado, a su vuelta a Alemania en 1872, a defender ardientemente la presencia de Prusia en este país asiático. Ocupó la cátedra de Bonn en 1877, luego la de Leipzig y finalmente la de Berlín. En 1914 había veintitrés cátedras universitarias en Alemania, algo sin parangón en los demás países europeos donde o no había o sólo había una universidad con enseñanza independiente de geografía.</p>
<p class="bodytext">La institucionalización universitaria de la geografía alemana la había convertido en un modelo para las Sociedades francesas e inglesas. En el caso francés, la derrota ante Prusia de 1871 había hecho que Alemania fuera considerada el ejemplo que había que seguir. La idea repetida era que <em>“la responsabilidad de la derrota de Sedan correspondía más al profesor de geografía e historia que al militar”, </em>en la medida en que no habría sabido inculcar el suficiente conocimiento del territorio patrio y, por ende, amor patrio. Se citaba en muchos cenáculos la supuesta frase de Goethe sobre que los franceses no sabían geografía.</p>
<p>Al prestigio académico de la geografía alemana, en el <em>Gymnasium </em>y en la Universidad, se sumaba el editorial y cartográfico. El caso más conocido es el del Instituto Geográfico de Justus Perthes en Gotha, de donde salieron entre otros los célebres atlas <em>Stieler Handatlas, </em>además de anuarios estadísticos, mapas murales y revistas como la célebre <em>Petermans Mitteilungen. </em>Todo ello contribuyó a convertir en el último tercio del siglo XIX a la geografía alemana en modélica. En 1899 se había celebrado en Berlín el Congreso Internacional de Sociedades Geográficas.</p>
<p>Sin duda esta reputación estuvo en el origen del acercamiento de las Sociedades hacia la geografía científica y de la discusión metodológica que se produjo. Junto a las conferencias vespertinas dedicadas al gran público, se fueron introduciendo en la de Berlín, sesiones y seminarios dirigidos a un público más reducido y especialista. Como otras veces, en esta inflexión de la Sociedad de Berlín tuvo bastante que ver la influencia de una figura de peso, en esta ocasión la de Albrecht Penck (1858-1945) geomorfólogo de prestigio internacional, catedrático (profesor <em>Ordinarius</em>) del Instituto de Geografía de Berlín, miembro de la Junta de la Sociedad entre 1907 y 1930 y durante bastantes años su presidente. Atrajo a personalidades relevantes pero también a sus estudiantes y discípulos que fueron acudiendo a la Sociedad y tomando protagonismo. De modo que en este derrotero, la conmemoración del centenario de la sociedad en 1928 fue también la ocasión de su consagración científica.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS SOCIEDADES ALEMANAS EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL Y LA CREACIÓN DE LA UNIÓN GEOGRÁFICA INTERNACIONAL</strong></p>
<p>El primer congreso internacional de geografía se celebró en Amberes entre el 14 y el 22 de agosto de 1871. A partir de entonces fueron las Sociedades de Geografía las que se hicieron cargo de la organización de los sucesivos congresos. Era la edad de oro de las Sociedades. De este modo se suceden el Congreso de París de 1875, a instancias de la Sociedad de París, el de Venecia, por invitación de los geógrafos de esta ciudad y aceptación de la Sociedad de París que actúa en todo momento de <em>primun interpares</em>. En agosto de 1889, la serie de conferencias que tuvo lugar con motivo de la Exposición Universal es igualmente reconocida por la Sociedad de Geografía de París como Cuarto Congreso Internacional. A partir de entonces se fue estableciendo la tradición de relevo de las Sociedades y de las sedes para la organización de los congresos, que no pasaban de ser, como ocurría entonces con multitud de otros congresos, asambleas efímeras que no dejaban la huella de una estructura permanente, pese a los votos que se solían hacer para que así fuera. En este sentido en el Congreso de Venecia ya mencionado se había afirmado que era necesario crear una “Oficina Central” que se ocupara de la difusión de las resoluciones del Congreso y de la comunicación entre sociedades. Las siguientes convocatorias fueron las de Berna en 1891, Londres 1895, y bajo la responsabilidad de la Sociedad de Berlín, la de esta ciudad en 1899. En este último congreso del siglo, la oficina central puso de manifiesto la falta de resultados en la toma de contactos intentada con los gobiernos y las sociedades geográficas del mundo. Pese a ese fracaso relativo la organización central se mantuvo, y así se celebraron los congresos de Washington (1904), Ginebra (1908) y Roma (1913).</p>
<p class="bodytext">Es precisamente en Roma en donde surge la iniciativa de instituir una Unión Internacional de Sociedades de Geografía, resolución que firmaron entonces las de Roma, Madrid, Lisboa, Ginebra, Londres, Berlín, Viena, Nueva York, París, San Petersburgo y Copenhague a las que se habían de unir las de Bruselas, Amsterdam, Cristiana, Estocolmo y Budapest. El estallido de la guerra impidió que se llevara a la práctica la resolución y deparó un destino segregado a las sociedades alemanas y más en concreto a la de Berlín.</p>
<p>En el proceso de internacionalización de la geografía llama la atención pues, en comparación con otras ciencias, el papel relevante que habían tenido las Sociedades nacionales o regionales, para difundir la información, actuar como grupo de presión respecto de los gobiernos, consultar sobre las cuestiones que se les plantearan y sintetizar el estado de los conocimientos en los distintos campos.</p>
<p>El modelo de internacionalización que se plantea a partir de la guerra va a cambiar, al restar protagonismo y responsabilidad a las Sociedades y al establecer un boicot de hecho a Alemania y a las Sociedades alemanas (Robic, 1996). La forma definitiva de la Unión Geográfica Internacional (UGI), cuya existencia se planteó ya en el Consejo Internacional de Investigaciones de 1919 (<em>Conseil International de Recherches</em>, CIR) y se ejecutó el 27 de julio de 1922, ratificaba el apartamiento de las Sociedades, aunque los comités nacionales ante la UGI se mantenían con carácter estatal, con lo que en muchos de ellos la presencia de las principales Sociedades estaba garantizada porque esa venía siendo la tradición. El CIR y la UGI son de hecho creación de los Aliados y mantenían la marginación de las potencias centroeuropeas, mostrando la ruptura producida por la guerra entre las comunidades científicas y culturales. En el caso de la geografía, la intención de no abrir las puertas a Alemania, al menos al principio, fue evidente. La voluntad de normalización política que significó el Tratado de Locarno de 1925, con la entrada de Alemania en 1926 en la Sociedad de Naciones, se retrasó en el caso científico: las Sociedades científicas alemanas prefirieron proceder a un contraboicot y en ningún momento admitieron negociar con el CIR. De hecho la situación no se normalizó en el caso de la mayor parte de las ciencias hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Así ocurrió con la geografía con el hecho sobreañadido de la peculiar situación vivida por los geógrafos y sus organizaciones durante el régimen nazi.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS SOCIEDADES ALEMANAS DURANTE EL NACIONAL SOCIALISMO</strong></p>
<p>La geografía responde muy bien a la situación descrita. Primero la geografía alemana fue excluida por los Aliados y, luego, algunos de sus responsables vinculados al Nacional Socialismo se opusieron en los años treinta a todo intento de conciliación.</p>
<p>A decir de Carl Lenz (1978), presidente en los años setenta de la Sociedad de Berlín y “biógrafo” de la misma, la Sociedad de Berlín pasó por considerables dificultades durante el periodo nazi. El que se pudieran proseguir las publicaciones se debió en buena medida al último ministro prusiano de Cultura, Friedrich Schmidt-Ott, y al geógrafo Carl Troll (1899-1975), discípulo de Penck y llamado a ser la cabeza visible de la geografía alemana de postguerra y de la reconciliación. En los años treinta Troll era objeto sin embargo de la inquina (por razones desde luego profesionales, probablemente también científicas) de otro gran geógrafo y teórico del paisaje, Siegfried Passarge (1867-1958), este con clara obediencia política hasta el punto de haber sido nombrado <em>Reichsobmann für Geographie </em>(jefe nazi para la geografía). Passarge se opuso frontalmente a la demanda que le hizo Emmanuel de Martonne, presidente de la UGI en 1933 de incorporación a la misma. Troll prefirió refugiar a la Sociedad de Berlín en el trabajo y organizó en 1938 el Congreso sobre <em>Exploración geográfica y fotografía aérea, </em>de reducida trascendencia por las razones comentadas, pero con acierto temático evidente.</p>
<p class="bodytext">En plena guerra mundial se celebró una llamada reunión de geógrafos europeos en Würzburg, a instancias de Schmieder de Kiel y Krebs de Berlín, que se presentaba como alternativa a la UGI, pero que por razones obvias se convirtió de hecho en una reunión germano-italiana a la que asistieron por parte española, Juan Dantín Cereceda y José Gavira.</p>
<p>Es difícil medir la influencia del Nacional Socialismo en la geografía del momento. Se ha dicho que se habría sobrevalorado el papel de la geopolítica sobre el ideario nazi pero sin duda la insistencia sobre el <em>lebensraum </em>(espacio vital), <em>el Volk </em>(el pueblo) y la raza como conceptos centrales de la geografía humana marcaron la continuidad de la época nazi con los fundadores de la geopolítica, Ratzel y Haushofer. La geografía del Nacional Socialismo evitaba la neutralidad científica y se dedicaba a un mundo germanocéntrico.</p>
<p><em>“La geografía nacional es para nosotros la geografía total, mirar con ojos alemanes y desde el punto de vista alemán a Alemania en el mundo”</em>, insistiendo sobre el papel creativo del pueblo alemán en el paisaje cultural de Europa. (Elkins, 1989).<br />
Hubo censura, autocensura, persecución y diáspora. Carl Troll, una de la figuras más relevantes de la Sociedad de Berlín y de la geografía alemana y mundial, que se había opuesto al Nacional Socialismo antes de la llegada de éste al poder y que no había hecho gestos de aceptación del régimen, aunque tampoco había tenido que salir de Alemania, se encargó de reivindicar la geografía de su país en la inmediata postguerra en un célebre artículo de 1948 sobre la “La ciencia geográfica en Alemania durante el periodo 1933-1945. Crítica y justificación”, publicado por los <em>Annales </em>de la Asociación de Geógrafos Americanos. Se trataba de expurgar la literatura del periodo nazi de falsificaciones y tergiversaciones incompatibles con la verdadera ciencia (Troll, 1948; Gómez Mendoza, 1994). Se trataba de separar en el pasado lo “bueno” de lo “malo”, siendo lo malo lo comprometido con el régimen nacionalsocialista. Depurar, por ejemplo, la verdadera geografía política y los elementos respetables de Ratzel y Haushofer del mal uso que se había hecho de ellos. En la interpretación de Troll, la geografía física se habría mantenido más resguardada de la contaminación política que la humana.</p>
<p class="bodytext">Todas ellas se valen de reuniones y seminarios más o menos especializados y de viajes de los socios y, eventualmente, de apoyo a expediciones. La de Berlín mantiene sin duda la mayor iniciativa. Organiza viajes geográficos, cortos o largos, bajo dirección experta; administra los fondos de subvención Carl Ritter, Ferdinand von Richthofen y Albrecht Penck, creadas todas ellas en el año de la muerte de los mencionados presidentes. En 1959 se creó una nueva línea de subvención <em>Von Humboldt-Ritter-Penck </em>con el mismo objetivo de apoyar la investigación de geógrafos alemanes.</p>
<p>Su última iniciativa ha sido convocar para octubre 2005 un congreso internacional con motivo del Centenario de Richthofen, con el título “Hombre y medio en Asia Central”. En torno a la figura de Richthofen, uno de los primeros geomorfólogos y estudiosos del Asia central, se convoca a expertos de todo el mundo a debatir sobre geoecología, arqueología e historia cultural, historia, ciencias sociales y cartografía asiáticas.</p>
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		<title>Cabeza de Vaca (1528 – 36)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Apr 2020 15:49:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto</strong>: María Dolores Higueras</p>
<p>Alvar Núñez Cabeza de Vaca: La aventura interminable</p>
<p><strong>Libro: </strong>Exploradores españoles olvidados de los siglos XVI y XVII. SGE 2000</p>
<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p>En 1528 una flota con cinco buques y más de seiscientos hombres zarpó de La Habana. Destrozada por un inmenso ciclón, esta flota maltrecha recaló en la bahía de Tampa en Florida, donde desembarcaron unos trescientos hombres al mando de Pánfilo de Narváez, mientras el resto navegaba costeando en su intento por arribar al Panuco. Esta tropa, en la que se encontraba Álvar Núñez Cabeza de Vaca, inició su andadura en tierra con la idea de alcanzar Apalache; acosados por los indígenas, intentaron regresar a la costa para reencontrarse con aquellos barcos que nunca volvieron a ver, ya que tras un año de inútiles esfuerzos por rescatarlos, partieron de nuevo hacia México.</p>
<p>Narváez y sus hombres, terriblemente diezmados tras veinticinco días infernales entre espesos bosques y tierras pantanosas, lograron alcanzar de nuevo la costa e iniciar la construcción de cinco botes con los escasos medios disponibles, hazaña que consiguieron tras inmensos trabajos y sufrimientos, perdiendo en la empresa algunos hombres más. Al fin los doscientos cuarenta supervivientes se alojaron en tan precarias embarcaciones e iniciaron una penosa navegación costera.</p>
<p>En noviembre de 1528 sólo quedaban con vida unos ochenta hombres. Tras penalidades sin fin, los pocos supervivientes alcanzaron una pequeña isla frente a lo que sería más tarde Galveston y que Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el gran cronista de esta terrible aventura, bautizó con el nombre de Malhado o Mala Suerte, ya que frente a la isla, a punto ya de alcanzarla murió Narváez ahogado, tragado por las aguas al ser arrebatado de su bote por un furioso golpe de mar. De nuevo en tierra, los supervivientes, apenas quince hombres, fueron muriendo de hambre y frío, cautivos de los indios. Al fin sólo quedaron nuestro hombre, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, tesorero real, autor de una de las crónicas más hermosas de la gran aventura americana, y tres más a los que Álvar Núñez reencuentra en otros parajes.</p>
<p>Hombre de cualidades extraordinarias, como demuestran los hechos que él mismo relata, la aventura fabulosa de Cabeza de Vaca u sus tres compañeros, Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y Estebanico, supervivientes como él mismo de otro de los botes, a los que reencontró en uno de sus cautiverios, no tiene igual: durante ocho años recorrieron a pie en medio de increíbles peligros y penalidades, más de diez mil kilómetros de la América septentrional, entre la Florida y San Blas. Cruzaron ese inmenso continente a pie, de un océano al otro, partiendo de la Florida y Río Grande para atravesar las provincias de Texas, Coahuilas y Sinaloa, bajar por la margen del Pacífico a través de la provincia de Sonora procurando seguir la costa hasta alcanzar Monterrey y lo que años más tarde sería San Blas, desde donde atravesaron hacia el sur y llegaron a Ciudad de México. Semejante aventura, sólo posible para auténticos superhombres, tiene en Cabeza de Vaca un cronista de excepción, quien la narra en la obra que titula “Los naufragios”, una de las más originales de la literatura americana de siglo XVI.</p>
<p>El interés de esta crónica no estriba, como el de otras, en su contenido de hazañas heroicas, ni en los relatos de conquistas, ni en la descripción de exóticas y opulentas civilizaciones indígenas. La crónica de Cabeza de Vaca destaca sobretodo por su gran calidad narrativa. Es un vibrante libro de viajes, un relato vivo y atrayente que se lee con placer; un libro apasionante en el que el narrador, protagonista indiscutible de la aventura, se dirige en primera persona al lector y lo atrapa en su intensa aventura desde las primeras líneas. Con estilo rápido y directo, el texto discurre lleno de detalles reveladores, emocionante y fluido como una conversación, y sin embargo, impregnado de una gran calidad literaria. Como dice Anderson Imbert, al leer a Cabeza de Vaca uno “ve” constantemente. Tal es la fuerza descriptiva de este relato formidable, que se convierte en fabuloso “guión de imágenes” a través del cual el lector “recrea” sin dificultad personajes y paisajes, luces, olores y colores, porque no hay en él una solo página gris.</p>
<p>No oculto al lector, como puede verse, mi pasión por el personaje, porque Cabeza de Vaca es un ejemplo de valor y templanza, de lucidez y pasión. Nuestro hombre es, a la vez, Quijote y Sancho. Quizá uno de los aspectos más originales y valiosos de esta crónica aventurera reside en la personal visión que el autor ofrece del indígena. Conservamos muchos testimonios del contacto de los europeos con los nativos americanos, que son casi siempre visiones europeas de la realidad indígena y casi siempre desfiguradas por el peso de la civilización del Viejo Continente, en poco o en nada concurrente con la realidad originaria americana. Sin embargo, los indios descubrían “lo europeo” al mismo tiempo que los europeos “lo indígena” y, ¿cómo lo percibían? La crónica de Álvar Núñez Cabeza de Vaca añade a sus muchos méritos uno para mí decisivo: presenta por primera vez al hombre de Europa y al hombre de América frente a frente, desnudos, desprovistos de su complicado aparato de civilización. Y vemos a estos hombres igual de exhaustos y desamparados ante una naturaleza imponente y atroz, iguales ante el hambre, la penuria de medios y la enfermedad. Incluso en el aspecto físico, Cabeza de Vaca y sus compañeros de aventura llegan a tener como cautivos el mismo aspecto que sus captores. Andan desnudos como los indios, comen, viven y hablan como ellos; únicamente los diferencia su fe cristiana. Tanto es así que Cabeza de Vaca nos cuenta que tras su evasión en 1535 se encuentran con unos españoles a caballo que apenas los reconocen como afines. Nuestro cronista señala que “recibieron gran alteración de verme tan extrañamente vestido y en compañía de indios. Estuviéronme mirando mucho espacio de tiempo, tan atónitos que ni me hablaban, ni acertaban a preguntarme nada”. Cabeza de Vaca llegó a tener gran predicamento entre los indios que, tras mantener a los españoles casi seis años como esclavos, los exaltaban como taumaturgos después, atribuyéndoles extraordinarias facultades curativas y la virtud de hacer milagros, circunstancia que ellos rentabilizaron para sobrevivir: soplaban sobre los enfermos y rezaban largas oraciones, con lo que lograban sorprendentes y milagrosas curaciones que todos intentaban, pero Cabeza de Vaca se señala a sí mismo como el mejor también en esto, cuando nos dice que “en todo tiempo nos venían de muchas partes a buscar y decían que verdaderamente nosotros éramos hijos del sol. Dorantes y el negro hasta allí no habían curado, más viniéndonos a buscar de muchas partes, venimos todos a ser médicos, aunque en atrevimiento y osar acometer cualquier cura era yo más señalado entre ellos”. Y sigue diciendo: “Con frecuencia, nos acompañaban de tres a cuatro mil personas y como teníamos que soplar sobre ellas y santificar las comidas y bebidas para cada cual, y darles permiso para hacer cantidad de cosas, según venían a solicitarlo, fácil es comprender cuán grandes eran nuestras fatigas”.</p>
<p>La crónica de Cabeza de Vaca es también una fabulosa fuente de noticias etnográficas, ya que proporciona prolijas descripciones de todos los pueblos indígenas que fueron encontrando desde las belicosas tribus de la Florida hasta los pueblos agricultores del norte de México. Un sinnúmero de pueblos, muchos de ellos hoy desaparecidos, van desfilando por las vibrantes páginas de nuestro cronista: semínolas, calusas, ais, cheroquis, muscogis, alabamas, chicasas, chatcas, ocalusas, apaches y amasis, entre otros, son con detenimiento descritos. Perp resultan particularmente interesantes las noticias acerca de los túnicas, ya extinguidos al igual que los toncauas o carancauas. Pero la parte más cordial de las relaciones de Cabeza de Vaca y sus compañeros con los indios se iniciaron al abandonar el territorio de los nómadas apaches y navajos y encontrar a los indios pueblo, afincados en la zona de Arizona y Nuevo México y llamados así por la colocación de sus casas y pueblos amontonados en una perfecta disposición sobre riscos casi inaccesibles.</p>
