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	<title>El descubrimiento de América archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>El descubrimiento de América archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Cabeza de Vaca (1528 – 36)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Apr 2020 15:49:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: María Dolores Higueras Alvar Núñez Cabeza de Vaca: La aventura interminable Libro: Exploradores españoles olvidados de los siglos XVI y XVII. SGE 2000 Para saber más: En 1528 una [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto</strong>: María Dolores Higueras</p>
<p>Alvar Núñez Cabeza de Vaca: La aventura interminable</p>
<p><strong>Libro: </strong>Exploradores españoles olvidados de los siglos XVI y XVII. SGE 2000</p>
<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p>En 1528 una flota con cinco buques y más de seiscientos hombres zarpó de La Habana. Destrozada por un inmenso ciclón, esta flota maltrecha recaló en la bahía de Tampa en Florida, donde desembarcaron unos trescientos hombres al mando de Pánfilo de Narváez, mientras el resto navegaba costeando en su intento por arribar al Panuco. Esta tropa, en la que se encontraba Álvar Núñez Cabeza de Vaca, inició su andadura en tierra con la idea de alcanzar Apalache; acosados por los indígenas, intentaron regresar a la costa para reencontrarse con aquellos barcos que nunca volvieron a ver, ya que tras un año de inútiles esfuerzos por rescatarlos, partieron de nuevo hacia México.</p>
<p>Narváez y sus hombres, terriblemente diezmados tras veinticinco días infernales entre espesos bosques y tierras pantanosas, lograron alcanzar de nuevo la costa e iniciar la construcción de cinco botes con los escasos medios disponibles, hazaña que consiguieron tras inmensos trabajos y sufrimientos, perdiendo en la empresa algunos hombres más. Al fin los doscientos cuarenta supervivientes se alojaron en tan precarias embarcaciones e iniciaron una penosa navegación costera.</p>
<p>En noviembre de 1528 sólo quedaban con vida unos ochenta hombres. Tras penalidades sin fin, los pocos supervivientes alcanzaron una pequeña isla frente a lo que sería más tarde Galveston y que Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el gran cronista de esta terrible aventura, bautizó con el nombre de Malhado o Mala Suerte, ya que frente a la isla, a punto ya de alcanzarla murió Narváez ahogado, tragado por las aguas al ser arrebatado de su bote por un furioso golpe de mar. De nuevo en tierra, los supervivientes, apenas quince hombres, fueron muriendo de hambre y frío, cautivos de los indios. Al fin sólo quedaron nuestro hombre, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, tesorero real, autor de una de las crónicas más hermosas de la gran aventura americana, y tres más a los que Álvar Núñez reencuentra en otros parajes.</p>
<p>Hombre de cualidades extraordinarias, como demuestran los hechos que él mismo relata, la aventura fabulosa de Cabeza de Vaca u sus tres compañeros, Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y Estebanico, supervivientes como él mismo de otro de los botes, a los que reencontró en uno de sus cautiverios, no tiene igual: durante ocho años recorrieron a pie en medio de increíbles peligros y penalidades, más de diez mil kilómetros de la América septentrional, entre la Florida y San Blas. Cruzaron ese inmenso continente a pie, de un océano al otro, partiendo de la Florida y Río Grande para atravesar las provincias de Texas, Coahuilas y Sinaloa, bajar por la margen del Pacífico a través de la provincia de Sonora procurando seguir la costa hasta alcanzar Monterrey y lo que años más tarde sería San Blas, desde donde atravesaron hacia el sur y llegaron a Ciudad de México. Semejante aventura, sólo posible para auténticos superhombres, tiene en Cabeza de Vaca un cronista de excepción, quien la narra en la obra que titula “Los naufragios”, una de las más originales de la literatura americana de siglo XVI.</p>
<p>El interés de esta crónica no estriba, como el de otras, en su contenido de hazañas heroicas, ni en los relatos de conquistas, ni en la descripción de exóticas y opulentas civilizaciones indígenas. La crónica de Cabeza de Vaca destaca sobretodo por su gran calidad narrativa. Es un vibrante libro de viajes, un relato vivo y atrayente que se lee con placer; un libro apasionante en el que el narrador, protagonista indiscutible de la aventura, se dirige en primera persona al lector y lo atrapa en su intensa aventura desde las primeras líneas. Con estilo rápido y directo, el texto discurre lleno de detalles reveladores, emocionante y fluido como una conversación, y sin embargo, impregnado de una gran calidad literaria. Como dice Anderson Imbert, al leer a Cabeza de Vaca uno “ve” constantemente. Tal es la fuerza descriptiva de este relato formidable, que se convierte en fabuloso “guión de imágenes” a través del cual el lector “recrea” sin dificultad personajes y paisajes, luces, olores y colores, porque no hay en él una solo página gris.</p>
<p>No oculto al lector, como puede verse, mi pasión por el personaje, porque Cabeza de Vaca es un ejemplo de valor y templanza, de lucidez y pasión. Nuestro hombre es, a la vez, Quijote y Sancho. Quizá uno de los aspectos más originales y valiosos de esta crónica aventurera reside en la personal visión que el autor ofrece del indígena. Conservamos muchos testimonios del contacto de los europeos con los nativos americanos, que son casi siempre visiones europeas de la realidad indígena y casi siempre desfiguradas por el peso de la civilización del Viejo Continente, en poco o en nada concurrente con la realidad originaria americana. Sin embargo, los indios descubrían “lo europeo” al mismo tiempo que los europeos “lo indígena” y, ¿cómo lo percibían? La crónica de Álvar Núñez Cabeza de Vaca añade a sus muchos méritos uno para mí decisivo: presenta por primera vez al hombre de Europa y al hombre de América frente a frente, desnudos, desprovistos de su complicado aparato de civilización. Y vemos a estos hombres igual de exhaustos y desamparados ante una naturaleza imponente y atroz, iguales ante el hambre, la penuria de medios y la enfermedad. Incluso en el aspecto físico, Cabeza de Vaca y sus compañeros de aventura llegan a tener como cautivos el mismo aspecto que sus captores. Andan desnudos como los indios, comen, viven y hablan como ellos; únicamente los diferencia su fe cristiana. Tanto es así que Cabeza de Vaca nos cuenta que tras su evasión en 1535 se encuentran con unos españoles a caballo que apenas los reconocen como afines. Nuestro cronista señala que “recibieron gran alteración de verme tan extrañamente vestido y en compañía de indios. Estuviéronme mirando mucho espacio de tiempo, tan atónitos que ni me hablaban, ni acertaban a preguntarme nada”. Cabeza de Vaca llegó a tener gran predicamento entre los indios que, tras mantener a los españoles casi seis años como esclavos, los exaltaban como taumaturgos después, atribuyéndoles extraordinarias facultades curativas y la virtud de hacer milagros, circunstancia que ellos rentabilizaron para sobrevivir: soplaban sobre los enfermos y rezaban largas oraciones, con lo que lograban sorprendentes y milagrosas curaciones que todos intentaban, pero Cabeza de Vaca se señala a sí mismo como el mejor también en esto, cuando nos dice que “en todo tiempo nos venían de muchas partes a buscar y decían que verdaderamente nosotros éramos hijos del sol. Dorantes y el negro hasta allí no habían curado, más viniéndonos a buscar de muchas partes, venimos todos a ser médicos, aunque en atrevimiento y osar acometer cualquier cura era yo más señalado entre ellos”. Y sigue diciendo: “Con frecuencia, nos acompañaban de tres a cuatro mil personas y como teníamos que soplar sobre ellas y santificar las comidas y bebidas para cada cual, y darles permiso para hacer cantidad de cosas, según venían a solicitarlo, fácil es comprender cuán grandes eran nuestras fatigas”.</p>
<p>La crónica de Cabeza de Vaca es también una fabulosa fuente de noticias etnográficas, ya que proporciona prolijas descripciones de todos los pueblos indígenas que fueron encontrando desde las belicosas tribus de la Florida hasta los pueblos agricultores del norte de México. Un sinnúmero de pueblos, muchos de ellos hoy desaparecidos, van desfilando por las vibrantes páginas de nuestro cronista: semínolas, calusas, ais, cheroquis, muscogis, alabamas, chicasas, chatcas, ocalusas, apaches y amasis, entre otros, son con detenimiento descritos. Perp resultan particularmente interesantes las noticias acerca de los túnicas, ya extinguidos al igual que los toncauas o carancauas. Pero la parte más cordial de las relaciones de Cabeza de Vaca y sus compañeros con los indios se iniciaron al abandonar el territorio de los nómadas apaches y navajos y encontrar a los indios pueblo, afincados en la zona de Arizona y Nuevo México y llamados así por la colocación de sus casas y pueblos amontonados en una perfecta disposición sobre riscos casi inaccesibles.</p>
<p>En el suroeste de Arizona encontraron a los hopis, que significa “pacíficos”, y tuvieron noticia de la mítica Cibola, de sus ciudades habitadas por los zuñis y de sus fabulosas riquezas, que dieron lugar a toda una serie de referencias míticas en la cartografía de la época y como otras noticias fantásticas, inspiraron multitud de viajes a la búsqueda de tan portentosos lugares. En este sentido. La crónica de Cabeza de Vaca alimenta esa delirante geografía que sitúa al norte de Nueva España la Gran Chichimeca y la Gran Quivira o Cibola.</p>
<p>El negro Estebanico, uno de los acompañantes de Cabeza de Vaca, superviviente con él de esta aventura, encontró la muerte poco después  a  manos de los indios en una expedición al norte emprendida por fray Marcos de Niza en busca de Cibola, que llevaba precisamente a Estebanico como guía.</p>
<p>Las últimas tribus con que tuvo contacto nuestro cronista fueron las de los shoshon, que vivían en Sonora y Sinaloa y aún estaban en guerra abierta con los españoles, y en la zona central de México, en territorio conquistado por Cortés a los nahuatl y aztecas. En todos los casos, Cabeza de Vaca observó y luego describiría las casas, los enterramientos, las armas, los sistemas de cultivo o de caza casi siempre con detalle, como lo hizo al encontrar a los indios de las praderas, que despertaron en él curiosidad porque usaban el cobre. También le llamaba la atención sobremanera los adornos corporales, las pinturas y su significado, los tatuajes y técnicas con que los realizaban. Nuestro héroe se interesó vivamente por la cultura del bisonte, su caza ritual, el aprovechamiento de sus recursos y la rica cultura material que inspiró.</p>
<p>En medio de sus terribles vicisitudes, este singular etnógrafo improvisado describió prolijamente y con gran liberalidad las sociedades que visitaba y nos habla de la familia, del matrimonio, de los ancianos, de los enfermos, de la mortalidad infantil, de las jefaturas políticas y de la guerra. Son abundantes sus referencias a la homosexualidad entre los indios, en concreto al hablar de los carancaua, cuando dice: “En el tiempo que así estaba entre éstos vi una diablura, y es que vi un hombre casado con otro y éstos eran unos hombres amariconados, impotentes y andaban tapados como mujeres y hacen el oficio de mujeres y tiran arco y lleva una gran carga, y entre estos vimos muchos de ellos amariconados como digo, y son más membrudos que los otros hombres y más altos y sufren muy grandes cargas”. Como puede verse, Cabeza de Vaca descubre, no juzga, no aplica a la sociedad indígena los esquemas europeos. En este sentido la crónica es de una inmensa originalidad y, una vez más, hemos de señalar a su autor como una excepción.</p>
<p>Sin embargo, contrastan estas objetivas descripciones acerca de los usos culturales, políticos o sociales, con un evidente afán misionero, que expresa en la parte final de la crónica, movido sin duda por la inquebrantable fe cristiana que, según dice él mismo, lo salvó del desaliento y lo condujo a la salvación. Son muy bellos los pasajes que Cabeza de Vaca dedica al animismo entre los indios y a lo presente que estas creencias estaban en los grandes mitos americanos. “Ellos mismos – dice – son la personificación del mito, y a él deberán en gran medida, su salvación”.</p>
<p>La aventura propiamente dicha se inició, pues, con la decisión de Pánfilo de Narváez de internarse en tierra mientras dejaban los buques costeando camino de Panuco. Cabeza de Vaca se opuso a este proyecto desde que se consultó a los oficiales su parecer. Alegaba que los pocos caballos que habían sobrevivido al viaje estaban exhaustos y famélicos, por lo que poco podrían ayudar en el intento. Debía tenerse en cuenta, además, la escasez de provisiones, tan solo una libra de bizcocho y otra de tocino por hombre. Cabeza de Vaca hizo mucho hincapié en la falta de traductor y dice textualmente: “Íbamos mudos y sin lengua por donde mal nos podíamos entender con los indios”. Cabeza de Vaca insistía también sobre el desconocimiento total del territorio que pretendían explorar y del que no llevaban relación ni mapa alguno. A pesar de estos argumentos, Narváez, apoyado por el resto de los oficiales, decidió internarse y abandonar los buques que intentó encomendar a Cabeza de Vaca; pero prefirió seguir con los demás y eligió el peligro no fuera que, dice, “como había contradicho la entrada me quedaba por temor, y mi honra anduviera en disputa; y yo quería más aventurar la vida que poner mi honra en esa condición”.</p>
<p>El primero de mayo, los trescientos hombres desembarcaron y pasaron a tierra, sólo cuarenta de ellos a caballo. A los quince días ya escaseaban los alimentos, pero el encuentro con los indios agricultores les permitió proveerse de maíz. Con algunos de estos indios por guías intentaron alcanzar Apalache. Cabeza de Vaca quedó extasiado ante la belleza de la tierra que recorrían tan trabajosamente y en un hermoso pasaje nos la describe como “tierra, muy trabajosa de andar y maravillosa de ver, porque en ella hay muy grandes montes y los árboles a maravilla altos, que nos embarazaban el camino de suerte que no podíamos pasar sin rodear mucho y con muy gran trabajo; de los que no estaban caídos, muchos estaban hendidos desde arriba hasta abajo, de rayos que en aquella tierra caen, donde siempre hay muy grandes tormentas y tempestades”. Estas descripciones del territorio son muy frecuentes en la crónica de Cabeza de Vaca; a veces, en medio de un hecho peligroso o violento, la narración se remansa en una poética descripción de paisajes, árboles, lagunas o pájaros. Es esta vocación lo que convierte la crónica en un bello libro de viajes, la aventura de un explorador enamorado de las tierras sobre las que discurre su peripecia vital.</p>
<p>A la llegada a Apalache; Cabeza de Vaca dedica gran espacio a la descripción física del territorio, la calidad de los suelos y especies de árboles que lo poblaban; nos habla de los animales que vio: venados, conejos, liebres, osos, leones y en un momento dado hace esta simpática descripción de lo que parecen zarigüellas: “Entre otras salvajinas vimos un animal que trae los hijos en una bolsa que en la barriga tiene; y todo el tiempo que son pequeños los trae allí, hasta que saben buscar de comer; y si acaso están fuera buscando de comer y acude gente, la madre no huye hasta que los ha recogido en su bolsa”. También describe, en un pasaje lleno de fuerza, la extraordinaria habilidad de los indios semínolas con el arco y las flechas: corpulentos y muy ágiles, manifiestan una mortal puntería con el arco que les cuestan muchas vidas, pero Cabeza de Vaca pone de relieve una vez más su admiración por la austeridad e inmensa capacidad para soportar el hambre y los sufrimientos físicos que ha podido observar en sus contrarios, los indios.</p>
<p>Sin prejuicio alguno, Cabeza de Vaca nos cuenta poco después y con severidad cómo los pocos españoles que aún conservaban con vida sus caballos hicieron un intento por abandonar a los que iban a pie, desamparando a los enfermos y al propio gobernador; pero Álvar Núñez logró disuadirlos apelando a su honor. En este punto, enfermos la mayoría y sin fuerzas para caminar, acosados y diezmados por los indios, tomaron una solución desesperada: construir botes para embarcar a los supervivientes e intentar, navegando por la costa, alcanzar alguna zona menos hostil. La empresa, verdaderamente titánica por la situación de la gente y la escasez de recursos, es narrada por nuestro hombre con su habitual estilo directo y hermoso: “Vistos estos y otros muchos inconvenientes – nos dice &#8211; , acordamos en uno harto difícil de poner en otra, que era hacer navíos en que nos fuésemos. A todos parecía imposible porque nosotros no lo sabíamos hacer, ni había herramientas, ni hierro, ni fragua, ni estopa, ni pez, ni jarcias, finalmente, ni cosa ninguna de tantas como son menester”.</p>
<p>No obstante lograron acabarlos en apenas mes y medio de brutal trabajo, alimentándose los que trabajaban con la carne de un caballo sacrificado. Construyeron cinco barcazas de veintidós codos, las calafatearon con las estopas de los palmitos y usaron como brea una pez de alquitrán fabricada con resina de pinos. Con las colas y crines de los caballos fabricaron la caballería y las jarcias; con sus destrozadas camisas, las velas, y con madera de sabina, rudimentarios remos. La piel de los caballos muertos, aunque mal curtida, les sirvió para hacer botas en las que llevar provisión de agua dulce.</p>
<p>El 22 de septiembre embarcaron en cada bote unos cuarenta y siete hombres. Esta épica situación la narra Cabeza de Vaca con estas palabras: “Íbamos tan apretados que no nos podíamos menear; y tanto puede la necesidad, que nos hizo aventurar a ir de esta manera y meternos en una mar tan trabajosa y sin tener noticia de la arte de navegar ninguno de los que allí iban”.</p>
<p>Tal precariedad sólo podía acabar en tragedia; pronto perdieron el agua dulce porque los cueros de las improvisadas botas se pudrieron y dejaban escapar el agua, muchos murieron por beber la del mar; otros por deshidratación; otros por la acometida de los indios en un intento de tomar tierra para reponer alimentos y agua. Finalmente, desmoralizados y enfermos, a la altura de la desembocadura del Mississippi, los pocos supervivientes decidieron separarse. Cada bote intentaría seguir una ruta distinta, pues Narváez había respondido al propio Cabeza de Vaca, al preguntarle éste qué hacían, “que ya no era tiempo de mandar unos a otros; que cada uno hiciese lo que mejor le paresciese que era para salvar la vida”.</p>
<p>Éste es un aspecto muy importante, porque en aquel momento cesó la autoridad militar y cada hombre quedó solo ante su destino y responsable de sus propias acciones. Cabeza de Vaca y los que lo acompañaban en su bote decidieron probar fortuna en tierra, enterraron el bote en la arena y se adentraron en busca de alimentos. Nuevamente los indios flecheros los acosaron; sin duda se trataba de siux o dakotas, las arrogantes tribus establecidas al oeste del Mississippi, en la región de las grandes praderas, formadas por guerreros indomables y que fundamentaban su vida y creencias entorno a la caza del bisonte. El primer encuentro debió de ser pavoroso porque Cabeza de Vaca, en un párrafo muy expresivo, nos dice que: “en media hora acudieron otros cien flecheros, que agora ellos fueren grandes o no, nuestro miedo les hacía parecer gigantes”. No obstante, este encuentro resultó cordial finalmente y los indios les proporcionaron pescado, raíces y agua en abundancia, compadecidos sin duda por su lamentable aspecto y escasa peligrosidad, ya que el propio Cabeza de Vaca nos dice que “era excusado pensar que había quien se defendiese, porque difícilmente se hallaron seis que del suelo, se pudiesen levantar”.</p>
<p>Surtidos de alimentos y agua de refresco, decidieron embarcarse de nuevo. Con tremendo esfuerzo desenterraron el bote que habían ocultado en la arena días antes y emprendieron nueva navegación, pero “a dos tiros de ballesta” un golpe de mar volcó la barca. Tres hombres murieron al instante y los supervivientes, “envueltos en las olas y medio ahogados”, fueron arrojados a la misma costa bravía de la que habían partido escasos minutos antes. Los siux les auxiliaron de nuevo, acompañándolos en su desgracia con grandes demostraciones de dolor.</p>
<p>Al día siguiente nuestros náufragos se reencontraron con los capitanes Andrés Dorantes y Alonso del Castillo y toda la gente de su barca que había dado al través en aquella zona. Intentaron entre todos repararla y echarla al agua de nuevo, pero se hundió definitivamente al poco de botarla.</p>
<p>En muy poco tiempo, tan sólo quedaron vivos quince de los casi ochenta hombres que se habían juntado. Tales eran las penalidades y el hambre que llegaron en algún caso desesperado al canibalismo. Los pocos supervivientes, cautivos de distintas tribus indígenas fueron dispersados nuevamente. Cabeza de Vaca narra prolijamente su encuentro con los criks y sus feroces costumbres rituales, en contraste con su práctica del matriarcado. Nuestro hombre, siempre atento a las inclinaciones positivas de los indios, exalta su amor filial cuando señala: “Es la gente del mundo que más aman a sus hijos y el mejor tratamiento les hacen”. Junto con Alonso del Castillo y Andrés Dorantes, a los que se unió muy pronto el negro Estebanico, fueron requeridos por los indios como sanadores y así, en la isla Malhado, donde había perecido víctima de un furioso golpe de mar el gobernador Pánfilo de Narváez, los cuatro únicos supervivientes lograron salvarse en gran medida, gracias a sus habilidades como chamanes y curanderos, con lo que llegaron a alcanzar fama mítica entre los indios. Ellos mismos quedaron asombrados ante el efecto curativo de sus pobres recursos médicos que Cabeza de Vaca refiere así: “La manera en que nosotros curamos era santiguándolos y soplarlos, y rezar un Pater noster y un Ave María, y rogar lo mejor que podíamos a Dios Nuestro Señor que les diese salud […]</p>
<p>Quiso Dios Nuestro Señor y su misericordia que todos aquellos por quien suplicamos, luego que los santiguamos decían a los otros que estaban sanos y buenos”.</p>
<p>Pero los amigos fueron separados nuevamente por sus captores. Tras un año más de cautiverio pasando de unas tribus a otras, Cabeza de Vaca terminó preso de los indios charenco en las montañas, después de una huida provocada por la dureza de la vida impuesta por sus anteriores captores. De nuevo cambió su oficio: convirtiese ahora en mercader de caracolas y conchas, objetos muy valiosos para los indios que les atribuían poderes mágicos, y gracias a este comercio vivió un tiempo de “casi” libertad trajinando en trueque diversos productos de unas tribus a otras, totalmente desnudo y sobreviviendo como podía a los peligros constantes de una naturaleza inclemente y las terribles hambrunas que asolaban la zona y diezmaban a las tribus indígenas y sus animales. Casi seis años sobrevivió milagrosamente de un cautiverio a otro hasta reencontrar entre los indios quevenes a su perdidos compañeros Castillo, Dorantes y Estebanico. El encuentro de los amigos debió ser, sin duda, emocionante. Cabeza de Vaca nos dice en este punto: “Ya que llegué cerca de donde tenían su aposento Andrés Donantes salió a ver quién era porque los indios le habían también dicho cómo venía un cristiano y cuando me vio fue muy espantado, porque ha mucho que me tenía por muerto y los indios así lo habían dicho. Dimos muchas gracias a Dios de vernos juntos, este día fue uno de los de mayor placer que en nuestros días habemos tenido”.</p>
<p>Una vez reunidos los cuatro, planificaron su huida cuidadosamente, pero por diversas razones fueron aplazándola durante más de un año. A juzgar por lo que dice Cabeza de Vaca, fue una de las épocas más terribles, en condiciones de cautiverio especialmente duras y azotados por espantosas hambrunas a las que sobrevivieron milagrosamente comiendo tunas y bebiendo su zumo. Los cuatro amigos fueron separados y reunidos alternativamente por sus captores, ya que las diversas tribus guerreaban entre ellas, distanciándose o reuniéndose de nuevo a tenor de sus disputas; esto significó un elemento de sufrimiento añadido para los cuatro amigos que veían cada alejamiento como una despedida definitiva. En uno de esos inesperados reencuentros, entre los indios camones, cerca de la costa, obtuvieron la confirmación de que eran los únicos supervivientes de la gran expedición, ya que entonces los camones les narraron cómo habían perecido ahogados los tripulantes del último bote, del que no habían tenido noticia alguna hasta ese momento.</p>
<p>Sabiéndose definitivamente solos, deciden no aplazar más su fuga, que llevaron a cabo finalmente. Huyeron a las tierras de los indios avavares, donde salvaron la vida nuevamente gracias a sus ya mencionadas habilidades para sanar. Así sobrevivieron durante ocho meses entre los avavares y su fama creció hasta un punto en que los indios los seguían por millares. Un episodio del que fue protagonista el propio Cabeza de Vaca “resucitando a un indio que parescía muerto” causa en los indios una admiración tal, mezclada de espanto, que en toda aquella tierra no se habló de otra cosa.</p>
<p>Durante ese tiempo, nuestros viajeros sobrevivieron en condiciones bastante soportables aunque siguieron pasando hambre y frío. Poco después las condiciones se fueron haciendo cada vez más penosas, cautivos ahora de los indios maliacones y arbadaos, para los que acarreaban leña, tejían esteras y hacían peines, arcos, flechas y redes para pescar. De todas las tareas, Cabeza de Vaca eligió la de raer cueros y ablandarlos, porque nos dice de forma muy expresiva: “La mayor prosperidad en que yo allí me vi era el día en que me daban a raer alguno, porque yo lo raía muy mucho y comía de aquellas raeduras y aquello me bastaba para dos o tres días”. No cabe reseña más sobria y expresiva de la situación extrema en que se hallaban.</p>
<p>Los cuatro amigos siguieron avanzando siempre hacia el oeste, cambiando su cautiverio de unas tribus a otras, intentando llegar así hasta la costa del Pacífico. Una vez y otra, Cabeza de Vaca exalta las virtudes sociales de los indios que encontraba, su valentía en el combate, sus fiestas y ritos, la agudeza de sus sentidos: “Ven y oyen más y tienen más agudo sentido que cuantos hombres hay en el mundo”, nos dice. Más adelante quiere dejar constancia de su extraordinaria capacidad para aguantar las inclemencias y la falta de alimentos. Rinde otra vez homenaje a sus enemigos con estas palabras: “San grandes sufridores de hambre y de sed y de frío, como aquellos que están más acostumbrados y hechos a ello que otros”.</p>
<p>En el capítulo XXV de su crónica, entre las muchísimas noticias curiosas que proporciona respecto a las diversas tribus de indios que hallaba, nos comenta dos costumbres que él dice son habituales entre muchos de ellos: el uso ritual del tabaco y la práctica de la homosexualidad masculina a la que ya hemos aludido anteriormente. Cabeza de Vaca afirma que daban cuanto tenían por el tabaco que mezclaban con otras yerbas para utilizarlo como alucinógeno en ceremonias religiosas o tribales. Descubrió también que lo fumaban en pipas adornadas con emblemas totémicos para cerrar tratados de paz o efectuar declaraciones de guerra.</p>
<p>La parte final del viaje, camino de la costa del Pacífico, se complicó de forma imprevista por un nuevo acontecimiento. Debido a sus virtudes curativas, una gran multitud de indios seguía a los cuatro hombres. Algunos de ellos los utilizaban como pretexto para saquear las aldeas a las que iban llegando como una especie de pago o extorsión a cambio del poder curativo de estos “hijos del sol”. Los cuatro amigos fueron incapaces de impedir esas extorsiones y abusos de unos indios contra otros, como lo fueron igualmente de escapara a tan interesada y maligna compañía. Más adelante encontraron cerros con abundancia de hierro y tuvieron noticia de sociedades ricas que, más al norte, conocían y practicaban la fundición de minerales. Llegó un momento en que, precedidos por su extraordinaria fama como sanadores, nuestros hombres se vieron rodeados por más de tres o cuatro mil indios a los cuales había que alimentar y dar de beber. Para ello tuvieron que organizar una compleja logística como si se tratara de un ejército.</p>
<p>Al fin abandonaron las tierras de indios nómadas y entraron en la pacífica tierra de los indios agricultores, donde conocieron la cultura del maíz. Atravesaron las provincias de Sonora y Sinaloa y convivieron con los pacíficos indios pueblo, tribus de elevada cultura y moralidad. La religión de éstos excluía los sacrificios humanos y la mayor parte de los ritos religiosos tenían por finalidad conjurar la lluvia, esencial para el mantenimiento de sus cultivos. Estos indios les dieron generosamente maíz en grano, harinas, calabazas y frijoles y les proporcionaron mantas de algodón para protegerse del frío. Allí tuvieron nuevamente noticia de las grandes riquezas existentes en la mar del Sur, al norte de las Californias; noticia que alimentó con renovada ilusión el mito de las ricas ciudades de Cibola. Aquellos indios, dice Cabeza de Vaca, “dábannos muchas cuentas y corales que hay en la mar del sur, muchas turquesas muy buenas que tienen hacia el norte; y finalmente dieron aquí todo cuanto tenían y a mí me dieron cinco esmeraldas hechas puntas de flecha […] y pareciéndome a mí que eran buenas les pregunté que dónde las habían traído y dijeron que las traían de unas sierras muy altas que están hacia el norte […] donde había pueblos de muchas gente y casas muy grandes”.</p>
<p>En este punto situó Cabeza de Vaca la entrada hacia los ricos reinos del norte y, porque sus habitantes tenían la costumbre de comer el corazón de los venados para cobrar su coraje, llamó a este pueblo “de los corazones”, y en él situó para futuros exploradores la única entrada posible hacia la ruta del norte, la mítica Cibola, y avisaba Cabeza de Vaca: “Si los que la fuesen a buscar por aquí no entraren, se perderán porque la costa no tiene maíz”.</p>
<p>Estaba muy próximo por entonces el fin de la gran aventura: Castillo descubrió que un indio llevaba al cuello lo que reconoció como una hebilleta de talabarte de espada, e interrogado el indio, éste les contó que tal colgante procedía “de unos hombres que traían barbas como nosotros que habían venido del cielo y llegado a aquel río y que traían caballos y lanzas y espadas”.</p>
<p>A partir de ese momento avanzaron siempre en la dirección que los indios les mostraban y pronto encontraron muestras evidentes del enfrentamiento con los cristianos: pueblos quemados, campos arrasados y sin cultivar, hambre y miedo. Otra vez los indios huidos y refugiados en las montañas los acogieron y, lejos de represalias, compartieron con ellos sus alimentos. Cabeza de Vaca, impresionado, observa: “Por donde claramente se ve que estas gentes todas para ser atraídas a ser cristianas y a la obediencia de la imperial magestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y que éste es camino muy cierto y no otro”. Crítica encubierta a la evidencia de represalias y gran destrucción de cultivos y poblados que habían contemplado días antes.</p>
<p>El primero que encontró al fin a los cristianos a caballo anunciados por los indios fue Cabeza de Vaca. El aspecto de éste debía de ser tan espantoso que, como ya dijimos, lo miraban atónitos sin acertar a preguntarle nada. Al fin lo llevaron ante el capitán Diego de Alcaraz, al que narró su interminable aventura y al que pidió “testimonio” fechado de su encuentro. Los indios acudieron de nuevo en ayuda de nuestros exploradores; por ellos supieron los cristianos, nos dice Cabeza de Vaca, “la mucha autoridad y dominio que por todas aquellas tierras habíamos traído y tenido, y las maravillas que habíamos hecho y los enfermos que habíamos curado”. Los muchos indios que los habían acompañado se negaban a dejarlos, no los identificaban como cristianos y les pidieron que regresaran con ellos. Al fin los españoles los convencieron de que volvieran a sus tierras a reemprender su vida y cultivar sus campos. Les aseguraron que ellos serían sus valedores para que cesaran las hostilidades con los cristianos.</p>
<p>Es en ese lugar, en San Miguel, donde se produce el primer y único alegato “misionero” de Cabeza de Vaca, quien en un párrafo de exaltado celo evangelizador y dirigido al emperador Carlos V, dice:”Dios nuestro señor, por su infinita misericordia quiera que en los días de Vuestra Magestad y debajo de vuestro poder y señoría, estas gentes vengan a ser verdaderamente y con entera voluntad sujetas al verdadero Señor que las creó y redimió, lo cual tenemos por cierto que así será y que Vuestra Magestad ha de ser el que lo ha de poner en efecto”. E inmediatamente afirma: “No sería tan difícil de hacer porque dos mil leguas que anduvimos por tierra y por la mar en las barcas y otros diez meses que después de salir cautivos, sin parar anduvimos por la tierra no hallamos sacrificios ni idolatría”, con lo que manifiesta de nuevo simpatía hacia los indios.</p>
<p>La aventura interminable llegaba a su fin. Bordeando la costa de la Baja California, alcanzaron Compostela y de allí pasaron a México, donde fueron recibidos por el propio virrey con “fiestas y juegos de cañas y toros”. Andrés Dorantes y Cabeza de Vaca decidieron regresar a España. Embarcaron en Veracruz y llegaron a Lisboa el 9 de agosto del año 1537, tras un viaje lleno de vicisitudes en el que, entre otras cosas, estuvieron a punto de naufragar nuevamente por una tormenta en la isla Bermuda.</p>
<p>Los naufragios de Cabeza de Vaca y sus vibrantes descripciones de tierras y hombres inspiraron diversas expediciones al norte de la Nueva Galicia, que dieron lugar a la exploración de las provincias  de Arizona, Nuevo México, Kansas y Colorado. Cabeza de Vaca escribió su libro entre 1537 y 1540, poco tiempo después de su regreso a España. Otra relación, dirigida a la Real Audiencia del Consejo de Indias fue utilizada por Fernández de Oviedo para su Historia general. Se conservan, que yo sepa, dos manuscritos originales del siglo XVI de Los naufragios, uno es el códice 5620 de la Biblioteca Nacional de Viena; otro el manuscrito Patronato 20, nf 5, ramo 3 que se conserva en el Archivo General de Indias, en Sevilla. Parece que este último manuscrito perteneció a Alonso de Santa Cruz y a su muerte pasó al Consejo de Indias. Respecto al conservado en Viena, parece que llegó a la corte imperial de Viena a mediados del siglo XVI, y no es el único documento importante relativo a América que conserva la Biblioteca Imperial, pues custodia también las Cartas de la conquista de Hernán Cortés al emperador (codex S.N. 1.600). Cómo llegaron a Viena estos documentos valiosísimos, que sin duda estuvieron en un principio en el Consejo de Indias o en la Casa de la Contratación es un misterio al que no parece ajena la voluntad del emperador.</p>
<p>Los naufragios, de Cabeza de Vaca, llamó muy pronto la atención de los europeos, tanto que tras la primera edición realizada conjuntamente con sus Comentarios en Valladolid en 1555, se tradujo al italiano y fue publicada por Ramusio en su famosa colección de viajes. En 1571 se publicó en Londres la edición inglesa. La francesa, en cambio, no vio la luz hasta muchos años más tarde, en París y en 1837.</p>
<p>Muchos son los valores que tiene esta espléndida crónica, una de las más importantes, sin duda, para el conocimiento de la América septentrional y sus habitantes. Su autor nos narra en ella nueve años intensos de la vida más aventurera que quepa imaginar. Un viaje de pura exploración en época de conquista, realizado por un hombre que reconoce en los indios a sus semejantes, aunque diversos. Un hombre fascinado por la naturaleza americana y que describe los acontecimientos singulares que le tocó vivir con una prosa tan expresiva que nos traslada a las tierras de su peripecia con un realismo que hoy calificamos de “cinematográfico”. Un héroe moderno que, desnudo y errante, no conservó sino un orgullo: el de ser “hombre”. La epopeya de Cabeza de Vaca es la epopeya universal del hombre enfrentado a la incertidumbre de la vida y salvado por la fuerza de su espíritu colosal.</p>
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		<title>Balboa (1513)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/balboa-1513/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Apr 2020 07:52:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[El Descubrimiento del Mar del Sur]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Descubrimiento del Mar del Sur Balboa, el caballero del barril Luis Pancorbo Siempre ha quedado un poco vago en la historia quién fue el primer europeo que vio los [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Descubrimiento del Mar del Sur</strong><br />
Balboa, el caballero del barril</p>
<p><strong>Luis Pancorbo<br />
</strong></p>
<p>Siempre ha quedado un poco vago en la historia quién fue el primer europeo que vio los mares del sur aparte de Balboa, el caballero del barril. Ahora se acerca un nuevo milenio y parece que hemos olvidado casi todo, incluso las geografías inventadas. Sin embargo, en 1697 Swift escribió A Tale of a Tub (El Cuento del Tonel) para demostrar lo prodigioso que también puede ser ese recipiente para la mejoría de la humanidad. El rabino español Benjamín de Tudela no dio con Liliput o con la isla de Laputa, aunque quizás fue el verdadero adelantado del Pacífico. Seguro es que salió de Barcelona y llegó a visitar comunidades judías del Lejano Oriente entre 1160 y 1173. Tudela sugirió su partida desde Ceilán hacia una tierra que llamó Zin (China), aunque admitía que era un viaje muy peligroso: en caso de naufragio había que meterse en una piel de buey y coserla por dentro para que no se metiera el agua del mar. Luego vendría un grifón, “una de esas águilas grandes” que, tomando la piel por un animal, lo llevaría a tierra para devorarlo. Si no, el viajero tendría que rasgar la piel y buscar algún lugar habitado. “Son muchas las personas que se han salvado de esta manera”. Con todo eso sólo se puede soñar si Tudela fue el primer occidental en ver el Pacífico o al menos la parte que bañaba a Zin.<br />
El franciscano Giovanni de Plan de Carpin, o Carpini, en su viaje de 1245 al país de los tártaros gobernado por Mangu Khan, precedió la odisea de Marco Polo. En eso tuvo mérito y adelantamiento. Pero me imagino que Polo fue el primer europeo que contempló algo del mar de la China y por ende del Pacífico. Aunque su viaje de 1260 sea de lectura nebulosa, es muy posible que el veneciano no se limitara a los 12.000 puentes de Hanchow. Bien pudo otear el Mar de la China en Fucheu–fu, capital de la provincia del Fukien; en Huangcheu, una costa con gran comercio de perlas;, y en el puerto de Zaitem (Tsuen–Tcheu), el punto más meridional en su periplo de la China suroriental. Menos probable es que Polo acompañara una expedición de Kublai Kan a Cipango, aunque las campanas que oyó sobre Japón sonaban muy verosímiles. En 1316 otro franciscano, Odorico de Pordenone, llegó a las Indias Orientales y a Pekín, pero salvo influir en Jean de Mandeville no sabemos si vio el Pacífico, como éste último sí lo deja entrever en su gran obra de 1360. Mandeville nos cuenta maravillas (gallinas con lana blanca) de la tierra de Mancy que podría situarse sobre Cantón en el sur de la China, así como Caldilhe sería una Corea donde frutas, grandes como calabazas, dan unos corderitos sin lana, buenos para comer.<br />
Más serio, como buen beréber, el tangerino Ibn Battuta, que inició en 1325 un señor viaje de 24 años, se cree que también llegó a China desde Sumatra. Al menos, Batuta visitó Zaitem, al norte de Nankín y asistió en Chensi a los funerales de un khan enterrado con “cuatro mujeres esclavas, seis favoritos y cuatro caballos”. Quizás Amerigo Vespucci en su tercer viaje (1501–1502) no sólo bajara a la latitud de lo que luego sería el estrecho de Magallanes, sino que descubriera “una tierra muy fría, áspera e inculta”. Hasta esa fecha se trató de lo más cercano al Pacífico por esa vía. Para Camín, pudo tratarse de las Malvinas. Según Beltrán y Rózpide, quizás fuera la isla que Cook llamó Georgia Austral, aunque en realidad quedó avistada en 1756 –19 años antes que Cook– por el navío español El León en viaje al mar del sur. En 1511 el portugués Antonio d’Abreu, enviado por Alfonso de Albuquerque, el virrey de la India, a descubrir las Molucas y otras islas de la Especiería más al este, es difícil que no diera con Papúa-Nueva Guinea. En ese caso sería el verdadero pionero de la mar del sur por mucho que nosotros ensalzemos a nuestros propios peninsulares. En fin, todo esto se queda en hipótesis de un tema con muchas ramas y largas raíces.<br />
Para divisar el Pacífico, creyendo que era suyo, Drake se tuvo que subir a un árbol en Panamá. Pero eso fue mucho después de lo que hiciera de forma más airosa y contundente el Caballero del Barril.<br />
Vasco Núñez de Balboa fue el primer europeo que se bañó en los mares del sur, eso no se pone en tela de juicio. No se sabe si se metió con caballo o si sólo entró hasta las rodillas, con su armadura, la espada en la diestra y el pendón de Castilla en la siniestra.<br />
Según otras versiones hay que añadir más impedimenta, una rodela y una bandera con una imagen de la Virgen y el Niño. Mucho, si no había bajamar. Me inclino por la imagen del baño lustral de rodillas, al máximo de cintura, en un bello golfo que aún se llama de San Miguel en el Darién panameño. Y excluyo al caballo que a toda costa nos quieren vender las estampitas de la conquista española. Resulta bastante inverosímil que un caballo pudiera avanzar por las ciénagas y la selva del istmo panameño durante los 28 espantosos días que tardó Balboa en recorrer el primer camino interoceánico y en revolucionar a la postre la geografía del orbe. Porque era cierto que había una Mar del Sur, primer nombre de esa magnitud hoy conocida como Océano Pacífico, un tercio de la Tierra que, con sus 165.384.000 kilómetros cuadrados, podría englobar en su seno al Atlántico, el Indico y el Artico. El viaje de Vasco para atravesar el istmo de Panamá apenas duró una luna de 1513. Sólo 11 años después del último periplo de Colón, Balboa pudo verificar la intuición o el clavo fijo del descubridor de América: tenía que haber un estrecho que  comunicara con el Indico, el mar que se creía al otro lado. Estrabón ya lo había previsto: “Así pues (según pone empeño en persuadirnos Eratóstenes), si no se opusiese la inmensidad del Mar Atlántico, podríamos navegar en el mismo paralelo desde España a la India&#8230;”). Hasta Séneca se respondía a si mismo en Quaestiones Naturales: “¿Cuántos días de navegación hay desde las costas de España hasta la India? Poquísimos si empuja a la nave un viento favorable”.</p>
<p>Con todo, el mapa de Bartolomé Colón de 1503 aún ponía Asia sobre la masa de tierra al norte de la equinoccial que equivalía a Suramérica. Colón se tituló a sí mismo “Visorrey y Gobernador General de las islas y tierra firme de Asia”. Se equivocó en muchas cosas, pero siempre de forma gloriosa. Creía que el mundo era más pequeño de lo que era en realidad, que había seis veces más tierras que mares y que entre España y las Indias sólo mediaban 120 grados de longitud (y 140 hasta Cathay o China). Sin embargo, estaba en lo cierto cuando conjeturaba la existencia de algún paso entre las Indias Occidentales y las Orientales. Lo más cerca que estuvo el almirante de su intuición fue en su cuarto y último viaje de 1502. Colón pasó por las islas de la Bahía, dobló el Cabo Gracias a Dios entre Honduras y Nicaragua, intuyó el oro de Costa Rica y se enamoró de Portobelo. Lo mismo que Drake, que acabó matarile en el fondo del mar. A Drake, el Pato, le echaron en ataúd de plomo en Portobelo, antes Nombre de Dios, y su tambor a lo mejor suena el día que Inglaterra lo necesite. Pero Drake no cuenta en nuestra historia. Ni siquiera dio la primera vuelta al mundo aunque se ufanara de ello. Tampoco Colón fue el primero en recorrer la costa atlántica de Panamá hasta el Darién. Un año antes lo hizo Rodrigo Galván de Bastidas sin dar con la parte delgada del istmo, los apenas 75 kilómetros del fracasado Canal Francés o los 81 del actual Canal de Panamá, que separa dos océanos y redondea verdaderamente el nuevo mundo.<br />
En eso el Caballero del Barril fue afortunado. Creo que un hombre que sale de un tonel, y que a lo mejor se lo ha bebido, tiene un sino. Aunque por esas cosas de la prosapia se le llegó a emparentar con los reyes godos, Balboa era un extremeño de vago origen gallego. Nacido en 1474 ó 1475 en Jerez de los Caballeros (Badajoz) dio con la Mar del Sur antes que nadie. Hablamos de ojos europeos, quizás azules como los de Balboa, porque los polinesios y los micronesios tampoco cuentan. Eran pardos, loros, oliváceos, ajenos e ignotos marinos que navegaban por una brutalidad de espacio como Pedro por su casa. Nada para un imperio naciente como el español que aún no conoce sus confines. Claro que después del acierto geográfico de Balboa, probar la existencia de algo desconocido, todo fue relativamente más fácil. Magallanes dio con el paso austral entre océanos de forma deslumbrante en 1521; y en 1526 el portugués Meneses llegó por la otra parte del mundo a Irian Jaya y por lo tanto a lo que no sabía que eran los fantásticos mares del sur, porque para eso hubo que esperar a gentes de verdadera imaginación como Stevenson. Pero el primero en tocar el timbre de la historia, eso que no corresponde a una novela; el primero en abrir un océano al conocimiento general (o empezar a estropearlo según la idílica visión de los isleños), corresponde al señor Balboa y a nosotros seguir ahora con detalle los pasos de nuestro paisano.<br />
Balboa ya tenía 28 años cuando sintió la llamada de América. Se alistó en la flota de Rodrigo Galván de Bastidas y quizás por lo gallego fino Balboa escapó de un primer naufragio debido a la carcoma marina. Quizás por lo  extremeño renunció al mar y se metió a agricultor en La Española. Crió cerdos en Salvatierra de la Sabana hasta arruinarse. Para escapar de las deudas Balboa no vio más cielo abierto que el de un barril. Se metió con perro y todo en el barco de Martín Fernández de Enciso que iba a socorrer la desdichada expedición de Alonso de Ojeda. Cuando Enciso, autor de Summa Geográfica, El Arte de Navegar, vio salir a Balboa de ese barril, el orbe se preparaba para un vuelco decisivo. De allí emergía como si tal cosa un tipo rubio y robusto y según el padre Las Casas, “de buen entendimiento y mañoso y animoso y de muy buena disposición y hermoso gesto y presencia”. Según Gómara,<br />
“era Vasco de Balboa hombre que no sabía estar parado”. Tal vez Gary Cooper, pero con lebrel. En realidad, Balboa nunca pasó de ser un sheriff incomprendido con ciertos golpes de humanidad. “Teníamos más oro que salud&#8230;” escribió al rey de España en 1513. Del barril Balboa pasó al mando en un santiamén. Tras comprobar el desastre y ruina de San Sebastián, el campamento de Ojeda en Urabá, mandado a la sazón por un famélico Francisco Pizarro, Balboa convenció a Enciso de que no todo estaba perdido. Los indios de Castilla del Oro –la gobernación de Diego de Nicuesa al oeste del golfo de Urabá– no tiraban flechas enhierbadas, o envenenadas con curare, como esos caníbales de la Nueva Andalucía –la gobernación de Alonso de Ojeda que iba desde el cabo venezolano de la Vela al hondureño de Gracias a Dios. Además, el propio río Darién parecía riquísimo en oro. Tal vez fuese el Atrato donde aún hoy se mazamorrea el oro amarillo y el oro biche (o platino). El caso es que el antiguo polizón tras derrotar la lluvia de flechas del régulo Cemaco y a sus 500 hombres (el triple de los españoles), logra asentarse en Santa María de la Antigua con 12.000 castellanos de oro, lo que no estaba mal para empezar una colonia que llegó a tener 200 casas y una población de 1.500 personas.<br />
Cuando Enciso quiso todo el oro para sí, empezó el sino de Balboa, luchar para que no le dejaran tan desnudo como él dejaba a los indios. Porque por un lado Balboa era el gran protagonista militar (junto a Leoncico “un perro bermejo y el hocico negro y mediano”). Pero por otro lado, si había indias vestidas con pampanillas de algodón no les hacía ascos. Y si los ndios se tapaban el pene con un canuto de oro, se lo quitaba (no sabemos si les dejaba el cubresexo de caracol). El asunto es que Balboa pudo en un primer momento con Enciso y fue nombrado alcalde en las primeras elecciones democráticas de América de las que se tiene noticia. Luego acumuló a Enciso como un enemigo más de su larga tira de envidiosos. Algunos acabaron mal, como Nicuesa, el primer e infortunado  gobernador de Castilla del Oro. Nicuesa fue expulsado del Darién el 1 de marzo de 1511, zarpó en un barco hacia La Española y nunca más se supo. Otros como el propio Enciso, Caicedo, Colmenares, Gaspar Espinosa y sobre<br />
todo el que a la postre fue nombrado gobernador de Tierra Firme, Pedro Arias Dávila, el terrible Pedrarias, fueron tejiendo una madeja de envidia y desprestigio sobre Balboa que acabó atrapándole sin remisión.<br />
A Balboa nunca se le reconocieron en vida excesivos méritos. Sabía reunir una rara mezcla de diplomacia y mano dura. Mató muchos indios en su vida, aunque se alió con no menos de 30 caciques y aprovechó sus disensiones con el mismo mérito que un Cortés. Por otro lado Balboa fue, que se sepa, el primer europeo que llegó a enamorarse de una mujer india más allá de los habituales y fulminantes desahogos que estilaban los primerísimos conquistadores. Anayansi tenía trece años cuando su padre, el cacique de los careta (luego bautizado como don Fernando), se la entregó a Balboa.</p>
<p>Anayansi siempre fue su fiel compañera, incluso se resistió al ligue que le proponía otro turbio conquistador llamado Garavito. Fue una relación de amor, o si no le sirvió a Balboa para entender mejor a los indios. Se fue labrando la reputación de Tibá blanco, una deidad mítica, algo así como el Quetzalcoalt del istmo. Una incursión contra  Comogre (al que bautizó como don Carlos) le fue particularmente útil. Ponquiaco, el hijo de ese cacique, le dijo a Balboa que si quería oro no perdiera el tiempo en su poblado sino que fuera “allá”. Allá era un mar donde navegaban grandes barcos&#8230; Quién sabe si se trataba de catamaranes, balsas de espadaña o simplemente grandes piraguas&#8230; Balboa aún tuvo que incubar dos años esa información fabulosa de la Mar del Sur entre los aguaceros y las fiebres de Santa María. Hasta le dio tiempo de salir en pos de su Eldorado particular, el reino de Dabaibe en el río Sucio. En carta al rey de 20 de enero de 1513 dice que Dabaibe coge de un río granos del “tamaño de naranjas y como el puño” y que allí había una fundición de cien hombres que labraban el oro. La realidad fue que Balboa regresó descalabrado del reino de Dabaibe a quien ni siquiera pudo ver de cerca.<br />
Pero el oro no era el verdadero motor de su vida. Por fin, el 1 de septiembre de 1513 se pone en marcha hacia su sueño de encontrar otra mar. Balboa lleva una tropa de 190 españoles. En algunos momentos se les suman 800 indios, lo que hoy sería una expedición descomunal. El cacique Ponca le resultó de gran ayuda y de paso le dio 110<br />
pesos de oro en joyuelas. Luego luchó con Torecha y 600 de los suyos en su reino de Cuareca, donde, según el cronista Gómara, no había pan ni oro, pero curiosamente esclavos negros. En 1513 era imposible puesto que fueron introducidos en las Antillas después de la Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias que Las Casas empezó a redactar en 1542. Gómara también narra impertérrito que en Cuareca “aperreó Balboa cincuenta putos” o sodomitas. El perro era la mayor arma de guerra y moralización de la época. Sin embargo, como refiere Lucena, pudieron tratarse de indios que practicaban el bardaje, es decir, “comportamientos y atavíos de mujeres como capataces”. Para Las Casas, ese aperreamiento, o “graciosa montería”, fue infame porque hasta los escitas permitían a hombres no casados vestir de mujeres. En cambio, para Balboa debía ser pecado nefando y aunque era tierno con Anayansi o con sus hombres, que si enfermaban igual les cazaba un pájaro con su ballesta, hizo de justiciero implacable de la moral.</p>
<p>Tras esta historia tan inútil y sañuda, Balboa dejó en Cuareca a los españoles enfermos y siguió su busca de la otra cara del planeta con 56 españoles “que recios estaban”, más los indios sin los que le habría sido imposible avanzar una o dos leguas por día. Aquellos indios panameños sabían de hierbas para curar fiebres y gangrenas y eso era interesante para un extremeño por bien aclimatado que estuviera. La selva será hermosa, y sus ciénagas hoy son un prodigio ecológico, pero en 1513 podían ser aterradoras para el avance de un grupo de españoles con arcabuces, armaduras y un general despiste aderezado con la sed de oro y aventura. Llevando muchos indios curanderos a los españoles les mordían igual las culebras. Aún puede que fuesen peores unos arácnidos, como las characas de ocho patas, que se hinchaban como globos con la sangre de los españoles. Al arrancarlas se iba la piel y venían las úlceras. No he visto characas en el Darién salvo que sean las actuales coloradillas, como pertinaces y minúsulos cangrejitos que te comen con escozores que te ponen a morir.<br />
Me imagino lo que fue para los antiguos españoles arrascarse bajo sus mallas. Los recios que le quedaban a Balboa debían tener la piel de acero. Ya el 24 de septiembre de 1513 empezaron a trepar una montaña prometedora y el día 25 Balboa la coronó para darse el gustazo de ser el primero y único en escuchar los pájaros como única música de fondo en la visión irrepetible de la Mar del Sur. Luego lo hicieron sus hombres, entre los cuales el padre Andrés de Vera que rezó el correspondiente Te Deum Laudeamus, tallaron una cruz con los brazos extendidos hacia ambos océanos y el escribano Andrés de Valderrábano levantó acta: “Primeramente el señor Vasco Núñez&#8230; fue el que primero de todos vido aquella mar&#8230;”. Fue hacia las diez de la mañana, cuando aún no se abate la calima y esas costas de un mar, donde siempre se puede ejercer la desmemoria, refulgen sin calima y excesivo calor. Balboa hizo grupos para descender el cerro y buscar el mejor camino a la orilla. Uno lo mandaba Alonso Martín; otro, Francisco Pizarro que luego se haría célebre por traicionar de mala manera a Balboa y por conquistar el Perú. Como los últimos pasos del camino a una utopía siempre son espinosos, los españoles aún debieron librar una última batalla a base de perros con el cacique Chiapes. Al rendirse entregó cuatrocientos pesos de oro labrado. Nada mal, hacia las dos de la tarde del 29 de  septiembre (o antes de mediodía, según la crónica de Gómara) estaba en calma perfecta lo que después Magallanes llamaría Pacífico. Y tanto que Pacífico. “Balboa llegó a la ribera a la hora de vísperas y el agua era menguante&#8230;”, escribió Fernández de Oviedo siguiendo el diario de Valderrábano. Una notable bajamar no se prestaba para posesión alguna. El mar en esa zona se retira dejando una enorme playa fangosa donde se atrincheran los caracolillos con sus extrañas huellas y respiraderos. Balboa tuvo que esperar sin bañador ni crema solar. La zozobra era lo que le picaba y de hecho no se aguantó más. Caminó solo por la arena esponjosa hasta entrar en ese mar de un denso azul, de esa calidez que nos apasiona. Balboa iba rigurosamente vestido con todos los herrajes de la época, incluidos los literarios: “Vivan los altos e poderosos monarcas don Fernando e doña Juana, soberanos de Castilla e León&#8230; en cuyo nombre tomo e aprehendo la posesión real e corporal e actualmente de estas mares e tierras e costas e puertos e islas australes con todos sus anexos e reinos e personas que les pertenescen o pertenescen pueden en cualquier manera&#8230;”. Buena tacada. Con un sentido párrafo cogía medio mundo, lo que hubiera entre América y la China, Australia si existía, las islas del ensueño de los mares del sur si es que había tales&#8230; Todo, para el Caballero del Barril.<br />
Pocos hombres en la historia han podido asomarse a un panorama tan inmenso y poseerlo con semejante golpe de retórica. Así en la tierra como en los cielos&#8230;, eso se podría decir, o casi, porque Balboa seguía desgranando una prosa temeraria: “e con sus mares así en el polo Ártico como en el Antártico, en la una y otra parte de la tierra equinoccial, dentro a fuera de los trópicos de Cáncer e Capricornio&#8230;”. Balboa se reveló como un geógrafo genial. No tenía ni idea de dónde estaba y se apoderaba de los nombres de medio mundo. Como mucho pensaba haber dado con la otra parte del mar que bañaba las Indias Orientales. En todo caso, Balboa, seguido de Pizarro y los 22 españoles del primer grupo, más el escribano Valderrábano, que asistieron a esa toma de posesión, certificó con creces que no se trataba de un espejismo, porque no se hartaban de probar lo salada que estaba su agua, “como la de la otra mar, y viendo que lo era, dieron gracias a Dios”. Balboa cortó el mar con su espada, luego hizo cruces en los troncos de la orilla y todos los suyos le imitaron. El mana occidental había ganado. También había nacido el cuento de los mares del Sur. Azules, salados, llenos de perlas e ignotos salvo en sueños, como en parte siguen siéndolo. Muy a la usanza, el padre Vera bendijo las aguas (sobre las que ya reinaban tantos dioses polinesios, melanesios y micronesios, tantos espíritus chinos y japoneses&#8230;), pero no había otra que bautizar la Mar del Sur, erigir otra cruz y elevar una pirámide de piedras en San Miguel “de 12 varas de cuadro por 7 de alto”. Eso no fue todo. Balboa costeó por aquel golfo hasta la punta de San Lorenzo y encontró perlas incrustadas en los remos de los nativos. Sólo avistó la isla Terarequi (Isla Rica), llena de ostras pelíferas, que se suponían tesoro habitual del Oriente. Pero en tierras de Tumaco, el cacique del lugar, oyó incluso unos cuentos sobre unos animales que tomó por camellos siendo probablemente las llamas andinas.<br />
Balboa no se podía creer la suerte que estaba teniendo al descubrir la mayor porción del mundo. Por si acaso, justo un mes después del acto fundacional, repitió ceremonia con otros 23 españoles de su partida en el extremo de la bahía San Simón, “la costa brava del mar”. De nuevo se metió hasta las rodillas, y bautizado por partida doble el Pacífico, se dispuso a un desastroso regreso. Es cierto que Balboa ya llevaba 240 espléndidas perlas que le dio el cacique Tumaco, pero quería más. Hizo que sus perros despedazasen al cacique Pacra por no decirle de dónde venía el oro de su tribu. A Tuibanamá, otro cacique, le arrebató mujeres y un hijo por la misma razón.<br />
Sin embargo, Balboa volvió a su colonia de Santa María la Antigua con sus 190 españoles incólumes, perlas bien escogidas y 100.000 pesos en oro (una fortuna apartando siempre el debido quinto real). A su lebrel Leoncico, toma, 500 pesos oro.</p>
<p>El perro de Balboa era noble, o al menos hijo de Becerrillo, el que se llevó Ponce de León a conquistar Puerto Rico. Solía recibir en cualquier botín la parte de un arquero, no extraña que se pudiera permitir un espléndido collar de oro. Todo parecía funcionar a la perfección para Balboa. La mar del sur estaba en el bote como su hermosa Anayansi. Tenía a Nuflo de Olano, un negrito al que no consideraba un esclavo, y un perro señorial. La colonia de Santa María brillaba con su prodigio de cultivos en medio de la selva. Pero todo paraíso tiene su serpiente. Las magníficas noticias que había dado Balboa de la Mar del Sur, y el oro del istmo, incendiaron la imaginación de España. Me imagino que fue como el oro de California, o como la fiebre chapliniana de Alaska. También fue el desastre para Balboa, que acabó pagando el pato sin ser un pirata como Pedrarias.<br />
No había pasado un año del descubrimiento de Balboa cuando el nuevo gobernador de Castilla del Oro no fue quién tenía que ser. En 1514 Pedrarias manda una fabulosa flota de 22 navíos que costó 50.000 ducados del tesoro real. Nunca se volvió a ver algo igual de fastuoso y magnético. Todo el mundo quería ir a Castilla del Oro donde decían que se cogían chicharrones como huevos de gallina. No era lo mismo que darle al yero y la alholva en el páramo. Se enrolaron nada menos que Hernando de Soto (futuro descubridor del Misisipí), cronistas de Indias del calibre de Bernal Díaz del Castillo o de Fernández de Oviedo; soldados como Almagro, el compañero de Pizarro que ya se estaba forjando el sueño de un Perú a las órdenes de Balboa; Vázquez de Coronado, que entró más arriba de Nuevo México en busca de las ideales Siete Ciudades de Cíbola; o Rodríguez Serrano que sería el piloto de Magallanes y con él pereció en el primer adentramiento real en los mares del sur&#8230;<br />
Pedrarias podía ufanarse de tanto despliegue. Sin embargo, ese porquero de Balboa vivía modestamente en una cabaña de las doscientas de su colonia y si no descubría cosas tales como nuevos océanos, plantaba yuca y maíz con éxito. En su defecto se iba a cazar iguanas o pericos ligeros antes de que se conociesen como osos perezosos.<br />
Aprendía de los indios a encender el fuego frotando palos y tenía simpatía por ellos siempre que se avinieran a darle sus idolillos de oro.<br />
Tras la irrupción del poderío de Pedrarias, Balboa tenía motivos para sentirse maltratado por la Corona. Se le llegó a nombrar Adelantado de la Mar del Sur (y gobernador de Panamá y Coiba), pero eran títulos que no servían de gran cosa si los tenía que interpretar un tipo como Pedrarias. El setentón Pedrarias era un anciano para lo que se llevaba en América. Tampoco en eso tuvo suerte Balboa. A Pedrarias, siendo gobernador de Nicaragua, le enterraron a los 91 años en la Merced de León el Viejo. Como antagonista de nuestro Gary Cooper no tenía desperdicio. Pedrarias había luchado con éxito en Italia y una vez estuvo cataléptico. Cuando se recuperó, dijo que había resucitado y desde entonces solía viajar con un ataúd. Todos los años celebraba el día de su resurrección con un réquiem de cuerpo presente y a quien le oía hablar mal de él lo decapitaba. Era su especialidad y así acabó Francisco Hernández de Córdoba, fundador de León y Granada, otro hombre prodigioso que intuyó el estrecho dudoso de la Mar Dulce, es decir, el paso entre océanos por el lago Nicaragua. Con la ayuda de Juan de Fonseca, el obispo de Burgos que controlaba en buena parte los asuntos de América, Pedrarias logró pasar por la cabeza de Balboa y ser nombrado gobernador de Tierra Firme (una vaga e incierta Castilla del Oro).<br />
Pedrarias sostenía que Nicuesa había sido el auténtico descubridor de la mar del sur, cosa que nunca ha podido ser probada. Lo cierto es que Pedrarias llevaba fatal el ascendiente de Balboa sobre indios y españoles de su colonia de Santa María de la Antigua, que fue realmente la mayor base española para la conquista de América.<br />
En junio de 1515 Pedrarias admitió a regañadientes una segunda expedición de Balboa a la Mar del Sur, pero sin demasiadas provisiones ni hombres. Como para que se estrellara. En esa ocasión Balboa vuelve al mítico país de Dabaibe y lo encuentra asolado por la langosta y nada de hombres cargados con cestas de oro. Los indios matan a la mayoría de sus hombres y regresa con apenas 150 pesos, un fracaso que a Pedrarias le hace relamerse. Como primera medida a Balboa le tiene enjaulado dos meses en el patio de su casa. Un Caballero del Barril que se precie nunca desmaya. Balboa hace de tripas corazón y vuelve a congraciarse con Pedrarias. Este, que sabe conjugar la codicia y la líbido españolas, le da a su hija María Peñalosa. Fue un matrimonio por poderes y no sabemos qué pasó con Anayansi, aunque nos imaginemos la escena. A partir de ahí todo se le empieza a torcer a Balboa. A pesar de que su bendito suegro le pone un plazo draconiano, un año y medio, y no más de 80 hombres, Balboa trama una tercera entrada en su Mar del Sur donde intuía que comenzaría el oriente, el oro y las especias a todo pasto. O si no el Perú, que también podía caerle. Construyó una ciudad en Acla, ese lugar de los cueva (o careta) de la costa atlántica donde se sentía como en casa. Balboa puso las bases de la primera Compañía comercial de la Mar del Sur y armó unos bergantines. Esa fue otra historia.</p>
<p>Tuvo que transportarlos por las montañas hasta volverlos a botar en el río Balsas (hoy Sabanas, o Chunaque, según otros) para llegar así al golfo de San Miguel. Siglos después Fitzcarraldo haría lo propio en Perú con su fiebre del caucho. Pero Balboa era un pionero en todo, incluso en una fuerza de carácter y una inventiva que, salvo contados leales, nadie le reconoció cabalmente en vida. Al llegar al golfo tras su espectacular viaje por los montes de Panamá, sus bergantines están carcomidos. Balboa logra reparar dos y llega a las islas de las Perlas. Rumbo al sur del Pacífico panameño, en Puerto Peñas (Piñas o Jaqué) ve una enorme cantidad de algo que no supo bien si eran arrecifes o ballenas. Las perlas le fallaron porque hacía poco que había estado arrasando por allí Gaspar de Morales, uno de los capitanes de Pedrarias. Encima a Gaspar de Morales se le atribuye el hallazgo de La Peregrina, una perla en forma de pera de 31 quilates que se quedó, aunque por poco tiempo, Isabel Bobadilla, la mujer de Pedrarias. La Peregrina (1) fue probablemente la perla más debatida de la historia. Balboa, el errabundo con causa, aún cree que le sonríe la fortuna. Tiene barcos y un mar intonso que explorar. Sin embargo, descuida la retaguardia. Pedrarias había urdido la telaraña de basura jurídica, con acusaciones de traición y latrocinio a un hombre que quería su mar más que el oro. Cómo no, Balboa tenía la culpa de haber depuesto a Enciso, de haber enviado a Nicuesa a la muerte, de los fracasos de las expediciones de Dabaibe y la de Garavito en Cuba&#8230; Balboa era un salvaje políticamente incorrecto, según Pedrarias, que se las daba de haber tomado las medidas del nuevo mundo. En realidad Pedrarias temía que si Lope de Sosa venía a sustituirle como gobernador protegiese a Balboa. Hasta los más insidiosos burócratas no descartan que vendrán otros y les harán buenos. Pedrarias se dio prisa y por fin consigue cerrar el proceso amañado por su fiel Gaspar de Espinosa, quien de paso se había quedado con las dos mayores naves de Balboa (otra fue para Pizarro y la empleó para ir a ver y tomar el Perú). El licenciado Espinosa es otro tipo interesante, menos para Balboa. Había sido acusado de marrano por Quevedo, el obispo del Darién que defendió a Balboa en vano todo lo que pudo. Espinosa sabía de intríngulis de leguleyo aficionado que a Balboa le acercaron de forma imparable al cadalso. Por esas ironías de la historia Espinosa sería el primero en surcar la Mar del Sur de forma amplia y metódica, con conquistas ribereñas desde la ciudad de Panamá hasta la Punta Burica –donde encontró “gente ajudiada”– pasando por el golfo de Montijo y el litoral chiricano. Por fin el 12 de enero de 1519 (aunque la fecha puede bailar dos años para atrás y entonces el Cabalero del Barril estaría vivo) se cumple la sentencia de muerte que premia haberse bañado el primero en un océano ignoto. Reina una gran expectación en Acla. Los españoles iban a ver en sus carnes el precio de la envidia.<br />
Francisco Pizarro, el antiguo amigo de Balboa, manda el pelotón de ejecución. El caballo de Balboa arranca el bando de muerte y se lo come. Inútiles prodigios, cosas de García Márquez. Pedrarias ve a través de los cañizos de un bohío cómo la atónita cabeza de Balboa rueda en el tajo y luego se expone en una pica. Así pasó nuestra primera página en los mares del sur. Pero el 10 de agosto de ese mismo año Magallanes se dispone a partir.<br />
Nota (1): La Peregrina se llama así porque cambió lo suyo de mano. Fue elogiada por Cervantes y Lope de Vega; con ella Tiziano retrató a Isabel, la esposa de Carlos V. Todo un emblema de la suerte mutante, llegaría a ser el regalo de bodas de Felipe II a María Tudor de Inglaterra, pasaría a José Bonaparte, a Napoleón III y finalmente a Lord Hamilton&#8230; ¿Dónde está La Peregrina?</p>
<p><strong>Para saber más:<br />
</strong><br />
Descubrimiento de Oceanía por los Españoles. Ricardo Beltrán de Rózpide, Madrid, 1882.<br />
Vasco Núñez de Balboa. El Tesoro de Dabaibe. Octavio Méndez Pereira. Madrid circa 1930.<br />
Vasco Núñez de Balboa. Manuel Lucena Salmoral, Madrid 1988.<br />
Historia de Costa Rica. León Fernández, Madrid, 1889.<br />
Juan de la Cosa. Alfonso Camín, México, 1945.<br />
Colección de los Viajes. Martín Fernández de Navarrete, Madrid, 1885–87.<br />
La Historia General de las Indias. Francisco López de Gómara, Madrid, 1875.<br />
Historia General y Natural de las Indias. Gonzalo Fernández de Oviedo, Madrid 1851–55.</p>
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		<title>Los náufragos de Yucatán</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/naufragos-de-yucatan/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Apr 2020 07:30:06 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 17 &#8211; Especial sobre el Mundo MayaLos náufragos de Yucatán El naufragio a principios del siglo XVI de Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero en las [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto:</strong> Pedro Páramo</p>