<p>En el suroeste de Arizona encontraron a los hopis, que significa “pacíficos”, y tuvieron noticia de la mítica Cibola, de sus ciudades habitadas por los zuñis y de sus fabulosas riquezas, que dieron lugar a toda una serie de referencias míticas en la cartografía de la época y como otras noticias fantásticas, inspiraron multitud de viajes a la búsqueda de tan portentosos lugares. En este sentido. La crónica de Cabeza de Vaca alimenta esa delirante geografía que sitúa al norte de Nueva España la Gran Chichimeca y la Gran Quivira o Cibola.</p>
<p>El negro Estebanico, uno de los acompañantes de Cabeza de Vaca, superviviente con él de esta aventura, encontró la muerte poco después  a  manos de los indios en una expedición al norte emprendida por fray Marcos de Niza en busca de Cibola, que llevaba precisamente a Estebanico como guía.</p>
<p>Las últimas tribus con que tuvo contacto nuestro cronista fueron las de los shoshon, que vivían en Sonora y Sinaloa y aún estaban en guerra abierta con los españoles, y en la zona central de México, en territorio conquistado por Cortés a los nahuatl y aztecas. En todos los casos, Cabeza de Vaca observó y luego describiría las casas, los enterramientos, las armas, los sistemas de cultivo o de caza casi siempre con detalle, como lo hizo al encontrar a los indios de las praderas, que despertaron en él curiosidad porque usaban el cobre. También le llamaba la atención sobremanera los adornos corporales, las pinturas y su significado, los tatuajes y técnicas con que los realizaban. Nuestro héroe se interesó vivamente por la cultura del bisonte, su caza ritual, el aprovechamiento de sus recursos y la rica cultura material que inspiró.</p>
<p>En medio de sus terribles vicisitudes, este singular etnógrafo improvisado describió prolijamente y con gran liberalidad las sociedades que visitaba y nos habla de la familia, del matrimonio, de los ancianos, de los enfermos, de la mortalidad infantil, de las jefaturas políticas y de la guerra. Son abundantes sus referencias a la homosexualidad entre los indios, en concreto al hablar de los carancaua, cuando dice: “En el tiempo que así estaba entre éstos vi una diablura, y es que vi un hombre casado con otro y éstos eran unos hombres amariconados, impotentes y andaban tapados como mujeres y hacen el oficio de mujeres y tiran arco y lleva una gran carga, y entre estos vimos muchos de ellos amariconados como digo, y son más membrudos que los otros hombres y más altos y sufren muy grandes cargas”. Como puede verse, Cabeza de Vaca descubre, no juzga, no aplica a la sociedad indígena los esquemas europeos. En este sentido la crónica es de una inmensa originalidad y, una vez más, hemos de señalar a su autor como una excepción.</p>
<p>Sin embargo, contrastan estas objetivas descripciones acerca de los usos culturales, políticos o sociales, con un evidente afán misionero, que expresa en la parte final de la crónica, movido sin duda por la inquebrantable fe cristiana que, según dice él mismo, lo salvó del desaliento y lo condujo a la salvación. Son muy bellos los pasajes que Cabeza de Vaca dedica al animismo entre los indios y a lo presente que estas creencias estaban en los grandes mitos americanos. “Ellos mismos – dice – son la personificación del mito, y a él deberán en gran medida, su salvación”.</p>
<p>La aventura propiamente dicha se inició, pues, con la decisión de Pánfilo de Narváez de internarse en tierra mientras dejaban los buques costeando camino de Panuco. Cabeza de Vaca se opuso a este proyecto desde que se consultó a los oficiales su parecer. Alegaba que los pocos caballos que habían sobrevivido al viaje estaban exhaustos y famélicos, por lo que poco podrían ayudar en el intento. Debía tenerse en cuenta, además, la escasez de provisiones, tan solo una libra de bizcocho y otra de tocino por hombre. Cabeza de Vaca hizo mucho hincapié en la falta de traductor y dice textualmente: “Íbamos mudos y sin lengua por donde mal nos podíamos entender con los indios”. Cabeza de Vaca insistía también sobre el desconocimiento total del territorio que pretendían explorar y del que no llevaban relación ni mapa alguno. A pesar de estos argumentos, Narváez, apoyado por el resto de los oficiales, decidió internarse y abandonar los buques que intentó encomendar a Cabeza de Vaca; pero prefirió seguir con los demás y eligió el peligro no fuera que, dice, “como había contradicho la entrada me quedaba por temor, y mi honra anduviera en disputa; y yo quería más aventurar la vida que poner mi honra en esa condición”.</p>
<p>El primero de mayo, los trescientos hombres desembarcaron y pasaron a tierra, sólo cuarenta de ellos a caballo. A los quince días ya escaseaban los alimentos, pero el encuentro con los indios agricultores les permitió proveerse de maíz. Con algunos de estos indios por guías intentaron alcanzar Apalache. Cabeza de Vaca quedó extasiado ante la belleza de la tierra que recorrían tan trabajosamente y en un hermoso pasaje nos la describe como “tierra, muy trabajosa de andar y maravillosa de ver, porque en ella hay muy grandes montes y los árboles a maravilla altos, que nos embarazaban el camino de suerte que no podíamos pasar sin rodear mucho y con muy gran trabajo; de los que no estaban caídos, muchos estaban hendidos desde arriba hasta abajo, de rayos que en aquella tierra caen, donde siempre hay muy grandes tormentas y tempestades”. Estas descripciones del territorio son muy frecuentes en la crónica de Cabeza de Vaca; a veces, en medio de un hecho peligroso o violento, la narración se remansa en una poética descripción de paisajes, árboles, lagunas o pájaros. Es esta vocación lo que convierte la crónica en un bello libro de viajes, la aventura de un explorador enamorado de las tierras sobre las que discurre su peripecia vital.</p>
<p>A la llegada a Apalache; Cabeza de Vaca dedica gran espacio a la descripción física del territorio, la calidad de los suelos y especies de árboles que lo poblaban; nos habla de los animales que vio: venados, conejos, liebres, osos, leones y en un momento dado hace esta simpática descripción de lo que parecen zarigüellas: “Entre otras salvajinas vimos un animal que trae los hijos en una bolsa que en la barriga tiene; y todo el tiempo que son pequeños los trae allí, hasta que saben buscar de comer; y si acaso están fuera buscando de comer y acude gente, la madre no huye hasta que los ha recogido en su bolsa”. También describe, en un pasaje lleno de fuerza, la extraordinaria habilidad de los indios semínolas con el arco y las flechas: corpulentos y muy ágiles, manifiestan una mortal puntería con el arco que les cuestan muchas vidas, pero Cabeza de Vaca pone de relieve una vez más su admiración por la austeridad e inmensa capacidad para soportar el hambre y los sufrimientos físicos que ha podido observar en sus contrarios, los indios.</p>
<p>Sin prejuicio alguno, Cabeza de Vaca nos cuenta poco después y con severidad cómo los pocos españoles que aún conservaban con vida sus caballos hicieron un intento por abandonar a los que iban a pie, desamparando a los enfermos y al propio gobernador; pero Álvar Núñez logró disuadirlos apelando a su honor. En este punto, enfermos la mayoría y sin fuerzas para caminar, acosados y diezmados por los indios, tomaron una solución desesperada: construir botes para embarcar a los supervivientes e intentar, navegando por la costa, alcanzar alguna zona menos hostil. La empresa, verdaderamente titánica por la situación de la gente y la escasez de recursos, es narrada por nuestro hombre con su habitual estilo directo y hermoso: “Vistos estos y otros muchos inconvenientes – nos dice &#8211; , acordamos en uno harto difícil de poner en otra, que era hacer navíos en que nos fuésemos. A todos parecía imposible porque nosotros no lo sabíamos hacer, ni había herramientas, ni hierro, ni fragua, ni estopa, ni pez, ni jarcias, finalmente, ni cosa ninguna de tantas como son menester”.</p>
<p>No obstante lograron acabarlos en apenas mes y medio de brutal trabajo, alimentándose los que trabajaban con la carne de un caballo sacrificado. Construyeron cinco barcazas de veintidós codos, las calafatearon con las estopas de los palmitos y usaron como brea una pez de alquitrán fabricada con resina de pinos. Con las colas y crines de los caballos fabricaron la caballería y las jarcias; con sus destrozadas camisas, las velas, y con madera de sabina, rudimentarios remos. La piel de los caballos muertos, aunque mal curtida, les sirvió para hacer botas en las que llevar provisión de agua dulce.</p>
<p>El 22 de septiembre embarcaron en cada bote unos cuarenta y siete hombres. Esta épica situación la narra Cabeza de Vaca con estas palabras: “Íbamos tan apretados que no nos podíamos menear; y tanto puede la necesidad, que nos hizo aventurar a ir de esta manera y meternos en una mar tan trabajosa y sin tener noticia de la arte de navegar ninguno de los que allí iban”.</p>
<p>Tal precariedad sólo podía acabar en tragedia; pronto perdieron el agua dulce porque los cueros de las improvisadas botas se pudrieron y dejaban escapar el agua, muchos murieron por beber la del mar; otros por deshidratación; otros por la acometida de los indios en un intento de tomar tierra para reponer alimentos y agua. Finalmente, desmoralizados y enfermos, a la altura de la desembocadura del Mississippi, los pocos supervivientes decidieron separarse. Cada bote intentaría seguir una ruta distinta, pues Narváez había respondido al propio Cabeza de Vaca, al preguntarle éste qué hacían, “que ya no era tiempo de mandar unos a otros; que cada uno hiciese lo que mejor le paresciese que era para salvar la vida”.</p>
<p>Éste es un aspecto muy importante, porque en aquel momento cesó la autoridad militar y cada hombre quedó solo ante su destino y responsable de sus propias acciones. Cabeza de Vaca y los que lo acompañaban en su bote decidieron probar fortuna en tierra, enterraron el bote en la arena y se adentraron en busca de alimentos. Nuevamente los indios flecheros los acosaron; sin duda se trataba de siux o dakotas, las arrogantes tribus establecidas al oeste del Mississippi, en la región de las grandes praderas, formadas por guerreros indomables y que fundamentaban su vida y creencias entorno a la caza del bisonte. El primer encuentro debió de ser pavoroso porque Cabeza de Vaca, en un párrafo muy expresivo, nos dice que: “en media hora acudieron otros cien flecheros, que agora ellos fueren grandes o no, nuestro miedo les hacía parecer gigantes”. No obstante, este encuentro resultó cordial finalmente y los indios les proporcionaron pescado, raíces y agua en abundancia, compadecidos sin duda por su lamentable aspecto y escasa peligrosidad, ya que el propio Cabeza de Vaca nos dice que “era excusado pensar que había quien se defendiese, porque difícilmente se hallaron seis que del suelo, se pudiesen levantar”.</p>
<p>Surtidos de alimentos y agua de refresco, decidieron embarcarse de nuevo. Con tremendo esfuerzo desenterraron el bote que habían ocultado en la arena días antes y emprendieron nueva navegación, pero “a dos tiros de ballesta” un golpe de mar volcó la barca. Tres hombres murieron al instante y los supervivientes, “envueltos en las olas y medio ahogados”, fueron arrojados a la misma costa bravía de la que habían partido escasos minutos antes. Los siux les auxiliaron de nuevo, acompañándolos en su desgracia con grandes demostraciones de dolor.</p>
<p>Al día siguiente nuestros náufragos se reencontraron con los capitanes Andrés Dorantes y Alonso del Castillo y toda la gente de su barca que había dado al través en aquella zona. Intentaron entre todos repararla y echarla al agua de nuevo, pero se hundió definitivamente al poco de botarla.</p>
<p>En muy poco tiempo, tan sólo quedaron vivos quince de los casi ochenta hombres que se habían juntado. Tales eran las penalidades y el hambre que llegaron en algún caso desesperado al canibalismo. Los pocos supervivientes, cautivos de distintas tribus indígenas fueron dispersados nuevamente. Cabeza de Vaca narra prolijamente su encuentro con los criks y sus feroces costumbres rituales, en contraste con su práctica del matriarcado. Nuestro hombre, siempre atento a las inclinaciones positivas de los indios, exalta su amor filial cuando señala: “Es la gente del mundo que más aman a sus hijos y el mejor tratamiento les hacen”. Junto con Alonso del Castillo y Andrés Dorantes, a los que se unió muy pronto el negro Estebanico, fueron requeridos por los indios como sanadores y así, en la isla Malhado, donde había perecido víctima de un furioso golpe de mar el gobernador Pánfilo de Narváez, los cuatro únicos supervivientes lograron salvarse en gran medida, gracias a sus habilidades como chamanes y curanderos, con lo que llegaron a alcanzar fama mítica entre los indios. Ellos mismos quedaron asombrados ante el efecto curativo de sus pobres recursos médicos que Cabeza de Vaca refiere así: “La manera en que nosotros curamos era santiguándolos y soplarlos, y rezar un Pater noster y un Ave María, y rogar lo mejor que podíamos a Dios Nuestro Señor que les diese salud […]</p>
<p>Quiso Dios Nuestro Señor y su misericordia que todos aquellos por quien suplicamos, luego que los santiguamos decían a los otros que estaban sanos y buenos”.</p>
<p>Pero los amigos fueron separados nuevamente por sus captores. Tras un año más de cautiverio pasando de unas tribus a otras, Cabeza de Vaca terminó preso de los indios charenco en las montañas, después de una huida provocada por la dureza de la vida impuesta por sus anteriores captores. De nuevo cambió su oficio: convirtiese ahora en mercader de caracolas y conchas, objetos muy valiosos para los indios que les atribuían poderes mágicos, y gracias a este comercio vivió un tiempo de “casi” libertad trajinando en trueque diversos productos de unas tribus a otras, totalmente desnudo y sobreviviendo como podía a los peligros constantes de una naturaleza inclemente y las terribles hambrunas que asolaban la zona y diezmaban a las tribus indígenas y sus animales. Casi seis años sobrevivió milagrosamente de un cautiverio a otro hasta reencontrar entre los indios quevenes a su perdidos compañeros Castillo, Dorantes y Estebanico. El encuentro de los amigos debió ser, sin duda, emocionante. Cabeza de Vaca nos dice en este punto: “Ya que llegué cerca de donde tenían su aposento Andrés Donantes salió a ver quién era porque los indios le habían también dicho cómo venía un cristiano y cuando me vio fue muy espantado, porque ha mucho que me tenía por muerto y los indios así lo habían dicho. Dimos muchas gracias a Dios de vernos juntos, este día fue uno de los de mayor placer que en nuestros días habemos tenido”.</p>
<p>Una vez reunidos los cuatro, planificaron su huida cuidadosamente, pero por diversas razones fueron aplazándola durante más de un año. A juzgar por lo que dice Cabeza de Vaca, fue una de las épocas más terribles, en condiciones de cautiverio especialmente duras y azotados por espantosas hambrunas a las que sobrevivieron milagrosamente comiendo tunas y bebiendo su zumo. Los cuatro amigos fueron separados y reunidos alternativamente por sus captores, ya que las diversas tribus guerreaban entre ellas, distanciándose o reuniéndose de nuevo a tenor de sus disputas; esto significó un elemento de sufrimiento añadido para los cuatro amigos que veían cada alejamiento como una despedida definitiva. En uno de esos inesperados reencuentros, entre los indios camones, cerca de la costa, obtuvieron la confirmación de que eran los únicos supervivientes de la gran expedición, ya que entonces los camones les narraron cómo habían perecido ahogados los tripulantes del último bote, del que no habían tenido noticia alguna hasta ese momento.</p>
<p>Sabiéndose definitivamente solos, deciden no aplazar más su fuga, que llevaron a cabo finalmente. Huyeron a las tierras de los indios avavares, donde salvaron la vida nuevamente gracias a sus ya mencionadas habilidades para sanar. Así sobrevivieron durante ocho meses entre los avavares y su fama creció hasta un punto en que los indios los seguían por millares. Un episodio del que fue protagonista el propio Cabeza de Vaca “resucitando a un indio que parescía muerto” causa en los indios una admiración tal, mezclada de espanto, que en toda aquella tierra no se habló de otra cosa.</p>
<p>Durante ese tiempo, nuestros viajeros sobrevivieron en condiciones bastante soportables aunque siguieron pasando hambre y frío. Poco después las condiciones se fueron haciendo cada vez más penosas, cautivos ahora de los indios maliacones y arbadaos, para los que acarreaban leña, tejían esteras y hacían peines, arcos, flechas y redes para pescar. De todas las tareas, Cabeza de Vaca eligió la de raer cueros y ablandarlos, porque nos dice de forma muy expresiva: “La mayor prosperidad en que yo allí me vi era el día en que me daban a raer alguno, porque yo lo raía muy mucho y comía de aquellas raeduras y aquello me bastaba para dos o tres días”. No cabe reseña más sobria y expresiva de la situación extrema en que se hallaban.</p>
<p>Los cuatro amigos siguieron avanzando siempre hacia el oeste, cambiando su cautiverio de unas tribus a otras, intentando llegar así hasta la costa del Pacífico. Una vez y otra, Cabeza de Vaca exalta las virtudes sociales de los indios que encontraba, su valentía en el combate, sus fiestas y ritos, la agudeza de sus sentidos: “Ven y oyen más y tienen más agudo sentido que cuantos hombres hay en el mundo”, nos dice. Más adelante quiere dejar constancia de su extraordinaria capacidad para aguantar las inclemencias y la falta de alimentos. Rinde otra vez homenaje a sus enemigos con estas palabras: “San grandes sufridores de hambre y de sed y de frío, como aquellos que están más acostumbrados y hechos a ello que otros”.</p>
<p>En el capítulo XXV de su crónica, entre las muchísimas noticias curiosas que proporciona respecto a las diversas tribus de indios que hallaba, nos comenta dos costumbres que él dice son habituales entre muchos de ellos: el uso ritual del tabaco y la práctica de la homosexualidad masculina a la que ya hemos aludido anteriormente. Cabeza de Vaca afirma que daban cuanto tenían por el tabaco que mezclaban con otras yerbas para utilizarlo como alucinógeno en ceremonias religiosas o tribales. Descubrió también que lo fumaban en pipas adornadas con emblemas totémicos para cerrar tratados de paz o efectuar declaraciones de guerra.</p>
<p>La parte final del viaje, camino de la costa del Pacífico, se complicó de forma imprevista por un nuevo acontecimiento. Debido a sus virtudes curativas, una gran multitud de indios seguía a los cuatro hombres. Algunos de ellos los utilizaban como pretexto para saquear las aldeas a las que iban llegando como una especie de pago o extorsión a cambio del poder curativo de estos “hijos del sol”. Los cuatro amigos fueron incapaces de impedir esas extorsiones y abusos de unos indios contra otros, como lo fueron igualmente de escapara a tan interesada y maligna compañía. Más adelante encontraron cerros con abundancia de hierro y tuvieron noticia de sociedades ricas que, más al norte, conocían y practicaban la fundición de minerales. Llegó un momento en que, precedidos por su extraordinaria fama como sanadores, nuestros hombres se vieron rodeados por más de tres o cuatro mil indios a los cuales había que alimentar y dar de beber. Para ello tuvieron que organizar una compleja logística como si se tratara de un ejército.</p>
<p>Al fin abandonaron las tierras de indios nómadas y entraron en la pacífica tierra de los indios agricultores, donde conocieron la cultura del maíz. Atravesaron las provincias de Sonora y Sinaloa y convivieron con los pacíficos indios pueblo, tribus de elevada cultura y moralidad. La religión de éstos excluía los sacrificios humanos y la mayor parte de los ritos religiosos tenían por finalidad conjurar la lluvia, esencial para el mantenimiento de sus cultivos. Estos indios les dieron generosamente maíz en grano, harinas, calabazas y frijoles y les proporcionaron mantas de algodón para protegerse del frío. Allí tuvieron nuevamente noticia de las grandes riquezas existentes en la mar del Sur, al norte de las Californias; noticia que alimentó con renovada ilusión el mito de las ricas ciudades de Cibola. Aquellos indios, dice Cabeza de Vaca, “dábannos muchas cuentas y corales que hay en la mar del sur, muchas turquesas muy buenas que tienen hacia el norte; y finalmente dieron aquí todo cuanto tenían y a mí me dieron cinco esmeraldas hechas puntas de flecha […] y pareciéndome a mí que eran buenas les pregunté que dónde las habían traído y dijeron que las traían de unas sierras muy altas que están hacia el norte […] donde había pueblos de muchas gente y casas muy grandes”.</p>
<p>En este punto situó Cabeza de Vaca la entrada hacia los ricos reinos del norte y, porque sus habitantes tenían la costumbre de comer el corazón de los venados para cobrar su coraje, llamó a este pueblo “de los corazones”, y en él situó para futuros exploradores la única entrada posible hacia la ruta del norte, la mítica Cibola, y avisaba Cabeza de Vaca: “Si los que la fuesen a buscar por aquí no entraren, se perderán porque la costa no tiene maíz”.</p>
<p>Estaba muy próximo por entonces el fin de la gran aventura: Castillo descubrió que un indio llevaba al cuello lo que reconoció como una hebilleta de talabarte de espada, e interrogado el indio, éste les contó que tal colgante procedía “de unos hombres que traían barbas como nosotros que habían venido del cielo y llegado a aquel río y que traían caballos y lanzas y espadas”.</p>
<p>A partir de ese momento avanzaron siempre en la dirección que los indios les mostraban y pronto encontraron muestras evidentes del enfrentamiento con los cristianos: pueblos quemados, campos arrasados y sin cultivar, hambre y miedo. Otra vez los indios huidos y refugiados en las montañas los acogieron y, lejos de represalias, compartieron con ellos sus alimentos. Cabeza de Vaca, impresionado, observa: “Por donde claramente se ve que estas gentes todas para ser atraídas a ser cristianas y a la obediencia de la imperial magestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y que éste es camino muy cierto y no otro”. Crítica encubierta a la evidencia de represalias y gran destrucción de cultivos y poblados que habían contemplado días antes.</p>
<p>El primero que encontró al fin a los cristianos a caballo anunciados por los indios fue Cabeza de Vaca. El aspecto de éste debía de ser tan espantoso que, como ya dijimos, lo miraban atónitos sin acertar a preguntarle nada. Al fin lo llevaron ante el capitán Diego de Alcaraz, al que narró su interminable aventura y al que pidió “testimonio” fechado de su encuentro. Los indios acudieron de nuevo en ayuda de nuestros exploradores; por ellos supieron los cristianos, nos dice Cabeza de Vaca, “la mucha autoridad y dominio que por todas aquellas tierras habíamos traído y tenido, y las maravillas que habíamos hecho y los enfermos que habíamos curado”. Los muchos indios que los habían acompañado se negaban a dejarlos, no los identificaban como cristianos y les pidieron que regresaran con ellos. Al fin los españoles los convencieron de que volvieran a sus tierras a reemprender su vida y cultivar sus campos. Les aseguraron que ellos serían sus valedores para que cesaran las hostilidades con los cristianos.</p>
<p>Es en ese lugar, en San Miguel, donde se produce el primer y único alegato “misionero” de Cabeza de Vaca, quien en un párrafo de exaltado celo evangelizador y dirigido al emperador Carlos V, dice:”Dios nuestro señor, por su infinita misericordia quiera que en los días de Vuestra Magestad y debajo de vuestro poder y señoría, estas gentes vengan a ser verdaderamente y con entera voluntad sujetas al verdadero Señor que las creó y redimió, lo cual tenemos por cierto que así será y que Vuestra Magestad ha de ser el que lo ha de poner en efecto”. E inmediatamente afirma: “No sería tan difícil de hacer porque dos mil leguas que anduvimos por tierra y por la mar en las barcas y otros diez meses que después de salir cautivos, sin parar anduvimos por la tierra no hallamos sacrificios ni idolatría”, con lo que manifiesta de nuevo simpatía hacia los indios.</p>
<p>La aventura interminable llegaba a su fin. Bordeando la costa de la Baja California, alcanzaron Compostela y de allí pasaron a México, donde fueron recibidos por el propio virrey con “fiestas y juegos de cañas y toros”. Andrés Dorantes y Cabeza de Vaca decidieron regresar a España. Embarcaron en Veracruz y llegaron a Lisboa el 9 de agosto del año 1537, tras un viaje lleno de vicisitudes en el que, entre otras cosas, estuvieron a punto de naufragar nuevamente por una tormenta en la isla Bermuda.</p>
<p>Los naufragios de Cabeza de Vaca y sus vibrantes descripciones de tierras y hombres inspiraron diversas expediciones al norte de la Nueva Galicia, que dieron lugar a la exploración de las provincias  de Arizona, Nuevo México, Kansas y Colorado. Cabeza de Vaca escribió su libro entre 1537 y 1540, poco tiempo después de su regreso a España. Otra relación, dirigida a la Real Audiencia del Consejo de Indias fue utilizada por Fernández de Oviedo para su Historia general. Se conservan, que yo sepa, dos manuscritos originales del siglo XVI de Los naufragios, uno es el códice 5620 de la Biblioteca Nacional de Viena; otro el manuscrito Patronato 20, nf 5, ramo 3 que se conserva en el Archivo General de Indias, en Sevilla. Parece que este último manuscrito perteneció a Alonso de Santa Cruz y a su muerte pasó al Consejo de Indias. Respecto al conservado en Viena, parece que llegó a la corte imperial de Viena a mediados del siglo XVI, y no es el único documento importante relativo a América que conserva la Biblioteca Imperial, pues custodia también las Cartas de la conquista de Hernán Cortés al emperador (codex S.N. 1.600). Cómo llegaron a Viena estos documentos valiosísimos, que sin duda estuvieron en un principio en el Consejo de Indias o en la Casa de la Contratación es un misterio al que no parece ajena la voluntad del emperador.</p>
<p>Los naufragios, de Cabeza de Vaca, llamó muy pronto la atención de los europeos, tanto que tras la primera edición realizada conjuntamente con sus Comentarios en Valladolid en 1555, se tradujo al italiano y fue publicada por Ramusio en su famosa colección de viajes. En 1571 se publicó en Londres la edición inglesa. La francesa, en cambio, no vio la luz hasta muchos años más tarde, en París y en 1837.</p>
<p>Muchos son los valores que tiene esta espléndida crónica, una de las más importantes, sin duda, para el conocimiento de la América septentrional y sus habitantes. Su autor nos narra en ella nueve años intensos de la vida más aventurera que quepa imaginar. Un viaje de pura exploración en época de conquista, realizado por un hombre que reconoce en los indios a sus semejantes, aunque diversos. Un hombre fascinado por la naturaleza americana y que describe los acontecimientos singulares que le tocó vivir con una prosa tan expresiva que nos traslada a las tierras de su peripecia con un realismo que hoy calificamos de “cinematográfico”. Un héroe moderno que, desnudo y errante, no conservó sino un orgullo: el de ser “hombre”. La epopeya de Cabeza de Vaca es la epopeya universal del hombre enfrentado a la incertidumbre de la vida y salvado por la fuerza de su espíritu colosal.</p>
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		<title>Balboa (1513)</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Apr 2020 07:52:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[El Descubrimiento del Mar del Sur]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Descubrimiento del Mar del Sur Balboa, el caballero del barril Luis Pancorbo Siempre ha quedado un poco vago en la historia quién fue el primer europeo que vio los [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Descubrimiento del Mar del Sur</strong><br />
Balboa, el caballero del barril</p>
<p><strong>Luis Pancorbo<br />
</strong></p>
<p>Siempre ha quedado un poco vago en la historia quién fue el primer europeo que vio los mares del sur aparte de Balboa, el caballero del barril. Ahora se acerca un nuevo milenio y parece que hemos olvidado casi todo, incluso las geografías inventadas. Sin embargo, en 1697 Swift escribió A Tale of a Tub (El Cuento del Tonel) para demostrar lo prodigioso que también puede ser ese recipiente para la mejoría de la humanidad. El rabino español Benjamín de Tudela no dio con Liliput o con la isla de Laputa, aunque quizás fue el verdadero adelantado del Pacífico. Seguro es que salió de Barcelona y llegó a visitar comunidades judías del Lejano Oriente entre 1160 y 1173. Tudela sugirió su partida desde Ceilán hacia una tierra que llamó Zin (China), aunque admitía que era un viaje muy peligroso: en caso de naufragio había que meterse en una piel de buey y coserla por dentro para que no se metiera el agua del mar. Luego vendría un grifón, “una de esas águilas grandes” que, tomando la piel por un animal, lo llevaría a tierra para devorarlo. Si no, el viajero tendría que rasgar la piel y buscar algún lugar habitado. “Son muchas las personas que se han salvado de esta manera”. Con todo eso sólo se puede soñar si Tudela fue el primer occidental en ver el Pacífico o al menos la parte que bañaba a Zin.<br />
El franciscano Giovanni de Plan de Carpin, o Carpini, en su viaje de 1245 al país de los tártaros gobernado por Mangu Khan, precedió la odisea de Marco Polo. En eso tuvo mérito y adelantamiento. Pero me imagino que Polo fue el primer europeo que contempló algo del mar de la China y por ende del Pacífico. Aunque su viaje de 1260 sea de lectura nebulosa, es muy posible que el veneciano no se limitara a los 12.000 puentes de Hanchow. Bien pudo otear el Mar de la China en Fucheu–fu, capital de la provincia del Fukien; en Huangcheu, una costa con gran comercio de perlas;, y en el puerto de Zaitem (Tsuen–Tcheu), el punto más meridional en su periplo de la China suroriental. Menos probable es que Polo acompañara una expedición de Kublai Kan a Cipango, aunque las campanas que oyó sobre Japón sonaban muy verosímiles. En 1316 otro franciscano, Odorico de Pordenone, llegó a las Indias Orientales y a Pekín, pero salvo influir en Jean de Mandeville no sabemos si vio el Pacífico, como éste último sí lo deja entrever en su gran obra de 1360. Mandeville nos cuenta maravillas (gallinas con lana blanca) de la tierra de Mancy que podría situarse sobre Cantón en el sur de la China, así como Caldilhe sería una Corea donde frutas, grandes como calabazas, dan unos corderitos sin lana, buenos para comer.<br />
Más serio, como buen beréber, el tangerino Ibn Battuta, que inició en 1325 un señor viaje de 24 años, se cree que también llegó a China desde Sumatra. Al menos, Batuta visitó Zaitem, al norte de Nankín y asistió en Chensi a los funerales de un khan enterrado con “cuatro mujeres esclavas, seis favoritos y cuatro caballos”. Quizás Amerigo Vespucci en su tercer viaje (1501–1502) no sólo bajara a la latitud de lo que luego sería el estrecho de Magallanes, sino que descubriera “una tierra muy fría, áspera e inculta”. Hasta esa fecha se trató de lo más cercano al Pacífico por esa vía. Para Camín, pudo tratarse de las Malvinas. Según Beltrán y Rózpide, quizás fuera la isla que Cook llamó Georgia Austral, aunque en realidad quedó avistada en 1756 –19 años antes que Cook– por el navío español El León en viaje al mar del sur. En 1511 el portugués Antonio d’Abreu, enviado por Alfonso de Albuquerque, el virrey de la India, a descubrir las Molucas y otras islas de la Especiería más al este, es difícil que no diera con Papúa-Nueva Guinea. En ese caso sería el verdadero pionero de la mar del sur por mucho que nosotros ensalzemos a nuestros propios peninsulares. En fin, todo esto se queda en hipótesis de un tema con muchas ramas y largas raíces.<br />
Para divisar el Pacífico, creyendo que era suyo, Drake se tuvo que subir a un árbol en Panamá. Pero eso fue mucho después de lo que hiciera de forma más airosa y contundente el Caballero del Barril.<br />
Vasco Núñez de Balboa fue el primer europeo que se bañó en los mares del sur, eso no se pone en tela de juicio. No se sabe si se metió con caballo o si sólo entró hasta las rodillas, con su armadura, la espada en la diestra y el pendón de Castilla en la siniestra.<br />
Según otras versiones hay que añadir más impedimenta, una rodela y una bandera con una imagen de la Virgen y el Niño. Mucho, si no había bajamar. Me inclino por la imagen del baño lustral de rodillas, al máximo de cintura, en un bello golfo que aún se llama de San Miguel en el Darién panameño. Y excluyo al caballo que a toda costa nos quieren vender las estampitas de la conquista española. Resulta bastante inverosímil que un caballo pudiera avanzar por las ciénagas y la selva del istmo panameño durante los 28 espantosos días que tardó Balboa en recorrer el primer camino interoceánico y en revolucionar a la postre la geografía del orbe. Porque era cierto que había una Mar del Sur, primer nombre de esa magnitud hoy conocida como Océano Pacífico, un tercio de la Tierra que, con sus 165.384.000 kilómetros cuadrados, podría englobar en su seno al Atlántico, el Indico y el Artico. El viaje de Vasco para atravesar el istmo de Panamá apenas duró una luna de 1513. Sólo 11 años después del último periplo de Colón, Balboa pudo verificar la intuición o el clavo fijo del descubridor de América: tenía que haber un estrecho que  comunicara con el Indico, el mar que se creía al otro lado. Estrabón ya lo había previsto: “Así pues (según pone empeño en persuadirnos Eratóstenes), si no se opusiese la inmensidad del Mar Atlántico, podríamos navegar en el mismo paralelo desde España a la India&#8230;”). Hasta Séneca se respondía a si mismo en Quaestiones Naturales: “¿Cuántos días de navegación hay desde las costas de España hasta la India? Poquísimos si empuja a la nave un viento favorable”.</p>
<p>Con todo, el mapa de Bartolomé Colón de 1503 aún ponía Asia sobre la masa de tierra al norte de la equinoccial que equivalía a Suramérica. Colón se tituló a sí mismo “Visorrey y Gobernador General de las islas y tierra firme de Asia”. Se equivocó en muchas cosas, pero siempre de forma gloriosa. Creía que el mundo era más pequeño de lo que era en realidad, que había seis veces más tierras que mares y que entre España y las Indias sólo mediaban 120 grados de longitud (y 140 hasta Cathay o China). Sin embargo, estaba en lo cierto cuando conjeturaba la existencia de algún paso entre las Indias Occidentales y las Orientales. Lo más cerca que estuvo el almirante de su intuición fue en su cuarto y último viaje de 1502. Colón pasó por las islas de la Bahía, dobló el Cabo Gracias a Dios entre Honduras y Nicaragua, intuyó el oro de Costa Rica y se enamoró de Portobelo. Lo mismo que Drake, que acabó matarile en el fondo del mar. A Drake, el Pato, le echaron en ataúd de plomo en Portobelo, antes Nombre de Dios, y su tambor a lo mejor suena el día que Inglaterra lo necesite. Pero Drake no cuenta en nuestra historia. Ni siquiera dio la primera vuelta al mundo aunque se ufanara de ello. Tampoco Colón fue el primero en recorrer la costa atlántica de Panamá hasta el Darién. Un año antes lo hizo Rodrigo Galván de Bastidas sin dar con la parte delgada del istmo, los apenas 75 kilómetros del fracasado Canal Francés o los 81 del actual Canal de Panamá, que separa dos océanos y redondea verdaderamente el nuevo mundo.<br />
En eso el Caballero del Barril fue afortunado. Creo que un hombre que sale de un tonel, y que a lo mejor se lo ha bebido, tiene un sino. Aunque por esas cosas de la prosapia se le llegó a emparentar con los reyes godos, Balboa era un extremeño de vago origen gallego. Nacido en 1474 ó 1475 en Jerez de los Caballeros (Badajoz) dio con la Mar del Sur antes que nadie. Hablamos de ojos europeos, quizás azules como los de Balboa, porque los polinesios y los micronesios tampoco cuentan. Eran pardos, loros, oliváceos, ajenos e ignotos marinos que navegaban por una brutalidad de espacio como Pedro por su casa. Nada para un imperio naciente como el español que aún no conoce sus confines. Claro que después del acierto geográfico de Balboa, probar la existencia de algo desconocido, todo fue relativamente más fácil. Magallanes dio con el paso austral entre océanos de forma deslumbrante en 1521; y en 1526 el portugués Meneses llegó por la otra parte del mundo a Irian Jaya y por lo tanto a lo que no sabía que eran los fantásticos mares del sur, porque para eso hubo que esperar a gentes de verdadera imaginación como Stevenson. Pero el primero en tocar el timbre de la historia, eso que no corresponde a una novela; el primero en abrir un océano al conocimiento general (o empezar a estropearlo según la idílica visión de los isleños), corresponde al señor Balboa y a nosotros seguir ahora con detalle los pasos de nuestro paisano.<br />
Balboa ya tenía 28 años cuando sintió la llamada de América. Se alistó en la flota de Rodrigo Galván de Bastidas y quizás por lo gallego fino Balboa escapó de un primer naufragio debido a la carcoma marina. Quizás por lo  extremeño renunció al mar y se metió a agricultor en La Española. Crió cerdos en Salvatierra de la Sabana hasta arruinarse. Para escapar de las deudas Balboa no vio más cielo abierto que el de un barril. Se metió con perro y todo en el barco de Martín Fernández de Enciso que iba a socorrer la desdichada expedición de Alonso de Ojeda. Cuando Enciso, autor de Summa Geográfica, El Arte de Navegar, vio salir a Balboa de ese barril, el orbe se preparaba para un vuelco decisivo. De allí emergía como si tal cosa un tipo rubio y robusto y según el padre Las Casas, “de buen entendimiento y mañoso y animoso y de muy buena disposición y hermoso gesto y presencia”. Según Gómara,<br />
“era Vasco de Balboa hombre que no sabía estar parado”. Tal vez Gary Cooper, pero con lebrel. En realidad, Balboa nunca pasó de ser un sheriff incomprendido con ciertos golpes de humanidad. “Teníamos más oro que salud&#8230;” escribió al rey de España en 1513. Del barril Balboa pasó al mando en un santiamén. Tras comprobar el desastre y ruina de San Sebastián, el campamento de Ojeda en Urabá, mandado a la sazón por un famélico Francisco Pizarro, Balboa convenció a Enciso de que no todo estaba perdido. Los indios de Castilla del Oro –la gobernación de Diego de Nicuesa al oeste del golfo de Urabá– no tiraban flechas enhierbadas, o envenenadas con curare, como esos caníbales de la Nueva Andalucía –la gobernación de Alonso de Ojeda que iba desde el cabo venezolano de la Vela al hondureño de Gracias a Dios. Además, el propio río Darién parecía riquísimo en oro. Tal vez fuese el Atrato donde aún hoy se mazamorrea el oro amarillo y el oro biche (o platino). El caso es que el antiguo polizón tras derrotar la lluvia de flechas del régulo Cemaco y a sus 500 hombres (el triple de los españoles), logra asentarse en Santa María de la Antigua con 12.000 castellanos de oro, lo que no estaba mal para empezar una colonia que llegó a tener 200 casas y una población de 1.500 personas.<br />
Cuando Enciso quiso todo el oro para sí, empezó el sino de Balboa, luchar para que no le dejaran tan desnudo como él dejaba a los indios. Porque por un lado Balboa era el gran protagonista militar (junto a Leoncico “un perro bermejo y el hocico negro y mediano”). Pero por otro lado, si había indias vestidas con pampanillas de algodón no les hacía ascos. Y si los ndios se tapaban el pene con un canuto de oro, se lo quitaba (no sabemos si les dejaba el cubresexo de caracol). El asunto es que Balboa pudo en un primer momento con Enciso y fue nombrado alcalde en las primeras elecciones democráticas de América de las que se tiene noticia. Luego acumuló a Enciso como un enemigo más de su larga tira de envidiosos. Algunos acabaron mal, como Nicuesa, el primer e infortunado  gobernador de Castilla del Oro. Nicuesa fue expulsado del Darién el 1 de marzo de 1511, zarpó en un barco hacia La Española y nunca más se supo. Otros como el propio Enciso, Caicedo, Colmenares, Gaspar Espinosa y sobre<br />
todo el que a la postre fue nombrado gobernador de Tierra Firme, Pedro Arias Dávila, el terrible Pedrarias, fueron tejiendo una madeja de envidia y desprestigio sobre Balboa que acabó atrapándole sin remisión.<br />