<p>Boletín 17 &#8211; Especial sobre el Mundo Maya<br>Los náufragos de Yucatán<br><br><strong>El naufragio a principios del siglo XVI de Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero en las costas de Yucatán y su supervivencia durante años entre los mayas es una de las historias más emocionantes de la conquista Española del Nuevo Mundo. Es el primer encuentro entre dos mundos.</strong></p>



<p>Los primeros días de marzo de 1519, la expedición mandada por el capitán Hernán Cortés se hallaba en el norte de isla de la Santa Cruz (Cozumel) frente a las costas de Yucatán abasteciéndose de agua y víveres. Era el primer domingo de cuaresma y Cortés estaba comiendo, después de haber oído misa, cuando le anunciaron que se acercaba a la isla una canoa a vela navegando por el canal que la separa del continente en dirección a donde estaban fondeados los barcos españoles. Salió el capitán a mirar y, como la embarcación desviara su rumbo, mandó a Andrés de Tapia que con algunos hombres vigilara aquella canoa y apresara a los ocupantes si ponían pie en tierra. Poco después regresaron los soldados conduciendo a siete indios casi desnudos, algunos con los cabellos trenzados anudados en la frente y armados con arcos y flechas. Cuando los cautivos llegaron ante Cortés, se sentaron en cuclillas frente a él. El capitán preguntó entonces a Tapia:</p>



<p>–¿Quién es el español?</p>



<p>–Yo soy –respondió un indio con el pelo trasquilado como el de los esclavos, que cubría sus vergüenzas con un rudimentario braguero y portaba un remo y un bulto en las manos envuelto en tela.</p>



<p>Cortés se dirigió a él, le ayudó a alzarse, le abrazó y le cubrió con su capa amarilla con guarnición carmesí. A continuación, ordenó que le dieran camisa, jubón, alpargatas y zaragüelles, los amplios pantalones propios de los marineros de aquella época. Allí mismo en la playa, bajo el despiadado sol del mediodía en el trópico, los soldados y marineros que luego dominarían la Nueva España escucharon, embargados por la emoción, la historia más sorprendente de las vividas hasta entonces por españoles en América. Según el relato que puede establecerse a partir de las distintas crónicas que refieren el hecho, así entraron en la historia de las exploraciones y conquistas Jerónimo de Aguilar, natural de Écija, que había recibido órdenes menores y estaba llamado a representar un destacado papel en la conquista de México, y de su mano, el marinero Gonzalo Guerrero, el primero que nació europeo y murió indio.</p>



<p><strong>LA INCREIBLE HISTORIA DE AGUILAR Y GUERRERO</strong></p>



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<p>En 1511, España dominaba las Antillas y el Caribe. La América continental todavía era una gran mancha en blanco en los mapas que se actualizaban constantemente a partir de los testimonios de los navegantes llegados de los confines de lo conocido. Las islas La Española (Santo Domingo-Haití) y Fernandina (Cuba) actuaban como bases avanzadas para la gran conquista que se preparaba. Sus puertos recibían las flotas que venían de Sevilla y de ellos partían las expediciones para la exploración de nuevos territorios. El propio Hernán Cortés había salido de La Habana el 10 de febrero de 1519 y recalado en la isla de Cozumel antes de lanzarse a reconocer y conquistar la tierra firme que se hallaba al oeste. El piloto de su expedición, Antón de Alaminos, de Palos de Moguer, conocía bien aquella isla desde la que se veía el continente: había estado en ella en 1517, bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba, y en la primavera de 1518, con Juan de Grijalva.</p>



<p>Los indios mayas de la península de Yucatán habían hecho frente a las dos expediciones sin dejarse impresionar por los cañones y las armas de fuego más ligeras de los españoles. Hernández de Córdoba perdió veinte hombres –dos de ellos fueron sacrificados a los ídolos mayas– y él mismo falleció poco después en su residencia cubana como consecuencia de las 33 heridas recibidas durante su incursión en tierra continental americana. El año anterior a la llegada de Cortés, los indios yucatecos habían matado a dos soldados de la expedición de Grijalva y herido a medio centenar. Grijalva sufrió dos flechazos y salió de aquellos combates con dos dientes quebrados.</p>



<p>Además del piloto Alaminos, que había iniciado su carrera como grumete en el cuarto viaje de Colón, acompañaban a Cortés algunos veteranos de las expediciones anteriores, como el salmantino Francisco de Montejo –que tras la conquista sería el primer gobernador del Yucatán colonial– el vallisoletano de Medina del Campo Bernal Díaz del Castillo o el vizcaíno Martín Ramos, que conocían por experiencia la hostilidad y bravura de los indios mayas. Estos dos últimos habían contado a Cortes haber oído a los indígenas de Campeche mencionar varias veces la palabra “castilian” para referirse a los españoles, señal inequívoca de que habían visto a otros con anterioridad por aquellas costas. Uno de los cometidos asignados por el gobernador de Cuba a la expedición de Grijalva consistía precisamente en rescatar a posibles cautivos en poder de los indígenas.</p>
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<p>La aparición en el horizonte de los barcos de Cortés hizo que los habitantes de la costa norte de Cozumel abandonaran los poblados y se refugiaran en la espesura. Los españoles los persiguieron por el monte y al encontrar a la mujer del jefe, al que los indios llamaban <em>calachioni</em>, la convencieron para que todos regresaran a sus casas con la promesa de respetar sus personas y sus pertenencias. Sirvió de intérprete en esta conversación Melchor o Melchorejo, que con los dos nombres aparece en las crónicas, un indio apresado por Hernández de Córdoba dos años antes y trasladado a Cuba donde había aprendido castellano. Melchor se uniría más adelante a los indios hostiles a Cortés y, conocedor de las fuerzas expedicionarias y de sus debilidades, les animaría y les guiaría para combatir a los españoles.</p>



<p>Cuando Hernán Cortés se reunió con los calachionis de la isla, les preguntó si habían visto a otros españoles antes de ellos. De nuevo con el auxilio de Melchor, los jefes le informaron que había hombres barbados en poder de los caciques de tierra firme, a dos soles (jornadas) de la costa y que, precisamente, unos días antes los habían visto allí algunos mercaderes que acababan de volver de allí. Cortés ofreció entonces a estos comerciantes numerosos regalos para que hicieran llegar a los cautivos una carta instándoles a acudir a Cozumel. Según la versión de Francisco López de Gómara, clérigo soriano que fue capellán de Hernán Cortés en los últimos años de vida del conquistador, la carta decía así:</p>



<p><em>“Nobles señores: yo partí de Cuba con once navios de armada y quinientos cincuenta españoles, y llegué aquí a Acuzamil (Cozumel), desde donde os escribo esta carta. Los de esta isla me han certificado que hay en esa tierra cinco o seis hombres barbudos, y en todo a nosotros muy semejantes. No me saben dar ni decir otras señas; mas por éstas conjeturo y tengo por cierto que sois españoles. Yo y estos hidalgos que conmigo vienen a descubrir y poblar estas tierras, os rogamos mucho que dentro de seis días que recibiereis ésta, os vengáis para nosotros, sin poner otra dilación ni excusa. Si vinieseis todos, tendremos en cuenta y gratificaremos la buena obra que de vosotros recibirá esta armada. Un bergantín envío para que vengáis en él, y dos naos para seguridad. Hernán Cortés”.</em></p>



<p>La carta salió hacia su destino oculta en el cabello de uno de los dos indios mensajeros y Cortés, por sugerencia de los calachionis, les entregó también ropas y cuentas para que pagaran rescate si lo exigían los caciques que los tenían esclavizados. A continuación, el capitán mandó apercibir los dos navíos de menor porte con veinte ballesteros y escopeteros a las órdenes de Diego de Ordás para que se dirigieran al cabo Catoche, en el extremo nororiental de la península de Yucatán, a unos cuarenta kilómetros de donde se hallaba el grueso de la flota y aguardara allí la llegada de los que se pudieran rescatar. Ordás esperó en vano ocho días y el noveno regresó a donde estaba la flota.</p>



<p>Al día siguiente, martes de carnaval, desesperanzado de dar con aquellos desgraciados, la escuadra española zarpó con rumbo Norte, siguiendo la derrota de la expedición anterior de Grijalva. Viajaban en once navíos quinientos ocho soldados –de ellos 36 ballesteros y trece escopeteros–, ciento nueve marinos, entre maestres, pilotos y marineros y dos capellanes. Estos efectivos, con dieciséis caballos, constituían el grueso de la armada que iba a conquistar México. Pero poco después de haber rebasado Isla Mujeres, navegando en dirección el cabo Catoche, uno de los barcos más grandes disparó un cañonazo que alarmó a la flota y los que viajaban a bordo de las naves más cercanas oyeron dar grandes voces. El bergantín mandado por Juan de Escalante, el que llevaba el cazabe, tenía una vía de agua que las dos bombas del barco no eran capaces de achicar. Cortés, sin dudar, dio orden a la flota de regresar a Cozumel y descargar aquel alimento para que no se estropease. El cazabe, que los españoles llamaban pan de las Indias, se hace exprimiendo y amasando pulpa de yuca hasta formar una torta que, asada luego en la plancha, se conserva durante un año. Altamente nutritivo, se había convertido en poco tiempo en el sustento básico de las tripulaciones que navegaban por el Caribe, donde el trigo escaseaba; la pérdida de aquel barco y de su carga hubiera representado un serio contratiempo para la expedición de Hernán Cortés.</p>



<p>La reparación de la nave hendida llevó cuatro jornadas. Fue al quinto día, con la escuadra lista para zarpar de nuevo, cuando se presentó en Cozumel Jerónimo de Aguilar en su canoa. El encuentro del de Écjia con los españoles de Andrés de Tapia ha sido narrado con gran emotividad por los distintos cronistas que recogen el hecho, aunque difieren en algunos detalles. Bernal Díaz del Castillo escribe que los indios que venían en la canoa se asustaron al ver a los españoles y querían volverse, pero que Aguilar los tranquilizó y que, después de saltar a tierra, se dirigió a sus compatriotas y <em>“en español, mal mascado y peor pronunciado, dijo ‘Dios y Santa María y Sevilla’; e luego le fue a abrazar el Tapia”. López de Gómara, que dice que la nave averiada que motivó el regreso de la flota a Cozumel fue la de Pedro de Alvarado y no la de Escalante, refiere así aquel momento: “El otro (Aguilar) se adelantó, hablando a sus compañeros en lengua que los españoles no entendieron, que no huyesen ni temiesen; y dijo luego en castellano: ‘Señores, ¿sois cristianos?’ Respondieron que sí, y que eran españoles. Alegróse tanto con tal respuesta, que lloró de placer. Preguntó si era miércoles, pues tenía unas horas durante las cuales rezaba cada día. Les rogó que diesen gracias a Dios; y él se hincó de rodillas en el suelo, alzó las manos y ojos al cielo, y con muchas lágrimas hizo oración a Dios, dándole gracias infinitas por la merced que le hacía de sacarlos de entre infieles y hombres infernales, y ponerle entre cristianos y hombres de su nación’” </em>Las horas a las que se refiere este cronista es un llamado ‘libro de horas’, especie de manual de oraciones que recogía las plegarias propias de cada momento del día. Estos libros eran los más frecuentes en los barcos españoles del siglo XVI y Jerónimo de Aguilar, que había recibido órdenes menores y había conservado esta obra religiosa durante todo su cautiverio.</p>



<p>Al encontrarse con Hernán Cortés, Jerónimo de Aguilar explicó los motivos de su demora en acudir a la cita. Los comerciantes de Cozumel le habían entregado la carta del capitán dos días después de haber sido desembarcados en la playa pero él, al conocer la presencia de los españoles en la costa, había corrido a llevar el mensaje a otro español, llamado Gonzalo Guerrero, que vivía en otro poblado más alejado. Luego se había presentado en el punto fijado para el encuentro en compañía de dos de los mercaderes de Cozumel, pero al no encontrar los barcos, se había vuelto a su poblado. Al ver que la flota regresaba a la isla fue cuando se embarcó en la canoa para presentarse ante sus compatriotas.</p>



<p><strong>JERÓNIMO DE AGUILAR, EL PRIMER INTÉRPRETE DE CORTÉS</strong></p>



<p>Jerónimo de Aguilar había nacido en Écija en 1489, hijo de Alonso Hernández “El Ronco” y Juana García. Desde muy niño había leído libros de historia que narraban las hazañas de persas, griegos y romanos. En 1509 se había embarcado con Diego Colón para La Española y en noviembre de ese mismo año se unió a la expedición de Diego de Nicuesa, enviada a descubrir y colonizar las costas de Veragua y el Darién (hoy en Panamá). Como consecuencia de los enfrentamientos de Vasco Núñez de Balboa con Nicuesa por el control de aquella porción de tierra firme, Aguilar embarcó dos años después para retornar a La Española. López de Gómara y Bartolomé de las Casas mantienen que salió en el barco de Juan de Valdivia enviado por Balboa a pedir al gobernador víveres y apoyo para su causa; pero parece ser que iba con Nicuesa y sus partidarios cuando fueron expulsados de Darién por Vasco Núñez de Balboa llevando diez mil (Díaz de Castillo) o veinte mil (Gómara) pesos en oro para el rey, porque Nicuesa nunca regresó a La Española. Lo cierto es que la embarcación de Jerónimo de Aguilar naufragó en unos bajos que unos llaman de los Alacranes (Solís) y otros de las Víboras (Gómara) cerca de Jamaica.</p>



<p>Veinte de los náufragos, entre ellos dos mujeres, consiguieron subirse a un bote <em>“sin&nbsp; vela, sin agua, sin pan, y con un ruin aparejo de remos”, </em>escribe Francisco López de Gómara. En la relación de este cronista, Jerónimo de Aguilar cuenta en primera persona sus desventuras : <em>“&#8230; y así anduvimos trece o catorce días, y al cabo nos echó la corriente, que allí es muy grande y recia, y siempre va tras el sol a esta tierra, a una provincia que llaman Maia. En el camino se murieron de hambre siete, y hasta creo que ocho. A Valdivia y otros cuatro los sacrificó a sus ídolos un malvado cacique, en cuyo poder caímos, y después se los comió haciendo fiesta y plato de ellos a otros indios. Yo y otros seis quedamos en caponera a engordar para otro banquete y ofrenda; y por huir de tan abominable muerte, rompimos la prisión y echamos a huir por los montes; y quiso Dios que topásemos con otro cacique enemigo de aquél, y hombre humano, que se llama Aquincuz, señor de Xamanzana; el cual nos amparó y dejó las vidas con servidumbre, y no tardó en morirse. De entonces acá he estado yo con Taxmar, que le sucedió. Poco a poco se murieron los otros cinco españoles compañeros nuestros”. </em>Cortés quiso conocer entonces las características de aquellas tierras de Yucatán y el número de poblados de tierra firme y Aguilar le informó que sabía que había muchos pueblos, aunque durante su cautiverio sólo había hecho un viaje de unas cuatro leguas (unos veinte kilómetros) para transportar una carga tan pesada que no había podido con ella y que había enfermado en el camino; el resto del tiempo lo había pasado acarreando agua y leña y cultivando maizales.</p>



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<p>A continuación, Aguilar relató así, en versión de López de Gómara, la historia del otro superviviente de aquel naufragio de 1511: <em>“No hay más que yo y un tal Gonzalo Herrero, marinero, que está con Nachancan, señor de Chetemal (Chetumal, hoy capital del estado de Quintana Roo), el cual se casó con una rica señora de aquella tierra, en quien tiene hijos, y es capitán de Nachancan, y muy estimado por las victorias que le gana en las guerras que tiene con sus comarcanos. Yo le envié la carta de vuestra merced, y a rogarle que se viniese, pues había tan buena coyuntura y aparejo. Mas él no quiso, creo que de vergüenza, por tener horadada la nariz, picadas las orejas, pintado el rostro y manos a estilo de aquella tierra y gente, o por vicio de la mujer y cariño de los hijos”.</em></p>
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<p><strong>GONZALO GUERRERO, EL PRIMER ESPAÑOL MAYA</strong></p>



<p>La historia de Gonzalo Guerrero o Herrero resulta en nuestro tiempo más apasionante aún que la de Jerónimo Aguilar, pues se trata del primer renegado seducido por la cultura indígena americana, el primer español que se hizo maya y el padre de los primeros mestizos hispanoamericanos. De su vida se tienen muy pocas noticias. Algunos autores le consideran natural de Palos de Moguer; otros, como Gonzalo Fernández de Oviedo, dicen que había nacido en Niebla. Era hombre de la mar, no soldado, y al igual que Aguilar había llegado a América en las primera expediciones del siglo XVI. Algunos historiadores sostienen que Guerrero sobrevivió a la desastrosa expedición de Alonso de Hojeda a la Colombia actual en 1509 y fue rescatado por Diego de Nicuesa. Lo incuestionable es que formaba parte de la tripulación del barco que naufragó en los bajos próximos a Jamaica y que fue uno de los supervivientes que las corrientes arrojaron en las costas de Yucatán.</p>



<p>¿Llegó a recibir la carta de Cortés? ¿Habló Aguilar con Guerrero para instarle a que regresara con los españoles? El franciscano Diego de Landa, en su Relación de las cosas de Yucatán, escribe: <em>“y que Aguilar contó allí su pérdida y trabajos y la muerte de sus compañeros y cómo le fue imposible avisar a Guerrero en tan poco tiempo por estar más de ochenta leguas de allí”. </em>Los demás historiadores de la época refieren que Jerónimo de Aguilar aseguró haberle avisado. Bernal Díaz del Castillo hasta da una versión novelesca del encuentro: <em>“Y caminó Aguilar adonde estaba su compañero, que se decía Gonzalo Guerrero, en otro pueblo, cinco leguas de allí, y como le leyó las cartas, Gonzalo Guerrero le respondió: ‘Hermano Aguilar: Yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mis hijitos cuan bonicos son. Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mí tierra’. Y asimismo la india mujer del Gonzalo habló a Aguilar en su lengua, muy enojada, y le dijo: ‘Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido; idos vos y no curéis de más pláticas’. Y Aguilar tornó a hablar a Gonzalo que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar. Y por más que le dijo y amonestó, no quiso venir”.</em></p>



<p>En la versión de Jerónimo de Aguilar que transcribe Díaz del Castillo se retrata a Gonzalo Guerrero como el instigador de la resistencia de los mayas a los primeros exploradores españoles de Yucatán y se recoge el desprecio de Cortés hacia aquel renegado, un desprecio que expresarán de una u otra manera todos los cronistas de la conquista y la colonia. <em>“Los indios le tienen por esforzado </em>–dice Díaz del Castillo–; <em>y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche una capitanía con tres navíos – parece ser que fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba– , que él fue el inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí por capitán, juntamente con un </em><em>cacique de un gran pueblo, según ya he dicho lo de Francisco Hernández de Córdoba. E cuando Cortés lo oyó, dijo: ‘En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno’”.</em></p>



<p><strong>DOS HOMBRES Y DOS DESTINOS</strong></p>



<p>La diferente elección tomada por los dos primeros españoles que pisaron las tierras de Yucatán ha marcado la también distinta consideración que los historiadores de uno y otro lado del Atlántico han tenido con estos personajes. Para los españoles, Jerónimo de Aguilar fue un héroe, fiel a su cultura e instrumento de incalculable valor en la conquista de Nueva España. La expedición de Cortés salió a la mar al día siguiente de haber recuperado al náufrago cautivo de los mayas. Navegó hacia al Norte como tenía previsto, hasta llegar a la actual costa de Tabasco, donde los españoles pudieron hacerse entender por los indígenas gracias a Aguilar, que hablaba con soltura su mismo idioma. Cuando más adelante los indios del istmo regalaron a Cortes varias nativas, entre ella Malintzin, <em>“gran cacica e hija de grandes caciques y señora de vasallos”, </em>los españoles se aseguraron la traducción fiel de sus propósitos durante toda su campaña de conquista de México. Malintzin (bautizada Marina) había sido apresada de niña por los mayas de Tabasco y hablaba perfectamente el idioma de Yucatán y el suyo, el nahuatl, propio de los aztecas y otras tribus del altiplano. A partir de entonces, hasta la toma de Tenochtitlan (la capital de México), Cortés se dirigía a Aguilar en castellano, Aguilar traducía sus palabras al maya y Marina las expresaba en el idioma azteca.</p>



<p>Jerónimo Aguilar tuvo una vida tranquila en el México colonial; según parece murió antes de 1531, “de bubas, mal vénereo”, de acuerdo con documentos del Archivo de la Historia de Yucatán, Campeche y Tabasco. Aunque clérigo, tuvo dos hijas con una india llamada Elvira Toznenitzin. En la historia indígena recogida en la Crónica de Chac-Xulub-Chen, Aguilar se unió a una hija del cacique Ah Maum Ah Pot y la abandonó al volver con los españoles. Años después de su muerte una de sus nietas contó episodios de su aventura en una de las informaciones de servicios y méritos que tenían lugar ante la administración colonial para obtener concesiones de la Corona.</p>



<p>Gonzalo Guerrero, el primer “hombre llamado caballo” en América, el primer “bailando con lobos” que luego ha popularizado el cine, es uno de los raros casos de aculturación en la que se impone la cultura menos compleja lo que confiere a su elección una aureola de romanticismo muy apreciada hoy día entre nosotros.</p>



<p>No son convincentes las razones que aducen los autores de la época, como Diego de Landa, para explicar su decisión, basadas en el afecto hacia su mujer indígena y sus hijos; como tampoco lo son las de los idealistas que creen que el andaluz se sintió embelesado por la belleza y armonía de un mundo que los europeos estaban a punto de arruinar para siempre. En aquellos tiempos las diferencias entre las dos culturas enfrentadas en América no eran tan profundas como las que hoy se dan entre los pueblos más avanzados y los más atrasados del mundo; para un español emigrado que huía del hambre, la “calidad de vida” de la civilización maya podía representar una aceptable vía de escape. Lo verdaderamente decisivo en este caso fue, sin duda, la intolerancia y fanatismo religioso que imperaba en la España del siglo XVI; Gonzalo Guerrero sabía que si regresaba con los españoles su vida podía ser un infierno, forzado al tener que explicar a la Inquisición una y otra vez sus marcas corporales, siempre bajo sospecha de apostasía. El episodio de Jerónimo Aguilar de rodillas en la playa de Cozumel haciendo profesión de fe y mostrando a Andrés de Tapia el libro de las horas como prueba de que en ningún momento había abjurado de su fe durante su cautiverio, ilustra mejor que nada los motivos de su compañero de infortunio para seguir indio.</p>



<p>Gonzalo Guerrero se hizo maya con todas las consecuencias, hasta el punto de que los cronistas destacan su papel activo como jefe militar de los indígenas. Diego de Landa dice que <em>“es creíble que fuese idólatra como ellos” </em>y señala que <em>“se distinguió ganando muchas victorias contra los enemigos de su señor y les enseño a los indios a luchar, mostrándoles como levantar fuentes y bastiones”. </em>Se sabe con certeza que encabezó las huestes mayas que combatieron a Alonso Dávila, enviado por el adelantado Francisco de Montejo a conquistar Bacalar y Chetumal en 1527. Entre 1533 y 1535 combatió con fiereza a los españoles que habían fundado una ciudad frente a la isla de Tamalcab, en la bahía de Chetumal, hasta que los obligo a retirarse, dejando abandonadas la iglesia y todas las construcciones. Así, entre batallas, vivió hasta su trágico final peleando con sus antiguos compatriotas. La última referencia que se tiene de él, figura en un documento del contador real de Honduras Andrés de Cerezeda, redactado después de la batalla librada en Puerto Caballos el 13 de agosto de 1536. <em>“El cacique Cicumba, declaró que durante el combate que había tenido lugar dentro de la albarrada, un cristiano español llamado Gonzalo Aroca (Guerrero) había sido muerto de un escopetazo. Es el que vivía entre los indios de la provincia de Yucatán y además, es el que dicen que arruinó al adelantado Montejo. Ese español muerto en el combate </em>–detalla el informe–<em>, estaba desnudo, con tatuajes en el cuerpo y usaba los adornos que emplean los indios”. </em>Jerónimo Aguilar es sólo un nombre en las historias de la conquista de América; Guerrero es, además, un mito y una leyenda en las tierras de la península de Yucatán: fue el primer español indio; documentadamente, el primer padre de mestizos por convicción o conveniencia y no como fruto de ultraje y la violación de las indígenas. Por ello, el nombre de Gonzalo Guerrero lo estudian hoy en las escuelas los niños yucatecos y figura en numerosas calles y monumentos de los estados mexicanos de Quintana Roo –que lo consideran uno de sus fundadores–, Campeche y Yucatán, asociado los valores de la libertad, la tolerancia y la lucha contra el imperialismo.<br><br></p>
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		<title>Vázquez de Ayllón (1524 – 1526)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/vazquez-ayllon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Apr 2020 14:34:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El Atlántico Norteamericano]]></category>
		<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Atlántico Norteamericano Vázquez de Ayllón (1524 – 1526) Texto: Pedro Páramo Casi un siglo antes de que los peregrinos del Mayflower llegaran a Norteamérica, el toledano Lucas Vázquez Ayllón [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Atlántico Norteamericano</strong><br />
Vázquez de Ayllón (1524 – 1526)</p>
<p><strong>Texto:</strong> Pedro Páramo</p>
<p><strong>Casi un siglo antes de que los peregrinos del Mayflower llegaran a Norteamérica, el toledano Lucas Vázquez Ayllón ya había explorado estas costas y fundado el primer asentamiento europeo en los actuales estados de las Carolinas. Fue un explorador diferente y atípico, cuyo nombre pasa desapercibido en los libros de Historia, uno de esos exploradores empequeñecido por la sombra de sus contemporáneos más ilustres y por la falta de relatos directos de sus hazañas.</strong></p>
<p>Lucas Vázquez Ayllón fue uno de los exploradores españoles de las costas de los actuales estados de las Carolinas.</p>
<p>Se cree que llegó hasta la bahía de Chesapeake y que fundó el primer asentamiento europeo en los Estados Unidos en 1526, casi un siglo antes de la llegada de los peregrinos del Mayflower a América. Introductor de esclavos negros en el continente, fue un explorador-conquistador atípico: era juez de la Audiencia de Santo Domingo, en la isla Española y a la vez comerciante, pero jamás se puso una coraza ni manejó una espada, según el testimonio de uno de sus contemporáneos.</p>
<p>No tenemos información completa de sus andanzas porque, al contrario que otros exploradores y conquistadores españoles de éxito, murió durante la expedición y no tuvo oportunidad de hacer relación de sus descubrimientos para demandar posesiones y honores, ni quedaron escritos relatos directos de sus acompañantes. Tampoco los investigadores de los testimonios y documentos sobre Vázquez Ayllón y su expedición han podido trazar con precisión el recorrido por tierra de los expedicionarios, ni localizar sin discusión los accidentes geográficos reseñados por los primeros historiadores de la presencia española</p>
<p>en América. Pero estos obstáculos, que han dificultado que el viaje de Lucas Vázquez Ayllón tenga la relevancia histórica que se merece, no debe impedir que sea considerado como uno de los grandes exploradores españoles.</p>
<p><strong>Uno de los primeros en América<br />
</strong></p>
<p>De su vida se sabe que nació en Toledo hacia 1470, donde su padre fue regidor. Cuando en 1511 se creó en el Nuevo Mundo la primera Audiencia, o Tribunal Supremo, con sede en Santo Domingo, Lucas Vázquez Ayllón figuraba entre los primeros jueces de la isla y se sabe que aprovechaba su cargo para comerciar en las tierras recién descubiertas, principalmente con perlas y esclavos. En las discusiones que plantearon inmediatamente después los misioneros sobre los derechos de los indios, Ayllón formó parte de los colonos que trataron de obstaculizar los propósitos y los avances de los religiosos en defensa de los nativos.</p>
<p>De hecho, él financió algunas expediciones a otras islas caribeñas, a la caza de “caníbales” (los indios que no se sometían a los españoles), autorizada por un decreto del rey Fernando el Católico de 1511, que permitía esclavizar a los que se resistían a ser cristianizados. Mientras en España se discutía el trato que debían recibir los indios, el juez Ayllón opinaba que era mejor que los indios fuesen “<em>hombres siervos que bestias libres</em>”.</p>
<p>En 1520, Lucas Vázquez Ayllón aparece en México con una misión de extraordinaria importancia. Hernán Cortés, que estaba en Tenochtitlán gozando de la hospitalidad del emperador azteca Moctezuma, había desatado la ira del gobernador de Cuba y socio suyo, Diego Velázquez, porque estaba realizando la exploración y conquista de México informando directamente al rey sin pasar por él. Decidió entonces Velázquez enviar a Pánfilo de Narváez al mando de mil hombres para someter a Cortés a su autoridad. Enterados en la Española los monjes jerónimos que, de hecho, regían la isla ante la ausencia temporal</p>
<p>del gobernador Diego Colón, enviaron al regidor Lucas Vázquez de Ayllón a que convenciera a Diego Velázquez de lo insensato de aquella expedición sin oír el parecer del rey, pues pondría en peligro la evangelización de los nuevos territorios explorados, tan poblados y tan ricos. Al ver Ayllón que Velázquez no daba su brazo a torcer, decidió embarcarse con Pánfilo Narváez hacia México, confiado en que podría servir de mediador entre Cortés y Narváez antes de que se produjera un enfrentamiento entre españoles que incitara a los indígenas a la rebelión y echara por tierra lo conseguido hasta entonces por los conquistadores en tierras mexicanas.</p>
<p>Vázquez Ayllón, después de oír a los emisarios de Cortés y las riquezas que éste envió al campamento de Narváez, se convenció de que era un terrible error detener los avances de Cortés en la dominación de unos pueblos tan avanzados y ricos y se enfrentó a Narváez. Éste lo hizo prender, lo metió en un barco y lo envió de regreso a Cuba. Sin embargo, Ayllón o logró atemorizar a la tripulación o la sobornó; el caso es que regresó a su Audiencia de Santo Domingo y contó todo lo que había visto en México, con lo cual dañó seriamente el prestigio de Diego Velázquez. En México Pánfilo Narváez fue derrotado por Cortés en Cempoala y el conquistador mexicano lo retuvo en prisión durante tres años.</p>
<p><strong>A la caza de esclavos<br />
</strong></p>
<p>Durante la segunda década del siglo XVI la población indígena de la Española y Cuba descendía de forma alarmante debido al exceso de trabajo de la población indígena, al colapso de la agricultura tradicional, destruida en gran parte por el ganado europeo que pastaba libremente en la isla, y las enfermedades llevadas por los pobladores españoles. Los colonos, entre ellos Vázquez Ayllón, financiaban expediciones a las Lucayas (Bahamas), a las islas de Barlovento (Aruba, Curacao y Bonaire), Trinidad y el norte de Venezuela en busca de caníbales que esclavizar para compensar la merma de la población autóctona. En 1513, Juan Ponce de León, gobernador de Puerto Rico, navegó por las costas de Florida, pero fue recibido a flechazos por los indígenas que mataron a todos los españoles de la expedición, excepto a siete,</p>
<p>entre ellos el propio Ponce de León. El Inca Gracilaso de la Vega, en su obra sobre la Florida, escrita a finales del siglo XVI cuenta que pocos años después de la expedición fallida de Ponce, un piloto llamado Diego Miruelo, que comerciaba con los indios “<em>dio con tormenta en la coste de la Florida, o en otra tierra, que no se sabe a qué parte, donde los indios le recibieron en paz, y en su contratación, llamado rescate, le dieron algunas cosillas de plata y oro en poca cantidad, con las cuales volvió muy contento a la isla de Santo Domingo</em>”.</p>
<p>Al mismo tiempo, siete comerciantes ricos de Santo Domingo, entre los que se encontraba el juez Lucas Vázquez Ayllón, se asociaron en 1521 “<em>y armaron dos navíos </em>–cuenta El Inca–<em>que enviaron a por entre aquellas islas a buscar y traer los indios que, como quiera que les fuera posible, pudiesen haber, para los echar a labrar las minas de oro que de la compañía tenían</em>”.</p>
<p>La expedición navegó hacia el norte por las costas de Florida y, como cuenta Francisco López de Gómara en su “Historia General de las Indias”, publicada en 1552, “<em>fueron a una tierra que llamaban Chicora y Guadalupe, la cual está en treinta y dos grados y es lo que llaman ahora cabo de Santa Elena y río Jordán</em>”.</p>
<p>Los españoles al saltar a tierra se encontraron con unos indios pacíficos que se asombraron al ver unos hombres que llevaban barba y usaban vestidos y que salían del vientre de unas casas flotantes que ellos jamás habían visto. Se intercambiaron regalos y, los españoles, después de cargar el matalotaje, leña y agua, invitaron a los indios a subir a bordo. Cuando ya tenían 130 indígenas en las bodegas, los españoles levaron anclas y se hicieron a la vela en demanda de Santo Domingo. Uno de los dos navíos naufragó, pero el que llevaba a la mayoría de los indios consiguió llegar a la Española. Los indios cautivos se dejaron todos morir de tristeza y hambre. Todos, menos uno que habría de jugar un papel importante en la expedición de Vázquez Ayllón de 1524.</p>
<p><strong>En busca del paso al Pacífico<br />
</strong></p>
<p>El relato de Diego Miruelo y lo visto por los expedicionarios financiados por él y sus socios, su experiencia de México, como testigo del éxito de Cortés ante una civilización tan avanzada, animaron, sin duda, a Lucas Vázquez Ayllón a intentar por su cuenta el descubrimiento y exploración de aquellas tierras al norte de las Grandes Antillas, donde además, podría encontrar un paso en el Norte entre el Atlántico y el Pacífico. Pero antes quiso asegurarse de que la empresa merecía la pena. En 1522 el juez envió una nueva expedición a aquellas costas comandada por Francisco Gordillo que alcanzó el cabo Fear, en la costa de Carolina del Norte.</p>
<p>En 1523 el juez viajó a España con su esclavo Francisco de Chicora, el superviviente de los indios capturados en la expedición anterior, a pedir al rey Carlos la conquista y gobernación de los territorios de Chicora.</p>
<p>El indio Francisco de Chicora, que se había bautizado y había aprendido bien el castellano, con el fin de volver a su tierra, alimentaba la imaginación y la codicia de Ayllón y de cuantos le escuchaban, aunque algunos, como el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, entonces en España, desconfiara de tantas riquezas y tantos prodigios. Decía Chicora que en su tierra los indígenas eran blancos, que los reyes y las reinas eran gigantes, porque les alargaban los huesos con hierbas cuando eran niños, que hacían queso con la leche de sus mujeres, que poseían rebaños de ciervos y se adornaban con perlas, oro y plata.</p>
<p>Fernández de Oviedo escribió al conocerlo: “<em>e creí que aquel indio mentía en cuanto le había dicho, e que el deseo de volver a su patria, le hacía decir todo aquello […] me le loó tanto, que conoscí que le creía como si fuera evangelista”.</em></p>
<p>El monarca autorizó el proyecto de Ayllón y le dio la potestad sobre el territorio que descubriera entre los 35 y los 37 grados ”<em>en que la dicha tierra está, e la relación e noticia que vos, della, tenéis, se cree e tiene por cierto, ser muy fértil, e rica, e aparejada, para se poblar; porque en ella hay muchos árboles e plantas de las de España, e la gente es de buen entendimiento, e más aparejada para vivir en policía que la de la Isla española, ni de las otras islas que hasta hoy están descubiertas</em>”. En 1525 Vázquez Ayllón envió a Chicora en una nueva expedición de dos carabelas al mando de Pedro de Quexos, que, al parecer, llegó a las costas del hoy estado de Delaware y le confirmó la bondad de los nativos y de aquellas tierras norteñas.</p>
<p>Un año después, Ayllón se sintió preparado para iniciar su gran aventura: fletó seis navíos (el Inca Garcilaso dice que fueron tres, grandes) y reclutó a 500 españoles, entre colonos y sus mujeres, marineros, médicos y misioneros dominicos, que fueron acompañados por cien esclavos africanos y 83 caballos. En 1510, ante la despoblación de indígenas en las Antillas y por sugerencia de algunos religiosos defensores de los indios, el rey Fernando había autorizado la introducción de 200 esclavos negros en las Indias, abriendo así las puertas al comercio de africanos en América. Con estos preparativos, Ayllón dejaba definitivamente la Española con la intención de descubrir las tierras ignotas que se extendían desde el norte de la Florida hasta la Tierra Nueva de los Bacalaos, mencionada por Sebastián Caboto, sobre las que ejercería su autoridad. Llevaba como piloto a Diego Miruelo, que no supo encontrar la tierra que él había visitado años antes y “<em>cayó en tanta melancolía que en pocos días perdió el juicio y la vida</em>”, según cuenta el Inca Garcilaso de la Vega.</p>
<p><strong>La primera colonia europea en EEUU</strong></p>
<p>En el momento de su partida, los documentos nos muestran un Vázquez Ayllón muy diferente al que se había manifestado años antes en relación con los indios. En primer lugar, su expedición no sería una razia más sino que, desde el principio, tuvo una clara voluntad pobladora y colonizadora, y en segundo término, la capitulación con la Corona deja claro que es Ayllón quien le dice al rey qué trato han de recibir los indígenas. “<em>Nos suplicastes </em>–dice el monarca en el texto de la capitulación– <em>que pues los indios no se pueden con buena conciencia, encomendar, ni dar por repartimiento, para que sirvan, personalmente, y sea visto por experiencia, que desto se ha seguido muchos daños ya asolamiento de los indios, y despoblación de la tierra, en las islas e partes que se ha hecho, mandase que en la dicha tierra no hubiese</em><em>repartimiento de indios, ni sean apremiados a que sirvan en servicio personal, si no fuese de su grado e voluntad, e, pagándoselo como se hace con los otros, nuestros vasallos libres e la gente de trabajo en estos reinos; mando, que así se cumpla; e que vos tengáis dello, e del buen tratamiento de los dichos indios, mucho cuidado</em>”.</p>
<p>La flota de Ayllón partió en junio de 1526 de Puerto de Plata, en la Española, costeó los actuales estados de las Carolinas hasta llegar a la desembocadura de un río, que algunos creen que era el llamado Jordán que López de Gómara sitúa en los 32 grados al contar la expedición de 1521, financiada por Ayllón, pero en la que él no viajó. López de Gómara, que da una detallada información de los indios de Chicora, no cuenta el viaje de Ayllón en su “Historia General de las Indias”. A partir de estas afirmaciones de la latitud de Chicora en los 32 grados, algunos autores norteamericanos sostienen que el contacto de Ayllón con los actuales Estados Unidos tuvo lugar en la bahía de Wyniah y el río Jordán corresponde al Santee, en Carolina del Sur, que se hallan en los 30º de latitud cerca de la hoy ciudad de Georgetown; otros lo</p>
<p>identifican como el río Pee Dee que discurre por la zona. No faltan los que lo ubican más al sur, en Sapelo Sound, al sur de Savannah. El historiador J. G. Johnson, de la Universidad de Georgia, sostiene que se trata del río Cape Fear, ya que es la única corriente de gran caudal que desemboca en el mar cerca de esa latitud. Pero existen testimonios escritos y gráficos de los años siguientes a la aventura de Ayllón que apoyan la presencia de Lucas Vázquez Ayllón, más al norte, en la bahía de Chesapeake, a la que dio el nombre de Santa María, como indica el mapa de Diego Ribero, de 1529, en el que aparece Chesapeake y la zona circundante, denominada Tierra de Ayllón. Otro mapa, de Diego Gutiérrez, realizado en 1562, repite los topónimos. Por su lado, J. Gilmary Shea, investigador de la historia de Estados Unidos, defiende</p>
<p>que la bahía en la que entró la flota de Ayllón es la actual Chesapeake y que el río por el que se internaron los expedicionarios -y que ellos denominaron Salado- en busca del mejor emplazamiento para su fundación es el actualmente denominado James.</p>
<p>Al embocar ese gran río a mediados de agosto de 1526, naufragó la nave capitana. Aunque lograron salvarse los tripulantes y los pasajeros, se perdieron abundantes provisiones, semillas y herramientas. Allí mismo Ayllón ordenó que se hiciese una gabarra para transportar los enseres rescatados. Como el río que desemboca en la bahía era conocido por los nativos con el nombre de Gualdape, la comunidad española fundada río arriba, al parecer, cerca de la actual Jamestown, se llamó San Miguel de Gualdape (también aparece en varios escritos como Guadalupe y Guadalpe) por haber sido inaugurada en la festividad de ese arcángel. “<em>El oidor </em>–cuenta el Inca Gracilaso– <em>entendiendo que todo era suyo mandó que saltasen en tierra doscientos españoles y fuesen a ver el pueblo de aquellos indios, que estaba tres leguas tierra adentro.</em></p>
<p><em>Los indios los llevaron, y después de los haber festejado tres o cuatro días, y asegurándolos con su amistad, los mataron una noche, y de sobresalto dieron al amanecer en los pocos españoles que habían quedado en la costa en guarda de los navíos”</em>. La colonia se estableció en la peor época del año. Las tormentas otoñales que azotan las costas atlánticas, la imposibilidad de cosechar aquellas tierras a las puertas del invierno, la falta de víveres, pues buena parte de ellos se habían ido a pique, y los vientos glaciares propiciaron la aparición de enfermedades en aquellos colonos acostumbrados a los calores</p>
<p>del trópico. El indio Francisco de Chicora desapareció, sin duda para unirse a los indígenas. Los esclavos negros que habían ayudado en la construcción del poblado, acuciados por el hambre seguramente, se amotinaron y huyeron.</p>
<p>La moral de los pobladores de la incipiente colonia decaía conforme aumentaban los cadáveres que había que enterrar. Lucas Vázquez Ayllón no tardó en enfermar y murió el 18 de octubre. Los que  sobrevivieron decidieron entonces abandonar San Miguel y volver a Santo Domingo. De los 600, sólo regresaron 150.</p>
<p>El primer poblado europeo en los que hoy son los Estados Unidos apenas duró tres meses, los supervivientes dejaron escaso testimonio de su trágica aventura, la ausencia de restos de aquella población y la confusión que las distintas expediciones financiadas por Lucas Vázquez Ayllón han introducido entre los historiadores –los de entonces y los actuales– han robado a este descubridor buena parte de la fama que le corresponde.</p>
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		<title>Diego de Ordaz (1531)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/diego-ordaz-1531/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Apr 2020 14:27:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 47]]></category>
		<category><![CDATA[El Descubrimiento del Orinoco]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Descubrimiento del OrinocoDiego de Ordaz (1531) Fue compañero de batallas del cartógrafo Juan de la Cosa en las costas selváticas del Darién, formó parte de las expediciones de Diego [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Descubrimiento del Orinoco</strong><br />Diego de Ordaz (1531)<br /><br />Fue compañero de batallas del cartógrafo Juan de la Cosa en las costas selváticas del Darién, formó parte de las expediciones de Diego Velázquez en Cuba, participó más tarde en la conquista de México bajo el mando de Cortés y fue el primero en explorar el Orinoco y su cuenca. Pero se le recordará siempre por haber sido el primer europeo que alcanzó la cima del Popocatepetl.</p>
<p><em><br />”Sería Diego de Ordaz de cuarenta años cuando pasó a Méjico&#8230; era capitán de soldados de espada y rodela, porque no era hombre de a caballo; (llevaba una yegua rucia, pasadera que corría poco); fue muy esforzado y de buenos consejos, era de buena estatura e membrudo y la barba algo prieta y no mucha; y en la habla no acertaba bien a pronunciar ciertas palabras, sino algo tartajoso; era franco e de buena conversación</em>”. Así describe Bernal Díaz del Castillo, el soldado cronista de la conquista de México a Diego de Or az, el primer europeo que se asomó al cráter de un volcán americano, el Popocatepetl. Aunque este hecho le dio la fama para que se le autorizase a que en su escudo familiar figurase un volcán humeante, no fue la más notable de sus hazañas, pues Ordaz participó en el frustrado intento de poblar las tierras colombianas del golfo de Urabá con Alonso de Ojeda, tuvo un destacado papel en la triunfante aventura de Cortés de México y, finalmente, por su cuenta, exploró la cuenca del Orinoco en una infructuosa búsqueda de El Dorado.</p>
<p>De sus primeros años se sabe que nació hacia 1480 en Castroverde de Campos, hoy provincia de Zamora, hijo de Lope de Ordaz y de Inés Girón. Cuando Alonso de Ojeda, uno de los compañeros de Cristóbal Colón, con permiso de la Corona, partió para poblar los territorios del golfo de Urabá, donde el almirante había hallado abundantes perlas, Diego de Ordaz se apuntó a aquella expedición que topó con indios muy belicosos que disparaban flechas envenenadas y se comían a los prisioneros. En febrero de 1510, tras ser atacados por los indígenas, Alonso de Ojeda envió a Juan de la Cosa, el famoso cartógrafo, a perseguir a los atacantes con un grupo de expedicionarios entre los que se contaba Diego de Ordaz. En la persecución, los españoles llegaron a un poblado llamado Tubarco abandonado por los nativos y decidieron descansar sin tomar precauciones. Los indios cargaron entonces contra ellos y Juan de la Cosa, herido de muerte por un dardo emponzoñado, y Diego de Ordaz, herido leve en una pierna, se refugiaron en una choza con un puñado de sus hombres. Antes de morir, Juan de la Cosa pidió a Ordaz que aun a costa de su vida intentara avisar a Ojeda del desastre. Advertido Ojeda por Ordaz y otros supervivientes de la matanza, ordenó a los españoles que se refugiaran en los barcos.</p>
<p>Diego de Ordaz no vuelve a aparecer en las crónicas hasta un año después, cuando Diego Velázquez prepara su expedición a Cuba, y lo hace enrolado ya no como soldado bisoño sino como capitán experimentado en la lucha contra los indios. Algunos cronistas se refieren a él como criado del gobernador Velázquez. El 18 de noviembre de 1518 Diego de Ordaz figura como uno de los capitanes que parten de Santiago de Cuba a explorar los territorios descubiertos al oeste de la isla. Ordaz es uno de los hombres que el gobernador Diego Velázquez había infiltrado en la expedición para que vigilasen los actos de su capitán, Hernán Cortés. En la escala que la flota hizo en Trinidad, Velázquez ordenó a Ordaz que detuviera a Cortés, pero éste habló con Ordaz y consiguió persuadirle de que enviara un informe al gobernador sobre la rectitud de sus propósitos.</p>
<p>La expedición de Cortés, formada por 553 hombres, 109 marineros, doscientos indios auxiliares, dieciséis caballos y yeguas, diez cañones pequeños y cuatro falconetes llegó sin novedad a la isla de Cozumel, frente a las costas de Yucatán. Allí tuvo lugar la primera bronca de Hernán Cortés a Diego de Ordaz, al que había ordenado ir al continente en busca de unos españoles que años antes habían naufragado en aquella costa. Después de varios días de espera en los barcos, Ordaz había vuelto a la isla sin esperar el regreso de los indios de Cozumel enviados a buscarlos. Bernal Díaz del Castillo cuenta así el incidente: “<em>Cuando Cortés vio volver a Ordaz sin recaudo ni nueva de los españoles ni de los indios mensajeros, estaba tan enojado y dijo con palabras soberbias a Ordaz que había creído que otro mejor recaudo trajera </em><em>que no viniese así, sin los españoles ni nuevas de ellos, porque ciertamente estaban en aquella tierra</em>”. Poco después de ponerse en marcha de nuevo la flota hacia el Norte, uno de los barcos comenzó a hacer agua y todos regresaron a Cozumel para repararlo. Estando en esta labor aparecieron los indios llevados por Ordaz al continente en busca de los españoles perdidos, acompañados por Jerónimo Aguilar, uno de los naufragados años antes, que había sobrevivido viviendo con los indígenas.</p>
<p>Los expedicionarios de Cortés navegaron cerca de la costa de Yucatán, pasaron el cabo Catoche y llegaron el 24 de marzo al río Tabasco o de Grijalva, por el que determinaron entrar para reconocer la tierra, donde fueron atacados por los indígenas. Los indios empleaban sus flechas para mantenerse fuera del alcance de los infantes españoles. Bernal Díaz del Castillo cuanta el siguiente diálogo mantenido con Ordaz en el combate: “<em>Yo dije</em>: <em>Diego de Ordaz, paréceme que podemos apechugar con ellos, porque verdaderamente sienten bien el cortar de las espadas y estocadas, y por esto se desvían algo de nosotros, por temor </em><em>de ellas y por mejor tirarnos sus flechas y varas tostadas y tantas piedras como granizos</em>. <em>Y respondió que no era buen acuerdo, porque había para cada uno de nosotros trescientos indios; y que no nos podríamos sostener con tanta multitud; y así estábamos con ellos sosteniéndonos. Y acordamos de allegarnos cuanto pudiésemos a ellos, como se lo había dicho al Ordaz, por darles mal año de estocadas, y bien lo sintieron, que se pasaron de la parte de una ciénaga</em>”. La intervención de la caballería de Cortés fue decisiva y los caciques indios que aceptaron la rendición y entregaron a Cortés una joven noble cautiva que hablaba azteca, a la que bautizó y puso por nombre Marina. Esta muchacha, que al igual que Jerónimo Aguilar había aprendido maya durante su cautiverio, sería de gran utilidad durante la conquista de México. Cortés hablaba español con Aguilar y éste traducía al maya lo que luego Marina trasladaba al azteca.</p>
<p>Los españoles continuaron su navegación hacia el Norte y un mes después, cuando se encontraba en la isla de San Juan de Ulúa, frente a la actual Veracruz, los españoles supieron que los nativos de aquellas tierras estaban sometidos a un gran cacique del interior del continente, llamado Moctezuma, que vivía en una gran ciudad edificada en un lago. Los españoles pasaron a tierra firme, donde les visitó el gobernador azteca de la región, a quien Cortés le expresó su deseo de visitar a su emperador. Durante la visita un indígena pintaba todo lo que veía en el campamento español para enviárselo a Moztezuma. Al cabo de ocho días Cortés recibió una embajada del imperio azteca cargada de gran número de piezas de oro, perlas y piedras preciosas. Cortés volvió a manifestar a los enviados su deseo de conocer a su gran señor, pero pasaba el tiempo y los aztecas daban largas de los deseos de los españoles de penetrar en su reino.</p>
<p>La llegada de los tesoros, la inactividad, el calor asfixiante y los mosquitos impacientaron a muchos de los expedicionarios, que comenzaron a quejarse de que ellos habían venido a enriquecerse y no a poblar, y que ya era hora de volver a sus casas con lo obtenido con el tesoro enviado por Moztezuma. Según el historiador Antonio de Solís, Diego de Ordáz fue quien se convirtió en portavoz de los partidarios de volver a Cuba para dirigir las quejas a Cortés. “<em>Hablóle en nombre de todos Diego de Ordaz –cuenta Solís- y no sin alguna destemplanza en que se dejaba conocer la pasión, le dijo: que la gente del ejército estaba sumamente desconsolada y en términos de romper el freno de la obediencia</em>”. Cortés decidió entonces cortar por lo sano y mandó apresar a Diego de Ordaz y a otros dos capitanes y los mantuvo aislados varios días hasta que se calmaron los ánimos. Solís cuenta que Cortés “<em>se valió de esta prisión para meter mañosamente algunos de sus confidentes que procurasen reducirlos y ponerlos en razón, como lo consiguió con el tiempo, dejándose desenojar tan autorizadamente, que los hizo sus amigos, y estuvieron a su lado en todos los accidentes que se le ofrecieron después”.</em></p>
<p>Durante su estancia en aquella tierra caliente, Hernán Cortés había recibido la visita de una comisión de la ciudad de Cempoala, conquistada poco antes por Moctezuma, que le hicieron saber su descontento y le invitaron a visitar su pueblo. Viendo Cortés que el imperio azteca tenía puntos débiles por donde atacarlo, decidió aceptar la invitación. Antes de internarse en México, para no dejar cabos sueltos, decidió enviar el tesoro de Moztezuma a España para hacer saber al rey su propósito de conquistar aquellas ricas tierras en su nombre, mandó echar a pique sus barcos, dejó en la recién fundada Veracruz a los enfermos y partió el 16 de agosto con cerca de cuatrocientos españoles, quince caballos, siete cañoncetes y mil quinientos indios.</p>
<p>En cinco días de marcha, los expedicionarios alcanzaron el altiplano mexicano, a dos mil metros de altitud, en una región, Tlaxcala, poblada por indígenas que no se habían sometido a Moctezuma. Confiaba Cortés en hacerlos sus aliados para hacer frente a los aztecas, pero los tlaxcaltecas atacaron a los españoles con un numeroso ejército. El 5 de septiembre de 1519, tras una larga batalla en la que los tlaxcaltecas valoraron la fortaleza de los españoles como aliados contra los aztecas, se avinieron a ayudar a Cortés. Estando reposando de aquel combate y negociando con los de Tlaxcala, los expedicionarios repararon por primera vez en la montaña cónica, coronada de nieve que, humeante, se alzaba en el horizonte. Bernal Díaz del Castillo cuenta así la sorpresa que les produjo la visión del volcán Popocatpetl, de 5.500 metros de altitud: “<em>Hartos estarán ya los caballeros que esto leyeren de oír razonamientos y pláticas de nosotros a los tlaxcaltecas y ellos a nosotros; querría acabar ya, y por fuerza me he de detener en otras cosas que con ellos pasamos, y es aquel el volcán que está cabe Guaxocingo, echaba en aquella sazón que estábamos en Tlaxcala mucho fuego, más que otras veces solía echar, de lo cual nuestro capitán Cortés y todos nosotros, como no habíamos visto tal, nos admiramos de ello; y un capitán de los nuestros que se decía Diego de Ordaz tomóle codicia de ir a ver qué cosa era, y demandó licencia a nuestro general para subir en él, la cual licencia le dió, y aun de hecho se lo mandó”.</em></p>
<p>Bernal, el autor de la “Historia verdadera de la conquista de Nueva España”, cuenta vívidamente las dificultades la ascensión de Ordaz: “<em>Y llevó consigo dos de nuestros soldados y ciertos indios principales de Guaxocingo; y los principales que consigo llevaba poníanle temor con decirle que luego que estuviese a medio camino de Popocatepeque, que así llaman aquel volcán, no podría sufrir el temblor de la tierra y llamas y piedras y ceniza que de él sale, y que ellos no se atreverían a subir más de donde tienen unos cúes de ídolos que llaman los teules de Popocatepeque. Y todavía Diego de Ordaz con sus dos compañeros fue su camino hasta llegar arriba, y los indios que iban en su compañía se le quedaron en lo bajo, que no se atrevieron a subir, y parece ser, según dijo después Ordaz y los dos soldados, que al subir que comenzó el volcán a echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas, y mucha ceniza, y que temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcán, y que estuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta de ahí a una hora que sintieron que había pasado aquella llamarada y no echaba tanta ceniza ni humo, y que subieron hasta la boca, que era muy redonda y ancha, y que habría en el anchor un cuarto de legua</em>”.</p>
<p>Al término del relato enfatiza lo que sería el descubrimiento sustancial de aquella gesta de Ordaz, el objetivo final de la expedición de Cortés, Tenochtitlán: “ <em>que desde allí se parecía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados”. Y está este volcán de México obra de doce o trece leguas </em>–precisa Díaz del Castillo&#8211; <em>Y después de bien visto, muy gozoso</em> <em>Ordaz y admirado de haber visto a México y sus ciudades, volvió a Tlaxcala con sus compañeros, y los indios de Guaxocingo y los de Tlaxcala se lo tuvieron a mucho atrevimiento</em>”.</p>
<p>No fue este el único episodio notable de la intervención de Diego de Ordaz en la conquista de México, aunque el azufre encontrado por Ordaz en el Popocatpetl serviría mucho después a los españoles para la fabricación de la pólvora. Bernal le asigna un papel destacado en el apresamiento de Moctezuma. En la huída y posterior toma de Tenochtitlán destacó este capitán por su valentía, al mando de cuatrocientos soldados. Cortés le envió luego a explorar y hacer alianzas con los indios de río Guazagualco, hoy Coatzacoalcos. A pesar de la prevención con que Cortés trató a Ordaz al comienzo de la expedición, Ordaz intervino en el apresamiento de Pánfilo de Narváez, el enviado por Diego Velázquez desde Cuba para detener a Cortés. Más tarde, completada la conquista, Díaz del Castillo cuenta cómo Ordaz actuó como leal consejero de Hernán Cortés y la defensa que hizo en España de sus méritos frente a las acusaciones que pretendieron desacreditarle y le despide en su crónica diciendo: “<em>y de allí a dos o tres años el mismo </em><em>Ordaz volvió a Castilla y demandó la conquista del Marañón, donde se perdió él y toda su hacienda</em>”.</p>
<p>El conquistador del Popocatpetl fue uno de los grandes capitanes españoles en la exploración y conquista de América. Sus recorridos por el oriente venezolano y el Orinoco le sitúan entre los grandes de la Historia y merecen un amplio capítulo aparte, aunque hoy sólo su ascensión volcán y la ciudad venezolana de Puerto Ordaz, a orillas del Caroní, parecen los únicos reconocimientos a su memoria.</p>
<p>Diego de Ordaz murió en el Atlántico, posiblemente envenenado, cuando cansado y enfermo regresaba a España para defender sus descubrimientos de las intrigas e insidias de sus rivales y enemigos. De su final dice Fernández Oviedo en su ”Historia de las Indias”: “<em>Y yendo a Castilla murió y le echaron al mar en un serón</em>”<em>.</em></p>


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		<title>Francisco Vázquez Coronado (1540-42)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Apr 2020 14:22:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las Siete Ciudades de la Cibola Francisco Vázquez Coronado (1540-42) Irma Leticia Magallanes Castañeda En la década de 1530 existía poca información sobre el actual territorio de América del Norte [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Las Siete Ciudades de la Cibola</strong><br />
Francisco Vázquez Coronado (1540-42)</p>
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<p><strong>Irma Leticia Magallanes Castañeda</strong></p>
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<p class="bodytext">En la década de 1530 existía poca información sobre el actual territorio de América del Norte y mucha curiosidad por encontrar provincias mejores que las descubiertas en el valle de México y el Perú. Hasta ese momento los conquistadores y pobladores de la denominada «Nueva España» conocían, pero de manera imprecisa, algunos informes sobre los actuales territorios de Florida, Texas y Baja California. Estos relatos, avivados por la imaginación de quien los narraba, fueron conocidos por hombres comunes en los que se mantenía vivo el deseo de encontrar las ciudades de tierras extrañas y fabulosas descritas por las antiguas leyendas clásicas.</p>
<h2>Las leyendas, motor de descubrimientos</h2>
<p class="bodytext">Tales historias comenzaron a cobrar fuerza en 1536 cuando Cabeza de Vaca y sus tres compañeros náufragos difundieron su epopeya en la villa de Culiacán. Las leyendas desataron el interés de los habitantes del territorio mexicano por las exploraciones hasta el punto de que llegaron a atraer al virrey Antonio de Mendoza, el cual averiguó lo que los pobladores sabían de la frontera y de un territorio conocido con el nombre de Cíbola. De inmediato dispuso un primer viaje de reconocimiento por la «tierra adentro». Los preparativos comenzaron con la compra del negro Estebanillo, esclavo de Andrés Dorantes, ambos sobrevivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida y compañeros de Cabeza de Vaca, el náufrago más conocido. El virrey lo liberó, entregándolo como guía al franciscano Marcos de Niza, hecho en las andanzas de conquistadores de la talla de Pedro de Alvarado y de Francisco Pizarro. El religioso inició con entusiasmo la empresa pero, a medida que se internaba por aquellos ignotos territorios y se alejaba de los conocidos, le fue invadiendo una sensación de inseguridad y desconfianza. Al llegar a un pueblo conocido más tarde con el nombre de Zuñi, fray Marcos creyó que formaba parte de «las siete ciudades». El nombre del mitológico lugar procedía de una popular leyenda griega, anterior a la Odisea que, en esencia, registraba las hazañas de Jasón y los argonautas. A finales del siglo XV, la leyenda de «las siete ciudades» se había transformado en una versión portuguesa que las ubicaba en una remota isla desierta. Las cartas de marear de Colón las situaron en una mítica isla del Atlántico y posteriormente se convirtieron en el objetivo de los buscadores de oro, de los cazadores de quimeras, de los conquistadores de Ultramar en el siglo XVI.</p>
<p class="bodytext">Fray Marcos denominó «Cíbola» a la región donde creyó que se encontraban las míticas siete ciudades. En este lugar los naturales mataron a Estebanillo y, ante el desgraciado fin de su compañero y guía, el fraile decidió volver de inmediato a la ciudad de México, no por el temor a morir sino por el de no poder dar aviso de la grandeza de la tierra que creía haber pisado. Con premura tomó posesión de ella y, en nombre del virrey, la llamó «Nuevo Reino de San Francisco».</p>
<p class="bodytext">A su regreso a la capital mexicana, fray Marcos de Niza afirmó haber escuchado abundante información sobre Cíbola, tanta como en la Nueva España se tenía de la ciudad de México o en el Perú de Cuzco; por ello dedujo su tamaño, riqueza y población y, sin tardanza, aconsejó la conveniencia de su conquista. Al mismo tiempo que en la corte virreinal se difundían las noticias sobre Cíbola, este franciscano viajero enviaba al rey una Relación de los descubrimientos de las siete ciudades escrita por él y, junto con ella, el deseo de antiguos conquistadores por continuar con las exploraciones en la ruta abierta hacia el norte. Sobre el descubrimiento de Cíbola, fray Marcos se expresó de la siguiente manera:</p>
<p class="bodytext">(&#8230;) está asentada en un llano a la falda de un cerro redondo; tiene muy hermoso parecer de pueblo, el mejor que en estas partes yo he visto. Son las casas por la manera que los indios nos dijeron, todas de piedra con sus sobrados y azoteas a lo que me pareció desde un cerro donde me puse a verla. La población es mayor que la ciudad de México.</p>
<p class="bodytext">La imaginación sin límite en las descripciones del franciscano causó revuelo en México y una fuerte disputa entre las dos figuras más importantes del territorio novohispano: el virrey Antonio de Mendoza y Hernán Cortés. El primero defendía y apoyaba los nuevos descubrimientos y contaba con los informes sobre la «tierra nueva»; además respaldaba sus argumentos con la autorización de la Corona y de la Real Audiencia. Hernán Cortés, por su parte, alegaba poseer el derecho de llevar a cabo la empresa con base en su título de marqués del Valle de Oaxaca y en las capitulaciones que recibió de la reina Juana en 1529 para explorar «cualesquiera islas y tierra firme de la Mar del Sur».</p>
<p class="bodytext">El virrey Mendoza, muy interesado en el proyecto, impuso su autoridad y dispuso la preparación directa de la expedición, planeándola rápida y cuidadosamente, como no se había hecho hasta entonces en esas latitudes, y aportó para ello una donación de seis mil ducados. Los vecinos y moradores de México se contagiaron del entusiasmo del virrey y se alistaron en la expedición que recibió el nombre de «Las siete ciudades de Cíbola».</p>
<p class="bodytext">Si la leyenda se hacía realidad en Cíbola y ésta era tal como la había descrito fray Marcos, su descubrimiento y exploración cumplirían con las expectativas de muchos conquistadores. Encontrarían oro, perlas, piedras preciosas, la especiería y se descubrirían «muchos secretos y cosas admirables», como había escrito no hacía mucho tiempo Hernán Cortés. La expedición no tardó en organizarse en la ciudad de México bajo control del gobierno virreinal y con financiamiento privado.</p>
<h2>Los deseos del Virrey y el destino de un hombre</h2>
<p class="bodytext">Cuando la responsabilidad del proyecto quedó bajo la dirección de don Antonio de Mendoza, comenzó de inmediato a buscar al hombre adecuado para dirigirla. Lo encontró en un joven de veintinueve años que se había destacado por su sagacidad política, por la capacidad para organizar, con buenos resultados, las tareas que se le habían encomendado y, además, por ser un buen soldado y rico vecino de la ciudad de México. El nombramiento de capitán general para la expedición a Cíbola se otorgó a Francisco Vázquez de Coronado, un salmantino nacido en 1510, que había llegado a México a la edad de veinticinco años como parte del séquito del primer virrey, miembro de la ilustre familia Mendoza.</p>
<p class="bodytext">En el mismo año de su llegada a la capital mexicana, Vázquez de Coronado ocupó el cargo de visitador de minas y contrajo matrimonio con Beatriz de Estrada, hija del tesorero Alonso de Estrada, y con ello obtuvo una buena dote. Junto a estos beneficios, el virrey le otorgó el cargo de gobernador de la provincia de la Nueva Galicia tres años después y, en 1540, le entregó el título de capitán general de la expedición a Cíbola. De esta manera, en menos de veinte años que vivió en México, reunió una fortuna considerable, poseyó las encomiendas de Cutzamala, en Michoacán, la de Tlapa, cerca de las minas de Zumpango, y la de Teutenango, en las inmediaciones de Tonalá. En recompensa por la jornada a Cíbola recibió como merced una estancia de tierras en Eringuachapeo, Michoacán, y otra en Agualulco, sobre el camino a Guadalajara. La última merced la recibía tres años antes de morir, en 1554.</p>
<p class="bodytext">El nombramiento de Vázquez de Coronado como capitán general para la expedición a Cíbola no tuvo opositor y su designación se debió, sin duda, a la confianza, la cercanía y el trato que tenía con el virrey, que lo presentó como el hombre con las suficientes «calidades» y los adecuados «méritos» para llevarla a cabo. Así, en una sola persona se reunieron el entusiasmo, la voluntad y la confianza de las autoridades virreinales, correspondido a su vez por la fidelidad de Vázquez de Coronado hacia la máxima autoridad.</p>
<h2>Aparejo de la jornada, objetivo y exoedicionarios</h2>
<p class="bodytext">La empresa de exploración que dirigió Vázquez de Coronado fue, ante todo, un trabajo de equipo, que sin la colaboración material y financiera de los capitanes y soldados no hubiera sido posible llevar a cabo. El viaje a Cíbola tuvo como primer objetivo el reconocimiento de la tierra llana y espaciosa, apenas andada por fray Marcos de Niza, seguido por el interés de acrecentar las provincias, las villas, los tributos y los vasallos de la Corona.</p>
<p class="bodytext">Vázquez de Coronado entregó los cargos más importantes de la expedición a gente muy conocida en la capital del virreinato. Por maestre de campo nombró a Lope de Samaniego, que había sido alcalde de las atarazanas de la ciudad de México; por teniente general designó a Tristán de Luna y Arellano, antiguo capitán de la jornada a la Florida; como uno de sus capitanes nombró a Melchor Díaz, alcalde mayor de Culiacán; otros cargos de menor importancia los entregó a Diego de Barrionuevo, Garci López de Cárdenas, Pedro de Tovar, Diego de Guevara, Rodrigo Maldonado, Juan de Saldívar y Pablo de Melgosa. Juan de Jaramillo y Pedro de Castañeda de Nájera destacaron no sólo por sus habilidades militares sino también porque dejaron testimonio sobre esta expedición. El primero, llamado El Mozo, escribió la Relación hecha por el capitán Juan de Jaramillo de la jornada que había hecho a tierra nueva en la Nueva España y al descubrimiento de Cíbola yendo con el general Francisco Vázquez de Coronado; el segundo, la Relación de la jornada de Cíbola compuesta por Pedro de Castañeda de Nájera donde trata de todos aquellos poblados y ritos y costumbres la cual fue el año de 1540. Acompañaron la expedición los franciscanos Juan de Padilla, Marcos de Niza, Juan de la Cruz y Antonio de Vitoria (encargado de los oficios de la misa) y el lego Luis de Escalona.</p>
<p class="bodytext">El escribano mayor Juan de Cuevas escribió una Relación con los nombres de doscientos ochenta y cinco hombres que salieron de Compostela, en la Nueva Galicia, bajo el mando de Francisco Vázquez de Coronado. Con ellos iba Francisca de Hozes, mujer del soldado Alonso Sánchez, y Luisa, una india, natural de la villa de Culiacán, que años más tarde sirvió como intérprete al conquistador Francisco de Ibarra; también se hicieron acompañar por cerca de un millar de indios amigos que iban por su voluntad, la mayoría de ellos de las provincias de Michoacán. La expedición llevaba quinientos veintiséis caballos, lanzas, espadas, armaduras, puñales, ballestas, arcabuces y, como provisiones, ganado vacuno, carneros y algunos puercos.</p>
<p class="bodytext">La aportación del virrey Mendoza consistió en entregar treinta pesos, como ayuda de costa, a cada hombre que iba a caballo y veinte pesos a los que no habían aportado a la empresa ninguna bestia. Además, todos los hombres que fueron a Cíbola tuvieron la promesa de recibir un repartimiento de tierra a cambio de los servicios prestados a la Corona.</p>
<p class="bodytext">Como muchas otras relaciones que se escribieron sobre los descubrimientos en el Nuevo Mundo, la de Pedro de Castañeda de Nájera estrecha el encuentro con el lector mediante amplias descripciones. Un ejemplo es ilustrativo: la partida de la expedición, el 10 de febrero de 1540 en Compostela, fue presenciada por las más altas autoridades virreinales. Nunca antes la entonces capital del reino de la Nueva Galicia había reunido tanta gente de prestigio para un mismo fin. Por su parte, Cristóbal de Oñate, gobernador de la Nueva Galicia, fue el anfitrión de personajes ilustres tales como el virrey Antonio de Mendoza, Pedro Almíndez de Chirinos, Gonzalo de Salazar, veedor y factor de la Nueva España, Diego Ordóñez, de Puebla de los Ángeles, y Juan Fernández, de la villa de la Purificación. Los asistentes fueron testigos del alarde de campo, de las palabras y la oración entusiasta que el virrey dirigió a los expedicionarios y del juramento de fidelidad de cada uno sobre los evangelios. Después de tan solemne ceremonia el campo partió con las banderas desplegadas y con don Antonio de Mendoza al frente, que les acompañó dos jornadas. Las huestes de Coronado siguieron la ruta andada de manera inversa por Cabeza de Vaca, en una marcha un tanto difícil, primero por el encuentro con los indígenas, después por la naturaleza para muchos desconocida y también porque los capitanes se habían acostumbrado a la comodidad de sus viviendas en las villas y ciudades recién fundadas. Por ello, la aventura obligó a los capitanes de la expedición a convertirse en arrieros al grado de que el que despreciaba esta actividad, “«no era considerado hombre». Ante esta situación, no pasó mucho tiempo antes de que se desprendieran de lo innecesario. Muchos de estos hombres dejaron sus ricos y bien aderezados avíos a los pobladores de la villa de Culiacán, como pago del hospedaje que recibieron y por el alimento que se les había proporcionado para las bestias.</p>
<p class="bodytext">Ahora bien, si en el objetivo de la expedición se encontraba el reconocimiento de la tierra, en su avance se encontró el río Colorado. Su descubrimiento se llevó a cabo en dos direcciones: una terrestre bajo el mando de Francisco Vázquez de Coronado, y otra marítima a cargo del capitán Hernando de Alarcón. Esta última, organizada por el virrey Mendoza con la finalidad de dar el apoyo necesario a la expedición de Coronado y de reconocer el litoral del norte de la Nueva España.</p>
<h2>El viaje por la «Tierra nueva»</h2>
<p class="bodytext">Después de Culiacán, Francisco Vázquez de Coronado continuó su viaje por tierra desconocida y sin grandes contrastes geográficos. Las primeras jornadas recorridas por el general y sus capitanes fueron suficientes para indicarles que habían penetrado a una región desolada y desértica, a la que reconocieron con la frase «el principio del despoblado», y su tierra yerma influyó en el ánimo y en el desconsuelo de los expedicionarios que esperaban encontrar los descubrimientos anunciados. La ilusión de los viajeros por hallar las riquezas anunciadas les condujo, durante quince días, por un territorio de suelo rojizo y desabitado hasta la población de Cíbola. En esta región Vázquez de Coronado tuvo noticia de la existencia de un río «de agua turbia y bermeja» y también fue aquí donde encontró a los dos primeros indígenas de aquella nación que huyeron despavoridos al ver aquellos hombres tan extraños a su propia percepción.</p>
<p class="bodytext">El encuentro de Vázquez de Coronado con la naturaleza y los hombres de la «tierra nueva» provocó constantes comparaciones con los recién conquistados territorios mesoamericanos. Para comenzar, las riquezas prometidas tardaron en llegar y, cuando éstas se presentaron, sólo consistieron en algunos frutos de la tierra, tales como pencas de maguey asadas (las hojas carnosas de una variedad de agave) y pitayas (frutos de la planta cactácea del mismo nombre). Nada tenían en común estos presentes con la cantidad de mantas de algodón ni con las joyas que Cortés recibió del emperador mexica. El más valioso obsequio que Vázquez de Coronado aceptó fue un trozo de cobre y unos cascabeles del mismo material, que consideró conveniente enviar al rey como prueba de su trabajo. Si bien los expedicionarios no obtuvieron lo que esperaban, las crónicas elaboradas posteriormente serían valiosas por su variada y rica información. Sorprendió a la expedición la vestimenta de los naturales, extremadamente adornada, de mucho abrigo y fabricada de cuero, así como el abundante tatuaje en todo su cuerpo pero, sobre todo, la elevada estatura y la «buena disposición» de algunos de ellos. Estas descripciones enviadas de inmediato a la metrópoli sirvieron para conformar la iconografía del Nuevo Mundo. La necesidad como maestra de la vida enseñó a los exploradores a sobrevivir en aquellos despoblados territorios y a consumir los pocos productos que les ofrecía una tierra en la que predominaban los bisontes y vegetales desconocidos, corriendo el riesgo de envenenamiento. Comieron una clase de pan elaborado con harina de maíz que los expedicionarios compararon con las hogazas de Castilla. Además, la naturaleza les sorprendió con las temperaturas extremas del verano que, en palabras de Jaramillo, era casi «la boca del infierno», mientras que en invierno el frío les impedía realizar cualquier actividad.</p>
<p class="bodytext">Vázquez de Coronado y sus hombres pasaron muchos días en territorio estéril, sin encontrar las ciudades descritas por el padre Niza; pasado el tiempo, el religioso tuvo que reconocer la falsedad de sus informaciones. En realidad, el viaje les fue desvelando sólo pequeños pueblos, abundantes en número y extremadamente dispersos en núcleos, a los que llamaron «rancherías»; la mayoría de las casas estaban fabricadas de cueros y cañas que sus habitantes nómadas desplazaban de un lugar a otro al seguir al ganado del que se alimentaban; las construidas de piedras y lodo eran escasas.</p>
<p class="bodytext">En fin, con ninguna de las noticias difundidas por Marcos de Niza se encontró Vázquez de Coronado. Las siete ciudades mencionadas fueron los asentamientos indígenas conocidos más tarde como «indios pueblo», situados actualmente en el territorio de Nuevo México, Estados Unidos. Las rancherías llegaban a tener hasta trescientas casas la más grande y cincuenta la más pequeña, agrupadas en un solo bloque o ubicadas en barrios. La ciudad que fray Marcos de Niza «divisó» se convirtió en leyenda.</p>
<p class="bodytext">La expedición recorrió doscientas cuarenta leguas en setenta y tres días, desde la villa de Culiacán hasta Cíbola. Después de reconocer los alrededores de esta ciudad, Vázquez de Coronado estableció su campamento a cincuenta leguas al oeste de una población llamada Tiguex. El sitio tenía un pueblo habitado por gente vestida y estaba provisto de suficientes bastimentos de maíz, fríjol, calabaza y algodón. Desde este lugar el general envió al capitán Pedro de Tovar con diecisiete hombres de a caballo y a fray Juan de Padilla, a descubrir otras provincias. Como todos los territorios recién descubiertos, los que iban encontrando estaban despoblados. La soledad del territorio les exacerbaba los sentidos y los sucesos, por muy pequeños que fueran, les causaban admiración y temor al mismo tiempo. Bajo estas condiciones, su imaginación se desbordó cuando escucharon hablar de gente feroz que desconocía los caballos, montaba animales nunca antes vistos y se alimentaba de carne humana. Con temor ante lo desconocido, Tovar y sus hombres llegaron a Tusayán, un pueblo de indios ubicado al oeste de Tiguex, y aquí fue donde el capitán escuchó hablar por primera vez de la existencia de un gran río. Pero, sin llegar a internarse por ese territorio, por no llevar más comisión de Vázquez de Coronado, regresó a Tiguex a informar a éste quien, ante las recientes noticias, dispuso una nueva salida a cargo del capitán Melchor Díaz.</p>
<h2>Un río en «Tierra Bermeja»</h2>
<p class="bodytext">El capitán Melchor Díaz, acompañado de una docena de hombres, halló el río del que Tovar había escuchado hablar. Caminó sesenta leguas, muy cerca de su ribera, y se encontró con las noticias de la expedición marítima de Hernando de Alarcón, con quien había quedado en reunirse. Pero Melchor Díaz volvió al campo de Tiguex sin haber visto el mar y moribundo debido a una herida causada con su propia lanza al ir a arrojarla a un lebrel que alborotaba el ganado.</p>
<p class="bodytext">Los informes de reconocimiento obtenidos por los capitanes Tovar y Díaz fueron útiles a Vázquez de Coronado para enviar una tercera expedición al mando del capitán Garci López de Cárdenas. Esta salió desde el valle de los Corazones y llevaba el objetivo de confirmar lo visto y oído por los exploradores que le habían antecedido. López de Cárdenas y su grupo caminaron durante veinte jornadas, recorrieron cincuenta leguas al oeste de Tuzán y ochenta desde Cíbola y, al llegar al sitio mencionado por Tovar, se encontraron con un pueblo habitado por unos naturales hospitalarios que les proporcionaron algunos guías. El capitán López de Cárdenas, acompañado de una docena de hombres, se encontró en unas tierras altas y frías pobladas de pinos que, en palabras de Pedro de Castañeda, conformaron la primera descripción del territorio, por donde se desliza el río Colorado.</p>
<p class="bodytext">Como don Pedro de Tovar no llevó más comisión volvió de allí y dio esta noticia al general que luego despachó allá a don Garci López de Cárdenas con hasta doce compañeros para ver este río que como llegó a Tusayán siendo bien recibido y hospedado de los naturales le dieron guías para proseguir sus jornadas y salieron de allí cargados de bastimentos porque habían de ir por tierra despoblada hasta el poblado que los indios decían que eran más de veinte jornadas pues como hubieron andado veinte jornadas llegaron a las barrancas del río que puestos al vado de ellas parecía que al otro bordo que había más de tres o cuatro leguas por el aire; esta tierra era alta y llena de pinales bajos y encorvados frigídisima debajo del norte que con ser el tiempo caliente no se podía vivir de frío.</p>
<p class="bodytext">López de Cárdenas halló el río del que Tovar había tenido noticias, y lo bautizó con el nombre de «Tizón» (ahora Colorado), por la costumbre que tenían los naturales de caminar con un tizón en la mano, que les servía para calentar su cuerpo en el invierno. Cuando el grupo de exploración llegó a la ribera del río, avistó con admiración su profunda barranca y por tres días estuvieron buscando la mejor vía para descender hasta su lecho. Castañeda describió el esfuerzo realizado por los hombres enviados por el capitán López de Cárdenas a reconocer el cauce del río, pero, por no poder dar fe de este acto, sólo se atrevió a comparar el Tizón americano, con el Guadalquivir europeo. Anotó en su crónica:</p>
<p class="bodytext">(&#8230;) fue imposible por una parte ni otra hallarle bajada para caballo, ni aun para pie, sino por una parte muy trabajosa, por donde tenía casi dos leguas de bajada. Estaba la barranca tan acantillada de peñas que apenas podían ver el río, el cual aunque es según dicen, tanto o mucho mayor que el de Sevilla, de arriba parecía un arroyo.</p>
<p class="bodytext">Al cabo de tres días, al capitán López de Cárdenas le pareció que había encontrado un lugar con menos dificultad para bajar al río. Había observado que su curso venía del nordeste y se dirigía hacia el sudeste y, desde lo alto, le pareció que tenía una brazada de ancho. Los hombres designados para realizar el descenso, a la vista de todos, fueron elegidos entre los más ágiles: Pablo de Melgosa, Juan Galeras y otro, del que no se registró su nombre. Continúa la descripción Castañeda:</p>
<p class="bodytext">(&#8230;) tardaron bajando a vista de ellos, de los de arriba, hasta que perdieron de vista los bultos que la vista no les alcanzaba a ver y volvieron a las cuatro de la tarde; (&#8230;) que no pudieron acabar de bajar por grandes dificultades que hallaron porque lo que arriba parecía fácil no lo era, antes muy áspero; y dijeron que habían bajado la tercera parte y que desde donde llegaron parecía el río muy grande y que conforme a lo que vieron era verdad tener la anchura que los indios decían.</p>
<p class="bodytext">Los comisionados regresaron al campamento y contaron que habían visto las paredes de la barranca desgarradas, jurando que eran más altas que la torre mayor de Sevilla. Después del intento fallido por llegar al lecho del río, López de Cárdenas y sus hombres caminaron en busca de agua, en dirección a su nacimiento, alejándose de la barranca una o dos leguas diariamente, tierra adentro, durante cuatro jornadas. Como el capitán vio que el reconocimiento ya no tenía sentido, regresó para informar a Vázquez de Coronado de sus descubrimientos. Era el río al que había llegado Melchor Díaz y los indígenas, los mismos con los que aquel se había encontrado, según se enteraron después.</p>
<p class="bodytext">Cuando el capitán López de Cárdenas regresó al campo, Pedro de Sotomayor, el cronista de la expedición, dio cuenta a Vázquez de Coronado de lo que habían visto el capitán y sus hombres en los ochenta días que había durado el recorrido. Este fue el primer testimonio sobre el descubrimiento del Cañón del Colorado y del río del mismo nombre. La participación de López de Cárdenas en la jornada de exploración de la «tierra nueva» terminó cuando se cayó de su caballo y se rompió un brazo. La desgracia le obligó a regresar a México, junto con doce hombres enfermos, que tampoco podían continuar en la aventura.</p>
<h2>La expedición marítima</h2>
<p class="bodytext">Para realizar el viaje por mar hasta la desembocadura del río Colorado, se tomaron en cuenta los descubrimientos geográficos realizados por Hernán Cortés en la cuarta y última expedición al mando de Francisco de Ulloa, encargado de explorar el mar que separaba la tierra de Santa Cruz (primer nombre de California) de la tierra firme y bojear la extensión para conocer su dimensión y latitudes. El capitán Ulloa había zarpado de Acapulco, en 1539, en tres navíos bien armados y abastecidos: el Santa Águeda, el Trinidad y el Santo Tomás; con ellos navegó hacia el norte más de doscientas leguas, hasta llegar a una ensenada que nombró «ancón de San Andrés» y donde encontró la desembocadura del río Colorado. Francisco de Ulloa situó su desembocadura a los 34º (en realidad se encuentra a los 31º). De la relación de Ulloa y de su piloto mayor Francisco Preciado extraemos la siguiente descripción:</p>
<p class="bodytext">Hallamos una canal, dos leguas de la tierra firme, de hondura de ocho brazas, por la cual entraban sus dos mareas en veinticuatro horas por su orden y concierto de creciente y de menguante (&#8230;) con tanta corriente (&#8230;) que era cosa maravillosa.</p>
<p>Por su parte, los cronistas Francisco López de Gómara, en su libro La conquista de México (Zaragoza, 1552), y Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (enviada a España para su publicación en 1575), incluyen estos descubrimientos. Los primeros exploradores no se detuvieron en los sitios que iban descubriendo y pusieron más el énfasis en el reconocimiento de los litorales que en la obtención de ganancias. Lo cierto fue que las noticias llegadas a Europa reconocieron a Hernán Cortés como el descubridor del golfo de California, conocido también como «mar de Cortés».</p>
<p>Hernando de Alarcón, enviado por el virrey, comenzó su aventura en 1540 con dos navíos –San Pedro y Santa Catalina– a los que más tarde se sumó el San Gabriel. Alarcón siguió la costa de Sinaloa, sin alejarse de ella, siempre hacia el norte; llevaba la encomienda de registrar los ríos que encontrara en su camino. Cuando llegó al ancón de San Andrés lo bautizó con el nombre de «Buena Guía». Su desembocadura nada tenía en común con la actual; entonces su caudal se repartía en pequeños ríos secundarios que, al contacto con el mar, formaban fuertes corrientes. Esta boca de río había sido registrada un año antes por Francisco Preciado, piloto mayor de la expedición al mando de Francisco de Ulloa. Los detalles de la expedición marítima de Ulloa se conservaron gracias a la edición de Giovanni Battista Ramusio, Delle navigationi e viaggi, de 1556.</p>
<p class="bodytext">Alarcón esperó noticias de Vázquez de Coronado a quince leguas de la desembocadura del río Colorado, casi en la confluencia con el Gila, pero sólo dejó constancia de su presencia en unas cartas o mapas al pie de un árbol, tal como lo habían convenido. Pese al poco tiempo que Hernando de Alarcón permaneció en ese lugar, le fue suficiente para registrar el río en sus cartas y afirmar que California no era una isla sino parte de la tierra firme.</p>
<p class="bodytext">A Castañeda llegó la noticia del descubrimiento de la desembocadura del río Colorado, por Hernando de Alarcón, de la manera siguiente:</p>
<p class="bodytext">(&#8230;) el río Tizón es poderoso río y tiene de boca más de dos leguas [remontando su curso] cuando tenía media legua de travesía [Melchor Díaz] tomó lengua del capitán [Hernando de Alarcón] cómo los navíos habían estado tres jornadas de allí por bajo hacia la mar y llegados a donde los navíos estuvieron que era más de quince leguas el río arriba de la boca del puerto y hallaron en un árbol escrito: aquí llegó Alarcón al pie de este árbol hay cartas; sacáronse las cartas y por ellas vieron el tiempo que estuvieron aguardando nuevas del campo y cómo había dado la vuelta desde allí para la Nueva España con los navíos porque no podía correr adelante porque aquella mar era ancón.</p>
<p class="bodytext">El siglo XVI fue abundante en cartas geográficas para esta remota región de América, las cuales se publicaban después de cada nuevo descubrimiento. Las informaciones sobre los litorales situados entre la Nueva España y la península de California llegaron a la Casa de Contratación de Sevilla, donde se guardaba el «padrón general del puntual registro de lo que se descubría». Las primeras cartas de las que se tiene noticia fueron elaboradas en 1539 por Francisco Preciado, piloto mayor de Francisco de Ulloa. A partir de ésta otros cartógrafos incluyeron en sus trabajos los nuevos descubrimientos. Entre ellos citamos a Sebastián Caboto, que elaboró un mapamundi en 1544, en el que se delineaba California, el río Colorado y la representación de dos indígenas con un puma. El portugués Andreas Homen preparó un mapamundi en Lisboa, en 1554, y el español Bartolomé Olives realizó un mapa general del mundo que formó parte de un Atlas, fechado en 1561, con la nomenclatura dada tanto por Ulloa como por Alarcón. En el mapa del genovés Battista Agnese (1540), California se muestra bien delineada y en el de Giacomo Gastaldi (1546), el río Colorado aparece separando la península de California de la tierra firme y, a su margen izquierda, se encuentran «las siete ciudades». En el mapa de Bolognino Zaltieri, grabado en Venecia en 1566, se sigue la concepción adoptada por Gastaldi, otorgando al río Colorado un destacado protagonismo en el septentrión ignoto. Pero el mapa más elocuente con el título de «Las siete ciudades» fue el elaborado por Juan Martínez hacia 1578, que forma parte de un Atlas guardado en la Biblioteca Británica. El mapa describe los búfalos, sitúa las siete ciudades en Cíbola y las presenta como pequeñas poblaciones fortificadas a la manera europea; el río Colorado tiene grandes afluentes y es, ante todo, una referencia importante en el territorio. Con todas estas tempranas informaciones se fue delineando el perfil de la «tierra nueva» y de la mar del Sur.</p>
<p class="bodytext">El río Colorado recibió el nombre con el que se le conoce actualmente cuando Juan de Oñate, después de haber fundado en 1598 Santa Fe, hoy en Nuevo México, el primer establecimiento español permanente en el norte de México, emprendió una expedición en 1604 hacia el oeste, en busca de la mar del Sur. Atravesó la provincia de los zuñis y, según el relato de Jerónimo Zárate Salmerón, la encontró con un río al que llamaron «Colorado», por el cual siguieron su curso hasta el mar; después de tres meses de marcha contemplaron en 1605 la desembocadura del río, que tenía cuatro leguas de anchura.</p>
<h2>Después de Cíbola</h2>
<p class="bodytext">El destino de los personajes involucrados en la expedición a Cíbola fue muy diverso. Hernán Cortés murió en Castilleja de la Cuesta, Sevilla, en 1547; Francisco Vázquez de Coronado se estableció en México para atender su quebrantada salud; don Antonio de Mendoza marchó al virreinato del Perú; López de Cárdenas fue a España a afrontar un juicio por maltrato de indios; fray Marcos de Niza se trasladó, primero a Xalapa y después a Xochimilco, para recuperarse de su reumatismo; el arzobispo fray Juan de Zumárraga, entusiasta asesor del virrey en los descubrimientos, murió en México en 1548; Cristóbal de Oñate se convirtió en rico minero al descubrir los yacimientos de plata en Zacatecas; Tristán de Luna y Arellano contrajo matrimonio en Oaxaca y dirigió la expedición a Florida; Juan de Jaramillo recibió un repartimiento de indios por sus servicios, y Pedro de Tovar también se casó y era alcalde mayor en Culiacán en 1564.</p>
<p>La estancia de dos años en territorio desconocido y estéril, por no haber encontrado metales preciosos ni las poblaciones prometidas, produjo desencanto en los expedicionarios que sobrevivieron. Pero, a cambio de la aparente pobreza con la que se encontraron, la expedición proporcionó una importante contribución al conocimiento geográfico. Dos años fueron suficientes para que Coronado adquiriera un relativo conocimiento de la anchura del continente por la latitud de sus viajes; por ellos Europa tuvo muy pronto información casi exacta del perfil y del área de la América septentrional y, en consecuencia, de su relación geográfica con el resto del mundo. La flora, la fauna, las montañas, los ríos y los desiertos formaron parte importante de las descripciones del viaje a Cíbola, tanto como los hombres que habitaban el vasto territorio, con sus lenguas, ritos, costumbres y las tareas domésticas de mujeres y de hombres. En la cartografía aparecieron los nombres de los pueblos como Cíbola, Tiguex, la llanura de los Búfalos y Quivira, y de los ríos y las montañas que se iban designando con toponimia castellana.</p>
<p class="bodytext">Vázquez de Coronado ordenó el regreso a la Nueva España después de haber estado en Quivira, otra región de la que le habían contado que era muy rica. Tras haber sufrido un accidente que alteró seriamente su salud, comprobó que los hombres de la expedición ya no tenían el entusiasmo del principio; iba quedando «la gente ruin, revoltosa y sediciosa», olvidando el juramento de fidelidad que habían hecho en la partida. El capitán ordenó en 1542 la vuelta de todo el campo, excepto dos religiosos, que prefirieron quedarse a evangelizar a los indios de Quivira y de Cicuye.</p>
<p class="bodytext">El retorno siguió la misma ruta por la que habían ido, aunque con las huestes diezmadas; los hombres se iban quedando en los pocos pueblos ya fundados y los indios «amigos», al advertir la falta de rigor del capitán, huyeron o fueron dispersándose en los pueblos de indios. Vázquez de Coronado llegó a la ciudad de México con menos de cien hombres para informar al virrey Antonio de Mendoza sobre los resultados de la expedición.</p>
<p class="bodytext">El viaje no proporcionó metales preciosos pero fue un antecedente necesario para la futura colonización y población de aquella parte de las Indias; cada uno de sus pasos ayudó a preparar el siguiente avance y contribuyó a la traza del primer mapa del interior del vasto territorio de la América española del septentrión. Coronado pudo parecer menos eficiente que algunos otros de los conquistadores contemporáneos; en parte puede ser cierto pero debió tener cualidades de líder para dirigir una expedición tan grande, cuando apenas tenía treinta años de edad y cinco en las Indias. Las relaciones que se hicieron de la jornada a Cíbola concluyen abruptamente contra Vázquez de Coronado. Sin embargo, es indudable que sin su habilidad y prudencia pocos habrían vuelto de la expedición. El general dividió acertadamente las fuerzas de ésta de manera que ni pudieran ser batidas por los naturales de la tierra, ni los estragos del hambre y la sed diezmaran el numeroso contingente.</p>
<p class="bodytext">Si esta expedición fue un fracaso –dados los propósitos del virrey Mendoza y de los conquistadores de su tiempo–, tiene, en cambio, una importancia fundamental en la historia de la geografía americana por la enorme extensión del terreno que se recorrió y por las noticias aportadas de los nuevos territorios, contribuyendo de un modo decisivo a que se ampliase la colonización de Nueva España. Hasta entonces las comarcas exploradas en la frontera norte no habían ofrecido ningún aliciente a los colonos que aun cifraban sus esperanzas en las leyendas.</p>
<p class="bodytext">Los escasos beneficios materiales obtenidos en la expedición de «las siete ciudades de Cíbola» no impidieron continuar con la aventura del descubrimiento, ni menester la creencia en fabulosas regiones que inspiraran heroicas hazañas a lo largo del siglo XVI. Tampoco las proezas, los peligros y los descubrimientos que refieren los testimonios fueron superados por la ficción.</p>
</div>
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			</item>
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		<title>Sarmiento de Gamboa (1579-80)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/sarmiento-de-gamboa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 31 Mar 2020 15:38:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[El Reconocimiento del Estrecho de Magallanes]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mª Justina Sarabia Viejo Bibliografía: «Exp. españoles olvidados de los siglos XVI y XVII» SGE.2000 «Viajes al Estrecho de Magallanes». Ed. de María Justina Sarabia Viejo. La extensa región americana que [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div id="c2947" class="csc-default">
<p><strong>Mª Justina Sarabia Viejo</strong></p>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exp. españoles olvidados de los siglos XVI y XVII» SGE.2000 «Viajes al Estrecho de Magallanes». Ed. de María Justina Sarabia Viejo.</p>
</div>
<div id="c2948" class="csc-default">
<p class="bodytext">La extensa región americana que va desde el Perú hasta el sur de la República Argentina , pasando por Chile, constituyó un territorio difícil de incorporar a la Corona española durante el siglo XVI. La llamaron Terra Australis y los “finales del mundo” pero atrajo también la atención de ingleses y holandeses, tanto en la citada centuria como en la siguiente. A ella se llegaba desde que Perú y Chile y desde España, cruzando el Océano Atlántico.</p>
<p class="bodytext">Esta zona bañada en su mayoría por el Pacífico, y fue descubierta por los hispanos en 1513. Desde entonces el Pacífico sería denominado “mar español” o “lago español” debido a la cantidad de expediciones y posteriores asentamientos realizados por los navegantes, desde fechas tempranas, en sus archipiélagos y costas. En los últimos años han aparecido libros como los de Hugo O&#8217;Donnell <em>( España en el Descubrimiento, conquista y defensa del mar del Sur )</em>, Salvador Bernabeu <em>( El Pacífico ilustrado: del lago español a las grandes expediciones ) </em>e incluso el de temática más general de Mario Hernández Sánchez-Barba <em>( El mar en la historia de América )</em>, que nos acercan al conocimiento histórico de la presencia hispánica en este océano. También es muy útil la reedición ampliada de la obra de Javier Oyarzun, titulada <em>Expediciones españolas al Estrecho de Magallanes y Tierra de Fuego.</em></p>
<p class="bodytext">El famoso viajero alemán Alejandro de Humbolt en su Ensayo político sobre el reino de Nueva España, publicado por primera vez a principios del siglo XIX, valoraba esta acción en el Pacífico a través de una pregunta y posterior respuesta suya:</p>
<p class="bodytext">“¿Será si tenemos presente pues justo decir que los españoles han atravesado el gran océano sin reconocer ninguna tierra, la gran masa de descubiertas que acabamos de citar y que fueron hechas en una época en que el arte de la navegación y la astronomía náutica estaban muy distantes del grado de perfección que han adquirido en nuestros días? Vizcaíno, Mendaña, Quirós y Sarmiento merecen, sin duda, ser colocados al lado de los más ilustres navegantes del siglo decimoctavo”.</p>
<p class="bodytext">De acuerdo con los intereses oficiales españoles de esa época, el estrecho de Magallanes, que recibió como nombre el primer navegante que dio la vuelta al mundi, se convirtió en un estratégico lugar de paso entre los océanos Atlántico y Pacífico, también llamado éste último “mar del Sur”. Lógicamente, su dominio sería un objetivo constante, siempre difícil de mantener, al que desde fechas tempranas se dedicaron muchas expediciones, fondos y, por encima de todo, vidas humanas. A estos problemas contribuía la lejanía de Chile, tanto respecto de la metrópoli y su centro organizador, Sevilla, como de la ciudad de Lima, capital de toda América del Sur, pero estaba orientado económicamente hacia el pacífico central, vía Panamá.</p>
<p class="bodytext">Con estas limitaciones, y enfrentados a la poderosa organización inglesa de los últimos años del siglo XVI, y a la de Holanda en la centuria siguiente, pueden entenderse las dificultades, fracasos y abandonos que tanto abundaron en las expediciones que, desde España y desde el Perú y Chile, se dirigieron hacia el estrecho de Magallanes, la mayoría de ellas con la idea de poblar y afianzar esa zona austral. De hecho, hasta finales del siglo XVII Chile no tendrá comunicación directa con España ni con otros países europeos, al desarrollarse la navegación por el estrecho, y por el cabo de Hornos, ya en el XVIII.</p>
<h2>Desde España y Chile hacia el Estrecho</h2>
<p class="bodytext">Cuando la expedición de Magallanes y Elcano llegó al estrecho que luego llevaría el nombre del viajero portugués, el 31 de marzo de 1520 tocaron en un puerto situado a 49º sur, al que dieron el nombre de San Julián. Durante los cinco meses que permanecieron allí se produjeron enfrentamientos, sublevaciones, muertes y abandonos pero también se exploró la boca del estrecho. Juan Serrano descubrió el estuario de Santa Cruz y fue por entonces cuando la nao San Antonio desertó de la flota y volvió a la península.</p>
<div id="c2953" class="csc-default">
<p class="bodytext">El italiano Pigafetta, autor de la crónica más famosa sobre este viaje y que formaba parte de él como sobresaliente, recoge el momento final de ese recorrido:</p>
<p class="bodytext">“Habíamos entrado en el canal SO con los otros dos navíos y continuando nuestra navegación llegamos a un río que llamamos de las Sardinas a causa de la inmensa cantidad que vimos de estos peces. Anclamos allí para esperar a los otros dos navíos y pasamos cuatro días pero durante este tiempo se envió una chalupa muy bien equipada para que reconociese el cabo de este canal que desembocaría en otro mar. Los marineros de la chalupa volvieron al tercer día y nos comunicaron que habían visto el cabo en que terminaba el Estrecho y un gran mar, esto es, el Océano. Todos lloramos de alegría.”</p>
<p class="bodytext">Tras el retorno de Elcano y los supervivientes de la primera vuelta al mundo, se decidió organizar una expedición que debía partir desde La Coruña. Su objetivo era dirigirse hacia la Especiería (islas Molucas) y afianzar allí el dominio español frente a Portugal. Zarpó en 1525, integrada por siete naves y unos cuatrocientos cincuenta hombres, al mando del comendados frey García Jofre de Loaysa, de la orden militar de Rodas, que llevaba a Elcano como segundo (en los cargos de piloto mayor y guía), junto a tres hermanos y un cuñado suyo, y a tres participantes en el viaje magallánico. Otros navegantes conocidos eran el vasco Andrés de Urdaneta y el clérigo Juan de Aréyzaga, futuro cronista de este viaje e informante de Gonzalo Fernández de Oviedo, autor de la <em>Historia natural y moral de las Indias.</em></p>
<p class="bodytext">Durante la travesía del Atlántico, una tempestad provocó la pérdida de la nao capitana y la dispersión de los otros barcos, algunos de los cuales volvieron a juntarse en el estrecho. Hay que reseñar aquí que una de estas naves, la llamada San Lesmes, al ser arrastrada por el temporal, llegó hasta la punta meridional de América, a los 55º de latitud sur, que luego sería bautizada como cabo de Hornos. También son de gran interés las informaciones que recogió Oviedo sobre los indios patagones: “Son hombres de trece palmos de altura y sus mujeres son la misma altura”, y los marineros vieron que al abrazar a las mujeres en señal de amistad “no llegaban con las cabezas a sus miembros vergonzosos en el altor con una mano, y este padre –el clérigo Aréyzaga- no era pequeño hombre, sino de buena estatura de cuerpo”. Por eso los consideraron unos gigantes.</p>
<p class="bodytext">Navegando en el Pacífico, la expedición sufrió graves reveses, incluso las muertes de Loaysa, Elcano y su sucesor en el mando, el hidalgo montañés Toribio Alonso de Salazar; pero tocó lugares tan alejados entre sí como Cochim (factoría portuguesa en Asia), Tidore (una de las Islas Molucas) y las costas mexicanas. Después de muchos viajes y aventuras, Urdaneta consiguió llegar a Valladolid en 1537, doce años después de haber salido de España.</p>
<p class="bodytext">Interesan mucho las informaciones sobre este viaje aportadas por el vasco Urdaneta –más conocido como el fraile agustino, piloto de la expedición de Miguel López de Legazpi, que descubrió el tornaviaje o viaje de vuelta de las islas Filipinas a México en 1565, asegurado así la ruta del famoso galeón de Manila, que se dirigía anualmente a Acapulco-, <em>autor de la Relación de la Armada de Loaysa, de 1525; tambien es interesante el Derrotero del viaje y navegación de la armada de Loaysa desde su salida de La Coruña , hasta 1 de junio de 1526; sucesos de la nao Victoria después de separada de la armada, y descripción de las costas y mares por donde anduvo: dirigido todo al Rey por Hernando de la Torre ; </em>y, por último, la Relación diaria que dio Juan de Aréyzaga, clérigo natural de Guipúzcua, sobre la navegación que hizo la armada de S.M. de que iba por capitán el Comendador Loaysa hasta la desembocadura del Estrecho de Magallanes el año 1525.</p>
<p class="bodytext">Al descubrir el paso, Urdaneta indica que encontraron buenos puertos y que la mar era como un río manso, pero también había sierras grandes y nevadas. Le impresionó la abundante flora y fauna, entre ella un árbol de hoja parecida al laurel pero cuya corteza tenía el mismo sabor que la canela, y la gran cantidad de mejillones con aljófar –perla pequeña y asimétrica- en su interior. Por su parte, el relato de Hernando de la Torre , más detallado y práctico, al mismo tiempo que ameno, incluye consejos para los pilotos que pudieran pasar después por allí y cita muchos puertos situados en el estrecho magallánico, la mayoría con nombre de vírgenes y santos, muy difíciles de localizar actualmente debido a las deficiencias geográficas del siglo XVI y a los cambios de nombre.</p>
<p class="bodytext">El siguiente viaje conocido fue el de Simón de Alcazaba, un portugués que alegó su conocimiento de los mares y tierras de Asia por haber navegado siendo niño con su padre al servicio del rey don Manuel de Portugal, para solicitar de Carlos I la merced de organizar una expedición bajo bandera española. Por fin, en 1529, firmó con la emperatriz Isabel, esposa de Carlos I, una capitulación o contrato para recorrer por mar las costas desde Chincha hacia el estrecho de Magallanes durante doscientas leguas, con el fin de fundar en el sur al menos un pueblo de unos ciento cincuenta vecinos, en un plazo de año y medio. Recibirá a cambio el cargo de gobernador vitalicio y un salario de mil quinientos ducados obtenidos del producto que diese la nueva población, pero no de las arcas reales.</p>
<p class="bodytext">Dos naves –llamadas Madre de Dios y San Pedro &#8211; y un total de unas doscientas cincuenta personas partieron de Sanlúcar de Barrameda en septiembre de 1534 y, después de una dura travesía por el Atlántico, entraron en el estrecho. Gracias a las descripciones del escribano Alfonso Veedor y de Juan de Mori, podemos tener impresiones directas y vivas de lo que encontraron. El primero recoge el impacto ante la ferocidad de las vacas marinas, a las que describieron como leones de cintura para arriba, pero con las manos y pies “como manera de alas y señalados cinco dedos cada uno con sus uñas”, la visión de una cruz y otros restos de la expedición magallánica, la preparación de una entrada por tierra para poblar, dificultada por el hambre, la sed y las informaciones equívocas de algunos indios, e incluido una sublevación, encabezada por Juan Arias y Gaspar de Sotelo, en la que se llegó a matar al gobernador Alcazaba, aunque luego fueron sometidos aprovechando las disputas entre ellos.</p>
<p class="bodytext">Juan de Mori, que ocupó cargos importantes entre los navegantes, entre ellos el de tutor de Hernando, hijo bastardo menor del gobernador asesinado, escribió una Relación de lo ocurrido en la expedición de Simón de Alcaçaba al estrecho de Magallanes, desde que salió de Sanlúcar de Barrameda hasta que llegó a Santo Domingo . Curiosamente, escribió su relato, mientras estaba preso en la citada isla caribeña en 1535. No obstante parece que lo hubiera hecho en la proa de uno de los barcos por la viveza con que va contando cuanto ve. En primer lugar, los restos de viajes anteriores:</p>
<p class="bodytext">“Entramos en el estrecho y a la entrada del sobre mano derecha hallamos una cruz muy alta con letras que dezían en el tiempo que se havía puesto y por ello vimo que hera de quando vtra. Md. Avia pasado con Magallanes y, junto con ella, en un rio que alli se hace, hallamos una nao perdida con los masteles (sic) della junto a la cruz puestos sobre maderos, esta nao creo que era de las del comendador Laoysa{&#8230;} .“</p>
<p>Respecto al interés por poblar, después de elegir el puerto de Leones o de Lobos por ser seguro, plantaron las tiendas y chozas:</p>
<p>“{&#8230;} y dixeron que querían entrar por la tierra adentro y descubrir poblado de indios, y el capitán visto esto dixo que hera muy bien y que el mismo queria yr con ellos, e hizo luego muchos aparejos de armas para la entrada y unos sacotes aforrados de lana para la gente que no tenían harmas de su persona para que las flechas no les hiziesen mal”</p>
<p>Mori también narra el motín y la muerte violenta del comendador Alcazaba, cuyo cadáver fue arrojado al mar; pero le interesa mucho la pobre alimentación indígena, pese a la abundancia y gran tamaño de los peces, así como las montañas y ríos que iban encontrando, entre ellos “un río que iba entre dos sierras y parecía el agua como la del Guadalquivir”. La expedición, que continuó con problemas y nuevos enfrentamientos, fue un fracaso y tuvo que volver, a través del Brasil, a la isla de Santo Domingo, donde Mori fue detenido y encarcelado a causa de las denuncias presentadas contra él por los supervivientes.</p>
<p>Del viaje siguiente se conserva, curiosamente, mucha documentación sobre los preparativos, mientras que son escasas y cortas las descripciones del trayecto en sí. Incluso es extraño el nombre con el que es conocid, el de “las naves del obispo de Plasencia”. Se conservan de él dos textos: la Relación del viaje que hicieron las naves del Obispo de Plasencia desde la altura del Río de la Plata para el estrecho de Magallanes y la Relación del suceso de la Armada del Obispo de Plasencia que salió de España. Año de 1539.</p>
<p class="bodytext">Compuesta de cuatro navíos para la Especiería por el Estrecho de Magallanes, adonde llegaron a mediados del mes de enero de 1540. La primera relación, anónima, es de 1539,mientras que la segunda está sacada de una carta de Cristóbal Rayzen a Lázaro Alemán, fechada en Lisboa el 19 de julio de 1541.</p>
<p>Este poderoso eclesiástico –don Gutierre de Vargas Carvajal- pertenecía a una ilustre familia que tenía por entonces a otro miembro en el cargo, recién establecido, de virrey de la Nueva España : se trataba de Antonio de Mendoza, cuñado del citado obispo, que ocupó la máxima jerarquía política mexicana entre 1535 y 1550.</p>
<p>La expedición trataba de seguir la ruta en la que había fracasado Alcazaba y estaba integrada por cuatro barcos (algunos historiadores se refieren sólo a tres), al mando de Francisco de Camargo, hermano del eclediástico. Irían a través del Atlántico hasta el estrecho magallánico, pese a que la distancia era mayor que si se atravesaba el istmo de Panamá, debido a la gran vuelta que tenían que dar. El pariente del obispo sería sustituido por el comendador Francisco de la Rivera , que encabezó la expedición desde su salida de Sevilla en agosto de 1539, y tardó cuatro meses en llegar a la boca del estrecho, después de luchar contra vientos y tempestades. Pronto avistaron uns cruz depositada por Loaysa y también sufrieron el frecuente problema de perder la nao capitana, pero consiguieron que al menos se salvatan los que iban en ella.</p>
<p>Es interesante constatar que los náufragos de la nave perdida, lo mismo que en el caso de la expedición de Loaysa, pronto se dejaron cautivar por la llamada “leyenda de los Césares”, que se refería a las fabulosas riquezas de una urbe situada en las tierras patagónicas y que recibió su nombre de los compañeros de Francisco César que se perdieron durante el viaje de Magallanes y Elcano pero, curiosamente, no en esa área sino en la de las Molucas. Se entremezclaban así las tierras y los navegantes, siempre a la busca de míticas ciudades.</p>
<p class="bodytext">La dureza del clima les hizo buscar un lugar donde invernar y eligieron el puerto de las Zorras, llamado así porque había abundancia de estos animales. Su impresión inicial entre las ensenadas, montañas e islas, fue de desolación. E cronista escribe incluso:</p>
<p>“Toda esta tierra es rasa, sin ninguna arboleda, y muy ventosa e demasiado fría, porque ocho meses del año siempre nieva, y los más ventosos que allí avientan son sudueste, e oeste, e oesnornueste, porque muy pocas veces vientan otros vientos {&#8230;.} y aquí dura el verano no más de cuatro meses, enero y febrero e marzo y abril y en mayo comienza la fuerza del invierno e nieva mucho hasta la fin de diciembre”.</p>
<p>Los seis meses de estancia forzosa les hicieron ver las pocas posibilidades de la zona, que en la crónica se describen brevemente:</p>
<p>“En toda esta tierra había muchos patos, ansí de la montaña como de la marina, e ansí hay muchos lobos marinos en que habrá cuero de ellos en 36 pies de largo, y hay en esta tierra mucha madera de cedro {&#8230;} hay mucha caza, patos y zorras, y lobos marinos.”</p>
<p>A finales de 1540 se embarcaron de nuevo los expedicionarios, y al respecto hay diferentes versiones. Mientra algunos autores indican que las peripecias sufridas en esos meses debieron aconsejarles volver desde el estrecho otra vez hacia el Atlántico, para alcanzar el Río de la Plata , otros afirman que siguieron hasta el Perú, tocaron en Erequipa y Lima e incluso se vieron mezclados en las guerras civiles entre los Pizarro.</p>
<p>Con los mismos objetivos, se decidió aprestar en Sevilla cuatro naves, al mando de Francisco de Rojas, que después de atravesar el Atlántico, llegaron al estrecho de Magallanes el 20 de enero de 1540. Las dificultades provocadas por tempestades y vientos al salir del Pacífico dieron lugar a la desaparición de dos de las naves, mientras la tercera alcanzó el Perú y la cuarta pudo volverse a España. No se conocen diarios o relaciones que nos den más información acerca de esta expedición.</p>
<p class="bodytext">Más tarde y desde Chile, el gobernador Pedro de Valdivia también se interesó en patrocinar varias empresas hacia las regiones del extremo sur, con un objetivo geográfico y de obtención de un mejor conocimiento de aquella tierras. En 1544, con un barco procedente de Lima, envío al genovés Juan Bautista Pastene, asompañado por Jerónimo de Alderete y Juan de Cárdenas, este último como escribano. Sólo llegaron hasta Chiloé, pero encontraron varios puertos seguros.</p>
<p>Después se sarmó una expedición de tres naves, dirigida por el capitán Francisco de Ulloa, la que al parecer llegó hasta el estrecho, aunque es poco conocida por carecer de crónicas sobre ella.</p>
<p>Como consecuencia de estos viajes tan difíciles y de pocos resultados, lavisión oficial que se tenía a mediados del siglo XVI sobre la navegación a través del estrecho de Magallanes mostraba dos caras didtintas: por un lado, se seguía pensando en consolidar la presencia española para evitar el establecimiento, y consiguiente dominio, de otros países y, por otro, no se tenían grandes espectativas sobre esta colonización austral, a causa del clima y la pobreza de aquellas tierras, que tampoco atraerían mucho a otros colonizadores europeos.</p>
<p>El siguiente gobernador, García Hurtado de Mendoz, se preocupó igualmente por las tierras australes y, en 1557, mandó organizar el viaje de Juan de Ladrillero, uno de los más relevantes. Partió de la ciudad de Valdivia con dos navíos, aunque uno de ellos –mandado por Francisco Cotés de Ojez- tuvo que regresar a causa de una tormenta. Dirigido por el propio Ladrillero, el ltro barco recorrió las costas e islas del Pacífico sur hasta penetrar en el estrecho y, a través de él, salir posteriormente al Atlántico, dando la situación del paso en relación con ambos océnos.</p>
<p>La Descripción de la Costa del Mar Océano desde el sur de Valdivia hasta el Estrecho de Magallanes inclusive, fimada por Ladrillero en 1558 , recoge sus impresiones y las dificultades a las que tuvo que hacer frente. Por su parte Cortés de Ojea promovió su Relación diaria del Capitan Francisco Cortés de Ojea, capitán del bergantín San Salvador, escrita por el escribano Miguel de Goyzueta, de 1557-1558. Ambos textos, a modo de diarios de navegación, recogen con detalle el avance a través de las bocas, ensenadas y ríos, y describen lo que se va viendo: isla, ballenas, iceberg en marcha, así como los animales y los indios que habitaban escasamente aquellas tierras inhóspitas, y se mantenían de la perca. Los intentos de relacionarse conestos últimos derían lugar a encuentros curiosos, queu después deganeraton en enfrentamientos. Confirmaba todo ello la idea de que era muy difícil la vida en aquella regiones.</p>
<h2>Pedro Sarmiento de Gamboa y el Estrecho de Magallanes</h2>
<p>Este navegante es más conocido, en el siglo XX, gracias a la publicación de varias biografías como las de Ernesto Morales ( Aventuras y desventuras de un navegante. Editorial Futuro, Buenos Aires, 1946), Amancio Landín Carrasco ( Vida y viajes de Pedro Sarmiento de Gamboa, poblador de las Islas Salomón, poblador y capitán general del Estrecho de Magallanes, almirante de la Guardia de Indias. Instituto Histórico de la Marina , Madrid 1946), Rosa Arciniega ( Pedro Sarmiento de Gamboa (el ulises de América). Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1956) y nuestra obra Pedro Sarmiento de Gamboa. Los viajes al estrecho de Magallanes .</p>
<p>Sarmiento de Gamboa es un personaje interesane la historia de su vida merece la atención de una lineas que nos muestren las facetas tandiversas en que puede ser estudiado: como humanista interesado por la historia, como hombre de mar, como un aventurero que recorre el continente americano antes de establecerse enel Perú, etc. Sobre sus orígenes hay descrepancias ya que durante siglos se mantuvo la creencia, basada en varios textos, se su nacimiento en Pontevedra (Galicia), hasta que el historiador chileno José Toribio Medina encontró y publicó en el siglo XIX un documento donde el propio Sarmiento, al declarar en un proceso de la Inquisición que se le abrió en Lima en 1564, afirmaba “ser natural de Alcalá de Henares, hijo de Bartolomé Sarmiento, de Pontevedra, y de María Gamboa, de Bilbao”. En todo caso, no cabe duda que procedía de gente cercana al mar, que debió inculcarle el amor a la navegación y el interés por conocer otras tierras.</p>
<p>Respecto a la fecha de nacimieto, al no tenerse una información total, se establece un período entre 1532 y 1539. Tampoco hay constancia de sus estudios universitarios en Alcalá de Henares o en Sevilla o de una carrera militar en las guerras de Flandes y el Milanesado antes de pasar a América. Pero ambos aspectos se citarán después cuando muestre sus conocimientos de cosmografía, matemáticas, historia y lenguas clásicas (él mismo cuenta que habló en latín durante hora y media con la reina Isabel, cuando fue caprutado por los ingleses), a través de sus escritos, así como sus dotes para el mando y la acción.</p>
<p class="bodytext">Su presencia inicial en el Nuevo Mundo fue en el virreinado de Nueva España, nombre que recibió en aquellos tiempos la actual República Mexicana. Dentro de aquel extenso territorio, se indica como su lugar de residencia Puebla de los Ángeles, situada en el centro y que compitió en importancia con Ciudad de México desde finales del siglo XVI, cuando muchos habitantes de ésta última prefirieron establecerse en la villa poblana huyendo de las grandes inundaciones provocadas fracuentemente por el mal desaguë de la zona lacustre, sobre la cual se había asentado primero el centro azteca de Tenochtitlán y, luego, la capital de los españoles. De acuerdo con una de las maneras más repetidas de pasar a América, Sarmiento aparece como integrante del grupo que acompañaba a un importante cargo franciscano, fray Martín Sarmiento de Hojacastro, quizás pariente suyo, que llegaría a ser obispo de la diócesis de Puebla-Tlaxcala. Pese a tan buenas conexiones, este personaje tuvo problemas con la justicia y hacia 1557 decidió huir, y pasó primero a Guatemala, antes de dar el gran salto hacia el Perú a través de Panamá.</p>
<p>Como ya se ha indicado, en la sede del otro virreinato americano, Lima, de nuevo se abrió camino y llegó a ser criado del virrey, conde de Nieva, máxima autoridad del Perú entre 1561 y 1564, que murió asesinado en extrañas circustancias. Sarmine4to de Gamboa tuvo problemas nada menos que con la Inquisición. Los motivos eran oscuros y, por tanto, más peligrosos para la mentalidad de la época, ya que le acusaba de poseer anillos mágicos y realizar conjuros. Debió salir absuelto porque tres años más tarde nos consta que estuvo navegando bajo el mando de Álvaro de Mendaña, en una situación de mando, no como simple marinero.</p>
<p>¿Quién era este navegante? Álvaro de Mendaña había nacdo en el Bierzo, y llegó al Perú en 1564, como sobrino del gobernador interino Lope García de Castro, originario de la diócesis de Astorga y que incluyó a un grupo de bercianos en su séquito.</p>
<p class="bodytext">Al organizarse la expedición con el fin de dirigirse a Nueva Guinea, con una tripulación de unos ciento cincuenta hombre en dos naos, Sarmineto aparece como un experto cosmógrafo, pero durante el tiempo de este viaje hasta las islas Salomón, se observa la permanente tensión entre él y Pedro Ortega, el capitán de la nao almiranta, e incluso con el propio Mendaña. El motivo era el deseo de Sarmiento de avanzar, establecerse y poblar, frente a los temores del capitán general, sus amigos, los franciscanos y la mayoría de los expedicionarios, que queirían regresar al Perú. La vuelta fue duricíma purs tuvieron que navegar hasta Colima(México) y tras nuevos enfrentamientos en los que Mendaña llegó a destruir informaciones escritas por Sarmientos sobre el viaje y sobre él mismo, acusándole de cobardía e ineptitud, y evitó reunirse con el virrey de Nueva España, se embarcaron par “bajar” a través de Centroamerica, hasta el puerto de El Callao, en el Perú.</p>
<p>Las relaciones de Sarmiento no desaparecieron por completo, ya que existe una publicación titulada Páginas del descubrimiento de las islas Salomón (1568) según las relaciones del pontevedrés Sarmiento de Gamboa y de Álvaro de Mendaña , publicada en Pontevedra en 1964.</p>
<p>Con posterioridad a esa expedición, Mendaña dedicó varios años a preparar una segunda destinada a ampliar los descubrimientos españoles en el pacífico austral, mas no encontró apoyo en el nuevo virrey del Perú, Francisco de Toledo, y tuvo que esperar hasta 1595 para zarpar por fin de El Callao al mando de cuatro barcos. En esta expedición participaban varias mujere, entre ellas la esposa del capitán general, Isabel Barreto, y sus tres hermanas, y ha pasado a la historia porque al morir Mendaña en una epidemia, dejó ordenado que su cuñado le sustituyera al frente de la escuadra de tres barcos que quedaban y a su viuda como gobernadora de la colonia que acababa de fundarse. Al fallecer también Lorenzo Barreto poco después, doña Isabel reunió en su persona toda la autoridad de mar y tierra, con el doble título de gobernadora adelantada.</p>
<p class="bodytext">En la década de los setenta, Sarmiento se vinculó al gobierno de Francisco de Toledo como uno de los seguidoers importantes del intento de este virrey por reorganizar la administración y articular la sociedad indígena peruana dentro de los moldes cristianos y occidentales, respetando sólo aquellas instituciones prehispánicas que no se opusieran a la nueva organización. Toledo concedía gran importancia a la visita o recorrido por todo aquel territorio (actuales países de Perú y Bolivia), hecha por él o por sus colaboradores –entre ellos el mismo Sarmiento, al que había nombrada cosmógrafo mayor del Perú e historiador- y promovió una rica documentación de Ordenanzas (dedicadas a regir los aspectos más diversos) y de Informaciones. Estas últimas se hicieron preguntando a los indios más ancianos sobre la historia antigua, con el fin de buscar argumentos para afianzar el derecho de los reyes de España sobre aquellos lugares, demostrando que también los incas habían ocupado tierras, usurpado y matado a los legítimos herederos, con el fin de imponer luego formas tiránicas de gobierno, tributos, trabajos y servicios militares.</p>
<p>En apoyo de esta propuesta virreinal, Sarmiento escribio su Historia índica o Historia de los incas , obra actualmente polémica pero llena de datos, que formaba parte de un amplio proyecto de Historia general del Perú , en el que se incluirían adrmás una descripción geográfica con colección de mapas y una relación de los españoles en aquellas tierras. Gracias a sus múltiples facetas, Sarmiento también fue nombrado por su mandatario virreinal alférez real y secretario del ejército que se envió al Cuzco para combatir la sublevación de Tupac Amaru, otro tema en discusión historiográfica desde el siglo XIX.</p>
<p>Pero ni siquiera este arduo trabajo libró al navegante de problemas con la Inquisición , de nuevo por su relación con la astronomía y actividades mágicas, que le supusieron un castigo inicial de destierro, cambiado luego por el de cárcel en Lima. No mitigó todo esto su curiosidad de carácter científico, como lo demuestra la medición que hizo de la diferencia horaria entre los meridianos de Sevilla y Lima mediante la obsevación y descripcón de un eclipse en 1578. Sus escritos sobre los dos viajes en que participó muestran en todo momento observaciones, registros e hipótesis llenas de interés por la ciencia en su diversas acepciones. Por todo ello, su valedor Francisco de Toledo llegó a escribir a Felipe II que Sarmiento er “el hombre más hábil que yo he hallado en esta tierra del Perú”.</p>
<p class="bodytext">En medio de esta vida tan activa, las noticias sobre los asaltos de piratas procedentes de Inglaterra, que navegaban por el extremo sur, plantearon nuevamente la necesidad de afianzar la ruta del Pacífico a partir del virreinaro peruano en dirección al estrecho de Magallanes. El 15 de febrero de 1579, tres barcos al mando de Francis Drake amenazaban El Callao, después de haber atacado Valparaíso (Chile), y aunque se pudo en marcha la defensa de este puerto cercano a Lima, los ingleses saquearon las naves allí ancladas. Luego, pese a que fue perseguido hasta Panmá, Drake pudo volver a su país en 1580 con grandes ganancias.</p>
<p>El virrey Toledo decidió enviar una expedición al estrecho para hallar la mejor forma de atravesarlo entre sus múltiples bocas y canles y, al mismo tiempo, afianzar en aquellas difíciles tierras la presencia hispánica mediante la fundación de asentamientos que evitaran las actividades de piratas y colonos de otras naciones europeas. Se puso a Pedro Sarmiento de Gamboa como capitán superior al frente de dos naves, la <em>Nuestra Señora de la Esperanza y la San Francisco </em>, mandadas por él mismo la primera y por Juan de Villalobos, la otra, secundados por Antón Pablos y Hernando Alonso, pilotos de la nao capitana, y Hernando Lamero que lo era de la almiranta.</p>
<p>Las instrucciones respondían claramente al doble objetivo propuesto: descubrir y medir las bocas o abras del estrecho, ponerles nombre y escoger lugares idóneos para futuros establecimiento fortificados, sonde vivirían colonos españoles. Para todo esto debían fomentar las buenas relaciones con los indígenas que entraran; entre otras cosas habían de conseguir intérpretes para averiguar sus ritos y costumbres, y captar su atención mediante el obsequio de objetos metálicos y de colores, para que les informaran de las posibilidades económicas de la zona en cuanto a especias y metales preciosos, móviles casi obsesivos durante toda la hiostoria española en América. Sarmiento dio también instrucciones suyas a Villalobos de que no se distanciaran los dos barcos; le indicó lugares y plazos en que debían reunirse, así como el tiempo máximo de espera.</p>
<p class="bodytext">Partieron de El Callao el 11 de octubre de 1579 con poco más de cien hombres entre marineros y soldados, y teniendo el encargo expreso de que se fueran redactanto las descripciones del viaje, que el capitán leería diariamente en público para cotejarlas, y de evitar cualqueir enfrentamiento con piratas ingleses en las costa, aunque debían recoger el mayor número de datos posibles sobre ellos. La excepción era Drake, que tan mal recuerdo había dejado en su entrada anterior y el que se debía intentar “lo prender, matar o desbaratar, peleando con él, aunque se arriesgue cualquier cosa a ello, pues llevaís bastante gente, munición y armas para poderlo rendir conforme a la gente y fuerza que él lleve, o pueda llevar”.</p>
<p>Sarmiento empezó a observar que la <em>San Francisco </em>se adelantaba y, a veces, se distanciaba de ellos y averiguó que era debido a las distintas opiniones sobre la ruta que se debía seguir; tuvo que ordenar a Villalobos el cumplimiento estricto de sus instrucciones de navegar lo más cerca posible de la nao capitana, “so pona de privación de oficio”.</p>
<p>El 17 de noviembre llegaban al golfo de la Santísima Trinidad , a 50 º de latitud, pero al entrar por un canal empeoró el tiempo y, ante el temor de naufragar, Sarmiento envió por delante a Hernando Alonso con un batel y bandera blanca para que los conduera evitando las orillas. Así cinsiguieron alcanzar un puerto, al que llamaron Nuestra Señora del Rosario. A los cinco días desembarcaron y se llevó a cabo la ceremonia de toma de posesión, de la que el escribano redactó un testimonio. Desde una montaña cercana, Sarmiento pudo ver el conjunto de canales, ríos y brazos, entre los cuales contaron ochenta y cinco islas.</p>
<p>Este archipiélago fue el objetivo siguiente; lo exploraron con detalle con un barco pequeño, tal como lo refleja el capitán en su Relación y derrotero del viaje y descubrimiento del Estrecho de la Madre de Dios, antes llamado Magallanes, y el 28 de noviembre iniciaron el viaje de regreso a la base. En este trayecto iban encontrandose árboles, aves de varias especies, mejillones con aljófar e indios “desnudos y colorados los cuerpor porque se untan éstos, según vimos después, con tierra colorada”, entre los cuales consiguieron un intérprete a cambio de regalos y comida. Cuando hubieron pasado la actual isla de Cambridge y la ensenada de Roca Partida, empeoró el tiempo y los arrastró hasta entrar a oscuras en una ensenada que bautizaron con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, ya que se habían encomendado a esta Virgen para salvarse de la tormenta.</p>