A Balboa nunca se le reconocieron en vida excesivos méritos. Sabía reunir una rara mezcla de diplomacia y mano dura. Mató muchos indios en su vida, aunque se alió con no menos de 30 caciques y aprovechó sus disensiones con el mismo mérito que un Cortés. Por otro lado Balboa fue, que se sepa, el primer europeo que llegó a enamorarse de una mujer india más allá de los habituales y fulminantes desahogos que estilaban los primerísimos conquistadores. Anayansi tenía trece años cuando su padre, el cacique de los careta (luego bautizado como don Fernando), se la entregó a Balboa.</p>
<p>Anayansi siempre fue su fiel compañera, incluso se resistió al ligue que le proponía otro turbio conquistador llamado Garavito. Fue una relación de amor, o si no le sirvió a Balboa para entender mejor a los indios. Se fue labrando la reputación de Tibá blanco, una deidad mítica, algo así como el Quetzalcoalt del istmo. Una incursión contra  Comogre (al que bautizó como don Carlos) le fue particularmente útil. Ponquiaco, el hijo de ese cacique, le dijo a Balboa que si quería oro no perdiera el tiempo en su poblado sino que fuera “allá”. Allá era un mar donde navegaban grandes barcos&#8230; Quién sabe si se trataba de catamaranes, balsas de espadaña o simplemente grandes piraguas&#8230; Balboa aún tuvo que incubar dos años esa información fabulosa de la Mar del Sur entre los aguaceros y las fiebres de Santa María. Hasta le dio tiempo de salir en pos de su Eldorado particular, el reino de Dabaibe en el río Sucio. En carta al rey de 20 de enero de 1513 dice que Dabaibe coge de un río granos del “tamaño de naranjas y como el puño” y que allí había una fundición de cien hombres que labraban el oro. La realidad fue que Balboa regresó descalabrado del reino de Dabaibe a quien ni siquiera pudo ver de cerca.<br />
Pero el oro no era el verdadero motor de su vida. Por fin, el 1 de septiembre de 1513 se pone en marcha hacia su sueño de encontrar otra mar. Balboa lleva una tropa de 190 españoles. En algunos momentos se les suman 800 indios, lo que hoy sería una expedición descomunal. El cacique Ponca le resultó de gran ayuda y de paso le dio 110<br />
pesos de oro en joyuelas. Luego luchó con Torecha y 600 de los suyos en su reino de Cuareca, donde, según el cronista Gómara, no había pan ni oro, pero curiosamente esclavos negros. En 1513 era imposible puesto que fueron introducidos en las Antillas después de la Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias que Las Casas empezó a redactar en 1542. Gómara también narra impertérrito que en Cuareca “aperreó Balboa cincuenta putos” o sodomitas. El perro era la mayor arma de guerra y moralización de la época. Sin embargo, como refiere Lucena, pudieron tratarse de indios que practicaban el bardaje, es decir, “comportamientos y atavíos de mujeres como capataces”. Para Las Casas, ese aperreamiento, o “graciosa montería”, fue infame porque hasta los escitas permitían a hombres no casados vestir de mujeres. En cambio, para Balboa debía ser pecado nefando y aunque era tierno con Anayansi o con sus hombres, que si enfermaban igual les cazaba un pájaro con su ballesta, hizo de justiciero implacable de la moral.</p>
<p>Tras esta historia tan inútil y sañuda, Balboa dejó en Cuareca a los españoles enfermos y siguió su busca de la otra cara del planeta con 56 españoles “que recios estaban”, más los indios sin los que le habría sido imposible avanzar una o dos leguas por día. Aquellos indios panameños sabían de hierbas para curar fiebres y gangrenas y eso era interesante para un extremeño por bien aclimatado que estuviera. La selva será hermosa, y sus ciénagas hoy son un prodigio ecológico, pero en 1513 podían ser aterradoras para el avance de un grupo de españoles con arcabuces, armaduras y un general despiste aderezado con la sed de oro y aventura. Llevando muchos indios curanderos a los españoles les mordían igual las culebras. Aún puede que fuesen peores unos arácnidos, como las characas de ocho patas, que se hinchaban como globos con la sangre de los españoles. Al arrancarlas se iba la piel y venían las úlceras. No he visto characas en el Darién salvo que sean las actuales coloradillas, como pertinaces y minúsulos cangrejitos que te comen con escozores que te ponen a morir.<br />
Me imagino lo que fue para los antiguos españoles arrascarse bajo sus mallas. Los recios que le quedaban a Balboa debían tener la piel de acero. Ya el 24 de septiembre de 1513 empezaron a trepar una montaña prometedora y el día 25 Balboa la coronó para darse el gustazo de ser el primero y único en escuchar los pájaros como única música de fondo en la visión irrepetible de la Mar del Sur. Luego lo hicieron sus hombres, entre los cuales el padre Andrés de Vera que rezó el correspondiente Te Deum Laudeamus, tallaron una cruz con los brazos extendidos hacia ambos océanos y el escribano Andrés de Valderrábano levantó acta: “Primeramente el señor Vasco Núñez&#8230; fue el que primero de todos vido aquella mar&#8230;”. Fue hacia las diez de la mañana, cuando aún no se abate la calima y esas costas de un mar, donde siempre se puede ejercer la desmemoria, refulgen sin calima y excesivo calor. Balboa hizo grupos para descender el cerro y buscar el mejor camino a la orilla. Uno lo mandaba Alonso Martín; otro, Francisco Pizarro que luego se haría célebre por traicionar de mala manera a Balboa y por conquistar el Perú. Como los últimos pasos del camino a una utopía siempre son espinosos, los españoles aún debieron librar una última batalla a base de perros con el cacique Chiapes. Al rendirse entregó cuatrocientos pesos de oro labrado. Nada mal, hacia las dos de la tarde del 29 de  septiembre (o antes de mediodía, según la crónica de Gómara) estaba en calma perfecta lo que después Magallanes llamaría Pacífico. Y tanto que Pacífico. “Balboa llegó a la ribera a la hora de vísperas y el agua era menguante&#8230;”, escribió Fernández de Oviedo siguiendo el diario de Valderrábano. Una notable bajamar no se prestaba para posesión alguna. El mar en esa zona se retira dejando una enorme playa fangosa donde se atrincheran los caracolillos con sus extrañas huellas y respiraderos. Balboa tuvo que esperar sin bañador ni crema solar. La zozobra era lo que le picaba y de hecho no se aguantó más. Caminó solo por la arena esponjosa hasta entrar en ese mar de un denso azul, de esa calidez que nos apasiona. Balboa iba rigurosamente vestido con todos los herrajes de la época, incluidos los literarios: “Vivan los altos e poderosos monarcas don Fernando e doña Juana, soberanos de Castilla e León&#8230; en cuyo nombre tomo e aprehendo la posesión real e corporal e actualmente de estas mares e tierras e costas e puertos e islas australes con todos sus anexos e reinos e personas que les pertenescen o pertenescen pueden en cualquier manera&#8230;”. Buena tacada. Con un sentido párrafo cogía medio mundo, lo que hubiera entre América y la China, Australia si existía, las islas del ensueño de los mares del sur si es que había tales&#8230; Todo, para el Caballero del Barril.<br />
Pocos hombres en la historia han podido asomarse a un panorama tan inmenso y poseerlo con semejante golpe de retórica. Así en la tierra como en los cielos&#8230;, eso se podría decir, o casi, porque Balboa seguía desgranando una prosa temeraria: “e con sus mares así en el polo Ártico como en el Antártico, en la una y otra parte de la tierra equinoccial, dentro a fuera de los trópicos de Cáncer e Capricornio&#8230;”. Balboa se reveló como un geógrafo genial. No tenía ni idea de dónde estaba y se apoderaba de los nombres de medio mundo. Como mucho pensaba haber dado con la otra parte del mar que bañaba las Indias Orientales. En todo caso, Balboa, seguido de Pizarro y los 22 españoles del primer grupo, más el escribano Valderrábano, que asistieron a esa toma de posesión, certificó con creces que no se trataba de un espejismo, porque no se hartaban de probar lo salada que estaba su agua, “como la de la otra mar, y viendo que lo era, dieron gracias a Dios”. Balboa cortó el mar con su espada, luego hizo cruces en los troncos de la orilla y todos los suyos le imitaron. El mana occidental había ganado. También había nacido el cuento de los mares del Sur. Azules, salados, llenos de perlas e ignotos salvo en sueños, como en parte siguen siéndolo. Muy a la usanza, el padre Vera bendijo las aguas (sobre las que ya reinaban tantos dioses polinesios, melanesios y micronesios, tantos espíritus chinos y japoneses&#8230;), pero no había otra que bautizar la Mar del Sur, erigir otra cruz y elevar una pirámide de piedras en San Miguel “de 12 varas de cuadro por 7 de alto”. Eso no fue todo. Balboa costeó por aquel golfo hasta la punta de San Lorenzo y encontró perlas incrustadas en los remos de los nativos. Sólo avistó la isla Terarequi (Isla Rica), llena de ostras pelíferas, que se suponían tesoro habitual del Oriente. Pero en tierras de Tumaco, el cacique del lugar, oyó incluso unos cuentos sobre unos animales que tomó por camellos siendo probablemente las llamas andinas.<br />
Balboa no se podía creer la suerte que estaba teniendo al descubrir la mayor porción del mundo. Por si acaso, justo un mes después del acto fundacional, repitió ceremonia con otros 23 españoles de su partida en el extremo de la bahía San Simón, “la costa brava del mar”. De nuevo se metió hasta las rodillas, y bautizado por partida doble el Pacífico, se dispuso a un desastroso regreso. Es cierto que Balboa ya llevaba 240 espléndidas perlas que le dio el cacique Tumaco, pero quería más. Hizo que sus perros despedazasen al cacique Pacra por no decirle de dónde venía el oro de su tribu. A Tuibanamá, otro cacique, le arrebató mujeres y un hijo por la misma razón.<br />
Sin embargo, Balboa volvió a su colonia de Santa María la Antigua con sus 190 españoles incólumes, perlas bien escogidas y 100.000 pesos en oro (una fortuna apartando siempre el debido quinto real). A su lebrel Leoncico, toma, 500 pesos oro.</p>
<p>El perro de Balboa era noble, o al menos hijo de Becerrillo, el que se llevó Ponce de León a conquistar Puerto Rico. Solía recibir en cualquier botín la parte de un arquero, no extraña que se pudiera permitir un espléndido collar de oro. Todo parecía funcionar a la perfección para Balboa. La mar del sur estaba en el bote como su hermosa Anayansi. Tenía a Nuflo de Olano, un negrito al que no consideraba un esclavo, y un perro señorial. La colonia de Santa María brillaba con su prodigio de cultivos en medio de la selva. Pero todo paraíso tiene su serpiente. Las magníficas noticias que había dado Balboa de la Mar del Sur, y el oro del istmo, incendiaron la imaginación de España. Me imagino que fue como el oro de California, o como la fiebre chapliniana de Alaska. También fue el desastre para Balboa, que acabó pagando el pato sin ser un pirata como Pedrarias.<br />
No había pasado un año del descubrimiento de Balboa cuando el nuevo gobernador de Castilla del Oro no fue quién tenía que ser. En 1514 Pedrarias manda una fabulosa flota de 22 navíos que costó 50.000 ducados del tesoro real. Nunca se volvió a ver algo igual de fastuoso y magnético. Todo el mundo quería ir a Castilla del Oro donde decían que se cogían chicharrones como huevos de gallina. No era lo mismo que darle al yero y la alholva en el páramo. Se enrolaron nada menos que Hernando de Soto (futuro descubridor del Misisipí), cronistas de Indias del calibre de Bernal Díaz del Castillo o de Fernández de Oviedo; soldados como Almagro, el compañero de Pizarro que ya se estaba forjando el sueño de un Perú a las órdenes de Balboa; Vázquez de Coronado, que entró más arriba de Nuevo México en busca de las ideales Siete Ciudades de Cíbola; o Rodríguez Serrano que sería el piloto de Magallanes y con él pereció en el primer adentramiento real en los mares del sur&#8230;<br />
Pedrarias podía ufanarse de tanto despliegue. Sin embargo, ese porquero de Balboa vivía modestamente en una cabaña de las doscientas de su colonia y si no descubría cosas tales como nuevos océanos, plantaba yuca y maíz con éxito. En su defecto se iba a cazar iguanas o pericos ligeros antes de que se conociesen como osos perezosos.<br />
Aprendía de los indios a encender el fuego frotando palos y tenía simpatía por ellos siempre que se avinieran a darle sus idolillos de oro.<br />
Tras la irrupción del poderío de Pedrarias, Balboa tenía motivos para sentirse maltratado por la Corona. Se le llegó a nombrar Adelantado de la Mar del Sur (y gobernador de Panamá y Coiba), pero eran títulos que no servían de gran cosa si los tenía que interpretar un tipo como Pedrarias. El setentón Pedrarias era un anciano para lo que se llevaba en América. Tampoco en eso tuvo suerte Balboa. A Pedrarias, siendo gobernador de Nicaragua, le enterraron a los 91 años en la Merced de León el Viejo. Como antagonista de nuestro Gary Cooper no tenía desperdicio. Pedrarias había luchado con éxito en Italia y una vez estuvo cataléptico. Cuando se recuperó, dijo que había resucitado y desde entonces solía viajar con un ataúd. Todos los años celebraba el día de su resurrección con un réquiem de cuerpo presente y a quien le oía hablar mal de él lo decapitaba. Era su especialidad y así acabó Francisco Hernández de Córdoba, fundador de León y Granada, otro hombre prodigioso que intuyó el estrecho dudoso de la Mar Dulce, es decir, el paso entre océanos por el lago Nicaragua. Con la ayuda de Juan de Fonseca, el obispo de Burgos que controlaba en buena parte los asuntos de América, Pedrarias logró pasar por la cabeza de Balboa y ser nombrado gobernador de Tierra Firme (una vaga e incierta Castilla del Oro).<br />
Pedrarias sostenía que Nicuesa había sido el auténtico descubridor de la mar del sur, cosa que nunca ha podido ser probada. Lo cierto es que Pedrarias llevaba fatal el ascendiente de Balboa sobre indios y españoles de su colonia de Santa María de la Antigua, que fue realmente la mayor base española para la conquista de América.<br />
En junio de 1515 Pedrarias admitió a regañadientes una segunda expedición de Balboa a la Mar del Sur, pero sin demasiadas provisiones ni hombres. Como para que se estrellara. En esa ocasión Balboa vuelve al mítico país de Dabaibe y lo encuentra asolado por la langosta y nada de hombres cargados con cestas de oro. Los indios matan a la mayoría de sus hombres y regresa con apenas 150 pesos, un fracaso que a Pedrarias le hace relamerse. Como primera medida a Balboa le tiene enjaulado dos meses en el patio de su casa. Un Caballero del Barril que se precie nunca desmaya. Balboa hace de tripas corazón y vuelve a congraciarse con Pedrarias. Este, que sabe conjugar la codicia y la líbido españolas, le da a su hija María Peñalosa. Fue un matrimonio por poderes y no sabemos qué pasó con Anayansi, aunque nos imaginemos la escena. A partir de ahí todo se le empieza a torcer a Balboa. A pesar de que su bendito suegro le pone un plazo draconiano, un año y medio, y no más de 80 hombres, Balboa trama una tercera entrada en su Mar del Sur donde intuía que comenzaría el oriente, el oro y las especias a todo pasto. O si no el Perú, que también podía caerle. Construyó una ciudad en Acla, ese lugar de los cueva (o careta) de la costa atlántica donde se sentía como en casa. Balboa puso las bases de la primera Compañía comercial de la Mar del Sur y armó unos bergantines. Esa fue otra historia.</p>
<p>Tuvo que transportarlos por las montañas hasta volverlos a botar en el río Balsas (hoy Sabanas, o Chunaque, según otros) para llegar así al golfo de San Miguel. Siglos después Fitzcarraldo haría lo propio en Perú con su fiebre del caucho. Pero Balboa era un pionero en todo, incluso en una fuerza de carácter y una inventiva que, salvo contados leales, nadie le reconoció cabalmente en vida. Al llegar al golfo tras su espectacular viaje por los montes de Panamá, sus bergantines están carcomidos. Balboa logra reparar dos y llega a las islas de las Perlas. Rumbo al sur del Pacífico panameño, en Puerto Peñas (Piñas o Jaqué) ve una enorme cantidad de algo que no supo bien si eran arrecifes o ballenas. Las perlas le fallaron porque hacía poco que había estado arrasando por allí Gaspar de Morales, uno de los capitanes de Pedrarias. Encima a Gaspar de Morales se le atribuye el hallazgo de La Peregrina, una perla en forma de pera de 31 quilates que se quedó, aunque por poco tiempo, Isabel Bobadilla, la mujer de Pedrarias. La Peregrina (1) fue probablemente la perla más debatida de la historia. Balboa, el errabundo con causa, aún cree que le sonríe la fortuna. Tiene barcos y un mar intonso que explorar. Sin embargo, descuida la retaguardia. Pedrarias había urdido la telaraña de basura jurídica, con acusaciones de traición y latrocinio a un hombre que quería su mar más que el oro. Cómo no, Balboa tenía la culpa de haber depuesto a Enciso, de haber enviado a Nicuesa a la muerte, de los fracasos de las expediciones de Dabaibe y la de Garavito en Cuba&#8230; Balboa era un salvaje políticamente incorrecto, según Pedrarias, que se las daba de haber tomado las medidas del nuevo mundo. En realidad Pedrarias temía que si Lope de Sosa venía a sustituirle como gobernador protegiese a Balboa. Hasta los más insidiosos burócratas no descartan que vendrán otros y les harán buenos. Pedrarias se dio prisa y por fin consigue cerrar el proceso amañado por su fiel Gaspar de Espinosa, quien de paso se había quedado con las dos mayores naves de Balboa (otra fue para Pizarro y la empleó para ir a ver y tomar el Perú). El licenciado Espinosa es otro tipo interesante, menos para Balboa. Había sido acusado de marrano por Quevedo, el obispo del Darién que defendió a Balboa en vano todo lo que pudo. Espinosa sabía de intríngulis de leguleyo aficionado que a Balboa le acercaron de forma imparable al cadalso. Por esas ironías de la historia Espinosa sería el primero en surcar la Mar del Sur de forma amplia y metódica, con conquistas ribereñas desde la ciudad de Panamá hasta la Punta Burica –donde encontró “gente ajudiada”– pasando por el golfo de Montijo y el litoral chiricano. Por fin el 12 de enero de 1519 (aunque la fecha puede bailar dos años para atrás y entonces el Cabalero del Barril estaría vivo) se cumple la sentencia de muerte que premia haberse bañado el primero en un océano ignoto. Reina una gran expectación en Acla. Los españoles iban a ver en sus carnes el precio de la envidia.<br />
Francisco Pizarro, el antiguo amigo de Balboa, manda el pelotón de ejecución. El caballo de Balboa arranca el bando de muerte y se lo come. Inútiles prodigios, cosas de García Márquez. Pedrarias ve a través de los cañizos de un bohío cómo la atónita cabeza de Balboa rueda en el tajo y luego se expone en una pica. Así pasó nuestra primera página en los mares del sur. Pero el 10 de agosto de ese mismo año Magallanes se dispone a partir.<br />
Nota (1): La Peregrina se llama así porque cambió lo suyo de mano. Fue elogiada por Cervantes y Lope de Vega; con ella Tiziano retrató a Isabel, la esposa de Carlos V. Todo un emblema de la suerte mutante, llegaría a ser el regalo de bodas de Felipe II a María Tudor de Inglaterra, pasaría a José Bonaparte, a Napoleón III y finalmente a Lord Hamilton&#8230; ¿Dónde está La Peregrina?</p>
<p><strong>Para saber más:<br />
</strong><br />
Descubrimiento de Oceanía por los Españoles. Ricardo Beltrán de Rózpide, Madrid, 1882.<br />
Vasco Núñez de Balboa. El Tesoro de Dabaibe. Octavio Méndez Pereira. Madrid circa 1930.<br />
Vasco Núñez de Balboa. Manuel Lucena Salmoral, Madrid 1988.<br />
Historia de Costa Rica. León Fernández, Madrid, 1889.<br />
Juan de la Cosa. Alfonso Camín, México, 1945.<br />
Colección de los Viajes. Martín Fernández de Navarrete, Madrid, 1885–87.<br />
La Historia General de las Indias. Francisco López de Gómara, Madrid, 1875.<br />
Historia General y Natural de las Indias. Gonzalo Fernández de Oviedo, Madrid 1851–55.</p>
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		<title>Los náufragos de Yucatán</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Apr 2020 07:30:06 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Boletín 17]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 17 &#8211; Especial sobre el Mundo MayaLos náufragos de Yucatán El naufragio a principios del siglo XVI de Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero en las [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto:</strong> Pedro Páramo</p>