<p class="bodytext">El 24 de diciembre llegaban a Puerto Bermejo, donde estaban los barcos grandes y otro nuevo, ya casi terminado, que Sermiento había mandado construir. El capitán volvió a salir pronto en otro batel para varias exploraciones por canales e islas, hasta llegar al mar abierto. Allí bajaron a tierra, para otear la posible boca del estrecho. De vuelta al Puerto Bermejo, trataron sobre la futura ruta, siempre en busca de la ansiada entrada, y se dicidió avanzar por mar abiero, aunque Villalobos y un grupo eran partidarios de regresar.</p>
<p>Nuevamente zarparon el 21 de enero de 1580 y enseguida estalló una tempestad que les causó muchos problemas hasta llegar al puerto de la Misericordia , y allí vieron que se había perdido la nave almiranta San Francisco, mandada por Villalobos y Lamego que, después de ver cabiado su rumbo por la tormenta, optaron por regrasar. Los demás siguieron anclados durante diez días y luego dicieron continuar, a pesar de las quejas de muchos, en busca del puerto de la Candelaria , donde arreciaron las protestas, pero Sarmiento se mantuvo firme. De allí, por fin, entraron en el estrecho.</p>
<p>Fueron recorriendo canales e islas, avistando promontorios como el qe en el siglo XIX se denominaría Monte Sarmiento, hasta que le 13 de febrero se tomó posesión del que decidieron llamar estrecho de la Madre de Dios. Tres días después llegaron a la bahía de Gente Grande, llamada así porque encontraron unos indígenas que : “Eran gente grande, comenzaron a dar voces y saltar hacia arriba las manos altas y aleando y sin armas, porque las habían dejado allí junto”.</p>
<p>Pronto hubo enfrentamientos entre ambos bandos y el capitán recogío, en otra parte de su Relación, la observación de que aqullos indígenas eran “muy temidos de los indios que habían más al sur, poseyendo, como gente valiente, la mejor tierra de la que hasta aquí habían visto”.</p>
<p class="bodytext">El 18 de febrero alcanzaron el cabo San Vicente, que enmarca la segunda angostura del estrecho de Magallanes, cerrándola el cabo de Nuestra Señora de Gracia. A Sarmiento le pareció aquella zona un lugar apropiado para construir fortalezar. El clima volvió a empeorar, estorando la navegación por la segunda angostura hasta empujar el barco hacia unos bajos, que hacían peligrar la flotabilidad de la embarcación, lo que motivó a la asustada tripulación a encomendarse a la Virgen del Valle. Afortunadamente, cambió enseguida el viento y pudieron salir de allí.</p>
<p>El siguiente enclave al que llegaron fue la ensenada de las Once Mil Vírgenes, en la que aparecieron de nuevo unos indígenas a los que en principio intentaron atraer, pero más tarde acabarían peleando con ellos. Una flecha fue a parar a la frente del propio capitán de la expedición, aunque se vio después que la herida causada era leve.</p>
<p>Cuando el cielo estaba sereno resultaba muy fácil el uso de los instrumentos náuticos y la medición, empleando el Crucero (a 30º sobre el Polo Antártico) como punto de referencia. Por eso Sarmiento volvió a dedicarse a las mediciones e incluso buscó otra estrella polar que pudiera servir de utilidad para los futuros navegantes, aunque, quizás escarmentado por el juicio inquisitorial, concluía esta información escribiendo:</p>
<p>“Desta observación que a gloria y honra de Dios se hizo, y otras de este género para ciertas verificaciones de alturas de latitud y longitud, se dirá adelante parte, y lo demás en otra parte que será su propio lugar, que agora no parece buen prolceso mezclar Astrologías con Itinerario y Derrotero”.</p>
<p>Un viento fuerte del oeste empezó a soplar el 23 de febrero y, al ver el mal estado en que llevaban el cable que les quedaba, decidieron hacerse a la vela arrastrados por la marea y así pasaron la ensenada de San Felipe (actual bahía Felipe), y llegaron a la primera angostura, donde de nuevo por poco no se quedaron enun banco de poquísimo fondo. Siguieron adelante con mucho miedo, pero volvió a aumentar la profundidad y el viento oeste, que los empujó hacia la angostura, bautizada como Nuestra Señora de la Esperanza , y que actualmente se llama Primera Agostura.</p>
<p class="bodytext">Finalmente salieron al Atlántico el 24 de febrero, después de haber recorrido ciento diez leguas dentro del estrecho, desde el cabo del Espíritu Santo al de la Virgen María , y entonces todavía se lamentaba Sarmiento de que el regreso prematuro de Villalobos había impedido unas inspecciones más profundas de aquellas zonas.</p>
<p>El viaje hacia España, con una escala en las islas portuguesas de Cabo Verde, fue pesado hasta que, a fines de septiembre, la maltrecha espedición, que incluía a tres indios fueguinos, se presentaba ante la corte de Felipe II, que estaba entonces en Badajoz porque a la sazón se iniciaba la unión de España y Portugal, tras haber muerto el rey luso son Sebastián sin dejar heredero.</p>
<p>Sarmiento mostró al soberano los textos y mapas elaborados durante el recorrido y aprovechó la audiencia para solicitar ayuda con vistas a un nuevo viaje, pero el rey remitió el asunto al Consejo de Indias, con sede en Madrid e integrado por ilustres miembros. La respuesta del máximo organismo indiano sorprendió, ya que apoyaba la expedición, aunque bajo la condición de que estuviera dirigida por el asturiano Diego Flores de Valdés como general de la Armada del estrecho. Sarmiento, aunque no dejó de elogiar las cualidades del designado, protestó claramente ante Felipe II por lo que consideraba una injusticia:</p>
<p>“Y habiendo ya cumplido de mi parte esto que se me ordenó, en Lima, entiendo no soy más menester para lo que queda y asi suplico humildemente a Vustra Majestra se sirva darme licencia, para que con ella pueda volver a mi casa, que es en Lima y en Cuzco, porque allí podré ser de más provecho al servicio de Vuestra Majestad que aquí, demás que mis gastos y necesidad no sufren más ausencia, porque con ella se perderá lo poco que tengo, habiendo ya gastado lo que traje, y porque en despachar el navío de aviso de Cabo Verde, y en sustentar y entretener los soldados y marineros que conmigo vinieron, he gastado muchos millares de ducados, que me son muy necesarios para la vuelta, suplico a Vuestra Majestad mande que el Consejo tome mis cuentas y me pague el alcance, que no creo será Vuestra Majestad servido que yo haya trabajado tan a mi costa”.</p>
<p class="bodytext">La llamada de atención surtió efecto y nuestro navegante fue nombrado gobernador del estrecho, para cuando se fundasen allí las poblaciones, y general adjunto de la Armada , cargo impreciso que le traería más problemas que baneficios. El interés de la Corona se reflejó en una serie de consultas e importantes decisiones como la de poner a Sarmiento en relación con el ingeniero Juan Bautista Antonelli, pues éste último tenía una amplia experiencia en erigir fortificaciones en tierras americanas, para que ambos diseñaran los futuros enclaves en la zona magallánica, teniendo el cuenta la abundancia de madera como parte de los elementos constructores.</p>
<p>La nueva expedición se preparó en Sevilla, y se topó con problemas de tipo burocrático. En seguida surgieron los primeros enfrentamientos entre el general Flores de Valdés y el gobernador, quien criticó abiertamente la mala calida de los barcos, mientras empezaba a buscar pobladores en el sur de Extremadura y Andalucía occidental, hasta juntar doscientas cuarenta y ocho personas, entre ellos ciento catorce solteros y el resto distribuido en cuarenta y tres familias, todos ellos atraídos por el señuelo de enriquecerse en el Nuevo Mundo y sin saber adónde iban en realidad. Se gastó mucho en los preparativos, porque abundaban los intermediarios en el abastecimiento de comida, ropas, armas y pertechos. Los marineros tampoco fueron escogidos, ya que la flota de la Nueva España se llevaba los mejores y, para acabar de complicar la situación, Flores de Valdés se marchó a Sanlúcar de Barrameda dejándolo todo a medio organizar en manos de Sarmiento, quien protestó por ello ante la Casa de Contratación. Al llegar Sarmiento al puerto en el que estaban las naves, surgieron nuevos problemas entre ambas autoridades, y tuvo que mediar el duque de Medina Sidonia, como superrintendente.</p>
<p class="bodytext">Las presiones reales para que salieran fueron aplicadas por Medina Sidonia y el 27 de septiembre de 1581 zarpaban una armada de veintitrés naves, entre las cuales estaba la Nuestra Señora de la Esperanza , que ya había cruzado el estrecho en el primer viajes, y otras dieciséis privadas y alquiladas, como demostración de la perenne escasez de barcos oficiales. Iban un total de casi tres mil personas, de ellas, unos trescientos cincuenta como futuros pobladores y cuatrocientos soldados y seiscientos más que se debían quedar en Chile junto con el nuevo gobernador de aquella región, Alonso de Sotomayor, que también viajaba con ellos. Por supuesto, la expedición contaba con diez frailes franciscanos y con artesanos de las especialidades más necesarias, como albañiles, carpinteros y herreros.</p>
<p>En cuanto salieron al Atlántico, sufrieron la primera tempestad, que nuevamente provocó dimensiones entre los dos dirigentes sobre la manera de afrontarla y al final les obligó a regresar Sanlúcar. Se perdieron cinco barcos en esos pocos días, entre ellos el que ya había navegado por el estrecho.</p>
<p>El desatre no acabó ahí pues habían desaparecido ochocientas personas entre los ahogados y los que huyeron, (de ellos ciento setente y un futuro de pobladores y tres franciscanos), asustados por la tremenda impresión de su primera salida al mar. Sarmiento tuvo que hacer frente a mayores criticas por la forma de llevar la expedición y Flores de Valdés intentó dimitir, ante la impresión sufrida, pero el rey no lo admitió.</p>
<p>Otra vez hubo que reclutar marineros y pobladores, y pedir más dinero para los arreglos y nuevos abastecimientos. Por fin, el 9 de diciembre levaron anclas, con dieciséis barcos y dos mil quinientas personas que, después de parar en las islas de Cabo Verde, se encaminaron hacia Río de Janeiro con el problema de una epidemia de disentería que provocó ciento cincuenta muertos. Y todo ello con el telón de fondo de las disputas entre el general y el gobernador, pues Sarmiento se preocupaba mucho de “sus” pobladores mientras que Flores de Valdés pensaba básicamente en la expedición su carácter marítimo.</p>
<p class="bodytext">La actual famosa ciudad brasileña, que entonces sólo era una aldea, los recibió el 24 de marzo de 1582 y allí invernaron hasta el 2 de noviembre. Fueron meses difíciles ya que el clima no ayudó a curar a muchos de los que desembarcaron mal, además de que otros cayeron enfermos –según Sarmiento- “de un mal de seso, que es peste de aquella tierra, que es fácil de curar, entendiéndose, y si no se entiende o no se cura, pasados dos o tres días sin remediarlo, es incurable y mata con bascas, llámanle el mal de la tierra”. Además, la estancia en tierra mantuvo vivo el enfrentamiento entre los dos dirigentes, a veces por motivos menores, que el gobernador recogió con detalle en su escritos sobre este viaje. Otro problema fue la “broma” (un molusco de figura cilíndrica y serpenteada, que horada la madera, carcomiendo los barco), muy abundante en esa zona brasileña y que atacó todos los navíos, no sólo en las partes de madera sino incluso en las de hierro, hasta obligar a los expedicionarios a abandonar una de las naves y llevar varias muy deterioradas.</p>
<p>Para aprovechar el tiempo en Río, Sarmiento propuso hacer dos casas prefabricadas para almacenes de la fundación y, cuando ya tenían una preparada y organizaban la otra, Flores de Valdés les mandó parar el trabajo y también se negó a que se cargaran tejas para las viviendas. Sarmiento denunció entonces la compra y carga ilegal de palo brasil en los barcos, que ocupaba mucho sitio pero proporcionaría luego grandes beneficios. La corrupción aparecía entre los capitanes y marineros, que sólo pensaban en acabar el viaje con vida y con ganancias, llegando a sustituir las semillas guardadas en barriles por zapatos para vender o cambiar. Eran nuevos temas que se recogerían con detalle, a veces excesivo, en las relaciones y cartas sobre esta expedición.</p>
<p class="bodytext">Quizás para quitárselo de encima durante un tiempo, el general propuso que Sarmiento se adelantase al Río de la Plata para conseguir más alimentos frescos antes de entrar en el estrecho. Pero esto fue considerado absurdo por el gobernador, quien alegó que esa zona española no tenía excedentes alimenticios para vender además de que la Asunción (actual Paraguay) estaba muy en el interior “y no se podía ir con navíos grandes” hasta ella. Lógicamente, se vio claro que la pretensión era alejar a Sarmiento de la armada y éste se negó a irse. Ofreció a cambio la solución de contratar con el gobernador de Río el envío al año siguiente de un barco cargado de víveres, pero nada se acordó.</p>
<p>Quince naves,pues, salieron de Río el 2 de noviembre de 1582 y en su travesía hacia el sur perdieron un barco; Flores de Valdés varió entonces el rumbo lo que les hizo llegar al golfo de Santa Catalina, donde tuvieron noticias de corsarios ingleses. Todo aumentaba los temores del ganeral, que siempre planteaba volverse al Brasil y abandonar la idea del estrecho, para lo cual procuró poner de su parte a maestres y pilotos de varias naves. Lo más inhumano fue la decisión de echar a tierra a los pobladores que iban en tres de ellas, creyendo que así se desanimaría el resto antes de continuar adelante, y esos barcos fueron abandonados.</p>
<p>Al acercarse al Río de la Plata se contabilizaban ya sólo barcos y tres de ellos debían ir a Buenos Aires con los seiscientos soldados destinados a seguir por tierra con destino a Chile, lo cual suponía, por cierto, otro largo trayecto. En esta etapa sigió el tira y afloja entre partidarios y detractors de navegar por el estrecho y Flores de Valdés, después de una intentona fracasada de acercarse a éste, dijo que regresaba al Brasil y ordenó virar los barcos, sin escuchar a Sarmiento, que alegaba “el deservicio de Dios Nuestro Señor y de Vuestra Majestad”.</p>
<p class="bodytext">El 27 de marzo tocaban en la tierra brasileña de San Vicente (Santos) y de allí continuaron a Río de Janeiro. El paso definitivo, de momento, fue que Flores de Valdés navegara hacia España mientras Sarmiento se quedaba en Brasil preparando su viaje al estrecho con cinco bajeles. Estos zarparon el 2 de diciembre de 1583, con más de quinientas personas entre gentes de guerra y de mar y sólo sesenta y cuatro pobladores, incluyendo trece mujeres y diez niños. Repitieron la escala en Santos y San Vicente, donde desertaron algunos frailes y el famoso ingeniero Antonelli, quizás cansado de más de dos años de idas y venidas sin hacer su trabajo. El primero de febrero de 1584 estaban ante la boca del estrecho. Pese a los vientos fuertes, Sarmiento se mantuvo firme en el avance, pasaron las angosturas segunda y primer, pero el mal tiempo les hizo desembarcar en el extremo norte de la embocadura. Entonces, Sarmiento tomó posesión de aquella tierra y actuó por primera vez como gobernador efectivo. Al encontrar allí indios pacíficos y que ya hablaban algo la lengua española, decidieron fundar el asentamiento de Nombre de Jesús; para ello afectuaron el trabajo de delineación urbana alrededor de una plaza principal, en la que se situaría la iglesia, la casa del gobierno y el árbol de la justicia. Habría reparto de tierras y solares, y se nombró a los integrantes de un Cabildo local. El gobernador se preocupó de describir la vida en la ciudad recién nacida:</p>
<p>“Pedro Sarmiento echó gente por todas aquellas costas a buscar de comer, porque no lo había, ya que las naos no eran tornadas ni esperaban que tornarían; y hallóse cantidad de garbanzos en las matas, dulces como miel, menores que los de España, y mucho marisco de mejillones en un brazo de mar y estero que se descubrió cerca del pueblo, toyos y cazones, en seco de bajamar, que hubo día que los soldados todos hubieron parte {&#8230;}”.</p>
<p class="bodytext">Después se llevó a cabo una expedición terrestre a la punta de Santa Ana, que hoy supone una distancia mayor de trescientos cincueta kilómetros por carretera, con el objeto de conocer el terreno lo mejor posible. Por fin pudo Sarmiento afirmar que la única entrada al estrecho era la que él conocía, situada a 52,5º de latitud. El paso siguiente fue efectuar una segunda fundación cerca de la citada punta de Santa Ana, que tenía un buen puerto natural y mucha madera en sus alrededores, así como caza de aves y animales grandes, junto a la riqueza pesquera, encabezada por los mejillones.</p>
<p>El 25 de marzo de 1584 se tomó posesión de la tierra, se eligió a los regidores y alcaldes oridinarios, integrantes del primer Cabildo, y se trazó el pueblo de Rey Don Felipe alrededor de una plaza mayor, donde enseguida empezó a construirse una iglesiabajo la advocación de la Anunciación de Nuestra Señora, además de la casa real, un hospital y una vivienda para los franciscanos. Luego fueron distribuidos los solares de los vecinos, que empezaron a construir sus casas de madera con techos de paja menuda.</p>
<p>Sarmiento de Gamboa también nos aporta sus impresiones sobre la nueva villa:</p>
<p>“Quedó la plaza muy agraciada con la salidaal mar apacible; y entretanto que esto se hacía, se rozó campo junto a la ciudad para sembrar, y se sembró cantidad de haba y nabo y todas hortalizas y algunos granos de trigo, aguardando sembrar el maiz para tiempo caluroso (era el mes de abril y ya comenzaba el invierno), y luego engranó toda la semilla, que fue señal de fertilísima tierra, como lo es. Luego se cercó el pueblo de palizada y se alzó un bastión sobre la mar, para defender el puerto de los navíos y desembarcadero, y se plantaron seis piezas de a veinte quintales en planchadas cubiertas {&#8230;}.</p>
<p>Llegó el duro invierno y, al regresar a la primera fundación, vieron todo lo que habían sufrido sus habitantes, incluso enfrentamientos con los indígenas. Considerando que había cumplido su misión, Sarmiento organizó el regreso, con la idea de comprar provisiones para llevarlas a Nombre de Jesús y Rey Don Felipe. Nuevamente las tormentas fueron el principal obstáculo ya que un fuerte viento arrastró el barco sin que pudieran despedirse de los colonos de la primera ciudad, ni acabar de aprovisionarse. Aquel mal tiempo duró unos veinte días, hasta que llegaron al Brasil enfermos y medio muertos de hambre y frío. Recorrieron esta costa hasta Bahía de Todos los Santos, entonces capital del territorio brasileño ocupado desde 1500.</p>
<p class="bodytext">Pero Sarmiento no olvidaba a los colonos y decidió organizar otro viaje hacia el sur para llevar provisiones a las dos nuevas villas, partiendo del Río de Janeiro a principios de 1585.También esta vez una tempestad de vientos y trombas de agua les hizo regrasar a Brasil, por lo que desistieron de llevar el auxilio prometido a los habitantes del estrecho. El paso siguiente era volver a España para informar del resultado del viaje y pedir más ayuda.</p>
<p>A mediados de 1586 iniciaban un regreso que estuvo lleno de peripecias. Cerca de las islas Azores fueron atacados por ingleses que capturaron al gobernador y a tres oficiales; dejaron seguir a la embarcación, después de desvalijarla y llevarse los mapas e informes hechos por Sarmiento.</p>
<p>En Inglaterra los españoles fueron llevados desde Plymouth a las residencias reales de Hampton Court y Windsor, donde Sarmiento se relacionó con Walter Raleigh y tuvo la entrevista en latín con la reina Isabel a la que ya nos hemos referido. Parece ser que se le encargó al navegante una misión diplomática ante el rey de España y fue liberado. Salió de Londres el 30 de octubre de 1586, cruzó hasta Calais y luego pasó por París, donde se entrevistó con el embajador español en Francia. Pese a la recomendación de que siguiera la ruta por mar, ya que la guerra llamada “de los Tres Enriques” asolaba el sur, Sarmiento lo hizo por tierra y esto le supuso una nueva captura por parte del capitán al servicio de Enrique de Navarra. Otra vez perdió sus enseres y las cartas que llevaba, y quedó prisionero en Mont de Marsan, mientras sus capturadores se pensaban si hacían intercambio de prisioneros hugonotes por él o si lo liberaban a cambio de dinero y caballos.</p>
<p>Esta etapa en Francia duró casi tres años y supuso un auténtico regateo, hasta la oferta final de seis mil escudos y cuatro equinos. Entretanto, Sarmiento se dedicó a redactar nuevamente sus recuerdos del viaje y a escribir a Felipe II y al secretario de ésta, Idiáquez, solicitando que se pagara su recate a cuenta de lo que la Corona le debía. Al parecer, así se hizo.</p>
<p class="bodytext">Finalmente, a mediados de 1590, el gobernador del estrecho galopaba hacia El Escorial para encontrarse con Felipe II y allí dedicó otra vez las horas de espera a seguir escribiendo sobre el estrecho y sus colonos, a los que no podía olvidar. Su preocupación tenía fundamento pues el hambre, el frío y las enfermedades diezmaron a los habitantes de Nombre de Jesús y Rey Don Felipe, lo cual explica que el inglés Thomas Cavendish, en los años noventa, llamara a los restos del segundo asentamiento Puerto del Hambre, abandonándolo de inmdiato.</p>
<p>Sarmiento murió como un auténtico marino, a bordo de un barco, cuando era segundo de la armada que debía proteger el regreso de la flota de Tierra Firme y Nueva España. El suceso ocurrió a mediados de julio de 1592, a las puertas de Lisboa.</p>
<h2>Los navegantes del siglo XVII</h2>
<p>Ante el avance dirigido por Jacob Le Maire y Wilhelm Schouten, que habían descubierto el estrecho que lleva el nombre del primero, se envió la expedición mandada por los hermanos Bartolomé y Gonzalo Nodal (1618-1619) para expulsar a los holandeses y afianzar en aquel lugar el dominio español. Los Nodal, o Nodales, eran naturales de Pontevedra y ya habían servido antes a la Corona en numerosas acciones marítimas, como puede comprobarse en sus relaciones de servicios, que los presentan como hombres curtidos y de amplia experiencia.</p>
<p>Las carabelas que inregraban la expedición se habían contruido en Lisboa e incluso fueron embarcados en ellas cuarenta portugueses reclutados a la fuerza. La partida fue del puerto de la capital lusa, en esos años de unión de las dos Coronas peninsulares, el día 27 de septiembre de 1618.</p>
<p>Dejando atrás la escala en Río de Janeiro, donde efectuaron varios arreglos, siguieron hasta el litoral patagónico. Por fin, el 3 de enero de 1619 vieron el caba Sardinas y, al día siguietne, el de Santa Elena. Más al sur encontraron una isla, que llamaron “de los Santos Reyes” por descubrirla el día de esa festividad, y desembarcaron en una bahía denominada los Nodales, en honor de ambos hermanos. Nueve jornadas después avistaban la desembocadura del río Gallegos.</p>
<p class="bodytext">De nuevo en marcha, fondearían en la boca del canal magallánico pero, en vez de penetrar en éste, siguieron costeando hacia el sur, y descubrieron un nuevo paso tras la isla Grande de la Tierra de Fuego. El 19 de enero volvieron a anclar en la bahía de San Sebastián, que confundieron con un canal. Como todos los viajeros, quedaron impresionados por las altas montañas cubiertas de nieve, que les recordaron a las de Asturias.</p>
<p>Después llegaron al nuevo estrecho, llamado de Le Maire y que ellos rebautizaron con el nombre de San Vicente, y hubieron de atravesarlo con dificultad por culpa de las fuertes corriente. El siguiente anclaje fue en la bahía del Buen Suceso, para hacer aguada y recoger leña. Allí encontraron a unos indígenas a los que trataron de evangelizar. Su impresión fue la siguiente:</p>
<p>“Como no les entendíamos, ni ellos a nosotros, los sacerdotes que iban en nuestra compañía haciendo como tales su oficio, les dijeron, y propusieron, los nombres dulcísimos de Jesús, María y la oración de Cristo enseñó a los suyos del Padre Nuestro. Los indios mostrando percibían lo que desean los nuestros, repetían las mismas palabras unos con más blandura, otros con más aspereza, y en los días siguientes venían saltando y brincando a su costumbre, repitiendo los nombres de Jesús, María, duplicando alguno de ellos la “r” de María, mostrando que nos daban gusto en ello. Cosa que nos causó maravilla, oir pronunciar tan delicadamente a aquellos bárbaros los nombres soberanos y divinos deste Señor y Señora”.</p>
<p>La navegación se reanudó el 27 de enero, en medio de fuertes vientos y corrientes, hasta doblar el cabo de Hornos, llamado por ellos “de San Ildefonso”. Llegaron a la isla de Diego Ramírez el 12 de febrero, en plena tormenta de frío y nieve. Siguieron rodeando la Tierra de Fuego, avistaron las islas de los Cuatro Evangelistas, en la entrada del estrecho, que recorrieron barcos franceses al acercarse a las costas brasileñas.</p>
<p class="bodytext">El 9 de julio de 1619 anclaban en Sanlúcar de Barrameda, después de haber circunnavegado la Tierra de Fuego; habían ampliado la información sobre la tierra austral e intentado rebautizar el estrecho Le Maire con el nombre de San Vicente, además de otros accidentes menos importantes; pero, en general, esos cambios no prosperaron.</p>
<p>Como era usual, también de este viaje existen dos derroteros o diarios de ruta, que se guardan en la Biblioteca Nacional de Madrid; uno es el Reconocimiento de los Estrechos de Magallanes y San Vicente mandado hacer por S.M. en el Real Consejo de Indias. Salieron de Lisboa el 27 de septiembre de 1618 y llegaron de vuelta al Sanlúcar a 9 de julio de 1919. Cabo de dos carabelas Bartolomé García de Nodal y capitán Gonzalo de Nodal. Cosmógrafo Diego Ramírez. Piloto Juan Manço. 1619; el otro es el discurso y derrotero del viaje a los Estrecho de Magallanes y Mayre por el cosmógrafo Diego Ramíerez de Arellano. 1618-1619.</p>
<h2>Otras expediciones europeas</h2>
<p>En los años siguientes, en cuanto a las relaciones políticas entre los países europeos, los holandeses organizaron una escuadra poderosa destinada a ocupar el Perú y Chile, yendo a través del cabo de Hornos. En 1623 navegaban hacia las costas sudamericanas once naves mandadas por Jacobo l&#8217;Hermite que, después de atravesar el estrecho de Le Maire, atacarían diversos enclaves españoles en el Pacífico. Causaron fuertes pérdidas pero no ocuparon territorio alguno.</p>
<p>A ésta le siguieron varias expediciones holandesas más, que provocaron grandes temores en las ciudades costeras de Chile y Perú, lo que dio lugar al desarrollo del sistema de fortificaciones hispánico en la costa sudamericana bañada por el océano Pacífico, el que nada en absoluto hizo honor a su nombre durante el siglo XVII. José Antonio Calderón Quijano, en su obra póstuma titulada Las fortificaciones españolas en América y Filipinas, dedica muchas páginas a este impulso constructor, de carácter defensivo, ante la amenaza extranjera en América del Sur.</p>
<p class="bodytext">En la segunda mitad del siglo XVII Inglaterra mostró interés hacia aquellas tierras americanas y, entre otras navegaciones de menor importancia, destacó la de John Narborough, al que le rey Carlos II envió para fijar presencia inglesa en el estrecho magallánico, de creciente valor estratégico. El navío que llevaba a su mando, el Sweepstakes, de trescientas toneladas y treinta y seis cañones, con una tripulación de ochenta hombres, zarpó de las orillas del Támesis en el otoño de 1669 y, a través de escalas en los archipiélagos portugueses del Atlántico, llegó a Puerto Deseado sin ningun problema. Narborough tomó posesión de este enclave en nombre de su rey y siguió navegando mientras recogía observaciones sobre el paso del estrecho, del que salió con éxito para dirigirse hacia Valdivia (Chile), donde fue bien recibido oficialmente, gracias a la falsa información de que se dirigía a la China. Ante las sospechas del gobernador español, que llegó a retener a algunos tripulantes, Narborough regresó a su país, donde expuso una información detallada.</p>
<p>Como consecuencia del éxito anterior, en 1670 partía una nueva expedición inglesa, al mando del capitán Woods y cuidadosamente organizada, según crónicas de la época. Woods repitió prácticamente la ruta de su antecesor, volviendo a tomar Puerto Deseado en nombre de Inglaterra. Pasó el duro invierno en San Julián, aprochando ese tiempo para recoger informaciones diversas, lo que repetiría luego a través del estrecho. Su opinión final sería clarísima respecto a que las enormes dificultades de aquellas tierras hacían inviable la construcción y mantenimiento de fortalezas y pueblos en ellas, ideas planteadas por Felipe II y que ya se han comentado.</p>
<p>La etapa siguiente de Woods transcurrió en Chile, donde intentó relaciones y posibles tratados de comercio tanto con los españoles como con los indígenas. Otra vez surgieron problemas y las autoridades españolas llegaron a detener a la mayor parte de la tripulación de Woods, que dicidió volver a Inglaterra atravesando el estrecho en un viaje de dieciocho días, sin incidencia alguna.</p>
<p class="bodytext">Pese a que en la España de Carlos II no se veía gran determinación por afianzar el dominio español en tierras del estrecho, la máxima autoridad peruana, el virrey Baltasar de la Cueva , al recibir desde Chile informaciones sobre la creciente presencia inglesa, pensó en organizar una nueva expedición tras más de cincuenta años de abandono. El jefe a cargo de ella sería Antonio de Vea, experimentado en la defensa de Portobelo (Panamá), que recibió el cargo de gobernado r general de mar y tierra, mientras Pascual de Yriarte, natural de Oyarzun (Guipúzcua), era nombrado capitán del buque Nuestra Señora del Rosario y Ánimas del Purgatorio.</p>
<p>Zarparon de El Callao el 16 de septiembre de 1675, llevando ciento setenta hombres y vívers para ocho meses. Cada dirigente habría recibido intrucciones muy específicas. Mientras Vea debía reconocer las costas e islas cercanas a Chile con dos lanchones, que llevaban desmontados. Yriarte navegaría al mando del navío para ir costeando desde Chiloé hasta el propio estrecho. Un encargo superior era el de buscar españoles, náufragos de expediciones anteriores, o naturales de otros países europeos en las tierras magallánicas, así como los puntos más idóneos para futuras poblaciones en la zona. En sus posteriores relaciones de este viaje, ambos demostraron que habían cumplido las órdenes lo mejor posible.</p>
<p>Primero alcanzaron Chiloé, lugar donde encalló el navío, y alli descargaron el tablaje de los lanchones. Se montaron éstos y mientra Yriarte se quedaba para reparar el barco principal, a fines de noviembre, zarpaba Vea en las dos embarcaciones, más nueve piraguas. Llevaba un total de setenta españoles y sesenta indígenas. Yriarte, por su parte, había recibido el encargo de seguir a Vez una vez se hubieran finalizado las reparaciones. Navegaron sin incidentes hasta el 9 de diciembre, cuando se levantaron fuertes corrientes a la altura del paralelo 46. El propio gobernador describe estos problemas con maestría:</p>
<p class="bodytext">“Hay diferentes partes donde, aunque el viento sea a popa, no se puede largar la vela y es menester ir ciando, porque el surco del agua es tal que se se diese en una peña la embarcación (aun sin vela) se haría pedazos, porque no es tan veloz un caballo en la carrera como una embarcación con la marea a favor en algunos parajes y tan incomprensibles sus arrebatamientos que es imposible tomarle tino, pues en una bahía se encuentran infinidad de corrientes a diferentes rumbos {&#8230;}”.</p>
<p>Siguieron la ruta entre lluvia, ventisqueros de nieve y teniendo que atravesar a pie la península de Taytao, cargados con las piraguas y los bastimentos, Luego continuó adelante una parte del grupo, encabbezada por Vea, mientras otra parte se quedaba allí bajo las órdenes del capitán José de Torres y con el encargo de regresar si Vea y los suyos no se reunían con ellos de nuevo a principios de marzo. En piraguas, la avanzadilla navegó más al sur hasta la isla de San Esteban (actual Wellington) pero al alcanzar los 49º 19&#8242; de latitud, Vea decidió que volviera al Perú un pequeño grupo, mandado por el capitán Dionisio de Urreta, con el fin de transmitir al virrey los resultados y la opinión de que en aquel lugar no había enemigos de España establecidos y era imposible el mantenimiento de núcleos habitables.</p>
<p>En enero, ante la dureza del viento, Vea mandó regresar desde un enclave al que se dio el significativo nombre de Purgatorio y, en constante lucha con las tormentas, navegaron hasta la isla de San Esteban, donde el gobernador decidió depositar un escrito dentro de un recipiente de vidrio sellado con brea, para información de los viajeros posteriores, con el texto siguiente:</p>
<p>“Reinado Carlos II, el Justo, el Grande, el temeroso de Dios y Devotísimo de su preciosa Madre la Virgen Santísima sin mancha de pecado original en el primer instante de su ser natural, Rey de las Españas: En continuación de la antigua y nunca diputada posesión de estos mares, Dominios y Reinos del Perú, gobernándolos en paz, justicia y tranquilidad. Y siendo Virrey, Lugarteniente y Capitán General de ellos, el Excmo. Sr. D. Baltasar de la Cueva Henríquez , Conde de Catellar, Marqués de Malagón, Gentilhombre de su Cámara, del Consejo, Cámara y Junta de Guerra de Indias; de orden y mandato de S.E. se puso y fijó esta inscripción por el Gobernador General Don Antonio de Vea, habiendo reconocido hasta 50 grados de altura del ancón sin salida, en la isla de San Esteban, a 13 de enero de 1676. Don Antonio de Vea”.</p>
<p class="bodytext">Al día siguiente se juntaron de nuevo los dos grupos, el de Dionisio de Urreta y el de Vea, para regresar al puerto de Chacao (Chiloé), donde tocaron sin novedad el 28 de enero. Allí permanecieron hasta marzo en cumplimiento de la cita convenida con Yriarte, el cual llegó el sía 6 de ese mes, pero con otro barco, llamado Santísima Trinidad.</p>
<p>¿Qué había pasado? Yriarte no pudo reparar en Chilié el barco que mandaba y tuvo que pedir otro a las villas chilenas de Valdivia y la Concepción. Gracias a las órdenes del capitán general Juan Henríquez, desde el segundo puerto le pudieron ofrecer el ya citado barco, con el que realizó el viaje que se le había encargado. Zarpó el 14 de enero de 1676, con unos cien tripulantes y llegaron hasta los 48º 19&#8242; de latitud, y allí un grupo de ellos se dirigió a la costa, donde desembarcaron y tomaron posesión, dejando testimonio de ella dentro de una botija cerrada y sellada con brea, puesta al pie de una sencilla cruz fabricada por ellos mismos.</p>
<p>El siguiente punto de desembarco fue la isla de los Cuatro Evangelistas, a una latitud de 52º 40&#8242; , situada en la desembocadura del estrecho de Magallanes, donde dejaron una lámina de bronce con una inscripción muy semejante a la de Vea antes citada, pero en la que se recogía la falsedad de que el barco era el original que partió del Perú y no el que realmente llevaban en su lugar.</p>
<p>En los días siguientes se desató una tempestad, con fuertes lluvias y vientos, que acompañó a los navegantes, y puso a prueba la resistencia de su barco. Tuvieron que dejar atrás un chinchorro de observación en el cual iba un hijo del capitán. Por fin, el juueves 13 de febrero alcanzaron el cabo Deseado pero al aumentar otra vez el mal tiempo, Yriarte decidió dirigirse hacia el norte, lo que implicaba dejar en aquellas tierras el cadáver de su hijo y los otros marineros. Dio por escrito justificación de ello:</p>
<p class="bodytext">“El viento era muy variable con aguaceros, y mucha mar que corría con fuerza para la boca del Estrecho, que apenas podíamos contrastar por el viento ueste y uesnorueste, y teniendo a los ojos nuevos amagos de temporales difíciles de vencer, los oficiales y gentes de mar y guerra de más suposición, que me representaron no se conveniente detenerme más en aquellos parajes a esperar el chinchorro, atento a que eran pasados nueve días sin esperanza de mejorar por ser tan adelantado el tiempo en aquella costa, falta de agua {&#8230;} y el navío tan maltratado por la proa que recelaba pudiese resistir a más tormentas, y estar la mayor parte de la gente enferma, quebrantados de los trabajos pesados{&#8230;}”.</p>
<p>Al regreso hubieron de afrontar nuevas tempestades, hasta el extremo de que la tripulación llegó a suplicar a Yriarte que varase el barco, porque estaban agotados. Por fin, el 6 de marzo llegaban puntualmente a la cita. Desde Chacao navegaron juntas ambas expediciones, que tuvieron que retificar ante el virrey del Perú las anteriores impresiones pesimistas sobre el poblamiento del estrecho.</p>
<p>Los últimos años del XVII presenciaron nuevas correrías por las tierras magallánicas de filibusteros de origen diverso, empeñados en repetir las acciones sobre los territorios españoles practicadas en la primera mitad de esa centuria.</p>
<p>Todavía al comenzar al última década del siglo XVII, Francisco de Seijas y Lobera, un interesante personaje que ya había tenido negocios en Holanda y recorrido los territorios americanos partiendo de México, publico una obra titulada Descripción Geográfica y Derrotero de la Región Austral Magallánica que se dirige al Rey nuestro Señor, gran Monarca de España y sus dominios en Europa, Emperador del Nuevo Mundo Americano y Rey de los Reynos de Filipinas y Molucas, en la cual se refleja su paso por el estrecho de Le Maire tres veces, pero sin haber estado ni navegado por el de Magallanes. Este mismo autor escribiría, entre 1702 y 1704, catorce libros destinados a informar al nuevo monarca Borbón del riesgo que corría la posesión de las colonias americanas si no se efectuaban profundos cambios en su gobierno y administración. Pablo Emilio Pérez-Mallaína ha publicado la parte de estos libros dedicada a México (Gobierno Militar y Político del Reino Imperial de la Nueva España ,1702), además de dar al conjunto de la obra el título, del cual carecía, de Memoria sobre el gobierno de las Indias españolas.</p>
<p>Así acaba el siglo XVII sin que hubiera podido consolidarse el precario dominio español en el Océano Pacífico que, al empezar la centuria ilustrada, todavía ofrecia muchas zonas enigmáticas, casi desconocidas, como el estrecho de Magallanes.</p>
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		<title>Francisco de Orellana (1541-42)</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Mar 2020 15:35:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El Amazonas]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong style="color: revert; font-size: revert;">Lola Escudero</strong></p>
<div id="c3028" class="csc-default">
<p class="bodytext">El 11 de septiembre de 1542, un puñado de hombres a bordo de una maltrecha embarcación llegaba a la ciudad de Nueva Cádiz, en la isla de Cubagua, frente las costas de la actual Venezuela. Sucios, hambrientos y extenuados, aquellos españoles eran los supervivientes de una expedición que había partido hacía ocho meses y medio de las tierras de Ymara, a orillas el río Napo, en el corazón de la selva amazónica, encabezada por el extremeño Francisco de Orellana. Sin saberlo, habían protagonizado una de las aventuras fluviales más apasionantes de todos los tiempos: el primer descenso del Amazonas, el mayor río del planeta.</p>
<p>La noticia de la llegada de Orellana y sus hombres corrió como la pólvora por aquella pequeña isla dedicada a la extracción de perlas. El sol lucía implacable sobre las calles de Nueva Cádiz y la población estaba en plena siesta, pero todas las campanas de las iglesias de la pequeña ciudad repicaron lanzando a los cuatro vientos la buena nueva y las gentes acudieron a atender sus necesidades más inmediatas. Al encuentro de los hombres de Orellana no tardaron en aparecer otros individuos, aseados y bien vestidos, que se fundieron en emocionados abrazos con los recién llegados. Eran sus compañeros de aventura, a los que habían perdido en el Atlántico dos días antes y a los que no esperaban volver a encontrar. Aquella expedición por el más ancho y extenso río jamás navegado, había culminado felizmente. En el camino habían quedado muchos compañeros, pero allí estaban los supervivientes: un total de cuarenta soldados castellanos y dos portugueses de los cincuenta y siete que habían comenzado la aventura. A ellos había que añadir los dos esclavos negros que les acompañaron desde el principio y un trompetero indio que habían incorporado casi al final de su aventura.</p>
<p class="bodytext">Con el recibimiento generoso de los vecinos de la isla de Cubagua y con una misa de agradecimiento al Señor culminaba una odisea de casi un año en el que, en muchas ocasiones, habían llegado a pensar que el río no tenía fin y que jamás iban a sobrevivir a tantos peligros. Un puñado de hombres había atravesado de parte a parte un continente, había recorrido más de seis mil kilómetros sin brújulas ni mapas, había descubierto centenares y hasta miles de plantas y animales nunca vistos antes por los europeos y se había enfrentado a tribus caníbales y a pueblos asustados, que se asomaban a las orillas del gran río arrojando sus flechas y cerbatanas a aquellos extraños seres de largas barbas y corazas plateadas que navegaban en estrafalarias canoas gigantes. También habían hecho amigos entre algunas de estas tribus, conocieron a las amazonas, descubrieron pueblos con notables habilidades artísticas y probaron los más extraños manjares. En sus cuerpos llevaban la huella de la aventura en forma de cicatrices, miembros amputados y el dolor por la pérdida irreparable de amigos y compañeros de armas. Ahora sólo quedaba contarlo, reivindicar la conquista ante el Consejo de Indias y el emperador y, sobre todo, justificar ante el mundo y ante la Corte una expedición que para muchos había comenzado con una traición.</p>
<p>La aventura había comenzado realmente muchos meses atrás, en Quito y en el puerto de Guayaquil, en el Virreinato del Perú. Todo fue culpa de una leyenda: la de El Dorado y el País de la Canela y obra de la ambición y la poderosa voluntad de dos hombres: Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana.</p>
<h2>La obsesión por El Dorado</h2>
<p class="bodytext">En 1541, cuando comienza la aventura de Pizarro y Orellana, los españoles apenas llevaban medio siglo en el Nuevo Mundo. Hasta entonces, la suerte les había sonreído y en tan breve espacio de tiempo habían encontrado cuatro grandes civilizaciones indígenas ricas en oro y piedras preciosas: la azteca y la maya, en Centroamérica, la inca, en el actual Perú, y la muisca, en lo que hoy es el sudoeste de Colombia. Parecía que el continente guardaba riquezas infinitas que estaban al alcance de su mano. Así surgió la leyenda de El Dorado, una tierra rica y llana, al este del Ecuador y del Perú, donde se suponía que existía una civilización en la que el oro abundaba en tal cantidad que su rey se cubría el cuerpo todas las mañanas con resina y luego se espolvoreaba con oro de la cabeza a los pies. Por la noche, El Dorado, que así se llamaba este mítico rey, se bañaba, haciendo que el valioso metal se perdiera en el agua.</p>
<p class="bodytext">A esta leyenda se unía otra que interesaba igualmente a los españoles: la del País de la Canela. Desde que Francisco Pizarro ocupó el reino de los incas, los conquistadores se habían mostrado muy interesados en la variante de canela que utilizaban los indígenas de las selvas situadas al este de Quito. Y es que en aquel tiempo, en Europa, la canela valía su peso en oro; de ahí el interés en poner en marcha expediciones hacia aquellos territorios del interior del continente en los que, según las leyendas indígenas, crecía el canelo.</p>
<p>En la primera mitad del siglo XVI, Quito era un lugar propicio para la leyenda y los mitos. Las historias del País de la Canela y de El Dorado fueron sin duda los «mitos impulsores» de la aventura amazónica que, sumados a otros acontecimientos y necesidades, espolearon el interés de los españoles por ponerse en marcha desde la costa del Pacífico hacia el Este. Desde que en 1500 se encontró un «mar dulce» en la zona ecuatorial de la costa atlántica de América del Sur, los hispánicos no habían dejado de buscar un paso que comunicase el Atlántico con el Pacífico, una vía cerca de la línea equinoccial que facilitase la comunicación del virreinato del Perú con la península Ibérica.</p>
<p>Y en este escenario, comienza a fraguarse la gran aventura del Amazonas. El primero en sufrir la fiebre de El Dorado fue Gonzalo Pizarro, gobernador de Quito desde diciembre de 1540. Era uno de los tres hermanos del conquistador del Perú y había tomado parte en la victoria española, pero pasaría a la historia sobre todo como el organizador de la primera expedición en busca de El Dorado y el País de la Canela. En febrero de 1541 se puso en camino desde Quito hacia el oriente, a la cabeza de doscientos veinte españoles, doscientos caballos, unos cinco mil indios como porteadores, más de dos mil cerdos vivos y una gran jauría de perros de caza. Participaban en la expedición algunos hombres que ya se habían adentrado en el País de la Canela, como Gonzalo Díaz de Pineda (1538-39), llegando hasta el río Coca y el Napo. Igualmente les acompañaban algunos religiosos, entre ellos Fray Gaspar de Carvajal, gracias al cual nos ha llegado la narración completa de los hechos acaecidos. Su Relación es un apasionante relato de aventuras pero también la primera descripción geográfica de las orillas del Amazonas. La historia puede contarse en cuatro grandes actos.</p>
<h2>Acto primero: La gran expedición de Pizarro</h2>
<p class="bodytext">Gonzalo Pizarro cumplía con el prototipo del conquistador. Era apuesto, valiente, elegante en el vestir, ambicioso, un gran jinete y un magnífico guerrero, pero también, según dicen las crónicas de sus contemporáneos, era violento y rencoroso. Había nacido en Trujillo en 1502 y tenía por tanto treinta y ocho años cuando decidió comenzar la búsqueda de El Dorado. Posiblemente soñaba con nuevos títulos, como adelantado o virrey, y con tesoros que llevar a España, como hizo su hermano Francisco Pizarro. Para comenzar el camino hacia el Este, se puso de acuerdo con su primo y paisano Francisco de Orellana, que por entonces era capitán y teniente de gobernador de Guayaquil y de la Villa Nueva de Puerto Viejo, ambas en la costa del Pacífico. Entre ambos conseguirán, con un coste considerable para su fortuna personal, reunir los recursos para poner en marcha una expedición de dimensiones notables para la época, puesto que no era fácil reunir doscientos veinte españoles dispuestos a partir en el recién creado y todavía no muy poblado Virreinato del Perú. A su regreso, derrotado, un año más tarde, Pizarro escribe al rey explicando los motivos que le llevaron a poner en marcha la expedición:</p>
<p>Y asimismo hice saber a V.M. cómo por las grandes noticias que en Quito y fuera de él yo tuve, así por caciques principales y muy antiguos como por españoles, que conformaban ser la provincia de la Canela y laguna del Dorado tierra muy poblada y muy rica, por cuya causa yo me determiné de ir a conquistar y descubrir; y por servir a Vuestra majestad y por le ensanchar y aumentar sus reinos y patrimonio real; y porque me certificaron que de estas provincias se habría grandes tesoros de donde V.M. fuese servido y socorrido para los grandes gastos que de cada día a V.M. se le ofrecen en sus reinos; y con este celo y voluntad gasté más de cincuenta mil castellanos, por los cuales o la mayor parte dellos estoy empeñado, que hice los gastos en socorro de la gente que llevé de pie y de caballo.</p>
<p class="bodytext">Pizarro se adelantó a su primo Orellana, que antes de emprender la marcha tuvo que poner en orden sus asuntos y su hacienda en Guayaquil, de forma que cuando Orellana llegó a Quito para unirse a la expedición de Pizarro, éste había partido ya hacia el interior. Corren los primeros días del mes de marzo de 1541. Orellana va deprisa al encuentro con su primo, no quiere quedarse atrás. Acompañado con veintitrés hombres avanza mucho más rápidamente que la enorme «ciudad andante» que acompaña a Pizarro, pero el camino no es fácil: son treinta leguas de sendas difíciles, con frío y fuertes vientos. El camino desde Guayaquil con tan pocos hombres es toda una proeza: el mal de altura hace su aparición y los belicosos indios de la zona (guancavilcas, quiturs, guayas) no les dejan caminar en paz. Por fin, a finales de marzo, los encuentra el capitán Sancho de Carvajal, a quien Gonzalo Pizarro había enviado en su busca. Están en Zumaco, en la provincia de Motín, donde Pizarro ha asentado su real.</p>
<p>Así comenzaba la primera parte de la aventura, en la que Pizarro y Orellana marcharán conjuntamente. La expedición de Pizarro parecía desde el principio condenada al fracaso. Era difícil moverse con aquella partida tan numerosa de gentes, a los que había que alimentar y desplazar por terrenos desconocidos y bajo un clima adverso. Los problemas de Pizarro ya habían comenzado antes, nada más iniciarse el viaje. A pocos días de salir de Quito, la expedición se había encontrado en el corazón de una densa jungla en la que tenían que abrirse paso a machetazos. Los indios del fértil valle de Zumaco, a ciento sesenta y siete kilómetros al este de Quito, fueron los primeros en tomar contacto con los españoles, pero ninguno parecía saber dónde estaba El Dorado, y Pizarro comenzó a impacientarse. «Gonzalo Pizarro estaba enfadado porque los indios no le habían dado la respuesta que él quería. Continuó preguntando sobre otras cuestiones, pero siempre respondían negativamente», escribió más tarde el cronista Cieza de León. Ante las amenazas y las terribles torturas de Pizarro para sacarles el paradero de El Dorado, los indios decidieron «confesar»: «Sí, estaba más allá, hacia el este», aseguraban. Y hacia el oriente prosiguieron los expedicionarios a duras penas.</p>
<p class="bodytext">Nada más encontrarse con Orellana, Pizarro le nombra su lugarteniente general; le deja cuidando el real en Zumaco, un lugar insano, caluroso y pestilente y se adentra en la selva con ochenta hombres en busca de alimentos y de un camino hacia El Dorado. Pero lo que se extiende ante Pizarro siguen siendo tierras inhóspitas por las que cuesta avanzar una sola legua. La expedición fue una auténtica pesadilla: la selva era un laberinto cerrado sobre los españoles que tuvieron que soportar un calor sofocante, una humedad irrespirable y el acoso de hormigas, moscas, mosquitos y otros animales desconocidos. Afrontaron también crecidas rápidas del río que se llevaron la mayor parte de las provisiones y engaños deliberados de los indios, como el cacique del territorio Delicola, que, conocedor de las torturas que los españoles infringían a las tribus para sonsacarles la ubicación de El Dorado, les mintió asegurándoles que más adelante encontrarían unas tierras muy ricas en oro. Tras seguir hacia el este sin encontrar más que selva, decidieron regresar a Zumaco.</p>
<p>De nuevo en el real, donde Orellana había conseguido mejorar las condiciones del campamento, se ponen en marcha todos juntos río abajo, por el Coca, en busca de aquellas tierras más fértiles. Avanzan por las márgenes del río mientras que algunas canoas se adelantan para explorar el terreno, pero la marcha es lenta, la comida escasea, se enfrentan a indios hostiles y el cansancio hace mella. Tanto Pizarro como Orellana estaban convencidos de que estos ríos de la vertiente oriental de los Andes vertían al Atlántico, pero desconocían la dimensión del continente y la longitud de aquellos ríos. El Dorado no aparecía, pero tampoco el País de la Canela. Los indios porteadores morían o huían a la selva, por lo que Pizarro llegó a la conclusión, contra la opinión de Orellana, de que lo mejor era construir una embarcación para seguir río abajo con los heridos y con los bultos más pesados, mientras los caballos seguían por tierra.</p>
<p class="bodytext">El 11 de noviembre, el barco, bautizado como el San Pedro, está cargado y listo para partir. Los expedicionarios continúan la marcha, unos por tierra y los otros por el río. Como el barco va más rápido, al final de la jornada su tripulación espera a los compañeros, levantando el campamento a la orilla o aprovechando alguna aldea india donde se apoderan de la comida que encuentran. Pero las poblaciones comienzan a escasear río abajo y la selva se hace más densa. Es un avance lento y agotador. Apenas hay comida. Tras una semana de navegación llegan a un punto en el que el río Coca desemboca en otro mucho más ancho y caudaloso, y de aguas más templadas que las del Coca, el río Napo. Avanzan durante cuarenta y tres días pero la situación es cada vez más insostenible.</p>
<p>Los expedicionarios tienen noticias de posibles plantaciones de yuca algo más abajo del río, y Pizarro decide seguir hacia el Atlántico: si no encuentra El Dorado, por lo menos hallará tierras fértiles para colonizar. En esta situación, llegamos a un momento decisivo para la historia: cerca de la confluencia del río Napo con el Aguarico, Pizarro decide dar a Orellana el mando de cincuenta y siete hombres y la embarcación para que navegue por el Napo, uno de los afluentes del Amazonas. Tenía la misión de encontrar alimentos y volver lo antes posible junto con sus compañeros. Orellana nunca regresaría. Se excusaría más tarde diciendo que la corriente le arrastró río abajo sin posibilidad de regreso y con los hombres demasiado débiles para tenerse en pie. Por su parte, Pizarro pensó que habían perecido en el río y decidió regresar a Quito en una de las expediciones más tristes y duras de la historia de la exploración del Nuevo Mundo. Más tarde, al enterarse de la suerte de Orellana, se sintió profundamente indignado y traicionado. Orellana se llevaba la gloria de haber navegado por el Amazonas, y la gobernación de la Nueva Andalucía; él había tenido que regresar penosamente a Quito, en un viaje de retorno en el que perdió gran parte de sus hombres y pasó las más inimaginables penalidades Entraron en Quito en junio de 1542, descalzos, medio desnudos y cubiertos de heridas, según relató el cronista Cieza de León.</p>
<p class="bodytext">Mas tarde Gonzalo Pizarro rumiaría su venganza ante la traición de su primo. Así escribió al Consejo de Indias:</p>
<p>Confiado en que el capitán Orellana haría lo que decía, pues era mi hombre de confianza, le dije que estaba de acuerdo con la idea de que fuera a buscar alimentos… y le di la balsa y sesenta hombres… Pero en lugar de traer alimentos bajó el río sin dar ningún aviso, dejando solamente señales y restos e indicando los lugares donde habían desembarcado o parado en las confluencias de los ríos… Demostró hacia toda la expedición la mayor crueldad que hasta el momento han mostrado los hombres más desleales.</p>
<p>En su defensa, Orellana argumentaría más tarde que la corriente era muy fuerte y que sus hombres pasaron también enormes calamidades en la travesía: muchos tuvieron que comerse el cuero de sus trajes o la suela de sus zapatos, hervidas con hierbas. Algunos, desesperados, llegaron a comer raíces venenosas, siete murieron de hambre… Todos los esfuerzos por regresar en canoa junto a Pizarro resultaron baldíos. Siete días después de dejar a Pizarro encontraron una tribu amistosa que les dio alimentos y allí le esperaron durante un mes, mientras construían dos bajeles capaces de navegar por el río y por el mar. También en esos momentos, Orellana se cubría las espaldas, consciente de la acusación de traición y cobardía que le esperaba si lograba culminar su aventura.</p>
<p>El testimonio más fidedigno de lo que pasó en el río es el del cronista de la expedición de Orellana, Fray Gaspar de Carvajal, que vivió en primera persona aquel momento y que defiende claramente la decisión del capitán. También queda como testimonio el acta que escribe Francisco de Isásaga, nombrado escribano de su expedición en Aparia, poco después de la separación de Orellana, en la que se da fe de cómo, en nombre de su majestad y como teniente general de Pizarro, Orellana toma posesión de los pueblos de Aparia e Ymara, y del vasallaje que le rinden los caciques que vienen a saludarle y a aceptar su dominio. Al final se incluye un testimonio, que firman todos, en relación con la decisión de no volver al real de Pizarro. Es una carta que los firmantes dirigen y entregan al escribano y que fue aportada por Orellana más tarde, en la Corte, para desmentir las acusaciones de traición de Gonzalo Pizarro.</p>
<p class="bodytext">El 26 de diciembre de 1541, fecha en la que se separa de Pizarro, comienza la verdadera aventura de Orellana, con un barco derrengado, el San Pedro, y algunas frágiles canoas. Desde esta fecha hasta que deciden que no pueden dar marcha atrás, los cincuenta y siete expedicionarios y los dos esclavos negros, siguen pasando enormes penalidades y, sobre todo, se ven arrastrados por la fuerza imparable del río. Así lo cuenta Carvajal:</p>
<p>Y así, el capitán Orellana tomó consigo 57 hombres, con los cuales se metió en el barco ya dicho y en ciertas canoas que a los indios se habían tomado y comenzó a seguir su río abajo con propósito de luego dar la vuelta, si comida se hallase; lo cual salió al contrario de cómo todos pensábamos, porque no hallamos comida en doscientas leguas (…) El segundo día que salimos y nos apartamos de nuestros compañeros nos hubiéramos de perder en medio del río (…) y luego comenzamos nuestro camino con muy gran prisa; y como el río corría mucho, andábamos a veinte y a veinte y cinco leguas, porque ya el río iba crecido y aumentando así, por causa de otros muchos que entraban por la mano diestra hacia el sur. (…) Viendo que nos habíamos alejado de donde nuestros compañeros habían quedado y que se nos había acabado lo poco que de comer traíamos (…) púsose en plática entre el Capitán y los compañeros la dificultad, y la vuelta, y la falta de comida (…) pero en confianza que no podíamos estar lejos, acordamos de pasar adelante, y esto no con poco trabajo de todos, y como otro ni otro día no se hallase comida ni señal de población, con parecer del Capitán, dije yo una misa, como se dice en la mar (…) porque aunque quisiéramos volver agua arriba no era posible por la gran corriente, pues tentar de ir por tierra era imposible: de manera que estábamos en gran peligro de muerte a cabsa de la gran hambre que padecimos; y así (…) acordose que eligiésemos de dos males el que al Capitán y a todos pareciese menor, que fue ir adelante y seguir el río o morir o ver lo que en él había (…) y entre tanto, a falta de otros mantenimientos, vinimos a tan gran necesidad que no comíamos sino cueros, cintas y suelas de zapatos cocidos con algunas hierbas…</p>
<p class="bodytext">Así comienza el verdadero descenso del río que les dejará ocho meses y medio después en el Atlántico. Lo que no saben los expedicionarios es que les aguarda una aventura con la que nunca soñaron: más de tres mil kilómetros de navegación por el mayor río de la Tierra, más de ocho meses de penalidades, de hambre y de luchas, pero también de encuentros con tribus amistosas de las que aprenderán sus usos y costumbres, ocho meses de descubrimientos de plantas y animales desconocidos. Les aguardan las amazonas, las tribus caníbales del curso bajo del Amazonas, la maraña de islas de la desembocadura de este gran río que, aunque ellos todavía no lo adivinan, llega a ser tan ancho como un mar.</p>
<h2>Segundo acto: La gran aventura de Orellana</h2>
<p class="bodytext">Con la separación de Pizarro, comienza la verdadera aventura de Orellana, la gesta heroica que pasará a la historia como el primer descenso del Amazonas. Orellana se convierte en el protagonista indiscutible de una expedición en la que partió como segundo. Pero, ¿quién era aquel hombre llamado a liderar esta expedición histórica?</p>
<p>Es difícil encontrar en las novelas de aventuras o en el cine un personaje de perfil tan heroico y apasionante como Francisco de Orellana. Había nacido en la localidad extremeña de Trujillo y era hijo de Francisco de Orellana y de Francisca Torres y primo de los hermanos Pizarro. Sus padres eran hidalgos segundones pero acomodados, y recibió cierta preparación en letras y manejo de la espada, que más tarde les serán muy útiles. Estamos en los primeros años de la conquista de América y, como la mayor parte de los jóvenes trujillanos, debió de sentir desde niño una enorme fascinación por la conquista de las Indias que estaban protagonizando sus paisanos. A los diecisiete años ya le tenemos en América central, concretamente en tierras nicaragüenses, de las que pasaría muy pronto al Perú (hacia 1535), quizás junto con Alvarado, con Almagro, o más probablemente con Pedro Álvarez de Holguín, para servir en el ejército con los Pizarro. Entre 1532 y 1538, es decir, entre los veintiún y veintisiete años, consolida su formación militar al lado de los Pizarro y es en estas aventuras, a los veinticuatro años, cuando pierde un ojo a causa de un flechazo, lo que le valdrá para el resto de su vida el apelativo de «el tuerto».</p>
<p class="bodytext">Es un momento único: allí, en aquellos territorios del Virreinato, el joven Orellana se codea con los más famosos conquistadores del Perú. Ya era capitán cuando se pone al mando de quinientos hombres en la batalla de las Salinas, junto a las tropas de Hernando Pizarro. Tras dicha batalla, Francisco de Pizarro envía a su pariente Orellana a poblar la ciudad de Santiago de Guayaquil que había fundado Belalcázar y que habían destruido los indígenas. Aquí es donde nuestro héroe comienza a tomar contacto con la región. A los oídos de Orellana llegan las noticias del País de la Canela y de El Dorado, hacia el que han partido algunas expediciones. En 1541 Gonzalo Pizarro se pone en contacto con Orellana y le propone organizar una gran expedición en busca del País de la Canela, y el joven trujillano ve su gran oportunidad y se pone a las órdenes de su primo. Así comienza la gran aventura de su vida.</p>
<p>De las diferentes crónicas sobre la expedición y de sus propios escritos, se desprende la figura de Orellana como un individuo con talla de líder y con claras cualidades personales y militares, fascinado por la idea del descubrimiento y de la conquista de tierras. Esto se verá cuando, desde el momento en el que se separa de Pizarro, parece que la búsqueda de la canela pasa a segundo plano y la finalidad primordial del viaje es alcanzar la salida al mar, la conquista de un amplio territorio que poder reclamar como gobernador. Entre las cualidades de Orellana que destacan los cronistas, y particularmente Fray Gaspar que convivió con él en el viaje, figuran su sencillez, su buena relación con los compañeros de viaje y, sobre todo, la habilidad en el trato con los indígenas y una asombrosa facilidad para el entendimiento de sus lenguas. Fray Gaspar alaba especialmente el trato que mantiene con sus hombres y su buen criterio para solventar situaciones difíciles:</p>
<p class="bodytext">(…) y mandó que los heridos se curasen, y yo los curé, porque el Caitán andaba de una parte a otra dando orden a lo que convenía para salvación de nuestras vidas, que en esto siempre se desvelaba; y a no ser tan sabio en las cosas de la guerra, que parecía que Nuestro Señor le administraba en lo que debía de hacer, muchas veces nos mataran…</p>
<p>Este es el personaje que se pone al frente de la expedición a la altura de Ymara. Los primeros momentos de la «escapada» de Orellana son tan trágicos como los que les habían precedido dentro del grupo de Pizarro. El día de año nuevo de 1542 parece que su suerte empieza a cambiar: escuchan tambores. Esto significa que hay poblados cerca y, en ellos, alimentos, pero comienza también el riesgo de encontrarse con tribus hostiles. La suerte por fin les sonríe ya que encuentran un poblado de indios que les reciben en son de paz y les ofrecen comida. Orellana no olvida cual es su misión y pide al cacique que mande venir a todos los señores de esa tierra para transmitirles «la causa de su venida, hablarles de parte de Su Majestad y por supuesto de la palabra de Dios que traen». En realidad, Orellana toma posesión de aquella tierra, en un acto que infunde mucho ánimo en sus compañeros. No desaprovecha la ocasión para hablar a sus hombres, en un gesto que se repetirá a lo largo del descenso del río y que muestra las notables cualidades de Orellana como líder.</p>
<p>En Aparía (Aparía es el nombre del cacique del lugar y del poblado), Orellana decide aprovechar la colaboración amistosa de los indios del lugar y construir otro bergantín de más porte. Entre ellos no hay ningún experto en construir barcos, pero al menos consiguen hacer más de dos mil clavos que se llevan consigo dejando la obra del bergantín para más adelante. También aquí escuchan por primera vez, largo y tendido, de labios del cacique Aparía, la noticia de la existencia de las amazonas y de sus riquezas.</p>
<p class="bodytext">Continúan río abajo por tierra de indios amistosos hasta un punto en el que Orellana decide que ha llegado el momento de construir el nuevo bergantín. Acude para ello a un carpintero, un tal Diego Mexias, que, si bien no sabe de barcos, al menos organiza convenientemente el trabajo. Todos colaboran y de nuevo parece que la suerte está de su parte. Han elegido el mejor lugar para detenerse a construir el barco ya que los indios les ayudan, les proveen abundantemente de alimentos y pueden terminar en treinta y cinco días la embarcación, a la que ponen por nombre Victoria. Están convencidos de que se encuentran ya en el Marañón, aquel río que desemboca en el Atlántico, pero no saben su longitud. Sólo intuyen que se trata de un río de dimensiones sorprendentes, «que parecía mar por su imponente grandeza».</p>
<p>Orellana zarpa de Aparia, nombrando antes alférez a Alonso de Robles. Durante todo el trayecto no bajará nunca la guardia ni dejará de advertir a sus hombres que deberán de tratar con respeto a los indios que encontrasen, y no utilizar las armas si no es en defensa propia, ya que luego volverán para colonizar a aquellas tierras y es conveniente que les reciban en son de paz.</p>
<p>Pero las cosas cambian, ya que a los pocos días, una vez fuera de las tierras del cacique Aparia, vuelven a encontrarse con terrenos despoblados y el hambre vuelve a enseñorearse de las tripulaciones. Los indios que comienzan poco a poco a encontrar son ya mucho menos amistosos. En las provincias de Machíparo y de Omaga (u Omagua), los feroces indígenas les reciben en son de guerra, con tambores y trompetas para animarse en la lucha. Pelean con fiereza unos y otros y, a pesar de ello, a lo largo de la narración del viaje de Orellana, sorprende el escaso número de bajas de una tripulación que no llega a sesenta hombres y que se enfrenta en ocasiones a tribus con centenares de guerreros. Son sesenta hombres mal alimentados y cansados que, sin embargo, emplean una y otra vez el ingenio y el valor. Carvajal se sorprende repetidamente de la ayuda que Dios les presta, casi milagrosa, para conservar sus vidas en tan difíciles circunstancias. Las ballestas y los arcabuces son las principales armas de los españoles, frente a las flechas de los indios, que, en ocasiones, sobre todo al final del viaje, son venenosas y por tanto enormemente peligrosas.</p>
<p class="bodytext">Pero los españoles consiguen atravesar las tierras de los Omaguas y Machiparao, en continua lucha y con poco descanso. El río es cada vez más ancho y el distanciamiento de las orillas facilita la navegación y también la defensa de los españoles. Son orillas muy pobladas, con enormes aldeas bien organizadas que maravillan a los españoles, a pesar de que no pueden parar en ellas por el peligro que suponían los indios. Es en estas tierras de los Omaguas donde se encuentran con la entrada de un río enorme que llega por su derecha, al que ponen por nombre «río de la Trinidad». Son tierras de poblaciones muy grandes y ricas, pero el prudente Orellana decide pasar de largo «por ser los pueblos tantos y tan grandes y haber gente». Para evitar la lucha con los indios, intentan navegar por el centro del río, pero llega un momento en el que Orellana decide tomar tierra en un pequeño pueblo. Al llegar, tras luchar con los indios del lugar, encuentran una gran cantidad de comida, pero sobre todo descubren algo que les sorprende enormemente: loza vidriada y esmaltada, de todos los colores. Allí hay tinajas, cántaros grandes, vasijas pequeñas, escudillas, y candelabros. Deciden llamar a la aldea «el pueblo de la loza». Están a medio camino, en pleno corazón del Amazonas. Es una zona rica en la que los caminos parten desde el río hacia adentro, despertando la curiosidad de los españoles, que sin embargo no se atreven a alejarse de las orillas.</p>
<p>El viaje continúa curso abajo en una continua descripción de pueblos y de accidentes geográficos. Carvajal ha dejado noticia de algunos descubrimientos notables, como el del río Negro, cuya descripción es exacta:</p>
<p>(…) vimos una boca de otro río grande a la mano siniestra, que entraba en el que nosotros navegábamos, el agua del cual era negra como tinta, y por esto le pusimos el nombre del Río Negro, el cual corría tanto y con tanta ferocidad que en más de veinte leguas hacía raya en la otra agua sin revolver la una con la otra.</p>
<p class="bodytext">Así sigue siendo: la diferente acidez, densidad y temperatura de las aguas de ambos ríos dibuja una línea nítida que las separa y que puede observarse durante varios kilómetros.</p>
<p>A partir de aquí, Orellana y sus hombres entran en territorios tributarios de las famosas amazonas. Son pueblos grandes, con murallas y muy ricos, en los que encuentran también vestiduras de plumas de diversos colores que utilizan para sus sacrificios. En esta parte del río reciben noticias interesantes: por un lado, una india les da noticias de un grupo de cristianos que se encuentran en un pueblo no muy lejano, probablemente supervivientes de la expedición de Diego de Ordás en 1531. Sorprende el poco interés de Orellana por ir a conocerles. «(…) pero como nosotros no éramos parte, acordamos de pasar adelante, que para los sacar de donde estaban su tiempo vendrá», explica Carvajal.</p>
<p>La segunda de las noticias fantásticas es la existencia de las amazonas, que no parecen ser una fantasía sino una tribu real de mujeres guerreras y poderosas, a las que poco más adelante tienen que enfrentarse en una dura batalla cuando estas acuden en ayuda de sus pueblos tributarios.</p>
<p>Han de saber que ellos son subjetos y tributarios a las amazonas, y sabida nuestra venida, vánles a pedir socorro y vinieron hasta diez o doce, que éstas vimos nosotros, que andaban peleando delante de todos los indios como capitanas, y peleaban ellas tan animosamente que los indios no osaron volver las espaldas, y al que las volvía delante de nosotros le mataban a palos y ésta es la cabsa por donde los indios se defiendan tanto. Estas mujeres son muy blancas y altas, y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto a la cabeza; y son muy membrudas y andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios; y en verdad que hubo mujer de estas que metió un palmo de flecha por uno de los bergantines, y otras que menos, que parecían nuestros bergantines puerco espín.</p>
<p class="bodytext">En la lucha contra las amazonas el Padre Carvajal perderá un ojo, pero consigue salvar la vida.</p>
<p>A su regreso a España, la existencia de las amazonas fue puesta en duda y hay quien opina que en realidad lo que vieron fueron indios con el pelo muy largo. Carvajal, sin embargo, defiende la existencia de estas mujeres guerreras que le habían dejado tuerto y aporta una amplia descripción de sus costumbres, según lo que les relata el indio trompeta.</p>
<p>El Capitán le preguntó si estas mujeres eran casadas: el indio dijo que no. El Capitán le preguntó que de qué manera viven: el indio respondió que, como dicho tiene, estaban la tierra adentro, y que él había estado muchas veces allá y había visto su trato y vivienda, que como su vasallo iba a llevar el tributo cuando el señor lo enviaba. El Capitán preguntó si estas mujeres eran muchas: el indio dijo que sí, y que él sabía por nombre setenta pueblos, y contolos delante de los que allí estábamos, y que en algunos había estado. (…) El capitán le preguntó si estas mujeres parían: el indio dijo que sí. El capitán le dijo que cómo no siendo casadas, ni residía hombre entre ellas, se empreñaban: él dijo que estas indias participan con indios en tiempos y cuando les viene aquella gana juntan mucha copia de gente de guerra y van a dar guerra a un muy gran señor que reside y tiene su tierra junto a la destas mujeres y por fuerza los traen a sus tierras y tienen consigo aquel tiempo que se les antoja, y después que se hayan preñadas les tornan a enviar a su tierra sin les hacer otro mal: y después, cuando viene el tiempo que han de parir, que si paren hijo le matan y le envían a sus padres, y si hija, la crían con muy gran solemnidad y la imponen en las cosas de la guerra. Dijo más, que entre todas estas mujeres hay una señora que subjeta y tiene todas las demás debajo de su mano y jurisdicción, la cual señora se llama Coñorí (…).</p>
<p class="bodytext">Ante la fertilidad y riqueza de esta parte del río (entre el río Negro y el río Tapajós), que les recuerda a su tierra natal, los españoles la bautizan como «provincia de San Juan». El relato de Carvajal nos permite disfrutar en vivo y en directo del panorama por el río, como si fuésemos nosotros mismos los que viajásemos en la nave Victoria o en la San Pedro:<br />
Es tierra templada, a donde se cogerá mucho trigo y se darán todos frutales; además desta es aparejada para criar todo ganado, porque en ella hay muchas yerbas como en nuestra España, como es orégano y cardos de unos pintados y a rayas y otras muchas yerbas muy buenas; los montes desta tierra son encinales y alcornocales que llevan bellotas, porque nosotros las vimos, y robledales; la tierra es alta y hace lomas, todas de sabanas, la yerba no más alta de hasta la rodilla y hay mucha caza de todos géneros.</p>
<p>La última parte del viaje, aproximadamente desde el río Tapajós hasta la desembocadura, es tal vez la más dura en lo que se refiere a las luchas con los indios, que aquí son caníbales y utilizan flechas envenenadas. Los aventureros están ya cansados, llevan muchos meses río abajo y no ven el final de sus padecimientos. Sin embargo, de repente les llega la esperanza en forma de mareas, una prueba de que no están muy lejos del mar. No saben que en el Amazonas las mareas se dejan sentir hasta doscientos kilómetros río adentro y que les queda aún el último laberinto que atravesar: el de las islas que forman la desembocadura del Amazonas.</p>
<p>A partir de este punto la navegación se hace enormemente difícil. Orellana tiene que emplear todo su ingenio y su intuición para conseguir atravesar estas tierras en las que una y otra vez se encallan los ya maltrechos bergantines. Saben que están a punto de salir al océano y se preparan para ello recogiendo agua dulce, maíz, raíces y otros alimentos que encuentran. Preparan también sus naves pero sobre todo, se encomiendan a Dios. «Desta manera nos pusimos a punto de navegar por la mar por donde la ventura nos guiase y echase, porque nosotros no teníamos piloto, ni aguja, ni carta ninguna de navegar, y ni sabíamos porqué parte o a que cabo habíamos de echar».</p>
<p class="bodytext">Por fin salen del río por una boca de las muchas que tiene. Según la descripción de Carvajal, viajan por la orilla izquierda del Amazonas, y es de suponer que salen al mar el 26 de agosto por la boca de Pacaxaré y, finalmente, por el canal Perigoso, entre las actuales islas de Caviana y Mexiana. Todavía les queda navegar rumbo al norte para llegar a algún lugar habitado. Los dos bergantines se pierden de vista una noche y no se vuelven a ver. Por su parte, la nave Victoria se enreda en el golfo de Paría y por poco termina aquí su aventura cuando tan cerca estaban del final. Por fin, el 11 de septiembre, Orellana y con él el Padre Carvajal, que es el que nos transmite la crónica, llegan a la ciudad de Nueva Cádiz en la isla de Cubagua, fundada en 1547 por Jacome Castellón, y dedicada a la extracción de sus valiosas perlas. Allí les espera la grata noticia de que todos sus compañeros del otro bergantín han llegado dos días antes y están todos a salvo. Han atravesado de oeste a este un continente navegando por uno de los ríos más grandes de la tierra.</p>
<h2>Tercer acto: La sombra de la traición</h2>
<p class="bodytext">En la isla de Cubagua empieza realmente la tercera parte de la aventura de Orellana, la más penosa, la que más sinsabores le dejará. En Cubagua, Orellana decide ir a España, pasando antes dos semanas en La Española, a dar cuenta al rey del descubrimiento del gran río, del que ya saben que se trata del Marañón, cuyas bocas habían explorado algunos navegantes hispanos. Comienza su reivindicación como gobernador de las nuevas tierras, su defensa frente a la acusación de traición que le hará su primo Gonzalo Pizarro y la organización de su nueva expedición, la definitiva, para colonizar la cuenca del río.</p>
<p>Orellana no tenía grandes tesoros que llevarle al rey pero sí un relato apasionante de las nuevas tierras descubiertas. Era consciente, desde hacía muchos meses, de que, si culminaba con éxito el viaje, debería enfrentarse ante el Consejo de Indias a las acusaciones de Gonzalo Pizarro de haberle abandonado, llevándose con él las armas y los pertrechos más valiosos. La sombra de la traición sigue volando por encima de la figura de Orellana ¿Tenía desde el primer momento la tentación de no regresar? Orellana aporta pruebas de que no le fue posible regresar, en particular el acta suscrita por todos sus hombres. Fray Gaspar de Carvajal escribe entonces su famosa Relación para justificar lo ocurrido, pero Gonzalo Pizarro sigue adelante con su denuncia y escribe al rey una amplia carta, fechada en Tomebamba, a 3 de septiembre de 1542, y que se conserva en el Archivo de Indias. En ella que nos ha dejado su propio relato de la expedición y de lo ocurrido a partir de su separación de Orellana.</p>
<p class="bodytext">La duda de la traición a Gonzalo Pizarro ha oscurecido siempre la biografía de Orellana. Frente a su atractivo perfil de héroe equilibrado y querido por sus hombres, se alza la reputación que la historiografía ha transmitido durante siglos: la de un hombre cobarde, e incluso canalla, que abandonó de modo deliberado y traicionero al jefe de la expedición, Gonzalo Pizarro, y al cuerpo principal de la misma.</p>
<p>Los cronistas coloniales se posicionaron abiertamente al lado de Pizarro, igual que lo hicieron los historiadores posteriores. Hasta hace medio siglo, apenas había apologías a favor de Orellana que incluso aparece en muchos libros como «el peor traidor que ha existido en la historia». Uno de los culpables de la mala fama de Orellana es, sin duda alguna, Tirso de Molina, autor de una trilogía inspirada en los Pizarro: Todo es dar en una cosa, Amazonas en las Indias y La lealtad contra la envidia. En la segunda de las obras, habla mucho de Orellana, al que acusa claramente de abandonar a Pizarro. Orellana es presentado para la posteridad como un villano y un traidor: «El capitán Orellana / con mi bergantín se alzó / y desnudos nos dejó, / deslealtad torpe y villana», pone Tirso en boca de Don Gonzalo, el héroe de su historia.</p>
<p>Hoy se tiende a contemplar los hechos de forma menos maniquea. «La maniobra de Orellana no fue ni heroica ni traidora. Al margen de que fuera o no capaz de remontar el río para reunirse con Pizarro, su voluntad de continuar solo, la posterior defensa de sus acciones y la adquisición de un permiso de conquista en España para regresar al Amazonas en calidad de ‘adelantado’ (conquistador autorizado) son modos de actuación coherentes con las pautas de conquista típicas del conquistador», asegura Matthew Drescot en su reciente obra Los siete mitos de la conquista española.</p>
<p class="bodytext">Lo que sí podemos afirmar es que la sospecha de la traición nos ha aportado unos documentos valiosísimos para conocer de primera mano aquella aventura. Además de la Relación de Fray Gaspar de Carvajal, se conservan, por ejemplo, los escritos de Toribio de Ortigueira (1581-1586) sobre los incidentes de la expedición por lo que le contaron algunos de sus integrantes. De la misma época, tenemos los escritos de López de Gómara, que injuria a Orellana por mentiroso, y casi por hereje, por hablar de las amazonas y se burla abiertamente de su credulidad y de la del padre Carvajal.</p>
<p>Entre los testimonios más notables de los hechos está el de Gonzalo Fernández de Oviedo, contemporáneo de estas jornadas amazónicas, que conoció a Orellana a su llegada a la Isla de Cubagua. Oviedo, el más grande cronista de Indias, se emociona con lo que escucha de primera mano y lo transmite rápidamente a Europa. En su Historia General de Las Indias, Fernández de Oviedo nos cuenta acerca del viaje de Orellana mucho más de lo que escribe el propio cronista de la expedición.</p>
<p>Finalmente, Orellana es absuelto de la acusación de traición por el Consejo de Indias, que le concede la capitulación que pide para efectuar el descubrimiento y población de la Nueva Andalucía, que es como se bautizan las tierras recién descubiertas. El Consejo de Indias termina recomendando al emperador el apoyo para esta aventura. El documento final de las capitulaciones daba facultades y ponía limitaciones. Establece que puede partir con trescientos hombres españoles, cien a caballo y los otros de a pie, y con ocho religiosos. También establece que deberá instalar dos pueblos, «el uno al principio del poblado, en la entrada del río por donde vos habéis de entrar (…) otro en la tierra adentro, donde más cómodo y a propósito fuere, escogiendo para ellos los más sanos y deleitosos asientos que se pudieren haber, y en provincias abundosas, y en parte donde por el río se puedan proveer». Las capitulaciones, firmadas el 13 de febrero de 1544, son precisas como solían serlo este tipo de documentos, y no dejan resquicio a la improvisación.</p>
<h2>El desenlace: Muerte en el río</h2>
<p class="bodytext">La nueva expedición de Orellana estaba destinada al fracaso desde el principio. Esta nueva etapa de su vida estará llena de mala suerte y sin sabores que se inician en Sevilla, corazón de la empresa del descubrimiento, ciudad en la que se daban cita los conquistadores, los emigrantes, los comerciantes y todos los que deseaban sacar provecho del Nuevo Mundo. Orellana intenta poner en marcha la expedición, pero se ve incapaz. Es un buen capitán, pero un pésimo gestor: no encuentra la tripulación adecuada y tiene que recurrir a pilotos extranjeros, cosa que está rigurosamente prohibida. Compra cuatro naves, la Victoria, la San Pedro, la Guadalupe y la Bretón, pero resultan ser mucho peores de lo que necesitaban para tan larga travesía.</p>
<p>Antes de partir, Orellana conoce a Ana de Ayala, hija de un armador sevillano, y se enamora de ella. Es una joven acomodada pero sin una gran dote, aunque eso no frena al trujillano que, en contra de la opinión del Consejo de Indias, se casa con ella el 24 de noviembre de 1544 y además decide que viajarán juntos rumbo a la Nueva Andalucía. Su mujer le apoya desde el primer momento y jugará un activo papel en su vida a partir de entonces.</p>
<p>Los preparativos de la expedición avanzan muy lentamente, con el veedor oficial, fray Pablo de Torres, vigilando atentamente por el cumplimiento de todos los detalles de las capitulaciones. Orellana pelea con banqueros y prestamistas tratando de encontrar el dinero necesario, mientras prosiguen muy lentamente los preparativos de avituallamiento y aparejamiento de las naves. Mientras continúan atrapados en el puerto de Sevilla, el dinero se va esfumando. Su mujer aporta todo su escaso pecunio y el padrastro de Orellana, Cosme de Chaves, viaja a Sevilla para auxiliarle económicamente, pero siguen sin poder partir. La inspección de Fray Pablo de Torres descubre numerosas irregularidades: no lleva los trescientos hombres que necesita reunir, faltan aparejos y artillería, tienen marinos flamencos, alemanes, ingleses y portugueses en su tripulación… Le prohíben terminantemente abandonar el puerto sin solucionar las deficiencias, pero Orellana decide zarpar sin permiso, y, por supuesto, sin armas, caballos, municiones y abastecimiento suficientes. Es el 11 de mayo de 1545.</p>
<p class="bodytext">Tras una estancia de tres meses en Tenerife, en la que él trata de completar sin éxito el equipamiento de las embarcaciones, parte rumbo a Cabo Verde, esperando tener mejor suerte. Pero los dioses siguen sin estar de su parte y debe de abandonar la Victoria, que está ya desahuciada. El viaje parece maldito: la tripulación comienza a enfermar con diarreas crónicas, por las malas condiciones del agua. Antes de salir de la isla, mueren noventa y ocho hombres, y otros cincuenta están tan enfermos que Orellana decide dejarlos en tierra. El 15 de noviembre parten definitivamente rumbo a la Nueva Andalucía, pero siguen las desgracias: la nave Bretón desaparece en alta mar y las dos naves restantes llegan a la desembocadura del río medio destruidas por un huracán. Para la conquista y colonización de la Nueva Andalucía quedan poco más de un centenar de hombres mal armados y con dos carabelas medio desmanteladas.</p>
<p>Las dos embarcaciones consiguen subir por el río unas cien leguas y allí establecen su base de operaciones y, sobre todo, un muelle donde construir un bergantín, para lo cual desmantelan el Bretón. Llaman al nuevo poblado Nueva Sevilla, pero en nada se parece esta mísera aldeucha a la espléndida capital bética. Unos días después se encuentran que la Guadalupe ha desaparecido de donde estaba anclada; cuando la encuentran está embarrancada en unas islas muy lejos de la orilla y destrozada. La buena estrella parece haber abandonado a Orellana, pero él se empeña en terminar de construir el bergantín. Para tratar de sobrevivir, decide adelantarse río arriba para buscar un lugar en el que puedan encontrar comida. Veintitrés hombres y su esposa acompañan a Orellana. En el campamento se queda el resto, casi setenta hombres, a cargo de Cristóbal de Maldonado, construyendo otro bergantín. Casi todos están enfermos y la vida va extinguiéndose poco a poco.</p>
<p class="bodytext">El 10 de noviembre Maldonado decide subir río arriba en el nuevo bergantín en busca de Orellana pero no encuentra señales de él. Algunos, diecisiete, optan por volver a Cubagua en el bergantín. Otros once prefieren quedarse. Cuando la maltrecha embarcación llega por fin, no a Cubagua, sino a la isla de Margarita, no hay campanas repicando ni triunfalismos. A los pocos días llega también a la isla Margarita otra embarcación arrastrada por las mismas corrientes: es un bergantín con veinte hombres y una mujer, Ana de Ayala. Sin embargo, Orellana no viene con ellos. Finalmente no fueron las flechas de los indios, ni las amazonas las que acabaron con él, sino las fiebres de los pantanos. Murió en brazos de su mujer, que tomó el mando, y finalmente consiguieron emprender el camino de regreso. Orellana fue enterrado por sus hombres y su fiel compañera, cerca de la actual Santarem, al pie de un árbol junto a aquel majestuoso río que había descubierto. De aquella segunda expedición fracasada quedan los testimonios de los supervivientes, la relación escrita por Francisco de Guzmán, que fue tripulante de la carabela Capitana, y una crónica, la de Cieza. Con Orellana murió el primer intento de colonizar estas regiones. Difícilmente podía prever el trujillano que los europeos tardarían casi un siglo en volver a intentar la ocupación del Amazonas.</p>
<h2>La gran protagonista: El Amazonas</h2>
<p class="bodytext">Cuando Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana partieron de Quito en busca del Dorado y del País de la Canela no eran conscientes de las dimensiones de la naturaleza a la que deberían enfrentarse ni del territorio que iban a incorporar al mapa del planeta. El llamado por entonces río Marañón había sido descubierto en su desembocadura por Vicente Yánez Pinzón, Diego de Lepe y Alonso Vélez en su viaje de 1499-1500. Algunas empresas habían tratado también de avanzar desde sus supuestas cabeceras, con desigual resultado, pero nadie hasta el momento sabía realmente dónde nacía, ni siquiera la distancia exacta o aproximada que existía desde sus fuentes hasta su desembocadura en el Atlántico. ¿Qué territorios misteriosos cruzaba? ¿Qué riquezas insospechadas atesoraba? ¿Cómo sería la naturaleza en aquel inmenso espacio en blanco de los mapas de la época? Gonzalo Díaz de Pineda, uno de los miembros que partió con Gonzalo Pizarro a la aventura, era el único que se había adentrado previamente por el misterioso País de la Canela, en 1538 y 1539, aunque apenas había llegado hasta los ríos Napo y Coca. Pero lo único que podía aportar realmente a la expedición eran notas y testimonios de los fracasos precedentes en el intento de conquistar el oriente del virreinato del Perú.</p>
<p class="bodytext">Todo era un misterio. Todo era una aventura. A los ojos de los pragmáticos ciudadanos del siglo XXI resulta sorprendente comprobar la ignorancia con la que los descubridores del siglo XVI se adentraban en territorios ignotos y jamás explorados por los europeos. Sorprende aún más el poder de la ambiciosa imaginación de aquellos descubridores y conquistadores que les hacía desafiar todos los peligros. Las subyugantes ofertas de las leyendas de un lago de oro, un país cubierto por los canelos, o un reino dominado por intrépidas mujeres, las amazonas, resultaban más poderosas que la prudencia o el temor a la muerte. Fueron los mitos los que llevaron a los españoles a adentrarse en el inmenso y absolutamente desconocido mundo que se extendía al oriente de la gran cordillera andina. No podían siquiera imaginar que estaban ante un reto colosal: recorrer el más grande río de la tierra, el Amazonas.</p>
<p>Para comprender el esfuerzo y las penalidades de la expedición de Gonzalo Pizarro, primero, y de Orellana, después, es imprescindible situarse en el contexto geográfico. Estamos ante la mayor cuenca fluvial del mundo, sobre la que se asienta también la mayor selva ecuatorial de la Tierra. De esto fueron conscientes los hombres de la expedición de Orellana, una vez concluida su odisea, a pesar de haber contemplado sólo una mínima parte de la cuenca amazónica. La grandiosidad del cauce principal, por el que navegaron hasta llegar al Océano Atlántico, fue suficiente para que intuyeran la magnitud sobrecogedora de la cuenca del Amazonas.</p>
<p>Este es el famoso Río de las Amazonas (…) riega más extendidos reinos, fecunda más vegas, sustenta más hombres, aumenta con sus aguas a más caudalosos océanos que el Ganges, el Nilo o el Eúfrates (…) Sin usar hipérboles lo podemos calificar como el mayor y más célebre río del orbe.</p>
<p class="bodytext">Así lo describía el cronista don Martín de Saavedra y Guzmán, en los años 1636-1637, en su relato titulado Descubrimiento del Río de las Amazonas y sus dilatadas provincias.</p>
<p>Hoy sabemos que el río Amazonas recorre más de seis mil kilómetros, desde su nacimiento en los Andes hasta su desembocadura en el Atlántico, y que en este recorrido apenas desciende doscientos metros. Sabemos que el río junto con sus afluentes baña una cuenca de siete millones de kilómetros cuadrados (casi catorce veces la extensión de España), de los que casi cuatro millones son llanura y están bajo el dominio de la selva, que coincide con la parte más ancha del subcontinente, y que en torno a estos ríos se extiende la mayor masa de selva ecuatorial de la Tierra. Sabemos también que la aventura de Orellana se desarrolló en uno de los escenarios más inhóspitos del planeta, en el que no existen las estaciones y donde hay una temperatura entre 24º y 28º todo el año, con un nivel de saturación de humedad elevadísimo. A las particulares condiciones climáticas se deben los inmensos caudales del Amazonas y sus afluentes, algunos tan caudalosos como el Huallaga, Ucayali, Jurua, Purus, Madeira, Tapajoz y Xingú, por la derecha, o el Napo. Putumayo, Ica, Yapura y Negro, por la izquierda. Alguno de estos ríos, como el Madeira, se incluyen también entre los grandes ríos de la Tierra tanto por su caudal como por su longitud. Muchos han llamado al Amazonas «el infierno verde» y seguro que aquella cincuentena de hombres que acompañó a Orellana en su aventura río abajo les darían la razón.</p>
<p>El Amazonas sigue siendo territorio de la aventura, un espacio por descubrir, una fuente inagotable de hallazgos y de información y, sobre todo, un campo abierto para la imaginación y el mito. Orellana no imaginaba que casi cuatro siglos y medio después de su aventura por el río, los hombres continuarían sin dominar aquel territorio que él soñó con colonizar y poblar para el Reino de España.</p>
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		<title>Cristóbal de Acuña (1638-39)</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Mar 2020 15:27:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El Amazonas]]></category>
		<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Amazonas Cristóbal de Acuña (1638-39) Expedicionarios, descubridores y hombres de acción. Exhaustivos geógrafos y avezados cartógrafos, los misioneros jesuitas fueron durante casi 150 años los encargados de investigar, referenciar [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Amazonas</strong><br />
Cristóbal de Acuña (1638-39)</p>
<p><strong>Expedicionarios, descubridores y hombres de acción. Exhaustivos geógrafos y avezados cartógrafos, los misioneros jesuitas fueron durante casi 150 años los encargados de investigar, referenciar y dibujar los sutiles detalles de la cuenca del Amazonas, como parte de su labor evangelizadora. Acuñaron gramáticas, registraron puntualmente la riqueza paisajística y humana y esbozaron mapas que durante muchísimos años serían las únicas referencias conocidas. La repentina extinción de la orden acabó con su encomiable labor geográfica. Hay quien cree que también con las pretensiones de un imperio propio en Ultramar.</strong></p>
<p>Un territorio extensísimo e intrincado, sin más vías de comunicación que las que proporcionan traicioneros cursos de agua, una flora y una fauna desconocidas hasta el momento y una población itinerante de diferentes tribus, es lo que encontraron los primeros pioneros que de forma casi accidental siguieron el curso del Amazonas hasta su desembocadura. La famosa crónica de Gaspar de Carvajal, que acompañó la expedición de Orellana, dio ya noticias en su momento de una geografía compleja y un paisaje inexpugnable que, pese a todo, atesoraba leyendas de ciudades colmadas de riquezas. El “Descubrimiento del Río de las Amazonas”, publicado en 1542, proporcionó las primeras pistas para reinterpretar el “Gran Río”.</p>
<p>Apenas cien años después, un experimentado jesuita con varios años sobre el terreno es seleccionado para repetir el viaje de Orellana. Su misión: tomar nota detallada de cada accidente geográfico, cada población humana, y casi cada planta y cada animal que habitara en las riberas del río. Cristóbal de Acuña parte junto a la expedición de Pedro de Teixeira en 1640, y durante diez meses redacta el informe encargado con un celo profesional envidiable.</p>
<p>A caballo entre la crónica y el realismo mágico, un año después ve la luz el segundo informe sobre el Amazonas. En sus páginas, la existencia de una población de gigantes y de la mítica raza de mujeres guerreras que ha dado nombre al río, compiten con una detallada descripción de distancias, poblaciones, accidentes geográficos, costumbres, frutos y demás curiosidades.</p>
<p>El escrito era, una vez más, la constatación de un vastísimo territorio virgen, feraz e inexpugnable, con infinitas posibilidades. El propio encargo hecho desde la corte española denotaba, a su vez la importancia estratégica de aquel gran río navegable, en el punto de mira de los dos grandes imperios de ultramar, España y Portugal.</p>
<h2>Cristóbal de Acuña. El primer «Geógrafo» del Amazonas</h2>
<p>El texto de Cristóbal de Acuña, el “Nuevo descubrimiento del Gran río de las Amazonas” constituirá pues la primera muestra del trabajo de investigación geográfica realizado por los misioneros jesuitas en aquel apartado rincón de un mundo recién descubierto. Su minuciosa crónica de la expedición, una de las más importantes y completas sobre el Amazonas, se publicó en Madrid y cincuenta años después ya había sido traducida al francés (1682) y al inglés (1698): la edición francesa fue la primera en incluir mapas basados en las descripciones del jesuita del viaje que por espacio de diez meses llevó al religioso desde Quito (Ecuador) hasta Pará (actual Belém, Brasil). El propio Acuña fue quien presentó su trabajo ante el rey Felipe IV y el Real Consejo de Indias y quien trató de persuadirles de la urgencia de llevar a cabo un proyecto colonizador a gran escala, con diferentes intenciones: confirmar los derechos españoles frente a los portugueses en la cuenca amazónica; abrir una ruta estratégica y comercial a través del río; establecer un camino alternativo –y más seguro– a la ruta de Cartagena para los galeones que transportaban el tesoro; explotar las riquezas de oro y plata que prometían las minas por descubrir en la selva, y, por supuesto, evangelizar a las innumerables tribus nativas, misión que debería ser encomendada, precisamente, a la Compañía de Jesús.</p>
<p>Acuña murió en Lima en 1641, pero sus informes aportaron información muy valiosa. Su crónica y su tono parecen haber resultado de lo más persuasivo pues a partir de este momento se incrementa el ritmo de un proceso a medias entre la colonización y la evangelización, las reducciones, un término empleado para sintetizar la intención de los jesuitas de reducir el número de tribus dispersas en la selva a poblados más grandes, autosuficientes, con un trazado urbanístico similar, concebidas bajo la fe cristiana y el vasallaje al reino de España. Las Misiones Jesuíticas tienen como finalidad última “civilizar” a los indígenas bajo la autoridad española, pero al mismo tiempo se convierten en posiciones de frontera, ejerciendo actos de ocupación en un territorio jurisdiccionalmente discutido por España y Portugal.</p>
<h2>La organización de las reducciones jesuítas</h2>
<p>Las reducciones estaban integradas exclusivamente por indígenas, eran dirigidas de facto por monjes jesuitas que tenían asignadas no sólo funciones sacerdotales, sino además económicas, culturales, sociales y hasta militares y se organizaban en una estructura de cargos públicos similar a la de las ciudades españolas. Para no interferir en la organización social tradicional de los indios, en cada una de ellas existía un jefe superior, alcaldes y regidores, nombrados generalmente entre los caciques, aunque éstos no poseían demasiada autonomía y solían limitarse a ejecutar las directivas de los sacerdotes.</p>
<p>Mediante la técnica de las reducciones, los jesuitas lograron insertarse en la estructura social indígena; logrando primeramente su sedentarización mediante el establecimiento de los poblados, y, posteriormente tratando de restar influencia a los chamanes –la competencia– por la vieja táctica de utilizar las rencillas entre ellos y los caciques. Las reducciones fueron transformando gradualmente las costumbres de los indígenas, comenzando por las más contrarias a los principios de la religión católica, como la antropofagia y la poligamia. Sin embargo, y en un admirable ejemplo de sincretismo, en otros aspectos, no modificaron la mayor parte de las estructuras culturales y sociales. Aunaron los sistemas de valores y creencias de las culturas indígenas con la cosmovisión del catolicismo, mantuvieron las lenguas de los indígenas, que llegaron a hablar con fluidez, y aprendieron de ellos, el uso de las propiedades terapéuticas de muchas hierbas, incorporándolo a su bagaje en el ejercicio de la medicina. De este modo, los jesuitas, a lo largo del tiempo que cumplieron su labor en las Misiones (poco más de un siglo), llevaron a cabo un proceso de civilización de los indígenas que no violentó sus hábitos culturales, sino que los adaptó a sus objetivos civilizadores y religiosos.</p>
<p>Pese a que la política de reducciones se utilizó en diferentes lugares de América, todos los autores coinciden en que dada la particularidad del establecimiento de las misiones de la Amazonía, éstas fueron las más trabajosas para los jesuitas. La selva, mucho más cerrada que en sus homónimas del Paraguay, obligaba a una estructura misional diferente, más dispersa y a hacer frente a poblaciones diseminadas en grandes extensiones de territorio. Esto hizo que no pudieran alcanzaran la prosperidad de otras misiones. La propia configuración del terreno y del bosque impedía, incluso, la agricultura y la ganadería, cuya explotación constituía la fuente de riqueza de las reducciones del Paraguay. El problema de los “bandeirantes” portugueses, que hacían incursiones en busca de esclavos, sin embargo, también existía, ya que asolaron más de treinta pueblos en el Marañón y unos 30.000 indígenas de la nación omagua tuvieron que refugiarse río arriba, en territorio español, abandonando tierras y poblado. Pero precisamente las características de estas misiones – dispersas, en mitad de la selva, sin más comunicación que los ríos &#8211; propiciaron una nueva finalidad no prevista de antemano: la exploración. Para conseguir el fin evangelizador era preciso conocer la geografía del terreno, la situación de las tribus y los caminos que llevaban a ellas. Cuando un poblado ya estaba asentado, los padres solían internarse en la selva en busca de nuevos adeptos a los que atraer a la reducción.</p>
<p>Para ello contaban con los propios indios convertidos que ya vivían en la reducción, expertos conocedores del río y sus canales. De esa forma sobrevenida se escribieron algunas de las expediciones y se dibujaron algunos de los mapas más precisos de la zona.</p>
<h2>El tiempo de los héroes</h2>
<p>La primera exploración jesuítica en la zona de que tengamos noticia posiblemente sea la del Padre Rafael Ferrer, natural de valencia, quien desde 1593 está desplazado como misionero en las regiones americanas. Pionero de las exploraciones misioneras, en 1605, protagonizó una expedición en solitario desde el Aguarico al Napo y de éste al Marañón. Caminó más de 200 leguas en línea recta y fue descubriendo innumerables ríos trasversales. Dos años después volvió a su punto de partida, el territorio Kofán, hizo una nueva prospección de 100 leguas al Oriente y envió un informe a Quito pidiendo más misioneros, que le serían concedidos. El Padre Ferrer bautizó a cerca de 5.000 indios y creó las poblaciones de San Pedro, Santa María y Santa Cruz. Murió en 1611, se cree que en una emboscada, al ser arrojado a un riachuelo de aguas agitadas cuando lo cruzaba por un puente de troncos, sin que los indios que allí se encontraban, hicieran nada por salvarle. Pese a la temprana incursión de Ferrer, en un territorio que guarda resquemor hacia los españoles como consecuencia de las campañas realizadas por el capitán Pedro de Palacios, el hermano Santos García, miembro de la Sociedad Geográfica de Lima, en su obra “La geografía del oriente peruano y los jesuitas” afirma que el período que vivió las empresas más atrevidas y heroicas de los jesuitas fue el que trascurre desde 1630 a 1768, en la región del Mainas, la zona nororiental de Perú, fronteriza con Ecuador, Colombia y Brasil. La primera misión fundada en esta área fue la de Francisco de Borja, donde los jesuitas arribaron en febrero de 1638. Prueba del estado de las comunicaciones es que tardaron en llegar cincuenta días desde Quito, por una vía –el cauce del Marañón– que se seguiría usando por casi cien años, al no existir ninguna otra mejor. Francisco de Borja será pues el primer punto de partida para la exploración, la búsqueda de asentamientos y la localización de tribus dispersas. Desde aquí partirá, rio abajo, el Padre Lucas de la Cueva para fundar, en la zona de los jeberos, la segunda reducción de la zona llamada Concepción de los Jeberos.</p>
<p>En este período se engloba el ya citado viaje de Cristóbal de Acuña, pero también algunas otras. Una de las más esforzadas es la exploración del río Napo por el Padre Raimundo de Santa Cruz, quien en 1654 pretendió buscar un camino más directo entre su misión, en el Bajo Huállaga y Quito.</p>
<p>Fletó una expedición de cien indios y dos soldados españoles y se echó a las aguas del Marañón. Remando por espacio de ocho días, llegó a la desembocadura del Napo y lo remontó durante un mes, hasta encontrar la desembocadura del Aguarico. En este punto sufrieron el ataque de los encabellados, que mataron a cuatro de los indios, y el resto propuso retroceder, pero el jesuita amenazó con continuar él solo y optaron por seguirle. Tras cuarenta y tres días Napo arriba, llegaron a puerto Napo, donde el padre dejó a un soldado con la mitad de la flota. Él continuó con el resto de la expedición. En tres días llegó a Archidona, en siete a Baeza y en cuatro más a Quito, cumpliendo la misión autoimpuesta. Por supuesto sin mapas, sin brújula, y sin referencia ninguna.</p>
<p>Una hazaña parecida llevó a cavo el Padre Lucas de la Cueva, en 1659, apenas cinco años después, en busca de una mejor comunicación con Quito. Emprendió la marcha junto a otro jesuita de mayor edad y un grupo de indios para manejar las canoas. Salieron del pueblo de La Concepción de Jeberos, bajaron Marañón abajo, remontaron el Pastaza contra corriente y llegaron al río Bono, que también remontaron hasta las tierras altas, donde debido a los saltos deja de ser navegable. Al llegar a las cumbres, el otro jesuita, el padre Hernández no se sintió con ánimo de continuar y decidió volver al pueblo de Jeberos. El Padre Cueva siguió adelante, pero no pudo continuar por donde había estimado, debido a la dificultad de la ruta por lo que terminó accediendo a Quito por el Puerto de la Canela y volviendo a Jeberos por la ruta recién creada por el padre Santa Cruz.</p>
<p>Precisamente, en 1662, el propio Padre Santa Cruz intenta ahondar en esta vía para facilitar las comunicaciones con la ciudad. Perderá la vida en el intento. Al regreso de su expedición, en un tramo agitado del río, cayó de la balsa al lecho del Marañón, sin que sus compañeros pudieran hacer nada por su vida. Tenía treinta y nueve años y había conseguido cumplir su sueño, tras su exitosa exploración del rio Pastaza, esta vía se perfilará como el camino definitivo hasta Quito.</p>
<p>Otra de las figuras destacadas de la exploración amazónica es el jesuita alemán Samuel Fritz, quien llegó al territorio de los omaguas en 1685 y se dedicó a la tarea evangelizadora con tanto celo, que en 1688 tenía ya a su cargo 40.000 indios en cuarenta pueblos fundados a orillas del Amazonas, diseminados en un espacio de 250 leguas. Y junto a él aparecen otros nombres, como el Padre Lorenzo Lucero, que explora el bajo Ucayali, Marañón y Amazonas y funda el pueblo de Santiago de la Laguna en 1670, futura sede de las misiones de Maynas. O el padre Enrique Richter, quien asciende por el tracionero curso del Ucayali hasta el territorio de los indios cunivos.</p>
<h2>Crónicas misionales. Informes y cartografía</h2>
<p>Toda esta relación de acciones de fundación da como fruto literario numerosas creaciones escritas.</p>
<p>Son crónicas misionales como “Diario de Viaje del Misionero” (1707) del Padre Samuel Fritz, fundador de Yurimaguas; “Noticias auténticas del famoso Río Marañón” (1738) del Padre Pablo Maroni, publicada por Jiménez de la Espada en 1889 o la “Historia de las Misiones del Convento de Santa Rosa de Ocopa” que presenta su visión sobre la Amazonía de 1750 hasta 1770.</p>
<p>El Padre Francisco de Figueroa escribe el relato titulado “Informe de las Misiones en el Marañón”, Gran Pará o Río de las Amazonas”, incluido dentro del “Informe General” del Padre Hemando Cavero del 8 de agosto de 1661. El P. Lorenzo Lucero escribe una carta en 1683, titulada “Informe del Viaje a los Jívaros”. Pero también expediciones de carácter conquistador tienen cabida en la pluma de los jesuitas, como es el caso de la protagonizada por el Capitán Palacios, iniciada en la Guarnición de San Miguel en 1636 hasta llegar a la ciudad de Pará un año después, que es relatada por el Padre Manuel Rodríguez en “El Marañón y Amazonas” (Madrid 1684).</p>
<p>Pero quizá la autentica joya de la literatura amazónica la constituya un manual de dos tomos, escrito en 1745 por el misionero jesuita José Gumilla, “El Orinoco ilustrado y defendido Historia natural, civil y geográfica de este gran río y de sus caudalosas vertientes”. El libro presenta innumerables detalles sobre los afluentes del río Orinoco, así como sus ramales, caudal o comportamiento, pero también narra en primera persona, desde la experiencia, las costumbres de los pobladores indígenas, sus medicinas, sus comidas, su origen, su educación, y sus usos. Una obra de gran talento, escrita desde toda la objetividad que podía pretender un religioso que se aproximase a esas tierras y desde la curiosidad y la admiración por cuantas novedades le sorprenden. El padre Gumilla, fundador de varias poblaciones en los ríos Apure, Meta y Orinoco, era sobre todo un hombre de acción y un perspicaz observador de la naturaleza y la antropología. Murió en algún lugar de Los Llanos venezolanos el 16 de julio de 1750, cinco años después de culminar una gran obra que se convertiría en un referente universal y 35 años desde el inicio de su labor como misionero. Pese a la innegable calidad y exhaustividad, su obra tardaría en ser reconocida, como consecuencia de su muerte y de la desaparición de la orden jesuítica, y su descrédito posterior, sobrevenida apenas unos años después.</p>
<p>Si bien los informes que los jesuitas elaboraban para sus superiores constituían verdaderos tratados de geografía del territorio, abarcando aspectos políticos, tanto como sociales, físicos, económicos o etnográficos, lo más enriquecedor es que algunos de ellos iban acompañados de Cartas Geográficas. La primera noticia de un mapa del Marañón y el Amazonas es la del cartógrafo francés Nicolás Sansón. Se imprime en el año 1680, y carece de referencias geodésicas ni de ningún género. Su autor jamás ha recorrido la cuenca del Amazonas, pero su mapa reinterpreta gráficamente con sorprendente precisión la relación proporcionada por el padre Acuña en su “Nuevo descubrimiento…”</p>
<p>Con posterioridad, el propio Samuel Fritz realiza una representación geográfica del río Marañón en 1691. Este mapa, dibujado en el terreno con escasísimos medios, resultó ser bastante preciso. Se imprimió en Quito en 1707 y fue dedicado al rey de España.</p>
<p>Pero uno de los mapas más precisos, en este caso centrado en las misiones de la región del Mainas, será el elaborado por el Padre Francisco Javier Weigel. Gran conocedor de la región donde fue misionero y superior, consignó en su mapa con todo detalle poblados activos o ya abandonados y sobre todo los cauces fluviales independientemente de su tamaño, ya que en una selva inexpugnable y repetida, los ríos eran las únicas referencias geográficas válidas, además de los principales canales de comunicación y transporte. Una mirada rápida a este mapa por parte de un experto podría hacer pensar que está incompleto, o casi.</p>
<p>Como advierte su título, refleja solo “El curso del Marañón o Amazonas en su parte española…”. En el año 1769, cuando se elabora, una gran parte del antiguo territorio misionero jesuita había pasado ya a manos de los portugueses, la orden había desaparecido y el propio Weigel termina sus bosquejos de la geografía del Amazonas en una cárcel en Lisboa. Pero eso es otro capítulo –en esta ocasión, bastante oscuro– que trataremos a continuación.</p>
<p>La expulsión del paraíso En el continente americano, las misiones se habían revelado como un importantísimo freno a las aspiraciones expansionistas de los lusitanos, que liderados por los bandeirantes se dedicaban a la caza de indios para venderlos como esclavos en São Paulo y Río de Janeiro. Sus permanentes incursiones habían forzado una mayor militarización de las misiones. Las reducciones empezaron a fortificarse y a formar milicias armadas con armas de fuego y entrenadas en tácticas de guerra moderna combinadas con sus tácticas ancestrales.</p>
<p>Mientras tanto, en España, las reformas borbónicas puestas en marcha por esta nueva dinastía, alcanzaron también al aspecto religioso. Constatar ante el Papa que el poder emanaba del soberano y no del clero era el mensaje que trataba de perpetuar la ideología del regalismo. Por ello, el rey español Carlos III, imitando las políticas seguidas en el Reino de Portugal –en 1759– y en el Reino de Francia –en 1762–, decretó la Pragmática Sanción de 1767, emitida el 27 de febrero de ese año, mediante la cual ordenaba la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de la corona de España, incluyendo los de América y los demás ultramarinos, cifra que afectaba a más de 6.000 religiosos. El objetivo era doble, quizá triple: quitar de en medio a la orden religiosa más afín al Papa, incautarse de los bienes que a la siempre famélica Corona le reportaría la desamortización de sus bienes y acabar con un grupo de poder que mal que bien controlaba ciudades, guarniciones y pequeños ejércitos en América, y que quizá podrían decidir poner sus fuerzas y sus lealtades al servicio de terceros. La expulsión de los religiosos de la Compañía de Jesús afectó fuertemente a todas las instituciones y estructuras de los pueblos indios. Algunos optaron por retornar a la selva y otros emigraron a grandes ciudades donde se sirvieron del entrenamiento como artesanos que habían aprendido en las reducciones. En cualquier caso en todas ellas se registró una rápida disminución de la población.</p>
<p>Cuando llegó el momento de trasladar a los misioneros radicados en la zona del Mainas, al igual que en las reducciones de Paraguay, la corte portuguesa, uno de los organismos más interesados en eliminar focos de ascendencia española en la zona brindó su ayuda a la Corona española. El tema de los jesuitas parece preocupar a diferentes países y, con frecuencia aparece en la correspondencia diplomática ligada con los intereses de los ingleses en la zona, ya que en las cortes francesa y española parece preocupar que Inglaterra pueda entenderse con los jesuitas para ayudarles a ”mantenerse en el Paraguay»”.</p>
<p>Curiosamente, el temor de los jesuitas a ponerse en manos de los portugueses y a entrar en las tierras gobernadas por el marqués de Pombal, sus tradicionales enemigos en la zona, se tornó en agradecimiento ante el trato recibido por parte de gobernadores, notarios, oficiales, marinos y soldados que durante varios meses les acompañaron desde la frontera amazónica hasta Lisboa, y que con su trato humano quisieron aliviar la humillante condición de reos del estado y las vejaciones en cuanto a su transporte y alojamiento que el rey español había decretado.</p>
<p>Cuando Carlos III promulgó la Pragmática de Expulsión de los jesuitas, de los 72 pueblos que, a lo largo de ciento treinta años (desde 1637), fueron estableciendo los misioneros, únicamente quedaban 38, con un total de 19.234 almas.</p>
<p>Entre las causas de esta pérdida y subsiguiente disminución india hay que citar cuatro principales: la mortalidad infantil (3/4 partes morían antes del uso de razón); las epidemias de los adultos, especialmente las viruelas (en la de 1666 murieron 80.000 indios; en la de 1681 otros 60.000; en 1749 desaparecieron naciones enteras); las invasiones portuguesas de los mercaderes de esclavos del Pará que adelantaron los dominios portugueses; y por último, los alzamientos de indios que llevaron, no sólo al martirio de misioneros, sino al abandono de no pocos pueblos que se perdieron, especialmente, del Ucayali y de las regiones del Pastaza y del Napo.</p>
<p>El encargado de llevarla a cabo la expulsión fue el Presidente Diguja, recién llegado a Quito, como primer magistrado. El 6 de agosto de 1767, recibía del virrey de Santa Fe la Pragmática y documentación relativa a la expulsión. La fecha prevista para el arresto y expulsión de los jesuitas de Quito era el 20 de agosto y Guayaquil el lugar designado para su concentración y posterior embarque hacia Panamá, para de allí continuar viaje a Portobello, donde seguirían la ruta de Cartagena, La Habana, y el Puerto de Santa María.</p>
<p>El mayor problema que el Presidente de la Real Audiencia de Quito tuvo para proceder a la expulsión de los misioneros del Marañón fue encontrar y preparar a los sustitutos que debían ocupar los puestos que los veintisiete jesuitas iban a dejar vacíos. A la dificultad de los idiomas se añadía el de la especial dureza y soledad de las selvas amazónicas.</p>
<p>A pesar de ofrecer al clero secular 500 pesos anuales, y prometerles las mejores parroquias de las ciudades al cabo de dos años, el obispo de Quito (Pedro Ponce Carrasco) tuvo que recurrir al arbitrio de ordenar, con poca o ninguna preparación, a cuantos desearon ser párrocos en los pueblos de las misiones, cosa que hicieron 18 individuos.</p>
<p>Los padres jesuitas que habían bregado con la selva, que se habían integrado en ella, que habían fundado pueblos, aprendido idiomas y explorado rutas alternativas fueron obligados a salir de sus reducciones y a emprender, por distintas vías, el viaje de regreso a España en condiciones vejatorias. Los misioneros del río Napo y de Lamas, se enfrentaron a maltrato general y a la escasez de comida, en Panamá que les hizo a enfermar. El primero en morir fue el Provincial de Quito. El día de su sepelio, según decreto del Gobernador, no se doblaron las campanas al haber muerto excomulgado, en calidad de reo del Estado, y en desgracia del rey. En el traslado hasta Cartagena, y en tan solo cinco días de navegación en barcos negreros infectados por la peste, ocho jesuitas más se contagiaron y murieron. Los supervivientes, siete misioneros del Napo, más dos de Lamas, desembarcaron en Cartagena el 25 de marzo de 1769 y volvieron a embarcar rumbo a España el 12 de mayo, con otros 16 jesuitas de diversas provincias. Llegaron al Puerto de Santa María, el 1 de septiembre de 1769, tras más de un año de viaje.</p>
<p>El viaje de sus compañeros, los 19 misioneros del Marañón fue también un calvario pues a las medidas adoptadas, para su detención y encarcelamiento, sobre todo, en Pará y Lisboa, tuvieron que añadir las psicológicas de su propio Superior, a quien las circunstancias trastornaron el juicio, de tal modo que instó a los misioneros a destruir cualquier papel que pudiera comprometerles. Así se perdieron en la hoguera apuntes y noticias sobre las misiones, notas sobre las diversas lenguas del Marañón, diarios, papeles espirituales, libros de Ejercicios Espirituales, y en especial todas las obras en folio que uno de los misioneros, el Padre Deubler, llevaba para imprimir en su provincia.</p>
<p>La crónica de este viaje la refiere con grandes dosis de ironía el padre Manuel de Iriarte en su “Diario”. Algunas de las escenas más duras son la última navegación durante 40 días y 40 noches en completo silencio por ese río Marañón que tanto tantas veces antes han recorrido, la muerte de dos de sus miembros más ancianos que no son capaces de soportar las condiciones del viaje y las vejaciones o las que se refieren a su llegada a Pará, donde harán escala para esperar el siguiente transporte y donde la tripulación espera a la medianoche para desembarcarles de uno en uno para que no puedan ver a nadie, ni ser vistos, bajo pena de muerte.</p>
<p>A su llegada a Lisboa serán recluidos en una prisión, y dos meses después, embarcados rumbo a Cádiz, donde arriban definitivamente al puerto de Santa María un 18 de julio de 1769. Después de una año de viaje, y de innumerables horas y sufrimientos empleados al servicio del rey, después de sus estudios e informes para el aprovechamiento estratégico de los recursos del Amazonas, después de haber instruido en la lengua española a un número ingente de indios, los supervivientes de las misiones del Marañón, como sus compañeros del Napo y Lamas, a la llegada a su patria, solo encontraron en el puerto al contingente de soldados que esperaban para prenderlos. Jamás regresarán al Amazonas, su valiosísimo caudal de información se perderá y la mayoría de ellos protagonizarán un auténtico periplo en busca de un país que les de cobijo. Pero esa ya es otra historia.</p>
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		<title>Catalina de Erauso, la monja alférez</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 31 Mar 2020 14:37:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3087" class="csc-default">
<h5><em>Fue viajera a la fuerza, pero sus peripecias en un mundo donde  las mujeres no tenían más alternativas que el hogar o el convento, convierten a Catalina de Erauso, la monja alférez, en una aventurera  excepcional. La relación de su vida, que no se publicó hasta el siglo XIX, suscita dudas acerca de su autenticidad, pero resulta interesante  porque combina la descripción de las hazañas militares con los lances propios de la novela picaresca.</em></h5>
</div>
<p><strong>Por Luis Carandell (mf de la SGE)</strong><em><strong><br />
</strong></em></p>
<h6>Bibliografía:<strong><a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-9-grandes-viajeras/"> Boletín 9 &#8211; Grandes viajeras<em> &#8211; julio de 2001</em></a></strong></h6>
<p>«La verdad es ésta: que soy mujer, que nací en tal parte, hija de fulano y zutana; que me entraron de tal edad en tal convento con fulana, mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito, que tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá, me embarqué, aporté, traginé, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parear en lo presente y a los pies de Su Ilustrísima”.</p>
<div id="c3088" class="csc-default">
<p>De esta manera tan sucinta como expresiva resume Catalina de Erauso su accidentada vida cuando en la ciudad de Guamanga, en el Perú, encuentra a un obispo que la comprende y le refiere su historia. “El santo señor, entre tanto la relación duró, que fue hasta la una, se estuvo suspenso, sin hablar ni pestañear, escuchándome y, después que acabé, se quedó también sin hablar y llorando a lágrima viva”.</p>
<p>Catalina había nacido en 1592 en San Sebastián, hija del capitán don Miguel de Erauso y de doña María Pérez de Galarraga. Así lo demostró don Joaquín María Ferrer al publicar en 1829 el manuscrito titulado “Historia de la Monja Alférez , Catalina de Erauso, contada por ella misma”. Entre los apéndices del libro figura la partida de bautismo de la parroquia de San Vicente Mártir. Según refiere el señor Ferrer en el prólogo, el cuaderno que él copió pertenecía a un amigo suyo, don Felipe Bauzá, y había sido copiado de otro que existe en la Academia de la Historia , copiado a su vez de un documento del Archivo de Indias de Sevilla.</p>
<p>En su relato, Catalina asegura, sin embargo, que nació en 1585, y estos siete años de diferencia provocan no pocas contradicciones y ponen en entredicho la autenticidad del texto. De hecho, ya en el siglo XIX fue calificado de apócrifo. Catalina existió realmente y sus contemporáneos se interesaron por aquella mujer capaz de emular las hazañas varoniles. Un dramaturgo español, Juan Pérez Montalbán, escribió en 1626, cuando ella vivía aún, una comedia titulada “ La Monja Alférez ”.  No se puede asegurar que el texto que publicó el señor Ferrer sea auténtico, pero la narración de la vida de Catalina es lo bastante interesante como para reclamar la atención del lector.</p>
<p class="bodytext">Catalina empieza diciendo que, a los cuatro años de edad, la metieron en un convento de dominicas de la que era priora su tía, doña Úrsula de Unza y Sarasti. Vivió allí hasta los quince años y, en el año de noviciado, se peleó con una monja, Catalina de Aliri, que la había maltratado. Esto la indujo a escapar del convento.</p>
<p>En la víspera de San José de 1600, -tuvo que ser en 1607, según las cuentas del señor Ferrer-, la priora, estando en el coro, le pidió que le trajera el Breviario. Ella fue a la celda de su tía y alli vio las llaves del convento. Le llevó el libro, volvió sobre sus pasos y tomando hilo, aguja y tijeras salió del convento y llegó a un castañar donde permaneció tres días que empleó en hacerse una basquiña, unos calzones y unas polainas. Se cortó el cabello y se fue a Vitoria. Allí sirvió a un doctor que era pariente suyo sin saberlo. Luego marchó a Valladolid y se encontró con su padre, que había ido a buscarla y no la conoció. En San Sebastián, su madre la vio en la iglesia y se quedó mirándola sin conocerla.</p>
<p>Marchó a Sanlúcar y embarcó para las Indias en un navío que mandaba un tío suyo, Esteban Eguiño, a quien tampoco se dio a conocer. Fueron a Cartagena de Indias, embarcaron plata y ella le robó a su tío 500 pesos, saltó a tierra “y nunca me vieron más”. Por esta época no se había despertado aun en ella la afición a las armas. No nos dice cuando aprendió su manejo ni cómo se ejercitó en la manera rufianesca que tenía de pelear. En Panamá, un comerciante la contrató para regir un negocio de ropas, cosa que hizo con diligencia y honradez. En la ciudad peruana de Saña se topó con un hombre pendenciero, apellidado Reyes, que la desafió y la amenazó con cortarle la cara. Ella mandó amolar un cuchillo y, fue donde Reyes, quien le preguntó: “Qué quiere?” Ella dijo, “Esta es la cara que se corta”, “y le di con el cuchillo un refilón del que le dieron diez puntos”. Un amigo de Reyes se batió con ella y “yo le entré una punta por el lado izquierdo”. La encarcelaron, pero el comerciante para el cual trabajaba salió fiador por ella.</p>
<p class="bodytext">Este señor tenía una amante que se llamaba doña Beatriz y le propuso a Catalina que se casara con ella. Argumentó que, como Reyes estaba casado con una sobrina de dicha señora, la enemistad con él se suavizaría con esa boda. Pero Catalina vio lo que pretendía: “tenernos seguras, a mi para el servicio y a ella para el gusto”. Explica por qué perdió su trabajo: estando en Lima, “solía jugar y triscar”con dos doncellas cuñadas del amo; “y un dia, estando en el estrado peinándome acostado en sus faldas y andándole en las piernas”, la sorprendieron y la despidieron.</p>
<p>Fue entonces a la ciudad de Concepción, en Chile, y sentó plaza de soldado. Allí encontró a su hermano Miguel, que era capitán, y al cual no conocía porque se había ido de casa cuando ella tenía dos años. Le dijo que era hermano suyo y Miguel le preguntó por su hermana Catalina, la monja. Por una reyerta la desterraron a Paicabi donde, dice “estábamos siempre con las armas en la mano por la gran invasión de indios que allí hay”. Libraron batalla en los llanos de Valdivia y Catalina recuperó la bandera: “Maté al cacique indio que la llevaba, quitésela y apreté con mi caballo, atropellando, matando e hiriendo a infinidad, pero mal herido y pasado de tres fechas y de una lanza en el hombro izquierdo”. Su heroica acción le valió ser nombrada alférez y con ese grado participó en la batalla de Puren.</p>
<p>“Jugaba conmigo la fortuna tornando las dichas en azares”, dice. Una noche que entró en una casa de juego, se peleó con otro jugador que la acusó de tramposa. “Yo saqué la espada y entrésela por el pecho”. El corregidor la detuvo pero ella le dio una cuchillada y le atravesó los dos carrillos. Catalina se acogió a sagrado en el convento de San Francisco y permaneció allí seis meses. Pero su destino no la dejaba en paz. Un amigo suyo que había desafiado a un caballero le pidió ayuda. Primero se batieron los que se habían retado pero, luego, Catalina peleó con el otro y le dio una punta por debajo de la tetilla izquierda. “¡Ah traidor, que me has muerto!, dijo el herido. A ella le pareció que conocía la voz y le preguntó su nombre, “Miguel de Erauso”, dijo. Enterraron a su hermano en San Francisco, “viéndolo yo desde el coro, ¡sabe Dios con qué dolor!”</p>
<p class="bodytext">Salió entonces para Tucumán haciendo el camino “con dos soldados de mal andar” con quienes se topó. Atravesaron la cordillera “una tierra fría, tanto que nos helábamos”. Vieron a dos hombres arrimados a una peña y les saludaron con la mano antes de llegar. Pero no respondieron pues “estaban muertos, helados, las bocas abiertas como riendo; y causónos pavor”.</p>
<p>Murieron los dos soldados que iban con ella. “Arriméme a un árbol, lloré, y pienso fue la primera vez; recé el rosario, encomendándome a la Santísima Virgen y al glorioso San José”. Unos cristianos la recogieron y la llevaron a la hacienda de una señora mestiza que la trató muy bien y le pidió que se quedara con ella para gobernar la casa y casarse con su hija, “que era muy negra y fea como un diablo y muy contraria a mi gusto, que fue siempre de buenas caras”. Fueron a Tucumán para celebrar la boda pero Catalina tomó una mula, “me partí, y no me han visto más”. Estaba muy solicitada como buen partido pues el secretario del obispo de Tucumán quiso casarle con una sobrina suya. “Vide a la moza y parecióme muy bien”, dice. Pero abandonó Tucumán sin despedirse.</p>
<p>El relato de Catalina es muy realista. Dice en un pasaje, por ejemplo:”El maestre de campo, fatigado de la celada, se la quitó para limpiarse el sudor, y un demonio de muchacho como de doce años que estaba enfrente encaramado en un árbol, le disparó una flecha y se la entró por un ojo y lo derribó, lastimado de tal suerte que expiró al tercer dia. Hicimos al muchacho diez mil añicos”.</p>
<p>Catalina fue acusada falsamente en la ciudad de la Plata , de haberle cortado la cara a una dama. La sometieron a tortura pero un procurador que allí estaba dijo que, siendo vizcaíno el acusado, tenía privilegio y no se le podía aplicar. La tortura siguió, resistiendo ella las vueltas del potro “firme como un roble”.</p>
<p class="bodytext">Alternó la vida militar con los negocios. En Charcas, su amo le confió diez mil carneros de carga, que allí reciben el nombre de llamas con la misión de ir a Cochabamba, comprar trigo , molerlo y llevarlo a Potosí, donde escaseaba. La operación salió muy bien y la repitió. El juego la traía a mal traer. Un día jugó con un mercader en casa de un sobrino del obispo de las Charcas. Catalina dijo: “Envido”. “¿Qué envida?”, preguntó el mercader. Envido, repitió ella y el mercader dijo dando un golpe con un doblón: “Envido un cuerno”. Replicó Catalina: “Quiero y reenvido el otro que le queda” El mercader tiró los naipes. Se batieron y él cayó malherido.</p>
<p>Por matar a un hombre fue condenada a muerte. No quiso declarar ni confesarse. “Entró un fraile a confesarme; yo me resistí; él porfió; yo fuerte: fueron lloviendo frailes; yo, hecho un Lutero”. Cuando iban a ahorcarla, llegó la orden de suspensión de la sentencia. El editor de sus memorias, el señor Ferrer, se sorprende de que Catalina presuma de haber cometido tantos crímenes. Cree que se los inventa pues de ninguno de ellos queda constancia en los archivos de los tribunales.</p>
<p>En una ocasión salvó de morir a una dama. Su marido la había sorprendido acostada con el secretario del obispo, le había matado a él y quería matarla a ella. La señora montó a la grupa de su mula pero el marido las persiguió a tiros por el monte hasta que Catalina dejó a la dama en un convento. El obispo y el presidente de la Audiencia decidieron que el marido de la dama entrase en religión, en el convento que quisiese.</p>
<p>En La Paz fue condenada nuevamente a muerte por homicidio. Pero la mañana en que habían de ejecutarla fue a comulgar y, sacando la sagrada forma de su boca, la tomó en su mano y empezó a decir en voz alta “Iglesia me llamo, Iglesia me llamo”. Se alborotó la gente y el sacerdote prohibió que se acercasen a ella. Entró el obispo con el gobernador y la llevaron bajo palio en procesión al altar. Un clérigo tomó la sagrada forma y la depositó en el sagrario. Luego le lavaron muchas veces la mano que había tocado el Cuerpo de Cristo. Catalina se quedó en la iglesia hasta que se fueron los guardias y pudo salir.</p>
<p class="bodytext">Fue a Lima y se embarcó en El Callao para defender la ciudad del ataque de los holandeses. Cayó prisionera y temió que la llevaran a Holanda, aunque la dejaron en la costa de Paita, a cien leguas de Lima. Allí la acusaron de haber robado un caballo. Ella recurrió a una estratagema para demostrar que era falso. Se quitó la capa y tapó con ella la cabeza del caballo. Entonces le dijo al corregidor: “Señor, suplico a vuestra merced que estos caballeros digan cual de los dos ojos le falta a este caballo, si el derecho o el izquierdo, pues puede ser otro el caballo robado y equivocarse estos caballeros”. El alcalde trasladó la pregunta a los acusadores. Respondieron a un tiempo y uno dijo el derecho y otro, el izquierdo. Mal concordante, dijo el alcalde. Y escribe Catalina:“entonces tiré de mi capa y dije: pues vea vuestra merced como ni uno ni otro están en el caso, que mi caballo no es tuerto sino sano. El alcalde dijo, monte usted y váyase con Dios”.</p>
<p>En Cuzco se topó con un hombre moreno, velloso y muy alto, “que con la presencia espantaba” y al que llamaban el Nuevo Cid. Jugó con él a las cartas y le iba ganando. El otro alargó la mano para cogerle unas monedas y Catalina le clavó la daga en la mano contra la mesa. Se pusieron en pie y sacaron las espadas. Resultó herida y sintió ansias de muerte. El Nuevo Cid se acercó a ella y le dijo: “Perro, ¿todavía vives?”. Catalina le tiró una estocada que le entró por la boca del estómago y él cayó pidiendo confesión. Ella se confesó con un fraile y declaró su condición de mujer, pero él no se lo comunicó a nadie por ser secreto de confesión.</p>
<p>Yendo a Guancavélica, vio a tres hombres que venían a prenderla. Mientras les amenazaba, les dijo: “Prenderme vivo no podrá ser”. Uno de ellos respondió: “Señor, somos mandados y no lo pudimos excusar; pero no queremos más que servirle” Catalina les dio tres doblones y siguió viaje. Estando en Guamanga se topó una noche con dos alguaciles que le preguntaron “¿Qué gente?” “El diablo”, dijo ella. Los alguaciles empezaron a fritar “¡Favor a la justicia!”. Se armó un gran ruido. Salió el corregidor y detrás el obispo con su secretario. “Señor alférez, le dijo a Catalina este último, déme las armas y le doy palabra de sacarle salvo”. El obispo la hizo entrar en su casa, mandó que le dieran cena y la hospedaran en el palacio episcopal. Este obispo era fray Agustín de Carvajal, agustino, natural de Cáceres que había sido promovido a la sede de Guamanga en 1611.</p>
<p class="bodytext">A la mañana siguiente la llamó a su presencia y, dice Catalina: “&#8230;me preguntó quién era y de dónde, hijo de quién y todo el curso de mi vida, y causas y caminos por donde vine a parar alli”. La trató tan bien “que yo me puse tamañito viéndolo tan santo varón, pareciendo estar yo en la presencia de Dios; dígole, señor , todo eso que he referido a Vuestra Señoría Ilustrísima no es asi. La verdad es esta, que soy mujer&#8230;” Así empezó Catalina el verdadero relato de su vida. Al ver que el obispo no acababa de creer lo que ella le contaba, le dijo que, si quería salir de dudas, se sometería al examen de unas matronas. Vinieron dos, la miraron y juraron ante el obispo que la habían hallado virgen intacta. “Su Ilustrísima se enterneció y despidió a las comadres. Me hizo comparecer, me abrazó y me dijo: hija, ahora creo lo que me dijiste y creeré en adelante cuanto me dijereis; y os venero como una de las personas notables de este mundo”.</p>
<p>Catalina añade que “el caso se divulgó y era inmenso el concurso que acudió , sin poderse excusar la entrada a personajes, por más que yo lo sentía y Su Ilustrísima también”. Finalmente, el obispo decidió que entrara en el convento de Santa Clara. No sorprende en absoluto que la noticia de que un alférez ingresaba en un convento de monjas causara admiración en todas las Indias. En 1620, Fray Agustín falleció y el arzobispo de Lima la llamó a su diócesis . Allí la esperaba un gran concurso de gente. El virrey, príncipe de Esquilache, la quiso ver también y la invitó a comer en su casa. El arzobispo lo dijo que eligiera el convento y ella le pidió ver todos los de la ciudad, y pasó cuatro días en cada uno. Al fin eligió el de la Trinidad de Comendadoras de San Bernardo, donde estuvo dos años y medio.</p>
<p>Llegó entonces de España la noticia de que ella no era ni había sido nunca monja profesa, con lo que pudo salir del convento. Embarcó en Cartagena de Indias para Cádiz. Y no terminaron allí sus aventuras. Fue a Sevilla, Madrid y Pamplona, camino de Roma. Pero, al pasar por Turín, los franceses la mandaron prender por suponer que era espía española. Estuvo en prisión quince días y la soltaron después de quitarle el dinero. Tuvo que volver a pie, mendigando. Llegada a Madrid, presentó un memorial al rey suplicando que la premiara por sus servicios. El Consejo de Indias informó favorablemente y le señalaron ochocientos escudos de renta. El expediente está en el Archivo de Indias de Sevilla.</p>
<p class="bodytext">Yendo de viaje a Barcelona con dos amigos, les salieron al paso nueve bandidos armados que les quitaron cuanto llevaban, incluidos los vestidos, dejándoles solo los papeles. Dio la casualidad de que el rey estaba en Barcelona y Catalina pidió al marqués de Montesclaros, a quien conocía de América, que le permitiera ver al monarca. Fue admitida a su presencia, vestida de hombre pues tenía licencia para ello, y le contó a Felipe IV lo que le había ocurrido. El rey le dijo: “Pues, ¿cómo os dejasteis vos robar?” Catalina replicó: “Señor, no pude más”. S. M. Pidió ver el memorial que ella había presentado.</p>
<p>Tomó una nave para Génova y allí entabló conversación con un soldado italiano. “Usted, español es”, dijo él. Ella asintió. “Según eso será soberbio usted, que los españoles lo son y arrogantes, aunque no de tantas manos como blasonan”. Catalina le respondió: “Yo a todos los veo muy hombres para cuanto se ofrece”. El italiano dijo entonces “Yo los veo a todos que son una merda”. Levantándose, Catalina dijo: “No hable usted de ese modo que el más triste español es mejor que el mejor italiano”. Se armó una reyerta en la que participó mucha gente. Ella se fue a su galera, que salía para Roma.</p>
<p>El Papa Urbano VIII quiso conocerla y le preguntó por “mi vida, mi sexo, mi virginidad”. Le dio permiso para seguir vistiendo hábito de hombre. Y se hizo tan famosa que “fue notable el concurso de que me vide cercado, de personajes, obispos, cardenales de suerte que en mes y medio que estuve en Roma fue raro el día que no fuese convidado y relegado de príncipes”. Hasta la nombraron ciudadano romano, asentando su nombre en un libro al efecto. Por defender a su país, discutió con uno de los cardenales “No tiene más falta que ser español”, dijo este y ella replicó: “A mi me parece, señor , que no tengo otra cosa buena”.</p>
<p class="bodytext">El libro termina en Nápoles con la narración, no de una pelea pero sí de una discusión que tuvo con unas damiselas de las que se sintió insultada porque la miraban y reían. Una de ellas le preguntó: “Señora Catalina, ¿dónde es el camino?. Respondí: Señoras putas, a darles a ustedes cien pescozadas, y cien cuchilladas a quien las quisere defender. Callaron y se fueron de allí.”</p>
<p>Don Cándido Trigueros dice en unas notas al manuscrito que, en 1630, estando Catalina en Sevilla, Francisco Pacheco pintó su retrato. Un autor italiano que la conoció en 1626, cuando fue por primera vez a Roma, la describe como “de estatura grande y abultada para mujer, bien que no parezca ser hombre. No tiene pechos, que desde muy muchacha me dijo haber hecho no sé que remedio para secarlos y quedar llanos, el cual fue un emplasto que cuando se lo puso le causó gran dolor; pero después surtió el efecto. De rostro no es fea, pero no hermosa y se le reconoce estar algún tanto maltratado, pero no de mucha edad. Los cabellos son negros y cortos como de hombre, con un poco de melena como hoy se usa. En efecto, parece más capón que mujer. Viste de hombre a la española; trae la espada bien ceñida y así la vida; la cabeza un poco agobiada, más de soldado valiente que de cortesano. Solo en las manos se le puede conocer que es mujer&#8230;”</p>
<p>En el memorial que dirigió al rey, Catalina dice que ha empleado quince años de su vida al servicio de S. M. en los reinos de Chile y Perú, habiendo pasado a aquellas partes en hábito de varón por inclinación que tuvo a ejercitar las armas en defensa de la fe católica y en servicio de V. M.” Añade que en todo ese tiempo fue conocida por hombre hasta que, “forzada por un acaecimiento que no hace a propósito decir aquí, fue descubierta se mujer&#8230; Resistió en todo tiempo a las incomodidades de la milicia como el más fuerte varón”. Se hizo llamar Alonso Díaz Ramírez de Guzmán. También cuenta cómo por defender al rey, los franceses la maltrataron así de palabra como de manos pues “habiendo oído algunas cosas, había respondido en decoro y reverencia de Vuestra Majestad”.</p>
<p class="bodytext">Se asegura que, tras permanecer algún tiempo en Nápoles, pasó a La Coruña y embarcó para Nueva España. Un capuchino, fray Nicolás de Rentería, declaró que, en 1645, encontró varias veces en Veracruz de México al Alférez Catalina de Erauso, que se hacía llamar Antonio de Erauso, “sujeto allí tenido por mucho corazón y destreza; que andaba en hábito de hombre y le parece que sería entonces como de cincuenta años; que era de buen cuerpo, no pocas carnes, color trigueño y con algunos pocos pelillos por bigote”.</p>
<p>Hay por lo menos dos versiones sobre la muerte de Catalina de Erauso. La primera fue escrita y publicada en México tres años después de su fallecimiento que, según se asegura, sucedió en 1650, cuando la Monja Alférez iba por el camino nuevo de Vera Cruz con una carga de ropa. Al llegar a Quitlaxtla, “adoleció del mal de muerte y falleció con una muerte ejemplar y con general dolor de todos los circunstantes”. A su entierro asistió “lo más lucido de aquel pueblo por ser amada de todos. Los presbíteros y religiosos que se hallaron allí le dieron, con un suntuoso entierro, sepulcro honorífico”.</p>
<p>Según la otra versión, que da don Joaquín María Ferrer en su libro, Catalina desapareció frente a Veracruz cuando, en una noche de tormenta, no pudiendo el barco atracar en el puerto, varios pasajeros desembarcaron en un bote y ella no llegó a tierra. No se supo si había caído al agua, si se había suicidado o bien si había decidido ocultarse para proseguir en tierras de América sus descomunales aventuras.</p>
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		<title>Mencía de Calderón, la Adelantada</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/mencia-de-calderon-la-adelantada/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 31 Mar 2020 14:36:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 35]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las Mujeres]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Elvira Menéndez Viajeros españoles Para saber más: La extremeña Mencía de Calderón capitaneó en el año 1550 la primera caravana de mujeres al Nuevo Mundo. Viajaban para casarse con [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: </strong>Elvira Menéndez</p>