<p>Boletín 17 &#8211; Especial sobre el Mundo Maya<br>Los náufragos de Yucatán<br><br><strong>El naufragio a principios del siglo XVI de Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero en las costas de Yucatán y su supervivencia durante años entre los mayas es una de las historias más emocionantes de la conquista Española del Nuevo Mundo. Es el primer encuentro entre dos mundos.</strong></p>



<p>Los primeros días de marzo de 1519, la expedición mandada por el capitán Hernán Cortés se hallaba en el norte de isla de la Santa Cruz (Cozumel) frente a las costas de Yucatán abasteciéndose de agua y víveres. Era el primer domingo de cuaresma y Cortés estaba comiendo, después de haber oído misa, cuando le anunciaron que se acercaba a la isla una canoa a vela navegando por el canal que la separa del continente en dirección a donde estaban fondeados los barcos españoles. Salió el capitán a mirar y, como la embarcación desviara su rumbo, mandó a Andrés de Tapia que con algunos hombres vigilara aquella canoa y apresara a los ocupantes si ponían pie en tierra. Poco después regresaron los soldados conduciendo a siete indios casi desnudos, algunos con los cabellos trenzados anudados en la frente y armados con arcos y flechas. Cuando los cautivos llegaron ante Cortés, se sentaron en cuclillas frente a él. El capitán preguntó entonces a Tapia:</p>