<p>Viajeros españoles<br><br><strong>Para saber más:</strong></p>



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<p></p>



<p><strong>La extremeña Mencía de Calderón capitaneó en el año 1550 la primera caravana de mujeres al Nuevo Mundo. Viajaban para casarse con los conquistadores de la ciudad de Asunción y protagonizaron uno de los viajes más azarosos de la historia. Sin embargo, su epopeya cayó en el olvido. Elvira Menéndez ha recogido esta historia en “El corazón del océano” (Temas de Hoy, 2010), una emocionante novela de aventuras, conspiraciones, valentía y pasión.</strong></p>



<p>La muy noble y leal ciudad de Nuestra señora santa María de la asunción –hoy simplemente asunción, capital del paraguay-, era conocida a mediados del siglo XVI como “el paraíso de Mahoma” porque los conquistadores disfrutaban allí de extensos harenes de indias (hasta setenta se decía que tenía alguno). al contrario que otros europeos, los españoles tenían la costumbre –de las pocas dignas de alabanza-, de reconocer a sus hijos mestizos y considerarlos sus herederos. esto implicaba cierto riesgo de independencia y en el Consejo de indias, máximo órgano de gobierno para el Nuevo Mundo, estaban preocupados pues en asunción, los conquistadores ya habían comenzado a pelearse por el poder.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Juan de Sanabria, el tercer adelantado</h2>



<p>En 1547, Juan de Sanabria, noble y rico hidalgo de Medellín –impresionado quizá por las hazañas de su paisano, Hernán Cortés- solicitó, y obtuvo, el cargo de tercer adelantado del Paraguay y del río de la plata. en la capitulación que firmó antes de partir, se comprometió a llevar en su expedición doncellas hidalgas “para poblar”, a fin de frenar el mestizaje. el nuevo adelantado estaba casado en segundas nupcias con Mencía de Calderón, nacida alrededor de 1515 en el seno de una familia acomodada de Medellín. Tras vender sus bienes y los de su esposa, para armar los seis barcos que se había comprometido a llevar al Nuevo Mundo, Juan de Sanabria se trasladó a Sevilla para preparar la flota. Lo acompañaban varias familias extremeñas y unas ochenta jóvenes, que seguramente escogió entre las familias hidalgas, cristianas viejas -sin antecedentes judíos o moros-, de toda la comarca. Aquellas que por carecer de dote no podían ofrecer a sus hijas un matrimonio equitativo.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La adelantada</h2>



<p>A comienzos de 1549, cuando todo estaba ya preparado para la partida, Juan de Sanabria murió en Sevilla antes de poder zarpar. Como la capitulación era por “dos vidas”, Diego de Sanabria, hijo de su primer matrimonio, heredó el cargo de adelantado. pero aún no había cumplido los dieciocho años y fue Mencía de Calderón quién decidió hacerse cargo de la expedición en su nombre. Ella partiría primero con tres barcos, en los que viajarían las mujeres, y su hijastro la seguiría, unos diez meses después, con otros tres barcos y soldados suficientes para hacerse con el poder en Asunción. Al Consejo de indias le urgía que la expedición llegase cuanto antes a su destino: Portugal ya se había adueñado de territorios que no le correspondían, incumpliendo el Tratado de Tordesillas, mediante el cual ambas potencias se repartieron el mundo en 1494. Para colmo, los españoles -que seguían luchando en Asunción por el poder- habían tenido que abandonar, a causa del hostigamiento de los indios, el fuerte de Nuestra señora del Buen aire (actual Buenos Aires), desprotegiendo así la entrada al río de la plata.<br><br>Mencía de Calderón pretendía ayudar a su hijastro a hacerse con el poder en Asunción sin soliviantar a los levantiscos conquistadores –no se fuesen a pasar a los portugueses-. para muchos de ellos, pueblo llano, que habían viajado a las indias para “valer más”, un casamiento con hidalgas significaría un ascenso social. Debió de ser muy inteligente y persuasiva cuando el Consejo de indias aceptó que una mujer se hiciese cargo de esta misión.</p>



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<h2 class="wp-block-heading">La travesía de la mar océana</h2>



<p>Mencía zarpó con sus damas en la <em>San Miguel </em>el 10 de abril de 1550, escoltada por otras dos naos. La travesía del océano era muy arriesgada en la época: los barcos podían ser atacados por piratas, engullidos por las tempestades, perder el rumbo o quedar varados en mitad del mar por falta de vientos o corrientes favorables. Si este viaje era temible para un hombre, ¿qué decir tiene para una mujer? Es probable que la nao <em>San Miguel </em>apenas dispusiese de trescientos metros cuadrados útiles que las mujeres hubieron de compartir con la tripulación y los mandos. ¿Podemos imaginar lo difícil que les sería desplazarse por cubierta con sus faldas verdugadas –aros para darles forma de campana-, sorteando cuerdas y otros cachivaches? La higiene no era una preocupación para los marineros. De hecho solo se bañaban y cambiaban de ropa –o al menos de camisa- al principio y al final del viaje: no se podía malgastar el agua dulce en naderías como el aseo. ¿Pero cómo afectaba esta privación a las mujeres? Ellas sufrían la <em>costumbre</em>, como se llamaba a la menstruación en la época. En “esos días” no debían cambiarse de camisa –de ahí que se llamara también “estar encamisada” al periodo-, pues según las supersticiones de entonces les podían suceder toda clase de males. Pero ¿cómo lavaban sus ropas íntimas? parece ser que en cestas o jaulas que colgaban en la borda para que la corriente las limpiase. ¿Podemos imaginar las llagas que la ropa, endurecida por el agua salada, les produciría? Los hombres usaban “los jardines” para defecar. Consistían en unos asientos rudimentarios –a veces solo tablas-, con un agujero en la base, que daban al agua.</p>



<p>¿Pero cómo se las apañaban las mujeres? se veían obligadas a hacer sus necesidades en orinales, delante de sus compañeras, apiñadas en la penumbra del castillo de popa y acosadas por cucarachas, piojos, pulgas, chinches y ratas.</p>



<p>Pocos días después de dejar las islas Canarias o afortunadas –donde los barcos paraban a proveerse de agua fresca y animales vivos-, una terrible tempestad desarboló el San Miguel y lo separó de los otros dos buques, más rápidos y mejor armados, que tenían la misión de protegerlo en medio de un calor insoportable, se vieron obligados a costear el Golfo de Guinea en busca de un lugar donde reparar el barco. En algún punto de esa zona, fueron atacados por piratas franceses y Mencía de Calderón, temiendo que sus damas acabasen en los mercados de esclavos del Norte de África, decidió buscar una alternativa a la lucha. Negoció con los piratas para que se llevasen cuanto quisieran a cambio de que no matasen a nadie ni ultrajasen a las mujeres. Los piratas se llevaron casi todo: instrumentos de navegación, aparejos, joyas, ropas, conservas… Nuestros viajeros pasaron meses en algún lugar perdido de la costa de Guinea reparando la nave; tarea en la que participaron las mujeres cosiendo velas, haciendo cuerdas, preparando conservas… Cruzar el océano sin instrumentos de navegación era impensable, pero Mencía insistió en hacerlo y las consecuencias no se hicieron esperar: se perdieron en el mar. Sufrieron hambre, sed y, por último, la peste del mar o de las naos, como se conocía entonces al escorbuto. Murieron muchos tripulantes y mujeres, entre ellas la propia hija menor de Mencía. Al borde de la inanición y con el barco en pésimas condiciones –se pudrió poco después-, arribaron el 16 de diciembre de 1550 a la isla de santa Catalina (que hoy pertenece a Brasil y se llama santa Catarina) Allí las esperaba una de las naos de la expedición, que había conseguido salvarse.</p>
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</div>



<p>Sus desdichas no habían hecho más que empezar. A causa de los ataques de los indios, tuvieron que huir a Mbiazá. Durante la travesía perdieron el único barco que les quedaba. Allí, algunas mujeres se casaron con los hombres de mando de la expedición, entre ellas la hija mayor de Mencía. Los indios volvieron a acosarlos y no les quedó más remedio que pedir ayuda a los portugueses. Se trasladaron a la capitanía portuguesa de San Vicente, donde fueron retenidos como prisioneros durante dos años, entre otras razones, porque Mencía advirtió al Consejo de indias de que los portugueses de la Capitanía estaban usando a los indios como esclavos en sus plantaciones. El hecho de que intentara enmendar esta situación, aún a costa de perjudicarse, revela las cualidades morales de la dama.</p>



<p>Cuando, por fin, se vieron libres, algunas mujeres se casaron con portugueses y se quedaron en la próspera capitanía de San Vicente.</p>



<p>Tal como había ordenado el Consejo de indias, Mencía fundó una colonia en san Francisco para frenar la expansión de los portugueses hacia el sur. Por desgracia, hubieron de abandonarla pocos meses después, debido al cerco de los belicosos tupíes. Exhaustas y desesperadas, las mujeres se dirigieron a asunción a través de la selva, acompañadas de algunos hombres. recorrieron más de mil kilómetros de selva, en condiciones muy penosas, esquivando alimañas, ataques de los indios, vadeando ríos y sorteando cataratas. En el mes de febrero del año 1556, llegaron a Asunción tan solo cuarenta mujeres. ¡La mitad de las que habían salido de Sevilla seis años antes! Diego, el hijo por el que Mencía tanto había luchado, nunca llegó a ocupar el cargo de adelantado. Su nao se desvió hasta la costa venezolana. Murió, se dice, a manos de los indios cuando trataba de llegar a Asunción a través de la selva.</p>