<p>–¿Quién es el español?</p>



<p>–Yo soy –respondió un indio con el pelo trasquilado como el de los esclavos, que cubría sus vergüenzas con un rudimentario braguero y portaba un remo y un bulto en las manos envuelto en tela.</p>



<p>Cortés se dirigió a él, le ayudó a alzarse, le abrazó y le cubrió con su capa amarilla con guarnición carmesí. A continuación, ordenó que le dieran camisa, jubón, alpargatas y zaragüelles, los amplios pantalones propios de los marineros de aquella época. Allí mismo en la playa, bajo el despiadado sol del mediodía en el trópico, los soldados y marineros que luego dominarían la Nueva España escucharon, embargados por la emoción, la historia más sorprendente de las vividas hasta entonces por españoles en América. Según el relato que puede establecerse a partir de las distintas crónicas que refieren el hecho, así entraron en la historia de las exploraciones y conquistas Jerónimo de Aguilar, natural de Écija, que había recibido órdenes menores y estaba llamado a representar un destacado papel en la conquista de México, y de su mano, el marinero Gonzalo Guerrero, el primero que nació europeo y murió indio.</p>



<p><strong>LA INCREIBLE HISTORIA DE AGUILAR Y GUERRERO</strong></p>



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<p>En 1511, España dominaba las Antillas y el Caribe. La América continental todavía era una gran mancha en blanco en los mapas que se actualizaban constantemente a partir de los testimonios de los navegantes llegados de los confines de lo conocido. Las islas La Española (Santo Domingo-Haití) y Fernandina (Cuba) actuaban como bases avanzadas para la gran conquista que se preparaba. Sus puertos recibían las flotas que venían de Sevilla y de ellos partían las expediciones para la exploración de nuevos territorios. El propio Hernán Cortés había salido de La Habana el 10 de febrero de 1519 y recalado en la isla de Cozumel antes de lanzarse a reconocer y conquistar la tierra firme que se hallaba al oeste. El piloto de su expedición, Antón de Alaminos, de Palos de Moguer, conocía bien aquella isla desde la que se veía el continente: había estado en ella en 1517, bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba, y en la primavera de 1518, con Juan de Grijalva.</p>



<p>Los indios mayas de la península de Yucatán habían hecho frente a las dos expediciones sin dejarse impresionar por los cañones y las armas de fuego más ligeras de los españoles. Hernández de Córdoba perdió veinte hombres –dos de ellos fueron sacrificados a los ídolos mayas– y él mismo falleció poco después en su residencia cubana como consecuencia de las 33 heridas recibidas durante su incursión en tierra continental americana. El año anterior a la llegada de Cortés, los indios yucatecos habían matado a dos soldados de la expedición de Grijalva y herido a medio centenar. Grijalva sufrió dos flechazos y salió de aquellos combates con dos dientes quebrados.</p>



<p>Además del piloto Alaminos, que había iniciado su carrera como grumete en el cuarto viaje de Colón, acompañaban a Cortés algunos veteranos de las expediciones anteriores, como el salmantino Francisco de Montejo –que tras la conquista sería el primer gobernador del Yucatán colonial– el vallisoletano de Medina del Campo Bernal Díaz del Castillo o el vizcaíno Martín Ramos, que conocían por experiencia la hostilidad y bravura de los indios mayas. Estos dos últimos habían contado a Cortes haber oído a los indígenas de Campeche mencionar varias veces la palabra “castilian” para referirse a los españoles, señal inequívoca de que habían visto a otros con anterioridad por aquellas costas. Uno de los cometidos asignados por el gobernador de Cuba a la expedición de Grijalva consistía precisamente en rescatar a posibles cautivos en poder de los indígenas.</p>
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<p>La aparición en el horizonte de los barcos de Cortés hizo que los habitantes de la costa norte de Cozumel abandonaran los poblados y se refugiaran en la espesura. Los españoles los persiguieron por el monte y al encontrar a la mujer del jefe, al que los indios llamaban <em>calachioni</em>, la convencieron para que todos regresaran a sus casas con la promesa de respetar sus personas y sus pertenencias. Sirvió de intérprete en esta conversación Melchor o Melchorejo, que con los dos nombres aparece en las crónicas, un indio apresado por Hernández de Córdoba dos años antes y trasladado a Cuba donde había aprendido castellano. Melchor se uniría más adelante a los indios hostiles a Cortés y, conocedor de las fuerzas expedicionarias y de sus debilidades, les animaría y les guiaría para combatir a los españoles.</p>



<p>Cuando Hernán Cortés se reunió con los calachionis de la isla, les preguntó si habían visto a otros españoles antes de ellos. De nuevo con el auxilio de Melchor, los jefes le informaron que había hombres barbados en poder de los caciques de tierra firme, a dos soles (jornadas) de la costa y que, precisamente, unos días antes los habían visto allí algunos mercaderes que acababan de volver de allí. Cortés ofreció entonces a estos comerciantes numerosos regalos para que hicieran llegar a los cautivos una carta instándoles a acudir a Cozumel. Según la versión de Francisco López de Gómara, clérigo soriano que fue capellán de Hernán Cortés en los últimos años de vida del conquistador, la carta decía así:</p>



<p><em>“Nobles señores: yo partí de Cuba con once navios de armada y quinientos cincuenta españoles, y llegué aquí a Acuzamil (Cozumel), desde donde os escribo esta carta. Los de esta isla me han certificado que hay en esa tierra cinco o seis hombres barbudos, y en todo a nosotros muy semejantes. No me saben dar ni decir otras señas; mas por éstas conjeturo y tengo por cierto que sois españoles. Yo y estos hidalgos que conmigo vienen a descubrir y poblar estas tierras, os rogamos mucho que dentro de seis días que recibiereis ésta, os vengáis para nosotros, sin poner otra dilación ni excusa. Si vinieseis todos, tendremos en cuenta y gratificaremos la buena obra que de vosotros recibirá esta armada. Un bergantín envío para que vengáis en él, y dos naos para seguridad. Hernán Cortés”.</em></p>



<p>La carta salió hacia su destino oculta en el cabello de uno de los dos indios mensajeros y Cortés, por sugerencia de los calachionis, les entregó también ropas y cuentas para que pagaran rescate si lo exigían los caciques que los tenían esclavizados. A continuación, el capitán mandó apercibir los dos navíos de menor porte con veinte ballesteros y escopeteros a las órdenes de Diego de Ordás para que se dirigieran al cabo Catoche, en el extremo nororiental de la península de Yucatán, a unos cuarenta kilómetros de donde se hallaba el grueso de la flota y aguardara allí la llegada de los que se pudieran rescatar. Ordás esperó en vano ocho días y el noveno regresó a donde estaba la flota.</p>



<p>Al día siguiente, martes de carnaval, desesperanzado de dar con aquellos desgraciados, la escuadra española zarpó con rumbo Norte, siguiendo la derrota de la expedición anterior de Grijalva. Viajaban en once navíos quinientos ocho soldados –de ellos 36 ballesteros y trece escopeteros–, ciento nueve marinos, entre maestres, pilotos y marineros y dos capellanes. Estos efectivos, con dieciséis caballos, constituían el grueso de la armada que iba a conquistar México. Pero poco después de haber rebasado Isla Mujeres, navegando en dirección el cabo Catoche, uno de los barcos más grandes disparó un cañonazo que alarmó a la flota y los que viajaban a bordo de las naves más cercanas oyeron dar grandes voces. El bergantín mandado por Juan de Escalante, el que llevaba el cazabe, tenía una vía de agua que las dos bombas del barco no eran capaces de achicar. Cortés, sin dudar, dio orden a la flota de regresar a Cozumel y descargar aquel alimento para que no se estropease. El cazabe, que los españoles llamaban pan de las Indias, se hace exprimiendo y amasando pulpa de yuca hasta formar una torta que, asada luego en la plancha, se conserva durante un año. Altamente nutritivo, se había convertido en poco tiempo en el sustento básico de las tripulaciones que navegaban por el Caribe, donde el trigo escaseaba; la pérdida de aquel barco y de su carga hubiera representado un serio contratiempo para la expedición de Hernán Cortés.</p>



<p>La reparación de la nave hendida llevó cuatro jornadas. Fue al quinto día, con la escuadra lista para zarpar de nuevo, cuando se presentó en Cozumel Jerónimo de Aguilar en su canoa. El encuentro del de Écjia con los españoles de Andrés de Tapia ha sido narrado con gran emotividad por los distintos cronistas que recogen el hecho, aunque difieren en algunos detalles. Bernal Díaz del Castillo escribe que los indios que venían en la canoa se asustaron al ver a los españoles y querían volverse, pero que Aguilar los tranquilizó y que, después de saltar a tierra, se dirigió a sus compatriotas y <em>“en español, mal mascado y peor pronunciado, dijo ‘Dios y Santa María y Sevilla’; e luego le fue a abrazar el Tapia”. López de Gómara, que dice que la nave averiada que motivó el regreso de la flota a Cozumel fue la de Pedro de Alvarado y no la de Escalante, refiere así aquel momento: “El otro (Aguilar) se adelantó, hablando a sus compañeros en lengua que los españoles no entendieron, que no huyesen ni temiesen; y dijo luego en castellano: ‘Señores, ¿sois cristianos?’ Respondieron que sí, y que eran españoles. Alegróse tanto con tal respuesta, que lloró de placer. Preguntó si era miércoles, pues tenía unas horas durante las cuales rezaba cada día. Les rogó que diesen gracias a Dios; y él se hincó de rodillas en el suelo, alzó las manos y ojos al cielo, y con muchas lágrimas hizo oración a Dios, dándole gracias infinitas por la merced que le hacía de sacarlos de entre infieles y hombres infernales, y ponerle entre cristianos y hombres de su nación’” </em>Las horas a las que se refiere este cronista es un llamado ‘libro de horas’, especie de manual de oraciones que recogía las plegarias propias de cada momento del día. Estos libros eran los más frecuentes en los barcos españoles del siglo XVI y Jerónimo de Aguilar, que había recibido órdenes menores y había conservado esta obra religiosa durante todo su cautiverio.</p>



<p>Al encontrarse con Hernán Cortés, Jerónimo de Aguilar explicó los motivos de su demora en acudir a la cita. Los comerciantes de Cozumel le habían entregado la carta del capitán dos días después de haber sido desembarcados en la playa pero él, al conocer la presencia de los españoles en la costa, había corrido a llevar el mensaje a otro español, llamado Gonzalo Guerrero, que vivía en otro poblado más alejado. Luego se había presentado en el punto fijado para el encuentro en compañía de dos de los mercaderes de Cozumel, pero al no encontrar los barcos, se había vuelto a su poblado. Al ver que la flota regresaba a la isla fue cuando se embarcó en la canoa para presentarse ante sus compatriotas.</p>