<p>Tal como recojo en mi libro “El corazón del océano”, las mujeres de esta expedición tuvieron que cambiar sus costumbres, sus prejuicios y su forma de ver el mundo durante este largo y penoso viaje. Ya en Asunción, algunas se casaron con conquistadores y otras con los hijos medio indios de éstos, contribuyendo así al fructífero mestizaje al que tanto debe nuestra cultura. Aunque Mencía de Calderón haya sido injustamente olvidada, los hombres y mujeres que como ella se preocuparon más de la colonización que de la conquista, cambiaron sin duda la historia de América ¡y la nuestra! los descendientes de esta valiente mujer formaron parte de las élites de lo que hoy es Paraguay, Uruguay y Argentina. En 1564 la propia Mencía escribió en Asunción una relación de lo sucedido en aquel viaje. es la última noticia que tenemos de ella.</p>
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		<title>Las Siete Ciudades de la Cibola Francisco Vázquez Coronado (1540-42)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 10:54:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Irma Leticia Magallanes Castañeda En la década de 1530 existía poca información sobre el actual territorio de América del Norte y mucha curiosidad por encontrar provincias mejores que las descubiertas [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c2912" class="csc-default">
<h3>Irma Leticia Magallanes Castañeda</h3>
</div>
<div id="c2913" class="csc-default">
<p class="bodytext">En la década de 1530 existía poca información sobre el actual territorio de América del Norte y mucha curiosidad por encontrar provincias mejores que las descubiertas en el valle de México y el Perú. Hasta ese momento los conquistadores y pobladores de la denominada «Nueva España» conocían, pero de manera imprecisa, algunos informes sobre los actuales territorios de Florida, Texas y Baja California. Estos relatos, avivados por la imaginación de quien los narraba, fueron conocidos por hombres comunes en los que se mantenía vivo el deseo de encontrar las ciudades de tierras extrañas y fabulosas descritas por las antiguas leyendas clásicas.</p>
<h3>LAS LEYENDAS, MOTOR DE DESCUBRIMIENTOS</h3>
<p class="bodytext">Tales historias comenzaron a cobrar fuerza en 1536 cuando Cabeza de Vaca y sus tres compañeros náufragos difundieron su epopeya en la villa de Culiacán. Las leyendas desataron el interés de los habitantes del territorio mexicano por las exploraciones hasta el punto de que llegaron a atraer al virrey Antonio de Mendoza, el cual averiguó lo que los pobladores sabían de la frontera y de un territorio conocido con el nombre de Cíbola. De inmediato dispuso un primer viaje de reconocimiento por la «tierra adentro». Los preparativos comenzaron con la compra del negro Estebanillo, esclavo de Andrés Dorantes, ambos sobrevivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida y compañeros de Cabeza de Vaca, el náufrago más conocido. El virrey lo liberó, entregándolo como guía al franciscano Marcos de Niza, hecho en las andanzas de conquistadores de la talla de Pedro de Alvarado y de Francisco Pizarro. El religioso inició con entusiasmo la empresa pero, a medida que se internaba por aquellos ignotos territorios y se alejaba de los conocidos, le fue invadiendo una sensación de inseguridad y desconfianza. Al llegar a un pueblo conocido más tarde con el nombre de Zuñi, fray Marcos creyó que formaba parte de «las siete ciudades». El nombre del mitológico lugar procedía de una popular leyenda griega, anterior a la Odisea que, en esencia, registraba las hazañas de Jasón y los argonautas. A finales del siglo XV, la leyenda de «las siete ciudades» se había transformado en una versión portuguesa que las ubicaba en una remota isla desierta. Las cartas de marear de Colón las situaron en una mítica isla del Atlántico y posteriormente se convirtieron en el objetivo de los buscadores de oro, de los cazadores de quimeras, de los conquistadores de Ultramar en el siglo XVI.</p>
<p class="bodytext">Fray Marcos denominó «Cíbola» a la región donde creyó que se encontraban las míticas siete ciudades. En este lugar los naturales mataron a Estebanillo y, ante el desgraciado fin de su compañero y guía, el fraile decidió volver de inmediato a la ciudad de México, no por el temor a morir sino por el de no poder dar aviso de la grandeza de la tierra que creía haber pisado. Con premura tomó posesión de ella y, en nombre del virrey, la llamó «Nuevo Reino de San Francisco».</p>
<p class="bodytext">A su regreso a la capital mexicana, fray Marcos de Niza afirmó haber escuchado abundante información sobre Cíbola, tanta como en la Nueva España se tenía de la ciudad de México o en el Perú de Cuzco; por ello dedujo su tamaño, riqueza y población y, sin tardanza, aconsejó la conveniencia de su conquista. Al mismo tiempo que en la corte virreinal se difundían las noticias sobre Cíbola, este franciscano viajero enviaba al rey una Relación de los descubrimientos de las siete ciudades escrita por él y, junto con ella, el deseo de antiguos conquistadores por continuar con las exploraciones en la ruta abierta hacia el norte. Sobre el descubrimiento de Cíbola, fray Marcos se expresó de la siguiente manera:</p>
<p class="bodytext">(&#8230;) está asentada en un llano a la falda de un cerro redondo; tiene muy hermoso parecer de pueblo, el mejor que en estas partes yo he visto. Son las casas por la manera que los indios nos dijeron, todas de piedra con sus sobrados y azoteas a lo que me pareció desde un cerro donde me puse a verla. La población es mayor que la ciudad de México.</p>
<p class="bodytext">La imaginación sin límite en las descripciones del franciscano causó revuelo en México y una fuerte disputa entre las dos figuras más importantes del territorio novohispano: el virrey Antonio de Mendoza y Hernán Cortés. El primero defendía y apoyaba los nuevos descubrimientos y contaba con los informes sobre la «tierra nueva»; además respaldaba sus argumentos con la autorización de la Corona y de la Real Audiencia. Hernán Cortés, por su parte, alegaba poseer el derecho de llevar a cabo la empresa con base en su título de marqués del Valle de Oaxaca y en las capitulaciones que recibió de la reina Juana en 1529 para explorar «cualesquiera islas y tierra firme de la Mar del Sur».</p>
<p class="bodytext">El virrey Mendoza, muy interesado en el proyecto, impuso su autoridad y dispuso la preparación directa de la expedición, planeándola rápida y cuidadosamente, como no se había hecho hasta entonces en esas latitudes, y aportó para ello una donación de seis mil ducados. Los vecinos y moradores de México se contagiaron del entusiasmo del virrey y se alistaron en la expedición que recibió el nombre de «Las siete ciudades de Cíbola».</p>
<p class="bodytext">Si la leyenda se hacía realidad en Cíbola y ésta era tal como la había descrito fray Marcos, su descubrimiento y exploración cumplirían con las expectativas de muchos conquistadores. Encontrarían oro, perlas, piedras preciosas, la especiería y se descubrirían «muchos secretos y cosas admirables», como había escrito no hacía mucho tiempo Hernán Cortés. La expedición no tardó en organizarse en la ciudad de México bajo control del gobierno virreinal y con financiamiento privado.</p>
<h3>LOS DESEOS DEL VIRREY Y EL DESTINO DE UN HOMBRE</h3>
<p class="bodytext">Cuando la responsabilidad del proyecto quedó bajo la dirección de don Antonio de Mendoza, comenzó de inmediato a buscar al hombre adecuado para dirigirla. Lo encontró en un joven de veintinueve años que se había destacado por su sagacidad política, por la capacidad para organizar, con buenos resultados, las tareas que se le habían encomendado y, además, por ser un buen soldado y rico vecino de la ciudad de México. El nombramiento de capitán general para la expedición a Cíbola se otorgó a Francisco Vázquez de Coronado, un salmantino nacido en 1510, que había llegado a México a la edad de veinticinco años como parte del séquito del primer virrey, miembro de la ilustre familia Mendoza.</p>
<p class="bodytext">En el mismo año de su llegada a la capital mexicana, Vázquez de Coronado ocupó el cargo de visitador de minas y contrajo matrimonio con Beatriz de Estrada, hija del tesorero Alonso de Estrada, y con ello obtuvo una buena dote. Junto a estos beneficios, el virrey le otorgó el cargo de gobernador de la provincia de la Nueva Galicia tres años después y, en 1540, le entregó el título de capitán general de la expedición a Cíbola. De esta manera, en menos de veinte años que vivió en México, reunió una fortuna considerable, poseyó las encomiendas de Cutzamala, en Michoacán, la de Tlapa, cerca de las minas de Zumpango, y la de Teutenango, en las inmediaciones de Tonalá. En recompensa por la jornada a Cíbola recibió como merced una estancia de tierras en Eringuachapeo, Michoacán, y otra en Agualulco, sobre el camino a Guadalajara. La última merced la recibía tres años antes de morir, en 1554.</p>
<p class="bodytext">El nombramiento de Vázquez de Coronado como capitán general para la expedición a Cíbola no tuvo opositor y su designación se debió, sin duda, a la confianza, la cercanía y el trato que tenía con el virrey, que lo presentó como el hombre con las suficientes «calidades» y los adecuados «méritos» para llevarla a cabo. Así, en una sola persona se reunieron el entusiasmo, la voluntad y la confianza de las autoridades virreinales, correspondido a su vez por la fidelidad de Vázquez de Coronado hacia la máxima autoridad.</p>
<h3>APAREJO DE LA JORNADA, OBJETIVO Y EXPEDICIONARIOS</h3>
<p class="bodytext">La empresa de exploración que dirigió Vázquez de Coronado fue, ante todo, un trabajo de equipo, que sin la colaboración material y financiera de los capitanes y soldados no hubiera sido posible llevar a cabo. El viaje a Cíbola tuvo como primer objetivo el reconocimiento de la tierra llana y espaciosa, apenas andada por fray Marcos de Niza, seguido por el interés de acrecentar las provincias, las villas, los tributos y los vasallos de la Corona.</p>
<p class="bodytext">Vázquez de Coronado entregó los cargos más importantes de la expedición a gente muy conocida en la capital del virreinato. Por maestre de campo nombró a Lope de Samaniego, que había sido alcalde de las atarazanas de la ciudad de México; por teniente general designó a Tristán de Luna y Arellano, antiguo capitán de la jornada a la Florida; como uno de sus capitanes nombró a Melchor Díaz, alcalde mayor de Culiacán; otros cargos de menor importancia los entregó a Diego de Barrionuevo, Garci López de Cárdenas, Pedro de Tovar, Diego de Guevara, Rodrigo Maldonado, Juan de Saldívar y Pablo de Melgosa. Juan de Jaramillo y Pedro de Castañeda de Nájera destacaron no sólo por sus habilidades militares sino también porque dejaron testimonio sobre esta expedición. El primero, llamado El Mozo, escribió la Relación hecha por el capitán Juan de Jaramillo de la jornada que había hecho a tierra nueva en la Nueva España y al descubrimiento de Cíbola yendo con el general Francisco Vázquez de Coronado; el segundo, la Relación de la jornada de Cíbola compuesta por Pedro de Castañeda de Nájera donde trata de todos aquellos poblados y ritos y costumbres la cual fue el año de 1540. Acompañaron la expedición los franciscanos Juan de Padilla, Marcos de Niza, Juan de la Cruz y Antonio de Vitoria (encargado de los oficios de la misa) y el lego Luis de Escalona.</p>
<p class="bodytext">El escribano mayor Juan de Cuevas escribió una Relación con los nombres de doscientos ochenta y cinco hombres que salieron de Compostela, en la Nueva Galicia, bajo el mando de Francisco Vázquez de Coronado. Con ellos iba Francisca de Hozes, mujer del soldado Alonso Sánchez, y Luisa, una india, natural de la villa de Culiacán, que años más tarde sirvió como intérprete al conquistador Francisco de Ibarra; también se hicieron acompañar por cerca de un millar de indios amigos que iban por su voluntad, la mayoría de ellos de las provincias de Michoacán. La expedición llevaba quinientos veintiséis caballos, lanzas, espadas, armaduras, puñales, ballestas, arcabuces y, como provisiones, ganado vacuno, carneros y algunos puercos.</p>
<p class="bodytext">La aportación del virrey Mendoza consistió en entregar treinta pesos, como ayuda de costa, a cada hombre que iba a caballo y veinte pesos a los que no habían aportado a la empresa ninguna bestia. Además, todos los hombres que fueron a Cíbola tuvieron la promesa de recibir un repartimiento de tierra a cambio de los servicios prestados a la Corona.</p>
<p class="bodytext">Como muchas otras relaciones que se escribieron sobre los descubrimientos en el Nuevo Mundo, la de Pedro de Castañeda de Nájera estrecha el encuentro con el lector mediante amplias descripciones. Un ejemplo es ilustrativo: la partida de la expedición, el 10 de febrero de 1540 en Compostela, fue presenciada por las más altas autoridades virreinales. Nunca antes la entonces capital del reino de la Nueva Galicia había reunido tanta gente de prestigio para un mismo fin. Por su parte, Cristóbal de Oñate, gobernador de la Nueva Galicia, fue el anfitrión de personajes ilustres tales como el virrey Antonio de Mendoza, Pedro Almíndez de Chirinos, Gonzalo de Salazar, veedor y factor de la Nueva España, Diego Ordóñez, de Puebla de los Ángeles, y Juan Fernández, de la villa de la Purificación. Los asistentes fueron testigos del alarde de campo, de las palabras y la oración entusiasta que el virrey dirigió a los expedicionarios y del juramento de fidelidad de cada uno sobre los evangelios. Después de tan solemne ceremonia el campo partió con las banderas desplegadas y con don Antonio de Mendoza al frente, que les acompañó dos jornadas. Las huestes de Coronado siguieron la ruta andada de manera inversa por Cabeza de Vaca, en una marcha un tanto difícil, primero por el encuentro con los indígenas, después por la naturaleza para muchos desconocida y también porque los capitanes se habían acostumbrado a la comodidad de sus viviendas en las villas y ciudades recién fundadas. Por ello, la aventura obligó a los capitanes de la expedición a convertirse en arrieros al grado de que el que despreciaba esta actividad, “«no era considerado hombre». Ante esta situación, no pasó mucho tiempo antes de que se desprendieran de lo innecesario. Muchos de estos hombres dejaron sus ricos y bien aderezados avíos a los pobladores de la villa de Culiacán, como pago del hospedaje que recibieron y por el alimento que se les había proporcionado para las bestias.</p>
<p class="bodytext">Ahora bien, si en el objetivo de la expedición se encontraba el reconocimiento de la tierra, en su avance se encontró el río Colorado. Su descubrimiento se llevó a cabo en dos direcciones: una terrestre bajo el mando de Francisco Vázquez de Coronado, y otra marítima a cargo del capitán Hernando de Alarcón. Esta última, organizada por el virrey Mendoza con la finalidad de dar el apoyo necesario a la expedición de Coronado y de reconocer el litoral del norte de la Nueva España.</p>
<h3>EL VIAJE POR LA «TIERRA NUEVA»</h3>
<p class="bodytext">Después de Culiacán, Francisco Vázquez de Coronado continuó su viaje por tierra desconocida y sin grandes contrastes geográficos. Las primeras jornadas recorridas por el general y sus capitanes fueron suficientes para indicarles que habían penetrado a una región desolada y desértica, a la que reconocieron con la frase «el principio del despoblado», y su tierra yerma influyó en el ánimo y en el desconsuelo de los expedicionarios que esperaban encontrar los descubrimientos anunciados. La ilusión de los viajeros por hallar las riquezas anunciadas les condujo, durante quince días, por un territorio de suelo rojizo y desabitado hasta la población de Cíbola. En esta región Vázquez de Coronado tuvo noticia de la existencia de un río «de agua turbia y bermeja» y también fue aquí donde encontró a los dos primeros indígenas de aquella nación que huyeron despavoridos al ver aquellos hombres tan extraños a su propia percepción.</p>
<p class="bodytext">El encuentro de Vázquez de Coronado con la naturaleza y los hombres de la «tierra nueva» provocó constantes comparaciones con los recién conquistados territorios mesoamericanos. Para comenzar, las riquezas prometidas tardaron en llegar y, cuando éstas se presentaron, sólo consistieron en algunos frutos de la tierra, tales como pencas de maguey asadas (las hojas carnosas de una variedad de agave) y pitayas (frutos de la planta cactácea del mismo nombre). Nada tenían en común estos presentes con la cantidad de mantas de algodón ni con las joyas que Cortés recibió del emperador mexica. El más valioso obsequio que Vázquez de Coronado aceptó fue un trozo de cobre y unos cascabeles del mismo material, que consideró conveniente enviar al rey como prueba de su trabajo. Si bien los expedicionarios no obtuvieron lo que esperaban, las crónicas elaboradas posteriormente serían valiosas por su variada y rica información. Sorprendió a la expedición la vestimenta de los naturales, extremadamente adornada, de mucho abrigo y fabricada de cuero, así como el abundante tatuaje en todo su cuerpo pero, sobre todo, la elevada estatura y la «buena disposición» de algunos de ellos. Estas descripciones enviadas de inmediato a la metrópoli sirvieron para conformar la iconografía del Nuevo Mundo. La necesidad como maestra de la vida enseñó a los exploradores a sobrevivir en aquellos despoblados territorios y a consumir los pocos productos que les ofrecía una tierra en la que predominaban los bisontes y vegetales desconocidos, corriendo el riesgo de envenenamiento. Comieron una clase de pan elaborado con harina de maíz que los expedicionarios compararon con las hogazas de Castilla. Además, la naturaleza les sorprendió con las temperaturas extremas del verano que, en palabras de Jaramillo, era casi «la boca del infierno», mientras que en invierno el frío les impedía realizar cualquier actividad.</p>
<p class="bodytext">Vázquez de Coronado y sus hombres pasaron muchos días en territorio estéril, sin encontrar las ciudades descritas por el padre Niza; pasado el tiempo, el religioso tuvo que reconocer la falsedad de sus informaciones. En realidad, el viaje les fue desvelando sólo pequeños pueblos, abundantes en número y extremadamente dispersos en núcleos, a los que llamaron «rancherías»; la mayoría de las casas estaban fabricadas de cueros y cañas que sus habitantes nómadas desplazaban de un lugar a otro al seguir al ganado del que se alimentaban; las construidas de piedras y lodo eran escasas.</p>
<p class="bodytext">En fin, con ninguna de las noticias difundidas por Marcos de Niza se encontró Vázquez de Coronado. Las siete ciudades mencionadas fueron los asentamientos indígenas conocidos más tarde como «indios pueblo», situados actualmente en el territorio de Nuevo México, Estados Unidos. Las rancherías llegaban a tener hasta trescientas casas la más grande y cincuenta la más pequeña, agrupadas en un solo bloque o ubicadas en barrios. La ciudad que fray Marcos de Niza «divisó» se convirtió en leyenda.</p>
<p class="bodytext">La expedición recorrió doscientas cuarenta leguas en setenta y tres días, desde la villa de Culiacán hasta Cíbola. Después de reconocer los alrededores de esta ciudad, Vázquez de Coronado estableció su campamento a cincuenta leguas al oeste de una población llamada Tiguex. El sitio tenía un pueblo habitado por gente vestida y estaba provisto de suficientes bastimentos de maíz, fríjol, calabaza y algodón. Desde este lugar el general envió al capitán Pedro de Tovar con diecisiete hombres de a caballo y a fray Juan de Padilla, a descubrir otras provincias. Como todos los territorios recién descubiertos, los que iban encontrando estaban despoblados. La soledad del territorio les exacerbaba los sentidos y los sucesos, por muy pequeños que fueran, les causaban admiración y temor al mismo tiempo. Bajo estas condiciones, su imaginación se desbordó cuando escucharon hablar de gente feroz que desconocía los caballos, montaba animales nunca antes vistos y se alimentaba de carne humana. Con temor ante lo desconocido, Tovar y sus hombres llegaron a Tusayán, un pueblo de indios ubicado al oeste de Tiguex, y aquí fue donde el capitán escuchó hablar por primera vez de la existencia de un gran río. Pero, sin llegar a internarse por ese territorio, por no llevar más comisión de Vázquez de Coronado, regresó a Tiguex a informar a éste quien, ante las recientes noticias, dispuso una nueva salida a cargo del capitán Melchor Díaz.</p>
<h3>UN RÍO EN «TIERRA BERMEJA»</h3>
<p class="bodytext">El capitán Melchor Díaz, acompañado de una docena de hombres, halló el río del que Tovar había escuchado hablar. Caminó sesenta leguas, muy cerca de su ribera, y se encontró con las noticias de la expedición marítima de Hernando de Alarcón, con quien había quedado en reunirse. Pero Melchor Díaz volvió al campo de Tiguex sin haber visto el mar y moribundo debido a una herida causada con su propia lanza al ir a arrojarla a un lebrel que alborotaba el ganado.</p>
<p class="bodytext">Los informes de reconocimiento obtenidos por los capitanes Tovar y Díaz fueron útiles a Vázquez de Coronado para enviar una tercera expedición al mando del capitán Garci López de Cárdenas. Esta salió desde el valle de los Corazones y llevaba el objetivo de confirmar lo visto y oído por los exploradores que le habían antecedido. López de Cárdenas y su grupo caminaron durante veinte jornadas, recorrieron cincuenta leguas al oeste de Tuzán y ochenta desde Cíbola y, al llegar al sitio mencionado por Tovar, se encontraron con un pueblo habitado por unos naturales hospitalarios que les proporcionaron algunos guías. El capitán López de Cárdenas, acompañado de una docena de hombres, se encontró en unas tierras altas y frías pobladas de pinos que, en palabras de Pedro de Castañeda, conformaron la primera descripción del territorio, por donde se desliza el río Colorado.</p>
<p class="bodytext">Como don Pedro de Tovar no llevó más comisión volvió de allí y dio esta noticia al general que luego despachó allá a don Garci López de Cárdenas con hasta doce compañeros para ver este río que como llegó a Tusayán siendo bien recibido y hospedado de los naturales le dieron guías para proseguir sus jornadas y salieron de allí cargados de bastimentos porque habían de ir por tierra despoblada hasta el poblado que los indios decían que eran más de veinte jornadas pues como hubieron andado veinte jornadas llegaron a las barrancas del río que puestos al vado de ellas parecía que al otro bordo que había más de tres o cuatro leguas por el aire; esta tierra era alta y llena de pinales bajos y encorvados frigídisima debajo del norte que con ser el tiempo caliente no se podía vivir de frío.</p>
<p class="bodytext">López de Cárdenas halló el río del que Tovar había tenido noticias, y lo bautizó con el nombre de «Tizón» (ahora Colorado), por la costumbre que tenían los naturales de caminar con un tizón en la mano, que les servía para calentar su cuerpo en el invierno. Cuando el grupo de exploración llegó a la ribera del río, avistó con admiración su profunda barranca y por tres días estuvieron buscando la mejor vía para descender hasta su lecho. Castañeda describió el esfuerzo realizado por los hombres enviados por el capitán López de Cárdenas a reconocer el cauce del río, pero, por no poder dar fe de este acto, sólo se atrevió a comparar el Tizón americano, con el Guadalquivir europeo. Anotó en su crónica:</p>
<p class="bodytext">(&#8230;) fue imposible por una parte ni otra hallarle bajada para caballo, ni aun para pie, sino por una parte muy trabajosa, por donde tenía casi dos leguas de bajada. Estaba la barranca tan acantillada de peñas que apenas podían ver el río, el cual aunque es según dicen, tanto o mucho mayor que el de Sevilla, de arriba parecía un arroyo.</p>
<p class="bodytext">Al cabo de tres días, al capitán López de Cárdenas le pareció que había encontrado un lugar con menos dificultad para bajar al río. Había observado que su curso venía del nordeste y se dirigía hacia el sudeste y, desde lo alto, le pareció que tenía una brazada de ancho. Los hombres designados para realizar el descenso, a la vista de todos, fueron elegidos entre los más ágiles: Pablo de Melgosa, Juan Galeras y otro, del que no se registró su nombre. Continúa la descripción Castañeda:</p>
<p class="bodytext">(&#8230;) tardaron bajando a vista de ellos, de los de arriba, hasta que perdieron de vista los bultos que la vista no les alcanzaba a ver y volvieron a las cuatro de la tarde; (&#8230;) que no pudieron acabar de bajar por grandes dificultades que hallaron porque lo que arriba parecía fácil no lo era, antes muy áspero; y dijeron que habían bajado la tercera parte y que desde donde llegaron parecía el río muy grande y que conforme a lo que vieron era verdad tener la anchura que los indios decían.</p>
<p class="bodytext">Los comisionados regresaron al campamento y contaron que habían visto las paredes de la barranca desgarradas, jurando que eran más altas que la torre mayor de Sevilla. Después del intento fallido por llegar al lecho del río, López de Cárdenas y sus hombres caminaron en busca de agua, en dirección a su nacimiento, alejándose de la barranca una o dos leguas diariamente, tierra adentro, durante cuatro jornadas. Como el capitán vio que el reconocimiento ya no tenía sentido, regresó para informar a Vázquez de Coronado de sus descubrimientos. Era el río al que había llegado Melchor Díaz y los indígenas, los mismos con los que aquel se había encontrado, según se enteraron después.</p>
<p class="bodytext">Cuando el capitán López de Cárdenas regresó al campo, Pedro de Sotomayor, el cronista de la expedición, dio cuenta a Vázquez de Coronado de lo que habían visto el capitán y sus hombres en los ochenta días que había durado el recorrido. Este fue el primer testimonio sobre el descubrimiento del Cañón del Colorado y del río del mismo nombre. La participación de López de Cárdenas en la jornada de exploración de la «tierra nueva» terminó cuando se cayó de su caballo y se rompió un brazo. La desgracia le obligó a regresar a México, junto con doce hombres enfermos, que tampoco podían continuar en la aventura.</p>
<h3>LA EXPEDICIÓN MARÍTIMA</h3>
<p class="bodytext">Para realizar el viaje por mar hasta la desembocadura del río Colorado, se tomaron en cuenta los descubrimientos geográficos realizados por Hernán Cortés en la cuarta y última expedición al mando de Francisco de Ulloa, encargado de explorar el mar que separaba la tierra de Santa Cruz (primer nombre de California) de la tierra firme y bojear la extensión para conocer su dimensión y latitudes. El capitán Ulloa había zarpado de Acapulco, en 1539, en tres navíos bien armados y abastecidos: el Santa Águeda, el Trinidad y el Santo Tomás; con ellos navegó hacia el norte más de doscientas leguas, hasta llegar a una ensenada que nombró «ancón de San Andrés» y donde encontró la desembocadura del río Colorado. Francisco de Ulloa situó su desembocadura a los 34º (en realidad se encuentra a los 31º). De la relación de Ulloa y de su piloto mayor Francisco Preciado extraemos la siguiente descripción:</p>
<p class="bodytext">Hallamos una canal, dos leguas de la tierra firme, de hondura de ocho brazas, por la cual entraban sus dos mareas en veinticuatro horas por su orden y concierto de creciente y de menguante (&#8230;) con tanta corriente (&#8230;) que era cosa maravillosa.</p>
<p>Por su parte, los cronistas Francisco López de Gómara, en su libro La conquista de México (Zaragoza, 1552), y Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (enviada a España para su publicación en 1575), incluyen estos descubrimientos. Los primeros exploradores no se detuvieron en los sitios que iban descubriendo y pusieron más el énfasis en el reconocimiento de los litorales que en la obtención de ganancias. Lo cierto fue que las noticias llegadas a Europa reconocieron a Hernán Cortés como el descubridor del golfo de California, conocido también como «mar de Cortés».</p>
<p>Hernando de Alarcón, enviado por el virrey, comenzó su aventura en 1540 con dos navíos –San Pedro y Santa Catalina– a los que más tarde se sumó el San Gabriel. Alarcón siguió la costa de Sinaloa, sin alejarse de ella, siempre hacia el norte; llevaba la encomienda de registrar los ríos que encontrara en su camino. Cuando llegó al ancón de San Andrés lo bautizó con el nombre de «Buena Guía». Su desembocadura nada tenía en común con la actual; entonces su caudal se repartía en pequeños ríos secundarios que, al contacto con el mar, formaban fuertes corrientes. Esta boca de río había sido registrada un año antes por Francisco Preciado, piloto mayor de la expedición al mando de Francisco de Ulloa. Los detalles de la expedición marítima de Ulloa se conservaron gracias a la edición de Giovanni Battista Ramusio, Delle navigationi e viaggi, de 1556.</p>
<p class="bodytext">Alarcón esperó noticias de Vázquez de Coronado a quince leguas de la desembocadura del río Colorado, casi en la confluencia con el Gila, pero sólo dejó constancia de su presencia en unas cartas o mapas al pie de un árbol, tal como lo habían convenido. Pese al poco tiempo que Hernando de Alarcón permaneció en ese lugar, le fue suficiente para registrar el río en sus cartas y afirmar que California no era una isla sino parte de la tierra firme.</p>
<p class="bodytext">A Castañeda llegó la noticia del descubrimiento de la desembocadura del río Colorado, por Hernando de Alarcón, de la manera siguiente:</p>
<p class="bodytext">(&#8230;) el río Tizón es poderoso río y tiene de boca más de dos leguas [remontando su curso] cuando tenía media legua de travesía [Melchor Díaz] tomó lengua del capitán [Hernando de Alarcón] cómo los navíos habían estado tres jornadas de allí por bajo hacia la mar y llegados a donde los navíos estuvieron que era más de quince leguas el río arriba de la boca del puerto y hallaron en un árbol escrito: aquí llegó Alarcón al pie de este árbol hay cartas; sacáronse las cartas y por ellas vieron el tiempo que estuvieron aguardando nuevas del campo y cómo había dado la vuelta desde allí para la Nueva España con los navíos porque no podía correr adelante porque aquella mar era ancón.</p>
<p class="bodytext">El siglo XVI fue abundante en cartas geográficas para esta remota región de América, las cuales se publicaban después de cada nuevo descubrimiento. Las informaciones sobre los litorales situados entre la Nueva España y la península de California llegaron a la Casa de Contratación de Sevilla, donde se guardaba el «padrón general del puntual registro de lo que se descubría». Las primeras cartas de las que se tiene noticia fueron elaboradas en 1539 por Francisco Preciado, piloto mayor de Francisco de Ulloa. A partir de ésta otros cartógrafos incluyeron en sus trabajos los nuevos descubrimientos. Entre ellos citamos a Sebastián Caboto, que elaboró un mapamundi en 1544, en el que se delineaba California, el río Colorado y la representación de dos indígenas con un puma. El portugués Andreas Homen preparó un mapamundi en Lisboa, en 1554, y el español Bartolomé Olives realizó un mapa general del mundo que formó parte de un Atlas, fechado en 1561, con la nomenclatura dada tanto por Ulloa como por Alarcón. En el mapa del genovés Battista Agnese (1540), California se muestra bien delineada y en el de Giacomo Gastaldi (1546), el río Colorado aparece separando la península de California de la tierra firme y, a su margen izquierda, se encuentran «las siete ciudades». En el mapa de Bolognino Zaltieri, grabado en Venecia en 1566, se sigue la concepción adoptada por Gastaldi, otorgando al río Colorado un destacado protagonismo en el septentrión ignoto. Pero el mapa más elocuente con el título de «Las siete ciudades» fue el elaborado por Juan Martínez hacia 1578, que forma parte de un Atlas guardado en la Biblioteca Británica. El mapa describe los búfalos, sitúa las siete ciudades en Cíbola y las presenta como pequeñas poblaciones fortificadas a la manera europea; el río Colorado tiene grandes afluentes y es, ante todo, una referencia importante en el territorio. Con todas estas tempranas informaciones se fue delineando el perfil de la «tierra nueva» y de la mar del Sur.</p>
<p class="bodytext">El río Colorado recibió el nombre con el que se le conoce actualmente cuando Juan de Oñate, después de haber fundado en 1598 Santa Fe, hoy en Nuevo México, el primer establecimiento español permanente en el norte de México, emprendió una expedición en 1604 hacia el oeste, en busca de la mar del Sur. Atravesó la provincia de los zuñis y, según el relato de Jerónimo Zárate Salmerón, la encontró con un río al que llamaron «Colorado», por el cual siguieron su curso hasta el mar; después de tres meses de marcha contemplaron en 1605 la desembocadura del río, que tenía cuatro leguas de anchura.</p>
<h3>DESPUÉS DE CÍBOLA</h3>
<p class="bodytext">El destino de los personajes involucrados en la expedición a Cíbola fue muy diverso. Hernán Cortés murió en Castilleja de la Cuesta, Sevilla, en 1547; Francisco Vázquez de Coronado se estableció en México para atender su quebrantada salud; don Antonio de Mendoza marchó al virreinato del Perú; López de Cárdenas fue a España a afrontar un juicio por maltrato de indios; fray Marcos de Niza se trasladó, primero a Xalapa y después a Xochimilco, para recuperarse de su reumatismo; el arzobispo fray Juan de Zumárraga, entusiasta asesor del virrey en los descubrimientos, murió en México en 1548; Cristóbal de Oñate se convirtió en rico minero al descubrir los yacimientos de plata en Zacatecas; Tristán de Luna y Arellano contrajo matrimonio en Oaxaca y dirigió la expedición a Florida; Juan de Jaramillo recibió un repartimiento de indios por sus servicios, y Pedro de Tovar también se casó y era alcalde mayor en Culiacán en 1564.</p>
<p>La estancia de dos años en territorio desconocido y estéril, por no haber encontrado metales preciosos ni las poblaciones prometidas, produjo desencanto en los expedicionarios que sobrevivieron. Pero, a cambio de la aparente pobreza con la que se encontraron, la expedición proporcionó una importante contribución al conocimiento geográfico. Dos años fueron suficientes para que Coronado adquiriera un relativo conocimiento de la anchura del continente por la latitud de sus viajes; por ellos Europa tuvo muy pronto información casi exacta del perfil y del área de la América septentrional y, en consecuencia, de su relación geográfica con el resto del mundo. La flora, la fauna, las montañas, los ríos y los desiertos formaron parte importante de las descripciones del viaje a Cíbola, tanto como los hombres que habitaban el vasto territorio, con sus lenguas, ritos, costumbres y las tareas domésticas de mujeres y de hombres. En la cartografía aparecieron los nombres de los pueblos como Cíbola, Tiguex, la llanura de los Búfalos y Quivira, y de los ríos y las montañas que se iban designando con toponimia castellana.</p>
<p class="bodytext">Vázquez de Coronado ordenó el regreso a la Nueva España después de haber estado en Quivira, otra región de la que le habían contado que era muy rica. Tras haber sufrido un accidente que alteró seriamente su salud, comprobó que los hombres de la expedición ya no tenían el entusiasmo del principio; iba quedando «la gente ruin, revoltosa y sediciosa», olvidando el juramento de fidelidad que habían hecho en la partida. El capitán ordenó en 1542 la vuelta de todo el campo, excepto dos religiosos, que prefirieron quedarse a evangelizar a los indios de Quivira y de Cicuye.</p>
<p class="bodytext">El retorno siguió la misma ruta por la que habían ido, aunque con las huestes diezmadas; los hombres se iban quedando en los pocos pueblos ya fundados y los indios «amigos», al advertir la falta de rigor del capitán, huyeron o fueron dispersándose en los pueblos de indios. Vázquez de Coronado llegó a la ciudad de México con menos de cien hombres para informar al virrey Antonio de Mendoza sobre los resultados de la expedición.</p>
<p class="bodytext">El viaje no proporcionó metales preciosos pero fue un antecedente necesario para la futura colonización y población de aquella parte de las Indias; cada uno de sus pasos ayudó a preparar el siguiente avance y contribuyó a la traza del primer mapa del interior del vasto territorio de la América española del septentrión. Coronado pudo parecer menos eficiente que algunos otros de los conquistadores contemporáneos; en parte puede ser cierto pero debió tener cualidades de líder para dirigir una expedición tan grande, cuando apenas tenía treinta años de edad y cinco en las Indias. Las relaciones que se hicieron de la jornada a Cíbola concluyen abruptamente contra Vázquez de Coronado. Sin embargo, es indudable que sin su habilidad y prudencia pocos habrían vuelto de la expedición. El general dividió acertadamente las fuerzas de ésta de manera que ni pudieran ser batidas por los naturales de la tierra, ni los estragos del hambre y la sed diezmaran el numeroso contingente.</p>
<p class="bodytext">Si esta expedición fue un fracaso –dados los propósitos del virrey Mendoza y de los conquistadores de su tiempo–, tiene, en cambio, una importancia fundamental en la historia de la geografía americana por la enorme extensión del terreno que se recorrió y por las noticias aportadas de los nuevos territorios, contribuyendo de un modo decisivo a que se ampliase la colonización de Nueva España. Hasta entonces las comarcas exploradas en la frontera norte no habían ofrecido ningún aliciente a los colonos que aun cifraban sus esperanzas en las leyendas.</p>
<p class="bodytext">Los escasos beneficios materiales obtenidos en la expedición de «las siete ciudades de Cíbola» no impidieron continuar con la aventura del descubrimiento, ni menester la creencia en fabulosas regiones que inspiraran heroicas hazañas a lo largo del siglo XVI. Tampoco las proezas, los peligros y los descubrimientos que refieren los testimonios fueron superados por la ficción.</p>
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		<title>Hernando de Soto (1539-43)</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 10:44:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[El Sureste de Estados Unidos y el Mississippi]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Amelia Die «Tan grande como Cortés, tan valiente como Pizarro, fue el más clemente y generoso de todos los capitanes que pelearon en las Indias, y supo conquistar para sí [&#8230;]</p>
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<h3><strong>Amelia Die</strong></h3>
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<p class="bodytext">«Tan grande como Cortés, tan valiente como Pizarro, fue el más clemente y generoso de todos los capitanes que pelearon en las Indias, y supo conquistar para sí una gloria menos estrepitosa que la de otros, pero más duradera y más digna de la admiración del mundo». Es la definición de Luis Villanueva y Cañedo, biógrafo y paisano de Hernando de Soto, en su estudio sobre el conquistador publicado en 1929. Los elogios a este personaje histórico son tan apasionados como los insultos que se le dedican y, precisamente por eso, es difícil comprender la identidad del verdadero Hernando de Soto en las crónicas sobre su vida y sus viajes. En todas sus aventuras americanas, pero sobre todo en su expedición por el sur de América del Norte, Hernando de Soto nunca se detuvo, ni cuando tuvo dinero, ni cuando le recibían amigablemente (de verdad o para ganar tiempo), ni cuando le presentaban batalla, ni cuando le explicaban una y otra vez que no había oro o plata por aquellos parajes. Tampoco por piedad hacia los suyos o hacia los otros, ni por la remota idea de que en realidad estaba arrebatando la tierra a sus dueños, ni por las miles de bajas de su expedición. ¿Qué impulsó a De Soto a seguir caminando siempre más y más allá en medio del fango de los pantanos en la península de La Florida? ¿Qué hizo que se empeñara en cruzar el río Mississippi, a pesar de que lo tenía todo en contra? Cualquiera se habría echado atrás con la mitad de las adversidades que él sufrió, pero a Hernando de Soto le distinguió, frente al resto de aventureros españoles, una cabezonería a prueba de bomba, sin apenas resultado, una determinación de hierro&#8230; para obtener casi nada. Su relación con el río Mississippi no fue excesivamente larga, pero el camino hasta llegar hasta allí es un relato de increíbles aventuras, a menudo crueles y despiadadas y, curiosamente, casi del todo inútiles. No encontró riquezas, ni consiguió establecer asentamientos, ni apaciguó a sus enemigos, ni les destruyó, ni consiguió acuerdos con ellos. Y a pesar de sus sucesivos fracasos, siempre continuó tozudamente adelante.</p>
<h3>UN AVENTURERO EN TIEMPOS DE CODICIA</h3>
<p class="bodytext">Ya no estábamos en 1492, y ya nadie era inocente. Los españoles que se alistaban para las Indias iban a por oro y plata conociendo las dificultades con las que se iban a encontrar; casi todos los que les recibían allí sabían a qué venían y cuáles eran sus métodos. Pero Hernando de Soto tenía aproximadamente catorce años cuando se embarcó para las Américas, y cabe esperar unas ciertas dosis de inocencia en un joven nacido en lo que hoy día es el pueblo de Villanueva de Barcarrota, en Badajoz, un joven que según el inca Garcilaso de la Vega era noble por los cuatro costados y según el otro cronista de la época, el Fidalgo de Elvas no tenía «más hacienda que su espada y sus buenas cualidades». ¿Por qué cruzó el charco este chico hidalgo y pobre? Por hambre, sin duda, pero también por afán aventurero; los dos componentes eran indispensables para atreverse a semejante acción cuando eres un muchacho extremeño de la época que se tira prácticamente «en patera» hacia el otro continente. Para ser aceptado, seguramente tuvo alguna recomendación; sin duda conocía las hazañas de su paisano Vasco Núñez de Balboa, descubridor del mar del Sur (Océano Pacífico), que había fundado el asentamiento colonial de Acla y luego el de Santa María de la Antigua en Darién, y también al capitán Pascual de Andagoya, que iba con Pedrarias Dávila, el que se hizo cargo de la gobernación de la ciudad.</p>
<p class="bodytext">Hernando se embarcó en la expedición de Dávila, la mayor y más cara que había salido hasta el momento para las Indias. Parece que el rey Católico invirtió en ella más de 54.000 ducados. En principio, Pedrarias se llevó a mil quinientos hombres, y luego salieron otros dos mil para allá. Cuando arribaron, encontraron al «gran» Núñez de Balboa en alpargatas y viviendo en un chamizo. El aumento de la colonia, con la llegada de gran cantidad de hombres, caballos y aperos, significaba que había que repartir, cosa que tampoco les hacía mucha gracia a los que ya estaban allí. Aunque al principio el gobernador Pedrarias quiso congraciarse con el descubridor Núñez de Balboa e incluso le dio como esposa a su hija Doña María , Pedrarias y Vasco Núñez no dejaron de pelearse por el poder ni un día. La cosa acabó con la ejecución por traidor de Núñez de Balboa. La orden de ajusticiamiento partió del gobernador, que vio a través de las rendijas de su casa cómo iban degollando a su oponente y sus fieles. Hernando también lo presenció todo. A los dieciocho años ya era muy hábil haciendo emboscadas a las órdenes del alcalde mayor Gaspar de Espinosa, uno de los que se hizo rico a costa de los descubrimientos de Núñez de Balboa y también uno de los que le degolló. Los niños como Hernando dejaban de serlo rápidamente.</p>
<p class="bodytext">A pesar de que la colonia había dejado de llamarse Nueva Andalucía para conocerse por el ampuloso nombre de Castilla del Oro, la vida no era muy fácil allí. El capitán Pascual de Andagoya contaba en las crónicas cómo morían los españoles como chinches de «hambre y enfermedad de modorra», y el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo describía el miedo que pasaban. Los indios, desde luego, no eran ya las almas cándidas de los primeros tiempos de la conquista; sus propias crueldades tampoco eran mucho menores que las de los españoles de la época, la enorme diferencia era que ellos estaban ahí mucho antes. Sin embargo, para los españoles, el territorio estaba realmente deshabitado, los indios ni existían, bastaba quedarse con las tierras conquistadas y destruir a los que creían poder impedirlo. Minas de oro sí había, e indígenas que podían trabajar en régimen de esclavitud, también, pero la colonia no tenía salida posible.</p>
<p>A no ser que alguien se atreviera a ir más allá. Para los avariciosos, las buenas noticias provenían de Gaspar de Morales, que llegó del mar del Sur con preciosas perlas, arrebatadas a los indios que las defendían con encono en la llamada «isla de las Perlas». Entre ellas estaba la famosa «Peregrina», que puede verse adornando a la emperatriz Isabel, esposa de Carlos V, en un retrato de Tiziano. Para aprovecharlas, la colonia quiso trasladarse a Panamá. Pedrarias deseaba tomar posesión personalmente de lo que Núñez de Balboa había descubierto. El 27 de enero de 1519, Pedrarias hizo constar que «toda la tierra nueva e costa della» pertenecería a Castilla del Oro, y todo lo que se descubriere en adelante pasaría a ser de la Corona Real de Castilla.</p>
<p class="bodytext">Una vez establecido en Panamá, el gobernador envió al licenciado Espinosa y un grupo de hombres por mar a las penínsulas de Azuero y Veragua a buscar lo que necesitaban para subsistir en la colonia, que no eran precisamente los metales preciosos, sino maíz, vasijas para agua y piedras de moler. Dio la orden explícita de que causaran entre los pobladores de la zona el menor daño posible. En esa expedición iba un joven Hernando de Soto, que siempre se había distinguido por llevarse bien con el iracundo gobernador Pedrarias, y también un oscuro y callado capitán de los de Núñez de Balboa, uno de los pocos que quedaban con algo de aliento tras la ejecución de su líder. Se llamaba Francisco de Pizarro.</p>
<p class="bodytext">El cacique local Uraca se opuso con denuedo a las incursiones terrestres de los hombres de Espinosa, quienes, por supuesto, no se conformaban con coger maíz para enviarlo a Panamá, sino que arramplaban con todo objeto de oro que adornara a vivos o a muertos. Hernando de Soto fue uno de los que juró ante un escribano, al regreso de la expedición, que se había cumplido estrictamente la orden del gobernador de no causar más perjuicio del indispensable a los indígenas. Iba aprendiendo mucho.</p>
<p class="bodytext">Pero, ¿quién pagaba todo eso? El gobierno de España aportaba sus dineros cuando la expedición o su jefe le merecían cierta credibilidad y sin duda la razón religiosa e imperialista pesaba enormemente en la decisión, pero también es cierto que muchos particulares ponían de su bolsillo. Como se requerían bolsillos muy llenos, vendían sus haciendas, se empeñaban hasta las cejas, se asociaban, liaban a tres o cuatro ricos con promesas de devolución de ciento por uno y se lanzaban a los mares. Necesitaban la documentación necesaria de la Corte española para quedarse con gran parte de las riquezas y territorios que iban descubriendo, y las luchas por los títulos de propiedad, por la consideración de gobernador y otros cargos de ultramar eran encarnizadas. Los que no tenían ni siquiera hacienda que vender, ponían sobre el tapete de juego la única apuesta posible: su propia vida. Pedrarias era un ejemplo de los primeros. Como para otros gobernadores, la conquista era, aparte de todo lo demás, un negocio en el que iba invirtiendo dinero. Sin embargo, Hernando de Soto era en ese momento y fue algunos años del grupo de los segundos, de los que sólo tenían la vida para perder y que cada día que pasaba y eran capaces de seguir palpándose la ropa podían considerarse ganadores. Esta actitud aventurera y de desprecio por todo lo que no fuera conservar intacto el pellejo quedó como poso en la personalidad de Hernando de Soto durante sus años como conquistador. Las actitudes que tomó ante las numerosas adversidades demuestran que la ambición, la posesión de tierras, la expansión cultural, la avaricia no fueron las únicas razones que le impulsaron a seguir. Una parte de su persona no sabía hacer otra cosa que arriesgar su vida y salir indemne de los desafíos. Era su trabajo.</p>
<h3>LAS RELACIONES CON LOS INDIOS DEL NORTE: DE LA NEGOCIACIÓN Y EL ENGAÑO MUTUO AL EXTERMINIO</h3>
<p class="bodytext">En América del Norte no había en la época una cultura comparable a las grandes civilizaciones del sur. Las zonas costeras y las del interior estaban muy separadas entre sí por accidentes geográficos: pantanos, grandísimos ríos como el Mississippi, bosques, montañas, lagos… Una naturaleza descomunal, desatada y terriblemente inhóspita para un aborigen de Extremadura o de Castilla. En cada lugar, distintas tribus indias, con rasgos cercanos, pero sin una cultura común ni autoridad centralizada, convivían a menudo sin conocerse y a veces peleándose con el vecino más próximo. En el momento de la llegada de los europeos se calcula que vivían en lo que ahora son Estados Unidos y Canadá entre diez y dieciocho millones de aborígenes. En la zona que exploró Hernando de Soto en su viaje por la Península de La Florida, pasó por los actuales estados de Florida, Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Tennessee, Albama, Arkansas, Mississippi, y Louisiana. Parte de la expedición también recorrió Texas. En ese larguísimo viaje se encontraron con zonas de tribus de indios creek, hichitas, apalaches, cheroquis, choctaw, natchez, chitimach, chicasaw, quapaw, tonkawa, tuskegee&#8230; sin hablar de las etnias menores o las derivadas de las anteriores.</p>
<p class="bodytext">Los indios del norte eran gente muy fuerte y acostumbrada a cazar animales salvajes porque no tenían ganado y la carne escaseaba. Su principal alimento era el maíz y los frijoles; los que vivían cerca de la costa también comían pescado. Se vestían con pieles de animales y los nobles se distinguían de los plebeyos por sus tocados de plumas muy altos. La organización social se basaba en caciques (alguna que otra mujer) que dominaban un pueblo y eran la autoridad civil y religiosa. Muchos eran animistas, adoraban al sol y a la luna o al gran espíritu, aunque los ritos religiosos eran escasos y diferían de un pueblo a otro, y también tenían distintos idiomas. En muchas ocasiones, cuando los españoles trataban de establecer algún tipo de comunicación con ellos, los cronistas relataban las dificultades que los enviados de su majestad católica tenían para entenderse con las autoridades locales, dada la ausencia de centralismo cultural. A menudo había un intérprete de español y alguno de los idiomas indios, que se lo contaba a otro intérprete del pueblo contiguo y este a su vez a otro que sabía dos lenguas, y así sucesivamente. Las escenas debían de ser surrealistas porque casi siempre había una gran desconfianza por ambas partes (con razón, por otro lado) y los españoles trataban de engañar a los caciques indios y estos también pretendían ganar tiempo o tender emboscadas atrayendo al grupo de españoles hacia una zona peligrosa, con trucos y estratagemas. Así que las conversaciones eran realmente kafkianas.</p>
<p class="bodytext">Pero lo peor es que los habitantes de América del Norte no tenían salida alguna frente a los españoles. En el momento en que parte de México se podía decir que era territorio español, a los americanos del norte les quedaban muy pocas opciones de evitar la colonización. Cuando los soldados europeos llegaban a un poblado, la autoridad local podía hacer varias cosas: la primera, tratar de hacerles frente por las armas. Los apaches, por ejemplo, jamás dejaron de guerrear contra los europeos. Pero los aborígenes, en ese sentido, estaban en clara desventaja: podían resistir, molestar, instigar a los españoles, hacer, en fin, la guerra de guerrillas, pero la superioridad armamentística de estos era mucho mayor. Su organización no era tan jerarquizada y eficaz como la de los incas del sur, por ejemplo. Los norteños llevaban arcos, flechas, picas, lanzas, hondas, porras, iban vestidos de modo terrible, pero ningún europeo se asustaba ya por un maquillaje o una pintura de guerra. Y nuestros imperialistas, además, tenían caballos. En las batallas, los indios norteños morían a miles, cuando los españoles perdían alguna decena de hombres.</p>
<p class="bodytext">Otra opción era llegar a acuerdos con los cristianos, lo que podía suponer cederles comida u oro o minas o personas para esclavos. El que se decidía por el colaboracionismo, a menudo era por librarse de males mayores como una matanza y el consabido saqueo. La tercera posibilidad era establecer algún tipo de alianza con ellos, por ejemplo, para derrotar a sus propios enemigos; eso sucedió frecuentemente. Un cuarto modo de afrontar el problema era tratar de engañarles; esto último casi nunca les salió bien a los norteamericanos, antes al contrario, fueron mucho más objeto de traiciones que traidores. Además de todos estos males, los indígenas del norte continental tenían en su contra las enfermedades. Viruela, gripe, peste bubónica, cólera&#8230; diezmaron las poblaciones a lo largo de toda la colonización europea, hasta dejarles demográficamente anulados, cosa que sucedió de distinta forma entre las culturas americanas del sur.</p>
<p class="bodytext">Los españoles, por su parte, tenían unos pocos asuntos en contra: la naturaleza no sólo inabarcable e incomprensible para ellos, sino francamente incómoda; las enfermedades de las que morían más que por las flechas de los indios y, por último, la falta de dinero. Si no encontraban algún metal precioso, era difícil que las expediciones siguieran su plan establecido de antemano; sólo la tozudez de algunos, como Hernando de Soto, o la pura convicción de que era peor volver sobre los pasos que seguir adelante, provocó que algunas invasiones realmente disparatadas no se detuvieran a tiempo.</p>
<h3>DE SOTO Y ATAHUALPA, UNA RELACIÓN QUE DEJÓ HUELLA</h3>
<p class="bodytext">La siguiente empresa marítima de los hombres de Pedrarias, incluido Hernando de Soto, fue la ya mitificada búsqueda de una conexión entre los dos mares, que por supuesto no existía. Tras ella, parece que en aquellos días de 1526 Hernando de Soto visitó España para llevar a la Corona la rapiña adquirida en la colonia. Entonces Pedrarias decidió organizar la siguiente expedición con su supervisión total y nombró a sus más fieles y experimentados hombres. Francisco Compañón y Hernando de Soto se convirtieron en capitanes, título que llevaba aparejadas posesiones económicas. Soto, por ejemplo, se compró un caballo y un esclavo negro, pues los de esta raza eran aún menos a los ojos de los europeos que los propios indios. Al mismo tiempo, Soto y los otros capitanes «alquilaban» estas posesiones y cobraban su propio trabajo a la expedición. Él ganó mil pesos de oro exentos de impuestos.</p>
<p class="bodytext">En esa época Pizarro había formado una sociedad con Almagro, Sebastián Belalcázar y Ponce de León. Aquí la cosa ya se ponía muy seria, porque iban a por oro de verdad. Y ese oro estaba en Perú. Pizarro lo sabía porque no era la primera vez que se intentaba: Pascual de Andagoya se había internado sin éxito por la zona y el propio Pizarro encontró ciertos indicios en una expedición anterior. Pedrarias, viendo que se ponían en marcha, quiso adelantarse a la salida de Almagro y Pizarro. «En esta ocasión, Hernando de Soto no estaba ya dispuesto a secundar las iniciativas de su antiguo protector –escribe Concepción Bravo en su biografía sobre el conquistador. Podía, por fin, ser el árbitro de su propio destino, participar en aquella empresa con la categoría que su rango y su experiencia de capitán le otorgaban. Y participar como socio de la Compañía aportando su persona y su fortuna, que ahora era mucho más cuantiosa que aquel caballo y aquel esclavo negro con los que contribuyó a la conquista de Nicaragua».</p>
<p class="bodytext">En 1530 partió la expedición para el Perú y esta sí que fue decisiva en la vida de Soto. El primer encuentro entre el rey inca Atahualpa y De Soto en 1532 está relatado por Pedro Pizarro, aunque negado por el inca Garcilaso de la Vega por irreverente. La expedición de Francisco de Pizarro había llegado a poca distancia de donde vivía el señor de los incas. De Soto comandó una embajada, teóricamente en son de paz, para entrevistarse con el rey. Quince jinetes a galope aparecieron en un campamento cercano a la ciudad de Cajamarca, donde estaba el gran inca. Sin bajarse de los corceles, saludaron respetuosamente al líder. Luego aparecieron otros veinte caballos más con sus correspondientes jinetes y mandados por Hernando Pizarro. Suplicaron al magnífico rey inca que acudiera al campamento de los españoles. Atahualpa no movió una ceja, sólo la montura de Hernando de Soto pareció provocarle una pequeña admiración. Por su parte, el español también quedó atónito ante la magnificencia del imperio y su jefe. Hernando se dio cuenta de las miradas de Atahualpa y empezó a hacer piafar y caracolear a su caballo delante del inca, partió a galope desde lejos, le hizo detenerse en seco y el corcel resopló casi en la oreja de Atahualpa. El gran rey disimuló su impresión, mientras algunos de sus mejores hombres salían despavoridos. Sin embargo, Atahualpa y Soto establecieron desde ese primer encuentro una relación de admiración y respeto que permaneció a lo largo de toda la vida de ambos. Ya en aquel primer encuentro Atahualpa accedió a tomar chicha (aguardiente) con ellos. Pizarro y Atahualpa en vasos de oro, Soto en un vaso de plata.</p>
<p class="bodytext">El rey inca ofreció numerosos regalos en señal de amistad, pero no le valió de mucho. Al anochecer, los españoles atacaron a los indígenas y le tomaron prisionero. Durante ocho meses, indígenas e invasores convivieron en sus campamentos a pocos metros. Nadie confiaba en nadie, pero nadie podía hacer nada por cambiar la situación. Atahualpa, en realidad, era prisionero de Pizarro, pero también podía, en un momento dado, dar orden de atacar a su disciplinado ejército. El rey inca quiso comprar su libertad y ofertó oro, mucho oro, mucho más de lo que cualquier español podía imaginar, un oro que tenía que llegar en cualquier momento. Hernando de Soto, en una inactividad impropia de su carácter, se dedicó por entero al prisionero, estableciendo con él una auténtica relación de amistad. Se sabe que enseñó al inteligente Atahualpa a hablar unas palabras de español y a jugar al ajedrez, apostándose hasta cien esclavos por partida. En abril de 1533 llegaron Diego de Almagro y Hernando Pizarro de una expedición. Ambos empezaban a impacientarse y Atahualpa iba viendo cómo sus aportaciones de oro no parecían cubrir las expectativas de los españoles. Pese a la encendida defensa de Soto del prisionero con el que había establecido lazos afectuosos, al volver de una de sus salidas para apaciguar supuestas rebeliones, Hernando supo que Atahualpa había sido ejecutado. Paradójicamente, fue el momento en que el conquistador se hizo verdaderamente rico. De los tesoros aportados por el inca para agasajar a los españoles y comprar su libertad a Hernando de Soto le tocaron ochenta kilos de oro y ciento sesenta de plata.</p>
<p class="bodytext">Hernando no quería irse de Perú sin apoderarse del ombligo del mundo, Cuzco. En uno de los enfrentamientos con indios que tuvo en el camino hacia Cuzco, capturaron a tres mujeres de la aristocracia del inca Huayna Capac. Una de ellas era viuda de un general de Atahualpa y se llamaba Tocto Chimbo Curicuillor. De Soto tuvo amores con ella y acabó llamándola doña Leonor Curicuillor. El conquistador quiso ser el primer español que entraba en el Cuzco, aunque su pequeño grupo de soldados estuvo a punto de ser derrotado por tres mil guerreros procedentes de Quizquiz en la tremenda cuesta de subida a la ciudad. Lo único que salvó a todos fue la llegada de la noche y de los refuerzos de Almagro y la confusión de los indios ante lo que creían un ejército mucho más importante de lo que era en realidad.</p>
<p class="bodytext">Otras varias aventuras en el país andino terminaron con la vuelta de Hernando a la colonia de Panamá con el obispo fray Tomás de Berlanga y posteriormente a España en 1537. Desembarcó en Sevilla y luego la Corte imperial de Valladolid le recibió con todos los honores, precedido como llegó por crónicas del capitán Cristobal de Mena y del secretario de Pizarro, Francisco de Xerez. De pronto, aquel rudo soldado extremeño, que no sabía hacer otra cosa que arriesgar su vida, montó una casa de auténtico lujo, con piezas de plata labrada y servicio a todo tren. Casó con la hija de Pedrarias Dávila, Isabel, el día 14 de noviembre de 1536. Hernando pudo entonces dedicarse a vivir de las rentas en España, con una buena casa, una mujer de alcurnia y una fama respetable, pero, como dicen los corresponsales de guerra, cuando se ha estado allí ya nunca puedes volver a la normalidad de una vida cotidiana. Pidió una audiencia con el emperador Carlos I para proponerle una expedición pagada de su bolsillo a la península de La Florida.</p>
<h3>DESDE SANLÚCAR Y LA HABANA RUMBO A LA FLORIDA Y EL DELTA DEL MISSISSIPPI</h3>
<p class="bodytext">¿Qué se sabía de aquella zona norteña en la tercera década del siglo XVI? Pues mucho y poco. Juan Ponce de León, el conquistador de Puerto Rico, exploró La Florida en 1513 por el lado este, y Pineda, en 1519, por el oeste, partiendo de México y tocando apenas tierra. Ponce de León le puso nombre y la identificó como península. Se dio la vuelta en cabo de las Corrientes y bajó hacia cayo Oeste. Rodeando el cabo llegó a arribar a la bahía de San Carlos (Charlotte Harbour). Otra expedición de Gordillo y Queixos que partía de La Española subió más arriba por el lado este, hasta alcanzar el río Jordán. De la misma isla había partido Ayllón en 1526. Dos años más tarde, Pánfilo de Narváez, saliendo de Cuba tomó tierra en la bahía de Tampa y se adentró en el continente. La expedición de Cabeza de Vaca fue la primera de europeos que vio la desembocadura de «un gran río»: el delta del Mississippi. Cuenta Alvar Núñez Cabeza de Vaca en sus Naufragios que fue prisionero de los indios durante seis años hasta que se escapó de allí. Tardó tanto en tomar las de villadiego porque quería ayudar a otro español, Lope de Oviedo, a escapar con él. Cabeza de Vaca cuenta así su experiencia, la primera de un europeo en el río Mississippi:</p>
<p class="bodytext">En fin, al cabo lo saqué [a Lope de Oviedo] y le pasé el ancón y cuatro ríos que hay por la costa, porque él no sabía nadar, y así, fuimos con algunos indios adelante hasta que llegamos a un ancón que tiene una legua de través y es por todas partes hondo; y por lo que de él nos pareció y vimos, es el que llaman del Espíritu Santo.</p>
<p class="bodytext">Cabeza de Vaca llegó a la Corte española y refirió el desastre de su viaje, proponiendo un nuevo intento, pero De Soto ya tenía en sus manos una capitulación del Emperador del 20 de abril de 1537 para poder explorar la zona. Había pasado casi un año desde las capitulaciones y la expedición no acababa de salir. La Corona no ponía dinero, era Soto el que pagaba, pero también había convencido a otros nobles de lo rentable de la empresa. Por eso se apuntaron gente ilustre, como Antonio de Osorio, hermano del marqués de Astorga, que puso 600.000 reales; su pariente Francisco de Osorio, que vendió un lugar de vasallaje que tenía; Andrés de Vasconcelos, un portugués que renunció a sus privilegios en Ceuta; dos hermanos Moscoso de Sevilla. De Elvas, de Barcarrota, de Badajoz, de Salamanca, una tropa de hijos, hermanos e hidalgos locales hipotecaban privilegios y haciendas a cambio de una promesa, una quimera. Soto despertaba una confianza que muy pocos exploradores de las Indias fueron capaces de provocar entre sus paisanos. La gente se alistó con el convencimiento de que la oportunidad era, literalmente, de oro, y no podían perdérsela. Pero ninguno recordaba que los indígenas de La Florida y alrededores del río Mississippi habían rechazado ya tres invasiones anteriores. El propio implacable río y su inmenso delta, habían tenido mucho que ver en estos fracasos. Señala el biógrafo Luis Villanueva y Cañedo que De Soto proyectó la conquista de un territorio con unos mil hombres y trescientos cincuenta caballos y que, tres siglos después, los Estados Unidos tardaron siete años, gastaron más de cien millones de dólares y emplearon nueve mil soldados con artillería y al mando de los mejores generales del ejército de la época en ganar a los descendientes de los mismos indios un territorio mucho más pequeño que el que pretendía el español. Pese a lo descabellado del intento, la suerte estuvo echada el 6 de abril de 1538, cuando partieron todos de Sanlúcar.</p>
<p class="bodytext">Hernando tenía 38 años y era, según el inca Garcilaso de la Vega, «más que mediano de cuerpo, de buen aire, parecía bien a pie y a caballo, era alegre de rostro, de color moreno, diestro de ambas sillas y más de la jineta que de la brida». Y, desde luego, tenía dos cualidades indispensables para la expedición: era valiente y carente de escrúpulos. En un grabado de Theodore de Bry que se publica en la Historia del Nuevo Mundo de 1565, del viajero italiano Girolamo Benzoni, se le puede ver dando órdenes a uno de sus hombres que empuña un hacha para que corte la pierna a un indio, con el fin de que el pobre indio confesara dónde tenía escondido el oro.</p>
<p class="bodytext">Por esa disposición a la acción violenta y a la camorra, sus funciones administrativas y burocráticas como gobernador durante el año que estuvo en Cuba le fueron bastante ajenas. Antes de partir, dictó su testamento el 13 de mayo de 1539, encabezándolo de una forma que definía muy bien su filosofía de vida: «Sabiendo que la muerte es cosa natural y que cuanto más aparejado de ella estuviere, mejor satisfacción recibirá de mi».</p>
<p class="bodytext">Dejó La Habana el 18 de mayo de 1539, con una decena de barcos (parece que eran ocho navíos, una carabela y dos bergantines), trescientos cincuenta caballos y más de seiscientos hombres. Llegaron a la bahía de Tampa veinte días más tarde, bautizándola con el nombre de «Espíritu Santo». Supieron enseguida que era el lugar donde había desembarcado Pánfilo de Narváez, por el mal recibimiento que les dedicaron sus habitantes, hiriendo a algún que otro caballo con sus temibles flechas. Había otra novedad: un prisionero sevillano llamado Juan de Ortiz, el único que quedaba de la expedición de Narváez, que había escapado a la muerte por intervención de algunas mujeres y al que los aborígenes tenían como esclavo en el poblado del cacique Mucozo. Según estaban guerreando, escucharon a uno de los supuestos indios encomendarse a la Vírgen en español; fue así como encontraron al soldado de Narváez que llevaba doce años allí. El gobernador pensó astutamente que Ortiz podía servirles de intérprete, por lo que dispuso su rescate, pero Mucozo les recibió muy bien, advirtiéndoles que cerca de allí había un temible señor llamado Paracoxis que tenía sojuzgados a varios pueblos, razón suficiente –según De Soto– para que los españoles entraran al trapo, metiéndose en tierra firme.</p>
<p class="bodytext">El gobernador personalmente dirigió una expedición con sus más fieles para ver si había alguna forma de entenderse con Paracoxis. Era la primera vez que veían la realidad que iban a encontrar a lo largo de todo el viaje: extensos pantanos, ciénagas profundas, lagos que tardaban tres días en cruzar, ojos que les miraban entre la maleza y flechas clavadas en la piel de caballos y jinetes. Pero sobre todo, ríos como mares que se interponían en su ambición. El Mississippi, por ejemplo, tiene un delta que se extiende trescientos veinte kilómetros por el río, desde la actual Memphis hasta Vicksburg. Más que delta de un río, es una tierra de aluvión, y hasta que no fue canalizado poco después de la Guerra Civil americana, e incluso cuando lo fue, sufría una y otra vez inundaciones sin control que devastaban cosechas y destruían todo a su paso. Los españoles, lo más grande y navegable que tenían por aquel entonces era una minucia en comparación: el Guadalquivir.</p>
<p class="bodytext">En Ocale, donde llegaron en septiembre de 1539, tuvieron un tremendo enfrentamiento con los hombres del curaca o cacique local, Vitacucho, que en principio les recibió muy bien e incluso besó las manos del gobernador mientras maquinaba una traición y pensaba cómo tomarle preso. Pero para traidor ya estaba Hernando de Soto, y se adelantó al curaca. De pronto dio la señal de prenderle, antes de que lo hiciera el indio con él, disparando un arcabuz. A raíz de ello se desató la llamada batalla de los Lagos, en la que los españoles cogieron entre doscientos y trescientos prisioneros seminoles. A los indios más bravíos de entre los atrapados trató el gobernador de ganárselos con fingida magnanimidad e incluso parece que sentó a su mesa a algunos hombres de Vitacucho, incluido el propio cacique. En un momento dado, dicen algunos cronistas que Vitacucho se abalanzó sobre Hernando de Soto y le pegó tal golpe en la cara que le derribó al suelo. Otros biógrafos apuntan que no fue Vitacucho sino otro de sus fieles quien, prisionero y atado con cadenas, intentó ahorcar con ellas al gobernador. Si no hubieran intervenido algunos de los mandos militares allí presentes, Hernando de Soto habría muerto en ese preciso instante a manos de uno de los caciques más duros, violentos y astutos con los que se topó la expedición o de alguno de sus disciplinados hombres. «Al fin –dice Concepción Bravo en su biografía–, aquellos doscientos hombres que se movían como energúmenos, pudieron ser reducidos, y en esta ocasión, la clemencia de Soto cedió paso a su enérgica represalia: los mandó ajusticiar amarrados a un madero, en el medio de la plaza».</p>
<h3>EN BUSCA DE LA TIERRA DE LOS METALES PRECIOSOS</h3>
<p class="bodytext">Pero, por otro lado, para avanzar no sólo eran necesario matar indios sin más; los españoles tenían que mantener un cierto tipo de relación con los habitantes de aquellas tierras, no había más remedio que establecer acuerdos (desventajosos para los indios, por supuesto) que les ayudaran a sobrevivir, convencerles para que les guiaran y les dejaran hacer puentes para cruzar los pantanos y les dijeran si había metales preciosos y dónde. Tampoco podían establecerse en colonias dado que la naturaleza les era francamente hostil y no llevaban mujeres ni aperos. Nadie olvidaba en ningún momento la razón última de la expedición: encontrar metales preciosos. Soto y sus hombres, sin embargo, tuvieron relativa suerte en esa primera parte de la expedición; a una batalla encarnizada seguía un pueblo amable o un cacique colaborador. Así llegaron hasta las tierras de Apalachee en octubre, se aposentaron en Ivihaico, cerca de la actual ciudad de Tallahasee y se dieron cuenta de que los indios ya habían visto antes gente como ellos: de hecho era la última parte a la que llegó la desgraciada expedición de Narváez. Allí establecieron sus cuarteles con la intención de pasar el invierno y, desde aquel lugar, Hernando de Soto asumió el reto de ir más allá que su, en el fondo, admirado rival. Para él era un honor superar a Narváez y también una machada que estaba dispuesto a llevar hasta sus últimas consecuencias.</p>
<p class="bodytext">Era el momento de llamar al retén que había quedado en la bahía de Tampa. Juan de Añasco fue el encargado de ir a buscarlo e indicar a los hombres la ruta que ya habían abierto por tierra los del gobernador. Por su parte, Añasco envió a Cuba una carabela con algunas esclavas indígenas para el servicio de la señora y noticias del viaje, y regresó con otros barcos al puerto donde se establecieron los cuarteles de invierno. Hernando de Soto envió a Maldonado a reconocer la costa y, a los dos meses, regresó con buenas noticias: en la desembocadura del río Alabama, al final de la bahía de Pensacola había un sitio apto para acampar. El gobernador quiso que se encontraran allí los dos comandos: él se encargaría de mandar la expedición por tierra hacia el norte, en el lado del Océano Atlántico, y volver luego a la zona del Pacífico, mientras los de Maldonado iban por mar hasta la localidad de Achuse. Y todo eso, según Soto, les ocuparía apenas seis meses; pasado medio año deberían encontrarse. Pero lo cierto es que aquella cita pactada nunca llegó a producirse.</p>
<p class="bodytext">El adelantado De Soto y sus hombres caminaban en lo que ahora es el estado de Georgia, seguían las indicaciones de algunos indios capturados en Apalachee, que aseguraban que siempre hacia el norte había «algo». El terreno fangoso era especialmente propicio a los mosquitos y las enfermedades. Mientras tanto, los indios de las zonas y algunos que venían persiguiéndoles desde Apalachee no paraban de hostigarles, con el muy legítimo fin de que desistieran de su empeño de invadir el territorio. Una flecha en el cuello de un hombre, un caballo muerto&#8230; y del oro y la plata, ni rastro. Como no existía autoridad centralizada y por tanto no había una política común, en cada localidad de las que atravesaban era posible encontrarse algo nuevo e inesperado: un recibimiento amable e ignorante o una resistencia fiera e implacable o una tribu misérrima o un pueblo sólo de viejos o un rico cacique dispuesto a agasajarles. El gobernador se adelantaba en persona para ver qué sorpresa les deparaba el siguiente alto en el camino.</p>
<p class="bodytext">Llegaron a Ichisi el 25 de marzo de 1540, Jueves Santo y también día de la Encarnación de Nuestro Señor, un buen augurio, según los españoles. Y se cumplió porque el cacique local les recibió con gran respeto. En ese lugar, los cristianos se sorprendieron agradablemente de los tejidos indios hechos con cáscara de morera. Los indígenas les brindaron incluso sus canoas para que pudieran cruzar el caudaloso río Ocmulgee. Pero a Hernando de Soto no le interesaban la amistad, ni las telas, ni la idea de establecer colonias sin correr riesgos; pasó de largo por el amable lugar; le atraían poderosamente las noticias de que más arriba se encontraba la famosa provincia muy rica. El siguiente alto en el camino, en Ocute, también fue amable, aunque pudo haberse estropeado. El cacique local les envió un emisario con todas sus armas puestas. Hernando de Soto le regaló un tocado en señal de amistad para atraer al verdadero jefe, que acabó por mostrarse amistoso y acogerles en su pueblo, el más rico de la zona. Los hombres del gobernador enseguida lo advirtieron y estaban dispuestos a saquear la villa sin piedad. Hernando de Soto tuvo que llamarles al orden e impedirlo; desde luego no lo hizo por piedad ni por nobleza y lealtad a sus amigos indios, que tan bien le habían recibido, sino por una cuestión práctica: el lugar no le interesaba, sólo quería un poco de comida y descanso para proseguir el camino.</p>
<p class="bodytext">En esa provincia también acamparon sin problemas con los indígenas. Guerreros indios se unieron a la expedición de españoles reconociendo su superioridad militar. Querían vengar antiguos agravios de los señores de la zona contigua y adentrarse en una región que nunca se habían atrevido a cruzar, con la garantía de que las batallas estaban ganadas. Iban ocho mil indios y más de dos mil españoles con la absoluta convicción de hallar por fin aquella tierra de promisión que todos aseguraban se encontraba en Cofitachequi, actualmente, en el estado de Carolina del Sur.</p>
<p class="bodytext">En relato de Luis Villanueva y Cañedo:</p>
<p class="bodytext">¿Pero cuál no sería la sorpresa de tan numeroso ejército cuando se encontraron en un despoblado, sin camino y sin saber por cuál de las muchas veredas que se les presentaban podían seguir? Tal era el desconocimiento que los indios tenían de su propio país, y el aislamiento en que vivían, que ni los mismos vecinos tenían noticias ni conocimiento de sus respectivos territorios.</p>
<p class="bodytext">Había hambre, el mar estaba lejos, no se esperaban refuerzos, los españoles estaban tan perdidos como los indios y las condiciones de vida en aquel lugar inmenso y despoblado parecían, una vez más, como tantas en esta expedición, dispuestas a ganarles la partida. Pero Hernando de Soto era mucho más testarudo que la misma madre naturaleza y practicó la táctica de enviar a varios equipos en direcciones contrarias, a ver cuál de ellos conseguía encontrar algo. Fue el de Juan de Añasco el que lo logró, la aldea de Aymay estaba bastante cerca. Hacia ella salieron todos los hombres de Soto y los indios. Los habitantes parecían muy hostiles y el gobernador ordenó torturar a algunos prisioneros con fuego (había aprendido a hacer violentos interrogatorios en la expedición a Perú) para que le dijeran dónde se encontraba el camino de la ansiada Cofitachequi. La actitud de los indígenas le resultaba algo extraña, pues sus últimos encuentros con los habitantes locales habían sido amistosos, hasta que se dio cuenta de que los indios de su expedición ya habían practicado en las aldeas alguna de las barbaridades que habían venido a hacer, y para las que se unieron a los españoles.</p>
<p class="bodytext">Hernando de Soto sabía que el curaca de Cofitachequi era una mujer y pretendió agasajarla enviándole cortésmente un emisario. Ella se le adelantó, mandó a una hermana suya con su séquito en barco por el gran río tras del cual estaba el poblado, como embajadora de buena voluntad. El gobernador no se fiaba, todo su ejército permanecía apostado a la orilla, esperando divisar los soldados de la cacica y sin fiarse de la pretendida amabilidad. Sin embargo, el ejército indio no apareció, y al día siguiente llegó la propia curaca real en un barco que el Fidalgo de Elvás describía así:</p>