<p><strong>JERÓNIMO DE AGUILAR, EL PRIMER INTÉRPRETE DE CORTÉS</strong></p>



<p>Jerónimo de Aguilar había nacido en Écija en 1489, hijo de Alonso Hernández “El Ronco” y Juana García. Desde muy niño había leído libros de historia que narraban las hazañas de persas, griegos y romanos. En 1509 se había embarcado con Diego Colón para La Española y en noviembre de ese mismo año se unió a la expedición de Diego de Nicuesa, enviada a descubrir y colonizar las costas de Veragua y el Darién (hoy en Panamá). Como consecuencia de los enfrentamientos de Vasco Núñez de Balboa con Nicuesa por el control de aquella porción de tierra firme, Aguilar embarcó dos años después para retornar a La Española. López de Gómara y Bartolomé de las Casas mantienen que salió en el barco de Juan de Valdivia enviado por Balboa a pedir al gobernador víveres y apoyo para su causa; pero parece ser que iba con Nicuesa y sus partidarios cuando fueron expulsados de Darién por Vasco Núñez de Balboa llevando diez mil (Díaz de Castillo) o veinte mil (Gómara) pesos en oro para el rey, porque Nicuesa nunca regresó a La Española. Lo cierto es que la embarcación de Jerónimo de Aguilar naufragó en unos bajos que unos llaman de los Alacranes (Solís) y otros de las Víboras (Gómara) cerca de Jamaica.</p>



<p>Veinte de los náufragos, entre ellos dos mujeres, consiguieron subirse a un bote <em>“sin&nbsp; vela, sin agua, sin pan, y con un ruin aparejo de remos”, </em>escribe Francisco López de Gómara. En la relación de este cronista, Jerónimo de Aguilar cuenta en primera persona sus desventuras : <em>“&#8230; y así anduvimos trece o catorce días, y al cabo nos echó la corriente, que allí es muy grande y recia, y siempre va tras el sol a esta tierra, a una provincia que llaman Maia. En el camino se murieron de hambre siete, y hasta creo que ocho. A Valdivia y otros cuatro los sacrificó a sus ídolos un malvado cacique, en cuyo poder caímos, y después se los comió haciendo fiesta y plato de ellos a otros indios. Yo y otros seis quedamos en caponera a engordar para otro banquete y ofrenda; y por huir de tan abominable muerte, rompimos la prisión y echamos a huir por los montes; y quiso Dios que topásemos con otro cacique enemigo de aquél, y hombre humano, que se llama Aquincuz, señor de Xamanzana; el cual nos amparó y dejó las vidas con servidumbre, y no tardó en morirse. De entonces acá he estado yo con Taxmar, que le sucedió. Poco a poco se murieron los otros cinco españoles compañeros nuestros”. </em>Cortés quiso conocer entonces las características de aquellas tierras de Yucatán y el número de poblados de tierra firme y Aguilar le informó que sabía que había muchos pueblos, aunque durante su cautiverio sólo había hecho un viaje de unas cuatro leguas (unos veinte kilómetros) para transportar una carga tan pesada que no había podido con ella y que había enfermado en el camino; el resto del tiempo lo había pasado acarreando agua y leña y cultivando maizales.</p>



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<p>A continuación, Aguilar relató así, en versión de López de Gómara, la historia del otro superviviente de aquel naufragio de 1511: <em>“No hay más que yo y un tal Gonzalo Herrero, marinero, que está con Nachancan, señor de Chetemal (Chetumal, hoy capital del estado de Quintana Roo), el cual se casó con una rica señora de aquella tierra, en quien tiene hijos, y es capitán de Nachancan, y muy estimado por las victorias que le gana en las guerras que tiene con sus comarcanos. Yo le envié la carta de vuestra merced, y a rogarle que se viniese, pues había tan buena coyuntura y aparejo. Mas él no quiso, creo que de vergüenza, por tener horadada la nariz, picadas las orejas, pintado el rostro y manos a estilo de aquella tierra y gente, o por vicio de la mujer y cariño de los hijos”.</em></p>
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<p><strong>GONZALO GUERRERO, EL PRIMER ESPAÑOL MAYA</strong></p>



<p>La historia de Gonzalo Guerrero o Herrero resulta en nuestro tiempo más apasionante aún que la de Jerónimo Aguilar, pues se trata del primer renegado seducido por la cultura indígena americana, el primer español que se hizo maya y el padre de los primeros mestizos hispanoamericanos. De su vida se tienen muy pocas noticias. Algunos autores le consideran natural de Palos de Moguer; otros, como Gonzalo Fernández de Oviedo, dicen que había nacido en Niebla. Era hombre de la mar, no soldado, y al igual que Aguilar había llegado a América en las primera expediciones del siglo XVI. Algunos historiadores sostienen que Guerrero sobrevivió a la desastrosa expedición de Alonso de Hojeda a la Colombia actual en 1509 y fue rescatado por Diego de Nicuesa. Lo incuestionable es que formaba parte de la tripulación del barco que naufragó en los bajos próximos a Jamaica y que fue uno de los supervivientes que las corrientes arrojaron en las costas de Yucatán.</p>



<p>¿Llegó a recibir la carta de Cortés? ¿Habló Aguilar con Guerrero para instarle a que regresara con los españoles? El franciscano Diego de Landa, en su Relación de las cosas de Yucatán, escribe: <em>“y que Aguilar contó allí su pérdida y trabajos y la muerte de sus compañeros y cómo le fue imposible avisar a Guerrero en tan poco tiempo por estar más de ochenta leguas de allí”. </em>Los demás historiadores de la época refieren que Jerónimo de Aguilar aseguró haberle avisado. Bernal Díaz del Castillo hasta da una versión novelesca del encuentro: <em>“Y caminó Aguilar adonde estaba su compañero, que se decía Gonzalo Guerrero, en otro pueblo, cinco leguas de allí, y como le leyó las cartas, Gonzalo Guerrero le respondió: ‘Hermano Aguilar: Yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mis hijitos cuan bonicos son. Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mí tierra’. Y asimismo la india mujer del Gonzalo habló a Aguilar en su lengua, muy enojada, y le dijo: ‘Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido; idos vos y no curéis de más pláticas’. Y Aguilar tornó a hablar a Gonzalo que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar. Y por más que le dijo y amonestó, no quiso venir”.</em></p>



<p>En la versión de Jerónimo de Aguilar que transcribe Díaz del Castillo se retrata a Gonzalo Guerrero como el instigador de la resistencia de los mayas a los primeros exploradores españoles de Yucatán y se recoge el desprecio de Cortés hacia aquel renegado, un desprecio que expresarán de una u otra manera todos los cronistas de la conquista y la colonia. <em>“Los indios le tienen por esforzado </em>–dice Díaz del Castillo–; <em>y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche una capitanía con tres navíos – parece ser que fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba– , que él fue el inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí por capitán, juntamente con un </em><em>cacique de un gran pueblo, según ya he dicho lo de Francisco Hernández de Córdoba. E cuando Cortés lo oyó, dijo: ‘En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno’”.</em></p>



<p><strong>DOS HOMBRES Y DOS DESTINOS</strong></p>



<p>La diferente elección tomada por los dos primeros españoles que pisaron las tierras de Yucatán ha marcado la también distinta consideración que los historiadores de uno y otro lado del Atlántico han tenido con estos personajes. Para los españoles, Jerónimo de Aguilar fue un héroe, fiel a su cultura e instrumento de incalculable valor en la conquista de Nueva España. La expedición de Cortés salió a la mar al día siguiente de haber recuperado al náufrago cautivo de los mayas. Navegó hacia al Norte como tenía previsto, hasta llegar a la actual costa de Tabasco, donde los españoles pudieron hacerse entender por los indígenas gracias a Aguilar, que hablaba con soltura su mismo idioma. Cuando más adelante los indios del istmo regalaron a Cortes varias nativas, entre ella Malintzin, <em>“gran cacica e hija de grandes caciques y señora de vasallos”, </em>los españoles se aseguraron la traducción fiel de sus propósitos durante toda su campaña de conquista de México. Malintzin (bautizada Marina) había sido apresada de niña por los mayas de Tabasco y hablaba perfectamente el idioma de Yucatán y el suyo, el nahuatl, propio de los aztecas y otras tribus del altiplano. A partir de entonces, hasta la toma de Tenochtitlan (la capital de México), Cortés se dirigía a Aguilar en castellano, Aguilar traducía sus palabras al maya y Marina las expresaba en el idioma azteca.</p>



<p>Jerónimo Aguilar tuvo una vida tranquila en el México colonial; según parece murió antes de 1531, “de bubas, mal vénereo”, de acuerdo con documentos del Archivo de la Historia de Yucatán, Campeche y Tabasco. Aunque clérigo, tuvo dos hijas con una india llamada Elvira Toznenitzin. En la historia indígena recogida en la Crónica de Chac-Xulub-Chen, Aguilar se unió a una hija del cacique Ah Maum Ah Pot y la abandonó al volver con los españoles. Años después de su muerte una de sus nietas contó episodios de su aventura en una de las informaciones de servicios y méritos que tenían lugar ante la administración colonial para obtener concesiones de la Corona.</p>



<p>Gonzalo Guerrero, el primer “hombre llamado caballo” en América, el primer “bailando con lobos” que luego ha popularizado el cine, es uno de los raros casos de aculturación en la que se impone la cultura menos compleja lo que confiere a su elección una aureola de romanticismo muy apreciada hoy día entre nosotros.</p>



<p>No son convincentes las razones que aducen los autores de la época, como Diego de Landa, para explicar su decisión, basadas en el afecto hacia su mujer indígena y sus hijos; como tampoco lo son las de los idealistas que creen que el andaluz se sintió embelesado por la belleza y armonía de un mundo que los europeos estaban a punto de arruinar para siempre. En aquellos tiempos las diferencias entre las dos culturas enfrentadas en América no eran tan profundas como las que hoy se dan entre los pueblos más avanzados y los más atrasados del mundo; para un español emigrado que huía del hambre, la “calidad de vida” de la civilización maya podía representar una aceptable vía de escape. Lo verdaderamente decisivo en este caso fue, sin duda, la intolerancia y fanatismo religioso que imperaba en la España del siglo XVI; Gonzalo Guerrero sabía que si regresaba con los españoles su vida podía ser un infierno, forzado al tener que explicar a la Inquisición una y otra vez sus marcas corporales, siempre bajo sospecha de apostasía. El episodio de Jerónimo Aguilar de rodillas en la playa de Cozumel haciendo profesión de fe y mostrando a Andrés de Tapia el libro de las horas como prueba de que en ningún momento había abjurado de su fe durante su cautiverio, ilustra mejor que nada los motivos de su compañero de infortunio para seguir indio.</p>



<p>Gonzalo Guerrero se hizo maya con todas las consecuencias, hasta el punto de que los cronistas destacan su papel activo como jefe militar de los indígenas. Diego de Landa dice que <em>“es creíble que fuese idólatra como ellos” </em>y señala que <em>“se distinguió ganando muchas victorias contra los enemigos de su señor y les enseño a los indios a luchar, mostrándoles como levantar fuentes y bastiones”. </em>Se sabe con certeza que encabezó las huestes mayas que combatieron a Alonso Dávila, enviado por el adelantado Francisco de Montejo a conquistar Bacalar y Chetumal en 1527. Entre 1533 y 1535 combatió con fiereza a los españoles que habían fundado una ciudad frente a la isla de Tamalcab, en la bahía de Chetumal, hasta que los obligo a retirarse, dejando abandonadas la iglesia y todas las construcciones. Así, entre batallas, vivió hasta su trágico final peleando con sus antiguos compatriotas. La última referencia que se tiene de él, figura en un documento del contador real de Honduras Andrés de Cerezeda, redactado después de la batalla librada en Puerto Caballos el 13 de agosto de 1536. <em>“El cacique Cicumba, declaró que durante el combate que había tenido lugar dentro de la albarrada, un cristiano español llamado Gonzalo Aroca (Guerrero) había sido muerto de un escopetazo. Es el que vivía entre los indios de la provincia de Yucatán y además, es el que dicen que arruinó al adelantado Montejo. Ese español muerto en el combate </em>–detalla el informe–<em>, estaba desnudo, con tatuajes en el cuerpo y usaba los adornos que emplean los indios”. </em>Jerónimo Aguilar es sólo un nombre en las historias de la conquista de América; Guerrero es, además, un mito y una leyenda en las tierras de la península de Yucatán: fue el primer español indio; documentadamente, el primer padre de mestizos por convicción o conveniencia y no como fruto de ultraje y la violación de las indígenas. Por ello, el nombre de Gonzalo Guerrero lo estudian hoy en las escuelas los niños yucatecos y figura en numerosas calles y monumentos de los estados mexicanos de Quintana Roo –que lo consideran uno de sus fundadores–, Campeche y Yucatán, asociado los valores de la libertad, la tolerancia y la lucha contra el imperialismo.<br><br></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/naufragos-de-yucatan/">Los náufragos de Yucatán</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Vázquez de Ayllón (1524 – 1526)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/vazquez-ayllon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Apr 2020 14:34:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El Atlántico Norteamericano]]></category>
		<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Atlántico Norteamericano Vázquez de Ayllón (1524 – 1526) Texto: Pedro Páramo Casi un siglo antes de que los peregrinos del Mayflower llegaran a Norteamérica, el toledano Lucas Vázquez Ayllón [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Atlántico Norteamericano</strong><br />
Vázquez de Ayllón (1524 – 1526)</p>
<p><strong>Texto:</strong> Pedro Páramo</p>
<p><strong>Casi un siglo antes de que los peregrinos del Mayflower llegaran a Norteamérica, el toledano Lucas Vázquez Ayllón ya había explorado estas costas y fundado el primer asentamiento europeo en los actuales estados de las Carolinas. Fue un explorador diferente y atípico, cuyo nombre pasa desapercibido en los libros de Historia, uno de esos exploradores empequeñecido por la sombra de sus contemporáneos más ilustres y por la falta de relatos directos de sus hazañas.</strong></p>
<p>Lucas Vázquez Ayllón fue uno de los exploradores españoles de las costas de los actuales estados de las Carolinas.</p>
<p>Se cree que llegó hasta la bahía de Chesapeake y que fundó el primer asentamiento europeo en los Estados Unidos en 1526, casi un siglo antes de la llegada de los peregrinos del Mayflower a América. Introductor de esclavos negros en el continente, fue un explorador-conquistador atípico: era juez de la Audiencia de Santo Domingo, en la isla Española y a la vez comerciante, pero jamás se puso una coraza ni manejó una espada, según el testimonio de uno de sus contemporáneos.</p>
<p>No tenemos información completa de sus andanzas porque, al contrario que otros exploradores y conquistadores españoles de éxito, murió durante la expedición y no tuvo oportunidad de hacer relación de sus descubrimientos para demandar posesiones y honores, ni quedaron escritos relatos directos de sus acompañantes. Tampoco los investigadores de los testimonios y documentos sobre Vázquez Ayllón y su expedición han podido trazar con precisión el recorrido por tierra de los expedicionarios, ni localizar sin discusión los accidentes geográficos reseñados por los primeros historiadores de la presencia española</p>
<p>en América. Pero estos obstáculos, que han dificultado que el viaje de Lucas Vázquez Ayllón tenga la relevancia histórica que se merece, no debe impedir que sea considerado como uno de los grandes exploradores españoles.</p>
<p><strong>Uno de los primeros en América<br />
</strong></p>
<p>De su vida se sabe que nació en Toledo hacia 1470, donde su padre fue regidor. Cuando en 1511 se creó en el Nuevo Mundo la primera Audiencia, o Tribunal Supremo, con sede en Santo Domingo, Lucas Vázquez Ayllón figuraba entre los primeros jueces de la isla y se sabe que aprovechaba su cargo para comerciar en las tierras recién descubiertas, principalmente con perlas y esclavos. En las discusiones que plantearon inmediatamente después los misioneros sobre los derechos de los indios, Ayllón formó parte de los colonos que trataron de obstaculizar los propósitos y los avances de los religiosos en defensa de los nativos.</p>
<p>De hecho, él financió algunas expediciones a otras islas caribeñas, a la caza de “caníbales” (los indios que no se sometían a los españoles), autorizada por un decreto del rey Fernando el Católico de 1511, que permitía esclavizar a los que se resistían a ser cristianizados. Mientras en España se discutía el trato que debían recibir los indios, el juez Ayllón opinaba que era mejor que los indios fuesen “<em>hombres siervos que bestias libres</em>”.</p>
<p>En 1520, Lucas Vázquez Ayllón aparece en México con una misión de extraordinaria importancia. Hernán Cortés, que estaba en Tenochtitlán gozando de la hospitalidad del emperador azteca Moctezuma, había desatado la ira del gobernador de Cuba y socio suyo, Diego Velázquez, porque estaba realizando la exploración y conquista de México informando directamente al rey sin pasar por él. Decidió entonces Velázquez enviar a Pánfilo de Narváez al mando de mil hombres para someter a Cortés a su autoridad. Enterados en la Española los monjes jerónimos que, de hecho, regían la isla ante la ausencia temporal</p>
<p>del gobernador Diego Colón, enviaron al regidor Lucas Vázquez de Ayllón a que convenciera a Diego Velázquez de lo insensato de aquella expedición sin oír el parecer del rey, pues pondría en peligro la evangelización de los nuevos territorios explorados, tan poblados y tan ricos. Al ver Ayllón que Velázquez no daba su brazo a torcer, decidió embarcarse con Pánfilo Narváez hacia México, confiado en que podría servir de mediador entre Cortés y Narváez antes de que se produjera un enfrentamiento entre españoles que incitara a los indígenas a la rebelión y echara por tierra lo conseguido hasta entonces por los conquistadores en tierras mexicanas.</p>
<p>Vázquez Ayllón, después de oír a los emisarios de Cortés y las riquezas que éste envió al campamento de Narváez, se convenció de que era un terrible error detener los avances de Cortés en la dominación de unos pueblos tan avanzados y ricos y se enfrentó a Narváez. Éste lo hizo prender, lo metió en un barco y lo envió de regreso a Cuba. Sin embargo, Ayllón o logró atemorizar a la tripulación o la sobornó; el caso es que regresó a su Audiencia de Santo Domingo y contó todo lo que había visto en México, con lo cual dañó seriamente el prestigio de Diego Velázquez. En México Pánfilo Narváez fue derrotado por Cortés en Cempoala y el conquistador mexicano lo retuvo en prisión durante tres años.</p>
<p><strong>A la caza de esclavos<br />
</strong></p>
<p>Durante la segunda década del siglo XVI la población indígena de la Española y Cuba descendía de forma alarmante debido al exceso de trabajo de la población indígena, al colapso de la agricultura tradicional, destruida en gran parte por el ganado europeo que pastaba libremente en la isla, y las enfermedades llevadas por los pobladores españoles. Los colonos, entre ellos Vázquez Ayllón, financiaban expediciones a las Lucayas (Bahamas), a las islas de Barlovento (Aruba, Curacao y Bonaire), Trinidad y el norte de Venezuela en busca de caníbales que esclavizar para compensar la merma de la población autóctona. En 1513, Juan Ponce de León, gobernador de Puerto Rico, navegó por las costas de Florida, pero fue recibido a flechazos por los indígenas que mataron a todos los españoles de la expedición, excepto a siete,</p>
<p>entre ellos el propio Ponce de León. El Inca Gracilaso de la Vega, en su obra sobre la Florida, escrita a finales del siglo XVI cuenta que pocos años después de la expedición fallida de Ponce, un piloto llamado Diego Miruelo, que comerciaba con los indios “<em>dio con tormenta en la coste de la Florida, o en otra tierra, que no se sabe a qué parte, donde los indios le recibieron en paz, y en su contratación, llamado rescate, le dieron algunas cosillas de plata y oro en poca cantidad, con las cuales volvió muy contento a la isla de Santo Domingo</em>”.</p>
<p>Al mismo tiempo, siete comerciantes ricos de Santo Domingo, entre los que se encontraba el juez Lucas Vázquez Ayllón, se asociaron en 1521 “<em>y armaron dos navíos </em>–cuenta El Inca–<em>que enviaron a por entre aquellas islas a buscar y traer los indios que, como quiera que les fuera posible, pudiesen haber, para los echar a labrar las minas de oro que de la compañía tenían</em>”.</p>
<p>La expedición navegó hacia el norte por las costas de Florida y, como cuenta Francisco López de Gómara en su “Historia General de las Indias”, publicada en 1552, “<em>fueron a una tierra que llamaban Chicora y Guadalupe, la cual está en treinta y dos grados y es lo que llaman ahora cabo de Santa Elena y río Jordán</em>”.</p>
<p>Los españoles al saltar a tierra se encontraron con unos indios pacíficos que se asombraron al ver unos hombres que llevaban barba y usaban vestidos y que salían del vientre de unas casas flotantes que ellos jamás habían visto. Se intercambiaron regalos y, los españoles, después de cargar el matalotaje, leña y agua, invitaron a los indios a subir a bordo. Cuando ya tenían 130 indígenas en las bodegas, los españoles levaron anclas y se hicieron a la vela en demanda de Santo Domingo. Uno de los dos navíos naufragó, pero el que llevaba a la mayoría de los indios consiguió llegar a la Española. Los indios cautivos se dejaron todos morir de tristeza y hambre. Todos, menos uno que habría de jugar un papel importante en la expedición de Vázquez Ayllón de 1524.</p>
<p><strong>En busca del paso al Pacífico<br />
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<p>El relato de Diego Miruelo y lo visto por los expedicionarios financiados por él y sus socios, su experiencia de México, como testigo del éxito de Cortés ante una civilización tan avanzada, animaron, sin duda, a Lucas Vázquez Ayllón a intentar por su cuenta el descubrimiento y exploración de aquellas tierras al norte de las Grandes Antillas, donde además, podría encontrar un paso en el Norte entre el Atlántico y el Pacífico. Pero antes quiso asegurarse de que la empresa merecía la pena. En 1522 el juez envió una nueva expedición a aquellas costas comandada por Francisco Gordillo que alcanzó el cabo Fear, en la costa de Carolina del Norte.</p>
<p>En 1523 el juez viajó a España con su esclavo Francisco de Chicora, el superviviente de los indios capturados en la expedición anterior, a pedir al rey Carlos la conquista y gobernación de los territorios de Chicora.</p>
<p>El indio Francisco de Chicora, que se había bautizado y había aprendido bien el castellano, con el fin de volver a su tierra, alimentaba la imaginación y la codicia de Ayllón y de cuantos le escuchaban, aunque algunos, como el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, entonces en España, desconfiara de tantas riquezas y tantos prodigios. Decía Chicora que en su tierra los indígenas eran blancos, que los reyes y las reinas eran gigantes, porque les alargaban los huesos con hierbas cuando eran niños, que hacían queso con la leche de sus mujeres, que poseían rebaños de ciervos y se adornaban con perlas, oro y plata.</p>
<p>Fernández de Oviedo escribió al conocerlo: “<em>e creí que aquel indio mentía en cuanto le había dicho, e que el deseo de volver a su patria, le hacía decir todo aquello […] me le loó tanto, que conoscí que le creía como si fuera evangelista”.</em></p>
<p>El monarca autorizó el proyecto de Ayllón y le dio la potestad sobre el territorio que descubriera entre los 35 y los 37 grados ”<em>en que la dicha tierra está, e la relación e noticia que vos, della, tenéis, se cree e tiene por cierto, ser muy fértil, e rica, e aparejada, para se poblar; porque en ella hay muchos árboles e plantas de las de España, e la gente es de buen entendimiento, e más aparejada para vivir en policía que la de la Isla española, ni de las otras islas que hasta hoy están descubiertas</em>”. En 1525 Vázquez Ayllón envió a Chicora en una nueva expedición de dos carabelas al mando de Pedro de Quexos, que, al parecer, llegó a las costas del hoy estado de Delaware y le confirmó la bondad de los nativos y de aquellas tierras norteñas.</p>
<p>Un año después, Ayllón se sintió preparado para iniciar su gran aventura: fletó seis navíos (el Inca Garcilaso dice que fueron tres, grandes) y reclutó a 500 españoles, entre colonos y sus mujeres, marineros, médicos y misioneros dominicos, que fueron acompañados por cien esclavos africanos y 83 caballos. En 1510, ante la despoblación de indígenas en las Antillas y por sugerencia de algunos religiosos defensores de los indios, el rey Fernando había autorizado la introducción de 200 esclavos negros en las Indias, abriendo así las puertas al comercio de africanos en América. Con estos preparativos, Ayllón dejaba definitivamente la Española con la intención de descubrir las tierras ignotas que se extendían desde el norte de la Florida hasta la Tierra Nueva de los Bacalaos, mencionada por Sebastián Caboto, sobre las que ejercería su autoridad. Llevaba como piloto a Diego Miruelo, que no supo encontrar la tierra que él había visitado años antes y “<em>cayó en tanta melancolía que en pocos días perdió el juicio y la vida</em>”, según cuenta el Inca Garcilaso de la Vega.</p>
<p><strong>La primera colonia europea en EEUU</strong></p>
<p>En el momento de su partida, los documentos nos muestran un Vázquez Ayllón muy diferente al que se había manifestado años antes en relación con los indios. En primer lugar, su expedición no sería una razia más sino que, desde el principio, tuvo una clara voluntad pobladora y colonizadora, y en segundo término, la capitulación con la Corona deja claro que es Ayllón quien le dice al rey qué trato han de recibir los indígenas. “<em>Nos suplicastes </em>–dice el monarca en el texto de la capitulación– <em>que pues los indios no se pueden con buena conciencia, encomendar, ni dar por repartimiento, para que sirvan, personalmente, y sea visto por experiencia, que desto se ha seguido muchos daños ya asolamiento de los indios, y despoblación de la tierra, en las islas e partes que se ha hecho, mandase que en la dicha tierra no hubiese</em><em>repartimiento de indios, ni sean apremiados a que sirvan en servicio personal, si no fuese de su grado e voluntad, e, pagándoselo como se hace con los otros, nuestros vasallos libres e la gente de trabajo en estos reinos; mando, que así se cumpla; e que vos tengáis dello, e del buen tratamiento de los dichos indios, mucho cuidado</em>”.</p>
<p>La flota de Ayllón partió en junio de 1526 de Puerto de Plata, en la Española, costeó los actuales estados de las Carolinas hasta llegar a la desembocadura de un río, que algunos creen que era el llamado Jordán que López de Gómara sitúa en los 32 grados al contar la expedición de 1521, financiada por Ayllón, pero en la que él no viajó. López de Gómara, que da una detallada información de los indios de Chicora, no cuenta el viaje de Ayllón en su “Historia General de las Indias”. A partir de estas afirmaciones de la latitud de Chicora en los 32 grados, algunos autores norteamericanos sostienen que el contacto de Ayllón con los actuales Estados Unidos tuvo lugar en la bahía de Wyniah y el río Jordán corresponde al Santee, en Carolina del Sur, que se hallan en los 30º de latitud cerca de la hoy ciudad de Georgetown; otros lo</p>
<p>identifican como el río Pee Dee que discurre por la zona. No faltan los que lo ubican más al sur, en Sapelo Sound, al sur de Savannah. El historiador J. G. Johnson, de la Universidad de Georgia, sostiene que se trata del río Cape Fear, ya que es la única corriente de gran caudal que desemboca en el mar cerca de esa latitud. Pero existen testimonios escritos y gráficos de los años siguientes a la aventura de Ayllón que apoyan la presencia de Lucas Vázquez Ayllón, más al norte, en la bahía de Chesapeake, a la que dio el nombre de Santa María, como indica el mapa de Diego Ribero, de 1529, en el que aparece Chesapeake y la zona circundante, denominada Tierra de Ayllón. Otro mapa, de Diego Gutiérrez, realizado en 1562, repite los topónimos. Por su lado, J. Gilmary Shea, investigador de la historia de Estados Unidos, defiende</p>
<p>que la bahía en la que entró la flota de Ayllón es la actual Chesapeake y que el río por el que se internaron los expedicionarios -y que ellos denominaron Salado- en busca del mejor emplazamiento para su fundación es el actualmente denominado James.</p>
<p>Al embocar ese gran río a mediados de agosto de 1526, naufragó la nave capitana. Aunque lograron salvarse los tripulantes y los pasajeros, se perdieron abundantes provisiones, semillas y herramientas. Allí mismo Ayllón ordenó que se hiciese una gabarra para transportar los enseres rescatados. Como el río que desemboca en la bahía era conocido por los nativos con el nombre de Gualdape, la comunidad española fundada río arriba, al parecer, cerca de la actual Jamestown, se llamó San Miguel de Gualdape (también aparece en varios escritos como Guadalupe y Guadalpe) por haber sido inaugurada en la festividad de ese arcángel. “<em>El oidor </em>–cuenta el Inca Gracilaso– <em>entendiendo que todo era suyo mandó que saltasen en tierra doscientos españoles y fuesen a ver el pueblo de aquellos indios, que estaba tres leguas tierra adentro.</em></p>
<p><em>Los indios los llevaron, y después de los haber festejado tres o cuatro días, y asegurándolos con su amistad, los mataron una noche, y de sobresalto dieron al amanecer en los pocos españoles que habían quedado en la costa en guarda de los navíos”</em>. La colonia se estableció en la peor época del año. Las tormentas otoñales que azotan las costas atlánticas, la imposibilidad de cosechar aquellas tierras a las puertas del invierno, la falta de víveres, pues buena parte de ellos se habían ido a pique, y los vientos glaciares propiciaron la aparición de enfermedades en aquellos colonos acostumbrados a los calores</p>
<p>del trópico. El indio Francisco de Chicora desapareció, sin duda para unirse a los indígenas. Los esclavos negros que habían ayudado en la construcción del poblado, acuciados por el hambre seguramente, se amotinaron y huyeron.</p>
<p>La moral de los pobladores de la incipiente colonia decaía conforme aumentaban los cadáveres que había que enterrar. Lucas Vázquez Ayllón no tardó en enfermar y murió el 18 de octubre. Los que  sobrevivieron decidieron entonces abandonar San Miguel y volver a Santo Domingo. De los 600, sólo regresaron 150.</p>
<p>El primer poblado europeo en los que hoy son los Estados Unidos apenas duró tres meses, los supervivientes dejaron escaso testimonio de su trágica aventura, la ausencia de restos de aquella población y la confusión que las distintas expediciones financiadas por Lucas Vázquez Ayllón han introducido entre los historiadores –los de entonces y los actuales– han robado a este descubridor buena parte de la fama que le corresponde.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/vazquez-ayllon/">Vázquez de Ayllón (1524 – 1526)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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