<p class="bodytext">(…) una almadía que tenía entoldada la popa. Y en el suelo estaba ya echada su estera, extendida y encima dos cojines, uno sobre otro, donde ella se sentó. Y con sus principales en otras almadías de indios que la acompañaban fue para donde el gobernador estaba.</p>
<p class="bodytext">La señora se dirigió a Hernando de Soto y le hizo saber que venía en son de paz, que podía aportarle algo de comida a pesar de lo mala que había sido la cosecha del año y que estaba dispuesta a prestarle piraguas para cruzar el río. Para congraciarse con el gobernador, se quitó un collar de perlas sorprendentes y se lo entregó a Hernando de Soto, que correspondió quitándose un anillo con un rubí y colocándolo en el dedo de la señora.</p>
<p class="bodytext">La escena parecía también otro buen augurio, y lo hubiera sido si no fuera por la ambición de los españoles. Se alojaron en la región y les dieron abundante comida y mantas preciosas, pero De Soto y sus hombres no dejaban de preguntar por el oro y la plata. Les mostraban a los indígenas piezas de los metales preciosos para que los indios les dijeran dónde se podían encontrar cosas así. La curaca mandó a sus súbditos a buscar algo similar, pero lo que le portaban de vuelta eran piezas de cobre. El gobernador estaba cada vez más airado y los españoles se llevaron otro chasco al comprobar que una región tan rica tenían muchos pueblos abandonados. La cacica les explicó que los habitantes de sus villas estaban asolados por enfermedades que habían llevado a la tumba a muchos de ellos. De hecho, toda la zona estaba llena de enormes necrópolis con enterramientos muy ricos cubiertos de hermosas perlas. Los conquistadores sabían que si los muertos no estaban adornados con oro, es que realmente no lo había. Perlas sí, en abundancia y gruesas como garbanzos: la cacica estaba dispuesta a ceder cuantas cupieron en las manos recias de los soldados.</p>
<p class="bodytext">Otra sorpresa fue descubrir en la zona algunos indicios de la presencia de españoles: hachas castellanas o rosarios de azabache les dieron idea de hallarse ante huellas de la expedición de Lucas de Ayllón. Los indígenas se lo confirmaron: los restos habían sido recogidos en la playa años antes, lo que significaba que aquel viaje se detuvo junto al mar sin proseguir tierra adentro, como creían los españoles. ¿Qué sentido tenía, entonces, acercarse al océano?, pensaba Hernando de Soto. Si existían algunas minas de oro o plata en la zona deberían estar al norte y tierra adentro. Los españoles estaban ya agotados, la zona y sus habitantes eran lo bastante acogedores como para establecer allí alguna colonia, era lo más razonable&#8230; Pero, ¿quién dijo que Soto fuera a ser razonable? Una vez más puso su tozudez y su autoridad sobre el tapete: había que seguir.</p>
<p class="bodytext">La caravana continuó hacia el oeste por el actual estado de Carolina del Norte, la cacica de Cofitachequi y parte de su séquito se unieron a ella, hasta los gigantescos montes Apalaches, que marcaban el límite del territorio de sus dominios y, más que nada, les superaban. Tres o cuatro desertores españoles y la cacica con sus súbditos viajeros decidieron dar allí por terminada la aventura. Por vez primera, personas procedentes de otro continente cruzaban los montes Apalaches, entre mayo y junio de 1540.</p>
<p class="bodytext">Al final de la cordillera, en la localidad de Chiaha, tuvieron noticias de minas próximas. De Soto envió a dos soldados de a pie y varios indios aportados por el cacique local a inspeccionar la zona, los adelantados sólo trajeron lo que había: maravillosas perlas. El señor de esa tierra fue el más proclive a los europeos de todos los que encontraron en el camino. «También, aquellas vegas fértiles –escribe Concepción Bravo– parecían un buen lugar para poblar y asentarse, pero Soto permaneció en ellas solamente treinta días. Pero las exigencias desmedidas del propio Soto, que reclamaba servicios con cierta altanería, y los desmanes de algunos de sus hombres pusieron en peligro la seguridad del grupo».</p>
<h3>LA BATALLA DE MABILA Y EL PRINCIPIO DEL FIN DE LOS INDIOS</h3>
<p class="bodytext">El gobernador estaba ya preocupado por la proximidad de la fecha de la cita en Achuse con Maldonado. La expedición estaba lejísimos y era el momento de iniciar la ruta hacia el sur con la esperanza de que tal vez allí encontraran la misma acogedora hospitalidad que al otro lado de los Apalaches. Sin embargo, los españoles no eran precisamente simpáticos cuando llegaban a un pueblo. El propio gobernador (a quien no se puede calificar de alma cándida) tenía que reprimir duramente los intentos de saqueo y violación de sus hombres cuando hallaban algo habitado. En la localidad de Coosa encontraron una resistencia a medida de su crueldad. El curaca local de nombre Tuscaluza era un gigante imponente, escribe el cronista de Elvas: «sentado en un cojín y cubierto con una ropa de martas, de la apariencia y tamaño de un manto de mujer. Traía en la cabeza una diadema de plumas, alrededor de sí, muchos indios tañendo y cantando». Cuando el gobernador le pidió que les acogiera, el indio contestó que no acostumbraba a servir a ningún señor. El español se mostró aún más arrogante que Tuscaluza y tampoco quiso fiarse de sus promesas de que en el pueblo próximo tendrían tropas a su disposición. Le tomó como rehén y siguió camino hacia el sur bordeando el río Coosa.</p>
<p class="bodytext">El siguiente alto en el camino fue particularmente desgraciado para los americanos, porque en la localidad de Mabila tuvo lugar la más terrible batalla de cuantas se desataron en todo el viaje de Hernando de Soto. Ahora traspasaban el territorio de los chocktaw, fuertes y fieros, y gigantescos: mucho más altos que los españoles. Además, estaban entrenados para la guerra mientras los hombres de Soto desfallecían de hambre, cansancio y desesperación. Había otra novedad militarmente relevante: las ciudades no eran ya poblados más o menos desprotegidos, sino verdaderas fortalezas amuralladas con troncos altísimos hincados en tierra. A su alrededor, los indios habían desbrozado la selva para tener extensiones donde atacar a sus enemigos. Dentro de los recintos existían grandes casas fuertemente construidas, algunas con torres de vigilancia en las que apostar los guerreros armados con arcos y flechas. Mabila sólo tenía dos puertas de entrada.</p>
<p class="bodytext">La expedición española traía a Tuscaluza y su séquito consigo. El señor de los choctaw les preparaba una trampa: había reunido las fuerzas de varios caciques locales dentro de Mabila y pretendía que los españoles entraran en la ciudad y atraparles en su interior. Tuscaluza prometió a los cristianos que en el pueblo aquel iban a ser recibidos como merecían. Por supuesto, Hernando de Soto no se lo creyó, llegó a los alrededores de la villa, acampó allí a sus huestes y dijo a Tuscaluza que entraría él solo con su séquito y que detrás vendrían los demás. Los espías enviados por Hernando de Soto le habían informado de que dentro del pueblo no había mujeres, niños, ni ancianos. Hernando de Soto, junto con unos pocos de confianza, como Rangel o el capitán Espínola, entraron en el pueblo acompañados de Tuscaluza y su gente. El resto del ejército español iba caminando rezagado detrás a la espera de órdenes, pero sin llegar a penetrar del todo en el pueblo. Alonso de Carmona contó que salieron a recibirles varios indios con bailes y danzas, y después otro grupo de mujeres muy hermosas, destinadas a distraerles. En un momento dado, cuando los que iban con De Soto casi estaban dentro, vieron a Tuscaluza meterse en una de las estancias de la villa. Baltasar de Gallegos le siguió discretamente y contó enseguida al gobernador que en el interior del edificio estaba dando órdenes a los principales capitanes. El propio Gallegos fue el primero que desenfundó el cuchillo contra uno de los indios que le cerraba el paso. Fue como una señal: de las casas salieron unos seis mil indígenas ferozmente armados, se llenó todo de gritos y flechas, los españoles trataron de huir de la empalizada, pero los choctaw se lo impidieron, cerrando las puertas. Grave error porque casi todo el ejército estaba fuera; ellos mismos se estaban encerrando. Pero tampoco esto era bueno para los españoles, la lucha en campo abierto con miles de flechas cayendo sobre los caballos resultaba muy arriesgada. Por eso el gobernador dio la orden de pelear a pie, sólo él y Nuño de Tovar permanecieron en sus monturas. En el interior y sobre todo el exterior de la fortaleza, los españoles libraron la lucha cuerpo a cuerpo contra aquellos valerosísimos y duros rivales. Hernando de Soto mandó abrir huecos en la empalizada, entrar en ella e incendiar las casas. Así se hizo y algunos contaron luego cómo los indios pelearon como (…) bravos leones con tanto ánimo que volvían muchas veces a lanzar a los nuestros afuera (&#8230;) las mujeres y aun muchachos de cuatro años reñían con los cristianos y muchos indios se ahorcaban por no venir a sus manos, e otros se metían en el fuego de su grado.</p>
<p class="bodytext">Siete horas duró la feroz pelea y la desolación posterior fue total. Los choctaw perdieron dos mil quinientos hombres, el único jefe que sobrevivió fue precisamente Tuscaluza, obligado por sus hombres a huir en los primeros momentos de la batalla, para evitar quedarse sin líder en la zona. El pueblo era una brasa, los cadáveres obstaculizaban el camino de los caballos. Los españoles perdieron veinte hombres, había numerosos heridos, caballos muertos, la comida y hasta los cálices de consagrar misa, destruidos y el único botín recogido en toda la expedición, las perlas de Cofitachequi, calcinadas. Biedma resumió la desolación general relatando cómo los españoles se arrancaban las puntas de flecha y se curaban con «el unto de los mismos indios muertos, que no nos había quedado otra medicina, que todo se nos había quemado aquel día».</p>
<p class="bodytext">Para los indios americanos del norte fue el comienzo del fin de las ilusiones. Nunca podrían rechazar por la fuerza a los europeos, y jamás efectivamente consiguieron hacerlo, por más bravos, desconfiados o astutos que fueran sus guerreros. El campamento español desfallecía pocos días después, y los sacerdotes supervivientes de la expedición se planteaban dudas teológicas, como si se podía consagrar la forma en recipientes que no fueran los cálices perdidos. Lo resolvieron haciendo misas sin consagración, lo que llamaban «misa seca». Había hambre y dolor cuando el traductor Ortiz advirtió al gobernador que acababan de llegar unos indios de la costa relativamente próxima de Achuse, con noticias de Maldonado. Estaba la flota española esperándoles con avituallamientos, comida y abrigo prácticamente a la vuelta de la esquina.</p>
<p class="bodytext">¿Y qué hizo entonces Hernando de Soto? A estas alturas deberíamos suponerlo: prohibirle a Ortiz que se lo dijera a persona alguna. Cuando, pasados unos días de recuperación, dio la orden de proseguir el camino, muchos de sus hombres quedaron desconcertados ante el rumbo que tomaba la expedición. Se dirigían hacia el norte, justo en dirección contraria al mar, hacia territorio de los chicasaws. De Soto pensó que bajar hacia la costa en ese estado lamentable suponía poner fin a la expedición y no podía soportar la idea de reconocer el fracaso. Seguro que muchos de sus hombres optarían por regresar a Cuba desde Achuse, así que decidió no darles la opción. Algunos se enfadaron: de hecho, no se trataba de un ejército al uso sino de aventureros y exploradores en busca de fortuna y, cuando sólo pasaban penalidades sin ninguna recompensa, se lo pensaban muy mucho antes de seguir adelante. De Soto no consultó a nadie su decisión, se encerró en su propio mutismo y dio las órdenes firmes de seguir adelante.</p>
<p class="bodytext">Tras el paso de otro inmenso río llegaron en diciembre de 1540 a la localidad de Chicaza, situada en una zona fértil. Pero el frío arreciaba y el gobernador necesitaba ganarse a los señores locales invitándoles a compartir comidas de hermandad para que les dejaran alimentos y mantas para cubrirse. De vez en cuando, varios de sus hombres se le desmandaban y cometían alguna razzia contra pueblos supuestamente amigos. Los indios, como respuesta, parece que robaban casi lo único comestible que les quedaba a los españoles: los cerdos. Cuenta Concepción Bravo en la biografía del conquistador una anécdota curiosa de aquellos días:</p>
<p class="bodytext">La ira y la energía de Soto por mantener la paz y hacer respetar sus órdenes, llegó al extremo de decretar la muerte de dos de sus hombres, denunciados por el cacique de Chicaza. Se salvaron en el último momento gracias a los oficios de Ortiz, que logró hacer creer a Soto que el indio pedía clemencia, y a éste que el Adelantado cumpliría su castigo sin piedad.</p>
<p class="bodytext">En Chicaza hubo un intento de destrucción de la compañía por parte de indios, enviados por el cacique supuestamente amigo, que conocían muy bien el campamento: se limitaron a acercar recipientes con tizones encendidos a las tiendas de campaña en plena noche, cuando todos los hombres estaban dormidos y reinaba la oscuridad. El adelantado encontró entre los aterrorizados caballos al suyo, e intentó organizar la defensa, pero muchos corceles habían escapado del fuego, así como los pocos cerdos que aún quedaban. El resultado para los españoles fue nefasto, con pérdidas materiales y humanas. El gobernador destituyó al jefe de la guardia, Luis de Moscoso, por su negligencia y pasó el cargo a Luis de Gallegos.</p>
<p class="bodytext">Pero por muy mal que estén las cosas, todo es capaz de empeorar. El problema ahora no eran las flechas de los indígenas, sino la falta de sal en la alimentación. Esto ocasionaba a los españoles muertes por enfermedades, deshidratación y avitaminosis, hasta el punto que se calcula que unos sesenta expedicionarios perdieron la vida en medio de grandes dolores y un olor repugnante de sus cuerpos, por la falta de minerales. Tuvieron que preguntar a los indios, quienes les dieron una receta de infusión de hierbas quemadas con la que aderezar los platos. Algunos españoles se negaban a comerla, por la pinta repugnante que tenía, y cuando les entraban los males y pretendían recurrir a ella, ya era tarde.</p>
<h3>EL MISSISSIPPI, INMENSA TUMBA PARA UN GRAN DESCUBRIDOR</h3>
<p class="bodytext">El penoso camino les llevó hasta el pueblo de Quiquiz. Allí no habían visto jamás a ningún europeo y los lugareños huían despavoridos a su llegada. Hernando de Soto capturó a varios indígenas, aunque les soltó enseguida para congraciarse con el jefe local. Sin embargo, los indios no entendieron el regalo y varios de ellos se presentaron adornados a observarles a escasa distancia. Juan de Ortiz tradujo a duras penas las preguntas de los aborígenes: querían saber si ellos eran esas personas de piel blanca que sus antepasados profetizaban que vendrían algún día y a quienes debían someterse. A Hernán Cortes le había sucedido lo mismo. Los españoles no contestaron, sólo pidieron hablar con el cacique, que no se presentó. Luego averiguaron que en realidad era un pequeño mandamás que debía vasallaje al gran cacique que vivía más allá del río. Hacia él se dirigieron los españoles con el fin de cruzarlo, sin imaginar con qué clase de masa de agua iban a enfrentarse.</p>
<p class="bodytext">Le llamaron río Grande, porque era el mayor que habían visto en su vida. Los indios le conocían por Chucagua o Misisepe, de donde tomó el nombre que tiene ahora. En Washington, en el Capitolio, hay un cuadro que representa la primera visión de Hernando de Soto y sus hombres de ese impresionante accidente geográfico: 3.778 kilómetros de río, desde el lago de Ítaca, en el que nace, hasta el golfo de México, pero, si se incluye su tributario principal, el Missouri, alcanza los 5.970 kilómetros, una enormidad sólo superada por el Amazonas.</p>
<p class="bodytext">Estaba rodeado de barrancos tan altos y espesos que resultaba imposible acercarse a su orilla. Tuvieron que caminar cuatro días río arriba hasta encontrar algún punto practicable. Se dispusieron a fabricar embarcaciones para superar los veinte o más metros de fondo que puede tener por aquella zona, mientras divisaban muy de vez en cuando a lo lejos, al otro lado del río, la clásica fila de indios de las películas del oeste con pinta de pocos amigos. En otros puntos ni siquiera se veía la otra orilla. No hubo ni un solo español que no pensara en desertar. Sin embargo, la vuelta atrás era imposible y todos, soldados y oficiales, se afanaron en la manufactura de navíos. El plan de los trabajos de construcción de embarcaciones incluía cuatro grandes piraguas; mientras las hacían, no pudieron siquiera dejar de vigilar sus armas, por si se producía un ataque indio. Unas semanas más tarde quedaron listas las piraguas, cada una de ellas pensada para meter sesenta hombres y unos pocos caballos. La primera partió a primeros de junio de 1541.</p>
<p class="bodytext">Un primer grupo se aventuró, mientras el resto observaba, con el ánimo en suspenso, cómo se alejaban –escribe Concepción Bravo–, luchando por dominar la corriente hasta que comprobaron que tocaba la orilla lejana. El regreso, con hábiles remeros, tampoco tuvo especiales dificultades, y tres horas antes de la puesta de sol del día ocho de junio todos pudieron pisar la tierra que se abría al otro lado del río.</p>
<p class="bodytext">Eran los primeros europeos que cruzaban el río Mississsippi y superaban sus temibles corrientes. Pero la otra orilla estaba demasiado al sur para encontrar al gran jefe que buscaban y al que Hernando de Soto no cejaba en su empeño de preguntar si acaso había metales preciosos por aquellos parajes. Así que tuvieron que subir de nuevo hacia el norte hacia el poblado de Casqui, ocupado por indios kaskakias. En la primera de las localidades, sucedió lo que en tantas otras ocasiones habían referido los conquistadores: esos golpes de suerte que les ayudaron en momentos críticos. Parece que había una sequía terrible; los pocos clérigos que quedaban en la expedición, como siempre que se asentaban en algún territorio, plantaron su cruz y empezaron con sus ritos. Los indios se dieron cuenta enseguida de que se trataba de un asunto religioso y dijeron a los españoles que pidieran a su Dios la ansiada agua que caía del cielo. Así lo hicieron los sacerdotes en un solemne ritual en el que todos se fundieron en una procesión y los norteamericanos llegaron a besar la gran cruz instalada por los cristianos. Con tan buena suerte, que al día siguiente comenzó a llover; los aborígenes de Casqui se convirtieron en aliados eternos de los españoles, cosa que ellos aprovecharon para embarcarles en su lucha contra el gran cacique de Pacaha.</p>
<p class="bodytext">Otro golpe de suerte dio un poco de aliento a la expedición: algunos adelantados fueron hacia el norte y encontraron una mina, lo que resolvía muchos de los problemas de los españoles. Pero la mina no era de oro, sino de algo mucho más valioso en ese momento: sal. Pacaha estaba circundado por un canal derivado del río san Francisco, con abundante pesca; otro pequeño aliento para los españoles. El cacique de Pacaha vio enseguida que no tenía nada que hacer contra ellos y los indios de Casqui que les acompañaban y huyó apresuradamente por el canal hasta una isla fortificada. Los invasores entraron, saquearon la ciudad, profanaron enterramientos y capturaron mujeres y niños, al parecer sin el consentimiento de Hernando de Soto. Los indios casquines sustituyeron las cabezas de sus paisanos, que los de Pacaha tenían puestas en picas, por las de los que no habían sido capaces de huir con el curaca. A pesar de que el gobernador envió una embajada de buena voluntad al señor de Pacaha, hubo allí otra batalla con reconciliación posterior.</p>
<p class="bodytext">No tuvo honras fúnebres: Moscoso y sus hombres querían ocultar el fallecimiento a los indios. Para ellos debería ser un jefe invencible que no podía más que subir directamente a los cielos. Tuvieron el cadáver unos días allí, lo llegaron a enterrar, pero tampoco podían arriesgarse a que los indígenas hicieran con él lo que ya habían practicado con tantos otros muertos españoles: desenterrarle y cortarle en trozos, para que no pudieran reencontrarse en el otro mundo su cuerpo con su alma. Juan de Añasco, Juan de Guzmán, Arias Tinoco, Alonso Romo de Cardeñosa, Juan de Abadía y Diego Arias metieron el cadáver de Hernando de Soto dentro de un tronco de árbol hueco, le colgaron un lastre y lo echaron al río Mississippi.</p>
<p class="bodytext">Allí quedó Hernando de Soto, allí acabó el orgullo, la violencia, la destreza, la valentía y la tozudez. Tras un intento de Moscoso y expedicionarios de buscar comida hacia el oeste, la expedición con su nuevo jefe bajó por las orillas del gran río Mississsippi, en aquella zona y por nombre español, río del Espíritu Santo. Sólo siguieron una cierta lógica, por la que nunca brilló Hernando de Soto, hasta su desembocadura en la actual Nueva Orleans. De ese lugar partió Moscoso por mar en 1543. En septiembre de aquel año el maltrecho equipo alcanzó las costas mexicanas.</p>
<p class="bodytext">Este río es especial. Su historia y su cultura posterior también lo fueron, muy distintas de la del resto de América del Norte. Tras la expedición de Hernando de Soto, otros exploradores, tramperos, viajeros y colonos se acercaron a él. En 1682, el francés La Salle bajó todo el río hasta su desembocadura y reclamó para su país la zona explorada. Pocos años después, otro francés, D’ Iberville, hizo el camino opuesto: desde la desembocadura hasta territorio de los indios natchez. En 1716 existió la primera colonia en el río en Fort Rosalie, y dos años más tarde se fundó New Orleans. Luego, el río se convirtió en una de las vías de trasporte más importantes de Estados Unidos, junto con el ferrocarril cuyas vías cada poco anegaba con sus inundaciones, sin que nada pudiera detener esa fuerza de la naturaleza. Mark Twain lo recorrió en sus barcos y tomó de él su seudónimo, ya que «mark twain» significaba en la zona «dos brazas de profundidad», las necesarias para que pudiera navegarse el Mississsippi. Es, además, un río lleno de música, de literatura, de jugadores de ventaja, de comida cajún. Todos son aspectos culturales particulares e ausentes en cualquier otro lugar de Estados Unidos.</p>
<p class="bodytext">La expedición de Hernando de Soto, el primero que cruzó aquella masa de agua tan especial, fue un fracaso bajo el punto de vista económico y humano, ya que no logró nada de lo que se proponía. El Mississippi, tumba del conquistador, representa aquí las cosas que suelen hacer fracasar a las personas: desafiar a la naturaleza, emprender acciones irracionales, carecer de piedad, hacer sólo caso al propio orgullo y la ambición y creer que se es invulnerable. Pero a veces, todas esta mismas actitudes son precisamente las bases de las grandes acciones y de las victorias, así que también podemos considerar un visionario a Hernando de Soto, un visionario que ciertamente no tuvo ni suerte ni prudencia. El Mississippi se encargó, en nombre de todo y de todos, de hacerle entrar en razón. Por una vez.</p>
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<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p>[av_button label='»Hernando de Soto. El primero en cruzar el Mississippi» de Jorge Latorre&#8217; link=&#8217;manually,https://sge.org/sin-categorizar/hernando-de-soto-el-primero-en-cruzar-el-mississippi/&#8217; link_target=» size=&#8217;small&#8217; position=&#8217;left&#8217; icon_select=&#8217;no&#8217; icon=&#8217;ue800&#8242; font=&#8217;entypo-fontello&#8217; color=&#8217;teal&#8217; custom_bg=&#8217;#444444&#8242; custom_font=&#8217;#ffffff&#8217; av_uid=&#8217;av-76wl9&#8242;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/hernando-de-soto/">Hernando de Soto (1539-43)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Juan Díaz de Solis (1515-16)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/juan-diaz-de-solis/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 10:37:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los Confines Australes]]></category>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/juan-diaz-de-solis/">Juan Díaz de Solis (1515-16)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c2812" class="csc-default">
<h3><strong>María Pilar Queralt del Hierro</strong></h3>
</div>
<div id="c2813" class="csc-default">
<p class="bodytext">El 4 de septiembre de 1516 dos bajeles arribaron al puerto de Sevilla. Sus tripulantes, enfermos y con el ánimo perdido, en nada recordaban a los aguerridos marinos que, un año antes, habían partido hacia tierras americanas. Por el contrario, más parecían los supervivientes de un naufragio. Cuando, ya en la Casa de la Contratación, se dispusieron a rendir cuentas al rey, supieron de la reciente muerte de Fernando el Católico y, a causa de la demencia de la reina Juana, del gobierno de un regente, el cardenal Cisneros, antiguo confesor de la reina Católica, en espera de que el futuro Carlos I llegara desde Flandes para hacerse cargo de la corona.</p>
<p>Reportaron, pues, el relato detallado del viaje y de sus incidencias al regente. Se asegura que, una vez leído, el Cardenal hubo de retirarse a su oratorio donde permaneció varias horas buscando el sosiego para él y para el alma de quienes habían sido víctimas de tanto horror. El informe narraba la trágica peripecia de la última expedición del piloto Juan Díaz de Solís y anunciaba el descubrimiento de un gran río, llamado Solís en honor a su descubridor, pero de aguas tan límpidas y brillantes que parecía hecho de plata.</p>
<h3>EL PILOTO DE LEBRIJA</h3>
<p class="bodytext">Juan Díaz de Solís ha pasado a la historia por el que fue el último de sus grandes descubrimientos, el del río de la Plata, pero ello no fue más que la punta del iceberg de una vida aventurera y novelesca que concluyó con uno de los episodios más trágicos en la historia de los descubrimientos.</p>
<p class="bodytext">Marino experto, hombre pendenciero, supuesto pirata&#8230; Cualquiera de estas calificaciones serían válidas para la figura de Díaz de Solís, un hombre controvertido en su tiempo a causa de su pasado borrascoso, pero que ha pasado a la posteridad por sus espléndidas cualidades de navegante.</p>
<p class="bodytext">Las sombras que empañan su reputación y, sobre todo, ocultan la trayectoria de sus años jóvenes incluyen hasta el mismo lugar de su nacimiento que, según se cree, tuvo lugar en Lebrija en 1470, si bien algunos autores apuntan la posibilidad de que fuera de origen portugués. Esta hipótesis parte del hecho probado de que, hasta 1505, trabajó como cartógrafo para el rey de Portugal en la Casa das Indias, en Sagres, posiblemente para redimir la pena de haber asaltado en 1495 la carabela real en unión de unos corsarios franceses. Suposiciones aparte, lo cierto es que, desde su matrimonio en 1507 con la hija de una familia de marinos de la localidad, residió en Lepe y en esta población armó las naves que le permitieron cruzar el Atlántico en dos ocasiones.</p>
<p class="bodytext">La primera, apenas instalado en la localidad onubense, tuvo lugar en 1508 a requerimiento de Fernando el Católico. Atraido por su fama de excelente marino y mejor cartógrafo, el rey le convocó en Burgos junto con Vicente Yáñez Pinzón, participante en el primer viaje de Colón, el cartógrafo Juan de la Cosa y Americo Vespuccio, el italiano experto en cosmología que dio el nombre a las tierras del nuevo continente descubiertas por Colón. El motivo de la cumbre fue la necesidad de tratar de las empresas ultramarinas. El monarca había pasado una larga temporada en sus posesiones italianas y, según escribe el cronista Antonio de Herreradurante su ausencia «se habia flojado mucho en planes marineros».</p>
<p class="bodytext">El resultado de las conversaciones fue la instauración de la Casa de la Contratación como organismo científico y responsable de las expediciones ultramarinas. Ciertamente no se dejaba a un lado la necesidad política de ensanchar las posesiones atlánticas pero, con un enfoque absolutamente humanista, el descubrimiento y conquista de las mismas se planificaba con total rigurosidad, a la espera de que éstos aportaran nuevos datos para un mejor conocimiento de la naturaleza. Para coordinar la organización de las nuevas expediciones, se dispuso la creación del cargo de Piloto Mayor de la Casa de la Contratación. Éste tendría a su cargo la confección de cartas geográficas, la enseñanza de la naútica y la posibilidad de examinar y dar la competencia a aquellos pilotos destinados a viajar a las Indias. El elegido fue Americo Vespuccio. Años después, sería el propio Solís quien ocuparía el cargo.</p>
<p class="bodytext">Una de las primeras disposiciones tomadas a raiz de la reunión de Burgos fue encomendar a Díaz de Solís y a Vicente Yáñez Pinzón la planificacion de una expedición en busca de un paso o canal que permitiera llegar a la Tierra de las Especias, es decir, al mercado oriental de donde provenían los codiciados condimentos. Era algo más que un viaje. Con él quedaba oficializada la principal motivación que iba a impulsar estos primeros viajes ultramarinos. La corona precisaba engrosar las arcas reales y sabía dónde buscar la fuente que las llenara.</p>
<p class="bodytext">Solís y Pinzón partieron hacia occidente a fines del mismo año tras haber repartido equitativamente los «poderes fácticos» para llevar a cabo el trayecto. Las condiciones de buen marino de Solís le convertían en el hombre idóneo para permanecer al mando de la nave pero debía informar a Pinzón de cuantas incidencias se produjeran durante el viaje. Así, bajaron por el Guadalquivir en busca del océano y, según Antonio de Herrera, se dirigieron hacia el Brasil, si bien el testimonio de Pedro de Ledesma, embarcado con Solís, le contradice y asegura que recalaron en las Canarias y de ahí llegaron a las Antillas. Tras recorrer la costa de Honduras comprendieron que en el golfo de México no se encontraba el ansiado paso interoceánico y, en agosto de 1509, regresaron a España.</p>
<p class="bodytext">De lo sucedido en el transcurso del viaje no se tienen noticias detalladas; sin embargo es imprescindible consignarlo para comprender los recelos y puntualizaciones de la corona cuando, años después, encomendaron a Solís la que sería la empresa de su vida. Puede deducirse que, entre los dos jefes expedicionarios, se produjo algún enfrentamiento, y éste fue tan grave, que desembocó en pleito e hizo escribir al Rey Católico «en lo de Vicente Yáñez y Juan de Solís yo deseo saber la verdad de los entre ellos sucedió». Ni el rey ni la historia consiguieron saberlo, pero las diferencias fueron tales que Yáñez Pinzón renunció a la navegación y se recluyó en Sevilla donde murió pocos años después y a Solís el enfrentamiento le acarreó fama de pendenciero y conflictivo durante el resto de su vida y la desconfianza de la Casa de la Contratación.</p>
<h3>LAS MOLUCAS EN EL HORIZONTE</h3>
<p class="bodytext">Afortunadamente, sus excelentes dotes de navegante le permitieron superar todo tipo de inconvenientes y, poco después, el rey volvió a reclamarle para una nueva y aún más delicada empresa. Posiblemente, además, la sutileza del monarca le decía que dadas las características del proyecto, lo que necesitaba era precisamente un hombre del perfíl del piloto de Lebrija. Es decir, una personalidad inquieta, amante del mar, arrojado hasta la temeridad y sin demasiados escrúpulos para una tarea que rozaba la ilegalidad.</p>
<p class="bodytext">Desde que, en 1494, el Tratado de Tordesillas concedió a la corona de Castilla la posibilidad de explorar las tierras que se encontraran a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, Castilla no cejó en su empeño de encontrar el camino que, viajando hacia occidente, le permitiera llegar hasta la Tierra de las Especias y, en concreto, hasta las Islas Molucas donde los portugueses se abastecían. Puesto que Tordesillas les prohibía acceder por oriente, era necesario encontrar el supuesto estrecho que uniera el mar del Norte (Atlántico) con el mar del Sur (Pacífico). Américo Vespuccio aseguraba haberlo descubierto y puntualizaba que se trataba de un amplio estuario que, a buen seguro, más que la desembocadura de un río era un brazo de agua interoceánica. Para alcanzar tan hipotética fuente de riqueza, el soberano no pensaba escatimar recursos. Ofrecieron a Solís barcos de guerra bien pertrechados, un presupuesto de ocho mil ducados, el título de Adelantado para él y sus descendientes y el hábito de la orden de Santiago. Poco importaba que el objetivo final fuera acceder a territorios de dominio –si no de iure”, sí de facto– portugués. La supuesta falta de escrúpulos de Díaz de Solís le capacitaba perfectamente para una empresa que no parecía ser del todo legítima.</p>
<p class="bodytext">El monarca no se equivocaba. Díaz de Solís creyó ver en la expedición la gran ocasión de su vida. Cierto que el rey de Portugal le había requerido en varias ocasiones y su lealtad, de alguna manera, podía estar dividida, pero nunca le habían hecho una propuesta como ésta que no sólo colmaba sus expectativas de marino sino que, además, le garantizaba la estabilidad económica para él y su familia. Aceptó de inmediato y se dispuso a pertrecharse debidamente. Pero, inexplicablemente, siempre aparecía uno u otro inconveniente que retrasaba el momento de partir. Solís, varado en tierra, se consumía entretenido en trámites y burocracias, sin enrolarse en la expedición y sin tener la oportunidad de planear nuevas empresas puesto que la Casa de la Contratación de Sevilla insistía en que debía estar disponible para partir hacia las Molucas.</p>
<p class="bodytext">No tardó en aclararse el motivo de tanta dilación. Alertado del viaje, el soberano portugués se había enfrentado abiertamente a Fernando el Católico y, tanto por razones familiares –dos hijas de los Reyes Catolicos, Isabel y Maria, habían contraído sucesivamente matrimonio con el monarca portugués– como políticas, no era aconsejable el enfrentamiento con Portugal. Se llegó a sospechar que la filtración hubiera llegado a la corte lusa a través del mismo Solís, que hubiera pretendido así obtener un doble beneficio, pero la exhaustiva encuesta que se llevó a cabo sobre su persona le eximió de toda responsabilidad. Frustrado definitivamente el proyecto, en 1514 consiguió la firma de nuevas capitulaciones con una flota completa y el respaldo real. «para ir a descubrir por las espaldas de Castilla de Oro y de ahí adelante».</p>
<h3>RUMBO A TIERRAS AMERICANAS</h3>
<p class="bodytext">Por entonces, Solís no era ningún joven inexperto. Había cumplido ya cuarenta años, lo cual para la época era una edad avanzada. Sin embargo, no se arredraba. Por el contrario, actuaba con el empuje y la ilusión de quien se está labrando un porvenir. Perfecto conocedor de la importancia que la nueva empresa tenía para la corona, no estaba dispuesto a escatimar en las negociaciones. De entrada, quería conservar el cargo de Piloto Mayor para su regreso. Para ello logró convencer al rey de que, durante su ausencia, el cargo fuera desempeñado de forma interina por su hermano Francisco, también marino, que compensaba su falta de experiencia con sus conocimientos de náutica y cartografía. A cambio, el monarca se negaba a subvencionar la empresa con un montante económico que superara los cuatro mil ducados de oro, lo que implicaba que el resto del gasto de la expedición, desde el apresto de las naves hasta el pago de la tripulación, debía correr por cuenta de Solís.</p>
<p class="bodytext">Este acuerdo colocaba al marino lebrijano en un serio conflicto económico. Insistió ante el monarca para conseguir una mayor subvención para su empresa pero todo fue en vano. Un no rotundo fue la respuesta invariable a sus demandas. Es más, Fernando el Católico continuó con sus exigencias. Así, imponía el total sigilo para su empresa. «Habeis de mirar –escribió– que en esto ha de haber secreto e que ninguno sepa que Yo mando dar dineros para ello que no tengo parte en el viaje hasta la tornada», y avisaba de que, en ningún momento, habría de darse conflicto con los portugueses: «Porque nuestra voluntad es que lo asentado e capitulado entre estos reynos e los de Portugal se guarde e cumpla eternamente». No deja de sorprender el maquiavelismo del rey Católico: la expedición atentaba claramente contra los intereses económicos de Portugal ya que el destino último e implícito era, de nuevo, las Molucas, pero pretendía llevarse a cabo con una exquisitez en las formas que no diera lugar a un conflicto abierto con el reino vecino. Es más, se recomendaba a Solís que no atracara en puertos de dominio portugués bajo «pena de vida e pérdida total de bienes». Algo, por cierto, que no debió arredrar demasiado al piloto, por cuanto no tuvo inconveniente alguno en recorrer las costas brasileñas.</p>
<p class="bodytext">Asimismo, el soberano imponía en el viaje la presencia de un factor y un escribano de designación real, que se encargarían de llevar las cuentas y de rendir a la corona la relación detallada de todo lo hecho, visto y conseguido por los expedicionarios en las nuevas tierras. Una vez allí, Solís debería entrevistarse con Pedrarias Dávila, gobernador del Darién o de Castilla del Oro, con quien concluiría si la provincia era una isla o existía en ella el paso necesario para cruzar hasta el Pacífico.</p>
<p class="bodytext">A cambio de tantas imposiciones, el monarca se comprometía a reponer a Solís en su cargo de Piloto Mayor, se reservaba solo un tercio de los bienes o beneficios obtenidos de la empresa, donaba otro para Solis y el resto lo dejaba a su albedrío para que lo repartiera equitativamente entre la tripulación.</p>
<h3>RUMBO A ULTRAMAR</h3>
<p class="bodytext">Tras largas deliberaciones, por fin llegaron a un acuerdo. Díaz de Solís aceptó tan draconianas condiciones pero, cuando la partida ya parecía inminente, se presentó un nuevo imprevisto. A punto de partir, ya cargadas las tres carabelas con las que se contaba, se creyó oportuno limpiar los fondos de la de mayor tamaño. Para no perder tiempo, Solís se empeñó en hacerlo sin vaciar la carga. Al llevarla a dique seco, un terrible crujido alertó a quienes contemplaban o participaban en la operación y , ante su asombro, vieron cómo la nave se partía en dos.</p>
<p class="bodytext">Pero, afortunadamente, el monarca tenía prisa por que se iniciara el viaje y no tuvo inconveniente en enviar al piloto de Lebrija la correspondiente dotación económica para comprar un nuevo navío. Hecha la operación, el 8 de octubre de 1515 la expedición capitaneada por Díaz de Solís partió de Lepe en dirección a las tierras de Ultramar con el propósito de hallar un paso que comunicara el océano Atlántico con el océano Pacífico.</p>
<p class="bodytext">La nave capitana la pilotaba el propio Juan Díaz de Solís y al frente de otros dos bajeles iban Martín García y Francisco de Torres que, además, era cuñado de Solís y hombre de su confianza. Al control más o menos efectivo de la terna estaban el factor y el escribano de designación real, es decir, Francisco Marquina y Pedro de Alarcón.</p>
<p class="bodytext">A los pocos días recalaron en Tenerife donde repostaron víveres y agua y reemprendieron la marcha en dirección a las costas americanas. Evidentemente el propósito de Díaz de Solís no era seguir al dedillo las indicaciones reales. El soberano le había ordenado que su primer destino debía ser Darién (actual Panamá) donde debía encontrarse con la autoridad de la zona, en concreto con Pedrarias Dávila. Sin embargo, el piloto lebrijano puso rumbo a las costas de Brasil y, en concreto, hacia el cabo San Roque. Cabe pensar que, conocedor del autoritarismo y la ambición de Dávila, prefirió dejar la entrevista con el gobernador para la última etapa de su viaje, una vez hubiera realizado el correspondiente recorrido del territorio.</p>
<p class="bodytext">Tal vez había otra razón para que deseara hacer el viaje en solitario con sus hombres y sin escuchar más opinión que la suya. La zona del cabo San Roque había sido poco visitada por pilotos españoles, pero, sin embargo, había sido objeto de reiteradas discusiones científicas en la Casa de Contratación y éstas, sin duda, pesaron en el ánimo del lebrijano. Es posible que hasta Solís hubiera llegado información que era desconocida para otros navegantes de la época. Por eso recorrió minuciosamente la costa tomando notas y llegando a conclusiones que, años después, serían de primerísima utilidad para Nuño García Torreño, maestro cartógrafo de la Casa de Contratación de Sevilla quien confeccionó las cartas naúticas para Magallanes. Posiblemente, de haberse visto mediatizado por la ambición de Pedrarias Dávila, la exploración se hubiera convertido en conquista y el objetivo científico y geográfico del viaje hubiera quedado definitivamente frustrado.</p>
<p class="bodytext">En su periplo, las naves españolas recalaron en la bahía de Río de Janeiro. Solís conocía el lugar de su anterior viaje en compañía de Vicente Yáñez pero no así el resto de la tripulación que, siempre según la crónica de Herrera, quedaron asombrados ante la ubérrima vegetación, la transparencia de las aguas y la belleza de las montañas recostándose sobre el cielo y circundando la bahía. Vespuccio había escrito: «Si hay en el mundo paraíso terrenal, sin duda debe de encontrarse en estos alrededores», y el panorama que se abrió ante los asombrados ojos de la tripulación de Díaz de Solís lo ratificaba. Bosques de cocoteros y palmeras gigantes servían de marco a una serie de pequeñas islas interiores que emergían en una superficie marina límpida y calma. Era, sin duda, el lugar idóneo para repostar y allí permanecieron durante una semana puesto que la bahía concedía un abrigo seguro a los navíos. Para la tripulación, no obstante, la seguridad no era tan cierta. La zona estaba habitada por los indios tamoyos, caníbales y guerreros. Un dato que, afortunadamente, ya había llegado a la península y que, de inmediato, hizo desistir a los hombres de Solís de descender de las embarcaciones en busca de explorar las tierras del interior, aunque con ello desisitieran de hallar el paraíso de que había hablado Vespuccio.</p>
<p class="bodytext">Reemprendido el viaje, Solís inició un minucioso recorrido por el litoral. Una vez avistó el cabo de Cananea a 25 º 3’ S, encaró rumbo sureste hasta llegar a una isla que llamó «de la Pata» y que se corresponde con la de Santa Catalina.</p>
<p class="bodytext">El viaje transcurría con las incidencias habituales en una travesía pero sin contratiempos de relieve. La mayor dificultad estribaba en la imposibilidad de realizar tratos comerciales con las tribus que les salían al paso en aquellos puntos costeros donde recalaban. La zona estaba poblada por pueblos salvajes y hostiles y, ante el horror de los expedicionarios, había sobradas pruebas de su condición de antropófagos.</p>
<p class="bodytext">Llegados a la bahía de los Perdidos, fondearon con la intención de poder explorar el litoral y en la esperanza de encontrar algún pueblo de costumbres más apacibles que lo que parecía habitual en la zona. Un grupo de expedicionarios con Solís al frente recorrieron detenidamente la costa. Era una zona desconocida totalmente para los europeos y salpicada de islas que, al igual que la franja costera, tomaron en nombre de la monarquía hispánica con el ritual acostumbrado, es decir, enarbolando el pendón de Castilla y proclamando en alta voz la nueva condición de soberanía de las tierras recién holladas. Visitaron, así, la isla que llamaron «de Lobos» y las de sus alrededores hasta llegar a la punta de Maldonado.</p>
<p class="bodytext">Ignoraban que poco después les tocaría vivir el primero de los sucesos trágicos que se sucederían en el resto de la expedición. Una terrible tormenta les sorprendió junto al arrecife de los Castillos, al que llamaron así por cuanto su forma rocosa les hizo pensar, desde la lejanía, que se trataba de alcázares de piedra. El lugar, que luego se haría tristemente famoso por la frecuencia con que los buques naufragaban en sus aguas, escondía, sin embargo, una excelente, aunque engañosa, sorpresa: un inmenso entrante de mar que hizo pensar a Solís que había dado, por fin, con el misterioso paso que abriera nuevas vías hacia Asia.</p>
<h3>A LA VISTA DEL MAR DULCE</h3>
<p class="bodytext">Ante los españoles se desplegaba una hermosa panorámica en la que el mar parecía penetrar en tierra, en dirección sudeste, formando un entrante de extraordinaria anchura. Solís insistía: habían dado con la boca de un paso de comunicación interoceánico. La dificultad consistía ahora en remontarlo pero había que arriesgarse. Sólo así conseguirían cruzar hasta el Pacífico y podrían dar por conseguido el objetivo de su viaje. Pero el oleaje era fuerte y encontrado y lanzaba a los bajeles hacia la costa, a riesgo de acabar con la integridad física de las tripulaciones. Luego, superada una primera barrera de grandes olas, la flota española hubo de enfrentarse al choque violento de diversas corrientes encontradas. Si, además, soplaba el viento del sudeste, el oleaje cobraba tales dimensiones que las naves se veían abocadas a una terrible danza mortal.</p>
<p class="bodytext">Adentrarse en el presunto paso implicaba, pues, un peligro manifiesto. Tras largas deliberaciones, decidieron que sólo una carabela latina remontara la corriente, mientras las otras dos permanecían en la entrada del estuario resguardadas junto a la costa. Solís, al mando del navío expedicionario, atravesó la entrada del río desde la punta de Maldonado hasta el cabo San Antonio, antes de decidirse a remontar la corriente. Seguía convencido de hallarse ante el tan deseado paso hacia Oriente pero sólo había algo que le desconcertaba: el agua de aquel mar tempestuoso era dulce. Rápidamente, los compañeros de travesía le instaron a llamarle «mar Dulce» en la certeza de que era imposible hallar un río de tal anchura que la vista no consiguiera abarcar las dos orillas. Era febrero de 1516. Ignoraban que acababan de descubrir el río de la Plata.</p>
<h3>EXPLORANDO EL RÍO</h3>
<p class="bodytext">Solís abordó la travesía desde la zona más angosta del estuario, junto a la desembocadura de los ríos Paraná y Uruguay. Aguas arriba, el río era una inmensa llanura plateada, con tierras bajas en ambas orillas y aparentemente despobladas que no parecían anunciar ninguna perspectiva estimulante. Pero el piloto de Lebrija no se rendía fácilmente. Cada vez tomaba más cuerpo en él la sospecha de encontrarse surcando un río y no en el ansiado paso hacia Oriente, y el deseo de explorar nuevas tierras para incorporarlas a la corona y conseguir así su parte de gloria y de beneficio por la hazaña le espoleaba a seguir hacia adelante.</p>
<p class="bodytext">A medida que avanzaban, los españoles comprobaban la cada vez mayor afluencia de indígenas que poblaban las orillas. Parecían amistosos. Asombrados ante la aparición de un barco que, por sus dimensiones y arboladura, les era desconocido, llegaban hasta la orilla y hacían gestos que parecían de bienvenida, agitando plumas, hojas y objetos vistosos. Tal actitud apacible y acogedora hizo que Solís y sus hombres se confiaran. Poco a poco, la nave fue acercándose a la orilla. Los indios, en respuesta, se aproximaban al borde del agua aparentemente alborozados, haciendo señas y dando grandes voces que los españoles interpretaban como signos de amistad.</p>
<p class="bodytext">Llegados a una coordenada de 34 º 40’, se detuvieron junto a una isla ubicada frente a la desembocadura de un nuevo río a la que llamaron Martín García en honor al piloto de la segunda nave que había fallecido durante la travesía. Solís decidió que era el momento de bajar a tierra. Los indígenas eran escasos, estaban desarmados y parecían amistosos. Aún así, por prudencia, decidió que sólo desembarcaría él, en unión de unos pocos compañeros. Le acompañaron, pues, al mando de la pequeña tropa, el factor Marquina y el escribano Alarcón a quienes debía corresponder la tarea de relatar detenidamente las noticias que se obtuvieran del territorio y de sus pobladores.</p>
<p class="bodytext">La escena es fácil de recrear. Solís y sus hombres descendieron y se internaron en la espesura. Iban tranquilos y confiados sin recelar en absoluto de los nativos quienes, posiblemente escarmentados por las tropelías que en la zona habían llevado a cabo los portugueses, apenas llegados a tierra los expedicionarios, iniciaron el ataque. Atónitos, los españoles se vieron sorprendidos por una muchedumbre de nativos contra los que apenas si pudieron defenderse. Es más no pudo con ellos ni siquiera la artillería que se disparó desde la nave. En menos de una hora, ante los horrorizados ojos de sus compañeros, los indios asesinaron, descuartizaron y devoraron a Díaz de Solís y a sus compañeros.</p>
<p class="bodytext">A bordo de la nave, Francisco de Torres contempló la terrible escena y, en previsión de un abordaje, dio orden de partir a la búsqueda de las otras dos naves. En tierra quedaban los restos de Solís y sus compañeros y un sueño truncado: el de hallar un paso que comunicara en Atlántico y el Pacífico.</p>
<p class="bodytext">Los atacantes pertenecían a las tribus más australes de los tupiguaraníes, un pueblo caníbal, procedente de la cuenca altoamazónica. El avance de aravacos y caribes les había obligado a trasladarse hacia el sudoeste a bordo de piragüas de las que tenían un gran dominio. Eran guerreros emplumados, de piel amarillenta y ojos oblícuos que expulsaron a los primitivos habitantes de la costa atlántica hasta instalarse en las márgenes del río de la Plata. Les movía, además, un impulso religioso: hallar la tierra donde se hallaba el secreto de la inmortalidad, que antiguas leyendas situaban en el delta del Paraná, donde acabaron por establecerse y donde entraron en contacto con los europeos.</p>
<h3>EL REGRESO A LA PENÍNSULA</h3>
<p class="bodytext">Reunidos de nuevo los tres bajeles, se emprendió el regreso a España. La tragedia aún no se había consumado por completo. En la costa del Brasil, frente a la isla de Santa Catalina, una de las embarcaciones naufragó y apenas se salvaron unos pocos tripulantes. Entre ellos se encontraba un portugués, Alejo García, que abandonó la costa y, con cuatro compañeros más, se internó en el territorio y, tras cruzar el río Paraguay y el Chaco, llegó hasta los contrafuertes andinos. Cuando regresaba al punto de origen, cargado de riquezas, murió asesinado por los indios del río Paraguay, pero un superviviente consiguió llegar hasta Brasil y contar lo sucedido con Solís y sus compañeros. Las otras dos naves consiguieron alcanzar la bahía de los Inocentes donde hicieron provisión de palo tintóreo y pieles de lobos marinos que acarrearon hacia España donde, como ya se ha visto, arribaron desmoralizados y rendidos en septiembre de 1516.</p>
<h3>EL RÍO DE LA PLATA A LA MUERTE DE SOLÍS</h3>
<p class="bodytext">La zona costera descubierta por Solís cobró un interés inusitado a raíz del viaje de Magallanes como ruta hacia el Estrecho. Por ella pasaron la flota de Loaysa y la del navegante y cartógrafo italiano Sebastian Caboto rumbo a la Tierra de las Especias en 1526. Este último se encontró en Pernambuco con un miembro de la expedición de Solís quien le informó de la riqueza existente en el río de la Plata. El navegante no se lo pensó dos veces: abandonó su primer objetivo y se dedicó a explorar el río de la Plata.</p>
<p class="bodytext">Desembarcó en su margen oriental, en un puerto que llamó San Lázaro (1527). Tras una desafortunada travesía por el río Uruguay, llegó hasta el Paraná, que remontó hasta la confluencia del Carcañá donde fundó Sancti Spiriti (1527), construyó un bergantín y salió con ciento treinta hombres en dirección a la sierra de la Plata. Remontó entonces el río Paraguay hasta el Bermejo donde se unió a la expedición de Diego García de Moguer, antiguo compañero de Solís. Juntos construyeron siete bergantines con los que navegaron río arriba. El resultado fue el descubrimiento del río Pilcomayo, tras lo cual, en 1529, García del Puerto volvió a España. Caboto le siguió un año después. Tras la suya fueron varias las expediciones que, a lo largo del siglo XVI, remontaron el río de la Plata continuando el camino abierto por Solís. De su trágica epopeya sólo perduró el nombre de río Solis que, durante mucho tiempo, llevó el río de la Plata. Fue un último homenaje a quien, aun sin saberlo, había sido su descubridor.</p>
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		<title>Cristóbal Colón y el mito colombino (1492 – 1504)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-de-colon-cristobal-colon-y-el-mito-colombino/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 10:31:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los viajes de Colón]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Luisa Martín Merás Bibliografía: Boletín 25 SGE. Noviembre 2006 La exposición recientemente celebrada en el Museo Naval de Madrid ha conmemorado los quinientos años de la muerte de Colón en [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c2772" class="csc-default">
<h3><strong>Luisa Martín Merás</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Boletín 25 SGE. Noviembre 2006</p>
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<div id="c2773" class="csc-default">
<p class="bodytext">La exposición recientemente celebrada en el Museo Naval de Madrid ha conmemorado los quinientos años de la muerte de Colón en Valladolid el 20 de mayo de 1506. Su título, “Cristóbal Colón y el mito colombino” respondía a su intención de examinar la figura y los hechos de Cristóbal Colón a la luz de las distintas acepciones que tiene la palabra mito. Para ello se han expuesto exclusivamente los abundantes fondos que sobre el tema posee el Museo Naval y sus museos periféricos.</p>
<p class="bodytext">No cabe duda de que el proyecto presentado por Colón a los reyes Católicos era, de forma deliberada o no, un mito, es decir, un relato o noticia que desfigura la realidad, y le da la apariencia de ser más valiosa o más atractiva. Iluminado por este mito, el marino genovés intentaba llevar a cabo su plan de llegar a Oriente por Occidente, a las tierras de Cipango, y visitar los lugares gobernados por el gran Khan de Marco Polo. Mientras los turcos cerraban a los venecianos y genoveses la ruta mediterránea de las especias, y los portugueses descubrían otra ruta mucho más larga para llegar a Asia, Colón aseguraba que, aceptando la esfericidad de la Tierra y la existencia de alguna isla que pudiera servir de escala, era posible alcanzar la India por una ruta occidental que evitaría el peligro de los turcos y no colisionaría con los intereses portugueses, establecidos en los tratados firmados entre las dos monarquías ibéricas.</p>
<p>A pesar de lo erróneo de sus cálculos, los descubrimientos científico-técnicos aplicados al desarrollo de la navegación y el apoyo económico-político de la nomarquía de los reyes Católicos, hicieron posible comprobar que sus teorías, contaminadas por ficciones tardo medievales y religiosas, eran erradas, pero resultaron tan afortunadas que <em>cambiaron el futuro de la Humanidad.</em></p>
<p class="bodytext">Si el plan de Colón estaba inmerso en el mito, también su figura fue mitificada a lo largo de los siglos y especialmente en el XIX, auspiciada por el movimiento romántico europeo, una de cuyas manifestaciones fue el auge de la novela y la pintura histórica. Efectivamente, la revitalización romántica de la figura de Colón en la literatura fue iniciada por Walter Scott, seguido por Washington Irving, Fenimore Cooper, Angelo Sanguinetti, Alphonse de Lamartine y un largo etcétera. En los mismos años en que Washington Irving estaba en España trabajando en sus obras, “Vida y viajes de Cristóbal Colón”,publicada en 1827 y “Viajes y descubrimientos de los compañeros de Colón”, publicada en 1831, el marino y académico de la Historia Martín Fernán dez de Navarrete es taba inmerso en la publicación de su inmensa obra, “Colección de los viajes y descubrimientos que primer tomo apareció en 1825.</p>
<h3>LAS TRES FACETAS DE CRISTÓBAL COLÓN</h3>
<p class="bodytext">La exposición celebrada en el Museo Naval dividió sus fondos en tres ámbitos para explicar tres facetas distintas del personaje. El primero, denominado, “El entorno cortesano de Cristóbal Colón”, daba una visión de Colón en la Corte de los Reyes Católicos y de su bagaje profesional como marino, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico, mostrando una serie de embarcaciones y artillería de la época junto con documentos y personajes con los que se relacionó.</p>
<p class="bodytext">En el segundo, dedicado a “Cristóbal Colón y el mito romántico”, se pretendía mostrar las distintas representaciones, conmemoraciones e interpretaciones de la figura de Colón, realizadas durante el siglo XIX bajo el prisma y las características del movimiento romántico, y que tuvieron su cenit en la celebración del IV centenario de su hazaña. En ella podemos destacar el expediente del traslado de los restos de Colón, de Santo Domingo a La Habana, con motivo de la cesión de una parte de la isla a Francia en 1777, y el expediente del segundo traslado desde La Habana a Sevilla en 1898 junto con un modelo del aviso Giralda que los remontó por el Guadalquivir hasta Sevilla. La importante colección de medallas conmemorativas de Colón que conserva el Museo Naval y de dibujos interpretando su vida, también fueron reunidas en esta segunda zona de la exposición.</p>
<p class="bodytext">Por último, bajo el título “Tiempo de descubrir”, se agruparon los fondos que conserva el Museo Naval sobre la materialización de su plan y su llegada a las que consideraba las Indias, error que nunca abandonó. En ella se expusieron los tres modelos de las carabelas en las que realizó su primer viaje, utensilios que conformaban la vida a bordo de las tripulaciones, artefactos similares a los que encontraron en sus intercambios con los indios, instrumentos náuticos, mapas y cartas náuticas que facilitaron su navegación y confirmaron sus ideas geográficas. Entre todas estas piezas, la carta de Juan de la Cosa de 1500 donde se describen gráficamente las tierras descubiertas, constituyó el eje central de la exposición, ya que muestra un posible mundus novus en abierta discrepancia con el mito geográfico que movió a Colón.</p>
<p class="bodytext">La exposición del Museo Naval forma parte de los numerosos actos que se han venido realizando con motivo del V Centenario de la muerte del Cristóbal Colón. Al estar formada por piezas pertenecientes a los fondos del Museo, y a sus museos periféricos, permitirá a quienes se interesen por el tema, acercarse al tema del mito colombino en otro momento, una vez finalizada la exposición. Un amplio catálogo recoge las principales piezas expuestas, así como un interesante trabajo de Anunciada Colón de Carvajal sobre la peripecia vital del descubridor y otro de la bibliotecaria del Museo Naval, Nieves Rodríguez Amunátegui sobre los fondos bibliográficos colombinos conservados en este centro. Además, se añade como apéndice una relación de los fondos documentales sobre el tema, tanto bibliográficos como manuscritos e iconográficos que posee el Museo Naval, hasta 1900.</p>
<p class="bodytext">La muerte de Cristóbal Colón en Valladolid, en mayo de 1506 ponía fin a una vida llena de misterios que continúan sin descifrar plenamente cinco siglos después. El protagonista del hecho más trascendental de la historia moderna se rodeó toda su vida de una aureola de misterio que le ha convertido en un personaje polémico, confuso y controvertido. A Colón se le ha tachado de visionario, genio, místico, héroe, cruel y ambicioso, pero también hay quien le ha calificado de mal administrador y empresario sin experiencia. A pesar de todo, es indiscutible que Colón realizó una hazaña extraordinaria y prestó a la Corona un servicio que puso a España a la cabeza del mundo.</p>
<p class="bodytext">Colón murió en Valladolid, el miércoles 20 de mayo de 1506, víspera de la Ascensión, rodeado de sus hijos Diego y Hernando. Con él se llevó la clave para conocer algunos de los secretos que guardó celosamente toda su vida, desde su verdadero origen hasta sus conocimientos de la existencia de América previos al famoso viaje de 1492. Como apunta Anunciada Colón de Carvajal en el prólogo del Catálogo de la Exposición recientemente celebrada en el Museo Naval de Madrid, la documentación que hoy se conserva sobre su nacimiento, infancia y vida antes de 1492 es escasa y los historiadores han trabajado siempre sobre hipótesis y sobre documentos “de autores que conocieron al Almirante, fueron contemporáneos suyos o tuvieron contacto y relación con sus hijos o con sus hermanos, Bartolomé y Diego. Sin embargo, en algunos casos, estos testimonios llegan a ser no coincidentes o contradictorios. Por el contrario, las fuentes documentales posteriores al viaje del descubrimiento nos permiten conocer multitud de detalles sobre la trayectoria colombina, sus intenciones e, incluso, sobre su vida íntima y sentimientos personales. Especialmente valiosa es la documentación privada, abundantísima, si la comparamos con la que se conserva de otros personajes históricos; no en vano sus contemporáneos decían “escribes más que Colón”.</p>
<p class="bodytext">Pese a esta abundante documentación y después de cinco siglos de especulaciones y estudios, tanto su figura como sus hazañas continúan envueltos en la polémica. Su vida parece una colección de incógnitas sin respuesta: ¿de dónde procedía?, ¿si era genovés, por qué no hablaba italiano?, ¿nació realmente en 1451?, ¿era un simple tejedor?, ¿fue pirata?, ¿tuvo contacto con los templarios?, ¿cómo conocía los vientos alisios?, ¿y la leyenda de Eric el Rojo?, ¿murió realmente sabiendo que había descubierto un nuevo continente?, ¿le confesó el camino a América un piloto moribundo que falleció en sus brazos?, ¿era judío como sostuvo Wiesenthal?, ¿era converso?.</p>
<p class="bodytext">Ni siquiera sobre su muerte que este año se ha conmemorado, hay demasiadas certezas. Murió en Valladolid, de eso hay constancia, pero la historiografía discute si el 20 y 21 de mayo y se ignora el lugar exacto. Consuelo Varela una de sus mejores biógrafas y estudiosas, sostiene que “ni conocemos cuándo fue efectuada la exhumación del cadáver del convento de San Francisco de Valladolid, ni quién llevó el cuerpo hasta Sevilla”. Colón, después de muerto, tuvo también un quinto viaje a América. “Viajó más muerto que vivo”, apunta Eslava Galán, autor de “<em>El enigma de Colón y los descubrimientos de América</em>”, un libro en el que se resumen de forma muy amena todos los “misterios” en torno a Colón y al encuentro con el Nuevo Mundo.</p>
<p class="bodytext">Hay historiadores muy solventes, como Carlos Fernández Shaw, que aseguran que “hoy día contamos con una cantidad razonable de datos históricos y cuestiones colombinas resueltas –o, al menos, con un estado de la cuestión lo suficientemente definido para saber si se podrá o no llegar a saber más en el futuro–”. También es tajante en esta opinión otro de los biógrafos más autorizados de Colón, el anglo-español Felipe Fernández-Armesto, quien afirma que el personaje se ha convertido en uno de los preferidos por los amantes de lo esotérico y lo misterioso, que han ido tejiendo una aureola de fantasías, la mayor parte sin fundamento. “La atracción entre Colón y los chiflados ha sido mutua, y si una de las numerosas comisiones para conmemorar el quinto centenario del descubrimiento de América ofreciera un premio a la teoría más estúpida sobre Colón, el concurso sería muy reñido”, afirmaba en 1990.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-de-colon-cristobal-colon-y-el-mito-colombino/">Cristóbal Colón y el mito colombino (1492 – 1504)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Cristóbal Colón, un misterio sin resolver (1492 – 1504)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-de-colon-cristobal-colon-un-misterio-sin-resolver/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 10:30:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El descubrimiento de América]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los viajes de Colón]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Dolores E. Pérez Bibliografía: Boletín 25 SGE. Noviembre 2006 La muerte de Cristóbal Colón en Valladolid, en mayo de 1506 ponía fin a una vida llena de misterios que continúan [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-de-colon-cristobal-colon-un-misterio-sin-resolver/">Cristóbal Colón, un misterio sin resolver (1492 – 1504)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c2792" class="csc-default">
<h3><strong>Dolores E. Pérez</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Boletín 25 SGE. Noviembre 2006</p>
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<p class="bodytext">La muerte de Cristóbal Colón en Valladolid, en mayo de 1506 ponía fin a una vida llena de misterios que continúan sin descifrar plenamente cinco siglos después. El protagonista del hecho más trascendental de la historia moderna se rodeó toda su vida de una aureola de misterio que le ha convertido en un personaje polémico, confuso y controvertido. A Colón se le ha tachado de visionario, genio, místico, héroe, cruel y ambicioso, pero también hay quien le ha calificado de mal administrador y empresario sin experiencia. A pesar de todo, es indiscutible que Colón realizó una hazaña extraordinaria y prestó a la Corona un servicio que puso a España a la cabeza del mundo.</p>
<p class="bodytext">Colón murió en Valladolid, el miércoles 20 de mayo de 1506, víspera de la Ascensión, rodeado de sus hijos Diego y Hernando. Con él se llevó la clave para conocer algunos de los secretos que guardó celosamente toda su vida, desde su verdadero origen hasta sus conocimientos de la existencia de América previos al famoso viaje de 1492. Como apunta Anunciada Colón de Carvajal en el prólogo del Catálogo de la Exposición recientemente celebrada en el Museo Naval de Madrid, la documentación que hoy se conserva sobre su nacimiento, infancia y vida antes de 1492 es escasa y los historiadores han trabajado siempre sobre hipótesis y sobre documentos “de autores que conocieron al Almirante, fueron contemporáneos suyos o tuvieron contacto y relación con sus hijos o con sus hermanos, Bartolomé y Diego. Sin embargo, en algunos casos, estos testimonios llegan a ser no coincidentes o contradictorios. Por el contrario, las fuentes documentales posteriores al viaje del descubrimiento nos permiten conocer multitud de detalles sobre la trayectoria colombina, sus intenciones e, incluso, sobre su vida íntima y sentimientos personales. Especialmente valiosa es la documentación privada, abundantísima, si la comparamos con la que se conserva de otros personajes históricos; no en vano sus contemporáneos decían “escribes más que Colón”.</p>
<p class="bodytext">Pese a esta abundante documentación y después de cinco siglos de especulacio nes y estudios, tanto su figura como sus hazañas continúan envueltos en la polémica. Su vida parece una colección de incógnitas sin respuesta: ¿de dónde procedía?, ¿si era genovés, por qué no hablaba italiano?, ¿nació realmente en 1451?, ¿era un simple tejedor?, ¿fue pirata?, ¿tuvo contacto con los templarios?, ¿cómo conocía los vientos alisios?, ¿y la leyenda de Eric el Rojo?, ¿murió realmente sabiendo que había descubierto un nuevo continente?, ¿le confesó el camino a América un piloto moribundo que falleció en sus brazos?, ¿era judío como sostuvo Wiesenthal?, ¿era converso?.</p>
<p class="bodytext">Ni siquiera sobre su muerte que este año se ha conmemorado, hay demasiadas certezas. Murió en Valladolid, de eso hay constancia, pero la historiografía discute si el 20 y 21 de mayo y se ignora el lugar exacto. Consuelo Varela una de sus mejores biógrafas y estudiosas, sostiene que “ni conocemos cuándo fue efectuada la exhumación del cadáver del convento de San Francisco de Valladolid, ni quién llevó el cuerpo hasta Sevilla”. Colón, después de muerto, tuvo también un quinto viaje a América. “Viajó más muerto que vivo”, apunta Eslava Galán, autor de “El enigma de Colón y los des cubrimientos de América”, un libro en el que se resumen de forma muy amena todos los “misterios” en torno a Colón y al encuentro con el Nuevo Mundo.</p>
<p class="bodytext">Hay historiadores muy solventes, como Carlos Fernández Shaw, que aseguran que “hoy día contamos con una cantidad razonable de datos históricos y cuestiones colombinas resueltas –o, al menos, con un estado de la cuestión lo suficientemente definido para saber si se podrá o no llegar a saber más en el futuro–”. También es tajante en esta opinión otro de los biógrafos más autorizados de Colón, el anglo-español Felipe Fernández-Armesto, quien afirma que el personaje se ha convertido en uno de los preferidos por los amantes de lo esotérico y lo misterioso, que han ido tejiendo una aureola de fantasías, la mayor parte sin fundamento. “La atracción entre Colón y los chiflados ha sido mutua, y si una de las numerosas comisiones para conmemorar el quinto centenario del descubrimiento de América ofreciera un premio a la teoría más estúpida sobre Colón, el concurso sería muy reñido”, afirmaba en 1990.</p>
<p class="bodytext">Hay dos textos fundamentales para acercarse a Colón: la biografía conocida como «Historia del almirante» escrita por su hijo Hernando, una joya que se ha reeditado recientemente por Planeta con prólogo de Hugh Thomas, y la “Historia de las Indias” (Alianza), de Bartolomé de las Casas, que trató personalmente al Almirante. Los dos están llenos de lagunas y ni siquiera la biografía de su hijo resuelve el misterio de su origen, a pesar de que viajó por el norte de Italia buscando su rastro.</p>
<p class="bodytext">Sus propios diarios, en los que relata sus cuatro viajes, sólo han sobrevivido parcialmente por copias que hizo el propio De las Casas. En ellos tampoco se pueden hallar certezas. Dicen los estudiosos que el propio Colón quiso ser confuso y no dejar rastro de sus rutas y de su trayectoria vital.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿DÓNDE NACIÓ? </strong></p>
<p>Se ha dicho que era genovés, gallego, catalán, valenciano, mallorquín, ibicenco, portugués, corso, alemán, inglés, griego, el escandinavo, suizo, vasco y alcarreño. De todas estas teorías, a día de hoy prevalece la tesis genovesa.</p>
<p class="bodytext">Lo que sabemos con certeza es que era un emigrante con aspiraciones de grandeza y por tanto, no quería que se conociera su condición modesta. Consuelo Varela intuye que “Colón se estará riendo y mucho. Porque, al fin y al cabo, lo que quería es que se hablara de él. Era un gran megalómano, pero, a la vez, un enfermo: pensaba que había hecho algo muy grande y le obsesionaba que no se le reconociera”. Al descubridor le cabe, en tanto, un gran mérito: “Quiso y pudo disimular su nombre y emborronar su biografía hasta el punto de que no sabemos si era genovés, pirata, judío, gallego, portugués o alcarreño”, expone Urresti, autor de “<em>Colón. El Almirante sin </em><em>rostro</em>” (Edaf).</p>
<p class="bodytext">Para la historiadora Anunciada Colón de Carvajal, hermana del Duque de Veragua y descendiente del Almirante, el origen está muy claro: “En la familia siempre se dijo que era genovés, porque así lo aseguró su hijo Hernando y porque hay documentos en los que se describe visitas a familiares al <em>Piamonte”. </em></p>
<p class="bodytext"><em>En general, parece admitido y probado que </em>Colón nació en torno a 1451 en Génova. Sus padres fueron Domenico Colombo, tejedor que al parecer también debió poner una taberna y vender quesos, y Susana Fontanarosa, hija de tejedores. Tuvo otros tres hermanos, dos de los cuales serían famosos. Sabemos también que estuvo casado primeramente con Felipa Perestrello, hija de un feudatario de la isla de Porto Santo (Madeira), hecho que lo ayudó mucho, ya que le permitió viajar mucho por esa área. Tenía un hijo, Diego, y vivía sin legalizar por la Iglesia con Beatriz Enríquez de Arana, a la que quiso pero con la que no se casó. Con ella tuvo un hijo natural, Hernando o Fernando, primer biógrafo del genovés.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿CÓMO ERA SU ROSTRO? </strong></p>
<p>El rostro de Colón es otra parte del enigma ya irresoluble. Los expertos han contabilizado al menos setenta cuadros, pintados entre el siglo XVI y XVIII, en los que aparentemente aparece el descubridor. No hay ninguno que se parezca entre sí. Con barba, sin barba, flaco, entrado en carnes, tímido, agresivo, rubio, moreno… No hay ninguna unanimidad. El más cercano a su época es el retrato Giovio, firmado por el pintor italiano Paolo Giovio en 1550: nada que ver con el Colón que imaginamos.</p>
<p><strong>¿FUE EL PRIMERO EN LLEGAR A AMÉRICA? </strong></p>
<p>Hoy se sabe con certeza que antes que él hubo otros, probablemente vikingos. Hay también centenares de teorías sobre los primeros “descubridores” de América, que van desde los fenicios (es fácil que llegasen a alcanzar estas costas en algún naufragio), hasta los templarios, pasando por supuesto por los marinos portugueses. Lo que está probado es la presencia de los vikingos en las costas de Terranova y parece muy probable que antes de 1492 llegasen arrastradas por las corrientes algunas embarcaciones que naufragaran en su rumbo hacia Canarias o hacia la costa africana.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿CÓMO SUPO QUE LA TIERRA ERA REDONDA? </strong></p>
<p>En 1492, fecha del descubrimiento, los textos escritos por los filósofos griegos eran materia obligada en las universidades de toda Europa. Entre ellos se estudiaba a Ptolomeo de Alejandría, quien aseguraba que los planetas son esféricos y giran alrededor de un eje central en lo que llamó el “Universo Geocéntrico”. Esta teoría la explicaba a sus alumnos con un instrumento de varias esferas al que llamó “esfera amilar”, con el cual se demostraba la rotación de los cuerpos celestes y su forma esférica, incluyendo a la Tierra, la cual se consideraba como el centro del universo. Aristóteles, Eratóstenes o Aristarco eran también materia de estudio. Este último se hizo famoso en el año 240 antes de Cristo, al asegurar que la Tierra tenía forma redonda, gira sobre su propio eje y alrededor del Sol. Sus observaciones demostraron que el Sol se halla inmóvil y rodeado de planetas esféricos, que describen órbitas en un fondo de estrellas muy distantes de la Tierra y entre sí.</p>
<p class="bodytext">El astrolabio es un antiguo invento griego que permitía una reproducción tridimensional de la bóveda celeste para calcular la posición del sol y las estrellas, fue utilizado desde el año 180 por los astrónomos árabes, quienes lo hicieron muy popular en toda Europa durante la navegación. El instrumento basaba sus cálculos en el movimiento circular de los astros, tomando en cuenta la redondez de la Tierra.</p>
<p class="bodytext">El Atlas Farnesio, escultura fechada en Roma en el siglo II, representa al dios Atlas de la mitología griega del siglo VI antes de Cristo, sosteniendo el globo terráqueo… es la mejor evidencia para demostrar que 1.192 años antes del mal llamado “descubrimiento de América”, ya en toda Europa se conocía la redondez de la Tierra.</p>
<p class="bodytext"><span style="line-height: 1.5;">Por tanto, en contra de lo que se ha venido repitiendo durante siglos, antes del viaje de Colón ya se sabía que la Tierra era redonda y en toda Europa existían mapamundis redondos de madera y representaciones artísticas en las que aparece representada la Tierra como un globo.</span></p>
<p class="bodytext"><strong>¿POR QUÉ ESTABA TAN SEGURO DE LA EXISTENCIA DE LA RUTA A LAS INDIAS? </strong></p>
<p>Cuando se le preguntaba a Colón sobre su seguridad en la existencia de otras tierras más allá del horizonte, lo resumía aludiendo a la Providencia Divina; y con ese argumento, convenció a los Reyes Católicos… Colón decía: “Me abrió Nuestro Señor el entendimiento para navegar de aquí a las Indias, y la voluntad para la ejecución de ello; y con este fuego vine a Vuestras Altezas”… Pero ¿cómo sabía realmente Colón la ruta a seguir…? Lo cierto es que antes del descubrimiento existían muchos mapas de rutas marítimas y Colón tenía como profesión la cartografía, lo que le hacía estar en contacto con muchos marinos aventureros. Un astrónomo florentino llamado Paolo del Pozzo Toscanelli, dieciocho años antes del viaje de Colón, comercializaba un mapa, donde aparece con lujo de detalles de América, incluyendo una región denominada “Antilia” . Está también el famoso mapa del almirante turco Piris Reis, descubierto en 1929, en el Museo Topkapi en Estambul, que parece anterior al descubrimiento de América. En él se muestran detalles geográficos del nuevo continente, con coordenadas casi idénticas a los mapas modernos. Estos mapas demuestran que América era conocida, así como la redondez de la Tierra.</p>
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